Tierra Adentro
Fotografías: cortesía de El Diario de La Pampa

¿Es la marginalidad una sentencia ineludible? ¿Puede pensarse como una condena hereditaria? El cronista argentino Leonardo Tarifeño muestra, mediante un suceso lamentable ocurrido en la provincia argentina de La Pampa, posibles respuestas a éstas y otras preguntas vitales sobre el perdón y la sensibilidad humana.

Para Luis Moreiro

El video dura poco más de siete minutos y aún hoy está disponible en YouTube. No es una snuff movie , pero a su manera recrea la obscena representación de la muerte en directo. En las imágenes, una chica tapada con una capucha negra y de espaldas a la cámara cuenta, con precisión escalofriante, los mismos hechos que pocos días antes de la grabación había denunciado ante la policía. “Nos habíamos separado hacía un mes. Yo había vuelto con él porque me había amenazado con que se iba a matar. Estuvo como tres semanas así. Me pegó. Y desde que se quiso matar, cuando le dieron el alta, no quise saber más nada. Le dije a la madre que me perdonara pero que no podía seguir con esa situación. Además, yo ya no estaba con él porque quería, sino porque me amenazaba con que se iba a matar”. La voz suena dulce, suave y quebradiza. Es la voz de una niña frágil, una menor de edad violada y desesperada, que había acudido a ese programa televisivo, En boca de todos, para pedir una ayuda que nunca llegó. Que el video todavía retumbe en las profundidades de la caverna digital podría significar que su historia se resiste a desaparecer. O que el pedido de auxilio no caduca y se mantiene, cruel recuerdo de una tragedia que convirtió la ternura de esa voz en un grito agazapado en el abismo del tiempo.

Carla Figueroa tenía diecisiete años cuando entró al estudio de En boca de todos. La acompañaban su hermana Soledad y la sombra aterradora del miedo, un sudor helado y pegajoso que le recorría las sienes y el pecho cada vez que pensaba en la posibilidad de que Marcelo Tomaselli, su exnovio y padre de su hijo, saliera de la cárcel tras la violación a la que la había sometido tres días antes, la noche del 14 de abril de 2011, en un descampado a las afueras de General Pico, el pueblo de La Pampa en el que ambos vivían. “Ese día, yo llegaba a lo de su mamá, y en lo que estacionaba la moto se me apareció por detrás —señala Carla en el video—. Se subió a mi moto y me dijo que fuera con él, que tenía que hablar conmigo. Yo le dije que no, que se bajara, que iba a hablar con su madre pero con él no. Insistió y me dijo que si yo quería volver a ver a mi hijo, Valentín, le hiciera caso y arrancara para donde me decía. Ahí le pregunté qué le había hecho al nene, porque yo recién salía de trabajar y no sabía dónde estaba mi hijo. Me dijo que le hiciera caso, yo le decía que no y que no y que no, y entonces sacó un cuchillo y me lo puso en las costillas. Yo todavía pensaba que estaba jugando, y le pedí que sacara la mano. Y él contestó que no le importaba nada, y que le hiciera caso y fuera por donde él me dijera”. De acuerdo a su relato, verificado por la justicia, Marcelo forzó a Carla a ir juntos en la moto hasta la salida a la carretera provincial. A un costado de ese camino solitario, Tomaselli le exigió a los gritos que lo perdonara, le dijo que la quería y que no entendía por qué ella era “tan mala” como para no disculparlo. Carla le respondió que necesitaba estar tranquila porque ya se había cansado de tantos problemas, y empezaba a acercarse a la moto para regresar al pueblo cuando él la golpeó y la tiró al piso. Desde el suelo la tomó con fuerza hasta un desagüe y, entre insultos y amenazas de que las cosas “podían ponerse peor”, sacó el cuchillo, se lo puso en la cara y la obligó a quitarse la ropa. “Me dijo ‘sacate todo porque yo acá te cago matando y no me importa nada’. Le hice caso. Hizo lo que tenía que hacer. Fue, se prendió un cigarrillo. Yo me vestí, me paré, y él, con el cigarrillo y el cuchillo en la mano, me empujó y me tiró al piso otra vez. Se me sentó arriba de la panza y me dijo que yo no me iba a ningún lado, porque él había ido ahí a matarme”. El 15 de diciembre, meses después de aquella escena, la madre de Tomaselli recordaría con iguales dosis de asombro y angustia la pesadilla que vivió esa noche. “Serían más o menos las once cuando llegaron los dos juntos en la moto de Carla —contó Rosana Muchiut—. Ella me dijo que se habían encontrado para hablar, pero que él se puso mal. En un ratito lo hizo entrar a bañarse y lo acostó. Y cuando nos quedamos solas, me llevó a la cocina y me dijo ‘Flaquita, tu hijo me violó’. Le dije ‘¡Carla, Dios mío, por qué no me contaste eso apenas entraron!’. Pero yo la entendí: pobrecita, ella estaba amenazada, le tenía miedo”. Ese pavor indescriptible la había arrastrado hasta el programa de televisión, uno de los más vistos de General Pico, para alertar públicamente sobre lo que podía suceder si Tomaselli quedaba libre. En su testimonio, Carla concluye: “Yo quería dejarlo en la casa de la madre, un lugar donde sabía que se iba a quedar, e ir a buscar a mi hijo, porque no sabía dónde podía estar. Cuando lo dejé, me fui a lo de mi hermana, le conté lo que había pasado y nos fuimos juntas a hacer la denuncia. Ahora él está detenido por unos días, pero me dijeron que es posible que salga a la calle. Y yo tengo miedo porque no sé de lo que él es capaz. A mí me dejó muy en claro que no le importa nada, y yo tengo un hijo”.

La madrugada del 10 de diciembre, una semana después de haber recuperado su libertad, Marcelo Tomaselli hizo realidad las amenazas y mató a Carla Figueroa de once puñaladas. Cuando la policía entró al cuarto de la casa de Rosana, donde se había cometido el crimen, el oficial Javier Silvane vio que el asesino fumaba y acunaba a Valentín, a quien le susurraba que las manchas de las paredes y de los cuerpos de ambos no eran de sangre, sino de pintura. Por la tarde, ya en la soledad de su celda, Marcelo quiso ahorcarse con sus pantalones. El policía que descubrió el intento de suicidio lo desató rápidamente, y tras darle agua y llenarlo de recriminaciones, le preguntó si quería matarse porque se daba cuenta de lo que había hecho. “No, yo sé lo que hice. Yo por algo la maté”, le respondió Tomaselli.

—Haya sido por lo que haya sido, nada te justifica —contestó el oficial.

—¿Con todo lo que me hizo? ¡Si se lo merecía!

El caso de Carla Figueroa forma parte de una larga lista de abusos y violencia contra la mujer que recorre la Argentina Actual. Fotografía: cortesía de El Diario de La Pampa.

El caso de Carla Figueroa forma parte de una larga lista de abusos y violencia contra la mujer que recorre la Argentina Actual. 

La dramática historia de Carla Figueroa sería una más de la larga lista de abusos y violencia contra la mujer que recorre la Argentina actual, donde cada treinta y cuatro horas se produce un feminicidio, si no fuera porque en este caso el asesino salió de la cárcel por expreso pedido de la que finalmente sería su víctima. Tras una tenaz e inexplicable lucha de Carla, quien durante meses había manifestado su deseo de que Marcelo recibiera una condena, la pareja se casó el 28 de octubre, medio año después de que él ingresara a prisión por los hechos del 14 de abril. Gracias al polémico recurso legal de “avenimiento” o perdón, Tomaselli fue liberado el 2 de diciembre. Y una semana más tarde mató a Carla ante los ojos de Valentín, quien acababa de cumplir dos años.

Diecinueve años atrás, durante una noche de carnaval, el oficial Javier Silvane también había atendido la denuncia del asesinato a puñaladas de una mujer. El policía nunca olvidaría esa llamada porque, en esa época, en General Pico eran muy raros los delitos seguidos por violencia extrema (hoy hay más de cua- renta denuncias anuales de abusos sexuales de todo tipo, una cifra altísima para una población de ochenta mil habitantes).

El asesino fue detenido de inmediato y el fiscal consiguió que se lo castigara con la pena de cadena perpetua. Pero ocho años después, tras cumplir los últimos cuatro de la condena bajo el régimen de libertad condicional, el hombre que había matado a su esposa quedaba libre y sin cargos. Cuando en la madrugada del 10 de diciembre Silvane llegó a la casa de Muchiut, reconoció al ensangrentado Tomaselli (a quien había visto en la cárcel del pueblo durante sus días como detenido por violación), le arrebató a Valentín de los brazos y, tras preguntar el apellido de la víctima, recordó en un fogonazo cada detalle de aquella noche de carnaval. Y ató cabos: Carlos Figueroa, el asesino de entonces, había matado a su esposa, la madre de Carla, quien mientras él hacía memoria yacía destrozada en un cuarto donde su sangre corría por el piso, las paredes y los muebles. Hoy Carlos vive en la misma casa donde asesinó a la que era su mujer, y los hijos que tuvo con su nueva pareja duermen en el cuarto que fue, y aún es, el lugar del crimen. El 11 de diciembre, mientras unos pocos familiares velaban a Carla, él asistía al bautismo del hijo de un amigo.

Al momento de su muerte, Carla era una chica atractiva, de grandes ojos negros, sonrisa contagiosa y un pelo oscuro y lacio que nunca sabía cómo llevar. En su vida todo había sido muy difícil. Tenía apenas ocho meses cuando perdió a su mamá; de chiquita la criaron entre su hermana Soledad y su abuela Juana, y a los doce años dejó la escuela para trabajar como personal doméstico en casas y oficinas. A los trece conoció a Tomaselli, quien era seis años mayor y hacía labores de peón en una obra junto con el novio de una prima. Marcelo y uno de sus hermanos, Walter, visitaban todas las noches a su amigo, y como su casa era vecina a la de Carla, se acostumbraron a juntarse para tomar mate y charlar un rato. A pesar de la diferencia de edad, a nadie sorprendió que se pusieran de novios, y tras un año de amor sin grandes sobresaltos se fueron a vivir juntos. A los quince, ella quedó embarazada. Él no tenía un trabajo fijo, y el día a día se hizo cada vez más difícil. La convivencia se tornó áspera y conflictiva, aunque ninguno de los familiares recuerda haberlos visto discutir o pelearse en público. En marzo, después de varias semanas en las que él la amenazaba con suicidarse si ella lo dejaba, la relación se terminó. Carla regresó por unos días a la casa de la abuela Juana, muy próxima a la de Soledad. Empezó a trabajar en el maxikiosco de Daniel, en el cruce de las calles 33 y 36. Hacía planes para volver a estudiar y terminar la escuela. Se inscribió en una academia de danzas folclóricas, Renacer Zupay, donde descubrió que bailar la hacía feliz. Pero el 14 de abril Tomaselli volvió a irrumpir en su vida, y ella ya no pudo o no supo o no quiso detenerlo.

De hecho, la gran pregunta que envuelve el recuerdo de Carla es por qué ella decidió, contra todos los consejos y advertencias de parientes, amigos y fiscales, sacar de la cárcel a aquel que la había violado y amenazado de muerte, el mismo al que durante un buen tiempo le temió al grado de presentarse en un estudio televisivo para denunciar su peligrosidad. A pesar de lo que Figueroa creyó, o quiso creer, la realidad indicaba que Tomaselli nunca dejó de agredirla, y por eso el perdón y posterior casamiento resultan tan desconcertantes. “La noche que se casó yo fui a ver a mi mamá, la abuela de Carlita —indicó Stella Maris Quiroga, tía de la joven—. Cuando llegué, vi que mi sobrina hablaba por teléfono con él, que llamaba desde la cárcel. Me dio el celular y me pidió que escuchara. Y ahí, Marcelo decía: ‘hija de puta, por tu culpa ahora soy la novia de la cárcel, te voy a matar como a tu mamá’. Yo no aguanté y le dije: ‘cuidado con lo que decís, Marcelo’. Y entonces me respondió que no me preocupara, que era un juego. Pero no era un juego, la amenazaba en serio”. Ya con los hechos consumados, y por más que cueste ponerse en su lugar, para entender la historia de Carla es imprescindible comprender la que fue la decisión más importante de su vida. ¿Por qué intercedió en favor de quien la había golpeado y violado y juraba matarla? ¿Por culpa, por pena, por soledad, por el recuerdo de la vida compartida? ¿Por no exponerse como “madre soltera” en un pueblo chico? ¿Por la necesidad urgente de tener una familia? ¿Por amor?

Una semana después de haber recuperado su libertad, Marcelo Tomaselli hizo realidad las amenazas y mat+o a Carla Figueroa de once puñeladas. Fotografía: cortesía de EL Diario La Pampa.

Una semana después de haber recuperado su libertad, Marcelo Tomaselli hizo realidad las amenazas y mató a Carla Figueroa de once puñeladas.

Lo único cierto es que la tozudez de Figueroa llegó a su clímax el 28 de octubre, cuando se casó con quien menos de dos semanas después cumpliría su promesa de matarla. El impacto de la boda fue decisivo y convenció a los jueces Gustavo Flores y Carlos Jensen de permitir el “avenimiento”, la cuestionada salida legal que liberó a Tomaselli. Acerca de este recurso, que parece una herencia de los tiempos en los que la mujer que denunciaba una violación se convertía en blanco de sospechas, el ministro de la Corte Suprema de Justicia, Eugenio Zaffaroni, señaló que “sin dudas, es una pieza arqueológica del Código Penal. Con el ‘avenimiento’ decimos que, si la víctima perdona, el victimario ya no debe cumplir la condena. Pero, ¿por qué el delito de violación es el único del Código que puede tener esa excusa absolutoria? Sería más lógico que existiera en el robo: alguien se lleva algo, lo devuelve, es perdonado, paga su acción con una condena de ayuda social como, por ejemplo, arreglar una casa durante un mes. Allí tiene más sentido. Pero en la violación, que incluye violencia, me parece que quedó como un resabio de otro tiempo, una pieza arqueológica”.

El “avenimiento” reflejaría una época en la que las mujeres no habían conquistado los derechos que poseen actualmente, y en pleno 2011 sirvió para que dos jóvenes que sólo se tenían el uno al otro reafirmaran un vínculo tan poderoso como indescifrable. El 30 de noviembre, dos días antes de la liberación de Tomaselli, Carla le explicaba a una amiga, vía sms, el motivo de su decisión: “Nada justifica lo que él hizo, simplemente supe perdonar. Marcelo es la persona que más amo en mi vida junto a mi gordito, fui capaz de perdonarle cualquier cosa x amor no x locura y lo único que quiero es estar junto a ellos”. Los jueces Jensen y Flores creyeron en palabras parecidas, y sus votos de aprobación del “avenimiento” hoy cargan con el peso de la mayor responsabilidad en el destino fatal de Figueroa. “Haber autorizado el matrimonio de estos chicos fue una barbaridad —me dijo el fiscal general Carlos Salinas, en su oficina de los tribunales de General Pico—. ¿Qué validez puede tener la decisión de una persona que estaba totalmente traumada, tanto por la violación como por lo que había sido su vida? Carla y Marcelo eran dos marginales sin ninguna contención social, de lo cual bastante culpa tenemos todos nosotros. Pero está claro que no se puede juzgar o condenar sin conocer a la gente, como fue el caso de Jensen y Flores, que no se movieron de la capital, Santa Rosa, y ni siquiera se acercaron a Pico para conocer su entorno”.

Visto lo ocurrido tras la salida de la cárcel de Tomaselli, la decisión de los jueces parece, por lo menos, desacertada. Sin embargo, ese error no explica por sí solo las múltiples dimensiones de una tragedia en la que el abandono, la indiferencia y la hipocresía también jugaron su rol. En el caso de Marcelo, se trataba de un adicto a las drogas desde los trece años que jamás había recibido una ayuda social. A los diecisiete intentó suicidarse, y en febrero de 2010 su padre murió por cáncer de pulmón. Cuando ingresó a la cárcel por la violación de Carla, su hermano Walter pidió que se lo internara en un hospital psiquiátrico, pero tras dos días de exámenes le dieron el alta. “Yo no entendía cómo los médicos dicen que un tipo que abusa de una chica y la amenaza de muerte está bien de la cabeza —me explicó—. Así que le pregunté al doctor Palacios, del Hospital Gobernador Centeno, y me dijo que le daba el alta porque no quería un interno, un presidiario, en el hospital. La justicia le había otorgado el permiso para un tratamiento ambulatorio, pero lo que él necesitaba era una internación efectiva. Yo sabía que él era peligroso para ella. Y para curarse necesitaba ayuda”.

Mientras tanto, en el Congreso provincial, el pedido de juicio político a Carlos Flores y Gustavo Jensen corrió por cuenta de los mismos legisladores que, meses antes, no autorizaron el presupuesto necesario para que los tribunales pampeanos tuvieran una Oficina de Atención a la Víctima. “A mí me pareció absolutamente sincera —se justificó Flores en la prensa local—. Nos dijo que estaba de acuerdo con el casamiento y que quería rehacer su vida de pareja junto al hijo de ambos. De ninguna manera me pareció que se encontrara bajo presión, y por ello adopté una decisión que me pareció la correcta”. En la misma línea, Jensen señaló que “la gravedad de los sucesos requiere autocrítica. Es fácil juzgar después de que ocurrió el hecho, pero lo más difícil de esta actividad es que juzgamos conductas humanas y es imposible saber con antelación lo que va a pasar. En este caso, más allá de la desconfianza que generaba la situación, era importante evitar el error de negarle la oportunidad de perdonar a su agresor a quien así lo pedía, y de convivir con él si así lo deseaba. Además, el abogado de Carla, Raúl Quiroga, era su tío. ¿Qué había para presumir que no actuaba con libre albedrío?”.

Sea como fuera, ningún atributo legal o catástrofe jurídica revelan el enigma de Carla, quien casi de un día al otro pasó del pánico al amor y de la condena pública al perdón privado. Tras la violación, ella había intentado rehacer su vida junto con César Elías, un policía de treinta y un años a quien había conocido en febrero. En la intimidad le contó el maltrato que había sufrido, el miedo que le tenía a Tomaselli y por qué pensaba dejarlo definitivamente. Pero un día ella fue a la cárcel para que Marcelo estuviera un rato con Valentín, y ahí César decidió alejarse. La relación acabó poco después, a mediados de julio, y a partir de ese momento Carla volvió a quedar a solas con sus fantasmas. “Es verdad que al final ella estaba convencida de lo que decía, lo que de ninguna manera significa que decidiera en forma libre y consciente —me dijo la fiscal Ivana Hernández, quien veía a Carla al menos dos veces por semana durante los meses que duró el proceso—. Por eso yo me negué al ‘avenimiento’. Se había convencido de un discurso, o de que lo quería y lo seguía queriendo, pero lo cierto es que, desde mayo al 20 de septiembre, cuando presenta el ‘avenimiento’, le tenía mucho pero mucho miedo a Tomaselli, y siempre quiso que él tuviera una condena”. Ivana es una mujer pequeña y rocosa, de voz ronca y el temperamento blindado de quien un día sí y otro también firma pedidos de prisión. Toda su fuerza, que no me pareció poca, se concentraba en sus furiosos ojos miel, donde el recuerdo de Carla ensombrecía su mirada. Mientras me hablaba, sonó el teléfono: una niña de once años había salido por la tarde con su novio de veinte y ya no volvió a dormir a su casa. “¿Ves? La madre no va a buscarla a la casa del novio, prefiere llamar a la comisaría. Pero la policía no puede cumplir el papel de la familia. Acá es donde me parece que fallamos como sociedad”, señaló, asombrada, en un susurro grave que revelaba su tristeza.

—Durante las audiencias del “avenimiento”, ¿Carla te explicó su repentino cambio de opinión sobre Marcelo?

—En esos días yo le expliqué que me iba a oponer, por más que ella quisiera llevarlo adelante. Y después de una audiencia me mandó un SMS donde decía que me agradecía mucho, pero que creía que ésa era la mejor solución. A mí lo que ese sms me decía era que atrás había algo más. En la audiencia no hablé de “manipulación directa”, porque no me constaba ni podía pro- barla, pero estoy segura de que todo el entorno facilitó esa decisión. Y esto tiene que ver con un entorno sociocultural donde las mujeres seguimos determinados mandatos que, de alguna manera, nos imponen algo así.

—¿Te refieres a que ella no quería que se la viera como una “mujer violada”?

—Yo no sé si eso le pesaba a Carla. En realidad le pesaba toda su historia, no quería que su hijo viviera lo que a ella le había tocado vivir. Todos sus problemas estaban relacionados con las carencias afectivas que tuvo de chica. Ella tenía una familia que la rodeaba, pero se crió sola. Y, de hecho, cada vez que vino a la Fiscalía llegó solita, sin nadie que la acompañara. ¡Estamos hablando de una chica de diecisiete años, una nena! Yo muchas veces le planteé que su caso con Tomaselli no era igual al de su mamá, le dije “tu hijo todavía tiene su madre”. Y hoy por hoy…

—¿Su hijo va a vivir lo mismo que ella?

—Sí, lamentablemente sí. Sólo que ahora espero que el Estado y el sistema judicial hagan por esa criatura lo que en su momento no hicieron por Carla.

—¿Ella se sentía culpable de haber mandado a Tomaselli a la cárcel?

—A mí nunca me manifestó nada de eso. Para mí Carla estaba segura, convencida, de que quería a Tomaselli con una pena y adentro de la cárcel. Quería que pagara por lo que le había hecho. A veces venía aterrada porque le habían dicho que lo habían largado. Y yo le tenía que explicar, sobre todo al principio, que no iba a salir porque habíamos pedido una ampliación de la prisión preventiva. Ella le tenía mucho miedo.

—Carla tuvo, como dices, carencias afectivas. Y Marcelo, también. ¿Por eso la unión entre ambos fue tan fuerte?

—Es muy probable. En general, en casos de abusos, las fa- milias de los acusados se acercan para saber qué hacemos; la de Tomaselli no apareció nunca. Por eso, yo diría que los dos, Marcelo y Carla, estaban muy desprotegidos. El primer juez con el que trabajé siempre decía que, en este tipo de conflictos, “la enfermedad es de uno, pero con el tiempo el otro se la contagia”. Es todo tan triste…

Al salir de la Fiscalía me crucé con el médico encargado de las pericias psiquiátricas, quien días atrás me había negado una entrevista porque sus conclusiones estaban amparadas por el secreto del sumario. A pesar de lo que sugería su discreción profesional, en un momento me llevó a un rincón de un pasillo para decirme, por lo bajo, que de acuerdo a sus pericias Marcelo reunía “todos los rasgos histriónicos del psicópata”. Con amabilidad provinciana, me invitó a sentarnos en un parque vecino. Y ahí me contó lo que más lo indignaba: que en las calles y los bares se hablaba de un misterioso video hot de Carla y un hombre desconocido, supuesta prueba de una alta traición que para algunos justificaba la furia asesina de Tomaselli. “Estamos en un pueblo chico, aquí todo lo que se inventa se convierte en algo parecido a la verdad —me dijo—. Nadie vio ese video, pero todos hablan de él. ¿Y qué hay detrás de eso? Razones que la gente aceptaría. Como nadie se puede explicar lo que pasó, inventan una razón a la medida de lo que quieren creer. Ahora resulta que Carla es más culpable que víctima. Es preferible pensar eso que enfrentar la realidad, mucho más cómodo y tranquilizador. Lo difícil es tratar de entender”.

Marcelo fue condenado a prisión perpetua por "homicidio agravado" el 27 de junio de 2012. Fotografía: cortesía de El Diario de La Pampa.

Marcelo fue condenado a prisión perpetua por “homicidio agravado” el 27 de junio de 2012.

General Pico vivió su momento de gloria el 20 de marzo de 2011, cuando inscribió su nombre en el Libro Guinness de los Récords. Ese día, ochenta asadores cocinaron trece toneladas de carne vacuna para más de treinta mil personas, orgía gastronómica que desde entonces figura como “el asado más grande del mundo”. No es difícil imaginar que, en esa misma jornada, Carla Figueroa le daba vueltas a las intrigas que le planteaba su vida. Acababa de separarse de Marcelo Tomaselli y su futuro le daba vértigo. En dos meses, el 20 de mayo, iba a cumplir dieciocho años.

Recorrí las polvorientas calles de Pico como si buscara explicaciones para lo que ya no se podía cambiar. El silencio cobijado por los árboles y el horizonte de casas bajas me hacían sentir dentro un paisaje de juguete, donde hasta los niños que corrían en la calle parecían parte de un sueño. Nada demasiado terrible podía ocurrir allí, pensé, antes de recordar que el calificativo “infierno grande” se inventó justo para los secretos que albergan los pueblos chicos. Sin embargo, a pesar de mis recelos, la amabilidad constante no me dejaba desconfiar. En cada tienda que entraba, los comerciantes me daban charla y me dedicaban un tiempo y una cortesía que mi vida urbana había olvidado por completo. En una, mientras intentaba pagar por una playera negra, el anciano que atendía me habló y habló de la calidad de la tela, de las marcas preferidas de su esposa y de los clientes que conserva desde hace décadas. ¿Carla sería igual de cálida y amable? Trataba de imaginarla para que su decisión de perdonar a Tomaselli no me resultara tan ajena. ¿Qué me impedía creer que ella podría haber actuado por amor? La vida es demasiado compleja para creer que se puede ser coherente. ¿Y por qué una adolescente que sufrió durante años tenía que ser un ejemplo de coherencia?

En cada calle por la que me perdía, encontraba negocios bautizados como sus dueños: Autoservicio Horacio, Panadería Pérez, Supermercado Luci, Kiosco Dani. Debería entrar a ese kiosco, me dije, porque allí trabajó Carla. Sin embargo, preferí avanzar hasta la casa de Rosana, el lugar donde el drama se había convertido en crimen. Llegué a la esquina de 36 y 29 bis lleno de dudas que cuestionaban mi presencia en ese rincón del barrio Ranqueles. ¿Qué derecho tenía yo para meterme en la casa y la vida de esa gente, herida por un dolor que los acompañaría para siempre? A un lado de la puerta de reja, un grupo de niños jugaban y reían. Seguramente allí Carla dejaba su moto cada noche, antes de meterse en el cuarto que la pareja había transformado en su hogar matrimonial. Nada hacía pensar que detrás de ese patio se había vivido una de las peores tragedias en la historia reciente de la provincia. Hice a un lado la reja y pregunté por Rosana. Lo único que me daba derecho a traspasar ese umbral era la obligación de contar la historia de Carla y Marcelo de una forma que ayudara a comprenderlos.

Rosana estaba sentada a la mesa cuando uno de sus hijos, Walter, me hizo pasar. Con respeto y pesadumbre, ella me invitó a sentarme a su lado, segura de que su palabra era necesaria. Además de Marcelo, Carla y Valentín, era la única persona que había estado presente durante el asesinato de su nuera. Ya había declarado ante la policía; al verla, encogida y pálida, me pareció que quería contar su testimonio para que nadie tuviera dudas de lo que había sucedido esa madrugada fatal. “Esa noche yo había salido a cenar con una amiga —me dijo, con la mirada baja y las manos cruzadas sobre la mesa—. Más o menos a las dos salieron, no sé adónde, y habrán regresado a las 2:30. Marcelo entró la moto en el garaje y ella puso agua para el mate. Yo los sentía desde mi cuarto porque estaba acostada. Todo estaba bien. Después, lo último que escuché fue la llave en la puerta de su habitación, pero no me sorprendió porque lo hacían siempre. Y al ratito me despertaron los gritos del nene, llantos y más gritos. Lo primero que pensé fue que el nene se había caído de la cama. Pero yo sentía que Marcelo hacía algo atroz ahí adentro.

—¿No escuchó los gritos de ella?

—No. De ella no escuché ni un quejido, nada. Me levanté y pateé y pateé la puerta como loca, y cuando él la destrabó, la vi a ella paradita en un rincón, llena de sangre, y con las manos me hizo un gesto como diciéndome “¡sacame de este infierno!”. Pero yo no pude, no pude… quedé paralizada. Lo único que pude hacer fue sacar al nene y llevármelo para el cuarto. Cuando volví, él la había acomodado en el piso y le daba y le daba… hasta que la terminó de matar. Ahí yo pensé “¡ahora viene por nosotros dos!”. Así que volví al cuarto, me puse de espaldas a la puerta y protegí al nene contra la ventana, Dios sabe cómo apreté a ese nene. Hasta que en un momento escuché que él salía del cuarto y decía “ya está, ¡la maté!”.

—¿Y entró a su habitación?

—Sí.

Chorreaba sangre por todos lados y me dijo “dame un beso, vieja”. Me sacó al nene y yo salí corriendo, agarré el teléfono para llamar a la policía pero no podía, marcaba cualquier número, estaba aterrorizada. Al final, cuando conseguí marcar, vi que él salía con el nene en brazos. Tarareaba “mi corazón está aliviado” como si fuera una canción, fuerte. No sé de dónde sacó un cigarrillo, lo encendió y se puso a hamacar al nene. La policía tardó segundos en llegar, está muy cerca de acá. Y cuando entró uno que yo conocía, le dije “sacá el arma y pegale un tiro al cobarde éste”. Yo quería escuchar un quejido, algo de ella. Y después de eso no me acuerdo más.

—¿Cómo pudo haber hecho algo así? ¿Qué explicación te das?

—Al que yo vi esa noche no era mi hijo. Estaba transformado. Para mí, enloqueció.

—¿Ahora lo odiás? ¿Te arrepentís de haberle pedido a un policía que lo matara?

—La verdad, yo ahora no siento nada por mi hijo. Me duele mucho Carla, él no me duele. Es como que no caemos, no sé. La vez que fue preso yo me moría por él, estaba como desgarrada. Ahora no. No sé si con el tiempo voy a caer y me voy a hacer más mal todavía. Casualmente, hoy vino el padre de la parroquia y le dije, no sé qué tengo, no siento nada. No siento nada.

Mural hecho por el Movimiento por los Derechos de las Mujeres de General Pico, a un año del asesinato de Carla Figueroa. Fotografía: cortesía de El Diario de La Pampa.

Mural hecho por el Movimiento por los Derechos de las Mujeres de General Pico, a un año del asesinato de Carla Figueroa.

En General Pico el 2011 se despidió con una manifestación. La convocaba Soledad Reynoso para pedir justicia por su hermana, Carla Figueroa, y en protesta por la violencia contra la mujer. En el patio de la casa de Soledad, como en el de Rosana, también había niños que jugaban y reían cuando yo llegué. Uno de ellos era Valentín. El otro corría de un lado para el otro con una vieja espada de Darth Vader. Era uno de los cuatro hijos de la pareja de Soledad y Mariano, que viven juntos desde hace casi veinte años. Si la ley lo permite, Valentín va a crecer en una familia numerosa.

La casa de Soledad es muy parecida a la de Rosana. En ambas hay un patio mínimo, paredes en plena construcción y un mundo de gente alrededor. A un lado de la gran mesa se ubica un mueble enorme con fotos donde los hijos sonríen, prueba de un ánimo familiar dispuesto a esperar tiempos mejores. En una de las fotos, Carla abraza al niño que en el patio combatía contra el lado oscuro de la Fuerza, sin conciencia de que su madre ha muerto. “Él vio todo lo que pasó, pero por suerte no se dio cuenta —dijo Soledad—. Como la mamá trabajaba todo el día y lo dejaba solo mucho tiempo, todavía no pregunta por ella. Pero yo creo que él presiente que su mamá no está más”. Y antes de que pudiera preguntarle nada, las primeras lágrimas se le clavaron en la voz.

—¿Cuándo fue la última vez que viste a Carla?

—Hace dos meses más o menos. Estábamos enojadas porque yo no quería que siguiera con Marcelo. Yo había pasado por todo, la denuncia, la policía, todo, y luego me tuve que tragar que se casara. Era muy fuerte, muy fuerte. Así que nos enojamos. Pero ahora me reprocho eso. Tendría que haberla ayudado. Siento culpa por haberla dejado sola. Me tendría que haber guardado el orgullo. A veces me parece que, si salgo a buscarla, la voy a encontrar. Es una sensación que tengo. Yo digo que debo estar volviéndome loca.

—Cuando ustedes se distanciaron, ¿pensabas que iba a ocurrir lo que finalmente pasó?

—Sí. Yo digo que ella firmó su sentencia de muerte cuando se casó. Pero como consuelo me dije que Valentín iba a estar feliz con su mamá y su papá. Y luego nos desayunamos con esto. Qué fue… no sé, no encuentro la palabra para decir lo que fue para nosotros. Es terrible, pero yo creo que Carla sabía que se iba a morir. Desde unos días antes del asesinato, ella empezó a visitar a mi mamá, en el cementerio. Como si hubiera sabido lo que le iba a pasar.

—¿Por qué perdonó a Marcelo?

—Y, para mí ella cambió mucho cuando empezó a llevarles a Valentín a la mamá y los hermanos de él. Cada vez que iba para allá, volvía distinta. Una tía mía escuchó que la mamá decía “ay, si a Marcelo lo condenan se muere, Carlita va a tener que preparar a su hijo para el velorio de su papá”, cosas así, que la confundieron un poco. Pero que le tenía miedo a Marcelo, le tenía miedo. Estaba confundida, porque lo quería. Y como que ya estaba cansada. Siempre decía “yo quiero mi familia”. Era una chica muy inteligente, pero esta vez se equivocó.

—¿Le reprochás algo a la justicia?

—Sí, lo del “avenimiento” fue injusto. Yo no entiendo de cosas así, pero fue injusto porque la violación y las amenazas estaban comprobadas, y mi hermana no estaba bien psicológicamente como para perdonar a nadie. Además, ¿cómo es? ¿Vos me violás y a los ocho meses quedás libre? No entiendo eso.

—¿Por eso convocás a la marcha para Carla?

—Sí, para que no haya una Carla Figueroa más. Ni una más. El sol de La Pampa se hundía en el cielo de la tarde cuando dejé a Soledad y a Valentín. Caminé entre calles arboladas y barrios anegados, tomé una avenida que bordeaba una cancha de futbol y retomé la calle que conocía, la del Autoservicio Horacio, el Supermercado Luci y el Kiosco Dani. Debería ir al kios- co, me dije, y volví a preguntarme sobre mi derecho a entrar en el dolor de los demás. Me quedé un rato en la puerta antes de tomar una decisión. En la ventana del kiosco, un cartel reclamaba justicia por Ilián Josías Fernández, un niño muerto en un presunto accidente con armas de fuego. En memoria de Carla no había ninguno.

EPÍLOGO

En marzo de 2012, la figura del “avenimiento” se eliminó del Código Penal. El juez Carlos Flores fue ratificado en su cargo por un jury de enjuiciamiento que, si bien consideró que fue “negligente” en el caso de Carla Figueroa, destacó que su mal desempeño no fue reiterado. Gustavo Jensen, el otro juez que había votado a favor del “avenimiento”, no fue juzgado porque se jubiló. Poco después, el 27 de junio, Marcelo Tomaselli fue condenado a prisión perpetua por “homicidio agravado”. En su fallo, la Cámara de General Pico le adjudicó “un cierto sentimiento de satisfacción por el crimen”. La querella la había llevado adelante Soledad Reynoso, la hermana de Carla. “La condena me trajo paz, pero alivio no. El dolor no se calma”, dijo Soledad, tras escuchar la sentencia.

 

 


Agradecemos a editorial Almadía las facilidades para la reproducción de este texto, extraído de Extranjero siempre. Crónicas nómadas (Almadía/Producciones El Salario del Miedo, 2013).


Autores
(Mar de Plata, 1967) es cronista y(Argentina, 1967) es periodista y D.J. Autor del libro de crónicas Extranjero siempre.

Hace unos meses el periodista Guillermo Altares escribió un artículo para el suplemento en línea del diario El País, de España, en el que reflexionaba en torno a la fotografía dentro de los museos: “Los museos en la era del selfie”. En el artículo Altares mencionó el problema de la demanda turística de los museos más importantes del mundo, entre ellos el Louvre, los museos Vaticanos en Roma, el museo Reina Sofía en Madrid y la Galería de los Ufizzi, en Florencia. El artículo llamó mi atención porque toca tres temas de los cuales me parece importante hablar: la “cultura” con su creciente popularidad, el museo como lugar de encuentro y el autorretrato de los visitantes frente a las obras.

En primer lugar Altares habla de que hay una creciente demanda de museos, haciendo énfasis en el exceso de visitantes. Sin embargo, continúa, el fenómeno de sobredemanda sólo afecta a pocos museos, en general a aquellos de mayor amplitud, mientras que, por otro lado, la gran mayoría de museos o galerías cuentan con pocas visitas. El abarrotamiento aún es una constante en museos, para lo cual se están creando estrategias que permitan establecer una mejor distribución de visitantes. El fenómeno de la sobredemanda sigue sin ser estudiado a profundidad y resultaría pertinente realizar una investigación que ayude a comprender cómo está fungiendo el museo en la sociedad de nuestra época. Cabría preguntarnos a qué se debe la popularidad de ciertos museos, y a qué responde la amplia demanda que hay sobre estos.

Por otra parte el autor menciona que “nunca antes la cultura había sido tan popular”. En un punto queda claro que por cultura se refiere sólo a la alta cultura, pero si el arte fuera realmente más popular que nunca entonces todas las galerías, museos y eventos que giran en torno a la escena artística se encontrarían saturados por oleadas de visitantes, sin embargo, como bien lo mencionó Altares, sólo se trata de aquellos museos que contienen piezas que se ajustan al modelo ideal de lo que consideramos o definimos como arte: obras del Renacimiento italiano en el que se inscriben Miguel Ángel y Leonardo Da Vinci.

Los museos son un lugar de confluencia, pero se trata de lugares de encuentro entre personas y de éstas con la obra de arte. Habría que observar cómo nos relacionamos con los demás dentro del museo, ya sea con quienes nos acompañan como con quienes compartimos el espacio. Tal vez el museo sea  ese lugar en el que uno va a relacionarse con uno mismo, a hacer uso del tiempo libre en alguna actividad cultural. Esta necesidad de consumo de la alta cultura tiene que ver, al mismo tiempo, con la valoración que nuestra época le da al pasado, con el cual se crea una industria de la herencia. Así pues, el turismo de la memoria logra éxito en las masas.[1] El patrimonio cultural surge cuando los individuos de una unidad cultural dan forma a lazos de pertenencia a través de la valoración de los bienes.[2] El patrimonio se mantiene con vida cuando los individuos recuerdan y recrean el significado de los bienes que los unen en cada periodo histórico.[3]

La cultura de la memoria y de todo lo museificable responde a nuestra necesidad de autodefinirnos y valorar nuestro lugar en el grupo a través de nuestro pasado. La historia cobra importancia y el museo aparece como el espacio en el que se afianza el vínculo social, aunque no por ello la idea de individuo desaparece. La dinámica fotográfica dentro de los museos es un claro ejemplo de ese individualismo que se manifiesta en este espacio en el que se unen lazos a nivel colectivo. Tomar una fotografía de lo que se encuentra en un museo sólo refleja el consumo de la alta cultura en relación con el tiempo libre que el individuo está dejando en dicha actividad cultural. El acto fotográfico aparece como una actividad individualista en un lugar en el que precisamente se intenta forjar lazos a nivel colectivo.

Precisamente, Altares hace mención de la dinámica fotográfica de los visitantes de los museos más concurridos. Los visitantes llevan consigo una cámara fotográfica y retratan la obra que tienen enfrente o incluso se hacen un autorretrato con la obra de fondo. Se ha generado tanto caos dentro de los museos que incluso existen propuestas para terminar con esta situación, una de ellas es la de implementar horas libres de fotografía. Sin embargo, no se ha llevado a cabo dicha proposición pues se está consciente de que el museo debe adaptarse a las nuevas dinámicas de la sociedad, sobre todo en cuanto a la fotografía y a los medios de comunicación.

Las fotografías dentro del museo responden a la necesidad del individuo de interactuar con la obra, de interpretarla y hacerla suya a través del acto de retratarla o de autorretratarse con ella. En ese sentido, con el acto fotográfico se da una apropiación del individuo, del espacio, del entorno y de la obra de arte, pero también genera un acercamiento de él con el grupo, es decir, vincula sus lazos de pertenencia. En nuestros tiempos ya no se trata tanto de ir al museo o a una galería a observar las obras de arte de manera pasiva y ajena, sino que se trata de apropiarse de la obra e interactuar con ella. Será necesario hacer estudios pertinentes para entender cómo está funcionando la fotografía dentro de los espacios públicos y culturales de tal modo que se evite el caos en el que se han sumergido los museos más concurridos.

 

 


Bibliografía:

[1]Gilles Lipovetsky. Los tiempos hipermodernos, pág. 92.

[2]Jesús Mendoza Mejía, Imágenes del patrimonio cultural inmaterial en los museos, dos casos de estudio, pág. 9.

[3]Id.


Autores
(Distrito Federal, 1991) estudió Historia en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. Durante su carrera enfocó sus investigaciones a la fotografía del México decimonónico. Ha tomado cursos de retrato y fotografía digital en la Escuela Activa de fotografía y en la Facultad de Artes de la UAEM.

 ¨No soy un marica disfrazado de poeta / No necesito disfraz

Aquí está mi cara / Hablo por mi diferencia¨.

 Murió Pedro Lemebel

Se nos fue un grande de las letras latinoamericanas

 

Me entero de la noticia por los diarios pero también por la efusiva profusión de mensajes al respecto en las redes sociales. Con la habitual premura de la virtualidad, Facebook y Twitter se llenan de comentarios que expresan tristeza, comparten reflexiones, citan algún fragmento de su obra. No me sorprende. Cuando un escritor cala hondo en nuestra sensibilidad, se conecta con algún interés, preocupación o sentimiento propio y profundo, no puede menos que suscitarnos afecto. Y Pedro era uno de aquellos escritores geniales, por quien uno siente admiración apenas comienza a leerlo. La prosa heteróclita de sus crónicas, que coquetea continuamente con el quehacer poético, y la musicalidad de su única novela, Tengo miedo torero, generan un embrujo difícil de eludir.

No me resulta fácil dar cuenta de su obra en forma somera, en parte por su complejidad -su literatura se despliega como un tejido de sentidos donde, si tiramos de un hilo, esos sentidos se dispersan y multiplican- y, en parte, porque la grandeza del autor chileno excedió lo estrictamente literario. Pedro fue un gran escritor, sí, pero también un gran militante de la diferencia. Con una profunda visión crítica, Lemebel abordó en su literatura la relación espinosa entre las coordenadas ¨género¨ y ¨política¨ en su Chile natal. Fue su forma de analizar y ficcionalizar esta relación, el aspecto de su obra que más me atrapó. Política y género, travestismo y multiplicidad de identidades: cuestiones narradas a través del barroquismo florido y kitsch de sus crónicas.

¨Pero no me hable del proletariado / porque ser pobre y maricón es peor¨ le dijo Pedro a la izquierda chilena en un acto del Partido Comunista, en 1986. Ese verso de su Manifiesto (hablo por mi diferencia), sucinto y certero, condensa varias temáticas que Lemebel frecuentó a lo largo de su obra. Porque Pedro fue un crítico agudo de aquella izquierda anquilosada que siguió reproduciendo las mismas estigmatizaciones hacia la homosexualidad que el mismo poder represivo que combatía. ¨Los héroes del marxismo macho […] prefirieron bailar solos, ideológicamente solos, la ranchera baleada de su despedida¨ le dice Pedro al Subcomandante Marcos, en la amorosa carta que le dedica.

Precisamente, esa cuestión le da vida a Tengo miedo torero, una novela que muestra el peculiar romance entre la Loca del Frente y Carlos, el militante del FPMR. A través de una escritura plagada de boleros, canciones populares y referencias a las divas del cine hollywoodense de los años cincuenta, Lemebel narra la manera en que el amor puede acercar a dos personas en apariencia dicotómicas, cambiar su visión del mundo y sortear sus prejuicios. Se trata, pues, de un verdadero amor revolucionario.

Pero Pedro supo vislumbrar también las contradicciones en el seno del travestismo, donde las categorías de ¨género¨ y ¨clase¨ se entrecruzan y presentan tensiones. Su crónica ¨La noche de los visones (o la última fiesta de la Unidad Popular)¨, recopilada en Loco afán, cuenta la historia de una noche de fiesta en Santiago, en que las pieles de visón de las locas pitucas se transformaron en símbolo de poder y pertenencia a una clase social y, por eso mismo, en un abismo insalvable entre dos tipos: las rascas y las ricas. Con extrema lucidez, las crónicas lemebelianas revelan que no es lo mismo ser indio, maricón y pobre y trabajar con el cuerpo para darle de comer a la adorada madre, que ser gay y blanco y acceder al deslumbrante mundo de la homosexualidad primermundista, ¨clara, rubia y viril¨.

No necesito disfraz, hablo por mi diferencia: Pedro supo hacer de esa afirmación la tinta más voraz de su escritura. El viernes pasado se nos fue un grande las letras latinoamericanas. Imagino al varonil galán de su novela despedirse de él como de su Loca del Frente: adiós mi inevitable, mi inolvidable loca.

 

 

 

 

Ilustraciones: Abril Castillo.

El 26 de agosto de este año, Julio Cortázar habría cumplido cien años. En Tierra Adentro ya nos habíamos declarado fanáticos del Gran Cronopio cuando le dedicamos la portada de nuestro número 177. Sin embargo, no quisimos dejar pasar la oportunidad de revisitar a este autor aprovechando la cercanía de su centenario, que coincide a su vez con las celebraciones por los cincuenta años de la publicación de Rayuela, una novela —o antinovela, como se define a sí misma— que marcó a varias generaciones de escritores en todo el mundo. Si bien la influencia de la obra cortazariana es innegable, en fechas recientes su relevancia ha cambiado de forma y ha abierto espacios a otras obras y escritores que trabajan en el mismo espacio literario y vital. Convocamos a Fernanda Trías (Uruguay), a Jorge Carrión (España) y a Hernán Lara Zavala (México), para hablar de lo que Rayuela representó en su formación como lectores y escritores.

 

Estimados: Les escribo este correo largamente retrasado sobre la conversación en torno a los cincuenta años de Rayuela, su vigencia, y la de la obra de Cortázar. El plan es simple: discutir de manera relajada sobre el tema en cuestión; pasarla bien, sobre todo. Se me ocurre comenzar preguntando: ¿ha desplazado Los detectives salvajes a Rayuela en el imaginario de los lectores?

—René López Villamar

Lo primero que hay que dejar claro es que Los detectives salvajes es hija de Rayuela. Sin las estructuras narrativas que imaginó Cortázar, sin esa libertad creativa, no sería posible la novela de Bolaño. Él mismo lo dijo en varias ocasiones, entre ellas en el discurso de aceptación del Rómulo Gallegos. Aunque sí es cierto que la convivencia en nuestra época de ambas obras se ha vuelto una competición, al menos en potencia. No obstante, diría que se leen ambas. Es decir, no se leen las grandes novelas de Carpentier, Asturias o Donoso; pero sí hay espacio para las novelas extensas de Vargas Llosa, García Márquez, Cortázar y el inesperado heredero de todos ellos: Bolaño. Quizá, en términos sociológicos, se ha adelantado la lectura de Rayuela a la adolescencia y la de Los detectives salvajes parece que es más propia de la juventud. Pero eso es generalizar: hay que ver lo que importa, la experiencia de lectura de cada cual.

—Jorge Carrión

Tengo la impresión de que Rayuela es una novela experimental típicamente cortazariana, que ni tiene parangón ni tuvo seguidores, aunque sí infinidad de lectores. Rayuela, como Ulises de James Joyce, llevó a su máxima expresión un tipo de novela que cerró más caminos de los que abrió. Son novelas tan definitivas que tuvieron una enorme importancia en la historia de la literatura pero que en última instancia condujeron a callejones sin salida. Hay muchos discípulos de Cortázar, pero no continuadores de Rayuela.

De algún modo, la rayuela o “mandala” venía gestándose, estilísticamente, desde los primeros cuentos y novelas, muy en especial en el libro Imagen de Keats, donde Cortázar toma como pretexto al poeta John Keats y lo mezcla con sus traducciones, interpretaciones, comentarios, anécdotas, chistes, biografía y autobiografía. Digamos que Cortázar percibía el mundo como una rayuela. El método principal de la novela es el de la fragmentación y el collage en el que todo cabe para lograr la unidad de la obra. Su técnica experimental y aleatoria le permite todo tipo de juegos y malabares que van desde las diversas posibilidades de lectura del libro, hasta las citas de autores reales y ficticios, las conversaciones filosóficas, los capítulos líricos, las parodias, el surrealismo, el absurdo, etcétera.

Como en todo Cortázar, siento más el placer del texto en su tono fresco, humorístico, desenfadado y creativo que en sus disquisiciones metafísicas. Para mí, Rayuela ha envejecido en su ánimo innovador pero se ha mantenido viva en sus mejores capítulos, que pueden leerse casi al margen de la anécdota que, por otro lado, no es particularmente rica ni interesante. La Maga, la heroína de la novela, nunca significó gran cosa para mí. En todo caso disfruté más la creación de personajes como Berthe Trépat que la acerca al esperpento. En cuanto a la comparación de Rayuela con Los detectives salvajes, no encuentro ni el más mínimo atisbo de influencia o parangón. En todo caso siento la impronta de José Agustín, en particular en el caso de De perfil.

—Hernán Lara Zavala

Hola a todos, acá una representante rioplatense. Me parece interesante la lectura que hace Jorge, aunque busqué el discurso de aceptación del Rómulo Gallegos de Bolaño y no logré encontrar la mención a Cortázar. De todas maneras, las filiaciones en la literatura suelen ser involuntarias. Por eso sí veo un lazo entre las dos novelas en cuanto a la idea de “la bohemia”, que ahora llamaríamos épica juvenil, porque no sé si la bohemia como concepto puede seguir existiendo. Sería interesante saber si los jóvenes siguen leyendo Rayuela como yo la leí hace veinte años o más. Por supuesto, no tengo esas estadísticas, así que son puras conjeturas. Sin embargo, si tuviera que regalarle un libro a un adolescente, eligiría Los detectives salvajes. Me pregunto cómo leería hoy un adolescente ese mundo de referencias culturales de Rayuela. A su vez, el juego de las múltiples lecturas imagino que no le resultaría novedoso, porque ahora, con internet, es normal leer así, saltando de un lado para el otro. Eso me hace acordar a lo que dijo Piglia, que las tablas de lectura de Rayuela son “el lector salteado” de Macedonio Fernández. (Hablando de filiaciones voluntarias e involuntarias.)

—Fernanda Trías

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Quizá este puede ser un camino adicional de discusión: pareciera que el mundo del siglo XXI ha asimilado mucho de lo que Rayuela proponía como juego. Hace años hubo un proyecto de reproducir la novela en cientos de sitios, cada reproducción enlazando sólo un capítulo, por ejemplo. Y aparte hay cosas curiosas: ¿tendría sentido el juego de Oliveira y la Maga en una época para encontrarse en la que todos hacemos check-in para indicar dónde nos encontramos todo el tiempo? ¿El lector necesitará pronto notas al pie para entender Rayuela? ¿Esto afecta o no su vigencia como obra?

—RLV

Varias respuestas.

En efecto, me traicionó el recuerdo. Bolaño citó mucho la maestría de Cortázar, de quien dijo que “era el mejor”. En “Derivas de la pesada”, su radical intervención en el campo literario argentino (creo que como poeta se sentía chileno y como narrador, argentino; con esos “rivales” quería medirse), dice irónicamente: “No es necesario escribir libros originales, como Cortázar o Bioy, ni novelas totales, como Cortázar o Marechal, ni cuentos perfectos, como Cortázar o Bioy”. Entiendo que cuando habla de originalidad y de totalidad se refiere a Rayuela. En cualquier caso, estoy convencido de que es su gran modelo conceptual y estructural. En sus cartas a Porrúa, Cortázar habla de “antinovela”, y esa es la idea que articula Los detectives salvajes. Se trata de escribir una novela antimonumental, con los materiales innobles de su época (el diario adolescente, los testimonios transcritos casi en bruto de unas entrevistas); una novela aparentemente precaria, pero muy sofisticada, como pudo serlo Rayuela en su momento histórico (cuya lengua también suena coloquial, ese argentino tan novedoso en su momento).

Me interesa esa idea de la bohemia que Fernanda ha trabajado en su novela La ciudad invencible, precisamente ambientada en Buenos Aires. Creo que cada generación inventa su propia forma de bohemia. Temporal, pero bohemia al fin y al cabo. Y que Rayuela ha sido leída por todas las generaciones desde su publicación. Otro tema es si Rayuela es una novela que conecta con los jóvenes lectores europeos y latinoamericanos (e incluso norteamericanos: Cortázar es una influencia rastreable en muchos autores de Estados Unidos nacidos en los sesenta, setenta y ochenta, como Mark Z. Danielewski o Blake Butler), mientras que Los detectives salvajes es una novela que en América Latina puede llegar antes, pero que en Europa o en Estados Unidos llega en la etapa universitaria. No lo sé.

Parte del éxito de Rayuela tiene que ver con su traducción directa en el turismo cultural. Si la traducción es la forma más extrema de la lectura, la traducción en pasos, visitas y fotografías sería la forma ultrarradical. Yo fui a París por Rayuela. Y quién sabe si también a Buenos Aires. El Instituto Cervantes de París tiene su propia ruta en la página web. El mundo de Cortázar, por ser un mundo en que se remezclan vida y obra, se presta al fetichismo, a la geolocalización. En tiempos del GPS los paseos a ciegas de la Maga y Oliveira todavía tienen más sentido y son más románticos: porque a la idealización se le une la nostalgia.

Lo que más me interesa de Cortázar no es la perfección de sus cuentos, ni sus ensayos mejorables, ni su poesía ingenua, ni siquiera sus obras maestras (“El perseguidor”, “Casa tomada”, Rayuela), sino su capacidad de investigación, de hallazgo, de prueba y error, de sorpresa, de apertura a todas las formas artísticas de su época. Cómo incluyó en su prosa la música, cómo dialogó con pintores, cómo firmó guiones de cómic, cómo practicó la deriva post-situacionista en Los autonautas de la cosmopista, cómo creó collages que son arte contemporáneo (Último round, La vuelta al día en ochenta mundos), cómo dialogó con sus lectores, editores y críticos en cartas absolutamente memorables, recorridas por la curiosidad. Cómo convirtió su vida en un laboratorio que engendraba libros. Creo que hay pocos autores en español tan abiertos al mundo y a las artes. Tal vez Lorca.

—JC

De acuerdo. También veo puntos de contacto entre Rayuela y Los detectives salvajes, las distintas hablas coloquiales, los idiolectos de los personajes (sus características particulares que no son cien por ciento “realistas” —al menos puedo afirmarlo en lo que respecta a la uruguaya de Los detectives salvajes—) y su estructura con fragmentos intercambiables. Pero lo importante es que, para cualquier parricidio, es necesario que haya habido un padre y Rayuela fue innovadora, más allá de que, como bien dijo Hernán, hoy no nos resulte tan novedosa (a eso habría que sumarle el hecho de haber “presagiado” un modo de lectura). La pregunta de por qué Rayuela parece haber perdido prestigio entre los escritores (nótese que no digo “los lectores”) del Río de la Plata y no en España o México, me parece interesante. Por una parte, ni Cortázar ni Rayuela tienen la culpa de que París, como escenario, se haya vuelto un poco snob. También la sensibilidad amorosa de Rayuela tiene algo “tanguero” que hace chirriar los dientes en el Río de la Plata actual, la verborragia no se amolda a lo que predomina hoy, desde las historias mínimas hasta las frases secas y despojadas, cosas así. Si hoy escribo “Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”, me tiran con tomates. Puig, sin embargo, también trabaja lo cursi y trabaja con materiales innobles, pero envejeció de otra forma.

En cambio en los cuentos, como “Casa tomada” o “El perseguidor”, que coincido con Jorge son notables, no pasa esto. Es tarde en el Sur, pero me quedo con ganas de comentar el resto del correo de Jorge. Mañana la seguimos, bonne nuit.

—FT

Sobre la bohemia, sí, es cierto, pero inevitablemente uno añora la bohemia que ya pasó. Tiendo a asociar la bohemia con cierto idealismo, donde el ocio se entiende como una forma de resistencia; prima una sensación de que está pasando algo “ahí” (algo que es preferible a otra cosa), las personas/personajes se definen a partir de una pertenencia a un grupo y el grupo tiene una manera compartida de ver el mundo (y aunque los integrantes de la cofradía tengan ideas opuestas y discutan o incluso se peleen, sigue primando la sensación de que ese modo de vida es preferible a otro). Hoy, la idea misma de pertenencia a un grupo es muy complicada.Tal vez exista de facto, pero uno nunca se atrevería a afirmar que esos cinco o seis escritores que gravitan en torno a un lugar (como podría ser el Varela Varelita en Buenos Aires) forman un grupo, mucho menos le pondrían un nombre. Hay una inocencia en eso que ya nadie se permite. Por eso Onetti, con su desencanto, está tan vigente. Digo esto y, sin embargo, Cortázar mismo me refuta. Oliveira parece distinguir entre dos tipos de bohemia (al menos), cuando dice “[…] no había querido fingir como los bohemios al uso que ese caos de bolsillo era un orden superior del espíritu o cualquier otra etiqueta podrida”. Entonces estarían los bohemios al uso y los otros (bohemios ¿a la antigua?) que no le asignan a esa forma de vida (el caos, las vidas “vomitadas de música y tabaco y vilezas menudas”) un mayor valor. La bohemia al uso sería entonces la snob. Me pregunto cuál sería la bohemia al uso de hoy, tal vez la bohemia trashumante. Ahora, por ejemplo, está quedándose en casa el escritor galés Richard Gwyn, y la bohemia trashumante se pone en marcha: nosotros lo recibimos porque es amigo de amigos, hablamos de libros, de traducción, tomamos vino y todos los clichés… La relativa facilidad para viajar ha ampliado los límites de esos “grupos”. Gwyn me dice que le encanta Cortázar, leyó Rayuela y por supuesto no ve esa prosa pomposa que a algunos nos rechina en el Río de la Plata. Sin embargo, no le gusta Philip Larkin, por los mismos motivos. Es decir que la cercanía tiene un papel en todo esto. (Recordemos que César Aira es muy crítico de Cortázar: “El mejor Cortázar es un mal Borges”).

Yo no recorrí París siguiendo a Rayuela, pero es innegable que Rayuela ha marcado mi idea de París, lo que no es poca cosa (de Buenos Aires pienso en Sobre héroes y tumbas, de Ernesto Sabato). Si alguien me dice “Del lado de allá”, siempre pienso en París, o al menos en Europa (nunca podría ser Nueva York, por ejemplo); sin embargo “acá” y “allá” bien podrían ser las coordenadas norte/sur y no este espacio dividido por el océano Atlántico.

En Rayuela me gusta la manera en que se habla de Montevideo, una Montevideo decadente. Creo que en determinado momento Oliveira dice que el río estaba lleno de pescados muertos (risas).

—FT

En realidad, creo que cuando se habla de esta novela como de una lectura iniciática, adolescente, se piensa en la pequeña parte que es una historia de (des)amor, los capítulos neorrománticos, muy deudores de Nadja de André Breton; pero en realidad la mayor parte de la novela es una suerte de enciclopedia sobre literatura, música, pintura, historia, en sintonía con lo que en esa misma época estaban haciendo otros autores europeos, como Georges Perec.

—JC

Hoy en el avión, de Santiago de Chile a Santa Cruz, Bolivia, se sentó a mi lado un chico joven, de veintipocos, y el libro que tenía en la mano era Los premios. Hablamos un buen rato y me dijo que había leído Rayuela dos años antes, siguiendo el mapa, y que le había fascinado. Lo que más le interesaba, dijo, no eran las historias en sí, sino la manera de contarlas, el “cómo”. Al final resultó que el chico estudiaba cine, y me dijo algo que me gustó: que ese encuentro (el hecho de que él se sentara justo en el asiento de al lado cuando nosotros estamos teniendo este diálogo sobre Cortázar) podría haber ocurrido en Rayuela.

Para mí lo más interesante, o debería decir, lo que me sigue interesando, es justamente esa parte enciclopédica que menciona Jorge. Por eso recuerdo con fascinación “El perseguidor”, aparte de que el retrato de la locura que hace en ese cuento es fabuloso.

—FT

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Que seas tú mi interlocutora me hace pensar en las Rayuelas de nuestra época. Los libros excesivos, que rompen moldes. Las Rayuelas que se imponen, como La casa de hojas, de Danielewski; y las que no, como La novela luminosa, de Levrero. En el contexto del boom fue paradójicamente mucho más sencillo que una novela se difundiera en el conjunto de la lengua. Y que influyera globalmente. La influencia de Rayuela fue instantánea, la de Bolaño o Danielewski necesitó varios años, la de Levrero se puede rastrear localmente pero se instala todavía en el porvenir (que en realidad es el lugar de la literatura).

—JC

Sería buenísimo tener una novela de Levrero con la estructura de Rayuela, porque una estructura así se prestaría bien para historias con ribetes oníricos o fantásticos. Para mí la estructura sigue teniendo mucho potencial (la idea de los capítulos descartables, también), más ahora en la época del hipertexto. Cuando te mencionaba “El perseguidor” ayer, es porque de algún modo ahí ya están los problemas de Rayuela; el mismo Cortázar dijo que “‘El perseguidor’ era una paqueña Rayuela”. Levrero, a diferencia de Cortázar y Danielewski, no se interesaba por la novela total; sin embargo, su manera de escribir, espontánea, sin orden (aunque vivió luchando por imponerse un orden, y de esa lucha nacen La novela luminosa y El discurso vacío), más bien intuitiva, es similar al modo en que Cortázar escribió Rayuela. Leí en alguna entrevista que lo primero que escribió fue el capítulo de la tabla con la que querían unir las ventanas. Fue un episodio que Cortázar vio en la calle, y luego lo escribió con la idea de que iba a ser un cuento, pero cuando terminó de escribirlo se dio cuenta de que ahí no había un cuento, y a partir de esa escena y de esos personajes empezó a escribir el resto (o sea, lo anterior, el pasado en París). El hecho de que la escritura de Rayuela fuera así, hecha de fragmentos, de cositas que Cortázar tenía escritas en libretas o sueltas y que luego fue integrando a la novela, creo que hace a su estructura y a su estilo. Porque el material llama a la forma. Sobre los libros excesivos, yo creo que —como los malos poetas de Fogwill (risas)— se necesitan más libros excesivos.

—FT

Pienso que ya casi estaría todo. Sin embargo quisiera que cerráramos la conversación abordando una última cuestión: recuerdo en la correspondencia de Cortázar que la escritura de Rayuela le parecía necesaria porque se oponía a esas novelas de “pelotudos ontológicos” (estaba pensando en Sabato) y le parecía que era necesario plantearse la novela de otra manera. Parece que hoy la literatura se encuentra en el punto opuesto del péndulo, y aun así hay quienes descartan a Cortázar (no sólo al de Rayuela) como un formalista, cuya obra carece de sustancia y es puro juego verbal. Es algo en lo que difiero, pero quisiera saber cuál es su postura y qué tanto ha cambiado el perfil de un escritor “comprometido”, desde Cortázar hasta nuestros tiempos.

—RLV

Yo diría que, por un lado, están los supervivientes de la época de Cortázar, como Juan Goytisolo o Mario Vargas Llosa, que siguen actuando como intelectuales de aquellos tiempos, en medios como El País, que también actúan así porque hay un público que siente que esa continuidad es posible y necesaria. Por el otro lado, está el compromiso que se justifica por la intensidad política de ciertas zonas, pienso en David Grossman en Israel o en los escritores venezolanos o mexicanos de nuestro cambio de siglo. Sin esa intensidad crónica, violenta, es difícil poder creer en la figura del intelectual clásico.

—JC

Lo que pasa es que hoy hay batallas que se juegan en distintos frentes, por lo que la idea de escritor comprometido es más amplia o más diversa. Estoy de acuerdo con Jordi sobre la importancia de esos autores que trabajan la crónica o el testimonio del horror. Pienso también que trabajar el lenguaje (es decir, con el lenguaje) ya es un compromiso político. Escribir una novela de denuncia con un lenguaje plano, que repite las fórmulas de la gran estructura que nos oprime, es para mí igual de inútil. Por supuesto que esto es una opinión muy personal. Ahora recuerdo el maravilloso texto de Diamela Eltit, El padre mío, que es la desgrabación íntegra de unas entrevistas realizadas a un esquizofrénico que vivía en la calle. El resultado no sólo es sumamente político sino poético y conmovedor. Además diría que un escritor comprometido sería también el que utiliza los espacios de visibilidad que se le abren a partir de sus libros (que no tienen por qué tener ningún contenido abiertamente político) para generar conciencia sobre los temas que le preocupan.

—FT

 

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Aurora Bernárdez, traductora

Mientras se llevaba a cabo esta conversación, falleció en París Aurora Bernández (1920 – 2014), quien fuera la primera esposa de Julio Cortázar y su albacea literaria. Si bien asumimos que será imposible separar su figura pública de su relación con el autor de Rayuela, queremos tomar esta breve nota para agradecerle sobre todo por su labor como traductora. Bernárdez tradujo, entre otros, a Ray Bradbury, Gustave Flaubert, William Faulkner, Vladimir Nabokov, Jean-Paul Sartre, Albert Camus. Con sus traducciones no sólo ayudó a divulgar toda una generación de autores que ahora nos resultan indispensables, sino que tenían siempre una calidez y claridad que supieron acercar a toda una generación de lectores hispanoparlantes a grandes obras de otras latitudes. Por ejemplo, en Justine, de El cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell, supo conferir muy bien el exotismo y el sabor mediterráneo de la ciudad egipcia. Donde la prosa árida de Durrell recuerda a la de su maestro Henry Miller, la traducción de Aurora Bernárdez emparenta la Alejandría de la entreguerra con el Macondo de García Márquez, la Ciudad de México de Carlos Fuentes y el París de Cortázar, que fue también su París.


Autores
(España, 1976) es crítico literario y escritor. Autor de Teleshakespeare (Errata Naturae, 2011), Librerías (Finalista del Premio Anagrama de Ensayo, 2013) y de las novelas Los muertos y Los huérfanos, que junto con Los turistas formarán una trilogía editada por Galaxia Gutenberg (2014–2015).
(Uruguay, 1976) es autora, entre otros, de La azotea (2001 y 2010, Tercer lugar en el Premio Nacional de Literatura), Cuaderno para un solo ojo (2002) y El regreso (2013).
(Distrito Federal, 1946) es autor de Península (Alfaguara, 2009), con la que ganó el Premio Real Academia Española y el Premio Elena Poniatowska. Su último libro publicado es Charras (Alfaguara, 2011).
Ilustración: Flickr / artvintage.

las colmenas habían dado a las flores, al silencio, a la suavidad del aire,

a los rayos del sol, un significado nuevo.

Maurice Maeterlinck, La vida de las abejas.

 

Cuando pienso en la traducción de poesía que se lleva a cabo en Argentina, el panorama nacional es sumamente alentador; hay muchos y muy buenos traductores, abocados a distintas lenguas, entre ellos Miguel Ángel Petrecca (traductor de la poesía china contemporánea); Cristian De Nápoli (que tradujo al poeta brasileño Vinicius de Moraes); Laura Wittner (publicó recientemente una antología de poemas de James Schuyler); Ezequiel Zaidenwerg (que tradujo a Mark Strand); Mirta Rosenberg (reconocida traductora de la poesía norteamericana; se pueden leer sus versiones de Katherine Mansfield, que realizó junto a Daniel Samoilovich); Jorge Fondebrider (traductor, entre otros, de la obra de Georges Perec); Delfina Muschietti (traductora de la poesía de Pier Paolo Pasolini); Fabián Iriarte (son destacables sus traducciones, junto a Lisa Bradford, de los poetas latinos en Estados Unidos); Marcelo Cohen (me viene a la memoria, entre muchas otras, su traducción de Ventanas altas, de Philip Larkin); Rolando Costa Picazo (que publicó recientemente una antología de poemas de Frank O’Hara), Jorge Aulicino (su reversión del Infierno, de Dante, es monumental) y Ricardo Herrera (traductor de la obra de Eugenio Montale), entre muchos, muchísimos otros que seguramente estoy olvidando. Poco importan las omisiones: la lista no pretende ser exhaustiva sino reveladora de un panorama heterogéneo, activo y prometedor. Después de este recuento, quisiera hablarles del Gran Traductor Argentino. Para mí, el Gran Traductor de poesía no se encuentra entre los mencionados, porque su tarea es silenciosa y microscópica, como la de esos insectos insignificantes cuya existencia, no obstante, constituye la base de un ecosistema entero. El Gran Traductor Argentino se llama Eric Schierloh —conocido como Billy, el Apicultor— y editor del sello Barba de Abejas. El rótulo de “editor” le queda particularmente chico: Schierloh es impresor, ilustrador, diseñador y encuadernador de los libros de su editorial. Como esos cuadros hiperrealistas de Helmut Ditsch, en donde la suma de trazos mínimos termina por desafiar a la imagen fotográfica, del mismo modo, los libros de la editorial Barba de Abejas, que Schierloh fabrica con sus propias manos en su taller de City Bell (ciudad de La Plata, provincia de Buenos Aires), son, a fuerza de un máximo refinamiento, mejores que cualquier libro de imprenta, porque conservan algo de lo que Walter Benjamin llamaba “aura”.

El carácter artesanal de cada ejemplar es el producto de una parsimonia de abeja que desconoce toda ansiedad. Estos libros, cosidos, encuadernados en tapa dura, vienen numerados, con una tipografía cómoda que no escatima lugar en la página; los textos, traducidos por el mismo Eric, suelen estar acompañados de un prólogo y notas acerca de los detalles de la traducción. Los ejemplares jamás se agotan porque el editor siempre puede hacer más. En pocas palabras: estamos ante ediciones cuidadas, de buena calidad, resistentes, con traducciones inéditas en español o que no se consiguen en Argentina.

Si el rótulo de “editor” es demasiado pequeño e injusto para una tarea tan grande, en cambio, pienso en Eric Schierloh como el Gran Traductor Argentino. Schierloh, en efecto, traduce en sentido estricto: en su editorial ha publicado antologías de Theodore Enslin, los textos poéticos de Herman Melville, los diarios inéditos en español de Ralph Emerson, Henry David Thoreau y Nathaniel Hawthorne, poemas de D.H. Lawrence y David Meltzer, entre otras cosas. Como vemos, su lugar de editor está atravesado por su condición simultánea de traductor, lo cual nos permite imaginar toda una nueva dimensión de lo que significa traducir, ya en sentido amplio: se trata de otorgar un nuevo soporte al texto original, y no sólo situarlo en otra lengua, sino dotarlo de una nueva materialidad, de una nueva apariencia. Traducir es editar: hacer que el texto reaparezca en otro formato. Traducir es un proceso de polinización: una transferencia del poema desde los textos originales hasta las partes receptivas del lenguaje personal del traductor, donde germinan, haciendo posible la producción de semillas —libros y frutos—, los lectores y las lecturas.

En Argentina, muchas editoriales independientes publican traducciones de poesía: Gog y Magog, Bajo la luna, Adriana Hidalgo, Ediciones del Dock, Huesos de Jibia; sin embargo, con Barba de Abejas emerge la idea de que traducir también es generar los propios recursos materiales para hacerlo; saber dónde ubicar los libros, cuáles serán las librerías-colmena más fecundas. No se trata simplemente de hacer un producto autosustentable y mucho menos rentable, sino de tener una política editorial que proteja el aura de los objetos artísticos que salen de la mente del Gran Traductor. Por eso, los libros de Barba de Abejas no podrían ser absorbidos por las grandes lógicas del mercado. Todo lo contrario, el apicultor prepara sus libros siempre en pequeñas cantidades pero con base en firmes demandas de libreros y lectores que compran y recomiendan su trabajo. Así se genera una red que sale de la ciudad y se ramifica, lenta pero firmemente, por muchos otros lugares del país y, a veces, del continente.

Para hablar de la traducción de poesía en Argentina me parece que ya no es posible soslayar el trabajo de Eric Schierloh y su editorial Barba de Abejas. Y no sólo por el valor intrínseco de los textos que pone en circulación o por la belleza de las ediciones que produce, sino precisamente porque nos permite repensar la traducción como una práctica que va más allá del lenguaje, en donde vemos involucrados los modos de hacer libros, los diseños de redes de distribución y la proyección de nuevos lectores. El traductor también puede ser comparado, finalmente, con un apicultor, según lo describe Maeterlinck en La vida de las abejas: aquel que “aguarda con un sombrero de paja (porque la abeja más inofensiva saca inevitablemente el aguijón apenas se enreda en los cabellos), pero sin careta ni velo, y después de haber metido los brazos hasta el codo en agua fría, recoge el enjambre”.


Autores
Mar del Plata, Argentina, 1983) escribe y traduce. Como poeta publicó Josele, Los círculos del agua (Dársena3, 2004), Pluvia, Una, dos comadrejas, Bruma (los tres publicados por VOX en 2007, 2010 y 2012, respectivamente), Los sapos (Sacate el Saquito, 2011) entre otros. Tradujo Paterson V, de William Carlos Williams (Luz Mala Ediciones, 2012).

Sin afán de apelar a una autoridad inmerecida frente a mi lector, le cuento que, revisando un cuaderno de apuntes, di con algo que Eliot Weinberger me dijo en una conversación fortuita en Banff, Canadá, en 2011: “El ensayo nunca ha tenido una vanguardia”. Esta sentencia era en realidad una expresión más contundente de algo que Eliot ya había dicho muchos años atrás en una entrevista que concedió para Esther Andradi, publicada por Letras Libres España.[1]En el texto publicado por la revista, Eliot había expresado: “El ensayo, especialmente en inglés, nunca ha tenido una vanguardia, es un territorio inexplorado, hay pocos ensayos de interés en inglés y todos han sido escritos por poetas. En inglés el ensayo está exactamente en el mismo punto que en el siglo dieciocho.”

Curiosamente, en la conversación cotidiana, sin registro ni participación periodística, Eliot Weinberger había decidido ser más tajante en su visión del ensayo contemporáneo. Solemos dejarnos impresionar por estas frases categóricas precisamente por su aire definitivo y me imagino que frente a unos traductores jóvenes no había tenido necesidad de hacer matices para lograr tal efecto. Recuerdo que discutimos sobre lo que significaba vanguardia, sobre algunos ensayistas en lenguas modernas de Europa, sobre lo que era o no era un ensayo tradicional y, a punto de caer en una discusión bizantina, Eliot advirtió que lo que había dicho no estaba enunciado en términos de veracidad, sino de posibilidad. Es decir, quería preguntarnos qué tan vanguardista se puede ser en el ensayo y lanzar la consigna de abrir nuevos senderos para un género tan escurridizo.

Una vanguardia vista desde la historia literaria parece ser tan sólo una mudanza de los valores estéticos que los escritores ofrecen y que la sociedad y sus instituciones culturales aprueban o desaprueban (entiéndase institución en su sentido amplio, que implica desde universidades, editoriales, crítica y opinión de autores o intelectuales prestigiosos). Sin público, sin una recepción afortunada, la innovación artística es vista como un ridículo malabarismo. Pero el verdadero espíritu de la vanguardia, en la acepción que le damos hoy en día, es el proyecto de modificar no sólo esos valores estéticos, sino retomarlos para evidenciarlos y cambiarlos de registro. La vanguardia es un propósito estético de alteración. Ahora bien, desde esta perspectiva, ¿qué tan vanguardista ha sido el ensayo?

Un libro suyo en particular bien puede ser el salterio de su prédica. Weinberger publicó An elemental thing en 2007;[2] es un libro de ensayos cuya particularidad es ofrecerse como una acumulación de hechos o aseveraciones sin citas, pero con una bibliografía abierta. Se trata de una suerte de mosaico organizado de hechos que de suyo son literarios, sorprendentes; un mosaico de conocimientos cuya virtud ensayística da la impresión de residir en el lugar que el escritor les ha concedido en el texto. El único requisito que Eliot se impone es que toda la información ofrecida debe ser verificable.

Para no hablar abstractamente, puedo ilustrar esta tendencia con su ensayo sobre los rinocerontes. Primero nos ofrece un texto periodístico sobre este animal en peligro de extinción: una ficha escrita en hawaiano que concluye con la pregunta: “¿con qué objeto fue entonces creado el rinoceronte?”. Luego, hace una historia brevísima del paso de los rinocerontes desde la alta Edad Media, hasta el siglo XVII. Habla del rinoceronte de Durero, de la obsesión de los reyes por poseer uno y de la muerte de cada uno de estos especímenes. En un punto intermedio, transcribe la correspondencia entre un cazador y un naturalista, donde éste se alarma por la disminución radical de la población de rinocerontes en África. El final, caracterizado por la falta de argumentación y por la impersonalización del discurso, es realmente una forma singular de ensayar. Eliot Weinberger nos ofrece una lista desalentadora de la población restante de rinocerontes en el mundo; inmediatamente después termina el ensayo citando el texto budista más antiguo que se encuentra en la Biblioteca de Londres y que fue reconstruido por algunos estudiosos: el budismo más antiguo recomienda “vagar como rinoceronte”. No es necesario que nos diga que la obsesión de Occidente por este animal acabó por extinguirlo.

La extraña morfología del ensayo filosófico de cierta escuela francesa, o la novela ensayística (llamémosla así) de Roberto Calasso, pueden ser ejemplos de una intención vanguardista de integrar la crítica textual a la interpretación histórica y la narrativa a la estrecha tarea de demostrar y persuadir.

Decir “El ensayo nunca tuvo una vanguardia” puede ser una provocación directa a los ensayistas para invitarlos a no conformarse con un género que siempre quiere ser más que la propia forma que lo contiene. Eliot Weinberger, ese erudito incívico, ese académico autodidacta, ese descreído bibliógrafo, demuestra que el ensayo quizá sea un territorio tan vasto que aglutine a otros géneros. En la medida en que sea cierta esa profecía de que todo texto puede ser convertido en literatura. ¿Qué –ismos podremos destinarle al arte de dar nuestra opinión?

 

 


[1]http://www.letraslibres.com/revista/letrillas/entrevista-con-eliot-weinberger

[2]El original inglés es de New Directions. Atalanta lo tradujo y publicó en 2010.


Autores
(Durango, 1988) es editor y traductor. Estudió Lengua y Literatura Francesas en la UNAM. Actualmente trabaja para el FCE.
Fotografía: Flickr / Ard Hesselink.

Cada calle es una calle sola sin otras que a simple vista la crucen por amenazantes, son pocas y bien largas, lo suficiente para huir a tiempo si vivís justo en el medio de una calle que está en una manzana larguísima equivalente a tres cuadras y escuchás el ruido de los invasores o de los que quieren deportarte, llevarte a una guerra matarte de frío, de hambre, de venenos buscarte para ir a lugares desconocidos que tienen demasiadas calles, tres calles donde en las colonias hay una sola, con el número correspondiente de esquinas por donde doblan y pueden acceder rápido a todas las casas robar chicos, secuestrar comida, usurpar violar a las rubias, rayar los pisos, desparramar las piedritas, arrastrar macetas romper los jardines y las verjas pintadas.

Y si lo mirás desde google earth ves detrás de cada casa un espacio verde unos patios campos donde podés criar hasta seis terneros hacer crecer zapallitos y pepinos en el verano, construirle una casa a los chorizos que se secan en invierno, diseñar una ermita con piedras para una virgen o santo estatuilla o pintadas en azulejos, sacar sillas al patio delantero, recibir visitas bajo un sauce, subirte al muro del gallinero para espiarle los chanchos al vecino, quejarse por el olor y los cajones de abejas vivir con el asfalto por delante el césped recién cortado por detrás, los hoyitos para los rosales, la vereda barrida. Ahora sí, miro cuidadosamente cada centímetro y no encuentro nada que me perturbe.


Autores
(Coronel Suárez, 1981) es profesora y poeta. Ha publicado las plaquettes de poesía Calle mate (Isidoro, 2009) y Du bist net schön (Acción Creativa, 2010).

Me gusta pensar que pertenezco a una generación que buscó regenerarse a sí misma y salir adelante. Con ello me refiero, un poco en broma, a quienes hemos vivido situaciones similares respecto al consumo de drogas y ahora nos dedicamos a algo relacionado con el arte. Las fotografías de Hecho en Ciudad Juárez, de Germán Canseco, me trajeron de vuelta los recuerdos del deterioro de mi propio cuerpo durante esos años, el mal sueño que significa la realidad cuando uno se automedica de esta forma y piensa que no pasa nada, que no pasará nada años después, cuando nuestro cuerpo cobre la factura.

En Hecho en Ciudad Juárez, los retratados son en su mayoría migrantes que no pudieron cruzar la frontera, que lo perdieron todo al perseguir un fantasma o al huir de lugares sumamente violentos y se hicieron amantes de la malilla —como le dicen a la heroína— en alguno de los miles de picaderos de Ciudad Juárez, Chihuahua.

En nuestro caso, a los 20 años el mundo posmoderno de la fiesta nos sedujo y de su mano tomamos las peores decisiones. Algunos terminamos en salas de emergencia, otros en centros de rehabilitación (los spas, como les decimos con humor); quienes se la vieron más difícil pasaron un tiempo en manicomios (manicures, como los llamamos para aminorar el miedo); y peor aún, los menos afortunados, aquellos que no contaron con el apoyo de su familia o con los recursos suficientes, todavía siguen deambulando entre la lucidez y la pesadilla que significa vivir anestesiado.

Hecho en Ciudad Juárez se inauguró el pasado diciembre en el Centro Fotográfico Manuel Álvarez Bravo. No se trata de una serie nueva, pertenece a la colección José F. Gómez y fue reimpresa gracias al apoyo del Centro de las Artes de San Agustín (CASA). En septiembre del año pasado, Germán Canseco, Antonio Turok, Juan Carlos Reyes y Félix Reyes Matías presentaron en el mismo lugar, esta serie fotográfica en formato libro. Para tomar estas fotografías, Canseco visitó más de 80 picaderos de aquella ciudad fronteriza durante el 2008.

Cuando en una entrevista le preguntaron si había sido peligroso fotografiar esos lugares, Germán contestó que sintió más miedo al buscar una fotografía de Peña Nieto. Como fotoperiodista de la revista Proceso, cubrió además el conflicto armado en Chiapas, las visitas del Papa a México, las campañas electorales desde Ernesto Zedillo hasta Peña Nieto; el conflicto magisterial en Oaxaca, la hambruna en la Sierra Tarahumara y las caravanas del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad (MPJD).

Al escuchar que algunas personas defienden el consumo libre, recreativo, de drogas, pienso que nadie sabe lo que dice. Aún hoy me cuesta trabajo tomar una postura firme en torno a la legalización de estas sustancias. Veo que es claramente un problema de salud pública que debe atenderse, que la legalización implica también hacer esta llaga visible y darle solución; sin embargo, también miro con desconfianza a quienes se proclaman consumidores frecuentes y dicen poder controlarlo, no estar dañando su sistema nervioso, su equilibrio mental, su carne.

Las imágenes exhibidas en el Centro Fotográfico Álvarez Bravo retratan estas vicisitudes del cuerpo de los adictos a la heroína. Carne carcomida, carne molida por las jeringas, las infecciones y el daño que causa esta droga en los tejidos frescos. Deterioro de la carne por la malilla. La malilla que los obliga a robar y hasta a matar para conseguir un poco de dinero e inyectarse unas cuatro veces al día. Hay una imagen estremecedora que Germán Canseco tituló “El baile del diablo”. En ella aparecen dos pares de piernas en aparente movimiento sobre el piso de tierra de un picadero. Un hombre y una mujer bailan, seguramente en éxtasis por la droga. Sus piernas desnudas muestran las heridas que han dejado los pinchazos, sangre expuesta y coagulada, a veces chorreante.

Aparte del horror y la sorpresa que producen estas imágenes en el espectador, lo que se rescata en ellas es su carácter de denuncia social. Canseco hace visible esta realidad desgarradora, un estado de las cosas del que evidentemente poco sabemos. No en balde Inframundo —proyecto paralelo a Hecho en Ciudad Juárez — le hizo merecedor del Premio Nacional de Periodismo 2008. Lo cierto es que en las clínicas suelen negarles atención médica, quizás porque los consideran un caso perdido, quizás por desconfianza o miedo. Quizás porque comúnmente se piensa que un adicto sabe qué hace y no le importa, es egoísta y prefiere el placer que otorga la sustancia, y en parte así es, pero también un ser desterrado necesita ayuda, todos en algún momento la necesitamos.

Hace algunos años no me daba cuenta de que el uso de drogas, ese uso excesivo que forma parte de la fiesta y su sintomatología, es un reflejo vivo de un sistema enfermo donde aprendemos a automedicar nuestras desgracias. Hijos posmodernos, con padres que trabajaron todo el tiempo para cumplir sus propias fantasías. Fuimos educados por la publicidad y las falsas gratificaciones. Aprendimos a tragarnos todo el miedo y a explotar en la plasticidad de la fiesta, la música, la compañía efímera. Muy diferente es el caso de los adictos retratados por Germán Canseco. No obstante, en el fondo compartimos la facilidad con que encontramos las sustancias y lo difícil que fue recibir ayuda o pedirla.


Autores
Es licenciada en Lengua y Literaturas Hispánicas, por la UNAM. Junto al artista plástico Pavel Acevedo, dirige Espacio Centro, un lugar independiente de exhibición y producción artística ubicado en la periferia de Oaxaca. Trabaja lentamente en su ficción y en un pequeño huerto.