Lo primero que habría que decir es que quizá lo último que importa de un libro es su año de publicación —es relevante, sí, por la forma en que toca y es tocado por su contexto, por los distintos modos en que puede ser leído en cada época, mas no como fecha de nacimiento o rasgo de novedad—. Lo segundo que habría que decir es que, en ese sentido, lo que sigue no es una lista de los mejores libros del año. Más por comodidad que por otra cosa, la historia de la literatura se afana en ser cronológica, pero la historia de la lectura nunca lo es. Los lectores son —para usar el término de Macedonio Fernández— salteados por definición. En el centro de la biografía —irrepetible— de un lector, en ese desorden y aparente aleatoriedad que implican que uno lea un libro y no otro, lo que se pone en juego es el gusto, ese valor que Beatriz Sarlo defendía como postura crítica en su trabajo sobre ficciones del presente. Por qué preferimos ciertos temas, autores o géneros. Lo que sigue, entonces, va en defensa de la subjetividad. Pedimos a una serie de escritores mexicanos (poetas, narradores, ensayistas y cronistas) que nos dijeran cuál, de entre los libros que leyeron durante el 2014, fue el que más les gustó, sin importar si se trataba de un libro reciente, una relectura o un clásico. El resultado es diverso, conviven obras que aparecieron en el siglo XV junto a otras que se publicaron hace apenas unos meses, y puede dar pie a reflexiones sobre cómo leen quienes escriben. (¿Qué buscamos en los libros?, ¿por qué, y qué, se lee en el metro?, por ejemplo.) Y quienes escriben son —ante todo, aunque también durante y después de escribir— lectores.
David Miklos
Este año en que Patrick Modiano se sumó a la larga lista de autores franceses acreedores del Nobel, yo encontré a un escritor que me parece uno de los mejores de dicha literatura: Jean Rolin. La cerca, publicada por Sexto Piso en 2012, llegó a mis manos después de una discusión sobre el vínculo entre la literatura y la historia. Rolin, lector del presente y de la ciudad que lo contiene, París, fracasa en su expedición al pasado —la rememoración del mariscal napoleónico Michel Ney— y vence en su deambular por el aquí y el ahora —el retrato vivido de la marginalia parisina, delimitada por el periférico Bulevar Ney—. Híbrido que no es novela ni ensayo ni crónica ni nada, La cerca es un libro, sin más, perfecto: una obra literaria en sí misma, recubierta de un teflón que se resiste a las etiquetas, difícil de describir pero fácil de leer: el recorrido al que Rolin nos invita, repleto de calles, personajes, momentos históricos, relingos urbanos y tiempo vuelto polvo, es un notable ejercicio de prosa sin género, además de una muestra de que la literatura francesa, premios aparte, es aún vigorosa.
Antonio Ramos Revillas
Aunque de origen alemán, uno de los autores tradicionales mexicanos con quienes tengo una deuda de lectura es B. Traven, compromiso que empecé a saldar este año. Puente en la selva (Compañía General de Ediciones) es una novela que relata la vida de la gente en una selva virgen, donde los hombres viven con lo necesario, pero regidos por lazos ancestrales y con un marcado sincretismo. La historia, narrada desde el punto de vista de un norteamericano, narra la desaparición de un chico durante una noche de fiesta que se realiza junto a un gran tanque de agua a donde antes llegaban barcos en su paso por el río. La tensión, desde ese momento, no desaparece. La selva en esta novela es asfixiante: la temperatura, el hambre, el dolor, así como la tensa relación entre los personajes y la narración del rito mortuorio. Traven narra con todos los sentidos. Además, el lenguaje es preciso, algo recargado, como lo que se cuenta. Una de mis lecturas más emocionantes de este año.
Sara Uribe
Un festival de objetos y fragmentos: una lista con algunos de los discos de Cornell que se encontraron en su estudio al momento de su muerte. Cronologías y cartografías verídicas e imaginarias. Minúsculos mapas de ciudades improvisadas para perderse. La rueca del azar o de la infancia. Una caja de cartón que contiene postales de: Simic, Mekas, Duchamp, Dickinson, Borges, Ovidio, Rothko, Sontag, Dalí, Rimbaud, Lévi-Strauss, Whitman, Picasso, Chirico, Eliot, Pound. Una yuxtaposición de escenarios y destinos fallidos ante la fascinación por el viaje inmóvil. Bajo el auspicio de lo descoyuntado: un montaje que se fractura. Escenas repetidas e invertidas. Letras que se empequeñecen. Un listado de hoteles o una relectura de collages: Manhattan-New York-Times Square-Mulberry Street. Viñetas, tachaduras, montajes instantáneos, espectáculos en miniatura, breves ensayos y apuntes biográficos que crean y recrean a todos los Cornell posibles. Un obituario sin traducir. Una pequeña Lady Godiva atravesando fotogramas en un corcel blanco. Elegía Joseph Cornell (Caja Negra Editora), de María Negroni, es una casa abandonada a la que entramos furtivos, con cámara en mano, para dar cuenta de todo lo perdido, para regodearnos, voyeuristas, con los exquisitos souvenirs y artefactos expuestos en cada una de sus habitaciones textuales. Este libro es también una delicada caja-trampa para asir. Un poema fílmico. Un assemblage.
Yuri Herrera
Si tuviera que elegir uno solo, diría que La Celestina, de Fernando de Rojas, es un libro en transición (entre épocas, entre géneros), impúdico, inventivo, en el que hay magia, crítica social, sexo, traición, poesía. Es un libro al que le encuentro algo distinto en cada relectura.
Juan Pablo Anaya
Este 2014 releí la novela La venus de las pieles (Tusquets), de Leopold von Sacher- Masoch, a la luz de La metamorfosis y la Carta al padre de Franz Kafka. La pista que me llevó a esta lectura la encontré en la biografía de Sacher-Masoch que escribió Bernard Michel. En ella señala cómo varios elementos en La metamorfosis aluden claramente a la novela de quien dio nombre al masoquismo. La noche antes de amanecer convertido en insecto, Gregor Samsa se dedicó a contemplar una estampa de la venus que precisamente idolatraba el propio Sacher-Masoch, La venus de las pieles. Gregor es el nombre que, en la novela de Masoch, Wanda, su dominatriz, le asigna al héroe masoquista. Samsa bien podría ser un anagrama parcial del apellido Sacher-Masoch. Desde esta perspectiva, La venus de las pieles resulta un experimento literario y político que precede e influencia al propio Kafka. En una entrañable y divertida novela rosa, el protagonista lleva a cabo un experimento político que es a su vez una caricatura invertida de la sociedad patriarcal: firma un contrato con una mujer que establece su esclavitud y le da derecho a ella de asesinarlo. Como dice Deleuze, a base de humor el héroe masoquista lleva hasta sus últimas consecuencias una prohibición moral: pide que lo castiguen de antemano por desear a una mujer que no será su esposa, por lo que se vuelve el esclavo de ella y le exige que lo azote. Algo así es lo que hace Franz Kafka cuando en la Carta al padre lleva hasta sus últimas consecuencias la inflación del complejo de Edipo, al punto en que la figura del padre, en un agrandamiento hasta el absurdo, se vuelve ridículamente culpable de casi todo.
Jazmina Barrera
Este año leí Las pequeñas virtudes (Acantilado), de Natalia Ginzburg. Ya había leído algunos de sus ensayos y un libro que escribió sobre Chéjov, pero durante las dos semanas que viví en Washington Heights, en Nueva York, leí por primera vez, durante mis largos trayectos en metro, Las pequeñas virtudes completo. Sólo me permitía leerlo en el metro, para que no se me fuera a terminar demasiado pronto. Un par de veces se me pasó la estación de lo concentrada que estaba en la lectura. No se me ocurre mejor manera de ejemplificar cómo me atrapó el libro, cómo, desde la primera página, ya tenía tristeza de que se fuera a terminar. Ginzburg escribe de la melancolía en Inglaterra, de su vocación, del silencio, de Cesare Pavese y de su relación con su esposo. El primer ensayo, «Invierno en los Abruzzo», es acerca de su vida en esta zona de Italia en donde vivió en el destierro con su esposo y sus hijos, a la espera de volver a la gran ciudad. En ese entonces se quejaba de la vida del pueblo, que le resultaba demasiado pacífica en comparación con su pasado. Cuando su esposo murió en una prisión de Regina, se dio cuenta de la importancia de ese momento en su vida, de la anticipación de la felicidad que es en realidad la felicidad misma: «En ese entonces creía en un futuro simple y feliz, lleno de esperanzas cumplidas, con experiencias y planes compartidos. Esa fue la mejor época de mi vida, y sólo ahora que se me ha ido para siempre, sólo ahora me doy cuenta». La nostalgia en Ginzburg nunca es derrotista, convive con un entusiasmo y un sentido del humor cautivantes. Estas son sólo algunas de las enormes virtudes de la escritura de Ginzburg.
Ángel Ortuño
Los páramos inversos (Popayán), de Juan José Rodinás es un volumen de casi 700 páginas que reúne poemas escritos durante 12 años (2000-2012). Esa es mi respuesta si me preguntan por uno de los más asombrosos libros que he leído este 2014. Intrincados versículos neobarrocos, líneas escuetas de realismo duro, referencias de altísima cultura u oscuras y deliciosas basuras serie Z, todo está aquí con un fraseo, una respiración y una inagotable capacidad de montaje y re-composición que nunca se plantea el falso dilema entre el uso de la metáfora y la metonimia sino que convierte el poema en un huracán de recursos tropológicos cuya multiplicidad de registros hace pensar en las muestras de estratos geológicos o en los paisajes vistos desde un avión. La composición es, a la vez, delirante y rigurosa, lisérgica y feroz pero con una extraña delicadeza.
Laia Jufresa
Me quedo con El idioma materno (Sexto Piso), de Fabio Morábito. Los dos mil caracteres de cada texto me duraban las tres estaciones de metro que me separan del gimnasio. Los leí así: uno por uno, de ida y vuelta. Y luego, como me olvidaba de sacarlo de la bolsa de los tenis, lo releí un par de veces seguidas, en desorden. Es un libro grato para cualquiera, pero quizá lo disfrute especialmente quien escribe. Sin disquisiciones ni pedantería, con la puntería y limpieza que distinguen a Morábito, cada texto explora algún rincón (los quiebres, las debilidades, las necesarias traiciones) de una vida entregada a la escritura.
Jezreel Salazar
El libro que más llamó mi atención este año fue Pornoterrorismo, de Diana J. Torres, escritora española además de artista multidisciplinar. Lo editó Sur+, una editorial con mucho olfato crítico y con marcada postura militante (lo que la hace excepcional al interior del campo cultural mexicano). El libro combina lo autobiográfico con la reflexión ensayística de corte feminista, ofreciendo una mirada desprejuiciada y provocadora en torno al uso del cuerpo como espacio de liberación y como ejercicio de una disidencia política única, la que sostiene que la desobediencia civil comienza por la sexualidad. Torres lleva a cabo un ejercicio radical de autonomía personal y enarbola una escritura contra las etiquetas, las convenciones y la sumisión en general, pero a favor de la sistemática falta de respeto a toda moral (ultraconservadora o plenamente liberal) que implique la represión de los cuerpos. Leído en México es aire puro debido a que el deseo, me refiero al deseo emancipado, es una experiencia que no ha sido suficientemente expresada en nuestra propia literatura. El libro es, además, un ejemplo de lo que el ensayo puede llegar a ser cuando se piensa como ejercicio disidente. No se trata de un tratado estilístico, pero si la literatura sigue siendo transgresión de normas, desautomatización, lenguaje que rompe los vínculos ordinarios entre un yo y su mundo, escándalo… este es el libro más literario que he leído en los últimos meses.
Daniela Tarazona
Secretos a voces (RBA), de Alice Munro. Porque me alucinó la construcción de los relatos, la discreta o casi invisible manera en que enlaza un hecho con otro, el devenir del tiempo en las historias, la construcción de los personajes, los atisbos de verdad y el humor: Munro teje con un hilo finísimo.
Nicolás Cabral
El libro que más me impactó, entre los que leí este año, fue The Uprising. On Poetry and Finance, de Franco Berardi «Bifo». Acaba de ser publicado en español por Sur+, como La sublevación. Yo leí la edición original, en inglés. Me importa sobre todo la noción de «insolvencia»: extraer al lenguaje del intercambio económico. Es un ensayo muy lúcido sobre el papel de la poesía en el mundo actual: «En el inicio de la segunda década del nuevo siglo, mientras el capitalismo depredador desregulado destruye el futuro del planeta y de la vida social, la poesía va a jugar un nuevo juego: el juego de la reactivación del cuerpo social». Bifo propone una literatura que se oponga a la «semioinflación», donde se necesitan cada vez más signos, palabras e información para «comprar» menos significado.
Fernanda Melchor
Leí Losalbañiles (Seix Barral), de Vicente Leñero, tres veces este año, y en cada una de esas ocasiones llegué a la página final con la impresión de haber leído una novela policial redonda, aunque en ella Leñero se niegue a presentarnos una única solución al crimen: el asesino de un odioso velador pederasta puede bien haber sido cualquiera de los albañiles que trabajan en la construcción, o incluso el ingeniero a cargo. Esta solución —o más bien, esta falta de solución— empleada por Leñero tiene la virtud de espejear con fidelidad al sistema de justicia mexicano, caracterizado por la impunidad, la investigación deficiente y el expediente eternamente abierto. Polifónica, densa y engañosamente nítida, es quizás mi novela favorita de este autor recién fallecido.
Eduardo Huchín Sosa
Una breve historia de casi todo, de Bill Bryson. Tiene más de diez años y lo adquirí en un remate de libros (estos dos datos no son menores). Más que un simple libro de divulgación científica, es una amplia, y en verdad divertida, celebración de la curiosidad. Te permite, si ya pasaste los treinta años, interesarte por todo eso que se supone habías aprendido en la primaria —el nacimiento del universo, la edad de la Tierra, la Corriente del Golfo, las placas tectónicas, la actividad celular, la evolución de las especies, las glaciaciones, la extinción de los dinosaurios— y que seguramente habías olvidado porque venía explicado de la manera más aburrida posible. Bryson tiene un especial talento para hacer que todo eso resulte no sólo entretenido sino apasionante y escalofriante y sorprendente. Cuando uno se da cuenta de que este libro recorre 13 mil millones de años de historia, empieza a pensar que el reto era todo menos pequeño. Y el resultado es de verdad envidiable.
Maricela Guerrero
Este año seguí releyendo el Qujiote para mis hijos —lectura en voz alta con ruiditos y efectos: Sancho, por ejemplo, habla con ese tono defeñoclaselumpen de película de la época del cine de oro que, a decir de Sofía, le da mucha chistosidad—. Iniciamos esta aventura por ahí de abril o mayo de 2013. Vamos lento, nos regresamos, avanzamos, casi siempre volvemos al inicio del capítulo IV «La del alba sería cuando Don Quijote salió de la venta, tan contento, tan gallardo, tan alborozado por verse ya armado caballero, que el gozo le reventaba por las cinchas del caballo», que termina triste triste triste. Y en ese punto nos rehusamos a pensar que las aventuras deben terminar así, con el aventurero todo aporreado, y suponemos que esa es una de las alegrías que nos da esta lectura compartida: que podemos platicarla y decidir nuestra propia interpretación. Por otro lado, nuestra lectura tiene partes favoritas. No nos saltamos ningún capítulo, poema, verso, frase o palabra. Cuando algo no me queda claro, investigo y lo comentamos a la siguiente, intentamos cantar las canciones, justo ahora estamos en el capítulo XLIII, que se inicia con estas coplas que interpreta el mozo de mulas enamorado de Clara y a quien la discreta Dorotea consuela: «Marinero soy de amor / y en su piélago profundo / navego sin esperanza / de llegar a puerto alguno. / Siguiendo voy a una estrella / que desde lejos descubro, / más bella y resplandeciente / que cuantas vio Palinuro». Supongo que a mis chamacos y a mí nos queda Don Quijote para rato, y, bueno, el libro es una maravilla que leí hace como quince años, pero que hoy, en voz alta, con mis chamacos de interlocutores y con todo lo que nos da para recordar juntos, es de lo mejor de los últimos tiempos.
Daniel Saldaña París
Mi libro del año sería La novela luminosa(Random House), de Mario Levrero, que no había leído hasta agosto-septiembre de 2014. La novela luminosa tiene más de 500 páginas, pero una buena parte del libro, en realidad, es un largo prólogo a la novela en sí, titulado «Diario de la beca». En ese falso y desmesurado prólogo, el narrador gana una beca de la fundación Guggenheim para escribir La novela luminosa, pero no puede comenzar a escribirla porque está ocupado perdiendo el tiempo en la computadora, viendo pornografía y haciendo mínimos ajustes a su procesador de texto para que organice las entradas del diario que está escribiendo. La trama se demora sin comenzar nunca mientras Levrero-narrador lucha contra sus horarios de sueño o come milanesas cocinadas por una tal ChL, uno de los pocos personajes que aderezan el encierro asfixiante del libro. En definitiva, es al mismo tiempo una de las novelas más aburridas que he leído en mi vida y una de las más geniales, honestas y rabiosamente contemporáneas.
Nadia Villafuerte
El libro que más disfruté este año fue Cuentos completos (Lumen), de Flannery O’Connor. Se trata de un puñado de historias ambientadas, la mayor parte de ellas, en el sur de Estados Unidos: un territorio geográfico signado por la belleza del paisaje (casi bíblico) y por su atrocidad; por la relación intrínseca entre el paisaje exterior (árboles, ríos, los monzones del verano, las tormentas, el paso del tren) y el mapa interior de personajes con vidas destruidas o destruyéndose a perpetuidad, pues el sur americano ha estado marcado por el racismo y el abandono. Flannery O’Connor es una maestra del cuento, y en pocas páginas construye personajes que casi siempre enfrentan un dilema moral o ético, a menudo también sin solución. La prosa de O’Connor, a diferencia de la densidad estilística de Faulkner, otro escritor sureño, es simple. No busca el retrato triste sino la complejidad de la vida tal como es. Nada de adornos ni expectativas. Y es justo en esa simpleza donde se potencia la impiedad con la que esta autora trató al blanco y al negro, al rico y al pobre, al hombre y a la mujer de su época: nadie es inocente en el universo, la estupidez y la violencia vienen de sus propios deseos o impulsos, pero igual cierta belleza en la existencia les posibilita redimirse: una belleza mística o platónica que los hace experimentar una sacudida para salir de sí mismos, para arrancarlos, aunque sea por un instante, de la conformidad. Debo añadir que este libro no sólo fue gozoso por razones literarias, sino porque me permitió reconciliarme con las historias de mi tierra natal, historias que había olvidado. Ese es el prodigio de la literatura: que dos sitios geográficos distintos provoquen un mismo colapso emocional.
Óscar David López
Cerocerocero (Anagrama) de Roberto Saviano es un libro que borra los límites entre la ficción y la no ficción debido a que el autor reconstruye relatos y anécdotas del poder de las drogas. Saviano tiene una pluma multigenérica que sabe ofrecer tanto una prosa rigurosa como un componente poético para hablarnos de cómo la cocaína gobierna desde muchas alturas y ángulos el mundo. Por experiencia propia, uno de mis temas favoritos son las drogas, tanto las recreativas como las de distribución farmacéutica, entonces he leído un sinnúmero de tratados y crónicas sobre la cocaína, su producción y usos, y puedo decir que el libro de Saviano plantea el modo en que países como Colombia y México son un diamante para las economías de sus gobiernos y sus mafias. «Quien no conoce México —dice el autor— no puede entender cómo funciona hoy la riqueza en este planeta».
Apenas en la primera de un generoso volumen de 214 páginas, el equipo editorial de esta emblemática revista barcelonesa resume los que han sido sus ejes motrices durante 30 años de existencia: música, ética, estética, crítica y pensamiento. Principios que no hacen sino que reconozcamos a cabalidad lo profesional y riguroso de su trabajo.
Sólo el paso del tiempo permite aquilatar las cosas en su justo valor, y cuando nos referimos a revistas musicales y culturales no son muchas las que puedan conservar vigente y pujante su proyecto, sin caer en complacencias e inercias facilistas.
Los avatares de la industria musical y las circunstancias en su interior han hecho que publicaciones como Rolling Stone y Spin hayan perdido ese sitio como publicaciones de auténtica referencia —sus mejores años hace mucho pasaron—. Cuando se hace un repaso de los medios más influyentes de entrada hay que señalar a las británicas Vox y Mojo, que a las nuevas generaciones tal vez les parezcan demasiado conservadoras, pero que impulsan activamente el periodismo de investigación y el revisionismo crítico.
Sin duda, los vínculos afectivos también pasan por la conexión generacional; se sabe que la New Musical Express es una fábrica inagotable de petardos y espejismos. Hay que tener cierta prudencia con sus grandes encumbramientos —muchos de ellos efímeros—. Por ello, el otro gran referente es la francesa Les inrockuptibles, que forma parte del debate y la vida pública del país y su influencia se extiende a la política y los aspectos sociales; su importancia es tal que se edita semanalmente (la versión argentina es mensual).
Y la otra gran publicación —la mejor en idioma español— es la Rockdelux; siempre combativa, reflexiva, apostando por la música de vanguardia pero también abriendo espacio para otros géneros —ellos han impulsado diversas expresiones del folklore—.
Con Santi Carrillo en la Dirección editorial y Juan Cervera como Director de redacción, se propusieron celebrar sus tres décadas de existencia con un especial de colección que se editó en noviembre pero que todavía circula (y que se puede comprar en línea): Especial 30 aniversario: 1984-2014 en 300 discos, un trabajo que permitió convocar a gente que colaboró durante todos esos años y que incluye además la explicación del sistema matemático con el que llevaron adelante su sistema clasificatorio junto a insertos que recuperan año por año los contenidos de esta ejemplar revista.
Ccomo era de esperarse, obtener 300 discos inapelables sería casi imposible (estos conteos siempre levantan ámpula) y suman un anexo de otros 200 álbumes imprescindibles. Gente del medio, especialmente músicos, dan también su punto de vista de la aportación de Rockdelux a lo largo de esos 6 lustros.
Al momento de presentar su lista, el tándem editorial ha decidido precisar sus movimientos:
Para seleccionar los 300 discos imprescindibles del período 1984-2014, Rockdelux ha querido partir del rock y el pop, los marcos culturales que sirven de eje a la revista, para abrirse también a todos aquellos géneros y estilos que han definido estos treinta años, tan convulsos como excitantes: la arrolladora aparición del hip hop como nuevo paradigma de la música negra; la expansión de la electrónica como lenguaje lúdico y experimental; las múltiples declinaciones de un sonido, el de la guitarra, que parecía haber llegado a su límite expresivo; la instauración de una red de músicas del mundo que se posicionaban como alternativa a la dominación cultural anglosajona… Y, por supuesto, todos aquellos cambios que ha experimentado la música en España, de los coletazos de la movida al zumbido de la escena indie, pasando por las metamorfosis de un flamenco viajero y abierto a la electricidad. Así, la lista que presentamos propone recuperar discos emblemáticos bajo la nueva luz que les ha proporcionado el tiempo. También supone una oportunidad de descubrir artistas y sonidos que, ahora resituados, podrían haber pasado desapercibidos para el radar del oyente. Y, sobre todo, se trata de una invitación a escuchar. El principio básico del que nace toda cultura musical.
A estas alturas del texto, el lector se preguntará por la cumbre de tan compleja y apasionante lista; aquí está.
1.- Public Enemy, It Takes A Nation of Millions To Hold Us Back (Def Jam, 1988)
2.- The Smiths, The Queen Is Dead (Rough Trade, 1986)
3.- Pixies, Doolittle (4AD, 1989)
4.- Prince, Sign O The Times (Paisley Parke/Warner, 1987)
5.- My Bloody Valentine, Loveless (Creation, 1991)
10.- The Jesus And Mary Chain, Psychocandy (Blanco y negro, 1985)
Y ya entrados en gastos apuntemos también uno más:
11.- R.E.M, Automic For The People (Warner, 1992)
https://www.youtube.com/watch?v=n-cD4oLk_D0
Como era de esperarse, el número ha provocado una gran atención mediática e intensas polémicas a diferentes niveles, ante lo que Carrillo ha precisado:
Rockdelux es una marca reconocida en el ámbito de la música, generalmente alabada y muchas veces atacada, con una tendencia innata para generar debates y crear una cierta polémica, casi nunca premeditada, alrededor de ella. Pero no hacemos periodismo sensacionalista, ni superficial ni frívolo.
En entrevista con el Diario español El periódico, Santi puntualizó a propósito de la tarea del crítico en el actual escenario del periodismo musical:
En tiempos de tan fácil acceso a tanta música, parece más necesaria que nunca la figura del crítico, alguien que filtre y ordene el caos, pero no todo el mundo piensa igual. En los últimos tiempos, hay poco aprecio por profesores y periodistas. Las redes sociales, y su adicción, han conseguido que la valoración de la elaboración reposada de las opiniones esté en entredicho. Donde haya un Twitter rápido y fácil, que se quite lo demás.
El futuro sigue siendo prometedor para la revista y seguirán apostando principalmente por el papel: hoy más que nunca siguen aferrados a sus principios. ¡Gracias Rockdelux por tus primeras 3 décadas!
La mente no está sino en el cuerpo, es acaso el latido del corazón, flujo de sangre sobre las cosas no tan alejadas de nuestro propio diámetro. Si pensamos esto, lo que llamamos consciencia es tanto imaginación como forma, material para encender fogatas o imaginar universos. Lo que pensamos sobre el mundo definiría entonces la consistencia de nuestra piel, el número de pasos que nos separan del otro. La voz, las palabras que utilizamos para definir la realidad o estirarla. Al final, ¿qué es la poesía sino la posibilidad? El ruedo del espíritu al que nos aventamos sin buscar salvación sino entrega.
En La sublevación, el escritor italiano Franco Berardi, también conocido como Bifo, indaga en las posibilidades subversivas del lenguaje, en aquel puente demolido hacia la realidad y el cuerpo: la poesía. Sin embargo, no es tan sencillo el recorrido. No se trata sólo de decir que al crear mundos el lenguaje poético alberga en su génesis la semilla de aquella sublevación corpórea que ahora imaginamos en las calles y que se enciende cada vez con mayor frecuencia. La poesía no es autoridad, voz para enunciar verdades pristísimas, sino juego. Es precisamente en esa inestabilidad, en su juego y nadería, donde se pone en marcha una creatividad que nos devuelve al otro.
La semana pasada Bifo1 presentó este libro en el Museo Universitario de Arte Contemporáneo, en la UNAM, y posteriormente en La Jícara, en la ciudad de Oaxaca. Fue editado por Surplus, una editorial independiente oaxaqueña que suele ofrecer títulos interesantes para repensar la realidad y con suerte transformarla. En el MUAC, el autor estuvo acompañado por César Enrique Pineda, Eugenio Tisselli y Alejandro Flores Valencia. La presentación en Ciudad Universitaria consistió en una charla donde la opinión de Bifo funciónó sólo como hilo conductor a las intervenciones de los otros ponentes y del público, quienes durante casi tres horas dialogaron en torno a los recientes acontecimientos políticos y sociales que han sacudido los cimientos del imaginario mexicano para iluminar las condiciones en que vivimos gracias al proyecto neoliberal.
Bifo piensa que en esta etapa del capitalismo el dinero no es más que imaginación donde se atan los cuerpos a realidades específicas y a partir del cual se define cómo gastamos el tiempo, produciéndose una separación elemental entre el lenguaje y la esfera afectiva, y entre la esfera del cuerpo y el deseo. Así como el trabajo se encuentra desvinculado de su función de utilidad, la comunicación ya no se concibe en su dimensión corporal. Nos comunicamos por redes virtuales, vivimos frente al monitor o celular. Aislados, alimentamos nuestra soledad con versiones fabricadas de comunidad. El mercado ahora dicta qué es una familia, una pareja, una persona. Las ficciones nos envuelven y dictan el ritmo de nuestras conversaciones. La atención que antes se repartía en la calle, con miembros de la comunidad, se dirige a la pareja, asfixiándola con requisitos impuestos, con esa terrible dictadura de la felicidad,que además —y según el mercado— debe venir siempre del otro, de afuera.
Franco Berardi compara las ciudades con circuitos electrónicos o microchips, redes interconectadas que se cruzan sin siquiera tocarse. La vida en las metrópolis está marcada por la ausencia del otro. En el transporte público, el auto o el metro; viajamos hacia el trabajo y de regreso a casa con un montón de extraños con quienes compartimos el espacio, o mejor dicho, lo peleamos. No existe en ningún momento, ni siquiera los fines de semana donde nos disponemos a disfrutar del tiempo, a vivir a fin de cuentas, donde existan espacios genuinos de convivencia. Nuestros abuelos los tenían, entablaban amistad con los vendedores de fruta, los marchantes, los zapateros y remendadores, ahora casi inexistentes, visitaban de vez en cuando a los compadres, se reunían en fiestas, comidas, días de campo, las conversaciones crepitaban junto al calor del comal, al café y la leña recién cortada. Sabían que no se puede ser feliz si no se está acompañado.
Lo que nos sucedió en apenas dos generaciones fueron los bancos y sus políticas, las trasnacionales, el narcotráfico. Al mismo tiempo, lo que Bifo llama sensibilidad, ese cuerpo erótico, relegado al terreno privado y a las artes, se pierde en el lenguaje con una visión tecnolingüística del mismo. La lingüística recorrería entonces el camino contrario a la poesía si suponemos que ésta ha perdido sus vínculos inmediatos con el mundo. Ya lo decía Michel Foucault, las palabras son las cosas, los significados se extienden más allá de cada objeto para reconfigurarlo. Quién decide esto es el problema. No tenemos un lugar en esta red, un sitio donde el significado sea creado como bien común o como juego. El espacio del nosotros metafórico, del cuerpo en el cual habitar y construir ciudades.
Habitantes de ciudades, posmodernos que pisan distintos mundos sin siquiera darse cuenta, para nosotros, los referentes poéticos no existen, no forman parte de la realidad sino de una imaginación circunscrita al imposible, a Hollywood y sus fantasías animadas. Solamente el trabajo y el dinero pueden, desde esta perspectiva, modificar las cosas, ofrecer un terreno fértil al cual aferrarnos, mientras que otro tipo de actividades y formas de pensar están destinadas al fracaso, a la inutilidad.
En este sentido, el lenguaje poético, y en general artístico, está alejado de sus referentes inmediatos pues no encuentra espacios para su realización afectiva, es decir, espacios donde deje de ser un espectáculo, una cuestión de entretenimiento para olvidar la realidad y, por el contrario, se incorpore a un cuerpo colectivo que enuncie, dialogue, y a partir del cual se aprenda a escuchar e intervenir la mirada del otro como propia. Lo político es la palabra en cuanto a que desconstruye y ofrece una visión distinta del entorno. Bifo piensa que la poesía es una manera de reactivar esta empatía.
La filosofía ha hablado bastante de esto. Ha sido siempre el problema del otro, del sujeto frente —y que se enfrenta— al otro. En Entre nosotros: Ensayos para pensar en otro, el filósofo lituano Emmanuel Lévinas, en tiempos de posguerra señala la falta de vínculos entre lo que hemos definido como yo y el otro. Desde entonces se vislumbraba ya la brecha que generaciones posteriores tendríamos que atravesar, saltar hacia el vacío que dejó el fascismo y el horror, que sigue habitando en las profundidades del mercado. Al promover la supremacía del sujeto, del individuo sobre lo colectivo, y minar aun los espacios donde la convivencia es posible, el capitalismo hace que nos enfrentemos diariamente con el otro e incluso con nosotros mismos: las batallas también se dan en el espejo, recordemos las enfermedades que han surgido por ese fantasma. Ahí está la pintura y sus múltiples espejos.
Para Levinas, no podemos entender la ética si no aprendemos a observar en el otro nuestros propios gestos, si no percibimos y activamos con ello lo que Bifo considera sensibilidad. El ser es existencia, y ese existir solamente se realiza a partir de la presencia del otro en quien nos vemos reflejados, a quien acudimos cuando tenemos algún problema, a quien amamos, pero también a quien consideramos un completo extraño, igual que tú y que yo, con las mismas preguntas e inquietudes, con esperanzas similares hacia un futuro cada vez más incierto. Hay que pensar quizás en la propia muerte y atravesarla, sentir que cada cosa que hacemos va con suerte hacia la vida y sus múltiples contradicciones, pero que genera, cuanto menos, un destello en las inmediaciones del tiempo.
Borgman (van Warmerdam, 2013) y Birdman (Iñárritu, 2014) son las caras de una moneda. Ambas son buenas historias. Una se decanta por la fatalidad del destino y la destrucción de la familia por parte de un extrañísimo clan de vagabundos; la otra, cuenta la vida de un actor venido a menos que quiere recuperar el mundo que rellene, otra vez, su ego.
La diferencia más radical está en la estructura.
En Borgman, no hay posibilidad de dudar que todo lo que sale en pantalla efectivamente sucede en ella. El registro no es onírico, por más que los eventos y los personajes estén alejados de lo que se conoce en la vida diaria. Hay un vagabundo, casi metafísico, que no hace ruido cuando camina, y que es líder de otros dos vagabundos y un par de mujeres que asesinan según sus intereses (nunca dichos en la película). La película es fantástica y, por lo tanto, necesita que el pacto con el espectador sea total (sería necio criticar Borgman aduciendo que no existen personas así).
La ecuación: entre más fantástica una película menos niveles de realidad se proponen dentro de ella.
Es entendible que al proponer un mundo o personajes que se parecen muy poco a los que se conocen en el día a día, sea complicado para el espectador identificarlos o saber hacia dónde van si se maneja la atmósfera en distintos niveles de presentación. Es decir, si se introducen sueños, alucinaciones, éxtasis o predicciones del futuro, será difícil distinguir qué pasa en la interioridad de los personajes y qué es compartido.
Es intencional que Borgman —que opta por el minimalismo— esté filmada según convenciones realistas y conservadoras: no hay grandes vericuetos técnicos, no hay escenas de sueños (bueno, un par, pero muy cortas y bien identificadas) o despliegue de “imágenes metafóricas” (es decir, secuencias que, más que abonar a la continuación de la historia, son un adorno o un eco de otros elementos), la edición y la narrativa es económica (sólo planos necesarios para la trama, sin historias divergentes), y el espacio de los hechos es delimitado (principalmente la casa y pocas partes de ella).
Birdman cuenta una historia de lo más común: un actor quiere regresar a sus glorias pasadas y quema las naves en el último intento de regresar al reflector. Tan es una “historia de la vida real” que el protagonista, Riggan, interpretado por Michael Keaton, es una versión de Michael Keaton: el actor que en los noventas era rey de Hollywood gracias a la interpretación de un superhéroe. El éxito lo encasilla en un papel del que no puede deshacerse y cae en el olvido.
Birdman es una película compleja y llena de detalles: muestra cómo el protagonista puede mover objetos con la mente y vuela; está hecha en una sola secuencia (aunque no un plano secuencia en sentido estricto, gracias al trucaje digital); hay personajes secundarios muy importantes, diversas líneas de la trama, el diseño sonoro es abigarrado, las actuaciones (sobre todo la de Keaton) sobresalen, etcétera.
A veces se deja al aire la pregunta de si en realidad la cosas suceden tal y como se muestran (si Riggan destruyó con telepatía su cuarto); en otras, la “fantasía” es desmontada por los personajes (el vuelo hasta el estudio, que se revela como un común y corriente viaje en taxi); en otras, se afirma equivalencia entre fantasía y realidad (la escena final de Sam, hija de Riggan, que ve volar a su padre).
Este barroquismo visual es multinivel: toda la película es una sola toma a pesar de los saltos temporales; la música se mezcla con el universo de la película (un baterista toca, al mismo tiempo, el soundtrack de la película en la calle, mientras Riggan y Shiner lo ven); hay historias divergentes que no cierran (la del hijo nonato de Riggan, la relación entre Shiner y Lesley, el romance entre Shiner y la hija de Riggan, la reconciliación entre Riggan y su esposa).
Esos malabares narrativos son posibles porque la historia ya se conoce, es decir, se entiende bastante bien porque responde a lo que podría pasar cualquier día de la semana.
Es la otra cara de la moneda: la historia del mundo real, con una presentación y formato complicados (Birdman), versus la historia rara, con formato económico y simple (Borgman). No es una regla que las historias fantásticas pueden ser contadas en un esquema complejo e historias cercanas al mundo real pueden ser contadas de manera simple.
El caso es que la simpleza es la clave del éxito de Borgman y el barroco la perdición de Birdman.
Las películas corren paralelas: cuando empieza Borgman, es confusa y, al final (sin resolver las preguntas de quiénes son los personajes, de dónde vienen y a dónde van), se aclara: la historia cuenta con efectividad. Birdman es luminosa al empezar y, en el último tercio (a pesar de que el conflicto principal y la epifanía del protagonista sí suceden), su complicada estructura la manda al traste.
En la de Iñárritu, los últimos sucesos pasan, pero son edulcoraciones, falsos en cierto sentido. Shiner y Sam se enamoran de la nada —dos secuencias en la azotea no dan suficiente material para su relación—; Riggan se suicida en el escenario, pero no, sólo se vuela la nariz; Riggan y su pareja, Laura, van a tener un bebé y, al final, nada de niño, sólo así, sin mediar más que un posible error por parte del médico que anunció el embarazo, esa derivación de la trama se cancela.
La tercera parte de Birdman es una serie de tensiones falsas, construidas sólo hasta cierto punto, que van a parar a ningún lado y su solución sólo se enuncia (sin trabajarse). La mejor muestra es la secuencia final: el espectador se tensa durante el camino en pendiente que lleva al suicidio a Riggan… y no se suicida. Al final, el actor tiene el reconocimiento que estaba buscando: ser de nuevo una luminaria de la farándula. Se reconcilia con su hija, con su exesposa; con la vida. La contraparte de “lo real” de Riggan, Shiner —un actor hecho y derecho, que lleva hasta sus últimas consecuencias el personificar—, no tiene mayor relevancia, aunque desde el principio se los había propuesto como antagonistas complementarios.
La cotidianidad de la historia de Birdman exige que sus elementos estén cuidados obsesivamente. Sí, se sabe que las coordenadas de reacción de los personajes de la película de Iñárritu podrían ser las del vecino, pero es necesario (más que en el universo extraño de Borgman) que los personajes y sus cambios, sus aprendizajes y sus conflictos, sean construidos con estricto escalpelo. De no ser así, una “historia de la vida real” palidece. Si ya se vive en el mundo, ¿por qué interesaría una narración de éste? Por los niveles, por la “profundidad humana”, por un descenso a la consciencia de otro ser humano y descubrir la forma y marcos desde los que decide. Verse a uno mismo en otro, de manera que en el mundo real nunca podría. Ésta es el arma de la “ficción realista”.
Birdman amenazaba con ser una historia inolvidable, pero al edulcorar, al hacer que las cosas sucedan y a la vez no, pierde fuerza. Y si un buen final puede salvar una mala historia, un mal final borra las bondades del desarrollo.
Iconoclasta, mordaz, irreverente, impulsivo, genialmente indiscreto, así se plantaba Huberto Batis frente al salón de clases en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, a disparar a mansalva en todos los frentes. Batis siempre tenía algo que contar del mundillo literario, de todos sabía al menos una anécdota, de todos tenía alguna indiscreción, del único al que siempre se refería en buenos términos era de su entrañable amigo Juan García Ponce. Eso sucedía hace casi 15 años y ya para entonces Batis bromeaba con una enfermedad en la sangre que, según dijo desde la primera clase, le habían contagiado los perros de su esposa, de manera que un día iba a llorar sangre como una virgen y entonces sus alumnos tendrían que apresurarse a ponerle un altar, encenderle velas y pedirle milagros.
Tal ingenio deslumbró al tímido estudiante que era yo en aquel entonces y, desde luego, me sedujo. Una de las tantas discusiones que tuve con Carlos Monsiváis, mientras trabajé con él, fue cuando le dije que me había metido a las clases de Batis en la Facultad, entonces, llegaba a contarle lo divertidas que eran, lo que contaba de tal o cual escritor y de las mentadas que nos lanzaba a sus alumnos. “¿Vas a clases o al chisme de lavadero?”, me asestó Carlos una vez. “Con Batis se pueden hacer muy bien las dos cosas”, le respondí con mi insolencia juvenil y él, como solía hacer, masculló quién sabe qué. En verdad las clases de Batis eran una bacanal de ingenio, un ejercicio que te forzaba estar al tanto, a parar las antenas y tener agilidad mental pues podía preguntarte cualquier cosa o asestarte cualquier insulto que no pocos contestaban, con lo cual el salón se volvía un campo de tiro.
Por esos años Batis ya no dirigía el suplemento cultural Sábado de Unomásuno (creo que lo coordinaba Noé Cárdenas). Sin embargo, Batis lo dirigió desde 1984, cuando todos los que habían creado el Unomásuno se fueron a fundar La Jornada, hasta el año 2000, cuando lo dejó en manos de Mauricio Montiel Figueiras. Durante esos años, el periódico vendía más durante el día que se publicaba el suplemento, en parte por sus textos polémicos, sus pleitos entre colaboradores en el “Desolladero” y, sobre todo, por su “Diván”, en donde aparecían retratadas mujerones en poca ropa. Sábado era un heredero directo de los suplementos culturales que empezó a publicar Fernando Benítez, en los años cincuenta, primero México en la cultura en Novedades y luego La cultura en México en la revista Siempre! (¿Ahora qué suplemento cultural está a la altura? Sólo uno, me parece: Confabulario). Así lo detalla Batis en las columnas que publicó en el desaparecido suplemento cultural Frontal y que luego reunió en Memorias del sábado perdido (Ariadna, 2006).
Años después volví a un salón de clases con Batis, a su Taller de Revista donde la metodología era prácticamente la misma, aunque ahora se incluía su arsenal de revistas y periódicos que llevaba y sacaba del portafolio. Por ejemplo, en una sesión nos habló largamente de S.nob, la revista que hicieron Salvador Elizondo y Juan García Ponce, de la que sólo sacaron unos siete números en 1962 (existe una versión facsimilar publicada por Aldus en 2004). En su Taller de Revista entendí lo que Batis había hecho realmente en Sábado. Para empezar, habían pasado todos, absolutamente todos los escritores que reconocemos hoy en día, en sus páginas habían hecho sus “pininos”, Batis les había abierto las páginas de su suplemento, como el ágora más democrática: Luis Zapata y José Joaquín Blanco publicaron por entregas su divertidísima obra de teatro La generosidad de los extraños; Naief Yehya había tenido durante años una columna —¡Ave María purísima!— sobre pornografía; Enrique Serna y Rocío Barrionuevo sus respectivas columnas; Guillermo Fadanelli y Xavier Velasco sus crónicas nocturnas en los antros y tugurios de la ciudad, Gustavo García y Leonardo García Tsao sus críticas cinematográficas. Además, las geniales ilustraciones de Eko de la Garza y las infaltables chicas del “Diván”. Todos ellos al lado de Gurrola, Elizondo, Alcaraz, García Ponce y el propio Batis. Muchos de sus alumnos de la Facultad vieron publicados sus textos por primera vez gracias a que Batis les abrió las páginas del Sábado. Es así como Batis se convirtió en el maestro de todos nosotros.
El próximo 29 de diciembre Huberto Batis cumplirá 80 años bien vividos, y desde ya lo felicito en esta modesta columna. ¡Salud, maestro!
El viaje ha sido un tema recurrente en la literatura. En el caso de México, la emigración hacia las grandes ciudades (o a Estados Unidos) ha estado siempre en el centro de los argumentos, como solución a los problemas económicos o como promesa de una “vida mejor”. En Ciudademéxico, de José Manuel Cuéllar Moreno se recorre junto a su protagonista la travesía desde las playas de una idílica Tecolutla, con su vida simple y sus certezas, hasta las calles y los paisajes caóticos de la capital, no para encontrar una mejor calidad de vida, sino como metáfora de una búsqueda de sentido: la venganza del agravio, el encuentro con la identidad, el anonimato de sus habitantes y la rutina de un trabajo indeseable. Este viaje interior se va confundiendo con los caminos de otros personajes, con el destino, con el desapego; pues cada aventura puede llevar al encuentro con uno mismo, pero también a una pérdida irremediable.
UN ADELANTO:
Lunes, 28 de enero de 1991
No bien me bajé del camión y di mis primeros pasos tambaleantes por el asfalto —como si fuese otra vez una niña que está aprendiendo a caminar—, supe que nada de aquello era para mí. Ya una vez Lupita, hace años, me advirtió de las interminables pasarelas de piedra, las premuras, las caras largas y flojas como bizcochos crudos. ¿De qué extraña materia se componen estos hombres y estas mujeres? ¿Por qué no bailan (ni siquiera parece que tienen pies), no se cuentan chistes al oído, no se guiñan los ojos? Ya sólo me consuela el recuerdo de mi querida playa: las olas inquietas del golfo; la arena que con un movimiento secreto y escandalosamente sensual se eleva al aire, donde traza garabatos ininteligibles que yo he estado a punto de descifrar; los turistas, no dos ni tres, sino una hueste bien pertrechada con sombrillas y aceites perfumados, despanzurrada sobre lasrocas, imitando, sin saberlo, a las iguanas que reposan en los escollos, parientes lejanas pero parientes al fin y al cabo de los hombres. Entre bocado y bocado, Lupita me dijo que no fuera a la ciudad. “Nada se te ha perdido por allí”, agregó. “Tú estás bien en tu hamaca”. Y la verdad que sí: estuve bien en mi hamaca hasta que un viento salitroso vino rugiendo desde el fondo del mar. “¡Qué raro!”, pensé. El mar nunca antes me había rugido. ¿No sería hora de desapendejarme, utilizando otra de las expresiones de Lupita? Los rugidos continuados del mar, una oferta de trabajo en el periódico y otras señales favorecedoras me convencieron de que era, en efecto, el momento propicio para desapendejarme. De modo que me armé de valor y hablé por teléfono a Manuelito. No me contestó a la primera, lo cual no me alarmó pues su vida de abogado le deja poco o nada de tiempo para los asuntos personales. Cuando su voz por fin brotó del auricular, le comuniqué sin rodeos mi decisión de ir a la Ciudademéxico por una temporada larga o corta, todo dependía de mi capacidad de adaptación y el buen acomodo de los astros. Manuel, desde luego, refunfuñó; tachó mi idea de estúpida y a mí, de loca, ¿no recordaba yo las peripecias por las que había tenido que pasar nuestra hermana, o sea Lupita, en esa ciudad del demonio? “¿Y todo para qué?”, gritó. “Para terminar muerta”. Tocado este punto, y pese a mi intención inicial de sonar inmarcesible, me eché a llorar. Prometí a Manuel que le escribiría seguido. Me dolía mucho no poder contarle los motivos exactos de mi decisión; él no los entendería, existía incluso la posibilidad de que me entregara a las autoridades. “Pero quédate tranquilo”, le dije; aunque más que preocupado, Manuel parecía incómodo. “No se trata de un simple pálpito” mentí, “sino de un plan que he rumiado largamente desde mi hamaca”. Manuel puso como excusa la presencia de unos clientes para colgarme el teléfono. No tenía más remedio que aceptar que la loca de su hermana acometería una hazaña que a sus ojos lucía estúpida, y a los míos, obvia e impostergable. El segundo paso consistió en la preparación de las maletas: una con mis viejos libros de maestra y otra con mis prendas de vestir más indispensables, incluido el vestido rojo. Me tomó menos de media hora el proceso de selección y apretujamiento. Para la ejecución del tercer y último paso volví a acopiar todo el coraje que estaba a mi disposición: di una bocanada de aire y luego otra, exhalé y del cajón central de la vitrina saqué un papelito: Conquistador del Cielo número 20. Antes de abandonar la casa, metí en la maleta de los libros el cuchillo más filoso que encontré en la cocina. “Por si las dudas”, me dije. El asesinato con arma blanca no figura entre mis favoritos, tampoco es que haya alguna vez matado a alguien, pero sospecho que un asesinato menos sucio casa mejor con mi personalidad.
Víctima de un arrebato, magnífica y feroz, abordé uno de los tantos camiones que conducen a la Ciudademéxico. Una ligera fiebre, que a lo mejor era fruto de mis propias ansias de arribar, me acompañó durante el viaje. “¿Y si Lupita tenía razón?”, me asaltó el miedo. “¿Y si yo también termino muerta?”. Los pasajeros de pronto se desperezaron y con ágiles brincos descendieron del camión. Sólo entonces me di cuenta de que habíamos llegado. Afuera, una vendedora de dulces, cuya cara de bizcocho crudo no hizo más que aumentar mi miedo, daba la bienvenida.
No sé cómo le hice para escabullirme de la multitud, treparme a un taxi y dar con la dirección que llevaba anotada en el papelito. Calle Conquistador del Cielo número 20. Sí, cómo no, conquistar el cielo ni que ocho cuartos.
Agradecí al chofer con mi mejor tono, pero él sólo gruñó y pisó el acelerador con fuerza: aquél es el modo capitalino de decir “adiós, cuídese mucho”. Frente a mí se erguía un portón de aluminio, alto y descascarillado, como diciéndome que no había marcha atrás. ¿No había visto ese portón en sueños? Los indicios resultaban clarísimos: mi llamado a la ciudad respondía a una causa urgente, ineludible y en cualquier caso superior a mí.
La señora Linares me recibió al segundo timbrazo. “Adelante, mija”. El rostro endurecido de una anciana, confirmación viva de que los hombres y las iguanas somos parientes, y no tan lejanos, asomó por la hendedura de la puerta. Nos reconocimos a pesar de que nunca antes nos habíamos encontrado. No me hubiera esperado una reacción distinta. “Adelante, pasa”, dijo con una voz grave de astillero. La hendedura de la puerta se ensanchó hasta mostrar ya no sólo el rostro de la anciana, sino también su camisón raído y sus pantuflas. Al notar mi atención fija en ella, se avergonzó y pareció entumecerse más. “De haber sabido que vendrías hoy, me habría arreglado un poco”. Dicho esto, giró sobre sus talones y se internó en el patio.
La señora Linares es de un comportamiento estudiado y amable. Esa tarde me ofreció helado y café, me hizo recorrer las estancias de la casa y finalmente me condujo a mi habitación. La pátina polvorienta y gris de la vejez recubre un escritorio, una silla y un antiquísimo baúl que cuando está cerrado también sirve de asiento. Antes de retirarse, la señora cogió mis manos entre las suyas y les estampó un beso tiernísimo. “Acomódate, querida. Es lo menos que puedo hacer para pagar los favores que le debía a tu padre”. La frase me descolocó. Si realicé aquel viaje traqueteante de ocho horas desde Veracruz hasta la Ciudademéxico; si renuncié a mi trabajo de maestra para mendigar una oportunidad como secretaria en la —pinche— Ciudademéxico, fue sólo para cuidar de la señora Linares, o por lo menos ésa era la versión que me había empeñado en hacerle creer. No dejaba de resultar divertida la manera en que ahora revertía los papeles. “Es lo menos que puedo hacer”, había dicho, como si mi presencia fuese una molestia imprevista que ella aceptaba con abnegación. ¿Habría adivinado mi truculento plan de escabechármela? Concluí que no, que sus palabras, contradictorias hasta la ofensa, se habían debido a un rapto súbito de orgullo y pudor, muy frecuente entre los ancianos.
No había terminado de pensar esto cuando, de pie junto al escritorio, caí en la cuenta de mi pendejada. Soy una pendeja: pendeja la niña que reposaba en la hamaca; pendeja la maestra que plegó el periódico en dos (se busca secretaria), renunció a su puesto, subió a bordo del camión 14 y dio tres pasos por una acera larga, sucia y rasposa con la esperanza no sólo de resolver un pendiente (matar a la se- ñora Linares), sino con esa otra esperanza de no ser lo que es irremediablemente: ¡esa hazaña sí que es estúpida! Pendeja, mil veces pendeja por haber olvidado la maleta de los libros y el cuchillo en la central de camiones. Apacigüé mi odio a fuerza de bofetadas.
“¿Qué te pasó, mija?”, preguntó la señora Linares durante la cena. Sus ojitos —dos rescoldos en los que a menudo se distingue el vestigio de una llama— inspeccionaron mis mejillas. “¿Qué te pasó?”. Asintió a la tarugada que le contesté; luego comenzó a contarme con aire derrotista acerca de los anteriores propietarios de la casa. En su discurso resonaron expresiones como “la marrana vida”, “existir me da hueva” y “el vómito pestilente que me provoca el lento avance de los días”. Escuché dócilmente sus palabras, le respondí que sí, que la vida es una mugrosa vida, manchada toda de crímenes; que sí, que existir cansa, cómo no, si pasamos la mayor parte del tiempo limpiando las manchas de la mugrosa vida; que en efecto, los días y los meses se suceden en una torpe caravana.
Echo de menos a Manuel. A menudo me sorprendo a mí misma masticando su nombre, untándole baba hasta que queda blando, muy blando, y entonces lo escupo como un caramelo que ha perdido su sabor. Ayer confié al correo una de las tres cartas que le he escrito y que él todavía no me responde. En ella le cuento con profusión de detalles mi nueva vida en la Ciudademéxico; nueva y a la vez gastada, pues tengo la vaga sensación de que esta vida ya ha sido vivida hasta el hartazgo por muchas personas anteriores a mí. “La semilla gorda de los duraznos me recuerda a ti. No es que estés gordo, Manuel, es decir, no mucho, pero sí estás en el centro, por lo menos de mi cabeza, lo cual no significa que mi cabeza sea un durazno. Creo que me estoy haciendo bolas. Lo único que intento decir es que te extraño. Y mucho. Sobre todo cuando mi ventana abre su boca burlona para enseñarme un patio de concreto en vez del filo reluciente de la bahía”.
Las semanas posteriores a mi llegada transcurrieron con una velocidad insólita. Me presenté al trabajo un lunes brumoso y frío. Una fina capa de neblina desdibujaba las fachadas de los edificios y desacomodaba las facciones de los transeúntes. “Despacho de contadores Álvaro Gil & Asociados”, rezaba una marquesina justo encima de mi cabeza. ¿No había soñado también con esa marquesina? Quinto piso, gracias. Buenos días. ¿Me coloco aquí? Me llamo Mercedes. Claro que sí, señor, entendí todo: marco el cero para transferir una llamada, el uno para mantenerla en espera, el dos… De Veracruz, señor. Soy de Veracruz. Sí, muy bonito. Hasta luego.
La bienvenida no fue exactamente calurosa. Apenas puse un pie dentro de la oficina, me asignaron un escritorio y me entregaron una larga lista de llamadas que debía realizar. Me regañaron dos veces, las dos por levantarme al baño sin permiso. El dos es para devolver la llamada al vestíbulo, el tres para rechazar una llamada entrante. Sí, señor, estoy tomando nota. El cuatro, el cinco, el seis no hace nada. El seis es un simple seis. El siete, el ocho. A las ocho debo apersonarme en la oficina, a las ocho en punto. Nueve. A las nueve irrumpen el licenciado Álvaro Gil y el resto de los contadores. Las perchas para sus sacos deben estar listas y alineadas, la primera corresponde al licenciado Gil. Ese que viene por ahí es Álvaro, encabeza la cuadrilla de contadores con su corpulencia y su asombrosa capacidad para recitar de memoria cualquier ranchera. Atraviesa el pasillo sembrando el desconcierto, abarcándolo, silba el coro de alguna canción, y detrás de él levitan muchos sacos: son los asociados del “Despacho de contadores Álvaro Gil & Asociados”, lo leí en la marquesina. En total somos seis secretarias. (El seis no hace nada, el seis es un simple seis.) Cada una ocupa un escritorio en un recoveco distinto.
—Hola. Soy Ana María; tú eres la nueva, ¿verdad?
—Sí.
—Mi escritorio está detrás de esas mamparas. Si tienes alguna duda, puedes preguntarme.
—Sí.
—¿Te gustaría un durazno? Una vecina me los trajo del pueblo.
—Sí.
—Ella es de Michoacán. Yo en cambio nací aquí, en la Balbuena.
—Sí. Y mordí el durazno.
La señora Linares me llama al comedor con una especie de grito cascado, o peor aún, una especie de aullido, pues ahora que recapacito con más detenimiento me doy cuenta de que hay algo animal y perturbador en su trato amable. Pienso en la carta que escribí a Manuel y me arrepiento de ese último párrafo; me gustaría tacharlo o arrancarlo de la esquela, pero es imposible, el sobre ha de estar en una caja confundido con muchos otros sobres, muchas Meches y muchos Manueles y muchos “la-semilla-gorda-de-losduraznos-me-recuerda-a-ti…”. Cientos de Meches que han gastado con su ir y venir la superficie de una vida que sólo la primera Meche tuvo oportunidad de gozar en serio y de la cual todas somos imitadoras. “¡La cena está servida!”. Pienso en el cuchillo y en el pecho de la señora Linares y en el modo en que embonarían mejor mientras la atmósfera enrarecida de la ciudad fluye pesadamente y me ciñe con su espeso cinturón de olores y polvo.