No sé si mi vecino lee mis historias de Facebook y le gusta darme material, o quizá ya se creyó mi frase de «no están a mi nivel” porque vino a comprar jamón no podía decirme si era una bolsa chica o grande, ¿me la presta para checarla?, —sí, es de ésta, dijo mientras me pegaba sutilmente en el hombro, —aaaammm, ¿cree que pueda pasármela?, volvió a golpearme con el producto pero le soltó y la atrapé en el aire, —¡es de un cuarto, vale 27!, le dije en chinga, pagó y se fue. ya sé que he dicho que mi tacto no está a la altura de los mortales, ¡pero que no mame!, ¿neta pensó que dependiendo de que tan pesado era el chingadazo le diría lo que llevaba? ¡aún no llego a ese nivel! ¡pero agárrense empezaré a practicar cómo calculamos el dolor.
Portada “Tenbilal antsetik / Mujeres olvidadas” de Susi Bentzulul. Fondo Editorial Tierra Adentro.
Escribo estas líneas desde las faldas del volcán Huitepec, en Jobel, antiguo nombre tsotsil del actual valle de San Cristóbal de Las Casas, Altos de Chiapas, Centroamérica. Retrasé las notas de lectura del primer y reciente libro de la poeta Susi Bentzulul por diversos motivos, los cuales no esgrimiré aquí. Sucede que la importancia de Tenbilal Antsetik/Mujeres olvidadas radica no sólo en el hecho de que es el primer libro de poesía de una escritora maya tsotsil publicado por la Secretaría de Cultura a través del Programa Cultural Tierra Adentro y el Fondo de Cultura Económica en la historia de nuestro país, sino que es una obra que reivindica el empoderamiento de las mujeres de los pueblos originarios y se suma a la larga lucha de las mujeres indígenas escritoras que cuestionan el heteropatriarcado, se alejan de los esencialismos coloniales, testimonian las diversas violencias de las que son víctimas y sobre todo, que han decidido levantar valientemente la voz y no callar más ante las diversas injusticias que padecen, tanto dentro como fuera de sus comunidades de origen.
Apenas un año antes de que culminara el siglo XX se publicó en Chiapas la primera antología exclusivamente de narrativa y poesía indígena titulada Palabra conjurada (Cinco voces, cinco cantos) (Espacio Cultural Jaime Sabines/FONCA/Enlacenredes/CEJUV A.C./Causa Joven, San Cristóbal de Las Casas, México, 1999), la cual reúne la escritura creativa de cinco escritoras y escritores en cuatro lenguas originarias de la entidad (además de su respectiva traducción al español): Josías López K’ana (cuento, tseltal), Juana Karen Peñate (poesía, ch’ol), así como los tsotsiles Ruperta Bautista (poesía), Nicolás Huet Bautista (relato) y Enrique Pérez López (poesía). Tres años después, ve la luz Mi nombre ya no es silencio (Coneculta-Chiapas, México, 2002) de la poeta ch’ol Juana Karen Peñate (Tumbalá, Chiapas, 1977), que corresponde al primer libro de poesía escrito en una lengua originaria por una mujer en la historia de Chiapas; el siguiente año la escritora tsotsil Ruperta Bautista (San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, 1975) publica Vivencias (CELALI/Coneculta-Chiapas, México, 2003) y tres años más tarde, aparece Tumjama Maka Müjsi/Y sabrás un día (CELALI/Coneculta-Chiapas, México, 2006) de la poeta zoque Mikeas Sánchez, que corresponde al tercer libro de poesía escrito en lenguas originarias y publicado por una autora indígena de Chiapas.
He realizado este breve recuento de los tres primeros libros de poesía escritos en lenguas originarias de Chiapas cuyas autoras son mujeres indígenas, porque buena parte de la obra poética de Juana Karen Peñate, Ruperta Bautista y Mikeas Sánchez anteceden en sus búsquedas y tentativas a la poesía de Susi Bentzulul. Por ejemplo, la vertiente testimonial está presente en los primeros poemas de Juana Karen, y también en los de Ruperta (escritos en 1997 y publicados en 1999), ya que hablan poética y testimonialmente de la masacre perpetrada por paramilitares en 1997 en contra de 45 mujeres, niños y hombres en la comunidad de Acteal, San Pedro Chenalhó, Chiapas. En tanto, la lucha de género, la batalla contra la discriminación racial, contra los poderes neoliberales y trasnacionales, así como los cuestionamientos hacia el patriarcado, los esencialismos, los exotismos y la romantización de la mujer indígena, al igual que la impronta feminista y ecocrítica, forman parte de la agenda literaria y política en libros posteriores de las tres poetas mencionadas, y por supuesto, de la valiente e incisiva poesía de este filoso Tenbilal Antsetik/Mujeres olvidadas.
Leí con atención los primeros poemas de Susi Bentzulul en dos antologías publicadas en 2017 bajo el sello cartonero e independiente Sna Jk’optik, dirigido y coordinado por el escritor tsotsil Xun Betan: Snichimal Vayuchil/Sueño florido y Uni Tsebetik/Experimento poético en bats’i k’op. Ya desde estos tempranos textos, Susi muestra una clara preocupación por la otra, por la mujer, pero siempre con un sentido colectivo al escribir desde un nosotras:
Mujer, me haces llorar
y sufro contigo
olvido el universo
no existe nada más.
Me acoplo en tu dolor
y tu silencio me grita
no lo resisto
me hundo.
¡Basta!
Basta de violencia
me atormenta,
me hiere […].
En efecto, es el dolor físico, almático y espiritual el que atraviesa la poesía de Susi, un dolor que se extiende no sólo hacia el sufrimiento humano, principalmente el padecido por la mujer, sino también el de la “madre tierra”, como ella misma lo menciona. De hecho, el primer poema de Susi que en verdad me asombró fue Ik’al chamel/Veneno negro publicado en una revista digital, texto con vocación claramente ecocrítica y actitud decolonial:
¿Dime cómo maldigo a las empresas?
¿cómo arrojo su veneno?
Si su veneno está impregnado en mis huesos
y por más que invoco a los dioses
para arrancar esta enfermedad,
todo mal se desborda en mí.
[…]
La desgracia acecha como el químico que se riega
y se expande entre las raíces de la tierra
entre la milpa y las mazorcas,
es una plaga que nos infecta como la cólera.
El sagrado maíz se ha olvidado,
se ha perdido la conexión espiritual,
todo se ha quedado suspendido,
todo habita en el silencio,
todo ha muerto.
Desde su poesía inicial, Susi es plenamente consciente de la intención de su oficio al crear una poesía que muy pronto se aleja de la romantización ornamental y artesanal con la que suele verse y encasillarse a la poesía indígena, sobre todo la escrita por mujeres jóvenes. Es decir, su escritura no atiende a la creación de coloridos adornos o artesanías para colgar en el obeso cuello de la cultura y la literatura “nacionales”, que hacen de la producción simbólica de los pueblos originarios una mercancía para turistas o una postal para engalanar las oficinas de los burócratas, incluidos los de su pueblo. Tampoco es la de Susi una poesía que busque el cómodo lugar de la corrección política y el buen y bello decir. Por el contrario, Bentzulul es una poeta ética, literaria y políticamente comprometida con las causas justas, sobre todo aquellas que nacen del feminismo contemporáneo.
Como escritora e intelectual coherente con su tiempo y su arte, los cuestionamientos de Susi en Tenbilal Antsetik/Mujeres olvidadas transformados en poemas se dirigen ya no hacia las injusticias y violencias causadas por el mundo mestizo, vaya, por los hombres y el mundo ladino o kaxlan, sino hacia las incontables violencias padecidas por las mujeres de su propia comunidad, de su propia familia, de su propia casa, por ella misma y vivenciadas en su propio cuerpo causadas por los hombres de San Juan Chamula, su comunidad de origen, y tales violencias se extienden hacia el cuerpo de todas las mujeres, y en un amplio sentido, hacia el territorio exterior (la tierra, la Naturaleza, el hábitat) y el territorio interior (el alma, chulel, y el espíritu, vayijel).
Escrito con una poesía directa, coloquial, por momentos descarnada y brutal, con imágenes poderosas, de tono testimonial, directo, sin falsos lirismos ni metáforas rebuscadas, cifrado a puro filo de machetazos poéticos, pero sin olvidar ni la cosmovisión ni la vertiente mítica maya tsotsil, el libro Tenbilal Antsetik/Mujeres olvidadas está dividido en tres apartados. El primero, titulado Yayijem ch’uleletik/Almas heridas, hace alusión directa a la violencia de género, física, psicológica y al racismo sistémico padecido por las ancestras de Susi, sus abuelas, su madre, y otras mujeres de su familia y comunidad, y sí, por ella misma:
Muero entre palabras hirientes
de un hombre violento,
que con su furia me infecta el corazón
y parte mi alma en pedazos.
[…]
Ha muerto mi abuela:
mujer de rostro olvidado.
Yo no quería que muriera
con tantos silencios
enterrados en su corazón.
[…]
Una herida sangra en mi alma.
Es el recuerdo de mi madre batiendo
su desesperación en una jícara.
Mi madre bebe su dolor.
En este apartado, casi todos los poemas destilan la crudeza y el dolor de quien ha padecido en carne propia diversas violencias por ser madre, hija, abuela, simplemente por ser mujer tsotsil. Y los violentadores no son aquí los kaxlanes o ladinos, los extranjeros, sino los mismos hombres de su familia que violentan a la abuela, a la madre, a las hijas y a la tierra:
DESTIERRO
(Nutsel)
Hemos sido mujeres olvidadas.
Sufrimos por ser mujeres tsotsiles,
despojadas de nuestros territorios:
el dolor pisotea nuestras almas,
nos destierra a un inframundo de soledad.
Ellos arrancan y entierran
nuestros sueños.
El odio que anida en sus corazones
envenena a la sagrada madre tierra.
Nuestras voces enterradas
claman.
Aquí el cuerpo es el territorio del sufrimiento, y el cuerpo de la mujer tsotsil está conformado, así lo interpreto, no únicamente por la “carne”, sino por el ser en el más amplio sentido occidental y filosófico. De ahí que los padecimientos del cuerpo incluyan el sufrimiento y el dolor del chulel y el vayijel (es decir, el dolor psicológico, espiritual, y el de los seres del más allá, en el trasmundo, porque las muertas siguen sufriendo) y también la “madre tierra”, entendida como la Naturaleza, la dadora y generadora de vida, entidad femenina, creadora. Haciendo un ejercicio estadístico, podemos ver lo hondo de la larga, profunda y abierta herida mostrada en los textos deYayijem ch’uleletik/Almas heridas, primer apartado del libro: la palabra dolor aparece 27 ocasiones, al igual que la palabra cuerpo; madre, 20 veces; alma, 19; silencio, 16; abuela, padre, 15; 11; herida 10; rostro, 10; sueños, 10; recuerdo/s, 9; muerte, 8; baldío y nombre, 6; corazón, 5.
Corporeizar, materializar y cifrar poéticamente el sufrimiento, el dolor y la muerte causadas por la violencia de índole sexual derivada del abuso patriarcal, paternal, hermanal y comunal, es el eje medular de la segunda sección del libro, Pojbil nopbenal xchi’uk takupal(Cuerpos y sentimientos despojados). Aquí, el padre, los hermanos, familiares y en general los hombres de la comunidad y de la familia cometen incesto, violaciones y otros abusos sexuales contra niñas, mujeres jóvenes, contra la madre (que incluso ha llegado a normalizar los abusos y la violencia), contra la esposa, contra la abuela, contra cualquier mujer tsotsil:
[…]
Si me buscas ahora,
me hallarás resignada al dolor;
me hallarás junto a mi madre
—quien nunca quiso escucharme—.
Me hallarás con la piel arañada
y la boca cosida por el miedo.
Me hallarás de once años
y sabrás que mi cuerpo no es mío:
mis hermanos me lo arrebataron.
Susi escribe sin guardarse nada, sin ocultar nada, despojando al lenguaje de su ceremoniosidad, de su hipócrita embellecimiento en un mundo totalmente corrompido, podrido, mancillado, violado, contaminado. Y si los tabúes derivados de las leyes comunales, comunitarias, vaya, los usos y costumbres aconsejan arreglar cualquier problema en el interior del pueblo, en su colectividad, detrás de las cortinas de lo mistérico y de la secrecía, Susi se arma de valor y decide descorrer el velo de la injusticia y hacer público su reclamo al exhibir a los abusadores, a los perpetradores, a los violadores, a los asesinos, que son, al igual que en el mundo kaxlan, los hombres, los cercanos, los de la propia sangre, los consanguíneos, y ya no sólo los extranjeros, los extraños, los externos, sino todos, cualquiera. Porque algunos hombres tsotsiles también maltratan, abusan, violan y asesinan a las mujeres de su propia familia:
Maldigo a mi padre tantas veces como respiro.
Cada noche, él viene por mí,
infecta cada lunar de mi cuerpo,
envenena cada centímetro de mi piel.
El miedo hurga en lo más profundo de mi ser.
Maldigo a mi padre por lo devastada que me dejó.
Maldigo a mi padre desde el silencio de mi alma.
Maldigo a mi padre tantas veces como respiro.
Yo maldigo a mi padre.
La pérdida de la infancia, de una infancia plena y libre de abusos, es patente en casi todos los poemas de este apartado. Como siempre, las más vulnerables de la familia, de la comunidad, de la sociedad, las niñas, en este caso indígenas, son abusadas brutal y sistemáticamente todos los días y durante toda su vida. Ni qué decir del trabajo forzado infantil y principalmente, de la trata y la explotación sexual de las niñas y adolescentes, una aberración que no ha podido erradicarse y que continúa vigente en ciertas comunidades indígenas y mestizas de Chiapas, Oaxaca y Guerrero, parapetada en supuestos “usos y costumbres”:
Cuerpos de niñas cayéndose a pedazos.
Sus sueños yacen enterrados
entre escombros de olvido.
Susi Bentzulul es una poeta lúcida y valiente, con una sólida formación humana, académica y literaria que no olvida sus orígenes, tanto así que cuestiona los postulados que no le permiten a ella y a otras mujeres tsotsiles de su comunidad florecer y crecer con todos los derechos y prerrogativas, con todas las libertades de cualquier persona humana, indígena o kaxlana. Por eso, en el tercer apartado con que cierra el libro, titulado Ts’ijil ayejetik/(Voces silenciadas), Susi levanta el machete de la voz para cincelar versos de aguda inteligencia, con honestidad, un lenguaje sencillo y directo, y se manifiesta frente a los crímenes de odio cometidos contra las mujeres, tatúa con firmeza los varios testimonios relativos a la plaga del feminicidio y las desapariciones de mujeres tsotsiles, reclamo que puede extenderse hacia todo este país que es una interminable fosa abierta llena de cadáveres sin identificar, un territorio baldío donde se pudren los cuerpos de niñas y mujeres de todas las edades, incluyendo cientos o miles de mujeres indígenas, entre ellas, mujeres tsotsiles, mujeres chamulas:
Una mujer arrojada a un baldío
es un cadáver agusanado de silencios,
un rostro mutilado,
un vacío descarnado.
De esta manera Susi le da rostro, voz y reclamo a las miles de mujeres indígenas y mestizas de México, de Chiapas, de San Juan Chamula, del pueblo tsotsil, a todas las que desde tiempos inmemoriales, y no sólo por causas de origen meramente colonial, sufren abusos, violaciones, golpes, explotación, trata, esclavitud, desaparición y muerte al interior de su familia, y aquellos hombres que deberían amarlas y salvaguardar sus derechos y apoyarlas, forman parte inequívoca del infame sistema patriarcal, neoliberal y necropolítico que ve en sus hijas, madres, abuelas, esposas, amigas, vecinas y prójimas, a sus próximas víctimas:
Si un día no vuelvo a casa
—si un día desaparezco
o me encuentran muerta—,
no llores mi muerte, madre mía.
Pero te pido que tomes la fuerza de mis abuelas
y busques justicia
por todas las mujeres asesinadas:
mujeres con nombres,
con historias y sueños:
mujeres atrapadas
en un laberinto de lágrimas.
Felicito a Susi Bentzulul por su valor y honestidad, pero sobre todo, por su enorme talento, agudeza e inteligencia como escritora, activista e intelectual, por legarnos esta obra literaria sumamente necesaria en tiempos vacuos, convulsos. Considero que no es este libro un testamento inútil o el vano quejido de una atormentada alma en pena, sino una extraordinaria lección de vida, un llamado poético y vital para luchar por la dignidad y los derechos de todas las mujeres, incluidas las mujeres indígenas de nuestra entidad, de nuestro país, quizá las más vulnerables de entre todas las mujeres. Así lo propone la escritora Susi Bentzulul que, pese a la xenofobia, pese al racismo, pese a tener todo en contra, levanta el machete de su filosa y sabia voz en Tenbilal Antsetik/Mujeres olvidadas para decapitar al patriarcado, para degollar a todos los Holofernes del mundo —tal como la Judith indígena de Rosario Castellanos— y al final, nos convoca a liberarnos del sufrimiento, a danzar:
Siempre he escrito sin saber demasiado por qué lo hago, movido un poco por el azar, por una serie de casualidades: las cosas me llegan como un pájaro que puede pasar por la ventana.
Julio Cortázar
I
Después de darle vueltas a la tarde, me he animado a buscar el mosaico entre las esquinas de mi librero. Ocurre lo mismo que el día en el que logré reunir los volúmenes por primera vez: extendido sobre mi cama, observo el rostro de Julio impreso en los tres tomos de sus cuentos completos. ¿Atinaría al llamar emoción a esto que me abruma la vista? Es más bien una suerte de espasmo melancólico, acaso un asalto de ternura recobrada.
Tenía quince años y un puño de dinero ahorrado. Hurgué durante un par de semanas los estantes de varias librerías en busca de los cuentos de Julio, editados por Punto de Lectura (baratos, de bolsillo, aunque con un detalle que potenciaba mis ánimos de colección: el trío de portadas formaba la cara del argentino en una de sus fotos más famosas, tomada afuera de los jardines de la UNESCO, en París). Tras varios fracasos y un par de victorias, llegó el momento en el que al fin me encontré con el tercer volumen al fondo de una librería Porrúa. Volví a casa lleno de un gusto que no me ha sido común desde entonces.
Observo con calma mineral las cejas pobladas, los ojos levemente desviados en su camino al lente de la cámara. En el retrato que forman las portadas no aparece el icónico cigarro blanco, sostenido por su boca cerrada. La toma encuadra (mutila, sí) sólo la parte superior de la cabeza, encima de la nariz. El de Julio es uno de los rostros de los que no me separé durante los días en los que la literatura representaba para mí más fe que angustia.
Se me escapa una risa incómoda: aparento comprobar las aseveraciones en torno a Julio que tanto me molestaron y tantas veces procuré refutar. Temo engrosar la lista de cosas que de él se han dicho hasta cuajar un lugar común a punta de repeticiones a media cocción: que es un autor iniciático, un tránsito que sirve apenas para mediar la felicidad de las primeras lecturas con las que vendrán después, el heraldo de unos cuantos esnobismos imposibles de evitar cuando son muchos los libros y pocos los años que uno carga encima.
¿Qué ha hecho el mundo con la obra cortazariana? Entre las páginas irrelevantes que pueblan las librerías y los programas acartonados con los que se estudia Literatura en las universidades, los libros de Julio —y sobre todo Rayuela, epicentro de una reputación— parecieran no terminar de encajar. Quizá se trate de una dislocación, un reemplazo: las y los jóvenes, quienes históricamente fueron sus lectores más asiduos, han comenzado a apuntar sus intereses hacia otros sitios, otras tradiciones, varias reivindicaciones tan inexcusables como urgentes.
Habría que plantearnos una cartografía: mapear la ruta de las lecturas que han suplido a Rayuela y, luego, darle nombre a las trincheras incansables en las que ha sobrevivido la novela, tan luminosa como lo fue desde el momento de su publicación, hace sesenta años.
II
Tenía diecinueve años y un puño de preocupaciones entre la mandíbula y el paladar. Me recuerdo sentado en una de las bancas que descansan frente a la entrada de la Preparatoria Jalisco, en espera de unos amigos. Me dolían los dientes: los apretaba, molesto, mientras hojeaba las primeras páginas de Clases de literatura, transcripción de las conferencias impartidas por Julio durante 1980, en Berkeley.
No era un enojo particular, el mío. Me agobiaba el semestre universitario: a media semana de evaluaciones, un disgusto cualquiera habría bastado para tirarme por la ventana de algún edificio. Los alumnos de la prepa, apenas un par de años menores que yo, peregrinaban hacia sus casas desde un sitio opuesto al de mi infelicidad.
Asfixiado por la rutina académica, había procurado recuperar una intimidad perdida, un vínculo olvidado. Julio apareció como los amigos que, tras una prolongada ausencia, regresan para desempolvar los recodos del pasado y orientarnos el presente.
Las tardes de Berkeley son, pues, mi punto de partida. Ante un grupo de alumnas y alumnos que lo escucharon con devoción —era ya un autor al que no le faltaban ni prestigio ni lectores—, Julio dedicó varias lecciones a reflexionar su obra desde una óptica inevitable: la biografía.
Es fácil distinguir en sus textos —especialmente en los cuentos, ese conjunto portentoso que mutó para bien a través de los años— una suerte de migración. El primer Julio, animado por los estímulos intelectuales de la clase media argentina y de sus protagonistas literarios, estaba interesado, más que en la creación de personajes, en la de mecanismos. Es decir: para él, los protagonistas de sus historias eran el medio a través del cual se manifestaban artificios fantásticos, juegos, giros de tuerca. Los actores servían para hacer un despliegue de recursos de orden estético.
Tras una lectura atenta, cronológica, es posible distinguir una grieta que divide a la obra de Julio en dos. La primera manifestación de esta ruptura aparece en el cuento “El perseguidor”, relato protagonizado por el prodigioso saxofonista Johnny Carter, un Charlie Parker que vive en el París de la posguerra. Al músico, genial y bohemio, lo atormenta una urgencia metafísica, una suerte de persecución que lo orilla a buscar entre tropezones el sentido de la vida caótica que lo ha ahogado siempre. Es en este cuento, prefiguración notoria de Rayuela, donde Julio replantea los alcances de sus personajes y los pone al centro de la sustancia misma de sus historias: a partir de ahí, la vida se convertiría en la directriz de su literatura.
Horacio Oliveira, controvertido y memorable, irremediablemente pretencioso ante su prójimo y sensible ante su vida cotidiana, encarna una rebelión que condensa bien los intereses literarios que secuestraron a Julio durante el periodo en el que escribió Rayuela. Oliveira, tan esnob, tan harto de sí, es el perfecto rebelde; quizá por esto es que muchos lectores jóvenes lograron entenderlo con mayor facilidad. El protagonista de la novela recibe al mundo con una mueca de disgusto y reafirma su aversión a él desde dos dimensiones: la del lenguaje y la social.
Por un lado, Oliveira se cuestiona todo el tiempo la manera en la que él mismo articula sus pensamientos, así como los modos con los que la gente se comunica con él. Reniega y rechaza los lugares comunes, las estructuras prefabricadas; sumergido en una neurosis cómica, dedica tramos de su monólogo interno a disputarse sus propias palabras, su concepción de la realidad. Radicalmente insatisfecho,receloso, incómodo, desconfía incluso de los usos y costumbres más elementales de la sociedad de la que forma parte.
Oliveira, igual que Carter, es un perseguidor metafísico, un alienado que detrás de dobleces invisibles y costuras ocultas busca las respuestas a su encrucijada existencial. Dijo Julio, en Berkeley:
La novela es ese gran combate que libra el escritor consigo mismo porque hay en ella todo un mundo, todo un universo en que se debaten juegos capitales del destino humano, y si uso el término destino humano es porque en ese momento me di cuenta de que yo no había nacido para escribir novelas psicológicas o cuentos psicológicos como los hay y por cierto tan buenos. El solo hecho de manejar elementos en la vida de algunos personajes no me satisfacía lo suficiente. Ya en “El perseguidor”, con toda su torpeza y su ignorancia, Johnny Cárter se plantea problemas que podríamos llamar “últimos”. Él no entiende la vida y tampoco entiende la muerte, no entiende por qué es un músico, quisiera saber por qué toca como toca, por qué le suceden las cosas que le suceden. Por ese camino entré en eso que con un poco de pedantería he calificado de etapa metafísica, es decir una autoindagación lenta, difícil y muy primaria —porque yo no soy un filósofo ni estoy dotado para la filosofía— sobre el hombre, no como simple ser viviente y actuante sino como ser humano, como ser en el sentido filosófico, como destino, como camino dentro de un itinerario misterioso.
Julio, gran perseguidor, trazó los rincones de su Rayuela desde una exploración, una excusa para inquirir y cuestionar. No es casual que uno de los personajes, Morelli, sea un escritor cuyos planteamientos teorizan a la novela al mismo tiempo que se va construyendo frente a los ojos del lector.
En Rayuela, la idea de la exploración es también la idea de su imposibilidad. Maniatado casi, Oliveira encuentra en el resto de los personajes —puntualmente en la Maga, contrapunto suyo que le aterra y asombra— un reflejo de sus mutilaciones existenciales. Piensa, el hombre, respecto a la mujer que ama:
Hay ríos metafísicos, ella los nada como esa golondrina está nadando en el aire, girando alucinada en torno al campanario, dejándose caer para levantarse mejor con el impulso. Yo describo y defino y deseo esos ríos, ella los nada. Yo los busco, los encuentro, los miro desde el puente, ella los nada. Y no lo sabe, igualita a la golondrina. No necesita saber como yo, puede vivir en el desorden sin que ninguna conciencia de orden la retenga. Ese desorden que es su orden misterioso, esa bohemia del cuerpo y el alma que le abre de par en par las verdaderas puertas. Su vida no es desorden más que para mí, enterrado en prejuicios que desprecio y respeto al mismo tiempo. Yo, condenado a ser absuelto irremediablemente por la Maga que me juzga sin saberlo. Ah, dejame entrar, dejame ver algún día como ven tus ojos.
Es esa la experiencia vital cristalizada en Rayuela: la de los perímetros inaccesibles, la de los descubrimientos frustrados, la de los ríos en los que nunca se podrá nadar. ¿Cómo podría perder vigencia una obra sobre el mecanismo en el que se resume nuestro paso del vientre a la tumba?
III
Tengo veintidós años y un puño de dudas encima de la mesa que me acompaña. Frente a mí se aglomeran en desorden las hojas que he llenado de apuntes y citas sin lograr conectar lo que tengo que decir sobre Julio, sobre Rayuela, sobre la vida sexagenaria de un libro que se asemeja a una tierra santa procurada no por pocos creyentes.
Desde mi sitio alcanzo a observar la única torre de la Basílica de San Felipe Neri, ese búnker barroco de casi tres siglos que disimula sus relieves de piedra tras los edificios de la Preparatoria Jalisco. Me queda poca tarde y muchos párrafos.
Sobre los rayones entreveo las formas discretas de una revelación (epifanía, tan alto el día, es ya una palabra innecesariamente solemne). La vigencia de los debates sobre Rayuela —alrededor de su estructura, su estética y la genealogía de influencias que ha engendrado— no hace más que probarla como un organismo vivo aún, palpitante, capaz de respirar: leído.
Rayuela, sesenta años más tarde, no es la misma que alguna vez fue; y esto no sólo es normal, sino necesario, pues el mundo que ahora habita no es el mismo que la vio nacer. Todas las generaciones se reapropian de las obras producidas por sus predecesoras: las resignifican, las troquelan nuevamente, las intervienen, las ignoran, las rescatan, las destruyen. La literatura se sustenta en los debates inacabables y se legitima en las disputas irresolubles.
Rayuela no sólo está viva: es apenas joven, como los lectores de los que jamás logrará desentenderse.
Portada del álbum “Siamese dream”, Smashing pumpkins, 1993. Virgin Records.
Han pasado 15 años desde la única vez que vi a los Samashing Pumpkins tocar en vivo, esta noche, después de todo un día de festival, estoy ansioso por verlos y escucharlos otra vez, aunque la prensa y la crítica digan que ya no suenan como antes. El clima es bastante bueno y por primera vez en mucho tiempo veo que, en su mayoría, los asistentes no se empujan ni se arremolinan hasta el frente, bajo el escenario, esta noche, el espacio personal de los espectadores parece respetarse, al menos, hasta donde alcanzo a ver.
Finamente, después de esperar un rato, Billy Corgan y compañía salen al escenario y, con una enorme Acherontia atropos en el fondo del escenario, Billy y James quienes visten de negro y blanco respectivamente, alzan las manos para enseguida tocar “Empires” y “Bullet With Butterfly Wings” que enloquece a todo el público que la canta a coro junto a la banda originaria de Chicago: The world is a vampir
Después de un leve bajón de luces, los acordes de la guitarra de Billy anuncian un clásico de clásicos: “Today” explota enseguida con la batería de Jimmy Chamberlin, con las cuerdas de James Iha y con el soporte de los demás músicos arriba de escenario. El coro es inevitable y los recuerdos comienzan a llegar…
La primera vez que los vi, fue en un festival similar al de hoy, pero en el 2008, no recuerdo bien por qué llegué tarde al escenario en el que estarían los SP, sin embargo, al oír a lo lejos la guitarra que anunciaba “Today”, corrí para tratar de alcanzar un buen lugar, había mucha gente que cantaba y gritaba a ritmo de la canción. Mi adrenalina no me dejó detenerme y esquivando y empujando a otros asistentes, llegué al frente del escenario a pocos metros de la banda, para saltar y cantar a un ritmo más frenético (o al menos esos sentí) junto a otros seguidores de la banda, esa canción que es una de mis favoritas: Today is the greatest, Day I´ve ever know, Can´t live for tomorrow, tomorrow is much too long…
Esta vez, ya de más lejos, los sigo viendo con la misma emoción, ya no gritando ni saltando hasta el frente como en el 2008, ahora solo susurro la letra I´ll burn my eyesss oooout, Before I get out, y veo más atento todo lo que pasa en el escenario, las imágenes y luces que salen de él, y como los SP se mueven de un lado a otro gozando como yo de cada momento. Los años sin duda, han pasado…
Aunque en un principio los Smashing Pumpkins no me encantaron, la insistencia de mi primo por ver sus videos, escuchar sus canciones y empezar a coleccionar sus discos, hicieron que poco a poco me aficionara a ellos, en específico recuerdo una noche de viernes sin nada que hacer, viendo MTV a las 2 de la mañana, el video de la canción “Today” del disco Siamese Dream, me hizo clic en mi cabeza, difícil de olvidar.
El video empieza con un joven Billy Corgan, que trabaja como heladero, sentado leyendo un comic y a su derredor ve parejas que se besan, pero enseguida desaparecen, él las observa como añorando estar besando y acariciando a alguien (yo también quería estar así) en lugar de vender helados a niños pequeños. En el video parece ser que todo eso que ve Billy es producto de su imaginación. La historia continua con el vocalista manejando el camión de helados lejos de los suburbios, por un camino algo desértico en el cual, las parejas que se besan cada vez más intensamente siguen apareciendo. Con forme avanza, los demás integrantes de los SP, aparecen: Iha, es un ser andrógino que porta un vestido muy ad hoc de los 90, mientras D´arcy y Jimmy trabajan en una gasolinera en la cual Billy se detiene por unos momentos, todos se suben al camión con Billy para después, echarlo del mismo.
Sin ponerle atención a la letra ante mi poco inglés de esos días, la actitud de los Smashing me pareció cautivadora a mis 18 años, como de no importa lo que estés pasando todo mejorará, pero también parecía que, en ellos, mandarlo todo al diablo (como sus empleos ficticios) estaba bien. Claro está que el ritmo de la canción (una mezcla entre rock, pop y metal) también tuvo que ver en ese primer gran enamoramiento que tuve con los SP.
Días después supe lo que decía la letra, leí y vi algunas entrevistas que le hicieron a Corgan y si bien no estaba tan errado de mi primera impresión, en “Today”, Billy trató de desahogarse del entorno en el que vivía, de mostrar con un toque de ironía y melancolía, la depresión en la que estaba sumergido, pues cuándo escribió la letra, él tenía pensamientos suicidas además de que, acababa de terminar con Chris Fabian, su novia de ese entonces con la que se casaría poco tiempo después.
En esa época yo pasaba algo similar, acababa de terminar una relación sentimental y mi futuro parecía estancando, entonces, las letras que Corgan escribió en ese disco y en el venidero, fueron el refugio perfecto para aquel joven al que los días le parecían tremendamente largos.
Con el pasar de los años, Corgan dijo que en ese tema reflejó toda la depresión que sentía en esos días, pero con el tiempo, reinterpreto esa canción a un mensaje más positivo en su vida, sobre todo, le significó saber soportar la pesadumbre de los malos días.
Si bien la canción no se volvió como tal un himno de la década, sí se convirtió en uno de los sencillos y videos más recordados, además de ser un fiel reflejo (muy poético y elegante) de lo que la juventud norteamericana de los noventa pasaba ante las pocas oportunidades que la vida y su entorno les daban. Quizás por eso, bandas como Nirvana, Pearl Jam y toda esa camada del grunge, además de los SP, se volvieron tan importantes para la juventud, que más que buscar respuestas, buscaba medios para ser escuchados y visibilizados.
Y es que no solo “Today” hizo un eco tremendo en la década de los noventas, sino que, en su mayoría, todo el Siamese Dream se convirtió en uno de esos discos icónicos que se deben de escuchar de principio a fin, por su calidad lírica y musical, pero también por todo lo que rodeo a la creación del mismo.
El Siamese Dream salió a la venta un 27 de julio de 1993 y gracias a la ayuda de los videos de sus primeros dos sencillos (“Cherub Rock” y “Today”) en la rotación constante de MTV, se logró catapultar globalmente a la banda, en un nivel que no se vislumbraba del todo luego del lanzamiento de su álbum debut Gish, que era más rockero y un poco alineado al grunge que, en esos años, era lo que todo sello discográfico buscaba, y es que si bien algunas de las primeras canciones de los Pumpkins pudieran tener más riffs gruncheros, Billy se encargó de que su banda saliera de todo eso, destacando justamente por no adherirse a ese género que por el 93, estaba tratando de seguir vigente ante la caída de su figura principal, Kurt Cobain, en la depresión y las adicciones.
Los SP pronto despuntaron de otras bandas de la época, en primer lugar por ser considerados y vendidos al público y a la crítica como los nuevos Nirvana, después, por firmar con una disquera multinacional como Virgin Records, cosa que les hizo ganarse el odio y la envidia de varias de las bandas y músicos de ese entonces, quienes consideraban que, además de ser ajenos a ese primer movimiento underground fincado en Seattle, se habían vendido al firmar con dicha disquera, lo que no era muy indie o alternativo de su parte.
Aunado a eso, el impacto que tuvieron los SP al tocar el Gish ya sea abriendo conciertos (de bandas como Red Hot Chili Peppers o Guns N´ Roses) o en eventos propios ante la juventud de la época, abrumó a Corgan al ver que sus canciones generaban un impacto social importante, cosa que provocó que tuviera un bloqueo creativo a la hora de empezar a crear el segundo disco, sin dejar de lado que el baterista Chamberlin sufría una fuerte adicción a la heroína (como muchos otros músicos de entonces) y que D´arcy Wretzky y James Iha, acababan de terminar su relación amorosa.
Para resurgir de esos estancamientos tanto personales como artísticos, Corgan recurrió a Butch Vig (quien produjo discos de bandas icónicas como Nirvana, Sonic Youth, o L7), para producir nuevamente un disco de los Pumpkins. En este disco, la necesidad de crear algo diferente a todo lo que se hacía en esos años llevó a Corgan a grabar todos los instrumentos por sí mismo, a excepción de los percusivos, cosa que no agradó del todo a Iha y Wretzky pero que al final, entendieron que Billy estaba más enfocado que ellos. Sin embargo, para la prensa y el entorno artístico, eso hizo ver al vocalista y compositor como un tirano perfeccionista, acrecentando su figura como una de las principales estrellas de rock de esos años que además de componer maravillosas letras y sonidos, podía tocar en vivo, perfectos solos de guitarra que hicieron que su banda se convirtiera en una de las agrupaciones principales del rock alternativo de esos años (1993-1996).
Y es que desde la primera canción que, de igual manera, fue el primer sencillo del disco (“Cherub Rock”), Billy Corgan empieza con todo al criticar a la industria y al medio musical de EUA que se dejaba llevar por modismos que solo garantizaban dinero más no calidad. Esta canción con el tiempo, se volvió un clásico que los SP casi siempre tocan en sus conciertos.
Luego de ese par de bombas que fueron sus primeros dos sencillos, presentaron el tercero “Disarm”, que a pesar de recibir algunas censuras por algunos versos escritos por Corgan, rápidamente se volvió una de las canciones favoritas de los fans, así como de la crítica que nominó al video como uno de los mejores videos alternativos, en los MTV Music Awards de 1994. Y es que esa canción a base de guitarras acústicas, percusiones y violines, mostró la calidad sonora que los SP podían lograr, poniéndolos por encima de muchos de sus contemporáneos.
Si bien este disco, como lo dije antes, es para escucharse de principio a fin, siempre se tienen favoritas, para mí, una de las mejores canciones con más actitud y personalidad es “Quiet”, la segunda canción del disco nos presenta las primeras ráfagas de guitarras distorsionadas. En cuanto a la letra tanto críticos como fanáticos, debaten en que Billy habla de su perspectiva ante la religión, pero también, de los demonios internos que tienen las personas frente a la desesperanza de la vida. Para mí, el ritmo de heavy metal que invade toda la canción, más que la letra, es lo que la hace épica.
Otra de mis favoritas, sobre todo por su respectivo video además de ser el cuarto y último sencillo del disco, es la de “Rocket”. Musicalmente las guitarras nuevamente se distorsionan y nunca suben ni bajan de nivel, hay mucho ruido y bien podría considerarse un gran ejemplo de noise pop. En cuanto al video, podemos ver un dejo de ternura en la otra historia que se cuenta: dos niños y una niña, construyen un cohete que los llevará a ver un show los Smashing Pumpkins en otro planeta.
Esto quizás fue uno de los aciertos que los SP tuvieron, para conectar con públicos más amplios y diversos, al crear historias paralelas casi como cortometrajes de los sencillos que fueron sacando a partir del Siamese Dream hasta llegar al Machina / Machines of God, creando verdaderas obras pop como los videos de las canciones ya mencionadas, “Today” o “Disarm”, o bien, de las venideras “1979”, “Tonight Tonight” o “Ava Adore”. De igual forma, la voz de Corgan dio un giro total a los vocalistas de esos años, su voz más aguda y chillona como de tenor, se contrapuso a las de Kurt Cobain, Eddy Vedder o Chris Cornell que era más graves, como de barítonos, y que, antes de la explosión de los SP, eran los que manejaban el termómetro de la música en EUA.
Otra cosa que puso a los Pumpkins por encima de las otras bandas fueron sus solos de guitarra más extensos y ensamblados que recordaban al rock progresivo o al heavy metal, géneros que Corgan siempre puso como influencias principales a la hora de crear música y que podemos ver en canciones como “Hummer”, “Soma”, “Silverfuck” o en la grandiosa “Starla”, que no llegó a estar en el Siamese Dream pero que salió en el Pisces Iscariot en 1994, del cual se editaron canciones que tanto Billy Corgan como Butch Vig, descartaron del Siamese Dream para que fuera más contundente, pero que sin duda, dejaron fuera a canciones que bien pudieron hacerlo un disco más largo o incluso hasta doble.
Se dice que mientras se grabó y produjo este disco, los ejecutivos de Virgin fueron a supervisar lo que los SP hacían y quedaron encantados con “Today” y “Disarm”, exigiéndoles hacer más canciones así, cosa que hizo que Corgan no solo hiciera dos o tres éxitos como era regular por cada disco, sino que llenó de éxitos al Siamese Dream haciéndolo casi perfecto, colocándolo en el número 362 de “Los 500 mejores álbumes de todos los tiempos” de la revista Rolling Stone en el 2003, además de ser considerado por algunos críticos como su obra maestra aunque para mí el Mellon Collie and the Infinite Sadness es superior. Lo que sí es indudable es que como muchos dicen, Billy Corgan logró atrapar a muchos jóvenes melancólicos de los noventa que encontraron en él una voz que representaba sus más profundos sentimientos…
El concierto de esta noche está por llegar a su fin, y por el setlist han pasado grandes clásicos como “Ava Adore”, “Tonight Tonight”, “Stand Inside Your Love”, “1979”, y desde luego otro par de canciones del Siamese Dream como “Cherub Rock” y “Silverfuck”. Esta noche no tocaron “Quiet”, pero no importa, valió la pena esperar 15 años para volverlos a ver.
Recuerdo haber comprado tanto el Siamese Dream como el Mellon Collie and the Infinite Sadness, en el tianguis de chopo, obviamente los compré usados e importados, pues en ese entonces, no me alcanzó para comprarlos nuevos y las versiones mexicanas no eran tan buenas. Al revisar su estado, los clásicos libritos donde venían anotadas las canciones y los artes de los discos venían dañados, el del Siamese venia un poco maltratado, mientras que en el Mellon Collie, solo venía uno de los dos libritos que debería traer ese disco doble. Esa vez no importó pues el precio fue demasiado bueno y, además, había que tenerlos, aunque fuera de ese modo.
Re-escuchar a este grupo siempre me traerá buenos recuerdos de esa adolescencia/juventud en la que eran la banda sonora de mis días largos y monótonos, en los que terminaba relaciones sentimentales y no sabía lo que me deparaba el futuro. Siempre fue arropador sentirse triste con la voz de Corgan y la música los Smashing Pumpkins de fondo. Sí, ya no suenan ni se ven como antes y definitivamente falta D´arcy Wretzky en el escenario para que esta noche sea más brillante, pero que importa ya, hoy escuchándolos nuevamente en vivo para mi siguen siendo los mismos, aunque ya nada sea como antes…
«¿Ya viste?», la voz de José me hace reaccionar y volteo hacia la entrada del taller mecánico, pero no veo ningún movimiento, nada extraño. «No, no en la casa». Miro hacia donde apunta su índice: una cuarteadura nace en la esquina derecha del parabrisas y corre hacia el centro del cristal en una fina telaraña de vidrio.
Sin quitar la vista de la entrada del taller mecánico, José se inclina para subir el volumen de la radio. «¿Te acuerdas de esta?» Reconozco el inicio de Black is black mientras me miro en el espejo lateral. ¿Ayer tenía estas canas? La palabra «ayer» recorre mi mente como el golpe en el parabrisas: formando ríos de bordes filosos. «Así notas que estás viejo —José tamborilea en el volante al ritmo de la canción— ya pasan tus canciones de juventud en la estación de clásicos». Mike Kennedy quiere de vuelta a su nena, nada más. Pienso que no habla de una mujer que se fue, sino de una que envejeció y él, simple y sencillamente, no se resigna.
José y yo estuvimos casados diez años, nos separamos porque no pude tener hijos. Nunca lo dijo, pero sé que eso fue. Lo curioso es que quería dárselos. Bueno, dárnoslos: me sentía sola todo el tiempo, aun con él en casa, los pocos momentos que estaba, quiero decir. Cuando cayó en prisión, todo se tornó peor: la ausencia se hizo todavía más honda. Fue una especie de viudez que jamás pude explicarme ni sacudirme. Yo, de verdad, nunca pensé en irme, pero llegó a decir, las pocas veces que me permitió visitarlo, que lo veía en mis ojos: según él, algo en mí había cambiado «es como si te viera pero detrás de un vidrio sucio, quebrado, y te estás yendo pero no puedo hacer nada». Mentira: era otra cosa lo que empañaba su visión: su propio odio, ese que sentía porque nunca pude embarazarme. Mi papá también me odió por eso, aunque con un poco más de discreción. Sin embargo, él lo hizo porque esperaba que su apellido no se disolviera así nada más. Aunque pudo no ser eso: papá siempre ha odiado, no sabe hacer otra cosa: se volvió tan bueno en ello que lo hizo su trabajo y se lo enseñó a quien después sería mi esposo.
«Fue un pájaro», José señala el parabrisas con el mentón, «se estrelló ayer». Es todo lo que agrega, yo no digo nada. Cuando la canción termina, baja el volumen hasta volverlo un murmullo. Creo que, además de su «trabajo», eso los unió: odiarme aunque con calma, como si fuera una obligación no siempre agradable, pero obligación al fin y al cabo. Como otro de sus «encargos», de esos de los que nunca me hablaron pero yo conocía bien. «Estás loca, Boni», me contestó papá la única vez que lo confronté para preguntarle, sin rodeos, por qué me odiaba. Nunca más lo hablamos y me mudé con José poco después, así que el tema nunca se resolvió.
«¿Qué te han dicho los doctores?». José, sin quitar la vista de la entrada del taller, finge que se preocupa por mi papá. O quizá no finge, ya me es imposible saber. Le digo lo que sé: ahora se ha esparcido por todo su cuerpo y sólo queda esperar a que suceda lo inevitable. Lo miro acariciar, con el índice y el pulgar derechos, el crucifijo en su cuello. Es en momentos así donde me gustaría haber tenido hermanos: compartiríamos las visitas al hospital, las charlas con los doctores, las noches largas al lado de la cama de mi papá. El apellido no peligraría y, sobre todo, sería uno de ellos, no yo, el que estuviera aquí, esperando frente a este taller mecánico.
José luce viejo, me dice que está totalmente limpio: ya no consume nada. He oído que vive con una muchacha mucho menor y esperan un hijo; ahora es un marido ejemplar y será un padre modelo. Trabaja de soldador. Es irónico: otros gozan las cosas que le enseñamos a la pareja o las cosas que ellos mismos aprenden con nosotros. Como los enfermos: gozan las curas que se descubrieron a partir del sufrimiento y la muerte de otros. Tú siembras y alguien más cosecha: es una ley de vida y quien tarda en comprenderla sufre más de la cuenta.
Luego de girarse un poco en el asiento, José me clava la mirada. «¿Estás segura de lo que vamos a hacer?» Le hago saber que no tengo ninguna duda, aunque puede que no esté tan convencida en realidad. «¿Por qué, tienes miedo?», le reviro. Se acomoda de nuevo en el asiento y me asegura que no, sólo quiere que esté totalmente consciente porque, según sus propias palabras, «los dos vamos a cargar con esto». La idea de participar en uno de los trabajos de José y de mi papá crece poco a poco aquí en el auto hasta que el aire me comienza a faltar. No quiero ser su cómplice, no más de lo que lo fui cuando lavaba sus camisas llenas de sangre o fingía estar dormida cuando regresaban en la madrugada.
Trato de no pensar en lo que viene porque tengo miedo de arrepentirme. «Tu papá ya se va», remata, «a él ni le va ni le viene, pero tú te quedas, ¿vas a poder con esto en tu consciencia?». Me vuelve a mirar fijamente y no sé si de verdad espera una respuesta. «¿Y tú?», le pregunto, pero bien sé que ha podido con cosas como esta toda su vida. Me dice, con seguridad, que no, él no va a cargar con nada. Nos quedamos callados al notar que esto se parece mucho a una de aquellas peleas que siempre tuvimos.
«A ver, enséñame de nuevo todo», pide después de unos minutos de silencio. Saco mi celular y abro la noticia que me mandó mi papá. Supongo que es por tanto tiempo que le sobra ahí, en la cama del hospital, pero se ha vuelto adicto a buscar cosas en la red. Una enfermera lo ayuda; él la llama «Ojos de paloma» y le agradece de forma exagerada la atención: creo que se está enamorando. Cuando ella pasa a la habitación, yo no entro o me ausento con cualquier pretexto. Así me lo indicó él y yo lo obedezco porque nunca aprendí qué más hacer con sus palabras.
José carraspea y se acerca el teléfono a la cara, toca la bolsa de su camisa y mira en el espacio entre los asientos: olvidó sus lentes. No parecen horrorizarlo los detalles de la nota, sólo aprieta de repente los ojos, como si algo fuera ridículo. Me pregunto si alguna vez hizo algo así. Quiero creer que no, pero me engaño: es muy probable. «Bueno», comienza después de regresarme el teléfono, «eso es lo que dicen los vecinos, habría que escuchar la versión del hombre». Como puedo, lanzo una sonrisa socarrona. «Mi papá te pidió ayuda, no una evaluación». José, después de un poco de sorpresa inicial, sacude la cabeza y se ríe por lo bajo. «Eso es cierto», me concede, «tienes toda la razón».
Papá descubrió la noticia en internet: un mecánico secuestraba perros callejeros para torturarlos: los vecinos lo tenían más que identificado. Había denuncias, incluso se tenían registros de que la propiedad seguía llena de perros, pero las autoridades alegaban incapacidad para proceder. «Inocentes criaturas. Si yo pudiera ir —me aseguró ese día en cuanto entré a su habitación—, con mis propias manos le sacaba los ojos a ese desgraciado y le arrancaba la lengua»; supe que no era sólo una expresión: respeta más a los animales que a las personas. Y entonces dijo, con la tranquilidad de quien está pidiendo un vaso de agua, que no quería irse sin saber que ese tipo había sufrido como nunca en la vida. «Si yo estoy pagando todo lo malo que hice, que también le llegue el cobro a alguien así, ¿no te parece justo?» No supe qué contestarle: me pareció lógico. «Le hablaré a José», en sus palabras había una furia seca, «él ya sabe cómo me gusta hacer las cosas». Me di cuenta de que sólo alguien que ha odiado mucho sabe justificar el dolor que causa; sólo alguien enfermo de furia trata de devolverle algo al mundo por medio de la destrucción.
La entrada está cubierta con malla ciclónica. Un viejo Topaz sin llantas reposa en el patio. «¿Quieres bajar también?», José desciende del vehículo y yo le digo que prefiero no hacerlo. «Bueno», se inclina para hablarme desde la ventanilla, «si tu papá pregunta, le vas a decir que entramos los dos; fue muy claro al respecto: quería que lo hiciéramos juntos». Asiento despacio.
Lo veo tocar en la reja. Un hombre viejo se acerca a abrir, creo reconocerlo de las fotografías de la nota, pero no estoy segura. José señala el Topaz y el hombre, después de unos segundos, abre la reja. Si algo sabe José es decir lo que la gente quiere escuchar: te hace sentir que eres su amigo, que te entiende. La calle está sola. Caigo en la cuenta de que no he olvidado el sentimiento: saber que ese con quien vivo, primero papá y después José, está allá afuera haciendo cosas de las que no pueden hablarme, pero que conozco; cosas que los unieron y que, por lo tanto, me dejaban afuera a mí. Cosas que ningún ser vivo debería experimentar. Los veo desaparecer al interior de la propiedad y una explosión de ladridos me llega como desde lejos.
Sé que está mal, pero no puedo evitarlo: reviso la guantera, debajo de los tapetes; quiero saber algo sobre la mujer que sí pudo darle un hijo a José. Me siento tonta al darme cuenta de que este no es su auto: no llevaría algo así a su hogar, ya no. A lo mejor fue lo último que aprendió de mi papá, a dividirse, a ser dos personas en un solo cuerpo. Vigilo si alguien viene, pero la calle sigue sola. Todos parecen evitar al hombre: el odio y el miedo se parecen mucho y pueden usarse casi para lo mismo; quien no tiene uno, echa mano del otro.
Antes de lo esperado, veo salir a José: se aferra la mano izquierda. «Pero qué estúpidos son esos animales», me grita al subir, «uno lo defendió». Toma un trapo del asiento trasero para cubrirse la mano, que no deja de sangrar. Sus zapatos están batidos de algo marrón y maloliente. Tiene ambas manos húmedas de sangre. «Qué bueno que no entraste», dice mientras arranca, «En serio. En serio». Sacude la cabeza como para tirar algo que quisiera no haber presenciado. Nunca lo había visto así.
Dejamos atrás la colonia. Quiero evitarlo, pero no puedo: le pregunto qué le hizo a aquel hombre. «Exactamente lo que ordenó tu papá, nada más». Abro la ventanilla para tomar aire y le pido que se frene. Cuando logro respirar con normalidad, le digo que nos vayamos, obedece y dejamos atrás esas calles para siempre. No deja de maldecir a gritos al perro que defendió a aquel hombre; está más allá de su entendimiento.
«Oye —ahora se escucha más calmado—, ya sé que no me importa, pero, ¿por qué este tipo? O sea sí, leí la nota, ¿pero por qué él precisamente? Llegamos a conocer a algunos mucho peores». Aunque trato de evitarlo, mi mente regresa hasta el taller mecánico y trata de asomarse a lo que sea que haya pasado allá adentro. «Pregúntale tú», le evito la mirada y enciendo la radio para no pensar. «No, ya no voy a hablar con él, si algo le debía, con esto se termina. Sólo necesitaba pagarle por haberme sacado». Nos quedamos en silencio. «Y si te pregunta —insiste después de un momento—, le dices que lo hicimos juntos, ¿eh? No vaya a querer que lo repitamos, yo ya no hago estas cosas». El estómago se me revuelve de imaginar lo que había allá adentro y qué es lo que hizo José.
No acabo de entender por qué mi papá pidió eso. A lo mejor trata de irse sin mi desaprobación, o quizá quiere despedirse del mundo siendo un héroe. O tal vez, sólo tal vez, nada más quiere hacer las paces con Dios, ahora que se dirige a su encuentro, o que al menos él lo cree así. O a lo mejor sólo necesita hacer de José y de mí una pareja otra vez, una de verdad: una especie de Bonny y Clyde, unirnos como sea, atarnos para siempre con algo que no olvidaremos el resto de nuestras vidas. Nunca lo había pensado, ¿por eso me llama así? Ese sobrenombre es lo más cercano al cariño de su parte.
Me es imposible aguantar más: le pido a José que se orille y bajo a vomitar. «Límpiate los zapatos», le grito entre las arcadas. Los autos pasan junto a nosotros, algunas personas nos miran desde las ventanillas. José patea con rabia unas matas de pasto, talla las suelas contra el piso y levanta los pies para revisar si ya no tiene nada. Subimos cuando termino de vaciar el estómago y nos quedamos callados.
«¿Por qué no regresaste siquiera a despedirte?», no se me ocurre nada más para romper el silencio en el que flotan nuestros cuerpos aquí dentro del auto; como única respuesta, me pide que le pase el rollo de papel de la guantera. «Sólo eso: una despedida, creo que me la debías, José». Niega con la cabeza. «A ustedes ni quién los entienda ―las palabras salen destrozadas de entre sus dientes―, primero tu papá me pide eso del mecánico y ahora tú me reclamas por algo de hace años. ¿Están locos? ¿Son animales?». No le contesto, no entendería nada de mi papá ni de mí. Nada. El tiempo que estuvo con nosotros (¿puedo decir que fuimos una familia?), nunca puso atención; jamás vio quiénes éramos, qué cosas amábamos, cómo lo hacíamos y por qué, por eso no entiende por qué tuvo que hacerle eso al mecánico.
Cuando papá era niño, un primo lo enseño a usar la honda. En una ocasión, jugando en el campo, le reventó la cabeza a una liebre que estaba inmóvil, como hipnotizada. Ni siquiera trató de escapar al verlo: un tiro fácil. Al acercarse a recoger el cuerpo, vio a las crías debajo de ella: las estaba protegiendo, era lo único que le importaba en el mundo. Mi papá entendió, aunque tarde, por qué la quietud del animal a pesar de que tenía la muerte tan cerca. La vez que me lo contó, le fue imposible no llorar; estaba totalmente ebrio, veníamos de enterrar a mamá. Fue la única ocasión en que me habló para algo que no fuera darme órdenes o regañarme. Quizá siente que lo que pasó aquel día, cuando era niño, es su única deuda, algo que debe equilibrar antes de irse. Mi papá cree que todos, de alguna u otra forma, merecemos lo que nos pasa, bueno o malo, pero no los animales; siempre ha dicho que son mejores que nosotros, que «no los merecemos». Tal vez lo más cercano al amor, lo único que es cálido en él, lo aprendió ese día. Y lo aprendió mal.
«¿A dónde paso a dejarte?», la voz de José, aunque mecánica, está erizada de furia contenida; le digo que él sabe a dónde. Entre nosotros se acumulan poco a poco papeles con sangre; se termina el rollo y le doy mi suéter porque su hemorragia no para. Cuando llegamos, le digo que pase para curarlo. «Y para que te cambies: todavía tienes ropa aquí», agrego. Parece desagradarle la idea, pero sabe que no quiere llegar así a su hogar, con rastros de lo que un día fue.
Cuando entramos, recorre la sala con la mirada. «Sigue igual», alcanza a escupir en un ladrido huraño. «Sigue igual», repito de camino al baño; le pido que me espere en la cocina. Me miro en el espejo, trato de reconocerme en esas canas, en esos ojos, pero no puedo. Vuelvo con alcohol y algodón, me hinco a limpiarle la herida. Sus manos son lo único que no ha cambiado en él, las acaricio y no sabe cómo detenerme. «Te puedes ir mañana», le comento sin mirarlo después de un largo silencio. No contesta nada, pero sabe que me lo debe, que es lo único que lo une a su pasado todavía. Nos miramos. Me pregunta si puede usar el teléfono, le digo que el del cuarto. «Allí te espero», me contesta.
Le llamo a mi papá y le digo que todo está hecho. «Qué bueno, mañana yo hablo con José, Boni». Tenía años sin llamarme así, no sé si lo notó. Le insinúo que, si quiere, puedo ir a quedarme. «No vengas ―agrega en voz baja, casi un susurro―, hoy le tocó el turno de la noche a “Ojos de paloma”». Sonrío, pero me doy cuenta de que no me está viendo y me siento tonta. «Oye, no cuelgues», me pide, «le estaba contando el otro día sobre ti a “Ojos de paloma”, me preguntó por qué te decía Boni. Y entonces yo le dije “porque es mi liebrecita”. ¿Sí lo estoy traduciendo bien?» Estoy a punto de decir algo, pero escucho la puerta de su cuarto abrirse y él cuelga de inmediato. El teléfono se me queda en la mano, callado, inerte, como un animal muerto.
Apago la luz y camino a la habitación. José está acostado, con la mirada fija en el techo, parece que ya no sangra tanto. Me siento a su lado y trato de tomarle la mano, pero la retira con brusquedad. Se quita el crucifijo y lo pone en el buró de su lado. Me acuesto a su lado, se gira hacia mí y nos vemos fijamente. Nuestros cuerpos están tensos, quietos, como si temiéramos que, con movernos sólo un poco, algo nos golpeará de repente.