Tierra Adentro
Ilustración realizada por John Marceline
Ilustración realizada por John Marceline

Historias para dormir

Como parte de una familia —a ratos— católica, tuve una iniciación temprana en la narrativa bíblica. En esos primeros años, visitaba iglesias con mis padres los domingos, no para escuchar misa, sino para admirar la arquitectura y el arte barroco. Íbamos de pueblo en pueblo, buscando frontispicios que no habíamos visto antes.

Mi mamá me leyó la Biblia para niños, como me leyó las versiones infantiles de Las mil y una noches o de la Ilíada y la Odisea. Mi papá me platicaba de su investigación sobre el pasado de nuestra familia y sus huidas, acusados de herejes.

Luego, por algún tipo de compromiso con la tradición, me mandaron al catecismo. Al repetir preguntas y respuestas me aburría horrores. A mí lo que me gustaba era escuchar historias.

Ahora porque esas historias son algo viejo, desenredado y vuelto a enredar por el tiempo, quisiera re-encontrar en ellas un sentido de herejía, de malas lecturas.

Uno de los fragmentos que se grabó con fuerza en mi memoria fue la destrucción de Sodoma y Gomorra, condenadas por Dios a desaparecer bajo una lluvia de fuego para expiar sus pecados. Y, sobre todo, la advertencia que dieron los ángeles a la familia de Lot: tenían que irse antes de la catástrofe y no mirar atrás. La esposa de Lot desobedeció y al voltear para ver la destrucción de la ciudad, se transformó en la enigmática figura de la Estatua de Sal.

A pesar de que la transformación de la esposa de Lot en un pilar de sal es apenas una línea, yo no me la podía sacar de la cabeza. No sé qué pensé cuando era niña. Creo que me gustaba el misterio. ¿Por qué una estatua de sal y no otra cosa? Ahora, pienso que de no ser por la fuerza de esa imagen, el episodio se difuminaría entre la catástrofe de la destrucción de las ciudades. Además, como figura femenina, está convenientemente limitada por la acción de los otros personajes más relevantes para el Génesis: Lot y Abraham.

Años después descubrí que en la tradición judía la mujer sí tiene nombre: Edith. Nombrarla la vuelve más real. Es la mujer que desobedece antes de ser la mujer de Lot.

De ahí en adelante, la imagen se me aparecería recurrentemente, no en el texto original, sino en la fascinación literaria que la metamorfosis despierta. Que solo una línea resuma esta imagen en la Biblia, vuelve extremadamente productiva la imagen para la re-escritura. Los detalles se pueden reacomodar, reinterpretar de acuerdo a los intereses de cada quien. Así, la he visto reaparecer en cuentos de Leopoldo Lugones, en poemas de Olga Orozco, de Anna Andréyevna, en la escritura de Clarice Lispector, en el terror de María Fernanda Ampuero. Toda una tradición posterior sobre La Estatua de Sal que, aún petrificada, no deja de cambiar.

Mi obsesión se convirtió en necesidad literaria y desde entonces la imagen me acecha. Quisiera escribir mi propia versión. Varios intentos fallidos me llevaron a tratar de comprender mejor la fuente original, si es que hay manera de acceder a ella.

 

Malas lecturas

Me encuentro leyendo sobre los distintos métodos de acercamiento a los textos bíblicos. La exégesis bíblica tiene complejidades de lectura con las que no estoy familiarizada. Para Tarcisio Gaitán, por ejemplo, la lectura se divide en cuatro momentos básicos: fase preparatoria, lectura sincrónica, lectura diacrónica y lectura histórica (p. 146).

Tengo problemas desde la fase preparatoria, que inicia con la separación del lector y sus preconcepciones: debería dejar a un lado lo que espero encontrar y enfrentarme a lo que verdaderamente se lee ahí. Me parece difícil. ¿Cómo puedo evitar proyectar mis deseos en el pasaje? ¿Cómo buscar algo más allá de lo que quiero: un misterio, una metáfora, una mujer que desobedece?, ¿cómo obligarme a enfrentar un fragmento que me parece chocante por la ausencia del nombre de Edith? ¿Cómo ignorar la carga “inmoral” que recae sobre Sodoma y Gomorra? ¿Cómo perdonar lo que me ha herido y el tiempo que me separó de mí misma?

La otra parte de la preparación tiene que ver con el texto. Definir el fragmento en específico que va a estudiarse: Génesis 19:23-26. La cita es la siguiente:

El sol salía sobre la tierra cuando Lot entraba en Soar. Entonces Yahvéh hizo llover sobre Sodoma y sobre Gomorra azufre y fuego procedente de Yahvéh. Y arrasó aquellas ciudades, y toda la llanada con todos los habitantes de las ciudades y la vegetación del suelo. La mujer de Lot miró atrás y se convirtió en estatua de sal.

Preparar el texto implica identificar las traducciones que se tienen a la mano. La que cito es una traducción al español de La vulgata latina, hecha en 1884 por el Obispo de Astorga.

Gaitán sugiere, además, aventurar una traducción propia de los originales en hebreo, griego o latín (p.150). Sucede, entonces, que no puedo acceder a la fuente original, me limita el idioma. La Estatua de Sal se me convierte en una lectura imposible.

Para ir más atrás, la tradición oral de la que provienen las historias bíblicas es un ritual del que no puedo ser partícipe. Nunca podré experimentar el génesis del génesis. Apenas puedo imaginar las circunstancias en que se producía el intercambio del mito. Tal vez también eran cuentos nocturnos.

Después, están las decisiones que se tomaron hace años para hilar historias de distintas tradiciones y formar un texto único, fijo solo en apariencia. ¿Y si el original ni siquiera utiliza la palabra “sal”?

Las traducciones, además, no son solo de la tradición oral a la escrita, que ya exige múltiples cambios. También de tradición religiosa, después, la traducción del idioma original al latín y, en mi caso, al español. Las traducciones religiosas donde escribir implica dirigir la mirada del receptor a donde el dogma lo requiere. La historia de Edith se me aparece trampeada. Tengo pedazos, remanentes del proceso, del significado, y cada una de esas transformaciones es igual de valiosa que la anterior, e involucra una reinterpretación constante: de la estatua física a la historia espiritual, a la moralizante, hasta la tradición literaria que reinterpreta y re-escribe las posibilidades de la escena.

Las narradoras y los narradores que construyeron el Antiguo Testamento tomaron decisiones literarias, con una finalidad quizás persuasiva. A pesar de mis reservas frente a esa persuasión, qué inspirador debe ser poder presenciar un proceso creativo como ese. Y necesario. Hay que conocer la persuasión que se quiere desbaratar.

Gherard von Rad estudia, por ejemplo, el proceso en el que el ciclo de Sodoma fue hilvanado con el de Abraham. Ambos ciclos provenían de tradiciones diferentes, o al menos se contaban en lugares geográficos disímiles. Ubicar a Lot en Sodoma facilita la fusión de las historias.

No sé cómo era cada ciclo por separado, lo que tengo es esta lista de acciones: Abraham y Yavhé hablan sobre la destrucción de Sodoma, Abraham le recuerda a los hombres justos que no deberían morir en la ciudad, los ángeles visitan a Lot y le dan instrucciones para ponerse a salvo, Lot y su familia salen de Sodoma, pero Edith voltea, finalmente Abraham contempla desde lejos la devastación de la ciudad.

El autor que menciono celebra particularmente la decisión de crear tensión con el primer diálogo entre Abraham y Yavhé (p. 212). La prolepsis presenta por primera vez, y de manera sucinta, el conflicto con los pecados de Sodoma. Después, resalta la fuerza poética en la construcción de la historia: la estatua y el cierre circular del episodio, en el que Abraham contempla la destrucción de la ciudad, afianzando de esta manera la incorporación de los dos hilos de la trama.

En un atisbo del idioma original, me entero de que se utilizan distintas palabras para matizar las acciones de Edith y la de Abraham. “Mirando hacia atrás con anhelo”, como lo hace Edith es תבט, eṭ, que difiere del verbo utilizado con Abraham que simplemente “mira”: שקף, šāqap (Alvis, p.408). Ambos contemplan distintos momentos de la destrucción, y se posicionan de manera diferente frente al suceso. Los verbos separan la manera en que su agencia opera.

El primer descubrimiento es, entonces, la intencionalidad narrativa de la figura: Edith es una figura metonímica de la destrucción de Sodoma. La eficiencia poética del texto se manifiesta de esta manera. Más aún, revela un matiz del propósito del fragmento. No solo se ejemplariza el pecado de Sodoma, sino también la desobediencia particular de Edith, que pone de manifiesto que “ahí donde Dios interviene directamente, el ser humano no puede ser un espectador” (Von Rad, p.222), y mucho menos uno que mira con anhelo un lugar destruido.

 

Necedad

Son pocos los versículos que hablan sobre la transformación de Edith, pero está el contexto de la historia para considerarse. ¿Yo debería leer la Biblia entera para prepararme? Lo he intentado algunas veces, pero no logro comprometerme. Hay partes que me parecen increíblemente aburridas, precisamente donde la historia desaparece y empiezan las normas. Mi lectura parte de la poca disposición que tengo para seguir los pasos. Voy a tomar entonces los que me parezcan interesantes. Esta lectura está viciada, la advertencia queda.

Otra recomendación de Gaitán es buscar la prehistoria de los textos. Originalmente, en las historias orales del siglo III d.C., encontrar un lugar donde hubiera una estatua de sal era considerado una bendición. La sal, además, era un agente de purificación. Era parte importante de los sacrificios.

Antes de la carga simbólica otorgada, no obstante, la inspiración para la imagen de la estatua de sal es evidente. En el Monte Sodoma se ubica un pilar de sal, cuya formación física es más antigua que el vestigio de las tradiciones orales. La preparación podría empezar ahí, entonces, en el origen físico.

 

Monte Sodoma

El espacio geográfico en el que se han encontrado los vestigios de las históricas ciudades de Sodoma y Gomorra es una zona de minerales, especialmente de sal. Los minerales forman figuras caprichosas, la sal se amontona y se ondula, forma islas o esculturas, petrifica animales muertos que cayeron en las aguas y los arrastra a la orilla. La narración se adapta al lugar. Los pueblos hablan con imágenes que se transmiten de generación en generación, y en cada vida las estatuas de sal acompañan el paisaje diario.

Los mitos se alimentan de la cotidianeidad y explican las concepciones de la muerte y la permanencia en el imaginario que los acuña. Quizás, Edith adopta una forma de sal porque la sal es una metáfora de pertenencia, es la metonimia, la forma corpórea de un lugar.

El castigo se me hace también un deseo necesario: confundida con el lugar mismo, se quedó para convertirse en memoria.

 

Lluvia meteórica

La imposibilidad de lectura se extiende al plano físico de la existencia del pilar de sal. Encuentro a cada paso las maneras en las que voy salando mi exploración, pues no soy experta en ninguno de los temas que reviso. Soy una lectora necia, que tergiverso lo que encuentra para alimentar el propio mito que he construido de la estatua.

En Edith yo quiero ver rebeldía, entonces elimino todo lo que pueda indicar lo contrario. No estoy de acuerdo con que el episodio sirva como una advertencia de la ira de Dios.

Leo el artículo de Amos Frumkin: “Formation and dating of a salt pillar in Mount Sedom diapir, Israel”, y con mi vaga comprensión de procesos geológicos entiendo los datos siguientes:

• El pilar de sal físico que se relaciona con la historia bíblica está al sur del Mar muerto en el Monte Sodoma. El estudio comprueba que la referencia física es más antigua que la tradición escrita de la estatua de sal. Antes se creía que se había formado por la erosión de la lluvia (en el original meteoric groundwater), pero una nueva examinación encontró que un terremoto en el año 2050 a.C. causó que una caverna colapsara. Lo que quedó fue el pilar. La historia del pilar como remanente de una catástrofe empieza aquí.

• El propio fenómeno de su conservación no deja de tener algo de extraordinario. Los pilares de sal son rarísimos porque son extremadamente frágiles. Aquí sobrevive por la aridez característica de la zona. Sin esa dificultad para habitar un lugar, la sal no permanecería.

• Está formado en la parte alta de un diapiro o domo de sal.

• Está compuesto por: sal, anhidrita, dolomita, lutita, arenisca, arcilla, limolita.

• Tiene tres lados: si se observa del lado norte es más sencillo identificar su forma humana.

• Por el paso de los años, la altura del diapiro ha ido aumentando. Originalmente, debió haber estado al pie del Monte Sodoma.

• Todo lo que ahora se sabe del pilar es gracias a que los minerales mantienen la memoria del paso del tiempo y sus movimientos.

En medio de mi lectura viciada, identifico pistas que no están ahí. El artículo se refiere a meteoric groundwater y me imagino una lluvia meteórica, un proceso prehistórico, del que la lluvia de fuego sobre Sodoma puede hacer eco. Me imagino que del pilar se desprende la intuición de un proceso natural: todo el ciclo de Sodoma creado como una explicación a la figura del pilar. Si la estatua precedió al mito, no es difícil imaginarse a las viajeras contemplando a la mujer petrificada con la pregunta en los labios: ¿qué más resguarda la sal?

El artículo dice salt mirror como parte de la descripción de la zona geológica, y me imagino un lago de sal devolviendo la imagen de la mujer, reflejada en esa existencia otra dentro del agua densa. La  mujer mira involuntariamente hacia atrás, poniendo atención a lo que el espejo le devuelve de sí misma.

 

Dentro del cuerpo

En el Midrash, las acciones y motivaciones de Edith son más concretas. Sus faltas, sobre todo, se narran con detenimiento. Edith es de Sodoma y sigue las costumbres del lugar. Es un personaje mejor construido, más real. Y Sodoma entre muchas otras cosas, se describe como un lugar hostil con los visitantes. La riqueza de la zona ha hecho a los sodomitas avaros, ladrones, adúlteros, poco hospitalarios. Nadie en toda esa ciudad, sino Lot que es un extranjero, recibiría en su casa a los desconocidos que deambulan por Sodoma.

El primer crimen de Edith empieza con la sal. Cuando Lot decide aceptar a unos visitantes nocturnos, Edith les prepara comida sin sal, Lot se lo recrimina. Edith sale a pedir un poco de sal a los vecinos y así es como la ciudad entera sabe de la presencia de los desconocidos. Y porque esos desconocidos son ángeles las acciones de Edith son peores que las de Lot, quien entrega a sus hijas —porque no son ángeles sino mujeres— a la turba que llega a su casa buscando a los huéspedes.

Por eso más tarde, en medio de la huida, Edith vuelve la vista su ciudad, donde además se quedaron sus hijas mayores, y experimenta la shejiná. La presencia de Dios dentro de su cuerpo, cambiándole el cuerpo.

Lo que me regala el Midrash es la atención en la corporalidad. Si Edith es ante todo, una sodomita que antes de transformarse sintió a Dios morándole el cuerpo, se necesita muy poco para moldear la transgresión.

 

Sal de mesa

¿Cómo revivir a Edith? ¿Cómo hablaría una mujer que ha visto lo prohibido y que tal vez respira dentro de su prisión de sal?

¿Cómo encontrar la manera de escribir un recuento de recuerdos a base de cada lágrima o de cada compra de sal? Una vida entera en el trayecto de la casa a la tienda, a la despensa, a vivir día a día comiendo sal, sudando sal, viendo las estatuas más pequeñas, premoniciones de su futuro. Y una noche el cuerpo pesado, adolorido. Sobre todo eso: que la historia sea puro cuerpo. Unos ángeles le dicen que hay que desprenderse de casa y de los mismos caminos, de sus afectos inevitables, quizá algunos prohibidos, no despedirse, y encima de todo no mirar. No dejar testigo vivo del terror, no mirar, imaginar solo lo que sucede a las espaldas, entre los gritos y el calor. No mirar.

Tener un dolor en el cuello, unas ansias de voltear como manera única de aliviar la tensión. Un dolor penetrante, de vértebra en vértebra, un pellizco. Soltar las manos de sus hijas, olvidar las palabras escuchadas. Volverse cuerpo, cuerpo de curiosidad entera. Dejar de huir. Mirar atrás. Cómo contar ese cuerpo poseído, divino casi, ¿qué clase de éxtasis se combina con el dolor?

¿Y sería ese el final? O apenas la introducción, porque  Edith sigue mirando. Y sus sensaciones serán apenas un par de granos de sal desprendiéndose por un ventarrón cada cien años, y un escozor profundo, mitigado por la costumbre, pero terrible, un susurro de fuego.

Y que esa última memoria, petrificada con ella, no sea ni la muerte, ni los gritos, sino una calle, o un árbol, un salero preferido.

Un rostro o un momento. Unos ojos. Su cuerpo tocando otro.

 

 

Textos mencionados

Alvis, Jason W. (2019). “Anti-Event: A case for Incospiuosness in Religious Experience”. Theological Quarterly. Vol. 79, pp. 395-410.

Frumkin, Amos. (2009). “Formation and dating of a salt pillar in Mount Sedom diapir, Israel”. Geological Society of America Bulletin. Vol. 121, No. ½, pp. 286-293.

Gaitán Briceño, Tarcisio. (2006). “Métodos de interpretación de la Biblia”. Cuestiones Teológicas. Vol 33, No. 79, Medellín, pp. 141-169.

(2009) La Sagrada Biblia. (trad.) Félix Torres Amat. Panamericana, Colombia.

Von Rad, Gherard. (1972). Genesis: A Commentary. Revised edition. Westminster Press, Philadelphia.

Weissman, Moshe. (1980). El Midrash dice. El Libro de Bereshit. Bnei Sholem.


Autores
(Oaxaca, 1997) Escribe narrativa y poesía inspirada en su lugar de origen. En el 2019 fue parte del International Writing Program’s Women’s Creative Mentorship Project. Obtuvo el Master in Fine Arts in Spanish Creative Writing por la Universidad de Iowa, donde además fue parte del consejo editorial y luego jefa de redacción de la revista Iowa literaria. Ha publicado en las revistas Este País, Tierra Adentro y Armas y Letras. Actualmente dicta clases de literatura y español en Coe College.

Ilustrador
John Marceline
Rous, mejor conocida como John Marceline, es Diseñador gráfico por la Universidad de La Salle Bajío, aunque su verdadero amor es el dibujo, así que se ha dedicado a la ilustración de literatura infantil/juvenil, pero aún más grande resultó ser su amor por el cómic y la autoedición, actualmente prepara un par de libros de narrativa gráfica que espera lleguen a buen puerto para cerrar ciclos y empezar nuevos. Estudió el diplomado en Ilustración en la Academia de San Carlos en 2014, ha sido becaria de Jóvenes creadores 2016-2017 y tiene un proyecto de revista llamado Fabuloso Darks junto con Lucía Ayala, ha participado como ponente en varios eventos de narrativa gráfica mexicana, una fantasía que la hubiera hecho muy feliz en la infancia si un viajero en el tiempo se lo hubiera revelado.
Ilustración realizada por Pamela Medina
Ilustración realizada por Pamela Medina

Debajo de la nuca, Diane, llevo tatuado ese sueño tuyo, muchos años después de que tú lo proyectaras en tu cabeza. Quiero decir ese sueño como si fuera el mío y el de muchas otras personas: correr rumbo al incendio sin saber si vamos a salvarnos y, en cambio, decidir salvar el fuego, como decía ese poema de Cocteau. Un ojo abrasado por las llamas: el ojo que todo lo ve, y que está listo para inmolarse después de haberlo visto todo, registrado todo, sentido todo; por eso sueño que tú y yo tenemos algo en común. El ojo que se incendia después de ver a la cara la verdad del mundo. Y aún así sobrevive.

Los únicos monstruos que nunca podremos ver realmente a la cara o revelar en el cuarto oscuro, Diane, son los de la belleza y el horror. Su hocico, humedecido por el hambre, está bufando siempre detrás nuestro; no nos alcanza nunca, nos persigue hasta cansarnos. Ahí es justamente donde estamos paradas: tú con la lente abierta, lista para capturar el ángulo más prolijo de entre lo oscuro; yo, con esa ansia por decir todo lo que no sé cómo se dice o por dónde se le llama. Una mierda, por donde lo veas: lo importante dentro de esta cosa insufrible y detestable que es el arte no es a dónde queremos llegar, sino qué encontramos en el camino. Hace poco leí que Roland Barthes hablaba de la fotografía como algo mucho más poderoso: el acto de disparar el obturador no sólo registra, sino que tiene el poder de hacer que cualquier cosa regrese de la muerte.

Este, evidentemente, es un regreso de la muerte. Pero también es una carta de amor.

 

*

Dentro de las matemáticas y el estudio de la simetría existe el concepto de monstruo: se trata de figuras que pueden habitar simultáneamente en 196,883 dimensiones y se componen de 8×1053 elementos simétricos, una cifra que mi pensamiento no es capaz de alcanzar. Estas formas, fuera del canon matemático (y cuyo descubrimiento les aseguró el Abel Prize a John Griggs Thompson y Jacques Tits) parecen no venir de ninguna parte y, a la vez, existir en miles de lugares a la vez. Nada de esto tiene sentido, si uno lo piensa bien, pero al mismo tiempo, es lo más sensato que podemos imaginar. Pienso en esa antítesis mientras, frente a mí, dejo que ocupe la pantalla A couple kissing on stage (1963), una fotografía que puede parecer asimétrica, fuera de foco, donde Diane Arbus (1923-1971) retrata la puesta en escena de una pareja. Se trata del beso estadounidense por excelencia, la clásica pose del marinero que dobla el cuerpo de su amada para fundirla entre sus brazos. La oscuridad del escenario contrasta con una lámpara de piso, que apenas ilumina sus siluetas. Entonces siento que esa pareja de enamorados que aparecen en la fotografía existe en muchos lados: ha existido en mí y en los otros por lo menos alguna vez, con sus negros y sus blancos.

Existió cuando alguien nos dijo, Diane, que en el amor no cabían los grises: que era el todo por la nada y que, si no éramos capaces de hacerlo, estábamos destinadas a fracasar. Que debíamos amar como aquellos monstruos matemáticos: estar en todas partes y en ninguna a la vez. Los claroscuros en la fotografía son, a su manera, una forma abstracta de existencia. El amor es un monstruo que devora lo que toca, una maravilla en la que no siempre basta una lámpara al fondo del set.

La sombra de la pareja se proyecta a la derecha del escenario, justo al lado del póster donde ambos se miran, con esa falsa complicidad de las comedias románticas: un fantasma que nos acecha, aún en la podredumbre. El problema es que nos creímos esa historia de que sólo lo limpio es digno de ser amado, ¿no es esto una suerte de monstruo? ¿No nos aturde que exista algo que nos conmueva a la vez que nos atemorice tanto? Basándome en la teoría de Griggs Thompson y Tits, pienso que el amor y los monstruos están destinados a sacudir, a existir en miles de lugares a la vez, lo que quiere decir que nunca sabremos del todo dónde están realmente.

El amor, ese que creemos posible, es sólo una puesta en escena con claroscuros: uno decide si creer en la sombra que todo lo cubre o en la pequeña luz que se filtra en una esquina. ¿Es así, Diane? Creo que tú tampoco lo sabrías. El mundo está tan lleno de matices que, al final de cuentas, uno retrata lo que quiere ver, no lo que realmente es.

 

*

Una de las imágenes más poderosas que he conseguido de Arbus no está en sus fotografías, sino en el relato de uno de sus sueños. En una entrada de su diario, fechada en 1959, Diane comienza relatando la imagen de un enorme hotel, blanquísimo por todos lados. En el hotel, sin embargo, hay un enorme incendio que carcome todo el edificio. Imagino que es uno de esos hoteles lujosos, con una gran escalera al fondo. El fuego es tan manso, que permite a los huéspedes entrar y salir libremente por sus cosas, al menos eso pienso cuando leo la anotación. Arbus rechista: ante la magnificencia del edificio, es incapaz de ver las llamas que están alrededor de ella. Todo se vuelve confuso, como siempre sucede en los sueños. Lo que sí logra ver son pequeños hilos de humo, sobre todo aquellos que parecen colgar de cualquier objeto de luz que encuentra a su paso, una escena que ella misma describe como terriblemente hermosa. Su primer impulso es fotografiar el incendio lo más rápido que pueda; un parpadeo, y la escena quedará perdida para siempre (esa necedad que tenemos quienes apostamos la vida por las imágenes, como si de ellas no fuera a quedar nada; como si algo dentro de nosotros nos repitiera, en forma de reclamo, que la virtud del instante debe mantenerse viva; a toda costa, sabemos que no es así, que no nacimos para reproducir instantes: los recreamos, a veces de la forma más burda que podemos). Arbus corre a su cuarto, pues sabe que hay algo que debe salvar del fuego, pero no recuerda qué es. No lo supo nunca, intuyo, porque cuando ese objeto aparece, unx simplemente deja de soñar.

Decidí hacer esta carta, Diane, muchos años después del día del incendio, años que pueden ser días o meses, lo mismo da: escribirte como si ambas estuviéramos huyendo de algo. Lo sabes: en la vida de cada unx siempre hay un momento donde todo arde, pero al mismo tiempo, lo envuelve todo con su luz. Ese es el día que aprendemos a quebrarnos. El arte, ese insufrible pedazo de nada, no es más que un puñado de probabilidades echadas a la lumbre: “nada en el mundo será como nos dijeron que era”, leo en tus diarios y entiendo que esa cosa de la fotografía no es más que el sueño de registrarlo todo como tus ojos quisieran que fuera.

En los sueños, unx nunca sabe qué está buscando ni cuándo o cómo irá a encontrarlo. Así como en el amor: enfocamos lo mejor que podemos, sin preocuparnos por las llamas que suben alrededor de nuestros brazos. Quemarnos, pero hacerlo por amor. Hay algo de eso en A couple at a dance (1960), donde el obturador se dilata y se contrae al tiempo que una pareja baila: ella cierra los ojos mientras él mira a un punto fijo en el horizonte. Todo lo demás es oscuro: ellos son el único destello en mitad de una habitación llena de sombras. Pienso en Slow dancing in a burning room, donde John Mayer canta sobre el dolor de la traición de su amada. Estamos bailando despacio en medio de una habitación en llamas, le dice, y entonces es posible reconocerse en la letra, porque lo que ilumina nuestros cuerpos, la piel de quien amamos, no siempre está bañada por el destello del optimismo, sino cubierta por esa llama que aguarda lista para arrasar con todo: entre lo inocuo y lo ríspido hay, apenas, dos centímetros de distancia, esos mismos que separan a la pareja que baila en la fotografía.  Miramos a la luz, sin reconocer la quemazón que nos consume hasta derretir la piel. Entonces, el amor y el horror se convierten en belleza, en esa imagen que es digna de ser retratada, y alguien es capaz de abrir los ojos para advertir el peligro, y alguien más de cerrarlos, ese simple acto de confianza en el otrx que nos recuerda que el fuego no es nada si no tenemos a alguien que nos salve de su furia. Eso es la belleza. Te lo digo yo, Diane, que me incendié una vez y podría hacerlo otras siete si fuera necesario.

 

*

 

¿Para esto hablo de ciencia y simetría, si no se va a llegar a ningún lado? La exactitud de las ciencias es también ominosa, y difícil de entender. Una vez leí que una circunferencia está compuesta por miles y millones de pequeñas rectas, tan insignificantes que son imposibles de detectar a simple vista. No sé si algo de esto sea real; evito buscarlo en Google para quitarme la ilusión. Siempre quise ser científica y meterme a un laboratorio a diseccionar toda clase de cosas. El problema es que nunca fui lo suficientemente inteligente, testaruda o enamorada de la ciencia como para hacerlo. Preferí soñar con ella y aprender a sacarle el lado fantástico de entre sus recovecos. Hay, en otra dimensión, una figura hecha a mi simetría, donde visto bata blanca, me gusta la música techno y nunca tuve la necesidad de incendiarme por amor. ¿Cuál es tu figura simétrica favorita, Diane?

 

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Escribo esta carta intentando que llegue a algún lado. Comienzo: querida Diane. Tú no me conoces ni yo a ti. Ni siquiera nos habría gustado conocernos. Pero sé de incendios lo mismo que tú sabes de fotografía, es decir: lo sé todo, porque cuando uno está al borde del precipicio debe aprender a quemar lo que le queda y saltar; saltar al vacío como lo hicieron aquellas personas, que no conociste, y que saltaron del World Trade Center cuando un avión lo partió por la mitad y convirtió en llamas dos edificios enteros. Las llamaban Torres Gemelas y se parecían, a su manera, a ese retrato que hiciste de las niñas con las pupilas henchidas de una tranquilidad que da miedo; la misma que ahora está en el comedor de alguien a quien conozco lo suficiente para saber que detesta que las marcas del vaso se queden sobre la mesa o que un extraño pise su casa con zapatos. Te hubiera gustado vivir ese 11 de septiembre: Muerte o muerte, reza una de las crónicas de ese día. Yo no lo recuerdo mucho, pero sé que alguna vez fui una de esas torres, perforadas y echadas a la lumbre, sin posibilidad de redención al mundo. ¿No lo hemos sido acaso, todas las mujeres: penetradas, vituperadas, incineradas hasta el tuétano? El incendio no es lo que atormenta en tu sueños o el mío o en las vidas de la gente consumida en esas torres. Lo sé, de nuevo, porque todavía siento cuando alguien me dice que estoy quemándome viva, que no voy a sobrevivir. Que lo común es correr del incendio y buscar ayuda.

Pero yo, como tú, también busco la anomalía, lo que no está escrito en el guión. La memoria de los sueños es una cosa muy rara, ¿sabías que su recuerdo se va extinguiendo de forma violenta conforme pasan los segundos? Alguien dice que tenemos hasta quince para rebobinar todo lo que hemos soñado; de otra forma, está perdido para siempre. Una especie de desgaste, que nos imposibilita desguazar lo que apenas hace un santiamén vimos con toda la claridad. Lo anómalo, Diane, es recordar los sueños, quedarse mirando el fuego sin moverse. Por eso, imagino, había gente que saltaba de la Torre Norte en el atentado del 11 de septiembre. Ver el fuego de frente no significa siempre que lo tengamos domesticado. Todos los fuegos que nos tocan terminan por volverse nuestros: por eso, en ese sueño, corres a buscar tu cámara y miras atónita los cupidos tallados en las columnas, eso que el humo negro aún no ha hecho suyo. El único resquicio de la belleza impoluta. Eso existe detrás de cada fotografía. Es sólo un truco: engañar al espectador, hacerle creer que está parado frente a algo grotesco, cuando simplemente su belleza existe en otro orden.

El horror, lo sabes bien, no está en lo que vemos con los ojos, sino en lo que vive dentro de nosotros. ¿Serías capaz de saltar por la ventana si un avión atravesara por la mitad el gran hotel que describías en tu sueño? ¿O qué tendría yo qué decirte aquí? Somos la grieta pacífica, esa que ilumina aquello donde pareciera que no hay más que ver. Detrás de esa grieta está todo lo que vale la pena en este mundo: el horror y la belleza. Juntos, Diane, forman una masa amorfa, que a veces llamamos amor. Por la naturaleza, por la cara de un perro echado a nuestros pies, por las manos de un hombre que tocan las nuestras bajo una luz roja; es simple reconocerlo, porque aún no entendemos cómo domesticarlo.

Diane, lo único que podremos salvar del incendio es esa forma extraña del fuego que está hecha para descascararse en cada llamarada. No hay nada más anómalo y más monstruoso en el mundo que el amor.

*

La ciencia tiene todo que ver con nosotras. Quien estudia la simetría busca demostrar que una figura puede girar, colocarse de nuevo en el mismo sitio y saber que encaja de forma idónea en su propio molde. Aspirar a la perfección es una virtud sólo soportable en las figuras abstractas, que no están dentro de nosotros. La simetría humana es inalcanzable, por eso la perseguimos con tanto fervor. Disfrazamos de lentejuelas el cuerpo para esconder nuestra “figura” o crear una falsa. Nos delineamos los ojos esperando que se vean más redondos. Nos alisamos las cejas, cortamos nuestras uñas, taladramos aquellas narices que no han sido dignas de las revistas. Y a pesar de toda la mierda y la eterna palabrería de panfleto, nada cambia, Diane. Seguimos siendo asimétricas, una estirpe de monstruos que esperan un milagro de la matemática.

 

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Antes que violencia, el incendio es luz. Abrasa con él las cosas que están a su paso, pero también ilumina aquellas que no hemos querido ver antes. Los incendios  nos recuerdan la existencia de las cosas que ya no recordábamos que teníamos. Ser fotografiado es, en esencia, dejarse incendiar. La lente, ese aparato maquiavélico y transparente se encarga de mostrar al mundo la belleza, pero también la naturaleza hórrida de nuestros seres: poros abiertos, ojos que se desenfocan, sonrisas desencajadas. Usar el flashazo como guía y no como hoguera es algo que debió aprender Arbus en aquel tiempo.

En 1971 se le ocurrió retratar a la escritora y activista Germaine Greer, mientras la bombardeaba con todo tipo de preguntas. “Noté que sólo presionaba el obturador cuando veía tensión o preocupación o aburrimiento o desconcierto”, contó Greer después. Al terminar la sesión, no había una sola fotografía que hiciera lucir su perfil afilado y elegante. Lo que Diane logró fue todavía mejor: se centró en capturar su rostro re-figurado. La risa, la rabia, el pasmo: todo eso está en la serie fotográfica. En una, por ejemplo, Greer sonríe, con los ojos descolocados, mirando hacia ninguna parte y, a la vez, hacia todas ellas: esa monstruosidad, capaz de navegar a la superficie sin importar qué, es justo la dualidad que a Arbus le interesaba revelar. No es casualidad que rechacemos las fotografías que más deforman nuestro rostro y lo acercan más a la asimetría. Abrazarlo nunca ha sido nuestra opción: somos esos insoportables devotos de la ciencia exacta, así nos enseñaron desde niños.

 

*

“Veo lo divino en las cosas cotidianas”, dice Diane; una frase que bien podría vivir en un poster motivacional sobre la cabeza de un director de arte que cree que salvará al mundo. No es sólo eso, Diane: lo divino es visible a los ojos de todos; tan visible que se ha vuelto completamente ordinario. Aburrido, podríamos decir. ¿Cuántas cosas realmente anómalas nos quedan por fotografiar en este mundo? En su Ley de los números realmente grandes, el matemático John Littlewood analiza la frecuencia con la que, se supone, debería ocurrir un milagro. Con esto en mente, parte del precepto del evento sobrenatural, al que designa como un suceso que se produce con una ocurrencia de uno en un millón. Tomando en cuenta la ley que propone Littlewood, si alguien como Arbus registra un evento por cada segundo de los que permanece despierta mientras vive, existe una probabilidad de que un milagro ocurra, en esa ya ineludible cotidianidad, con una frecuencia de 35 días. Los milagros, entonces, están hechos para repetirse cotidianamente. Los milagros ya no son milagros ni ante Dios, ni ante la cámara, ni ante nuestras incredulidades.

No es, Diane, que una fractura en la matrix te haya empujado a ver más allá de lo que tus sentidos podían alcanzar. El monstruo no es un milagro ni es una divinidad. Se trata de algo mucho más grande: la voluntad de permanecer impávida frente a la anomalía y de registrarla para mantenerla viva. Fotografías en las que todos hubiéramos decidido huir y en las que tú, sin embargo, te quedaste. Decir adiós al escalofrío y hacer el tendido frente a eso que acongoja. Hacerle frente al precipicio, Diane: es eso lo que te separa de los burócratas y los expertos en simetría.

 

*

No puede haber amor sin fotografía, pero tampoco puede haber fotografía sin amor, ya lo dice Roland Barthes en su Cámara lúcida. Para fotografiar algo es necesario estar dispuesto a transformarse, pero también a transformar su imagen a nuestros ojos —y, por supuesto, a los del espectador—. La de mirar y ser mirado es una dicotomía casi imposible de separar de ambos artes, si podemos llamarlos así: si una de estas partes falta en la ecuación, el amor y la fotografía se vuelven improbables, ficticias. En la lente de Arbus, en su forma de retratar la vida cotidiana, existe una declaración de ternura que no podemos sacarnos de la piel: somos quienes miran, compasivos; quienes asisten al espectáculo del amor.

Miro Couple on bed under a paper lantern (Nueva York, 1966): el retrato de un cuarto desprolijo, con las paredes agrietadas por la humedad. Las cortinas corridas dan la impresión de que no les importa ser vistos mientras cogen: sus cuerpos, todavía brillantes por el sudor y la juventud, refulgen entre las cobijas. El verdadero acto del amor sucede en la mano de él, que toma a la mujer de la cabeza y se apresura a besarla. No hay forma de vida que suceda allá afuera, no existe cámara, no existe ventanal abierto, no hay ninguna Diane Arbus que interceda en el deseo. Ser amado y amar con la misma convicción es casi lo mismo que ser fotografiado: uno se vuelve vulnerable, capaz de abrirlo todo. Que los vecinos o la cámara los vean desnudos da lo mismo: amar es un acto voyeurista y fuera de serie. Igual que en una fotografía, quienes se aman están dispuestos a restructurar su posición frente al mundo: te miro, luego soy miradx.

 

*

“El amor implica una peculiar e insondable combinación de comprensión y malentendidos”, dice la misma Diane: es ahí donde nos volvemos lo que realmente somos, en el fondo, esos monstruos esperado para ser despertados. El amor es transfiguración, un acto antinatural dada nuestra naturaleza salvaje. El instinto de reproducción es lo que nos vuelve animales; el amor, en cambio, es capaz de deformarnos hasta no reconocer nuestro rostro.

 

*

Aprendí lo que sé de fotografía (que es bastante poco, a decir verdad) por amor, que es, como lo habré dicho antes (si no borré una a una esas palabras) la conjunción de la belleza y el horror. Así lo he repetido desde hace algún tiempo; por eso, las fotografías de Arbus siempre me han llenado de una ternura peculiar.

Cuando era niña, papá me enseñó que los perros huelen el miedo, por eso no volví a mostrar nunca temor hacia ellos. Aprendí a domesticarlos, Diane, como también lo hice con mi concepción de la belleza: vi a las bestias volverse mansas, entendí que hincar los colmillos es un puro acto de supervivencia, de evitar el peligro allá afuera. “Nunca he sido la que presiona el obturador”, dice Arbus en una de sus postales a Marvin Israel, “(…) la imagen misma lo hace. Y yo termino siempre destruida”. ¿No es este el acto de amor más significativo? Uno no decide cuándo es el mejor momento para enamorarse, así como uno nunca sabe cuál es el mejor momento para obtener el encuadre ideal.

Las mejores fotografías no son siempre las mejor orquestadas: esa sinceridad de lo espontáneo, de la resistencia a la artificialidad debe ser una de las mejores formas de retratar a alguien. Igual que la imagen y el amor, el monstruo no es más que una metáfora de la belleza; basta encontrar esa vuelta de tuerca donde conviven en armonía.


Autores
(Chihuahua, 1992) es escritora. Obtuvo el Premio Nacional de Cuento Joven Comala 2016 y el Premio Chihuahua de Literatura 2013 por El confeccionador de deseos.

Ilustrador
Pamela Medina
(CDMX, 1994) Demostrando una gran pasión por la fotografía desde pequeña, he participado en la creación de material artístico y audiovisual como directora en videos musicales y como fotógrafa. También he retratado a diferentes artistas, bailarines, pintores, escultores, músicos, deportistas y diseñadores, así como la naturaleza y sus diferentes expresiones. Como parte del proceso creativo, me inspiro en la ciencia, el Universo, la consciencia, el cosmos, la espiritualidad, en la belleza del tiempo como una ilusión en un flujo constante y en la experiencia subjetiva del presente. Intento transmitir estos conceptos en imágenes, invitando a reflexionar sobre cada instante que vivimos y el constante cambio al que nuestra realidad y nosotros nos vemos expuestos; y a admirar la belleza del momento que nunca regresará. Con estudios sobre comunicación, fotografía, marketing y administración, he logrado llevar un exitoso emprendimiento.
"Machina sapiens". Rhetosn, 2022. Imagen de dominio público.
“Machina sapiens”. Rhetosn, 2022. Imagen de dominio público.

A comienzos de febrero una noticia recorrió mis redes sociales: el Colegio Médico Colombiano hizo una publicación en la que se proponía investigar el uso de los cuerpos de mujeres con muerte cerebral para gestar bebés para las familias que no pudieran embarazarse. La publicación ya ha desaparecido de la página, pero los artículos de opinión no se hicieron esperar. Leyendo con cuidado, encontré que la idea en realidad es de una investigadora en la Universidad de Oslo, Anna Smajdor, quien plantea el uso tanto de cuerpos de mujeres como de hombres, mientras se haya dado un permiso previo. Incluso sabiendo estos detalles, es imposible leer la noticia y no pensar que es algo salido de una novela distópica, donde los cuerpos humanos le pertenecen al Estado para gestar a la siguiente generación. Pero, cuando aparecen este tipo de noticias y decimos que el presente es cada día más distópico, ¿exactamente a qué nos referimos?

La palabra distopía aparece como una reacción a la idea de la utopía, un proyecto político de mundo perfecto, en el que las deficiencias humanas han desaparecido y se ha alcanzado un bien común pleno. La palabra fue acuñada por Tomás Moro, que quería describir una sociedad ideal, pero inexistente. Así pues, la distopía presenta los peores escenarios posibles, a partir de la extrapolación de las realidades sociopolíticas del momento y, por eso, muchas veces se pueden leer como advertencias.

En la literatura, las más famosas son Brave New World (1932) de Aldous Huxley, 1984 (1949) de George Orwell y Farenheit 451 (1953) de Ray Bradbury. Asimismo, en los últimos años, debido a la situación política y a la filmación de una serie de televisión, también ha ganado notoriedad El cuento de la criada (1985) de Margaret Atwood. Sin embargo, aunque ésta última es sin duda la más conocida, no es la única escrita por mujeres. De hecho, en la última década el género ha explotado con narraciones, tanto para adultos como para jóvenes, de escritoras de todo el mundo. Conforme fui descubriendo nuevos libros, me comencé a preguntar si habría una diferencia entre las pesadillas del futuro que conjuramos nosotras y las de los hombres, si hay algo fundamental que las distingue.

Antes de atreverme a contestar, me gustaría hacer un recorrido por la historia del género, primero en términos generales y después desde el punto de vista de las escritoras. En primer lugar, es importante para este viaje recordar que las preocupaciones que se presentan en la ficción siempre están muy unidas al presente en el que se escribió la obra. De la misma forma que Orwell estaba respondiendo a los gobiernos totalitarios y fascistas de la Segunda Guerra Mundial, escritores del cyberpunk, como William Gibson con Neuromante (1984) o Neal Stephenson en Snow Crash (1992), estaban reaccionando a su presente cuando escribieron futuros dominados por grandes transnacionales donde el ser humano vive a través de la tecnología. De igual manera, las distopías ecológicas de J.G. Ballard como El mundo sumergido (1962) están reaccionando a las primeras investigaciones del cambio climático. Libros como este también son un ejemplo de que, como siempre, las novelas no sólo pertenecen a un género: este libro de Ballard es una distopía, pero también es el libro que inaugura el género de la ficción climática (cli-fi).

En el caso de las distopías escritas por mujeres, la primera que se conoce es El último hombre en la tierra (1826) de la madre de la ciencia ficción, Mary Shelly, en la que imagina un futuro a mediados del siglo XXI, donde una pandemia ha devastado a la humanidad. Asimismo, antes de que se escribieran las obras más famosas del género, algunas otras mujeres publicaron sus propias novelas como La república del futuro (1887) de Anna Bowman Dodd y Swastika night (1937) de Katharine Burdekin, que fue escrita una década antes que 1984, pero con la que comparte muchas similitudes. Finalmente, también podemos contar como distopía la obra de Ayn Rand como La rebelión de Atlas (1957), que narra una sociedad estadounidense dividida en dos clases donde los negocios privados sufren por la regulación del gobierno. Dicho esto, podemos notar que de alguna forma estas primeras distopías son parecidas a las de los hombres: ponen a prueba diversos sistemas políticos para pensar en sus consecuencias y fungir como advertencias.

Después, hacia la segunda mitad del siglo XX, comenzaron a aparecer alguna de las autoras más emblemáticas de la ciencia ficción y muchas de ellas también escribieron distopías. Este periodo coincide con el apogeo de la ciencia ficción feminista, por lo que muchas historias conciernen el lugar de la mujer en la sociedad y los roles de género. Así, Ursula K. Le Guin escribió el libro La mano izquierda de la oscuridad (1969), que se lleva a cabo en un planeta poblado por seres cuyo género no está fijo, y Los desposeídos: una utopía ambigua (1974), que intenta imaginar cómo sería una sociedad anarquista; sin embargo, su distopía más conocida es un cuento: “Los que se alejan de Omelas” (1973). Por otro lado, de James Tiptree Jr., seudónimo de Alice Bradley, está la nouvelle The Girl Who Was Plugged In (1973) que sucede en un futuro distópico ultracapitalista donde las celebridades se dedican a tratar de venderle productos a la ciudadanía después de que se prohíbe la publicidad. Otras obras importantes desde la ciencia ficción feminista fueron Mujer al borde del tiempo (1976) de Marge Piercy que se inspiró en las ideas de la República de Platón o El hombre hembra (1975) de Joanna Russ, donde uno de los mundos paralelos es uno donde sólo existen mujeres.

El siguiente apogeo de las distopías llegó en la década de los noventa. El cuento de la criada aparece en 1985 y su influencia puede verse en novelas posteriores como Los hijos del hombre (1992) de P. D. James. Además, como una reacción al cambio climático, aparece la serie de las Parábolas de Octavia Butler, la cual comienza con La Parábola del Sembrador (1993). En ella se narra la historia de una mujer que puede sentir el dolor de otras personas en un mundo destruido por el cambio climático. Como consecuencia, la protagonista, a lo largo del libro, fundará Earthseed, una nueva religión que proclama que la raza humana está destinada a viajar a otros planetas.

En 1993 se publica El dador de Lois Lowry, la primera distopía para jóvenes. En las siguientes décadas y a partir del éxito de otros libros juveniles como Harry Potter (1997) o Crepúsculo (2005), el género explota y es dominado por las escritoras. Podemos destacar títulos muy conocidos como Los juegos del hambre (2008) de Suzanne Collins, Divergente (2011) de Veronica Roth o Delirium (2011) de Lauren Oliver. Algo que comparten todas estas historias, es que a diferencia de las distopías adultas donde es difícil escapar del sistema que se plantea, en la literatura juvenil las protagonistas obtienen la posición y herramientas para encarar y desmantelar la sociedad distópica de la que son parte.

Hasta ahora, este recuento mira mucho hacia la literatura anglosajona, pero ésta no es la única tradición que ha escrito distopías. Por ejemplo, en Japón encontramos La policía de la memoria (1994) de Yoko Ogawa, El emisario (2014) de Yoko Tawada o Satsujin shussan (Asesinatos por nacimiento)(2014) de Sayaka Murata. El primero habla de una sociedad represiva donde las personas están olvidando el nombre de las cosas; el segundo es una reacción a los desastres medioambientales del país y plantea una sociedad donde los ancianos viven mucho tiempo, pero los niños nacen enfermos; y el último presenta una sociedad donde una persona que ha dado a luz a diez bebés tiene derecho a asesinar a otra persona. Por otro lado, en Corea, un libro con tintes de horror y paranoia que también se puede leer en esta clave es Cenizas y rojo (2010) de Hye-young Pyun, que narra la historia de un exterminador de ratas que viaja al país C, un país que sufre de una plaga.

En África la distopía más conocida es Quien teme a la muerte (2010), la primera novela de la nigeriana Nendi Okorafor, y por la que ganó el World Fantasy Award y fue nominada a un premio Nébula. En ella se presenta una sociedad postapocalíptica en Sudán donde se repiten y extreman muchos de los patrones de opresión dependiendo del color de piel. Por otra parte, no es de extrañar, dada la situación del continente africano, que en los últimos años sus distopías reaccionen directamente al cambio climático. Algunos ejemplos son Afterland (2020) de la sudafricana Lauren Beukes, que se lleva a cabo en un futuro donde una pandemia ha matado a todos los hombres, o How Beautiful We Were (2020) de la escritora de Camerún, Imbolo Mbue, que narra la historia de una revolución que comienza en un pueblo ficcional en África que ha sido devastado ecológicamente por una compañía petrolera de Estados Unidos.

Para elegir algunas en nuestro idioma me gustaría mencionar Cadáver exquisito (2017) de Agustina Bazterrica, donde el canibalismo es una estrategia para balancear la sobrepoblación y la falta de alimentos; Las constelaciones oscuras (2015) de Pola Oloixarac, que plantea un futuro en el que el control de datos llega hasta el ADN; y Mugre rosa (2020) de Fernanda Trías, donde un desastre medioambiental en Uruguay trae consigo una enfermedad mortal para los seres humanos. Sobre todo, es interesante comparar este último con las distopías climáticas de Ballard, puesto que en la novela de Trías son más importantes las pequeñas relaciones humanas que rodean a la protagonista que la exploración del escenario catastrófico.

Esta diferencia es una de las primeras cosas que me llamó la atención cuando comencé a pensar en las distopías escritas por mujeres. Aunque no me atrevería a concluir nada tajante y siempre puede haber excepciones, creo que algo particular de los libros de escritoras es que se apoyan mucho en la comunidad y las relaciones humanas en medio de la catástrofe. La exploración del escenario y la supervivencia o no de un individuo parecen menos importantes y en su lugar los libros se vuelcan hacia la creación de comunidades para la supervivencia. Esto se ve también en libros como Station Eleven (2014) de Emily St. John Mandel o Our Missing Hearts (2022) de Celeste Ng.

Otra diferencia importante de las distopías de mujeres, que se ha visto exaltada sobre todo tras la presidencia de Trump, es el aumento del conservadurismo estadounidense con respecto a los derechos reproductivos. Esto se puede ver en libros como Before She Sleeps (2018) de la pakistaní Bina Shah, The power (2016) de Naomi Alderman y Red Clocks (2018) de Leni Zumas. A diferencia de distopías más clásicas, donde muchas veces los hombres y mujeres son tratados igual de mal por los gobiernos, las distopías escritas por mujeres están muy conscientes de que el Estado siempre intenta regular el cuerpo de sus habitantes y, por eso, el lugar de la mujer se vuelve también un tema central.

Pero estas diferencias temáticas no son lo único en lo que pienso cuando me piden que escriba sobre la perspectiva de las escritoras en un género en particular. Pienso también que el punto de vista desde donde escribimos sí cambia lo que se escribe, a lo que se le da importancia. Esta idea me remite siempre al ensayo de Le Guin “La teoría de la bolsa de transporte de la ficción”. En él, la autora trata de pensar cuál sería la diferencia en la historia que narramos si se considera a la bolsa en vez del arma como la primera tecnología humana. Le Guin escribe desde un margen de la sociedad, ya como una anciana que se pregunta cuál es la importancia de su punto de vista. De igual forma, las mujeres que escriben distopías lo hacen desde sus propios márgenes. Están reaccionando a un presente que fuera de la ficción es de por sí violento y hostil, donde su agencia está siempre en peligro, son seres humanos de segunda y mueren todos los días por sólo existir.

Con tal presente, no es de extrañar que, actualmente, las escritoras, más que los escritores, de todo el mundo están pensando al respecto del lugar que ocupa el cuerpo en la política y los efectos del cambio climático, por lo que sus obras presentan realidades donde escapar de la desigualdad de género y el control del cuerpo es imposible. En medio de toda esa distopía, sin embargo, se entrevé la necesidad de la comunidad para sobrevivir las imaginaciones terribles que nos despierta el presente.


Autores
(Ciudad México, 1990), química y escritora. Es autora de cuatro novelas juveniles de fantasía, el libro de ensayos Grados de miopía y de los libros de cuentos Un año de servicio a la habitación y Ansibles, perfiladores y otras máquinas de ingenio. Fue becaria del Fonca en el Programa Jóvenes Creadores y del Ayuntamiento de Madrid en la Residencia de Estudiantes. Obtuvo el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen 2018 de cuento y el Premio Nacional Juan José Arreola 2019. En 2021 fue seleccionada como parte de los 22 Novelistas Jóvenes en español por la revista Granta. Actualmente estudia la Maestría de Estudios de Asia y África en el Colegio de México.
Fotografía de Gabriela Benítez.
Fotografía de Gabriela Benítez.

5:20 PM

“El Estado opresor es un macho violador”, “ni una más, ni una asesinada más”, son los gritos de batalla acompañados por el latir de tambores el pulso de cientos de mujeres congregadas, así van llegando los contingentes a la avenida Venustiano Carranza, la calle que un instante antes era de color gris por la suciedad y los edificios de concreto, ahora se ha vuelto violeta con verde, también rosa,  el rosa del reclamo colectivo por los crímenes impunes. La Plaza del Ángel y calles aledañas ahora son la faena para la voz unísona de cientos de mujeres: Palacio de Gobierno está sitiado.

Fotografía de Gabriela Benítez.

Fotografía de Gabriela Benítez.

 

“¡Vivas, libres y sin miedo!, se lee en uno de los carteles, el epicentro de la protesta se traslada a la puerta norte, sobre la calle Libertad, mientras otro grupo de mujeres se traslada con dirección al Congreso y el Ayuntamiento. Con más potencia el golpe de los tambores se funde con los gritos de enojo envuelto con hartazgo de las cientos que están presentes. 

***

—Yo cada “8M” marcho con una causa, con alguna consigna en específico, este año fue en honor a Alexa. Comenta Daira mientras sujeta su cartulina para pedir justicia por la menor de 13 años. 

—Yo conocí este caso en junio del año pasado, me impactó mucho saber de ella, fue desaparecida por el ahora presunto culpable que ya está detenido pero no quiere decir dónde está o qué hizo con ella —me cuenta, mientras estamos en medio de la protesta. En Chihuahua según registros hay alrededor de 600 mujeres desaparecidas, incluidas niñas como Alexa. “Por ellas, por todas, por las que ya no pueden salir”, se alza en una voz unísona de alrededor ocho mil mujeres que han tomado las calles para marchar este año. 

Fotografía de Gabriela Benítez.

Fotografía de Gabriela Benítez.

 

6:00 PM

Están los ánimos en su punto más álgido, los tambores; los gritos elevándose. Un chorro de gas amarillo sale entre los agujeros de la puerta, el ataque va directo a la cara de las mujeres, después sale otro y otro más por las ventanas quebradas. Una nube espesa se cierne entre la multitud, quienes llevan a sus hijas o bebés en carriolas tratan de cubrirlos para no inhalar el humo, una señora protege su rostro con el cártel de su hija desaparecida, otras salen corriendo cubriéndose con los pañuelos violetas y verdes.

“¡Inche gobierno puto, inche gobierno puto!”, gritan las manifestantes conforme se recuperan del ataque por parte de empleados de Gobierno del Estado. Dos mujeres con el rostro cubierto de negro se quiebran en llanto, se abrazan para consolarse. El enojo colectivo se transforma en ira, buscan otras maneras de ingresar al edificio, rompen con más fuerza los marcos y vidrios de las ventanas. Sin embargo, la represalia continúa, los trabajadores atrincherados vuelven a lanzar gas, ahora por la lateral hacía la avenida Venustiano Carranza.

Fotografía de Gabriela Benítez.

Fotografía de Gabriela Benítez.

“¡Culeros, culeros, culeros!”, gritan las mujeres sin perder la fuerza, con la voz quebrada no se rinden ante el ataque del Estado.

—¡No se tallen los ojos, sólo sigan parpadeando! —grita una mujer por el megáfono, varios grupos comienzan ayudarse entre sí, se echan aire y agua para sofocar el ardor por el gas.

***

—Queremos invitar a las mujeres, a las familias víctimas de feminicidio y desaparición que nos compartan sus testimonios, hoy vamos a reclamar junto con ustedes —menciona la mujer detrás del micrófono, así da comienzo la protesta y reclamo por justicia de las colectivas feministas que tomaron la Plaza del Ángel. 

—¡No están solas, no están solas, no están solas! —grita la segunda voz en el estrado improvisado con una bocina y un par de micrófonos, animan a la multitud a continuar con la consigna.

—¡Justicia!, ¡justicia!, ¡justicia! —responde el coro de mujeres sentadas en la plaza. Alrededor de ellas están las mantas, lonas y cartulinas que llevaron a la marcha, formando un gran mural de reclamo social.

Según datos de la Fiscalía Especializada en Atención de Mujeres Víctimas del Delito por Razones de Género y la Familia (FEM) en 2022 se registraron un total de 300 asesinatos contra mujeres, sólo 36 se catalogaron como feminicidios, en lo que va del año han asesinado a 30 pero únicamente cuatro se les consideró este agravante. 

 

6:40 PM

Desde el balcón de Palacio de Gobierno, sobre la avenida Venustiano Carranza, dos sujetos comienzan a lanzar petardos hacía la multitud —la confrontación es clara—. Las mujeres se dispersan, salen corriendo, hay gritos de miedo, de angustia, pero también de cólera.  Desde el ala sur, en la avenida Aldama, las feministas comienzan a gritar: “¡Somos Marisela, somos Marisela!”, alzan el puño derecho en protesta contra los ataques.

Fotografía de Gabriela Benítez.

Fotografía de Gabriela Benítez.

“¡Culeros, culeros, culeros!”, “¡Inche gobierno puto, inche gobierno puto!”, “¡Maru no es aliada, es privilegiada!”, cambian la consigna enardecidas ante la provocación, se reorganizan, toman los maderos rotos, juntan papel y pancartas, prenden fuego a los marcos de las ventanas. De un momento a otro el edificio se vuelve una hoguera al ritmo del grito: “¡qué arda, qué arda!”, “¡fuimos todas, fuimos todas!”. 

Varios trabajadores salen de su trinchera con extinguidores, son repelidos por la muralla colérica, sin tentarse comienzan a usarlos como armas contra las manifestantes, no pudieron hacer nada contra la lluvia de piedras y palos. Desde adentro, otro grupo de personas lanzan de nuevo gas lacrimógeno contra la multitud, las mujeres corren a la Plaza del Ángel a resguardarse, tosen, escupen el químico; traen los ojos rojos.

Entre las tonalidades del atardecer, el incendio resalta, toma fuerza mientras a lo lejos se escuchan las sirenas policíacas, pasan de las 7:30 PM cuando desde el micrófono las colectivas piden la retirada de los grupos ante la inminente llegada de elementos de seguridad pública.

Fotografía de Gabriela Benítez.

Fotografía de Gabriela Benítez.

***

Alrededor de las 9:00 PM, elementos de los tres niveles de gobierno están desplegados por todo el perímetro del centro histórico de la ciudad, resguardan los edificios por las pintas y quemas, impiden el paso a cualquier persona que intente penetrar el cerco de control. Unas cuadras arriba, sobre la avenida Independencia en el Hotel Cortez, una mujer embarazada es asesinada por su pareja.

Fotografía de Gabriela Benítez.

Fotografía de Gabriela Benítez.


Autores
Es egresada de la licenciatura en Letras Españolas por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Chihuahua. Fue becaria en el Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA) “David Alfaro Siqueiros” 2016. Acreedora de la Beca Interfaz del ISSSTE en la emisión Chihuahua 2016. En la actualidad es integrante de la 7ma generación de la Red Latinoamericana Jóvenes Periodistas. Fue publicada en la antología latinoamericana en la antología poética Novísimas (2021) y “Un hogar llamado cuerpo, poetas trans de Abya Yala” (2022).
Es Licenciada en Relaciones Internacionales con especialidad en Diplomacia por la Universidad Autónoma de Chihuahua. Es asesora, encargada de la unidad de vinculación, políticas públicas, investigación y capacitación de la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas del Estado de Chihuahua. Se ha desempeñado en el sector público en áreas relacionadas con transparencia, combate a la corrupción, control interno, investigación, auditoría y de igualdad de género.
Presentación del monólogo "Hiladoras de sueños", en Foro La Capilla, 2016. Fotograma del video-registro de Canal 22
Presentación del monólogo “Hiladoras de sueños”, en Foro La Capilla, 2016. Fotograma del video-registro de Canal 22

¿Quién de ustedes será la próxima Elena Garro?

Soltó alguien tan pronto salimos de una lectura. Yo no supe si la pregunta era en serio o una burla bien disimulada. Fue hace ya varios años, en el primer evento al que acudía como dramaturga. Al primero en el que podía por fin llamarme dramaturga, aunque fuera una en ciernes.

Éramos cuatro autoras a las que nos preguntaron: Ana Rioja, Mariana Chávez, Lucila Castillo y yo. En ese evento, el Festival de la Joven Dramaturgia, darían lectura a textos cortos que habíamos escrito específicamente para la ocasión. Veníamos de varias partes: Monterrey, Tijuana, Xalapa y Cuautla/Ciudad de México. Nos habían invitado como una suerte de muestreo. La intención era “mapear” la escritura de los jóvenes dramaturgos del país. Curiosamente, o no, las cuatro éramos mujeres.

¿QUIÉN DE USTEDES SERÁ LA PRÓXIMA ELENA GARRO?

Nos ponían la vara alta. ¿Cómo podría salir una Garro de esas cuatro muchachas primerizas? Porque la Garro fue grande, excepcional. O eso nos han repetido. Como muchas otras escritoras: fuegos fatuos en la oscuridad de la producción literaria femenina que, aunque brillantes, solo se dan en condiciones muy específicas. Me ha tomado años darme cuenta de que esa “excepcionalidad” no ha sido otra cosa que un intento por restar importancia a la poderosa y constante escritura de mujeres.

El halo de misticismo con el que se solía envolver a estas escritoras “singulares” ha buscado convertirlas en eventos únicos, frutos raros, de generación espontánea. Sucesos aislados, producto de la casualidad, no del trabajo arduo y del talento. Sin ninguna clase de relación o compromiso con quienes las antecedieron; es decir, sin genealogía, y por lo tanto, sin descendencia. Apátridas, huérfanas, islas.

Volverlas fuera de serie no solo les ha restado peso específico en los espacios que definimos como literatura o teatro, sino que también ha ejercido una fuerza limitante en las que les seguimos. Ir tras un modelo extraordinario, resultado de la eventualidad, es imposible, o cuando menos muy complicado. ¿Cómo se sigue al azar? ¿Cómo se emula lo insólito?, ¿lo que está condenado a estar en el podio de lo sublime, solo?

En el imaginario escrituril, un hombre podía llegar a ser cualquier escritor que admirara, bastaba con echarle ganas. O al menos, podía darse el lujo de soñar serlo. A las mujeres nos tocaba emular luces fugaces, la serendipia, la contingencia y, por lo tanto, lo inasible. Los hombres crecían bajo la sombra, nada mal si pensamos en el cobijo y nutrientes que hay en la penumbra. A las mujeres nos ha tocado crecer bajo una luz cegadora, paralizante.

Ser mujer y escribir, y bien, sigue siendo resultado del azar. Dicen. Aún con decenas de libros publicados, obras montadas, nuestra producción y éxito sigue siendo resultado de la suerte. Peor si no sales de las grandes ciudades o capitales (si les contara la de veces que se han sorprendido porque “surgí” de eso llamado provincia).

¿Quién de ustedes será la próxima Elena Garro?

Quizás la pregunta sí era una burla, porque nadie pensó que años después tendríamos trayectorias firmes. Nadie pensó que estábamos dejando de ser excepcionales. Mucho menos esperaban que el panorama dramático mexicano se iría poblando de tantas elenas. Basta darse una vuelta por los resultados de los concursos de dramaturgia de los últimos años, donde los nombres femeninos abundan. Tomemos de ejemplo tan solo un premio, el de Joven Dramaturgia Gerardo Mancebo del Castillo, convocado por la Secretaría de Cultura Federal, y uno de los más importantes para los jóvenes dramaturgos del país. Estas son las ganadoras recientes: Isabel Quiroz (2018), Ahilat Yael (2019), Valeria Loera (2020).

¿Quién será la próxima Helena que traiga la guerra?

Quizás, en el fondo, esa era la pregunta. En ciertas cabecitas, las mujeres seguimos siendo helenas que deberían quedarse en casa siendo bonitas o, de lo contrario, se desatarían guerras.

¿Será que este miedo tiene fundamentos? Porque, de nuevo, basta ver los teatros para darse cuenta de que las dramaturgas mexicanas están conquistando escenarios y nuevos públicos. Es una guerra de guerrillas. Ataques constantes, sostenidos por todo el país, desde las trincheras más diversas.

La naturaleza anfíbica de la escritura dramática, con un pie entre la página y otro en el escenario, ha sido una gran determinante en los perfiles y frentes desde los que se han posicionado las nuevas dramaturgias. Esta podría ser una de las razones por las que muchas de las dramaturgas actuales han iniciado en las filas de la actuación.

Intuyo que hay muchas más actrices escribiendo que actores. Acaso esto sea resultado de la costumbre. Históricamente, la actuación y la producción han sido los únicos espacios accesibles a las mujeres. Tal vez porque, según ciertas concepciones sociales, se piensa que las mujeres estamos en mayor contacto con nuestras emociones, por lo que somos materia apta para la emotiva tarea de actuar.

La producción también nos corresponde porque, dentro del imaginario social, las mujeres somos las más administradas, las que tradicionalmente hemos sido puestas en la gerencia de la casa. Y qué es una producción teatral, sino una suerte de hogar extendido, con presupuestos e hijos que cuidar.

La dramaturgia y la dirección habían sido cotos masculinos por estar emparentados con las ideas y los grandes conceptos; es decir, al ser actividades de mayor carga intelectual correspondían a los varones pues, dentro del imaginario social, son los depositarios de la inteligencia y conocimientos necesarios para llevar a cabo la difícil tarea de materializar una obra. Las mujeres eran reducidas a meros intérpretes y gerentes de las ideas de los otros. Se daba por hecho que las mujeres eran incapaces de concebir y sostener ninguna clase de idea, muchos menos algún discurso de interés.

Aunque conocemos los discursos de muchas plumas masculinas: historias donde los personajes varones suelen ser los inteligentes o únicos con cierto interés dramático; y a los féminas, les tocaba llorar, cuidar, amar y ser el objeto de deseo o inspiración de los hombres.

Entonces, no es de sorprender que las actrices precisaran de escribir sus historias. Las dramaturgas de las últimas décadas han desarrollado sus propios imaginarios, que por fin dan cuenta de sus intereses y necesidades, con lo que han logrado forjar narrativas muy particulares y poderosas.

Pienso en Valeria Fabbri, Diana Anaid y Estefanía Novato, quienes iniciaron en la actuación y ahora oscilan entre la escritura y la interpretación. O en aquellas mujeres, de inicio directoras de escena, para quienes la escritura y la dirección se han vuelto elementos casi inseparables, como Laura Uribe y Mariana Gándara. O la triada dramaturga-actriz-directora que encarnan Mariana Villegas y Tania Mayrén.

Pienso en aquellas que se han abierto camino en un espacio donde sí era admitido y hasta alabado el trabajo de mujeres: el teatro para niños. Quizás porque caía en el rubro de los cuidados, otra de las áreas socialmente asignadas a lo femenino. Las nuevas generaciones de dramaturgas han enfrentado el reto de escribir para jóvenes audiencias con imaginarios potentes y novedosos, que lo mismo trabajan con tradiciones locales, en la pluma de Chantal Torres (La herencia de los nahuales), o el fútbol en la de Verónica Villicaña (Respira y chuta). A las filas del este teatro habría que agregar los textos de Manya Loría, Ana Reyes Butrón, Eleonora Luna y Zoé Méndez Ortiz.

¿Por qué, desde dónde y de qué escriben?

En una charla reciente1, dentro del Ciclo Brujas del Foro Shakespeare, y ante mis cuestionamientos sobre los diversos frentes que suelen atacar las creadoras, Itzel Lara apuntaba que esta supuesta versatilidad sucedía por curiosidad, pero también por necesidad. Ante el apuro de subsistir, muchas dramaturgas han ejercido otras profesiones o abordado la escena desde distintas áreas del teatro. Así como, en muchos casos, se han visto forzadas a dirigir y producir sus propios textos porque no había otra posibilidad de salida para éstos.

De igual manera, varias dramaturgas han hecho de la escritura una suerte de acompañamiento. Para ellas, escribir es un acto de resistencia, como también apunta Lara. La escritura las salva, a veces de la mano de otras actividades antes mal vistas en las mujeres. Tal es el caso del ciclismo, actividad que Mónica Perea ha hermanado con su escritura.

En las nuevas dramaturgias femeninas, veo mujeres poniendo el cuerpo, no solo como actrices de sus textos, sino hablando desde la corporalidad que les tocó habitar, sus limitaciones y potencias en una sociedad patriarcal. Así sucede en Se rompen las olas, obra de Villegas, donde aborda experiencias familiares y relacionadas con su cuerpo.

Igualmente, hay dramaturgias que abordan temas tabúes o incluso bastante visitados, pero desde una nueva perspectiva, como los textos de Lara donde el duelo y la enfermedad son centrales, y están planteados desde la visión de personajes que yo llamaría limítrofes, en los márgenes de lo socialmente encomiable o alabado (Anatomía de la gastritis y ¿Quién soy?, Recetario sobre usted mismo). En especial, pienso en las obras que ha realizado en colaboración con Teatro Ciego.

Asimismo, observo historias con temas históricamente ignorados por las narrativas masculinas, ahora plateados tanto desde la esfera privada como la pública. Tal es el caso de Uribe y su constante abordaje sobre problemáticas de índole social como la lucha por el agua (Proyecto SED). O la producción de Mayrén, quien suele acometer asuntos sociales con lirismo y sensibilidad, como en Vanessa en el basurero, obra sobre personajes que habitan estos espacios marginados.

Además, existen las dramaturgias que indagan sobre los otros. Trabajan con ellos, en sentido literal y filosófico; o en otras palabras, buscan salir de la individualidad y cuestionan las relaciones a nivel personal y social, probando otras posibilidades de establecer vínculos. Un ejemplo sería el trabajo de Gándara cuyas propuestas, más que simples obras teatrales, podrían ser llamadas experiencias comunitarias, pues logran generar espacios de comunión entre los participantes (Nadie pertenece aquí más que tú).

También observo una curiosidad temática y genérica: las dramaturgas parecen tener menos empacho en trabajar con cuanto tema les interese, en hibridaciones genéricas o tonales, recurriendo a diversas estrategias escénicas, atravesadas en muchas ocasiones por un uso poético del lenguaje o de recursos documentales, como en el trabajo de las ya mencionadas Uribe, Mayrén y Villegas. Agregaría otras autoras también fructíferas y con variadas indagaciones: Nora Coss, Bárbara Perrín y Jimena Eme Vásquez.

No me queda la menor duda de que en el teatro mexicano abundan dramaturgias sólidas, propositivas y novedosas. Atravesamos un momento histórico donde, por primera vez, las voces femeninas pueden aportar sus visiones sobre el mundo que las rodea. Aunque esa abundancia de voces todavía no se refleje en la cartelera en su justa proporción, pues las marquesinas se siguen llenando de nombres extranjeros y masculinos.

Las autoras que he mencionado son apenas una muestra de lo que hay y lo que se viene. En este espacio he hablado tan solo de algunas que cumplen ciertos criterios: mujeres entre 25 y 40 años, que incluyen el mote de dramaturgas en su currículo y a quienes he leído u observado sus textos en escena. Sirvan estas líneas de invitación para que las lectoras se lancen a la búsqueda de más dramaturgas.

Lo afirmo sin reservas: el presente y el futuro es nuestro. Tanto, que me gusta pensar que la Garro habría celebrado esta pluralidad y potencia de voces.

Aquí estamos, Elena, hartas y potentes.


Autores
(Cuernavaca, 1986). Escritora mexicana, miembro del Sistema Nacional de Creadores del Arte, en el área de dramaturgia. Sus textos se han presentado y publicado en México, Inglaterra, España, Argentina, Estados Unidos y Malawi; y han sido traducidos al inglés y portugués. Ganadora del Premio Nacional de Dramaturgia Manuel Herrera 2019 por Playa Paraíso, entre otros premios. En el 2019, participó en la prestigiosa residencia de otoño del Programa Internacional de Escritura de la Universidad de Iowa, EEUU (International Writing Program); y fue dramaturga residente del Lark Play Development Center en Nueva York. Ha participado en varias residencias artísticas en Canadá, Argentina y EEUU, y ha recibido apoyos del Departamento de Estado de Estados Unidos, el Consejo de Artes de Canadá y el Centro de Artes Banff, entre otras instituciones.
Juana Belén Gutiérrez de Mendoza
Juana Belén Gutiérrez de Mendoza

Cuando comencé este texto, mi primer pensamiento fue que no tenía idea de quién había sido Juana Belén Gutiérrez de Mendoza y que tampoco conocía, ni siquiera de oídas, el semanario Vésper, del que fue fundadora, pero la premisa no sonaba mal: una precursora de la Revolución mexicana con tendencias anarquistas; creadora además, de un periódico de corte anti porfirista. Con algo de vergüenza, sumado a un propósito de enmienda, recurrí a la fuente primaria de los neófitos frente a un elemento nuevo: Wikipedia.

Nacimiento: San Juan del Río, 27 de enero de 1875.

Muerte: 13 de julio de 1942. Asumo que también en San Juan del Río, la ficha no lo dice.

Profesora, periodista, anarquista, feminista, sufragista y activista mexicana del magonismo y zapatismo.

Las fechas de nacimiento y muerte, así como la exposición sumaria de su vida —en las que las convicciones políticas más que ejes ideológicos de las labores docentes y periodísticas se presentan como un currículo de actividades equivalentes a varias profesiones— son correctos, o al menos coinciden con las fuentes citadas, cuya consulta se encuentra disponible. “Activista del magonismo y el zapatismo y después feminista”1, dice una de ellas.

¿Por qué se presenta como una oposición la militancia en corrientes políticas con hombres a la cabeza y el feminismo, como si este último si fuera algo que ocurre después y no mientras se es partidaria de un movimiento? Preguntas como esta surgen mientras intento averiguar un poco más.

El dato de su nacimiento coincide con una de sus frases más citadas: “Nací en San Juan del Río, Durango, el nevado amanecer del día 27 de enero de 1875. Este dato debe ser importantísimo porque lo han anotado con minuciosa escrupulosidad en los registros de la cárcel, cada vez que he estado allí”.

La cita la recuperan Estefanía Camacho en su artículo para Gatopardo “Periodista, anarquista y precursora del feminismo”, y Alicia Villaneda del libro Juana B. Gutiérrez de Mendoza. Precursora de la Revolución Mexicana de María de los Ángeles Mendieta Alatorre, aunque la procedencia de la fuente original es un misterio. Acaso de sus artículos periodísticos o en su libro ¡Por la tierra y por la raza! (1924).

Después de varias búsquedas de libros inconseguibles, enlaces rotos y páginas de descargas fraudulentas, consigo un modesto catálogo que me ilumina un poco más sobre su vida. En general sus biógrafas —porque en su mayoría son mujeres— coinciden en lo esencial:  hija de un campesino de Jalisco que murió pronto y dejó a su familia en la miseria.

Tuvo una precaria situación familiar y fue autodidacta desde pequeña, ya que abandonó la escuela para trabajar como empleada doméstica. Personalmente creo “Autodidacta desde pequeña” es otra forma en la que la precariedad educativa y el olvido estatal se presentan como historias de superación personal.

Su esposo trabajó en las minas de Coahuila, lo que la llevó a denunciar las condiciones laborales de los mineros. Publicó sus críticas en periódicos de oposición al régimen de Díaz como el Diario del Hogar, El hijo del Ahuizote y el Chinaco. “La compañía minera, preocupada por lo que decían los escritos, averiguó la identidad de la corresponsal y Juana fue juzgada y encarcelada”2. Tras su paso por la cárcel, formó parte de grupos liberales que pugnaban, entre otras cosas, por el anticlericalismo y la libertad de prensa.

Su viudez prematura, como muchas otras mujeres a las que la viudez les otorgó autonomía, le permitió comprar una imprenta y en 1901 comenzó a publicar el semanario Vésper, en el que continuó con las críticas al gobierno de Díaz. Sus publicaciones le ganaron, por un lado, el respeto entre los periodistas varones, y por el otro, la persecución política, por lo que el semanario tuvo una publicación intermitente.

Quienes la estudian coinciden en que fue la primera mujer que fundó un diario para escribir sobre cuestiones políticas y no sobre asuntos femeninos. Y de qué otra manera podría ser, si, al igual que tantas otras mujeres pobres, la vida de Juana Belén estuvo alejada de lo prototípicamente femenino, asociado a las clases acomodadas.

En su momento, apoyó a los Flores Magón, a Zapata y a Madero, para posteriormente desilusionarse de cada uno de ellos y criticarlos duramente en su semanario. Entre sus colaboradoras estuvieron Elisa Acuña, Sara Estela Ramírez y Dolores Jiménez y Muro, con quienes abogó por el voto femenino.

Todas ellas son mujeres de las que no había oído ni el nombre. Todos ellos, prohombres que aparecen en los libros de Historia. “No la impresionaban las figuras políticas, ni Porfirio Díaz, ni Ricardo Flores Magón, ni Francisco I. Madero, ni Venustiano Carranza” dice una de sus biógrafas. ¿Cómo es que alguien tan importante no aparece mencionada con mayor frecuencia?

Aunque algunos datos en Wikipedia son un tanto inquietantes —por ejemplo, mientras que dos artículos refieren su casamiento a la edad de 17 años con Cirilo Mendoza, a quien enseñó leer y escribir, aquí se afirma que se casó a la edad de 12 años— en general la información es similar a la que aparece en las pocas fuentes disponibles.

Mi propósito no es criticar a la fuente de consulta más importante de la actualidad, en la que es posible consultar de manera gratuita desde cualquier movimiento social, hasta nuevas taxonomías biológicas, sino los motivos detrás de esa desactualización.

Si se hace un rastreo por su nombre, los trabajos sobre Juana Belén son, en su mayoría, iniciativas dedicadas a rescatar la obra de mujeres ilustres poco estudiadas e índices de autoras a las que la Revolución no les hizo justicia. Estos trabajos, por otro lado, son infrecuentes. Los artículos más serios sobre su vida tienen casi ocho años de distancia entre ellos.

El dicho “detrás de todo gran hombre hay una gran mujer” maquilla, por una parte, el trabajo no remunerado de esas grandes mujeres y, por la otra, obvia que detrás de todo gran hombre también hay un séquito de historiadores y biógrafos entusiastas, partidas presupuestales dedicadas a su estudio, iniciativas gubernamentales para visibilizar su labor y acervos de consulta sobre su obra disponibles.

Detrás de toda gran mujer hay, muchas veces, la amenaza del olvido. Cada efeméride tiene un rastro archivístico, cuya extensión depende de todos esos aspectos. El olvido de Juana Belén Gutiérrez de Mendoza es uno de los muchos ejemplos posibles que ilustran la necesidad de ampliar los sujetos de estudio, los proyectos académicos y la falta las iniciativas estatales que busquen mayor paridad en sus contenidos.

Fuente citadas:

  • Camacho, Estefanía, “Periodista, anarquista y precursora del feminismo”, Gatopardo, 26 de noviembre de 2018.
  • Torres Vera, María Trinidad, Mujeres y utopía: Tabasco Garridista, Tabasco: Universidad Juárez Autónoma de Tabasco, 2001.
  • Villaneda, Alicia, Justicia y libertad. Juana Belén Gutiérrez de Mendoza, México: Documentación y Estudios de Mujeres, A.C, 1994.

Autores
(Ciudad de México, 1992). Estudió una maestría en Letras Mexicanas en la UNAM, fue becaria en la Fundación para las Letras Mexicanas y en el programa Jóvenes Creadores del SACPC-Fonca. Textos suyos han aparecido en Nexos, Revista de la Universidad de México, Tierra Adentro y Río Grande Magazine.
Fotografía de Cynthia Pombo. CDMX, 2023.
Fotografía de Cynthia Pombo. CDMX, 2023.

Este miércoles 8 de marzo se realizó la marcha con motivo del Día Internacional de la Mujer 2023. En la Ciudad de México hubo diversas convocatorias, por lo que los contingentes partieron de varios puntos de la ciudad, sobre todo del Ángel de la Independencia y del Monumento a la Revolución, para dirigirse al Zócalo. El gobierno de la ciudad estimó que hubo 90 mil participantes 1. A continuación te compartimos algunas imágenes captadas por la lente de Cynthia Pombo junto con algunas de las consignas que se escucharon.

Cynthia Pombo, 2023.

Cynthia Pombo, 2023.

El 8 de marzo del 2023, las mujeres tomaron las calles de la Ciudad de México, inundando vías, monumentos y espacios. Este es un mapa visual y sonoro de cómo vivimos, unidas, las movilizaciones.

¡Tranquila, hermana,

aquí está tu manada!

 

¡Vivas se las llevaron,

vivas las queremos!

¡Mujeres contra la guerra!

¡Mujeres contra el capital!

¡Mujeres contra el machismo

y el terrorismo neoliberal!

DSC04535 DSC04509DSC04511 Cynthia Pombo, 2023.

 

¡Ni una más, ni una más,

ni una asesinada más!

 

¡Hay que abortar!

¡Hay que abortar!

¡Hay que abortar este sistema patriarcal!

Van a volver

van a volver

las balas que disparaste van a volver

la sangre que derramaste la pagarás

las mujeres que asesinaste no morirán

¡No morirán!

 

Fotografía de Cynthia Pombo. CDMX, 2023.

Cynthia Pombo, 2023.

La policía no me cuida.

¡Me cuidan mis amigas!

Violencia es violencia

no importa la especie

Sangre es sangre

no importa la especie

 

La cultura de dietas

es feminicida

 

¡Mujer, escucha,

esta es tu lucha!

¡Amiga, hermana,

si te pega no te ama!

 

¡Estas morras!

¡Sí me representan!

 

¡Yo sí te creo!

¡Yo sí te creo!

¡Yo sí te creo!

 

¡Vivas nos queremos!

¡Vivas nos queremos!

 

Y la culpa no era mía,

ni dónde estaba, ni cómo vestía,

¡el violador eres tú!

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Cynthia Pombo, 2023.

 

Ahora que estamos juntas

ahora que sí nos ven

abajo el patriarcado, se va a caer

se va a caer

Arriba el feminismo que va a vencer

que va a vencer.

¡Alerta!

¡Alerta!

¡Alerta!

¡Alerta!

¡Alerta!

¡Alerta!

Alerta que camina

La lucha feminista por América Latina

y tiemblen

y tiemblen

y tiemblen los machistas

que America Latina será

toda feminista

Cynthia Pombo, 2023.

Cynthia Pombo, 2023.

Somos malas,

¡podemos ser peores!

y al que no le guste,

¡se jode!

¡se jode!

 

Nos sembraron miedo,

nos crecieron alas

Libres,

poderosas,

¡vivas y sin miedo!

 

¡El Estado opresor

es un macho violador!

¡Mi muñeca me habló

me dijo lucha

que hoy depende de ti,

que mejore este país!

¡Un cuerpo no se mata

no se come

y no se vende!

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Cynthia Pombo, 2023.

 

Las niñas no se tocan

las niñas no se tocan

 

Señor, señora

no sea indiferente

se mata a las mujeres

en la cara de la gente

 

¡No!

¡Que te dije que no!

¡Pendejo, no!

 

Mi cuerpo es mío,

yo decido,

tengo autonomía,

yo soy mía

Porque no,

¡que te dije que no!


Autores
(CDMX, 1994) Demostrando una gran pasión por la fotografía desde pequeña, he participado en la creación de material artístico y audiovisual como directora en videos musicales y como fotógrafa. También he retratado a diferentes artistas, bailarines, pintores, escultores, músicos, deportistas y diseñadores, así como la naturaleza y sus diferentes expresiones. Como parte del proceso creativo, me inspiro en la ciencia, el Universo, la consciencia, el cosmos, la espiritualidad, en la belleza del tiempo como una ilusión en un flujo constante y en la experiencia subjetiva del presente. Intento transmitir estos conceptos en imágenes, invitando a reflexionar sobre cada instante que vivimos y el constante cambio al que nuestra realidad y nosotros nos vemos expuestos; y a admirar la belleza del momento que nunca regresará. Con estudios sobre comunicación, fotografía, marketing y administración, he logrado llevar un exitoso emprendimiento.
Cómic de Mónica Quant.
Cómic de Mónica Quant.

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Autores
(Toluca, 1989). Autora de cómic y artista gráfica. Sus temas predilectos giran alrededor de la vida interna, la soledad, el género y la vida en la ciudad.