“El amor del sol es inocencia y afán de crear. ¡Mirad con que impaciencia se alza sobre el mar! ¿Es que no sentís ya la sed y el cálido aliento de su amor? Quiere sorber el mar y tragarse su profundidad para llevárselo a las alturas, y el deseo del mar se eleva con mil pechos. Y es que el mar ansía ser sorbido y besado por la sed del sol.”
-Friedrich Nietzsche
Nahui despierta cada día, antes de que sea día, y baja el Sol a la Tierra. Retira los velos que cubren al Astro y, tejiendo en los imperceptibles rayos de luz, sostiene el sol como a un globo dorado, para que no vuele
para que no falte
ningún día
en el centro del cielo.
El Astro y Nahui deambulan por la mañana que han inaugurado juntos. Caminan por la ciudad mirando el continuo cambio del cielo, repleto de los colores que ellos mismos orquestan.
Cuando ya están cansados los pies y cansados los rayos, deciden parar el día. Así, toda noche antes de ser noche, Nahui guarda el sol entre velos, a la espera de otro amanecer conjurado por ellos mismos. En las noches, Nahui, aún encendida de amor boreal, toma la polvareda dorada que deja el Sol en sus manos y decora sus párpados, llenándolos de luces. La cara se le ilumina como si ese fuera el antifaz, el código correcto, para asistir a un sueño en que la ardiente estrella le entregara el beso que sacie la sed del oleaje que ella guarda en sus ojos.
La gente sabe de los amores de Nahui al Sol y la miran, como se mira a la locura, en secreto. Le acechan paseando el vecindario con la docena de gatos que recogió de la Alameda. Le miran entre rendijas, detrás de cortinas, jugando al camuflaje, sitio desde el cual vigilan sus atuendos franceses de los años 20, los mismos que Nahui lució siendo joven en París, donde creció como artista: pintora, escritora, modelo. Pero ese tiempo ya es pasado, ahora está en su natal México en la década de los 60 y debería optar, por prudencia, en dar uso a otros atuendos, dejar el maquillaje y la venta de sus retratos eróticos, así lo piensa y susurra la gente en secreto desde su ventanal.
Pero el susurro no llega hasta Nahui, lleva la vida puesta en el cielo, una vida en diálogo con el Sol, quien derrama cada día los colores ocre a su cabello, destellos dorados a su piel y cada noche, un beso a sus ojos. Entre esos instantes benditos, el único sonido terrenal que Nahui perdona es el maullido de sus gatos, lo demás es viento.
…
Nahui era “una loca iluminada por el Sol” así la describió el escritor Homero Aridjis, quien la conoció en los 60 cuando él tenía veinte años y buscaba personajes para retratar en sus poemas. Nahui, quien tenía entonces cerca de 70, fue para él un hallazgo ejemplar. Un personaje ya hecho y del que su escritura, y él mismo, tenían que aprender.
Aridjis tuvo el privilegio de acceder a su casa en el poniente de la ciudad de México y de volverse una visita constante. Así, entre pláticas cotidianas, Nahui le contó sobre sus interacciones con el Sol: el acto de quitar y ponerlo de vuelta al cielo, como a un botón, las caminatas largas con el Sol, todo ello formaba parte del día a día de la artista.
Nahui Olin compartió con él también sus pinturas, tanto las suyas como las de otros en las que muchas veces fue el centro. Ella y su par de ojos verdes.
Aridjis vio las fotografías de los desnudos de Nahui que ella le mostró y describió con detalle, poniendo en contexto cada sesión con la inocencia y soltura de quien acerca a un amigo su álbum de fotos familiar, compartiendo su peculiar biografía, adentrándolo en el íntimo acto del recuerdo.
Entre esos acercamientos, Aridjis pudo trazar cartografías de Nahui y ser testimonio de la cotidianidad que la artista vivía en la vejez: ella, el Sol, gatos salvados de la calle y un piano.
En el estudio y crítica del arte a Nahui se le ha pensado muchas veces como “musa” pues no solo ha estado presente en las letras de Aridjis, sino también en la de otros perfiles como José Emilio Pacheco, Pita Amor, Elena Poniatowska o Adela Fernández. Y aunque los terrenos literarios que exploran a Nahui son amplios, su imagen fue guardada con mayor frecuencia en la lente y el pincel.
Pero la fuerza de la expresión corporal de Nahui tenía alojo no solamente en los portes, todos de cualidad enigmática y de atracción indiscutible, sino también en una postura creativa que lograba hacerse visible en ella: Nahui Olin sabía lo que quería expresar y cada colaborador, sean pintores o fotógrafos, fue una herramienta, un modo de lograrlo. Nahui modelaba para descubrirse a sí misma, dentro de los procesos de otros.
“Yo / poso / para los artistas / que hacen / cuadros / siempre / nuevos / cuando / yo poso / y / todas / las / veces / yo / soy / algo / distinto / que ellos / todavía / no han / visto / y / ellos / dan vueltas / con / sus nuevas / obras / que ellos / hacen / para / hacer / una / sola / cosa / que / es / mi / espíritu / extendido / en / mi / cuerpo / escapando / por / mis / ojos / y / ellos / dan vueltas / con / razón / al / hacer / las nuevas / obras / cuando / yo / poso / y / aporto / siempre / algo / nuevo / que / es / mi / espíritu / extendido / en / mi / cuerpo / saliendo / por / mis / ojos / para / posar / para / los Señores / que / hacen / siempre / conmigo / cuadros / nuevos”.
Nahui era dueña de una mirada verde que creaba anclajes profundos. Esos ojos cautivaron al Dr. Atl, quien fue su pareja y quien le brindó a Carmen Mondragón (su nombre de registro) la asignación de un nuevo apelativo: “Nahui Olin”, que quiere decir “el movimiento renovador de los ciclos del cosmos”.
“Las palabras más cercanas para nombrarme son Nahui Olin. Nombre cosmogónico, la fuerza, el poder de movimientos que irradian luz, vida y fuerza. En azteca, el poder que tiene el sol de mover el conjunto que abarca su sistema.”
El nombre de Nahui se convirtió en el espacio que ella habitó como laboratorio para conocer y experimentar del arte, la ciencia, la astrología y todo conocimiento que fue de su interés. Con esa firma en el lienzo perduró como una artista que vale la pena conocer y reconocer entre los personajes más influyentes en el pensamiento moderno dentro del ámbito artístico de México, pues su obra se sitúa, excepcional, dentro de una participación de efervescencia cultural marcada por el movimiento Vanguardista.
La obra de Nahui Olin compone una literatura y piezas visuales influenciadas por el pensamiento científico de la época, dentro de un diálogo continuo con el cuerpo como territorio genuino de expresión y experiencia.
La expresividad corporal llevaba a Nahui a posar para variedad de artistas. El Dr. Atl la retrató muchas veces, pero igual lo hicieron Diego Rivera, Carlos Chávez, Edward Weston, Raoul Fournier, Antonio Garduño, Matías Santoyo, Eugenio Agacino y Manuel Rodríguez Lozano.
Diego Rivera fue recurrente. La retrató como la musa Erato en su mural “La creación” (1922) en la Escuela Nacional Preparatoria; pintó uno de sus ojos enormes bajo un sombrero de fieltro en el fresco “Día de muertos” (1923) de la Secretaría de Educación Pública; y la incluyó luciendo un collar de perlas en “Historia del teatro en México” (1953) en el Teatro de los Insurgentes. Edward Weston, por su parte, la fotografió creando la serie más conocida de Nahui, en la que cada disparo del ojo del artista pudo captar su belleza desde la estética de lo grotesco y con una fuerte vitalidad erótica.
La expresión del cuerpo en una obra
“Mi espíritu y mi cuerpo tienen siempre loca sed / de esos mundos nuevos / que voy creando sin cesar, / y de las cosas / y de los elementos, / y de los seres, / que tienen siempre nuevas fases / bajo la influencia / de mi espíritu y mi cuerpo que tienen siempre loca / sed; inagotable sed, de inquietud creadora, / que juega con los mundos nuevos / que voy creando sin cesar / y con las cosas que son una, y que son mil. / […] Y de esa sed admirable nace el poder creador / y es fuego que no resiste mi cuerpo, que en continua renovación de juventud de carne y de espíritu, es único y es mil, pues es insaciable sed. / Y mi espíritu y mi cuerpo tienen siempre loca sed…”.
La principal insaciabilidad de la literatura de Nahui tiene que ver con el conocimiento, al cual le debe gran parte de su deseo poético y su inquietud permanente, incluso en los textos que escribía desde su infancia. Con la insaciabilidad, Nahui muestra el lugar que ocupa su existencia, inmersa en un insaciable interés por crear y estar cerca del conocimiento.
Nahui Olin publicó en total cuatro libros: “Óptica cerebral. Poemas dinámicos” (1922), “Câlinement je suis dedans” (1923), “A dix ans sur mon pupitre” (1924) y “Energía cósmica” (1937). En ellos son visibles las maneras en que el “cuerpo” y “espíritu” son necesarios entre sí para expresarse. En sus poemas es evidente cómo el espíritu toma participación como un infinito que determina el centro de un sistema alimentado por la fuerza cerebral. En su obra poética el ansia es tal que la voz lírica puede hablar con su espíritu, saber qué le aqueja y reconocer en cada agitación al deseo: deseo de crear, deseo de sentir y el gran y constante deseo de saber.
“¿Quién te agita, oh, espíritu mío? ¿Es el amor? Es la sed feroz de comprender, de saber más hasta llenar el inmenso vacío, hasta sobrepasarlo completamente. Tú amas, tú crees amarlo todo y nada te basta. Quieres sumergirte en los pensamientos de Pascal, Voltaire, Renan, Platón y Aristóteles para saciar tu razón, para practicarla, para engrandecerla, para animarla de una vida que le es necesaria, para demostrarle que el pensamiento humano es infinito, que ella puede seguir aprendiendo, sabiendo, sintiendo, razonando, que nada le bastará, y que al final de mi carrera no habrá aprendido, sabiendo lo que habría podido aprender”.
Los textos de Nahui Olin surgen desde una voz autoficcional femenina que expresa su libertad en el terreno más vedado para las mujeres en su época: el cuerpo. Su obra carga una búsqueda incesante por las experiencias a las que pueden llevar diferentes manifestaciones atravesadas por él. No sorprende que el erotismo desde sus lados teóricos y artísticos fuera una forma de expresión recurrente en la obra de Nahui.
“Quiero vaciar en mí misma hasta los últimos jugos de las bellezas del arte de las obras humanas; sí, quiero sentir lo que todos han sentido. Después de haber aprendido hay que aprender, siempre. Me moriría de dolor si se me privara de esta vida intelectual, de toda fuente de filosofía, poesía, juicio, estudio, razonamiento; seguramente moriría disecada como una planta sin aire”.
Al acercarse a sus textos se debe considerar que su escritura marcó una tradición importante en la literatura hecha por mujeres en México. Pues tanto su estilo como los temas que retrata muestran la fuerza de un pensamiento dispuesto a reflexionar sobre la ciencia, la filosofía, las reglas sociales, el amor y el deseo.
En sus textos, la voz de Nahui habita el cuerpo, retumba en él como protagonista. El cuerpo es tomado y puesto en los bordes de su uso, no se mueve a otra parte, sino que ahonda en su capacidad de expresión de sí mismo, aún en su propia y aparentemente inactiva capacidad de observar y desear quieto, como una planta con loca sed.
En realidad, a mí no me cuesta trabajo escribir, lo que me cuesta es vivir.
Pita Amor
No se puede escribir sin el cuerpo; no se puede crear sin el cúmulo de experiencias y sensaciones con las que el cuerpo se embelesa, conoce su ámbito y a sí mismo. Marguerite Duras dice que uno se encarniza: no se puede escribir sin la fuerza del cuerpo. Por otro lado, Natalia Ginzburg afirma que, si uno no siente cansancio físico después de escribir, entonces quizá no ha valido la pena.
Sin duda Pita Amor escribió y vivió a pleno cuerpo. Una de las convenciones que rompió fue precisamente la de ocultarlo, cubrirlo, protegerlo, disimularlo; consciente de que uno no sólo existe en espíritu, en intelecto.
Son muchas las anécdotas que nublan la imagen de la artista, es imposible abstraerse de ellas. No creo en el principio de separar la obra del artista, es imposible. La mujer, la artista y su obra son una misma. Por ello, las actitudes polémicas, sus extravagancias e incluso los comentarios hirientes y clasistas de Pita forman parte de su obra. Es más, considero que Pita Amor fue la primer performancera en México del siglo XX.
Las declamaciones, sobre todo las improvisadas, que en sus inicios Pita Amor llevó a cabo en lugares improbables como centros nocturnos, restaurantes de lujo y fiestas, muchas veces tomaban por asalto al público y lo incomodaban por su tendencia a la desnudez y los relatos subidos de tono.
No perteneció a una generación que se cuestionara la posición de las mujeres en la sociedad, la familia, la vida cultural o el arte. La posición de la mujer era muy clara: hija obediente, señorita educada y discreta, esposa abnegada, madre devota.
Nació en 1918, última hija de siete hermanos. Fue criada en una conservadora familia porfirista, venida a menos luego de la Revolución Mexicana. Creció convencida de que tanto ella como su familia pertenecían a la realeza. Su madre contribuyó a esta visión, a pesar de las constantes evidencias de una situación económica cada vez menos favorecida.
Sintió vergüenza por los vestidos. Uso la ropa que dejaban sus hermanas. La continua comparación con niñas de otras familias en mejor situación, el empeño de su madre por disimular las carencias y la continua venta de objetos de valor para subsanar los gastos más inmediatos fueron la constante en el crecimiento de esa niña voluntariosa, desbordante de energía y sumamente sensible.
Cuando Pita era adolescente, una parte de la enorme casa de la familia Amor en Abrahan González se acondicionó para convertirse en la emblemática Galería de Arte Mexicana, inaugurada por Carolina Amor de Fournier, donde expusieron los pintores más importantes de la época. En ese sitio, Pita conocería a varios de ellos.
Raúl Anguiano, Diego Rivera, Ignacio Asúnsolo, Roberto Montenegro, Juan Soriano, Gustavo Montoya, Cordelia Urueta, Guillermo Meza y Antonio Peláez la retrataron en distintos estilos y grados de desnudez. Aunque, sin lugar a dudas el retrato que causó mayor conmoción fue el que elaboró Rivera, expuesto en una retrospectiva del artista en Bellas Artes.
Su primer escándalo público fue a los 18 años al convertirse en amante de José Madrazo, un rico ganadero con quien mantuvo una larga relación, lo cual no le impidió otros romances con toreros, pintores, artistas y escritores. Continuamente organizaba reuniones en su departamento en Río Duero y Pánuco, en donde se rodeaba de grandes personalidades del ámbito artístico e intelectual, quienes la admiraban y celebraban sus ocurrencias, como recorrer el Paseo de la Reforma tan sólo cubierta con su abrigo de mink y gritar a todo pulmón: ¡Soy la reina de la noche!
En su anhelo por exhibirse y ser reconocida, actuó en obras teatrales como La esposa constante ¿En qué piensas? (de su maestro Javier Villaurrutia), Casa de muñecas o La dama del Alba. También participió en varias películas como La guerra de los pasteles (1943), Tentación (1943), El que murió de amor (1944) y Los cadetes de la naval (1944). Sin embargo, en un momento de autorreflexión reconoció:
“Sentí la necesidad de que mi figura fuera admirada en todas partes y obsesivamente busqué los medios para ser el astro del frágil celuloide. Y un afán de mostrarme, cada día más imperioso, me obligó a buscar el marco iluminado de la escena teatral. A pesar de la gran impresión que yo causaba en el ánimo de todos aquellos que pudieron facilitarme el camino a la fama, mis éxitos de actriz sólo eran mediocres. Amarga, desesperada, solitaria, conteniendo todos los deseos que puede imaginar un ser humano, y sin realizaciones de ninguna especie, sentía pasar los primeros años de mi juventud, desgarradoramente vacíos.”
Al morir doña Carolina Schnidtlein de Amor, Pita se gastó toda la herencia en vestidos, zapatos, medias, afeites y accesorios. Sus energías siempre se concentraron en el instante y en el placer efímero. Jamás se planteó la necesidad de ganarse la vida y se atuvo a la generosidad de amantes, amigos y admiradores. De manera completamente inesperada y fortuita, halló su vocación a los 27 años; escribió en una servilleta con el lápiz con el que se delineaba los ojos: “Casa redonda tenía de redonda soledad: el aire que la invadía era redonda armonía de irrespirable ansiedad…”
Su primer poemario Yo soy mi propia casa (1946) fue celebrado por personajes como Juan Rulfo, Xavier Villaurrutia y Manuel González Montesinos. Alfonso Reyes dijo, luego de leerlo: “¡Silencio! Y nada de comparaciones odiosas. Aquí se trata de un caso mitológico.” Con todo, había quienes no daban crédito que una mujer tan superficial, vanidosa y frívola tuviera el talento para sonetos tan perfectos. Aun así, Pita Amor se convirtió en la mayor cultivadora del soneto, la décima y la lira en la poesía del siglo XX.Una característica importante tanto en su obra como en la personalidad de Pita es la honestidad y el hondo conocimiento de sí misma y de la génesis de sus obras. En “Confidencia de la autora”, texto que acompañó la primera edición de Poesías completas (1951), podemos hallar su ars poetica explicada con arrojo y sinceridad:
“Mi provisión de cultura era bastante insignificante. A veces leía, sin método y al azar. Me fascinaron los cuentos de hadas y los autores dramáticos griegos. Leí libros de versos, los que estuvieron al alcance de mi mano: Sor Juana Inés de la Cruz, Rubén Darío, Federico García Lorca, Juana de Ibarbourou, Juan de Dios Peza y Juan Tenorio. Ahora pienso que, más que la esencia de toda esa poesía, lo que quedaba en mí era su ritmo. Tal vez fue esto lo que creó en mí el sentido de la medida y del oído poético…
Mi lenguaje poético es el que uso todos los días para conversar. Claro que mi conversación, generalmente se reduce a hablar de mí misma, y mis problemas personales son los mismos que mis problemas poéticos. La interrogación fundamental de todo ser humano que siente que la vida y el pensamiento son sus responsabilidades máximas. ¿De dónde venimos? ¿Qué somos? ¿A dónde vamos? Cuestiones estas que, si bien es cierto pertenecen a la filosofía, y no pueden resolverlas sino las religiones, tratadas con lirismo, creo que llegan a ser la médula de la poesía pura… en cuanto a la forma, comencé guiándome únicamente por el ritmo y la rima, pero sentí que las formas clásicas se acoplaban a mi modo de sentir…
El soneto, la décima, la lira, el terceto, en lugar de limitar mi expresión, me la facilitan, dejándome entonces la facultad de concentrarme en el contenido; y paradójicamente le han servido a mi pensamiento para alcanzar una disciplina que juzgo indispensable, en el caso mío, para expresar miss intuiciones y mis abstracciones. Más allá de mí se juzgará mi poesía. Por ahora, lo importante es lo que ella significa para mí en lo personal. Mi necesidad de expresarme ha hallado un cauce legítimo. Siento que mi ser ha dado un fruto, y espero que mi espíritu vaya por un camino ascendente.”
Durante las décadas de 1940 y 1950, Pita Amor gozó de una popularidad creciente tanto por la publicación de sus libros, como por su reiterada aparición en tabloides sensacionalistas que relataban, con detalle y cierta exageración, los escándalos de la poeta. Luego de un exitoso viaje por Europa en 1951, dio un recital en el Palacio de Bellas Artes. Ahí, la joven poeta mexicana Margarita Michelena dijo, entre otras cosas:
“Aunque escrita en primera persona, la poesía de Guadalupe Amor no es nunca testimonio del deleznable acaecer biográfico, sino relato estremecido de los sucesos superiores del ser. Es pues, poesía de carácter universal, y aquí el poeta es siempre intenso, vigilante y fiel protagonista del drama espiritual del hombre, de su nostalgia de origen, de su desamparo y terror frente a la muerte y de la espantosa necesidad de Dios”.
Uno de los poemas que ejemplifican a la perfección la descripción anterior es “Polvo”, contenido en el libro homónimo (1949):
¡Oh polvo poseído, angustia
esparcida!
¡Llanto que en mis huesos llevo!
Pensando en ti, ya me atrevo
a no sentirme en la vida.
Me estoy soñando perdida
en tus hambrientas arenas;
mientras mi carne condenas
y consumes mi figura,
ya somos lo que perdura:
la materia sin cadenas.
Sus presentaciones abarcaron radio y televisión, en donde solía leer, con los senos casi de fuera, a autores clásicos como San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús, lo que escandalizó a La Liga de la Decencia y deleitó a los televidentes.
Otros poemarios publicados en esa época fueron Círculo de angustia (1948), Más allá de lo oscuro (1951), Otro libro de amor (1955), Todos los siglos del mundo (1955) y Décimas a Dios (1953), mi favorito, porque expone como ninguno la indagación ontológica de la existencia y de Dios.
¿La décima musa?
Dios, invención admirable,
hecha de ansiedad humana
y de esencia tan arcana
que se vuelve impenetrable.
¿Por qué no eres tú palpable
para el soberbio que vio?
¿Por qué me dices que no
cuando te pido que vengas?
Dios mío, no te detengas,
o ¿quieres que vaya yo?
La “undécima musa”, como la nombró Salvador Novo, también experimentó con la prosa. En su novela autobiográfica Yo soy mi casa (1957). La autora plantea una estructura poliédrica en la que cada rincón de la casa manifiesta una personalidad única ligada con los hechos ahí acontecidos, de los cuales por supuesto Pita es la protagonista absoluta; familia y sirvientes consuelan, lastiman, provocan e ignoran a una niña hipersensible y en plena conciencia de sus angustias.
Gracias a este relato conocemos al primer y más intenso amor de Pita: Conchis, una diminuta muñeca de celuloide a la que la niña vestía con elegantes vestidos que elaboraba la nana. Presiento que Pita se sentía identificada, pues era ella, del mismo modo, pequeñita pero muy querida y mimada por su familia.
También sabemos que su mejor escuela fue un juego, con el que su hermana Mimí le daba lecciones en un pupitre improvisado. Y, que su peor escenario escolar fue el Colegio de las Damas del Sagrado Corazón en Monterrey, Nuevo León. Jamás logró adaptarse a la disciplina y los estrictos códigos de vestimenta y comportamiento. Era un recinto para formar a las futuras esposas y madres en la abnegación y el servicio; nada más alejado de la personalidad de Pita.
Galería de títeres (1960) es quizá su libro menos celebrado. Se trata de breves viñetas de personajes que reflejan aspectos macabros de la condición humana: decadencia espiritual, física y moral. Quién sabe si en un ánimo premonitorio, se miró ella misma en esas páginas.
En el relato “Moneda”, la protagonista, en perpetuo encierro voluntario, sale un día con la intención de brillar y exhibirse, pero en cuanto vuelve a casa, piensa: “Nunca, nunca volveré a salir a la calle. Jamás volveré a ver a la gente. No tengo otra salida que mi casa. Mi cama, mi refugio, mi sarcófago.” Mientras que en el relato “La vieja rica”, la protagonista, solitaria y en franca decadencia, se refiere así a su propia casa: “Un edificio en donde los inquilinos ni siquiera sospecharán que en ese espacio vivió y murió su vida una mujer que solamente conservó entre sus arrugas, sus achaques, sus fastidios, sus extrañezas y su dinero, una memoria inconmovible, resguardada por los muros de esta casa”.
A los treinta y ocho años, todavía rebosante de belleza y energía, se embarazó. Luego de un parto complicado que la descolocó emocionalmente, la enviaron directo a un psiquiátrico. Durante un tiempo, alterada y nerviosa, permaneció al abrigo de su hermana Mimí.
Imagino que la terrible metamorfosis a la que su cuerpo se vio sometido en la colosal tarea de dar vida la debió atar a emociones inenarrables. Incapaz de hacerse cargo de Manuelito, su hermana Caro tomó la responsabilidad y Pita pronto se acostumbró a visitarlo con frecuencia, hasta que un día, por un terrible accidente, el niño, de apenas poco más de año y medio, murió ahogado en una pila de agua.
Pita se derrumbó. Destruyó fotos, cartas y el pasaporte; mal vendió dibujos que grandes artistas le habían hecho y se sumergió en un silencio aterrador. No volvió a aparecer en público, recluida del mundo y de sus múltiples amenazas. En un poema dice:
Maté yo a mi hijo
bien mío
lo maté al darle la vida.
La pérdida fulminante, las indagaciones sobre el ser, las preguntas constantes a Dios, la angustia de la existencia debieron rondarla como fantasmas durante el encierro que duró seis años. Tampoco escribió, o al menos no se sabe nada de algún texto producido en esa época oscura y árida.
En febrero de 1970, Pita Amor publicó el ensayo “De mis soledades voy, de mis soledades vengo… por Pita Amor (La Dama Boba)” en el Excélsior; en el que ofrece una reflexión del papel de la mujer en la sociedad, como ser creativo y no sólo como ser dador de vida. Sin proponérselo, pues nunca se asumió feminista, sus reflexiones establecen un pensamiento crítico y libre respecto a la sociedad encorsetada que por un lado la condenaba y por el otro, celebraba el escándalo.
En 1975, después de casi 10 años de silencio poético, publica: Breve zoológico prehistórico e histórico de Guadalupe Amor, con indagaciones más terrenales y menos exaltadas de lo que sus lectores estaban acostumbrados. Es curioso que este libro haya sido dictado por teléfono a su amigo Rodolfo Chávez Parra que tanto insistía en sacarla de su obstinado silencio, como si Pita se rehusara a usar el cuerpo en la escritura, como si el acto mismo de trazar sobre el papel fuera demasiado doloroso.
El gran recital que ofreció en el Ateneo Español, cuando emergió de las profundidades de su encierro fue un éxito rotundo. Su voz potente, pero ya quebradiza recitó poesía mexicana: desde Sor Juana hasta la propia, pasando por Salvador Díaz Mirón, Manuel José Othón, Manuel González Montesinos, Alfonso Reyes, Enrique González Martínez, Renato Leduc, Xavier Villaurrutia, Ramón López Velarde y Roberto Cabral del Hoyo.
Durante los ochentas reaparecería como una mujer avejentada y descuidada, sumamente maquillada con ropa estrafalaria y joyería de todo tipo colgada al cuerpo. Si en su juventud fue extravagante, ahora lo era todavía más, con una insolencia agria y desplantes enervantes. El cuerpo, siempre el cuerpo como reflejo de sus demonios, ansiedades y poemas.
La residencia de la musa siempre se mantuvo en los mismos barrios cercanos a su lugar de nacimiento, parecía atada por una cuerda invisible que no le permitía alejarse demasiado de sus orígenes. Durante los últimos años, la Zona Rosa fue el escenario de sus desplantes, insultos y bastonazos. El edificio Vizcaya sobre Bucareli albergó a la reina indiscutible de lo estrambótico y la poesía durante sus últimos años.
“La reina honoraria de la Zona Rosa” o “la abuelita de Batman”, como también se le apodaba, se dedicó a dar recitales, a veces al aire libre en la Zona Rosa, en vitrinas de mini galerías como La Chinche o lugares como el Disco-Bar 9 y el Cícero Centenario. También en recintos culturales como el Foro Isabelino, el Auditorio Julián Carrillo de Radio Universidad, el Aula Magna del Instituto Anglo-Mexicano de Cultura o el Alcázar del Castillo de Chapultepec. Con el cuerpo siempre exhibido, el cuerpo como motor, como vehículo. El cuerpo decadente y, aún, sublime.
Cuando pienso en Pita Amor no puedo evitar a la inigualable Nahui Olin —a quien Pita le dedicó un poema— y en la escritora francesa Colette; presiento un hilo invisible que hermana la sensibilidad, honda irreverencia y un profunda conocimiento de la materialidad del cuerpo y de la sublime creación.
En 1990, el estudiante y admirador Michael Schuessler halla una Pita Amor disminuida, maniática, solitaria, déspota y orgullosa. A pesar de que se ganó su afecto y confianza, jamás logró que la musa le hablara de su pasado, convencida de que sólo el hoy y la proyección del futuro valían la pena.
Pocos artistas han alcanzado el misterio de la creación como lo alcanzó ella. Ahora las calles que recorrió son otras, los lugares que frecuentó ya no existen y la gente que quiso descansa en el olvido. Yo la imagino con su andar torpe, una flor en la cabeza e innumerables joyas sometiendo su cuerpo, con un dolor tan agudo y silencioso por su existencia que toda ella fue aullido.