Iconoclasta, mordaz, irreverente, impulsivo, genialmente indiscreto, así se plantaba Huberto Batis frente al salón de clases en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, a disparar a mansalva en todos los frentes. Batis siempre tenía algo que contar del mundillo literario, de todos sabía al menos una anécdota, de todos tenía alguna indiscreción, del único al que siempre se refería en buenos términos era de su entrañable amigo Juan García Ponce. Eso sucedía hace casi 15 años y ya para entonces Batis bromeaba con una enfermedad en la sangre que, según dijo desde la primera clase, le habían contagiado los perros de su esposa, de manera que un día iba a llorar sangre como una virgen y entonces sus alumnos tendrían que apresurarse a ponerle un altar, encenderle velas y pedirle milagros.
Tal ingenio deslumbró al tímido estudiante que era yo en aquel entonces y, desde luego, me sedujo. Una de las tantas discusiones que tuve con Carlos Monsiváis, mientras trabajé con él, fue cuando le dije que me había metido a las clases de Batis en la Facultad, entonces, llegaba a contarle lo divertidas que eran, lo que contaba de tal o cual escritor y de las mentadas que nos lanzaba a sus alumnos. “¿Vas a clases o al chisme de lavadero?”, me asestó Carlos una vez. “Con Batis se pueden hacer muy bien las dos cosas”, le respondí con mi insolencia juvenil y él, como solía hacer, masculló quién sabe qué. En verdad las clases de Batis eran una bacanal de ingenio, un ejercicio que te forzaba estar al tanto, a parar las antenas y tener agilidad mental pues podía preguntarte cualquier cosa o asestarte cualquier insulto que no pocos contestaban, con lo cual el salón se volvía un campo de tiro.
Por esos años Batis ya no dirigía el suplemento cultural Sábado de Unomásuno (creo que lo coordinaba Noé Cárdenas). Sin embargo, Batis lo dirigió desde 1984, cuando todos los que habían creado el Unomásuno se fueron a fundar La Jornada, hasta el año 2000, cuando lo dejó en manos de Mauricio Montiel Figueiras. Durante esos años, el periódico vendía más durante el día que se publicaba el suplemento, en parte por sus textos polémicos, sus pleitos entre colaboradores en el “Desolladero” y, sobre todo, por su “Diván”, en donde aparecían retratadas mujerones en poca ropa. Sábado era un heredero directo de los suplementos culturales que empezó a publicar Fernando Benítez, en los años cincuenta, primero México en la cultura en Novedades y luego La cultura en México en la revista Siempre! (¿Ahora qué suplemento cultural está a la altura? Sólo uno, me parece: Confabulario). Así lo detalla Batis en las columnas que publicó en el desaparecido suplemento cultural Frontal y que luego reunió en Memorias del sábado perdido (Ariadna, 2006).
Años después volví a un salón de clases con Batis, a su Taller de Revista donde la metodología era prácticamente la misma, aunque ahora se incluía su arsenal de revistas y periódicos que llevaba y sacaba del portafolio. Por ejemplo, en una sesión nos habló largamente de S.nob, la revista que hicieron Salvador Elizondo y Juan García Ponce, de la que sólo sacaron unos siete números en 1962 (existe una versión facsimilar publicada por Aldus en 2004). En su Taller de Revista entendí lo que Batis había hecho realmente en Sábado. Para empezar, habían pasado todos, absolutamente todos los escritores que reconocemos hoy en día, en sus páginas habían hecho sus “pininos”, Batis les había abierto las páginas de su suplemento, como el ágora más democrática: Luis Zapata y José Joaquín Blanco publicaron por entregas su divertidísima obra de teatro La generosidad de los extraños; Naief Yehya había tenido durante años una columna —¡Ave María purísima!— sobre pornografía; Enrique Serna y Rocío Barrionuevo sus respectivas columnas; Guillermo Fadanelli y Xavier Velasco sus crónicas nocturnas en los antros y tugurios de la ciudad, Gustavo García y Leonardo García Tsao sus críticas cinematográficas. Además, las geniales ilustraciones de Eko de la Garza y las infaltables chicas del “Diván”. Todos ellos al lado de Gurrola, Elizondo, Alcaraz, García Ponce y el propio Batis. Muchos de sus alumnos de la Facultad vieron publicados sus textos por primera vez gracias a que Batis les abrió las páginas del Sábado. Es así como Batis se convirtió en el maestro de todos nosotros.
El próximo 29 de diciembre Huberto Batis cumplirá 80 años bien vividos, y desde ya lo felicito en esta modesta columna. ¡Salud, maestro!
El viaje ha sido un tema recurrente en la literatura. En el caso de México, la emigración hacia las grandes ciudades (o a Estados Unidos) ha estado siempre en el centro de los argumentos, como solución a los problemas económicos o como promesa de una “vida mejor”. En Ciudademéxico, de José Manuel Cuéllar Moreno se recorre junto a su protagonista la travesía desde las playas de una idílica Tecolutla, con su vida simple y sus certezas, hasta las calles y los paisajes caóticos de la capital, no para encontrar una mejor calidad de vida, sino como metáfora de una búsqueda de sentido: la venganza del agravio, el encuentro con la identidad, el anonimato de sus habitantes y la rutina de un trabajo indeseable. Este viaje interior se va confundiendo con los caminos de otros personajes, con el destino, con el desapego; pues cada aventura puede llevar al encuentro con uno mismo, pero también a una pérdida irremediable.
UN ADELANTO:
Lunes, 28 de enero de 1991
No bien me bajé del camión y di mis primeros pasos tambaleantes por el asfalto —como si fuese otra vez una niña que está aprendiendo a caminar—, supe que nada de aquello era para mí. Ya una vez Lupita, hace años, me advirtió de las interminables pasarelas de piedra, las premuras, las caras largas y flojas como bizcochos crudos. ¿De qué extraña materia se componen estos hombres y estas mujeres? ¿Por qué no bailan (ni siquiera parece que tienen pies), no se cuentan chistes al oído, no se guiñan los ojos? Ya sólo me consuela el recuerdo de mi querida playa: las olas inquietas del golfo; la arena que con un movimiento secreto y escandalosamente sensual se eleva al aire, donde traza garabatos ininteligibles que yo he estado a punto de descifrar; los turistas, no dos ni tres, sino una hueste bien pertrechada con sombrillas y aceites perfumados, despanzurrada sobre lasrocas, imitando, sin saberlo, a las iguanas que reposan en los escollos, parientes lejanas pero parientes al fin y al cabo de los hombres. Entre bocado y bocado, Lupita me dijo que no fuera a la ciudad. “Nada se te ha perdido por allí”, agregó. “Tú estás bien en tu hamaca”. Y la verdad que sí: estuve bien en mi hamaca hasta que un viento salitroso vino rugiendo desde el fondo del mar. “¡Qué raro!”, pensé. El mar nunca antes me había rugido. ¿No sería hora de desapendejarme, utilizando otra de las expresiones de Lupita? Los rugidos continuados del mar, una oferta de trabajo en el periódico y otras señales favorecedoras me convencieron de que era, en efecto, el momento propicio para desapendejarme. De modo que me armé de valor y hablé por teléfono a Manuelito. No me contestó a la primera, lo cual no me alarmó pues su vida de abogado le deja poco o nada de tiempo para los asuntos personales. Cuando su voz por fin brotó del auricular, le comuniqué sin rodeos mi decisión de ir a la Ciudademéxico por una temporada larga o corta, todo dependía de mi capacidad de adaptación y el buen acomodo de los astros. Manuel, desde luego, refunfuñó; tachó mi idea de estúpida y a mí, de loca, ¿no recordaba yo las peripecias por las que había tenido que pasar nuestra hermana, o sea Lupita, en esa ciudad del demonio? “¿Y todo para qué?”, gritó. “Para terminar muerta”. Tocado este punto, y pese a mi intención inicial de sonar inmarcesible, me eché a llorar. Prometí a Manuel que le escribiría seguido. Me dolía mucho no poder contarle los motivos exactos de mi decisión; él no los entendería, existía incluso la posibilidad de que me entregara a las autoridades. “Pero quédate tranquilo”, le dije; aunque más que preocupado, Manuel parecía incómodo. “No se trata de un simple pálpito” mentí, “sino de un plan que he rumiado largamente desde mi hamaca”. Manuel puso como excusa la presencia de unos clientes para colgarme el teléfono. No tenía más remedio que aceptar que la loca de su hermana acometería una hazaña que a sus ojos lucía estúpida, y a los míos, obvia e impostergable. El segundo paso consistió en la preparación de las maletas: una con mis viejos libros de maestra y otra con mis prendas de vestir más indispensables, incluido el vestido rojo. Me tomó menos de media hora el proceso de selección y apretujamiento. Para la ejecución del tercer y último paso volví a acopiar todo el coraje que estaba a mi disposición: di una bocanada de aire y luego otra, exhalé y del cajón central de la vitrina saqué un papelito: Conquistador del Cielo número 20. Antes de abandonar la casa, metí en la maleta de los libros el cuchillo más filoso que encontré en la cocina. “Por si las dudas”, me dije. El asesinato con arma blanca no figura entre mis favoritos, tampoco es que haya alguna vez matado a alguien, pero sospecho que un asesinato menos sucio casa mejor con mi personalidad.
Víctima de un arrebato, magnífica y feroz, abordé uno de los tantos camiones que conducen a la Ciudademéxico. Una ligera fiebre, que a lo mejor era fruto de mis propias ansias de arribar, me acompañó durante el viaje. “¿Y si Lupita tenía razón?”, me asaltó el miedo. “¿Y si yo también termino muerta?”. Los pasajeros de pronto se desperezaron y con ágiles brincos descendieron del camión. Sólo entonces me di cuenta de que habíamos llegado. Afuera, una vendedora de dulces, cuya cara de bizcocho crudo no hizo más que aumentar mi miedo, daba la bienvenida.
No sé cómo le hice para escabullirme de la multitud, treparme a un taxi y dar con la dirección que llevaba anotada en el papelito. Calle Conquistador del Cielo número 20. Sí, cómo no, conquistar el cielo ni que ocho cuartos.
Agradecí al chofer con mi mejor tono, pero él sólo gruñó y pisó el acelerador con fuerza: aquél es el modo capitalino de decir “adiós, cuídese mucho”. Frente a mí se erguía un portón de aluminio, alto y descascarillado, como diciéndome que no había marcha atrás. ¿No había visto ese portón en sueños? Los indicios resultaban clarísimos: mi llamado a la ciudad respondía a una causa urgente, ineludible y en cualquier caso superior a mí.
La señora Linares me recibió al segundo timbrazo. “Adelante, mija”. El rostro endurecido de una anciana, confirmación viva de que los hombres y las iguanas somos parientes, y no tan lejanos, asomó por la hendedura de la puerta. Nos reconocimos a pesar de que nunca antes nos habíamos encontrado. No me hubiera esperado una reacción distinta. “Adelante, pasa”, dijo con una voz grave de astillero. La hendedura de la puerta se ensanchó hasta mostrar ya no sólo el rostro de la anciana, sino también su camisón raído y sus pantuflas. Al notar mi atención fija en ella, se avergonzó y pareció entumecerse más. “De haber sabido que vendrías hoy, me habría arreglado un poco”. Dicho esto, giró sobre sus talones y se internó en el patio.
La señora Linares es de un comportamiento estudiado y amable. Esa tarde me ofreció helado y café, me hizo recorrer las estancias de la casa y finalmente me condujo a mi habitación. La pátina polvorienta y gris de la vejez recubre un escritorio, una silla y un antiquísimo baúl que cuando está cerrado también sirve de asiento. Antes de retirarse, la señora cogió mis manos entre las suyas y les estampó un beso tiernísimo. “Acomódate, querida. Es lo menos que puedo hacer para pagar los favores que le debía a tu padre”. La frase me descolocó. Si realicé aquel viaje traqueteante de ocho horas desde Veracruz hasta la Ciudademéxico; si renuncié a mi trabajo de maestra para mendigar una oportunidad como secretaria en la —pinche— Ciudademéxico, fue sólo para cuidar de la señora Linares, o por lo menos ésa era la versión que me había empeñado en hacerle creer. No dejaba de resultar divertida la manera en que ahora revertía los papeles. “Es lo menos que puedo hacer”, había dicho, como si mi presencia fuese una molestia imprevista que ella aceptaba con abnegación. ¿Habría adivinado mi truculento plan de escabechármela? Concluí que no, que sus palabras, contradictorias hasta la ofensa, se habían debido a un rapto súbito de orgullo y pudor, muy frecuente entre los ancianos.
No había terminado de pensar esto cuando, de pie junto al escritorio, caí en la cuenta de mi pendejada. Soy una pendeja: pendeja la niña que reposaba en la hamaca; pendeja la maestra que plegó el periódico en dos (se busca secretaria), renunció a su puesto, subió a bordo del camión 14 y dio tres pasos por una acera larga, sucia y rasposa con la esperanza no sólo de resolver un pendiente (matar a la se- ñora Linares), sino con esa otra esperanza de no ser lo que es irremediablemente: ¡esa hazaña sí que es estúpida! Pendeja, mil veces pendeja por haber olvidado la maleta de los libros y el cuchillo en la central de camiones. Apacigüé mi odio a fuerza de bofetadas.
“¿Qué te pasó, mija?”, preguntó la señora Linares durante la cena. Sus ojitos —dos rescoldos en los que a menudo se distingue el vestigio de una llama— inspeccionaron mis mejillas. “¿Qué te pasó?”. Asintió a la tarugada que le contesté; luego comenzó a contarme con aire derrotista acerca de los anteriores propietarios de la casa. En su discurso resonaron expresiones como “la marrana vida”, “existir me da hueva” y “el vómito pestilente que me provoca el lento avance de los días”. Escuché dócilmente sus palabras, le respondí que sí, que la vida es una mugrosa vida, manchada toda de crímenes; que sí, que existir cansa, cómo no, si pasamos la mayor parte del tiempo limpiando las manchas de la mugrosa vida; que en efecto, los días y los meses se suceden en una torpe caravana.
Echo de menos a Manuel. A menudo me sorprendo a mí misma masticando su nombre, untándole baba hasta que queda blando, muy blando, y entonces lo escupo como un caramelo que ha perdido su sabor. Ayer confié al correo una de las tres cartas que le he escrito y que él todavía no me responde. En ella le cuento con profusión de detalles mi nueva vida en la Ciudademéxico; nueva y a la vez gastada, pues tengo la vaga sensación de que esta vida ya ha sido vivida hasta el hartazgo por muchas personas anteriores a mí. “La semilla gorda de los duraznos me recuerda a ti. No es que estés gordo, Manuel, es decir, no mucho, pero sí estás en el centro, por lo menos de mi cabeza, lo cual no significa que mi cabeza sea un durazno. Creo que me estoy haciendo bolas. Lo único que intento decir es que te extraño. Y mucho. Sobre todo cuando mi ventana abre su boca burlona para enseñarme un patio de concreto en vez del filo reluciente de la bahía”.
Las semanas posteriores a mi llegada transcurrieron con una velocidad insólita. Me presenté al trabajo un lunes brumoso y frío. Una fina capa de neblina desdibujaba las fachadas de los edificios y desacomodaba las facciones de los transeúntes. “Despacho de contadores Álvaro Gil & Asociados”, rezaba una marquesina justo encima de mi cabeza. ¿No había soñado también con esa marquesina? Quinto piso, gracias. Buenos días. ¿Me coloco aquí? Me llamo Mercedes. Claro que sí, señor, entendí todo: marco el cero para transferir una llamada, el uno para mantenerla en espera, el dos… De Veracruz, señor. Soy de Veracruz. Sí, muy bonito. Hasta luego.
La bienvenida no fue exactamente calurosa. Apenas puse un pie dentro de la oficina, me asignaron un escritorio y me entregaron una larga lista de llamadas que debía realizar. Me regañaron dos veces, las dos por levantarme al baño sin permiso. El dos es para devolver la llamada al vestíbulo, el tres para rechazar una llamada entrante. Sí, señor, estoy tomando nota. El cuatro, el cinco, el seis no hace nada. El seis es un simple seis. El siete, el ocho. A las ocho debo apersonarme en la oficina, a las ocho en punto. Nueve. A las nueve irrumpen el licenciado Álvaro Gil y el resto de los contadores. Las perchas para sus sacos deben estar listas y alineadas, la primera corresponde al licenciado Gil. Ese que viene por ahí es Álvaro, encabeza la cuadrilla de contadores con su corpulencia y su asombrosa capacidad para recitar de memoria cualquier ranchera. Atraviesa el pasillo sembrando el desconcierto, abarcándolo, silba el coro de alguna canción, y detrás de él levitan muchos sacos: son los asociados del “Despacho de contadores Álvaro Gil & Asociados”, lo leí en la marquesina. En total somos seis secretarias. (El seis no hace nada, el seis es un simple seis.) Cada una ocupa un escritorio en un recoveco distinto.
—Hola. Soy Ana María; tú eres la nueva, ¿verdad?
—Sí.
—Mi escritorio está detrás de esas mamparas. Si tienes alguna duda, puedes preguntarme.
—Sí.
—¿Te gustaría un durazno? Una vecina me los trajo del pueblo.
—Sí.
—Ella es de Michoacán. Yo en cambio nací aquí, en la Balbuena.
—Sí. Y mordí el durazno.
La señora Linares me llama al comedor con una especie de grito cascado, o peor aún, una especie de aullido, pues ahora que recapacito con más detenimiento me doy cuenta de que hay algo animal y perturbador en su trato amable. Pienso en la carta que escribí a Manuel y me arrepiento de ese último párrafo; me gustaría tacharlo o arrancarlo de la esquela, pero es imposible, el sobre ha de estar en una caja confundido con muchos otros sobres, muchas Meches y muchos Manueles y muchos “la-semilla-gorda-de-losduraznos-me-recuerda-a-ti…”. Cientos de Meches que han gastado con su ir y venir la superficie de una vida que sólo la primera Meche tuvo oportunidad de gozar en serio y de la cual todas somos imitadoras. “¡La cena está servida!”. Pienso en el cuchillo y en el pecho de la señora Linares y en el modo en que embonarían mejor mientras la atmósfera enrarecida de la ciudad fluye pesadamente y me ciñe con su espeso cinturón de olores y polvo.
Desde hace un par de años las obras en formato breve se han colocado en el gusto del público. De la misma forma, no es de extrañarse que el Teatro Milán1 abra sus puertas el próximo 17 de diciembre para un experimento a partir del microteatro y con una duración de 24 horas.
En punto de las 11:00 pm del martes 16, se reunirá todo el equipo del proyecto The 24 Hours Plays: México: 6 dramaturgos, 6 directores y 30 actores. Una vez que todos se hayan presentado, los únicos que permanecerán en el lugar serán los dramaturgos, quienes tendrán hasta las seis de la mañana para escribir una obra de teatro breve. El tema es libre, siempre y cuando tomen como inspiración a partir de un objeto llevado por los actores. También pueden pensar la obra para algún actor en particular, aunque esto no garantice que sea él quien la represente.
En punto de las 6:00 am, los directores escogerán la obra que quieren dirigir, pensarán trazos y propuestas escénicas, y a las 8:00 am llegarán los actores para descubrir en cuál obra participarán. Todas las puestas en escena tienen que estar listas para presentarse a las nueve de la noche.
El costo del boleto es de 500 pesos. El total recaudado servirá para apoyar y dar continuidad a las actividades de arte y cultura que la Fundación Rayuela realiza con jóvenes y niños en situación precaria en Morelos.
The 24 Hours Plays se presentó por primera vez en 1995 en el teatro LATEA, en Nueva York. Dos años más tarde, ya como marca registrada, empezaron a repartir concesiones de nombre, proceso y logotipo en diversas partes del mundo. Se han hecho representaciones en Londres, Chicago, Toronto, Dublín, Atenas y este año, por vez primera, en México.
Los artistas encargados de realizar The 24 Hours Plays: México son:
Los dramaturgos:
Alberto Lomnitz, Barbara Colio, Elisa Queijeiro, Joserra Zúñiga, Juan Rios Cantú y Reynolds Robledo.
Los directores:
Boris Schoemann, Carlos Corona, Claudia Ríos, Diego del Río, Haydée Boetto y Lorena Maza.
Los actores:
Alberto Estrella, Antón Araiza, Alejandro de la Madrid, Alfonso Borbolla, Alfonso Dosal, Carlos Aragón, Gustavo Egelhaaf, Hamlet Ramírez, Héctor Berzunza, Héctor Súarez Gomís, Miguel Conde, Pedro Hernández, Raúl Villegas, Ricardo Fastlicht, Roberto Cavazos, Ana González Bello, Ana Silvia Garza, Carmen Ramos, Cassandra Ciangherotti, Fernanda Castillo, Irene Azuela, Leticia Fabián, Mahalat Sánchez, Marina de Tavira, Mónica Dionne, Mónica Huarte, Pilar Ixquic Mata, Regina Blandón, Sara Pinet y Vicky Araico Casas.
No se pierdan este evento que resulta interesante no sólo por la dinámica creativa, sino por la particular combinación del equipo artístico. Para mayores informes, se puede consultar la página de Facebook del evento o a su twitter @24HourPlaysMex
Estoy aquí entre dos mundos, en realidad no tan distintos. California y Tijuana se distinguen sólo en ciertos barrios. La frontera se extiende como serpiente sobre los cerros y nos cercena. Unos pasos y se está del otro lado, y quizás así la vida cambie, pero no se puede saber, la gente piensa que del otro lado el trabajo abunda y la libertad es posible. Los acontecimientos en Ferguson y Nueva York, donde policías blancos mataron sin justificación (¿existe acaso una justificación para matar?) a un adolescente y un adulto afroamericanos, ambos desarmados, han dejado olas de protestas que se encienden cada vez con mayor frecuencia. Puntos de inflexión en un sistema visiblemente fragmentado. El racismo está aquí, ya sin pronunciarse, como el motor de pequeñas y grandes violencias. La comodidad del sofá y el monitor son sus cómplices.
El mundo va cambiando tan rápido que quienes escribimos no podemos sino cuestionarnos sobre la utilidad de las palabras y los objetos artísticos en momentos de crisis. Aunque quizá lo que llamamos crisis haya sido siempre una constante del devenir, paz embotellada y lista para consumir, que además nos vendieron al precio más alto: la guerra. En nombre de la paz se han cometido los peores errores. En México las protestas por la desaparición forzada y posible asesinato de 43 normalistas en Guerrero durante septiembre, los presos políticos que han dejado estas movilizaciones y los más de 20 mil muertos por violencia, aumentan conforme pasan los días. Mi padre no quería que me tocaran tiempos de guerra, desilusionado por las visibles contradicciones de la izquierda de sus años no puede sino mostrarse a favor del orden y la paz turbulenta. Me pregunto si después de todo tendrá razón y nos hemos equivocado terriblemente al pensar que podemos apostarle al espíritu humano después de las cosas que hemos visto. Como dice David Huerta en su poema Ayotzinapa, nos aventaron a las ciudades con el espíritu roto, sin palabras que nos guiaran, perdimos el camino y nos hicimos piedras. La Segunda Guerra Mundial lo cambió todo, y nos dieron una fórmula para evitar el horror. Sólo que tampoco funciona vivir adormecido. Se acerca la Navidad y las luces se adhieren al centro de Riverside, California. El amor me trajo aquí. El amor es quizá lo único que puede unirnos en tiempos de desesperación y crisis. Lo único por lo que realmente vale la pena vivir y aguantar las, a veces, atroces embestidas del destino. En downtown las luces no dejan ver que aquí también hay cuentas pendientes con una palabra sacada a empujones del vocabulario común pero llevada a la práctica hasta en los lugares menos pensados. El racismo se extiende colérico y se mimetiza en otras palabras no tan vedadas para el espíritu gringo.
Ante esto y los acontecimientos recientes en Ferguson y Nueva York, pequeños grupos de gente protestan y hacen evidente la falsedad de aquella letanía que supone una igualdad entre ciudadanos de este país. “Black lives matter”, gritan, pero aquí incluso hay neonazis. Por fortuna, en el centro, en una parte del sótano de un edificio cultural, se encuentra el Blood Orange Infoshop, “un colectivo de artistas y activistas que creen en la potencia transformadora de la cultura hazlo tú mismo y la intervención política radical”. Suena subversivo, y en realidad lo es, pero no se parece a ninguna actividad cultural y política que haya visto antes. En el Infoshop no existen jerarquías, líderes o voceros, nadie está por arriba ni por debajo de alguien más, para participar sólo se necesita asistir a las reuniones que realizan todos los domingos donde se proponen los eventos (talleres gratuitos, exhibiciones, conciertos, protestas, festivales) y se resuelven los problemas internos. El espacio es un sitio seguro y libre de lenguaje ofensivo, alcohol, drogas y violencia.
Recientemente dedicaron una exhibición a los 43 normalistas mexicanos desaparecidos, durante el Art walk, evento que se realiza una vez al mes en la ciudad y donde los museos y galerías abren durante la noche para atraer al público. En ella participaron artistas locales, y con ello demostraron que la indignación se extiende más allá de la frontera. La mayoría de los chicos que participan son hijos de inmigrantes de distintas nacionalidades con fuertes convicciones de igualdad y solidaridad que viven en un ambiente francamente hostil. Si le preguntas a un blanco si piensa que en su comunidad todavía existe el racismo lo negará rotundamente, probablemente hasta se ofenda, me dice uno de ellos. Pero como en México, las prácticas sociales suelen ser distintas a los discursos del establishment y la política. Riverside es conocida como la ciudad de las artes, a diferencia de otras ciudades en este país, tiene una mayor producción artística. Sin embargo, la idea que tienen de arte suele ser muy distinta a la que tenemos en México, sobre todo en Oaxaca. De este lado, hacer arte puede confundirse con hacer tu arte, es decir, considerarlo un pasatiempo, algo que se realiza después del trabajo y se le pone poco interés. En Oaxaca, puede que un artista no disfrute de muchas comodidades pero le dedica toda su vida —todo el tiempo que tiene— a crear. Hay una diferencia de apreciación elemental que se evidencia en los objetos terminados. Lo que se encuentra en los museos de aquí suelen ser piezas de decoración: paisajes, edificios emblemáticos de Riverside, lagos y rostros de niños. Sin embargo, las piezas exhibidas en el Infoshop además de belleza muestran un genuino interés por lo que sucede en México y hacen algo que incluso en Oaxaca es raro encontrar: comunican. En una exploración, hasta cierto punto, vacía del intelecto, el arte contemporáneo suele desdibujar ese puente elemental hacia el espectador y la realidad en la que vive. Los objetos artísticos nos hablan sobre las vicisitudes de este tiempo, las grietas y contradicciones donde nos aventaron los ideales rotos y el mercado. Su finalidad, me parece, radica en su mensaje, no como redentor de la humanidad o poseedor de alguna verdad sino como simple inflexión, punto de quiebre entre mundos. Los museos sólo sirven para resguardar las distintas versiones que hemos tenido de nosotros mismos. De base anarquista, el Infoshop mantiene un ambiente de cordialidad y apertura al diálogo que suele faltar en otro tipo de colectivos, donde no faltan competencias entre quién se preocupa más por el otro, quién es menos capitalista, quién es redentor de los oprimidos, etc. En cambio, si hay algo que se destaque de este espacio cultural, aparte de su interés por cambiar las cosas empezando por uno mismo, es la necesidad de establecer un diálogo constante con el mundo. Como en el arte, esa apertura da la clave para entender a dónde vamos como humanidad, o para dibujar las directrices de una nueva conciencia.
No basta con escuchar la música y sentirla. Hay momentos propicios para no sólo pensar en ella misma sino en todo lo que la rodea. Con los años, siempre suelo regresar a compararla con un enorme rascacielos —el edificio más alto que pueda imaginarse—. Tengo la certeza de que muchos ejecutivos involucrados en su construcción ponen su empeño en encumbrar a sus protegidos para que vayan subiendo de piso de residencia, en el entendido de que mientras más alto se habite más importante se es en el negocio. Estos hombres de cuello blanco y trajes a la moda diseñan estrategias para que sus representados den un salto de calidad y suban de nivel en el menor tiempo posible. A la postre, muchos de ellos tan sólo duran allí un breve periodo y después los desalojan de la edificación.
En ese sentido, tal parece que los instalados en los penthouses son los que menos nos interesan; son figuras absolutamente consagradas que viven de sus rentas y que ya no conservan el hambre de escalar. No se puede generalizar, pero la mayoría de estas estrellas ya están aburguesadas y se han acostumbrado al lujo y la comodidad. Seguro que muchos de nosotros caeríamos ante tal tentación. Con todo, lo más vibrante casi siempre está en los recién llegados, a quienes colocan en los primeros pisos, en esos departamentos pequeños e incómodos pero desde donde crean una música apasionante y esperanzadora. Con el tiempo irán ascendiendo y cada historia tomará un rumbo propio.
Lo interesante del grupo canadiense The Rural Alberta Advantage es que ellos tal vez no optarían por instalarse en algún sitio de tan demencial edificio. Probablemente rehusarían trabajar hasta de porteros, quizá apenas acepten esas edificaciones adyacentes donde habitan los trabajadores y jardineros. Desde sus inicios en 2005, y hasta hoy, los he considerando un prodigio. Llamarte The Rural Alberta Advantage todavía hace más difíciles las cosas. Con un apelativo como ese, los “genios” discográficos dirán que te alejas del marketing y de ser bienvenido en el rascacielos del rock and roll. Yo considero que hacen música maravillosa y que no les interesa demasiado la fama. Puedo estar equivocado, pero sus desplantes asisten mis apreciaciones.
Nils Edenloff, Amy Cole y Paul Banwatt hacen un indie rock de garaje lleno de vida, guitarras afiladas y una batería simple y sumamente imaginativa. Con muy poco logran levantar el vuelo. Hacen canciones sencillas, pero les sacan el máximo rédito —nos embisten como una manada de búfalos—. Por si fuera poco, hacen más retorcida su inserción en la escena internacional, pues varias de sus letras son de carácter religioso, algo que tal vez heredaron de The Neutral Milk Hotel, otra joya escondida de la historia del indie. Su tercer LP, Mended With Gold (2014) es el paso definitivo hacia una búsqueda de mayor intensidad y maneras rockeras —el folk de su pasado se deja a un lado—.
El ritmo al que se mueve el mundo nos hace creer que su debut es algo lejano, cuando apenas en 2009 aparecieron con Hometowns. La diferencia fundamental consiste en lo vitaminado de su actual sonido. Suenan mucho más poderosos sin que por ello pensemos que han abandonado el patio trasero para componer y concebir un sonido chatarrero y absolutamente contagioso.
En este disco no esperan para acometer con lo que saben. “45/33” arranca de menos a más y presenta a un vocalista poco o nada virtuoso cantando con total convicción y autenticidad. Buena guitarra acústica, un coro femenino y esa espléndida batería (en algún momento sueltan el anticipo de la onda religiosa). Le sigue “All We’ve Ever Known” a partir de la misma estructura pero con mayor velocidad. Para a continuación acudir a un folk parsimonioso en “The Build” que poco a poco se fortifica. Para dar esa sobredosis de stamina a lo que hacen, cuentan con el ingeniero Matt Lederman, acostumbrado a potenciar el sonido distorsionado o frenético de grupos como !!! y Besnard Lakes. De los estudios Candle Recording (Toronto) salieron temas que son pura fibra: “Our love” y “Terrified” —el sencillo de anticipo—. Canciones directas, instantáneas, chispeantes y llenas del estado de gracia que hasta ahora los distingue.
Porque esta historia tiene plan con maña; he dicho que son excéntricos, elusivos, que se negarían a la gran vida del enorme palacete del rock, pero otra cosa es que hayan pasado desapercibidos. No sólo la crítica especializada los trata bien sino que han sido nominados a premios delicatessen —como los Polaris y los Juno—. Quienes los han visto en vivo aclaman sus incendiarias actuaciones. Nada hay que añorar en su tercera entrega; ellos son fieles a sí mismos y así lo entendemos. Poco de desplantes soberbios y mucho de entrega y creencia en el oficio. Hay artistas que destacan por su sinceridad, así tengan que explicitar su fe religiosa. Más bien lo hacen con orgullo y nos hacen creer en esta comunión entre distorsión y misticismo. Amén.
Tengo que escribir una columna sobre cine. Decidí hacerla sobre Adaptation (Jonze, 2002) y Walter Benjamin.
No tengo idea de qué escribir.
Quería entender Adaptation a partir de la idea benjaminiana de no preguntar si el cine es arte, sino cuáles son las repercusiones de la invención del cine sobre el concepto de arte.
Es decir, la estética tradicional, basada en el reducto de valor ritual de la obra (su “autenticidad”, su presencia en un único lugar), es minada por la capacidad de reproducción técnica que ha alcanzado la sociedad contemporánea (tomar fotos, grabar audio o video).
Sucede que, si un arte ya no es grabado por un aparato sino que surge a partir de que es grabado, ya no es posible apelar al “original”. Se puede fotografiar el Filósofo meditando, de Rembrandt. No importa cuántas reproducciones se hagan, la pintura sigue siendo la pieza.
Filósofo meditando Rembrandt, 1631.
Cuando se graba una escena, el original no son los decorados, los actores, la música de fondo o los diálogos. El “original” sería la grabación, pero tampoco queda muy bien decir que lo es: más bien es la fuente de la cual se obtienen copias. Si se perdiera la grabación primera, pero tenemos copias, realmente no se habría perdido nada.
Lo anterior era repetir mis otras columnas. Así que decidí empezar “a la Charlie Kaufman” (guionista de Adaptation): al escribir mi imposibilidad de escribir, decir que no tengo idea de qué tengo que hacer.
Pero eso se sentía vanidoso. No es interesante leer que otro no puede escribir.
Adaptation engaña al espectador. La película propone una historia sin historia cuando en realidad hay tres: el romance entre una reportera (Susan Orlean) y un botánico (John Laroche), la relación del Charlie Kaufman-personaje y su hermano gemelo (Donald), y la odisea de un guionista (Kaufman-personaje) para lograr escribir.
Una y otra vez, Kaufman-personaje intenta diversos acercamientos a la adaptación que debe hacer de The Orchid Thief (1998), de Susan Orlean; una y otra vez fracasa en su objetivo: respetar el espíritu del libro. Kaufman-personaje quiere hacer una película sobre flores y termina descubriendo que su guión apenas tiene que ver con ellas.
Entonces, supe de qué iba a hacer la columna y sólo tenía que replantear la pregunta de Benjamin: ¿cómo afecta la adaptación cinematográfica al libro The Orchid Thief?
Adaptation Dir. Spike Jonze , 2002.
Tenía mi verdadero inicio: reconstruir el argumento del capítulo IX de La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica (1936) y, después, intentaría replantear la pregunta de Benjamin sobre la relación entre el cine y el arte anterior a él.
Pero surgió otro problema: la pregunta no era exacta. La lucha de Kaufman-personaje no se refería al “medio cinematográfico”, sino a regresar al libro (y a su autora) en una especie de venganza al valor de culto.
Kaufman se convence de que conocer a Susan Orlean le revelará el verdadero sentido de The Orchid Thief, como si el libro tuviera un vacío que le hizo creer al guionista que debía hacer una película sin conflicto, donde simplemente mostrara la belleza de las flores.
De nuevo, tenía el inicio: Adaptation apenas tiene que ver con la belleza de las flores. Donald, el gemelo de Kaufman-personaje, lo dice: “Las flores son una metáfora”, ¿pero de qué? Adaptation es una pregunta sobre la pasión por algo en la vida (un amante, un hermano, un arte) y de cómo uno de los personajes (Kaufman-personaje) redescubre la suya.
En un punto de Adaptation, Kaufman-personaje conoce a Robert Mckee: el gurú del guionismo hollywoodense. En una conversación de cantina, Kaufman-personaje intuye, a través de Mckee, lo que le falta a su película. Con la frase del gurú: “¿Por qué debo gastar dos horas de mi vida en una película que no trata de nada?”, Kaufman-personaje se da cuenta de que, entonces, lo principal es el espectador, a él tiene que apelar y no al “proceso creativo”, a la “inspiración” o al “talento”. En Adaptation, ya no importa el secreto que Orlean nunca ha confesado (un valor de culto, el valor de algo sólo porque existe: el romance entre la periodista y el botánico) sino un valor de exhibición (algo vale porque se cuenta: la historia del romance).
La película se convierte en un thriller de acción: Kaufman-personaje rastrea a Orlean y descubre que, junto con el botánico, ha logrado sintetizar una droga poderosísima a partir de una orquídea casi extinta. La periodista y el botánico deciden matar a Kaufman-personaje, pero su gemelo llega a rescatarlo. Donald muere durante la persecución y Laroche es devorado por un cocodrilo. Orlean queda destrozada por la muerte de su amante y de su carrera. Kaufman-personaje termina su guión al incluir una escena de acción donde la periodista y el botánico tratan de matar al escritor, etcétera. Uróboros cinematográfico.
Adaptation es el cambio de supremacía estética de algo irrepetible, único y que tiene valor porque existe (la relación entre dos) a algo repetible y totalmente reproducible: contar.
Así como lo principal de Adaptation termina siendo la posibilidad y los problemas de contar algo (y, por lo tanto, los problemas y posibilidades de volver a contar algo), así el cine, según Benjamin, pone el acento en la repetición: una película sucede sólo cuando se proyecta, no adentro de la lata. Si el DVD de India Song está autorizado por la Warner o se bajó un archivo de internet, la película de Duras sigue siendo la misma.
Lo importante es el medio y su actualización (la reproducción); lo importante en Adaptation es poder contar una historia para que se pueda repetir siempre que se vea Adaptation.
No tiene rostro. Su cuerpo lo conforman los trazos del carbón o la tinta de quien lo vaya dibujando. Antes, su silueta surgía muy lentamente y pocas veces la anatomía de su cuerpo entero se apoderaba del papel. Por tal razón describirle en su totalidad fue considerado una tarea titánica por grandes científicos de la grafía. Hoy día, con las escasas destrezas de deletreo, escritura y lectura que sobreviven, podemos constar que el ahorcado del juego de palabras cuenta con una línea vertical que funge como base o cuerpo, dos palitos en la parte inferior que cuelgan como piernas, dos en la parte superior como brazos y, por último, un círculo pequeño que le sirve de cabeza. A nadie nunca le ha importado dibujarle un cuello.