Venimos a traer noticias acerca de un monólogo reinventado, en el que siete escritoras juegan a ser Carlota, experimentan con el lenguaje y resuelven de formas variadas, lúdicas y neobarrocas, las palabras escritas por Fernando del Paso en voz de la emperatriz. Pedimos, a las siete voces de este coro esquizofrénico, que partieran del magnífico arranque del último capítulo de Noticias del Imperio: “Yo soy María Carlota Amelia Victoria Clementina Leopoldina, Princesa de la Nada y el Vacío, Soberana de la Espuma y de los Sueños, Reina de la Quimera y del Olvido, Emperatriz de la Mentira: hoy vino el mensajero a traerme noticias del Imperio, y me dijo que Carlos Lindbergh está cruzando el Atlántico en un pájaro de acero para llevarme de regreso a México…”.
A mi nombre lo preceden los reflejos de un disco ball. Preludio de mí son los fragmentos de luz que salpican con su generosidad La Historia, bar de ambiente inaugurado durante la prohibición en la primera calle donde comienza la patria. A mis achichincles, mexicanos todos, dije: que excusa sea la sed de los gringos pero jamás olvidéis que ha sido mi muerte el real motivo. Mi muerte simbólica, of course, de fantasía la llamamos en el ambiente. “Volveré y seré millones”, me sonreí a mí misma por la espontaneidad con que acuñé esta frase en mi camerino, un tenderete de cartón que desorbitadamente subió de estatus en cuanto yo lo pisé. Su plusvalía trajo mares de fanáticos que querían su pedacito, pero yo, generosa que soy y siempre he sido, me decanté por regalárselos a unos escritores para que hicieran sus libros. Se fueron muy contentos, aunque luego me preocupé cuando una de mis damas comentó que de ahí tendrían para comer; pobrecillos, no sé cuánto tarda el cartón en digerirse. Recordé aquello que alguna vez me aconsejó mi prima Vicky: “Beware of artists. They mix with all classes of society and are therefore most dangerous”. Pero en el país de los dieciocho climas y los cuatrocientos volcanes y de las mariposas grandes como pájaros y los pájaros pequeños como abejas, en el país de los corazones humeantes, la sociedad es de excéntrica gastronomía. Yo, Reina del Mundo, Patrona de las Antípodas, Redentora de los Ferales, yo, que por evitar el envenenamiento he saciado mi sed sólo con agua del cielo y me he alimentado únicamente de los huevos de mi gallina portátil, no he conocido imaginario más inexorable que el de estos oriundos cuando del hambre se trata (53.3 millones de estómagos en extrema creatividad, según el coneval). Más turbio se ha vuelto el ámbar de mi mirada cada que la inventiva de esta gente atestiguo; mis ojos verdes que otrora se fascinaron al observar al talabartero de la corte cuando curtía el cuero de los cerdos para hacer zapatos, con una mezcla de emociones también han escrutado cómo aquí ese mismo cuero es hundido en un cazo de cobre con la manteca ardiente extraída del animal para, una vez freído, ser degustado de múltiples e inimaginables formas; lo llaman chicharrón. Lo hay de cerdo pero también de vaca. El cuero de esta última, en ocasiones no es freído sino cocido en una salsa enchilada, como un caldo, al que nombran mientras se les aguan las papilas: menudo. Alguna vez escuché que se acabaron los colchones porque hubo que rasgarlos para darles la paja del relleno a los caballos, y se acabaron los caballos porque hubo que matarlos para darles de comer a los oficiales, y se acabaron los cadáveres porque se los comían los perros, y se acabaron los perros porque se los comían los soldados. Abunda la creatividad gastronómica entre las gentes de aquí, por eso no me sorprendió que los escritores fueran cartonívoros. Con indiscriminación engullen insectos ortópteros, iguanas y hasta esos hermosos animalitos que viven en perpetuo estado larvario y que un argentino hizo famosos. Bien conocido es mi amor por estas criaturas que, sin éxito, intenté agregar a mis títulos nobiliarios, aunque luego me sirviera como epíteto de ambiente: La Madre de Todos los Ajolotes. Yo, Emperatriz del Viento, fui así nombrada por los ginecólogos y comadronas de la corte, pues cuando en múltiples ocasiones me sentí en estado, todos diagnosticaron que estaba preñada del aire, supuesto fornicio con mi amante el viento: embarazo psicológico o empacho por flatulencias. Pero no sabían, ignorantes que son, que era un ajolotito, porque si alguna vez he tenido dentro de mí algo vivo, no ha sido ni es un ser humano, sino un ajolote, y yo lo sé porque cuando estoy sentada en mi mecedora con la cabeza baja lo veo crecer en mi vientre que es redondo y transparente como una pecera. Mi nombre de fantasía es un cordón umbilical piteado, nutrientes sus néctares de maguey: La Madre de Todos los Ajolotes. Un brasier de carne me traviste el pecho; son los senos de Santa Águeda humectados con formol para a granel el corazón pudrirme. Los reflejos aluzan La Historia, mis títulos son nombrados uno a uno en las bocinas, mi piel se vuelve mestiza, la gente aplaude, stand-up comedian o de ex machina: hoy soy la Reina de los Voceadores. Les traigo noticias: comienzo mi número leyendo en voz alta los encabezados del periódico; me aman.
Venimos a traer noticias acerca de un monólogo reinventado, en el que siete escritoras juegan a ser Carlota, experimentan con el lenguaje y resuelven de formas variadas, lúdicas y neobarrocas, las palabras escritas por Fernando del Paso en voz de la emperatriz. Pedimos, a las siete voces de este coro esquizofrénico, que partieran del magnífico arranque del último capítulo de Noticias del Imperio: “Yo soy María Carlota Amelia Victoria Clementina Leopoldina, Princesa de la Nada y el Vacío, Soberana de la Espuma y de los Sueños, Reina de la Quimera y del Olvido, Emperatriz de la Mentira: hoy vino el mensajero a traerme noticias del Imperio, y me dijo que Carlos Lindbergh está cruzando el Atlántico en un pájaro de acero para llevarme de regreso a México…”.
Pero no estaré sola ni vacía, Maximiliano. No estaré sola ahí, en el Chapultepetl, nuestro cerro del saltamontes, único Castillo Real en América, porque no deambularé abandonada por sus patios, escalinatas y jardines. No, Maximiliano, porque estarás tú, con tus ojos azules, con tu lengua hipócrita y presumida a la que he perdonado y a la cual he pedido a Dios que también perdone para que te salves, porque regresarás de la muerte para ser un verdadero emperador y el único monarca mexicano. Único, escúchame bien, porque el otro no fue más que un impostor, porque por sus venas jamás correría esa sangre que corre por las nuestras, esa sangre que es la misma de San Luis y de tu tatarabuela, María Teresa de Austria, la de Luis XIII de Francia y de Felipe Igualdad. No estaré sola porque regresarás para caminar conmigo por las playas de Yucatán, en donde me harás un collar de conchas y caracoles que lavarás con la espuma del Atlántico para colgarlo en mi cuello blanquísimo, y que yo abrazaré contra mi pecho para acordarme de ti cuando me dejes para trabajar en la reconstrucción de Mé xico, en la reconstrucción del mundo. Regresaremos juntos para dar la orden de la continuación del camino que atraviesa el bosque hasta nuestro Castillo Imperial, para que ya no tengas que ensuciar tus botas recién lustradas con el barro pegajoso de los lodazales, para beber del agua de las fuentes —agua virgen—, no de esa agua envenenada que me dio a probar esa mujer, Concepción Sedano, que ya estaba loca de amor por ti antes de que yo lo estuviera, aunque ella no sabía que tú, mi amado Max, eras y eres mío, y que después de muerto sólo yo podría revivirte. Estoy ansiosa por regresar a México contigo, Maximiliano, mi emperador de las terrazas del Castillo de Chapultepec, de todo el Valle de México, de la Calzada de la Verónica, que, sin saberlo, construyeron para ti los mexicas y por donde las tropas de Cortés se retiraron durante la Noche Triste, tan triste como yo he tenido que vivir sin ti, mi emperador de los volcanes nevados y del monte del Ajusco. Pero volverás, volveremos, para caminar de nuevo entre la selva, ese lugar de truenos en donde se encuentran escondidas las pirámides del Tajín. Ahí jugaremos a escondernos en la pirámide de los trescientos sesenta nichos, con sus siete plataformas escalonadas que ascienden hasta la cúspide; y así, y todavía más alto, ascenderemos nosotros, porque en esa pirámide me gustaría, querido Max, poner trescientas sesenta veces tu rostro y entrar en cada nicho, contorsionada a fuerza de presión, para besarte los párpados trescientas sesenta veces hasta revivirte de nuevo con mis besos. Y jugaremos al juego de la pelota y mandaremos a hacer pinturas y bajorrelieves con tu rostro bañado de cochinilla imperial para que, como yo, Maximiliano, México nunca te olvide. Regresarás porque eres más fuerte de lo que Juá rez pudo imaginarse y porque quién mejor que tú, hijo de la casa de Habsburgo-Lorena, de Francisco Carlos de Austria y de Sofía de Baviera, virrey de Lombardía-Venecia y dueño y señor de las minas de Taxco, para gobernar a nuestros indios analfabetas que no te comprendieron. Pero no quiero reclamarte nada, no es para eso que te he revivido: es para decirte de la llegada de ese pájaro de acero. Y es que nadie lo sabe, Maximiliano, pero es para eso, para que tú y yo ahora conquistemos los cielos de América, para que sobrevolemos las costas de Sinaloa, en donde comiste pecho de iguana a pesar de mis advertencias de que tuvieras cuidado con todo lo que tocabas o te llevabas a la boca, que Lindbergh unirá el continente americano con el europeo: para desafiar al viento y ver hacia abajo las nubes que semejarán los infinitos campos de algodón que alguna vez imaginaste contemplar en las tierras fértiles de México. Cuando te hablo de esto se me llenan los ojos de lágrimas, y tú sabes muy bien que no me gusta llorar, Maximiliano. No me gusta, pero he llorado y lo seguiré haciendo, porque la muy maldita de Eugenia me dijo en la Exposición Universal de París, mientras el traidor y asesino de Napoleón III celebraba la grandeza del Segundo Imperio Francés, que tú no estabas muerto. Pero yo no le creí, Maximiliano, porque eso significaba que nunca me quisiste, que no te importó que yo sufriera por tu muerte y que tú jamás sufriste por no tenerme a tu lado. Y aunque no le creí cuando me juró que estabas vivo, de igual manera lloré porque no podía ni siquiera pensar en que eso fuera cierto. Pero eso no importa ya, Maximiliano, no importa porque así como puedo matarte y revivirte, creer en la verdad o vivir en las mentiras que me invento, así puedo también crearte de nuevo. Y volveremos a México, y no volveré vacía, porque si volvemos es para que yo, sobre todo para que yo, mi querido Max, dé a luz a tu sucesor, a tu primogénito, y para que la duda de si mi hijo es o no tuyo te carcoma poco a poco los sesos. Ese será tu castigo, porque te prefiero muerto y cubierto del polvo del Cerro de las Campanas, Maximiliano, a que no me necesites.
Venimos a traer noticias acerca de un monólogo reinventado, en el que siete escritoras juegan a ser Carlota, experimentan con el lenguaje y resuelven de formas variadas, lúdicas y neobarrocas, las palabras escritas por Fernando del Paso en voz de la emperatriz. Pedimos, a las siete voces de este coro esquizofrénico, que partieran del magnífico arranque del último capítulo de Noticias del Imperio: “Yo soy María Carlota Amelia Victoria Clementina Leopoldina, Princesa de la Nada y el Vacío, Soberana de la Espuma y de los Sueños, Reina de la Quimera y del Olvido, Emperatriz de la Mentira: hoy vino el mensajero a traerme noticias del Imperio, y me dijo que Carlos Lindbergh está cruzando el Atlántico en un pájaro de acero para llevarme de regreso a México…”.
—Yo soy María Carlota Amelia Victoria Clementina Leopoldina, Princesa de la Nada y del Vacío, Soberana de la Espuma y de los Sueños, Reina de la Quimera y del Olvido, Emperatriz de la Mentira: hoy vino el mensajero a traerme noticias del Imperio, y me dijo que Carlos Lindbergh está cruzando el Atlántico en un pájaro de acero para llevarme de regreso a México. Yo soy María Carlota Amelia…
—¡Ah, cómo chinga! ¡Ya cállese!
—Yo soy María Carlota Amelia Clementina…
—Le faltó el Victoria.
—Yo soy María Carlota Amelia Victoria Clementina Leopoldina…
—Que sí, señora. A ver, aquí está su Haloperidol, su Clonazepam y su Sertralina… Tómeselos, ya viene el doctor a pasarle visita. A ver, péinese un poquito, aunque sea con las manos, para que la encuentre bonita.
—Buenos días, doña Carlota. ¿Cómo se siente hoy? ¿Ya se tomó su medicina? Cuénteme, ¿cómo pasó la noche?
—Yo soy María Carlota Amelia Victoria Clementina Leopoldina, Princesa de la Nada y del Vacío, Soberana de la Espuma y de los Sueños, Reina de la Quimera y del Olvido, Emperatriz de la Mentira…
—Con eso me recuerda usted a los gobernantes mexicanos. —¿México? Un pájaro de acero va a llevarme de regreso a México para encontrarme con Fernando…
—¿Sabe usted dónde estamos?
—En el castillo, y hoy vino el mensajero a traerme noticias del Imperio.
—¿Podría describirme el castillo?
—Me duele la cabeza.
REPORTE DE LA VISITA MATUTINA DEL 14/DIC/2014
Doña Carlota, paciente con diagnóstico de demencia severa en etapa avanzada, esta mañana presenta deterioro de la actividad consciente. Se muestra delirante y fuera de la realidad. No responde a las preguntas de rutina, repite el mismo discurso, presenta desorientación espacial, dice que se encuentra en “el castillo” y fuera de México. Se observa tranquila, sin motilidad ocular. Se requiere vigilancia estricta por el delirio prolongado que presenta. Enfermera del turno nocturno refiere que la paciente pasó la noche intranquila, deambulando por la habitación y preguntando por “Fernando”. Suministrar la misma dosis de medicamentos c/ocho horas. En caso de la aparición de un cuadro de agresividad, hipercinesia, histeria o psicosis sintomática, aumentar la dosis al doble o triple.
—Doña Carlota, ¿sabe qué día es hoy?
—Me duele la cabeza.
Desorientación temporal. Suministrar 500 g de Paracetamol para cefalea.
Dr. José Ma. Cázares
—Nos vemos mañana, doña Carlota. Trate de descansar.
Ayer vino el pájaro de acero y me llevó de regreso a México. ¿Te dije, Maximiliano, que fui al Cerro de las Campanas? Arrastrándome subí los sesenta y seis escalones que llevan a la capilla que los austriacos construyeron sobre el lugar donde te fusilaron. De frente a las tres cruces me arrodillé, lloré y recé una oración para que regresaras y nos largáramos juntos de aquí. Nunca debimos de haber venido. Tu cruz, Maximiliano, es la más grande, porque grande fue tu humillación. ¿Pero sabes qué es más grande? El monumento que le hicieron a Benito Juárez en el mismo cerro. Y también fui, Maximiliano, pero esta vez no me arrastré. Me acerqué desafiante y me paré debajo de su sombra para poder mirarlo a los ojos, pero él, al igual que todos los indios, no mira a los ojos. No sabes qué feo es, Maximiliano. Siempre de pie, soberbio, inexpresivo, rígido. Y le vi las manos negras que tanto me llamaban la atención, y se las toqué y me di cuenta de lo ásperas que seguían siendo. Mil ochocientas sesenta y siete veces froté mis manos contra las suyas hasta que sangraron las mías, y entonces subí por su brazo, pise sus hombros y llegué hasta su cabeza, y con las manos ardiendo le toqué la cara y me puse a llorar porque no encontré tu barba, Fernando. Me hinché de rabia y estrellé mi cabeza contra la suya. No sabes, Maximiliano, cómo me duele la cabeza. Y bajé corriendo el Cerro de las Campanas esquivando las rocas y los huizaches retorcidos y endemoniados que se entrelazaban para no dejarme pasar. Y furiosa le arranqué a esos nopales una tuna y me la comí y sus espinas pincharon mi lengua y mis encías y me reí porque Benito Juárez era de piedra y no tenía culo. Me duele la cabeza cuando me río, Fernando. Seguí corriendo con las manos sin piel, con la cabeza ensangrentada y con la boca perforada de la que me escurría mercurio del color de las buganvillas carmesí como las del cerro. Y entonces me detuve y miré hacia atrás. Y alcancé a ver a Juárez vigilándome. Siempre me vigila, no importa a dónde corra, siempre me vigila. Tengo encima de mí sus ojos inmóviles de piedra. Me duele la cabeza, Fernando. ¿Cuándo vas a venir? Veintisiete veces, trescientos sesenta y cinco días desde que pusiste el punto final y me dejaste abandonada a mi suplicio. Los mismos días desde que convertiste en fortuna mi locura. Yo sólo quería ser la Charlotte de mi padre, la emperatriz de México y tu diosa, tu doncella y tu sílfide, Maximiliano, pero sólo conseguí ser esclava de tu memoria, Fernando, Princesa de la Nada y del Vacío, Soberana de la Espuma y de los Sueños, Reina de la Quimera y del Olvido. Si acaso soy Coyolxauhqui, Diosa rota, Diosa condenada eternamente a habitar la luna, ¿dónde está mi corona de cascabeles? Los escucho pero no los veo. Nunca tengo silencio ni reposo, Fernando. ¿Cuándo vas a venir, Fernando Maximiliano?
—Pobre Carlota.
Venimos a traer noticias acerca de un monólogo reinventado, en el que siete escritoras juegan a ser Carlota, experimentan con el lenguaje y resuelven de formas variadas, lúdicas y neobarrocas, las palabras escritas por Fernando del Paso en voz de la emperatriz. Pedimos, a las siete voces de este coro esquizofrénico, que partieran del magnífico arranque del último capítulo de Noticias del Imperio: “Yo soy María Carlota Amelia Victoria Clementina Leopoldina, Princesa de la Nada y el Vacío, Soberana de la Espuma y de los Sueños, Reina de la Quimera y del Olvido, Emperatriz de la Mentira: hoy vino el mensajero a traerme noticias del Imperio, y me dijo que Carlos Lindbergh está cruzando el Atlántico en un pájaro de acero para llevarme de regreso a México…”.
Yo soy María Carlota Amelia Victoria Clementina Leopoldina, Princesa de la Nada y del Vacío, Soberana de la Espuma y de los Sueños, Reina de la Quimera y del Olvido, Emperatriz de la Mentira: hoy vino el mensajero a traerme noticias del Imperio, y me dijo que Carlos Lindbergh está cruzando el Atlántico en un pájaro de acero para llevarme de regreso a México. Antes de partir, Max, envolveré tu miembro, el que hice con hojas de plátano, y lo pondré entre mis redondos y blancos pechos. Lo guardaré entre el calor de mi corazón y esta demencia que me bombea. Así mi deseo —aún encendido— y yo nos sentiremos escoltados mientras volamos y atravesamos el monstruo de olas azules. Reconquistaremos lo que se nos arrebató, pero lo más importante, mi querido Emperador, es que, al aterrizar el pájaro de acero en campo de indios, podré destrozar con las uñas mi crinolina, despojarme de este camisón blanco, correr a pelo, desnuda, hasta tu encuentro en Querétaro. Te citaré a las once de la noche en el Cerro de las Campanas, pero no para que me hagas el amor. Oh no, Max, s’envoyer en l’air, seré yo quien te monte, mi vagina simulará la boca de un pelícano al abrirse y tragaré tu sexo, entero, una y otra vez, columpiando mi tronco hacia arriba y abajo, hasta que las telarañas que se habían formado en mi vulva se arrodillen y veneren al que alguna vez fue el archiduque de mi clítoris. Seguramente no te acuerdas de la hambruna que tengo entre las piernas, a la que habrás de saciar con la punta de tu rosada lengua, y con movimientos circulares abrirla como las alas de las frondosas mariposas que coleccionaste de tus viajes a Cuernavaca. ¿Recuerdas las camas donde dormíamos en el Castillo de Chapultepec? Por fortuna, ya no podremos utilizarlas. El mensajero me dijo que nuestro Castillo se ha convertido en un monumento donde el pueblo, curioso, acude; paga unos cuantos pesos para entrar y observar dónde comíamos, dónde me masturbaba. Los bastardos indios hasta se toman selfies en donde te sentabas a beber tus vinos del Rhin. Esa gente del mismo asqueroso color del asesino Juárez. He de contarte también, que te has perdido del kamasutra, lo llamo “el imperio de los sentidos”. Cuando te ausentabas por “tus viajes”, utilizaba los pepinos que los indígenas nos traían para practicar la posición del Loto y la de Las cucharas, Max. Me metía el fruto y apretaba con los muslos —gritando— hasta que sentía que mi vagina se lavaba con el jugo de ese miembro verde. Se te ha pasado la primera publicación del Kamasutra en inglés, uno de los siete idiomas que hablabas. He practicado con el hijo de unas de mis damas de compañía la posición de La Abeja. Es la que elegí para ti: me sentaré sobre tu pene erecto y rubio, dándote la espalda, tú desnudo y con las piernas extendidas apoyarás la espalda sobre uno de los árboles de Chapultepec, me levantarás y bajarás las nalgas, con enjundia, hasta que logremos que tu espada sexual atraviese mis entrañas. El mensajero me contó que ahora venden juguetes eróticos a mansalva: anillos que vibran dentro de una como chapulines, pollas de sabores y hasta bolas de metal para que me las encajes en mis agujeros. ¿Te preocupa eso de las bolas de metal? No repares en ello, también me encomendé la tarea de agrandar tanto mi coño como mi chocho. Mi camarera Doblinger me trae gallinas a la suite imperial para estar segura de que nadie envenene la comida que me trago. Me he alimentado de huevos que yo misma veo poner. Pero algo que no sabe nadie, Max, es que de todos los que salen de las gallinas, oculto uno o dos. Y cuando oscurece te imagino, recostado a mi lado, jadeo, tomo los huevos y se los jambo a mis labios vaginales. ¿Creerás cuánto he llegado a lubricar con los huevos? Chorros, mi Arquiduque de Austria, chorros que me recuerdan a la única vez que probé tu leche en nuestra noche de bodas. ¿Puedes recordar que en aquella ocasión no me dejaste más que mamarte cuatro veces? ¡Me quedé con ganas de tantas más, caballero de Habsburgo! Si has puesto solícita lectura a esta carta, verás que he mejorado mi narrativa, y debo confesar, Max, que ahora ejecuto una chupada con el mismo esmero y pericia que pongo cada vez que me siento a escribir(te) en esta máquina luminosa que tiene dibujada una manzana mordida en su carcasa. Es que la escritura se ha vuelto una forma de folletear con tu recuerdo. No tengo más para engañarte; yo, María Carlota, he sido desde siempre tu único amor. Por mí viviste, por mi mente gobernaste, por mis pezones en forma de uva te alimentaste de las aguas del mar Adriático, por mí moriste, Emperador del Pene Podrido, por mí y por nadie más. Fuiste mío, desde que mi mano derecha tomó tu verga, la acaricié con mis ojos bien abiertos, la jalé hacia adelante y grité: no estoy loca, ¡yo soy María Carlota Amelia Victoria Clementina Leopoldina, Reina y Soberana del salado y muerto semen de Fernando Maximiliano José María de Habsburgo-Lorena!
Venimos a traer noticias acerca de un monólogo reinventado, en el que siete escritoras juegan a ser Carlota, experimentan con el lenguaje y resuelven de formas variadas, lúdicas y neobarrocas, las palabras escritas por Fernando del Paso en voz de la emperatriz. Pedimos, a las siete voces de este coro esquizofrénico, que partieran del magnífico arranque del último capítulo de Noticias del Imperio: “Yo soy María Carlota Amelia Victoria Clementina Leopoldina, Princesa de la Nada y el Vacío, Soberana de la Espuma y de los Sueños, Reina de la Quimera y del Olvido, Emperatriz de la Mentira: hoy vino el mensajero a traerme noticias del Imperio, y me dijo que Carlos Lindbergh está cruzando el Atlántico en un pájaro de acero para llevarme de regreso a México…”.
Yo soy María Carlota Amelia Victoria Clementina Leopoldina, Princesa de la Nada y del Vacío, Soberana de la Espuma y de los Sueños, Reina de la Quimera y del Olvido, Emperatriz de la Mentira: hoy vino el mensajero a traerme noticias del Imperio, y me dijo que Carlos Lindbergh está cruzando el Atlántico en un pájaro de acero para llevarme de regreso a México. Pero me han ocultado mis vestidos. Esta mañana, al abrir el estuche de nácar, no hallé la tiara de diamantes que me regaló mi abuela, María Amelia, duquesa de Orleans, al separarnos en Claremont para ir a casarme contigo en la Catedral de Santa Gudula. ¿Vestida de qué me presentaré a mi reino? Ya no están las muñecas bávaras ni el palacio turco en miniatura ni el barómetro de plata y rubíes ni las rosas de Damasco. Los sirvientes me han robado todo. Las criadas, demonios con cofias almidonadas, usan tus cartas, Maximiliano, para secar los bollos fritos. Aquí en Bouchout todos conspiran para hacerme olvidar que soy emperatriz, como los dos niños que vienen a mí llorando, con los brazos extendidos, llamándome mamá. No van a engañarme porque tú y yo nunca engendramos hijos, Maximiliano; nuestro hijo díscolo fue el pueblo mexicano y estos niños llorosos que se cuelgan de mis piernas no son otra cosa que embusteros, traidores disfrazados. Yo soy María Carlota y bajo el manto estrellado de la Virgen de Guadalupe regresaré a conducir al pueblo mexicano. Pero me quieren matar, Maximiliano. Así como a ti te encendieron el chaleco con un tiro de gracia en el Cerro de las Campanas, a mí me persiguen multitudes de ojos expectantes, sedientos de mi caída definitiva. Los ojos maliciosos de las criadas que escupen en el té y esconden muñecos hechizados debajo de mi cama. Los ojos relucientes de los murciélagos que anidan en el techo del castillo, atentos al pulso de mi sangre. Los ojos codiciosos del médico suizo pagado por el barón de Goffinet para dictaminar mi locura y mantenerme en el encierro. Los ojos depravados de la madre superiora que traicionó mi amistad a cambio de una porción de mi fortuna y que viene a rezar conmigo por las tardes, rogando en silencio por mi muerte. Los ojos suplicantes de los niños que me miran desde sus camas, empecinados en hacerme creer que son mis hijos y que no nací en Bélgica ni crecí en un palacio, ni conquisté jamás tu amor. Uno dice llamarse Panchito y el otro Emiliano, pero yo no recuerdo haberlos parido ni haberlos amamantado. El día en que me trajeron a Bouchout corté con las tijeras el edredón de plumas de pato en busca de bolitas de arsénico y lavé las páginas de los libros de la biblioteca de botánica y cada una de las diecisiete estatuillas de ébano del Congo. Quieren hacerme daño, pero ignoran que a mí me protege el relicario con la hebra del Santo Sudario que me diera mi madre, la princesa Luisa María de Orleans, cuando jugaba con las flores de los cerezos en Laeken. Quieren convencerme de que soy otra, de que no existió el imperio y de que nunca me hice tu esposa ni me coronaron con una diadema de brillantes entreverados con flores de naranjo. Intentan persuadirme de que no hay lacayos con libreas de terciopelo ni castillos ni un pueblo que aguarda impaciente mi regreso. Pretenden destruirme, Maximiliano, por eso estos niños morenos y extraños dicen que tienen hambre, insisten en preguntar por la llegada de su padre mientras cambian los canales de la televisión. No saben que el amor es frágil como un lirio y que su padre nos ha abandonado por la rubia dependienta de la tienda de electrodomésticos, pero que no importa porque a mí me protegen las aguas benditas de las fuentes del Vaticano que me regaló Pío Nono cuando acudí a pedirle auxilio y lo encontré desayunando. No saben que a mí no me pueden matar, Maximiliano, así como tú no moriste incluso después de que te mataran con seis tiros en el patíbulo. No van a matarnos porque tú fuiste y serás el amor de mi vida y estamos destinados a conducir a México a la gloria, aunque la casa se llene de polvo y se acumulen las deudas y tenga que encerrarme para escapar de la mirada de los vecinos; aunque estos niños tristes, enemigos disfrazados, me llamen mamá mientras los ahogo con las almohadas y las cartas que se apilan en la puerta me digan que no soy María Carlota la Grandiosa sino Tamara Robles Espinoza, profesora de la escuela primaria Agua Viva de Toluca.
Venimos a traer noticias acerca de un monólogo reinventado, en el que siete escritoras juegan a ser Carlota, experimentan con el lenguaje y resuelven de formas variadas, lúdicas y neobarrocas, las palabras escritas por Fernando del Paso en voz de la emperatriz. Pedimos, a las siete voces de este coro esquizofrénico, que partieran del magnífico arranque del último capítulo de Noticias del Imperio: “Yo soy María Carlota Amelia Victoria Clementina Leopoldina, Princesa de la Nada y el Vacío, Soberana de la Espuma y de los Sueños, Reina de la Quimera y del Olvido, Emperatriz de la Mentira: hoy vino el mensajero a traerme noticias del Imperio, y me dijo que Carlos Lindbergh está cruzando el Atlántico en un pájaro de acero para llevarme de regreso a México…”.
Yo soy María Carlota Amelia Victoria Clementina Leopoldina, Princesa de la Nada y del Vacío, Soberana de la Espuma y de los Sueños, Reina de la Quimera y del Olvido, Emperatriz de la Mentira: hoy vino el mensajero a traerme noticias del Imperio, y me dijo que Carlos Lindbergh está cruzando el Atlántico en un pájaro de acero para llevarme de regreso a México, pero como veía que no venía sospeché que en algún lugar alguien se peinaba los cabellos en la cama y como la mala suerte se ha instalado en mi destino, quise tratar de distraerla y me levanté con el pie izquierdo, abrí todos los paraguas dentro de mi habitación, puse todos mis sombreros en la cama y rompí todos los espejos, pero como veía que no venía pasé por debajo de las escaleras, salí al encuentro de todos los gatos negros entre los arbustos del castillo el viernes trece, y como veía que no venía esperé a la luna llena para cortarme los cabellos para que crecieran y lanzarlos por la ventana de la torre como la princesa Rapunzel y hacer con ellos una escalera, pero como veía que no crecían le pedí prestados los suyos a Santa Inés que Dios hizo que le crecieran hasta los pies en un segundo para cubrir su cuerpo cuando iba caminando desnuda entre la multitud rumbo a la hoguera, pero como veía que no me los prestaba fui a cortarle los tres pelos al Diablo mientras dormía para cambiárselos por tres deseos y pedir tres veces que llegara, y como veía que no se dormía quise hacer un conjuro para salir volando yo misma como las brujas de Córdoba, de Granada y de la Nueva España. Me puse el ungüento hecho con grasa de niños en las axilas y dije “De villa en villa con Dios y con Santa María”, salí rodando y dando tumbos por las escaleras, me estrellé la cabeza contra los muros y como veía que no volaba me sobé la cabeza diciendo “Sana sana colita de rana, si no sanas hoy sanarás mañana”. Volví a ponerme el ungüento y dije “De viga en viga sin Dios y sin Santa María” y me estrellé contra los techos una y otra vez, y como veía que no volaba lo volví a intentar y dije “De villa en villa sin Dios y sin Santa María”. Salí volando por la ventana, surcando los aires y, como veía que sí volaba y tragué tanto aire que me dio hipo, conté hasta diez sin respirar, tomé un vaso de agua al revés y como veía que no se me iba me puse un moño rojo pegado en la frente con saliva. Caí al suelo y me encontré un conejo que me dio su pata como amuleto. Fui al jardín siempre verde del Doctor Fausto a buscar un trébol de cuatro hojas y como veía que no tenía, me metí en los sueños de Leopoldina y ahí dentro me froté con jarilla y ramas de pirul, le canté una canción a la pasiflora y como veía que despertaba me salí por la puerta que daba a México y le pregunté la hora a Don Juan Manuel en el centro histórico, y como veía que no sabía le pregunté por el Emperador Maximiliano y como veía que no sabía fui a la Catedral a besar los pies del Señor del veneno. Como veía que no lo encontraba puse una pluma en la nariz de San Martín para robarle su escoba y volar en ella, y como veía que no estornudaba me fui a bailar toda la noche de San Juan recolectando sombras de niños muertos. Como veía que no venía fui a darle tres vueltas a San Antonio de cabeza en Michoacán, me fui a pie a San Juan de los Lagos y como veía que no venías, Maximiliano, quise inventar nuevas supersticiones para conjurar a la mala suerte de nuestra vida: rompí una piñata por el lado izquierdo, me encontré un albino en viernes santo, soplé un espantasuegras frente a un cura, estornudé frente a una mujer embarazada, encontré cinco efes en la sopa de letras, y como veía que no venía fui a romper otra piñata…
Venimos a traer noticias acerca de un monólogo reinventado, en el que siete escritoras juegan a ser Carlota, experimentan con el lenguaje y resuelven de formas variadas, lúdicas y neobarrocas, las palabras escritas por Fernando del Paso en voz de la emperatriz. Pedimos, a las siete voces de este coro esquizofrénico, que partieran del magnífico arranque del último capítulo de Noticias del Imperio: “Yo soy María Carlota Amelia Victoria Clementina Leopoldina, Princesa de la Nada y el Vacío, Soberana de la Espuma y de los Sueños, Reina de la Quimera y del Olvido, Emperatriz de la Mentira: hoy vino el mensajero a traerme noticias del Imperio, y me dijo que Carlos Lindbergh está cruzando el Atlántico en un pájaro de acero para llevarme de regreso a México…”.
La noticia de tu muerte me ha quitado la razón para siempre. Ni siquiera pude abrazar tu cuerpo por última vez, pero sólo muerto habrías aceptado mi calor. En los últimos meses de nuestra vida compartida sólo hubo rechazo y traición para mí, que jamás estuve con otro hombre, que te guardé lealtad absoluta y que fui tuya siendo casi una niña. Fui tu compañera cuando vivíamos en Italia, donde no pasaba nada y los dos nos aburríamos y soñábamos en silencio con el poder. Teníamos ideales de progreso, sobre todo tú, Max, que eras estúpido e inocente, bien intencionado y culpable por tu falta de malicia. Debiste dedicarte a la filosofía o al arte, no a la política. Los dos fuimos incapaces de ver la tragedia inminente: tú, muerto. Yo, muerta en vida. Apenas regresé a casa a pedir ayuda, mi hermano me llevó al psiquiatra. Temía por mi salud mental (creo que eso dijo). La verdad es que estaba aterrado de que regresara por ti y también me mataran. Jamás entendió que yo volví de México muerta del alma y del corazón. Que los años por venir serían de soledad y miseria. De inventarme recuerdos para seguir existiendo. De aferrarme a la memoria para no olvidarte ni olvidar nuestro sueño efímero. Es evidente que nunca le importamos a nadie. Éramos un par de huérfanos y no lo sabíamos: te mandaron a una misión suicida y te dejaron solo. Yo era lo único que tenías y te seguí por amor, pero sobre todo porque estaba aburrida, hastiada de ser una niña rica. Por eso la propuesta de irnos a México me volvió loca de curiosidad y de ambición. Tú y yo conquistaríamos a los mexicanos. Llegamos al Valle del Aná huac, protagonizamos la ceremonia de coronación en la Catedral, ocupamos la recámara principal del Castillo de Chapultepec. Entonces todo cambió y por primera vez en mi vida pensé que haría algo importante y digno de ser contado. Creía en ti, porque aunque te habían traído los conservadores, tenías ideales de igualdad, progreso y cultura. Pensaste que era posible vencer a Juárez y a los liberales. Lo cierto es que habíamos firmado una sentencia de muerte. Me sorprendió la felicidad y el cobijo que sentí en ese país lejano. Asombrada por la sencillez de la gente y del idioma, pasaban cosas emocionantes, todo era novedad y jamás extrañé Europa, ni a mi familia ni nada.
Nos equivocamos Max. Éramos invasores, oportunistas, carne de cañón para un experimento fallido.
A veces me escuchabas. Me decías que te gustaba mi cabeza, que mi mente te excitaba. Creo que también te gustaba mi incipiente locura, que comenzó a gestarse cuando me di cuenta de que estábamos en peligro y soñaba con sangre y muertos. Ni siquiera pude besar y abrazar tu cuerpo inerte. Ver tus ojos sin brillo por última vez, meter mis manos hasta los codos en tus llagas, lamer un poco de tu sangre seca, velarte, amortajarte, enterrarte. Me dijeron que estabas muerto y después se me nubló la memoria. No sé cuánto tiempo ha pasado desde que nos despedimos en Ayotla, sin saber que sería la última vez. Te amé durante mucho tiempo. Y te odié por acostarte con otras porque cada vez me mirabas menos; porque éramos unos imbéciles que jamás debieron salir de su burbuja de comodidad. Apenas diez años duró nuestro matrimonio. Ni siquiera un hijo me queda de ti. Tan sólo jirones de memoria. Una noche de amor en el Castillo de Chapultepec. Yo, una loca, pero en la cama. Ebria de tequila, desnudándote. Pidiéndote una embestida amorosa. Recibiéndote. Ese es mi último recuerdo. El último jirón de realidad que habita mi mente.
«Empecé de la forma más simple. De pequeño tuve al alcance una cámara fotográfica en casa. Era una cámara de mi madre de lo más sencilla, ni siquiera era reflex. Yo siempre he sido de las personas que no le gustan las historias largas. Descubrí que con la cámara fotográfica podía contar una historia con una sola imagen o incluso con varias imágenes, pero que con una bastaba».
Ricardo Modi no es serio, pero sí directo. No despliega grandes narraciones para hablar de su obra. Tampoco hace falta, porque su trabajo visual es poderoso, evocativo y cuenta historias por sí solo; se defiende con su silencio. Comenzó de forma autodidacta tomando fotografías durante cinco años de forma secreta e íntima: «Yo no creía en mi obra. Estuve desde los 13 hasta los 20 años en un proceso personal, tomaba fotografías para mí y no las compartía. Y como yo no creía en mi obra, no podía esperar que la gente creyera en ella». A los 16 años ingresó al Centro Morelense de las Artes (CMA) a un diplomado de un año de duración. Ahí aprendió las técnicas analógicas y descubrió su vocación, «mientras estaba en el CMA dije: esto es lo mío y me quiero dedicar a ello toda mi vida».
Al terminar el diplomado se matriculó en la Licenciatura de Artes en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. Aunque muy pronto buscaría otros aires y nuevas experiencias, «llegó un punto en el que me cansé de mi escuela, de Cuernavaca y de todo y decidí irme un año a Guadalajara a estudiar y a trabajar. Ahí encontré la confianza que me faltaba y encontré mi estilo. De regreso a Cuernavaca decidí que era momento de mostrar mi obra».
Ricardo Modi por Maleny Vázquez
Las tres miradas
Una de las exposiciones más recientes de Ricardo Modi, tuvo lugar en la galería de la Torre de Rectoría de la UAEM y llevaba por título Las tres miradas, que conjuntaba tres de sus series fotográficas más importantes: La ciencia del vuelo, Si mi país tuviera mirada y Naturaleza muerta. Me llamó la atención el interés de Modi por la mirada del espectador, que según él «completa su obra», junto a la mirada del artista y la del retratado. «Yo creo que ningún proyecto artístico está completo hasta que llega la gente. Al tener una persona frente de mí tengo dos miradas, la del fotógrafo, que es la mía y la del modelo. Me interesa construir empatía con la modelo para desarrollar una actuación. Yo hago fotografías construidas, no hago imagen documental. Intento quitarle lo obvio y hacerla subjetiva, con más posibilidades. Lo que me gusta de la tercera mirada (la del espectador) es que yo no quiero que me entiendan a mí tal cual como soy. Yo quiero que pongan sus vivencias y experiencias en la fotografía. Que se apropien de la imagen. Para mí no sólo se trata de clavarse en lo que quiero que la gente entienda».
Creo que uno de los grandes aciertos de la obra de Modi es precisamente la noción del espectador. Sus piezas cada vez son más fáciles de identificar porque una serie de elementos muy propios y originales comienzan a construir una firma sólida. Una de ellas es la particularidad de que sólo se interesa por el cuerpo humano y en especial por la imagen femenina: «Yo no puedo fotografiar algo sin vida, algo que no tenga mirada. Ni objetos, ni paisajes. Lo mío es el retrato». Otro de sus sellos es el color. «En mis fotografías veo mucha influencia de la pintura. De hecho hay gente que piensa que mis fotografías son en realidad pinturas. Todas las escenas que construyo llevan colores que también son una suerte de ficción, son colores que no se ven normalmente en la vida diaria. Son colores demasiado explotados. Algunos, de hecho, cuando los imprimes no salen. Digitalmente existen, pero en el papel es imposible recrearlos».
Retratos que son autoRretratos
«Todos mis proyectos hablan de mi vida. Yo no salgo a cuadro, pero siempre estoy hablando de alguna parte de mi vida. La fotografía es mi forma de rebeldía». Una de las formas de ir a contracorriente de Modi, es usar la imagen como la manifestación de inconformidad. El contexto del México actual es uno de los intereses más claros en muchas de sus series. «A mí no me gusta marchar, pero me interesa hablar sobre lo que pasa en nuestro país. Siento que una obra artística es una cosa de gran impacto». Sus obras no son planfetarías sino que se valen de las metáforas para expresar un punto —casi siempre ambiguo o más o menos abstracto— en aras de que el espectador se apropie de su trabajo y halle un mensaje propio. No obstante, su serie Si mi país tuviera mirada, busca dar un mensaje mucho más explicito a través de retratos de mujeres. «Es una serie en la que puse a mujeres a llorar. Se trata de dar una imagen bella con un mensaje opuesto. Un mensaje camuflajeado. Se ve un llanto espeso, fuerte. Y aunque trato de no caer en lo obvio, esta serie sí tiene un mensaje más claro y directo. Son imágenes de nuestro México actual».
La ciencia del vuelo y la belleza femenina
Hay que decirlo, en las fotografías de Ricardo Modi aparecen muchas de las mujeres más guapas de Cuernavaca. «Retratar mujeres es algo que me llena mucho. Siento mucha admiración por el sexo femenino. No sólo busco mujeres bellas físicamente, me centro mucho en la mirada. Siempre busco modelos que tengan una mirada fuerte».
Casi todas sus series están construidas cuidadosamente. Modi confiesa que es un artista meticuloso que intenta no dejar nada al azar, por ello realiza las sesiones en su estudio que está lleno de luz. También experimenta y no se cierra a nuevas posibilidades. La prueba la encuentro en su serie La ciencia del vuelo que retrata bailarinas que flotan en una suerte de mar citadino, gris y tenue. «Me encanta el mar y la fotografía submarina. Así que en esta serie mezclé estas dos cosas que representan la libertad que yo tengo como artista. En esta serie no quería tener tanto control, quería que ciertas cosas quedaran al azar, como el movimiento de las bailarinas». Ellas improvisaban y él las capturaba con su lente. «Para mí las cosas más libres de este planeta son las aves y las bailarinas».
Nuevos proyectos
Actualmente pueden seguir el trabajo y los nuevos proyectos de Ricardo Modi en su página oficial de Facebook. Uno de ellos —aún sin título — busca revalorar la historia y revisar ciertos personajes femeninos de la Historia de México. «Una de las preguntas centrales de la serie es ¿Cómo sería si estos personajes vivieran en nuestros tiempos». Algunas de las personas que aparecen (o aparecerán) son María Félix, la Malinche, Sor Juana Inés de la Cruz e incluso la Virgen de Guadalupe. «Es una serie con mucha sátira. Es una crítica a las generaciones nuevas. Estos personajes los pongo en situaciones un poco chuscas, con colores saturados, pero con el afán de generar una crítica». La serie comenzará un tour por varias ciudades del país en merzo, entre las que se encuentran Tijuana, Hermosillo, Guadalajara, Guanajuato, Distrito Federal, Puebla y cerraría su recorrido en casa, en Cuernavaca.
En Morelos tenemos grandes fotógrafos, muchos egresados del Centro Morelense de las Artes, de la Facultad de Artes y de la Escuela Activa de Fotografía, sin embargo, pocos están creando una obra personal como artistas (hay expertos en encuadres, en hallar buenas imágenes, pero no generan discursos artísticos con sus piezas) y Modi, en ese sentido, se ha convertido poco a poco en un fotógrafo con más reconocimiento porque tiene una propuesta sólida. Por supuesto que no es el único, pero sí uno de los más propositivos y su obra —estoy seguro— nos seguirá ofreciendo nuevas perspectivas de lo que un rostro puede alcanzar a comunicar.