Tierra Adentro
Ilustración de Alfred Leete para "Extricating Young Gussie", cuento de PG Wodehouse. Recuperada de Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0)
Ilustración de Alfred Leete para “Extricating Young Gussie”, cuento de PG Wodehouse. Recuperada de Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0)

En 1923 se imprimió como novela El inimitable Jeeves, un libro conformado por once relatos conectados entre sí y previamente publicados en diversas revistas, donde generaron tal sensación entre los lectores que la editorial Herbert Jenkins consideró una gran estrategia juntarlos en un solo tomo para su distribución y venta. Y tuvo razón. Cien años después, este libro sigue siendo traducido y distribuido alrededor del mundo y a la fecha es considerado esencial en las listas de libros de comedia. Además, forma parte de la serie de Jeeves, un acumulado de dieciocho libros —algunos compendios de cuentos, otras novelas— del reconocido escritor inglés P.G. Wodehouse.

Para aquellos que jamás habían escuchado este nombre (como yo hasta hace poco), se trata de un autor cómico británico que escribió sobre las clases altas londinenses, y es reconocido principalmente por dos series de libros: la que gira alrededor de la familia Blanding y la que concierne a los personajes de Jeeves y Wooster, (y a este artículo). P.G. Wodehouse fue un escritor apreciado en vida, reconocido por los mejores humoristas de su época como un maestro en el arte del lenguaje y nombrado Caballero de la Orden del Imperio Británico en 1974, un año antes de su muerte.

Se trató de un escritor sumamente prolífico. Se dice que no dejó pasar un solo día sin escribir durante una carrera que se extendió por siete décadas, y esto queda en evidencia con la bastedad de su obra: más de noventa novelas, cuarenta obras de teatro y doscientos relatos breves. Estos números asustan cuando uno quiere acercarse tímidamente a la obra de un escritor que no conoce, pero creo que con Wodehouse es sencillo: se empieza por Jeeves, y se puede hacer por cualquier libro de la serie, ya que no siguen ningún tipo de secuencia y difícilmente se recuerde más adelante el título por el que se comenzó. Algunos de los libros más célebres de la serie: ¡Muy bien Jeeves¡, ¡Gracias Jeeves!, ¡Adelante Jeeves!, El código de los Wooster, De acuerdo Jeeves y El inimitable Jeeves. Les reto.

La escritura de Wodehouse parodia las costumbres y la forma de vida de la aristocracia, pero sin juzgarla o buscar una crítica social profunda, más bien se trata de una burla alegre, amistosa y sin compromisos como la que podría hacer un hermano mayor sobre las tonterías del más pequeño. Para estándares actuales, su escritura podría considerarse clasista (y lo es), pero es importante considerar el contexto de la época en la que se sitúa para mirarla con claridad, además de que lo cálido de su universo y de sus personajes parecen contrarrestar nuestras ganas de protestar al respecto.

Jeeves y Wooster

En todos los episodios —llámese capítulos, cuentos o novelas— de la serie de Jeeves hay dos personajes constantes: Jeeves, el valet (o ayuda de cámara) competente y astuto,de un joven londinense rico y ocioso llamado Bertie Wooster. Bertie es un burgués inútil, holgazán (considera ofensivo que se le despierte antes de las 12:00pm), que gasta dinero sin ninguna consideración y se recarga en el incondicional Jeeves para que le solucione la vida, a veces con su permiso y a veces sin él.

Para entender esta relación —esencial para el disfrute de la novela— entre maestro y sirviente es importante comprender lo que es un valet, ya que se trata de una figura social que jamás existió como tal en Latinoamérica. Un valet, en el contexto histórico y cultural británico, era un sirviente doméstico que desempeñaba un papel crucial en la vida de un caballero u hombre adinerado, atendiendo las necesidades de su amo, desde limpiar su habitación hasta seleccionarle la ropa, asegurándose de que su día transcurra sin contratiempos desde el momento en que se levanta hasta que se va a la cama. También conocido con el nombre de el caballero de un caballero, el valet es el equivalente masculino a la doncella de una dama. Es importante apuntar que la relación entre un caballero y su valet a menudo iba más allá de las simples tareas domésticas, implicando una conexión personal y una confianza mutua.

A pesar de lo anticuado o jerárquico que pueda sonar hoy en día, ser valet de un gran señor era considerado uno de los mejores y más honrosos trabajos para cualquier hombre; de hecho, había quienes se enorgullecían de un linaje en el que abuelos y tatarabuelos sirvieron a la misma familia que ellos servirían años después. Es común encontrar esta figura en las novelas victorianas como Orgullo y Prejuicio, Drácula o El retrato de Dorian Grey, y en un ejemplo más reciente, en la serie Downtown Abbey.  

Así que Jeeves —intelectual, serio, práctico y brillante— es para Bertie Wooster una especie de niñera de tiempo completo, pero como además nuestro aristócrata es medio tarado, encuentra en Jeeves no solo a su mano derecha en cuanto a temas domésticos, sino un confidente, consejero y aliado para sacarlo de los problemas en los que no puede evitar meterse.

Bertie, por su parte, suena como un personaje insoportable por su permanente hedonismo, pero conforme uno se adentra en sus aventuras, se descubre un hombre cuyo valemadrismo responde a una visión relajada de la vida y que, bien visto, pasa la mayor parte del tiempo intentando ayudar a sus amigos, aún más dispersos que él, e intentando complacer a sus feroces tías.

La serie de Jeeves se llevó a la televisión en la década de 1980 con el nombre de “Jeeves and Wooster”, protagonizada por Hugh Laurie (inmortalizado para nuestra generación en el personaje de Dr. House) como Bertie Wooster y Stephen Fry como Jeeves. Se trata de una adaptación fiel a las anécdotas y a los diálogos de los originales, que ilustra con claridad la divertida dinámica entre los protagonistas —apoyada por el hecho de que los actores eran mejores amigos en la época de la filmación— y que resulta bastante graciosa. Se puede ver completa en YouTube. 

¿Por qué leer hoy comedia inglesa de principios del siglo XX?

Es difícil contestar esta pregunta. Personalmente no creo que haya nada más lejano a la mexicanidad que esta clase de humor inglés, pero apelando a la universalidad de la literatura, es posible para nosotros disfrutar de situaciones que no nos tocan ni de cerca. En El inimitable Jeeves el humor es el atractivo principal, pero tampoco es su único valor, por esto intenté resumir en una lista las razones para leer hoy en día (no relacionadas con lo cómico), este o cualquier otro libro de la serie de Jeeves.

1. Personajes secundarios. Es imposible ignorar que el señor tenía una capacidad increíble para crear personajes demenciales y queribles, que ayudan a las tramas enredadas de las que Bertie Wooster tiene que librarse. Claude y Eustace, sus primos gemelos apostadores y ocurrentes; Bingo Little que se la pasa enamorándose perdidamente cada dos episodios de un sinfín de variedad de mujeres; la tía Agatha, impositiva y amargada, a la que Bertie siempre termina obedeciendo; chicas deportistas medio locas; mayordomos severos y todo el séquito de amistades de Wooster que viven de las pensiones de viejos tíos y desprecian la sola idea de trabajar.

2. Época inventada. Stephen Fry, quien interpretó a Jeeves en la serie de TV, dijo que la magia de P.G. Wodehouse estaba en que “nunca creció, y su mundo nunca crece tampoco, está congelado en un estilo de años veinte que no existieron en realidad. En toda su obra menciona la guerra una sola vez”. Y es que en el universo de Wodehouse existen el jazz y las bromas universitarias clásicas de aquellos años, que a su vez conviven con una rigidez en las estructuras sociales que no corresponde con la época, empezando porque después de la Primera Guerra Mundial, la figura del valet empezó a caer en desuso debido a las afrentas económicas generalizadas. Pero en el mundo de Wodehouse no hay escasez, no hay guerras, no hay problemas que no puedan esquivarse con un poco de buen humor e ingenio y esto resulta refrescante.

3.“Es pura dicha, tan simple como eso”. Las tramas de los cuentos de Jeeves son variadas y algunas completamente ridículas. Pueden ir desde una apuesta entre caballeros sobre cuál párroco dará el sermón más extenso el domingo hasta ver a Bertie haciendo todo lo posible para descomprometerse de alguna chica con la que se comprometió de manera accidental. Debo confesar que cuando empecé a leer este libro no pude evitar sentir decepción: los relatos parecían demasiado inocentes y llenos de conflictos livianos (por no decir tontos), pero conforme avancé en la lectura, el carácter de los personajes y la repetición de sus errores terminaron por convencerme de que precisamente en esa ligereza radica su belleza. Los eventos que suceden rozan lo surreal y crean un ambiente entusiasta, en el que cualquier cosa puede suceder y, ¿por qué no disfrutar también esta clase de lecturas alegres? ¿De dónde saqué la idea de que solo vale la pena leer o ver historias profundas, serias y llenas de reflexiones existenciales? Por ahí del sexto capítulo —el libro está partido en dieciocho— ya leía con una sonrisa, y poco después me reí en fuerte por primera vez y con esto me convencí de otra observación de Fry: leer a Wodehouse es pura dicha, tan simple como eso.

4. El lenguaje. Este es, según el análisis de diversos expertos, el mayor mérito de Wodehouse. Se habla de su ritmo, de su estilo claro y conciso que combina expresiones refinadas con jerga deportiva, jerga de jazz, jerga de colegiales y lo mezcla todo para crear un estilo propio —un estilo denominado inimitable—. Wodehouse leía a Shakespeare todos los años, a Tennison y a Melton, pero a la vez estaba fascinado con las maneras coloquiales, las muletillas y los vicios del lenguaje (por ejemplo, es común que Bertie repita expresiones como “I say” antes de hablar y “what?” al terminar), creando un estilo que contrasta la vulgaridad con la finura en cada línea y es por todo esto que sus traductores sufren en exceso.

5. La relación entre Jeeves y Wooster. Estos dos personajes se balancean y ponerlos uno frente al otro crea un contraste dinámico que atrapa al lector. A pesar de que en teoría se trata de una relación jerárquica, en la práctica es una amistad y la relación más importante en la vida de ambos y, aunque he mencionado un montón de veces que Wodehouse nunca intentó hacer crítica social, es de notar que la jerarquía en la práctica se invierte, porque es el sirviente quien mueve los hilos y controla las decisiones de su señor.

Algo a resaltar es que sus tramas suelen estar armadas con una precisión casi matemática. Lo que quiero decir con esto es que, si leíste un libro suyo y no te gustó, lo más probable es que no disfrutes ningún otro, pues se trata de un escritor cuyas historias responden a formulas narrativas muy marcadas, que le permiten crear un efecto cómico, pero que no varían mucho de un libro al siguiente.

El humor en la literatura

Hay una frase mamona que repiten mis tíos con el orgullo de quienes creen que inventaron algo que lleva existiendo un par de milenios: “la cultura es como la mermelada, mientras menos tienes, más la embarras”. Algo similar se observa en el ingenio que crea el humor, el que apenas puede pensar una frase atinada durante la tarde, la vocifera, la repite, la cuela innecesariamente en la conversación hasta que se le congracie con una sonrisa. A pesar de que considero esto cierto, intuyo que también puede haber problemas con el exceso de humor, en especial en la literatura. Leí una frase de Jim Hardison que decía: “tu novela debe contener chistes escandalosos, absurdos y sin sentido, pero jamás debe ser un chiste”. Inventar aforismos es una habilidad perdida, pero lo intentaré: el humor es como el perfume, si lo usas en exceso, lejos de agradar incomoda.

Mi problema con algunos libros humorísticos es que buscan que absolutamente todo en ellos sea comedia y eso cansa. Peor, eso lleva la historia a un nivel de absurdo en el que uno ya no conecta con los personajes, porque terminan por convertirse en estampitas y ¿Qué puede importarnos si una estampita se muere, se quema, le cae un piano encima o se convierte en confeti? Además del ritmo, encuentro que la clave para escribir con humor está en la dosificación. Wodehouse, por ejemplo, crea una parodia con la forma de ser de sus personajes, agrega algo de ironía y autocrítica en la voz del narrador (Bertie), pero nos regala también situaciones medianamente realistas, y algunos personajes sensatos como Jeeves que anclan el relato en la realidad.

Creo que en la narrativa siempre hay que darle prioridad al personaje y a la trama, si los chistes se comen la novela (o el cuento o el poema o la película) puede que nos saquen una risilla, pero no serán memorables. El acierto de sitcoms como Friends o The Office, que no persiguen la reflexión social, es que además de la risa pronta crean personajes entrañables a quienes queremos que les vaya bien o mal, y con quienes podamos identificarnos por sus situaciones de vida. Esto difícilmente se consigue en las novelas de P.G. Wodehouse, pues se trata de un entorno ajeno que con cada año que pasa diluye su vigencia. Si aún existe algún burguesillo orgulloso de su ociosidad, al menos ahora intenta pasar desapercibido. El tema del contexto se resuelve fácilmente en una novela más seria, a través de notas al pie, pero en la comedia se complica porque ¿existe algo peor para arruinar un chiste que explicarlo? Esto me hace dudar de la supervivencia de Wodehouse a futuro porque, a pesar de que ya pasó la prueba de los cien años, hoy no es ni de cerca tan divulgado como lo fue en su tiempo ¿Terminará la obra de Wodehouse por ser un vestigio que solo interesa por su color y por la nostalgia de una época bella y libre de angustia (para los afortunados millonarios)? O, al contrario, ¿será precisamente eso lo que la preservará a lo largo del tiempo? Veremos.


Autores
estudió Ingeniería Química y es estudiante del diplomado de escrituracreativa en la SOGEM. Actualmente, escribe artículos para Reurbano, una desarrolladora urbana y tiene una columna quincenal en la página de Mi Valedor, la primera revista callejera de México, donde también colabora como directora del área social, planeación estratégica y editorial.

El 14 de Diciembre de 2003, la BBC publicó la siguiente imagen:

Un día antes, el presidente Iraquí había sido capturado por el ejército estadounidense durante una guerra que Hollywood se encargaría de retratar fantasiosamente en los años posteriores. Casi una década después, la imagen comenzaría a circular por foros de internet con ediciones en tono burlesco.

Poco después sería sentenciado en un tribunal internacional y ejecutado.

Pero ¿Quién fue Saddam Hussein? ¿Por qué se escondió en un agujero? ¿Qué implicaciones tiene la mofa a su captura?

El usurpador

En medio de las tensiones étnicas que han acompañado a Irak (árabes y kurdos) y gran parte de Medio Oriente a lo largo de su historia, Saddam Hussein orquestaría en 1979 un golpe de estado contra Ahmad Husayn Khudayir as-Samarrai, aunque ya llevaba varios años siendo líder de facto, en la década de los 80s pasaría a masacrar aldeas kurdas de manera sistemática.

Saddam nació en el seno de una familia campesina el año de 1937 y durante su juventud se vería atraído por el baazismo. El baazismo es una ideología proveniente del renacimiento y resurrección árabe, basada en principios nacionalistas y socialistas. Su núcleo doctrinal busca por el progreso y la formación de una nación árabe, guiada por un partido al frente de un estado “revolucionario”.

Entre octubre y noviembre de 1956, se dio de la crisis del Suez, lo que afirmó el liderazgo de Gamal Abdel Nasser y la soberanía de Egipto frente a las potencias coloniales de Reino Unido, Francia e Israel. Este desmadre sirvió como catalizador para un grupo de jóvenes revolucionarios, entre los cuales se destacaba un Saddam Hussein de apenas 19 años. Inspirados por la gesta de Nasser, estos weyes se lanzaron en un infructuoso intento de golpe de Estado contra el monarca de Irak Faisal II en el mismo año 1956.

El año siguiente marcaría un cambio radical en la vida de Saddam. Después de ser rechazado en la Academia Militar debido a su historial académico culerillo, el morro, influido nuevamente por su tío y en busca de nuevos horizontes, decidió adentrarse en el ámbito político. Fue en este punto que Saddam Hussein se encontró con el baazismo, una corriente ideológica que lo cautivó con sus principios izquierdistas, laicos y revolucionarios. En 1957 formalizó su afiliación al Partido Baaz Árabe Socialista, dando inicio así a una etapa decisiva en su camino hacia el liderazgo.

Un año más tarde, el 14 de julio de 1958, sucedió un golpe de Estado en Irak que marcó el fin de la monarquía hachemí. Un grupo de militares liderados por Abdul Karim Qasim y Abdul Salam Arif, encabezó la revuelta que resultó en la destitución y ejecución del monarca Faysal II. Esto dió paso a una dictadura militar de índole nacionalista, antioccidental y prosoviética.

A partir de 1974, Saddam emergió como la figura preeminente en el seno del partido y del gobierno, consolidando su posición al ocupar diversos cargos públicos y alcanzar la segunda posición más relevante en la jerarquía. Bajo su marcada influencia, logró persuadir a su predecesor, Ahmed al-Bakr, para llevar a cabo medidas significativas que transformarían la estructura y las políticas del país. En 1972, Hussein abogó por la nacionalización del petróleo, destinando los ingresos para impulsar la industria armamentística de Irak. Además, en 1976, logró la prohibición de la existencia de otros partidos políticos contrarios al Baaz porque a huevo, consolidando así el poder del partido gobernante.

Saddam, reconocido por su admiración hacia Stalin, consolidó su poder mediante una purga interna en el partido, utilizando los servicios secretos para neutralizar a cualquier opositor, como haría cualquier político déspota en sus cabales. Asimismo, desató una feroz persecución religiosa contra la población chiita, resultando en detenciones, deportaciones e incluso asesinatos. En el mismo año, llevó a cabo una persecución masiva de comunistas, lo que deterioró relaciones diplomáticas con la Unión Soviética.

Estratégicamente orientó sus políticas hacia Occidente y mejoró las relaciones con Francia, que proporcionó apoyo en forma de uranio e infraestructura para su programa nuclear. Sin embargo, Saddam desvió estos recursos para fines militares, falseó la información al afirmar que estaban destinados a beneficios civiles, elaborando  una red de engaños que marcarían su trayectoria en el escenario internacional.

En la Guerra Irán-Irak Saddam Hussein desató una política militar motivada por la disputa territorial, intereses petroleros de multinacionales y la inestabilidad en Irán tras la Revolución islámica. Invadió Irán, respaldado por Estados Unidos, Francia, Arabia Saudita y Kuwait, con la supuesta preocupación de que Irán pudiera expandir su influencia a través del fundamentalismo islámico. A pesar de la dizque neutralidad buscada por la Unión Soviética, Irak recibió apoyo armamentístico del Pacto de Varsovia. La guerra resultó en una pérdida devastadora de vidas y dejó a ambos países en crisis económica, sin un claro ganador.

Durante este conflicto, Saddam perpetró el genocidio kurdo en la región norte de Irak, conocido como la Operación al-Anfal. Esta brutal campaña entre 1986 y 1989 resultó en la destrucción de 4,500 poblaciones y aldeas por Ali Hassan al-Mayid, primo de Saddam. En 1990 invadió Kuwait debido a disputas petroleras y precios del crudo. La Guerra del Golfo, iniciada en 1991 por una coalición internacional liderada por Estados Unidos, restauró Kuwait, pero dejó a Irak en una crisis económica y aislamiento. Saddam se mantuvo en el poder, enfrentando los bombardeos y sanciones de la ONU. En 2003, una invasión liderada por Estados Unidos, que decidió que Saddam no era tan compa, lo derrocó pero no se encontraron las armas de destrucción masiva que habían usado de excusa para intervenir el país. Capturado en diciembre de 2003 durante la “Operación Amanecer Rojo”, fue declarado prisionero de guerra junto con 11 de sus colaboradores y entregado al gobierno iraquí en junio de 2004 tras meses de custodia bajo el control de las fuerzas estadounidenses.

Los memes (a manera de conclusión)

El 19 de octubre de 2005 comenzó el juicio en el que fue acusado por la matanza de 148 chíies en Duyail en 1982. El proceso duró hasta el 27 de julio de 2006, y durante éste, Saddam se mostró bien verguitas. El 5 de noviembre de 2006 fue condenado a muerte por el Alto Tribunal Penal iraquí, controlado por Estados Unidos.

Su ejecución tuvo lugar el 30 de diciembre de 2006. A pesar de sus últimas palabras retadoras y su negación a que le cubrieran la cabeza, fue ahorcado. Esto provocó atentados en Bagdad y fue seguida por disturbios. Su cuerpo fue entregado a su familia para que lo enterraran en Tikrit.

El número de víctimas atribuidas al régimen de este cabrón varía según las fuentes. Human Rights Watch estima entre 250,000 y 290,000 muertes y desapariciones, mientras que el gobierno de Estados Unidos afirmó que Saddam mató a 300,000 iraquíes. Las cifras incluyen víctimas de diversas persecuciones y campañas llevadas a cabo durante su gestión. Durante las manifestaciones universitarias que se dieron recientemente en Guanajuato, los defensores de la iconoclasia repetían constantemente el mantra: “memoria y resistencia”; a 20 años de la captura y 17 muerte de Saddam, vale la pena preguntarse, ¿No es la mofa de estas figuras que atentan contra la integridad de los pueblos, y a la cual podría agregarse un sinfín de políticos como el reciente y afortunadamente fallecido Henry Kissinger, una forma de memoria y resistencia históricas? John Locke decía que el pueblo tiene derecho a rebelarse si sus derechos son violentados sistémicamente, y la revolución es la última alternativa después de agotar las opciones pacíficas. El meme de internet ha demostrado ser una transgresión en el lenguaje capaz de incitar a la reflexión. En el meme resistimos.


Autores
(San Luis de la Paz, Guanajuato, 2000). Estudia Filosofía en la Universidad de Guanajuato. Autor de Galletas para suicidas (Editorial Frenéticos Danzantes, 2019), La llaga (Premio de Literatura León, 2021, reeditado por Ediciones Come Fuego en 2023), Díganle adiós al ratón (Tierra Adentro, 2021), Imagina que en lugar de aves éramos terremoto (Grafógrafxs, 2022) Colmillo (Niño Down Editorial, 2023), entre otros libros. Dirige la editorial digital Awita de Chale.
Portada de "El diablo en el cuerpo", Raymond Radiguet. Editorial Confabulaciones.
Portada de “El diablo en el cuerpo”, Raymond Radiguet. Editorial Confabulaciones.

¿Qué ocurre cuando lo demoníaco se convierte en la esencia misma de la persona? ¿Qué pasa cuando el cuerpo no responde a los comandos de la mente sino a sus propias necesidades? Brutalidad, sensualidad, perversión y posesiones. Sólo que esta novela de Raymond Radiguet, escritor nacido en las cercanías del río Marne y de París, maldito si se quiere, quien murió además a los veinte años, no pertenece al género de terror, ni siquiera se manifiestan en ella los elementos sobrenaturales. El diablo de Radiguet se conforma por las ideas que van en contra de la moralidad reinante, por la futilidad de lo accesorio y, también, por la oscuridad del alma transida por las pasiones del cuerpo y nada más.

Es decir, Radiguet propone en El diablo en el cuerpo una escritura decadentista, oscura y llena de una crítica velada contra el belicismo de la época. Al momento de su publicación, Francia ya había pasado por los horrores de la Gran Guerra y el nacionalismo exacerbado formaba parte de la opinión pública.

El decadentismo es un hijo del romanticismo, como lo anuncia Mario Praz en La carne, la muerte y el diablo en la literatura, y una de sus cunas fue Francia, con la obra de Pierre Louÿs, Joris-Karl Huysmans o d’Aurevilly, sin olvidar la influencia de poetas malditos como Baudelaire, Verlaine o Lautréamont. Como tal, su búsqueda parte del “corazón”, más que de la mente, pero también de las pasiones que no forman parte de la moralidad y las reglas burguesas. La obra de Radiguet se inscribe, aunque “la época dorada del decadentismo” ya hubiera pasado, dentro de esa corriente crítica, despiadada y casi pornográfica.

En El diablo en el cuerpo hallamos la historia de un hombre, en realidad un adolescente, que se “enamora” de una mujer algunos años mayor que él, quien además está comprometida con un militar que permanece, gran parte de la novela, en el frente de combate. Marthe, es una mujer que se siente parte de las costumbres, que acepta su destino como futura esposa, y quien además realiza todas las actividades que se esperan de ella, hasta que el adolescente (y narrador) termina por hechizarla y martirizarla hasta convertirla, casi, en un despojo, en una esclava de sus pasiones que no tiene ningún reparo en mantener su amor, aunque su reputación sea mancillada.

Aunque en la contraportada de la edición de Pre-Textos, El diablo en el cuerpo se anuncie como una gran novela de amor, este amor es corrupto, egoísta, inmaduro, peligroso y estúpido. El narrador-protagonista vive la diégesis desde un ámbito doble, pues además de mostrar las pasiones que lo invadieron en el instante en que ocurren, es también un juez profundo de sus actos, de su exageración y de sus intenciones, todas pérfidas e inmaduras. Un niño acostumbrado a hacer lo que desea, a ser obedecido y a no trabajar en ninguna otra empresa que no sea la de su obsesión.

El adolescente tiene al diablo en su cuerpo no sólo por el irrefrenable deseo que mantiene hacia Marthe, la joven esposa, sino por las intenciones que no hacen más que romperla, castigarla, hacerla suya bajo una forma de esclavitud sentimental de codependencia enfermiza. Como en las grandes obras del decadentismo, en la novela subyace la perversión de las costumbres como una interrogante del sentido de vida, especialmente del sentido burgués, de su vida cómoda, llena de trabajos sencillos, simplones, o careciendo de ellos, en pos de placeres, reuniones aburguesadas, comidas, paseos y bailes. Es la eterna “Tarde de domingo…” donde todos los demás quedan suprimidos, y quienes se mantienen cerca del Marne, en los campos, en el picnic, son los supuestos enamorados.

Las grandes empresas que el narrador acomete se basan en la posesión absoluta de Marthe, en la claudicación de su voluntad para hacerla por completo suya. Posesión demoníaca, no sólo la que recubre su cuerpo, sino la que él realiza, como demonio idiota e irreflexivo, para penetrar en la voluntad de su compañera. El diablo es él también, es quien quebranta “el buen actuar”, las “buenas costumbres” y mira hacia el lector no para buscar comprensión ni redención, sino entendimiento.

El matrimonio y la guerra. El adulterio y las relaciones enfermizas. ¿Efebofilia? Tal vez. Quebrantamiento de los valores burgueses, pero también una crítica velada hacia la estupidez humana, incluido el belicismo.

La novela de Radiguet fue publicada en el último año de vida de quien sería llamado el Nouveau Rimbaud, provocando un escándalo en el público lector francés, pese a la aceptación literaria de escritores que vieron con buenos ojos la escritura, el estilo y el tema de El diablo en el cuerpo, desde Paul Valéry a Jean Cocteau, quien fue jurado en un premio que le fue otorgado a Radiguet. Los temas tocaban puntos complejos de la sociedad francesa, principalmente cuestiones nacionales como la guerra, ya que el narrador de la novela sostiene que es la guerra la que permite a los amantes consumar su unión.

Además de la guerra, en El diablo en el cuerpo son los trabajos dedicados a la pasión, al quebrantamiento de la voluntad y al mero cumplimiento de caprichos, los que resaltan durante la narración. El adolescente no se encuentra dolido como lo estuviera Werther, no se encuentra lleno de un sufrimiento gozoso donde su amada se convierte en un ángel, en una diosa. Y, aunque Marthe es una persona de la que no puede desprenderse el adolescente, los sentimientos que tiene hacia ella son edípicos, de una codependencia absoluta, y de posesión. No importa enaltecer, amar, edificar, sino lo contrario, romper y derruir la voluntad, convertir al otro en un títere y que lo demás sea silencio.

¿Podría decirse que El diablo en el cuerpo es una novela actual, que pueda disfrutarse del todo bajo nuestros preceptos contemporáneos? Es la misma pregunta que surge cuando se leen novelas de principios de siglo, del XIX, por ejemplo, cuando se ajusta todo lo que debe ajustar un lector para entrar en la prosa de Tolstoi, de George Sand o de alguna de las hermanas Brontë. En la novela de Radiguet esto también es necesario, pero, al contrario de lo que uno pudiera encontrar en las infidelidades de Anna Karenina en la novela del mismo nombre, lo que se encuentra en El diablo en el cuerpo es suciedad, torcimiento de los ideales y una ruptura de aquello que pensamos como “novela de amor”, y no es porque Cumbres borrascosas u otras novelas góticas o románticas carezcan de esta perversión del amor, de las relaciones humanas, sino que la forma en que se construye el discurso del adolescente golpea algunas de las preocupaciones actuales respecto a los vínculos sexo-afectivos de nuestra actualidad.

¿Es el matrimonio un contrato vigente para nuestra forma de entender los vínculos? ¿Es realmente Marthe una mujer traicionera, estúpida, egoísta, absolutamente infiel a quien deberíamos condenar? ¿No es, precisamente, esta contemplación y crítica del matrimonio durante la novela lo que resuena en nuestras preocupaciones actuales? La unión de una mujer a muy corta edad con un hombre que debe irse, la suprema obediencia que le debe la pareja femenina a su esposo, la aceptación absoluta ante la construcción de una sociedad que busca sólo eso, la mirada baja de una buena esposa.

La novela es trágica no porque los personajes pertenezcan al heroísmo, no porque sucumban a un destino irreductible, sino porque se adentran en las asperezas del otro voluntariamente, sin conocerse, sin quererse, sin comprenderse ni a sí mismos, y cuando lo descubren, persiguen ese mismo sueño de autodestrucción sin que nada más importe. ¿Qué los hace actuar así?, ¿Qué hace que una persona busque la ruina, el rompimiento de otros o de sí mismo? Podemos saberlo, utilizar la psicología o la psiquiatría para entender esas pulsiones, pero durante la lectura de esta novela agria, dolorosa y afilada, con el tufillo permanente de algo que se está pudriendo en la cesta de las frutas, en el jardín, en el interior de uno mismo, el lector no puede sino maravillarse ante las pulsiones humanas, el vacío de las instituciones y de los ideales absolutos, principalmente los pertenecientes a los vínculos humanos.

La novela, pues, es trágica, y absolutamente moderna, pues en ese tufillo recubierto de perfume, nos entendemos.

Portada de “El diablo en el cuerpo” de Raymond Radiguet. Editorial Confabulaciones, 2020.


Autores
(Tlaxcala, 1988) es egresado de la licenciatura en relaciones internacionales de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (upaep). Ha colaborado en medios físicos y digitales como Ágora, Letrarte y Momento. Parte de su obra se incluye en las antologías Seamos Insolentes (2011) y Sampler (2014). Ha sido becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA; 2013, 2018), del Fondo para la Cultura y las Artes (Fonca, 2016) y de Interfaz (2018). Asimismo, obtuvo el Premio Estatal Dolores Castro de Poesía 2016, el Premio Tlaxcala de Narrativa 2017 y una mención honorífica en el XXXIV Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción (2018).
Ilustración realizada por María Orozco
Ilustración realizada por María Orozco

Después de enterarse

que el cuerpo de un anciano

permaneció una década frente al televisor

hasta momificarse,

mi madre imagina la muerte que me espera;

piensa en mis ojos haciéndose pequeños

hasta cruzar por un pozo de miedo.

Varios años después,

aquel rostro se seguía iluminando

por la señal abierta, no veo

televisión pero mi madre piensa que moriré

mirando algún documental

sobre el antiguo Egipto

y sé que imagina mi muerte en soledad

porque no tendré hijos.

No habrá estirpe, mi sangre

no tendrá descendencia,

Ángel, hijo de Ángel, nieto de Ángel, nadie

heredará mis ojos, este color

igual a los que tuvo mi primera mascota;

el vientre que mis amigas ofrecieron

para salvarme, ni estoy interesado

en el linaje. En cambio,

empecé con el proceso

de preparar mi muerte.

Investigo las formas en que un cuerpo

puede evitar la descomposición,

los ambientes propicios, secos,

fríos, muy solitarios,

que inducen a la desecación de la materia,

metales, piedras que cruzan

unas palabras con la muerte para decir

no traigas tus gusanos con su hambre.

He pensado en la escena:

la casa limpia, ordenada,

algunos libros,

las ventanas herméticas, la luz tenue.

Programaré la música

hasta la eternidad

y me recostaré en un sillón muy cómodo,

en el descansapies dejaré ochenta años

y cerraré los ojos

y llegará de pronto

la quietud.

Dejaré los servicios pagados

para que el refrigerador siga su marcha

hasta que mis ahorros se vacíen

y venga un día el señor de la luz

a tocar a la puerta

y vea que hay algo raro,

mientras mi cuerpo

desecado, frágil, quebradizo,

hecho con su astilla de tiempo

un para siempre,

como el cuerpo incorrupto de los santos

cuando les pega el aire, se haga polvo.


Autores
(Acapulco, 1989) estudió Letras hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Es autor de Díptico, A pesar de la voz, Límulo y El viaje y lo doméstico. Ha sido beneficiario del PECDA Guerrero, del Programa de Jóvenes Creadores del FONCA y actualmente de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de poesía.
Portada de "Cajas de cartón", de Francisco Jiménez. Colección Popular, FCE, 2023
Portada de “Cajas de cartón”, de Francisco Jiménez. Colección Popular, FCE, 2023

I. BAJO LA ALAMBRADA

La frontera es una palabra que a menudo escuchaba cuando, siendo un niño, vivía allá en México, en un ranchito llamado El Rancho Blanco, enclavado entre lomas secas y pelonas, muchos kilómetros al norte de Guadalajara. La escuché por primera vez a fines de los años cuarenta, cuando papá y mamá nos dijeron a mí y a Roberto, mi hermano mayor, que algún día íbamos a hacer un viaje muy largo hacia el Norte: cruzar la frontera, llegar a California y dejar atrás para siempre nuestra pobreza.

Yo ni siquiera sabía qué cosa era California exactamente, pero veía que a papá le brillaban los ojos siempre que hablaba de eso con mamá y sus amigos. “Cruzando la frontera y llegando a California nuestra vida va a mejorar”, decía siempre, parándose muy erguido y echando el pecho adelante.

Roberto, que era cuatro años mayor que yo, se emocionaba mucho cada vez que papá hablaba del mentado viaje a California. A él no le gustaba vivir en El Rancho Blanco, aún menos le gustó después de visitar en Guadalajara a nuestro primo Fito, que era mayor que nosotros.

Fito se había ido de El Rancho Blanco. Estaba trabajando en una fábrica de tequila y vivía en una casa con dos recámaras, que tenía luz eléctrica y un pozo. Le dijo a Roberto que él, Fito, ya no tenía que madrugar levantándose, como Roberto, a las cuatro de la mañana para ordeñar las cinco vacas. Ni tenía tampoco que acarrear a caballo la leche, en botes de aluminio, por varios kilómetros, hasta llegar al camino por donde pasaba el camión que la recogía para llevarla a vender al pueblo. Ni tenía que ir a buscar agua al río, ni dormir en piso de tierra, ni usar velas para alumbrarse.

Desde entonces, a Roberto solamente le gustaban dos cosas de El Rancho Blanco: buscar huevos de gallina y asistir a misa los domingos.

A mí también me gustaba buscar huevos e ir a misa. Pero lo que más me gustaba era oír contar cuentos. Mi tío Mauricio, el hermano de papá, solía llegar con su familia a visitarnos por la noche, después de la cena. Entonces nos sentábamos todos alrededor de la fogata hecha con estiércol seco de vaca y nos poníamos a contar cuentos mientras desgranábamos las mazorcas de maíz.

En una de esas noches papá hizo el gran anuncio:  íbamos por fin a hacer el tan ansiado viaje a California, cruzando la frontera. Pocos días después empacamos nuestras cosas en una maleta y fuimos en camión hacia Guadalajara para tomar allí el tren. Papá compró boletos para un tren de segunda clase, perteneciente a los Ferrocarriles Nacionales de México. Yo nunca había visto antes un tren. Lo veía como un montón de chocitas metálicas ensartadas en una cuerda. Subimos al tren y buscamos nuestros asientos. Yo me quedé parado mirando por la ventana. Cuando el tren empezó a andar, se sacudió e hizo un fuerte ruido, como miles de botes chocando unos contra otros. Yo me asusté y estuve a punto de caerme. Papá me agarró en el aire y me ordenó que me quedara sentado. Me puse a mover las piernas, siguiendo el movimiento del tren. Roberto iba sentado frente a mí, al lado de mamá, y en su cara se pintaba una sonrisa grande.

Viajamos por dos días y dos noches. En las noches casi no podíamos dormir. Los asientos de madera eran muy duros y el tren hacía ruidos muy fuertes, soplando su silbato y haciendo rechinar los frenos. En la primera parada a la que llegamos le pregunté a papá:
—¿Aquí es California?
—No, m’ijo, todavía no llegamos —me contestó con paciencia—. Todavía nos faltan muchas horas más.

Me fi jé que papá había cerrado los ojos. Entonces me dirigí a Roberto y le pregunté:
—¿Cómo es California?
—No sé —me contestó—, pero Fito me dijo que ahí la gente barre el dinero de las calles.
—¿De dónde sacó Fito esa locura? —preguntó papá, abriendo los ojos y riéndose.

—De Cantinflas —aseguró Roberto—. Dijo que Cantinflas lo había dicho en una película.
—Ése fue un chiste de Cantinflas —respondió papá siempre riéndose—. Pero es cierto que allá se vive mejor.
—Espero que así sea —dijo mamá. Y abrazando a Roberto agregó—: Dios lo quiera.
El tren redujo la velocidad. Me asomé por la ventana y vi que íbamos entrando a otro pueblo.

—¿Es aquí? —pregunté.
—¡Otra vez la burra al trigo! —me regañó papá, frunciendo el entrecejo—. ¡Yo te aviso cuando lleguemos!
—Ten paciencia, Panchito —dijo mamá sonriendo—. Pronto llegaremos.
Cuando el tren se detuvo en Mexicali, papá nos dijo que nos bajáramos.
—Ya casi llegamos —dijo mirándome.

Él cargaba la maleta color café oscuro. Lo seguimos hasta que llegamos a un cerco de alambre. Según nos dijo papá, ésa era la frontera. Él nos señaló la alambrada gris y nos aclaró que del otro lado estaba California, ese lugar famoso del que yo había oído hablar tanto. A ambos lados de la cerca había guardias armados que llevaban uniformes verdes. Papá les llamaba “la migra” y nos explicó que teníamos que cruzar la cerca sin que ellos nos vieran.

Ese mismo día, cuando anocheció, salimos del pueblo y nos alejamos varios kilómetros caminando. Papá, que iba adelante, se detuvo, miró todo alrededor para asegurarse de que nadie nos viera y se arrimó a la cerca. Nos fuimos caminando a la orilla de la alambrada hasta que papá encontró un hoyo pequeño en la parte de abajo. Se arrodilló y con las manos se puso a cavar el hoyo para agrandarlo. Entonces nosotros pasamos a través de él, arrastrándonos como culebras. Un rato después nos recogió una señora que papá había conocido en Mexicali. Ella había prometido que, si le pagábamos, iba a recogernos en su carro y llevarnos a un lugar donde podríamos encontrar trabajo.

Viajamos toda la noche en el carro que la señora iba manejando. Al amanecer llegamos a un campamento de trabajo cerca de Guadalupe, un pueblito en la costa. Ella se detuvo en la carretera, al lado del campamento.

—Éste es el lugar del que les hablé —dijo cansada—. Aquí encontrarán trabajo pizcando fresa.

Papá bajó la maleta de la cajuela, sacó su cartera y le pagó a la señora.

—Nos quedan nomás siete dólares —dijo, mordiéndose el labio.

Después de que la señora se fue, nos dirigimos al campamento por un camino de tierra flanqueado por árboles de eucalipto. Mamá me llevaba de la mano, apretándomela fuertemente. En el campamento les dijeron a mamá y papá que el capataz ya se había ido y que no volvería hasta el día siguiente.

Esa noche dormimos bajo los árboles de eucalipto. Juntamos unas hojas que tenían un olor a chicle y las apilamos para acostarnos encima de ellas. Roberto y yo dormimos entre papá y mamá.

A la mañana siguiente me despertó el silbato de un tren. Por una fracción de segundo me pareció que todavía íbamos en el tren rumbo a California. Echando un espeso chorro de humo negro, el tren pasó detrás del campamento. Viajaba a una velocidad mucho mayor que el tren de Guadalajara. Mientras lo seguía con la mirada, oí detrás de mí la voz de una persona desconocida. Era una señora que se había detenido para ver en qué nos podía ayudar. Su nombre era Lupe Gordillo y era del campamento vecino al nuestro. Nos llevó algunas provisiones y nos presentó al capataz que afortunadamente hablaba español. Él nos prestó una carpa militar para vivir en ella, y también nos ayudó a armarla.

—Ustedes tienen suerte —nos dijo—. Ésta es la última que nos queda.

—¿Cuándo podemos comenzar a trabajar? —preguntó papá, frotándose las manos.

—En dos semanas —respondió el capataz.

—¡No puede ser! —exclamó papá, sacudiendo la cabeza—. ¡Nos dijeron que íbamos a trabajar de inmediato!

—Lo siento mucho, pero resulta que la fresa no estará lista para pizcar hasta entonces —contestó el capataz, encogiéndose de hombros y luego retirándose.

Después de un largo silencio, mamá dijo:

—Le haremos la lucha, viejo. Una vez que empiece el trabajo todo se va a arreglar.

Roberto estaba callado. Tenía una mirada muy triste.

Las dos semanas siguientes mamá cocinó afuera, en una estufi ta improvisada hecha con algunas piedras grandes, y usando un comal que le había dado doña Lupe. Comíamos verdolagas, y también pájaros y conejos que papá cazaba con un rifl e que le prestaba un vecino.

Para distraernos, Roberto y yo nos poníamos a ver los trenes que pasaban detrás del campamento. Nos arrastrábamos debajo de una alambrada de púas para llegar a un punto desde donde los podíamos ver mejor. Los trenes pasaban varias veces al día.

Nuestro tren favorito pasaba siempre a mediodía. Tenía un silbido diferente al de los otros trenes. Nosotros lo reconocíamos desde que venía de lejos. Roberto y yo le llamábamos “El Tren de Mediodía”. A menudo llegábamos temprano y nos poníamos a jugar en los rieles mientras esperábamos que pasara. Corríamos sobre los rieles, o caminábamos sobre ellos, procurando llegar lo más lejos que pudiéramos sin caernos. También nos sentábamos en los rieles para sentirlos vibrar cuando se acercaba el tren. Conforme pasaron los días, aprendimos a reconocer desde lejos al conductor del tren. Él dis-minuía la velocidad cada vez que pasaba junto a nosotros y nos saludaba con su cachucha gris con rayas blancas. Nosotros también le devolvíamos el saludo.

Un domingo, Roberto y yo cruzamos la alambrada más temprano que de costumbre para ver el tren de mediodía. Roberto no tenía ganas de jugar, así que nos sentamos en uno de los rieles con los brazos entre las piernas y la frente en las rodillas.

—Me gustaría saber de dónde viene ese tren —le dije a Roberto—. ¿Tú no lo sabes?

—Yo también he estado pensando en eso —contestó, levantando muy despacio la cabeza—. Creo que viene de California.

—¡California! —exclamé yo—. ¡Pero si aquí estamos en California!

—No estoy tan seguro —dijo—. Recuerda lo que…

Entonces lo interrumpió el silbido del tren que conocíamos tan bien. Nos apartamos de los rieles haciéndonos a un lado. El conductor disminuyó la velocidad hasta casi detenerse, nos saludó y dejó caer una bolsa de papel color café, justamente cuando estaba frente a nosotros. La recogimos y examinamos lo que había adentro. Estaba llena de naranjas, manzanas y dulces.

—¡Ya ves, te dije que venía de California! —exclamó Roberto. Corrimos al lado del tren saludando con la mano al conductor. El tren aceleró y pronto nos dejó atrás. Seguimos el tren con la mirada y lo vimos hacerse más y más chiquito, hasta que desapareció completamente.

Portada de "Cajas de cartón", de Francisco Jiménez. Colección Popular, FCE, 2023
Portada de “Cajas de cartón”, de Francisco Jiménez. Colección Popular, FCE, 2023

“Casas de cartón” está disponible en la Librería Virtual del FCE, adquiérelo aquí.


Autores
Emigró de Tlaquepaque a California, de niño trabajó junto a sus padres en campos agrícolas estadunidenses. Actualmente es profesor emérito de la Universidad de Santa Clara, California. Su trabajo ha sido reconocido por diversas instituciones e instancias gubernamentales tanto en los Estados Unidos como en México. Ha sido acreedor a diversos premios literarios. Su serie autobiográfica, compuesta por cuatro libros, que incluye Cajas de cartón, es considerada por la American Library Association Booklist, como una de las mejores 50 obras para jóvenes de todos los tiempos.
Portada de "Cadáver Perlogher", Juan Antonio Alfaro. Fondo Editorial Tierra Adentro, 2023.
Portada de “Cadáver Perlogher”, Juan Antonio Alfaro. Fondo Editorial Tierra Adentro, 2023.

Uno de los versos del libro Cadáver Perlongher de Juan Antonio Alfaro arroja esta pregunta: “¿Por dónde tendría que comenzar el Autor?”. Yo me pregunto lo mismo: ¿Por dónde tendría que comenzar el reseñista? Así que decido iniciar hablando del estado en el que me hallaba durante mi primer acercamiento al libro. Leí el poemario de Alfaro durante mi convalecencia —la segunda de mi vida— de Covid. Incluso durante mi fiebre de casi treinta y nueve grados, seguí leyendo. La verdad es que son ciertos los clichés que dicen que un libro te puede cambiar la existencia o modificar tu punto de vista. Lo cabrón para mí es que por primera vez me topé con un libro que cambió mi cuerpo. Por lo menos eso sentí, gracias al delirio febril que acompañó mi lectura. Es más, entiendo que la sensación que describiré es artificial, tiene que ver con el fallo de mi organismo, de mi cerebro; pero siendo honesto, ello también fue provocado, en gran medida, por el estupendo trabajo poético del autor. Conforme avanzaba en los poemas, sentía que mis manos se agrandaban al punto de abarcar mi casa entera; sentí que alguien me había robado varios de mis órganos internos y, en su lugar, había colocado granadas de fragmentación; sentí que mi cara se convertía, de a poco, en un machete. En fin, a veces, incluso el padecimiento es bastante extraordinario.

“Entrar y salir del cuerpo como entrar y salir de la

enfermedad. Entrar al cuerpo es entrar a la enfermedad.

Conocerlo es enfermarse. La enfermedad nos recuerda

que ahí está el cuerpo”.

La musicalidad de los poemas de Alfaro es contradictoria, va de la armonía y la belleza inmaculada al desenfreno y el sinsentido que desconcierta. Este contraste mesmeriza. La música del libro es una bestia iluminada que te destroza a dentelladas y luego te lame las heridas hasta dejarlas sanas. El autor ha domado su ritmo, lo conoce a la perfección. Por ello logra alejarse de los sonsonetes de algunos poetas contemporáneos y nos presenta un sonido a la medida de su propio ser.

Varios de los versos del autor son preguntas. Su obra, de hecho, logra comunicar el poderío de los cuestionamientos, la belleza de las interrogaciones. Me parece que el único enunciado de verdad infinito es la pregunta, en especial la que tiene interminables respuestas, como el caso de los versos de Alfaro.

Hay una serie de menciones a autores, pensadores, especialistas del lenguaje, activistas, personas renombradas. Entes que al ser citados se encumbran, generan una atención plena en su trayectoria, seres reales que al ser invocados también se transforman en héroes épicos o líricos, quienes viven aventuras en el silencio de nuestra lectura, que cambian nuestras nociones de la realidad eliminando algunos monstruos de nuestro pensamiento. Valga un ejemplo:

¿A qué suenan las palabras?

Cementerio y humano no se parecen en nada. Humano

y enterrar, tampoco.

Cementerio, según Guido Gómez de Silva, en su Breve

diccionario etimológico de la lengua española, viene

del griego koimêtêrion, que significa “cuarto de dormir;

lugar para enterrar.

Guido Gómez de Silva es un lingüista y lexicógrafo mexicano. Me atrevo a decir, sin exagerar, que la mención de su obra en este poema será el mayor de los homenajes que el especialista reciba, y no por una falta de mérito, sino por la calidad poética del autor que lo convoca. La verdad, yo pensé que sería una bendición que un escritor de este talento mencionara mi nombre o mi trabajo en alguno de sus textos.

Pienso que un libro memorable debe incluir lo inaudito, la sorpresa como elemento latente. Debe estar ligado a lo alternativo, a la excepción, a la periferia. Ser experimental en la poesía siempre da una ventaja. Nada como hacer productos que se alejen del canon, nada como ser particular de forma espontánea, honesta. Poco o nada se parece a este libro. Yo sí creo que hay algo nuevo bajo el sol, que no estamos llenos de refritos, este poemario lo comprueba. De vez en vez aparece en el mercado algo que nos destantea por completo, que nos hace cimbrar al no poderlo clasificar, acotar, o nombrarlo con exactitud. La ruptura en esta obra me resulta hermosa, es un valor agregado.

Un cuerpo hundido, en la tierra, si puede decirse. Bajo

las matas. Mejor, en la página. En algo escrito, tal vez.

El caso es que hundido. Enterrado. Un cuerpo enterrado.

Un cuerpo hundido. Una aliteración. Las palabras que

suenan igual (Perlongher pone el cuerpo, por ejemplo).

Casi igual. El sonido. El sonido de las palabras.

Me deslumbró la idea de un autor que se halla enterrado entre las páginas de sus obras. Sepultado, sí; pero no pudriéndose ni anegándose de gusanos, todo lo contrario: enriqueciéndose en medio de los párrafos, alcanzando la iluminación debido al fulgor de sus propias construcciones. Lo que en el libro hay de Alfaro, y de los otros autores que cita, vale la pena exhumarlo; después inquirirlo hasta comprender que la descomposición o el desgaste del cuerpo también pueden ser prodigios.

El libro habla, en gran medida, del misticismo de la materia, lo esotérico en lo concreto, de “Una escritura muscular, enteramente física”. La manera en que el autor vuelve al cuerpo sagrado me confirmó algo que siempre he pensado: dios es materia. El poeta nos recuerda que estamos tan distraídos con necedades como el alma, la iluminación, la moral (elementos fantasmagóricos) que se nos olvida lo verdaderamente importante: el cuerpo, la carne, las tripas. El libro es un gran homenaje a lo existente. Es un rezo a las deidades de la corporalidad, es un mantra que pesa, que se puede apretar hasta exprimirle las entrañas.

“El poeta se va del otro lado. La poesía reconfigura algo,

el sujeto. La poesía descompone el lenguaje, lo vuelve

humano: le devuelve lo más humano.”

En Alfaro hay un dominio de la técnica, de la gramática, la puntuación. La maestría de la sintaxis es el verdadero nirvana de los autores. Se alcanza el éxtasis cuando alguien reafirma las normas, les da la vuelta o las quebranta con exactitud. En Cadáver Perlongher, la carcasa del poema se vuelve un portento en sí misma. Ello evidencia que forma y fondo son lo mismo y que al fundirse ambas se gesta la verdadera grandeza. El valor retórico del libro también es ejemplar.  El uso de figuras poéticas hace evidente que la literatura sí es juego, exploración. Incluso la aliteración, una figura muy sobada, muy sobreexplotada, aquí se vuelve un hallazgo:

Las sibilas dan sus oráculos en una corriente de

agua o desde alguna gruta, alguien mide los

hexámetros, transcribe a mano para sentir que es

el cuerpo quien escribe

¿Para sentir que es el cuerpo quien escribe?

En otro caso vemos cómo, a través de la técnica, el desvanecimiento se representa con letras, con signos, con espacios vacíos:

“El cuerpo se perlonghiza.

¿El cuerpo?

¿Él?

¿………?”

La Logopeia (eso que el pedante, pero genial, de Pound describía como la danza del intelecto sobre las palabras, la parte reflexiva del lenguaje) también está presente con eficacia aquí, el valor ensayístico de los poemas, las sentencias que te hacen dudar aparecen varias veces a lo largo del escrito.

“Una cosa que la gran poeta confesó antes de

morder su donut: un buen poema se escribe como

si no importara.”

La poética del autor, su definición de poesía (ese término que ni Heidegger ni Emerson han podido terminar de definir) me agrada:

“La poesía, queramos o no, es el relato de cómo se

avanza hacia la muerte.”

Al final del compilado aparece una confesión estremecedora. Varias partes del libro están configuradas, por supuesto, con métodos tradicionales; pero también hay otros fragmentos que fueron confeccionados mediante recursos alternativos, con herramientas de escritura no creativa como les llaman algunos. Es decir, que el autor parafrasea e interviene fragmentos de otros autores. En este caso, hablamos no de magia (creación directa) sino de alquimia (transformación de algo ya existente). Ello, al menos a mí, me parece igual de válido. Al final del día, el aspecto polémico del parafraseo y la intervención le añade una capa de interés al poemario. La estrategia se convierte en otras preguntas: ¿Es válido tomar pasajes de otros y apropiarse de ellos?, ¿Absolutamente todo lo que aparece en un libro debe ser creado de forma tradicional?

Uno de los grandes halagos es el agradecimiento, así que yo le doy las gracias al autor por sacarme del mundo un rato y devolverme distinto. Gracias por sus preguntas, por su desconcierto, su honestidad, su materialidad, por el valor de su talento innegable. Termino con lo obvio, la recomendación: lean Cadáver Perlongher ya.


Autores
Ciudad de México (1977). Fue becario del FONCA, en el género de cuento (2007). Obtuvo el Premio Internacional de Narrativa Ignacio Manuel Altamirano (2009). Fue ganador del Concurso Latinoamericano de Cuento Edmundo Valadés (2015). Fue Mención Honorífica del Premio Lipp de Novela (2017). Editorial Paraíso Perdido publicó su novela Los Demonios de la sangre. Fá Editorial publicó su poemario: Tatuajes de un mexicano herido. La BUAP editó su libro 52 vueltas.
Ilustración realizada por Mildreth Reyes
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

El famoso leak de los cuentos inéditos de J.D. Salinger

El 28 de noviembre de 2013, hace exactamente diez años, una noticia conmocionó a los amantes de la literatura que frecuentan Reddit: aparecieron de manera ilícita tres cuentos inéditos del famoso escritor norteamericano Jerome David Salinger, fallecido tres años atrás. Una noticia así, en sí misma, no suena como un gran escándalo. ¿Por qué sería negativo que se publique o no el trabajo de alguien muerto?, ¿No es el mundo editorial un entorno de zopilotes expertos en explotar hasta la última sílaba “póstuma” de cualquier autor medianamente relevante? Y si murió trágicamente joven, mejor. Y si se suicidó, no hay cómo detenerlos. Pero J.D. Salinger no encaja en ninguno de estos, al contrario, murió plácidamente recluido en su hogar de New Hampshire a los 91 años. Y es que, para comprender el revuelo que suscitó este leak, habría que atender ese comentario que los rucos escribimos a cada meme incomprensible: ¡Contexto pls! Porque no se puede hablar de Salinger sin mencionar el tamaño de la fama que alcanzó tras la publicación de su primera novela, El guardián entre el centeno, y la manera en que esta fama se exponenció con su comportamiento posterior: elusivo, ermitaño y algo excéntrico.

Comencemos.

J.D. Salinger nació en Nueva York en 1919, hijo de padre judío y madre conversa, creció en un hogar acomodado con todas las oportunidades a su alcance, tan a su alcance que no dejó pasar la ocasión de desperdiciarlas, abandonando sus estudios en tres ocasiones con un desempeño mediocre. Quedó claro que el problema estaba en su falta de interés cuando en 1938 tomó una clase de Escritura Creativa con Whit Burnett y supo lo que quería era escribir. Comprendió que un verdadero escritor debe dedicarse por completo y tener estómago para el rechazo constante y, para esto, tendría que deshacerse de una personalidad arrogante y de su inconstancia académica. Mandó siete textos para publicación a The New Yorker, (todos rechazados) y muchos otros a la revista Story, donde tras varias negativas accedieron a publicarle “Young Folks”, considerado a la fecha uno de sus mejores cuentos.

En estos tiempos, Salinger ya empezaba a escribir con la obsesión y dedicación que lo acompañarían el resto de su vida y cuando en 1942 uno de sus relatos, “Slight Rebellion off Madison”, fue aceptado por The New Yorker, el sitio más prestigioso para publicar como escritor primerizo en aquel entonces… (y aún ahora), parecía que todo cambiaría… Entonces, Pearl Harbor. Entonces… la publicación se canceló porque de un día a otro dejó de ser oportuna con el involucramiento de Estados Unidos en la Guerra y los jóvenes americanos yendo a morir al otro lado del mundo. Entonces… también a Salinger lo llamaron al frente y pasó los siguientes tres años inmerso en el horror de la Segunda Guerra Mundial, grabando en su mirada las imágenes atroces que nunca logró sacarse de encima. Durante ese tiempo nunca dejó de escribir. Incluso cuando no tenía papel ni pluma, en su mente siguió adelante con el proyecto que había comenzado con “Slight Rebellion off Madison”, una historia que retrataba a un adolescente malhumorado llamado Holden Caulfield paseando por las calles de Manhattan. Sí, se trata del mismo Holden Caulfield que protagonizaría El guardián entre el centeno. Pero aún no llegamos a eso.

Salinger regresó de la guerra en un muy mal estado, no volvió “con todas sus facultades intactas” como le deseó la pequeña Esmé al soldado X en “Para Esmé, con amor y sordidez”. Estuvo internado en un psiquiátrico con imposibilidad de escribir ni una palabra, y quién sabe cuánto le hubiera tomado superar su estado catatónico sin la aparición del Budismo Zen en su vida. A través de técnicas de respiración y meditación diaria, poco a poco recuperó la estabilidad y comenzó una serie de relatos que más tarde se recopilarían, en mi opinión, en uno los mejores compendios de cuentos que existen. Una serie de relatos que arrancó con el fabuloso “Un día perfecto para el pez plátano” en el que aparece por primera vez Seymour Glass, uno de los miembros de la familia Glass de la que Salinger escribiría mucho más, y que le abrió la puerta a la publicación constante en The New Yorker. Estos cuentos tocan el tema de la guerra sin hablar directamente de ella, sorprendieron por su cotidianidad, su mezcla de dulzura y tristeza que se volvieron su sello personal además le granjearon cierto reconocimiento en el medio.

Pero el joven Caulfield aún no lo abandonaba. Esa historia que empezó a rumiar en 1942 seguía ahí, presionando por ser escrita, a pesar de que su autor había cambiado tan radicalmente que era difícil, por no decir imposible, que mantuviera la visión entusiasta de los años previos a la guerra. Es quizás ese matiz pesimista y deprimido ante la inevitable perdida de la inocencia lo que conquistó a tantos lectores. Así nació El guardián entre el centeno, la novela que se reimprimió ocho veces en apenas dos meses, estuvo 30 semanas seguidas en las listas de Best Seller y a la fecha nunca ha dejado de estar en impresión. A pesar de que la novela por años ha sido parte elemental del temario en las secundarias estadounidenses, inicialmente fue vetada en muchos sitios por su lenguaje obsceno y blasfemo. Ahí está su magia, fue la primera novela en la que un adolescente hablaba como un adolescente: obsceno y blasfemo. El libro ganó cientos de adeptos que se sentían tan identificados que creían que “se trataba sobre ellos”, acosaban al autor con preguntas, lo esperaban afuera de su casa y lo asediaban con cuestionamientos sobre Holden como si se tratara de una persona real. Los fans enloquecieron, la prensa enloqueció, las editoriales enloquecieron. Y el autor, para no enloquecer con el resto, decidió alejarse de todo.

Salinger rápidamente se dio cuenta que el costo de la fama era la pérdida de la privacidad, cualidad invaluable en su escala de valores y cuyo restablecimiento se convertiría en su máxima aspiración. Escribir seguía siendo su pasión y jamás dejaría de hacerlo, pero se dio cuenta de que publicar atraía atención innecesaria y, en el tenor de los Beatles que en el pináculo de su fama decidieron abandonar los conciertos debido a la obsesión de sus fans, Salinger tomó la decisión irreversible de mantener su escritura entre las paredes de su hogar.

Su proceso de reclusión fue progresivo. No dejó de publicar de inmediato y todavía nos obsequió dos libros posteriores: Franny y Zooey y Levantad, carpinteros, la viga del tejado y Seymour: una introducción, cada uno compuesto de dos relatos largos, aún alcanzó a dar una o dos entrevistas, pero sí, fue esta experiencia la que lo llevó a detestar la fama y a buscar evitarla a cualquier costo. Sus posturas al respecto eran tan radicales que llegó incluso a prohibir que sus cuentos se incluyeran en compendios, se reeditaran o se sacaran nuevas versiones de sus libros, y a demandar a un escritor sueco por escribir una secuela a El guardián entre el centeno en la que un Holden Caulfied de 76 años acaba de escapar de un asilo para errar las calles de Manhattan. Sobra decir que odiaba las entrevistas y sólo dio un par a lo largo de su carrera, la última de ellas para despotricar contra un escritor que pretendió hacer una biografía sobre su vida.

Suficiente contexto.

Volviendo al escandaloso leak, ¿Hace más sentido ahora? Los tres cuentos inéditos que se filtraron en internet se encontraban resguardados bajo llave para consulta de especialistas y académicos con acreditación especial: el primero de ellos, –que se rumora es uno de los mejores relatos de Salinger, protagonizado una vez más por el famoso Holden Caulfield–, “An Ocean Full of Bowling Balls”, se encuentra en la Universidad de Princeton y los otros dos “Paula” y “Birthday Boy” en la Universidad de Texas. Gracias a esto, quienes los habían leído con anterioridad confirmaron que lo publicado en Internet no era apócrifo, sino los mismos textos que pueden examinarse bajo supervisión en las universidades. What.cd, el sitio al que se filtraron los cuentos, los bajó rápidamente, pero debido a la naturaleza de Internet, más de un fanático logró descargarlos a tiempo y gozar del privilegio de leerlos.

Todo lo mencionado hasta este punto se puede averiguar sencillamente a través de una dedicada (ni tanto) navegación por internet, así que, para hacer de esto un verdadero artículo, hay que hacer preguntas. Cuestionamientos para los que no ofrezco respuestas, sino más y más preguntas.

Publicar los trabajos inacabados de autores que fallecieron antes de darlos por buenos puede ser carroñero, pero el caso de J.D. Salinger es distinto porque sus trabajos no quedaron necesariamente a medias. Su hija Margaret contó en sus memorias que su padre tenía un método para clasificar su trabajo no publicado, marcaba con rojo lo que estaba listo para salir al mundo en caso de su muerte, con azul lo que requería edición, etcétera. O sea, si había archivos en rojo, listos para publicar ¿Dónde están? Salinger dejó de publicar por… ¿Por qué exactamente?

El autor dijo en una entrevista que abandonó el deseo de publicar “Porque no escribía por los aplausos o el ego. Escribía para sí mismo y no buscaba recompensa”. Más tarde, su hijo profundizó sobre esta decisión: “Simplemente decidió que lo mejor para su escritura era no tener muchas interacciones con la gente, particularmente del tipo literario. No quería jugar esas partidas de póker, él quería, y alentaría a cualquier escritor en ciernes a hacer lo mismo, nadar en su caldo”. No puedo dejar de relacionar la estrecha afiliación de Salinger a las filosofías orientales con este comportamiento a primera vista desapegado a su escritura. No publicar porque quita tiempo, distrae de lo verdaderamente importante y nos jala una y otra vez de vuelta al ego. ¿Es esto cierto? ¿Los escritores publican por el aplauso exclusivamente? ¿Para engrandecer su ego? No podría ser que compartir lo creado ayuda a darle sentido al arte. Si el gran arte no tiene un fin, ¿No sería su único objetivo el de compartirlo con otros, el de conseguir ocasionalmente conmover (asustar/escandalizar, indignar/etcétera)? La obstinación de Salinger también podría considerarse egocéntrica: sintiéndose por encima del medio literario (que sí, lo sabemos, es un medio difícil) y del resto de los escritores que disfrutan de la compañía unos de otros. Pensar que la mejor versión de tu obra se crea en absoluta soledad puede resonar a esos escritorcillos que “No leen para no contaminarse”, como si hubieran pisado la tierra ya iluminados. Al final, las correcciones, las ideas y el contacto con los demás completan las obras y magnifican su potencia. Además, ¿Es posible que exista un escritor sin lectores? Si no contemplamos la belleza, ¿Existe?

Los fans se dividen entre aquellos ansiosos por leer cualquier palabra disponible y aquellos que respetan los deseos excéntricos del autor de controlar su legado incluso desde la tumba. Yo me debato. Por un lado, me promulgo de la segunda camada despotricando contra el padre de Anna Frank por atreverse a violar así la privacidad de una adolescente, de la familia de Bolaño con la publicación de 2666 y muchos otros que ignoran que el defecto más común de los grandes escritores es un perfeccionismo enfermo y que la mayoría de ellos se horrorizarían de ver sus trabajos inacabados o íntimos en los estantes de novedades. Por otro lado, soy la primera en devorar los diarios de Pizarnik, las cartas de Sylvia Plath, y me pasé horas y horas buscando esos tres cuentos inéditos de J.D Salinger para poder convertir este artículo en una reseña sobre ellos, con ambiciones heroicas que no conseguí cumplir. Culpo a mi falta de atrevimiento para entrar a la Deep web 🙁

¿Por qué creemos que el arte de alguien muerto nos pertenece, que podemos leer sus diarios, distribuir sus cartas y publicar aquello que por un motivo u otro los artistas no quisieron publicar? Incluso si no logramos comprender sus motivos. Incluso si nos parece que rozan en lo arrogante.

Los rumores sobre lo que hay archivado y está actualmente en poder de la viuda y de su hijo Matt Salinger varían desde 15 novelas terminadas hasta un par de cuentos inconexos sobre la familia Glass. Por años se ha dicho que en algún momento todo el trabajo de Salinger saldrá a la luz, pero no se ve claro. Tras su muerte la familia aseguró que entre 2015 y 2020 se publicarían cinco novelas. Hoy no hemos visto ni una. Ahora aseguran que no pasa de esta década, pero ya vamos por el cuarto año sin noticias. Si es verdad que no dejó de escribir durante toda su vida como lo aseguran sus dos hijos y sus esposas/amantes, la cantidad de obra archivada –buena o mala– podría ser abrumadora.            

A fin de cuentas, más allá de la ética y de los argumentos que logremos esgrimir, cada uno sabemos en nuestro fuero interno qué haríamos frente a una encrucijada de esa naturaleza: publicar o no las cartas de la abuela, los diarios del padre pintor, los últimos poemas de un querido amigo poeta. Dependerá de la muy personal concepción de la privacidad y dependerá también, de la idea que se tenga de “obligación” hacia la historia del arte, de “Compartir porque se lo debemos a la gente” (¿Qué demonios le debemos a nadie?). Yo sé lo que haré si algún día salen esas novelas, pero por lo pronto, aprovecho lo que Salinger sí publico en vida y está disponible para que lo leamos, que tal vez es poco pero suficiente: una novela corta, cuatro novelas cortísimas y unos doce cuentos.


Autores
estudió Ingeniería Química y es estudiante del diplomado de escrituracreativa en la SOGEM. Actualmente, escribe artículos para Reurbano, una desarrolladora urbana y tiene una columna quincenal en la página de Mi Valedor, la primera revista callejera de México, donde también colabora como directora del área social, planeación estratégica y editorial.
21ª enmienda a la Constitución de Los Estados Unidos de América. Imagen de dominio público.
21ª enmienda a la Constitución de Los Estados Unidos de América. Imagen de dominio público.

El 5 de diciembre de 1933, el gobierno local de Utah en una convención estatal ratificó la 21ª enmienda a la Constitución de Los Estados Unidos de América, volviéndose efectiva así su aprobación y posterior ejecución. Esta enmienda ha sido la única de este tipo en la historia constitucional estadounidense, pues anuló una enmienda previamente hecha —la 18ª, ratificada el 16 de enero de 1919—, y un año después inauguró el famoso periodo histórico y legal estadounidense conocido como La Prohibición.

A noventa años del primer evento, y más de cien del segundo, me gustaría brindar al lector una serie de desarrollos puntuales sobre este interesante proceso, durante la etapa de consolidación legal y estatal de Estados Unidos, para luego expandir un poco más el foco del análisis y explicar cómo este fenómeno relacionado con la prohibición del consumo de sustancias alcohólicas no fue un evento religioso ni enteramente circunscrito al aspecto legal, y tampoco fue exclusivo de la historia estadounidense.

Finalmente, trataré de ofrecer una breve actualización de la prohibición como instrumento de control de seguridad pública actual, que se muestra insuficiente contra el crimen, así como dar una alternativa posible a ello.

Desarrollo y resultados de la prohibición en Estados Unidos

El 6 de enero de 1919, los legisladores estatales de Nebraska ratificaron la 18ª enmienda a la Constitución estadounidense, cumpliendo el criterio de tres cuartas partes del total de aprobación por legislaturas estatales para cualquier caso de enmienda constitucional. Para el caso de la número 18, el principal objetivo fue la prohibición de la comercialización, transporte, manufactura e importación de sustancias alcohólicas, cuyo porcentaje etílico fuera mayor a 0.5%,1 esto último de acuerdo con la instrumentación de la enmienda, por medio de la “Acta Nacional de Prohibición” o “Acta Volstead”.2

Además de contar con la aprobación de numerosos políticos dentro de la administración y legislación estatal estadounidense, dos grupos del movimiento por la moderación respecto al consumo de bebidas alcohólicas (Temperance Movement), y al cual regresaremos de manera más amplia en el siguiente apartado, tuvieron relevancia fundamental para cristalizar sus demandas en políticas y leyes.

Por un lado, la Liga Anti-Salón (Anti-Saloon League) —actualmente conocida como el Consejo Americano sobre la Adicción y Problemas del Alcohol (ACAAP)—, y, por otro lado, la Unión Cristiana de Mujeres por la Templanza (WCTU), ejercieron presión continua sobre el Congreso estadounidense desde finales del siglo XIX y principios del XX, para desarrollar una ley que se enfocara en el control del ejercicio predatorio,3 monopolístico y desregulado de las empresas productoras de alcohol, las cuales ya estaban generando serios problemas de salud y sociales en Estados Unidos.

Para no caer en especificidades y tecnicismos legales ya superados por la ratificación de la enmienda constitucional número 21, es importante destacar, para términos de nuestro texto, que tanto el acta como la enmienda 18 no estaban orientadas a castigar al consumidor, sino a perseguir a los productores y comercializadores4 de sustancias alcohólicas.

Durante los primeros años de la ejecución de la ley sobre la prohibición, los resultados parecían ser favorables, la venta legal de dichas sustancias se suspendió, el nivel de consumo se redujo, los arrestos por manejar bajo la influencia del alcohol disminuyeron considerablemente, y la condición social y de salud de las clases trabajadoras estadounidenses (las cuales, según el movimiento de moderación, eran las más afectadas por la circulación de alcohol de manera irrestricta) mejoraron con respecto a tiempos anteriores.5

Sin embargo, de manera paralela a dicho éxito inicial, el periodo prohibicionista trajo consigo un periodo de erosión legal e institucional, primero porque las capacidades de aplicación efectiva de la ley desde las agencias legales federales eran infinitamente menores a la realidad para poder cumplirla a cabalidad, y segundo, existía un sentimiento de rechazo de un sector de la población no alineado al movimiento de moderación, que veía la ley como injusta, lo que lo llevó a tratar de revertirla por medio de canales institucionales, pero al no tener éxito decidieron simplemente ignorarla y continuar consumiendo bebidas alcohólicas, ahora con un origen ilegal.

En este punto, organizaciones criminales ya establecidas en el país, como la mafia italiana, entre otras, encontraron un área de oportunidad y crecimiento idónea, establecieron redes locales, y luego transnacionales, elaboradas para el traslado y comercialización del alcohol y otras sustancias ilegales, como las drogas. Debido a que ellos fácilmente podían ajustar a discreción los precios, obtenían un alto nivel de ganancias.

Adicional a lo anterior, gracias a la sofisticación y fortalecimiento de las redes de tráfico ilegal de sustancias, las organizaciones criminales lograron sobornar a numerosos oficiales policiales y gubernamentales para facilitar el comercio de sus productos,6 con lo cual los niveles de corrupción en el Estado estadounidense aumentaron, y la infiltración gubernamental y el poder de las organizaciones criminales también.

Estos grupos eran organizaciones piramidales, jerárquicamente estructurados,7 y representados históricamente por los “grandes capos” que se inscribieron en el imaginario popular,8 como Al Capone y Lucky Luciano. Este último fue fundador del Sindicato Nacional del Crimen en 1929, el cual trató de amalgamar a los grupos más importantes del crimen organizado en Estados Unidos, y se volvió una amenaza para la seguridad pública nacional. Este sindicato no sería debilitado y casi disuelto sino hasta la década de 1960.

Otro efecto negativo fue el económico, pues entre 1920 y 1932, el ingreso federal del gobierno estadounidense tuvo pérdidas anuales por 750 000 millones de dólares,9 los cuales, ajustados a los valores actuales, representan 13.8 billones de dólares. Esta circunstancia sin duda tuvo un efecto aún más devastador cuando la crisis de 1929 sacudió los cimientos económicos de Estados Unidos, y orilló a millones de personas en el país y en el mundo a niveles de pobreza nunca experimentados en la historia moderna.

Este evento económico, junto con su inadecuada administración por parte del presidente Herbert Hoover (1929-1933), generaron las condiciones necesarias para la llegada al poder de una de las figuras más importantes del siglo XX en la historia estadounidense: Franklin D. Roosevelt (1933-1945). Este ascenso también significó la rápida cancelación de la enmienda constitucional 18 y el Acta Volstead, no solamente por las concepciones ideológicas propias de Roosevelt, sino también por el cambio en la opinión pública nacional respecto a la prohibición, así como por las consecuencias negativas sufridas, principalmente, relacionadas al crimen organizado.

Entre el 16 y 20 de febrero de 1933, y posterior al apabullante triunfo demócrata en la presidencia y ambas cámaras legislativas, pudo iniciarse rápidamente el proceso de cancelación de la enmienda 18, y de manera alterna se aprobó y ejecutó el Acta Cullen-Harrison en marzo de 1933,10 la cual permitió la producción y tributación de ciertas bebidas alcohólicas, como la cerveza, con el objetivo de reanimar esta industria, suspendida por quince años, y para destinar los recursos obtenidos de esto a estructurar una solución ante los graves efectos de la Gran Depresión de 1929.

Finalmente, y como mencionamos al principio del texto, el 5 de diciembre de 1933, el periodo de la prohibición oficialmente llegaba a su fin.

La prohibición como fenómeno mundial y actual

Durante la primera mitad del siglo XX, el Imperialismo, el colonialismo consolidado y el capitalismo irrestricto y desregulado, se encontraban en pleno auge y expansión en el mundo. En este contexto, el alcohol fue el producto primordial de exportación por parte de los grandes conglomerados estadounidenses y europeos coloniales hacia ciertos mercados locales, lo que generó dos campos de lucha para el movimiento de moderación, no solamente dentro de Estados Unidos.

En primer lugar, el Imperio Ruso y luego la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), impusieron una ley que prohibía la comercialización y producción de bebidas alcohólicas, principalmente el vodka, cuyo monopolio de distribución y tributario estaba enlazado directamente al Estado ruso, y tuvo como efecto negativo la pérdida de un tercio de los ingresos gubernamentales. Por lo tanto, luego de dimensionar los costes económicos de dicha prohibición y ante un necesario aumento de los recursos estatales, el gobierno de Iósif Stalin (1922-1953) decidió levantar la prohibición a finales de la década de 1920.11

Además del ejemplo ruso, en Suecia se realizó un referéndum impulsado principalmente por el movimiento de moderación en 1909, cuyo resultado tuvo 99% de aprobación para la imposición de la prohibición, no obstante, debido al carácter político diverso del Estado sueco, y a los múltiples intereses involucrados, nunca pudo traducirse en una política.12 Gracias a este episodio en la vida nacional y política sueca, encabezado por el movimiento de moderación, el 1 de octubre de 1955 se estableció la empresa estatal Systembolaget (la compañía del sistema), la cual desde entonces controla la venta y distribución de bebidas alcohólicas superiores a 3.5% de volumen de alcohol a personas mayores de veinte años.

En segundo lugar, el movimiento de moderación a escala mundial sirvió como una idea política para articular proyectos de Estados modernos, por ejemplo, en Turquía, Mustafá Kemal Ataturk (1923-1938)13 la utilizó como medio principal para combatir la dominación imperial británica. Pero más allá de este caso, el movimiento representó para los pueblos colonizados una herramienta efectiva contra la subyugación política de la metrópoli, la cual distribuía de forma descontrolada licor a las poblaciones.14

Paralelamente al tema del alcohol, durante los siglos XIX y XX, movimientos de moderación y prohibición convivieron con los inmorales y, con el paso del tiempo, ilegales métodos de control político colonial en África, India y China. Sólo falta recordar a este último país y sus Guerras del Opio (1839-1842, 1856-1860), en las cuales se mantuvo el flujo de esa sustancia, del alcohol y demás productos adictivos, proporcionados por el Imperio británico junto con sus aliados franceses a punta de pistola, cuya consecuencia, entre otras, destaca la generación de millones de adictos y de muertos. Esto, sin mencionar todos los territorios africanos que estuvieron sujetos a esta dinámica imperial de adicción hasta 1960, y que habrían de hacerle frente, durante su liberación nacional, de manera poco satisfactoria debido a las débiles instituciones heredadas del periodo colonial.

Regresando al foco estadounidense, a partir del fin del periodo prohibicionista, el Estado ya no buscaría imponer nuevas medidas restrictivas respecto al alcohol, pero desde la academia y la sociedad civil surgieron dos instituciones importantes para combatir el alcoholismo en el país y en el mundo. Por una parte, El Centro de Estudios de la Universidad de Yale en 1935, el cual para 1974 se convirtió en el Instituto Nacional sobre el Abuso del Alcohol y Alcoholismo —parte de la política general de Richard Nixon (1969-1974) de combate frontal a las drogas—. Por otra parte, la fundación de Alcohólicos Anónimos, en 1935. Según esta institución, la responsabilidad de la enfermedad y el tratamiento ya no se orientaba a perseguir y condenar al productor, sino en tratar y modificar el comportamiento del individuo afectado por el alcohol y el alcoholismo. Para esto, establecieron un método de doce pasos orientado a desarrollar la responsabilidad personal y la abstinencia, como el mejor remedio15 para prevenir y detener el problema.

Desafortunadamente, con el advenimiento de nuevas sustancias, como las drogas derivadas de una mayor interconexión comercial y acelerado desarrollo tecnológico durante la segunda mitad del siglo XX y hasta nuestros días, hemos presenciado que el alcohol es solamente uno de los eslabones de la gran cadena de sustancias que rápidamente captan dentro de sus redes, legales en este caso, pero ilegales en otros, a los consumidores, y que de manera derivada han causado el crecimiento internacional del crimen organizado.

Junto a esto, se impuso una política punitiva que busca criminalizar al consumidor y cazar al productor para justificar la existencia de inmensos aparatos burocráticos, como la DEA, el FBI y otras agencias de seguridad16 en el caso estadounidense, que perpetúan la “Guerra Contra las Drogas”. Esta política creó una guerra que nunca podrá ganarse, a pesar de que los grandes conglomerados mediáticos mantengan a la opinión pública del lado contrario: el de un triunfo que “cada vez está más cerca, pero sigue en desarrollo”.

Ante el dilema anterior, Michael Levine, funcionario de la DEA por 25 años y quien evidenció el fracaso de la “Guerra Contra las Drogas” —iniciada por Richard Nixon en 1969—, lejos de proponer una solución centrada en las agencias de seguridad, estableció una política de “contrataque” (Fight Back),17 en la cual las agencias de seguridad deben, por un lado, crear las condiciones para que el consumidor desista del consumo, mediante amenazas de detención —en otras palabras, que esas condiciones hagan imposible sostener su dinámica adictiva—, y, por otro lado, generar las circunstancias para que el negocio del distribuidor no pueda desarrollarse de manera efectiva, por medio de continua vigilancia de las zonas de tráfico de drogas.

Para que esto se prolongue, pero sin agotar los recursos humanos de las agencias de seguridad, es necesario, según esta política, establecer una alianza con las comunidades afectadas, haciéndolas conscientes de la problemática que existe en ellas. De esta manera, la población mantiene una presión indirecta, mediante llamadas puntuales a la policía, empleo de señales de ruido o luminosas en zonas de tráfico de drogas, además de que se establecen nuevas relaciones de confianza con las comunidades vecinas y con los sectores policiales locales, con el pretexto de una amenaza y objetivo compartidos: la lucha contra el narcotráfico.

Conclusión: prohibición y el restablecimiento de nuevos lazos comunitarios

Con el desarrollo de una posmodernidad política, en la que las demandas individuales en términos políticos, económicos, sociales e inclusive sexuales han logrado ser ideologizados, y en algunos casos llevados a extremos dogmáticos y fundamentalistas por figuras y narrativas populistas, impulsadas por los viejos y nuevos medios de comunicación y redes sociales, parece ser que las necesidades del sujeto y su satisfacción inmediata son los dictados primordiales para el establecimiento de nuevos proyectos políticos que auguran un futuro fragmentado en lo comunitario y, con esto, la total incapacidad de resolver problemas compartidos como el consumo desmedido de alcohol y el abuso de drogas.

Por esta razón, es preciso ir en sentido contrario, rescatar el carácter reflexivo y analítico de las comunidades —producto de la conformación de grupos comunitarios, y luego nacionales, que identificaron problemáticas compartidas—, que generó una positiva materialización política de movimientos definitorios durante el siglo XX, por ejemplo, el de la moderación y el rechazo al Imperialismo y a la violencia como medios únicos para la conducción de la política interna y externa.

No obstante, para que esto pueda realizarse de manera efectiva, es preciso, en primer lugar, retomar la importancia del papel que juega la comunidad no solamente para el desarrollo del individuo desde que nace y se incorpora en ella, sino también el rol que tiene en la identificación grupal y consensuada de las problemáticas que aquejan a dicho conjunto. Para así, en un segundo paso, poder entablar diálogos enmarcados en una estricta tolerancia y respeto con otras comunidades, y descubrir así que ciertos fenómenos negativos, como el abuso del alcohol y otras sustancias ilegales, no son exclusivos de la comunidad, sino también afectan a agrupaciones más amplias como los Estados o regiones en distintas latitudes del mundo. Además, es necesario entender que esta lógica se propaga y fortalece gracias a la fragmentación social, derivada del excesivo individualismo ideologizado, producto de la posmodernidad posterior al fin de la Guerra Fría.

Finalmente, equivocarnos en reconocer aspectos compartidos en problemáticas transnacionales, con el pretexto de la diversidad social y una malentendida incompatibilidad de aspiraciones y objetivos de desarrollo —consecuencia de aquel individualismo ideologizado—, solamente puede generar un estancamiento y falta de visión para establecer horizontes compartidos de crecimiento y solución de problemas a futuro. Esto sucede, mientras élites políticas y criminales se aprovechan de la fragmentación social, para amparar y cumplir sus designios de poder y riqueza, a expensas de la mayoría fragmentada e incomunicada entre sí.

21ª enmienda a la Constitución de Los Estados Unidos de América. Imagen de dominio público.
21ª enmienda a la Constitución de Los Estados Unidos de América. Imagen de dominio público.

Fuentes consultadas

Gomes da Costa, De Leon Petta, Organized Crime and the Nation-State Geopolitics and National Sovereignty, Routledge, Londres, 2019. 

Hamm, Richard, Ed., Prohibition’s greatest myths: the distilled truth about America’s anti-alcohol crusade, Louisiana State University Press, Baton Rouge, 2020.

Lynch, Tymothy, Ed., After Prohibition: an adult approach to drug policies in the 21st century, Cato Institute, Washington DC, 2000.

Pinney, Thomas, A History of Wine in America: From Prohibition to the Present, Univeristy of California Press, Berkeley, 2005.

Rorabaugh, W. J., Prohibition: A Very Short Introduction, Oxford University Press, Nueva York, 2020.

Schrad, Mark, Smashing the liquor machine: a global history of prohibition, Oxford University Press, Nueva York, 2021.

Schrad, Mark, The political power of bad ideas: networks, institutions, and the global prohibition wave, Oxford University Press, Nueva York, 2010.

Warburton, Clark, The Economic Results of Prohibition, Columbia University Press, Nueva York, 1932.


Autores
Internacionalista por la UNAM-FCPyS. Interesado y en constante estudio de temas del Espacio Post Soviético y Política Internacional.