Tierra Adentro
Gibrán Portela.

Gibrán Portela es una de las voces más talentosas y reconocidas en la actualidad: con tan sólo 35 años, ha sido ya merecedor a becas, residencias artísticas, dos premios nacionales de dramaturgia y un Ariel. Quizá Alaska es su obra más famosa y montada, pero no la única. Sus trabajos se han representado en diversos estados de la República, en Estados Unidos y Rusia. El dramaturgo, también guionista de cine y televisión, platica hoy sobre los dos montajes que tiene en cartelera: Escocia y Hay un lobo que se come al sol todos los inviernos.

 

ITZEL LARA: Cuéntanos un poco cuál fue el proceso creativo para escribir Hay un lobo que se come al sol todos los inviernos.

GIBRÁN PORTELA: Escribí la obra en la Fundación para las Letras Mexicanas, fue el proyecto con el que entré a la beca. Fue un proceso de mucha investigación y hacer que no se notara en la obra fue lo complicado, pero al mismo tiempo fue bastante tranquilo y agradable en cuanto a escritura y tallereo, David Olguín y mis compañeros de esa época me ayudaron mucho.

IL: ¿El hecho de que esta obra haya ganado un premio de dramaturgia, le ha dado facilidades para el montaje?

GP: Para nada, sonará raro pero ganas un premio (al menos en mi caso) y la gente no quiere leer la obra y mucho menos montarla. Los premios dan incentivos económicos pero a veces se vuelve perjudicial ya que, por el hecho de tener un premio, mucha gente dice que de entrada, es mala. Abigaíl Araóz, se aventó a dirigirla y es una obra difícil de montar. La verdad no pensaba en cómo se podría llevar a escena mientras la escribía pero ella ha llegado a buenos lugares, y lo que me gustó fue que en verdad tuvo muchas ganas de hacerlo. Otro director que se interesó, fue Diego Álvarez Robledo. Sería interesante que él lo hiciera, ya trabajamos juntos una vez y para mí, el resultado fue increíble.

IL: En Escocia tratas el tema del amor, de “lo posible que hubiéramos podido ser si fuéramos distintos”. ¿Nos podrías hablar un poco más sobre lo que significa esto para ti?

GP: Escocia… no sé bien de qué se trata. A uno le piden una sinopsis de la obra para el teatro y entonces inventas algo que más o menos tenga que ver. Ésta en particular fue por encargo, pero un encargo muy amable donde, además de que te pagan, te dejan hacer lo que quieras. Tenía un par de apuntes por parte del director: que la obra tenía que ser con dos actores (me dijo los nombres y todo), que fuera en un baño (o que esa imagen le gustaba) y que se llamara “Escocia”. En realidad lo que me interesó, o el ejercicio que intenté hacer, fue el de convertir unos segundos en mucho tiempo: diseccionar los pocos segundos que preceden a la muerte. Y es que en esos segundos cabe todo. También quise jugar con las narraciones, una que recuerda y otra que habla de un futuro que nunca será.

IL: ¿Cómo es influye, si ese es el caso, tu actividad como guionista al momento de escribir una obra de teatro?

No sé específicamente, supongo que en contar historias y tener un lenguaje directo, no me gusta dar muchas vueltas. Pero en realidad parece que a la banda le causa líos que escriba cine y teatro, sobre todo con la que trabajo. Siempre dicen que mis obras son muy cinematográficas y que los guiones son muy teatrales porque les pongo muchos diálogos, pero la verdad es que en las pelis que he trabajado soy el primero que evita diálogos largos y que en general, los evita. Así las cosas.

IL: Y por último, no se puede dejar pasar del largo el tema del Ariel, ¿el galardón te abrió más puertas laborales?

GP: El Ariel… de alguna manera sí pero no me deja de parecer un poco raro. Toda la gente ya había visto la peli, pero sólo cuando te dan un premio te llaman, como si tu trabajo se volviera mejor por eso pero, de pronto, te da un chance de escoger en qué quieres trabajar y en que no. Eso está bueno. Ahora escogí trabajar en proyectos bien distintos entre sí, pero me gusta eso, me gusta estar fuera de mi zona de confort.

La obra Hay un lobo que se come al sol todos los inviernos se presenta los sábados a las 7:30 pm y los domingos a las 6pm en el Foro 37 hasta el 14 de diciembre. Escocia se puede ver en el Foro Lucerna  todos los lunes a las 8:30pm hasta el 22 de diciembre.


Autores
Ciudad de México, 1980. Dramaturga. Autora de Aún no recuerdo su rostro (FETA 2014). Fue Becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas (2009-2011) y de Jóvenes Creadores, FONCA, (2008-2009). Participó en los talleres de The Royal Court of London y realizó una residencia en la misma institución en marzo del 2013. Su obra Anatomía de la Gastritis, traducida al francés por David Ferré, fue editada por la editorial Le Miroir. Ha publicado Editorial El Milagro; Los Textos de la Capilla, segunda generación; Tierra Adentro, Buena tinta y la revista Este País. Su guion Distancias Cortas fue publicado en co-edición con IMCINE y Editorial Buena tinta, en 2012.
Portada: “Las puertas de la percepción”, Dulce Aguirre, Estados Unidos, 2012.

La novela zombi, de Ériq Sáñez, es un elogio a la brevedad. En esta inquietud por la viñeta, el microcosmos, la edición al límite, se hacen presentes mundos violentos, cínicos, mundos casi epigráficos, como si en la economía de las palabras se ubicara la fuerza de un universo total. Con un humor agridulce, Sáñez explora las pasiones humanas, la cosmogonía personal y la vida cotidiana, desde una perspectiva que hace de lo sesgado una manera de evitar el lugar común.

UN ADELANTO:

 

Enamorantes

Amanda no lo sabe. Nosotros nos enteramos de que había un problema por la alarma en nuestros monitores. Lo que le puedo decir es que su clienta no tiene de qué preocuparse. Le aseguro que esta misma noche podrá tener intimidad con su novio. Esto no suele pasar a menudo y nosotros estamos aquí para garantizar el derecho de todo el mundo a enamorarse.

Van ya treinta y dos años de noviazgo. Como buenos novios, no han vivido juntos jamás. Ahora es imperativo que su equipo se encargue de la estabilidad de Amanda. Nosotros venimos a dar parte de su novio, Rodrigo:

Sabemos que en los últimos tres meses no había aumentado su dosis. Tenía ya cinco en tratamiento desde que se le diagnosticó el supuesto mal cardiaco, así que ya iba siendo tiempo de una intervención más severa o un cambio total. La universidad tiene toda esa información. La estabilidad de la pareja es importante para nosotros. Se ha comentado de manera extraoficial que podría tratarse de un secuestro. Ya no importa. Él es dispensable. De lo que puede estar seguro es de que nosotros siempre procuramos que su corazón latiera igual que el de un muchacho de quince años. Literalmente.

Sabemos que, como todos los novios, desde los comienzos de su relación iniciaron los detalles conmemorativos. Cada día, a las 18:00 horas, una llamada por el momento en que se conocieron en el programa de la universidad. Cada nueva semana, un restaurante especial. Cada nuevo mes, bailar y cenar. En fin, cada nuevo año y década había gran variedad de celebraciones. En todo noviazgo siempre va a imperar la novedad. Los cambios de su novio a lo largo del tiempo no nos dieron pistas de que éste iba a desaparecer.

Amanda nunca ha dejado de estar profundamente enamorada, siempre en su particular modo. Como le informé, su renovable noviazgo fue agregando estas celebraciones nacidas siempre de la pasión. Y ellos adoraban los aniversarios de un día, una semana, un mes, un año y una década más. Los celebraban todos, como cualquier par de “enamorantes”. Nos proponemos que así siga siendo el noviazgo de Amanda Molina.

Hasta ahora sabemos que Rodrigo se levantó, preparó su desayuno y, antes de comerlo, habló con Amanda para decirle cuánto la amaba. Los vecinos reportaron que algunos minutos más tarde se le escuchó gritar “¡Amanda, es a ti a quien amo!”, presumiblemente asomado por la ventana de su departamento.

Ella sigue trabajando a esta hora, así que no hace falta preocuparse por los papeles y las fotos. Un escuadrón debe estarse encargando de actualizarlo todo.

Dimos la orden porque no creemos que mi cliente siga con vida. Está ya fuera de nuestra jurisdicción. La alarma sólo se activa ante cierta circunstancia: cuando se traspasa la zona de riesgo; cuando los niveles de adrenalina en su sistema se elevan por estímulos ajenos a nosotros, cuando la intensidad emotiva se sale del control humano. Cuando ocurre una muerte que nosotros no planeamos. Perdimos contacto con Rodrigo y pudo ser un asalto o un accidente. Quizá su corazón se rebeló en un estallido. Sea lo que fuere, es difícil que siga con vida.

Usted debe ser nuevo. Lo noto un poco confundido. Recapitulemos para poder firmar las actas:

“Rodrigo Suárez (a partir de ahora conocido como el cliente), de nacionalidad mexicana, desempleado, de 34 años, se sometió hace 5 meses y 3 días al Programa Universitario de Estudios Bioquímicos “Enamorantes”. el cliente firmó el contrato para recibir un tratamiento de estimulación artificial para emular un enamoramiento y una relación de noviazgo de manera perpetua (conciente de que, a partir del inicio del contrato, se le haría creer que dicho tratamiento era un servicio de salud convencional por un supuesto mal cardiaco). Durante el tiempo antes mencionado, sostuvo una relación con Amanda Molina, de nacionalidad mexicana, abogada, de 71 años…”

Aquí en sus formatos dice que “Amanda Torres, de nacionalidad… 30 años…” hizo un contrato de enamoramiento perpetuo y, “para tal efecto, mediante compatibilidad química, tuvo 800 parejas en los últimos 7 años, relevadas cuando la conexión se volvió insostenible…” “…a quienes ella conoció siempre bajo el nombre de Alberto Robles…”

Estos documentos están mal.

Su forma debería ser la de Amanda Molina. Verá, ella ha tenido, según mis datos, 19003 novios, a quienes conoció como la misma persona: Fernando Palacios. Mi cliente, Rodrigo Suárez, era precisamente el número 19003 en representarlo. Él creía que ella se llamaba Amanda Gallardo, “Amanda Gallardo… Torres”.

Mi cliente, Rodrigo Suárez (Fernando Palacios), y su novia, Amanda Molina (o Amanda Gallardo) hacían una pareja ejemplar para el Programa. El proceso químico del enamoramiento, en ambos casos, había sido exitoso, total.

La computadora dice que a la mujer de estos documentos la reportaron como desaparecida igualmente. Estamos ante el caso de una mujer y un hombre que se salieron de nuestro control.

Alguien ha debido pensar que la tal Amanda Torres y mi cliente son pareja y que han sufrido un percance estando juntos. Una coincidencia. Le puedo asegurar que Amanda Molina está a salvo y no se dará cuenta del cambio de novio, al igual que el novio de esta otra Amanda no sabrá que ella desapareció.

A final de cuentas es algo muy sencillo. A aquellos que se someten al tratamiento “Enamorantes” sólo les interesa perpetuar ese estado alterado de la mente. La compatibilidad, la edad o el intelecto son lo de menos en el enamoramiento. Es muy fácil sincronizar a nuestros clientes. En tal inconciencia serían capaces de tomar cualquier cosa. No llegan jamás a averiguar o reconocer con quiénes se están involucrando. La mediocridad, imperceptible. Las vilezas mutuas enlazadas con una droga de mentiras. Un mundo sin decepción para quien teme a lo profundo.

Lamento la equivocación y la desaparición de su clienta, Amanda Torres. Este tipo de cosas nada tiene que ver con la precisión de nuestra ciencia. Son cuestiones humanas.

La novela zombi


Autores
(Ciudad de México, 1986) es narrador y poeta. Estudió la licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM. En 2010 obtuvo el Premio Punto de Partida. Ha sido colaborador en Confabulario, Este País, Luvina, Timonel, Replicante, Penumbria y Nagari Magazine. Parte de su trabajo poético está incluido en Poetas siglo XXI. Antología de poesía.

En El hombre nacido en Danzig, la novela más reciente de Guillermo Fadanelli, hay un hombre y una mujer. Pero quizá sería más atinado decir no hay ninguna mujer: Elisa Miller se fue para siempre. El hombre que se queda solo, que ni siquiera tiene un nombre empieza a disertar acerca de Elisa. Y no sólo sobre ella, sino sobre todas las mujeres. El argumento de la novela: una mujer deja a un basquetbolista e ingeniero fracasado, quien contrata un detective para que la espíe, entre tanto tiene algunos encuentros con otras mujeres.

Lo peculiar es que el hombre abandonado tiene encuentros con una serie de filósofos, un escritor y un basquetbolista. Sus interacciones son monólogos, discusiones internas con hombres que escribieron, pensaron o hicieron algo tan importante como para que recordemos su nombre y debatamos con sus ideas. Estas conversaciones resultan pertinentes porque están centradas en las mujeres que han sido parte de la vida de cada uno de ellos. Dado que este relato es un viaje hacia el conocimiento de sí mismo, los interlocutores del hombre abandonado lo regañan por los caminos que ha tomado en su vida (es gracioso y perturbador que, en realidad, es él mismo reprochándose pero que acaso no se atreva a hacerlo directamente). De ejemplo sirve el intercambio que sostiene con Magic Johnson:

—Si en lugar de leer a Bergson o a Schopenhauer, hubieras dedicado más tiempo a domar el tiro desde las nadas no habrías desperdiciado tu oportunidad. Tenías la gran ventaja de ser rápido y los defensas temían acercarse mucho a ti.

Sin embargo, la conversación más controversial es la que el protagonista sostiene con Otto Weininger porque parece que no es el momento indicado para reivindicar la voz de Weininger dado el auge del feminismo y de la defensa de la equidad de género que vivimos:

Se suicidó a los veintitrés años, a la edad de Mónica Piperino, varios meses después de la aparición de su obra, y no se dio a sí mismo el tiempo razonable para demostrarle a Viena que él no había sido un misógino, y que su obra era consecuencia de la rara sabiduría de una juventud que le vivió como si fuera un respiro o, más bien, como una exhalación.

Pero parece que Fadanelli lo logra. La lucha protagónica por encontrarse a sí mismo empieza desde la soledad; es decir, uno no busca la autodefinición cuando está en compañía de alguien más: el otro nos define. Habrá que entender la compleja relación de dos humanos (en este caso un hombre y una mujer), y es definitivo que hay ideas universales que surgen a partir de constantes en una relación amorosa.

Lo bochornoso es admitirlas, pero el protagonista no tiene empacho en decir que “la intimidad de las personas comunes se parece mucho a la repetición de los pasos en un baile regional”, ni en decir:

La emoción de las mujeres palpita y crece cuando escuchan palabras de amor, es verdad, y se conmueven hasta las lágrimas cuando su amante jura pasión y fidelidad eterna, pero en cuanto secan sus lágrimas y los días pasan regresan a su cotidiana eternidad y ninguna palabra de amor las convencerá de que no están frente a un estúpido.

Esas consignas pueden resultar indignantes en una lectura moralina, pero siempre queda el pensamiento de que en el fondo “algo hay de eso” en nosotros y en nuestras relaciones, aunque estamos atados a ellas para siempre porque preferimos ese eterno baile regional que el miedo de estar solos.


Autores
(Puebla, 1990) estudia Letras en la UNAM, por eso le gusta el mole de guajolote. Escribe en valeriavasola.blogspot.mx.
Fotografías por Carlos Sánchez.

A finales de 2011, Diego Olavarría conoció a Denise en la cárcel. Pero no en una celda ni en un juzgado, sino en las oficinas del penal. La cárcel suele pensarse como un sitio de desorden y violencia, una gran jaula de animales feroces donde existen dos funciones a jugar: la de la bestia encerrada, o la del amo que resguarda las llaves de esa jaula. Pero en la cárcel hay otra función, hasta cierto punto invisible: la administrativa. Y a pesar de lidiar con problemas mundanos, administrar una cárcel no resulta sencillo. Aquí el testimonio.

 

Cuando Denise (decidimos mantener su verdadero nombre en el anonimato) empezó con este trabajo, las cosas por aquí eran distintas.

—Esto era tierra de nadie —me dice, sonriente, con la satisfacción de quien sabe que ha hecho un buen trabajo y puede dar cuenta de ello.

Como muchos, Denise vive para su trabajo. Pero son pocos quienes, como ella, viven en su trabajo: Denise ocupa un cuarto adyacente a la oficina; su único adorno es un crucifijo en la pared. Lo hace por comodidad —las instalaciones que dirige están a dos horas de la ciudad más próxima— pero también por seguridad. Debido a la naturaleza de sus funciones, para Denise sería demasiado riesgoso manejar todos los días a una casa en uno de los pueblos cercanos.

—Al principio me sentía sola. Estamos lejos de cualquier ciudad, y en la noche el desierto es silencioso —comenta—. Lo único que se escucha es a los oficiales de la garita que abren las rejas, a los camiones que entran con los guardias de relevo. Pero me he acostumbrado, ahora no me siento tan sola —añade Denise, quien a pesar de haber dormido únicamente tres horas la noche anterior, mantiene una mirada enérgica y atenta.

—Pero eso no es algo que se puede admitir. Nunca puedes mostrar debilidad en esta profesión. Porque cuando la muestras, ahí perdiste.

Una vez, en el funeral de seis policías amigos suyos que fueron emboscados por narcotraficantes, a Denise se le ocurrió llorar.

—No me la acabé. Los comandantes me criticaron a mis espaldas, incluso se lo fueron a contar al Secretario de Seguridad Pública del estado. Dijeron cosas como: “pinche vieja, no aguanta nada”. Y que por eso no podían darles puestos directivos en el sistema penitenciario a las mujeres. Tardé mucho en ganarme otra vez el respeto de mi equipo.

En mi visita, a finales de 2011, Denise era directora de un reclusorio estatal en el que se encontraban encarcelados casi medio millar de prisioneros, o internos, como se les dice en la jerga del sistema penitenciario.1 La cárcel está en un municipio del norte de México, en una zona que ha sufrido los embates del crimen organizado. Denise y sus principales allegados —el jefe de seguridad y el de custodios— trabajan siete días a la semana para mantener el funcionamiento de este centro, para asegurar que la fiesta marche en paz.

Voces recluidas

Las cárceles mexicanas tienen mala reputación y en los últimos seis años ha habido toda clase de incidentes que han reforzado la idea de que son lugares anárquicos y desorganizados. La fuga de cincuenta y un presos en Zacatecas, en 2009, el asesinato de diecisiete personas en el penal municipal de Ciudad Juárez en 2011, y un motín de seiscientos cincuenta reos que exigían mejores condiciones en las Islas Marías en 2013 son algunos eventos que han acaparado titulares a nivel nacional. Dentro del sistema penitenciario, sin embargo, se escuchan historia más corrientes pero no menos escandalosas.

—En un penal municipal había tantas deficiencias de presupuesto que en lugar de contratar empleados, los internos desempeñaban funciones administrativas y de custodio. ¡Hasta manejaban las camionetas para trasladar a los presos! En otro centro, los narcos llegaron a un acuerdo con el jefe de custodios para que dejara salir a los presos por las noches a hacer sus fechorías. A las seis de la mañana regresaban bien puntualitos a sus celdas para el conteo de cabezas. Y así se la llevaron varios meses…

A Denise la pusieron en su cargo luego de la salida del director anterior, quien dimitió tras ser amenazado de muerte. Ella aceptó tomar su lugar con la condición de que transladaran a los presos más peligrosos a un penal federal, los cuales suelen tener mejores condiciones de seguridad. Una vez hecho esto, comenzó con lo que ella llama “la limpieza” delpenal. Le entregaron una cárcel peligrosa en la que los internos y custodios corruptos controlaban todos los niveles de la organización.

—No creas que ha sido fácil —me dice—. Pero creo que sí hemos logrado bastante en este par de años. Para empezar, corrimos a buena parte del personal, por corruptos. Luego, tuvimos que enseñarles a los internos a respetar las reglas, y eso nos costó muchísimo porque aquí estaban acostumbrados a andar como “Pedro por su casa”. Había mucho desorden. Ellos tenían llaves de sus estancias y entraban y salían a la hora que querían. Algunos tenían televisión, otros celulares y hasta armas. En el patio se vendía comida y quien tenía dinero comía mejor que los que no. Cuando tomé el centro, tuvimos que sacar todo el cableado de las celdas, cambiar la ropa de los internos por uniformes, quitarles sus barajas, cortarles el pelo.

Ahora las cosas han cambiado. En un paseo por el patio central observo cabezas rapadas por igual, uniformes color beige, hombres que juegan basquetbol en una cancha y evitan a toda costa acercarse a la cerca de malla: quien la toca se gana un pase directo a la zona de segregación, donde permanecen solos y en silencio durante días.

Denise me explica la importancia de la igualdad entre presos: —Si no hay igualdad, se genera poder. Y si se genera poder, habrá internos con control sobre otros. Y eso no se puede. Nosotros tenemos que ser el único poder.

La organización social en la cárcel tiende a convertirse en una versión más escabrosa y adulta del patio de escuela, con sus respectivos abusones y víctimas. Si llega la hora de lavar calzones, el fuerte obligará al débil a tallar los suyos. Si hace mucho calor en la celda, el interno grande obligará al chico a cederle su litera junto a la ventana. Si quiere más comida, el Alfa le quitará su ración al Beta. Y ni se diga del abuso: un preso dócil puede fácilmente convertirse en objeto sexual de uno más violento. Por ello, cuenta Denise, es mejor que haya lavadoras y reciban todos sus uniformes planchados. Que las literas estén asignadas y si alguien se cambia de lugar lo sancionen. Que los internos coman en un espacio visible y no en sus celdas.

—El abuso sexual es más difícil de evitar pues ocurre en las noches, por eso es importante hacer chequeos de salud a los internos, para estar atentos a huellas de violencia —me explica Denise.

En otras palabras: la vida en la cárcel debe parecerse a un internado en el que los niños están siempre vigilados por el ojo del Estado.

Voces recluidas

El reclamo más común que existe en México acerca del sistema penitenciario tiene que ver con las condiciones de los internos y las violaciones a sus garantías legales. Desde la Reforma Constitucional en materia penal de 2011 (el cambio al llamado Nuevo Modelo Penitenciario), respetar los derechos humanos de los presos se convirtió en obligación; y la reinserción social, en finalidad última de la reclusión. En México, la mayoría de las quejas frente a las comisiones de derechos humanos estatales y nacional reportan maltrato, hacinamiento, mala alimentación, condiciones peligrosas, falta de servicios médicos, incomunicación con los familiares, extorsión por parte de los funcionarios de los centros penitenciarios, así como violaciones al debido proceso.

Acerca de los defensores de derechos humanos, y aunque Denise está a favor de mejorar las condiciones de los presos, ella desestima sus críticas con una dureza que eriza la piel:

—Yo creo que los derechos humanos son para los humanos derechos.

Luego ajusta sus palabras:

—Pero claro, tengo que respetar la ley, y si la ley dice que ellos tienen derechos, hay que protegerlos. Por eso mismo nosotros hemos tratado de mejorar, por ejemplo, la alimentación de los internos. Desde que mejoramos la comida hemos logrado prevenir las riñas, pues la mayoría de ellas ocurren por maltrato de los guardias o por falta de alguna necesidad, que generalmente es agua o comida.

Sobre las fugas, Denise comenta:

—Las fugas se dan sobre todo por corrupción, pues las bardas que tenemos son casi imposibles de saltar. En los últimos años se han mejorado mucho los salarios de los custodios y de los guardias para evitar que caigan en tentaciones.2

Tras el comentario acerca de la comida, Denise insiste en ir a la cocina. Ahí, destapa una olla: la comida no es precisamente la de un restaurante gourmet, pero tampoco es peor que la de algunas cafeterías universitarias.

Esta cárcel es una excepción, y Denise lo sabe: no hay hacinamiento y, gracias a los incrementos en las partidas presupuestales, tampoco deficiencias de personal. Los penales en otras entidades —particularmente Nayarit y el Distrito Federal— tienen niveles de hacinamiento tan altos que se les consideran entre los peores de toda América Latina (la media nacional de sobrepoblación penitenciaria es 28%; en el Distrito Federal es de casi 85%). En algunos hay tantos presos por celda que incluso tienen que dormir de pie. Para ello, cuelgan una sábana en forma de U del techo y se turnan unas horas para descansar brazos y cuello sobre ésta. A la práctica se le llama dormir de “gárgola” o de “Batman” (por su parecido con la de los murciélagos). Le pregunto a Denise si, a raíz de todo lo que ha sucedido en las cárceles mexicanas, siente miedo.

—No quiero llamarlo miedo, ya te dije que esa palabra la tenemos prohibida. Digamos que es preocupación. Cuando uno escucha que en otros penales del estado han atacado con granadas o que al director de otro centro lo metieron a la cárcel porque se fugó un interno,3 uno se preocupa. Hace poco, por ejemplo, el personal de inteligencia detectó que un interno estaba describiendo mis características y las de mi vehículo en una de sus cartas. Cosas así preocupan. Pero parte de hacer bien nuestro trabajo consiste en controlar ese tipo de situaciones.

Terminamos el recorrido con una visita al taller de carpintería, el huerto, la biblioteca y la zona educativa. Ahí puedo ver internos haciendo sillas, recolectando lechugas; a uno con tatuajes en la cara aprendiendo a escribir el himno nacional en un pizarrón. Conforme recorremos los pasillos, los internos con los que nos encontramos se detienen, bajan la cabeza con sumisión y abren paso. Lo tratan a uno como a Moctezuma.

Denise está orgullosa de su trabajo, pero sabe que para que su cárcel pueda seguir funcionando medianamente bien es necesario que sean más los presos que dejan la cárcel que los que llegan a ella.

—Lo que arruina las cárceles es la sobrepoblación. Ahí es cuando se vuelven escuelas del crimen —dice Denise—. Se lestiene que inculcar valores y educar a los niños para que no caigan en nuestras manos —añade con una sonrisa.4

Finalmente, le pregunto si tiene algún mensaje para la gente que quiere ver a los casi doscientos cincuenta mil presos de México en peores condiciones de las que viven:

—Pues me gustaría recordarles que 95% de esos presos saldrán de la cárcel algún día, y que la única forma de que se reinserten a la sociedad es si dejamos de tratarlos como animales cuando están en la cárcel —dice, satisfecha con su razonamiento.

Voces recluidas

 


1 El lenguaje de la cárcel ha cambiado. Ya no son prisiones, sino centros de readaptación. Ya no son presos, son internos. Ya no son crujías, son estancias.
2 A nivel federal, un custodio gana un salario mensual de unos once mil pesos, cifra que podría considerarse alta para un puesto que exige apenas la secundaria terminada.

3 En algunos estados, la fuga de un interno se castiga mandando al director a prisión a que cumpla la sentencia del interno.

4 El costo de mantener el sistema penitenciario federal y sus cuarenta y ocho mil internos fue de unos 12.3 mil millones de pesos en 2013. El de mantener a toda la UNAM y sus trescientos treinta y siete mil alumnos, 33.7 mil millones de pesos para el mismo periodo. Es decir: sale dos y medio veces más caro un preso federal que un universitario.


Autores
(Ciudad de México, 1984) creció en distintos países de América del Norte y el Caribe. Es escritor y traductor. Ha publicado crónicas y ensayos en distintos medios. Su primer libro, El paralelo etíope (FETA, 2015), ganó el Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay.
Fotografías de Mario Hernández

Lina Meruane es una de las escritoras chilenas más reconocidas actualmente. Con el pretexto del lanzamiento de su nuevo libro, Contra los hijos (Tumbona, 2014), Sergio Téllez-Pon conversa con la autora de Volverse Palestina sobre los viajes, sus orígenes, su familia, el género de la crónica, la importancia de conocer su propia historia, las decisiones personales que marcan la vida de cada uno y el aborto.

 

Mi primera pregunta es sobre Volverse Palestina. El viaje a Palestina fue sorpresivo, no lo planeaste, tampoco esta crónica.

Empecé a escribir como periodista, pero luego me desplacé hacia la ficción. No planeaba regresar a la escritura de no ficción, menos en una crónica. Más bien había invitado a otro narrador a escribir un texto sobre Palestina, que pensaba publicar en mi pequeña editorial, y fue él quien sugirió que escribiéramos a cuatro manos. Entonces partí en cierta medida porque las circunstancias me llevaron a Palestina. Y fui con la idea de que podía llegar a escribir algo aunque sin una idea muy clara de qué. Fui tomando notas en los días que estuve en los territorios ocupados y en Israel, luego publiqué un trozo que me pidieron para una revista de viajes. Después me pidieron el libro entero, me impusieron una fecha, me sacaron este texto de adentro. Sin embargo, la idea del género en que debía ser escrito siempre estuvo ahí. Este texto no podía ser sino una crónica. En la escritura hay aspectos que una elige, pero también partes en las que el texto decide contarse de una manera determinada. Porque ese texto es muy personal, y a la vez muy político, requería contarse desde la experiencia, acercarse al referente de manera directa, pero a la vez utilizar recursos narrativos propios de la literatura. La crónica calzaba perfectamente con lo que yo quería hacer.

Entonces no hay nada de ficción…

Todo es verdad, da cuenta de lo que percibí y de lo que vi, de lo que otros me contaron y de lo que luego investigué para cerciorarme de que los datos eran correctos, pero también hay una serie de relatos imposibles de confirmar, apreciaciones más subjetivas del presente y del pasado. Y hay cosas que recreé usando técnicas de la ficción, a la manera de Truman Capote, completando el relato con detalles exactos, pero imaginados. Todo lo imaginado se remonta a la investigación que hay en este relato. No sólo investigación histórica, sino investigación de las migraciones y de los espacios. Tuve que volver al mapa muchas veces. Pienso que esta crónica establece un pacto evidente en el que el lector entiende que le estoy contando de la manera más verdadera lo que experimenté.

¿Qué opinas de la vigencia de la crónica como género literario?

Estamos experimentando un resurgir de la crónica personal y política con muchísima fuerza, que excede en calidad literaria al género del testimonio y de la memoria, tan importante en los setenta y ochenta. Pienso que al relato directo de esas otras escrituras referenciales le hacía falta una escritura más ambiciosa, no sólo en lo literario sino en la posibilidad de una reflexión política más incisiva sobre temas como la violencia o la pobreza. Escribir ese tipo de crónicas es posicionarse políticamente sin desestimar los modos de la escritura.

De hecho, acaba de salir un libro de Martín Caparrós sobre el hambre.

Claro, y ya no es el viaje incesante de Martín Caparrós por el mundo, sino una mirada más descarnada sobre la situación de la pobreza. También hay gente como Leila Guerriero, quien ha trabajado el abandono de la pequeña ciudad de la provincia argentina de manera acuciosa. Tiene un libro bello, triste y feroz, Los suicidas del fin del mundo, sobre sucesivos e inexplicables suicidios de gente muy joven en un pueblo de la Patagonia. Sin histrionismos políticos, relata un espacio absolutamente desprotegido y abandonado, la frontera del fin del mundo, en el que el suicidio aparece como una alternativa, por paradójico que sea usar esa palabra. Es un relato que se aleja de lo periodístico, que rehúye la tesis y la explicación, que a su modo entra en problemáticas de orden político.

En una reseña Naief Yehya dice sobre tu libro que propiamente no es un regreso a Palestina porque tú no saliste de allí; es un regreso prestado, un regreso de tus antepasados, de quienes investigaste.

Después de ese viaje a Palestina me di cuenta de que conocía muy poco mi propia historia, la historia de mi familia. Entonces le hice una visita al pasado: interrogué a mi padre y a mis tías para intentar recuperar lo poquito que quedaba de esos relatos que, en realidad, son un cúmulo de olvidos. La crónica que escribí no es sólo un regreso geográfico imposible, es un regreso temporal fallido porque está mediado por el relato de la memoria, y la memoria es muy frágil.

¿Y cómo te sentiste volviendo a tus orígenes palestinos?

Lo que me pareció crucial de ese regreso es que no fue nostalgia del pasado. No fue un intento por recuperar el origen perdido, difuminado en el tiempo y en el relato, sino una entrada al presente de la situación política, de la ocupación de los territorios palestinos. Entonces ese regreso al pasado se vuelve un regreso comprometido, un regreso activo en el que me hice presente para escribir sobre la trágica circunstancia de los palestinos.

Lina Meruane

Hay un momento muy interesante en el que dices que los palestinos son la mayor comunidad de exiliados en el mundo, y que en Chile vive la mayor comunidad palestina fuera del mundo árabe; incluso en Cisjordania hay una plaza Chile y una escuela Chile. ¿Cómo te vieron a ti cuando supieron que eras chilena? ¿Se lo dijiste?

Chile tiene raíces muy fuertes con Palestina, precisamente por esa relación histórica de la migración. Casi toda la gente que llegó huyendo del Imperio Otomano a principios del siglo XX era cristiana y venía de Belén o pueblos de los alrededores. Mi familia venía de uno de ellos, Beit Jala. Fui allá para visitar a dos tías que viven ahí pero no tuve oportunidad de conocer a la comunidad como hubiera querido; en muchos sentidos fue un viaje fallido como lo son los viajes de regreso al origen. No vi la casa de mi abuelo ni tuve la oportunidad de conocer la escuela Chile. Sólo estuve en la plaza Chile, donde me recogió una tía que no reconocí. Tampoco conocí a los palestinos de Beit Jala, pero me imagino que hubiera sido bienvenida porque hay un lazo muy fuerte entre los palestinos chilenos y los de Cisjordania. Hay apoyo económico, apoyo para la educación de niños palestinos, hay médicos chileno-palestinos que viajan a atender a sus paisanos en Palestina. Hay una revista palestina, o árabe, en Chile. Hay un embajador palestino en Chile. Es una relación muy estrecha.

Otra cosa curiosa es que tus antepasados no salieron por ningún conflicto, según entiendo por la crónica.

Se trata de una inmigración previa a la fundación del Estado de Israel, pero hay que recordar que los territorios palestinos estaban, a principios de siglo, dominados por el Imperio Otomano, que desconfiaba de las comunidades cristianas palestinas porque las veían demasiado occidentales, muy vinculadas a Europa. A los palestinos cristianos se les exigió el servicio militar turco. Es decir, los palestinos iban a ser carne de cañón en el ejército… Muchos palestinos migraron en esa época para huir de esa sentencia de muerte.

¿Qué pasó cuando regresaste a Chile? ¿Qué pasó con tu papá, con tu familia?, ¿les contaste lo que viste?

Por supuesto. Ellos estaban muy interesados en saber qué había visto y en responder a mis preguntas. Porque yo me senté con ellos, con una grabadora, y los interrogué. En esa conversación experimenté una nueva forma de vinculación con mi familia a propósito de esa historia que había oído a pedacitos, muy saltada, que estaba intentando reconstruir quizás Se insiste mucho en la maternidad pero hay muy poca ayuda y cada vez más demandas sobre los padres, y sobre todo sobre las madres. por primera vez para nosotros. Este ejercicio, por supuesto, no es nuevo: Margo Glantz hace algo muy interesante en Las genealogías, con la escena de la grabación en su relato del pasado familiar, un relato de migración y asimilación. Leí ese libro hace muchos años, y hay en el mío un guiño lejano a Glantz.

Acaba de salir otro librito tuyo, Contra los hijos. Me llamó la atención que no es propiamente una diatriba, como tú lo llamas, en contra de lo que Fernando Vallejo llamaría “la paridera de la gente”, sino contra esta figura de los hijos que llegan a trastornar a la mujer, a la familia y la sociedad.

Sí, es más bien una reflexión crítica sobre el lugar que ocupan los hijos en la sociedad actual. Lo que examiné en ensayo-diatriba es que a lo largo de la historia, precisamente después de momentos en que las mujeres alcanzan espacios de libertad, la sociedad responde enfatizando la necesidad del cuidado materno del hijo para traerlas de vuelta a casa. Observo primero esos momentos revolucionarios donde las mujeres se hacen cargo de su condición doméstica para moverme al siglo XX y ver sobre todo en el momento contemporáneo cómo reaparecen discursos conservadores que vuelven a poner a la madre en el lugar de la biología, a la madre como sinónimo de naturaleza, a la madre como única depositaria de la reproducción. Me pareció asombroso constatar que mientras más hemos logrado las mujeres en términos de igualdad política y, en algunos casos, económica, mientras más compañeros o compañeras tenemos dispuestas a participar en la casa y la crianza, mientras menos hijos se tienen, hay muchas más expectativas sobre la maternidad y más exigencias puestas sobre la crianza. El llamado “tiempo de calidad” no es más que una expresión de esta idea de que los padres deben entregarle su tiempo a los hijos y hacerse cargo de infinitas tareas extra que antes estaban en manos del Estado y sus instituciones, sobre todo de la escuela. Pero el Estado se ha replegado —esto es parte de la ideología neoliberal que propicia el encogimiento del Estado custodial—. Se insiste mucho en la maternidad pero hay muy poca ayuda y cada vez más demandas sobre los padres, y sobre todo sobre las madres. Se duplicó o triplicó el trabajo y el estrés de los padres. Hay que mirar bien este síntoma de los tiempos actuales, mirarlo con cuidado para no caer en las trampas que se nos tienden.

Lina Meruane

En el Distrito Federal las mujeres pueden abortar legalmente, pero hay estados en el resto del país donde se condena esta práctica, incluso con cárcel. Es aterrador para quienes estamos a favor de que la mujer decida si quiere o no tener hijos.

Por supuesto, no creo que la posición sea literalmente “a favor del aborto”, eso sería como estar “a favor de la extracción de lunares”; se está a favor de políticas sexuales en las que no se criminalice que una mujer o un hombre decidan si quieren o no ser padre o madre en ese momento de sus vidas. Se está a favor de las políticas de prevención del embarazo que incluyen la adecuada educación sexual, la entrega de anticonceptivos y, en casos más extremos, la práctica del aborto. Pero al mismo tiempo que se retiran las pastillas de la farmacia y no se invierte en educación sexual, se criminaliza al aborto. No hay ni una sola opción para frenar el embarazo.

Y yo creo que la maternidad no puede ser una cosa impuesta. Nadie puede imponer a una mujer el ser madre.

Sobre esto justamente habla mi ensayo. Llama la atención sobre la insistencia de los discursos a favor de la maternidad y la total ausencia de discursos antimaternos. Es muy llamativo que haya discursos contra todo tipo de situaciones pero que tan pocos examinen los aspectos más adversos de la maternidad. Es un tabú no reconocido.

Dices en Contra los hijos que se reitera siempre la pregunta por el cuándo. “¿Cuándo vas a tener hijos? Ya se te está pasando la hora, tienes casi treinta años, ya tienes casi treinta y cinco”.

Por otro lado, México tiene un alto índice de adolescentes embarazadas. Es atroz. Si como mujer tenían alguna aspiración para su vida, esos deseos se ven impedidos… Y a eso se suman las dificultades económicas de tantas jóvenes mexicanas, que hacen que la maternidad temprana las ubique en una posición aun más vulnerable y precaria.


Autores
(Ciudad de México, 1981) es autor de La síntesis rara de un siglo loco publicado por el FETA.
Fotografías de Alejandra Carbajal.

Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977) es un escritor reconocido más por su narrativa que por su poesía, aun cuando ésta forma parte primordial de su producción; sin embargo, Neuman se afirma como un autor inclinado más hacia la hibridación entre distintos géneros literarios y describe la sensación de libertad e incertidumbre que conlleva su búsqueda estética.

 

En 1999 se presentaron ciento cincuenta y cuatro libros al XVII Premio Herralde de Novela —el jurado estuvo compuesto por el propio Jorge Herralde, Esther Tusquets, Juan Cueto, Salvador Clotas y Roberto Bolaño, que un año antes había obtenido el mismo galardón con Los detectives salvajes—. París, de Marcos Giralt Torrente, resultó ganadora; la finalista fue Bariloche, primera novela de Andrés Neuman. En 1999 Neuman tenía veintidós años, una barba incipiente, el cabello partido en dos por la mitad, como un libro abierto, y ya había publicado Pertenecí, una colección de cuentos, y el libro de poemas Métodos de la noche. Herralde se refirió a él como un “niño prodigio”; Bolaño fue más lejos, afirmó que “ningún buen lector dejará de percibir en sus páginas algo que sólo es dable encontrar en la alta literatura, aquella que escriben los poetas verdaderos, la que osa adentrarse en la oscuridad con los ojos abiertos y que mantiene los ojos abiertos pase lo que pase”. Y siguió: “Cuando me encuentro a estos jóvenes escritores me dan ganas de ponerme a llorar. Ignoro el futuro que les espera. No sé si un conductor borracho los atropellará una noche o si de improviso dejarán de escribir. Si nada de esto ocurre, la literatura del siglo XXI les pertenecerá a Neuman y a unos pocos de sus hermanos de sangre”. Ahora Neuman tiene 37 años, el mismo peinado de entonces y la barba punteada de canas. Ni fue atropellado ni dejó de escribir. Volvió a ser finalista del mismo premio por Una vez Argentina, ganó el premio Alfaguara de novela por El viajero del siglo y fue elegido por la revista británica Granta como uno de los mejores narradores jóvenes en español, junto con quienes son, acaso, sus hermanos de sangre.

Escribes no solamente narrativa, sino también poesía (aunque en México se conocía poco hasta ahora). Pero también tienes un libro de crónicas de viaje (Viajar sin ver) y tanto en tu blog como en el recién aparecido Barbarismos te acercas a las formas ensayísticas. Los polígrafos son una especie en extinción. ¿A qué se debe esta alternancia de géneros en tu caso?, ¿hay alguno en el que te sientas más cómodo?

Sí. Es verdad que por razones editoriales (más que literarias) mi narrativa había llegado más a México que mi poesía, excepto por La jaula de los locos y No sé por qué, editados por Textofilia. De ahí que pensáramos hacer una antología que reuniera todos aquellos libros que nunca llegaron. Curiosamente lo primero que publiqué y lo que más he publicado en mi vida es poesía. Y me gustaría que el último libro que publicara fuera de poesía también. Me gusta alternar los géneros literarios porque entiendo que el músculo del lenguaje se tensa y levanta más peso cuando se ve sometido a la incomodidad, al desconcierto de cambiar de género. O dicho de otro modo: mi idea de la literatura es lo contrario del especialista, que hace una cosa y la hace cada vez mejor. Me parece que no saber cómo se escribe es un objetivo de la escritura, y esa especie de tránsito permanente por el primer libro, esa sensación de que todos los libros son el primero: se está más cerca de ella cuando se cambia de género. Pero también me interesa, tanto como la alternancia, la posibilidad de que un texto transite en la frontera entre distintos géneros. Me interesan las propiedades narrativas de la poesía, la posibilidad lírica de la narrativa, que un ensayo pueda contar una historia, que una novela pueda tener una fuerte dosis de ideas.

Por otra parte, tienes un interés especial por las formas breves.

Sí, de hecho uno de mis libros favoritos de la literatura argentina es Formas breves, de Ricardo Piglia.

¿De dónde viene tu interés por esa concentración formal?

No sé de dónde viene, pero es un hecho que lo tengo. Y, paradójicamente de nuevo, mi libro más conocido es una novela de quinientas páginas, de lo que podemos deducir que la literatura está hecha de contradicciones. Al fanático de las brevedades que soy, le sucedió que su libro más conocido en todo el mundo es el más largo. Me lo tengo merecido por breve. Es más, en los países donde El viajero del siglo fue mi primer trabajo publicado me decían: “Bueno, tú que eres un autor de largo aliento…”, y yo respondía: “No, es que esto es un enorme malentendido; a mí me gustan los aforismos, los microrrelatos, los poemas, los haikus”, y no me creían. Y ahora que están saliendo los otros libros, se quedan desconcertados. “¿Pero tú no escribías libros largos?”. “No, sólo cometí un libro largo”.

Cometí, dices, como un crimen. Como algo que produce culpa.

La síntesis y la elipsis siempre me han parecido el colmo del misterio. Lo que no siempre me ha fascinado.

El relato que abre El fin de la lectura es, no gratuitamente, “Las cosas que no hacemos”, una especie de inventario de lo hipotético.

Y Vendaval de bolsillo empieza con un poema que se llama “Palabras a una hija que no tengo”. Del mismo modo que argumentalmente siempre me fascinó esa parte de nuestra biografía que tiene que ver con lo que no nos sucede, con lo que deseamos y no vivimos, con lo que tememos que esté sucediendo. Creo, como decía Wallace Stevens, que no casualmente era poeta y aforista, y poeta aforístico, y aforista poético —eso era Wallace Stevens, yo no llego a tanto—, decía que en un escritor la experiencia es más ancha que la realidad. Es decir, nuestra experiencia se nutre también de lo que llamamos “no real”: lo temido, lo soñado, lo imaginado. Del mismo modo que me interesa narrar lo que no, me interesa mucho decir lo que no se dice. Y me parece que los géneros más elípticos, que trabajan más con el silencio, son precisamente los breves. Siempre me pareció una tentación el equilibrio misterioso entre lo que se dice y lo que se deja de decir.

Hay un punto en el que se tocan la poesía y la narrativa, hay un pliegue donde se acercan.

Sí, el microrrelato y el poema están hechos de renuncias verbales y también de sugerencias. Digamos que una forma breve es una primera voz, más o menos lejana, que se queda repercutiendo, reverberando en la cabeza de un lector. Pero sería un eco más interesante que los ecos normales, porque es un eco que en lugar de repetir la voz original, la va reescribiendo.

Los dos libros que has publicado en Almadía son antologías en las que has fungido como tu propio antologador. En Vendaval de bolsillo, en lugar de optar por el orden cronológico, los poemas están agrupados temáticamente. ¿A qué se debe este criterio?

Me parece que el libro cobraba más fuerza o se dejaba leer mejor al ordenarlo por bloques conceptuales y no cronológicamente, como bien observas. Si te fijas, al comienzo están los poemas que apelan al origen (la infancia, la memoria y también lo que no son formas del origen), luego viene una sección de poemas de corte más erótico, sobre el amor. Siguen poemas acerca de la muerte. Y después hay un tipo de poemas que reflexionan sobre el lenguaje, más conscientes de sí mismos: metapoemas. Es como si sólo pudiéramos empezar a decir después de haber vivido; sólo después de la infancia, del amor y la muerte podemos empezar a escribir. Finalmente, el libro cierra con una serie de haikus.

En ese sentido Vendaval de bolsillo es un libro que se va a aligerando, un libro evanescente en su lectura.

Me gusta pensarlo como un libro que se evapora. Si lo piensas, el haiku es un género que tiende a evaporarse. El último poema del libro hace referencia a eso.

Noto en tu poesía un tono dubitativo. Ya que hablamos de últimos poemas, el que cierra No sé por qué (un libro sobre la incertidumbre) dice: “No sé por qué no sé / mejor que conocer es ignorar dos veces / hagamos un trato señora poesía / le cambio sus asombros por mis dudas”. Quizás ese último verso encierre de algún modo tu poética.

Bueno, sí. Siempre me ha molestado la poesía muy segura de sí misma; me interesa la poesía que duda, que no sabe, que todo el tiempo está buscando. Para hablar de dos grandes nombres: frente al tono vertical, que pontifica, de Neruda, prefiero la horizontalidad de Vallejo.

 

Me preguntaste si seguía la literatura argentina, dije que sí pero apenas mencioné nombres y me parece que es bueno darlos porque siempre se elude esa cuestión. Para hablar de escritores vivos nada más y dejar en paz a los clásicos que están dentro de nosotros y llevamos a cuestas nos guste o no, vamos a omitir a Borges y compañía.

Creo que en mi generación hay escritores excelentes tanto en México como en Argentina. Leo mucho a mi generación.

Del lado argentino, Samanta Schweblin, me encanta Mariana Enriquez, me gusta mucho Pedro Mairal y lo que hace Félix Bruzzone —mezclar la dictadura y los desaparecidos con Aira me parece una cosa atrevida y muy interesante; de otra manera, muy distinta, Marcelo Figueras, que es un novelista que a mí me gusta mucho, tiene una novela llamada La batalla del calentamiento que trata de contar la dictadura en clave de cuento de hadas, y es atrevidísima y muy políticamente incorrecta; no sé cómo no lo deportaron—. Me gusta Rodrigo Fresán, particularmente Historia argentina sigue siendo para mí uno de los mejores libros de esa generación, y él me parece un excelente narrador en general.

Hebe Uhart es un genio. Por favor, publíquenla en México ya. Es una señora de cierta edad, es filósofa, es cuentista y odia a Borges, ¿no es adorable? Piglia es otro tipo… Precisamente Piglia tiene entre sus cuentos argentinos favoritos uno de Hebe Uhart que se llama “Guiando la hiedra”. Léanla, me lo van a agradecer.

Me gustan muchos poetas argentinos. Fabián Casas, Gabriela Bejerman, Jorge Boccanera, que es de una línea más gelmaniana. Me parece extraordinario un libro de Sergio Raimondi llamado Poesía civil. De una línea más lírica me gusta Silvio Matoni. Podría seguir indefinidamente porque la literatura argentina me alude y me gusta mucho.

Y del lado mexicano en mi generación me gusta mucho Guadalupe Nettel, la primera novela de Daniela Tarazona (la siguiente no la he leído). Me encantan Julián Herbert y Yuri Herrera, quien es un ejemplo de narrador que no deja de ser poeta ni un minuto, aunque no tiene libro de versos. Me gustan poetas mexicanos de mi edad, Luigi Amara, Hernán Bravo Varela; bueno, Morábito, de quien me declaro fan total. Todos queremos ser Morábito.

Los cuentos de Villoro me parecen geniales. Me gustan las novelas de David Miklos. Sigo mucho la literatura mexicana. Me gustan los hermanos Ortuño, que se han repartido muy bien las tareas: Antonio es un brutal narrador y Ángel es un muy buen poeta. Entonces entre la literatura mexicana y la argentina transcurren muchas de mis lecturas de contemporáneos.

 

El narrador de Bariloche es español pero los personajes son argentinos. Quizá esa dicotomía pone de manifiesto o resuelve la relación doble que mantienes con el español. Naciste en Argentina, pero desde hace mucho tiempo vives en España. ¿Cómo afecta eso?

Fui al colegio en los dos países. A menudo tengo que traducirme del español al español. Cuando estudiaba en España, en el colegio me educaban como español y en la casa me educaban como argentino. Salía a jugar como español y volvía a comer como argentino. Es una escisión con la que siempre he tenido que trabajar. Me parece que tiene que ver con lo que decíamos antes.

Es como trabajar con distintos géneros. Cortázar, por ejemplo. Aunque su poesía es menor con respecto a su narrativa, uno se da cuenta cómo trabaja a partir de la poesía. Beckett, Conrad, Nabokov, Paul Groussac. Siempre me han interesado los escritores que renuncian a su lengua materna para escribir. Aunque el de Beckett es un caso más extremo que los otros: ¿quién renuncia al inglés? Está el caso de un escritor argentino que solamente cuando escribió en francés pudo hablar de su infancia argentina.

O Gombrowicz, que, aunque siempre escribió en polaco, de algún modo se tradujo a sí mismo al español.

El caso de Gombrowicz es especial. Habría que tomarlo en cuenta porque es el caso de alguien que sin escribir en español tuvo una influencia mayor en la literatura argentina.

Pero volviendo al tema de escritores que trabajan no sólo con dos lenguas, sino con dos sentidos de una lengua, podríamos hablar de Kafka. Kafka es el menos literal de los escritores, trabajaba con arquetipos y símbolos de un modo impresionante. Nunca está diciendo lo que dice.

Creo que algo así me ocurrió con una novela que escribí sobre mi familia. Ahora tuve que revisar Una vez Argentina y terminé reescribiéndola, pero creo que esa tensión de la que hablamos está ahí. Mi mamá nació en Argentina y murió en España. Yo no puedo elegir entre la cuna y la tumba de mi madre.

 


Autores
(Ciudad de México, 1986) es una joven promesa rota. En 2013 fue becario del FOCAEM, en 2014 de la Fundación para las Letras Mexicanas y actualmente lo es del FONCA. No ha plantado árboles, no ha tenido hijos, no ha publicado libros. Es editor de la revista Tierra Adentro.
Exposición Fe y visión

Describimos el mundo, lo inventamos. Tener fe es quizás abrirse a toda clase de visiones laberínticas como rastrear memorias o indagar en espacios y expropiarlos. El resultado nos perturba pero sólo aquello que imaginamos realmente existe, sólo aquello que imaginamos ha existido en un pasado a veces inconexo. En Fe y visión, la artista visual mexicana Alinka Echeverría retrata tres aspectos de la experiencia que significa mirar desde la fe.

La exposición se inauguró el primero de noviembre en el California Museum of Photography, en Riverside, California, un pequeño condado cercano a Tijuana conocido como la ciudad de las artes, pero para quienes intentan vivir de su trabajo artístico, esta categoría deja mucho que desear. La exposición de Alinka se compone de tres partes que indagan en la mirada entendida como agente de conocimiento: Camino al Tepeyac, Pequeños milagros y Ceguera profunda.

En la serie Camino al Tepeyac, Alinka fotografió un gran número de peregrinos durante la visita anual a la Virgen de Guadalupe en el cerro del Tepeyac. Dispuestas en filas sobre los muros, cada imagen desborda significado y color. Alinka retrató a estos individuos únicamente de espaldas y logró que parecieran altares humanos, estatuas de la devoción que cumplen alguna promesa. Vemos además que estas figuras aparecen recortadas, en cierto sentido, descontextualizadas, sobre un fondo blanco que realza los cuerpos y sus cargas.

El investigador Miguel León Portilla, considera el Nican mopohua (un relato en náhuatl de las apariciones de la Virgen de Guadalupe a Juan Diego), parte de una tradición oral dedicada a Tonantzin, ‘madre de la tierra’ o ‘del maíz’ para los antiguos pobladores. El náhuatl que utiliza en él es sumamente elegante y se cree que su estilo deriva de los cantos sagrados emitidos hacia las deidades antropomorfas de aquella civilización.

Con el tiempo, los significados prehispánicos de esta imagen fueron diluyéndose y tomando otros senderos en el catolicismo. Sin embargo, el sentido de madre y protectora que Tonantzin tenía, continúa hasta nuestros días. Lo prueban las fotografías de Alinka, donde las imágenes de la Virgen de Guadalupe —algunas de yeso, otras pintadas o grabadas— aparecen como pesadas cargas sobre los hombros de decenas de hombres que esperan el bienestar y amparo de esta deidad. Alinka juega con los significados que se despliegan del acto de extraer los cuerpos de su entorno para convertirlos en piezas de arte.

La segunda parte de la exposición Ceguera profunda, Alinka grabó el instante en que los feligreses observan por primera vez la imagen mariana en el Tepeyac. El video dura alrededor de diez minutos y en él se aprecian los rostros y gestos de quienes son transportados por una banda metálica frente a la Virgen. Las mujeres se persignan, los hombres abrazan a sus parejas e hijos. Los viejos vuelven a creer en aquello que no puede comprobarse, recuerdan quizás cuando eran niños y jugaban a construir diminutos mundos. Al fondo se escucha el Nican mopohua narrado en su lengua vernácula, a un lado se encuentra una proyección de este mismo texto en braille.

En Fe y visión, Alinka Echeverría cuestiona la naturaleza de mirar desde la fe, suponiendo que la base de todo lo divino se encuentra creer en aquello que no puede experimentarse y en la aceptación de que a veces los sentidos nos engañan y la realidad no es una sola sino muchas. También explora la amplitud de todas las formas de apreciación, de todas las variantes culturales que determinan y encausan nuestra propia mirada. Esta exposición se encontrará disponible hasta el 24 de enero del 2015.


Autores
Es licenciada en Lengua y Literaturas Hispánicas, por la UNAM. Junto al artista plástico Pavel Acevedo, dirige Espacio Centro, un lugar independiente de exhibición y producción artística ubicado en la periferia de Oaxaca. Trabaja lentamente en su ficción y en un pequeño huerto.

Se dice que el autor escribe una obra porque tiene necesidad de comunicar algo, porque no puede hacer otra cosa, o porque eso que quiere decir no sale de otra manera. Al menos, esa es la idea cliché que se tiene sobre el escritor, pero no se puede afirmar que por ello no se contemple la posibilidad de que el trabajo del escritor llegue a otros países y se hable en otros idiomas. Larga es la lista de obras que se han traducido a muchos idiomas, como la tan aclamada Esperando a Godot que incluso tiene su versión al náhuatl. Pero, ¿realmente se sabe o se tiene consciencia de todo el trabajo que implica hacer esto?

¿Cuál es el papel del traductor dentro de la literatura? ¿Qué tanto afecta una mala traducción? ¿Qué tanto mejora? Estas y otras inquietudes surgen cuando un autor se encuentra frente a la posibilidad de que su obra sea conocida en otros idiomas o si uno descubre que quiere ser traductor.

Hace dos años, Boris Schoemann y Humberto Pérez Mortera tuvieron la iniciativa de hacer un encuentro internacional de traductores de teatro y su éxito fue tal, que en esta semana se realiza la segunda edición en el teatro La Capilla. Con el apoyo del Instituto Goethe, la Embajada de Francia, CONACULTA y FONCA, fue posible reunir a traductores de Alemania, Francia, Estados Unidos y Japón para que dieran su visión del teatro y a su vez, conocieran a dramaturgos mexicanos contemporáneos.

Selma Ancira, Premio Nacional de Traducción, España 2011; Claudia Cabrera, traductora del alemán al español; David Johnson, traductor multipremiado que trabaja frecuentemente con el teatro Royal Court de Londres, y Asaki Shimoyama,  traductora interprete del francés, italiano, ruso y español, son algunos de los invitados a esta segunda emisión. De lado de los dramaturgos, se cuenta con la presencia de Verónica Bujeiro, Edgar Chías, Bárbara Colio y Adrián Vazquez, entre otros.

Desde el lunes pasado y hasta el viernes 28 de noviembre, se realizarán actividades en torno a ambos quehaceres con un programa muy completo e interesante.

Todos los días en punto de las 11 de la mañana, se da inicio a dicho encuentro con una amplia gama de opciones; desde talleres en donde aspirantes a traductores, traductores en ciernes y profesionales, exponen los problemas cotidianos a los que se enfrentan y los enriquecen realizando ejercicios al respecto e incluso, haciendo traducciones instantáneas. También se realizan mesas redondas en las que se habla de problemáticas como la importancia de traducir desde la práctica, y se prevé una conferencia entorno a la relación traductor- autor.

Posteriormente y en punto de la una de la tarde, se realizan pláticas con dramaturgos mexicanos que a lo largo de 15 minutos tienen la opción de conversar sobre su obra, presentar alguna escena dramatizada o un pequeño montaje sobre lo que ellos consideran lo más representativo de su poética. Además proporcionan a los traductores invitados, libros, cds o usb’s con sus textos dramáticos a manera de intercambio.

Todas las actividades son gratuitas y abiertas a todo público, se realizan en el Teatro La Capilla, ubicado en Madrid 13, Coyoacán y el programa completo se puede consultar en la página del teatro.


Autores
Ciudad de México, 1980. Dramaturga. Autora de Aún no recuerdo su rostro (FETA 2014). Fue Becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas (2009-2011) y de Jóvenes Creadores, FONCA, (2008-2009). Participó en los talleres de The Royal Court of London y realizó una residencia en la misma institución en marzo del 2013. Su obra Anatomía de la Gastritis, traducida al francés por David Ferré, fue editada por la editorial Le Miroir. Ha publicado Editorial El Milagro; Los Textos de la Capilla, segunda generación; Tierra Adentro, Buena tinta y la revista Este País. Su guion Distancias Cortas fue publicado en co-edición con IMCINE y Editorial Buena tinta, en 2012.