Escribo este texto como un ejercicio de memoria. Entiéndase apenas como una mirada singular, pero también compartida, sobre los avatares del feminismo mexicano, especialmente en el centro del país, en la última década.
Una mirada es un fragmento y una perspectiva, no pretende recordar la totalidad o nombrarla cabalmente, pero tampoco ensimismarse en la particularidad. Lo que busca es encontrarse con otros ojos para compartir lo visto, para ampliar la perspectiva y aprender de otras posiciones desde donde se pueda mirar nuestra historia reciente; para no olvidarla, para hacer balance, para explicitar y teorizar nuestros aprendizajes.
En enero se cumplieron 30 años del hallazgo del cuerpo de la niña Alma Chavira Farel, en Ciudad Juárez. Ella fue la primera de esta guerra feminicida. Ninguna nos imaginábamos, en ese entonces, el terror que ensombrecería a esta ciudad fronteriza y, mucho menos, su expansión al resto del país.
En México, la entrada en vigor del neoliberalismo y su política de despojo trajo consigo la expulsión de millones de personas del campo, amplios procesos migratorios a las principales ciudades del país y a Estados Unidos en busca de trabajo. Trajo, a la par, la guerra y también la democratización.
No nos olvidemos que la vitoreada “transición democrática” en el 2000 sucedió durante la guerra contra los pueblos mayas del sureste de Chiapas que se insurreccionaron el 1 de enero de 1994, justo cuando el Tratado de Libre Comercio (tlc) entró en vigor. Neoliberalismo, democracia y guerra, en nuestro país, van de la mano.
Va a ser en el 2006 que el ascenso de la derecha militarista y conservadora extenderá la guerra a todo el territorio nacional simulando una política antidroga. No sólo las luchas orgánicamente antagónicas al neoliberalismo —como la zapatista, las campesinas o las de los sindicatos combativos— se vieron afectadas por la salida de los militares a la calle y la invasión de sus territorios, sino que cimbró a lo largo y ancho del país.
Las condiciones de precarización económica aunadas al tráfico de armas, drogas y militarización, provocaron numerosos desgarramientos en el tejido social que afectaron de manera especialmente cruel a las mujeres. Por mencionar algunos ejemplos:
La militarización y su demanda de esclavitud sexual provoca un aumento en las desapariciones de mujeres jóvenes; la venta indiscriminada de armas tanto en el mercado legal como ilegal, un incremento en la muerte de mujeres provocadas por armas de fuego; las masculinidades fragilizadas por la precarización laboral recurren a todos los tipos de violencia hacia las mujeres para reafirmarse frente a su crisis 1. Además, la precarización de la vida misma ha enfermado los cuerpos y, por lo tanto, las necesidades de atender los cuidados, desbordan el peso que ya históricamente se ha puesto sobre nuestros hombros.
Es de esta coyuntura y de sus secuelas, que irrumpe el movimiento feminista, ya que el proceso de institucionalización y oenegización del feminismo que se dio durante la década de los noventa —y se consolidó en la primera década de este siglo— como era de esperarse, no fue capaz de hacerle frente y parar la embestida que se vino en nuestra contra.
24 de Abril del 2016: El acontecimiento
El acontecimiento que cimbró al país ocurrió un 24 de abril del 2016. Las pequeñas protestas callejeras, que seguían resistiendo a pesar de la normalización de la vía institucionalista, junto a otras miles de mujeres confluyeron en una marcha feminista sin precedentes.
Con las consignas como: “ni una más, ni una más, ni una asesinada más”, “contra la violencia machista, autodefensa feminista”, “verga violadora a la licuadora”, entre otras, expresaron su hartazgo y su indignación.
Hastiadas por la indolencia y la complicidad del Estado y sus instituciones, se organizaron y rompieron la continuidad tradicional de la cultura patriarcal. Fue una acción masiva y organizada. Se acompañó y fortaleció con una rica producción de sentidos y argumentos desplegados en una gama de expresiones capaces de interpelar a la más radical pero también a la más despolitizada.
Desde entonces, madres y familiares de víctimas de feminicidio encabezaron movilizaciones multitudinarias constituidas de manera compleja, interclasista, en las que confluían sectores estudiantiles y productivos, feminismos del centro, de la periferia, lésbicos y trans; había cantidad de capuchas, latas, batucada, carriolas, poesía, pañuelos verdes y morados. En ese momento, todas cabíamos, la sensación era de una urgencia mortal, en el país asesinaban a 6 mujeres al día y queríamos que parara.
En otra dimensión de la vida social, las redes virtuales compartieron narraciones en primera persona y cubrieron páginas enteras contando todas las formas de violencia que enfrentan las mujeres, por lo que hicieron visible y juzgable lo que antes no se decía, ya sea por culpa, por vergüenza o porque era costumbre que aparentaba ser naturaleza.
Estos relatos multiplicados y los análisis que se generaron, develaron la llana imposición de la violencia, lo injustificado de la culpa y de la vergüenza, el reconocimiento del daño y la necesidad de poner un alto. Se hizo teoría en las redes, se tejió —y se sigue haciendo— una gramática y sentidos comunes.
La toma de la calle y la de las redes virtuales, para expandir las voces del feminismo, fue crucial. En esta articulación, la calle nos hacía sentir fuertes y las redes de la virtualidad, ubicuas. Era como decirle a esta sociedad que nos había parido y criado que ya no íbamos a complacerla con nuestro silencio, que teníamos razón y que estábamos en todas partes.
Romper el consenso patriarcal y construir una nueva ética en torno a nuestros cuerpos y nuestras relaciones se volvió una tarea urgente. Se pusieron en jaque la normalización de la violencia y del abuso sexual, la heterosexualidad como régimen político obligatorio, la iglesia, el amor romántico, el Estado y sus instituciones.
Para la mayoría de nosotras, todo era radicalmente nuevo. Entonces hubo necesidad de hacer memoria, de mirar el acontecimiento, también, como resultado de décadas de lucha vividas y promovidas por otras miles de mujeres que estuvieron resistiendo en sus propios frentes, abriendo brechas por montes que nosotras ahora caminamos con menos dificultad.
Agradecimos. Se produjo un diálogo intergeneracional muy sugerente para todas las partes: queríamos conocernos, articularnos, organizarnos, construir una agenda feminista autónoma e independiente que no estuviera anclada a las formas de hacer política institucional o partidista. Así se enlazaron la experiencia de quienes ya estaban y la iconoclasia, la irreverencia y la potencia disruptiva de quienes apenas llegaban.
Era el momento de la sorpresa. Al Estado y a buena parte de la sociedad les tomó por sorpresa la constante irrupción de un movimiento feminista tan vivo en las calles. Conmemoraciones (8M/25N), feminicidios, búsqueda de mujeres desaparecidas y reivindicación de derechos desplegaron —continuamente— amplios contingentes de la Victoria Alada al Zócalo de la Ciudad de México.
Por supuesto, nos enfrentamos a la reacción, no sólo ideológica, sino a la reacción de la fuerza. El aumento de los feminicidios ha sido una respuesta disciplinaria que intenta contener, debilitar y asfixiar los alcances en el ejercicio de la libertad y la dignidad que hemos reivindicado y experimentado en estos últimos años de lucha.
8 de marzo del 2017: La disputa por la memoria y por la calle
Este día fue muy significativo para el turgente movimiento feminista en la Ciudad de México. La marcha para conmemorar el día de la mujer trabajadora había sido empujada durante décadas por los sindicatos y sus brazos feministas para reivindicar la lucha de clase de las mujeres, denunciar la explotación y pelear por el reconocimiento de derechos civiles y políticos.
Sin embargo, ese 8 de marzo la composición de la movilización encontró en las calles no sólo a las filas mixtas de los sindicatos, organizaciones no gubernamentales y de la sociedad civil, sino también y por primera vez de manera tan masiva, al movimiento feminista.
El acumulado de fuerza que se había concentrado casi un año atrás seguía rindiendo frutos y convirtió la movilización del 8M en una conmemoración del movimiento feminista en general, que ya para entonces era mucho más amplio y plural, y no sólo del sindicalismo o de las instituciones y oenegés.
Feminismos ácratas, anticapitalistas, lésbicos y separatistas, entre otros, disputábamos la memoria de las mujeres de la fábrica de Cotton para poner luz sobre las nuevas formas de explotación laboral a las que nos enfrentábamos pero, a su vez, marchábamos contra todas las demás formas de violencia que no terminan con la clase.
Los feminicidios seguían —y siguen— siendo emergencia nacional, lo mismo que la violencia física y sexual cotidiana. La potencia que habíamos encontrado de organizarnos por nuestra cuenta fuera del mundo de lo mixto, nos hacía sentir fuertes para disputar la calle a los varones que marchaban con organizaciones y sindicatos: “¡Feminista a la vanguardia, macho, atrás aunque te arda!”. Costó golpes, amenazas e insultos, pero el 8 de marzo, desde entonces, no volvió a ser el mismo.
Aunque el gobierno de Mancera, del 2016 al 2018, se caracterizó por el uso de granaderos y por la represión de la protesta social, en los dos primeros años de la irrupción del movimiento feminista la confrontación era aún incipiente. Mirando en retrospectiva, en ese momento apenas estábamos midiendo fuerzas.
Fue el 16 de agosto del 2019, luego de 3 años de constante movilización callejera, multiplicación de colectivas, creación y sostenimiento de espacios organizativos y de encuentro, que nos enfrentamos a varios casos de violación perpetrados por la policía y la paciencia se agotó.
Me acordé de Fanon ese 16 de agosto, me acordé de esos cuerpos que se liberan de la tensión del sometimiento colonial y esclavista. Recordaba su reivindicación del uso de la violencia para enfrentarse al colono. Las luchas, los escenarios, los actores, son a todas luces distintos. Pero el sometimiento y los cuerpos liberándose, resuenan. La fuerza desplegada por cuerpos hasta entonces domeñados para contener la ira nos sorprendió a todas.
Se multiplicaron las células del bloque negro. Adhiriéndose o no al anarquismo, muchas compañeras formaron grupos de protesta callejera. Aunque tienen muy mala propaganda por parte de los medios y el imaginario de la opinión pública, lo cierto es que son el resultado del descontento y la rabia que produce la violencia imparable en nuestra contra. No son un problema, son una consecuencia.
En este contexto se creó una fuerza policiaca especializada y concentrada para contener la protesta feminista. Las nombraron “ateneas”, apelando a la diosa griega de la sabiduría y de la estrategia en la batalla. Aunque en este momento aún podía vérseles primerizas, desorganizadas y desconcertadas, con el tiempo fueron consolidándose y aprendiendo técnicas no sólo de contención sino de represión y amedrentamiento.
8 de marzo del 2020: juntas y organizadas somos muy fuertes
La marcha del 8M del 2020 fue la movilización feminista más multitudinaria en la historia de nuestro país. En la Ciudad de México las calles aledañas al zócalo estaban desbordadas.
Las dos asambleas feministas activas en ese momento, la Asamblea Feminista Metropolitana (afm) Coordinadora 8M —de cuño sobre todo sindicalista— que llevaba ya varios años organizando la marcha y la Asamblea Feminista Autónoma e Independiente (afai) —de mayor inclinación ácrata— que había surgido luego de las protestas de agosto del 2019, se habían articulado exitosamente meses atrás en la conmemoración del 25 de noviembre y decidieron continuar “juntas y organizadas” para la movilización del 8 de marzo.
Fue un trabajo arduo. A pesar de las diferencias —en ocasiones de forma y, en otras, sustanciales— sobre las maneras en las que se hace política o protesta, se logró la unión ante la urgente necesidad de hacer frente común a la guerra en nuestra contra.
Las campañas de deslegitimación gubernamentales —en las que se asumía que el movimiento feminista era impulsado por intereses conservadores— estaban más activas que nunca. Las peleas partidistas por el poder envolvieron al feminismo y tuvimos que defendernos tanto del oportunismo de la derecha como de la deslegitimación del progresismo. Les ha costado mucho entender a los de arriba que nos organizamos de maneras autónomas, independientes y que no somos un botín en disputa.
La pandemia: división, desmovilización y criminalización
Unos días después de la marcha del 8 de marzo del 2020 se empezó a hablar con más seriedad de la posibilidad de una pandemia. Recuerdo el susurro de la duda, parecía que querían amedrentarnos, que ahora que éramos tan fuertes, habían inventado una historia para pararnos. No queríamos creerles, la adrenalina de lo que vivimos el 8 aún nos recorría el cuerpo.
Pasó. Llegó la pandemia. Y aunque no paramos de movilizarnos, la masividad, la continuidad y nuestra presencia en las calles se vieron mermadas significativamente. Ya sea por razones económicas, de salud, por labores extra de cuidado, la calle nos fue quedando más lejos, menos accesible.
La pandemia fue un cisma. Veníamos fuertes, pero también sosteniendo discusiones y fracturas internas que nos estaban ocupando una cantidad de energía enorme y la pandemia las amplificó.
La disputa por el sujeto del feminismo que se opone a la participación de las mujeres trans en la lucha antipatriarcal; la división sobre el reconocimiento o no del trabajo sexual como agencia y su diferencia con la trata; además de las clásicas disputas entre las posiciones autonomistas y las institucionales o los propios conflictos interpersonales característicos de toda la vida social, venían ya provocando algunas rupturas, grietas e incluso desgarramientos internos.
Durante la pandemia afrontamos un proceso de polarización muy cruento. Cuando la polarización interna es tan tenaz, la articulación es más débil o, incluso, poco probable. En este contexto la criminalización de la protesta se hizo camino y se abrieron decenas de carpetas de investigación.
Desde los discursos presidenciales y de los medios masivos de comunicación se generó el consenso social necesario para reprimir las movilizaciones —que ya para entonces estaban menguadas— sin altos costos políticos.
Para cuando llegó el desalojo violento de la Okupa Cuba, la represión se había normalizado y el acumulado de fuerzas multitudinarias en la calle, había cedido. Ahora tenemos, quizás por primera vez en nuestra historia, presas políticas del movimiento feminista y la respuesta que hemos dado no ha sido suficiente para conseguir su libertad.
Apuntes para un necesario balance
Estoy cansada del catastrofismo que nos conduce invariablemente a la derrota y tampoco me siento interpelada por los discursos de esperanzas acríticas que iluminan horizontes imaginarios. Es difícil hacer un balance porque los pesos y contrapesos no alcanzan ningún tipo de equilibrio y porque constantemente el escenario, los actores, las tácticas se están moviendo.
No obstante, quiero aventurarme a escribir algunos apuntes, porque hacer un balance en solitario tampoco tiene mucho sentido. Si acaso son considerados útiles o detonadores para balances colectivos, habrán cumplido su objetivo.
A treinta años de la guerra feminicida, la lucha del movimiento feminista pasó de ser un grito de horror a consolidarse como un actor político colectivo que está transformando el mundo de las relaciones sociales, sus códigos más anquilosados y trastocando pilares fundamentales de la sociedad moderna.
Gramsci sostenía que la hegemonía se lograba no sólo a través del uso de la fuerza sino, también, del consenso social. La hegemonía patriarcal con todas sus instituciones y su cultura machista está enfrentando el agrietamiento del consenso social que lo legitima. Es cierto que no en todas las geografías de este país o, incluso, de esta ciudad, pero es claro que hay grietas donde antes no las había.
Ya no es tan sencillo deslegitimar la voz de una mujer que denuncia algún tipo de violencia. Es más, se denuncia. Por cualquier medio: desde el boca a boca, el escrache, el recurso legal; se habla, fenómeno que tampoco antes era tan visible. Ahora hablamos abiertamente de las violaciones y de todo tipo de abusos sexuales que hemos enfrentado y sobrevivido, porque hemos creado un pacto entre nosotras, de creernos, de saber que no fue nuestra culpa y que no tenemos por qué escondernos detrás de la vergüenza. Me parece que esta es una de las mayores fortalezas porque trasciende al movimiento y cimbra a la sociedad entera.
En este momento en que el consenso patriarcal se agrieta, la reacción de la fuerza opera como un mecanismo efectivo para preservarlo. Más de 3500 mujeres son asesinadas al año, decenas de miles piden auxilio cada mes.
Las instituciones del Estado no han logrado eficientar el acceso a la justicia ni a la seguridad necesaria para las mujeres y a nosotras —aunque se han multiplicado los espacios y las compañeras entrenadas para hacerle frente a la violencia machista— nos hace falta aún recorrer un largo camino para fortalecernos en la autodefensa.
El movimiento feminista se expande, como movimiento social, se entrelaza en los espacios donde se teje la vida social en su totalidad y produce efectos. De un lado se expande y lleva al límite la crisis de lo mixto. Nos pasó en los colectivos y organizaciones de izquierda compuestos de manera mixta por hombres y mujeres. La negativa, la respuesta organizada y la producción de otros sentidos feministas que buscan hacerse comunes sobre el cuerpo para detener y confrontar la violencia sexual, llevó al límite la contradicción de género. Se produjo una especie de retorno, como si hubiéramos estado exiliadas de nosotras mismas, regresamos y regeneramos, resignificamos y reconstruimos espacios separatistas: de nosotras para nosotras.
Ha sido potente y a veces aterrador reconocernos en estos nuevos espacios, hemos tenido que aprender otras formas de hacer política, a replantearnos las alianzas fundamentales y a navegar entre Caribdis y Escila, entre el cinismo y el dogma. Y también hemos aprendido que el separatismo es estrategia, táctica, deseo, pero no principio.
Se expandió y provocó, también, una fuerte oleada lesbofeminista. El lesbofeminismo es una corriente crítica fundamental porque anuda el amor entre mujeres con la lucha antipatriarcal. Y cuando digo “patriarcal”, me refiero al conjunto civilizatorio que llegó con la colonia y que trajo consigo el régimen político heterosexual y el modo de producción capitalista basado en la esclavitud y en el racismo.
Pero también se expandió hacia otras regiones de la vida social, por ejemplo, hacia los sectores de clases media y alta subsumidos en una cultura de consumo altamente despolitizada. Largo hemos debatido sobre los alcances y los límites de esta masificación. Porque es cierto que diluye el contenido más crítico: la comercialización y banalización del feminismo lo domestican, lo hacen a la medida del capital, lo convierten en mercancía y lo fagocitan. Sin duda esto ocurre. Sin embargo, aún en estas apuestas diluidas, la crítica a la normalización de la violencia sexual se sostiene y cobra un vigor inusitado históricamente, nada menospreciable, me parece.
El punto es no perder de vista que el horizonte de la lucha es más complejo y tiene frente a sí a la decadencia de la civilización occidental que nos conquistó desde hace cinco siglos y nos lleva arrastrando en su derrumbe.
Cuando decimos que el feminismo es un movimiento antipatriarcal no sólo nos referimos a expresiones que dan cuenta de la lucha por los derechos, o la que va directamente contra el Estado y el capital, o la lucha por el reconocimiento de identidades, cuerpos, formas de vida que han sido negadas, ocultadas y vejadas. Tampoco al movimiento de víctimas que aglutina desde el dolor y la búsqueda de justicia. Son todas estas y muchas más expresiones.
El horizonte es más amplio, hacerle frente a una civilización en decadencia supone acelerar el derrumbe, pero también resguardarse de él y, además, ir practicando otros mundos de vida que nos permitan partir de la dignidad de nuestra existencia y nos acerque al gozo y a la justicia.
Estamos haciendo política en distintos espacios y con distintas temporalidades. Entre la urgencia y la simultaneidad del desastre y la construcción de horizontes de liberación más profundos, nos vamos encontrando, pero también desencontrando. Estamos haciendo política desde distintos cuerpos herederos de luchas históricas, pero no podemos pensarnos solamente como amigas o enemigas.
Todos los movimientos antidogmáticos tienen la peculiaridad que, en su interior, conviven numerosas visiones y posiciones que pueden ser antagónicas entre sí. El feminismo no es la excepción. Y aunque pueda darse de manera cruenta, es necesario. Quiero creer que con el tiempo encontraremos maneras menos violentas para dirimir nuestras disputas y nuestros conflictos internos.
Estamos viviendo ahora las secuelas de la pandemia, secuelas económicas, corporales, emocionales, psicológicas, existenciales y espirituales que se expresan cotidianamente y merman nuestras fuerzas para sostener el ritmo y el empuje tenaz de nuestro movimiento.
Del horror a la organización, de la sorpresa al despliegue de la ira, de la ira a la pandemia, las calles se han poblado y despoblado en estos últimos años. Ya sabemos que el acontecimiento no puede durar para siempre, tiene su temporalidad de quiebre, de ruptura. Sin embargo, en estos flujos y reflujos van quedando sedimentos y de ahí hemos venido construyendo los pilares de una nueva historia. Y también sabemos que de ninguna voluntad depende la historia, sino de los procesos largos, contradictorios y limitados que vamos caminando. Como dicen las compas: vamos despacio, porque vamos lejos.
Como cada año, marzo llega con la encomienda de reflexionar en torno a las condiciones sociales que siguen determinando el desarrollo y la vida de las mujeres alrededor del mundo. Para el ámbito literario, esto implica aventurarnos a responder la pregunta que ha moldeado de manera significativa las dinámicas de producción y recepción literaria de las últimas décadas: “¿qué es ser una mujer escritora?”
Querer decir algo significativo en torno al ser una mujer que escribe me parece una trampa seductora: soy incapaz de desaprovechar cualquier oportunidad de hablar acerca de mí, pero tampoco quiero comprometerme a construir una máscara textual de mujer que pueda ser utilizada para explicar y medir a otras que se denominan como tal. Es una responsabilidad demasiado grande, y yo quiero escribir para escapar de mis obligaciones.
Algo que he aprendido tras años de estudiar literatura escrita por mujeres es que cuando queremos calificarla, corremos el riesgo de caer en reduccionismos que la encasillan dentro de categorías condenadas al esencialismo. Desde los setenta se han propuesto teorías que buscan desentrañar cómo la experiencia femenina se refleja en características textuales que pueden materializarla: la fragmentación en la narrativa, el tiempo cíclico de las mujeres, la estética de lo doméstico, la influencia de la menstruación, la maternidad y el deseo en la literatura. Siempre me resultará peligroso afirmar que existe un vínculo incuestionable entre el género sexual y la escritura, el cual se puede analizar en las marcas sintácticas, figurativas o retóricas de un texto. Como si el ser mujer se redujera a una experiencia corporal o de marginación ante lo masculino. O como si no existieran otras múltiples variables raciales, corporales, lingüísticas o sociales que imposibilitan unir las incontables realidades en las que vivimos las mujeres bajo el concepto insostenible de “experiencia femenina”.
Sin embargo, noto con una mezcla de felicidad y preocupación que cada vez es más frecuente encontrar la etiqueta de “escritura de mujer” en modelos de interpretación textual, clasificaciones editoriales, ciclos de difusión cultural, premios literarios, cursos universitarios y diversos espacios de escritura. Felicidad porque, como mujer que escribe, me brinda mucha seguridad saber que hay una gran diversidad de espacios dedicados a la discusión y promoción de textos que antes no tenían muchas posibilidades de entrar al ruedo del campo literario. Pero preocupación también al pensar que estos espacios puedan facilitar la institucionalización de la escritura de mujeres como un género literario o editorial segregado y autocontenido.
Muchas personas insisten en afirmar que esta oleada de visibilización de la escritura de mujeres es una manipulación comercial para colocarla como un tema “de moda” en la época de la supremacía de la corrección política. A mí me parece más bien una consecuencia natural de la paradoja que distingue el panorama literario en México, en el cual la población lectora está integrada en su mayoría por mujeres (según el INEGI, el 68% de las personas que leen en México lo son), mientras que (no tan) inexplicablemente los escritores hombres siguen dominando el mercado editorial.
Aquellas mentes escépticas pueden consultar los datos publicados por la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana, los cuales revelan que, de los 1,444,280 libros editados en 2019, tan solo la quinta parte fueron escritos por mujeres. Podemos formular múltiples hipótesis al respecto: prácticas patriarcales y discriminatorias que persisten en la industria editorial; o quizá una desproporcionada distribución en la publicación, difusión y ventas de libros pertenecientes a otros géneros no literarios y la participación o no de las mujeres en ellos.
A pesar de mi recelo al intentar definir la escritura de mujeres, no me gustaría negar la potente afinidad que muchas experimentamos cuando leemos a otras mujeres; así mismo las metáforas que se han empleado para dotar de sentido a las expresiones textuales que identificamos como femeninas y que hablan acerca de una realidad íntima y poderosa que actualmente encuentra resonancia cada vez en más lugares de discusión y producción literaria. Me refiero a esas escrituras que se materializan en la maleabilidad de los fluidos y la inestabilidad del cuerpo, o aquellas que construyen dramas monumentales en torno a la parálisis y la tensión de los silencios. Están también aquellas escrituras que se regocijan en los placeres cotidianos del cuidado colectivo, las complicidades y rivalidades entre congéneres, las que detallan obsesiones romántico-eróticas o denuncian las violencias extremas que miles de mujeres y personas feminizadas sufren día con día. Pero, ¿estas afinidades son suficientes para definir lo que es la escritura de mujeres?
Hay una sola manera de comprender a profundidad a qué nos referimos con escritura de mujeres y es leyéndolas.
La escritura de mujeres es aquella que se denomina de esa manera, no porque represente alguna certeza ontológica en cuanto a la relación entre el ejercicio literario y el género sexual, sino porque irremediablemente nos lleva a pensar y proyectar todo lo que asociamos con ser mujer en nuestra interpretación de un texto que se firma con el nombre de una. Curiosamente, esto no les sucede a los hombres con frecuencia. A menos de que un hombre escriba desde una masculinidad muy explícita o sea leído empleando el filtro interpretativo de la perspectiva de género, su escritura es analizada como escritura sin más, sin correr el riesgo de que lo que escriba se tome como punto de referencia para esbozar una poética de lo masculino. Así, la escritura de mujeres es un concepto que se sostiene no en un conjunto de características estructurales o temáticas compartidas, sino gracias a los horizontes de expectativa de quienes las editan, promueven y leen.
Al escribir, me siento más atraída a rumiar acerca de lo que no cuadra en mí, no para encontrar soluciones que me hagan una mejor persona, sino para darle rienda suelta a ciertos lados de mi personalidad que secretamente disfruto. Pero confieso que cuando escribo desde la autoconsciencia del ser mujer escritora, me cuesta escapar del miedo que me da no cumplir con el estándar imposible de la feminista ideal. A veces me pregunto si ese espejismo existe sólo en mi cabeza o si es una expectativa muda, pero poderosa que guía la escritura de otras. Yo, al igual que Margaret Atwood, concibo la literatura como algo intrínsecamente egoísta (e incluso algo que raya en el hedonismo), pero cuando miro a mi alrededor, no puedo evitar sentir que tengo una responsabilidad implícita de escribir para el beneficio colectivo de mi género. Es por eso que mis escritoras favoritas son aquellas que reclaman el derecho a estar equivocadas, a abordar temas poco femeninos y a tener opiniones y conductas imperfectas.
Durante muchos años creí en la promesa utópica de que la escritura de mujeres puede cambiar el mundo, pero con el tiempo me he dado cuenta de que eso coloca sobre los hombros de las mujeres de carne y hueso que escriben un peso demasiado grande. Uno de los pilares que sustentan la escritura de mujeres es su origen como un acto de resistencia, un llamado a visibilizar las voces que permanecieron excluidas y silenciadas del campo literario por siglos, pero para muchas escritoras concebir la creación exclusivamente como un acto revolucionario puede llegar a ser limitante y agotador.
A veces quisiera ser libre de mi género, ser considerada un ser humano antes que cualquier otra cosa, pero sé en el fondo que no existe algo como “un ser humano”. Existen las personas que, gracias a su variedad infinita, siempre eluden la rigidez de las taxonomías antropológicas. Cada persona es un caldo compuesto de diferentes ingredientes donde, bajo la cocción constante de la vida cotidiana, no deja de cambiar de texturas, olores y sabores. Uno de esos ingredientes es el género, que como un obstinado diente de ajo siempre se camufla, muta y se rehúsa a desaparecer.
Lo que más agradezco de la escritura de mujeres es la posibilidad que me ha dado de conocer mujeres increíbles que han sido mis guías en la travesía del estudio y la creación literaria. Si no fuera por mis profesoras en la universidad, nunca habría podido comprender la densa pasión de la poesía decimonónica o la cripsis metafórica de la literatura modernista. Sin ellas, las propuestas teóricas del posestructuralismo seguirían ocultas tras la convulsiva sintaxis de quienes las redactaron. Las amigas que he hecho en salones y talleres literarios me han contagiado de sus obsesiones escatológicas, científicas, tenebrosas y tiernas; y con ellas he encontrado un lugar seguro para explorar con humor, irreverencia y delirio psicodélico la inagotable fuente de curiosidades e intereses que compartimos. Esos debrayes, junto con los experimentos literarios que mis conocidas comparten en redes sociales y reuniones íntimas, son mi tipo de literatura femenina favorita. Para mí, la escritura de mujeres trasciende los límites de la textualidad y el campo editorial. Es una cultura en la que puedo decir con toda seguridad que me he desarrollado de manera indescriptible y gozosamente femenina.