Lo que no escribe Simone Weil en sus cuadernos es lo que más me llama la atención. En más de una docena de cuadernos no encontré casi ninguna mención autobiográfica, casi nada sobre su vida. Ninguna mención de sus sentimientos, ninguna anécdota, ningún sueño. Nada acerca de sus amigos o de su familia. Tampoco se puede adivinar el contexto político o histórico en el que escribió, a pesar de que vivió en una era en la que los acontecimientos históricos y sociales irrumpieron en la vida de todos, incluyendo la Segunda Guerra Mundial que la obligó a irse al exilio. Lo que no está, lo que brilla por su ausencia, es el corazón de los cuadernos.
Estoy obsesionada con los cuadernos. En ellos, me parece descubrir el laboratorio íntimo de la escritura. Los párrafos menos cuidados que se adaptan al espacio de la página. Las ideas inacabadas que se anotan al vuelo. El desorden del acontecer de la vida. Los aforismos que condensan lo que se hubiera podido elaborar en decenas de páginas. Las lecturas que se consignan o no, las citas que se persiguen o se dejan ahí, para que tengan un segundo aliento. Y todo esto sucede en el espacio de un objeto material, muy concreto, que alguien en algún momento tomó la decisión de guardar y que alguien en algún otro momento decidió editar y publicar.
Esto mismo es un cuaderno.
30 junio, 2023
Los cuadernos de Simone Weil fueron mucho más prolíficos hacia el final de su vida. En los años que pasó en el exilio, entre 1940 y 1943, escribió la mayoría de las notas que atiborran sus últimos cuadernos escritos entre Nueva York y Londres. Es como si la incertidumbre e ímpetu del momento hubieran dejado su huella en las características materiales y físicas de los cuadernos. Weil arrancaba y reacomodaba páginas de sus cuadernos. Pero nada hay acerca del exilio, la guerra. Solo sus efectos en el pensamiento. En otras páginas, escribía en columnas verticales al lado de párrafos horizontales. Hay decenas de pasajes escritos en sánscrito, en griego y en latín. Hay también ecuaciones matemáticas, diagramas geométricos. Comentarios incesantes del “poema de la fuerza”, La Ilíada. Ala par: comentarios sobre Marx, Platón, o la Biblia.
En los cuadernos no hay tiempo. Hay apenas una ilusión de que hay una sucesión porque pasan las páginas. Aquí, hago trampa: incluyo fechas, para ordenar lo que son apenas ocurrencias. Pero quienes publicaron los cuadernos de Simone Weil tomaron la decisión muy consciente de publicar su primer y su último cuaderno como si fueran dos extremos, dos gemelos, dos vértices en donde hay una intersección de su pensamiento. En realidad, no hay un orden. Hay apenas notas. Lo único que queda claro, la diferencia más visible entre el denominado primer y último cuaderno de Weil es que, en medio, parece haber habido una serie de experiencias místicas que la llevaron a buscar la verdad ya no en la práctica y teoría de la filosofía o de la política, sino en una práctica mística, los mitos y el cristianismo.
2 julio, 2023
Hoy es domingo. Me acuerdo de los domingos en los que mi tío, el filósofo autodidacta que trabaja para sobrevivir en su taller mecánico, me invitaba a tomar un café en alguna librería o cafetería. Muchas veces venía con nosotros también mi abuelo, que nunca perdió su necia curiosidad sobre una gran variedad de temas como la guerra en Siria, los remedios naturistas, cómo usar su celular o la existencia de Dios.
Mi tío, el filósofo, fue quien me presentó la obra de Simone Weil. No recuerdo cuál de sus libros leía, pero él fue quien me contaba de la filósofa francesa judía, una mística enamorada del cristianismo, una militante anarquista que decidió dejar su puesto de profesora de filosofía para trabajar en tres fábricas manufactureras y en la agricultura. Una miope con migrañas que decidió “hacer algo” por sus convicciones y se unió a un batallón de anarquistas en contra del golpe militar de Francisco Franco y que apenas una semana después tuvo que regresar a Francia, no porque la hirieran en el frente de batalla, sino porque accidentalmente metió su pie en un caldero lleno de aceite hirviendo. Fue mi tío quien me contó que admiraba lo consecuente que era Weil con su pensamiento en su vida. Que su filosofía no era una teoría, sino una práctica, una labor mística.
Aunque leo a Simone Weil, años después de nuestras conversaciones, puedo entender lo que le gustaba de ella a mi tío. Como él en su taller mecánico, herencia asumida pero no deseada, Weil se dedicó por años a trabajar en fábricas, a tener una existencia maquínica en donde el trabajo físico y repetitivo la dejaba sin energía para pensar en la resistencia o en la rebelión. Así, Weil descubrió que en la fábrica era casi imposible pensar. Pero Weil, como mi tío, estaba condenada a no poder dejar de pensar, incluso en las circunstancias más difíciles. En la combi del Estado de México a la Ciudad de México para llegar a trabajar entre la grasa y las demandas de los clientes o en las fábricas de la Francia de entre guerras, en medio del trabajo aún no regulado en las máquinas. Encontrar ahí el pensamiento, el trabajo y la verdad.
Me pregunto qué habrá en las decenas de cuadernos que ha llenado mi tío, el filósofo, creyente empecinado que cuestiona todo, de los que me leía fragmentos, tantos domingos con sol.
14 julio, 2023
Leo una biografía de Simone Weil. Estos son algunos de los sobrenombres con los que la llamaron públicamente a lo largo de su vida: “la virgen roja” (Bouglé), “mujer loca” (Charles de Gaulle), “la marciana” (Chartier).
20 julio, 2023
Weil escribe acerca de cómo asume la filosofía como acción y como práctica:
“La filosofía (incluidos los problemas de cognición, etc.) es exclusivamente un asunto de acción y de práctica. Por eso es tan difícil escribir sobre ella. Es difícil de la misma manera que es difícil escribir un tratado acerca del tenis o acerca de correr, pero mucho más.”
Si se asume la filosofía como una práctica y acción, entonces también hay consecuencias para la forma en que su método opera y contempla pacientemente, pero sin esperanza, los problemas sin solución:
“El método propiamente filosófico consiste en claramente concebir los problemas insolubles en toda su insolubilidad y luego simplemente contemplarlos, fija e incansablemente, año tras año, sin ninguna esperanza, esperando pacientemente. Según este estándar, hay pocos filósofos. Y apenas se puede decir que hay pocos.”
21 julio, 2023
Los cuadernos de Weil parecen ser más una suerte de ejercicios espirituales (como los de los místicos y presocráticos) que no buscan referirse a nada del mundo, sino que ejercen su fuerza y enfoque en el cuidado y disciplina del sujeto. Y, al mismo tiempo, hablan del compromiso del sujeto con la postura que toma en su entorno. Esto es quizás mucho más visible en el primer cuaderno, en el que, entre otras notas, Weil escribe una lista de tentaciones en las que el sujeto es capaz de caer. Anota su intención de leer la lista diariamente:
“Lista de tentaciones (para leer cada mañana)
TENTACIÓN DEL OCIO (sin duda, la más fuerte)
Nunca rendirse al fluir del tiempo. Nunca postergar lo que decidiste hacer.
Tentación de la vida interior
Ocúpate solo de aquellas dificultades que realmente te confrontan. Permítete solo aquellos sentimientos que realmente surgen para usarlos efectivamente o que el pensamiento requiere para la inspiración. Cercena sin piedad todo lo que es imaginario en tus sentimientos.”
Más adelante, Weil regresa a los dos obstáculos interiores con los que se enfrenta (el fluir del tiempo, la atención).
“Cobardía ante el vuelo del tiempo (manía de postergar las cosas—ociosidad). La ilusión de que el tiempo, en sí mismo, me dará valor y energía… Ejercicios: decidir hacer algo, sin importar qué, y hacerlo exactamente a cierta hora… Se debe desarrollar un hábito. Entrenamiento…. Disciplina de la atención del trabajo manual—sin distracción, sin soñar. Sin obsesión. Se debe continuamente observar lo que uno está haciendo, sin dejarse llevar por ello. Se necesita otro tipo de disciplina para usar la mente con el apoyo de la imaginación.”
Esta precisa dificultad atravieso todos los días (y no me sorprendería que muchos de los lectores también, quizá, bajo la etiqueta de “procrastinación”). También percibo la dureza de Weil, su implacable fuerza y forma de disciplinar a su yo de forma extrema, a través de ejercicios en los que sostener la atención es fundamental (pero no como el famoso y gastado mindfulness; no se trata de mirar hacia adentro para considerar la propia conciencia, sino de mirar hacia afuera y lejos del contenido de la conciencia).
Finalmente, concluye en una frase digna de Foucault: “Habrá menos disciplina externa mientras haya más disciplina interna”.
31 julio, 2023
Me sorprenden mucho los pasajes que se refieren a las matemáticas y a la geometría que aparecen sobre todo en el primer cuaderno de Weil.
Me queda más claro al leer en su biografía que su único hermano, André Weil, fue desde muy joven un prodigio en las matemáticas y se dedicó su vida entera a la disciplina, llegando a ser uno de los matemáticos más importantes del siglo XX (Obviamente, esto no está en los cuadernos). Simone Weil reflexiona incansablemente sobre la naturaleza de las matemáticas (sobre todo le atraen las contradicciones posibles y las formas de representar): “Matemática–acción en la que no hay nada que manipular excepto signos”; “Hay un enfrentamiento entre la naturaleza de la mente y la naturaleza de la materia que ocurre dos veces—primero en la relación entre el pensamiento y los signos—y luego en la relación entre la teoría y su aplicación. Buscar alguna suerte de equilibrio…”.
2 agosto, 2023
No logro comprender ni la mitad del último cuaderno. Progresivamente, las citas se vuelven cada vez más parte de un idiolecto, un cuaderno en una lengua privada que me cuesta descifrar. Cada vez más referencias y preguntas acerca de Dios. Otros pasajes mucho más claros, algunos que subrayo, para regresar a ellos.
Me gusta sobre todo cómo Weil piensa las contradicciones (viejo tema marxista) y va más allá de las mismas, a través del misticismo. Declara gritando que esta es “la verdad más importante”, es decir, una verdad que “no se descubre a través de las pruebas, sino a través de la exploración” que “es siempre experimental”. Vale decir, la posesión de una gran cantidad de “verdad inerte”, guardada en un cajón recóndito de la mente, no sirve para nada. La riqueza está en la verdad activa: “poco a poco, un grano infinitesimal de verdad activa destruye todo error”.
“La verdad más importante:
Los misterios de la fe pueden usarse y se han usado de la misma manera en que Lenin usó la dialéctica de Marx (en ambos casos, las contradicciones son el criterio lógico a través del cual se elimina el error): se usan, a través de una astuta manipulación del anatema, para esclavizar totalmente a las mentes. Por los elegidos, que desdeñan tanto la rebelión como el servilismo de la mente, se tornan en koanes a través de la contemplación. Pero su secreto yace en otra parte. Y es que hay dos tipos diferentes de razón… razón supernatural y razón natural.”
Kōan: en el budismo zen japonés, un enunciado paradójico o pregunta breve que se usa como disciplina meditativa para los novicios. El esfuerzo que se pone en “resolver” un kōan tiene como objetivo de minar el intelecto analítico y la voluntad del ego para que la mente esté preparada para considerar una respuesta intuitiva apropiada.
Más adelante, Weil vuelve a las matemáticas para hablar de las contradicciones, y nos habla de que en el cálculo infinitesimal las “contradicciones son verdad”, pero permite pruebas rigurosas. Así, Weil propone que en este punto en el que la mente puede percibir la verdad simultánea de las contradicciones, es el punto en el que se debe amar a Dios. La contradicción es como una suerte de palanca de la trascendencia. Lo formula como una pregunta: “¿Cómo amar a Dios sino desde este punto?”
El primer y el último cuaderno como las contradicciones más destiladas de la materialidad de la trascendencia. Los cuadernos son la prueba rigurosa en donde las contradicciones son verdad. Ejercicios del sujeto que busca serle fiel a la verdad (siempre contradictoria).
Simone Weil le fue fiel a su verdad, hasta la muerte, y así se convirtió plenamente en un sujeto.
3 de agosto, 2023.
Lo de ayer: comparar con la inmanencia de las verdades de Alain Badiou.
Un buen psicoanalista deja a su analizante con un kōan al final de una sesión, la cesura, el corte.
8 de agosto, 2023
Quizás hoy hubiéramos dicho que Simone Weil era anoréxica. Que, en sus últimos días de vida, su decisión de dejar de comer raciones completas de comida, en el hospital, fue una locura. Pero cuando se entiende bien su contexto y pensamiento, queda claro que Weil estaba siguiendo hasta sus últimas consecuencias su filosofía, su compromiso místico y político con la verdad activa.
En 1943 Simone Weil se enfermó por algún tipo de afectación de sus pulmones, pero no se pudo recuperar, según los médicos, porque estaba malnutrida, anémica. Enferma, en Londres, se negaba obstinadamente a comer más de lo que ella imaginaba que sus compatriotas estaban comiendo en la zona de Francia que Alemania había ocupado. A pesar de estar sumamente débil, siguió escribiendo en su cuaderno hasta el final de su vida.
La última frase de su cuaderno condensa perfectamente en lo que insistió Simone Weil toda su vida, la diferencia entre el “saber” en el sentido ordinario de la palabra y realmente saber, “con toda el alma”. Es decir, no saber algo (información inerte, contenidos), sino la transmisión del cómo del saber mismo. [Me enfrento con esto diariamente, en mi labor como terapeuta]:
“La parte más importante de enseñar = enseñar lo que es saber (en el sentido científico).”
“Cantares de Dzitbalché”, Instituto Nacional de Antropología e Historia, México. (CC BY-NC-ND 4.0)
Ts’aaléalo, está más rico -dice mi abuela desde la cocina al poco rato en que nos sentamos a comer. En su lógica culinaria, todo sabe mejor con un tantito de picante, además del que ya lleva la comida. Particularmente, si es un caldo.
¿Qué es ts’aalear? Pronuncio torpemente con media tortilla en la boca. Los adultos se ríen un poco y comienzan a conversar en una lengua que no entiendo. Como si mi mala pronunciación hubiese activado algo dormido dentro de ellos. Intercambian palabras, frases, hablan de forma fluida, se ríen y usan el cuerpo para completar lo que dicen. Es como un baile alrededor de la mesa. Yo no entiendo bien qué pasa. Solo quería almorzar después de hacer un viaje de 3 horas para atravesar la mitad del Estado. El nuevo siglo había cumplido los 10 años, y me acababa de enterar de que eso que hablaban era el maayat’aan.
Ese fue uno de mis primeros acercamientos a esa lengua que, años después, aprendería a acomodar en la boca para articular alguna que otra frase. Sin embargo, en ese entonces no entendía ni un carajo:
—Que lo untes en el chile.
—¿Qué cosa?
—Lo que estás comiendo.
—¿Qué cosa?
—Tu tortilla, niño, tu tortilla.
—¿Eso significa?
—¿Qué cosa?
—¿Ts’aalear?
Todos se rieron, que porque no entiendo. Me levanté de la mesa y fui a buscar un diccionario. No sabía si era con “t” o con “d”. Nada. No hay rastros de esa palabra en el diccionario. Aparentemente todos saben qué significa, la usan indistintamente y de forma cotidiana y no está en el pinche diccionario. Recuerdo la escuela: “si termina en ar, er, ir, entonces es un verbo en infinitivo”.
Tiempo después entendí que hay palabras que no voy a encontrar en el diccionario, aunque sean de uso cotidiano. Al menos no en el Diccionario de la Real Academia Española, ni en el Diccionario Panhispánico de Dudas.
En la península de Yucatán hay, innegablemente, una forma particular de hablar. Esto se deriva de un largo y violento proceso de colonización e intercambio cultural. El caso de Yucatán no es único en el mundo. La historia nos ha demostrado en multiplicidad de regiones que la combinación y recreación de las lenguas son el resultado del contacto de diferentes grupos humanos.
Para los mayas, aprender el español se convirtió en una necesidad de supervivencia, aunque en un principio, fueron los evangelizadores los que se dieron a la tarea de aprender el maayat’aan para sus propósitos religiosos. En esta dinámica lingüística se adaptó la sintaxis de ciertas expresiones mayas para uso coloquial en el contexto de la conquista. Podemos referir la palabra ts’aalear; que viene de ts’aal y significa untar; o wixar, que se origina del vocablo wiix que significa orinar.
Esta forma de hablar es el hilo que dejaron los ancestros que se opusieron a la dominación política y cultural a lo largo de siglos y que, por supuesto, estalló en el levantamiento armado de 1847, al que llaman Guerra de castas. Esta resistencia no solo fue en la oralidad, o en la guerra, también se dio en la escritura.
Casi 100 años después, en 1942, se cuenta que Alfredo Barrera Vásquez se encontró con un vendedor de papeles viejos en Jo’ (Mérida) a quien le compró un manuscrito muy curioso que tenía apenas 9 hojas cosidas con hilo de henequén. Estaba escrito en maya con caracteres latinos y declaraba en la portada “El libro de las danzas de los hombres antiguos, que era costumbre hacer acá en los pueblos cuando aún no llegaban los blancos”. Contiene 15 cantares, aunque probablemente el original debió ser más amplio.
Los temas de los que habla son variados, pero incluyen narraciones y rituales que pudieran haber acompañado danzas previas a la época colonial. Quien fungió como escriba se preocupó por fechar este documento en 1440, en un esfuerzo por dejar asentada en la historia esas prácticas se realizaban desde antes de la llegada de Europa a las tierras mayas. Sin embargo, resulta imposible que los textos hayan sido escritos en ese entonces. Eso no quiere decir que el manuscrito no pueda ser la copia de uno anterior, destruido en los autos de fe efectuados por los frailes en Yucatán. Como fuere, la palabra escrita sobrevive hasta nuestros días y al haber sido plasmada en papel español configura una metáfora sobre cómo hemos escrito nuestra historia: sobre los papeles de los blancos que pretendieron borrarnos, en un intento de palimpsesto que se resiste a quedar en el olvido.
A menudo pienso en el vendedor. ¿de dónde habrá obtenido los textos?, ¿cuánto tiempo los tuvo bajo su resguardo?, ¿hablaba maya?, ¿los había leído antes de venderlos?, ¿sabía que los textos provenían de Dzitbalché, Campeche?, ¿cómo llegó a Yucatán? ¿Alfredo Barrera Vásquez le dijo al vendedor lo que valía para el mundo esas 9 hojas que compró por 8 pesos en 1942?, ¿se imaginaba que su nombre, pero no la anécdota ni el nombre del comprador, iba a ser olvidado en los anales de la historia?, ¿le había pasado algo similar antes?, de no haberlo vendido, ¿qué habría hecho con esos papeles viejos? También pienso en el/la escriba, ¿o quizá los/las escribas? Porque puede ser también, que haya habido más de un autor o autora, como en el caso de El memorial de Sololá, encontrado en Guatemala, el cual fue escrito por al menos dos personas. El anonimato parece haber sido un requisito histórico para salvaguardar nuestra memoria de quienes pretendían destruirla. Lamentablemente no hay muchos registros de esta persona, ni mucho menos de quienes lo escribieron y nomás nos queda imaginar el pasado de este manuscrito y su trayecto hasta el día de hoy.
Lo que se sabe es que Alfredo Barrera Vásquez fue su primer traductor y lo publicó junto con un estudio exhaustivo en 1965. Además, le puso el nombre que ahora lleva: “Cantares de Dzitbalché”, en atención al lugar de procedencia de los textos para posteriormente donarlo al Instituto Nacional de Antropología e Historia.
He estado en Dztibalché, Campeche. Ahí hay un museo dedicado a estas 9 hojas, donde todas y todos los pobladores pueden acceder a los documentos facsimilares con traducciones al español acompañados de ilustraciones. Uno se puede pasar horas ahí dentro. Junto al museo, una iglesia. Como otro palimpsesto que no logra ensombrecernos del todo. Alrededor, niñas y niños jugando, señoras y señores tomando el fresco, hablando maya. De pronto me dan ganas de pronunciar las palabras que conozco: ¿bix u k’aaba? ¿bix a beel?, ¿tu’ux a taal?, ¿tu’ux ka bin? ¿bix u ya’alal ich maayat’aan? Entonces alguien me contesta e intercambiamos algunas palabras, hasta que mi dominio de la lengua me obliga a cambiar al español. Y yo pienso “ts’aaléalo”, y eso hago: Ts’aaleo la lengua como me decía mi abuela.
No solo fue el cero. Existen muchas muestras de resistencia cultural entre los mayas hablantes o no hablantes de la lengua, aunque en ocasiones la historia reduzca nuestra aportación al mundo al número cero, si acaso. El proceso de intercambio cultural, violento o no, se da a lo largo y ancho del mundo con lenguas con más o menos hablantes. Y cada acto, por más pequeño que sea, desde usar estos préstamos lingüísticos hasta encontrar y traducir un documento antiguo, nos hacen enunciar, con acento o no: way yano’one; o lo que significa en maayat’aan: estamos aquí.
Vamos caminando. Las banquetas de esta tarde son excesivamente breves. Así que el gesto de compartir el paraguas, esa maniobra de pausar la lluvia para el otro, que se traduce también en una sucinta geografía movible de lo seco, se realiza con visible dificultad.
Pero esto no es causado, debo aclarar, por un sesgo en la destreza de quien es el abanderado oficial de esta marcha contra la lluvia. Ni mucho menos una falta de compromiso con el signo de interrogación impermeable, sino más bien, cada vez que pasa un transeúnte, a nuestra geografía se le demanda dividirse, obligando al que no porta el paraguas, dilatar su paso hacia el oleaje de la calle. Y luego, reincorporarse al mínimo país, hasta que otro personaje agrietado por el agua decida separarnos. Una vez más.
Aquí podría ensayarse una idea sobre el amor, pero lo importante de esto es más bien el preguntarse por qué no venden paraguas colectivos, multitudinarios, masivos, mundiales. Paraguas universales para la lluvia también universal.
En el ir y venir de la lluvia, de nosotros y de ellos, escuchamos a un hombre, sin paraguas, decirle a su acompañante Ya está lloviendo, ¿veá? Lo que impresiona de lo dicho, no es su necedad emanada en pleonasmo. Y más bien, lo remarcable de la pregunta/aseveración, es que termina de completar el mismo fenómeno de la lluvia, no solo por haberla nombrado, sino porque alguien, que es visiblemente víctima del mismo, tiene la osadía de cuestionar la veracidad del acontecimiento.
Este reafirmar lo obvio, puede ocurrir con cualquier otro fenómeno climatológico, social, o hasta religioso (Hace mucho calor. Todo está más caro. Estamos vivos. O el clásico, Solo Dios sabe.), y más allá de pobremente agotarlo, conceptualizándolo apenas como un mecanismo del habla cotidiana, nos permite observar algo todavía más atractivo: que las experiencias no se vuelven redundantes, sino, al contrario de lo que podría intuirse, la ratificación ayuda a potenciar el acontecimiento gracias a ese pequeño pretexto ruso llamado la desautomatización.
La redundancia de la frase se sobrepone a su peyorativa condición de pleonasmo, para evidenciarse como una herramienta casi emparamentada con el propósito que tienen los subtítulos descriptivos en las películas (puerta abriéndose, suena música fúnebre, ruidos de lluvia, disparos a lo lejos): reafirmarnos lo que está pasando, para reanimar la atención en un fenómeno, que de tan común, ya pasaba inadvertido.
Es ahí, en la delimitación del fenómeno a partir de tal acompañamiento por una frase nauseabundamente redundante, lo que nos revela su lugar en el presente. Y no es que no lo supiéramos antes, pero tal reafirmación permite habitarlo en una temporalidad fija y con fronteras definidas, es decir, absueltos momentáneamente de la enajenación, nuestra sensibilidad se muestra contundente. Así decimos, es esta lluvia y no otra. La única lluvia, quizá. Entonces, claro que sí, señor de la playera por completo empapada, sí está lloviendo. Nos está lloviendo a todos.
Y el hallazgo definitivo de escuchar tal frase, es que nuestra caracterización se emancipa de su límite de personaje en la trama de la tarde, para traducir nuestra sensibilidad a la amplitud de espectador. Y esto sucede porque la redundancia inauguró dos planos del acontecimiento: el presente y sus fronteras precisas obsequiadas por un otro. O, mejor dicho, padecer el aquí del acontecimiento y a la vez, tener la suficiente distancia con el evento para mirarlo, fugaz, si se quiere, pero contundente en todo su propósito.
Después del diluvio, nos comenzamos a reír mientras atrapábamos con los dientes y la lengua la lluvia que volvimos a conocer. (Música del 85 de fondo). I’ll be your plastic toy. I’ll be your plastic toy. For you, sonaba desde un auto color guinda, o azul, o quién sabe. Y luego, para rematar, cerramos el paraguas como una inquisitiva afrenta contra la lluvia. Y me preguntaste, ¿en verdad está lloviendo?, ¿en verdad lo está?
Nos tomamos de las manos y seguimos oyendo la canción reproduciéndose cada vez más tenue desde el carro detenido en el tráfico de agosto.
Just like honey
Just like honey
Just like honey
Just like honey
Y nos miramos, porque no había otra cosa más que hacer en medio del fin o el principio del siglo, y dijiste, ¿por qué siempre parece que estamos en una película? Y yo no supe qué contestar, pero asentí con la cabeza como si mi cuello supiera con total exactitud, la movilidad de cada uno de sus músculos. Y así, un camión de pasajeros, enorme, inadecuado para la avenida donde ya no cabía ni un alma, comenzó a pitar. Obviamente, con muy modestos resultados.
(camión de pasajeros continúa usando el claxon insistente a la nada).
Cuando llegamos a nuestra habitación, colgamos la ropa mojada en el cortinero del baño. Pusimos música en la bocinita portátil que decidimos empacar para el viaje y mirando al techo, como buscándole ojos a la luz amarilla emanada de la lamparita de buró, oímos varia canción.
-Ay wey, es que esa pregunta es muy difícil, tengo momentos, pero diría que ahorita, ahorita en este lugar, bajo este techo, en está hora y sobre todo, después de la lluvia, mi película favorita es…
Yo nunca había escuchado el nombre Wong Kar Wai.
– Aunque si se pone uno de ñoño, de clavado, de claveles, pues, una traducción más apegada a lo que significa el título en chino, la película en realidad se llamaría en español El tiempo pasa como las flores y no Deseando amar.
–Ese si es un titulazo, un versote. Pero tremendo Versace.
Seguimos hablando de traducciones horribles o excesivamente imprecisas en los títulos, pero también alabamos otras y propusimos algunas arriesgadas acotaciones. Pollitos en fuga, por ejemplo, acabó por llamarse, Pollos pelados. Nos reímos bastante de Perdidos en Tokyo.
-Ahí está la verdadera pérdida en la traducción, ¿no?
-Y qué piensas tú de qué al final de la película de Sofía Coppola, también suene la canción de hace rato.
-Sí, la del Jesús y María Chain.
-Y qué piensas tú de que no se escuche qué le dice Bill Murray a Scarlett Johansson en esa última escena donde se despiden para siempre.
(murmuraciones indistintas)
-¿Cómo sabes qué es para siempre?
-Porque se acaba la peli.
-Sí, pero es un para siempre en nosotros, no en ellos.
-O más bien qué crees que le dijo Bill, o, bueno Bob Harris a Charlotte antes de irse de Tokyo.
Just like honey
Just like honey
Just like honey
Just like honey
Días más tarde de ese viaje, volví a Lost in translation. No lo decidí en realidad para escribir estas páginas, pero pasó y fue importante. O tal vez, recordé esa leyenda iniciada en el 2009 que narraba apariciones inesperadas de Bill Murray a la menor provocación, en medio de alguna boda o restaurante. A todo esto, qué estará haciendo Bill Murray ahorita. Espero se encuentre bien. Te mando un saludo, Bill, gracias por tanto.
La película la descargué de una comunidad de Torrents (que el dios del compumundohipermegared siga protegiendo las descargas ilegales) y la miré en el confiabilisimo reproductor multimedia VLC. Y tuve la ligera esperanza (ingenuidad, más bien) de que los subtítulos esta vez sí me relevaran qué le dice Bob a Scarlett. No tuve suerte.
Ese día, por la tarde, después ya de haber mirado Perdidos en Tokyo, hice algunas cosas, sin relevancia, pero importantes para el curso de la Historia de las cosas irrelevantes. Primero traté de ensayar mi propia versión de For relaxing times, make it Suntory Time en el espejo de un baño del Sanborns. En segundo lugar, pensé de manera religiosa en More than this you know there’s nothing y en Bob, el mismísimo Bob, cantando ese verso, mientras mira a Scarlett como si ese momento fuera la acumulación de toda su vida, de forma tan consciente de su azar, que Roxy Music fue más que necesario. En tercer lugar, pero como dicen en las presentaciones, no por último, menos importante, regresé al shoegaze, y a pensar que lo importante de que los músicos de esas bandas no vean al suelo, es porque ellos tienen muy claro que el éxtasis quema, así que mejor, aprendérselo de reojo.
Y claro que sus noventa pedales para sus noventa distorsiones. Empalmadas una sobre otra hasta que el ruido se convierte en himno. Hasta que cantamos la distorsión de memoria. Hasta que no tenemos de otra más que mirar al suelo.
-¿Qué piensas del primer plano de Lost in Translation?
-¿Te refieres al culo de Scarlett enmarcado por la glide guitar de Kevin Shields?
-Mira, esto escribió Coppola: Melodramatic music swells over the Girl´s butt in pink sheer underwear as she lies on the bed.
Titles cards over image.
–¿Crees que el shoegaze es melodramático?
-Yo creo que la música que parece siempre estar creciendo como si en cualquier momento estuviera a punto de llegar a su clímax o a su fin, es evidentemente melodramática.
(suena música melodramática que empieza diciendo Close my eyes, feel me now I don’t know how you could not love me now)
-Yo creo que se siente cómo si estuviéramos en una película porque parece que siempre estamos a punto de llegar a nuestro final o al punto máximo de algo.
-¿Pero eso cómo es?
-Sí, las cosas que dices o digo, o que decimos, no sé, pues, porque están llenas de una gravedad que solo tienen las cosas que están a punto de ser algo más de lo que son. O algo así, ¿no?
(suena música melodramática que termina diciendo Close my eyes, feel me now. I don’t know how you could not love me now)
-¿Y si revisamos el guion y leemos qué le dijo Bob a Scarlett, mientras él sostiene su nuca con la mano izquierda, domesticada por un Rolex plateado?
-Prefiero no saberlo.
-¿Pooor?
-Porque es hermoso no saber algunas cosas. No es necesario entenderlo todo. Es más importante sentir.
-Justo, así con la pura emoción que dejan los dos al verse despidiéndose. Es suficiente para que Jesús y María Chain comiencen con la percusión.
-Entonces, ¿por qué siempre parece que estamos en una película?
-Quizá porque siempre tienes la música prendida y hace que todo adquiera una temporalidad distinta a la del mundo cronometrado por los relojes.
-¿Qué tiempo es ese que no usa reloj?
-El tiempo de las cosas que no mueren.
-¿Ves?, una película.
(suena música que parece un pequeño susurro en medio de una tarde donde ya mero llueve, y que dice Moving up and so alive, in her honey dripping beehive. Beehive)
El inicio de Just like honey de The Jesus and Mary Chain me remite, muy en el principio, a la canción Be my baby de las Ronettes de 1960 lideradas por Ronnie Spector. Y acepto que se podría sospechar que mi tramposo ánimo de relacionarlas, tiene que ver solo con la apuesta de las canciones por pulsar sus propósitos desde el principio, marcando con una batería la certeza de toda la canción, porque, aunque la percusión no es protagonista, resuelve las canciones.
Pero en realidad lo digo, porque creo que ambas canciones apuntan hacia la misma búsqueda del deseo, rodeados por una tristeza pequeña que demanda algo, que no sabremos nunca si fue satisfecho o no, y que por lo mismo, no nos suelta las orejas hasta que finalizan.
Y ya apostándole más a la genealogía de la canción, Atmospheare de Joy Division en 1980, deja más nítido un antecedente, porque es a partir de esa canción, muy segura de sus sintetizadores llenos de estrellas y fuegos pequeños liderados por unos toms de aire proponiendo una emoción muy cercana al sueño, donde se inventa la bisagra del post punk al dream pop. Sin este pie, el disco Psychocandy de los Jesuses y Marías en el 85, no tiene sentido.
(suena música que dice Don’t walk away in silence. Don’t walk away y que parece estar dirigiéndose a un lugar más lejano, donde ya no cabe ni la noche ni el día.)
-A ver, ¿entonces dices que parecemos una película de bajo presupuesto que solo proyectan en festivales universitarios canadienses porque siempre hay música sonando?
-No solo por eso, pero bueno, sí.
-La música combinada con las imágenes tiene su propia forma de habitarnos. Lo que habitamos y vemos, con la música se revela aún más a su sino breve, porque las canciones, a pesar de lo fugaz, ejecutan sus pasiones en un tiempo distinto al tiempo de los relojes.
-Como si todo fuera más presente de lo que es.
-Como si duráramos más de lo que podemos.
-O no te ha pasado que repites una y otra vez una canción.
-No es que el mundo se acabe después. Más bien nosotros.
(sonido de lluvia golpeando el cristal)
-Qué canción debería sonar ahorita que es domingo a las seis de la tarde, a mitad de agosto, a mitad o al principio de nuestras vidas, mientras pensamos en qué le dijo Bob a Scarlett.
(suena música de 1990 mientras es la mitad o el principio de la vida de alguien)
–Cherry-Coloured Funk, nadie sabe qué significa.
-Pero eso no importa, acuérdate. Importa más lo que diga de nosotros. Ni siquiera a los Cocteau Twins les interesaba saberlo.
-A mí sí. ¿Qué es lo que dice?
-Lo mismo que le dice Bill a Scarlett.
-¿Y qué es?
-Mira, ves esto que tengo aquí guardado en mis manos. Es tuyo.
(un sonido de lluvia aún más grave golpea el cristal)
-Bueno, si esto es una película, ¿cómo debería acabar?
-Así: La lluvia seguirá tocando los cristales una y otra vez, durante toda la tarde, con sus dedos de cirujano pianista. Lluvia necia pero inmadura. Nos diremos algunas cosas, como que no nos importa morir, pero sí saber que hemos querido lo suficiente. Reiremos. Y en algún momento la puerta se abrirá sola. No sentiremos que es algo paranormal, fantasmagórico. Solo miraremos la puerta en plenitud exponiendo el pasillo. Ningún vecino pausará nuestra vista de los mosaicos de la entrada. Y nos miraremos. No habrá diálogo. Le jugaremos a eso del silencio, y comenzará a sonar una canción.
-¿Cuál?
(suena música de 1994 que dice As the sun hits, she’ll be waiting
With her cool things and her heaven. Afuera pasa algo. Nosotros quizá. Pero yo qué voy a saber de estas cosas.)
Un agradecimiento especial a Keanu Reeves.
Por supuesto que uno para el mismísimo señor que pregunta por la lluvia.
Otro para las nutrias.
Uno más a Sofía Coppola.
Otro para la lluvia.
Otro para las Mamitas, que me enseñaron bastante cosa del llorar.
Otro para mi Jefa.
Otro pa mis carnales, el Champs y el Jamie.
Otro pa mi compa Will.
Una dedicatoria especial para nuestros colegas Chow y Su, de In the mood for love, por enseñarme la importancia de tocar una puerta.
Obvio que un saludo para el Bob, mi Bob,
Otro saludo para mi abuela, donde quiera que ande.
Otro para Cheems, donde quiera que ande también.
Y un último a Michel Chion por explicarme, semióticamente, las influencias mutuas entre el sonido y la imagen.
Aquí el link del playlist de este texto, llamado Un paraguas para la lluvia universal:
Como muchos, llevaba varios meses esperando con expectación la nueva entrega de la brillante carrera de Christopher Nolan, uno de los directores contemporáneos más taquilleros y creador de la saga más relevante (a mi juicio) del Caballero de la Noche. En esta ocasión, Nolan se alejó de los superhéroes, el espacio exterior, y otros planos de la ciencia ficción para adentrarse en uno de los personajes más influyentes en la Historia del siglo xx: el tristemente célebre J Robert Oppenheimer.
Dado que no vi ningún tráiler de la película —había decidido verla prácticamente a ciegas, sin más información que la poca que conocía sobre el Proyecto Manhattan— me adentré en ella con muchas expectativas, curioso por el tratamiento que Nolan le daría a este personaje icónico, pero ciertamente problemático para el discurso estadounidense. Y si bien me parece que Nolan fue sensato en mostrar la crisis política de la Gran Guerra, así como el papel de ciertos personajes —el presidente Eisenhower, el implacable Lewis Strauss—, fue la aparición de un personaje más políticamente modesto lo que llamó mi atención.
Quiero retomar en este texto una parte del diálogo que Oppenheimer sostiene con Albert Einstein en los últimos minutos de la cinta. En la escena, un desaliñado Einstein está caminando en un jardín, alrededor de un estanque. Para este momento, ya hemos visto toda la trama, y sabemos lo que Oppenheimer ha tenido que sobrevivir para llegar hasta ahí. Pero hace falta un epílogo, una resolución para el remordimiento —o la carencia de él— de un hombre que inventó el arma más potente de la Historia hasta hoy:
“Albert, cuando vine contigo con esos cálculos [dice Oppenheimer mientras mira el estanque frente a sí; las pequeñas gotas de la lluvia parecen pequeñas explosiones en la superficie del agua], creímos que iniciaríamos una reacción en cadena que destruiría el mundo… Temo que lo hicimos”.
La película cierra con Oppenheimer mirando en silencio la visión de unos misiles surcando el cielo, como proféticos jinetes de un apocalipsis nuclear que, aunque no se concretó, abrió paso a la Guerra Fría y a muchas tensiones geopolíticas de nuestros días —la Guerra en Irak, la crisis con Corea del Norte, entre otras—.
Más allá de la extraordinaria actuación de Cillian Murphy, y del gesto un poco cínico que tiene hacer dinero con el dolor ajeno —¿De quién es ese chiste que dice que los gringos invadirán tu país y después harán una película millonaria donde cuenten lo tristes que se pusieron cuando invadieron tu país?—, esta última escena me hizo pensar en las palabras que George W. Bush padre dijo en 1991, hablando sobre la disculpa que Estados Unidos le debería a Japón por haber soltado el “Little Boy” el 6 de agosto de 1943, y el Fat Man apenas unos días más tarde: hey let’s forget that, let’s go forward now together. 1
Esta reminiscencia despertó algunas preguntas que ahora comparto: ¿Por qué hacer una película sobre Oppenheimer? ¿Qué importancia tiene haberla estrenado tan cerca de los primeros y únicos bombardeos nucleares en una ciudad habitada? ¿Qué sentido tiene hablar sobre Hiroshima o Nagasaki y sus víctimas casi 80 años después de la bomba?
En diciembre de 2016, como parte de una visita académica, mis amigos de la maestría en Estudios de Asia y África tomaron el tren bala a Hiroshima. Yo no fui a ese viaje, pues me había quedado varado en el invierno de Nagano, pero recuerdo con claridad la profunda decepción que sentí ante la imposibilidad de conocer una de las dos ciudades japonesas que sintieron en carne viva el poder de la bomba de Oppenheimer.
Pedí, por supuesto, que me mostraran todas las fotografías de aquel viaje: el Monumento de la Paz, el Parque Memorial de la Paz, el santuario de Itsukushima —uno de los sitios más populares: el arco del santuario shintō se yergue sobre la superficie acuática como una herida abierta del pasado atómico—, en cada uno de estos sitios podía sentirse el eco reprimido del dolor; pero, sobre todo, me sorprendía la resiliencia de una ciudad que, a décadas de la catástrofe, ha logrado constituirse como una de las capitales económicas de la región de Chugoku-Shikoku, con una población de alrededor de 1.2 millones y uno de los centros de producción de Mazda más importantes a nivel mundial —el Mazda MX-5, por ejemplo, se construye ahí.
Confieso que mi curiosidad estaba motivada por el morbo de conocer las cenizas de una catástrofe; sin embargo, también me interesaba escuchar la experiencia de mis compañeros, sus impresiones y sus emociones mientras deambulaban por aquella ciudad reconstruida. De aquellas entrevistas informales, alguien me dijo que todo el viaje se sintió muy motivada y contenta, pero al estar frente a los arcos del Parque Memorial súbitamente sintió una congoja inexplicable que no le permitió tomar fotos del lugar.
La primera vez que fui a la Plaza de las Tres Culturas, en 2011, tuve una sensación similar: hay algo de profano en visitar espacios que vieron la tragedia. (¿No vivimos así todos: caminando sobre las cenizas de nuestros muertos?) Un monumento, después de todo, es una cicatriz, y las cicatrices nos recuerdan que el pasado fue real.
Así lo apuntó Marguerite Duras:
L’illusion, c’est bien simple, est tellement parfaite que les touristes pleurent.
On peut toujours se moquer mais que peut faire d’autre un touriste que, justement, pleurer?2
En agosto de 1963, el escritor Ōe Kenzaburō también tomó el tren a Hiroshima. Aquel viaje pretendió hacer un recuento de la tragedia de los sobrevivientes del bombardeo —las víctimas del Little Boy y el Fat Man se calcularon con respecto al estallido inicial, el recuento de los muertos como consecuencia de las quemaduras, las mutaciones, el cáncer y otras secuelas de la radiactividad se deberían buscar hasta muchos años más tarde—.
El testimonio de los llamados 被爆者 [hibakusha, lit. víctima de la bomba atómica], así como los de todos aquellos médicos, voluntarios y trabajadores que reconstruyeron una de las ciudades estratégicas para el crecimiento del imperio japonés, se recopilaron en los llamados Cuadernos de Hiroshima (1965), un viaje sentimental que el joven Ōe realizó en las peores circunstancias posibles, como él mismo narra.
Mi primer hijo agonizaba sin esperanza en una incubadora. Ryōsuke [el editor] acababa de perder a su hija mayor. Un amigo común, al que le atormentaba la idea del fin del mundo por culpa de las armas nucleares, se acababa de suicidar en París. Ryōsuke y yo estábamos profundamente abatidos. A pesar de todo, partimos en pleno verano hacia Hiroshima. Nunca había hecho un viaje tan extenuante, triste y cargado de prolongados silencios como aquél.
Tu n’as rien vu à Hiroshima, rien. La frase que he colocado como epígrafe en este texto habla de este silencio que Ōe anota como una constante durante su viaje. El silencio es, a mi parecer, uno de los elementos que caracteriza a las víctimas, de aquéllos que desearían permanecer dueños de su propia vida y de su propia muerte. Un silencio cargado de dolor, pero también de dignidad, y de otro sentimiento humano que se me escapa, pero que se parece a la piedad y, también, un poco, a la ira.
La mayoría de los intelectuales y escritores no están de acuerdo con que las víctimas callemos y nos instan a denunciar nuestra tragedia. Detesto a quienes no comprenden nuestro deseo de silencio. Nosotros no podemos conmemorar el 6 de agosto. Lo único que podemos hacer es pasarlo en silencio junto a nuestros muertos. Somos incapaces de participar en los ostentosos preparativos que se realizan para conmemorar esta fecha. Las personas que conocimos de primera mano el horror de la bomba atómica preferimos callar.
El silencio no debe entenderse, por supuesto, como el olvido. El silencio es una forma de protesta y también la única manera de expresar lo que no tiene nombre. En el primer cuento de El favor de la sirena, de Denis Johnson, uno de los personajes nos revela que la cosa más silenciosa que ha oído nunca fue la mina que le arrancó la pierna en Afganistán. Lo que de verdad nos liquida se parece mucho a ese silencio que precede un estallido. El instante en que la Tierra misma contiene la respiración.
En 1994 Ōe reunió y prologó The crazy iris: and other stories of the atomic aftermath, una serie de cuentos que hablan sobre el horror de los bombardeos. Se trata de un testimonio bastante complejo, me parece, de la experiencia de la bomba, antes, durante y después de los bombardeos. Algunos de los autores recopilados estuvieron en Hiroshima o Nagasaki durante la explosión, algunos, como Tamiki Hara, sobrevivirían muchos años más. De su cuento, “Flores de verano”, rescato el siguiente fragmento, narrado apenas unos instantes después de la explosión.
Lo que vi parecía salido de la peor de las pesadillas. Desde el primer momento, nada más recibir el impacto de la explosión en la cabeza y de que todo se sumiera en las tinieblas, fui consciente de que no había muerto. Después, pensando en la catástrofe que esto suponía, me enfurecí. Grité; mi voz resonó en mis oídos como si perteneciera a otra persona. Cuando la situación a mi alrededor comenzó a aclararse, me sentí como si me encontrara en medio del escenario en plena representación de una tragedia, o actuando en alguna película como las que solía contemplar en el cine. Más allá de la espesa nube de polvo pude vislumbrar pequeños claros azules, que poco después empezaron a multiplicarse. La luz comenzó a filtrarse por las rendijas de los muros derruidos. La claridad emanaba de lugares inverosímiles.
“Destrucción mutua garantizada”, tal fue la denominación que el matemático John von Neumann empleó para referirse al conflicto atómico entre dos naciones. La frase, que marcó el inicio de la Guerra Fría, se volvió un referente luego del conflicto de los misiles en Cuba, y otorgaría una endeble tranquilidad para los países involucrados en el conflicto. Pero es difícil confiar en la paz que nace de la amenaza. Como ocurriera con el amigo que Ōe menciona en sus cuadernos, Tamiki Hara se suicidó en 1951, en las vísperas de la Guerra coreana, y tras los rumores de que aquél habría de convertirse en un conflicto nuclear. Para Hara, que había presenciado la devastación, el futuro planteado por la Guerra Fría no podía ser más alentador que aquel que, al menos en la película de Nolan, inundó los sueños lúcidos de Oppenheimer luego de completar su proyecto. Y luego del estallido, asevera Denis Johnson, el silencio.
Silencios semejantes presencié yo mismo en Yasukuni, el inmenso santuario shintō donde se cree que descansan los espíritus de los héroes de Japón. Construido en 1869 bajo el imperio de Mutsuhito, Yasukuni alberga las almas de casi dos millones y medio de guerreros. Se ha vuelto un sitio profundamente controversial, pues entre todos aquellos héroes que dieron su vida por el imperio del sol, hay algunos que fueron reconocidos como criminales de guerra. El hecho de que en Japón se les venere como espíritus sagrados es, sin duda, un tópico bastante problemático para algunos países vecinos de Japón.
Durante años, los líderes japoneses han sido muy cuidadosos de acudir al santuario, pues esto podría interpretarse como un acto de poca sensibilidad hacia las víctimas chinas o coreanas que sufrieron en manos de los soldados japoneses durante la invasión. Esta forma de prudencia se mantuvo hasta 2013, cuando el controversial Shinzō Abe acudió para mostrar sus respetos a los espíritus de los guerreros muertos antes de presentar su renuncia. Abe, muy a lo Bush, tampoco se disculpó por los actos atroces que Japón cometió contra sus países vecinos durante la guerra.
Recuerdo que al final del recorrido por el museo interior —donde se puede observar centenares de fotografías de estos oficiales y militares— visité la tienda de regalos. En ese sitio revisé un libro de Historia de la Segunda Guerra Mundial escrito, por supuesto, desde el punto de vista del país asiático.
Como mi escaso conocimiento del idioma me impidió leerlo en su totalidad, me dediqué a mirar las fotografías y, por supuesto, me detuve especialmente en la famosa fotografía del hongo atómico. Visto así, desde la distancia de la tinta, a veces me ha dado por pensar que aquel hongo tiene algo de bello. Una belleza cruel e implacable, como la de ciertos monstruos mitológicos.
En el año 2016, el presidente Barack Obama también visitó Hiroshima. Sobre su visita, Donald Trump —su polémico sucesor— mencionaría que “estaba bien, pero siempre y cuando no pidiera disculpas”. Ese mismo año, la activista antinuclear Setsuko Thurlow declaró públicamente que los hibakusha merecían una disculpa por parte de los Estados Unidos. Esto no ocurrió con Obama, ni con Trump, ni ocurrirá con Biden, como él mismo declaró el pasado mes de febrero.
Yo, que nunca fui a Hiroshima, pienso en esta reticencia mientras veo el rostro desencajado de Oppenheimer, y me preguntó si acaso Nolan pretendía sugerir, si no una disculpa, al menos el arrepentimiento del padre indirecto de estos bombardeos: “Now I am become Death, the destroyer of worlds”3, diría el físico luego de presenciar la detonación de la bomba japonesa, línea que citó del diálogo entre Arjuna y Krishna, en el Bhagavad Gita.
Se calcula que la cifra total de víctimas en Hiroshima y Nagasaki es de alrededor de 110 000. Algunos datos, las estiman por encima de las 200 000. Quizás no sea un número impresionante para un habitante de una gran urbe donde viven millones; pero para mí, que vivo en Tlayolan —una población donde hay, a este día, alrededor de 110 mil habitantes—, cada cero es descomunal. Me resulta obsceno e imposible imaginar todas las vidas de mis vecinos esfumadas en un solo resplandor.
¿Por qué hablar de Hiroshima a casi ocho décadas de los bombardeos? Quizás la respuesta recaiga, precisamente, en la disculpa nunca dicha. Quizás ninguna clase de inhumanidad debería convertirse, con el tiempo, en humana, ni la masacre en Historia, ni el silencio en olvido. Y a ocho décadas de distancia, la memoria de Hiroshima se mantiene viva, porque recordar es, como sugiere Duras en su famoso guion, nuestro último acto para salvar la dignidad. “De même que dans l’amour cette illusion existe, cette illusion de pouvoir ne jamais oublier, de même j’ai eu l’illusion devant Hiroshima que jamais je n’oublierai. De même que dans l’amour”4
Entre junio de 1926 y noviembre de 1931, en la ciudad de México, se llevó a cabo un raro laboratorio de psicología experimental. El experimento pretendía establecer hasta qué límite una persona podía resistirse a recibir una gran suma de dinero sin hacer concesiones que atentaran contra la ética o la moralidad en la época posrevolucionaria y durante los complicados años de la presidencia de Plutarco Elías Calles. En colaboración con los escritores Luis Cervantes Morales y Eduardo Delhumeau, una mujer de más de sesenta años ponía en marcha estos experimentos en fiestas privadas donde nada era lo que parecía. Vestida completamente con ropa de hombre, con un sombrero para ocultar sus largas trenzas grises, un bigote postizo, anteojos y con talonarios de cheques falsos de diferentes bancos internacionales, Concepción Jurado se transformaba en el gran forjador de ilusiones: Don Carlos Balmori, un don Juan español y multimillonario que viajaba por el mundo con su fortuna en busca de oportunidades financieras y mujeres. Balmori engañaba con promesas de dinero y fama a sus víctimas, quienes estaban dispuestas a hacer lo que el “gachupín” mandara con tal de estar entre su íntimo círculo de amigos.
Estas fiestas eran el escenario de las Balmoreadas, nombre con el que se conocieron las farsas de Balmori. Las fiestas se organizaban para engañar a las víctimas, quienes luego pasaban a formar parte del círculo de allegados. Conocidos como ‘los puerquitos’, este círculo ayudaba con la planificación y ejecución de futuros engaños, es decir, las Balmoreadas seguían el esquema piramidal. De acuerdo con la investigadora Esther Gabara, ‘los puerquitos’ “se convierten en una especie de culto”1 que juraban guardan el secreto sobre la identidad de Balmori. Entre los puerquitos había generales, políticos, escritores, periodistas, artistas, cirujanos…Dicen los rumores que más de 3000 personas fueron víctimas del millonario español.
Escena de las Balmoreadas
Pero Carlos Balmori es un performance de Concepción Jurado, quien creó al tercio español mucho antes de estas tertulias. Jurado nace en la Ciudad de México en 1864 o 1865 supuestamente en un barrio de clase trabajadora. Se dice que, ante la precaria situación económica de la familia, su padre, Don Juan Jurado, quería obligar a su hija a casarse. Como respuesta, ésta se vistió de hombre, engañó al padre y pidió su propia mano en matrimonio. Jurado nunca se casó y de acuerdo con la historiadora Gabriela Cano, vivía con sus dos hermanos, sus sobrinos y trabajaba de conserje en una escuela2.
Esta historiadora ha estudiado las Balmoreadas como espacios de diversión donde se desafiaban las convenciones sexo-genéricas de la época. Para Cano, el personaje de Balmori puede interpretarse como un acto de travestismo y las farsas como una forma lúdica de intervenir en el espacio público3. Por ello, las acciones de Balmori/Jurado permiten esbozar una historia cultural de la diversidad sexo-genérica centrada en la experiencia de la disidencia femenina que vendría a complementar los estudios sobre la representación cuir masculina en México. A través de las Memorias de Don Carlos Balmori. Escritas por su secretario particular, publicadas en 1969 por Cervantes Morales,podemos aventurar que el travestismo de Jurado no era necesariamente una forma de obtener privilegios masculinos ni un disfraz para escapar de un matrimonio infeliz o del convento como es el caso de la Monja Alférez. Tampoco queda claro si se trataba de una identidad de género. Lo que sí es evidente es que Jurado/Balmori entiende el género como una construcción social que puede ser manipulada de manera juguetona para develar las grietas de lo que hoy llamamos el heteropatriarcado.
Según lo documentado por Cervantes Morales, Jurado/Balmori sentía una predilección por las bodas, farsa que se repitió alrededor de unas veinte veces con distintas víctimas. En varias ocasiones, el propósito de una Balmoreada no era necesariamente seducir a una mujer, pero Jurado/Balmori raramente podía resistir la tentación. Por ejemplo, en cierta ocasión, ‘los puerquitos’ eligieron engañar a miembros del partido comunista. La intención: encandilarlos con una gran suma de dinero para que se vieran obligados a reconocer que, sin capital, el comunismo no puede sobrevivir. Ante la belleza de la líder de la prensa comunista, Jurado/Balmori se desvía del guión y le propone matrimonio. Laura del Cielo está dispuesta a sacrificarse y “aceptar sus rancias fórmulas de matrimonio civil y religioso”4 para salvar el periódico y la prensa. No sin antes besar apasionadamente a la novia, Balmori se quitá el bigote y descubre sus trenzas dando fin a la farsa. En estas memorias, se habla del matrimonio como una institución podrida que no solo ha caído en desuso, sino que muchas veces no es nada más que una transacción económica donde uno de los cónyuges es el beneficiado. En cambio, las memorias celebran el amor libre y el fin de la monogamia como el ‘verdadero’ camino hacia la modernidad.
Ahora bien, Jurado/Balmori no elegía a sus víctimas salvo en la ocasión en que decide engañar a su comadre y casarse con ella: “hace más de cuatro meses la vengo trabajando personalmente para convertirla en un “puerquito” especialmente mío”5. Cuesta creer que una amiga cercana de Conchita, como lo era María Sánchez, no reconociera o sospechara de la identidad de Balmori, pero la boda se llevó a cabo sin mayores problemas. Si bien era común que Balmori incomodara al público con sus excesivas muestras de afecto y toqueteos impropios, las nupcias con María Sánchez están descritas como una de las bodas más intensas: “apretó el busto de su novia imprimiendo un largo beso. Terminó el primer beso y comenzó el segundo, y así el tercero y otros muchos”6. Hay quienes han sugerido que Jurado/Balmori sentía atracción por las mujeres y que estas tertulias eran uno de los pocos espacios en los que podía explorar esta atracción sin sufrir mayores repercusiones. ¿Por qué eligió Balmori a María Sánchez? ¿Serían las Balmoreadas una forma de cruising en la época posrevolucionaria?
Quizá una de las cosas que Jurado/Balmori disfrutaba más que besarse con sus novias era herir el ego masculino. Al descubrir que el engaño había sido perpetrado por el “frágil cuerpo” de una “pobre anciana”, los hombres se sentían profundamente ofendidos y amenazados por la audacia de Jurado. Para Gabara, lo subversivo de las acciones de Balmori está en demostrar que los hombres se sentían amenazados con la posibilidad de que las mujeres intervinieran política y socialmente en el espacio público. Era la época de la chica moderna y de la revolución de las pelonas, quienes con su corte de pelo y su look ‘masculino’, constituían una afrenta a la moral mexicana. Con sus acciones, Jurado/Balmori demuestra que la intervención de las mujeres no era solo posible, sino que desequilibraba al género en sí mismo:
“Y los amigos llegaron pronto a una conclusión: habían perdido el concepto de tiempo y lugar, en un solo momento se había borrado de su mente la historia de sus vidas, por segundos habían olvidado en donde se hallaban, quienes eran y el porvenir que les esperaba; en sus propias narices aquel gran HOMBRE se les transformó en mujer provocando horrendo desequilibrio mental, y en estos pensamientos y hondas disquisiciones se les fue el sueño”7.
Las memorias sugieren que el performance de Jurado/Balmori era tan bueno que las víctimas llegaban a cuestionarse el significado de ser hombre o ser mujer. Mientras, Conchita, esbozaba una sonrisa.
El experimento llegó a su fin con la muerte de Jurado. Después de su fallecimiento, sus amigos y los ‘puerquitos’ documentarían su vida. Celebrarían sus acciones con la tumba de talavera del Panteón de Dolores, además publicarían diversas crónicas y memorias. Con el tiempo, la leyenda del tercio español inspiraría novelas e incluso programas de televisión. Algunos ejemplos son La ambición del diablo (Ediciones Botas 1962) de Martín Gómez Palacio, El increíble Carlos Balmori (Editorial Universo 1981) de Fernando Martí, Vida y milagros (novela teatral) (Nueva Imagen 1999) de Héctor Anaya y Don Carlos Balmori: El genio forjador de ilusiones (Palibrio 2014) de Joel López Zepeda. También aparece Jurado/Balmori en Mujer: casos de la vida real de Silvia Pinal, y Raúl Quintanilla y Julián Antuñano le dedican un episodio de Curiosidades históricas. A pesar de ser un caso documentado por la prensa de la época y abordado por escritores y artistas, hoy no queda mucho en el imaginario popular sobre este laboratorio experimental de la disidencia de género. Se dice que la frase “lo agarraron de su puerquito” es un residuo de esta historia cuir. Sobre la calle Álvaro Obregón, todavía se encuentra intacta la supuesta mansión donde se llevaban a cabo las gloriosas fiestas: el edificio Balmori. En la colonia Roma, un restaurante-bar celebra su esporádica irreverencia. No deja de sorprenderme que quede poco en el imaginario popular de la radicalidad de una mujer travestida que puso al género en disputa décadas antes del giro antiesencialista en los estudios de género. ¿Qué otras Conchitas se esconden en los huecos de la heteronorma mexicana?
The Boys es la serie basada en el cómic del mismo nombre escrita por Garth Ennis y Darick Robertson. Ha ganado la fama de representar periodos de la historia de Estados Unidos más controversiales como el atentado del 11 de septiembre de 2001 (11-S), o la polarización social entre grupos de ultraderecha y sectores liberales.
Por su puesto, uno de los elementos que resalta la adaptación es la intervención que E.U. ha ejercido en el continente por medio de la fuerza militar. Para lograr este objetivo hay una serie de pasos que conforman un plan aún más grande de dominio. Un entramado tan complejo requiere un hábil estratega, en el caso de la serie es Homelander: la parodia de Superman con fuertes impulsos sádicos y narcisistas.
El objetivo de este personaje es hacerse con el control de los poderes del estado en aquel país. Después, planear gozar del imperialismo de E.U. en otras naciones. Homelander también busca someter a la raza humana a su voluntad, mientras la protege porque la considera inferior a él y vulnerable a otra ideología diferente a la suya.
La Doctrina de Seguridad Nacional
Homelander justifica sus acciones con la seguridad que solo él puede brindar mediante la fuerza. Esta filosofía es representada de forma caricaturesca en la adaptación televisiva, pero tiene su origen en una corriente real: la Doctrina de Seguridad Nacional, basada en la necesidad de proteger los estados democráticos mediante tácticas de contrainsurgencia como la lucha antiguerrillera, la infiltración y técnicas de interrogatorio.
Los métodos de esta doctrina fueron ideados en Estados Unidos. Durante las décadas de 1970 y finales de 1980 se adoptaron por gran parte de los ejércitos latinoamericanos que instauraron regímenes militares en los países de Sudamérica, según la Biblioteca Nacional de Chile.
Entre los generales que tomaron la presidencia en distintos países, sobresale el dictador paraguayo Alfredo Stroessner, quien falleció el 16 de agosto de 2006. El hombre fue pieza clave en la coordinación de un plan en América Latina para militarizar la región y expandir la hegemonía de Estados Unidos, con su ideología capitalista contra el bloque comunista.
Stroessner, al igual que Homelander, se erigió en el centro de una operación compleja y representó la hegemonía norteamericana hasta su último día en la presidencia de Paraguay. Otra coincidencia entre ellos es su personalidad tiránica, con la cual justifican su control sobre una población basado en la brutalidad.
Aunque el dictador abandonó Paraguay tras su derrocamiento y se instaló en Brasil, donde murió a los 93 años de edad. Su régimen de terror, corrupción y violencia dejó cicatrices profundas en la sociedad.
El camino al ascenso de Alfredo Stroessner
Alfredo Stroessner, nacido el 3 de noviembre de 1912, fue un militar que dejó una huella oscura en la historia de Paraguay. Hijo de un inmigrante alemán, desde joven se unió al ejército. A los 39 años, fue nombrado comandante en jefe de las Fuerzas Armadas del país. Su ascenso al poder llegó en 1954, cuando lideró un golpe de Estado que derrocó al presidente Federico Chaves. Fue jurado por la junta militar como el primer mandatario de la nación el 15 de agosto de ese mismo año.
Una vez en el poder, el régimen de Stroessner se basó en una estructura denominada la “trilogía”, una alianza entre el gobierno, el Partido Colorado y las Fuerzas Armadas para ejercer un control absoluto sobre el Estado y la sociedad. Esta alianza aseguró su permanencia en el poder, por medio de elecciones amañadas y votaciones abrumadoras a su favor, de acuerdo con Telesur.
Para sostener una ilusión de legitimidad, Stroessner construyó un culto a su figura, se presentaba como un gran patriota y heredero de las virtudes del fundador del Partido Colorado1. Este elemento también forma parte de las similitudes compartidas con su homólogo ficticio Homelander, quien se asume como la imagen heroica de Estados Unidos y los ideales de justicia que quieren implementar en el mundo.
Homelader, al representar su papel ante su país, ha llegado asesinar con brutalidad a personas inocentes en represalia por un ataque de falsa bandera que él mismo ocasionó. El sentimiento patriota que proyecta también lo legitima ante sus seguidores como un ángel de la libertad y la justicia.
Sin embargo, las redes que sostienen su poder se basan en el abuso de los civiles de su país, quienes son vistos como carne de cañón. En cada acción heróica de Homelander hay miles de muertes atribuidas a su brutalidad, la herramienta con la que domina tanto a otros superhumanos como a las personas que visibilizan su crueldad.
El oscuro mundo del contrabando y la explotación sexual
Yo soy Homelander, y hago lo que putas quiero.
Homelander
Una de las principales fuentes de ingresos durante la dictadura de Stroessner fue el contrabando, que se favorecía por la estratégica ubicación geográfica de Paraguay con Brasil, Argentina y Bolivia. El dictador utilizó parte de estos ingresos, así como de obras de infraestructura y la entrega de tierras, para comprar la lealtad de sus oficiales, muchos de los cuales acumularon enormes fortunas y enormes latifundios, de acuerdo con la BBC.
Se estima que el volumen del contrabando triplicaba la cifra oficial de exportaciones y, al final de su gobierno, el contrabando representaba el 70% del mercado interior, con un beneficio de mil millones de dólares, superando incluso al producto de todas las exportaciones lícitas.
Incluso se estima que más de la mitad de los vehículos en Paraguay habían sido robados desde Brasil y Argentina. Las autoridades brasileñas calcularon que, en diez años, “135 mil automóviles y 15 mil camiones y microbuses cruzaron fraudulentamente la frontera”, según los datos recabados en el diario Interferencia Chile.
Junto al contrabando, otra oscura red ilegal operaba en la dictadura de Stroessner: la explotación sexual de niñas y mujeres paraguayas, en especial, de origen indígena. Testimonios de víctimas, como Julia Ozorio Gamecho, relatan experiencias en centros de esclavitud sexual y tortura. Julia fue secuestrada a los 12 años por un oficial del Regimiento Escolta Presidencial y estuvo cautiva por dos años.
El coronel Pedro Julián Miers se refirió desde el comienzo a Julia Ozorio Gamecho como “Pulguita”. Sostuvo ese apodo en la quinta de Laurelty. De acuerdo con Vice, es una de las cinco que se identificaron luego como centros de sexual y tortura de mujeres y niñas durante la dictadura de Alfredo Stroessner.
En 2008 Julia publicó su libro “Una rosa y mil soldados”. A pesar de haber hecho una denuncia en 2011 ante la Fiscalía de Derechos Humanos, Miers murió sin enfrentar la justicia paraguaya. Conforme al testimonio, el coronel visitaba la quinta unas dos veces por mes; los demás días había militares de menor rango. Respecto al final de las menores indígenas, se sugiere que fueron ejecutadas.
Malena Ashwell, hija de un diplomático estadounidense, también denunció la explotación sexual de niñas en una casa residencial en el barrio de Sajonia, donde el coronel Perrier mantenía a niñas campesinas compradas de familias pobres.
El documental “Calle de Silencio”, lanzado en 2017 narra el modus operandi de los coronel. Las niñas eran vendidas a sus 13 años por 31 mil guaraníes, lo que equivale a 5 dólares. El infierno de abusos y vejaciones comenzó en aquella casa; aunque el testimonio de una menor en el que se basa el material, asegura que a veces la dejaban volver a casa por una hasta que la recogían al amanecer.
Stroessner visitaba la residencia de Sajonia, donde eran abusadas sexualmente. Además había otros barrios como Ití Enramada, ubicado al sur de Asunción. En esa zona, se explica, que el dictador pasaba tiempo dentro. Algunos testimonios aseguran que iba dos veces por semana.
El Homelander respaldado por Estados Unidos
El héroe cumple cada estereotipo norteamericano: fan del béisbol, cátolico, blanco y enamorado de su patria. Homelander surca el cielo con la promesa de llevar justicia a donde aterrice y expandir la presencia estadounidense en cada tierra inhóspita. Mientras vuela, carga en sus hombros la aprobación de su país y ostenta la bandera de Estados Unidos en su espalda.
Stroessner fungió como un promotor del poder estadounidense en la región y en Paraguay, donde había registros de las operaciones de otras dictaduras militares coordinadas desde E.U. Durante su régimen, se basó en la Doctrina de Seguridad Nacional y recibió un respaldo económico: treinta millones de dólares desde Washington. Además, varios oficiales paraguayos fueron entrenados en la Escuela de las Américas, de acuerdo con La Vanguardia.
Varias administraciones estadounidenses financiaron a Stroessner hasta la presidencia de Jimmy Carter, en enero de 1977. Incluso el exmandatario Dwight D. Eisenhower, cuyo periodo en la Casa Blanca inició el 20 de enero de 1953 y terminó en 1961, consideraba a Stroessner su “leal amigo”, según el periodista Bernardo Neri Farina en su libro “El último supremo. La crónica de Alfredo Stroessner”.
Otra prueba de la amistad entre E.U. y Stroessner sucedió en mayo de 1958, cuando el entonces vicepresidente Richard Nixon visitó Asunción y se mostró “satisfecho” tras su estancia en el país sudamericano, conforme al mismo libro.
Desde 1956, cerca de mil oficiales de las Fuerzas Armadas paraguayas recibieron entrenamiento en la Escuela de las Américas, una institución ubicada en el canal de Panamá con un historial de formación en tácticas de represión y control de poblaciones civiles.
El fundador detrás de la Escuela de las Américas fue Henry Kissinger, quien también estuvo involucrado en la estrategia del Plan Cóndor: una operación de coordinación entre diversas dictaduras militares en América Latina para reprimir y eliminar a cualquier foco de oposición, de acuerdo con Telesur.
Stroessner, al igual que Homelader, actuaba con la bendición de Estados Unidos y esclavizaba bajo el comando de altos militares de aquel país. Las acciones ejecutadas para salvaguardar su poder estaban respaldadas por dólares yankees. En su espalda también usaba la bandera de las barras y las estrellas por capa.
Como cada héroe, el dictador también contó con un registro que narró sus periplos a lo largo de su vida. En su caso fueron una serie de documentos que probaron su papel en el Plan Cóndor y la forma en que operaba su régimen para oprimir a las voces críticas.
Los Archivos del Terror: el diario del horror de Stroessner
En 1992 un descubrimiento sacudió la ciudad de Lambaré, Paraguay: un vestigio de más de 700 mil documentos, recabados entre 1920 y 1989. Emergieron de las sombras los datos de los organismos de seguridad del Estado vinculados a la represión durante la dictadura de Alfredo Stroessner. Estas pruebas serían conocidas como los “Archivos del Terror”.
Martín Almada, un destacado activista de Derechos Humanos, fue el protagonista de este descubrimiento. Durante 15 años, buscó pruebas para demostrar los actos cometidos en la dictadura militar. Él fue una de las víctimas de tortura mientras estuvo en la prisión Emboscada desde 1974 a 1977. Sostuvo que su esposa falleció de un paro cardíaco al escuchar las grabaciones de sus tormentos.
Tres años después de la caída del régimen de Stroessner en 1989, una mujer contactó a Almada, ella aseguró que sabía dónde encontrar los documentos que podrían ayudarlo. El abogado se dirigió al lugar que fue marcado en Asunción. Había una estación de policía descuidada. Al percatarse de que existía una sección restringida, tuvo que llamar a un cerrajero para romper las cadenas.
Una vez en el lugar, encontró una montaña de papeles que contenían las huellas de la brutalidad del régimen dictatorial. La estación había sido utilizada por la policía secreta y en sus entrañas yacían los Archivos del Terror.
Almada y su colega José Agustín Fernandez tuvieron suerte, pues se supo que otros mandos policiales habían intentado ocultar y destruir los documentos. Los Archivos del Terror reunían más de un millón de folios que incluían fichas de los detenidos, pedidos de búsqueda, declaraciones indagatorias.
Estos registros oficiales retrataban la represión policial y las prácticas de tortura implementadas por el régimen de Stroessner durante su prolongado gobierno, según el Centro Internacional para la Promoción de los Derechos Humanos (CIPDH) de Argentina.
Entre los elementos más escalofriantes de los Archivos del Terror, se encontraban registros de las torturas llevadas a cabo por la policía secreta de Uruguay. El jefe de esta temible entidad era Pastor Coronel, quien se ganó la reputación de ser implacable en la persecución y tortura de sospechosos políticos fue quién hizo posible el registro, pues estaba obsesionado por la documentación, conforme a la BBC.
El descubrimiento de los Archivos del Terror fue un punto de inflexión en la lucha por la justicia y la memoria histórica en América Latina. Estos documentos se convirtieron en piezas fundamentales para enjuiciar a responsables de crímenes contra la humanidad y para mantener viva la memoria de las víctimas y sus familias.
La Operación Cóndor y su relación en Stroessner
Hablar de la ola de represión en América Latina amerita un ensayo solo para el tema. Sin embargo, existe un punto de inflexión en las dictaduras latinoamericanas ligado de forma intrínseca a los Archivos del Terror: la Operación Cóndor.
Representa una oscura etapa en la historia de América Latina, marcada por la colaboración entre regímenes militares que implementaron la “Doctrina de Seguridad Nacional”. El inicio preciso de la Operación Cóndor fue el 28 de noviembre de 1975 en Chile, durante una reunión de seguridad liderada por Manuel Contreras, jefe de la policía secreta chilena, en la que participaron militares de Argentina, Brasil, Bolivia, Paraguay y Uruguay.
El Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) de Argentina, describió la Operación Cóndor como “un sistema formal de coordinación represiva entre los países del Cono Sur que funcionó desde mediados de la década de 1970 hasta principios de los años 80 para perseguir y eliminar a militantes políticos, sociales, sindicales y estudiantiles de nacionalidad argentina, uruguaya, chilena, paraguaya, boliviana y brasileña”, según la información recabada por la BBC.
Incluso el fallecido escritor inglés Christopher Hitchens, en su libro “Juicio a Henry Kissinger”, destacó la responsabilidad no solo del exsecretario de Estado de E.U., sino de la participación de agentes del Buró Federal de Investigaciones (FBI) en la Operación Cóndor.
Uno de sus principales centros de operación fue el centro clandestino de detención y tortura conocido como Automotores Orletti, ubicado en Buenos Aires, Argentina. Apodado como “El Jardín” por los militares, este lugar se convirtió en un símbolo de terror donde al menos 200 personas fueron torturadas y desaparecidas, incluido el hijo del reconocido poeta argentino Juan Gelman. Stroessner estaba al tanto de esto y compartió información con las autoridades estadounidenses.
En síntesis la Operación Cóndor se valía de estos elementos: el Intercambio de información, operativos conjuntos en los que se perseguían a las víctimas en varios países; los traslados clandestinos de las personas detenidas en una nación eran llevados a otra para someterlas a torturas y desapariciones forzadas.
Con los Archivos del Terror se confirmó la existencia de la Operación Cóndor y la magnitud de sus atrocidades. Estos archivos eran el testimonio doloroso de cómo miles de ciudadanos fueron secuestrados, torturados y asesinados por los servicios secretos de estos países, que coordinaban sus acciones para perpetuar sus regímenes represivos desde Estados Unidos.
En este plan, la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos (CIA) brindó apoyo durante los años en que Henry Kissinger ocupaba el cargo de Secretario de Estado (1973-1977). Estados Unidos, en lugar de promover la democracia y los derechos humanos, afianzó el horror en la región, como el vuelo de Homelander con el que esclaviza otros pueblos.
La Comisión de Verdad y Justicia de Paraguay estima que más de 50.000 personas fueron asesinadas, 30.000 desaparecidas y 400.000 detenidas en el marco de la Operación Cóndor. Los “vuelos de la muerte” son recordados como una práctica de exterminio cruel, en la que los prisioneros eran drogados, subidos a aviones y arrojados al mar o ríos dentro de sacos con peso. Morían por ahogamiento, según la BBC.
El general argentino Jorge Rafael Videla, quien lideró el golpe de estado en 1976, fue uno de los militares enjuiciados por su participación en la Operación Cóndor. Aunque inicialmente fue condenado a cadena perpetua en 1985, recibió un indulto presidencial en 1990. Sin embargo, a partir de 2001, fue sometido a varios juicios por su implicación en la Operación Cóndor y por delitos de lesa humanidad. Videla murió en prisión en 2013, según el diario La Vanguardia.
Stroessner nunca vio de frente a la justicia. A pesar del respaldo financiero y militar, su dictadura llegó a su fin el 3 de febrero de 1989. Andrés Rodríguez, su consuegro y hasta entonces mano derecha, lideró un golpe de Estado que lo derrocó y terminó con 35 años de gobierno autoritario y represivo.
Homelander y Stroessner son dos caras de una moneda ensangrentada, una que sirvió de cambio para comparar el control de otros países. Con el dictador y su ilusión patriótica nacieron personajes como el antagonista de The boys, cuya crueldad aún se mantiene por debajo de su homólogo paraguayo. Ambos, con su brutalidad, sumieron a América Latina bajo la sombra de la bandera estadounidense.