Tierra Adentro
Portada de "Desde un lugar llamado siempre", Ramón Palomares. Nila Ediciones, 2023.
Portada de “Desde un lugar llamado siempre”, Ramón Palomares. Nila Ediciones, 2023.

Durante siglos las cartas han sido una llave para entrar a otros portales del universo subjetivo de un escritor, escritora, artista o personalidad influyente. Las cartas muestran otra manera de acercarse a la creación, con arcillas similares, pero al calor de una intimidad más profunda.

Las cartas nos permiten conocer a un autor o autora con mayor soltura. Podemos percibir su expresividad con más libertad que la que pueda tener cuando escribe para la academia, para una revista o para una editorial, inclusive para lectores universales, críticos implacables como el tiempo. Las cartas, en cambio, se escriben para expresar —la mayoría de las veces— situaciones cotidianas y emociones espontáneas relacionadas al afecto hacia la persona remitente, lector o lectora clave, con rostro, biografía y contexto predeterminado.

Sin esa falta de pretensiones estéticas que confieren las epístolas jamás hubiéramos conocido a un Bolívar, apasionado, encendido, derrotado y suplicante —como buena presa del amor— a los pies de Manuela. Y son esas cartas —que estuvieron ocultas por años—, las que resquebrajan el mármol de la estatua y dejan que aparezca la piel, la sangre, los huesos y los sentimientos de un hombre que libertó unas cuantas naciones con el pecho hinchado a toda vela por su coronela.

Las cartas de amor entre Miller y Anaís Nin, las de Maiakovski a Lilia Brick, las de Kafka a Milena, las cartas a Chepita de Sabines, las cartas de Pablo Neruda a Matilde Urrutia, solo por nombrar algunos ejemplos, ya clásicos, como parte de la “literatura epistolar”, nos muestran un lado distinto de estos autores; sin duda, el que escribe las cartas fogosas a Nora Barnacle no es el mismo Joyce del Ulises, aunque esa historia, que dura 24 horas, se dé el mismo día en que ambos se conocieron, el 16 de junio de 1904.

“Sin las cartas la vida se rompería a pedazos”, escribió en una ocasión Virginia Woolf, gran exponente de este género, que apenas unas pocas almas enamoradas siguen cultivando en este planeta de pantallas. Y es que las cartas fueron, hasta hace poco tiempo, el medio ideal para los asuntos de amor. Y así lo fue para nuestro poeta Ramón Palomares, quien desde los inicios de su relación amorosa con la joven abogada María Eugenia Chávez —con quien se casó en dos ocasiones— comenzó a enviarle pequeños escritos, cartas, poemas, postales, tarjetas… desde distintos lugares y distancias, por alguna ocasión especial, celebración o desde el arrebato amoroso de la cotidianidad y la nostalgia.

"Desde un lugar llamado siempre", Ramón Palomares. Nila Ediciones, 2023.
“Desde un lugar llamado siempre”, Ramón Palomares. Nila Ediciones, 2023.

Gracias a esta fuente inspiradora que es María Eugenia, los amantes de la obra de Ramón Palomares podremos acercarnos al tesoro expresivo que nos regala otro lado de ese pájaro encendido sobre los cielos andinos, y nos invita a beber de los ríos con que nos sigue obsequiando su poesía. “Yo le metía papelitos en los bolsillos de los pantalones, de las chaquetas o dentro de la carpeta donde estaban los poemas que iba a leer en algún festival”, nos cuenta María Eugenia, mientras va sacando una carta que el poeta escribió desde Bogotá:

Gracias por los papelitos, los mensajes cariñosos y llenos de amor. Te quiero mucho mi vida, y desde este paisaje que miro desde el piso número 20 (la ciudad brumosa, con verdores que apenas brillan bajo un sol palidísimo, se pierde señoreando su gran llanura), vuelvo a ser tuyo para siempre, como siempre…

Y finaliza la carta con este poema:

¿Me sientes?

Querida mía, hermosa

mía,

entro en ti, he abierto tú

preciosa casa,

tú casa adorada,

tu casa de cien mil puertas.

Desde esta muestra podemos descubrir las combinaciones de las que están hechas estas misivas en donde Palomares juega, dibuja, adorna. Donde las cartas a veces se entrecruzan con poemas dentro de un sobre que lleva inscrito un verso con una flecha que atraviesa de una esquina a otra, de manera transversal, para mostrar su continuidad; o una hojita con versos y una estrellita de cinco puntas, un árbol con un cuarto de luna que lo alumbra, como dibujados por un niño. A veces sale del cofre un poema sobre un papel y un sobre muy finos, elegantes, con pétalos finamente colocados de manera imborrable para el tiempo, que aún guardan su aroma intacto. Y luego aparece otro poema con ese esplendor, guardado por décadas en una servilleta que parece deshacerse entre las manos y que nos electrifica con el instante frágil de esa escritura.

"Desde un lugar llamado siempre", Ramón Palomares. Nila Ediciones, 2023.
“Desde un lugar llamado siempre”, Ramón Palomares. Nila Ediciones, 2023.

Aunque la mayoría de los poemas que fueron entregados como misivas de un amor profundo: “Desde el avión penetrando el mar”, contemplando el Mediterráneo, sus islas, sus poblados… desde la habitación de un hotel, desde una calle, etc., poseen un cuidado de la expresión casi instintiva que alcanza la belleza anhelada de la palabra. A veces el poeta utiliza alguna tachadura para sustituir un vocablo que no posee la precisión de la flecha. Ludovico Silva decía que la poesía de Palomares en “esa apariencia sencilla y como inocente de sus versos oculta una labor de zapa crítica, una lima incesante, un perfeccionismo que el poeta no osaría negar si se lo preguntasen”, pero en este caso las circunstancias de esta escritura es otra: las rutinas de los aeropuertos, los rituales del vuelo, la espera del equipaje cargado de la nostalgia que todo viaje trae consigo. En medio del trajín brota la imagen precisa y perfecta del poema:

Toco la sombra: es una piel fresca

rodándose en la noche como canción de agua,

como una risa que se hace mano

perfumada.

Eres tú.

Son pocas las veces que encontramos desbordada en la obra de Palomares esa fuerza amorosa de lo íntimo y lo sensual. De hecho, son escasos los estudios sobre el tema amoroso en su obra. La pasión expresada en estos escritos nos muestra a un Palomares que estuvo atesorando —literalmente— en un cofre guardado con mucho amor.

Esta mujer se llama EUGENIA y su cabeza vuela en la mía,

y en adelante iré siempre con ella, enamorado y sonámbulo,

tratando de descifrar una verdad: su verdad (que es la mía) y

que me corresponde por los siglos de los siglos.

Este amor se muestra a veces como una colina nublada por angustias, en ocasiones, estremecida por el trueno que espanta la escondida distancia, del miedo de que la amada no regrese, como si lo envolviese un latente peligro de perderla. María Eugenia nos cuenta que al inicio de la relación ella viajaba constantemente a atender casos, como abogada, en el estado Zulia, por lo que emprendía viajes hasta dos veces por semana a otras ciudades, durante largas horas y caminos difíciles, en un Mustang pequeño. Entonces, cada separación atormentaba al poeta, lo hundía en la nostalgia, no solo cuando viajaba ella, también ocurría cuando él salía a un compromiso poético, en cualquier lugar dentro o fuera del país.

Dónde respiras envuelta en tu perfume

de claveles y leche,

ahora

cuando el azul, nuestro cobijo de hace

solo unas horas,

se queja de tu escritura sola y flotante

desde el espejo como una desolada

mariposa.

Somos confidentes de un dolor y una angustia por donde asoma la muerte, una imagen constante desde sus primeras obras: “Cuando ya no seamos El amor/me portaré como la muerte”, ahora con nuevas desgarraduras del alma. El poeta sufre la distancia, una de las saetas que más hieren a un enamorado, por eso Joyce suplicaba a Nora: “¡Sálvame, fiel amor mío! ¡Sálvame de la malicia de este mundo y de mi propio corazón!”. El corazón lejos de la amada parece dejar de latir:

Cuando la ausencia me aparta así

de mis ilusiones, de mis sueños,

escucho la muerte revolver mis papeles

como escribiéndome una carta.

Cortázar titula un bello texto “El alma es un mundo en sí”, para hablar del poeta Keats. Allí cita una frase de Pierre-Jean Jouve, que dice: “La poesía es un vehículo interior del amor. Nosotros los poetas debemos producir ese ‘sudor de sangre’ que es la elevación a sustancias tan profundas, o tan altas, que derivan de la pobre, la bella potencia erótica humana”. Ramón Palomares nos eleva y nos sumerge en emociones frágiles, que van pulsando cuerdas de una melodía que resuena en nuestro lado amoroso y erótico.

…de modo que, marcados así, tú y yo quedemos para siempre en el vaivén de todas las cartas de amor, en el espasmo del corazón que se destruye amando, en ese espacio suspendido entre la flor que se abre y la ráfaga que la marchita…

Desde un lugar llamado siempre. Cartas y poemas de amor a María Eugenia fue presentado en la Feria Internacional del Libro de Venezuela, en el mes de noviembre de 2023, en una hermosa edición que nos da la posibilidad de sumergirnos en las letras inéditas más íntimas del poeta Ramón Palomares, aquellas signadas por su amor carnal y espiritual, por la inquietud sublime del enamoramiento y por la angustia de quien en ello lo apuesta todo.

"Desde un lugar llamado siempre", Ramón Palomares. Nila Ediciones, 2023.
“Desde un lugar llamado siempre”, Ramón Palomares. Nila Ediciones, 2023.

Link para adquirir el libro: https://nilaediciones.com/libro/desde-un-lugar-llamado-siempre/


Autores
(Caracas, Venezuela) Poeta, editor y gestor cultural. Licenciado en Letras por la Universidad Central de Venezuela; realizó cursos de Comunicación Social en la Universidad de La Habana y de Formación de Trabajadores Sociales en la Universidad Central de Las Villas (Cuba). Ha sido productor general de eventos culturales como La Feria Internacional del Libro de Venezuela (FILVEN) y la Feria del Libro de Caracas. Se desempeñó como gerente general del Centro Nacional del Libro (Cenal). Actualmente codirige Nila Ediciones. Ha publicado en poesía Al pie del origen (2005) y Costado de fuego (2013). Ha participado en festivales de poesía y ferias del libro de Latinoamérica.
Fotografía del interior del pub Eagle and Child en Oxford (Inglaterra), donde los Inklings se reunían (1930–1950). Tom Murphy VII, 2005. CC BY-SA 3.0 DEED
Fotografía del interior del pub Eagle and Child en Oxford (Inglaterra), donde los Inklings se reunían (1930–1950). Tom Murphy VII, 2005. CC BY-SA 3.0 DEED

Durante demasiado tiempo, hemos pensado el quehacer literario como un oficio solitario: la labor del genio escritor que trabaja desde su torre alta. Sin embargo, los Inklings —uno de los grupos literarios más influyentes de la historia contemporánea– rompen con ese paradigma al tiempo que revelan una forma distinta de pensar la escritura, una más comunitaria, basada en el intercambio de ideas y la retroalimentación constante; una escritura que se tiene sus cimientos en la amistad.

La historia de los Inklings, cuyos miembros más famosos fueron C. S. Lewis, J.R.R. Tolkien, Owen Barfield y Charles Williams, es una de amistad, mitos, espiritualidad y creación. El grupo, que comenzó sus reuniones a inicios de 1930 en Oxford, acogió a una larga lista de escritores, académicos, estudiantes y entusiastas de la literatura quienes, gracias a las reuniones semanales que se llevaron a cabo durante poco menos de tres décadas, eran animados a escribir y comentar las obras de los asistentes. A pesar de que todo apuntaría a mirar a los Inklings como una sociedad literaria o algún club, se trataba, antes que nada, de un grupo donde, en palabras de Lewis, “no había reglas, oficiales, agendas ni elecciones formales”, simplemente se trataba de reuniones recurrentes de amigos que disfrutaban escribir y comentar sus textos. Fue ahí donde vieron la luz las versiones más tempranas de El hobbit, El señor de los anillos, Las crónicas de Narnia, El problema del dolor y muchos otros libros. Los Inklings demuestran la necesidad de una amistad constante entre artistas, y las obras que surgieron de sus reuniones son el fruto de la exhortación continua entre sus miembros. Pero nunca habrían existido de no ser por Lewis y Tolkien.

Soy como tú, tú eres igual

Se conocieron en la Universidad de Oxford en mayo de 1926 después de haber ingresado ambos a trabajar en la Facultad de Lenguaje y Literatura, se encontraron por primera vez en una reunión de personal que tenía como fin, entre otros temas, continuar con las discusiones para la renovación del plan de estudios. Después de esa reunión, las dos facciones de la facultad, literatos y filólogos, se enfrentarían en una lucha tranquila, pero llena de separación. Por un lado, los filólogos, grupo al que pertenecía Tolkien, deseaban que el plan de estudios se enfocara en el lenguaje, en los estudios anglosajones, en el minucioso aprendizaje de inglés antiguo, y de textos donde Chaucer sería lo más moderno; afuera quedaban de su listado Shakespeare, Marlowe, Spenser y todos los autores post-medievales por ser “demasiado modernos”. Los literatos por su parte, y junto con ellos Lewis, buscaban la inclusión de literatura más moderna, hacían un llamado a disminuir la inclusión de textos en griego, latín e inglés medieval y deseaban estudiar a todos aquellos autores que habían surgido después de Chaucer.

Fue en esa reunión de personal en la que Lewis conversó brevemente con un hombre, el nuevo profesor de Anglosajón, al que describió en su diario como “tranquilo, pálido y de conversación fluida” que “cree que la literatura está escrita solo para el entretenimiento de hombres de entre treinta y cuarenta años”, “su abominación favorita es la idea de ‘estudios liberales’”, “cree que el lenguaje es lo realmente valioso de la escuela” y de quien finalmente dijo que “solo necesita que le den un buen golpe”; se trataba, desde luego, de Tolkien. Las cosas empeoraron: conforme ambos se conocían, empezaron a hacerse claras sus diferencias. Tenían intereses distintos, venían de tradiciones religiosas diferentes, sus especialidades diferían y se encontraban en lados opuestos de la discusión por el cambio de plan de estudios. Lewis escribió al respecto en su diario: “Cuando llegué al mundo se me advirtió (implícitamente) que nunca confiara en un católico y después de mi llegada a la facultad de inglés, (explícitamente) que nunca confiara en un filólogo. Tolkien era ambos”.

Los dos hombres habrían continuado así de no ser una estrategia ideada por Tolkien para impulsar su propuesta de plan de estudios. El problema se debía, pensó él, a que quizás aquellos opuestos a su forma de pensar la educación literaria no conocían el gratificante placer de estudiar a fondo los lenguajes antiguos. Tolkien —cuya pasión por los lenguajes lo había llevado a convertirse en filólogo, aprender más de una docena de lenguas y crear las propias— fundó entonces el grupo Coalbiters (o Kolbítar, el nombre venía de un antiguo dicho nórdico que se refería a un grupo de hombres que en invierno se juntaban tan cerca del carbón que parecía que lo mordían) que se dedicaba una vez por semana al estudio de las Eddas en su lenguaje original. Lewis terminó asistiendo a ese grupo guiado por la fascinación que cualquier obra antigua, pero especialmente los mitos nórdicos, producían en él desde niño. Con los Coalbiters encontró un espacio para volver a su antigua pasión mitológica y durante años se reunió semana tras semana con ellos. Durante las sesiones, el grupo se dedicó a la traducción paulatina de las Eddas —Lewis en una sesión lograba quizás terminar la traducción de un párrafo o dos, mientras que Tolkien podía fácilmente traducir una docena de páginas— y, lento pero seguro, la amistad entre los dos empezaba a florecer.

Primero, se trató de un reconocimiento mutuo, una suerte de felicidad por encontrar a alguien más que compartiera su amor por todo lo nórdico, su fascinación con el mundo lejano de las Eddas, su emoción ante la perspectiva de una tierra llena de héroes y cielos amplios. Y así, una noche de diciembre de 1929, Tolkien y Lewis comenzaron una charla que duraría hasta las 2:30 de la madrugada, donde hablaron sin descanso de los gigantes y los dioses de Asgard y encontraron en el otro a un compañero de gustos, alguien que los acompañaba en una fascinación en la que pensaban que se encontraban solos.

Pronto encontraron más cosas en común y comenzaron a reunirse cada lunes para comer y charlar. Entonces, Tolkien decidió dar un salto de fe y le entregó a Lewis el manuscrito de La Historia de Beren y Lúthien, un largo poema inconcluso que contaba la historia de amor entre el hombre mortal Beren y la mitad elfa mitad maia inmortal Lúthien y que estaba inspirado en la historia de amor de Tolkien y su esposa Edith. Hasta ese momento, Tolkien había mantenido casi completamente en privado su afición por la escritura: debido a un incidente en 1925 en el cual mandó extractos de su poesía a un antiguo profesor y tras ser criticado profusamente, dejo de mostrar sus textos por completo.

Como respuesta, y para gran felicidad de Tolkien, Lewis mandó la siguiente carta:

Mi querido Tolkien,

[…] Puedo decir con honestidad que ha pasado mucho tiempo desde que pasé una tarde tan maravillosa: el interés personal de leer el trabajo de un amigo tuvo poco que ver con mi deleite, pude haber disfrutado tanto esta lectura si la hubiera encontrado en una librería, escrita por un autor desconocido. […] Críticas detalladas (incluyendo quejas sobre líneas individuales) por venir.

Tuyo,

C.S. Lewis

Unas semanas después de esa carta, Tolkien recibió su poema ampliamente comentado por Lewis quien, además de anotar el texto como si se tratara de una obra de literatura antigua, escribía usando los sobrenombres Pumpernickel, Peabody y Schnick, académicos inventados por él, quienes discutían el poema de Tolkien y hablaban de las debilidades del texto como si se trataran de errores de transcripción de algún manuscrito antiguo. Lewis sugirió reemplazar pasajes completos, demostrando haberle prestado toda su atención a lo escrito por Tolkien y, sobre todo, dándole la seguridad de que su obra era comprendida, apreciada y tomada en serio.

Durante sus siguientes encuentros, discutieron aún más el poema, llegando a revisarlo juntos y Tolkien empezó a compartir con Lewis fragmentos de El Silmarillion, trayendo a su ahora amigo al mundo que por mucho tiempo solo le había pertenecido a él y a sus seres más queridos: la Tierra Media.

Lo que Lewis le dio a Tolkien fue mucho más valioso que cualquier consejo sobre escritura o cualquier crítica constructiva respecto a su trabajo (aunque de eso hubo mucho), se trataba de la certeza de que había alguien que apreciaba su trabajo, alguien que lo animaba, lo leía y a quien le importaba lo que el mundo creciente de la Tierra Media tenía que ofrecer.

Tolkien escribiría sobre el entusiasmo y amistad de Lewis de la siguiente manera: “La deuda impagable que le tengo no fue su ‘influencia’ como ordinariamente se ha entendido, sino su aliento continuo. Él fue por mucho tiempo mi único público. Solo de él llegué a tener alguna vez la idea de que mis ‘cosas’ podían ser más que un hobby privado”.

Y entonces fueron los Inklings

No se sabe con exactitud en qué momento las reuniones semanales de Tolkien y Lewis se convirtieron en las reuniones de los Inklings. Sabemos que el nombre fue tomado de una sociedad literaria estudiantil que había desaparecido tras la graduación de su fundador, que a Tolkien le hizo gracia pensar en el sentido doble de la palabra, que denotaba tanto a una persona que trabajaba con tinta como a un escrito incompleto, y que hubo tres sucesos que contribuyeron a su creación.

El primero fue la amistad de Tolkien y Lewis; el segundo, la conversión de Lewis al cristianismo; y, finalmente, la llegada de Warren (o Warnie), el hermano de Lewis a Oxford.

Lewis era ateo. En su juventud, después de la muerte de su madre, la larga tutoría bajo el profesor W. T. Kirkpatrick —quien le había hablado una y otra vez sobre la necesidad de un razonamiento claro, científico, basado solo en hechos y no en opiniones o sentimientos— y su tiempo en las trincheras de la Gran Guerra, había terminado por afianzar su rechazo hacia cualquier creencia religiosa. Con los años, sin embargo, su ateísmo comenzó a ceder. Primero, se debió a la influencia de Owen Barfield —posterior miembro de los Inklings— quien lo había llevado a reconsiderar la importancia de lo que hasta ese momento Lewis había visto como irracional; es decir, las emociones y los hechos subjetivos. Después, Lewis comenzó a sentir confrontada su creencia de que la religión era para “mentes simples” tras darse cuenta de que la mayor parte de sus escritores favoritos y amigos cercanos eran creyentes. Lewis pasó del ateísmo al agnosticismo a un teísmo libre de clasificación conforme su estancia en Oxford se ampliaba. Finalmente, durante otra de aquellas largas charlas con Tolkien, terminó considerando y aceptando no solo la idea de un Dios, sino la visión cristiana de lo divino. Tolkien le había hablado del cristianismo, la muerte de Cristo y la redención que con ella venía, como un mito real y del impulso creador del escritor como un reflejo de la creación divina algo que llamó “Mitopoeia”.

El diario de Lewis refleja su lucha interna: “[me encuentro en] peligro de caer de vuelta en la más infantil de las supersticiones”, pero Lewis terminó por ceder ante aquello de lo que tanto se había burlado y repudiado para convertirse finalmente al cristianismo. Así, comenzó a escribir El regreso del peregrino y entonces Tolkien tuvo la oportunidad de comentar ahora la obra de Lewis.

Fue después de este despertar espiritual que Warnie Lewis llegó a Oxford, para vivir con su hermano en una casa que compraron juntos. Pronto, Warnie comenzó a asistir también a las reuniones entre Tolkien, a quien Lewis había bautizado como Tollers, y su hermano, a quien llamaba Jack de cariño. A estas visitas a veces se sumaba Owen Barfield, cuya visión particular del lenguaje y su relación con lo mítico, descrita en su libro Poetic Diction, terminó por influir la obra de  Tolkien.1

Así fue pasando el tiempo y pronto las reuniones entre Tolkien, Lewis, Warnie, Barfield, Charles Williams2 y otros invitados, se convirtieron en las reuniones de los Inklings. Estas se celebraban martes y jueves. Los jueves se reunían en las habitaciones de Lewis en Oxford y comentaban las nuevas entregas de lo que fuera que estuvieran trabajando en esa ocasión; mientras que los martes —y cualquier otro día de la semana ya que estas reuniones no eran formales ni obligatorias de ninguna manera— se reunían por la mañana a tomar cerveza en el bar Eagle and Child. El grupo llegó a contar con más de una docena de miembros y, aunque no del todo formal, tenía votaciones cada vez que alguien deseaba invitar a alguien o cada vez que se nombraba a un nuevo miembro.

Las reuniones donde se hablaba de lo que se había escrito podían llegar a ser brutales, incendiarias, combativas e implacables. Warnie escribió que: “Las alabanzas hacia los trabajos buenos eran ilimitadas, pero la censura hacia el mal trabajo —o incluso el mediocre— era usualmente brutalmente franca”. Y en una ocasión, tras salir de una de las reuniones, Lewis escribió en su diario:

Tuve una agradable tarde el jueves con Williams, Tolkien y Wrenn, durante la cual Wrenn casi seriamente expresó un deseo intenso de quemar a Williams, o por lo menos, mantuvo tal conversación con Williams, que le llevó a entender por qué los inquisidores podían llegar a pensar que quemar gente era algo correcto. Tolkien y yo llegamos después a la conclusión de que sabíamos justo a lo que se refería: que al igual que algunas personas… son completamente golpeables, Williams es completamente combustible.

Sin embargo, a pesar de las fuertes críticas, Charles Williams escribió que los Inklings con todo y lo que tenían que decir de su trabajo o lo “combustible” que pudieran llegar a verlo, eran “buenos para mi mente”.

Los Inklings tenían en común la escritura, el amor por la literatura, la fe y la amistad.3 Fue en sus reuniones donde se leyeron por primera vez extractos de El señor de los anillos de Tolkien, Las crónicas de Narnia y Más allá del planeta silencioso de Lewis, y muchos otros textos que iban desde obras de fantasía o ciencia ficción hasta estudios literarios. Cuando salía el libro de alguno de los miembros, los demás le escribían alabanzas en los periódicos locales y revistas literarias. Y, aunque no eran un grupo libre de fricciones y rivalidades —en cierta ocasión uno de los miembros intentó lograr que se prohibiera que Tolkien llevara más textos “de hobbits”— por lo general se apoyaban entre sí, se brindaban ánimos para la escritura, para iniciar o continuar algún proyecto y no le temían a la crítica constructiva (o a la destructiva). Sus reuniones eran animadas, llenas de risa y conversación. Y, cuando llegó la Segunda Guerra Mundial, llegaron a compartir raciones de alimentos y a animarse mutuamente mientras el país se hundía en el caos.

Los Inklings reflejaban aquellas primeras reuniones entre Tolkien y Lewis: las de unos amigos que se juntan por el placer de estar juntos, que comparten lo que han escrito por el gusto de compartirlo y por el gusto de escuchar al otro decir lo que piensa.

Es imposible intentar abarcar en un artículo como este todas las instancias de apoyo mutuo, la importancia de cada reunión en la obra de uno o de otro, cada aporte hecho a lo largo de los años, cada instancia de una crítica brutalmente honesta. Se ha tenido que dejar fuera a Charles Williams, cuya relación con Tolkien y Lewis fue tormentosa con uno e ideal con el otro; la fantástica teoría del lenguaje mítico de Barfield; los libros escritos por Warnie, que encontró en la literatura una segunda carrera gracias al apoyo constante de los Inklings; la importancia de Christopher Tolkien; y la sociedad de Mitopoeia, fundada en honor de los Inklings, en recuerdo de la charla entre Tolkien y Lewis donde Lewis volvió a la fe. Bastará decir que ese grupo de amigos fue un espacio que impactó con fuerza en la literatura contemporánea y, sin el cual, nuestro mundo echaría en falta las obras sin las cuales la ficción especulativa sería muy distinta.


Autores
(Ciudad de México, 1995) Es dramaturga y editora. Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana.
Ilustración realizada por Maricarmen Zapatero
Ilustración realizada por Maricarmen Zapatero

A pesar del auge de las escrituras citacionistas y desapropiativas, que cuestionan tanto la autoridad del autor como la idea de la gran literatura, resulta difícil hablar del embuste literario como una forma de escritura conceptual que irrumpe en la ciudad letrada con su juguetona irreverencia. Si bien es cierto que la literatura es en sí misma un arte de la fabricación, donde se desdibuja la ya delicada línea entre la realidad y la ficción, existen textos literalmente falsos, fraudulentos o de plano falsificados que buscan engañar a quien los lee. El aspecto inherentemente engañoso del hoax literario hace que sea difícil identificarlo como tal y aún más descifrarlo. Después de todo, en este tipo de libros, nada es lo que parece.

La historia de la literatura universal está llena de ellos. Pienso en el falso Quijote que se publicó en 1614 como una continuación apócrifa del libro de Cervantes. Se dice que este libro fue una revancha de Don Jerónimo de Pasamonte—el supuesto personaje detrás del seudónimo de Alonso Fernández de Avellaneda—por la manera en que Cervantes lo retrató en la primera parte del Quijote. O al menos eso creía Cervantes, quién dejó pistas sugiriendo la identidad del usurpador en la segunda parte del libro publicada después de que el manuscrito de Avellaneda se imprimiera. Otro caso ampliamente conocido es el de Edgar Allan Poe, a quien le gustaba publicar noticias falsas como “El camelo del globo,” donde describía con habilidad científica y minuciosidad calculada el trayecto de tres días de un globo aerostático a través del océano atlántico en 1844. Otros ejemplos son las traducciones falsas de Max Aub, las falsificaciones de William Henry Ireland conocidas como “The Shakespeare Hoax” o el éxito comercial de Naked Came the Stranger, libro intencionalmente mal escrito y lleno de sexo que pretendía evidenciar el supuesto declive de la literatura en Estados Unidos a finales de los sesenta.

En cuanto a las estafas literarias del medio mexicano, una de mis favoritas es la del cuento de Juan José Arreola que aparece en su libro Palindroma (1971). “El himen en México” parece ser una reseña de un tratado médico inexistente escrito por un tal Francisco A. Flores que varios lectores y críticos asumían como personaje ficcional hasta que José de la Colina y Gerardo Deniz se encuentran un ejemplar del libro de Flores en la biblioteca de México. Ya que menciono a Gerardo Deniz, cabe resaltar que los seudónimos muchas veces se utilizan para oscurecer la procedencia de este tipo de libros. Si bien escribir bajo un nombre falso no es sinónimo de estafa literaria (por ejemplo, los heterónimos de Fernando Pessoa o los múltiples nombres de Asunción Izquierdo Albiñana), si puede ser una pista de que estamos ante un embuste.

Una de las generaciones de escritores que se divirtió con estos juegos fue la bien llamada generación de la insolencia. La revista S.Nob, creada por Juan García Ponce, Emilio García Riera y Salvador Elizondo, combina los engaños literarios con el escándalo, el chisme y una visión de la sexualidad que, por supuesto, no ha envejecido nada bien. Fotografías sin crédito, modelos desnudas que esconden su identidad para mantener la incertidumbre, reseñas de productos que no existen y tantos seudónimos que a veces es difícil apuntar quién escribe. Por ejemplo, pienso en las secciones de giromancia firmadas por Cecilia Gironella y Dalia Amadís de Gaula, nombres que después de una búsqueda exhaustiva entre chismes, cartas, documentos de la época e investigación académica, resultaron ser pseudónimos de la periodista Ana Cecilia Treviño.

La investigadora Clara Sitbon1 sugiere que los engaños literarios son un género que busca desafiar el estatus, la función y la credibilidad del autor porque el fraude revela cómo la figura autoral opera en la esfera pública y evidencia los defectos del sistema literario. Esto es evidente en los casos antes señalados y también puede verse con S.Nob como proyecto cultural que, entre otras cosas, buscaba demostrar el acartonamiento de la literatura mexicana y su falta de cosmopolitismo.

Volvamos al punto de origen de esta serie de Balmoreadas que es Carlos Balmori (o la embaucadora de Conchita Jurado). Las balmoreadas eran tretas para establecer hasta qué punto una persona resistía una cantidad de dinero antes de hacer concesiones de orden moral o ético. Aunque más que literatura, las balmoreadas son arte de acción, éstas forman parte de la tradición del embuste literario porque inspiraron múltiples textos engañosos en la prensa de la época, así como textos ficcionales a lo largo del siglo XX y XXI que continúan jugando con el laboratorio experimental de Conchita.

Tal es el caso de Más vale robar que pedir, libro publicado bajo el sello de Almadía en el 2010 que reúne tres textos escritos por los herederos (y familiares) de Balmori con la finalidad de rendirle homenaje. Miris, Franco y Cata Balmori proporcionan al lector diferentes claves para entender el arte del embuste, acompañados de ilustraciones de Juana Balmori. En el primer texto, Miris Balmori argumenta que pocas veces se le ha dado al embuste el lugar que merece dentro de las artes porque es difícil clasificarlo y aventura una posible definición del embustero:

Hace uso de lo inesperado, trastoca las fronteras de lo legal y lo ilegal, no respeta los límites entre el buen o mal gusto, entre lo bueno y lo malo, viola gustosamente las reglas de urbanidad y, sobre todo, suele ser un gran improvisar. El embaucador busca cuidadosamente a sus víctimas, lanza la broma a un blanco bien definido2.

Para la autora, Carlos Balmori es uno de los embusteros más brillantes del “capitalismo moderno” porque utiliza la ironía y el engaño para evidenciar los efectos del capital.

Franco Balmori concuerda con la visión de Miris y agrega que lo que hay que destacar de las balmoreadas es su papel esencialmente desestabilizador. A diferencia de Maris Bustamante que identifica las balmoreadas como precursoras del arte de acción junto con las vanguardias, para Franco Balmori éstas no deben confundirse con el arte de vanguardia sino que pertenecen a la bohemia del siglo XIX. Según el autor, la bohemia nace de la necesidad y del paro laboral de los artistas desplazados del mundo ‘oficial’ del arte. Concluye que la obra de Balmori “es una concienzuda práctica de pequeñas traiciones, de una moral rabiosa que, descreída de la humanidad goza demostrando al lobo que todos llevamos dentro”3. Digamos que para los herederos de Balmori, una de las cualidades de estos engaños era poner en evidencia la relación entre el capital y el mundo del arte.

El libro cierra con “La mordaz boca bicéfala” de Cata Balmori. En este texto, se narra una conversación entre el narrador no identificado y Luis Cervantes Morales (secretario de Balmori y autor de sus memorias) mientras pasean una noche por el Panteón Civil de Dolores. Quien nos narra la caminata está intentado descifrar una de las piezas del rompecabezas: cómo es que un médico como Cervantes Morales conoce a Balmori, se vuelve su secretario y cómplice. Si bien este misterio no se resuelve, el cuento acaba con Cervantes Morales destruyendo la tumba de Balmori para mantener vivo el experimento. La tumba es la única prueba material de la muerte de Balmori. Si ésta se destruye, no habrá evidencia de su muerte y se podrá seguir alimentando la idea de que Balmori vive y viaja por el mundo, es decir, el embuste continúa. ¿Es esta la clave del misterio de la Conchita decapitada? ¿De la tumba vandalizada?

Pero nada es lo que parece. Más vale robar que pedir es un clásico embuste literario. No solo sus autores se esconden bajo identidades y nombres falsos, sino que la misma publicación del libro es un robo. El libro tiene todas las características que distinguen a la editorial independiente Almadía: colores llamativos, ilustraciones, ese papel lleno de textura e incluso el distinguido logo con una pequeña variante: hay cuatro Balmoris en la barca. Almadía, el puerquito de los Balmoris del siglo XXI. 

Lo interesante del caso es que la artimaña no está centrada en el autor como en Cervantes ni en el lector como en Poe sino en el ‘robo’ de un sello editorial. ¿Quién está detrás de este robo? ¿Por qué la víctima es Almadía? ¿Qué tienen en común las balmoreadas y una editorial independiente del siglo XXI? La tradición literaria de la artimaña sugiere que estamos ante un texto que busca desafiar las formas en que se produce y circula la literatura en nuestra época. Cualquiera es libre de expresarse y es necesario “posibilitar espacios de creación horizontales que escapen al consumo y la cultura como mero entretenimiento”—dice una de las pocas entradas que se pueden encontrar en la red sobre la presentación del libro. Un embuste exitoso consiste en no poder descifrar la identidad del embustero. 666histerimocrítico, ¿Eres tú? 666histerismocrítico es (o fue) un proyecto autogestivo y cooperativo sin dueño con presencia en la blogosfera y a veces publicaban fanzines. Publicó un manifiesto que todavía circula en la red donde se declara que el histerismo es una herencia matrilineal del pensamiento y la acción histérica que ataca las defensas del capitalismo y el estigma. Tomando en cuenta esta posibilidad, el lector puede imaginarse que Más vale robar que pedir es un homenaje feminista a Jurado, otra histérica más que desafía la (hetero)norma y el (c)istema. Un embuste bien logrado no se resuelve, se alimenta. Y lo que importa es que Balmori sigue vivo, que la tumba está vacía y sus herederas siguen produciendo histeria.


Autores
(Tijuana, 1988) Es doctora en estudios hispánicos con una especialidad en estudios de género y sexualidad. Ha publicado reseñas en diversos medios, artículos académicos y es colaboradora de Hablemos escritoras. Actualmente vive en Estados Unidos donde es profesora investigadora. Su investigación se centra en el estudio de la producción cultural cuir de mujeres en México. Le interesa la construcción del canon, las teorías de los afectos, los movimientos feministas y transfeministas en Latinoamérica.

Cómic realizado por Ureshi San-Universe
Cómic realizado por Ureshi San-Universe


Autores
Ureshi-san Universe, ilustrador originario de Ensenada, Baja California, con enfoque en el género “yaoi”, también conocido como BL (Boys Love). Tras graduarse de la carrera de Diseño Gráfico en 2016, se ha dedicado a crear contenido visual de dicha temática inspirado en personajes de sus series y películas favoritas. Actualmente vive en Tijuana, Baja California, trabajando como ilustrador y diseñador gráfico para un canal de Youtube y, a su vez, trabaja en más contenido para compartir en redes sociales y se prepara como expositor para eventos próximos.
Ilustración realizada por Jal Reed
Ilustración realizada por Jal Reed

Volvieron —dijo mi abuela— va a volver a pasar, como cuando era pequeña y vinieron retumbando el monte con ese aleteo infernal que llega a deshoras y nomás se come todo a su paso con la furia desenfundada, como si una bestia enorme de mil cabezas se arrojara hacia un barranco. Yo no entendí lo que estaba diciendo porque a veces habla en lenguas que ya casi nadie recuerda y que pertenecieron a otra época que a mí no me tocó vivir, pero que ella se encarga de que no olvidemos.

“¿Quiénes volvieron?” le pregunté mientras tenía un gusano vivo en la boca que se deslizó sutilmente entre mis dientes para escuchar los murmullos de mi abuela que decían yo no sé qué tantas otras cosas. Una vez fuera de mi boca, el gusano me miró con cara de tregua como preguntándome con tanta ternura y terror en sus ojos: “¿me dejas ir?”, que se me fue el hambre y no tuve más remedio que darle paso.

“Estarás contenta” le dije a la abuela refunfuñando mientras el gusano atravesaba el monte sin mirar a los cientos de insectos que acampan a esa hora de la noche cerca de nuestra casa, y siguió su camino hasta perderse más allá del rumbo de las sartenejas.

“No me estés chingando a la abuela” interrumpió mi madre al llegar con su marsupio lleno de chinches, que había estado recolectando desde la tarde. Luego le habló al oído e intercambiaron breves palabras que culminaron en un vámonos.

“¿A dónde? Ni siquiera hemos cenado” le contesté más que enfurecida como solo una Capricornio puede contestar cuando tiene hambre y la andan chingando como si no valiera nada. Para mí era natural que yo y mi abuela no nos lleváramos bien, después de todo ella había nacido bajo el signo de Escorpio y acá todos sabemos que son el peor signo, o al menos yo me he encargado de difundir esa idea en la Comarca. Después de todo, muy pocas como yo han dedicado la vida entera a la lectura del tarot o de la posición de las estrellas.

Es la tercera vez que nos mudamos de casa —le dije a mi madre— no me pienso mover de aquí, lo dicen las estrellas. La última vez ni siquiera habíamos logrado desempacar las cosas de la mudanza, cuando la abuela tuvo esa profecía de “Inminente inundación” y nos tuvimos que alejar de la zona roja. Ese era el lugar perfecto para asentarnos y vivir tranquilas. Había una fila de casas en las que siempre tiraban las mejores sobras y eran perfectas para nosotras.

“Volvamos ahí” dijo con cierto entusiasmo como si no supiera que ahora es territorio de Las Oregon Rattus y que donde ellas se ponen no dejan nada para nadie. Ahora, si todas jaláramos parejo otra historia sería, pero nadie en la Comarca es de las que luchan, y nomás les gusta andar regalando lo poco que tenemos.

Ya no son tiempos de guerra —replicó mi madre en voz baja— tenemos que respetar la tregua.

Ah, chingados, tregua mis polainas —le contesté en seguida—. Acá nadie nos respeta ni un carajo y tú quieres andar pregonando que estamos en tregua. Despierta, madre, esto ya no es como en tus tiempos.

—Tu abuela dice que volvieron y que no se irán hasta que peinen todo.

—¿Todo qué? Si aquí no hay nada. Vivimos en la intemperie, como si no supiéramos dominar el fuego.

—Son Las Norte Langostas. Entiende que no hay escapatoria para sus infinitas mandíbulas.

—¿Y qué con eso? Ya nos hemos enfrentado a pandillas antes.

—Tú estás bien chamaca por eso no sabes lo que dices. Las Norte Langostas vienen volando en enjambres y se comen todo a su paso. Toda fruta, verdura o raíz y no dejan nada.

—Bajo tierra no pueden acercarse a nosotras. Para eso hicimos la casa.

—Bajo tierra no hay suficiente alimento. Además, piensa que, si se comen todo, ¿qué insectos vendrán a vivirse por acá? Tenemos que irnos antes de pasar hambre. Tu abuela no resistirá otra hambruna.

—Ni resistirá otro viaje. Acá nos quedamos, ya lo consulté con las cartas. La abuela no sabe ni lo que dice, esta no es la primera vez que sale con sus pendejadas. Te dije que era una mala idea mudarnos la última vez, por seguirle el juego, ahora estamos como estamos. Sea lo que sea, resistiremos.

—Sabes que establecernos en un solo lugar va contra natura. Siempre debemos estar en movimiento. Somos nómadas. ¿Qué más da irnos tantito más atrás del monte?

—Que no y no se diga más.

Pero sí importaba irse tantito más al monte porque de ahí venimos y nos costó mucho llegar hasta esta tierra baldía que no le pertenecía nadie. De algún modo, estar lejos de la carretera nos ha resguardado del peligro que significan para nosotras los automovilistas alcoholizados, los jardineros complacientes y las señoras con escobas asesinas. Además, tenemos la protección de Las Oregon Rattus,por una cuota mínima de semillas que no nos cuesta nada recolectar en esta zona. Todo está organizado en una cadena perfecta que no iba a dejar ir por el sueño de una anciana. Hasta que llegaron.

Lo que mi abuela decía de Las Norte Langostas no era del todo preciso. No era cierto que volaban, pero sí hacían un ruido infernal. Eso no puedo negarlo. Vinieron cabalgado sobre bestias amarillas que nunca habíamos visto y que se tragaban todo a su paso con sus pies metálicos, producto de la sociopatía humana para acabar con todo lo vivo. Mi madre no me habla desde que llegaron y se guarda en su marsupio todo lo que alguna vez me dijo. Mi abuela, por el contrario, lleva meses sin dormir y no se calla nada. Cuenta, de las formas más imaginativas, cómo nos vamos a morir todas en este pequeño encierro de madriguera. Las Serpientes 8 huyeron más hacia el norte, por fuera de la zona roja y acabaron por anidar en algunas bañeras y lavabos de casas cercanas.

Es mejor que nada —dijeron— y se fueron antes de que botaran la primera fila de árboles. Tampoco ahí les queda mucho qué esperar. Las Serpientes 8 son un grupo de reptiles sigilosos, famosas por hacer operaciones encubiertas, pero eventualmente tendrán que salir a la superficie. Y a nadie le gusta ver a una serpiente cuando está sentado sobre el inodoro con los pantalones abajo.

Las Oregon Rattus opusieron resistencia desde el principio, pero ya nomás les queda una pequeña flotilla de iniciados que todavía no han desarrollado todos sus dientes. Las ratas son mamíferos realmente duraderos, ágiles e inteligentes, pero no pueden controlarse cuando sienten cerca la comida descompuesta. Hay algo en ella que les hace perder la cabeza en un instante y nomás caen una a una en las decenas de trampas que la humanidad ha diseñado para su especie: desde la ratonera común, hasta la goma pegajosa AKA, “el verdugo de las ratas y ratones”. Pero la preferida, desde tiempos inmemoriales, es el siempre confiable veneno. Cualquier cosa con veneno es letal para todas nosotras. Y los humanos lo saben.

Sin la protección de Las Oregon Rattus nos quedamos a la deriva. Nuestra Comarca se partió en dos: por un lado, están las que decidieron replegarse más hacia el monte donde ahora son presa fácil de Las Colarillos Queens y de otras células delictivas, que se han ido formando ante la restructuración territorial; por el otro, está nuestra pequeña familia, que está sitiada por Las Norte Langostas y ha optado por encerrarse en un hueco como si fuéramos criminales.

Desde que llegaron, no han parado de trabajar día y noche. Primero llegaron los topógrafos y midieron toda la tierra con sus aparatos y tomaron fotografías como si no hubiera un mañana. Luego, llegó la caballería a llevarse todos los árboles hasta donde alcanzaba a ver desde el tronco de un álamo que no pudieron desprender del suelo. No mucho después comenzó a llegar, como una horda de hormigas rojas, la infantería. Esa fue la peor, porque tienen órdenes de su comandante en jefe —un tipo que nunca se despega de la cara sus lentes de sol Versace— de atacar a muerte a cualquiera de nosotras sin preguntarnos nada.

“De todas maneras, no tenemos papeles, no hay nada qué pelear” dice mi tía, mientras yo sigo cavando hacia el fondo de la tierra como un minero que busca diamantes que nunca va a gastarse. Mi madre, en cambio, solo se come su silencio y me mira con desprecio, como si yo los hubiera invitado a que vinieran a invadirnos.

Lo último que alcancé a ver antes de que nos cerraran el acceso a las estrellas, fue que usaron nuestra madriguera como cimiento para una columna de metal, en la que más tarde acomodarían esas letras características de los humanos en rojo y azul: C-O-S-T-C-O-W-H-O-L-E-S-A-L-E, que no pude entender del todo, pero que mi abuela asegura, como solo las abuelas pueden hacerlo, que únicamente podía significar una cosa: “Territorio de Las Norte Langostas”. Esas que vinieron desde su infancia como un murmullo agitado que no nos deja dormir por las noches y que nomás esperan a que simplemente nunca hubiéramos nacido.


Autores
(1994, Ticul, Yucatán) es Licenciado en Literatura Latinoamericana y Técnico en Educación Artística con Especialidad en Creación Literaria. En 2022 obtuvo el Premio Nacional de Dramaturgia Joven “Gerardo Mancebo del Castillo Trejo”, ganador de los “LXIII Juegos Florales Nacionales de Ciudad del Carmen” y seleccionado en la 3ra convocatoria “Alas de Lagartija”. En 2020 ganó el Premio Estatal de Cuento Corto “Tiempos de Escritura”. Es productor ejecutivo del colectivo U Yotoch Yúuyum.
Ilustración realizada por Mildreth Reyes
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

Hace aproximadamente tres meses me enteré de que mis antiguos compañeros y compañeras de la universidad tenían un grupo de WhatsApp. Me lo dijo mi amigo Humberto, me consta que sin mala intención. Fue algo como: “¿No viste lo que publicó fulanita en el grupo?”. Pregunté: “¿Cuál grupo?”, y en seguida se dio cuenta de que había metido la pata. “Ah, pues es que los de la carrera tienen un grupo de WhatsAppdonde siempre se están contando lo que hacen… Pero no es tanto, ¿Eh? No te pierdes de mucho. Ya sabes cómo son esos güeyes”. Sentí en el pecho una bola caliente, viscosa, de tamaño considerable. No había pensado en ellos en más de cinco años, salvo de manera fugaz al encontrarme con alguna foto perdida en la galería de la computadora. Sabía que había pasado ese tiempo porque hace cinco años vi por última vez a Paloma, mi mejor amiga de la universidad. Hace cinco años ella seguía casada con el mejor amigo de mi marido. Ahora ellos están divorciados y yo no he hablado con ella en mucho tiempo.

Cuando terminó la llamada con Humberto me cayó el veinte de que hacía mucho no veía publicaciones de Paloma. Y me pasó como en el meme: busqué entre mis amigos virtuales el nombre con el que la recordaba y bajo su foto de perfil encontré el botón azul para enviarle una solicitud de amistad. Ni siquiera me di cuenta del momento en el que me eliminó. Como buena ansiosa empecé a preguntarme qué había visto entre mis publicaciones para tomar aquella horrible decisión. Supuse que algún contenido feminista, puesto que, aunque durante la escuela nos unieron intereses similares respecto a abrirnos paso siendo mujeres en una industria machista y retrógrada, una vez que tomamos nuestros caminos, cada una asumió el propio de distinta forma.

Casi en seguida me dio la impresión de que me había eliminado como en una especie de ajuste de cuentas, pues eso que ella hizo conmigo, antes yo lo había hecho con compañeras y compañeros que publicaban contenidos que me molestaban o me parecían agresivos o irrespetuosos de alguna forma. Después de reflexionarlo, llegué a la conclusión de que merecía la distancia que Paloma había interpuesto entre nosotras, pero ¿Qué había hecho para que ninguna de las personas con quienes estudié la universidad pensara en mí como miembro de ese grupo de WhatsApp? De ese exclusivo, reservado y único grupo de WhatsApp. Pasé varias horas pensando en sus interacciones, una a una me fueron llegando a la mente sus caras y las expresiones de quienes seguro sí tenían espacio donde yo no. Con las caras también llegaron los recuerdos y las emociones que me provocaban. De manera racional, llegué a la conclusión de que en realidad yo ya no tenía nada en común con nadie. Después de todo abandoné la profesión tras diez años de ejercerla, pero ni una sola vez en ese tiempo intenté buscar a nadie más que a Paloma o a Humberto. Entonces, si mi molestia estaba infundada, si no tenía vínculos con nadie, si no recordaba un solo momento genuinamente feliz con ninguna de esas personas, ¿Por qué me dolía la exclusión?

Pasé días con la enorme pregunta ocupando todo el espacio dentro de mi cabeza, mordiéndome las uñas, contándome mi propia historia para buscar aquello tan malo que hice para no merecer un espacio en ese grupo. Y con frecuencia yo misma me preguntaba: ¿Y luego?, ¿Qué vas a hacer si te meten?, ¿De qué vas a hablar?, ¿Estás segura de que tienes algo en común con ellos, además de haber compartido algunas clases o de haber estudiado en grupo? Quizá porque no podía responderme, en automático regresaba a la sensación de malestar y de que había algo en mí que no les era suficiente o les desagradaba. Incluso también a Paloma, quien sí pertenecía. Tenía la idea de ser excluida de un grupo de gente exitosa, que no tenía las mismas crisis que yo, que no se cuestionaba cada paso que daba, cada decisión.

Dos días después, cuando aún tenía todas las preguntas y los razonamientos revueltos, Elma Correa me dijo: “¿Para qué quieres estar en un espacio de cualquier tipo donde te sientas así? Next, ellos se lo pierden”. No es que realmente crea que se pierden de algo, pero sus palabras apuntaban a esa razón de peso que por algún motivo yo no terminaba de formular.

Después apareció Diego en mi cabeza. Lo dejé de ver por el 2006, más o menos. Terminamos mal, sin duda, y mi sensación recurrente al pensar en él los años posteriores era que las circunstancias no habían sido justas, que me debía algo. Con frecuencia pensaba también en cuando le presté Olga encuentra su media naranja, el primer libro que leí a los ocho años, y lo hizo pasar por suyo para no devolvérmelo. Nunca se disculpó, ni por el libro ni por nada. Los años siguientes aquella sensación volvía en los momentos menos oportunos, como una especie de sombra que se me aparecía a voluntad y me sacaba del equilibrio que me costaba tanto trabajo mantener.

En algún punto comencé a imaginar —quizá a desear— que tarde o temprano me buscaría para darme explicaciones y pedirme perdón. Repetía en mi mente las palabras exactas con las que lo haría: “Xo, la neta te traté mal, te desperdicié, sí te quise, pero estaba muy clavado conmigo mismo y no pude darme cuenta”. Y por supuesto yo no lo perdonaba, y eso era lo que me provocaba paz, o me la devolvía.

En 2020, de la nada y sin previo aviso, Diego volvió. Por supuesto no fue como supuse. Aunque sus palabras y explicaciones me provocaron escalofríos por el parecido que tenían con lo que había imaginado durante años —incluso la intención que percibí en la distancia de la virtualidad se asemejaba—, mis emociones al leerlo no se acercaban ni tantito a ese estado de paz que había necesitado. Por el contrario, en todo el tiempo que la interacción duró, me llené entera de incertidumbre, me cuestioné todo: “¿Por qué había esperado tantos años?, ¿Por qué no lo hizo antes?, ¿Qué hubiera pasado de haberlo hecho antes?, ¿Qué era yo para él en ese momento?, ¿Por qué creyó que podía dirigirse a la misma persona que fui en la adolescencia?, ¿Qué buscaba de mí?, ¿Por qué me revictimizaba?, ¿Por qué yo le permitía revictimizarme?”. Las preguntas en mi mente siempre corren el riesgo de sobrepasarme y salirse de control, por eso, al llegar a la última, caí en cuenta de que ese era el momento para cerrar con el tema para siempre. Lo mandé a la chingada, lo bloqueé de todos lados y dejé macerar la experiencia para escribirla después.

También recordé cuando mi papá nos corrió a mi mamá, a mi hermano y a mí de su casa varias veces, la última y determinante en el 2007, cuando yo tenía veintidós años. Nos obligó a buscar un lugar donde pasar aquella primera noche y las siguientes, a rentar un departamento tan barato como inconveniente, a buscar chambitas que nos permitieran cubrir por completo nuestros gastos y asegurar lo que faltaba de mi educación superior. Decidió que estar enojado conmigo lo eximía de cualquier responsabilidad, y se olvidó de mí. O quizá no, pero eso he sentido desde entonces. Hasta hace poco aún me preguntaba cómo podía andar por la vida tan tranquilo, a sabiendas de que su mujer, su hija y su hijo no tenían una cama, ropa, casetes, zapatos, porque todo se lo había quedado él. También me peguntaba si yo podría desarrollar ese desinterés hacia un hijo o hija, si alguna vez decidía ser madre. Y aunque no asumió ninguna responsabilidad hacia mi hermano o hacia mí, durante mucho tiempo intentó convencer a mi mamá de regresar. Supongo que en algún momento se cansó de las negativas y hasta ahí cerró ese ciclo. Igual hicieron varios de sus hermanos, a quienes habríamos visto dos o tres veces en la vida. En aquella época me dio por pensar que la muerte de mis abuelos paternos, durante mi adolescencia, fue la manera de cerrar un ciclo de apariencias que sus hijos se esmeraron en cumplir, pero que se volvió insostenible cuando se quedaron por su cuenta.

Actualmente, en casa de mis suegros cada fin de año participamos en la repetición de los rituales típicos: barrer el agua en el umbral de la puerta, dar la vuelta a la calle con maleta en mano, escribir los malos pensamientos en papel y quemarlos en una olla vieja. Entiendo el significado de cada uno y hasta me divierte ser parte de esta ritualística, pero, sin duda, lo más importante siempre es el brindis, porque cada elemento que lo compone dice algo: cómo fue el año, la medida en la que los conflictos han sido solucionados, el lugar que cada persona ocupa en el orden familiar y quiénes han dejado de formar parte de la dinámica. Soy pariente política, por eso siempre estoy en los últimos lugares, pero debo reconocer que soy la primera en esos últimos lugares, porque a través del tiempo he sido la pareja más constante y, en teoría, estable.

Cada año preparamos un discurso que ayude a reconfortar, a comprender o conmemorar lo que ha pasado, a agradecer, pero, sobre todo, a cerrar una especie de ciclo que culminamos con una cena, en donde el gran protagonista es el espagueti rojo que prepara mi suegro.

Yo pienso durante varios días lo que dicen esas personas que me han hecho un lugar en su mesa desde hace doce años: piden salud, mejor actitud, fortaleza, resiliencia, mejores cosas por venir. Agradecen a Dios todo lo que les concedió. Yo cada año exalto lo enorme que me siento ocupando ese espacio, ese momento. Me gustaría creer en Dios y poder atribuirle estos sucesos, pero no creo, y no sé si haya algo de karma o de equilibro universal o de justicia poética en el hecho de que, reunidas y reunidos ante una mesa con once o quince lugares dispuestos, conozco las historias personales que les atravesaron a lo largo de un año, las emociones que experimentaron, todo lo que no pudieron hacer y lo que sí. Entiendo que eligen ese día para pasar la página, quizá para experimentar un cambio de actitud, una recarga de energía, una renovación. Quizá esa también es una buena forma de cerrar un ciclo: pensar, valorar, aprender y continuar.

Mi amiga Paloma cerró el ciclo conmigo al poner un límite entre nuestros espacios. El resto de mi generación lo hizo excluyéndome del grupo de WhatsApp. Diego buscaba cerrarlo a través de un perdón o una especie de expiación. Mi papá lo hizo pasando página. Mi familia política lo hace en voz alta. Quizá, después de mis comunes momentos de ansiedad, mientras observo desde los lugares que me he ganado, pienso que para mí esos ciclos se cierran en tanto los escribo.


Autores
Xóchitl Olivera Lagunes (Ciudad de México, 1985) estudió la carrera de ingeniería agrícola en la UNAM. Ha tomado diferentes talleres de creación literaria. Estudió el diplomado en escritura literaria en Literaria-Centro Mexicano de Escritores. Ha publicado en la revista digital Cronopio y en El Universal. Su primera novela corta, Ojos de gato, se publicó en 2016. Es cofundadora de la revista digital Semillas de Sauce, donde escribe y edita. En 2020 ganó el premio nacional de novela joven José Revueltas.
"Watchmen", novela gráfica publicada por DC Cómics. (1986 – 1987)
“Watchmen”, novela gráfica publicada por DC Cómics. (1986 – 1987)

Existen al menos dos vías para responder a quién es Alan Moore. La primera exige una revisión de sus mejores obras y la mirada nihilista que utiliza para desarrollar historias con los personajes clásicos de DC Cómics. Mientras un autor promedio podría ofrecer un triunfo clásico de Batman sobre sus enemigos sin sufrir ningún daño, Moore narró una historia inspirada en El hombre que ríe (1869) de Victor Hugo, para escudriñar en uno de los posibles pasados del Guasón en La broma asesina (1988).

En esa historia, el autor reservó un final cruel para el Caballero de la noche, al hacerlo asesinar a su némesis cuando ambos comparten una carcajada que sirve para llorar sus vidas atadas a un ciclo de locura y violencia infinitas. Entre las manos de Batman se asfixió el respeto que sentía por la vida, y su humanidad cayó en la oscura profundidad de su capucha.

La segunda opción para responder a quién es Moore lleva hacia una lectura de Watchmen (1986), guiada por las figuras que el autor usa para hablar de la humanidad, los eventos improbables que la toman por sorpresa, la crueldad ejercida sobre sí misma y lo que hace en los seres. Este camino también conduce a los orígenes de un imaginario dispuesto a tomar a los superhéroes de ficción para abordar miedos reales en el mundo, como el pavor a las armas nucleares.

Se trata de una novela gráfica ilustrada por Dave Gibbons, cuya trascendencia se valió de conflictos existencialistas y políticos. Es la carta de presentación de Alan Moore, quien vino al mundo el 18 de noviembre de 1953 en Northampton, Inglaterra; pero nació como autor en 1986 con Watchmen. Su relación amor-odio con el uso de su obra marcó una pugna por defender los ideales que plasmó en ella ante la sobreexplotación de DC Cómics.

Watchmen, el cómic de los hombres del reloj y caras ensangrentadas

En 1982, Moore publicó su primera obra importante, V de Vendetta, una serie de cómics distópicos que se desarrollaban en un futuro totalitario. La obra se convirtió en un ícono cultural de anarquía y estableció a Moore como un autor influyente en la narrativa gráfica, tras presentar a los lectores un vengador anónimo contra la tiranía.

Poco después, Moore pensó en una historia diferente para DC Cómics, una de las editoriales más grandes en Estados Unidos (EE. UU.). Esta vez, las aventuras dejaron atrás el maniqueísmo entre tiranos y libertadores; se enfocó en matizar la complejidad del ser humano y la forma en que conciben sus planes para afrontar los momentos de crisis que se avecinan. El escenario sería un EE. UU. ficticio, que ganó la guerra de Vietnam, mientras sostenía su rivalidad nuclear con la Unión Soviética.

Moore tenía en mente el símbolo para representar la amenaza latente de la extinción: el reloj del apocalipsis, creado en 1947, tras los efectos de la bomba atómica en las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki. La junta directiva del “Bulletin of the Atomic Scientists” lo usa para prevenir de forma metafórica cuán cerca el mundo está de la aniquilación. Si las manecillas marcan la medianoche, el tiempo se habrá agotado.

La idea central del autor debía tener personajes a través de los cuales pudiera explorar las posibilidades de una humanidad al borde de la perdición. Necesitaba a Watchmen, sus hombres del reloj. Para este objetivo, Moore pretendía tomar a Blue Beetle, Meter Cannon Thunderbolt, Captain Atom, Peacemaker, Night Shade y The Question, creaciones de Charlton Comics hasta 1986, cuando DC Cómics compró esta compañía.

Así, los perfiles que el autor ya había creado tomaron nuevos nombres: Night Owl, Ozymandias, Dr. Manhattan, The Comedian, Silk Specter II y Rorschach. Cada uno de ellos serviría como los rostros de los distintos aspectos de la humanidad, especialmente en distintos contextos caóticos como las guerras o cambios políticos hacia la ultraderecha. Los personajes son las manecillas y tuercas que hacen funcionar el gran reloj de Moore.

El primero de estos engranajes es The Comedian, un hombre violento que tuvo una muerte igual de cruenta que sus actos mientras fue un justiciero y paramilitar en la guerra de Vietnam, en la que también peleó el Dr. Manhattan. Su estandarte es una carita feliz, una muestra de sus intenciones por mofarse del valor de la vida. Fue una persona corrompida por la crueldad y eligió reírse de sí mismo sin sentir culpa, ni siquiera cuando intentó abusar sexualmente de Sally, su excompañera heroína y madre de Silk Specter II.

Pronto, la risa se convirtió en llanto. Un hombre tan despreciable como él, capaz de matar a una de sus amantes embarazadas en la guerra de Vietnam, descubrió un plan que lo horrorizó al punto de buscar consuelo en su enemigo. The Comedian sabía que el tiempo se acababa. Al morir ajustó las manecillas del reloj del apocalipsis con su propia sangre, cuando una gota manchó el botón de carita feliz y formó una mancha que marcaba cinco minutos antes de la medianoche.

Son las atrocidades de este hombre las que ponen en movimiento la maquinaria de Moore. Con su deshumanización afectó al resto de sus compañeros justicieros, los expuso al lado cruel de la humanidad y dejó que decidieran sus propios actos en un mundo sin reglas. El primero que descubrió esto fue Rorschach, el detective antisocial que considera muerta su parte humana, como él mismo lo verbaliza, lo que quedó de Walter Kovacs murió tras vengar el asesinato de una niña.

Rorschach posee un sentido punitivo de la justicia que lo impulsa a seguirla hasta las últimas consecuencias. De entre sus colegas justicieros, él es el único que investigó por qué asesinaron a The Comedian y qué lo había quebrado. El detective se posiciona a sí mismo como un juez y verdugo para los demás y para sí mismo, pues ante el fin del mundo prefirió morir con la verdad antes de encubrir uno de los mayores crímenes contra la raza humana, cortesía de Ozymandias.

Night Owl y Silk Specter II se encuentran en el polo opuesto. Ante la debacle, ambos intentaron sortearla; pero desde un lugar menos combativo al de Rorschach, donde el cinismo de The Comedian tampoco tiene lugar. La estrategia que la pareja decide seguir es más gentil para ellos mismos. El acompañarse fue el acto más honesto que pudieron hacer, al admitirse vulnerables ante el caos y fundirse en un abrazo frente a la soledad y la amenaza nuclear. El amor se vuelve resistencia.

Night Owl, Silk Specter II, The Comedian y Rorschach son los primeros engranajes, cuyos actos ponen en marcha el reloj que el autor llamó Watchmen. Cada uno de ellos avanza en su propia dirección, con su respectivo tiempo. Personajes con tal complejidad existieron en la mente de Moore y existirán en la memoria colectiva, pues cuentan su historia como una máquina del tiempo, capaz de entender el pasado, presente y futuro de forma simultánea al ofrecer una mirada a los instintos imperecederos de la humanidad.

Al igual que en esta novela gráfica, los acontecimientos en la vida de Moore tras haber publicado Watchmen parecen que ya estaban escritos desde el inicio. Como sucedió desde que comenzó a escribir la obra, de nuevo el conflicto son los personajes, sus hombres del reloj. DC Cómics afirmó que si sus invenciones seguían sin usarse durante un año tras la edición de la novela, el escritor tendría los derechos. La compañía nunca lo permitió.

Las pugnas por los hombres del reloj comenzaron desde que la editorial expresó sus ideas para explotarlos. Moore inició un proceso legal que se avivó con la adaptación cinematográfica de 2009 y la serie televisiva de 2019. Para esta instancia, el mismo autor pedía que su nombre fuera retirado de los créditos porque consideraba que los creadores, y por tanto el público, habían tergiversado lo que sus hombres del reloj representaban, como ha declarado a GQ.

Watchmen cambió las historias que se contaban en los cómics, excepto la forma en que se interpreta a través de las adaptaciones en la industria del entretenimiento, según las sospechas de Moore. De haber sabido lo que sucedería, él se habría convertido en un relojero, como mencionó Albert Einstein tras observar la forma en que el poder atómico modificó todo, excepto la manera en que piensa la humanidad.

Dr. Manhattan, el hombre sin tiempo

Pero es demasiado tarde, siempre lo es,

siempre será demasiado tarde.

– Dr. Manhattan.

Antes del Dr. Manhattan existió un hombre llamado Jonathan Osterman, físico nuclear por influencia de su padre, un relojero que lo obligó a estudiar esa ciencia tras el caos de las bombas atómicas. El impacto fue tan profundo en sus vidas que los relojes que fabricaron juntos terminaron en la basura. Desde ese entonces, él vivió sin una representación del tiempo.

La segunda vez que sucedió fue el accidente en la cámara de pruebas del centro de campo intrínseco. La catástrofe ocurrió cuando él regresó por el reloj de su novia que recién había reparado. Su existencia terminó para dar paso al Dr. Manhattan, un ser capaz de manipular la materia a su antojo menos el tiempo. Al conocer su limitación, entiende que aún es un hombre, aunque la armada estadounidense lo considera una deidad atómica para infundir miedo en sus enemigos.

A sus ojos, los sucesos ocurren de forma simultánea. Pasado, presente y futuro son un camino en el cual él permanece inalterable. Con frecuencia intenta compenetrarse con aquellos que lo rodean, por eso marcó en su frente el átomo de hidrógeno. El elemento convive con armonía con los demás de la tabla periódica, pero necesita de otros compuestos para evitar ser letal en los humanos.

La dualidad del hidrógeno es la que desborda al Dr. Manhattan en los hechos posteriores. Con la terrible capacidad de entender los hechos futuros como algo que ya pasó, tampoco puede hacer mucho para oponerse a las reglas del tiempo.

El pasado y el futuro convergen en esta visión que también representa el cómic tanto en sus paneles como en su guión. Un ejemplo de ello es el chiste del payaso Pagliacci. Un hombre quien acude al psicólogo para tratar su depresión. El especialista lo manda al show del payaso para mejorar su humor, pero el paciente rompe en llanto y dice: “Yo soy Pagliacci”.

El detective cuenta la broma al tiempo que los paneles muestran el asesinato de The Comedian. A nivel subtexto aborda la forma en que un hombre roto como él aún era capaz de sentir más sufrimiento. Lo mismo ocurre con las confrontaciones. Mientras Night Owl y Silk Specter II golpean a los ladrones que intentaron asaltarlos, el Dr. Manhattan se enfrenta contra las personas que abandonó y el supuesto cáncer que provocó en ellas. Tras la batalla emocional, eligió el exilio en Marte.

La primera acción que realizó en el planeta rojo fue construir una fortaleza de cristal, ajena a las temporadas de la Tierra. Decidió alejarse de los relojes porque percibe en ellos un lazo con la humanidad. Las manecillas, los días, los meses y los años son registro del paso de una vida. Testimonios tan humanos como lo es el tiempo.

Una reflexión similar, escribió Salvador Elizondo en Farabeuf o la crónica de un instante (1965), novela en la que una mujer debe rememorar junto al protagonista los pasajes de su juventud, para finalizar con la búsqueda del ser. La obra, más allá de la nostalgia, se interna en el acto de recordar, porque el único tiempo humano es el de la memoria, y el Dr. Manhattan lo comprendió al final.

Negado a reconocer lo increíble de su propia historia, llegó a definir los milagros solo como eventos improbables. Fue así hasta que averiguó que, pese al gran número de imposibilidades en contra, la vida de Silk Specter II emergió de una relación tormentosa entre su madre y The Comedian, llena de odio por parte de la mujer hacia el mercenario que quiso abusar de ella.

Así recordó por qué él mismo se marcó en la frente el átomo de hidrógeno: necesita de otros para evitar ser letal. El Dr. Manhattan entendió que la existencia es un evento extraordinario, por más insignificante que parezca. Es lo que él mismo llama un milagro termodinámico, definido por la increíble capacidad de la vida para sobreponerse ante el caos.

La otredad suele desembocar en distintos caminos desde la crueldad hasta el respeto por la vida humana, es lo que parece decirnos el autor. Sin embargo, cuando otros creadores decidieron tomar sus bases, él también optó por el exilio al grado de rechazar cualquier consulta sobre futuras adaptaciones, así ocurrió con los números que DC Cómics editó llamados Before Watchmen. Las novelas gráficas narran las historias de los hombres reloj antes de los acontecimientos en la obra de Moore.

Ozymandias: el conquistador sometido a la prueba Rorschach

«Soy Ozymandias, el gran rey. ¡Mirad

Mi obra, poderosos! ¡Desesperad!»

Percy Bysshe Shelley, Ozymandias.

Ozymandias es un vigilante rico y poderoso con capacidades físicas excepcionales, al grado de atrapar con sus manos una bala disparada a quemarropa. Es conocido bajo el epíteto: “El hombre más inteligente del mundo”. Al igual que los demás miembros de su equipo, observó que el apocalipsis se avecinaba. Decidió saltar y adelantarse al horror para intentar conquistarlo.

El plan de Ozymandias es desvelado ante los ojos del lector con las pesquisas de Rorschach, cuyas habilidades interpretativas del detective están basadas en las pruebas Rorschach, creadas por el psiquiatra del mismo apellido en 1921. Él empleaba imágenes ambiguas de manchas de tinta y pedía a los pacientes que describieran lo que veían en ellas. De esta forma, se identificaban patrones de pensamiento y la adaptación social de un individuo.

El vigilante Rorschach usaba método similar para penetrar en las motivaciones de los demás personajes. Al examinar sus actos y observar los patrones de conducta que cada uno tenía, era posible acceder a sus verdaderos rostros debajo de sus identidades de superhéroes. Así entendió cómo The Comedian, Night Owl, Silk Specter II y el Dr. Manhattan se adaptaron a la humanidad y a la crueldad inherente en ella.

El único que escapó a la visión de Rorschach fue Ozymandias. Al mismo tiempo que el detective investigaba quién era el asesino de The Comedian y el culpable de haber provocado cáncer en los seres queridos del Dr. Manhattan, el hombre más inteligente del mundo seguía con sus planes tras bambalinas. Él trajo a un monstruo galáctico a la Tierra, así se desató una matanza tan terrible que conmovió al mundo y lo obligó a unificarse.

La utopía causó asco en Rorschach, quien nunca la entendió como un acto pacificador. Proteger el secreto, exigía ocultar la verdad al mundo. Fiel a sus ideales, se convirtió en su propio verdugo y pidió al Dr. Manhattan que lo asesinara. El último vestigio del detective formó una mancha deforme de sangre sobre la nieve de la Antártida, donde Ozymandias asentó su bastión.

Comprender las acciones del hombre más inteligente del mundo necesita una mirada al monstruo que liberó. Es un símbolo de la energía atómica usada de forma brutal contra el ser humano. En la obra los únicos superpoderes se basan en el poder nuclear, y quien la posea, es posicionado como un Dios, así pasó con Manhattan y Ozymandias; pero este último decidió convertirlo en una bestia.

La segunda opinión para entender por qué decidió mutilar a la humanidad para salvarla se encuentra en Los relatos del navío negro. La serie de cómics aparece de forma simultánea como narración en abismo dentro de Watchmen. El protagonista de las aventuras es un náufrago que intenta advertir a su comunidad sobre la inminente embestida de una embarcación de piratas fantasma.

La odisea muestra al superviviente armar una balsa con los cuerpos de sus compatriotas. Cuando llega a su tierra, supuso que la tripulación de muertos había asediado a sus compatriotas; así que mató a un par de sus enemigos para infiltrarse. Pronto descubrió que asesinó a una pareja de jóvenes e hizo un sinfín de crueldades para evitar una catástrofe que él creía inexorable. Al observar al navío negro acercarse, comprendió que solo lo buscaban a él.

Ozymandias y el náufrago comparten el mismo destino autoinfligido. En su afán de salvar a la humanidad, terminaron por mutilarla. La mejor solución que encontró el hombre más inteligente del mundo para evitar el apocalipsis fue iniciarlo en distintos países. Construyó un edén sobre los cadáveres de millones. La desesperación se apoderó de ambos.

La crueldad fue tan grande que rompió a The Comedian, quien cosechó pena en vida, y a Rorschach. Los miembros restantes tuvieron que encubrir la matanza e intentaron retomar sus caminos alejados del hombre que desplazó la inteligencia para abrazar la locura. Abandonaron los despojos quebrados de un compañero que solía ser grandioso. En aquella fortaleza en la Antártida, él cumplió con las palabras antiguas del poeta Percy Bysshe Shelley:

«Soy Ozymandias, el gran rey. ¡Mirad

Mi obra, poderosos! ¡Desesperad!:

La ruina es de un naufragio colosal.

A su lado, infinita y legendaria

Sólo queda la arena solitaria».

A través de Watchmen, Moore y Gibbons entregaron distintas representaciones de los actos de los que son capaces los humanos. Lanzaron su novela y esperaron las diversas reacciones del mundo ante un retrato entintado de la civilización. En la actualidad, la cultura popular recibe con los brazos abiertos a la obra. Sucede lo contrario con los creadores, quienes se han arrepentido de iniciar una corriente sobreexplotada en los cómics.

Aunque la narración de la obra se asemeja a una máquina del tiempo, al concebir pasado, presente y futuro de forma simultánea, en realidad muestra manchas de tinta para esbozar figuras de la humanidad, unas más caóticas que otras. Cada quien es libre de interpretar qué hay en ellas, y elegir si se mirarán con crueldad o con el optimismo de los milagros termodinámicos. Watchmen, en realidad es una gran prueba Rorschach que pregunta al lector: “¿Qué es lo que ves?”.

Fuentes y referencias:

https://www.gq.com/story/alan-moore-interview

https://www.latercera.com/mouse/alan-moore-pelea-dc-comics-watchmen/

https://www.elmundo.es/metropoli/cine/2018/07/22/5b51d6ea468aeb905d8b45b2.html

https://www.xataka.com/literatura-comics-y-juegos/alan-moore-guionista-que-revoluciono-comics-tambien-escribe-novelas-laberinto-papel-1×01

Moore, Alan. Gibbons, Dave. (1986). Watchmen. Estados Unidos, Editorial DC Cómics. Editado al español por Editorial Televisa.

Elizondo, Salvador. (2000). Farabeuf o la crónica de un instante. España, Madrid. Editorial Cátedra.


Autores
Diego Durán nació en la CDMX en 1996. Egresado de la licenciatura en Ciencias de la Comunicación y Periodismo, en la Facultad de Estudios Superiores Aragón (UNAM). Ha colaborado en medios de comunicación periodísticos y culturales como Chilango, Tierra Adentro, Fondo de Cultura Económica, Grupo Expansión e Infobae.
Portada de "La estela de Tlatelolco", de Raúl Álvarez Garín. FCE, COLECCIÓN POPULAR, 2023.
Portada de “La estela de Tlatelolco”, de Raúl Álvarez Garín. FCE, COLECCIÓN POPULAR, 2023.

INTRODUCCIÓN

 La estela de Tlatelolco es una reconstrucción histórica del movimiento estudiantil del 68, de sus principales acontecimientos, de los debates y las consecuencias que de ahí se derivaron y de las referencias de entonces que aún conservan plena vigencia. Una estela es una huella en el agua; también es una historia labrada en piedra o la cauda de un cometa. En los primeros años posteriores al movimiento del 68 parecía que su impronta sería efímera, que sus huellas serían perdurables tan sólo como cicatrices del alma. La rabia se volvió consigna: “2 de octubre no se olvida”, y es verdad que la historia no se olvida, pero el poder persiste en deformarla hasta volverla irreconocible, y la puede ocultar por mucho tiempo.

 Por eso, frente al vacío, el mensaje grabado en piedra hace permanente e indeleble el compromiso: “Fueron muchas víctimas cuyos nombres aún no conocemos”. Así no se petrifica la memoria; por el contrario, la historia viva se refuerza y cuando se recrean con detalle los sucesos del 68 deslumbra el resplandor de esa luz que iluminó el cielo de la libertad por un momento. Y los signos que ahora anuncian la vuelta del cometa no son como el presagio de los magos y los adivinos; son las certidumbres de la historia y los afanes de justicia, libertad e igualdad irrefrenables.

 En los últimos años la mayoría de los actores políticos se ha individualizado, los ciudadanos personalizados han tomado el lugar que antes ocupaban actores sociales colectivos, y más todavía, algunos suponen que los movimientos de masas tendrán un lugar cada vez menos apreciable en la vida del mundo. También son tema de debate las relaciones, las influencias y las determinaciones que se producen entre lo económico, lo social y lo político para definir el orden de las reformas. Ahora la vida nacional ha estado dominada por los temas y las preocupaciones específicos de la política bajo el supuesto de que la salida principal a los problemas económicos y sociales del país deberá encontrarse a partir de los propósitos de largo plazo y de los modos de conducción de todas las otras esferas y dimensiones de la vida nacional.

En contra de lo esperado, cuando aún no se establece plenamente la “transición democrática”, ya se registran muy serias limitaciones a los procesos de cambio político que están en curso. Se está modificando la realidad política en un sentido restringido y no tan generoso como se requiere, porque se está pasando del monopolio político priísta al de la nueva clase política ampliada, conformada por las cúpulas de los partidos con registro legal. En esta realidad política, los movimientos y los actores sociales no tienen suficiente espacio, se les niega reconocimiento como actores políticos con capacidad de autorrepresentarse, se pretende que los indígenas, los campesinos, los obreros, los desempleados y los estudiantes sólo concurran como trasfondo. Pero hay signos de inquietud y descontento en las crecientes movilizaciones de los pueblos.

Sin ninguna duda, las transiciones pactadas garantizan los intereses de participación en el poder de las fuerzas contratantes, pero excluyen y sacrifican a los sectores sociales que no están representados de manera directa. Para los sectores populares las esperanzas de cambio han estado fincadas principalmente en las iniciativas políticas de Cuauhtémoc Cárdenas y el Partido de la Revolución Democrática (prd), por una parte, y en las propuestas de justicia y democracia del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, por otra.

A pesar de la dureza y la duración de los enfrentamientos políticos, aún no está definido inequívocamente el sentido de los cambios de fondo que se están produciendo en el país, y todavía no se ve una salida consistente a la crisis política y económica que se vive. Las propuestas cambian de nivel, pero no de contenido. Por un lado, la propuesta de un proyecto económico transexenal de carácter implícitamente neoliberal. Por otro, la idea de recurrir a un nuevo pacto político de soberanía popular en un gran Congreso Nacional Constituyente, que de entrada tiene la dificultad de cómo proceder a designar con legitimidad a los responsables de llevar a cabo la tarea, los propios diputados constituyentes, cuando existen segmentos enteros de la sociedad que no están y no se sienten representados en ninguna de las instancias políticas actuales.

En estas condiciones los procesos de autorrepresentación son inevitables, y su único ordenamiento objetivo es por medio de la atención a las necesidades colectivas que los determinan, porque los conflictos sociales son la expresión de un imperativo urgente de transformación y de orden. En el futuro del país, la acción colectiva de sectores sociales significativos será cada vez más frecuente e incisiva, hasta que se establezcan de nuevo condiciones económicas, sociales y políticas que garanticen una vida digna para todos los mexicanos.

Para ese propósito, el movimiento estudiantil del 68 no sólo es una referencia y un antecedente ineludible de la situación actual; también es una fuente de enseñanzas importantes, por la vigencia de sus motivaciones y por las consecuencias de sus hechos.

En las universidades, en las escuelas medias y superiores y en la vida interna de numerosas organizaciones sociales y políticas se organizan de manera frecuente conferencias y mesas redondas para examinar los acontecimientos relativos al movimiento estudiantil de 1968, y en especial los trágicos sucesos del 2 de octubre en Tlatelolco. Este interés se ha mantenido por muchos años, aunque con el tiempo ha ido variando el peso de la atención por los diferentes temas relacionados, y se ha pasado de las consideraciones de balance que en los primeros años eran dominantes, a las reflexiones más generales de carácter político. Este libro responde a esas preocupaciones y está elaborado con el propósito de hacer comprensibles —en particular para los jóvenes de hoy, los que aún no habían nacido en el 68— cuáles fueron las motivaciones, las causas y la trascendencia de esos sucesos.

La primera parte es un relato detallado de los acontecimientos del movimiento. Está basado en las experiencias personales directas, mías y de muchos otros compañeros, y en numerosos soportes documentales. En estas páginas hemos intentado hacer una reconstrucción general de los hechos que dieron lugar a esa histórica experiencia de insubordinación civil casi generalizada, que tuvo como epicentro a los estudiantes de educación media superior y superior de la Ciudad de México.

La periodización de este relato cubre más de cinco meses y comprende seis fases principales: la primera, del 22 al 30 de julio, está caracterizada por la violencia policiaca para “prevenir” conflictos políticos durante las Olimpiadas; la segunda, del 30 de julio al 5 de agosto, por la emergencia de una organización y una protesta de carácter masiva, pacífica, democrática e independiente contra el autoritarismo estatal; en la tercera, del 6 al 29 de agosto, se registra el creciente desafío democrático con las manifestaciones al Zócalo, la exigencia del diálogo público, y la desobediencia civil de los burócratas y los obreros; en la cuarta, del 1° al 30 de septiembre, es patente la frustración de la contraofensiva gubernamental ante el movimiento, que crecía en disciplina y legitimidad; la quinta, el 2 de octubre, se examina como una fase en sí misma, plena de contradicciones, implicaciones y responsabilidades históricas determinadas, y la sexta, del 3 de octubre al 4 de diciembre, es el tránsito de la represión masiva e indiscriminada al despliegue de una visión que intenta deslegitimar al movimiento y al Consejo Nacional de Huelga.

En los libros del 68 hay numerosos testimonios, alegatos y diversas recopilaciones documentales, pero me pareció necesario y conveniente disponer de una narración general más centrada en la lógica de los acontecimientos que sirviera como marco de referencia para ubicar y apreciar los hechos, las dificultades y los errores que en cada momento se fueron dando y que finalmente son la trama necesaria para examinar con detalle y juzgar con fundamento cuestiones y decisiones que han sido notablemente difíciles y complejas.

En la segunda parte del libro se analizan y discuten algunas de las interpretaciones y las caracterizaciones que se han dado del movimiento del 68 en diversos momentos. Se trata de una discusión que presupone el conocimiento de los hechos del 68 y de temas que tienen relevancia en la historia y la perspectiva políticas de los agrupamientos de izquierda, porque tienen que ver con los problemas de las estrategias de cambio, del papel de la dirección política, de los límites y las formas de luchas, de las relaciones de la base y los organismos dirigentes.

Para las personas que no están muy familiarizadas con estos debates típicos de la izquierda es importante advertir que se trata de cuestiones a veces recargadas de elementos doctrinarios que, además, han sido modificados con el tiempo precisamente por los efectos indeseados que se produjeron con ellos, todo lo cual propicia discusiones que no son fáciles de seguir.

Espero, en cambio, que estos apuntes ayuden a sintetizar esas discusiones y acotar sus alcances, para que, con mayor facilidad y confianza, pasemos al análisis concreto de los hechos históricos que se produjeron con esas motivaciones doctrinarias, de las que se abusó en exceso.

Ahora se trata de ofrecer la mayor cantidad de información relevante para comprender el origen, la lógica y el sentido de la actuación de los innumerables actores sociales que han concurrido a forjar la historia de las luchas del pueblo mexicano en estos últimos años, porque en la valoración y los juicios que de ellos se hagan tendrá un mayor peso la lógica de los conflictos que los imperativos dogmáticos de las doctrinas. Por ello tiene mucho sentido registrar y ubicar, aunque sólo sea como referencia, una serie de fenómenos y momentos del movimiento estudiantil y de las instituciones de enseñanza. Se trata de asuntos que tuvieron en su momento repercusión nacional y algunos todavía tienen importantes efectos locales, pero no han sido estudiados en su significado conjunto y no existen referencias suficientes para considerarlos con precisión, como pasa con el papel desempeñado y la experiencia de las administraciones de izquierda en diversas universidades de provincia.

En esta segunda parte también se hace una reconstrucción sintética del ambiente previo al 68, que muestra que los cambios más importantes que se produjeron con el movimiento se ubican en el plano de la conciencia y de los valores de la gente, especialmente urbana y de clase media, en el nivel de politización, de la disposición militante, y de la solidez y la consecuencia de sus convicciones. Se trata de cambios reales que tienen sus raíces y sus motivos en el movimiento mismo, y que no se explican a cabalidad por la invocación de causas económicas, por influencia ideológica del atractivo de nuevas costumbres, u otras, aunque todos estos factores tengan un cierto valor explicativo.

Aunque de modo constante se reconoce explícitamente que el movimiento del 68 es causa o antecedente de numerosos fenómenos actuales, esta aseveración general no identifica de manera más específica cómo es que se crearon las condiciones para que surgieran nuevos partidos, guerrillas, poderosos frentes populares, democratización de universidades y otra variedad de fenómenos sociales y políticos de la época.

La comprensión más general de que muchas de las anécdotas particulares en realidad eran vivencias colectivas, y que éstas constituían una excelente explicación e ilustración de las causas de muchos de los cambios, ha sido una de las motivaciones de este libro. Así, también se explica la unidad de propósitos de la izquierda en los momentos más relevantes de la vida del país y la diversidad de opciones generales y hasta contrapuestas que se presentan, a la par que se comprende cómo las opciones individuales estaban restringidas por las condiciones y limitaciones locales que las determinaban.

La experiencia misma del 68 como una insubordinación generalizada, consciente, persistente y plena de dignidad se constituyó en la base de los cambios. Después de los acontecimientos de octubre del 68 ya no eran eficaces los simples cambios de forma; las modificaciones cosméticas superficiales ya no engañaron a nadie.

En la tercera parte del libro se examinan los rasgos generales más preocupantes de la experiencia represiva del 2 de octubre en Tlatelolco. Los efectos de intimidación y amenaza que suscita el simple recuerdo de los hechos están presentes todavía y se renuevan cada vez que los conflictos se extreman por la acción de grupos sociales descontentos. Superar el trauma de Tlatelolco es una necesidad histórica para todos los mexicanos, para vivir y luchar sin amenazas, para que no se repitan los hechos. También es necesario que las fuerzas armadas salden las cuentas históricas que deben dar a la sociedad, pues cada día son más insostenibles las mentiras en que se han amparado para evadir su responsabilidad en los sucesos de Tlatelolco.

Disponible en:

https://elfondoenlinea.com/detalle.aspx?ctit=015929R


Autores
(1941-2014) Fue un activista, escritor y político mexicano. Representó a la Escuela Superior de Física y Matemáticas del IPN en el Consejo Nacional de Huelga en 1968 y se convirtió en uno de los líderes del movimiento estudiantil; ; el 2 de octubre lo detuvieron y estuvo preso cerca de tres años. Al salir fundó la revista Punto Crítico, que después se convirtió en organización política. Fue miembro fundador del Partido de la Revolución Democrática y diputado de la LV Legislatura (1991-1994). En 2014 fue honrado con el premio Amalia Solórzano por su firme determinación en la lucha por la justicia social.