Tierra Adentro

Decía Gaston Bachelard en La formation de l’esprit scientifique (1938), que existe una distancia entre el libro impreso y el leído; entre su lectura y lo que de ella se comprende, se asimila, se retiene. Gonzalo Rojas, en una entrevista para el programa Cita con la historia, recordó lo que en 1958 dijo al rector de la Universidad de Concepción a propósito de las Escuelas de Temporada y de los Encuentros de Escritores de América: “lo que no tiene continuidad no tiene realidad; así se hace el mundo”. Puesto que en México el asunto de los libros, la lectura y su evaluación se ha pretendido un “asunto de Estado”, conviene de vez en cuando, cuando de literatura se habla, poner atención a lo que de ella se dice desde la voz oficial y —¿por qué no?— confrontar en una discusión imaginaria a las voces que se han pronunciado sobre el mismo asunto.

Paul Valéry en Le Bilan de l’Intelligence (1936) recuperaba sus inquietudes sobre el entonces “estado actual de las cosas de este mundo” y se preguntaba por los hechos de los que él y sus contemporáneos eran agentes y testigos, ocupándose, “no tanto de su carácter político o económico sino del estado en el que tales hechos disponían las cosas del espíritu.” La interrupción, la incoherencia, la sorpresa —decía Valéry—, son las condiciones ordinarias de nuestra vida. Ellas mismas —continuaba el poeta— se han vuelto verdaderas necesidades en muchos individuos cuyo espíritu ya no se nutre, en algún modo, sino de variaciones bruscas y de excitaciones siempre renovadas. Las palabras “sensacional”, “impresionante”, que hoy se emplean con frecuencia, son palabras que peinan una época. Ya no soportamos la duración. Ya no sabemos fecundar el tedio. Nuestra naturaleza tiene horror del vacío, ese vacío sobre el que los espíritus de antaño sabían peinar las imágenes de sus ideales, sus ideas, en el sentido de Platón.

De las ideas de Valéry y del título de Bachelard cabe precisar que la palabra esprit puede traducirse del francés como espíritu, pero también puede tratarse de “mente” o de “ingenio”. En ciertos contextos, como en las funciones de la lengua de Roman Jakobson, parece ocurrir con el esprit algo semejante al caso de la Bildung de los alemanes: ambas remiten a un significado dominante pero no por ello anulan, sino incluyen, aunque de manera jerarquizada, el resto de las acepciones de cada concepto. No sucede algo similar con la mente, el espíritu o el ingenio del español mexicano ni tampoco con la configuración, la conformación, la producción, la instrucción, la ilustración, la erudición, la educación, la enseñanza o la cultura, que son conceptos que el imaginario alemán reconoce en la Bildung.

Con todo, en el léxico de los discursos masivos en México, la palabra “cultura” suele acompañarse de una locución preposicional que la adjetiva, de suerte que, con frecuencia, se escuche hablar de “cultura del deporte”, “cultura del respeto” o (cacofonías aparte) “cultura de la lectura”. Sobre lo último, en los festejos del 90 aniversario de la SEP hubo tres mesas de diálogo emitidas a posteriori por el Canal 22.

El foro se llamó El libro y los lectores y se discutió sobre: 1) El impulso a la lectura: Vasconcelos, Torres Bodet, 2) Los lectores en el siglo XXI y 3) El presente y el futuro del libro. A cierta altura, la discusión se limitó a si el libro electrónico sustituiría o no al impreso y a que si un soporte era o no mejor que el otro, según los gustos de algunos integrantes de las mesas. Cuando la discusión rayaba en el sinsentido, un ex ministro de educación argentino reubicó la atención del debate y centró sus preocupaciones de vuelta en los lectores. Más allá del soporte de los libros, más allá del carácter placentero u obligatorio de la lectura literaria en el contexto del aula, en tanto psicólogo de la educación y ex funcionario público, el doctor argentino se preguntó por la manera en que internet, los dipositivos móviles y las computadoras afectaban, no el gusto de los consumidores sino sus funciones cerebrales durante el ejercicio de la lectura. Esto es interesante porque no todos los funcionarios hacen así; pero su planteamiento no tuvo eco y al poco rato se volvió a si era mejor comprar un e-book o leer una primera edición.

Que un funcionario de alto rango se cuestione por el impacto cognitivo, epistemológico, y no sólo de tendencia en el gusto del libro electrónico en un foro de la SEP y que dicha preocupación se perdiera en debates sobre prescripciones literarias, habla mucho de las discusiones políticas de la lectura en este país. Valéry denunció el imperio de la ortografía como criterio de evaluación para la competencia en lengua materna. La prueba ENLACE, consecuencia de la prueba PISA, evalúa la competencia lectora, pero no es con Círculos de Expresión Literaria que las deficiencias de los alumnos serán revertidas: expresión y comprensión son dos habilidades distintas, y la literatura, antes que una obligación, es un gusto; no así el lenguaje, común a todo ser humano. Alfonso Reyes en Hermes o la comunicación humana (1940) decía que las disciplinas escolares modernas habían dado en desdeñar el cultivo de la memoria y que los signos acudían a suplir la deficiencia creciente. Más adelante, dice del regreso al imperio de la mímica, en cuanto discurso común a todos los hombres, que sólo podía ser un recurso desesperado y nunca nos llevaría muy lejos. Nada más cercano al “Me gusta” de la manita con el pulgar arriba que “peina” en Facebook.

Si los otros, según confió Valéry a André Gide, hacían libros mientras que él hacía (er bildete) su mente (esprit), en parodia a Gonzalo Rojas y omitiendo que escritura y lectura son distintas: ¿qué se lee cuando se lee?, es decir, ¿qué se hace cuando leer es lo que se dice que se hace en un ambiente escolar? Para decirlo en internético: “Ola k ase?, sta leyendo o k ase?”.

Juan Rulfo para hacer mente 1

En abril de 2013 la Subsecretaría de Educación Media Superior sometió a evaluación a los jóvenes del último grado de las instituciones educativas de carácter público, federal y estatal de la república mexicana. Para el campo disciplinar de Comunicación (Comprensión lectora) de la Evaluación Nacional del Logro Académico de Centros Escolares —prueba ENLACE— se incluyó una “adaptación” de “Es que somos muy pobres” de Juan Rulfo. Mientras que la narración original comienza con: “Aquí todo va de mal en peor. La semana pasada se murió mi tía Jacinta, y el sábado, cuando ya la habíamos enterrado y comenzaba a bajársenos la tristeza, comenzó a llover como nunca…”, el texto del cuadernillo dice: “Aquí todo va de mal en peor desde que comenzó la Guerra Cristera. El sábado comenzó a llover como nunca”.

El atentado contra el cuento de Rulfo no sólo se mantiene en los 17 párrafos de la adaptación sino que en el último, la censura es flagrante: “El sabor a podrido que viene de allá salpica la cara mojada de Tacha para empezar a trabajar por su perdición”. Ya en 1947 “la cara mojada de Tacha y los dos pechitos de ella” resultaron subidos de color para una Antología de Cuentistas Mexicanos que prefirió publicar en su lugar “Nos han dado la tierra”. Sesenta y seis años después, ¿con base en qué postura pedagógica la secretaría encargada de la educación pública en México destruye la calidad literaria de una obra y la presenta “adaptada” en una prueba de comprensión lectora? ¿Qué los lleva a pensar que su propuesta aventaja al texto original?

Los profesores, que son quienes dispensan la fama, se interesan menos —dijo Borges— en la belleza que en los vaivenes y en las fechas de la literatura y en el prolijo análisis de libros que se han escrito para ese análisis, no para el goce del lector. Por las preguntas del cuadernillo se advierte que el deleite no es una opción para el alumno y que lo “importante” es saber, por ejemplo, “a qué personaje corresponden las características físicas de bonita, rechoncha, de expresivos ojos y coqueta: a) Tacha, b) Serpentina, c) mamá, d) hermana”.

Esto indigna porque no todos los profesores hacen así. En una conversación con Víctor Jiménez, Daniel Sada refirió cómo fue su primer encuentro con la obra de Rulfo. Entre los jóvenes de 13 y 14 años de una secundaria de Ciudad Mante, Tamaulipas, Pedro Páramo era el centro de atención, sobre todo porque una maestra les había anticipado que se trataba de una novela donde todos los protagonistas, incluido el narrador, estaban muertos. Esa sola idea, tan extraña pero tan atractiva —afirma Sada—, los impulsó a abordar la novela con una avidez y un desconcierto progresivos.

Desde 2011 la SEMS promueve los Círculos de Expresión Literaria cuyo “propósito principal [es] potenciar en las y los jóvenes su propia creatividad acompañándoles en un proceso que les permita desarrollar habilidades de lectura y escritura de manera que sean capaces de comprender, valorar y disfrutar de la literatura” (sic). Según los CEL, basta con que los alumnos recorten los versos de un poema y lo “reconstruyan” a partir de sus fragmentos para que aprendan a ser poetas. Lo digo de nuevo: la prueba ENLACE, consecuencia de la prueba PISA, evalúa la competencia lectora, pero no es con Círculos de Expresión Literaria que las deficiencias de los alumnos serán revertidas: expresión y comprensión son dos habilidades distintas, y la literatura, antes que una obligación, es un gusto; no así el lenguaje, común a todo ser humano.

Pero en 2013 no todos los promotores pensamos así. Algunos hemos intentado a través de los libros de Rulfo acercar a los alumnos no al contexto histórico ni a la biografía como explicación de la obra sino a una calidad estética fincada en su valor poético. ¿Qué siente hoy un joven que por vez primera lee a Rulfo? En los Centros de Bachillerato Tecnológico Industrial y de Servicios 13 y 102 y los Centros de Bachillerato Tecnológico Agropecuario 86 y 279, los 17 relatos de El Llano en llamas exigieron a los jóvenes un acercamiento íntimo a los temas esenciales sólo a través de las palabras. El diálogo del padre que de noche carga a su hijo herido, por ejemplo, hizo que un alumno comprendiera que “el padre se lo dice para que haga mente; pero las palabras le llegan tarde”. Lo digo otra vez: si los otros, según confió Valéry a André Gide, hacían libros mientras que él hacía (er bildete) su mente (esprit), en parodia a Gonzalo Rojas y omitiendo que escritura y lectura son distintas: ¿qué se lee cuando se lee?, es decir, ¿qué se hace cuando leer es lo que se dice que se hace en un ambiente escolar? “No oyes ladrar los perros” de Juan Rulfo —el original, por supuesto— ha servido, más allá del gozo, para “hacer mente”.

A pesar de todo, 60 años después de publicado El llano en llamas, un lector que acabe de descubrir a Rulfo y no una adaptación, encontrará “un remolino como agua hirviendo, una sinfonía pastoral estridente, al hombre dentro del silencio de la naturaleza, la Grecia antigua reencontrada, en suma, un renuevo permanente”.

La vaca no habla 2

Las líneas que ahora intento tuvieron su origen en Monterrey, el 12 de octubre de 2012, en el IV Encuentro Nacional de Escritores Jóvenes, llamado Literatura: origen de la memoria. Se me había invitado a participar en la mesa “Literatura como resistencia: la memoria del futuro”. Según la temática, creí conveniente leer mi colaboración: “Semos trescientos”3 publicada el martes 3 de julio en el Portal de letras de  La Jornada Jalisco.

En dicho artículo había pretendido señalar como asunto mayor la responsabilidad —pero también el poder— que tiene el Estado en la enseñanza de la historia patria. Mencionaba, por otra parte, algunos de los discursos que, junto con los libros de texto gratuitos, influyen en gran medida en la integración de la identidad y la memoria del imaginario nacional. Hablé, en suma, de la historia como un discurso y como un texto, sujeto, por lo tanto, a las leyes —también a los límites— de la retórica. Como cierre, argumenté con un pasaje de Pedro Páramo a favor de la potencia de lo poético en la mirada histórica y pretendí dejar una pregunta que sólo el tiempo ha de responder.

Luego de mi lectura en dicho encuentro, quien moderaba me pidió opinar sobre cómo la literatura podría “contribuir a la resistencia social”. Entonces entendí que mis palabras no habían sido comprendidas. Quise aclarar el equívoco y dije que yo no creía que la literatura sirviera para contribuir a la resistencia social. Pretendí ser más preciso y expresé que en mi opinión ningún libro podía cambiar al mundo —que es ancho y ajeno— porque no hay mundo sino personas y no es la validez lógica ni moral de las palabras, sino la sola voluntad humana la que está en el origen de los hechos sociales. Dije que, por ejemplo, mi artículo no iría más allá de las veinte personas —ponentes del mismo encuentro en su mayoría— que sólo formaban el auditorio por una hora y no integraban el mundo ni la sociedad per secula seculorum. Recordé a Fernando Pessoa, “hay literatura porque la vida no basta”, y también a Alberto Caeiro, “ser poeta no es una ambición mía, es sólo mi manera de estar solo”. Para resistir en sociedad dije que había un Estado de derecho y un marco jurídico que tampoco, por sí solo, es palabra mágica que ordene de una vez y para siempre la actividad humana. Volví a decirlo: en la base de toda acción está la voluntad. Las palabras, cuando mucho, la conmueven o la persuaden. No más.

Recordé entonces lo que mejor expresó Edmond Teste: “Entre los hombres no hay más que dos relaciones: la lógica o la guerra. Siempre hay que pedir pruebas; la prueba es la cortesía elemental que nos debemos. Sin ella, uno está siendo atacado y se le hará obedecer por todos los medios”. En palabras de Carl von Clausewitz: “Los conflictos se resuelven o por consenso o por violencia”.

Era claro que quien me preguntaba por la manera en que la literatura podría contribuir en la resistencia social era un entusiasta del poder de la elocuencia para persuadir o conmover, pero parecía no atender que el diálogo no siempre es posible y, cuando las palabras no sirven, golpear es mejor. Concluí entonces mi argumento con un pasaje de Patroclo en La Ilíada: “¡Meriones! ¿Por qué, siendo valiente, te entretienes en hablar así? ¡Oh amigo! Con palabras injuriosas no lograremos que los teucros dejen el cadáver; preciso será que alguno de ellos baje antes al seno de la tierra. Las batallas se ganan con los puños y las palabras sirven en las juntas. Conviene, pues, no hablar, sino combatir”.

Ni mi texto ni tampoco el simulacro de debate que después tuvimos transformaron al mundo. ¿Recordará todavía el auditorio algo de lo que ahí dijimos? ¿Habré con mis palabras persuadido o movido a la compasión a mi interlocutor? Lo cierto es que los hombres, dice la mujer de sensei en Kokoro, nos divertimos discutiendo. Pasamos tanto tiempo hable y hable como si brindáramos con copas vacías; pero, volviendo a la poesía, la escritura es un milagro secreto que posibilita sostener —cuando no, prolongar— aquellas disertaciones que la atención ordinaria del animal humano no puede mantener.

En la escritura, por ejemplo, puedo extender mi intervención inconclusa y apuntar que más adelante, en el “Canto XX” de la misma Ilíada, Eneas ante Aquileo, dice: “–¡Pelida! No creas que con esas palabras me asustarás como a un niño, pues también sé proferir injurias y baldones […] Ea, no nos digamos más palabras como si fuésemos niños, parados así en medio del campo de batalla. Fácil nos sería inferirnos tantas injurias, que una nave de cien bancos de remeros no podría llevarlas. Es voluble la lengua de los hombres, y de ella salen razones de todas clases; hállanse muchas palabras acá y allá, y cual hablares, tal oirás la respuesta”.

Puedo, en la escritura, recordar sobre el marco jurídico lo que a Gerardo Trujillo dice Pedro Páramo: “–Ustedes los abogados tienen esa ventaja; pueden llevarse su patrimonio a todas partes, mientras no les rompan el hocico”, e incluso, en la escritura, puedo ir a El Llano en llamas y en “Diles que no me maten” confirmar lo que ya cantó el rapsoda: “Y él y don Lupe alegaban y volvían a alegar sin llegar a ponerse de acuerdo. Hasta que una vez don Lupe dijo: –Mira, Juvencio, otro animal más que metas al potrero y te lo mato. Y él contestó: –Mire, don Lupe, yo no tengo la culpa de que los animales busquen su acomodo. Ellos son inocentes. Ahí se lo haiga si me los mata. Y le mató un novillo.”

Pero en la vida pasa otra cosa. Allí, ha dicho el poeta, nadie te enseña nada. Nadie te enseña a ser vaca. Nadie te enseña a volar en el espanto. Mataron a miles de compañeros y nadie te enseña a hacerlos de nuevo. ¿Cómo hago, cómo hago yo?, preguntó el poeta, ¿hay que romper la memoria para que se vacíe como un vaso roto? Me consuelo estúpidamente, se respondió el poeta, en alguna telita del futuro habrán escrito sus nombres. Pero la verdad es que están muertos, amortajados por la incomprensión. Alzan sueños sin método contra la vida chiquita.

 

 


“El libro, el Estado y los lectores” fue publicado originalmente en La Jornada Jalisco.

1 Publicado originalmente en La Jornada Jalisco.

2 Publicado originalmente en La Jornada Jalisco.

3 Recopilado en Portal de letras. Ejercicios de crítica literaria. Víctor Jiménez y Julio Moguel, compiladores. Juan Pablos Editor, México, 2013.


Autores
(San Andrés Tuxtla, Veracruz, 1983) es escritor. Recibió en 2008 el Premio Nacional de Ensayo Juan Rulfo y fue becario de ensayo en la Fundación para las Letras Mexicanas de 2010 a 2012. Actualmente es profesor en la Facultad de Letras Españolas de la Universidad Veracruzana.

No existe una traducción precisa en nuestra lengua para el signo tipográfico que, en francés, se denomina esperluette y que se emplea, desde la antigüedad latina, para designar la unión de las grafías e y t: et, palabra que en español equivale a la conjunción “y”. Mientras que en inglés se le llama ampersand —una derivación de and per se and, es decir, “el caracter ‘y’ que por sí mismo significa y”— en nuestro idioma, quizás por el uso escaso que de él se hace, se le denomina simplemente “ligadura”.

Este texto pretende concentrarse en la ligadura del título, sembrada entre estas dos palabras cargadas de significado (ensayo, periodismo), como una especie de homenaje a la obra de Philippe Dubois, teórico de la fotografía, que justamente denominó así a su último libro de ensayos publicado en español: Fotografía & Cine (2013). Inspirada en este autor, —en Raymond Bellour y Régis Durand, también en el tema fotográfico— quisiera esbozar algunas de las ligaduras, pliegues o pasajes que, a través de la práctica de ambas formas discursivas, he llegado a intuir entre el periodismo y el ensayo; en vez de concentrarme en caracterizarlos como dos bloques sólidos, dos modalidades de escritura diferenciados por la tradición histórica, artística o estilística. Pues si bien no es posible olvidar que el ensayo y el texto periodístico poseen muchas y muy obvias diferencias, también he llegado a reconocer que existen trabajos —no tantos como quisiera— cuya trascendencia como textos literarios radica en su empecinamiento por explotar las relaciones transversales que ocurren en esta especie de zona de contaminación, en la franja diminuta e inestable, que vibra entre los dos géneros. Textos que, en suma, logran satisfacer las ambiciones de ambas modalidades: articular, a través de la palabra, la experiencia espiritual e intelectual de una subjetividad hecha cuerpo en un mundo fragmentario (ensayo); ordenar y configurar estos fragmentos dispersos en un discurso capaz de ofrecer a los lectores otras subjetividades, también hechas cuerpo en la recuperación de una realidad pasada y de otro modo perdida (periodismo).

La intuición de la existencia de estos pasajes entre el periodismo y el ensayo me llegó mientras trataba de escribir un ensayo sobre un caso específico de linchamiento ocurrido en 1996 en un pueblo llamado Tatahuicapan, en la frontera con Veracruz y Oaxaca. Era el año 2001, yo estudiaba el primer semestre de la carrera de Comunicación y había decidido participar en una convocatoria de la Comisión Nacional de Derechos Humanos para escribir un texto ensayístico sobre justicia por propia mano. No había escrito jamás una nota periodística ni un ensayo en forma, que no fuera como parte de ejercicios escolares, pero pensé que la convocatoria era un buen pretexto para resolver un enigma que me había obsesionado desde que viera la imagen de un hombre amarrado a un árbol con llamas lamiéndole la cara en la televisión local.

No pretendo aburrirlos con las minucias de la investigación; diré solamente que para enterarme de los detalles del linchamiento ocurrido un 31 de agosto de 1996, hicieron falta cinco días de viaje en autobuses desvencijados por las igualmente maltrechas carreteras rurales de Tuxtepec, ciudad Isla, Playa Vicente y Cosamaloapan, cuatro noches en moteles de mala muerte, y una serie de habilidades reporteriles de las que yo carecía pero que trataba de suplir con prudencia, no sólo para hacer las preguntas indicadas a la gente correcta, sino para evitar toparme en el camino con la gente incorrecta: convoys de sicarios armados con AKs47, entusiastas del feminicidio —una forma de entretenimiento popular en la zona— y agentes ministeriales que constantemente me advertían, entre risas, que “no me fuera a pasar como a los estudiantes de Canoa”.

La epifanía que mencionaba —que es posible establecer pasajes entre el ensayo y el periodismo— me llegó tras hojear nerviosamente los primeros legajos del expediente del linchamiento. Justo después de las fotografías a color de los peritajes de la escena del crimen y de las autopsias, encontré un documento extraño. Era una hoja de papel revolución, escrita a máquina, que llevaba el título de ACTA DE JUICIO POPULAR, y en donde las autoridades del ejido contaban su versión de los hechos: un muchacho llamado Rodolfo Soler, que ya había sido encarcelado tres veces por violación y quien siempre salía libre, había asesinado a Ana María Borromeo mientras ésta lavaba ropa en el río. Los pobladores atraparon a Soler y se negaron a entregarlo cuando las autoridades estatales aparecieron, por miedo a que el hombre saliera libre de nuevo. Después de esta breve explicación, el texto concluía diciendo que el pueblo ya estaba cansado de este tipo de injusticias y había decidido actuar conforme a su ley interna de “correr a los maleantes o matarlos, según su delito, para ejemplo de los demás ciudadanos y que el gobierno tenga más cuidado con estas personas peligrosas”. El acta de juicio no señalaba cuál sería la pena impuesta a Soler —lo torturaron por ocho horas en la plaza del pueblo, para que confesara si existía algún cómplice, y luego lo llevaron al cementerio, lo amarraron a un árbol, le vaciaron un bidón de gasolina encima y le prendieron fuego—, pero sí incluía las firmas de 154 pobladores presentes durante el linchamiento y, lo que más me desconcertó, una leyenda al final del texto que rezaba: “ATTE. SUFRAGIO EFECTIVO, NO REELECCIÓN”.

Regresé a Veracruz con un cuaderno lleno de notas y dos cassettes en donde grabé el contenido de los expedientes y un corrido, El corrido del quemado, escrito por Panuncio Mendoza, que conseguí que un sonidero me cantara acompañado con su teclado en Playa Vicente. Pasé dos días de vértigo absoluto, tratando de pensar cómo demonios escribiría un ensayo de todo aquello. Estaba muy lejos de considerarme una autoridad en el tema, y mucho menos de ofrecer una explicación de lo que había sucedido, pero sabía que la clave estaba en aquella acta popular, y también en la letra del corrido: que el tema del texto que debía escribir debía concentrarse en el intervalo que separaba y a la vez unía al derecho mexicano de los usos y costumbres de una población rezagada y hasta entonces invisible para la historia. Aquel verano me había leído A sangre fría de Capote y La muerte tiene permiso de Edmundo Valadés, y el recuerdo fresco de esas lecturas me hizo entender que la forma del texto también tenía que reproducir esa ambigüedad: no podía sentarme a escribir un ensayo —lo que yo pensaba entonces que era un ensayo: una prosa docta con introducción, desarrollo y conclusión— pero tampoco un reportaje —la consignación desapasionada de datos duros—, sino algo que estuviera en el medio. Un texto que, a través de mi experiencia en el sur del estado durante aquellos cinco días, diera igual peso a las dos caras de la moneda, a esos dos mundos que, en aquella terrible tarde del 31 de agosto de 1996, entraron en colisión a través de dos homicidios.

No puedo decir que el texto resultante lograra cumplir con ese objetivo, pero sí puedo decir que lo intenté. Cuando he tenido que volver a este ensayo noto siempre la incomodidad que en ese entonces me producía la idea de permanecer en la franja entre los géneros; quizás por eso el texto, en vez de concentrarse en el pliegue y la ligadura, parece saltar de un universo al otro sin atreverse a pisar la línea, como una niña que juega rayuela con la seriedad del que lleva a cabo un rito cósmico.

Casi quince años después de la escritura de ese ensayo he llegado a la conclusión de que mis dificultades al escribirlo tenían más que ver con las ideas que yo tenía sobre lo que debía ser el ensayo y el periodismo, más que con una imposibilidad real que impidiera hibridarlos.

Por un lado sólo había estado en contacto con un periodismo común, tradicional por así decirlo: el de los manuales, el que enseñaban en la escuela, el que escribían mis maestros, el que yo consumía en publicaciones como La Jornada, Reforma y Proceso. El periodismo del qué, quién, dónde, cuándo y san se acabó, porque las causas de un hecho o un fenómeno social (el por qué), nos enseñaban, pertenecía al ámbito de la sociología, la psicología o la teología. No estábamos ahí para interpretar hechos sino para consignarlos, nos advertían los profesores. El periodista debía ser un ojo providencial, casi divino, que todo lo avizoraba pero que no intervenía, y sobre todo, no juzgaba. Los libros de Capote, de Kapuściński y de Mailer se mencionaban en los cursos de periodismo de investigación y de crónica, pero no se leían, ni mucho menos se animaba al alumno para que emulara esta escritura: eran consideradas obras maestras, apoteósicas, muertas, y uno no podía encontrar nada ni remotamente parecido en las páginas de los diarios locales.

Luego estaba el concepto pedestre que durante mucho tiempo tuve del ensayo: el de la estructura académica de introducción, desarrollo y conclusión; el del tono docto y las citas a granel; el ensayo de las afirmaciones categóricas y las certezas. Quizás por eso me resultaba tan difícil iniciar un ensayo; quizás por ello me sentía obligada a navajear el silencio de los primero párrafos con citas halladas a botepronto, palabras prestadas que salpicaban el texto más para dotar de autoridad mis argumentos que para introducir incertidumbres, cuestionamientos o pliegues. Tardé años en llegar a Adorno, a la idea de que el ensayo —igual que el periodismo— se encuentra siempre expuesto al error y a la interrupción, más cerca de la experiencia misma del aprendizaje —del proceso íntimo con que la mente teje, la urdimbre del pensamiento— que del academicismo monolítico, el del discurso cerrado del especialista. Que —lo mismo, de nuevo, que el periodismo— su oficio dependía más de ser capaz de captar las sutilezas del propio pensamiento que de demostrar certezas.

Qué parecidos me comenzaron a parecer los ensayistas y los periodistas tradicionales, con sus estructuras cerradas, su tono autoritario, su lenguaje muerto. Oh, en clase de teoría también veíamos a grandes ensayistas como Benjamin, pero pobre del que intentara pensar por sí mismo: se le devolvía el trabajo lleno de muescas rojas, ahí donde se consideraba indispensable una cita, que debía de provenir de bibliografía de diez años a la fecha. Lo mismo con las crónicas: ¿Dónde está el número de placa del auto que atropello al niño? (como si una cifra, por sí misma, tuviera la mágica capacidad de enganchar al lector con el sentido de una desgracia específica) ¿Dónde la declaración de la autoridad competente? (como si lo que un funcionario desinformado farfullara fuera más importante que el testimonio de la madre del niño muerto, o la del chofer que lo reventó contra la banqueta). No era de extrañar que todo lo que escribía bajo estas directivas me pareciera tan aburrido.

Pero he prometido hablar de los puntos de encuentro entre el ensayo y el periodismo, y sólo lo he hecho en negativo, al referirme a esa terquedad que comparten las modalidades “tradicionales” del ensayo y del periodismo por la representación del mundo a través de certezas. Y no es que tenga nada en contra de las certezas: es decir, quiero que el medicamento que tomo se comporte tal y como el paper científico dice que lo hará; y, al revisar un periódico, necesito que las notas y los reportajes tengan un referente lo más directo posible con la realidad. Pero el que las certezas sean necesarias no significa que el ensayo y el periodismo deban limitarse a dar cuenta de ellas.

Ensayo y periodismo se tocan en el momento en que una subjetividad intenta crear un pivote entre el mundo externo y el interno; entre las vivencias y los datos, las experiencias y las lecturas, el presente y el pasado, la realidad y las ilusiones personales y colectivas. Ensayo y periodismo se ligan gracias a la curiosidad genuina, para la cual la aventura que implica la búsqueda y la investigación es un fin por sí misma. Ensayo y periodismo se tocan cuando quien escribe siente la urgencia de crear un lenguaje más rico y más preciso que el de los términos, los conceptos, los datos y las declaraciones; y cuando existe la necesidad imperiosa de romper los apretados lazos de los corsés que son las formas fijas, las reglas de los géneros y las temáticas que, de tan comunes, ya ni siquiera son capaces de conmovernos.

A lo largo de estos años he encontrado muchos ejemplos de que es posible escribir desde la franja inestable que vibra entre el ensayo y el periodismo. Por razones de tiempo y espacio quisiera limitarme a dos casos, dos libros que leí hace poco y cuya experiencia aún se encuentra fresca en mi mente.

El primero es el libro más reciente de Leila Guerriero, Una historia sencilla, publicado este año por Anagrama, y el cual comencé a leer con escepticismo: conozco y respeto el trabajo de Guerriero como cronista pero cuando leí en la contraportada que el libro narraba las tragedias y triunfos de un grupo de bailarines folklóricos argentinos durante un festival de un baile regional, en un pueblo perdido de Argentina, dudé que el libro diera para mucho. A fin de cuentas, ¿qué significa el malambo para alguien que jamás ha visto ese baile, que tiene sólo una vaga idea de la geografía argentina, y más vaga aún de la cultura gaucha? Nada, o casi nada. Y sin embargo, Guerriero, con su lenguaje sobrio y certero, su dominio del reporteo y su manera parsimoniosa de introducir fechas, cifras y datos, logra hacer que el lector comprenda que lo que está en juego en este certamen de baile folklórico, no es un bonito trofeo sino la pervivencia de una cultura, de un modo de vida, el pathos de una tierra poblada de gente sufrida, altiva y austera, muchachos que se dejan el cabello largo, que jamás se han emborrachado, que se saben de memoria la épica del Martín Fierro, que creen en palabras como respeto, tradición, bandera, patria; y que en la soledad de la tarima, en la brutalidad de un baile que arranca uñas y despedaza los dedos, se enfrentan a sí mismos y a su destino.

Una historia sencilla es la crónica de un concurso de baile, pero también es más que eso. El trabajo de Guerriero siempre se ha caracterizado por hacer uso de una mirada penetrante, intrusiva y depredadora que, en esta obra, se desnuda. La narración alcanza una intensidad salvaje gracias a la sustancia misma de una autora capaz de contar una historia mientras comparte con el lector sus dudas sobre el concurso, su ignorancia sobre el tema, su admiración y simpatía por los participantes, y su fascinación por la extraña alquimia de un rito que transforma a los muchachitos en gauchos intimidantes.

Otro ejemplo de escritura al borde del que quería hablar, es el libro Pulphead de John Jeremiah Sullivan. Este libro fue publicado originalmente en el 2011 y su título quiere decir más o menos algo como “Adicto al amarillismo”. Existe una traducción al español que apareció el año pasado, me parece, con Random House Mondadori (y con el mismo título en ingles), pero yo leí la versión publicada por Farrar, Straus and Giroux, la cual justamente tiene como subtítulo “Ensayos”.

Estos “ensayos” de Sullivan combinan las virtudes del reportaje periodístico, la crónica y la autobiografía para llevar a cabo un tour demencial por los rincones oscuros no sólo del Sur y Oeste Medio de los Estados Unidos, sino de la cultura americana misma. Los temas sobre los que escribe son muy variados e incluyen la cobertura del festival de rock cristiano más grande de este país, en un pueblo rural de Nebraska; una crónica de la recuperación del hermano del propio Sullivan, electrocutado por un micrófono mientras ensayaba con su banda, y otra de su experiencia como inquilino-enfermero-objeto de deseo del intelectual sureño Andrew Nelson Lyte. También ensaya un par de biografías: las de Skip James, un oscuro cantante de blues de los años treinta, y la de Rafinesque, un naturalista del siglo XVIII, así como piezas que abordan el enigma de las pinturas rupestres del sur de Estados Unidos, la cultura del los reality shows, la juventud delincuencial de Axl Rose y un apunte sobre la obra artística de Michael Jackson, cuyo rostro desfigurado por las cirugías plásticas es considerada por este periodista como “la única y más grande pieza de escultura posmoderna de los Estados Unidos”.

Me siento tentada a hablar de cada una de estas piezas, y de muchas otras que olvidé en este apresurado recuento, pero el tiempo se agota. Diré solamente que la lectura de los textos de Sullivan me dejó con la impresión de que en verdad existen textos que puedan establecer una relación transversal y oblicua entre el ensayismo y el periodismo, piezas literarias que convierten la experiencia subjetiva de un autor en verdaderos campos de fuerza.

En comparación con estos dos ejemplos, me parece que yo aún no he logrado explotar cabalmente la ligadura entre estos dos géneros, que aún sigo jugando a la rayuela, incómoda y supersticiosamente temerosa de pisar la línea. Pero lo intento. Y esta breve divagación es un ejemplo de ello.


Autores
es narradora, nació en Veracruz en 1982. Su primer libro se titula Aquí no es Miami (2012).

Volví a saber de la mayoría de mis compañeras de la preparatoria de Guanajuato cuando Joseph Ratzinger, por aquel entonces Benedicto XVI, planeaba su llegada a la ciudad de León. Mi perfil de Facebook quedó sepultado de invitaciones a formar parte de la cadena humana que custodiaría el tránsito del Papa desde el aeropuerto hasta el centro. 38 kilómetros de personas tomadas de las manos para evitar que ninguna protesta enturbiara la visita. Observé las fotografías de los perfiles de las adolescentes rebeldes con las que había estudiado, hoy mujeres decididas a pasar diez horas bajo el sol con tal de proteger al líder de la iglesia católica. La mayoría eran fotos de boda: velo blanco, enorme sonrisa y un hombre de traje oscuro tomándolas por la cintura. Detrás de las pestañas postizas y las enormes manchas de rubor en los pómulos, logré reconocer a las niñas que junto a mí, se prepararon durante años para esa foto. Después las bloqueé.

Desde las primeras décadas posteriores a la Conquista, el catolicismo halló cómodo lecho en las misiones de Guanajuato y Michoacán. Antes que escuelas, alhóndigas u hospitales, Vasco de Quiroga, aún llamado por los guanajuatenses Tata Vasco, fundó parroquias. Desde entonces, cualquier movimiento reaccionario, desde el independentista, cuya finalidad original era desconocer las reformas borbónicas; hasta el sinarquista, ha tenido su origen en Guanajuato, donde el 92% de la población es católica y 2 de cada 3 mujeres han sufrido algún tipo de violencia física o sexual.

La relación entre estos dos hechos puede parecer fortuita si no se conocen a fondo las tradiciones católicas locales. Por ejemplo, en las familias devotas, cuando una mujer se casa es encomendada a Santa Rita, patrona de las esposas y de las causas imposibles, según el santoral. Rita de Casia alcanzó la santidad al ofrecer su martirio a Jesucristo. Sin embargo, en su caso, no era el Estado romano quien la perseguía, sino su propio marido. Santa Rita aguantó durante años las golpizas de su esposo sin rebelarse nunca ni desobedecerle, ofrendándole a Jesús su sufrimiento. Al final de su vida, logró recoger los frutos de su sacrificio obrando su primer milagro: el arrepentimiento de su marido, a quien por supuesto perdonó y con quien continuó casada.

En una comunidad adoctrinada bajo la creencia de que la resignación y el sometimiento son las mayores virtudes que puede alcanzar una mujer, las estadísticas que dan cuenta de la violencia de género durante el último año son indignantes pero no inesperadas.

Estadísticas, números de expediente, cálculos porcentuales, tanto el periodismo como las instituciones estatales han convertido a las víctimas de violencia en una barrita dentro de una gráfica que no deja de crecer. Más de quinientos feminicidios en los últimos diez años es sólo un dato. ¿Cómo combatir la reducción de vidas a una cifra? No es posible siquiera el homenaje más sencillo, si guardáramos un minuto de silencio por cada víctima de feminicidio en Guanajuato del año 2000 a la fecha, pasaríamos al menos un día entero sin emitir una sola palabra. Sin embargo, es posible aferrarse a algunos nombres.

Nombres

Laura Patricia

Tu hija sigue desaparecida. Tenía apenas cinco meses cuando su papá se la llevó. No pudiste ni siquiera despedirte, recobraste la conciencia después una golpiza brutal para darte cuenta de que tu bebé no estaba. A los golpes te habías acostumbrado, pero esta vez se trataba de tu hija. Algo tan sencillo como atreverte a hablar, después del terror en el que habías vivido durante tantos años, para ti significó una proeza. Interpusiste siete denuncias que jamás fueron atendidas por el Ministerio Público de León, Guanajuato. Siete. Seguiste insistiendo a pesar de que nadie quiso escucharte, querías educar a tu hija lejos de la violencia familiar, trabajar y comprar un colchón nuevo para ambas. Ya no podrás hacer nada de eso, Miguel Ángel Castro Rocha, ex policía, tu esposo y padre de tus hijos, te estranguló en septiembre pasado. Siempre tuviste miedo de hallar a tu bebé muerta o lastimada. Nunca supiste, por fortuna, que aquella horrible escena que tanto temías la terminó viviendo tu madre la tarde en que encontró tu cuerpo desnudo y lacerado al abrir la puerta de tu casa.

María de la Luz

¿Qué ropa interior llevabas el día que intentaron violarte, Lucero? ¿Cómo ibas vestida en general? ¿Llevabas falda o escote? ¿A qué edad iniciaste tu vida sexual? ¿Cuántas parejas sexuales has tenido desde entonces? ¿Por qué te subiste al auto de un chico si no planeabas acostarte con él? ¿No crees que si tú no lo hubieras provocado, Miguel jamás te habría atacado? ¿Le sonreíste? ¿Jugaste con tu cabello mientras iban en el auto? ¿Ya pensaste que quizá merecías que intentara asfixiarte por darle una señal y después decir que no querías nada? ¿Cómo crees que eso lo hizo sentir? ¿No crees que tenía razón de enfurecer y agarrarte a golpes? ¿Y ahora te haces la víctima? ¿No será que sólo quieres atención? Este no es el consultorio de un terapeuta, Lucero, es el Ministerio Público de Guanajuato.

Bárbara

No llegaste sollozando a denunciar tu secuestro, tampoco te temblaron los labios cuando agregaste que tu captor te violó dos veces mientras sostenía una navaja sobre tu cuello. Ibas íntegra, fuerte, por eso nadie te creyó. Para las autoridades, una víctima de violación no tiene derecho a la serenidad. Si una mujer violada no se presenta en medio de una crisis histérica, la encargada de tomar su declaración en el Ministerio Público de Celaya, le va a responder que probablemente lo esté inventando. Tenías que haber llegado llorando, humillada y sometida para no escuchar las descalificaciones de quienes debieron ayudarte. “Si hubieras pasado lo que dices no te verías tan calmada, vamos a ver si es cierto y no te fuiste más bien con algún amante”. La respuesta que obtuviste en el Ministerio Público es un castigo ejemplar a tu entereza, para que, al ver cómo te trataron, ninguna mujer se atreva a conservar la dignidad después del ultraje.

Nelly Yessenia

Dijeron que te suicidaste. La Procuraduría General de Justicia de Guanajuato concluyó que saliste de tu casa una madrugada para encontrarte con tu novio, lo viste apenas unas horas y después te marchaste sola de su departamento rumbo a la sierra. Ahí permaneciste tres días, vagando sin comida ni un lugar donde dormir hasta que decidiste ahorcarte. Tu novio, quien se colgó en su habitación poco después de que hallaron tu cadáver, le entregó a la policía una carta tuya en la que decías que estabas deprimida. Evidencia suficiente para cerrar el caso. Para qué perder el tiempo si la carta dice claramente que estabas deprimida. Nadie habló de tus ganas de graduarte de Economía y estudiar en el extranjero, ni de lo mucho que amabas a tu familia. Dijeron que te suicidaste y te enterraron mucho antes de tu funeral.

Nombres

Rosario, Alejandra, Itzel, María, Juana, Elena, Susana, Teresa, Leticia, Ana, Francisca, Raquel, Mónica, Consuelo.

Cada caso pone en evidencia la ineptitud de las autoridades y el anquilosado sistema de justicia guanajuatense. Sin embargo, olvidamos que las leyes están hechas a la medida de las sociedades. El recrudecimiento de los castigos, la persecución y el estado de vigilancia no garantiza la equidad ni la seguridad de las mujeres. Si las autoridades actúan con tal negligencia es porque saben, sin importar el escándalo mediático, que la comunidad para la que trabajan en el fondo no está en total desacuerdo con su proceder. Al final de cuentas, se trata de la misma la sociedad civil que en 2009 organizó una quema de libros de secundaria en una plaza pública por contener información sobre anticonceptivos. Mientras la equidad y el respeto sigan siendo un discurso oficial como medida de emergencia ante la mala imagen y no una verdadera exigencia ciudadana, la vida de las mujeres guanajuatenses corre peligro.


Autores
(Ciudad de México, 1986) es licenciada en Literatura Hispánica por la Universidad de Guanajuato. Ha sido capturista, correctora, editora y formadora de páginas web, diarios, boletines, tesis e inventarios.

Un océano de incertidumbre se abre cada vez que alguien menciona el término “ensayo creativo”. Confieso que en esos momentos me siento a la deriva, porque en realidad nunca he comprendido del todo la pretensión de querer delimitar un proceso del otro. Ante una batalla que se disputa el mejor apellido, vale más tomar a nuestro clásico de cabecera, y de forma callada, acaso estoica, salir huyendo.

Poco después de que decidí navegar a la deriva, cuando en una de tantas citas en lugares noctívagos ante dos parroquianos, tres meseros y algunas muchachas descansando de las imposiciones de bailar sobre estiletes, decidí no sólo que sería escritora y que me había cansado de la academia, sino también que escribiría ensayos; tan excitada estaba que osé en decir que me cortaba los dedos antes volver a publicar una tesis o artículos académicos. No lo he olvidado, pues aunque lo escribí en mi diario, recuerdo que esos dos parroquianos defendieron su academicismo obsoleto, y a base de mediocres argumentos trataron de sacarme algún tipo de pusilánime disculpa. Han pasado algún par de años de esa noche, y al desdoblar mi recuerdo, además de sentir aún en mi nariz el picante aroma a coco y cerveza del lugar en cuestión, reflexiono: desatar prejuicios sobre la escritura, que ya de por sí es un proceso que a más de uno le ha costado la propia sensatez, no promueve sino un tipo de guerra declarada a quienes seguramente no contarán con las armas precisas para soportar la poética de nuestros deseos materializados en prosa; hacerse vencedor de una batalla entre un texto literario y un texto académico simplemente me parece un gesto de poca gallardía.

Aún en plena sobriedad, como también bajo la cálida llegada del mezcal a mi estómago, lo único que repetiré es que el ensayo debería de carecer de aderezos, pues todo texto que desarrolle una idea, que proponga una búsqueda y que sea capaz de generar sus propios mecanismos y estructuras, merece llevar sin más el nombre de ensayo. Desde luego que la tarea de intentar siquiera leer la introducción de las tesis que se producen en las áreas de humanidades y ciencias sociales deviene agonía, o por lo menos, la sensación de haber estado en un páramo luego de intentar dilucidar las abyectas apreciaciones de quien hubiera errado menos como copista o escribiente. Textos que sólo sirven para justificar un grado, una beca; un mero trámite que no produce sino una masificación de mentes incapaces siquiera de comprender lo que conlleva un proceso, una técnica, la febrilidad que nos inunda el cuerpo cuando reconocemos nuestra poética.

La manera más significativa de corroborar que los textos que integran dichos informes académicos no son sino eso, trabajos monográficos, radica en el punto de que no cumplen con el pacto de cualquier acto de creación: el originar una ética y una estética que se encuentren justo en una tecné. La docta ciencia en el presente no hace sino desdibujar la capacidad de reflexión, borrar de su cartografía cualquier evidencia de que en algún tiempo existió una tradición, aun en el relato científico, de hacer que la palabra tuviera una significación trascendente en el discurso y, desde luego, en los hallazgos que todo principio de investigación sostiene.

Trato de imaginar en qué momento las ciencias sociales perdieron el oído, ese instante en que las humanidades desterraron de su isla el goce estético. En pleno despliegue de ideas, llegan a mi memoria los deseos de una Virginia Woolf insistente ante la necesidad de que las mujeres, futuras escritoras, tuvieran un lugar en la universidad, que contaran con la oportunidad de ser libres a través de la educación, además de tener un sustento y un espacio en la vida intelectual igual que el de los varones matriculados en lujosas universidades de inmensos campos, abigarrados uniformes y cenas fastuosas.

Quizá dentro de mis navegaciones, mencionar a la Woolf sea un lugar común, pero cada vez que pienso en ese librito de 1929 donde la amorosa suicida intentaba contagiar a las jóvenes estudiantes de esa necesidad de luchar a través de sus ideas, en realidad, me ruborizo cuando veo los resultados de todas las bisnietas de esa generación, todas y, claro, todos hijos de un proceso universitario en plena desarticulación del lenguaje, inmersos en prácticas que, bajo la idea de producción del conocimiento, no hacen sino establecer rupturas incluso con sus pares y sepultar toda clase de puentes con posibles lectores.

De regreso a mi punto de deriva, cuestiono las circunstancias en que alguien se proclama como generador de un momento en que nuestro género rompe con el canon y despliega una serie de posibilidades para construir una prosa capaz de albergar un discurso rico en ideas, en percepciones estéticas y claro, en préstamos y herramientas de otros géneros. Pero la historia a lo largo del siglo pasado nos ha mostrado que en realidad nada nuevo hay en el paisaje, que incluso las rupturas estéticas más osadas devienen una búsqueda de tradiciones concebidas un par de siglos atrás. Sin ir más lejos, ¿acaso el padre de nuestro género no construía sus tesis a través de relatos, ficciones, flujo de conciencia y una escritura que entra más en la condición del diario? Quizá una de las enseñanzas más valiosas que dejó en sus famosos ensayos es el hecho de que todo gira en torno al propio hallazgo, la manera en que sea relatado; el diseño de la estructura que soporte las propias cavilaciones, que defienda la tesis, no es sino el soporte que desplegará la manera en que percibimos ese hallazgo.

Sostengo mi sospecha de que quienes tratan de levantar el interés por nuestro género se autoproclaman como generadores de movimientos estéticos que, lo repito, nada de nuevo tienen. La propia historia del arte nos ha enseñado que muchos movimientos quedan sepultados bajo las aguas del olvido. Pienso, en todo caso, que las obras, sin importar el momento en que sean generadas, si realmente son piezas de arte se sostendrán por sí mismas, navegarán flagrantes en los océanos de la historia, conformaran su propia Eleusis, y desde luego, en cualquier momento tendrán sus lectores, pues ya el autor de “Para los que llegan a las fiestas” decía que nunca hay genios olvidados.

Mi punto de encuentro entre aquella navegación donde me dispuse a izar mi bandera y ésta donde ensayo el desplazamiento entre la academia y la creación, está donde el ensayo, sin más, será capaz de trazar rutas para un encuentro furtivo, húmedo y febril con cualquier lector que considere que ese texto vale tanto la pena como llegar al punto final. La manera en que seamos capaces de encontrar marineros que nos sigan hasta el acto más violento, pleno y angustiante, como lo es la escritura, será la pauta para que ese otro nos haga sentir iluminados, pues si sólo escribiéramos para nosotros mismos sería como si nunca hubiéramos tenido la osadía de aventarnos a la bravura del mar. Imagino que toda vez que encontremos a un lector, desde luego que habremos consumado ese acto de apertura de nuestra intimidad.

Nada existe tan fascinante como encontrar un mundo distinto a lo conocido luego de deambular por aguas turbulentas, encontrar un sitio que nos haga salirnos de nosotros y concebir, incluso, una verdadera experiencia estética. Raymond Carver lo manifiesta de la siguiente forma: “todo gran escritor o incluso todo aquel que sea bastante bueno, hace el mundo conforme sus propias especificaciones”. Si el ensayo ha sido capaz en cada línea de construir esa isla, sin importar su origen, su percepción estética, entonces habremos cumplido con nuestro deseo, podremos sentirnos como ensayistas sin más, podremos sentirnos merecedores de la gracia que sólo el otro lector nos dota.

Para este momento me siento como el Sindbad de Owen, he llegado con una trémula sobriedad a una tierra desconocida, aunque me siento varada, reconozco un ansia profunda de recorrer nuevos destinos, de romper fronteras, de encontrar a mi lector y robarnos un poco de nuestro aliento.


Autores
(Ciudad de México, 1984) Investigadora, docente, escritora y crítica. Es maestra en Estudios Latinoamericanos por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y Doctora en Sociología por la Universidad Autónoma Metropolitana-Azcapotzalco. Realizó una estancia de investigación en la Universidad de Buenos Aires y ha publicado artículos y reseñas en revistas como Este País, Pliego 16, Fundación, Casa del Tiempo, Revista de la Universidad, Écfrasis, Tierra Adentro. En 2011-2013 fue Becaria de la Fundación de Letras Mexicanas en el área de ensayo y en 2019 fue Becaria Fonca en el área de ensayo. Fue finalista en el Premio Internacional de Literatura Aura Estrada en su edición 2020 y aceptada por Ucross Foundation para hacer una estancia artística en el verano del 2021.

Autismo + Estilo = Autismo

Autismo y plagio

Nadie debe extrañarse de que el ensayista se ande por las ramas. La verdad es que si fuera del todo honesto conmigo mismo, es decir, con mi impudicia, a este breve texto le habría puesto un título distinto. Y ese título habría sido “Literatura + enfermedad = enfermedad”. Pero me detuvieron dos razones de peso: la primera es que ese título ya existe y se lo dio Roberto Bolaño a uno de sus mejores ensayos, un texto que escribió poco tiempo antes de morir, y que para mí constituye un modelo de belleza, humor, valentía e inteligencia. En ese ensayo, Bolaño nos recuerda que “Los libros son finitos, los encuentros sexuales son finitos, pero el deseo de leer y de follar es infinito, sobrepasa nuestra propia muerte, nuestros miedos, nuestras esperanzas de paz”. La segunda razón para no utilizar aquella ecuación como título propio es más modesta; es, digamos, de marketing o de semántica. Se me ha pedido que hable de ensayo, literatura y academia, y aquel título (aunque hermoso y misterioso) no refleja este tema. Pido una disculpa.

Autismo y autoayuda

Ayer escuché: “Si tienes que andar preguntándote qué es el ensayo, quizás es porque el ensayo no es lo tuyo”. Curiosa proposición. Lo que observo es todo lo contrario: si hay un género que tiende constantemente a buscarse a sí mismo es precisamente el ensayo. Los cuentistas son dados a escribir decálogos, preceptos sobre el arte de escribir cuentos. A los novelistas les da por decretar muerte de la novela y su resurrección en variopintos avatares. Intentos por definir la poesía —por fijarla con un taxonómico alfiler sobre el corcho de la realidad— han habido siempre, pero estos suelen provenir de fuera y parecen apuntar más a una esencia cuasi divina que a una práctica literaria. Pero el ensayo se busca desde dentro, es decir, es el ensayista el más preocupado por definirlo y retratarlo, y para ello, además, casi siempre utiliza como punzón al propio ensayo. Ahí está el rosario de definiciones ilustres: desde “el cansino centauro” de Reyes, “la forma sin forma” de Adorno, hasta “el cerdo enlodado” de Edward Hoagland. Juan Villoro dice que el ensayo es el dedo del amigo que nos acompaña en el museo y nos señala aquello que no habíamos advertido (es decir, un gesto útil, pero siempre marginal), y Ortega y Gasset, bueno, ya saben lo que dijo. Podrá variar el acento —entre lo didáctico y lo poético—, pero dos son siempre las constantes: la caracterización del ensayo como una criatura híbrida, y la intuición del ensayo como una criatura fantasmal o fabulosa, es decir, que quizá no exista.

Autismo y Heidegger

¿Por qué esta necesidad del ensayista de definir su objeto de trabajo, de ubicar los límites de su campo de batalla? ¿De dónde proviene esa inseguridad profesional, ese casi sentimiento de indigencia cósmica? ¿Por qué regresar una y otra vez a la pregunta original, aquella que pregunta: qué es esa cosa, el ensayo? ¿Y equipado con qué mapa o brújula o astrolabio sale el ensayista a buscarlo? Ya lo hemos dicho: con los del ensayo mismo, porque la sagacidad y la versatilidad del ensayista son infinitas. Y así, se pone a ensayar sobre el ensayo, en búsqueda de su esencia, o, más precisamente, en búsqueda de su esencia literaria.

Sale a buscarlo con la mirada llena de esperanza (es decir, de vanidad) y el corazón anegado de terror. ¿Y a qué le teme tanto el ensayista? Las rodillas del ensayista no tiemblan ante la Escila de la página en blanco y la Caribdis de la esclerosis sináptica. Tampoco teme a la falta de originalidad, gracia o eficacia. Su temor es otro y más grande. Es descubrir que el ensayo no sea una especie plenamente literaria, que su ADN sea demasiado impuro, demasiado expositivo, enunciativo o adusto. Demasiado literal, como para ser literatura. El ensayista suda frío. Teme perder sus becas y sus premios; sus encuadernaciones y sus encuentros nacionales (donde casi siempre la pasa bien y hace tanto por el ensayo, y donde además se respira un aire tan cálido y tan poco endogámico). En pocas palabras, el ensayista teme perder la green card que lo acredita como ciudadano de la República de las Letras. Teme, y como todo individuo y pueblo temeroso, se acoraza, se repliega sobre sí mismo y levanta murallas. Después, en un ataque de xenofobia, se apresura a señalar y a perseguir a los diferentes. “Yo soy el ensayista ensayista, y escribo ensayos ensayo”, dice; “soy el heredero y albacea de Montaigne”. “Ustedes, los otros —redactores de ensayos académicos, filosóficos o periodísticos—, si han de convivir conmigo en la ciudadela dorada, deberán de portar siempre el adjetivo escarlata que los identifica como ensayistas espurios, ciudadanos de segundo o tercer orden”. Esto dice el ensayista ensayista, al tiempo que intenta bailar tregua y catala, tregua y catala, pero se tropieza, y entonces se retira a su oficina en la rectoría de Friburgo.

Autismo y Apolo

¿Y dónde diablos está el maricón de Apolo? Apolo está lleno de sí, sitiado en su epidermis. Y, por lo pronto, no quiere hablar con nadie.

Autismo, poesía y PRECIPICIO

Como esto sería solamente el preámbulo (y quizá la justificación) a un ensayo sobre el ensayo y ya me he extendido demasiado, apretaré el paso.

Por supuesto que exagero. Por supuesto que no dudo radicalmente de la naturaleza literaria del ensayo. Es sólo que no coincido con aquellos que pretenden sustentar la condición de literatura del ensayo en su carácter inacabado y subjetivo, en su propensión a la deriva y la errancia. Inacabado y tentativo es cualquier apunte de clase y no por ello es literatura. A la deriva, perdido en instantánea altamar, también está un candidato incapaz de decir los títulos de tres libros fundamentales en su vida, y no por eso está haciendo literatura. No. Me parece que apelar a estos valores (lo parcial, lo inacabado, lo tentativo, lo subjetivo) para definir la esencia del ensayo es un ademán efectista; un gesto que viste mucho (porque Dionisio y la vaporosa posmodernidad siguen teniendo un prestigio avasallador en el mundo del arte), pero que dice poco. Apelar a la sola exploración del terreno solitario de la subjetividad puede parecer un ejercicio de modestia, o valerosa rebeldía, pero en el fondo esconde lo contrario: la suficiencia del autismo.

Lo que tiene de literario el ensayo es lo que tiene de literario toda la literatura: su capacidad para crear o articular sentido ahí donde sólo había un desierto de horror y aburrimiento. La poesía es el canto del significado, dice Yuri Lotman. El ensayo es la voz con la que nos unimos al coro desde la regadera.

No eres los otros

(BREVE ENSAYO SOBRE EL ENSAYO) 1

Ensayar, escribir ensayos, es redactar “la historia universal de uno mismo”. Cada vez, cada ensayo: la misma universal y circunstancial historia. La frase entrecomillada es de Ezequiel Martínez Estrada, pero no recuerdo dónde la leí y ni siquiera estoy seguro de repetirla fielmente. Quizás mi memoria la adapta, como muchas veces hace con las letras de canciones, de acuerdo con cierta vocación efectista y a conveniencias personales. Sea como sea, me parece que la posible cita, como definición del ensayo literario, es rotunda y exacta; si bien no es exhaustiva ni dice nada sobre las características formales del ensayo, expresa puntalmente su naturaleza ambivalente. Los ensayos se arman con elementos e impulsos no sólo heterogéneos, sino incluso contrarios. No son textos híbridos, como la crónica o la novela: son criaturas verbales tensas y contradictorias, seres esquizofrénicos y siempre, sin importar lo que digan sus señas más externas, megalomaníacos.

La bipolaridad esencial del género —la que resume el oxímoron de Martínez Estrada— radica en la disyuntiva entre transcribir la voz de una conciencia o asentar el inventario de la creación. Inventario y, sobre todo, manual de instrucciones. Por una parte, el ensayo literario se sabe un discurso personal y privado; sabe que no es más que una ansiedad revestida de reflexión, una tentativa de permanencia y traslado, un ensayo sin espectadores para una obra que nunca será estrenada. Sin embargo, también aspira a ser un discurso público, edicto, una carta de relación; aspira incluso a ser objetivo y veraz, transparente y verificable. Más aún, el ensayo —a pesar de la relatividad que denota su nombre y del tema concreto de su atención— quiere ser total: el relato íntimo y científico de todos los instantes y cosas del mundo. Aunque alguno de los dos alientos acabe por imponerse, el otro permanece latente, como ruido de fondo. En un caso, el vencido susurra: “más allá del candor de estas palabras, más allá de que parezcan perseguir un mérito exclusivamente verbal y estilístico, lo que dicen es verdad y debe ser conocido y acatado por todos”. En el caso contrario, el contrapunto murmura: “a pesar de la claridad de estas palaras, de su aparente sensatez y solidez, lo que conjuran es mera ficción, no son más que un torbellino de lenguaje girando sobre un espejo o sobre el vacío”.

No es casual el carácter dispar y cismático del ensayo: no es producto de ningún capricho prestigioso ni de la simple continuación de una tradición retórica. Si el ensayo es doble es porque su autor es doble. Y no me refiero a la dualidad que propone la mayoría de las religiones, ésa que separa la parte espiritual de la parte material en el hombre, el cuerpo perecedero del alma inmortal. La dualidad humana de la cual es correlato y consecuencia el ensayo es otra, más real y profunda. Es la ambigüedad de ser uno (estadísticamente irrelevante, minoría absoluta frente a la superabundancia de todo lo demás) y, al mismo tiempo, central y total. Pues cada quien es el principal referente de todo lo que existe, la única perspectiva de todo lo visible. La conciencia de cada hombre es, efectivamente, el escenario donde ocurre todo lo que pasa. Cioran, con esa facilidad que tenía para poner el dedo en la llaga, lo dijo así: “El universo comienza y acaba con cada individuo, sea Shakespeare o Don Nadie; pues cada individuo vive en lo absoluto su mérito o su nulidad…”.

La ambigüedad es nuestro exoesqueleto, es el vaso en el que esa turbia agua que somos se asienta, ahonda y edifica. Y quizás la mayor ambigüedad o la ambigüedad esencial del hombre consiste en ser uno más y, al mismo tiempo, uno menos; es decir, ser uno entre los demás, semejante y acompañado, y ser uno a pesar de los demás, diferente y opuesto a los otros. Borges, que no escapó a esta condición bipolar, puso en “La forma de la espada” (1944): “yo soy los otros, cualquier hombre es todos los hombres”; pero más tarde, en el poema “El ápice” (1976), escribió: “No te habrá de salvar lo que dejaron / Escrito aquellos que tu miedo implora; / No eres los otros”. Si Borges cambió de parecer al respecto de una cuestión tan fundamental, no lo sabemos; yo creo que siempre pensó las dos cosas, pues sabía que una y otra, aunque excluyentes, son igualmente ciertas. Uno es el hombre: mensaje de extrema comunión y extremo abandono por igual.

El ensayo camina sobre la delgada línea que separa la validez de las dos sentencias borgianas: “eres los otros” y “no eres los otros”. Delgada línea que a veces es una meseta. Como sea, el ensayo se funda en esa grieta divisora. Por eso la diferencia y disparidad de registros, por eso la esquizofrenia de querer explicar el mundo mientras se expresa un anhelo o una nostalgia, por eso la indecisión entre ofrecer un punto de vista y otorgar, como el nazareno al ciego, la visión. Intermedio e indeterminado como el hombre mismo, el ensayo es una voz a caballo entre la ciencia y la más vacilante de las opiniones, entre la revelación divina y la confesión del creyente. Debido a esta radical fusión de contrarios, se me ocurre que más que el centauro de los géneros el ensayo es la anfisbena del mundo de las letras, serpiente mitológica de dos cabezas cuyo nombre significa literalmente “ir en dos direcciones”. Pues no estamos ante un simple híbrido o un mestizo de rasgos exóticos; se trata de un desgarro convertido en mónada, de una dualidad permanente aunque volátil, de una contradicción armónica e inevitable. Es el ensayo, genuinamente, el cantar de gesta de una soledad.

§

Si bien creo en todo lo que acabo de decir sobre el ensayo, no niego que esta caracterización esconde una justificación y una salvedad. Me interesa resaltar, y hasta cierto punto defender, la ambigüedad del ensayo porque los ensayos que suelo escribir son así justamente: ambiguos y ambidiestros, anfibios y anfibológicos. Quizá no sean del todo contradictorios (o intenten no serlo) en su contenido, en la orientación de sus ideas, pero en lo que sin duda se muestran inconstantes y erráticos es en la forma de expresarlas, en su tono y en su ánimo. Tiene que ser así, porque nacen con una doble motivación. Por un lado, quieren encargarse de asuntos que me importan y me preocupan, asuntos que considero relevantes. Y quieren hacerlo con cierta claridad y precisión. Pero al mismo tiempo responden a una voluntad más bien expresiva (y aun podría decir expresionista), a una necesidad de canto y locución anterior a cualquier letra o mensaje. Por ello, se basan en impresiones y asociaciones más o menos arbitrarias, y muchas veces su principal motor es la pura voluptuosidad del lenguaje. En otras palabas, y en resumen, los ensayos que escribo buscan decir algo, tanto como buscan simplemente decir. Sonar. Pues quizás, como dijo Rilke, estamos aquí solamente para eso. En la “Novena Elegía”, Rilke propone: “Quizás estamos aquí para decir: casa, puente, pozo, puerta, cántaro, árbol frutal, ventana, a lo sumo: columna, torre… pero para decir, compréndelo”.

Así, esa pequeña horda de anfisbenas textuales no sabe si reír o llorar. Todo el tiempo se anda por las ramas, oscilando entre la información y la intuición, entre la imagen y el esquema, entre el retrato impresionista y el naturalista. Pero tanta justificación, tanto curarse en salud, ¿no es acaso un acto de cobardía? En efecto, lo es: una cobardía cínica e infame. Pero resulta tolerable, al menos personalmente, como compensación de una posible cobardía mayor: la de no escribir nada en absoluto. Entonces, si los diferentes capítulos o versiones de la historia universal de mí mismo necesitan de semejantes previsiones y precauciones para animarse a salir a lo abierto, que así sea.

 

 


1 Publicado originalmente en Circulo de poesía.


Autores
es ensayista. Becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en los periodos 2008-2009 y 2009-2010.

Fuego, mantenlo prendido… y no lo dejes apagar.

Bomba Estereo

Fahrenheit 451, la célebre distopía escrita por Ray Bradbury, es también una utopía. El texto cuenta la historia de una ciudad en el siglo XXIV, en la cual los bomberos no apagan incendios, sino que los provocan prendiendo fuego a los libros que las personas, contra el dictamen del gobierno, ocultan. En esta sociedad la lectura está prohibida dado que puede incitar a los ciudadanos a cuestionar el status quo de felicidad y de falta de preocupaciones establecido en ella, gracias al rechazo colectivo del valor de la controversia. En el cierre del relato, no obstante, hay algo que desborda esta situación, me refiero a la organización social que se ha conformado en los márgenes de la ciudad alrededor de los hombres-libro.

I

El universo distópico que ficcionalizó Bradbury comienza por convertir la actividad social de los bomberos (arriesgar la vida por otros) en algo antisocial. En este futuro, tales personajes incineran el soporte más añejo y utilizado que tenemos para el intercambio y la transmisión de conocimiento. Montag, el bombero protagonista de la novela, vive entre individuos aislados. Su esposa, por ejemplo, utiliza audífonos incluso para dormir, espera con ansias las telenovelas interactivas que le ofrece su televisor de tres paredes y prefiere no tocar el tema de sus intentos de suicidio. Sus amigas la visitan únicamente para ver al Payaso Blanco contar chistes, mientras camina por los muros de luz. La falta de solidaridad en este entorno se hace palpable cuando nos enteramos que fue ella quien llamó a las autoridades para denunciar que su esposo había tomado distintos libros de varios incendios y los tenía en su hogar.

Las personas parecen estar en contacto primordialmente con los medios de comunicación audiovisuales que las rodean. Tras ser obligado a quemar su propia casa como castigo por su posesión de distintas obras escritas, Montag decide huir, no sin antes prenderle fuego a su jefe. Su persecución es transmitida por cadena nacional. El bombero rebelde logrará escapar no sólo de las autoridades, sino también de la sociedad del espectáculo que habita. Ésta al verse temporalmente burlada por el prófugo, para no perder la atención del público y el raiting, escenifica con un chivo expiatorio su captura y asesinato.

Después de cruzar el río a las afueras de la ciudad, muerto para sus conciudadanos, Montag se encuentra con un peculiar grupo de vagabundos, los hombres-libro. Seres que deseaban recordar un texto que les resultaba entrañable, lo memorizaron y ahora se dedican a garantizar su subsistencia frente las quemas en la ciudad. Para ello han perfeccionado un sistema que refresca la memoria fotográfica (o memoria eidética) que, según dice uno de ellos, tienen todos los individuos. Su forma de organización busca garantizar que exista un soporte para el texto ante el próximo fallecimiento de su actual soporte. La transmisión de un libro de un ser humano a otro, según refiere la novela, se realiza de manera hablada. Sin embargo, dado que la fijación del recuerdo está basada en la memoria eidética, que supuestamente es capaz de recordar imágenes, sonidos u objetos con gran precisión, lo que sucede en los márgenes de esta ciudad imaginaría no es una vuelta a la tradición oral. Esta última requiere de apoyos mnemotécnicos presentes en lo relatado (como la rima en los poemas homéricos) y los textos que se pretenden recordar (como La república, de Platón o En busca del tiempo perdido, de Proust) carecen de estas apoyaturas.  Lo que su conservación reclama es una habilidad memorística que registre bloques de información como lo hace hoy en día un escáner.

Las referencias al mito del ave fénix y a una concepción del tiempo cíclica atraviesan buena parte de la novela de Bradbury. Casi al comienzo, una mujer se rehúsa a alejarse de su colección de libros y prefiere arder con ella. “Encenderemos hoy en Inglaterra tal hoguera que confío en que nunca se apagará”, dice antes de perecer. Cita las palabras que supuestamente le dijera Hugh Latimer a Nicolas Ridley, en el siglo XVI, antes de que ambos fueran quemados en la hoguera a causa de sus argumentos y creencias en contra del poder divino del Papa. La mujer denuncia así la “Era de Oscuridad” por la que atraviesan. De las cenizas de esa quema renacen en la mente de Montag las palabras de la mujer, lo que lo lleva a cuestionar su oficio y a tomar de un incendio un ejemplar de la Biblia. Granger, organizador de los hombres-libro, se refiere al ave fénix como uno de los antecedentes de la resurrección de Cristo y como un primo cercano del ser humano tan afecto a encender hogueras para quemarse en ellas y darse la tarea de resurgir. El mismo Montag se convierte en un prófugo rebelde después de haber vuelto su propia casa cenizas. Ya a las afueras de la ciudad mutará de nuevo, ahora en el futuro soporte del libro del Eclesiastés del Apocalipsis. Observará entonces la caída de una bomba sobre la ciudad que habitó, el comienzo de la Tercera Guerra Mundial. Entonces vienen a su mente las palabras que leyó en el Nuevo Testamento: “hay un tiempo para todo”, “un tiempo para derrumbar y un tiempo para construir”. La distopía que retrata la novela cobra fuerza cuando la vemos enraizada en un tiempo cíclico que invoca las quemas de libros y personas en el pasado y las proyecta hacia el futuro.

II

La utopía que se encuentra al final de Fahrenheit 451 sólo es asequible si se vincula con el mito de la frontera, tan característico de la literatura norteamericana y de la escritura de Bradbury. En los cuentos de Crónicas marcianas, texto que publicó dos años antes de la novela, se bosqueja quizá de manera más clara este anhelo, propio de los relatos de viajes, de cruzar los límites de la civilización para fundar en ellos una nueva sociedad. Dos variaciones de este arquetipo en las crónicas resultan clave para aproximarnos a Fahrenheit. La primera aparece en el cuento “Aunque siga brillando la luna”, en el que uno de los colonizadores entiende “la visión de los vencidos” y decide defender las ruinas de la última civilización marciana que ha perecido. La segunda se encuentra en el relato “El picnic de un millón de años” donde una familia escapa de la explosión de la bomba atómica y llega a Marte; cuando los niños preguntan al padre por los marcianos, esté los invitará a todos a la orilla de un canal de agua para mirar su propio reflejo. En el primer cuento, la experiencia de la frontera es la de un individuo solitario, mientras que en el segundo es la de una familia de colonizadores. Marte se encuentra más allá de las fronteras del planeta Tierra pero lo que se vive allí, según cuentan las crónicas de Bradbury, está impregnado por los valores del relato fundacional norteamericano y el mito de los pioneros.

Montag atraviesa por buena parte de los símbolos en que la literatura y el cine norteamericano vislumbraron una frontera. La televisión pide a los espectadores que abran sus ventanas y se asomen a la calle para rastrear y denunciar al bombero prófugo que avanza por las viejas vías del tren. Montag alcanza a escapar de esos miles de ojos al sumergirse en el río que encuentra a la orilla de la ciudad, junto a los rieles, donde tendrá el tiempo suficiente para soñar un mundo distinto, al proyectarlo en el locus amoenus que lo rodea, y del que saldrá vuelto un animal que se esconde entre la oscuridad del bosque. Es como si el bombero atravesara por entre los límites del control que nombrara Burroughs, corriendo por las vías de un western, y lograra huir definitivamente al sumergirse en el Misisipi de Mark Twain y fantasear con la naturaleza salvaje como espacio de libertad, tal como aparece en la narrativa de Nathaniel Hawthorne. Fahrenheit 451 retoma el mito de la frontera pero renueva su sentido. Al imaginar un sistema de alianzas, al margen de la ciudad, en el que la experiencia del límite no refuerza el individualismo, ni el núcleo familiar, sino que, en una circunstancia distópica, engendra la vivencia en común de una minoría.

Entre los matorrales, Montag avanza atraído por el fuego alrededor del que se encuentran sentados los hombres-libro. La combustión que sucede a una temperatura de 451 °F, esta vez, no sólo hace arder las cosas sino que es capaz de reunir a los seres humanos a su alrededor. En el centro de la fogata “parecía estar atenazado el tiempo”, como si fuera una “pieza de acero a la que” con su charla y su silencio “aquellos hombres estaban dando forma”. En Fahrenheit 451 la experiencia de la frontera involucra el trabajo concreto de varios disidentes para forjar una vivencia compartida. Un sistema de alianzas como el que le permitió a Montag llegar a este punto: la amistad y la actitud reflexiva de su vecina Clarisse; la lealtad de Faber, su maestro y cómplice en el robo de libros, que comprometido con su causa le ayudó a escapar; la solidaridad de los hombres-libro que deciden buscarlo cuando escuchan de su fuga en la televisión. Según Borges, “un libro no es un ente incomunicado” sino “un eje de inumerables relaciones”; tal objeto es el peculiar nodo de esta forma de organización.

La tarea a la que se avocan los hombres-libro es la de ser albaceas de un mundo que acaba de desaparecer, el de la cultura escrita. No obstante custodiar estos antiguos bienes y vigilar su herencia resulta una tarea descabellada en una sociedad que prohíbe el principal soporte de la escritura. Es en tanto, bibliotecarios obsesionados en conservar la mayor cantidad de libros, que estos hombres viajan y entran en contacto para comunicar sus necesidades. Su misión tiene sentido dada su creencia en que la guerra y el periodo de oscurantismo que atraviesan algún día terminará. Quizá sus simpatías y discrepancias, así como sus amistades y su futura descendencia, quedan marcadas por las obras que han memorizado. Al ser nómadas que escapan del acoso de las autoridades, conforman una organización flexible, ágil y fragmentada, que tiene que valorar frente a la catástrofe qué conocimientos conservar, es decir, cuáles se necesitarán en el futuro intactos y a salvo. Lo anterior tiene efectos en la personalidad. Por ser perseguidos, varios han tenido que recurrir a la cirugía plástica en el rostro y los dedos. La tarea de vivir al margen los ha llevado a renunciar a su ego para volverse la cubierta modesta de un libro maravilloso o por lo menos importante. Esto los ha llevado a replantear su concepción del individuo, no ya un ser con una imagen única e irrepetible, como lo entiende el cristianismo; sino un agente que vale para los demás por el carácter irreemplazable de sus acciones.

III

Las referencias a un tiempo cíclico en Fahrenheit 451 se oponen a la promesa mesiánica que parece ser el corazón del texto. La concepción cíclica del tiempo, según lo formula la novela, nos condena a la constante repetición de etapas de oscurantismo. Pareciera que la salvación se encuentra en el regreso del mundo de la escritura en que los libros podrán ser impresos de nuevo, para lo anterior resulta clave lo conservado por los hombres-libro. Pero en realidad el asunto es más complejo: la promesa mesiánica consiste en la interrupción de la inercia que lleva la historia hacia la catástrofe. “Algún día, dice uno de los hombres-libro recordaremos tanto, que construiremos la mayor pala mecánica de la Historia, con la que excavaremos la sepultura mayor de todos los tiempos, donde meteremos la guerra y la enterraremos”. Para la salvación no basta con volver a imprimir ninguna obra. Es más importante recordar lo que dicen algunas de ellas, negarse tercamente a olvidar y actuar en consecuencia. La palanca a la que parece referirse la cita sería la suma de las acciones de varios individuos. Ante la inmovilidad del status quo, ellos serían capaces de remover la estabilidad de esos conocimientos al plantear preguntas inquietantes. Ante la cercanía del colapso, serían capaces de establecer un alto y desviar el camino. Esos serían los frutos de los que habla Montag en el penúltimo párrafo de la novela, al citar el libro del Apocalipsis. Esa es la única vuelta del mesías por la que, según el libro de Bradbury, nos conviene luchar.

Hay una utopía explícita en la novela, quizá no desarrollada, según la cual, los libros han dejado de ser un objeto inanimado para volverse un sujeto móvil y con agencia. Mientras, los individuos, en tanto sujetos, han pasado a segundo plano pues lo que importa de ellos es la huella que son capaces de dejar con sus acciones. Estas últimas estarían guiadas, en dado caso, por una memoria abundante, acumulada en los textos, pero madura y seleccionada quizá por las exigencias de una historia de catástrofes. Misma que los individuos pueden llegar a interrumpir.

 

 


“Una utopía a 451 °Fahrenheit” fue escrito originalmente para la revista Yagular en su número titulado “Humo” (año 2, núm. 7, julio-octubre, 2013).


Autores
(Ciudad de México, 1980). Coordinador del proyecto Aparato cifi, estudia el doctorado en Filosofía en la UNAM y es Maestro en Filosofía y Literatura por la Universidad de Warwick. Publicó el libro Kant y los extraterrestres (Tierra Adentro, 2012), una colección de ensayos que entrecruza el discurso filosófico con la narrativa y el ensayo literario.

1. Todas las noches escucho un podcast para dormir. Tengo insomnio y escuchar una charla me ayuda a conciliar el sueño. Uno de mis podcast favoritos es el de Bret Easton Ellis. Me funciona muy bien porque al inicio de cada podcast Ellis comienza con un monólogo sobre algún aspecto de la cultura o la literatura que le preocupa y casi siempre consigue mandarme a dormir. Hace unos días escuchaba el episodio donde el autor de American Psycho entrevistó a Kanye West, y en el monólogo inicial habló de cómo el cine de Hollywood tenía ya varios años sin ser relevante en la cultura de Estados Unidos. La idea me aterrorizó. Me lleno de temor, no porque piense que The Avengers o Godzilla sean piezas dignas de discutirse, sino porque había crecido con la idea de que la literatura durante décadas había sido desplazada por el cine en la discusión cultural y ahora descubría que esa certeza se había desvanecido. Me sentí de vuelta en la preparatoria, ese momento incómodo cuando la maestra de biología anunciaba que habría un examen sobre el nombre de todos los huesos del cuerpo humano y yo me había desvelado estudiando el sistema nervioso.

No todo estaba perdido, decía Ellis en el monólogo, todavía se hace cine importante, aunque no en Hollywood. Mencionó a Nymphomaniac de Lars von Trier y El extraño en el lago —de la que sigo sin entender cuál es su encanto, fuera del sexo explícito—. Lo cierto es que incluso estas películas estaban fuera del centro de la cultura salvo para un reducido grupo de sibaritas cinematográficos, decía Ellis, y su público —en Estados Unidos— era muy reducido. Me puse a pensar, esa noche, ya con el insomnio a toda máquina, mientras Kanye West hablaba de como había cambiado su vida tras el incidente con Taylor Swift en la entrega de premios de MTV, qué medio tomaría el lugar del cine en el centro de la cultura: ¿la televisión? ¿Facebook y twitter? Las ideas apocalípticas de Ellis no son nuevas —de entrada él mismo las repite cada tres podcasts— pero fue justo en ese momento que me alcanzó una preocupación existencial sobre el futuro de la literatura.

2. Todos aquí conocemos de memoria esa definición del ensayo de Alfonso Reyes que lo define como “el centauro de los géneros”. La noción siempre me pareció extraña, porque suena a un mote más cercano a la práctica de la novela que al propio ensayo. Si metes un ensayo en una novela sigue siendo una novela, pero si metes una novela en un ensayo… también sigue siendo una novela. Máxime que el centauro es, en las referencias clásicas, una figura que alude al gobierno de las pasiones sobre la razón, y un género que incluye textos del tipo “El uso de las conjunciones adversativas en la obra primera de Luis de Góngora” no parece el mejor detentor de la figura del centauro. Lo que no sé si es tan conocido, o al menos no lo era para mí hasta esa noche de insomnio, es el texto que contiene esta definición del ensayo, “Las artes nuevas”, publicado en 1944 y en el cual la famosa definición de Reyes no es mas que una suerte de chiste pasajero que cierra el texto, va sobre otra cosa.

El centro de ese ensayo de Reyes va de la forma en que el cine y la radio iban a cambiar los modos de comunicación masivos. Ya en 1944, Reyes adivinaba que el cine se haría cargo de la función épico-narrativa por sobre la novela, lo cual le daría una primacía en tanto palabra escrita a lo que ahora llamamos muy gabachamente non-fiction, género cuya preeminencia por sobre los géneros de ficción ha sido una discusión constante de este nuevo siglo. También, el análisis de Reyes señalaba cómo inequívocamente todos los medios que analizaba estaban centrados más o menos en la palabra, lo cual lo hace sentir —al lector insomne de 2014— en un viaje al pasado indistinguible en mucho de leer al Arcipreste de Hita. Es decir, ese ensayo de Reyes tiene mucho de obsoleto y en el mainstream sobrevive sólo por esa curiosa coletilla en la que define el ensayo como un centauro.

3. Esa noche, mientras escuchaba a Bret Easton Ellis y a Kanye West, hice lo que a todo insomne le queda por hacer: poner café y revisar su Facebook. Leí un estado del poeta español Manuel Vilas, que decía —palabras más palabras menos— que un poeta en 2014 no sólo tenía que ser un gran poeta, sino volver a poner de moda la poesía. ¿Podría volver la poesía, como volvió Menudo o Timbiriche? Espero que no. ¿Y qué esperanza le queda al ensayo de llegar a ser el rockstar de los géneros en estos tiempos en que hasta Taylor Swift ha abandonado el country para cantar pop?

4. Me gusta pensar que si Alfonso Reyes siguiera entre nosotros no sólo analizaría con gusto Twitter y las canciones de Taylor Swift, sino que cambiaría su definición de ensayo por “la tortuga ninja de los géneros”. Es decir, para que el ensayo se mantuviera vivo y de moda tendría que adoptar tres características: ser adolescente —siempre curioso, inquisitivo, soez, contrario, apasionado—, mutante —aquí sí como el centauro de Reyes, un género en que quepa todo y en el que se pueda hablar de todo— pero sobretodo un género ninja —que golpeé cuando nadie se lo espera y luego desaparezca en las sombras como Batman, hasta que lo volvamos a necesitar—.

4a. Parafraseando a Arjona, el ensayo debería ser adjetivo y no género.

5. No creo que sea necesario ni deseable, ni a estas alturas conseguible que el el ensayo se ponga de moda. De todas las discusion sobre la naturaleza del ensayo: la del ensayo creativo, la del ensayo ensayo, del ensayo académico, del ensayo político; me salta la idea de que el ensayo es como el rockabilly: tiene que sonar de cierta forma o deja de sonar a ensayo. Compases más, compases menos, cualquiera dirá que es rock, que es country, que es pop, que es metal, que es psychobilly: todo menos ensayo. Si no citas a Walter Benjamin, si no te paseas como flâneur, si tu texto no tiene citas al pie, si no tiene aparato crítico, si tiene aparato crítico, si cuando lo lees en voz alta olvidas decir “y cito”, “fin de cita”, si cometes el error de hacer investigación que no sea documental o si no te parece que podrías reutilizar este texto de alguna forma en tu tesis de maestría, no faltará el crítico, el dictaminador, el tutor del FONCA, el lector editorial o el editor que diga indignado: “este texto está muy bien, pero no es un ensayo”. Nada más sencillo que ignorar el alarido de un texto al relegarlo a un campo fuera de tu interés de alta cultura: al periodismo, al análisis político, a la sátira, a la ficción, lo que sea que no sea rockabilly, te has pasado al country, hijo, tu texto suena como Johnny Cash.

7. Si me gusta dormir escuchando el podcast de Bret Easton Ellis es justamente porque en ese monólogo de cada episodio ensaya sobre cualquier cosa —cual tortuga ninja de los géneros— y, mientras seguía viendo en Facebook, ahora fotografías de gatitos, ahora denuncias de violaciones a los derechos humanos, ahora publicidad de Candy Crush, pensé que lo preocupante no es que la literatura o el cine pierdan su relevancia en la discusión cultural, sino que el verdadero riesgo sería que la pierda el pensamiento crítico, el cuestionamiento y el método que implica el ensayo. Pero eso no quiere decir que quiera o deba leer ensayos todo el tiempo. También quiero ver televisión.

6. (Porque enumerar en orden ascendente está sobrevalorado). De ahí mi propuesta de arjonizar el ensayo. En vez de explorar la naturaleza del ensayo, hagamos un ataque ninja al resto de los géneros, literarios o no: la novela-ensayo, el cuento-ensayo, la crónica-ensayo, la pintura-ensayo, la serie de TV-ensayo, el tuit-ensayo, el slogan-ensayo y si Luigi Amara nos permite el uso del copyright, del ensayo-ensayo.

8. Este texto debería llegar a alguna conclusión. Mientras lo escribía pensaba qué, dado que tenía la suerte de ser la última persona en leer en el X Encuentro Nacional de Ensayistas de Tierra Adentro, podría aprovechar este cierre para quedar muy bien con el resto de los convocados, no repetir ninguna idea que ya se hubiera mencionado antes y aparentar una brillantez que no tengo, haciendo creer a los asistentes que lo había escrito todo desde antes. Pero al final opté por no hacerlo y esta conclusión, que escribo casi un mes después de leer el texto original, se limita a hacer una actualización, espero más coherente, de lo que improvisé ese día.

Durante todo el encuentro nos persiguió como un espectro —nos persiguieron varios— la pregunta de si sería posible hoy en día aspirar a que un ensayo pudiera afectar o iniciar un cambio en nuestro entorno. Está la respuesta del rockabilly-star del ensayo: “eso no me preocupa, yo sólo me debo a mi amor por la música y en todo caso a mis fans”. Está la respuesta del apocalíptico: “las causas perdidas son las únicas que valen la pena luchar”.

Hace unas horas estaba escuchando la última entrega del podcast de Bret Easton Ellis, en la que entrevistaba a Gerard Way sobre su nuevo álbum como solista después de la desintegración de My Chemical Romance, una banda emo que se formó directamente como reacción a los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001. Ellis recuerda cómo había sido para él ese verano anterior a los ataques en Nueva York: las fiestas, el alcohol y la cocaína que lo llevaron a estar en la oficina de su doctor justo en el momento en el que el primer avión impactó la torre norte del WTC.

Ellis relata la historia de uno de los sobrevivientes de las torres, que al llegar al exterior siente que alguien le lanza un balde de agua caliente. Segundos después se da cuenta de que el agua proviene del cuerpo de un hombre que se lanzó desde una de las torres y que chocó contra un poste de luz y que no es agua. “Este”, dice Ellis, “es el mundo en que vivimos ahora”. Me sentí más identificado con la historia de Gerard Way, un joven dibujante de cómics que viajaba en el metro camino a mostrarle una idea Cartoon Networks, pero que la caída de las Torres Gemelas lo lleva a darle un giro a su vida.

Gerard Way estaba —como yo— deprimido y también —como yo— le debía en gran parte esa depresión a una mala ruptura amorosa. Problemas de primer mundo. Y no obstante, recuerdo muy bien donde estaba en el momento en que supe que alguien había lanzado dos aviones contra Nueva York y que era claro que cualquier certeza que podía haber tenido sobre el mundo hasta ese momento estaba a punto de derrumbarse, literalmente, frente a mis ojos.

9. Me da un poco de miedo hablar de ataques terroristas y tortugas ninja en el mismo párrafo, pero voy a intentarlo. Comenzaré con esto: el ensayo es el género de la incertidumbre por excelencia. Esta incertidumbre —más ninja que centauro— es lo que le da una capacidad de adaptarse al vértigo del siglo XXI con mayor velocidad que el resto de los géneros literarios. Toma unas cuantas tortugas, suéltalas en las alcantarillas y deja que se marinen en un poco de mutágeno. Entrénalas en secreto. Libéralas en el mundo global post 11 de septiembre, en el México post zapatistas, post guerra contra el narco, post tuit-bots, post asesinatos de migrantes y te aseguro que ninguna de esas tortugas tiene la menor oportunidad en este mundo real. No tienen la menor oportunidad por si mismas, pero en conjunto, como género, son al menos tan esenciales como cuando Michel de Montaigne entrenó a las primeras en el siglo XVI, si no es que más, aunque durante un tiempo confundimos sus chacos y katanas con el arco de un centauro.

En un texto sobre los últimos episodios de Los Soprano, Hernan Casciari escribe sobre cómo la fuerza emotiva de la serie no le llegaba ya desde la pantalla sino desde la potencia invisible de la memoria. Ahí escribe, en específico, sobre el intento de suicidio de Anthony Jr., de cómo, en esa convivencia perpetua, de casi ocho años de ver la serie, semana a semana, esperando a cuenta gotas cada nuevo episodio, la vida se iba deshaciendo en guiños al pasado. Ese intento de suicido, dice Casciari, nos duele porque nosotros estábamos ahí cuando el chico era un gordito feliz, cuando su preocupación eran los videojuegos y no la podredumbre del mundo.

Cuando las cosas duran, lo que sucede no es sólo lo que nos pasa directamente, frente a frente, sino también lo que se recuerda: de nuestra vieja cara de entonces a la fallida rememoración de las primeras veces. Cada instante es el recuerdo de un comienzo. Cada paso, cada gesto, está antecedido por uno anterior. Y también, en un sentido inverso, cada paso es la omisión del camino que ya no tomaremos. Vivimos en medio de la simple tensión entre recordar y olvidar. Entre arriesgar y preservar. Entre cambiar de canal y apagar la tele.

Vemos escenas de televisión con la memoria del olvido.

La anécdota que cuenta Ricardo Piglia de la vez que llegó al departamento de Manuel Puig y lo descubrió escribiendo mientras comía cereal, veía la tele y hablaba con su madre.

Todas las tardes en que mi hermano, tres años más grande que yo, me obligaba a ver Los protagonistas luego de salir de la primaria, justo a la hora de la comida; cómo odiaba a esos señores que hablaban de futbol.

Me acuerdo de los fines de semana en que me levantaba muy temprano para ver caricaturas. En ese entonces, mi mayor anhelo era una tele en mi cuarto para no tener que bajar a la sala. Para controlarlo todo desde mi cama.

Entre semana, mi papá tenía que apagar la tele a la hora de la cena para que yo pudiera terminar de comer.

Era un niño enfermo de televisión.

Años después, cuando la casa se llenó de teles olvidadas, el viejo televisor de la sala, el único, se volvió el objeto perdido de mi infancia. Después de haber sido relegada de su papel protagónico, esa tele, pesadísima, fue pasando de cuarto en cuarto. Ni siquiera sé en qué momento dejó de estar en la casa. Mucho menos me imagino dónde quedó el control remoto que perdíamos y encontrábamos siempre, que de tantas caídas tenía, sobre la tapita de las pilas, infinitas tiras de cinta negra. Esa tele en específico fue para mi hermano y para mí una mezcla infinita de aburrimiento y diversión.

Cuando el futuro llegó y trajo consigo todo un desfile de televisores nuevos, de pantallas de plasma que se cuelgan y descuelgan de las paredes con la mayor facilidad, el ritual televisivo fue perdiendo peso en nuestras vidas.

En el futuro, me escribió alguien el otro día, ni siquiera va a existir la tele.

La improbable escena de un Octavio Paz, mermado drásticamente por el cáncer, que puntual veía Los Simpson a las siete de la noche, y que le dice, a un ficticio interlocutor, Los Simpson nos resumen.

La vez que descubrí que en ocasiones, JM, que vive sola desde hace varios años, encendía el televisor y le bajaba todo el volumen y se ponía a hacer sus cosas sin mirar la pantalla.

Ver la tele, ir de canal en canal, se ha vuelto la única circunstancia en que de verdad siento que desperdicio el tiempo. Una gloriosa sensación de pérdida. A diferencia del internet, donde parece que siempre vamos a la búsqueda, donde siempre se encuentra algo que te lleva a algo más, donde parece que la cadena no termina nunca, la tele no nos pide nada. Nos acepta sin fisuras y sin promesas. Quizás ésa sea su principal virtud y, al mismo tiempo, su mayor defecto. La televisión es un invento de la espera. Aun de las extintas guías de programación, esas revistitas que traían, canal por canal y programa por programa, una breve sinopsis del futuro, y que ahora vienen integradas digitalmente en la televisión de paga; aun de todas esas guías de navegación, la tele está hecha del azar y de la espera. Nuestros horarios nunca coinciden del todo con ella, aunque a veces encontramos el programa exacto, la película inesperada que acaba con todos nuestros prejuicios. La televisión es una constante suma de desencuentros.

El final de un capítulo de Seinfeld en el que a Jerry, Elaine, George y Kramer les va particularmente mal y terminan viendo, todos juntos, sentados en la sala del departamento de Jerry, un episodio de Melrose Place.

La ocasión en que, semanas después de la muerte de mi abuela, subí a su departamento a ver la tele porque estaban ocupadas todas las teles de mi casa, y la tele de mi abuela, sin explicación alguna, se apagó mientras la veía. El hecho de que no tuve ni siquiera un poco de miedo. Y volví a prenderla y me acordé de mi abuela.

Hay momentos en que deseamos, como escribe Fabio Morábito pensando en la poesía, aferrarnos al suelo, buscar “el abandono de toda astucia”. Ocasiones en que no queremos perseguir ninguna trama, como en la narrativa más obvia, ni ir de hallazgo en hallazgo como en el internet. Las búsquedas también cansan. En vez de la fuga perpetua, para seguir con Morábito, anhelamos el cautiverio de una vida sin sobresaltos, de una vida plana e incluso obtusa, pero honda y sin trampas. En vez de buscar la salida más próxima, intentamos quedarnos. Ante la tiranía de la búsqueda, podría decirse que no hay nada más difícil que la espera. Cuando todos se van, es necesario aprender a quedarse. Aunque la salvación sólo esté allá donde crece el peligro, como escribía Hölderlin, hay ocasiones en que no queremos ser salvados, en que rehuimos a la trascendencia, en que el mundo es demasiado burdo para seguirle la pista.

El capítulo de The Office donde hacen una fiesta para ver el nuevo episodio de Glee, y cómo Michael Scott, el jefe de la oficina, es el único que de verdad quiere ver el capítulo.

Las tardes de la secundaria en que llegaba, justo a tiempo, para ver Garfield y sus amigos. Y ya no tenía que cederle el control a mi hermano por ser el más grande, porque por fin había entrado a la preparatoria y se había quedado en la tarde. Y el hecho de que comía con el uniforme puesto y no había nadie en casa que me lo impidiera.

Y si la tele está condenada a la desaparición, este texto no puede ser sino apenas una provisional despedida, porque así como ya no habrá más capítulos por venir, así también confío en todas las veces en que veré de nuevo ciertos episodios, como ya lo hago ahora desde mi computadora, porque cuando las cosas terminan, nos queda la memoria, y en los casos de las series televisivas, nos quedan los episodios, la repetición incansable que nos permite encontrar todo aquello que pasó desapercibido. Esa posibilidad de volver a ver siempre la misma escena, de entender los chistes más sutiles, los gestos más privados. Esa posibilidad de descubrir, nuevamente, la vida básica, como le llamaba Josep Pla. A veces, cuando todo falla, es preciso regresar a esa vida, a la vida simple, a las cosas enteras.

Puede que la tele sea todavía una síntesis de la vida. De las cosas que a veces, contra nuestra voluntad, tenemos que soportar. De cómo ver, aceptar algo, no significa adscribirse sin reservas.

Hay un cuento de Hebe Uhart donde una maestra de las provincias argentinas es invitada a un congreso de educadoras en el centro del país. Ahí, esa mujer se encuentra con una maestra de su misma edad que parece diez años más joven y que hace todo con la la ligereza del desenfado. Un día, sin querer, la escucha decir con desprecio algo sobre esa gente que tiene el televisor todo el día prendido en la casa. Ella se da cuenta de que es de esa gente. Y piensa, como para justificarse, que si lo tiene prendido es por compañía. Que a veces ni siquiera lo ve. Que es apenas una luz prendida, un sonido de voces en el cuarto oscuro de la sala. Que a veces, cuando lo va a apagar, piensa, ahora va a venir algo hermoso, no sea que lo pierda.

En ocasiones el televisor sólo necesita estar prendido para ignorarlo, ser el triste sonido de la compañía.

 

 


Texto publicado originalmente en el libro Los Procesos (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2014),  ganador del Premio Nacional de Ensayo Joven José Vasconcelos 2014.

Autores
(Distrito Federal, 1988) es autor del libro Los procesos (FETA, 2014). En el proyecto Ediciones Transversales publicó el cuadernillo Cómo construir una casa (2013). Lleva el blog eamuladar.tumblr.com