Tierra Adentro
Retrato de Julian Green, 1933. Imagen de dominio público, recuperada de Wikimedia Commons
Retrato de Julian Green, 1933. Imagen de dominio público, recuperada de Wikimedia Commons

Es conocido que, la ausencia de leyes que penalizaran la actividad sexual con personas del mismo género, en el Código napoleónico, permitió que muchas personas homosexuales, especialmente artistas, hicieran carrera en Francia bajo el auspicio de una sociedad relativamente tolerante hacia ellas. Esta permisividad de principios del siglo XIX se consolidó en las décadas posteriores, de modo que a finales de ese siglo y principios del XX una cantidad considerable de ellas se presentó ante la sociedad francesa sin tapujos.

El caso de Julien Green, sin embargo, no es el primero que viene a la mente cando se piensa en algún ejemplo. Los casos de Oscar Wilde, Verlaine y Rimbaud, o Francis Poulenc suelen captar la atención en este sentido. Y al igual que muchos de ellos —Poulenc, Jean Cocteau o André Gide—, la homosexualidad de Green estuvo marcada por el profundo sentimiento de su pertenencia a la Iglesia y su praxis católica.

Esta consciencia, oculta de un posible escarnio público, es el rasgo distintivo de la novela católica típica de su tiempo y su cultura, que cuenta con exponentes de la talla de François Mauriac y Georges Bernanos. Otro gigante de la literatura francesa, André Maurois, profesó pública admiración cuando, en el prefacio de Adrienne Mesurat (1927), se refirió a su autor como “el mejor escritor de su generación”.

Nacido el 6 de septiembre de 1900, Julien Green se crio en el ambiente episcopaliano conservador de una familia sureña de Estados Unidos otrora dueña de plantaciones y esclavos. Su abuelo fue senador de los Estados Confederados. Ese conservadurismo permeó toda su obra, desde lo gramatical —es notable en ella el uso del passé simple, tiempo verbal en desuso ya desde entonces— hasta lo espiritual —su identificación con el catolicismo más reaccionario—.

Su temperamento estuvo inclinado desde muy joven hacia el mundo de la literatura y las artes. En 1916, poco después de su padre y tras la muerte de su madre, se convierte al catolicismo. Las razones no han quedado del todo claras: por alguna razón intuyó que su madre se sentía atraída por las formas de culto de la Iglesia católica, así que acudió al ámbito donde siempre se sintió cómodo, el de la literatura. Se encontró con una edición de The Faith of Our Fathers (1876) del cardenal estadounidense James Gibbons (1834-1921), cuya estructura y argumentación lo sedujeron a tal punto que su conversión fue casi inmediata.

Por ese mismo tiempo se alistó para combatir en la Primera Guerra Mundial, pero fue echado de las filas al descubrirse su edad. De Francia volvió en 1919 para estudiar en la Universidad de Virginia hasta 1922. Fue ahí donde mantuvo su primer noviazgo, rigurosamente casto, con un compañero de estudios, que terminó siendo un desastre para su vida espiritual, atormentada por la posibilidad de la condenación eterna que suponía como destino ineludible de las personas homosexuales.

Aún no superada la conmoción que fue para él descubrirse homosexual, el 22 de noviembre de 1924 conoció a quien fuera su pareja sentimental por más de 60 años, el escritor y periodista Robert de Saint Jean (1901-1987), perteneciente a una familia francesa acomodada que pudo costear sus estudios en Reino Unido.

El estatus socioeconómico de la joven pareja —y la admisión de Green a la Académie française, aunque sin nacionalizarse nunca francés— le permitió codearse con las figuras más representativas de la alta sociedad parisina. Además de los ya mencionados André Gide, Jean Cocteau, André Malraux y François Mauriac, eran frecuentes las tertulias con Christian Bérard y Pavel Tchelitchev, Salvador Dalí y Marie-Laura de Noailles, afamada modista y pintora, descendiente del marqués de Sade.

Si bien en vida Julien Green divulgó siempre que pudo la castidad que guardaba su relación con Saint Jean, la publicación póstuma de sus Diarios da cuenta de lo contrario, y con lujo de detalle. Sabemos que su relación, de casta, sólo tenía la fachada; de hecho, se mantuvo abierta de por vida. Los pormenores de la vida sexual de Green descritos en sus Diarios son una suerte de exhibicionismo literario, del que algo se puede vislumbrar en su obra, sobre todo en las descripciones corporales de sus personajes masculinos.

En El otro sueño (1931), el joven Denis se atormenta en toda la novela por identificar en Satanás el origen de la belleza, que en un principio reconoció dentro de un almacén repleto de esculturas humanas desnudas, y luego en la contemplación del cuerpo de su primo dormido:

Una sábana se arrollaba en una de sus piernas, arrugada y plegada como aquellas telas que los escultores griegos empapaban en agua antes de aplicarlas sobre los miembros de sus modelos. La otra pierna, larga y llena, lucía en la penumbra con un reflejo que dibujaba sus músculos, y sobre la blancura de la cama parecía casi negra.

Escena similar la encontramos en Mil caminos abiertos (1964), una autobiografía que va de 1916 a 1919, justo los años de su efervescencia de converso. Ahí narra una anécdota de su época de soldado en la Primera Guerra Mundial, cuando quedó pasmado contemplando a otro recluta dormido en una habitación compartida en Venecia:

Permanecí inmóvil en el dintel y el corazón me latía con fuerza. ¿No era extraño deseo el de inclinarme sobre el durmiente y poner mi mejilla sobre la suya que el sueño ponía aún más rosa que de ordinario? Con todo el oro de sus cabellos esparcido por la almohada y la poderosa línea de su largo cuerpo sinuoso, me pareció tan bello que experimenté una alegría mezclada de pavor, pero no podía explicarme ni la una ni el otro.

No es casualidad que sea el plano onírico aquél en el que Green se explaya cuando se trata de elogiar la belleza masculina. Como buen católico, sabe que el pecado está en la delectación, no en la inclinación, y aun cuando el yo lírico se regodea en la contemplación de una corporalidad tentadora, el riesgo de consumar el pecado es nulo si la otra parte no está siquiera consciente.

En esto se evidencia la impronta platónica con la que Green se presentó toda su vida, ésa que presenta el cuerpo como una cárcel del alma. Lo atestigua Partir antes del día (1963), la autobiografía de sus primeros dieciséis años, cuando describe la educación que recibía en casa: “El cuerpo era el enemigo, pero también era la fortaleza visible del alma y, principalmente, el templo del Espíritu Santo. Todo resultaba a la vez peligroso y sagrado en lo referente a la carne”.

Es en esta tensión que se revela una de las profundas contradicciones de la personalidad espiritual y social de Julien Green: su incapacidad para digerir la Encarnación del Cristo, aun como creyente, pues ésta supuso para Jesús “un gran dolor”. “¿Quién de nosotros no ha sufrido, en algún momento, por sentirse aprisionado en un cuerpo? Prisión que llevamos con nosotros por todas partes, con los continuos límites que impone el alma”, escribía en sus Diarios el escritor de 43 años.

La dificultad para asimilar la encarnación del hijo de Dios le vino a Green de su incapacidad de asimilar su propia sexualidad, con el elemento corporal que conlleva. Así, ante el carácter supuestamente irreconciliable del mundo material y el espiritual, optó por entregarse por completo a los placeres del cuerpo siempre que se mantuvieran en lo secreto, mientras hacía apología de un ascetismo hipócrita siempre que se mantuviera en su vida pública.

Los últimos años de Green estuvieron marcados por la exacerbación de su dicotomía entre lo material y lo espiritual, así como por una nostalgia rayana en lo enfermizo respecto del culto católico preconciliar. Es sabido que, al igual que su contemporáneo J. R. R. Tolkien, aprovechaba cualquier oportunidad para denostar las reformas litúrgicas del Concilio Vaticano II, en las que veía una vulgarización de lo sagrado, una pulverización de la tradición cristiana en aras de una celebración que, por comprensible, perdía sacralidad.

Viudo desde 1987, Julien Green expiró hace 25 años. Sus restos reposan en la parroquia austriaca de san Egidio, junto a los restos del también escritor Éric Jouard, su hijo adoptivo, fallecido en 2015.


Autores
(Ciudad de México, 1992) Filósofo y ensayista. Profesor en la Universidad Iberoamericana, el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey y en la UNAM. Miembro de la Newman Association of America. Ponente en varias instituciones de México, Estados Unidos y Cuba, sus intereses académicos se centran en la obra del cardenal John Henry Newman, la epistemología y la teología contemporáneas, y las relaciones entre filosofía y literatura. Ha publicado ensayos y reseñas en Newman Studies Journal, la Revista de la Universidad de México, Tópicos, Open Insight y Nexos.
Imagen recuperada de Wikimedia Commons (CC BY 2.0)
Imagen recuperada de Wikimedia Commons (CC BY 2.0)

Hace más de una década, YouTube era un lugar maravilloso. Yo era un preadolescente en busca de una identidad, en la construcción de la persona en la que me convertiría para siempre, o al menos eso pensé en su momento. A través de esta red social, que las personas piensan más bien como una página, me fui informando sobre lo que un metalero de verdad debería ser. Mis referencias principales fueron los documentales que salían esporádicamente en MTV y VH1; desde entonces me mostré escéptico a lo que aparecía en televisión. Yo debía acudir a una fuente mucho más indiscutible en aquel entonces: el Internet. 

En un momento nacionalista, fingí que me gustaba Transmetal, pues leí en todos los blogs posibles que esa era una de las pocas bandas mexicanas que había trascendido, junto con Brujería, que tampoco me encantaba, y técnicamente no era 100 % mexicana. Nada como Brasil y la poderosísima y de verdad relevante Sepultura. Escarbé y escarbé. Vi algunos documentales de bandas específicas como Pantera y Metallica. Pero fue el boca a boca el que me llevó a ver por primera vez Metal: A Headbanger’s Journey. Unos amigos que empezaban a tocar la guitarra me preguntaron que si no había visto “El viaje de un metalero”. Dije que no y mi respuesta tuvo un impacto en sus caras. Querían que viera el documental, querían que todo el mundo lo viera. “Está en el Youtú”, agregaron. 

La búsqueda en YouTube lanzó, en primer lugar, los ya omnipresentes videos con subtítulos en portugués: legendado. Después llegué a los subtitulados en español. Estaban separados de forma inconveniente en unas 7 u 8 partes, y la calidad era menor a los 360p. Completamente inaceptable hoy en día. Pero los vi todos y al siguiente día los volví a ver y a la semana. Actualmente veo algunos fragmentos de vez en cuando. Me marcó profundamente. En primer lugar, hablaba del metal, de las figuras que me interesaba seguir y emular. En segundo plano, y no menos importante, el director y antropólogo Sam Dunn se proponía entender lo que representaba ser un metalero. Comprender una cultura, subcultura, agrupación humana o como se quiera llamar. 

Además de los aspectos históricos del metal, Sam Dunn habla de los estereotipos y del pánico moral que este causó en los ochentas. Una parte de esa historia irremediablemente nos lleva a Europa. A Noruega. Y a ese talón de Aquiles en la argumentación que todo metalero tendría contra sus familiares religiosos. En efecto, existieron grupos cuyos miembros realizaron actos vandálicos y que cometieron crímenes de odio. No podemos negarlo. Y eso, cuando uno tiene 13 años, puede ser terreno para una reflexión. 

Tomé una distancia importante con el Black Metal, especialmente después de tener el conocimiento de los sucesos en Noruega, que resumiré para las personas que no estén familiarizadas con la historia: a partir de 1992, los miembros de un grupo pequeño de músicos y allegados a la escena del Black Metal en Noruega iniciaron una serie de incendios a iglesias cristianas antiguas; estos hechos, a pesar de que algunos miembros fueron detenidos, siguieron hasta 1996 debido al efecto Streisand, pues los medios de comunicación amplificaron la nota con un sensacionalismo tal que afirmaron que los incendios eran de inspiración satánica.  

La supuesta inspiración satánica no fue algo nuevo para el metal, que desde sus inicios fue relacionado con el diablo, el paganismo y otra serie de creencias que rayaban en el folclore local de diversos países. No obstante, el organizador de los incendios, el famosísimo Varg Vikernes, ha declarado en Until The Light Takes Us (documental de 2009) y Lords of Chaos (libro de 1997) que su móvil ideológico no era en relación con Satán.  

Vikernes tenía una idea de que el mundo en el que crecía estaba cambiando para mal, y vio en la apertura económica de la globalización y en la tradición cristiana un punto de ataque. En relación al primer punto, esto se parece mucho a la ideología de extrema derecha actual, con la diferencia de que esta, por lo general, es de un cristianismo recalcitrante. 

Jesús María Bedoya, además de ser un gran amigo, es una de las personas más enviciadas por el metal que yo conozca. Organizaba un festival de metal en su natal Costa Rica y enfrentaba al juicio católico local de diferentes formas. De él fue que obtuve claridad sobre un punto importante. Estaba tentado a decir que lo ocurrido en Noruega, y con una vertiente de bandas de Black Metal en la actualidad, era una respuesta al neoliberalismo como forma de ordenar el mundo.  

Para mí, el EZLN, la quema de iglesias en Noruega, y los atentados del 9/11, tienen puntos esenciales en común, como la vuelta a la tradición. Entre estas, sin duda, podemos establecer muchísimas diferencias, pero el zeitgeist de la época estaba marcado por un triunfo de la democracia liberal, la propaganda yankee y las ideas de la globalización como un modelo infalible. Ante este aparente “fin de la historia”, una serie de movimientos reclamaron su derecho a ser diferentes y organizarse a su manera. No necesariamente surgieron sólo de un ala del espectro ideológico. 

Con esto en mente, mi amigo hizo una observación importante, y es que era más correcto hablar de una oposición desde el neoconservadurismo, eso deja fuera a los movimientos armados de izquierda, y seguimos con las derechas. Esto último tampoco debería sorprender, pues a lo largo de la historia del Black han surgido bandas con tintes Neonazis que promueven un mensaje de odio hacia el islam, el cristianismo y el judaísmo. Aunque no estaba abanderado por las ideas nacional socialistas (al menos al inicio), el mensaje primordial de Varg Vikernes era eso. Su pasado vikingo, la gloria de Escandinavia y el supuesto deterioro que les llevó el cristianismo. Apelaba a hombres fuertes, a un carácter duro, relacionado a la región que habitaron años antes de la llegada de otras religiones.  

Ahora, trato de ponerme en los zapatos de un joven que llega a discursos de extrema derecha hoy en día. Sin duda, la impresión de un grupo de metaleros quemando iglesias (por el motivo que sea) será sumamente atractivo y acorde con el espíritu transgresor y confrontativo que tienen los adolescentes. Este aspecto en particular tuvo reacciones inesperadas, desde los jóvenes noruegos que imitaron lo realizado por los miembros del Inner Circle, hasta la reapropiación del espíritu anticristiano a través de otros discursos, como el decolonial, que se puede apreciar en la música de Pan-Amerikan Native Front1 o una reinterpretación de la gloria de tiempos pasados, a cargo de Blackbraid.2 Esto último da cuenta de que, a veces, el impacto de la música en sí misma puede ser mucho más profundo e intangible que el del mensaje que lleva.

En algunos casos, el aspecto satánico sigue siendo teatral, pero la actitud, al menos eurocéntrica, no lo es. Hay una infinidad de bandas de Black Metal con mensajes de odio que continúan teniendo apoyo de una parte importante de la escena, sobre todo la europea, aunque en México ha habido un par de escándalos que a veces provienen más de la parte supuestamente satánica que de los mensajes de racismo y la homofobia (la lógica es más o menos que en México contra lo que sea, pero con la religión NO). 

Como todo subgénero del metal, o simplemente como una expresión musical, el Black Metal es amplio. Se divide en categorías que sólo un obsesivo podría seguir con precisión. Le ha quedado una mancha: la de la relación con el supremacismo blanco, la de la indulgencia con las ideas Nazis y con discursos de odio que se adaptan a diferentes regiones del planeta.  

Por fortuna, siempre habrá un grupo de personas que ponga más atención a la música que a la letra, a la estructura armónica que a los principios ideológicos de las bandas. Hay, como en todo, un grupo dispuesto a darle un nuevo significado a la música que los apasiona, dejando de lado la idolatría de figuras que los medios se dedicaron a engrandecer de forma inconsciente.  


Autores
(Mexicali, 1993) es narrador y docente. Su trabajo aparece en la antología del Primer Certamen de Literatura para Niños "Escribiendo para el Futuro" (2018) y en "Vacunas contra la poesía: antología de relato corto" (2020). Ha colaborado en Cinosargo, Letralia, Bitácora de vuelos y Revista Plástico.
Ilustración realizada por Julissa Montiel
Ilustración realizada por Julissa Montiel

“Resistir”: la palabra se pronuncia hoy en día como parte de un discurso romantizado respecto a la supervivencia. Las otredades cuyo posicionamiento político y social ha logrado agenciar una identidad fuera de los esquemas establecidos por la cultura dominante, son quienes ofrecen un vestigio del significado de este concepto con el que las comunidades y pueblos originarios han existido en la Ciudad de México (CDMX).

Sirva de ejemplo los 12 pueblos indígenas de Milpa Alta, cuya historia es similar a los demás en la capital. De acuerdo con el artículo “Pueblos originarios, formas de comunalidad y resistencia en Milpa Alta” las revueltas y represión marcaron el inicio de la Revolución Mexicana. A raíz de las protestas contra los nuevos impuestos en febrero de 1911, los enfrentamientos con las fuerzas federales comenzaron.

La situación empeoró en 1913, cuando San Pablo Oztotepec, es uno de los 12 pueblos originarios de la alcaldía, fue atacado y quemado por las fuerzas gubernamentales, y continuaron los fusilamientos públicos de supuestos partidarios zapatistas hasta 1914. Para julio de ese mismo año, cuando Oztotepec acogió a los rebeldes y reafirmó el Plan de Ayala. Dos años después, el ejército carrancista atacó. Así, la población migró a otros puntos de la CDMX, Morelos y Guerrero.

Esta migración masiva generó una desarticulación en la estructura productiva de Milpa Alta y otras regiones cercanas, que se prolongó hasta el final de la lucha armada en 1920. La historia de Milpa Alta se vio moldeada por la violencia y la resistencia durante aquellos años tumultuosos de la Revolución Mexicana. 

La existencia es lo que está en juego. Se tiene el registro de 139 pueblos y 58 barrios originarios distribuidos en las 16 alcaldías de la CDMX 1

Las distintas formas de permanencia con las que estas comunidades han perdurado en la actualidad atraviesan desde el territorio que ocupan hasta las lenguas maternas con las que enuncian su existencia. Aunque los pueblos y comunidades indígenas hayan afianzado un lugar en la representación social, aún quedan obstáculos por enfrentar.

Lengua y escolarización: retos de las comunidades indígenas

“Quizás los retos más grandes sean los procesos de escolarización a que se enfrentan las nuevas generaciones de miembros de las comunidades indígenas residentes en la Ciudad de México”, explicó en entrevista Carlos Bravo Vazquez, Director de Pueblos y Barrios Originarios.

Bravo ha observado que en las escuelas de la Secretaría de Educación Pública (SEP), solo se habla, piensa y se convive en español.  Las repercusiones cobran factura en las hijas e hijos de integrantes de comunidades indígenas residentes. Al prescindir de sus lenguas maternas en otros núcleos sociales tampoco se hablan en el hogar.

En la valoración de Bravo se trata de un problema cultural tanto de los integrantes de las propias comunidades indígenas y de la SEP, pues carece de contenidos sobre la diversidad étnica cultural y lingüística de la Ciudad de México en sus programas de estudio.

“El asunto es más complejo que la asignación de recursos financieros” se refirió a la advertencia del Movimiento de Pueblos, Comunidades y Organizaciones Indígenas de la Ciudad de México (MPCOMN), que se ha distinguido por informar sobre la permanencia de las lenguas originarias en el país y la capital.

En febrero de 2023 alertó que al menos la mitad de ellas están en peligro de extinción. El principal motivo es el bajo presupuesto de 64 millones 696 mil 287 pesos que el Instituto Nacional de Lenguas Indígenas (INLI) recibió para  cuidar del desarrollo de esta riqueza lingüística.

Los esfuerzos de preservación culturales y económicos en la CDMX mantienen vivos las lenguas originarias entre las que resaltan Náhuatl, Mazateco, Mixteco y Otomí. Son las que tienen más presencia en la capital, donde hay 125 mil 153 hablantes de lenguas indígenas. A nivel nacional, hay  7 millones 364 mil 645 personas de “tres años y más de edad” que pertenecen a este grupo, de acuerdo al censo elaborado por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) durante 2020.

Una de las iniciativas gestionadas desde la Secretaría de pueblos y barrios originarios para detener la extinción de las lenguas maternas es la serie “Lenguas en resistencia”, en el canal once, que se elaboró a partir de entrevistas a integrantes de estos lugares. Además, en coordinación con el Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas (INPI), se ha realizado la consulta para establecer la Universidad de las Lenguas Indígenas de México, en la alcaldía Milpa Alta. 

Dos sujetos: los pueblos originarios y las comunidades indígenas residentes

Aunque las estadísticas y estudios sobre indigenismo junten a los pueblos y barrios en una categoría, se trata de dos entes distintos en el caso particular de la CDMX. En los primeros, aun cuando se trata de pueblos que en su mayoría descienden de la cultura nahua, “pocos, muy pocos conservan el uso de la lengua náhuatl como medio de comunicación y de construcción de identidades”, enfatizó Bravo.

El lugar donde tiene mayor presencia esta lengua es en el pueblo de Santa Anna Tlacotenco, Milpa Alta, donde los habitantes intentan transmitirla a las nuevas generaciones y otras comunidades. Además juega un gran papel La Academia de la lengua náhuatl, entre otras organizaciones que han conformado los propios pobladores. En este caso se puede hablar de una permanencia autogestionada desde la tradición oral.

En cuanto a las comunidades indígenas residentes en la capital, habría que mencionar distintas características: “En primer lugar que se trata de población que ha migrado de su lugar de origen a la CDMX”. En los territorios que ocupan desempeñan sus actividades económico laborales.  

En la mayoría de los casos, de acuerdo con Bravo, los habitantes son residentes de hasta tercera generación. Significa que nacieron en la ciudad de México y el vínculo que mantienen con sus prácticas y lengua es distinto al que tuvieron sus antepasados.

Los vínculos con la tierra y sus creencias religiosas perduran

Si bien, el tiempo ha cobrado factura en la preservación de las lenguas originarias y la urbanización ha representado una amenaza para los territorios, persisten algunas prácticas que han recuerdan los orígenes de los pueblos indígenas. “En Xochimilco conservan su relación con la tierra y los recursos que les ofrece el medio ambiente, para la práctica de la agricultura”, mencionó Bravo.

En Milpa Alta aún se implementan prácticas agrícolas tradicionales, como la milpa (cultivo de maíz, frijol y calabaza). Este  agroecosistema mesoamericano respeta los ciclos naturales y permite la preservación de la biodiversidad local, lo mismo ocurre con Tlalpan y Tláhuac.

Bravo también explicó que todos los pueblos originarios tienen sus ciclos anuales de festividades religiosas. Tláhuac resalta por sus grandes carnavales; mientras que los de Xochimilco, se caracterizan por las festividades en honor a su Deidad principal: en NiñoPa.

Permanencia desde la identidad cultural

A lo largo de la historia, los pueblos y barrios originarios han permanecido debido a la reproducción de su cultura en las generaciones nuevas de habitantes. Se han adaptado a los cambios en la sociedad mexicana y mantienen sus actividades agropecuarias pese a cohabitar un entorno urbanizado.

Sin embargo, algunos autores como Emiliano Gómez Izaguirre, advierten que romantizar el concepto “resistencia” es también una forma de discriminación, pues se corre el riesgo de minimizar o ignorar los verdaderos desafíos de estas comunidades. De esta forma, se podría pensar en los pueblos indígenas en meros objetos exóticos de admiración, lo que perpetúa estereotipos y actitudes paternalistas hacia ellos, de acuerdo con el texto “Romantizar las resistencias Indígenas también es discriminación”.

El principal peligro de romantizar la resistencia de las comunidades indígenas es la complacencia o la satisfacción con gestos simbólicos; mientras se ignoran las necesidades reales y  se evita brindar un apoyo real y sostenible.

Para Bravo, los pueblos y barrios originarios de la CDMX, han existido y sobrevivido a los impactos del crecimiento urbano: “Reproducen sus ciclos festivos de la religión católica, sus tradiciones y cultura, con ello sus propias formas de organización social, que se encargan precisamente de esa reproducción”, concluyó. 

Los procesos de preservación de cada comunidad también están amparados ante la ley de la CDMX. Uno de los objetivos de estas legislaciones es prevenir los actos discriminatorios en un proceso incluyente dentro de la sociedad mexicana. Los ciudadanos de la capital que hablan una lengua indígena son reconocidos ante la Constitución Política de la Ciudad de México por el artículo 57, de acuerdo con el número ocho de la revista Ciudad Defensora.

El artículo 59 establece que los pueblos y barrios originarios tienen derecho a la libre determinación para definir su condición política y el desarrollo económico, social y cultural. Por último, se menciona que el gobierno de la CDMX debe garantizar el acceso al trabajo, a la salud, educación y representación política.

Fuente de información:

  • Cultural Survival: “Romantizar las resistencias indígenas también es discriminación” (https://www.culturalsurvival.org/news/romantizar-las-resistencias-indigenas-tambien-es-discriminacion)


Autores
Diego Durán nació en la CDMX en 1996. Egresado de la licenciatura en Ciencias de la Comunicación y Periodismo, en la Facultad de Estudios Superiores Aragón (UNAM). Ha colaborado en medios de comunicación periodísticos y culturales como Chilango, Tierra Adentro, Fondo de Cultura Económica, Grupo Expansión e Infobae.
Ilustración realizada por Hilda Ferrer
Ilustración realizada por Hilda Ferrer

Entrelazando caminos: ¿Destejer el patriarcado o preservar la cultura?

Escribo estas líneas a propósito de la conmemoración del Día Internacional de los Pueblos Indígenas con la intención, en especial, de reflexionar sobre las luchas que están haciendo las mujeres indígenas desde sus mundos: los espacios donde habitan, sus miradas críticas, sus posicionamientos políticos, sus utopías y rebeldías. Y lo hago porque justo las mujeres indígenas cada vez más van abonando a generar espacios de dialogo y reflexión sobre las relaciones de poder que también permean en nuestros pueblos indígenas. Entonces, en esta fecha que busca preservar la cultura de los pueblos indígenas, sus formas de organización, sus formas de vida, me pregunto: ¿por qué preservar una cultura indígena que, en sus prácticas cotidianas, existen relaciones de poder donde nos posicionan a las mujeres en desventaja, pues enfrentamos a múltiples violencias y condiciones de desigualdad? A propósito, nos dicen: “que distamos de la realidad comunitaria, porque en nuestros pueblos caminamos parejo y no es real que los hombres sean más que las mujeres. Ellos aseguran y lo han hecho en eventos públicos que en nuestros pueblos hay armonía, que hay complementariedad” (Sánchez, 2005: 51). Pero es una dualidad y una complementariedad jerárquica y patriarcal (Paredes, 2010) que no deja de configurar violencias y desigualdades que, por lo demás, se consideran propias de nuestras culturas indígenas, naturalizándose y justificándose en el cotidiano, haciendo invisible esa estructura patriarcal que violenta el cuerpo de las niñas y las mujeres solo por ser mujeres… Por el simple hecho de ser mujeres mutilan nuestros sueños y entierran nuestros nombres, transformándonos en cadáveres a la deriva: cuerpos pudriéndose en bolsas de basura, en terrenos baldíos, en fosas clandestinas.

Entonces, ¿será necesario seguir preservando esta cultura, las normas comunitarias, las lenguas indígenas, aunque las niñas sigan siendo violadas por sus propios hermanos, padres y tíos, y las mujeres sean asesinadas por sus hijos o esposos? O quizá sea mejor detenernos un momento para no caer en los esencialismos étnicos que romantizan la existencia y la resistencia de los pueblos indígenas, digna sin lugar a duda, pero muchas veces excluida de las relaciones de poder que determinan la vida de todas las personas y comunidades. Con este esencialismo étnico se sigue reproduciendo una cultura donde los entronques patriarcales (Cabnal,2010) operan violentando los Derechos de las mujeres, encasillándonos en espacios domésticos, como espacio obligatorio de labores del hogar, del cuidado de hijas/os, poniéndonos al servicio de los hombres y nombrándonos guardianas de la identidad, preservadoras de la lengua indígena y de la indumentaria de nuestros pueblos.

Hoy es preciso cuestionar las prácticas machistas, las relaciones de poder, las jerarquías en nuestros pueblos, pese a que algunas feministas blancas nos acusan de estar atrapadas en la lucha étnica o se permiten afirmar que lo mejor para nosotras es que nuestras culturas se extingan y podamos integrarnos de lleno y sin restricción a la cultura nacional que, se afirma, es menos sexista (Okín en Cumes, 2014). Muchas estamos cuestionando nuestra cultura para dejar de romantizar a nuestros pueblos indígenas, esto es, dejar de vernos como personas buenas, con cosmovisión y espiritualidad, porque no es así, porque allí existen relaciones de poder que están oprimiendo a las mujeres.

Entonces, me vuelvo a preguntar, ¿será necesario seguir preservando esta cultura? Esta cultura donde yo solo miro a mi madre bordar la tristeza, donde yo solo miro a mis abuelas caminar hacia la soledad hundiendo sus pasos al vacío, donde yo solo veo sus recuerdos flotando en un charco de lodo y sus cuerpos llagados hundiéndose en mi memoria, donde yo solo veo a las mujeres atadas bajo la sombra de la desesperación, mientras sus ojos se desangran.

Sin embargo, cuando escudriñamos en la memoria de los pueblos y en las apuestas de transformación de sus mujeres en búsqueda de respuestas somos invitadas a retomar con fuerza las luchas de las abuelas y ancestras, pues ellas lucharon contra el colonialismo, epistemicidio, y el olvido de los pueblos. Somos invitadas, en suma, a ir más allá, tocar la llaga, verla sangrar, buscar una cura o, en dado caso, comenzar a suturar con el hilo de la esperanza. De este modo, pese a su aparente paradoja, debemos reconocer que las mujeres indígenas históricamente hemos luchado por nosotras y por nuestras comunidades exigiendo, al mismo tiempo, transformaciones profundas en nuestros pueblos. El ejemplo paradigmático es el de las mujeres indígenas zapatistas, quienes alzaron la voz en medio de una lucha compleja en ese México racista que aún pervive para demandar la autonomía de los pueblos y, también, cambios profundos en la vida comunitaria a través de su Ley Revolucionaria, que le dice no a los matrimonios forzados, y sí a la maternidad elegida, a la participación efectiva en cargos de elección popular, al derecho a la educación, entre otras. Otro ejemplo es el movimiento de las mujeres feministas comunitarias de Bolivia, donde se adscriben muchas mujeres indígenas Aymaras, que viene haciendo un análisis interseccional de la clase, el género y la raza, con el ánimo de construir herramientas políticas que les permita comprender su subordinación específica ante una despatriarcalización (Guzmán, 2021; Galindo, 2021) de sus territorios y rebelarse ante las tramas que lo componen.

Reconocer estas luchas de diversas mujeres indígenas quienes han venido abriendo camino, analizan y reflexionan sus propias historias y la de sus abuelas y sus ancestras, quienes reconocen las múltiples violencias que vivimos por parte de los propios compañeros indígenas, es fundamental en la tarea de no sólo pensar lo otro, lo externo, sino el sí mismo, lo interno: nuestros entornos, nuestras familias, nuestras comunidades, como afirma Galindo (2021), para lograr una despatriarcalización tenemos que transformar, “la comida, la tierra, el trabajo, la salud y el sexo… la lucha que se busca no es solo un proyecto de Derechos para las mujeres, sino un proyecto de transformación social” (p. 53). No obstante, cuestionarnos todo esto, muchas veces implica renunciar a nuestros privilegios y comodidades. Posicionarse políticamente desde el feminismo, y desde la crítica genera tensión al interior de nuestras comunidades y espacios organizados, pues existen narrativas en donde nos posicionan como mujeres blanqueadas, occidentalizadas, amestizadas, lo que provoca una deslegitimación de nuestra voz al interior de los movimientos. Como consecuencia, nos anulan, expulsan y amenazan de muerte. Tal es el caso de Lorena Cabnal, maya xinka feminista de Guatemala, quien fue desterrada de su pueblo por iniciar una lucha para frenar los abusos sexuales en su comunidad. Esta situación parece llegar a su colmo cuando, como en mi caso, nos posicionamos como mujeres indígenas feministas lo cual, para muchas miradas, es un oxímoron porque tu identidad cultural no se puede articular a tu identidad política: o eres indígena o eres feminista (Sibai, 2018). Algo similar acontece en la cultura náhuatl, tal como lo afirma la académica náhuatl feminista Kostik, cuando dice que muchas tenemos miedo a nombrarnos feministas porque para las autoridades podría ser una amenaza, por eso muchas no hablamos del feminismo, porque siempre hay un miedo a ser descalificadas, porque estamos mal, porque en nuestras “epistemología originaria no existen términos como género, feminismo, patriarcado, desigualdad, empoderamiento, entre otros; sin embargo, en el imaginario se encuentra muy bien definidos y normados” (Sebastián, 2019 :96).

En consecuencia, posicionarse como feminista siendo una mujer indígena es un proceso delicado, que requiere de mucha fuerza, puesto que tiene costos emocionales, familiares y comunitarios. Por ejemplo, mi experiencia al igual que la de otras compañeras se enmarca, hoy por hoy, en una estigmatización del ser feminista, pues hay argumentos en el que apuntan que ser feminista es “no tolerar a los hombres o ser lesbiana” (Sánchez, 2005:47). Y es que es cuestionar tu cultura, las prácticas del pueblo, es ir contra corriente. Cuando vamos contra corriente asumiendo los costos de tal rebeldía, una llega a pensar que es la única en ese camino, pero en el trayecto nos damos cuenta de que no y es cuando reconocemos la importancia de tejer redes con otras mujeres. Es así, que cuando otras compañeras acuerpan tu lucha y tus lutos, el camino se vuelve alentador. En ese sentido, “nosotras vamos retomando todo lo que nutre nuestra lucha, y vamos dando a las otras mujeres todo lo que pudiera nutrir su propia lucha, en algunos momentos nos unimos en voces, eventos y exigencias a quienes corresponde en este país o fuera de él, pero con nuestra propia estrategia para seguir luchando adentro de las comunidades y organizaciones por hacer de nuestra lucha” (Sánchez, 2015:50). Las alianzas se vuelve una estrategia para fortalecer las luchas de nosotras las mujeres indígenas y más cuando es sabido que, muchas veces, nos tachan de radicales al unirnos a los movimientos feministas, al hacer alianzas, al nombrarnos feministas.

Hemos escuchado decir que el machismo en nuestros pueblos no existe, que es un invento de los otros, pero es este sistema que nuevamente no nos suelta, que no nos deja ver más allá, que nosotras mismas normalizamos porque este sistema nos ha hecho creer que esto es así, por eso, será necesario hacer una pausa, cuestionarnos, reflexionar nuestro entorno, reconociendo que las luchas de mujeres indígenas son históricas, se dan por y en la comunidad, y por ello hay costos como la estigmatización o la expulsión, pero también alianzas, todo ello guiado por la fuerza de las abuelas y ancestras. Entonces, en esta fecha que busca preservar la cultura de los pueblos indígenas, sus formas de organización, sus formas de vida, respondo a mi pregunta: para preservar la cultura es preciso romper con las tramas esencialistas y patriarcales que sostienen la verticalidad de las relaciones de poder al interior de nuestras comunidades.


Autores
Poeta, traductora maya tsotsil de San Juan Chamula, Chiapas, 1995. Licenciada en Lengua y Cultura por la Universidad Intercultural de Chiapas 2013-2017. Cursó la Maestría en Estudios E Intervención Feministas en el Centro de Estudios Superiores de México y Centroamérica, UNICACH-CESMECA, 2019-2021. Asistió al Programa de Escritura Creativa del Programa Internacional de Escritura de la Universidad de Iowa E.U, en 2021. Premio Estatal de la juventud 2021 en la categoría Fortalecimiento a la Cultura Indígena.

Ilustrador
Hilda Ferrer
Jarocha de nacimiento pero residente en CDMX, diseñadora de profesión, ilustradora de corazón, apasionada por los cómics y las caricaturas. Llevo casi 10 años generando gráfica y conectando con personas a través de ella. Me inspira muchísimo el cómic autobiográfico, me parece maravilloso, gratificante y motivador. Se ha vuelto una forma de terapia ocupacional muy importante en la vida, donde espejeo mi existencia con la de la otredad. El año pasado escribí, ilustré y auto publiqué mi primer comic llamado “Las trampas del ego”, actualmente trabajo en los siguientes tomos. Siempre he pensado que la vida es una aventura donde tú eliges que escenario quieres ver, que sensaciones quieres sentir y que papel quieres protagonizar. Creo firmemente que el viaje es el destino y hay que transitarlo con amor y coraje.
Foto: Cortesía del artista y kurimanzutto, Ciudad de México / Nueva York
Foto: Cortesía del artista y kurimanzutto, Ciudad de México / Nueva York

Para Gabriel Weisz

Revisar la trayectoria de Gabriel Kuri (Ciudad de México, 1970) implica adentrarnos en las tramas, temas y obsesiones de un pensador de la materia. Una exposición individual en el Museo Jumex inaugurada este año consolida a Gabriel como uno de los actores decisivos para el surgimiento de los neo-conceptualismos en México. Si bien el artista radica principalmente en Bruselas desde hace veinte años, la distancia geográfica no ha hecho que su obra resulte extraña a su país de origen. Pronóstico no solo es una afortunada bienvenida a la tierra natal que resalta la vigencia de su propuesta, sino también una valiosa oportunidad de apreciar su obra para quienes seguimos su carrera desde México. Creador de múltiples facetas, la crítica lo ha nombrado un “archivista material”1, un “humorista”2, un “economista aficionado”3 pero también uno “clandestino”4, así como un “excavador de la contemporaneidad”5. A través de la escultura, la instalación, el ensamblaje, el collage, el libro objeto y la fotografía, Gabriel Kuri concibe una práctica del arte como una filosofía de vida y también como un vasto e intrincado sistema de ideas.

Vista de sala Pronóstico (2023). Cortesía del artista y kurimanzutto, Ciudad de México _ Nueva York
Vista de sala de Pronóstico (2023). Cortesía del artista y kurimanzutto, Ciudad de México / Nueva York

En las vísperas de enviar la invitación para escribir sobre su trabajo, Julia Villaseñor, directora de comunicación de la galería kurimanzutto, mediaba mi comunicación con el artista. Días antes de la llegada de Gabriel a México y tras cordialmente acceder a contribuir a los fines de mi investigación, Julia y yo acordamos la fecha para la primera entrevista. En aquel lapso de mails y mensajes de texto intermitentes, intuí una señal para comprender la poética de Gabriel, en ese imaginario inconfundible de emails y tickets de compra en aeropuertos. Al mencionar en WhatsApp la fecha prevista para la inauguración de la exposición en el Museo Jumex, Julia escribió: “agosto +/-”. De mi incomprensión al asumir que +/- era el nombre de la muestra surge el título de este reportaje.

Me he dado licencia de contar anécdotas extraoficiales para apuntar el cariz autobiográfico que permea la obra de Gabriel6. “Yo nunca hablo más que en primera persona”, aseguró con agudeza aforística durante nuestro primer encuentro en kurimanzutto, una tarde cálida de febrero7. Aquella nota personal es uno de los primeros marcos de interpretación que tenemos para aproximarnos a su obra. A la manera del escritor francés Phillip Lopate, quien afirma: “deseo referir el modo en que el mundo se presenta ante mí porque creo que es un indicio de cómo se presenta ante los demás”8, el escultor mexicano de origen libanés se inclina en varias ocasiones por la bitácora personal. Es un modelo de enunciación que viene de siglos atrás. Su fundador, Michel de Montaigne. En la invitación dirigida al lector en su primer libro de essais, Montaigne proclama: “Quiero que aquí se me vea en mi forma de ser sencilla, natural y cotidiana, sin afectación ni artificio: porque es a mí mismo a quien pinto”9.

Sin título (Carreta), 1998
Untitled (Wheelbarrow 1), 1999, second hand wheelbarrow, popcorn, 55 x 140 × 66 cm. Cortesía del artista y kurimanzutto, Ciudad de México / Nueva York

Las enunciaciones en primera persona de Kuri se pueden comprobar desde la exposición Plan de san Lunes (1999)10. Destaca Sin título [Doy fe] (1999), reproducción hiperrealista de un trozo oblongo de chicharrón con una inscripción textual conservado en una vitrina (Gabriel la define como un “origen” en su producción11). Exhibida un año después de su regreso a México tras un periodo de catálisis en Goldsmiths College (Londres), Doy fe manifiesta, desde su título, una declaración de principios, un contrato con el espectador. La referencia local/nacional (el chicharrón) se torna ubicua al diluir la dinámica del mercado popular mexicano en las aguas del mercado del arte global. Cuauhtémoc Medina define con precisión este fenómeno como la “inserción deslocalizada del artista global de los 90, situada en un diálogo más o menos explícito con las raíces del arte contemporáneo”12. La influencia del minimalismo inglés13, del posestructuralismo, y acaso también del temperamento britano, repercuten en la tesitura de estos planteamientos tempranos desde un gesto decididamente conceptual que anticipa temas que prevalecerán a lo largo de los años: el trabajo, su calendarización y burocratización; el ennui, el ocio y el juego; el accidente y el azar, así como la relación entre objeto, palabra e imagen.

Sin título (Doy fe) ,1998
Untitled (Doy fe),1998, cast fiberglass, enamel painted, steel, glass vitrine and lightbulb 140 x 140 x 100 cm (55.12 x 55.12 x 39.37 inches). Cortesía del artista y kurimanzutto, Ciudad de México / Nueva York

Uno de los trabajos más reconocibles de Plan de San Lunes es Árbol con chicles (1999), fotografía del tronco de un árbol junto a una parada de camión en la Ciudad de México cuya corteza fue invadida por los centenares de chicles mascados que los pasajeros adhieren mientras esperan para abordar, como un fiel testimonio de la inacción. En ese sentido, la afinidad creativa con Gabriel Orozco deja una huella digna de mención. La dinámica de trabajo de reflexión grupal enraizada en la amistad se afianzó durante las sesiones semanales del legendario “Taller de los Viernes” (1987-1991), donde varios artistas de la misma generación se reunían en el taller de Orozco, teniendo como único fin inventar nuevas formas de hacer arte. Kuri ha definido Árbol con chicles como un “ejercicio plástico colectivo”14. Esta descentralización radical de la escultura, practicada como acontecimiento social y gesto anónimo posee puntos de contacto con algunos trabajos de Orozco. Pienso en Home Run (1993), donde varias naranjas fueron colocadas por los vecinos en las repisas interiores de las ventanas de edificios aledaños al MOMA15. Ambos casos resultan paradigmáticos al significar puntos de quiebre en el lenguaje del arte mexicano en los noventa.

Árbol con chicles, 1999
Tree with Chewing Gum, 1999, Digital print, 130 x 87 cm. Cortesía del artista y kurimanzutto, Ciudad de México / Nueva York

Gabriel Kuri ensaya con la solidez de los objetos y la densidad de la materia16. Cada planteamiento escultórico abre la pauta para accionar estrategias comunes al ensayo en tanto género literario; la yuxtaposición de materiales nos invita a meditar sobre las infinitas relaciones de significado generadas a partir de la combinación precisa de signos y objetos. Ideas materiales que detonan ideas mentales, y viceversa. Cada escultura formula una hipótesis que no está destinada a su comprobación; por el contrario, se instala en la inestabilidad. Su obra plástica no asevera: especula. De tal manera, el artista pondera en metal, plástico, acero inoxidable, aluminio o papel, el peso de las cosas y de los hechos.

Self-Portrait as a Contention and Flow Chart, 2009
Self-Portrait as a Contention and Flow Chart, 2009, weatherproof role, two plastic bottles, string, undisclosed liquid,110 × 120 × 45 cm. Photo: © Serge Hasenböhler. Cortesía del artista

Como si el yo y sus actos de habla fueran sopesados en la balanza, Kuri altera las convenciones del autorretrato. A partir del año 2009 al 2014, desarrolló una serie de autorretratos que en conjunto forman “una familia de trabajos en sucesivas permutaciones”17. En Self-Portrait as a Contention and Flow Chart (2009) un pliegue de tela aislante con un ligero doblez en la esquina inferior derecha es demarcado en sus límites por una botella y una bolsa de plástico amarradas de cada extremo; ambas contienen un líquido de procedencia misteriosa. La representación del yo se sintetiza en un diagrama que, en vez de cerrarlocomo una entidad finita, sugiere ambivalencia identitaria. Es un yo sujeto a un ciclo de consumo y desecho; pero también una “declaración didáctica” a partir de la representación visual de los flujos de información18.

The Recurrence of the Sublime, 2004
The Recurrence of the Sublime, 2003, Bowl, 3 avocados wrapped in newspaper from the day of the Moon Landing July 21, 1969. 20 cm x 14 cm. Edition of 3. Cortesía del artista y kurimanzutto, Ciudad de México / Nueva York

Untitled (The Guardian), 2003
Untitled (The Guardian), 2003, adhesive labels (peeled off fruit and other perishables and products, on newspaper, 41 x 60 cm (16.14 x 23.62 inches). Cortesía del artista y kurimanzutto, Ciudad de México / Nueva York 

La voz en primera persona responde a una función testimonial; no es una enunciación fuera de la historia sino que participa dentro de ella. Algunos de los trabajos de Gabriel emplean papel periódico como materia prima para denotar marcas temporales o indexar su paso por el mundo. Por mencionar ejemplos: La recurrencia de lo sublime (2004),escultura efímera o naturaleza muerta de tres aguacates envueltos en papel periódico datado del 21 de julio 1969, fecha en la que Neil Armstrong pisó la luna; Sin título (The Guardian) [2003], collage de etiquetas adheribles de frutas y verduras sobre una página de periódico inglés; por último, Diario (1997), donde el volanteo diario del repartidor de periódicos y la ceremonia cíclico de desayunar detonan cajas de cereal alteradas. En Untitled Sandbox (2008) la legibilidad del periódico se obstruye al cubrirse de arena para gatos; la opacidad y ocultamiento de los datos nos invitan a “buscar la elocuencia en el dato oculto, el que apenas se deja ver, o en el espacio entre los datos (lo que no decimos, lo que queda entre líneas)”19. La ilegibilidad de información se explicita en Untitled (Pressed for Choice) [2009]: un catálogo de ventas prensado por dos bloques de mármol, haciendo imposible adivinar su contenido y revelando tan solo los post-its en las orillas de las páginas.

Extra, 1997
Extra, 1997, 6 altered boxes of Extra cereal 24.5 x 19.5 x 4.7 cm (9.65 x 7.68 x 1.85 inches). Cortesía del artista y kurimanzutto, Ciudad de México / Nueva York

Untitled Sandbox, 2008
Untitled Sandbox, 2008, Card box, newspaper from July 1969, kitty litter 6 × 43 × 62 cm, approx. Colección Isabel y Agustín Coppel. Cortesía del artista

Untitled (Press for Choice), 2019
Untitled (Pressed for Choice), 2009, marble, sales catalog, post it notes, 163 x 44 x 8 cm. Photo: Kristien Daems. Cortesía del artista

En su búsqueda de conocimiento a partir de la percepción, el artista recurre a diagramas, estructuras y métodos de medición y ordenamiento para sus ideas a través de una exploración consciente de la ergonomía, es decir, de cómo interactúan los humanos y cómo se comportan en un espacio determinado. Estas formas de esquematización que transforman al yo en dígitos, líneas geométricas y símbolos apuntan siempre al propio cuerpo. Al preguntarle sobre la presencia del cuerpo en su obra, Gabriel reconoce ciertos rastros sobre las superficies de las esculturas: huellas de aquello que pudo cargar o amarrar contra el muro20. Más aún: nuestro cuerpo se involucra enérgicamente al inspeccionar con la mirada la obra y nos sacude de nuestra pasividad al inducirnos a comprobar dónde estriba (por recurrir a terminología sísmica) el epicentro del acontecimiento escultórico, la falla intencional dentro del sistema esbozado21. Lo experimentamos en Untitled (Extra Safe) [2011],  estructura metálica que pone a prueba la resistencia de un preservativo inflado a punto de estallar, liberándose de su fatal caducidad.

Model for a Victory Parade, 2008
Model for a Victory Parade, 2008, conveyor belt, aluminum can, Perspex, 37 ½ × 22 ½ × 961 ½ ni. (95.3 × 57 x 245 cm). Cortesía del artista y kurimanzutto, Ciudad de México / Nueva York

Model for a Victory Parade, 2008
Model for a Victory Parade, 2008, conveyor belt, aluminum can, Perspex, 37 ½ × 22 ½ × 961 ½ ni. (95.3 × 57 x 245 cm). Cortesía del artista y kurimanzutto, Ciudad de México / Nueva York

Metonimia de un cuerpo consumidor, Model for a Victory Parade (2008) se compone de una banda transportadora industrial protegida por una lámina de plexiglás y, en un extremo, una lata vacía de una bebida energética en permanente movimiento. Al rotar sin cesar, la lata, en su inagotable esfuerzo maquínico, remite al mito de Sísifo22. Model For a Victory Parade apunta al desgaste de energía y sirve de alegoría sobre un consumo que muchas veces nos esclaviza. Para Nelson Goodman, un modelo es “algo para ser admirado o emulado, un patrón, un ejemplo, un tipo, un prototipo, una muestra, un modelo a escala, una descripción matemática”23. Gabriel, desde luego, ironiza a partir de esta noción. La idea para su “modelo” surgió de un antiguo friso no identificado que vio durante un viaje a Egipto, el cual conmemoraba la victoria de una contienda. ¿Cómo imaginar un desfile celebratorio en nuestra época sino desde la basura que estos producen? Al acentuar la importancia capital que juega nuestra percepción al ver una obra, Gabriel Kuri articula una fenomenología de los objetos de uso común: es una escultura de la experiencia.

Quick Standards, 2005
Quick Standards, 2005, Set of 4 emergency blanket taped on wooden sticks 270 cm H x variable W each. Cortesía del artista y kurimanzutto, Ciudad de México / Nueva York

La obra de Gabriel es un universo en sí mismo, contenido y organizado a partir de la observación empírica de la realidad y el espacio público recorrido durante su travesía como artista-viajero por el globo. Su nomadismo y espíritu trashumante moldean un vocabulario que erige un work-in-progress conformado por el detrito del flujo de mercancías del mundo globalizado, apropiado y re-contextualizado como artefactos de enorme carga simbólica e histórica. Con una contundente austeridad, su praxis escultórica consigue enunciar accionamientos políticos: en Quick Standards (2006), uno de sus gestos más radicales, Kuri plantea el problema y la solución de materiales en apariencia irreconciliables. Dos palos de madera sostienen, adherida con cinta y en precario balance, una sábana térmica de emergencia aluminizada. Escultura suave que nunca repite una forma idéntica, sugiere la anulación de todo intento de posicionamiento nacionalista. Opta, en cambio, por una declaración térmico-política.

Punctuation Matrix, 2015
Punctuation Matrix, 2015, 4 printed plywood tables on aluminum sawhorses, with miscellaneous objects atop 81.6 x 980.8 x 101.5 cm (32.13 x 386.14 x 39.96 in.). Cortesía del artista y kurimanzutto, Ciudad de México / Nueva York

Point, 2012
Point, 2012, volcanic rock and 2 spotlights,  83 x 62 x 53 cm (32.68 x 24.41 x 20.87 inches). Cortesía del artista y kurimanzutto, Ciudad de México / Nueva York

Untitled (Frequency Chart), 2019
Untitled (Frequency Chart), 2019, coins and extinguished cigarette buts in slotted felt board, 102 x 68 x 6 cm. Photo Kristien Daems. Cortesía del artista

Una ambiciosa apuesta lingüística atraviesa este cuerpo de obra. Sus títulos, a veces juegos de palabras intraducibles como With personal thanks to their contractual thingness (“con agradecimientos personales a su cosidad contractual”), proveniente de su gran exposición individual en el Aspen Art Museum (2015), parecen herederos de la gramática de la poesía modernista, remitiendo sobre todo al estilo de Gertrude Stein, escritora que manipuló el lenguaje como un sistema objetual, para quien “las palabras también son cosas y las cosas son susceptibles de estallar con fuerza y estrépito”24. Si las vanguardias suponen una fractura dentro de la sintaxis poética (una revolución, diría Kristeva), la especificidad de la sintaxis modernista recae en su “velocidad”25. Sin duda, existe una anudada correspondencia semántica entre el título y las cosas referidas. En la instalación Punctuation Matrix (2015), una mesa exhibe un laboratorio de objetos misceláneos, orgánicos e industriales: desde una montaña de plástico para acuarios a un chip de celular agrandado en escala. Los materiales se conjugan en “una larga oración” donde se puede percibir un “flujo, ritmo, densidad y pausa”26. Así, cada exposición es un largo enunciado y cada pieza un sintagma. En Point (2012), una piedra volcánica bañada por luz púrpura y rosa pende del muro a unos metros de altura, consiguiendo hacer de la materia pesada algo terriblemente ligero y flotante, como una caligrafía suspendida en el aire. Por su parte, en Untitled (Frequency Chart) [2019] monedas y colillas de cigarros componen una infinita sucesión de puntos suspensivos sobre un tablero de oficina.

Pronóstico, 2023
Forecast (2023), luminous signs, plastic bag with clear liquid and mixed media Installed: 500 x 1000 cm (196.85 x 393.7 in.) Cortesía del artista y kurimanzutto, Ciudad de México / Nueva York

Point (2012) sirve como prólogo al recorrido de Pronóstico (2023), primera revisión de largo aliento de la obra de Kuri en nuestro país, curada por Kit Hammonds en el Museo Jumex. Renuente a ser encasillada como una retrospectiva, la selección se guía por tres ejes rectores: lenguaje, objeto y proceso. En conjunto, nos invita a leer trabajos representativos de los últimos quince años como una agrupación de modelos predictivos y formas de proyección hacia el futuro, partiendo de la opacidad del mundo y sus signos, en este caso de los logotipos de la industria bancaria. A fin de replegar las capas de lectura, meditaciones elaboradas por el artista funcionan como notas al pie, haciendo glosa de temas como la economía conductual, el empirismo según David Hume y las connotaciones sociales de los materiales seleccionados.

Untitled, 2021
Untitled, 2021, Hand woven wool gobelin, left part size: 240 x 110 cm (94.49 x 43.31 in.) Right part size: 290 x 160 cm (114.17 x 62.99 in.) Cortesía del artista y kurimanzutto, Ciudad de México / Nueva York

Untitled Chart (Wall 2), 2016
Untitled Chart (Wall 2), 2016, walking sticks, ruler, variable dimensions. Cortesía del artista y kurimanzutto, Ciudad de México / Nueva York

Sin una cronología establecida, asumiendo el espacio de exhibición como el terreno adecuado para instaurar un sugerente juego de relaciones (cada pieza opera como un peón sobre un tablero de ajedrez27), Pronóstico retoma trabajos emblemáticos como la serie de gobelinos de lana que desde el año 2003 Gabriel produce en talleres artesanales de Jalisco, inspirándose en el reajuste de su situación fiscal tras su desplazamiento a Bélgica. Se trata de un conjunto de tapices que maximiza los tickets de compra de momentos en apariencia decisivos. En un ejercicio de autorreferencialidad, Untitled (2021) sería una suerte de culminación en dicha serie al monumentalizar el recibo del lavado en seco de ese mismo tapiz28. Más adelante, Kuri emplea materiales industriales para repensar la escultura como prototipo. Untitled Chart (Wall 2) [2016] se conforma de una secuencia de seis bastones de procedencia china reclinados y ordenados por tamaño (indicado por la gama cromática de sus etiquetas), en un ritmo interrumpido por una regla curva de corte de madera. Mostrada por primera vez en México, este trabajo subraya el impulso taxonómico de Kuri, estableciendo asociaciones entre el lenguaje administrativo y la actividad escultórica: apilar, agrupar, esparcir, clasificar, etcétera.

Untitled (Extra safe), 2011
Untitled (Extra safe), 2011, Painted metal, reconstituted skip, inflated condom. Cortesía del artista 

Al juntar dos elementos dispares y por la extrañeza que su combinatoria despierta, la obra de Gabriel Kuri ha sido vinculada con el surrealismo, particularmente con Marcel Duchamp29 y con la etapa surrealista de Luis Buñuel30. A su vez, por su discreto cultivo de lo absurdo, una figura del arte europeo que le deja una gran lección es Marcel Broodthaers (1924-1976). Podríamos interpretar Box for sort (2017) como guiño o alusión intertextual al artista belga, quien saturaba mueblería blanca con cáscaras de huevo. Un cubo de acero inoxidable con una abertura circular (mobiliario estandarizado y común en restaurantes de autoservicio) alberga en su concavidad huevos blancos de plástico; sobre la fría superficie antimicrobial, once huevos rojos acomodados al azar casi a punto de caer. La tensión que este ensamblaje nos despierta estriba al contemplar la paradójica gravidez de sus elementos: que se sostengan no se debe a otra cosa que a una extraña maniobra de funambulismo.

Box for Sort, 2017
Box for Sort, 2017, stainless steel, plastic, 54.3 x 50 x 50 cm. Foto: Robert Glowacki. Cortesía del artista y Sadie Coles HQ, Londres

All Probability Resolves Into Form, 2014
All Probability Resolves Into Form (2014). Cortesía del artista

En cuenta, 2006
En cuenta (2006). Cortesía del artista

Podemos descubrir la obra de Gabriel a través de varias publicaciones cuya cuidadosa edición compendia más de dos décadas de trabajo. Quizá su faceta como editor y librero sea un lado poco comentado por la crítica. A finales de los noventa co-editó el fanzine Casper: Revista de título mutable (1998-1999) y, desde entonces, ha colaborado en Editorial Alias y publicado seis libros de artista de tiraje limitado31. Entre ellos destaca En cuenta (2006, ed. Imschoot), diario en imágenes que registra los residuos de cada platillo comido por el artista a lo largo de seis meses, una “copia en negativo de una acción escultórica prolongada en el tiempo”32. All Probability Resolves Into Form (2014, ed. The Common Guild; Mousse Publishing) integra una colección de fotografías de prensa de centros de votación y albergues de emergencia alrededor del mundo, haciendo énfasis en el continuum globalizado que perfila su sensibilidad. En esa indeterminación geográfica, en el idioma compartido de los espacios de tránsito de nuestra era capitalista y transaccional, la obra de Gabriel Kuri nos desconcierta e interpela, consiguiendo trastocar nuestra percepción de lo cotidiano y ampliando nuestro entendimiento de la realidad.

cdmx, febrero – agosto, 2023

Column, 2009
Gabriel Kuri con Column, 2009-2010, collected receipts, concrete, metal rod, 550 cm x 40 cm. Photo: Ivo Corrá. Cortesía del artista


Autores
(Ciudad de México, 1993) es narrador y ensayista. Maestro en Letras Españolas por la UNAM, es autor de Emerson en Tijuana (Máquina de Aplausos, 2019) y La mítika mákina de karaoke (FCE, 2022). Sus textos se han publicado en Letras Libres, Tierra Adentro y Nexos. Ha colaborado en Montez Press Radio, House of Vans y Dover Street Market París. Ha sido beneficiario del Sistema de Apoyos a la Creación y Proyectos Culturales en el área de Ensayo Creativo (2023-2024).
Ilustración realizada por Mildreth Reyes
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

Sluch sts’ibaik k’opetik ti tsebetike, 
ti k’opetike te snka’ sba manchuk me x-ech’ ti abile, 
oy te xlajik ta sik. 
Ti tsebetike slok’taik ti k’opetike 
te xcha’kux tal yo’ntonik ta sakubel osil. 

Niñas escriben palabras 
pero las palabras duermen en los años, 
algunas fallecen de frío. 
Pero las niñas dibujan palabras 
que despiertan con el amanecer. 

Ruperta Bautista  

Sts’umbal ch’ulelaletik / Descendencia de espíritus 

I1

Cuando Itzamná enseñó el lenguaje a los pueblos mayas hizo poética: una medida exacta para versificar la existencia. Le dio nombre a las cosas: plantas, animales, oficios, afectos, personas, rituales, creencias y fuerzas anímicas. Nada quedó sin designación. Nombró hetsmek’ y el ritual apareció para proteger el aliento sagrado, la memoria y el buen corazón del recién nacido. Una sola palabra que desprende una acción profunda: fortalecer el ik’ (aliento), el ool (voluntad/corazón) y el pixan (alma) de quien ha llegado a la vida, alguien que adoptará las enunciaciones de su estirpe.  

Entre los tseltales de Chanal se dice sk’anel skuxlejal (pedir la vida), y la madre y el padre saben lo que implica: la búsqueda de un jpik k’abil (pulsador de mano), para que haga una limpia del cuerpo con hierbas medicinales al recién nacido. El ritual simboliza la fuerza transferida al ch’ulel (alma-aliento-lenguaje-consciencia) que lo acompañará hasta la muerte. En el pueblo tseltal de Oxchuc se hace algo similar, cuyo nombre es sbejtijib alal (oración de nacimiento al bebé). 

Itzamná sabía que nombrar moviliza. Lo supo miles de años antes de que fuera escrito en el libro Cómo hacer cosas con palabras de John L. Austin, donde señala que “un dicho produce un efecto”, al que llamó fuerza perlocutiva. Siempre que se rinde culto a los ajawetik se moviliza algo.  Pero lo que se nombra no es posterior a las cosas. Éste supone que todo lo que se enuncia en realidad ya existe. Itzamná lo sabía, pues primero surgió el mundo-vida, luego el nombre. Las cosas preceden al lenguaje y su poética, es decir, a “la composición del verso”. No es pretencioso decir que la poiesis, todo proceso creativo, iniciara con Itzamná, cuando menos si se piensa desde los marcos culturales de las lenguas y culturas que nacen del maya. Infiero que en toda civilización milenaria existe un ser que dio origen a las cosas.  

II

En las lenguas mayenses toda metáfora se somatiza en el cuerpo, se corporiza. Nunca un sentimiento ni emoción está desvinculado de quien lo siente. Decir “dolor” no es algo abstracto ni mucho menos un concepto desposeído de sensación. El k’ux o’tanil es el “dolor del corazón”, que no es meramente un malestar físico, sino anímico, sensorial y afectivo que punza por la pérdida, el desasosiego, la desdicha y muerte. El dolor tiene un lugar: el corazón. De allí que el sentimiento siempre está vinculado a él, incluso cuando se expresa su cura, si no se enuncia hay algo vacío o faltante en la oración. “Ya sch’ij ta sikil k’inal te poxil k’ux o’tanile (la planta que cura dolor de corazón crece en tierra fría).  

Entre los tsotsiles de San Juan Chamula, la “tristeza” como concepto y traducción occidental al castellano, no existe. Esto no quiere decir que no se sienta, pero la poética de su sentido se halla en la acción. Cuando alguien dice xkat ko’on (estoy contando mi corazón), es el corazón el que habla. La boca, la palabra, se disponen a él. Ese contar es la revelación del estado emocional de la persona. Algo parecido sucede entre los tseltales, cuando alguien dice ya jmel ko’tan, (mi corazón se divide), alude a que alguien se encuentra entre dos o más estados emocionales que lo desequilibran y lo confunden, que alude a la tristeza, preocupación o angustia si se busca una traducción al español. Esa división de corazón es tan vívida que muchas veces la persona que la sufre se debate entre la vida y la muerte, al no saber cómo actuar.  

Es posible que Itzamná predispusiera la ambivalencia de los vocablos, para dejar abierto un modo de significación distinto, irreductible a las palabras: lo que no puede ser traducido y que, sin embargo, trastoca el ser. Esa indeterminación es también una poética, tan inefable como el adjetivo mismo, que permite la posibilidad de un significado, a partir de las circunstancias y la sensorialidad del cuerpo que encarna el sentido. Es una Obra abierta, como dijo Umberto Eco, tan solo unos miles de años después.  

La poética no es en sí misma una metáfora, es decir, una correspondencia entre pensamiento y su representación. La metáfora siempre está situada en el lugar en que se enuncia. Muchas veces creemos que algo es una metáfora por el sentido que le damos a partir de la traducción, cuando en realidad, entre sus hablantes, es una enunciación cotidiana. No es fortuito que ciertas palabras no encuentren una traducción, como sucede con el término saudade en portugués y, sin embargo, se traduce como añoranza y nostalgia. Quizá la saudade entre sus hablantes sea algo intraducible y, sin embargo, vivo.  

En la lengua tseltal sucede algo similar. Cuando alguien dice be toyiw (camino de la helada), generalmente se toma de modo literal y se significa como una figura retórica al pensarse que la helada tiene un camino, pero esta enunciación se traduce como Vía láctea. Sin embargo, alude a los movimientos del frío a través de la lectura de los planetas. Esto es poética, pero no metáfora, porque su sentido está definido y socializado entre sus hablantes.  

Las poéticas son híbridas y heterogéneas. Eso permite la aparición de neologismos, la construcción de nuevos significados para nombrar las cosas. Incluso que en la traducción se construyan metáforas.  

III

Toda lengua es poiesis, un ejemplo de ello es en tseltal, que devela la creatividad que compone los significados de ciertas nominaciones: k’in ja’al (fiesta de la lluvia), llovizna. Sakubel k’inal (lucero de la mañana), amanecer. P’ijil o’tanil (corazón sabio), conocimiento. T’ojob (gotas sucias acumuladas en los techos de lámina de la casa y que caen en la mañana por el calor del sol), agua de lluvia. Ts’ujul (los restos de la lluvia que mojan), empapar. Wayel chan (bicho de sueño), un tipo de insecto para dormir. Me’intes (hacer resurgir o reavivar algo), expandir. Hal (algo que es prolongado en tiempo) tardar. Talel (modo de ser de una persona y colectividad que implica carácter, personalidad, costumbre, pensamiento, acción), manera de ser.  

Si esto es un breve ejemplo de una sola lengua, sin considerar las variantes lingüísticas del tseltal, ¿qué será de las catorce lenguas que se hablan en Chiapas? De las poiesis en jakalteko, Kakchikel, mame, k’anjob’al, tojol-ab’al, teko, mocho, tsotsil, tseltal, zoque, lacandon, ch’oles, chujes y akatekos. Todo un universo.  

Una forma de ofensiva lingüística es también la vitalidad de las poéticas que entrañan las lenguas.  

IV

Una breve anécdota.  

En el verano del 2021, mi familia y yo viajamos a la casa de mi difunta abuela Antonia. Como usualmente sucedía, llegaba a observar los objetos que habitaban su casa. Recorría el traspatio, la cocina, la galera donde guardaba la leña y las herramientas de trabajo. Luego le preguntaba a ella por el nombre de las cosas, para ampliar mi vocabulario. En esa visita noté algo que me llamó la atención. Era un pedazo de piel de ganado que colgaba de un clavo, tenía muchos raspones. No sé por qué antes no lo había visto, quizá por falta de atención. Por el color y desgaste del objeto supuse que ya tenía muchos años de utilidad.  

Jme’tik, ¿binti sbiil meto? Abuelita, ¿cómo se llama esto?” Pregunté. “Sempat, sbiil. Se llama sempat”. Sempat, prenuncié con mucha extrañeza y gracia. Me resultó una expresión inédita, durante toda la tarde la repetí. Caminaba y lo decía, intentaba encontrar la relación entre la palabra y la cosa. En el Diccionario multidialectal del tseltal se traduce como “protector de la espalda para cargas pesadas”, todo eso en una sola palabra. Por mi parte, quise desentrañar su composición e investigué sus partes. Sem podría derivar de sen, que es acojinar, acolchonar o poner una base suave de algo. Y pat es espalda. En la conjunción de ambas el resultado sería: “algo para acojinar la espalda”. Lo cierto es que el sempat no era nada acolchonado, al contrario, era rígido, pero sí funcionaba como un objeto que evitaba el contacto directo de la espalda y eso suscita mayor resistencia al caminar con carga.  

Hace poco volví a la casa de mi difunta abuela. El sempat seguía allí, colgaba del clavo, pero ya nada era lo mismo. Recordé el momento en que supe su nombre y una nostalgia apareció. Mi difunta abuela en realidad fue la responsable de mi vocablo. Nadie podía imaginar que aquella expresión sería la última que aprendería de su boca. Si digo sempat, aparece ella.  

Sempat, sempat, sempat, sempat…  

V

La cartografía lingüística de Chiapas revela la diversidad poética que comprende cada lengua. Sus hablantes son orquestadores y dadores de los sentidos.  

Si se trata de sonidos, por ejemplo, se debe especificar cuál es, nunca un sonido se nombra de la misma manera. En el caso del tseltal se dicen las siguientes expresiones: baj (conteo de los sonidos de golpes de clavar). Poch (golpear a alguien, produciendo un sonido hueco, con algo ancho). P’om (pegar con el puño produciendo un sonido hueco y sordo). Tsan (para contar sonidos metálicos como punteos). Esto suscita cierta cautela en la traducción y en la creación literaria, porque el sonido no es genérico ni homogéneo y esto sucede con muchas otras nominaciones.  

Si hablamos de los saludos o despedidas, la poética va más allá del solo hecho de decir “¿cómo estás?” o “cuídate”. En la lengua ch’ol se expresa käñätyan abijlel, que significa “cuida tu camino”, que se dice cuando alguien se va y se pide que vaya con cautela. Pero ese “cuidar el camino” no es únicamente el de la andanza ni los pasos, sino de “saber andar por la vida”. 

En tsotsil, cuando una persona se encuentra o visita a alguien, se suele decir ¿k’u xi avo’onton? Es decir, “¿qué dice tu corazón?” Hay algo en la enunciación que no refiere a un simple “¿cómo estás?” Se pregunta por lo que tenemos, sentimos, pensamos en y desde el corazón.  

Si la pregunta se respondiera en tojol-ab’al para hacer alusión a un estado de ánimo, podría decir: sik’a jk’ujul, que es “olí o respiré mi corazón”, en una traducción literal. Pero dicha literalidad, leída como una metáfora en su traslación al castellano, alude a un recordatorio de alguna vivencia o persona, que se asocia con la nostalgia. Al decir sik’a sk’ujul ja’ kaltsili’, “suspiró mi alma”, es un soplo liberado del corazón con un sentimiento de añoranza. Todo me permite pensar que cuando Itzamná edificó la lengua puso el corazón en el centro. Y al hablar, sin saberlo, lo encontramos.  

¿Qué poéticas se esconden y pueden construirse con las siguientes palabras?  

 Ek’

Lum

K’inal

K’ajk’ 

Ik’

Ixim

U

Ja’  

Les dejo a ustedes la posibilidad. 

Referencias 

Austin, John, Cómo hacer cosas con palabras, España, Paidós, 1990. 

Eco, Umberto, Obra abierta, Barcelona, Planeta Agostini, 1962. 

Polian, Gilles, Diccionario multidialectal del tseltal, tseltal-español, México, Instituto Nacional de Lenguas Indígenas, 2018. 


Autores
(Chiapas, 1990). Es ensayista, documentalista y académico tseltal. Doctor en Ciencias Antropológicas (UAM-I). Becario del FONCA y del PECDA-Chiapas, ambos en dos emisiones. Premio Cátedra Gonzalo Aguirre Beltrán a la Mejor Tesis Doctoral en Antropología Social y Disciplinas afines 2024, y Mención Honorífica de la Cátedra Jan de Vos a Mejor Tesis Doctoral 2025. Ganador del primer lugar en cuento del concurso Universidad es diversidad de la UAM 2021. Obtuvo menciones honoríficas de ensayo en el 53 Concurso Punto de Partida de la UNAM 2022, y en el Concurso de Estudiantes de Post-grado del Congreso ERIP-LACES-Universidad de Stanford 2022. Autor de los libros de ensayo bilingüe, tseltal y español, Te sututet ixtabil. El giro de la pelota (Coneculta, 2020) y Ch’ayet k’inal. Las formas de la ausencia (FCE, 2024).
Imagen de dominio público.
Imagen de dominio público.

“Una bolsa de basura, de esas negras, llenas hasta el tope de Barbies”, les dije a los ingleses, gesticulando para que entendieran las dimensiones. Eso teníamos: al final, cuando fue momento de sacar las Barbies del cuarto, salió más de una de esas bolsas. “No sólo era yo”: en esa explicación había un intento desesperado de que me entendieran.

Mi mamá tuvo una Barbie; sólo una. Patinaba en hielo, con patines hechos de cuero y cuchillas de metal. De esa Barbie, regalo espléndido que algún amigo de mi abuelo le trajo de Estados Unidos hasta la Argentina, nos quedó la ropa y un cuerpo cuya cabeza se perdió en la marea del tiempo y los juguetes. La Barbie favorita de mi hermana también patinaba: vivía en una caja rosa, en cuyo reverso Michelle Kwan, la consagrada patinadora, la hacía patinar, plásticos sus patines y plástica también la medalla de oro que colgaba de un listón rosa. ¿Cuál fue mi Barbie favorita? Podría ser esa de edición especial navideña, con una enorme caja negra ocupada por su vestido de gala, verde esmeralda, coronada ella con una tiara de plástico adiamantado. Podría ser la de Cenicienta o la de Mulán o la de Esmeralda o la de Jazmín o la de la Bella. ¿Por qué no todas?

“No entienden”, les dije. ¿Cómo explicar las tres hermanas pegaditas de edad, cada una pidiendo Barbies para Navidad, Reyes, cumpleaños? ¿Cómo explicar el TLC, esa lejanía de Dios pero cercanía a Estados Unidos que se tradujo en un raudal de muñecas que salieron de las jugueterías e invadían el supermercado? ¿Cómo explicar padres que recordaban sus infancias de vacas flacas, infancias que redimían con nosotras? ¿Cómo explicar una abuela ávida de hacernos felices?

Lo tuvimos todo. Mientras Bill Clinton y la caída de la Unión Soviética y la apertura comercial de México le enseñaba a los adultos a soñar con abundancias y excesos, a nosotras la tele nos enseñaba a desear el próximo juguete. Mi abuela, que recordaba aquella vez que su propia abuela le mandó ropita por correo para su muñeca, no quería entender que yo necesitaba la otra Barbie de Jazmín porque tenía aretes de un color distinto. Mi madre tampoco quería entender la importancia de ir al tianguis cada semana a comprarles ropa nueva. Mientras Julia Roberts le enseñaba a las mujeres que si te negaban el servicio la mejor venganza era comprar muchísima ropa de lujo, nosotras, lejos entonces de ser grandes, ya habíamos aprendido que en la moda debían radicar nuestros intereses y nuestras formas de ejercer poder.

Mis hermanas y yo lo tuvimos todo: las muñecas que se hacían girar con un dispositivo para que helicópteras volaran, Playmobiles con casas victorianas que incluían plásticos tazones de cristal cortado, hornitos que con electricidad generaban pasteles, peluches de todas las órdenes zoológicas, cartas y juegos de mesa y cocinitas y tacitas, muñecas miniatura que se podían guardar en el bolsillo y llevar a la escuela para que se perdiera alguna de las minúsculas protagonistas. Lo tuvimos todo, pero no había nada más todo que las Barbies.

Jugar implicaba esa palabra que mi papá tanto odiaba: “tiradero”. Sacábamos las muñecas de la repisa donde vivían en desordenadas muchedumbres, sacábamos cajas llenas de su ropa, sacábamos todo lo demás que tuvimos de Barbie: su casa rosa de dos pisos que se plegaba para poderse almacenar, la cocina, un auto normal y otro a control remoto, camionetas y bicicletas y salas y televisiones y hasta computadoras. Ellas tenían caballos, perros, delfines (todos móviles y ruidosos a fuerza de baterías). Tenían cenas de gala puestas espléndidamente, que con el golpe de un botón pasaban de pavos rostizados a ser pasteles. Tenían toda la ropa que se prestaban entre ellas, la que les habíamos ido comprando, y las que heredaron de algún lado. Tenían camas de plástico rosa con una muesca en la almohada y tenían literas artesanales de madera. Tenían un yate que incluso flotaba. Tenían hasta un McDonald’s con todo y autoservicio.

Las Barbies tenían también nuestra imaginación cautiva: portarse bien en el súper podía suponer una paleta Barbie con forma de corazón y cobertura de chocolate y arroz inflado, o un ejemplar nuevo de su revista. Tuvimos una cámara de fotos rosa que se anunciaba con esa B enorme. Tuvimos un programa de computadora para diseñarle ropa a Barbie, programa que incluía unas simpáticas hojas de tela que se podían imprimir y recortar y que por supuesto en lugar de usar atesoramos, prefiriendo imprimirles faldas y vestidos de papel.

¿Cómo explicarle a alguien que no quiere entender las primas de mi edad, eternas generadoras de envidia? El supermercado de Barbie de una, por ejemplo, que además de que tenía frutas y verduras varias tenía un rollo miniatura de bolsas de plástico para guardarlas, supermercado con el que sólo jugué una vez, pues para mi siguiente visita ya todo se había perdido. ¿Cómo explicarle a alguien la frustración de que tu hermana mayor agarrara la Barbie que tú querías, o le pusiera el atuendo deseado?

¿Cómo explicar, sobre todo, en tu imaginación anclada en la fantasía, la coyuntura afortunada (desafortunada para tus padres) de Disney con Mattel? Estaba la Jazmín con sus diáfanas babuchas verdes, la Mulán que con el jalar de un hilo mágico pasaba a tener un corte de pelo masculino, la Bella con su hermoso vestido dorado, la Esmeralda con un pañuelo con cascabeles, la Megara cuyo vestido cambiaba de largo, la Aurora con falda que podía cambiarse de azul a rosa; estaban también sus novios que pasaban de príncipes a bestias, de ratas callejeras a sultanes de Ágraba. Y, por supuesto, aquella Cenicienta que quizá fue el mejor regalo que jamás me dieron: un blíster enorme casi de mi altura a los cuatro años, con todos los atuendos de la película, con la capacidad de hacer harapos de su bello vestido rosa, con una charola y tacitas y tetera para llevarle el desayuno a la madrastra, con una versión miniatura de su propio librito de oro, ilustrado con escenas de la película.

Jugar a las Barbies era mover la mesa de la sala e invadir con ellas el espacio, hacerlas ir de un lugar a otro, de un evento a otro; cambiarles la ropa mientras se dejaba un escándalo desparramado por el cuarto, ocupándolo tanto que ya no se podía jugar; era hacerlas vivir vidas impuestas, glamourosas: hacerlas encarnar algo que hubiéramos visto en la tele, imponerles tramas plagiadas de otros lados en un ritual que a mí me encantaba hacer sola, hablando bajito, en un trance mágico que según mi abuela me indignaba si se descubría.

Estas enumeraciones dionisiacas, derroches carnavalescos, pueden no parecer más que un desfile de vanidades, la exhibición de excesos de una infancia que poca empatía suscita. Esta es la infancia de la mala de una telenovela, no de la buena. Pero esta infancia no es única. Hubo aquellas que tuvieron muchas menos Barbies que yo, y esas otras que tuvieron muchas más. Hubo aquellos que no tuvieron Barbies sino G. I. Joes o cochecitos o figuritas de acción hechas para tener aventuras. Es una realidad de la que no podemos escapar, esa realidad tan lejana a mis amigos europeos que, aunque crecieron al mismo tiempo que yo, vivieron en otra época: una realidad insaciable pautada por las horas que pasamos pegados a la tele, viendo caricaturas y anuncios, una realidad donde la felicidad se escondía siempre detrás del próximo juguete, una realidad donde sabíamos que nuestro deber era consumir para ser felices.

Me horroriza recordar esta infancia, llena a reventar de cosas. Me horroriza pensar que con todos esos gastos jugethormiga quizá podríamos haber comprado un pony. Me horroriza el plástico que corrió en cada muñeca, en sus zapatos que felices masticábamos, en sus cepillos que más de una vez nos enredaron el pelo, en sus empaques. Me horroriza los recursos que se usaron para traerlas desde China y las condiciones de las personas que las produjeron. Me horroriza, sobre todo, lo rápido que descartábamos la muñeca por una nueva. Me horroriza pensar lo frágil que es nuestra imaginación, lo fáciles que somos: esos gritos berrinchudos arrancados por no tener la Barbie adecuada podrán haber sido ridículos, pero no por ello dolieron menos; gritos diseñados por un señor en las oficinas de Mattel que nunca me conoció pero que me hizo a su antojo, que me enseñó que vivir era cambiarse de ropa y que había que ser alta y esbelta y bella para poder ser feliz; un señor que decidió que lo que yo tenía que hacer era soñar a ser Barbie de grande.

Esos ejecutivos de Mattel son los mismos que diseñaron la película Barbie (2023), que ha sido un fenómeno en taquilla, que se anuncia como bastión del feminismo, y a la que todas (y algunos) hemos ido con algo rosa en un carnavalesco que celebra nuestro haber sido niñas. La película presume a su directora y sus productoras y sus diseñadoras, todo pintado del rosa de una nueva revolución. Película que, como mi infancia, ha estado diseñada por señores ejecutivos de Mattel: los que prohibieron ciertas escenas, los que marcaron las pautas, los que señalaron que la película no podía criticar a Barbie, los que, dadivosos, permitieron que se les caricaturizara, los que a cuentagotas autorizaron unas pocas críticas de Barbie para que una sienta que ver la película es un acto radical de resistencia.

Las Barbies salieron de mi vida en bolsas, sin orden ni ropa ni dignidad, por la sencilla razón que un día me dejaron de gustar. ¿Fui yo, me pregunto, la que dejó de querer jugar con las Barbies? ¿O acaso eso también estuvo diseñado por un alto ejecutivo, ya no de Mattel sino de la Cosmopolitan, que sabía que yo habría de querer dejar de ser niña? Porque no hay nada peor que una niña: somos débiles y cursis y quejumbrosas y, sobre todo, tontas. Somos las compañeritas que juegan con Stacy Malibú sin darnos cuenta cómo nuestros propios juegos infantiles nos oprimen. Deberíamos más bien ser Lisa Simpson, y crecer implica condenar a nuestras Barbies de la misma manera que ella condenó enérgicamente a su muñeca.

Ser mujer es difícil: esto ya lo dijo Gloria, la mujer que viaja al mundo de Barbie en la película, que nos dice “es imposible ser mujer. Eres tan hermosa y tan lista y crees que siempre estás mal. Tienes que ser flaca, pero no muy flaca. Y nunca puedes decir que quieres ser flaca”. En este mundo me tocó vivir, un mundo de contradicciones donde crecer significó aprender que para que me tomen en serio tengo que no ser femenina pero sí un poco femenina, no puedo decir que me gusta el maquillaje pero siempre me tengo que ver bien. Y lo más importante es repudiar todo aquello que cuando éramos chiquitas se nos enseñó que nos gustaba.

Ser hombre —y esto lo he aprendido a fuerza de estudiar a Shakespeare— significa ser todo lo que no es ser mujer: el hombre es fuerte porque la mujer es débil, el hombre es líder porque la mujer es sumisa, el hombre no llora porque la mujer sí. ¿Pero qué es ser mujer? O, más bien, ¿cómo hay que ser mujer? Ser absolutamente “femenina”, como Elle Woods al principio de Legalmente rubia (2001) o la “Barbie esterotípica” en Barbie implica un interés por la moda y un cuidado de lo superficial y un amor por lo cursi que se traduce en ser infantil. Para ser mujer, entonces, ¿tenemos que repudiar todo lo femenino? ¿Para que nos tomen en serio hay que ser Ladies Macbeth e invocar espíritus que nos vengan a quitar la leche y la ternura?

El feminismo con el que me tocó crecer se deshacía de las cadenas de los estereotipos impuestos y nos decía que no teníamos por qué ser amas de casa o usar vestidos o maquillarnos. El feminismo de ahora nos dice que una puede elegir ser ama de casa y usar vestidos y maquillarse y de todos modos ser feminista. Me ha tocado pasar del repudio de todo lo femenino a una aceptación plena y performática: celebramos ahora, las mujeres del mundo unidas, una película donde Barbie es de carne y hueso pero su casa es de plástico ensueño, una película llena de rosas y pasteles y vestidos y tacones que nos recuerda que tenemos derecho a ser todo lo que queramos ser, una película que muchos hombres han decidido es un ataque a lo masculino. ¿Qué es esta película? ¿Subversión feminista u oda al sistema capitalista, consumista, y patriarcal?

“¿Cuál crees que sea la versión más subversiva de Los tres mosqueteros que vayas a estudiar para tu doctorado?” me preguntó mi directora, también en Inglaterra aunque sin mis cuentos de infancia de por medio. Y resultó que, de entre las más de 131 versiones en pantalla de la novela de Alexandre Dumas, la más subversiva fue la de Barbie (Barbie y las tres mosqueteras, 2009). De entre todas las adaptaciones tan absolutamente parecidas de una novela del XIX tan absolutamente machista, resultó que la única versión con personajes femeninos interesantes es la de Barbie. Hay, por supuesto, una versión de donde no es un mosquetero sino una mosquetera. En La mujer mosquetera (2004), la hija de Dartañán quiere hacerse soldado, y para hacerlo nos muestra (en esa caricatura de mujer empoderada, la girlboss) cómo no usa faldas ni ordena su cuarto ni deja de eructar en la mesa: Valentine nos revela que para ser cualquier cosa que valga la pena tiene que dejar de ser niña.

La película animada, hecha para vender cuatro muñecas con sus atuendos que pasan de ser vestidos de gala a ser ropas atléticas, y diseñada por esos ejecutivos de Mattel, termina siendo mucho más feminista que esta otra, con el mismo mensaje que la nueva película de Barbie: aquí vemos mujeres que nunca sacrifican su lado femenino para poder hacer sus cosas. Así como Margot Robbie nunca deja de usar sus faldas con olanes, las mosqueteras son talentosas espadachinas sin dejar de lado el gusto por la moda y las flores. Estas mosqueteras no son traidoras a su género, y no se critican sus colores pastel ni sus sueños de hacer repostería. ¿Quién subvierte más al patriarcado, la Lady Macbeth que se tiene que deshacer de su condición de mujer o las que, al celebrarla, triunfan?

Barbie, película que ha roto todos los records de taquilla, película hecha por mujeres y para mujeres, es ahora la nueva cara del feminismo. Pero ese feminismo es un falso amigo, uno que para hacer un chiste sobre lo ridícula que fue una de las muñecas termina corriendo del cuadro a una mujer embarazada. Un feminismo que nos recuerda que lo mejor de ser mujeres es poder salir a comprar ropa que a gritos rosas diga “Barbie” con la tipografía oficial. Un feminismo donde Gloria nos explica lo difícil que es ser mujer pero que triunfa sólo cuando un señor ejecutivo de Mattel le da permiso de hacer su muñeca porque se da cuenta que podrá generar mucho dinero. Es un feminismo que está hecho para vender juguetes y que se defiende diciendo que fueron estos juguetes los que nos enseñaron que de grandes podíamos ser cualquier cosa. Un feminismo que hace que, de grandes, nos emocione meternos en las cajas gigantes que instalaron en cines y supermercados para promocionar la película: donde de chicas jugábamos a que nuestras muñecas éramos nosotras, ahora resulta que queremos ser nosotras las muñecas. Un feminismo que a pesar de todo, como en la película de las mosqueteras, no deja de existir; un feminismo que nos recuerda que tenemos derecho a haber sido niñas de chiquitas; un feminismo que, sin embargo, está diseñado por señores ejecutivos de Mattel. 


Autores
Se dedica a las palabras. Es doctora en cine y literatura y se especializa en Shakespeare y Dumas. Ha tenido becas de creación literaria y traducción en el Fonca, la Fundación para las Letras Mexicanas, y el Centro Banff para las Artes. Sus traducciones, cuentos, ensayos, y textos de divulgación han aparecido tanto en inglés como en español en México, la India y Canadá.

Dormían cada vez más. En más de una ocasión se despertaron estirados en la carretera como víctimas de un accidente de tráfico. El sueño de los muertos. 

La carretera, Cormac McCarthy 

A partir de 1949 las dos potencias del orbe contaron con la capacidad de producir armas nucleares, desde ese momento surgió el temor de un enfrentamiento en el que esas armas se utilizaran y con ello no solo se aniquilaran entre ellas sino la vida como la conocemos. Ese temor marcó el resto del siglo XX, ni siquiera el fin de la URSS pudo conjurarlo, si acaso, lo atenuó. La posibilidad de un invierno nuclear —que fue planteado en los 1980 por John Birks y Paul J. Crutzen, en el ámbito occidental, y por Vladímir Aleksándrov y Gueorgui Stenchikov, en el lado soviético— llenó la imaginación de muchos.  

La escritura no ocurre en un ámbito ajeno al mundo en el que se desenvuelven quienes la hacen. Un temor que desde muy pronto dejó huellas en la literatura, sin ir más lejos, ahí están las Crónicas marcianas de Ray Bradbury publicada en 1950.

Desde entonces, muchos autores abordaron las consecuencias de una guerra con armas nucleares. Aunque, al iniciar el milenio, ya no era un tema que se explorara en la ciencia ficción. Así, en 2006, cuando apareció La carretera de Cormac McCarthy, sorprendió porque se trataba de una novela postapocalíptica y, por lo consiguiente, se alejaba de la línea de escritura del autor conocido por su Trilogía de la frontera Todos los hermosos caballos (1992), En la frontera (1994) y Ciudades de la planicie— o Meridiano de Sangre (1985) todas se desarrollaban en el suroeste estadounidense y el norte mexicano, se ambientaban en el pasado y podían suscribirse en el género del western.

La novela describe las peripecias de un padre y su hijo en un mundo inmerso en un invierno nuclear, en vez de moverse por la geografía que le es familiar a sus lectores, una geografía con nombres y distancias precisos, lo hacen por espacios casi fantasmales, que pueden ser cerca de la costa este de los Estados Unidos. Mantiene su estilo en el que los signos de puntuación están reducidos al mínimo —prescinde de las comas siempre que le es posible, tanto que algunos críticos consideran que la palabra más importante de su repertorio léxico es and, muy raramente utiliza dos puntos y tiene proscrito, porque lo considera innecesario, el punto y coma—, aunque, a diferencia de sus otros libros la prosa no está salpicada de términos en español. En apariencia difería de sus novelas previas, pero, no deja de ser obra del mismo autor, también son muchos los puntos de semejanza. La relación entre un hombre mayor, que hace las veces de mentor, con un joven o niño, está presente tanto en la Trilogía de la frontera como en Meridiano de sangre y es el meollo de La carretera. Padre e hijo se mueven en un paisaje hostil que llega a hacerles daño, como les llega a ocurrir a los personajes de sus otras novelas y, en esos paisajes, se encuentran con hombres que buscan destruirlos. Mencionado lo anterior La carretera no es una novela más de McCarthy —un autor cuya obra lo hizo ser considerado al premio Nobel de literatura de los últimos años—; no se dedicó a reescribir una misma novela a lo largo de su producción, sus obras, sí, tienen semejanzas, cada una nace de sus exploraciones y sus preocupaciones por lo que es inevitable que haya temas y tratamientos semejantes en toda su producción. La carretera es la novela en la que decidió explorar las ansiedades de la paternidad en las condiciones más extremas. ¿Qué más extremo que un mundo inmerso en un invierno nuclear?

Al comenzar la carretera los eventos que acabaron con el mundo como el protagonista lo conocía hace años que ocurrió, fue antes de que naciera el niño, el hijo del protagonista. McCarthy no dice explícitamente qué es lo que ha ocurrido, pero dadas las consecuencias en el mundo que nos narra y cómo se dieron, se sobreentiende que fue una guerra nuclear la que desencadenó el fin:

Los relojes se pararon a la 1.17. Un largo tijerazo de claridad y luego una serie de pequeñas sacudidas. Se levantó y fue hacia la ventana ¿Qué pasa?, dijo ella. Él no respondió, entró en el cuarto de baño y pulsó el interruptor de luz pero ya no había corriente. Un fulgor rosado en la luna de la ventana. Hincó una rodilla y levantó la palanca para tapar la bañera y luego abrió los dos grifos a tope. Ella estaba en el umbral en camisón, agarrada a la jamba, sosteniéndose a la barriga con una mano. ¿Qué es?, dijo. ¿Qué pasa? 
No lo sé 
¿Por qué te bañas? 
Yo no me baño. 

Ese evento cambió el mundo y lo volvió hostil, un sitio en el cual apenas es dado sobrevivir, pero, McCarthy es muy consciente de que esa pérdida lo es para el padre, no para el hijo.  

A veces el niño le hacía preguntas acerca del mundo que para él no era ni siquiera un recuerdo. Se esforzaba mucho para responder.  

Padre e hijo están en la carretera camino al sur porque esperan encontrar el mar donde creen no existe la desolación que han visto y han padecido todos los años que llevan caminando. Las casas, sin electricidad, ni gas, ni ninguna de las comodidades de la vida moderna no son ya los sitios de seguridad sino, apenas, lugares donde pasar la noche, a riesgo de ser descubiertos y atrapados por las bandas de caníbales que se alimentan de los pocos sobrevivientes que, como ellos, aún deambulan por el mundo.  

A pesar de sobrevivir en el perene invierno en el que se mueven, el padre no deja de ser padre y, además de buscar proteger a su hijo, desea compartirle un poco lo que él conoció. La distancia generacional llevada a su extremo, el mundo paterno que ya no existe de forma literal. Así llegan a las ruinas de la casa en la que creció el padre, así visitan sitios que él visitó en su propia infancia, desolados, son apenas una sombra de lo que fueron cuando él los conoció en su niñez y nada pueden significar para su hijo.  

Cuando yo era pequeño celebrábamos Navidad aquí. Se dio la vuelta y contempló el patio arruinado. Una maraña de lilas muertas. La forma de un seto. En las frías noches de invierno cuando se iba la luz por alguna tormenta nos sentábamos aquí, mis hermanas y yo, delante del fuego y hacíamos los deberes. El chico lo observó. Y observó figuras que lo reclamaban pero que no podía ver. Papá, deberíamos irnos, dijo. Sí, dijo el hombre. Pero se quedó quieto.  

O

Se desabrochó el cuello de la parka y se bajó la capucha y aguzó el oído. El viento entre las negras matas de cicuta. El aparcamiento vacío en el mirador. El chico de pie a su lado. Como él mismo había estado junto a su padre un invierno de hacía muchos años. ¿Qué es, papá?, dijo el chico.  

El desfiladero, ahí lo tenemos.  

La distancia generacional es de mundos, el protagonista recuerda el mundo que fue, el anterior a la desolación por la que se mueven, en cambio para su hijo, el niño que nació después de la catástrofe, es ese su mundo, en el que ha crecido, no ha conocido nada más.

 

Al día siguiente salieron de la quebrada y tomaron de nuevo la carretera. Le había hecho al chico una flauta con un trozo de caña de la cuneta y se la sacó de la parka para dársela. El chico la cogió sin decir palabra. Al poco rato se quedó un poco rezagado y minutos después el hombre oyó que tocaba. Una música amorfa para la próxima era. O quizá la última música en la tierra surgida de las cenizas de su devastación.  

El hombre se encuentra con que fuera de él y su hijo, de la necesidad de protegerlo, las pocas personas que quedan en el mundo desean sobrevivir a costa de lo que sea, lo cual implica violentar a los otros —es en este punto donde se ha hecho una dura crítica a la visión que McCarthy tiene de la condición humana, en la que la desaparción de las comodidades del mundo significan la caída en la barbarie de los seres humanos, como bien apunta, por ejemplo Rachel Greenwald Smith—.

Ese era el primer ser humano aparte del chico con el que había hablado en más de un año. Mi hermano a fin de cuentas. Las especulaciones de reptil en sus ojos fríos y movedizos. Los dientes grises y podridos. Mazacote de carne humana. Que ha hecho con cada palabra del mundo una mentira.  

El protagonista se da cuenta de que la catástrofe ha impactado incluso a las palabras, ese delicado vehículo con el que trata de estrecharse a su hijo, ese vehículo tan falible.  

El sagrado idioma desprovisto de sus referentes y por tanto de su realidad. Rebajado como algo que intenta preservar el calor. A tiempo para desaparecer para siempre en un abrir y cerrar de ojos.

Sin embargo, superviviente como es, el hombre hasta en eso encuentra consuelo, necesita hacerlo, para seguir sobreviviendo, para seguir adelante con su hijo.

No todas las palabras moribundas son verdad y esta bendición no es menos real porque la hayan despojado de su suelo.  

El pensamiento de lo sagrado está presente para el hombre aunque el mundo haya sido destruido, está presente sobre todo por su hijo. 

Se quedó ahí sentado con los gemelos en la mano, viendo cómo la cenicienta luz del día cuajaba sobre el terreno. Solo sabía que el niño era su garantía. Y dijo: Si él no es la palabra de Dios Dios no ha hablado nunca. 

Es lo que evita que se quite la vida, como hizo su esposa.

Él abrazando al chico. Tan flaco. Mi corazón, dijo. Mi corazón. Pero sabía que aun siendo un buen padre ella llevaba razón en lo que dijo. Que el chico era lo único que había entre él y la muerte.  

La carretera es una novela postapocalíptica en la que un padre y un hijo sobreviven en el camino días perpetuamente nublados, nevadas y la posible cacería de bandas de caníbales. Pero, también es una bella y desoladora alegoría de la paternidad, ese vínculo desigual en el que el tiempo siempre está marcando el ritmo.  


Autores
(Cuauhtémoc, Chihuahua, 1984) es autor de Gloria mundi. El nuevo Liber Pontificalis, ganador del Premio Nacional de Cuento Breve Julio Torri 2015.