Tierra Adentro
Fotografía: Flickr / Angel Rodriguez-Rey.

Los potus

esta mañana saqué afuera los potus mellizos al regreso de la jornada ellos me hablaron del viento y del sol que son como una música animal en los primeros instantes los tallos se ablandaron pasaron de una sala de espera controlada a un boliche con humo negro (exterior) dijeron que si quería lastimarlos mejor era de a poco cerca del mediodía eran machos sudaban y era inevitable doblarse el vecino los miró extrañado y dijo en voz alta: qué lindas macetas para plantas de interior

los potus mellizos se conocen desde siempre llegaron juntos a este mundo pero cómo es la vida que al final de la jornada uno estaba casi muerto y el otro casi vivo abrí el portón y los vi ya las hojas de uno no se veían acurrucadas aún atadas al tallo haciéndose una siesta sobre la tierra y el otro erguido encarando ese mundo de luz y viento nuevas plagas ausencia

quise sacarlos para lucirlos hermanos de savia ahora aprendí una lección de botánica los espacios se respetan está el adentro y el afuera morirse es de a poco y la vida depende de todos

me hablaron del verano que pasa de veinte grados a una lluvia helada y retoma empoderado el calor astringente dijeron que lo difícil así es respirar me senté frente a ellos les sonreí ellos no se movieron estaban aún echados pero yo los miré y les sonreí y ellos no hicieron nada entonces decidí quedarme los miré y les sonreí en el cielo la nube bajó hace calor les dije pero va a llover les dije quieren entrar pregunté y ellos estaban ahí como dejados qué lindas macetas, pensé ¿de qué se mueren?

esta mañana saqué los potus mellizos a la ventana del jardín son plantas de interior, pensé son plantas, pensé y ahora estoy acá, mirándolas y ellas, nada


Autores
(Buenos Aires, 1981) es autora del libro de poemas La central del sentir (Nulú Bonsai, 2014).

El pasado 13 de diciembre el fotógrafo documentalista Christian Rodríguez presentó su fotolibro Selfie, en el que aborda el tema del autrorretrato y de su uso en las redes sociales. Sin duda el fenómeno del selfie ha sido poco estudiado, tal vez por tratarse de un tema al que damos poca importancia, sin embargo el selfie no solo ha transformado la manera en la que usamos la fotografía y en la que interactuamos con nosotros mismos, sino también ha modificado la forma en la que nos relacionamos con los demás a través de su publicación en las redes sociales. El selfie es el resultado de una sociedad mediatizada, cibernética y narcisista, a su vez representa la imagen perfecta del hombre nuevo, quien encarna la era del hiperindividualismo en todas sus actitudes.

Según afirma Gilles Lipovetsky, la posmodernidad ha llegado a su fin, dando paso a una nueva época: la hipermodernidad. En ella el pasado reaparece, el presente adquiere una importancia fundamental en la vida de los individuos y el porvenir se asoma como nueva forma de reinterpretar el futuro: el progreso deja de tener cabida.[1] El hombre nuevo es producto de un momento histórico en el que el prefijo hiper define el comportamiento de la sociedad y el sistema en el que se desenvuelve: hiperconsumismo e hiperindividualización.

La economía cada vez va más dirigida al consumo, así como a la comunicación de las masas, lo que ha llevado al nuevo hombre a la búsqueda y revaloración de sí mismo a través de la imagen. Le gusta ver su imagen reflejada, tal como Narciso, pero su amor no ha sido correspondido y en esa lucha se vuelve un hombre cada vez más insatisfecho. El hombre hipermoderno es al mismo tiempo hipervisual y sus necesidades de consumo de imágenes se ven saciadas no sólo por la publicidad y el internet, sino también por las herramientas que le son suministradas para la producción de imágenes. La fotografía resurge como un medio que permite al individuo reinventarse en una necesidad de reencontrarse consigo mismo.

Lo hipermoderno se caracteriza por la transformación que hubo en torno a la concepción del tiempo, pues cada día nos es más importante conseguir mayor aprovechamiento en el tiempo. Este es el motivo por el cual buscamos horarios laborales más variables y mayor  tiempo libre, hacemos más espacio al tiempo de consumo,  al de actividades culturales y al tiempo de vacaciones.[2] Cuanto más tiempo libre se tiene, existe mayor necesidad de fotografiar cada instante. En 1965 Pierre Bourdieu escribió sobre la actividad fotográfica de las familias de Lesquire, en Bearn, e identificó que  la mayor actividad se realizaba durante las vacaciones, lo que significa que estaba muy relacionada a la actividad turística. “La  fotografía está allí para certificar, para siempre, que el tiempo era libre y que se tuvo la libertad de fotografiarlo”.[3] Ya no se trata únicamente de preservar el momento en la memoria familiar, sino de inmortalizar nuestra propia esencia, de conservar en nuestra memoria y llevar a la memoria colectiva el reflejo de nosotros mismos que se manifiesta en esa nueva superficie cristalina que Narciso no conoció: el lente de la cámara.

Los valores éticos de los años sesenta ya no nos gobiernan, hoy en día entramos a lo que Lipovetsky llama la era de la felicidad, en la que se enarbola la bandera de la realización personal, con la que se evoca al tiempo libre, al erotismo, al bienestar físico y espiritual. La fotografía de las vacaciones en familia aún es vigente, pero al cambiar los “modelos de familia” se modifican también los motivos a fotografiar. Hoy muchas de las nuevas familias se conforman únicamente por la pareja, y la ausencia de hijos es cada vez más evidente. Aparece la fotografía de viaje en pareja, al igual que la fotografía del disfrute del tiempo libre en soledad. Es en ese punto en el que el selfie cobra importancia y sentido. Entre más abandonamos la colectividad más volvemos la mirada hacia nosotros mismos, nos hacemos cada vez más conscientes de nuestra esencia, el yo cobra más fuerza y en la medida en la que interiorizamos más profundamente nos alejamos un todo, nos volvemos más solitarios y en esa soledad es que nace Narciso.

Con el selfie no sólo se quiere enaltecer la figura de uno mismo, sino también reflejar ese bienestar físico y espiritual que tanto busca el hombre hipermoderno. Ya no se retrata el momento en el que uno forma parte del colectivo, sino se retratan aquellos en los que uno está solo en la cotidianidad como para reafirmar socialmente que se ha tenido éxito, que cuidamos de nosotros mismos y que hemos logrado el confort que el hipermodernismo propone: lograr la felicidad sin necesitar a nadie. Se consume el bienestar para uno mismo, teniendo siempre interés por mostrar la imagen de self love a los demás. El Narciso no sólo está preocupado por sí mismo, sino por demostrar a los demás que se ama. El nuevo hombre es narcisista y hace uso de la fotografía para reafirmarlo.

La hiperproducción de imágenes de uno mismo responde a la necesidad de reinventarnos con cada foto, pero también a la necesidad de reconocimiento por parte de lo demás. Nos decimos independientes, autónomos, siempre volteando hacia adentro y buscando satisfacer nuestros propios intereses, pero Narciso no puede ser él mismo sin el reconocimiento de otro, sin su aprobación, sin un like. El selfie es el nuevo narcótico, ese al que uno produce y consume en un intento por llenar el vacío de existencia que deja la hipermordernidad en nuestro tiempo.

 


[1]Gilles Lipovetsy, Los tiempos hipermodernos, trad. Antonio Prometeo Moya, Ed. Anagrama, Barcelona, 2006, pág. 62.

[2]Ibid., pág. 79.

[3]Pierre Bourdieu, “Culto a la unidad y diferencias cultivadas”” en Un arte medio. Ensayo sobre los usos sociales de la fotografía,  Editorial Gustavo Gili, Col. Fotoggrafía, Barcelona, 2003, pág. 75.


Autores
(Distrito Federal, 1991) estudió Historia en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. Durante su carrera enfocó sus investigaciones a la fotografía del México decimonónico. Ha tomado cursos de retrato y fotografía digital en la Escuela Activa de fotografía y en la Facultad de Artes de la UAEM.
Fotografía: Flickr / *L

La persiana

mientras construía la casa de mis padres mi abuelo se cayó del techo y se quebró dos costillas me contaron que no quiso ir en auto al hospital llegó en colectivo mi abuelo hablaba poco y nunca fuimos muy cercanos aunque pasamos algún tiempo juntos cuando lo internaron una tarde fui a cuidarlo y me confundió con un ladrón al que quiso disuadir acá no hay nada, repetía una y otra vez acá no hay nada, no hay nada y era cierto: no había, pero entonces empezó a hacer algo con sus manos como si atornillara algo en el aire un movimiento que al final abandonaba con resignación insistía en arreglar esa persiana para mí la poesía es un poco como eso querer arreglar una cosa que no existe y chau, morirse en el intento.


Autores
Mar del Plata, Argentina, 1983) escribe y traduce. Como poeta publicó Josele, Los círculos del agua (Dársena3, 2004), Pluvia, Una, dos comadrejas, Bruma (los tres publicados por VOX en 2007, 2010 y 2012, respectivamente), Los sapos (Sacate el Saquito, 2011) entre otros. Tradujo Paterson V, de William Carlos Williams (Luz Mala Ediciones, 2012).
Ilustración: Flickr / .gsr.

Breve noticia de “Canto de la Nena vista”

Del vasto acervo de la Ciudad y las Tierras, el “Canto de la Nena vista” es, sin duda, la flor más retorcida. De autor desconocido —aunque abunden, por supuesto, las hipótesis—, su composición se sitúa en los tiempos de esa Revuelta por la Larga que sacudió los cimientos de aquella sociedad. Los críticos subrayaron después, una y mil veces, la extrañeza de que una obra de fuste, redactada al calor de esos fuegos y dedicada a rescatar la figura de una de sus heroínas más cantadas, eluda cualquier referencia al movimiento. El “Canto” es, sin dudas, una composición culterana que no busca popularidad ni intenta intervenir en los combates del momento. No sirve en absoluto a la causa en la que militó la Nena: ni siquiera la ataca. Esta prescindencia es una toma de partido. El autor parece postular que, en medio de la tormenta, los mismos materiales que se usan para agitar pueden utilizarse para otros propósitos; si no fuera así, es evidente que podría haber escrito más o menos lo mismo tomando como protagonista a cualquier otra persona. El autor parece afirmar, con el “Canto”, que la belleza —o lo que él considera, supongamos, la belleza— puede apoderarse de cualquier trinchera. El problema es que su composición no responde —ni por estructura ni por temática— a ninguno de los cánones aceptados, clásicos, de la belleza en la Ciudad y las Tierras.

Y, aun así, sobrevivió a los siglos y llegó hasta nosotros, en la bellísima traducción que debemos primero al francés del caballero Alphonse des Thoucqueaux y por fin, modestamente, al castellano de un servidor. Sin ánimo de abusar de la paciencia del lector, dos o tres aclaraciones imponen su necesidad: en la lengua de la Ciudad y las Tierras, el tiempo se mide en estaciones —tres estaciones igualan un año—, válvula significa vulva y los pelos verdes son la marca que siempre identificó a la Nena en la iconografía revolucionaria.

 

Canto de la Nena vista

Cuando su madre la veía, le veía lo azaroso del tiempo, cuando la miraba, despacio, los ojos entornados, lo que veía eran bastantes Nenas. Muchas Nenas se le mezclaban cada vez que intentaba mirarla. Mirarla era de vértigo para Raquel, su madre: se le escapaba todo el tiempo cada cara. Las veía todas cada vez, mezcladas. Cuando su madre la veía,veía cómo fue que se le abrió la cara cuando dio el primer grito, recordaba: la cara era una arruga arrepollada, como una feta todavía de las carnes desde donde tan recién había llegado. La cara era de adentro y sólo –una feta todavía, una mordida rebanada– se hizo de afuera cuando se le abrió brutal la boca para el grito, cuando se vio que la Nena también su adentrotenía, hecho de rosadito resbaloso; nada más teniendo adentro puede alguien pasar a ser de afuera.

Cuando su madre la veía, veía también la primera cara de feroz que puso una tercera, bien mezclada. La cara de feroz era redonda como un racimo de uvas, recordaba: por aquí un poco hinchada, por allá más hinchada por la cólera de chupar sin que nada saliera, rechinando sobre esa mama flaca. En esa cara los ojos le quedaban ranuras, la boca un aspaviento, la nariz apretada, todo, todo y la cara se habían cerrado: todo estaba afuera. La crueldad es una cara que cierra sus agujeros.

Lo azaroso es el tiempo; cuando su madre la veía, veía también la cara de la Nena la primera vez que le dio un beso con su lengua, recordaba: ya de seis estaciones, casi siete, la Nena con el pelo rapado para mostrar que la cuidaban, sus manitas fregando sin parar la una a la otra, sus ojos que nunca se quedaban en una cosa sola, sus rodillas que tanto se enredaban, unas palabras que ella sola entendía y la manera en que le contestó su beso con un beso, estirando extremando, expatriando, enarcando o casi serpenteando su lengüita de iguana puntiaguda y entendió que una parte de adentro podía pasar afuera y después adentro de otro adentro, mezclarse en otro adentro no por hambre o un grito sino por ganas nada más, por estar yendo.

Lo azaroso, cuando su madre la veía en un momento, en ése, el tiempo, le veía su cara también una primera, antes de despertarse, con colores y después, esa misma primera, al despertarse, con sus pelos pintados, recordaba: la cara de la Nena en su sueño que rebosaba de colores que mal se le escapaban de las manos y después la cara de la Nena cuando se despertó, de pánfila inocencia, ya de veinte estaciones, mirando a ningún lado, y con sus pelos mal pintados del verde que siempre llevaría. Le pareció que había entendido —que Nena había entendido: a la madre le pareció que la hija había entendido— que hay por lo menos dos lugares: si adentro es rosadito resbaloso, afuera tiene que ser de otro color: el verde era decirle que ya se le había ido.

Le tenía tantas caras.

Una madre en la cara ve muchas veces caras de una primera vez, y otra y aquella vez que nadie se acordaría si no fuera porque ahí está, para eso, sin querer o sí queriendo, nadie sabe, ella.

Le puede ver y recordar y cada vez verle también las caras —mezcladas, amalgamadas, confundidas— que otros le vieron, recordaba: cómo vio que los ojos de Juanca la veían, igual que tantos de otros hombres, compungida por tan igual que la veían, más que nada como la cara que una válvula de esas gordetas puede permitirse tener; una manera de prometer su adentro desde afuera, un modo de decir que su cara no es su cara.

Una madre en la cara ve muchas veces caras de una primera vez, y otra y aquellas veces que no recuerda nadie, muchas caras que poca cosa, una que se miraba en un espejo, una que se golpeó la nariz y le sangraba, una que no podía dormir, lloraba y se le hizo de nuevo la primera, una de asombro por una hormiga viva, una de gran felicidad por nada, una que cerraba los ojos y jugaba a ser ciega, una que entendió que su madre era otra cara, una que parecía de mucho espanto, una que parecía de acuchillarse, una que parecía ser tantas, una que nunca supo qué era, todas en lo azaroso bien mezcladas —entreveradas, confundidas, bien mezcladas.

Amalgamadas, bien mezcladas, entreveradas las veía: el grito adentro afuera, la lengüita enarcada, los ojos apretados, la válvula gordeta, la manera de decir no es su cara, el aspaviento de haber cerrado todo, hormiga viva, felicidad por nada, chupandina, el espejo de pánfila, la marca de sangre en la nariz, pavor, la mueca de ver que no era ella, la lengüita expatriada, ojo ciego, los colores, rapado el pelo tanto cuanto verde, el rosadito adentro afuera, todo lo azaroso del tiempo lo mezclaba.

Lo azaroso del tiempo lo veía en esas mezclas de una cara, lo tarado del tiempo: no es azaroso, es tonto. Ella sabía que tantas caras de la Nena se perdían con ella. Es más que tonto: es azaroso, el tiempo: caras que se perdían porque sí, con ella.

No pudo verla en otras, nunca pudo verla en los ojos del soldado ni de algunos que la vieron después ni de los tantos que después la tuvieron en las manos. Su cara en tantas manos ya sin hacerse ni ser hecha, ya sin quedar, porque no tenía dónde. Ya su madre, ella, Raquel, su madre se había muerto. El tiempo se esconde de las caras. Después de muerta madre le quedaba a la Nena —a cualquiera le queda— sólo una cara sola, cada vez distinta, pero una cada vez, sin amalgama. En nadie se le mezclan. Para eso sirve madre, decía, para hacer que el tiempo se confunda un poco, tropiece, trastabille y vuelva a ser de nada.


Autores
(Bueno Aires, 1957) es periodista y escritor. Ganador del premio Rey de España y del premio Herralde de Novela. Su libro más reciente es El hambre (Planeta, 2014).
Fotografía: Flickr/ Gene Wilburn.

¿Y si escribir fuera como ese momento del parto, cuando ya no hay fuerzas ni para mantener los ojos abiertos, cuando escapa la energía en los gritos, cuando es mejor cancelar para poder irse a dormir? Cuando escribo, me asomo a ese otro mundo donde viven las historias, como a través de un agujero en el hielo, y las pesco para traerlas a este lado materializadas en letras. Entro en trance: para parir y para escribir. Aunque recuerdo mis partos, no registro los momentos en los que escribo ni reconozco mis textos como propios cuando los releo más tarde.

Empecé a escribir después de haber pasado todas mis tardes leyendo: durante el invierno, en un sillón de un solo cuerpo en el que me estiraba transversalmente, escondida en una parte de mi casa adonde nadie iba nunca; y en la cama del cuarto más caluroso de alguna casa durante el verano. Los estantes de la biblioteca se doblaban por el peso de los libros. Con mi hermana nos repartíamos esos títulos que pertenecieron a un abuelo con cualidades de prócer al que nunca conocimos; intercalábamos manuales de anatomía con clásicos literarios. Entre esos objetos que nadie sabía cómo leer, una tarde de tormenta encontré unos cuentos que mi madre le había robado a su hermana en un rapto de odio. Ese libro me hizo sentir que quizás yo también podía escribir. Que las ideas y las escenas que vivían en mi imaginación podían nacer a este mundo.

No escribo todo el tiempo, sino cuando no puedo evitarlo: cuando una línea rebota sin parar adentro de mi cabeza y sé que hasta que no la haga letras no se callará. Cuando empiezo, no paro hasta que quedo seca. Entonces dejo de ser yo: mis dedos tejen como arañas sobre las teclas y al final no sé qué pasó qué hice ni durante cuánto tiempo. Muchas veces no me atrevo a leer lo que escribí porque me avergüenza: sospecho que dejé alguna parte secreta de mí titilando en la pantalla, impúdica, exhibicionista.

Hace unos tres años decidí dejar la Argentina junto a mi familia. Al mismo tiempo tomamos la decisión de tener un hijo. No era la primera vez que hacíamos alguna de esas dos cosas y, como siempre que tomamos una decisión que cambia radicalmente nuestras vidas, no le dimos muchas vueltas.

El proceso mental que hicimos para dejar nuestra vida en Buenos Aires fue lineal: uno busca en el fondo de su memoria y encuentra las mil razones de esos otros migrantes, los primeros, los que nos dieron nuestros apellidos. Posibilidades y oportunidades completan en segundos la lista innecesaria de pros y contras, que nos da el envión para lo que uno ya sabe que va a hacer. Mi salida fue caótica, confusa, convulsionada. Y la llegada al nuevo destino fue inversamente proporcional: todos los “no” se convirtieron en “sí”. Cada día nos reafirmaba lo necesario del cambio. Era como si este lugar, que nunca habíamos visitado y del que no sabíamos absolutamente nada, nos hubiera estado esperando.

Pero en la búsqueda de nuevos horizontes me despedí de mi ciudad, la musa caprichosa e incomprensible que día y noche me susurraba palabras al oído. Recuerdos de infancia disparados por un aroma, historias imposibles imaginadas en el cruce de una mirada, poemas nacidos del chillido de un camión de basura. El cambio me encontró con los brazos llenos de niños, los míos, convertida en la única madre posible para ellos, a quienes había dejado sin otros familiares que pudieran ayudarlos o reconfortarlos. En Buenos Aires tenía un trabajo que me permitía escribir en la tranquilidad de la oficina. Aquí trabajo en casa, mientras cuido a mi hija menor, que se divierte más trepando por mi cuerpo que en los juegos del parque. Mi agenda de actividades está organizada por los horarios del distrito escolar, a los que no solamente adapto la hora en la que sonará la alarma del despertador, sino hasta qué momento del día trabajaré y cuándo debe dormir la siesta mi hija.

Las experiencias son nuevas de verdad: no disparan recuerdos ni paralelismos con mi vida anterior. Y, como si fuera la primera vez, no dejan de llegar a toda velocidad y de estimular mis sentidos. Me ajusto al nuevo mundo una y otra vez. De pronto me definen partes de mi identidad en las que ni siquiera pensaba: sudamericana, carnívora part-time, hispanoparlante. Debo comprender qué soy, para luego completar formularios: “ethnicity: latino; race: white”. Busco acomodarme en mis papeles de madre a la salida de la escuela, vecina en una nueva comunidad, empleada de gente a la que sólo conozco telefónicamente, amiga de personas a quienes jamás había imaginado. Quiero dejar atrás partes de mí que no me gustan y que tienen mucho que ver con la ciudad violenta y caótica de la que provengo y a la que extraño todos los días. Como es adentro es afuera, y sé que si me siento feliz y optimista, podré irradiar sonrisas. Pero primero debo aprender a sonreír un poco más; a ser más tranquila; a suponer lo mejor de las personas. Como una madre monstruosa, Buenos Aires se me aparece en la forma de recuerdos vívidos y recurrentes: una librería en una esquina, frente a una escuela; una cuadra en el barrio chino donde estacionamos el auto una sola vez; el olor de una plaza por la noche en verano, circa 1996. Los recuerdos me atacan cuando estoy sola, sin otro testigo que defina qué es la realidad y qué es el pasado.

Toda mi creatividad, mi imaginación, las historias y la poesía que descubro en el mundo, no se vuelcan al papel sino en la crianza de mis hijos. Invento frases que dejarán al adolescente helado para derretirlo segundos más tarde; cuentos cuando paseamos por la calle para el de siete años; canciones mientras manejo para la de dos. Espero poder recordar las historias que valen la pena para cuando tenga uno de esos momentos de trance frente a la pantalla de mi computadora. Y si no puedo, no me importa: al menos habrán embellecido algunos momentos, como flores o mariposas que quedan prendidas del aire en el instante de una tarde de verano y luego se escapan por una costura suelta del día.

Escribir es como parir, como cazar animales invisibles dentro de un ropero sin fondo y depositarlos en la mesa del comedor. Escribir es como colgarse del cable de la luz y electrocutarse un poco. Es como meter la cabeza a través de un agujero en el hielo y descubrir un mundo al revés, en el que si te acuestas en el piso te caes contra el techo; como dormirse cuando ya se hizo de día y empiezan a oírse los motores de los autos que taponan la autopista para llegar, todos juntos, al centro.


Autores
(Buenos Aires, 1975) es autora de los libros Superhéroes (Cara de Cuis editora, 2009) y Karaoke kiss (Textos de Cartón, 2010).
Ilustraciones: Santiago Solís.

¡¡¡¡¡¡¡CÙÙÙÙÙÙÙÙÙÙMBIÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁ!!!!!!!
—silencio de esos preñados de desastres, de inminencia pura y muda.

Silencio de antes de que: desenlácese su propia polifonía aturdidora, sus gritos revueltos.

Y rómpanse los tímpanos:

Fue un aullido de proporción gigavática y replicación viral: la consagración de la fiesta desde las rancherías más remotas hasta los canales navegables del Río de la Plata, la bailanta total, la estereofonía absoluta: cumbia.

Fue una precipitación vertical y telúrica como pistolitas veintidós, como clavos, como locomotoras, como misiles aire tierra, como todas las ollas Essen arrojándose al suelo y perforando las baldosas de las cocinas; arrancándose de cada cosa, sumándose en violento arrebato al imán del centro del planeta, el magma ardiente, la ebullición elemental.

De cada parlante online: cumbia. Un grito monstruoso, la consumación del arte hacker de la periferia. Al toque, al toque del aullido, el craquelado de los vidrios que rechinaron como casi toda cosa cuando se rompe, rechinaron los vidrios cuando explotaron en rectas y en diagonales filosas y enseguida lo peor: el estrépito de las caídas guillotinescas sobre los cuerpos vivos y el coro de aullidos, ay, ese último acto de miles y miles. La ciudad entera se inundó de sangre y la sangre llegó al río: en su caudal flotaron brazos, piernas, dedos y cabezas desprendidas con la misma expresión de pavor y sorpresa que habrá tenido Juan El Bautista pero multiplicada por cincuenta mil, como cientos de pantallas las cabezas cortadas transmitieron paradójicamente sin cortes ese pavor y esa sorpresa durante los días y días que pasaron hasta que se dispuso de ellas. Tantos fueron los trozados en las bocas de tormenta que al final las taparon: cada esquina floreció como un cantero de miembros humanos erguidos en ramillete y resistiendo al empuje de la sangre que quería, como todo líquido que camina en Buenos Aires, irse al río, asumir su hidrodestino sudamericano.

Fue el primer vidriomoto urbano de la historia: caída, sangre, polvo y caos. Fue así: primero, el aullido. Después, un silencio que duró menos que lo que tarda en decirse, “silencio” digo, diga “silencio” para tener la medida, pruebe, dígalo: hablo de ese tiempo, la casi nada que pasó entre que el aullido les voló las gorras y los cascos a los negros policías y el impacto con la tierra, liviano el de las gorras antes de rodar a las zanjas y hundirse en el agua podrida —no hay otra agua— y pesado el de los cascos que cayeron un poco más abajo que las gorras: sumergiéronse a fuerza de inercia sónica primero y gravitatoria después: a doble fuerza se hundieron los cascos.

Se suspendieron las cosas ese instante mudo. Como si el tiempo se hubiera salido de ellas para tomar envión: se vació de sí el tiempo y volvió en estallido, acelerado y veloz de esas velocidades que matan, que sólo las explosiones dan. Todo el instante y todas las cosas muertas como si un museo fuera bomba: instante de advenimiento porque fue el antes de la victoria aplastante de la gravedad, una especie de megamaldición babélica y rascaciélica, de origen celestial y fines de averno. Los vidrios rotos, astillados en pedazos filosos, se hundieron en cuerpos vivos. O se pulverizaron, porque terminaron siendo polvo todas las cosas que alguna vez habían sido arena.

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Esto es lo que cuento, el aullido, el impacto del aullido sobre cada vidrio, el avance silencioso de las fisuras, la estrepitosa precipitación primera, el gran desastre que se fragmentó en pequeños: las cosas que rebotaron y le pegaron a otras cosas y volvieron a caer y rebotaron cada vez más bajo y menos vertical hasta que cayeron del todo: hasta que cesó la inercia y yacieron como los muertos que ellas mataron, yacieron las cosas convertidas en raíz y apoyo de los sucesivos desmoronamientos que siguieron.

Todo fue cuestión de dos minutos. El resto, el avance capilar del desastre, fue un tiempo de esos que suceden sin prisa y sin pausa, casi imperceptibles, que no necesitan velocidad ni violencia, que en materia de tiempo son casi la misma cosa, porque tienen de aliada a la naturaleza misma: un tiempo como el del agua que no cesa de comerse las casas aun después del aluvión. Lo que no paró, quiero decir, fue el proceso de ósmosis del desastre, una radicalización lenta pero incesante como si algo del aullido se les hubiera metido adentro a las cosas para siempre, una fisión atómica hecha de ruido: cumbia. Radicalización, digo, porque este ruido hizo de cada cosa que tuviera vidrio una parte de sí, como una raíz que creciera para arriba transformando todo en sí misma. Que de eso, y no de otra cosa, está hecha la monstruosidad.

Y en eso, en el principio de la raíz del fin de un mundo —porque, ay, nada de la nada sale: nada empieza sin que termine otra cosa, sin tragarse a la otra—, llegó la Negra Sombra.

Y empezó la diversión. Porque lo que acabo de contar, el aullido y la precipitación vertical y los desangrados al fin —el casi fin porque no, la cosa no terminaba ahí, obviamente: si no quién ahora acá— pasó en dos minutos y pareció el principio del apocalipsis y fue y no fue porque hubo más, monstruoso como cualquier principio tomado desde la primera molécula de su radicalidad, empezó queriendo ser una fiesta:

La Bailanta Más Grande Del Mundo

Lo que estoy contándoles es más que vidrios rotos, más que caos urbano, más que el colapso último de la General Paz: es la caída del capitalismo global en su localización porteña y granbonaerense. En el primero, segundo y tercer cordón, ese ahorcamiento sucesivo de miserias que asfixian hasta llegar a la nada misma: la pampa y las siempre ajenas, las vaquitas de los otros. Y si no cayó, la miseria, como sí se precipitaron los frentes de los rascacielos y las vidrieras de los shoppings y los parabrisas de los autos blindados, fue porque la arquitectura ranchera está rota de entrada y hasta el fondo, se hace de pedazos de cosas y entonces es más blanda y más nómade: no se cayó nada que no pudiera arreglarse con un palo o atarse con un alambre. Y así fue. Se torcieron más los ranchos, se tornaron más laberínticos los pasillos, se volaron algunas chapas y se murieron un par de pendejos y un par de minas y un par de viejos: muertes que la biomasa miserable reemplaza y multiplica constantemente.

Pero capitalismo sí cayó en su versión Reina del Plata, presa, como estaba escrito, de sus propias tecnologías, que es como decir desgarrado por sus propias garras o cocido en su tinta o muerto de su propia medicina en el sentido más farmacológico del asunto, ese del remedio venenoso y el veneno sanador, ¿se entiende que quiero decir que ganó la parte envenenada? Que se desinfló la globalización, así de sencilla fue la cosa: lo que quedó fueron los globos pinchados de un fin de fiesta y una resaca bárbara que duró décadas, que dura todavía.

Por eso digo que estoy contando más que eso, más que vidrios rotos y desmoronamientos y fiestas muertas y fiestas recién nacidas, digo, les digo a ustedes, el futuro de mí, y no miento pero tampoco digo la verdad: estoy contando mucho menos, ni siquiera

La Bailanta Más Grande Del Mundo

entera puedo contarles. Sólo lo que veo y veo un quilombo de breves filmaciones archivadas con el solo criterio de su última modificación. Random miro, no puedo más que someterme al azar de lo que sea que coincida un poco y me llame la atención. Dejo pasar el barrido que me muestra alternativamente y en cien pantallitas a la vez los miles de videos y empiezo a mirar cuando me alerta el chirrido computadoresco que salta cada vez que algunas coincidencias de colores o de sonidos se marcan en los gráficos que también miro y analizan las imágenes saltando de a treinta minutos más o menos o eso creo.

Veo, ahora, en este mismo momento, la imagen pixelada de la Negra Sombra: está vestida de naranja, con una túnica, a lo Sai Baba, como si lo hubiera pensado la Negra, como si hubiera previsto que para ser vista más vale un color vibrante y uniforme: la veo en las cien ventanitas de mi pantalla, en el barrido de las miles de filmaciones que están cargadas en el archivo del Museo del Origen, mi genealogía, la nuestra, la de la mártir, la matriz de nosotros, la matrificada: la madre sacrificada que vivió para contarlo, nuestra hipócrita abuela, nuestra hermana, nuestra verduga: la súper madre, la Negra Sombra, el objetivo de todas las cámaras ese 11 de septiembre de 2015 en el único terreno que no había sido tomado ahí en el Camino de Cintura, un campito tan calvo, tan rasurado de miseria que ni yuyos, que ni pastaban gatos ni cataban ratas.

Todas las cámaras para la Negra dije porque lo veo y sin embargo ninguna lente la agarra entera: como si los miles de 100% negro cabeza que portaban celulares de última generación conseguidos como fuera para la gigabailanta —la fiesta había empezado días antes con un sinfín de arrebatos telefónicos que sorprendieron a policías y medios, que por eso lo sabemos ahora, porque quedaron papelitos prensa— se hubieran puesto de acuerdo en hacerla salir linda. Y el único modo de que Frankenstein se vea bonito es mostrarlo en sus partes, en lo más central de sus fragmentos: lo liso, lo más alejado de las costuras. Así que eso filmaron de la Negra: pedazos. Entre el amontonamiento de gente se ve: un rulo rubio, los agujeros de la nariz, el lóbulo blanquísimo de una oreja, un brazo, la boca, las uñas comidas de sus manos negras. Por momentos, media cara: no digo prolijos perfiles, nada de eso, apenas los ojos y la frente o la nariz y la boca para esa Frankenstein tardía y primeriza, nuestra causa motora, la semilla, la ideóloga de La Bailanta Más Grande Del Mundo. TA198_interiores_IMPRENTA-123

En fin, de a pedazos, como a cualquier todo pero más que a ninguno, la veo a la Negra Sombra ahora también en contrapicado: la coronilla le veo. Se habrán subido los monchos de su corte a las terrazas, a los postes de luz, a los fierros pelados de las puntas de las columnas que erizaban los techos de las casitas como evidencia de la certeza de la multiplicación familiar que tenía la biomasa por entonces. La veo a la Negra dejando caer su burka, veo los pelos rubios que aparecen, las cabezas negras que se apartan, la burka que cae lentamente como si alguna brisa la meciera para amortiguarle la caída a la seda para que flote sobre el charco de la zanja crística la burka en milagro suburbano y subhumano: bonaerense.

Lo que armo con todos los pedazos es a la Negra. Veo, por sobre su coronilla rubia de cabecilla de la negrada, cómo levantó la mano y arrojó su burka, que más que caer, descendió: se bamboleó en una lentitud que tal vez fuera el fruto de los últimos rebotes del primer aullido, melodioso ya de gastadas sus aristas contra tanto suelo y tanto ciudadano. Por los motivos que fueran, descendió sedosa la burka y sedosamente tapó las gorras y los cascos de los primos o los hermanos o los cuñados policías enfrentados a la negrada que se venía mucha, aluvional se venía. Terminó de caer la burka naranja y sedosa o de seda y cuando se le empezaron a hundir los bordes en el agua por eso de la ósmosis que hablábamos antes, la Negra movió un poco esa cara de muñeca nórdica que se había ligado y gritó otra vez, gutural, funesta, fiestera y apocalíptica:

¡¡¡¡¡¡¡CÙÙÙÙÙÙÙÙÙÙÙÙÙÙÙÙÙÙÙMBIÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁ!!!!!!!

Y, ahí sí, estalló la música: Re loco re mamado yo bailo cumbia Re loco re mamado Siempre descontrolado bailo mi cumbia Al baile voy mamado. Cantó Lescano desde arriba del tropicamión que se había armado como escenario y toda la negrada empezó a mover el orto y a dar esos pasitos que daban en los bailes de esa época. Llegó con los vidrios rotos el camión pero los tachos de luz habían zafado porque venían metidos adentro de cajas de telgopor: los rayos de colores hicieron círculos sobre la biomasa que respondió bailando y abriendo las heladeritas portátiles llenas de birra y de jarras locas que habían traído: ardió la fiesta. Y se multiplicaron los negros como gremlins estimulados por el alcohol y las luces. Y duró días en el Bloque, que así se llamaba esto en el principio, antes de llamarse El Pueblo. El Bloque: acá, donde nadie se había muerto porque todavía no le habían puesto vidrios a las ventanas, donde nadie lamentó los muertos de la ciudad porque no se enteraron hasta tres días después. Habían llegado bastante puestos al sapucai del Bloque, que así le habían llamado los hackers a su chiste, que no había sido otra cosa que poner a aullar a todos los parlantes online a la vez para que sí, que esa vez, la fiesta fuera

La Bailanta Más Grande Del Mundo.


Autores
(Buenos Aires, 1968) receptora de todo tipo de críticas positivas y elogios, es autora de un par de libros que la han posicionado en años recientes como una escritora destacada: La Virgen Cabeza, finalista del Memorial Silverio Cañada de la Semana Negra de Gijón y Le viste la cara a Dios, el primer ebook escrito en español elegido como libro del año 2011 por Revista Ñ.

 

Uno no pensaría que en esta pequeña ciudad se gestaran tantos discursos y se revolvieran tantas culturas. Ideas en movimiento, aristas desde donde observar el mundo y replantearlo. Si la vemos desde arriba, Oaxaca parece una pequeña olla a punto de explotar, un sitio natural privilegiado y protegido por montañas, entidades poderosas y sagradas a quienes se les debe respeto. Supongo que esa misma diversidad y una no tan pasiva renuencia al cambio en nuestras tradiciones nos han salvado el pellejo ante algunas prácticas inhumanas del capitalismo feroz, como la vida corporativa, la existencia de godínez, por ejemplo. Es quizás en esa necedad ante lo nuevo donde hemos encontrado una brújula para navegar entre las aguas de estos tiempos y abrirnos hacia lo múltiple, lo compartido.

Las ciudades son una invención reciente. Cuando veo la ciudad desde el Fortín, un pequeño cerro que preside incólume este valle, siento náuseas. En unas cuantas décadas, la mancha urbana ha alcanzado casi la punta de los cerros circundantes, el valle ciertamente ha dejado de serlo, el rugido de la ciudad se escucha desde cualquier punto, una señal mortífera de humanidad cercenada por la bestia que todos llevamos dentro. Suceden muchas cosas aquí, la vida cultural es rica (aunque en ocasiones nos quejemos de ser siempre los mismos), burbujea la producción artística, abundan las exhibiciones y galerías, se abren continuamente espacios culturales alternativos. Un ejemplo reciente de esta salud discursiva es Santoral, de Iván Bautista, que se exhibe en el Taller La Chicharra, un espacio dedicado a la producción y exhibición de gráfica oaxaqueña.

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Santoral hace referencia al calendario litúrgico. Recordemos que para la Iglesia católica a cada día le corresponde un santo, de ahí que los niños llevaran el nombre del día en que nacieron; el día de su santo. Esta práctica ya no es tan común en la ciudad —y en parte qué bueno que así sea —, mi nombre pudo haber sido Ramona. Nací el día en que llevan a los animales a bendecir, aunque pensándolo bien, quizás de ahí provenga mi infinito amor por todas las criaturas y mi escurridiza pero frecuente misantropía. Lo cierto es que en Santoral, Iván Bautista no rinde homenaje a los santos de su devoción, si es que tiene, sino a las emociones encarnadas en el cuerpo de su modelo, Edith Chávez, artista gráfica sumamente talentosa que trabaja en el mismo taller.

En Santoral, cada imagen es el estudio de una emoción que proviene de otro tipo de cuerpo sagrado, de otra forma de pasión sanguínea. Las imágenes de santos son profundamente conmovedoras, una de las herramientas evangelizadoras más exitosas fue precisamente esa expresividad, reflejos de dolor y gozo, o de dolores gozosos. Desde donde queramos verlo, la pasión de Jesucristo es también nuestra, así como el semblante sereno de Buda nos habita en cada respiración. Las imágenes religiosas siempre han estado ahí para tratar de describirnos, poniéndonos en duda. Iván toma es sentido erótico, de enlace sagrado entre cuerpo y sufrimiento, entre cuerpo y desaparición —que es la verdadera condena—, y lo reinterpreta a partir de una mezcla entre dibujo, acuarela y grabado.

El resultado, son piezas abiertas que inician un diálogo que puede tomar distintas direcciones: ¿las mujeres encarnan a los santos de nuestra devoción?, ¿son las emociones los elementos del cuerpo que debemos adorar?, ¿es el cuerpo un sitio sagrado ante el cual nos postramos todas los días al despertar?, ¿somos una paradoja entre la violencia y el silencio? Estos son retratos dónde aventarnos para dejar de observar.

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Como toda obra de arte, el objeto estético queda así tanto dentro como fuera de sí mismo. He visto otros trabajos de Iván Bautista y me parece que es en Santoral donde se perfila más nítidamente la búsqueda de su lenguaje. Las expresiones y colores son sutiles pero de ellos no emerge tranquilidad sino perturbación. Algo perturba a su personaje, tal vez sabe que cuando uno posa también se esconde. Y es precisamente esa distancia estrecha entre la franqueza del gesto y la pose casi teatral del cuerpo, lo que convierte estos retratos en una propuesta estética, una ficción.

En el arte, el misterio se presiente. ¿Se hacen cosas nuevas en Oaxaca?, ¿es necesario lo nuevo?, ¿existe, para empezar, lo nuevo?, ¿o es que acaso a esa persecución infructuosa nos han empujado las dinámicas mercantiles? Frecuentemente escucho que en los artistas emergentes hace falta un estilo propio, un discurso donde se apueste por otro lenguaje y la obra se convierta así en una búsqueda profunda de las propias palabras. Sin embargo, me parece que lo nuevo no necesariamente es lo propio, y habría siempre que hacer esta distinción al opinar. Sin importar su origen o propósito, las imágenes son diálogos que entablamos con la parte oculta del mundo.

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Autores
Es licenciada en Lengua y Literaturas Hispánicas, por la UNAM. Junto al artista plástico Pavel Acevedo, dirige Espacio Centro, un lugar independiente de exhibición y producción artística ubicado en la periferia de Oaxaca. Trabaja lentamente en su ficción y en un pequeño huerto.
Ilustraciones: Juanjo Güitrón.

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¡Cómo pude caer tan bajo! ¡Cómo pude llegar a esto! ¡A este estado! ¡A ser el eslabón perdido entre el hombre y la bolsa de papas! ¡Yo que siempre me sentí tan bien, tan feliz!…

Siempre fui tan feliz… me acuerdo de mí, de ella, de la casa, las cosas… cada cosa en su lugar, las tacitas tan limpias, y los platitos… los platitos de porcelana uruguaya, blancos, ordenados uno arriba del otro como una pirámide reluciente, inmaculada, perfecta… en realidad nunca tomé demasiado café, o para ser sincero nunca en mi vida tomé café… no le conozco el gusto, ni siquiera el olor… el olor del café me trae náuseas, jaqueca, acidez… su mero nombre me irrita, me pone de mal humor… cuando estoy en un bar y alguien pide un café, ese estado se apodera de mí y lo echa todo a perder… irremediablemente la conversación se suspende… las cosas toman un curso accidentado… Como nunca tomo café, rara vez usé esas tacitas y esos platitos, pero su ausencia es insoportable… están tan presentes en mí como si siempre los hubiera usado, como si en vez de haber dedicado la vida entera a la sociología hubiese sido cafetero, o aún más, catador de café, en caso de que ésa sea la palabra precisa —catador— ya que habitualmente catador se utiliza para el vino, uso por cierto vulgar ya que catar significa simplemente “probar, gustar alguna cosa para examinar su sabor o sazón”, es decir que incluye al café, así como a otras bebidas no alcohólicas, e incluso a comidas… Es curioso, pero ahora que lo recuerdo, ella siempre tomaba café, tomaba litros diarios de café, e incluso muchas veces se lo servía yo, se lo servía y se lo llevaba a la cama y el olor nunca me indispuso, al contrario, toda la escena se desarrollaba dentro de la más absoluta normalidad… ¡Todo con ella era tan distinto!… ¿Y cómo pude haber llegado a este estado? ¿A esta confusión? ¿Cómo pude haber tocado fondo tan sólo porque me abandonó? Eramos tan ideales… el
uno para el otro… la armonía… Me acuerdo de ella, siempre dispuesta, servicial, lista para el pedido, entregada para la ofrenda. Yo le decía “traeme esto” y ella me lo traía, le decía “hacé lo otro” y ella lo hacía. Todo en ella era entusiasmo. La más absoluta devoción. Yo le pedía un favor, y ahí iba ella, yo la veía caminar y escuchaba sus pasitos “tiqui tiqui tiqui”, volvía y de nuevo escuchaba sus pasitos, “tiqui tiqui tiqui”; iba otra vez y yo le veía su colita que se movía, se balanceaba para un lado, para el otro, siempre parada, esbelta; tiqui tiqui tiqui, su colita; tiqui tiqui tiqui, se balanceaba… Nunca me dijo que no a nada, nunca se negaba a nada, todo lo hacía, iba, volvía… tiqui tiqui, tiqui… su colita… sus pasitos… Era tan buena conmigo, tan fiel, tan adiestrada, que más que mi mujer parecía un perrito… pero… pero… entonces… no, no es posible… ¡Por Dios que no!… ¡Sí!… Ahora lo 
veo tan claro: ¡era un perrito! ¡Una perrita de verdad! ¡Cómo no me di cuenta antes! ¡Cómo pude ser tan ciego! ¡Cómo no lo vi antes! ¡Cómo pude ser tan idiota, tan confiado!… ¡Cómo pude estar enamorado de un animalito!… ¡Esto es terrible! La cabeza me da vueltas como una pelotita de ping-pong, como un partido de tenis… mejor dicho como una calesita, las calesitas dan vueltas, las pelotitas van y vienen… qué estado de confusión… Ahora lo veo todo tan claro… tan oscuro… todo tan difuso… tan diáfano… Lo veo todo con mis dos ojos, mis dos ojos me ven a mí mirando la situación con mis dos ojos… ¡Tengo cuatro ojos! ¡Soy deforme! Tengo que tranquilizarme, nada es tan terrible… ¡Mentira, todo es terrible!: me abandonó mi amor, mi amor era una perrita y… ¡soy deforme! Las tres cosas son terribles, siniestras. ¿Cuál de las tres es más terrible? ¿Puede ser una cosa más terrible que otra? ¿No es lo terrible un absoluto, lo máximo, lo inconmensurable infinito? Si así lo fuese, no habría un terrible más terrible que otro, sería posible que mis tres terribles valiesen igual, o en otros términos, no estaría experimentando ya no el yugo del padecer tres problemas terribles, sino uno solo —ya que terrible siempre es lo Uno—, uno solo pero terrible. Eso implicaría que mis tres problemas sólo son uno… ¡tengo dos problemas menos! ¿Pero cuáles? Primero, no soy deforme: tengo apenas dos ojos… ¡Qué tonto, tendría que haberme dado cuenta antes!… Cómo no me di cuenta de que llevo puesto sólo un par de anteojos que, claro está, tiene sólo dos lentes, una para cada ojo… si tuviese cuatro ojos tendría que llevar anteojos de cuatro lentes y me hubiera llamado la atención. Ahora tengo que descartar uno de los otros dos problemas. ¿Descarto que me abandonó mi amor o que mi amor era una perrita? ¡Qué duda! ¡Qué elección!…

TA198_interiores_IMPRENTA-132La elección, cualquier elección, es siempre terrible… siniestra… esa es la clave de todos mis problemas… ¡Todo es terrible, siniestro! Me caso, es terrible. Me separo, es siniestro. Gozo, es siniestro; sufro, es terrible. No puedo hacer algo, entonces lo quiero. No lo quiero, entonces lo hago. Mi cabeza está saturada… más por menos, más… ¿Qué estoy diciendo? ¿Perdí el hilo?… No puedo elegir entre dos absolutos… el dolor es la pura empiria y lo siniestro su teoría… Es como si se estuviera desarrollando en mí una especie de fenomenología privada, una fenomenología mía, que se aplica sólo a mí… Como una fenomenología superadora de mi fenomenología tradicional, de lo que fue hasta ahora mi vida: no darme cuenta de nada. ¿Y cómo me di cuenta ahora? ¿Cómo caí? ¿Cómo pasé de un estado a otro? ¿Cómo accedí a ese estado en el que al fin puedo preguntar?… Mi mente está completamente extraviada… son varias a la vez… mentes hay muchas, naturaleza hay una. Tengo que volver al estado de naturaleza, a lo que fue mi vida: pocas preguntas, muchas certezas… ¿Cómo llegué a este estado? Me siento como si fuera más de uno, como si yo fuera dos, tres, doscientos dieciséis mentes… Me siento acompañado por infinitos mí mismos…. Cada uno de nosotros ocupa su propia posición en el mundo y tiene su propia perspectiva… es fácil dejarse deslizar desde esta verdad obvia hacia una noción confusa de relativismo conceptual… El punto de partida no es más que el relativismo —familiar e inocuo— de la posición que se ocupa en el espacio y el tiempo… Puesto que cada uno de nosotros ocupa con exclusividad un determinado volumen de espacio-tiempo, dos de nosotros no podemos hallarnos exactamente en el mismo lugar al mismo tiempo… ¡Basta de epistemología!… ¡Cómo puedo estar pensando en eso en una situación como ésta!… ¿Qué hace una chica como vos en un lugar como éste? ¿De dónde era esa frase, de qué película?… Me acuerdo de que alguna vez se lo dije a ella, estaba oscuro, bailábamos, yo olía a whiskola, ella a café, todo era tan romántico, tan auténtico… ¡cómo pude ser tan ciego de decirle esa frase a una perrita! Me acuerdo de cómo continuó la velada, cómo terminó… no…. ¡No!… ¡No!… ¡Apártate de mí, recuerdo!… ¡Qué asco!… ¡Puajjjj!… ¡Huuugchhhh!… ¡Ahhhhhhhjjj!… ¡Hice el amor con un animal! ¡Con una perra!… ¡Cómo pude hacerlo! ¡Hacerlo durantes semanas, meses, años! ¡Soy un enfermo! ¡Un amoral!… Pero a ella le gustaba… a mí también… ¡Cómo puedo tener esos pensamientos! ¡Todo lo que hice es horrible!… No puedo mirarme a los ojos, me miro y no me veo, veo todo oscuro, negro… no puedo ni pensar lo que hice… ¡Cómo pude enamorarme tanto de una perra!… ¡Cómo pudimos hacer el amor tan bien, tanto tiempo!… Estoy acabado… perdí la condición humana… ¡Me doy asco!… ¡Soy un animal! ¡Ella también es un animal! ¡Somos dos animales! ¡Por eso nos llevábamos tan bien!… Es tan obvio como que la fisiología que subyace en toda conducta sexual es universal para todos los mamíferos, incluida la especie humana… Sobre cuestiones sexuales, da lo mismo experimentar con humanos o con animales… ¿Pudo haber sido todo un experimento? ¿Fuimos cobayitos de algún juego?… ¿Y el amor?… ¿Y la pasión?… ¿Y los mimitos?… ¿Y el te quiero monstruito?… ¿Y el yo también bichito?… ¿Será el amor algo experimental? ¿Pero entonces se pueden establecer sus reglas, sus mecanismos, sus procedimientos?… ¿Podría elaborarse una teoría? ¿Hay un lenguaje que lo exprese?… Mientras espero tu llegada mañana, me encuentro pensando Yo te amo: entonces viene el pensamiento: me gustaría escribir un tratado de sociología que expresara exactamente lo que quiero decir cuando pienso estas palabras, pero no puedo, es imposible… en realidad es imposible, porque soy un sociólogo mediocre, dediqué años a estudiar la ciencia de las relaciones y comportamientos sociales, pero nunca pude entender algo más allá del abc… en la facultad copiaba en los exámenes, aprovechaba mi altura para mirar por sobre el hombro de mi compañero de adelante, conseguí varios trabajos de encuestador y los perdí todos, gané una beca porque sabía que el presidente del jurado había fraguado su título universitario (¡no era sociólogo, era técnico mecánico!) y me fui a estudiar a París, dije que era hijo de un perseguido político y por piedad me dieron un diploma y me arreglaron un posgrado, volví y me junté con unos tipos que tenían plata robada del tercer gobierno de Perón y los convencí de que fundaran la universidad privada que dirijo y que me hizo famoso, me publican en las mejores editoriales y me invitan siempre a la televisión y… ¿Y a cuenta de qué venía esto? ¿En qué estoy pensando?… Mi cabeza está saturada… Soy… soy… ¡Un perverso! ¡Cómo pude hacer el amor con un animal!… ¿Pero acaso ella no fue también culpable? ¿No lo hizo con un hombre? Los animales son seres indeterminados y obedecen ciegamente a los procesos instintivos, mientras que el hombre —ser indeterminado que goza del libre albedrío— puede a voluntad modificar (sublimando o bestializando) su propia determinación sexual… ¡No tengo perdón! ¡Cómo pude hacerlo! ¡Cómo no me di cuenta antes! ¡Cómo pude ser tan ciego!… Si aunque sea hubiese visto algo, algún indicio… pero no… Años y años de disfrutar como animalitos entregados uno al otro… la pasión… el placer… La propia vida cotidiana no tenía nada de cotidiano, todo era mágico… el goce absoluto… ¡Nada hacía sospechar este desenlace! ¡Qué tragedia! ¡Qué drama! ¡La desdicha se apodera de mí! ¡Y la culpa también! ¡Merezco una condena moral! ¡Cómo pude hacer el amor con un animal! ¡Soy un degenerado! ¡Un desgraciado! ¡Un asocial! ¡Estoy fuera de la sociedad!… ¡Qué terrible!… Yo, que dediqué mi vida entera al estudio de la sociedad… ¡Ahora estoy expulsado! ¡Soy un sociólogo de una sociedad de uno! ¡Soy libre!… ¿Qué estoy diciendo?… ¡Nada puede ser peor!… Rompí todos los lazos con mis prójimos… no doy… no recibo… no intercambio. ¡Estoy condenado! ¡Soy culpable, lo confieso!… ¡Fue sin querer! ¡No me di cuenta de nada! No soy malo… debo tener alguna enfermedad desconocida, alguna aberración sexual… Pese a todo debe haber cosas peores… no sé, el incesto… ¡Los animales no practican el incesto! En los kibutz de Israel, donde niños y niñas son criados y educados juntos desde su más temprana edad… ¡Cuando llegan a adultos no se casan entre sí! Los humanos somos tan siniestros y los animales tan puros… viven en la norma, aceptan lo dado, no transgreden… ¡Ningún animal desea a la mujer de su prójimo!… ¡Sucede que los animales no gozan! ¡Pero ella sí! Me acuerdo de cómo gemía… cómo pataleaba… cómo sacaba su lengüita seca y me la pasaba por detrás de la oreja… ¡Cómo llenaba la cama de pelos!… ¡Ella ya no era una perra, se había convertido en un humano!… ¡Y yo en un animal!… ¡Por qué siempre todo tiene que estar al revés! Si yo me vuelvo animal, ella se hace humana… ¡Nada tiene remedio para mí! Si voy para un lado, las cosas van para el otro… siempre a contramano, a destiempo… me doy cuenta que empezó el verano cuando ya llegó el otoño… me engripo y pienso “es la típica alergia de verano”, se lo digo a mis amigos y creen que bromeo… ¡Ya estoy harto de que me digan “qué sentido del humor tenés”!… no puede ser que me tomen siempre en broma… ¡Hablo en serio!… ¡Soy un incomprendido!… qué digo… qué me importan mis amigos… ¡Mi vida sin ella es una desdicha! ¡Nada tiene sentido! TA198_interiores_IMPRENTA-135¡Cómo me pudo pasar esto a mí! ¡Cómo no me di cuenta antes! ¡Cómo pude ser tan ciego! ¡Cómo no vi nada! Sin ella es como si viese todo negro, todo a oscuras… la casa a oscuras… mi cara a oscuras… mis ojos a oscuras… la vida a oscuras; es como si no viese ya ninguna luz, nada alrededor, sólo la más absoluta negritud, el alma más oscura que la oscuridad… cada cosa sin su forma, sin distinción entre fondo y figura… todo en un mismo plano continuo, negro sobre negro sobre negro; el cielo bajo su color, sobre las estrellas y la oscuridad eterna… escucho todo tan bien pero veo todo tan mal… mi vida se volvió opaca, no tengo matices… todo es tan oscuro… me miro y no me veo… ¿me habré vuelto transparente? Es como una transparencia negra… un velo que todo lo cubre, la más absoluta soledad, la imposibilidad llevada a su clímax… no veo nada ahora… no vi nada antes… ¡Cómo no me di cuenta de todo! ¡Cómo no lo vi! ¡Cómo pude ser tan ciego!… Pero… no, no… no es posible… es una pesadilla… ¡No puede ser!… ¡No puede ser cierto! ¡No veo nada porque…! ¡No! ¡No! !No!… ¡Sí!… ¡Sí! ¡Soy ciego! ¡Qué terrible! ¡Soy ciego! ¡Por eso no veo nada!… ¡Soy ciego, con razón veo todo negro! ¡Cómo no me di cuenta antes!… Ahora lo veo todo tan claro… ¡Veía oscuro porque era ciego! ¡Mi vida es una pesadilla! ¡Una calamidad! Me siento como si trastabillase… ¡Estoy trastabillando!… ¡Obvio, si no veo dónde están las cosas! ¡Dónde dejé mi bastón! ¡Ahora sí toqué fondo! ¡No tengo escapatoria! ¡Voy a suicidarme! ¡Ahora mismo voy a cortarme el cuello con un cuchillo!… ¡Para qué lado queda la cocina!… la cocina… para allá… tres pasitos… después a la derecha… la mano sobre la heladera… la pileta… conozco mi casa de memoria… voy al tacto… Ahora que me doy cuenta, siempre fui al tacto… el baño… para allá… el balcón… para el otro lado… ¡Qué buena memoria que tengo!… ahora que lo recuerdo… siempre lo supe… ¡No es posible!… ¡Ya sabía que era ciego! ¡Qué mala memoria que tengo! ¡Qué tonto que soy, cómo pude haberlo olvidado!… ¡Claro, soy ciego de nacimiento!… ¡Soy un desmemoriado bárbaro!… ¡Con razón mis maestras me decían que tenía problemas de atención en clase! TA198_interiores_IMPRENTA-138¡Siempre me olvido de todo!… Si tengo una cita, tengo que anotarla en la agenda para no olvidarme, pero siempre me olvido de escribir en braille y después no puedo leer lo que escribí… ése es mi destino: un manual de buenas intenciones fallidas… Las cosas van para un lado, yo para otro, y el mundo para un tercer lugar… Nunca nada coincide con nada… las cosas… yo… el mundo; todo me salió al revés de como lo había querido… Pero nunca quise nada, desde ese punto de vista en realidad todo salió al derecho… Ahora quiero que todo se invierta, que sea al revés… al revés del derecho… dado vuelta… ¡Quiero que todo esté dado vuelta! ¡Pero todo ya está dado vuelta! ¡Quiero que todo se dé vuelta para el otro lado! Mi vida: un giro de 360 grados… ¡Qué terrible desdicha! ¡Todo lo que supe lo olvidé! ¡Y todo lo que olvidé lo inventé!… Mi vida no es más que una ficción, una impostura… ¡Hacía como que veía! ¡Y los demás me creían! ¡Lo veía en sus caras!… ¡Qué imaginación la mía! ¡La imaginación es mi condena!… Sueño despierto, no pertenezco a este mundo… ¡Soy extraterrestre! ¡Los marcianos no son verdes, son ciegos!… Sería tan fácil creerlo… pero ya no creo en nada… la verdad afloró como la primera espina de un rosal; siempre la rosa y la espina, esto y aquello, la ilusión y el fracaso… ¡No puedo seguir siendo tan desmemoriado!… Me olvido de las cosas y entonces las invento… ¡Con razón los resultados de mis investigaciones sociológicas son tan extraños!… Siempre dicen de mí que soy un sociólogo muy creativo, un sociólogo vanguardista… ¡Soy vanguardista porque me olvido de las cosas y tengo que inventarlas! ¡Si tuviese buena memoria no sería tan innovador!… Ahora mismo me vienen los recuerdos como remolinos, como olas en el mar… van… vienen… ¡Quédense un segundo!… Me acuerdo de que una vez hice un curso de mnemotecnia, tenía que crear como una especie de teatro de la memoria… El arte de la memoria es como un alfabeto interno: quienes conocen las letras del alfabeto pueden escribir lo que se les dicta y leer lo que han escrito; quienes hemos aprendido mnemotecnia podemos poner en lugares lo que se ha oído y sacarlo de la memoria cuando lo deseemos… La memoria es el absoluto de la pura combinatoria… igual que el lenguaje… igual que la imaginación… ¡Otra vez estoy imaginando!… ¡Cuál es la diferencia entre la memoria y la imaginación!… Ahora que me acuerdo, fracasé en el curso de mnemotecnia, nunca pude recordar nada… ¡Ni siquiera el primer paso del método para aprender las tablas de multiplicar!… La combinatoria de la memoria tiene reglas que no responden a nuestra voluntad…. igual que el lenguaje… igual que la imaginación… ¡No, no otra vez! ¡Basta de disquisiciones! ¡Basta de memoria y de imaginación!… TA198_interiores_IMPRENTA-146¡Cómo pude caer tan bajo! ¡Cómo pude llegar a este estado!… ¡Todo por una perrita!… Encima de todo, ahora me acuerdo de todo… ¡Ahora que me acuerdo de que ya sabía que era una perrita! ¡Si la compré en la veterinaria de Brigitte Bardot y me salió un ojo de la cara! ¡De ahí me volví ciego! ¡Qué fácil es todo cuando la memoria vuelve!… ¡Los recuerdos vuelven como una canilla que gotea! ¡Plink plink plink plink! ¡Derrámense sobre mí, recuerdos!… Me acuerdo de que la perrita tenía cara triste, por eso le puse Kafka… ¡Kafkita, mi perrita! ¡Te extraño mi amor! ¡Dónde estarás! ¡Qué aventuras tendrás! ¡Qué lejos estás de mí!… Me acuerdo de tantas cosas… fotos, libros, discos… Me acuerdo de cuando nos fuimos de vacaciones a Uruguay, cuando salíamos de compras buscando tacitas de porcelana, me acuerdo de la playa… ¡Qué vacaciones fantásticas!… El sol… la arena… el viento en la cara… la caquita enterrada en la arena… Ahora que me acuerdo… ¡Fue ahí donde te perdiste!… De repente ya no estabas más, te buscaba y no te encontraba… caminé, caminé, caminé y te hallé: estabas con otra perrita, tirada al sol, respirando agitada… Me acuerdo de vos, me acuerdo de… ¡No! ¡No es posible! ¡Ahora me acuerdo de todo!… ¡Recuerdos, huyan de mí!… ¡No quiero acordarme de nada más! ¡Me acuerdo de que estabas con esa perrita!… ¡Besuqueándose todas!… ¡Te enamoraste de ella! ¡Te volviste lesbiana! ¡No puedo creer que mi Kafkita me abandonó por otra perrita! ¡Justo ahí fuiste a descubrir tu sexualidad! ¡Maldición eterna a Uruguay! ¡Malditas vacaciones!… Me acuerdo de vos, de la otra perrita, de las olas… había unos niños en el mar, jugaban, saltaban, bailaban… Me acuerdo de que había uno que no estaba en el mar; tenía un baldecito y una palita, llenaba el baldecito con arena y lo volvía a vaciar, llenaba el baldecito y lo vaciaba otra vez, lo llenaba y lo vaciaba, así sucesivamente… Me acuerdo de mis pensamientos al mirarlo: “Qué lindo que es llenar el baldecito con arena… ¡Cómo me gustaría ser empresario de la construcción!”… Pero mis sueños nunca se cumplen… Soy un fracasado… un perdedor… un desmemoriado total… Te recuerdo mirándome detrás del niño, tu patita sobre la patita de la otra, tus ojos en los míos… como intercambiando pensamientos… Qué mira ése, no se da cuenta de que no pienso volver con él… ¡Al fin soy libre! ¡No pienso dar un paso atrás! ¡Estoy harta de él! ¡Quién me mandó a conocerlo!… Yo era una perrita promisoria… era el futuro de las jóvenes generaciones… era buena, educada, nunca un ladrido de más, nunca hacía pis en el living… ¡Cómo pude ser tan idiota! ¡Cómo pude estar tanto tiempo con… con ese… ese… insolado!… Nunca conocí un amo peor: se hacía llamar sociólogo vanguardista, resistente, crítico y underground; pero en realidad soñaba con volverse famoso, con salir en diarios y revistas y ser reconocido, ir a la televisión, ser traducido, ganar premios, asesorar a empresas… pero nadie lo llamaba… en los años que estuve con él nunca lo llamaron para dar una conferencia, nunca publicó un artículo, nadie conoce su nombre, no es nadie… Y todo lo disfrazaba, lo daba vuelta, decía que era producto de su radicalidad, que era inasimilable para sus contemporáneos… ¡Qué desdicha la mía! ¡Cómo pude ser tan tonta! ¡Cómo no me escapé antes! ¡Cómo pude soportarlo tanto!… Yo movía la colita pidiéndole agua y él me traía café en unas horribles tacitas blancas… Yo sacaba la lengua porque estaba cansada y él interpretaba que yo quería hacer el amor… Yo lo hacía sin ganas y él decía que había gozado como nunca antes… TA198_interiores_IMPRENTA-141¡Era un egoísta! ¡Un narcisista! ¡Un solipsista!… Me acuerdo de cuando me dijo que estaba enamorado de mí… primero me sentí halagada… pero después me di cuenta de que… ¡Me había confundido con un humano! ¡Qué espanto! ¡Qué horrible! ¡Cómo pude ser tan ciega! ¡Cómo pude caer tan bajo!…. Sus amigos le decían “es una perrita”, pero él se hacía pasar por sordo… por ciego… por desmemoriado… Me acuerdo de un día que fuimos a jugar el tenis… la raqueta me pesaba un tonelada… me tocaba sacar, iba ganando 40-30 y de repente me puse a pensar… ¿por qué algunos tienen que ganar y otros que perder?… El mundo es para quien nace para conquistarlo, no para mí… aunque ahora alcanzaría con que la pelota pase la red y él no pueda devolverla… que pase la red y caiga como una tormenta, un huracán, un rayo que pasó y dejó su marca, su huella, la huella de la ingratitud… La pelota pasa, pica y listo, después todo son aplausos, el final del movimiento… ¿Y si en vez del movimiento fuese la quietud? ¿Por qué el rayo y no la piedra, el árbol o la sombra?… ¡Ah, la sombra! ¡La sombra de las playitas de Uruguay!… La sombra es cálida, fresca, tierna… La sombra siempre se alarga… cambia… bajo la sombra me siento tan plácida… serena…. quieta… inmóvil…. Todo se iguala en la penumbra, las cosas son intercambiables… los pensamientos aparecen… desaparecen… vuelven a aparecer… La sombra se parece a la ceguera… se parece a… se parece a… mí… ¡Yo también soy ciega!… ¡Por eso no embocaba una con la raqueta…! ¡Ahora me doy cuenta de todo!… ¡Ahora lo veo todo claro!… ¡Con razón tampoco me di cuenta de nada!… Mejor dicho… ¡Me di cuenta de todo!… ¡Me di cuenta de todo porque soy ciega! ¡Si hubiera visto no me hubiera dado cuenta de nada!… Estoy tan confundida… las cosas dan vuelta alrededor de mí… las cosas están quietas y yo me muevo… Necesito pensar… ¡Pensar en qué!… ¡Tengo que dejar de pensar! ¡Tengo que comprender lo que está pasando! ¡Pero cómo voy a comprender sin pensar!… ¡Debo haber llegado a este estado por pensar demasiado!… ¡Yo sólo quiero jugar al tenis en las playitas de Uruguay!… ¡Ah Uruguay!… ¡Qué lindo es Uruguay!… ¡Uruguay en verano!… ¡Las playas con eucaliptus!… ¡Qué hermosa era mi vida cuando iba a Uruguay!… En realidad nunca fui a Uruguay, ni conozco el aroma de los los eucaliptus… es más, detesto la playa, los árboles, los pájaros y hasta el ruido de la sombra… Sin embargo, extraño las playitas de Uruguay y su sombra de eucaliptus… Las extraño más que si hubiese ido, o quizá por eso, las extraño tanto porque nunca fui, ni nunca iré… ¡Nunca jamás!…. Todo es tan ambiguo… extraño lo que detesto, detesto lo que amo… todo es tan… tan… ¡Cómo si una especie de amnesia se hubiese apoderado de mí!… como si hubiera… como si hubiera perdido la… ¡Perdí la memoria!… Los recuerdos disparan para un lado, para el otro… ¡Qué contradicción! ¡Qué terrible es tener amnesia!… Por qué será que los niños no tienen amnesia… Me acuerdo de mi infancia, de mi cuchita, mis huesitos con gusto a frutilla… los tratamientos contra las garrapatas… ¡Qué hermosos son los recuerdos de infancia!… Tan lejanos… tan sencillos… los recuerdos… ¿los recuerdos?… ¡Los recuerdos!… ¡Cómo es posible que esté recordando en medio de un ataque de amnesia! ¡Me estoy volviendo loca!… Mi vida no tiene solución… ¡Soy una frustrada! ¡La tristeza es mi destino!… Estoy tan confundida… ya no sé… no sé nada… ¿A quién amo?… ¿Amo a mi amo?… ¿Amo a la otra perrita?… pero si la abandoné ni bien terminó el verano… ¡Los recuerdos van volviendo!… ya lo sabía… ¡Si no soy amnésica! ¡Soy una desmemoriada!… Ahora lo sé dos veces… ¡Soy redundante! ¡Por eso no tengo ningún encanto!… ¡Qué complicado que es todo! ¡La vida es tan difícil!… ¡Necesito hacer terapia!… Siempre tuve resistencia al psicoanálisis… el sentido excede al análisis, no lo resiste… Todo en mi vida está tan emnarañado… como un nudo imposible de desatar… Miro mi vida hacia atrás y parace una mala película… siempre esperando el tren en un pueblo por donde no pasa el tren… ¿Por qué algunos tienen que ganar y otros que perder?… Lo único que quiero es jugar al tenis… ganar 40-30, sacar y que la pelotita pase del otro lado de la red… TA198_interiores_IMPRENTA-149¡Quiero tan poco! ¡Y es tanto…! ¡Qué calor que hace!… No soporto más estos pelos… Al fin y al cabo todo es tan tonto… apenas… levemente… tan… tantas cosas… Tomé la decisión equivocada en el momento equivocado… ¡Todas las decisiones son equivocadas! ¡Siempre se toman en el momento equivocado!…. Balbuceo… no puedo hablar… tengo un nudo en la garganta… ¡Es el collar que me aprieta!… ¡Con razón siempre estoy afónica!… ¿Cuántos años tendrá este collar?… Llegó el momento de sacármelo… Cómo me gusta este pastito… la humedad bajo mis patas… Allá veo un parejita de enamorados… ¿Querrán una perrita?… Los miro y me dan pena, o tal vez alegría… tanto amor, tantas caricias… Voy a caminar como un cangrejito, de costado para que no me sientan llegar… Los voy a seducir con mis mejores armas… ¡Si supieran lo que pienso no se acercarían a mí!… Lo que pienso es indecible… ¡Por eso sólo se escuchan ladridos!… ¡Las perritas incomprendidas somos póstumas!… Soy como una cebolla, capa bajo capa, hasta llegar al corazón… El corazón: un diamante en bruto… Sé que podría llegar a brillar, llegar a ser más dura que el acero… Soy la pura potencialidad… Soy todas las posibilidades… La anulación de toda intención… El fracaso en tiempo real. Aquí llega la parejita… risas… roces… me miran… me están mirando… ¿Los saludo o los muerdo?


Autores
(Buenos Aires, 1967) es editor de Mardulce Editoraun. Escritor con un gran manejo de la crítica y el humor. Es autor, entre otros títulos, de Literatura de izquierda y Una belleza vulgar.