Para Roberto y toda la bandita que ya no está aquí.
No creas en ti mismo, no engañes con la creencia. El conocimiento viene con la liberación de la muerte. DAVID BOWIE
Basado en hechos que no ocurrieron, pero son reales.
CARTA
Todavía traigo un chale con tu nombre, Isabelita.
San Pancho está chido, pero no estás aquí, nomás tengo tus mensajes de vez en cuando.
Aunque no me haces falta, a veces, solo a veces, siento que te necesito.
Ayer me reclamaste por mis publicaciones del Face, porque me comento con mis ex. Hablo con Edith y dices que solo eres un juego para mí. Pero chica, tú fuiste la que decidió cortar hace un mes.
Primero dijiste que te daba igual y que la chingá, después que te dolía que yo hablara con ella. ¡Ay!, si supieras…
Mientras escribías esos mensajes, yo estaba durmiendo con Teresa. La conocí por Fabián. ¿Te acuerdas de él? El vato del que te conté; lo conocí en el curso al que vine hace dos años.
Siempre creí que la primera vez que me acostara abrazando a alguien que no fuera una almohada, sería contigo, en alguno de los viajes que tanto planeábamos. En lugar de eso, Tere vino a mi casa, dizque a ver al gato; acabo de adoptar uno, se llama Darion (pardito en blanco y negro, tiene una mancha con forma de corazón en el hombro). Alargamos la mano al mismo tiempo para acariciarlo, una cosa llevó a la otra, ya sabes, lo típico; el roce nos hizo vernos a los ojos, unos diez segundos, antes de atascarnos a besos y manoseadas hasta quedar en calzones.
Aunque terminamos cogiendo como por dos horas (con descansos, obviamente), no sentí nada y estoy seguro de que ella tampoco.
No la miré como te miraba a ti, sus ojos me daban igual. Su piel no se notaba tan viva como la tuya, la de ella era áspera, pero es lo que hay, ¿no?
Nos quedamos jetones en extremos opuestos de la cama.
Si me dijeras “hay que regresar”, te diría que nel, para después salir con “ah, te creas, sabes que jalo”. Tú no me vas a decir eso y yo no te voy a andar rogando. No mucho.
No quiero coger nada más. O sea, sí quiero coger y está chido, sin embargo, no es lo mismo a cuando tú y yo salíamos por tacos o al parquecito ese en donde nos conocimos y siempre olía a mota, o al cine a no ver películas. Nos la pasábamos muy bien, ¿no? Por eso se me sigue haciendo muy chale que me hayas cortado por llegar pedo a tu casa, neta no sabía que estaban tus papás.
Quizá haya más chales y más nombres en esta historia, pero ahorita solo eres tú y mis maneras de no pensarte tanto.
El vínculo entre El señor de los anillos: la comunidad del anillo (1954) y distintas audiencias a lo largo del tiempo, comenzó en 1955, con la radionovela emitida en dos partes por BBC Radio. Después llegaron las películas animadas de 1978, propuesta atractiva de Ralph Bakshi. En 1991 se emitió Khraniteli, en Rusia, una versión psicodélica que estuvo perdida por tres décadas hasta su aparición en Youtube.
Si bien las versiones ofrecían una lectura única de la Tierra Media, fueron intrascendentes ante los redescubrimientos que las nuevas generaciones tenían con El señor de los anillos, pues ignoraron los aportes de la historia respecto a la resistencia de distintas comunidades contra el poder establecido; ideas que serían rescatadas en reinterpretaciones contemporáneas.
Durante ese contexto, parecía imposible una película moderna de la obra de Tolkien, hasta que el cineasta Peter Jackson sorprendió al mundo en 2001 con su adaptación que, además de sentar la estética para las películas de fantasía, exploró un diálogo sobre la corrupción y la visibilidad de las otredades, que a 20 años de su estreno, nos deja reflexiones para los debates urgentes de la actualidad.
Acerca de las comunidades ignoradas
“Los hobbits han estado satisfechos de ignorar y ser ignorados por el mundo de la gente grande”, afirma Bilbo Bolsón en, Acerca de los hobbits, el primer capítulo de su libro. De inmediato, la película nos sitúa en La Comarca, donde el estilo de vida apacible de los hobbits logra envolvernos en melodías dulces y paisajes idílicos.
La Comarca es ignorada por cualquiera, excepto por el enemigo de esta historia, Sauron, quien no solo promete destrucción; sino apropiarse de las comunidades necesarias para sumir a la Tierra Media bajo un régimen esclavista en el que la autonomía sea eliminada.
Frente a la amenaza, los hobbits, Sam y Frodo son forzados a abandonar el anonimato de su hogar y hacerse un espacio junto a Boromir y Aragorn, hombres de Gondor; Gandalf, el mago gris; Légolas, príncipe de los elfos del Bosque Negro, y Gimli, el enano guerrero de las Montañas Azules. Ellos habrían sido los elegidos para destruir el anillo, pero en acto de valentía se suman Frodo, Sam, Pippin y Merry; lo que dio origen a La comunidad del anillo.
De forma similar a los hobbits, encontramos en nuestra realidad grupos indígenas en resistencia ante la desaparición. En un entorno urbanizado como la CDMX, la diversidad cultural es palpable en cada barrio, incluso con la presencia de pueblos originarios como Santa Rosa Xochiac, ubicada en la alcaldía Álvaro Obregón. De acuerdo con la directora de Infancia Común, Mayra Rosas Rojas, esta comunidad conserva las costumbres del trabajo dedicado a la agricultura.
Dentro de su contrato social, existe un sistema de justicia basado en juicios morales, desde el cual resuelven los problemas internos. Al mantener estas prácticas vivas durante siglos, la constitución de la CDMX precisa el artículo 59, que contempla la libre determinación y autonomía de los pueblos y barrios originarios y comunidades indígenas residentes.
La población asegura la capacidad para decidir e instituir prácticas propias. El reconocimiento legal es el resultado de una batalla, en distintos frentes por la identidad y permanencia a través de los cambios sociales de la ciudad.
El esfuerzo interseccional persiguió la visibilidad como objetivo, pues otras comunidades manifestaron su derecho a la autonomía y hasta la fecha se contabilizan 139 pueblos y 58 barrios originarios en la CDMX. Más de 50% del territorio de la capital está conformado por antiguos pueblos y barrios de origen precolonial.
Aunque aún queda una brecha importante en el acceso a la educación en estas comunidades, es la lucha por la visibilidad un paso imprescindible en el respeto a los derechos humanos. Al igual que Frodo y Sam, los miembros de los barrios originarios decidieron dejar de ser ignorados y asegurarse un lugar aún en nuestros días.
Las consecuencias del reconocimiento a las comunidades indígenas, reconfiguraron el sistema legal que las desplazaba y aportaron una identidad pluricultural a la Ciudad de México, tan rica en etnias como la Tierra Media, el hogar de enanos, elfos, humanos, hobbits, magos y orcos.
La corrupción invisible
Quien utiliza el Anillo Único comienza a corromperse por la malicia de Sauron y desaparece a la vista de los demás. Mientras el portador es invisible, el gran ojo de fuego en el monte del destino y los Nazgul, figuras que serían imperceptibles sin las túnicas negras que los cubren, pueden ver al portador e identificarlo como otro esclavo, despojado de su identidad.
A nivel compositivo, los planos inestables, saturados de sombras y colores fríos, acompañan las secuencias en las que los demás se esfuman y solo aparece Frodo con el anillo en su dedo. Con esta estética, el director establece una dinámica visual para representar la corrupción: Frodo es invisibles al ponerse el anillo o entregarse a su maldad. En contraste, mientras él use el anillo es incapaz de ver a los otros seres que aún se mantienen libres de la voluntad de Sauron.
La yuxtaposición entre ambos escenarios en los que El Anillo Único hace invisible a Frodo, salta de la trama de la película y arroja una interpretación sobre las relaciones desiguales de poder en las que una minoría es invisibilizada por un orden hegemónico.
Por un lado, tenemos grupos afrodescendientes, omitidos de la historia social del país por instituciones públicas como el INEGI, que apenas este año reconoció la existencia de esta comunidad. Por otra parte, existe la discriminación como práctica social. De acuerdo con la Encuesta Nacional sobre Discriminación, el 75% de las personas indígenas de 12 años y más, considera que son poco valoradas por la mayoría de la gente, y la razón es por su apariencia física.
En los casos anteriores, quienes instauran la discriminación, en cualquiera de sus matices, viene de lo que dicta la mayoría y es respaldada por la pusilanimidad de las instituciones. Sin embargo, el racismo perpetrado por el cuerpo social perdura más que la discriminación institucional, porque las prácticas sociales reproducen y normalizan estas conductas.
El antropólogo afirmó que “la gente te dice (..) que no es racista. Por otro lado, alguien que acepta que es objeto de racismo, está aceptando que tiene cara de indio. Y eso tampoco lo quiere. Así que hay racismo por los dos lados. Por eso es un problema que no se resuelve, porque no se habla de él”.
Este tipo de discriminación se ejerce desde el poder hegemónico hacia las personas que consideran divergentes, y hay casos en los que se reproduce entre los individuos que han sido racializados; pero se evita charlar del tema, en consecuencia, lo que no se nombra, no existe.
En la adaptación de Jackson, podemos interpretar una dinámica aparecida. El Anillo Único, invisibiliza a Frodo en un intento por someterlo y arrebatarle su identidad; a su vez, el hobbit deja de percibir la presencia de sus compañeros y desea ignorar la importancia de los demás para complacer a Sauron.
Tanto en nuestro contexto como en la película, invisibilizar a las otredades es una forma de corrupción que puede presentarse de forma indiscriminada, aunque resulte paradójico. La solución queda en nosotros, miembros de un cuerpo social que necesita reconocerse a sí mismo.
El fin de La comunidad del anillo
En las escenas posteriores, en el reino Lothlórien, el director recurre a la estética lúgubre que desarrolló en las secuencias de Frodo y el anillo para mostrar cómo será el mundo si los hobbits fracasan. La Tierra Media se resquebrajaría en páramos desolados, grises y homogéneos. La victoria del antagonista sería posible si los héroes dejan de reconocerse como individuos aliados.
Para el espectador es difícil creer que llegará un final feliz, pues Gandalf muere en Moria, y Boromir, ha declarado sus intenciones de llevar al anillo a Gondor, el reino de los humanos fáciles de corromper. Las motivaciones de Boromir amenazan con disolver la frágil alianza entre sus compañeros.
Al quedarse a solas con Frodo, intenta tomar el anillo por la fuerza; pero el hobbit logra escapar. En esta secuencia, el hombre piensa que él debe ser el portador y subestima las capacidades de Frodo por tratarse de un hobbit, personas pequeñas que nunca han sido reconocidas por su sabiduría o su valor en batalla; a diferencia de los soldados como Boromir.
Los hombres de Gondor consideran inferiores a otros pueblos, pese a haber tomado saberes y arte de los elfos o los enanos. Borormir encarna esta visión hegemónica de la idiosincrasia, inspirada en las culturas dominantes alrededor del mundo real.
En el caso de México, se ha discutido sobre la necesidad de cuestionar lo normativo y revisar los saberes de diferentes culturas para redefinir una educación inclusiva. En síntesis, el camino se enfoca hacia una perspectiva para valorar la diversidad y expandir el mundo que describían en los libros de historia.
Incluso el arte se perfila como vehículo hacia el objetivo. Escritoras como Sol Ceh Moo, ganadora del Premio de Literaturas Indígenas de América (PLIA), reconoce la importancia de sumar los aportes de los pueblos originarios en el diálogo intercultural y apostar por “la universalidad”.
Si estas vías son bloqueadas, la alienación es inevitable y supone un obstáculo para resolver en comunidad los problemas sociales que se avecinen. Un panorama desalentador que podría evitarse por medio de la apertura hacia un país igualitario.
Es esta contribución de distintas comunidades la que Peter Jackson filmó con crudeza. Cuando Boromir comprende el error que cometió, los orcos llegan con el objetivo de capturar al portador del anillo. La batalla termina con la muerte del soldado, quien en sus últimos momentos siente una culpa insoportable por haber desintegrado a La comunidad del anillo; pero los miembros deciden separarse y continuar con la lucha.
Los hobbits, Merry y Pippin, fueron secuestrados por los orcos y sirven de distracción, pues sus enemigos sospechan que tienen el anillo. Aragorn, el legítimo rey de Gondor, junto a Légolas y Gimli se disponen a rescatar a sus amigos mientras convencen a los demás reinos de unirse a la cruzada.
Frodo y Sam deciden avanzar solos hasta la montaña del destino, donde deben destruir el anillo. Cada uno de los miembros de La comunidad del anillo continúa con la misión desde sus capacidades y responsabilidades. Aragorn, a diferencia de Boromir, comprende el plan de los hobbits y acepta su autodeterminación.
Al reconocer a los hobbits como aliados valiosos de una misma causa, parece inevitable interpretar el final de la película bajo una mirada social. La contienda contra Sauron evoca a las luchas sociales que emprenden distintos grupos bajo una identidad propia, cuyo objetivo en ocasiones se comparte con más pueblos.
El señor de los anillos: La comunidad del anillo, nos enseñó a resistir en comunidad, a través de la amistad interracial de los protagonistas. La película, a 20 años de su estreno, aún es capaz de mostrarnos que el respeto y la visibilidad de los otros también son actos de protesta contra los abusos hacia la libertad de cada persona.
Es cierto que después de cuatro horas de camino, María no lograba encender el bluetooth de la bocina y sus ojos ardían un poco más que la misma garganta del desierto… también es cierto que para el burro fue una excelente idea salir con los pantalones hasta el copete de yerba, y sí, José tenía cierta habilidad de enjugarse el sudor sin picarse los ojos. Todo indicaba que el verdadero viaje apenas arrancaba.
José: Es más cansado caminar sin mirar un Oxxo, solamente así sabes que ya mero llegas.
María: Más cansado es buscar el botón de encendido, no sabía que una dosis de Meth Z podía hacerme tropezar así.
José: Era eso o un malviaje seguro con ese gotero. Por cierto… ¿Sabes dónde lo dejé?, no lo encuentro.
Burro: Acá lo traigo. Pero me chuté la mitad.
María: ¿Y el Meth Z igual?
Burro: Ahorita me lo paso a brincos.
José: Dame un poco de la poderosa, ¿Traes el encendeprende?
Burro: Ah.
José: Ah.
María: ¡Ya prendió!
José: ¿Tú lo traes?
María: No, la bocina. Ya prendió el bluetooth.
Burro: Tsss. Nais.
José: ¿Y cómo voy a prender el porro?
María: Desde aquí puedo ver una aldea.
Burro: Es un mandala.
María: Un mandala en forma de aldea, allá.
Burro: Mmm, recuerdo cuando salí de mi cráneo…
José: ¡Aquí, lo encontré!
María: Ontaba.
José: Lo traía en la mano.
Burro: Aguanta, ¿De qué estábamos hablando?
María: ¿Si ustedes pudieran subir a un ovni sabrían encontrar el baño?
José: Esa está buena.
Burro: Siempre quise subir a un ovni y escuchar White Rabbit en la cabina.
María: ¿A qué olerá la cabina de un ovni?
José: Al fabuloso azul.
Burro: Ponte las rolas pue’ que el Meth Z va a revolcarse en ácido.
José: A ver, deja conectar el walkman.
María: Tsss, ¿sí trae pila, di?
José: Abuelita de Batman, checa.
De esta manera el power trio continuó su camino hacia dónde no tenían idea porque ya lo habían olvidado… Pero aquello importaba poco, y es que esta vez varias rolas burbujeaban como ellxs hasta ahora y sin detenerse.
Burro: ¿Y ahora dónde estamos?
José: Esa rola está muy buena.
María: Creo que no hemos cambiado de ruta.
Burro: Ni ruta hay. ¿Cuándo se comienza a caminar en círculos? Quisiera caminar en círculos…
José: ¿Saben qué otro power trio está así de bueno? Christopher
María: ¿Cuál?
José: Christopher. Eran una banda de psicodelia cristiana o lo que sea que eso signifique.
María: No sé. Yo no me meto a la Deep Web.
José: Neta. Eran de 1970.
María: Ah, cawn, ¿Y dónde es 1970 o qué?
José: Eso la neta no sé, ¿Pero se escucha lejos, va?
María: …
José: Aguanta, ¿Y el Burro?
María: …
José: …
María: Ahh, ¡Burro…!
José: ¡Burro!, ¡dónde estás, wey!
María: Se llevó el gotero. Ya valió mauser.
José: Hijo de su pinflois. ¿Y ahora?
María: Un río.
José: ¿Un río?, ¿dónde?
María: Un riopan es lo que va a ocupar el wey con tanto ácido encima.
José: Pensé que habías visto agua.
María: Nel, no veo nada con los ojos así de chamuscados. El río se quedó atrás hace rato.
José: ¿Cómo? ¿Ya pasamos un río?
María: ¡Ah! Mira, por allá, hay un letrero.
José: ¿Qué dice? ¿Mmm… Bienvenido a… la chingada?
María: Genial. ¿Pero adónde íbamos?
José: Yo creo que a la chingada porque acabamos de llegar.
Y fue así como el Burro desapareció sin dejar rastro y mucho menos el gotero. Pero para María y José hasta ahora todo estaba bien porque encontraron lo que tanto y sin saber aún, andaban buscando.
José: La neta qué bueno que nos mandaron para acá. Chance aquí venden mota.
María: ¿Nos mandaron para acá?
José: Pues si no fue alguien fue algo, ¿no?
María: ¿Te acabaste el porro?
José: ¿Quieres bacha?
María: A ver.
José: Ah, no mames que te estás miando.
María: No mames, no… a ver… aguanta…
José: ¿Tas bien?
María: No mames que estoy embarazada. Voy a dar a luz.
José: ¿Quieres la laira?
María: Toca en esa puerta, ¡Corre!
José: Va, ¿Pero a quién buscamos?
María: ¡AH…!
José: … No abren.
María: ¡Toca más fuerte!
José: Nambre, me madrean.
María: Ah, mira hacia allá, llévame hacia aquellas matas.
José: En corto.
María: Ayúdame a recostarme entre las ramas.
José: ¡No mames que todo esto es mota!
María: Sostenlo.
José: ¿El humo?
María: ¡El bebé! ¡Ahh…!
***
María, muchos años después; ya vieja y cansada de cumplir milagros como mantener a una familia con el sueldo mínimo y no llorar la desaparición de José el día que le ofrecieron “trabajo” en Sinaloa; se acordaría de la(s) única(s) (dos) ocasión(es) que sostuvo a su hijo en brazos, ese que nació en un sembradío de mota y al que fueron a ver unos cholos de colonia y unos weyes que decían ser Reyes y Magos, todos ácidos y hasta el culo de Meth Z, sería un nacimiento bonito, si pudiese recordarlo, ella nomás recuerda a su hijo, sus lágrimas y sus manos al sostenerlo.
//
María acaricia la mejilla de su hijo//María acaricia la mejilla de su hijo.
Se siente suave//Se siente rasposa.
María sonríe//María deja caer una lágrima
“Tiene cara de que se va a llamar Armando” dice alguien.//”Era el hijo del señor Mota” dice otrx alguien.
“Se ve que tiene un futuro prometedor”//”Lo balacearon los municipales”
Según los pastores recuerdan, Mictlán apareció en el jardín una tarde de diciembre y le dijo a Isacio que debían salir de casa. Era un gato negro de ojos amarillos que resultó estar enterrado debajo de donde se encontraban. En ese momento no les pareció raro que Isacio hablara con él y les tradujera. Al contrario. Habían conseguido el Meth Z y desde que se reunieron sabían que el viaje iba a ser largo. Sin embargo, no fue hasta después de cuatro porros cuando acordaron salir de casa; entonces comenzó la historia.
Jacobo: Vamos por un bajón, ¿o qué?
Josefo: Estaría chido.
Jacobo: Había unos tacos aquí a la vuelta, ¿no?
Isacio: Ya los cerraron, carnal. Bueno, la neta no estoy seguro, pero creo que sí.
Josefo: Chale.
Jacobo: Amos a ver de todos modos. Esas quecas de tripa no se librarán de mí tan fácil.
Isacio: Sobres.
La taquería se había convertido en un Oxxo cuando llegaron. Aprovecharon el bug y entraron a comprarse unas Maruchan y una caja de cigarros, no se mencionaron las quecas de nuevo. Acababan de echar agua caliente en las sopas cuando Josefo preguntó:
Josefo: ¿Creen que ya estén?
Jacobo: No.
Josefo: ¿Por qué?
Isacio: Güey, han pasado como treinta segundos, todavía ni las pagamos.
Josefo: Ah.
Jacobo: Ahorita agarramos el camión que va a la chingada, hay un cerro bien chingón por ahí donde podemos fumar, no está lejos. ¿Traen mota?
Isacio: Simón, yo traigo.
Jacobo: Sobres, sirve que se cocinan bien las sopas y nos las echamos en el camión. Jajaja, pinche Josefo, ¿cómo crees que ya van a estar listas, carnal? Eso de los tres minutos nomás es un mito de etiqueta.
Los pastores decidieron esperar hasta adentrarse en el cerro para prenderse el porro o un cigarrito. Las Maruchan, en cambio, se terminaron en el trayecto. El problema fue la laira porque no traían y no se dieron cuenta antes. Ninguno iría a buscar una tienda ni aguantaría mucho sin fumar, entonces Jacobo dijo:
Jacobo: Por aquí hay un río y casi siempre hay bandita. ¿Amos o qué?
Josefo: La neta yo nomás los vengo siguiendo.
Isacio: ¿No se pone muy salvaje por aquí?
Jacobo: Pues si caminamos mucho, sí, un poco; allá por la chingada sí se pone bien salvaje, pero aquí en el río no hay falla, yo creo ahí podemos conseguir encendedor.
Isacio: Ei.
Josefo: ¿Cómo que “ei”?
Isacio: Pues “ei”.
(…)
Josefo: ¡MIREN!
Jacobo: Ájalas, ya se alcanzan a ver unos compillas allá.
Isacio: Andan fumando, ¿no?
Josefo: Quién sabe. ¿Tú alcanzas a ver humo, Jacobo?
Jacobo: No estoy seguro al cien, pero ya se antoja. Ahorita vemos qué onda.
Josefo: Oigan, ¿y no estarán muertos como el gato de hace rato?
Jacobo: Nel, no creo. Pero sí se ve que están vestidos bien raro, los tres tienen corona y abrigo.
Isacio: Ahhh, el Mictlán, ya ni me acordaba de él. ¿Cómo andará?
Jacobo: Pues enterrado, ¿no? O en otro viaje de Meth Z, nunca se sabe. Ojalá que no tan cerca.
Isacio: Pero él también va a venir al nacimiento, ¿no?
Jacobo: Cuál nacimiento, güey.
Isacio: Pues al que nos invitó el Mictlán.
Jacobo: Ah, caray, pos no que andabas traduciendo todo lo que decía.
Isacio: Es que no le entendí bien unas partes, pero algo así dijo.
Josefo: Aguanten… un burro.
Jacobo: ¿Cómo que un burro?
Josefo: Hay un burro, con los del río.
Jacobo: No mames, sí es cierto. ¿Quiénes serán entonces?
(…)
Josefo: ¡YA SÉ!
Jacobo: Ora qué.
Josefo: ¡Son los reyes magos!
Jacobo: Oí nomás, Isaficio. ¿Qué tiene que ver un burro con los reyes magos?
Isacio: Híjole, la neta ando bien perdido, pero puede ser que sí, carnal.
Jacobo: ¿Te cae?
Isacio: No lo puedo jurar, pero tampoco me sorprendería si sí.
Jacobo: Shhh, pues quién sabe entonces.
Josefo: Al menos ya se ve que sí están fumando, amos a pedirles chispa.
Isacio: Bambi, ahorita que lleguemos yo les digo.
Estando a unos metros notaron que uno de los supuestos reyes magos hablaba con el burro a solas, los otros dos fumaban entre los peñascos del río y llegaron con ellos. Bueno, el primero que se acercó fue Isacio, quien con toda la seguridad posible les dijo:
Isacio: ¡Ei! ¡Amigos! ¡Ei! ¿Nos podrían hacer un paro? Necesitamos su fuego. Es para una buena causa.
El rey más cercano le lanzó un gotero inmediatamente. Isaficio y los demás pensaron que ya habían logrado su cometido y sonrieron, pero al ver lo que realmente habían recibido dijeron:
Jacobo: No, carnal, necesitamos un encendedor.
Isacio: Nombre, no hay pez, con esto nos prendemos igual. ¿Sí o no, Josefus?
Josefo: La neri. Pero aun así necesitamos el fuego.
Jacobo: Sigamos caminando, chance nos encontramos uno más arriba.
Isacio: ¿Creen que podamos fabricarlo?
Jacobo: ¿El fuego?
Isacio: Según la lógica del pretzel…
Josefo: Ahh, chequen.
Isacio: Cawn, ¿qué es eso?
Jacobo: Parece un dragón… dos dragones…
Josefo: Ahh, ¿Se acuerdan cuando me vasquié en el Bar Fly?
Jacobo: Jajaja, ¡son los Dragonflys, wey!
La maravillosa triada continuó su camino hacia la mollera del río sin preguntarse absolutamente nada… Ellos sabían bastante bien que el silencio les elevaba más arriba la cabeza, entonces como el agua que camina y el viento que gatea, simplemente sucedían.
Josefo: Aguanten, me torcí el ombligo.
Isacio: ¿El ombligo?
Jacobo: ¿Dónde tienes el ombligo?
Isacio: Parece que no encontraremos fuego todavía… ¿Qué les parece un poco de ese gotero?
Jacobo: Buena idea, si no podemos prender el cerebro del porro, que sea el nuestro.
Josefo: Pero ya lo tenemos prendido, ¿No?
Jacobo: La neta yo no siento que el mío esté chambeando. A ver, Isaficio, destápalo.
Isacio: Vas, tú primero.
Jacobo: Mmm, qué bueno que no tiene sabor esa mauser.
Isacio: Entonces sí es del bueno. A ver…
Josefo: Pásalo.
Isacio: Ahora sí veremos cosas.
Josefo: ¿Más?
Jacobo: Nunca está de más, mi buen. Sigamos caminando.
Josefo: Simón. Nomás déjenme hacer una firma.
Isacio: ¿Por el ombligo?
Josefo: Tsss, estaría bien.
Jacobo: No mamen, detrás de aquella roca hay alguien…
Josefo: ¿Neta?, ¿dónde?
Isacio: Chance ese wey sí trae flama. ¿Le pregunto?
Jacobo: No sé, qué tal que sólo es parte del trip y nomás andamos alucinados.
Isacio: Pues aquel burro y los tres reyes magos no sólo eran parte del trip.
Josefo: Tienes razón. Hay que preguntarle antes de que el ácido nos reviente. Vas.
La extraña silueta se aleaba como el humo recién sacado entre las ramas, dirigiéndose lentamente hasta la generosa mirada de los tres pastores… Ninguno hizo movimiento alguno, pero aguardaban impacientes la verdadera forma de aquel misterioso cuerpo y una vez ante ellos… todo y nada…
Isacio: Quihubo, somos Isacio, Jacobo, Josefo y subimos hasta acá buscando laira. ¿Cómo te llamas?
Humo: Armando Mota Pacheco.
Josefo: Genial, nosotros también queremos armar mota.
Jacobo: No, wey, así se llama.
Josefo: Ah.
Isacio: Entonces… ¿Sí traes?
Humo: Claro, puedo ayudarles.
Isacio: Chingón.
Humo: Pero necesitan dejar algo a cambio.
Jacobo: Ora, pero si sí te vamos a dar porro.
Josefo: Simón, somos compas.
Humo: Un poema.
Tres pastores: ¿Y eso qué es?
Humo: Escriban un poema y podrán fumar la hierba.
Isacio: No entiendo.
Jacobo: Wey, tiene rato que no entendemos nada.
Isacio: ¿Quién sabe escribir un poema?
Josefo: Nosotros nel.
Humo: Tomen. Escriban sobre esta planilla sus verdaderas intenciones.
Jacobo: Ahh, no mames, ¿Cuántos ajos hay aquí?
Humo: Los suficientes como para soportar la luz de su inconsciencia.
Isacio: ¿La luz? Cawn, pero estamos bien drogados.
Josefo: Wey, ya hay que escribir lo que sea, quiero fumar.
Jacobo: El Josefus tiene razón. Lo que sea es bueno, ¿no?
Humo: (…)
Isacio: Entonces… ¿Si aquí escribimos un poema nos das el encendeprende?
Jacobo: Pero dile que nos dé un cuadrito, aunque sea.
Josefo: Simón, tiene varios.
Isacio: Aguanten. ¿Un poema es igual a una laira, va?
Humo: (…)
Josefo: Y una laira es igual a un porro encendido.
Creo que fue idea de Gaspar, Melchor y yo le dijimos al principio que nel, ¿O yo era Melchor? quizá incluso fuera Gaspar y fui yo el que puso el Meth Z en el porro que nos fumamos después de comer LSD; entonces comenzó la historia.
Melchor: Amos por hongos, ya van a nacer.
Baltazar: Sacaaaa
Gaspar: ¿Quién va a nacer?
Baltazar: ¿Nacer de qué?
Gaspar: Pus nacer de nacer.
Melchor: Honguitos, los niños divinos.
Gaspar: Aaaaaaaah, el niño Dios.
Melchor: Nononono, la carne de los dioses.
Gaspar: El cuerpo y la sangre de Cristo, amén.
Melchor: Saca, digo, ya, a la Chingada.
Baltazar: Amos, pues.
Así, los Tres Reyes Magos se dirigieron en sus bicis hacia quién sabe dónde porque andaban bien volados, cruzaron baches, colonias donde asaltan, Frikiplazas, Tianguis, Aurrerá, Plutón, La Atlántida, Tlaxcala, Kadath, hasta que se dieron cuenta:
Baltazar: Chingao, se nos quedó la piedra.
Melchor: ¿Cuál piedra?
Gaspar: Pues la piedra, el oro pa la ofrenda.
Melchor: Ah, sí es cierto, ahorita armamos. ¿Y la estrella?
Baltazar: ¿Cuál estrella? ¿Con qué se fuma?
Melchor: Pos la estrella que tenemos que seguir.
Gaspar: Ahí está, arriba, mira.
Melchor: Ese es el sol, pendejo.
Gaspar: Te hace falta más astrología básica, carnalito.
Melchor: Se dice astronomía.
Gaspar: Yo creo que es astrología porque las estrellas dicen muchas cosas, quizá no el futuro, pero si tienen buen coto, hasta las que ya son fantasmas.
Baltazar: ¿Fantasmas? ¿Dónde?
Gaspar: Muchas estrellas, sobre todo las que vemos tilitar, ya están muertas desde hace un chingo y lo que alcanzamos a notar son proyecciones atrasadas de un cadáver con vida a millones de años luz.
Melchor: Bueno, esa es la estrella, ¿y a dónde vamos?
Gaspar: Pues a la Chingada, tu dijiste hace rato.
Melchor: Arre.
Baltazar: Pero todavía no tenemos las ofrendas.
Melchor: Vamos a conseguir las ofrendas, pues.
Y los Reyes Magos cabalgaron y cabalgaron hasta que sus llantas se poncharon.
Melchor (cantando): “Freedom is just another Word for nothing left to lose”
Baltazar: Pos hay que sentarnos debajo de ese árbol, aunque sea en el suelo, ¿no?
* c sientan *
Gaspar: Aparte de las ofrendas y al yisus ¿qué estamos buscando? osea, realmente.
Todos: [ ]
Melchor: Que buena respuesta.
Justo cuando alguien dijo algo importante y profundo (que nadie, ni siquiera el que lo dijo, escuchó porque no estaban prestando atención) se dieron cuenta de que, en medio del círculo-triángulo que formaban, estuvo todo el tiempo ¿o apareció de la nada? un cuarzo blanco enorme junto a lo que parecía
Gaspar (solemne): Ya tenemos la piedra, el oro.
Baltazar (nada solemne): ¿Y se fuma?
Melchor: ¿Y que es esta otra madre? parece un gotero de ácido, miren la etiqueta, está bien locochona, creo que es una ilustración de Alex Grey.
(Melchor le pasa el gotero a Baltazar, éste se lo guarda en la bolsa sin mirarlo)
Baltazar: Pues ya tenemos el oro y la mirra, ¿no? ya ven que la mirra es un líquido para embalsamar, nomás nos va a faltar el incienso.
Gaspar: Pero el ácido no embalsama, no te da la eternidad de la muerte, nomás un cachito de ésta.
Melchor: ¿Entonces? ¿Qué pedo?
Gaspar: Pus amos a seguir buscando.
Y siguieron buscando sin saber qué, hasta que se dieron cuenta de su lejanía de la supuesta civilización, no solo mentalmente, que sí, andaban bien pinches volados, pero físicamente también andaban bien perdidos, en medio de la nada, nunca se habían sentido tanto en armonía, como peces en el agua.
Baltazar: Eh, wachen ¿qué es eso de ahí?
Melchor: Una planta, ¿no?
Baltazar: Si, pero es de…
Gaspar: Mota, ¿no?
Melchor: ¿Si es mota?
Gaspar: Sí es, wey, se ve luego luego, wacha, ya hasta tiene flores…. aguanta, hay un papelito entre las hojas.
Baltazar: ¿Qué dice?
Gaspar: Está escrito con tres letras diferentes.
Santa María del Monte
NO QUITAR
Ruega por nosotros y no nos culpes por nada.
Observanos dejar la misma palabra dos veces.
Cobíjannos con tu manto.
Amén.
Melchor: Parece que unos poetas pasaron por aquí.
Gaspar: Qué asco.
Baltazar: Al menos ya tenemos el incienso, hay que llevarnos un cogollito.
Gaspar: Y la mirra, hay que llevarnos el poema.
Melchor: Uhhh, ya te pusiste poeta tú también.
Gaspar: No, wey, es neta. Ya si no sirve de mirra mínimo le hacemos un paro a la planta, pero lo más seguro es que sí.
Baltazar: Yo me lo llevo, pues, pero tú el cogollito.
Gaspar: Arre.
Teniendo oro, incienso y un poema que pasaría por mirra, se pusieron a fumar enfrente de la plantita. Ahí divagaron acerca de lo que andaban haciendo, pero ninguno recordó esas conversaciones. Sólo saben que siguieron su recorrido en menos de lo que se acabó el gallo y se llevaron la bacha en la calceta de Melchor. Estaba chido el lugar para que los pastores apenas fueran a la mitad del viaje, ¿o no? ¿O ya era el final? No, según yo no era el final, porque pasaron más cosas.
Melchor (cantando): “Nothing don’t mean nothing honey it ain’t free…”
Baltazar (susurrando): “Now now.”
Melchor: Ájala, ¿a poco te la sabes?
Baltazar: Pa que veas, carnal, te digo que parezco rockola.
Melchor: A ver síguele.
Baltazar: Ne, no te creas. Cuando la cantaste la busqué en Google y me aprendí la frase que seguía nomás.
Melchor: Ah… Es de la Janis.
Baltazar: Simón, también vi de quién era, Google lo sabe todo.
Gaspar (de la nada): ¡WEEEYEEEEEEEES! ¡CUIDADO CON EL BURROOOOOOOOOOOO!
Melchor: AAAHHHHHHHHHHH.
El burro atacó veloz y torpemente la pierna de Melchor con una mordida. Los otros dos magos lo cubrieron a sus espaldas y confrontaron al burro, quien les dijo:
El burro: *rebuzna*
Todos: (…)
Gaspar: Tsss. Más Deep que Purple, carnal.
Baltazar: Como que anda fumado, ¿no?
Melchor: Qué dirá.
Baltazar: ¿No le entienden?
Gaspar: ¿Tú sí?
Baltazar: Creo que sí, pero no puede articular chido, por eso digo que ha de andar bien acá.
El burro: *rebuzna*
Baltazar: A ver aguanten.
El burro: *rebuzna de nuevo*
Gaspar: ¿Qué te dice?
Baltazar: Mmm. Ta difícil agarrarle el rollo, pero según yo quiere dos cosas: la bacha de tu calcetín y pedirnos un paro. Dice que tiene un gotero de ácido y nos lo va a dar si le ayudamos.
Melchor: Pues ahí te va la bacha y pregúntale qué onda, a mí sí me interesa otro gotero locochón.
Gaspar: A mí también, aparte nosotros ni le entendemos, en lo que platicas mejor hacemos otro cigarrito.
Melchor: Va.
Y así fue como los Reyes Magos siguieron su viaje con el burro y dos goteros. No tengo pruebas de que alguien más haya tenido Meth Z, pero tampoco dudas. ¿Sobre el paro que les pidió? Quién sabe. Ahora viajaban hacia allá, más lejos. En busca de hongos y nacimientos de cualquier tipo. Daba igual. Los pedazos de espacio se fragmentaban y todos andaban risa y risa por eso, hasta el burro, que ya no rebuznaba. Después de que se echó las tres dijo haber evaporado el ácido que traía en la garganta y que no lo dejaba ni hablar. Después ya iba tranqui contando su vida, nomás que Gaspar lo interrumpió.
Gaspar: Ah, cabrón.
Baltazar: ¿Qué pasó?
Gaspar: No encuentro el otro gotero.
Burro: ¿Pos cuántos había?
Melchor: Había como siete, ¿no?
Gaspar: Ne, había dos.
Baltazar: Bueno, pero ahorita cuántos hay.
Gaspar: Ah, uno nomás.
Melchor: Sobres.
Burro: Oigan…
Baltazar: Eu.
Burro: Wachen.
Melchor: ¿Qué es? ¿caca de vaca?
Burro: No es caca de vaca.
Gaspar: Tons.
Burro: Es la casita de los hongos.
Baltazar: Ah, sí cierto. Yo vi un Tik Tok sobre eso, pero dónde salen, o qué.
Burro: Alrededor, según yo.
Melchor: Entonces no hay.
Burro: Es que tenemos que buscar.
Melchor: ¿Crees? Hace rato la planta de mota apareció y no hubo necesidad de buscar.
Gaspar: Bueno, pero eso fue un caso especial. Yo creo que el burro tiene razón.
Burro: ¿Encontraron una planta de mota?
Melchor: Sí.
Burro: ¿Nomás una?
Baltazar: Así es, estaba por el río.
Burro: No, no. Lo que me sorprende es que sólo haya sido una, si por aquí crecen muchas, ni las tienes que buscar como dice el Malhechor.
Baltazar: Melchor.
Burro: Ándale, ese mero. Una vez una burra me llevó a un sembradío que parecía vivero por aquí arribita en el cerro de los tejones.
Melchor: Gpi.
Burro: ¿Amos ahorita o qué mi Malhechor?
Melchor: ¿Sabes dónde mero?
Burro: No sé ni siquiera dónde ando ahorita, carnal, pero si ven un letrero que diga “Cerro de los tejones” me avisan y de ahí sé llegar
Ahí está el letrero, wey. Atrás de ti.
Tsss. En corto, ámonos para allá.
Sombras, a ver sí cierto que parece vivero.
Cuando llegaron a las matas de mota casi se mueren del susto. Oyeron unos gritos bien raros en el fondo del paisaje, que sí parecía vivero. El burro fue a ver qué onda y los pastores decidieron esperarlo donde estaban. Pasó el tiempo (ninguno sabe cuánto) y no volvió, así que fueron a buscarlo. Cuando lo hallaron ninguno presintió que sería la última vez que se iban a ver.
Baltazar: Ájala jalea, ¿ora quiénes son ellos, ma fren?
Burro: Ah, son María y José, Malhechor, estaba con ellos antes de encontrarme con ustedes. Andan bien drogados también, pero acaban de tener un niño y fue otro malviaje bien gacho. Me tocó verlo, por eso estaban gritando.
Melchor: Mmm. Pos sí está medio rara la situación, pero nosotros no juzgamos, con que ustedes estén chidos.
Burro: Ya andamos mejor, nomás fue la paniqueada. Ella no sabía que estaba embarazada.
Gaspar: Tsss. Surreal. Oye, ¿y ese otro wey?
Burro: Ah, ese wey es Armando Mota Pacheco, según nosotros no existe y sólo es otro efecto del viaje, pero no vayan a decir nada porque luego se ondea.
Baltazar: ¿Y qué se supone que hace o qué?
Burro: Pues salió de la casa de allá cuando el José les tocó, les dijo que no había chance de que pasaran, pero que se quedaran en las matas y les traería unas cobijas y una cubeta con agua para enjuagar al morrito cuando naciera. Luego necesitaron unas tijeras y también se lanzó por ellas. Es buena onda, nomás que luego sí se le van las cabras al monte.
Melchor: Oye, ¿entonces te vas a quedar aquí?
Burro: Yo creo sí, a ver qué plan tienen estos dos.
Gaspar: ¿Pues qué te parece si les dejamos las ofrendas? La neta las traíamos para los hongos, pero ya no creo que se arme, si no la noche nos va a ganar.
Baltazar: Simón, prefiero dejarlas aquí que en unos hongos. De todos modos, yo ya ando bien acá y esto también es un nacimiento.
Melchor: Sobres, aquí las dejamos entonces.
Los magos se despidieron y siguieron su camino con la preocupación de que la oscuridad llegara. Querían dejar de distraerse e irse rápido de ahí, pero era muy difícil. Enseguida Melchor dijo:
Gaspar: ¿Creen que el burro también haya sido parte del viaje?
Baltazar: Yo creo que sí, ¿no? Está muy difícil que un burro hable de neta.
Melchor: Nombre, yo pienso que la droga nomás nos hizo entenderle, pero todo fue real.
Gaspar: ¿Y Armando Mota Pacheco?
Melchor: Pues a mí me cayó bien
Baltazar: ¿Cómo te va a caer bien si ni nos dijo nada?
Melchor: Ah, pos eso sí no sé, pero me cayó bien.
Gaspar: Están pasando muchas cosas, ¿no creen?
Baltazar: Y pasará otra…
Melchor: ¿Cuál?
Baltazar: Acaba de caerme una gota.
Gaspar: No mames.
Melchor: ¿Va a llover?
Baltazar: ¿Y ahora?
Los tres comenzaron a correr como si vinieran patrullas detrás. Desesperados ante la idea de hundirse bajo el agua o quedar inmóviles como una piedra. Huían y huían entro los peñascos que quedaban de una tierra que se derrumbaba a cada paso, algunas plantitas de mota se despedían de ellos y casi lloran de la emoción. La puesta de sol ocurría detrás de las nubes cuando por fin llegaron a la carretera, ahí apareció una Chevrolet con doble cabina y estéreo bluetooth, lista para llevar a los Reyes a su destino. Vieron que Armando Mota Pacheco era el conductor y lo saludaron como si se conocieran de toda la vida.
Coautores: Gerardo Szae y Diego Armando Otro
Portada de “Díganle adiós al ratón” elaborada por Nicholas Forero.
Todavía en el siglo XXI, geógrafos e ingenieros andan en pos de la ecúmene, esa porción de tierra primordial, única frontera del locus amoenus, en donde puedan pervivir los seres humanos. Caminan, observan y dibujan el paisaje, delimitan el espacio, mapean. Probablemente, su pensamiento lo habiten en esencia ecuaciones, figuras geométricas o dígitos exactos, quizá alguno que otro grafema. Con este panorama, puede suceder que una astrónoma describa la esfera celeste con ángulos convexos en radianes, mientras que una filósofa proponga alguna circunferencia imprecisa, pero aproximada a esta realidad. Todos buscan, no obstante, lo mismo: la dimensión espacial, coordenadas particulares, de una posición en el mundo.
En el campo semántico de la orografía, Díganle adiós al ratón ocupa espacios muy específicos: subsuelo, bóveda, cripta, sótano, gruta. Por eso, Zauriel Martínez escribe desde la caverna y, Axel, personaje principal de su novela, habita una cueva posmoderna. El lenguaje de la catacumba, soterrado y mohoso, emerge de su bóveda y camina, observa y dibuja el paisaje irreal del mundo exterior, delimita su espacio, mapea. Deambula furtivo en una sociedad degenerada por las fobias y manías de sus individuos: el mundo resulta ser tan contemporáneo que abruma. Así, en medio de fantasmas alucinógenos, algunas drogas ilegales y otras prescritas, sexo insaciable, trabajos miserables o amistades kerouacquianas, Axel escarba en la mina de su realidad con un chale en el pecho: Isabelita.
Pero la novela de Martínez no es un relato más del mito original del amor cortés, tampoco hay demasiado galanteo, mucho menos enamoramiento casto. Axel es un vagabundo que cuenta su historia en primera persona, sin Cicerón ni GPS. Pero no narra un vertiginoso descenso a los infiernos, sino que presenta la crónica descarnada del flâneur por excelencia: el yonqui embebido en la realidad, con sus contratos sociales fallidos, su insatisfacción rampante y su onanismo intelectual —cada uno de sus pasos manchando de sudor el concreto de una banqueta resquebrajada. Como todo náufrago social, Axel experimenta el capitalismo salvaje desde su posición en el organigrama: en la base de la pirámide, los cuerpos que no importan siempre están condenados al margen o a la muerte.
Es en ese escenario donde surge la escritura limítrofe de Díganle adiós al ratón de Zauriel Martínez. La novela comienza con un guiño metaficcional: Axel escribe una carta: “Todavía traigo un chale con tu nombre, Isabelita”. A partir de esta declaración de intenciones, el narrador establece una ruta de paso, su recorrido particular, que parece un eco simultáneo entre el proceso de escritura y la lectura: leemos lo que le va sucediendo al personaje principal en su entorno. Se trata de cualquier día en la vida de Axel, al modo de la narrativa intimista, cuyo croquis principal es un índice que, de entrada, establece un lenguaje marginal: subtítulos como “Chamba”, “Pal chesco” o “No pude decir «Cámara, te me cuidas»” conviven con “Hacer el amor con otro”, “Ay wey” o “Agradecido con el de arriba”. No en vano —y sin miedo al spoiler— el último capítulo del libro es “Ni mergas que los voy a cuidar, ni al cielo voy a ir”.
Hago este recuento de palabras porque en Díganle adiós al ratón el lenguaje cobra un rol fundamental: así es como Axel se distingue de los otrxs. Le habla tanto a los que siguen leyendo Ciudades desiertas de José Agustín, como a los que mantienen privada su playlist en Spotify con canciones cursis de La Oreja de Van Gogh. El chale con Isabelita implotó así, sin más preámbulos, por unas publicaciones en Facebook. Además, Axel vive en un cuartito del que, por cierto, debe un par de meses de renta. A todas luces, es un sujeto absolutamente contemporáneo. Trabaja para sustentar sus vicios y aligerar con caguamas o LSD la carga de su existencialismo. Pero Axel no es un filósofo, sino un obrero y, en un periplo mucho más natural que sorprendente, termina por dejar su asiento rancio de bibliotecario para convertirse en el díler estelar del barrio.
En San Pancho, su hábitat adoptado, convive con Fabián, quizá la única alma en pena que, como él, vaga entre los libros y las bolsitas con marihuana o los cuadros de doble gota de LSD que les distribuye el narco, auspiciado por el Estado. Son los perdedores más vivos sobre la faz de la tierra, aseguran, pero Fabián sí logró el sueño yonqui: él está muerto y su amigo no. Sin embargo, se comunican. Sea la depresión postpunk, el delirium tremens o un pasón de alucinógenos, qué importa, lo único cierto es que Axel y Fabián son unos dislocados, más allá de su aislamiento irracional: no habitan el limbo entre el sueño y la vigilia, sino aquel en el que se combinan el margen y las drogas con el capitalismo gore de nuestras sociedades contemporáneas.
En ese linde ultraviolento, Axel sobrevive consultando sus dudas en Reddit, Facebook y 4chan, sin oráculo ni psicoanálisis, tarareando en el transporte público el manifiesto rupestre de Rockdrigo González. En el momento crucial de su diario, Axel se carea con el Lobo, líder de la célula criminal en San Pancho. Alguien le tendió una trampa y, amedrentado por una culata en la nuca, Axel se ve obligado a entrar en la pandilla, no sin antes cumplir con un requisito expresamente establecido y acordado: le tiene que sorber el pene, peludo y hediondo, al cabecilla del cártel. En un acto de contrición casi religioso, Axel completa el rito: mientras piensa en memes, siente esa viscosidad rasparle la garganta y se arrepiente rotundamente de haber prendido, siquiera, un inocente porrito.
Díganle adiós al ratón es una selfie en blanco y negro de la era digital, pero no es esa clase de fotografía que se postea en Instagram, no cumple con los requisitos. Zauriel Martínez presenta la instantánea de una realidad turbia, violenta y excluyente: para sujetos como Axel, como para muchos otrxs, no hay espacio en el escaparate en la tienda europea de moda. Es feo, fracasado y adicto, un germen expugnable de la sociedad: otro hijo de la Chingada. Por eso, una mañana como tantas otras, Axel decide dejar de escribir cuando el triazolam, la paroxetina y los Four Lokos le permiten pensar con mayor claridad. Sale de su cueva y camina, observa y dibuja el paisaje, delimita su espacio. En esta geografía brutal, la escritura limítrofe de Zauriel Martínez en Díganle adiós al ratón se toma la licencia divina de reorganizar el mapa.
Total: Dios no le concede milagros a los pendejos, Axel dixit.
Dicen que Arreola fue actor, escritor, ajedrecista, narrador de futbol. Él mismo afirmó que a lo largo de su vida había desempeñado más de veinte oficios diferentes: vendedor ambulante, mozo de cuerda, panadero, impresor, cobrador de banco.
Para mí, antes que un sujeto de carne y hueso, fue el nombre estampado sobre el lomo del libro que marcó mi infancia lectora. Me resultaría imposible contar las veces que he devorado Confabulario o releído mis textos favoritos. Pocas compañías han permanecido a lo largo de mi vida como ese volumen rojo de Joaquín Mortiz heredado por mi padre.
Quizá en esas páginas se originó mi afición por los libros misceláneos. ¿Cómo podrían clasificarse los textos de Confabulario? Aunque muchos lo designan como un volumen de cuentos, Juan José Arreola escribe sin ninguna atadura: da rienda suelta al flujo de la varia invención, fabrica textos bajo el género literario de la buena prosa.
Página tras página se afana en cumplir el reto de incautar las formas lejanas del arte: anuncios, estudios filológicos, biografías como la de “Sinesio de Rodas” que bien recuerda a las Vidas imaginarias de Marcel Schwob, reseñas con la exquisitez bibliófila desplegada en “In memoriam”, epístolas de fino humor como el que recorre “Carta a un zapatero que compuso mal unos zapatos”. Nada escapa a su agudeza. Arreola demuestra que, con ingenio, todo puede convertirse en literatura.
Su prosa es un animal extraño. Una criatura mitológica que a veces tiene cara de poema. Aunque de perfil, aguza un hocico ensayístico. Y, al verla desde atrás, un observador poco cauto podría confundirla con una narración. Es una prosa nítida, martilleante y rotunda como un aforismo; sus frases cortas tienen el peso de la sentencia. Obligan a cabalgar, a seguir su ritmo ágil y cadencioso.
Probablemente la primera vez, con ojos nuevos de niña escudriñadora de libros desconocidos, los textos de Confabulario llamaron mi atención por su brevedad. Quizá sin entender mucho, me hipnotizó su melodía. Tiempo después descubrí la riqueza de su relectura inagotable: aunque breves, las prosas de Arreola son sumamente densas.
Parecen edificarse bajo el precepto de que cada palabra cuesta, está allí porque es una pieza clave, es elegida porque ninguna otra puede lograr la misma expresividad. ¿No es evidente esa exactitud en descripciones como la del queso gorgonzola cuyo olor es una “untuosa pestilencia”? Los libros de Arreola son espectáculos del lenguaje. Dice acerca del sapo en su Bestiario:
Salta de vez en cuando, sólo para comprobar su radical estático. El salto tiene algo de latido: viéndolo bien, el sapo es todo corazón.
Admiro su capacidad por convertir una imagen o una frase en una obra nueva. Rescata pasajes y minucias para reelaborarlas y darles vida. Dialoga con la tradición, pero no se ahoga en ella. No parasita ni haraganea ni se rinde ante el texto forzado que no se sostiene sin aquello que le dio origen. Arreola concibe la creación como una permanente reescritura de la palabra ajena: lleva a sus últimas consecuencias y cruza límites.
“En verdad os digo”, uno de mis textos favoritos, no sólo es una reapropiación de aquella paremia bíblica que dicta “es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el reino de Dios”, sino que es vivo ejemplo de cómo la imaginación puede vincular mundos que apenas se tocan —la ciencia y la religión— mediante un humor audaz.
Aunque inteligentes, los textos de Confabulario no son presas de la soberbia que tiende a volver ininteligible y gris todo lo que toca. Es cierto que están al asecho de un lector activo que se entusiasme por desdoblarlos, pero no sólo se reservan para él. Logran un equilibrio impecable entre nitidez y sutileza. Son transparentes como el inicio de “Baltasar Gérard [1555-1582]”:
Ir a matar al príncipe de Orange. Ir a matarlo y cobrar luego los veinticinco mil escudos que ofreció Felipe II por su cabeza. Ir a pie, solo, sin recursos, sin pistola, sin cuchillo, creando el género de los asesinos que piden a su víctima el dinero que hace falta para comprar el arma del crimen, tal fue la hazaña de Baltasar Gérard, un joven carpintero de Dôle.
Pero también apelan a la sutileza de quien comunica con disimulo, entre líneas. Con ironía como en la advertencia que se hace del impresionante aparato “Baby H.P.”:
Los rumores acerca de que algunos niños mueren electrocutados por la corriente que ellos mismos generan son completamente irresponsables.
O con la perspicacia de quien sabe que la literatura vale más por lo que da a entender sin ser explícita.
Confabulario apunta a la erudición, pero también a la cotidianidad de quien se sube al autobús y se ve impelido a sostener “Una reputación”. Lleva su libertad creativa a horizontes interesantísimos de la experimentación autoral como en “Los alimentos terrestres”, una serie de frases sobre el hambre y el comer que hasta el final se revelan como extractos de los epistolarios de Luis de Góngora.
Hoy, a veinte años de su fallecimiento, le agradezco al azar haberme regalado a este compañero de vagancia que siempre me habla desde sus múltiples voces. A un autor que fue capaz de convertir la vulgar naturaleza del anuncio publicitario en la mejor prosa. Confabulario es un catálogo de las posibilidades de la imaginación. Me recuerda que los libros pueden ser tanto como nos atrevamos a intentar. Y, sobre todo, que los ratones de biblioteca no tienen que abandonar su avidez para poder ser llamados al reconfortante reino de la invención, el humor y el ingenio.
En la actualidad con tanta información y un mayor acceso a la cultura de otros países, pareciera que ya han agotado las ideas. En particular el cine es muestra de eso. Las películas más populares alrededor del mundo son producidas en Hollywood. Filmes que repiten fórmulas cuyo éxito está comprobado. Así, los cines se llenan de secuelas, precuelas, remakes, reboots, adaptaciones de libros o de películas animadas a live action. Ante este panorama la última cinta de Juan-Luc Godard, Le Livre d’image (2018), representa una propuesta novedosa que cuestiona los límites del lenguaje cinematográfico, y del lenguaje en general, como límite de la capacidad humana de conocer.
Desde su debut en el cine con À bout de soufflé (1960), Godard se ha situado como un constante explorador de las posibilidades del relato cinematográfico. Con su primera película ya rompía las reglas establecidas en el cine: como rodar cámara en mano, utilizar el estilo documental o saltar de un lugar a otro en cada plano. Debido a estas rupturas, Godard junto a François Truffaut, Claude Chabrol, Agnès Varda y otros directores formarían la Nouvelle vague: movimiento de cine francés realizado por directores jóvenes con propuestas innovadoras.
El cine de Godard es cada vez más experimental y críptico, como se muestra en Le Mépris (1963) y en Pierrot Le Fou (1965). Ya en la última etapa de su filmografía se suma la reflexión sobre lo digital y la manipulación de las imágenes se vuelve más constante, como su penúltima película Adieu au langage (2014).
Así, El Libro de Imágenes (título en español) es la culminación de su carrera cinematográfica. Realizada por Godard a sus 89 años, ofrece una innovación alejada de crear imágenes realistas, a diferencia de las películas que exploran el uso de los planos secuencia, formatos más grandes de video y la creación exhaustiva de un audio realista; muestra de ello son películas como Dunkerque (2017) y 1917 (2019). O, en otro caso, realizadores que utilizan la realidad virtual como Alejandro González Iñárritu con Carne y Arena (2018). En El Libro de Imágenes por medio de la manipulación digital de las imágenes y de una marea de sonidos, que buscan evidenciar lo ficticio del cine, se proyecta en una escena saturada de unas manos manipulando cinta cinematográfica acompañada por una voz en off interrumpida por música y otros sonidos.
La innovación de Godard va en otra vía, una que busca profundizar en el sentido de las imágenes a partir de su destrucción, en una película que prescinde de historia y actores. Donde se mezclan una gran variedad de imágenes y sonidos, con un uso hermético y divergente que hace difícil clasificarla. Se sitúa fuera de los límites de una película de ficción, de un documental o de un videoarte. Quizá la mejor manera de entenderla sea como un artefacto audiovisual anárquico, o una película sobre el cine y lo que implica: imágenes, sonido, lenguaje, conocimiento, historia; un cuestionamiento sobre sus significantes y significados.
El problema de las imágenes
Cinco partes, “como los cinco dedos de la mano”, componen esta película, como lo explica Godard al principio del filme. Son partes inundadas de imágenes yuxtapuestas, a color, en blanco y negro, mudas, con sonido, con movimiento vertiginoso, estáticas, de occidente y de oriente, provenientes de otras películas, incluidas las del propio Godard, y de la realidad, desde imágenes de conflictos bélicos en medio oriente a la de una niña que ve la llegada de un tren. Esas cinco secciones son: Remakes, Las Noches de San Petersburgo, Estás Flores Entre los Rieles en el Viento Confuso de los Viajes, El Espíritu de las Leyes y La Región Central.
Godard yuxtapone la variedad de imágenes que componen su libro, haciendo una exploración de búsqueda de nuevos sentidos a partir de la veracidad y lo verosímil, como una grabación con un celular proveniente de internet que muestra un atentado terrorista, que son heterogéneas a cada momento, pero encontrando las líneas de fuga que atraviesan las imágenes. Esto es notorio en la primera parte Remakes y en la cuarta Estas flores entre los rieles en el viento confuso de los viajes.
En la primera pieza, la yuxtaposición de imágenes sirve de medio para hilvanar un discurso sobre el paralelismo entre realidad y ficción. Remitiendo esto a la idea marxista de que la historia se repite dos veces (Marx, 2008), primero como tragedia y después como farsa. Godard llega a hacer un juego de yuxtaposición con imágenes de la realidad con las palabras remake y rima. Como ocurre al mostrar el video de un entrenamiento militar para después interrumpirlo con una escena de Saló o Los 120 Días de Sodoma (1975) de Pier Paolo Pasolini.
Aunado a la heterogeneidad de las imágenes, Godard introduce su estilo, trabajado desde Histoire(s) du cinéma (1988) hasta sus últimas películas que consiste en la manipulación digital y extrema de la imagen. Los colores son tratados como si fueran una acuarela haciendo que los tonos desborden de brillo. También el director altera la dimensión de las imágenes, siendo estas constantemente redimensionadas durante la película. Mostrando esto que las imágenes solo capturan una proporción de la realidad, que se convierte en información alterable haciéndonos notorio la ficcionalidad de las imágenes.
Ante esta gran alteración de las imágenes surge la pregunta de: ¿Qué sentido puede tener el hacer esto?, lograr que lo que nos debería representar algo nos sea ininteligible. Para esto es necesario retomar los conceptos platónicos de Eikón y Phantasmata, con los que Platón se refiere a la imagen, pero con la diferencia de Eikón lo utiliza en el sentido de un signo que refiere a otra cosa.
Por otra parte, Phantasmata refiere a apariciones de carácter ilusorio, sombras que no se corresponden con una realidad sustancial (Platón, 2010). En este sentido, Godard recupera la idea de Phantasmata, al hacer la imagen una sombra cada vez más irreconocible de lo que pretende representar.
Godard explora cómo la realidad se encuentra en el proceso de destrucción de la imagen. Lo anterior evidencia la imposibilidad de captar la realidad y que propone el cuestionamiento constante de la imagen como signo de la realidad material, por medio de su manipulación, para encontrar nuevos significados a partir de los fragmentos que quedan de la imagen. Así la saturación de los colores hasta el punto de no ser vistos más que como un cúmulo de pixeles es una inversión del platonismo. Al alejarse de la representación realista para estar más cerca de la idea (lo real en Platón), y acercarse a la sombra, al despojo de lo que la imagen pretende ser.
El problema del lenguaje
La propuesta estética de Godard para desbordar los límites de la imagen como signo sigue la idea formulada por Wittgenstein en la proposición 5.6 del Tractatus Logico-Philosophicus: “Die Grenzen meiner Sprache bedeuten die Grenzen meiner Welt” (2019, P. 105): los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo, traducido al español. Entendiendo al lenguaje como el medio de comunicación entre seres humanos, a diferencia de la lengua como sistema específico con reglas compartido por la comunidad de personas para comunicarse entre sí.
Godard comprende que las imágenes, en cuanto signos que se cree tienen un referente en la realidad material, forman parte del lenguaje, de nuestro límite de comprensión para entender a otros seres humanos y al mundo. Así las imágenes adquieren su significado a partir de la relación de oposiciones de toda una red de signos.
La exploración de Godard de la manipulación de las imágenes busca ampliar los límites del entendimiento humano, por medio de la exploración de los límites de nuestro entendimiento de las imágenes. Es buscar significados ahí donde nuestro lenguaje no nos deja llegar. Esta destrucción de los límites también tiene lugar en cuanto al sonido, el texto y el montaje, entendido como gramática del lenguaje cinematográfico.
Los sonidos al igual que las imágenes son heterogéneos. Sonidos de explosiones, trenes, música de violines y el correr de un caballo se yuxtaponen a lo largo de la película, creando una disonancia constante entre imagen y sonido. Lejos de utilizar el sonido como hilo conductor para entender la imagen se utiliza para desorientar, para marcar lo frágil de nuestra comprensión del lenguaje.
Con el uso del texto, Godard propone una estructura fragmentaria. La película está plagada de texto tanto en forma gráfica como en forma locutiva. El filme está acompañado de voces en off, siendo la principal la del propio Godard, reflexionando y haciendo aseveraciones sobre una multiplicidad de temas: el amor, la muerte, la guerra, el baile, las manos, lo material, el cine, los trenes, la historia, occidente y oriente. Las reflexiones son citas de escritores que aparecen mencionados al final de la película, y también provenientes de las propias películas cuyas partes son usadas para construir la cinta.
Esta abundancia de diálogos lejos de servir como sendero para alcanzar una comprensión del discurso de Godard es utilizada como vía de desorientación. Lo interesante en esto es que la incapacidad de alcanzar un sentido entre los diálogos que expresan multiplicidades de ideas, en varios casos contradictorias, sirven como medio de alcanzar un sentido mayor, un sentido situado fuera de los límites del lenguaje, de las palabras y de las imágenes. Así el sentido, como explica Deleuze, siempre está en creación, no como algo ya dado e inamovible, sino como un producto que nunca deja de estar siendo (2005).
Debido a la decisión de omitir los subtítulos en ciertas partes de los diálogos y empalmar varios diálogos, Godard marca nuestros límites epistemológicos, retomando la idea de Derrida de que “Il n’y a pas de hors-texte” (2008): no hay nada fuera del texto, por la traducción al español. No para referirse en un sentido ontológico que no hay nada fuera del lenguaje, negando la realidad material; sino para referirse a que nuestro conocimiento está encerrado en el lenguaje, ya que nuestra relación con la realidad esta mediada por palabras. Así no tenemos acceso al conocimiento de la realidad material ya que nuestras palabras se refieren a otras. En este mismo sentido, lo que Godard propone en El Libro de Imágenes es que las imágenes no son vía de conocimiento, porque las imágenes, al igual que las palabras, refieren a otras imágenes, ya que, en última instancia, como explica Ferdinand de Saussure, cualquier signo refiere a otro signo, siendo sus diferencias de donde surge su significado (2012).
El montaje acaba por concretar el discurso de la imagen y el sonido por medio de su carácter de sistema sígnico, divergente y fragmentario, donde la heterogeneidad de imágenes y sonidos se interrumpen, sobreponen y se mezclan entre ellos. Creando así una unidad de lo heterogéneo, lo cual sería mejor definir como una no-unidad, ya que el discurso de la película no es, sino que siempre está siendo.
Así el montaje funciona como vía para representar el sentido, el que busca Godard por medio de la ruptura de los límites del lenguaje, como líneas de fugas que se atraviesan, se cortan y sobreponen a cada paso, llegando a conseguir ya no signos que representan algo en específico, sino significantes vacíos, en términos de Lacan, por medio de las imágenes ininteligibles y de la multitud de diálogos contradictorios.
Se trata de significantes a los que no les corresponde ningún significado especifico, mas no carentes de significado ya que dejarían de pertenecer al lenguaje (Žižek, 2007). Así las imágenes de cúmulos de pixeles saturados son significantes vacíos, al tener un abanico de significados sin cierre.
El problema del conocimiento
La exploración experimental del lenguaje cinematográfico realizada por Godard muestra que él entiende que nuestro conocimiento está mediado por el lenguaje. Este cuestionamiento se representa en la quinta parte, La Región Central, la cual abarca la mitad de duración de la película, en la que se expone otro tema central en el cine de Godard: la historia.
La historia como concepto problemático, en cuanto a cómo se define a través de nuestras imágenes. Por medio de los cuadros y de la voz, de Godard, que nos piden mirar al oriente, después de la primera mitad de la película notoriamente europea, que veamos la gran diferencia entre occidente y oriente, que reflexionemos ante nuestra imposibilidad de comprender a oriente; un lugar donde, en palabras de Godard, “Todos son filósofos porque tienen tiempo para reflexionar, para mirar al mundo”. En esta parte retoma las ideas revisionistas de Walter Benjamin, sobre ver la historia desde otro ángulo, no como una sucesión de progreso de la humanidad, sino una cronología de la barbarie, una historia de los vencidos, entendiendo que cualquier documento de cultura también es uno de la barbarie (Benjamin, 2007).
En La Región Central, Godard aborda el tema de la historia por medio de la muestra de imágenes de Dofa, un emirato inventado por Albert Cossery en su novela Une ambition dans le désert (1984), emirato que consigue librarse de las intrigas geopolíticas de la región gracias a su carencia de petróleo u otro tipo de recurso que atraiga ambiciones extranjeras. Esto se aborda desde el conocimiento de que, como dice Godard, “no hay imágenes justas sino justo una imagen”.
No es de extrañar que las imágenes de Dofa estén acompañadas de la saturación de color que tienen otras imágenes a lo largo de la película, que sirve como expresión de que no es posible alcanzar la realidad ni por medio de la historia ni por medio de las imágenes. Así las imágenes de Dofa son el registro de la ciudad, pero al mismo tiempo no lo son, en ellas son notorias las figuras de personas y casas; sin embargo, sus colores saturados no corresponden con la realidad, porque no son imágenes justas sino justo imágenes. En este sentido la propuesta de Godard enlaza con el pensamiento aristotélico de que la historia es menos seria que la poesía (Aristóteles, 1995); ya que la historia trata de lo que ha sucedido, mientras que la poesía trata de lo que debió haber sucedido conforme a los carácteres de los personajes.
De igual manera Godard sigue el pensamiento de Aristóteles: la imposibilidad de que la historia sea una ciencia, por el hecho de que trata de lo particular y no de lo general. Ya que los eventos históricos se dan de forma particular, al no ser repetibles, a diferencia de los hechos de los que se ocupa la ciencia, siendo así que la ciencia estudia las causas invariables de un hecho (1982, Libro I), como la caída de objetos en la física.
Si en el fondo, que recorre las imágenes de la película, es notorio el cuestionamiento al conocimiento histórico, esto se ve expandido a los límites epistemológicos del ser humano por medio de la forma de la película, entendida como una totalidad viva y en expansión, un hecho inmanente y trascendente que refleja lo intelectual y estético de la idea, como un todo que integra tiempo y espacio, dinámicas, estructuras de creación, procesos técnicos y humanos, que nos hablan de un creador y una época. Se trata de una forma rizomática, que conecta un punto cualquiera con cualquier otro punto (Deleuze y Guattari, 2010). Una forma que no tiene una estructura clara, carente de hilo conductor.
Las imágenes, sonidos, diálogos y texto de la película no forman un discurso, sino una rizomática red de ideas que se cortan, que se contradicen y superponen. Esta forma no se deja reducir a lo uno ni a lo múltiple, constituye multiplicidades siempre en expansión, compuestas por direcciones cambiantes. Líneas de fuga, líneas de desterritorialización, que también expanden los límites de la capacidad de conocimiento al borrar un sistema recto que nos lleve en un sentido.
Lo rizomático busca un nuevo sentido al conectar cada punto de la estructura. La forma se nos presenta como una marea de ideas que logra desorientarnos porque rompe las imágenes, los signos, los límites del lenguaje y, por ende, los límites de nuestro conocimiento. El resultado es una nueva vía al sentido por medio del fragmento.
La verdad está en el fragmento
Al final de la película, Godard cita a Bertolt Brecht al decir “Solo en el fragmento es posible encontrar la verdad”. Este pensamiento mueve a Godard a lo largo de la cinta. Esta búsqueda por encontrar la verdad permea la estética de las imágenes, la heterogeneidad de ideas contrapuestas que exponen los diálogos y la estructura rizomática de la película. En ese sentido, es difícil definir qué es El Libro de Imágenes por el carácter totalizador que tiene. Una mirada que busca abarcarlo todo, tanto que los limites tienen que expandirse hasta llegar a buscar la verdad en el fragmento. Una visión absoluta como los libros de las grandes religiones monoteístas, que también acumulan fragmentos.
Así El Libro de Imágenes se presenta como muestra de que aún hay muchas posibilidades de lenguaje para explorar en el cine. Usando la tecnología para reflexionar sobre lo ficticias que son las imágenes y los posibles significados que se pueden alcanzar al cuestionar el lenguaje convencional del cine, estandarizado en las grandes producciones de Hollywood.
En una actualidad en donde parece que todo ya ha sido contado, Godard sigue expandiendo los límites del cine, de las imágenes, del lenguaje, por medio de una forma rizomática de nuestros signos, del pasado y del presente. El Libro de Imágenes es un cuestionamiento constante de nuestras imágenes, que tienen que ser manipuladas, yuxtapuestas, sobresaturadas, modificadas hasta lo irreconocible para cuestionar cómo tratamos de captar nuestra realidad, pues las palabras y las imágenes son insuficientes. Así Godard propone nuevas posibilidades del lenguaje, a partir de un lenguaje hecho de fragmentos rizomáticos, para encontrar nuevos significados.
Anexo
Aristóteles. El arte poética. México, Espasa, (1995).
Aristóteles. Segundos Analíticos. En Tratados de lógica: (Órganon) (Vol. 2). Madrid, Gredos, (1982).
Benjamin, Walter. Conceptos de filosofía de la historia. Argentina, Terramar, (2007).
Deleuze, Gilles. Lógica del sentido. Barcelona, Paidós, (2005).
Deleuze, Gilles y Guattari, Félix. (2010). Mil mesetas: capitalismo y esquizofrenia. Valencia: Pre-Textos
Derrida, Jacques. De la gramatología. México, Siglo XXI, (2008).
Marx, Karl. El XVIII brumario de Luis Bonaparte. Buenos Aires, Claridad, (2008).
Platón. El sofista. México, Alianza Editorial, (2010).
Saussure, Ferdinand de, Charles Bally, Albert Sechehaye & Albert Riedlinger. Curso de lingüística general. Buenos Aires, Losada, (2012).