Tierra Adentro

El actor da media vuelta y el público descubre el corte en el pantalón, un rectángulo de tamaño suficiente para que en las últimas filas también vean las nalgas peludas. Se escuchan risas. El vello es excesivo, quizá por un truco del maquillista./p>

El teatro se vale de sus recursos escénicos, gráficos, lingüísticos y simbólicos para reflexionar acerca de la existencia, y lo hace con una gracia y simpleza que, en gran medida, escapa a otras artes. Asistir al teatro me intimida. Como estar acostado bocabajo con el pantalón desabrochado, media nalga de fuera, y la enfermera con una jeringa en la mano. «Va a arder como chile». No hay anestesia para el abrumador reflejo de lo real.

«Simplemente me parece curioso que el vínculo que tenemos sea tu ropa sucia»

Celeste Espinoza es autora de La interesante historia del origen de la palabra ciclo, obra acreedora al Premio Especial del Jurado por ópera prima en dramaturgia en el Segundo Festival de Artes Escénicas de Baja California. Esta obra se ha montado en Monterrey, Tijuana y Xalapa, y participó en la 35 muestra Nacional de Teatro.

La interesante historia del origen de la palabra ciclo presenta a Susana, empleada de una lavandería, y a Juan Carlos, un tipo bastante común con una aparente obsesión por lavar la ropa con demasiada frecuencia. Eso, o de verdad le gusta la tal Susana.

La obra desarrolla las sutilezas detrás de las relaciones sociales: boy meets girl, pero en una lavandería. Los protagonistas comparten un refresco, conversan, se malinterpretan por ignorar el contexto del otro, sin embargo, es la ropa sucia y el olor a suavizante de tela lo que los une. Claro, estos elementos cobran fuerza simbólica y al final, de lo que se está hablando es de la fragilidad de nuestros vínculos afectivos, la influencia de lo superficial, la banalidad disfrazada de fortaleza por miedo a mostrarnos vulnerables.

Conforme transcurre la obra, la relación entre los dos personajes se convierte en un paralelismo con los ciclos de lavado. El prelavado o planteamiento, la preparación para quitar las manchas más arraigadas es indispensable para eliminar la carga del pasado, las limitantes del presente. El lavado regular o desarrollo es donde sucede el grueso de la acción: la emoción de Susana al creer que Juan Carlos la visitará porque es martes y él siempre va los martes, aunque también los viernes y hasta los domingos. Luego el ciclo delicado o el clímax, cuando la tensión debe manejarse con cuidado para minimizar el riesgo de romper la delgada tela que protege el orgullo de dos almas humanas. Y cierra el ciclo de presión permanente o resolución, el más suave, que enjuaga la ropa con agua fría, para apagar cualquier remanente de fuego.

La interesante historia del origen de la palabra ciclo deja la sensación de que la vida no es muy diferente a las jornadas en una lavandería: la monotonía de los sonidos, la ropa perfumada artificialmente por el suavizante, el trajín de los clientes primerizos que no saben usar las máquinas y la desalentadora conclusión de que incluso a los más picudos se les va un calcetín rojo entre la ropa blanca.

«Reconocernos es de diario. La fama es otra cosa»

La obra se llama Punto y aparte. El dramaturgo es Jandro Chapa.

Lo primero que me dice Jandro es que no se considera un dramaturgo en forma. Más bien, se ve a sí mismo como un director que gusta de escribir las historias que cuenta. Marcar la diferencia debe ser importante para él, pues lo ha comentado en otras entrevistas. A mi entender, el proceso creativo genera un producto: la obra, y eso es lo que cuenta. El proceso es una anécdota interesante que pierde relevancia si el producto decepciona. No, Punto y aparte no decepciona.

El tema eje es la fidelidad: ¿engañas, te engañan o te engañas? Los juegos de poder en las relaciones se definen respondiendo a esas preguntas. La obra sigue una estructura donde las líneas argumentales intersectan en diversos puntos sin llegar a volverse confusa. Lo que se consigue —por el contrario— es elevar la tensión, prolongar el momento previo al clímax y una resolución efectiva. El humor está presente desde el inicio hasta el final, apoyado por diálogos verosímiles, ágiles y concisos; son pocos los diálogos de más de una oración.

Desde un inicio es evidente la trascendencia simbólica del espacio: tres planos en el escenario se urden de forma inteligente conforme se despliega el argumento, se conectan con fluidez y apuntan el reflector sobre los varios conflictos entre los personajes.

En los espacios se manifiestan las relaciones entre ocho personajes; a partir de conversaciones en apariencia inconsecuentes, el diálogo ágil permite cambios de tono: la comedia adquiere una densidad dramática aplastante y al espectador le entran ganas de no estar presenciando la escena (aunque a la vez la agradece por el alcance de las reflexiones que sugiere). La obra tiene muchos diálogos contundentes para incluirlos en memes o tallarlos en bronce, como el que da título a esta columna, por ejemplo.

«En el teatro encontré el medio más eficaz para hablarle al público», comenta Jandro, «pues la escritura escénica va creándose, en mi caso, a la par del texto». Hasta ahora, él ha sido el único en montar sus seis obras, entre las que destacan: Lucía de lo extraño (2013); La chica que se robó la Torre Eiffel (2010), una pieza surrealista sin voces; y ¿Mujer espías?… Alma Adulterada (2009), un monólogo de corte cabaret.

El trabajo de estos dos dramaturgos se ha presentado con cierta frecuencia en Monterrey. Ambos son jóvenes y han acumulado experiencias locales y nacionales. Sus obras están cargadas de silencios significativos, juegos de luces, riesgos dramáticos, música, y la voluntad de experimentar manteniendo las convenciones elementales. En los textos de ambos está el ímpetu de los que asumen la escritura como un campo creativo infinito.


Autores
(Monterrey, 1982) es autor de las novelas El polvo que se acumula en los objetos (Editorial Acero, 2012) y La ilusión del caos (edebé, 2015). En 2014 fue becario del PECDA Nuevo León. Actualmente es profesor de literatura en Prepa Tec y director de Resortera.mx, una iniciativa para impulsar la escritura de autores jóvenes.

Michael J. Seidlinger es editor de Civil Coping Mechanisms. Entre sus novelas, The Fun We’ve Had transcurre entre la vida y la muerte. Él y ella, los personajes principales, están demasiado preocupados con los roles que juegan en su relación y no se dan cuenta de que han muerto. Todo lo que hacen y dicen es un eco de la vida que tuvieron. En este pasaje se les ve aferrados a la negación, una de las fases del duelo.

 

EL TURNO DE ÉL

El sol no iba a quedarse aunque pudiera. Se burlaba de él con el prodigio de una dirección clara hasta que dejó solamente los pocos restos finales de luz dibujando el contorno de las olas, las suaves ondulaciones en el cálido mar en calma. Aquellos ojos jó­venes y ávidos contenían lágrimas, pero las nubes, que dejaron al sol fuera de esta escena, ya habían planeado llevar a cabo la parte del llanto ellas mismas. Las primeras gotas se podían ver rebotando en la superficie del océano.

La superficie se volvió turbia, alterando el equilibrio, gritando distintas voces que, superpuestas, en sus oídos sólo podían sonar como una tormenta que se avecina. Estremecido, quiso advertirle a ella, quiso declarar lo que pronto se convertiría en un viaje fútil hacia aguas traicioneras. Lo que quería decir tenía poco que ver con lo que podía decirse.

Todo tenía que ver con la tormenta.

El viento, el rayo, el romper de las olas contra un costado del ataúd hablaban por la única parte de él que necesitaba hablar.

Y aun así remaba. Luchó por ocultar lo que debería haber sen­tido. Se forzó a ocultar todo lo que pudiera mostrar debilidad.

Se hizo de la vista gorda sobre su apariencia.

Casi podía ver, a través de los rasgos de niña, el interior del ataúd. Miró más allá de su pelo rubio a la altura de los hombros y no prestó atención a lo sencillo que era amarrarse el cabello en dos coletas perfectas.

Sobre su hombro vio, en lugar de un rostro desconocido, el de ella con miedo, ella ahogándose en la tormenta. Sobre su hom­bro, quiso advertirle que el agua se estaba acumulando a la altura de sus tobillos.

Continuó remando, enfebrecido, hasta que el remo no pudo hacer más. No podía haber sobrevivido a la tormenta, y tampoco ellos, si es que no habían sucumbido ya al fallecimiento previo.

Tragar bocanadas enteras de agua de lluvia hizo muy poco para desplazar la duda. Él abrió la boca y resolló gritos mudos, gesticu­laba para que ella le ayudara a mantener el ataúd a flote.

Le estaba entrando mucha agua demasiado pronto. La tormen­ta arreció. El aguacero reflejaba su último deseo: haberla salvado de esta muerte. Si lo hubiera dicho antes de su último aliento, quizás habría podido pedir disculpas.

Se sentía como el momento perfecto, al verla ahí, desplomada; la fuerte lluvia la había arrastrado hacia ese vientre obeso. Su for­ma parecía perder toda definición. En la oscuridad de la tormenta ella lucía como una mancha fuera de su alcance.

Cada intento de acercarse terminaba con una ola que golpeaba un costado del ataúd y la tormenta lo alejaba de nuevo.

Deslizándose hacia un lado, el remo roto cayó en sus manos; dejó ir la madera astillada y observó cómo los pedazos flotaban en dirección a ella.

La lluvia era sólo lluvia hasta que se convirtió en la única razón para mantenerlos distantes. Sin palabras, vio subir el nivel del agua y al ataúd descender. Nunca estuvo tan cerca de sucumbir como ahora. Pronto, pensó, se hundirá el ataúd. Tendrían que nadar. Tal vez —se preocupó de que no supiera nadar cuando llegara el momento de hacerlo—, tal vez él se hundiría hasta el fondo.

¿Quién se hundiría primero? ¿Él o ella?

EL TURNO DE ELLA

La lluvia paró antes de que ella pudiera darse cuenta de que había llovido. Cuando se levantó, el agua en el ataúd había drenado. Don­de volvió a sentarse, la tela no se había secado completamente.

Bostezó.

No podía evitar que sus pesados párpados se cerraran. Ahí, donde él siempre había estado de pie con cierto grado de seguri­dad, ella sólo vio el gris azulado de un cielo cansado y aburrido. Lista para lo que viniera después. Ojos cerrados. Ojos abiertos una vez más. Un bostezo que podía sentir subiendo desde algún lugar profundo dentro de ese añoso cuerpo. Que el esfuerzo por mante­ner los ojos abiertos perdiera contra la voluntad de mantenerlos cerrados era una amenaza inminente. Culpa… ¿Pero ella a quién podía culpar realmente?

Ella cruzó los mismos límites que él. Pasó sobre las marcas peligrosas, cubrió los avisos de advertencia; el deseo de alcanzar la muerte superó el ridículo de haber arriesgado todo por esto.

“Pude haber sido cualquier cosa”. Era un murmullo, siempre un murmullo. Pudo haber sido alguien. Pudo haber sido alguien por quien dar la vida. Ciertamente no murió sola. Él estuvo ahí del mismo modo en que está ahí ahora mismo. Sus pesados párpados aceptaron el hecho de que él había caído al agua. Se ahogó pero estaba a salvo; ella drenó el ataúd justo a tiempo.

Nadó hacia ella y se sentó a su lado derecho.

Párpados pesados, y, cariñosamente, sintió el descuido. Podría haber tratado de aferrarse a ella; ella podría haber hecho lo mismo, pero eso es material para otras historias, ese tipo de afecto que guardamos para los libros que detallan las relaciones en presente.

Una relación muerta continúa como una persecución, repitien­do los mejores tiempos con mucha menor frecuencia de lo que se repiten los peores.

Ella se inclinó hacia delante con los ojos abiertos para mirar aquellos zapatos hechos jirones. Esos actos desproporcionados eran la indicación más simple de una salud mermada, y reflejaban el modo en que, muy pronto, se vería él.

“Ella era sólo una chica simple y hastiada”. Sólo porque sus párpados estaban cansados. Ojos cerrados. Si su corazón latiera, si necesitara inhalar, este sería el momento en que suspiraría, al tiempo que su corazón saltara. Un suspiro y un salto suficientes para que funcionaran como recordatorio de que la decisión podría ser tan simple como oprimir un interruptor.

Pero para que todo esto fuera posible, ella necesitaba perma­necer donde estaba, sin alterarse por cosa alguna.

Ése era su papel.

Se quedaría sentada hasta que estar sentada ya no fuera posi­ble debido al ímpetu del mar. La corriente tenía su modo, jalaba y empujaba sin dirección aparente con cada ola, cuando claramente el viento hacía su labor. La cuerda aún no se había roto entre el lugar donde habían estado y adonde pronto irían.

Ella podía sentir el sueño acercarse, el tipo de sueño que sola­mente los muertos pueden experimentar.

 

* Traducción de Herson Barona


Autores
Es editor de Civil Coping Mechanisms. Publicó la novela The Fun We’ve Had.
"El patito feo México", Hans Christian Andersen ; trad. de Fabio Morábito ; ilus. de Veronica Ruffato. FCE, 2022
“El patito feo México”, Hans Christian Andersen ; trad. de Fabio Morábito ; ilus. de Veronica Ruffato. FCE, 2022

La literatura infantil lleva una etiqueta en su propia definición. El mundo editorial, el comercial y el literario la delimitan en función de ciertos rasgos y peculiaridades atribuidas a sus usuarios. Es un público amplio pero diverso, por ello siempre recurre a la segmentación para definirse.

La LIJ contemporánea tiende a poner etiquetas a las etiquetas. En un afán de ser híper específicos, aparecen acervos y colecciones editoriales divididas por edades o etapas lectoras. En el primer caso se identifican ciertos rangos de edad en los que los niños comparten habilidades, conocimientos, referentes y experiencias de vida. En el segundo se deja del lado el número y se alude a la experiencia lectora de cada niño, se intenta seguir el proceso de cada uno y darle la oportunidad de acercarse a un libro que quizá no está etiquetado para su edad, pero que por el camino que ha recorrido podría gustarle; suelen dividirse en «para los que están aprendiendo a leer», «para los que leen bien», «para los grandes lectores»[1], etc.

Categorizar por edad o por habilidades funciona como una herramienta para el mundo escolar y también como una estrategia para homogeneizar un target comercial. Estos criterios también simplifican el trabajo de los padres y maestros al momento de elegir. Existen tantas formas de catalogarlo como casas editoriales, cada empresa lo hace en función de sus propias necesidades de venta, inventario y estrategia.

Hay una categorización que me parece más natural, ésta define a una obra según su origen y/o uso. En Posmodernidad en la literatura infantil y juvenil[2], Laura Guerrero se basa en la teoría de Juan Corcuera para agrupar a la LIJ en 4 grupos:

  • Literatura ganada: Es la que no fue concebida para un público infantil, pero con el uso y repetición la adoptaron como propia. Son obras que tocan temas o situaciones que interesan a los niños. Tal es el caso de la tradición oral y los cuentos clásicos que se han ido transformando con el paso del tiempo y cada vez se adecuan mejor a las necesidades de un público distinto. Basta comparar las versiones originales de la Caperucita Roja con las contemporáneas para ver que hay elementos que permanecen, mientras que otros tienden a desaparecer para responder a este nuevo grupo de lectores. Los viajes de Gulliver de Jonathan Swift , La isla del tesoro de Robert Louis Stevenson y las adaptaciones de obras clásicas a formatos ilustrados son un ejemplo de este fenómeno.
  • Literatura para niños: Ésta fue concebida pensando en un público de niños. Es la más común y siempre parte de una definición de lo infantil. La narrativa se articula en función de temas, sentimientos y situaciones propios de esta etapa de la vida. La forma de abordar los temas siempre depende de cómo cada autor concibe a su lector. Aquí los ejemplos son más inmediatos, se puede empezar con Hans Christian Andersen, pasar por Roald Dahl, Dr. Seuss y Maurice Sendak, hasta llegar a Francisco Hinojosa o Anthony Browne. Todos ellos profesionales en la escritura para niños, todos creadores de historias que han logrado conectar exitosamente con el público al que van dirigido.
  • Literatura instrumental y escolarizada, ésta no es literatura en un sentido estricto, pero la llamaré así para seguir en la misma línea. Son textos que tienen como finalidad enseñar algo relacionado con la currícula escolar, pueden ser libros de ficción o no ficción, pero su intención es complementar lo aprendido en el salón de clases. Si hay algo de goce en esta lectura es ganancia, no es su objetivo. Suelen ser textos sesgados o incompletos. Aquí caben los libros de texto y los libros informativos.
  • Literatura escrita por niños y jóvenes, el mundo editorial no ha puesto los ojos sobre esta tercera categoría, pero considero que es la que mejor refleja el mundo infantil. Se trata de niños hablando con sus iguales, en sus propias palabras, de problemas o situaciones con las que otro se puede enganchar. Muchas veces parten de lo anecdótico y muchas otras descubren el imaginario de quien escribe. En lo que refiere a calidad narrativa, tienen problemas de escritura, ortografía y ejecución, pero puede ser reveladora en muchos otros sentidos. Quizá la mejor herramienta para construir un discurso en torno al niño es leerlos. Es un discurso que vale la pena explorar.

Casi siempre que hablamos de LIJ nos referimos al segundo tipo, a la que está escrita exclusivamente para niños. Es la que más preguntas se hace, la que teoriza, delimita su campo de acción y reflexiona sobre sí misma. La que yo mejor conozco y la que es posible estudiar porque se autodefine como tal y construye sus propias reglas. A partir de ésta se erige un canon y se establecen tendencias tanto temáticas como estéticas. Es la que define qué es lo infantil y qué no, el resto de las literaturas se fijan en función de ésta. No importa cuánto lo intente, en estos temas es imposible escapar de las etiquetas.

 


[1] Colección A la orilla del viento del Fondo de Cultura Económica.

[2] Guerrero Guadarrama, Laura. Posmodernidad en la literatura infantil y juvenil, México, Universidad Iberoamericana, 2012.


Autores
(Ann Arbor, 1987) no sabe andar en bicicleta y estudió la Licenciatura en Historia. Le gustan los libros para niños, los ha leído y editado.

Alissa Nutting es autora de los libros Tampa y Unclean Jobs for Women and Girls. Parte de su obra narrativa puede encontrarse en The Norton Introduction to Literature, Tin House, Bomb y Conduit.  Ha colaborado con ensayos en Fence, The New York Times y O, The Oprah Magazine. Es profesora adjunta de Creación literaria en la John Carroll University

Estoy hirviendo dentro de una olla junto con otras cinco personas. Nuestras extremidades están sujetas y nuestros intestinos y boca llenos de hierbas y ajo, aunque aún podemos hablar. A pesar del dolor, olemos muy bien.

El tipo junto a mí tiene un aire a Elvis por su peinado esponjoso y vagamente púbico. Quizá se debe a la humedad.

Al otro lado de la olla, un hombre hace el esfuerzo por llorar, pero sus lágrimas continúan evaporándose en sus mejillas. Por un momento me cruza el romántico pensamiento de que en realidad hervimos en lágrimas, cientos de miles de ellas, las más dulces lá­grimas de niños e infantes, en lugar de en este caldo amarillento, como de pollo.

Soy la única mujer en la olla, lo que me parece raro. Soy volup­tuosa y tengo curvas; entiendo por qué alguien querría zampar­me. Los hombres, en cambio, no parecen muy deliciosos. Uno de ellos, muy viejo y al otro lado de la olla, permanece a la deriva en un alternante estado de semiconciencia. Su cabeza se hunde en el caldo y, de pronto, justo cuando la punta de su nariz toca una de las burbujas de la superficie, vuelve a enderezarse y murmura un nombre. “Stanley” es el primero. El segundo, “David”. Creemos que dice los nombres de sus hijos; le seguimos la corriente después del nombre número quince (¿quizá ha pasado ya a los nietos?), pero cuando grita el nombre número cuarenta es claro que no se trata de un hombre emocional sino de un chiflado.

“No está loco”, gime el hombre llorón. “Estos son los últimos momentos de nuestras vidas. ¿No deberíamos decir los nombres de todos aquellos que hemos encontrado, conocido, amado?”.

“Ajá”, acepta Elvis.

Pero al hombre a su izquierda no parece agradarle la idea. Una serie de lágrimas tatuadas en su pómulo indica sus victorias en múltiples asesinatos carcelarios. Irónicamente, se encuentra atado junto al hombre llorón. “Me gusta el silencio”, dice.

El hombre inmediatamente a mi derecha no es realmente mi tipo. Sus rasgos son juveniles y femeninos de tal manera que pa­rece un joven Peter Pan. Pero me sonríe a través de las especias y las guarniciones abarrotadas en su boca; sin que ello lo altere logra una linda y suave mirada.

Y puesto que están a punto de comernos, rebajo mis estándares y decido ser atrevida.

“Te amo”, digo. Y lo digo con la mejor intención. Simplemente quiero abarcar tanto como pueda en estos breves y últimos momentos.

Pero cuando observo el impacto de mis palabras en su cara, el efecto es casi real. Quizá, pienso, puesto que nos estamos cocien­do juntos hacia el destino final, las cosas parecen apresurarse. Quizá lo que acabo de decir es realmente verdad.

Y lo es. Pasan los segundos y mi amor por él crece repentina­mente, como cristales de hielo o artemias, sobre todo mi cuerpo.

Nos miramos uno al otro y él se acerca a mí tanto como nues­tras ataduras nos lo permiten, lo suficiente para que las puntas de nuestros dedos se toquen. “También te amo”, dice. “Si no estuvié­ramos atados te daría el beso más suave que hayas sentido, justo en tus vaporosos labios”.

Con el rabillo del ojo noto que el hombre de los tatuajes, que hasta el momento no ha sido muy platicador, muestra de golpe los dientes superiores. Sus labios se retraen ampliamente a fin de verbalizar la lista de cosas que me haría, de no estar atados. No son cosas románticas o siquiera legales.

“Eres un monstruo”, le dice mi amante. “Ninguno de nosotros debería hervir en tus jugos”.

“Ajá”, acepta Elvis.

“Nos morimos igual que este criminal”, dice el hombre llorón. “No es justo”.

De pronto el anciano alza la cabeza. Una gota de caldo amarillo resbala por su barbilla.

“Amanda”, carraspea, luego sus ojos se ponen en blanco y su cabeza vuelve a caer. Sonrío.

“¡Ese es mi nombre!”. Me lleno de júbilo aunque no sé por qué. “Acaba de decir mi nombre”, le digo a mi nuevo amor, cuyos de­dos aprietan los míos.

“Amanda”, susurra mi amante entre la bruma caliente.

“¿Qué tal si es una especie de lista de la muerte?”, gimotea el hombre llorón. “¿Qué tal si este anciano ha estado aquí desde siempre, en ollas con cientos de personas que han sido devora­das, y a él lo han dejado aquí simplemente porque es muy viejo? Algo así volvería loco a cualquiera. Lo haría repetir una y otra vez los nombres de las personas que ha visto morir en un momen­táneo intento por traerlos de vuelta a la vida”. Tras meditar sus palabras, el hombre llorón deja escapar un largo y estridente so­llozo, casi un chirrido. Me hace pensar en un periquito que tenía cuando era joven. Intento recordar su nombre.

“Dan”, dice el anciano. “Ese es mi nombre”, mi amante ríe, agi­tándose un poco en el agua. “Acaba de decir nuestros nombres uno tras otro. ¡Es como si nuestro amor los hubiera sembrado en su cabeza!”.

El hombre de los tatuajes deja escapar una arcada.

Por diversión, pido a todos que digan su nombre, sólo para ver si el anciano los dirá a continuación. Los apuro a hacerlo mientras la cabeza del anciano permanece flácida debajo de una capa de caldo.

“Héctor”, murmura el hombre llorón.

“Sam”, canta Elvis.

“Al carajo”, murmura el hombre de los tatuajes.

Dan y yo observamos al anciano con expectación. Finalmente su envejecida cara emerge y saborea las gotitas de caldo en sus mejillas antes de decir “Lancelot”.

“Lo ves”, susurra mi amante. “Lo de nuestros nombres fue mágico”.

Deseo que este momento permanezca. Quiero multiplicarlo una y otra vez con el crecimiento antinatural de las cosas a punto de morir, acelerando la grasa pura de los últimos momentos de una vida. Quiero que la sensación de nuestros dedos tocándose se reproduzca como células cancerígenas.

Cuando la puerta de acero se abre incluso el anciano se incor­pora, parpadeando con sus húmedas pestañas. Un chef se acerca afilando un largo cuchillo contra una piedra. “¿Quién será el pri­mero?”, grita. Todos guardamos silencio, aunque creo escuchar al anciano murmurar “Daisy”.

“Muy bien”. El chef apunta con su cuchillo hacia mí, moviéndo­lo de tal manera que parece escribir su nombre en el aire con él. “Comenzaré contigo, puesto que eres la más carnosa”.

Lanzo a mi amante una mirada de despedida pero súbita­mente sus gritos colman la habitación. “¡No!”, grita, agitándose locamente, como un pez. “Tómame a mí. Por favor, te lo suplico, que ella sea la última”.

“Okey”, acepta el chef. Pero antes me revolotea el cuchillo una vez más, como si lanzara un hechizo, sólo para mostrar quién tiene el control.

Dos hombres con grandes guantes para horno se acercan y cortan las amarras de mi amante. Él estira sus labios para besar­me pero lo arrastran deprisa como si se tratara de una escalera, un hombre bajo sus hombros y otro bajo sus pies. “Por favor”, im­plora, “un beso”, pero estos hombres no son tan permisivos como el chef. Probablemente no hablen inglés, o ningún otro idioma.

“Eso fue hermoso”, solloza el hombre llorón. “Tanto amor”. A pesar de mi dolor, trato de vivir el momento. “¿Puedes cantar?”, pido a Elvis-Sam.

“There’s a moon out, tonight”, canturrea. Los dientes de ajo aho­gan su vibrato.

Cuando el chef y sus ayudantes regresan es el hombre de los tatuajes quien habla.

“Tómenme”, dice. “Odio a estas personas”.

Así que se lo llevan. Y mientras sale del agua podemos ver que en el brazo tiene un tatuaje que dice MADRE. Y esto hace que Llorón-Héctor llore aún más fuerte. “Debí llamar más a menudo a mi madre”, dice Elvis-Sam. Y comienza a cantar de nuevo. “You are the sunshine of my life”.

Los sollozos de Llorón-Héctor son incontrolables. Su emoción me alcanza. Veo cómo las ondas en el caldo se mueven de su torso al mío, chapoteando en mi estómago como una suave corriente.

“Todo va a estar bien, Héctor”, le aseguro. Quiero estirar mi pie a través de nuestro dorado estanque y limpiar sus lágrimas con mis caldosos dedos, pero mis piernas están atadas por los tobillos.

Cuando la puerta se abre, cuatro hombres, cada uno más resen­tido que el siguiente, entran con el chef. “Necesito dos”, ordena. Los hombres agarran a Elvis-Sam y a Llorón-Héctor, que mien­tras los llevan continúan cantando y llorando, respectivamente.

A solas con el anciano todo es más silencioso y sólo entonces me doy cuenta de cuán ruidosos se han vuelto los sonidos del hervor. Alza su cabeza y dice “Heidi”.

Una vez conocí a una Heidi. De la clase de ballet de la prepa­ratoria. Imagino que me sacan de la olla y me colocan sobre una fuente de plata junto a un pastel gigante y que en lo alto del pastel está Heidi, congelada en una elegante pirueta.

Cuando sacan al anciano del caldo, me sorprende ver que le falta una pierna. Me pregunto si habrá llegado sin ella o si se la comieron y luego lo regresaron al caldo.

Ahora que todos se han ido las burbujas del hervor escaldan mucho más que antes. Soy mala para la ciencia y no podría decir si antes compartíamos de alguna manera el calor, pero ahora so­porto sola su embate. Así parece. Extraño a mi amante y quizá sea mi inclinación al sufrimiento la que hace que el caldo se sienta más caliente aún.

Cuando las pisadas se acercan me pregunto si habrá algo después de la muerte. Quizá Dan me estará esperando en el otro lado y nuestro nuevo e incipiente amor florecerá desde el más allá. Luego, casi morbosamente, intento prepararme para lo que sentiré cuando me corten en pedazos. “Hay peores formas de morir”, me digo, “que ser hervido y luego rebanado con un cuchillo”. Pero me cuesta trabajo pensar en una. Finalmente imagino que me arrastran por la puerta hasta una mesa donde mis cinco compañeros de olla esperan, tenedor y cuchillo en las manos, y la piel todavía rosada por el caldo hirviente. Imagino a Dan diciendo que mi corazón está apartado para él, y a los otros riendo; y a Elvis cantando “Goodnight, sweetheart” mientras comienzan a trincharme hasta que pierdo el conocimiento ante el sonido de los cuchillos y tenedores en batalla. Esta ensoñación apaga el horror de mi destino, como cuando se coloca un tazón sobre la llama de una vela. Uno puede soportar lo que sea, me digo, si sabes que no estás sola, y el aire frío requema mi piel ardiente cuando los hombres me levantan en brazos. Sus dedos transmiten gran conocimiento; simplemente voy hacia donde los otros han estado ya.

 

* Traducción de Mauricio Salvador


Autores
Es autora de los libros Tampa y Unclean Jobs for Women and Girls. Parte de su obra narrativa puede encontrarse en The Norton Introduction to Literature, Tin House, Bomb y Conduit. Ha colaborado con ensayos en Fence, The New York Times y O, The Oprah Magazine. Es profesora adjunta de Creación literaria en la John Carroll University

Janice Lee es autora de Kerotakis, Daughter y Damnation. Es coeditora de [out of nothing]  y editora de la revista Entropy. Vive en Los Ángeles, donde imparte clases en CalArts.  En 2016, el sello Civil Coping Mechanisms publicará su colección de ensayos, The Sky Isn’t Blue.

Hay muchas cosas que decir de Los Ángeles y la mayoría no las diré porque ya las sabes, porque no existe una sola ciudad de Los Ángeles, y aunque el título de este texto diga “Los Ángeles”, el ser y el existir en esta ciudad algunas veces no tiene nada que ver con la ciudad en sí. Una cosa es segura, Los Ángeles es una ciudad completamente diferente para cada persona; si hubiese una ciu­dad en donde cada habitante pudiera diseñar su existencia y su experiencia personal dentro, sería LA. Tu LA es muy diferente a mi LA, mi LA de hace unos años es muy diferente a mi LA de hoy.

Una ciudad que traza diferentes gamas de luz, de imagina­ción, una ciudad imposible, prohibida. Tonos azulados y calles que suben y bajan, manojos de pasto. Siempre se siente como si fuera la última vez.

Días en que el cielo es tan azul como –

Como la pérdida de –

Como estar de luto o ir cayendo –

O días en que el cielo es tan gris como –

Como la insistencia de –

Como las notas al pie –

O días en que sabemos que el cielo no es azul en absoluto, que la insistencia de ese azul es la insistencia de la persistencia percibi­da de la existencia, que la insistencia de ese azul como una entidad saturada es aquella que nos humilla, nos preocupa, nos mortifica con cada paso que da por la banqueta, cuando soñamos despiertos y esos sueños se manifiestan convirtiéndose en la insis­tencia de un caracol o una palmera bailando por encima de todo.

Mira el cielo, te digo.

No veo nada, me dices.

En este lugar es posible estar rodeado por todos y aun así estar completamente solo. Es posible sentir simultáneamente el efecto urbano de la basura y la mugre, de la belleza y la suciedad en cada callejón; ese olor a pescado, esa mirada que cruza cuando estás esperando en una intersección. Todos esos sentimientos aunados a un paréntesis: la reciprocidad de la naturaleza, de los árboles, de la tierra, de los pájaros, del aire.

Una de las mejores cosas de esta ciudad es la posibilidad de vistas desde su interior: poder manejar a distintos puntos o escalar para tener una vista panorámica, cada ángulo de la ciudad es diferente, diferentes posturas psicológicas, distintas jerarquías de lugares; el crecimiento y la manifestación de una perspectiva extraña de una ciudad en la que ocupas un espacio, picos graznando atados a pájaros detrás de ti.

Pero hasta donde entiendo, nadie quiere escapar. ¿A dónde escaparías, y por qué? Quédate donde estás, todos están tranquilos y de buen humor. Además, las perspectivas múltiples requieren de la máxima precisión del dedo, el globo ocular y el músculo, arrastrando la memoria a través de la órbita de la palabra, de una capa de neblina a otra.

—Arkadii Dragomoshchenko, Polvo

Desde la ventana del auto, la ciudad es una serie fascinante de reflejos. El silencio no existe, excepto cuando le subes a la radio y los pedazos de ciudad que se reproducen mientras las miradas de todos se fijan en algo —neblina o esmog invisibles— que nubla la visión. Los actos y omisiones de él. La aceptación de ella. Las heridas sanadas de él. Las lágrimas de ella. La responsabilidad de él. La carga de ella. La inspiración de él. El escape de ella.

Algunas noches digo algo sobre algo que sucede en algún lu­gar del mundo.

Suenas como mi mamá, me dices.

Se está acabando, te digo.

No es verdad, me dices.

Sí, lo es.

Los Ángeles es una ciudad en movimiento, o una ciudad que está fija en extremo, y a través de la cual nos movemos, rápido, despacio, merodeando, zigzagueando, por las mismas rutas, por nuevas rutas. La ciudad se ve como la veo cuando estoy atorada en el tráfico, cuando voy a toda velocidad por la carretera, cuando me enfoco en estar a tiempo en algún lugar. Así es como se ve la ciudad, hilos que existen como impresiones paradójicas, transparentes, inmensas, borrosas, tatuadas en los párpados.

A otro: ¿todavía me amas? Puede que ya no importe. No creo que importe.

La pesadez del aire, ese silencio ruidoso que sólo puedes sentir cuando estás muy quieto; este es el momento oportuno e irreductible de estar en esta ciudad. Es verdad que la lógica estandarizada y el imaginario colectivo de LA nos dan un paisaje en movimiento, ese ir y venir tembloroso e implacable, ese constante correr y manejar, la vista de las palmeras y los edificios y otras calles desde el auto, el día que se aleja, la puesta del sol desde el espejo retrovisor, la fecha límite que se acerca para hacer el tiempo más tangible; la música, los estallidos, la intención del espacio que sólo se siente cuando estás moviéndote dentro de él. Pero Los Ángeles se percibe diferente cuando te quedas quieto. Cuando intentas tomar una fotografía y vives dentro de ella y, sólo por un momento, la ciudad no existe. Sólo eres tú y el espacio y el cielo, tú y el aire y el calor y tu respiración.

La inmensidad está en nosotros. Está adherida a una especie de ex­pansión del ser que la vida reprime y la prudencia detiene, pero que continúa en la soledad. En cuanto nos quedamos inmóviles, estamos en otra parte; estamos soñando en un mundo inmenso. La inmensidad, ciertamente, es el movimiento del hombre inmóvil. Es una de las carac­terísticas dinámicas de soñar despierto y en silencio.

—Gaston Bachelard

No entiendes mi desolación.

No entiendes que puedo sentir el dolor tanto de las víctimas como de los victimarios, de los testigos y los oyentes, los transeúntes y los actores. Puedo sentirlo todo con su pesadez, el dolor del mun­do es pesado, y en esta ciudad el cielo me puede mantener segura. El mundo se va a acabar, sólo tienes que confiar en lo que dice el clima y al final, ninguna de estas nimiedades va a importar, sólo va a importar el cielo y su desolación cubriendo el planeta con su amor y su gloria, sofocándonos con su aliento violento. Me que­do despierta hasta tarde leyendo poemas de Kenneth Patchen y Jaime Saenz porque aquí está mi alma, y te veo dormir y te amo, pero esta noche me siento muy lejana. Estoy tratando de regre­sar. ¿Cómo regreso?

Aunque en algunos casos la tristeza es necesaria. Es necesario tener el corazón roto.

Hay tantas cosas pequeñas muriendo que no importa cuál de ellas está muerta.

—Kenneth Patchen

Digamos que cuando estiras las capas transparentes de la ciu­dad, éstas se convierten en una confesión.

Y esa confesión no es que deseas la muerte —aunque también hay algo de eso— sino que extrañas a tu madre.

El sol y el calor se vuelven irrelevantes hasta que sales a confrontar la luz.

Pero en la luz está mi madre, está esa herida que no pue-des rastrear pero que empezó con tu nacimiento.

La ciudad cambia cuando tú cambias, y la confesión es que todas y cada una de las expresiones se van llenando de incertidumbre.

La ciudad está muy segura de sí misma, pero confiesa que no sabe nada que tenga que ver con el cielo.

Es cuestión de dar unos cuantos pasos hacia atrás y rastrear la herida hasta la luz, la luz que es un fantasma frenético.

No todos los panoramas son tomas iguales de esta ciudad, pero hay que confesar que al final todas son las mismas.

Una vez llovió, una aprobación desconsiderada a la herida de esta ciudad.

Los vecinos que gritan al lado no saben cómo hacer frente al silencio de manera valiente.

La obligación es pasar la sombra en la banqueta y seguir cami­nando, saltarse ese encuentro con ayuda de la luz.

La proclamación es que eres un individuo, pero en un instante eres parte de las masas, y al otro, un rayo de luz.

El hombre mismo es mudo, y es la imagen la que habla. Es obvio que la imagen por sí misma puede seguirle el paso a la naturaleza.

—Boris Pasternak

He aquí el verdadero dilema: que tantos momentos en esta ciudad son inarticulables. Mi confesión es que intento incansable e irremediablemente capturar momentos por medio de imágenes, de palabras, y todo esto es un ejercicio inútil, todo termina en fracaso. Pero algunas veces, la inarticulación se convierte en articulación, es decir, que la fotografía que trato de tomar –la que no captura nada de la esencia de lo que sentí en ese preciso momento, cuando volteé hacia el cielo y quise llorar– pudo haber muerto en ese instante; es decir que la foto se convierte en la articulación del momento inarticulable, de modo que la evidencia sólo puede ser un fantasma frenético, una herida, un todo que cede a la concentración de un algo.

Avísame cuando lo entiendas. Las fotografías son un ejemplo de esto, sí, intentar capturar esa puesta de sol, esta alusión cósmica de todo el espacio y el tiempo en la iluminación del cielo, ese devastador milagro de la vida que se contamina por tantas cosas pequeñas, pero también por otras articulaciones.

Articulaciones como: Te amo.

Palabras para una de las sensaciones más inarticulables. No es lo mismo para todos. Cada te amo no es equivalente, no existe tal cosa como la repetición en el amor, y aun así hay palabras que ase­guran, que intentan, que se aventuran y se esfuerzan para darle un valor específico por medio del lenguaje. Esto es tan absurdo como decir que el cielo es “azul”, que la puesta de sol es “hermosa”, que te sientes “feliz”. Todos estos intentos y comentarios: absurdos.

Pero hablo en serio cuando digo te amo. Me refiero a algo que no puedo describir, pero estas palabras son lo más cercano: una convención que dice que estas palabras significan algo cercano a lo que siento, y aun más importante, es la evocación de todos los otros sentimientos asociados con la emoción de la frase, que cuando dices te amo puedo sentir esa sensación de finitud y eter­nidad en mis huesos, puedo sentir mi pecho expandirse, una ame­naza de parálisis cuando todo termine, y una realidad sustancial que no existe construida completamente alrededor tuyo, una rea­lidad que nunca va a existir.

Cuando digo te amo vuelven a mí memorias de miles de no­ches presenciales, los límites de mis sentimientos por la noche cuando estoy en mi cama, cuando estoy afuera, cuando hago una pausa para hundirme y prolongar un momento de existencia. Los sentimientos revelan las manchas de los traumas pasados, los sentimientos se externan y articulan por medio de gestos. Tomas mi mano por un momento y eso es todo.

Puedo confesar que de una u otra forma te conectas con esta ciudad. Para mí, ese cielo o esa puesta de sol o ese edificio altí­simo, cada palmera glamorosa, cada palmera triste, cada reflejo de luz desde una ventana, cada sonido evocado; todo empieza a coincidir con la vitalidad repetitiva de tu aliento, de tus caricias, de tu existencia. Esto no tiene que tener sentido. No tiene que tener sentido que te conozca, que existas, aquí, conmigo. No es­toy segura de dónde saliste, ni estoy segura de dónde salí yo, no parece importar, aunque en cierto punto de mi vida estas cosas importaron. Tantas cosas importaban. Lo que importa son tus caricias, tu aliento, tu cuerpo junto al mío, tu existencia en esta ciudad conmigo. Lo que importa es que de repente, muy de repen­te, no puedo imaginar mi vida sin ti. Tal vez eso es el amor, un total reacomodo de la imaginación, la infiltración de una subjetividad que parece aplazar la forma en que las imágenes se relacionan las unas con las otras. De repente, lo que importa es el color del cielo, la dirección de las estrellas, la velocidad de la luz. Lo significante y lo insignificante cambian de rol.

El caracol.

El grabado en una columna.

Pasos rápidos. Pasos lentos.

Manos.

Momentos en el espacio.

La densidad de la neblina.

Distancia.

Altitud.

Quiero vivir todos los tonos de luz contigo, todos los tonos intermedios.

Quiero tantas, tantas cosas, pero también esos deseos se desvanecen.

Todo da miedo. Algún día esta ciudad me va a tragar completa y nadie, ni siquiera las palomas, se van a dar cuenta.

 

*Traducción de Andrea Cisneros


Autores
Es autora de Kerotakis, Daughter y Damnation. Es coeditora de [out of nothing] y editora de la revista Entropy. Vive en Los Ángeles. donde imparte clases en CalArts.

Originaria de Houston, Texas, Sharifa Rhodes-Pitts publicó su primer libro en 2011, Harlem Is Nowhere: A Journey to the Mecca of Black America, el cual fue acogido favorablemente por la crítica. Su trabajo se centra en la población afroamericana de los Estados Unidos, como se aprecia en este ensayo.

Hace poco, en el barrio de Flatbush, en Brooklyn, dos mujeres de treinta y veintitrés años de edad tocaron a la puerta de un depar­tamento; tras entrar, exigieron a punta de pistola que sus inquili­nos desalojaran el inmueble. El New York Daily News reportó que una de las mujeres declaró a la policía, a manera de explicación, que “estaba harta de que gente blanca se mudara a la zona”. El New York Post agregó que una de las mujeres estaba furiosa porque le habían rentado el departamento a los tres inquilinos blancos en lugar de a ella. Las tres víctimas —dos hombres y una mujer— hu­yeron del inmueble tras recibir una serie de extravagantes amena­zas de muerte. (“Si llaman a la policía o a la inmobiliaria, escogeré a cinco personas de los contactos de cada uno de sus celulares y los mataré. Si no se largan en veinticuatro horas, cinco tipos ven­drán a asesinarlos a todos”). Las dos mujeres, identificadas en los reportajes como Precious Parker y Sabrina James, se quedaron en el departamento durante dos días antes de ser aprehendidas por la policía. Los encabezados que detallaron el incidente declara­ban que las mujeres habían “invadido” el departamento tras el enfrentamiento armado. Esta mordaz descripción, junto con la supuesta motivación racial de las mujeres, transforma el incidente. Deja de ser sólo uno más de aquellos estrafalarios crímenes tipo Gotham que parecen hechos a la medida para la prensa amari­llista, y pasa a convertirse en un punto crítico de la prolongada lucha que las personas negras y pobres deben soportar para lograr vivir en esta ciudad.

Las mujeres fueron arrestadas por robo, asalto, detención arbitraria, posesión ilegal de un arma y amenaza. Hasta ahora no se han mencionado cargos por crímenes de odio (excepto por parte de los sarcásticos comentaristas que se preguntan por qué Al Sharpton, Jesse Jackson y Eric Holder no se abalanzaron sobre el caso).[1] Algo en el encabezado olía a humor negro, como si perteneciera a las adoradas noticias satíricas de nuestros tiempos. Un crimen que surgió más del hartazgo que de la malicia, que abiertamente declaraba algo que mucha gente piensa y dice sin recurrir a actos similares de violencia.[2] Teniendo únicamente los datos incluidos en los testimonios periodísticos, dudo que las acciones de las mujeres digan más de lo que las mujeres en sí mismas supuestamente dijeron. Sus acciones no pueden entenderse de manera clara y verosímil como actos políticos — la raza de las víctimas y la raza de los perpetradores no le dan coherencia al incidente de manera automática, éste no se ajusta a ninguna fábula post-lucha por los derechos civiles que nos contamos acerca de qué haremos para crear un mundo más justo.

¿Pero pueden las acciones de estas dos mujeres entenderse como una forma de resistencia? Una forma intrínsecamente fútil de resistencia, sin duda, pues literalmente se arrinconaron en una esquina sin posibilidad de escape. Inevitablemente llamarían la atención del Estado. Quizá, como muchos de sus colegas, ya se encontraban bajo vigilancia del Estado. Es decir, tal vez ya estaban viviendo en un cuarto sin salida. El intento de robo —¿secuestro de departamento?— buscaba obtener como botín el espacio físi­co, el arrendamiento, la ocupación. Pero una vez que obtuvieron el espacio, ¿qué iban a hacer con él? Ya no podían escapar. No podían intercambiarlo por dinero. Se hallaron atrapadas en una versión peor de la misma situación.

Tal vez lo que robaban era tiempo. Me adentro en los reportajes. En esos dos días de invasión. Estoy sentada con Precious Parker: y Sabrina James y su pistola y su cansancio —no, lo diré mi cansancio. Pues yo tampoco tendría la capacidad económica para mudarme al barrio en el que ahora vivo, sólo que yo no tengo una pistola ni la voluntad para utilizarla—. No queda nada por hacer en este cuarto, más que esperar, así que nos contamos historias. Les platico de Fannie Lou Hamer, famosamente harta y cansada de estar harta y cansada.[3] Hamer soportó golpizas y formó parte de un gran movimiento no violento, pero en respuesta a la amenaza constante del terrorismo de supremacía blanca en Misisipi, dijo, “tengo una escopeta en cada esquina de mi recámara y el primer blanquito que siquiera parezca tener intención de aventar dinamita sobre mi porche no le volverá a escribir a su mamá de nuevo”. Les estoy contando sobre la invasión de una ciudad provisional hecha de carpas en Lowndes County, Alabama, construida cuando los comuneros negros fueron expulsados desus granjas por intentar votar, en el mismo sitio donde surgieron las Panteras Negras.[4]

Precious Parker y Sabrina James usaron la amenaza de la violencia para obtener —no importa qué tan temporalmente— un espacio donde vivir, donde existir. Estoy intentando entender sus acciones a la luz de otros eventos que han sucedido en la ciudad, y que hemos acordado que son legales y no violentos. Supuestamente es un acto no violento cuando las constructoras obtienen privilegios especiales por incluir unidades de vivienda de “bajo costo” dentro de un nuevo edificio de lujo y entonces crean una segunda entrada, separada —una “puerta para pobres”— para ser utilizada por los residentes de clase baja. Supuestamente es no violento cuando los propietarios y los agentes de Crown Heights, Brooklyn, despojan sistemáticamente a sus arrendatarios por medio de adquisiciones de contrato irrisorias y desalojamientos injustificados.

Si este acto de “secuestro de departamento” tiene alguna legitimidad, se la toma prestada a la mismísima fundación de esta nación. He aquí el delito menor como reconstrucción histórica. Sin la ventaja de portar disfraces de la era de los peregrinos, Parker yJames ensayaron el método a través del cual la propiedad de estas tierras fue violentamente transferida de los pueblos indígenas a los colonizadores.

En mi libro Harlem Is Nowhere resumí el problema del futuro de Harlem como espacio negro de la siguiente manera: esta es nues­tra tierra que no poseemos. He aquí un territorio sobre el cual las personas negras tienen derechos espirituales y psíquicos, tras ha­ber sufrido aquí, haber amado aquí, haber guiado a generaciones enfrentándose a la destrucción aquí. El apego al lugar a través de las generaciones es un tema sobre el cual he hablado de manera pública y reiterada, buscando reivindicar el valor del enraizamien­to en una época donde su realidad vivida se erosiona. Sin embargo, ni al escribirlo ni al hablarlo me di cuenta de que lo hacía desde un cuarto sin salida. La transferencia violenta de la tierra en beneficio de los colonizadores europeos gestó la ficción de la propiedad, de la misma manera en que consagró la leyenda del cuerpo negro sin vida, sin valor, sin alma —que podía convertirse en esclavo—. Verdaderamente, nuestra tierra que no es nuestra.

Consideremos a James Weeks, un estibador de Virginia que probablemente fue esclavo. Es posible que antes de comprar las tierras que se convertirían en Weeksville,[5] él comprara supropia libertad. Es comprensible que la adquisición de la propia libertad fuera una respuesta pragmática ante la demencia de la esclavitud. Sin embargo, para existir dentro de los términos de esta libertad se requiere aceptar la idea de que uno puede ser comprado. La emancipación no revierte esto; la libertad no te vuelve completamente libre. El esclavo liberado, que se descubre a sí mismo como propiedad, inevitablemente participa del sistema que perpetró su cautiverio y usurpó violentamente la vida indígena. (Nótese el adjetivo “liberado”, el cual convierte a su sujeto en el objeto de las acciones de otra persona: una persona liberada no es lo mismo que una persona libre). Esto no desacredita el significado de Weeksville, pero nos ayuda a examinar adecuadamente las condiciones bajo las cuales se construyó. Fue un bastión de la idea de la libertad en una tierra fundamentalmente no libre. Era un cuarto sin salida —pero ahí dentro nos podíamos acurrucar para protegernos los unos a los otros y consolarnos entre todos y contar historias.

Weeksville es recordado como el refugio de los negros que esca­paron de Manhattan tras los disturbios de reclutamiento de 1863, pero el asentamiento se construyó sólo cuatro años después de los disturbios antiabolicionistas de 1834, cuando miles de blancos des­truyeron iglesias, casas y negocios negros, junto con otros sitios asociados al movimiento abolicionista. ¿Qué clase de casa puede uno construir en tiempos de disturbios? Los expertos en preserva­ción que trabajaron en la restauración de las casas en 1983, y que estaban acostumbrados a trabajar con “detalles arquitectónicos de gran estilo”, notaron, con un dejo de menosprecio, que “en rea­lidad estamos lidiando con estructuras comunes de bajo nivel”. Se trata de “lo que la persona promedio hubiera construido… aque­llo que alguien que lee Mecánica popular hubiera hecho si fuera a construir un avión. Se parecería a un 747, pero tendría un motor de vocho en el interior”. El New York Times describió las casas di­ciendo que “no tenían ningún estilo arquitectónico distintivo”. Sin embargo, es posible que el esfuerzo por preservar y restaurar las estructuras —es decir, de ajustarlas a lo que entendemos como un edificio— borrara sus elementos más interesantes. Quizá las casas fueron construidas con un estilo más allá de lo común, un estilo todavía no reconocido por los estudios arquitectónicos. Lla­mémosle afrobrutalismo, protofugitivismo o predestruccionismo. Esta es la casa que uno construiría, con escasos recursos, sobre la base inestable de la no libertad estadounidense, y con el olor no tan lejano de edificios de negros quemándose.

En tanto que anhelamos conmemorar tales esfuerzos, el intento de soberanía que se desarrolló entre los límites de la calle Fulton y las avenidas Ralph, East New York y Troy era ya un monumento cuando fue “redescubierto” en 1968 por dos conservacionistas que sobrevolaban el área en un avión de hélices. La gente que vivía cerca de los edificios Hunterfly, en las unidades habitacionales que se erigieron cual triunfo de la renovación urbana, no necesi­taban de su descubrimiento, interpretación ni conmemoración. ¿Acaso no bastaba como interpretación suficiente la vista de las casuchas derruidas que se podía apreciar desde las ventanas de los departamentos de las unidades?

Las obras de “Funk, Dios, jazz y medicina: Brooklyn negro radical”, [6] nos llevan a considerar cómo hemos vivido sobre estas arenas movedizas y de qué manera las prácticas fugitivas y las institu­ciones nos han otorgado una manera de expandir las posibilida­des de nuestra no libertad —y de qué manera pueden continuar haciéndolo—. Estos cuatro elementos constitutivos —funk, jazz, Dios y medicina— son los cuatro postes que enmarcan un cuar­to. Son formas de ser y de vivir y de pensar, todas conectadas por el tiempo: la deformación, contorsión y desafío del tiempo lineal que marca la música negra; los elementos trascendentes de la espiritualidad y la curación que alargan la vida. Cuando se construye sobre suelo inestable y tierra robada, quizás el material más importante sea el tiempo y la habilidad para habitar una idea expandida de la historia, como la que la profesora de Columbia, Saidiya Hartman, nos ofrece cuando afirma, “Yo también vivo en tiempos de esclavitud, y con esto me refiero a que estoy viviendo en el futuro creado a partir de ella”.

*Traducción de Marina Álamo Bryan

 

[1] N. de la T. Sharpton y Jackson son reconocidos activistas por los derechos civiles en Estados Unidos. Holder es la primera persona afroamericana en fungir como Fiscal General de los Estados Unidos. Sharpton y Holder son importantes asesores de Barack Obama.

[2] N. de la T. Bajo la promesa de “darte un techo sobre tu cabeza, comida sobre tu mesa y dinero en tu bolsillo”, el partido político The Rent is Too Damn High Party (Partido La Renta Está Muy Pinche Alta) ha postulado como su candidato a Jimmy McMillan, un activista político, en las elecciones para alcalde de la ciudad de Nueva York, en 2009, y para gobernador del estado de Nueva York, en 2010.

[3] N. de la T. Fannie Lou Hamer fue una líder y activista por los derechos civiles que participó en la lucha por el derecho al voto en Estados Unidos. En diciembre de 1964, Hamer, acompañada de Malcolm X, dio un discurso en Harlem titulado “Estoy harta y cansada de estar harta y cansada” (“I’m Sick and Tired of Being Sick and Tired”). La historia de la negación al voto por discriminación racial en Estados Unidos es larga y compleja, y ha tocado a distintas demografías, incluyendo a negros, latinos y asiáticos. Fue hasta un año después del discurso de Hamer que, con la Ley de Derecho al Voto de 1965, se lograron prohibir las prácticas discriminatorias que prevalecían —como el pago de impuestos y los exámenes de alfabetización— para poder acceder al derecho a votar.

[4] N. de la T. La Organización para la Libertad del Condado de Lowndes (Lowndes County Freedom Organization, LCFO), mejor conocida como el Partido Pantera Negra (Black Panther Party) por su logotipo del felino, fue una organización liderada por el activista Stokeley Carmichael y creado en 1966 en Alabama para luchar por el derecho al voto de la población afroamericana. En esa época, en Lowndes había 80% de población negra, pero 90% de la tierra era propiedad de blancos y ninguna persona negra había logrado registrarse para votar en más de medio siglo. Este movimiento, cuya resistencia se basó en el simple acto de lograr registrar a la población afroamericana para poder votar, inspiró la creación del Partido Pantera Negra de Autodefensa (Black Panther Party for Self-Defense), surgido en Oakland, California, cuyos miembros son más conocidos como Panteras Negras, y quienes solicitaron permiso a la organización de Alabama para adoptar su nombre y símbolo.

[5] N. de la T. Weeksville es un barrio en Brooklyn, Nueva York, en el vecindario actualmente conocido como Crown Heights, cuyo asentamiento original fue fundado a finales de la década de 1830 por esclavos libertos. Su nombre deriva de James Weeks, un estibador que compró tierras en la zona. Weeksville fue una de las primeras comunidades negras de Estados Unidos; ahí la población afroamericana podía poseer propiedad legalmente, tenían sus propias iglesias y uno de los primeros periódicos afroamericanos, The Freedman’s Torchlight. En 1968, el historiador James Hurley y el piloto Joseph Haynes emprendieron una búsqueda para hallar restos del asentamiento decimonónico original. Sobrevolando el área encontraron un conjunto de casas, escondidas al fondo de un callejón rodeado de unidades habitacionales. Llamadas las Casas de Hunterfly Road (Hunterfly Road Houses), han sido restauradas y ahora forman parte del Weeksville Heritage Center.

[6] N. de la T. Funk, God, Jazz, and Medicine: Black Radical Brooklyn fue una exposición organizada por el Weeksville Heritage Center en octubre de 2014.


Autores
Originaria de Houston, Texas. Publicó su primer libro en 2011, Harlem Is Nowhere: A Journey to the Mecca of Black America

Estela trabaja como traductora e intérprete médica en el sur de California (Estados Unidos), principalmente en áreas dedicadas al control de la diabetes, de la salud mental y análisis clínicos. De acuerdo con Estela, la traducción no tiene la atención que se merece; en el caso del español por ejemplo, se obvia el trabajo: se cree que alguien, cualquier persona, una de tantas que lo habla en clínicas y hospitales, podría hacerlo sin importar su formación y por lo tanto, que estará alerta a la lectura empática y solidaria que requiere el oficio. 

Cuando alguien en español dice: «Me quiero morir», ¿qué estrategia de traducción o interpretación utilizas?

Depende. Trato de ser fiel al significado y no exactamente a las palabras que utilizan porque, en realidad, no es lo que quieren decir.

Si alguien dice: «Me quiero morir», ¿cómo lo traduces?

Tengo que decirle a la terapeuta: «Ella dice que se quiere morir pero tal vez eso, en español, significa otra cosa». Aunque después de algunas sesiones, la terapeuta ya lo nota. Aun así les dice: «Podés llamar al 911 si te querés matar». Las preguntas (de la terapeuta o del médico) se ponen muy serias cuando dicen algo así. Una vez que la frase «Me quiero morir» aparece en la conversación, el terapeuta tiene que hacer un protocolo: «Estos son los números de teléfono a los que tenés que llamar si te querés herir, si te querés lastimar, o si querés herir a alguien más». Y el paciente que habla español se mata de la risa, diciendo: «No, eso no es lo que quise decir».

Hace rato dijiste que en la clínica se hablan distintos tipos de español (español con acento de Perú, de México, de Argentina) pero, ¿también hay acentos de personas cuya primera lengua es una lengua indígena?

Sí. En particular recuerdo a una señora que hablaba mixteco. Yo intentaba explicarle a la terapeuta que la señora tenía que traducir de su lengua al español y yo del español al inglés. O sea, las sesiones se hacían más largas. Tenías que tener un poco más de paciencia porque se pierde mucha información. Y también su manera de contar era diferente a la de una persona que sólo habla español.

¿Qué pasa cuando hay una traducción que pasa por tres lenguas y por tres sistemas de significación de la salud, del cuerpo?

El lenguaje médico que se utiliza en inglés es mucho más técnico. Hay palabras para todo lo que te está pasando. Especialmente para cosas psicológicas, por ejemplo: rushing thoughts. En español no tenemos ese concepto (pensamientos acelerados). Cuando se los digo a los pacientes me miran como diciendo «no entiendo, nunca he escuchado ese término» por más que existan esas palabras en español, entonces tengo que explicarles lo que significan. Es muy importante hacer la traducción porque si una persona lo hace a medias no se va a entender; se puede interpretar algo completamente diferente de lo que quiere decir el paciente. En español por ejemplo, es muy común (le ha pasado a mi mamá, a mi papá) que cuando murió mi abuela o mi tía, dijeron: «Ay, escuché que me llamaba». En inglés es súper serio que escuches que alguien te está llamando o que tengas alucinaciones sobre un pariente muerto. Pero en nuestra cultura es algo que decimos que nos pasa: vemos cosas, especialmente si una persona cercana muere; escuchamos voces y cosas así. Una señora decía que todo el tiempo escuchaba voces, que eran ángeles pero en realidad no era que «escuchara» voces sino que era la manera en que ella percibía su espiritualidad. Rezaba y cosas así. Pero para la terapeuta fue súper grave que ella dijera eso. En la psicología y en la medicina en inglés se obvian muchas cosas. Tengo que preguntar como mil veces la misma pregunta.

¿Aún hay muchos casos de negligencia médica por malinterpretación o sobreinterpretación de lo que dicen los pacientes?

Yo creo que sí.

¿Recuerdas alguno?

Bueno, la señora a la que le «dolía el cerebro». Nadie quería lidiar con ella porque le dolía el cerebro aunque en realidad, era la cabeza lo que le dolía. Entonces, yo lo que pido, a veces, cuando dicen algo así, es que señalen con la mano qué parte del cuerpo es; cómo se siente: se siente como que quema, como que arde, se entumece, etcétera. Trato de traducirlo a algo que la persona que habla inglés entienda exactamente. A esa persona no puedo decirle: «Me jalo los pelos». Ellos (los médicos) ya le ponen un nombre a jalarse el pelo y quitárselo. En cambio, en español son expresiones que utilizamos.

¿Algunas vez  los médicos han desconfiado de tu traducción?

Yo me aseguro de que entiendan bastante. Elaboro bastante de ambos lados para que se entiendan, pero a veces me doy cuenta de que los médicos no quieren eso. Nada más quieren que diga «sí» o «no». Pero usualmente los pacientes elaboran muchísimo sobre lo que les está pasando; o a veces les hacemos una pregunta a la que tiene que decir «sí» o «no» y elaboran más, se van a otro tema. Yo pienso que es algo importante lo que la persona dijo pero al doctor no le interesa saber sobre eso en ese momento Le interesa saber sobre lo primero que preguntó. Entonces, pienso que les molesta que elaboré demasiado pero nunca han dudado de mi traducción. Hasta ahora.

¿Cuáles son, en tu opinión, los inconvenientes o riesgos de trabajar en un proceso de mediación entre un médico y un paciente, un proceso delicado que involucra la salud del cuerpo?

No es lo mismo ir al doctor en inglés y que te lo traduzcan —por más buena que sea la traducción—, a hablar con un doctor que sepa tu lenguaje. Y no sólo en términos de traducir el lenguaje y de saber cómo se dice; por ejemplo, si un paciente te dice «no tengo papeles» saber qué significa «no tener papeles». Yo, desde una perspectiva como migrante, sé qué significa. En cambio, las psicólogas creen que no tener papeles significa «no hiciste tu ciudadanía» en la mayoría de los casos. No entienden la complejidad de lo que significa, lo difícil que es y el tipo de efecto que tiene en las personas. No creo que entiendan. O sea, me doy cuenta por las preguntas que hacen. Si alguien dice «No tengo mis papeles, me preocupa. Es mi preocupación más grande», la señora le pregunta: «¿Y cuándo los vas a hacer?», como si fuera algo fácil.

Como si no los hubieran tramitados por irresponsables.

Como si fuera algo fácil de resolver. No son los mismos problemas que tienen quienes hablan inglés. Y me imagino que es lo mismo con los pacientes asiáticos porque tuve que estar en las traducciones de los pacientes de Laos.  Por ejemplo, los que vienen de la guerra y tienen Síndrome de Estrés Postraumático dicen: «El psicólogo que me vio no sabe lo que es ir a la guerra». La psicóloga que está asesorando a una persona que es refugiada de guerra de Laos tiene mi edad (27 años), o sea, no creo que ella llegue a comprender la complejidad de este problema. Y lo mismo con la terapeuta, no creo que llegue a entender que es «no tener papeles» o venir de «migrante». No es que no entiendan y que no lo puedan asesorar, pero no lo comprenden de la misma manera que una persona de ese mismo entorno. Entonces, para mí sería mucho mejor que estos servicios queden en la misma comunidad a la que están sirviendo.

¿Con médicos o terapeutas migrantes, bilingües, biculturales?

O por lo menos que se relacionen más con tema, o que tengan algún tipo de entrenamiento sobre lo que es.

En tu experiencia, y en la experiencia de las personas con las que trabajas, ¿qué significa ser migrante, cómo se traduce en el cuerpo «no tener papeles»?

No tener papeles es como vivir prestado de todos los servicios que te da Estados Unidos. Así se siente. No puedes en realidad, ir al doctor. Sentís que si estás yendo al doctor le estás quitando al país. Está el mito de que si pedís ayuda social, si te metes al medicare, no te van a querer dar los papeles porque fuiste un cargo para el Estado. Entonces, significa enfermarse lo menos posible. Eso es lo que vivir sin papeles significa. O sea, no ir al psicólogo, no quejarse de lo que te está pasando. No ser una carga, pienso.

¿Y cuándo sí van al médico o psicólogo, cómo se traduce?

La verdad no es tan popular; o sea, yo soy la primera traductora que tienen en español y esa clínica tiene como quince o veinte años. El traductor de Laos y la traductora de vietnamita están ahí desde entonces y es el primer año que me contratan. O sea, todos esos años, ¿nunca tuvieron pacientes que hablaban español?, ¿recién se les ocurre que los pacientes que hablan español necesitan ayuda de salud mental? Me parece raro. Y citas, tengo bastante pocas durante la semana. Además, las que hay no vienen a las visitas y cuando vienen casi siempre son cosas mucho más graves de lo que les pasa a los pacientes que hablan inglés. Los pacientes que hablan inglés tienen depresión pero por otras razones; la mayoría de las mujeres que atendemos (que hablan español) es por violencia doméstica, violación, abuso sexual; cosas que en la clínica nos parecen muy graves.

¿Se habla mucho de no tener papeles como parte de los padecimientos?

No se habla mucho. No se toca ese tema. Yo pienso que se tendría que hablar más. Ellos piensan que es como un tema legal pero llega a ser muy personal. El miedo de ser deportado es bastante real, y está siempre ahí. Te puede pasar en cualquier momento.

Hace un rato dijiste que no era tan popular, ¿te refieres a que no le interesaba a la clínica o a que los pacientes no buscaban este tipo de «ayuda»?

Las dos cosas.

Y ¿por qué tienes pocos casos o se te asignan casos de personas que no van? ¿Discriminación?

Eso ya sería mi opinión. Pero yo pienso que sí tiene mucho que ver; como ellas [las terapeutas] piensan que los pacientes que hablan español tienen casos más difíciles en general, no tienen ganas de atenderlos. Y esos pacientes desconfían de la psicología y de la psiquiatría; al psicólogo van, pero al psiquiatra no quieren. Una señora me dijo que la vecina ya no querìa que le cuidara a sus hijos porque «iba al psiquiatra, porque estaba tomando chochos». O sea, cuando quien asigna los casos sugiere que vayan al psicólogo, la primera pregunta que hacen los pacientes es: «¿Estoy loco?, ¿qué me pasa?». Entonces, creo que hay desconfianza por parte de la población latina en esa área y al mismo tiempo las trabajadoras que asignan los casos prefieren mandarlos a otras instituciones y también las terapeutas, como que no están preparados.

Y, ¿existe algún tabú sobre la medicina de las personas que sí van al psicólogo?

A mí me parece, a veces, muy poco lo que sugiere la terapeuta: respirar hondo, ir a caminar, cosas así. Por ejemplo, no tener papeles no se cura con salir a caminar 30 minutos al día y cortar las plantas. Y ése es el problema, ella sugiere algo y no funciona. Y vuelve el paciente con el mismo problema porque en realidad, no tener papeles es algo que no depende de vos. Está más allá de tus capacidades. Son personas que quizá no tendrían problemas si se resolviera su problema migratorio.

Hemos hablado sobre todo, de la mediación de ida: del paciente a la terapeuta; pero ¿qué sucede con la interacción de regreso, la traducción del terapeuta al paciente, del inglés (médico) al español?

A veces me parecen pedantes los doctores. Como te digo, no hace falta explicar las cosas tan técnicamente, por ejemplo con el término rushing thoughts. Yo digo que todo es burocrático, como que necesitan ese término para que cuando lo escriban en las notas se vea si el paciente tenía que estar acá o allá; si ese paciente me correspondía o a alguien más. Para eso se utilizan esas palabras técnicas pero cuando yo las tengo que traducir, tengo que explicarlo. No es que yo piense que no entienden sino que los pacientes, en general, (incluyéndome) no entendemos los términos médicos de la misma manera que los entiende el doctor. Para ellos, si el paciente no entendió es culpa del paciente. Por eso intentó explicarlo.

¿Qué es lo más difícil y problemático para traducir?

Cuando tenés que decir en primera persona. «Me violó», «me agarró», «me encerró», «me tiró». O sea, obviamente que no siento que me esté pasando a mí de la misma manera que le pasó a esa persona, pero siempre es incómodo. No es que me esté quejando de que es incómodo, pero es algo que otras personas que hacen traduccion me han dicho. Lo más incómodo es contar ese tipo de hechos en primera persona: «Yo lo hice», «Esto me pasó a mí», cuando en realidad le pasó a alguien más.

¿Crees que en esos casos, dejaría de ser incómodo si no utilizaras la primera persona?

Sí: «Él dijo». Pero no es lo mismo. Le pone muchas trabas. Se me hace más complicado. Por ejemplo, si alguien me dice: «Él me vino a visitar». Entonces tengo que decir: «He came to visit me», o puedo decir «He said: He came to visit him». Ya son dos personas a las que me estoy refiriendo.

¿Eso es una regla del trabajo?

No, me sorprende lo informal que son a veces con la traducción. Básicamente yo soy quien hace las reglas. Les digo, «¿cómo quieren que lo haga?». «Como vos quieras». «Como te parezca mejor».

Entonces, ¿cuándo le traduces al médico no requieres apropiarte de nada?

Los pacientes no diferencian el papel que hago como traductora al que hace el doctor. Yo nunca puedo decir mi opinión aunque sepa la respuesta. Pero en ocasiones, si la terapeuta dice: «Ay, siento mucho que te sucedió eso». «I´m so sorry». Entonces yo tengo que decir: «I´m so sorry» o «la verdad que siento mucho que haya pasado eso». O « te recomiendo tal cosa». Pero, a veces hay gente que piensa que yo se lo estoy diciendo. Entonces, tengo que decir, el «doctor está diciendo» esto.

Tu función no sólo es de traductor y de intérprete.

He aprendido mucho. Eso es otra cosa. Como es una clínica de bajos recursos, no contrataron a una traductora con licencia de traductora. Si hubieran contratado a una traductora médica le pagarían el doble de lo que me pagan a mí.

El inglés lo hace mucho más técnico, mucho más burocrático. Es muy importante la persona que traduce. Eso es lo que me da miedo. Yo le pongo muchas ganas a lo que hago pero los médicos no saben español y cualquier otra persona podría decirles cualquier cosa. Nunca me puse a pensar lo importante que era (en el cuidado médico) la traducción y hablar el mismo idioma que hablas con el doctor. Conozco a muchas personas que hacen traducciones médicas y tal vez no lo hacen por ayudar a la comunidad sino por una cuestión económica: pagan como 30 dólares la hora y les parece un buen trabajo, aunque también hay cierta prepotencia de decir: «Yo hablo bien el español, el paciente es una persona ignorante que no sabe el español de la misma manera que lo sé yo. Yo sé inglés, yo sé español». O sea, hay muchas personas que tienen esa actitud.

¿Cómo definirías una ética de la traducción médica?

Yo creo que, como ser consciente de que el lenguaje que estás utilizando no es correcto o incorrecto; nada de lo que estás diciendo está correcto o incorrecto. Ninguna manera de decir algo está bien o está mal. Toda manera de hablar (en el lenguaje que sea) es comunicación de una forma u otra. Tenés que tomarlo por lo que es, no tenés que estar juzgando a alguien porque no habla el español que vos hablás, o porque no habla inglés, o porque no habla español «correcto». Considerar de dónde viene la persona, también. Como te decía, considerar lo que la persona está tratando de decir más que la traducción literal de lo que está diciendo.


Autores
(Ciudad de México, 1982). Es artista visual y editor. También escribe. Actualmente trabaja en edicionespatito.org. Vive en la frontera norte.

Shoshana Seidman ha sido desde mesera y profesora de primaria hasta diseñadora gráfica. Estudió Literatura y Escritura creativa en la Universidad de California en San Diego. La memoria, la devastación y el cuerpo son algunos de los temas que permean sus ensayos.

Los fractales son matemáticos. Los fractales son patrones sin fin. Ambas cosas me asustan.

La complejidad infinita, la repetición infinita, sin importar que cambie la escala, es la antítesis de la supervivencia. Si no se pue­de crear un patrón alternativo, si no se puede escapar a la ampli­ficación de la deshumanización, ¿se puede crear una identidad? ¿Un fractal es un lenguaje impuesto, la inalterable y suprema ley?

Podemos hacer un zoom eternamente.

En la naturaleza observamos esto en los árboles, ríos, vasos sanguíneos. En matemáticas, lo vemos en el conjunto de Mandelbrot. Una y otra vez se calcula una ecuación simple y se vuelve a introducir. De la simplicidad surge la complejidad. El patrón continúa hasta que ya no vemos con claridad. Sólo vemos el monstruo que se crea a partir de eso, un monstruo fractal de rama rama rama árbol.

El árbol se forma a partir de un millón de patrones similares entre sí. Quisiera un árbol distinto, pero ni siquiera puedo desen­redar la simplicidad. ¿Cómo regreso a la raíz? ¿Me será posible crear un nuevo lenguaje si desciendo por las ramas más chicas, serpenteando de vuelta al tronco, postrándome en la raíz? Puedo intentar hallar el rumbo de vuelta al principio. ¿Terminaré a pesar de todo de vuelta en el mismo patrón?

Los fractales se encuentran en las neuronas. Durante mi infan­cia, estaba obsesionada con la repetición, la compulsión obsesiva por el interruptor de la luz que encendía y apagaba y encendía y. Mis neuronas fallaban, construían monstruos neurológicos com­plejos a partir de los patrones más simples. Se repetían de mane­ra equivocada. No tienes que hacer eso, me decían. Sólo prueba, a ver qué pasa. Me encontraba indefensa ante los patrones que culebreaban como raíces en la apertura de mi cerebro oscilante. Crear un lenguaje implicaría la creación de muchos más patrones simples, patrones que tendrían que luchar contra la bestia fractal que ya había reclamado su parte.

La firma en los correos de mi hermano cita a Lao Tzu: Un viaje de mil millas comienza con un solo paso.

¿Pero qué tal que te cansas? A veces es más fácil dormir que construir nuevos lenguajes. A veces das un paso, y luego otro, y otro, y otro, y sin embargo. Terminas tomando el mismo camino.

Otra vez: ¿puede existir un lenguaje nuevo?

Mi padre es un fractal.

¿Pero y si fuera un fragmento de fractal? Por ejemplo: él es. Por­que cuando se enfrenta a cosas fuera de su percepción y de sus experiencias, cuando se enfrenta a cosas fuera de su repetición infinita de patrones

Debe

Cortarse

En alguna parte.

Cuando mi hermano menor tuvo una sobredosis de drogas en una especie de idea semisuicida y luego entró en coma y luego despertó

Y quería

Sólo sándwiches de pollo de Islands (o, en realidad, el Shorebird),

Mi padre dijo

Denle todos los Shorebirds que quiera

Si eres un fractal

Una forma de compensar

Por los corazones perdidos puede ser

Con sándwiches de pollo infinitos.

¿Cómo perdonas si eres un fractal? ¿Si no puedes escapar de la autosimilaridad, el infinito, la repetición? Tus costumbres son fijas, pero entonces te encuentras con otro fractal. Quedas fas­cinado. Tu cuerpo debe encontrar una forma de lidiar con la autosimilaridad de alguien más. ¿Qué pasa cuando chocan dos simples patrones repetitivos que se forman una y otra vez? Ya no tienes que vértelas con tu propio monstruo fractal. Ahora debes:

asimilar,

incorporar,

tragar,

regurgitar,

destruir,

O puedes simplemente tratar de amar. Eso es un lío.

Cuando me hice un tatuaje mi padre se rio a medias y me dijo

Deberías ver todos los tatuajes en Inland Empire

La idea de convertirme en parte de

Una colección

Fractura

Sus ideas sagradas de: hija.

O será que eso pasó

Hace muchos años

Cuando se

Acostó junto a mí en la cama y dejó que su cerebro me con­tara historias

Y su cuerpo (Algún Cuerpo, Otro Cuerpo, Otro Patrón, El Cuer­po de Alguien Más —estas eran algunas de las historias que me solía contar hasta que admitió

Era yo)

Tocó el mío

Hasta que se

Fracturó. La. Única. Manera.

De formarme una nueva realidad

Era. Partir.

La única manera

Ahora

De perdonar

Es decirme

Que no es posible que todo sea físico

Y dejar que mi padre mire cómo la cicatriz de ese nuevo patrón

Mi patrón

Se forma en su nuevo

Cerebro.

Pero formar un nuevo patrón implica

Una nueva forma de ver

Para los ancianos

Que puede ser muy difícil

Copodenievecopodenievecopodenieve.

Nieve.

Una espiral es un tipo de fractal, que combina la expansión y la rotación. Los mismos patrones una y otra vez crean conchas, huracanes, galaxias. Cuando interactúan dos espirales, ¿siguen moviéndose hacia dentro? Por ejemplo: dos galaxias chocan. Por ejemplo: dos conchas se tocan en la arena. Por ejemplo: dos puños se enrollan hacia adentro como hojas de helecho, pero se rozan. ¿Y qué pasaría si un patrón de ramificación pincha y punza una espiral? ¿Hay algún tipo de interacción o el patrón individual se interioriza y se vuelve tan fuerte en su simplicidad que puede seguir existiendo sin importar que Otro externo se le imponga? Ambos estamos tan convencidos de nuestros patrones que no hay forma de que permitiéramos la entrada de una ecuación distinta.

Si esto es cierto, le veo muy poco sentido al mundo.

Pero me reconforta el hecho de que quizá debe haber cica­trices. Quizás un moretón, una alteración en el patrón. Cuando chocan dos patrones, el perdón puede ser una cicatriz. Puede ser tan brillante que ni siquiera podemos verla entre la repetición. La limitada percepción espacial de nuestra visión puede tragarse la cicatriz. Pero me consuela saber: que sobrevive. No obstante: puede ocurrir una mezcla topológica. Con el tiempo los patrones se expanden tanto y abarcan tanto que deben sobreponerse. Es inevitable. Es un lío.

El triángulo de Sierpinsky nos muestra cómo crear un fractal mediante el proceso de eliminación. Se elimina una y otra vez el triángulo interno de la generación anterior. Se forman más y más hoyos, creando, con los patrones más simples, un complejo mega­triángulo lleno de huecos. En cierto aspecto esto me reconforta. Sin importar cuánto descarte, siempre habrá cierto sentido. Sin importar cuántas heridas tengo, todavía puedo parecer un ser funcional en el mundo simplemente porque sigo siendo una re­petición de patrones que los otros pueden comprender y calcular.

Por otro lado, esto verdaderamente me perturba. Si quiero vol­ver al inicio, si intento eliminar todo y deshacerlo todo para for­mar un nuevo lenguaje, quizá la deconstrucción es inútil. Quizá pareciera que puedo empezar de nuevo, pero si todo se reduce a un patrón claramente calculado e inequívoco, y hay muy poco es­pacio para alterarlo, no importa cuántos hoyos haga, no importa cuántos triángulos descarte, ¿vale la pena empezar?

¿Debería mejor dormirme?

Y sin embargo. Todos los fractales están al límite. En otras pa­labras: sólo existe una línea borrosa, incluso cuando nos aden­tramos más y más profundo en el patrón. Los fractales hacen visibles los patrones algebraicos, pero conforme nos acercamos aparecen más detalles. Desmitifican lo abstracto, pero a la vez lo vuelven más complejo. Amplificación (y desamplificación) se vuelven infinitos. Esto me reanima: existe belleza en lo cono­cido porque es un misterio hasta dónde llega. Quizás el lenguaje está pre-determinado, pero podemos amplificar y reducir a vo­luntad. Podemos seguir y seguir y. O podemos dormir. La repe­tición seguirá allí, esperándonos cuando despertemos. Entonces podemos sembrar el caos.

Incluso cuando crees que lo has perdido todo, puedes recordar: con el tiempo puedes crear un monstruo glorioso y complejo con sólo comenzar de nuevo. Una bifurcación simple, ramificándose una y otra vez a la potencia de dos, otorgará resultados deslum­brantes. El lenguaje es accesible para ti, desde el principio, de raíz.

Entra en juego la teoría del caos: a pesar de que nuestros siste­mas nos determinan, la predicción a largo plazo es prácticamente imposible. Con una variación simple de las condiciones iniciales, el resultado puede alterarse drásticamente. Las cicatrices nunca se pierden y, además, incluso: importan. Esto es hermoso, signi­ficativo. Tu fractal nunca, nunca será exactamente igual al mío. Los patrones deben formarse alrededor del dolor, el amor, el sufri­miento, al igual que las raíces de un árbol se retuercen y el suelo se agrieta y burbujea en la base. Las raíces importan. La introduc­ción de variables importa.

Pero es el caos. No es aleatorio. A pesar de todo, tendrá cierto sentido. Busco esto, aunque sé que no debería. Lo necesito.

Pienso en el padre moribundo de mi colega

De ochenta y tantos años

Teniendo que ver a su hijo de cuarenta y cinco casarse

Con tanta alegría

Y después enterarse

De su corazón roto

Destrozado

En tantos pedazos

Cuando su esposa

Le pidió el divorcio

Poco

Después.

El padre

Su padre

Debe estar

Bien, bien, sí

Tan cansado de los corazones

Rotos

A estas alturas con su esposa muerta pero aún

Ama a su hijo

Que lo lleva a cualquier cita que tiene porque la única alternativa es

Morir

Ahora.

La forma de compensar

Las fallas y los errores del tiempo podría ser

Encontrar un patrón

Intermedio

De dimensiones familiares

Señalar un árbol y decir

Al menos en eso

Podemos confiar.

Una vez y otra y.

 

 

*Traducción de Jazmina Barrera Velázquez


Autores
Estudió Literatura y Escritura creativa en la Universidad de California en San Diego. La memoria, la devastación y el cuerpo son algunos de los temas que permean sus ensayos.