Tierra Adentro
Fotografía por Nidia Rosales Moreno.

A unos días de que el pueblo mexicano celebrara a sus muertos con las tradicionales ofrendas, Nidia Rosales nos comparte su visión y experiencia desde el estado de Oaxaca.

Sólo conocemos el pasado. Si el presente es impreciso y el futuro incierto, el pasado se parece a un documento que hemos de aprender a leer. No hay certezas, más que algún día nos leeremos bajo otras circunstancias, rebasando el texto y sus límites quizás. El día de muertos en Oaxaca es una oportunidad para consultar ese sitio amorfo e inconcluso. Construir el pasado es una urgencia del cuerpo que si no atendemos a tiempo, nos enferma. Vamos al panteón a visitar a nuestros muertos, a limpiar sus tumbas y colocar flores para llevarlos de regreso hacia su antigua morada, donde los espera un altar de frutas, pan, agua y sal. Honramos el pasado y convertimos el panteón en una plaza pública.

Nos corresponde la vida y sus placeres, pero no olvidamos. Mi abuelo nació un dos de noviembre. Como era de esperarse, su nombre fue Santos. Su foto descansa en mi altar este año, la encontré en un viejo álbum fotográfico. Mi padre tenía años de no verlo, me dijo mientras encendía otra vela. En la foto aparece recargado en el capó del auto que la cigarrera donde trabajaba le prestaba para distribuir mercancía en la ciudad. Fue un hombre de carácter terrible e impredecible, colérico con sus hijos, generoso con extraños. Lo recuerdo en sus últimos días maldiciendo el aire, amarrado a su cama para no hacerse daño. Se volvió loco Santos, y nadie supo bien qué hacer con él ni con su recuerdo. Mi abuela todavía lo espera en algún lugar habitable de su frágil memoria.

El cuerpo es una plaza habitada por todos. Hay quienes llegan para quemar árboles y secar fuentes, otros para sentarse y disfrutar del sol, del viento fresco de la tarde. Hay quienes nos sacan de ahí a la fuerza y entonces nos cuesta años regresar al sitio de donde partimos. Volver a hacer del cuerpo un lugar habitable.

En Oaxaca, la celebración de todos los santos es una fecha cargada de pequeñas nostalgias, forma parte de un ritual que con el tiempo ha adquirido distintas tonalidades. Mis abuelos solían cerrar las puertas de su casa, cubrir espejos, apagar la radio en estos días. No estaba permitido salir a la calle si no era para ir al mercado o al panteón. El copal ardía en el pebetero para conducir a los muertos, se diluía poco a poco entre flores amarillas y olor a chile asado.

La cresta de gallo es una flor muy roja que crece en esta temporada y se lleva a los altares y panteones para adornarlos. De cerca parece un cerebro para ocultar mosquitos, sangre recorre sus acueductos pilosos. No hay delicadeza en ella como tampoco en esta fiesta. Los antiguos mexicanos nos legaron vestigios de sus duales creencias y de su tempestuosa sed catártica. Dionisio a todo lo que da, para crear un símil.

En Jalatlaco, barrio anexo al centro de esta ciudad, uno de los pocos barrios que quedan y cuyos habitantes solían dedicarse a la curtiduría, se realiza cada año una comparsa. En la comparsa vecinos de Jalatlaco se disfrazan, bailan, beben y dicen algunas verdades. A su paso por estas calles empedradas visitan distintas casas donde los reciben con música de banda. Los danzantes aprovechan el anonimato que ofrece el disfraz para denunciar algunos asuntos que competen a su comunidad. Chismes sobre secretos amoríos pero también denuncias de injusticias se escuchan en versos satíricos, los pobladores tienen así la oportunidad de hablar libremente y sin temor, desahogarse quizás de sus propias soledades. Mientras tanto, los visitantes aprovechan para emborracharse y disfrutar del paseo nocturno acompañados de otros seres etílicos. Este año se ve que hubo dinero, me comentó un taxista cuando regresaba a casa. Los disfraces fueron elaborados, el mezcal corrió entre los noctámbulos hasta la madrugada, el humor negro salió del cuerpo cansado.

Postraos, aquí la eternidad empieza y es polvo aquí la mundanal grandeza, se lee a la entrada de los cementerios en México. En las poblaciones aledañas a esta ciudad dichos recintos suelen encontrarse en lo alto de algún cerro, lugar sagrado y animado para las civilizaciones precolombinas. Los principales sitios arqueológicos de esta región dominan desde las alturas el paso del tiempo. Cuando era niña vivía justo al lado del primer cementerio secular de esta capital. Solía buscar la tumba más vieja e inventarle una vida a aquellos huesos. Hay personas recostadas bajo mis pies que quizás conversan para no aburrirse, pensaba asustada. Para contar historias, los nombres me daban una primera pista, dotaban de rostro a cada personaje. Ahí también se encontraban aquellas lápidas borradas a las que alguien por costumbre o compasión colocaba velas. Las palabras son los rastros que dejamos por el mundo, se quedan nuestras vocales pegadas a cada objeto.

La imaginación es el único medio para conocer la realidad. Lo que imaginamos puede crearse. Lo que imaginamos existe, y más aún, es aquello que fue. Me he explicado el pasado muchas veces en un afán por vincular los actos a veces incomprensibles de los otros. Al final, esa búsqueda me hace pensar que todo ha sido siempre un paseo circular por las mismas dudas y que aquella sed de verdad les correspondió alguna vez a mis ancestros. Lucha constante por continuar la trayectoria y seguir de pie. No hay respuesta más que el misterio compartido en una caminata hacia el mar. Disfrutar el presente, dicen por ahí como consigna. Disfrutar lo que el cuerpo da como una isla de tierra fértil y cascadas dulces.

Lo inmediato siempre ha sido el cuerpo. El cuerpo es un mapa, papel donde contamos historias y dibujamos paisajes para no olvidar. En algunas poblaciones aledañas a la capital, suelen pasarse los días de muertos junto a la cripta familiar, velando la tierra sagrada de aquellos difuntos. Las conversaciones se extienden seis metros bajo tierra y con ellas se recuerda la tragedia que significa morir después de tantos placeres incluso prohibidos.

El 3 de noviembre se quita el altar, se reparte la fruta y el pan entre familiares y amigos. Dicen que los muertos se llevan el olor de estos alimentos, pero yo no he probado fruta más dulce que la tocada por sus manos de aire. A las tres de la tarde es momento de irse, de regresar al cansancio de los días áridos. Un año para conversar bajo la tierra y recordar aquello que fue una vida entera. Recordar para no morir de muerte metafórica, la peor de todas. Los años pueden doblarse como un acordeón y darse así saltos en el tiempo, volver a Comala, ese lugar donde nació mi abuelo y donde voy, otra vez, a conocerlo.

Más allá de Halloween y su sentido homogeneizador que merma poco a poco esta celebración, el día de muertos en Oaxaca sigue teniendo una función constructiva, sanadora tal vez. Cuando recordamos también resolvemos, hacemos las paces y quizás perdonamos los inevitables errores propios y ajenos, las situaciones inconclusas que se lleva la muerte o el silencio. Necesitamos recordar para continuar el misterio y compartirlo. Después de esto no hay nada, me parece, pero es bueno pensar que quienes amamos regresan, como se construyen edificios sobre la nada, cuando los traemos a la memoria.

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
Es licenciada en Lengua y Literaturas Hispánicas, por la UNAM. Junto al artista plástico Pavel Acevedo, dirige Espacio Centro, un lugar independiente de exhibición y producción artística ubicado en la periferia de Oaxaca. Trabaja lentamente en su ficción y en un pequeño huerto.
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Fotografía cortesía de la autora
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