Resulta interesante observar la manera en la que constantemente, las personas aludimos a la cabeza para hacer referencia al individuo como un todo. Recurrimos a la sinécdoque sin darnos cuenta de la carga filosófica que puede haber tras ella. El año pasado, la artista plástica Juliana expuso su obra If a body meet a body en la galería OMR (Ciudad de México), que se centraba en la relación que hay entre el cuerpo y el pensamiento en el ser humano. El elemento principal en los trabajos que conformaban esta exposición era la cabeza: había esculturas de cabezas sin el cuerpo, figurines sin cabeza, incluso una gran imagen de un hombre acéfalo con ojos en los pectorales se mostraba al fondo de la primera sala. La obra de Aranda giraba en torno a la concepción de la cabeza como el elemento central que define a una persona como ser humano, como un ente pensante, con un individuo dotado de vida, de personalidad, de ego. «[…] si me cortas la cabeza, ¿qué diría? ¿”Yo y mi cabeza” o “yo y mi cuerpo”? ¿Qué derecho tiene mi cabeza de llamarse “yo”?».
En la exposición, una cuerda pendía de la pared: «El nudo ahorcado, también llamado nudo del verdugo […] es un nudo mejor conocido por su uso para ejecutar a alguien. […] Entonces el condenado a muerte cae al final de la cuerda hasta producir, por su propio peso, la ruptura del cuello». En una sala contigua, se había colocado una guillotina, ese instrumento cuya función era el castigo del condenado al tiempo que se hacía pública la condena.
A finales del XVIII y principios del XIX, el castigo público fue desapareciendo, sobre todo por la transformación de la jurisprudencia. «Ha desaparecido el cuerpo como mayor blanco de represión penal».[1] La decapitación y los azotes públicos también se suprimen y en su lugar aparece la prisión como centro para privar de la libertad a un individuo (del mismo modo en que la guillotina había quitado la vida de los hombres de la Edad Media).[2]
Es cierto que con el nacimiento de los códigos penales modernos se suprime la teatralización del castigo, el rostro del culpable deja de verse en la plaza pública, pero desde mediados del siglo XIX reaparece a través de la fotografía de identificación que acompaña los registros judiciales. La fotografía de identificación de presos exhibe sólo la cabeza y la toma en primer plano muestra sólo aquello que interesa conocer del criminal: su rostro. Para mediados del siglo XVIII, el criminal era un modelo de monstruo moral, no tanto corporal.
La fotografía de identificación apareció en México en el siglo XIX como un medio por el cual la autoridad gubernamental ejerció el poder sobre los anormales e indeseables; su nacimiento responde a la necesidad de dominio en un momento de descontrol, pero al mismo tiempo exhibe los problemas sociales que atravesaba el país. Su nacimiento también concuerda con la transición del castigo corporal al castigo dictado por la jurisprudencia y la medicina. En su ensayo Sobre la fotografía, publicado en 1975, Susan Sontag menciona que en la redada de Communards de 1871, los estados modernos emplearon la fotografía como instrumento de vigilancia y en contra de las poblaciones. En general, las fotografías habían sido puestas a merced de instituciones de control muy fuertes como la familia y la policía, haciendo que en la catalogación burocrática del mundo, se diera validez a los documentos sólo si tenían una fotografía con el rostro del ciudadano.[3] Algo similar ocurrió con la fotografía en México desde mediados del siglo XIX. Durante este periodo se hace uso del retrato para identificar al sector que amenaza la estabilidad y en 1855 se reglamenta el uso de la fotografía para la identificación de reos por medio del Reglamento para asegurar la identidad de los reos cuyas causas se sigan en la Ciudad de México”, expedido por el entonces presidente, Antonio López de Santa Anna.[4] El fotógrafo, —uno más de los técnicos del siglo XIX— expone al reo y le pone rostro al anormal que debe ser castigado. El criminal dejo de ser castigado por lo que hacía y comenzó a ser castigado por lo que era. Los discursos «científicos» se formaron con la práctica del poder de castigar,[5] mientras que el discurso visual de la vigilancia se formó con la fotografía de identidad.
En principio no había reglas para las fotos del registro, sólo se sabía que debían mostrar al individuo de frente.[6] La fotografía de identidad de presos fue —y continúa siendo— un acto involuntario en el que el individuo se ve violentado y da muestra de su disconformidad a través de gestos faciales. Así, las imágenes pueden ser el resultado de un acto violento por parte del fotógrafo al fotografiado.[7]
La violencia de este acto se afirma simbólicamente cuando se elige el primer plano para los retratos, pues se separa la cabeza del resto del cuerpo suprimiendo a éste por completo. Se guillotina al criminal y se usa su imagen con fines burocráticos para que su cabeza y su rostro acompañen el registro escrito en el que se describen sus crímenes. En 1996, el artista visual Carlos Aguirre montó una exposición en el Centro de la Imagen que llevaba por título Imágenes del neoliberalismo. El artista exhibía retratos de presos (tanto hombres como mujeres) que en 1973 habían sido acusados de infringir la ley. Los documentos visuales habían sido extraídos de un archivo de criminales que el fotógrafo Arturo Ortega Navarrete obtuvo gracias al militar Felipe Islas. Los delitos cometidos variaban: a Alicia Ramírez Marín se le había acusado de prostitución, a Ricardo Ramírez se le acusaba de haber asaltado un taxi, a Luis González Gómez de ser asaltante, mientras que a Manuel Córdoba Gutiérrez se le acusaba de falso abogado. La instalación —además de exhibir los retratos en blanco y negro de los acusados— también incluía un artefacto que se asemejaba a una guillotina.[8] La importancia de esta exposición radica en que mostraba fotografías de la década de 1970, periodo en el que el control policiaco ya se encontraba bien consolidado y que había iniciado hacía más de un siglo antes. Pero al mismo tiempo evocaba al castigo público y a la decapitación.
Es necesario hacer énfasis en la clasificación de los prisioneros mismos, pues tampoco significa que los fotografiados en prisión realmente fueran criminales o delincuentes; se separaban según el tipo de delito que cometieran. En 1960, el fotógrafo Héctor García realizaría una de las fotografías más icónicas del muralista David Alfaro Siqueiros durante su permanencia en la prisión de Lecumberri tras haber sido acusado de «disolución social». Mónica Montes, realizó un excelente artículo (Preso no. 46788) en el que da amplios detalles sobre el trabajo que realizaran en conjunto Elena Poniatowska y Héctor García, para realizar una entrevista al preso político. La imagen muestra a un Siqueiros que dirige una mirada fija y poderosa a la cámara, al tiempo que estira y saca el brazo y la mano derecha de entre las rejas. En esta fotografía el preso es retratado desde un plano medio que deja ver la cabeza y la mitad de su cuerpo. La mano que se ve en primer plano recobra la fuerza que el encuadre en picada le había quitado a la figura de Siqueiros. «Él extendió la mano fuera de la reja, y yo obedecí a la lección magistral del general Pancho Villa “dispara y después virigua”. Disparé ante este gesto. Reflexioné a posteriori. De todas las fotos de Siqueiros en Lecumberri, esta es la que flota. La que se hace famosa. Ilustra el cartel de la campaña mundial para liberar a Siqueiros […]».[9] La composición de esta fotografía es distinta a la de la fotografía de identificación que acompaña al resto de los documentos de los presos. Esto se debe a que ambos tipos de fotografías tendrían distintos usos. Los gestos de Siqueiros y la pose de su cuerpo echado hacia adelante advierten que está siendo violentado y que podría tratarse de un retrato involuntario.
Los retratos realizados dentro de las cárceles son el reflejo de una sociedad moderna en la que se contiene, se controla y vigila —por medio de la jurisprudencia— a quien debe ser corregido y castigado. Juega un papel importante en la representación del «desviado», a quien se separa simbólicamente de su cuerpo a través de la fotografía. El fotógrafo se vuelve una especie de nuevo verdugo, la cámara se convierte en la guillotina del siglo XIX y el castigo para el condenado es tener un rostro que puede ser reproducido en los medios modernos con el simple propósito de que pueda ser identificado a nivel público.
[1] Michel Foucault, Vigilar y castigar. El nacimiento de la prisión, pág. 10.
[3] Susan Sontag, Sobre la fotografía, págs. 19- 20.
[4] Se introduce una técnica moderna de vigilancia control y castigo. Sergio González Rodríguez, Cuerpo, control y mercancía. Fotografía prostibularia. pág. 75.
[6] Rosa Casanova, De vistas y retratos: la construcción de un repertorio fotográfico en México, pág. 10.
[7]> Marina Azahua habla sobre la violencia que hay detrás del acto fotográfico en Retrato involuntario. El acto fotográfico como forma de violencia, en el que también abre un capítulo dedicado a la foto de los prisioneros camboyanos de Toul Sleng.
[8] Alfonso Morales Carrillo, Guillotina y obturador. Traspasos de un archivo policiaco, pág. 120.
[9] Héctor García en una entrevista a Luis Carlos Emerich en: Mónica Montes, Preso 46788, pág. 77.
El espíritu romántico, dice la definición somera, es vincular lo terreno con lo celeste, lo profano con lo divino. Para algunos pensadores, la dificultad de entender nuestro tiempo viene de nuestra dificultad de entender lo romántico. A la literatura romántica siempre la acompañó un discurso filosófico que buscaba restablecer un orden (político, social, económico) que se reconocía perdido. Lo romántico, además de ser un concepto y una estética, es también un gesto, una sensibilidad, un zeitgeist.
Hace unas semanas, me vino en gana leer las tres novelas que conforman Los sonámbulos de Hermann Broch, sobre todo porque se trata de obras que giran en torno a un personaje y a un concepto. En otra ocasión quizá hablaré de las otras dos novelas: Esch o la anarquía y Huguenau o el realismo; por lo pronto, me conformaré con hablar de una sola frase de la primera de las tres, Pasenow o el romanticismo. En ella, Joachim von Pasenow, el protagonista, se refiere a su amigo Bertrand y a su amante Ruzena como «estos dos civiles», con una intención despectiva.
Joaquim von Pasenow encarna el ímpetu de buscar vivir lo absoluto. A una naturaleza como la suya le es incómodo aceptar la realidad tal y como se le ofrece: entró en el ejército porque era una cuestión de honor, y el honor, justamente implica el apego a un absoluto. Al principio de la novela, su hermano muere en un duelo, argumenta el padre, para «defender el honor, lo más importante. Algo que ya nadie entiende». Para alguien como Pasenow parece no haber nada más romántico —luego del amor por Dios— que el amor por esa abstracción llamada Estado. De allí viene su desprecio por su propio amigo Bertrand, militar, como él, que ha hecho a un lado el servicio de la milicia para dedicarse a una industria textil. El sentimiento reaccionario de Pasenow es despreciar a un militar que ha renegado de su lealtad para dedicarse a la inferior vida de civil; es decir, para Pasenow Bertrand representa a una sociedad que considera todo orden un mero convencionalismo. A Bertrand bien le podrían haber preguntado: «¿Morirías por tu patria? ¿Morirías por el honor, por amor?» Y como un hombre de su siglo, respondería un inequívoco y risueño «No». Él es incapaz de amar algo más que a sí mismo y por eso Pasenow lo desprecia.
Lo esencial de un espíritu religioso es sentirse por debajo de aquello a lo que aspira. Lo esencial del carácter romántico es que todo se debe tomar a pecho. No es sólo el suicidio de un Werther, también es el viaje de un René y la decepción de un Julien Sorel. Pero también es la nostalgia por un mito, una doctrina, una disciplina. Por un lado, Joaquim von Pasenow sabe que la amistad de Bertrand será una prueba que deberá superar. Una prueba enviada por Dios, pues se rehúsa a pensar que él tiene entera libertad de elegir a su pareja. Ruzena, esa muchacha bohemia que hablaba alemán con un acento checo, representa para él la tentación, la mujer lúbrica, el descenso a los infiernos. Allí es donde aparece la figura de la otra mujer, Elizabeth, la heredera de una familia noble, tan asexual como blanca de piel. Este contraste va más allá: Ruzena es la realidad; Elizabeth es la transcendencia. Ruzena es la ciudad, Elizabeth el campo; una la ciudad con esa gente vestida de civil o en paños ajustados; la otra era la causa misma por la que lucharía el ejército: es la hija de la aristocracia, el orden, la decencia.
Joachim von Pasenow, cuando su amada Ruzena desaparece, está más preocupado por cómo afectará a su reputación que se sepa su romance con una mujer disipada, que el estado de salud de su mujer amada. Hermann Broch lleva al límite la relación entre un romántico que se siente pecador y la mujer que es la causa del sentimiento de culpa: Ruzena, luego de huir a un prostíbulo, se niega a hablar de nuevo con Joaquim, quien la ha despreciado. Ella lo escupe, y «su aliento olía a trasnochado y a podrido». Ruzena «olía a malas noches».
Decir «esos dos civiles» es como decir «esos dos del pueblo llano», «esos dos no elegidos», «esos dos no singulares». Que el personaje principal, el romántico, sea un militar es de un significado esencial para la novela de Broch. Los uniformes están llenos de marcas que vinculan a un grupo, a un código, a una institución. Los uniformes portan insignias, objetos simbólicos que remiten a un mito del Estado, a una legitimación del poder, a un relato que busca integrar orgánicamente a un grupo de personas. Pasenow no puede vivir sin eso. Para una naturaleza que busca un absoluto, Dios no es una pasión que simplemente desaparece; puede ser que Dios haya muerto, pero, ¿no es una necesidad que queda vacante? Que Dios muera no quiere decir que también muera la necesidad de creer: una fe en el prójimo, una creencia en el progreso, una pasión por las cosas de este mundo, un uniforme que nos vincule a algo más grande que nosotros. ¿Por qué Hermann Broch hace que su protagonista llame «estos dos civiles» a su mejor amigo y a la mujer de la que está enamorado? ¿Qué es un uniforme? Es decidir no elegir nuestra ropa; es no tolerar la libertad: ser romántico es no poder soportar la ausencia de un orden superior a nosotros; es no tolerar a esos que se conforman con esto que llamamos mundo.
Los pasillos se notaban vacíos. La mayoría de la gente portaba un gafete y la camiseta roja de staff de la feria. Quería asistir a una presentación en la Sala Fósforo a las tres de la tarde. Un guardia me indicó el camino y me perdí. Volví a pedir indicaciones, ahora a la chica coqueta del stand de información, y me mandó al lado contrario. Me detuve a mirar unos libros en el local de Planeta.
«¿Qué buscaba, joven?»
Volví a notar la ausencia de visitantes. Es jueves en la tarde, pensé, los niños ya salieron de la escuela, los adultos están en el trabajo, por eso la atmósfera de pueblo fantasma.
Conversé con el vendedor por diez minutos. Compré El uranista (Tusquets 2014), de Luis Panini. Aproveché para preguntar por la Fósforo. El hombre no tenía idea.
Ese día no hallé la sala. En Facebook había dicho que asistiría al evento. Seguro el autor pensó que soy de esos seres descarados que dicen sí y nunca van a nada.
UANLeer es la feria del libro organizada por la Universidad Autónoma de Nuevo León. Este año los invitados especiales fueron la Alianza Francesa y Editorial Almadía, ambos con locales amplios y atractivos en el ala más accesible a los visitantes. La Alianza Francesa se lució: llevaron a Jean-Marie Gustave Le Clézio, sobran las presentaciones. Almadía llevó cursos, autores y buena literatura.
Es el primer año que asisto, aunque es la quinta edición de la feria. La sede es el Colegio Civil Centro Cultural Universitario, un lugar hermoso, limpio, céntrico, con salchiburgers de primera calidad, pero con pasillos angostos, acústica problemática y un acceso complicado para los automovilistas.
De los seis días que duró la feria, fui de jueves a domingo; me perdí la inauguración y la clausura. El sábado había más gente en los pasillos que el jueves. El viernes había más editoriales (la página oficial de la feria dijo que 70) que compradores. El domingo olvidé fijarme, pero en el stand de Escritores Independientes me encontré a la escritora Andrea Saga, quien ese día también hacía de vendedora, y me dijo: nadie pasa por aquí.
En resumidas cuentas: la feria se sentía vacía. Sin embargo, ahora resaltaré un panorama contrastante, de las nueve o diez presentaciones a las que asistí, en todas siempre había más de treinta personas en el público. Y en más de la mitad la sala estaba llena. Ninguna era de autores conocidos o bestsellers, lo que pasa es que el programa de UANLeer se las ingenia para ser diverso y completo, sin amontonar. En otras palabras: calidad sobre cantidad.
La abundancia de alumnos en camisetas rojas y gafetes, garantizó una logística eficiente y personalizada. En los talleres que impartí, los chicos de staff participaron con entusiasmo para cubrir las sillas vacías, de paso les servía de capacitación.
Gran parte del ala norte se dedicó a la literatura infantil y juvenil: presentaciones teatrales, cuentacuentos y algunos espacios dispuestos para talleres. Pero me sorprendió ver sólo dos librerías especializadas en literatura infantil y juvenil.
Mientras tanto, nadie encontraba los baños, la máquina de café no servía en una de las dos cafeterías y el pasillo de las editoriales independientes de Monterrey, que tanta efervescencia han provocado, recibía más moscas que visitantes.
Tengo entendido que la Universidad Autónoma de Nuevo León contrató a una empresa externa para realizar un diagnóstico preciso de la feria. Tuve oportunidad de conversar con uno de los involucrados, aunque sin mucho detalle sobre el tema. Lo primero que me dijo: hay muy pocas editoriales independientes nacionales y las ponen en el segundo piso, donde no pasa nadie.
Decidí evaluar la situación por mi cuenta. Esto fue el viernes a las seis de la tarde. En cinco minutos sólo veintitantas personas subieron las escaleras al ya citado segundo piso. Veintitantas porque aunque medí el tiempo, me distraje algunos segundos y no sé si conté personas de más o de menos. Pero después me uní a la veintena, para hacer bulto.
Otra vez, en resumidas cuentas, la feria se sentía vacía en comparación a mis expectativas, a mi experiencia en otras ferias, a la magnitud de lo que UANLeer seguro llegará a convertirse en unos años. Porque crecerá, sin duda. Este año marcó un punto de quiebre en la historia de la feria.
Queda la promesa para el 2016 y el recuerdo de lo bueno: las presentaciones abarrotadas, la cabina de booktubers, los talleres de crónica literaria para jóvenes y los de lectura para niños, Le Clézio, Almadía, la oferta editorial, la máquina de café que sí servía y, claro, los salchiburgers.
Bueno, without further ado, demos por iniciada esta conversación en torno a los puntos de contacto entre el español y el inglés que se crean por medio de la traducción; es decir, a los “movimientos de traslación” entre esas lenguas. Si partimos del hecho de que un traductor es alguien que mantiene una relación especial con el lenguaje (al menos un interés más allá del promedio con las lenguas que trabaja) y que traducir es un ejercicio de la subjetividad (no hay dos traducciones iguales), me parece importante comenzar por conocer de qué modo se dio su encuentro entre el inglés y el español. Quizá de ahí podamos inferir algo sobre cómo alguien se convierte en traductor y qué es, a fin de cuentas, traducir.
Robin Myers:
Tal vez suene demasiado romántico, pero no puedo pensar en la traducción literaria sin pensar primero en el hecho de tener una relación con dos idiomas, el inglés y el español, en otros ámbitos de la vida —y en el hecho de que esa relación es algo que no siempre vivía—. Crecí en Estados Unidos y hablaba solamente inglés. Cuando empecé a estudiar español en la prepa, ya había estado un par de veces en México y sabía que quería volver: para mí, aprender otro idioma tenía que ver directamente con un deseo, uno que recuerdo ahora como inexplicablemente intenso, de vivir aquí. La idea era habitar un idioma para poder plenamente habitar un lugar. Y ahora que lo estoy haciendo, años después, la práctica de la traducción literaria me parece una manifestación incluso más concentrada del mismo fenómeno. Parte, según lo siento yo, de un impulso de estar adentro de algo: dentro de dos idiomas (uno, el materno, siendo invariablemente más íntimo, más cercano) y de sus respectivas texturas y sonoridades y tradiciones; dentro del pensamiento de algún escritor en particular y, por lo tanto, del mundo teórico y léxico y cultural que aquello habita; dentro de un texto que amas para poder acercarte más a él. Para mí, traducir nace de eso. De leer algo en español que me fascina o me conmueve o me asusta, de querer entender cómo funciona para provocarme lo que me haya provocado, y de llevarlo al inglés para estar tan cerca como pueda de ello: para reproducir ese vínculo en mi propio idioma. Cuando pienso en cómo ocurre ese proceso para mí, cuando pienso en la raíz, en el deseo más básico de hacerlo, recuerdo algo que hacía en la adolescencia, ya habiendo cursado algunos semestres de español: en la noche, cuando ya no toleraba hacer tarea, bajaba al sótano de la casa con un libro de Neruda en versión bilingüe y me leía sus sonetos en voz alta, primero en español y luego en inglés. Repito la idea: quería habitarlos ambos. Y quería entender lo que pasaba en la traducción para hacer que se sintiera tan distinto habitar cada uno por separado. Tedi, me pregunto de manera muy general cómo has vivido tú la relación con ambos idiomas, ya sea como traductora o en cualquier otro sentido.
TEDI LÓPEZ MILLS:
Los dos idiomas, en mi caso, han llevado vidas simultáneas y, en un inicio, la relación entre ambos tuvo que ver con poderes desiguales: a veces ganaba el materno, otras, el paterno. En ese sentido, uno —o yo— hablaba y des-hablaba con la culpa o la traición mirando por encima del hombro. Mi mamá nunca logró dominar el español y mi papá apenas farfullaba el inglés; los intercambios, por lo tanto, eran ilícitos y había que corregirlos para que hubiera un mínimo de claridad. Así, mucho antes de traducir, empecé por interpretar.
Durante los primeros catorce años de mi vida, por inercia y educación, el idioma dominante fue el inglés: mis lecturas, mis prejuicios, mis preferencias, mis amistades y mis enemistades. Pero en mi cabeza la cohabitación con el español continuaba: dos sombras al acecho en un mismo cuarto. Debo confesar que en esa época mis lecturas no incluían de ningún modo a la poesía y que ni siquiera había contemplado la noción de traducirla.
Sin embargo, en algún momento de crisis adolescente decidí que mi idioma debía ser obligatoriamente el español y que el inglés ocuparía el asiento trasero. Me impuse una disciplina sumamente tediosa: detener el flujo de la conciencia y trasladarlo de nuevo al español, hasta que ya no fuera necesario intervenir.
Ahora, por fortuna, el espacio de los dos idiomas se ha despejado y puedo concebirlo como un lugar de batallas conceptuales o espirituales, dependiendo del día. Todavía me angustio ligeramente cuando las palabras se enciman, cuando una en inglés tapa a la misma en español o viceversa, pero me consuelo pensando que, a fin de cuentas, se tratarán con cierta cortesía y que una le cederá el paso a la otra.
Traduces mucho más que yo, Robin, y has logrado incorporarte al español y a esa curiosidad o superchería que llamamos “lo mexicano” de un manera asombrosa. Pero me pregunto y te pregunto si aún hay zonas brumosas, obstáculos específicos que se refieran al idioma o a la cultura de ese idioma que te resulten difíciles de resolver.
RM:
Por supuesto. Se me ocurren varios, tanto en el ámbito cotidiano como en el literario. Una de las principales zonas brumosas es el humor. A pesar de sentirme ya bastante familiarizada con cierto rango de registros en el español mexicano, y con cierto lenguaje que se utiliza dentro de ese rango —que incluye el humor, claro, los juegos de palabras, los dichos, el albur—, todavía me pasa, y seguramente me pasará siempre, que me pierdo en ciertos contextos de “juego”, digamos, contextos en los que un grupo de personas (¡siempre es más difícil en grupo!) van improvisando una dinámica juguetona o burlona. Ahí entran capas y capas de sentido: coloquialismos en general, chilanguismos en particular, el trasfondo político y social, referencias culturales que no necesariamente conozco, distorsiones léxicas que para entenderlas uno tiene que entender primero todas las cosas que se vayan amalgamando o torciendo o injertando sobre otras cosas, y así hasta el infinito. Cada vez más el humor me parece la última frontera, el terreno más desafiante al aprender un idioma —y la cultura de ese idioma, como dices tú, Tedi— y, luego, al pasar toda la vida cotidiana inmersa en él.
Y bueno, hay otros terrenos igual de complejos, aunque sea de otra manera. Cuando me enojo, por ejemplo, me siento absolutamente inepta en español; siento que mis palabras (¡como si fueran mías!) huyen de mí. Cuando estoy muy cansada también: tropiezo total. Esos momentos, y sus sensación de estar pataleando en un charco como una niña que no sabe expresar lo que quiere, me recuerdan siempre que hablar dos idiomas significa la traducción constante de la personalidad propia. Y así como ocurre con la traducción de un poema o cualquier texto, la versión traducida de uno termina siendo distinta. Sé que soy más sarcástica en inglés y más directa; siento un poco más afilados los bordes del habla. Y me gusta la sensación de volver a eso después de mucho tiempo sin sentirlo.
Hay otro juego de obstáculos que me interesa plantear, y éste sí tiene que ver directamente con la traducción literaria. Primero, un ejemplo: en los últimos meses he estado traduciendo dos libros de Alejandro Crotto, un poeta (y traductor) argentino. El segundo libro, Chesterton, incluye varias formas poéticas —el soneto, la lira, etc.— que aparecen en su formato “puro”, por así decirlo, o que han sido técnicamente intervenidas, modificadas, escondidas, incluso fundidas con otras formas… e incluso los poemas que no adhieren a ninguna forma tradicional tienen los versos medidos. Traduciéndolos (o intentando traducirlos), he pensado mucho en qué tanto tuvo que haber absorbido Crotto de su propia tradición poética —de la historia del soneto, en la poesía iberoamericana, por ejemplo— para interiorizar sus reglas y, a su vez, romperlas, o volverlas a inventar. Eso es, invariablemente, un obstáculo enorme para mí como traductora: no sólo porque no vengo de la misma tradición, sino también porque no sé lo que él sabe de ella, no he leído todo lo que él ha leído, etc. Y me pongo a pensar en la “tradición” de la que sí vengo como estadounidense, o como angloparlante, y me doy cuenta de que tampoco ando por la vida pensando en ella todo el tiempo, ni me siento plenamente consciente de las corrientes formales o culturales que llevo en la sangre como persona que habla y lee y escribe en cierto idioma, aunque necesariamente estén allí.
¿Cómo es eso para ti, Tedi? Al leer en inglés y en español, al traducir del inglés y escribir en español, ¿reflexionas conscientemente sobre la tradición lingüística y literaria de la que formas o no formas parte? ¿Ahí también existen obstáculos —o guías—para ti como traductora? (Partiendo del hecho, diría yo, de que ser traductor consiste principalmente en ser lector).
TLM:
Vamos por partes, como dicen los que saben decir esas cosas. Tu experiencia personal en la zona brumosa, los tropiezos con el sentido del humor, los recursos limitados con esas expresiones tan elementales como la ira o el miedo o el dolor, me hacen pensar en mi mamá. Ella tenía un gran sentido del humor que no pasaba la frontera estricta del español y, cuando se enojaba, sobre todo con mi papá, recurría al inglés porque el español funcionaba como un títere ajeno y torpe. Uno de los momentos más conmovedores de esta doble vida con los lenguajes fue cuando ella se enfermó ya gravemente: nunca pudo explicar con precisión los detalles de lo que iba sintiendo, y las generalizaciones en las que caía provocaron cierta condescendencia y hasta cierta indiferencia en los doctores. Murió en otro idioma, no en el suyo; eso ha de ser raro.
Pero hay otra parte en la zona brumosa, desconcertante, perpleja, que me parece fundamental cuando uno traduce y que, según yo, hay que conservar: una especie de cuerda floja o filo de navaja. El riesgo de caerse aniquila el peligro de la confianza excesiva, de acomodarse en el otro idioma como si uno estuviera en su propia casa.
Se trata más de hechos concretos que de teorías acerca de la traducción. Aunque uno quiera complicarla, sí existe la literalidad: table es mesa y chair es silla y heart es corazón, por más que las raíces contextuales puedan moverse de lugar; existen también los “falsos amigos” (menos en inglés que en francés, el otro idioma que conozco); recuerdo ahora dos ejemplos: wisdom tooth, muela del juicio, se tradujo como diente sabio, y sillon, que en francés significa surco, se tradujo como sillón. De ahí que la paranoia me parezca un instrumento muy útil a la hora de ponerse a mudar palabras de un lado al otro.
En cuanto a tu pregunta, la tradición y la conciencia de la tradición son una ventaja y un lastre. Yo no leo con el peso de esa conciencia, como tampoco camino con el cúmulo de todas mis anteriores caminatas encima. Sería imposible la sensación de novedad, de descubrimiento o, incluso, la melancolía de la ignorancia.
Con la traducción, mi premisa es muy simple: el texto que estás traduciendo ya viene con un manual de instrucciones, explícito o implícito. Si es un soneto, el problema obviamente se intensifica y la decisión se reduce a si le vas a dar esa forma en tu idioma o a crear una versión “libre”.
Establecer la igualdad entre tradiciones diferentes, incluso un justo medio, por más ficticio que sea, acaba siendo un argumento ideológico. El inglés de Inglaterra sigue peleándose con el de Estados Unidos (al que considera inferior y espurio), y lo mismo hace el español de España con los de América Latina (a los que tampoco respeta, pero sí tolera porque somos tercer mundo y la corrección política, etc.). El inglés, al menos, no se rige por una Academia de la Lengua que año tras año aprueba o reprueba usos y costumbres del idioma.
Pero ya me fui por las ramas. ¿De qué nos agarramos para seguir? Traduje las Iluminaciones de Rimbaud el año pasado y con eso le añadí una capa más al palimpsesto de Rimbaud. Lo hice para leerlo-escucharlo como no lo consigo en francés; de todas maneras, en mis versiones actuales aún distingo una nota falsa. Y no sé en qué etapa del camino del francés al español se me descompuso el aparato. ¿Te pasan cosas semejantes o ya debo comenzar a preocuparme?
RM:
Antes de contestar esa pregunta, quiero decir que me encantó lo que decías de la paranoia como una herramienta útil, algo que nos impide —y así nos protege de— existir en el segundo idioma como si estuviéramos en casa. Así como vivir en otro país es ser siempre un invitado en otra cultura, traducir se parece a ir seguido a la casa un amigo muy querido y aun así pedir permiso siempre antes de quitarse los zapatos y tener miedo de tirar el café sobre su sillón blanco y cosas así. (A lo mejor es otro tema, pero respecto a esta misma idea de que la traducción sirve como arma contra la confianza excesiva, pienso en un comentario que me hizo un traductor escocés: dijo que le gusta la traducción porque tiene algo intrínsecamente “zen”; si lo haces bien, te esfumas. Es decir, la gente se olvida de que estás ahí atrás, se olvida de estar leyendo algo traducido. La tarea le exige a uno que ajuste su relación con su propio ego; no sé qué piensas tú, Tedi, pero creo que es una postura muy distinta de la que se puede generar en torno a los textos propios).
Me interesa mucho lo que dices de tu traducción de Rimbaud y de la capa que añadiste a su palimpsesto. Traducir las Iluminaciones —¡me quito el sombrero!— debe ser una manifestación particularmente rica y compleja del hecho de que toda traducción tiene algo de palimpsesto: es inevitable que uno vaya agregando, quitando, rayando, modificando lo anterior —existan o no traducciones previas— para generar algo nuevo que le haga justicia (o eso es lo que uno espera). Algo nuevo que al mismo tiempo signifique una interpretación, un énfasis en lo que uno mismo encuentre ahí al leer el texto y sumergirse en él.
Sinceramente dudo que se te haya descompuesto el aparato, Tedi. Pero sí reconozco muy bien esa sensación de ansiedad, el miedo de la “nota falsa”. Por supuesto que a mí me pasan cosas semejantes y siempre dan mucha angustia. Hace un par de años estuve traduciendo el libro El paisaje interior de la poeta argentina Mirta Rosenberg, y me tocó otra serie de decisiones formales como las que siguen surgiendo con la poesía de Alejandro Crotto: el libro contiene una sextina, para dar un ejemplo —una forma densa y difícil, pero compuesta en el poema de Rosenberg de un lenguaje impresionantemente sencillo, directo, poco ornamentado—. Yo tomé la decisión de reproducir la sextina en inglés, pero por varias razones —entre ellas mis propias tendencias y manías y también los retos al cumplir con las reglas silábicas y estructurales de la forma— mi versión sale mucho más barroca, más formal. La traducción tiene otro tono; todo pasa en un registro completamente distinto, y eso me preocupa. No creo que esas diferencias, esas capas agregadas, ya sea de textura sonora o de sentido o de otra cosa, sean necesariamente malas. Pero sí te obligan a cuestionar cada decisión que tomas.
Me pregunto si el miedo de que se te haya descompuesto el aparato, como decías, al traducir algo para leerlo-escucharlo como no lo conseguimos en el idioma original, no tendrá algo que ver con la frecuentemente citada idea —y es una idea enormemente ansiosa— de lo que “se pierde” en la traducción, o de la traducción como un acto de violencia. Pero no sé, pienso en una entrevista con la traductora Karen Emmerich en la que dice (y lo traduzco del inglés al español, ¡perdónenme!): “En lo personal no considero que la traducción sea de ninguna manera un acto violento o destructivo, y creo que hablar en esos términos muchas veces termina siendo ingenuo e insincero… Según lo veo yo, la noción de la traducción como daño o pérdida puede hacer daño en sí misma. Veo cada traducción como una ganancia: puedes ganar un poco o mucho, pero siempre que se traduce una obra literaria, sales con más, no con menos”. No sé exactamente hacia dónde voy con esto, Tedi, pero me da curiosidad saber cómo te relacionas tú con estas ideas de “pérdida” y “ganancia” en la traducción —en tu propio quehacer como traductora, pero además, tal vez, en cómo ves la recepción en México de literatura traducida, ya sea literatura estadounidense o de otras partes.
TLM:
Asumamos el diseño de ramas que ya adquirió nuestro intercambio.
Voy a hablar primero en términos de tiempo: cuando traduzco, transcurre sin que yo me dé cuenta. De repente la hora ya cambió y es tan tarde como yo quiero que sea. El tiempo no me estuvo esperando con impaciencia. Sucede lo contrario al escribir: al otro extremo están las horas y tengo que alcanzarlas. No hay texto original que me proteja. Traducir es como escribir, pero el consuelo radica precisamente en el “como”.
Decidí traducir las Iluminaciones porque leí la traducción que hizo John Ashbery de estos textos, poemas, retazos, visiones, puras hojas sueltas que Rimbaud le dio a Verlaine antes de empezar su vagabundeo. Me gustó que en las versiones de Ashbery hubiera neutralidad cronológica: ni un solo matiz decimonónico, nada de vocabulario rebuscado. Tal cosa le sugirió Nabokov a Edmund Wilson (sin la menor pizca de amabilidad): que no tradujera a Pushkin buscando crear un equivalente de Pushkin en inglés, que no le pusiera una camisa de fuerza, que no manipulara el texto hasta alterar incluso sus rasgos originales. Lo regañó y le pidió modestia: una traducción que no revelara la vanidad del traductor.
Las intenciones del traductor pueden ser invasivas, posesivas, pasionales. Si ya la poesía misma pone al lenguaje en un brete al meterlo en una forma —soneto, lira, décima o el mero lirismo incomprensible—, tratar de reproducir esa forma en el otro idioma puede desembocar en un sitio equivocado: lejos del original y lejos de lo que uno imaginó cuando resolvió traducirlo.
Por comodidad o flojera, tiendo a evitar esos espinosos problemas. Me parece increíble y admirable que te hayas lanzado a construir una sextina; lo hizo Pound con Arnault Daniel y, gracias a eso, la sextina se convirtió en una forma del siglo xx. No fue necesario batallar con el tono: ¿cuál le correspondía al provenzal? Menciono a Pound a propósito. Se atrevió a todo en la traducción, sin la menor reticencia. Y creo que salió muy bien librado. Me pregunto (y te pregunto) ¿qué significa para tu generación el itinerario entero de Pound? ¿Aún pesa, positiva o negativamente?
El palimpsesto que ya mencioné es otra palabra (más elegante y pomposa) para decir tradición. Hace unas semanas leí que acaba de publicarse, en España, una nueva traducción de La tierra baldía de Eliot. Junto al anuncio de esta edición se puso una lista de las versiones que se han hecho de los dos versos iniciales. Fue interesante (morboso, perverso) compararlas. La nueva traducción va así: “Abril es el más cruel de los meses / pues…”. Caramba. Dudo que sea superable el hallazgo de “meses / pues”. El vínculo entre un texto y su traducción es nítido, pero cuando proliferan las versiones de este texto y lo que importa es que la última difiera de la anterior, el asunto puede desviarse hacia otro tipo de enfrentamiento. Y hasta valer la pena por eso mismo.
Sospecho que la “nota falsa” que sigo oyendo en mis traducciones se refiere ni más ni menos que al original, lo insalvable que se queda del otro lado cuando un idioma se traslada al otro. Hay ganancia, sin duda, pero también hay pérdida; pensar de otro modo sería ingenuo, y darle demasiada importancia a la “pérdida” obligaría a una suerte de encierro lingüístico. Al momento de leer lo que he traducido la presencia del original es ineludible, está detrás o delante de mi propia versión y no la suelta. Mi premisa es que el aparato nació descompuesto y que, una vez aceptada esa falla, las vías se abren para que uno siga traduciendo.
RM:
Me iré por un par de ramas que siguen creciendo en este diseño. No me siento plenamente capaz de contestar tu pregunta sobre Pound, pero es un tema que me interesa mucho. Sobre todo porque —y me parece cada vez más extraño que así sea— casi no lo leía antes de venir a México: ni por mi cuenta ni en la universidad. Leíamos mucho a Eliot, por ejemplo, pero no a Pound, ni como poeta ni como traductor; en todo caso, recuerdo que lo invocaban más como referencia histórica que como presencia vigente. (Hablo solamente a raíz de mi propia experiencia, claro; por otra parte, he estado fuera de Estados Unidos desde que terminé la carrera, entonces el panorama que tengo sobre mi generación allá, sobre su formación y su trabajo, está bastante borroso). Mi teoría, burda, tal vez, es que la vaguedad de su reputación literaria, y siento que ésa sí pesa mucho, tiene que ver con la incomodidad de su legado político en Estados Unidos, el rechazo hacia su ideología fascista, un repudio de su figura que deviene en una falta de contacto con su obra. Aquí en México he conocido a muchos más poetas y traductores jóvenes que describen a Pound como una influencia directa, o al menos como una revelación en cierto punto de su formación. Escuchar esa fascinación menos inhibida me ha permitido sentirla también. Se atrevió a todo, como tú dices; como traductor era absolutamente intrépido, exuberante, feroz.
Me llama la atención tu comentario sobre las múltiples versiones existentes de una traducción, sobre los vínculos que se establecen entre sí, más allá del vínculo que mantiene cada una con el texto original. Usaste la palabra enfrentamiento, y sí: traducir algo ya traducido implica un íntimo enredo de inspiraciones, provocaciones y rechazos, un forcejeo con lo anterior que a veces resulta difícil distinguir de un abrazo. El escritor, filósofo y traductor William Gass escribió un libro bellísimo que se titula Reading Rilke: Reflections on the Problems of Translation; tiene una parte en la que va comparando varias versiones de las Elegías de Duino, verso por verso, analizando las decisiones, resoluciones y errores de cada una. Si bien puede llegar a sentirse algo mezquino este tipo de ejercicio —“Mira, yo logré lo que los demás no pudieron”, etc.—, ciertamente es rico recordar que el acto de traducir, tan solitario en el momento y tan peculiar como compulsión, hace que automáticamente formes parte de ese palimpsesto que llamamos tradición, y dentro de ella es imposible estar solo: estamos siempre dialogando no sólo con el texto mismo sino también con sus otros traductores —es decir, con nuestros compañeros lectores, porque también eso son.
Quisiera terminar pensando en voz alta sobre el aparato que nació descompuesto, y también sobre otro comentario tuyo, de que la poesía misma “pone al lenguaje en un brete al meterlo en una forma”. Sin querer ponerme demasiado metafísica, creo que es sano recordar que eso —poner al lenguaje en un brete— es lo que hacemos cuando escribimos, punto: poesía o prosa, con forma o sin forma, lidiando con un solo idioma o con varios. La necesidad de agarrar un revoltijo de lenguaje y volverlo otra cosa realmente es un impulso muy extraño —y no quiero que deje de sentirse extraño nunca—, y lo que hagamos jamás parecerá suficiente, y nunca lo será. Pero recuerdo algo escrito por el poeta estadounidense Christian Wiman: “[N]o puedes pasar toda la vida cuestionando si el lenguaje puede representar la realidad. En algún punto u otro tienes que creer que las deficiencias de las palabras que usas serán trascendidas por la fe con la que las usas”. La traducción también es eso, ¿no? Una mezcla extraña de utilitarismo y fe.
TLM:
Hay que ir de las ramas hacia el círculo y cerrarlo. Podríamos continuar, meternos ya por los atajos de la traducción: los traductores que simplifican, resumen, clarifican el texto original. Pero eso nos alejaría del final y nos desviaría precisamente de la metafísica y de la fe. El diseño de nuestras ramas perdería una parte de su credibilidad al ahondar en los detalles. Vaya que sería una conclusión anti-catártica. ¿Y quién quiere eso?
De qué me sirve quererte escuchar,de qué me sirve estar enamorado,si cuando marco a tu celularel saldo de mi amigo está siempre agotado.De qué me sirve escalar montañas,de qué me sirve cruzar un vado,si cuando te escribo por las mañanasno hay señal en ningún pinche lado.Pienso en tu exuberante pelonegro como tierra de vergel.Mientras elevo mi iPhone al cieloy grito: «¡chinga tu madre, Telcel!».Buscando…Sin servicioBuscando…Sin servicioSaber que lo están estafandohasta al Dalai Lama lo saca de quicio.El número que usted marcóno está disponible en este momento.Mi corazón se desconectóy mi bilis va en aumento.El número que usted marcóestá fuera del área de servicio.Mi amor por ti no menguópero localizarte es un puto suplicio.Me cansé de buscar señalesDe cazar redes sin candadoPero los planes son anualesy no quiero ser penalizado.¿Será acaso que nuestro amores demasiado profundo?¿Será que por ser como un búnkerestamos aislados del mundo?¿Será que ya no me quieresy me mandas directo a buzón?¿Será que más que las redesel defectuoso es tu corazón?
Hay dos identidades en el discurso de Güeros (2014), de Alonso Ruizpalacios. Dos voces que no se interrumpen ni se contradicen, sino que se turnan y se complementan. Si el México original fue el resultado de dos culturas —la indígena y la española—, el México moderno es la fusión de dos vecinos, el estadounidense y el mexicano; de dos razas, los güeros y los morenos; de dos clases, los ricos y los pobres. En este siglo multicultural no se distingue entre una historia y otra, ambas son una: más norteamericana en la memoria, músicos, celebridades, programas de televisión, cine; más mexicana en el carácter paralítico y la recurrencia de las revoluciones fallidas. Incluso es evidente el centralismo de la nación en la trama: el viaje comienza cuando Tomás (Sebastián Aguirre) llega a la Ciudad de México, que no es sólo la capital, sino el espíritu del país. Ruizpalacios encuentra a México escondido bajo el rock norteamericano, el marxismo alemán, la picaresca española y acaso la odisea griega. Entre lo uno y lo otro está el todo.
Como hermanos, Tomás, un adolescente güero, y Sombra (Tenoch Huerta), un joven moreno, representan la dualidad cultural de México: física y psíquicamente opuestos, este yin yang sintetiza la identidad nacional. La sorpresa que causa su parentesco expone el muy ignorado racismo mexicano, resultado de aquel origen de confrontación y mescolanza renuente entre españoles e indígenas. Ruizpalacios penetra en la consciencia nacional sin juzgarla; la muestra con la naturalidad de quien no sólo vive en ella, es parte de ella. Esta noción no de lo observado o de lo comprendido, sino de lo experimentado, abunda en Güerosy nos introduce en las complejidades de la dualidad mexicana.
La ciudad y los hermanos tienen tanto en común que sugieren ambos un espejo hacia la otra orilla: el güero y el moreno viajan por Santa Fe y Taltelolco, se juntan con los cineastas ricos y los universitarios pobres mientras usan la playera de Bob Dylan y buscan a Epigmenio Cruz (Alfonso Charpener). La visita a Cruz alude a la que le hizo Bob Dylan a Woodie Guthrie, pero el descubrimiento casi arqueológico del salvador del rock nacional, olvidado y borracho en una pulquería, es el enfrentamiento con una herencia mexicana. «Con tu música entendí lo que mi papá entendió», le dice Sombra, emocionado, en busca de un autógrafo. Epigmenio se queda dormido. Este chasco, junto con la descripción que hace una antigua amante de Epigmenio, «siempre echa todo a perder», son el lamento ante la promesa y la desilusión de la historia de México.
En otra escena, la voz norteamericana a través de Sombra recita el famoso «preferiría no hacerlo» de Bartleby para explicar lo mexicano. Las palabras de Herman Melville resumen la parálisis de la UNAM y de todo México. La huelga universitaria funciona como un símbolo de la inactividad nacional tras la farsa del Mexican Moment. El paro del paro que inician Sombra y su amigo, Santos (Leonardo Ortizgris), representa la apatía ante la pobreza intelectual de los universitarios que cierran una asamblea gritando: «¡Chichis, chichis!». Si la acción es insuficiente, creen ellos, la única solución es el exilio. Sombra suma estas actitudes y se nos aparece como un perfil de lo nacional y de la juventud. Ambas afiliaciones lo hacen culminar en una evacuación de sí mismo ante la catástrofe que demanda su acción. Sus ataques de pánico y sus visiones conjuradas por la droga reflejan su pánico ante el mundo en escenas visionarias. Ruizpalacios utiliza el sonido, entre la ciencia ficción de los años cincuenta y el ruido de la desconexión telefónica, para incluirnos en el ambiente paranoico al interior de Sombra. Él no es simplemente perezoso: está aterrorizado.
El amor de Sombra por Ana (Ilse Salas), una joven universitaria de piel blanca y con una posición social más alta, también es representativo del racismo antes mencionado y del clasismo. En Güeros, sin embargo, no hay victimización alguna, sólo una comprensión del intrincado ser nacional que, por un lado, se queja de ser discriminado aun cuando no lo es, y, por el otro, discrimina cuanto desconoce. En la fiesta de estreno de una película, Sombra ataca a la cinematografía nacional, compuesta, según él, por niños ricos que filman vagabundos en blanco y negro, pero ni siquiera ha visto el filme celebrado. Cuando Ana le pregunta por qué nunca le ha esclarecido sus intenciones, él contesta: «Ya sabes». Dado su carácter, podemos asumir que se trata de un complejo de inferioridad. Tomás lo cuestiona y lo ayuda a superar sus inseguridades como la otra mitad, la otra voz, que genera el equilibrio entre ambos.
Tras reintroducirse en los intestinos de la UNAM y sobrevivir el fiasco de Epigmenio Cruz, además de la experiencia de Tenochtitlán en sus cuatro hemisferios, Sombra enfrenta en el centro, que los mexicas pensaban era otro punto cardinal, un último golpe. La desilusión final recibe una respuesta inesperada, distinta, no resignada, sino abierta al mundo: una sonrisa. Incapaz de cambiar su entorno, de corregir los vicios de México, Sombra se admite ínfimo, finito y mortal. Su gesto es el resultado de la experiencia y del descubrimiento más importante de la juventud: no vivimos para transformar; morimos transformados. Ruizpalacios propone como primer paso hacia el futuro la madurez. El adolescente y México se encuentran y se abrazan, son uno, y la solución de ambos es también una: crecer.
Son diversos los artistas que han trabajado sobre y desde las fronteras. Sin embargo, Chantal Peñalosa (Baja California, 1987) ha encontrado en el tiempo una estructura poética que funciona críticamente ante las condiciones neoliberales que reconfiguraron la economía y la comunidad de Tecate en los últimos años.
Las últimas fronteras, dice Peter Sloterdijk, ya no son las que parecían ser en otro tiempo; el sustento que ofrecían era una ilusión cuyos creadores somos nosotros mismos: esta notificación de pérdida (técnicamente: la des-ontologización de los márgenes firmes) es el disangelio de la Edad Moderna. La promesa de modernidad que alguna vez representó Tecate y otras ciudades fronterizas ha devenido en yermo.
La dimensión del tiempo vivido y en algunas ocasiones, nuestra propia historia como sujetos, nos permiten reconocer intereses que tenemos actualmente. A partir de tu relación con ese tiempo vivido y tus desplazamientos en la frontera: Ensenada, Tecate y Tijuana…, quizás podríamos rastrear tus estrategias artísticas.
Mi mamá es de Ensenada, por lo que mi hermano y yo íbamos frecuentemente allá cuando éramos niños. Visitábamos a nuestro abuelo que estaba enfermo de cáncer y mi mamá tenía que cuidarlo a veces. Para nosotros era esperar en el otro cuarto tratando de situarnos y depender de ese tiempo familiar. Más tarde, cuando entré a estudiar a la universidad en Tijuana, estuve yendo y viniendo todo el tiempo; súper pesado porque me levantaba a las cinco o cuatro de la mañana para tomar un camión, llegar a las siete, luego salía de la universidad a las tres y me esperaba hasta las cinco de la tarde porque era cuando pasaba el camión. Llegaba a Tecate casi a las ocho de la noche para hacer tarea. A mitad de la carrera me fui a vivir a Tijuana y cuando terminé la universidad regresé a Tecate y comencé a trabajar en medio de la crisis que te da saliendo de la escuela: «¿Y ahora qué?» Y pues era trabajar con lo que tenía a la mano y no pensar en grandes cosas o limitarme por carecer de materiales o espacios; fue cuando me enfrenté a mi realidad inmediata, al contexto en el que me desarrollo.
Fue cuando entraste a trabajar al restaurante del cual surgió La rutina de un tenedor y otras obras más. El tiempo que tú empleas e irrumpes es uno draconiano formado por la narcoguerra y el flujo de capital.
Sí era muy complicado, muy difícil: era pararte frente al tiempo. Ahí empecé a pensar, gracias a ese tiempo donde no había nada, en qué construía esa nada. Empezaron a surgir una serie de preguntas respecto a donde yo estaba situada. Mi trabajo ya no era el de una mesera, sino el de alguien que espera, nada más. Me gusta pensar en cómo se pueden asociar estas dos palabras: espera y esperanza. La esperanza con la cual esos lugares siguen abiertos —no sólo el restaurante en el que trabajaba— y que hay algo que los mantiene así más allá de una cuestión económica; un poco lo que tú dices. No lo veo reflejado únicamente en mi experiencia como habitante de Tecate, sino también en la gente. A veces me parecía bastante trágico que mi mamá —que también trabaja en Tecate— me dijera: «Es que en Tecate no hay nada, no pasa nada; Tecate es un lugar para esperar la muerte».
Pero fue un momento de tu vida que te permitió pensar y encontrar otras maneras de representar las problemáticas que abordas, un ejemplo de ello es Atrapar la mosca; una pieza con gran carga poética sobre la economía y la violencia en Tecate.
Me interesó pensar el tiempo que se da por hecho a partir de la cotidianidad y el habitante. Si yo estoy viviendo en Tecate y soy de aquí, quiero ver desde dónde se construye un contexto en términos de representación. Empecé a ver qué me interesaba de ese tiempo o a partir de dónde situarlo. Después de 2008 se suscitó la guerra contra el narco que alteró el hacer y el estar en las zonas fronterizas: dejó de existir un flujo comercial, ya no había turista y eso era una gran fuente de ingresos en Tecate, Tijuana, Ensenada. Todo eso se vio reflejado en los trabajos; esas condiciones socioeconómicas modificaron las maneras de estar en un lugar (en este caso las del restaurante y el tiempo de estar trabajando ahí), lo que implicaba —a mi parecer— una problemática de cómo nos aproximarnos a estos conflictos desde el lugar en donde suceden. Me parecía que había una idea sobre la noción de violencia muy mediática que generaba un acuerdo sobre cómo abordar, qué pensar y cómo relacionarnos con estas ideas e imágenes, algo que me parece peligroso.
Un elemento importante de tu trabajo es la corporalidad y cómo la asumes o la dispones. Pienso en Sobre la avenida México donde confrontas el espacio fronterizo (espacio de violencia). Utilizas tu corporalidad como elemento topográfico, desmontando —simbólicamente— el ejercicio de poder y vigilancia del imperio estadounidense; la Border Patrol… O con el proyecto que estás realizando con la beca BBVA-Carrillo Gil.
Entender la acción a partir del gesto que está ocurriendo significa el «cómo yo entiendo el cuerpo en la documentación». Cuando estoy confrontando a la patrulla, como dices, necesito de mi cuerpo completo para hacerlo. En el caso de los bostezos, el gesto es de la boca, los labios. Pensando en la lógica de la que me hablas, de cómo he estado trabajando el cuerpo en el proyecto del BBVA-Carrillo Gil, estoy pidiéndole a 100 habitantes de Tecate que me hablen sobre cómo entienden su cuerpo cuando van a un centro comercial. Han estado haciendo pequeñas narraciones, descripciones o instrucciones. La acción consiste en que yo me vuelvo 100 cuerpos que deberían estar ahí, pero no están. La documentación visual parte de los reflejos de las vitrinas ¿sabes? Como si fuera un juego de dos imágenes: la vitrina, que está mostrando que no hay nada o lo poco que queda adentro, y la arquitectura del lugar habitada por alguien que está ahí, que se vuelve casi un espectro.
En ese sentido, tu obra también desdibuja y desmantela la mirada instrumentalizada.
Eso que dices me recuerda lo que decía Octavio Paz sobre la imagen en los espejos: «El espejo nos presenta una imagen fugitiva, perecedera, se desvanece. Los espejos no tienen memoria». Me gustaba eso que pensaba; contaba que cuando era chico vivía en una casa de la que se iba a mudar, o se había mudado a una casa, miraba un espejo y se preguntaba: ¿Cuántas otras personas se habrán visto aquí? Es algo que no se puede saber porque es una imagen de un instante; creo que tiene que ver con los reflejos que estoy trabajando aquí. Si bien no es un espejo como tal, esta imagen es un instante que no se queda en un reflejo ni en este aparador, es algo que sólo se queda un momento y ya no vuelve.
Las estrategias artísticas de tu trabajo tienen varios referentes, entre ellos los personales —como lo hemos platicado— pero sin duda, el manejo del tiempo (más allá de constituir el andamiaje conceptual de tus piezas) tiene un gesto literario que encontramos en varios escritores. Si tu obra fuera un cuento de Borges o Vila-Matas, ¿cuál sería?
Me gusta pensar más en uno de Bolaño que se llama El gusano. Trata de un morro que anda en las librerías buscando algunos títulos y de repente empieza a notar una figura en la alameda: un señor que tiene un sombrero y que siempre tiene la misma ropa. Se encuentran y empiezan a platicar. Entonces el señor al quien le dicen El gusano, empieza a contarle un poco al morro sobre cómo sucede el tiempo allá en Sonora (a mí me gusta entenderlo así) y el morro le empieza a preguntar: «¿Y qué hace la gente allá con su tiempo?» —así como tú me estás preguntando—. Él le empieza a decir: «No pues, mucha gente en las tardes nada más se queda viendo el horizonte, allá entre los cerros, sin hacer nada, sólo ver». Y este morro le pregunta: «¿Y qué esperan ver?» El gusano dice: «No sé, una verga, yo que sé».
A menudo, el arte se convierte en una herramienta para reconstruir el tejido social y arrojar nuevos aires a zonas que son consideradas por convención, prejuicio o realidad, focos rojos. A través de la Fundación CEDAT (Centro de Desarrollo y Atención Terapéutico), Arte en Calle es un movimiento pensado para que los jóvenes de esas zonas puedan desarrollar sus habilidades en diferentes ramas artísticas.
Nuestras ciudades nacen, crecen, se reproducen y, cuando llega el momento, mueren. Esas ciudades son una especie de cadáver exquisito: a veces en una cantina, en algún museo o en la casa de la abuela, observamos las fotos en sepia o blanco y negro de aquellas calles empolvadas, de los monumentos antiguos marcando los límites que fueron la bienvenida o despedida de la ciudad y que hoy sobreviven estoicos e inmóviles entre el tráfico cotidiano por el que transitamos. Nos movemos de un lado a otro, casi siempre sobre las mismas calles, sin cambiar demasiado la dirección. De casa a la escuela, de ahí al trabajo, del trabajo a casa, o al café que nos gusta, o a casa del amigo, y se acabó. Al final, siempre queremos llegar a un lugar que conocemos. Hace tiempo nos pusimos límites, dibujamos un cuadrito y dijimos “yo me muevo aquí”.
En Guadalajara existe una avenida que ha marcado los prejuicios de la ciudad. Guadalajara cambia si te mueves después de la Calzada o antes. Llegué hace once años desde el norte a vivir en esta ciudad y todavía no me queda claro cuándo estoy de qué lado. Y más: ¿quiénes viven en dónde? ¿Los de allá le llaman a su lado “acá” o le siguen llamando “allá”? Dudas territoriales que se mezclan con las existenciales.
He escuchado a varias personas que cuando alguien los cuestiona sobre la seguridad de la ciudad o sobre la lucha diaria de atravesar grandes distancias y compartir su hogar con tantísimos seres humanos, ellos responden “es que uno hace su círculo, uno establece sus rutas y sabe por dónde moverse, y así vives a gusto”. No sabemos qué hacer con nuestras ciudades o cómo vivirlas porque son un ente viviente que en algún punto ya no conocemos ni controlamos, y eso nos asusta. Del desconocimiento viene el miedo, del miedo viene el prejuicio… y ahí es donde nos encerramos. Llevo once años pensando que si me muevo entre ciertas calles de Guadalajara voy a vivir segura, con planes de ahorrar para viajar a otros países, pero sin conocer a fondo la ciudad que rodea mi pequeña existencia y descubrir lo que me podría decir de mí y de aquellos con quienes la comparto.
Me gusta creer que las ciudades todavía pueden ser nuestras, aunque sean enormes, y que debemos rebelarnos ante la idea del encierro, que debemos salir a reclamarlas. Existe un proyecto en Guadalajara que me ha hecho sentir y pensar que esa creencia es real. Hace unos meses conocí Arte en Calle, movimiento social conformado por jóvenes de distintos municipios de la Zona Metropolitana de Guadalajara, que promueve el arte urbano como estrategia para prevenir la violencia. Este proyecto nació en Fundación CEDAT (Centro de Desarrollo y Atención Terapéutico), una organización que trabaja para demostrar que la violencia es un tipo de cultura basada en lo que la gente cree que “es” y su idea de “lo que debe hacer” para ser eso. Con esta idea presente, CEDAT desarrolla e implementa proyectos sociales en varias colonias consideradas con alto índice de violencia en la Zona Metropolitana de Guadalajara.
Arte en Calle está enfocado a jóvenes que desde los lugares más “violentos”, o más olvidados, utilizan el arte urbano y el hip-hop para expresar todo lo que quieren decir e inspirar a otros. Entre ellos hay talentos inolvidables: está Leazzy, una rapera de veintiún años con más de cincuenta mil personas que la siguen en las redes sociales, sin haber grabado un solo disco; los grafiteros que sueñan en grande y lo plasman en fachadas de edificios de departamentos junto con los vecinos de la cuadra; los chicos que a diario chambean en un banco, en la construcción, repartiendo pizzas, y que al llegar a casa se sientan a escribir, a pensarle, a rapear.
El proyecto es un movimiento que tiene el objetivo de que los mismos jóvenes que ahora comienzan a darle forma se apropien de él, lo sigan desarrollando, lo compartan con otros jóvenes y lo utilicen como una ventana para salir a gritar todo lo que son, en su casa, en su calle, a su manera. ¿Para qué? Para recibir, tal vez, un grito de vuelta desde una ventana al otro extremo de la gran ciudad, o para que alguien que va caminando por ahí, escuche y se sienta identificado. Para construir puentes que nos atrevamos a cruzar, fuera de nuestro perímetro de comodidad y seguridad.
Arte en Calle tiene muchos planes y muchas manos para llevarlos a cabo. Algo de lo que ya se ha hecho dentro del movimiento es construir un estudio de grabación al que se nombró 4×4, en el que se grabó un disco de trece canciones con raperos de diferentes colonias que forman parte de los polígonos de alta violencia en la ciudad. Los chicos no rebasan los veintidós años, la mayoría de ellos estudia una carrera profesional o ejerce un oficio para poder mantenerse (o ambos). Lo que tienen todos en común son las ganas de arrancarse las etiquetas impuestas, de hablar de lo que son, una necesidad inmediata de cambiar la fotografía mental que pueden tener otros sobre ellos. “El barrio también lee y estudia, también trabaja. Estereotipos de televisión no representan nada”, dice la línea de una de sus letras.
Además de la presentación del disco en un festival de arte urbano, se están planeando varias actividades para los próximos meses: videoclips en colaboración con directores de cine tapatíos, la construcción de una escuela de rap para comenzar a compartir las ideas con otras generaciones, una serie web documental que se pretende estrenar en el 2015, entre otras.
Este es un movimiento auténtico y fresco que no deja de lado la propuesta, el contenido llevado a la forma, una posibilidad de dar el primer paso para conocer lo que hay en el otro, suspender el juicio y salir a la calle con la expectativa de asombrarnos de nuevo. Las ciudades nacen, crecen, se reproducen y algunas mueren. Movimientos como Arte en Calle las mantienen vivitas y coleando.