Tierra Adentro

 

“Pase lo que pase, tenga presente que no dejaré de amarla de ese modo que me es propio como lo hice desde que la conocí; un modo que seguirá vivo en mí y, estoy seguro, no morirá”.

X

El correo electrónico de despedida que le mandara su ex pareja a la fotógrafa francesa y artista conceptual Sophie Calle en el año 2004, sería el detonador de un proyecto que presentaría en el Pabellón francés de la Bienal de Venecia en el 2007. Se trataba de una instalación en la que Calle presentaba la interpretación de 107 mujeres de distintas profesiones de la carta de ruptura que le había sido enviada, haciendo que cada análisis diera un significado distinto a aquel escrito. La obra se compone de fotografías de cada mujer, videos con la lectura, danza o actuación que hicieron algunas de ellas y textos con las correcciones y las anotaciones que otras tantas habían realizado en un intento por entender lo que aquel hombre había querido decir a Sophie.

En octubre del 2014 llegó a México la instalación Cuídese mucho (Prenez soin de vous), que ha sido expuesta en el Museo Rufino Tamayo en colaboración con el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey (MARCO). La instalación de Calle muestra la forma en la que los humanos nos relacionamos afectivamente y cómo es que estas relaciones se encuentran llenas de contradicciones en las que podemos ver una infinidad de interpretaciones. Los humanos entendemos el mundo a través de lo que somos, de nuestras vidas y de nuestras propias experiencias, y eso es lo que Calle ofrece en su exposición, una vasta cantidad de formas de entender una misma carta a través de la mirada, de las mentes y los cuerpos de otras mujeres.

El trabajo de Sophie Calle se reconoce por “explorar los límites privados de relaciones interpersonales en un espacio público y llamar la atención sobre cuestiones importantes de la experiencia personal”.[1] Cuídese mucho es un claro ejemplo de la forma en la que Sophie borra la línea que divide lo público de lo privado, presentando un trabajo en el que muestra un parte de su vida y de la cual está constantemente explorando al momento de realizar sus proyectos fotográficos. La obra de Calle se distingue por llevar más allá la idea que sirve de base al proyecto, que por hacer énfasis en el resultado. La exposición cuenta con fotografías de gran formato en las que se muestra a las mujeres leyendo la carta; a muchas de ellas no se les logra ver el rostro que está siempre escondido debajo del cabello, oculto detrás de una mano o detrás de la carta que tienen frente a sus ojos. En las fotografías se aprecia un juego de luces y sombras, sobre todo porque algunas de las mujeres se muestran cerca de alguna ventana dentro de la casa o dentro de la oficina, como si a través de ella pudiera filtrarse todo lo de afuera, lo público.

Sin embargo, la idea detrás de las fotografías y de los videos es lo que importa en Cuídese mucho, pues se trata no tanto de las fotografías de las mujeres que interpretaron el texto, sino de leer cómo es que cada una de ellas entendió la carta de un hombre que, en palabras de Calle, no sabía cómo decir que se iba. Los parámetros, menciona Sophie Calle en una entrevista a la curadora Louis Neri, fueron establecidos de tal modo que cada mujer hablara desde el punto de vista de su profesión sin que sus sentimientos hacia ella y su situación influyeran en su interpretación.

“Dice que siempre la amará. Si la ama no sé entonces por qué la deja”. Ambre, estudiante de 9 años.

“Esta carta, si es auténtica, fue escrita aparentemente por un manipulador, un seductor, cuyas relaciones con otras están basadas en la dominación y el poder.” Michéle Agrapart, criminóloga.

“(…) él no puede soportar ser despojado de las prerrogativas tradicionales del macho (…)” Francoise Héritier, antropóloga.

Aparece la imagen distorsionada de un mismo hombre, el ejercicio es descomponer a una sola persona en pequeñas partes hasta lograr encontrar su verdadera esencia, sus verdaderos sentimientos, su forma de pensar, sus muchas caras y múltiples facetas. Lo encuentran ególatra, amoroso, despreocupado, descarado, despiadado pero honesto. Es a su vez víctima y victimario, jugador, incoherente, producto de sus traumas de la infancia, de las relaciones sociales, de las relaciones de poder, de los roles de género, de la cultura y de la historia. De este modo, tras la disección interpretativa de la carta, Sophie se distancia de la realidad de su propia experiencia y en cierto sentido se cuida a sí misma,[2] tal como se lo pidiera su ex marido.

El hecho de que Calle saque a la luz un asunto privado de su vida no sólo hace que el espectador se cuestione sobre la obra en sí, sino que al mismo logre cierta conexión con ella, que se identifique con algún elemento del trabajo. La exposición permite que el visitante interiorice sobre sus propias relaciones personales, que defina la forma en la que entiende su manera de interactuar afectivamente. Al mismo tiempo permite observar la manera en la que una persona define y reconoce a otra a través de una carta, de una palabra, de un sentimiento o de una emoción. El trabajo de Sophie Calle es notable, sobre todo por la forma en la que crea conceptos basándose en su vida y en sus experiencias personales. “Su arte es la forma en la inventa su propia vida”,[2] mencionaba el artista, ex pareja de Calle. La carta hace mención de dos cuestiones que muchas veces pueden llegar a confundirse: el amor y el contrato. Se trata pues de una muestra en la que claramente vemos cómo es que un grupo de mujeres entienden la relación entre ambos elementos, y al mismo tiempo nos da un coctel visual en el que las fotografías son sólo un medio por el cual se hace visible una gran cantidad de emociones en torno a un mismo texto.

 


[1]Sophie Alexandra Thorn, “The abuse of power and indiscretion: Identity, mouring and control in the work of Sophie Calle”, pág. 1.

[2] Ibid., pág. 62.

[3] Ibid., pág. 64.


Autores
(Distrito Federal, 1991) estudió Historia en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. Durante su carrera enfocó sus investigaciones a la fotografía del México decimonónico. Ha tomado cursos de retrato y fotografía digital en la Escuela Activa de fotografía y en la Facultad de Artes de la UAEM.

Cuando me mudé a la Ciudad de México, a los dieciocho años, lo que más me impresionó fue la indigencia. Quizá porque fue lo primero que vi. Apenas tomé el metro, con una mochila ridícula al hombro y un hombre posiblemente enfermo del hígado se arrastraba por los vagones con un trapo en la mano, intentando limpiar los zapatos de los usuarios.

     Antes de la mudanza, por teléfono, había acordado con una señora de nombre Violeta ocupar uno de sus cuartos; en un periódico de clasificados ofrecía la habitación para “caballeros honorables”, mostraba algunas fotos de la decoración avejentada y explicaba que el inquilino no tendría que hacerse cargo de nada. Su casa estaba a espaldas de Chimalistac; escogí vivir allí porque así podría irme caminando a la Facultad de Filosofía y Letras. No tendría otra cosa más que hacer que leer.

Esperando a que llegaran mis cosas, la primera noche en el D.F. la pasé, sin embargo, en la casa de una prima de mi papá, que no conocíamos hasta el reciente funeral de mi abuelo; le conté en el funeral que me mudaba y me ofreció hospedaje. A la Ciudad de México me mudé un sábado y el domingo me entregaban las llaves de mi cuarto. Así que le hablé a la señora Isabel. Cuando llegué a su casa ella se sentía un poco avergonzada conmigo porque alguien le había pedido el mismo favor un día antes; se trataba de un viejo amigo de la familia que había estado en un centro para alcohólicos donde abusaban de los internos y, desesperado, le había pedido ayuda. Cuando me presenté y le pregunté su nombre me dijo: “Me puedes decir Sr. Derrota” y soltó una carcajada protagonizada por una ausencia casi completa de dientes.

Compartimos la habitación, un cuarto con dos camas individuales, decorada con pósteres del Sagrado Corazón de Jesús y del Santo Niño de Atocha. El Sr. Derrota estaba completamente golpeado; lo alcancé a ver de reojo cuando se quitaba la camisa, desvié la mirada hacia el techo pero le hice la plática por la enorme curiosidad que me causó. Con la luz apagada, mirando hacia el techo, platiqué con un viejito de 80 años desconocido y triste que había sido redactor de libros de texto para la Secretaría de Educación Pública de Veracruz. Cuando le conté que venía a estudiar literatura al D.F. se puso a hablar de Dostoievski. Naturalmente había una pregunta que debía hacerle, la más importante: “¿Qué va a hacer después, si no tiene dónde quedarse y no se puede quedar allí para siempre?”. La respuesta era más abrumadora de lo que pensaba: “No sé. La verdad no sé. Creo que voy buscar un albergue”.

Al día siguiente llevé mis cosas a mi nueva casa y la señora Violeta, disfrazada con una falsa opulencia, me recibió con un bastón en la mano y miles de recomendaciones. Una de las recomendaciones era no ir al barrio de Santo Domingo. Ese mismo día por la tarde fui a comer al centro, a una fonda que ya no existe y que estaba por Donceles y Bolívar. Cuando salí atravesé Eje Central rumbo a La Alameda: había un tragafuegos en la esquina; un niño paseaba a otro niño sin piernas en un carrito, pidiendo dinero; frente a la iglesia cercana a metro Hidalgo y por el parque José Martí había dos personas con las piernas gangrenadas y un grupo de muchachos inhalando solventes.

Naturalmente había visto el rostro de la indigencia, pero no ese rostro, no uno tan dramático y terrible, como si la pobreza tuviera además de una injusticia rotunda una todavía mayor reservada para otros tantos. Lo primero que me dije fue que esa reacción que había tenido debería conservarla y no dejar de sentirla nunca: para muchos, y no quería ser uno de ellos, es fácil acostumbrarse.

Años más tarde me invitaron a una fiesta cerca de Polanco, pero no muy lejos de la Condesa. Aparentemente, la casa donde se celebraba el cumpleaños de uno de los propietarios había pertenecido a un escritor famoso que, para variar, yo nunca había leído; la biblioteca tenía libros de gran valor, supuestamente. Ese cuadro era de alguien, aquella silla también. La casa estaba decorada con las reliquias que el jet-set mexicano idolatraba y con los amuletos caros al esnobismo, como un jardín. Los temas de conversación eran poco menos variados que los tipos de alcohol que los meseros servían. Parecía una ciudad desmesurada donde ni la opulencia ni la pobreza tenían límites, donde todas las formas de existir parecían desmedidas.

Uno de los invitados, al parecer un fotógrafo en ciernes con buenos contactos, decidió que era buen momento para anunciar que él y su amigo, el cumpleañero, el festejado, iban a exponer pronto en una galería afamada un portafolio que habían preparado para un periódico europeo. No es necesario que insista en la azarosa costumbre con que nos reencontramos con las personas. Las fotos colocadas en el jardín eran los retratos de algunas casas para ancianos y de la lamentable situación en que vivían. El tema era algo como “Ser viejo en Latinoamérica”. La tercera foto era la del Sr. Derrota. El señor, que al parecer nunca se había repuesto del todo de los hematomas, sonreía naturalmente desdentado para el fotógrafo y para todos nosotros, sus vecinos de ciudad.


Autores
(Durango, 1988) es editor y traductor. Estudió Lengua y Literatura Francesas en la UNAM. Actualmente trabaja para el FCE.

Quiero aclarar que fue al otro Jaime al que se le metió en la cabeza la idea de que Borges (o alguien muy parecido a él) había entrado a la casa a robar. Yo simplemente me limito a narrar lo que sucedió. Ocurrió una tarde hace un par de años, tras descubrir la puerta forzada y notar que faltaban objetos de valor en la casa —entre ellos mi preciada computadora—. El otro Jaime sospechaba de un viejo misterioso al que habíamos visto merodeando por mi calle desde varios días antes; según él tenía un asombroso parecido con el laureado autor. Acabábamos de doblar la esquina cuando Jaime se paró en seco y señaló a un hombre que estaba sentado en un pequeño café al aire libre sobre la banqueta opuesta. Sin hacer caso a mis súplicas para que no cometiera imprudencias, se acercó a aquel sujeto avejentado y de rostro familiar que, con la cara sumergida en la pantalla de una computadora idéntica a la mía, revolvía su café con el mango de una cuchara mientras vertía un salero dentro de la taza.

—Disculpe, ¿es usted Borges? —dijo Jaime.

—¿Quién pregunta? —respondió Borges sobresaltado e intentando reconocer nuestras figuras, mientras cubría con el mantel una bolsa repleta de carteras, relojes y joyas que se asomaba por debajo de la mesa

—El dueño de esta computadora.

—¡Yo no robé nada! —exclamó Borges—. ¡Fue el otro Borges el que la robó! Yo sólo quería mirar el arco de su zaguán y la puerta cancel, pero Borges insistió en que entráramos y nos robáramos los electrodomésticos.

—¡No me diga!, ¿no es conveniente que haya dos Borges cuando las cosas se ponen difíciles?

—¡Le aseguro que es verdad! —insistió—. A mí solamente me interesan los relojes de arena, la tipografía del siglo XVIII, la prosa de Stevenson…

—Y los objetos ajenos.

—¿Se refiere a este aparato prodigioso? No entiendo cómo funciona, pero me prometieron que con él podría ver el populoso mar, el alba y la tarde, las muchedumbres de América, una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, noticias en tiempo real, videos de gatitos adorables y películas gratis.

—Eso no le da derecho a robar.

—Fue Borges.

—¿Y usted no es Borges?

—No si piensa llamar a la policía.

—No lo haré.

—Entonces soy Borges.

—¿Me devuelve la computadora?

—¿Es de usted?

—Es de Jaime.

—¿Y por qué no me la pide Jaime?

—Porque él está escribiendo la historia.

—¿Y cómo la está escribiendo si no tiene computadora?

—¡Basta ya, Borges! —intervine finalmente, exasperado—. ¡Devuélvame mi computadora!

—¡Tú no te metas! —me susurró el otro Jaime, molesto.

—Entonces deja de darle cuerda.

—Sé lo que estoy haciendo. Conozco mejor a Borges que tú.

—¿Ah, sí?, ¿has estado leyendo a mis espaldas?

—No sabía que tenía que informarte de mis actividades.

—Pues sería un buen detalle, tomando en cuenta que tú eres yo y que yo soy tú.

—Cuando te conviene, porque cuando te avergüenzo no tienes problema en desconocerme.

—Ya te he explicado mil veces por qué lo hago. Este no es lugar para discutir.

—¿Dónde está Borges? —preguntó de pronto Jaime, volviéndose alarmado hacia la mesa abandonada del café, en la que ahora una solitaria servilleta decía: “No sé cuál de los dos Borges escribe esto, pero buena suerte explicándoselo a la policía”.


Autores
(Ciudad de México, 1985) es autor de Y, sin embargo, es un pañuelo (Premio Nacional de Cuento Joven Comala 2014). Estudió la Licenciatura en Comunicación en la Universidad Iberoamericana, donde no ha regresado y quedó a deber varias cuotas de estacionamiento. Es apasionado del cine, de Monty Python y de escribir semblanzas biográficas en terecera persona. Tuitea como @emedebaena

Santa María Atzompa es un municipio aledaño a Oaxaca de Juárez. Se encuentra a media hora del centro histórico de la capital y lo protege un cerro sagrado desde donde se observa el valle cobrizo y la ciudad que lenta avanza sobre laderas y cumbres. Siglos atrás, esta comunidad formaba parte de la civilización zapoteca de Monte Albán. También, desde entonces, sus pobladores se han dedicado a moldear el barro en objetos bellísimos que hoy llamamos artesanías. Prueba de ello es que en el sitio arqueológico de Atzompa se encontraron hornos y piezas de cerámica que fueron elaboradas con las mismas técnicas.

Esta tradición ancestral encuentra una reinterpretación inteligente en El Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca con la exposición ¿Quién medirá el espacio, quién me dirá el momento?, de Mariana Castillo Deball. Fue inaugurada la semana pasada y está compuesta por diversos objetos de barro elaborados en el taller de cerámica Coatlicue, en Santa María Atzompa, piezas arqueológicas del museo Rufino Tamayo y algunos objetos encontrados en un taller mecánico. Es el primer proyecto del programa Monogramas, producido a su vez por el MACO, donde se invita a un artista plástico reconocido a repensar su obra bajo los términos de la apropiación, la copia y el plagio, con el objetivo de reflexionar sobre la historia, el arte y sus múltiples interpretaciones.

En esta ocasión, Mariana Castillo y sus colaboradores se preguntaron por la forma que adquiere el tiempo cuando lo convertimos en historia, pasado, identidad. ¿Puede el arte poner a dialogar esos discursos y crear otro espacio? Los objetos fueron dispuestos en columnas que alcanzaban los techos altos del MACO. Objeto sobre objeto sin aparente orden más que la continuación de su cíclica, la historia de uno se convierte así en la historia del universo, los objetos cotidianos y a veces nimios adquieren la misma importancia que las piezas que conforman una tradición ancestral o las realizadas por la mano de nuestros ancestros. El arte se confunde, se cuestiona, mimetiza, y deviene en conocimiento.

La disposición aleatoria y sin jerarquías de estos objetos nos hace preguntarnos por el significado actual de arte y artesanía. En este contexto, tomando además en cuenta la aprobación social que da el museo, arte y artesanía poseen el mismo valor transitorio y efímero. Preguntarse por la apropiación, la copia y el plagio, es por consiguiente replantearse la necesidad del autor al apreciar estéticamente una obra, poner al espectador en el centro de este acto semiótico como un agente de transformación, un sujeto con poder y voz. En ese sentido, ¿es arte lo que tiene firma de autor y se exhibe en museos y galerías? ¿Puede el arte constituir un quehacer colectivo, producto de varios autores o de uno solo que estructure a estos y les dé forma?

Si la supremacía del autor (en ocasiones sobre la obra misma) depende de las decisiones del mercado, ¿qué pasaría si desapareciera como autoridad y comenzara a nombrar lo colectivo, deconstruyendo sus procesos? Eso hizo, por ejemplo, el colectivo Wu Ming (Roberto Bui, Giovanni Cattabriga, Luca Di Meo, Federico Guglielmi y Riccardo Pedrini) a principios de este siglo, al reflexionar sobre los peligros del copyright, sobre todo en la red. Ellos permiten la copia de sus textos “siempre y cuando no se haga con fines de lucro, no se modifique el contenido de los textos, se respete su autoría y esta nota se mantenga”, bajo el mecanismo que irónicamente llamaron copyleft.

Con una lógica similar, en su ensayo “Léxico de la materia”, José Emilio Pacheco describe el camino entre la llamada alta cultura y la cultura popular como uno reversible y transitado por ambos. Arte y artesanía se enriquecen constantemente, pero es el mercado quien al final impone las reglas: “Aquel a quien todavía llamamos artesano emplea meses y meses en terminar una obra que no firmará ni volverá a ver cuando se desprenda de ella a cambio de un pago mínimo. Pintores famosos hacen un cuadro al día -y lo venden en muchos miles de dólares- porque su expresión no le importa al coleccionista, sólo se afana en adquirir su firma”. A estas reflexiones nos lleva la exhibición de Mariana Castillo, sobre todo a destacar cómo los objetos constituyen la manera en que percibimos el tiempo. Objetos vacíos que llenamos de significado según la medida de nuestro reflejo.

Detrás de cada objeto sólo existe imaginación y deseo. Soñamos el mundo, lo inventamos. Desde lo alto del cerro de Santa María Atzompa se escucha el rumor constante de los autos, la vida que se aglomera y diversifica allá abajo como un laberinto de hormigas. Con el viento en la cara, uno puede imaginar qué sintieron los antiguos pobladores al observar la tierra y sus frutos, el paso constante del sol sobre la cantera verde.

La elaboración de cerámica siempre ha sido un asunto familiar. Detrás de los pequeños locales donde se venden las piezas se encuentran las casas de los artesanos; madre e hijos suelen dedicarse a esto, mientras que los hombres desempeñan alguna otra labor en la ciudad. Juntos aprenden los secretos de la cocción bajo la tierra, y pasan horas en contacto con lo bello, materia prima elevada como ofrenda hacia la parte oculta del mundo. La vida detrás de los objetos, quizás eso es arte. ¿Quién medirá el espacio, quién me dirá el momento? se encontrará en el MACO hasta el 20 de abril.


Autores
Es licenciada en Lengua y Literaturas Hispánicas, por la UNAM. Junto al artista plástico Pavel Acevedo, dirige Espacio Centro, un lugar independiente de exhibición y producción artística ubicado en la periferia de Oaxaca. Trabaja lentamente en su ficción y en un pequeño huerto.

Empecé a seguirle la pista a NITRO/PRESS a partir de la publicación de dos novelas cortas de Daniel Espartaco Sánchez; Gasolina en 2012 y Bisontes en 2013. Algo que pude destacar en ambos textos fue el acierto por alejarse de la metrópolis como escenario principal de la trama. Considero que eso es un buen corolario del branding actual de nuestra literatura, ya que las editoriales empiezan a recurrir con mayor frecuencia a los discursos narrados desde la periferia. Ahora con su colección Letras Rojas, NITRO/PRESS presenta a dos cronistas cuyos relatos se ubican desde el punto cenital de la desesperanza: la cárcel Carlos Sánchez y Sylvia Arvizu, autores de Matar y Mujeres que matan, respectivamente, consiguen perforar las entrañas del lector, incomodarlo, hacerlo secar su sudor con las mangas de la camisa; quizá llegarán las náuseas, pero jamás las ganas de parar la lectura.

La crónica que podemos leer de muchos autores hispanoamericanos hoy en día —de Javier Cercas hasta Fernanda Melchor, por ejemplo— da la impresión de ser un campo de experimentación donde la vena literaria se mezcla con la función documental, donde cabe hablar de cualquier situación que toque la cotidianidad.

En Mujeres que matan, Silvia Arvizu se convierte en cronista de la agonía carcelaria por su condición de reclusa. Ella es capaz de entregar un libro visceral y al rojo vivo desde la experiencia, donde sus crónicas inquietantes logran hacer un pertinente boceto sobre la vida de aquellas mujeres que llegan al reclusorio. Cargado de historias que te vapulean in crescendo y con diferentes voces que se alternan en cada relato, Arvizu expone de manera tácita que ha encontrado un fármaco para encarar la vida en ese lugar: la escritura. Desde la misma escritora, cada testimonio despliega las experiencias por las que se hicieron acreedoras a la celda. El gran punto a considerar de esta recopilación de crónicas es que se muestra como un golpe de realidad sobre nuestro país: la desintegración de las familias, la escasez de oportunidades laborales o el imperio de los estupefacientes se tratan de forma natural y detallada; pero también hay que fijarse en el lenguaje sin tapujos y la prosa certera de Arvizu, que además alcanza a tocar temas como la hermandad y la supervivencia.

Desde el penal de varones, se le invita al lector a conocer a los participantes del taller de creación literaria. En Matar, compendio de crónicas del escritor hermosillense Carlos Sánchez (1970), se experimenta un texto que no tiene piedad por el lector; bien este libro podría ser el mejor intento por otorgarle a la nota roja un narrador en primera persona. He ahí su mérito. Carlos Sánchez, quien funge como el mentor artístico de algunos presos, logró reunir, en poco más de cien páginas, un estupendo abanico de crudeza, donde el autor es más bien un prestanombres para aquellas voces que no tenían un espacio ni en el ámbito social ni en el literario. Ni el autor ni la obra están interesados por atender un discurso de filigranas y pasajes disfrutables, más bien se preocupa por exhibir los orígenes de la violencia, escondidos en el ocaso de las instituciones. Matar es el encuentro con los ejecutantes de la acción a través de la escritura, y el descubrimiento de un Carlos Sánchez que funge más bien como un Virgilio actual. Así pues, debemos darle su mérito a este par de escritores que han conseguido desgarrar el vientre de muchos lectores, que presentan personas mas no personajes; donde cada relato es constancia de una batalla diaria que los presos lidian con el pasado y su mañana.

Pongamos entonces los ojos en estos cronistas, héroes que devuelven la vida a seres borrados de todo panorama, quienes nos señalan en dónde y de qué manera se encuentra la épica de nuestro tiempo.

 

 


Autores
(Distrito Federal, 1990) estudia letras hispánicas en la UNAM. Ganó el concurso organizado por la revista La piedra y el colectivo Inmobiliaria de Arte para intervenir en Clínica Regina. Su principal interés es la teoría literaria y ha colaborado con reseñas en Cuadrivio.

La literatura escrita por jóvenes está en ascenso; sin embargo, en los esfuerzos por promoverla, muy pocas personas creen en estos escritores antes de que obtengan becas y premios. Colectivo Resortera, en Nuevo León, es una iniciativa que promueve y orienta a noveles escritores menores de veintiún años que, de otra forma, podrían abandonar su camino artístico.

 

El escritor novel debe combatir contra su estereotipo. No es fácil convencer a los incrédulos de que escribir no es un capricho pasajero, sino una búsqueda estética genuina. Se tocan varias puertas, pero pocos apuestan por los jóvenes: no tienen premios ni publicaciones, no los avalan los membretes académicos, y fuera de certámenes, becas o espacios locales o institucionales, su nombre es desconocido. Antes del primer libro, del galardón nacional, de la revista literaria, de la fundación o de la escuela de escritores, es necesario un espacio iniciático, casi místico, donde el joven escriba para tomar confianza. Los muchachos necesitan un primer impulso, un aventón: una resortera.

Efrén Ordóñez y Carlos Calles se conocieron en un campamento para escritores. No tardaron en hallar puntos de encuentro. Ambos eran regiomontanos, amantes del futbol, del cine y profesores de literatura a nivel preparatoria. Coincidieron en que sabían de jóvenes noveles extraordinarios que, con el tiempo, por falta de apoyo, dejarían de escribir. Así nació en Monterrey el Colectivo Resortera, una iniciativa para motivar y promover la escritura entre muchachos de hasta veintiún años. El proyecto comenzó en diciembre de 2013 con una convocatoria para dictaminar y compartir textos de distintos géneros (narrativa, poesía, ensayo, crónica). “De los trabajos que recibimos desde el lanzamiento de esta convocatoria hasta el momento de decidir cuáles publicaríamos primero —menciona Carlos Calles—, elegimos aquellos que pedían una publicación urgente, por su calidad. Tomamos la decisión de arrancar con unos cuantos, pero la publicación se abre al aumento de textos periódicamente, sin fecha de cierre”.

El equipo del Colectivo Resortera en la entrega de reconocimientos del Concurso de Minicuento Juvenil.

El equipo del Colectivo Resortera en la entrega de reconocimientos del Concurso de Minicuento Juvenil.

 

A este primer esfuerzo siguió la presentación del incentivo en diferentes instituciones académicas como el Tecnológico de Monterrey, en ferias culturales (como la que celebra el Consejo de las Artes de Monterrey) y en el periódico regiomontano El Norte. También se amplió la labor de difusión en redes sociales. Más tarde, gracias a una nutrida recepción de textos, se creó la revista electrónica Resortera, donde, además de la creación joven, se publican entrevistas a escritores consolidados, así como consejos para escribir de autores como Hemingway, Carpentier o Zadie Smith. Incluye un blog donde Erick Vázquez, autor de La naturaleza de la memoria, publica “Cultura en la provincia”, su columna semanal. Resortera se ha interesado en la recepción de nuevos géneros literarios, como el guión cinematográfico o la reseña de libros o eventos. Además, en el apartado de la página Pie forzado, los jóvenes pueden encontrar un taller de creación literaria en línea donde se proponen distintos ejercicios, como escribir un párrafo a partir de una pintura, desarrollar una anécdota preestablecida (“un hombre y una mujer discuten en un bar; un hombre los observa desde la barra; es verano y llueve”), o elaborar textos inspirados en parejas de palabras (“desayuno” y “desnudo”, por ejemplo). Esto se complementa con una pequeña base de datos (Ligas) con hipervínculos a diccionarios (Real Academia Española), centros de sugerencias para escritores (Creative Writers Prompts, Writing Forums, Escritores.org) y revistas literarias (Letras Libres). Se espera que en un futuro existan colaboraciones que hibriden la literatura con los nuevos medios (fotografía, video, artes visuales).

En los últimos meses, Resortera ha trabajado en dos empresas: un Concurso de Minicuento Juvenil cuya convocatoria cerró el primero de marzo, en el cual se aceptaron cuentos de una cuartilla, premiados con su publicación y con descuentos en librerías; y la edición de Antología Resortera 2014. Este volumen pretende ser un esfuerzo anual que contenga los mejores textos juveniles de la revista en línea. La primera edición, que saldrá de imprenta el próximo noviembre bajo el sello de la Casa Universitaria del Libro (Universidad Autónoma de Nuevo León), cuenta con el apoyo de los escritores Margarito Cuéllar y José Garza, y se presentará en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara y en la de Minería del Distrito Federal, así como en la Feria del Libro de Monterrey. El volumen reunirá la participación de seis cuentistas, seis poetas y tres cronistas, a quienes ya se les notificó su selección.

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La labor de Colectivo Resortera no se limita a la promoción de su propio material, sino que es también un foro donde se comparte, tanto en la sección de la página web Otras Voces como en redes sociales, información sobre revistas y convocatorias de interés para los jóvenes, así como reportajes que explican otras iniciativas parecidas, como Proyecto Y: avanzada del desencanto, una colección de doce libros de escritores de entre veinte y treinta años en la que figuran Fabián Cuéllar y Karen Villeda, reseñada por Fernanda Reinert.

Con el afán de mantener y ampliar su red de colaboradores, Resortera cuenta con el apoyo de la editorial internacional Edebé, de la editora independiente y artesanal regiomontana An.Alfa.Beta, de la librería gráfica Libros Tontos, dedicada al cómic, y de la cadena de librerías Book Shop, especializada en contenido infantil y juvenil.

Además de gestor cultural y promotor literario, Colectivo Resortera funciona como producto y referente juvenil. El diseño de su página de internet, elaborado por Pienso Web, es fresco, atractivo y amigable; permite la retroalimentación de sus usuarios desde las redes sociales y actualiza constantemente sus recursos, noticias y contenidos. La intención de este colectivo es ponderar la dedicación y el respeto al oficio del escritor por encima de la bohemia. “Tal vez los textos no son los de escritores consumados ni dueños totales de su arte, pero sí propuestas de jóvenes que han leído bastante literatura, escrito, pulido y reescrito sus textos, y que merecen escucharse”, destaca Carlos Calles. Lejos de ser una fuente incontrolable de escritores, Resortera desea, en el futuro, volverse un centro efectivo de educación para el escritor en ciernes. Un equilibrio entre la oportunidad y la dedicación. La unión entre literatura y juventud.

 


Autores
(1987) es autor de Ocio y civilización (2013); profesor e investigador del Programa Universitario de Estudios sobre Democracia, Justicia y Sociedad (PUEDJS), de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Con Paul Thomas Anderson he tenido una relación de “voy al rato”. Se estrenó There will be Blood (2007); dije “cuando la saquen en pirata” y hasta bajé el soundtrack para ambientarme. No la he visto.

Oí y oí que Boogie Nights era una de las películas más divertidas para ver en Año Nuevo. La compré afuera de la Facultad de Filosofía y Letras en 2008; el DVD está en un cajón donde guardo el papel para reciclar. Magnolia (1999) se propuso para un sábado de películas hace meses y sigue en mi disco duro sin ser vista.

Estuve a punto de ver The Master (2012) en Cuevana el año antepasado, pero creo que era jueves y tenía mucho sueño. Nunca la terminé. Era justo ver las dos horas y media de Inherent Vice (2014), sobre todo porque días antes, en una fiesta, había defendido a ultranza que Paul Thomas Anderson era el responsable de Resident Evil (Paul W. S. Anderson, 2002). La escena clásica de apertura del noir: una hermosa, peligrosa y, aun así, frágil mujer entra al recinto de un detective privado y le encarga un trabajo; casi nunca da muchos detalles y, así como llega, la femme fatale desaparece.

Inherent Vice empieza igual. Doc Sportelo, un detectiveprivado/hippiedelossetentas/maestrodeldisfraz, recibe la visita de Shasta, su exnovia, quien —“viéndose como siempre juró que nunca se vería”, según lo que nos dice la narradora— le cuenta el enredo en el que está metida: la esposa de su amante, magnate de los bienes inmobiliarios, planea eliminarlo del mapa y quedarse con su fortura; Shasta, por supuesto, está en medio y teme por su vida. Desaparece y Doc comienza su investigación.

Doc, siguiendo su “buen” olfato detectivesco y después de entrevistarse con un expresidiario misterioso, llega a un prostíbulo en donde lo noquean; pasadas las horas, despierta con sangre en la frente y junto a un cadáver con sangre en la nuca. Su némesis, el policía/ultraconservador/casquetecorto/provietman “Big Foot”, junto con una docena de patrullas, lo está esperando. A partir de aquí, los giros de la trama y los personajes se vuelven un torbellino de complicación difícil de seguir. Hasta que sale a escena The Golden Fang.

The Golden Fang empieza como un barco de un actor excomunista, pasa a ser un banco de contrabando de heroína, se transforma en un sindicato de dentistas, se convierte en un cártel chino, pasa a ser un abogado corrupto y termina por ser una familia de cinco (narcotraficantes). Es un elemento importantísimo para todos los personajes de la trama, pero es una mera excusa para el espectador. Es lo que Hitchcock llamó un MacGuffin.

El genio gordo explicó el MacGuffin como una cosa por la que todos los personajes se pelean, digamos que es su “razón de ser y de actuar”, pero que, durante la historia, nunca se explica qué es exactamente.

El MacGuffin, entonces es una estrategia narrativa. Si bien está “mal hecho” (el MacGuffin debe quedar inexplicado y oscuro), sirve para reforzar la estructura que permite contar (y entender) historias ficcionales: suspension of disbelif (en español, suspensión de la incredulidad). Esta suspension es la capacidad que tiene el oyente para ignorar las diferencias y oposiciones entre el mundo narrado y el mundo real. Aunque fue Coleridge quien acuñó el término en 1817, la estructura funciona desde tiempos arcaicos, por ejemplo, es la herramienta que sirve para no desechar toda fábula de Esopo al saber que, en el mundo real, ningún animal habla (aunque quién sabe). Otro ejemplo: para disfrutar de Back to the Future, uno debe ignorar el hecho de que el viaje en el tiempo es imposible dentro de los estándares de la física contemporánea (aunque, también, quién sabe).

No sólo el lector/espectador aporta generosamente esta suspension, sino que ella se gesta, al mismo tiempo, dentro de la historia. Si los elementos que la historia da son malos o no están buen conjugados, por más que un lector amable quiera suspender su incredulidad y pasar por alto las diferencias con el mundo real, simplemente no lo podrá hacer.

Lograr la suspensión of disbelif es lo que más le importa a una trama ficcional, el paso que le permite comunicarse con el mundo real, porque quiérase o no, el segundo sigue siendo la vara de la primera. Cuando uno se enfrenta a su vida, puede haber sucesos increíbles, pero, al fin y al cabo, los cree porque existen (o porque creemos que existen; lo cual, al final del día, es lo mismo). Si la ficción no llega a tener la fuerza del  mundo real, entonces, no llega a “tocar” la vida de quien lee o ve esa ficción y no sucede.

No es que sólo valgan las historias basadas en hechos verídicos o que el realismo sea el único esquema posible para la ficción. Las tramas de ficción son como una mentira que el otro sabe que es mentira, pero que de todas maneras quiere escuchar; es decir, suspende por un momento su juicio y se la cree por un segundo. Si la mentira no está bien estructurada, no podemos engañarnos ni siquiera un segundo. Las mentiras mal contadas nos repugnan.

Cuando en la vida real conocemos a alguien, sabemos que no está en un escenario sólo para que asistamos a sus aventuras; es una persona y existe independiente, tiene lados oscuros que nunca descubriremos, no importa qué tan cercana sea. En la ficción, lo que aparece sólo existe para que lo veamos. Una película no tiene otra dimensión de ser que en el espectador (Holly Golightly, por más que uno quiera, no es Audrey Hepburn y no está “viva” más que cuando alguien ve Breakfast at Tiffany´s); su nivel de existencia empieza y termina con la duración de la película. Y el espectador lo sabe.

Si sabemos que la ficción es una puesta en escena para nosotros y si se quiere lograr una efectiva suspensión de la incredulidad, es necesario aportar una zona oscura a los personajes (de la manera homóloga a como las personas que conocemos tienen zonas oscuras para nosotros). El MacGuffin es esta sombra: algo que al espectador no le interesa (porque no se le explica) pero que a los personajes (casi a todos) sí. Esa zona oscura que se crea con el MacGuffin permite creer que no sólo estamos asistiendo a una puesta en escena donde todo está ahí para que lo veamos —¿por qué, entonces, si fuera así, no nos explican todo?—. Es más fácil suspender el juicio cuando hay un MacGuffin, cuando una zona oscura convierte a los personajes en algo más que títeres en de la ficción (aunque, al final son únicamente eso).

The Golden Fang es la zona oscura de todo Inherent Vice. Si pudiéramos preguntarle a Doc Sportello o a Shasta o a Bigfoot de qué trata ese momento de sus vidas ficcionales, responderían “Descubrir qué es realmente The Golden Fang”, aunque, para el espectador, esa cuestión es bien secundaria. Lo que importa de Inherent Vice son los personajes y la trama que se desarrolla a partir de un vacío en el centro, que no es un enigma, sino sólo eso: un vacío, un McGufinn.


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(Chihuahua, 1986) vivió en Toluca y ahora en el Distrito Federal. Próximamente será maestro en filosofía. Ha publicado en las revistas Los bastardos de la uva, F.I.L.M.E., Icónica, Registromx y El portal de Toluca. En este momento forma parte de Kinotecnia cineclub.

Los espacios para exponer y promover arte joven de técnicas vanguardistas y emergentes en el Distrito Federal parecen insuficientes. Daniela Elbahara concibe el Material Art Fair como un nuevo espacio que da la oportunidad a artistas de diferentes regiones de exponer sus obras y, a su vez, de facilitar a los coleccionistas la adquisición de material joven y nuevo.

Con el objetivo de crear una plataforma de arte joven para exponer y promover las nuevas propuestas del arte emergente, el Material Art Fair llega al Auditorio Blackberry del 5 al 8 de febrero. La segunda edición de la feria reúne aproximadamente a cuarenta galeristas y expositores nacionales e internacionales, entre los que destaca el ilustrador japonés Taka Hayashi.

El Material Art Fair tiene preparado para el público varias actividades, destaca la exhibición de programas individuales de video y performances a cargo de Anna Gritz. También se busca fomentar el coleccionismo de arte contemporáneo a través de las visitas guiadas a museos y talleres artísticos que organiza el programa VIP de este festival. En esta edición, el arte también pone a disposición de los consumidores de la cultura pop lugares propicios para la interacción; entre el VIP lounge patrocinado por AXA Seguros, el Pop-up Shop de VANS y los stands de Knot & Loop y Cielito Querido Café, los asistentes tendrán muchas opciones para relajarse.

La selección también contempla a los libros de y sobre arte, en una curaduría exclusiva de Distrito Editorial y Textofilia. Aproximadamente treinta libros de obras artísticas nacionales e internacionales serán expuestos en el stand exclusivo de la librería.


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