Tierra Adentro
Diente de león María Baranda Ediciones El Naranjo México, 2012, 80 pp.

La publicación de un libro-álbum ilustrado implica una fuerte inversión: los colores brillantes se cuidan en preprensa bajo la mirada especializada de diseñadores exigentes, el papel se elige para que las ilustraciones resalten y los acabados resultan costosos, más aún si se consideran tintas especiales y un barniz a registro (el efecto realzado o texturizado que se le da normalmente a los títulos en las tapas de ediciones lujosas). Los forros en cartoné —firmes y resistentes para las manos de cualquier pequeño destructor— aumenta varios ceros el presupuesto. Todo esto sin mencionar los adelantos de regalías para el autor e ilustrador, quienes comparten crédito por estas historias tejidas con imágenes.

Las editoriales que le dan un valor preponderante a la llamada LIJ (Literatura Infantil y Juvenil) se multiplican, puesto que invertir en este mercado presupone que formará a los lectores de las generaciones venideras. Sin embargo, este panorama literario no está exento de inercias y vicios propios de un mercado inestable y cambiante. También, los pequeños lectores son concebidos como un target al que hay que atacar. Por ejemplo, la apuesta del Fondo de Cultura Económica —sello que actualmente destina un importante presupuesto a la edición de libros-álbum ilustrados— se ve reducida a los mismos autores probados que ya tienen un mercado y un grupo de lectores. De esta manera, en su catálogo desfilan año con año obras de Oliver Jeffers, Isol, Anthony Browne, David Almond, Sebastian Meschenmoser y, como la estrella de los autores mexicanos, Antonio Malpica, cuyo libro más reciente, Por el color del trigo, bellamente ilustrado por Iban Barrenetxea, ostenta una libertad estilística concedida sólo a los autores con un consolidado grupo de lectores y seguidores.

Con respecto a los autores latinoamericanos, la visión no es muy distinta. Este año, el Fondo de Cultura Económica publicó La vida sin Santi, de Andrea Maturana, escritora chilena cuya obra es abanderada con tres premios prestigiosos y ha recibido la ovación de la crítica por sus entregas para adultos. Con ilustraciones típicamente naïve de Francisco Javier Olega, el libro trata el tema de la separación de dos pequeños amigos sin otro logro que la narración dual entre texto e ilustraciones, aspecto que se espera de cualquier libro-álbum.

 

La vida sin Santi  Andrea Maturana Fondo de Cultur Económica México, 2014, 48 pp.

La vida sin Santi
Andrea Maturana
Fondo de Cultur Económica
México, 2014, 48 pp.

 

Uno de los caminos que ofrece el Fondo de Cultura Económica a la creación joven o contemporánea y a temáticas refrescantes en LIJ es el concurso anual A la orilla del viento, que convoca a los escritores e ilustradores de los países en donde el Fondo tiene presencia comercial. Un jurado compuesto por expertos elige la obra que, a su juicio, es más representativa, entre aproximadamente doscientas propuestas que compiten por un solo premio que se comparte entre el autor y el ilustrador ($150,000 pesos mexicanos). El año pasado las ganadoras fueron las peruanas Micaela Chirif e Issa Watanabe con ¡Más te vale, mastodonte!, obra editada en tamaño tabloide dirigida a los pequeños que están aprendiendo a leer. Aunque imaginativa y perspicaz, la historia se ve disminuida por el tamaño del formato que la acoge. Micaela Chirif, la autora del texto, ha publicado más de seis libros infantiles, uno de ellos en coautoría con su difunto esposo, el reconocido poeta José Watanabe (Don Antonio y el albatros, 2008). De esta manera, se intuye que otorgar un premio como éste —a pesar de la apertura expresada en sus bases— también implica la trayectoria.

Otras editoriales pertenecientes a grandes consorcios apuestan más por la literatura juvenil, que se ha posicionado en el mercado con las conocidas sagas que invaden las estanterías, casi todas derivadas del género llamado “épica fantástica”. Como respuesta al todavía hegemónico camino de los libros-álbum, paradójicamente, editoriales más pequeñas han decidido abrirle las puertas a temáticas más arriesgadas, incluyendo en sus catálogos a autores jóvenes o poco conocidos, aventurándose en auténticos juegos estéticos dignos de coleccionarse. Este es el caso de Sana Colita de Rana, sello lidereado por la psicóloga Andrea Hegewisch, cuyo propósito es conjugar el poder reparador y curativo de las letras con los procedimientos psicoterapéuticos. Por su catálogo transitan títulos con temas peliagudos como la adopción (El árbol de las preguntas de Guadalupe Alemán), la muerte (Mi amigo el sauce de Joyce C. Mills) y la llegada de un nuevo miembro a la familia (Querido marciano de Martha Riva Palacio Obón). Aunque fuertemente enraizada en la psicología, la propuesta visual de Sana Colita de Rana es variada, responde a las necesidades actuales y permite que sus autores continúen explorando los matices y problemáticas sociales (Guadalupe Alemán, por ejemplo, eligió este sello para publicar, en 2013, su libro sobre la inadecuación, la lucha interna y el drama de una pequeña ajena a su escuela alienante: Nikola o cómo ser normal y fracasar en el intento, obra que quizá no hubiera encontrado cabida en los puntos de venta).

Diente de león María Baranda Ediciones El Naranjo México, 2012, 80 pp.

Diente de león
María Baranda
Ediciones El Naranjo
México, 2012, 80 pp.

 

Editorial 3 abejas surgió en el 2013 financiada por el INBA y Conaculta —a través del Programa Único EPRO Libros 2012— con un catálogo que conjuga nombres ampliamente conocidos como Jaime Alfonso Sandoval, María Baranda, Marisela Aguilar (socia fundadora del proyecto y antiguamente coordinadora de la colección Rehilete en Editorial Progreso) al lado de autores jóvenes y con una trayectoria en ciernes, como Elman Trevizo, Esteli Meza y la ilustradora Flavia Zorrilla Drago. Con una marcada preferencia por los valores artísticos y literarios sobre los comerciales, este sello se caracteriza por la calidad de su trabajo, dedicado en su totalidad a libros-álbum ilustrados.

Textofilia Ediciones, con el concepto de la lectura como placer, restituyendo el aspecto gozoso y adictivo del lector de antaño —que no era tanto un comprador compulsivo, como algunos sellos transnacionales lo conciben, sino más bien un devoto de la buena literatura— formó la colección El gato, también dirigida al público adulto. Sus libros-álbum tienen formatos más pequeños y costeables, pero no por ello de menor calidad, a precios accesibles (privilegio que en México sólo el Fondo de Cultura Económica, por su naturaleza subsidiada, puede darse). La directora editorial, Alejandra Nevárez, abre las puertas a escritores jóvenes y a historias sin posibilidad de moraleja, empáticas con los lectores de cualquier edad y, sobre todo, que rompen paradigmas. En El gato hay libros con ilustraciones abstractas, sugerentes e inquietantes (Formas que aparecen, de la artista mexicana Magali Lara; Donde nace el color, de Manuel García Melgar, y Mi amigo perdió la cabeza, de Amira Aranda, de próxima aparición), temáticas ríspidas para la moral mexicana, caprichos imaginativos de gran belleza (Cuaderno de mar, de Alejandro Magallanes), materiales de apoyo para pedagogos (Gato garabato y Gato garabato 100% natural) e incluso las primeras incursiones en la LIJ de escritores con una trayectoria en el campo adulto (Salón de horripilancias, de Ana García Bergua).

Un sello que ha demostrado calidad en sus títulos y autores, y que ha logrado consolidarse con el paso de los años cosechando el reconocimiento internacional, es Ediciones El Naranjo. El año pasado, con Diente de león de María Baranda e ilustraciones de Isidro R. Esquivel, El Naranjo obtuvo el premio al arte editorial CANIEM. Un libro de poesía que aborda la guerra, el hambre y el abandono, a la vez que ofrece una contraparte lúdica y esperanzadora con el estilo y tono característico de la autora. También en 2013, el libro Fiestas del agua. Sones y leyendas de Tixtla, de Caterina Camestra y Héctor Vega, ilustrado por Julio Torres Lara, recibió una mención honorífica en la Feria del Libro Infantil de Bologna en la categoría Nuevos Horizontes —para libros publicados en América Latina, Asia y África—. La multiculturalidad mexicana con sus matices y juegos de palabras, particularmente de las comunidades de Guerrero, así como una propuesta visual que combina técnicas como el grabado, le valieron la mención en uno de los espacios más emblemáticos para la LIJ a nivel mundial.

 

Formas que aparecen Magali Lara Textofilia México, 2013, 34 pp.

Formas que aparecen
Magali Lara
Textofilia
México, 2013, 34 pp.

 

Si bien su alcance es aún limitado, estas editoriales apuestan por la difusión y comercialización a través de estrategias que van desde los convencionales carruseles de entrevistas hasta la intensa presencia en redes sociales, desde las clásicas presentaciones con cuentacuentos hasta la participación en ferias del libro y licitaciones públicas, como la que convoca la sep anualmente bajo su programa Libros del rincón para enriquecer las colecciones de las Bibliotecas Escolares y de Aula de las escuelas públicas —un programa inexplicablemente despoblado de títulos de editoriales independientes—. Pareciera que la respuesta de estos sellos ante este panorama, acaparado por una pequeña hegemonía de autores, ilustradores y grupos transnacionales —algunos de merecido prestigio que tienen la mirada fija en el mercado ya probado por un escritor o ilustrador— es la especificidad. Si las ediciones producidas en masa y destinadas a públicos grandes ya existe e incluso contamina el gusto de los pequeños lectores, los sellos independientes se revitalizan con bibliodiversidad y ofrecen alternativas dignas, capaces de competir y ganar la elección del lector. Lo anterior no sólo es heroico, sino paradójico, porque en otros momentos de la historia editorial las excepciones de gran calidad brillaban de vez en cuando con algunas apuestas individuales; la basura consumida por el gran público a veces generaba y justificaba diamantes. Hoy por hoy las fórmulas son transgredidas y la creación se refresca en manos de empresas con recursos económicos limitados, fieles a sus esencias, y otorgan un sano color a este mundo ilustrado.


Autores
(Distrito Federal, 1984) ha publicado textos de creación literaria en diversas revistas y suplementos culturales como Tierra Adentro, Letra en ruta y La Gaceta, entre otros. Es socio fundador de Textofilia Ediciones. Es autor del libro álbum ilustrado Soy un dinosaurio. Actualmente es becario del FONCA en la categoría de novela.

 

Buena parte de las películas de Woody Allen son comedias románticas. Y eso no es malo.

El director neoyorkino ha hecho varias veces la misma película: un neurótico (casi siempre alter ego de Allen) conoce a una chica que “no le conviene”, quien es justo lo que el personaje no necesita o desprecia. Al final, “el corazón quiere lo que el corazón quiere” y el protagonista, en plena epifanía, resuelve no seguir a su cerebro y optar por la felicidad.

Magic in the Moonlight (2014) sigue el esquema: un neurótico mago, positivista y cientificista, conoce a una supuesta médium; su trabajo es desenmascarar los trucos y revelar que sus artimañas sólo sirven para engatusar a un joven heredero multimillonario. La médium resulta ser un fenómeno real (aunque al final sí es un fraude) y el mago modifica su visión de la realidad: hay vida más allá de la muerte y, por tanto, el mundo excede lo que se puede medir o comprobar por métodos experimentales. Aun así, el mago no cambia: calcula todo, se siente superior y encumbra la racionalidad. La médium se enamora de él e intenta conquistarlo con sus recursos: la emocionalidad, la sinceridad, el “no pensar mucho las cosas”. El mago, que está comprometido con una mujer hecha a su medida (con la misma mente científica que él), niega los avances de la médium, pues son de “mundos distintos”. Al final del día, el mago se da cuenta de que a quien realmente ama es a la médium y rompe su compromiso para estar con ella.

Manhattan (1979) trata de un neurótico que tiene una relación con una chica de 17 años. Cuando conoce a otra mujer (depresiva pero “madura”; culta pero relajada), abandona a su novia preparatoriana porque “son de mundos distintos”. La historia se vuelve una comedia de enredos: un amigo del neurótico sostiene una relación extramarital con la nueva mujer del neurótico; la ex esposa (ahora lesbiana) del neurótico le aconseja regresar con su novia joven; la ex mujer del amigo está intrigada por la nueva relación del neurótico, etcétera. Al final del día, el neurótico se da cuenta de que a quien realmente ama es a la chica de preparatoria y termina su relación con la otra mujer para estar con ella.

Las películas son hermanas en la filmografía de Allen: ambas proponen relaciones entre hombres maduros y chicas mucho más jóvenes, tanto que podrían ser sus hijas (guiño intencional). Ambas tienen escenas de “contacto humano” entre los protagonistas en planetarios; en las dos, los hombres se dan cuenta de lo conviene que es seguir a su corazón, ignorar las complicaciones racionales y simplemente “dejarse llevar por el amor”.

La diferencia, y lo que hace que Manhattan sea una obra maestra y Magic in the Moonlight una película que deja de importar tres minutos después de acabar de verla, estriba en el tratamiento de la forma cinematográfica.

La fotografía de Manhattan va más allá de una mera utilidad. Los cortes, el montaje y el encuadre de cámara no sólo responden a un “contar la historia” de manera más económica posible, sino que busca crear una respuesta estética: el encuadre durante la conversación en el puente de Queensboro, el montaje con voz en off al principio de la película y la iluminación en la escena del planetario se relacionan con el espectador en dos niveles. El primero, a nivel de anécdota: esas escenas hacen avanzar la historia o completan el carácter de los personajes. El segundo sucede a nivel de impresión concreta y se relaciona con las decisiones excesivas; éstas son las que hacen de una película esa película, le dan su materialidad.

No significa que en Magic in the Moonlight no existan decisiones (ya que todo encuadre, por ejemplo, es una decisión consciente). Lo que sucede es que son genéricas. La materialidad de una película la hace memorable y buscar que sea lo más inédita posible es la búsqueda de cualquier buen cineasta: tratar de salir de lo que uno ya está acostumbrado a ver, porque lo que se visto una y otra vez se vuelve invisible.

Piénsese en el melodrama telenovelesco mexicano y su uso sui generis del close-up al rostro. Hemos visto tantas veces ese recurso y lo hemos visto usado siempre en la misma manera que desaparece. Como no nos aporta información nueva, parece que el cerebro “se lo salta” para no perder tiempo en una percepción que no le aportará nada distinto.

Las decisiones sobre la materialidad de una película, cuando son genéricas, hacen que desaparezca como fenómeno visual. Si además se le suma la desaparición de la historia de una película por medio de decisiones genéricas sobre la trama, entonces, es como si no se hubiera visto nada.

Manhattan  tiene profundidad porque sus decisiones visuales son complejas (tal vez las de la trama sean un poco menos interesantes), exigen atención del espectador y le aportan nueva información. Vale la pena verla más de una vez porque las decisiones visuales se enriquecen, por ejemplo, el montaje del principio con la voz en off es uno de los mejores momentos de la película porque permite muchos planos de visión: el contraste entre voz e imagen, las imágenes solas, el contenido de lo que dice la voz, etcétera.

Magic in the Moonlight desaparece casi en su totalidad: ninguna decisión sobre su forma es innovadora o interesante. Sus tomas y su montaje es genérico, no aportan gran cosa al espectador, por eso ninguna escena es memorable (tal vez sólo la del observatorio, pero por negatividad: es un auto plagio). La historia y sus giros, por su parte, son bien conocidos y no sorprenden a nadie.

Esa podría ser la definición de una película dominguera: un producto lleno de decisiones genéricas, las cuales el espectador no ve, porque, en realidad, ya ha visto esa película muchísimas veces y, en esta ocasión, la usa para matar un domingo aburrido en el que lo importante es que no pase nada.

Magic in the Moonlight es demasiado dominguera, un producto hecho para verse y desecharse. Tampoco eso está mal; los domingos pueden llegar a ser terribles y a veces uno necesita no pensar en nada.


Autores
(Chihuahua, 1986) vivió en Toluca y ahora en el Distrito Federal. Próximamente será maestro en filosofía. Ha publicado en las revistas Los bastardos de la uva, F.I.L.M.E., Icónica, Registromx y El portal de Toluca. En este momento forma parte de Kinotecnia cineclub.
Fotografía: ndbooks.com

Este poema, de Michael Palmer, pertenece a Company of Moths (2005), y forma parte del libro Música ficta, antología preparada y traducida por Román Luján y Marcelo Pellegrini, que será publicada por la editorial Bonobos en coedición con la Universidad Nacional Autónoma de México.

Jackal and Falcon

 

Oh Gerardo Deniz, tell me, if you know,
is it only pyruvic acid

that causes the Muses’ tears to flow?
And who was Galatea anyway?

(Someone asked me yesterday.)
And the map as large as a territory,

whose thing is that?
And that the map is blank,

a perfect whiteness as of sand,
sand that whistles and shifts?

And the cities beneath that sand,
the canopic jars, the fractured tablets?

(Four sons had Horus: baboon,
human, jackal and falcon.)

And the Forbidden Rice, deep indigo,
of which we are so often told,

its grains as dark as pages are light,
is it ever to be known

and rolled upon the tongue?
Or is it only to be sung?

It’s suddenly gotten cold. I’m putting on
my stolen sweater and this coat.

 

Chacal y halcón

 

Oh Gerardo Deniz, dime, si es que sabes,
¿es sólo el ácido pirúvico

lo que hace fluir las lágrimas de las Musas?
¿Y quién fue Galatea en cualquier caso?

(Alguien me preguntó ayer).
¿Y el mapa tan grande como el territorio,

de quién es esa cosa?
¿Y que el mapa esté en blanco,

perfecta blancura como de arena,
arena que silba y cambia?

¿Y las ciudades debajo de esa arena,
los vasos canópeos, las fracturadas lápidas?

(Cuatro hijos tuvo Horus: babuino,
humano, chacal y halcón).

¿Y el Arroz prohibido, profundo índigo,
del cual tan frecuentemente nos hablan,

tan oscuros sus granos como claras las páginas,
se conocerá alguna vez

y se enrollará en la lengua?
¿O es sólo para cantarse?

De pronto hace frío. Me pongo
mi suéter robado y este abrigo.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
Fotografía: Flickr / Jorge Mejía Peralta.

 

 

Lo primero que habría que decir es que quizá lo último que importa de un libro es su año de publicación —es relevante, sí, por la forma en que toca y es tocado por su contexto, por los distintos modos en que puede ser leído en cada época, mas no como fecha de nacimiento o rasgo de novedad—. Lo segundo que habría que decir es que, en ese sentido, lo que sigue no es una lista de los mejores libros del año. Más por comodidad que por otra cosa, la historia de la literatura se afana en ser cronológica, pero la historia de la lectura nunca lo es. Los lectores son —para usar el término de Macedonio Fernández— salteados por definición. En el centro de la biografía —irrepetible— de un lector, en ese desorden y aparente aleatoriedad que implican que uno lea un libro y no otro, lo que se pone en juego es el gusto, ese valor que Beatriz Sarlo defendía como postura crítica en su trabajo sobre ficciones del presente. Por qué preferimos ciertos temas, autores o géneros. Lo que sigue, entonces, va en defensa de la subjetividad. Pedimos a una serie de escritores mexicanos (poetas, narradores, ensayistas y cronistas) que nos dijeran cuál, de entre los libros que leyeron durante el 2014, fue el que más les gustó, sin importar si se trataba de un libro reciente, una relectura o un clásico. El resultado es diverso, conviven obras que aparecieron en el siglo XV junto a otras que se publicaron hace apenas unos meses, y puede dar pie a reflexiones sobre cómo leen quienes escriben. (¿Qué buscamos en los libros?, ¿por qué, y qué, se lee en el metro?, por ejemplo.) Y quienes escriben son —ante todo, aunque también durante y después de escribir— lectores.

David Miklos

Este año en que Patrick Modiano se sumó a la larga lista de autores franceses acreedores del Nobel, yo encontré a un escritor que me parece uno de los mejores de dicha literatura: Jean Rolin. La cerca, publicada por Sexto Piso en 2012, llegó a mis manos después de una discusión sobre el vínculo entre la literatura y la historia. Rolin, lector del presente y de la ciudad que lo contiene, París, fracasa en su expedición al pasado —la rememoración del mariscal napoleónico Michel Ney— y vence en su deambular por el aquí y el ahora —el retrato vivido de la marginalia parisina, delimitada por el periférico Bulevar Ney—. Híbrido que no es novela ni ensayo ni crónica ni nada, La cerca es un libro, sin más, perfecto: una obra literaria en sí misma, recubierta de un teflón que se resiste a las etiquetas, difícil de describir pero fácil de leer: el recorrido al que Rolin nos invita, repleto de calles, personajes, momentos históricos, relingos urbanos y tiempo vuelto polvo, es un notable ejercicio de prosa sin género, además de una muestra de que la literatura francesa, premios aparte, es aún vigorosa.

La-cerca

Antonio Ramos Revillas

Aunque de origen alemán, uno de los autores tradicionales mexicanos con quienes tengo una deuda de lectura es B. Traven, compromiso que empecé a saldar este año. Puente en la selva (Compañía General de Ediciones) es una novela que relata la vida de la gente en una selva virgen, donde los hombres viven con lo necesario, pero regidos por lazos ancestrales y con un marcado sincretismo. La historia, narrada desde el punto de vista de un norteamericano, narra la desaparición de un chico durante una noche de fiesta que se realiza junto a un gran tanque de agua a donde antes llegaban barcos en su paso por el río. La tensión, desde ese momento, no desaparece. La selva en esta novela es asfixiante: la temperatura, el hambre, el dolor, así como la tensa relación entre los personajes y la narración del rito mortuorio. Traven narra con todos los sentidos. Además, el lenguaje es preciso, algo recargado, como lo que se cuenta. Una de mis lecturas más emocionantes de este año.

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Sara Uribe

Un festival de objetos y fragmentos: una lista con algunos de los discos de Cornell que se encontraron en su estudio al momento de su muerte. Cronologías y cartografías verídicas e imaginarias. Minúsculos mapas de ciudades improvisadas para perderse. La rueca del azar o de la infancia. Una caja de cartón que contiene postales de: Simic, Mekas, Duchamp, Dickinson, Borges, Ovidio, Rothko, Sontag, Dalí, Rimbaud, Lévi-Strauss, Whitman, Picasso, Chirico, Eliot, Pound. Una yuxtaposición de escenarios y destinos fallidos ante la fascinación por el viaje inmóvil. Bajo el auspicio de lo descoyuntado: un montaje que se fractura. Escenas repetidas e invertidas. Letras que se empequeñecen. Un listado de hoteles o una relectura de collages: Manhattan-New York-Times Square-Mulberry Street. Viñetas, tachaduras, montajes instantáneos, espectáculos en miniatura, breves ensayos y apuntes biográficos que crean y recrean a todos los Cornell posibles. Un obituario sin traducir. Una pequeña Lady Godiva atravesando fotogramas en un corcel blanco. Elegía Joseph Cornell (Caja Negra Editora), de María Negroni, es una casa abandonada a la que entramos furtivos, con cámara en mano, para dar cuenta de todo lo perdido, para regodearnos, voyeuristas, con los exquisitos souvenirs y artefactos expuestos en cada una de sus habitaciones textuales. Este libro es también una delicada caja-trampa para asir. Un poema fílmico. Un assemblage.

elegia

Yuri Herrera

Si tuviera que elegir uno solo, diría que La Celestina, de Fernando de Rojas, es un libro en transición (entre épocas, entre géneros), impúdico, inventivo, en el que hay magia, crítica social, sexo, traición, poesía. Es un libro al que le encuentro algo distinto en cada relectura.

la-celestina

Juan Pablo Anaya

Este 2014 releí la novela La venus de las pieles (Tusquets), de Leopold von Sacher- Masoch, a la luz de La metamorfosis y la Carta al padre de Franz Kafka. La pista que me llevó a esta lectura la encontré en la biografía de Sacher-Masoch que escribió Bernard Michel. En ella señala cómo varios elementos en La metamorfosis aluden claramente a la novela de quien dio nombre al masoquismo. La noche antes de amanecer convertido en insecto, Gregor Samsa se dedicó a contemplar una estampa de la venus que precisamente idolatraba el propio Sacher-Masoch, La venus de las pieles. Gregor es el nombre que, en la novela de Masoch, Wanda, su dominatriz, le asigna al héroe masoquista. Samsa bien podría ser un anagrama parcial del apellido Sacher-Masoch. Desde esta perspectiva, La venus de las pieles resulta un experimento literario y político que precede e influencia al propio Kafka. En una entrañable y divertida novela rosa, el protagonista lleva a cabo un experimento político que es a su vez una caricatura invertida de la sociedad patriarcal: firma un contrato con una mujer que establece su esclavitud y le da derecho a ella de asesinarlo. Como dice Deleuze, a base de humor el héroe masoquista lleva hasta sus últimas consecuencias una prohibición moral: pide que lo castiguen de antemano por desear a una mujer que no será su esposa, por lo que se vuelve el esclavo de ella y le exige que lo azote. Algo así es lo que hace Franz Kafka cuando en la Carta al padre lleva hasta sus últimas consecuencias la inflación del complejo de Edipo, al punto en que la figura del padre, en un agrandamiento hasta el absurdo, se vuelve ridículamente culpable de casi todo.

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Jazmina Barrera

Este año leí Las pequeñas virtudes (Acantilado), de Natalia Ginzburg. Ya había leído algunos de sus ensayos y un libro que escribió sobre Chéjov, pero durante las dos semanas que viví en Washington Heights, en Nueva York, leí por primera vez, durante mis largos trayectos en metro, Las pequeñas virtudes completo. Sólo me permitía leerlo en el metro, para que no se me fuera a terminar demasiado pronto. Un par de veces se me pasó la estación de lo concentrada que estaba en la lectura. No se me ocurre mejor manera de ejemplificar cómo me atrapó el libro, cómo, desde la primera página, ya tenía tristeza de que se fuera a terminar. Ginzburg escribe de la melancolía en Inglaterra, de su vocación, del silencio, de Cesare Pavese y de su relación con su esposo. El primer ensayo, «Invierno en los Abruzzo», es acerca de su vida en esta zona de Italia en donde vivió en el destierro con su esposo y sus hijos, a la espera de volver a la gran ciudad. En ese entonces se quejaba de la vida del pueblo, que le resultaba demasiado pacífica en comparación con su pasado. Cuando su esposo murió en una prisión de Regina, se dio cuenta de la importancia de ese momento en su vida, de la anticipación de la felicidad que es en realidad la felicidad misma: «En ese entonces creía en un futuro simple y feliz, lleno de esperanzas cumplidas, con experiencias y planes compartidos. Esa fue la mejor época de mi vida, y sólo ahora que se me ha ido para siempre, sólo ahora me doy cuenta». La nostalgia en Ginzburg nunca es derrotista, convive con un entusiasmo y un sentido del humor cautivantes. Estas son sólo algunas de las enormes virtudes de la escritura de Ginzburg.

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Ángel Ortuño

Los páramos inversos (Popayán), de Juan José Rodinás es un volumen de casi 700 páginas que reúne poemas escritos durante 12 años (2000-2012). Esa es mi respuesta si me preguntan por uno de los más asombrosos libros que he leído este 2014. Intrincados versículos neobarrocos, líneas escuetas de realismo duro, referencias de altísima cultura u oscuras y deliciosas basuras serie Z, todo está aquí con un fraseo, una respiración y una inagotable capacidad de montaje y re-composición que nunca se plantea el falso dilema entre el uso de la metáfora y la metonimia sino que convierte el poema en un huracán de recursos tropológicos cuya multiplicidad de registros hace pensar en las muestras de estratos geológicos o en los paisajes vistos desde un avión. La composición es, a la vez, delirante y rigurosa, lisérgica y feroz pero con una extraña delicadeza.

 

Laia Jufresa

Me quedo con El idioma materno (Sexto Piso), de Fabio Morábito. Los dos mil caracteres de cada texto me duraban las tres estaciones de metro que me separan del gimnasio. Los leí así: uno por uno, de ida y vuelta. Y luego, como me olvidaba de sacarlo de la bolsa de los tenis, lo releí un par de veces seguidas, en desorden. Es un libro grato para cualquiera, pero quizá lo disfrute especialmente quien escribe. Sin disquisiciones ni pedantería, con la puntería y limpieza que distinguen a Morábito, cada texto explora algún rincón (los quiebres, las debilidades, las necesarias traiciones) de una vida entregada a la escritura.

elidiomamaterno

 

Jezreel Salazar

El libro que más llamó mi atención este año fue Pornoterrorismo, de Diana J. Torres, escritora española además de artista multidisciplinar. Lo editó Sur+, una editorial con mucho olfato crítico y con marcada postura militante (lo que la hace excepcional al interior del campo cultural mexicano). El libro combina lo autobiográfico con la reflexión ensayística de corte feminista, ofreciendo una mirada desprejuiciada y provocadora en torno al uso del cuerpo como espacio de liberación y como ejercicio de una disidencia política única, la que sostiene que la desobediencia civil comienza por la sexualidad. Torres lleva a cabo un ejercicio radical de autonomía personal y enarbola una escritura contra las etiquetas, las convenciones y la sumisión en general, pero a favor de la sistemática falta de respeto a toda moral (ultraconservadora o plenamente liberal) que implique la represión de los cuerpos. Leído en México es aire puro debido a que el deseo, me refiero al deseo emancipado, es una experiencia que no ha sido suficientemente expresada en nuestra propia literatura. El libro es, además, un ejemplo de lo que el ensayo puede llegar a ser cuando se piensa como ejercicio disidente. No se trata de un tratado estilístico, pero si la literatura sigue siendo transgresión de normas, desautomatización, lenguaje que rompe los vínculos ordinarios entre un yo y su mundo, escándalo… este es el libro más literario que he leído en los últimos meses.

Portada

Daniela Tarazona

Secretos a voces (RBA), de Alice Munro. Porque me alucinó la construcción de los relatos, la discreta o casi invisible manera en que enlaza un hecho con otro, el devenir del tiempo en las historias, la construcción de los personajes, los atisbos de verdad y el humor: Munro teje con un hilo finísimo.

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Nicolás Cabral

El libro que más me impactó, entre los que leí este año, fue The Uprising. On Poetry and Finance, de Franco Berardi «Bifo». Acaba de ser publicado en español por Sur+, como La sublevación. Yo leí la edición original, en inglés. Me importa sobre todo la noción de «insolvencia»: extraer al lenguaje del intercambio económico. Es un ensayo muy lúcido sobre el papel de la poesía en el mundo actual: «En el inicio de la segunda década del nuevo siglo, mientras el capitalismo depredador desregulado destruye el futuro del planeta y de la vida social, la poesía va a jugar un nuevo juego: el juego de la reactivación del cuerpo social». Bifo propone una literatura que se oponga a la «semioinflación», donde se necesitan cada vez más signos, palabras e información para «comprar» menos significado.

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Fernanda Melchor

Leí Los albañiles (Seix Barral), de Vicente Leñero, tres veces este año, y en cada una de esas ocasiones llegué a la página final con la impresión de haber leído una novela policial redonda, aunque en ella Leñero se niegue a presentarnos una única solución al crimen: el asesino de un odioso velador pederasta puede bien haber sido cualquiera de los albañiles que trabajan en la construcción, o incluso el ingeniero a cargo. Esta solución —o más bien, esta falta de solución— empleada por Leñero tiene la virtud de espejear con fidelidad al sistema de justicia mexicano, caracterizado por la impunidad, la investigación deficiente y el expediente eternamente abierto. Polifónica, densa y engañosamente nítida, es quizás mi novela favorita de este autor recién fallecido.

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Eduardo Huchín Sosa

Una breve historia de casi todo, de Bill Bryson. Tiene más de diez años y lo adquirí en un remate de libros (estos dos datos no son menores). Más que un simple libro de divulgación científica, es una amplia, y en verdad divertida, celebración de la curiosidad. Te permite, si ya pasaste los treinta años, interesarte por todo eso que se supone habías aprendido en la primaria —el nacimiento del universo, la edad de la Tierra, la Corriente del Golfo, las placas tectónicas, la actividad celular, la evolución de las especies, las glaciaciones, la extinción de los dinosaurios— y que seguramente habías olvidado porque venía explicado de la manera más aburrida posible. Bryson tiene un especial talento para hacer que todo eso resulte no sólo entretenido sino apasionante y escalofriante y sorprendente. Cuando uno se da cuenta de que este libro recorre 13 mil millones de años de historia, empieza a pensar que el reto era todo menos pequeño. Y el resultado es de verdad envidiable.

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Maricela Guerrero

Este año seguí releyendo el Qujiote para mis hijos —lectura en voz alta con ruiditos y efectos: Sancho, por ejemplo, habla con ese tono defeñoclaselumpen de película de la época del cine de oro que, a decir de Sofía, le da mucha chistosidad—. Iniciamos esta aventura por ahí de abril o mayo de 2013. Vamos lento, nos regresamos, avanzamos, casi siempre volvemos al inicio del capítulo IV «La del alba sería cuando Don Quijote salió de la venta, tan contento, tan gallardo, tan alborozado por verse ya armado caballero, que el gozo le reventaba por las cinchas del caballo», que termina triste triste triste. Y en ese punto nos rehusamos a pensar que las aventuras deben terminar así, con el aventurero todo aporreado, y suponemos que esa es una de las alegrías que nos da esta lectura compartida: que podemos platicarla y decidir nuestra propia interpretación. Por otro lado, nuestra lectura tiene partes favoritas. No nos saltamos ningún capítulo, poema, verso, frase o palabra. Cuando algo no me queda claro, investigo y lo comentamos a la siguiente, intentamos cantar las canciones, justo ahora estamos en el capítulo XLIII, que se inicia con estas coplas que interpreta el mozo de mulas enamorado de Clara y a quien la discreta Dorotea consuela: «Marinero soy de amor / y en su piélago profundo / navego sin esperanza / de llegar a puerto alguno. / Siguiendo voy a una estrella / que desde lejos descubro, / más bella y resplandeciente / que cuantas vio Palinuro». Supongo que a mis chamacos y a mí nos queda Don Quijote para rato, y, bueno, el libro es una maravilla que leí hace como quince años, pero que hoy, en voz alta, con mis chamacos de interlocutores y con todo lo que nos da para recordar juntos, es de lo mejor de los últimos tiempos.

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Daniel Saldaña París

Mi libro del año sería La novela luminosa (Random House), de Mario Levrero, que no había leído hasta agosto-septiembre de 2014. La novela luminosa tiene más de 500 páginas, pero una buena parte del libro, en realidad, es un largo prólogo a la novela en sí, titulado «Diario de la beca». En ese falso y desmesurado prólogo, el narrador gana una beca de la fundación Guggenheim para escribir La novela luminosa, pero no puede comenzar a escribirla porque está ocupado perdiendo el tiempo en la computadora, viendo pornografía y haciendo mínimos ajustes a su procesador de texto para que organice las entradas del diario que está escribiendo. La trama se demora sin comenzar nunca mientras Levrero-narrador lucha contra sus horarios de sueño o come milanesas cocinadas por una tal ChL, uno de los pocos personajes que aderezan el encierro asfixiante del libro. En definitiva, es al mismo tiempo una de las novelas más aburridas que he leído en mi vida y una de las más geniales, honestas y rabiosamente contemporáneas.

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Nadia Villafuerte

El libro que más disfruté este año fue Cuentos completos (Lumen), de Flannery O’Connor. Se trata de un puñado de historias ambientadas, la mayor parte de ellas, en el sur de Estados Unidos: un territorio geográfico signado por la belleza del paisaje (casi bíblico) y por su atrocidad; por la relación intrínseca entre el paisaje exterior (árboles, ríos, los monzones del verano, las tormentas, el paso del tren) y el mapa interior de personajes con vidas destruidas o destruyéndose a perpetuidad, pues el sur americano ha estado marcado por el racismo y el abandono. Flannery O’Connor es una maestra del cuento, y en pocas páginas construye personajes que casi siempre enfrentan un dilema moral o ético, a menudo también sin solución. La prosa de O’Connor, a diferencia de la densidad estilística de Faulkner, otro escritor sureño, es simple. No busca el retrato triste sino la complejidad de la vida tal como es. Nada de adornos ni expectativas. Y es justo en esa simpleza donde se potencia la impiedad con la que esta autora trató al blanco y al negro, al rico y al pobre, al hombre y a la mujer de su época: nadie es inocente en el universo, la estupidez y la violencia vienen de sus propios deseos o impulsos, pero igual cierta belleza en la existencia les posibilita redimirse: una belleza mística o platónica que los hace experimentar una sacudida para salir de sí mismos, para arrancarlos, aunque sea por un instante, de la conformidad. Debo añadir que este libro no sólo fue gozoso por razones literarias, sino porque me permitió reconciliarme con las historias de mi tierra natal, historias que había olvidado. Ese es el prodigio de la literatura: que dos sitios geográficos distintos provoquen un mismo colapso emocional.

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Óscar David López

Cerocerocero (Anagrama) de Roberto Saviano es un libro que borra los límites entre la ficción y la no ficción debido a que el autor reconstruye relatos y anécdotas del poder de las drogas. Saviano tiene una pluma multigenérica que sabe ofrecer tanto una prosa rigurosa como un componente poético para hablarnos de cómo la cocaína gobierna desde muchas alturas y ángulos el mundo. Por experiencia propia, uno de mis temas favoritos son las drogas, tanto las recreativas como las de distribución farmacéutica, entonces he leído un sinnúmero de tratados y crónicas sobre la cocaína, su producción y usos, y puedo decir que el libro de Saviano plantea el modo en que países como Colombia y México son un diamante para las economías de sus gobiernos y sus mafias. «Quien no conoce México —dice el autor— no puede entender cómo funciona hoy la riqueza en este planeta».

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Autores
(Ciudad de México, 1986) es una joven promesa rota. En 2013 fue becario del FOCAEM, en 2014 de la Fundación para las Letras Mexicanas y actualmente lo es del FONCA. No ha plantado árboles, no ha tenido hijos, no ha publicado libros. Es editor de la revista Tierra Adentro.

Especial de 30 Aniversario de Rockdelux

Apenas en la primera de un generoso volumen de 214 páginas, el equipo editorial de esta emblemática revista barcelonesa resume los que han sido sus ejes motrices durante 30 años de existencia: música, ética, estética, crítica y pensamiento. Principios que no hacen sino que reconozcamos a cabalidad lo profesional y riguroso de su trabajo.

Sólo el paso del tiempo permite aquilatar las cosas en su justo valor, y cuando nos referimos a revistas musicales y culturales no son muchas las que puedan conservar vigente y pujante su proyecto, sin caer en complacencias e inercias facilistas.

Los avatares de la industria musical y las circunstancias en su interior han hecho que publicaciones como Rolling Stone y Spin hayan perdido ese sitio como publicaciones de auténtica referencia —sus mejores años hace mucho pasaron—. Cuando se hace un repaso de los medios más influyentes de entrada hay que señalar a las británicas Vox y Mojo, que a las nuevas generaciones tal vez les parezcan demasiado conservadoras, pero que impulsan activamente el periodismo de investigación y el revisionismo crítico.

Sin duda,  los vínculos afectivos también pasan por la conexión generacional; se sabe que la New Musical Express es una fábrica inagotable de petardos y espejismos. Hay que tener cierta prudencia con sus grandes encumbramientos —muchos de ellos efímeros—. Por ello, el otro gran referente es la francesa Les inrockuptibles, que forma parte del debate y la vida pública del país y su influencia se extiende a la política y los aspectos sociales; su importancia es tal que se edita semanalmente (la versión argentina es mensual).

Y la otra gran publicación —la mejor en idioma español— es la Rockdelux; siempre combativa, reflexiva, apostando por la música de vanguardia pero también abriendo espacio para otros géneros —ellos han impulsado diversas expresiones del folklore—.

Con Santi Carrillo en la Dirección editorial y Juan Cervera como Director de redacción, se propusieron celebrar sus tres décadas de existencia con un especial de colección que se editó en noviembre pero que todavía circula (y que se puede comprar en línea): Especial 30 aniversario: 1984-2014 en 300 discos, un trabajo  que permitió convocar a gente que colaboró durante todos esos años y que incluye además la explicación del sistema matemático con el que llevaron adelante su sistema clasificatorio junto a insertos que recuperan año por año los contenidos de esta ejemplar revista.

Ccomo era de esperarse,  obtener 300 discos inapelables sería casi imposible (estos conteos siempre levantan ámpula)  y suman un anexo de otros 200 álbumes imprescindibles. Gente del medio, especialmente músicos, dan también su punto de vista de la aportación de Rockdelux a lo largo de esos 6 lustros.

Al momento de presentar su lista, el tándem editorial ha decidido precisar sus movimientos:

Para seleccionar los 300 discos imprescindibles del período 1984-2014, Rockdelux ha querido partir del rock y el pop, los marcos culturales que sirven de eje a la revista, para abrirse también a todos aquellos géneros y estilos que han definido estos treinta años, tan convulsos como excitantes: la arrolladora aparición del hip hop como nuevo paradigma de la música negra; la expansión de la electrónica como lenguaje lúdico y experimental; las múltiples declinaciones de un sonido, el de la guitarra, que parecía haber llegado a su límite expresivo; la instauración de una red de músicas del mundo que se posicionaban como alternativa a la dominación cultural anglosajona… Y, por supuesto, todos aquellos cambios que ha experimentado la música en España, de los coletazos de la movida al zumbido de la escena indie, pasando por las metamorfosis de un flamenco viajero y abierto a la electricidad. Así, la lista que presentamos propone recuperar discos emblemáticos bajo la nueva luz que les ha proporcionado el tiempo. También supone una oportunidad de descubrir artistas y sonidos que, ahora resituados, podrían haber pasado desapercibidos para el radar del oyente. Y, sobre todo, se trata de una invitación a escuchar. El principio básico del que nace toda cultura musical.

A estas alturas del texto, el lector se preguntará por la cumbre de tan compleja y apasionante lista; aquí está.

1.- Public Enemy, It Takes A Nation of Millions To Hold Us Back (Def Jam, 1988)

2.- The Smiths, The Queen Is Dead (Rough Trade, 1986)

3.- Pixies, Doolittle (4AD, 1989)

4.- Prince, Sign O The Times (Paisley Parke/Warner, 1987)

5.- My Bloody Valentine, Loveless (Creation, 1991)

6.- Morente &Lagartija Nick, Omega (El europeo, 1996)

7.- Nirvana, Nevermind (DGC, 1991)

8.- Massive Attack, Blue Lines (Virgin, 1991)

9.- Portishead, Dummy (1994)

10.- The Jesus And Mary Chain, Psychocandy (Blanco y negro, 1985)

Y ya entrados en gastos apuntemos también uno más:

11.- R.E.M, Automic For The People (Warner, 1992)

https://www.youtube.com/watch?v=n-cD4oLk_D0

Como era de esperarse, el número ha provocado una gran atención mediática e intensas polémicas a diferentes niveles, ante lo que Carrillo ha precisado:

Rockdelux es una marca reconocida en el ámbito de la música, generalmente alabada y muchas veces atacada, con una tendencia innata para generar debates y crear una cierta polémica, casi nunca premeditada, alrededor de ella. Pero no hacemos periodismo sensacionalista, ni superficial ni frívolo.

En entrevista con el Diario español El periódico, Santi puntualizó a propósito de la tarea del crítico en el actual escenario del periodismo musical:

En tiempos de tan fácil acceso a tanta música, parece más necesaria que nunca la figura del crítico, alguien que filtre y ordene el caos, pero no todo el mundo piensa igual. En los últimos tiempos, hay poco aprecio por profesores y periodistas. Las redes sociales, y su adicción, han conseguido que la valoración de la elaboración reposada de las opiniones esté en entredicho. Donde haya un Twitter rápido y fácil, que se quite lo demás.

El futuro sigue siendo prometedor para la revista y seguirán apostando principalmente por el papel: hoy más que nunca siguen aferrados a sus principios. ¡Gracias Rockdelux por tus primeras 3 décadas!

 


Autores
De los años sesenta tomó la inconformidad recalcitrante; de los ochenta una pasión crónica por la música; de los noventa la pasión literaria. Durante la década de los dosmil buscó la manera de hacer eclosionar todas sus filias. Explorando la poesía ha publicado: Loop traicionero (2008), Suave como el peligro (2010) y Combustión espontánea (2011). Rutas para entrar y salir del Nirvana (2012) es su primera novela. Es colaborador de las revistas Marvin, La mosca, Variopinto e Indie-rocks y los diarios Milenio Hidalgo y Reforma, entre otras publicaciones.
Fotografía: Flickr / MACBA.

La mente no está sino en el cuerpo, es acaso el latido del corazón, flujo de sangre sobre las cosas no tan alejadas de nuestro propio diámetro. Si pensamos esto, lo que llamamos consciencia es tanto imaginación como forma, material para encender fogatas o imaginar universos. Lo que pensamos sobre el mundo definiría entonces la consistencia de nuestra piel, el número de pasos que nos separan del otro. La voz, las palabras que utilizamos para definir la realidad o estirarla. Al final, ¿qué es la poesía sino la posibilidad? El ruedo del espíritu al que nos aventamos sin buscar salvación sino entrega.

            En La sublevación, el escritor italiano Franco Berardi, también conocido como Bifo, indaga en las posibilidades subversivas del lenguaje, en aquel puente demolido hacia la realidad y el cuerpo: la poesía. Sin embargo, no es tan sencillo el recorrido. No se trata sólo de decir que al crear mundos el lenguaje poético alberga en su génesis la semilla de aquella sublevación corpórea que ahora imaginamos en las calles y que se enciende cada vez con mayor frecuencia. La poesía no es autoridad, voz para enunciar verdades pristísimas, sino juego. Es precisamente en esa inestabilidad, en su juego y nadería, donde se pone en marcha una creatividad que nos devuelve al otro.

La semana pasada Bifo1 presentó este libro en el Museo Universitario de Arte Contemporáneo, en la UNAM, y posteriormente en La Jícara, en la ciudad de Oaxaca. Fue editado por Surplus, una editorial independiente oaxaqueña que suele ofrecer títulos interesantes para repensar la realidad y con suerte transformarla. En el MUAC, el autor estuvo acompañado por César Enrique Pineda, Eugenio Tisselli y Alejandro Flores Valencia. La presentación en Ciudad Universitaria consistió en una charla donde la opinión de Bifo funciónó sólo como hilo conductor a las intervenciones de los otros ponentes y del público, quienes durante casi tres horas dialogaron en torno a los recientes acontecimientos políticos y sociales que han sacudido los cimientos del imaginario mexicano para iluminar las condiciones en que vivimos gracias al proyecto neoliberal.

Bifo piensa que en esta etapa del capitalismo el dinero no es más que imaginación donde se atan los cuerpos a realidades específicas y a partir del cual se define cómo gastamos el tiempo, produciéndose una separación elemental entre el lenguaje y la esfera afectiva, y entre la esfera del cuerpo y el deseo. Así como el trabajo se encuentra desvinculado de su función de utilidad, la comunicación ya no se concibe en su dimensión corporal. Nos comunicamos por redes virtuales, vivimos frente al monitor o celular. Aislados, alimentamos nuestra soledad con versiones fabricadas de comunidad. El mercado ahora dicta qué es una familia, una pareja, una persona. Las ficciones nos envuelven y dictan el ritmo de nuestras conversaciones. La atención que antes se repartía en la calle, con miembros de la comunidad, se dirige a la pareja, asfixiándola con requisitos impuestos, con esa terrible dictadura de la felicidad, que además —y según el mercado— debe venir siempre del otro, de afuera.

Franco Berardi compara las ciudades con circuitos electrónicos o microchips, redes interconectadas que se cruzan sin siquiera tocarse. La vida en las metrópolis está marcada por la ausencia del otro. En el transporte público, el auto o el metro; viajamos hacia el trabajo y de regreso a casa con un montón de extraños con quienes compartimos el espacio, o mejor dicho, lo peleamos. No existe en ningún momento, ni siquiera los fines de semana donde nos disponemos a disfrutar del tiempo, a vivir a fin de cuentas, donde existan espacios genuinos de convivencia. Nuestros abuelos los tenían, entablaban amistad con los vendedores de fruta, los marchantes, los zapateros y remendadores, ahora casi inexistentes, visitaban de vez en cuando a los compadres, se reunían en fiestas, comidas, días de campo, las conversaciones crepitaban junto al calor del comal, al café y la leña recién cortada. Sabían que no se puede ser feliz si no se está acompañado.

Lo que nos sucedió en apenas dos generaciones fueron los bancos y sus políticas, las trasnacionales, el narcotráfico. Al mismo tiempo, lo que Bifo llama sensibilidad, ese cuerpo erótico, relegado al terreno privado y a las artes, se pierde en el lenguaje con una visión tecnolingüística del mismo. La lingüística recorrería entonces el camino contrario a la poesía si suponemos que ésta ha perdido sus vínculos inmediatos con el mundo. Ya lo decía Michel Foucault, las palabras son las cosas, los significados se extienden más allá de cada objeto para reconfigurarlo. Quién decide esto es el problema. No tenemos un lugar en esta red, un sitio donde el significado sea creado como bien común o como juego. El espacio del nosotros metafórico, del cuerpo en el cual habitar y construir ciudades.

Habitantes de ciudades, posmodernos que pisan distintos mundos sin siquiera darse cuenta, para nosotros, los referentes poéticos no existen, no forman parte de la realidad sino de una imaginación circunscrita al imposible, a Hollywood y sus fantasías animadas. Solamente el trabajo y el dinero pueden, desde esta perspectiva, modificar las cosas, ofrecer un terreno fértil al cual aferrarnos, mientras que otro tipo de actividades y formas de pensar están destinadas al fracaso, a la inutilidad.

En este sentido, el lenguaje poético, y en general artístico, está alejado de sus referentes inmediatos pues no encuentra espacios para su realización afectiva, es decir, espacios donde deje de ser un espectáculo, una cuestión de entretenimiento para olvidar la realidad y, por el contrario, se incorpore a un cuerpo colectivo que enuncie, dialogue, y a partir del cual se aprenda a escuchar e intervenir la mirada del otro como propia. Lo político es la palabra en cuanto a que desconstruye y ofrece una visión distinta del entorno. Bifo piensa que la poesía es una manera de reactivar esta empatía.

La filosofía ha hablado bastante de esto. Ha sido siempre el problema del otro, del sujeto frente —y que se enfrenta— al otro. En Entre nosotros: Ensayos para pensar en otro, el filósofo lituano Emmanuel Lévinas, en tiempos de posguerra señala la falta de vínculos entre lo que hemos definido como yo y el otro. Desde entonces se vislumbraba ya la brecha que generaciones posteriores tendríamos que atravesar, saltar hacia el vacío que dejó el fascismo y el horror, que sigue habitando en las profundidades del mercado. Al promover la supremacía del sujeto, del individuo sobre lo colectivo, y minar aun los espacios donde la convivencia es posible, el capitalismo hace que nos enfrentemos diariamente con el otro e incluso con nosotros mismos: las batallas también se dan en el espejo, recordemos las enfermedades que han surgido por ese fantasma. Ahí está la pintura y sus múltiples espejos.

Para Levinas, no podemos entender la ética si no aprendemos a observar en el otro nuestros propios gestos, si no percibimos y activamos con ello lo que Bifo considera sensibilidad. El ser es existencia, y ese existir solamente se realiza a partir de la presencia del otro en quien nos vemos reflejados, a quien acudimos cuando tenemos algún problema, a quien amamos, pero también a quien consideramos un completo extraño, igual que tú y que yo, con las mismas preguntas e inquietudes, con esperanzas similares hacia un futuro cada vez más incierto. Hay que pensar quizás en la propia muerte y atravesarla, sentir que cada cosa que hacemos va con suerte hacia la vida y sus múltiples contradicciones, pero que genera, cuanto menos, un destello en las inmediaciones del tiempo.

 


1 Diálogo de Bifo en el MUAC.


Autores
Es licenciada en Lengua y Literaturas Hispánicas, por la UNAM. Junto al artista plástico Pavel Acevedo, dirige Espacio Centro, un lugar independiente de exhibición y producción artística ubicado en la periferia de Oaxaca. Trabaja lentamente en su ficción y en un pequeño huerto.

Borgman (van Warmerdam, 2013) y Birdman (Iñárritu, 2014) son las caras de una moneda. Ambas son buenas historias. Una se decanta por la fatalidad del destino y la destrucción de la familia por parte de un extrañísimo clan de vagabundos; la otra, cuenta la vida de un actor venido a menos que quiere recuperar el mundo que rellene, otra vez, su ego.

La diferencia más radical está en la estructura.

En Borgman, no hay posibilidad de dudar que todo lo que sale en pantalla efectivamente sucede en ella. El registro no es onírico, por más que los eventos y los personajes estén alejados de lo que se conoce en la vida diaria. Hay un vagabundo, casi metafísico, que no hace ruido cuando camina, y que es líder de otros dos vagabundos y un par de mujeres que asesinan según sus intereses (nunca dichos en la película). La película es fantástica y, por lo tanto, necesita que el pacto con el espectador sea total (sería necio criticar Borgman aduciendo que no existen personas así).

La ecuación: entre más fantástica una película menos niveles de realidad se proponen dentro de ella.

Es entendible que al proponer un mundo o personajes que se parecen muy poco a los que se conocen en el día a día, sea complicado para el espectador identificarlos o saber hacia dónde van si se maneja la atmósfera en distintos niveles de presentación. Es decir, si se introducen sueños, alucinaciones, éxtasis o predicciones del futuro, será difícil distinguir qué pasa en la interioridad de los personajes y qué es compartido.

Es intencional que Borgman —que opta por el minimalismo— esté filmada según convenciones realistas y conservadoras: no hay grandes vericuetos técnicos, no hay escenas de sueños (bueno, un par, pero muy cortas y bien identificadas) o despliegue de “imágenes metafóricas” (es decir, secuencias que, más que abonar a la continuación de la historia, son un adorno o un eco de otros elementos), la edición y la narrativa es económica (sólo planos necesarios para la trama, sin historias divergentes), y el espacio de los hechos es delimitado (principalmente la casa y pocas partes de ella).

Birdman cuenta una historia de lo más común: un actor quiere regresar a sus glorias pasadas y quema las naves en el último intento de regresar al reflector. Tan es una “historia de la vida real” que el protagonista, Riggan, interpretado por Michael Keaton, es una versión de Michael Keaton: el actor que en los noventas era rey de Hollywood gracias a la interpretación de un superhéroe. El éxito lo encasilla en un papel del que no puede deshacerse y cae en el olvido.

Birdman es una película compleja y llena de detalles: muestra cómo el protagonista puede mover objetos con la mente y vuela; está hecha en una sola secuencia (aunque no un plano secuencia en sentido estricto, gracias al trucaje digital); hay personajes secundarios muy importantes, diversas líneas de la trama, el diseño sonoro es abigarrado, las actuaciones (sobre todo la de Keaton) sobresalen, etcétera.

A veces se deja al aire la pregunta de si en realidad la cosas suceden tal y como se muestran (si Riggan destruyó con telepatía su cuarto); en otras, la “fantasía” es desmontada por los personajes (el vuelo hasta el estudio, que se revela como un común y corriente viaje en taxi); en otras, se afirma equivalencia entre fantasía y realidad (la escena final de Sam, hija de Riggan, que ve volar a su padre).

Este barroquismo visual es multinivel: toda la película es una sola toma a pesar de los saltos temporales; la música se mezcla con el universo de la película (un baterista toca, al mismo tiempo, el soundtrack de la película en la calle, mientras Riggan y Shiner lo ven); hay historias divergentes que no cierran (la del hijo nonato de Riggan, la relación entre Shiner y Lesley, el romance entre Shiner y la hija de Riggan, la reconciliación entre Riggan y su esposa).

Esos malabares narrativos son posibles porque la historia ya se conoce, es decir, se entiende bastante bien porque responde a lo que podría pasar cualquier día de la semana.

Es la otra cara de la moneda: la historia del mundo real, con una presentación y formato complicados (Birdman), versus la historia rara, con formato económico y simple (Borgman). No es una regla que las historias fantásticas pueden ser contadas en un esquema complejo e historias cercanas al mundo real pueden ser contadas de manera simple.

El caso es que la simpleza es la clave del éxito de Borgman y el barroco la perdición de Birdman.

Las películas corren paralelas: cuando empieza Borgman, es confusa y, al final (sin resolver las preguntas de quiénes son los personajes, de dónde vienen y a dónde van), se aclara: la historia cuenta con efectividad. Birdman es luminosa al empezar y, en el último tercio (a pesar de que el conflicto principal y la epifanía del protagonista sí suceden), su complicada estructura la manda al traste.

En la de Iñárritu, los últimos sucesos pasan, pero son edulcoraciones, falsos en cierto sentido. Shiner y Sam se enamoran de la nada —dos secuencias en la azotea no dan suficiente material para su relación—; Riggan se suicida en el escenario, pero no, sólo se vuela la nariz; Riggan y su pareja, Laura, van a tener un bebé y, al final, nada de niño, sólo así, sin mediar más que un posible error por parte del médico que anunció el embarazo, esa derivación de la trama se cancela.

La tercera parte de Birdman es una serie de tensiones falsas, construidas sólo hasta cierto punto, que van a parar a ningún lado y su solución sólo se enuncia (sin trabajarse). La mejor muestra es la secuencia final: el espectador se tensa durante el camino en pendiente que lleva al suicidio a Riggan… y no se suicida. Al final, el actor tiene el reconocimiento que estaba buscando: ser de nuevo una luminaria de la farándula. Se reconcilia con su hija, con su exesposa; con la vida. La contraparte de “lo real” de Riggan, Shiner —un actor hecho y derecho, que lleva hasta sus últimas consecuencias el personificar—, no tiene mayor relevancia, aunque desde el principio se los había propuesto como antagonistas complementarios.

La cotidianidad de la historia de Birdman exige que sus elementos estén cuidados obsesivamente. Sí, se sabe que las coordenadas de reacción de los personajes de la película de Iñárritu podrían ser las del vecino, pero es necesario (más que en el universo extraño de Borgman) que los personajes y sus cambios, sus aprendizajes y sus conflictos, sean construidos con estricto escalpelo. De no ser así, una “historia de la vida real” palidece. Si ya se vive en el mundo, ¿por qué interesaría una narración de éste? Por los niveles, por la “profundidad humana”, por un descenso a la consciencia de otro ser humano y descubrir la forma y marcos desde los que decide. Verse a uno mismo en otro, de manera que en el mundo real nunca podría. Ésta es el arma de la “ficción realista”.

Birdman amenazaba con ser una historia inolvidable, pero al edulcorar, al hacer que las cosas sucedan y a la vez no, pierde fuerza. Y si un buen final puede salvar una mala historia, un mal final borra las bondades del desarrollo.


Autores
(Chihuahua, 1986) vivió en Toluca y ahora en el Distrito Federal. Próximamente será maestro en filosofía. Ha publicado en las revistas Los bastardos de la uva, F.I.L.M.E., Icónica, Registromx y El portal de Toluca. En este momento forma parte de Kinotecnia cineclub.