A primera vista, la obra de Erik Alonso podría describirse como autobiográfica, aunque esta descripción no sería completamente atinada. Si tuviera que describirla, diría que es una obra de paso, como los rituales. Es cierto: los ensayos que integran Los procesos están escritos en un registro íntimo, casi privado, pero no se detienen ahí. El tono personal se convierte en una vía para explicar(se) el mundo exterior, un intento por identificar el hilo conductor que hermana a la experiencia humana desde lo propio hasta lo ajeno, desde el pasado hasta el presente.
Cada uno de los ensayos pone en diálogo un episodio que puede presumirse personal con una anécdota filosófica, artística o popular, en donde el resultado es siempre aforístico: una conclusión que apela a lo universal. Un bebedero para colibríes en la casa familiar trae a la memoria del autor una instalación artística que comprende un bebedero similar que pende de una grúa a treinta metros de altura afuera de un museo. Lo que sigue es una reflexión sobre la ligereza —sobre el alivio que provoca encontrarse con la posibilidad de ver lo cotidiano a la luz de un nuevo contexto—. Esta secuencia deductiva se repite una y otra vez de un ensayo a otro.
En “Una casa”, la primera de tres partes que componen el libro, se construyen casas, ciudades, instalaciones; se construye, también, nuestra memoria en torno a ellas. Habitamos las construcciones como a la memoria. Estos ensayos transcurren entre referencias a recuerdos infantiles y versiones adultas de esos mismos recuerdos. Asistimos a una reflexión profunda sobre la forma en que se construye la vida misma, de una casa a otra, de un recuerdo a otro. A veces con ligereza (“como si la vida se resolviera sola”), a veces con seriedad y a veces con insomnio. El proceso de construcción es un proceso de crecimiento; la casa se convierte en un horizonte que retrocede, un punto de llegada que nunca termina de estar construido del todo.
“Imágenes en la pantalla” es la segunda y más breve de las tres partes. Los ensayos son, por lo general, cortos e incluso los que parecen largos se leen fragmentados. Podríamos imaginarnos a un televidente desesperado cambiando de canal cada pocos minutos: Los Simpson, una escena de The Office, un capítulo de Los Sopranos, Woody Allen por acá, Asghar Farhadi por allá, al fondo, El ladrón de orquídeas y, a propósito, ¿cómo hacer para vivir con la misma pasión que tenía el personaje de Meryl Streep por esas flores? Así, de pronto, nos sorprende el final de cada ensayo: a pesar de la saturación, todas las imágenes terminan por decirnos algo.
La tercera y última parte, “Espacio interior”, es quizá la más anclada en los recuerdos. Propios y ajenos. El espacio interior —me atrevo a decir— es la memoria. Los ensayos que componen este apartado exploran formas posibles de capturar los recuerdos —como propone Benjamin— tal como relumbran “en un momento de peligro”: en la historia, en un acervo literario, en los objetos de un amor pasado, en una carta, en un balneario, en una anécdota.
En Los procesos, lo íntimo del texto se diluye en la posibilidad que encuentra el lector de identificarse con las conclusiones propuestas. La obra detona en él un proceso inverso al planteado en sus ensayos: a partir del encuentro con lo que la experiencia humana tiene de común, se vuelve inevitable dotarla de un sentido propio desde el cual relacionarse con ella.
Con esta obra, Erik Alonso obtuvo el Premio Nacional de Ensayo Joven José Vasconcelos 2014. El reconocimiento es atinado. La lectura del libro bien podría asemejarse a la lectura de un blog personal. Algunos ensayos se antojan escritos de un plumazo en un arrebato reflexivo, juvenil y fresco, con la agilidad que sólo los blogs permiten. Al mismo tiempo, la saturación de referencias —algunas eruditas, otras completamente cotidianas— nos habla de un autor en una búsqueda urgente de sentido, dispuesto a interrogar, desde Wittgenstein hasta Seinfeld, por una explicación capaz de satisfacer su fuero interno. Después de todo, ¿qué es la juventud sino el deseo incontenible de comprender nuestro estar en el mundo?
Quien esto lea debe saber / que fue lanzado al mar de humo / de las ciudades / como una señal del espíritu roto. / Quien esto lea debe saber también / que a pesar de todo / los muertos no se han ido/ ni los han hecho desaparecer…
Una vida de adulto. Trabajar cuarenta horas a la semana para pagar el gas, la televisión de plasma, las colegiaturas de los niños. Aprender que la calle es sobre todo un terreno peligroso que debemos evitar. Renunciar al tiempo libre, al ocio genuino y problemático de los días feriados. Olvidarse del parque, el ajedrez y el futbol. Encerrarse en casa a disfrutar los bienes, pequeñas y no tan elementales ficciones. La huella que deja el otro nos aturde tanto que a veces resulta imposible volver a mirar. Nos duele la herida, esa discontinuidad. Desde hace tiempo, el otro se ha vuelto un problema evidente en todas las artes.
El dos de noviembre David Huerta escribió en Oaxaca el poema Ayotzinapa. Había pasado poco más de un mes desde aquel ataque y secuestro de 43 estudiantes en Iguala, Guerrero. En el Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca (MACO), los artistas plásticos Rubén Leyva, José Villalobos y Luis Zárate, rápidamente crearon una instalación con base en estos desgarradores versos. Los muros altísimos del Cubo abierto, patio interior del museo, se pintaron de negro, las palabras de Huerta fueron lanzadas hacia dos columnas, a sus pies se encendieron cuarenta y tres pequeñas velas, en un costado ardía carbón de anafre.
El día que vi la instalación dieron los detalles del caso todavía no aclarado de los jóvenes desaparecidos. Alguien, supongo que uno de los artistas plásticos mencionados, leía este poema una y otra vez a manera de mantra, repetición al aire que no silencia la mente para liberarla del ruido que en ocasiones ensordece, sino avivarla, llevarnos a la llama y al dolor de aquellas víctimas y de este país de fosas y cuerpos mutilados. Guardar en la memoria esas imágenes de sangre y polvo para saber que uno pudo haber sido aquel objeto perdido.
Si uno entra de noche a este recinto siente que de repente lo ha invadido el viento para postrarlo frente a un altar elevado hacia todos los muertos sin nombre. Si uno entra de noche lo invade lento la angustia de saber que conoce sus nombres y no puede encontrarlos. Estamos tratando de dar / nuestras manos de vivos / a los muertos y a los desaparecidos / pero se alejan y nos abandonan / con un gesto de infinita lejanía, dice David en su dolencia. Nos pegó en la cara una realidad que ya habíamos visto pero que quizás olvidamos por comodidad o hastío. Nos pegó la vida y olvidamos que cada paso que damos trae consigo olas gigantescas o aguas tranquilas de mar. Encontramos una vida de adulto, y con razón y entrega, nos hicimos más habitables, sólo que nos equivocamos.
Ahora esos muertos tienen rostro, nombre, un lugar donde nacieron y trabajaron la milpa bajo el sol bestial del medio día. ¿Qué haremos para que nuestros invaluables destinos no nos hagan olvidar a esas muñecas de trapo en el desierto, esos cuerpos colgantes bajo los puentes, esas fosas pestilentes, esas cenizas, ese silencio de quienes sufrieron todo el peso de una violencia sistemática y generalizada?
Por caminos torcidos había venido a caer en un destino de mujer, con la sorpresa de caber en él como si ella lo hubiera inventado, dice Clarice Lispector en su cuento “Amor”. En él, una mujer se enfrenta metafóricamente a un ciego cuando lo observa en la calle masticando chicle. Lo insólito de este encuentro la lleva a replantearse su lugar como madre y esposa, su existencia entendida a partir de los otros. El ciego funciona como espejo que rompe su cotidianidad y la inscribe en el plano del asombro pero también de la náusea ante el vacío, la irremediable brecha que separa a sus personajes.
En la obra de esta brasileña, los otros aparecen como orillas que nunca hemos de alcanzar. Octavio Paz también lo dijo en su ensayo “La otra orilla”. Hay una oportunidad y un salto que uno debe de tomar o está perdido, sumergido en variantes de la realidad que nos aturden y quitan sentido a los actos más elementales. Sin embargo, tampoco es en la escritura, ese terreno inconcluso y movedizo, donde existe un sendero de representación e igualdad, de genuina empatía y trabajo constante que construyan una nueva visión de humanidad. La escritura es el registro, el estado de las cosas que se ofrecen al espectador en curso, pero nunca el encuentro. Ese nos corresponde como responsabilidad y tarea que hemos de realizar también fuera de casa, de muchas formas y con muchos recursos.
Para los personajes de Clarice Lispector, paradójicamente pues no hablan más que consigo mismos, como es el discurso metafórico en todas las artes, no será en la escritura donde los personajes se encuentran sino en el diálogo. Escribir nos sirve para pensar, pero hablar es hacer, buscar al otro que suele escaparse en su misterio y su inaccesibilidad. El diálogo inconcluso que Maurice Blanchot le adjudicara a los libros está en lo que podemos decir y hacer con ideas aterrizadas en una realidad maleable, reconstruible. Esa posibilidad nos ofrece el arte en sus diversas manifestaciones, sólo es una trayectoria hacia otra forma de entender quiénes somos, qué queremos para los otros y para quienes aún no han nacido.
David Huerta nos conduce con este poema hacia el lugar del sufrimiento, del horror que deja tras de sí la impunidad y el silencio, ya queda de nuestra parte bajar las armas y aprender a ser iguales. La violencia en el arte, pero en la vida, eso no, aunque así sea. Esta instalación se encontrará hasta diciembre en el MACO. Aquí dejamos las palabras de Huerta:
Ayotzinapa
Mordemos la sombra
Y en la sombra
Aparecen los muertos
Como luces y frutos
Como vasos de sangre
Como piedras de abismo
Como ramas y frondas
De dulces vísceras
Los muertos tienen manos
Empapadas de angustia
Y gestos inclinados
En el sudario del viento
Los muertos llevan consigo
Un dolor insaciable
Esto es el país de las fosas
Señoras y señores
Este es el país de los aullidos
Este es el país de los niños en llamas
Este es el país de las mujeres martirizadas
Este es el país que ayer apenas existía
Y ahora no se sabe dónde quedó
Estamos perdidos entre bocanadas
De azufre maldito
Y fogatas arrasadoras
Estamos con los ojos abiertos
Y los ojos los tenemos llenos
De cristales punzantes
Estamos tratando de dar
Nuestras manos de vivos
A los muertos y a los desaparecidos
Pero se alejan y nos abandonan
Con un gesto de infinita lejanía
El pan se quema
Los rostros se queman arrancados
De la vida y no hay manos
Ni hay rostros
Ni hay país
Solamente hay una vibración
Tupida de lágrimas
Un largo grito
Donde nos hemos confundido
Los vivos y los muertos
Quien esto lea debe saber
Que fue lanzado al mar de humo
De las ciudades
Como una señal del espíritu roto
Quien esto lea debe saber también
Que a pesar de todo
Los muertos no se han ido
Ni los han hecho desaparecer
Que la magia de los muertos
Está en el amanecer y en la cuchara
En el pie y en los maizales
En los dibujos y en el río
Demos a esta magia
La plata templada
De la brisa
Entreguemos a los muertos
A nuestros muertos jóvenes
El pan del cielo
La espiga de las aguas
El esplendor de toda tristeza
La blancura de nuestra condena
El olvido del mundo
Y la memoria quebrantada
De todos los vivos
Ahora mejor callarse
Hermanos
Y abrir las manos y la mente
Para poder recoger del suelo maldito
Los corazones despedazados
De todos los que son
Y de todos
Los que han sido
Hace tiempo, en una noche en que mis amigos me abandonaron, y la sobriedad y las películas de Schwarzenegger me tenían entumecido, la única solución que encontré al aburrimiento y la falta de sueño fue ver videos en YouTube. Después de varias horas de nadar en la superficie de lo popular, encontré el de unas personas que caminan en un centro nocturno de Pattaya, Tailandia. El video no evidencia alguna técnica fílmica; no tiene cortes, ni montaje, ni encuadres excéntricos. Parece desprovisto de narrativa, pero hay algo magnético en él. Primero pensé que era lo que se mostraba a través del lente: los colores neón de los diferentes bares; las mujeres en bikini que ofrecen asientos y bebidas; la conversación entre el hombre de la cámara y una mujer mientras caminan frente al tráfico humano.
Todo termina cuando llegan al final de la calle: desenlace predecible. Pero en ese momento ya había absorbido mucha información. Volví a ver el video con la preocupación de que quizá su punto se me escaparía por siempre. Cuestioné la falta de técnica y rigor cinematográfico, pero no podía recriminarlo porque su intención no es presentar al espectador una ordenación de eventos finitos que progresan hacia un mensaje ulterior discernible, endulzado con la miel del tropo y el estilo. Su único propósito es publicarse. El deseo de mostrar y la necesidad de ver se entrelazan en los diez minutos que dura el video; el momento más memorable es cuando, en el fondo distante de un callejón, se miran los neones azules de un antro. Minutos después, el camarógrafo y la mujer entran al callejón. Puestos de comida a la derecha, antros a la izquierda. Las caras usuales entran y salen del encuadre. Los neones se miran cada vez más cerca.
A pesar de todo ello, seguía sin entender por qué la emoción cegaba mi pensamiento. Volví a cuestionar el planteamiento narrativo y me di cuenta de que todos los elementos básicos de narración fílmica se encuentran en él: una cámara, personajes, escenografía, iluminación, sonido, imagen-tiempo e imagen-movimiento. Por absurdo y banal que sea, algo se está contando. El autor se llama Jeff Ewart, y su canal de YouTube actualmente alberga doscientos noventa y seis videos, todos de la misma naturaleza. En la descripción de su canal dice lo siguiente: “Estos videos fueron grabados para mostrar a otros qué es lo que veo al momento. No están editados para ser bellos o entretenidos, sino para revivir la experiencia tal cual es. AVISO: aquellos que viven en el popular mundo de los diez segundos deberían ir a otro lugar”. Todo me parece una forma orgánica de narración hiperrealista, en donde la caótica e inalterable vida urbana se topa de frente con el carácter pasivo y documentalista de la cámara de video.
Después de ver el video en Pattaya, busqué alguno en Tokio y encontré uno en Roppongi (distrito de clase alta en Tokio) que tenía la misma intención, forma y tratamiento que el anterior, subido por stercraze06. Dos días después, di con una grabación de un viaje en carro hacia un casino en Estados Unidos, de yokorita1. Ewart, yokorita1 y stercraze06 se convirtieron en lo que llamo “el triángulo de YouTube”. ¿Por qué personas que con toda seguridad no saben de su existencia entre ellas, están haciendo videos que comparten una inquietud similar? Más importante: ¿de qué manera se relacionan? ¿Por qué se alcanza a sentir una conexión más profunda que la que ofrece el acceso a internet y los gustos personales? Las películas de los hermanos Lumière fueron de gran importancia en mi búsqueda de respuestas, pues la concordancia que guardan con el triángulo es, además de fascinante, alentadora. Podemos trazar un paralelismo con Lasalida de los obreros de la fábrica, una de las primeras producciones cinematográficas de los Lumière, cuyo único encuadre, en dirección a la entrada de una fábrica, testimonia la hora de la salida de los trabajadores (el heredero directo del resto de las películas de los Lumière está en Vine). Dudo mucho que el triángulo sea consciente de la resonancia de sus producciones con el inicio del cine, o que tengan idea de que lo que están haciendo es en realidad un actuality film, género que comenzó con los hermanos Lumière y los primeros pasos de Georges Méliès, continuó en la
Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría, el muro de Berlín, se estilizó en la trilogía Qatsi, de Godfrey Reggio, y retomó sus raíces primitivas en la cámara portátil.
Ilustración de Omar Ibarra.
Estamos aquí en lo que es México. México. México…
El interés que el triángulo y las conclusiones y conexiones a las que estaba llegando se expandieron a México. Antes de conocer al triángulo, incluso antes de generar interés por las características y problemas del cine, Edgar, de “Edgar se cae”, ya era famoso, pero las cámaras digitales no eran tan comunes. Poco después, los doblajes de Trino y Edgardo Morales comenzaron a circular. Luego fue el “Báilele[,] compa”, los videos de la Barandilla, “Yo no choqué[,] me chocaron”, “Mi papá es Fox[,] es presidente de México”, “Huevazo a doña Cheli”. Del 2008 al 2014 se han multiplicado.
Comencé a buscar videos mexicanos a la semana de que conocí al triángulo. Mi primera búsqueda decía “pisteando en la calle”, después de cuestionarme cuál es la actividad más común en México, y con la que la mayoría de la población se podría relacionar. Vi cerca de cincuenta videos esa noche y en ningún momento me sentí agobiado o aburrido. Mientras cambiaba de video, recordé Slacker, esa película que habla de todo y de nada. Inicia con un personaje que se baja de un taxi, presencia el momento en el que un carro atropella a una señora, la cámara sigue a otro personaje por el largo de una banqueta, y lo deja cuando entra en encuadre el carro que atropelló a la señora. Toda la película es un traslado de focalización incesante. Con cada nuevo personaje que entra, un nuevo fragmento de la ciudad se va develando. Lo mismo pasa cuando se conoce a una persona nueva en la ciudad propia, o en cualquier parte del mundo, o cuando nos quedamos a dormir por primera vez en una casa ajena. El horizonte del que tanto habla la hermenéutica se amplía. El espacio de Tecate no se compone sólo por mi opinión sobre él. Tecate es el señor que prepara con doble salchicha sus hot dogs; el bartender con el que platico cada vez que voy a su bar vacío; la cajera del quiénsabequé café que está al lado de la funeraria. Pero también es lo que el señor de los hot dogs le platica a su esposa cuando se van a dormir; la manera en la que el bartender decidió entender las noticias del periódico sensacionalista local y lo que la cajera se roba cuando nadie la mira. Todos estos videos, todas estas porciones reales de la vida de los demás y la otredad que ofrecen, están formando, se quiera o no, un tejido orgánico y polifónico que nos acerca a la dialéctica de lo mexicano. El México que no conocemos pero que, increíblemente, podemos ver. De la misma manera también se puede hablar de una nación mundial en la época digital.
Es importante mencionar que todos los videos vistos no tratan de cosas interesantes; su contenido, sin pretensión artística alguna, es importante sólo para las personas que los grabaron. Son esas razones las que influyen en su importancia: fueron grabados de manera consciente y consensuada, pero los camarógrafos no se dieron cuenta de que inconscientemente crearon una red de realidades analizables, básicamente desde cualquier ciencia social. “Pisteando en Caji” trata de un grupo de amigos que, vaya, van a Caji a beber. “Mochila jamid” y su secuela fueron grabados cuando un estudiante le volteó la mochila a uno de sus compañeros y la llenó de tierra. “Tlacuache tierno” se trata de un niño abrazando a un tlacuache, al que le dice algo incomprensible.
Por otro lado, también hay videos que contribuyen a la ampliación del eje México/YouTube sin caer en el terreno de lo meramente documental. Algunos de ellos generan su ficción a partir de otra preestablecida, como “Viaje al fondo del mar”, doblaje de Trino, y “Se encabronó el vato”, doblaje de Edgardo Morales. Ambos toman como refractario series de televisión estadounidenses y las desdoblan en narrativas completamente mexicanas. El elemento mexicano más obvio está en la música: en “Viaje al fondo del mar” el monstruo canta “Me cansé de rogarle”, y a Maicol de “Se encabronó el vato” le ponen “El venado”, que no es una canción de autoría mexicana, pero está tan enraizada en nuestra cultura que, a pesar de la popularidad del reggaetón, todavía se escucha en fiestas de quince años. Aparte de las ficciones dentro de ficciones, está el caso enigmático y estilizado de “Cuando las nubes bajan”, el Samuel Beckett de los videos mexicanos en YouTube. Completamente aleatorios y absurdos, estos videos son compilaciones de grabaciones cortas, cuyo único pretexto narrativo es que las nubes, por alguna razón, bajaron a la tierra y están alterando el comportamiento humano de todo el planeta.
Por último, están los ejemplos clásicos que ya todos conocen. Al Ferras le duele la rodilla, Aidé perdió su cuerpo, a Fermina no le dan las llaves, al Canaca lo amarraron como puerco y además le robaron dinero. La lista no acaba y, por consecuencia, estas relaciones invisibles jamás podrán ser trazadas en su totalidad, pero sí pueden reconocerse como tales. Como sinapsis en el cerebro mexicano. Si tomamos como base todas esas pequeñas alteridades, que se multiplican cada día, tendremos un reflejo más o menos generalizable de comportamiento social.
Amor con internet se paga
Un día tuve una conversación con una amiga acerca de películasmexicanas. El trabajo final en mi clase de Análisis del Discursoconsistía en analizar una película. Todosmis compañeros eligieron cintas “de culto”,pero en mi equipo decidimos hacer eltrabajo sobre Los verduleros. Ella mecontó que esa película es la visiónque antes se tenía de México, unreflejo fidedigno, aunque exageradoy ridiculizado, de nuestra cultura.Discutimos el valor culturalde Tun Tun y del hombre del pan,y la trascendencia que AlfonsoZayas aún tiene en el hombremexicano. Aunque me parecióuna coincidencia agradable que ella yyo compartiéramos opiniones, me percatéde la transformación que tuvo el cinemexicano: de la Época de Oro con sus grandesestrellas, los diálogos elaborados y las canciones románticas,a las deformaciones de la Época de Cobre y sus mórbidos,pero extrañamente adorables personajes. Después, ya solo y decamino a casa, pensé en los videos de gente tomando en la calle,en los videos de gente peleándose en las banquetas, y recordécuando yo lo hice. Y volví a pensar en Slacker y mis conclusionessobre el triángulo y la película. Pensé en las conexiones invisiblesque existen entre las personas, en la mutación cultural queMéxico ha tenido desde que creíamos en un Dios para cada procesonatural, y que ahora hacemos un Dios en cada suceso digital.
El ideal romanticista de México a principios del siglo XIX, de oponerse al conservadurismo y de mexicanizar la cultura, que vio su origen en la poesía política de Salvador Díaz Mirón, derivó en Juan Camaney y Jaime Duende. México ya no se oculta en el nublado del cielo, ni en el discurso atropellado e inverosímil, ni en los kilos de cadera, o el cuerpo de Martha Higareda o en los tragos coquetos. México está en el coraje de las llaves, en la rebelión del trapo, en el dinero enterrado en la playa y “la bala fría, papi”. Edgar, el Dios Eolo, el Canaca, Fermina, Aidé, el Ferras, los Báilele[,] compa, el Perro Gacho, el ¿Qué pasó[,]muchacho? son los nuevos personajes mexicanos. Y esas alteridades mexicanas, que son generalizables, se comunican con las que están escondidas debajo del peso del like y las reproducciones: “Pisteando en Caji”, “Se armaron los putazos en el barrio Loma Alta en Tecate”, “Vieja loca en el centro de Tijuana”. Personas reales, delegados de la antificción, pero que no dejan de tener ese gen extraño que los metamorfosea y ficcionaliza: la cámara de video.
No quiero decir que los antiguos iconos nacionales hayan perdido su validez. El cantinfleo es uno de los métodos conversacionales más comunes y en el canal De Película todavía puedes ver las aventuras de Capulina.
La influencia de Cantinflas, Pedro Infante, Jorge Negrete, Tin Tan, María Félix, Silvia Pinal y Dolores del Río, entre otros, queda diezmada bajo el peso de los nuevos medios y su inmediatez. A eso se refiere Jeff Ewart en la advertencia de la descripción de su canal: aquel que viva en el mundo de lo inmediato no tiene nada que hacer aquí. Aquel que en su mundo de representaciones sólo reacciona ante lo vagamente razonable, pierde el tiempo en internet y en la vida.
Definir la obra de un escritor atado en el imaginario popular a las luchas sociales de un tiempo convulso y determinante no es tarea fácil. En el caso de José Revueltas, tal vez no sea posible desligar del todo sus textos y sus personajes, atmósferas y paisajes de su ideología política, sus estancias en la cárcel y la crítica que —en su momento, y todavía ahora— reciben sus palabras. Doce jóvenes autores mexicanos con distintos perfiles y de diferentes ciudades fueron convocados a reflexionar en torno a la literatura del autor de Los muros de agua. Como resultado El vicio de vivir es un conjunto de ensayos que aborda la literatura de Revueltas en todos sus géneros: los cuentos, las novelas, su poco conocida poesía, las obras dramáticas y guiones cinematográficos; además de su visión del universo femenino. Cada autor de este volumen encuentra una arista, un punto de encuentro, una definición para desentrañar la obra de este escritor del que celebramos su centenario.
Esta compilación estuvo a cargo de Vicente Alfonso.
Un adelanto:
La polémica en torno a Los días terrenales
Por Nayeli García Sánchez
En una carta fechada el 1 de agosto de 1947, José Revueltas (1914-1976) habla de las epístolas de Vincent Van Gogh y comenta una cita que transcribe: “Es bueno amar todo lo que se puede (fíjate: todo lo que se puede y no todo lo que se pueda, es decir, todo lo que sea digno de amarse)… porque es allí donde se halla la verdadera fuerza”. La mirada sutil en el uso del tiempo verbal que denota la apostilla del escritor da muestra de su fascinación ante otro hombre atormentado por el mundo. Revueltas interpreta en las palabras del artista plástico una idea propia que desarrollará con fuerza dos años más tarde en su novela Losdías terrenales (Stylo, 1949):[1] el amor es una expresión de la dignidad. Más adelante, explica: “Van Gogh [es] el colmo de la sabiduría (en el sentido bíblico de la palabra: ‘quien añade sabiduría añade dolor’) y del sufrimiento”, afirmación con la cual fundamenta su idea sobre los lazos existentes entre la condición humana y el dolor.
La idea de la dignidad en el amor y el sufrimiento debió perseguir los pensamientos del escritor de manera tenaz, pues su desarrollo alcanzará una extensión considerable en Los días terrenales, quizá la novela más polémica del escritor. A través de sus páginas se adivina un hombre cansado del mundo, impaciente ante los dogmatismos y la dureza del estalinismo; un comunista que se horroriza ante las prácticas autómatas, inconexas con una idea general de lucha, ejercidas desde un discurso de resistencia.
Cuando se publicó la novela, Revueltas debía andar por los treinta y cinco años, había pasado algunos periodos en prisión y su carrera literaria dejaba atrás tres puertos que comenzaban a legitimarlo dentro del círculo letrado de la época: Los muros de agua (1941), El luto humano (1943) y Dios en la tierra (1944). El ánimo que recibiría la nueva obra estaba sembrado con expectativas amplias sobre el crecimiento de sus letras.
Los días terrenales tuvo como hilo conductor un análisis desfavorable sobre los mecanismos de gestión del Partido Comunista Mexicano, que lo develaba como un grupo caracterizado por la ausencia de pensamiento autocrítico y por alejar la teoría comunista del trabajo colectivo. Su técnica narrativa permite varios niveles de lectura: uno local y político que discute con la militancia y narra, con base en hechos reales, los errores de organización y la atrocidad del discurso estalinista; otro más universal y literario que habla sobre la condición humana y desarrolla el problema entre el conocimiento, como vía de liberación, y la felicidad, en torno a la máxima del Eclesiastés: “Quien añade ciencia añade dolor” (1:18).
Revueltas había sido expulsado del partido en 1943, así que para 1949 su relación con los camaradas era muy tensa, lo cual influyó de manera contundente en la recepción de la obra. Entre las críticas comunistas más destacables están la de Enrique Ramírez y Ramírez y la de Juan Almagre, seudónimo de Antonio Rodríguez. La primera se publicó el 26 de abril de 1950 en El Popular; la segunda el 8 de junio del mismo año en El Nacional. Ambas opiniones atacaban al autor personalmente. Ramírez escribe:
Pero yo aún me atrevo a poner fe en la reconstrucción, en la regeneración del escritor Revueltas. Porque durante muchos años me he acostumbrado a mirarlo y apreciarlo como a uno de los jóvenes mejores de México, como a un gran artista en potencia, como a un servidor sincero de la causa de nuestro pueblo y de todos los pueblos. Y me resisto a dar por consumados su derrota y su acabamiento. Deseo creer que el divorcio de Revueltas con los hechos diarios, íntimos y palpitantes de la lucha popular, ha debilitado su sensibilidad, su noción natural de las cosas.[2]
Antonio Rodríguez incluso va más lejos cuando dice: “De hoy en adelante, el apellido Revueltas no es uno. Silvestre, el músico, es el Revueltas del pueblo, que el pueblo recordará como uno de sus verdaderos defensores y amigos. Pepe, el escritor, es el Revueltas de la parte más corrompida de la Sociedad. La odia, pero en el fondo, intenta desarmar a los que luchan contra ella. Es decir, en el fondo, es su avergonzado apóstol”.[3]
Mientras tanto, Salvador Novo y Alí Chumacero escribieron críticas positivas sobre el texto. En una nota publicada por Mañana el 2 de octubre de 1949, el primero decía:
Terminé la lectura de Los días terrenales de Revueltas. Novela magnífica. […] Las vidas de todo este mundo hurgadas en sus sorprendidas introspecciones, en el curso libre de sus recuerdos y asociaciones. Y ligadas por el hilo sutil con que las enhebra, de la manera más inesperada, con lujo arquitectural de estructura que no deja sospechar las trabes.[4]
Chumacero, desde un ensayo de México en la cultura, afirmaba el 18 diciembre del mismo año: “Unos y otros saben que Los días terrenales no es un desacierto de José Revueltas sino el pecado mortal que le hace situarse en una fidelidad literaria en la cual encuentran estrecha coincidencia el hombre y el artista”.[5]
Mención aparte merece la dolorosa crítica que el poeta chileno Pablo Neruda emitió sobre la novela en el Congreso de la Paz, celebrado en septiembre de 1949:
Acabo de leer un libro de José Revueltas. No quiero decir cómo se llama. Para algunos de los que aquí están, este apellido puede no tener significación. Para mí la tiene y muy grande. Es el nombre de una dinastía del pensamiento americano, es el nombre de una familia del pueblo que ha traducido en un alto lenguaje en la pintura, en la literatura y en la música las victoriosas luchas de un pueblo. Y hoy este nombre me trae, en las páginas de mi antiguo hermano en comunes ideales y combates, la más dolorosa decepción. Las páginas de su último libro no son suyas. Por las venas de aquel noble José Revueltas que conocí circula una sangre que no conozco. En ella se estanca el veneno de una época pasada, con un misticismo destructor que conduce a la nada y a la muerte.[6]
Con este reclamo, el poeta ponía en duda la lealtad de Revueltas hacia su propia familia (son claras, como en el texto de Rodríguez, las referencias a la obra de Fermín y Silvestre); y no sólo eso, los juicios de Neruda negaban también la posible afinidad estética entre él y Revueltas, que ha sido señalada por la crítica posterior.[7] El distanciamiento provocado por estas palabras quedaría públicamente sanado años más tarde cuando Neruda le escribe una carta conmovedora y entrañable al presidente de México, Gustavo Díaz Ordaz, en la que le pide la liberación de José, preso por su participación en el movimiento estudiantil de 1968. Revueltas le dedicaría a Pablo, en 1969, su novela Elapando.
Revueltas mostró las costuras que unían sus intereses privados con sus preocupaciones públicas —latidos del mismo corazón— cuando, atento a los juicios de sus viejos cofrades, suspendió la publicación de Los días terrenales. Entre sus compañeros de milicia estaban sus hermanos intelectuales y algunos caros amigos, gente en la que confiaba y con la que sentía una responsabilidad que otorga el parentesco. Así que si su obra, considerada una traición, los hería, debía acallar una disonancia entre la voz de la pluma y la mirada de la familia: “de un tiempo a esta parte mi trabajo literario ha sido objeto de numerosos y graves malentendidos, que son tanto más graves para mí cuanto que provienen de mis propios compañeros de lucha”,[8] afirmaba en una Carta abierta publicada el 11 de junio de 1950 en ElNacional. A partir de ese momento, podrá verse en su trabajo una búsqueda de reconciliación entre su forma de entender el comunismo y su escritura creativa, periplo en el que también habría de conciliar las aparentes contradicciones vitales entre su trabajo literario y su participación política.
Revueltas retiró de circulación la obra, puesto que dentro de su idea del arte ocupaba un lugar fundamental la entereza axiológica y, si su texto había ofendido a sus antiguos compañeros, la lealtad y, quizá una culpa infundada, lo llevaron a tomar la decisión: “he resuelto rogar a los editores de mi novela Los días terrenales que en atención a mis deseos aquí claramente expresados se sirvan retirar de la circulación comercial los ejemplares de dicho libro”,[9] anunció el 16 de junio de 1950.
No obstante, en 1969, con renovada madurez reconocería allí su trabajo mejor logrado. Como muestra de ello nombraría la colección completa de sus escritos con el título de la novela: “A excepción tal vez de los cuentos, toda mi novelística se podría agrupar bajo el denominativo común de Los días terrenales, con sus diferentes nombres El luto humano, Los muros de agua, etcétera”.[10]
Los juicios de Ramírez, Rodríguez y Neruda apelan a las dimensiones ideológicas de Los días, lo cual podría llevarnos a pensar que no son críticas válidas; sin embargo, ¿no está la literatura compuesta por algo más que lo meramente literario? José, acaso de manera radical, reflexiona sobre ello cuando dice:
Para mí el escritor es ante todo un hecho moral, un problema de ética y no de estética. […] el escritor ha de tomar el hecho de serlo tan sólo como un accidente, un accidente biográfico y vocacional, al que debe entregarse con toda su pasión y su disciplina técnica, sí, pero al que no debe considerar nunca como un fin, como un “haber nacido para escribir y no para ninguna otra cosa más”. Porque precisamente lo que ocurre es que se nace, se vive y se muere, para hacer “esa cosa más” y no ninguna otra.[11]
Revueltas veía que, con el crecimiento de las instituciones culturales, las prácticas creativas parecían estar cayendo en una mecánica enceguecida, muestra de ello es el prestigio relacionado con la obtención de reconocimientos públicos, que legitiman dentro de un sistema cultural el ejercicio de poder político de los autores asimilados a la hegemonía; o bien en una negación de la literatura a responder por su realidad inmediata, que podía sentirse en la búsqueda por un arte “puro y desinteresado”. Estas dos cuestiones resultaban inaceptables para él, que siempre reclamó una ética que articulara el trabajo literario y cultural.
El autor era consciente de las propuestas políticas y estéticas del partido y había decidido cuestionarlas, acción de la que surge su realismo dialéctico literario, defensa de la elaboración autónoma de un arte libre para hacer énfasis o adentrarse en problemas que no necesariamente estuvieran enfocados desde un maniqueísmo proselitista. Así, Revueltas hizo de su literatura un manifiesto artístico y, a la vez, político, tanto al interior como al exterior de la novela.
La tesis central de Los días… es que el comunismo mexicano se había vuelto dogmático y estrecho, cuando lo necesario, lo imperante, era cuestionar: vivir en la continua recreación a través de la inconformidad como principal eje. Hacia afuera, el texto pedía eso mismo: permitirle al hombre poner en duda las estructuras que regulan la organización social, como única vía para alcanzar la libertad.
Los días… narra la historia de un comunismo escindido entre labores burócratas, sostenidas sobre consignas inamovibles, que justifican el comportamiento atroz de los camaradas y el ejercicio de un poder vertical entre los miembros del partido; y el comunismo de acción que se reformula conforme se apropia de los conflictos humanos.
A través de un cosmos de correspondencias y contraposiciones, se articula una discusión en torno a la práctica política que devendría en la liberación del hombre enajenado de su condición humana. Fidel Serrano y Gregorio Saldívar, personajes principales, representan praxis opuestas de una lucha por mejorar las condiciones del hombre, de provocar su escape de las estructuras burguesas de organización social. Comparten credenciales, pero han avanzado por sendas que no podrían arribar al mismo puerto. Fidel dirige las oficinas ilegales del partido en la ciudad, asiste a las reuniones generales, coordina los envíos a la imprenta y la distribución de la propaganda; Gregorio realiza un trabajo comunitario en las zonas rurales —organizadas como cooperativas de resistencia— de Acayucan, Veracruz. A estas dos posturas se agregan contrapuntos de opinión a través de las acciones y las creencias de los demás personajes de la historia.
Ambos comparten un origen común, representado en la novela por la localización temporal: los primeros tres capítulos arrancan a las 3:45 am. Inicio simbólico donde Fidel expresa su molestia ante las acciones de Gregorio, incomodidad que cobrará fuerza en capítulos posteriores:
“He intentado”, proseguía Gregorio en alguna otra parte de su carta. “He intentado…”, repitió Julia con sorda voz, obstinada en no apartar la vista del papel, “…inducir a los campesinos a organizarse en cooperativas con el propósito de que sean los comisarios ejidales los que conserven la semilla en su poder, y así se evite que caiga en manos de los acaparadores”. Otra opinión tonta. Como si Gregorio desconociera el principio inmutable de que en una sociedad dividida en clases las cooperativas están destinadas al fracaso.[12]
En tanto la lectura de la carta de Gregorio en voz de Julia, esposa de Fidel, alcanza las paredes, el cuerpo de su pequeña hija yace fatigado y caduco en un rincón del departamento. El narrador se localiza dentro de la conciencia de Fidel para mostrarnos su juicio sobre Gregorio y sobre lo incuestionable de los principios teóricos que articulan la organización de las labores del partido. Mientras Gregorio amolda su labor partidista a las necesidades de hombres concretos, Fidel se aferra a una abstracción de lo que él considera mejor para “la causa”. El hombre preocupado por un “bienestar mayor” ignora el dolor de su esposa y la atrocidad representada en el cadáver que comienza a descomponerse. Fidel no deja de trabajar ni para llorar el duelo de la niña:
—¿A qué horas —exclamó por fin— te entregarán la propaganda? —Sin embargo, todos comprendieron que, evidentemente, esta pregunta no tenía otro propósito que el de sobreponerse al dolor de Bandera e indicar que no se le debería conceder la menor importancia cuando la vida estaba tan llena de cosas que eran mucho más serias y trascendentales que esa inevitable descomposición orgánica.[13]
A esta actitud de Fidel se corresponde la de Rosendo, aprendiz que se inicia en los misterios del dogma comunista con fervorosa admiración: “La propia niña muerta, la hija de Julia y de Fidel, ¿no representaba también un desesperado símbolo de espantosa generosidad y entrega sin límites? […] Rosendo comprendía cabalmente lo que significaba haber sido testigo presencial de ese innombrable sacrificio”.[14] Existe, también, una identificación con Germán Bordes, jefe del partido, cuyo discurso “penetraba en la conciencia con una extraña claridad, por superstición pura. Tal vez sin que se escuchasen las palabras, el solo ademán permitiría trazar el orden del discurso y de sus silogismos”.[15]
En representación del lado opuesto del debate, Gregorio trabaja con los pescadores veracruzanos en una pesca clandestina. En tanto que Fidel desconfía de las cooperativas por la existencia de una sociedad de clases, el otro vive de cerca los intereses campesinos: “Gregorio casi había olvidado que el producto íntegro de aquella pesca, al venderse en el mercado de Acayucan, se destinaría a los gastos de peregrinación al santuario de Catemaco y a la compra de ofrendas y exvotos con que los indios agradecerían sus milagros a la hermosa Virgen del Carmen”.[16]
Desde una sensibilidad artística desarrollada que le permite convivir con cierta idea de lo trascendente, Gregorio, antiguo estudiante de pintura, logra experimentar la magia y el esoterismo de la vida comunal: “Alguien trajo un hachón junto a Gregorio para que se alumbrara en su tarea y esto lo hizo pensar nuevamente en el segundo monje de El Greco, en el Entierro del conde de Orgaz”.[17] El hombre se da cuenta del complejo sistema de creencias en que se enarbola la realidad agraria: los habitantes de Acayucan contemplan en Ventura, su líder viejo, a un mago, patriarca, chamán, sacerdote, guerrero épico, pero a la vez quieren rendir culto a la virgen de Catemaco con el producto de su actividad nocturna:
Sus rasgos [de Ventura] mostraban algo de impersonal y al mismo tiempo muy propio y consciente. Primero como si fuesen heredados de todos los caudillos y caciques anteriores, pero un poco más de las piedras y los árboles, como tal vez, de cerca, debió ser en los rostros de Acamapichtli o Maxtla, de Morelos o de Juárez, que eran rostros no humanos del todo, no vivos de todo, no del todo nacidos de mujer; como de cuero, como de tierra, como de Historia.[18]
La tensión entre Fidel y Gregorio llega a su cúspide con la conversación de los dos hombres en una estación de tren, momentos antes de que Gregorio parta hacia Tampico: “‘No hay felicidad más grande que la de ser comunista’, había exclamado de pronto Fidel […] Aquello no fue una explosión lírica. En esa abominable frase se basaba el pavoroso credo de Fidel”.[19] Desde la perspectiva de Gregorio, esa afirmación es el sustento de todas las acciones deshumanizadas de su camarada, quien pretende encontrar cierta superioridad moral en su posesión de la respuesta verdadera para el bienestar del hombre. De acuerdo con Gregorio:
Los hombres se han visto forzados a pensar y luchar en función de sus fines de clase y esto no los ha dejado conquistar su estirpe verdadera de materia que piensa, de materia que sufre por ser parte de un infinito mutable, y parte que muere, se extingue, se aniquila. ¡Luchemos por una sociedad sin clases! ¡Enhorabuena! ¡Pero no, no para hacer felices a los hombres, sino para hacerlos libremente desdichados, para arrebatarles toda esperanza, para hacerlos hombres![20]
La postura de Bautista, otro aprendiz que se inicia en el comunismo, frente al proceder de Fidel se asemeja a la del joven Saldívar: “Bautista se estremeció. Horrible. […] No sólo el delirio de persecución organizado como un sistema consciente y como una norma, sino la más infinita soledad del alma como régimen único de convivencia. Con el poder en sus manos, Fidel sería una pesadilla inenarrable”.[21] Como si de sombras se tratara, Bautista y Rosendo son los ecos de la disputa entre Gregorio y Fidel. Durante esa misma madrugada original en que Gregorio está en el río con los pescadores y Fidel atiende a la lectura de la carta y al sufrimiento silencioso de Julia, ellos pegan carteles del partido en la zona obrera de la ciudad.
La crítica a los manejos del partido se construye a través de un coro de voces que problematizan la mirada sobre las acciones de los simpatizantes. La destreza literaria de Revueltas es visible en el manejo de las visiones que configuran el discurso. Los monólogos y los discursos presentes en el relato aparecen intervenidos o modulados por una voz narrativa que puede meterse dentro de los personajes y hablar como hablarían ellos. Así ocurre en el siguiente fragmento de la novela: “No importaba. Sería un triunfo, pensó Gregorio, que el sufrimiento y el dolor hicieran de Fidel nuevamente un hombre verdadero, no esa horrible máquina de creer, esa horrible máquina sin dudas”.[22]De esta manera, tenemos acceso a la mente del personaje y sabemos cuáles son sus inquietudes y pensamientos, su forma de ver el mundo: Gregorio prefiere la verdad dialéctica, la verdad cambiante y cuestionable, no la creencia ciega y estática.
La discusión sobre los modos de hacer la revolución comunista fluyen en dos ríos principales con caminos paralelos: las vidas de Gregorio y Fidel. Por un lado, la actitud de Fidel frente a la muerte de Bandera se presenta, por momentos, como su mayor sacrificio en honor a “la causa”; por el otro, el destino final de Gregorio se decide asimismo por un sacrificio: su entrega carnal a la mujer que le salvó la vida cuando asesinó al hombre que planeaba matar a Gregorio. A pesar de estar consciente de las implicaciones nefastas de su unión con Epifania (contraer una enfermedad sexual), Gregorio se entrega a ella en un gesto de amor a lo humano: “Un acto de amor, de agradecimiento, de desesperación. Tal vez, sin embargo, algo muy próximo al suicidio también. Con ese contagio consciente y deliberado, Gregorio se limpiaba, hacía un sacrificio de su sexo, un acto afirmativo de renuncia, con el cual se reintegraba a su ser la noción de pureza, de aislamiento, de soledad esenciales”.[23] Gregorio sabe que Epifania actuó movida por el amor que sentía por él, hecho que lo seduce a realizar su renuncia, para alcanzar “la verdadera desesperanza, la verdadera soledad a que debe aspirar el hombre”.[24] Este desprendimiento, experimentado en carne propia, probaría que todos los hombres pueden realizar actos similares, “que harían del hombre el ser humano por excelencia, el ser más orgulloso, doloroso y desesperadamente consciente de su humanidad”.[25]
Sin embargo, los ríos paralelos cambian su cauce y desembocan en sendos mares: la unión entre Gregorio y Epifania se contrapone a la separación de Julia y Fidel. La comunión entre dos personas las impulsa a alcanzar una condición digna y humana; mientras que un acto opuesto fortalece la ideología impersonal y alejada de los otros del hombre solitario. Un factor decisivo para ambos movimientos es la palabra. En la relación de Fidel las palabras que- dan atoradas en la mente de la pareja; hay una racionalización exagerada de los sentimientos, que atraviesan por una dudosa red moral sin alcanzar jamás el espacio que las acercaría al otro:
El horrible callar […] sustraer al conocimiento y a la comprensión de los más próximos seres […] las ideas, las palabras, los estados de ánimo […] que, de expresarse con franqueza […] tal vez fueran, dichos con ánimo de perfección, la sustancia que nuevamente soldase ese hilo tan sutil e inconfesadamente roto que de súbito produjo entre dos corazones que aún se amaban el segundo anterior, un vacío desconocido e irrespirable, inverosímil hasta la locura y cargado de empecinada soledad.[26]
Para Revueltas escribir era un acto político y, en su sentido más profundo, un acto de amor: “Yo hablo del amor en el sentido más alto, más puro de la palabra: la redignificación del hombre, la desenajenación del propio ser humano, su reincorporación, su reapropiación, y eso no puede ser sino amor puro”.[27] Compartir la palabra nos hará libres, humanos, en ella está la semilla de transformación del hombre enajenado en el hombre consciente de su futilidad y su desolación, así como la posibilidad de entender lo que hay en ello de belleza y atrocidad.
Con su novela, el escritor mostró que la literatura habla desde la carne del hombre y hay entre éste y el mundo una relación dialéctica que se articula de acuerdo con una escala de valores. Las mismas manos que labran la tierra, o se deslizan entre las hebras del cabello al despertar, trabajan sobre el papel y toda actividad humana está permeada de lo íntimo y lo cotidiano. Revueltas lo sabía y en su producción escrita hay un faro que siempre alumbra el camino: el trabajo por la libertad del hombre.
Una literatura sin lectores públicos, sin voces que le respondan, dejaría de ser un acto artístico, en tanto que abandonaría el terreno de lo social. He ahí la responsabilidad de la crítica: servir de altavoz a la recepción de la obra. Continúa siendo dudoso si las opiniones de Ramírez, Rodríguez y Neruda siguen pisando el suelo de lo literario, es cuestionable el hecho de que juzguen Los días… porque no encajó con sus ideas de lo que debería defender el arte y no por la coherencia interna de la obra o por sus logros estilísticos. Aun así no es posible ignorar que los juicios basados en la búsqueda de una consonancia entre las ideas políticas del Partido y la narrativa de Revueltas, antiguo miembro, nombran un reclamo por la responsabilidad vital del arte. Sin embargo, aunque esa exigencia sea entendible y acaso necesaria, la lectura estaba afectada por el credo en el realismo socialista que había sido proclamado como estética partidaria, a tal grado, que quien saliera del dogma artístico era por consecuencia un traidor.
El trabajo literario tiene sentido en el momento en que comienza a circular, cuando participa en el campo de lo social y de lo político. Revueltas era consciente de ello y la polémica en torno a Los días terrenales significó la confirmación de su creencia en que la libertad será alcanzada por el hombre sólo en el proceso mismo de cuestionar y criticar las fibras más íntimas de su ser.
[1] Para la escritura de este ensayo, consulté la edición de 1996: José Revueltas, Los días terrenales, edición crítica coordinada por Evodio Escalante, segunda edición, Colección Archivos, 15. Madrid / París / México / Buenos Aires / São Paulo / Río de Janeiro / Lima, ALLCA XX, 1996.
[2] Enrique Ramírez y Ramírez, “Sobre una literatura de extravío”, en Los días terrenales, op. cit., p. 381.
[3] Juan Almagre, “El arte en México”, en Los días terrenales, op. cit., p. 384. 4 Salvador Novo, “Diario”, en Los días terrenales, op. cit., p. 363.
[4] Salvador Novo, “Diario”, en Los días terrenales, op. cit., p. 363.
[5] Alí Chumacero, “Los días terrenales de José Revueltas”, en Los días terrenales, op. cit., p. 364.
[6] Pablo Neruda citado en “Cuestionamientos e intenciones”, Obras completas, volumen 19, México, Ediciones Era, 1978, pp. 330-331, queaparece referido por Marco Antonio Campos en “Los días terrenales y elescándalo de las izquierdas”, Literatura: teoría, historia, crítica, Bogotá,Universidad Nacional de Colombia, núm. 6, 2004, pp. 82-83.
[7]“Resonancias literarias y tesis intelectuales nerudianas se espuman en toda la obra, pero es sobre todo el título, análogo al de Residenciaen la tierra, el que resulta sintomático de esa similitud de intereses en el punto de partida”, apunta Marta Portal en “Destino terrenal y redención de la existencia por el discurso. Una lectura mítica de Los días terrenales”, en Los días terrenales, op. cit., p. 294.
[8] José Revueltas, “Carta abierta de José Revueltas”, en Los días terrenales, op. cit., p. 384.
[9] José Revueltas, “El escritor José Revueltas hace importante aclaración”, en Los días terrenales, op. cit., p. 389.
[10] José Revueltas, “El escritor José Revueltas hace importante aclaración”, en Los días terrenales, op. cit., p. 389.
[11] José Revueltas, “Autocrítica de Los días terrenales”, en Los días terrenales, op. cit., pp. 415-416.
[12] José Revueltas, Los días terrenales, op. cit., p. 31.
[27] José Revueltas en entrevista hecha por Margarita García Flores, “La libertad como conocimiento y transformación”, en Conversaciones con José Revueltas; compilación, prólogo, notas e índice de Andrea Revueltas y Philippe Cheron, México, Era, 2001, p. 71.
Próximamente el librerías Educal.
Frontera, fotografía tomada del Flickr de José María Pérez Nuñez.
Si lo que dice François Hartog en Memoria de Ulises es verdad, la Odisea exhibe una antropología imaginaria, sustentada en la geografía. Su mundo era un disco plano, habitado por seres cuyas formas sociales y culturales estaban determinadas por la ubicación en el espacio físico: en el centro, en el límite o más allá de las fronteras. Se podría pensar que el centro de ese mundo (cosmos) era el monte Olimpo, punto fijo e inmóvil desde donde se vigilaba, castigaba o premiaba a los hombres. De él provenían ciertas normas, las medidas del vino, la proporción en el arte, el mercado de precios, la ingesta de pan, la hospitalidad, la justicia. El Olimpo simbolizaba la civilización, código distintivo de los actos humanos. Así, es posible imaginar a este centro como una especie de antena parabólica gigante que irradiaba normas, funcionando bajo una premisa básica: a mayor cercanía, mayor grado de civilización. Pero, como ocurre con nuestros dispositivos electrónicos actuales, ese Olimpo no gozaba de omnipotencia, ni todo el mundo era su territorio. Había sitios donde su señal era muy débil o, sencillamente, no llegaba.
Dos: fundar desde la frontera
Los lugares alejados del influjo central, de la civilización, estaban habitados por lotófagos, caníbales, bebedores de vino puro, mujeres cazadoras, brujas que transformaban en animales a los hombres. Eran sitios de lenguas incomprensibles, desprovistos de comercio y hospitalidad; lugares de magia y portentos divinos (incluso, puertas del infierno). En suma, lugares no griegos, inhumanos. Ahí están Circe, las arpías y sirenas. Polifemo y los cicones, entre otros. Aunque no son exclusivas ni provienen de Homero, estas ideas del desplazamiento entre el centro y la frontera, con todo y sus formas diversas de vida (juzgadas siempre bajo los códigos y normas del peregrino), son básicas para los mitos de fundación y la literatura de viajes.
En “Cokboy”, poema sobre el mito del trickster, Jerome Rothenberg (Nueva York, 1931) nos invita a colocarnos justamente en la otra barrera, la de los personajes fronterizos, los locos, los salvajes. “Cokboy” trata, en resumen, de un Baal Shem (un judío obrador de milagros) que llega a territorios insólitos. Más exactamente, dominios del indio. A diferencia de los grandes fundadores o héroes viajeros de la cultura grecolatina, Cokboy no busca la conquista. No es Jasón, tampoco Eneas, quien regresó para cargar a su padre en hombros mientras ardía Troya, ni da leyes como Licurgo.
Cokboy, provisto sólo de un sombrero, una gran barba y su pene, llega para transgredir e invertir los valores establecidos; para fundar, desde la frontera, un nuevo rito enraizado en la locura y la confusión. Al igual que Dionisos, Cokboy, ser milagroso cuyos ritos y pases asemejan a los de brujas y magos, proviene de lugares alejados del centro. Incluso, al narrar su arribo en una lengua extraña, se parece más al dios de las Bacantes (vv. 13-17), de Eurípides:
dejando atrás los campos auríferos de los lidios y los frigios,
las planicies de los persas asaeteadas por el sol y los muros bactrianos,
pasando por la tierra de crudo invierno de los medos y por la Arabia
feliz,
y por toda la zona del Asia (…)
he llegado en primer lugar a esta ciudad de los griegos (…)
… aunque más cómico y absurdo:
Kon el kulo korolado arrivi
un djudio entre
indios (…)
Tres: dos lenguas, un mito
Originalmente, el Cokboy de Rothenberg es la imagen de un judío ortodoxo asquenazí, europeo del este, que habita en las fronteras de un espacio entre Alemania y Letonia. Forma parte de un grupo humano que comenzó a migrar a los Estados Unidos y a Argentina en el siglo XIX. Carga con palabras propias en yiddish (lengua indogermánica): pripitchok es cocina; shmuck, estúpido; su sombrero, shtreimel.
En cambio, el Cokboy de esta versión habla ladino, lengua de los judíos que habitaron la península ibérica, de donde fueron expulsados en 1492, cuando un imperio, un nuevo centro, fijó sus confines. Los sefarditas se refugiaron en lugares tan distantes como los Países Bajos, el norte de África del Norte, Turquía, o en el continente americano, huyendo de la persecución.
Ambas lenguas fronterizas expresan su extrañeza al llegar a un nuevo continente, “vot em I doink here?”, “ke fago aki?”, sin importar cuál sea su origen. En su ir y venir, en su vagar, Cokboy invertirá al mundo, creará un nuevo cosmos a partir de otras voces, otras visiones. Su historia del surgir comienza en la tierra de los nuevos desplazados: los pueblos indios.
Si en esta versión el uso del ladino no corresponde, en cantidad, a la presencia del yiddish en el poema, se debe a lo que el mismo Rothenberg (como traductor), anima: apoderarse del texto, transcrearlo. Al emplear el ladino, el mito del trickster —si es que eso es posible— amplía su espectro de acción. Así, Cokboy no sólo llegará (con sus nalgas heridas) a los Estados Unidos, sino también a México, a Brasil, a Perú, a toda América.
Cuatro: América (y agradecimiento)
Como podrá inferirse, en esta versión de “Cokboy” la palabra inglesa “America” fue traducida como “América”, todo nuestro continente. Dejo, como nota final, la postura de Jerome Rothenberg al respecto, enviada por correo electrónico (14/06/2014):
Un punto que quisiera aclarar es por qué prefiero, en el poema, usar América en vez de Norteamérica. América es el mundo icónico, presente en mi mente, que abarca todas sus regiones (norte y sur) y a donde se dirigían los inmigrantes cokboys, no importando si llegaron a Nueva York, Argentina e, incluso, a México. Y como [en la traducción] la lengua es el ladino, y no el yiddish, además del español (lengua con la cual, aparte del inglés, los cokboys/vergueros/vakeros/ ingresaron a los dominios indígenas), estoy a favor de mantener América.
Finalmente, quisiera agradecerle a Myriam Moscona la revisión del texto ladino.
Frontera, fotografía tomada del Flickr de José María Pérez Nuñez.
Kon el kulo korolado arriviun djudio entreindioske fago aki en este lugar estranyokon esta djente de ojos estranyospudia aver problemaspudia aver pudia aver(él dice) una sombrasurge de su alfalfacon un tomahawk en manola sombra de un hacha en su ojo diestrode una pluma fuente en el izquierdoke fago akikomo fue ke me pedri para yegar akiso sien ombresciento cincuenta distintas sombrasjudías y gentilesque traen la Ley a lo Inexplorado(él dice) este ombreso yo mi papui demas hombres-de-letrashombres con letras llevando el correojinetes lituanos del pony-exprésenloquecido por dinero Búfalo Billaún cabalga al frentehoras antes de vengar la muerte de Custerhaciendo el primer filme en 3-D de aquellas guerraso años antes de ellasnúmeros desapareciendo en el tiempo cabalísticoque reúne a los hombresy el jinete solitariocon el culo coloradosoy yo mi abueloy demás hombres-de-letrasjudíos y gentiles que entrana dominios del indioque traen la Ley a lo Inexploradoen minas de oro y frágiles tiendascomercio de pieles agricultura intensivaboletas balas barberosque amenazan mi barba su cabellopero son condescendientesy harán a uno de los nuestros Senador de Arizonael campeón de su Leyque nos detesta a ambospero se viste como judío un día como indioal siguiente un azno kristianoke fago akipuede ser un lugar enlokesidokon todas sus letras a la roves(él dice) quién puede leer los letrerosque llevan al desiertoquién puede hallar su escape de los bosquesde la arroyada las abuelasvivían cercacon serpientes en sus panochasdientes quizásquizás motosierrascuando el Baal Shem visitó Américausaba un sombrero shtreimellos lugareños pensaron que era un vaquerotal vez de México“¿un cokboy?”no un cowboyseré más que un orgullo para mi comunidad y razabuscaré a mi hermano Esaú entre estos pieles rojasy en sus fuegos nocturnales compartiréla meada tensa de mi verga sagradaque portará la semilla de Adonaiy los nutrirá de visionesllenaré toda una concha de almejay pasará de boca en bocaveremos el surgir de la lunaa través de nuestros ojosdistancias que desaparecen en el tiempo cabalístico(él dice) desde el acantiladoel viejo mira una ciudadpor luz vencidael hombre y la ciudad desaparecenmas observa y ve otra ciudadhecha de cristaldentro de los edificios se alzanestatuas inmóvilesrostros morenosatrapan la luzun elevadoryendo arriba y abajoen la visión del nele de los Cunala visión de mi abuelovisión del Baal Shem en Américalos esclavos en el entrepuentequé visión común tienena causa de qué luz sus ojosdaban de frente a las estrellasno podría saberqué hacía yo aquítodas las letras de este sitio estánal revés un reverso en el tiempohacia lo inexploradoel viejo hebreo tira de su gabardinaseparado de élsu espíritu remontó hasta una laderay se encontró con un águilano un agilacapitanes comandantes preziadas locos deliciososasesinos abriendo el continente para explotarlocesar i esvachearse (él dice)avlemos (él dice)ai guesmo de umiko aki abasho (él dice)(nunca enfrenta el espejo sin llorar)y el agila lo levantacomo un elevadora un sitio sobre el amanecerahí le entrega una canciónla Canción del Baal Shemque se ha cantado sin palabras por siglos“hey heya heya” pero traduce“yuh-buh-buh-buh-buh-buh-bum”cuando el Baal Shem (yuh-buh) aprenda a hacer un fardo¿qué pondrá el Baal Shem (buh-buh) dentro del fardo?la seda de la bolsa del taled abajoel forro de piel de castor encimael aroma del fruto del esrog adentroel cuerno de una cabra montañesa en mediolas plumas de un pichón a los ladosun diente de ajo polaco en el corazónlleva en sus viajesviajes por bosques cabalísticoscon la caballería zarista flanqueándolobigotones de ojos cetrinos y sablesque acechan de nocheal alma noble por las estepas de Wyoming(él dice) ke fago akino puedo topar mi chapeyopudia bushkar el yano kon piezes i manoshasta que tras una roca en Codyun indio anciano exponelas profecías de ambos juntas en este lugarcomo el humo se sostiene una pipaentre los dos por sus labios goteael intenso tabaco“¿cowboy?”cokboy (dice el Baal Shem)pone una nuez en su paño y la truenaen una peña ambos comenel indio saca un mazo de cartasy las baraja“¿juega?”y juegan a lobos y corderoscrepita el fuego en la pripitchoken una gran carpa en algún lugar de Américala historia del surgir comienza
Segunda parte
viene un vientomarrón girando desdelos tejidos tensos esfínterabierto sobre la divisoriacontinental disparando genteplop plop una muchachita emergede tetas de castor nariz afelpadaojos del Sabbathde Piel Rojabaja el corredor a tientas(diz) hola doitor¿me echa una mano?el doctor diz ta’ bien—sí doitory le alza la marañay le sacaun bebé que aúllabajo las lámparas un pequeño Moisésahora ríe la hija del Cacique—oh doitor no-o tan duroAmérica nace tan durolo sueña tan duro el Baal Shem200 años más tardeen Vítebsk(se carteaba con William Blakeapareciendo en Peckham Rye—sí ¡totalmente vestido!—y fue su ángel)ángel dice su madresonriendo orgullosay mira su piecitoabriéndose pasopor su ingle una comezónle sube hasta las costillasAmérica naceel Baal Shem es un castor(sucedió mientras el indio hablabay cantaba tras Codyel judío loco resbaló a la vidatras pasar la rosada espuma de nieve de los canalesde su cuerporaros pasadizossin luz sin amorcomo las encías de una ancianacuyos dientes fueron arrancadosaños antes) enun mundo distintose precipitay despierta de nuevo en la ciénega femeninaun castor entre los juncos—¡mama!— clama el Baal Shem—¡mamika!ke fago akime torni en mi barva(él dice) el ciego mundo brilla para élel agua corre por su bocavientre abajo es oscurauna oscuridad (la felpa es oscuray esconde la carne y la sangreuna felpa universalque sólo un hoyodeja abierto para que la oscuridaddel cuerpo empujehacia la luz)hace erupcióncomo una gran verga de los seres primigeniosroja y suave como el cobredel rojizo ojo solar de nocheel viejo Castor la arrastra en manoyo so yo mezmo mi papu(él canta) mi nombre es Cokboy—COKBOY, ¿entendesh?dejo a mi abuela en la ciénega femeninaseré El Gran Redentor algún día yuh-buh-bumtal vez halle un tarro de miel tal vez ahí meta mi pito tal vez hormiguee mi pito tal vezno cosquillee las abejas lo saben y me pican el glande que crece un segundo una docenamás o menos de glandes a lo largo son 30 glandescuál es el chiste me pregunto tal vez lo intente de nuevo lo arrastro rojo e inflamadodetrás mío qué vulnerable soy en este clima cálido cagando y pedorreándomedisparando canicas mi boca estaba abierta y viniéndose en ellacaga el mirlo oh no tan pronto amor mío adentro del sombrero mis ojos se tornanblanquecinos los lirios crecen de ellos un nacimiento eslavo no puedo negarlo tan tiernoa mis ojos tiernos los mojones nativos que van flotandoy por toda América en un arranque inútil grito contra el sol tú no eres más mi padreluna tú no eres más mi madre te abandoné me largué satisfecho con la verga colgandosobre mis hombros éste es el viaje que harán tus jóvenes(dice Castor) llega a la choza donde vive aquella anciana un delantal sobre su vientreun carpín en el horno tal vez pan frito grasa grasa madrecita no te importa si dejo caeruna piedra en tu cerebro tus hijas volverán pronto sabrosas muchachitas que montohaciéndome pasar por ti les chupo las orejas y grito oh ponme más abajo amor oh miverga adentroy debo enfriarlala enfríoen las aguasdonde una princesahija de un jefe indiose metió a bañarla verga letal e inocentehalló su rastro(su tren llegó a TopekaCuster ha muerto)y entra a los aposentos del noviola oscuridad de su piel ella está preparadapor la luna nuevaen su abdomen una tajadacreceun dólar de plata encima de Barstowalumbrando El Matrimonio de Américaen el tiempo cabalístico(dice Cokboy) sos la fija de la montanyaagora te yevaré a la tribu del padre mioa baylar el bayle de la kulevraoh piezes djudios de El enlokesiendoen su menteoÉloHimen mi morral llevofotografías sucias concesiones de tierras(mas luego al volver su gentele dispararácómo se sentiríanal ver a su hija en brazos deCokboy—¿C-O-C-K, entendesh?—)ya sos la novia del padre míoestán casados con (ugh) el dios cristianopara siempreadío adío a korrer agoraque mos asperan lavoros en Salt Lakela industria surge en todos ladosflechas golpean el concretonunca feriré la karne de mi kuliko(dice Cokboy) a kavayorío arriba emprende su caminopasando los campos minados donde los polacos criban el oroy otros productos puros de Américaoh exploradores oh anglosajonesdumplings con cara de bebé que pacificaron el oestecon ametralladoras con recompensas por pellejos de niñosvulvas maternas hechas bolas de béisbol para su lujuriaoh portadores de la civilización héroes héroespeleando me abriré paso a través de ustedes guardianes de la sagrada orillaúltima frontera aldea de mis sueñosa tiros tiranías(él grita) que han escapado de la leyo que trajeron con élkomo me pedri para yegar akime quedé sin suerteencima de una montaña y lejosde la entrada verdadera al verdadero paraíso occidentalcomo Moisés en las Rocallosas mirando California fantasmal en la luz hebreade los cuernos sobre mi cabeza grandes carreteras anaranjadas de la menteAmérica un desastreAmérica un desastreAmérica un desastreAmérica un desastredonde puede mirar el caer del solen el desiertoCokboy duerme (preguntan)espierto (grita Cokboy)sólo su barba lo ha abandonadocomo la suya la de su abuelofantasma de Ishi esperaba en la cimaparecía un judíopero en silencioguardaba silencio en Américacreo que no tengo nada más que decir
Jean-François Lyotard, en su ensayo “Acinema”, propone analizar una película a partir de términos económicos: cada parte tiene un valor de cambio y su sentido proviene del comercio con otros momentos que, a su vez, tendrán valor de cambio, y se traducirán en otros elementos, etcétera.
Es una especie de “economía narrativa”, donde sólo los extremos de una historia escaparían al ciclo del intercambio (al ciclo del capital, según Lyotard): el inicio es un prevalor, lo que abre la posibilidad de éste; el final es un ultravalor, por lo que todo se intercambia y, por tanto, ya no se transforma en otra cosa.
Una de las características del valor es que se disuelve en el consumo (piénsese en la comida); de la misma manera, en la economía narrativa, las partes desaparecen. Al ser el cine un arte que se inscribe en el tiempo, la fugacidad de las escenas es evidente: una escena da pie a otra sólo con la condición de que deje de estar en pantalla.
Una buena economía narrativa es aquella en la que sus valores de uso tienen una equivalencia entre ellos. El sustantivo es, entonces, la necesidad. ¿Qué escena es necesaria para comprender la siguiente?
Para Lyotard dirigir una película es crear un esquema de selección: qué elementos tienen un valor intercambiable entre ellos, cuáles pueden circular sin que haya un exceso ni una deficiencia. Una buena historia es aquella circular, que contiene a la unidad.
A partir de esta unidad se crea un sentido de organización y un juicio de exclusión: que si incluye este encuadre, o que si aquel. Es, al mismo tiempo, una economía del espectador: qué vale la pena ver, no en el sentido de gusto sino de posibilidad de comprensión sobre lo que observa.
El cine suma momentos inevitables, intercambiables dentro de la película pero no externamente. El final, ultravalor, responde con una pregunta: ¿todo fue necesario para llegar al punto culminante?, ¿sobran o faltan elementos para llegar al valor absoluto del desenlace? La respuesta dará el criterio para evaluar si tenemos una economía saludable o una con fugas.
Sin embargo, para Lyotard, el cine, al ser arte, no puede quedarse en la inversión perfecta.
Adorno había establecido que los fuegos artificiales son el paradigma del fenómeno artísico: un montón de fuerzas libidinales (para hablar desde el psicoanálisis) que resultan nada más en la explosión de éstas. Lyotard propone que, lejos del cine comercial, las películas experimentales se acercan más a la pirotecnia que a la economía. Él lo denomina el “acine”.
El acine tiene dos polos de exceso: la inmovilización y la movilización.
El primero habla de la tendencia de lo representado (lo que se filma) a permanecer. Si existe un montaje donde la secuencia no responde a una economía saludable, las unidades mínimas pugnan por su estancia total: las imágenes, al no tener conexión de necesidad con las que les antecedieron y precedieron, reclaman la presencia que hace cortocircuito: total inmanencia. Una película así sería imposible. Tal vez la pintura (que es una sola cosa dada en el tiempo, y muchas en el espacio) se acercaría a esta inmovilidad.
El segundo, la movilización, habla del soporte: más allá de las imágenes individuales, lo que importa es el medio, es decir, el cine como abstracción. Aquí lo importante es que la cinematografía se mueva más allá de lo representado. No existe la necesidad en lo que se graba (no hay nada que esté por razones económicas), pues lo que importa es que el aparato fílmico se exprese sin concretitudes. El encuadre, el zoom, el montaje, la iluminación, todo está al servicio no de una imagen (una representatividad) sino del medio. La película ideal, según este extremo, enunciaría una cámara que sólo proyecta, sin contenido en pantalla, una pura luz.
Ambos polos son imposibles, exigen del cine una desarticulación de lo que es (representación en el tiempo, por un lado, y representación de algo, por el otro). Sin embargo, Lyotard sostiene que estos extremos permiten al cine salir de las coordenadas del valor, del consumo y del producto.
La serie Preludes (1995-1996)y Mothlight (1963), de Stan Brakhage (uno de los cineastas experimentales estadounidenses que compartió palestra con Deren y Anger), ejemplifican la imposibilidad y presencia de los polos.
En Preludes, se asiste a una especie de pintura temporal. Brakhage incidía físicamente en la cinta (la pintaba, la rayaba, le pegaba objetos) y después proyectada los resultados. Así, durante minutos, se ven pasar rayones y manchas de pintura sin una solución de continuidad. Si se adelanta la película algunos momentos, no se nota el corte. Sin embargo, hay una sensación de fraude al hacer esto, como si perderse una sola de las imágenes fuera faltar a la película.
Esta serie es la inmovilidad extrema de cada imagen. Uno no puede sino pensar en que todo lo que se muestra en Preludes tiene poca importancia y, por eso, los momentos se vuelven igual de imprescindibles: al hacer un juicio de equivalencia en una película sin picos narrativos o estéticos, la visión se obliga a darle eminencia a cada detalle, a cada rayón de Brakhage.
Mothlight es más amable: al menos hay reconocimiento de la imagen. Brakhage construyó esta película al pegar sobre la cinta alas de mariposas, moscas y polillas. Lo que se ve en Mothlight son órganos que, casi indistinguibles, duran en escena dos o tres segundos. También, como en Preludes, la necesidad se vuelve una totalidad aplastante: cada ala quiere permanecer con tanta fuerza que ninguna es más importante que la otra y, lo peor, ninguna muda en otra, todas permanecen y, al mismo tiempo, ninguna.
El polo de la movilización-abstracción que señala Lyotard es el radical de lo representado. En dos momentos, Brakhage se acerca a este extremo: en Black Ice (1994)y The World Shadow (1972).
En ambas películas, el cine como medio, su capacidad de movimiento en abstracto, es el objetivo. Mientras que Black Ice está más allá de la figuración, The World Shadow experimenta con el formato de la representación: investiga sobre enfoques, sobreexposiciones y distintos tipos de cinta sobre un plano estable de árboles en el bosque. El paisaje es la excusa para pesquisar sobre las soluciones visuales. Lo que se mueve hasta el paroxismo en The world shadow es la cámara y sus posibilidades.
En Black Ice, la meta no son los caminos de una máquina, sino su proyección. Por medio de intervenciones en un laboratorio, los planos de este cortometraje se intercambian: el plano más alejado se acerca constantemente (un tipo de visionado en tercera dimensión), mientras que el más cercano cambia sin cesar. Black Ice, a diferencia de The World Shadow, huye de la figuración como de la peste. Aquí ya no hay formas observables sino movimiento puro, cine en su más desnuda expresión.
Tal vez el cine que propone Lyotard no es el cine que realizó Brakhage. Tal vez la búsqueda de ambos es imposible. Sin embargo, y como bien recuerda el teórico francés, los polos sirven para escapar de la cárcel de la narrativa económica o, al menos, deja ver a través de los barrotes.
En sentido estricto, todo lo que se considera “bueno” o “bien logrado” en estética, es una convención social que se solidificó como propedéutica. Brakhage y Lyotard buscan darle la vuelta pagando el precio que tiene rozar en los límites: ya no hacer cine o perder el tiempo (del creador y del espectador).
Títeres de Mireya Cueto, fotografía de María Teresa Adalid.
El viernes 7 de noviembre fue inaugurada la emisión número 34 de la Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil en el Centro Nacional de las Artes (CENART). Este evento de suma importancia se caracteriza por proporcionar a los futuros, pequeños y jóvenes lectores una amplia gama de libros.
Como ya es sabido, además de las presentaciones, pláticas con autores, talleres, conciertos y promoción de nuevos títulos, la feria programa una variedad de actividades teatrales que además de poseer una calidad artística notable tienen como objetivo fomentar en los niños el aprecio de las artes escénicas.
En esta ocasión el público asistente podrá ver propuestas donde el teatro de títeres es preponderante.
Lágrimas de agua dulce del dramaturgo merecedor del premio Juan Ruiz de Alarcón 2013, Jaime Chabaud, es un texto que cuenta la historia de Sofi, una niña que vive en un pueblo con problemas de sequía, y la cual es capaz de llorar lágrimas dulces para proveer de agua a su gente.
El montaje se lleva a cabo con títeres de guante manejados por la talentosa Ana Zavala.
Tati de cabeza es una obra unipersonal, es decir, en ella sólo hay una persona que dirige, escribe y actúa, pertenece a la compañía Tlacuache Títeres y es una propuesta escénica por demás interesante y divertida para los niños. Además, en años anteriores ya formó parte del prestigiado festival de títeres Mireya Cueto.
Arianna Escárzega, dramaturga, actriz y titiritera, hace uso de títeres de mesa, de animación directa y de un teatrito con forma de ropero donde Tati aprenderá a convivir con su nuevo hermano, un bebé que parece sólo “dar lata”.
En las áreas verdes del CENART se representa Benito y Waratu, obra realizada por medio de teatro guiñol y que fusiona dos cuentos tradicionales, uno japonés llamado “El hilo de la araña” y otro maya titulado “La mujer que se quitaba la cabeza”.
En el primero, encontramos a Buda ante el arrepentimiento de un pecador, a quien decide darle otra oportunidad lanzándole una telaraña para rescatarlo del infierno. Mientras que en el relato maya, Lupe ayuda a una lechuza herida, la cual, en agradecimiento, le concede dos dones con los que puede rescatar a su esposo.
Pájaro, texto de Fernando Reyes y Cristian David, también forma parte de esta emisión. Esta obra aborda la historia de dos jóvenes desencantados por no encontrar su misión ni su lugar en el mundo; ellos deciden fijar su mirada en el cielo e inventar una aparato a partir de observar el aleteo de una mosca, para con él buscar en las alturas lo que no encontraron en la Tierra.
Por último, la Feria del Libro Infantil y Juvenil cierra con Memorias de dos hijos caracol, obra que anteriormente fue seleccionada para ser montada en el XIX Ciclo del Programa Nacional de Teatro Escolar organizado por CONACULTA, el INBA, la Secretaria del Estado y CONARTE. Se calculó que en aquella ocasión alrededor de 40 mil estudiantes de primaria y secundaria vieron este texto con un costo de recuperación de tan sólo 5 pesos.
Memorias de dos hijos caracol es una creación de los dramaturgos Antonio Zuñiga y Conchi León, quienes nos narran la historia de Toto, procedente de Chihuahua —como el también actor Antonio Zuñiga—, y de Coco, nacida en Yucatán —de donde es originaria la directora de teatro Conchi León—, y de cómo ambos emprenden un viaje para encontrarse en el camino.
Todas estas funciones son de entrada libre y con un cupo limitado de aproximadamente 200 y 250 asistentes.
No desaprovechemos la oportunidad de pasar un buen rato familia viendo estas obras que ya se han presentado en diversos escenarios de la república y que ahora se encuentran todas junta en un sólo lugar.
Los horarios se pueden consultar en la página de la feria que, por cierto, termina el lunes 17 de noviembre.