Tierra Adentro

A partir de una serie de preguntas que funcionan como guía, Juan Carlos Hidalgo dirige esta conversación entre músicos y periodistas en la materia que intenta abarcar el estado actual del rock en nuestro país. El estilo, las influencias, el idioma y los cambios generacionales son algunos de los temas aquí desarrollados.

 

 

JUAN CARLOS HIDALGO

[EN ADELANTE EN AZUL]

No podría resultar más simbólica y significativa la frase con la que Juan Villoro respondió a la ovación de sus seguidores, cuando en diciembre pasado se presentara con el espectáculo Mientras nos dure el veinte, junto a los Caifanes Diego Herrera y Alfonso André, Federico Fong de La Barranca y el guitarrista Javier Calderón. A manera de conclusión de las dos noches en El Museo del Chopo musicando sus cuentos —principalmente del libro Tiempo transcurrido—, el también crítico de rock expresó: «No estábamos preparados para el éxito, sólo para el fracaso».

Y es que el rock mexicano parece siempre ir en contra, imponiéndose a detractores que también proceden de su propio feudo. En nuestro país se editan más discos de los que se cree, pero es difícil encontrar cifras fidedignas. El rock es al mismo tiempo una obra de arte y un producto comercial —su naturaleza es ambivalente—. Con el tiempo se ha multiplicado exponencialmente, no sólo en calidad y cantidad sino en el contacto con otros subgéneros con los que se relaciona (de lo experimental a la cumbia).

Al rock mexicano se le acusa de machista y le salpica la misoginia de cierta parte del rap; acusa tensiones entre las clases sociales y —como el resto del país— es en parte discriminatorio; evidencia una separación ideológica entre las nuevas generaciones

y las viejas figuras. Sólo aquí un grupo punk marginal puede rechazar la atención mediática; el rock mexicano pretende proyectarse al futuro prestando poca atención a la tradición local y a la revisión de la historia, y aun así es una oportunidad de negocio y un espacio de identidad ideológica. A veces ignora que es importante su relación con otras disciplinas artísticas —como la literatura— y se preocupa poco por el manejo del léxico y la sintaxis. Pero, se ha afianzado como una de las escenas más atrayentes no sólo para el resto del continente sino para todos los hispanoparlantes.

Siguiendo el dicho de Andrés Calamaro: «Es casi tan lindo hablar de música que hacer música», un grupo de periodistas confluyen para disertar acerca de diferentes tópicos que marcan nuestra actualidad roquera. El grupo pretende reunir distintas generaciones y perfiles, además de evadir al centralismo y sumar voces del interior del país. La conversación es una práctica en la que la civilización se opone explícitamente a la barbarie. Iniciamos:

Hace no mucho Juan Villoro declaró que al rock mexicano le hace falta un cambio generacional; esto causó fuertes polémicas en foros, blogs y otros espacios. ¿A qué se deberá que provocara tanta molestia? ¿Acaso no es una necesidad evidente de la escena nacional?

ENRIQUE BLANC: El malestar ocasionado por Villoro puede obedecer a su desconocimiento de lo que realmente está sucediendo en el país en lo que al rock respecta. Sí creo que hay un cambio generacional entre, digamos, Maldita Vecindad y Ampersan. De hecho, veo con mucha claridad que el advenimiento de internet generó una ruptura conceptual entre los roqueros de la generación surgida con «Rock en tu idioma» y subsellos como Culebra y Manicomio, y los que llegaron después. Fue la generación MySpace, en principio, la que volvió a considerar hacer letras en inglés —cuando eso ya estaba superado años atrás— y a pensar que podían conseguir atención fuera del país. Pocos lo lograron (Le Butcherettes y Lorelle Meets The Obsolete). Posteriormente ha surgido una generación que aprendió las ventajas que ofrece la web, así como de la aventura que significa ser independiente, y está dando frutos.

A esta generación pertenecen Pumcayó, Belafonte Sensacional, Los Mundos, Troker, Centavrvs, entre muchas otras agrupaciones que aportan a una oferta que ha crecido de manera impresionante. Por eso es cada vez más complicado destacar. Sin embargo, me parece que hay frutos importantes ya en esta generación, que han aprendido a asumir su quehacer artístico y a transformarse, de un proyecto musical, en una empresa que los empuje y los saque adelante, cosa que no existía en el pasado.

BELAFONTE RAMÍREZ: No sólo es una necesidad, es algo que sucede todo el tiempo y está sucediendo ahora. A veces se nos olvida que el rock es más que música; es un espíritu juvenil cuya naturaleza lo obliga a cambiar constantemente y a renegar del pasado. Habría que ponerle atención a eso y dejar de escuchar lo mismo una y otra vez, dejar de escuchar la radio y ponerse a escuchar al vecino, ir a los toquines: ahí está la grasa.

La molestia, supongo, tiene su origen en el desconocimiento de Juan Villoro de una nueva generación que está haciendo el rock and roll del siglo xxi en la Ciudad de México. Podría decirle a Villoro que lo que hace falta es un cambio generacional en la literatura mexicana, pero también ya está sucediendo en las editoriales independientes y en jóvenes escritores que todavía no han sido descubiertos por Alfaguara o una de esos sellos.

VICENTE JÁUREGUI: Convendría poner en contexto la declaración de Villoro, pues él habló de bandas como Café Tacvba y Molotov, es decir, bandas consagradas, y la respuesta del gremio periodístico replicó mal. El argumento general de los periodistas estaba basado en bandas con indudable propuesta pero con muy poca popularidad. En ese sentido creo que Villoro tiene razón, pues es indudable que hay muchas bandas y escenas sucediendo al mismo tiempo, pero dentro de ese semillero no hay ninguna que se pueda considerar verdadera representante de una generación como tal, al menos no al nivel de las bandas a las que Villoro aludió. El Vive Latino es un ejemplo claro: después de Zoé, no existe ninguna banda mexicana que pueda ser headliner del festival y tener a sesenta mil personas esperando a las once de la noche. Todas las bandas encargadas de cerrar los escenarios principales son de la vieja guardia y, en ese sentido, es preocupante la falta de bandas grandes, con un nivel de convocatoria más amplio y un repertorio que rebase el éxito efímero del sencillo afortunado. Muchas bandas están virando hacia lugares sonoros inéditos en la escena nacional, pero carecen de canciones que perduren y que realmente impliquen ese relevo generacional que, honestamente, urge.

Y así es notorio que la edad de los miembros de muchos de los grupos emergentes está por debajo de los treinta años. ¿Será que conocen y respetan la tradición de la que proceden, o de plano la ignoran? ¿Harán lo mismo con la historia del rock en general?

ALEJANDRO MANCILLA: Con la llegada de internet, las influencias se multiplicaron, pero eso las hace más obvias e, irónicamente, más homogéneas. Es más difícil ser original en un tiempo en que la tendencia es el reciclaje. Apelar al pasado es lo más fácil, pero no todas las bandas tienen ese respeto y se quedan en la superficie. Aunque, a propósito de eso, creo que no necesariamente se tiene que estar en deuda con los antecesores: a las bandas nuevas les tocó un contexto más globalizado y el concepto de escena local está desapareciendo junto con las fronteras. La utopía de un rock mexicano con elementos folclóricos, que a veces resultaban en experimentos con cierta identidad, se ha ido diluyendo entre las nuevas generaciones. Quizás algún grupo se atreva a recuperar el México perdido como lo hicieron tantas bandas del pasado reciente, pero por lo pronto abundan los anglicismos hasta en el modo de bautizar a sus grupos.

BR: La nueva generación está más informada y tie­ne más recursos; reconoce su historia y valora lo que en su tiempo no se tomó en cuenta. La nueva generación está haciendo una música propia, ingeniosa, rebelde, violenta y honesta.

VJ: En mi experiencia, al entrevistar bandas emer­gentes, una constante es que su atención está dirigida hacia lo que pasa en otros países. Cuan­do hablan de bandas nacionales siempre se refieren a las mismas vacas sagradas, jamás citan a bandas que hayan existido antes de los noventa. A la mayoría lo que precedió a MTV Latino les resul­ta tedioso y, por lo tanto, indiferente. No ocurre lo mismo con la historia del rock anglosajón, de la que su música trata de abrevar. Hay una idea mucho más amplia y de interés genuino por parte de las bandas con miembros menores de treinta años.

EB: No hay que ser un intelectual para hacer buenas canciones de rock. En su mayoría, los músicos que han destacado en el rock no tienen un grado de estudios que pueda presumirse. La magia del rock es que ha permitido a mentes muy desarrolladas y creati­vas, y obviamente distantes de la academia, demostrar su genio y originalidad para decir las cosas. Allí están, entre otros, Bob Dylan, Ray Davies, Tom Waits. Creo que todo músico de rock abreva del pasado y que en su interés particular estará la justificación de sus predilecciones. No tienes que mirar necesariamente a tu propia tradición para estimular tu creatividad. Claro, hay un sentido de pertenencia y reconocimiento en el hecho de que Café Tacvba rinda homenaje a Jaime López, por ejemplo, o incluso a Los Tres. Lo mismo puede decirse del relevo que Belafonte Sensacional ha tomado del rock rupestre. Pero me parece suficiente que a un gru­po como Troker lo inspire la obra de Medeski o Martin & Wood para hacer música propia y original. Querer intelectualizar al rock es negar el aporte que grupos como Ramones o Sex Pistols le han dado al género.

A finales del año pasado el periodista Alejandro González contactó al grupo de punk Mujercitos con la intención de en­trevistarlos; los músicos declinaron la oferta y, entonces, Gon­zález decidió escribir un artículo. Una vez publicado, la banda contactó al autor para expresar su molestia porque habló de ellos. Una vez más, el sainete en las redes sociales no se hizo esperar. ¿Será tal actitud algo sintomático de ciertos sectores radicales que existen en el país? ¿En el rock sigue existiendo un problema de clases sociales?

EB: Más que rivalidades o distanciamientos entre clases sociales, yo hablaría de las ri­validades y distanciamientos que hay en­tre las tribus que veneran tal o cual estilo musical y la apertura que han aprendido a tener hacia lo ajeno. Nadie va a negar que el metal y el hip-hop son mundos aparte, con sus reglas propias, que cohabitan a distancia; casi no se tocan y sus seguidores fie­les son incluso reconocibles a los ojos de los demás por su ves­timenta y hábitos. Si analizamos la actitud de Mujercitos, muy ligada a los principios punk de la subsistencia en la marginali­dad, ésta puede justificarse. Yo diría que eso ya está muy rebasa­do, aunque respeto y entiendo su militancia. No olvidemos que el grupo emblemático del género, los Sex Pistols, detonó la carrera del documentalista musical por excelencia, Julien Temple. Los estilos musicales también evolucionan y tienden a intercambiar señas de identidad con el fin de transformarse y adaptarse a los nuevos tiempos. Recuerdo la época en que aquellos que tenía­mos a la guitarra eléctrica como el símbolo inequívoco del rock renegábamos del uso de tecnologías electrónicas. Hoy en día na­die se acuerda de aquella polaridad prejuiciosa.

BR: El problema de las clases sociales existe en el rock y en el mundo, pero a mí me emociona que una banda diga «no», que tenga esa conciencia y esa coherencia: otro síntoma de que ya hay un cambio en la forma de hacer y de decir en la escena nacional.

AM: Creo que en este caso fue una cuestión más de pose que de auténtica radicalidad. Me pa­rece válido cuando se obedece a una postura real de marginalidad: si ellos no quieren estar en ciertos medios, es parte de su propuesta o anti-propuesta. Y claro, el rock sigue siendo clasista, de influencias y de amigos, pero eso ocurre en todo el mundo. En México el elitismo se nota hasta en la distri­bución de los géneros; por ejemplo, el metal abunda en la perife­ria, lo mismo que el llamado género urbano. Hace años salió un libro fotográfico, Sonidos Urbanos, que delimitaba a las bandas por zonas geográficas. Los datos que arrojó fueron interesantes, así como las influencias de los grupos defeños y los estilos musi­cales por colonia.

En una sociedad globalizada, y tomando en consideración a la diversidad cultural, pareciera que a fin de cuentas lo que importa es la calidad en la propuesta de un grupo por encima del idioma en que cante; ¿debería ser éste un asunto para se­guir discutiendo? ¿Hay que restarle méritos a los grupos que no cantan en español cuando no aplicamos el mismo criterio a los grupos instrumentales, a los de lenguas originarias o a los que incluso inventan la suya?

VJ: Es una discusión que parece importarle más a los agentes externos que a las mismas bandas, aun­que en realidad se trata de una pregunta para las bandas porque, en definitiva, si se busca cierto flujo de capital, el inglés resulta un obstáculo en nuestro país. Son contadas las bandas que han logrado internacionalizarse cantando en inglés, y casi nulas aquellas que han trascendido o rebasado la categoría de nicho en México. No es cuestión de restarles méritos, aunque en ocasiones muchas bandas confiesan que cantan en inglés por­que es más fácil y resulta más conveniente abrir su discurso en un idioma ajeno.

AM: Todo está en función de la calidad de la pro­puesta y hasta del género. A una banda que haga música bailable o irónica, se le perdona (si es que hubiera algo que perdonar) que lo haga en inglés; por ejemplo, nadie se lo reprocha a Plastilina Mosh ni a Quiero Club, pero su música es más bien festiva. Si una banda quiere ser to­mada en serio y decir algo más allá de la música y el beat, creo que sí debe tener un discurso en español. De lo contrario, no pasará de ser una banda divertida que no dice nada. Y sí, creo que el asunto amerita más discusión. En Argentina, durante la prohibición de escuchar música con letras en inglés (en medio de la Guerra de las Malvinas), floreció un movimiento de ban­das brillantes que demostraron que se podían hacer buenas le­tras en español. En México me pareció loable la iniciativa de que sólo grupos hispanoparlantes pudieran tocar en el Rockotitlán en los años ochenta. Creo que, más que nacionalismo, es pura congruencia. Los grupos mexicanos que hacen letras en inglés se defienden diciendo que lo que ellos escuchan es en ese idioma y que es más fácil hacer letras en inglés. Pero es cuestión de ver más allá, de identificarse con su contexto, de leer, de tener refe­rencias culturales con su entorno. Ya hay muchas bandas que, trascendiendo el pastiche del «Rock en tu idioma», han logrado hacer grandes letras en español, así que no hay pretextos.

BR: Cada quien es libre de cantar en el idioma que se le pegue la gana, ¿para qué limitar el canto?

EB: Al ser subjetivo, el tema de la calidad mu­sical es interminable. Para mí, una de las bandas más virtuosas son Los Lobos, quienes lo mismo interpretan estilos del folclor mexicano que rock de raíz, e incluso se atreven a entrecruzar ambos mundos. Si cantan «La Bamba» me parecen estupendos, del mismo modo que cuando interpretan «Cumbia raza» o cualquiera de sus te­mas más roqueros. En lo suyo no hay límites, pero sí me parece interesante que su obra parte de la doble realidad que experi­mentan al ser hijos de mexicanos viviendo en Estados Unidos. Pareciera que más que ver con la calidad, el argumento a dis­cutir está ligado al principio de honestidad y pertenencia, así como al de la inventiva; valores que se aplican a todas las artes. La belleza de una propuesta arranca en el sentido de pertenen­cia que desarrolla dadas las condiciones en las que surge, por eso es que los roqueros mexicanos que cantan en inglés me resultan menos interesantes que los que lo hacen en el idioma en que se comunican cotidianamente. Pero nadie puede negar que hay casos excepcionales. ¿Por qué veneramos a Björk si no canta en islandés o a Air si no lo hacen en francés? En días recientes, por ejemplo, me ha llamado mucho la atención la propuesta de Ibe­yi, esas gemelas radicadas en París, de ascendencia cubana, que han decidido cantar en inglés. No obstante, si bien en algunos momentos uno podría imaginar que más bien radican en Nueva York, el componente cubano que tiene su música no sólo les da identidad, también habla a favor de su creatividad. Que canten en inglés y no en castellano o francés, en su caso, no me provoca comezón alguna.

A propósito de la globalización, ¿continúa siendo deter­minante el contexto donde surgen las bandas para su de­sarrollo, concepto y estilo musical? Es decir, ¿todavía hay diferencias estrictas entre grupos surgidos en distintas zo­nas socioculturales? ¿Dejó de ser relevante el concepto de escena regional?

AM: Internet está matando la escena regional debi­do a que las bandas toman sus influencias de lo que ven y escuchan en la red. Antes dependía de cuántas tiendas de discos hubiera en tu ciudad, de la escuela a la que ibas, de que un amigo viajara, o de cierto círculo social. Hoy todo es un poco más promiscuo; sin embargo, hay grupos interesantes que retoman muchos elementos de la zona donde crecieron y los reflejan en su música, tanto como hay otros que pretenden hablar como si hubieran crecido en Manchester aun­que no hayan salido de la Ciudad de México.

VJ: Con internet se comenzó a diluir ese concepto, pues una banda de Uruapan puede escuchar lo mismo que un chilango. Así surgen proyectos con influencia de britpop o de math rock en cualquier parte de la Re­pública. Sin embargo, hay personajes como Juan Cirerol, colec­tivos como Nortec, bandas como Sonex, que aún deben mucho a su geografía.

EB: A veces, incluso, la pertenencia a una geo­grafía particular condiciona las formas de expresión de sus nativos y, entonces, po­dríamos aventurarnos a decir que: ¡no hay manera en que un mexicano pueda sonar como un inglés aunque ambos abracen la misma guitarra! Algo así se contaba sobre Javier Bátiz, quien, por más que se esforzara por cantar como John Lee Hooker, ter­minaba sonando como Tin Tán. Para su generación quizás eso fue percibido como una desventaja, pero a través del tiempo se convirtió en un signo de identidad. Como ellos mismos lo han ma­nifestado, los Tinariwen han querido ser los bluesmen africanos, pero su manera de entender el género les ha dado un sello muy particular que, aunque nos evoquen a cualquiera de los músicos de blues americanos, hace que suenen a ellos mismos y eso es lo que les ha dado un lugar propio en el universo musical. En otras palabras, el contexto en el que surge un artista lo influye por más que éste desee esconderlo. Es ahí donde surgen las contradiccio­nes y donde es evidente quién pretende ser el Mick Jagger de su región y quién es simplemente él mismo.

¿Habrá algo inherente a la música que complique que las ban­das nacionales se escuchen fuera de México? El talento de exportación es contado, pero ¿será que esperamos que se co­loquen en países muy importantes y no tomamos en cuenta que tal vez penetren en escenas emergentes de Centroamérica y otras partes del continente?

AM: Sí, para que un grupo pegue en un escenario invadido de clones debe ser muy original y re­flejar sus raíces. Por más bueno que seas, el público siempre va a querer escuchar algo diferente a lo que se hace en su país. ¿Qué sentido tiene sonar como los grupos que Pitchfork ensalza diariamente, cuando hay miles de bandas lo­cales que suenan así y que tienen la ventaja de componer letras que dicen más que las de unos extranjeros que quieren ser como ellos? El rock mexicano debe mirar hacia dentro antes de querer ser portada de NME. Hay un público inmenso en Latinoamérica y España como para pretender ser la última novedad en Londres o tocar en un festival y desaparecer. Creo que es más trascenden­te un grupo que deja huella en su escena local, que se forja con su gente, que salir en un blog como la recomendación del mes.

VJ: Las bandas que más posibilidad tienen de trascender en países «importantes» son aquellas cuyo sonido muestra alguna influencia de folclor. Quizá a un francés no le in­teresaría Zurdok, pero sí Café Tacvba o Nortec. Caifanes resulta desconocido en Rusia pero no Molotov, y su manera tan peculiar de ser los Beastie Boys en espanglish. Zoé puede ir varias veces a Europa, pero su sonido es tan ordinario allá que Sonido Gallo Negro en menos de dos años logra un mayor impacto. El merca­do latinoamericano es muy amplio y varias bandas lo han sabido aprovechar. Tiene que ver con la disposición y el presupuesto de las bandas, pues en un primer momento son inversiones sin nin­gún tipo de garantía. Lo que no creo es que las bandas desdeñen una u otra área de oportunidad. Para una banda (cuerda) resulta igual de importante tocar en Chile que en España, me parece.

EB: No puede negarse la existencia de merca­dos musicales alrededor del orbe. Los mú­sicos de hoy deben estar informados sobre ello con el propósito de medir, con base en las características de su propuesta, las posibilidades de éxito que pueden tener. Así se explica por qué es más fácil ver en Coachella a grupos mexicanos como Kinky o Porter que a españoles como Los Planetas, que son parte de festivales europeos celebrados en España con gran inte­rés de audiencias británicas. Cada mercado ofrece características propias y oportunidades a ciertos tipos de proyectos musicales. ¿Cómo puede explicarse que Troker sea una de las escasas agru­paciones latinoamericanas que han repetido consecutivamente en el afamado Glastonbury? Quizá mucho tiene que ver con que su apuesta no contenga letras, así como, obviamente, porque hay calidad y originalidad en su propuesta. Claro, en ocasiones tam­bién surgen casos inexplicables, como el hecho de que El Guincho ganara tanta popularidad en el ámbito electrónico internacional.

Un error muy común de las propuestas musicales mexicanas es que suelen mirar hacia el mercado musical anglosajón, en lugar de hacerlo hacia Latinoamérica. La nueva generación de talentos chilenos es un caso interesante porque, aunque en su país toda­vía no tienen un mercado que pueda considerarse desarrollado, han conseguido llamar la atención tanto en México como en Es­paña, lo cual les ha permitido internacionalizarse en cierta me­dida. Hablo de Gepe, Astro, Javiera Mena, Francisca Valenzuela, etc. Lo curioso es que ahora hay mucho interés, tanto por sellos independientes —el mexicano Intolerancia es uno de ellos—, fes­tivales e incluso periodistas, por trazar redes de comunicación e intercambio a lo largo de un territorio que une a los latinos de Estados Unidos con los mexicanos, los colombianos, los argenti­nos, y el resto de Iberoamérica. Esto, en cierto sentido, significa volver a la idea bolivariana que en otros días hizo coincidir en festivales a Fito Páez con Café Tacvba, Aterciopelados, Los Ami­gos Invisibles, Rubén Blades, Paralamas y Seguridad Social. Hay un gran mercado por desarrollar en Hispanoamérica, y es un reto intentar equilibrar la balanza a favor de una música hecha con dignidad y búsqueda artística en contra de aquella sustentada en maquiavélicos intereses económicos.

BR: El mundo entero necesita saber que el rock mexi­cano no es Maná.


Autores
De los años sesenta tomó la inconformidad recalcitrante; de los ochenta una pasión crónica por la música; de los noventa la pasión literaria. Durante la década de los dosmil buscó la manera de hacer eclosionar todas sus filias. Explorando la poesía ha publicado: Loop traicionero (2008), Suave como el peligro (2010) y Combustión espontánea (2011). Rutas para entrar y salir del Nirvana (2012) es su primera novela. Es colaborador de las revistas Marvin, La mosca, Variopinto e Indie-rocks y los diarios Milenio Hidalgo y Reforma, entre otras publicaciones.
es periodista musical, locutor y productor. Ha colaborado en diversas revistas y periódicos de México y Estados Unidos.
(Ciudad de México, 1982) escribe canciones en una banda emergente llamada Belafonte Sensacional. Han editado dos discos: Le petit riot y Gazapo. Actualmente está grabando una tercera producción titulada Gabinete Maravilla.
(Uruapan, 1978) guarda una duplicidad entre la música y el periodismo. Fue editor de la revista Marvin y es guitarrista de Capo.
es músico, guionista y periodista. Actualmente jefe de redacción de la revista Círculo MixUp y colaborador de diversas publicaciones.
Fotografía por Mike Katzif

 

A veces no se ve nada en la superficie, pero por debajo de ella todo está ardiendo.

Y. B. Mangunwijaya

 

 

En Hear Me Talkin’ to Ya: The Story of Jazz As Told by the Men Who Made It, publicado en 1966, Nat Shapiro y Nat Hentoff hacen ha­blar a los protagonistas de los años dorados del jazz. Ahí, el direc­tor de orquesta Stan Kenton apunta: «Creo que tal vez hoy la raza humana esté pasando por cosas que nunca había experimentado, tipos de frustración nerviosa y desarrollo emocional truncado que la música tradicional es absolutamente incapaz no sólo de satisfacer, sino de expresar». No se trataría de la primera ni últi­ma revuelta artística juvenil, el rock and roll también traería lo suyo al momento de hacer frente a la insatisfacción individual y al poner en tela de juicio el estado imperante de las cosas. En Mé­xico no tardamos en sumarnos al estallido de ese ritmo que anda en una 4×4, incluso se han hecho versiones románticas (algunas ingenuas) de los grandes éxitos de esos «años locos del rock and roll», que arrancaron al finalizar los cincuenta y se prolongaron poco más de un década.

Pero su estela no sería efímera, en el Tercer Encuentro Interna­cional de Escritores en Salvatierra, Guanajuato, José Agustín dio a conocer el texto «Jóvenes, literatura y contracultura», donde resume varios aspectos en los que el rock ha impactado a la so­ciedad mexicana, tomando en cuenta que produjo:

Una redefinición de aspectos básicos de la vida, una revolución cultural cuyo aspecto más visible era la rebelión juvenil en distintos campos políticos, pero que abarcaba la conciencia ecológica, la liberación sexual, un nuevo concepto de familia, la desmitificación de las instituciones; antisolemnidad, antiformalidad y una actitud contestataria ante el sistema, a través del len­guaje, atuendo, comportamiento, gustos y modos de interrelación.

Hoy vivimos con una sensación de vértigo permanente en la que la sociedad se mueve a una gran velocidad y con una multi­tud de fenómenos que ocurren simultáneamente. No se alcanza a distinguir el traslape entre generaciones. Pocos recuerdan que tras el festival de Avándaro, en 1971, se instrumentó una campa­ña oficial de persecución contra el género y sus seguidores que logró mandarlo a los hoyos funky y a la periferia de las ciudades. Sobrevivieron casi a salto de mata.

En los años ochenta, el rock nacional volvió a ganar impulso, visibilidad e importancia mediática, potenciada por la campaña «Rock en tu idioma». (El público joven es un segmento importante para la industria del espectáculo y la mercadotecnia, a la par que el rock es un vehículo identitario, proveedor de ética y estética para sus seguidores). Luego llegó la llamada Generación Zoé, o Rock and Lover, acostumbrada a convivir con mejor infraestructu­ra, tecnología y alternativas de profesionalización. Algunos grupos incluso retomaron el uso del inglés en sus canciones e impulsaron otras variantes instrumentales. Sus figuras comienzan a entrar en la madurez y ya son considerados veteranos.

Actualmente se siente una acometida generacional en la que aflora un conocimiento puntual de las propuestas mundiales y el hecho vital de no estar concentrados en las capitales. Internet provee herramientas para que los artistas se promuevan desde un territorio virtual y tiendan puentes multinacionales.

Sin embargo, a finales del año pasado, Juan Villoro desató una polémica cuando dijo que el rock mexicano requería un nuevo relevo. De ahí nace este informe sobre la actualidad del rock en nuestro país. Para obtener instantáneas fidedignas fue necesario modelar un mapa sonoro en el que cada estado de la República estuviera representado por una agrupación o músico; además, a manera de posdata, integramos a la ciudad de Los Ángeles, Ca­lifornia, y a Nueva York. Así se refleja la diversidad del talento emergente y las diferentes vertientes estilísticas a las que se re­curre en todo el país y en la segunda ciudad del mundo con más mexicanos.

No todo es auditivo, también apostamos por la conversación. Propiciamos un encuentro entre periodistas y músicos de dis­tintas generaciones, una carambola a cinco bandas en la que se abordan diferentes aspectos que complican el desarrollo a nivel grupal y colectivo de la escena. Vicente Jáuregui, Enrique Blanc, Alejandro Mancilla y Belafonte Ramírez disertan sobre un fenó­meno polimorfo y cambiante.

Por su parte, Luis Arce habla de los problemas del rock mexica­no; Alejandro González hace una pesquisa y se pregunta cómo se maneja un músico que apuesta por la independencia; y finalmen­te, Aarón Enríquez ofrece un panorama del rock indígena, cuyo sondeo combina tradición y modernidad al tiempo que exalta y aprovecha nuestra riqueza lingüística.

Este es un reporte amplio que muestra los vínculos del rock con otros géneros, como el hip-hop y la electrónica, a lo largo y ancho de la República. Las propuestas aquí presentadas son ex­presiones culturales jóvenes que hacen suyos, sin prejuicios, los mecanismos de los tiempos que corren. No hay que tener miedo a señalarlo: el rock nacional se proyecta al futuro con arrojo y atrevimiento.


Autores
De los años sesenta tomó la inconformidad recalcitrante; de los ochenta una pasión crónica por la música; de los noventa la pasión literaria. Durante la década de los dosmil buscó la manera de hacer eclosionar todas sus filias. Explorando la poesía ha publicado: Loop traicionero (2008), Suave como el peligro (2010) y Combustión espontánea (2011). Rutas para entrar y salir del Nirvana (2012) es su primera novela. Es colaborador de las revistas Marvin, La mosca, Variopinto e Indie-rocks y los diarios Milenio Hidalgo y Reforma, entre otras publicaciones.

Hace un par de semanas, mientras leía en el periódico una nota sobre cuatro decapitados en el estado de Veracruz, me topé con algo que me horrorizó y me erizó la piel. Se trataba de un reportaje de más de cinco páginas sobre las atrocidades que se cometen en contra de la población de cachorros de foca en Canadá, en el que el autor relataba con lujo de detalle, la forma en la que estos pequeños y adorables animales son asesinados a golpes para después ser despellejados, en muchas ocasiones, cuando aún están vivos.

Era tal mi indignación que inmediatamente contacté a mi buen amigo Jeff Carthwright, célebre naturalista y aventurero inglés, famoso por su programa de televisión de supervivencia y por proezas como haber sobrevivido diez días en la sabana africana llevando consigo únicamente un aparato GPS, un rifle de alto calibre, dos cuchillos, diez mudas de ropa, una enorme tienda de campaña, dos guías nigerianos, una computadora portátil, un teléfono satelital y abundante agua y comida.

Sabía que Jeff había viajado recientemente a Canadá para grabar uno de sus programas, por lo que supuse estaría mejor informado sobre el tema y podría darme un punto de vista profesional al respecto.

Por supuesto, caballero que es, atendió mi llamada inmediatamente a pesar de encontrarse grabando su más reciente aventura en la recóndita e inhóspita Kenia.

—Es verdad que puede parecer cruel lo que están haciendo con estos animales —me dice Jeff en teleconferencia vía satélite mientras prepara su campamento en una lujosa habitación del hotel Hilton de Nairobi—, pero cualquiera que haya lidiado con estas bestias en persona te contará una versión completamente diferente. Las focas bebés son en realidad una plaga de animales carnívoros y sanguinarios que, no conformes con haber exterminado a buena parte de la población mundial de osos polares, ahora también se dedican a emboscar y atacar asentamientos humanos. Son el depredador perfecto, se acercan sabiendo la ternura que provocan y en cuanto la presa se descuida le arrancan un brazo o brincan directo a la yugular. Además se sabe que tienen una especial predilección por matar y desmembrar niñas pequeñas, luego utilizan su sangre para pintar obscenidades en el hielo.

Asombrado y aterrorizado por la escalofriante información que Jeff acaba de darme, decidí investigar más a fondo y le llamé por teléfono a un par de amigos que desde hace varios años radican en Canadá.

—La situación está cada día peor —me explica uno de ellos—. Aquí en la ciudad no hay tanto peligro, pero en el norte, en los pueblos más alejados, se escuchan historias aterradoras de manadas de focas bebés que llegan a los pequeños comercios a cobrar derecho de piso. Se han encontrado familias enteras brutalmente despedazadas porque no pudieron cubrir la cuota.

El testimonio de mi otro amigo no es más esperanzador.

—Hace unos meses se envió un grupo de policías a buscar a un niño local que había sido secuestrado por una pandilla de focas bebés especialmente agresivas —me dice—. Ninguno regresó. Dos días después aparecieron sus cabezas clavadas en palos frente a la escuela primaria local. Es una pesadilla.

Realizando una exhaustiva investigación en Wikipedia, descubro que la situación es ya tan grave que el gobierno canadiense se ha visto obligado a permitir, e incluso estimular, la matanza sistemática de estos animales.

En su portal de internet el Departamento de Medio Ambiente de Canadá asegura que la técnica utilizada para matar a las focas bebés es completamente humanitaria y evita que el animal sufra. Sobre las prácticas de despellejamiento, el departamento asegura que son casos aislados fuera de su control y que, a final de cuentas, «las muy mierdas se merecen eso y más [sic]».

Otro factor de peso son las organizaciones internacionales como PETA, que defienden los derechos de los animales y que se han manifestado en contra de la matanza de focas bebés en múltiples ocasiones, incluso cuando sus propios miembros han sido víctimas de estas abominaciones.

—Los de PETA también la han tenido difícil —agrega Jeff—. Sus activistas han sufrido actos vandálicos por parte de las focas bebés, que constantemente apedrean sus vehículos y prenden fuego en sus oficinas. Una prueba más de que estos asquerosos bichos además de sádicos son unos malagradecidos. Pero también entiendo que los intenten defender, ¿quién se puede resistir a esas caritas y a esos ojos?

Tiernas o no, resulta alarmante el peligro que estos animales representan para Canadá y, si lo permitimos, para el resto del mundo. Por eso hoy, más convencido que nunca, yo digo: ¡Mueran las focas bebés!


Autores
(Ciudad de México, 1985) es autor de Y, sin embargo, es un pañuelo (Premio Nacional de Cuento Joven Comala 2014). Estudió la Licenciatura en Comunicación en la Universidad Iberoamericana, donde no ha regresado y quedó a deber varias cuotas de estacionamiento. Es apasionado del cine, de Monty Python y de escribir semblanzas biográficas en terecera persona. Tuitea como @emedebaena

Hace unos días, la ilustradora Daniela Santaella, mejor conocida como Skullflower, publicó en su muro de Facebook algo que me sorprendió. Compartió una publicación del Tumblr en la que muestra gran parte de su trabajo. En ese momento una de sus publicación había alcanzado los cinco mil comentarios (mientras escribo este artículo tiene cerca de 10 mil comentarios). Al leer su publicación me di cuenta del alcance de exposición que tienen varios ilustradores a través de las redes sociales, y lo mucho que ha crecido la escena local. Gracias al impulso de varios colectivos, muchos ilustradores pueden interactuar directamente con sus seguidores, por ejemplo en Celoffán, una tienda-galería que reúne a varios de los artistas más originales y creativos de Morelos. También se han creado distintos foros para exhibir y compartir fanzines, stickers y publicaciones gráficas alternativas. Ejemplos se encuentra en eventos como Zin Amibas o Éter (que se llevó a cabo en el espacio cultural sie7eocho) con la presencia de editores, ilustradores, libros de artista y demás profesionales de la gráfica. En este artículo presento una pequeña muestra de la gran avanzada morelense en ilustración.

Skullflower

El nombre de esta artista se compone de un binomio interesante: flor y cráneo. Creo que no existe mejor forma de entender su obra que bajo estas palabras o mejor dicho, a través de las imágenes que producen la unión de estos dos elementos. Skullflower o Daniela Santaella, es una ilustradora y diseñadora gráfica con un estilo muy particular que mezcla su pasión por las películas románticas, su afición por la pizza y su forma de ser directa, agresiva y de pocas palabras, pero con una sensibilidad enternecedora y auténtica que se transmite en varios de sus personajes femeninos autorreferenciales o que homenajean a alguna figura de la cultura pop actual. Algunas de sus exposiciones, como Menarca, exploran un elemento de la feminidad, por ejemplo, la primera menstruación. Sobre la exposición, la escritora Yoko Ñim dijo: «Menarca es un instante en la fisiología femenina, pero para Daniela Santaella es una decisión sobre el abrazar ser mujer. Aceptarlo porque hay que entender lo que conlleva el “tenerlo”. No una lucha ni guerra. Es una danza a la que uno decide unirse». Si pasas por Cuernavaca puedes pasar a Celoffán a visitar el stand de Skullflower o puedes visitar sus redes sociales para conocer más de su trabajo.

Skullflower

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Pablo Peña

Pablo Peña en su faceta como ilustrador firma como Pablo Morzza (recordemos que también es un músico importante de la escena morelense) y tiene un estilo muy marcado por su afición a los cómics clásicos. Su exploración imaginativa no tiene fronteras en cuanto a creación de nuevos personajes, siempre híbridos y con trazos precisos. Autodidacta de formación, Pablo Peña se mueve en distintas técnicas, pero sus mejores piezas —hasta ahora— han surgido de su relación con la acuarela y la tinta. En Cuernavaca y la Ciudad de México ha presentado su serie Tótems que explora la dualidad animal latente que hay en todos los hombres, y ha publicado en distintas revistas —nacionales e internacionales—. Actualmente tiene un stand en Celoffán (así que pueden conocerlo y visitarlo) y tiene un par de proyectos interesantes en camino. Todo su trabajo y proyectos en producción pueden conocerlos en su redes sociales.

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Enid Balam

Enid Balam surgió de una camada de grandes artistas de la Facultad de Artes de la Universidad Autónoma del estado de Morelos. Actualmente es parte del programa de posgrado: Maestría en Producción Artística (MaPA) en la misma UAEM. Su trabajo se desarrolla en áreas como el dibujo, la gráfica y proyectos editoriales independientes, entre ellos la organización de foros alternativos como Éter. Su trabajo se divide en dos ramas principales: la ilustración comercial y el arte contemporáneo. Su obra gira en torno a la historieta abstracta y en la investigación de formas narrativas contemporáneas. Es co-fundador de Planeta Gris Ediciones, donde se hace cargo de la impresión en serigrafía de las publicaciones que genera el taller como colectivo y de ediciones bajo encargo para otros artistas. Enid también ha trabajado en varias publicaciones independientes, recientemente, por ejemplo, colaboró como colorista en Cutting Edge V4 para la casa editorial francesa Delcourt. Uno de los dibujantes con los que pudo trabajar fue el italiano Mario Alberti.

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Guro

Eduardo Santaella, mejor conocido como Guro, es un artista multidisciplinario bastante productivo. Es co-director del Festival Grotesco, ilustrador y diseñador gráfico. Desde hace poco más de media década se dedica profesionalmente a la promoción cultural de eventos y proyectos de cine y música, particularmente en producciones independientes relacionadas al género de horror y corrientes ruidosas contemporáneas. Su trabajo ha sido presentado por iniciativas e instituciones como: Rue Morgue (The Fright Gallery), Cineteca Nacional (CONACULTA), Reelizer (Badass Digest), Sopitas, Paura Flics (Argentina), Terrorífilo (Uruguay), Stay Strange (San Diego), Paura Flics (Argentina), Terrorífifilo (Uruguay), Stay Strange (San Diego), Proyecto Noctambulante, Zombie Walk MX, El Vampirascopio: Cine fantástico y de terror y los festivales Macabro Fich, Masacre en Xoco, Mórbido y Feratum. Su obra está influenciada por el cine de horror, específicamente el cine basura de los años 80, el videhome, el splatter. Así que su visión gráfica está plagada de monstruos, colores incómodos, sangre, violencia y un sentido del humor muy particular y ácido.

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Peltre

Ricardo Alonso Peltre también es un artista inquieto. Ha explorado múltiples plataformas con distintas técnicas, siempre mesclando su visión y estilo único para crear una obra particular que se desborda. Desde la música y su banda 300 Rubias Suicidas hasta la creación de un fanzine clásico en la escena underground Enfermeros del infierno, pasando por el diseño de portadas de discos de bandas, vídeos, la animación digital y la literatura, Peltre es un artista con un profundo interés por los temas sociales. Muchas de sus obras siempre están acompañadas de críticas mordaces al sistema capitalista. Si quieren conocer su trabajo les recomiendo que vayan a su próxima exposición, L2BP, en el Museo de la Ciudad de Cuernavaca el próximo 29 de mayo en punto de las 18 horas.

Peltre

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Autores
Escritor, crítico de cine y co-director del Festival Grotesco. Forma parte del Grumo de Escritores de la Barba Naranja. Se interesa por las películas de terror, el vegetarianismo, las bicicletas, los perros, la música con guitarras distorsionadas, las mujeres que cantan, la literatura, la filosofía y el punto de encuentro entre todas esas cosas (véase: Hora de aventura).

Nadie puede culpar a esta española por tener una vida muy interesante y que transcurre como una vorágine. Nacida en 1964, de padre danés y madre inglesa, a comienzos de los ochenta despuntó como parte de dos proyectos juveniles de pop rock ligero. Primero en Alex y Christina, después en Christina y los subterráneos. El éxito masivo no se hizo esperar (Nacho Cano les ayudó con la producción de un disco), pero la mujer se hartó de la parte más comercial y light de la industria y decidió dejarlo sin importar las consecuencias.

Para 1994 edita Mi pequeño animal y se encuentra colaborando con Lee Ranaldo, guitarrista de Sonic Youth, quien le brinda invaluable apoyo y padrinazgo. Se aleja cada vez más de las artistas que explotan su belleza y se sumerge en un rock más áspero y artístico. Siempre sale a flote su personalidad hosca y enigmática. Después de lanzar Cerrado (1998), dio por terminado un contrato importante con Warner y una vez más optó por quemar las naves.

Un año después se mudó a Nueva York en compañía de su pareja (el destacado escritor Ray Loriga) y fue recibida por el baterista de La Juventud sónica, Steve Shelley, quien junto a Ranaldo, dieron solidez a la búsqueda de Christina por una música robusta, exploratoria y seria. En términos de rock, ella no se anda con niñerías.

Perseverante y testaruda consigue hacerse de un espacio en la escena musical norteamericana y graba una trilogía que comienza con Frozen Pool (2001), sigue con Foreign Land (2002) y cierra con Continental 62 (2006), en el que aparecen tres temas en español y que dejaba entrever un regreso a su patria. Mientras tanto también había experimentado la maternidad y realizó giras por Estados Unidos y Europa. En su trayectoria también cuenta con varias incursiones en el cine, participando en las películas Todo es mentira (1994) y en La pistola de mi hermano (1997), con su marido de Ray Loriga.

Tras separarse de su pareja regresa a España y no renuncia a nuevos proyectos. Para Verano Fatal (2007) hace mancuerna artística junto a Nacho Vegas, con quien termina por liarse sentimentalmente. La convivencia saca chispas y se convierte en algo imposible de sostener, pero le deja la grata experiencia de tocar con músicos como Xel Pereda y Manu Molina.

En 2008 publica Tu labio superior, que contiene canciones únicamente en español y le consagran tanto con el público como con la prensa especializada. La revista influyente catalana Rocdelux la colocó entre lo más notable de aquel año, al tiempo que también expande sus aventuras estéticas y colabora con la afamada artistas conceptual francesa Sophie Calle, en la pieza Prenez soin de vous que se presentó en la Bienal de Venecia en 2006.

Mucha creatividad y gran calidad se mantienen en su álbum La joven Dolores (2011), que es descrito como el que más vínculos tiene con la literatura. En medio de ese inter se le achaca un romance con el actor de fama mundial Viggo Mortensen. Ese mismo año aparece un trabajo bastante ambicioso. Un caso sin resolver es una recopilación que reúne toda su trayectoria discográfica, más un DVD con vídeos y un documental de la grabación especial que se realiza con Raúl Fernández «Refree», estupendo músico y productor; así como una selección de textos de sus colaboradores y una biografía muy irónica escrita por ella.

Rosenvigne es una artista de larga trayectoria, alguien a quien le gusta trabajar a fuego lento, sin presiones, sin molestias. Durante el impasse hacia la concepción de un nuevo disco ha dejado saber que leyó poemas de Luis Cernuda, que revisó a detalle las esculturas de Louise Bourgeois y que escuchó lo mismo a Franco Battiato que a Bill Callahan. A la postre fue dejando canciones que plasmaran la complejidad y confusión que inundan el presente de Europa, España y su círculo personal; vamos, que el mundo está de cabeza y ella tenía muchísimas preguntas agolpándose.

Al presentar Lo nuestro ante la prensa del viejo continente, reveló que el título surgió de uno de sus poemas. Se preocupó por revisar lo duro del actual momento y se centró en sus intenciones: «Que quede claro que aunque apunto a cuestiones peliagudas no tengo respuestas para nadie, lo que quiero es expresar con absoluta contundencia la incertidumbre».

No sólo se exigió como autora en la parte temática, iba componiendo en el programa Garage Band y mandando archivos a Raül Fernández Miró (Refree) una vez más, para sacar su mayor rédito como productor. Al final se quedaron diez canciones con muchas partes de teclado, efectos crujientes y atmósferas rugosas. En pos de perfilar el rumbo sonoro que llevan, debo señalar que navegan en el rumbo de la gran P. J. Harvey –hay una mezcla de rudeza con sensualidad–, un proceso del que Christina da cuenta: «Buscaba un sonido que se podría definir como romanticismo industrial, es decir, plomo en la base y ondas eléctricas expandiéndose hacia el cosmos, lirismo expresado sin complejos. Otra vuelta de tuerca, vaya».

Lo nuestro implicó también un nuevo sello discográfico; ha firmado con El Segell del Primavera (al igual que lo hicieron Los Planetas) dado que le brindaba el soporte para una colección de canciones oscuras como las que ahora pública. Dio con una música un poco osca que oculta el optimismo que dice tener pese al devaluado estado de las cosas.

El disco abre con «La tejedora», donde recrea el universo femenino, la maternidad y el sacrificio de muchas creadoras ante los compromisos familiares; es por ello que alude a la araña gigante que la afamada escultora francesa tiene en Bilbao.

Otra de sus piezas clave es «La muy puta», que marchando a media velocidad marca la pauta para que suelte: «¿Para qué explicarles que en mi hueco pectoral/ guardo mariposas que no puedo desvelar?». Pero la joya de esta corona es, sin duda, «Lo que te falta», que con cierto romanticismo naif envuelve imágenes intrigantes como sacadas de viejas películas europeas, que nos hace recordar incluso, a Siouxie and the Banshees.

A sus 50 años no se cansa de señalar la escasez de mujeres en el panorama musical internacional, no se dice feminista pero es alguien con conceptos muy sólidos: «Cada persona es única y se expresa como sea. No puede ser que haya que pedirle a una cantante folk que renuncie a su extrema femineidad. Es que, para empezar, ¿qué es femineidad y qué es masculinidad? Son cosas aprendidas y es algo que ves claro cuando tienes niños. Me saca de quicio y me parece el primer corsé: ¿por qué lo lánguido, suave y acústico es femenino y lo rockero es masculino?», apunta durante una conversación con Elena Cabrera.

Christina Rosenvigne no cede un ápice en afirmarse como una artista muy seria… peleona; en «Alguien tendrá la culpa» suelta —con ironía— sus observaciones sociales y la ausencia de responsabilidad en las instituciones: «El capitolio vuelve a arder/ Levantaremos otro con más fe». Cuando todo parece venirse abajo aparecen los espíritus fuertes dispuestos a dar pelea.

 

 

 

 


Autores
De los años sesenta tomó la inconformidad recalcitrante; de los ochenta una pasión crónica por la música; de los noventa la pasión literaria. Durante la década de los dosmil buscó la manera de hacer eclosionar todas sus filias. Explorando la poesía ha publicado: Loop traicionero (2008), Suave como el peligro (2010) y Combustión espontánea (2011). Rutas para entrar y salir del Nirvana (2012) es su primera novela. Es colaborador de las revistas Marvin, La mosca, Variopinto e Indie-rocks y los diarios Milenio Hidalgo y Reforma, entre otras publicaciones.

Para mi tesis de maestría en la Universidad del Arte en Buenos Aires, tomé tres talleres fundamentales para desarrollar el marco teórico sobre el teatro posdramático y su relación con la dramaturgia contemporánea. El primero fue con Davide Carnevalli, (alumno de Hans Thies Lehmann), en el que abordamos la dramaturgia española, alemana y argentina así como su relación con la crisis del drama, término propuesto por Peter Szondi en 1956 y que retomó Lehmann para la creación de su Teatro posdramático. Después tuve la oportunidad de tomar dos talleres con él. El primero —y más interesante— fue sobre teatro político y teatro brechtiano, el segundo sobre la evolución del concepto de teatro posdramático.

Lo que llama la atención de estos talleres, es el conocer al investigador: un hombre que con mucha humildad y conocimiento habla sobre el teatro que le interesa, es decir, el teatro de nuestros días. Es interesante estudiar la historia, pero es mejor trabajar con materia viva como el antropólogo. Poder investigar e indagar sobre los cambios en el teatro actual (en este caso, el de Alemania) así como  su relación con la escena francesa,  inglesa y estadounidense. Enfocado en estos países, desarrolló una investigación en los años ochenta y noventa, para explicar ciertas características que ve en los jóvenes creadores y sus trabajos, (en dónde se rompe la idea de ficción, en dónde se instala la idea de presentación y cuándo las escenas comienzan a ser más dramaturgia que el texto dramático y desaparece el textocentrismo).

Esta investigación poco tiene que ver con la dramaturgia o literatura dramática. La tarea en la que me aboqué fue la de encontrar —si es que había— la relación de la estética con el textocentismo. No se puede hablar de algo homogéneo pero comparten algunas de las rupturas que tienen que ver con el desplazamiento de la ilusión teatral y la entrada en crisis del drama con la dramaturgia contemporánea.

En mi investigación Territorios textuales en el denominado teatro posdramático (Paso de Gato, 2014) y en el taller teórico que realizo desde mi llegada a México, he podido comprobar muchos de los prejuicios y desconocimientos sobre estética teatral e investigación teórica del país. Afincados en un análisis histórico y regional, se desconoce realmente la escena internacional; la lectura de textos teóricos de los profesionales del teatro es escasa y encuentran mucha dificultad para volver a retomar la teoría. Como creadores maduros, la práctica y la producción teatral los llevan a desarrollar una labor de producción y gestión de pensamiento crítico. Sólo algunos, quizá los dramaturgos y ciertos directores de teatro que se han alejado de la escena, lo han logrado. Pocos de estos maestros dan talleres de formación teórica, pese a la existencia del desconocimiento absoluto para poder abordar temas teóricos que partan de la realidad, más bien nos quedamos sólo con estadísticas y discursos que parecen más retórica que investigación.

La idea de inmediatez y falta de construcción del pensamiento sobre el teatro fuera y dentro del país, deja a los creadores escénicos limitados en las posibilidades de discurso, no sólo escénico, también personal. Debido a esto, cuando realizo una investigación que tiene que ver más con el teatro extranjero, existen reticencias claras a querer saber, como si el saber nos hiciera más vulnerables. En este sentido, la recepción de este tipo de investigaciones se toma como algo extraño y se hace todo lo posible por desaparecerlo de la teoría e investigación realizada por institutos y creadores.

Después de cinco años de trabajo sobre el tema, mis intereses, como bien lo decía Davide Carnevalli, se volvieron más cercanos a la creación y la crisis del drama, pero su relación con el pensamiento específico de una época se ha vuelto el terrero donde aún sigo indagando; la relación de la palabra con la escena, la del pensamiento de la imagen y su contraposición con la creación de discurso. Todos estos temas que tienen que ver con la creación de la dramaturgia y la escena contemporánea me siguen pareciendo asombrosas e interesantes; indagar sobre el contexto social, su relación con las instituciones —que en México es un ancla que no nos deja avanzar— y la falta de preparación teórica y práctica de los creadores, me siguen llevando a muchas de preguntas. La falta de aceptación por parte de algunas instituciones sobre la investigación que realizo no deja de sorprenderme y alejarme hacia otras fronteras y a otras instituciones como el Instituto de Estudios Críticos o la Fundación para las Letras Mexicanas, enfocadas a la preparación de escritores e investigadores que estén en el mundo de hoy y no en el de sus ancestros.

Volviendo a lo que sucede cuando una teoría sobre teatro contemporáneo llega a manos de algunos investigadores, su reacción es un rechazo absoluto y al mismo tiempo una aceptación a veces desmedida, como si el desconocimiento los volviera temerosos y los obligara a tomar alguna posición a favor o en contra, en vez de estudiar un poco más, en lugar de abrirse a pensar críticamente sobre el concepto presentado. La mayoría toma partido, esto va en contra de cualquier lógica de aprendizaje.

Es difícil encontrar en México un campo fértil para el desarrollo del pensamiento y la investigación (no sólo en el ámbito teatral). Es por esto que con premura se aceptan o se desacreditan teorías y marcos conceptuales que podrían ayudarnos a entender nuestra escena teatral nacional, entender cuáles son las búsquedas reales de los creadores mexicanos, cuáles son las características y las condiciones de trabajo. Con ello se podría hacer un mapa de la creación sin banderas de caciquismos, sino un análisis objetivo.

Se entiende que si no hay interés por parte del investigador en tratar ese tema, es válido que no tenga que hablar de ello. Si no es interés del creador el ahondar en las prácticas de otros, puede dejar esa tarea al quien sí esté interesado. Sólo así tendríamos un campo lleno de investigación que ayude a entender qué es lo que buscan otros creadores de diversas latitudes para salir de la endogamia y tener un intercambio real entre creadores de nuestro país y fuera de él.


Autores
(Ciudad de México, 1978) es dramaturga, escritora de narrativa y ensayo, directora teatral e investigadora. Sus textos se han llevado a escena y se han presentado en festivales de dramaturgia en Canadá, España, Argentina y México. Recibió el Premio Airel de Teatro Latinoamericano, Toronto, 2013 por su obra Palabras Escurridas y el Premio Internacional de Ensayo Teatral 2013 por Territorios textuales. Sus relatos se editan tanto en México como en España. Actualmente prepara dos nuevos montajes con su compañía Mazuca Teatro e imparte el seminario El teatro como territorio de la palabra en 17, en el Instituto de Estudios Críticos.

Dicen que la calle pertenece al espacio público, espacio común que compartimos con extraños y donde tenemos los mismos derechos. El problema es que en realidad, eso no sucede. En la calle se hacen evidentes las formas en que nos censuramos unos a otros, las diferencias que insistimos remarcar. Me gusta pensar que el lenguaje es también un territorio, espacio multiforme que debemos descolonizar, descubrir y reapropiar (en algunos casos incluso expropiar) de la confusión que impera sobre los cuerpos. Dicen también que desde siempre hemos sentido la necesidad de colocar nuestras propias marcas sobre muros ajenos: nombres, dibujos, números, señales que quizás no indiquen nada pero que en todo caso son recordatorios de alguna presencia sutil y de la vida misma: paso del viento sobre minerales.

A mi padre le molestan los grafitis, dice que no embellecen las calles sino que destruyen su aspecto en ocasiones antiquísimo. Le molesta su ilegalidad, su intención territorial. Le parecen necesarias ciertas reglas que nos permitan vivir en paz. Sin embargo, tampoco es del todo cierto. En Oaxaca las continuas marchas han generado hartazgo entre quienes no se manifiestan, ni política ni individualmente, de esa manera. En últimas fechas, los manifestantes suelen bloquear todas las vías de entrada y salida de la ciudad y entonces uno queda paralizado como en un cuento de Cortázar. Ambas posturas me parecen válidas.

¿Qué sucede cuando las palabras invaden el espacio y ponen en duda su carácter público? Las brechas generacionales ofrecen aspectos interesantes para observar y contrastar versiones distintas de la realidad. Para César Mojarro, conocido en el ambiente del grafiti como Unkle Evolve, lo importante de esta práctica es precisamente su carácter ilegal, contestatario pero sin caer en lugares comunes en torno a lo social. En su más reciente exhibición, Letra de calle, los asistentes podían dejar marcas con spray en una pared de la Galería Gorila. Las palabras invadieron el espacio de diferentes formas: letreros sarcásticos o mal escritos, albures y refranes sin aparente sentido. A Unkle le interesan las posibilidades del lenguaje como objeto estético, el juego de significados realizables.

Unkle vino de Guadalajara hace poco más de un año y se quedó a vivir en esta ciudad. Como sucede con otros artistas, empezó a pintar en las calles desde adolescente, con el tiempo se unió a Eyos, una importante crew de Guadalajara, y después formó parte de proyecto Macuilxóchitl, donde junto a los artistas plásticos Cawamo y Sanez indagaba en las relaciones de sentido inscritas en nuevas posibilidades estéticas para crear otras simbologías. Letra de calle es una exploración del humor a partir del juego de imágenes y palabras. Unkle desarrolló estas expresiones al percibir la enorme cantidad de rótulos y mensajes de todo tipo presentes en las calles de Oaxaca, su interés por la plasticidad de las palabras viene del grafiti, donde el lenguaje implica territorio, apropiación.

La rae sugiere el uso de la palabra ‘grafito’ para referirse a esta práctica cuyo nombre viene del italiano graffiti, pero como sucede con otras áreas de la experiencia humana, el lenguaje que se desarrolla bajo sus propias normas, la lengua de calle, del día a día que todos invariablemente usamos y transformamos con ese mismo uso, suele llamarse de distintas maneras. Según he leído, existen al menos dos vertientes de este arte sobre los muros, una donde sólo se pintan palabras, ya sea el nombre del writer o el de la crew donde pertenece, en espacios sumamente visibles como anuncios publicitarios, y otra más reciente donde además se realizan dibujos, se narran historias como si se pintase sobre papel.

En la calle, Unkle sólo dibuja palabras. Es muy claro respecto a su elección pues pertenece a una escuela de grafiti a la que es leal. La fascinación por las palabras y su plasticidad lo ha llevado a crear caligrafías impresionantes, a jugar con la textura del lenguaje y sus niveles de representación. Como sucede en poesía, en sus piezas importa el significado pero también la forma en que se aglutinan las palabras, la comunicación pero también su ambigüedad, en vez del sonido está la visibilidad del lenguaje, lo concreto.

Hace poco mataron a dos chicos que formaban parte de las manifestaciones estudiantiles en Chile, pintaron la casa equivocada y uno de sus habitantes, un muchacho como ellos, los mató a sangre fría con la pistola de su padre. Aquí en México, semanas atrás un policía mató a otro adolescente cuando pintaba una barda. La calle es un espacio en constante disputa porque en ella se gestan infinidad de discursos, ahí se hacen visibles conflictos que permanecen ocultos en instituciones y en cifras oficiales. Utilizando otras herramientas, Unkle también se pregunta por el lenguaje y su injerencia en el mundo, no para comunicar algo de manera directa, sino para cuestionar la estructura misma de significado y las relaciones de poder que imperan en su clandestinidad, para aventarnos así a un espacio distinto donde nada se ha dicho de forma definitiva.


Autores
Es licenciada en Lengua y Literaturas Hispánicas, por la UNAM. Junto al artista plástico Pavel Acevedo, dirige Espacio Centro, un lugar independiente de exhibición y producción artística ubicado en la periferia de Oaxaca. Trabaja lentamente en su ficción y en un pequeño huerto.

Con esta edición, Tierra Adentro conforma un atlas sonoro sin pre­cedentes. Una escena musical en formación, a su vez incluyente y divergente, en constante metamorfosis. Las treinta y cuatro agru­paciones aquí reunidas fueron seleccionadas con el apoyo de los músicos y críticos Juan Carlos Hidalgo, Vicente Jáuregui y Alejan­dro Mancilla, cada una de las bandas examinadas a detalle por este triunvirato, cazadores insaciables de novedades valiosas. De Baja California a Mérida, consideramos oportuno incluir a dos agrupa­ciones de ascendencia latina, que si bien su propuesta es en inglés, son claves para entender otros planteamientos estilísticos que van de la mano del rock mexicano.

Asimismo buscamos apartarnos del mainstream para encontrar bandas novísimas con discos recientes y, con ello, hacer la selección lo más objetiva posible, todo a través de investigaciones realizadas en revistas, videos y conversaciones entabladas en soportes electró­nicos. El rock mexicano más actual es pensado desde su expresión en lenguas originarias hasta los problemas intrínsecos a su propio desarrollo: los festivales, la industria discográfica y el llamado mer­cado independiente, sólo por citar algunos.

Cerramos esta edición con la lamentable noticia del deceso del poeta Miguel Donoso Pareja, director de esta revista de 1977 a 1981. Un grupo de amigos y escritores, entre ellos, Carlos Chimal, Jaime Vázquez, David Ojeda, Eduardo Langagne, Jorge Humberto Chávez, Alejandro Sandoval Ávila, Pedro Ángel Palou y la valiosa colabora­ción de su hijo Miguel Donoso Gutiérrez, son algunas de las voces que se suman a este breve pero merecido in memoriam al escritor ecuatoriano.

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Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.