Tierra Adentro
Alan Valdez. Fotografía de Víctor Benítez.
Alan Valdez. Fotografía de Víctor Benítez.

Aún no me puedo imaginar un mundo en el que no exista el sentido de la vista. Cuando pienso en los ojos, pienso en su potencial para leer y hacer fotos. Lo pienso ahora mismo al escribir y revisar lo que he escrito. Y creo que lo pensé aún más cuando imaginaba cómo se construye la poesía con imágenes hechas por palabras.

Hace algunos meses le escribí a Alan Valdez para poder platicar sobre su libro La pérdida de voluntad en el agua, que ganó el premio de poesía Elías Nandino 2020 y que es publicado por el Fondo Editorial Tierra Adentro. Lo que recibí en ese momento fue la noticia de que Alan estaría indispuesto por algún tiempo, debido a una complicación en los ojos que debía atender de manera urgente.

Alan Valdez. Fotografía de Víctor Benítez.

Alan Valdez. Fotografía de Víctor Benítez.

Alan Valdez. Fotografía de Víctor Benítez.

Alan Valdez. Fotografía de Víctor Benítez.

Alan Valdez. Fotografía de Víctor Benítez.

Alan Valdez. Fotografía de Víctor Benítez.

Cuando pudimos vernos, me parece que la conversación inició precisamente con la importancia de mirar para alguien que escribe, para los que leen, y para los que hacemos fotos. Sin embargo, es importante no olvidar que es el sonido lo que impera. Las prosas brutales que atrapan son sonoras, dice Alan. No se piensan de manera separada el sentido y el sonido.

Hace un tiempo que tengo cierto desencanto con la escena de los poetas de mi generación. Sin generalizar, por supuesto, pero he visto a más gente hablar de su propia poesía como un logro que a gente hablando sobre esos poemas. A veces son como gritos desesperados por ser escuchados, entre todas las causas y todos los motivos, pero muchas veces laxos y sin formas.

Algo que, por cierto, me da la impresión que no solo ocurre entre poetas. Por ello, al encontrarme con La pérdida de voluntad en el agua, sentí una enorme satisfacción al estar frente a un libro híbrido, de forma libre, que a veces es verso y a veces es prosa, y recuperó en mí cierto optimismo hacia mi generación.

Alan Valdez. Fotografía de Víctor Benítez.

Alan Valdez. Fotografía de Víctor Benítez.

Le extendí a Alan mi preocupación por lo efímero de mucha de la literatura contemporánea y su respuesta no solo fue lúcida sino esperanzadora.

AV: Como en todo momento histórico que está en una transición, siempre se discuten parámetros importantes. Si lo revisamos, estamos en la infancia del siglo XXI, y eso quiere decir que tenemos los vicios de nuestros papás, le debemos mucho –bueno y malo– al siglo XX. Para discutir sobre la literatura y sus formas, desde que inició el siglo XX, la poesía buscó irrumpir con las vanguardias todo el tiempo, transgredirse: el surrealismo, el dadaísmo. Un constante destruir las formas y fundar nuevas.

Luego hubo un periodo entre guerras, y al tratar de entender qué estaba pasando, la balanza caía hacia el sentido más que otra cosa. Imaginemos un siglo que estuvo tan peleado con tratar de canonizarse, llegamos al siglo XXI cansados. Cómo más te reinventas. ¿Y qué pasa con todo ese cansancio? Pues que relativizamos todo. Y la relativización es importante porque te permite fundar identidades donde antes no las había pero también se vuelve muy laxo para otras cosas, como dice Bauman, todo se vuelve Líquido.

Si todo es líquido, no se puede contener y no tiene forma, todo se vale. Pero si todo se vale, entonces no hay nada. Así que, esa forma laxa que identificas en la poesía, se debe a que no hay una forma que regule nada. Por un lado está bien, porque eso permite que un montón de voces que hoy no hubieran tenido vigencia, la tengan, pero al mismo tiempo tanta multiplicidad se transforma en nada, en oscuridad. Esto ha ocurrido en todos lo momento de de la historia, pasó en el Renacimiento, y en el cambio del Neoclásico al romanticismo, está pasando ahorita. Lo interesante es que lo estamos viviendo ahora y muy pocas veces nos toca observarlo.

Alan Valdez. Fotografía de Víctor Benítez.

Alan Valdez. Fotografía de Víctor Benítez.

VB: Sobre tu libro, creo que me interesa mucho destacar que se mantiene alejado de una forma, de una causa, y es más bien un libro que está sucediendo desde un lugar honesto y atemporal.

AV: Sobre esto, creo que cuando lo reflexioné me di cuenta, después de haberlo escrito, que es un libro anterior a esta época. Sentí que mi poesía era una poesía un poco más vieja, que no dialogaba con mis contemporáneos sino con mis antecesores, y eso quizás me sesgaba de mostrarme vigente. Sé que no me importa mucho eso, no intenté estar en la discusión de la poesía contemporánea. Aunque también me di cuenta de que este formato híbrido en el que escribí el libro, es al mismo tiempo la cosa más vigente en la literatura.

Alan Valdez. Fotografía de Víctor Benítez.

Alan Valdez. Fotografía de Víctor Benítez.

VB: Pienso que un elemento importante de tu libro es el largo aliento con el que se escribe poesía. Es la antítesis de lo que sucede con la poesía de Instagram, las frases subrayables y la poesía en tuits.

AV: Ese tema me parece súper interesante porque pareciera que ya no estamos acostumbrados a leer con el tiempo muy dilatado. Hay métricas en las páginas donde te dice cuánto tiempo vas a tardar en leer un artículo. Entonces pareciera que queremos las cosas inmediatas y compactas, pero significativas.

VB: Hay gente que entiende al mundo en esa dinámica y produce poesía compacta e inmediata.

AV: Se necesita tiempo para ver. Una pausa del mundo para poder escribir, y esa pausa del mundo obviamente no la puedes tener con un trabajo de 9 a 5pm. Con esto no quiero decir que es mejor ser artista, al contrario, a veces envidio la estabilidad de los trabajos de 9 a 5, pero son dos tipos de aproximaciones a una misma cosa: no están en competencia. Y de eso tiene culpa el hecho de ver al arte como algo elitista, porque ¿quién tiene tiempo para poder escribir o hacer arte?

Alan Valdez. Fotografía de Víctor Benítez.

Alan Valdez. Fotografía de Víctor Benítez.

VB: ¿Y cómo ves el escenario de la poesía contemporánea en este momento?

AV: La transición sí está ocurriendo, pero no va a ser tan rápida como creemos. En la literatura eso se observa. Me acuerdo que hace 10 años hablar de cosas más cotidianas era lo más pop. Se había reducido la distancia con la poesía estudiada por la academia y con los universitarios que estaban pensando en salirse de esos discursos rígidos, suponiendo que la poesía tenía espacio para cosas más banales y ahí convertirlas en no banales. Pero como ocurre con cualquier cosa, el mundo se comió eso. Los movimientos emergentes se los comen, se asimilan. Hablar de memes sacaba de pedo a la gente, y hoy en día está tan asimilado que no está siendo vanguardista.

¿Dónde esta el peso, el gran acierto, de lo que haces? No lo sé, quizá mi único faro es que no te puedes pelear con esta realidad, pero sí puedes tratar de ser lo más honesto que te sea posible. Suena a lugar común y quizás lo sea, pero también tiene algo de verdad, porque los lugares comunes tienen algo de verdad. Si tu discurso es impostado por estar respondiendo a la presión discursiva de afuera, lo mismo que le pasa a lo de afuera le va a pasar a tu trabajo: se diluye. Tienes que ser congruente contigo.

No había leído autores de mi generación con quien comulgara en estas ideas plasmadas en su trabajo como ocurrió con Alan y La pérdida de voluntad en el agua. Creo que, sin duda, este hallazgo revira el barco de lo que hacemos, en la transición que atravesamos los artistas que crecemos con este siglo.

Alan Valdez. Fotografía de Víctor Benítez.

Alan Valdez. Fotografía de Víctor Benítez.


Autores
(Xalapa, 1991) Es fotógrafo de retrato; su trabajo como tal está plenamente comprometido con la industria cultural. En 2017 comenzó su proyecto “Cartografía íntima: Habitaciones literarias” que ha documentado a más de 150 autores residentes en México, Italia, España, Francia, Suiza y Alemania; entre ellos: Jordi Sierra i Fabra, María Fernanda Ampuero, Yásnaya Aguilar, Emiliano Monge, Santiago Gamboa, Carmen Boullosa, Camila Fabbri, Patricio Pron, Marta Sanz, Juan Pablo Villalobos, Lorea Canales y Jorge Carrión. Su trabajo se ha exhibido en el Seminario de Cultura Mexicana, el Fondo de Cultura Económica y la Galería Oscar Román de la Ciudad de México, así como en distintos recintos culturales de la República Mexicana. Ha hecho documentaciones especiales para la Presidencia de México, el Proyecto Cultural Chapultepec, el Fondo de Cultura Económica, el Colegio Nacional y el Seminario de Cultura Mexicana y recientemente ilustró un boleto conmemorativo de Lotería Nacional para el 80 aniversario del Seminario de Cultura Mexicana.
Ilustración realizada por Mildreth Reyes
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

Entramos al pueblo acompañados por las campanadas de la iglesia. Arturo lucía nervioso y los tañidos no hacían más que inquietarlo. “La gente de aquí ¿no duerme?” Era 24 de octubre; se lo señalé. Arturo me miró por unos segundos antes de sonreír, como si quisiera convencerse de lo que yo decía. Nos adentramos en las profundidades de la Sierra de Ajcopica y no teníamos idea de lo que encontraríamos.

Arturo siempre decía que yo me había convertido en una mujer temeraria. La mayoría de las veces me miraba con admiración; se sentía orgulloso de mi trabajo, de mi resolución, pero en otras ocasiones parecía temer por mí, por lo que era capaz de hacer para cumplir mis objetivos. “La sensatez siempre va acompañada de temeridad”, decía, y yo no podía estar más en desacuerdo con su frase contradictoria.

Arturo tenía miedo y no lo culpaba. Había tenido malas experiencias en su trabajo de campo en Veracruz, buscando los rastros de un culto basado en la figura de una niña decapitada. Lo que hacíamos al norte de Tlaxcala era diferente, se lo decía de manera constante. Él no parecía estar de acuerdo. Si ocurría algo como en San Luis, ya podíamos despedirnos de cualquier salvoconducto.

Habíamos rastreado tradiciones similares por todo el país, después de los ataques de algunos carteles en San Luis Potosí, y no tardamos en hallar rumores por todas partes; sin embargo, la presencia del “culto” se hacía presente tan sólo en el Valle de México y al sur del Bajío. “El Veladito” seguía teniendo reminiscencias de violencia y actos sanguinarios, y Arturo tenía miedo de que ocurriera lo mismo en cualquier otra parte donde el santo fuera venerado.

No estábamos seguros de si el culto era idéntico, o tan siquiera similar en San Rafael del Velo, en la Sierra de Ajcopica, al norte de Tlaxcala. Habíamos escuchado sobre cierto sincretismo en la región, leyendas que podían encontrarse en el norte, de santos populares semejantes al Niño Fidencio y de la creencia en criaturas similares a los arcimboldi del sur de Tierra Grande. No culpo a mi compañero. Lo ocurrido en San Luis, con el enfrentamiento entre cárteles durante un Xantolo, unos años atrás, causó tantas bajas de civiles como para provocar su nerviosismo. Si hubiera puesto mayor atención a las reticencias de Arturo, tal vez nunca habríamos pisado la Sierra de Ajcopica.

Cuando entramos al pueblo, con la camioneta dando bandazos por el mal estado de los caminos vecinales, podía sentir la agitación de mi colega, como si yo fuera la de los vellos erizados. Sin embargo, conocía desde hace algunos meses a Arturo, y me resultaba evidente que estaba enamorado de mí. Parte de su nerviosismo, se debía a nuestra cercanía y quizás un poco más. A veces pecaba de un ego lo bastante elevado, como para pasar por alto las cosas importantes.

Nos estacionamos cerca de la iglesia y luego caminamos unos cuantos metros por la calle principal. Don Gemayel nos gritó desde el pórtico de una casa señorial, deteriorada por el tiempo. Al acercarme, seguida de Arturo, quien trataba de descubrir los detalles de la fachada del templo, puse atención en los acabados del portón de madera, en el que parecía descansar nuestro contacto, mientras fumaba un cigarro sin filtro.

“Los esperamos desde hace horas, pero, ya se sabe, la comunicación en toda esta zona de la sierra es bastante mala; me da gusto que los hayan dejado pasar en las casetas; yo mismo les hablé para que ustedes no tuvieran problemas, pero hay que estar atento, por eso me he estado dando mis paseíllos, a ver si los encontraba por el camino. No me equivoqué.”

El hombre, ya cercano a los setenta, nos abrazó como si fuéramos amigos perdidos largo tiempo o familiares queridos. El doctor Guardiana me había pasado el contacto de don Gemayel y de don Abundio, ambos concejales de San Rafael del Velo. No hizo falta contactar al segundo, pues don Gema, como le gustaba que lo llamáramos, pudo hablarme de las “pequeñeces del pueblo”, y parecía verdaderamente feliz de que grabáramos en él algunas partes de nuestro documental.

Le había explicado al concejal que no éramos cineastas per se, aunque nuestras grabaciones tendrían un trato profesional, sino antropólogos de la Universidad de Tierra Grande haciendo una estancia en la ENAH de Tlaxcala. Nuestra especialidad, le comenté, eran las tradiciones colmadas de sincretismo, los vestigios de ritualidad originaria, o incluso de una naturaleza heterodoxa.

No quería ofenderlo respecto a la imagen resguardada en Rafael, pero no hizo falta disculparme, pues don Gema me habló largo y tendido sobre las fiestas del pueblo, además de lo que podía decirse sobre El Santo Elevado, como les gustaba llamar a San Rafael Ichtakayotli, o Ichta-Ichta, como también solían nombrarlo de cariño.

Nuestro anfitrión nos invitó a pasar a su casa. Para celebrar las fiestas patronales, las familias acostumbran reunirse para comer tamales, mixiotes o pipián. Aceptamos encantados, pero antes queríamos visitar el templo para manifestar nuestros respetos. La idea pareció incomodar a don Gema, quien, aun vacilando, terminó por aceptar que fuéramos a la iglesia, aunque no podíamos entrar, pues sólo los Ichtatzin, especie de fieles ardorosos que “cuidaban a la figura durante su fiesta, y quienes eran elegidos en mayo, podían estar dentro del templo esa noche y parte de la mañana siguiente. Alrededor del mediodía, cuando “el sol se volvía rojo”, la gente común podía ingresar.

Aunque Arturo no hablaba con nuestro anfitrión, había llevado una grabadora para registrarlo todo, además de su cuaderno de anotaciones de toda la vida. Había aprendido taquigrafía en la preparatoria y eso le permitía registrar cualquier charla de manera eficaz, además de que sus bocetos siempre eran impresionantes, colmados de detalles.

Esa misma noche, Arturo me diría que mientras caminábamos hacia el templo, con apenas unos metros separando la casa de don Gema de la iglesia, vio a varias mujeres vestidas con un velo negro, de pies a cabeza, paradas en los porches. Y, aunque era imposible ver sus rostros, sintió que no dejaban de observarnos.

El templo era inmenso, mucho más de lo que uno podría esperar en un rincón del norte de Tlaxcala, tan enclavado entre los cerros que hacía pensar en las dificultades para acarrear la piedra con la que había sido construido. Don Gemayel, como si hubiera escuchado mis pensamientos, comenzó a hablarnos de su construcción.

“La Iglesia de San Rafael del Velo es muy antigua, más de lo que dicen los reportes esos de los frailecillos. Aquí tuvimos a franciscanos, y los cabrones, disculpe la palabra, decidieron traer a los dominicos, porque la gente de aquí era muy salvaje. Debió ser una comitiva muy pequeña, pero esos eran los peores. Vinieron a latiguear a la gente que no le gustaba arrodillarse ante la cruz. Y luego, cuando ejecutaron a las cabezas de los señores importantes y de sus familias, desmoronaron nuestros templos y erigieron otros. Luego se fueron y dejaron a los franciscanos.

No eran salvajes, dijeron, pero eliminaron todo rastro de nuestras creencias, o eso creyeron. Y por ello levantaron esta iglesia tan monumental. Aquí hay piedra, nomás hay que caminar tantito hacia los cerros del oriente y hallarán lo que necesiten. Teníamos de todo, y los frailes lo ocuparon en la iglesia. Por eso la ve tan grandecita.”

Un templo sobre otro más antiguo no era ninguna novedad en el país, lo que nos pareció sorprendente fue la altura de la torre central. Vista a comparación de los cerros que rodean San Rafael, la construcción no era nada, pero desde el atrio lucía tan inmensa como una catedral gótica de Europa Central. Las fotos no le hacen justicia.

Don Gemayel nos acompañó hasta las puertas de la iglesia, de apariencia casi tan antigua como la piedra con la que habían levantado la nave. “Hay árboles muy grandes en la zona, gruesos y de gran tamaño. Según consta en nuestros registros, tardaron meses en tallar las puertas, hechas con dos árboles encontrados en las cimas de estos cerros, y el tachonado de bronce lo realizaron maestros artesanos del norte, quienes estuvieron un tiempo en el pueblo, trabajando como mejor podían. El resultado, como verán, es impresionante.”

Nuestro anfitrión no mentía. Dentro pudimos observar una decoración rústica en los laterales de la nave, a pesar del retablo dorado que, imaginamos, sería uno de los grandes orgullos de la población. Una inmensa pintura colocada encima del nicho central, que casi abarcaba hasta el remate, mostraba una escena apocalíptica con ángeles cayendo del cielo, dirigiéndose hacia una tierra colmada de ciudades ardientes.

Desde el atrio apenas alcanzábamos a distinguir en detalle los iconos o los demás cuadros del retablo, pero bajo la pintura yacía el nicho donde, supusimos, yacía San Rafael, velado por un manto negro que impedía cualquier atisbo de su famosa hechura.

Habíamos elegido el pueblo por sus tradiciones que, según nuestros estudios preliminares, nos parecían más que sincréticas, herejías. Cada determinado tiempo, que era señalado por un concejal elegido por sus dotes “adivinatorias”, el imperfecto leía los cielos y consultaba los registros astrológicos que no podían ser examinados por nadie ajeno al pueblo; determinaba la llegada de una “candela”, en la que se quemaba alguno de los íconos de San Ignacio, cuyo propósito era, especialmente, ser abrasado en una hoguera frente al atrio del templo para “alumbrar el camino de los celestiales”, sin que hubiera explicación de lo que esto significaba originalmente.

Sin embargo, Arturo había sentido fascinación, y también rechazo, por la figura central del culto del pueblo, la imagen de San Rafael, supuestamente realizada por seres caídos del cielo, quienes, para agradecer la hospitalidad de la gente de la zona, en una época en la que debieron esconderse, tallaron en la madera de un árbol partido por el rayo una efigie de un santo que, poco antes de irse, mostraron como una representación del Arcángel Rafael, el patrono de la sanación y de las aguas.

La imagen del arcángel se convirtió, de inmediato, en objeto de veneración por parte de los pobladores del pueblo y de sus alrededores. Según consta en una de las pocas crónicas concernientes a San Rafael que han sobrevivido, tomando en cuenta el mutismo respecto a los detalles de la imagen y que una parte de sus tradiciones se ha transformado en una consigna para los habitantes del pueblo, la belleza de “Ichta-Ichta” es tal que resulta complicado dejarlo a la vista, pues provoca raptos místicos, y otras manifestaciones extrañas, en quienes se atreven a admirarlo por más de unos segundos. La perfección tallada en la madera manifiesta la naturaleza superior del arcángel; debido a esto los concejales llegaron a la conclusión de “velar” la imagen.

Sin embargo, Arturo sospechaba que esa no era la única razón. Había conseguido más datos de informantes no del todo confiables, quienes aseguraban que la naturaleza de la imagen religiosa era mucho más perturbadora, y que en ella yacía un secreto, uno que no debía revelarse.

Una vez satisfechos al observar, aunque fuera desde lejos, algunos detalles del interior del templo, acompañamos a don Gemayel a su casa para cenar y conocer a su familia, bastante numerosa a mi parecer. Teníamos planeado pasar la noche en una posada de las que nos había hablado don Gema. Sin embargo, él mismo se desdijo cuando hicimos amago de irnos. “¿Cuál posada? Si aquí caben bien los dos. Será un honor para mí y para mi familia el hospedarlos.”

A pesar de nuestros intentos vanos de rechazar la gentileza de nuestro anfitrión, se nos ofreció un cuarto amplio en su casona donde podríamos disponer de comida, agua caliente y comodidades esenciales. Con cierta reticencia, acepté, sin darme cuenta del azoramiento de Arturo, pues no se había dicho nada sobre la cama… si serían dos o solo una. Tal vez de manera inconsciente yo había aceptado y dado la bienvenida a lo que juzgué inevitable.

Subimos al cuarto, que se encontraba en un ala de la casona en la que había una tercera planta. A ella se accedía desde las escaleras de una de las esquinas, y era parcialmente independiente. Podíamos disfrutar de cierta privacidad y al mismo tiempo teníamos una vista espléndida del templo de San Rafael.

Había una sola cama, aunque inmensa. Arturo habló, pero no dejé que fuera demasiado lejos.  Me acerqué a él y le dije que no deseaba ningún tipo de tensión, no al menos mientras estábamos en ese pueblo, donde el ambiente electrizante ya era demasiado. No sabía lo que ocurriría después, le dije, pero mientras estuviéramos en San Rafael dejaríamos todo a nuestras pulsiones. Lo besé y luego nos acercamos a la cama. Me sentí agradecida de que estuviéramos en una planta independiente donde nadie más pudiera escucharnos.

Dejamos el ventanal abierto y, mientras abrazaba el torso desnudo de Arturo, observaba la parte visible de la fachada del templo. Imaginando a criaturas inmensas descendiendo sobre su también inmensa torre central, me quedé dormida. Arturo, ya hacía minutos que roncaba.

*

Al tercer día la cámara principal dejó de funcionar. Ya tenía rato molestándonos con su configuración y con el lente. Antes de que la empacáramos funcionaba a la perfección. Aunque profesional, era lo bastante cómoda como para manipularla durante horas, en el campo o en el pueblo, sin que tuviéramos que preocuparnos por alguna otra cosa. También llevábamos cámaras más pequeñas, secundarias, que nos servirían para realizar algunas entrevistas, o para tomas en sitios reducidos. Como la principal parecía no querer seguir con nosotros, optamos por las últimas.

Realizamos entrevistas lo mejor que pudimos, aunque la gente de San Rafael parecía no entender del todo nuestras preguntas. Arturo sugirió que los pobladores sabían tanto como nosotros del Santo Patrono, y que se limitaban a rodear la imagen de su particular devoción, una que les había sido inculcada desde siglos atrás.

La mayoría, sin embargo, parecía que poseía una idea del secretismo alrededor de San Rafael, pues, a pesar de algunos estudios y etnografías que se habían llevado a cabo en la región, muy poca información se había filtrado sobre el santo. Solo un par de ancianas nos dijo que el Arcángel los protegía de las enfermedades y que, si dejaban de adorarlo y de festejarlo de acuerdo con lo que entrevieran los concejales en las estrellas, el mal sobrevendría y nadie estaría a salvo.

Solicitamos el permiso para filmar algunas reuniones del Concejo y hablamos con los miembros sobre las fiestas llevadas a cabo en el pueblo. Se realizaban celebraciones todo el tiempo, en especial guardando las festividades religiosas a los Arcángeles y a otros santos que se consideraban importantes en San Rafael, como San Ignacio. Las más importantes rondaban en torno al mismo Patrono del pueblo, el 24 de octubre, día en que llegamos y que se unía con el Día de Muertos.

Nuestra intención era documentar la fiesta principal y Todos Santos, y luego irnos con el material suficiente para presentar un brevísimo documental etnográfico de la región. Sin embargo, el primer problema que enfrentamos fue en torno a la Fiesta Patronal, pues lo único que pudimos observar fue lo que nos mostró don Gemayel, porque los días siguientes eran “de guardar”. La imagen no saldría hasta unos días después, para conmemorar a los Fieles Difuntos, y a quienes aún no lo estaban, según los pobladores, por gracia del Arcángel Rafael.

Arturo estaba cada vez más nervioso, él creía, como yo, que la imagen saldría en algún tipo de procesión, como habían documentado algunos etnógrafos, estudiosos de la región. Sin embargo, quedaba claro que la información había sido falseada, pues a pesar de lo que ellos consignaban, en las actas del concejo, que nos mostró don Gema, leímos esta prescripción sobre la imagen, que al parecer se remontaba hasta el siglo XVI.

La razón por la que habían mentido inquietaba a mi compañero y, a decir verdad, a mí también me parecía extraña. Si la procesión del 24 de octubre por la mañana, sin importar qué día fuera, como aparecía documentada en tres de las etnografías, no se realizaba, ¿por qué hablar de ella con tanto detalle? No creíamos que se debiera a la invención de tres antropólogos distintos, incluso en nacionalidad. Además, varios detalles coincidían, como el encuentro del Arcángel San Rafael con los otros dos, quienes forman parte de un triunvirato angelical canónico para la iglesia católica. Este evento, tan similar al de otras procesiones celebradas durante la Semana Santa, recordaba a la reunión de la Virgen María y Jesucristo, quien avanza por el Viacrucis hacia el Gólgota.

Además del encuentro, tenía lugar un segundo evento durante la procesión del Arcángel, pues en cierto punto, frente a la casa de uno de los concejales elegidos la gente se congregaba ante el Ichta-Ichta. Se retiraba el velo por unos segundos, para así otorgar la sanidad y hasta la absolución a quienes estuvieran presentes. Sin embargo, solo los locales podían obtener esta bendición, pues los foráneos tenían que apartar la vista, e incluso el cuerpo, mostrando la espalda o escondiéndose ante la mirada del Arcángel, so pena de sufrir lo contrario, enfermedades terribles y maldiciones de corte divino.

El último informe había tenido lugar ocho años antes de nuestra investigación, por lo que, pensamos Arturo y yo, el encierro de la imagen de San Rafael obedecía a una eventualidad que desconocíamos. Tal vez tenía relación con las lecturas astrológicas llevadas a cabo por los concejales, a pesar de la constatación oficial de que el icono no salía en la procesión documentada por etnografías varias.

En los siguientes días, don Gemayel nos presentó a varios miembros de la comunidad. Nos dio su venia para preguntar algunas cuestiones sobre el ejercicio de la ritualidad propia del pueblo, así como de creencias ancestrales que tuvieran algún viso sincrético o incluso completamente pagano.

Documentamos la elaboración de efigies hechas con totomoxtle, que se colocan en los campos para ahuyentar las heladas; las cruces dobles de ramas bendecidas en el templo de San Rafael para evitar que algún mal viniera de las montañas; incensarios preparados con copal y hojas de una planta que únicamente crece en los montes del norte de la Sierra, que algunos conocen como aglaophotis; rezos en náhuatl, latín y español para alejar a las criaturas de la noche… Es decir, tradiciones que ya conocíamos en Tierra Grande, aunque algunas de ellas tuvieran un indicio de unicidad.

A pesar de todos nuestros temores, y del nerviosismo que había visto en Arturo durante todo ese tiempo, nos sentimos decepcionados, como si no lográramos nada a pesar de encontrarnos en un lugar de difícil acceso, donde algunos grupos de autodefensa lo hacían, además, peligroso. ¿Cuál era el misterio en la tradición de ocultar la imagen de un santo? ¿No ocurría en otras partes, en pueblos de España? A pesar de lo curioso que nos parecía, no distaba demasiado de algunas prácticas perfectamente cristianas.

Entendíamos que el pueblo se enorgulleciera de sus tradiciones y al mismo tiempo las mantuvieran, en parte, ocultas a los profanos. Pero lo poco que estábamos abonando al terreno nos hacía sentir como estudiosos sin demasiado tino ni perspicacia: repetíamos lo que otros ya habían documentado, con la gran diferencia de que no habíamos podido observar la procesión del día de San Rafael, ni siquiera la quema de una imagen de San Ignacio.

Seguimos trabajando en el pueblo, reconociendo la zona, los campos y a los miembros de las familias de los concejales más amables y dispuestos de San Rafael del Velo, y grabamos lo necesario para tener los minutos suficientes con los que armar nuestras evidencias y, después, una narrativa para un mediometraje decente.

Nuestras energías sobrantes las dedicamos para disfrutar de la noche y de nosotros. Arturo ya había dejado de temblar. Quien lo hacía, en cambio, era yo, después de que él me dejara retorciéndome de placer. Al menos, pensamos, estábamos pasando unas vacaciones improvisadas.

*

Cuando se acerca la tormenta es sencillo predecir su inminencia, e incluso la potencia que ésta podría tener. Lo más sensato es alejarse o, si no es posible, afrontarla con resolución. Sin embargo, la mayoría de las tempestades no son del todo visibles, pues en lugar de parecerse a criaturas mastodónticas cargando contra las defensas colocadas, son más semejantes a bestias acechando en la oscuridad, esperando el momento perfecto para revelar sus colmillos.

Esa noche debimos largarnos. Queríamos hacerlo. Ya existían documentos suficientes sobre las tradiciones de Días de Muertos en la región. Lo que nosotros registráramos en video y con nuestras evidencias no sería distinto. Deberíamos habernos ido esa noche, en medio de la oscuridad, tomar la camioneta y largarnos de ahí. Pero no teníamos idea de lo que venía, ni tampoco estoy segura de que nos hubieran dejado pasar.

Empezó con la quema de un San Ignacio. Don Gemayel nos había invitado a un almuerzo donde estaría don Abundio y otros concejales, además de miembros de familias relevantes, pues planeaban la celebración de Todos Santos con enormes ofrendas frente al Ayuntamiento y adornos por todo el panteón del pueblo, además de algunos espectáculos de titiriteros y catrinas para los niños. Lo más importante, sin embargo, sería la salida de la imagen del Arcángel, pues en esa ocasión se había descubierto que era propicio realizar la procesión en las vísperas de Todos Santos.

Nos sentamos en una sección de la enorme mesa de don Gemayel, cerca de la cabecera donde él mismo solía dirigir las comidas familiares o de carácter oficial en su propiedad. Saludamos a los presentes que ya conocíamos, y cruzamos algunas fórmulas sencillas con quienes no. Me sorprendió la vitalidad de don Abundio, quien debía tener más de noventa años, aunque por sus movimientos y voz, además de su energía física, no aparentaba más de sesenta.

El concejal estaba emocionado. Él había descubierto en las cartas astrales los signos propicios. Lo anunció con una expresión difícil de interpretar en el rostro: quemarían una imagen de San Ignacio, cuando el sol se ocultará por el horizonte, para iluminar el camino de San Rafael. Miré a Arturo con una sonrisa que lo decía todo: nuestra estancia no sería, al fin y al cabo, una pérdida de tiempo.

Los presentes aplaudieron y soltaron vivas para el Ichtakayotli, San Rafael el Velado, Arcángel protector del pueblo. Nos llenamos de la misma emoción que ellos, o al menos como creímos que se sentirían, y luego fuimos agasajados por el desayuno consistente también en tamales, pero esta vez de ayocotes, pan dulce, cacao y texmole de guajolote.

Faltaba apenas un día y medio para quemar la imagen, y mientras tanto nosotros podíamos documentar algunas cosas que nos hicieran falta, nos dijeron, pero nosotros ya habíamos dado una vuelta a los alrededores, y habíamos subido a los cerros cercanos para realizar un par de tomas. No nos pareció que entrevistar a más pobladores nos proporcionara nueva información, pero tal vez en la biblioteca y en el registro del pueblo encontráramos algo interesante.

Nada más mencionarlo, algunos concejales se pusieron nerviosos, y nos aseguraron que el archivo estaría cerrado, pues toda la gente del pueblo se alistaba para ello. No podíamos contar con los libros. Sería para después. No le tomamos mucha importancia y seguimos comiendo. Una vez estábamos de nuevo en nuestra recámara, Arturo mencionó el nerviosismo de los concejales. “Podríamos ir y asomarnos; si están tan ocupados no se darán cuenta; además, no es que deseemos robar algo, tan solo ver.”

Lo que me propuso mi compañero no era tan grave, pero entendía su insistencia: quería saber si realmente existían pruebas de la procesión de San Rafael. Lo que encontramos, sin embargo, fue algo muy distinto. Esa misma tarde salimos con las cámaras a dar un paseo por el zócalo de San Rafael, tomando fotografías y extractos de video de los adornos, la ofrenda y de la iglesia. Luego nos fuimos alejando hasta pasar el primer cuadro y adentrarnos en la zona occidental, donde no había nada interesante además del archivo. Sin embargo, cuando encontramos el acceso a un pequeño patio trasero, vimos pasar a varios hombres que llevaban un bulto vestido con ropajes regios. Debía ser un icono de San Ignacio.

Entramos al archivo sin forzar la puerta, pues no estaba cerrada con candado alguno. Para entonces, ya nos habíamos dado cuenta de las costumbres en cuanto a cerraduras en San Rafael. Confiaban en ellos, y de foráneos eran protegidos por sus autodefensas. ¿Quién iba a querer robar cualquier cosa? Nosotros tampoco lo deseábamos.

No nos costó demasiado encontrar los registros. No eran como lo imaginábamos. No estaban escritos en español, ni siquiera en náhuatl registrado con nuestro vocabulario. Eran glifos, como si el arte de los códices jamás se hubiera perdido. Sin embargo, la escritura también tenía algo de tridimensional. Los símbolos menos parecidos a objetos de la realidad podían tergiversarse de diferentes maneras. Pensé en los tejidos de los ndé, en las tradiciones de las hilanderas en ciertas regiones de Perú. Cada nudo tenía un significado, y las uniones podían ser tan complejas como “erráticas”. Lo mismo ocurría con esta escritura.

Nos hallábamos ante un tesoro inimaginable. Arturo mencionó el lenguaje de los ángeles, el enoquiano del que hablaba el viejo astrólogo inglés, John Dee. Podía ser algo similar. Además, los pobladores de San Rafael creían tener tratos con lo angelical.

Entonces encontramos un libro, un ejemplar que debió imprimirse hacia el siglo XVII. Poseía esa misma escritura, pero también había secciones enteras en español y en náhuatl, escrito con nuestro vocabulario. Leímos el título en las hojas interiores: Tlayohuacitla. Arturo tradujo: “aunque no es un concepto canónico del náhuatl de la región, podría significar algo parecido a Estrella Negra.

Sentí un escalofrío como no había experimentado en muchos, muchos años. Ese libro tenía información sobre la naturaleza de su culto… y de la imagen velada de San Rafael, el Ichtakayotli. Era carne celestial convertida en carne terrenal; los antiguos pobladores habían sabido cómo invocarla, cómo traerla desde los abismos superiores, y cómo encadenarla para obligarla a hacer lo que ellos quisieran.

Una peste, el inicio de todo. Los españoles encadenando a la gente de la región norte, los más salvajes de entre los tlaxcaltecas, quienes nunca agacharon la cabeza ante los conquistadores, a pesar del yugo. Tlaxcala tuvo un trato especial por parte de la corona, pero era una trampa, y la gente de Ajcopica lo sabía. La única manera era defenderse con un arma mucho más poderosa. Y lo hicieron, y cuando los españoles se adentraron en la sierra, y vieron lo que ahí estaba encadenado, se arrodillaron y lloraron llenos de espanto y exaltación. Dieron entonces todo al pueblo, lo que quisieran: construir una iglesia sobre el viejo templo, el que había sido destruido por una intrusión de las huestes texcocanas. En él, elevarían a la Creatura.

La única condición que pusieron los españoles ya había sido contemplada por los habitantes del pueblo: el ser debía ser tratado como un icono religioso, lo cual era fácil, pues las artes del libro de la Estrella Negra lo maniataban, y evitaban que pudiera moverse a voluntad. Debido a su naturaleza numinosa, también debía ser cubierto por un velo. El lugar se llamaría con el nombre del ángel que, en cierta forma, representaba la criatura celestial: San Rafael del Velo, pues la gracia del celestial curó la peste entre los habitantes de la región, y también las aguas contaminadas y envenenadas.

Solo cuando los astros lo indicaran, podían levantar el fuego hacia los cielos, y pedir la gracia de “San Rafael”, levantando su velo por unos segundos, y así eliminar cualquier mal, cualquier enfermedad, que hubiera caído en el pueblo. Lo que había detrás del velo, lo entendí en ese momento, era un ángel caído del cielo, es decir, el horror encarnado.

*

Se incendió un San Ignacio, un bulto de madera de ayacahuite, y la noche se cubrió de fuego. Arturo quería irse. Pasamos esa noche y el día siguiente debatiéndonos sobre la naturaleza de lo que habíamos leído. Le dije a mi compañero que era tonto y un miedoso. ¿Cómo podía creer que esa historia fuera literal? Muchas leyendas hablaban de iconos religiosos encontrados dentro de árboles, o traídos por burros. Formaba parte del folclore cristiano. No hablaban de monstruos caídos del cielo.

Sin embargo, en sus palabras y en su rostro notaba una desesperación que yo trataba de evitar… y que también sentía. Pero no quería irme así. No sin tener algo más para presentar en nuestro documental, no sin haber visto por lo menos la procesión del Arcángel en la fiesta de Todos Santos. Debía comprenderme. Solo eso y podíamos irnos y no volver a pisar el pueblo, pero fue demasiado tarde.

Los concejales vinieron por nosotros. Nos invitaron a la procesión. El fuego arribó a San Rafael del Velo, y el San Ignacio fue inmolado. Salió la imagen de la iglesia, cargada por una comitiva de dieciséis personas, ocho hombres y ocho mujeres. El icono era mucho más grande de lo que se observaba desde el atrio. En realidad, me pareció inmenso… y ominoso, con ese velo ondeando con el ligero viento de octubre, pegándose a las formas de la figura religiosa. Sentí miedo. Me sentía paralizada, embelesada. Quería acercarme lo más posible y espiar lo que había debajo.

La gente comenzó a cantar. Vi de nuevo a las mujeres portadoras de velos negros. Seguían a la comitiva y, de cierta manera, la rodeaban. Sus cantos eran profundos, y la lengua no me parecía náhuatl, español ni latín. Tomé mi cámara, una de las más pequeñas que habíamos llevado a San Rafael, y me sorprendió que nadie dijera nada, ni una mínima advertencia. Así que me sentí libre de enfocar los rostros de los asistentes, el velo de las mujeres, los contornos del santo y los tonos de la procesión. Era bellísimo, mucho más de lo que había esperado. Valía la pena, me dije. Y entonces surgió el fuego del cielo. O, mejor dicho, la bóveda celestial se convirtió en un incendio.

No sabía lo que ocurría, y en mi embelesamiento había perdido Arturo. Lo localicé por sus gritos. Me pedía ayuda. “Diana, Diana, haz algo, me tienen, no así, no así”, para después pedirme, rogarme que me largara. Pero no me moví ni hice ningún amago de correr a salvar la integridad de mi… ¿qué era? ¿Amante, novio, pareja casual, colega? En cambio, me quedé parada. La imagen de San Rafael Ichtakayotli también se había detenido. El San Ignacio seguía ardiendo, y ese era el momento propicio, uno de varios durante esa noche, en la que el velo sería descorrido.

Enfoqué mi cámara. La imagen cada vez más cerca. Los gritos de “Diana, Diana, ayúdame, haz algo”, cada vez más agudos. El velo descorriéndose, y la enfermedad, la negrura, la estrella negra que habita en las profundidades de los abismos celestiales, una de tantas, abrió su boca y mostró sus lenguas pútridas, las hileras de dientes de distintos tamaños, la caverna tripartita que llevaba a las entrañas de la creatura… ¿cuántos estómagos sería? ¿siete, tres? San Rafael del Misterio. San Rafael del Velo. La carne celestial hecha tierra, ahora prodigando sus bendiciones sobre los pobladores de esa sierra.

Para hacerlo, sin embargo, debía tener energías, y la naturaleza de la Bestia siempre es voraz. Si no se alimenta apropiadamente, la sanación podría convertirse en otra cosa, y volverían las pestes, la enfermedad como un manto sobre la tierra; el Jinete Esquelético volvería a cruzar los campos y a segar los tallos altos y bajos por igual.

Bajé la cámara, ya no hacía falta que registrara nada más en video. No era necesario. La contemplación con el ojo desnudo era preferible. Yo había sido bendecida por la oscuridad de Ichta-Ichta, el Arcángel-ahora-desvelado, y debía guardarle respeto. Escuché una vez más la voz de Arturo, tratando de vocalizar mi nombre, Diana. Y lloré, pero no por su desaparición o por el sufrimiento de mi compañero, sino porque, por un momento, me pareció que la palabra, Diana, era pronunciada por algo más que los labios ensangrentados de Arturo. Por un instante, escuché, y sentí, que el mismo San Rafael, el Ichtakayotli, era quien clamaba mi nombre y lo elevaba en un murmullo hacia los cielos.


Autores
(Tlaxcala, 1988) es egresado de la licenciatura en relaciones internacionales de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (upaep). Ha colaborado en medios físicos y digitales como Ágora, Letrarte y Momento. Parte de su obra se incluye en las antologías Seamos Insolentes (2011) y Sampler (2014). Ha sido becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA; 2013, 2018), del Fondo para la Cultura y las Artes (Fonca, 2016) y de Interfaz (2018). Asimismo, obtuvo el Premio Estatal Dolores Castro de Poesía 2016, el Premio Tlaxcala de Narrativa 2017 y una mención honorífica en el XXXIV Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción (2018).

Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.
Portada de "Las voladoras", Mónica Ojeda, 2020. Editorial Páginas de Espuma.
Portada de “Las voladoras”, Mónica Ojeda, 2020. Editorial Páginas de Espuma.

Es octubre y no se me ocurre una mejor temporada del año que la spooky season para hablar de las letras de Mónica Ojeda y María Fernanda Ampuero, autoras ecuatorianas brillantes y dos de las voces más poderosas de las letras latinoamericanas actuales.

Como ya se ha dicho mil veces, en las últimas décadas ha cobrado fuerza una corriente literaria de mujeres que escribe desde el terror o lo inquietante para hablar, no solo sobre los horrores que habitan en la mente humana, sino también para retratar la mórbida realidad social que se vive día tras día en América Latina.

Autoras como Mariana Enríquez, Fernanda Melchor, Samanta Schweblin, Liliana Blum, Ariana Harwicz, Michelle Roche Rodríguez, Giovanna Rivero y las mismas Mónica Ojeda y María Fernanda Ampuero (entre otras) se han vuelto famosas por reinventar un género que se inscribe en la tradición de grandes como Amparo Dávila o María Luisa Bombal y, yéndonos mucho más atrás y cambiando de continente, Mary Shelley, por ejemplo.

Las voces de estas mujeres que escriben sobre lo fantástico, lo irreal, lo sobrenatural, el miedo, el gore, el maltrato, el amor y la violencia han sido englobadas en dicho movimiento literario, también llamado “terror social latinoamericano”.

A mí este término no me gusta. Me hace pensar en literatura panfletaria que solo quiere la denuncia social, y eso no representa los matices ni la complejidad de perspectivas que estas autoras plantean en sus obras. Es innegable que comparten una columna vertebral dada por cierto contexto social, político y económico compartido, pero definitivamente cada vértebra es única en su aproximación a lo macabro. Me parece mucho mejor el término “gótico latinoamericano” o “gótico andino”, como Mónica Ojeda definió el género de su propia obra.

Que lo gótico se aleje de la literatura eurocentrista, los escenarios burgueses y encuentre su propia vertiente en lo típicamente latinoamericano para explorar el miedo a partir de lo que conocemos es increíble; una bocanada de aire fresco en un género lleno de clichés.

En particular, Ojeda y Ampuero comparten, además de su país de origen, cierta visión de la realidad desde lo grotesco, la monstruosidad del cuerpo, lo que significa ser mujer, y el horror y la belleza como dos caras de una misma moneda.

De Mónica Ojeda he leído Nefando (2016), Mandíbula (2018) y Las voladoras (2020). Las tres obras me gustan bastante, sobre todo el libro de cuentos y su primera novela. Recuerdo que la primera vez que leí Las voladoras (2020) estuve cerca de dos horas destrozada: atónita, horrorizada, tristísima y sobrecogida. Sintiendo a más no poder.

Los ocho cuentos del libro están poblados de criaturas extrañas, brujería, rituales poéticos, sangre, cabezas que ruedan, cuerpos mutilados, hechizos, mitos ancestrales, mujeres misteriosas y, sobre todo, de imágenes hermosamente grotescas, siniestras y profundamente enternecedoras.

No sé si me inquietaron más las historias macabras y desoladoras del libro, la soledad de las mujeres que habitan las páginas o la belleza hiriente y escalofriante de la voz lírica. Me eriza la piel lo espléndidas que llegan a ser la fealdad y la repugnancia en este libro; cómo lo bestial se vuelve sublime.

Las voladoras es de las poquísimas colecciones de cuentos de las que puedo decir que todos los relatos me gustan. Tiene una sensibilidad poética que me parece fascinante. No puedo recomendar solo un cuento ni decidir cuál es mi favorito. Así de bueno es el libro.

A María Fernanda Ampuero la conocí con Pelea de gallos (2018) y después leí Sacrificios humanos (2021). El primero es el que más me gusta. Es brutal. Comienza con un cuento que es una genialidad. A diferencia de Ojeda, la prosa de Ampuero es menos ritual o “poética” y más directa. Precisa, contundente, cruel.

En la colección de cuentos se plasman más abiertamente complejas problemáticas políticas y culturales de Latinoamérica. Un aplauso al que escribió la contraportada porque resume de forma bastante acertada el libro y menciona que “aborda todos los horrores y maravillas que se encierran entre las cuatro paredes de una casa: el espanto y la gloria de nuestras vidas cotidianas”.

Ampuero observa con lupa las dinámicas de poder, el amor, la familia y el abuso desde la mirada de personajes, a quienes el mundo nunca les dio una oportunidad. La voz narrativa de la escritora es sutil pero dura; sus cuentos, miniaturas afiladas. Cada relato, cada acción y cada personaje revelan mundos enfermos y despiadados contados con una belleza y claridad de lo más perturbadoras.

Pelea de gallos es un libro que, como el de Ojeda, aborda las atrocidades del cuerpo, la exploración de un erotismo monstruoso y las implicaciones terribles de ser mujer. María Fernanda Ampuero muestra realidades descarnadas cuyos huesos blancos brillan y deslumbran. La mayoría de los cuentos me gustan mucho, pero hay tres en particular que me impactaron: “Subasta”, “Pasión” y “Luto”. Recomendadísimos.

Una cita de Nefando dice que “hay dos formas de encarar nuestra humanidad: cavando en el cielo o cavando la tierra. Nubes o gusanos. Celeste o negro. Normalmente todos cavamos el cielo porque sólo los locos miran hacia abajo y escarban. Se supone que queremos la inmensidad, pero no la nuestra, sino la que nos excede, y esto está siempre muy lejos de la piel y los huesos; muy lejos del polvo al que volveremos y con el que alimentaremos el pasto. Te digo una cosa, […] siempre es mejor cavar la tierra”.

A Ojeda y Ampuero no les importa el cielo, cavan profundo en la tierra y revelan la condición humana, lo que habita en la inmensidad de nosotros, lo monstruosa que es la humanidad, lo monstruoso que es encontrar la belleza dentro de tanto horror. La narrativa de Mónica Ojeda y María Fernanda Ampuero es una escritura-cóndor: carroñera y magnífica.


Autores
(Ciudad de México, 1997) Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana. En 2018 participó en el programa de escritura Elipsis organizado por el British Council y, al año siguiente, fue parte del Women’s Creative Mentorship Project de la Universidad de Iowa. Es autora de Sapos en la lluvia (2021), colección de cuentos publicada por el Fondo de Cultura Económica en colaboración con el Fondo Editorial Tierra Adentro. Ha publicado en revistas como Sin Embargo, Este País, Armas y Letras y la Revista de la Universidad de México. Actualmente es becaria del Programa de Jóvenes Creadores del Fonca.
“Luncheon on the Grass”, 1863. Edouard Manet. Obra de dominio público, recuperada de Wikimedia Commons.

La gente ociosa siempre es la más amena; su compañía, el mejor provecho

En algún punto hay que mandarlo todo al carajo. Nada es tan grave o importante para revocar esta sabia máxima de higiene mental. Y con esto no quiero decir que insultemos al resto de la humanidad cuando se nos antoje, ni que dejemos de honrar nuestras deudas y obligaciones —por más que la idea de fastidiar a algunas personas y la de morir dejando una millonaria deuda al banco, me resulten coquetas. El punto es otro: sea como sea moriremos, tarde o temprano, un día o una noche, y aceptar esa condición es entender que en la vida la excepción es la base de todas las reglas.

Decía Alain que los perros son grandes maestros para el ser humano, entre otras cosas porque nos enseñan la importancia de bostezar. Y es que, de cierta forma, el bostezo es una declaración, la expresión de algo. ¿De qué, pues? ¿de que tenemos hambre o sueño? No. O sí, y según ciertos estudios también es un mecanismo de enfriamiento del cerebro, pero no solo eso, hay algo más en la imagen: el perro interrumpe lo que sea que esté haciendo, abre el hocico en toda su extensión, descubre dientes, lengua, paladar, y luego cierra de golpe.

Su gesto es una lección magistral de relatividad; refuta la seriedad universal, la rigidez de las relaciones humanas; nos dice que nada es tan grave como parece, o como queremos creerlo. Y, además, como todxs sabemos, los bostezos se transmiten inexplicable pero irremediablemente y en ese simple hecho reside la prueba misma de su necesidad.

“Urgente”, “importante” y “prioritario”. He aquí tres malgastadas palabras que día a día se devalúan y pierden sentido en el teatro del mundo laboral. Entre la angustia y el desánimo, millones de asalariadxs las recibimos de jefxs que las esgrimen sin ninguna consideración —a menudo sin siquiera pensarlo—, y con solo el deseo de presionar, de darle giros de tuerca a la Máquina y mostrar que ahí están, al acecho, expectantes al más mínimo error de nuestra parte para acomodarse las mangas y dejarse caer con todo el peso de su ridícula autoridad.

Con frecuencia me pregunto: ¿alguna vez en la historia habíamos necesitado, tanto como hoy, de tiempos muertos? Momentos de pausa, espacios diáfanos, libres de producción, instantes de puro ocio —y ya sé que la “pureza” del ocio, como la pureza de cualquier cosa, excepto quizás la del whisky, estará siempre en entredicho.

Hoy todo se trata de producir (se) y disciplinar (se), de limitar cualquier posibilidad de recreo, y no hace falta leer a Lipovetski, a Rosa de Luxemburgo o a Byung-Chul Han para darse cuenta. Basta con tomar un café entre amigxs y no tardará alguien en mencionar un milagroso Couch con más poder que todos los chamanes de Siberia, o, al navegar unos minutos en redes sociales, saltará un aviso de tipo: “¿QUIERES DEJAR DE PROCRASTINAR? NOSOTROS TE DECIMOS CÓMO Y ARMAMOS TU CALENDARIO”.

Incluso al entrar a una librería o pasando por la caja registradora de un supermercado aparecerá el equivalente de la autobiografía de Steve Jobs entre las novedades, o la cara sonriente de Donald Trump en la carátula de ¿Por qué queremos que seas rico? el último libro de Robert Kiyosaki, gurú del pensamiento ejecutivo y vaca sagrada de la literatura de auto-explotación personal.

***

Hace días sostuve un debate sin sentido con un buen amigo. Indignado (y con toda la razón), balanceaba su cerveza de un lado a otro mientras me contaba sobre una nueva y escalofriante tendencia que había notado entre la gente: muchxs afirmaban con orgullo que cada vez duermen menos y producen más.

— ¿Acaso nadie les ha enseñado a mirar por la ventana? ¿No tienen abuelos? — insistía él.

— Sí, seguro también hacen cursos de lectura rápida —repuse— Pero bueno, ¿podríamos echarles la culpa? Este mundo nos empuja a volvernos una corporación con patas, este cuentico del emprendimiento, “yo soy mi propio jefe” y otras aberraciones. Antier leí el blog de un español que organiza todos sus viajes en Excel. Agenda una actividad para cada hora, desde las 8 am hasta las 10 pm.

— No joda, ¿y les pone color?

—Amarillo para las actividades de playa, verde para las salidas al parque, gris para el museo…

—Pues su blog debería llamarse Yo, robot… Definitivamente estamos condenados. Vivimos literalmente bajo la dictadura del carpe diem… resulta que si uno no hace diez mil cosas en el mismo día entonces está malgastando su vida…

— ¡Pura hipocresía! Como si no se tratara de consumir, en el fondo. Consumir lugares, consumir experiencias, consumir personas. ¡Qué puto horror! Me recuerdas la historia del Wellness…

—Ajá, ¿y esa cuál es?

—Una triste, pana… en realidad eso nació en el siglo XIX, con la crítica al sedentarismo de la sociedad industrial, que degeneraba cuerpos y mentes, pero vino a estallar mucho después: por allá en los años cincuenta unos gringos, en su mayoría ejecutivos, empezaron a interesarse mucho por el cuidado de la mente. Ya sabes, yoga, acupuntura, Feng-chui, veganismo y otras prácticas de la “sabiduría oriental”. Eran tiempos de nuevas utopías, tiempos en que las comunas hippies, y proyectos como el de Auroville en India se hacían famosos…

—Vaya, pana, te pusiste nostálgico.

—No creas. Los hippies de hoy son los yuppies del mañana… De hecho, estos gringos que te cuento vieron la potencia del concepto. Reemplazaron fitness con wellness.

— Aja, ya no se trataba solo de adelgazar sino también había que purificar el espíritu.

— Exacto. Y claro, de ahí a los Spa de lujo, los centros de vanidad y los consorcios de Wellness el camino es corto. Una vez más el capitalismo lo logró, absorbió algo que parecía interesante… Además ahora ni siquiera lo esconden, dicen que wellness significa “mayor eficiencia laboral”. Cualquier multinacional que se respete compra plantas, pone música de fondo y ofrece cuartos de meditación a los empleados.

—Lo que sea para que el empleado se olvide de que está trabajando… y peor ahora, que uno trabaja desde la casa, o desde una isla tropical del caribe. No sé si nos vamos a convertir primero en robots o en zombies.

—Que comiencen los juegos del hambre

***

Lo bueno de las charlas de taberna es que uno las olvidas fácilmente. Pero a veces aflora un detalle, una idea, un hilo que te lleva a lugares insospechados. Así ocurrió con los brotes de anarquía efímera de aquella tarde. Volví a un punto: la siesta. No habíamos mencionado a las compañías japonesas que las pusieron de moda ni su historia, que también debía empalmar con la historia del ocio. Me sentí raro al recordar que, incluso yo mismo, había recomendado la siesta decenas de veces entre mis conocidxs. Era la receta perfecta para seguir auto explotándose sin sufrir. Entonces decidí cavar otro hoyo de conejos y me pregunté por su origen.

Parece que la palabra siesta viene del latín e indica la sexta hora. Es mediodía, la mitad de la jornada laboral, el momento más caluroso en ciertos lugares del planeta, o cuando menos uno de los más agotadores (pues ya lleva uno trabajando cinco horas o más). Pero había otro elemento esencial, la comida. La siesta es una consecuencia biológica de la digestión, pues entre más copioso sea el almuerzo, más sangre baja al estómago y se produce eso tan bello y tortuoso que en México llamamos “mal del puerco”. España suele preciarse de ser artífice o cuando menos la guardiana más aguerrida de esta tradición mundial, aunque las cifras de hoy muestran lo contrario. No cuesta, en cambio, mucho esfuerzo imaginar a vasallos y ciudadanos de la Roma antigua parando la actividad, dando paso a ese momento sagrado de la vida comunal, que habría de expandirse a lo largo y ancho del continente.

En Historia de la nocturnidad, el historiador Roger Ekrich descubrió fascinantes detalles sobre la vida nocturna en el pasado. Todo indica que antes de la revolución industrial y el alumbrado eléctrico que imponía su día en medio de la noche, la gente dormía en dos fases, y no en una, como hacemos (más o menos) ahora. Antes había un “primer sueño” ubicado entre las ocho y las once de la noche, y un “segundo sueño” que iba aproximadamente de las dos de la mañana hasta el amanecer.

Lo que ocurría en la mitad de esos sueños responde mucho al ocio: encuentros nocturnos entre amigxs, familiares y desconocidxs en torno al fuego, intercambios en las tabernas y comercios que seguían abiertos; transacciones y relaciones carnales (maritales, adúlteras y de prostitución); desenvueltas charlas en la cama; paseos sin otro fin que el de divagar en medio de la noche. En otras palabras, una poética de la licencia y la vida improductiva tal y como la conocemos hoy.

***

El ocio de antes estaba encarnado en la figura del simpático haragán. Este personajillo vivía alegre, se paseaba por la vida con desenvoltura, siempre buscando la forma de rodearse de amistades para compartir con ellas la diversión y los placeres mundanos. De un banquete a la taberna, de una fiesta a la orgía, del sueño largo e ininterrumpido al festín mañanero. Como dice Vivian Aveshunan, “el ocioso sigue como si no hubiera perdido el paraíso, como si siguiera viviendo en él” 1.

En eso cree el heróico Dandy de Baudelaire y el Dorian Gray de Oscar Wilde. A él también se refiere Stevenson en su inmortal Apología del ocio; “son los benefactores que nos hacen sonreír cuando nos los topamos, o sazonan nuestras comidas con su buena compañía”.

Sin embargo, es claro que el ocio se ha desfigurado. El sistema lo estudió, lo asimiló y nos lo ha devuelto procesado, como un producto más de la canasta básica/familiar. Lo encontramos en lo que Carlos González llama “la tiranía neoliberal del número”, esto es, la horrible propensión de pensar y adorar el cuánto. ¿Cuántos países has visitado?¿ Cuántos ¿libros has leído?¡ Cuántos idiomas hablas? Sin lugar a dudas, una presión que solo lleva a la esclerosis.

Recuerdo que hace años, cuando trabajaba en una escuela primaria del sur de Francia, me asombraba que tuviera un Centro de Ocio. Y no porque fuera algo único (la mayoría de escuelas públicas tenían uno), sino porque había logrado sistematizar los goces infantiles del juego.

El concepto es simple: un grupo de jóvenes recreacionistas encuadran las actividades de los niños en torneos, talleres y performances que se repiten durante dos o tres horas. Fútbol, basquetbol, ping-pong, iniciación a la cumbia, juegos de mesa, taller de plastilina y cientos de cosas más. Ya lo sé, suena como un paraíso para niñxs o el cielo al que vas si mueres sin crecer demasiado y siempre te portaste bien. Nunca habría imaginado ver las fisuras del ideal desde adentro.

Había un niño llamado Jules. Era, lo que se dice, un dechado de virtudes. Inteligente, sensible, solidario y risueño. Decía que de grande sería naturalista para cuidar a las plantas y luchar contra el cambio climático. Cumplidos sus ocho años, Jules cambió un poco. Se lo veía errático, poco seguro de sí mismo, no tan gracioso como siempre. En una palabra, Jules parecía angustiado.

Una tarde en que su mamá vino a recogerlo, decidí llamarla aparte y hablar con ella. Me contó que Jules estaba muy nervioso por algo que poco tenía que ver con su situación familiar. ¿Qué preocupaciones puede tener alguien a esa edad y en una situación socio-económica y cultural tan favorecedora? Me preguntaba. “Desde el año pasado mi hijo se estresa tres veces al año, justo unos días antes de las rondas finales del torneo de ping-pong”. La revelación me sorprendió tanto que casi me rio. Luego descubrí que Jules no era el único. Había muchxs como él, que conocían las neurosis de la vida adulta a destiempo y por cuenta del ocio.

No hay mayor vértigo que la obligación de llenar todos los instantes de la vida con algo. Probablemente de ahí nació lo que ahora conocemos como “contenido”. De la incapacidad de aceptar el vacío, la nada; de la necesidad de entregarnos a experiencias pre-elaboradas a marabuntas de ocupaciones sin sentido. Lo más curioso y lo más aterrador es que esas directrices forjan otra cárcel, la del tedio absoluto. “La exigencia de llenar de intensidad todos los momentos del tiempo que se nos ha asignado en la vida acaba siendo una monotonía asfixiante”, diría Slavoj Zizek.

Por todo lo anterior, quizás sea hora de parar de vez en cuando. Observar, escuchar, sentir, entregarse a la realidad sin miramientos. Imaginar un nuevo ocio provisto de improductividad, un espacio más allá de los dictámenes de “ser felices” y “divertirse”, cadenas que solo nos sumergen en un universo distrópico (que no distópico) en el que las personas son obligadas a sonreír so pena de recibir un disparo en la sien.


Autores
Lector. Escritor. Traductor de literatura francófona. Twitter: @Cajme
Ilustración realizada por Mildreth Reyes
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

El nacimiento del jazz moderno cuenta con tres héroes: Charlie Parker, Dizzie Gillespie y Thelonious Monk. La revolución que supuso el salto del swing al bebop no fue una aportación de las escuelas de Nueva York, Chicago o la Costa Oeste: vino de Kansas y las dos Carlonias, Norte y Sur.

Pero las complejidades armónicas que el movimiento detonó no fueron la pasión de Monk, quien se inclinaba por disonancias y estructuras más ambiguas, demarcándose del nuevo estilo que causaba sensación. De ahí que al principio sus interpretaciones poco convencionales no fueran del todo comprendidas. Sería hasta la década siguiente cuando viviría su esplendor como pianista y compositor.

Nació en Carolina del Norte en 1917. Fue uno de los músicos que estuvo presente en las míticas sesiones en el Minto’s Playhouse, el club de Nueva York donde surgió el bebop. “Yo no estaba pensando en cambiar el curso del jazz. Sólo intentaba tocar algo que sonara bien”, diría después cuando le preguntaban acerca de aquellas veladas. Era uno de los músicos más jóvenes de los ahí reunidos. Sin embargo, su manera de innovar causó conmoción. Nadie lo conocía por entonces y no tenía un empleo. Pero se convirtió en el pianista fijo del Minto’s.

A pesar de esto, los cuarenta fueron una década perdida para Monk. En el 42 trabajó para Lucky Millinder, en en 44 con Coleman Hawkins y en el 46 con Gillespie, pero la oportunidad de liderar su propio conjunto y grabar no se presentaba. Las sesiones que había protagonizado junto a Parker y Dizzie eran una figura casi olvidada. La obsesión por la velocidad de los boppers no casaba con su visión, él prefería los tempos medios y lentos. Su manera de improvisar esta anclada en la pausa. Además se metió en problemas, como la mayoría de los jazzistas de la época, al iniciarse en el consumo de drogas.

Monk aprovechó su permanecer en la sombra para consolidar sus ideas y en la década de los cincuenta resurgió. En el 47 y el 48 había puesto en marcha este renacimiento con sus grabaciones para Blue Note. Donde se advierte una madurez que lo situaría en el lugar que le correspondía, comenzaría a consolidar su sello personal y grabaría una de las piezas más significativas en la historia del género: Round Midnight. Su conducta extravagante era uno de sus rasgos más marcados, junto a su look, la barba de chivo, los sombreritos o la boina francesa y el ocasional bastón.

En 1951, en pleno auge de su dominio de la escena, su licencia le fue retirada porque lo detuvieron en posesión de estupefacientes. Lo que lo llevó a estar ausente de los clubes de Nueva York por un periodo de seis años. Las grabaciones de ese periodo documentan una época dorada dentro de su proceso creativo. A finales de los cincuenta y principios de los sesenta Monk ascendería en la cima del mundo del jazz.

A lo largo de su carrera, Monk atemperó sus tendencias vanguardistas con melodías sencillas, repetitivas y casi infantiles. Sin embargo, siempre trataba de ir más lejos y construía también intrincados laberintos musicales en los que muy pocos músicos podían seguirlo. En otro extremo se situaba el Monk baladista, que con Ruby My Dear evidenciaría sus enormes lazos de la música tradicional norteamericana. Toda su vida la recepción crítica de su obra estuvo sujeta a la incomprensión de los críticos, quienes casi siempre reaccionaban de manera tibia, aunque otras veces lo ensalzaran, hasta después de su muerte, que obtuvo el reconocimiento unánime.

A finales de los cincuentas la disquera de Monk, Riverside, tuvo la brillante idea de empatarlo con los mejores saxofonistas de la época. Uno de ellos fue su paisano John Coltrane, uno de los hardbopper más furibundos de la escena. De esta asociación se desprendió el álbum Thelonious Monk with Jonh Coltrane, un disco que se ha convertido en un referente al ser una de las razones para inducirlo al Salón de la Fama del Grammy. Resultado de las muchas noches en que ambos músicos incendiaron el Five Spot Café en 1957. Coltrane estaba a punto de convertirse en el principal saxofonista de su tiempo y su último peldaño en su preparación fue su choque con Monk. Sólo estuvieron juntos unos meses, pero sirvieron para que Coltrane terminara de foguearse. Siempre mostró admiración por el pontífice: se refería a él como “arquitecto musical de primer orden”.

http://https://www.youtube.com/watch?v=dD51O1j4NAg

En el 58 Monk por fin consiguió que las revistas especializadas se rindieran ante su talento: Down Beat, en una encuesta por el mejor del año lo situó en el número uno. Pero también fueron años problemáticos para el pianista. Empezó a ser aquejado por problemas psicológicos. Durante los años sesenta recibió tratamiento para la depresión y su personalidad se fue haciendo cada vez más distante. Durante los años setenta permaneció recluido. Sólo tuvo tres actuaciones, la última en 1976.

Como Charlie Parker, Monk también pasó tiempo en hospitales psiquiátricos. Y también como Parker, fue muy amigo de la baronesa Pannonica, quien junto a la esposa del pianista, veló por su salud hasta que sufrió un derrame cerebral el 5 de febrero 1982. Permaneció doce días en el hospital Englewood de y fue sepultado en el cementerio de Ferncliff en Hartsdale, Nueva York.


Autores
(Torreón, 1978) es autor de los libros Cuco Sánchez blues (2004), La Biblia Vaquera (Fondo Editorial Tierra Adentro, FETA, 2009), La marrana negra de la literatura rosa (2010) y La efeba salvaje (2017), entre otros.

Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.
Ilustración realizada por Mariana Martínez

Leí La rinoceronta en el cuarto por primera vez en 2020, por recomendación de Yendi Ramos, mi maestra de poesía durante el último diplomado que estudié. Eligió el Poema nación para introducirnos en las letras de esta autora, supongo, por el tono crudo con el que retrata aquello envuelto en el sexo: “Imponme tu lengua / y siente / cómo se defiende / la mía / Colonízame si puedes / o riega de ti mi tierra / porque sin tierra / una se marchita.”

Tan pocas palabras para reflejar la guerra que es un beso, la defensa de la tierra que es la madre de todas, en donde están todas nuestras madres. “Entierra tus muertos / en mi vientre / que yo les daré patria,” dicen los últimos versos, porque la tierra da vida a aquello que el hombre destruye, y el cuerpo de la mujer es fecundo y de ella son todos sus hijos.

Quizá fue aquel el primer acercamiento que tuve a la consciencia de mi propio cuerpo. Al pensar en mí misma como tierra me supuse fecunda, con la diferencia de que, al habitarme, mi libre albedrío me permitía decidir si quería ejercer aquella capacidad o no.

Luego vino Rinoceronta, el primer poema del libro. Arranca con el epígrafe que abre este ensayo: “Y pedirte que te montes en mi culo de rinoceronta.” Y sigue: “y que me hagas bramar de dicha.” Pensé en un rinoceronte: aquel animal de piel gruesa, de cuerpo que pesa toneladas, y sólidos cuernos en la nariz, el suelo tiembla ante su trote.

Los cuernos del rinoceronte están hechos de queratina, la misma proteína que construye mis uñas y mi pelo. Wikipedia dice que los rinocerontes tienen el oído sensible, pero muy mala visión. Como yo, que aprendo y absorbo el mundo a través de mis oídos porque mis ojos siempre han sido débiles.

“Móntame, como rinoceronta en celo”, dice Svetlana Garza. Y yo pienso en mis piernas gruesas y fuertes que han andado treinta y siete años sobre la tierra; de donde soy y adonde volveré en la muerte. Pienso en mis nalgas redondas que levantan mi falda y rellenan mi pantalón para que en ellas se transmita la fuerza de mis pasos.

Pensé también en mis senos y mi vientre que obedecen a la gravedad. Pensé en la rinoceronta en celo, en su cuerpo fuerte y recio que soporta el peso y el deseo del rinoceronte. Porque una rinoceronta tiene que habitar el mundo de esa forma, porque sus pasos pesan y su furia solo podría contenerse dentro de una piel gruesa y rugosa como la suya.

Llegar a la Rinoceronta, para mí, no fue solo apreciar la lírica o las palabras en un orden y un lugar correctos. Fue también encontrarme en un libro, en un poema que hablaba por mí, que pedía la fuerza que siempre he querido ver, porque en la cama, sin ropa, se igualan las cosas: “Cógeme […] / con la fuerza que te dijeron / no usaras nunca contra las mujeres.” Entre más grande es un cuerpo mayor fuerza puede tener.

El rinoceronte blanco, que puede pesar hasta tres mil seiscientos kilogramos, es el segundo animal terrestre más grande, después del elefante. En las imágenes que existen en internet sobre el apareamiento de este animal, ¿el macho tendrá idea de la diferencia que hay entre él y la hembra? Me gusta pensar que algunos razonamientos son inútiles en el reino animal, y que este es uno de esos casos.

El rinoceronte solo debe entender que a su particular tamaño solo corresponde una hembra igual de enorme, sólida y poderosa. Ni siquiera necesita ponerse a pensar en estas pequeñeces porque la naturaleza hizo lo propio y le otorgó como compañera a aquella hembra que sería capaz de sostenerlo, aún si esto implica que ella deba poseer un tamaño superior e imponente. Pienso de la misma forma de todas las otras criaturas distintas a la especie humana.

¿Por qué, entonces, es tan difícil de asumir entre nosotros, nosotras, esa diferencia?  ¿Por qué si mi compañero es grande, enorme ―ya sea de forma real o simbólica―, es mi responsabilidad ceñirme a ciertas dimensiones para corresponderle, para merecerlo?

El tamaño resulta contraproducente. Quizá el ser humano es la única especie capaz de comprender lo que implica encarnar ciertas dimensiones específicas. Solo las personas tenemos palabras que en diferentes idiomas nombramos las tallas, alturas, pesos, medidas corporales, pero también somos quienes descartamos las características que, en grupos sociales específicos, toman diversos matices en función del tono que les conferimos.

Pero los cuerpos grandes siempre han existido en el mundo de las letras. Bola de sebo, por ejemplo, es un cuento publicado en 1880 por el escritor francés Guy de Maupassant. El texto narra la coincidencia entre tres matrimonios adinerados, un par de monjas, un revolucionario llamado Cornudet y una señorita “de la vida galante” a quien nombra Bola de Sebo haciendo referencia a su apariencia física.

La diligencia que los transporta se dispone a emprender un viaje para escapar de la ocupación prusiana, pero el trayecto se ve dificultado por una serie de imprevistos. Solo Bola de Sebo lleva alimentos. Dadas las circunstancias, la mujer decide compartir sus provisiones. El grupo se ve obligado a parar en una posada en la que un oficial prusiano impide continuar a menos que Bola de Sebo pasa una noche con él.

Los pasajeros insisten hasta convencerla, pero por haber aceptado la mujer no tiene tiempo de prepararse algún alimento durante la noche para el resto del viaje. Una vez que lo retoman, además de ser objeto de las miradas y las críticas silenciosas de hombres y mujeres, Bola de Sebo no merece que alguien comparta con ella el alimento.

¿Por qué existe esta clara correlación entre la apariencia física, la comida, la culpa y lo oculto, representada en este cuento? Porque Bola de Sebo, que muestra en todo momento cualidades como la generosidad, es quien encarna estas dimensiones “no comunes”, “inaceptables”. También es quien carga por eso con el deber del sacrificio en nombre del grupo.

En silencio es coaccionada para aceptar que su cuerpo enorme sea la moneda de cambio que pague por la vida de los matrimonios adinerados, las monjas y el revolucionario. Y una vez cumplido este cometido, ese cuerpo deja de ser merecedor de alimento. ¿De dónde nace esta imposible relación?

Porque en lo cotidiano funciona de la misma forma: es mal visto que comas ciertas cosas si tu cuerpo se sale de cierto molde. Es mal visto si, siendo hembra, ocupas más espacio que el macho con quien te correspondes. Es mal visto que las dimensiones de tu cuerpo ocupen por sí sola ciertos espacios. Es mal visto que no te sientas culpable por ser más grande, más corpulenta, más sólida o fuerte que otros individuos de tu especie.

¿Sería posible, a través de la comparación evidente entre estas dos representaciones literarias de los cuerpos grandes, resignificar la manera cómo los apreciamos en la vida real?

¿Qué nos falta para sacar a las rinocerontas, a las elefantas, a las ballenas, a las morsas y a todas las otras animalas de las cárceles en las que las hemos metido?


Autores
Xóchitl Olivera Lagunes (Ciudad de México, 1985) estudió la carrera de ingeniería agrícola en la UNAM. Ha tomado diferentes talleres de creación literaria. Estudió el diplomado en escritura literaria en Literaria-Centro Mexicano de Escritores. Ha publicado en la revista digital Cronopio y en El Universal. Su primera novela corta, Ojos de gato, se publicó en 2016. Es cofundadora de la revista digital Semillas de Sauce, donde escribe y edita. En 2020 ganó el premio nacional de novela joven José Revueltas.

Ilustrador
Mariana Martínez
(Ciudad de México, 1996). Novelista , editora y copywriter. Egresada de la Universidad del Claustro de Sor Juana en la carrera de Escritura Creativa y Literatura.
Ilustración por Pinchi Necro

Imperioso, colérico, irascible,

extremo en todo, con una imaginación disoluta

como nunca se ha visto,

ateo al punto del fanatismo […]

Mátenme de nuevo o tómenme como soy,

porque no cambiaré.

Donatien Alphonse François de Sade

_________

Le pego tan duro que soy como el Marqués de Sade

Rc a Lobo Estepario, FMS México, Jornada 2

 

I. Libertinaje bajo palabra

En los albores del siglo XI, en una ciudad humedecida por el río Arno, enclavada en la Toscana italiana, un monje benedictino encontró en su mano izquierda los esbozos de un sistema de notación musical: el tetragrama. Descendiente sinecdótico de Aristógenes de Tarento, Guido de Arezzo —con la culpa de la impureza en sus labios— concibió un modo de entender el mundo entre cuatro líneas y tres espacios. Sería el Himno a San Juan Bautista el que nominara la altura de las escurridizas notas y prefigurara la notación que persiste hasta nuestros días. En su Micrologus de disciplina artis musicae, el monje fragua el conocimiento polifónico de la Edad Media y así, en la cárcel de la forma, la melodía se encontró manumisa de su condición de breve instante.

Dos siglos después, en la misma ciudad toscana, un sabio vate que escuchaba “en rimas el desvelo del suspirar”, comenzaba la primera advocación femenina del mundo moderno: Laura, que es también el árbol apolíneo, el laurel, y es asimismo, como escribe el estudioso Ángel Crespo, “la identificación, en principio de origen fonético […], de Laura, con l’aura, es decir, el aire, que termina por hacer de la amada un elemento vivificador del poeta”.1 Esta advocación, más allá de un nombre, es también la novedad de un proceso poético.

Como advierte Crespo, Petrarca juzgaba las rimas de su Cancionero, escrito en lengua vulgar como naderías, escritas en “lengua pobre, en comparación con la latina”.2 Es necesario recurrir al egregio autor de la Commedia para esclarecer la sevicia del sentir de Petrarca:

conviene hacer notar que antiguamente no había cantores de amor en lengua vulgar, aunque había algunos que componían versos latinos […] Y lo que movió, se dice, al primero de todos, no fue sino el deseo de darse mejor a entender de cierta dama a quien era desconocida la lengua latina […] la rima fue inventada con el fin de cantar cosas de amor.3

La diferencia entre el poeta y el rimatori era la lengua. Sin embargo, Petrarca, a pesar del sumario juicio sobre sí mismo, encuentra en su Cancionero el camino que la lírica italiana seguirá después de las Tres Coronas del siglo XIV. La emancipación de los cánones establecidos—gobierno, moral y religión— en un ansia libertaria será la constante en los tiempos venideros, no sólo en Italia, sino en el resto de Europa. Si Dante hablaba de la “lengua de oc” y la “lengua de sí”, refiriéndose así al occitano y al italiano en su disertación a propósito de la poesía, ésta encontraría su propio derrotero, y del mismo modo, su libertad, que en pluma de Petrarca es “prebenda del que es siempre amante, libre de toda condición humana”.

 

II. El miedo al libertinaje

Si en Petrarca el apolíneo laurel es también aliteración e imagen de la sombra, humana y cercana —a diferencia de la Beatriz de Dante, que es la silueta del ansia—, el nombre al que se le asocia, Laura, recorrería algunas centurias para encajarse en el árbol genealógico de un hombre que en 1793 se describía como de “talla, cinco pies, dos pulgadas; cabello, casi blanco; cara rechoncha, frente descubierta, ojos azules, nariz ordinaria, mentón redondo”.4 Nacido el 2 de junio de 1740, Donatien Alphonse Françoise, descendiente de una de las familias más antiguas de Provenza, que en su escudo de armas llevaba: “gules con una estrella de oro ornada de un águila de sable cebo y coronada de gules”,5 se convertiría, durante su vida, en denostado escribano, huésped de La Bastilla, adúltero confeso, irredento sicalíptico; después, a su muerte, en revolucionario, depravado o, cuando menos, inestable; leyenda, personaje cinematográfico y, en última instancia, un personaje ineludible en la cultura occidental contemporánea.

Se le suele considerar al Divino Marqués como el summum de una literatura fascinante por mundana, impúdicamente subversiva; pero también por ser obscena y denigrante, por estar opuesta al mínimo sentido de humanidad y misericordia en los ríos de perversiones que en su más conocida prosa se encuentran. Si se recuerda la película de 1975 de Pier Paolo Pasolini, Salò o le 120 giornate di Sodoma, que, como la obra del Marqués de Sade, ha sido censurada y vilipendiada, así como celebrada por igual, puede advertirse las sensaciones que su obra provoca. Sin embargo, la referencia a una película abiertamente provocadora, basada apenas en el libro de Sade, denota una reticencia a conocer los intersticios de una personalidad que, hasta hoy, doscientos años después, se conserva ignota y deificada por profundos arrebatos moralinos o por una absoluta ignorancia. Escribe la siempre necesaria Simone de Beauvoir:

Las críticas que no hacen de Sade ni un canalla ni un ídolo, sino un hombre, un escritor, se cuentan con los dedos de una mano. Gracias a ellas, Sade ha pisado por fin tierra entre nosotros. ¿Pero dónde se sitúa exactamente? ¿Por qué merece que nos interesemos por él? Sus propios admiradores reconocen gustosamente que su obra es, en su mayor parte, ilegible; filosóficamente, no escapa a la banalidad más que para zozobrar en la incoherencia.6

Para encontrar el sitio en donde Sade y su obra deambulan por las páginas de la historia, es necesario reconocerse en el estero del Renacimiento, donde se vislumbra ya la Edad Moderna —después de hitos tan disímiles en el tiempo como los oficios de Lutero y Calvino o la caída de Constantinopla—. A inicios del siglo XVII ven la luz algunos textos que pueden designarse como “libertinos”. Y es justamente Juan Calvino quien publica, en 1545, Contre la secte des phantastique et furieuse des libertins, qui se nomment spirituelz, así como Briève instruction pour armer tous bons fideles contre les erreurs de la secte commune des Anabaptistes, en donde escribe “si tengo tiempo de hacerlo, escribiré otro pequeño tratado contra la segunda banda de la cual he hablado, la de los libertinos”.7 Aquí, cabe señalar, como advierte Mauro Armiño en su edición de Cuentos y relatos libertinos, que la palabra a la que alude Calvino se refiere, como consigna el segundo tratado, a los anabaptistas que:

se sienten con la capacidad de pensar libremente y tachar a las religiones reveladas de imposturas; con “violencia teológica” y blasfema, los anabaptistas y su “banda” niegan el pecado, según Calvino, y predican la comunidad de bienes, de donde se deriva una libertad de costumbres que rompe las convenciones y normas de cualquier orden establecido “una bella doctrina para putas y rufianes”, propia de ateos y de materialistas, según [el reformista francés del siglo XVI] Guillaume Farel”.8

Armiño hace un somero mas puntual recorrido por el desplazamiento semántico que el vocablo “libertino” sufrió a lo largo del tiempo: de designar al hijo del esclavo puesto en libertad se sucedió a nombrar a los que se oponían heréticamente a los preceptos de la reforma; de ahí, la carga semántica se torna peyorativa y se descubre como sinónimo de “impío, incrédulo, ateo, disoluto, depravado, licencioso, desvergonzado”.9 Si en un principio fue en el protestantismo en donde se dio este hecho, prontamente la religión católica compartiría sus reticencias, puesto que al estar en contra del orden religioso establecido, y con ello oponerse al poder político que legitima, el pensamiento libertino ponía en riesgo el statu quo. El primer libertinaje, concebido como “erudito”—es decir, anti dogmático—, encuentra en el poeta francés Théophile de Viau (1590 – 1626) a uno de sus representantes. Hugo Alejandrez advierte certeramente que:

En un poema que De Viau consagra al conde De Candale, uno de sus primeros protectores, la materia es un reservorio de todas las formas que los elementos (fuego, aire, tierra, agua), mediante asociaciones, podrán brindar a nuestro único universo: […] El temple que aceptaste al llegar al mundo/ Era de fuego, de aire, de tierra y de agua:/ Inmortales elementos cuyos cuerpos tan diversos/ Sorprendentemente mezclados hacen un único universo. En estos versos, lo escandaloso puede advertirse en la concepción materialista de los cuatros elementos que difuminaría al alma de extracción católica en una sociedad radicalmente religiosa.10

Aunada a la concepción materialista que apunta con acierto Alejandrez, Théophile de Viau fue conocido por el proceso que se llevó en su contra por un libro impreso en 1623, el Parnaso satírico, compendio de lúbricos poemas que contaba con uno firmado por Viau. Desterrado, enjuiciado y quemado “en efigie”, murió a los pocos meses de salir de prisión, exhausto y con la salud mermada. Un fragmento de un poema atribuido a él puede ser esclarecedor:

Por esta dulce apetencia de vicios

Por esto que me diste

Por tanto semen derramado

Que cien veces te lavó los muslos.11

De este modo, al libertinaje del pensamiento se unía el libertinaje del cuerpo. Ya no era sólo la contraposición a un dogma de fe, sino también la afrenta a lo que éste representaba: la potestad del cuerpo y de la mente en nombre de la religión. A decir de Jacques Prévot:

El libertinaje es la consecuencia inmediata de una quiebra de los modelos: el modelo de explicación del mundo por la ciencia, por tanto, el modelo de discurso teológico; el modelo de práctica cristiana; el modelo político y civil que conduce a la instalación de una monarquía absoluta; el modelo social donde se produce el conflicto entre los privilegios de nacimiento y el mérito personal; el modelo de literatura y de escritura. Francia vive un momento peligroso donde deben ser redefinidas las relaciones con Dios, con el mundo, consigo mismo y con los demás.12

Ante la severidad de la persecución de De Viau, tendría que pasar algunas décadas más en Francia para que el libertinaje, o la novela libertina, floreciera. Si junto a la figura del infortunado bardo convive también la novelilla anónima L’École des filles, la influencia de la publicación de la traducción de Las mil y una noches, en 1704, por Antoine Galland es decisiva para la cimentación de la novela, y con ella un nuevo modo de narrar y de estructurar, asaz, de relacionarse con el cuerpo y con la propia sensualidad. El autor argentino Ezequiel Alemian define que:

en términos literarios, lo que se conoce como novela libertina se extiende por Francia durante un lapso extremadamente breve, pero clave: comienza con la muerte de Luis XIV, en 1715, y concluye con la Revolución Francesa. Va de Voltaire a Casanova, aunque alcanza su apoteosis con Sade, y abarca a una gran cantidad de escritores de primera línea, casi absolutamente olvidados […].13

Entre estos escritores que empuñaron el estilete libertino pueden contarse, también, a Choderlos de Laclos, que con Las relaciones peligrosas alcanzó celebridad, Boyers d’Argens, con su Teresa filósofa, y a Jean-Charles Gervais de Latouche, que con su Historia de Dom Bougre, portero de Chatreaux denunció la lasciva vida monacal. En Inglaterra, por ejemplo, se puede sumar a John Cleland, autor de Fanny Hill, novela perseguida y calificada de pornográfica por pasajes como:

sonriendo como un ángel cogió una de mis manos y la llevó con gentil autoridad, hasta ese orgullo de la naturaleza, hasta esa suntuosa obra maestra. Yo, resistiéndome apenas, no pude evitar el palpar lo que no podía abarcar, una columna del marfil más blanco, maravillosamente veteada con venas azules, coronada por una cabeza descubierta del más vivo bermellón; ningún cuerno podía ser más duro y rígido, pero tampoco ningún terciopelo más suave y delicioso al tacto.14

La pluma del libertinaje se oponía al orden establecido; los calofríos ignotos eran exhibidos con premura y la literatura que nacía de ella se empeñaba en hacer del deseo una apuesta escéptica y vital en donde los límites de la moral se desquebrajaran.  Y sería   un devoto de la exuberancia, un testigo privilegiado del derrumbe de las instituciones francesas por su paso por el Terror y la creación de la República, alguien señalado entonces y en nuestros días el que fungiera como aquel feble eslabón entre la cordura y la demencia, aquel que se convertiría en el pináculo de esta corriente: el Marqués de Sade.

 

III. De libertinajes fantasmas o de la literatura como juego

Escribe Simón de Beauvoir: “Popularmente, sadismo significa crueldad; azotamientos, sangrías, torturas, asesinatos: la primera característica que impresiona en la obra de Sade es, en efecto, la que la tradición ha asociado con su nombre”. Y esta tradición ha nacido de la lectura imperfecta del corpus del Divino Marqués. Teniente de carabineros, Capitán por su participación en la guerra de Siete Años, asiduo a los prostíbulos, preso en cárceles y manicomios por casi tres décadas y noble, Sade es artífice de una obra que, inscrita dentro de una tradición libertina, descuella por su febril hechura, por su impudente estilo y por la leyenda que lo ha acompañado en lo político, en lo personal y en lo estético. El 2 de julio de 1789, prisionero en La Bastilla, desde la ventana de su crujía arengó a la multitud a liberar a los presos porque en la prisión se les degollaba. Para Guillaume de Apollinaire:

[…] es harto difícil llegar a descubrir las razones que excitaron la furia del pueblo y lo impulsaron justamente contra una prisión casi desierta. Pero no es imposible que hayan sido los llamados del marqués de Sade, así como los papeles que arrojaba por su ventana y en los que detallaba las torturas a que eran sometidos los prisioneros del castillo, los que, al ejercer cierta influencia en los ánimos ya excitados, desencadenaran la efervescencia popular y provocaran, por fin, la toma de la vieja fortaleza.15

Si la voz desaforada del Marqués de Sade indujo a la plébula a tomar La Bastilla —que contaba con menos de una decena de prisioneros en el momento del suceso—, y con ello darle fin, simbólicamente, al Antiguo Régimen, es incierto, y quizás, improbable. Incluso, el Marqués, para ese día, ya no se encontraba en La Bastilla, puesto que lo habían trasladado a Charenton diez días antes.

En cuanto a su vida pública, se sabe que en 1768 fue acusado por haber “desmenuzado en Arcueil, con un cortaplumas, a una mujer que había hecho desnudar y atar a un árbol, y de haber volcado sobre sus llagas vivas lacre ardiente”.16 Al respecto, George Bataille afirma:

Sade no tuvo esta crueldad sin límites. Tuvo a veces complicaciones con la policía, que desconfió de él, pero que no pudo imputarle ningún crimen verdadero. Sabemos que acuchilló a una joven mendiga, Rose Keller, a navajazos, y derritió cera caliente en sus heridas. […] Una pasión, que quizá maldijo a veces, hacía que el espectáculo del dolor de otros le transportara hasta el extremo de trascender al espíritu. Rose Keller, en un testimonio oficial, habló de los gritos abominables que le produjo el goce.17

Si bien la sola sospecha de aquella magnitud de violencia es execrable, es cierto que episodios como ese, así como la leyenda alrededor de su morada, aunada a los múltiples encarcelamientos por deudas y un comportamiento errático, contribuyeron a forjar una imagen en la que el Marqués era irrefrenable sexualmente, si bien, como menciona el poeta colombiano Jorge Gaitán Durán “Hay que saber separar en su obra todo lo que es alegato temporal, o táctica destinada a los poderes del momento, de aquello que constituye su pensamiento auténtico”.18 En este parágrafo, Gaitán Durán apuntala la opinión de De Beauvoir, quien señala que Sade, en su juventud, no es un revolucionario y mucho menos un rebelde, al grado de que acepta desposarse con una mujer por órdenes de su padre para no perder su rango ni su posición, es decir, sus privilegios:

algo común a la mayoría de los jóvenes aristócratas de aquel tiempo. Vástagos de una clase en declive que hasta hace poco ha detentado un poder concreto pero que no posee ya ninguna posesión real sobre el mundo, intentan resucitar simbólicamente en el secreto de las alcobas a condición de la que guardan nostalgia: la del déspota feudal, solitario y soberano.19

Sade no se diferencia de sus coetáneos sino hasta que vive el encierro durante once años.  A la vista de la guillotina —es condenado a muerte a mediados de la década de los setenta—, y con los excesos de la carne vedados por los muros, comienza su otra vida, aquella por la que sería conocido y recordado: la escritura. La mayor parte de su obra la escribió en prisión, ante el reconocimiento que es en el encierro en donde su moral no depende de la convención de algún otro. Como escribe Maurice Blanchot: “Sade posee una moral fundada en el hecho de la ‘soledad absoluta’, se aboca a contemplar la naturaleza sin mediaciones, y por ello enfatizará los bajos instintos como hechos naturales”,20 puesto que no tiene un imperativo categórico, en su solipsismo él recrea y fustiga los vicios de carácter de una sociedad en transición. Si la nobleza —a la que Sade pertenecía— podía entregarse a los arrebatos sicalípticos, era necesario señalarlo y condenarlo, puesto que lo hacían a escondidas de la moralidad establecida, del mismo modo que hacían desde el dogma religioso. El modo de retratar a sus personajes es también un modo de reconocerse en ellos.

Que Sade, unas veces por aturdimiento, otras por generosidad, haya sido capaz de audacias extravagantes no contradice la hipótesis de una timidez asustadiza con respecto a sus semejantes y, más en general, ante la realidad del mundo. Si él habla tanto de la firmeza de espíritu, no es porque la posea, sino porque la anhela: en la adversidad, gime, se perturba, se extravía.21

A la figura del Divino Marqués como Pan reencarnado, Beauvoir contrapone a un hombre de espíritu debilitado por las deudas, el encierro y la desazón de una vida atribulada por un temple corruptible. Aun así, a obras como Justine o los infortunios de la virtud —de quien se niega reiteradamente, sin éxito, a hacer una y hasta dos secuelas— o Juliette o las prosperidades del vicio —que fue dada a conocer contrariando el deseo del Marqués— se unen obras como Filosofía en el tocador o Diálogos entre un sacerdote y un moribundo para ser mostrar que, contrario a lo que se piensa, en la supuesta depravación existe una urdimbre; detrás de la concupiscencia existe la sentencia moral.

En cuanto a sus vicios, no escandalizan por su originalidad; en este terreno, Sade no ha inventado nada y encontramos con profusión en los tratados de psiquiatría casos cuando menos tan extraños como el suyo. Verdaderamente no es como autor ni como pervertido sexual que Sade se impone a nuestra atención: es por la relación que ha creado entre estos dos aspectos de sí mismo.22

En Los 120 días de Sodoma o la escuela del libertinaje es quizás la historia del manuscrito enrollado lo que ensancha la leyenda de Sade, el personaje histórico y el literario. Gaitán Durán afirma que “El Sade libertino del castillo de Coste resulta a la larga inofensivo —los escándalos pasan y el olvido los acoge generosamente—, pero el Sade escritor es infinitamente más peligroso, por su acción […] se escapa a la temporalidad”.23 Su obra más conocida, la que él consideraba su opus magni fue un pergamino prohibido que fue encontrado en la toma de La Bastilla; su autor murió pensando que se había perdido y fue publicado cien años después de su muerte, y no fue sino hasta hace unos meses (julio de 2021) que pudo ser, después de una larga jornada, comprado por el gobierno francés. Quizás haya sido el mismo Marqués quien, al hablar de sí mismo, pensaba en lo que la historia le depararía a su obra: “Los entreactos de mi vida han sido demasiado largos”.24

Una personalidad inquietante de quien no se ha podido hacer un retrato fiel. Quizás obras como Marat/Sade, de Peter Weiss hayan logrado atisbar y asir por un prodigioso momento el arjé de la escritura de Sade. Marc-Antoine Baudot, en sus Notes historiques, describe:

Este es el autor de varias obras de una monstruosa obscenidad y de una moral diabólica. Era, sin discusión, un hombre teóricamente perverso. Pero como en fin de cuentas no estaba loco, habría que juzgarlo por sus obras. Hay en ellas algunos gérmenes de depravación, pero no locura; semejante trabajo supone un cerebro bien equilibrado.

Y el mismo Marqués escribió, detrás de uno de los folios que atestiguan la génesis de Justine:

Las desventuras de la virtud, obra de un gusto completamente nuevo. El vicio triunfa del principio al fin, y la virtud se arrastra en la humillación. El desenlace debe devolverle a la virtud todo el brillo que le es debido y hacerla tan hermosa (sic) como deseable. No habrá lector que, al concluir la lectura, deje de aborrecer el falso triunfo del crimen y de querer las humillaciones y desgracias que asaltan a la virtud.25

El Marqués de Sade, vilipendiado por una moral hipócrita, repudiado por la manifiesta violencia que su condición de varón y gentilhombre le permitía, también es preconizado por quienes ven en su obra la asunción del hombre sobre las imposturas de la fe dieciochesca, y en él, al libertino que en el extremo de la volición resquebrajó los límites de la piedad. En palabras de Bataille: “Fue precisa una revolución, el ruido de las puertas derribadas de la Bastilla, para entregarnos en el azar del desorden; el secreto de Sade: al cual la desgracia le permitió vivir ese sueño cuya obsesión es el alma de la filosofía: la unidad del sujeto y el objeto”.26

La impudicia de enunciar y denunciar al orden establecido con febriles arrebatos sicalípticos no acaba con él, baste recordar el Manuel de civilité pour les petites filles à l’usage des maisons d’éducation, de Pierre Louÿs, publicado en 1917, para corroborar esta aseveración. Sin embargo, en la pluma sediciosamente lúbrica e insurrecta de todo aquel que se sienta con sádicos impulsos debe habitar un conocimiento profundo de la historia, un equilibrio en la manufactura de los elementos que la componen, así como una apuesta vital e ideológica forjada a partir de la introspección y un oficio en el que la estilística sea el ariete con el que las singularísimas maneras de ver el mundo encuentren bienvenida: poiesis, praxis y techné. En la paciente prudencia que encuentra cauce en los excesos de la forma puede encontrarse el desocupado —y también, por qué no, lúbrico— lector musitando el Himno a San Juan Bautista: “labii reatum”, y saber que los labios, a veces, deben humedecerse con culpas e impurezas.


Autores
Estudió la licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de Narrativa en las generaciones 2009 - 2010 y 2010 - 2011, y dos veces becario del programa Jóvenes Creadores del Fonca en los periodos 2014 - 2015 y 2017 - 2018, ambos en la especialidad de cuento. Ha publicado cuento, ensayo, reseña y crítica literaria en Laberinto, Confabulario, Este país, Molino de letras, Siembra y Tinta Seca, entre otros. Aparece en las antologías Cofradía de coyotes (La Coyotera Ediciones, 2007); Fantasiofrenia II. Antología del cuento dañado (Ediciones Libera, 2007); Ardiente coyotera (La Coyotera Ediciones, 2008) y Bragas de la noche (Colectivo Entrópico, 2008). Es autor del libro de cuentos Campanario de luz, (UAM, 2013), y de La espantosa y maravillosa vida de Roberto el Diablo (UAM, 2019). Es editor de la revista Casa del Tiempo de la UAM.

Ilustrador
Pinchi Necro
Francisco Javier de la Torre Cordero “PINCHI NECRO” Francisco Javier de la Torre Cordero nace en Zacatecas, México el 29 de octubre 1988 Inicia su carrera artística en 2016 con su primera ilustración en portada e ilustraciones de anexo para el libro “Juntos diablo carne y mundo” para Taberna Libraria Editores en Zacatecas. Lo que dio lugar a un impulso considerable del que a partir de entonces se ha presentado en numerosas convenciones, exposiciones colectivas y conferencias bajo el seudónimo “PINCHI NECRO”, destacando la exposición individual "secuencias, 2019"en la cinética de Zacatecas donde exploró la animación a partir de dibujos individuales, así como el uso de la pluma 3d con enfoque artístico (siendo el primero en usar dicho material en Zacatecas con tal finalidad) participando además en la revista punto de partida por parte de UNAM y portadas para la editorial Texere (Zacatecas).
José Rafael Calva. Fotografía perteneciente a su archivo familiar. Cortesía de Alison Calva.
José Rafael Calva. Fotografía perteneciente a su archivo familiar. Cortesía de Alison Calva.

Bigote, cejas espesas, pómulos abultados, ojos verdes y expresivos: así era el escritor mexicano José Rafael Calva (1953-1997). Tengo frente a mí su fotografía. Bonachón, robusto, posa plácidamente, recién llegado, afuera de la Catedral de San Mateo el Apóstol en Washington D.C. Huyendo de la incomprensión familiar, de las amenazas por parte de funcionarios del gobierno y del rechazo del medio literario mexicano, Calva emprende una nueva vida en los Estados Unidos a comienzos de los años ochenta, entrando y saliendo del país por temporadas y dedicándose al trabajo doméstico. Su llegada a Washington es el punto de partida para desentrañar su historia personal y ofrecer algunas reflexiones en torno a su obra Utopía gay (1983), novela publicada hace ya casi cuarenta años. Fue en Washington donde Calva falleció por complicaciones de VIH-SIDA. Hablar de Utopía gay me orilla a tocar el tema de su vida trágica y desaforada.

He llegado a estas fotografías y otros documentos personales gracias a la amistad que tengo con Alison Calva, sobrina de José Rafael. Alison, gran poeta y guionista, en un extraño espejismo por su vocación, ha seguido las huellas de José Rafael y se ha dado a la tarea de reconstruir su vida a través del testimonio de familiares, colegas y amigos personales del autor. Aun hay muchos cabos sueltos por rastrear. La recolección oral, hemerográfica y testimonial sobre la vida de José Rafael llega a mí a través de Alison. Este texto sería virtualmente imposible sin su contribución.

José Rafael Calva. Fotografía perteneciente a su archivo familiar. Cortesía de Alison Calva.

José Rafael Calva. Fotografía perteneciente a su archivo familiar. Cortesía de Alison Calva.

No concuerdo con aquella tesis de Proust donde afirma que la vida personal debe separarse de la obra del autor. Por motivos que desconozco, la historia literaria en México ha erosionado la biografía de José Rafael Calva. Basta una breve consulta por los anales de la literatura mexicana para notar cómo estas dejan una impresión errónea de la vida de su autor. Como si, aun siendo uno de los autores gays mexicanos más destacados y transgresores, fuera algo así como un burócrata del sistema literario que fugazmente logró formar parte del mismo (cuando, en realidad, fue una figura a la que se excluyó sistemáticamente). Publicó tres libros hoy ya inconseguibles y fue columnista en el suplemento cultural Sábado del Unomásuno. Calva se licenció como periodista. Sus primeras columnas, criticando el gobierno de José López Portillo, le acarrearon amenazas y censuras. Gran parte de esta historia se conserva en el misterio.

Conocí los libros de José Rafael Calva por recomendación de mi profesor, el doctor Juan Antonio Rosado. Recuerdo que Rosado hacía frecuentes alusiones a El jinete azul (1985) como una novela escabrosa e inconseguible, donde el protagonista, un médico homosexual, destaza a sus víctimas para luego disolverlas en ácido. Retuve el nombre de Calva en la mente por muchos años, aunque no tuve la curiosidad suficiente de leer El jinete azul sino hasta tiempo después. Sus páginas no parecen tan bien logradas como las de Utopía gay. Hay algo demasiado artificial en las descripciones. Tal vez el verdadero erotismo recae en las finas descripciones de la anatomía masculina siendo cortada por un bisturí. No es el coito, sino la tortura, el motor del erotismo de tan siniestra novela corta.

Más tarde, adquirí en un puesto un ejemplar en buen estado de Utopía gay, la primera novela de Calva, publicada en la ya extinta Editorial Oasis. Posiblemente sean las instancias mediadoras de la literatura las responsables de la falta de reimpresiones, aunadas al hecho de que Calva no hubiera sido acreedor de ningún premio literario.1 Utopía gay estuvo muy próxima a ganar un importante premio. Al verlo perdido, su autor (con justa razón) argumentaba: “¿cómo iban a premiar una novela de maricones?”. Debido a su gran innovación estilística, el libro sin duda lo ameritaba. Releer hoy a José Rafael Calva es leer a contrapelo la homofobia en las letras mexicanas.

José Rafael Calva. Fotografía perteneciente a su archivo familiar. Cortesía de Alison Calva.

José Rafael Calva. Fotografía perteneciente a su archivo familiar. Cortesía de Alison Calva.

Utopía gay cuenta la historia de Adrián y Carlos, una pareja gay que vive en la Ciudad de México. Las primeras páginas se despliegan, caóticas, a manera de monólogo interior, sin signos de puntuación. Los epílogos de William Faulkner y Laurence Sterne sirven como marcas textuales para entender este tipo de voz narrativa. La novela gira en torno al sorpresivo embarazo de Adrián, quien en el primer capítulo anuncia que está esperando un hijo de Carlos. Adrián trabaja en el gobierno y pide unos meses de inhabilidad, en los cuales se esfuerza por ocultar su embarazo de su propia madre. Las descripciones científicas apelan a la verosimilitud y no hacia el humor o el absurdo. Mientras tanto, Carlos, que impone una tesitura más racional dentro del texto, es un profesor de filosofía, un “marxista de la Ibero en la UNAM”, que arroja largas diatribas y reflexiones sobre la sociedad, la cultura, la economía y, sobre todo, el marxismo. El embarazo masculino es solo el detonante para forjar una novela de ideas, una especie de tratado filosófico donde, al igual que en el Corydon de André Gide, el tema que cobra mayor fuerza es la identidad homosexual.

Los narradores no se identifican como “feminoides”; se gustan entre sí por su masculinidad, por saberse viriles y “homosexys”. Estos términos (raros a los ojos de nuestra época) suponen una toma de postura que critica la homosexualidad por verse condicionada por la ideología en turno. Sentencia Carlos: “El homosexual, por represión o impotencia (…), no ha construido su mundo propio en la sociedad sobre bases reales, pero en realidad tiene las mismas capacidades que el heterosexual para llevar una vida normal”.2 Al mismo tiempo que se defiende la identidad homosexual frente a la sociedad opresora, los personajes critican sus códigos y convenciones; de ahí que se defina al “joteo” como “un acto más de higiene mental para echar fuera todo el veneno que nos corroe”.3 La pareja convive ocasionalmente con Olga y Gisela, dos travestis que jotean y hablan en femenino, cuya voz contrapuntea el discurso intelectual de la novela, casi al borde de llevarla a los terrenos del humor y lo camp.4

Aunque Calva no ataca la religión directamente, su libro no deja de tener un elemento blasfemo: la madre es un pilar en la sociedad mexicana, como evidencian la cultura visual posrevolucionaria y el cine de oro. El narrador no reconoce la familia, la heterosexualidad, la maternidad o la atracción hacia la mujer como verdades fundamentales; todo lo contrario. El estilo de Utopía gay es depurado y verborreico, un torrente explosivo de invectivas contra la clase media, el sistema económico y la cultura en México. Prosa agitada, irascible, casi el monólogo interior de una borrachera. Calva era, en efecto, alcohólico. Aun en México batallaba con su adicción, por lo que debía asistir a reuniones de Alcohólicos Anónimos con determinada frecuencia. La sobriedad no ocurrió sino hasta que arribó a los Estados Unidos. Con orgullo portaba las monedas y parches que conmemoraban el tiempo de sobriedad.

En cierto punto de Utopía gay, el autor rompe el pacto narrativo en voz de los personajes e intercala un “prólogo” que devela el mecanismo metatextual y paródico detrás (fundiendo, a la vez, sus opiniones con las de sus personajes): “la homosexualidad hoy está muy injustamente reprimida, al punto que, por ejemplo, en México oficialmente no existe (…); debemos todos esforzarnos por llevar su existencia a plena luz, para así poder demostrar que es algo constructivo y perfectible”.5 Esta estructura atípica claramente es deudora de Cervantes en Don Quijote. La novela es, pues, un tratado que imagina una sociedad utópica de amor homosexual entre varones. No es un libro con tintes autobiográficos, por más realista o verídica que a ratos sea la descripción de la vida gay en pareja. Calva –debo insistir– padeció la incomprensión de su familia y no había podido vivir una vida gay convencional hasta entonces, cuando redactó la obra. De esa insatisfacción nace, sin duda, su Utopía.

Los dos mil ejemplares, que conforman el primer tiraje de la novela, probablemente se distribuyeron y leyeron en un circuito gay reducido de bares y cafeterías. No podría ser de otra manera, puesto que fue publicado en una editorial independiente que duró poco tiempo. Llama mi atención que, en una revisión de literatura gay mexicana reciente, el autor menciona casi de pasada que Utopía gay fue una lectura frecuente entre su círculo, un libro entre tantos más.6 ¿Se leyó como sátira al pie de la letra? ¿Incomodó a sus lectores? Me atrevo a sugerir que, al agotarse el tiraje, la vida del libro continuó en fotocopias, destino parecido al del poemario Digo lo que amo de Abigael Bohórquez en la década de los setenta.

En un artículo aparecido en Unomásuno, Calva denunciaba la falta de reimpresiones de sus libros, especialmente de Utopía gay, el cual anhelaba relanzar con un nuevo prólogo (¿uno, ahora sí, al comienzo de la novela?) y un final alternativo, versión que permanece inédita hasta la fecha. Poco antes de fallecer, el autor recurrió a su propia columna para hacer glosa de una publicación académica de la investigadora Claudia Schaefer.7 Si bien Calva celebró la atención de la crítica sobre su obra, aprovechó la ocasión para lamentar la falta de reimpresiones: “Una relectura reciente de mi novela me hace sentir que no ha perdido actualidad y que el discurso sigue siendo elocuente”, aseguraba el autor.8 Los enfoques críticos recientes de Utopía gay no contribuyen a resaltar la vigencia de la novela. Yo pienso, incluso, que la han fosilizado en su época.9

Aun hay mucho por investigar sobre los vínculos entre Calva y la comunidad LGBT de su contexto. El autor describió El jinete azul como “la primera novela leather en México”. En efecto, algunas fotos personales durante su vida en Washington muestran al autor portando la indumentaria leather, más que como una simple moda de fetiche por el cuero, como parte de recurrentes prácticas sexuales de sumisión y dominación. Que Calva abanderase El jinete azul como una novela leather me hace cuestionar si su relación con el activismo gay mexicano fue o no tan diligente o pública como podría parecer. Estudios recientes detectan puntos de contacto entre las ideas de sus libros y el activismo gay de la época, pero es difícil precisar si en algún punto se vinculó a la FHAR (Frente Homosexual de Acción Revolucionaria). Todo apunta a que su participación en México fue discreta o nula.10

José Rafael Calva. Fotografía perteneciente a su archivo familiar. Cortesía de Alison Calva.

José Rafael Calva. Fotografía perteneciente a su archivo familiar. Cortesía de Alison Calva.

Calva defendió la identidad homosexual desde la trinchera que le correspondía: la literatura. En 1983, Calva fue entrevistado en La hora 25, programa de televisión conducido por Luis Spota, para hablar públicamente sobre su homosexualidad y concientizar a la audiencia sobre los primeros casos de la epidemia del SIDA en nuestro país. A pesar de ello, Calva optó por no involucrarse de forma activa en la escena gay en México. Es probable que haya adoptado la imaginería leather y S&M de sus primeros viajes a Estados Unidos (y no que la haya puesto en marcha en México). Recordemos que El Taller, mítico bar fundado por Luis González de Alba, que enarboló la estética y los códigos del gay bear y lo leather, abrió sus puertas hasta 1986. Calva, para entonces, ya vivía por largas temporadas en Estados Unidos y, dos años más tarde, obtuvo la residencia gracias a la ayuda de su padre.

Fue en Estados Unidos donde Calva descubrió un mundo gay más agitado. A su llegada a Washington, Calva presenció el momento temprano del activismo y la lucha contra el VIH-SIDA. Desde comienzos de 1985, apoyó a pacientes terminales en la clínica Whitman-Walker. Sería, pues, más plausible sostener que quizá se involucró en las marchas de ACT UP en Nueva York (en una foto, porta la playera de dicho movimiento con un triángulo rosa) y que pudo haberse acoplado sin tapujos a la escena LGBT+ en Washington. Aunque Washington no ofrecía una vida tan efervescente como Nueva York, fue el lugar que vio nacer al movimiento lésbico pionero The Furies y el primer movimiento gay afroamericano asociado a la Iglesia Pentecostal.11 ¿No habría preferido Calva desarrollar una vida gay convencional en San Francisco, o bien radicar en Nueva York?

José Rafael Calva. Fotografía perteneciente a su archivo familiar. Cortesía de Alison Calva.

José Rafael Calva. Fotografía perteneciente a su archivo familiar. Cortesía de Alison Calva.

Antes de asentarse en Washington, Calva consideró la posibilidad de vivir en Baltimore y también en Nueva York (ciudad que, a la postre, le resultaría abrumadora). Quizá en Washington descubrió algo más acorde con su temperamento. Apasionado de la ópera, vivir en Washington le permitía hacer viajes ocasionales a Nueva York para asistir a representaciones de Wagner y así nutrir sus investigaciones en torno a la música culta. Pienso yo que esta afición fue inculcada a través de otro gran musicólogo: Juan Vicente Melo (a quien, por cierto, Calva le dedica unas páginas de Variaciones y fuga sobre la clase media, un libro de memorias y remembranzas que evoca a su familia).

Fue en la Navidad de 1992 cuando Calva descubrió que era VIH positivo. Aunque tuvo acceso a medicación antirretroviral (costosa y de difícil acceso por aquel entonces), el escritor confesó en una carta que esta no le ayudaba mucho, pues el tratamiento debía combinarse con una dieta y horarios de sueño muy estrictos. Tras someterse a distintos tratamientos experimentales “severos” y probar con toda suerte de homeopatías, la enfermedad derrotó a Calva. Para julio de 1997, su salud se encontraba en grave estado y hacía grandes esfuerzos para seguir escribiendo. A comienzos de aquel año, su madre viajó a Washington para apoyarlo en el peor momento de su enfermedad. Ella cuidó del escritor hasta sus últimos días, ambos acompañados en soledad por Midnight, su gato. Madre e hijo dormían juntos en la misma cama. Calva fallece a los treinta y nueve años de edad.

José Rafael Calva. Fotografía perteneciente a su archivo familiar. Cortesía de Alison Calva.

José Rafael Calva. Fotografía perteneciente a su archivo familiar. Cortesía de Alison Calva.

José Rafael dejó sin publicar un manuscrito sobre sus últimos días viviendo con VIH-SIDA, Genio y figura, así como otra obra literaria de reflexiones varias titulada Espejo ahumado. Al parecer, también se conoce la existencia de un libreto operístico de su autoría inspirado en Pedro Páramo. Al igual que Reinaldo Arenas, José Rafael Calva selló sus últimos días con la enfermedad y el exilio. Si hubiera sido publicado hoy, Utopía gay habría sido considerado un libro escandaloso (tal vez por la trama y no tanto por su lenguaje o su apertura para tocar la cuestión homosexual). Se trata de un libro osado, experimental, estremecedor, que encara la realidad de frente, donde la poesía perfora el discurso para hablar de la libertad identitaria: y piensa que si quieres puedes rebelarte / ser tú mismo / seas como seas / pienses como pienses.

CDMX, 20 de septiembre, 2022 – 2 de octubre, 2022

*Varios datos han sido omitidos por respeto a la memoria del autor

**Todas las fotografías del archivo familiar han sido cedidas por Alison Calva

 


Autores
(Ciudad de México, 1993) es narrador y ensayista. Maestro en Letras Españolas por la UNAM, es autor de Emerson en Tijuana (Máquina de Aplausos, 2019) y La mítika mákina de karaoke (FCE, 2022). Sus textos se han publicado en Letras Libres, Tierra Adentro y Nexos. Ha colaborado en Montez Press Radio, House of Vans y Dover Street Market París. Ha sido beneficiario del Sistema de Apoyos a la Creación y Proyectos Culturales en el área de Ensayo Creativo (2023-2024).