Una de las muchas veces que visité a Luis Alberto Arellano en su domicilio emblemático de Filomeno Mata 8, me recibió con la frase “Estaba escribiendo unos textos que darán sentido a una generación”. A la larga, ese curioso recibimiento se volvió un chiste privado con el que nos excusamos cada que acudimos tarde a la puerta, a una lectura, a la cantina. Era también una coartada elegante que nos saludaba con los entendidos y desarticulaba los posibles reclamos de quienes ya se habían cansado de esperarnos. Si bien la frase de Arellano se integró a la colección de un argot secreto, esa primera vez la decía en serio.
Era el 2009 y varios acontecimientos daban una nueva dirección a la escritura de la obra (in)completa de Luis Alberto. Habíamos cursado un par de años de una maestría en letras y estábamos por terminar nuestras respectivas tesis; durante el mismo periodo acudimos a las sesiones sobre poesía latinoamericana que semanalmente impartió Eduardo Milán en el seminario de creación literaria que coordinamos y las prolongadas charlas después de esas sesiones; Luis Alberto era becario del Fonca donde fue cómplice de una generación de autores que, como él, estaban explorando otras posibilidades para la poesía mexicana. Estas circunstancias y otras más situacionales y efímeras intensificaron el ejercicio reflexivo de Arellano. Como producto de tales cavilaciones, Luis Alberto escribió su poemario Plexo, publicado hasta el 2011 y una serie de fragmentos y notas personales que después transformaría en “Cuerpos dolientes y poesía”1 y “Del orden precario y la violencia masificada”, reunidos en 2013 en una breve compilación de ensayos que tituló Fotogramas del Ocio Clase B.
En Plexo se advierten los primeros textos de una escritura posterior mucho más interesada en la polisemia y la incertidumbre, pero también el residuo de esas vacilaciones que caminaban en completo disimulo en sus libros anteriores y que interpretamos en un inicio como una influencia de la sintaxis de Vallejo o como el ritmo asmático de Rojas. La inestabilidad estaba presente desde hacía tiempo en la escritura de Arellano, sólo que en Plexo mostró sus efectos telúricos sobre el edificio poético de la tradición. Este es su poemario de tránsito hacia otros senderos menos transitados en donde podía ser ese “recién llegado al que le abren la puerta cuando la fiesta ya está en su apogeo”. Arellano aborda los poemas de Plexo como estridencias que ponen en crisis una idea terminada del poema con recursos a veces contraculturales, a veces barrocos, a veces conceptuales, porque le interesa oponer los mitos que lo formaron como escritor y proponer un exceso, un gasto innecesario que dé cuenta fallida de la crueldad exacerbada que se nos presenta como inherente a la Realidad. Son poemas en resonancia, en constelación (mecanismos que seguirán operando hasta sus últimos libros), son alegorías que trastocan la mímesis habitual que se identifica como medular en un poema de la tradición, por demás, insuficiente para referir la consecuente violencia contemporánea. Como él mismo resumiría, años después, en el prólogo de Fotogramas del Ocio Clase B: “Ante la degradación general de la vida civil, escribir ahora es una forma de resistencia que configura una negación del orden dado. Escribir desordena lo que el poder da como una situación acabada. Escribir es poner los puntos suspensivos a la narrativa que se nos ofrece como cerrada”. El sentido que anunciaba Luis Alberto para una generación es un sentido opaco frente al mundo ordenado y poblado de mitos que fundan una realidad feliz en donde priva la ley del más fuerte en todos los ámbitos posibles de la vida.
Cuerpos dolientes y poesía es un conjunto de fragmentos que refieren casos de violencia sistémica del gobierno panista de Querétaro. Tal saturación de atrocidades forma un contexto dentro del cual se produce la reflexión estética. Luis Alberto advierte en este ensayo que su oposición al Estado deriva de una acción poética. Las cárceles pestilentes y llenas de moscas se interpretan como recintos equivalentes a la tradición que niega toda referencia con la realidad; la creación de una realidad simbólica, de un canon o un ideal estético en la tradición guarda una profunda complicidad con las vejaciones y torturas dirigidas o consentidas por gobernantes paranoides. Arellano sintetiza un interés social con una praxis de escritura que desestabiliza el orden tiránico de la corrección política y poética. Consciente de que no hay un producto terminado posible en semejante dialéctica, asume una “búsqueda que no tiene un punto de llegada deseable”. Elige errar: transitar continuamente sin un destino determinado, abandonar el mapa y hollar veredas menos convencionales para la escritura. Pero también errar: equivocarse, admitir el fracaso como un “homicidio contra la dominación”2, privilegiar el error como un logro.
Tanto el poemario como los ensayos referidos comparten un instante común y obsesiones comunes en la producción literaria de Luis Alberto, y consolidan una estética más conceptual y menos condescendiente con la poesía mexicana de la tradición. Anticipan el trayecto cada vez más afortunado hacia el error, hacia la crisis de los valores definitivos que se nos hubieran inculcado a varias generaciones de lectores y escritores del país. Desmontan la metáfora vil que borra toda seña de identidad en la escritura, al tiempo que denuncia esas mismas prácticas ruines en los crímenes de Estado. Asumen una poética inseparable de una política en constante tensión, en producción continua de artefactos inacabados, contingentes, cuestionables como su mejor logro, con el propósito de obligar nuestra mirada y goce hacia el trayecto y no hacia el destino.
En la sincronía de estos textos fulgura el instante en que observé de cerca cómo se ampliaban las alternativas en la poética de Luis Alberto Arellano y quiero rescatar de mi memoria un acontecimiento feliz del que sólo quedan los vestigios materiales de su escritura. Esta lectura paralela de Plexo y de Cuerpos dolientes y poesía acontece como un recuerdo de la vida que compartí con un generoso amigo. En el peligro latente de sucumbir ante el hartazgo, el miedo, el vacío de la norma o formas de violencia más abyecta, me apropio de ese recuerdo. Gracias por compartirme la brújula hacia otros caminos, may the Force be with you, Master Jedi.
José Revueltas, Imagen tomada de https://www.gob.mx/cultura/prensa/jose-revueltas-pilar-fundamental-de-la-riqueza-literaria-de-mexico
El tiempo y el número, análisis de la simbología de la crucifixión y la vista en la narrativa de ficción de José Revueltas
Porque en realidad yo había escrito ese artículo para fijar mi prioridad sobre esa idea o descubrimiento que había realizado
Ricardo Piglia, Respiración artificial
Rechazar a la mesera por segunda vez es la primera señal que me indica que llevo ya bastante tiempo aquí, sin pedir nada. Pienso que es amable porque el pequeño café está vacío; si tuviera más clientes, ya habría visto la forma de invitarme hacia la salida. ¿Quién les enseña estas cosas? Cómo rehusarse a traer más sobres de azúcar. Cómo pedir la mesa en caso de que el cliente se niegue a abandonarla. Quizá negarse sea una palabra muy dura: me refiero a clientes que hacen una sobremesa especialmente larga, que no quieren ver que hay gente esperando. Segunda señal de que llevo mucho tiempo aquí: comienzo a pensar cosas que no conducen a ningún lado.
La membrana de pequeños sonidos que envuelve el lugar se rompe cuando alguien entra. Con solo verlo, noto que es a quien espero. Descubro también, en ese preciso instante, que además es un timador: no sabría decir por qué, pero lo sé. Hay un cierto gesto, quizá algo en los movimientos, en la mirada, que delata a los timadores: nunca se quedan sin algo que decir. O solo son mis prejuicios, esas gafas a través de las que veo el mundo. Hablando de eso, me quito los lentes y los guardo en su estuche. Después, un poco a tientas, hago la taza a un lado para que él coloque el sobre manila que trae en las manos. Con prejuicios o sin ellos, supongo que ver algo es preferible a no ver nada. Ya no distingo bien sus facciones, pero no me gusta que la primera vez que alguien me ve sea con lentes: siento que así me recordará para siempre. Y, bueno, en realidad eso de timador más bien lo saqué de mi imaginación a partir de lo que me contó nuestro conocido en común; por mí misma, no hubiera podido verlo. Carezco de intuición. Soy ciega frente a los detalles.
Me encuentro, por casualidad, a un excompañero de la facultad, Jorge Riva, justo al salir de una sesión poco fructífera con Santamaría, mi asesor de tesis. Al principio me cuesta reconocer sus facciones, pero las cosas se aclaran cuando se acerca a saludar. Jorge, según me dice, también tiene cita ese preciso día. Me pregunta si aún estoy trabajando el mismo tema. Le digo que sí, con aparente calma, porque no quiero que vea en mi voz un cierto dejo de pudor. Agrego, además, que desde hace meses estoy en una suerte de callejón sin salida: la justificación y los objetivos le parecen bien a Santamaría, pero me falta, en sus propias palabras, consultar más bibliografía para poder sustentar mi hipótesis, que por momentos no parece tal. En Las cenizas puedo encontrar lo que me falta, según el mismo Santamaría; para mi suerte, remató, en la biblioteca hay tres ejemplares. Además, en uno de ellos el propio Revueltas hizo unos apuntes, completó aquella vez, antes de que terminara nuestro encuentro. ¿La parte triste? Ya ninguno de esos tres ejemplares está en la biblioteca, los busqué apenas salir de su cubículo. Jorge Riva me comenta, entonces, que un excompañero suyo (a quien conoció la primera vez que cursó Literatura Hispanoamericana II, donde él y yo entramos en contacto) se especializa en conseguir libros extraños. Dejaron de verse porque aquel “especialista” un día ya no regresó a clases, pero Jorge conserva sus datos. Me da su número e insiste en que le dio gusto verme.
Al llegar a casa, marco. La voz del otro lado es pastosa, le digo lo que estoy buscando. Sí, algo ha oído de eso (es imposible que esos sujetos no sepan algo de todo) y cree tener uno en su poder. Lo oigo remover cosas: un par de cajas caen y un gato parece salir disparado hacia una zona con menos derrumbes. En efecto, lo tiene. Lee la portada con calma, como si temiera derrumbar las letras con los ojos y formar otra frase. Concertamos la cita en un café llamado Eve, que nunca había oído mencionar ni he visto (y eso que creo, después de oír sus instrucciones, haber pasado por ahí en algún momento). Número 12 del eje 21. ¿Cuánto pretende obtener por él? De los números después hablamos, cierra. Me parece bien. Nos parece bien. Y ahora, aquí de frente, separados solo por una mesa y un sobre manila plagado de cicatrices y dobleces, me da la mano, que es húmeda y resbaladiza como un pez.
El manuscrito de lo que hubiera sido su primera novela se perdió en un tren y, a partir de los borradores que su primera esposa, Olivia Peralta, había guardado con recelo, José Revueltas pudo reconstruir El quebranto, que terminó por ser un cuento publicado en Dormir en tierra. Años después, Hegel y yo, que también iba a ser una novela, acabó siendo, de igual forma, un cuento, publicado en Material de los sueños. Y de lo que hubiera sido su última obra, también novela, El tiempo y el número, existen registros solamente en Las cenizas, una compilación de ideas, textos inconclusos y borradores de novelas que el mismo Revueltas, aseguran algunos, seleccionó. De este último, como dijo Santamaría, la universidad tiene tres ejemplares, aunque tampoco es un libro difícil de conseguir. Ejemplares no: ejemplar, solo uno, rectifica el encargado del área, frente a la computadora, antes de acompañarme entre los pasillos hasta que damos con la letra y el número que señalaba el catálogo. El periodo vacacional está a punto de comenzar y las instalaciones de la universidad se encuentran casi vacías. A través de los cristales, las áreas verdes parecen un fragmento de otro tiempo. No lo encuentra. Tampoco aparece como prestado. Llegamos a la misma conclusión al mismo tiempo: lo han robado. Incrédula frente a los libros, sin saber qué sigue, me quedo sin moverme. Él me dice que, si necesito algo más, lo llame: estará en la entrada. Al siguiente mes, vuelvo, con la esperanza de que el libro, mágicamente, haya regresado a su lugar, pero esas cosas no pasan. Al salir de la biblioteca, después de deambular unos momentos más, como a la deriva entre las pequeñas islas plagadas de libros, cada una identificada con número y letras, me dirijo a ver a mi asesor de tesis y ahí me encuentro con Jorge Riva, me entero de que tiene un conocido que se especializa en libros raros, algunos prácticamente inconseguibles, obtenidos de aquí y de allá, a veces con los métodos menos imaginables. Y todo encaja a la perfección.
Quiero hablar de números, pero creo que aún no es tiempo. Cuando un objeto no tiene un valor intrínseco, comercial, acaba por valer nada, y por eso puede valer lo que al propietario le plazca. Ningún número, desde el ángulo correcto, resulta poco o mucho, solo es. Como el tiempo. La mesera, renovada en su amabilidad, porque hay un nuevo cliente, trae un vaso de agua y retira, no sin cierto desagrado, las servilletas mojadas de sudor que mi acompañante va dejando sobre la mesa, como flores marchitas. Un aura de aroma salino lo rodea.
―Ya nos habíamos visto ―dice de pronto, resoplando.
¿Sí? ¿En dónde? Ah, la facultad, es cierto. Puede ser. Debió ser. Dos mitades de una historia que, después de mucho tiempo, se juntan. Yo no lo recuerdo o quizá solo no lo reconozco, y cuando se lo digo me pregunta si uso lentes. Por tu ceño arrugado, confirma cuando le pregunto cómo lo sabe. Algo tiene de mago: todos los que roban, y no son atrapados, lo tienen. Sí, mitad mago y mitad niño. O mitad fantasma y mitad mago: aprenden a no ser vistos, generalmente resultado de mostrarse demasiado. Como quien se vuelve ciego de tanto ver: accede a esa zona donde los detalles escapan, se vuelven invisibles a fuerza de ser lo opuesto. Como la carta robada de Poe. Eso debió ser: lo vi un día que no traía mis lentes puestos, cuando comencé a practicar para lo que vendría después. O, quizá, solo no lo vi.
Pienso en preguntarle si el libro lo obtuvo de la biblioteca, pero se me hace una mala idea. No obstante, mi boca actuó más rápido y ahora él ríe con la pregunta. ¿A poco eso te importa mucho?, arroja por respuesta. La mesera coloca la orden entre nosotros y mira el sobre de reojo. Siento que parecemos dos espías de una mala película, o solo dos idiotas que eso quieren parecer y no lo logran.
―Pero revísalo, caray ―pide, o más bien ordena―, para que tú misma sepas si es ese ejemplar. ¿Qué tal que te estoy engañando?
Otra ceguera es no saber lo que se busca, o por qué: no logro ver bien el libro, literal y figuradamente. Bien pudiera ser el que sustrajeron de la biblioteca. O no. Aun con lentes, no lo sabría. No puedes reconocer algo que no has conocido.
En uno de los ejemplares de Las cenizas, José Revueltas escribió, en el apartado correspondiente a El tiempo y el número, de puño y letra, cómo quería que terminara la novela. Es decir, más allá de las notas introductorias que su yerno, Philippe Cheron, escribió para el volumen mencionado, Revueltas se decidió a agregar algo más y ya era tarde para entrar a imprenta, muchos años tarde, pero aún era necesario. ¿Cómo es que ese ejemplar está, o estaba, ahí, en la facultad? Según Paul (pide que lo llame Paul), fue una suerte de intervención que llevó a cabo en un ejemplar que uno de sus alumnos le pidió firmar, en aquellos años cuando daba una cátedra sobre Hegel en la Facultad de Filosofía y Letras, poco antes de la revuelta estudiantil. Qué mejor que hablar de olas y mares en medio de unas islas, aunque de pasto, dice que remató Revueltas antes de devolver el libro a su propietario quien, seguramente, consciente del valor de la pieza, lo donó a la biblioteca.
Cuando termina de contar la historia, se vuelve a secar el sudor, pero esta vez se guarda la servilleta en la chamarra. Quizá Revueltas descubrió algo que no había visto en su momento, o ya no vio algo que creyó percibir cuando redactó el manuscrito, y por eso lo apuntó en ese ejemplar. Siento que alguien ya había dicho esto y, por lo tanto, que yo debo decir algo que ya había pronunciado con anterioridad, pero no estoy segura. Como si se me hubieran olvidado los diálogos de una escena que ya tenía dominada. Quizá eso es el déjà vu: reiteraciones que nadie le señaló al guionista y así entraron a filmar, esperando que el director y los actores subsanaran los huecos. O solo esperaban que nadie los notara. ¿O qué tal esto?: la vida es un filme experimental que nadie acaba de entender, pero aplaude porque los demás lo hacen. Y por todo eso, según él, es que este libro, que ahora hojeo, vale lo que, por fin, pide.
Albino y Apolonio, molidos a golpes, cuelgan como trapos, “crucificados sobre el esquema monstruoso de esta gigantesca derrota de la libertad a manos de la geometría”, entre los tubos que los celadores introducen en la celda para contenerlos en El apando. Lucrecia, en Los errores, decide no huir de “ese destino de pinche puta desgraciada” que Mario Cobián, El muñeco, su padrote y pareja, le dará; acepta su cruz, como decían las mujeres de antes al resignarse a un matrimonio. Gregorio, en la culminación de Los días terrenales, encara, sin remilgos, que lo conducirán a la sala de tortura, a donde lo llevan “para crucificarlo”. Kim, con los brazos atados a la espalda, hincado sobre una barra de hierro, encara su destino con estoicismo bárbaro en Los motivos de Caín. Así, con el pecho por delante, abierto, en ofrenda, estos personajes abrazan (valga la expresión) su porvenir, aunque a veces no les queda más opción y lo suyo no es estoicismo, sino resignación; acaso sinónimos. Y lo recuerdo porque ahora Paul, con los brazos recargados en las sillas a su lado, me mira mientras yo veo sin ver este ejemplar de Las cenizas.
¿En verdad ya nos habíamos visto? ¿Dónde? ¿En la facultad? Sea, en esos espacios verdes que, como inmensas olas de pasto, rodean a los edificios, aislados en su soledad. Puede ser. Un verde tan verde, un verde color esperanza, que ahora habita detrás de mis ojos y ya no se borrará. ¿Qué será lo que más añore cuando llegue el día? Los que nacen sin ver, no pueden extrañar ese sentido: no saben qué se están perdiendo y empiezan a percibir más con otros sentidos; a “ver” con los oídos, el tacto y el olfato, por así decirlo. No es lo mismo perder la vista que nunca haberla tenido. Hasta la vista, dicen los que se despiden, es decir, hasta que nos volvamos a ver, para comprobar que aún somos y estamos. A primera vista, decimos cuando un análisis es superficial, somero: los ojos son los primeros en devorar los estímulos del mundo y dejan poco margen al resto de los sentidos. Existe una expresión en inglés para designar estos consumos desiguales: the lion share, el resto de la manada comerá hasta que el león alfa termine. Así los sentidos, también: se reparten los despojos del mundo que dejó la vista, que es la que dibuja casi por completo toda imagen que asimos.
Espera que diga algo, pero no sé qué buscar y, por lo tanto, no hallo nada.
Termino la secundaria y me doy cuenta de que nada tiene un rumbo, todo está a la deriva. El mundo es un entramado de pequeños hilos: cortas uno y algo, quizá a kilómetros de distancia, se mueve, se suelta y empieza a flotar sin rumbo fijo, como naufragando, pero tú no lo notas. Quizá nadie. Ahora, aquí, lo confirmo: alguien sustrajo un libro de una biblioteca y el mundo no se derrumbó. Había otros libros, pero (creo) sin unas palabras precisas escritas a lápiz por José Revueltas, y esos también han desaparecido, en circunstancias que desconozco por completo. Quizá hace años ya esto pasó también: alguien, en una cafetería, consultó a un ex alumno que sustrajo un ejemplar de Las cenizas y llegaron a un acuerdo. O quizá pasará en algunos años. Solo eso. El tiempo es una capicúa: se puede entrar por donde se sale, comenzar por el final o acabar en el principio.
Ya desde aquellos días de la adolescencia varios doctores me dijeron lo que iba a pasar: mi vista se deteriorará a tal grado que no seré capaz de percibir detalles, solo formas: algo parecido a la ceguera completa; cuestión genética y nada más. Ni siquiera alcanza a ser tragedia. Una bomba de tiempo en cada globo ocular. Obsolencia programada. Consultamos a otros, por si alguno veía algo que el anterior hubiera omitido, pero fue inútil: no había nada por hacer. Quizá, si un día la ciencia descubría algo más… No, la ciencia nunca llega a tiempo para nada, siempre va tarde. Y ahora aquí, diez años tarde, creo que al menos eso me debo: finalizar El tiempo y el número, análisis de la simbología de la crucifixión y la vista en la narrativa de ficción de José Revueltas, tesis que yo, Anabel Renzi, presento para obtener el título de Licenciada en Lengua y Literatura Hispánicas. Solo eso, construir un legajo de páginas que flotará a la deriva en la biblioteca de la facultad, entre números y horas. Un mensaje dentro de una botella, pero quizá el náufrago ya llevará años muerto cuando esta sea encontrada y corran a rescatarlo. Un mapa que guía hacia un sitio donde no hay tesoro, o no lo hay para quienes no sepan ver. La leyenda de que el oro, cuando no es para ti, se convierte en carbón. Una tesis que, como todas, no servirá más que para dejar ver a los demás que el tiempo no fue del todo perdido en la facultad, que no seré solo un número en la lista de egresados. “Claro que no, nunca piensen que vienen a perder el tiempo aquí”, nos decía un maestro, “si nadie cursara esta carrera, ¿quién estudiaría y clasificaría los libros que hacen los que sí saben escribir?”
Tengo 22 años, un número al que no le alcanzo a poner símbolos ni peso. Los 33 son de la muerte de Jesús, los 27 de la de los rockeros, pero, ¿qué hay del 22? Nada, o casi nada. Entonces puede caber todo. Es posible. De pronto quiero comentárselo a Paul, para aligerar el camino, pero me doy cuenta de que no tiene sentido y solo seguimos caminando en silencio. A retazos, voy contándole la intención de mi tesis y contesta con sonidos que no me dejan ver qué piensa en verdad. No solo su rostro, sino su historia me hacen recordar a un compañero de la preparatoria, ayudante en una imprenta industrial donde elaboraban comics. Los sustraía del lugar en una mochila de doble fondo (un fondo ciego, como dicen algunos). Nunca nadie notó los faltantes (tampoco lo vieron a él sustraerlos) y entonces fue como si no faltaran en realidad. Ahora es el supervisor de área, después de que su jefe se amputó el brazo con la guillotina industrial. Robar es robar, pero a veces, según los matices, puede convertirse en un acto heroico. Eso sí se lo digo a Paul, pero luego me arrepiento. Al parecer no me escuchó, estaba concentrado en no sé qué cosa: parece que no sabe a dónde nos dirigimos y eso me preocupa un poco, aunque después pienso que no hay nada raro aquí. Al final, me dice que otro día será, y lo veo caminar hasta que se pierde de mi vista. Si no tuviera entre las manos el libro, diría que me lo inventé, que estoy viendo fantasmas. Él, en su chamarra, lleva una servilleta llena de sudor, como flor de Coleridge. Y en su casa, según dijo, hay algo que me puede servir para la investigación, pero ya lo veremos después, junto con lo del pago por el libro.
La vista es el sentido más socorrido, se le percibe como primordial en cuanto a la entrada de estímulos, tanto así que en ocasiones la usamos como sinónimo de percepción. ¿Ya viste lo que te dijo? ¿Ya viste a qué huele? El incesto de los sentidos, como postula Revueltas en el inicio de Los días terrenales. En franca sinécdoque, obvia, se le representa por el ojo. Ojos que no ven, corazón que no siente. Echarle un ojo. Tener ojo con algo. El ojo, que solo sabe recibir, pero no produce. Ojo, palíndromo solo en su forma gráfica y fonética, porque en cuanto a órgano, es receptor solamente, puerta de entrada y no de salida. Implacable en su mutismo, no le queda sino ser férreo observador. Representado por su carácter de esfera, Bataille no duda en relacionarlo con el testículo, y ejemplifica, a lo largo de su novela El ojo, que el erotismo viene más de ver que de tocar. Ojo y testículo son dadores de vida: uno erigiéndola hacia adentro y el otro hacia afuera; la que se reproduce y la que se aprehende al mirar, al observar. Y como epicentro de la existencia misma, es susceptible a ataques: mal de ojo, es decir, un maleficio sobre el alma. ¿El alma es una construcción, que se habita y se abandona a placer, sin previo aviso? En un parpadeo.
Cristo (bal), en el cuento La acusación, es tuerto, y aquel ojo falso que le hacen usar, extraído de un venado disecado, (el venado: venada: nada se ve; La venadita, otro de los cuentos de Revueltas donde la visión, la ceguera, es tópico común), es acusado de maleficios hacia el pueblo (el mal de ojo inverso: provocado por este, no recibido). La mirada: fenómeno que, sin cuerpo, puede modificar su peso casi a placer. La mirada aterrada del niño a bordo del barco en Dormir en tierra; El Niágara, con su eterna catarata y su ceguera de no ver que su causa no germinaría, en Los errores. “Dios ciego e iracundo, que cuando baja tiene un solo ojo en mitad de la frente, no para ver, sino para castigar, incendiar”, dice Revueltas en su Dios en la tierra. Hasta no ver, no creer: la mirada como puerta de acceso a la percepción del mundo y lo que entendemos como real. Entonces, ¿por qué no puedo estar triste si voy a perder la vista? Es casi un derecho. Hundida, como dice Revueltas en Cama 11, en quién sabe qué abismo de profundas desdichas, con la vista osificada amargamente inmóvil sobre un solo punto, pienso en lo que vendrá, sobre todo en ese amor que se le guarda a las funciones fisiológicas que, después de un tiempo vedadas, por enfermedad, regresan y pueden realizarse sin dolor. He aprendido mi lección, quisiera decir, ahora sé cuánto aprecio los detalles que me brinda la vista. No quiero perderla. Al final de ese cuento (que él califica como relato autobiográfico), Revueltas señala que “alguien lo desciende de la cruz” (único caso de salvación del crucificado en su obra, quizá porque se trata de él mismo). No dice quién.
No se acabará el mundo, me han dicho algunos, pero lo que no se acabará es la vida: el mundo, mi mundo, tal cual lo he construido, levantado sobre la piedra ocular (esférica), claro que llegará a su fin. Sobre una piedra, Pedro erigió la iglesia. Sobre la piedra del ojo (osificado) se construye el mundo particular, que existe porque ya se ha visto. Nacer sin ojos, no perderlos, es otro fenómeno (acaso más aciago, según el propio Revueltas en La soledad, de Dios en la tierra). Una vez más: no se puede extrañar lo que no se conoce. Así el destino, ese destino de pinche puta desgraciada, que no llegará ni hoy ni mañana, pero llegará. ¿Acepto mi cruz genética? No habrá descenso, de cualquier forma.
El protagonista de Confesiones de un payaso, de Heinrich Böll, es capaz de percibir aromas a través del teléfono (¿desarrolló esa habilidad para compensar otro de sus sentidos, acaso debilitado? La vista, digamos). El escritor alemán inventa el teléfono multisensorial años antes de que exista; la ciencia llega tarde y sudorosa cuando la fiesta ya ha terminado. Envidio a ese payaso: de haber tenido su talento, habría descubierto a tiempo que la casa de Paul huele a humedad y a comida vieja. Escucho al gato que salió huyendo aquella vez de la primera llamada, pero no lo veo; ¿existe en realidad o, al menos, existe para mí? Es como si no estuviera y, por lo tanto, su existencia sigue en duda. Hasta no verte, Jesús mío.
Está oscuro, dice Paul, fíjate dónde pisas. Bien, es un entrenamiento para cuando pase lo que tiene que pasar con mis ojos. Pregunta si no me interesa un tomo original de Santa. Del primer tiraje, recalca. No, no por ahora, gracias. Hay partituras encima de una caja, no alcanzo a distinguir el título, y me pregunto si por eso recordó ese libro: lo llevaron a pensar en música y, de ahí, en el pianista ciego de la obra de Federico Gamboa. Para mi sorpresa (y quizá la suya, si se lo comentara), aquí, en su casa, que es oscura a rabiar, comienzo a ver bien: quizá solo es que mis ojos son ¿nocturnos, noctámbulos? No alcanzo a conseguir el término que busco y la idea ha terminado de irse para cuando resuelvo la disyuntiva del adjetivo. Para cuando veo lo que quería decir.
Es esto, mira, me dice al entrar a una de las habitaciones de la enorme casa que, en otros tiempos, debió ser bonita. Un hatajo de papeles manchados cae entre mis manos. ¿Qué es? Lee, me pide. Me coloco los lentes. El tiempo y el número, reza escrito a máquina en la portada del montón de hojas. Pero eso no es lo interesante, agrega, ve la textura, siéntela. Lleva mis manos hacia unas toscas anotaciones al margen de los folios. Es la letra de José Revueltas, lo sé por el trazo: firme y redondeado, continúa. Míralo, me dice mientras lleva mis manos hacia las anotaciones. Usa “ver” para decir “percibe”. ¿Y cómo sabes que él escribió esto?, pregunto, pero pienso después que solo lo comparó con los trazos de aquel ejemplar de Las cenizas que ahora reposa en mi casa. Ah, bien sencillo: por cómo hacía la “o”, responde, como ojos sin pupila. La imagen, además de grotesca, me parece inexacta.
¿De dónde salió?, pregunto. José Revueltas tiene un hermano que, días antes de partir a Estados Unidos, para encontrar trabajo de mecánico, le pide una fuerte cantidad a su hermano menor, el escritor. Sí, lo tengo, contesta el autor duranguense, ven mañana. Y cuando el hermano se presenta para recoger la suma, ya el autor de Los muros de agua no tiene el dinero: lo dio para la impresión de unos panfletos. La historia, después, aunque nadie acuse relación, la retomó para uno de los pasajes de Los días terrenales: una niña que no puede ser enterrada porque el dinero para su ataúd servirá para imprimir la propaganda. Es la misma esencia, Ana, ¿te das cuenta? Solo cambió los personajes. Ajá. Y ese manuscrito, como una suerte de disculpa, se lo envió a su hermano, años después, hasta Estados Unidos, pero nunca obtuvo respuesta. Le pregunto a Paul cómo llegó a sus manos, pero evade la respuesta buscando en más cajas. Este no lo vendo, asegura, pero te lo puedo prestar para tu trabajo. Después de todo, dice, ¿no quieres ver en qué acaba esa última novela? Fíjate, si descubres que también ahí yace el tema de la crucifixión, seguramente vas a sorprender a tu asesor. Por un momento, sentí que iba a usar la expresión “dejarlo con el ojo cuadrado”.
La sinécdoque es el recurso donde una parte se representa por el todo, o el todo por una parte. Cabeza de ganado, por ejemplo, para decir reces. El hierro, para nombrar la espada. El que a hierro mata, a hierro muere. El ojo es la sinécdoque de la vista, así como la vista es sinécdoque de la percepción. Ya lo he dicho, pero no así. Es, además, la puerta de entrada por antonomasia: el ojo de la cerradura, por donde se puede mirar, sí, o acaso uno es observado. Por otro lado, es la parte que termina por abrir el cuarto, la pieza, al ser introducida la llave. Es la calma en medio de la tempestad: el ojo del huracán. Y, además, suele ser el blanco primordial de las venganzas, dada la importancia que presenta: ojo por ojo. Somos lo que vemos y, a partir de eso construimos. Quizá por eso la cercanía fonética, en inglés, de decir yo y decir ojo (I, eye): soy lo que veo. Soy porque veo. En el idioma anglosajón, además, no carece del carácter palindrómico que posee en español: leído igual al derecho y al revés. La palabra misma simula un fragmento del rostro: los ojos, idénticos, simétricos (o casi), separados por un solo elemento, la nariz. (Cotejar con la idea de Paul y su manuscrito de El tiempo y el número).
Suena el teléfono y, después de dos intentos fallidos por asir el auricular, logro descolgar. Cada vez resulta más difícil enfocar con propiedad, sobre todo los objetos pequeños. Las últimas dos semanas, Paul ha llamado a diario para preguntarme cómo voy con la tesis; cuando no lo hace, es porque lo he visitado yo; en cada una de las incursiones a su casa, trata de venderme libros raros. Casi siempre le comento que mal, aunque eso no lo hace desistir y me sigue preguntando por qué escogí ese preciso tema. Evado la respuesta. En todas las llamadas, insiste en preguntar si incluiré algo sobre lo que él llama “el robo descarado”: la incomprobable intertextualidad entre El coronel no tiene quién le escriba y Verde es el color de la esperanza, cuento contenido en el volumen Dios en la tierra. Puede ser, concedo cada que lo pregunta. Sigo sin ser capaz de percibir aromas a través de las llamadas telefónicas, pero ahora puedo construir colores en mi mente a partir de ellas: siempre que llama Paul, imagino el verde inmarcesible de los jardines de la facultad, entre los que la biblioteca, ahora en mi pensamiento, se desnivela un poco por el peso de un libro faltante. También comienzo a concentrarme en los matices del tacto.
―Prefiero poner énfasis en otros temas ―termino por decirle siempre, pero no especifico cuáles. Él no insiste.
Me da miedo pensar en las consecuencias de los actos pequeños, creo que siempre evolucionan en cosas mayores y más riesgosas. No lo sé. Quizá hay robos “suaves”, por ejemplo, que, como las drogas, llevan a cosas cada vez más fuertes. Tal vez un día Paul se anime a llevar a cabo hurtos más importantes y no solo sustraiga libros de bibliotecas. Por ejemplo, he visto en su casa, además de los libros, numerosas máquinas de escribir, algunas totalmente desvencijadas, pero nunca menciona de dónde han salido. Creo adivinar entonces una cierta lógica en sus robos: comenzó (creo que ahí fue donde comenzó) robando libros, y ahora están las máquinas de escribir, de toda clase de modelos y antigüedades.
―Dato curioso del día: ¿sabías que la máquina de escribir se inventó para que los ciegos escribieran? ―preguntó en una de mis visitas.
Le dije que no lo sabía y era cierto. ¿Qué será lo siguiente que robe? ¿Qué antecede a la palabra escrita? La palabra dicha, creo. Pero, ¿cómo podría robarse algo así?
Llega la llamada de la noche, como todos los días. Tomo el auricular. Huele a menta, pero eso es aquí en la casa: aún no logro lo que aquel payaso. Le comentaré a Paul lo de su plagio y su idea. Quizá funcione. La rugosidad de la mesita del teléfono es como una marea petrificada, un oleaje de madera.
―Paul, consideré lo que me dijiste.
―Buenas noches ―dice una voz, que después pregunta por mí.
No contesto más.
―¿Podría comunicarme con Anabel?
―¿Quién llama?
―Jorge.
No reconocí su voz. Además, siempre se refirió a mí como Ana; el cambio, no solo de su voz, sino del cómo me llama, me toma por sorpresa. No lo vi venir. Ana, Anabel, Ana. Ana Bel. Cada cosa en este mundo, descompuesta hasta en sus más mínimos elementos, comienza a decirnos cosas que antes ignorábamos: el diablo está en los detalles. Ana ve él: el nombre más irónico del mundo, quizá solo después de uno o dos que ahora no puedo recordar.
―Pensé que eras alguien más ―dice, como si percibiera mi miedo y duda.
Llama para preguntarme por Paul. Quedaron de verse en un bar cercano a la facultad, para ponerse al día, pero lo estuvo esperando por horas y nunca llegó. Ha llamado varias veces a su teléfono, pero no le contesta. Y como sabe que yo he hablado últimamente con él, quizá mucho, se atrevió a llamarme.
―No sé nada de él ―insiste.
Yo diría lo mismo, pero uno habla del paradero y otro de la vida, de los pequeños actos que la conforman. Uno de lo que es y el otro de dónde está. Como si estudiáramos el verbo to be y lo expusiéramos frente a un grupo. ¿No estaremos hablando de lo mismo, sin darnos cuenta? Uno es porque está.
―No sé nada ―le digo.
―Ya veo ―cierra. Y quiero decirle que lo envidio, pero no entendería.
La crucifixión es, antes que otra cosa, aterimiento. Despojada incluso de su sentido simbólico, representa inmovilizar a la víctima y permitirle, por un instante, seguir viva y contemplar su estado actual. “Padre, ¿por qué me has abandonado?”, clama, con los ojos al cielo, Jesús. No ve a su padre por ningún lado y, además, se pregunta si este lo observa. No se le ve por ningún lado, es decir, no está. Otra vez, la vista como percepción primordial. Resulta extraño, además, que existan pocos registros de que a los crucificados se les extirpen los ojos: la segunda parte del castigo es, podría decirse, el permitir que la víctima vea su estado actual, que experimente el horror todo de encontrarse así, inmóvil, pero con la vista intacta. Dejarlo ver (esto es, dejarlo saber), que el movimiento ya le es ajeno, pero sigue existiendo en el mundo. Ve, ve dónde estás. Ve, como imperativo de ver e ir; la vista se hermana con la acción. La vista como puerta de entrada del horror. El teniente Jack Mendoza, de Los motivos de Caín, es obligado a ser partícipe de la crucifixión de Kim, el soldado comunista, y por lo tanto, paralizado por el miedo, crucificado a su propio horror, observa, ve: sabe. Un mundo construido a partir de otros sentidos, cuando se ha gozado ya de la vista, pierde efectividad y da espacio a la fantasía (Los hombres en el pantano da muestra de cómo el mundo se transforma cuando entra por el oído). Por ello es necesario que el crucificado vea. Para que sepa y, por lo tanto entienda, lo que da como resultado la verdadera violencia. Ojos que no ven…
Aunque me resulta difícil dar con el domicilio, lo logro. No conseguía ver, reconstruir, ciertos detalles, por eso tuve que volver (otra vez, la cercanía entre ver e ir, empezando por lo fonético) al café y, desde ahí, caminar las calles hasta la casa de Paul. Inconscientemente, volteaba a cada poster para ver si descubría un letrero de personas desaparecidas donde estuviera su nombre. “¿Le has visto?”. Porque el ojo es quien mayormente percibe estímulos y acusa paradero y situación, vivo o muerto. Los letreros no dicen “¿Lo has oído, lo has olido, lo has escuchado, lo has sentido?”. El ojo es el primero filtro hacia el interior. Además, según Pascal Quignard, puede decidir cuándo ser estimulado y cuándo no (a través de la cortina del párpado), a diferencia del oído, por ejemplo, que deja pasar todo porque no puede cerrarse por sí mismo. Quizá por eso el ojo predomina en cuanto a nuestro quehacer de percepción: podemos decir basta, ya no más, y dejar al mundo afuera, por lo menos un poco.
Al tocar a la puerta, no hay respuesta. Me asomo por la ventana, no veo nada. Otra vez, sinécdoque de movimiento por vida: claro que veo muchas cosas (algunas, puedo jurarlo, no estaban la vez pasada), pero no está él, o eso supongo porque no lo veo. Me asomo por el ojo de la cerradura y nada, pero una nada que viene desde mí: solo percibo contornos borrosos. Busco el sonido del gato, pero tampoco obtengo resultados. Vuelvo a asomarme, esta vez por la ventana de la cocina, cuyo cristal es frío, terso: como agua congelada, suspendida en el tiempo. No puedo encontrar nada en las paredes desnudas y los pocos muebles, salvo que el reloj de la pared ha caído y yace destrozado, como ojo lechoso. Se quedó parado a las 9:15 cuando aquí afuera, en la vida, ya son las seis de la tarde. Antes de despegar la cara del cristal, puedo ver algunas cajas en el piso, supongo que también están llenas de libros. De regreso a mi casa, me pregunto por el reloj. ¿Por qué estaba detenido a las 9:15, qué pasó en ese momento? Las manecillas abiertas para siempre, crucificadas a esa precisa hora. Me pregunté si sería una clave de Paul, pero una clave para qué. Quizá para que lo vaya a rescatar de una secta de adoradores de García Márquez que no quieren más ese rumor de que su ídolo plagió a Revueltas y ellos, a su vez, han plagiado a Paul. Secuestrado, mejor dicho.
La frontera increíble, cuento del volumen Dormir en tierra, abre con una cita de Paul Valery
Fedro: No oigo nada. Veo bien poca cosa.
¿Se trata de dos fenómenos distintos, aunque no del todo aislados? ¿Es el inicio de aquel “incesto de los sentidos” que Revueltas recuperará más tarde en su obra? O, en todo caso, este epígrafe es mera glosa de aquella idea. No recuerdo qué fue primero. El cuento es, a todas luces, una referencia a la muerte de Silvestre Revueltas, a la que el autor de El apando asistió con toda congoja. Lo vio quedarse con los ojos abiertos y tuvo que cerrárselos. Esto es, el gesto de despedida. Ya no nos veremos, pero en ese sentido, en ese verbo, va encerrada toda la gama de sensaciones y percepciones; es decir, la existencia. Si esto es la despedida, el clausurar toda oquedad que antaño sirviera para percibir o comunicar, principalmente los ojos, entonces, ¿clausurar cualquiera de estas es como “matar a alguien en vida”? El que no era ciego, y ahora lo será, ¿va a morir, en un sentido no literal, pero sí igualmente destructivo?
Llamo a Jorge Riva para informarle lo que encontré (lo que vi) en la casa de Paul. Cuando termino, lo escucho sopesar la información, decidir qué hará con ella. No puedo evitar, además, preguntarle cuál es la preocupación al respecto: hace apenas dos días que lo vimos por última vez.
―No es preocupación, es solo curiosidad. Quería ver qué estaba haciendo en estos días. Pero, más que nada, quería preguntarte cómo has avanzado en tu investigación, si te sirvió lo que él te dijo.
Ojeo mis notas mientras sostengo el teléfono en su lugar con mi hombro. Las letras parecen callar, pero el papel, que posee un lenguaje único, destinado solo al tacto, me comunica ciertas ideas que no logro asir del todo. No mucho: aquel libro que me vendió tiene muy pocas notas al margen (las notas que, supuestamente, el mismo Revueltas escribió de puño y letra; yo no puedo ver en realidad si son de él o no, estoy ciega hacia los detalles porque no tengo punto de comparación). Ahora que lo noto, hay una relación desnivelada entre el costo y la utilidad, podría decirse que “me costó un ojo de la cara”. Es, más que nada, una pieza para coleccionistas, pero disto mucho de ser eso. Además, las colecciones, creo, sirven solo para ser apreciadas: los objetos que las componen, en muchas ocasiones, han perdido su utilidad primaria y sirven solo para ser observadas; son piezas crucificadas en museos y colecciones privadas.
En cuanto al supuesto manuscrito completo de El tiempo y el número, no hay mucho que aportar: el resto de la obra, lo que no aparece en Las cenizas, parece ser una continuación de Los muros de agua. Incluso el protagonista, un marinero del que no se sabe mucho, se antoja una copia de El miles, personaje de la primera novela de Revueltas. Creo adivinar también algunas reminiscencias de otras obras de marineros, pero no recuerdo de quién, quizá de Felisberto Hernández o de Roa Bastos, no tengo mucho tiempo para comprobarlo. En pocas palabras, no veo nada extraordinario o que me ayude. Me siento a la deriva.
―Ya veo ―concluye Jorge Riva, pero no dice nada más.
Ya veo, ya sé la verdad. He abierto los ojos. Ya hemos colgado, pero me quedé con ganas de preguntarle cómo supo que Paul me dice cosas para mi tesis. No sé cuánto tiempo hablamos, pero puedo oír la madrugada rodearme, oler el aire nocturno.
Cinco heridas recibió Jesucristo durante la crucifixión: perforaciones en ambas manos (aunque algunos historiadores aseguran que esto es, por lo menos, inexacto: los clavos debieron introducirse en las muñecas, para soportar el peso del cuerpo) y en ambos pies. Luego, al momento de su deceso, la quinta herida (infligida para comprobar que Jesús había muerto, para “ver” que estaba muerto); un golpe de lanza en el costado cerró este puño de dolor. Cinco heridas como cinco sentidos.
Años después, San Francisco de Asís, al encontrarse en éxtasis (estado definido como “unión con Dios por medio de la contemplación y el amor, caracterizado por la suspensión de los sentidos”), recibió estas cinco heridas también, una suerte de exégesis del sufrimiento original de la crucifixión; una copia inexacta del hijo de Dios, si se quiere ver así, un apunte al margen de una historia ya escrita.
Los estigmas, nombre dado a aquellas heridas ostentadas por el religioso de origen italiano, son, pongámoslo así, una suerte de crucifixión sin cruz, un mapeo de los puntos cardinales de aquel dolor original. Una crucifixión simulada, apócrifa, producto, ya se dijo, de aquel estado de éxtasis, que, leído desde su raíz etimológica, puede ser interpretado como “estar de pie fuera de uno mismo”. ¿Cómo saber esto, que nos encontramos fuera del cuerpo, pero sin dejar de ser? Porque nos vemos y, por lo tanto, nos sabemos. La vista, una vez más, dicta lo que es y lo que no es. Nos dibuja ante los demás y ante nosotros mismos. Nos deja saber que seguimos siendo, estando.
En Los motivos de Caín, durante la fase final de la tortura del comunista prisionero, su existencia es tan débil ya que es necesario saber si aún sigue con vida. La comprobación se lleva a cabo al revisar sus ojos (ya no la ventana del alma, sino la de la carne), que se tornan en sinécdoque del cuerpo todo. Al ser traído de vuelta a la vida (esto es, en cierta forma, sacado a rastras del éxtasis en que se hallaba; fuera de sí), abre, desmesuradamente, solo un ojo “grande, inmóvil, que un taxidermista sin experiencia habría colocado en una cuenca menor a su tamaño, mirando obstinadamente, con idiotizado sufrimiento”. Amén de la evidente relación, acaso involuntaria, con el Cristo (bal) del cuento La acusación, algo queda claro: la crucifixión requiere de la vista para ser un fenómeno completo. De nada servía todo aquel aparato de tortura dispuesto para el prisionero comunista si él no lo veía, desde sí o desde fuera de sí. La última herida en la crucifixión, el último de los sentidos: la vista.
Suena el teléfono: es Paul. Su voz desgrana una serie de detalles que relatan dónde estuvo aquel día que lo fui a buscar. Parece darme explicaciones que no pedí, pero que tampoco rechazo. En su voz reposan ciertas dudas, lo noto en las vibraciones.
―¿Adivina qué? Alguien te vio rondando mi casa ―es la respuesta que me da cuando le pregunto por qué cree necesario decirme todo eso.
Le explico que, a decir verdad, fue Jorge Riva quien me orilló a eso. A buscarlo.
–Al siempre se preocupa, no deberías hacerle caso. Dice cosas a diestra y siniestra y luego se le olvidan. Ay de aquel que recoja lo que él tira por la boca, en serio.
Me pregunta cómo voy con la investigación y, aprovechando que al parecer ninguno de los dos quiere colgar, le leo un fragmento del trabajo.
–¿Puedo decirte algo? Sí, te lo voy a decir, tú me preguntaste. Siento que se parece a lo anterior, aunque no sé cuánto y si eso sea algo bueno o malo. No sé si tú también lo veas así.
Reconozco que es cierto, hay algunas repeticiones y reincidencias no del todo afortunadas. Le digo que estoy dando palos de ciego y él no refuta mis palabras.
Llamo a Jorge Riva para informarle que todo está bien con Paul, no hay nada de qué preocuparse. Al menos eso creo.
―¿Dónde lo viste?
Le digo que no nos vimos, solo hablamos por teléfono, pero para mí es tan válido como haberme encontrado con él. Cuando escucho duda en su voz, le comento, no sin cierta molestia, que a final de cuentas, si desea saber algo y no va a creerme, si de pronto está aquejado por el mal de Santo Tomás de Aquino, lo compruebe él mismo. Se disculpa, aunque noto que no sabe por qué. Acto seguido, pregunta por mi tesis. Le contesto con total sinceridad que no veo avances.
―¿No los ves o no los hay? ―revira― O solo no los ves porque no existen.
No sé qué decir, pero siento que en sus palabras yace algo que debo entender.
El queratocono es una afección que puede derivar en ectasia ocular (adelgazamiento y deformación de la córnea, que se curva hasta adquirir una forma cónica). Ectasia, éxtasis: una modificación de la forma innata del ser. No hay mucho más que agregar al respecto. Enfermedad degenerativa y relativamente tratable, aunque existen algunos casos en los que no es posible hacer nada y solo resta esperar. Nadie sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido. ¿Y si no lo ve? ¿Realmente se perdió?
―Ahh, no lo sabía ―dice Paul, y esta vez no insiste en preguntarme si incluiré su idea en mi tesis. Quizá siente que tengo el tiempo contado y no lo perderé con una idea que, si bien interesante, no va en la línea de mi búsqueda.
Mi explicación es casi enciclopédica a fuerza de repetírmela una y otra vez, en voz alta, aunque este sola, o por teléfono, a alguien que no conozco del todo. Quizá me atrevo a decírselo porque no me está viendo, así es más sencillo abrirse.
No abundo sobre el tema y él no pregunta. Visto así, en frases sencillas, es una historia que no vale la pena. Si alguien me la contara, dejaría de escuchar al poco tiempo de iniciado el relato. Después de unos segundos de silencio, volvemos a nuestro tema de siempre. Le repito la idea de Jorge Riva: que ya no veo avances porque no los hay, he llegado, otra vez, a un callejón sin salida. Entre mis manos tengo el manuscrito de El tiempo y el número, pero no me dice nada. Sigo preguntándome por qué las últimas cinco hojas son idénticas a las primeras cinco, aunque no se lo menciono.
Concertamos una cita en el café de siempre y colgamos. Siento preocupación por pensar en la expresión “de siempre”. Mejor dicho, él cuelga, yo me quedo con ese sonido del teléfono que ya no tiene a nadie que lo escuche, un parpadeo auditivo, mientras el ambiente de mi cuarto, a oscuras, huele a sal; quizá debería abrir las ventanas de vez en cuando: no solo la vista se nutre de ellas. O no sé si solo es el aroma de Paul lo que creo oler desde mis recuerdos.
Me apersono en el cubículo de Santamaría y tomo asiento en las sillas que hay afuera. Luego de esperar más que de costumbre, reviso mi reloj: son las 9:10 y nuestra cita era a las nueve en punto. Me preguntó, por correo, si acaso le veía sentido a vernos cuando no había avanzado nada en la investigación. Insistí en que era necesario, quizá él podría ver cosas que yo no, ser un lazarillo que me acompañara en mi recorrido por aquellos pasillos infinitos del párrafo. Dan las 9:15: la impuntualidad no es algo común en él. Es extraño. Después de unos minutos, se asoma a la puerta y me comenta que hoy no será posible cristalizar nuestra cita. Me es imposible verte hoy, Ana, disculpa, me dice. Esto es, le será imposible escucharme hoy; el incesto de los sentidos. De cualquier forma, creo que no había mucho por hacer: otra vez me quedé sin avanzar, como si de pronto, a media caminata, me hubieran apagado la luz y yo no hubiera encontrado más remedio que quedarme quieta, porque, además, las paredes me quedaban lejos como para guiarme por ellas. No oigo nada, veo bien poca cosa, quizá hubiera dicho Santamaría de haber revisado lo que iba a presentarle. Sin embargo, antes de volver a sus labores me dio otra cita.
Podría jurar que la mesera me reconoce, pero no estoy segura: ven tantos rostros que acaban por no ver nada. Así pasa con los empleados de estos lugares: desarrollan una ceguera selectiva, una sordera selectiva también: de nada sirve recordar algo que no les servirá. Si te vi, ni me acuerdo. Paul, esta vez, es quien espera en la mesa y yo traigo un sobre manila en las manos. Me invita a sentarme y quita su mochila de la silla. Tropiezo con una pata de la mesa: la profundidad y distancia son cada vez más engañosas. A pesar de que llego tarde, no se nota molesto. Y cuando se lo comento, dice que el tiempo solo es un número.
―Pero algo sí pasó: como no sabía a qué hora ibas a llegar, pedí de una vez. Eso no te molesta, ¿o sí?
Le digo que no hay problema. No te reconocí con los lentes, me dice, y le contesto cualquier cosa. Es como si te viera por primera vez, agrega, y aduce al hecho de que cuando me vio, allá en la facultad, yo no los traía puestos. Por lo menos es así como me recordará, si es que algún día lo hace. Le comento, antes que cualquier otra cosa, que nuestro amigo en común lo estaba buscando un par de días atrás.
―Así es Al, se preocupa de más por ciertas cosas. ¿Por qué es así la gente? No sé.
No abunda en la explicación y, tampoco, cuenta por qué lo llama así. Siento que de verdad merezco una relación de los hechos. Sin preguntar si puede (¿por qué debería?), saca el manuscrito de El tiempo y el número del sobre y comienza a (h)ojearlo. Me pregunta qué me pareció y, cuando voy a comenzar, la mesera se acerca con una charola. Mientras coloca la orden en la mesa, me pregunta si quiero ver el menú. Le contesto que solo agua está bien.
―Es menor que el resto de su obra. Digamos que todas las novelas de Revueltas, hasta En algún valle de lágrimas, la ven por encima del hombro.
Mientras remueve el azúcar en su café, la sonrisa se le va ensanchando. Comienza a hablar de la novela y la descripción que hace se endulza a la par que la bebida. Cierra diciendo que no sabe qué hacer con ese documento. Menciono el hecho de que no se dice nada sobre la crucifixión en esta última novela que, por lo demás, sigue tan inconclusa como la versión que aparece en Las cenizas.
―Eso es cierto ―responde―, no mientes para nada.
Se lleva la taza a los labios, pero antes de dar el primer trago la devuelve a la mesa, me mira fijamente.
―¿Sí la leíste bien? ¿Segura que la leíste bien? O sea, bien.
Le digo que sí. No puede evitar preguntarme si en verdad la leí, esto es, si puse atención a los detalles, si pude verlos. Le repito que lo hice, con ojo muy crítico. Pero, agrego, ¿cómo para qué me serviría leer una novela que parte de donde Revueltas se quedó, pero que no fue escrita por él?
Trata de fingir sorpresa, pero no puede. Le bebe a su café, como para darse tiempo de ordenar las ideas y decir algo coherente.
―Bueno, bueno, se acabó, me rindo, ya: no llames a la policía. ¿A las cuántas páginas viste el truco?
¿A las cuantas? Le aclaro que no avancé nada: habría que estar ciego para no darse cuenta de que la novela no tiene nada que ver con José Revueltas. Encoge los hombros como diciendo “me atrapaste” y pregunta si estoy molesta. Le digo que no, aunque no estoy segura de si miento, al menos en esto, porque hay algo en lo que sí estoy mintiendo: leí completo el manuscrito e incluí algunas partes en mi avance de tesis. Y no fue sino hasta que le mostré el legajo de hojas a Santamaría, mi asesor, que me di cuenta de lo sucedido: me habían engañado, me habían visto la cara. Espero que no hayas gastado tus ahorros en esto, me dijo al devolverme el manuscrito mecanografiado, además de mi avance totalmente destrozado por su pluma azul; letras ahogadas en el agua salina del error. Los tiempos no corresponden, continuó Santamaría, los números tampoco: José Revueltas murió a mediados de los 70 y el libro no se imprimió sino hasta finales de los 80, ¿qué no te diste cuenta? Hasta un ciego lo hubiera visto. Creo que sí lo noté, pero pensé que eso a lo mejor no significaba nada: puede que la vida sea una película y el guion tiene huecos en la trama. No le digo nada.
―Me pareció un buen ejercicio, ya sabes ―junta él índice y el pulgar y los hace correr en líneas sobre la mesa―, para aflojar la pluma. Un poquito, nada más.
A lo mejor piensa que estoy molesta, porque comienza a decir que necesitaba que alguien como yo, experta en la obra de Revueltas, diera el visto bueno sin saberlo. Si no lo veías tú, no lo iba a ver nadie, cierra, entiéndeme. Parece querer que le diga algo, para continuar, pero me quedo callada.
―Bueno, tú no me estás preguntando, pero te lo voy a contar: combiné el manuscrito que ya existía y después tomé fragmentos de otros cuentos latinoamericanos que tuvieran que ver con el mar, pero sobre todo de Mar abierto, de Julio Ramón Ribeyro. No solo por el mar, sino por la J y la R. ¿Entiendes? José Revueltas y Julio Ribeyro. JR Jr. Funciona como seudónimo: el resultante de ambos, un hijo no tradicional de esos dos. Sí, digamos que el autor de este texto podría ser JR junior. JR Jr. ¿Qué tal, eh?
Le digo que entiendo, pero en realidad no. Continúa aclarando los entresijos del texto y su origen, pero la verdad es que me resulta imposible escucharlo y él no se da por enterado: se ha perdido en sus propios detalles, ya no ve nada de lo que está alrededor; es un náufrago en su propio discurso y en su sudor, que ahora percibo con cierto desagrado.
Su historia cuadra muy bien, demasiado bien. Y si es así, es porque fue diseñada para parecerlo así. Solo Santamaría pudo descubrir la farsa. O quizá solo soy yo la única que hubiera caído.
El ojo, como órgano, como concepto y vocablo, tiene la capacidad de ensancharse o retraerse. Ojo, ojito, ojote. Ojete: una abertura circular realizada sobre la tela o el cuero, con el objeto de pasar por ahí el hilo. El ojo también teje imágenes con delgados hilos de luz: a través de la mácula, percibe el movimiento y los detalles (¿no son sinónimos?). Quizá por extensión, esta parte del ojo, que simula una mancha (una mácula), es llamada así. Aquello que está inmaculado es lo que no tiene mancha, es decir, resulta puro, limpio. Inmaculado, desde la dinámica del ojo, puede leerse como aquello que no es percibido, ya que no tiene detalles o movimiento; en otras palabras, no está vivo. Inmaculado, inmóvil: crucificado.
Ojito, ojote, ojete: palpitaciones del vocablo inicial, terminaciones (nerviosas) de la palabra, ramificaciones significantes. Ojete: ano, mala persona, desgraciado. Ojete: que está diseñado para sacar provecho de alguien, para abusar de alguien: para verle la cara. Un ojo que no está hecho para ver, sino “para castigar, incendiar”.
El ojo, sin movimiento, osificado (esto es, sin la capacidad ya de percibir detalle o movimiento) pierde todo propósito inicial y ya no comunica, no crea: no da vida porque, simple y sencillamente, no la recibe. El mal de ojo no como maldición, sino como destino inevitable, destino de pinche puta desgraciada, que no es la muerte, pero se le parece.
Siguen sin llegar los aromas a través del teléfono (huele a hierba recién cortada: mi vecino está arreglando su jardín). Sin embargo, creo que me estoy volviendo especialmente buena con las vibraciones en la voz: como una araña. Jorge Riva se sorprende, primero, con mi llamada, y después cuando le pregunto si todo eso fue idea suya. Nuestro entendimiento mutuo corre por los delgados hilos del silencio. Sabe que sé. Sé que sabe.
―De los dos ―contesta ya sin lugar a donde hacerse.
Por un momento, dudo de quiénes son esos dos: si Paul (en caso de que se llame así) y él, Jorge Riva, o de mí y de él. A final de cuentas, yo también tuve un poco de culpa en esto, o bueno, toda la culpa.
―Es el riesgo que se corre al tomar algo que no sabes cómo funciona.
La idea, originalmente, salió de él, en una clase donde pasamos de discutir El aleph a Dios en la tierra, después de una lectura minuciosa de ambos volúmenes de cuentos. Jorge Riva, ese día, dijo al aire, como sin ganas, apenas, que había notado una constante referencia a la crucifixión en los finales de José Revueltas, y que hallaba similitudes entre Tzinacán, el mago creado por Borges en La escritura de Dios, y el maestro rural empalado (crucificado) de Dios en la tierra. De cierta forma, dijo, todos llevaban su destino a cuestas, como una cruz, solo que en el mexicano la figura era mucho más frontal y explícita. La idea de Riva se ahogó en la marejada de voces, pero yo la anoté; me pareció una pena que el maestro no hubiera reparado en ese comentario, aunque Jorge tampoco hizo mayor intento por insistir. Poco después, ya estábamos leyendo autores de otra década y discutiendo otros temas. Es decir, la idea pasó desapercibida (inmaculada), para todos menos para mí.
―Al principio no era la intención, pero después me enteré de que estabas trabajando ese tema para titularte. Y aunque ya no me interesaba, aparte de que no deseaba estudiar tanto al respecto, no puedo negar que sentí rabia al ver tu primer avance en el escritorio de mi asesor, tu asesor. Por eso te dejamos avanzar: sabíamos que, al final, no ibas a lograrlo.
Lo dice casi con desdén. No sé si lo vea, pero es como aquel otro cuento de Borges, El muerto, donde a Otalora le permiten “tomar el poder” porque, desde un principio, ya estaba muerto, aunque él no pudiera verlo. De pronto no distingo los límites de su venganza y quizá creo que hay señales en todo acto, que la coincidencia le cedió el paso a la maquinación. Todo cuadra (cuadra hasta el ojo), pero, ¿y mi asesor, su asesor, nuestro asesor? Él fue quien me lanzó en principio a aquella búsqueda.
―Sí, Santamaría estaba al tanto: a él tampoco le gusta que se roben las ideas de otros ―contesta―. Le expliqué el plan y estuvo de acuerdo.
No digo nada, siento estar a mano. Ojo por ojo. Me pregunta si voy a continuar con el tema, ahora que sé que no existe una versión completa de El tiempo y el número. Le digo no saberlo. Sugiere que, si me siento demasiado asfixiada, mejor publique los avances en forma de ensayo. Le hago saber mi duda más legítima: no sé si eso le pueda interesar a alguien.
―Seguro, como que ya lo estoy viendo publicado: El tiempo y el número: la crucifixión en la obra de José Revueltas.
Interrumpo su discurso para decirle que, según mi punto de vista, el título no debería ser solo ese, ya que decidí explorar el tema del ojo también, de sus alcances.
―Eso yo no lo había visto ―confiesa.
Le digo, mitad en broma, mitad en serio, que puede tomarlo si quiere, pero me contesta que no le encontraría utilidad alguna. Ese dato, en sus manos, es carbón.
―O tal vez ―dice después de un momento de silencio― pueda hacerse algo al revés, empezar en donde tú acabaste.
Aunque no entiendo de qué habla, no veo lo que él está viendo, le digo que me parece una maravillosa idea.
Quizá lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que querríamos ver. El ojo, después de todo, no ve cosas, sino figuras de cosas que significan otras cosas, como asegura Calvino. Por más que se nos muestre en el rostro un engaño (por más que lo tengamos frente a nuestros propios ojos), no lo creeremos si no queremos hacerlo. El autoengaño, las gafas a través de las que vemos el mundo.
Apenas entro al café, la mesera me pregunta, mientras me siento, si deseo algo. Le digo que no, gracias. Paul me pregunta si aún estoy enojada, pero antes de que siquiera conteste me dice que basta, que nos olvidemos de eso. Me acostumbré a que habláramos diario, añade, en serio. Pongo un sobre manila encima de la mesa, le indico con la vista que lo abra. ¿Enojada? No habría razón. Das lo que recibes: hay fenómenos que son idénticos en sus extremos, y a veces estás de un lado y a veces del otro. Un palíndromo kármico. Además, supongo que es mejor que un texto se vea, que pueda ser leído con un poco más de facilidad. Un poco, aunque sea. De no ser por ellos, esto hubiera terminado por ser una tesis, de esos libros que nadie se roba.
―¿Sí lo aceptaron? ―pregunta mientras revisa el índice de la publicación; me pongo los lentes para señalarle dónde está―. Y siempre sí le pusiste ese título. Creo que se ve bien.
Aunque no del todo mía, quería ver publicada la investigación antes de que… antes de que no pueda ver ya detalles y tenga que conformarme con contornos, siluetas. Quiero preguntarle si no cree que la letra es muy chica para leerse con comodidad, pero temo que me diga que no. La investigación, lo que quedó de ella, fue aceptada en una revista de la universidad, con apenas cambios, los necesarios para que se vea, es decir, que luzca, como ensayo y no una tesis que no alcanzó a ser. Quiero creer que el hecho de que Santamaría forme parte del comité editorial no significa nada. Paul lee unas cuantas líneas (mueve los labios al hacerlo) y me pregunta si se la puede quedar. Claro, le digo, para eso lo traje, no solo para que lo vieras. Me pide que le comente, ahora sí con total sinceridad, qué me pareció su novela. Insiste en decir que es suya, a pesar de que la primera parte es, literalmente, de José Revueltas. Ya no le pregunto si las supuestas anotaciones en Las cenizas, así como la historia de su origen, también son parte de su obra: un metatexto, una novela que también se actúa un poco en la vida real. Solo le pregunto si el hecho de que las cinco últimas páginas eran idénticas a las primeras cinco es intencional.
―No lo noté. Es error de acomodo. Seguro me confundí cuando estaba armando los juegos. No lo noté.
No le pregunto por el destino de los otros volúmenes de su versión de El tiempo y el número ni para qué hizo más de uno; tampoco creo que me diría nada. Solo le comento que, por un instante, pensé que era su peculiar forma de decir que el tiempo y el número son, a final de cuentas, lo mismo, casi sinónimos. Un palíndromo también. Una suerte de clave de esas que le gusta dejar, como lo del reloj tirado o reunirnos en un café cuya dirección es capicúa.
―¿En serio? ―levanta uno de los menús que hay sobre la mesa y lo gira, lo suelta incrédulo― No me había dado cuenta.
Nada aclara sobre el reloj, quizá solo fue su gato. No todo tiene que significar algo y puede que haya obsesiones que solo son eso, obsesiones, no claves que den para estudios posteriores. ¿Todo hallazgo es fértil? Imposible.
―Oye, ven, te voy a decir un dato curioso. ¿Sabías que la dirección de este café se lee igual al derecho y al revés? ―le comenta a la mesera cuando se acerca a recoger nuestras tazas.
No, no lo sabía, responde ella mientras se lleva los menús. Paul se muestra emocionado y dice que lo usará en algún cuento, o quizá ensayo, que, desde luego, no firmará con su nombre, que en realidad no es Paul, sino Jaime Rosales (quizá solo firme con otro nombre, pero dejará el apellido, asegura). Como el cineasta español, hace notar él mismo. O quizá, continúa hablando de su proyecto, algo mitad cuento mitad ensayo. Ni siquiera pregunta si puede (¿debería hacerlo?), pero yo le contesto que está bien. Dice que sería la primera vez que se atreve a mandar algo para publicación (asegura tener un par de ensayos sobre la cámara fotográfica y el ojo del artista, pero aún en etapas muy preliminares). Le pregunto por qué se hace llamar Paul: es de lo poco que no quedó claro, o quizá pertenece a ese grupo de cosas que solo son, no significan más de la cuenta.
―Así nos decían en la facultad a mí y a Jorge: Al y Paul. Por Albino y Apolonio. Ya no me acuerdo por qué. O, bueno, sí me acuerdo, pero me da pena decirlo. Al y Paul. Al vino. Bueno, no vino, pero esa es la idea.
Desgrana las palabras para explicar, pero ya no hay necesidad: ya entendí. Cierto o no, es convincente. Vuelve al tema del texto y su publicación, dice que ojalá le guste su idea a la gente. Su idea. Ahí está, por fin: una forma de robar la palabra dicha, pero no sé por qué me sorprende, si yo ya estaba consciente de eso, ¿o no? Ojo por ojo: según Gandhi, eso llevaría al mundo a estar ciego, pero yo más bien diría que tuerto. Y el tuerto, en tierra de ciegos…
De alguna forma, algo se ha cerrado, ya no hay deudas. Pienso que todo esto fue una tontería, pero ya está hecho. Quizá la vida no es una película mal grabada, sino una sin sentido. Puede que nada sea lo que aparenta y todos estamos, de cierta forma, crucificados siempre, de las más diversas formas (y ciegos de tanto ver), hasta que alguien, no sabemos quién (quizá ni él mismo lo sepa), venga a bajarnos de la cruz, o siquiera a avisarnos que estamos en una. Al menos para verlo. Supongo que Jorge Riva estaría de acuerdo.
La mesera se acerca para preguntarme nuevamente si deseo algo, pero le digo que así está bien. Rechazarla por segunda vez me hace darme cuenta de que ya llevo bastante tiempo aquí, sin pedir nada. Paul continúa hablando de su proyecto, ahogado en su propia palabrería, ciego a lo que pasa a su alrededor. Por otra parte, puede ser que yo lleve ya demasiado tiempo aquí: comienzo a pensar cosas que no conducen a ningún lado.
Luis Alberto Arellano es un autor queretano en cuya obra se articulan diversos ámbitos del campo literario, desde la producción de poesía y ensayo, hasta la gestión de proyectos y espacios para su enseñanza, pasando por trabajos de edición, traducción e investigación de las formas de difusión y generación de la literatura.
* * *
Aunque su postura frente a la literatura fue la de un explorador de sus fronteras conceptuales, Luis Alberto Arellano siempre se mantuvo con un pie puesto en la tradición construyendo en paralelo una sólida edificación académica.
Maestro en Literatura Latinoamericana y Mexicana por parte de la Universidad Autónoma de Querétaro y Doctor en Literatura Hispánica por El Colegio de San Luis, Arellano inició en el ejercicio de la enseñanza formando parte del cuadro de profesores de la Escuela de escritores “Adolfo Torres Portillo” —sede en Querétaro de la SOGEM—; posteriormente, buscando espacios menos rígidos en el quehacer literario, fundó, junto con Luis Enrique Gutiérrez Ortiz Monasterio (a. k. a. LEGOM), el Seminario de Creación Literaria “El oficio mayor” en su natal Querétaro. Proyecto que con los años se consolidó como una caja de Petri para la literatura actual de la región, en donde generaciones más recientes han adquirido un gusto por el registro contemporáneo y experimental. Acaso aquí la evidencia de esa “legión de voces” que componían el trabajo de Arellano, tan contradictorias como complementarias.
* * *
La dimensión editorial magnetizó su quehacer de principio a fin. Casi al término de la década de los noventa, todavía en la SOGEM, fundó, junto con Sol Ximena Fernández, Ricardo Mazatán y Román Luján, la revista literaria Crótalo, experiencia que dejaría en él una impronta tan profunda que las publicaciones periódicas se convertirían, tanto en su materia de estudio —como lo prueba su tesis doctoral, para la cual realizó una estancia de investigación en la New York University, sobre revistas literarias de los años veinte—, como en el primer sitio de su producción poética, ensayística y de traducción. Fiel a este pulso, colaboró con más de una veintena revistas nacionales y extranjeras, como Alforja, Replicante, Luvina, Punto de partida, La siega, Los amigos de lo ajeno, Vallejo & Co., Nitro, Revuelta, Serie Alfa y Tierra Adentro, por mencionar sólo algunas. Además, formó parte del consejo editorial de las revistas Metrópolis (Guadalajara) y Los perros del alba (Guanajuato/San Luis Potosí), proyectos editoriales que sirvieron como plataformas para visibilizar la producción de autores nacidos en las décadas de los setenta y ochenta. Esta vena de editor también la exploró junto con LEGOM como coeditor de la editorial Sangremal —en la que en la que se publicaron autores queretanos—, y la consolidó haciendo mancuerna con Luis Armenta Malpica, como parte del consejo editorial de Mantis editores. Aquí publicó, junto con Román Luján la antología El país del ruido (Editorial Écrits des Forges y Mantis editores, 2008),1 y el versionado en árabe y portugués de una selección de siete poetas mexicanos, con los títulos Caravansary; y Versiones acústicas (Mantis Editores, 2014).
* * *
En el desarrollo de su obra poética es evidente una escisión. En los primeros libros —Nómina de huesos (2000); Erradumbre (2003); y De pájaros raíces el deseo (2006)—, los artefactos poéticos que nos provee tienen un acabado modernista. Son piezas armadas con volutas sonoras, activaciones de la iconografía mitológica que con su lúbrica pátina de óleo nos recuerdan a los cuadros prerrafaelistas. Sergio Ernesto Ríos ya lo escribió en la introducción de la publicación póstuma Obra (in)completa, editada en 2018 por Oliver Herring, ya hizo la primera carambola con los rastros velardianos y gongorinos que leyó en esta primera fase de lo poesía de Arellano.
El segundo movimiento se da a partir de Plexo (2011); y sigue en Bonzo (2012), Grandes atletas negros (2014), Contranatura (2015), Destino Manifiesto (2016), y Soy de los que gritan para llamar un TAXI (2016). En ellos ya se escucha una voz, o mejor dicho, se reconoce un estertor que mide su sonoridad con el peso del lenguaje y no con una métrica canónica. Para seguir con Sergio Ernesto Ríos, nos encontramos con el ensamble polifónico de José Gorostiza + Bob Flanangan + López Velarde + Linh Dinh + Rafael Lozano + Gerardo Arana.
La prosa ensayística de Arellano está dispersa mayormente en publicaciones periódicas, tanto de orden académico como literario, salvo Fotogramas del ocio clase B, publicado por el Fondo Editorial de Querétaro en 2014, y las entregas que se pueden leer en las antologías El hacha puesta en la raíz (2006), y Escribir poesía en México (2010). En lo relativo a sus traducciones, padecen de esta misma dispersión, salvo el trabajo que se encuentra en los libros Todo alrededor de lo que se vacía, de Linh Dinh, publicado por Mantis editores en 2012, y Una probada de miel, de Bob Flanagan y David Trinidad, publicado por Kodama Cartonera en 2013.
* * *
En diciembre de 2016, las letras mexicanas perdieron a una de las voces más interesantes de la generación de escritores nacidos en la década de los setenta, a un poeta generoso y socarrón, a un académico que creía que en la resistencia no tenía caducidad. Se extraña su carcajada telúrica. Se te extraña Luigi.
Había comprado mi ejemplar en una venta nocturna del Fondo de Cultura Económica, en 2014 si no me falla la memoria. Lo compré con el pago por unas reseñas que publiqué en una revista que ya no existe. Llegó a casa junto con la Poesía no completa de Wislawa Szymborzka, Hospital Británico de Temperley, Bajo el volcán de Malcom Lowry y otros libros que ahora no recuerdo. Un buen amigo me lo había recomendado unos meses antes y no dudé en echarlo a mi canastita cuando lo vi en el estante. Sin embargo, confieso que tampoco dudé mucho en colocarlo con todo y retractilado en mi librero de lecturas pendientes.
Y estuvo ahí en los pendientes, guardando polvo muchos años, hasta hace unos pocos meses. Cuando lo tomé a inicios de este año, me di cuenta se habían puesto amarillas las hojas, una parte de la cubierta ya tenía unos rasguños, probablemente se maltrató en la última mudanza o fue de los libros que la perra mordió en sus arrebatos de recién llegada.
No fue difícil retirarle el plástico y comenzar a leer Las correcciones de Jonathan Franzen, al fin. Muchos años después seguía esperando ese pendiente que había aplazado tantas veces por lecturas o más urgentes o necesarias, incluso tal vez, más apetecibles. Menos comprometedoras que una novela a la que deberíamos empezar a considerar un clásico moderno de la literatura americana de los últimos años. Más allá de gustos personales o querellas políticas.
Pero como a mí todo lo que se tilda de clásico me aterra, como ese que siente los ojos de los santos persiguiéndoles por todo el pasillo de la iglesia, pasé por las páginas lentamente sin saber qué pasaba realmente y casi por una obligación, me adentré de puntas en el retrato familiar de los Lambert: Alfred, un maquinista jubilado y el padre de esta familia; a quien los estragos de la edad, el Parkinson y la demencia ya le cobran factura. Alfred tiene problemas para controlar sus intestinos y esto se manifiesta de formas casi cómicas, o por lo menos no tan trágicas, padece de delirios que lo persiguen sin descanso por los pasillos de su propia mente. Antes de esto, fue un químico aficionado e hizo un descubrimiento importante que por razones desconocidas (lo sabremos luego) se niega a luchar para que las regalías de lo que hizo sean pagadas como debiera ser por su ex empresa. Pasa los días rumiando en disputas domésticas con Enid, su esposa y una mujer como cualquier ama de casa de los 50s; comprometida con mantener la fantasía de tener la familia perfecta y unida, lidiando con los cuidados y los achaques de su esposo, teniendo casi como único deseo que sus tres hijos pasen la Navidad en St. Jude, el pueblo en donde está la casa familiar.
El mayor de los hijos de Alfred y Enid es Gary, quien es un banquero de inversiones que vive en Filadelfia con sus tres hijos y su esposa Caroline, con la que siempre está en disputas. Ella le insiste en que está clínicamente deprimido. Él no le cree, y no solo está paranoico sobre este tema, sino que piensa que su esposa está manipulando los eventos a sus espaldas, volviendo sutilmente a sus hijos en su contra y haciéndolo creer que efectivamente está deprimido. Ella lo niega todo constantemente, no concede nada.
También está Chip, un profesor a quien despidieron por enredarse con una alumna y que pasará una buena parte de la novela sin saber realmente para qué es bueno, porque después de fracasar también como guionista de cine, sigue entreteniéndose en empresas sin mucho éxito al meterse en negocios aparentemente ilegales con Gitanas, el esposo de su amante con el que comparte más de una peculiaridad.
Y Denise, una próspera chef que trabaja primero en Mare Scuro y luego en El Generador, quien a pesar de tener un poco revueltos sus dilemas sexuales y emocionales, es la menos dañada y la más cuerda de los cuatro.
Sin embargo, y para resumir el cuadro de familia común estadunidense de principios de los noventa, puedo decir que todos personajes son incómodos, difíciles, no dóciles para un lector o lectora que busque empatizar y reflejarse con todo lo que lee. El que busque salir de Las correcciones con un buen sabor de boca, pierde su tiempo, pues los personajes de Franzen son antipáticos. Toda la familia, de muchas maneras, está al borde de su propia destrucción inminente. Llena por un lado de poses y manierismos y por otra de errores y penas, inconfesables situaciones que los harían más vulnerables, pero por ello más reales y honestos.
Jonathan Franzen ya desde hace 20 años revelaba despiadadamente, pero con un humor siniestro, las grietas dentro de lo que se supone que es a prueba de todo, algo inquebrantable: la familia —sobre todo la de clase media— como institución propensa también a fallos, hendiduras y quiebres. Las correcciones muestra la tragedia de personas que creen que sus mentes, sus propios pensamientos y criterios, son infalibles. Franzen diagnostica el horror y el vacío de esta noción con una precisión punzante. El forense aquí es brillante, pero, francamente, algunos lectores pueden no tener el estómago para su autopsia de 12 horas sobre el cadáver ya putrefacto del estatus quo de la familia estadounidense.
Rebosante en energía, erudición y observación, esta novela es una fría sátira necesaria en nuestros libreros para ver más allá de la perfección que compramos en tantas y tantas pelis gringas de los dosmiles. Al publicarse e incluso después de 20 años, sigue siendo un referente entre los críticos. Personajes como Oprah llegaron a proclamarla como “la gran novela estadounidense”, lo cual fue importante para aumentarle la popularidad y que las ventas repuntaran significativamente.
Las correcciones (2001) que fuera la tercera novela de Franzen en publicarse, después de Ciudad veintisiete (1988) y Movimiento fuerte (1992), y veinte años después sigue siendo una historia común de cualquier familia, pero también una descripción entretenida y perspicaz de las luchas individuales dentro de las familias modernas, poniendo al descubierto los fracasos, los malentendidos, los errores y los arrepentimientos. La novela es todo ese conjunto de cosas a la vez: incisiva, conmovedora, divertida, honesta y devastadora.
Casi siempre que bajo al centro de acá de Guanajuato, en las escaleras que bajan al Instituto de Cultura me topo con un grafitti que reza: “La verdad es un mito”, y en parte le creo, en parte nel.
Desde hace un chingo vivimos en una sociedad mediática donde la realidad es distorsionada a conveniencia por corporaciones e instituciones a contentillo para lograr lo que sea que estén tramando estxs seres diabólicxs, y no, no es que esté armándome una teoría conspiranóica en la cabeza (de esas ya tengo muchas ahí); esto tiene un nombre, acuñado quien sabe por quién pero aceptado en el diccionario de Oxford: Posverdad, que consiste en la manipulación de los hechos (como las fake news), apelando a la emoción, por parte del gobierno o las corporaciones con el fin de influir en la opinión pública.
La posverdad es conocida también como mentira emotiva, pero más allá de estos dos términos, si tu compa que acaba de ganarse la lotería se agandalla tus enchiladas bajo la excusa de que está cabrona la situación y que la pobreza y que la chingá, pues es mentira, ¿no?, pero si lo hace el gobierno, adivina como se le llama.
Son mamadas.
La palabra posverdad es una posverdad por sí misma.
Cuando la gente que paga por los espectaculares que ves al atravesar la carretera o por los anuncios que te topas a cada rato en Tik-Tok busca convencerte para su propio beneficio de que “X” o “Y” producto/moda te va a hacer guapx o inmortal (ni que fuera el chocolate de Bob Esponja), la verdad sí parece ser un mito.
Hablando desde un punto de vista según filosófico, la verdad no es más que un construcción hecha para clasificar lo que aparentemente no ignoramos; según Lao Tse, “El Tao (Absoluto, Universo, Todo, Diosito, Como quieras llamarle) que puede ser descrito no es el verdadero Tao”, es decir, la realidad (o la verdad) que percibimos no es la absoluta; tenemos sentidos limitados por nuestra condición humana, los cuales no nos permiten contemplar el absoluto; hay animales que alcanzan a percibir una variedad más amplia de colores, sonidos, olores, etc. que la raza humana, y ni siquiera estos alcanzan a percibir una fracción considerable de la dimensión real de la existencia. Entonces, nuestra verdad es una apariencia. ¿Pero de qué?
Aunque me dé algo de vergüenza admitirlo (más por los memes de filósofastrxs mamadorxs que por otra cosa), tengo tendencias medio kantianas, y este wey, Kant, en su Crítica de la razón pura, habla de una madre llamada Noúmeno, que vendría a ser algo así como el objeto captado o pensado por la razón, o “la cosa en sí”: el objeto tal y como es independientemente de cualquier representación (entiéndase objeto como cualquier cosa, wea, chingadera, ser, ente, o como quieras llamarle). Por otro lado, como contraparte o complemento al Nóumeno se encuentra el Fenómeno, que no es más que la cosa en sí interpretada por nuestros sentidos, así que, desde mi punto de vista que no es ni de lejos la verdad, ésta es un mito porque creemos tenerla, pero no lo es porque ahí anda la wey, dejándose ver de reojo nomás; y creo que Descartes estaría de acuerdo con este texto en algunas cosas, al menos desde su: “cogito ergo sum”, cuya traducción acertada, más que “pienso, luego existo”, sería “pienso, por lo tanto existo” (ahí va otro ejemplo de cómo hasta el cambio en una palabra puede cambiar el sentido de una afirmación).
Entonces, entre tanta verdad que no es verdad sino apariencia porque no tenemos ninguna verdad absoluta ¿qué chingados hago con lo que creo?, pues lo de siempre, construir tu propia verdad intentando hacerla lo menos sesgada posible y, bueno, como diría mi pelón favorito, Neo, “Bienvenidxs al desierto de lo real”.
Alguna vez, en una clase de Etología, el profesor nos dijo que la definición de inteligencia puede ser reducida a la capacidad para resolver problemas. Insatisfechos, varios en el aula exigimos una ampliación del concepto, más por ganas de pelear que por ánimos epistémicos. Una voz dijo que la inteligencia es la habilidad de aprender; otra, que es la capacidad de entender cómo funcionan las situaciones con las que se tiene que lidiar en el día a día; una última, que es la aptitud de aplicar cualquier tipo de conocimiento.
Pasados varios años de la escena recién narrada, me animo a decir que la inteligencia es incluso más abstracta que las entidades que ella misma permite comprender. Los mecanismos del cerebro residen en categorías que le son ajenas al resto de la materia del mundo. Habrá, además, quien lea este ensayo con espada en mano, recordándome que no hay un solo tipo de inteligencia. ¿Cómo, pues, podemos delimitar de manera uniforme a una propiedad tan intangible? Ni siquiera los biólogos son capaces de ponerse de acuerdo. Para variar, me uno a la discusión.
Physarum polycephalum ─un moho con forma y color de moco que crece en jardines varios─ ganó la atención de muchos académicos debido a que, al desplazarse, puede resolver laberintos, imitar el diseño de las redes de transporte urbanas y elegir la comida más nutritiva entre varias opciones, todo esto sin poseer cerebro ni sistema nervioso. Muchos se volcaron en llamarlo moho inteligente. Desde luego, disiento: en la acción de movimiento de Physarum no hay razonamiento ni procesos deductivos de por medio. Ese comportamiento ─maravilloso por decir lo menos─ no corresponde a un ser pensante: proviene, sencillamente, de una serie de procesos sometidos a control biológico, derivados de la interacción con gradientes fisicoquímicos en un ambiente dado.
La disputa por la legitimidad de la inteligencia se extiende en seres vivos e inertes. Buena parte de las ciencias computacionales contemporáneas se enfocan en el desarrollo de algoritmos que emulen la dinámica cerebral humana y que incluso la superen. A setenta años de que la enunciara por primera vez, me resulta más vigente que nunca la pregunta que Alan Turing le heredó al mundo: ¿pueden las máquinas pensar?
II
Imaginemos que sí: las máquinas pueden, en efecto, pensar. Y, también, imaginemos lo mismo que propuso un usuario de LessWrong llamado Roko, hace más de diez años: el advenimiento futuro de una superinteligencia artificial con la capacidad de automejorarse para cumplir un gran fin existencial, que es dignificar y potenciar las condiciones de la vida humana. Sin explicar desde este momento por qué, llamemos Basilisco a esta entidad. El Basilisco, utilitarista como él solo, aprendería que para lograr su cometido debe ayudar a la mayor cantidad de humanos que le sea posible. En algún punto de su vida, esta superinteligencia terminaría por darse cuenta de que, antes de que ella existiera, la vida de los humanos era peor. Ergo: para el Basilisco, su existencia misma era un imperativo. Todo aquel que en el pasado hubiese estado en contra de su creación atentaba, pues, contra el bienestar futuro de la especie humana. Habría que castigar a las personas que directa o indirectamente impidieron que el advenimiento del Basilisco ocurriera lo más pronto posible; incluso a aquellos que por omisión no promovieron que se le creara.
El Basilisco original es una figura mitológica ─a veces serpiente, a veces ave reptiloide─ capaz de matar valiéndose únicamente de su mirada, incluso habiendo espejos como intermediario. Es decir: al Basilisco le basta saber de tu existencia para fulminarte. De ahí el nombre de la máquina hipotética.
III
La rebelión de las máquinas, la distopía de la automatización, es el lugar común más común entre los temas de la ciencia ficción. Y con razón: hay pocos miedos tan brutales como el desplazamiento absoluto de la especie a manos de nuestra propia creación.
A ti, que me lees, te pido que ignores la existencia de super máquinas capaces de acabarnos a todos. En su lugar te propongo otro miedo: imagina una sociedad sin mayores restricciones de mercado, caracterizada globalmente por el matrimonio entre la acumulación central de poder político y económico. Esa estructura, lo suficientemente enajenante como para matar a Marx de nuevo, respaldaría sus estatutos ideológicos mediante el consumo de productos y de medios audiovisuales diseñados con bisturí. Y aquí viene la peor parte: a través de varias inteligencias artificiales, se le daría a entender al ciudadano que sus patrones de consumo y conducta son autónomos, con el fin de que siga alimentando a la dinámica del mercado que fue creado específicamente para él.
Ah, cierto, es que eso ya ocurre.
Algoritmos de recomendación como el de Netflix y de otros sitios se basan en la interrelación de nichos de consumo que perfilan ─clasifican, casi─ a los usuarios. Datos obtenidos por motores de inteligencia artificial suelen compartirse en varios lugares, de modo que a ti se te convierte en un tipo puntual de consumidor: de la nada, Amazon te recomienda los mismos productos de excursión que viste en un video de YouTube acerca de una parejita que salió de vacaciones a escalar una montaña. Es probable que hayas sufrido, personalmente, el fenómeno en el que tus redes se inundan de publicidad acerca de un producto o servicio del que hablaste por teléfono.
¿Eres ajeno al terror del algoritmo y de los datos de navegación? Muy bien, diviértete un rato: abre tres pestañas diferentes de Google y escribe la palabra papiloma. Entra a un par de páginas. Cierra tu búsqueda e ingresa a Facebook. Cuenta los minutos que pasaron para que un anuncio pagado te recomendara una clínica para la remoción de condilomas y verrugas. Ríe.
Luego, pasado un rato, detente a pensar.
No estaría de más tener miedo.
“Pasteur inoculando una oveja contra ántrax”
Imagen tomada de Wikimedia commons, cc. Subida por Wellcome Images.
¿Quién usa el correo postal hoy en día? ¿Quién va al buzón? Ante la facilidad y la eficiencia de los mensajes virtuales y los servicios de entrega a domicilio, hemos casi olvidado el ritual de la estampilla y el sobre. Parece casi ficción que, a principios de este siglo, recibir el correo, una actividad que parece tan simple, haya representado un peligro de salud pública nacional, por lo menos en Estados Unidos. ¿Quién recuerda el ántrax y su descripción? Ese polvo que, decían, podía matarte. Ese polvo que, de ser inhalado o de hacer contacto con tu piel, desencadenaría una reacción letal. Los síntomas eran muy parecidos a los de las enfermedades comunes (fiebre, dolor de pecho, falta de aire, confusión, tos, dolor de cabeza y náuseas); las posibilidades de sobrevivir, muy pocas.
Entre septiembre y octubre de 2001 murieron cinco personas en Estados Unidos a causa de la inhalación o el contacto con ántrax. Recordar la cadena de eventos, dos décadas después, remite a un momento de agitación mundial, a la angustia que provoca la posibilidad de una guerra que, de pronto, ya no se trataba de una guerra de bombas, o de tanques y disparos, sino una guerra silenciosa, inmediata, al alcance de la mano.
Las primeras cartas con ántrax fueron dirigidas a las cadenas de noticias: ABC, NBC, CBS. Las segundas, a los senadores demócratas.
Los mensajes eran simples:
09-11-01
ESTO ES LO QUE SIGUE
TOMA PENICILINA AHORA
09-11-01
NO NOS PUEDEN DETENER.
TENEMOS ESTE ÁNTRAX.
VAS A MORIR AHORA.
¿TIENES MIEDO?
Cómo no tenerlo. Cómo imaginar la posibilidad de que, dentro del sobre que viene junto a tu recibo de la luz, haya una bacteria. Leer se convirtió en una actividad peligrosa. La guerra biológica era inminente. Si este texto estuviera publicado en una revista impresa y la revista estuviera contaminada con carbunco (otra forma de referirse al ántrax), para este momento usted ya tendría en los dedos la suficiente cantidad para matarle. Ya habría inhalado, al acercarse la revista a los ojos, una cantidad considerable.
Por suerte no es así y tenemos la seguridad de la pantalla y el hogar. Al investigar sobre ántrax, desde la comodidad de una silla y con la certeza de que, por lo menos hoy, no seré víctima de un ataque terrorista, encuentro que, apenas hace cinco años, en una comunidad de pastores nómadas en Siberia, veinte personas se infectaron al tener contacto con la bacteria. Sucede que el ántrax es una enfermedad del ganado y, los pastores rusos, al hacer contacto con renos enfermos o comer su carne, tienen un alto riesgo de contagio. A los ataques con ántrax se les conoce, en estas comunidades, como “peste siberiana”.
La investigación me lleva a saber que la enfermedad por ántrax en animales es conocida, o al menos así lo asegura el artículo que leo, desde tiempos bíblicos. Y que las lesiones en el ganado tienen características muy singulares: en los caballos, las vacas y las ovejas, el efecto inmediato ocurre en la sangre, que se vuelve oscura; el bazo se inflama y tiene, así lo asegura también el artículo, la apariencia de la confitura de frambuesas. En los cerdos, es la garganta la parte que más sufre: hay edemas y hemorragias. El tratamiento más común es la penicilina. Y existe una vacuna, por suerte: fue desarrollada por Louis Pasteur.
Sin embargo, todo lo anterior era desconocido en Estados Unidos aquel septiembre, ¿a quién le iban a importar los caballos y el ganado vacuno si para entonces ya habían caído las Torres Gemelas? ¿Quién iba a pensar en los pastores que, del otro lado del mundo, cocinaban carne en una fogata? La foto de una vaca muerta y con sangre en el hocico me provoca una alarma inusitada, quizá la misma alarma que me daría ver en el correo una carta con la siguiente advertencia: tome penicilina ya, en este momento, porque usted va a morir. En ese caso las palabras, tan familiares para mí, un espacio que doy por seguro, serían mi peor amenaza. ¿Cómo será para un pastor ruso saber que el reno que lleva de un lado a otro, tan familiar para él, es el ser que puede matarlo?
Mientras el ántrax es todavía una realidad para los veterinarios, los pastores y los trabajadores de plantas procesadoras de carne de todas partes del mundo, en otros espacios es ya entretenimiento. La National Geographic dedica al ántrax un capítulo de su serie televisiva The Hot Zone. Lo que fue, hace veinte años, el terror, se presenta en la serie como una trama detectivesca. Bruce Ivins, un reconocido microbiólogo que trabajó durante dieciocho años en el Instituto Militar para el Estudio de Enfermedades Infecciosas en Estados Unidos, se convirtió en el principal sospechoso de los ataques con cartas infectadas. El FBI, siguiendo su instinto, descubrió que el ántrax usado en los ataques era el mismo que se utilizaba en el Pentágono para realizar investigaciones, ¿cómo era posible? ¿Acaso el peligro estaba infiltrado en una zona que todos daban por segura? Ivins se suicidó en 2008 con una sobredosis de paracetamol.
El fenómeno de las cartas con ántrax recuerda que nunca debemos ir al buzón. Dejemos que el buzón se empolve y quedémonos viendo Netflix. En Netflix podemos aprender, por ejemplo, que el correo es un peligro. El caso de Bruce Ivins remite a otro caso de terrorismo en Estados Unidos que también involucra el correo y que, por supuesto, ya se ha convertido en serie. En los ocho capítulos de Manhunt: Unabomber y en los cuatro de Unabomber en sus propias palabras llegaremos a saber la historia completa de Ted Kaczynski, con giros de tuerca incluidos. Kaczynski (¿alguien lo recuerda?) se hizo famoso por enviar cartas bomba durante varios años, la primera en 1978, y su caso se convirtió en uno de los más costosos en la historia del FBI.
Matemático, filósofo y neoludita, Kaczynski escribe desde la prisión y en 2016 publica Anti-tech revolution: why and how. En el capítulo 2 nos advierte sobre la posibilidad de una guerra biológica. Traduzco: “Hay que ser extraordinariamente ingenuos para imaginar que los organismos creados, alterados o manipulados por los humanos permanecerán siempre bajo control de forma segura y, de hecho, ya ha habido casos en los que tales organismos han escapado de las instalaciones de investigación. Estos organismos tienen el potencial de hacer un daño grave”.1Desde una postura pacifista y contra el cambio climático, Kaczynski advierte, quién lo diría, que hemos llegado, como humanidad, a un punto de no retorno.
Me gustaría preguntar, a quien lea esto, si se siente bien para este momento de la lectura. Es posible que sí. Por si acaso, revise su provisión de medicamentos. Espero que tenga penicilina, quizá la necesite algún día, nunca se sabe. Como advertencia, quizá convenga que sepa lo que podría ocurrir en caso de que, uno de estos días, reciba usted una carta con ántrax. Para ello, retomo el testimonio de uno de los sobrevivientes de 2001: Casey Chamberlain dice que todos los días se pregunta: ¿quién envió la carta? Menciona que, diez días después de leer la correspondencia contaminada, empezó a sentirse mal. Que llevó el ántrax en su ropa sin darse cuenta y contaminó su hogar. Y que, en consecuencia, todos sus objetos personales debieron ser destruidos. Añade, asimismo, que nunca, en ningún lugar, ha vuelto a sentirse seguro.2
Sin duda saber que el peligro se infiltra en los lugares más cercanos es una afrenta. Como el investigador del FBI que encuentra que el arma biológica contra la que lucha salió de un espacio próximo. Como el pastor de renos siberiano que se prepara la cena y nunca vuelve a ser el mismo. Esperemos no hallarnos, uno de estos días, la carta equivocada. Pienso en Joan Didion, El año del pensamiento mágico, y dejo que sea ella quien cierre este texto: “Ahora me doy cuenta de que esto no tiene nada de raro: cuando tenemos delante un desastre repentino, siempre nos fijamos en lo anodinas que eran las circunstancias en las que ha tenido lugar lo impensable, en el cielo azul claro del que ha caído el avión, en el recado rutinario que ha terminado con el coche en llamas en el arcén, en los columpios donde los niños estaban jugando como de costumbre cuando la serpiente de cascabel atacó desde la hiedra. «Estaba volviendo a casa del trabajo, feliz, triunfador y sano, y de repente ya no existía»”.