En esta novela Habacuc Antonio De Rosario urde la trama de la violencia generalizada, de la lucha por el poder y del narcotráfico en el norte de México. Los hilos de su historia, sin embargo, no se ocupan de los capos ni de los intereses más oscuros del conflicto de la droga: sus personajes lo viven desde lo cotidiano, el día a día donde hay que pagar por protección, donde el dinero aparentemente fácil de una vida criminal deslumbra, donde el azar puede ponerlos, en cualquier momento, en medio de la balacera. ¿Dónde refugiarse en una guerra sin trincheras? Este libro fue ganador del Premio Binacional de Novela Joven Frontera de Palabras/Border of Words 2014.
Un adelanto:
Uno
Ahorita ando recolectando mojoncitos. Creo que por un rato me voy a quedar en esto. Se supone que nos rolan; hay que pasar los cargamentos grandes por el bordo, a veces hay que recoger la mercancía de los proveedores, otras cobramos en los puntos de venta, y así, dependiendo de cómo ande el agua. Pero casi siempre me toca de este lado del río Bravo; si algo me dejó mi madre antes de morir fue la visa láser arreglada. Creo que esa fue una de mis cartas fuertes el día que me presenté ante el jefe, no tan recomendado como debería ante la mera paipa. Se sabe que si uno no llega bien parado a hablar con ese tipo de gente y dices una pendejada o ves pa’ donde no debes, ahí mismo te presentan a la flaca. Acá, en los States, está tranquilo el bisnes, aunque muy de vez en cuando también tenemos que saldar cuentas con los mafiosillos que nomás porque viven del otro lado ya se creen de la organización gringa.
La semana ha estado movidita porque llegó cargamento nuevo. Un putazo de toneladas que separamos en varias casas de seguridad. Me pareció que el jefe se excedió; seguro que otros también lo pensaron, pero nadie dijo nada, nomás nos quedamos mirando la montaña de bultos y moviendo la cabeza. Ya estamos acostumbrados a sus discursos, pujidos soltados con desgana; que si la demanda, que si la competencia, lo mismo de siempre. A veces, cuando anda de buen humor y tiene ganas de invitarnos a su pachanga personal, le cambia tantito, y nos suelta un choro en el que a veces sobresale la palabra venganza y otras recompensa. La neta tengo poco de conocerlo, pero ya lo admiro. Entré al jale hace más o menos veinte meses y la ley aquí, como en todos lados, para llevarla en paz, es no meterse donde no lo llaman a uno y, cuando en verdad me llaman, no hacer preguntas pendejas, o pa’ que quede más claro, no hacer preguntas. Si me dice que vaya y deje, voy y dejo; si me ordena que vaya y le meta unos chingazos a alguien, voy y se los meto, así conozca y me caiga bien el infeliz al que tengo que poner en su lugar; si me grita que dispare, chingue a su madre, disparo. Por ahí se menciona que es un ex militar, pero eso dicen de casi todos; algunos corren el rumor para parecer más cabrones y dar más miedo, que no hay que negarlo, en este bisnes eso cuenta un resto. Nomás él sabe, pero de que es chingón, es chingón.
Nos acaban de echar el pitazo: sembraron un paquete en una Suburban negra. Esas son las más culeras, hay un chingo de Suburban negras. Les respondo que no mamen, que den más datos. Me responden que mi mamá la va manejando en pelotas. ¡Chinguen a su madre! El Kucho, que está fumando frente al volante, suelta una risita pendeja. ¿Por cuál lado viene?, les pregunto por el radio. Estamos estacionados frente al Whataburger esperando la respuesta. El Kucho lanza la colilla por la ventana y de inmediato prende otro tabaco. Va por el lado izquierdo, responde una voz que no puedo identificar. El Whataburger está del lado izquierdo, aquí estamos bien. El Kucho suelta otra risita pendeja. Casi siempre los conductores comienzan en una línea y terminan en otra, pero ya más o menos le calculamos de qué lado van a salir. Una vez un pendejo desesperado, no sé cómo le hizo pero se pasó completamente de un lado del puente a otro, fue brincándose de línea en línea hasta la última del lado derecho. Mentadas de madre le han de haber sobrado. Nosotros lo estábamos esperando en un pequeño estacionamiento de una casa de cambio del lado izquierdo, y mocos, que sale del lado derecho y se mete rumbo al centro de Hidalgo. Ahí nos tienes como pen13 dejos haciendo aracles con el auto para poder seguirlo. Creo que hasta el rojo del semáforo nos brincamos. Pero muy rara vez pasa.
Vimos pasar una Suburban negra bajo el techito de revisión. El agente de la migra toma los papeles de una mano femenina y le dice algo. Se le ve relajado al puto, se contonea mucho en los dos jodidos metros que hay de la cabinita al mueble. La troca trae un Ray-Ban mamalón en los cristales que no me deja ver cuánta gente viene adentro. Hay una Suburban negra a la vista, les aviso. Si trae rines negros esa es, responden. Okey, por qué chingaos no me dijeron eso antes. La Suburban arranca despacio, después de un último contoneo del pendejo de la migra. Afirmativo, trae los rines negros. El Kucho enciende el auto. La dejamos alejarse por la 23, al siguiente verde la seguimos tranquilamente.
Dos semáforos más adelante, la camioneta se mete en una casa de cambio. Nos detenemos para esperarla a un lado del camino. Una muchacha va manejando, se ve buena. A su lado me parece que viene una niña, o a lo mejor es un escuincle, no lo puedo asegurar. El Kucho arranca tranquilamente detrás de ellos cuando terminan de hacer su operación. Todo parece normal: vieja de dinero con las tetas operadas que cambia sus pesos a dólares para gastarlos en tanguitas. ¡Qué ricura! Seguimos a la troca toda la calle 23 hasta el aeropuerto, damos vuelta a la derecha y afirmativo, entramos al estacionamiento de La Plaza Mall.
Esperamos a que la morrita encuentre parqueadero. Insiste en encontrar uno cercano a la puerta, pinche vieja huevona. Finalmente elige uno a mediación. Se baja de la camioneta, y por cierto, sí está bien buena. No te la vayas a empezar a jalar, dice el pendejo del Kucho. Se abre la puerta del otro lado y salta una niña de unas diez primaveras. La niña gira su faldita en el aire, muy alegre, debe de estar agradecida de poder bajarse de la troca, mientras la mamacita se entretiene sacando algo de la cajuela. Ya, es una pinche carriola. La abre como un acordeón y le pide a la niña que la sostenga. Saca un bebé del asiento de atrás y lo mete al carrito. Cierran y comienzan a caminar. La morra le pone la alarma a la troca ya cuando están bien pinche lejos. Adiós nalguitas, no será esta vez.
Cuando estamos seguros de que ya se metieron al mall, nos acercamos. El Kucho se estaciona detrás de la troca. Me bajo en chinga y me acuesto en el puto pavimento; está ardiendo. Ya cuando siento que se me va a cocer la pinche espalda localizo el mojoncito. Lo despego fácilmente con la navaja y regreso con El Kucho, que se está riendo. Me arde la espalda y el culo. Arrancamos despacio, muy quitados de la pena.
A diferencia de los deportes de contacto, en el fisicoconstructivismo “el atleta derrota a su rival sin tocarlo”. ¿Será eso lo que lleva a los veteranos, fisicoculturistas de más de cincuenta años, a perseverar en la explotación de los músculos de su cuerpo? Marco Tulio Castro recorre Mr. Tijuana 2014 para llevarnos tres historias de tenacidad, resistencia y tesón.
Un par de veteranos
Tenía una barriga que ya no fajaba y una joroba despreciable. Diario capturaba datos de trámites que no concluía, porque así son los gobiernos: pagan a gente de abdomen abultado por iniciar trámites que alguien más resuelve. Estaba asignado al departamento de limpieza pero no limpiaba: una vieja pulmonía lo llevó a los formatos burocráticos. Tenía cincuenta y un años, y decía que no duraría uno más. Pesaba setenta kilos y medía ciento sesenta y cinco centímetros. Se jubiló con una pensión chica y una barriga grande y, contra toda posibilidad, descubrió que estaba destinado a brillar. Y para brillar, José Luis Castro Lira resolvió que sólo debía usar calzoncillos.
Gustavo Yamada llegó deportado a Tijuana. Vagó por días hasta encontrar trabajo en un lavado de autos. Ganaba menos de cien pesos diarios, tenía la cara quemada por el sol y una musculatura impresionante para su edad (cincuenta y un años). Era instructor deportivo en California. En sus días de descanso se sentaba en el parque a mirar el gimnasio de enfrente. “Un día voy a estar ahí”, pensaba. Con malabares pagó doscientos pesos mensuales hasta que se ofreció como entrenador. Negoció cien pesos diarios y una cama. Dejó el lavado de autos y el cuarto que rentaba. Ahora diario desayuna huevos o chilaquiles por treinta pesos en una fonda vecina. Come por treinta pesos ahí mismo y, por toda cena, dos tacos de carreta. Le sobran diez pesos al día, que hoy usó para inscribirse en el torneo de fisicoculturismo donde él y Castro Lira suben al escenario en la categoría veteranos.
Debajo, todo es juventud y músculo. Arriba, para estos dos competidores jugándose la recta final de su vida, el físico ya no es el mismo. Cuando los veteranos exhiben su cuerpo ante un jurado que busca la perfección física y un público que la persigue, los resultados son, al menos, penosos. La ley de gravedad se desdibuja, el pudor se diluye, la estética se dobla, pero la edad se conserva. En el fisicoconstructivismo la vejez no se perdona, pero los viejos todo lo disculpan: es la edad de la fuerza y la voluntad.
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Dos señores en calzoncillos tensan los brazos hasta que sus caras enrojecen. Algunas poses, algunos músculos: los bíceps un tiempo sólidos, los tríceps antes marcados, los hombros ayer generosos. En la competencia de fisicoculturismo Mr. Tijuana el público es todo músculo, todo bronceado y todo crítica:
—¿Qué onda con los viejos? —dice un joven de veinticinco años, pectorales cuadrados y cabello embarrado de gel hacia la nuca.
—De tristeza.
Los competidores veteranos, dos personas en un escenario diseñado para quince, miran inexpresivos al público y contraen las piernas. Manos a la cintura: aprietan el pecho. Manos a la cabeza: expanden la espalda.
—No deberían competir —dice el joven de pecho hiperdesarrollado.
Pero compiten.
José Luis Castro Lira, que sobre el escenario tiene la cara roja y resuelta, dejó sola su casa en la periferia de Tijuana para presentarse durante algunas horas frente a un público que lo desestima y a un jurado que lo califica con rigor. “A ver si no se meten a robar”, dice. Prefiere esto que la soledad. Tiene cincuenta y nueve años, sus hijos ya no viven con él. Su esposa vive en casa de su suegro porque ya está grande y enfermo. Lo visitan más los ladrones que sus nietos.
Unos quince competidores jóvenes se ejercitan mientras los veteranos tensan sus cuerpos en público. Los hombres gimen con la penosa intensidad con que se gime en los gimnasios, sólo que ahora están en un salón con alfombra desgastada a la vista de un público con hambre de más músculos, esperando su turno para subir al escenario. Alrededor del grupo hay suplementos alimenticios líquidos de colores saturados. Es, después de todo, una justa deportiva.
Los veteranos se exhiben: porque lo han hecho desde jóvenes o porque no tienen nada más qué hacer. Pero sus cuerpos no cautivan en el escenario, en comparación con el de las mujeres en batas cortas de colores intensos y músculos marcados que andan por las mesas. El público joven está distraído:
—Mira el cuerpazo… ¿Ya viste?
Una mujer en bikini morado camina lejos del escenario. Sus músculos parecen cincelados. Nuestros muchachos siguen desenfocados:
—Viejos aguados.
—Y sí: ¡qué cuerpazo!
—No deberían competir.
José Luis Castro Lira podría ser su padre. O su abuelo. O su maestro. O un veterano a quien admirar, pero tiene otras prioridades.
—¿No es Lorena Bañuelos?
Lorena Bañuelos es nueva en las competencias de fisicoconstructivismo, pero su cuerpo suma años de disciplina y atrapa miradas.
—¡Qué culo, carnal!
—La verdad es que sí dan pena.
Allá arriba, los competidores veteranos enrojecen y se concentran en la rutina. Delante del público (mujeres en batitas, hombres en bañadores y bronceado cosmético, señores con camisas apretadas que beben cubas y unos cuatro adultos mayores que alguna vez compitieron) hay un jurado de seis hombres. Uno de ellos tiene un micrófono y da instrucciones con voz monótona.
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Hace una hora que José Luis no se levanta de su silla y hace unas seis que no come. Su aliento huele a refrigerador vacío. A su cuerpo lo cubren un calzoncillo azul que le cuelga en la entrepierna y un bigote cano que alcanza su mentón. Hace una hora que espera la indicación, los gritos de “¡ José Luis Castro Lira! ¡Gustavo Yamada!” y hace una hora, también, que espera la monótona voz al micrófono: “competidores veteranos, prepárense”.
Cuando José Luis se levanta, pone en el piso, debajo de su silla, una mochila despintada con ropa gastada, una billetera cargada de papeles, una credencial del gimnasio Metamorfosis sin vigencia y una gorra café. Se sube el calzoncillo como si fuera un pantalón. Se planta descalzo junto a un señor de saco gris y mangas largas, con unas listas en las manos, quien le dice que espere frente a las escaleras. Detrás está Gustavo Yamada, su único rival. La voz les ordena subir.
Los dos señores en calzoncillos contraen los brazos hasta poner sus caras rojas. Escuchan el micrófono para hacer algunas poses, mostrar ciertos músculos. José Luis sigue inmerso en sus pensamientos cuando baja por las escaleras.
Los jueces deliberan.
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Gustavo tiene algunos músculos marcados y le faltan algunos incisivos. Si se le borra la sonrisa, tiene cincuenta años. Dos pasos atrás, cuarenta y cinco. En el escenario, cuarenta. Pero tiene cincuenta y dos, nietos y entradas agresivas en un corte de cabello juvenil. Su sudadera es de temporada.
Yamada es un joven escondido en un cuerpo que se niega a la gravedad.
—¿Lo miran con respeto?
—Me ven con respeto. Me dicen El Profe, Don Gus. Nunca una mala palabra. Siempre estamos cuidando la alimentación, cuidando el ejercicio, que no falsees; si no, te quemas y no subes…
Gustavo Yamada levantó su primera pesa a los treinta años, pero siempre admiró a su hermano, que practicaba levantamiento en Morelos. Dos años después se hizo instructor de gimnasio en California. Hoy trabaja y vive en un gimnasio, el Baja Gym. Comenzó a competir a los cincuenta y uno, después de su deportación. Los cien pesos de sueldo diario no le alcanzan para proteína, glutamina ni creatina. En el gimnasio se comparten eventualmente algunos suplementos.
Su misión en la vida, “formar campeones”. ¿Y del dinero? “Soy feliz así, pobre”. Eso sí, “cuando tenga dinero voy a comprar proteínas y suplementos en Estados Unidos para estar más marcado y simétrico y vender aquí, porque aquí venden pura cochinada”. José Luis Castro Lira aprieta los brazos con las manos en la cintura y la piel del vientre se le arruga como camisa.
Yamada posa ante los jueces de sacos grandes, ante el público de brazos anchos, y levanta la barbilla. Tensa los músculos. Yamada baja las escaleras detrás de José Luis Castro Lira, sigue con los músculos apretados.
Los jueces resuelven: segundo lugar para José Luis Castro Lira y primer lugar para Gustavo Yamada. Cuentan menos errores en Yamada, cuatro, que los de Castro Lira, ocho. En el deporte que persigue volumen en el músculo, la calificación del ganador debe sumar menos puntos.
Trofeo metálico de primer lugar en mano, sonrisa limitada, alumno a un lado:
—¿Y ha mejorado?
—No.
—¿Qué le falta a José?
—Le podría faltar un poquito más de fuerza, pero ya a su edad… Tengo toda mi vida haciendo ejercicio. En Estados Unidos fui instructor, aquí también. Nunca he dejado de estar activo.
José Luis Castro Lira: si se le quita el bigote, tiene cincuenta y nueve. Dos pasos atrás, también. En el escenario, lo mismo. Pero se siente de cuarenta. Un día, a sus cincuenta y uno, su hijo le sugirió inscribirse en el gimnasio del barrio. Luego, su entrenador le sugirió competir. Después se miró al espejo y se sintió capaz. Pisó su primera tarima en calzoncillos en el 2013.
Hoy no lo baja ni la edad. “Ya ve que a la edad de uno la pierna tiende a hacerse más pequeña”. Ni su señora, “ya estás viejo, ¿a qué vas?”. Ni el público burlón, “uno con el afán de que el público lo mire”. Ni la competencia: “yo no gano, pero ellos siguen ganando y eso es lo bonito”. Ni su debilidad: “setenta libras en cada brazo es mucho peso; hacemos el intento con cuarenta y cinco”. Ni su complexión: “Sí me falta bastante, porque soy delgado”. Sólo va a parar “hasta que me muera”.
Sonrisa ilimitada, mochila a la espalda.
—Segundo lugar de dos. ¿Qué le parece?
—Siente uno muy bonito porque pienso que es un premio al trabajo realizado. Ya ve que hay compañeros a los que no les toca nada.
José Luis se viste en la mesa como si estuviera en su cuarto: pantalón de pinzas, sudadera azul, zapatos negros, gorra y mochila. Sus pasitos lo llevan a la barra del salón. Camina encorvado. Nadie sospecharía su culto al músculo. Pregunta algo en la barra y un mesero le responde. Vuelve solo a la calle.
El burócrata jubilado —el hombre ánimo, el segundo lugar— sonríe y saluda con una palma abierta.
Entra a un Oxxo y se forma para pagar una botella de agua. En su mochila —el hombre canoso, el hombre encorvado—, carga en silencio su premio a la muscularidad.
En la calle se escuchan los gritos de un público que hace unas horas estaba despistado: los jóvenes han subido al escenario.
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Los primeros fisicoconstructivistas recuerdan a las esculturas griegas con bigote chevron. El deporte persigue la estética a través del desarrollo muscular. Es la hipertrofia por la hipertrofia misma. El atleta derrota a su rival sin tocarlo. Es una carrera donde las piernas no se usan para correr.
El culto a la perfección empieza en 1882, cuando un adolescente prusiano descubre las esculturas griegas y queda obsesionado con la estética muscular: Eugen Sandow es reconocido como el primer fisicoculturista del planeta. En Sandow’s System of Physical Training, narra que frente a unas esculturas de mármol en Roma, le preguntó a su padre por qué los hombres no compartían el físico esculpido por los griegos. Su padre le dijo que la humanidad ha deteriorado su cuerpo. En la escuela, su clase favorita fue la gimnasia. En la universidad estudia Anatomía. Todos los días se ejercita. Al terminar sus estudios trabaja en teatros, en el modelaje, en circos. Uno de sus números más populares es bañarse en talco y posar como escultura de mármol.
Pero ya lo hemos visto, para un hombre cuya meta es la perfección física, nada es suficiente: Michael Jackson cambió de negro a blanco el tono de su piel. Sabrina Sabrok se implantó piezas de titanio en la espalda para soportar más de treinta kilos de prótesis en sus senos. Dennis Avner, un técnico sonar de la marina de Estados Unidos, modificó su rostro y cuerpo para parecer felino. Y Sandow, desesperado por mostrar sus dotes físicas, durante tres madrugadas destruyó a mano limpia las básculas de la zona comercial de Ámsterdam. El rumor se propaga por los barrios y a la tercera noche atrapan a nuestro vándalo.
Sandow fue el primero en organizar, en 1901, una competencia de culturismo que, en un arrebato creativo, llamó La grancompetición. Los ganadores recibieron estatuas de figura griega, bigote chevron y cuerpo perfecto: el de Sandow. Hoy su estatua es trofeo en el Mr. Olympia, el evento más grande de fisicoconstructivismo en el planeta.
Un adolescente quiere hacer pesas el resto de su vida
Una nariz destaca en el gimnasio.
Los hombres miran sus músculos al espejo.
Los ruidos guturales son una convención.
No es por su forma, su textura o su tamaño, pero una nariz destaca en el gimnasio: El Chino Flores no deja de sonarla. Es la única que a medio verano usa servilletas, papel de baño, las manos.
Los jóvenes se acomodan el cabello, las mujeres sus blusas. El Chino lleva horas sonándose una nariz que no suelta mocos.
Tiene ochenta años; cuarenta y siete en gimnasios; apenas quince retirado de los escenarios y los calzoncillos.
El Chino Flores tiene un casillero con:
1. Un par de guantes rotos. “Me los regaló una señora que aprecio mucho”.
2. Una camiseta azul cielo: “Me hubieran dicho que venían”.
3. Más servilletas: “Ha de ser alergia”.
4. Un rollo de papel de baño.
El Chino Flores recuerda: en 1951 miró a un militar que levantaba pesas en un gimnasio de su Puebla natal.
La voz interna de adolescente. ¿Yo puedo levantar eso?
Eso: una barra con un peso que ya no recuerda.
El Chino Flores era “delgado, menudito, cabello chino”.
Su bigote, todo comedia y castigo.
El militar era “bajo, moreno”.
Pero hoy El Chino Flores es: “atleta de buen pecho”.
Hoy su bigote es de macho alfa.
En el gimnasio de la Unidad Deportiva CREA, en Tijuana, El Chino Flores ordena a este reportero sentarse. “Es mejor de pie”,le sugiero. “No. Ahí siéntate”, responde.
“Ahí”: una máquina de pesas y poleas.
El metro y sesenta se impone.
Un joven de espalda ancha y unos veinte centímetros más alto le pide espacio para seguir con su rutina:
—¿Me da permiso, Chino?
—Espérame tantito.
Veinte centímetros se vuelven nada.
El Chino Flores hace lo que quiere o lo que alcanza. De adolescente dejó Puebla y a sus padres porque “era un ambiente que no me gustaba”.
En Laredo, Estados Unidos, trabajó quince años en un gimnasio donde ganó dólares y músculos. Hércules, se llamaba.
Después saltó a Tijuana y trabajó veinte años en un gimnasio donde ganó pesos y contiendas de fisicoculturismo. Silvestre, se llamaba.
En 1964 ganó Mr. San Diego. En 1965, Mr. Tijuana y Mr. Baja California. Hoy es el integrante número 188 del Salón de la Fama del Deporte de Tijuana, un museo que recibe unos mil doscientos visitantes cada mes.
Dejó las competencias a los sesenta y cinco años e ingresó al salón de “los consagrados” a los setenta y tres. La gaceta interna del museo publicó en 2005: “A todo santo le llega su día y a Jorge El Chino Flores por fin se le hace justicia”. Hoy suma doce años como instructor en un gimnasio donde ha ganado fama y edad, llamado CREA.
El Chino Flores hace lo que quiere o lo que alcanza. En un tiempo quiso ser policía. Se volvió instructor de defensa personal en la policía municipal. Una vez peleó porque no le gustó que un hombre lo mirara. “¿Qué me ves?”, le dijo. Se quitó la camisa del uniforme y después de algunos derechazos, un golpe en el estómago lo llevó al suelo. Tenía una navaja enterrada en la barriga. “Tuve un derrame interno. Nomás vi estrellas”.
Su vientre es cicatriz imprecisa cerca del ombligo. Flácido, lampiño.
El Chino Flores hace lo que quiere o lo que alcanza. Cuando tenía veinticinco años, levantaba doscientas libras para ejercitar los hombros. Hoy, de ochenta años, alcanza treinta y siete. Su cuerpo es la calcomanía despintada de un hombre musculoso. Se para con las rodillas flexionadas, con la espalda como bola de boliche, con una mano puesta en la barriga amancillada.
“Nada más pienso en hacer bien los ejercicios”, dice. “No me voy a ningún lado”.
Sólo la muerte lo aleja del gimnasio. Hace quince días que enviudó. Cáncer en el estómago. Pasa algunas noches en vela.
—¿Y usted va al médico?
—Soy enemigo de ver al médico. Si viene, yo les digo qué comer y qué hacer.
Porque ya sabemos, El Chino Flores hace lo que quiere o lo que alcance.
—Te vuelves más fuerte con los años —dice alguien.
El Chino Flores ríe, pero poco.
Hace lo que quiere. En su casa hay un teléfono celular guardado: “no quiero que me hablen para preguntarme dónde estoy”.
O lo que alcance “porque cuando puedo me doy mis escapadas”.
Hace lo que quiere: “mis únicos vicios son fumarme un cigarro y tomar unas cervezas”.
Debería usar lentes pero no lo hace. Un ojo le falla y del otro ya le extrajeron una catarata. Debe usar faja y tampoco. Tiene dolores lumbares. Debe evitar levantar cosas pesadas. Hace pesas de lunes a viernes, de 8:30 a 9:00 de la noche.
Eso sí: no se quiere pintar el cabello. “Hay que saber envejecer con propiedad. Ya estoy ruco, tengo ochenta años… A la hora de estar con una mujer se saben las verdades. Para qué”.
Para qué.
Camina al refrigerador con una curva en la espalda y toma un refresco de manzana. Ha vuelto a la zona de máquinas. Parado, junto al press de pierna, destapa la bebida y la deja en el piso.
Ha terminado su rutina. Se ha recargado en una máquina con una mezcla de agitación física y calma interna. Nada parece molestarle: ni repasar la servilleta hecha nudo por la frente, la nariz y el cuello; ni haberse olvidado del refresco que destapó y no ha probado. Ni el duelo por su esposa.
Hay un clima de serenidad en medio de la música pop y los ruidos guturales. El Chino Flores no reparte órdenes sino deseos: si pudiera elegir, moriría así, como ahora: “después de hacer ejercicio. Cansado”, con una particularidad: “acostado en mi casa”.
Las seis sinfonías de Carl Nielsen (1865–1931) son uno de los conjuntos más memorables de la música sinfónica del siglo XX. Nielsen comenzó sus experiencias musicales a los tres años de edad, cuando descubrió que los sonidos producidos al golpear los leños apilados para la chimenea eran distintos dependiendo de su tamaño y grosor, según declaró en una entrevista. Su padre, quien era un pintor de casas, también tocaba el violín y la trompeta. Su madre cantaba, al igual que el resto de sus once hermanos y hermanas. La primera vez que Carl vio un piano fue en casa de una tía, a los seis años de edad: quedó fascinado. “Mientras que en el violín uno tenía que buscar las notas un tanto a ciegas, en el piano éstas eran claras; se alineaban brillantes frente a mis ojos. No sólo podía escucharlas sino verlas y así hacía un descubrimiento tras otro”, comentó el compositor.
Nielsen pasó su niñez como cuidador de gansos y a los catorce años ingresó a la banda de guerra del decimosexto batallón de la Real Armada Danesa, lo que le proporcionó otras habilidades en la música. Un compañero suyo le enseñó la música de Mozart, Beethoven y Bach. Después de familiarizarse con las obras de estos autores comenzó a componer sus propias obras e ingresó, en 1884, al Conservatorio de Copenhague con una beca para estudiar piano y violín. Dos años después, buscó complementar sus estudios con clases particulares de teoría musical. De acuerdo con Torben Meyer, las lecturas favoritas de Nielsen eran las historias derivadas de la mitología griega y nórdica, las obras de Platón, Shakespeare, Goethe y Ludvig Holberg[1]. Nielsen se ganó la vida como violinista de la orquesta de los Jardines de Tivoli hasta que ingresó a la Orquesta Real Danesa en 1889. Además de tocar el violín, dirigió algunas orquestas como la del Teatro Real de Copenhague, la de la Sociedad de Músicos y, en Suecia, la de Gotemburgo.
Carl Nielsen compuso su Primera sinfonía en 1892, la segunda (Los cuatro temperamentos) y su ópera Saúl y David en 1901, su ópera bufa Maskarade en 1906, su Tercera sinfonía (Expansiva) y su Concierto para violín en 1911, su Cuarta sinfonía (Inextinguible) y dos de sus mayores obras compuestas para piano (Chaconne y Tema y variaciones) en 1916, su Quinta sinfonía en 1922 y en 1925 concluyó su Sexta sinfonía (Simple). Además, durante esos años, compuso varias obras corales, música de cámara, para piano y canciones.
En 1922, Nielsen fue diagnosticado con angina de pecho, lo cual le produjo gran debilidad y una fuerte depresión. El título de su Cuarta sinfonía obedece al “inextinguible, elemental, deseo de vivir”. Es decir, a las fuerzas que prevalecen aun después de “la devastación del mundo a través del fuego, las inundaciones, los volcanes…”
En sus últimos diez años de vida, Nielsen experimentó esa fuerza, tras sobrevivir y sobreponerse anímicamente a varios ataques al corazón. Esta voluntad de vivir se manifestó contundente en la música de esos años: en el Preludio y Temacon Variaciones para violín (1923), el Concierto para flauta (1926), el Preludio e Presto para violín, el Concierto para clarinete, las Tres piezas para piano (todos en 1928) y el Commotio para órgano (1931). También compuso obras para diversas instituciones académicas y sociales como la Escuela Preparatoria del Politécnico de Copenhague, la Asociación para la Educación de los Jóvenes Comerciantes, la Unión de Cremación Danesa e incluso la Alberca Municipal de Copenhague. Se dio su tiempo para elaborar proyectos didácticos como Música dePiano para jóvenes y viejos y Dinamarca. Su música fue, desde sus inicios, una búsqueda por el coraje, lo terrible y lo bizarro. Como apunta Robert Simpson: “Nielsen es una de esas raras personas que conocen el camino más corto a la verdad”.
Nielsen aceptó el cargo de director del Conservatorio de Copenhague en 1931; en otoño de ese año realizó el montaje de su obra Maskarade en el Teatro Real. En un ensayo, ante la impericia de un tramoyista, Nielsen decidió ocuparse de algunos asuntos relacionados con la escenografía y eso, más su trabajo en el Conservatorio, lo dejó exhausto. Ese mismo día llegó al concierto, pero tuvo que abandonar la sala en el segundo acto porque se sentía muy mal: murió una semana después. Su muerte fue un luto nacional y uno de los funerales más grandes que han ocurrido en Dinamarca.
Hasta la década de 1950, la música de Nielsen permaneció relativamente desconocida en el resto de Europa. En ese tiempo hubo una gran gira de la Orquesta Sinfónica de la Radio del Estado de Dinamarca a lo largo y ancho del continente con varios directores; entre ellos, Erik Tuxen, uno de los grandes difusores de las obras de Nielsen. Así mismo, la publicación del libro Carl Nielsen: Symphonist (1952), de Robert Simpson y, finalmente, algunas de las grabaciones de sus obras, contribuyeron en la difusión de su trabajo.
Un rasgo característico de las sinfonías de Nielsen, como ha apuntado Michael Steinberg, es que terminan en una tonalidad distinta a la que iniciaron. Podríamos decir que para Nielsen (musicalmente hablando) la sinfonía constituye la búsqueda por alcanzar esa otra tonalidad con la que termina la obra. Simpson define este recurso como “tonalidad progresiva”. Nielsen sabía que la mayoría de los escuchas no puede seguir una estructura armónica identificando las tonalidades, pero sí reacciona a los cambios de tonalidad. Nielsen apunta en sus composiciones a enfatizar estos cambios en un intento por interactuar con la memoria de los escuchas sobre estos cambios que constituyen más una experiencia, a veces inconsciente, que una identificación de tonalidades.
Nielsen comenzó a componer su Cuarta sinfonía en 1914 y la finalizó en 1916. Él mismo dirigió el estreno con la Orquesta de la Sociedad de Músicos de Copenhague. Aunque estamos acostumbrados a utilizar el término de “Lainextinguible” como una suerte de sobrenombre de esta sinfonía, el original (Det uudslukkelige) alude a una abstracción, ya que el artículo empleado es neutro. El propio Nielsen, en la partitura explica lo siguiente:
Bajo este título, el compositor se ha propuesto indicar en una sola palabra lo que sólo la música es capaz de expresar por completo: el deseo elemental de vivir. La música es la vida y, al igual que ella, es inextinguible. El título que le ha dado el compositor a esta obra podría parecer superfluo. Sin embargo, el autor ha utilizado esta palabra para subrayar el carácter estrictamente musical de su tarea. No se trata de una indicación programática, sino de una sugerencia para adentrarse en este territorio, propio de la música.
Años después, Nielsen ampliaría un poco más el concepto de “voluntad de vivir” y las emociones subsecuentes, pero la idea es la misma. Su visión acerca de la fuerza y determinación por vivir no proviene, como podría pensarse, de las obras de Schopenhauer, sino de la propia experiencia de la vida rural, del contacto con la naturaleza que tuvo toda su vida. Y, más adelante, por la violencia provocada por la Primera y Segunda Guerra Mundial.
De acuerdo con los testimonios del propio compositor, el primer reto que se impuso al componer esta obra fue que los movimientos debían fluir sin cortes. Entonces, había escuchado con gran emoción la Sonata para piano en Si menor de Franz Liszt, que expresa los contrastes, riquezas y vaivenes de una obra de varios movimientos en uno solo. En una carta fechada el 24 de julio de 1914, Nielsen le refirió a un amigo, que estaba trabajando en una obra orquestal: “una suerte de sinfonía en un movimiento con la que intento representar todo lo que sentimos y pensamos de la vida en el sentido más profundo de la palabra. Es decir, todo lo que tiene el deseo de vivir y de moverse”.
A pesar de que no hay cortes en esta obra, los cuatro movimientos se distinguen muy claramente a través de los distintos tempi, que corresponden a un orden tradicional: un allegro, un intermezzo, un movimiento lento y un allegro finale. Hay un tema que aparece en el primer movimiento y que regresa al final de la obra; uno de los elementos que muestran la idea de una sola obra y no la unión de movimientos aislados.
La sinfonía inicia con los alientos de madera y las cuerdas, más un llamado de los metales al inicio de la obra para reforzar el comienzo explosivo. Las líneas de los alientos y de las cuerdas parecen independientes. Sin embargo están conectadas a través de las tonalidades: los alientos tocan en Re menor (la tonalidad base de la sinfonía en este punto) y las cuerdas en Do. Las síncopas y la gran velocidad de la música hacen del comienzo una experiencia emotiva, de gran energía y provoca la sensación de que la música, en efecto, nunca va a “aterrizar”. Sin embargo, un signo habrá de hacerlo aparece, cuando los clarinetes tocan una melodía suave y tranquila, cuyo momento será interrumpido por una suerte de corte ejecutada por las violas. Los clarinetes parecen retomar su suave canción, pero entonces prácticamente toda la orquesta cambia de dirección y así aparece una nueva tonalidad: Mi mayor. Este cambio es de gran dramatismo y provoca la sensación de partir hacia algo nuevo.
Después del primer movimiento, Nielsen nos ofrece otro, poco allegretto, en el que predominan los alientos de madera y se da paso a otra área armónica (Sol mayor), lo cual está diseñado para producir la sensación de pausa y de afianzamiento hacia algo más terrenal. Sin embargo, este intermezzo no dura mucho y todos los violines, acompañados por las cuerdas en pizzicato y las percusiones, comienzan un lento movimiento con una melodía de gran intensidad. Las violas y los chelos entran en un tono más alto que los violines hasta que un solo violín, apenas acompañado de unos cuantos instrumentos de cuerda y unos alientos de madera, introduce una nueva idea (en Mi) que nos lleva hacia la calma. Los alientos continúan con una suerte de fuga que nos lleva a un clímax. La música sigue con fragmentos de ambos temas en distintas intensidades. Los violines se destacan con figuras más elaboradas y después de una pausa, inicia el allegro.
En esta parte, el tema parece tropezar con algo que le impide desarrollarse libremente. Las interrupciones son rítmicas, también hay disonancias y fuertes llamadas de los timbales. Al igual que al inicio de la obra, ambos timbales tocan provocando una sensación de cierta inestabilidad. Llegamos a un segundo clímax que el propio Nielsen marcó como “glorioso”. Luego viene un diminuendo, recurso común para marcar transiciones, y la música va de La mayor a Si mayor. Los tambores reciben esta nueva tonalidad marcando un Re menor, tonalidad con la que inicia la obra. Los clarinetes y las cuerdas responden en Si de manera insistente. Los metales los secundan entonando una melodía conocida: el tema que interpretaron los clarinetes en el primer movimiento. Casi de inmediato el resto de la orquesta se integra y la música llega por fin a su destino de forma contundente: la tonalidad de Mi mayor subrayada por las percusiones, ahora en el mismo tono. El final es climático, pero no sólo por tratarse del último movimiento, sino por la tonalidad que se alcanza después de varios intentos a lo largo de la sinfonía.
Versiones recomendadas:
1. El director español, Juanjo Mena, realiza un trabajo muy depurado a cargo de la Orquesta Filarmónica de la BBC: resalta los silencios y las partes más suaves de la obra confiriéndole una mayor profundidad. No es de extrañarse que la apuesta sea novedosa, una obra requiere de directores arriesgados para apreciar sus posibilidades expresivas. Estos contrastes de sonoridad, más pronunciados que en otras versiones también produce una sensación de agilidad sin tener que alterar los tempi.
2. El escocés Bryden Thomson, nos ofrece un tour de force al dirigir la Orquesta Real de Escocia. La “presencia” de la orquesta se percibe a lo largo de toda la obra. De ahí el hablar de intensidad. Se trata de un elemento más subjetivo, pero no por ello menos importante. Cuando un músico ejecuta su instrumento a tiempo, en el tono y dinámica adecuados, pero sin una intención personal, la música nos pasa de lado. Esta orquesta escocesa nos da una lección de cómo atender cada parte de una obra.
3. Simon Rattle dirige la Orquesta Real Danesa en una interpretación equilibrada. Con un tempo más rápido que el de la mayoría de las versiones, Rattle apuesta a los acentos, a subrayar la energía de las dinámicas. El riesgo de tocar rápidamente algo, siempre es el mismo: no darle el énfasis y el tratamiento adecuado a cada parte. Y esto es lo que le pasa a esta versión; a ratos se escucha atropellada (sobre todo el primer movimiento).
[1] Robert Simpson, Carl Nielsen: Symphonist, Kahn & Averill, (1952). Las traducciones son mías.
¿Sabes cómo escriben los escritores, las escritoras? ¿Conoces sus manías? ¿Te gustaría ser testigo del proceso creativo, del placer, la impaciencia, la desesperación y el alivio del acto creador?
Esta convocatoria es para ti.
Este 15 de noviembre, a partir de las 8 de la mañana, el escritor Antonio Ramos Revillas iniciará la escritura de un cuento. Desde las redes sociales (Facebook y Twitter) podrás participar con sugerencias de pasajes, personajes y giros a la historia, utilizando el hashtag #DiariodeunCuento.
Una cámara fija estará atenta a los movimientos que el autor realice. Antonio Ramos dedicará tiempo para comer, descansar y leer, y en cada momento que entre a cuadro retomará el hilo del cuento.
La transmisión se realizará en este hangout y por twitcam.
La participación del público estará abierta hasta a las 18 horas, el autor revisará durante el tiempo restante la historia y elaborará una edición lista para compartir en línea a las 20 horas.
Te invitamos a que participes. Todos juntos podremos escribir una historia memorable.
Recuerda, el primer punto de reunión es a las 8 de la mañana, hora en la que Antonio leerá tus sugerencias para comenzar el cuento. Tus aportaciones las podrás poner en el Facebook de Antonio o el de Tierra Adentro, siempre con el hastag #DiariodeunCuento.
Hay una librería de viejo en la calle de Donceles que tiene un librero de madera bastante amplio, donde todos los relatos de viajes han hecho parada las últimas décadas. Los mercadólogos de la librería decidieron colocar un cartel sobre aquella pila con el título “viajes viajeros”, para que nadie dude de su contenido. La última vez que visité ese librero me hice una pregunta ociosa, ¿cuántas personas viajan por el mundo con una pluma y papel (o computadoras, como sea) listos para usarse? Luego de haber leído La orfandad de la muerte, reciente novela de Alfredo Peñuelas Rivas, no pude evitar preguntarme, ¿cuántas personas que practican esta escritura kilométrica han narrado lo peor de sí mismos?
Alfredo sale de México para estudiar un máster de literatura en la Universitat Pompeu Fabra, en Barcelona. Una tarde, cuando paseaba cerca de la playa, encontró a un hombre con aspecto de vagabundo que le preguntó por el mar. Caminaron juntos, platicaron unas cuantas horas. Sus vidas eran muy similares: compartían el mismo nombre, estaban en Europa casi por las mismas razones y ambos dejaron a sus parejas en la misma ciudad de otro continente. Compartieron días, se separaron, y, sin planearlo, volvieron a reencontrarse meses después. Fueron a un bar y el otro Alfredo le entregó un diario en el que había recolectado sus memorias. La primera página decía “Diario de la orfandad de la muerte”. Era una historia que podría ser la historia de ambos, le advirtió. Alfredo usó este diario como proyecto para su máster, cambió unas cosas, apropió otras.
Además de Alfredo Peñuelas Rivas el autor, se encuentran otros dos Alfredos: el estudiante que está de viaje en Barcelona y París, y el hombre que le regala sus diarios al estudiante. Hay un tiempo para la voz de cada uno, pero también llegan a mezclarse en un ambiente delirante musicalizado por The Doors. Si bien esta autoficción peca de metatextualidad, y a veces es difícil saber qué Alfredo está hablando, todas las historias terminan en el mismo sitio: la frustración de un hombre que no sabe lo que busca porque siempre llega tarde a sí mismo.
Moverse en los tiempos de la memoria puede resultar confuso, los recuerdos evitan contarse en una línea del tiempo. Para el doctor Peñuelas, salir del país significó separarse de sus referentes e iniciar otras historias; sin embargo, cada página de los diarios lo devuelven agresivamente a su pasado. Ambos personajes se reconocen lastimosamente en los eventos de todo aquello que ya no existe. “¿Qué es lo que buscas cuando buscas?” es la pregunta que acompaña de principio a fin esta obra. La orfandad de la muerte disuelve la imagen romántica de todo flâneur.
El recorrido por Europa representa un reencuentro con el padre que le relató todas las aventuras del viejo continente. Cada capítulo es un breve ensayo de la soledad y el desamor. El fantasma de una Elena-Penélope, su esposa, es la voz que se intercala en los ensayos. Ella, desde el otro lado del océano, le reprocha sumisamente mediante misivas. “¿Qué es lo que buscas cuando buscas?” le pregunta a través de las cartas que Alfredo no responde.
La orfandad de la muerte posee tantas referencias que no hay duda de que es un relato de viajes que le tomó varios años al autor, y no me doy espacio aquí para mencionar un pequeño porcentaje. Aun cuando los personajes tienen experiencias desgastantes, en la obra hay un impulso ansioso por la esperanza de encontrar algo. “Quien viaja se prepara a sí mismo para la trascendencia”, dice el narrador (pues algo tiene que funcionar de la predisposición). En su estancia en el extranjero, Alfredo no sólo intenta abarcar más pedazos de tierra con las plantas de los pies, se da cuenta de que habitar y darle un territorio estable a los propios pensamientos será siempre más complejo que viajar por el mundo.
La segunda semana de la 57 edición de la Muestra Internacional de Cine presenta sus platos fuertes con la proyección de las cintas más recientes de reconocidos directores como Cronenberg y Jarmusch o películas que han arrasado en los festivales más importantes del mundo, en particular, en Cannes. A continuación los largometrajes que están programados para los siguientes días.
Güeros (2014), la opera prima de Alonso Ruizpalacios ganadora de varios premios en el Festival de Cine de Morelia, es una especie de road movie que tiene como escenario la vasta ciudad de México. Dos jóvenes estudiantes pasan los días en aburrimiento total por una huelga que hay en la UNAM, entonces llega el hermano de uno de ellos y sin proponérselo los saca de su hartazgo. A ellos se unirá después una de las líderes de la huelga para encontrar a un viejo cantante que los dos hermanos escuchaban en su infancia gracias a su padre.
Ida (2013), de Pawel Pawlikowski, cuenta la historia de Ida, una monja católica que gracias a una tía descubrirá que tiene orígenes judíos. La tía alcohólica le revelará más secretos a lo largo de una travesía. Así, la monja y la tía, personajes en principio contradictorios, se vuelven complementarios. Pero más que la historia, en particular, esta maravillosa cinta me pareció sublime por sus tomas, todas ellas fijas, en blanco y negro y desde otros ángulos a los que estamos acostumbrados a ver en la pantalla grande. Preciosista, en suma, y por eso una más de las imprescindibles de esta Muestra.
Sueño de invierno (2014), del reconocido director Kis Uy Kusu, fue la ganadora este año de la Palma de Oro del Festival de Cannes y está basada en relatos del ruso Anton Chéjov, aunque no se dice en cuáles. Un cinta de tres horas y media que habla de un escritor llamado Aydin, personaje contradictorio, que vive retirado en su casa la cual usa como hotel. Allí vive con su joven esposa, de la que cada vez más se siente alejado sentimentalmente, y de su hermana, recién divorciada y con quien tampoco tiene la mejor relación. Conforme el invierno entra en esas tierras turcas, las relaciones entre los tres se van complicando.
Mapa a las estrellas (2014), del canandiense David Cronenberg, es una crítica ácida y deslumbrante de los intríngulis y de la vida de las estrellas hollywoodenses. Genial y retorcida, como otras cintas de Cronenberg (Videodromo, La mosca o Spider), tiene entre sus estelares a una Julianne Moore en verdad sorprendente, no por otra cosa ganó el premio como Mejor Actriz en el pasado Festival de Cannes. Después de la decepción que nos causó a algunos Cosmopolis, es un gozo volver a ver al mejor Cronenberg de vuelta.
Sólo los amantes sobreviven (2013), de Jim Jarmusch, es un guiño irónico a todas esas películas de vampiros y de zombies que abundan desde hace unos años. Los dos vampiros protagónicos llevan los bíblicos nombres de Adán y Eva, viven en ciudades de continentes distintos pero después de varios siglos están dispuestos a revivir su historia de amor. Así, ella viajará de Tánger a una devastada y muy actual Detroit para encontrarse con él, acorralado, como se siente, de vivir entre seres humanos a los que llama zombies. Jarmusch ha construido su propia versión de estas películas de vampiros y zombies con sentido del humor y detalles literarios que hay que ir descifrando a lo largo de la cinta.
La Muestra iniciará su recorrido por las sedes alternas en la UNAM, La casa del cine, el Seminario de Cultura Mexicana, Cinemanía y Cinépolis. Para consultar las fechas y horarios da clic aquí.
Existe una generación de músicos argentinos que no tiene temor de volcar su tradición musical a un tono mucho más fiestero: The Peronists. Así, la cumbia —un género esparcido por toda Latinoamérica— encuentra a través de su asimilación con la electrónica una cara más visionaria. Ese pasado cadencioso y bullanguero se inserta hasta los terrenos de la música avanzada.
Este proyecto sorprende desde su nombre mismo, ya que da una vuelta de tuerca al apellido de uno de los líderes más polémicos de la historia de Argentina, fundador del Partido Peronista, Juan Domingo Perón (1895-1974). Figura cuyas acciones marcaron la historia de aquel país y que en la actualidad provoca pasiones entre sus seguidores y odio de sus opositores. El apellido del ex mandatario es ahora resignificado en una entidad colectiva que surgió como un desenfadado terrorismo musical. Para los jóvenes no es una figura a la que no se pueda dotar de otro significado con ironía.
Federico Randall —el cerebro detrás del proyecto— comenzó casi jugando con un disco, The Peronists Make Noise (2004), cuya línea temática es una noche de juerga y que incluye la pieza “Eva está drogada”. Con este disco se hace aún más evidente que las nuevas generaciones no consideran intocables a sus grandes iconos nacionales.
El proyecto apuesta por la mezcla de culturas y un pulso muy contemporáneo que permea en discos como Nacionalismo electrónico (2007) y las compilaciones ZZK Sounds Vol. I y II y The Future Sound of Buenos Aires, entre otros.
Randall es extremadamente inquieto y, dadas las actuales bondades de la tecnología, no para de grabar; lo mismo apoya a Cholita Sound, músico chilena, que hace remixes para The Binary Cumbia Orchestra, agrupación originaria de La Plata. En medio de todo ello, presenta Inka Haus, que expande más allá de los Andes su revuelta hedonista y que resulta un pretexto ideal para conversar y ponernos al día de la cumbia futurista en el cono Sur.
¿Por qué decidiste sacar el EP con un sello peruano? De hecho, el título sugiere que lo has compuesto ex profeso para que así fuera.
Cuando empecé a producirlo era un LP muy raro y lo fui achicando; tengo muchos proyectos en la computadora o en mi cabeza, pero este siempre se llamó Inka Haus. Tenía el concepto internamente sonando desde que, como un chiste, les dije a los de Red Bull Music Academy que mi música era “German Reggaeton vs Inka Haus”, cuando me preguntaron qué género hacía; realmente quería sonar así —al menos en mis Dj sets—. Son géneros imaginarios que para mí ilustran mis búsquedas sónicas y mis influencias, pero claro no es lo mismo decir hago Indie Kraut que Inka Haus… Luego, en un momento, sentí que había un capítulo listo para compartir, se lo pasé a un par de amigos productores, entre ellos Deltatron, y salió la posibilidad de sacarlo por Terror Negro Records. Me pareció muy acertado ya que ellos empujan una actitud muy fuerte con su sonido y su estética. Diría que Deltatron y sus secuaces son como el Teklife sudamericano [comenta entre risas]. Y sí, has dado en el clavo, no hay nada más Inka Haus que un sello peruano.
¿Cómo se ha desarrollado el sonido de tu proyecto? ¿Ha cambiado mucho?
Por ejemplo, el tema “New Dembow Order” lo hice en el 2011, en Chile, cuando terminamos un LP con María Sonora (Cumbia Calling, 2010). Venía escapándole a los clichés de la cumbia digital y la música de ese momento, por suerte estaba allá [en Perú], donde se escuchaban otras cosas. Me fui empapando de esos teclados y guardando tracks, de hecho tengo un EP completo de esa onda, pero me pareció que sólo un tema estaba bueno para este disco.
Traté de lograr un hilo continuo en esta propuesta, desde Nacionalismo Electrónico que no agrupaba varios cortes; lo más importante para mí ésta vez fue intentar hacer que se pudiera escuchar el disco entero y tener un viaje escuchándolo.
En “Inka Haus” recibí ayuda y guía de Axel Krygier, un músico y productor multitalento con muchísima cancha en esto; me ayudó bastante a cerrar, avanzar y escuchar mejor.
El tema “Temazcal” es un remix tuyo que remite a una palabra indígena mexicana y que además es un corte de Matanza. Nos puedes hablar de esta agrupación y de dónde surgió la idea.
Matanza es un trío de Chile que fusiona casi todo lo que es bueno: top notch y DJ skills, finísima ejecución musical, entienden la vibra del club y la maximizan con el formato de banda. Su temática está orientada a elevar lo que es nuestro, lo aborigen. Particularmente, siempre me sentí tocado e influido por su música; trabajé este remix solo —a lo bootlegstyle—, se los mostré, les gustó y quise incluirlo porque como decía antes… son tan copados estos broders.
Aparecen otras dos colaboraciones; cuéntanos acerca de ellas y el motivo de convocarlas.
En el primer caso, con Galambo, ya habíamos hecho una vez un proyecto juntos, nos tomamos unos días en la playa y grabamos esto (2011). Somos grandes amigos y disfrutamos mucho; un día estaba haciendo un loop bien chilean house y se lo mandé. Galambo tiene grandes skills a la hora de cantar y por suerte se mandó esta voz “intraterrena” que le da el toque freak a “Melbourne Cowboys”.
“Tio 4 Ever”, con Morita Vargas, fue un experimento; el tema ya estaba y lo fuimos encaminando a lo que quedó, nos llevamos una gran sorpresa experimentando, y en “Modem Cumbia” también hay voces procesadas de Morita, pero son más bien como texturales. Éramos amigos y de pronto estábamos grabando. Ahora vamos a actuar juntos.
¿Hacía dónde se ha estado moviendo la cumbia digital en Argentina? Al parecer todavía ahora existen proyectos muy exitosos.
Seguirá creciendo año a año; todavía el sonido tiene mucho para dar. Este año mi enfoque ha estado en el sonido peruano de Dengue Dengue Dengue y Deltatron, que lograron sintetizar mucho de lo que pasaba en Argentina con lo que les sucede y les gusta a ellos; para mí ése tiene que ser el camino, algo muy electrónico pero que lleve la vibra de la gente bien adentro.
La cumbia digital en Argentina debería volver a sus raíces experimentales; después de la ola de novedad, ya nos dimos cuenta que no forma parte del circuito popular de Cumbia de allá y que su contexto ideal siguen siendo los espacios de vanguardia.
Por lo que me cuentas, has seguido en contacto con la gente de la Red Bull Music Academy, ¿qué han hecho juntos?
El primer adelanto de Inka Haus tuvo el empujón de estrenarse en Soundcloud, y eso me hace tomar conciencia de que estamos sintonizados en la familia de RBMA. Además, vienen curando unas noches increíbles en Buenos Aires, con artistas tan reveladores como Shit Robot, Omar Souleyman, Dengue Dengue Dengue y DJ Rashad, entre otros.
¿Estás preparando algún otro material?
Por el momento estoy de vuelta en el caos de mi disco rígido; estoy ya grabando canciones nuevas, y tengo ganas de hacer otro EP, pero vengo soñando con un LP desde 2009; me parece que lo mío son los EP hasta ahora.