Entre tanta poesía que hay en este mundo es muy difícil encontrar poetas. Yo creía que no existían y eran otro de esos cuentos de hadas que se inventa la gente para darle explicación a ciertos fenómenos inexplicables, como la poesía.
Conocí a Ángel Ortuño y a Iván Mata el mismo día, y aunque esta nota hable sobre el primero, menciono también al segundo porque fueron los primeros poetas de al devis que conocí, neta. Aunque ustedes, como yo en su momento, aún piensen que los poetas no existen, si los hubieran visto a ellos dos ese primer día del Seminario para las Letras Guanajuatenses, quizá hubieran pensado, como su nada humilde servidor, “Numaaaaaaa, si existen”.
Ángel, vistiendo camisa ilustrada con una caja de Prozac (fluoxetina, sabrá un tal Dios cuántos miligramos), e Iván, greñudo de a madres y seguramente fluoxetino y marihuano de a más madres, conversando de quien sabe qué, ambos con las palabras girando en torno a la misma conversación y las miradas girando hacia quien sabe qué universos distantes vislumbrados entre las paredes de la biblioteca.
Ese día no tuve oportunidad de conversar mucho con ninguno de los dos, pero, respecto a Ortuño, me maravilló su capacidad de debrayarse lúcida y maravillosamente respecto a casi cualquier cosa, desde técnicas literarias hasta del movimiento de los carruseles.
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Hoy, la poesía, el punk y la irreverencia mexicanas están de luto. Ángel Ortuño, quien falleció esta mañana a los 52 años, fue un poeta tapatío nacido en 1969, año cuyos dos últimos dígitos seguramente le han de haber caído de variedad al poeta; publicó en vida más de cinco poemarios entre ellos Las bodas químicas y Gas lacrimógeno y otras cosas que no son poemas, donde nos deja entrever los bordes caóticos de una realidad distorsionada por sí misma a través de una lírica que, si bien de entrada pueda parecer chusca, está dotada de una belleza grotesca que rompe con toda la epicidad del canon poético actual.
De Ortuño, quien también fuera colaborador de esta revista, abundan hoy historias en la red, desde gente que lo conoció como bibliotecario o gracias al escritor Luis Alberto Arellano, hasta banda que fumó con él en terrenos baldíos cigarros que no olían a tabaco. Por mi parte, recuerdo mucho la sesión individual que tuve con él durante el Seminario, ya que ese día recordé que me tocaba sesión a última hora, después de haberme tomado dos o tres Fourloko y llegué a la biblioteca hecho madres y medio pedo. Ángel, además de tallerear mi poemario mediocre hasta convertirlo en algo más o menos decente, me dio consejos para pistear con responsabilidad, consejos que a día de hoy sigo, como beber agua a la par que el elixir mágico.
Ángel Ortuño parte hacia “el otro mundo” dejándonos un gran legado poético que va desde sus libros impresos hasta textos en internet traducidos a diversos idiomas.
En Tierra Adentro lamentamos mucho su partida y extendemos nuestro más sentido pésame a sus familiares y seres queridos.
En los pasillos de la Facultad de Filosofía y Letras corren innumerables historias, anécdotas, desatinos y amoríos de quienes durante sus casi cien años han poblado sus generosas aulas; fundada en 1924, entre sus directores figuran nombres ineludibles de la cultura mexicana como Antonio Caso, Julio Jiménez Rueda, Samuel Ramos, Leopoldo Zea o la filósofa Juliana González. Su quehacer humanístico tiene resabios de la Facultad de Artes que tuvo sus primeros alumnos en 1553, y que se iniciaron en los oficios de la cicuta bajo la oración latina de Francisco Cervantes de Salazar, y en la que quizás se comenzó a gestar aquella sentencia de Amado Nervo, en el traje de Rip-Rip, que desde su columna “Fuegos Fatuos”, en El Nacional, escribía que “los mexicanos tenemos una vanidad literaria irritable, vidriosa, quebradiza”.1
Alguna de esas historias nació de las serenas voces de Gonzalo Celorio y de Eliseo Alberto, en alguna clase sobre Literatura de Cuba, y se volvió —hace ya un par de decenas de años, para un entonces veinteañero cursimente febril— dogma de fe. El protagonista era el gigante de Trocadero 162, José Lezama Lima, quien en alguna plática sobre José Martí espetó con sobriedad, desde el comienzo y para terminar su cátedra de manera inesperada: “José Martí es un misterio”.
Los asistentes se quedaron impávidos, excepto uno que quería seguir escuchando al autor de Muerte de Narciso y le preguntó por alguna idea que Lezama había esbozado en algún ensayo reciente. “¿Qué es, maestro, el azar?” “El azar es cuando estás parado en la calle, esperando la guagua, con el cansancio del día y la ves llegar, después de varios minutos y con el sol a cuestas; como siempre, está llena, abarrotada de pasajeros que, como tú, esperan impacientes llegar a casa. Decides dejarla pasar, a sabiendas de que la siguiente tardará todavía más tiempo y, seguramente, con la misma carga. Para tu sorpresa, apenas un par de minutos después aparece otra que llega, milagrosamente, vacía, excepto por una persona, una única persona, quien resulta ser una linda muchacha que se convertirá en el amor de tu vida”. El silencio de la admiración se ciñó sobre los presentes, hasta que alguien pudo preguntar: “y si eso es el azar, entonces, ¿qué es el desazar?”. “El desazar es que el amor de tu vida, aquella linda muchacha, iba en la guagua que dejaste pasar”.
Será la presencia de Lichi, el autor de La eternidad por fin comienza un lunes e hijo de Eliseo Diego, asaz la generosa sapiencia de quien escribiera Y retiemble en sus centros, pero aquel veinteañero sonríe con la sorpresa del milagro descubierto y ahora que escribe estas líneas celebra con la misma agitación aquél afortunado encuentro. Sin embargo, en honor a la verdad, debería decir que años después encontré la anécdota escrita como sólo la prosa de Eliseo Alberto podría delinear, amén de la exactitud de su memoria en aquel encuentro con Lezama puesto que él había sido uno de los presentes. Gracias a Lichi podemos saber que el ensayo del que se hablaba era “El azar concurrente”, y quien le había preguntado sobre él había sido el novelista y ensayista Manuel Pereira, quien escribiera El Comandante Veneno, de 1977.
Eliseo Alberto se detiene en el retrato de Lezama Lima y en su relación, en los pequeños gestos como el asma que contorneaban su cotidianidad y en la memoria privilegiada que se alborozó con los encuentros de su círculo íntimo: Eliseo Diego, Fina y Bella García Marruz, Roberto Fernández Retamar y Cintio Vitier,2 y pese a reconocer la imposibilidad de acercarse en algo a la pluma de Lichi, como el veinteañero de entonces hizo suya la anécdota, ahora, con unos tiros más entre pecho y espalda, éste se imagina la escena y su aroma como si los hubiera vivido él, y por eso, años después, la ofrece a sus desocupados lectores.
Así se construyen los laberínticos recovecos de la memoria y el azar, aquellas otras dos moiras que acompañan a Cloto, Láquesis y Átropos en el hilado de la hebra de la vida. A la manera de la madalena de Proust —citada ad infinitum et nauseam—, la memoria se revuelve entre sensaciones y aromas, caminos andados y el recuerdo del roce de unos labios tenues, pero también de las notas y sonidos que nos han acompañado desde que ésta comenzó a enquistarse en nosotros: quizás en ella convivan los ladridos del perro de la infancia con las sonoras guitarras de boleros de principios de siglo; las estridentes trompetas de una democrática cumbia con la respiración cansina de la abuela enferma y ésta, a su vez, con los primeros acordes de juvenil rebeldía. La música es emotiva, y probablemente su emotividad esté, parafraseando a Mozart y a Wagner, no en sus notas, sino en el silencio que hay entre ellas: en ese breve lapso en donde la melodía descansa y en donde se emplazan nuestros años y vivencias. Así lo reconoce la memoria que, también, se construye azarosamente, y en ocasiones se presenta para configurar un recuerdo obstinado en nuestro micro universo o, en menor número, en nuestra historia de la cultura.
Así como una temperatura epocal puede distinguirse en un año en especifico, por ejemplo, en 1969, con las protestas estudiantiles alrededor del orbe y los diversos cambios sociopolíticos que se configuraban por diversas circunstancias, también en la historia del rock and roll puede percibirse gracias a que en ese año vieron la luz discos como Led Zepellin / Led Zepellin II, de la banda del mismo nombre; Let it bleed, de los Rolling Stones; Tommy, de The Who; In the court of Crimson King, de King Crimson y Nashville Sky, de Bob Dylan. Del mismo modo, esa misma temperatura puede observarse un par de años antes, en 1967, con discos como el Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, The Velvet Underground & Nico, The Doors, Songs of Leonard Cohen y Are you experienced. Quizás no haya tanta coincidencia respecto a los discos que salieron en esos y otros años, puesto que el movimiento en la música popular se respiraba de un modo similar en distintos parajes, aunque en esa misma década está el lanzamiento, en el mismo día, el 16 de mayo de 1966, del Pet Sounds, de The Beach Boys, y del disco doble Blonde on Blonde, de Bob Dylan.
Todos estos discos son apenas un puñado de los que no sólo se editaron, sino que además se han mantenido a través de varias décadas como referentes. Aunque pudieran encontrarse diversas coincidencias no sólo en el rock o en otro género —por ejemplo, el disco 20 millas, de Flans, y la canción “El apagón”, de Yuri, fueron producidas por la misma persona, el español Mariano Pérez, aunque esto responde más que a coincidencias a una masificación del gusto—, el ejemplo más sonado del azar es un día de 1991, conocido como el mejor día en la historia de la música.
Y quizás esta hipérbole sea descabellada, pero es innegable que, cuando menos para la música popular, y para una juventud que comenzaba a vivir el un nuevo reordenamiento del libre mercado y del mundo después de la caída del Muro de Berlín y de la independencia de las repúblicas de la Unión Soviética, el comienzo de la década de los noventa significaba una oportunidad de ver al concierto mundial reconfigurarse, y con ello, encontrar nuevos modos de expresión. No es difícil recordar el documental 1991: The Year Punk Broke, en donde grupos como Sonic Youth, Dinosaur Jr., o The Ramones son retratados por la cámara del director David Markey.
Un discurso que se había forjado desde la segunda mitad de la década de los ochenta comenzaba, de este modo, a encontrar nuevos derroteros. Así, el 24 de septiembre de 1991 se editaron discos que irrumpirían en la escena con una fuerza inusitada que, desde el primer momento, los hizo dignos de la atención de la mass media. Uno de ellos es conocido por su sonido estridente e impuro, sórdidamente hipnótico y mundialmente conocido: Nevermind, de Nirvana. Más allá de la demanda que Spencer Elden, el que fuera el bebé de la portada, ha interpuesto en semanas recientes en contra de más de quince personas —incluidas Courtney Love, Dave Grohl y Kris Novoselic—, lo cierto es que Nevermind, segundo disco de tres que el grupo originario de Aberdeen editara, contenía canciones que durante varios lustros se quedaron como icónicas muestras de contestataria desfachatez, aunque quizá ahora una nueva generación piense distinto: Polly, Come as you are, Breed y, particularmente, Smell like teen spirt, siguen siendo parte del repertorio de cualquier banda de covers en la actualidad, aunque en su momento fueron verdaderos gritos de un sonido que se había iniciado con grupos como The Pixies, Big Black o los ya mencionados Sonic Youth, y que fueron identificados como los portavoces de la Generación X —aunque las generaciones que se nombran desde el punto de vista anglosajón no correspondan a una realidad, por ejemplo, mexicana—. Como una peculiaridad, el primer disco del grupo Hole, de Courtney Love, salió apenas una semana antes del segundo de Nirvana.
Si el Nevermind fue producido por uno de los músicos más destacados de este género, Butch Vig —miembro de Garbage, así como productor de The Smashing Pumpkins—, el siguiente disco de nuestra lista fue hecho por Rick Rubin, conocido por estar detrás de la consola en discos de músicos como The Beastie Boys, Run-DMC, Metallica y Johnny Cash: Blood Sugar Sex Magik, de los Red Hot Chili Peppers.
El quinto disco del grupo californiano se separaba de sus trabajos anteriores por resaltar más los detalles melódicos del guitarrista John Frusciante, así como el bajo virtuosísimo de Flea, y junto al arraigado groove del baterista Chad Smith, resultó en un disco que pese a sus sicalípticas alusiones tenía momentos complacientemente “poperos” como “Under the bridge”. Los matices que Rubin logró en la grabación y en la mezcla comenzaron a definir un sonido más limpio y trabajado en los siguientes discos de RHCP, cuya cima melódica sería Californication, de 1999, y Stadium Arcadium, de 2006. Así, el Blood Sugar Sex Magik tiene canciones que quedaron en el imaginario popular noventero como “Give it away”, que convirtió al disco en su primer gran éxito y aparecen cantándola en un capítulo de la cuarta temporada de The Simpsons.
De la estridencia de Cobain al funk de los RHCP, el 24 de septiembre también se dio a conocer el disco The Low End Theory, del grupo de hip-hop A Tribe Called Quest, miembros del colectivo The Native Tongues junto a Jungle Brothers y De la Soul. El segundo disco de este grupo neoyorquino se caracteriza por una inusual “base” que coquetea más con el jazz que con el hip hop puro. Los distintos “sampleos” fueron ideados en su mayoría por el productor y rapero Q-Tip. El disco fue parte de la “época dorada” del hip hop, que terminaría con la llegada de un discurso más agresivo, en contraposición con sus letras más orientadas hacia el gusto por la rima y la exaltación de las raíces africanas. Si la llegada del Nevermind, de Nirvana, significó el declive del glam rock, A Tribe Called Quest se vio ensombrecido por artistas pertenecientes al gangsta rap, como Snoop Dog, o el hardcore rap, como Wu-Tang Clan. La impronta de las inusitadas bases utilizadas en sus canciones son precursoras de diyéis actuales como Sonicko, Zone o Verse, por mencionar sólo algunos. Q-Tip, en este disco, utiliza patrones de tres compases, para dejar el cuarto compás en silencio como una especie de “respiro”, algo que, según diversas entrevistas, aprendió de Miles Davis. Lo desconcertante, por llamarlo de algún modo, es que la misma disquera que abrió las puertas a este grupo, y a muchos otros, también apostó por algo que, a primera vista, luce en franca oposición a los cuatro elementos del hip hop: las boy bands. Como una muestra de que el capitalismo todo lo fagocita, junto a A Tribe Called Quest, en la disquera Jive Records figuraban nombres como Backstreet Boys, NSYNC y Britney Spears.
Aunque se editaron en ese septiembre discos que acaso pudieran ser reconocibles para muchos —Van Morrison, Hymns to silence; Primal Scream, Screamadelica o los reconocidos Use your Illusion I & II, de Guns N’ Roses— el pretexto de la efeméride es seductor. Junto a los tres discos mencionados podría mencionarse también Prove you Wrong, el tercero del grupo Prong, cuya búsqueda incluía elementos del trash metal, sampleos, punk y progresivo.
La historia de este día, sin embargo, apareció muchos años antes del citado 1991. Uno de los primeros discursos que auguraban algo nuevo e insólito, distinto a todo lo escuchado antes, también se daba a conocer un 24 de septiembre, pero de 1957: “Jailhouse Rock”, escrita por Jerry Leiber y Mike Stoller, quienes también habían escrito “Hound dog”, y cantada por el Rey. Tal vez, y sólo tal vez, no sea exagerado decir que el azar se haya presentado en aquel día septembrino del año 1991. Muchos de estos discos y sus canciones están arraigados en la memoria emotiva de una generación; su vida y sus instantes llevan sus acordes impregnados; no importa que las cosas no hayan sucedido como se recuerdan, es la reinterpretación del momento lo que nos hace caminar y sonreír como veinteañero mientras se busca evitar el desazar, se espera una guagua o se piensa en una vieja historia al escuchar una canción casi olvidada.
A diferencia de la poesía y el cuento, la novela en lenguas mexicanas es uno de los géneros menos transitados. Su aparición es realmente reciente para satisfacer el gusto de los lectores, o de los propios escritores o, un tanto más, de la exigente mirada de académicos e investigadores. Reflexiono sobre este género porque así me cuestiono mi propia forma de concepción literaria. De hecho, los pocos escritores que hemos publicado una novela no hemos hecho hasta el momento una reflexión valiosa a propósito de nuestras herramientas de composición.
En algunos libros que antologan ensayos metatextuales, como el trabajo de Carlos Montemayor (Los escritores indígenas actuales I y II, Tierra Adentro, 1992) o de Luz María Lepe Lira (Oralidad y escritura. Experiencias desde la literatura indígena, Dirección General de Culturas Populares, 2014), los autores parten desde su condición “indígena” como una responsabilidad política. Esto último no es para menos, muchos de los escritores surgieron a partir de una política cultural tradicionalista. Muy pocos cuestionan su quehacer literario, y si lo hacen parten del problema social e identitario al que pertenecen. Es un paso, me digo a veces, lo que indica que estos autores han tenido conciencia de la difícil tarea de la creación literaria, incluyendo el papel político en su carácter lingüístico.
Javier Castellanos (1949), de origen zapoteco, afirma que “la literatura indígena contemporánea no sólo es el despliegue del sentimiento de un ser creativo, sino que al mismo tiempo que muestra la cosmovisión de estos pueblos, aparecen detalles de una propuesta cultural” (“La literatura: flor y espina para los pueblos indígenas mexicanos” en Lepe Lira, 48) y, agrega el autor, “su función es llamar la atención a la situación semicolonial en que viven los pueblos indígenas de México” (48). Pero esta concepción denunciante, advierte el autor, no nos lleva a un buen camino. Con dicha postura política, un escritor no desarrolla una literatura que salve su lengua, sino que la condena a desaparecer: “No quiero decir que si se dejara de hacer esta literatura, todo va a cambiar, sólo quiero señalar que no basta la literatura para que se conserven las lenguas indígenas, que incluso en manos de la burocracia, la literatura ha sido utilizada para ocultar la sofisticada manera con que se está eliminando las lenguas originarias” (Castellanos en Lepe Lira, 52).
La reflexión liminal de Javier Castellanos es contundente y consciente sobre su posición cultural y política. La literatura, al final de cuentas, no salva a nadie, ni a su propia materialidad lingüística para prolongarla en el tiempo. Si se escribe para conservar una lengua se está afirmando que no tiene posibilidad de salvarse. Los escritores no aportamos nada para darle vida a nuestra lengua, nos preocupamos más para resguardarla, como guardar un objeto delicado que nadie más lo toque con el miedo de que lo rompa, que hacerla caminar con vida propia.
La novela escrita en México publicada en formato bilingüe tiene un catálogo bastante breve que comienza con Javier Castellanos en 1994 con Wila che be ze lhao / El cantar de los vientos primerizos (Editorial Diana/Conaculta). El mismo autor publica una segunda novela, resultado del Premio Nezahualcóyotl de Literatura en Lenguas Indígenas, con el título Relación de hazañas del hijo del relámpago en 2004 y, en 2007, Laxdao yelazeralle / El corazón de los deseos. Las tres obras, en formato zapoteco-castellano, colocan a Javier Castellanos como el primer novelista que publica en lengua zapoteca, en Oaxaca.
Después, en 1998, en Chiapas aparece la novela El kajkanantik / Los dioses del bien y del mal (Fundación Rockefeller/INI), en tseltal-castellano, de Diego Méndez Guzmán (1967). Castellanos y Méndez Guzmán son los primeros autores que esbozan una ruta de la novela en esta condición bilingüe, sin escaparse de la búsqueda por mostrar el mundo indígena. Castellanos, en particular, construye en su narrativa la visión de esos maestros que cargan una ideología de sujetos “elegidos” para cambiar el mundo colonial, dominado por un constante conflicto ideológico. Por su parte, Méndez Guzmán plantea en su única novela una reconstrucción del Popol Vuh a partir de un personaje llamado Alonso, en la máscara de un santo católico como San Ildefonso, un semidios enviado al mundo tseltal de Tenejapa como el mesías.
Después de estos dos autores finiseculares, en Yucatán surge Marisol Ceh Moo (1978), la única mujer novelista a nivel nacional, con las obras X-Teya, u puksi’ik’al ko’olel / Teya, corazón de mujer (Conaculta, 2009), T’ambilak men tunk’ulilo’ob / El llamado de los tunkules (Conaculta, 2011) y Chen tumeen chu’úupen / Sólo por ser mujer (Conaculta, 2014). En esta misma lengua también se encuentra Isaac Esaú Carrillo Can (1983-2017) con la novela U yóo’ otilo’ob áak’ab / Danzas de la noche (Conaculta, 2011).
En Chiapas, por su parte, un segundo novelista como Josías López Gómez (1959) viene a representar la lengua tseltal, después de pasar del cuento a la novela, con Te’eltik ants / Mujer de la montaña (Celali, 2011) y Jtunel / El servidor (Conaculta, 2020). Por último, del Estado de México, Francisco Antonio León Cuervo (1987) publica en 2019 la novela Nu pama pama nzhogú / El eterno retorno (Conaculta), en la lengua mazahua, con la variante lingüística jñatrjo, y castellano.
Estos seis autores o han ganado el Premio Nezahualcóyotl de Literatura en Lenguas Indígenas, a nivel nacional, como Javier Castellanos (2004), Isaac Esaú Carrillo Can (2010), Marisol Ceh Moo (2014), o el Premio de Literaturas Indígenas de América (PLIA), el máximo reconocimiento a nivel continental, con Josías López Gómez (2015), Francisco Antonio León Cuervo (2018) y Marisol Ceh Moh (2020), la más reciente.
A partir de una apreciación personal, encuentro que las novelas, excepto las de Marisol Ceh Moo y de Isaac Esaú Carrillo Can, abordan mundos narrativos en conflicto derivado de una visión antagonista. Los personajes son partícipes del proyecto modernizador mexicano al convertirse en maestros, como en las novelas de Javier Castellanos y Josías López Gómez, o un choque de cosmogonías como en la novela de León Cuervo.
La mayoría de los autores, por lo tanto, escriben para “mostrar” la dominación de la ideología occidental sobre los pueblos que sobreviven en un mundo semicolonial como un vestigio digno de recrearse en la literatura. La más sobresaliente, en todo caso, es Marisol Ceh Moo al salir de estas camisas de fuerza y plantear otros temas fuera de esta construcción cultural en la literatura. Desde su primera novela, Teya, corazón de mujer, hallamos la narración de la vida y muerte de un militante comunista en Yucatán en los años 70 del siglo pasado. Sobre la autora, el escritor y académico Arturo Arias le ha dedicado un amplio espacio en su libro Recovering lost footprints (SUNY/State University of New York, 2018), además de estudios sueltos con mucha profundidad sobre su propuesta temática. Issac Esaú Carrillo Can, por su parte, con una trama sencilla y un lenguaje poético aborda en Danzas de la noche los sueños de una joven maya que la llevan con su padre para convertirse en una danzante.
Quiero detenerme ahora en la novela El eterno retorno de Francisco Antonio León Cuervo para reflexionar sobre algunos elementos narrativos que la componen. La obra narra la vida y muerte de Xuba, una adaptación de la tradición oral mazahua, quien enfrenta dos conflictos generados a partir de un encuentro con la sirena, un ser fantástico en la figura de una mujer con cola de serpiente. Ebrio, Xuba se aprovecha sexualmente de la mujer al encontrarla a la orilla de una laguna.
Al amanecer, un sentimiento de miedo se apodera del personaje. Pese a que él no cree en el destino ni en la predestinación, pues “Era bastante pragmático para su tiempo” (2019: 97), su muerte ya estaba anunciada desde esa mañana antes de ir a su trabajo. Esto lo sabe el personaje una vez que comienza a sufrir las consecuencias de su acto al volverse un fantasma en la vista de sus vecinos, de sus hijos. Cuando Xuba se desespera, busca a una curandera del pueblo, quien le explica lo que le ha sucedido: “Decían los viejos que cuando esto pasaba era porque la sirena se apoderaba de tu alma. Yo no sé si eso sea verdad, pero creo que la única manera de curarte es que encuentres a esa sirena y la mates, antes de que el miedo acabe de consumirte. Así enfrentarás tu miedo, lo destruirás y volverás a creer en ti, tal vez así puedas curarte” (124).
Xuba busca a la sirena para matarla, lo logra después de un par de intentos fallidos. Este acto coloca al personaje como héroe, lo que le permite recuperar poco a poco su presencia en el mundo ante su familia y las demás personas. Pero al final, como también se lo advierte la curandera, otro error podría hacer volver la enfermedad. En efecto, después de que Xuba vence su miedo matando a la sirena, un hacendado le incita a confesarse con un cura una vez que se entera de que Xuba se había recuperado de su enfermedad matando a la sirena. Para ello, primero tiene que convertirse al cristianismo. Pero el cura le plantea a Xuba un problema personal al bautizarlo, la pronunciación de su nuevo nombre «Francisco»: “—Fan-fan-fancisco” (152). El padre se molesta con él: “—No, no, no. No seas pendejo, es Francisco, como el santo” (153). Después de discutir con el cura, el personaje decide usar el nombre Pancho, por ser de más fácil pronunciación. Con el tiempo, al acostumbrarse únicamente como Pancho, se olvida de su primer nombre. Esto le hace revivir su miedo, y de nueva cuenta comienza a padecer los mismos síntomas de la enfermedad como al principio, después del encuentro con la sirena, volviéndolo nuevamente un fantasma en vida, que no tiene forma de sobrevivir, de tomar decisiones propias. Vemos entonces que sirena y cura cumplen con la misma función: remover la conciencia del personaje para hacerlo víctima de su comportamiento.
Xuba, si bien fue inteligente y decidido al inicio para vencer su miedo, al confesarse con el cura, su concepción sobre la sirena cambia, el sacerdote lo convence de que fue el demonio: “Lo que tú viste fue el diablo”, afirma el padre, “El diablo es el enemigo de Dios. Busca a los hombres pecadores para agrandar su reino del mal. Cuando te encuentras con él, te roba el alma. El alma es el aliento de Dios que te da vida, todos tenemos un alma y si nos la arrebatan es lógico que vamos a morir” (156). El bautismo y la confesión provocan la segunda muerte de Xuba, en la sustitución de su nombre también relega el lugar de su alma, hasta que un día muere al reventar su estómago, de donde brotan todo tipo de gusanos e insectos.
En el desenlace de la obra se centra una de las consecuencias de los actos de Xuba. Cuando su espíritu sube al cielo, en una dimensión se encuentra con el ángel que viene en busca de un tal Francisco, pero el personaje no lo reconoce como suyo, pues él se identifica como Pancho. Después de vagar un tiempo, y con los encuentros infructuosos con el ángel, Xuba baja al inframundo. A la orilla de un río se encuentra a un perro esperando a alguien. Él se atreve a preguntarle a quién busca, el perro le contesta que a un hombre que se llama Xuba, pero el personaje también desconoce el nombre, insiste en que se llama Pancho. Entonces regresa al cielo, se repiten los encuentros con el ángel, y luego con el perro en el inframundo. En un espacio intermedio, en la colina de una montaña, ve a lo lejos a una mujer que la reconoce como la sirena y algo en su memoria le dice que tiene que matarla.
El planteamiento de la novela coloca al personaje entre dos ideologías antagónicas, la mazahua y la occidental en su carácter religioso. Al final el personaje queda atrapado, suspendido, en medio de estas dos ideologías como un fantasma que vuelve de un lugar a otro, sin descanso. El autor logra confrontar dos mundos en un solo personaje, los cuales terminan llevándolo en una constante lucha hasta la eternidad.
La idea de fantasma no solamente se aprecia a nivel de la trama, sino también a nivel del discurso narrativo en el punto de vista y voz narrativa. Partiendo desde la teoría del relato, “el punto de vista lo es sobre la esfera de experiencia a la que pertenece el personaje y en la medida en que la voz narrativa es la que, dirigiéndose al lector, le presenta el mundo narrado” (Ricoeur, Paul, Tiempo y narración. Configuración del tiempo en el relato de ficción. Vol. II, Siglo XXI editores, 1995: 513).
En cuanto al punto de vista, el mundo se configura a partir del entendimiento de Xuba. El mundo del cual buscaba mantenerse apartado le hace una muy mala jugada al encontrarse con la sirena, lo que le produce su primera muerte, pero después le sucede lo mismo al encontrarse con el cura, su bautismo le genera una segunda muerte. De hecho, sus propios compañeros se burlan de él cuando cuenta sobre su cambio de nombre: “—¿Dijo que te llamabas Francisco? / —Sí, así me bautizó. / —Pero, yo sí puedo decir Francisco, ustedes también. ¿Verdad, Andrés? / —Sí, yo sí. ¿Tú, Celso? / —Francisco. / —Ya ves, compadre, nosotros sí te podemos decir Francisco. / —Sí, pero yo no puedo decir ese nombre, por eso quiero que me llamen Pancho, como ya les he dicho. No sea que me hagan a hacer enojar” (León Cuervo, 164).
Y es que, desde el punto de vista narrativo, el personaje asume una identidad del ser “indio” y así se ubica entre sus compañeros. Esta identidad no la cuestiona ni antes ni después de convertirse en Pancho. Esto nos lleva a pensar en otra muerte simbólica, mucho anterior a su encuentro con la sirena: “Pancho nunca contempló la posibilidad de que otros podían pronunciar Francisco; creía que los demás indios eran como él, en la manera de ser y de pensar. Pensaba eso, porque los ladinos así se lo habían hecho creer a él y a todos los indios” (164).
En efecto, en un primer momento, vemos a Xuba como “indio” que sufre por su propia condición cosmogónica, los seres con quien se enfrenta son parte de su lugar de origen que antes no creía. Pero una vez con un nuevo nombre su ser “indio” deja de ser inteligente, incluso muestra un pensamiento pueril ante sus propios vecinos. En términos ficticios la transformación de Xuba no es un problema, es un personaje que, frente al pensamiento colonial, no tiene la capacidad de tomar conciencia de su propia existencia. Es un sujeto limitado de entendimiento, y la manera en que se burlan sus compañeros de él nos convence de que el problema es él. Tampoco podría haber mayor problema si, además de él mismo, también califique de “indios” a sus compañeros, es la forma en que él comprende su identidad y puede llevarnos a un análisis de su psicología.
El fragmento citado arriba nos lleva a reflexionar sobre la identidad de la voz narrativa. Cuando dice que Pancho “creía que los demás indios eran como él”, el narrador nos muestra lo que el personaje piensa, cree, observa. Incluso es entendible cuando dice que “los ladinos así se lo habían hecho creer”, tratándose de un personaje que ha sido dominado ideológicamente. Pero al final de la cita anterior, “y a todos los indios”, ya no es un pensamiento del personaje sino del narrador. En este sentido, de acuerdo con Ana Matías Rendón, “el concepto de ‘indio’ se trata de una invención narrativa que tendrá una amplia gama de significados, asociaciones y efectos reales en las personas” (La discursividad indígena. Caminos de la Palabra escrita. Editorial Kumay, 2019: 27).
Lo cuestionable entonces es el uso de la voz narrativa, con una marca verbal en tercera persona del omnisciente, que debiera estar fuera de la historia, sin punto de vista, limitado a mostrar el mundo del personaje, sin emitir juicios de valor.
La primera línea de la novela inicia de manera excelente: “Xuba se levantó muy temprano esa mañana, no pudo conciliar el sueño toda la noche” (97). Al nombrar el personaje, la voz narrativa nos lleva de manera directa a un hombre singular, con nombre propio. Pero en tan sólo unos párrafos más abajo, el narrador rompe con su posición neutra: “Era bastante pragmático para su tiempo, a diferencia del resto de los indios o mestizos que vivían atemorizados por una infinidad de supersticiones” (97). El narrador deja su posición de omnisciente y se entromete en el punto de vista del personaje al calificarlo también de “indio”. Como sucede con el resto de la narración, esta forma de identificar al personaje con un nombre común borra su presencia: “En mayo el maíz no requiere trabajo y, aunque es un mes caluroso, el indio se emplea en la raíz” (102). Ahora el personaje ya no es Xuba, sino un “indio” cualquiera con un peso eminentemente colonial. El narrador lo borra y lo convierte en un fantasma. No es lo mismo que un personaje identifique como indio a su compañero, con un fin racista, a que el propio narrador en omnisciente lo haga. Una opción pudo haber sido identificar a Xuba con el gentilicio de su lugar de origen o de su lengua, lo cual nos hubiera permitido entrar en su mundo a profundidad para conocer su cosmogonía, su concepción de la vida, y con ello conocer al ser humano y no al “indio” inútil opuesto al hombre mestizo y católico.
El punto de vista en el cual se mete el narrador es una concepción de mundo, en primera instancia, y, en segunda, opuesto a la visión católica. Mas el narrador no marca su propia posición neutral: “Cuando alguien visitaba a un sacerdote, tenía que llevar su limosna u ofrenda, no obstante, aunque la cuota era la misma para un mestizo o un indio, al indio siempre se le hacía esperar” (150).
Como se piensa desde la teoría del relato, “El punto de vista toma cuerpo, en primer lugar, en el plano ideológico, en el de las evaluaciones, en la medida en que una ideología es el sistema que regula la visión conceptual del mundo de la obra en todo o en parte. Puede ser la del autor o la de los personajes” (Ricoeur, 1995: 523). Siguiendo entonces el problema de composición de la novela, me parece a mí que otro fantasma domina la voz narrativa en la obra de León Cuervo. Si la construcción del punto de vista concierne a lo que estrictamente llamamos poética de la composición, debido a que el creador demuestra su habilidad de “crear un mundo”, ya sea vivido, imaginado o deseado, el mundo de El eterno retorno ideológicamente está poseído por un fantasma del indigenismo.
Basta ver, por ejemplo, y muy a pesar suyo, la voz narrativa en Oficio de tinieblas de Rosario Castellanos: “Las indias avanzaban de prisa, tropezando unas con otras, tratando de proteger a sus hijos” (Booket, 2005: 232). Lo que vemos en esta novela, como en El eterno retorno, es que no hay una separación entre la visión del personaje y la del narrador, ambos pertenecen a un mismo punto de vista, el indio frente al mestizo que es su victimario.
El uso entre el punto de vista y la voz narrativa, incluso el uso de focos narrativos, aún es débil en los autores en lenguas mexicanas, falta una postura propia de la voz narrativa con respecto del mundo de los personajes. Tal vez tenga mucha razón Javier Castellanos cuando dice que nuestra literatura sea únicamente repuesta del proyecto cultural mexicano. En su propia novela Cantares de los vientos primerizos, el personaje se enfrenta con su pasado histórico a través de las revelaciones de Trhon Lia. Consciente de la invención del sujeto “indígena” por la antropología, el personaje narrador justifica su comportamiento e identidad fantasmática por su pasado histórico, también dominado por la ideología de la conquista española.
Mientras que el punto de vista de Xuba se posiciona en la época en que trata la historia, por tanto, con una ideología colonizada, la posición temporal de la voz narrativa, su presente narrativo, está ambiguamente dentro del mismo tiempo. Aunque narra en pasado, su grado cero, no se percibe ninguna diferencia. Este elemento temporal no fue aprovechado por el autor para ubicar un punto de vista que le permita “descolonizar” la mirada de su personaje, empezando por la postura ideológica del narrador que, dentro de la ficción, no debería tener por su neutralidad.
De hecho, en más de una ocasión la voz narrativa toma ciertas licencias para dudar, divagar y, en ocasiones, juzgar a su personaje. Nos encontramos con frases como, por ejemplo: “Quizá creció allí desde mucho antes que el indio supiera qué hacer con su raíz” (102). O, más adelante, hace sentencias como: “El corazón del indio es tan noble que en él se hallan junto a sus familiares los recuerdos de sus animales” (103), como una visión idílica por excelencia del mundo indígena. Incluso el narrador se permite ciertas expresiones muy personales como: “Empezó igual a como lo aprendió de su padre, su padre de su abuelo y él de su padre, o de quién sabe quién chingados” (104). Si bien el personaje es indiferente de su posición ideológica, el narrador asume sus propias licencias para insultar por él o manifestar sus emociones.
La voz narrativa usada como recurso en la novela El eterno retorno, por tanto, no tiene una clara posición temporal ni ideológica, aunque se pretende creer que no dista del paso de sus propios personajes. Es una voz narrativa que rompe con su condición de omnisciente y pasa al de ¿testigo? En ese caso tampoco podría adivinar el pensamiento del personaje o sus sentimientos. Como ya he observado, el narrador pareciera tener la misma ideología que Xuba, lo cual es un grave problema de composición. No es imposible degradar la voz narrativa en omnisciente al de testigo, a menos que sea una novela postmoderna con un planteamiento consciente y de manera unificada.
En la novela de León Cuervo, como también sucede en Mujer de la montaña de Josías López Gómez, el narrador se desliza en la propia voz y forma de hablar del autor. Finalmente, como afirma Paul Ricoeur, “En cuanto autor de discursos, el narrador determina, en efecto, un presente —el de narración— tan de ficción como la instancia de discurso constitutiva de la enunciación narrativa” (530). Esto significa que, si bien toda novela encierra una composición ficticia, incluyendo la voz del narrador como estrategia narrativa y dueño de los discursos pronunciados, es imposible deslindarla de un peso ideológico que la compone.
Me parece entonces que aún nos falta dominar algunos elementos de composición literaria para poder construir los mundos que viven nuestros personajes y con ellos los que vivimos y deseamos o negamos vivir. Como lo manifestaba Javier Castellanos, aún escribimos bajo una demanda de la política cultural que impera en nuestro país, lo cual produce una literatura conservadora y decadente. La novela de León Cuervo se ubica en esta postura, únicamente responde a una política cultural sin ninguna propuesta literaria en concreto.
Muy pocas obras, como la de Carrillo Can y Ceh Moo, supieron aprovechar de los certámenes literarios para mostrar una cosmogonía interna o al margen de ella, creando nuevas cosmogonías como parte de la composición literaria. Cuando hablamos de composición interna también hablamos de la composición de un mundo paralelo y, muchas veces, para cuestionar la forma en que vivimos, a partir de la visión de nuestros personajes, de su condición social e histórica, ya sea de manera poética, filosófica o propiamente literaria.
Aún falta que los narradores bilingües provechemos de nuestras herramientas de composición y llevemos al límite el lenguaje, que no sólo responda a una demanda cultural o política, sino que sirva para expresar la visión de mundo del autor, una visión construida y pensada constantemente desde su posición social, histórica e ideológica. Nos falta deshacernos de la idea que los premios en la disciplina en lenguas indígenas son el mejor incentivo para difundir una obra, o para darnos a conocer ante nuestros lectores. Necesitamos arriesgarnos más con nuestros recursos de composición, que nos adelantemos a lo que nuestros lectores esperan de nosotros.
Nos falta vencer a esos fantasmas que hablan a través de nuestras voces narrativas, incluyendo la poesía. Muchos de nosotros empezamos escribiendo bajo el peso ideológico del indigenismo, nuestro único referente literario es nuestro mundo oral y la literatura escrita sobre nuestra cultura, que la antropología ha usado como ejemplo para mostrar el mundo indígena mexicano.
Nuestro reto continúa siendo superar la ideología denunciante de la literatura indigenista, buscar nuestras propias herramientas de composición, jugar con ellas para crear mundos posibles y mostrarle al lector un mundo literario más complejo, actual o histórico, como lo es la propia vida.
Hace 30 años, el 22 de septiembre de 1991, William A. Moffett, director de la Biblioteca Huntington en San Marino, California, daba el anuncio más importante de su carrera. Dos días atrás, una galleta de la suerte había vaticinado: “Un anuncio sorpresa te liberará” y así parecía ser, pues mientras Moffett anunciaba que la biblioteca tenía en su acervo un facsímil de los negativos de más de 3,000 fotografías de los Rollos del Mar Muerto, así como copias que de ellos había en los archivos fotográficos del Museo Rockefeller y del Santuario del Libro en Jerusalén, junto con fotografías tomadas antes de que varios de los fragmentos se deterioraran, el miedo y el estrés que había caracterizado a los días previos al anuncio se desvanecía en el aire.
En total, la Biblioteca Huntington poseía una copia de todos los manuscritos encontrados hasta ese momento en las 11 cuevas de Qumrán, incluidos aquellos cuya existencia aún no había sido revelada al público al no haber sido traducidos ni publicados, y ahora los ponían a disposición de todo aquel investigador que quisiera tener acceso a ellos.
El anuncio causó un revuelo que incluso transcendió el mundo de los estudios académicos sobre el judaísmo y el cristianismo para llegar a ser reportado en el Times y fue llamado “el equivalente a derribar el Muro de Berlín”. Esto se debía a que la movida de la Biblioteca Huntington era a la vez una apuesta por el libre acceso a la información y un golpe al reducido gremio de editores que acaparaban el acceso a todas las fotografías de los Rollos del Mar Muerto, impidiendo su estudio a todo aquel que no perteneciera a su círculo cercano. Ese día, la lucha por alcanzar un acceso más libre al conocimiento daba un paso crucial.
La historia de los Rollos del Mar Muerto de Qumrán es tan enredada como interesante, llena al inicio de una serie de casualidades y encuentros fortuitos sin los cuales jamás habrían visto la luz del sol. Todo comenzó un día de 1947, cuando tres pastores beduinos realizaron uno de los mayores descubrimientos arqueológicos del siglo XX mientras pastoreaban a su rebaño cerca de las ruinas del antiguo establecimiento esenio de Qumrán.
El desierto del Jordán florecía gracias a las abundantes lluvias que habían llegado con el invierno y los tres hombres, Muhammed ed-Dib, Jum’a Muhammed Khalil y Khalil Musa, se aventuraban a buscar a una de las cabras perdidas de su rebaño en una estrecha apertura entre las rocas de un precipicio, pero en su lugar encontraron una decena de vasijas selladas. Pensando que podrían contener oro, las abrieron y dentro de ellas hallaron tierra roja, semillas y escarabajos muertos, excepto en la última, donde descubrieron cuatro paquetes hediondos enrollados en lino. Acababan de de encontrarse, sin saberlo y por pura casualidad, con el libro de Isaías, el Rollo de Acción de Gracias, el Rollo de la Guerra y una versión apócrifa de Génesis. A ellos, en una segunda expedición, se sumaron un comentario al libro del profeta Habacuc, una versión en peor estado del libro del profeta Isaías y un manual de disciplina.
Al principio, los pastores, no ajenos al comercio de antigüedades, intentaron encontrar un comprador entre los comerciantes de Belén. Así, empezó una epopeya en la que los rollos fueron de mano en mano y de tienda en tienda cambiando de dueños, siendo vendidos e intercambiados y pasando por tiendas de antigüedades, mercados, un monasterio e incluso cuatro de ellos, de alguna manera, terminaron siendo anunciados en The Wall Street Journal en 1954.
Los siete rollos no volverían a estar juntos por ocho años más, pero la noticia de su existencia ya era pasada de boca en boca, impulsando el inicio de la búsqueda arqueológica que desembocaría en el descubrimiento de otras diez cuevas y cientos de textos más. Se especulaba que los rollos podrían pertenecer a la época de la Iglesia primitiva y que de ser así quizás podrían contener alguna pieza clave para entender los inicios del cristianismo. Sin embargo, cuando fueron datados, resultaron ser mil años más antiguos que el Texto Masorético, es decir, la versión hebraica del Tanaj1 o la Biblia Hebrea y la base para las traducciones del Antiguo Testamento. Eso quería decir que los rollos de Qumrán otorgaban la oportunidad jamás antes vista de estudiar una versión de algunos libros de la Biblia Hebrea que no habían sido estandarizados por el canon.
Sin embargo, los rollos encontrados en las cuevas subsecuentes rara vez fueron manuscritos enteros, sino fragmentos inconexos y los investigadores del sitio de Qumrán se encontraron frente a un rompecabezas de miles de piezas que no sabían cómo ensamblar. Idearon y pusieron a prueba cientos de teorías. Quizás, pensaron, podrían clasificar los fragmentos de acuerdo a la caligrafía que presentaban para así intentar ordenarlos por escriba. Pero un escriba podría haber hecho más de 25 rollos, así que dos fragmentos provenientes de la misma mano no necesariamente serían del mismo rollo. Así, mientras que un investigador podía decidir que dos fragmentos eran parte del mismo manuscrito, tras una evaluación más cercana, otro podría decir que más bien pertenecían a documentos distintos.
Se terminó formando un equipo de investigadores encargados de dictaminar y decidir el orden y la pertenencia de cada fragmento, así como de traducir y eventualmente publicar todo lo relacionado con los Rollos del Mar Muerto. El gobierno de Israel les concedió los derechos únicos a la investigación directa con los rollos y sus fotografías y durante décadas fue ese mismo círculo de estudiosos el que acaparó toda la investigación relacionada con los manuscritos de Qumrán.
No pasó mucho tiempo para que un aura de secretismo y conspiración se relacionara con el grupo de intelectuales. Uno de los principales rumores acusaba a los investigadores de estar retrasando a propósito sus publicaciones porque algunos rollos contenían información que podía contradecir directamente al dogma católico. El rumor llegó a tal punto que incluso fue representado como parte de la trama de la novela de Daniel Esterman The Judas Testament (1994) en la que un sacerdote quema un fragmento de uno de los manuscritos de Qumrán por temor a que su contenido ponga en riesgo a la Iglesia Católica Romana y en La conspiración del Mar Muerto (1991) un libro que intentaba desenmascarar la influencia de la Iglesia Católica en las investigaciones de Qumrán.
No fueron pocos los enfrentamientos entre el grupo de investigadores y otros intelectuales interesados en publicar sus propias ediciones y traducciones de los rollos. El monopolio sobre los manuscritos se negaba a ceder ni un ápice de su poder, llegando incluso a demandar a aquellos que se atrevieron a publicar facsímiles de las fotografías de los Rollos del Mar Muerto, pero ¿quién tenía realmente el derecho de decidir quién sí o quién no podía investigar aquellos textos? ¿A quién realmente pertenecían los rollos de Qumrán cuando hacía más de mil años que habían sido escritos, cuando los esenios que los habían compuesto y escondido en sus cuevas habían desaparecido tanto tiempo atrás? Palestina, Israel y el Reino de Jordania se disputaban su propiedad y un puñado de intelectuales se la negaba al resto del mundo, ¿pero de verdad tenían derecho a hacerlo?.
Quizás William A. Moffett se hizo esas mismas preguntas el día en el que al ser nombrado director de la Biblioteca Huntington alguien le mostró la gran colección de negativos de las fotografías de aquellos rollos prohibidos para todo aquel que no formara parte del grupo selecto de investigadores de Qumrán. Quizás se quedó pensando después en su despacho en todos los ojos que nunca habían visto ni podrían ver lo que él tenía a unos escasos pasos de su oficina. Tal vez, incluso, se preguntó si mantenerlos escondidos para el mundo se alineaba con el deber de toda biblioteca de permitir un acceso libre al conocimiento.
La cuestión era que Huntington, por una de aquellas casualidades como la que había llevado a los beduinos a encontrar la primera cueva de Qumrán, se hallaba exenta de los debates sobre derechos de autor que pendían sobre los rollos y sus reproducciones. Años atrás, Elizabeth Hay Bechtel, presidenta y fundadora del Ancient Biblical Manuscript Center (ABCM) en Claremont, California había negociado con el gobierno de Israel para fotografiar todos los rollos existentes.
Movida por el deseo filantrópico de ayudar a preservar el mayor tiempo posible el tesoro de Qumrán, y alarmada por las recientes tensiones entre Palestina, Israel y Jordania, Bechtel financió una serie de expediciones lideradas por Robert Schlosser, un fotógrafo experto en documentación antigua, para fotografiar todos los Rollos del Mar Muerto. Al terminar, Bechtel decidió resguardar una copia de los negativos en el ABCM y trasladar la otra a una localización segura. Sin embargo, ese lugar nunca llegó a concretarse, pues tras una disputa entre Bechtel y el vicepresidente del ABCM, la segunda copia de los negativos pareció desvanecerse en el aire.
En realidad, Bechtel había negociado que aquella segunda copia fuera resguardada en el archivo de la Biblioteca Huntington, llegando a financiar la construcción de una cámara especial para su preservación y tras su muerte en 1987, los negativos se convirtieron en una propiedad oficial de la biblioteca donde permanecieron durante años sin que su presencia fuera conocida más que por un puñado de personas.
No pasó mucho tiempo para que el grupo de investigadores con el monopolio sobre los rollos, apodado “el cartel de editores”, se enterara de la existencia de los negativos que abrigaba la Biblioteca Huntington. Y aunque al inicio solo se mostraban interesados en visitar las instalaciones de tanto en tanto para revisar alguno de los negativos, cuando William A. Moffett fue nombrado director, todo parecía indicar que el grupo deseaba que los negativos de Huntington les fueran cedidos.
De pronto, Moffett se encontró frente a la decisión de aceptar lo que el cartel de editores pedía y concederles el control de la colección donada por Elizabeth Hay Bechtel o divulgar al mundo la localización de los negativos y abrir las puertas de la cámara especial que los contenía para que cualquier investigador pudiera tener acceso a ellos. Por un lado, se evitaba los problemas que podrían causar la ira del cartel de editores, por el otro, obstruía y quizás negaba la única oportunidad que había habido en años de garantizar un acceso libre a otros investigadores para acceder a los rollos. Quizás fue una decisión difícil, pero no fue una de la que Moffett se arrepintió.
Así, el 22 de septiembre de 1991, 44 años después de su descubrimiento, los Rollos del Mar Muerto ampliaban su accesibilidad de un puñado de personas a todo aquel investigador dispuesto a solicitar al Huntington una visita a su acervo fotográfico.
Ahora, 30 años después, una parte de los rollos ha sido digitalizada por Google y han quedado atrás los tiempos del secretismo del cartel de editores que monopolizaba el acceso a ellos. El muro fue derribado, los rollos ahora están a un click de distancia y cualquiera puede acceder, gratuitamente, al menos a una parte de su contenido, pero ¿cuántas otras investigaciones han sido truncadas por gremios similares al que obstruyó por años el de la investigación de los manuscritos de Qumrán?, ¿cuántos otros documentos, datos esenciales y pruebas científicas han sido negadas por otros investigadores a sus pares solo porque se puede, atrasando por años el avance en esas áreas del conocimiento?, ¿qué otros artefactos milenarios han caído en el agujero de los derechos de autor que retuvo durante tantos años a los Rollos del Mar Muerto?
Quizás, en lugar de una victoria, el anuncio de la Biblioteca Huntington y la digitalización de Google fueron solo pasos encaminados a la dirección correcta que nos han acercado, mas no llevado a la meta de un acceso igualitario a la información académica. Quedan muchas trincheras abiertas y muchos carteles de editores, recelosos de su investigación, demasiado volcados en ella como para pensar que no todos comparten su suerte.
Bibliografía
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Lim, Timothy H., The Dead Sea Scrolls. A Very Short Introduction, Oxford University Press, Nueva York, 2005.
Artículos
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Davis, Mary Ellen K., The Dead Sea Scrolls are opened to the public. The Huntington Library’s decision to give scholars access to the Dead Sea Scrolls unleashes a publicity storm”, ACRL College and Research Libraries News, 1991, https://crln.acrl.org/index.php/crlnews/article/view/19723/23353
Schultz, Colin, The Dead Sea Scrolls Just Went Digital, Smithsonian Magazine, 2012, https://www.smithsonianmag.com/smart-news/the-dead-sea-scrolls-just-went-digital-168387392/
Wilford, John Noble, “Monopoly Over Dead Sea Scrolls Ended”, The New York Times, 1991, https://www.nytimes.com/1991/09/22/us/monopoly-over-dead-sea-scrolls-is-ended.html
No hay razón para que nada sea
o siga siendo como es;
todo debe, sin razón,
poder no ser y/o ser capaz de ser
diferente de lo que es
Quentin Meillassoux
Me temo que detrás de la mística
se esconde una realidad mundana,
que a veces es más extraña que la ficción
Negarestani
Comencemos por el final. Reza Negarestani es un filósofo de culto internacional en el campo de la filosofía analítica, el posthumanismo y las inteligencias artificiales. Es un pensador que se mueve en cierta intelectualidad alrededor de la que es, en teoría, el primer movimiento serio de la filosofía del siglo XXI: El realismo especulativo, ¿nuevo realismo? Esta corriente de pensamiento pretende releer la tradición filosófica desde Platón a partir de sus errores manifiestos repetidos incansablemente. Principalmente la crítica al correlacionismo, es decir que lo que la subjetividad y la reflexión (¿kantiana?) tienen repercusiones y son creadoras del mundo y lo que existe. Recordemos “Pienso, luego existo” de Descartes o los abusos del posmodernismo en los que todo es lenguaje, todo es texto, todo es interpretación, todo es imagen. Frente a este escenario que alcanza su crisis a finales del siglo XX, el siglo XXI llega con una serie de filósofos que afirman que la realidad existe sin importar si hay un sujeto que lo crea o no. Ray Brassier afirma que no es únicamente que la realidad y la naturaleza existan independientemente de los seres humanos, sino que ni siquiera le importamos. Lo dice como una forma de atacar la creencia de que el desmoronamiento del medioambiente es una forma de venganza o ataque del mundo contra los seres humanos, como si la madre naturaleza tuviera un plan para eliminarnos. No, hay cosas exentas de los intereses humanos. Hay entidades anteriores a la existencia.
Desde esta arqueología especulativa es derramado un extraño texto que dialoga con el cruce de la cibernética, el materialismo libidinal y la imaginación decimonónica. Si sus bases son la filosofía del nuevo realismo, su diálogo es con la difuminación de la identidad en internet, la libido militar y la idea lovecraftiana de entidades incognoscibles.
A manera de relato encadenado o matryoshka, el texto se estructura como un ir y venir de una crónica escrita por una viajera quien, a través de pistas en internet da con una serie de escritos: tratados teológico-militares, crónicas de guerra e investigaciones geológicas de tiempos más allá del Antropoceno. Es una novela que esconde la verdad de la tierra, los secretos de la política y una extraña fuerza más allá de lo humano. En realidad, no se sabe si es una novela, un tratado sobre la verdad de la materia, un documento geológico o un cuento de hadas. La primera vez que Ciclonopedia: Complicidad con materiales anónimos se hizo pública fue a través de entradas a un blog del que se desconocía el autor. Eran un montón de glosas y documentos subidos anónimamente a la web. Eran fácilmente descritos como los delirios paranoicos de un iraní que leyó a Deleuze & Guattari y creía poder acabar con los conflictos bélicos de Medio Oriente. Era una táctica hipersticional (incrustación de lo ficticio en lo real) cuyo fin era hackear el imaginario de la guerra en curso, representada por los yihadistas y las torres gemelas. Era militancia ficticia.
Quizá por eso, junto a las restricciones de Irán respecto al acceso a Internet, durante muchos años el nombre Reza Negarestani pertenecía al espectro de escritores imaginarios o narradores inexistentes al que también pertenecen Juan de Mairena, Arturo Belano o el mismo Macedonio Fernández. El libro publicado años después como Ciclonopedia: compilación de materiales anónimos en 2008 se presentó como una curaduría más de Robin Mackay quien es el curador o creador intelectual de las corrientes filosóficas ––denominadas por el nuevo realismo y aceleracionismo, conjuntos de textos dispares, pero cobijados por la curaduría conceptual de un filósofo que no escribe y del que a pesar de tener fotos en internet, no tiene rastros de su identidad: fechas, lugares, historia, nada. Exista o no Mackay, su nombre ha hecho constelaciones teóricas cual curador en el museo. Así apareció Ciclonopedia: libro-mundo, libro-trauma, libro-museo, libro-cosmología, libro-tratado, libro-neurosis.
En medio de esa excepcionalidad, también habría que decir que es un libro que peca de emoción intelectual y el ansia por decirlo todo rápido y al mismo tiempo. Es un texto intrincado y difícil. En gran parte porque se nutre de muchos campos disciplinares y si no se es experto en todos, te puedes perder. Es difícil saber de teología islámica, mitos europeos, cibernética avanzada, polémicas israelíes sobre filosofía francesa en los años noventa, geología, ciencia ficción rusa, Lovecraft y seguir el hilo de la libertad imaginativa de su autor para condensar eso en un mundo como el nuestro, pero que no es el nuestro.
En el mundo de Ciclonopedia conviven hiper-teóricamente, el petróleo como una entidad sintiente que pactó con el sol para manejar el mundo. Pero algo se rompió. Lo divino como idea ancestral es el trato entre las dos energías más poderosas del planeta: una externa que todo lo ve, la otra subterránea que todo lo sabe. En esta batalla toma sentido el correlato objetivo que es el imperialismo yankee como representantes de la luz ––recordemos que el iluminismo como edad de oro del hombre blanco, no es otra cosa que la suposición de que todo puede ser visto gracias al sol. Del otro lado Medio Oriente como esa figuración de terrorismo que salvaguarda una forma de vida distinta, sabiduría antigua y mucho petróleo. Parecería que en Ciclonopedia es obvio que el crudo es la fuente del saber ancestral de toda una región del mundo: el contacto con dioses subterráneos.
El libro fascina por el mundo que crea y porque enuncia una serie de conceptos filosóficos que uno creería que puede seguir. La primera tentación al leer el libro es aprender y entender cosas como si fuera filosofía, pero luego caes ante la narración y recuerdas que es una especie de novela. Al ser eso, no es posible defender filosóficamente los contenidos del libro y quizá por eso su autor al día de hoy desconoce su primer libro. Ciclonopedia hizo famoso a Reza Negarestani en los círculos telúricos de lectores de Lovecraft, chamanismo cibernético y asesinos kamikazes que quieren atentar contra la hegemonía tecnológica norteamericana. Sin embargo, es una obra de juventud inestable y hoy Negarestani busca las certezas que la analítica del lenguaje puede ofrecer. Defiende una inteligencia de la mano de la imagen científica del hombre donde la ficción ya no tiene lugar.
Más que por qué un autor niega sus obras de juventud, cosa que se suele hacer, valdría la pena preguntar ¿cómo se pasa de un experimento teórico ficticio y político a la búsqueda de la verdad en sí? Aunque no haya una respuesta, hay algunas relaciones que se pueden conjeturar.
Ciclonopedia: compilación de materiales anónimos es paradigmático en la creación de un género sin categorías cerradas que es la teoría-ficción. Esta forma de creación que tiene su germen en libros como Zaratustra de Nietzsche o Sartor Resartus de Thomas Carlyle, manifiesta una pregunta que también discutía Heidegger y Carnap, Wittgenstein y Rousell: ¿Pueden los relatos supersticiosos explicar mejor la deriva del mundo que los tratados científicos? No importa en realidad la respuesta, dependerá de cada caso. Los conflictos entre filósofos analíticos y continentales es defender una u otra. Pero si hay textos que con teoría-ficción te hacen dudar de tus convicciones y te desequilibran, quizá valga la pena el riesgo del juego.
Tanto Ciclonopedia como Inteligencia y espíritu (2019), tienen presente la idea del afuera, cuyo diálogo es con el nóumeno de Kant. Esa cosa especulativa inaccesible para la razón humana. La novela intenta tocarlo desde el inseguro lugar del mito, el tratado desde la ciencia. No es una excusa, pero con la seguridad que da la ciencia es mucho más fácil vivir. Si vienes de la guerra, la represión y el miedo, abrazar las certezas es el camino más corto a la felicidad.
Lo que me extraña de Ciclonopedia es que, aunque habla de la ancestralidad, los mitos y la arqueología, nunca hay melancolía. Fue escrito desde la urgencia del presente y quizá el anhelo del futuro redentor. Abrazar la ficción implica la administración del pesimismo, la melancolía y aceptar la inestabilidad de lo que existe. Tal vez es demasiado para llevar la vida. La potencia del libro es inviable y permanecerá como un secreto a voces del que huir cuando se te presente si no te quieres perder en el deliro de guerras lejanas y susurros del más allá.
Nota del traductor
Los amantes de la novela negra encontrarán una rara joya en estas páginas. Los exagerados es un relato insertado en el París de 1986, en lugares que evocan sin cesar los puntos más álgidos de un período de la revolución francesa conocido como El reinado del terror, tras el cual toda una generación de revolucionarios habría de morir por obra de la misma guillotina que cortó las cabezas de Luis XVI y María Antonieta en 1793. Además de una envolvente lección de historia, estamos ante una notable ejecución de la indumentaria del suspense.
La traducción de la novela supuso un esfuerzo particular, no solo por ser la primera vez que se abre al público en lengua española sino sobre todo por el estilo de su autor. La escritura de Vilar navega entre frases de corto aliento con un flujo narrativo dispuesto en fragmentos. Su pluma tiene una poética de lo no dicho que abunda en recursos como el sobre entendido, la metonimia y la alusión. La prosa juega con la intuición del lector, que debe completar el sentido del texto con el rabillo del ojo y al mismo tiempo se sumerge en la voz introspectiva de un Yo fracturado psicológicamente y se abre paso en un atractivo universo que avisa tragedia en cada instante.
***
PARÍS, 3 DE SEPTIEMBRE DE 1986
Un paso, el suelo se me escapa cada vez más a menudo. Evidentemente, el suelo no era el problema. Solamente la rodilla. La articulación en detalle. El cansancio. Algunos metros más lejos, me entretuve frente a la vitrina de Abel, el vendedor de bastones y “objetos de curiosidad”. No mucho tiempo. El pasaje Jouffroy estaba casi desierto. Continué hacia la salida, el bulevar Montmartre. En el puesto de revistas compré el Libé,1 Le Soir. Como todos los demás periódicos, titulaban en primera plana lo de los rehenes franceses en Líbano. Al volver sobre mis pasos tomé algunas fotos con la cámara en el vientre, apuntando al tanteo hacia los peatones anónimos. Un vicio adicional.
Serge me abrió la puerta del museo. Eran exactamente las nueve. Estaba resuelto a presentarme cada mañana como es debido, sin otra obligación que mi plan de trabajo personal y los pendientes. Los pendientes son decisivos. Desde la reglamentación y un poco más allá. Serge instaló algunos envoltorios de tarjetas postales encima de la caja que está junto a la salida, en la sección de souvenirs diversos. Nada nuevo. Desde hace más de treinta años coleccionaba todo lo que el museo Grévin producía en accesorios para turistas.
Una gran silueta elegante, Régis Gabriel-Thomas, nos saludó. El curador del museo trepó con paso firme la escalera secreta que conduce a su oficina.
La primera etapa era la Gruta de los Changos con sus espejos deformadores. Serge se encontró conmigo ahí, observó su reflejo y el mío. Nos veíamos grotescos, achatados, como gruesas bolas rechonchas. Luego nos alargábamos exageradamente en el reflejo de al lado. Desde su creación, nunca se ha negado el éxito de esta atracción.
—Tienes mala cara.
—Tú también, cada vez peor incluso. ¿Un cigarrillo?
La simpatía empezaba por ahí, esas frasecitas que nos recitábamos cada mañana desde hace tres meses. Apenas si nos conocíamos. Nos caímos bien porque teníamos la misma pasión por las figuras de cera.
Serge había visto pasar cantidades de fotógrafos. Profesionales, aficionados. Los profesionales no lo impresionaban. Voyeristas ordinarios. A Serge, pequeño, regordete, de bigote delgado y traje azul marino gastado, le encantaba clasificar a los visitantes habituales del museo. Esos que sólo estaban interesados en un cuadro. La balsa de la Medusa o La muerte de Marat. Adormecida (un ingenioso mecanismo que devuelve el aliento), la Ludmilla Chérina había tenido sus adeptos fanáticos. En su época, también la Anna Fried. A otros les atraía la reciente colocación de una celebridad actual. O de una personalidad histórica. Serge se jactaba de descubrir, desde su entrada, a los visitantes que tenían ganas de tocar un vestido, una mano, un seno. Los que venían a pasar una hora o dos. Los seguidores del Gabinete Fantástico o del Palacio de los Espejismos. 2 Eso lo divertía.
A mí me clasificaba en la categoría de los enamorados. Eso lo fastidiaba un poco. Una especie de celos. Por las mañanas, teníamos la costumbre de fumar uno o dos gauloises juntos. Hablábamos poco. De los triviales sucesos de la casa, de la preparación de la nueva exposición “La aventura en el cine”. Regularmente, con una desenvoltura bastante engañosa, Serge me hacía una pregunta tramposa, una prueba.
—El señorito del sombrero redondo, el que está durmiendo en la banca, ¿qué tiene en las manos?
—Le Journal Officie 3
—¿Por qué?
Originalmente, le habían dado Le Gaulois. A Arthur Meyer, director de ese periódico y fundador del museo, no le gustó para nada: ¡quedarse dormido leyendo su periódico! Entonces habían intentado con otros títulos, pero eso suscitaba siempre protestas indignadas. Al final, las virtudes soporíferas del JO habían ganado por unanimidad.
—No está mal. Pero era una pregunta fácil.
Serge sabía hacerlo mejor y más complicado. Mientras desempolvaba a su homólogo de cera (el viejo portero) o cuando hacía una mueca frente al espejo, me preguntaba en qué año Méliès había presentado su primer espectáculo de magia en el Gabinete Fantástico (1886, en la época en que el Gabinete se llamaba el Teatro Bonito). ¿Qué personalidad viva había sido representada durante mayor tiempo en el museo? Él sostenía que Cécile Sorel, y yo que De Gaulle. Discutíamos. La mayoría de las veces, no siempre, yo me aprovechaba de eso. A veces también probaba a Serge con tonterías. ¿De cuándo era el hermoso mapa de París que tapizaba la habitación de Marat? (de 1791). ¿Cuál era la fecha de inauguración de los salones de la Revolución francesa? (1885, tres años después de la apertura del museo). ¿Cuándo remplazó la luz eléctrica al alumbrado de gas en el museo? (en 1885). Cosas así.
—¿Desde hace cuánto vienes aquí?
—Desde siempre, creo.
Luego cada uno se iba a su trabajo.
Inicié, como todas las mañanas, mi visita personal. Iba a entrar en la sala de los Colonos cuando Jérôme me saludó. Llegaba más tarde que de costumbre. Estaba acompañado de una joven. Nos presentó. Julie, una modelo.
—Será el cuerpo de Brigitte Bardot para la escena de los Gladiadores. Comenzamos las sesiones de modelaje hoy.
Julie estaba vestida con una gabardina un poco desproporcionada. Ojos claros, frente despejada, labios delgados. Incontestablemente bella, ¿una Bardot?
—Estará perfecta.
Jérôme era un escultor distinguido, uno de los mejores del equipo del museo. El más joven también. Con el que me sentía más cómodo para trabajar.
—¿Y usted quién es? —me preguntó la joven. —Victor —respondió precipitadamente Jérôme—. Victor Blainville. Un fotógrafo. Realiza una especie de reportaje sobre la preparación de la nueva exposición.
Jérôme se equivocaba. Yo no pensaba en absoluto hacer un reportaje. Simplemente una investigación personal sobre las ceras y alguna otra tontería. Era inútil aclararlo.
—¿Va a fotografiarme?
Observé a Julie por un instante. Más que trivial, su pregunta era provocadora. No podía responderle tan rápido en su terreno. Ella no era mi tema. Tenía demasiado rostro, demasiada presencia.
Tuve dos certezas en el momento en que se alejaron hacia la escalera que conduce a los talleres. La primera era que Jérôme tenía erecciones a causa de Julie. La segunda, que ella era una fiera. Que la hubieran elegido como modelo me pareció incongruente. Un error. Ella se volvió.
—Esta noche organizo una pequeña fi esta. Venga si quiere.
—Hablamos de eso en un rato.
Nunca podía subir directamente a los talleres. Nunca. Antes debía pasearme un poco por las galerías. Solo. Como en el pasado.
No había nadie en el salón de Actualidad, aquel “periódico plástico” que quiso disponer Arthur Meyer. Los grandes de este mundo se encontraban ahí, reunidos y fijados en una extraña reunión. De Platini a Mitterrand, pasando por Depardieu (no muy bien hecho) y Coluche (impactante).
Tras la muerte de Coluche se había planeado reciclar su efigie para la exposición sobre cine, cuestión que me interesaba. Me senté en el sillón, al lado del señor durmiente del Journal Officiel amarillento, fechado el 29 de diciembre de 1968. Como todo el mundo, supongo, me había dejado atrapar la primera vez. ¿Qué edad tenía, por cierto, aquella vez? ¿Seis, siete años?
Judith me había hecho descubrir el museo muy joven. Así como, desde luego, los otros museos y monumentos de París. Según ella, era su responsabilidad de abuela. La había ejercido absolutamente.
A algunos metros, a la derecha, estaban Julio Iglesias, Montand. Detrás, Ockrent, Rocard, Toubon… Encendí un cigarrillo. Ésos no me intrigan mucho. Delante, alejada, un poco disimulada en el rincón de la escalera que conduce al mezanine, se hallaba la mujer del liguero y ella era otra cosa. Una antigua emoción.
Era pequeña, casi de manera anormal, se recogía el vestido hasta lo alto de la pierna y estiraba su media. Ya no era aquella que describió André Breton en Nadja (“la única estatua que, hasta donde sé, tenía ojos: los de la provocación”). Había desaparecido en los tiempos en que las pantimedias habían sustituido al liguero. Una nuevecita la remplazaba desde hacía poco. La había fotografiado ya decenas de veces, desde todos los ángulos. Y también había levantado su vestido más de lo acordado (blanco con estrellas negras, un curioso vestido, a decir verdad; un vestido de Cenicienta). Me levanté, la fotografié de nuevo. En lo alto de la galería, cerca del Palacio de los Espejismos, una señora de la limpieza me miró raro. Supuse que lo desaprobaba. Por mucho que al estar en esos salones me sintiera como en casa, conociera los detalles mejor que muchos empleados, estuviera cubierto por todas las autorizaciones, en ese museo siempre me sentía un poco como delincuente. Acaricié la muy suave nuca fría del maniquí, arreglé una mecha de cabellos. Hubiera incluso podido besarlo. Ya lo había hecho. El día anterior. Pero esa mañana seguí mi camino.
La verdadera agitación se instalaba siempre un poco después en este lugar preciso, la sala de la Cúpula, con sus cuatro casetas, decoradas con figuras de la Commedia dell’arte; la danza, el teatro, la música y toda la crema y nata amontonada en un alojamiento de la Ópera: Dorin, Dutourd, Yourcenar, Pivot, Dalí antes de sus quemaduras. 4 En el escenario, a lo lejos, en ilusión óptica se presentaba desde siempre la misma Giselle de gala. Luego el último vestíbulo, ese salón. Los últimos pasos en la frivolidad. A la izquierda hay una escalera estrecha, oscura, que seguramente hay que tomar.
De niño, al pasearme solo, era aquí donde debía afrontar esa sensación que, a fi n de cuentas, era el miedo. Antes de bajar, deambulaba, miraba a Colombina, Arlequín, al mimo Marceau, a Serge Lifar, volvía a pasear por la mujer del liguero, me entretenía con la copia de las manos de Victor Hugo. De repente me decidía y bajaba rápido la escalera acodada que da a los escenarios de la Revolución francesa.
El salón sigue siendo un poco oscuro. Al principio está Mirabeau. Imponente, macizo, en postura de orador. Unos pasos, otro cuadro: la última entrevista entre Danton, Desmoulins(casi enseguida empecé a llamarlo Camille) y Robespierre (para mí siempre ha sido Maximilien), antes de su arresto. Más lejos, el Templo, la cárcel. Escenas trágicas: el pequeño Capeto preso y las ratas, los sans-culottes 5 carceleros (sus jetas de bestia me impresionaban, me gustaban). Luego Luis XVI, la reina, Lafayette y Bailly. El juicio de madame Roland, La muerte de Marat. Durante mis innumerables visitas, siempre respeté escrupulosamente el orden de presentación de las escenas. Incluso esa mañana.
El miedo se desvanecía. Quizá no era más que emoción, una fiebre que precede a la cita. De niño, tomé a Camille por el brazo, fui a verificar que las ratas del Templo fueran falsas. El pecho de madame Roland me hizo soñar por mucho tiempo, al igual que el rostro gesticulante de Marat en su bañera.
Una vez me sorprendieron. Miraba a Robespierre por encima del hombro. Intentaba mirarlo directamente a sus ojos de vidrio como un desafío infantil. Un guardia llegó. Empezaba su turno, no había oído sus pasos. Nos conocíamos, por supuesto. Mis juegos no eran un secreto para nadie. El guardia miró a su alrededor, todos aquellos grandes personajes en esos ambientes de drama, me puso la mano sobre el hombro. Yo tenía ¿cuánto?, diez años apenas. “Extraña época”, dijo. Agregó, el recuerdo es preciso (su voz era sorda, meridional): “aprendí todo esto en la escuela, pero no entiendo gran cosa. ¿Y tú?” No supe qué decir. Avanzó, dio un paso hacia Robespierre, arregló un poco el cuello de su camisa y se volvió hacia mí. “El Incorruptible”, murmuró en tono solemne. “Digan lo que digan, era el Incorruptible.”
Di otra vuelta sin detenerme mucho en los cuadros, por el simple gusto de estar de nuevo en aquel viejo sueño. Para continuar la visita había que bajar hacia la zona del museo que los viejos empleados todavía llamaban las “catacumbas”. En otro tiempo Las catacumbas de Roma fue una de las exposiciones más famosas del museo. Ciento veinte personajes,
¡nada menos! Una bóveda, una inscripción en letras rojas débilmente luminosas, “Atención, once escalones de descenso”. Después, se puede admirar el Panorama de la Historia de Francia, desde Carlomagno hasta Napoleón III. Un abismo.
Bajé algunos peldaños y de nuevo me faltó el suelo. Estuve a punto de caer, in extremis me agarré de la delgada rampa de hierro. Ridículo. Me senté. Un bastón. Debía comprar un bastón. Porque es un hermoso objeto. Porque lo necesitaba. Habría quizá que recurrir a otra operación. Habría quizá que llegar a eso. Encendí un cigarrillo. Estaba preocupado. Algo no estaba en su lugar. ¿Qué? No pensaba en esa rodilla traicionera. Una anomalía vagaba por ahí. Mientras fumaba, juntaba las imágenes registradas desde mi llegada. Había estado muy poco atento, me eran tan familiares las poses de cada personaje, el lugar de cada objeto. Treinta años de intimidad, cientos de fotos. Incluso confidencias recogidas tras bambalinas, los viejos archivos, las crónicas. Sabía casi todo sobre el museo Grévin. Sin embargo, un detalle se me acababa de escapar, estaba seguro, una incongruencia. O un escándalo. Un desorden en la imaginería.
Había pasado rápidamente delante de todos los cuadros. No daba sino un vistazo a los que más me fascinaban. Al Marat y aquel otro cuyo solo título me hacía soñar: La familia real en el Templo, el 3 de septiembre de 1792, a las 13 horas, María Antonieta se desmayó en los brazos de madame Royale y madame Isabel. Cléry se apresura. Las guardias nacionales están desamparadas. Luis XVI se mantiene cerca de la ventana enrejada con pesados barrotes. Permanece dueño de sí, o bien ésa es la indiferencia plácida de los idiotas serenos. Tienes a la vista lo que hizo desfallecer a la reina, la cabeza cortada de la princesa de Lamballe sembrada en la punta de una lanza. La amiga, la confidente. Atroz exhibición. Todo el cuadro está organizado en relación con esa pobre cabeza que los visitantes del museo deben esforzarse tanto por distinguir y que no ven sino desde muy lejos.
Y eso es. ¡La cabeza ya no estaba! Hace un momento, ese rincón de la escena estaba vacío.
Regresé. Y nada.
La idea de que hubiera vuelto a los talleres de restauración y maquillaje no se me ocurrió ni por un segundo. La cabeza había sido robada, tenía la absoluta certeza. Esa mañana era 3 de septiembre. Exactamente ciento noventa y cuatro años después del asesinato de Marie Thérèse de Savoie- Carignan, princesa de Lamballe.
I
La guerra es un humor sanguíneo. Íntima con el cuerpo, lo obliga a expandir fronteras y desplazar capitales. De ella brota la civilización: las ciudades que le sobreviven han sido cinceladas con la punta de la espada. Tucídides es testigo.
Punto de partida, la guerra es el uróboro de la Historia: tierra arrasada que se fertiliza a sí misma con sus propias cenizas. Al ser el principio que antecede toda fundación, traza la geografía de los pueblos. Bajo sus cañones se formula la demografía del mundo.
Heráclito de Éfeso, reivindicador de la ciclicidad física, decía que el fuego subyace al resto de la materia. Fuerza primigenia, al degradarse gesta la condición de las sustancias que habitan la Tierra. Los metales y los líquidos, las arenas y los gases, nacen y mueren tras una ignición enérgica. Acogidos por el fuego, pues, los elementos son moldeados por una inercia de creación y destrucción perpetua.
La guerra, sobre todo, es una apología del fuego.
Y solemos ignorar que el mundo está poblado por gente que busca vivir bajo el signo de las llamas.
II
La Historia nos ha permitido vaciar añoranzas reaccionarias en las revoluciones. Cuando la pólvora de una lucha caduca, es posible deformar su memoria a conveniencia del presente. Algunos estadounidenses lo saben muy bien.
Bajo la frontera, quienes vivimos en este leviatán cojo y miope llamado México, nos negamos a usar el término guerra civil a la hora de hablar de la revolución que nos despobló durante el inicio del siglo pasado. Nuestros vecinos, en cambio, troquelaron en su guerra civil a dos caras de una identidad en conflicto.
El sur profundo es bien conocido por la remanencia racista en su cultura y por la fijación en los líderes confederados que fueron vencidos tras la defensa de la esclavitud. Al día de hoy, la bandera confederada y la bandera de Gadsden ─ya sabes: el trapo amarillo chillón que tiene estampada a una serpiente exigiendo no ser pisada─ son ondeadas en convenciones y eventos que buscan rescatar una identidad americana en decadencia, amenazada por el progresismo y por ese fantasma difuso llamado marxismo cultural.
El redneck, al menos hasta el inicio del siglo XXI, había permanecido en el ideario estadounidense como la estampa de un campesino ignorante y racista, amante de las armas y de la misoginia, monje dietético de la cerveza Bud Light. Rezagado en el escenario político, antes del ascenso meteórico ─ya fugaz─ de Donald Trump a la presidencia, a nadie se le ocurría siquiera un escenario donde los orates nacionalistas rurales fueran una amenaza a la seguridad pública. El resto de la comunidad americana daba por sentado que su resentimiento, aparentemente motivado por fantasías sobre un pasado perdido, era inofensivo. Se tomaba por un hecho que la guerra civil era un asunto muerto, reliquia inerte amontonada entre los muchos episodios de una nación. Pero un señor alemán, bastante barbado, nos enseñó que la historia ocurre dos veces.
Shrek es la única excepción ─que Žižek y yo conozcamos, al menos─ del dardo marxista: las secuelas suelen ser una total farsa. En los tiempos de la posverdad, de las infinitas capas de ironía y de los metamemes, es prácticamente imposible saber si el internauta que pide sangre a través de Facebook está bromeando. Y es incluso más difícil cuando el sujeto en cuestión viste playeras hawaianas debajo de chalecos antibalas decorados con parchecitos cosidos.
Breakin’ es una película de 1984 que retrata ─elijo éste verbo tan ambiguo y vacío por el sencillo motivo de que no he visto ni veré la obra─ la vida de algunos bailarines callejeros de breakdance. Lo recaudado en taquilla bastó para que a una productora le pareciera buena idea confeccionarle una secuela que se estrenó a finales del mismo año. ¿El nombre? Breakin’ 2: Electric Boogaloo.
Desde que tengo memoria, cada que el algoritmo ideado por Mark Zuckerberg elimina una página por incumplir normas comunitarias, es común que los administradores de la misma abran inmediatamente otra, pero ahora nombrada con el subtítulo part 2: Electric Boogaloo. La frase es, de hecho, un chiste bastante extendido en ciertos nichos cibernéticos angloparlantes.
Hace diez años, los primeros usuarios de 4Chan en prever que las tensiones raciales ─acrecentadas por la indignación que los nacionalistas blancos sintieron al ver a Barack Obama ganar la presidencia─ darían lugar a una nueva guerra civil, se encargaron de nombrar al evento hipotético como el Electric Boogaloo de la historia estadounidense. Otros, convencidos de que la broma era más bien un acontecimiento potencial, decidieron adherirse a la causa.
Los boogaloo boys ─o boogaloo bois, dependiendo de los ánimos ortográficos de quien escriba─, nacieron como grupos armados de nacionalistas ─libertarios de derecha o bien fascistas de denominación variada─ que buscaban adelantarse a la guerra, para protegerse y proteger a los suyos. Lo que terminó ocurriendo fue que, quienes aseguraban sólo tomar precauciones ante la catástrofe, empezaron a alimentarla.
Ya que muchos de ellos tienen una postura anti-estado, los boogaloo boys tomaron notoriedad al manifestarse contra diversas instituciones, como la policía: los cerdos. El Big Luau es una tradición hawaiana en la que hay asado de dichos animales, devorados posteriormente como festín. Satisfechos con la analogía, los miembros de las milicias comenzaron a mostrar su poderío armamentístico mientras portaban camisas hawaianas, floridas y holgadas.
Presentes en la mayoría de los raids de supremacistas blancos, los medios no pudieron hacer otra cosa más que alarmarse por el hecho de que un grupo de extremistas haya logrado acaparar metrallas de gran calibre, organizados y listos para la guerrilla asimétrica. ¿Cómo, se preguntaban, ocurrió algo así?
Bueno, a lo mejor porque viven en un país donde se pueden comprar armas hasta en Walmart. O quién sabe.
III
El aceleracionismo nació como una teoría en la que se planteaba la posibilidad de exprimir los alcances tecnológicos del capitalismo hasta el punto de su rompimiento irreversible, como ocurre con los materiales que han superado su capacidad elástica. Por otro lado, en algunos textos la noción se redujo a la mera progresión del capitalismo hasta alcanzar una fase autodestructiva, explicable por medio del materialismo dialéctico. Pero, caray, esto es internet: ¿quién lee teoría cuando se tienen memes?
Actualmente, el aceleracionismo no es más que la bandera de la radicalización. En sinergia, los acólitos de diversas ideologías esperan el momento en el que la democracia liberal ─el último recurso en Occidente que le ha servido al capitalismo para legitimarse─ colapse y dé lugar a un nuevo sistema político. Los boogaloo boys y sus homólogos en cada país son los soldados del derrumbe: acarrean, pacientes, el combustible del incendio que se avecina.
Cuando el fuego llegue, nos alcanzará a todos.