El día que conocí a Horacio fue un día perfecto. Numéricamente hablando también lo fue, quiero decir, el día que conocí a Horacio fue un día capicúa. Esos días que se pueden leer igual de atrás para delante y es el mismo día, la misma combinación de dos y cero sin afectar el orden.
Un día palíndromo, como decir “reconocer” o “sometamos o matemos”, así. Pero eso lo supe después, por un recuerdo de Facebook. Caí en cuenta de eso tres años después del día que lo conocí y fue entonces que pensé en los milagros, en las casualidades, en el destino, y no antes.
Habían nombrado a Horacio Saavedra director de inteligencia del Departamento de Policía de Cuernavaca dos meses antes. Su nombramiento estuvo cargado de polémica. Desató chistes crueles entre los reporteros de nota roja del Hora21, el periodiquillo morelense que me contrató luego de salir de la carrera.
—¿Qué, otro recomendado que no tiene ni idea de lo que hace y llega al puesto por dedazo? —le pregunté ese día a Rebeca, la reportera de nota roja que se encargó de ponerme al tanto de su nombramiento.
—No, güey, éste está que te cagas. Lo mandaron de la procu.
No respondí, le di otra calada al cigarro mentolado que compartía con ella.
—No mames, cómo te gusta fumar esta chingadera pa’ viejas fresas.
Sonreí. A Rebeca también le gustaban los cigarros mentolados, pero nunca los compraba. Eso hubiera amenazado la imagen de mujer autosuficiente que le gustaba proyectar. Rebeca podía ver cadáveres o partes de cuerpos sin inmutarse, pero un abrazo la ponía incómoda, un cumplido la dejaba sin saber qué decir.
Tras otra calada, apagué el cigarro en la triste maceta que estaba afuera de la redacción y me metí a la oficina. Añoré los tiempos en los que podía fumar mientras trabajaba y nadie se quejaba; los días en los que en la maceta que ahora hacía las veces de cenicero, rebosaba una palma. No había aire acondicionado ni cafetera fina, pero la comodidad de fumar en la privacidad de mi cubículo sin interrumpir el trabajo, lo valía. Aunque eso significara tomar café soluble y que después de un rato nos sudara el culo más que fisicoculturista entusiasta.
Habían pasado seis años y casi nada cambió en las oficinas del Hora21. Algunos aumentos de sueldo que llegaron cuando el viejo dueño del diario decidió jubilarse y cederle la dirección a su hijo menor, Sebastián. Un tipo cacarizo y palidón que había estudiado comunicación en una universidad patito de Puebla, que no solamente usaba los pantalones apretados, sino que también tenía ideas apretadas.
“Vamos a llevar al 21 al 21, vamos a entrarle a la internet, equipo”, sentenció apenas su padre dejó el periódico. Todos nos volteamos a ver sin decir mucho.
Sebastián, que sabía que yo había estudiado en una escuela privada de mucho reconocimiento en el periodismo, se dirigió a mí sin tener mucha idea de lo que hacía:
—Tú vas a llevarte el nuevo departamento de medios digitales, colega.
—Yo estoy bien en Cultura y Espectáculos, Sebas —rezongué después de que Rebeca soltara una risa de burla.
—Se vienen cambios fuertes.
Guardé silencio. Me molestaban su falso acento norteño y sus frases sacadas de películas de narcos, pero me enojaba más que quisiera cambiarme de área nomás porque los pantalones ajustados no le oxigenaban bien el cerebro.
—Va, pues. A ver qué me invento —balbuceé sin muchas ganas de alegar. Después de todo ¿qué difícil puede ser moverle a las redes sociales?
Entender el papel de Social Media, es decir, el puesto que Sebastián me había asignado, era difícil e importante. Sí, aunque en ese momento no lo supiera. Las redes sociales tenían su propia naturaleza. Eran algo más que horarios y métricas. Conocer su oscura materia era también detectar las pulsaciones ocultas puestas en likes, fotos compartidas, amigos en común. Se podía descifrar mucho de la psique humana observando el comportamiento de los individuos en la red y en sus interacciones. Dominar estos aparentes secretos, que con un poco de atención estaban a la vista de todos, podía ser una gran herramienta de la cual echar mano, como la vez que pudimos conseguir la entrevista con aquella soprano que resultó ser prima lejana de un amigo de la universidad. Curiosamente, saber cómo se mueven las redes sociales y lo que comparte la gente sería algo muy útil para salvarle el pellejo a Horacio.
A la llegada del cacarizo Sebastián, mi sueldo apenas aumentó un par de miles de pesos. Ya no salía a cubrir festivales musicales. Me dejaron de llegar boletos para conciertos de la Filarmónica de Cuerna. No iba a los estrenos teatrales, ni entrevistaba a escritores. Mi trabajo era de oficina permanentemente. Desde hacía dos años, pasaba todo el tiempo contestando llamadas, transcribiendo los audios de los reporteros, programando publicaciones de Facebook, acomodando caracteres para hacerlos caber enTwitter, y sobre todo, correteando al diseñador gráfico que siempre parecía tener la cabeza en otra parte.
Había días en que yo también tenía la cabeza en otra parte. Esos días cuando miraba con nostalgia todos esos libros regalados que seguían apilados en el cubículo de mi escritorio. Como un recordatorio de lo que no pude hacer y me quedó contemplar. Novelas, poemarios, libros de ensayo, crónicas, compilaciones de cuentos publicados por otros que sí se animaron. Hubiera querido ser escritora y no pasar catorce horas en la sala de redacción de un periódico local dirigido con un mirrey que se creía mucho por hacer las compras en los outlets de Las Vegas una o dos veces al año. Hubiera querido seguir haciendo los versitos cursis que escribía en las últimas hojas de los cuadernos de la universidad. Ser yo la reseñada, la entrevistada, la que publicaba. Ser la estrella y firmar mis propios libros. Ya ni las notas del 21 llevaban mi nombre. Redacción pasó a ser la firma de las cosas que escribía siempre a prisa.
En esas nostalgias remilgadas e inútiles andaba cuando sonó el teléfono. En la oficina apenas la contadora y yo habíamos llegado. Era Rebeca. “Necesito que me tires un paro, cabrona”, “No tengo dinero, Bequito”, respondí cariñosamente sabiendo que casi siempre era yo la que le pedía prestado. “No seas pendeja, no es eso. Necesito que me cubras hoy en la conferencia del Sabroso Saavedra. Ni de pedo llego al auditorio, güey. Se me atravesó un Q8”, “¿Otra vez?”, “Ya sabes cómo son las redadas en la sonaja. Una se le hace agua la boca con tanta agua de almeja”, “Va, pues, pero te va a costar”, “Ya sabes que sí”.
La oficina seguía vacía. Apenas había sacado de la bolsa mi teléfono, mi agenda y dos plumas para comenzar el día. Encendía mi computadora. Pensaba en prepararme un café o salir a comprar un latte cuando me marcó Rebeca. Y ahora tenía que atravesar la ciudad, sin cafeína para salvarle el pellejo a mi amiga. Le mandé un mensaje al cacarizo Sebastián para decirle que yo cubriría la conferencia de Saavedra. Más tardé en enviarlo, que él en llamarme. Solía hacer eso cuando le daba flojera escribir, es decir, todo el tiempo.
“¿Extrañas jugarle a la reportera?”, “No, le estoy haciendo un favor a una amiga. Rebeca está indispuesta y no podrá llegar”, “Se volvió a ir de putas…”, “Está indispuesta”, “O hasta la madre de peda, bueno, asegúrate de grabar todo para que al rato que reviva la gorda pueda redactar algo decente. En una de esas ya se te olvidó cómo usar la grabadora”, “Así será”. Colgamos sin mayor alharaca.
Estaba acostumbrada a darle poca importancia a sus comentarios provocadores disfrazados de bromas inocentes. Sebastián era un simplón hasta cierto punto inofensivo al que sólo le interesaban los cocteles y las fiestas con políticos y uno que otro empresario de poca monta a los que les vendía publicidad para el periódico a cambio de hablar bien de ellos. No tenía ese espíritu combativo de los periodistas de la vieja guardia. Si se llegaba a publicar alguna noticia importante y real en el diario era porque sus amiguchos le habían dado el pitazo. Era conveniente, monetariamente jugoso. El resto era pura pantomima.
La sensación de que Horacio había llegado a mi vida para cambiarla fue lo primero que tuve de él. Evitaba verlo a la cara las dos primeras veces que hablamos. Prefería fijar mi atención en el segundo botón de su camisa y no en sus ojos verdes, penetrantes.
Prefería adivinar las formas de los tatuajes de sus dedos, mientras movía las manos al hablar antes que fijar mi mirada en sus labios, antes de siquiera tener el atrevimiento de permitirme pensar si besaba bien o era de los que daban besos por compromiso. Besos de trámite fiscal. Ver sus botones o sus manos me mantuvo a salvo momentáneamente. Luego, como esos que saben que la voluntad sobre su destino ya no les pertenece, la caída fue irremediable. Porque estar con aquel hombre que en ese momento rozaba los cuarenta, era caer. Ceder, saber que ya es del otro el suceder de los días. Lo que viniera.
Y aunque lo parezca, ceder no es una cosa simple.
Había llegado a la conferencia casi con el tiempo justo para registrarme y que me pasaran báscula los perros de la Fiscalía: Tenían registrado el nombre de Rebeca como quien iría de Hora21 a cubrir la conferencia.
—Soy Viridiana Carrillo, la jefa de Medios Digitales de Hora21. Rebeca Robles, mi compañera, no pudo venir y yo la estoy cubriendo —aseguré, mientras les mostraba mi credencial del diario y mi ine.
Que llegara yo les había quebrado el sistema infalible, a pensar de ellos, del control de los reporteros.
—Pero no tenemos su nombre registrado… ¿Cómo sabemos que es usted?
—Soy yo. Ve mi foto. Acá está mi acreditación.
A querer y no, me dejaron pasar no sin despegarme la mirada mientras metía de nuevo mis cosas en la bolsa. Mi apariencia de muchacha de buena familia y mi suéter de flores seguramente les inspiraba confianza.
—No se vaya a perder, ¿eh? Es a la izquierda y luego todo derechito. Ahí va a ver unas sillas en la explanada. Es ahí —me advirtió el guardia peor encarado mostrando desconfianza.
Era la primera vez que iba a la Fiscalía a cubrir algo, pero no era primeriza en los rituales de las conferencias de prensa. Todas eran lo mismo: pasar la revisión de la vigilancia, a veces anotar tu nombre, teléfono, la fecha y hora en una hoja de registro. Otras no. En las de la fuente cultural nada más era necesario mostrar una identificación. Algunos vigilantes de Casa Borda ya me conocían y hasta me saludaban por mi nombre.
Entendí la exigencia con las acreditaciones y el registro de los reporteros que cubrirían la primera conferencia que daba Horacio. Era nuevo, tenían que poner cuidado en quienes estarían ahí, y quizás hasta lo que le preguntarían.
Seguramente estaban instruidos en no dejar pasar a los reporteros de La Voz del Pueblo, conocidos por no medirse en sus preguntas, meter calumnias e incluso provocar funcionarios con tal de publicar notas amarillistas o incendiarias que hicieran quedar mal a la nueva autoridad en el cargo.
Por fortuna, el Hora21 no era conocido por ser un periódico de tendencias golpistas o contestatario. Podría decirse que la gran mayoría de sus páginas estaban dedicadas a la prensa del corazón y notas de socialité desde que Sebastián había asumido la dirección. Mi presencia ahí no representaba ningún peligro para el nuevo director de inteligencia del Departamento de Policía.
Horacio Saavedra llegó puntual. Ni un segundo después de las 10:00. Temprano, muy temprano. Mucho más de lo que acostumbraban las autoridades de Cuernavaca que siempre derrapaban al cinco para la hora. Yo todavía no agarraba lugar. Servía en una taza muy blanca y bien lavada un café cargado, que de tan oscuro no se veía el fondo. Parecía café de los restaurantes italianos del Centro. Nada que ver con el agua de calcetín a la que nos tenían acostumbrados. Los otros reporteros cuchicheaban mientras revolvían su café con cucharas de metal y no de plástico, como también solía ser:
—Se nota que este pendejo quiere caernos bien —bromeó un flacucho de lentes a su camarógrafo que también agarraba galletas de la charola decorosamente dispuesta.
—Sí, a huevo. Hasta se trajo el juego de té de su abuelita, pinche mamón.
No pude evitar sonreír. Incluso para mí que estaba familiarizada con el servicio de café, los canapés o el vino de cortesía de los museos y las galerías cuernavaquenses, las tazas y los utensilios de metal de la conferencia de la fiscalía me parecían un exceso. También me parecía un exceso la gabardina azul marino y los mocasines del nuevo director de inteligencia. Imaginé que a Rebeca le daría un ataque de tos de tanto reírse del atuendo del Sabroso, como le decían. Apodo que ya desde ese primer momento, no me parecía tan apartado de la realidad.
Horacio lo tenía bien ganado, aunque mis razones para nombrarlo sabroso no fueran las mismas por las que lo bautizaron. Ese hombre se sabía vestir. Se antojaba como un apetitoso bocado de ojo en medio de ese bufete de tacos placeros e insípidos que eran los reporteros de la fuente policiaca. Ojerosos, panzones, con camisas mal planchadas que de lejos incluso parecían no haberse cambiado en varios días y aún con saliva seca en las comisuras de sus bocas. De verlos, una consideraba seriamente el celibato.
Horacio había dejado de pasearse con la elegancia de un tigre por la parte de atrás del estrado para ocupar su lugar en el atril. No traía un discurso ni hojas para leer.
Una voz en off nos dio la bienvenida, “Preside esta conferencia el licenciado Horacio Saavedra, director de inteligencia del Departamento de Policía de Cuernavaca…”
—Según la instrucción que he recibido de la alcaldesa Rosales les comunico que…
De pronto el sonido del micrófono disminuyó e interrumpió a Saavedra. Los parlantes comenzaron a emitir un zumbido que nos aturdió ligeramente, varios reporteros nos llevamos las manos a los oídos, Horacio ni se inmutó. Permaneció tranquilo para todo el peso y la responsabilidad que carga sobre su cabeza. Debió estar muy bien entrenado para no mostrar nervios, para presentarse y presentar a sus colaboradores tranquilamente y darnos los nombres de las personas que desde ese momento estaban “para vigilar y cuidar el sueño de los cuernavaquenses”.
Habló brevemente de las técnicas y mecanismos tecnológicos y digitales que implementaría “para estar al pendiente las 24 horas de cada movimiento en las calles y, sobre todo, en las zonas de conflicto de la ciudad”.
—Toda la zona de La Barona y de Santa Elena de la Cruz serán una prioridad para nuestro plan de trabajo. Los nuevos sistemas ya se encuentran en la etapa de instalación y cableado. Los ingenieros están trabajando para tenerlos listos a la brevedad. Mantendremos la atención en iluminar el perímetro de las cámaras, y los nuevos sistemas de vigilancia tendrán un botón de pánico que enlazará inmediatamente la alerta al C4 para dar atención inmediata a la emergencia, como sucede en las grandes capitales del mundo. Infraestructura de primer nivel. No nos cabe la menor duda.
Hablaba con la soltura de un locutor de noticias y un político corrupto que aún no se sabe corrupto. A lo mejor con una seguridad que rozaba en el cinismo, eso aparentaba.
Los reporteros ignoraron sus ejes de trabajo y sus planes de implementar nuevos dispositivos a la hora de hacerle las preguntas cuando se dispuso a abrir el micrófono. Se enfocaron en cuestionarlo al respecto de la tragedia sucedida dos meses antes de su nombramiento. Es decir, la verdadera razón de que él estuviera ahí.
Dos meses antes, Cuernavaca fue un verdadero polvorín, durante una noche vivió todo el terror que encierra el infierno. Nadie o casi nadie durmió en paz o siquiera concilió el sueño. Explotaron casas, coches, volaron cadáveres y fragmentos de cuerpos por todos lados. Los corazones de todos en más de un sentido quedaron hechos añicos. No es que pudiéramos decir que era algo que no se veía venir, pero bien se sabe que había condiciones para que sucediera. Que todo estaba puesto para explotar. A lo mejor alguno ya lo había mirado doblar la esquina, pero en todo caso, todos los demás éramos demasiado ingenuos o tercos para reconocerlo.
La violencia sostenida era algo de los otros. Una realidad que siempre vimos lejana. Nos cegaba la certeza falsa de ser solamente otra ciudad más de México. Vivíamos en la burbuja de estar cerca de Ciudad de México, éramos el vecino buena onda con balnearios, jardines para bodas, aguas termales e invernaderos.
La noche del 14 de abril todo ardió y las flamas siguieron ardiendo durante la madrugada siguiente. Cuernavaca fue un verdadero campo de batalla. Un infierno que no le dio tregua ni al más inocente de sus santos. Pasamos horas que parecieron años con el corazón pegado a la garganta. El destino de toda una ciudad estuvo en manos de unos cuantos que habían decidido no dejar piedra sobre piedra, o no al menos antes de que quedara claro el mensaje: un nuevo jefe estaba en el pueblo dispuesto a dejarnos ver su poder a base de terror y masacre.
El tinjoroch es un juego tradicional de las infancias en Yucatán. Es un dispositivo hecho con una corcholata aplastada y un hilo de hamaca, o cáñamo, como le decimos en la península, que atraviesa su centro. La construcción es sencilla: se atraviesa un largo hilo en dos orificios previamente realizados en una corcholata aplastada, de tal manera que esta quede en medio y el hilo salga por los lados, como dos orejas. Una vez teniendo esta forma, el hilo se amarra y el juguete está terminado. Para accionarlo, solo es necesario posicionar las manos en cada extremo del cordel y tirar de las orejas para que la tapa se mueva en círculos al ritmo que le demos. A menudo sucede que nos podemos quedar viéndolo girar por horas, hipnotizados por su sonido característico, ese que solo podemos comparar con una sierra diminuta, o el aleteo de un insecto, o el paso sosegado del tiempo que transcurre en el pueblo.
Para nuestros abuelos más primeros, el conteo del tiempo era vital para su organización cultural y social. Esto no ha cambiado en esencia, pues para nosotros los mayas contemporáneos el tiempo sigue siendo fundamental para la organización. Es por ello que el cultivo de la milpa tiene una sincronía con la temporada de lluvias, así como el tiempo de la cosecha y la tumba del monte, entre otras actividades agrícolas, rituales, sociales y culturales.
La lectura del tiempo es una constante, aunque ya no se empleen las ruedas calendáricas que alguna vez usamos y que ahora se empolvan en diferentes museos repartidos en otras geografías. Nuestro tiempo es cíclico, es el tinjoroch en el que damos vueltas en katunes infinitos. Así que siempre volvemos, como una noria de viento que chifla los nombres de todos, hasta de nuestros muertos.
Quizá por eso aquí esperamos el aviso del regreso que sucede a finales de octubre. Ya desde fechas cercanas al Janal Pixano’ob (comida de ánimas), se susurran en las calles y en los encuentros el “ya estoy oliendo el Píib” o “ya se siente al aire de finados”, susurros que construyen una complicidad en quienes habitamos en pueblos mayas peninsulares, estemos vivos o muertos. Porque en la comida de finados, nos sentamos a la mesa con los que ya no están físicamente, así que nos preparamos para recibirlos con su comida y bebida preferida en un altar.
En la rueda del tiempo, la comida de finados es el punto en el que coincidimos con el tinjoroch. Es el momento de la vuelta en la que nosotros y los que están más allá de las ramas de la ceiba nos encontramos frente a frente. El tinjoroch representa la ciclicidad del tiempo. El Janal Pixano’ob es el testimonio de ese ciclo. En la península de Yucatán, algunos y algunas escritoras han manifestado la ciclicidad del tiempo a través de su escritura, como son Isaac Carrillo Can, Ana Patricia Martínez Huchim, Marcos Núñez Núñez, Hilario Chi Canul y Claudio Canul Pat. Es por ello que daremos tres vueltas al tinjoroch a través de estas voces que se han detenido a hablar desde el katún en el que la muerte, la vida, el ayer y el mañana, se conjugan en un vaivén de movimiento centrípeto.
Primera vuelta
Isaac Carrillo Can (1983-2017) fue poeta, narrador, dramaturgo y docente maya nacido al sur de Yucatán. Entre sus reconocimientos destacan el Premio Nacional de Literatura Maya Waldemar Noh Tzec (2007) y Premio Nezahualcóyotl de Literatura en Lenguas Mexicanas (2010). Isaac jugaba con las letras y el tiempo como un niño que juega con tierra mojada y cortezas de árboles para construir insectos y ceibas. En el siguiente poema, titulado Neek’/Semilla (Círculo de lectura, 2017) nos arroja a la vuelta de la semilla que germinará, como una promesa de xooch’.
Neek’
In t’aane’,
jump’éel wóolis chak neek’ kin pak’ik tu tuuch lu’um,
Beyo’,
le kéen méek’a’ak xma uj tumeen u ts’ook jump’éel in áak’abile’,
yaan junkúulche’tal tu’ux ch’oj ch’íich’o’ob kun k’ayik in k’ajláay.
Semilla
Mi voz, mi palabra,
es una semilla roja que siembro en el ombligo de la tierra,
así,
cuando mi última noche abrace a la luna,
será un árbol grande en cuyas ramas, pájaros azules canten mi memoria.
Para Isaac, la palabra es la semilla del regreso, pues cuando esta se escucha, se siembra en el ombligo, o como decimos aquí, en el tuuch’ para que no nos perdamos en el regreso a la casa de la memoria.
Segunda vuelta
Ana Patricia Martínez Huchim (1964-2018), narradora y recopiladora de tradición oral maya. Fue Premio Nacional de Literatura Indígena Enedino Jiménez, con el libro U k’a’ajsajil u ts’u’ noj k’áax. Recuerdos del corazón de la montaña, y autora de libros de gran impacto para la literatura maya contemporánea, entre los que destacan U yóol xkaambal jaw xíiw. Contrayerba (2013) y Tsíimin tuunich, Jwáay miis yéetel Aluxo’ob. Antología de relatos orales mayas (CDI, 2015).
X’Pati es la mujer de las mil voces; como un ajtóojol prestó sus manos y su palabra a la comunidad en su más amplio sentido, ese que se extiende más allá del antropocentro, pues en su producción literaria se presentan las voces de los animales, de los muertos e incluso de las cosas de los muertos. Ejemplo de ello es el cuento Jpaax sa’e’ yéetel jpaax k’óol/Desventuras de aquellos músicos del atole y del k’ool (CDI, 2018) en el que realiza un homenaje al universo de los músicos del pueblo, que llenan de vida las fiestas. En este cuento, narrado desde la perspectiva de un saxofón cuyo músico ha muerto, nos presenta una mirada de los velorios en los pueblos, esos llenos de recuerdos, comida, convivio y bebida.
Jpaax sa’e’ yéetel jpaax k’óol
Te nak’lika’, te peka’aneni’ yóok’ol jump’éel xla’ kisibche’, táan in paktikech chúumuk naj yanech, te tuts’kinsa’anechi’ yóok’ol jump’éel mayakche’ yéet u chéen sak nook’il. Yaan kants’íit kib t’aba’antako’ob yéetel ya’ab nikte’il a báak’pachil. A wu’ulabo’obe’ ken okko’obe’ ku ch’enebtiko’ob a wich te tuts’kina’anech. Tene’ mixmáak ku naats’al tin wiknal. Mantats’ bey úuchij, kex múul paaxnako’on chéen teche’ ka papaxk’abtal, ka bo’otal xane’, tene’ ma’.
Beooráa’ yaan máake’ ku kapik taak’in tu k’ab a watan leti’ tun choj uya’il u yiche’ tun k’amik a tak’ine’. Bey úuche’, ken k paaxnako’on ka ki’ kaltal, teech ka láaj xuupik a náajal, ken k’uchkech ta wotoche’ ku ya’alik ti’ teech a watane’:
—Le beya’, nuxi’, tu’uxan u tojol a paax.
—Ma’ tin konaje’, jets’ekba’alo’ —ka tuch’liken.
—Ma leti’ kin k’áatik techi’, jets’ekba’alo’ -ka tuch’liken.
—Ma’ leti’ kin k’áatik techi’, jeta’an mejen, ma’ patkabaj; tin k’áatke’ u tojol úuchak a bo’ota’aj.
—¡Ay xnuuk, lelo’ tin láaj xuupaj!
Desventuras de aquellos músicos del atole y del k’óol
Arrinconado sobre un viejo banquillo, veo que te han encaramado en una mesa con mantel blanco, en medio de la casa. Cuatro velas encendidas y muchas flores te rodean. Cuando las visitas llegan, van adonde te han colocado para contemplar tu rostro, a mí nadie se me acerca. Siempre fue así… aunque tocábamos juntos, sólo a ti sólo a ti te aplaudían y sólo a ti te pagaban.
Ahora, algunas personas ponen billetes y monedas en las manos de tu esposa que llora. Siempre fue así… cuando teníamos tocata, con gusto te emborrachabas y gastabas todo tu pago y al llegar a tu casa tu mujer te exigía:
—Viejo, ¿dónde está el producto de tu música?
—No lo vendí, allí está —y me señalabas.
—¡No te pregunté eso, mejen kisin, no te hagas!, me refiero a tu pago
—¡Ay, vieja, lo gasté todito!
Para Pati, la muerte se engarza necesariamente a la vida, a la risa, a la celebración. Este cuento fue escrito en honor a su padre, quien en vida fue un músico de la región oriental de Yucatán.
Tercera vuelta
Esta tercera vuelta gira a varias manos. Referimos al relato oral Le ku’uk wayak’naje’/La ardilla que soñó (Ideazapato, 2013). Este relato oral fue documentado por Marcos Núñez Núñez, quien en 2012 obtuvo mención honorífica en el concurso de ensayo Alfonso Villa Rojas, con el texto: El discurso profético. La identidad étnica en la narrativa oral de los mayas de Quintana Roo. De la mano de Hilario Chi Canul, realizó la recopilación y traducción a lengua maya, respectivamente, de la historia sobre este relato compartido por don Claudio Canul Pat. El relato transita sobre la muerte y la importancia de los sueños. A continuación, presentamos un fragmento.
Le ku’uk wayak’naje’
—U’uyej, Maam —ku ya’alik— ¿te’exe’ ba’ax ka beetike’ex?
—Aj, táan ak beetiko’on jun p’éel chan kibilil, tumen kíinsa’ab le óotsil Maama’
—¿Jach jaaj?
—Jach jaaj, ti’ yaan te’elo’, óotsil, kimen. ¿ma’ wa uts ta wich a láak’intiko’oni’?
—Ma’alob… ma’alob —ku ya’alik le tsuubo’.
—Chen ba’ale’, Maam, k’a’ana’an a síijik jun p’íit a payalchi’ ti’.
—¡Chan tsuub! ¡chan tsuub! —ku ya’alik le tsuubo’, tumen bey u payalchi’ le baj yéetel le tsuubo’, ku ya’alik u k’aaba’ob.
La ardilla que soñó
En aquel lugar estuvieron los tres animalitos haciendo ese chan velorio, pero pasó tanto tiempo que la pobre ardillita comenzó a pudrirse. Como ya olía mucho, al ratito llegó un zopilote.
—Oyes, Mam, ¿qué están haciendo?
—Ah, Mam… ¿sabes una cosa? —dijo la cigarra—. Mataron a esta pobre Mam y le estamos haciendo su chan velorio.
—¿Sí?
—Sí. ¿quieres acompañarnos?
—Claro, ¿por qué no? —dijo el zopilote, que se unió a la cigarra, la tuza y el sereque para seguir velando a la ardilla que tuvo un sueño terrible.
Cada una de estas tres vueltas nos envuelve en una impresión de huracanes, de fragmentos de rompecabezas que combinan los caminos de la ceiba que conecta a los vivos con los muertos, de lenguas de pájaros, de la muerte que se encuentra en los sueños, en la comida, en la siembra y en aquellos sueños en los que se recuerda la vida: la vida en su sentido más digno, aquel que se esconde en la dignidad y en la permanencia, en la semilla que no saben que somos.
El tinjoroch es una fuerza centrípeta que busca su centro, que camina sobre los cuatro puntos cardinales y visita en katunes a chik’in, lak’in, xaman y nojol. ¿Qué voces traerá este año?, ¿qué montes recorrerán los finados convertidos en animales e insectos? ¿Cuánto tenemos que jalar las orejas de la memoria para sentarnos en la mesa? Porque como dijo el poeta maya k’iche’, Humberto Ak’abal, “Si el tiempo es un ciclo, caminar hacia adelante solo nos lleva al olvido”.
Portada “Tenbilal antsetik / Mujeres olvidadas” de Susi Bentzulul. Fondo Editorial Tierra Adentro.
Presentación del libro Tenbilal Antsetik / Mujeres Olvidadas de Susi Bentzulul
Librería Juan Bañuelos del Fondo de Cultura Económica
San Cristóbal de Las Casas, 21 de julio de 2023
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La poesía es, en el fondo, una crítica de la vida.
Matthew Arnold
Tenbilal antsetik/Mujeres olvidadas es un poemario bilingüe (tsotsil-español) escrito y traducido por Susi Bentzulul. Tiene una portada ilustrada por Andrea Alcántara Aguirre. Publicado por el Fondo de Cultura Económica, colección Tierra Adentro en noviembre del 2022. El primer tiraje consta de 2000 ejemplares.
El libro está conformado por 26 poemas, divididos a su vez en tres secciones: Almas heridas (8 poemas), Cuerpos y sentimientos despojados (8 poemas) y Voces silenciadas (10 poemas). A modo de introducción, hay un epígrafe para cada una de las secciones. En Almas heridas resuena la voz poética de Alfonsina Storni: “¡Llévame! Está la noche/ muy negra y muy sombría:/ La muerte por los mundos/ anda de cacería./ Hazme olvidar lo mucho que/ me pesa en los hombros./ Esta carga pesada de/ pesados escombros”. En Cuerpos y sentimientos despojados retumba la voz poética de Alejandra Pizarnik: “Pero sucede que oigo a la noche llorar/ en mis huesos./ Su lágrima inmensa delira./ Y grita que algo se fue para siempre”. Y en Voces silenciadas estalla la voz poética, en náhuatl y en español, de Araceli Patlani: “No quiero amanecer/ con una piel bolsa de oscuridad,/ con una boca gris que no habla. // No quiero dormir en pedazos/ dentro de la tierra/ mientras vienes a encontrarme”. Además, en el poema titulado Velorio, la poeta Bentzulul testimonia las palabras de la madre de una hija asesinada con un epígrafe que enchina la conciencia y la piel: “No sé quién la mató o quiénes la mataron y no pienso investigarlo. ¿Para qué? Si así no voy a revivirla.” (p. 65).
Ante este panorama estructural y general del poemario, cualquier persona puede figurarse, desde ya, que Tenbilal antsetik/Mujeres olvidadas es un libro contra el feminicidio y, como acertadamente indica la contraportada, “Es, al mismo tiempo, un poderoso libro de denuncia y un acto de resistencia ante la hegemonía lingüística”. Es, además y sin duda, una imperiosa y legítima exigencia de justicia por las mujeres asesinadas en que la autora afirma: “Nuestras voces enterradas/ claman.” (p. 23).
Repito: “Nuestras voces enterradas/ claman”. Los dos versos que acabo de citar son de las contadas ocasiones en que la voz poética del libro habla en primera persona del plural. Es decir, se incluye, te incluye, me incluye, nos incluye (a quienes estamos vivos) y, evidentemente, incluye a cada una de las mujeres que han muerto, no por causa natural, sino por la violencia y por el odio, ambos atroces, lamentables. Nótese también que, más allá de ser una misma imagen, no está escrita en un único verso y, gracias a la exactitud y a la disposición de las palabras, la poesía emerge en el texto. Pues la autora proporciona espacio y tiempo suficientes, unos cuantos segundos, para que “nuestras voces enterradas” resurjan de la tierra, resuciten, se hagan sentir, y clamen. O, dicho de otra forma, da pie para que recapacitemos, de manera urgente, porque el feminicidio, mientras no logremos erradicarlo, debería como mínimo concernirte a ti, a mí, a cada uno de nosotros y no pasar desapercibido, ni ser una situación indiferente ante los ojos de la humanidad.
Cabe mencionar que estos versos cierran el poema Destierro, y justo en el primer verso de éste aparecen las palabras que dan título al libro: “Hemos sido mujeres olvidadas.” (p. 23). Aquí surge una dinámica gramatical muy interesante porque es una oración completa. Al utilizar punto en lugar de coma, se está conteniendo a todas y cada una de las mujeres. Y, a partir del segundo verso, la poeta contextualiza y nos conduce en un santiamén a su verdad, a sus raíces, a San Juan Chamula, Chiapas, su lugar de nacimiento: “Sufrimos por ser mujeres tsotsiles,/ despojadas de nuestros territorios:/ el dolor pisotea nuestras almas,/ nos destierra a un inframundo de soledad. // Ellos arrancan y entierran/ nuestros sueños./ El odio que anida en sus corazones/ envenena a la sagrada madre tierra.” (p. 23). Se demuestra cómo lo que ocurre en una geografía determinada repercute “a la sagrada madre tierra”, repercute por ende al mundo entero.
Ahora, ¿qué otras herramientas utiliza la autora para que este libro halle sendero y se abra paso para trascender en cada uno de los lectores? La mayor parte del tiempo y a través de los textos, la voz poética está escrita en primera persona del singular. Es decir, a partir del “yo”. Ese “yo” traspasa las fronteras de lo autobiográfico porque, como expresó Gerard de Nerval: “La vida de un poeta es la de todos”. Y claro que lo es. Qué persona, por ejemplo, estaría exenta de pronunciar y de identificarse por lo menos alguna vez en su vida cuando la autora escribe en la página 31: “Una mañana extravié mis esperanzas”. O cuando en la página 35 exclama: “No quiero ver cómo el tiempo deshace mi cuerpo./ No quiero ver cómo la esperanza abandona mi alma”.
Además, la voz poética, al dirigirse a la mujer, a su padre, a su madre o a sus abuelas, en realidad le está hablando a la humanidad, que muchas veces y cuando le conviene es indiferente. Lo cual me hace sentir que, ante la indiferencia y la omisión, sería menos trágico que la humanidad se empeñara en enfocar la compasión y los ojos, aunque fuese completamente ciega. Ya se preguntó José Martí: “¿Quién es el ignorante que sostiene que la poesía no es necesaria a los pueblos? Hay gente de tan corta vista mental que cree que toda la fruta se acaba en la cáscara”.
Indaguemos entonces el sabor de boca que producen algunas de las figuras retóricas más empleadas por Susi Bentzulul a lo largo del libro. Probemos desde su experiencia de vida y su sensibilidad poética a qué nos saben la anáfora, la epístrofe, la metáfora y el oxímoron. Nos demos permiso de sentir y de paladear a qué saben el fogón, las brasas, el humo, el barro, los matorrales de su tierra, desde donde ella ha visto cómo se echa al olvido a mujeres a quienes, así porque sí, asesinan y arrojan en un terreno baldío, desnudas, violadas, descuartizadas, a cuestas.
A continuación, cito versos seleccionados de los poemas Muero, Fosa y Maldigo a mi padre, en los que la poeta recurre a la anáfora, figura retórica por excelencia, que consiste en repetir la misma palabra o las mismas palabras al inicio de distintos versos, dotando de sonoridad a lo que se dice y que logra hacer las imágenes más impactantes y memorables:
Muero con el rostro marginado.
Muero silenciada por el desprecio.
Muero en todos y cada uno
de los rincones de mi vida.
Muero en cada suspiro. (p. 11).
Mi cuerpo es una fosa.
Una fosa donde mi padre arrojó mi infancia,
una fosa donde mi alma se pudre.
Una fosa con olor a olvido.
[…]
Ahí muere mi historia.
Ahí muero yo. (p. 33).
Maldigo a mi padre por lo devastada que me dejó.
Maldigo a mi padre desde el silencio de mi alma.
Maldigo a mi padre tantas veces como respiro. (p. 35).
La anáfora, reina de las figuras retóricas en este libro, aparece también en poemas como No me preguntes, Una herida sangra, Danza, Una mañana, Mi padre, Silencio, No hay dolor más grande, Como otras niñas o Mujer.
En el siguiente ejemplo, sustraído del poema Cuando muera, se mezcla el uso de la anáfora con la epístrofe. Ésta última pudiese considerarse una hermana gemela de la primera y se caracteriza por repetir los mismos finales, ya sea de los versos o de las estrofas. Asimismo, la poeta toma el primer terceto para llevar estos versos al último cuarteto, donde vuelve a entrar en juego la disposición de las palabras y que es capaz de recrear el significado dentro del texto logrando a su vez un mecanismo cíclico, de eterno retorno:
Recuérdame
aunque las flores de mi entierro se pudran
y con ellas se pudra mi dolor.
[…]
Recuérdame en los días y las noches.
Recuérdame, aunque las flores
de mi entierro se pudran
y con ellas se pudra mi dolor. (p. 17).
Como pudo observarse, la anáfora está contenida en la palabra “recuérdame” tanto del terceto como del cuarteto, enunciada en tres ocasiones. Y la epístrofe está en los versos que dicen “y con ellas se pudra mi dolor”.
Desconozco si sería válido considerar como epístrofe al hecho de utilizar las mismas palabras al final de un verso en distintos textos dentro de un libro. Pero tratándose del análisis de un poemario que, como la misma editorial dijo, es “un acto de resistencia ante la hegemonía lingüística” y porque me da la impresión de que Tenbilal antsetik/Mujeres olvidadas es también un libro de resistencia ante los academicismos y de ruptura ante las reglas poéticas ya preestablecidas, no quisiera pasar por alto un detalle que llamó mi atención mientras leía y que me da por sentirlo como una nueva propuesta de la figura retórica en cuestión.
La autora, en el apartado Cuerpos y sentimientos despojados, termina dos poemas consecutivos justo con tres palabras iguales. En Angustia clausura con el dístico: “Una espesa angustia se desborda en mi vagina,/ la noche se desangra dentro de mí.” (p. 41). Y en Féretro concluye con el verso: “Mi infancia yace podrida y vacía dentro de mí.” (p. 43).
¿Sería entonces puesto en consideración que la recreación de la epístrofe fuese, además de un guiño que proyecta y sustenta el subtítulo del libro, pedazos de un solo cuerpo, de un sentimiento despojado? Pongo la pregunta y mi interpretación como cartas sobre la mesa. Quizás tengan cabida, aun si no alcanzaran la certeza y la verdad de la autora cuando, recurriendo a una voz poética impersonal, afirma: “Cada trozo de ese cuerpo/ es un escombro hundido en el silencio.” (p. 45).
Para ejemplificar la metáfora y el oxímoron, que son de las imágenes poéticas más conocidas por el público en general, recurriré a un cuarteto del poema Silencio. Ahí están superpuestas ambas figuras: “Una niña despojada de su infancia/ es una llaga que se desangra bajo el olvido,/ es un cuerpo hueco/ invadido de miedo.” (p. 45). La metáfora identifica a “una niña” a la vez con “una llaga” y con “un cuerpo”. Y el oxímoron yuxtapone en primera instancia “cuerpo hueco”; y, en una segunda, “hueco invadido”. Es decir, ante la palabra “cuerpo”, “hueco” hace la función de oxímoron y, ante la palabra “hueco”, “invadido” sirve como oxímoron del oxímoron. Estos versos, en cuanto a contenido se trata, son sumamente dolorosos. Sin embargo, en cuanto a la forma, el uso de las imágenes resulta exquisito. Añade belleza a las imágenes y hace que quien lo lea o escuche, reflexione.
Por último, habiendo mencionado los contrastes del oxímoron, aprovecho para mostrar el contraste de la voz poética al dirigirse a la mujer. Por un lado, en un poema de la primera sección, la voz, dotada de luz y de optimismo, incita al movimiento: “¡Mujer!/ Danza./ No te detengas.” (p. 25); y por otro, en un poema de la tercera sección, esa misma voz se conduele y exige una respuesta: “¡Mujer!/ ¿Cómo desahogar esta impotencia?/ ¿Cómo aguantar tanta rabia sin reventarme las venas?” (p. 55).
“¿Cómo aguantar tanta rabia sin reventarme las venas?”. ¿Tú lo sabes? ¿Alguien de ustedes lo sabe? ¿Habrá alguien en el mundo que lo sepa? Yo no lo sé. Sin embargo, me gusta creer y sentir que cada vez estamos más cerca de ese día, ese día en que los seres humanos dejemos de ser clasificados por género. Ese día en que la mujer no tenga que afirmarse mujer, ni el hombre tenga que afirmarse hombre, y que quienes no se identifican con el sexo masculino o femenino no se vean en un aprieto. Ese día en que podamos al fin tener conciencia plena de quienes hemos sido, somos y seremos. Es decir, ese día en el que las personas nos consideremos enteramente personas y así mismo valoremos y respetemos a nuestros semejantes. Ese día, insisto, en que la humanidad sea una sola, sin distinción por color de piel o de bandera, mucho menos, por distinción de género.
Mientras tanto, mientras llega ese día, suscribo y hago eco a las palabras de la poeta Susi Bentzulul en su ópera prima: “No hay dolor más grande/ que ver tu cuerpo sin vida,/ frío, mutilado,/ hundiéndose en el olvido.” (p. 51).
Referencias
Bartolomé, Efraín. La Poesía. Segunda Edición. Editorial Praxis, 2001.
Bentzulul, Susi. Tenbilal antsetik / Mujeres olvidadas. Tierra Adentro, Fondo de Cultura Económica, 2023.
Portada de “Meth Z”, Gerardo Arana. Fondo Editorial Tierra Adentro, 2013.
¿Qué es Meth Z? para Gerardo Arana, escritor queretano, quizá haya sido su primera novela, publicada originalmente en formato digital por Radiador Magazine. Para Pegaso Zorokin, es el medio para escribir su primera novela. Pero Meth Z es más que una novela. Para el lector cautivo que escribe un ensayo al respecto, es ante todo un fractal: desdoblamiento de símbolos y constante onirismo. Para María Eugenia puede ser una tortuga. Para María Eugenia es anarcosentimentalismo. 10 minutos de no corregir nada.
El lector cautivo, ahora farsa de ensayista, recibe un correo. Meth Z será reeditada nuevamente por Tierra Adentro (la primera vez fue en 2013). El ensayista enciende su computadora, abre el PDF pirata1 del libro y un documento de Word.
Fractal: Renovación de lo que ya está ahí.
Fractal: Truco matemático.
Fractal: Sudor de tortuga.
Tortuga: Símbolo reiterativo.
Las tortugas aparecen mencionadas 58 veces a lo largo de la novela. La primera vez, la tortuga es buscada por María y destruida en mil pedazos.
Entonces comienza la novela.
“DESTRUIR ES NARRAR A LA INVERSA”
Pegaso fuma Meth Z en el caparazón destruido de una tortuga y comienza el libro.
Durante Copy & Hack (segunda parte que merecería un ensayo para ella solita) la tortuga no es mencionada, pero vuelve a aparecer en Beatriz destruida.
“(…) la oscurecida discusión del sitio epistemológico correspondiente al símbolo — formación psíquica del pensamiento indirecto bien decía E. Cassier en un intento desprecisar su naturaleza: “(El símbolo) no sólo debe ser visto como mero indicador de objetos, sino, hermenéuticamente, como una organización instauradora de la realidad”
Entonces, ¿Cómo explicarse la sórdida persistencia en la aparición del célebre símbolo conchado? Si bien consideramos el artefacto literario como una realidad distinta ¿Un símbolo tiene la capacidad de instaurar una novela? De ser así ¿Cuál es su verdadero alcance? ¿Cuáles son sus posibilidades?”
El mismo Arana hace un análisis de las implicaciones simbólicas de la tortuga dentro de Beatriz destruida, referencia a la cita de Mallarmé que usa en el segundo capítulo: “La destrucción era mi única Beatriz”.
Destrucción destruida. Juegos psicotrópicos de palabras.
Tortuga: Anarcosentimentalismo
El sentimentalismo fue un movimiento gestado a mediados del siglo XVIII, difundido principalmente en la literatura europea durante la última etapa de la Ilustración, influenciado por las ideas de Rousseau, ponía énfasis en la bondad humana y apelaba a la emoción del lector.
Han pasado muchas décadas desde el auge del sentimentalismo, ya el concepto de bondad ha mutado considerablemente. Arana busca ternura en lo grotesco, es en el vicio y la destrucción donde se presenta el bien.
“Siempre llevaba un lápiz amarillo. Se decía aficionada al desastre. Nick Cave le resultaba irresistible. El cine alemán la hechizaba. Creía en los fantasmas. Creía que los fantasmas nos estaban buscando. Había tenido tres novios. Uno había intentado matarse. Uno la había intentado estrangular. A otro le había enseñado cómo. María Eugenia, aunque estoy seguro de que dudaría en el último instante, sabía cómo matar. María creía que teníamos derecho a las drogas y a elegir nuestra muerte. María no creía en Dios. La adolescente creía que el hombre había venido al mundo a destruir esta idea. Nadie iba a detenerla. Tenía diecinueve. No fumaba. El cáncer le causaba terror. Se sabía los pasajes de Juventud de Schumann. Un día le robó el revólver a su padre y se encerró tres días en su cuarto. Una rata infeliz del Distrito Federal. Un ángel de entre los subterráneos.”
El anarcosentimentalismo es escatológico, la destrucción es el fin último de todas las cosas, el nuevo modo de conocerlas porque en palabras de Gerardo “si el mundo no se acaba entonces nada tiene sentido”.
Drogarse, matar, robar, huir de la policía y romper cosas son la nueva virtud: libertad hasta sus últimas consecuencias. Somos caos, pero nos responsabilizamos cínicamente de ello.
Mediante una estética decadente, Arana nos lleva por Wirikuta, convenciones de anime, Hogwarts y un montón de locaciones donde la perdición es la única manera de encontrarse.
Gerardo Arana murió en 2012 a la edad de 25 años dejándonos además de su única novela-trilogía y decenas de pinturas y grabaciones., libros alucinantes como Visto bengalas, bebés y diamantes, de poesía, La máquina de hacer pájaros, de cuentos y Bulgaria Mexicalli, donde hace un remix con los versos de López Velarde y Geo Milev para hablar de la violencia y las patrias rotas, este poemario incluso fue reseñado por Cristina Rivera Garza, aunque esta no es la única que ha reconocido la importancia de su obra, escritores como Antonio Ortuño, Chío Benítez, Hiram de la Peña, Horacio Warpola y decenas más han dedicado líneas al trabajo del autor queretano.
Podría quedarme a analizar otros símbolos de la novela como el de la hoja negra, pero prefiero dejarle ese asunto al lector que considere mi recomendación: Meth Z es una chingonería y cualquier cosa que pueda decir al respecto es vana comparada con la grandeza de esta obra met(h)anarrativa, por favor léanla o no me van a pagar (carita compungida).
Portada de “Teoría del polen”, Victoria Ramírez. Provincianos Editores, 2019.
De todas las razones para rebelarse, las plantas escogen la lengua. Al echar raíces desmantelan sus dialectos. Este hábito subterráneo causa extrañeza en los humanos. Sus nombres en latín pierden sentido. El verdadero lenguaje es la omisión: una planta no miente si guarda silencio.
Eras mi lector favorito, lo fuiste desde el primer día. El mero roce de tu piel le daba vida a mis páginas, llenaba de palpitaciones mis palabras y hacía que me recorriera un temblor intenso que arqueaba mis costuras.
No sé con exactitud por qué me elegiste, pero agradezco que te hayas detenido en mi estante. Desde la primera vez que me tomaste entre tus manos, ya nunca esperé que me leyera alguien diferente; solo te quería a ti. Cuando estabas conmigo, me sentía el libro más feliz y afortunado. No puedo explicar cómo, pero de algún modo tú lograbas que nuestros contornos se difuminaran.
No fue hasta que dejaste de venir cuando descubrí que los libros teníamos memoria; desde hace más de un año no te veo, pero no por eso he podido olvidar tus caricias, tu perfume, tu esencia. Tu mero recuerdo me llena de agitación. Me gustaba creer que tus ojos habían sido hechos solo para mí. ¿Dónde estarás ahora? ¿Por qué no vienes a visitarme?
Me dijeron que te han visto pasar por la biblioteca, pero que ya no te detienes como antes. Me temo que me hayas cambiado por literatura barata, mas no pierdo la esperanza de que algún día regreses. Mi solapa te extraña, mi ser te extraña. Eras la única persona a la que habría dejado alterar mis historias y ni siquiera lo sabes. No imaginas cuántas veces he soñado con tener pies para salir a buscarte.
Si la situación fuera a la inversa, yo te leería despacio, saboreando cada palabra. Pasaría con inmenso cuidado tus páginas para no perder ningún detalle y besaría tu portada. Te llevaría conmigo a todas partes. Te cuidaría como si fueras mi tesoro más valioso. Amaría de ti cada línea, cada espacio… Si fueras un libro, te trataría de tú a tú, suspiraría soñando con la posibilidad de convertirme en la protagonista de tu historia.
Escribo entre líneas, pero no pienso dejar de hacerlo hasta tu regreso. Me niego a creer que me hayas olvidado.
Francisco Ignacio Madero González nació en Parras de la Fuente, Coahuila, hace 150 años, el 30 de octubre de 1873. Político, escritor, líder de la Revolución mexicana y primer presidente electo de México, el personaje de Francisco I. Madero ha generado interés debido a su importancia en la historia nacional. Sin embargo, ha despertado particular curiosidad a lo largo de mucho tiempo, en razón de su entusiasmo por el espiritismo. Al día de hoy, abundan anécdotas en torno a su entendimiento en la mediumnidad, así como en la homeopatía, el magnetismo y el vegetarianismo. Muchos historiadores han investigado de manera sensata este aspecto de su vida y cómo intervino en su determinación política el desarrollo del movimiento espiritista en México, surgido de distintos círculos y revistas. En especial, ha sido un tema para la literatura, ya que distintos escritores han publicado varios textos en donde se resalta este aspecto; por mencionar un ejemplo, está la novela histórica de Ignacio Solares, Madero, el otro, de 1989. Así, persiste en torno a él un aura de excentricidad y misterio.
Para muchos de quienes cursamos la educación básica en el siglo pasado, resultaba un enigma saber cuál era su segundo nombre, oculto tras la inicial I, y se pensaba erróneamente que correspondía al de “Indalecio” o hasta “Inocencio”, porque a la pregunta de examen que dictaba “¿cuál fue el principal error de Madero?”, la respuesta correcta apuntaba al juicio inequívoco: “su principal error fue haber confiado”. Pasado el tiempo, al enterarnos de la crítica hacia su particular creencia en los espíritus y la comunicación con ellos, y cómo este rasgo formó parte de su carácter moral, filosófico y ético, la incógnita aumentó y nos condujo a la ambigüedad y al desconcierto.
El movimiento espiritista que inspiró a Madero tuvo su origen en 1848, a partir de un episodio sucedido en Hydesville, Nueva York, cuando una niña de apellido Fox escuchó ciertos ruidos en su casa y descifró en ellos un mensaje enviado por el anterior inquilino. En consecuencia, se hizo común el término de mediumnidad para referirse
al que posee la ciencia, el don de evocar los espíritus de los muertos, de producir sus manifestaciones y servirles de intermediario en sus relaciones con los seres humanos […] Estas relaciones se establecerán por medio de golpes dados sobre cualquier objeto, y serán tan comprensibles que se podrán establecer conversaciones seguidas con el mundo invisible, y será posible a los espíritus hacer conferencias repletas de gracia y de poesía.1
Esta comunicación con espíritus fue distinta de las que antiguamente ya se practicaba en rituales, magias, prácticas esotéricas y adivinatorias de diversas culturas a lo largo del tiempo, ya que esta vez su definición fue pensada sobre una base científica. Además, el espiritismo incorporaba ideas de la época como el abolicionismo, el socialismo, el feminismo y el darwinismo, al considerar la existencia y la evolución del espíritu sin distinción alguna de clase social o género. En especial, para muchas mujeres representó un beneficio la oportunidad de profesar mediumnidad, pues les abría un espacio para expresar sus ideas, al argumentar que les eran transmitidas por los espíritus mediante el trance. Incluso podían expresar juicios a favor del reconocimiento de sus derechos civiles y políticos, como el sufragio femenino. Por último, a manera de actividad económica, les permitía lograr cierta autonomía.
Posteriormente, el espiritismo se difundió en Francia cuando León Denizard recibió el mensaje de que en una vida pasada, en la época de los druidas, su nombre había sido Allan Kardec. Asumiendo esta identidad, escribió El Libro de los Espíritus, en 1856, sistematizando así el movimiento.
Reunidos alrededor de una mesa circular sostenida por tres patas, los participantes en las sesiones espiritistas buscaban evocar y recibir comunicaciones de los espíritus que habían existido antes encarnados. Estos mensajes, transmitidos en códigos a quienes eran médium en trance, contenían principalmente enseñanzas que conducían a hacer el bien, inculcaban valores, y encauzaban pasiones, defectos y vicios. Por tanto, el movimiento se caracterizó por ser una doctrina moral y filosófica que buscaba conciliar con principios científicos, pues planteaba la existencia de un mundo espiritual en el mismo espacio concedido al mundo material, así como la inmortalidad del alma, de un modo que podía ser comprobado mediante leyes físicas como el magnetismo.
En México, el espiritismo se introdujo en el ambiente liberal de la época y coincidía con los principios de progreso, modernidad, reforma y secularización de las ideas, que se intentaban instituir desde la ciencia. A pesar de la fuerte crítica impuesta por quienes defendían el positivismo dominante, así como por quienes conservaban los dogmas de la iglesia católica, el movimiento tuvo aceptación por parte de un considerable número de adeptos, quienes creían en una ética que podía purificar su espíritu, convirtiéndolos a su vez en mejores ciudadanos.
En 1872, el General Refugio I. González tradujo al español El evangelio según el espiritismo, de Allan Kardec. En ese mismo año, inició la publicación de La Ilustración Espírita, una revista periódica que imitó el estilo de propagación del espiritismo francés. Además, se fundó la Sociedad Espírita Central de la República Mexicana y se reconocieron distintos círculos fundados en Guadalajara, Guanajuato, San Luis Potosí, Monterrey y Tampico.
En 1891, cuando Francisco I. Madero leyó por primera vez la Revue Spirite, en México habían sucedido diversas confrontaciones en el Liceo Hidalgo, donde se abrió un foro de discusión abierta entre materialistas y espiritistas, figurando entre los participantes personajes como Francisco Pimentel, Gustavo Baz, Gabino Barreda, José Martí, Justo y Santiago Sierra, entre otros. El movimiento empezaba a perder el vigor de los primeros años, sin embargo, de acuerdo con lo que apunta la historiadora Yolia Tortolero en el libro El espiritismo seduce a Francisco I. Madero(2003), todavía en 1900 Francisco I. Madero formó un círculo donde él mismo fue médium escribiente de los mensajes que le enviara el espíritu de Raúl, hermano suyo que murió a los tres años de edad.
El interés de Madero por la política y por el espiritismo siempre fueron de la mano, tanto quería propagar los ideales espíritas como abanderar un cambio democrático en el país. En 1909 publicó La sucesión presidencial de1910, y al año siguiente escribió su Manual espírita. Fue notable también la influencia que tuvo su acercamiento al pensamiento oriental de la India, así como su lectura y Comentarios al Bhagavad Gita. “Fue para él una creencia que le llevó a modificar su forma de ser y a conformar una ética que fue la guía de su comportamiento público y privado […] hacer el bien fue una de sus mayores aspiraciones; confió en el ser humano a pesar de sus traiciones”.2
Espiritismo y literatura mexicana
Además de su influencia en la sociedad y en la política, el espiritismo se vinculó con la literatura, manifestándose de manera notable en la producción literaria de la época. Conforme a lo que apunta José Ricardo Güemes, en su artículo “Espiritismo y literatura en México”, este vínculo con la literatura mexicana no se limitó solamente a ser tema en diversos poemas y narraciones, sino que también representó una forma de propaganda. Además, propone que en esta relación hubo dos etapas. La primera, la decimonónica, continúa tres décadas más en el siglo xx con el Modernismo literario, y se caracteriza porque las obras son un medio para formular doctrinas acerca del espiritismo; mientras que, en la segunda, se convierte más en un recurso o tema para la literatura.
Entre los escritores que figuraban dentro de la etapa inicial, Güemes menciona a Pedro Castera, ingeniero, minero, inventor, espírita y médium, quien publicó en 1872 el cuento “Un viaje celeste” y en 1890 la novela Querens, considerada una de las primeras novelas fantásticas mexicanas. En su colección de cuentos Las minas y los mineros, Castera ofrece una visión realista, puesto que describe la naturaleza de ese ambiente peligroso y subterráneo, y narra anécdotas en las que persiste el carácter humano de sus protagonistas. Sin embargo, en estos relatos, el autor también expone sus ideas acerca del espiritismo en la exploración del alma que hace, cuando los personajes atraviesan de un espacio a otro, de un adentro hacia afuera de la mina, simbolizando así una transformación personal de la oscuridad intensa a la verdadera bonanza, mediante el filón de luz que advierten al salir.
Según Lily Litvak, era común que en los cuentos espiritistas se narrara alguna experiencia reveladora haciendo alusión a la luz, como alegoría al descubrimiento que permite esta doctrina para conocer los secretos del más allá. Otra de las características que presentan este tipo de cuentos, es su propósito social, debido que muchas veces se muestra la fraternidad sin límites hacia personajes que la sociedad rechaza. Además, en la mayoría de estas narraciones se percibe como fundamento una base científica, referente al contenido temático e incluso al vocabulario que se utiliza durante la narración. Estas tres características están presentes en el cuento de Pedro Castera titulado “En plena sombra”, que alude a cierto acontecimiento ocurrido en el municipio de Huetamo, Michoacán. Dos hombres se internan en la profundidad de una caverna que algún día será una mina, pero recién está descubierta. Uno de ellos es foráneo y el otro es “natural” de esa tierra. En principio, entran buscando un tesoro, pero al extraviarse en el interior, agotadas las velas y los cerillos, presienten estar inmersos en la oscuridad de un sepulcro: “La inmensa tumba, como diría Víctor Hugo, pero en la inmensa sombra”. El relato narra con tensión el tiempo que transcurre desde que buscan la salida hasta su desesperación al no encontrarla; finalmente, ambos advierten a sus pies el rastro de sus propias sombras, proyectadas por un lejano indicio de claridad que les orienta hacia la salida.
La salida de la cueva me parecía una entrada a la gloria. El cielo estaba de un color azul pálido, y las estrellas también comenzaban a resplandecer. En un punto el horizonte se teñía de púrpura, e imitando en las montañas lejanas una erupción volcánica, arrojaba sobre los cielos un inmenso penacho de llamas, en que parecía haberse disuelto en polvo el oro virgen.3
Uno de los avances tecnológicos útiles para la propagación del movimiento espiritista fue la fotografía. Se pensaba en ella como un documento probatorio con el que se podía transmitir y reforzar la creencia en la inmortalidad, mostrando que supuestamente se capturó la presencia de espíritus o entidades sobrenaturales, fenómenos inexplicables o figuras etéreas, que no eran visibles en el mundo físico. Para capturar estas manifestaciones, los fotógrafos emplearon diversas técnicas y trucos como la doble exposición, el uso de velos y cortinas, determinado encuadre o iluminación, etcétera.
Así, en el ímpetu de las ideas que coincidieron durante la época de la Revolución mexicana, Francisco I. Madero se constituyó como un líder que anhelaba un cambio profundo en la sociedad. Su participación en el espiritismo y su creencia en la comunicación con el más allá ofrecen una perspectiva de su carácter, ética y sentido moral. En un país que enfrentaba una posible transformación, el movimiento espiritista migró de las mesas donde se practicaban sesiones de mediumnidad, hasta convertirse en una doctrina esencial de cierta visión política.
Por su parte, la literatura y la fotografía espiritistas, en la búsqueda y defensa de la inmortalidad, explotaron los límites de la realidad tanto en las imágenes como en las narraciones, en un deseo compartido de trascender el mundo material. Estas expresiones reflejan actos de fe en un mundo convulso. El movimiento político que encabezó Madero, encontró así su eco en palabras e imágenes de quienes veían en el espiritismo una forma de iluminar la oscuridad de su tiempo.
Referencias
Castera, Pedro, Las minas y los mineros, Instituto de Investigaciones Filológicas/Penguin Random House, México, 2020.
Chaves, Ricardo, “Espiritismo y literatura en México”, LiteraturaMexicana, vol. XVI, núm. 2, Instituto de Investigaciones Filológicas, México, 2005.
García, Ramón, El magnetismo, sonambulismo y espiritismo, Garnier hermanos, París, 1880.
Kardec, Allan, El libro de los médiums, Confederación Espiritista Argentina, Buenos Aires, 2014.
Litvak, Lily, “Entre lo fantástico y la ciencia ficción. El cuento espiritista en el siglo XIX”, Anthropos, núm(s). 154-155, Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, [s. l.], 1994.
Saborit, Antonio, “Pedro Castera: una vida subterránea”, Historias, núm. 39, Museo Nacional de Antropología/Instituto Nacional de Antropología e Historia, México, 1998.
Tortolero, Yolia, El espiritismo seduce a Madero, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes/Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, México, 2003.
Portada del álbum “Either/Or” de Elliott Smith, 1997. Discográfica Kill Rock Stars.
Comienzo a reproducir en Spotify la canción Piano Quintet No. 1 in D Minor, Op. 89: I. Molto moderato. Los nombres de algunas piezas de música me generan la misma sensación que las nomenclaturas de química orgánica. Sin embargo, al igual que en la química, el hecho de no saber cómo traducir su lenguaje, no me niega el hallazgo de su fenómeno. Así que la materia continúa su síntesis o descomposición en mí, a pesar de la ignorancia. Lo mismo con el movimiento muy moderado de Gabriel Fauré. No necesito saber que la D en su tonalidad menor está asociada a piezas con carácter más melancólico o serio, para sentirme, respectivamente, más melancólico o serio, mientras se ejecutan el piano y el cuarteto en la sala de mi casa.
Escucho, o más bien acecho con mis orejas, lo que persiguieron con los dedos Jean Hubeau y el Cuarteto Via Nova al interpretar a Gabriel Fauré. Ahora el sonido le pertenece a la pieza No. 2 in C Minor Op. 115: I. Allegro moderato. La canción me insinúa una felicidad y angustia recíprocas. Casi como lo que se padece al dejar un sitio. Casi como repasar cada una de las cosas que sentiste en ese sitio mientras te alejas de él. Casi como dibujar la cartografía sensible de un espacio, sabiendo que el mapa nunca acaba de explicar lo que ocurre en un territorio.
Desde otra parte del edificio. De la cuadra. De este día de octubre, me invade otro pulso. Sé que es una canción de Maná. Obviamente, me sé el coro. Que tire la primera piedra quién no se sepa un coro de alguna canción de Maná. Detengo a toda la Francia que se reproduce en mi bocinita bluetooth, para distinguir lo que sea que Fher Olvera esté tratando de decirme. Labios compartidos, labios divididos, mi amor.
El vecino carga un dolor, es evidente porque ha decidido reproducir todo el Amar es combatir. Y sin miedo a reproducir, una, dos, tres veces la misma canción, pues pa´que cale, si no pa qué. Acompaño, sin invitación, pero con la misma fe, su dolor a las tres de la tarde. Miro por la ventana. También me acuerdo de algo. Y me alegra recordar también esa enfermiza insistencia de pensar en la tradición, que tanto repiten en cualquier taller literario. Dijo Octavio Paz amar es combatir, si dos se besan. Yo creo que Maná está muy de acuerdo.
Llegué a Gabriel Fauré gracias a Quignard, quien asevera que los últimos discos del pianista y organista contienen una violencia y una tristeza sublimes. Esto, necesario mencionar, lo afirma en medio de otras cosas como Ahora que llega la primavera, lo que más espero son los espárragos del Yonne, en Sens. Me queda claro que lo simple puede ser otro vehículo para presentar la gravedad del mundo.
No es extraño que Pascal Quignard haga convivir las palabras violencia y sublime en la misma oración para describir en qué consiste la expresión de Fauré. Claro que la violencia a la que se refiere en este caso responde solo a la primera raíz latina de la palabra vis-, potencia, y quizá, sobre todo, a su antecedente indoeuropea, wei- querer, desear, buscar algo.
Al decir que no me sorprende ese binomio utilizado por Quignard, es porque él mismo ha ensayado y pensado en el sonido y la música como algo que no reconcilia ningún límite. El sonido se precipita, nos abarca sin pausa y, en consecuencia, nos muestra el despliegue de eso que no podemos abolir. Las orejas no tienen párpados. Con esta comprensión de la fuerza, su exceso y deseo, llegamos a las relaciones explícitas de lo que implica la violencia (vis, fuerza, –olentus, abundancia) en la música para explicar formas específicas de la barbarie y la guerra.
Escuchar es ser tocado a distancia. Es cierto, así llegó Maná a mi sala. Así fue como escuché las últimas piezas de un hombre que se estaba quedando sordo hace ya más de cien años en París. Un clásico, ¿no? La sordera en los músicos. Sin embargo, me parece que la pérdida de audición en Gabriel Fauré reafirma lo que dice Quignard respecto a la violencia en sus últimas canciones. La gran y quizá única respuesta de un pianista a la sordera fue procurar que cada una de las notas sobreviva, no ya para sus oídos, sino para los otros, los que habitan en distancias imposibles de imaginar, pero aún así verdaderas. Ante la violencia del silencio futuro, Fauré respondió con sonido.
Termino el disco. No me siento particularmente triste. Pero sé que algo me ocurrió, porque el aire en su brusquedad de octubre tirando la ropa de los tendederos del otro edificio, propiciando una danza absurda y veloz en los respectivos dueños de esas prendas, me parece hermoso. Casi como los cosechadores de manzanas esperando que la sacudida brutal en el árbol acabe regalándoles el último dulzor de la temporada. Casi como niños atrapando la lluvia. Sin importar que no se pueda.
Platico mi hallazgo de los tendederos como árboles desprendiendo sus frutos. Mi amigo Will aprovecha para contarme de su propio hallazgo con las manzanas. Al cumplir cuatro años de casado con Whitley, deciden ir a visitar una isla cerca de la Upper Peninsula en Michigan. Will me describe la isla como uno de los pocos lugares en Estados Unidos donde la contaminación sonora es casi nula, o al menos cumple la regla de no alojar fuentes sonoras artificiales que afecten el entorno natural con ruidos mayores a 65 decibeles. Ningún avión cruza el espacio aéreo de la isla. Un solo bote a la semana lleva exploradores o investigadores.
Al llegar, lo primero que les explica el guía, es que hace doscientos años, gente que deseaba estar lo más alejada del mundo, llegó a poblarla. Gente harta de la velocidad industrial since 1823. Ocurrió también que esa gente cumplió su deseo. Muriendo sin que nadie pudiera percibir un solo gesto de su muerte. Una muerte insonora.
El único rastro de esos habitantes es una pequeña estructura de madera ya bastante carcomida por la misma cosa que agrieta las piedras. Al lado de las tablas, milagrosamente aún unidas, hay varios árboles de manzanas. Ya después de dos siglos esas manzanas se han olvidado de la mano que correspondió su semilla. Frutas emancipadas de la espera humana.
Los dos, como un simulacro breve de Adán y Eva, muerden el rojo. La manzana más jugosa que he probado en mi fucking vida. Casi como si todas las manzanas que me hubiera comido hubieran sido solo un pretexto para este fruto primerizo y original. Y la descripción de Will se interrumpe porque desde otro piso se viene anunciando el himno de un taladro contra el hueso del edificio.
Continuamos la videollamada a pesar de las máquinas y sus respiraciones. Antes de colgar Will trata de explicarme el sonido de la lluvia estando en medio de la isla. Es como si pudieras escuchar, no solo gota por gota, sino, aún más, el agua resbalándose hacia adentro de la tierra. Pero ya me percaté que mientras te lo cuento no estoy ni cerca de explicar realmente qué nos sucedió.
Adán y Eva en medio de una isla de la Upper Península escuchan la lluvia por primera vez. Luego van y comen fruta. Escupen las semillas en donde sea. Despojados ya del paraíso no sabrán nunca si esas semillas se convirtieron en algo. Whitley y Will en medio de una isla de la Upper Peninsula escuchan la lluvia como si fuera la primera vez que llueve en el mundo. Luego van y comen fruta de unos árboles salvajes. Escupen las semillas. Y al terminar el día, se apuran para que el bote no los deje en medio de un lugar sin siglo.
Días más tarde me llega un audio de mi amigo. Una grabación de dos minutos de lluvia. En ciertas partes es tanta la prisa con la que el agua estaba cayendo, que más bien el audio parece la grabación de la estática de un televisor viejo que olvidó cómo sintonizar los canales. Viene con una pequeña advertencia. I told u. Y tiene razón, tendría que estar ahí para entender la cadencia, el golpe y su final silencio. La misma pugna ocurre entre escuchar música grabada desde la aburrida paciencia del hogar e ir a un concierto.
El centro de la experiencia se me revela completamente corpóreo. Continúo caminando hacia el zócalo de esta ciudad. En mi trayecto, la violencia sonora de todos yendo (¿a dónde?) trata de filtrarse a través de mis audífonos. Resisto subiéndole el volumen, pero la competencia es injusta. Gana la patrulla. Desafortunadamente, siempre gana la patrulla.
Jordi Savall, el violagambista preocupado por la música antigua, o mejor, usando una descripción más acertada, porque la provocó la amistad y la admiración, es la de un músico que está en confraternidad con los tiempos de los solitarios y olvidados. Savall y Pascal Quignard son amigos y platican de cosas, muchas, como del clavecinista Johann Jacob Froberger.
O de por qué escuchar música grabada solo es un simulacro de lo que el cuerpo demanda sentir cuando está en el presente insustituible de una interpretación en vivo. La música es acción, dice Savall. Y yo sigo caminando en medio de calles donde algo se está vendiendo con mucha insistencia, mientras reproduzco una canción del último álbum de Sufjan Stevens.
It’s a terrible thought to have andhold,escucho.
Diez pesos le vale, diez pesos le cuesta, escucho también.
No traigo monedas.
Sigo yendo.
¿A dónde?
Froberger tiene una pieza titulada Meditación sobre mi muerte futura la cual se toca lentamente con discreción.
Ese título podría definir la discografía completa de algunos músicos.
El disco de Sufjan termina y spotify, habiendo ya sintetizado en un algoritmo mi inclinación hacia el bajo, la guitarra acústica y la melancolía, empieza a reproducir Angeles de Elliott Smith.
And be forever with my poison arms, around you, escucho.
Chocolate tipo jerchi a diez. Sí mire y también le vengo ofreciendo…
No traigo monedas.
La trayectoria musical de Elliott Smith fácilmente puede resumirse usando el título de Froberger.
Meditación sobre mi muerte futura la cual se toca lentamente con discreción.
De nuevo en la sala de mi casa. Nunca he visto el video de Elliott cantando en los Óscar en 1998. Me dispongo a mirarlo. Pero algo se anuncia en mis orejas. Los vecinos pelean. No estoy seguro de qué tratan sus averiguaciones, hasta que escucho un crees que soy pendeja, justo después de la palabra celular.
La conversación sigue, encontrando su punto final en el sonido de una puerta azotándose. Por fin reproduzco el video. Un Elliott en traje blanco. Incómodo. Casi con la misma postura de hombros que tiene uno al desnudarse en un consultorio médico. Canta Miss Misery. Le aplauden y la cámara que transmite la premiación da una vista completa del recinto enfocando, por último, la parte superior del Dolby Theatre. La siguiente toma muestra a dos mujeres en vestidos nítidamente lujosos acompañando a Smith afuera del escenario. La orquesta de la Academia comienza a tocar la cortina que da pie a la apertura del sobre a mejor canción original. Elliott compite contra Céline Dion. Good Will Hunting, pierde. Titanic gana.
Busco entrevistas de Elliott. Le preguntan por el origen de su songwriting. Contesta I just wanted to be able to do it. I’d listen to the radio. I dunno, it was like… magic, and I wanted to be able to do it. So, I started trying to do it.
Reitera Quignard No hay impermeabilidad de uno mismo ante lo sonoro. Infiero que los músicos no solo aceptaron la incapacidad de los cuerpos de resistirse al sonido, sino que deliberadamente propician las potencias de su anatomía, para no ser meras víctimas de la sonoridad del mundo, y más bien, volverse una de ellas.
En la última escena de Good Will Hunting, Matt Damon deja una nota en el buzón de Robin Williams. Luego, una toma abierta que muestra un Chevy Nova 71 andando en una carretera con dirección a California. De fondo se escucha Miss Misery de Elliott Smith. Y encima de toda esa imagen y sonido, aparecen los créditos.
Do you miss me, Miss Misery,
like you say you do?
El gran sonido que me faltaba agregar aparece. Acecha cada rincón de mí. Bajo acompañado de otros vecinos. Ya no solo son mis pulsos lo que escucho, y cada peldaño recorrido por las docenas de pies de mi edificio, generan su propia música ansiosa e indeseable. Afuera continúa el chillido, reproduciéndose en cada esquina. Hasta que calla. La ciudad por un lapso minúsculo algo no dice. Y comienzan a sonar las ambulancias y una especie de murmullo de quién sabe qué lado, pero llega.
Ya en el departamento, el sonido de las sirenas comienza a ceder a la música de las fiestas que pausaron su lujuria y por lo tanto su danza. Decido buscar en YouTube la última escena de Good Will Hunting.
Prefiero pensar que Elliott no murió con un cuchillo clavado en el pecho. Prefiero pensar que en vez de Matt Damon yendo a California en el Chevy, el que va manejando es Elliott.
El radio suena. Pero también el aire que choca contra la ventana algo le dice a Elliott: