Tierra Adentro
Marcha 8M en la CDMX, 2019. Fotografía de Ro Ochoas. Recuperada de Wikimedia Commons. (CC BY-SA 4.0)
Marcha 8M en la CDMX, 2019. Fotografía de Ro Ochoas. Recuperada de Wikimedia Commons. (CC BY-SA 4.0)

En memoria de Alma Chavira,

a 30 años del inicio

de la guerra feminicida.

Escribo este texto como un ejercicio de memoria. Entiéndase apenas como una mirada singular, pero también compartida, sobre los avatares del feminismo mexicano, especialmente en el centro del país, en la última década.

Una mirada es un fragmento y una perspectiva, no pretende recordar la totalidad o nombrarla cabalmente, pero tampoco ensimismarse en la particularidad. Lo que busca es encontrarse con otros ojos para compartir lo visto, para ampliar la perspectiva y aprender de otras posiciones desde donde se pueda mirar nuestra historia reciente; para no olvidarla, para hacer balance, para explicitar y teorizar nuestros aprendizajes.

En enero se cumplieron 30 años del hallazgo del cuerpo de la niña Alma Chavira Farel, en Ciudad Juárez. Ella fue la primera de esta guerra feminicida. Ninguna nos imaginábamos, en ese entonces, el terror que ensombrecería a esta ciudad fronteriza y, mucho menos, su expansión al resto del país.

En México, la entrada en vigor del neoliberalismo y su política de despojo trajo consigo la expulsión de millones de personas del campo, amplios procesos migratorios a las principales ciudades del país y a Estados Unidos en busca de trabajo. Trajo, a la par, la guerra y también la democratización.

No nos olvidemos que la vitoreada “transición democrática” en el 2000 sucedió durante la guerra contra los pueblos mayas del sureste de Chiapas que se insurreccionaron el 1 de enero de 1994, justo cuando el Tratado de Libre Comercio (tlc) entró en vigor. Neoliberalismo, democracia y guerra, en nuestro país, van de la mano.

Va a ser en el 2006 que el ascenso de la derecha militarista y conservadora extenderá la guerra a todo el territorio nacional simulando una política antidroga. No sólo las luchas orgánicamente antagónicas al neoliberalismo —como la zapatista, las campesinas o las de los sindicatos combativos— se vieron afectadas por la salida de los militares a la calle y la invasión de sus territorios, sino que cimbró a lo largo y ancho del país.

Las condiciones de precarización económica aunadas al tráfico de armas, drogas y militarización, provocaron numerosos desgarramientos en el tejido social que afectaron de manera especialmente cruel a las mujeres. Por mencionar algunos ejemplos:

La militarización y su demanda de esclavitud sexual provoca un aumento en las desapariciones de mujeres jóvenes; la venta indiscriminada de armas tanto en el mercado legal como ilegal, un incremento en la muerte de mujeres provocadas por armas de fuego; las masculinidades fragilizadas por la precarización laboral recurren a todos los tipos de violencia hacia las mujeres para reafirmarse frente a su crisis 1. Además, la precarización de la vida misma ha enfermado los cuerpos y, por lo tanto, las necesidades de atender los cuidados, desbordan el peso que ya históricamente se ha puesto sobre nuestros hombros.

Es de esta coyuntura y de sus secuelas, que irrumpe el movimiento feminista, ya que el proceso de institucionalización y oenegización del feminismo que se dio durante la década de los noventa —y se consolidó en la primera década de este siglo— como era de esperarse, no fue capaz de hacerle frente y parar la embestida que se vino en nuestra contra.

 

24 de Abril del 2016: El acontecimiento

El acontecimiento que cimbró al país ocurrió un 24 de abril del 2016. Las pequeñas protestas callejeras, que seguían resistiendo a pesar de la normalización de la vía institucionalista, junto a otras miles de mujeres confluyeron en una marcha feminista sin precedentes.

Con las consignas como: “ni una más, ni una más, ni una asesinada más”, “contra la violencia machista, autodefensa feminista”, “verga violadora a la licuadora”, entre otras, expresaron su hartazgo y su indignación.

Hastiadas por la indolencia y la complicidad del Estado y sus instituciones, se organizaron y rompieron la continuidad tradicional de la cultura patriarcal. Fue una acción masiva y organizada. Se acompañó y fortaleció con una rica producción de sentidos y argumentos desplegados en una gama de expresiones capaces de interpelar a la más radical pero también a la más despolitizada.

Desde entonces, madres y familiares de víctimas de feminicidio encabezaron movilizaciones multitudinarias constituidas de manera compleja, interclasista, en las que confluían sectores estudiantiles y productivos, feminismos del centro, de la periferia, lésbicos y trans; había cantidad de capuchas, latas, batucada, carriolas, poesía, pañuelos verdes y morados. En ese momento, todas cabíamos, la sensación era de una urgencia mortal, en el país asesinaban a 6 mujeres al día y queríamos que parara.

En otra dimensión de la vida social, las redes virtuales compartieron narraciones en primera persona y cubrieron páginas enteras contando todas las formas de violencia que enfrentan las mujeres, por lo que hicieron visible y juzgable lo que antes no se decía, ya sea por culpa, por vergüenza o porque era costumbre que aparentaba ser naturaleza.

Estos relatos multiplicados y los análisis que se generaron, develaron la llana imposición de la violencia, lo injustificado de la culpa y de la vergüenza, el reconocimiento del daño y la necesidad de poner un alto. Se hizo teoría en las redes, se tejió —y se sigue haciendo— una gramática y sentidos comunes.

La toma de la calle y la de las redes virtuales, para expandir las voces del feminismo, fue crucial. En esta articulación, la calle nos hacía sentir fuertes y las redes de la virtualidad, ubicuas. Era como decirle a esta sociedad que nos había parido y criado que ya no íbamos a complacerla con nuestro silencio, que teníamos razón y que estábamos en todas partes.

Romper el consenso patriarcal y construir una nueva ética en torno a nuestros cuerpos y nuestras relaciones se volvió una tarea urgente. Se pusieron en jaque la normalización de la violencia y del abuso sexual, la heterosexualidad como régimen político obligatorio, la iglesia, el amor romántico, el Estado y sus instituciones.

Para la mayoría de nosotras, todo era radicalmente nuevo. Entonces hubo necesidad de hacer memoria, de mirar el acontecimiento, también, como resultado de décadas de lucha vividas y promovidas por otras miles de mujeres que estuvieron resistiendo en sus propios frentes, abriendo brechas por montes que nosotras ahora caminamos con menos dificultad.

Agradecimos. Se produjo un diálogo intergeneracional muy sugerente para todas las partes: queríamos conocernos, articularnos, organizarnos, construir una agenda feminista autónoma e independiente que no estuviera anclada a las formas de hacer política institucional o partidista. Así se enlazaron la experiencia de quienes ya estaban y la iconoclasia, la irreverencia y la potencia disruptiva de quienes apenas llegaban.

Era el momento de la sorpresa. Al Estado y a buena parte de la sociedad les tomó por sorpresa la constante irrupción de un movimiento feminista tan vivo en las calles. Conmemoraciones (8M/25N), feminicidios, búsqueda de mujeres desaparecidas y reivindicación de derechos desplegaron —continuamente— amplios contingentes de la Victoria Alada al Zócalo de la Ciudad de México.

Por supuesto, nos enfrentamos a la reacción, no sólo ideológica, sino a la reacción de la fuerza. El aumento de los feminicidios ha sido una respuesta disciplinaria que intenta contener, debilitar y asfixiar los alcances en el ejercicio de la libertad y la dignidad que hemos reivindicado y experimentado en estos últimos años de lucha.

 

8 de marzo del 2017: La disputa por la memoria y por la calle

Este día fue muy significativo para el turgente movimiento feminista en la Ciudad de México. La marcha para conmemorar el día de la mujer trabajadora había sido empujada durante décadas por los sindicatos y sus brazos feministas para reivindicar la lucha de clase de las mujeres, denunciar la explotación y pelear por el reconocimiento de derechos civiles y políticos.

Sin embargo, ese 8 de marzo la composición de la movilización encontró en las calles no sólo a las filas mixtas de los sindicatos, organizaciones no gubernamentales y de la sociedad civil, sino también y por primera vez de manera tan masiva, al movimiento feminista.

El acumulado de fuerza que se había concentrado casi un año atrás seguía rindiendo frutos y convirtió la movilización del 8M en una conmemoración del movimiento feminista en general, que ya para entonces era mucho más amplio y plural, y no sólo del sindicalismo o de las instituciones y oenegés.

Feminismos ácratas, anticapitalistas, lésbicos y separatistas, entre otros, disputábamos la memoria de las mujeres de la fábrica de Cotton para poner luz sobre las nuevas formas de explotación laboral a las que nos enfrentábamos pero, a su vez, marchábamos contra todas las demás formas de violencia que no terminan con la clase.

Los feminicidios seguían —y siguen— siendo emergencia nacional, lo mismo que la violencia física y sexual cotidiana. La potencia que habíamos encontrado de organizarnos por nuestra cuenta fuera del mundo de lo mixto, nos hacía sentir fuertes para disputar la calle a los varones que marchaban con organizaciones y sindicatos: “¡Feminista a la vanguardia, macho, atrás aunque te arda!”. Costó golpes, amenazas e insultos, pero el 8 de marzo, desde entonces, no volvió a ser el mismo.

 

16 de agosto del 2019. El despliegue de la ira 2

Aunque el gobierno de Mancera, del 2016 al 2018, se caracterizó por el uso de granaderos y por la represión de la protesta social, en los dos primeros años de la irrupción del movimiento feminista la confrontación era aún incipiente. Mirando en retrospectiva, en ese momento apenas estábamos midiendo fuerzas.

Fue el 16 de agosto del 2019, luego de 3 años de constante movilización callejera, multiplicación de colectivas, creación y sostenimiento de espacios organizativos y de encuentro, que nos enfrentamos a varios casos de violación perpetrados por la policía y la paciencia se agotó.

Me acordé de Fanon ese 16 de agosto, me acordé de esos cuerpos que se liberan de la tensión del sometimiento colonial y esclavista. Recordaba su reivindicación del uso de la violencia para enfrentarse al colono. Las luchas, los escenarios, los actores, son a todas luces distintos. Pero el sometimiento y los cuerpos liberándose, resuenan. La fuerza desplegada por cuerpos hasta entonces domeñados para contener la ira nos sorprendió a todas.

Se multiplicaron las células del bloque negro. Adhiriéndose o no al anarquismo, muchas compañeras formaron grupos de protesta callejera. Aunque tienen muy mala propaganda por parte de los medios y el imaginario de la opinión pública, lo cierto es que son el resultado del descontento y la rabia que produce la violencia imparable en nuestra contra. No son un problema, son una consecuencia.

En este contexto se creó una fuerza policiaca especializada y concentrada para contener la protesta feminista. Las nombraron “ateneas”, apelando a la diosa griega de la sabiduría y de la estrategia en la batalla. Aunque en este momento aún podía vérseles primerizas, desorganizadas y desconcertadas, con el tiempo fueron consolidándose y aprendiendo técnicas no sólo de contención sino de represión y amedrentamiento.

8 de marzo del 2020: juntas y organizadas somos muy fuertes

La marcha del 8M del 2020 fue la movilización feminista más multitudinaria en la historia de nuestro país. En la Ciudad de México las calles aledañas al zócalo estaban desbordadas.

Las dos asambleas feministas activas en ese momento, la Asamblea Feminista Metropolitana (afm) Coordinadora 8M —de cuño sobre todo sindicalista— que llevaba ya varios años organizando la marcha y la Asamblea Feminista Autónoma e Independiente (afai) —de mayor inclinación ácrata— que había surgido luego de las protestas de agosto del 2019, se habían articulado exitosamente meses atrás en la conmemoración del 25 de noviembre y decidieron continuar “juntas y organizadas” para la movilización del 8 de marzo.

Fue un trabajo arduo. A pesar de las diferencias —en ocasiones de forma y, en otras, sustanciales— sobre las maneras en las que se hace política o protesta, se logró la unión ante la urgente necesidad de hacer frente común a la guerra en nuestra contra.

Las campañas de deslegitimación gubernamentales —en las que se asumía que el movimiento feminista era impulsado por intereses conservadores— estaban más activas que nunca. Las peleas partidistas por el poder envolvieron al feminismo y tuvimos que defendernos tanto del oportunismo de la derecha como de la deslegitimación del progresismo. Les ha costado mucho entender a los de arriba que nos organizamos de maneras autónomas, independientes y que no somos un botín en disputa.

La pandemia: división, desmovilización y criminalización

Unos días después de la marcha del 8 de marzo del 2020 se empezó a hablar con más seriedad de la posibilidad de una pandemia. Recuerdo el susurro de la duda, parecía que querían amedrentarnos, que ahora que éramos tan fuertes, habían inventado una historia para pararnos. No queríamos creerles, la adrenalina de lo que vivimos el 8 aún nos recorría el cuerpo.

Pasó. Llegó la pandemia. Y aunque no paramos de movilizarnos, la masividad, la continuidad y nuestra presencia en las calles se vieron mermadas significativamente. Ya sea por razones económicas, de salud, por labores extra de cuidado, la calle nos fue quedando más lejos, menos accesible.

La pandemia fue un cisma. Veníamos fuertes, pero también sosteniendo discusiones y fracturas internas que nos estaban ocupando una cantidad de energía enorme y la pandemia las amplificó.

La disputa por el sujeto del feminismo que se opone a la participación de las mujeres trans en la lucha antipatriarcal; la división sobre el reconocimiento o no del trabajo sexual como agencia y su diferencia con la trata; además de las clásicas disputas entre las posiciones autonomistas y las institucionales o los propios conflictos interpersonales característicos de toda la vida social, venían ya provocando algunas rupturas, grietas e incluso desgarramientos internos.

Durante la pandemia afrontamos un proceso de polarización muy cruento. Cuando la polarización interna es tan tenaz, la articulación es más débil o, incluso, poco probable. En este contexto la criminalización de la protesta se hizo camino y se abrieron decenas de carpetas de investigación.

Desde los discursos presidenciales y de los medios masivos de comunicación se generó el consenso social necesario para reprimir las movilizaciones —que ya para entonces estaban menguadas— sin altos costos políticos.

Para cuando llegó el desalojo violento de la Okupa Cuba, la represión se había normalizado y el acumulado de fuerzas multitudinarias en la calle, había cedido. Ahora tenemos, quizás por primera vez en nuestra historia, presas políticas del movimiento feminista y la respuesta que hemos dado no ha sido suficiente para conseguir su libertad.

 

Apuntes para un necesario balance

Estoy cansada del catastrofismo que nos conduce invariablemente a la derrota y tampoco me siento interpelada por los discursos de esperanzas acríticas que iluminan horizontes imaginarios. Es difícil hacer un balance porque los pesos y contrapesos no alcanzan ningún tipo de equilibrio y porque constantemente el escenario, los actores, las tácticas se están moviendo.

No obstante, quiero aventurarme a escribir algunos apuntes, porque hacer un balance en solitario tampoco tiene mucho sentido. Si acaso son considerados útiles o detonadores para balances colectivos, habrán cumplido su objetivo.

A treinta años de la guerra feminicida, la lucha del movimiento feminista pasó de ser un grito de horror a consolidarse como un actor político colectivo que está transformando el mundo de las relaciones sociales, sus códigos más anquilosados y trastocando pilares fundamentales de la sociedad moderna.

Gramsci sostenía que la hegemonía se lograba no sólo a través del uso de la fuerza sino, también, del consenso social. La hegemonía patriarcal con todas sus instituciones y su cultura machista está enfrentando el agrietamiento del consenso social que lo legitima. Es cierto que no en todas las geografías de este país o, incluso, de esta ciudad, pero es claro que hay grietas donde antes no las había.

Ya no es tan sencillo deslegitimar la voz de una mujer que denuncia algún tipo de violencia. Es más, se denuncia. Por cualquier medio: desde el boca a boca, el escrache, el recurso legal; se habla, fenómeno que tampoco antes era tan visible. Ahora hablamos abiertamente de las violaciones y de todo tipo de abusos sexuales que hemos enfrentado y sobrevivido, porque hemos creado un pacto entre nosotras, de creernos, de saber que no fue nuestra culpa y que no tenemos por qué escondernos detrás de la vergüenza. Me parece que esta es una de las mayores fortalezas porque trasciende al movimiento y cimbra a la sociedad entera.

En este momento en que el consenso patriarcal se agrieta, la reacción de la fuerza opera como un mecanismo efectivo para preservarlo. Más de 3500 mujeres son asesinadas al año, decenas de miles piden auxilio cada mes.

Las instituciones del Estado no han logrado eficientar el acceso a la justicia ni a la seguridad necesaria para las mujeres y a nosotras —aunque se han multiplicado los espacios y las compañeras entrenadas para hacerle frente a la violencia machista— nos hace falta aún recorrer un largo camino para fortalecernos en la autodefensa.

El movimiento feminista se expande, como movimiento social, se entrelaza en los espacios donde se teje la vida social en su totalidad y produce efectos. De un lado se expande y lleva al límite la crisis de lo mixto. Nos pasó en los colectivos y organizaciones de izquierda compuestos de manera mixta por hombres y mujeres. La negativa, la respuesta organizada y la producción de otros sentidos feministas que buscan hacerse comunes sobre el cuerpo para detener y confrontar la violencia sexual, llevó al límite la contradicción de género. Se produjo una especie de retorno, como si hubiéramos estado exiliadas de nosotras mismas, regresamos y regeneramos, resignificamos y reconstruimos espacios separatistas: de nosotras para nosotras.

Ha sido potente y a veces aterrador reconocernos en estos nuevos espacios, hemos tenido que aprender otras formas de hacer política, a replantearnos las alianzas fundamentales y a navegar entre Caribdis y Escila, entre el cinismo y el dogma. Y también hemos aprendido que el separatismo es estrategia, táctica, deseo, pero no principio.

Se expandió y provocó, también, una fuerte oleada lesbofeminista. El lesbofeminismo es una corriente crítica fundamental porque anuda el amor entre mujeres con la lucha antipatriarcal. Y cuando digo “patriarcal”, me refiero al conjunto civilizatorio que llegó con la colonia y que trajo consigo el régimen político heterosexual y el modo de producción capitalista basado en la esclavitud y en el racismo.

Pero también se expandió hacia otras regiones de la vida social, por ejemplo, hacia los sectores de clases media y alta subsumidos en una cultura de consumo altamente despolitizada. Largo hemos debatido sobre los alcances y los límites de esta masificación. Porque es cierto que diluye el contenido más crítico: la comercialización y banalización del feminismo lo domestican, lo hacen a la medida del capital, lo convierten en mercancía y lo fagocitan. Sin duda esto ocurre. Sin embargo, aún en estas apuestas diluidas, la crítica a la normalización de la violencia sexual se sostiene y cobra un vigor inusitado históricamente, nada menospreciable, me parece.

El punto es no perder de vista que el horizonte de la lucha es más complejo y tiene frente a sí a la decadencia de la civilización occidental que nos conquistó desde hace cinco siglos y nos lleva arrastrando en su derrumbe.

Cuando decimos que el feminismo es un movimiento antipatriarcal no sólo nos referimos a expresiones que dan cuenta de la lucha por los derechos, o la que va directamente contra el Estado y el capital, o la lucha por el reconocimiento de identidades, cuerpos, formas de vida que han sido negadas, ocultadas y vejadas. Tampoco al movimiento de víctimas que aglutina desde el dolor y la búsqueda de justicia. Son todas estas y muchas más expresiones.

El horizonte es más amplio, hacerle frente a una civilización en decadencia supone acelerar el derrumbe, pero también resguardarse de él y, además, ir practicando otros mundos de vida que nos permitan partir de la dignidad de nuestra existencia y nos acerque al gozo y a la justicia.

Estamos haciendo política en distintos espacios y con distintas temporalidades. Entre la urgencia y la simultaneidad del desastre y la construcción de horizontes de liberación más profundos, nos vamos encontrando, pero también desencontrando. Estamos haciendo política desde distintos cuerpos herederos de luchas históricas, pero no podemos pensarnos solamente como amigas o enemigas.

Todos los movimientos antidogmáticos tienen la peculiaridad que, en su interior, conviven numerosas visiones y posiciones que pueden ser antagónicas entre sí. El feminismo no es la excepción. Y aunque pueda darse de manera cruenta, es necesario. Quiero creer que con el tiempo encontraremos maneras menos violentas para dirimir nuestras disputas y nuestros conflictos internos.

Estamos viviendo ahora las secuelas de la pandemia, secuelas económicas, corporales, emocionales, psicológicas, existenciales y espirituales que se expresan cotidianamente y merman nuestras fuerzas para sostener el ritmo y el empuje tenaz de nuestro movimiento.

Del horror a la organización, de la sorpresa al despliegue de  la ira, de la ira a la pandemia, las calles se han poblado y despoblado en estos últimos años. Ya sabemos que el acontecimiento no puede durar para siempre, tiene su temporalidad de quiebre, de ruptura. Sin embargo, en estos flujos y reflujos van quedando sedimentos y de ahí hemos venido construyendo los pilares de una nueva historia. Y también sabemos que de ninguna voluntad depende la historia, sino de los procesos largos, contradictorios y limitados que vamos caminando. Como dicen las compas: vamos despacio, porque vamos lejos.

 


Autores
Doctora en Estudios Latinoamericanos en el área de Filosofía. Dedicada al estudio de la Filosofía Política feminista, latinoamericana y de liberación. Forma parte de la escuela de pensamiento y de la Asociación de la Filosofía de la Liberación (AFyL). Vive en la Comuna Lencha Trans, un espacio político autogestivo que apuesta por la vida comunitaria en la urbe y es miembro de Biznaga Editoras, una colectiva editorial feminista concentrada en publicar a mujeres y disidencias sexogenéricas.
Ilustración realizada por Pamela Medina
Ilustración realizada por Pamela Medina

Como cada año, marzo llega con la encomienda de reflexionar en torno a las condiciones sociales que siguen determinando el desarrollo y la vida de las mujeres alrededor del mundo. Para el ámbito literario, esto implica aventurarnos a responder la pregunta que ha moldeado de manera significativa las dinámicas de producción y recepción literaria de las últimas décadas: “¿qué es ser una mujer escritora?”

Querer decir algo significativo en torno al ser una mujer que escribe me parece una trampa seductora: soy incapaz de desaprovechar cualquier oportunidad de hablar acerca de mí, pero tampoco quiero comprometerme a construir una máscara textual de mujer que pueda ser utilizada para explicar y medir a otras que se denominan como tal. Es una responsabilidad demasiado grande, y yo quiero escribir para escapar de mis obligaciones.

Algo que he aprendido tras años de estudiar literatura escrita por mujeres es que cuando queremos calificarla, corremos el riesgo de caer en reduccionismos que la encasillan dentro de categorías condenadas al esencialismo. Desde los setenta se han propuesto teorías que buscan desentrañar cómo la experiencia femenina se refleja en características textuales que pueden materializarla: la fragmentación en la narrativa, el tiempo cíclico de las mujeres, la estética de lo doméstico, la influencia de la menstruación, la maternidad y el deseo en la literatura. Siempre me resultará peligroso afirmar que existe un vínculo incuestionable entre el género sexual y la escritura, el cual se puede analizar en las marcas sintácticas, figurativas o retóricas de un texto. Como si el ser mujer se redujera a una experiencia corporal o de marginación ante lo masculino. O como si no existieran otras múltiples variables raciales, corporales, lingüísticas o sociales que imposibilitan unir las incontables realidades en las que vivimos las mujeres bajo el concepto insostenible de “experiencia femenina”.

Sin embargo, noto con una mezcla de felicidad y preocupación que cada vez es más frecuente encontrar la etiqueta de “escritura de mujer” en modelos de interpretación textual, clasificaciones editoriales, ciclos de difusión cultural, premios literarios, cursos universitarios y diversos espacios de escritura. Felicidad porque, como mujer que escribe, me brinda mucha seguridad saber que hay una gran diversidad de espacios dedicados a la discusión y promoción de textos que antes no tenían muchas posibilidades de entrar al ruedo del campo literario. Pero preocupación también al pensar que estos espacios puedan facilitar la institucionalización de la escritura de mujeres como un género literario o editorial segregado y autocontenido.

Muchas personas insisten en afirmar que esta oleada de visibilización de la escritura de mujeres es una manipulación comercial para colocarla como un tema “de moda” en la época de la supremacía de la corrección política. A mí me parece más bien una consecuencia natural de la paradoja que distingue el panorama literario en México, en el cual la población lectora está integrada en su mayoría por mujeres (según el INEGI, el 68% de las personas que leen en México lo son), mientras que (no tan) inexplicablemente los escritores hombres siguen dominando el mercado editorial.

Aquellas mentes escépticas pueden consultar los datos publicados por la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana, los cuales revelan que, de los 1,444,280 libros editados en 2019, tan solo la quinta parte fueron escritos por mujeres. Podemos formular múltiples hipótesis al respecto: prácticas patriarcales y discriminatorias que persisten en la industria editorial; o quizá una desproporcionada distribución en la publicación, difusión y ventas de libros pertenecientes a otros géneros no literarios y la participación o no de las mujeres en ellos.

A pesar de mi recelo al intentar definir la escritura de mujeres, no me gustaría negar la potente afinidad que muchas experimentamos cuando leemos a otras mujeres; así mismo las metáforas que se han empleado para dotar de sentido a las expresiones textuales que identificamos como femeninas y que hablan acerca de una realidad íntima y poderosa que actualmente encuentra resonancia cada vez en más lugares de discusión y producción literaria. Me refiero a esas escrituras que se materializan en la maleabilidad de los fluidos y la inestabilidad del cuerpo, o aquellas que construyen dramas monumentales en torno a la parálisis y la tensión de los silencios. Están también aquellas escrituras que se regocijan en los placeres cotidianos del cuidado colectivo, las complicidades y rivalidades entre congéneres, las que detallan obsesiones romántico-eróticas o denuncian las violencias extremas que miles de mujeres y personas feminizadas sufren día con día. Pero, ¿estas afinidades son suficientes para definir lo que es la escritura de mujeres?

Hay una sola manera de comprender a profundidad a qué nos referimos con escritura de mujeres y es leyéndolas.

La escritura de mujeres es aquella que se denomina de esa manera, no porque represente alguna certeza ontológica en cuanto a la relación entre el ejercicio literario y el género sexual, sino porque irremediablemente nos lleva a pensar y proyectar todo lo que asociamos con ser mujer en nuestra interpretación de un texto que se firma con el nombre de una. Curiosamente, esto no les sucede a los hombres con frecuencia. A menos de que un hombre escriba desde una masculinidad muy explícita o sea leído empleando el filtro interpretativo de la perspectiva de género, su escritura es analizada como escritura sin más, sin correr el riesgo de que lo que escriba se tome como punto de referencia para esbozar una poética de lo masculino. Así, la escritura de mujeres es un concepto que se sostiene no en un conjunto de características estructurales o temáticas compartidas, sino gracias a los horizontes de expectativa de quienes las editan, promueven y leen.

Al escribir, me siento más atraída a rumiar acerca de lo que no cuadra en mí, no para encontrar soluciones que me hagan una mejor persona, sino para darle rienda suelta a ciertos lados de mi personalidad que secretamente disfruto. Pero confieso que cuando escribo desde la autoconsciencia del ser mujer escritora, me cuesta escapar del miedo que me da no cumplir con el estándar imposible de la feminista ideal. A veces me pregunto si ese espejismo existe sólo en mi cabeza o si es una expectativa muda, pero poderosa que guía la escritura de otras. Yo, al igual que Margaret Atwood, concibo la literatura como algo intrínsecamente egoísta (e incluso algo que raya en el hedonismo), pero cuando miro a mi alrededor, no puedo evitar sentir que tengo una responsabilidad implícita de escribir para el beneficio colectivo de mi género. Es por eso que mis escritoras favoritas son aquellas que reclaman el derecho a estar equivocadas, a abordar temas poco femeninos y a tener opiniones y conductas imperfectas.

Durante muchos años creí en la promesa utópica de que la escritura de mujeres puede cambiar el mundo, pero con el tiempo me he dado cuenta de que eso coloca sobre los hombros de las mujeres de carne y hueso que escriben un peso demasiado grande. Uno de los pilares que sustentan la escritura de mujeres es su origen como un acto de resistencia, un llamado a visibilizar las voces que permanecieron excluidas y silenciadas del campo literario por siglos, pero para muchas escritoras concebir la creación exclusivamente como un acto revolucionario puede llegar a ser limitante y agotador.

A veces quisiera ser libre de mi género, ser considerada un ser humano antes que cualquier otra cosa, pero sé en el fondo que no existe algo como “un ser humano”. Existen las personas que, gracias a su variedad infinita, siempre eluden la rigidez de las taxonomías antropológicas. Cada persona es un caldo compuesto de diferentes ingredientes donde, bajo la cocción constante de la vida cotidiana, no deja de cambiar de texturas, olores y sabores. Uno de esos ingredientes es el género, que como un obstinado diente de ajo siempre se camufla, muta y se rehúsa a desaparecer.

Lo que más agradezco de la escritura de mujeres es la posibilidad que me ha dado de conocer mujeres increíbles que han sido mis guías en la travesía del estudio y la creación literaria. Si no fuera por mis profesoras en la universidad, nunca habría podido comprender la densa pasión de la poesía decimonónica o la cripsis metafórica de la literatura modernista. Sin ellas, las propuestas teóricas del posestructuralismo seguirían ocultas tras la convulsiva sintaxis de quienes las redactaron. Las amigas que he hecho en salones y talleres literarios me han contagiado de sus obsesiones escatológicas, científicas, tenebrosas y tiernas; y con ellas he encontrado un lugar seguro para explorar con humor, irreverencia y delirio psicodélico la inagotable fuente de curiosidades e intereses que compartimos. Esos debrayes, junto con los experimentos literarios que mis conocidas comparten en redes sociales y reuniones íntimas, son mi tipo de literatura femenina favorita. Para mí, la escritura de mujeres trasciende los límites de la textualidad y el campo editorial. Es una cultura en la que puedo decir con toda seguridad que me he desarrollado de manera indescriptible y gozosamente femenina.


Autores
(Ciudad de México, 1989). Egresada de Letras Inglesas en la Facultad de Filosofía y Letras, donde trabaja como profesora. También colabora con la Coordinación para la Igualdad de Género de la UNAM en la gestión de programas de prevención de la violencia, traduce y corrige guiones para distintas casas productoras y, en sus tiempos libres, intenta ser escritora. En el 2020 fue becaria del programa de Jóvenes Creadores del FONCA y tiene algunos textos curiosos publicados por ahí.

Ilustrador
Pamela Medina
Es ilustradora, dibujante y caminante. Estudió Diseño y Comunicación Visual y el diplomado “Casa: Ilustración Narrativa” en la FAD de la UNAM. Ha ilustrado libros para Ediciones Castillo, Editorial Planeta y Libros UNAM. También ha colaborado en revistas como Chilango, La Peste y Aire. Su obra ha sido expuesta individualmente en Guatemala, así como en muestras colectivas de ilustración desde 2017 en México, París, Praga y Uruguay. Actualmente forma parte del equipo de Pictoline, una empresa de divulgación ilustrada.
Ilustración realizada por John Marceline
Ilustración realizada por John Marceline

Que el mundo y sus sociedades son patriarcales y misóginas no es una sorpresa para nadie. Que el orden social está basado en una lucha de poder constante, tampoco. Durante siglos, la “verdad” de las cosas ha sido la palabra masculina y, el cuerpo de las mujeres, el territorio en el que esta verdad se materializa. Como señala Rita Segato en su libro La guerra contra las mujeres, el cuerpo femenino es un mapa de la violencia ejercida por hombres y el campo de batalla en el que se pelean las guerras de poder.

Hoy, a pesar del feminismo y sus logros, nuestro cuerpo sigue siendo un medio de comunicación de los “dueños”, de quienes dominan y lo demuestran. En México, particularmente, esto lo podemos ver todos los días. ¿Cómo, entonces, pensarnos fuera de la “pedagogía de la crueldad” de la que habla Segato? ¿Cómo constituirnos, como mujeres, fuera de esta dinámica de poder machista? ¿Cómo reafirmar nuestra autonomía en el país de los 10 feminicidios diarios?

En La guerra contra las mujeres, Rita Segato señala que las formas de hacer guerra han cambiado, pues, a pesar de que en muchas partes del mundo todavía se ataca con bombas y tanques, en América Latina, al menos, se ha ido expandiendo una nueva conflictividad informal, un mundo bélico que no tiene ningún tipo de consideraciones, una guerra silenciada que no se admite y de la cual no se habla. México es el ejemplo perfecto. No por nada el primer ensayo en el libro de Segato empieza hablando acerca de la situación en Ciudad Juárez. México pertenece a las mafias criminales, militares, estatales y corporativas; es un país corrupto hasta la médula en el que no hay justicia y la única ley es la de los jefes de estas mafias.

Las consecuencias de las disputas entre los que mandan son las noticias de todos los días: que un decapitado aquí, que un desmembrado allá, que un cuerpo en una bolsa, que una ola de secuestros, que unos colgados. Y eso que los medios de comunicación ocultan mucha información. Pero basta una búsqueda rápida en Google o una ojeada al Blog del Narco o a algún subreddit para enterarse de la realidad escalofriante del día a día mexicano. Ahora, como menciona Segato, esta guerra de las élites disfrazada de “lucha contra el narco” o “lucha contra la corrupción” está basada, por supuesto, en el despojo y en el afán de lucro.

En la introducción a su libro Estado de emergencia: De la guerra de Calderón a la guerra de Peña Nieto, Carlos Fazio  —al igual que Segato— apunta que, desde sus inicios, el sistema capitalista ha sido amoral y, a partir de sus propios intereses, ha dictado la legalidad. El dinero, el poder, el secreto y otras formas de interés económico son las principales motivaciones de los grupos de influencia más grandes que se han instalado en el núcleo de los sistemas políticos y económicos.

Es por esto que la nueva forma de belicosidad es informal e ilícita, pero legal a la vez: los grupos o corporaciones armadas que se enfrentan son facciones, bandos, mafias, grupos tribales o mercenarios corporativos que están directamente relacionados con los sectores cruciales de la sociedad, el Estado y la economía. Hemos normalizado la violencia porque permea cada aspecto de nuestra vida cotidiana, porque es la ley impuesta y la impunidad lo ha demostrado.

La guerra contra las mujeres enfatiza cómo las fuerzas paraestatales de los regímenes dictatoriales, el crimen organizado, las fuerzas de seguridad oficiales actuando de manera arbitraria, la represión policial, la represión por parte de fuerzas privadas, las compañías contratadas para tercerizar la guerra, la violencia ejercida por mafias, las maras y otros grupos, son algunos de los elementos que caracterizan este nuevo modelo de guerra que tiene como base el capitalismo más brutal —propugnado por los sistemas de gobierno neoliberales— cimentado en el despojo y en el despliegue de violencia y crueldad sin límites para conseguirlo.

Esto es fácil de identificar. ¿Cuál es el mensaje detrás de los cuerpos despedazados junto a una cartulina firmada por algún cartel?, ¿qué busca la policía al levantar gente, torturarla y luego soltarla?, ¿qué gana el gobierno con reprimir las manifestaciones y solapar la corrupción? Reafirmar el poder sobre alguna plaza, amenazar a algún rival, provocar miedo, sofocar las quejas, ganar sumisión y, finalmente, lo que más importa en el mundo capitalista: obtener beneficios económicos y poder ilimitados.

Es importante tener en cuenta que, como indica Segato, este nuevo tipo de conflicto no tiene como meta la paz, o algún objetivo en especial, ni está en la mira un término: la guerra se ha vuelto un proyecto a largo plazo, una forma de existencia sin victorias o derrotas conclusivas. Más bien, es un despliegue constante de poder. Y uno de los blancos principales de dicha guerra es el cuerpo de la mujer, que es violentado como parte de estrategias específicas de exhibición y dominio.

Hay que recordar que las mujeres siempre han sido un sector vulnerable en los conflictos bélicos. A lo largo de la historia han sido botines de guerra, y la violación y maternidad forzada han sido formas de sometimiento y ruptura de dinámicas comunales (se me viene a la cabeza la violación masiva de Nankín, por ejemplo). Las mujeres han sido contadas entre las propiedades y recursos de un pueblo, y su destrucción o violación representan la destrucción y violación de toda una comunidad.

Sin embargo, como se explica en el libro de la autora argentina, con el cambio de tipo de guerra, el cuerpo de la mujer pasó de ser un daño colateral a ser el campo de batalla. En muchos de los feminicidios en México, incluyendo los de Ciudad Juárez, la tipología de la violencia es identificable:

[…] secuestro de mujeres jóvenes con un tipo físico definido, en su mayoría trabajadoras o estudiantes, privación de libertad por algunos días, torturas, violación tumultuaria, mutilación, estrangulamiento, muerte segura, mezcla o extravío de pistas y evidencia por parte de las fuerzas de la ley, amenazas y atentados contra abogados y periodistas, presión deliberada de las autoridades para culpar a chivos expiatorios a las claras inocentes y continuidad ininterrumpida de los crímenes desde 1993 hasta hoy [en el caso específico de las muertas de Juárez]”. 1

Suena bastante familiar, ¿no? Hay muchos ejemplos que concuerdan exactamente con esta descripción —sobre todo al norte del país—, pero el caso más reciente que se me ocurre es el de Debanhi Escobar: las inconsistencias en la investigación, el intento de la Fiscalía de Nuevo León de hacerlo pasar por un accidente, la presión mediática que se tuvo que hacer para que las autoridades tomaran cartas en el asunto, el lugar en el que encontraron su cuerpo y que supuestamente ya habían cateado varias veces.

Como era de esperarse, en la mayoría de los casos de feminicidio se recurre al señalamiento de chivos expiatorios, muchas veces la misma víctima (que qué hacía ahí, que por qué iba vestida de esa forma, que si estaba borracha), y culpables abstractos que contribuyen a la salida impune de los orquestadores reales de los crímenes. El Estado mexicano, cuyos nexos con organizaciones criminales no son un secreto, señala como perpetrador de toda la violencia del país al “narcotráfico”. No se mencionan nombres o sectores específicos y se deja al aire cualquier posibilidad de concretar los procesos judiciales necesarios.

Reitera Segato que “la pedagogía masculina y su mandato se vuelven una pedagogía de la crueldad, funcional a la codicia expropiadora, porque la repetición de la escena violenta produce un efecto de normalización de un pasaje de crueldad y, con esto, promueve en la gente los bajos umbrales de empatía indispensables para la empresa predadora”2.

Uno de los argumentos principales alrededor del que gira La guerra contra las mujeres es que la crueldad en el cuerpo de la mujer —del niño o del cuerpo feminizado— tiene como fin último transmitir un mensaje porque representa al “tercero inocente” de las tareas de guerra. Mujeres y niños son víctimas que ponen en evidencia el pacto de complicidad de las élites y que conforman el espectáculo de la ostentación de poder.

Resalta el hecho de que, frente a las oleadas de ataques, las autoridades y líderes de opinión fomentan cierta percepción de la tipología de todos los crímenes misóginos que ocurren en distintas zonas del país: se suele enfatizar que las agresiones son de tipo pasional, violencia doméstica, abuso sexual, violaciones a manos de agresores seriales, crímenes por deudas o tráfico de mujeres. Y claro que los hay. Cientos de crímenes encajan en esta tipificación. Sin embargo, en los medios masivos nunca se habla de la sistematicidad y correspondencias entre muchos de los asesinatos, como si se intentara ocultar su verdadera razón, el verdadero móvil de tales despliegues de crueldad y de la violación en todos los aspectos del cuerpo femenino.

A lo largo de las décadas se ha querido ocultar lo que es evidente: que la sexualidad plasmada en el cuerpo expresa la inseminación del domesticador sobre el cuerpo-territorio de la mujer y, por lo tanto, de la comunidad. Que el uso forzado y abuso del cuerpo del otro está dirigida al aniquilamiento de la voluntad y dignidad de la víctima. Que la violación, tortura y asesinato de las mujeres y la escritura en sus cuerpos tiene como objetivo una subordinación física y moral —no únicamente el placer del agresor—, que con ello se quiere perpetuar el nivel de crueldad y violencia a la que estamos habituados los mexicanos. Que somos la carne de cañón. Que los feminicidios son, en última instancia y como lo demuestra el análisis hecho por Rita Segato, mensajes de ciertos grupos que manifiestan su poder soberano sobre la vida de otras personas: sobre su trabajo, su economía, su tranquilidad, su muerte y su terror.

***

Hace algunos meses empecé a usar ropa más holgada, playeras y jeans aguaditos. En parte porque me gusta mucho más el estilo que la gen z volvió a poner de moda que la ropa embarradísima y los skinny jeans, y en parte porque me he puesto redondita y me siento insegura con mi cuerpo. Gracias al jomofis, a mi pésima gestión del tiempo, a que el covid me dejó jodidos los pulmones y a que como por ansiedad, no he podido desprenderme de varios hábitos que ya le están pasando factura a mi cuerpecito. En fin. En la última mitad del año pasado me di cuenta de que me estaba mirando demasiado tiempo en el espejo, que intentaba meter la panza constantemente y que me desvivía para que mi cabello y maquillaje fueran perfectos para “compensar” que mi cuerpo se viera como se ve.

Y sí, ya sé que las mujeres no vivimos para la mirada de otros o para ser bonitas o para seguir los estándares de belleza ridículos de esta sociedad misógina. También sé que mi valor no reside en los números de una báscula o en una piel perfecta, y que sentir presión para cumplir con ciertos ideales de belleza imposibles es un lavado del cerebro. Y aún así a veces me dan penita mis muslos, la piel de mis piernas, el vello corporal que decido no depilar o mi abdomen que se inflama a la mínima provocación. Sé que no me pasa únicamente a mí, que para muchas es complicado sacarse el chip de algunas prescripciones patriarcales y que es todo un proceso aprender a integrar el feminismo en el día a día.

El punto es que empecé a vestirme diferente y, después de un par de semanas, me percaté de que me estaba sucediendo algo que también había ocurrido cuando decidí raparme: el acoso callejero disminuyó, paró casi por completo, de hecho. Después de vivir toda la vida en la CDMX, una se acostumbra a los silbidos y las peladeces diarias en la calle o en el transporte público. No usar faldas cortas, cubrirse el escote, cargar con un gas pimienta o algo para defenderse, compartir siempre nuestra ubicación y, en general, estar alerta ante cualquier signo de que alguien nos quiere violar o secuestrar son los esenciales del manual de supervivencia en esta ciudad. Aprender a leer las situaciones y hasta las señales más sutiles del lenguaje masculino es siempre necesario.

Y a pesar de seguir las recomendaciones de seguridad al pie de la letra, en este país siempre hay un alto riesgo de ser víctima de algo, especialmente si se es mujer. Tristemente, con tantos feminicidios y desapariciones, el acoso callejero es lo de menos. Aun así, cuando comencé a vestirme con prendas que no dejan ver mucho de la forma del cuerpo y no revelan las curvas del pecho o las piernas me sentí más segura, como cuando me corté el cabello al ras hace un par de años. Caminar por la calle frente a algún grupo de hombres y pasar más o menos inadvertida es una bendición. ¿Pero por qué este cambio? ¿Qué hace que una se aleje un poco del blanco de los tipos que acosan? ¿Qué hace que seamos menos atractivas para los hombres? Creo que se debe al alejamiento de los códigos específicos de la feminidad tradicional. Salir un poco del molde de “cómo se ve una mujer” hace que seamos menos… visibles, supongo. Ocultar lo que es típicamente femenino y que nos pone en el mapa de la mirada masculina.

No generalizo porque el cómo una decida vestirse para nada es garantía de que se esté segura, cuántas violaciones no ocurren a plena luz del día aun cuando las víctimas vestían ropa nada llamativa. Aun así, vale la pena preguntarse por qué. A todo esto, ¿qué tienen que ver estas preguntas y anécdota personal con los feminicidios y la guerra en el cuerpo de las mujeres de la que habla Rita Segato? Son reflexiones que surgieron después de leer el texto y al pensar en mi propio cuerpo como campo de guerra potencial o como medio de comunicación entre hombres.

Nuestro cuerpo, como mujeres, no es únicamente un lienzo en el cual se escriben las historias de crueldad y terror de los hombres a nivel político. También es objeto de dogmas moralistas y religiosos (el asunto la legalización del aborto, por ejemplo); de ideas misóginas respecto a nuestro papel en el hogar, en el espacio laboral, en el ambiente doméstico; de estándares de belleza patriarcales; de una sexualización constante por parte de los medios y la cultura popular; de concepciones machistas respecto a las relaciones de pareja y un largo etcétera.

Al leer los ensayos de Rita Segato lo único que pude pensar es que nuestros cuerpos no son nuestros. Nunca lo han sido. La mayoría de las mujeres que conozco han sido víctimas de algún tipo de violencia sexual, han vivido dinámicas abusivas en relaciones de pareja, han sufrido acoso en la calle y, claro, se han sentido avergonzadas de su cuerpo o han sentido presión de verse de cierta forma. Como si esto no fuera ya parte del paquetito que viene con el “ser mujer”, las mujeres latinoamericanas (mexicanas, en este caso), encima de todo, tenemos que intentar hacer nuestras vidas en este país podrido, lleno de cadáveres en el que, tomando en cuenta las estadísticas, cada hombre representa un peligro potencial. LITERALMENTE. Por más que creamos que los conocemos o que son confiables y no nos harían daño.

Qué agüite, ¿no? Es horroroso (aunque muy esclarecedor) leer el libro de Rita Segato, pero es aún más horrible reconocer nuestra realidad en las dinámicas espeluznantes que describe, saberse parte de un sistema monstruoso para el cual somos pedazos de carne, medios para un fin; un sistema que se alimenta del miedo y el silencio; un sistema en el que si un día desaparecemos, lo más probable es que quede impune.

Reflexionando acerca de esta idea de que nuestros cuerpos no son nuestros, es que pensé en mi relación con el mío: en cómo me gustan los jeans guangos porque no aprietan y se ven lindos, pero también porque evita que me sexualicen en la calle; que me encantan los suéteres grandotes porque son cómodos, calientitos y me gusta la moda de los 90s, pero también porque me cubren todo lo que hay que cubrir para que no haya excusa de que una “se lo buscó”; en cómo me gustan las camisetas oversized porque se ven cool, pero también porque no acentúan mi panza blandita. El hecho de que nuestro cuerpo no es nuestro se refleja no solo a nivel físico, sino también simbólico. No solo hay que cuidarse de los acosadores, también hay que cuidarse de la vergüenza pública y la presión social de no encajar o de no tener un cuerpo normativo. Y estoy consciente de que hablo desde mis privilegios, sé que hay mujeres que lo tienen mucho más difícil que yo.

Para mí sería impensable usar algún crop top que deje ver las costillas o un vestido corto si voy a caminar en la calle, ya ni siquiera por complejos personales o por una cuestión de estilo, sino porque realmente me aterroriza sentirme tan vulnerable y expuesta. Me da miedo llevar la piel al aire y no es que sea paranoica, es que se siente horrible sentir las miradas lascivas embarradas en el cuerpo o estar escuchando siseos o besos mandados de lejos de algún tipo asqueroso al que le gusta molestar e intimidar gente. Las veces que he querido usar ropa más ligera, me he tenido que cambiar aunque me guste cómo me veo porque me asusta salir muy descubierta y me dan mucho asco los piropos de los viejos cerdos que una se encuentra en los camiones o en el metro. Esta situación es un recordatorio más de que mi cuerpo no es mío.

Y a todo esto… ¿qué se puede hacer?, ¿qué podemos hacer para volver a ser nuestras y encontrar refugios en medio del horror de la realidad mexicana, en medio de miles de crímenes repugnantes?, ¿cómo sobrellevar tantas atrocidades? Se me ocurren varias cosas:

  1. Abrir los ojos, no formar parte de la invisibilización de esta guerra en nuestros cuerpos y del régimen de terror sistemático que vivimos día tras día.
  2. No contribuir a la revictimización de las mujeres que han sido asesinadas, violadas o desaparecidas.
  3. No olvidar. Nunca. Jamás.
  4. No contribuir a nuestra objetificación e hipersexualización, no observarnos entre nosotras desde la mirada masculina y sus prescripciones.
  5. Formar vínculos significativos y hacer comunidad ante el aislamiento en el que pretende sumirnos el régimen de terror que vivimos. Cuidarnos entre nosotras.
  6. Aprender a valorar lo que vemos en el espejo y subvertir, poco a poco y con paciencia, los mandatos misóginos que se nos imponen.
  7. Ante la pedagogía de la crueldad, ternura radical. Ternura hacia nosotras mismas y nuestro cuerpo que se empeñan en destruir y volver desechable.

En fin, estas son algunas cosas que creo que pueden ayudar para configurarnos desde otro lugar que no sea la revictimización y el miedo; que pueden ayudarnos a resistir y quizá, incluso, ayudarnos a imaginar una realidad diferente.


Autores
(Ciudad de México, 1997) Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana. En 2018 participó en el programa de escritura Elipsis organizado por el British Council y, al año siguiente, fue parte del Women’s Creative Mentorship Project de la Universidad de Iowa. Es autora de Sapos en la lluvia (2021), colección de cuentos publicada por el Fondo de Cultura Económica en colaboración con el Fondo Editorial Tierra Adentro. Ha publicado en revistas como Sin Embargo, Este País, Armas y Letras y la Revista de la Universidad de México. Actualmente es becaria del Programa de Jóvenes Creadores del Fonca.

Ilustrador
John Marceline
Rous, mejor conocida como John Marceline, es Diseñador gráfico por la Universidad de La Salle Bajío, aunque su verdadero amor es el dibujo, así que se ha dedicado a la ilustración de literatura infantil/juvenil, pero aún más grande resultó ser su amor por el cómic y la autoedición, actualmente prepara un par de libros de narrativa gráfica que espera lleguen a buen puerto para cerrar ciclos y empezar nuevos. Estudió el diplomado en Ilustración en la Academia de San Carlos en 2014, ha sido becaria de Jóvenes creadores 2016-2017 y tiene un proyecto de revista llamado Fabuloso Darks junto con Lucía Ayala, ha participado como ponente en varios eventos de narrativa gráfica mexicana, una fantasía que la hubiera hecho muy feliz en la infancia si un viajero en el tiempo se lo hubiera revelado.
Fotografía de Irma Serrano, por José Ignacio "Pepin" Rivero. Circa 1969. Dominio público.
Fotografía de Irma Serrano, por José Ignacio “Pepin” Rivero. Circa 1969. Dominio público.

Estamos en la Residencia de Los Pinos, es la madrugada del 4 de abril de 1969. Medio año antes se dieron los eventos por los que Gustavo Díaz Ordaz pasó a la historia toda la labor de su gestión quedó opacada por la masacre del 2 de octubre, consecuencia de la cerrazón de su gobierno que se resume muy bien con las palabras que pronunció en su cuarto informe de gobierno el septiembre anterior: “Hemos sido tolerantes hasta excesos criticados”. El presidente y su esposa, Guadalupe Borja, duermen. Las tensiones de los eventos del pasado año le cobran factura al presidente que tiene problemas gastrointestinales, mientras que la primera dama se muestra nerviosa, poco a poco ha dejado de acudir a los eventos que la requieren. Es el cumpleaños de Guadalupe, en la cocina ya se prepara la comida, han llegado flores y demás preparativos para la fiesta. Por ello no es extraño para el Estado Mayor Presidencial que un grupo de mariachis se presente a esta hora: una serenata para la primera dama.

Los mariachis, a indicaciones de los guardias, se colocan bajo la ventana de la recamara donde duerme la pareja presidencial. Con el grupo va una cantante, que para muchos de los miembros del Estado Mayor no es ninguna desconocida: Irma Serrano. Está enfundada en un traje de mariachi, la falda negra con botonadura de plata entallada que hace resaltar su figura. Lanza una mirada desafiante con sus ojos verdes enmarcados en gruesas y largas pestañas, como si una cámara estuviera registrando el momento y le hiciera un close up dramático; no hay necesidad de las cámaras, es cierto, que para eso estamos aquí, para suplirlas no hay un film en blanco y negro que capte la voz de la cantante, como lo hay, por ejemplo, de Marilyn Monroe cantándole Happy birthday, mister president a Kennedy. Un ligero temblor en los gruesos y rojos labios delata, si ponemos atención, que el desafío que está por hacer la amedrenta, podría echarse para atrás, regresar por donde ha venido. Pero el arrepentimiento no forma parte de su vocabulario, se dio valor antes de cruzar las puertas del recinto de los Pinos y se lo da ahora. Habla consigo misma, piensa en la niña de Comitán, Chiapas, que ganaba todas las peleas, que no se amedrentaba al enfrentarse a niñas más grandes o niños que podrían ser más fuertes. Nadie me ganaba, se dice, qué me voy a rajar ahora que sólo voy a cantar; pero esa misma voz la pone a pensar en que le va a cantar a la primera dama. 

Para nadie en el Estado Mayor es ningún secreto que hasta hace unas semanas el mandatario sostenía una relación con la cantante y actriz. Lo llevaron no pocas veces a la casa en la calle Peñas en el Pedregal de San Ángel  inmueble que por lo demás él le obsequió. Podrían pedirle que se retire, que no haga escándalos, pero también, como nosotros, quieren ver la serenata que va a ofrecer.

Los mariachis empiezan a tocar, uno de ellos lleva un acordeón, aunque no es instrumento común entre ellos, sí necesario para la canción que están tocando. Se escucha la potente voz de Irma: 

Yo trataba un casado, 

pero ya se me acabó,

su mujer lo había celado,

con otras, conmigo no.

La música despierta a la pareja presidencial, ambos reconocen la voz que está cantando. La voz que, por lo demás, imprime mucho sentimiento a su interpretación. No sabemos cuáles son las amargas palabras que doña Lupe le dirige a Gustavo, a fin de cuentas están en su alcoba, dejémoslos en su intimidad y sólo consignemos que hay palabras recriminatorias para el jefe del ejecutivo a las tensiones propias de regir el destino de casi cincuenta millones de mexicanos y las preocupaciones por los movimientos estudiantiles y la represión que su gobierno ejerció en los meses pasados se sumaban desde hacía meses los reclamos que la primera dama le hacía por el amorío que tenía con la cantante.  Además, les debemos un poco de privacidad, ya los hemos visto acostados en su cama, ¿no es ya demasiado andar oyendo sus peleas conyugales? Sólo digamos que hubo palabras, sobre todo de doña Lupita hacia su marido, y que estás fueron de todo menos dulces.

Más después de tanto y tanto 

su mujer lo sorprendió,

a él le dio cinco balazos 

a mí de milagro no. 

Irma sigue cantando, una sonrisa de desafío se dibuja en su rostro, sobre todo cuando ve las luces encendidas de la recamara donde sabe que la primera dama dormía. Aquella serenata era, a fin de cuentas, para ella que está cumpliendo cincuenta y cuatro años. Con una diferencia de dos décadas entre el nacimiento de una y otra, Irma sabe que la juventud, aunque a sus treinta y cinco años no es que sea precisamente joven, y su belleza son dos de los rasgos que atrajeron al presidente, el tercero fue el filo de su lengua y de su ingenio.

El presidente sin haberse cambiado y apenas se puso encima la bata de dormir sale de la recamara. Antes de que termine de cerrarse la puerta podemos ver por el quicio la mirada, que conjuga el nerviosismo y el enojo de doña Lupe, que se queda con los brazos cruzados sobre la cama.  

Mis amigos preguntaban:

¿Irmita pos qué paso?

En el verso que es pregunta los mariachis corean a la cantante, mientras ella baila al ritmo de la música y sin dejar de lanzar su sonrisa retadora.

Pos que cuando más yo lo amaba 

la gorda nos sorprendió. 

Aquí, Irma ha intencionalmente cambiado la letra compuesta por Basilio Villareal y Pepe Albarrán, porque ellos escribieron “la otra nos sorprendió”. 

Yo trataba un casado

por ser el mejor querer. 

Pero con lo que ha pasado 

pos ya no lo vuelvo a ver.

Las cortinas de la recamara presidencial se mueven apenas un poco, alguien allá arriba quiere ver a la cantante. Desde acá abajo no distinguimos gran cosa, quien sea no finjamos demencia, puede que Irma no esté segura quien se asoma, pero nosotros sabemos que en ese cuarto no queda nadie más que la primera dama—. La punta de unos dedos, que son los que han movido la cortina, es todo cuanto se puede percibir, además, es la madrugada, tampoco tenemos tan buena vista y doña Lupe se cuidó de que su silueta no se distinguiera a contra luz de la lámpara que el presidente encendió cuando empezó aquella serenata tampoco se atrevió a apagarla porque hubiera sido evidente que quería ver qué pasaba allá abajo y ese gusto no pensaba dárselo a la encueratriz esa, que era como se refería a la amante de su esposo cuando se veía en la penosa situación de hablar de ella, como hizo meses atrás cuando habló con Luisito, para pedirle que le boicotearan todo proyecto en que trabajara.  

El presidente sale de la residencia y camina hacia el grupo de artistas. Los miembros del Estado Mayor Presidencial se acercan y caminan detrás de él, algunos temen haber metido la pata al no haber corrido a la cantante antes de que empezara a cantar.

Mis amigos preguntaban:

¿Irmita pos qué paso? 

Pos que cuando más yo lo amaba 

la gorda nos sorprendió.

Irma nos ofrece una interpretación como si estuviera frente a miles de personas, se sabe vista y admirada, aunque en este momento, fuera de nosotros que ni siquiera sabe que estamos aquí, el Estado Mayor y algunos jardineros y la gente que debería estar en las faenas de la cocina, no tiene un público como tal. O, mejor dicho, su público son dos personas, una que se acerca a largas zancadas y que decide los destinos de millones y la otra, allá arriba, que se asoma desde la ventana.

Yo trataba un casado

por ser el mejor querer. 

Pero con lo que ha pasado 

pos ya no lo vuelvo a hacer.

Y los mariachis le responden: 

¡Ya no lo vuelvas a hacer! Máaaas

El presidente, con una mueca que puede ser una sonrisa de no ser que no refleja alegría alguna, se para enfrente de Irma. Ella le clava la mirada, está enojada, después de todo y a pesar de los regalos y los cinco años y medio juntos él la ha dejado. Con toda la fuerza que le es posible le da una cachetada al presidente. Los miembros del Estado Mayor sacan sus armas y cortan cartucho. Gustavo con una mano se soba el golpe que acaba de recibir y levanta la otra para detener a sus guardias. 

Vienen las agrias palabras de una pareja que ha terminado, dimes y diretes que no tiene caso presenciar. Lo principal ya lo hemos visto, Irma ha venido hasta los Pinos a darle una serenata a la primera dama porque ella se enteró de su amorío con el presidente; Irma le dio una cachetada a Gustavo Díaz Ordaz. 

Por supuesto que esta escena sólo se ha conocido por una persona que la contó en varias ocasiones, Irma Serrano misma, que en ese 1969 todavía no era la Tigresa, ese apodo se lo ganaría un par de años después cuando se hizo una historieta de ella con ese título. Pero, dado el personaje que ella fue no es improbable que haya pasado y que lo haya hecho más o menos en los términos que ella dio y a partir de los cuales es que los he invitado a presenciarla. Esta escena capta muy bien las diferentes dimensiones del personaje de la Tigresa, por una parte su fascinación con el poder, su presencia escénica, el escándalo, su beligerancia y, por otra parte, del momento histórico los vínculos entre la gente del poder y del espectáculo (Irma Serrano no ha sido la única mujer de la farándula a quien se le ha vinculado con los presidentes de la república, ya no se diga con políticos), los guardias presidenciales dispuestos a ejecutar a una persona que le faltó al respeto a su jefe.

Según las diversas memorias que llegó a escribir ella aseguraba haber estudiado literatura y fue prima de Rosario Castellanos, a cuya casa llegó cuando emigró a la Ciudad de Méxicodesde los años setentas y las entrevistas que fue dando a lo largo del tiempo que se fueron volviendo más esporádicas desde que ella dejó de vivir en la capital y se mudó a su natal Chiapas la serenata que Irma le llevó a la esposa de Gustavo Díaz Ordaz marcó el final de la relación que la actriz y el político tuvieron. Una relación en la que él le dio no sólo una casa, si no la cama de la emperatriz Carlota, mueble que años más tarde devolvió al Castillo de Chapultepec. 

La Tigresa en ese momento estaba en uno de sus momentos de mayor popularidad, sus películas eran transmitidas en todos los cines y sus canciones se escuchaban en todas las radios del país. Éxito que mantuvo en la década siguiente y al que sumó su presencia en el teatro, en la que mostró su veta disruptiva, pues comenzó con una obra titulada Lucrecia Borgia en la que se desnudaba cuando se presentó en Ciudad Juárez algunos panistas se presentaron en el teatro a lanzar piedras acusándola de inmoral. Fue en esta década, en 1973, en la que adquirió el histórico teatro de la calle Donceles, al que rebautizó con el nombre con el que es conocido hasta el día de hoy: Teatro Fru Fru. Ahí, en 1984, Irma junto con Nancy Cárdenas escritora y una de las primeras activistas de los derechos de las personas de la diversidad sexo-genérica, la primera que en televisión abierta en 1973 salió del closet hicieron el drama musical El pozo de la soledad, basándose en la novela homónima de Radclyffe Hall, en la que mostraban una relación lésbica en escena (entre Cárdenas y Serrano). 

En la última década del siglo XX Serrano incursionó directamente en política, llegando a ser diputada federal y senadora de 1994 a 2000. En ese periodo se caracterizó por su beligerancia en tribuna y enfrentamiento a diversas figuras como a Carlos Salinas de Gortari. Es en esa época cuando respalda a Andrés Manuel López Obrador en su candidatura a la gubernatura de Tabasco en 1994. 

En la década del 2000 protagonizó varios escándalos, a los que ella años más tarde en una entrevista calificó de puntadas, sobre su vida privada y sus relaciones con hombres mucho más jóvenes que ella o con el embarazo que no llegó a término.

Con una mirada penetrante, tanto que sus ojos enmarcados en gruesas pestañas y sus cejas arqueadas con el lunar casi en medio de ellas está presente en las portadas de sus libros (A calzón amarrado, A calzón quitado, Sin pelos en la lengua y Una loca en la polaca), Irma Serrano, la Tigresa, es al mismo tiempo una rara avis de la política y la farándula mexicanas, como una figura que condensó a lo largo de su vida las luces y las sombras de esas dos esferas de la vida pública de nuestro país.

Fotografía de Irma Serrano, por José Ignacio "Pepin" Rivero. Circa 1969. Dominio público.

Fotografía de Irma Serrano, por José Ignacio “Pepin” Rivero. Circa 1969. Dominio público.


Autores
(Cuauhtémoc, Chihuahua, 1984) es autor de Gloria mundi. El nuevo Liber Pontificalis, ganador del Premio Nacional de Cuento Breve Julio Torri 2015.
Ilustración realizada por Pamela Medina
Ilustración realizada por Pamela Medina

Al estar frente a una pantalla —sea de cine, televisión, de la computadora o del teléfono—, ¿qué es lo que vemos? ¿Cómo lo estamos viendo? ¿Qué nos dice la imagen o el  video del sujeto u objeto que presenta? y ¿por qué ocurre esto?

El cine, una de las artes más populares del siglo XX y de lo que va del XXI, también se analiza, disecciona y disfruta. Al estar enfocado en historias y narrativas ficticias o basadas en la realidad, permite que un sinfín de personas puedan tomar las películas, como un punto de conexión y discusión, para compartir las perspectivas, ideas y sentimientos provocados por ellas. 

La crítica de cine y su análisis se desarrollaron casi a la par de este arte y han tenido hitos y evoluciones teóricas importantes en el último siglo. Uno de los más importantes, y que ha moldeado la manera en que discutimos el cine (y otras artes) desde una perspectiva feminista crítica, es la teoría del male gaze (mirada masculina), propuesta por la teórica de cine británica Laura Mulvey.

Parte de las cosas que nadie te advierte cuando inicias y continúas tus aprendizajes sobre feminismo y cuestiones de género es que, una vez que empiezas a ajustar la mirada, es casi imposible dejar de notar la cantidad absurda de machismo y sexismo en las artes.

En el caso del cine, notas, por ejemplo, que las mujeres son presentadas de los pies y talones hacia arriba, de modo que lo primero que se nota son sus nalgas o escote y, lo último, el rostro de la actriz. Por otro lado, a los hombres se les presenta de frente, de modo que podamos identificar rápidamente su semblante. 

La mujer (siempre cis, blanca y heterosexual, de cuerpo delgado y atractivo) es un objeto de deseo, de aversión o de propiedad, mientras que el protagonista masculino es el dimensionado como “persona real” considerando, también, que sigue otras expectativas de belleza, pero con mayores libertades— y es a su vez, el personaje con el que nos piden identificarnos en la historia. Estas representaciones son las que cuestiona Laura Mulvey, quien nació en 1941, en la ciudad inglesa de Oxford.

Estudió historia en St. Hilda’s College y ganó notoriedad en la década de los 70 como teórica de cine al establecer la teoría de cine feminista, como un campo legítimo de estudio. Actualmente, es profesora de estudios de filme y medios en la Universidad de Londres.

En 1975, publicó en la revista de teoría de cine Screen un ensayo titulado “Visual Pleasure and Narrative Cinema” (“Placer visual y cine narrativo”), en el que usó la teoría del psicoanálisis para descubrir cómo y en qué momentos la atracción en el cine se refuerza por patrones de fascinación previos del sujeto y por las formaciones sociales que moldean a las personas. Mulvey usó las teorías de Lacan y Freud para plantear un nuevo marco de análisis que pudiera usarse para analizar cualquier obra artística, fílmica o literaria.

Su enfoque cuestionó también la identificación de los espectadores con lo que observan en pantalla, creando el término “male gaze”, o mirada masculina, en el que analiza la forma en que los creadores retratan y presentan a las mujeres en el cine. 

Mulvey plantea, por un lado, que la narrativa fílmica parte desde una visión masculina que toma al hombre como sujeto activo, mientras la mujer es relegada a ser un objeto pasivo. Asimismo, nota que las audiencias al colocar la historia desde la perspectiva masculina, entran en la siguiente dinámica: quien la observa se identifica con el hombre y ve al personaje femenino como objeto, de manera que se refuerza la idea sexista. Mulvey enmarca esto dentro de la noción de que el cine es inherentemente voyerista y provoca placer. 

El impacto de esta teoría y de la existencia misma del “male gaze” nos muestra el lente desde el que se graba y se narra la realidad. Sin embargo, esa mirada masculina no domina únicamente al cine, sino también a la literatura, la pintura, la arquitectura, el urbanismo, la política, la economía y a la misma estructura social que nos moldea. 

Reconocer la existencia y hegemonía de la mirada masculina —que se extiende de otras formas, como la cisheteronorma, la clase y el color de piel— nos invita a considerar que hay fronteras, exclusiones y universos que, aunque se reconozcan y consideren como cotidianos, siempre se sentirán extranjeros. Por lo tanto, si no tengo la mirada masculina porque, de entrada, no soy hombre, ¿qué hay de mis lentes, mi punto de vista?

Desde que tengo memoria, como espectadora, debí admirar a los héroes masculinos y tomarlos de modelos, pero nunca replicarlos, porque atentaría contra lo que se esperaba de mí. Por otro lado, debido al exceso de historias enfocadas en hombres, yo (y seguramente a más personas) desarrollamos una simpatía permanente por cualquiera de ellos, que no se extiende hacia otras mujeres.

Cuando la chica se encuentra en peligro en películas de acción, como lo hace, por ejemplo, Willie Scott en Indiana Jones and the Temple of Doom (1984, dir. Steven Spielberg), la primera reacción es culparla por su desgracia, voltear los ojos y esperar que el héroe titular la rescate. Su caracterización como mujer hermosa, superficial, miedosa y torpe nos hace distanciarnos de la joven. Nunca nos preguntamos por qué alguien como ella no podría ser la heroína de la historia. Por otro lado, todo el tiempo simpatizamos con el protagonista y lo admiramos, aún cuando tiene ideas terribles o es antipático. 

El término “male gaze” funciona como punto de partida para más preguntas, resaltando cómo se percibiría una “mirada femenina” o una “mirada queer” y qué tan diferente podría ser de la mirada masculina cotidiana. Estos fueron algunos de los cuestionamientos que surgieron tras la publicación de “Visual Pleasures”, en los que se incluye la pregunta: ¿Dónde se colocan las espectadoras y realizadoras dentro de la visión que plantea que la perspectiva masculina debe ser la dominante?

En 1981, Mulvey regresó a su ensayo original con una nueva reflexión a partir de esas preguntas, el cual fue presentado originalmente en la conferencia Cine y psicoanálisis en el Centro de Estudios Cinematográficos del SUNY. El texto se enfoca en explicar, desde el psicoanálisis, la experiencia y encrucijada que enfrentan las mujeres como parte de la audiencia.

“Afterthoughts on ‘Visual Pleasure and Narrative Cinema’ inspired by King Vidor’s Duel in the Sun (1946)” (“Pensamientos posteriores sobre ‘Placer visual y cine narrativo’, inspirados por Duel in the Sun [1946] de King Vidor”) contempla que las películas hollywoodenses, sobre todo las de género Western, se estructuran alrededor del placer masculino y plantean que al verlas, las mujeres redescubren ese aspecto perdido de su identidad sexual.

Por lo general, las espectadoras se identifican con el héroe masculino —porque la narrativa coloca a la audiencia con el héroe— y las confunde, ya que su identificación y su deseo no coinciden con la expectativa de representación femenina en pantalla. 

Mulvey precisa que para responder a la pregunta “¿qué es lo que ella quiere?”, los realizadores usaron el melodrama para centrar la acción en personajes femeninos, planteando como conflicto central su ambivalencia respecto a qué tipo de mujer quiere ser y qué tipo de vida debería llevar. 

Por un lado, la mujer puede ceder a sus pasiones y hacer cosas “de hombres”, usando el poder de la masculinidad como un escudo temporal contra el poder patriarcal, o bien, podría aceptar el rol y sexualidad pasiva esperado de ella, convirtiéndose en una dama de sociedad.

Al analizar el western de Vidor, centrado en una mujer morena que no sabe cómo asimilarse en una sociedad blanca, Mulvey argumenta que el debate interno de la protagonista es similar al de las mujeres espectadoras, quienes aceptan la masculinización en su fase activa y permanecen intranquilas con dicha identificación.

¿Podemos identificarnos, como espectadoras, con lo que vemos sin sentirnos fuera de lugar? ¿Hay alguna forma de crear esa visión detrás de cámara? A la par de su carrera como teórica, Mulvey coescribió y codirigió con su marido, Peter Wollen, seis proyectos fílmicos, siendo el más destacado Riddles of the Sphinx (1977); una película avant-garde enfocada en mostrar la forma en la que la experiencia femenina ocupa espacio. Su obra fílmica se enfoca en teoría feminista, semiótica, psicoanálisis y políticas de izquierda, buscando retratar en pantalla lo que escribe en papel. 

Gracias a la difusión de teorías feministas enfocadas en cine, recientemente se ha popularizado el término “female gaze” como respuesta al “male gaze”. Su propósito es describir y resaltar la perspectiva visual y el trato narrativo que reciben los personajes femeninos, de manera que éstos sean sujetos con sus propias motivaciones y vida interior. Considerando esto, el género y sexo de quien dirige no necesariamente importa, pero el uso popular del término se enfoca en resaltar y promover el trabajo de directoras y guionistas mujeres. 

Al igual que la teoría de Mulvey, el “femele gaze” tiene tres puntos de partida: la dirección y filmación de la historia, los personajes dentro de la película y la audiencia, enfocándose en las público femenino. Al igual que la propuesta original de Mulvey, también asume que la “Mirada Femenina” es única y universal, aún si está limitada por clase, raza, género y sexualidad, entre otros factores, los cuales se presentan como puntos de inflexión y preguntas para tener reflexiones más profundas, que nos hagan cuestionarnos cómo vemos lo que consumimos y qué es lo que el o la artista nos quiere comunicar. 

A casi 50 años de su publicación, las teorías e ideas de “Visual Pleasures” siguen siendo un punto de partida para conversaciones sobre el cine, cómo nos vemos y cómo vemos a otras personas. Personalmente, lo que más me fascina de Mulvey y sus análisis, es la manera en que nos lleva a considerar y pensar lo que observamos, además de animarnos a compartir nuestras reflexiones sobre nuestra forma de ver el mundo con otras personas, es decir, una invitación abierta a discutir el arte para nutrirnos de lo que capturaron nuestras miradas por un par de horas. 


Autores
(Fort Collins, 1991). Crítica de cine, escritora y traductora. Su trayectoria engloba proyectos en ONGs y la creación de contenidos creativos en agencias de comunicación audiovisual. Tiene un enfoque multidisciplinario e inclusivo que ha estado en diversas plataformas cine nacionales e internacionales enfocadas en cine; autopublicó Mándame un mensaje cuando llegues a casa, porfa (2021), un poemario de horror.

Ilustrador
Pamela Medina
Es ilustradora, dibujante y caminante. Estudió Diseño y Comunicación Visual y el diplomado “Casa: Ilustración Narrativa” en la FAD de la UNAM. Ha ilustrado libros para Ediciones Castillo, Editorial Planeta y Libros UNAM. También ha colaborado en revistas como Chilango, La Peste y Aire. Su obra ha sido expuesta individualmente en Guatemala, así como en muestras colectivas de ilustración desde 2017 en México, París, Praga y Uruguay. Actualmente forma parte del equipo de Pictoline, una empresa de divulgación ilustrada.
"Agnès Varda y Jorge Sánchez Sosa en una charla privada en el lobby del Hotel Fiesta Americana" Fotografía de Oscar Delgado, recuperada de Wikimedia Commons (CC BY 2.0).
“Agnès Varda y Jorge Sánchez Sosa en una charla privada en el lobby del Hotel Fiesta Americana” Fotografía de Oscar Delgado, recuperada de Wikimedia Commons (CC BY 2.0).

Los amigxs – sin partido, sin instituciones,

sin referencias fuertes de identidad —

sirven para pensar la vida.

Amador Fernández Savater

En los últimos años he pasado muchas horas reflexionando sobre la amistad y el hacer comunidad: ¿Qué es un amigx? ¿Por qué  y para qué nos vinculamos?

Dice Bifo que la amistad “es el placer de la relación con el cuerpo del otro”, para él es necesario re-erotizar la comunicación social. Salir al encuentro, exponerse. La amistad como problema político a enfrentar.

En este texto propongo utilizar la película de Agnès Varda L’une Chante, L’autre Pas (1977) como eje crítico y de pensamiento para repensar la importancia de la creación vincular entre mujeres. La amistad como problema político, sí, pero también como registro de nuestra sensibilidad y feminidad.

La amistad como resistencia. Amistad como generación de posibilidad, de accionar y desaccionar la catástrofe. Amigas que nos ayuden a caminar con el dolor y transitar la oscuridad. Amistad como cultivo de afectos alegres, de risas y abrazos. Amistad para continuar la lucha y encontrar espacios desde donde resistir. La amistad para permitirnos ser, encontrarnos y perdernos las veces que sean necesarias. Amistad para reinventarnos juntas, para pensarnos y encontrar libertad y soberanía en nuestros actos y cuerpxs. Amistad que acuerpe, re-apropie y emancipe.

 

Andar el camino: sobre la potencia del encuentro.

En su libro A nuestros amigos, el comité invisible escribe:“Nadie sabría decir lo que puede un encuentro”, refiriéndose a los encuentros que dan lugar a acontecimientos, movimientos que recorren brechas desde lo común. Tomo la cita anterior como  trazo y lenguaje para observar la película de Agnès Varda filmada en 1976, L’une Chante, L’autre Pas: es un retrato del vínculo entre dos amigas que pone en marcha devenires-revolucionarios.

El filme transcurre entre el encuentro y la correspondencia de Suzanne y Pomme. Pomme a sus 17 años, en un gesto estremecedor, consigue el dinero para que Suzanne, quien vive en condiciones precarias con Jerome, pueda abortar, ya que no puede costear tener un hijo más. Su amistad se ve interrumpida por el suicidio de Jerome que obliga a Suzanne a regresar a casa de sus padres y empuja a Pomme a independizarse y seguir sus sueños. 10 años más tarde, se encuentran en una marcha feminista a favor del aborto. A partir de ahí, y durante varios años, comenzarán a compartir correspondencia y su amistad será objeto de resistencia, amor y feminidad.

La película sigue la militancia y el activismo de las dos mujeres como un retrato histórico del movimiento feminista en la década de los 70s, evidenciando el inicio del quiebre de la subordinación de las mujeres. La búsqueda de ambas por encontrarse a ellas mismas y ser libres de relaciones de sometimiento. Un reencuentro con la feminidad que funciona como espejo para ambas protagonistas de esta historia. La potencia de la amistad entre ellas radica primordialmente en su primer encuentro y cómo a través de él, se dan las condiciones de posibilidad para romper la opresión y el control de los cuerpos femeninos. Es a partir de ahí que se acompañarán en varias etapas de sus vidas, culminando con la maternidad elegida de Pomme. La figura de la mujer en este filme es grandiosa: la que materna y la que decide no hacerlo, ambas poderosas.

Las figuras que nos presenta Varda me recordaron el ensayo No Viajaban Solas de Olivia Teroba, en el cual hace un recuento de la amistad como una condición social y política del ser humano. En él se establece una crítica a los filósofos griegos y a algunos contemporáneos por haber excluido a las mujeres en sus reflexiones filosóficas sobre la amistad (recordemos que para los griegos las mujeres no tenían cabida en la amistad, su lugar era únicamente dentro de las labores domésticas). Teroba realiza un repaso sobre la amistad femenina basándose en los escritos de Janice Raymond, narrando los obstáculos a los que se han enfrentado las mujeres a lo largo del tiempo para poder mantener vínculos y cómo los registros históricos han invisibilizado estos lazos.

A su vez, nos incita a tener cuidado para no caer en “idealismos y falsas expectativas” y nos advierte, siguiendo el hilo del pensamiento de Raymond, que no todas las mujeres podemos ser amigas, pero sí tenemos el potencial de establecer “amistades vitales” con más mujeres. Es ese potencial el que importa. “Las mujeres juntas no están solas”, nos dice Teroba. Imaginarnos en y desde la otra, ejercitar el cuidado mutuo: Varda tenía claro el proceso que constituía una amistad entre mujeres, consciente de las alianzas que la amistad puede poner en marcha.

Caminar juntas.

Ya lo dice también Vivian Abenshushan cuando  escribe sobre la relevancia del encuentro con el otrx: “lo importante es vincularse con alguien con intereses comunes para resolver problemas comunes”, menciona que es necesario regresar a la cooperación mutua, al establecimiento de diálogos en los que nos encaremos. Presenciar el encuentro de los cuerpos para que se de la oportunidad de un diálogo verdadero. Los encuentros entre mujeres son y serán la forma de crear mundos alternos posibles que, contrario a la dominación, liberen el deseo de establecer otros mundos posibles.

Al igual que cuando Pomme decide ir a Amsterdam a abortar y se siente conmovida por la compañía de todas las mujeres que conoce en el centro de abortos. Al igual que Suzanne ejemplifica en su labor diaria en el centro de planificación familiar. Los encuentros entre muchas de nosotras, esa comunidad, pueden ejercer ciertas condiciones macropolíticas para emprender y exigir condiciones que favorezcan nuestras cuerpas. Pero la amistad es ese vínculo micropolítico que incluso puede pasar desapercibido, pero que a posteriori puede generar múltiples condiciones de posibilidad tan solo en un encuentro. Varda, nos muestra el camino hacia una nueva política del cuerpo. Desde su militancia detrás de cámaras, traza imaginarios que construyen lazos sensibles.

Blanchot, al final de su libro La amistad, dedicado a su amigo Bataille, armoniza el desbordante palpitar y devenir de lxs amigxs, escribe que la amistad se relaciona mutuamente en la diferencia y en el silencio de la palabra, haciendo alusión a la relevancia del encuentro que mantiene esa individualidad. Por que lo que separa, nos dice, se convierte en relación. L’une Chante, L’autre pas comulga con esa aseveración, con la presencia de ambas, resistiendo, generando un acontecimiento. Las imágenes, devienen lenguaje, y el lenguaje a su vez, memoria de la lucha que nosotras no olvidamos y perpetuamos.

El encuentro en los silencios. En el ruido y el bullicio. No sucumbir a la potencia del encuentro. Porque nunca debemos subestimar cuánto puede una amistad.


Autores
Estudió Filosofía en la UNAM y anteriormente se graduó de la carrera de Medicina en la UAM. Realizó estudios en la UPJ de Bogotá y la Universidad Autónoma de Madrid. Ha sido docente del colegio de DDHH en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Sus prácticas e intereses son múltiples. Interactúa entre el análisis del cuerpo y su territorio así como las intersecciones entre el arte y la filosofía.
Ilustración realizada por Pamela Medina
Ilustración realizada por Pamela Medina

No vemos ni entendemos el mundo, lo percibimos

destrozándolo a través de las estrechas categorías

que nos habitan.

Paul Preciado, Dysphoria Mundi

Confieso que se me pone la piel de gallina cuando escucho o leo el adjetivo “femenino” acompañando a la palabra “pensamiento”. “Pensamiento femenino”, dicen, o a veces usan al polifacético movimiento también como compañero de fórmula: “pensamiento feminista”. En otras ocasiones incluso se atreven a hablar de “escritura femenina” o de una visión “crítica feminista”. Como si hubiera que aclarar que el tipo de pensamiento o escritura que se produce desde un cuerpo de cierto género es diferente. Como si pensar o escribir, a secas, no fueran actividades físicas y cerebrales que le pudieran corresponder a una persona del género femenino. Como si todo lo que una escribe o piensa estuviera obligado a incluir la aclaración necesaria de que se produjo en una realidad corporal, identitaria y fenomenológica específica. Como si no tuviera permiso de simplemente escribir o pensar sin preocuparme por mi anatomía o mi género. Como si tampoco tuviera el derecho de ser leída sin ese apéndice que establece, lo quiera o no, ciertas expectativas y parámetros.

Esta sensación de renuencia ante el adjetivo “femenino” es una larga reacción aprendida a lo largo de mis años de formación literaria, filosófica y más recientemente psicoanalítica. Me aventuro a decir que viene de la sensación de incomodidad que me ha provocado que, por ejemplo, por el hecho de ser mujer y para cumplir su cuota de género, me hayan invitado a formar parte de paneles enteramente compuestos de hombres; cuando me llamaron para formar parte de un grupo de lectura sobre marxismo donde, entre decenas de otros participantes, estaba yo como la única mujer; o cuando me encuentro en debates en los que a muchos de ellos les interesa discutir competitivamente para ver quién ha leído más autores, quién puede hablar con más jerga teórica, o elaborar la mejor deconstrucción de tu tesis1. Sobra decir que, a pesar de haber a veces entrado en su mismo discurso, en esos paneles y grupos frecuentemente se descontaban mis argumentos y mi pensamiento como segundones o como notas al pie. No puedo sino pensar que algo tiene que ver con mi posición de enunciación, que algo tiene que ver con lo femenino el que en conferencias, reseñas o debates se tilda a mi pensamiento de “muy bien escrito”, “muy bonito”, o como algo que “suena muy lindo”. Como si mi pensar fuera un accesorio y no una lanza punzante que logra insertarse en las heridas del discurso. Como si la cualidad de belleza estética de la escritura fuera una sombra que no permite ver los eslabones de la argumentación. Como si escribir bien estuviera peleado con pensar bien, sobre todo porque estoy mujer.

Sin embargo, no quiero caer en la trampa más grande que está en el trasfondo de lo que llevo diciendo hasta aquí. No estoy proponiendo desgenerizar ni el pensamiento ni la escritura. Si algo nos han enseñado los nuevos feminismos que se han dedicado a deconstruir milenios de una disciplina filosófica que se pretende neutral y totalizadora es la evidencia de que hablar nunca es neutral. No quiero escudarme detrás de la supuesta asexualidad del sujeto filosófico. No quiero formar parte del distinguido grupo de pensadores (al que se me ha vendido la ilusión de pertenencia) que reconcentran su “testosterona categorial” en un discurso filosófico tradicional. No quiero ser cómplice de la política normalizadora del cuerpo en el capitalismo contemporáneo que crea una ilusión de realismo en la percepción. Quiero dejar en claro que no hay pensamiento sin adjetivos, sin geografía, sin historia o sin género. El que supongamos que hay un “pensamiento puro” sin atributos es resultado de una estética dominante que oculta el hecho de que todo pensamiento forma parte de una historia y está localizado. Aquello que parecería ser el estado “natural” de la “realidad” es en realidad la naturalización de la percepción de una serie de formas moldeadas por los saberes y por el poder. Por lo tanto, mi propuesta no consiste simplemente en tachar los adjetivos y asumir una imposible neutralidad en mi lugar de enunciación.

Quisiera, más bien, rastrear y pensar lo que llamo el estar femenino, que se relaciona con una erótica y un modo de habitar el mundo, pero no es una categoría identitaria. En español, a diferencia de otras lenguas, tenemos la fortuna de contar con dos verbos diferenciados para hablar del ser como una identidad y para hablar, por otro lado, de sus circunstancias y cualidades transitorias: ser y estar. “En el verbo estar se da un concepto de inusitada riqueza. Sabemos que estar proviene del stare latino, estar en pie, lo cual implica una inquietud. El ser en cambio, proviene de sedere, estar sentado y connota un punto de apoyo que conduce a la posibilidad de definir. Un mundo definible a su vez es un mundo sin miedo y en cambio un mundo sometido al vaivén de las circunstancias es un mundo temible. La oposición entre estar en pie y estar sentado implica también la oposición entre inquietud y reposo”2. Es, en este preciso sentido, que me gusta decir que yo estoy mujer, y no que soy mujer. Estoy en pie y no sentada. No uso ser para evitar caer en la ontología de lo femenino, en una definición que destrozaría el mundo para categorizarlo. Pero tampoco me gusta pensar el género como algo meramente performativo, como hacen ciertos feminismos. Hay algo al nivel de la fenomenología y de lo simbólico en el estar femenino. Aunque el estar femenino tampoco es necesariamente la radicalidad del sexo, sí es una representación que incluye mi humanidad en uno de los (múltiples) cuerpos posibles. Prefiero la inquietud del estar, que baila siguiendo el vaivén caprichoso de las circunstancias a cualquier ortopedia del ser.

De esta manera, propongo un pensamiento que esté femenino (y no que sea femenino) y un femenino que esté pensado. Quiero resaltar la bidireccionalidad: el pensamiento moldea las circunstancias de lo femenino y el estar femenino modifica al pensamiento. Es un pensamiento localizado y que habita un cuerpo y, simultáneamente, está siendo el mismo cuerpo pensante. Esto es una erótica y no una sexualidad idealizada ni metaforizada. Es “un efecto sexualizante del discurso”, como diría Malabou. El pensamiento no es sin cuerpo: es éxtimamente somático. El pensamiento esculpe una erótica que permite trazar nuevas conexiones entre la energía libidinal y la actividad pensante.

Si en algún lado habría que localizar el estar femenino sería en el clítoris. Es el único órgano cuya función es exclusivamente el goce y, por lo tanto, no tiene ninguna función. En El placer borrado: clítoris y pensamiento, Catherine Malabou3, habla precisamente de la borradura más significativa en la historia del pensamiento filosófico y psicoanalítico: la ausencia de la existencia anatómica, política y simbólica del clítoris. Durante siglos, no se habló del clítoris en los tratados anatómicos, tampoco se le representó artísticamente y la cultura intentó evitar hablar de su existencia. Aunque, como reconoce la autora, las cosas han cambiado y hoy se reivindica el clítoris desde diversas prácticas culturales, gestos militantes y performativos, así como desde la publicación de libros que conjuran su invisibilidad. Hace falta repensar la geografía estética y ética del goce, que es lo que yo llamo su erótica.

El clítoris, dice Malabou, es un símbolo mudo. Desde Simone de Beauvoir hasta los transfeminismos, pasando por la obra de Carla Lonzi y Luce Irigaray, Malabou va apuntando los intentos de reconocer la variación de formas que ha adquirido el clítoris en medio del patriarcado, la cultura de la clitoridectomía. Su conclusión es lo que me parece la parte más interesante de su análisis: “la líbido clitoridiana no está separada del intelecto. La vigilia de mi clítoris es sincrónica con la de mi cerebro y la línea de fuego se extiende de un extremo a otro de mi cuerpo”. De una sola estocada une lo que veíamos como dos factores en tensión: la líbido y el intelecto, el clítoris y el cerebro. Los une esa “línea de fuego” que incendia tanto al goce como al pensamiento, en el mismo cuerpo. Más adelante hablará también de la “zona clitoridiana del logos” lo cual da cuenta de la bidireccionalidad de la ecuación. Habría entonces que localizar el estar femenino precisamente en esta zona del goce sin principio ni meta del logos: un pensamiento gozante e incendiario.

En una de sus últimas puntualizaciones, Malabou nos dice que le parece importante recuperar el término menos inadecuado para caracterizar la interacción del clítoris y del pensamiento: “lo femenino”. Es “un femenino al margen de la diferencia sexual, al margen de la heteronormatividad. Un femenino de subjetivación”. También tiende un puente y hermana, en su conclusión, al anarquismo con el clítoris. Ambos tienen el destino común de haber permanecido en la clandestinidad y de pervivir secretamente. Pero también comparten un espíritu incendiario que desafía el orden anatómico, político y social con su dinámica que no tiene ningún principio (arché) ni meta. Pero que no tengan un principio no quiere decir que no tengan memoria. Por eso, repite Malabou, “me parece vital no mutilar al feminismo de lo femenino. Lo femenino es ante todo un recordatorio, recordatorio de las violencias ejercidas sobre las mujeres, ayer y hoy, de las mutilaciones, violaciones, acosos, feminicidios. De esta memoria, el clítoris es… el depositario, símbolo y encarnación”.

Comparto con Malabou el deseo de mantener a lo femenino lejos de su uso como adjetivo, como marcador de la diferencia sexual, como cuando suele usarse acoplado con la palabra “pensamiento” o “escritura”. Comparto también la preocupación vital de mantener la potencia histórica de lo femenino como un recordatorio de sus formas de estar que llevan las huellas de la violencia y de la lucha. Por último, comparto su intuición de que no deberíamos de separar la líbido clitoridiana (y su goce, inútil) del intelecto. No deberíamos mutilarle el goce a la actividad intelectual, pese a su falta de utilidad y propósito.

El goce en la escritura está íntimamente ligado tanto con su corporalidad, frecuentemente olvidada, como con la elusión de cualquier meta. Hay un goce que se experimenta en el cuerpo y un goce que está sin cuerpo (el goce-sentido, el goce que encontramos en la escritura y en el pensamiento). El goce es un exceso y un sobrante, es aquello que marca al cuerpo y al habla. Escribir y pensar desde el estar femenino es eludir la contabilidad del goce, el reconocimiento del goce. Para que no sea cooptado por la sociedad capitalista4. El estar femenino considera que el goce y su sentido están unidos por esa línea de fuego que incendia nuestro intelecto y cuerpo, que estimula nuestra curiosidad y abre senderos que todavía no hemos caminado en conjunto, como una comunidad de seres gozantes. Comencemos a imaginar espacios de difusión del pensamiento, la crítica o la escritura femenina que recuperen el goce (que nos han negado, mutilado). Esto implicaría no tener que justificar una vez más nuestra posición de enunciación y pensar un espacio más allá de la segregación, sin aspirar a esa neutralidad imposible en lo que se dice. Escribir y pensar desde el goce, el estar femenino, es estar alerta y ponernos de pie (junto con el clítoris), lejos de las ataduras de las formas que se nos han impuesto, lejos de entendernos a través de identidades y formas de “ser” estáticas y estériles, con poca imaginación. En vez del álgebra de las igualdades, propongo una topología del goce intelectual.

Ya hay algunos intentos de comenzar a pensar desde este espacio femenino del goce intelectual (desde el clítoris). En los últimos años se han fundado diversos espacios y plataformas de crítica literaria y de pensamiento crítico que están escritos desde nuestro estar femenino. Muchos de ellos tienen el mérito de crear nuevas distinciones y lugares de enunciación que no existían y que muestran la potencia viva en la obra de artistas y pensadoras. Un buen ejemplo de ello es el pódcast y enciclopedia de Hablemos, escritoras, que se dedica a la difusión y promoción de literatura, crítica, y traducción escrita por mujeres en español. Hace ya varios años el pódcast difunde reseñas, recomendaciones, entrevistas con autoras, editoras y pensadoras. Es un ambicioso y valioso foro que le da voz a la crítica y creación hecha por mujeres, para todo tipo de público. Hay otros espacios como La Coyol Revista, una publicación independiente que visibiliza la diversidad de voces de las mujeres en el ámbito literario y artístico. En diversos medios ya existentes, como aquí mismo en Tierra Adentro, también se han abierto espacios exclusivos para creadoras y se dedican números enteros a pensar y difundir el arte hecho desde el estar femenino.

Sin duda hay una diferencia radical entre aquellos espacios sesgados hacia lo masculino en los que se nos hace el favor de invitarnos para llenar una cuota y estos espacios femeninos. En los primeros, se abren las puertas al pensamiento femenino para cumplir con las demandas de un mundo que ya no se queda callado ante las desigualdades. Es decir, nos dan permiso de existir en sus espacios pero bajo sus términos y prerrogativas, siempre y cuando sigamos las normas de su amable invitación. Todo para satisfacer la aritmética de los supuestos números de la “igualdad” presupuesta(da). Al contrario de esto, los espacios femeninos se imaginan desde la apertura de un espacio exclusivo que no ha sido jamás permitido y con el propósito específico de exhibir y mostrar las voces de mujeres. Tienen la virtud de no tener quizás normas implícitas tan definidas, precisamente por ser espacios jóvenes y de vanguardia. Pero el hecho de hablar de escritura femenina e invitar al pensamiento femenino por el mero hecho de su feminidad también termina por ser otra forma de contabilizar el goce, de intentar balancear la ecuación de la igualdad.

Hay que navegar estas aguas simbólicas con cuidado. Rápidamente los símbolos devienen mercancía en nuestro escenario social capitalista al que le encanta la inclusividad. Ya ha pasado, con el ecologismo, el feminismo y hasta con los movimientos LGBTIQ+, que el mercado ha cooptado para integrar los nuevos mensajes. Si bien, estos espacios de pensamiento son logros que hay que celebrar y difundir, será necesario también ser críticas de ellos. Porque lo que menos quisiera es que estos espacios actúen como un refuerzo de las identidades normalizadoras y operen a favor de la fragmentación de la unidad en la que cada movimiento se centra en su propio sujeto, sin darse cuenta de la interdependencia del sistema de dominación (del poder del capital que, en última instancia, es la contradicción dominante de nuestros tiempos). Me gustaría que estos espacios estuvieran menos teñidos de ínfulas de grandeza por el mero hecho de ser pioneros y que romanticen menos su marginalidad (no por ser el único espacio exclusivo sobre mujeres hay crítica de calidad). Me gustaría que su estilo fuera más sencillo y menos cursi (estoy cansada de la “importancia” de la obra de fulanita, la autobiografización de las lecturas críticas, los calificativos de libros que “tocan muchos miles de almas” y resultan “inolvidables”, o de lecturas que nos invitan “a reflexionar en torno a lo que significa ser mujer en los tiempos en que vivimos”).

Me gustaría que los espacios de crítica fueran realmente críticos y que no den por supuesto las categorías que explotan (¿se pueden criticar las obras y las críticas, escritos por mujeres, llenos de clichés gastados que no funcionan?, ¿alguno de estos espacios cuestiona sus categorizaciones, su ser femenino?). Me gustaría un pensamiento con más imaginación y que abrace la multiplicidad, y menos discursos anclados en la vieja dialéctica del amo y del esclavo, reduplicando la lucha por el “reconocimiento” del otro. Me gustaría que las propuestas no se den por buenas solo por el hecho de que “visibilizan” o “dan voz” a lo que hasta ahora había sido invisible o silenciado. Me gustaría que creáramos comunidades que no pasen por las identidades y las demandas de la producción. Me gustaría más un estar-en-común, más cercano a una erótica compartida que a una definición del esencialismo del ser-otro. Me gustaría poder salir de la victimización incesante y de las excesivas heridas narcisistas, los demasiados pronombres e identidades. Me gustaría seguir pensando el estar femenino y lo que significa hablar desde el clítoris (del pensamiento).

Ilustración de Pamela Medina

Ilustración de Pamela Medina


Autores
(Ciudad de México, 1989), doctora en literatura latinoamericana por Cornell University. Psicoanalista en formación. Ha publicado múltiples textos académicos y crónicas en revistas nacionales e internacionales. Su libro Curaçao: costa de cemento pueblo de prisión (FETA: 2019) fue ganador del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2019.

Ilustrador
Pamela Medina
Es ilustradora, dibujante y caminante. Estudió Diseño y Comunicación Visual y el diplomado “Casa: Ilustración Narrativa” en la FAD de la UNAM. Ha ilustrado libros para Ediciones Castillo, Editorial Planeta y Libros UNAM. También ha colaborado en revistas como Chilango, La Peste y Aire. Su obra ha sido expuesta individualmente en Guatemala, así como en muestras colectivas de ilustración desde 2017 en México, París, Praga y Uruguay. Actualmente forma parte del equipo de Pictoline, una empresa de divulgación ilustrada.
Ilustración realizada por John Marceline
Ilustración realizada por John Marceline

Llegó marzo y las jacarandas se llenan de flores, inicia el bullicio de las movilizaciones por el 8M, sentimos gusto, enojo y tristeza, por la visibilización extra que se le da a nuestras miradas y reclamos. Marzo es, desde hace unos años en nuestro país, el mes de la mujer, de lo femenino, de las reivindicaciones y de las luchas, de las mareas verdes y moradas. Es, también, el mes en el que recordamos con más dolor a las que ya no están, donde las injusticias se ven peores, donde volvemos la mirada a lo mucho y lo poco que se ha logrado, donde recordamos a las mujeres que han formado nuestra mirada con la suya: que nos han mostrado maneras radicales de amar, crear y sentir.

Es en el marco de este mes de jacarandas, que tengo el enorme gusto y honor de presentar el trabajo de 26 autoras y autorxs que, a lo largo del mes, compartirán sus miradas en esta revista. Sus trabajos —23 textos entre los que tenemos poemas, entrevistas y ensayos, 12 ilustraciones, 1 cómic y 1 fotoreportaje— son, a la manera del narrador gentil de Olga Tokarczuk, un acercamiento radical a una reivindicación de lo que Laura Mulvey llamó “la mirada femenina”. La reivindicación del enojo, de la ternura, de la sororidad, del poder de ser e identificarnos como mujeres desde la aceptación plena de todo lo que nos hace estar vivas: lo fácil y lo doloroso, lo que da miedo y lo que da rabia, lo que nos inspira y lo que nos intriga; las realidades que nos rodean, los problemas sistémicos que nos oprimen, las formas de pensar variadas que nos llevan a cuestionarnos nuestro entorno y las victorias que nos han unido. En este especial, se contarán esas perspectivas por medio de las obras y vidas de autoras y artistas revolucionarias, a partir del trabajo constante de colectivas y desde nuestras inquietudes y reflexiones personales.

Las autoras y autorxs que conforman este especial, abordan lo femenino preguntándose si realmente existe algo que podamos llamar una “escritura de mujeres” (Sofía Saravia), dan un panorama y retrospectiva de la dramaturgia escrita por autoras en nuestro país (Gabriela Román), o incluso se preguntan si las distopías escritas por mujeres son esencialmente distintas a las escritas por hombres (Andrea Chapela); presentan proyectos literarios que otorgan un espacio de creación puramente femenino (Patricia Rodríguez), que reclaman la visibilización de la habilidad de las mujeres para realizar labores de reparación del hogar (Aimeé Valenzuela) o cuestionan las posturas detrás de esos espacios (Christina Soto van der Plas); indagan si nuestra mirada es realmente diferente de la masculina (Oralia Torres de la Peña), exploran la relación entre violencia, estándares de belleza y roles de género (Ghada Martínez), exponen las exigencias de una sociedad patriarcal (Mónica Quant); hacen una retrospectiva del movimiento feminista contemporáneo en México (Alicia Hopkins Moreno), capturan momentos esenciales del 8M (Cynthia Pombo); rescatan figuras tan olvidadas como únicas en la historia de feminismo mexicano (Ana de Anda), o resignifican figuras que han sido demonizadas en el imaginario cultural religioso (Lupita Zavaleta); exploran temas como la maternidad (Lucía Rueda), el amor (Joana Medellín) o la amistad (Dafne Díaz).

Todo esto, partiendo desde la obra, la mirada y la influencia de Rita Segato, Octavia Butler, Elena Garro, Diane Arbus (Aniela Rodríguez), Nahui Olín (Meryvid Pérez), Amparo Dávila (Lola Ancira), Pita Amor (Bibiana Camacho), Juana Belén Gutiérrez de Mendoza, María Sabina (Moriana Delgado), Agnès Varda, Inés Arredondo (Priscila Palomares), Catherine Malabou, Margaret Atwood, Nnedi Okorafor, Laura Mulvey, Cho Nam-joo (Bárbara Armendáriz) y Mieko Kawakami (Sara Odalys Méndez).

A lo largo del especial, contaremos, además, con las ilustraciones de John Marceline y Pamela Medina para acompañar algunos de los textos.

Será un mes lleno de cuestionamientos, distintas maneras de ver el mundo, luchas compartidas y nuevas. Un marzo en resistencia, pleno con nuestras miradas, lleno de nuestras voces, nuestros dolores, alegrías y maneras de leer, crear y percibirnos de una forma total y radicalmente nuestra. Espero que la lectura de cada uno de los textos sea tan placentera para ustedes como lo fue para mí su recopilación y edición.

 


Autores
(Ciudad de México, 1995) Es dramaturga y editora. Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana.