Tierra Adentro
Ilustración realizada por Julissa Montiel
Ilustración realizada por Julissa Montiel

Si nos atenemos a su etimología más básica, “pontífice” (del lat. pontifex) se refiere a quien construye puentes. Se remonta su origen a la Roma clásica, en la que el colegio de pontífices (Collegium Pontificum) fungía como un órgano religioso conformado por varios niveles del orden sacerdotal (ordo sacerdotum), dentro del cual destacaba la figura del sumo pontífice (Pontifex Maximus). Su significado puede tratarse, por una parte, de manera literal, al ser los pontífices los encargados de custodiar uno de los puentes que atravesaban el Tíber, el Sublicio —hoy llamado Aventino, pues conecta este barrio con el Trastévere—. Otro significado, seguramente posterior, relaciona a los pontífices con quienes construyen puentes entre lo humano y lo divino. El papa heredó el título de sus antecesores en el orden sacerdotal de la antigua Roma: sumo o romano pontífice.

No es necesario ser especialista en política vaticana para descubrir, desde los primeros meses del pontificado de Francisco, diferencias de forma y de fondo respecto del de Benedicto XVI. La “primavera Francisco” mandó el mensaje implícito de que la Iglesia católica había atravesado dos largos pontificados otoñales y era necesario un cambio que el colegio cardenalicio bien intuyó. Una nueva manera de construir puentes. Entre las razones por las que se habló en los medios de comunicación, en marzo de 2013, de un nuevo periodo vernal encontramos una manera un poco distinta de referirse —que no de abordar— los temas polémicos en los que Benedicto XVI basó buena parte de su periodo como papa: la despenalización del aborto, la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo y los movimientos feministas a nivel internacional.

Estos últimos han hecho mella en el seno de la Iglesia romana, en la que se distinguen dos líneas de respuesta a sus planteamientos: la de quienes cierran la puerta a cualquier tipo de concesión y la de quienes abrazan, desde su espiritualidad, la causa feminista como la del Evangelio. Hay en medio una postura timorata de quienes conceden cambios a nivel disciplinario (por ejemplo, que haya mujeres en los órganos de toma de decisiones) pero no a nivel sacramental (por ejemplo, que se permita el acceso de las mujeres al sacramento del Orden). Sobre este punto, varias teólogas feministas han pedido una revisión de las razones por las que se les impide la ordenación.

Ya Pablo VI sostuvo frente a los cuestionamientos de la Iglesia anglicana que la Iglesia romana no admitía mujeres en el sacramento del Orden por razones históricas, bíblicas y sacramentales. Su Declaración sobre la cuestión de la admisión de las mujeres al sacerdocio ministerial, publicada en 1976, advertía que la postura de la Iglesia estaba inspirada en la tradición milenaria de no aceptar mujeres para la ordenación, si bien se cuidó de aclarar que buena parte de los argumentos de la Iglesia primitiva obedecía a prejuicios que flaco favor hacían si se tomaban como argumentos de peso para evaluar el tema. Por eso tuvo que virar hacia los aspectos bíblicos y sacramentales, de los que destaca, por una parte, que Cristo no escogió a mujeres para formar parte de los doce apóstoles, y que esto no significó un prejuicio por su parte, pues en distintos momentos de su vida reivindicó la importancia de las mujeres en un contexto marcadamente patriarcal como el de la antigua Jerusalén. La justificación sacramental es algo más complicada. “No se trata de ofrecer una argumentación demostrativa, sino de esclarecer esta doctrina por la analogía de la fe”, y añade:

[…] no se puede pasar por alto el hecho de que Cristo es un hombre. Y por tanto, a menos de desconocer la importancia de este simbolismo para la economía de la Revelación, hay que admitir que, en las acciones que exigen el carácter de la ordenación y donde se representa a Cristo mismo, autor de la Alianza, esposo y jefe de la Iglesia, ejerciendo su ministerio de salvación —lo  cual sucede en la forma más alta en la Eucaristía— su papel lo debe realizar (este es el sentido obvio de la palabra personaun hombre: lo cual no revela en él ninguna superioridad personal en el orden de los valores, sino solamente una diversidad de hecho en el plano de las funciones y del servicio.

Las mismas razones refrendó Juan Pablo II en 1994 en Ordinatio sacerdotalis, carta apostólica en la que, para zanjar la cuestión, declaró “que la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia”. Ha sido objeto de discusión si tal declaración de Juan Pablo II entra o no como doctrina ex cathedra. Una respuesta conservadora es que no: no fue formulada como tal de manera explícita. Por lo tanto, siguiendo la línea católica tradicional, cabe el disenso en este tenor.

Lo problemático de las posturas de Pablo VI y Juan Pablo II es que, al mismo tiempo que reconocen prejuicios socioculturales en los textos sagrados y en la práctica de la Iglesia primitiva, exponen la razón más poderosa de su oposición a la ordenación de mujeres: el sexo en el cual el Salvador se encarnó. Sin embargo, en la doctrina de la Encarnación de Jesucristo, formulada al menos en su proposición más común, la que aparece en el Credo: “se encarnó y se hizo hombre”, puede identificarse fácilmente una falacia conocida como anfibología. Se trata de un error en el razonamiento por el cual un mismo término significa algo en una premisa mientras que significa otro en otra premisa o en la conclusión. En pocas palabras: el término hombre puede entenderse como referido al género masculino, a una genitalidad específica o a toda la especie humana.

Estas tres acepciones conllevan conclusiones teológicas harto distintas. En el primer caso, se implica que Cristo asumió el género masculino y, siguiendo la declaración de Pablo VI, cualquier persona con tal identidad puede hacer las veces de sacerdote. En el segundo caso, que es la norma de la Iglesia romana, la Encarnación se reduce a la genitalidad del Cristo, por lo que, en sentido estricto, cualquier hombre o mujer con genitales “masculinos” es sujeto de una ordenación válida (déjese de lado el problema de su licitud). En el tercer caso, que es la manera como suele entenderse la encarnación en otros contextos teológicos, que Cristo se hiciera hombre supone que adoptó una forma humana, una de homo sapiens sapiens; por tanto, hablar de la encarnación de Cristo significa que se encarnó en toda la especie humana. (Hay, incluso, otra interpretación de la encarnación, la del teólogo y paleontólogo jesuita Teilhard de Chardin, quien habla de una encarnación en términos cósmicos, pero ésa es otra discusión).

Puesto que la tercera acepción del término “hombre” es la más extendida en términos soteriológicos —a saber, que Cristo se asumió en el género humano para redimirlo—, la argumentación más importante de la que se vale la Iglesia romana para oponerse a la ordenación de las mujeres parece inválida. No pretendo con esto ofrecer un argumento concluyente al respecto, sino señalar una posible vía argumentativa que otras teólogas feministas (y no pocos clérigos) han sugerido.

En el pontificado de Francisco se ha dado a conocer la noticia de la conformación de comités de investigación sobre el diaconado de las mujeres en la Iglesia antigua. El gesto, aunque tímido, puede interpretarse como un primer paso hacia una comprensión más profunda, incluso más compleja del ministerio ordenado. La Iglesia admite la existencia de tres órdenes en el ministerio: el diaconado, el presbiterado y el episcopado, y el hecho de que el sacerdocio ministerial sea propio de presbíteros y obispos (los diáconos no son sacerdotes porque no ofrecen el sacrificio de la misa), deja abierta, incluso con la doctrina actual, la posibilidad de que una mujer acceda al primer grado del sacramento del Orden.

Pero el papa es consciente de que en la Iglesia hay élites, y que su presión en las finanzas y en los medios de comunicación católicos no es poca. Ésa puede ser la razón de fondo por la que el mismo Francisco ha sido enfático al afirmar la imposibilidad de la ordenación de mujeres. En una entrevista de 2016 afirmó que, “sobre la ordenación de mujeres en la Iglesia Católica, la última palabra clara fue pronunciada por san Juan Pablo II, y esta permanece”. Su postura, sin embargo, tiene otros matices si la comparamos con las de sus predecesores. En la exhortación Querida Amazonia (2020), el papa reconoce la necesidad de dar a la mujer una mayor participación en la toma de decisiones, pero sin que ello signifique darle acceso al sacramento del Orden:

En la Amazonia hay comunidades que se han sostenido y han transmitido la fe durante mucho tiempo sin que algún sacerdote pasara por allí, aun durante décadas. Esto ocurrió gracias a la presencia de mujeres fuertes y generosas: bautizadoras, catequistas, rezadoras, misioneras, ciertamente llamadas e impulsadas por el Espíritu Santo. Durante siglos las mujeres mantuvieron a la Iglesia en pie en esos lugares con admirable entrega y ardiente fe. Ellas mismas, en el Sínodo, nos conmovieron a todos con su testimonio (§99). Esto nos invita a expandir la mirada para evitar reducir nuestra comprensión de la Iglesia a estructuras funcionales. Ese reduccionismo nos llevaría a pensar que se otorgaría a las mujeres un status y una participación mayor en la Iglesia sólo si se les diera acceso al Orden sagrado. Pero esta mirada en realidad limitaría las perspectivas, nos orientaría a clericalizar a las mujeres, disminuiría el gran valor de lo que ellas ya han dado y provocaría sutilmente un empobrecimiento de su aporte indispensable (§100).

Francisco señala un riesgo plausible de incorporar a las mujeres en la estructura jerárquica de la Iglesia: el de clericalizarlas. Su postura se asemeja, con sus distancias, a la de algunas personas homosexuales que, a propósito de la legalización del matrimonio igualitario, se preguntaban si de veras querían formar parte de una institución conservadora como ésa. La tentación de la clericalización es, sin embargo, una a la que se enfrenta cualquier hombre que forme parte de la estructura jerárquica de la Iglesia. De modo que excluir a las mujeres del Orden bajo el argumento de que se subsumirían en una estructura fácilmente corrompible —porque ésa es la primera característica del clericalismo— no debe poner en alerta la inclusión de las mujeres en él, sino la reforma disciplinar del sacerdocio ministerial.

Ha habido avances en materia de equidad de género en el papado de Francisco, la aceptación de que las mujeres reciban los ministerios laicales de acolitado y lectorado fue uno de ellos. Respecto de la inclusión de mujeres en puestos de toma de decisiones, resaltan los nombramientos de algunas mujeres en la curia romana: la religiosa Alessandra Smerilli, FMA, ocupa desde 2021 el cargo de secretaria del Dicasterio para el Desarrollo Humano Integral; la teóloga argentina Emilce Cuda es actualmente secretaria de la Pontificia Comisión para América Latina; una subsecretaria de la Secretaría de Estado es la abogada italiana Francesca Di Giovanni; la biblista española Nuria Calduch-Benages es secretaria de la Pontificia Comisión Bíblica. Mención aparte, porque no forma parte de la estructura curial, corresponde a la religiosa Nathalie Becquart, XMCJ, primera mujer en ser subsecretaria del Sínodo de Obispos, por lo que será la primera que vota en uno de ellos (el próximo a realizarse, en octubre de 2023).

A 10 años del inicio del pontificado de Francisco, la cuota de género no es suficiente, pero ha comenzado a relucir en los últimos años en la Iglesia católica. El debate de las teólogas se trata, sobre todo, de una deuda histórica y teológica con quienes, huelga decirlo, son quienes más apoyan las labores de la Iglesia, acuden a las ceremonias litúrgicas y mantienen viva, en buena medida, la fe de muchos creyentes. La Iglesia sostiene que el Espíritu Santo inspira su voluntad a través de la historia: la función profética de las bautizadas ha despertado. Llegó la hora de construir otros puentes.


Autores
(Ciudad de México, 1992) Filósofo y ensayista. Profesor en la Universidad Iberoamericana, el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey y en la UNAM. Miembro de la Newman Association of America. Ponente en varias instituciones de México, Estados Unidos y Cuba, sus intereses académicos se centran en la obra del cardenal John Henry Newman, la epistemología y la teología contemporáneas, y las relaciones entre filosofía y literatura. Ha publicado ensayos y reseñas en Newman Studies Journal, la Revista de la Universidad de México, Tópicos, Open Insight y Nexos.

Ilustrador
Julissa Montiel
Todóloga mexicana, egresada de la Escuela de Diseño del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura. Inmersa en la exploración gráfica y textil, busca explorar un lenguaje visual que además de contar historias comunique cambio, cultura y movimiento. Actualmente enfocada en la ilustración narrativa, pretende materializar dentro de su voz el universo que las palabras conforman.
By Andre Deak – Flcikr, CC BY 2.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=22460966

 

LA STS’UNIK VOKOLIL

La sts’unik vokolil ta ch’ul jme’tik banamil, li chopol viniketike,

chak’em la skomsanbik xch’ulel,

la smilik li ch’ul vitse.

 

La xchuk sba sk’ob te’etik ta yo’nton ch’ul vits

la snet’be yo’nton, la xtuch’be sbe xch’ich’eltak.

Sk’ekimol mutetik la sk’atajes sba ta sk’ejimol lajel,

chamemik ta yalobaltik li te’tikal chijetike,

tsk’el vokol li yajval ch’ul banamil.

 

Noj ta chamel li ch’ul jme’tik banamil,

li jteklume,

li sat vo’e.

 

Lubemotik,

ta jkuch’tik vo’ ti oy xchamele

ta jkuch’tik vo’ noj ta ts’ijilal, k’ux jnuk’tik skoj ti ik’al vo’e.

Ta yut jch’utik chanav li lajele,

chkom ta jbikiltik li chamele.

 

 

SEMBRARON AGONÍA

Hombres de mirada atroz

sembraron agonía en el bosque,

agrietaron su alma,

arrancaron el musgo verdoso de su piel muerta.

 

Las ramas secas se enredaron en el corazón de la selva,

estrujaron sus latidos hasta reventarle las venas.

El trinar de las aves se convirtió en un canto de muerte,

el jaguar ya no ruge,

cadáveres de venados yacen en barrancos,

el guardián de la montaña observa la desgracia.

 

Una plaga atacó el bosque,

el pueblo,

el manantial.

 

Derrotados,

bebemos de un manantial intoxicado,

agua vertida de silencio recorre nuestra garganta infectada.

En nuestros órganos circula la bilis de la muerte,

y la enfermedad se estanca en nuestras vísceras.


Autores
Poeta, traductora maya tsotsil de San Juan Chamula, Chiapas, 1995. Licenciada en Lengua y Cultura por la Universidad Intercultural de Chiapas 2013-2017. Cursó la Maestría en Estudios E Intervención Feministas en el Centro de Estudios Superiores de México y Centroamérica, UNICACH-CESMECA, 2019-2021. Asistió al Programa de Escritura Creativa del Programa Internacional de Escritura de la Universidad de Iowa E.U, en 2021. Premio Estatal de la juventud 2021 en la categoría Fortalecimiento a la Cultura Indígena.
Ilustración realizada por Jal Reed
Ilustración realizada por Jal Reed

Se dice que la manzana en el imagotipo de Apple es un homenaje a Alan Turing, considerado el padre de la computación, pero ¿cuál es la relación entre Turing y Apple? ¿Realmente Steve Jobs le rindió un homenaje con el gráfico que identifica a su empresa a nivel global? Me parece dudoso…

Alan Turing (Londres, 1912) fue condenado a prisión por su relación con un joven de 19 años. Obtuvo el perdón real seis décadas después de su muerte, según relató EL PAÍS en 2013. ¿Su delito? Ser homosexual.

Esa misma homosexualidad y la condena social hacia las divergencias sexuales, se consideran como los factores que mantuvieron en la penumbra su figura, a pesar de que se le cataloga no sólo como el precursor de la computación contemporánea, sino también como el salvador de miles de vida al descifrar los mensajes enviados por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, a través del sistema Enigma.

Queda clarísimo que Turing fue un personaje extraordinario, pero eso no significa —ni de cerca— que una de las compañías tecnológicas más grandes del mundo le haya rendido un homenaje en su imagen gráfica.

La muerte de Turing —provocada por envenenamiento con cianuro al morder una manzana— es protagonista de diversos mitos: desde quienes dudan que haya sido un suicidio, como el investigador Jack Copeland, hasta que el logotipo de Apple es un homenaje.

La realidad es que no existe evidencia que confirme esa afirmación. De acuerdo con RPP, el diseñador Rob Janoff declaró que la elección de una manzana (y la muesca en su esquina superior derecha) respondieron a nada más que… branding. La aparente mordida, dice el periódico El Comercio, sólo buscaba evidenciar que era esa y no otra fruta. En su sitio web, Janoff recuerda que el proceso concluyó en sólo 2 semanas. La misma página muestra que el logotipo era una escena donde Isaac Newton estaba sentado debajo de un árbol, durante 1976.

Snopes, una iniciativa de fact checking en Estados Unidos, revisó anteriormente estas afirmaciones. Su verificación encontró que la mayoría de los datos sobre Turing son correctos, excepto los vínculos entre su inesperada muerte y la manzana de Apple.

La historia de Alan Turing

Alan Turing fue un controversial personaje en la Inglaterra del siglo XX: homosexual, matemático, muerto por ingesta de cianuro. Su trabajo sentó las bases de la computación moderna: el algoritmo, los modelos computacionales o la definición de inteligencia artificial, de acuerdo con Carlos Zahumenszky.

Tomando en cuenta los avances previos de Marian Rejewsky, Turing logró desarrollar la Bombe: una máquina apodada ‘Victoria’ por los británicos, que descifró la friolera de 84.000 mensajes encriptados alemanes al mes, y utilizaba un sistema lógico para desencriptar los mensajes que los nazis se enviaban.

Sus pruebas para saber si “las máquinas pueden pensar” es también la base de la inteligencia artificial y de los captchas. Turing diseñó un mecanismo que busca determinar si la interlocución se realza con una computadora o una persona. Si la persona no sabe cuál de sus interlocutores es una máquina, esta gana el test de Turing.

Fue tal el impacto de este test, que dio pie al Premio Loebner: una competición hospedada por la Universidad de Exeter en Reino Unido, la cual impulsó el desarrollo de las inteligencias artificiales más capaces de superarlo —y sirvió para conocer el estado del arte de la IA en el mundo, según declaran en su sitio web.

La vida de Turing terminó en 1954 por una manzana. Envenenado con cianuro —y con la incógnita entre el accidente, el suicidio y el asesinato—, el matemático fue encontrado sin vida por su empleada doméstica. Lo más cercano a una carta pre mortem fue la lista de pendientes que dejó Alan en su escritorio.

Las condiciones en que abandonó este mundo siguen siendo un misterio. Igual que el destino que tomarán sus avances tecnológicos.

Referencias:

  1. Oppenheimer, Walter, «Turing, condenado por gay, recibe el perdón real 60 años después de su muerte», EL PAÍS, España, 2013. Rescatado el 2 de enero de 2023 de https://elpais.com/internacional/2013/12/24/actualidad/1387873660_129481.html
  2. “Por qué el logo de Apple es una manzana mordida… y no una cereza”
  3.  «Apple: ¿por qué la manzana en el logo tiene una mordida?», RPP, Perú, 2022. Recuperado el 2 de enero de 2023 de https://rpp.pe/tecnologia/apps/apple-por-que-la-manzana-en-el-logo-tiene-una-mordida-ag-noticia-1392638?ref=rpp
  4. «Apple logo story». Recuperado el 23 de enero de 2023 de https://robjanoff.com/applelogo/
  5. Liles, Jordan, «Is the Facebook Post About Alan Turing’s Life and the Apple Logo Truthful?», Snopes, Estados Unidos, 2022. Rescatado el 2 de enero de 2023 de https://www.snopes.com/fact-check/alan-turing-facebook-post/
  6. Zahmenszky, Carlos, «Alan Turing, 100 años del matemático que ganó la guerra», Xataka, España, 2012. Recuperado el 23 de enero de 2023 de https://www.xataka.com/xataka/alan-turing-cien-anos-del-matematico-que-gano-una-guerra
  7. «Test de Turing: ¿pueden las computadoras sustituir a los humanos?», Becas Santander, España, 2021. Rescatado el 23 de enero de 2023 de https://www.becas-santander.com/es/blog/test-de-turing.html
  8. «Loebner Prize», University of Exeter, Reino Unido, 2012. Rescatado el 23 de enero de 2023 de https://loebner.exeter.ac.uk/

Autores
(México, 1995). Divulgador cultural. Listado entre “Los 10 Influencers LGBT+ que mueven México” por el periódico La Crónica de Hoy en 2021 y disertante del Urban Thinkers Campus 2019 de la World Urban Campaign auspiciado por ONU Hábitat en Ciudad de México. Su trabajo periodístico ha aparecido en ContraRéplica, Cúpula (suplemento cultural de El Heraldo de México), El Economista, Regeneración Mx, Time Out México, Verificado Mx y la revista digital de la Iniciativa Mexicana de Arte, de la que es director fundador. Autor y productor de los formatos «Fiesta Mexicana de Arte», «Íconos» y «#HastaEncontrarles: homenaje a las madres buscadoras», este último en el Teatro de la Ciudad Esperanza Iris en noviembre de 2021. Es verificador de datos para Factstory —filial internacional de la Agence France-Presse (AFP)— y mentor en México de la Red Latinoamericana de Formadores en Fact Checking.

Ilustrador
Jal Reed
Ilustrador, diseñador, soñador y amante de la ciencia ficción radicado en la Ciudad de México. Estudió diseño en la Universidad Nacional Autónoma de México. Como ilustrador ha trabajado para diversas revistas, editoriales, webs y marcas como: revista GQ, La Peste, Tierra Adentro, Chilango, Marvin, La Mole, Blush Design, Creativooos, entre otros.
Fotografía de "Galatea de Esferas", pintura de Salvador Dalí (1952). Recuperada de Flickr.
Fotografía de “Galatea de Esferas”, pintura de Salvador Dalí (1952). Recuperada de Flickr.

I

 

El mundo es un templo de espejos. Durante nuestra estancia en él no podemos evitar concebirnos a nosotros y a los demás a partir de una acumulación de imágenes que se traslapan y confunden entre sí. Nuestras siluetas, nuestras honduras, se cincelan al mismo tiempo que cincelamos las ajenas. La vida se nos presenta, a lo largo del pasmo del calendario, como un ineludible compendio de reflejos.

Me arriesgo a decir que la ignorancia es la mayor de las cortesías que nos otorga la niñez. Al desconocer ciertas verdades del cuerpo, ciertos horrores de la personalidad, nos damos el lujo de ser nosotros en tanto propiedad emergente: fluir junto a lo que hacemos con las extremidades, lo que degustamos con los sentidos, lo que alcanzamos a palpar de la realidad. Nuestro imperio es el rincón desde el que vivimos los días, dominio unánime de la experiencia íntima.

La amargura central de la madurez aparece, pues, al darnos cuenta de que existimos fuera del cuerpo que habitamos. Con gradual pánico —desconcertante y ajeno, como todo lo que visita la vida del adolescente—,  encontramos en los otros una proyección de las facciones propias. Hay un juego de identidades: lo que decimos ser no abandona nunca su pugna contra lo que los otros dicen que somos. Abundan, en cambio, los que han sufrido su ineptitud para reconciliar este intercambio de impresiones recíprocas. Ese es mi caso.

Pienso a menudo en Galatea. Ovidio relata en Las Metamorfosis la historia del rey de Chipre, Pigmalión, que en vano buscó una esposa durante varios años. Incapaz de verse satisfecho por las mujeres que lo rodeaban, volcó su vida a tallar en marfil esculturas femeninas que lo ayudaran a compensar ese hueco de realidad. Terminó por enamorarse de una de sus creaciones: la bellísima Galatea. Afrodita, al ver la pasión del rey, decidió darle vida a la escultura.

Hay en cada persona un Pigmalión. Nos esforzamos en esculpir una imagen propia a la que aspiramos siempre representar: amarla hasta que no podamos hacer otra cosa que convertirnos, indiscutiblemente, en ella. Pero olvidamos que los otros esculpen una versión de nuestra imagen dentro de su mente. Y para ellos no somos sino eso: sombra y proyección de su propia Galatea.

 

II

 

Desconozco si existe un trasunto fisiológico, mínimamente fiable, que explique de forma más o menos integral los mecanismos con los que asimilamos la realidad y definimos nuestro papel en ella. Muy felizmente ignoro las batallas teóricas que se ocuparon en discutir cómo se forman la personalidad y la percepción de la imagen propia. Hablo, como siempre y como todos, desde mi experiencia.

Es probable que, como vicio de nuestro tiempo, esta costumbre caduque con él. De vez en vez me topo con la misma escena, hurgando en conversaciones dentro de un café o acodado en los pasillos de un centro comercial: una parejita, durante la etapa temprana del cortejo en la que el recelo es el primer mediador de los ánimos, se pregunta mutuamente por su signo astrológico con la esperanza de confirmar compatibilidades o evadir una desgracia mayor. A algunos les basta este prejuicio —azar congénito que se me escapa de la razón—  para guiar las pautas del amor y la amistad. Y lo entiendo: nos habita una necesidad incurable de clasificación propia y ajena, un impulso innato por anticipar conductas y predilecciones con el que procuramos salir medianamente bien librados de la vida en masa. Entre los arcanos y eneatipos que buscan condensar las variaciones de la personalidad humana, pienso puntualmente en el inventario del MBTI.

Es el zodiaco de la generación z, el test. Y creo que cada vez es menos popular. Lo inventaron Katharine Cook Briggs y su hija, Isabel Briggs Myers, apoyadas en algunas ideas que Jung había propuesto en 1921. El test plantea que se pueden obtener dieciséis tipos de personalidad a partir de la acumulación de cuatro aspectos que se dividen en dicotomías: se es introvertido o extrovertido, y sensorial o intuitivo, y pensador o emocional, y calificador o perceptivo.

Claro que esto es pseudociencia. Claro que es poco fiable.

Es famoso por el sencillísimo hecho de que a todos nos emociona ver una descripción de personalidad que sea lo suficientemente certera como para levantarnos del asiento, igual que un niño que mira a un superhéroe en la tele, y decir: Soy ese. Además, cada tipología se representa con monitos chistosos organizados por colores, vulnerables a convertirse en meme.

El asunto es que, según el test, soy ENTJ: un monstruo con veleidades de dictador, ilustrado como una caricatura morada que se me antoja remedo de Margaret Thatcher. Cuando se lo conté a una amiga del pasado, confesé que no estaba seguro del resultado que había obtenido, así que le propuse que me aplicara el test durante nuestra charla. Ella leía cada aseveración en voz alta y yo respondía enseguida:

Como progenitor, preferirías que tu hijo fuera amable antes que inteligente.

—Totalmente en desacuerdo.

La espanté, claro, en medio de los ataques de risa que nos eran comunes. Un asombro discreto me llenó la boca al descubrirme revelándole, con tanta tranquilidad, tanto sosiego, la óptica a través de la que miro los contornos de mi persona.

¿Qué tan distintos eran los lentes con los que ella filtraba mis modos y mi humor? Si ella hubiera respondido las preguntas por mí, ¿habría obtenido un resultado contradictorio al de mis propias impresiones? Me intrigó la zona liminal en la que las identidades se difuminan, la transición en la que diferentes versiones de uno mismo se presumen igual de verdaderas.

Me aterra, aunque no lo descarto, pensar que nuestra identidad está sometida al consenso de los otros.

 

III

 

Iba a terminar esta perorata diciendo que la esencial tristeza de la adultez es la resignación. Tuve por plan escupir que la conformidad incondicional con las cosas —casi derrota, casi secuestro— incluye a la totalidad de la persona misma. Muchos ceden y aceptan ser lo que les dijeron que serían, lo que les enseñaron que siempre fueron. Y es que a menudo parece imposible no terminar siendo como los otros creen que uno es.

Un poco más calmado, me gustaría disentir conmigo.

Hace tiempo dejé de militar en corrientes terapéuticas. No me interesa quién es más eficiente entre los conductistas que electrocutan gente y los psicoanalistas que maquilan recuerdos falsos para explicar la infancia. Me limito a rescatar ciertas verdades que me resultan convenientes, casi cómodas.

Esta es una: cada mañana me alivia la existencia saber que me basto a mí mismo para ser lo que soy. Cualquier juicio, cualquier expectativa, me es tan ajeno como el resto de las cosas que residen fuera de mi piel.

 

 

 


Autores
Nació el 16 de octubre de 2000, en Guadalajara. Es narrador, ensayista y divulgador científico. Ha sido ganador de los concursos “Creadores Literarios FIL Joven” (en las categorías de cuento y microcuento), “Luvina Joven” (en las categorías de cuento y ensayo) y del Premio Nacional de Ensayo Carlos Fuentes, que otorga la Universidad Veracruzana. Algunos de sus textos han sido publicados en las revistas Luvina, Punto de Partida, Pirocromo, Vaivén, Catálisis y GATA QUE LADRA.
Retrato de Irma Palacios en su estudio, Febrero 2023
Retrato de Irma Palacios en su estudio, Febrero 2023

Fue una mañana de febrero cuando visité el taller de la pintora Irma Palacios (Iguala, 1943). Su producción, primordialmente pictórica, se ha basado en una búsqueda permanente del color, la luz, la textura y, sobre todo, de formas, trazos y plastas que se entregan a la mirada como enigmas. Con su peculiar sentido del humor, Irma de vez en cuando bromea al decir que lo que pinta son, a secas, “manchas”. Este tipo de afirmaciones no suponen una falsa modestia; por el contrario, develan la liviandad de su espíritu, la calidez y sencillez que le caracterizan. El reconocimiento que ha tenido su obra tanto a nivel nacional como internacional, incluyendo haber sido acreedora de la beca John Simon Guggenheim (1986-1987) y galardonada con la Medalla Bellas Artes en el año 2022, es el resultado de un compromiso diario con su oficio. Irma ha conseguido hacer de la abstracción un lenguaje inconfundible. Sin necesidad de extraviarse en enredos teóricos, planteamientos rebuscados o armazones discursivos, le entrega al espectador una pintura en su estado más puro.

De la serie jardines. 2019. Óleo sobre tela. 1.80x1.30m. Cortesía de Adriana Torres

De la serie jardines. 2019. Óleo sobre tela. 1.80×1.30m. Cortesía de Adriana Torres

 

Canto al viento. 2021. Óleo sobre tela. 1.30x1.80m. Cortesía de Adriana Torres

Canto al viento. 2021. Óleo sobre tela. 1.30×1.80m. Cortesía de Adriana Torres

El taller que Irma emplea para pintar es el mismo desde hace casi cuarenta años. Su familia llegó desde Guerrero para asentarse en la capital del país a finales de los años cincuenta. Ya para ese entonces, a muy temprana edad, Irma sabía que tenía una vocación y un llamado hacia la brocha y el lienzo. “Llevaba conmigo mi Larousse y copiaba las ilustraciones. Así empecé a dibujar yo sola, sin maestro ni nada”, narró Irma aquella mañana. Al enfrentarse a los problemas de la vida adulta, comenzó trabajando en un banco; por fortuna, aquel empleo no consiguió alejarla de su vocación y, en contra de lo previsto, la fue acercando aún más al arte: “todas las actividades del ser humano son atractivas si eres realmente sensible. El chiste es que yo tenía que hacer algo en aquella época. Finalmente la pintura ganó en ese lapso en el cual trabajé como banquera”. En el departamento donde en algún punto le correspondió laborar descubrió un sinnúmero de catálogos de arte: “Me la pasaba leyendo aquellos catálogos. Así fue como me enteré de que existía [Francisco] Toledo. Yo quería seguir los pasos de toda esa gente. Quería ir tras los pasos de esas personas para que me hicieran, a lo mejor, un catálogo algún día”.

Irma Palacios en su estudio

Irma Palacios en su estudio

Irma logró convencer a su madre de perseguir su vocación contra viento y marea. Se inscribió en la ENPEG La Esmeralda, muy a pesar del susto de su madre al ver al profesorado. Desde joven tenía la certeza de que seguiría una ruta muy diferente a la de su familia y que se dedicaría de lleno a la pintura, decisión que para la década de los setentas parecía arriesgada (y aún ahora). En la Esmeralda conoció a los hermanos Castro Leñero: maravillosa coincidencia genealógica, todos resultaron artistas plásticos. Más tarde, Irma compartiría cuatro décadas de vida al lado de Francisco (†). “En ese entonces La Esmeralda se ubicaba por la Alameda y yo tenía que atravesar toda la ciudad para estudiar por las noches, ya que en la mañana trabajaba en el banco. Desde ese tiempo yo era muy atrevida y curiosa. Hacía muchas preguntas al llegar al taller de grabado. Alguna vez probé haciendo grabados con azúcar y luego mi gato se los comía”. De esa época también rememora a una joven muy tímida que apenas y sostenía la mirada con los demás. Aquella joven venía de Tabasco y se llamaba Victoria Compañ. Décadas más tarde, se revelaría como una pintora geometrista de enorme sensibilidad, si bien su nombre hoy ha dejado de figurar en los anales. Parece ser que hace más de veinte años que no figura su nombre en exposición alguna: “La familia de Vicky [Compañ] tenía muchas panaderías y ella se dedicó de lleno a eso. Yo le decía: ¡Vicky, no dejes de pintar!

Toda carrera es de tenacidad. La trayectoria de Irma ha sido, pues, de dedicación y constancia desde su primera exposición individual de austerísimo título, Pintura, por allá de 1980, hasta Lino papel (2022), hace apenas unos meses. Desde entonces, el estilo pictórico que ha defendido como medio de expresión por años ha sido la abstracción, si bien a veces sus cuadros poseen visos de figuración tan misteriosos como sutiles donde el espectador caza las siluetas y acecha semejanzas con el mundo vegetal. Su mejor exégeta, Luis Ignacio Sáinz, delimita pertinentemente la mayor preocupación temática en este cuerpo de obra: la poesía y la tierra. Y añade que los cuadros de Irma “especialmente texturizados, remiten a una práctica geológica básica: la del inventario de minerales, su catalogación y explotación”.1 Para Sáinz, estos constituyen “constelaciones de sentido (…) abiertas y expansivas”.2 Pienso yo que cada cuadro sería un islote o formación de tierra en un archipiélago personal. Es el entusiasmo de presentarse ante el lienzo, una nueva oportunidad para buscar una infinidad de formas que remiten, por intención o accidente, a las naturales en sus craqueladuras y rugosidades.

Escritura de viento. 2021. Óleo sobre tela. 80x80 cm. Cortesía de Adriana Torres

Escritura de viento. 2021. Óleo sobre tela. 80×80 cm. Cortesía de Adriana Torres

Ejercer la abstracción ha sido también un gesto de posicionamiento frente a las siempre inestables tendencias del mercado del arte. No por nada el gran historiador de arte Jorge Alberto Manrique aplaudió la virtud técnica de sus cuadros y añadía, al comentar una exposición en el MAM en 1993 que “en tiempos de figuración, Irma Palacios persiste, segura, en su pintura abstracta, emocional, sintética, en cierto sentido lírica (…) tal vez la más consistente artista que en el medio mexicano mantiene la fe en lo no figurativo”. 3 A propósito del MAM, Irma recuerda una graciosa anécdota donde atentó con la sacralidad del museo y se llevó el regaño de un guardia: “Una vez en el Museo de Arte Moderno y yo estaba acariciando mi cuadro. Se enojaron los que cuidan para decirme: ‘¡usted no puede tocar el cuadro!’  Y les respondí: ‘¡pero ¡cómo! ¡Si este cuadro es mío!’” Conversar con Irma no tiene nada de cercano a la actitud soberbia del artista consagrado. Al contrario, la calidez y el humor animan su charla.

Interior del estudio de Irma Palacios

Interior del estudio de Irma Palacios

Aquella mañana gradualmente se fue iluminando: la luz entraba por una ventana situada a lo alto del muro superior del estudio, haciendo que los cuadros irradiaran su calor natural, su propia “temperatura”, como ha advertido la crítica Teresa del Conde en una muy simpática reseña datada de 1993 donde la autora reseñó la exhibición “Espejo natural” (1993) a partir de un elemento inesperado: el cuaderno de quejas y sugerencias para visitantes.4 Aquel ventanal a lo alto supone una peculiaridad en la arquitectura del taller. Las ramas se mecen con suavidad y motivan a la pintora a dar rienda suelta a su labor, a veces con la música de fondo de su colección de discos compactos, de Arvo Pärt a Bobby McFerrin. A un costado, una mesa acumula la rica variedad de óleos Winsor & Newton que Irma atesora para conseguir el efecto terroso de sus cuadros: tierra de sombra tostada, gris de Payne (con un matiz próximo al azul) y blanco de Titanio. Tantos libros almacenados en su taller revelan pistas para acceder a su obra: libros sobre minerales y plantas, cuentos de Grace Paley, y, sobre todo, poesía: “Cuando leo poesía, me vienen imágenes. Si te habla de humedad, pienso en agua, en ríos. La poesía puede conmoverme tanto que modifica por completo mi obra al momento de pintarla”.

Vista panorámica del estudio de Irma Palacios

Vista panorámica del estudio de Irma Palacios

Interior del estudio de Irma Palacios

Interior del estudio de Irma Palacios

Irma reconoce el valor de la palabra literaria como parte de su proceso creativo. En algún punto tendió en mi mano un ejemplar empastado de Tolstoi con la esquina superior mochada (“este lo mordió mi perrito”, advirtió) y las obras selectas de Françoise Sagan reunidas por Plaza & Janés (“¡este libro era prohibido en mi época!”). Su obra ha mantenido un diálogo incesante con la poesía mexicana, entre ellos, con Francisco Hernández, quien escribió un abecedario inspirado en su obra plástica en el marco de la muestra Escribir. Pintar (2002), exhibida en la Galería López Quiroga. La serie fue, por cierto, dedicada al escritor Juan García Ponce un año antes de su muerte. Irma le dijo al autor de Inmaculada: “yo no te puedo hacer una novela, pero sí te voy a escribir una pintura”. Y fue para esta serie de pinturas que Irma estudió alfabetos y caligrafías, develando una estructura secuencial de repeticiones y variaciones. Cada cuadro propone un ritmo que no es monocorde si no que alude a la erótica de inscribir los grafemas sobre el papel. Ponce fue, recordemos, uno de los principales defensores de lo que se llamó “abstracción lírica” en México en su primera fase. No obstante, el diálogo que parece haber nutrido más el campo fértil de la pintura de Irma ha sido el sostenido con la poeta mexicana Coral Bracho, que hace de la palabra poética un desborde, un rizoma donde cada verso es raíz. De hecho, el título de un poema que escribió Coral para la exhibición Tierra de entraña ardiente (1992) es el  mismo que he retomado para esta pieza de escritura: “en ella estalla y se entrelaza. En su orilla clarísima / florece. Es el deleite de las formas”. 5

Irma y algunas pruebas previas a la composición de sus cuadros

Irma y algunas pruebas previas a la composición de sus cuadros

Otra figura importante que cruzó en el camino de la maestra fue la de Rufino Tamayo. Fue el oaxaqueño quien la recomendó para la beca Guggenheim. En ese entonces, Tamayo animaba a Irma con encomio a solicitar la beca, aunque, eso sí, le aclaraba que a él nunca se la daban por más que lo había intentado. Irma evoca los años en la que manejaba hasta la casa de Tamayo para mostrarle sus creaciones en su taller al sur de la Ciudad de México para que así le diera una opinión para seleccionar los cuadros que enviaría a una exposición colectiva en Cagnes-sur-Mer, Francia, gracias a la invitación de un sultán: “Cuando me visitaba, Tamayo se fijaba en todo, hasta en el piso. Al ver las manchas de las gotas de pintura escurridas, señalaba al piso y me decía: ‘mire, Irma, eso que ve usted allí, ¡también son sus pinturas!” Recuerda también que Manuel Felguérez, por su parte, sin querer desalentar, le recordaba lo mucho que le costó obtenerla diez años atrás al haber desarrollado su grandiosa “máquina estética” durante sus años en Harvard. Fue, pues, en 1986 cuando Irma obtuvo esta importante beca, siendo una de las primeras creadoras mexicanas en conseguirlo. “Yo siempre les digo a los jóvenes que alcen la mano y digan: ¡yo! ¡yo! ¡aquí estoy yo! Hay que alzar la mano para que te den una oportunidad.” Mucho podemos aprender de sus consejos los creadores de nuestra generación.

Cicatriz de piedra. 2022. Acuarela sobre papel de lino. 82 x 68 cm. Cortesía de Acapulco 62

Cicatriz de piedra. 2022. Acuarela sobre papel de lino. 82 x 68 cm. Cortesía de Acapulco 62

 

 

Al ver sus propios cuadros, Irma a veces delata extrañeza. Le es difícil tratar de rastrear cuál fue la emoción que la llevó a escoger un rojo muy intenso o una tonalidad grisácea y glaciar: “Pintar siempre te sorprende: cuando no te sorprende nada, cuando se vuelve sencillo, no tiene sentido hacerlo. Yo a veces me tardo más en ver los cuadros que en pintarlos: ¿de qué se trata?, ¿qué es?” Poco a poco, Irma desplegaba a la par los manteles cuyos diseños elaboró en colaboración con artesanos en Michoacán. Uno, al estilo Malevich, es un mantel blanco con diseños tradicionales blancos. Son exploraciones formales y artesanales, sí, pero también son deleite y regocijo: “No me gustan los precios, no los entiendo. ¿Por qué le tienes que poner un precio al placer de hacer un cuadro? Es una lucha de placer y dolor: es la vida en sí misma. Eso que ves allí: esas manchas, son mi vida. Y yo estoy dejando esto como si fueran mis hijos”. En la decisión de ser artista se cruzó el dilema de la maternidad: “Yo de chica nunca pensé en casarme o tener niños, aunque me encantan los niños. Yo decía: ‘o soy una buena madre o soy pintora’”. Acaso porque la pintura le habría parecido a Irma una entrega absoluta, congruente y armónica con la vida personal y el tiempo que la creación exige: es el acto de producir arte no como un pasatiempo, sino como una forma de subsistencia y una defensa frente al mundo.

 

Esta decisión, empero, no la hizo descartar la vida en pareja. Francisco Castro Leñero fue su esposo por casi cuarenta años. La más reciente exposición de Irma, Lino papel, inaugurada en diciembre del año pasado en la galería Acapulco 62 (Dr. Atl 62, Ciudad de México), supone el registro emocional de su duelo tras la pérdida de Paco a causa de un padecimiento pulmonar que lo mantuvo en cama por un periodo de varios meses. Cito el emotivo texto de sala escrito por Alberto Castro Leñero, marcado por la intimidad familiar: “este grupo de acuarelas (…) fue realizado en los espacios de tiempo fragmentado cuando ella acompañaba a su pareja, quien trataba de conservar el aliento (…) entre los cuidados intensivos y el dolor del proceso de muerte de Francisco, Irma encontró los tiempos para expresar su energía creativa, irreductible y vital”. Lino papel es el encuentro inesperado entre la pintora y un soporte traído de Oaxaca: las acuarelas confieren contención al dramatismo, alcanzando tonos vibrantes; algunas asemejan paisajes; otras, venas abiertas, heridas. “Ya entendí de qué se trata la vida…, de morirse”, sentencia con una sonrisa estoica la maestra al recapitular un periodo personal tan arduo como delicado.

Vista panorámica de "Lino papel" (2022). Cortesía de Acapulco 62

Vista panorámica de “Lino papel” (2022). Cortesía de Acapulco 62

Vista panorámica de acuarelas azules en "Lino papel" (2022). Cortesía de Acapulco 62

Vista panorámica de acuarelas azules en “Lino papel” (2022). Cortesía de Acapulco 62

"Flores", 2022. Acuarela en papel de lino. 82 x 68 cm. Cortesía de Acapulco 62

“Flores”, 2022. Acuarela en papel de lino. 82 x 68 cm. Cortesía de Acapulco 62

 

 

Quizá el mayor mérito de Lino papel sea recordarnos ese virtuosismo lleno de curiosidad que Irma posee al trabajar materiales distintos al óleo, sin perder de vista un factor emotivo que no pasa desapercibido para el público general ni para el especializado. A la manera de Teresa del Conde, cito la descripción de una espectadora anónima al apreciar por primera vez este cuerpo de obra, quien descubrió: “el dolor y la oscuridad, los signos vitales y el sangrado, el entumecimiento y la aceptación teñidos en este lino rayado, sutil pero fuerte, brillante pero encantador (sic)” En el trazo que dicta la emoción, esta serie de acuarelas tiene el poder de sacudirnos y hacernos meditar sobre el valor de un acto artístico suscitado a consecuencia de un proceso de duelo. Dicho proceso incluso se revela incluso en los títulos de las piezas: Tiempo petrificado, Incendios errantes, Cicatriz de piedra. Podemos imaginar a la maestra pintando estas flores monocromas, estas lilas que desvanecen, como compañía y despedida. Para Elisabeth Kübler-Ross, sentarse junto a un paciente moribundo no tiene que ser un asunto triste y puede legarnos enseñanzas de amor para las generaciones futuras.6 Así, en su muestra más reciente, Irma Palacios nos recuerda que la creación artística puede siempre aportarnos algo más allá de la habilidad técnica, el dato histórico o la potencia crítica, sino que nos conduce a áreas donde palpita una lección fundamental sobre la vida humana y la sanación del dolor.

Vista panorámica de "Incendios errantes" y "Varas sinuosas" en "Lino papel" (2022). Cortesía de Acapulco 62

Vista panorámica de “Incendios errantes” y “Varas sinuosas” en “Lino papel” (2022). Cortesía de Acapulco 62

 

"Lilas", 2022. Acuarela en papel de lino. 82 x 68 cm. Cortesía de Acapulco 62

“Lilas”, 2022. Acuarela en papel de lino. 82 x 68 cm. Cortesía de Acapulco 62

 

 


Autores
(Ciudad de México, 1993) es narrador y ensayista. Maestro en Letras Españolas por la UNAM, es autor de Emerson en Tijuana (Máquina de Aplausos, 2019) y La mítika mákina de karaoke (FCE, 2022). Sus textos se han publicado en Letras Libres, Tierra Adentro y Nexos. Ha colaborado en Montez Press Radio, House of Vans y Dover Street Market París. Ha sido beneficiario del Sistema de Apoyos a la Creación y Proyectos Culturales en el área de Ensayo Creativo (2023-2024).
Fotografía de dominio público, recuperada de Wikimedia Commons
Fotografía de dominio público, recuperada de Wikimedia Commons

Poesía para el cine

El cintillo del libro tiene una cita nada menos que de Jim Jarmusch: “La poesía de Williams es una metáfora del hombre”, un guiño mercadotécnico, a raíz de la película Paterson que estrenó Jarmusch en 2016. La frase es malafortunada, y no sólo porque no quiere decir gran cosa. Que un director de “culto” como Jarmusch apunte esa clase de trivialidades acusa una lectura superficial, sin mayores esfuerzos, de la Poesía reunida de uno de los poetas más influyentes del siglo XX estadunidense: William Carlos Williams.

Lo paradójico es que esa “lectura de cintillo” no se refleja en la cinta Paterson, un precioso homenaje al poema largo homónimo (1946-1958) que inmortalizó al médico de Rutherford. La película retrata la vida cotidiana de un chofer de autobús llamado Paterson (Adam Driver), quien es también un poeta que, asimilando el estilo de Williams, escribe sobre sus experiencias rutinarias, banales en superficie pero llenas de revelaciones pasajeras y alegrías sencillas.

Los poemas de este Paterson en pantalla son de Ron Padgett, quien aceptó leer el guion y escribir algunos versos: se trata de imitaciones o apropiaciones del estilo más visible y conocido de Williams; no una “metáfora del hombre” —lo que sea que eso quiera decir— sino un acto de liberación que democratiza el idioma y los alcances del poema, afirmación sin ambages de que la poesía puede encontrarse en todo momento y en todas las cosas, como lo refleja “Otro más”, poema de Padgett recitado en la película:

Otro más

Cuando eres un niño

aprendes

que hay tres dimensiones:

altura, anchura y profundidad.

Como una caja de zapatos.

Después escuchas

que hay una cuarta dimensión:
el tiempo.

Mmmm.

Después algunos dicen

que pueden haber cinco, seis, siete…

Salgo del trabajo,
me tomo una cerveza
en el bar.

Bajo la vista hacia el vaso
y me siento alegre.

Paterson de Jarmusch da cuenta, por lo tanto, de la permanencia y el magnetismo del estilo de Williams: máxima depuración verbal, concentración en la claridad de la imagen y en hechos y objetos cotidianos, el cual permeó la poesía de todo el siglo XX no sólo entre autores cruciales de su lengua —de Allen Ginsberg hasta Robert Lowell o más recientemente el propio Ron Padgett—, sino entre poetas de otras geografías, empezando por la nuestra, con Octavio Paz.

Al igual que se lo propuso Walt Whitman, adaptarse a la lengua común estadunidense fue siempre un objetivo estético y filosófico para Williams. Llegó a él mediante la máxima economía verbal, y gracias al oído, al ritmo, a aquello que acabó llamando “pie variable”, una forma métrica y estrófica libre al fin adaptada al tono coloquial reconcentrado, preciso y coincidente con las modulaciones cambiantes de la conversación, “una forma natural que corresponde al habla de la gente” y cuyo origen remonta al poema “El descenso” —segunda parte de Paterson, luego incorporada a La música del desierto—, como apunta Myriam Moscona.1

http://https://www.youtube.com/watch?v=32exBSNsaBw

Antisemitismo, poesía y democracia

Desde la década de 1970 sabemos que el talante democratizador de Walt Whitman tuvo un trasfondo imperialista: más que por el sueño de la democracia y la armonía de América, abogó por el Destino Manifiesto y sus políticas expansionistas de doble moral2—vigentes hasta los atroces desenlaces de Vietnam, Pinochet y Videla.

En un caso similar, algunos autores como la propia Moscona han recordado el antisemitismo de Williams: consideró que el judaísmo era el equivalente del fascismo; discutió con Ezra Pound —otro ilustre antisemita— sobre el efecto de la circuncisión en el carácter de los judíos y escribió frases nauseabundas antijudías que no vale la pena volver a citar. Para colmo, los ancestros de la madre de Williams fueron judíos holandeses, de origen sefardí.

En 1949, el poeta de Nueva Jersey recibió una invitación a presidir la Chair of Poetry de la Library of Congress, pero le retiraron la oferta antes de tomar el cargo por presiones encontradas: una parte de la sociedad le recriminaba sus simpatías izquierdistas; la otra, su cercanía con Ezra Pound, recluido en ese entonces en el psiquiátrico de St. Elizabeth, Washington D. C. Nadie puede quitarle a Williams el peso de semejantes errores.

Lo nocivo, como suele ocurrir, es que el fárrago de la política enloda la lectura y el gozo de las obras. La poesía de Williams expandió las posibilidades de la lengua inglesa y, más aún, de la poesía: su búsqueda por encontrar nuevas soluciones para reemplazar la métrica como base compositiva abrió caminos incalculables aún hoy. Además de esto, es innegable el profundo humanismo de alguien que creyó en el poder terapéutico del arte. De ahí que algunos de sus poemas estén muy apegados a su vocación médica y pediátrica, como el siguiente, uno de los últimos que escribió, que no es más que el relato objetivo de un parto:

El parto

40 y pico de años y su décimo parto

Navarra

o Navatta, ella no sabía

sin quejarse

en un cuartito donde habíamos estado trabajando

toda la noche.

Cabeceando en intervalos de 10 ó 15 minutos

yo miraba

su abultada panza

marcada

por contracciones bajo

la piel.

Nada pasaba.

Todo era silencio y calma en Guinea Hill

cerca del amanecer en

aquellos días.

Qué pasa, Doc.

Cuándo sale?

Esas palabras me despertaron.

Conseguí una sábana fuerte

la envolví

apretada alrededor de su panza.

Cuando los dolores vinieron de nuevo

se dejaron

sentir

ya no

contra su espina dorsal

sino hacia abajo

hacia la salida.

La criatura se movió —fue estúpido

no pensar en ello antes.

Finalmente

sin un grito de ella apenas

un gruñido animal

la cabeza apareció

hasta el cuello.

El niño giró

lentamente.3

Antes de este poema, nadie se había atrevido a convertir los instantes decisivos, íntimos y sobrecogedores de un alumbramiento en una narración versificada, donde el velo entre lo que ocurre y lo que observa lúcidamente la voz poética es translúcido y concreto: es, de hecho, el propio poema. Una forma novedosa de realismo en la que el lenguaje literario no distorsiona, no transpone artificios ni mediaciones, es puro movimiento o, como anotó Paz, un “realismo no imitativo”, creador de una “realidad otra [que] no niega la realidad de las cosas reales: es otra cosa que simultáneamente es la misma cosa.”4

 

Ínsulas y mares de la traducción

A diferencia de muchos de sus contemporáneos —T. S. Eliot, Pound, e. e. cumings, H. D.— William Carlos Williams tuvo una inclinación natural hacia la lengua española. Fue, en cierta manera su otra lengua materna, la lengua nativa de Raquel Hélène Rose Hobeb Williams, su madre, nacida en Mayagüez, Puerto Rico. La lengua de infancia y de su hogar, pero no la de su literatura. Desde 1916 el poeta publicó en revistas y periódicos traducciones de poesía muchas veces hechas al alimón con su padre William George —un inglés que hablaba español con total fluidez, pues había vivido en el Caribe desde niño y de adulto había viajado por toda América Latina como agente publicitario de una compañía de agua de colonia, originaria de Florida—, con su madre o con José Vázquez Amaral, el primer traductor de los Cantos completos de Pound al español.

Hubo que esperar hasta 2011 para que apareciera el primer libro que recoge los trabajos de ese Williams traductor, o traductor-acompañado: By Word of Mouth. Poems from the Spanish, 1916-1959.5 Contiene una notable mayoría de poetas latinoamericanos, entre ellos Rafael Arévalo Martínez, José Santos Chocano, José Asunción Silva, Luis Palés Matos, Octavio Paz, Pablo Neruda, Alí Chumacero, Silvina Ocampo, Ernesto Mejía Sánchez, Jorge Carrera Andrade y Eugenio Florit; de España, algunos textos anónimos, poesía republicana de la Guerra Civil de Miguel Hernández, Rafael Beltrán Logroño y Mariano del Alcázar, y algunos poemas de Quevedo.

Traducir del español fue para él una oportunidad de darle “frescura ilimitada” a la lengua inglesa, pero no al inglés propiamente literario de la tradición escrita, sino al lenguaje de la “forma local americana de hablar”; es decir, el idioma vernáculo. Ahora bien, la tan reivindicada identidad bicultural de Williams —una que trasluce idealmente en sus traducciones— no puede ser más que conflictiva y ambigua, llena de tropiezos. En 1941 hizo su primer viaje al Puerto Rico de sus orígenes, al encuentro con esa otra lengua de oído. Una fotografía lo muestra en una playa frente al Caribe, resguardado en la flaquísima sombra de una palmera, de traje claro y con un sombrero en la mano. Visiblemente extraño en el ardiente clima del trópico, hasta entonces sólo un nudo de paisajes y anécdotas familiares en su imaginación. La invitación lo comprometía como una suerte de embajador literario de Estados Unidos para el Caribe: debía ser el orador inaugural de la “Primera Conferencia Interamericana de Escritores” organizada por el Departamento de Estado, muy propicia para el clima de entonces en el que crecían las tensiones nacionalistas e independentistas en una isla que es colonia norteamericana.6 Su encuentro con el poeta Luis Palés Matos, también interesado en el habla común, lo empujó a traducirlo, y el reto no era menor. Así empieza el “Preludio en Boricua” del puertorriqueño:

Tuntún de pasa y grifería

y otros parejeros tuntunes.

Bochinche de ñañiguería

donde sus cálidos betunes

funge la congada bravía.

Y así resolvió Williams el problema de la “intraducibilidad” anterior:

Mixup of kinkhead and high yaller
And other big time mixups.
Messaround of voodoo chatter
Where their warm black bodies
Loosen the savage conga. 

Aunque su idea era hacer “paráfrasis” que trasladaran el sentido y pudieran importar formas métricas, en varias ocasiones se tomó verdaderas libertades creativas, como en este último caso, no forzosamente exitoso. Las traducciones latinoamericanas de Williams, muchas impulsadas por José Vázquez Amaral, esconden una relación compleja con su propia identidad. Él mismo reconoció que sus raíces caribeñas eran “exiguas” y “románticas”, dio pistas falsas y contradictorias sobre la presencia del idioma español en su vida. Aun así, jamás optó por renunciar al “Carlos” en su firma de poeta, ensayista y narrador, pese a que sus colegas médicos y amigos lo conocieran como “Bill”. Nada de esto resuelve el misterio y el dilema bicultural7 en el que vivió en una sociedad que apenas salía de su relación conflictiva con Hispanoamérica, legado nefasto de 1898. Si Williams viviera hoy lo habrían entronizado como escritor “Latinx”. Pero su tiempo aún no había fincado toda su corrección moral, su culpa colonial y su latente racismo secular en el multiculturalismo a ultranza de nuestros días.


Autores
Ciudad de México, 1988. Es traductor y editor. Actualmente trabaja en la revista Nexos. Obtuvo el doctorado en Literatura Hispanoamericana por la Universidad de Toulouse y por la Universidad de Sevilla con una tesis sobre la columna Inventario de José Emilio Pacheco.
Ilustración realizada por Jal Reed
Ilustración realizada por Jal Reed

I

Hace dos años, poco más, poco menos, corrimos hacia los interiores y nos tapiamos a piedra y lodo porque allá, del otro lado de los muros, acechaba el contagio. Nos separamos y, aunque nos resultara extraño al principio, logramos acostumbrarnos, modificamos nuestros comportamientos y nuestras formas de enlazarnos. Distanciados, aunque nunca del todo ajenos, aprendimos (o recordamos) que el aislamiento, ese fenómeno que resulta más fácil describir que habitar, nos ha acompañado desde nuestros comienzos como especie. Nos permitió, primero, sobrevivir y, después, evolucionar (aunque, como todo fenómeno, el aislamiento en exceso también resulta mortal y puede derivar, digamos, en una endogámica soledad). Está en nuestra esencia: nos aislamos de los depredadores en la cueva más profunda, el árbol más alto, la oscuridad; huimos a donde aquello que es nocivo no pueda alcanzarnos. La única solución posible, hasta ese momento, era aislar al agente patógeno y permitir que muriera solo. Si éramos afortunados, nos decían, llegaría una vacuna, cuya creación, a grandes rasgos, consistía de cuatro pasos:

1.-Se determina en qué forma se modificará el virus o bacteria que se desea atacar.

2.- Se genera un antígeno.

3.-Se aísla el antígeno de las células que se usaron para crearlo.

4.-Se añaden adyuvantes estabilizadores y preservativos. 

Aislar es la palabra clave. Separar, analizar, comprender: una sintaxis de hechos que bien puede ser ley de vida. Y mientras tanto, mientras los expertos trabajaban en la solución para aquel mal, unos cuantos estábamos felices de nuestro lado de la altísima muralla que levantamos alrededor de nuestro hogar, como el príncipe Próspero en La máscara de la muerte roja. Allá afuera, en las calles y en las plazas de México y del mundo, que lucían desoladas, reinaba la peste. La vuelta a la normalidad se alejaba dos pasos por cada uno que dábamos. Como el horizonte. Pero lo hicimos, algunos seguimos aquí y, aunque juntos de nuevo, algo de aislamiento quedó dentro de nosotros o, en todo caso, despertó.

 

II

El aislamiento nos acompaña desde la tierna infancia, crecemos con él, se refina a la par de nuestros sentidos y entendimiento: aislar nuestros esfínteres y verter sobre ellos toda la concentración posible, para que no se activen sin nuestro consentimiento, es, quizá, la primera muestra de crecimiento y de maduración. Posteriormente, aprendemos a través del juego (la didáctica más primaria, más elemental) a aislar a otros y a aislarnos, comenzamos a entender los matices de la distancia: hay que estar lejos de los padres para hacer una travesura. El aislamiento se vuelve materia prima de juegos infantiles como las escondidillas: gana quien se oculta con mayor efectividad, es decir, quien se aísla mejor, pero dentro de un límite permitido o se estará violentando la esencia del juego que es ser encontrado. Comenzamos a intuir la diferencia entre aislar y desterrar.

Al paso del tiempo y de las experiencias, descubrimos la otra cara del aislamiento: cuando se le usa como castigo. Se coloca en el rincón al culpable, no tan lejos, sin embargo, como para que pierda de vista todo aquello de lo que fue desplazado: una vez más, aislar no es desterrar. Se deja sin recreo al que ha obrado mal: lejos, pero siendo parte aún del grupo, a suficiente distancia para no dejar de pertenecer, pero sin poder participar, testigo mudo detrás del cristal del espacio. Rincón, salón vacío, cárcel: elaboramos una semántica del espacio, entendemos que es arcilla, maleable y dúctil, con la que se pueden construir instrumentos de tortura. 

Transcurren los años y resignificamos el fenómeno, nos lo apropiamos: usamos el aislamiento como búsqueda de identidad, como una forma de descubrir quiénes somos más allá de las fronteras del constructo familiar, del seno materno, del hogar. 

El adolescente se aísla de la familia en búsqueda de su propia identidad: rompe para construir, estira para dejar pasar. Se separa de las tradiciones familiares, se encierra en el cuarto y se aísla doblemente, en su espacio físico y en su espacio auditivo: escucha música que los padres reprueban (o simplemente desconocen) a un volumen que coloca lejos, pero nunca afuera, a quien no la entiende o no la disfruta. Con este carácter de isla vigila y permite que se le vigile; su retraimiento cobra mayor valía cuando se sabe observado. Se aleja de un grupo para, irónicamente, integrarse a otro. Las tribus urbanas, los grupos de jóvenes en las calles (cuando aún se permitía salir), son un archipiélago compuesto de escisiones de pedazos de tierra más grandes, relacionados por un lenguaje común, costumbres en común.

Si el lenguaje es instrumento de cohesión, lo es también de segregación: cuando dejamos de dirigirle la palabra a alguien, trazamos una línea y marcamos así un adentro y un afuera: le aplicamos la ley del hielo. Lo aislamos. El hielo quema en su frialdad, congela, aunque en ese proceso también conserva: suspende el estado natural de descomposición de las cosas. Protege porque aísla. Si hemos sido testigos de la existencia de ciertas especies que ahora ya no habitan la tierra, es porque el hielo preservó sus restos: gracias a esa resina de cristal conocemos el pasado. Ponemos algo en hielo para que perdure más tiempo, para quitarlo de las garras del paso de la vida, para frenar su degradación. El refrigerador, nuestra pequeña cámara del tiempo, de la frescura, contiene, por un momento, la descomposición natural de todo aquello que es orgánico. Aísla. 

Si amar es combatir, aislar es proteger. “Quédate en casa” se volvió sinónimo de “cuídate”. Protegemos lo que amamos: recubrimos con esmalte los muebles de madera, plastificamos la credencial para que no se arrugue ni se rompa, colocamos entre capas y capas de plástico de burbujas nuestro disco favorito, el videojuego predilecto, la vajilla que heredamos de nuestros ancestros. Por ello las mudanzas suelen ser tardadas: necesitamos aislar ciertas piezas de la cotidianidad para su traslado. En el viaje hacia esta “nueva normalidad” protegimos lo que amamos, a quienes amamos: los aislamos, que nada perturbara su estado.

 

III

Aislamos para magnificar y, posteriormente, analizar, aprovechar. Hacemos zoom en cierta parte de una imagen para aislarla y, después, desmenuzarla hasta sus elementos más mínimos y descubrir aquello que nos importa y que pasa desapercibido en el todo original. Por un momento, dejamos de lado todo aquello que no importan en la  imagen (para un fin específico, por un momento nada más) y nos concentramos sobre un punto, magnificado una, dos, diez veces. Es un fragmento de la imagen, pero destilado. Y si de destilación hablamos, por qué no referirse al proceso per se: separar (aislar) los componentes de una mezcla líquida y obtener, en el estado más puro posible, aquellos que nos son útiles y dejar atrás los que no. El zoom es el detalle puro, sin distracciones.

Aislamos para resaltar. Ayudados de un marcatextos, separamos cierta parte de un escrito, lo que nos permite, en una segunda visita, enfocarnos en lo que ya hemos señalado como útil y, por lo tanto, un poco nuestro. El brillo fosforescente que aplicamos sobre ciertas líneas, ciertas ideas, las aísla, y afuera, en la oscuridad de la página, de la fotocopia, queda el resto: apenas agua con sal. Nos quedamos con las que son semilla para ideas propias. Separamos la buena mies de la mala. 

En un texto también existe el aislamiento: el paréntesis. Primordialmente, este signo es aislamiento: explora algo, no del todo ajeno, en una línea paralela: una idea que puede funcionar de forma casi autónoma, pero que se inserta en una idea todavía mayor: aclara, profundiza, explica; se detiene para ahondar. Nos indica que lo contenido ahí forma parte, pero está a una distancia prudente del resto del texto.

El paréntesis ―que también puede funcionar con el uso del guion parentético, según algunos afirman―, es también pausa, respiro: volveremos a la normalidad, nos decían, esto es apenas un descanso. Y fue la promesa de ese retorno lo que nos mantuvo cuerdos, atentos. No nos dijeron “se acabó” (punto final): nos dijeron “volveremos”. Paréntesis.

No es casualidad que el guion parentético sea el mismo símbolo que se usa para abrir diálogo, porque aislarse también comunica algo, dice sin decir: hace silencio en medio del ruido.

 

(Quizá el paréntesis es una pequeña caja musical donde atesoramos una verdad que, para otros, puede resultar inútil o falaz, pero para nosotros es una verdad limpia, ineluctable).

(El paréntesis: ostra que contiene una verdad como perla).

 

IV

Una isla es un área de tierra rodeada por completo de un cuerpo de agua. Enmarcada así por todos sus costados, es un grito de arena en medio de un silencio líquido, un punto en la larguísima oración del mar o la laguna. Pertenece, pero a la vez es autónoma: orbita. Aislar, por lo tanto, es poner a algo, a alguien, en una pequeña isla: es colocarlo lejos, rodeado de aire, de agua, de silencios. Incomunicado en ocasiones, el aislado perteneció alguna vez a una masa mayor que él y quizá por eso añora o, por el contrario, atesora su soledad. Estática como sustantivo, la isla como verbo es plurivalente: castiga o sana, preserva o destruye.

La distancia (o en todo caso el distanciamiento) se ha resignificado con el paso del tiempo: si antes apelaba al carácter de isla, ahora nuestras soledades, nuestros encierros, parecen ser más cercanos a la península que a la isla: estamos alejados de una masa mayor, siempre, pero conectados por una breve cuerda, por un sendero: la tecnología. Si es una franja de tierra lo que distingue a la isla de la península, es el lenguaje lo que nos permite estar no aislados, sino apeninsulados: en contacto, siendo parte, aunque a distancia. 

El lenguaje, ese hilo rojo que une siempre al emisor y al receptor, es lo que coloca en nuestras playas de soledad, otrora limpias y sin mácula, una huella que nos deja saber que ahí hay alguien más. O por el contrario, nos permite ser la huella en la playa ajena. Y es ese mismo lenguaje, empaquetado para su consumo en datos, en megas, el que resulta casi ineluctable hoy en día.

El sonido, según Pascal Quignard, resulta difícil de ignorar, es porque la oreja, a diferencia del ojo, no posee párpados. ¿Cómo debiera ser la barrera que mantenga lejos de nosotros los medios de comunicación actuales? ¿Cómo alejarse de las redes sociales, los medios de comunicación y dispositivos con internet? ¿Es imposible estar ya en una isla y nos debemos conformar con yacer en una península? El aislado no sabe nada del mundo, no oye ni es oído; el apeninsulado oye, pero no es oído.

 

V

Aislamos para atacar, dividimos para vencer. Ciertos depredadores (sobre todo felinos) aíslan a las presas, las separan del grupo, de la manada, para poder atacar: se abalanzan sobre los miembros aislados (separados) del grupo cuando bajan a beber al río, cuando detienen su marcha porque son viejos o cuando están enfermos, otra división que traza la naturaleza. De igual forma, estos depredadores se aíslan para no ser observados, se camuflan con el ambiente hasta casi no ser parte de él. Como el francotirador en una guerra: parte del combate, aunque separado auditiva y visualmente; lejos, pero parte del mismo conflicto, en su pequeña isla de quietud, al acecho.

Se aísla, en ciertas artes marciales se aísla una parte del cuerpo y sobre ella se ejerce toda la presión necesaria del otro cuerpo, para fracturar, dislocar, lastimar. Después de la fractura, de la dislocación, irónicamente, aislamos la parte para que repose, para que vuelva a su estado natural, se incorpore, es decir, vuelva a ser funcional y parte de un todo armónico. El aislamiento como arma, pero también como bálsamo.

Hay aislamientos armónicamente colocados, como el cuerpo: la piel, en tanto que canal de comunicación con el exterior, también funciona para aislarnos de él, para protegernos. Nuestros huesos se encuentran aislados por cartílagos y, cuando estos se desgastan, viene el dolor. Es necesario el espacio en ocasiones, evitar el choque entre dos fuerzas, dos presencias: lo entendemos, por eso es necesario usar protector solar, guantes de carnaza para maniobrar los cables de la luz, recubrir con plástico el mango de la sartén: fenómenos que, dosificados, domesticados, son benévolos, al contrario de cuando corren libres y sin control. 

 

VI

Aislamos también para domesticar: lo hicimos con el fuego para apropiarnos de él. Aislamos (como especie, en otros tiempos) a algunos animales de su manada y los incorporamos a la dinámica del humano. Aislamos el grano de ciertas plantas silvestres hasta amansarlas, amoldarlas a nosotros. Separar (aislar) es una forma de establecer dominio, de poseer. En un contexto de mercadeo, creamos el sistema de apartado. Decimos: esto ya no es parte del grupo, está aislado, ya no se tiene acceso a ello. Es mío, aun sin ser mío todavía, ya no está disponible.

 

VII

Aislamos lo que entendemos (o nos aislamos de ello) porque comprendemos que ahí radica el peligro, pero también aislamos, sobre todo, lo que no entendemos y deseamos comprender o no somos capaces de destruir: cárcel, manicomio, nación extranjera; condenamos al ostracismo lo que escapa a nuestro entendimiento. Allá afuera, a pesar de la cuarentena, subsiste el “ellos” y “nosotros”. Nos piden aislamiento, pero no el que conocemos. 

Personas, virus, ideas; aquello que nos resulta imposible (en todo sentido) destruir debe ser aislado en primera instancia: es el huésped que colocamos en la habitación más alejada. Todo aquello que no es útil, pero que todavía debe ser analizado (porque a veces nos bastamos con clasificar, no con entender), colocado en cierta jerarquía, se aísla: la ropa que vamos a donar, los juguetes que ya no usamos, las libretas con apuntes que ya no son útiles, pero a las que el mote de inútil todavía le queda grande. Ya no es parte, aunque tampoco alcanza a ser ajeno del todo: es el niño castigado en el rincón. Todo lo que tiene injerencia sobre nosotros, o al contrario, sobre lo que tenemos injerencia, pero nos resulta ajeno, incómodo, comienza por segregarse antes de destruirse, o corremos el riesgo de desechar algo nuestro en el proceso.

 

IX

Nada ha cambiado y quizá nunca lo haga: aislarse es sobrevivir; sobrevivir es aislarse, por un momento, del proceso natural y temido de la muerte. Antes de nacer, estamos aislados en el vientre, protegidos, preparándonos para incorporarnos al mundo. Al morir, se nos aísla en un ataúd y después se nos aísla bajo tierra. Doblemente separados, pero todavía presentes en la memoria de algunos que nos sobreviven. Porque cada paso en este mundo dejará una huella en la playa de la existencia, una que después, no importa qué, la marea del tiempo borrará. La misma marea que cubre la franja de tierra que podría hacer de la isla una península.

 

 

 

 


Autores
(Ciudad de México, 1986). Coordinador del Taller de Creación Literaria del FARO Indios Verdes. Autor de los libros de cuento Luego, tal vez, seguir andando (Río arriba, 2012), Entre cuatro esquinas (FETA, 2014), La luz de las tres de la tarde (BUAP, 2015), El filo del cuerpo (Revarena ediciones, 2016), Ciudad nostalgia (Abismos, 2016), Sombra-Reflejo (BUAP, 2017), Los panes y los pescados (Ediciones Periféricas, 2018), Tiempo arrasado (Revarena ediciones, 2019), Mismatch (Cuadrivio, 2020), Foley (Fondo Editorial del Estado de México, 2020, mención honorífica en el Certamen Literario Laura Méndez de cuenca 2018) y Especies carismáticas (Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola 2023). También es autor de los libros de crónica Tren suburbano (Malpaís, 2019) y Linde faz (FETA, 2018) con el que obtuvo el Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay. Obtuvo mención honorifica en el Premio Nacional de Periodismo Gonzo 2018 por la crónica Big Tony Bang. De igual manera, es autor de Nanda (Nitro Press-Ediciones La Rana, XIX Premio Nacional de Novela Jorge Ibargüengoitia) y del libro de ensayos Basado en hechos reales (Casa Bonsái, 2025). Becario del FONCA (en los periodos 2016 y 2021) y del PECDA Estado de México (2018) en el área de cuento. En su faceta como jurado, cuenta con participaciones en el comité de premiación del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2020, así como en los comités de selección de estímulos del PECDA de Jalisco (2017), Chiapas (2019) y Tamaulipas (2024), donde actualmente se desarrolla como tutor. Ha publicado cuento, poesía, crónica, ensayo, reseña y dramaturgia en medios como La Jornada, El Universal, Casa del Tiempo, Tierra adentro, entre otras, así como en las antologías De narcos a luchadores (Contrabando, España, 2019), Cecilia y el Vampiro (Editores Mexicanos Unidos, 2021, compilación de Bernardo Barrientos Domínguez). Ni una sola palabra (UANL, 2021), Covid-19 (FCE, Tierra Adentro, 2021) y Liminales II (Casa Futura ediciones, 2023), por mencionar algunas. Fue seleccionado para el número especial Nueve ensayistas (1985-1995) de Punto de partida y el número especial sobre crónica: La crónica, el arte de narrar, de La Jornada. Es egresado de la Licenciatura en enseñanza de inglés, de la UNAM.

Ilustrador
Jal Reed
Ilustrador, diseñador, soñador y amante de la ciencia ficción radicado en la Ciudad de México. Estudió diseño en la Universidad Nacional Autónoma de México. Como ilustrador ha trabajado para diversas revistas, editoriales, webs y marcas como: revista GQ, La Peste, Tierra Adentro, Chilango, Marvin, La Mole, Blush Design, Creativooos, entre otros.
Fotografía recuperada de Flickr (CC BY 2.0)
Fotografía recuperada de Flickr (CC BY 2.0)

 

¿Te acuerdas cuando nos amarrábamos

con las manos vacías

dedos de lodo, hartas las uñas de venenos;

cuando caminábamos pensando

que cambiaríamos el mundo

y el mundo nos aplastó

como a pulgas sedientas de

hasta quince veces su propio peso;

y nos iluminamos los ojos

con diamantinas de colores,

bebimos del tártaro tarro de necesidades mentira

y lloraste abrazando mis pies en casa de mi madre,

y te metiste forzando la chapa

dejaste libros y regalos,

donde supuestamente el hambre

quince veces sentida,

se coaguló en un solo chiquifrasco?

Frasquito de corcho plástico

que aún guardo

en esa caja de madera morada

que no tiro

porque me hace acordarme,

de que finalmente,

forzaste la chapa?

 

¿Te acuerdas…

…de que bajo la noche del 21 de diciembre,

cuando jugaba a las hadas y bailaba junto al fuego,

sin nombre de tan primitivo,

y tú soñabas mujeres hindúes

se me rompió por primera vez

y como nunca

la noción de amarte?,

¿de cuando supe que tenía que jalarme del centro

el eclipse de mi vientre

y sumirlo a la noche

para no empantanar mi diáfana proyección de vida,

porque tus necedades

y dedos anaranjados,

por los cheetos torciditos,

me hicieron darme cuenta

de que las palomitas que arrojaste en el Oxxo

fueron todo tu ejemplo de vida y mundo

¡y qué cosa,

qué cosa,

de qué le ibas a llenar las pupilas y la cóclea

a los frutos mellizos

que se tragaban mi ombligo?

 

A veces yo sí me acuerdo,

cuando lavo tranquila los trapos

con que limpié las repisas

donde se duermen los libros

y les veo salir el cochambre a chorros

y pienso en el aire sobando mi nuca,

la sensación de estar tranquila,

la sensación de no merecer

los trapos limpios, la brisa.

 

Me acuerdo

del complicado compartimento

que instalaste en mi axis y sobrevive aún

cuando roto mi cabeza

para hacerme sentir que “amo”

pero sentipienso que no, pero sentipienso que sí,

y se me va llenando el cogote

de saliva seca y rasposa

se me nublan los puños,

sé que estoy llorando

y no sale ni una gota.

 

Transmuta la clepsidra en sus poros

perlas de agua en rabia

y quiero “odiar”

como consecuencia antípoda inexorable de ya “no amar”

y sentipienso que no, y sentipienso que sí

y doy cuenta de que planté mal la semilla,

el huevo de obsidiana,

pero con todo y eso

la luna llena me confesó su rizoma:

—Báñate en Hierba de San Juan,

no pienses en el amor/odio (así en redondas

porque son palabras atiborradas).

Llora y lo que nos pasó,

que ya no pase,

que ya no pese.

 

¿Te acuerdas de cuando me encontré

como alguien para mí,

después de que me arrojara por última vez

al abismo de creértelas todas

y decir que sí jugaba

para no quedarme sola,

como me habías orillado a pendular,

estando contigo

y sin mí?

¿Te acuerdas

de todos los yos

ausentes de mí que te inventaste

con quienes comparabas esencias

y jugabas a las armas biológicas

en territorias ajenas

y nos hacías extrañas la una para la otra,

desde adentro, quebrando tuercas,

fingiendo preguntas

aparentando verdades,

mientras cuerpas y nombres

pintaban tus confusiones en nuestras membranas

de amorcito 14 de febrero, basura de los mares,

tan inocentes como imbéciles?

¡cuando no!

el reflejo nuestro y roto,

sólo sabía dolernos la cabeza,

el orgullo, la nostalgia y la matriz
de llenarnos tanto de ti,

de tus miedos monstruosos

berrinches y ambivalencias;

y de ¿cómo pude enamorarme

y sentir que no traicionaba el caracol de la urna rosa

y quise como el perfume del floripondio besa lo oscuro

y tú pensaste que mi amora,

surgida de mi más honda cripta

y mi más grande promesa de amarme

era una ofrenda para ti?,

otra vez para ti, ¡todo para ti, todo para ti!

 

 

¿Y para mí?

 

Para mí la cicatriz

y el lixiviado

la circunvolución aplanada

el hocico mudo,

los mocos escurridos,

la dignidad tullida,

la confianza un nudo ciego

y la percepción molida.

 

Para mí eso,

nada más que

el bosque hojas de ceniza,

el madroño y su tronco flaco rotado,

el trabajo apenas germen de un sueño

y el sur un tímpano desahuciado.

 

Para mí,

que primero aprendí
cómo ser basura

desecho, lo pútrido…

 

Para mí

el ritmo percutido de mis huesos

en el hueco tuerto de canciones

y las arenas del desierto

como huestes en mis pestañas.

 

Por eso:

a mí,

el enjambre de moscas

vengan a mí,

que soy composta,

acurrucada lontananza de tierra fértil,

muralla de manzanas rojas;

tiento cientos de aluviones

y llego pronto a la pirámide

a mi olfato cercenado

a mi Amunet interna,

y soy:

destructora del crepúsculo aciago

aureola de Venus naciendo

párpado recogido

en la visión tremebunda

de mi propia altura y potencia…

 

Apoyo la escoba en la esquina de la casa.

Recién barrida la memoria

abro las ventanas y soplo el alféizar.

A mis alas le nacen palabras y floto,

en la pileta de mi libreta reposo el cansancio

de mi cuerpa lánguida necesitando hundirse:

La instinta me mantiene arraigada al aire,

y sentipienso que no, y sentipienso que sí.

Las letras me escupen a la cara que de todo esto,

lo que más culpa me da,

es el trago por propia voluntad

al jarrón de tu cianuro.

Trenzo los girones del lamento y me incendio coronada:

Con las manos vacías, los dedos de lodo, las uñas hartas de veneno

prospera mi obsidiana como pedregales luminosos en lo yerto

y yerma mi tierra de mí, frugal me leo:

 

Esto es lo que tengo:

 

Mi vida, un poema

mi boca, calcárea cueva

mi urdimbre, corazona de agua

mi casa, cuerpa que anda

mi sobra, isoyeta de mi aullido

mis sienes, inundadas de fusiles

mi pólvora, un batallón de fonemas

y tu bendita ausencia

que se abre

igual que la puerta

camino a mi libertad.


Autores
(Tlalpan, 1991). Poeta, slammer, sembradora agroecóloga, rapera, lingüista y politóloga. Es fundadora y miembra activa de la colectiva Hilanderas así como de la Colectiva Hipálage y el Centro de Permacultura, Política y Artes: Radicante. Ha publicado dos poemarias, Mi Rubik ed. Verso Destierro (2012), Recetas para vivir en el Incendio ed. Althaea Ediciones (2018) y la plaquette Cuartas editada por Vulva Ludens (2016). Aparece publicada en antologías de México, Chile y España, entre las más recientes colaboraciones se encuentra la de Novísimas vol. II ed. Los Libros del Perro (2022). Representanta a nivel nacional de la única liga feminista en México en el Circuito de Slam Poetry en 2017, ha sido becaria de las ediciones 2019 y 2020 del Máster de Escritura Creativa Under the Volcano en el grupo de poesía liderado por David Huerta. Asimismo cursó los seminarios impartidos por Francesca Gargallo "Estética Feminista de la Liberación" y "Feminismo Nuestroamericano". Desde 2010 ha sido alumna de Mari Cruz Patiño. Poemas suyos se han publicado en revistas impresas y digitales como Marabunta, Punto en Línea o Heterotopías, por mencionar algunas. Nataliamente, su último poemario, editado por Sáwa Biznaga Editoras, se encuentra en imprenta.