En una de las primeras escenas de El pasado (Le passé, 2013), el trabajo más reciente del iraní Asghar Farhadi, una mujer espera detrás de una puerta de cristal en un aeropuerto. Un hombre aparece y ella intenta comunicarse. Hace señas, habla, gesticula. Nada logra llamar la atención del recién llegado. Es una secuencia que engloba la idea detrás de la película: la incapacidad de dos personas para entenderse a pesar de la obviedad de sus problemas. Pronto descubriremos que alguna vez fueron marido y mujer; él está de visita en Francia para firmar los papeles de divorcio porque ella tiene una nueva pareja y quiere casarse de nuevo.
Después de ganar un Oscar a Mejor Película Extranjera y un Oso de Oro en el Festival de Berlín con Una separación (Jodaeiye Nader az Simin, 2011), es claro que Farhadi buscó subir la apuesta con El pasado, retomando algunos de los temas que dieron solidez a su proyecto anterior —la vida de pareja, tensión familiar— para insertarlos en una trama más ambiciosa. Farhadi se confirma como uno de los pocos directores actuales con la capacidad de llevar un melodrama a lugares inesperados, uno capaz de seguir tocando fibras sensibles.
En apariencia, Le passé es un melodrama más sobre la dinámica fracturada de una pareja, afincado en una historia que podríamos encontrar en un capítulo de Mujer, casos de la vida real o Lo que callamos las mujeres. Es el esquema usado por el director el que eleva la película, mucho más cercano al cine negro con sus detectives y femmes fatales. Así tenemos al exesposo Ahmad (Ali Mosaffa en plan melancólico) de regreso en tierras parisinas para encontrarse con la mujer que marcó su pasado, Marie (Bérénice Bejo), quien ha tenido una larga lista de fracasos sentimentales y está lista para intentarlo de nuevo con Samir (Tahar Rahim, el impresionante protagonista de Un profeta), dueño de una tintorería y padre de un pequeño de cinco años, Fouad (Elyes Aguis). El conflicto se desarrolla a partir de la mudanza de Samir y Fouad al hogar de Marie y sus dos hijas; al mismo tiempo, poco a poco se nos revela que la todavía esposa de Samir lleva meses en coma y que su estado se relaciona al nuevo amor de éste.
Los personajes de Farhadi hablan constantemente, pelean, discuten, escupen las palabras como si de antemano supieran que éstas regresarán para acosarlos y acusarlos. El recuerdo de lo dicho y del silencio es lapidario. En la paradoja contenida en el discurso de Le passé, estos seres humanos no dejan de hablar, de comunicarse, sin embargo no logran entenderse y vaya que lo intentan. Un tema que Richard Linklater abordó hace unos meses con Antes de la medianoche (Before Midnight, 2013).
Éste es un thriller que avanza con sutilezas en los diálogos, palabras sueltas que otorgan pistas para armar el rompecabezas. Desde el inicio hay una sombra creciente que terminará por cubrir a todos los personajes. Un juego del cineasta iraní con su audiencia que funcionó en Una separación, y que aquí termina por perderse gracias a la permanente suma de capas al relato hasta volverlo abrumador. Al no optar por lo sencillo, Farhadi sabotea su cinta. Uno tras otro los giros de tuerca se apilan, al grado de que Ahmad, el personaje que detona la anécdota y da perspectiva a la historia, termina por desdibujarse hacia el último tercio del filme.
Podríamos rastrear las influencias de Farhadi hasta Yasujirō Ozu, Robert Bresson, Douglas Sirk o Rainer Werner Fassbinder; no obstante, su intención de montar un melodrama usando el esquema del thriller y el film noir lo acerca más al Alfred Hitchcock de Rebecca (1940), donde también una figura femenina del pasado y los recuerdos se ciernen sobre todos los personajes hasta trastornar sus vidas.
A pesar de esa pantanosa densidad narrativa, las emociones son el punto más importante de El pasado. Para Farhadi, estrujarnos el corazón es más relevante que entregarnos una narración regida por la lógica; El pasado funciona mejor cuando sus personajes sufren y sus sentimientos quedan en carne viva. Desde la lucha de un niño pequeño por adaptarse a la vida en su nuevo hogar, hasta el conflicto de una adolescente ocasionado por el secreto que esconde. El drama vibra hasta enganchar al público: aunque no conocemos a estas personas nos interesan; aun en esa primera escena en que Ahmad y Marie no se encuentran, quisiéramos estar ahí para indicarles la dirección adecuada, colocarlos en el camino del entendimiento.
Aunque llevan años separados y un par sin verse cara a cara, Ahmad y Marie siguen sintiendo algo por el otro; su relación acabó varios calendarios atrás, el amor no. Ella es el resentimiento encarnado, no importa que haya alguien nuevo en su vida; los sentimientos por Ahmad siguen ahí y desde el viaje al aeropuerto en el automóvil del nuevo amante hay cierta intención de venganza. Incluso en algún punto de la película Ahmad la cuestiona: “¿Por qué tengo que estar en medio de toda esta mierda?… ¿Extrañas nuestras peleas, cariño?”.
Las actuaciones del elenco principal son claves. El buen trabajo con los intérpretes es un testamento del talento de Farhadi. Destaca la forma en que usa a Bérénice Bejo, quien venía de robar cámara con su sencillez y ángel en El artista (The Artist, 2011), del director galo Michel Hazanavicius. Aquí interpreta a una mujer cruel, desesperada por encontrar un poco de estabilidad en su vida, aun cuando eso significa reemplazar a un hombre con otro de la misma talla y volver a repetir el ciclo; al mismo tiempo dota a Marie de un aura compasiva, muy propia de una víctima de su propia naturaleza. Su situación actual no es sino la suma de las decisiones de su vida. La furia encerrada en su mirada basta para comprobar el resentimiento que le provocan los recuerdos del pasado y sus inútiles intentos por escapar de sus garras.
Asimismo, el director se da tiempo de tocar un tema que le afecta de manera personal como inmigrante iraní desarrollando su profesión en una patria ajena. Uno de los personajes secundarios deja entrever que el fracaso del matrimonio de Ahmad no fue enteramente culpa de Marie: nuestro protagonista se debatía de manera constante entre aceptar su nueva vida en Francia o regresar a su natal Irán. En su tierra adoptiva no puede evitar sentirse como un extranjero, incomunicado, diferente, mientras que el recuerdo de su hogar sigue fresco, como un lastre incómodo. Farhadi seguro mantiene un debate similar consigo mismo, deseoso de trabajar en Irán e imposibilitado para hacerlo por el ambiente político reinante —el mismo que llevó a su compañero Jafar Panahi a disfrutar del arresto domiciliario y una prohibición vitalicia para filmar—. Los personajes de Le passé no son los únicos que sufren por los anhelos provocados por el recuerdo.
Farhadi es un hombre interesado en la moralidad de las acciones humanas y en los problemas que ésta ocasiona. Sin embargo, como personas no tenemos control de ellos ni opciones para cambiarlos, como bien dice Ahmad: “la vida sigue sin ti y sin mí”.
Resulta curioso que al otro lado del Atlántico haya un hiperactivo joven interesado en temas similares a los de Farhadi, aunque su tratamiento es diametralmente opuesto. Para Xavier Dolan, la verdad sobre el pasado, sus muertos y sus memorias son un tabú capaz de terminar con la estabilidad de la sociedad rural canadiense en Tom en el granero (Tom á la fermé, 2013).
Tom (Dolan) acaba de perder a su novio; destrozado, viaja a la casa de éste en el campo para compartir su dolor con la familia del difunto. Al llegar a la granja, Tom descubre que la madre de su pareja, Agathe (Lise Roy), nunca descubrió la homosexualidad de su hijo —incluso lo imagina con novia—, y que el hermano del recién fallecido, el violento Francis (Pierre-Yves Cardinal), se encarga celosamente de mantener el secreto lejos de los oídos de la señora.
A diferencia de Farhadi, quien propone una reflexión sobre la vida y su validez moral, Dolan está más interesado en hacer una declaración política. Un panfleto militante contra la conservadora visión del campo y en favor de la más abierta vida citadina, personificado en el personaje del mismo director.
Hasta Tom en el granero, Dolan se había interesado en una reapropiación del melodrama confeccionado por Sirk, Fassbinder, Max Ophüls y el español Pedro Almodóvar; su comportamiento y ejecución eran propios de alguien que se cree el salvador del género, heredero de los grandes maestros. Este trabajo viene a ser un cambio en el paradigma de Dolan gracias a estar planteado como un thriller que goza de una cautivante atmósfera. A veces perturbadora, más cercana a la Rebecca hitchcockiana que a sus anteriores trabajos. Al menos, las secuencias terminan en algo que no son gritos y discusiones acaloradas.
La única forma que Tom tiene de enfrentar el recuerdo del difunto Guillaume es iniciar un torcido juego con su familia, donde los involucrados evaden la verdad de sus deseos y adoptan máscaras ajenas con el único fin de continuar con la farsa. De esta manera Tom será el mejor amigo de Guillaume y no su pareja, y a su vez reemplazará el deseo por el occiso con la violenta presencia de su homófobo hermano; la madre se dejará llevar por la presencia de una fraudulenta novia de su vástago. Es más fácil conservar la dinámica perturbada a ser francos y derribar la fachada de la granja.
Las intenciones de Dolan son loables. Aboga por una mayor igualdad sexual a todos niveles y no permite una tolerancia miedosa por conveniencia; sin embargo, los personajes no trascienden su esquema básico. Son ideas —y no personas— capaces de generar empatía. Su existencia es el vehículo que mueve el narcisismo de Dolan. Él también está interesado en romper con su pasado, pero retrocede siempre que avanza.
Para quien se haya arrepentido de sus actos, acometidos con el consentimiento del alcohol, no del juicio, el acto de contrición viene a sumar el malestar moral al malestar físico. La resaca, si realmente es tal, pone a prueba las facultades del espíritu.
Voy a ser personal, pero esto el lector puede perdonármelo: sólo soy el pretexto para una anécdota.
Solía, por una natural tendencia a la culpa, sentir cruda moral mucho tiempo antes de comenzar a tomar. Una vez, que por azar fui a dar a una cantina, conocí a un comerciante que solía ir a Durango desde Tepehuanes para atender sus habituales negocios en una cremería del mercado de abastos, y cuya anécdota me ayudó, digamos, a menospreciar y a librarme de esa culpa premeditada. El señor, un ganadero tan elocuente como seco en las palabras, me contó cierto incidente que le acababa de suceder. Había ido a la cantina no sólo a quitarse la cruda que abate la carne, sino también aquella que aqueja el alma.
La anécdota, simple pero inesperada, implicaba una vaca. Era una anécdota de una cruda moral que involucraba una vaca.
—Me doy la vuelta por Durango cada cinco semanas. Vengo a traer queso ranchero. A veces me quedo unos tres días, otras veces la semana completa, según como esté la venta del queso. Pero este viernes todo el queso lo vendí nomás llegando. Y pues me emocioné, porque hasta me encargaron más. Se me hizo fácil agarrar la borrachera. Vine aquí mismo, porque me gusta esta cantina. Unas cuantas cervezas y me fui ya medio entonado a tomar unos tragos a La Espuela. Yo no sé cómo, compadre, pero saliendo ya me agarraba de las paredes. En eso dos policías me ven, según ellos, como queriendo mear y me subieron a la patrulla. ¿A quién le iba a hablar si aquí no conozco a nadie? Tengo un primo de Tepehuanes que vive por el mercado, pero nunca nos hablamos. Creo que ni su teléfono tengo. Bueno, el caso es que me meten a los separos. Pero nunca me iba a imaginar yo que una vaca iba ser mi compañera. Sí, sí, ¡una vaca! Al principio cuando la vi nomás me dije “ah, tan pedo ando que hasta veo pendejadas” y pues me acosté en la litera de arriba. Cuando desperté, ya de madrugada, con un dolor de cabeza que ni los ojos me dejaba abrir, vi a la vaca otra vez, medio harta y medio mugiendo. No era porque estaba borracho: una vaca estaba en los separos y yo estaba con ella. Medio que me dio risa. Pero en eso que llega el policía para decirme que podía salir, que había sido retención preventiva y que tenía que pagar nada más una multa. Y en eso, que un cabrón periodista me toma una foto. Mire, compadre, la foto de hoy del Diario: “Cae muy bajo: amanece en separos con una vaca”. ¿Cómo chingados voy a sentirme, oiga? Y pues vine a quitarme la cruda moral.
La pregunta más urgente que tenía para él era, ¿qué estaba haciendo la vaca allí? Comprendiendo que hacía falta información, me extendió el periódico para que yo mismo leyera cómo fue que una vaca suiza, lechera y mansa, terminara junto a él. Ese viernes, como si estuvieran predestinados a encontrarse, por error, un trabajador del parque agrícola dejó la puerta abierta del establo. Dos vacas salieron a rondar la ciudad. Ante un vivero, no pudieron distinguir la sutil diferencia entre pasto, pastura y fauna, y se comieron casi por completo los árboles y las flores de un vivero. El gasto por los daños superaba los 20 000 pesos. Cuando el dueño del vivero se dio cuenta de lo que las vacas habían hecho no supo qué hacer y habló a la policía. La policía no supo qué hacer y metió a las vacas a la cárcel mientras encontraban a los dueños. Por eso fue que a nuestro amigo le tocó dormir con una de las delincuentes. Y no sólo eso, le tocó ser el titular en un periódico que celebraba el incidente.
¿Qué es una cruda moral? Sentir un malestar físico por la intoxicación etílica y compartir con una vaca el castigo de alterar el orden de las buenas costumbres.
Este año —más que ninguno anterior— se apreció una urgencia por que aparecieran las listas. No faltó alguna publicada a finales de noviembre y no se puede negar que muchos medios periodísticos cayeron en la precipitación, afectados por la prisa crónica de los tiempos que corren.
Y todavía se hubiera entendido ante un año virtuoso, ante un periodo de discos superlativos que de plano nos abrumaran. Pero no ocurrió así. Tampoco es que podamos quejarnos por la falta de material interesante. Sabiendo buscar se puede armar un recuento notable; otra cosa será el lugar que ocuparan ante la historia.
2014 sembró interrogantes a distintos niveles; más que nunca la polémica planteada por Simon Reynolds en su Retromania se percibe vigente. ¿Será que las ideas se han agotado? ¿Estamos en un impasse que antecede a un nuevo estallido estridente?
He aquí el recuento de lo hallado:
FKA Twigs
LP1 (Young Turks)
Sólo el retrofuturismo pudo salvarnos en un año turbulento. A los 26 años, la joven inglesa Tahliah Debrett Barnett (FKA Twigs) hizo un amasijo de soul digital lleno del charmé de su voz e incluso logra arrancar el disco diciendo una poesía. Aunque no puede obviarse el hecho de que un tándem de ensueño la acompañara en la producción de una obra de R&B futurista que marca tendencias al crepitar y quebrarse; al combinar el susurro y la fuerza. “Two Weeks” lo hace patente. Esta dama sabe dosificar el minimalismo y darle valor al espacio entre elementos. Logra ofrecer una experiencia estética fascinante: el ritmo disminuye, las texturas se multiplican y la voz manda.
The war on drugs
Lost in the dream (Secretly Canadian)
Adam Granduciel ya no tiene a Kurt Vile a su lado; lo que permanece es una pasión inflamada por la música de antaño. Y es que no sólo subyace el hálito dylaniano, ahora la influencia de Springsteen es notable, aun cuando el autor cuenta haber partido desde Neil Young. Una excelente producción que luce en los teclados que acompañan canciones de patina polvosa que buscan ser atemporales. Un sonido atmosférico y espacial ayuda a ir mucho más allá del folk rock. Nunca lo vintage lució mejor.
Caribou
Our love(Merge Records)
Hay discos que aportan gran probidad y respeto hacia la música de baile y éste es uno de esos contados álbumes. Si fuera artista plástico se diría que logra el balance perfecto entre lo figurativo y lo abstracto. A lo largo de esta obra permean las diferentes facetas del amor —hace poco fue padre— e incluso un homenaje a su ingeniero de sonido que falleció. “Can’t Do Without You” es capaz de seducir tanto a los consumidores facilistas como a los expertos. Dan Snaith es un orfebre del sonido pero sabe darle un sentido. Se encuentra en plenitud total.
Damon Albarn
Everyday robots (Pharlophone/Warner)
Se trata de un disco que habla de soledad y tecnología desde la perspectiva de un adulto que ha cruzado los 45 años. El primer trabajo que el excantante de Blur firma con su nombre es sosegado e introspectivo. Sintetizadores, cuerdas y ritmos lentos bien orquestados por Richard Russell (el genio de XL Recordings) y la presencia de amigos talentosos (Brian Eno y Natasha Khan). El británico revisa la manera en que ve la vida y, ni modo, aflora tristeza y melancolía.
Röyksopp
The Inevitable End (Interscope)
El dueto noruego se despide desde lo más alto, sin perder el aura de oscuridad y misterio que siempre caracterizó a sus composiciones. Apegados a su estética sombría y robótica, mientras las voces de sus invitados aportan la luminosidad necesaria. Tan evidente en “Monument”, procedente del disco que hicieron con Robyn —una especie de himno posmoderno—. Vaya volumen musical que logran ir amasando. ¿Cuántos otros deberían tomar el ejemplo de irse en la cumbre?
Silvia Pérez Cruz y Raúl Fernández Miró
Granada (Universal)
Si la belleza y sus momentos más sublimes pudieran concentrarse en su máxima esencia en un disco sería en este. La unión de una cantante de extrema fineza y un productor-guitarrista que no distingue entre géneros. Aquí el entorno clásico se une al folk y al rock para recrearlo todo. El legado de Enrique Morente presente y transformado. Un rara avis donde los haya; pocas versiones han rozando la gloria como su “Pequeño vals vienés”.
Sun Kil Moon
Benji(Caldo Verde Records)
Existe una cofradía secreta, huidiza e inaprensible de la que han formado parte Bill Callahan, Damien Jurado y Bonnie “Prince” Billy; un discreto culto para auténticos iniciados en la canción que está hecho de intestinos y nervio, y al que también pertenece Mark Kozelek, un hombre de 47 años nacido en Ohio, quien alguna vez creara la banda Red House Painters. Es un músico compulsivo y promiscuo que ahora retorna a su proyecto más estable. En 2013 editó 3 discos y el año pasado 2; de los cuales éste es un recto a la cabeza. Un poco más instrumentado de lo que acostumbra, hace las veces de un documentalista-poeta del mundo real. Temas como “Carissav y “Richard Ramirez Died Today Of Natural Causes” nos golpean con la vida de frente.
Leonard Cohen
Popular Problems(Columbia)
Tener a los 80 años esa sapiencia musical y existencial, ese porte —entre afable y elegante— y esa voz ronca que va desgranando aforismos no es un asunto menor. Es algo para aplaudir y aprender. Sorpresiva y grata fue la llegada de composiciones nuevas que evidencian sus supremos haceres como un orfebre de la palabra y profeta de la canción. Antes espaciaba mucho más sus novedades, pero Leonard Cohen —viejo y sabio— se mantiene en estado de gracia.
Porter
Moctezuma (Indedependiente)
El grupo de Guadalajara emprendió un largo viaje para llenarse de vivencias y refundarse. Cambiaron de vocalista y cuando muy pocos auguraban gratas sorpresas, dieron con uno de los discos que será considerado una obra mayor en la historia reciente del rock nacional. Han logrado abordar pasajes de la historia precolombina y la Conquista para colocarlos dentro de piezas de vibrante actualidad. Hay épica, interesantes juegos melódicos y gran imaginería compositiva. Ocurre muy de vez en cuando, pero se trata de un disco de alcances internacionales que debe enorgullecer a la escena mexicana. Algún día debemos aprender a reconocer la cabalidad nuestros aciertos.
Ben Frost
A U R O R A (Bedroom community/Mute)
Una verdadera odisea sonora; combinación alucinante de texturas, atmósferas, percusiones y ruido. Este australiano, radicado en Islandia, se preocupa por registrar todo tipo de sonidos: si antes trabajó con lobos ahora utiliza a la Aurora boreal que le da nombre al álbum. La experiencia en el cine y girando al lado de Swans le agregan matices a un proyecto detallado. Nos baña con un flujo de magma auditivo que lo derrite todo. No quita el dedo de la experimentación radical, pero aun así es comprensible para oídos no habituados pero con lo sentidos atentos y abiertos.
Electrónica
Enzo Maqueira
Interzona
Buenos Aires, 2014.
128 pp.
Argentina es sinónimo de fervor. Por las calles de Buenos Aires transitan los viejos fantasmas de su pasado europeo, mientras la arquitectura sufre la voracidad de la clase política y los banqueros. ¿Se saben latinoamericanos en Argentina? La guerra de las Malvinas representó un punto de inflexión en su historia reciente. Las dictaduras prohibieron cualquier influencia de sus oponentes británicos y sus aliados estadounidenses. Forzadamente se dio un estallido de la cultura nacional; tan sólo un retador Charly García era capaz de inventarse arengas que pedían no bombardear Buenos Aires mientras los chicos escuchaban a The Clash.
Durante muchos años, los argentinos han dejado en claro que a ciertas cosas hay que tenerles respeto: “la pelota no se mancha”. De la misma manera que los hinchas del futbol, los seguidores del rock nacional construían altares para los santones eléctricos. Pese a las altas y bajas en la calidad, el rock hecho en Argentina siguió adelante tras el extraordinario envión que trajeron consigo los ochenta. Los conciertos aportaban importantes ingresos, más allá del retroceso de la industria discográfica, golpeada por la piratería y las constantes crisis económicas. Desafortunadamente, el 30 de diciembre de 2004 tuvo lugar uno de los acontecimientos más funestos en torno al género: la sala de conciertos República Cromañón se incendió, debido a unos fuegos artificiales y la mala infraestructura, con un saldo de casi doscientos muertos y más de mil heridos. La desafortunada actuación de Callejeros provocó un cisma con las autoridades y el cierre de muchas salas, boliches y centros culturales. Se redujeron al extremo las posibilidades de tocar en vivo en la capital. El rock argentino debió reinventarse una vez más.
De forma paralela al rock, desde mediados de los noventa corría la escena de la música electrónica que trajo consigo los grandes raves y los años dorados de las discotecas de lujo. Se desarrollaba una vivísima corriente en torno a la cumbia, conocida en la periferia como villera, que también provocó una versión electrónica más cercana al tecno de vanguardia. En distintos momentos, el rock se entrecruzaba con estas expresiones y con otras tan populares como el tango y la canción folklórica.
Lo anterior dificultó el relevo generacional. Las grandes figuras seguían siendo asuntos de masas, mientras que las nuevas generaciones buscaban en internet y las redes sociales las plataformas para abrirse camino. El rock argentino, acostumbrado a ir contracorriente, mantener su espíritu underground y a la vez estar cómodo en los grandes estadios, encuentra formas de adaptarse a las circunstancias y le ha costado mucho obtener legitimidad como fenómeno cultural; las instituciones le dan importancia porque saben reconocer su arrastre popular, pero continúan denostando su valor. Entonces, ¿los nuevos escritores se han sentido atraídos por el rock para construir sus historias?
Nadie puede negar la representatividad que ciertas figuras icónicas tienen en el entorno social. Cuando el pasado 4 de septiembre falleció Gustavo Cerati podía pensarse que era pronto para abordar su figura desde la ficción, pero Vera Fogwill —hija de Rodolfo Fogwill— había publicado un año antes Buenos, limpios y lindos, una novela protagonizada por una fan obsesionada con el cantante de Soda Stereo. Poeta y con un hijo de cuatro años, la seguidora se encuentra en una especie de estado de coma, un extraño limbo que la convierte en una potente narradora que —sin hablar, moverse ni comunicarse— logra un gran sentido a las cosas.
Vera, cineasta, dramaturga y actriz, cuenta una historia que se adentra en una experiencia similar a la que experimentaba el autor de “Bocanada”. La primera novela de la artista resulta en más de un sentido conmovedora y trae consigo una interesante anécdota que compartiera con Radar, el suplemento del diario Página 12:
Una amiga que vive en París hace treinta años leyó la novela antes que nadie. Años más tarde, viene a Buenos Aires y se sorprende cuando ve un disco de Cerati: “¿Cómo? Pensé que era un invento. No sabía que existía este músico y ¡todo eso es verdad!”. Sí, todo es verdad, la novela está cargada de verdades y quién sabe, algún día será un libro de historia. Yo no inventé nada, transcribí ciertos hechos, ni siquiera puedo decir que la escribí. Fue un sueño intervenido por la realidad de este mundo, que tristemente convierte horrores inventados en realidades universales.
Es así como desde la distancia se puede recrear el entorno de un músico, pero por otro lado también puede escribirse desde el oficio mismo, aun siendo una figura de masas.
Tras su experiencia en la dirección cinematográfica y con una marcada tendencia para asumir proyectos muy demandantes, Fito Páez, estrella rosarina del rock, decidió crear una historia de largo aliento centrada en el amor loco y desmedido de un exitoso artista por una toxicómana alternante de la vida bohemia. A través de Féliz Ure, Páez hace un homenaje al director de teatro Alberto Ure, pero plaga su narración de posibles conexiones autobiográficas o de desplantes locos, al estilo de Charly García.
La puta diabla tiene en su centro a un personaje de cine, música y teatro que tira todo por la borda y desciende al mundo de los desposeídos para redimirse sin querer. Fito se da vuelo y cuenta muchísimas cosas hasta lograr una prospección futurista en donde la capital queda devastada por una megatormenta en 2018. Hacia el final de la obra, busca sacar lo peor de la clase política a través de una broma lisérgica en colectivo.
A la postre, uno de los artistas más completos del cono sur conversa con el periodista Martín Pérez y deja bien delineadas sus intenciones con esta primera novela:
«Porque si bien el libro es en parte un ensayo sobre el amor y la pasión, terminó siendo una manera de entender ciertas tensiones sobre mi madre. Aun cuando, decididamente, no se trate de una novela autobiográfica. Por más que pueda parecerlo por ciertos detalles».
La puta diabla se editó en Mansalva, una editorial pequeña y arriesgada que dirige Francisco Garamona, otro músico que escribe. El mismo Garamona acaba de publicar, con el sello Nulú Bonsai, Mi primera banda punk, una colección de poemas en prosa que ha tenido distintas versiones. Los sentimientos (2014) es el sexto disco de Garamona y como poeta ha publicado en iniciativas de muy distintas envergaduras. Es un incansable animador del underground y ha formado parte de varias bandas desde los quince años. Sus poemas suelen ser directos y confesionales; en uno de ellos puede leerse: “¿Te acordás de ese que escupió sangre sobre el público/ en un recital en Villaguay?/ Bueno, era yo, pero no quise decírtelo cuando te conocí”.
Pero no sólo en la escena alternativa se reivindica al punk; hay quien puede aprovechar el envión de la fama para dar a conocer su propuesta escritural. Flavio Cianciarulo, bajista, compositor y cofundador de Los Fabulosos Cadillacs, da continuidad a Rocanrol, canciones sin música (2006), la novela The Dead Latinos (2009) y Crónicas del León (2008), con una serie de cuentos que se instalan en su Mar del Plata natal. Surfer Calavera (Piloto de Tormenta, 2014) apela a la literatura fantástica y de misterio, pues no sólo aparecen sus habituales rockers y skinheads sino también una amplia galería de zombies, vampiros y una que otra alma en pena. El punto de partida es presentar una ciudad completamente distinta a los clichés que explota la industria turística.
Algo que tal vez sea muy pronto para analizar es Electrónica (Interzona, 2014), la tercera novela del periodista Enzo Maqueira, que abre la puerta para recrear los años de los grandes raves en Argentina. La obra profundiza en la cruda existencial que sobreviene a una mujer de treinta años una vez que se enamora de su alumno de dieciocho, redefiniendo las relaciones sentimentales, las amistades y costumbres. El escritor Washington Cucurto no se anda con medias tintas y asevera: “Esta es la gran novela de la clase media argentina semi-culta y universitaria”. Es un libro que plasma el desencanto de una generación que ve cómo el gobierno es incapaz de ofrecerle opciones para sacar adelante la vida. El país parece sumergido en una permanente disfunción.
Este es apenas un esbozo del vínculo intenso entre música, rock y literatura en Argentina. La intensidad con que se viven los conciertos, la clarividencia de las canciones y su entrecruzamiento con los acontecimientos más importantes de la vida pública hacen que siga siendo una veta llena de garra e intensidad. Un conjunto que es difícil de concentrar en este espacio y que nos lleva a recordar a Gustavo Cerati y la letra de “Lago en el cielo”, la última canción que tocara en vida: “El tiempo es arena en mis manos”. A veces no hay oportunidad de abarcarlo todo.
Esta madrugada del 7 de enero, alrededor de las 4:30 horas, Julio Scherer García murió.
Hombre clave del periodismo mexicano y maestro de múltiples generaciones de periodistas sesudos y críticos en México.
Scherer nació el 7 de abril de 1926 en el Distrito Federal. A sus casi 18 años comenzó a trabajar en el diario Excélsior, donde inició como mandadero en la redacción y 6 años después, publicaría sus primeras notas en el vespertino ÚltimasNoticias y al año siguiente ya colaboraría de fijo en Excélsior.
Posteriormente, en septiembre de 1968, asumió la dirección del Excélsior, que en aquel entonces era el diario más reconocido y prestigioso del país. Debido a su línea editorial crítica al régimen de entonces, se confrontó con los presidentes Gustavo Díaz Ordaz (1964-1970) y Luis Echeverría Álvarez (1970-1976).
En junio de 1976, tras una operación articulada desde la administración de Luis Echeverría, Julio Scherer, junto con otros periodistas, redactores y trabajadores del diario Excélsior, dejó la dirección de dicho periódico. Ese mismo año fundó el semanario Proceso, cuyo primer número vio la luz el 6 de noviembre de 1976.
Scherer García realizó controvertidas entrevistas a lo largo de su carrera periodística, una de las más memorables y difundidas fue la que llevó a cabo al líder del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), el subcomandante Marcos en 2001.
Obtuvo diversos premios, como el Premio María Moors Cabat, en 1971 y en 1977 fue reconocido como el periodista del año por Atlas Word Press Review de Estados Unidos.
El 1988 rechazó el Premio Nacional de Periodismo, en ese entonces lo entregaba el presidente de la república. También recibió en 2001 el reconocimiento Roque Dalton.
En 2002 obtuvo el Premio Nuevo Periodismo CEMEX-FNP, promovido por el escritor colombiano Gabriel García Márquez.
En 2003 aceptó el reconocimiento del Premio Nacional de Periodismo, una vez que éste se ciudadanizó.
En 2014 la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca le otorgó el doctorado honoris causa. También ese mismo año recibió la medalla John Reed por su trayectoria periodística.
La redacción de Tierra Adentro lamenta profundamente el fallecimiento de uno de los pilares de la cultura mexicana, gran defensor y promotor de la libertad de expresión e institución, sin duda alguna, del periodismo crítico y libre de México.
Diente de león
María Baranda
Ediciones El Naranjo
México, 2012, 80 pp.
La publicación de un libro-álbum ilustrado implica una fuerte inversión: los colores brillantes se cuidan en preprensa bajo la mirada especializada de diseñadores exigentes, el papel se elige para que las ilustraciones resalten y los acabados resultan costosos, más aún si se consideran tintas especiales y un barniz a registro (el efecto realzado o texturizado que se le da normalmente a los títulos en las tapas de ediciones lujosas). Los forros en cartoné —firmes y resistentes para las manos de cualquier pequeño destructor— aumenta varios ceros el presupuesto. Todo esto sin mencionar los adelantos de regalías para el autor e ilustrador, quienes comparten crédito por estas historias tejidas con imágenes.
Las editoriales que le dan un valor preponderante a la llamada LIJ (Literatura Infantil y Juvenil) se multiplican, puesto que invertir en este mercado presupone que formará a los lectores de las generaciones venideras. Sin embargo, este panorama literario no está exento de inercias y vicios propios de un mercado inestable y cambiante. También, los pequeños lectores son concebidos como un target al que hay que atacar. Por ejemplo, la apuesta del Fondo de Cultura Económica —sello que actualmente destina un importante presupuesto a la edición de libros-álbum ilustrados— se ve reducida a los mismos autores probados que ya tienen un mercado y un grupo de lectores. De esta manera, en su catálogo desfilan año con año obras de Oliver Jeffers, Isol, Anthony Browne, David Almond, Sebastian Meschenmoser y, como la estrella de los autores mexicanos, Antonio Malpica, cuyo libro más reciente, Por el color del trigo, bellamente ilustrado por Iban Barrenetxea, ostenta una libertad estilística concedida sólo a los autores con un consolidado grupo de lectores y seguidores.
Con respecto a los autores latinoamericanos, la visión no es muy distinta. Este año, el Fondo de Cultura Económica publicó La vida sin Santi, de Andrea Maturana, escritora chilena cuya obra es abanderada con tres premios prestigiosos y ha recibido la ovación de la crítica por sus entregas para adultos. Con ilustraciones típicamente naïve de Francisco Javier Olega, el libro trata el tema de la separación de dos pequeños amigos sin otro logro que la narración dual entre texto e ilustraciones, aspecto que se espera de cualquier libro-álbum.
La vida sin Santi Andrea Maturana Fondo de Cultur Económica México, 2014, 48 pp.
Uno de los caminos que ofrece el Fondo de Cultura Económica a la creación joven o contemporánea y a temáticas refrescantes en LIJ es el concurso anual A la orilla del viento, que convoca a los escritores e ilustradores de los países en donde el Fondo tiene presencia comercial. Un jurado compuesto por expertos elige la obra que, a su juicio, es más representativa, entre aproximadamente doscientas propuestas que compiten por un solo premio que se comparte entre el autor y el ilustrador ($150,000 pesos mexicanos). El año pasado las ganadoras fueron las peruanas Micaela Chirif e Issa Watanabe con ¡Más te vale, mastodonte!, obra editada en tamaño tabloide dirigida a los pequeños que están aprendiendo a leer. Aunque imaginativa y perspicaz, la historia se ve disminuida por el tamaño del formato que la acoge. Micaela Chirif, la autora del texto, ha publicado más de seis libros infantiles, uno de ellos en coautoría con su difunto esposo, el reconocido poeta José Watanabe (Don Antonio y el albatros, 2008). De esta manera, se intuye que otorgar un premio como éste —a pesar de la apertura expresada en sus bases— también implica la trayectoria.
Otras editoriales pertenecientes a grandes consorcios apuestan más por la literatura juvenil, que se ha posicionado en el mercado con las conocidas sagas que invaden las estanterías, casi todas derivadas del género llamado “épica fantástica”. Como respuesta al todavía hegemónico camino de los libros-álbum, paradójicamente, editoriales más pequeñas han decidido abrirle las puertas a temáticas más arriesgadas, incluyendo en sus catálogos a autores jóvenes o poco conocidos, aventurándose en auténticos juegos estéticos dignos de coleccionarse. Este es el caso de Sana Colita de Rana, sello lidereado por la psicóloga Andrea Hegewisch, cuyo propósito es conjugar el poder reparador y curativo de las letras con los procedimientos psicoterapéuticos. Por su catálogo transitan títulos con temas peliagudos como la adopción (El árbol de las preguntas de Guadalupe Alemán), la muerte (Mi amigo el sauce de Joyce C. Mills) y la llegada de un nuevo miembro a la familia (Querido marciano de Martha Riva Palacio Obón). Aunque fuertemente enraizada en la psicología, la propuesta visual de Sana Colita de Rana es variada, responde a las necesidades actuales y permite que sus autores continúen explorando los matices y problemáticas sociales (Guadalupe Alemán, por ejemplo, eligió este sello para publicar, en 2013, su libro sobre la inadecuación, la lucha interna y el drama de una pequeña ajena a su escuela alienante: Nikola o cómo ser normal y fracasar en el intento, obra que quizá no hubiera encontrado cabida en los puntos de venta).
Diente de león María Baranda Ediciones El Naranjo México, 2012, 80 pp.
Editorial 3 abejas surgió en el 2013 financiada por el INBA y Conaculta —a través del Programa Único EPRO Libros 2012— con un catálogo que conjuga nombres ampliamente conocidos como Jaime Alfonso Sandoval, María Baranda, Marisela Aguilar (socia fundadora del proyecto y antiguamente coordinadora de la colección Rehilete en Editorial Progreso) al lado de autores jóvenes y con una trayectoria en ciernes, como Elman Trevizo, Esteli Meza y la ilustradora Flavia Zorrilla Drago. Con una marcada preferencia por los valores artísticos y literarios sobre los comerciales, este sello se caracteriza por la calidad de su trabajo, dedicado en su totalidad a libros-álbum ilustrados.
Textofilia Ediciones, con el concepto de la lectura como placer, restituyendo el aspecto gozoso y adictivo del lector de antaño —que no era tanto un comprador compulsivo, como algunos sellos transnacionales lo conciben, sino más bien un devoto de la buena literatura— formó la colección El gato, también dirigida al público adulto. Sus libros-álbum tienen formatos más pequeños y costeables, pero no por ello de menor calidad, a precios accesibles (privilegio que en México sólo el Fondo de Cultura Económica, por su naturaleza subsidiada, puede darse). La directora editorial, Alejandra Nevárez, abre las puertas a escritores jóvenes y a historias sin posibilidad de moraleja, empáticas con los lectores de cualquier edad y, sobre todo, que rompen paradigmas. En El gato hay libros con ilustraciones abstractas, sugerentes e inquietantes (Formas que aparecen, de la artista mexicana Magali Lara; Donde nace el color, de Manuel García Melgar, y Mi amigo perdió la cabeza, de Amira Aranda, de próxima aparición), temáticas ríspidas para la moral mexicana, caprichos imaginativos de gran belleza (Cuaderno de mar, de Alejandro Magallanes), materiales de apoyo para pedagogos (Gato garabato y Gato garabato 100% natural) e incluso las primeras incursiones en la LIJ de escritores con una trayectoria en el campo adulto (Salón de horripilancias, de Ana García Bergua).
Un sello que ha demostrado calidad en sus títulos y autores, y que ha logrado consolidarse con el paso de los años cosechando el reconocimiento internacional, es Ediciones El Naranjo. El año pasado, con Diente de león de María Baranda e ilustraciones de Isidro R. Esquivel, El Naranjo obtuvo el premio al arte editorial CANIEM. Un libro de poesía que aborda la guerra, el hambre y el abandono, a la vez que ofrece una contraparte lúdica y esperanzadora con el estilo y tono característico de la autora. También en 2013, el libro Fiestas del agua. Sones y leyendas de Tixtla, de Caterina Camestra y Héctor Vega, ilustrado por Julio Torres Lara, recibió una mención honorífica en la Feria del Libro Infantil de Bologna en la categoría Nuevos Horizontes —para libros publicados en América Latina, Asia y África—. La multiculturalidad mexicana con sus matices y juegos de palabras, particularmente de las comunidades de Guerrero, así como una propuesta visual que combina técnicas como el grabado, le valieron la mención en uno de los espacios más emblemáticos para la LIJ a nivel mundial.
Formas que aparecen Magali Lara Textofilia México, 2013, 34 pp.
Si bien su alcance es aún limitado, estas editoriales apuestan por la difusión y comercialización a través de estrategias que van desde los convencionales carruseles de entrevistas hasta la intensa presencia en redes sociales, desde las clásicas presentaciones con cuentacuentos hasta la participación en ferias del libro y licitaciones públicas, como la que convoca la sep anualmente bajo su programa Libros del rincón para enriquecer las colecciones de las Bibliotecas Escolares y de Aula de las escuelas públicas —un programa inexplicablemente despoblado de títulos de editoriales independientes—. Pareciera que la respuesta de estos sellos ante este panorama, acaparado por una pequeña hegemonía de autores, ilustradores y grupos transnacionales —algunos de merecido prestigio que tienen la mirada fija en el mercado ya probado por un escritor o ilustrador— es la especificidad. Si las ediciones producidas en masa y destinadas a públicos grandes ya existe e incluso contamina el gusto de los pequeños lectores, los sellos independientes se revitalizan con bibliodiversidad y ofrecen alternativas dignas, capaces de competir y ganar la elección del lector. Lo anterior no sólo es heroico, sino paradójico, porque en otros momentos de la historia editorial las excepciones de gran calidad brillaban de vez en cuando con algunas apuestas individuales; la basura consumida por el gran público a veces generaba y justificaba diamantes. Hoy por hoy las fórmulas son transgredidas y la creación se refresca en manos de empresas con recursos económicos limitados, fieles a sus esencias, y otorgan un sano color a este mundo ilustrado.
Buena parte de las películas de Woody Allen son comedias románticas. Y eso no es malo.
El director neoyorkino ha hecho varias veces la misma película: un neurótico (casi siempre alter ego de Allen) conoce a una chica que “no le conviene”, quien es justo lo que el personaje no necesita o desprecia. Al final, “el corazón quiere lo que el corazón quiere” y el protagonista, en plena epifanía, resuelve no seguir a su cerebro y optar por la felicidad.
Magic in the Moonlight (2014) sigue el esquema: un neurótico mago, positivista y cientificista, conoce a una supuesta médium; su trabajo es desenmascarar los trucos y revelar que sus artimañas sólo sirven para engatusar a un joven heredero multimillonario. La médium resulta ser un fenómeno real (aunque al final sí es un fraude) y el mago modifica su visión de la realidad: hay vida más allá de la muerte y, por tanto, el mundo excede lo que se puede medir o comprobar por métodos experimentales. Aun así, el mago no cambia: calcula todo, se siente superior y encumbra la racionalidad. La médium se enamora de él e intenta conquistarlo con sus recursos: la emocionalidad, la sinceridad, el “no pensar mucho las cosas”. El mago, que está comprometido con una mujer hecha a su medida (con la misma mente científica que él), niega los avances de la médium, pues son de “mundos distintos”. Al final del día, el mago se da cuenta de que a quien realmente ama es a la médium y rompe su compromiso para estar con ella.
Manhattan (1979) trata de un neurótico que tiene una relación con una chica de 17 años. Cuando conoce a otra mujer (depresiva pero “madura”; culta pero relajada), abandona a su novia preparatoriana porque “son de mundos distintos”. La historia se vuelve una comedia de enredos: un amigo del neurótico sostiene una relación extramarital con la nueva mujer del neurótico; la ex esposa (ahora lesbiana) del neurótico le aconseja regresar con su novia joven; la ex mujer del amigo está intrigada por la nueva relación del neurótico, etcétera. Al final del día, el neurótico se da cuenta de que a quien realmente ama es a la chica de preparatoria y termina su relación con la otra mujer para estar con ella.
Las películas son hermanas en la filmografía de Allen: ambas proponen relaciones entre hombres maduros y chicas mucho más jóvenes, tanto que podrían ser sus hijas (guiño intencional). Ambas tienen escenas de “contacto humano” entre los protagonistas en planetarios; en las dos, los hombres se dan cuenta de lo conviene que es seguir a su corazón, ignorar las complicaciones racionales y simplemente “dejarse llevar por el amor”.
La diferencia, y lo que hace que Manhattan sea una obra maestra y Magic in the Moonlight una película que deja de importar tres minutos después de acabar de verla, estriba en el tratamiento de la forma cinematográfica.
La fotografía de Manhattan va más allá de una mera utilidad. Los cortes, el montaje y el encuadre de cámara no sólo responden a un “contar la historia” de manera más económica posible, sino que busca crear una respuesta estética: el encuadre durante la conversación en el puente de Queensboro, el montaje con voz en off al principio de la película y la iluminación en la escena del planetario se relacionan con el espectador en dos niveles. El primero, a nivel de anécdota: esas escenas hacen avanzar la historia o completan el carácter de los personajes. El segundo sucede a nivel de impresión concreta y se relaciona con las decisiones excesivas; éstas son las que hacen de una película esa película, le dan su materialidad.
No significa que en Magic in the Moonlight no existan decisiones (ya que todo encuadre, por ejemplo, es una decisión consciente). Lo que sucede es que son genéricas. La materialidad de una película la hace memorable y buscar que sea lo más inédita posible es la búsqueda de cualquier buen cineasta: tratar de salir de lo que uno ya está acostumbrado a ver, porque lo que se visto una y otra vez se vuelve invisible.
Piénsese en el melodrama telenovelesco mexicano y su uso suigeneris del close-up al rostro. Hemos visto tantas veces ese recurso y lo hemos visto usado siempre en la misma manera que desaparece. Como no nos aporta información nueva, parece que el cerebro “se lo salta” para no perder tiempo en una percepción que no le aportará nada distinto.
Las decisiones sobre la materialidad de una película, cuando son genéricas, hacen que desaparezca como fenómeno visual. Si además se le suma la desaparición de la historia de una película por medio de decisiones genéricas sobre la trama, entonces, es como si no se hubiera visto nada.
Manhattan tiene profundidad porque sus decisiones visuales son complejas (tal vez las de la trama sean un poco menos interesantes), exigen atención del espectador y le aportan nueva información.Vale la pena verla más de una vez porque las decisiones visuales se enriquecen, por ejemplo, el montaje del principio con la voz en off es uno de los mejores momentos de la película porque permite muchos planos de visión: el contraste entre voz e imagen, las imágenes solas, el contenido de lo que dice la voz, etcétera.
Magic in the Moonlight desaparece casi en su totalidad: ninguna decisión sobre su forma es innovadora o interesante. Sus tomas y su montaje es genérico, no aportan gran cosa al espectador, por eso ninguna escena es memorable (tal vez sólo la del observatorio, pero por negatividad: es un auto plagio). La historia y sus giros, por su parte, son bien conocidos y no sorprenden a nadie.
Esa podría ser la definición de una película dominguera: un producto lleno de decisiones genéricas, las cuales el espectador no ve, porque, en realidad, ya ha visto esa película muchísimas veces y, en esta ocasión, la usa para matar un domingo aburrido en el que lo importante es que no pase nada.
Magic in the Moonlight es demasiado dominguera, un producto hecho para verse y desecharse. Tampoco eso está mal; los domingos pueden llegar a ser terribles y a veces uno necesita no pensar en nada.
Este poema, de Michael Palmer, pertenece a Company of Moths (2005), y forma parte del libro Música ficta, antología preparada y traducida por Román Luján y Marcelo Pellegrini, que será publicada por la editorial Bonobos en coedición con la Universidad Nacional Autónoma de México.
Jackal and Falcon
Oh Gerardo Deniz, tell me, if you know,
is it only pyruvic acid
that causes the Muses’ tears to flow?
And who was Galatea anyway?
(Someone asked me yesterday.)
And the map as large as a territory,
whose thing is that?
And that the map is blank,
a perfect whiteness as of sand,
sand that whistles and shifts?
And the cities beneath that sand,
the canopic jars, the fractured tablets?
(Four sons had Horus: baboon,
human, jackal and falcon.)
And the Forbidden Rice, deep indigo,
of which we are so often told,
its grains as dark as pages are light,
is it ever to be known
and rolled upon the tongue?
Or is it only to be sung?
It’s suddenly gotten cold. I’m putting on
my stolen sweater and this coat.
Chacal y halcón
Oh Gerardo Deniz, dime, si es que sabes,
¿es sólo el ácido pirúvico
lo que hace fluir las lágrimas de las Musas?
¿Y quién fue Galatea en cualquier caso?
(Alguien me preguntó ayer).
¿Y el mapa tan grande como el territorio,
de quién es esa cosa?
¿Y que el mapa esté en blanco,
perfecta blancura como de arena,
arena que silba y cambia?
¿Y las ciudades debajo de esa arena,
los vasos canópeos, las fracturadas lápidas?
(Cuatro hijos tuvo Horus: babuino,
humano, chacal y halcón).
¿Y el Arroz prohibido, profundo índigo,
del cual tan frecuentemente nos hablan,
tan oscuros sus granos como claras las páginas,
se conocerá alguna vez
y se enrollará en la lengua?
¿O es sólo para cantarse?
De pronto hace frío. Me pongo
mi suéter robado y este abrigo.