Tierra Adentro
Ilustración: Diego Molina

En este ensayo, Alan Pauls (Buenos Aires, 1959) reflexiona sobre las prótesis y otros modos de intervenir y transformar los cuerpos.

Ya no hay prostitutas en Buenos Aires. Ya no hay o ya no se ven. De la vasta legión que hace veinticinco años patrullaba parques, calles oscuras y alrededores de hoteles, sólo persiste un puñado de sobrevivientes que languidecen en dos o tres bares del centro, abrumadas por la certeza de vender una mercancía —la mujer pública— que tiene cada vez menos mercado. La extinción, de todos modos, no ha sido natural. Mientras las putas tradicionales desertaban del espacio público del que siempre fueron, a la vez, un emblema de escarnio y un objeto de fruición, otra comunidad de cuerpos tomaba su lugar, si en rigor no las expulsaba: la comunidad travesti. Las putas, cuerpo público por excelencia, se autoconfinaron en departamentos particulares, se privatizaron y buscaron asilo en una forma de institucionalidad —el burdel— que, adaptada a la flexibilidad contemporánea, les prometía la seguridad y el amparo que la calle les negaba.

Ganaron respetabilidad y hasta belleza (como esos autos que se mantienen jóvenes porque no duermen en la calle sino en parkings techados), pero perdieron la visibilidad que durante una larga temporada les dio su prestigio acanallado y bohemio. Para visibles, los cuerpos de los travestis: espectaculares, archifemeninos, estereotipados hasta decir basta. Donde antes estaban los cuerpos traumatizados de las putas —atractivos o no, pero siempre atravesados por el imaginario del sufrimiento—, ahora gobierna el aura lumpen, desafiante, de una comunidad que se presenta con orgullo como el brazo armado de la teoría queer. A diferencia de los de las putas, siempre vacilantes entre la zona de sombra donde se disimulaban y el súbito resplandor nocturno que las revelaba para el deseo, son cuerpos hechos para la visiblidad, concebidos y fabricados para ser vistos, notados, recortados. De ahí todas las plusvalías que los marcan, “anomalías“ que, lejos de disimular, exhiben con jactancia, como si lo que ofrecieran fuera eso —un plus, un suplemento aberrante— y no el todo al que se integrarían, que embellecerían y casi seguro encarecerían. Plus: no sólo el genital sino también, y sobre todo, los cargamentos de colágeno, las siliconas, los implantes, todos los extras que los convierten en cuerpos superlativos porque son imposibles de evitar para la mirada.

¿Se trata de una excepción? ¿La vieja ley del deseo podría explicarla? No estoy seguro. Puede que la presencia ostensible y cada vez más masiva de esos suplementos sea la norma contemporánea del modo de aparecer del cuerpo en la arena pública. Aun lejos del mundo tenebroso del sexo callejero, los adictos a la telefonía celular, al iPod, al MP3, a los auriculares —es decir: prácticamente todos nosotros—, no lucen mucho más naturales o autónomos —autosuficientes— que los travestis que se agregan carne en los talones para incrementar sus estaturas y tarifas (o, si me apuran, que los adalides de la salud que sacan a pasear todos los días sus cócteles de anabólicos). Ya no hay cuerpos unplugged: todo cuerpo que camina por la ciudad es un cuerpo cableado, enchufado, conectado con algún dispositivo técnico. Como los travestis, el ciudadano à la page en asuntos de tecnología ya no exhibe su cuerpo sino la aleación que funde su cuerpo con alguna clase de prótesis.

Curioso: el momento de auge del cuerpo solo (“hablar solo”: un cable y un micrófono casi invisibles bastaron para “normalizar” y hasta conferir cierto glamour a esos soliloquios callejeros que un par de décadas atrás eran considerados síntoma inequívoco de trastorno psiquiátrico) coincide con el momento de máxima intervención de prótesis en el organismo humano. Antes —señal de déficit— las prótesis tendían a disimularse: la ortopedia diseñaba sus piezas siguiendo lo más fielmente posible el diseño del miembro natural, y los anteojos eran reemplazados por lentes de contacto invisibles. El cuerpo público contemporáneo lo invierte: los anteojos son más bellos que los ojos a los que sirven, la ortodoncia incrusta sus aparatos correctivos con piedras preciosas y la ortopedia se desenfrena en modelos que le deben poco a la anatomía y todo a la herrería artística, el bauhaus o la ciencia-ficción. (Manco de nacimiento por talídome, el escritor mexicano Mario Bellatin viene llevando adelante una obra singular: arroja periódicamente sus distintas prótesis —diseñadas todas por artistas plásticos— en distintos ríos del mundo).

Y hay también otra tribu de cuerpos públicos nuevos, mutantes, a su modo espectaculares, que la crisis argentina del 2001- 2002 parió de manera brutal e incorporó de manera fulminante al espacio público: la comunidad cartonera. Difícil hablar del “cuerpo cartonero” en sí, que no existe separado de la unidad que forma con los carros (a veces robados de supermercados) en los que todos los días, con la caída del sol, transportan los cartones que recogen de la calle y que venderán en los centros de reciclaje para sobrevivir. La imagen —monumento o ruina del capitalismo periférico— es impresionante: cuerpos literalmente fundidos con los desechos que con suerte les darán de comer y con el vehículo que los acarrea, cuerpos que interfieren el ritmo del tráfico urbano con un biorritmo propio —lentitud, pies arrastrados, espalda encorvada— que es también el de sus medios de transporte. Tracción a sangre… humana.

El cuerpo de los cartoneros —la unidad cuerpo-carro-desechos— hace escandalosamente visible otra marca fuerte de los cuerpos públicos del presente: la animalidad. El cuerpo es cuerpo de carga, cuerpo-carga anacrónico que entorpece el “buen” flujo de circulación y a la vez despunta en las calles como una criatura espectral, suerte de mensajero-fantasma vuelto a la ciudad para evocar la catástrofe que todos se encarnizan en olvidar. (A diferencia de los excluidos criminalizados, los cartoneros, “integrados” al mundo del trabajo vía el reciclado de cartón, encarnan de algún modo la forma “decente” y pacífica de la exclusión y, acaso, de la protesta. Como los mendigos, más numerosos que nunca y a veces más inspirados. Desde hace meses veo a uno en mi cuadra. Vive en la vereda, duerme en un colchón de plaza y media que despliega contra la pared de una casa deshabitada y que a la mañana siguiente enrolla y guarda entre las ramas de un árbol, junto con su ropa. Usa el bajoventana de la casa para acomodar sus efectos personales (toalla, vasos, botellas, jabón, periódicos). Todos los días se aposta en la esquina y baila y vocifera de manera intermitente la música que escucha de un pequeño reproductor MP3 —¡ciberdependiente también él, que no tiene nada!— y que lo hace bailar como un dandy poseído. Como Diógenes, no tiene pudor pero tampoco agresividad: su obscenidad es su arte y su política de soberanía).

Y hay por fin otra cara de la prótesis animal que el espacio público vuelve cada vez más visible: es la mutación que viene sufriendo en los últimos tiempos la relación entre los humanos y los así llamados “animales domésticos”. Se ha dicho siempre que la domesticación del animal es correlativa de su “humanización”. Lo que no era tan evidente es hasta qué punto los humanos, para humanizar a los animales, deben “simpatizar” y reconocerse en ellos, animalizarse, ellos, a su vez. Un episodio de Seinfeld imaginaba a una delegación extraterrestre pisando la tierra por primera vez y topándose con la escena —hoy cada vez más común— de un amo agachándose a recoger la humeante deposición de la mascota que (lo) sujeta de una correa. ¿Cuál es la especie superior y cuál la inferior?, se preguntaban los diplomáticos marcianos. La pregunta, en términos más locales, sería: ¿cuál es la prótesis y cuál el organismo original? ¿Quién es el animal y quién el humano?

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Autores
(Buenos Aires, 1959) es escritor y ensayista. Entre sus libros de no ficción figuran El factor Borges, La vidadescalzo y Temas lentos. Su primera novela, El pudor del pornógrafo (1985), acaba de reeditarse en Anagrama. En 2003 obtuvo el Premio Herralde de Novela por El pasado.
Imagen: cortesía Wikipedia.

La fama de su novena sinfonía (conocida como Del nuevo mundo) oscureció la recepción de los trabajos sinfónicos previos de Antonín Dvořák. Desde 1930, cuando surgieron los primeros análisis de las obras de este compositor, la atención dedicada a la novena sinfonía ha sido apabullante en comparación con las demás. Esto se debe a que durante mucho tiempo Dvořák no fue considerado un compositor importante fuera de la antigua Checoslovaquia. Sin embargo, en las décadas de 1930 y 1940 se hicieron grabaciones de algunas de las obras que lo consolidarían como uno de los grandes compositores del siglo XIX (i.e., sus Danzas Eslavas, su Cuarteto Americano y su Concierto para chelo grabado en 1937 por Pablo Casals y dirigido por George Szell).

En otros formatos, la historia de las obras de Dvořák fue diferente; desde que en 1878 estrenara su cantata Los herederos de las blancas montañas obtuvo un gran reconocimiento local. Poco después, la editorial Simrock (en Berlín) publicó esta obra, así como los Dúos moravos y las Danzas eslavas gracias a la recomendación de Brahms, lo que le dio reconocimiento internacional a este compositor checo. El estreno de su Stabat Mater en 1880 fue todo un éxito en Praga, así como el de su Novena sinfonía en Nueva York en 1893.

Fue después de su muerte que la obra de Dvořák comenzó a ser menos conocida y estudiada. De hecho, durante algunas décadas del siglo XX se le consideró un compositor folclórico con algunas obras populares, pero nada más.

Dvořák comenzó a trabajar en su sexta sinfonía en agosto de 1880 y terminó de escribirla en octubre de ese mismo año. En noviembre de 1879, Hans Richter (entonces director de la Orquesta Filarmónica de Viena) programó la Rapsodia eslava No. 3 de Dvořák en uno de los conciertos en esa ciudad. Richter había sido el director del primer festival de Bayreuth, el director principal en la Ópera de la Corte de Viena y después de la Filarmónica de Viena; era una de las mayores celebridades del mundo de la música europea. La noche del estreno, Brahms y Dvořák escucharon la música sentados en la banca del órgano. Al final de la presentación, Richter llamó al compositor al frente, lo abrazo y éste no podía creer la ovación del público. Al día siguiente el director organizó una cena en honor de Dvořák y lo comprometió a componer una sinfonía para la programación del año siguiente de la Filarmónica de Viena. En noviembre de 1880 Dvořák le entregó la partitura a Richter (a quien le dedicó la obra). Richter había elegido tocar esa sinfonía, las Canciones gitanas y una nueva versión del Concierto para violín de Dvořák ese año. El director de orquesta no tenía empacho en mostrar su admiración por el trabajo del checoslovaco, lo que no pasó inadvertido entre otros músicos y agentes de la cultura.

Richter había anunciado que la sinfonía se estrenaría para finales de diciembre de ese año, pero poco antes de la fecha alegó que la orquesta tenía un exceso de trabajo y que era mejor posponer el estreno para marzo. Sin embargo, una vez que la fecha se aproximaba, Richter volvió a posponer el estreno arguyendo que estaba por nacer su hijo, que otros dos de sus hijos estaban enfermos y que su madre acababa de morir. Dvořák se mostró comprensivo, pero también tuvo la intuición suficiente para no insistir, pues sospechaba que había otras razones de fondo y era cierto: los sentimientos antichecoslovacos de los alemanes y austríacos habían aflorado lo suficiente como para que los músicos de la orquesta se negaran a seguir interpretando obras del compositor checo.

Dvořák decidió conservar la dedicatoria, pero le entregó la partitura a Adolf Čech, director de la Orquesta Filarmónica de Praga y un antiguo compañero de estudios con quien había tocado la viola años atrás en la Sala de Ópera de Praga. Čech estrenó la sinfonía el 25 de marzo de 1881. Con todo, la amistad entre Richter y Dvořák permaneció. De hecho, el éxito de Richter cuando dirigió la sexta sinfonía de Dvořák en Londres en 1882 fue tal que la Sociedad Filarmónica Real invitó a Dvořák a dirigir una serie de conciertos dos años después y le comisionó la que sería su séptima sinfonía.

La sexta sinfonía de Dvořák abre con cornos y un grupo de violas divididas que tocan acordes sincopados en Re mayor. Los alientos, trombones, chelos y contrabajos acompañan estos acordes tocando dos notas del mismo un par de veces, extendiendo la idea del inicio de la obra. Los violines se incorporan, pianissimo, tocando la última nota del acorde cuatro veces transformando la frase en una idea lírica propia. A esto sigue una dinámica inesperada: los segundos violines ejecutan su parte con gran fuerza, lo que crea un contraste y una gran tensión que se resuelve en un regreso grandioso (así lo marca Dvořák) de la melodía del inicio. La apertura es de un gran equilibrio: sencilla, sin aspavientos y con la fuerza necesaria para comprometernos como escuchas en espera del siguiente movimiento.

A diferencia de otras sinfonías de este compositor (e.g. la séptima o la novena), la sexta se mantiene en tonos mayores, en un ambiente de luz que oscila entre la calma y el entusiasmo. Los cambios de tono y de tema son más claros que en otras obras, quizás porque aquí Dvořák le apuesta a la sencillez y la transparencia como un medio genuino de expresión de distintos matices. No es necesario, parece decirnos, que la oscuridad propia de muchas obras románticas sea siempre necesaria para comunicar una gran diversidad de sensaciones.

El siguiente tema está marcado por una melodía que interpretan el chelo y el corno, a la que sigue otra a través del oboe. Esta melodía del oboe, una vez que se ha ejecutado en un sonoro fortissimo, cierra la exposición. (En la partitura se pide que vuelva a tocarse la exposición.) Sin embargo, una vez que la música ha vuelto a este punto, la transición indicada se basa en un pianissimo de todos los instrumentos. Esto sirve de preparación para que vuelva a aparecer el tema de la apertura creando una resonancia inédita en las obras de Dvořák. Normalmente los desarrollos en las obras sinfónicas son mucho más activos que las exposiciones; se procesa en ellos más material, más temas y suele haber más cambios de dinámicas (velocidades e intensidades). Aun cuando el tempo no se altere, la música parece ir más rápido porque estamos acostumbrados a que sea en el desarrollo donde ocurran las sorpresas, donde el autor sostenga y “fundamente” lo expuesto con anterioridad. Sin embargo, Dvořák hace lo contrario. Después de la riqueza de matices en la exposición, el desarrollo se siente lento, como una transición acaso interesante. En el desarrollo las armonías cambian muy poco (se mantienen durante diecinueve compases en Sol, la última nota baja del tema inicial del desarrollo) y la dinámica predominante es pianissimo (con la indicación del propio Dvořák de “sempre pe molto tranquillo”).

La fuerza lírica del primer tema es interrumpida con un exabrupto sonoro que abre paso a un acompañamiento sul ponticello[1] de los segundos violines y las violas. Esta parte alcanza un punto dramático después del cual viene la recapitulación, con una coda inusual (ligera, amable) para sacudirnos finalmente con otro brusco acorde sonoro. La influencia de Schubert y Brahms está muy presente en esta sinfonía; se trata, sobre todo, de una manera de diálogo y de citar a estos compositores. Por ejemplo, en la apertura del Adagio, escuchamos cuatro compases interpretados por los instrumentos de aliento que son exactamente los mismos que emplea Beethoven, en el lugar correspondiente, en su novena sinfonía. La melodía subsecuente es sutil y creativa, Dvořák logra con ella momentos de gran riqueza, de contemplación y variaciones suficientes para justificar la cita. El aire de este movimiento es onírico; la estructura, delicada; y la coda puede definirse por su sutileza.

Después viene el scherzo con gran fuerza; se trata de una danza bohemia tradicional que se caracteriza por la alteración de compases de dos y tres cuartos. La música que se despliega en este movimiento es bailable y festiva. (Lleva el subtítulo de “furiant”.) El trío es tranquilo y suave generando un nuevo contraste en donde aparece el piccolo en un solo; un momento inédito en una sinfonía de Dvořák.

En el último movimiento hay un guiño al final de la segunda sinfonía de Brahms; la indicación marca pianissimo, pero comparte también el ritmo de marcha. Es un movimiento en el que confluyen varios temas breves, sorprendentes, que confieren el dinamismo propio de un final. La coda está compuesta por una secuencia de dos notas seguidas por una pausa de dos tiempos sucesivamente, lo que resulta en un ritmo casi marcial y con una fuerza ascendente que facilita la contundencia del último acorde.

 


[1] Sul ponticello es una técnica que consiste en tocar muy cerca o sobre el puente del instrumento de cuerda. El sonido que produce es más alto en timbre, con más matices de lo ordinario y con un efecto metálico.


Autores
escribe narrativa, poesía y teatro. Su publicación más reciente es Estación Faulkner (AUIEO/CONACULTA: 2013). Actualmente imparte talleres de escritura creativa y es profesor de asignatura del ITESM Campus ciudad de México.

1. ¿Qué quiere decir interpretar un relato? Muchos han llamado la atención sobre el modo en que Kafka leía en voz alta La metamorfosis: la risa le interrumpía la lectura. Por su parte, en la grabación de algunos fragmentos del Finnegans Wake la voz de Joyce salta de una consonante a otra, con un tono jocoso, medio circense, como si nos advirtiera de que se trata de un relato cómico.

2. En su novela Cicatrices, Saer interpreta —digamos— el relato «Examen de la obra de Herbert Quain» de Borges. En el cuento se describe el proyecto de una novela «regresiva, ramificada», donde se narran simultáneamente todas las alternativas posibles de una historia. Si bien, según creo recordar, la crítica no ha reparado en esta relación, es evidente que Saer se propuso escribir esa ficción potencial. Los capítulos de Cicatrices repiten el nombre de la novela de Quain (April, March) y narran cuatro desarrollos posibles —y simultáneos— de un mismo argumento, con sus variantes y mutaciones.

3. En 62/Modelo para armar, Cortázar utiliza un capítulo de Rayuela como indicio o germen de una ficción posible. La novela se despliega a partir de la noción de figura, una construcción espacial que determina la vida de los personajes. Retoma así, y lleva al límite, el procedimiento formal de algunos de sus mejores cuentos («La noche boca arriba», «Axolotl», «Una flor amarilla», «Todos los fuegos el fuego», «El otro cielo») donde ya intentaba ir más allá de las estructuras lineales de la narración y establecía conexiones espaciales entre distintos episodios y épocas en un relato múltiple.

4. Se puede analizar este procedimiento con una breve definición de la interpretación musical: «Una partitura es simplemente un indicio de música potencial» (R. Vaughan Williams, Some Thoughts on Beethoven’s Choral Symphony with Writings on Other Musical Subjects). Un relato siempre puede ser interpretado, es decir, vuelto a narrar. La realización de esa forma potencial está ligada también a la memoria de otras tradiciones interpretativas. Antes de grabar el movimiento lento del concierto en sol menor de Bach, el pianista Glenn Gould le anticipó a su productor Andrew Kazin: «Voy a tocar con toda suerte de voces interiores y de síncopas, muy en la línea de Wanda Landowska, con un aire al estilo del Modern Jazz Quartet» (cfr. Kevin Bazzana, Vida y arte de Glenn Gould). En una conferencia sobre Hawthorne, en 1949, Borges imaginó en el final del escritor un relato futuro, el núcleo de una historia posible. «Su muerte fue tranquila y fue misteriosa, pues ocurrió en el sueño. Nada nos veda imaginar que murió soñando y hasta podemos inventar la historia que soñaba —la última de una serie infinita— y de qué manera la coronó o la borró la muerte. Algún día, acaso, la escribiré y trataré de rescatar con un cuento aceptable esta deficiente y harta digresiva lección». El cuento anunciado, como sabemos, es «El sur» (1953). Al contarlo utilizó sus viejos temas el bibliotecario —Dahlman antes de morir sueña que muere en un duelo a cuchillo— pero también los usó al aire de otras interpretaciones. El tema es una variación del cuento de Ambrose Bierce «An Occurrence at Owl Creek Bridge», donde el protagonista en el momento de ser ejecutado sueña o alucina que logra liberarse y huye, aunque en realidad ya está muriendo en la horca. Lo mismo pasa en «The Snows of Kilimanjaro» de Hemingway, donde el escritor —en el momento de morir de una gangrena en un safari en África— cree ver el avión que llega a rescatarlo. Borges —a diferencia de esos admirables modelos— deja el final en suspenso, diluye la revelación de la muerte, y su cuento puede interpretarse no sólo como un sueño, sino también como un relato realista en el que efectivamente Dahlman se recupera, sale del hospital, viaja al sur en tren, baja en un pueblo y entra en un almacén de campo donde es desafiado y elige la muerte en un duelo a cuchillo. Las dos interpretaciones están presentes en el mismo cuento y Borges insinúa esas dos alternativas en el argumento inicial: «la coronó o la borró la muerte», dice en la conferencia, y en el cuento mantiene la doble interpretación. («Mañana me despertaré en la estancia, pensaba, y era como si a un tiempo fuera dos hombres: el que avanzaba por la geografía otoñal y el otro encarcelado en un sanatorio»). Borges narra dos anécdotas que se combinan; hace posible así dos interpretaciones: modula un tema principal con variantes y motivos que se repiten en las dos tramas y cumplen en cada caso una función distinta, a la manera —hablando metafóricamente— de las Variaciones Goldberg. En «La noche boca arriba», Cortázar se propone narrar el mismo tema: un motociclista accidentado en la ciudad sueña en la pesadilla de la fiebre que va a ser sacrificado en una ceremonia ritual en el México prehispánico, pero el final insinúa que es el remoto moteca quien, al morir, sueña una incomprensible situación en la que muere conduciendo un rugiente caballo metálico. En otro nivel Cortázar postula que los dos hombres que mueren, distanciados en el tiempo y en el espacio, son en realidad uno solo (si bien esa posibilidad está apenas insinuada, entre otros detalles, por la condensación de palabras que da nombre a la tribu inventada del moteca).

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5. Recuerdo que hace años en un curso sobre las novelas cortas de Onetti, en Puan, es decir, en la carrera de letras de la UBA, los estudiantes explicaban con entusiasmo las oscuras y siempre intrigantes nouvelles de Onetti. En Una tumba sin nombre, una mujer con un chivo está en la estación Constitución, ¿se trataría del devenir animal? La cara de la desgracia —con la historia de la muchacha muda que es asesinada— ¿no era una sinécdoque del callar ante la ley? Las hipótesis circulaban, siempre brillantes y sorprendentes, pero en lugar de interpretar el relato, los estudiantes sólo lo teorizaban. Un día corté el circuito y les pedí que me resumieran la anécdota de Tan triste como ella. Estupefacción, escándalo. Sí, tenían que leer muy cuidadosamente la historia y hacer un resumen del argumento. ¿Era esa lectura una interpretación? Lo fue, cada uno de los estudiantes debía tomar decisiones en el entrevero de la historia y estaba obligado a definir uno de los sentidos implícitos y aludir los otros posibles. A partir de ahí la discusión podía enriquecerse porque todos eran expertos en el relato, ya que lo habían leído como si tuvieran que reescribirlo. Imaginé que algún estudiante me iba a copiar el relato tal cual —o con imperceptibles variantes— y me lo iba a entregar como su resumen de lectura, pero eso no sucedió.

6. Podríamos plantear el problema de la interpretación de otra manera: ¿Qué quiere decir, después de todo, entender un relato? O en todo caso, ¿qué clase de comprensión está en juego en un relato? Podemos recordar el ejemplo que daba el novelista inglés E. M. Forster en su libro Aspects of the Novel: «El rey murió y luego murió la reina» es un hecho. «El rey murió y luego murió la reina, de tristeza» es un relato. Se preserva la sucesión en el tiempo, pero el sentimiento de causalidad la articula y le da un sentido —la motivación, ¿por qué suceden las cosas?— es la base de la interpretación narrativa. En verdad la cuestión es siempre cómo seguir un relato y, dado el carácter provisorio de toda narración, muchas veces a un relato se le responde con otro relato —que no lo anula pero lo contradice o lo complementa— y esa red de narraciones que se contraponen es una de las líneas centrales de la historia de la cultura. Recordemos, en fin, como señalaba Carlo Ginzburg (en Ojazos de madera) que la palabra latina interpretatio significa traducción. La narración razona con ejemplos —argumenta con argumentos— y siempre se la puede traducir, es decir, volver a narrar, en otro tono, con otro lenguaje.

7. Joyce postula su novela Ulises como una versión de la Odisea; la metempsicosis —palabra que Molly no entiende al comienzo del día— sugiere que el alma del héroe griego ha reencarnado en Bloom, el judío errante que vaga por Dublín. La historia del viajero, del forastero, del astuto Odiseo, el polytropos, el hombre de muchos viajes, que está lejos, siempre en situación precaria, reaparece y es vuelta a narrar e interpretada en distintas épocas, por Dante, Virgilio, Kafka, Canetti, y cada versión interpreta —y traduce— de otro modo el argumento.

8. Lo mismo se puede decir de Don Quijote. Lionel Trilling (en La imaginación liberal) ha señalado que «toda la prosa de ficción es una variación sobre el tema del Quijote». Pero quizá no es la prosa de ficción la que encuentra su fundamento en esa novela sino más bien la interpretación personal de la ficción. Sabemos que el héroe de la primera novela es un lector de novelas, un apasionado de las ficciones heroicas que sale a la realidad y trata de vivir lo que ha leído. Muchas veces encontramos esa figura del lector apasionado y crédulo en la historia del género: Madame Bovary de Flaubert, desde luego, pero también Julien Sorel en Stendhal o Raskólnikov en Dostoievsky, y lo mismo sucede con Silvio Astier en El juguete rabioso de Arlt («Me inició en los deleites y afanes de la literatura bandoleresca», así empieza la novela y Astier no hace otra cosa que vivir —o intentar vivir— lo que ha leído).

9. En El beso de la mujer araña, de Puig, los dos protagonistas, recluidos en una celda, discuten las interpretaciones de distintas ficciones como una forma de pasar el tiempo pero también de conocerse y seducirse. Molina, el joven gay, cuenta películas y al contarlas se identifica con la atmósfera sentimental del cine de Hollywood; por su parte, Arregui, el guerrillero marxista, sólo ve en esos films la alienación burguesa y la manipulación ideológica. En un sentido, el libro es una discusión sobre la ficción y su poder, sobre los modos de interpretar la narración y la fantasía. Lo extraordinario —y otra muestra de la capacidad narrativa de Puig— es que los dos terminan por «actuar» en la película del otro: Arregui se transforma en un héroe romántico, enamorado y sensible, mientras que Molina muere heroicamente en una cita política, asesinado —y eso no se decide— por la policía, o por los guerrilleros del grupo de Arregui.

10. La novela ha contado muchas veces la historia del héroe como intérprete o descifrador de signos; quizá Marcel, el narrador de En busca del tiempo perdido, ha sido el máximo protagonista de esa odisea de la interpretación (y el obsesivo protagonista de las novelas de Thomas Bernhard, una de sus realizaciones más extremas). A menudo el relato ha hecho de la comprensión desviada el centro de la trama. Ya no se trataba de las interpretaciones equívocas del oráculo sagrado que, en la tragedia, llevaba a los héroes a la decisión inevitable y a la muerte. El protagonista de la novela busca, en cambio, el sentido en el deambular por la ciudad, en ciertos gestos triviales, en algunas palabras equívocas, en textos mal leídos (o leídos demasiado fervientemente). La interpretación equivocada está más presente en nuestra cultura —y en nuestra vida personal— de lo que nos resignamos a aceptar. Por eso tal vez la novela ha sido el género que mejor ha mostrado el desconcierto de la significación —y la busca del sentido— en un mundo del que han desertado los dioses.

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Autores
(Adrogué, 1941) es escritor. Autor de las obras Formas breves y El último lector. Su novela más reciente es El camino de Ida.
Portada: Le Passé

En una de las primeras escenas de El pasado (Le passé, 2013), el trabajo más reciente del iraní Asghar Farhadi, una mujer espera detrás de una puerta de cristal en un aeropuerto. Un hombre aparece y ella intenta comunicarse. Hace señas, habla, gesticula. Nada logra llamar la atención del recién llegado. Es una secuencia que engloba la idea detrás de la película: la incapacidad de dos personas para entenderse a pesar de la obviedad de sus problemas. Pronto descubriremos que alguna vez fueron marido y mujer; él está de visita en Francia para firmar los papeles de divorcio porque ella tiene una nueva pareja y quiere casarse de nuevo.

Después de ganar un Oscar a Mejor Película Extranjera y un Oso de Oro en el Festival de Berlín con Una separación (Jodaeiye Nader az Simin, 2011), es claro que Farhadi buscó subir la apuesta con El pasado, retomando algunos de los temas que dieron solidez a su proyecto anterior —la vida de pareja, tensión familiar— para insertarlos en una trama más ambiciosa. Farhadi se confirma como uno de los pocos directores actuales con la capacidad de llevar un melodrama a lugares inesperados, uno capaz de seguir tocando fibras sensibles.

En apariencia, Le passé es un melodrama más sobre la dinámica fracturada de una pareja, afincado en una historia que podríamos encontrar en un capítulo de Mujer, casos de la vida real o Lo que callamos las mujeres. Es el esquema usado por el director el que eleva la película, mucho más cercano al cine negro con sus detectives y femmes fatales. Así tenemos al exesposo Ahmad (Ali Mosaffa en plan melancólico) de regreso en tierras parisinas para encontrarse con la mujer que marcó su pasado, Marie (Bérénice Bejo), quien ha tenido una larga lista de fracasos sentimentales y está lista para intentarlo de nuevo con Samir (Tahar Rahim, el impresionante protagonista de Un profeta), dueño de una tintorería y padre de un pequeño de cinco años, Fouad (Elyes Aguis). El conflicto se desarrolla a partir de la mudanza de Samir y Fouad al hogar de Marie y sus dos hijas; al mismo tiempo, poco a poco se nos revela que la todavía esposa de Samir lleva meses en coma y que su estado se relaciona al nuevo amor de éste.

Los personajes de Farhadi hablan constantemente, pelean, discuten, escupen las palabras como si de antemano supieran que éstas regresarán para acosarlos y acusarlos. El recuerdo de lo dicho y del silencio es lapidario. En la paradoja contenida en el discurso de Le passé, estos seres humanos no dejan de hablar, de comunicarse, sin embargo no logran entenderse y vaya que lo intentan. Un tema que Richard Linklater abordó hace unos meses con Antes de la medianoche (Before Midnight, 2013).

Éste es un thriller que avanza con sutilezas en los diálogos, palabras sueltas que otorgan pistas para armar el rompecabezas. Desde el inicio hay una sombra creciente que terminará por cubrir a todos los personajes. Un juego del cineasta iraní con su audiencia que funcionó en Una separación, y que aquí termina por perderse gracias a la permanente suma de capas al relato hasta volverlo abrumador. Al no optar por lo sencillo, Farhadi sabotea su cinta. Uno tras otro los giros de tuerca se apilan, al grado de que Ahmad, el personaje que detona la anécdota y da perspectiva a la historia, termina por desdibujarse hacia el último tercio del filme.

Podríamos rastrear las influencias de Farhadi hasta Yasujirō Ozu, Robert Bresson, Douglas Sirk o Rainer Werner Fassbinder; no obstante, su intención de montar un melodrama usando el esquema del thriller y el film noir lo acerca más al Alfred Hitchcock de Rebecca (1940), donde también una figura femenina del pasado y los recuerdos se ciernen sobre todos los personajes hasta trastornar sus vidas.

A pesar de esa pantanosa densidad narrativa, las emociones son el punto más importante de El pasado. Para Farhadi, estrujarnos el corazón es más relevante que entregarnos una narración regida por la lógica; El pasado funciona mejor cuando sus personajes sufren y sus sentimientos quedan en carne viva. Desde la lucha de un niño pequeño por adaptarse a la vida en su nuevo hogar, hasta el conflicto de una adolescente ocasionado por el secreto que esconde. El drama vibra hasta enganchar al público: aunque no conocemos a estas personas nos interesan; aun en esa primera escena en que Ahmad y Marie no se encuentran, quisiéramos estar ahí para indicarles la dirección adecuada, colocarlos en el camino del entendimiento.

Aunque llevan años separados y un par sin verse cara a cara, Ahmad y Marie siguen sintiendo algo por el otro; su relación acabó varios calendarios atrás, el amor no. Ella es el resentimiento encarnado, no importa que haya alguien nuevo en su vida; los sentimientos por Ahmad siguen ahí y desde el viaje al aeropuerto en el automóvil del nuevo amante hay cierta intención de venganza. Incluso en algún punto de la película Ahmad la cuestiona: “¿Por qué tengo que estar en medio de toda esta mierda?… ¿Extrañas nuestras peleas, cariño?”.

Las actuaciones del elenco principal son claves. El buen trabajo con los intérpretes es un testamento del talento de Farhadi. Destaca la forma en que usa a Bérénice Bejo, quien venía de robar cámara con su sencillez y ángel en El artista (The Artist, 2011), del director galo Michel Hazanavicius. Aquí interpreta a una mujer cruel, desesperada por encontrar un poco de estabilidad en su vida, aun cuando eso significa reemplazar a un hombre con otro de la misma talla y volver a repetir el ciclo; al mismo tiempo dota a Marie de un aura compasiva, muy propia de una víctima de su propia naturaleza. Su situación actual no es sino la suma de las decisiones de su vida. La furia encerrada en su mirada basta para comprobar el resentimiento que le provocan los recuerdos del pasado y sus inútiles intentos por escapar de sus garras.

Asimismo, el director se da tiempo de tocar un tema que le afecta de manera personal como inmigrante iraní desarrollando su profesión en una patria ajena. Uno de los personajes secundarios deja entrever que el fracaso del matrimonio de Ahmad no fue enteramente culpa de Marie: nuestro protagonista se debatía de manera constante entre aceptar su nueva vida en Francia o regresar a su natal Irán. En su tierra adoptiva no puede evitar sentirse como un extranjero, incomunicado, diferente, mientras que el recuerdo de su hogar sigue fresco, como un lastre incómodo. Farhadi seguro mantiene un debate similar consigo mismo, deseoso de trabajar en Irán e imposibilitado para hacerlo por el ambiente político reinante —el mismo que llevó a su compañero Jafar Panahi a disfrutar del arresto domiciliario y una prohibición vitalicia para filmar—. Los personajes de Le passé no son los únicos que sufren por los anhelos provocados por el recuerdo.

Farhadi es un hombre interesado en la moralidad de las acciones humanas y en los problemas que ésta ocasiona. Sin embargo, como personas no tenemos control de ellos ni opciones para cambiarlos, como bien dice Ahmad: “la vida sigue sin ti y sin mí”.

Resulta curioso que al otro lado del Atlántico haya un hiperactivo joven interesado en temas similares a los de Farhadi, aunque su tratamiento es diametralmente opuesto. Para Xavier Dolan, la verdad sobre el pasado, sus muertos y sus memorias son un tabú capaz de terminar con la estabilidad de la sociedad rural canadiense en Tom en el granero (Tom á la fermé, 2013).

Tom (Dolan) acaba de perder a su novio; destrozado, viaja a la casa de éste en el campo para compartir su dolor con la familia del difunto. Al llegar a la granja, Tom descubre que la madre de su pareja, Agathe (Lise Roy), nunca descubrió la homosexualidad de su hijo —incluso lo imagina con novia—, y que el hermano del recién fallecido, el violento Francis (Pierre-Yves Cardinal), se encarga celosamente de mantener el secreto lejos de los oídos de la señora.

A diferencia de Farhadi, quien propone una reflexión sobre la vida y su validez moral, Dolan está más interesado en hacer una declaración política. Un panfleto militante contra la conservadora visión del campo y en favor de la más abierta vida citadina, personificado en el personaje del mismo director.

Hasta Tom en el granero, Dolan se había interesado en una reapropiación del melodrama confeccionado por Sirk, Fassbinder, Max Ophüls y el español Pedro Almodóvar; su comportamiento y ejecución eran propios de alguien que se cree el salvador del género, heredero de los grandes maestros. Este trabajo viene a ser un cambio en el paradigma de Dolan gracias a estar planteado como un thriller que goza de una cautivante atmósfera. A veces perturbadora, más cercana a la Rebecca hitchcockiana que a sus anteriores trabajos. Al menos, las secuencias terminan en algo que no son gritos y discusiones acaloradas.

La única forma que Tom tiene de enfrentar el recuerdo del difunto Guillaume es iniciar un torcido juego con su familia, donde los involucrados evaden la verdad de sus deseos y adoptan máscaras ajenas con el único fin de continuar con la farsa. De esta manera Tom será el mejor amigo de Guillaume y no su pareja, y a su vez reemplazará el deseo por el occiso con la violenta presencia de su homófobo hermano; la madre se dejará llevar por la presencia de una fraudulenta novia de su vástago. Es más fácil conservar la dinámica perturbada a ser francos y derribar la fachada de la granja.

Las intenciones de Dolan son loables. Aboga por una mayor igualdad sexual a todos niveles y no permite una tolerancia miedosa por conveniencia; sin embargo, los personajes no trascienden su esquema básico. Son ideas —y no personas— capaces de generar empatía. Su existencia es el vehículo que mueve el narcisismo de Dolan. Él también está interesado en romper con su pasado, pero retrocede siempre que avanza.


Autores
(Distrito Federal, 1989) es editor general de Butaca Ancha y colaborador de Forbes, Revista Freim y Algarabía.
Fotografía: pixabay.

Para quien se haya arrepentido de sus actos, acometidos con el consentimiento del alcohol, no del juicio, el acto de contrición viene a sumar el malestar moral al malestar físico. La resaca, si realmente es tal, pone a prueba las facultades del espíritu.

Voy a ser personal, pero esto el lector puede perdonármelo: sólo soy el pretexto para una anécdota.

Solía, por una natural tendencia a la culpa, sentir cruda moral mucho tiempo antes de comenzar a tomar. Una vez, que por azar fui a dar a una cantina, conocí a un comerciante que solía ir a Durango desde Tepehuanes para atender sus habituales negocios en una cremería del mercado de abastos, y cuya anécdota me ayudó, digamos, a menospreciar y a librarme de esa culpa premeditada. El señor, un ganadero tan elocuente como seco en las palabras, me contó cierto incidente que le acababa de suceder. Había ido a la cantina no sólo a quitarse la cruda que abate la carne, sino también aquella que aqueja el alma.

La anécdota, simple pero inesperada, implicaba una vaca. Era una anécdota de una cruda moral que involucraba una vaca.

—Me doy la vuelta por Durango cada cinco semanas. Vengo a traer queso ranchero. A veces me quedo unos tres días, otras veces la semana completa, según como esté la venta del queso. Pero este viernes todo el queso lo vendí nomás llegando. Y pues me emocioné, porque hasta me encargaron más. Se me hizo fácil agarrar la borrachera. Vine aquí mismo, porque me gusta esta cantina. Unas cuantas cervezas y me fui ya medio entonado a tomar unos tragos a La Espuela. Yo no sé cómo, compadre, pero saliendo ya me agarraba de las paredes. En eso dos policías me ven, según ellos, como queriendo mear y me subieron a la patrulla. ¿A quién le iba a hablar si aquí no conozco a nadie? Tengo un primo de Tepehuanes que vive por el mercado, pero nunca nos hablamos. Creo que ni su teléfono tengo. Bueno, el caso es que me meten a los separos. Pero nunca me iba a imaginar yo que una vaca iba ser mi compañera. Sí, sí, ¡una vaca! Al principio cuando la vi nomás me dije “ah, tan pedo ando que hasta veo pendejadas” y pues me acosté en la litera de arriba. Cuando desperté, ya de madrugada, con un dolor de cabeza que ni los ojos me dejaba abrir, vi a la vaca otra vez, medio harta y medio mugiendo. No era porque estaba borracho: una vaca estaba en los separos y yo estaba con ella. Medio que me dio risa. Pero en eso que llega el policía para decirme que podía salir, que había sido retención preventiva y que tenía que pagar nada más una multa. Y en eso, que un cabrón periodista me toma una foto. Mire, compadre, la foto de hoy del Diario: “Cae muy bajo: amanece en separos con una vaca”. ¿Cómo chingados voy a sentirme, oiga? Y pues vine a quitarme la cruda moral.

La pregunta más urgente que tenía para él era, ¿qué estaba haciendo la vaca allí? Comprendiendo que hacía falta información, me extendió el periódico para que yo mismo leyera cómo fue que una vaca suiza, lechera y mansa, terminara junto a él. Ese viernes, como si estuvieran predestinados a encontrarse, por error, un trabajador del parque agrícola dejó la puerta abierta del establo. Dos vacas salieron a rondar la ciudad. Ante un vivero, no pudieron distinguir la sutil diferencia entre pasto, pastura y fauna, y se comieron casi por completo los árboles y las flores de un vivero. El gasto por los daños superaba los 20 000 pesos. Cuando el dueño del vivero se dio cuenta de lo que las vacas habían hecho no supo qué hacer y habló a la policía. La policía no supo qué hacer y metió a las vacas a la cárcel mientras encontraban a los dueños. Por eso fue que a nuestro amigo le tocó dormir con una de las delincuentes. Y no sólo eso, le tocó ser el titular en un periódico que celebraba el incidente.

¿Qué es una cruda moral? Sentir un malestar físico por la intoxicación etílica y compartir con una vaca el castigo de alterar el orden de las buenas costumbres.


Autores
(Durango, 1988) es editor y traductor. Estudió Lengua y Literatura Francesas en la UNAM. Actualmente trabaja para el FCE.
Fotografía: Flick

Este año —más que ninguno anterior— se apreció una urgencia por que aparecieran las listas. No faltó alguna publicada a finales de noviembre y no se puede negar que muchos medios periodísticos cayeron en la precipitación, afectados por la prisa crónica de los tiempos que corren.

Y todavía se hubiera entendido ante un año virtuoso, ante un periodo de discos superlativos que de plano nos abrumaran. Pero no ocurrió así. Tampoco es que podamos quejarnos por la falta de material interesante. Sabiendo buscar se puede armar un recuento notable; otra cosa será el lugar que ocuparan ante la historia.

2014 sembró interrogantes a distintos niveles; más que nunca la polémica planteada por Simon Reynolds en su Retromania se percibe vigente. ¿Será que las ideas se han agotado? ¿Estamos en un impasse que antecede a un nuevo estallido estridente?

He aquí el recuento de lo hallado:

 

FKA Twigs

LP1 (Young Turks)

Sólo el retrofuturismo pudo salvarnos en un año turbulento. A los 26 años, la joven inglesa Tahliah Debrett Barnett (FKA Twigs) hizo un amasijo de soul digital lleno del charmé de su voz e incluso logra arrancar el disco diciendo una poesía. Aunque no puede obviarse el hecho de que un tándem de ensueño la acompañara en la producción de una obra de R&B futurista que marca tendencias al crepitar y quebrarse; al combinar el susurro y la fuerza. “Two Weeks” lo hace patente. Esta dama sabe dosificar el minimalismo y darle valor al espacio entre elementos. Logra ofrecer una experiencia estética fascinante: el ritmo disminuye, las texturas se multiplican y la voz manda.

 

The war on drugs

Lost in the dream (Secretly Canadian)

Adam Granduciel ya no tiene a Kurt Vile a su lado; lo que permanece es una pasión inflamada por la música de antaño. Y es que no sólo subyace el hálito dylaniano, ahora la influencia de Springsteen es notable, aun cuando el autor cuenta haber partido desde Neil Young. Una excelente producción que luce en los teclados que acompañan canciones de patina polvosa que buscan ser atemporales. Un sonido atmosférico y espacial ayuda a ir mucho más allá del folk rock. Nunca lo vintage lució mejor.

 

Caribou

Our love (Merge Records)

Hay discos que aportan gran probidad y respeto hacia la música de baile y éste es uno de esos contados álbumes. Si fuera artista plástico se diría que logra el balance perfecto entre lo figurativo y lo abstracto. A lo largo de esta obra permean las diferentes facetas del amor —hace poco fue padre— e incluso un homenaje a su ingeniero de sonido que falleció. “Can’t Do Without You” es capaz de seducir tanto a los consumidores facilistas como a los expertos.  Dan Snaith es un orfebre del sonido pero sabe darle un sentido. Se encuentra en plenitud total.

 

Damon Albarn

Everyday robots (Pharlophone/Warner)

Se trata de un disco que habla de soledad y tecnología desde la perspectiva de un adulto que ha cruzado los 45 años. El primer trabajo que el excantante de Blur firma con su nombre es sosegado e introspectivo. Sintetizadores, cuerdas y ritmos lentos bien orquestados por Richard Russell (el genio de XL Recordings) y la presencia de amigos talentosos (Brian Eno y Natasha Khan). El británico revisa la manera en que ve la vida y, ni modo, aflora tristeza y melancolía.

 

Röyksopp 

The Inevitable End (Interscope)

El dueto noruego se despide desde lo más alto, sin perder el aura de oscuridad y misterio que siempre caracterizó a sus composiciones. Apegados a su estética sombría y robótica, mientras las voces de sus invitados aportan la luminosidad necesaria. Tan evidente en “Monument”, procedente del disco que hicieron con Robyn —una especie de himno posmoderno—. Vaya volumen musical que logran ir amasando. ¿Cuántos otros deberían tomar el ejemplo de irse en la cumbre?

 

Silvia Pérez Cruz y Raúl Fernández Miró

Granada (Universal)

Si la belleza y sus momentos más sublimes pudieran concentrarse en su máxima esencia en un disco sería en este. La unión de una cantante de extrema fineza y un productor-guitarrista que no distingue entre géneros. Aquí el entorno clásico se une al folk y al rock para recrearlo todo. El legado de Enrique Morente presente y transformado. Un rara avis donde los haya; pocas versiones han rozando la gloria como su “Pequeño vals vienés”.

 

Sun Kil Moon

Benji (Caldo Verde Records)

Existe una cofradía secreta, huidiza e inaprensible de la que han formado parte Bill Callahan, Damien Jurado y Bonnie “Prince” Billy; un discreto culto para auténticos iniciados en la canción que está hecho de intestinos y nervio, y al que también pertenece Mark Kozelek, un hombre de 47 años nacido en Ohio, quien alguna vez creara la banda Red House Painters. Es un músico compulsivo y promiscuo que ahora retorna a su proyecto más estable. En 2013 editó 3 discos y el año pasado 2; de los cuales éste es un recto a la cabeza. Un poco más instrumentado de lo que acostumbra, hace las veces de un documentalista-poeta del mundo real. Temas como “Carissav y “Richard Ramirez Died Today Of Natural Causes” nos golpean con la vida de frente.

 

Leonard Cohen

Popular Problems (Columbia)

Tener a los 80 años esa sapiencia musical y existencial, ese porte —entre afable y elegante— y esa voz ronca que va desgranando aforismos no es un asunto menor. Es algo para aplaudir y aprender. Sorpresiva y grata fue la llegada de composiciones nuevas que evidencian sus supremos haceres como un orfebre de la palabra y profeta de la canción. Antes espaciaba mucho más sus novedades, pero Leonard Cohen —viejo y sabio— se mantiene en estado de gracia.

 

Porter

Moctezuma (Indedependiente)

El grupo de Guadalajara emprendió un largo viaje para llenarse de vivencias y refundarse. Cambiaron de vocalista y cuando muy pocos auguraban gratas sorpresas, dieron con uno de los discos que será considerado una obra mayor en la historia reciente del rock nacional. Han logrado abordar pasajes de la historia precolombina y la Conquista para colocarlos dentro de piezas de vibrante actualidad. Hay épica, interesantes juegos melódicos y gran imaginería compositiva. Ocurre muy de vez en cuando, pero se trata de un disco de alcances internacionales que debe enorgullecer a la escena mexicana. Algún día debemos aprender a reconocer la cabalidad nuestros aciertos.

 

Ben Frost

A U R O R A (Bedroom community/Mute)

Una verdadera odisea sonora; combinación alucinante de texturas, atmósferas, percusiones y ruido. Este australiano, radicado en Islandia, se preocupa por registrar todo tipo de sonidos: si antes trabajó con lobos ahora utiliza a la Aurora boreal que le da nombre al álbum. La experiencia en el cine y girando al lado de Swans le agregan matices a un proyecto detallado. Nos baña con un flujo de magma auditivo que lo derrite todo. No quita el dedo de la experimentación radical, pero aun así es comprensible para oídos no habituados pero con lo sentidos atentos y abiertos.

 


Autores
De los años sesenta tomó la inconformidad recalcitrante; de los ochenta una pasión crónica por la música; de los noventa la pasión literaria. Durante la década de los dosmil buscó la manera de hacer eclosionar todas sus filias. Explorando la poesía ha publicado: Loop traicionero (2008), Suave como el peligro (2010) y Combustión espontánea (2011). Rutas para entrar y salir del Nirvana (2012) es su primera novela. Es colaborador de las revistas Marvin, La mosca, Variopinto e Indie-rocks y los diarios Milenio Hidalgo y Reforma, entre otras publicaciones.
Electrónica Enzo Maqueira Interzona Buenos Aires, 2014. 128 pp.

Argentina es sinónimo de fervor. Por las calles de Buenos Aires transitan los viejos fantasmas de su pasado europeo, mientras la arquitectura sufre la voracidad de la clase política y los banqueros. ¿Se saben latinoamericanos en Argentina? La guerra de las Malvinas representó un punto de inflexión en su historia reciente. Las dictaduras prohibieron cualquier influencia de sus oponentes británicos y sus aliados estadounidenses. Forzadamente se dio un estallido de la cultura nacional; tan sólo un retador Charly García era capaz de inventarse arengas que pedían no bombardear Buenos Aires mientras los chicos escuchaban a The Clash.

Durante muchos años, los argentinos han dejado en claro que a ciertas cosas hay que tenerles respeto: “la pelota no se mancha”. De la misma manera que los hinchas del futbol, los seguidores del rock nacional construían altares para los santones eléctricos. Pese a las altas y bajas en la calidad, el rock hecho en Argentina siguió adelante tras el extraordinario envión que trajeron consigo los ochenta. Los conciertos aportaban importantes ingresos, más allá del retroceso de la industria discográfica, golpeada por la piratería y las constantes crisis económicas. Desafortunadamente, el 30 de diciembre de 2004 tuvo lugar uno de los acontecimientos más funestos en torno al género: la sala de conciertos República Cromañón se incendió, debido a unos fuegos artificiales y la mala infraestructura, con un saldo de casi doscientos muertos y más de mil heridos. La desafortunada actuación de Callejeros provocó un cisma con las autoridades y el cierre de muchas salas, boliches y centros culturales. Se redujeron al extremo las posibilidades de tocar en vivo en la capital. El rock argentino debió reinventarse una vez más.

De forma paralela al rock, desde mediados de los noventa corría la escena de la música electrónica que trajo consigo los grandes raves y los años dorados de las discotecas de lujo. Se desarrollaba una vivísima corriente en torno a la cumbia, conocida en la periferia como villera, que también provocó una versión electrónica más cercana al tecno de vanguardia. En distintos momentos, el rock se entrecruzaba con estas expresiones y con otras tan populares como el tango y la canción folklórica.

Lo anterior dificultó el relevo generacional. Las grandes figuras seguían siendo asuntos de masas, mientras que las nuevas generaciones buscaban en internet y las redes sociales las plataformas para abrirse camino. El rock argentino, acostumbrado a ir contracorriente, mantener su espíritu underground y a la vez estar cómodo en los grandes estadios, encuentra formas de adaptarse a las circunstancias y le ha costado mucho obtener legitimidad como fenómeno cultural; las instituciones le dan importancia porque saben reconocer su arrastre popular, pero continúan denostando su valor. Entonces, ¿los nuevos escritores se han sentido atraídos por el rock para construir sus historias?

Nadie puede negar la representatividad que ciertas figuras icónicas tienen en el entorno social. Cuando el pasado 4 de septiembre falleció Gustavo Cerati podía pensarse que era pronto para abordar su figura desde la ficción, pero Vera Fogwill —hija de Rodolfo Fogwill— había publicado un año antes Buenos, limpios y lindos, una novela protagonizada por una fan obsesionada con el cantante de Soda Stereo. Poeta y con un hijo de cuatro años, la seguidora se encuentra en una especie de estado de coma, un extraño limbo que la convierte en una potente narradora que —sin hablar, moverse ni comunicarse— logra un gran sentido a las cosas.

Vera, cineasta, dramaturga y actriz, cuenta una historia que se adentra en una experiencia similar a la que experimentaba el autor de “Bocanada”. La primera novela de la artista resulta en más de un sentido conmovedora y trae consigo una interesante anécdota que compartiera con Radar, el suplemento del diario Página 12:

Una amiga que vive en París hace treinta años leyó la novela antes que nadie. Años más tarde, viene a Buenos Aires y se sorprende cuando ve un disco de Cerati: “¿Cómo? Pensé que era un invento. No sabía que existía este músico y ¡todo eso es verdad!”. Sí, todo es verdad, la novela está cargada de verdades y quién sabe, algún día será un libro de historia. Yo no inventé nada, transcribí ciertos hechos, ni siquiera puedo decir que la escribí. Fue un sueño intervenido por la realidad de este mundo, que tristemente convierte horrores inventados en realidades universales.

 

Buenos, limpios y lindos  Vera Fogwill Seix Barral Buenos Aires, 2013. 392 pp.

 

Es así como desde la distancia se puede recrear el entorno de un músico, pero por otro lado también puede escribirse desde el oficio mismo, aun siendo una figura de masas.

Tras su experiencia en la dirección cinematográfica y con una marcada tendencia para asumir proyectos muy demandantes, Fito Páez, estrella rosarina del rock, decidió crear una historia de largo aliento centrada en el amor loco y desmedido de un exitoso artista por una toxicómana alternante de la vida bohemia. A través de Féliz Ure, Páez hace un homenaje al director de teatro Alberto Ure, pero plaga su narración de posibles conexiones autobiográficas o de desplantes locos, al estilo de Charly García.

La puta diabla tiene en su centro a un personaje de cine, música y teatro que tira todo por la borda y desciende al mundo de los desposeídos para redimirse sin querer. Fito se da vuelo y cuenta muchísimas cosas hasta lograr una prospección futurista en donde la capital queda devastada por una megatormenta en 2018. Hacia el final de la obra, busca sacar lo peor de la clase política a través de una broma lisérgica en colectivo.

A la postre, uno de los artistas más completos del cono sur conversa con el periodista Martín Pérez y deja bien delineadas sus intenciones con esta primera novela:

«Porque si bien el libro es en parte un ensayo sobre el amor y la pasión, terminó siendo una manera de entender ciertas tensiones sobre mi madre. Aun cuando, decididamente, no se trate de una novela autobiográfica. Por más que pueda parecerlo por ciertos detalles».

 

Laputa diabla Fito Páez Ediciones Mansalva Buenos Aires, 2013. 264 pp.

 

La puta diabla se editó en Mansalva, una editorial pequeña y arriesgada que dirige Francisco Garamona, otro músico que escribe. El mismo Garamona acaba de publicar, con el sello Nulú Bonsai, Mi primera banda punk, una colección de poemas en prosa que ha tenido distintas versiones. Los sentimientos (2014) es el sexto disco de Garamona y como poeta ha publicado en iniciativas de muy distintas envergaduras. Es un incansable animador del underground y ha formado parte de varias bandas desde los quince años. Sus poemas suelen ser directos y confesionales; en uno de ellos puede leerse: “¿Te acordás de ese que escupió sangre sobre el público/ en un recital en Villaguay?/ Bueno, era yo, pero no quise decírtelo cuando te conocí”.

Pero no sólo en la escena alternativa se reivindica al punk; hay quien puede aprovechar el envión de la fama para dar a conocer su propuesta escritural. Flavio Cianciarulo, bajista, compositor y cofundador de Los Fabulosos Cadillacs, da continuidad a Rocanrol, canciones sin música (2006), la novela The Dead Latinos (2009) y Crónicas del León (2008), con una serie de cuentos que se instalan en su Mar del Plata natal. Surfer Calavera (Piloto de Tormenta, 2014) apela a la literatura fantástica y de misterio, pues no sólo aparecen sus habituales rockers y skinheads sino también una amplia galería de zombies, vampiros y una que otra alma en pena. El punto de partida es presentar una ciudad completamente distinta a los clichés que explota la industria turística.
 Electrónica Enzo Maqueira Interzona Buenos Aires, 2014. 128 pp.

 

Algo que tal vez sea muy pronto para analizar es Electrónica (Interzona, 2014), la tercera novela del periodista Enzo Maqueira, que abre la puerta para recrear los años de los grandes raves en Argentina. La obra profundiza en la cruda existencial que sobreviene a una mujer de treinta años una vez que se enamora de su alumno de dieciocho, redefiniendo las relaciones sentimentales, las amistades y costumbres. El escritor Washington Cucurto no se anda con medias tintas y asevera: “Esta es la gran novela de la clase media argentina semi-culta y universitaria”. Es un libro que plasma el desencanto de una generación que ve cómo el gobierno es incapaz de ofrecerle opciones para sacar adelante la vida. El país parece sumergido en una permanente disfunción.

Este es apenas un esbozo del vínculo intenso entre música, rock y literatura en Argentina. La intensidad con que se viven los conciertos, la clarividencia de las canciones y su entrecruzamiento con los acontecimientos más importantes de la vida pública hacen que siga siendo una veta llena de garra e intensidad. Un conjunto que es difícil de concentrar en este espacio y que nos lleva a recordar a Gustavo Cerati y la letra de “Lago en el cielo”, la última canción que tocara en vida: “El tiempo es arena en mis manos”. A veces no hay oportunidad de abarcarlo todo.


Autores
De los años sesenta tomó la inconformidad recalcitrante; de los ochenta una pasión crónica por la música; de los noventa la pasión literaria. Durante la década de los dosmil buscó la manera de hacer eclosionar todas sus filias. Explorando la poesía ha publicado: Loop traicionero (2008), Suave como el peligro (2010) y Combustión espontánea (2011). Rutas para entrar y salir del Nirvana (2012) es su primera novela. Es colaborador de las revistas Marvin, La mosca, Variopinto e Indie-rocks y los diarios Milenio Hidalgo y Reforma, entre otras publicaciones.
Fotografía: wallpaperswide.

Esta madrugada del 7 de enero, alrededor de las 4:30 horas, Julio Scherer García murió.

Hombre clave del periodismo mexicano y maestro de múltiples generaciones de periodistas sesudos y críticos en México.

Scherer nació el 7 de abril de 1926 en el Distrito Federal. A sus casi 18 años comenzó a trabajar en el diario Excélsior, donde inició como mandadero en la redacción y 6 años después, publicaría sus primeras notas en el vespertino Últimas Noticias y al año siguiente ya colaboraría de fijo en Excélsior.

Posteriormente, en septiembre de 1968, asumió la dirección del Excélsior, que en aquel entonces era el diario más reconocido y prestigioso del país. Debido a su línea editorial crítica al régimen de entonces, se confrontó con los presidentes Gustavo Díaz Ordaz (1964-1970) y Luis Echeverría Álvarez (1970-1976).

En junio de 1976, tras una operación articulada desde la administración de Luis Echeverría, Julio Scherer, junto con otros periodistas, redactores y trabajadores del diario Excélsior, dejó la dirección de dicho periódico. Ese mismo año fundó el semanario Proceso, cuyo primer número vio la luz el 6 de noviembre de 1976.

Scherer García realizó controvertidas entrevistas a lo largo de su carrera periodística, una de las más memorables y difundidas fue la que llevó a cabo al líder del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), el subcomandante Marcos en 2001.

Obtuvo diversos premios, como el Premio María Moors Cabat, en 1971 y en 1977 fue reconocido como el periodista del año por Atlas Word Press Review de Estados Unidos.

El 1988 rechazó el Premio Nacional de Periodismo, en ese entonces lo entregaba el presidente de la república. También recibió en 2001 el reconocimiento Roque Dalton.

En 2002 obtuvo el Premio Nuevo Periodismo CEMEX-FNP, promovido por el escritor colombiano Gabriel García Márquez.

En 2003 aceptó el reconocimiento del Premio Nacional de Periodismo, una vez que éste se ciudadanizó.

En 2014 la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca le otorgó el doctorado honoris causa. También ese mismo año recibió la medalla John Reed por su trayectoria periodística.

 

La redacción de Tierra Adentro lamenta profundamente el fallecimiento de uno de los pilares de la cultura mexicana, gran defensor y promotor de la libertad de expresión e institución, sin duda alguna, del periodismo crítico y libre de México.


Autores
(ciudad de México, 1984). Poeta, narradora y editora. Ha publicado en diversas revistas literarias como Casa del TiempoDédaloSíncopeEste PaísPalestraMaldoror (Uruguay); la revista digital Valderrama y el suplemento cultural Guardagujas, de la Jornada Aguascalientes. Su primera obra poética Cosas que nunca dije antes de que estallaran las bombas fue publicada en 2012 por el sello editorial catalán Foc. Fue becaria en el área de narrativa por la Fundación para las Letras Mexicanas (2009-2010).