Tierra Adentro
Ilustración realizada por Laura Velazquez
Ilustración realizada por Laura Velazquez

Se dice que Hunter S. Thompson, en su legendaria novela Fear and Loathing in Las Vegas, optó por caracterizar a Oscar Zeta Acosta como un samoano para proteger su identidad legal, pero en realidad era un activista chicano. En la novela se narran los excesos del protagonista y de su abogado, drogas y alucinaciones, reportajes con sujetos distorsionados, sudor y pálidas, el estilo gonzo del periodista lo hacía apegarse a lo sucio, al despilfarro nihilista, a suficiente material para incriminar a un verdadero abogado, Zeta Acosta. En 1998 el libro se adaptó al cine, Benicio del Toro en el papel de supuesto samoano.

Esto y más lo escuchaba por primera vez de boca de mi amigo y ex compañero de cuarto, El Güero. Disparaba los datos a la velocidad con la que se acercaba a La Pera, esa curva míticamente peligrosa que lleva de la Ciudad de México a Cuernavaca. El Jetta 2009 color ceniza rebasaba a carros y camionetas de lujo, se regodeaba con los motociclistas extremos que, como rémoras del mar de concreto, abjuraban la vida en merced de la adrenalina.

Zeta Acosta, en su labor de abogado, se unió al Chicano Movement junto con figuras emblemáticas como el luchador social César Chávez. Defendió a los activistas políticos del “Brown Pride” y se ganó la enemistad del brazo judicial del gobierno de California. En 1974 viajó a México y ya no se supo más de él. Jamás se encontró su cuerpo o algo que indicara qué sucedió tras su desaparición.

Las ventanas del Jetta estaban hasta abajo, el aire de la curva de La Pera nos despeinó, jugueteó con la bolsa de Rancheritos y con el celofán de los más de cincuenta discos de vinilo que El Güero llevaba en los asientos traseros. Discos de Frank Zappa y The Mothers of Invention. Con un volantazo tomamos la salida a Tepoztlán. Como si fuera lo más normal, como si se tratara de poner la direccional, El Güero hurgó debajo de su asiento y sacó un libro grueso, Zappa: A Biography de Barry Miles, me lo mostró fugazmente y lo aventó por su ventana. Aquí se quedan los mediocres, los incompletos, los de las masas, dijo, pásame los Rancheritos. ¿Todavía quedan?

Fue un momento ideal para preguntarse por qué estaba ahí, como copiloto, en aquel Jetta cenizo, rumbo a Tepoztlán, con mi amigo y unos cincuenta discos vinilo de Zappa. No hice muchas preguntas, lo admito, quizá vencido por el amor romántico, por aquella idea de que esto era una especie de despedida de soltero para El Güero, a unos meses de su boda con Georgina, su novia de siempre.

Los discos de Zappa, en un inicio del viaje, los vinculé a su gusto, por todos conocido, a ese regalo que le hice del vinilo de Sheik Yerbouti. Lo encontré en una librería de viejo a precio risible, lo compré sin tener una tornamesa, ya con la idea de dárselo a mi amigo, aunque con la seguridad de que sería un repetido. Un aficionado de Zappa a fuerzas tiene uno de sus discos más famosos. Coincidió que justo El Güero le había prestado Sheik Yerbouti a un ahora examigo, éste se fue del país con todo y préstamo.

Al ver el libro de la biografía de Zappa volar por la ventana temí que quizá estaba atestiguando un ritual de desprendimiento, de rechazo al músico, seguirían los vinilos. El Güero vio mi rostro y respondió que no era necesario resguardar los discos, nada contra Zappa, sino contra Miles, el biógrafo, que dejó fuera del recuento de su vida algo esencial, la estadía del músico en Tepoztlán en 1974; así es, coincidió con Dr. Gonzo, con Zeta Acosta, fueron cuatitos.

Entramos al pueblo y subió las ventanas del Jetta, sólo entonces noté que estuvo sonando todo esta tiempo Ionisation de Edgar Varèse, percusiones desarticuladas, inquietantes, exasperantes, un desmadre de ruidajos, diría mi madre, como gatos en regadera.

Tepoztlán, las calles y sus turistas, las nieves y micheladas, el misticismo barato, conoce tu aura, limpia tu chi, agua de chía, baño a cinco pesos, chapulines y pulque, lleve el sombrero, gringos color camarón pelado, cortesía del sol, poetas expulsados de la capital, cortesía de los críticos literarios, ajedrecistas de tiempo completo, tortillas recién hechecitas, itacates de frijoles, de chicharrón, huevos con colorín, lectura de tarot neoevangélico, caminata de leyendas prehispánicas now in english, café quemado, llaveros mágicos El Tepozteco, pulseras con tu nombre y el de tu ex.

Nos alejamos del centro, del bullicio, por más callecitas empedradas, por otras enlodadas, luego por una recién pavimentada, hasta cruzar un riachuelo por donde corría agua espumosa y una bolsa congénere de los Rancheritos que El Güero, casi en su totalidad, se atascó él solo, hasta una esquina, como otras, con una casa igual que las otras, nada especial, una buganvilia anodina y una puerta de madera. Es aquí, ahí se hospedó Frank Zappa en 1974. Tuvo broncas con los vecinos por el estruendo que hacía desde temprano con su batería.

Ten toma, un brindis. Sacó una botella de jugo Jumex con la etiqueta arrancada. ¿Qué es? Tequila, del que vamos a dar en la boda, lo vende un haitiano de la cajuela de su carro, ahí por la chamba. Raspa rico la garganta, ¿No? Frank Zappa fue un músico autodidacta, tocaba decenas de instrumentos, siempre en busca de un más allá, de un más acá, de notas irrepetibles, de solos auténticos. Experimentación pura que produjo más de setenta discos como solista y como cabeza de The Mothers of Invention.

Los rockeros de los 60 y 70 parecen estrellas del pop más comercial al escucharlos junto a Zappa. Era irreverente en sus letras, con títulos como “Don’t Eat the Yellow Snow”, “I Have Been in You”, “Why Does it Hurt When I Pee?”, le parecía estúpido escribir canciones de desamor. Pero, sobre todo, era un compositor ambicioso. Su proyecto musical era una exploración inagotable. Al respecto dijo: “How big is the ‘data universe’ that people can take in and still perceive it as a musical composition? That’s the direction I’m going in.” Simplemente escucha “G-Spot Tornado” y vas a entender el alucín de Zappa. Alguien así debía ensayar una y otra vez, hasta desquiciar a sus vecinos.

Sin ninguna otra explicación, puso en reversa el Jetta y tomó una calle que nos llevó de vuelta al centro de Tepoztlán, a sus gringos color camarón, a sus itacates y micheladas, a sus nieves con infinidad obscena de sabores. Por el camino, intenté atisbar el ejemplar despreciado de la biografía de Zappa, pero El Güero le pisó, era imposible ver detalles en el escenario, los verdes y amarillos eran brochazos de pintor en coca. Tomamos rumbo a Cuernavaca.

Vamos a ver a un amigo, fue lo único que dijo. A cualquier pregunta sucedánea sólo contestaba con alguna arenga de que tuviera calma, no comas ansias, un huevo no se hierve al segundo, Roma tardó más de un día, el becerro no pone huevos, pensaste que era un hombre, pero era un muffin. Con ligero mareo, mejor le di por su lado.

Ya en Cuernavaca, en la colonia Delicias, cerca de la parroquia, nos detuvimos frente a una casa con fachada de piedra y portón rojizo, como de caballeriza. Emocionado, como un niño, bajó y con las llaves del carro dio de golpes contra el metal color ladrillo. No sé qué esperaba, pero me sorprendió que abrieran de inmediato, que una melena encanecida asintiera, para luego volver a cerrar.

El Güero regresó al carro y me dijo que debíamos esperar. Su amigo estaba terminando una sesión. Sin las precauciones habituales, de al menos fijarse si venía alguien, si había alguna patrulla, encendió y le entró a un pipazo. El olor a amoniaco llenó el carro. Me salí y ahí estuve esperando a que terminara algo que no sabía qué era, para ver a alguien que no sabían quién era, por motivos que desconocía, pensé en fumar también, pero yo no le hago a las sintéticas. 

A Frank Zappa le caían mal los Velvet Underground y la mayoría de los rockeros de su época que construyeron sus auras alrededor de las drogas. Para él esas sustancias eran un impedimento para lograr la verdadera y sincera exploración de la música. En muchos aspectos, Zappa era conservador, incluso al morir: mientras otros se ahogaron en vómito, se pasonearon, o cayeron en una avioneta, éste rockero se murió de cáncer de próstata. ¿Sabías que estuvo a nada de ser candidato a la presidencia?  

Se volvió a asomar la melena encanecida y eso bastó para que El Güero cachara que ya era hora. Sacó del asiento trasero la pila de vinilos de Zappa. Dejamos el carro afuera, el portón sólo se abría un poco, lo suficiente como para pasar rozando el metal rojizo. Ahí te encargo la de tétanos. No había casa en sí, sino una inmensa palapa en el centro de un jardín descuidado. Material de construcción en una esquina. Una tienda de acampar. Y bajo la palapa una cocineta, un comedor, un baño al aire libre y una hamaca. El señor que nos abrió se recostó en la hamaca. El Güero le pasó la pila de vinilos y tomó una silla plegable para sentarse. Yo permanecí parado.

¿Te acuerdas de Zeta Acosta? ¿Lo que te conté en la carretera? Te lo presento. El mismísimo Dr. Gonzo vestía un short caqui, unas chanclas Adidas y una camisa hawaiana rosada abotonada a medias. Además de ser leyenda, es un coleccionista y vendedor de discos. Pero dile, dile también que no le vendo a cualquiera. Hablaba con un acento extraño, entre chilango y gringo. Ah sí, sí, sólo vende a otros coleccionistas de verdad. Por eso los tuve que traer.

El presunto Zeta Acosta dejó la hamaca, fue a su cocineta, abrió una puerta de la alacena y sacó un vinilo. Se lo entregó a El Güero quien dio un brinquito infantil. En la portada estaba Zappa con un sol saliendo de su cabeza, por debajo una pirámide; en letras moradas: Tepoztlan’s Sun. Es el disco que hizo en Tepoztlán, el que encabronó a su vecino, ahí donde te mostré. Es inconseguible, bueno, casi. Gracias. Le pasó una bolsa de lino, Zeta Acosta la aventó a la cocineta, cayó en el lavabo. A ti, amigo. ¿Te podemos preguntar sobre Zappa? ¿Cómo era? ¿De qué hablaba? Sí, sí, claro, era un sol, un sol grande y delicioso. Pero bueno, voy a empezar otra sesión, perdón, hay que comer.

En el carro seguía el olor a amoniaco. Pinches apesta, ¿Cómo te gusta esa madre? Ya, ya no chilles, mira, con esto se quita. Sacó un porro. Para celebrar. Fumamos dos caladas cada uno y tomamos otros tragos de tequila haitiano. Camino de regreso con cincuenta y un discos de Frank Zappa, sonó a tope Safe as Milk de Captain Beefheart: “Well I was born in the desert came on up from New Orleans / Came up on a tornado sunlight in the sky / I went around all day with the moon sticking in my eye”. La carretera se encendió con el sol en fuga. A la semana recibí varias llamadas de un número desconocido, a la cuarta o quinta me rendí al spam y contesté, resultó ser Georgina, la novia de El Güero, con voz de vidrio.


Autores
Licenciado en Filosofía y Ciencias Sociales. Obtuvo la beca en narrativa de la Fundación para las Letras Mexicanas 2015-2017. Becado por el FONCA Jóvenes Creadores en novela 2017-2018 y por el PECDA de Durango 2018-2019. Ha publicado cuentos y ensayos en Tierra Adentro, Este País y pliego16. En 2020 ganó el Premio Nacional de Cuento Breve Julio Torri con su libro La Biblia encarnada (FETA, 2022). Actualmente da clases de filosofía a monjas y es escritor fantasma.
Vaticano. Imagen recuperada de Wikimedia Commons (CC BY-SA 3.0)
Vaticano. Imagen recuperada de Wikimedia Commons (CC BY-SA 3.0)

1943: diez mil bombas sobre Roma.

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Enclave: territorio fagocitado. Paréntesis geográfico. Ciudad mitocondrial: Vaticano.

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Controversia: todavía no queda claro si el papa Pío XII fue un cómplice del exterminio judío o uno de sus salvadores, pero sabemos que el 5 de noviembre de 1943 él estaba en Ciudad del Vaticano cuando un avión no identificado bombardeó la Santa Sede. 

El papel de María Giuseppe Giovanni Pacelli, conocido como Pío XII, tras ocupar el trono de San Pedro, es objeto de especulaciones contradictorias que lo señalan, por un lado, de conocer lo que ocurría en los campos de concentración de Belzec, Auschwitz y Dachau, desde 1942, según una carta que lo informaba encontrada en los archivos vaticanos; y, por otro, de haber ordenado abrir iglesias, colegios, conventos y universidades romanas para ocultar a los judíos perseguidos. La decisión del papa Francisco de desempolvar en 2020 los archivos relacionados con Pío XII ha revelado poca información y no permite reconstruir el pensamiento del pontífice debido a que los diarios y cartas personales de los papas se destruyen una vez que estos mueren. Algunos afirman que con su silencio evitó la furia de los nazis y logró articular una operación humanitaria discreta y silenciosa. Otros apuestan por la oscuridad de un personaje que oscila entre la santidad y el mutismo asesino.

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En el contexto de una Roma asediada por los aliados, en medio de bombardeos masivos, dormía el Vaticano, con sus museos, su arte, su recién conformado cuerpo de bomberos y sus papas encriptados en mármol, con la seguridad de ser un Estado neutral, orgulloso de su diplomacia. Enclavado en una ciudad convulsa, pero protegida por la importancia estratégica y espiritual de la cristiandad. O eso se creía.

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A las 8:10 pm del 5 de noviembre de 1943, un avión arrojó cinco bombas sobre el Vaticano. Cuatro de ellas explotaron, dañando una parte importante de su patrimonio y dejando tras de sí un ambiente de confusión y un incendio que sería apaciguado en las próximas horas. La destrucción reveló su verdadero rostro a la mañana siguiente: una pequeña estación férrea y un depósito de agua; el Estudio del Mosaico, en el que se conservaban diez mil metros cuadrados de cerámica de la basílica; parte del edificio del Gobierno vaticano; la plazuela de San Marta y la basílica de San Pedro afectada por la onda expansiva. Más allá de eso, la moral de la Iglesia era la verdadera afectada. Un ataque simbólico a la cristiandad. 

*

Las especulaciones sobre la autoría no se hicieron esperar y la indignación del mundo entero creció rápidamente, por tratarse de un Estado indefenso y desarmado. Hubo una triada de hipótesis: una venganza fascista contra Pío XII, un error norteamericano o un ataque nazi para obligar al papa a salir de la Santa Sede. 

*

Tras ochenta años del bombardeo, sigue siendo un evento crucial para entender plenamente la Segunda Guerra Mundial que devastó Europa y que parecía no dar tregua, ni siquiera a un Estado cuya peligrosidad radicaba más en sus contactos y movilización de la fe que en su poder bélico. El dilema ético y moral de las estrategias militares y sus consecuencias siguen vigentes, a la espera de los archivos que ayuden a esclarecer los porqués de un proceder militar que comprometió un patrimonio artístico que trasciende a la propia fe católica, y que puso en relieve la importancia de la protección de bienes culturales en conflictos bélicos, la naturaleza de la guerra, la protección de la cultura y el papel de la religión en tiempos de conflicto, así como la responsabilidad de las potencias en la preservación del patrimonio humano, en un sentido amplio. Lo que sigue, claro, es netamente valorativo. ¿Hay patrimonios culturales más valiosos que otros? La respuesta, en sí misma, tiene una naturaleza beligerante, por no decir armamentística. 

*

[… ]

Vencido nuestro ejército 

dejamos a las aves 

la carne 

y la piedad no llegó. 

Nunca lo hace. 

De las guerras el perdón está ausente.  

Un buque de libertad viene siempre cargado

de hijos explosivos

para poblar la tierra de pequeños destellos. 

En la fragmentación de los metales, 

la carcasa de hierro donde bombea el miedo,

recibimos el cielo de la beligerancia. 

Existe una palabra 

mucho más expansiva

que una bomba

pero si la pronuncio aquí 

se activará el sensor que nos detonaría.

Hoy sabemos que hay guerras 

que nunca se terminan 

ni con la remoción completa

de todos los rencores, 

que hay ciertos enemigos que odian replegarse, 

que el desarme no te asegura nada, 

que al amor con todo y su cascajo 

hay que desactivarlo.

Aunque todos guardemos armamento 

para guerras futuras, 

olvidamos rastrear 

su pequeño futuro esplandeciente. 

Dejar a la memoria y a sus cortos circuitos

el fusible de tantas toneladas

para que el miedo llegue de repente

y nos regrese 

a una guerra 

donde todos perdemos. 


Autores
(Acapulco, 1989) estudió Letras hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Es autor de Díptico, A pesar de la voz, Límulo y El viaje y lo doméstico. Ha sido beneficiario del PECDA Guerrero, del Programa de Jóvenes Creadores del FONCA y actualmente de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de poesía.
Cantona. Imagen recuperada de https://lugares.inah.gob.mx/
Cantona. Imagen recuperada de https://lugares.inah.gob.mx/

La antigua ciudad de Cantona fue construida sobre un flujo de oleadas de lava que emanaron hace cerca de sesenta mil años del volcán Caldera de los Humeros, en lo que hoy es el estado de Puebla, cerca del límite con Veracruz. Se estima que los primeros habitantes llegaron alrededor del 600 a.n.e. y eligieron este territorio debido a la abundancia de recursos naturales. A unos 9 km de distancia, se encontraba un generoso yacimiento de obsidiana que pudieron explotar, tanto para su uso interno como para el intercambio de otros bienes.

De manera tradicional se ha dicho, creo haberlo escuchado en algún programa de radio en más de una ocasión, que la palabra Cantona quiere decir “lugar donde hay muchas casas”, pero al parecer no hay un fundamento que afirme o niegue este significado. El nombre ha trascendido en razón del uso, tanto en mapas antiguos como en los reportes y crónicas que recogieron algunos viajeros que visitaron el sitio en el siglo XIX. Lo cierto es que la zona arqueológica de Cantona tiene como característica esencial la abundancia de casas, patios, calles, templos, pirámides y juegos de pelota, elementos que se entrelazan para dar vida doméstica a una población.

Supe de la existencia del sitio desde hace mucho, cuando viajaba con mi tía y mi abuela rumbo a Veracruz, sumida en el asiento trasero en medio de mi hermano y mi primo, intentando descifrar el camino por la ventana. Es verdad que alcanzaba a ver muy poco, pero recuerdo en especial un momento en el trayecto que inauguraba el resto de mis ensoñaciones, el agua brillante de la laguna de Alchichica. Decíamos: “Es un cráter que se llenó de agua” o “Las sirenas no existen… Aquí llegan ovnis…” y “Los ovnis tampoco existen”. Y escuchábamos las voces adultas, determinantes: “No, no vamos a ir” y “No, no pueden nadar allá”.

Después aparecía el letrero con fondo azul, muy distinto a los que habitualmente veía tanto en la carretera como en mi ciudad, ese que señalaba la desviación hacia Cantona; sólo ponía esa palabra en mayúsculas “CANTONA” y el ícono que identifica a las zonas arqueológicas. Mostraba una flecha hacia una carretera un poco más rústica:

“Cuidado, no vaya a chocar con la pirámide”

“¿Cuál pirámide?”

“¿Qué hay allá?”

No había respuesta, pero las señales eran suficientes. Más adelante veíamos el cofre de Perote, la Sierra Negra y finalmente el Citlaltépetl         

“Todos son volcanes”

“Y si están conectados, ¿pueden hacer erupción todos juntos?”

“Sí, pero, no están activos…

¿Verdad?”

Aunque el sitio de Cantona se mantuvo como un misterio para mí, las historias que me sugerían estas imágenes eran suficientes para acompañarme el resto del viaje y lo han sido por años. La representación de una pirámide reducida a sus elementos más básicos en la señalética, en medio de un paisaje de lagunas y volcanes, se convirtió en un presagio persistente en mi memoria. Siempre a punto de ser descubierto pero postergado por algún pretexto, porque mantenerse a la víspera de lo incierto también tiene su propia emoción.

Tiempo después, leí que la antigua ciudad de Cantona permaneció oculta en el contorno y la transformación del paisaje desde que fue abandonada —tal vez en el 1050 d.n.e.— hasta su descubrimiento oficial, cuando el explorador Henri de Saussure la describió a mediados del siglo XIX. Posteriormente, hubo investigadores que dieron más detalle acerca de las dimensiones y temporalidad del sitio, pero fue a partir de 1992 cuando el proyecto tomó mayor relevancia con una investigación sistemática a largo plazo dirigida por el arqueólogo Ángel García Cook. Fueron sus publicaciones, artículos, documentales y entrevistas lo que avivó más mi interés por visitar Cantona, sobre todo fue por el afecto con el que narraba su experiencia en el sitio.

No hay un autobús que llegue de manera directa hasta allá, así que lo más práctico era tomar el camino que ya conocía desde aquellos recorridos, pero esta vez, al volante. Aunque tengo muchas razones por las que prefiero no hacerlo (empezando porque no tengo auto propio, porque para mí ritmo de vida no es necesario y hasta porque me produce pereza), conducir en carretera tiene algo de placentero. Bien o mal, me he acostumbrado a sobrellevar la ansiedad, pero cuando conduzco me siento consistente, segura, fiel al compromiso de mantenerme atenta tan sólo a lo que sucede en el presente, en el trayecto.

La distancia para llegar a Cantona desde el lugar donde vivo es relativamente corta, aunque, tal vez por haber contenido un largo tiempo la ilusión de mi visita, tuve la sensación de que el viaje había durado más tiempo, o al menos así es como ahora elijo conservar el recuerdo en mi memoria. Al llegar, noté que los visitantes éramos apenas unos cuantos, no más de cinco, o seis, a pesar de ser domingo. Después, en el registro, el guardia encargado de la taquilla me indicó dónde comenzaba el sendero para recorrer el circuito y me advirtió que la zona es muy extensa, con varios retornos señalados en la ruta por si quisiera regresar antes. Para entonces, ya sabía que la antigua ciudad había alcanzado aproximadamente hasta 1, 450 hectáreas durante su existencia, que abarcó varios siglos.

Uno de los rasgos distintivos de Cantona, que no es muy común, es el entramado de vías de comunicación interna, calles delimitadas formando ejes a partir de los que se disponen otros elementos constructivos, como patios y terrazas. Se dice que esto constituye una prueba de que fue una ciudad planeada rigurosamente. García Cook señala que, si bien algunas de estas vías pudieron tener un carácter ritual, no deberíamos pasar por alto su función básica, vale la pena destacar su uso en las actividades sociales y comerciales de sus pobladores. Mientras caminaba, quise imaginar cómo habría sido el ir y venir habitual de la ciudad, cómo eran sus habitantes, qué lenguas hablaban y qué tipo de diálogos intercambiaban en el camino. De qué trataban sus propios relatos antiguos.

Otra característica importante es que las unidades residenciales y patios comunes de Cantona estaban encerradas por muros periféricos que a su vez conectaban con las áreas cívicas y religiosas. Se ha calculado que entre los años 600 y 900 d.n.e., la ciudad contaba con unas 7,000 unidades habitacionales. Según la información que he leído, estas casas habitación estaban construidas con material perecedero. En su interior, sobre el piso natural y emparejado del terreno, las familias que las habitaban, ya fueran nucleares o extensas, compartían su vida cotidiana y su descanso. Al pensar en este aspecto de casa y de familia que tanto destaca en la arquitectura de Cantona, inevitablemente me surge la curiosidad de preguntarme cómo se habrán escuchado las risas de sus habitantes en los patios, cómo eran sus saludos, su convivencia, sus animales domésticos, de qué gozaban o padecían quienes caminaron esta misma senda. Ahora, el silencio grave, como una sentencia, bien puede aliviar todas mis dudas sobre lo incierto.

Un elemento más que distingue el paisaje urbano de Cantona es la asimetría, la cual se observa claramente tanto en la planta de las estructuras como en sus fachadas, en sus muros y en el trazado de sus calles. Se trata de una marca distintiva. Los investigadores del proyecto sugieren que sus habitantes aprovecharon la topografía del terreno, es decir, se adaptaron al suelo irregular de las distintas coladas de lava sobre las que construyeron la ciudad, y crearon así su entorno asimétrico. De este modo, negaban también el estilo común en la arquitectura contemporánea e imponían una característica propia.

Para García Cook, el uso constante de una ruta, aun cuando presente algunas transformaciones, deja huella en el paisaje natural y de esta forma es posible identificar dónde hubo un camino, incluso a través del tiempo. El suelo transformado y emparejado de las calles hechas con pedazos de lava, rotas y ensambladas, se mantiene en Cantona desde que transitaron sus habitantes y de hecho constituye uno de los principales elementos culturales que la definen. Es verdad que no tuve oportunidad de nadar en la laguna cráter, como lo señalaron mi abuela y mi tía durante nuestros viajes, pero por estas calzadas y veredas pavimentadas con trozos de lava desgastada, puedo caminar bastante bien.

Los muros de la ciudad fueron construidos sin la necesidad de cemento o argamasa. Tampoco se usó ningún recubrimiento o enlucido hecho con lodo o estuco. En lugar de ello, sus pobladores aprovecharon los colores propios de las distintas piedras basálticas como elemento decorativo, usaron tezontle para los taludes de las estructuras principales, cantera volcánica para las escalinatas y caliza blanca para los elementos rituales.

Caminé frente a un muro observando, piedra tras piedra, me alejé para contemplarlo y volví a acercarme, como el personaje de una entrañable novela, seguí con la palma de la mano la línea ondulante, imprevisible, de ese muro que parecía vivo. Ardía en la punta de mis dedos la superficie de sus piedras.

A medida que los exploradores han descubierto las ruinas, se han revelado características específicas que hacen al sitio aún más valioso. Es notable el hallazgo de un número considerable de canchas de juego de pelota, destaca que sean 27 las identificadas hasta el momento. De este modo, Cantona es la ciudad prehispánica que posee el mayor número de estos espacios, distribuidos en un solo sitio, hasta ahora conocido. Presentes tanto en plazas cívicas, religiosas y otras estructuras arquitectónicas destinadas propiamente para el juego, así como en centros secundarios establecidos dentro de los barrios, dan cuenta de la importancia que tenía la ciudad, pero también de las inciertas ceremonias, ya fueran bélicas o rituales, para que las que se construyeron. Esta característica es tan importante que, cada conjunto de juego de pelota, alineado a alguna pirámide con una o dos plazas, forma parte de un escenario que en especial se ha nombrado “Juegos tipo Cantona”.

Por otro lado, en la disposición de algunas canchas sobresale la relación de quienes eran espectadores, pues permitía que el juego se pudiera observar desde la pirámide, o desde las plazas, cabezales y laterales. Al considerar que las canchas son diferentes tanto en su armonía como en su temporalidad, y que incluso el número de siglos que perduró viva la ciudad es amplio, fue inevitable que me perdiera, imaginando, intentando comprender cómo habrían cambiado las reglas y dinámicas, incluso los fines, del juego. Me quedé un rato sentada en la hierba que crece, escasa, por encima del suelo, suspendida entre la duda y las posibles interpretaciones.

Si supieras escuchar… escribe Susana Villalba en el monólogo de una piedra que aparece en uno de sus poemas.

si supieras escuchar
adentro mío el universo
crepitar

no soy muda
quedé atónita

Lo entendí. Me levanté y caminé por el empedrado de regreso, con la intuición de haberme quedado muda también, al menos por un tiempo. El tiempo necesario para asimilar ¿De qué trataba, en esencia, el juego?, y regresar al sitio de Cantona nuevamente, después, en otro momento.

Referencias

García Cook, Á. (Presentador). (2012). Un paseo en Cantona con el arqueólogo Ángel García Cook [Video]. Arqueología. Puebla. Cantona. Cápsulas informativas. Instituto Nacional de Antropología e Historia. Ciudad de México. https://www.youtube.com/embed/quKhpJeHeGU

Coordinación Nacional de Arqueología. (2019). Cantona: Exploraciones recientes. Revista de la Coordinación Nacional de Arqueología, 57 (Número Especial), Abril. Recuperado de https://mediateca.inah.gob.mx/repositorio/islandora/object/issue%3A2731

Villalba, S. (2018). La bestia de ser. Hilos Editora.


Autores
Georgina Angélica Moctezuma Ruiz es originaria de la ciudad de Puebla. Estudió Lingüística y Literatura Hispánica en la BUAP. Tiene una maestría en Letras Iberoamericanas por la Ibero Puebla. Da clases de Lenguaje y Comunicación en la licenciatura en Educación Escolar para las maestras que se preparan para educadoras.
San Francisco de Asís, de 1615 a 1635. Oleo sobre lienzo. Recuperado de Google Art Project. Imagen de dominio público.
San Francisco de Asís, de 1615 a 1635. Oleo sobre lienzo. Recuperado de Google Art Project. Imagen de dominio público.

La Regla franciscana como forma de vida

En la metafísica clásica, la de Aristóteles, las entidades se componen de dos principios esenciales, la materia —aquello de lo cual algo está hecho— y la forma —aquello que hace que algo sea eso mismo y no otra cosa—. Estas dos nociones fueron reelaboradas en el escolasticismo al grado de constituir la base del pensamiento occidental, lo mismo en investigaciones científicas que en doctrinas teológicas. Fueron, pues, la base sobre la cual se inteligieron el mundo y lo sobrenatural antes de su escisión moderna. Por eso no extraña, cuando redacta su Testamento (14-15), que Francisco de Asís se refiera a la Regla como una revelación del Altísimo para vivir según “la forma del santo Evangelio”.

Por su impacto en la expansión del catolicismo romano y en la profundización del mensaje evangélico, la Orden franciscana ocupa un lugar privilegiado en la historia de la iglesia. También por las repercusiones de su fundador, reconocido como santo por la mayoría de Iglesias históricas: Oscar Wilde llegó a afirmar, en ese monumental testamento espiritual llamado De profundis, que san Francisco de Asís ha sido el único cristiano después de Cristo, pues “Dios le concedió alma de poeta […], y con alma de poeta y cuerpo de mendigo no halló difícil el camino de la perfección. Entendió a Cristo y se volvió su semejante. […] La vida de san Francisco fue la auténtica imitatio Christi, fue un poema ante el cual el libro de Kempis es simplemente prosa”. (La traducción, del inigualable José Emilio Pacheco). Recordar, por tanto, con ánimo celebrativo los 700 años de la aprobación de la Regla de san Francisco es una oportunidad idónea para recuperar el sentido de “forma de vida” bajo la cual concibió su redacción y aplicación: la opción preferencial por los pobres.

Entre los textos de san Francisco que sobrevivieron encontramos tres redacciones de la Regla: la primera data de 1209, se reducía a una serie de normas tomadas del Evangelio en las que se enfatizaba la opción por la pobreza como el fundamento del seguimiento cristiano. Fue aprobada de manera oral por el papa Inocencio III, luego de una famosa audiencia con los frailes que ya para entonces habían tomado el nombre de “menores”, por indicación directa de su fundador. Uno de los frescos de Giotto, en la basílica de san Francisco de Asís, representa al papa entregando al hermano Francisco un documento, posiblemente, la aprobación de esta Regla; no obstante, tal representación es apócrifa. Los frailes menores volvieron a Asís con el visto bueno de la sede apostólica, mas no con una bula que la confirmara.

La confirmación de la Orden de Frailes Menores fue un proceso orgánico en el que se sucedieron varias bulas de Honorio III, amigo cercano de Francisco de Asís: Cum dilecti (1218), Pio dilectis (1220) y Cum secundum (1220), hasta la publicación de Solet annuere, el 29 de noviembre de 1223, en la que se aprueba oficialmente la Regla de la Orden de Frailes Menores —de ahí que también se le conozca como Regla bulada—. Se trata de un parteaguas en la historia de la Iglesia romana: Francisco de Asís consiguió, no a través del proselitismo sino de una auténtica conversión espiritual y ecológica, la ansiada reforma de la Iglesia que tanta sangre hizo correr desde la Alta Edad Media. Piénsese en las persecuciones contra los patarinos, los pauperistas y los valdenses, partidarios de la pobreza evangélica como condición necesaria para alcanzar la salvación —persecuciones a las que luego sucederán las de los husitas, las beguinas y los franciscanos espirituales, partidarios del regreso al espíritu de pobreza evangélica que predicó san Francisco—. Dicha reforma no podría concretarse si no se volvía a las fuentes: el Evangelio, lugar donde la condena contra quienes acumulaban riqueza fue uno de los tópicos constantes de la predicación del Señor. Incluso más que las alusiones a la moral sexual —de la cual apenas si se pronunció—, el mensaje evangélico es tajante cuando se trata de reivindicar la dignidad de los pobres frente a los abusos de los opulentos. San Francisco entendió el mensaje del Evangelio de la manera más pura posible: Cristo no invita a los ricos a despegarse de la riqueza, sino a renunciar a ella. Predicar lo contrario constituye una alteración herética de la doctrina cristiana, una muy extendida en la Iglesia desde hace varios siglos al grado de parecer ortodoxa para muchas comunidades religiosas.

Un vistazo a la estructura del documento arroja diferencias importantes en materia de formación intelectual y teología de la vida consagrada con respecto a otras órdenes de su tiempo. A diferencia, por ejemplo, de las órdenes monásticas inspiradas en las Reglas de san Agustín o de san Benito, Francisco se negó a aceptar el monacato como el estilo de vida de los frailes menores, a quienes exhortó a trabajar y a mendicar “en el mundo” para el mantenimiento de la comunidad. Por otra parte, se mostró reservado sobre el hecho de que los frailes estudiasen, temiendo que al hacerlo la vanagloria se sobrepusiera a los sentimientos de sencillez y pobreza, únicas aspiraciones legítimas de quienes portaban el hábito marrón. En esto se diferencia radicalmente de uno de sus contemporáneos, santo Domingo de Guzmán, quien veía en el estudio de la teología un medio para evangelizar a los infieles.

Que san Francisco haya hecho de la pobreza evangélica la columna vertebral de su orden supone, en primer lugar, que la opción preferencial por los pobres es la esencia de la vida cristiana. El asunto no era baladí: Pierre de Blois (1130-1200), teólogo, padre de familia, canciller del obispo de Canterbury, contemporáneo de san Francisco, denunció el apego al dinero del obispo de Lisieux con términos similares a los del Evangelio de san Mateo (XXV):

Te ha abierto el Señor un camino facilísimo de salvación: pues ha venido un hambre cruel que amenaza a los pobres, y es como si, en ellos, el Señor te ofreciera su reino a precio de saldo. Tanto te costará el reino, cuanto seas capaz de mostrar a los pobres de afecto y de compasión. El pobre es el vicario de Cristo (pauper Christi vicarius est). Y así como al Señor le duele ser rechazado y despreciado en el pobre, así le alegra ser acogido en él1.

No se trata de romantizar la pobreza, sino de descubrir en ella el sitio eminente desde donde ocurrió la salvación del género humano: el Hijo de Dios se encarnó en el seno de una familia pobre, y predicó un mensaje de liberación que opera necesariamente en ambos planos, el material y el espiritual, porque Él es Señor de todo lo creado (Fil. II, 11). Por eso, cuando san Francisco habla de la Regla en términos de la “forma” del santo Evangelio, la pretensión no es poca cosa: se trata de la explicitación esencial del mensaje salvífico que contiene la Revelación escrita: nadie se puede salvar si no se asemeja al Cristo pobre que se encarnó en el seno de una virgen desamparada, migrante, perseguida por el poder de Herodes.

En un acto que pretendía manifestar la autoridad del papado sobre el poder temporal, Inocencio III se arrogó el título de “vicario de Cristo”, desplazando así la referencia a los pobres de su sentido original. Con todo, la opción preferencial por los pobres, tal como fue pensada por Francisco de Asís en su Regla, continúa siendo un tópico que resuena en muchos novelistas católicos contemporáneos. Umberto Eco (1932-2016), en El nombre de la rosa (1980), reproduce un supuesto conciliábulo entre dominicos y franciscanos en torno a una polémica harto conocida en el siglo XV: ¿Era Cristo dueño de su túnica? Polémica a la que Roma no dio cabida en las discusiones teológicas de la Baja Edad Media, y que terminó por decantarse en la herejía del desapego —que no renuncia— a la riqueza. Un ejemplo más cercano en tiempo y cultura lo encontramos en La soldadesca ebria del emperador (2010), de Pablo Soler Frost (1965), un diario novelado del emperador bizantino Miguel III quien, atormentado por sus muchos crímenes, reza por que al menos un pobre hable bien de él frente al Justo Juez en el juicio final.

Empéñense todos los hermanos en seguir la humildad y pobreza de nuestro Señor Jesucristo y recuerden que nada hemos de tener de este mundo […]. Y deben gozarse cuando conviven con gente de baja condición y despreciada, con los pobre y débiles, y con los enfermos y leprosos, y con los mendigos de los caminos […] y no se avergüencen: más bien recuerden que nuestro Señor Jesucristo, el Hijo de Dios omnipotente, “puso su faz como piedra durísima” (Is L, 7) y no se avergonzó, y fue pobre y huésped y vivió de limosna (Regla, IX, 1-5).

Palabras éstas de san Francisco que viene a bien recordar de vez en cuando. Sobre todo, si se pone en perspectiva que las referencias en el Evangelio a una moral sexual son casi nulas —aunque nos quieran hacer creer lo contrario— si las comparamos con uno de los tópicos centrales de la enseñanza del Mesías: que no se puede servir a Dios y al dinero (Lc XVI, 13).


Autores
(Ciudad de México, 1992) Filósofo y ensayista. Profesor en la Universidad Iberoamericana, el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey y en la UNAM. Miembro de la Newman Association of America. Ponente en varias instituciones de México, Estados Unidos y Cuba, sus intereses académicos se centran en la obra del cardenal John Henry Newman, la epistemología y la teología contemporáneas, y las relaciones entre filosofía y literatura. Ha publicado ensayos y reseñas en Newman Studies Journal, la Revista de la Universidad de México, Tópicos, Open Insight y Nexos.
Portada de "Cadáver Perlogher", Juan Antonio Alfaro. Fondo Editorial Tierra Adentro, 2023.
Portada de “Cadáver Perlogher”, Juan Antonio Alfaro. Fondo Editorial Tierra Adentro, 2023.

Quien se pierde, pierde el yo. Si yo me pierdo…

NÉSTOR PERLONGHER

Mi cuerpo escribe en formas que no entiendo.

SARA URIBE

¿Es el pelo de los muertos el hilo de la conversación?

LUIS FELIPE FABRE

Retrato hablado del cuerpo antes de ser borrado

tenía el aire de una señora. de relación bizarro. realmente se cruzaba y se bajaba y. se era cuidadoso en sus movimientos. no era maletín chiquitito que se hacía así y calzado que usaba. usaba calzado grande. casi sé que oyes esto. vive y disculpa. a veces tocaba el timbre y salía una mucama o chicos y le decían qué largo. su cabello negro. sus ojos de una inteligencia especialísima. pero con bastante dificultad de río. una especie de nutria. algo que sacaba de sí mismo. una personalidad. vida haciendo encuestas por las calles. muchas veces río. el manatí. sí. es un bicho ese destino. y no protegió nada. una vida y con lo que eligió en físicamente. era feo y sabía que era de relación bizarro. inmediatamente uno lo veía raro. pero con bastante dificultad lo veía. algo bichesco muchas veces tocaba el timbre. tocó en la vida. era un chico bien raro. con tiempo seduciendo. bastante parecido a Woody Allen. tacicoturno. con una suela muy alta. no. hay una señora que te quiere ver. se divertía ante el espanto. nunca fuimos lindos. digámoslo así. con tacos así altos. si se quiere. pero con el pelo profundamente serio. pero de esa seriedad esencial. iba así y así viajaba a lo bichesco. esos bichos de indumentaria. así caminaba por un maletín chiquitito que era un río. el manatí. sí. el pelo largo. cuando quería era el oeste. una persona que no era agradable. mujer grande. era feo. horrible. discúlpame que presos juntos. pero estamos libres juntos. era muy alto y aparte andaba con pañuelos la vida. nunca le sacó el cuerpo. tenía el aire. entregó el cuerpo a ese el cuerpo. comodín que siempre estaba investigando y curioseando con la palabra. y estaba todo así. caminaba por los andenes que van. pero era feo. horrible. esos bichos de con lo que le tocó en la de una señora. cuando que ría era como. físicamente era un personaje muy raro no su presencia. su indumentaria. bastante cuello y cabello largo y ultramaricona. y un bicho de río el tipo hacía del oeste. era como un feo. era feo. pero seducía. y seducía la matanza en una época. se ganaba. parecía. parecía no una chica sino una de ultramar. ultramaricona. y con la que al cuello y cabello largo era ese swing. era muy flaco. no era. una persona que no era. una persona que no era. es más. una persona que no era con la palabra. y estaba el cuerpo. le entregó el cuerpo a. le entregó el cuerpo a. le entregó el

cuerpo a. le entregó el cuerpo a. le.…

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(inaudible)


Autores
(San Luis Potosí, 1991) ha publicado poemas en las revistas literarias Transtierros, Tres Pies al Gato, Des/linde y Low-fi Ardentía. Forma parte del consejo editorial de la revista electrónica Los testigos de Madigan. Es ganador de Premio Nacional de Literatura Joven Salvador Gallardo Dávalos 2018.
Ilustración realizada por Jal Reed
Ilustración realizada por Jal Reed

Hablar de la narrativa de Yuko Tsushima es hablar al mismo tiempo de su vida. La propia Satoko Tsushima, conocida como escritora bajo el nombre de Yuko, no tuvo reparos confesando en la nota de la autora de El hijo predilecto (Editorial Impedimenta, 2023) los nervios y la dificultad que acompañaron el proceso de su segunda novela. Esta acaba de ser publicada el pasado mes de septiembre y perfecciona el estilo que desde su ópera prima parecía ya no tener espacio para crecer. 

Yuko Tsushima nació en la ciudad de Tokio en 1947. Su padre, el escritor Osamu Dazai, moriría por suicidio en junio de 1948, después de intentarlo en repetidas ocasiones desde 1929. La madre de Yuko, Michiko Tsushima, se convirtió en madre soltera tan solo un año después del nacimiento de su hija. La habilidad de Yuko —para llevarnos de la mano dentro de la mente de sus personajes femeninos y las normas sociales del Japón de los setenta— nos hace cuestionarnos qué tanto el talento literario puede o no llevarse en las venas, considerando que Dazai fue uno de los escritores japoneses más importantes del siglo XX, con obras como El ocaso e Indigno de ser humano.

Tsushima escribió su primer libro en entregas. Se publicaba un capítulo al mes, en la revista literaria Gunzo. Entre 1978 y 1979, cada uno de estos capítulos o cuentos correspondía con el mes del año corriente y de lo que más adelante sería Territorio de luz, la historia de una madre soltera que intenta abrirse camino en Japón con su hija de tres años. El éxito de su publicación en Impedimenta durante el 2020 nos ha regalado, ahora, la historia de Koko, traducida al español por Tania Oshima. Otra madre soltera, una profesora de piano, que busca ganarse la vida y recuperar el cariño y respeto de su hija adolescente, Kayako. En El hijo predilecto, el cuál se titula originalmente Choji en japonés y The Child of Fortune en inglés, la maternidad excede los límites que la encierran dentro de los mismos clichés de una literatura posiblemente anticuada y juiciosa. Yuko declaró, en una conversación con la escritora inglesa Margaret Drabble en 1990, la insatisfacción que le provocaba que experiencias como la sexualidad, el parto y la crianza, fueran filtradas a través de la perspectiva masculina o escritas para ser aceptadas por estándares masculinos. Ambas coincidían en que algunos de los problemas a los que se enfrentaban constantemente como escritoras era que el lenguaje y temas importaban muchísimo más de lo que parecería a primera vista. Tsushima dijo que al escribir Territorio de luz tuvo que “reconsiderar y reexaminar cada palabra relacionada con el embarazo”. No podía continuar hablando de él con las mismas convenciones prevalentes en la sociedad japonesa.

De esta forma, con un esfuerzo instintivo pero también determinante Yuko Tsushima consiguió convertirse en un referente de la literatura escrita por mujeres, quizá antes de que el término llegara a nosotras. Si bien su segunda novela la hizo merecedora del premio Joryu Bungaku de 1978, un premio a la literatura femenina, este esfuerzo nunca estuvo dictado por un deseo guiado por la comercialización de su escritura sino por la confianza en los alcances de una literatura voraz y honesta. 

Tsushima no se consideraba a sí misma feminista, aunque me invade la curiosidad saber cómo se llamaría a sí misma hoy, siete años después de su muerte. Es innegable que su propia maternidad experimentada desde la soltería la llevó a plantearse las preguntas que intenta responder en varias de sus novelas. Pero, lo que hace más destacable a El hijo predilecto, es el mundo interno de Koko. Su autora escribe:

Esta novela que concebí un día como la historia de una mujer de mediana edad con sus amoríos y su miedo a quedarse embarazada, fue más leída de lo que yo esperaba […] Gracias a ella no tuve que abandonar la escritura, pero cuando quise darme cuenta el libro había cobrado vida propia y se estaba convirtiendo, a mi pesar, en el estandarte de la “crítica al divorcio”, conmigo en la cima. Pero también las circunstancias en torno al divorcio han cambiado mucho desde entonces. En aquella época, no había ninguna ventaja para la mujer divorciada. Era, de hecho, un estigma. 

Para Kayako, la hija adolescente de una mujer de treinta y seis años, su madre es una vergüenza. Kayako vive con su tía, una mujer mucho más adinerada que su madre, con la intención de alejarse de Koko pero también para entrar a un instituto privado de monjas, que su madre no tiene los medios económicos para pagar. Koko también es vista como una desgracia para su hermana y su cuñado. Al morir la madre de Koko y su hermana, dos años antes de que empiece la novela, Koko decidió comprar la casa donde vive con la parte de la herencia que le correspondía. El dinero sobrante se lo dejó a su hermana y su esposo abogado, por haberle ayudado con los trámites. Ahora, la hermana se aprovecha de la ventaja que le da haberse quedado con ese dinero: lo utiliza para ganarse a Kayako comprándole vestidos y dándole una vida de lujos que Koko no puede permitirse. 

Cuando conocemos a Kayako y a Koko, pronto nos damos cuenta por sus interacciones que la hija quisiera que esa no fuera su mamá. Y que, de hecho, hasta a sus pasados amantes y su exesposo, Hatanaka, les avergüenza “el tipo de mujer en que se ha convertido”. De muchas formas Tsushima nos deja entrever los juicios de los personajes que la rodean: en algunos momentos, lo hace dejando espacios vacíos que el lector deberá completar por su cuenta; en otros, la rapidez de los diálogos hace que las escenas ocurran de manera tan visual y clara como lo harían en una película. Así, sin que el narrador la juzgue, los prejuicios de la sociedad convierten a Koko en una mujer que, para las demás personas de vida, descuida su aspecto, no es capaz de cuidar de sí misma (¿cómo sería entonces capaz de criar a Kayako?) y tampoco tiene ambiciones ni ganas de conseguir un trabajo mejor pagado.

En pocas palabras, Koko es, a todas luces, una mala mamá. En lo que podemos escuchar de la mente de Koko, ella también piensa que ha cometido errores y que si empezara de nuevo haría las cosas diferente. La madre se pregunta, en muchas ocasiones, hasta qué punto se daba cuenta de las cosas esa niña pequeña. Y hacerse tal pregunta le provoca escalofríos. Pero en ningún momento tiene miedo de sus pensamientos ni sus ideales. El amor que le tiene a su hija es grande pero tampoco debería ser el centro de su vida ni el motivo por el que tenga que sacrificar sus ganas de amar: de amarse a sí misma y de amar a otras personas que no sean su hija. Sobre todo, porque Koko no tiene pena de admitir, y a la autora tampoco le atemoriza narrar, que la hija, Kayako, es maleducada, insulsa, sin sentido del humor o demasiado débil. Koko es vulnerable, pero nunca débil. Son los demás los que se jactan de hacerla menos, y tratan de convencerla de que no es la mujer fuerte que aparenta ser. 

Pero Koko no aparenta nada. Si acaso, ese es su mayor crimen. No aparentar, no avergonzarse, no dar por hecho que una vez nacida su hija sus deseos y personalidad ya no serán suyas. Koko no se cree nunca la mentira de que ella debe entregarle su vida entera a la niña. Y si así es como debería ser, ¿por qué no es recíproco? ¿Por qué la niña de doce años le quitaría todo sin entregar nada? La protagonista admite: 

De todos modos, ¿acaso era posible que madre e hija no quedaran mutuamente enredadas en sus problemas? Si la madre soltara a la hija para alejarla de sus circunstancias, entonces sería la hija quién arrastraría a la madre hacia las suyas. Kayako tendría que aprender a vivir  metida en los líos de su madre. Koko no iba a renunciar a ella ahora, no después de tantos años y con tantos otros por delante. 

Aquí es donde entran los amantes de Koko. Por si no había sido suficiente el atrevimiento del divorcio, que en sí ya era una deshonra, peor aún que la protagonista siguiera explorando su sexualidad cuando le correspondía “únicamente” la crianza de la niña. Porque no hay espacio para nada más en el Japón retratado por Tsushima. Y es vital recordar a través de la lectura de El hijo predilecto, ¿qué tanto de este Japón se extiende hasta el resto del mundo y hasta el año presente? Ésta novela es un respiro fresco que, tristemente, podría haber sido escrita hoy o cinco años atrás. A través de los hombres con los que Koko mantiene relaciones sexuales, no solo se abre espacio para hablar de tabús de los que nadie más hablaba en su momento, sino que conocemos más del mundo interior de Koko, de sus anhelos, de las cosas que le dan (y también le roban) esperanzas. 

La novela es un paseo por la mente de una madre que está paralizada por el miedo al abandono, por parte de su hija y de los hombres que amó. Con una destreza incomparable, los recuerdos de Koko se entretejen con sus vivencias y cada vez el tiempo presente se le escapa más de las manos, hasta que de pronto es su pasado el que cobra vida y nos vemos, como lectores, enfrentados a la misma confusión de Koko. 

Su vida se vuelve inasible y ella incapaz de recuperar las riendas. Pero ni el miedo ni la soledad y las violencias ejercidas sobre ella por sus amantes detienen de seguir intentando salir de la celda donde la han encerrado los estigmas de una maternidad que ella no va a ejercer. No de esa forma, no con las reglas del patriarcado ni con los consejos de su hermana que solo busca, a lo largo del libro, que Koko la dé en adopción a Kayako y se “vuelva a casar con quién se le dé la gana y se dedique a pasárselo bien”. Pero que no la meta más en sus líos, le dice por el teléfono después del funeral de su madre. De esta forma, la Kayako de doce años ya vive con su tía y visita a su madre solo los sábados para pasar la noche ahí e irse temprano el domingo por la mañana. En alguna de sus peleas, donde Koko ya se ha tomado un par de cervezas y está harta de las miradas y las críticas constantes sobre el departamento y el trabajo que tiene, imagina con coraje que todo podría solucionarse si atara a su hija a las patas de la mesa. Pero, sin decírnoslo, vemos cómo todas esas palabras que vienen de Kayako van hiriendo a Koko cada vez más. Y van alejándose hasta un punto irreparable. 

De haber llegado antes a Yuko Tsushima, muchas respuestas habría encontrado ante mis decisiones y mi visión de la maternidad deseada y no deseada. Pero la novela no busca plantear una solución, ni un manual de lo bueno o lo malo. Esa es también una de sus mayores virtudes. La frescura y desenvoltura de la prosa de Yuko es un descubrimiento que, aunque he mencionado incomparable,  me recuerda a novelas como Pechos y huevos, de Mieko Kawakami, Ella en la otra orilla, de Mitsuyo Kakuta e incluso Una cuestión personal, de Kenzaburo Oé. Esta última, más que ser una comparación, es un contraste que es importante mirar desde las diferencias más que las semejanzas. En ese proceso, descubro lo importante resulta liberarse de los juicios para construir personajes femeninos complejos, no porque necesiten competir con los masculinos, sino porque las mujeres también merecen la libertad de ser más que solo madres. De ser villanas, de ser antiheroínas, de ser malvadas, ser despreciables, ser maestras, ser talentosas o mediocres pianistas y, a pesar de eso, construir belleza y una vida más allá de la idea de “la familia” o “la musa”. 

Yuko Tsushima se pregunta qué opinarán las generaciones más jóvenes al leer El hijo predilecto. Escribe al final del libro: 

Sean cuales sean lo tiempos y el contexto social, las separaciones son siempre dolorosas, las relaciones amorosas son siempre difíciles para la mujer con hijos, y los embarazos plantean siempre las mismas dudas. Quizá la función de una novela sea observar qué aspectos cambian y cuáles no. Esa fue también una de las enseñanzas que me trajo este libro. 

Me gustaría que pronto pudiéramos responder que somos capaces de recibir y sentir ternura, amor, enojo sin condiciones. Que somos capaces de construir belleza más allá de la idea de “la familia” o “la musa”. Que pronto pudiéramos responder que todo ha cambiado, que no vivimos todavía en una sociedad que nos arrebata tanto, o nos obliga a renunciar a tanto, solo por haber nacido mujeres.

Referencias

Enomoto, Y. (1998). The Reality of Pregnancy and Motherhood of Women: Tsushima Yuko´s Choji and Margaret Drabble´s The Millstone. Pennsylvania State University. Disponible en línea. 

Tsushima, Y. (2023). El hijo predilecto. Editorial Impedimenta.


Autores
(Tijuana, 1995) Es licenciada en Escritura Creativa por la Universidad del Claustro de Sor Juana. Fue librera, becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas (2022-2023) y residente de la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores (2019-2020). Actualmente es editora de la revista Casa del tiempo de la Universidad Autónoma Metropolitana. También coordina círculos de lectura y talleres de escritura. Ha publicado dos poemarios: Hipocampo (Dharma Books, 2021; Isla elefante, 2025) y Algo tibio que matar (El toro celeste, 2025).
Ilustración realizada por Maricarmen Zapatero
Ilustración realizada por Maricarmen Zapatero

Frente a la arquitectura porfiriana de la casona del Centro Cultural Casa del Tiempo, una manta con el rostro de Francesca Gargallo, su nombre y la frase “marcha con nosotras”. Cierra el homenaje a su persona, obra y activismo, tras música y performance, tras un ritual y el convidar de un mezcal. No conozco a nadie. Vengo con mi bici, sin saber dónde dejarla, malabareo el vasito de mezcal y brindo con desconocidos, con quienes seguramente fueron las amistades, la familia, de la autora de la novela Marcha seca, eje del anteproyecto que acabo de enviar a la UAM para mi ingreso a la maestría.

En el homenaje hubo charlas sobre su vida y obra, pero se centraron en su activismo como feminista, su relación con pueblos originarios, su posicionamiento político. No se dijo mucho de su literatura. 

La conocí en vida, podría decirles a estas personas, la mayoría mujeres, que entre sonrisas y lágrimas intercambian anécdotas durante el homenaje, que prometen próximas visitas, se abrazan y empinan el mezcal. Pero hablar de ese encuentro sería acercarme a mi impresión de ella, se escurriría lo sincero. La verdad es que no me simpatizó. Fue en una charla en la que (al menos esa fue mi impresión) se dedicó a regañar al escaso público. 

Años después de ese encuentro desafortunado, leí, por insistencia de mi amigo Rodríguez Landeros, la novela corta que ya mencioné. Resultó ser un novelón. Se separó por completo la obra de la autora, al menos de la figura que yo tenía de ella. Poco después de ese hallazgo y reconciliación lectora, Francesca Gargallo falleció.  

La novela Marcha seca, publicada en 1999, narra en segunda persona la supervivencia de un grupo de personas en la Sierra del Nayar en medio de un incendio forestal. En su brevedad (tan solo 76 páginas) se palpa la catástrofe climática, el sistema patriarcal, la contaminación de la tierra por los humanos y la violencia del Estado contra los pueblos originarios. Arriesgo la comparación sencilla que nace del origen italiano de la autora: esta novela es un espresso doble. Por estar en condición de tesis, la he leído cuatro veces de corrido y en cada vuelta encuentro cosas nuevas. 

Si existiera un Santa Claus del mundo editorial, le pediría que reeditara esta novela, no solo por su importancia temática, sino por su valor literario, me parece por mucho lo mejor que he leído de Gargallo. Es una desgracia que sea casi imposible de encontrar uno de esos dos mil ejemplares de la única tirada que hizo la editorial Era hace más de veinte años. Mejor, querido Santa Claus editorial, si existes, por favor reedita la obra completa de Gargallo, incluye lo inédito, que sé que es vasto. 

Gargallo publicó gran parte de su obra en la editorial Era, aunque sin reediciones y con poca distribución. Parece que al respecto su narradora y personaje principal de Marcha seca, quien se intuye como un alter ego de la autora, reniega: “que quién me creo que soy para no temerle al olvido del mundo intelectual”.1 Sospecho que no le interesaba el reconocimiento literario, esa famita ridícula en un país con pocos lectores. Sobre su motivación para escribir dice su alter ego: “Dejar testimonio de ti, de mí, del cielo que se estremece, construir historias para escapar de esta pesadilla presente, definir el amor para entender las diferencias […] Escribo y entiendo, escribo y explico; es al mundo exterior a quien me dirijo”.2

Esta novela contrastó con la superficial idea que tenía de la autora, me imaginaba que sería una novela-sermón, panfleto, regañona. Fue refrescante encontrarse con humanidad, contradicción, vulnerabilidad, ternura y miedo ante las interrogantes. Sin ese moralismo, Gargallo expone al lector a las problemáticas ambientales, machistas, colonialistas. Es generosa con su saber, con su propia búsqueda, pero sin caer en paternalismo condescendiente. De estas cualidades admirables nació mi inquietud por acercarme a su obra con una tesis, entender cómo una obra puede tratar un tema apremiante sin caer en la superioridad moral o la moralina caricatura. 

Pasando a otra de sus obras: Estar en el mundo, novela publicada en 1994, narra un triángulo amoroso, por momentos con tintes incestuosos, al menos obsesivos, entre dos hermanas y un hombre. Inicia en Italia y termina en México, tras un paso por Angola, Brasil y Colombia, por causas perdidas, activismo, guerrillas, ideologías, coloquios, feminismos, organizaciones populares, proyectos editoriales y herencias despilfarradas. 

Esta novela proyecta las inquietudes sociales de la autora, su idealismo y lucha política; pero, de nuevo, lo hace desde el reconocer que se es humano, falible, en constante aprendizaje. Cualquiera que haya tenido una juventud activista, de zapatour por los caracoles, en admiración de tatik Samuel, entre manifestaciones y esa esperanza hermanada a la digna rabia se sentirá identificado con la protagonista y su mundo. Al final de la novela juega con la ficción especulativa, surge el tema climático en un futuro cercano, la sobrina de la protagonista funda un proyecto de investigación, Biósfera III, para tratar de resolver la crisis. Pero todas estas cuestiones sociales y sistémicas son un telón de fondo para lo principal: las relaciones amorosas, sexoafectivas, familiares y de amistad:

Había nacido en mí, casi a despecho de mi propia menopausia, un deseo alegre de volver a vivir, confirmado por signos externos que me parecían maravillosos: las semillas de los bancos norteamericanos funcionaban, un antiviral de espectro muy amplio atacaba los retrovirus del SIDA y del cáncer, y en Alemania se desbarató el último grupo neonazi. Una sensualidad renovada acompañaba las paces hechas con el recuerdo de mis padres; como si hubiéramos obtenido el perdón de unos fantasmas bonachones, jugaba con ellos, les sonreía, me dejaba acompañar en mis correrías.3

En la narrativa de Gargallo es difícil separar a la autora del personaje, se intuye que hay mucho de una en la otra. En esta novela, la protagonista, Begonia, es una italiana que termina viviendo en México: “Morir o desear morir en un lugar es como nacer en él4”, “Llegué a México porque todas las rutas llevaban a él”.5 De la misma manera, Francesca Gargallo es una autora mexicana, a pesar de haber nacido en Siracusa, Italia. Aquí se escribió en el mundo, aquí murió. 

Verano con lluvia es un libro de siete cuentos publicado en 2003, en ellos Gargallo visita los temas del machismo, la maternidad, la sexualidad, el viaje y la culpa: “seré una mala madre, pero si fuera un hombre todos me entenderían6”, “Nuestras leches se mezclaron en las gargantas. Cómo muerde el tuyo. Y nos reímos. Juntas, muy juntas”7, “Si tus amigos se te escapan, ellos que han sido tu casas durante tanto tiempo, encuentra un lugar que te guste. Podrás hospedarlos cuando regresen y alojarte a ti misma”.8 

En sus cuentos plasma inquietudes, pero también dudas. En ellos ofrece imágenes que permanecen en el lector por su riqueza poética: “El fin de los tiempos se cumplirá un domingo de lluvia por la noche, entre comercios cerrados y otras tristezas”,9 “La guerra es la culpa más vieja, su origen y su gemela”,10 “De sus labios brotaban plegarias a la luna llena, a la caída de la nieve, al ocaso sorbe el mar y las montañas. Rezaba para que los demás pudieran gozar de lo que él gozaba en silencio y pedía que, por eso mismo, lo dejasen en paz”.11

La decisión del capitán es la novela que la colección popular del Fondo de Cultura Económica reeditó en 2021, por ello es fácil conseguirla, aunque, debo decir, que de las obras que he leído de Gargallo, me parece la de prosa más inaccesible. Es admirable el tono poético que maneja la autora, pero creo que en esta obra se desborda, opaca la trama y los personajes (en este sentido, Estar en el mundo es una novela donde se inclina más por la trama y los personajes; La decisión del capitán se engolosina por la forma, por el estilo; y Marcha seca es el punto medio perfecto, creo que por eso es mi favorita). A pesar de su estilo desbordado, es un buen libro, vale la pena leerse, aunque no lo recomendaría a cualquiera, debe haber un gusto por el estilo, por las imágenes: “Cuando el sol no concede sombra alguna, la tierra puede parecer gris de tanta luz. Entonces la tristeza se agiganta como la sed. El animal sudado resopla. Paso a paso cruza el mediodía, se arrastra por la tarde. Lento y cansado como el dolor de su dueño”.12

Se trata de una novela histórica, remonta al siglo XVI, a los esfuerzos del capitán Miguel Caldera por entablar la paz entre los conquistadores y el pueblo chichimeca. Como en Marcha seca, está presente el tema de los pueblos originarios y su relación con los blancos; además de personajes que desafían los preceptos patriarcales, tal es el caso de Constanza, una mujer prestamista que entabla negocios en condición de igualdad con hombres. Pero, curiosamente, no es en ella donde se identificó Gargallo, sino en Miguel, como escribió en su blog: “Miguel es el personaje de mi literatura con el que más siento identificación: Miguel soy yo”.13 Caldera era hijo de mujer chichimeca y hombre español, era y no era, según Gargallo, se identificó con ese no ser algo fijo, con ese andar de arriba y para abajo, de aquí a allá, contradictorio, fluctuante. 

Otro libro de Francesca Gargallo que se consigue fácilmente es el recientemente publicado por Penguin Random House Grupo Editorial: En qué momento me volví esa señora iracunda. Y otros relatos. Debo admitir que no puedo hablar del libro ya que no lo he comprado, estoy en condición de estudiante, debo limitar mis compras. Espero que esta reciente publicación sea un indicador de que vienen más libros de esta autora, que el Santa Claus editorial se está poniendo guapo. 

Por último, también espero haber convencido a al menos un lector, que como yo se adentre en la prosa de Gargallo, que le brinde el homenaje póstumo de leerla. Yo por mi parte continuaré con la tesis, con relectura tras relectura de su novelón. Y, Francesca, si me permites el atrevimiento y lo cursi, gracias por tu obra, gracias por definir el amor para entender las diferencias, por tumbar mis prejuicios y ofrecerme tan generosa literatura; lamento no haber coincidido, hubiera enriquecido a mi investigación alguna que otra entrevista, mezcal de por medio… llegué tarde. Espero que hayas aprovechado tu lugar en mi altar de muertos de este año y que este texto, a manera de pobre homenaje, te dé algo de calorcito.

La decisión del capitán en la tienda virtual del FCE: https://www.fondodeculturaeconomica.com/Ficha/9786071673756/F


Autores
Licenciado en Filosofía y Ciencias Sociales. Obtuvo la beca en narrativa de la Fundación para las Letras Mexicanas 2015-2017. Becado por el FONCA Jóvenes Creadores en novela 2017-2018 y por el PECDA de Durango 2018-2019. Ha publicado cuentos y ensayos en Tierra Adentro, Este País y pliego16. En 2020 ganó el Premio Nacional de Cuento Breve Julio Torri con su libro La Biblia encarnada (FETA, 2022). Actualmente da clases de filosofía a monjas y es escritor fantasma.
Tropicália ou Panis et Circensis, 1968. Varios artistas.
Tropicália ou Panis et Circensis, 1968. Varios artistas. Philips Records.

“Quien no baila no habla

Ve a todo y se calla”

Geléia geral, Torquato Neto y Gilberto Gil

Geléia geral (“jalea total”) es la expresión creada por el poeta concreto Décio Pignatari, para referirse a la simultaneidad y diversidad de la producción cultural en Brasil, durante la segunda mitad de la década de 1960. También es el título de la canción manifiesto del poeta Torquato Neto y de Gilberto Gil, la cual integra el álbum Tropicália ou Panis Et Circenses (1968), considerado un marco en la historia de la música brasileña, pues inaugura el movimiento cultural conocido como tropicália o tropicalismo.

La tropicália transformó la música brasileña al fusionar las manifestaciones de la cultura popular —sobre todo del nordeste brasileño— con referencias internacionales, como el rock and roll y, en especial, con la música de los Beatles. Sumando las innovaciones de los acordes “desafinados” de la bossa nova con una simultaneidad de diálogos entre la literatura, el cine y las artes plásticas y escénicas brasileñas de aquel entonces, Caetano Veloso y Gilberto Gil impulsaron la formación de un trabajo musical colectivo, que culminó con el mencionado álbum Tropicália ou Panis Et Circenses.

Así, entraban en la escena de la música popular brasileña —esencialmente acústica— los sonidos del bajo y la guitarra eléctrica, enmarcados en un movimiento cuyas referencias incluyeron a las vanguardias anteriores de la poesía brasileña, el Modernismo y el Concretismo, mediante la obra O Rei da vela, del Teatro Oficina de José Celso Martinez, los Parangolés, de Hélio Oiticica, y el movimiento cinematográfico denominado Cinema Novo, en especial la película Terra em Transe (1967), de Glauber Rocha, que Caetano Veloso ubicó como fundamental para el nacimiento de ese movimiento cultural, que buscaba refundar la música de Brasil. A la tropicália se le sumaron artistas como Nara Leão, que venía de la bossa nova, la cantante Gal Costa, la banda de rock psicodélico Os Mutantes —liderada por Rita Lee—, el músico y poeta Tom Zé, y los poetas José Carlos Capinam y Torquato Neto.

En una de las escenas icónicas de la película Terra em Transe, el personaje del actor Jardel Filho (Paulo Martins), acompañado por su pareja, interpretada por la gran actriz Glauce Rocha, desde adentro de un coche en alta velocidad a punto de estrellarse en contra de dos policías, vocifera: “Precisamos resistir, resistir! E eu preciso cantar!”.1

Esta relación entre el canto y la resistencia en contra de la opresión es algo intrínseco a la cultura brasileña, la cual se remite a la tradición de la poesía ibérica (con sus juglares y trovadores) y a los cantos de matriz africana. Hoy ya se sabe que, durante el periodo del tráfico de esclavos —que Portugal mantuvo de los siglos XV al XIX y que en Brasil duró hasta 1888—, los esclavizados, provenientes de diversas regiones del continente africano, cantaban durante el largo viaje que los llevaba a ese país, para intentar mitigar la depresión y la muerte que sufrían en los terribles navíos negreros. El canto también los acompañaba durante los tediosos y duros trabajos a los cuales eran sometidos cuando llegaban a sus destinos, en lo que se conoció como cantos de trabajo de los esclavos, los cuales expresaban la potencialidad del canto como resistencia frente a una realidad opresiva y violenta.

Años más tarde, los cantos de la tropicália sonaron como respuesta a otro momento oscuro de la historia de Brasil: la represión ejecutada por la dictadura militar de 1964 a 1985.

En ese momento, ya se encontraban en marcha diversas acciones culturales que intentaban resistir y enfrentar la opresión impuesta por el golpe militar de 1964, el cual se intensificó en 1968 tras la declaración del Ato Institucional Número 5 (AI5), del general Artur da Costa e Silva. Este decreto constitucional recrudeció el régimen militar en Brasil, pues facultó al presidente para disolver la Cámara de Diputados y el Senado Federal, revocar los derechos políticos de cualquier ciudadano, así como declarar estado de sitio y confiscar bienes.

Las producciones promovidas por los intelectuales de la izquierda planteaban un arte popular revolucionario, como las surgidas del Centro Popular de Cultura de la Unión de los Estudiantes (CPC-UNE). Lo mismo sucedía con la música combativa de los festivales de la canción, en donde participaron Chico Buarque y los tropicalistas. En ese momento, se esperaba del artista un compromiso político, que suponía una función social pragmática, en aras de atender a la urgencia de la lucha política, que desembocó en la lucha armada, durante los años más sangrientos de la dictadura.

En concreto, lo que buscaban Caetano y Gil con su propuesta de refundar la música brasileña a través del tropicalismo, era producir un arte que fuese política sin perder sus dimensiones estética y sensible. Por supuesto, esto no fue aceptado de inmediato por ciertos artistas, cuyas ideologías los llevó a aislarse de forma consciente de la grave situación política del país.

En aquel momento, las investigaciones estéticas del tropicalismo eran incomprensibles para muchos. Luego, la tensión social evidenció la necesidad de la dimensión política de esas búsquedas estéticas, por lo que la sutileza se hizo menos evidente y sus expresiones se volvieron contundentes, al reflejar el terrible momento por lo cual pasaba el país, como vemos en el melancólico disco de Gilberto Gil, Marginália II, de 1968.

Así como muchos de las y los intelectuales y artistas brasileños, Gil y Caetano vivieron en el exilio entre 1969 y 1972. Desde Inglaterra, siguieron produciendo sus cantos de resistencia. Hoy ambos siguen siendo una referencia fundamental para la música y la cultura de Brasil en el mundo.

Uno de los integrantes del tropicalismo, el poeta y músico Tom Zé, defiende la hipótesis de que las innovaciones que representa la tropicália en la música brasileña son producto del origen social de sus creadores. Sus autores, además de nacer en Bahía —cuna de la cultura afrobrasileña, cuya capital, Salvador, fue la primera capital del país en el siglo XVIII—, vivieron su niñez en el interior del estado: Tom Zé es de Irará, Caetano es de Santo Amaro da Purificação y Gil vivió por mucho tiempo en Ituaçu. Durante la década de 1940, estos creadores se educaron con los cancioneros populares nordestinos, cuyos orígenes remiten a la tradición de las canciones medievales portuguesas de los siglos XII-XIV, a los cantares de gesta, y a los trovadores y los juglares. Desde ahí también podemos pensar la intrínseca relación, que todavía se mantiene, entre la música y la poesía en la cultura brasileña. 

La búsqueda de los tropicalistas por crear otros horizontes de sensibilidad como herramientas para enfrentarse a una realidad opresiva, se reflejó también en cierta producción de la poesía brasileña posterior, conocida como Poesía Marginal o Geração Mimeógrafo. Uno de sus representantes, el poeta Paulo Leminski, se dio a conocer justo por medio de la música, cuando su amigo Caetano Veloso compuso una canción a partir del poema “Verdura”, presentada en el disco Outras palavras (1981). El poema, lleno de ironía, versa sobre la imposición sociocultural de Estados Unidos en Brasil.

En la Música Popular Brasileña (MPB), la palabra y la poesía siempre se destacaron, basta con pensar en las letras de las canciones de los cantautores como Cazuza, Renato Russo, Arnaldo Antunes, Marisa Monte, Chico Buarque, Toquinho, Tom Jobim, y en la obra poético-musical de Vinícius de Moraes. 

Cantar el amor y la muerte sin perder el sentido del humor y de la ironía, como se aprecia en la poesía de Carlos Drummond de Andrade, parece ser el material que ayuda a coadunar palabra, música y baile. Intrínsecos, estos elementos conforman la fuerza de la resistencia cultural en los momentos claves y oscuros de la historia de Brasil, como la dictadura militar y la esclavitud.

Referencias
http://tropicalia.com.br/en/

https://mam.rio/obras-de-arte/parangoles-1964-1979/

https://www.youtube.com/watch?v=zN9nheNzqd4

https://www.youtube.com/watch?v=7ey65touQaY

https://www.youtube.com/watch?v=5bymnZsCATU&list=PLdmtkc-Us4TpWInyGjQ6Mtu6nBkgd3LYh&index=2

https://www.youtube.com/watch?v=gfs9DC4GNr0

https://piaui.folha.uol.com.br/cantos-da-escravidao/

https://poesia.uc.edu.ve/pessoal-intransferivel/

https://www.swissinfo.ch/spa/brasil-música–entrevista-_80-años-de-capinan–el-poeta-revolucionario-del-tropicalismo-en-brasil/46385116

https://esquinamusical.com.br/7-musicas-de-paulo-leminski/


Autores
Investigadora del Sistema Nacional de Investigadores de México (SNI-Conacyt), ensayista, tra-ductora y profesora de teoría literaria y literatura latinoamericana. Entre sus publicaciones más recientes están los Cuentos nuevos y la antología Yo soy trescientos, soy trescientos cincuenta, de Mário de Andrade (2022) y Pensamiento e imaginación: el concepto de Ficción por Luiz Costa Lima (2022); editados por la Cátedra João Guimarães Rosa, de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y por la Embajada de Brasil en México.