Tierra Adentro
Fotografía recuperada de Flickr (CC BY-NC 2.0)
Fotografía recuperada de Flickr (CC BY-NC 2.0)

Madre pone un huevo

y no sangra.

Alguien le besa la frente sudorosa

diciendo que el amor

es una herida ovalada.

 

No, madre pone un huevo

y su pareja pasa su pico cerca del ojo

y los sonidos son nasales,

al despedirse como la arena

cuando la pareja dice

que el amor es tomar vuelo,

buscar alimento por semanas,

guardarlo en su organismo

como una promesa

y regresar.

 

Madre coloca un huevo

en la punta de un peñasco

para después construir una cárcel

hecha de barro, miedo y ramas.

 

Madre sabe que no podrá dejar el huevo.

Tiene pesadillas donde la mano

de otra madre lo toma y lo golpea

contra el borde de la mesa

hasta que aparece sangre.

Porque en la muerte sí.

Luego lo vacía

en otro recipiente de barro,

lo bate con plumas y sal,

como si fuera un navío destrozado

lo pone sobre el fuego y agrega aceite

crea un sonido

similar al de la ola que se deshace

al llegar a la orilla.

Lo coloca en la mesa,

que es el centro de la casa,

que es el centro del mundo,

la memoria de un peñasco

para que sus hijas coman

y digan entre bocados

que soñaron

con la desaparición de la costa.

 

Madre sabe y se repite que no debe abandonar el huevo.