Tierra Adentro

La obra de Alex Contreras se enfoca en abstracciones y manipulación fotográfica. La serie Hilvana está inspirada en lo cotidiano, la música y el amor.

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Autores
Es Licenciado en Diseño Gráfico por la Escuela Superior de Comunicación Gráfica. Ha participado en exposiciones colectivas e individuales en diversas galerias, tales como: Vaseline, Folkers Design Gallery, y Espacio 1104. Actualmente es Director Creativo en Somos Nosotros , fundada en colaboración con JP Ayala. Su trabajo ha sido publicado en: La Peste, Revista Sassy , Espadas de Chihuahua, CUU, MX entre otras.

Este Día de la Hamburguesa lo celebramos con un increíble trabajo de ilustración realizado por Nuria Mel.

Los invitamos a disfrutar del arte visual que se presentará el resto de la semana. ¡Que lo disfruten!


 

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Autores
Diseñadora e ilustradora gráfica enamorada de los procesos creativos y los libros ilustrados. Ha colaborado como directora de arte e ilustradora en diversos proyectos culturales y editoriales. Su trabajo ha recibido el Tercer lugar (2005) más una Mención Honorífica (2018) en el Concurso Nacional de Cartel Invitemos a Leer y ha sido seleccionado para el 9 Catálogo Iberoamericano de Ilustración (Fundación SM, El Ilustradero y FIL Guadalajara). Maestra en Creatividad para el Diseño por la Escuela de Diseño del Instituto Nacional de Bellas Artes, egresada del Diplomado CASA Ilustración Narrativa (2016) y el Diplomado Libro ilustrado y libro álbum de la Academia de San Carlos (2017).

¡Hoy es el día del plátano y decidimos regalar fondos de pantalla para celebrarlo!

El día del plátano solo es el comienzo; esta semana será una semana exclusiva para el arte visual. Comenzamos con estos fondos de pantalla hechos por Laura Velazquez, alias “Mitthu”, egresada de la Licenciatura de Diseño Gráfico con especialidad en Arte y Representación, en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Amante del arte, la ilustración, el diseño y la naturaleza. Proactiva, enfocada al detalle, interesada en la experimentación y la búsqueda de formas creativas de comunicación.

Así empieza en Tierra Adentro nuestra #SemanaDeLaImagen.

 


 

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Autores
Egresada de la Licenciatura de Diseño Gráfico con especialidad en Arte y Representación, en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Amante del arte, la ilustración, el diseño y la naturaleza, proactiva, enfocada al detalle, interesada en la experimentación y la búsqueda de formas creativas de comunicación. Vocación por el dibujo especialmente en las técnicas tradicionales, la lectura infantil, y las actividades físicas.

En honor al día del plátano, hoy en Tierra Adentro llega La danza del plátano, el wallpaper del ilustrador digital Güerogüero egresado de la Licenciatura de Artes Visuales de la Universidad Autónoma de Querétaro.

 


TierraAdentro_DiaDelPlatano


Autores
Ilustrador egresado de la Licenciatura de Artes Visuales de la Universidad Autónoma de Querétaro. Se ha enfocado en la ilustración digital, la creación de GIFS, cómics y fazines. Su trabajo ha sido expuesto de manera colectiva en México, Canadá y Venezuela. Ha colaborado con distintos proyectos independientes y autogestivos, así como con distintas publicaciones editoriales y medios digitales.

Larga es la noche

Fumo para despejar las dudas. Sostengo la invitación entre mis dedos. La esquela pertenece a madame Du Barry, la Gran Dama de la Ciudad de la Luz; rechazarla sería como entregar mi cuerpo a una manada de gatos salvajes y hambrientos, y aceptarla significaría tener que soportar una tertulia en compañía del afable Auguste, el humilde general y la preciosa lady Macramé. No tengo la fuerza suficiente para aguantar una velada más hablando de bagatelas. Estoy exhausto; he pasado noches enteras escribiendo y no necesito en estos momentos de los encantadores chismes de la alta sociedad. Tomo un poco más de tabaco y relleno la cazoleta de mi pipa. Espero unos minutos para darme valor.

“Suave es la noche”, dicen. Yo no estoy tan seguro. Camino obligado por las callejuelas del barrio hasta encontrar un cabriolé que me lleve con madame Du Barry. Trato de sacudirme la irritación mirando las constelaciones y recordando sus nombres: el Cochero, Cinta de Cabello, el Chelista, Serpiente de Noche, Nictóteles y el Húsar. ¿Quién las habrá llamado así? Al verlas imagino lo que se sentiría haber vivido en una época en la que no todo tenía nombre. Seguro no existían bailes aburridos y obligatorios ni mujeres nobles de humor cambiante ni generales pedantes que pretenden formar parte del
pueblo.
Ah, la gente, ésa sí que tienen cierta probidad; actúa de manera natural. A su lado quizá podría ser feliz, levantarme cada noche y revolotear entre las calles como un insecto caprichoso.
El cabriolé llega a la residencia de madame. Bajo con toda la dignidad que me es posible y, viendo a uno de los criados vistiendo levita, me detengo en medio del enorme jardín para rellenar de nuevo mi cazoleta, esta vez con tabaco turco. Es casi una ofensa contra madame Du Barry, tan adepta al nacionalismo, pero no me importa. Entro en el palacio de la Gran Señora, dejo mi abrigo sobre un sillón y aparezco en el salón sin anunciarme. Ya están presentes Auguste, el general, otros de los que apenas he oído hablar y la propia madame.

Saludo haciendo aspavientos como si fuera un pavorreal y no un simple escritor del régimen. Es cierto que alguna vez fui parte del ejército, que luché en algunas batallas importantes y que alcancé el grado de alférez cuando fui enviado a los mares, pero todo eso es opacado por la presencia megalómana del general.

La sociedad en pequeño, reunida en el exclusivo salón de madame Du Barry, me ve de reojo: no vaya a ser que me crea más de lo que soy. Sin embargo mi impostura provoca revuelo. Mi vestimenta es enteramente blanca, pasada de moda y antigua, antes la llamaban “a la oriental”, y la pipa resalta en mi atuendo como una contradicción clara. Soy tachado de extravagante. En teoría soy un escritor del régimen, por lo que se me permite cierta desfachatez, mas cuánto puede tardar esto.

Odio a madame Du Barry y a veces soy incapaz de controlarme. Odio tener que venir a su salón y presentarle mis respetos, aunque todo mundo sabe que es un requerimiento básico para seguir publicando. La Gran Señora está bien relacionada con el monarca, ¿cómo es-
capar de ella?

Me siento por completo desencajado. Mi posición es peligrosa; puedo desbarrancarme y aún necesito escribir: no he terminado mi nueva obra. Conozco su valor y sería inadmisible dejarla así, incompleta.
La anfitriona por fin me otorga uno de sus saludos. Me extiende su mano y la quita antes de que pueda ro-
zar su piel de cocodrilo con un beso. El general parece más alegre con mi presencia, lo mismo que Auguste, el Nobilísimo Desterrado. Me inquietan sus palabras, sus efusivos saludos; podría creerse que me estiman. Me siento en un taburete pequeño, un remanente de las modas orientales. Hablo con los congregados, después de que me los presenta el general; son exmilitares, partidarios del nacionalismo occidental, y también hay periodistas (insoportables con sus miradas de autosuficiencia y risas fáciles). Ellos escriben para hablar de todas las bondades del occidental, ya sea parte del pueblo o de la nobleza. Me turba su zalamería.
La colmena zumba; sus palabras son el murmullo de los demonios en la noche. Mi paladar traquetea, respondiendo al zumbido. El crujido de mi espalda es casi audible, lo siento en cada rígido movimiento que realizo. Llegan los criados y reparten viandas, champaña y coñac. El alcohol adormece mis sentidos por unos minutos. Pienso en un pretexto válido. Necesito irme de aquí, dejar de mirar la papada de madame, el rostro picado del general, los gestos ridículos de Auguste. Quiero que mis oídos se cierren; la piel me pica tanto que necesito gritar, correr, rascarme, untarme con el elíxir escarlata de mis enemigos. Tengo que resurgir de entre ellos, brotar.
Madame Du Barry me exige que baile con ella, y, cuando me muevo sujetándola de las manos y la cintura con la música de piano de fondo, aprovecha para susurrarme groserías al oído, para recordarme que a ella debo mis versos. Por eso la invitación, ¿no es cierto? Para eso he venido: para presentar mis respetos. Soy el único poeta occidental que aún no le ha dedicado una elegía y ya han empezado a correr rumores. Si no complazco a mi anfitriona esta noche, seré una mosca que ha sido atrapada entre los surcos del turrón.

Me aparto de ella, casi sin que pueda percibir mi huida. Me mira, entre divertida y temerosa. No sabe lo que haré a continuación. ¿Y yo lo sé? Camino por la sala; Auguste y el general me observan gozosos. Me detengo cerca de un balcón y lo abro. Los sirvientes también me ven, sin saber cómo actuar. Madame les indica con la cabeza que no se muevan; no es necesario. El aire frío llena mis pulmones y me hace sentir como un insecto que revolotea cerca de una tormenta. La colmena zumba y yo debo zumbar con ella.

Recito. Las palabras brotan de mi boca sin que pueda hacer nada para retenerlas. A mi pesar, es una elegía. Madame parece extasiada: nunca ha escuchado poesía semejante. Lo que declamo no lo he escrito en mis libretas ni lo he dado a mis editores. Es un poema nuevo, sincero. Canto y la noche me acompaña. Los insectos de afuera parecen querer entrar e indecisos se arremolinan en las ventanas. Me giro para mirar con sumo detenimiento las estrellas y escucho la voz entrecortada de lady Macramé. Pensé que no llegaría, que a ella no tendría que soportarla. Me vuelvo hacia mi breve auditorio, y ahí está, exhibiendo sus piernas sin pudor, apartando sus rodillas como una mujer vulgar. Su presencia funciona: mis versos derivan hacia ella, pasan de la sacralidad de madame Du Barry al fulgor grosero de lady Macramé.
Ella me envuelve con su delgado cuello, con sus gestos finos como las alas de una polilla, con su silueta digna de una prostituta joven. Trato de entenderla como una vestal; yo debo ser su adepto. Pretendo adorar sus gestos y su hipnótico cuerpo. De pronto mi elegía se convierte en otra cosa. Auguste y el general se ven tensos, sufren; de sus oídos brota sangre. Las mujeres vibran, parecen dos orugas que empezaran a reventar sus crisálidas. “¡Que broten!”, grito enloquecido. Una mariposa gorda y morada extiende sus alas cubiertas de diamantina; la otra, una avispa verde y sensual, zumba. Al mirarlas me descubro como su compañero, un abejorro grande y digno, un zángano elegante y vivaz. Los tres salimos por las ventanas, elevándonos hacia las estrellas, observando el recorrido de automóviles y personas que avanzan sobre la Colmena-Mundo. Ahora lo comprendo, ésta es mi obra: arrancar a las garrapatas de las alfombras raídas y convertirlas, con mi poesía, en insectos gráciles que puedan volar sin cansarse. Larga es la noche, y nosotros, ligeros.


Autores
(Tlaxcala, 1988) es egresado de la licenciatura en relaciones internacionales de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (upaep). Ha colaborado en medios físicos y digitales como Ágora, Letrarte y Momento. Parte de su obra se incluye en las antologías Seamos Insolentes (2011) y Sampler (2014). Ha sido becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA; 2013, 2018), del Fondo para la Cultura y las Artes (Fonca, 2016) y de Interfaz (2018). Asimismo, obtuvo el Premio Estatal Dolores Castro de Poesía 2016, el Premio Tlaxcala de Narrativa 2017 y una mención honorífica en el XXXIV Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción (2018).

La ciencia ficción ahora debe ser muy realista,
debe estar basada en hechos científicos.
La idea de astronautas que aterrizan en planetas dirigidos
por monstruos con forma de lagartos, ya no funciona.

Rod Serling

 

Hasta el estreno de Alien, los extraterrestres eran seres más cercanos al vodevil que lo que podríamos llamar exobiología. En ocasiones causaban más risa que miedo, no por los efectos especiales que si bien no son los de ahora, funcionaban bastante bien, a pesar de su diseño simplón. La mayoría consistían en seres con grandes ojos, similares a animales de la Tierra: reptiles, gorilas gigantes o insectos humanoides. Creo que la clave principal para el éxito de Alien fue crear un monstruo que fuera factible y realista, un monstruo mitad orgánico, mitad mecánico; un ser que no fuera malo en sí, no era ente diabólico, sino simplemente una especie que, como todas en el universo, buscaba sobrevivir.

En los primeros conceptos de Dan O’Bannon no había una idea clara de cómo debía ser la criatura, ya que iba de una encarnación a otra, pero siempre al estilo clásico de la ciencia ficción estilo pulp. En las ilustraciones iniciales de Ron Cobb, (artista de Alien) se mostraba como un monstruo con cuatro patas, una cabeza enorme parecida a la de un crustáceo, un par de garras similares a las de un lagarto y ojos perversos. Incluso Alan Dean Foster, escritor que hizo la novelización, quien no vio la película sino leyó uno de las primeras versiones del guion, lo describe como un ser transparente.

La configuración final del monstruo sería casi por rebote. Hacía no mucho tiempo, el director y escritor chileno Alejandro Jodorowsky había aceptado dirigir la adaptación a la pantalla de la saga Dune, de Frank Herbert. Jodorowsky no la había leído, pero como sucedió cuando vio la obra de Sergio Leone e hizo El topo, él quiso hacer su propia aventura espacial con Dune como piedra angular. Lo que no sabían los productores es que el ego del chileno convertiría un modesto proyecto en un enorme despropósito y, al mismo tiempo, una genialidad. Jodorowsky contrató a Dalí, Orson Welles, Moebius, Chris Foss, Pink Floyd, Magma, Ron Cobb, entre muchos otros talentos, como al propio Dan O’Bannon y a un peculiar artista suizo llamado H. R. Giger, que Dalí le recomendara.

Dune fue cancelada, pero sirvió como punto de reunión para muchos de los artistas más enloquecidos y vanguardistas de aquellas épocas. Cuando el guion de Alien fue aceptado por Fox, contrataron a un joven director inglés llamado Ridley Scott, quien tenía una sola película en su haber: la magistral Los duelistas. El estudio quería tener alguien a quien controlar, pero no sabían que Scott dejaría en claro que más que un maquilador era un autor. O’Bannon quería dirigirla, pero el estudio le cerró definitivamente la puerta, sin embargo Scott aceptó todas las sugerencias del guionista, entre ellas la de comandarle a H. R. Giger la creación de la criatura y el astronauta, y a Moebius el diseño de los trajes espaciales de los humanos. Moebius acabaría abandonando el proyecto, pero sus diseños serian retomados por Ron Cobb.

Penes y mujeres

Giger era un artista con un mundo muy propio, muy distintivo, aunque en la línea descarnada de Francis Bacon. Era un heredero del tenebrismo, lo cruel y con una predilección al sadomasoquismo que sublimaba a través de lo que llamaba “partes bio mecánicas” (además de gran consumidor de opio). Sigourney Weaver, actriz que interpretó a Ellen Ripley en la cinta, afirmaba que para ella, el alien era solo un pene gigante. Desde mi punto de vista tenía razón. La mayoría de la obra de Giger tiene una violencia sexual siempre latente. Cabe destacar el hecho de que un pintor tan sexual tenga una serie de pinturas dedicadas al Necronomicon, creación de HP Lovecraft, un autor que nunca trató directamente el sexo en su obra.

Por irónico que parezca, la Némesis de esta máquina de matar extraterrestre es una mujer, aunque no fue algo premeditado. En el guion los nombres de los participantes no tenían género, solo eran conocidos por sus apellidos, de tal manera que al hacer el casting Ripley finalmente fue encarnada por una mujer: Sigourney Weaver. La teniente Ellen Ripley, se convertiría en una de las primeras heroínas casi por accidente. A diferencia del Hollywood de hoy que fabrica “heroínas” al por mayor, esta nació por necesidades propias de la trama, por eso ha sobrevivido al tiempo.

El monstruo biomecánico tenía dos características principales: la primera es la falta de ojos, la segunda es la forma en que preservaba su especie. “Inseminaba” con su semilla a sus víctimas, poniendo dentro del cuerpo, a través de un “abrazacuellos”, una larva que crecería hasta ser lo suficientemente fuerte como para vivir fuera del huésped parasitado. Tanto este pequeño monstruo como el adulto tenían ecos de un pene. Esta forma de fecundación es muy similar a la de muchas culturas patriarcales, que aseguran la descendencia del macho dominante teniendo varias parejas sexuales. Un ejemplo reciente es el doctor holandés Jan Karbaat, quien fecundó con su semen, saltándose todas las reglas y códigos éticos, a un grupo de casi 50 mujeres quienes tuvieron hijos de él sin saberlo ni quererlo.

Un elemento que se da de forma fortuita en el guion, es que la computadora central de la nave se llama MU TH UR, que en inglés suena similar a Mother. Esta máquina está programada para darle prioridad a la preservación del alienígena, por encima de la supervivencia de la tripulación, prioridad con la que Ripley no estará de acuerdo. En la segunda parte Ripley se enfrentaría a otra madre, esta vez más dura y violenta que la de la primera parte. El personaje de la Teniente Ripley, una mujer que asume el mando de la nave, es el contrapeso perfecto para todo un ambiente cargado de testosterona, donde el personaje Parker cuestionaba constantemente su liderazgo (Jafet Kotto). Es evidente que Ripley no quiere ser inseminada por el monstruo.

Es de destacar como el “alumbramiento” del alien es la parte central y la más violenta de todo el metraje. El asesino espacial, a fin de cuentas, un violador. Como bien apunta O’Bannon en una entrevista poco antes de su muerte: “Una cosa que a la gente le molesta es el sexo … Yo dije: ‘Así es como voy a atacar a la audiencia; los voy a atacar sexualmente. Y no voy a perseguir a las mujeres en la audiencia, voy a atacar a los hombres. Voy a poner en cada imagen que se me ocurra para hacer que los hombres en la audiencia crucen sus piernas'”.

Un grupo de amigos

Dan O’Bannon estudió cine en la University of Southern California, junto a un grupo de amigos que se convertirían en cineastas y guionistas: W. D. Richter,  Terence H. Winkless, Nick Castle, Ronald Shusett y el más destacado de todos, John Carpenter. Carpenter era un dotado completo para el cine, por eso no dudó en hacer un proyecto en conjunto con O’Bannon como trabajo de fin de cursos. El resultado fue una parodia a 2001, odisea del espacio. Después de verlo un productor local los conminó a alargarlo lo necesario para que pudiera proyectarse en salas. El resultado fue Dark Star, una película que hoy da más pereza que risa, pero que demostraba el talento de ambos cineastas. Además de actuar O’Bannon realizó los rudimentarios efectos especiales, incluso con una pelota de playa creo un ser extraterrestre.

La trama era similar a muchas otras aventuras espaciales, solo que aquí todo estaba jodido, la nave era una ruina y la tripulación no era para nada heroica, sino más bien bastante floja. Ni Carpenter ni O’Bannon quedaron satisfechos con la película, aunque les ayudó para catapultar su propia carrera, dejando ver que eran bastante hábiles en sus respectivos cargos.

O’Bannon era todo un tipo bastante peculiar, un nerd que lo sabía todo, un lector empedernido de ciencia ficción y un bromista pesado, obsesionado con los pollos, además de borracho. Debido a esto no hacía mucho dinero, por lo que sus amigos le ayudaban de vez en cuando dejándolo dormir en su sillón. Sería en una de esas tardes de flojera, después de descansar de la borrachera en la casa de Ronald Shusett, que ambos idearían la historia de un monstruo que persigue gente en una nave espacial. En ese momento O’Bannon no lo sabía, pero padecía la enfermedad de Chron: un padecimiento que inflama los intestinos produciendo severos dolores de estómago. Esto le ayudó a crear la idea de que algo crecía en su interior.

Mezclando infinidad de ideas de películas previas hizo un guion al que llamó Star Beast, pero que pronto cambio al asexuado Alien. El guion dio varios tumbos hasta que acabó en Fox, presentado por los productores Walter Hill y David Giler, a quienes el estudio les pidió cambios, con los que O’Bannon no estuvo de acuerdo. Uno de los cuales era la incorporación de un androide a la trama.

Un trabajo en equipo

Muchos de nosotros damos por hecho que hay un solo autor para una película; incluso romantizamos la idea del director y del malvado estudio que no le permite hacer determinadas cosas. En este caso las condiciones que se dieron para tener una película que rompió paradigmas, fueron las ideales. Sin duda, el espíritu de Dan O’Bannon fue el motor que movió todo para que sucediera, pero sin la disciplina y obsesión de Ridley Scott no hubiera tenido el mismo resultado. El inglés fue muy receptivo a las ideas del guionista, aceptando sus recomendaciones, pero una vez que empezó la filmación, tomó el proyecto como algo suyo, buscando más presupuesto e imprimiéndole una estética propia que la volvería el ícono que es hoy en día. Con el guion modificado por Walter Hill en sus manos, diseñó en tres semanas varios storyboards que convencieron al estudio de darle más presupuesto.

Otro de los implicados fue el ilustrador inglés Chris Foss y el norteamericano Ron Cobb. Bajo sus diseños fue que creó el Nostromo (Scott era gran lector de Joseph Conrad). A diferencia de las películas previas de viajes espaciales en donde las naves eran redondas o en forma de puro, los diseños de Cobb eran más realistas. La nave era pesada, carecía de belleza estética y se enfocaba en un diseño funcional. Era más parecida a un barco petrolero que los estilizados cohetes color plata de las series de invasiones alienígenas.

El interior de la nave, señalizada con los diseños de Cobb, atento siempre al detalle, marcó una pauta de lo que debería de ser una nave espacial. Influenció la manera de diseñar naves espaciales y un ejemplo de ello fue que la reluciente y brillante Enterprise de Star Trek adquirió ventanas y arrugas para su secuela Star Trek: la nueva generación.

Una mega empresa

A diferencia de otras historias de ciencia ficción donde nunca se esclarece de donde sale el dinero para estas incursiones espaciales, el viaje del Nostromo es pagado por una corporación británico-japonesa llamada Weyland-Yutani Corporation, llamada por la tripulación simplemente “La compañía”. Al igual que Omni Consumer Products (OCP), de Robocop, esta ficción se adelantaría en muchos años a las empresas contratistas del gobierno de Estados Unidos que no conocen la ética en los negocios. Lo que en ese momento era ficción se ve reflejado hoy en la realidad donde los contratistas están inmiscuidos en todo tipo de negocios, desde la guerra hasta otras vertientes que antes no eran rentables como las prisiones y claro, la exploración espacial.

Los tripulantes del Nostromo no son aventureros espaciales y mucho menos  héroes prestos a vivir en peligro, son obreros calificados, gente que va a hacer su trabajo, empleados que buscan una compensación económica cuando su itinerario es roto. Todo lo que está a la vista de los tripulantes del Nostromo lo produce la compañía, que se convierte en un pulpo que controla todo a través de sus tentáculos. Incluso sus trabajadores, son productos para ellos y como cualquier recurso, puede ser sacrificado.

Cuando la exploración espacial del futuro estará hecha por grandes emporios multinacionales que, como Weyland-Yutani, tendrán oficinas en el Mar de la tranquilidad y en alguna luna de Jupiter, el Alien debería ser la menor de nuestras preocupaciones.


Autores
(Ciudad de México, 1976). Es escritor y crítico de cine. Ha desempeñado multitud de oficios, desde vendedor de carretera hasta librero. Estudió ciencias de la comunicación en Puebla, aunque su formación ha sido autodidacta. Ha publicado en diversas revistas y periódicos del país. Actualmente es crítico de cine para Playboy México. Sus libros más reciente es Crónicas desde el piso de ventas y Tipos que no duermen por la noche.

 

Este texto debe su existencia a la obsesión colectiva que tenemos con el sistema decimal, puesto que este año se cumplen cien años de la muerte de Amado Nervo, escritor y diplomático nayarita. Eso es más o menos fácil enunciarlo. Quizá requiera un poco más de imaginación evocar, a cien años de distancia, aquel funeral inverosímil, hiperbólico, un funeral de seis meses que partió de Uruguay, se detuvo en varios países de Hispanoamérica y llegó finalmente a Veracruz, para hacer un recorrido escoltado de honores hasta la capital mexicana. Como parámetros de comparación del luto, pensaríamos tal vez en los funerales de Chespirito o de Juan Gabriel, y nos quedaríamos cortos. ¿Qué pasó, entonces? Amado Nervo es hoy, a pesar de la fama innegable de su nombre, un poeta relegado a un olvido discreto, casi avergonzado, sostenido apenas por algunos vesos más bien cursis vistos a la luz de un presente despiadado; su poesía se parece a esos eventos de la historia mexicana de los que estamos dispuestos a enorgullecernos siempre y cuando no se nos obligue a repasarlos; su prosa es, salvo para el grupo minúsculo de los estudiosos, unánimemente ignorada.

Hace algunos años, como cualquier crédulo que termine estudiando una carrera en letras hispánicas, me vi obligado a revisar el siglo diecinueve mexicano, un siglo opaco, comprensible pero repulsivamente nacionalista, del que apenas descuellan cuentitos morales de navidades en las montañas, alguna oda al pulque y ese poema bélico y montaraz que hoy llamamos himno nacional. Entre todo ello, Amado Nervo rutila como una velita en la bruma. En mi caso, no fue su poesía, sino sus novelas (que más tarde Mariano calificaría como las más bellas jamás escritas en México) lo que atrajo mi curiosidad, primero, y mi admiración, después. Y, en medio de ellas, una en particular: El donador de almas, la historia de un hombre que recibe como regalo el espíritu de una muchacha, y todo lo que ocurre con ambos a partir de ese momento. De esta novela emprendí una adaptación teatral que tuvo su primera temporada en el Teatro La Capilla, en la Ciudad de México, a principios de este año, y está por estrenar una segunda. Me interesaban dos cosas: traer la hermosa narrativa de Nervo al siglo XXI, y poner a dialogar sus inquietudes con las nuestras. Por ello, y con esa novela como eje, en los párrafos siguientes intentaré esbozar un par de apuntes sobre la relevancia de Amado Nervo para quienes ya lo habíamos puesto en el estante del olvido.

 

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El donador de almas, publicado en 1889, narra la historia de Rafael Antiga, un médico que, pese a tenerlo todo, se lamenta no tener con quién compartirlo. Oportunamente, Andrés Esteves, protegido suyo, le confiesa poseer la capacidad de encadenar voluntades, y le ofrece como regalo el alma de una muchacha, Alda, que vive encerrada en un convento. A partir de entonces, la noveleta se esponja hacia el terreno fantástico, y Rafael y Alda se enfrentan a distintos conflictos de mutua convivencia espiritual.

La premisa es, de suyo, violenta; se trata ni más ni menos que de un caso de esclavitud. Durante la mitad de la novela, Alda carece de libre albedrío y está obligada a hacer lo que el doctor le pida (salvo quererlo, puesto que para querer se necesita una voluntad propia). Cuando me enfrenté a la adaptación, me preocupaba la impertinencia del asunto: no necesitamos más historias de mujeres sometidas. No obstante, y a pesar de ser una historia irremediablemente inserta en el siglo XIX, Nervo hace con Alda lo que no ocurre con otros personajes femeninos de la época: Alda crece y, digamos, se solidifica; cuando el cuerpo de la muchacha muere, Alda encarna en el cuerpo del doctor, colonizando la mitad de su cerebro, arrebata el poder de decidir y, hacia el clímax de la obra, termina despreciando al hombre que alguna vez ejerció autoridad sobre ella. Como una Daenerys Targaryen decimonónica y algo más modesta, su presencia pasa de estar sujeta y empequeñecida a devorarlo todo. Es un personaje que sobresale incluso de entre otras mujeres de la obra nerviana, desde la amada inmóvil hasta la esposa ideal de Mencía, otra de sus novelas.

El donador está compuesto como un juego de espejos y de dualidades: son dos los personajes masculinos y dos los femeninos: Rafael, el doctor; Andrés, el místico; Alda, el alma, y Doña Corpus, el ama de llaves. Esta última es, a pesar de su talante caricaturezco, una mujer atípica en la narrativa modernista: su nombre ya alude a su terrenalidad y, aunque también es presa de los caprichos de los personajes masculinos, parece ser la única que está por encima de ellos; “¡Más valdría que se acabara el mundo!”, repite, relativizando las preocupaciones de los demás, negando el reino de lo espiritual y restando importancia a la poesía. Me gusta pensar que Doña Corpus es Amado Nervo burlándose de Amado Nervo, pero a esto volveré en un momento.

Un siglo después, seguimos padeciendo la representación idealizada y esencialmente pobre de la figura femenina por parte de escritores varones, y estamos inundados de chick-flicks de falsos finales felices, un género también conocido como “chico conoce chica”, pero que debería llamarse “chica perdona chico”. Importados desde el siglo XIX, Nervo y su Donador no son, por supuesto, un paradigma de progresismo, pero sí una fosforescencia que orbita por encima de nuestros más “modernos” productos culturales.

 

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Tras el estreno de la versión teatral de El donador de almas, una de las preguntas más recurrentes de la prensa era “¿Por qué llevar a Nervo hacia la comedia?” Y la respuesta era siempre la misma: no había necesidad de “llevar” a Nervo a la comedia porque Nervo ya estaba ahí.

Decía más arriba que el personaje de Doña Corpus es el autor burlándose del autor, y quisiera elaborar en ello. El donador pertenece a la obra temprana del nayarita, cuando este aún no se insertaba sin reservas en la corriente modernista; gracias a ello, parece, esta novela se toma licencias humorísticas que el Nervo de La amada inmóvil no. Hay en ella momentos de finísima ironía, como cuando el narrador nos explica que la única razón por la que el cerebro del protagonista puede albergar dos almas es que este no es un hombre práctico y de provecho para la humanidad, sino un filósofo; o momentos de chiste franco, como aquel otro pasaje en que Rafael se niega a comer sesos por parecerle que se come las ideas de las vacas. Doña Corpus, a su vez, representa con su demasiada materialidad, con su estricto apego a lo literal, el descreimiento de la poesía y la puesta en duda del preciosismo lingüístico de Nervo y sus contemporáneos.

En la introducción a su antología humorística, Lauro Zavala señala que el humor “es una declaración de principios”. Nervo no se salva del virus del cosmopolitismo modernista, pero se burla de los burgueses que lo habitan; rellena su obra de disertaciones sobre el alma, la religión, las relaciones amorosas y la ciencia, pero hace a sus personajes decir que “no hay cosa más crédula que un filósofo”. Su declaración de principios, cuando menos en El donador de almas, es no tomarse en serio; no es una cosa menor, puesto que, tanto en su siglo como en el nuestro, tomarse en serio es un mal que aqueja a la mayoría de los poetas.

 

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Finalmente, aunado a sus personajes femeninos y al humor, la médula de El donador de almas, aquello que la vuelve intemporal y que permitió su traducción al lenguaje dramático, es su poderoso conflicto central: la insatisfacción ―diríamos schopenhaueriana― a la que está condenado el ser humano. La novela pone cuatro personajes sobre el tablero; uno de ellos, el protagonista, es un hombre que tiene dinero y fama, pero carece de afecto. Sin embargo, cuando obtiene el afecto, descubre que así tampoco está satisfecho, y la insatisfacción se traduce en una soledad que es doblemente dolorosa por inevitable. Durante el trabajo de mesa de la versión teatral, resultó desconcertante que la premisa de la novela se correspondiera con tantos referentes de nuestra cotidianidad: se habló, claro, del Fausto de Goethe o de algunos clásicos de la literatura gótica, pero también de Her, película de Spike Jones, de la serie de ciencia ficción Black Mirror, e incluso de Tony Stark / Iron Man. Quizá por esa razón, el Nervo de El donador de almas nos provoca sospechas de contemporaneidad como no lo hacen, por ejemplo, las hadas y las princesas y los ideales estéticos de su amigo y maestro, Rubén Darío.

 

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Resulta difícil imaginar, hoy en día, que la muerte de un poeta desemboque en un luto continental de seis meses. No hace mucho escuché a Juan Villoro decir que la influencia de Nervo sigue viva en las canciones de Agustín Lara y de Juan Gabriel, y es verdad, pero a cien años de su muerte ―y ya entrados en conmemoraciones, a casi ciento cincuenta de su nacimiento―, su obra pura y dura sigue deparando recovecos inexplorados para los lectores mexicanos, no solo para el archivo, sino para el pensamiento, el disfrute y la confrontación. El donador de almas, rareza entre sus muchos textos, es muestra de ello.  Adentrémonos en ella, quizá no con la entrega con que Gilberto Owen decía “¡Padre Nervo que estás en los cielos!”, pero sí con el moderado optimismo de encontrar un poco de nosotros mismos.


Autores
(Estado de México,1989), escritor y traductor, es autor de Señales de vida (Fá Editorial, 2015). Fue editor de la revista digital La Hoja de Arena y, en el periodo de 2013 a 2014, becario del Programa Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) en el área de novela. Alterna la escritura y la traducción con la docencia.
Joaquín Sorolla y Bastida: Trata de blancas. Museo Sorolla cedió este archivo a Wikipediapor mediación de Wikimedia España.

Nuestro país es un contenedor de los relatos más absurdos, una moneda que cambia de dueño y se ennegrece con cada nuevo episodio sangriento. Es en el corto tiempo entre el sudor del trabajo y el cansancio, cuando nos detenemos a mirar la tragedia, a asimilar una muerte más en nuestro inconsciente colectivo. ¿Cuál es la verdadera narrativa de este país? ¿Quiénes son los que manipulan estos relatos? La escritora Mariana Orantes (Ciudad de México, 1986) nos recuerda en su libro de ensayos Los caballeros se quedan a descansar (Instituto Sinaloense de Cultura, 2018) que la tragedia siempre ha estado presente desde la literatura clásica, desde las leyendas y mitos mexicanos, y en el origen de la sociedad.

En su obra Huérfanos (BUAP, 2015) analizó los abusos de poder y la esclavitud a la que fueron sometidos yaquis y mayas en Mérida, Yucatán. Ensaya sobre la figura de la madre asesina y su lugar en nuestra cultura. Si la ensayista Yunuen Díaz apunta sobre La pulga del Satán (FETA, 2017) -otro de los libros de Mariana Orantes- que “(…) es una gran pregunta: ¿cómo se puede escribir con todas las cosas que suceden?”, en Los caballeros se quedan a descansar, Orantes cuestiona: ¿cómo se deben escribir todas las cosas que suceden?

En el primer ensayo Cuatro formas de matar al sancho la escritora hace un rastreo de la palabra “sancho” a partir de un homicidio en Ixtapaluca, Estado de México. Toma de referencia el Libro del buen amor, del Arcipestre de Hita y evidencia la lenta y risible forma de proceder de las autoridades mexicanas a la hora de investigar la muerte de una persona. Señala el “arranque lírico” de algunos agentes para presuponer y ficcionar los motivos de un crimen que “consideran” pasional y cómo esto “se acerca peligrosamente a lo novelístico”. En El tirano con el traje de madera, Orantes desmenuza el perfil de Julio César, Cayo Calígula y el avionazo en el que murió Juan Camilo Mouriño, secretario de gobernación. Luego pasa a los crímenes políticos: “violaciones tumultuarias y prostitución dentro de los partidos políticos, así como trata de blancas y turismo sexual solapado por gobiernos municipales, la orden de abatir inocentes (…)”, Orantes resalta las enseñanzas de la literatura: “el peor defecto de quien gobierna es la combinación de la confianza excesiva con la excesiva cobardía (…)”. Pero sobre todo reflexiona que estos políticos también “son candidatos seguros a estirar la pata”, es decir: a perder su fragilidad humana.

Es en El descuartizador de Tlatelolco que tocaba el piano donde resalta la habilidad de la autora como cronista con la ética y objetividad que le falta a los periodistas de la nota roja de nuestro país. Mariana puntualiza cómo Javier O. “muchacho estudioso, genio de la física” asesina y luego descuartiza a Sandra, “una joven de 17 años, clase baja, originaria de Ixtapaluca, Estado de México” y cómo los artículos periodísticos comenzaron a justificar este hecho. Lo interesante de este ensayo y del resto del libro es la cualidad de Orantes para hablar: tiene empatía, agudeza y lucidez para señalar cómo los medios relatan y manipulan las notas rojas a su antojo: “matan dos veces a la víctima”. Orantes apuesta por un periodismo responsable a la vez que critica a los escritores que defienden sus relatos misóginos.

México es un país donde se está permitido desaparecer a una familia entera sin hallar culpables (Porque lo que no se escribe se olvida), un país donde “la clase dominante se hace una puñeta con la violencia que cometen los súbditos entre ellos y se hace otra puñeta con los castigos que les impone” (Los caballeros se quedan a descansar), es un país donde ignoramos a las clases oprimidas, donde solo prestamos atención cuando sirven para “la sana diversión de la sociedad mexicana”. Un circo mediático en el que las personas aplauden, piden castigos y venganza desmedida hacia las mujeres (Más triste que el mar después de un naufragio), un show rutinario usurpa la esperanza de vivir (No se culpe a nadie).

El escozor que mueve a Mariana Orantes es el despojo que los medios hacen a los sucesos violentos y dolorosos para seguir guardando respeto al Estado, para continuar legitimando a las clases privilegiadas. Orantes busca devolverle la objetividad a las historias que este país nos cuenta, poner cada cosa en su lugar, regresarle el respeto a esos cuerpos ausentes, mutilados, agredidos y deshumanizados.

El último capítulo del libro: Visita guiada al mundo de los muertos, es un paseo por la memoria personal de la autora y, a mi parecer, es el ensayo más fuerte y necesario de Los caballeros se quedan a descansar. Lleva una advertencia al inicio: “Aquí estás lector: aprende del pasado”. El bosque, El río y La cueva son los tres lugares donde Mariana Orantes nos encamina hacia sus miedos íntimos, las pesadillas construidas a través de una realidad cruenta. ¿Es necesario vivir la pérdida de un ser querido para que logremos ver y hablar con responsabilidad del cementerio en el que se convirtió nuestro país? Antes me preguntaba si la morbosidad con que relatan las notas rojas y los chismes dolorosos de nuestros allegados eran elementales para sensibilizar a las personas.

Después de leer este libro, creo que es necesario recalcar los detalles siempre que se tenga la objetividad y el respeto por relatar las cosas tal y como son. Desde una perspectiva que deconstruya los lugares de poder, no oponiendo nuestros propios estigmas y creencias, a partir de una mirada atravesada por la lucidez y la inteligencia de saber notar cómo nuestros cuerpos y el lugar que ocupamos está determinado por la economía, la raza, la clase y el género. Mariana Orantes recupera el despojo, tachonea, borra y reescribe las historias que debimos haber leído y escuchado de todas esas personas anuladas y revictimizadas por el sistema. Reconstruye la narrativa de este país. Sin embargo, un cuerpo ya destazado no puede ser reconstruido. ¿Qué vamos a hacer con esas partes? ¿En dónde las enterraremos?


Autores
(Nuevo León, 1988). Estudió en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Ha tomado talleres de creación literaria con Óscar David López y Julián Herbert. Fue miembro del Seminario Permanente de Literatura Francisco José Amparán, de la ciudad de Saltillo, Coahuila. Su poemario Comunidad terapéutica (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2016) ganó el Premio Nacional de Poesía Francisco Cervantes Vidal.