José Martí decía que el objetivo de su escritura era: “hacer llorar, sollozar, increpar, castigar, crujir la lengua, domada por el pensamiento, como la silla cuando la monta el jinete” y remataba con: “eso entiendo yo por escribir”. En otro momento afirma que lo que pretende al momento de crear un texto es “No tocar una cuerda, sino todas las cuerdas”[1]. Esta expresión es curiosa y viene al caso para un cronista como Hugo Roca Joglar y su obra Días de jengibre, que se encuentra atravesada por un severo tono musical y en la que el autor hace gala para percibir todo lo que pueda ser materia de crónica: los sonidos y silencios de la urbe que lo vio crecer, las historias familiares, los territorios, el comportamiento animal.
En La invención de la crónica, Susana Rotker señala los vasos comunicantes entre poesía y periodismo, al resaltar el trabajo que realizaban autores como Rubén Darío y José Martí para los diarios en los que laboraban Tal como explica Rotker, lo que Darío define como “laboratorio de ensayo del estilo”[2], no es otra cosa que la crónica, ese delicado equilibrio entre periodismo y poesía, entre el que observa y el que se nutre del mundo para sublimarlo y verterlo en la página. Un retrato cantado del mundo que se escapa del que no sabe observar. La crónica, ese producto del escritor mitad reportero y mitad poeta, se encuentra perfectamente representada en este libro. Al cronista le corresponde elegir con cuidado las imágenes y símbolos, su trabajo tiene que ver, como señala Rotker, “con la mixtura de lo extranjero y de lo propio, de los estilos, de los géneros, de las artes”[3]. Hallamos este aparente sincretismo en la obra de Hugo Roca Joglar: ojo agudo y periodístico para observar a las personas, los lugares, las situaciones; y pluma lírica para plantear similitudes, analogías y nexos entre sonidos y situaciones aparentemente disímbolas.
Leila Guerriero, en su artículo “En dónde estaba yo cuando escribí esto”, dice que no confía en las crónicas cuyo lenguaje no abreve de la poesía, del cine, de la música y de las novelas[4]. Me apropio de sus palabras y comulgo con ellas, lo reafirmo a través de las crónicas de Hugo Roca Joglar. Su lenguaje no sólo se nutre de la música (uno de sus temas predilectos) corre a la par de ella y se vuelven indisolubles. Queda de manifiesto el carácter melómano de Roca Joglar en cada página, así como su formación en dicho arte. La música es un elemento clave: construye puentes entre pasado y presente, entre tiempos y espacios, países y generaciones. La prosa de Hugo Roca Joglar avanza como una melodía por las páginas mientras nos muestra otras historias, otra cara del terreno hastiado de la cotidianidad. Si para Alberto Salcedo Ramos la crónica cumple la función de hacer visible lo invisible, para Hugo Roca Joglar hace leíble lo que normalmente pertenece al oído: se lee musicalmente, se avanza por sus páginas como quien escucha una pieza musical construida con precisión de relojero. Mahler en una cantina de Irapuato, Rolling Stones en Madrid, Eduard Tubin en Ciudad de México: en este libro no existe el mutismo.
“Supuse que si ser periodista era poder mirar, entrar a los lugares, hacer preguntas y recibir respuestas y creer que sabía y ver, casi enseguida, el resultado de la impertinencia en un papel impreso, la profesión me convenía”[5], aseveró alguna vez Martín Caparrós. A Hugo Roca Joglar no sólo le conviene esta profesión: le sienta bien. A alguien que parte de la pregunta elemental de quién soy y de dónde vengo -para ensayar, narrar, recorrer su vida en el sentido inverso a las manecillas del reloj- le resulta ejercicio natural y cómodo indagar sobre la vida y las posibilidades de otros. Me gusta pensar en las crónicas de Días de Jengibre como esos territorios que el mismo Caparrós rememora: “la vida de un barrio, un oficio, un sector social, contada por medio de una prosa trabajada”[6]. Aquí, entonces, también podemos hablar de un territorio familiar: el del mismo Roca Joglar, que escudriña en su propia genealogía como lo hace en las calles de la Ciudad de México y parte desde ahí hacia nuevos derroteros en su labor de cronista.
Afirma Julio Villanueva Chang en su artículo “Apuntes sobre el oficio de cronista” que no hay cosa más emocionante para un cronista que descubrir aquello que no está buscando[7], y es una sensación similar la que queda al finalizar este libro: uno sabe que debe buscar algo, no se sabe bien a qué, pero intuye que debe comenzar por hurgar en las memorias y el oído, que debe haber algo más que “estos terribles días mexicanos”, como llama Hugo Roca a esta realidad en que vivimos. Y puede ser que lo hallemos, puede ser que no, nunca se sabe.
[1] Rotker, Susana (2005). La invención de la crónica. México: FCE, p. 176.
[4] Guerreiro, Leila (Diciembre de 2005). “Dónde estaba yo cuando escribí esto” en revista El Malpensante (82). Recuperado de https://elmalpensante.com/articulo/116/donde_estaba_yo_cuando_escribi_esto
[5] Caparrós, Martín (2015). La crónica. México: Planeta, p. 5
[7] Villanueva Chang, Julio (31 de agosto de 2005). “Apuntes sobre el oficio de cronista” en Letras Libres, recuperado de https://www.letraslibres.com/mexico-espana/apuntes-sobre-el-oficio-cronista
cuándo verás al joven svevo todo filigrana y una carretilla llena de
/ papiros
muy ocupado pendiente arriba entre la mordedura de un callejón de
/ trieste
es algo imposible
me dices
pero yo imagino un cuévano
vuelto circuitos de un robot
una ciudad robot en piedra
el esqueleto del poema
en carne magnífica de imagen
Dorothy se despertó por una sacudida tan inesperada y fuerte que si no hubiese estado recostada en su cama, quizás habría salido lastimada. Aún así, el golpe hizo que perdiera el aliento y que se preguntara qué lo había causado, mientras Toto ponía su fría naricita en la cara de la niña y chillaba desconsoladamente. Dorothy se sentó en la cama y se dio cuenta de que la casa había dejado de moverse y ya no estaba obscura, pues la brillante luz del sol entraba desde una ventana inundando la habitación. Se levantó de un salto de la cama y corrió a abrir la puerta con Toto pisándole los talones.
La pequeña soltó un grito de asombro, mientras observaba todo lo que la rodeaba sus ojos se abrían más y más; incapaces de contener su maravilla ante las cosas que veía
El tornado había llevado a la casa de Dorothy nuevamente al suelo—con una delicadeza inesperada para un tornado— y la había dejado en medio de una tierra de belleza extraordinaria. Por todos lados estaba la tierra adornada por hermosas alfombras de pasto, con árboles majestuosos cubiertos por deliciosa fruta. Se veían flores coloridas por todos lados y unos pájaros con plumajes raros y brillantes cantaban y saltaban entre los árboles y arbustos. No muy lejos se distinguía un pequeño arroyo que corría y centelleaba entre los parches verdes de maleza borboteando con una voz que la niña, que había vivido tanto tiempo en las praderas grises y secas, recibía con agradecimiento.
Mientras observaba parada la vista tan hermosa como extraña, se percató de que se aproximaba hacia a ella un grupo conformado por las personas más raras que había visto jamás. No eran tan altos como los adultos que conocía, pero tampoco eran pequeños, parecían ser tan altos como ella, quien era alta para una niña de su edad, aunque parecían, a primera vista, ser mucho más grandes en edad que ella.
El grupo estaba conformado por dos hombres y una mujer, todos vestidos con ropa extraña. Llevaban unos sombreros redondos que tenían una punta alargada que se extendía hasta un pie por encima de sus cabezas y campanitas en las alas que tintineaba a cada paso que daban. Los sombreros de los hombres eran azules, mientras que el de la mujer era pequeño y blanco. La mujer vestía un vestido blanco que colgaba haciendo pliegues desde sus hombros, el vestido tenía estrellas que brillaban al sol como si se tratara de diamantes. Los hombres estaban vestidos del mismo tono de azul que sus sombreros y usaban botas bien lustradas que lucían un doblez de un azul más obscuro. Dorothy pensó que los hombres debían ser de la edad del tío Henry, pues dos de ellos tenían barba. Pero la mujercita era sin lugar a dudas mucho más grande, pues su cara estaba cubierta de arrugas, su cabello era casi blanco y caminaba con dificultad.
Cuando las personitas se acercaron a la casa de Dorothy desde cuya entrada ella los veía, se detuvieron a susurrar entre ellos como si tuvieran miedo de seguirse acercando. Pero la mujercita caminó hacia Dorothy, hizo una reverencia muy pronunciada y dijo con una voz muy dulce:
—Bienvenida seas, noble hechicera, a la tierra de los munchkins. Estamos profundamente agradecidos contigo por haber matado a la Bruja Malvada del Este y de esa manera haber liberado a nuestro pueblo de la esclavitud.
Dorothy escuchó maravillada el discurso. ¿Qué querría decir la ancianita al llamarla “hechicera” y al decir que ella había matado a la Bruja Malvada del Este? Dorothy era uno niña inocente e inofensiva que se encontraba a muchas millas de su hogar al haber sido arrastrada por un ciclón y nunca había matado a nada en toda su vida.
Pero la viejecita esperaba evidentemente una respuesta, así que Dorothy dijo sin dudar:
—Es usted muy amable, pero seguramente debe de haber un error, verá, no he matado a nadie.
—Pues si no fuiste tú, lo hizo tu casa —respondió la mujercita con una risa— y da lo mismo. ¡Mira! —continuó, señalando a la esquina de la casa— ahí están sus dos pies, asomándose desde ese bloque de madera.
Dorothy observó lo que la ancianita le señalaba y dio un grito to de terror pues ahí, justo bajo la esquina de la gran viga que sostenía a la casa, sobresalían dos pies vestidos con zapatos plateados y puntiagudos.
—¡Oh, cielos! ¡Oh, cielos! —chilló Dorothy, apretando las manos con desesperación— Le ha de haber caído encima la casa. ¿Qué hacemos?
—No hay nada que hacer— dijo la pequeña mujer calmadamente.
—¿Quién era?
—Como te dije antes, era la Bruja Malvada del Este —dijo la mujercita— mantuvo a los munchkins subyugados durante muchos años, convirtiéndolos en sus esclavos día y noche. Ahora han sido liberados y están agradecidos contigo por haberles dado su libertad.
—¿Quiénes son los munchkins? —preguntó Dorothy.
—Son el pueblo que habita esta tierra en el este, donde reinaba la Bruja Malvada.
—¿Es usted un munchkin?
—No, pero soy su amiga, aunque habito en las tierras del norte. Cuando vieron que la Bruja del Este había muerto mandaron un mensajero a buscarme y vine enseguida. Soy la Bruja del Norte.
—¡Oh, cielos! —exclamó Dorothy— ¿Es usted una bruja de verdad?
—Así es —respondió la ancianita—, pero soy una bruja buena y la gente me ama. No soy tan poderosa como la Bruja Malvada que reinaba aquí, o yo misma habría liberado a este pueblo.
—Pero pensé que todas las brujas eran malas —dijo la niña, que estaba un poco asustada al estar frente a una bruja de verdad.
—Oh, no, ese es un error muy grande. Solo había cuatro brujas en toda la tierra de Oz y dos de ellas, yo misma y la que vive en el sur, somos brujas buenas y es imposible que me equivoque. La del este era mala, así como lo es la del oeste, pero ahora que has matado a una de ellas queda tan solo una bruja mala en toda la tierra de Oz: la del oeste.
—Pero —dijo Dorothy después de pensar por un momento— la tía Em me dijo que todas las brujas habían muerto hace muchos años.
—¿Quién es la tía Em? —preguntó la ancianita.
—Es mi tía que vive en Kansas, de donde vengo.
La Bruja del Norte permaneció pensativa por un momento con la cabeza mirando hacia el suelo. Entonces miró a Dorothy y dijo —no sé en qué lugar se encuentra Kansas, pues nunca había escuchado hablar de tal país. Pero dime, ¿es una tierra civilizada?
—Sí que lo es —respondió Dorothy.
—Eso lo explica todo. Me parece que ya no quedan brujas, brujos, hechiceras o magos en los países civilizados. Pero verás, la tierra de Oz nunca fue civilizada, pues estamos aislados del resto del mundo, así que aún hay brujas y magos entre nosotros.
—¿Quiénes son los magos? —preguntó Dorothy.
—El mismísimo Oz es un mago —respondió la bruja convirtiendo su voz en un susurro— es mucho más poderoso que el resto de nosotros. Vive en la Ciudad Esmeralda.
Dorothy iba a hacer otra pregunta, pero en ese momento los munchkins, que habían estado parados en silencio, dieron un grito y apuntaron a una de las esquinas de la casa, en el lugar en el que había estado el cuerpo de la Bruja Malvada.
—¿Qué sucede? —preguntó la mujercita y al voltear a ver, comenzó a carcajearse. Los pies de la bruja muerta habían desaparecido por completo, dejando solamente sus zapatos plateados.
—Era tan vieja —explicó la Bruja del Norte— que se secó rápidamente bajo el sol. Ese ha sido su final. Pero los zapatos plateados son tuyos ahora y debes usarlos.
Se inclinó para recoger los zapatos, y, después de haberles sacudido el polvo, se los entregó a Dorothy.
—La Bruja del Este se enorgullecía de esos zapatos —dijo uno de los munchkins— y hay un encantamiento sobre ellos, pero nunca supe de qué se trataba.
Dorothy tomó los zapatos y los metió a la casa, dejándolos sobre la mesa. Cuando salió le dijo a los munchkins:
—Estoy ansiosa por regresar con mis tíos, pues seguramente estarán muy preocupados por mi, ¿me ayudarían a encontrar el camino de regreso?
Los munckins y la bruja se miraron entre ellos, después miraron a Dorothy y sacudieron sus cabezas.
—Al este, no muy lejos de aquí —dijo uno de ellos— hay un gran desierto, tan grande que nadie ha podido cruzarlo con vida.
—Es igual al sur —dijo otro— pues he estado ahí y lo que visto. El sur es el país de los Quadlings.
—Me han dicho —dijo el tercer hombre— que sucede lo mismo en el oeste. Y en ese país, donde viven los Winkies, reina la Bruja Malvada del Oeste, quien te convertiría en su esclava si te atrevieras a cruzar sus tierras.
—El norte es mi hogar —dijo la ancianita— y en su borde se encuentra el mismo desierto que rodea a toda nuestra tierra de Oz. Me temo, querida, que tendrás que quedarte a vivir aquí con nosotros.
Al escuchar eso Dorothy comenzó a llorar, pues se sentía sola entre todas aquellas personas extrañas. Sus lágrimas parecieron conmover a los amables munchkins, pues sacaron de inmediato sus pañuelos y también comenzaron a llorar. En lo que a la mujercita respecta, se quitó su sombrero y balanceó la punta debajo de su nariz mientras contaba “Uno, dos tres” en una voz solemne. En ese instante el sombrero se convirtió en un pizarrón en el que estaba escrito con gis lo siguiente:
DEJEN A DOROTHY IR A CIUDAD ESMERALDA
La ancianita tomó la pizarra de debajo de su nariz y, habiendo leído lo que decía preguntó:
—¿Tu nombre es Dorothy, cariño?
—Sí —respondió la niña, mirándola y secándose las lágrimas.
—Entonces debes ir a Ciudad Esmeralda. Quizás ahí te ayude Oz.
—¿Dónde se encuentra esa ciudad? —preguntó Dorothy.
—Está justo en el centro del país, y está gobernada por Oz, el Gran Mago, como. Ya te había dicho.
—¿Es un buen hombre? —preguntó Dorothy ansiosamente.
—Es un buen mago. No sabría decirte si es o no un buen hombre, pues nunca lo he visto.
—¿Cómo puedo llegar allí?
—Debes caminar. Es un viaje largo a través de un país que es a veces agradable, aveces oscura y terrible. Sin embargo, usaré todas las artes mágicas que conozco para alejarte de cualquier peligro que pueda atravesar tu camino.
—¿No me acompañarás? —rogó la niña, quien había comenzado a ver a la viejecita como su única amiga.
—No puedo —respondió— pero te daré mi beso, y nadie se atreverá a lastimar a alguien que ha sido besando por la Bruja del Norte.
Se acercó a Dorothy y la besó gentilmente en la frente. En el lugar en el que sus labios habían tocado la frente de la niña, quedaría una marca brillante, como Dorothy descubriría más adelante.
—El camino a la Ciudad Esmeralda está pavimentado con ladrillos amarillos —dijo la bruja— así que es imposible que lo pierdas de vista. Cuando llegues con Oz no le tengas miedo, cuéntale tu historia y pídele que te ayude. Adiós, querida.
Los tres munchkins se inclinaron ante ella y le desearon un buen viaje, después, caminaron hasta desaparecer entre los árboles. La bruja inclinó la cabeza con amabilidad hacia Dorothy, dio tres vueltas sobre su talón izquierdo y desapareció por completo para la sorpresa del pequeño Toto, quien ladró con fuerza una vez que había desaparecido, pues había estado demasiado asustado como para siquiera gruñir mientras la bruja aún estaba presente.
Pero Dorothy, sabiendo que se trataba de una bruja, había esperado justamente que desapareciera de esa esa manera, así que no se encontraba ni remotamente sorprendida.
Los resultados del conteo de taquilla de 1977 fueron contundentes. Tanto los refinados pasos de Travolta en Saturday Night Fever, como la grandilocuente dirección de Spielberg en Close Encounters of the Third Kind protagonizaron una reñida pelea por el segundo lugar de ingresos. Era imposible hacerle sombra al primer lugar: tan solo en EUA, éste había obtenido más del 270% de diferencia a su favor en comparación con el segundo puesto (y un 230% de diferencia en taquilla internacional). No había vacilación alguna en decir que Star Wars se había convertido en el más grande fenómeno cinematográfico del año e incluso en el primer blockbuster moderno; sí, aunque Jaws (1975) es formalmente el primer éxito taquillero, no puede compararse con la celeridad y popularidad masiva que George Lucas inauguró.
Así, con un estudio rebosante de dólares, el anteriormente director de cine independiente logró asegurar las secuelas y crear una de las industrias más influyentes dentro de la cultura popular contemporánea… Pero hay que decirlo, es necesario, estamos hablando de la cultura popular que nace después de la frontera norte, aquella que aglomera la producción de contenidos para el entretenimiento de la gente que, ante el asedio del modo en que se gana la vida, busca refugio en el entretenimiento de ocio. También hay que indicarlo, hablar de cultura popular ya no tiene aquel dejo despectivo del siglo pasado. No, hoy en día es difícil, superfluo, querer hacer una distinción entre la alta cultura y la popular; las técnicas, formas y herramientas se han entremezclado y los resultados no están delimitados. Pensemos, más bien, que el término está ya libre de permutaciones desfavorables y reflexionemos alrededor de algo útil como: ¿qué es lo que engloba a este susodicho “milagro” de la producción cinematográfica con más de 40 años de aguante internacional?
Nace una estrella (de la muerte)
A mediados de los setenta, George Lucas recién se enteraba de que el estudio 20th Century Fox había accedido a financiar su proyecto después de que otros como Universal y Disney —¡oh, ironía!— le habían hecho el feo. Dentro del acuerdo, Lucas había exigido quedarse con las semillas necesarias para convertir su película en un gigante de la cultura popular: mantendría el control de las partes no escritas de la historia, así como todas las decisiones pertinentes al merchandising. Para el mismo año de estreno del filme, la cláusula exigida por Lucas se convirtió en un acuerdo con Marvel Comics, otro para producir juguetes con Kenner Products y otro más con Del Rey Books para la novelización de la película. Star Wars, ya sin cursivas, se había iniciado formalmente en la vida cultural de la inocente población aún virgen de ewoks y wookies. Más de cuatro décadas después ninguna de estas iniciativas se ha detenido: los cómics continúan, las nuevas novelas siguen publicándose y los juguetes siguen produciéndose. Los ewoks y los wookies resultaron ser más prolíficos que los conejos.
Aunque sea doloroso para los amantes de las películas de arte, el Registro Nacional de Cine (National Film Registry) de la Biblioteca del Congreso estadounidense, seleccionó de inmediato a Star Wars para formar parte de su listado por ser “cultural, histórica y estéticamente significativa”. Sin embargo, especificar con exactitud las razones por las cuales Star Wars se ha convertido en el titán que es hoy no es tarea sencilla. Qizás fueron los efectos innovadores para la época; una historia sencilla con elementos de chile, mole y manteca; el uso de personajes influenciados por todo tipo de películas e historias (como C3-PO por Maria de Metropolis) o una banda sonora con leitmotiv bien usado. Reducir el éxito y la aceptación masiva de un trabajo creativo a tan solo un par de elementos sería ilógico. No. Star Wars, en cada una de sus iteraciones, es producto de su tiempo y el éxito de su recepción, a su vez; de una compleja lista de variables. El resultado es que al día de hoy Star Wars se encuentra en todas partes y un breve examen de este fenómeno resulta no sólo atrayente, sino también hilarante.
Star Wars hasta en las Han-burgers
¿Es posible que exista alguna actividad en la cultura popular que esté exenta de la influencia de las espadas láser? Pues no, la verdad no. El peso de la idea galáctica se propagó de tal forma que ahora es un lugar común, se manifiesta de forma invisible y natural en todas partes al igual que las grandes épicas de antaño se volvieron un tema cotidiano. Estos temas son usados repetidamente y permean toda manifestación cultural. Su presencia sempiterna es tal que no se necesita leer el Quijote para saber, en mayor o menor grado, quién es el viejo que ve gigantes en lugar de molinos; tampoco hay que leer la Divina comedia para entender que un cierto Dante viaja a través del infierno o ver las películas de Lucas para saber quién es el hijo de Darth Vader o reconocer su famosa marcha imperial al escucharla. Estos temas, personajes o composiciones siempre están allí.
¿El fenómeno parece exagerado? Empecemos por cosas obvias, su influencia en expresiones afines como la música, el cine o la televisión. Respecto a la primera, la banda sonora del filme es tan importante para la industria fílmica que el AFI (el American Film Institute), pone a la banda sonora de John Williams como la campeona en una lista de los mejores soundtracks de la historia. Y, claro, como lugar común en la cultura es obvio que aparece en cientos de composiciones de la lírica musical moderna. Sería absurdo citarlas todas, por algo existen los blogs del fandom, baste decir que desde Blink-182 pasando por Eminem, hasta Madonna o Beyoncé han usado personajes, temas y lugares de la franquicia galáctica.
En el cine, la visión que Lucas vislumbraría para su película sería de vital importancia para la ola de filmes de ciencia ficción que se avecinaba. Un “futuro usado”, de apariencia oxidada, sucia y derruida se convertiría en la base para la verosimilitud de la saga, ya no se usarían aquellas visiones futurísticas donde todo era tecnológicamente superior, higiénico, eficiente y estético. Algunos, incluso, cuentan que esta ola de efectos innovadores mezclada con personajes jóvenes, atractivos en plena acción permitió a la década de los ochenta centrarse tanto en los géneros fantásticos como en las explosiones ostentosas. En otras palabras, permitiría el nacimiento del éxito taquillero de verano y con ello el advenimiento del cine hollywoodense moderno. ¡Adiós, señor triste Ingmar Bergman, hola a Don No-me-importa-la-narativa-Michael Bay! Más allá de la compostura del drama, la parodia descubrió un hogar cálido en la saga y, ¿cómo no encontrarlo si toda la producción parece en ciertos momentos un chiste mal contado? El clásico de culto Spaceballs (1987) y el tráiler ficticio de Hardware Wars (1978) se mantienen como hilarantes ejemplos que el propio Lucas elogió.
Por si no bastara, aquel establecimiento de una compañía especializada en efectos especiales llevó a la creación de una empresa especializada en la creación de videojuegos. Lucasarts se erigió con rapidez como una de las compañías más aclamadas al crear títulos como la saga de Monkey Island (1990-1991), Grim Fandango (1998) o Day of the tentacle (1993), todos hoy clásicos de culto. Y sí, entre plataformas tan viejas como la computadora Apple, los celulares y las nuevas consolas, existen cientos de juegos de video basados en el universo de Star Wars.
Y, ¿qué hay de otras disciplinas en donde nada tendría qué hacer Star Wars? Pues tampoco están a salvo. ¿Gastronomía? Por supuesto, sólo basta con revisar una receta de alguno de los libros dedicados a la cocina intergaláctica, como Wookie Cookies: A Star Wars Cookbok, con el que se puede preparar una deliciosa bebida caliente como un Hoth Chocolate o tal vez un sano desayuno como el Twin Suns Toast o los Greedo’s Burritos.
¿Ropa y moda? Por supuesto. De acuerdo con Valerie Steele, directora del Fashion Institute of Technology en Nueva York, el diseño de vestuario para películas de ciencia ficción se basaba en disfraces geométricos, togas o visiones futurísticas de la ropa contemporánea; por ejemplo, Star Trek parecía decirnos que el futuro de la moda eran las minifaldas pero en colores diferentes. En cambio John Mollo, el encargado del diseño de vestuario de Star Wars, se basó en características del diseño japonés: armaduras estilizadas sin adornos, ropa holgada que no se ajustaba al cuerpo y vestidos en forma de V. Este tipo de características resultaron impactantes para la moda occidental que apenas empezaría a vislumbrar las nuevas tendencias de moda japonesa avant-garde, las cuales se estrenarían precisamente en Tokyo por algunos como Yohji Yamamoto en el año en que A New Hope llegaba a los cines.
Por otro lado, el Museo de Ciencia de Boston, Massachusetts, ganó fama internacional al inaugurar una muestra titulada Star Wars: Where Science Meets Imagination. Sobra decir que millones de visitantes colmaron las salas en donde se mostraba cómo la ciencia se involucra en los fantasiosos artilugios de George Lucas.
Se han exhibido otras muestras alrededor del mundo señalando la importancia del diseño de tecnología, exponiendo los modelos anatómicos de especies alienígenas o cómo la exploración espacial puede obtener ideas de la ficción cinematográfica. Como muestra del poderío ideológico, en 2007 el sable de luz que Luke usó en The Return of the Jedi fue lanzado a órbita por la NASA y después regresado a las manos de Lucas, ¿por qué? Porque la NASA puede. Ya ni hablar de la larga lista de entes nombrados en honor a la saga, desde la bacteria bautizada “midicloriana” hasta polillas mexicanas oficialmente nombradas “Wockia chewbacca”.
Incluso hay quienes creen que si Lucas creó el concepto de la Fuerza a partir del budismo y el taoísmo, ¿quién dice que la verdad no puede estar allí? El Jediismo —o yedaísmo— no es exclusivo de EUA, censos de varios países alrededor del mundo —entre los que destacan Nueva Zelanda y el Reino Unido— denotan que los seguidores ya se encuentran por los cientos de miles y en Texas, ya se encuentra el primer Templo de la Orden Jedi al que se le condonan impuestos por su carácter de asociación religiosa sin ánimo de lucro.
¿Y la industria del porno? Por supuesto, mucho más ahora que además de entretener a la población se ha convertido en reflejo de la cultura popular. La versión porno de Star Wars rompió récord de producción al convertirse en una de las películas pornográficas más caras. ¿Cosplay? Star Wars es prácticamente padre/madre de esta práctica. ¿Día conmemorativo en el calendario? Sin una razón de verdadero peso más que la similitud fonética entre “Force” y “Fourth”, el día se ha oficializado con fuerza desde hace 10 años para convertirse en una celebración anual con no pocos adeptos; por ejemplo, el 4 de mayo de 2015 los astronautas de la Estación Espacial Internacional (ISS) decidieron ver un maratón de películas de Star Wars desde aquel lejano paisaje. ¿Diseño industrial? Sí, también, basta con revisar el listado de Haden Blackman. ¿Memes? Hello there (insertar meme aquí). ¿Parque de diversiones? No olvide visitar este año la inauguración de Star Wars: Galaxy’s Edge en Florida. La lista es tan larga como la actividad humana.
Al parecer, lo único que queda a salvo es lo que existió antes de Star Wars, como la literatura isabelina y Shakespeare… ¡No, tampoco el pasado está a salvo! Ian Doescher tuvo la maravillosa y terrible idea de formar una serie de libros en los que el estilo fuera innegablemente shakesperiano, el autor se dio a la tarea de buscar fragmentos y partes del corpus shakespeariano para adoptarlos y modificarlos al corpus starwarsiano. Aquí una bellísima y horrenda muestra extraída de William Shakespeare’s the Clone Army Attacketh en donde C3-PO se dirige a R2:
R2, I’ve had a most rare vision, yea:
I’ve had a dream, past wit of droid to say
What dream it was: aye, I were but an akk,
If I did go about t’expound this dream.
Methought I was–yet no droid can tell what.
Methought I was–and too, methought I had–
But I am but a patchéd fool, if I
Will offer to say what methought I had.
The eyes of droids have never heard, the ears
Of droids have never seen, droids’ circuitry
Not able been to sense, nor programming
Conceive, nor e’en droids’ core to make report
What my dream was. I’ll speak no more of it.
May the 4th be with you… always
Las anécdotas acerca del éxito, hoy especie de mito fantástico que ensalza a los nuevos emprendedores, se cuentan por centenas. Por ejemplo, según el propio Spielberg, George Lucas le pidió que le cambiara el 2.5% de las ganancias de su película más reciente por el 2.5% de lo que creía que sería un fiasco colosal, es decir, Star Wars. Al momento de la entrevista, Spielberg on Spielberg (2007), el director de E.T. decía seguir recibiendo dinero de dicha apuesta.
Más allá de las subjetivas preferencias y los mal esgrimidos argumentos que puedan escudriñarse para defender o rostizar a la saga intergaláctica de los Skywalker, el éxito, aceptación e influencia que ha ejercido hasta el día de hoy es innegable. El futuro puede ser incierto para Star Wars, pues su poder mediático, económico y social se ha convertido en el nuevo vellocino de oro y tenerlo, en la máxima aspiración de cualquier organización. Y aunque el esfuerzo es tremendo en términos económicos y humanos, cientos de miles de horas de trabajo y millones de dólares, los resultados parecen tener gran potencial: influir de manera directa dentro de la sociedad, en sus gustos, aversiones o sensibilidades y que estos puedan ser “refinados” a conveniencia de los accionistas. Con una experiencia de más de 40 años y un futuro sin miras a oscurecerse para Star Wars, sólo resta reflexionar acerca de su influencia y, parafraseando a Mel Brooks, que el dinero la fuerza nos acompañe.