Tierra Adentro

En todos los deportes-industria que forman parte del sistema comercial son evidentes los sistemas de cooptación del talento emergente; con muchos esfuerzos los equipos chicos consiguen hacerse de verdaderas joyas en cada deporte que, irremisiblemente, será comprado por las organizaciones dominantes, esas grandes entidades multimillonarias y que aglutinan el culto de las masas. En el futbol mundial, esto es un destino manifiesto; afortunadamente, en el basquetbol y el futbol americano de los Estados Unidos han implementado mecanismos que busquen equilibrar las cosas y garantizar una competencia más justa y equilibrada.

Traigo este asunto a colación porque se relaciona con la carrera de un músico escocés lleno de talento que impactó de lleno al circuito global de música electrónica. Hudson debutó en LP hace seis años y fue fichado por el influyente sello Warp. Mientras también acaparaba grandes festivales, reseñas y feligresía con el proyecto llamado TNGHT, un dúo que formaba con el canadiense Lunice, atascado de música crepitante, lenta y oscura.

El hombre no ha dejado de publicar —algunos ejemplos son el ep Satin Panthers (2011), sencillos y trabajar para otros colegas que le pedían sin parar que les hiciera remixes—. Por sus manos pasaron personajes ilustres de la vanguardia como Dan Deacon y Bjork, pero también figuras rutilantes del hip-hop como Drake y Azealia Banks; le interesa por igual trabajar con propuestas tan distantes a lo suyo como las de John Legend y Paolo Nutini.

Arrancó en forma con Butter (2009) e inmediatamente dejó en claro que su perspectiva es muy amplia; se le considera un especialista de los bajos pero también alguien interesado en lograr un brusco viraje del hip hop y capaz de incorporar incluso elementos de la música clásica. Vertiginosamente, se apuntaló con una estrella emergente de la electrónica. Su visión de futuro no pasó desapercibida.

Fue fichado nada menos que por Kanye West para trabajar a tiempo completo para su compañía, G.O.O.D. Music, participando en la recopilación Cruel summer (2012) y el coyuntural Yeezus (2013). Un tipo tan sagaz como el rapero, con el sentido comercial tan afilado, entrevió todo lo que el británico podría aportar a sus producciones. A cambio, lo presumió por doquier e hizo que en las altas esferas de la industria también fuera muy apreciado (su presentación conjunta en los Brit Awards fue clave).

Para 2014 es elegido, nada menos, que por la compañía Apple para musicalizar la campaña de lanzamiento de la MacBook. Los encargos casi no le dan tiempo libre, pero ha tenido que tomar la decisión de concentrarse en su estudio del este de Londres para terminar un muy espaciado segundo LP. Ha dejado en claro en repetidas ocasiones que no le interesaba hacer un disco de hip hop como tal —y que tal vez jamás lo haga—, que tenía de su lado lo que le aprendió del legendario productor Rick Rubin en el estudio y que se alejaría del tipo de piezas con que sus escuchas lo habían identificado hasta la fecha. Al periodista español Juan Monge le declaró: «Sé que las voces sintetizadas de registros imposibles son parte de mi sonido, pero sentía que las había agotado como un elemento clave en mis temas».

Lantern fue acogido una vez más por Warp y tras un comienzo instrumental breve acomete con la brillante «Very First Breath», en la que colabora vocalmente Irfane. Ross Birchard —nombre de pila del artista— toma como materia prima al soul y lo lleva hasta su laboratorio experimental. «Ryderz» tampoco no nos dejará mentir.

En los 14 temas que lo conforman hay espacio para diferentes tendencias; existe trap, future bass y Uk Garage, también acepta un toque cósmico y pasajes orquestales. Tal vez un buen efecto de esta aventurada mixtura sea «Indian steps» en la que canta Antony y participa  Oneohtrix Point Never (Daniel Lopatin); que además anticipa el disco conjunto en el que están trabajando (ya en su parte final).

Fueron muchos talentos involucrados en su concepción total; no sólo Kanye dio su opinión sino que el afamado Mark Ronson aportó lo suyo, así como los locutores de la BBC Radio 1 Benji B y Zane Lowe. A la postre un mosaico absolutamente contemporáneo en el que también destaca el hiphopero estrella Miguel, conduciendo «Deepspace».

Entre tanta ilustre pasarela sorprende que el primer impacto masivo haya sido «Scud Books», probablemente porque puede adaptarse a una sesión más eufórica. Ross despega en la misma nave que Woodkid, Lapalux y Arka para emprender la exploración de galaxias musicales desconocidas. Lantern tiene por igual puntos de estallido y espacio para el remanso.

Hudson Mohawke acumula méritos para ser una de esas figuras que anticipan las tendencias. La Linterna que ahora manipula ilumina el futuro camino de la electrónica. ¡Es momento de despegar junto a él!

 

 

 

 


Autores
De los años sesenta tomó la inconformidad recalcitrante; de los ochenta una pasión crónica por la música; de los noventa la pasión literaria. Durante la década de los dosmil buscó la manera de hacer eclosionar todas sus filias. Explorando la poesía ha publicado: Loop traicionero (2008), Suave como el peligro (2010) y Combustión espontánea (2011). Rutas para entrar y salir del Nirvana (2012) es su primera novela. Es colaborador de las revistas Marvin, La mosca, Variopinto e Indie-rocks y los diarios Milenio Hidalgo y Reforma, entre otras publicaciones.

Un calor ignoto y chorreante mueve las cortinas de tela anaranjada de mi infancia. La memoria es una patria difusa conformada por territorios que se transmutan en épocas; por sensaciones que ocupan el lugar de personas y por pulsos que levantan tormentas apenas se perturba una débil partícula. En mi caso, se cuentan un tamarindo gigantesco en el patio de una casa en la Onceava Poniente Sur que hoy es una refaccionaria, y las manos de mi abuela que hoy tal vez serán un pájaro o también un tamarindo. Como hijo único crecido en la ciudad de México, de niño tuve una soledad más o menos feliz, un perro en un departamento y algunas batallas en el Pérsico, interrumpidas por un viaje anual para visitar a mis abuelos en Tuxtla. Casi puedo decir que ahí aprendí a tener familia, ahí vivieron siempre casi todos mis primos, los únicos con los que podía robar cervezas del refrigerador de los adultos. Ahí aprendí también cómo la vida a veces se va volviendo frágil y se pierde lo que uno ama; mientras el sol se va moviendo despacio para llegar otra vez al lugar de siempre.

Así, el viaje turbulento por el país de la memoria nos depara horas de consuelo y desconsuelo. Tal es su naturaleza inestable. La poesía, en cambio, nos devuelve lo perdido; lo mejora. Es una de nuestras pocas venganzas contra el olvido y contra el caos; el complemento del recuerdo. Por eso agradecí tanto la lectura de Solana de Fernando Trejo. Llegó a mis manos por encargo de Avril Blanco, antigua editora del Fondo Editorial Tierra Adentro, con la encomienda de realizar una fotografía para su portada. Debo admitir cierto escepticismo respecto de la poesía mexicana contemporánea; tal vez porque me considero ajeno a mi propia generación o porque me cuesta trabajo leer versos en lenguaje binario; pero aquí no había acrobacias ni espejismos, solamente poesía, la misma vieja y dura afluente de los grandes maestros. Leí el libro como si lo hubieran escrito para mí. Como he leído a Vallejo, a Rojas o a Huidobro, con la certidumbre de descubrir una verdad que nadie más habría podido revelar y que, sin embargo, siempre ha formado parte de uno.

Entonces, tomé el encargo como una misión personal. La historia del libro, sus imágenes, su pulso entrañable me eran tan afines que parecía demasiado para ser una coincidencia. Precisamente por ello la ejecución no fue fácil, o al menos, no en primera instancia. Aunque el autor tenía una idea muy clara, mi primer impulso fue resistirme. Su intención era partir de una foto en la que figuran él y su primo Carlos (a cuya memoria está dedicado el libro) en una azotea. La foto en sí era casi un milagro, puesto que su padre, quien la había tomado, no acostumbraba nunca hacer retratos y, según me confió, éste fue probablemente uno de los últimos que se le hayan hecho a su primo antes de su prematuro fallecimiento. Parecía imposible reproducir algo semejante haciendo justicia a tal historia y sin resultar artificial. Así que me fui por las ramas y tomé un montón de fotos de parajes, cielos azules, coches abandonados sin que nada me convenciera. Luego recurrí al Photoshop y le entregué a la editora una fotografía digna de un cartel publicitario. «Está muy bien» me dijo «pero no es la portada que estamos buscando». Tenía razón.

Entonces, una mañana desperté, subí a la azotea de mi casa y la foto casi estaba ahí. El sol brillaba a plomo y los recuerdos. En algún momento, durante las semanas que duró el proceso, le había escrito un correo al autor del libro, Fernando Trejo, en el que le hablaba de mis recuerdos de Tuxtla y le decía que, de maneras misteriosas, algunos caminos se entrecruzan. Parado ahí bajo el sol con la cámara en la mano, recordé aquello y pensé que la única manera de terminar el trabajo era asumiendo que yo formaba parte también de esa historia. Entonces me metí en la foto y disparé. Terminó siendo una especie de autorretrato de mi sombra, que ahora forma parte del libro, del mismo modo en que su infancia y la de su primo Carlos son un poco la mía y la de toda nuestra generación.

Cuando le escribí aquel correo a Fernando, omití decir que la última vez que estuve en Tuxtla intenté regresar, pero fui incapaz de permanecer frente a la refaccionaria donde, para mí, todavía está la casa familiar, donde se yergue aquel tamarindo y donde mis primos y yo podíamos robar cerveza del refrigerador de los abuelos. Tampoco le dije que su libro me hizo volver a encontrarme con una parte importante de mi vida. Ahora pienso que tengo pendiente otro viaje a su ciudad. Tal vez ahora pueda regresar a la Onceava Poniente y echar una última ojeada a aquella casa tan entrañable. También conocerlo a él; agradecerle personalmente por encontrar las palabras precisas para hablar de todo eso tan difícil e inasible que es la memoria humana; la suya, la nuestra. Mientras, mi sombra figura en la portada de su libro, donde se resguardan muchos recuerdos compartidos. A veces, de maneras misteriosas, algunos caminos se entrecruzan.


Autores
ciudad de México,1980. Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y Comunicación Social en la UAM-Xochimilco. Ha trabajado como guionista y realizador en diferentes medios de comunicación como Capital 21 y Canal 22. También ha sido profesor en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, donde impartió el seminario taller "Producción de Documental Histórico", en la licenciatura de Historia. Es director, guionista, fotógrafo, diseñador sonoro y postproductor de cortometrajes de ficción y proyectos documentales.

Un calor ignoto y chorreante mueve las cortinas de tela anaranjada de mi infancia. La memoria es una patria difusa conformada por territorios que se transmutan en épocas; por sensaciones que ocupan el lugar de personas y por pulsos que levantan tormentas apenas se perturba una débil partícula. En mi caso, se cuentan un tamarindo gigantesco en el patio de una casa en la Onceava Poniente Sur que hoy es una refaccionaria, y las manos de mi abuela que hoy tal vez serán un pájaro o también un tamarindo. Como hijo único crecido en la ciudad de México, de niño tuve una soledad más o menos feliz, un perro en un departamento y algunas batallas en el Pérsico, interrumpidas por un viaje anual para visitar a mis abuelos en Tuxtla. Casi puedo decir que ahí aprendí a tener familia, ahí vivieron siempre casi todos mis primos, los únicos con los que podía robar cervezas del refrigerador de los adultos. Ahí aprendí también cómo la vida a veces se va volviendo frágil y se pierde lo que uno ama; mientras el sol se va moviendo despacio para llegar otra vez al lugar de siempre.

Así, el viaje turbulento por el país de la memoria nos depara horas de consuelo y desconsuelo. Tal es su naturaleza inestable. La poesía, en cambio, nos devuelve lo perdido; lo mejora. Es una de nuestras pocas venganzas contra el olvido y contra el caos; el complemento del recuerdo. Por eso agradecí tanto la lectura de Solana de Fernando Trejo. Llegó a mis manos por encargo de Avril Blanco, antigua editora del Fondo Editorial Tierra Adentro, con la encomienda de realizar una fotografía para su portada. Debo admitir cierto escepticismo respecto de la poesía mexicana contemporánea; tal vez porque me considero ajeno a mi propia generación o porque me cuesta trabajo leer versos en lenguaje binario; pero aquí no había acrobacias ni espejismos, solamente poesía, la misma vieja y dura afluente de los grandes maestros. Leí el libro como si lo hubieran escrito para mí. Como he leído a Vallejo, a Rojas o a Huidobro, con la certidumbre de descubrir una verdad que nadie más habría podido revelar y que, sin embargo, siempre ha formado parte de uno.

Entonces, tomé el encargo como una misión personal. La historia del libro, sus imágenes, su pulso entrañable me eran tan afines que parecía demasiado para ser una coincidencia. Precisamente por ello la ejecución no fue fácil, o al menos, no en primera instancia. Aunque el autor tenía una idea muy clara, mi primer impulso fue resistirme. Su intención era partir de una foto en la que figuran él y su primo Carlos (a cuya memoria está dedicado el libro) en una azotea. La foto en sí era casi un milagro, puesto que su padre, quien la había tomado, no acostumbraba nunca hacer retratos y, según me confió, éste fue probablemente uno de los últimos que se le hayan hecho a su primo antes de su prematuro fallecimiento. Parecía imposible reproducir algo semejante haciendo justicia a tal historia y sin resultar artificial. Así que me fui por las ramas y tomé un montón de fotos de parajes, cielos azules, coches abandonados sin que nada me convenciera. Luego recurrí al Photoshop y le entregué a la editora una fotografía digna de un cartel publicitario. «Está muy bien» me dijo «pero no es la portada que estamos buscando». Tenía razón.

Entonces, una mañana desperté, subí a la azotea de mi casa y la foto casi estaba ahí. El sol brillaba a plomo y los recuerdos. En algún momento, durante las semanas que duró el proceso, le había escrito un correo al autor del libro, Fernando Trejo, en el que le hablaba de mis recuerdos de Tuxtla y le decía que, de maneras misteriosas, algunos caminos se entrecruzan. Parado ahí bajo el sol con la cámara en la mano, recordé aquello y pensé que la única manera de terminar el trabajo era asumiendo que yo formaba parte también de esa historia. Entonces me metí en la foto y disparé. Terminó siendo una especie de autorretrato de mi sombra, que ahora forma parte del libro, del mismo modo en que su infancia y la de su primo Carlos son un poco la mía y la de toda nuestra generación.

Cuando le escribí aquel correo a Fernando, omití decir que la última vez que estuve en Tuxtla intenté regresar, pero fui incapaz de permanecer frente a la refaccionaria donde, para mí, todavía está la casa familiar, donde se yergue aquel tamarindo y donde mis primos y yo podíamos robar cerveza del refrigerador de los abuelos. Tampoco le dije que su libro me hizo volver a encontrarme con una parte importante de mi vida. Ahora pienso que tengo pendiente otro viaje a su ciudad. Tal vez ahora pueda regresar a la Onceava Poniente y echar una última ojeada a aquella casa tan entrañable. También conocerlo a él; agradecerle personalmente por encontrar las palabras precisas para hablar de todo eso tan difícil e inasible que es la memoria humana; la suya, la nuestra. Mientras, mi sombra figura en la portada de su libro, donde se resguardan muchos recuerdos compartidos. A veces, de maneras misteriosas, algunos caminos se entrecruzan.


Autores
ciudad de México,1980. Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y Comunicación Social en la UAM-Xochimilco. Ha trabajado como guionista y realizador en diferentes medios de comunicación como Capital 21 y Canal 22. También ha sido profesor en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, donde impartió el seminario taller "Producción de Documental Histórico", en la licenciatura de Historia. Es director, guionista, fotógrafo, diseñador sonoro y postproductor de cortometrajes de ficción y proyectos documentales.

Leí Solana, de Fernando Trejo. Lo leí un jueves y lo leí días después de la muerte de mi primo Iván. Eso, y las condiciones meteorológicas de la ciudad, provocaron en mí un pequeño llanto que de la nada apareció como arroyo sin cause. Solana, debo ser honesto, reivindicó mi postura hacia la poesía de Fernando Trejo.

«De ti nace el refugio de los ciegos. De ti la cicatriz del beso. La mancha de la eyaculación…»

Hoy escribo con el café a un lado. Escribo desde un estado contemplativo y a distancia de la lectura. Escribo desde un escritorio, cual oficinista de estos tiempos. Soy lector antes que otra cosa e, independientemente de todos los cánones establecidos para reseñar libros y hacer una crítica, hay una regla, un libro te gusta o no te gusta, un libro te provoca o no te provoca y a partir de ahí, uno debe de empezar a ejercer parte del oficio.

«Nadie sabía, Carlos, dónde andaría de Dios tu caminar al día siguiente…»

Solana me ha gustado por su lenguaje, me ha provocado por su historia. Solana es un viaje a una adolescencia ocurrida bajo el cielo y el calor de una ciudad, Tuxtla o cualquier otra, el descubrimiento de un camino donde vibra la vida y también la muerte. Es el viaje al Ítaca del comienzo de nuestra juventud. Leer Solana es travesar la intimidad de dos primos que se convierten en amigos y ambos, comienzan a descubrir el mundo. Es un poemario catártico que nos va develando la inocencia, los miedos, el deseo, la rebeldía, tan propia de esa patria de la que todos, tarde o temprano, hemos sido exiliados.

«Comíamos en tu casa dos o tres veces por semana. Por las fechas de lluvia cuando el paraíso es un inferno y la ciudad (cualquiera) se vuelve un terraplén de hojas y fantasmas…»

Podría comparar el libro con otros dos poemarios escritos años antes sobre el mismo tema pero, honestamente, nunca se me ha hecho justo decir que este libro se parece a otro y que sólo cambia el lenguaje y se adecua al tiempo. Tampoco he creído en aquellas reseñas en las que se dicen que tal autor es ahora el nuevo Neruda o nuestro Tomas Tranströmer de la literatura chiapaneca o mexicana. Hoy, Fernando se sostiene por un trabajo limpio, que ya ha dejado de ser, desde hace mucho tiempo, un conjunto de ejercicios poéticos.

«Por nuestra historia. Porque los pasos en la tierra la lluvia los carcome…»

Uno debe de reconocer en sí, el trabajo que hay detrás, la lucha constante por encontrar una voz, la búsqueda de todos los días, el camino que ha recorrido el escritor a través de los años. Y quienes nos asumimos, con un poco de decoro, escritores o poetas, hemos aprendido a respetar el trabajo y a reconocer el acto de fe que existe al construir otra realidad a partir del lenguaje.

«Pero nadie te dijo, Carlos, nadie supuso al día siguiente cómo tallar a la pared tu nombre, cómo entablar una conversación contigo por medio de la nada…»

Solana es un maravilloso canto a esa inocencia, hermandad y complicidad que ocurre entre primos y hermanos. El libro, un poemario por demás catártico, es un ajuste de cuentas a la memoria de Carlos, cómplice y primo entrañable de Fernando en aquellos años donde el mundo apenas comenzaba a develarse. Es también la letanía y el rezo hacia eso que perdemos y que, tarde o temprano, se vuelve oscuridad, «oscuridad que no es más que un aleteo de sombras…».

 

*Solana, Mención Honorífica del Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino. Fernando Trejo (Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, 1985).


Autores
[Chiapas] es escritor y apasionado de los viajes y la fotografía. Colabora en diversos periódicos con crónicas y relatos. Reside en San Cristóbal de las Casas.

Leí Solana, de Fernando Trejo. Lo leí un jueves y lo leí días después de la muerte de mi primo Iván. Eso, y las condiciones meteorológicas de la ciudad, provocaron en mí un pequeño llanto que de la nada apareció como arroyo sin cause. Solana, debo ser honesto, reivindicó mi postura hacia la poesía de Fernando Trejo.

«De ti nace el refugio de los ciegos. De ti la cicatriz del beso. La mancha de la eyaculación…»

Hoy escribo con el café a un lado. Escribo desde un estado contemplativo y a distancia de la lectura. Escribo desde un escritorio, cual oficinista de estos tiempos. Soy lector antes que otra cosa e, independientemente de todos los cánones establecidos para reseñar libros y hacer una crítica, hay una regla, un libro te gusta o no te gusta, un libro te provoca o no te provoca y a partir de ahí, uno debe de empezar a ejercer parte del oficio.

«Nadie sabía, Carlos, dónde andaría de Dios tu caminar al día siguiente…»

Solana me ha gustado por su lenguaje, me ha provocado por su historia. Solana es un viaje a una adolescencia ocurrida bajo el cielo y el calor de una ciudad, Tuxtla o cualquier otra, el descubrimiento de un camino donde vibra la vida y también la muerte. Es el viaje al Ítaca del comienzo de nuestra juventud. Leer Solana es travesar la intimidad de dos primos que se convierten en amigos y ambos, comienzan a descubrir el mundo. Es un poemario catártico que nos va develando la inocencia, los miedos, el deseo, la rebeldía, tan propia de esa patria de la que todos, tarde o temprano, hemos sido exiliados.

«Comíamos en tu casa dos o tres veces por semana. Por las fechas de lluvia cuando el paraíso es un inferno y la ciudad (cualquiera) se vuelve un terraplén de hojas y fantasmas…»

Podría comparar el libro con otros dos poemarios escritos años antes sobre el mismo tema pero, honestamente, nunca se me ha hecho justo decir que este libro se parece a otro y que sólo cambia el lenguaje y se adecua al tiempo. Tampoco he creído en aquellas reseñas en las que se dicen que tal autor es ahora el nuevo Neruda o nuestro Tomas Tranströmer de la literatura chiapaneca o mexicana. Hoy, Fernando se sostiene por un trabajo limpio, que ya ha dejado de ser, desde hace mucho tiempo, un conjunto de ejercicios poéticos.

«Por nuestra historia. Porque los pasos en la tierra la lluvia los carcome…»

Uno debe de reconocer en sí, el trabajo que hay detrás, la lucha constante por encontrar una voz, la búsqueda de todos los días, el camino que ha recorrido el escritor a través de los años. Y quienes nos asumimos, con un poco de decoro, escritores o poetas, hemos aprendido a respetar el trabajo y a reconocer el acto de fe que existe al construir otra realidad a partir del lenguaje.

«Pero nadie te dijo, Carlos, nadie supuso al día siguiente cómo tallar a la pared tu nombre, cómo entablar una conversación contigo por medio de la nada…»

Solana es un maravilloso canto a esa inocencia, hermandad y complicidad que ocurre entre primos y hermanos. El libro, un poemario por demás catártico, es un ajuste de cuentas a la memoria de Carlos, cómplice y primo entrañable de Fernando en aquellos años donde el mundo apenas comenzaba a develarse. Es también la letanía y el rezo hacia eso que perdemos y que, tarde o temprano, se vuelve oscuridad, «oscuridad que no es más que un aleteo de sombras…».

 

*Solana, Mención Honorífica del Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino. Fernando Trejo (Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, 1985).


Autores
[Chiapas] es escritor y apasionado de los viajes y la fotografía. Colabora en diversos periódicos con crónicas y relatos. Reside en San Cristóbal de las Casas.

EL MANUSCRITO

Solana fue el último libro de poesía que edité en 2014. Podría enumerar una decena de anécdotas felices al rededor del trabajo de edición. Sin embargo, debo confesar que fue un proceso desgarrador, un golpe en la nuca, un temblor en mitad de la oscuridad; una derrota.

Ese día, cuando el engargolado llegó a mis manos, decidí salir con él de la oficina e ir a un parque para tomar un café y leer. Fue un impulso. Abrí el libro y comencé. Llegó la sorpresa. El libro era bueno, me dije y acabé de un tirón la lectura. Después, el correo institucional y la serie de formalidades estorbosas para el primer encuentro con Fernando: necesito tus papeles, tu fotografía, tu semblanza, exclamé desesperada desde mi silla de oficina y la sequedad burocrática. Aquella vez, él y yo no alcanzábamos a ver lo importantes que serían los meses siguientes.

CARLOS Y FERNANDO

No toqué el libro durante tres semanas, no pude. Aquella casa, aquella intimidad familiar con olores de la madre, de la hermana, de los primos traía a la memoria la luz de mi infancia cuando Julio y Adriana lanzaban piedras por la ventanita que conectaba su casa y la mía. Ven a jugar, mi mamá ya dio permiso, yo salía corriendo y aquella vuelta a la esquina era el viaje a Ítaca. Mi insistencia de siempre por subir a la azotea para jugar con el coche Apache oxidado, con los tendederos, las tablas y los botes de pintura, aquello era un barco y una fiesta. Pasábamos la tarde allí, haciendo ruido para Ezequiel, el vecino, e ideando la forma de cruzar la barda de su casa y descender por las escaleras de emergencia hasta su jardín y arrancar flores y salir corriendo con el tesoro, pequeños piratas enloquecidos y babosos.

De pronto llegó el mail de Fernando. Me habló de Carlos, protagonista de Solana. Nunca comenté esto, pero la presión fue grandísima. Allí, en mi escritorio, estaban las planas de un libro lleno de vicisitudes y de momentos muy oscuros.

LA EDICIÓN

La voz poética que articula los versos en Solana nos pide que fijemos la vista en algo que está debajo de la desesperación por recordar al primo ausente. Hay en este libro una labor limpia y honesta por una verdad poética, que se convierte en un espejo y algo que explota en la memoria, pues todos tenemos una solana o un puente que nos regresa a casa, a esa casa familiar que los años han desdibujado y ahora es una ficción a la que recurrimos cuando un grito ahogado nos empuja al vacío.

LA PORTADA

Fernando me habló de la fotografía en la que aparece con Carlos y ambos eran muy niños. Por la calidad de la imagen era imposible reproducirla para la portada. El inicio del trabajo de arte para el libro fue complicado, nadie daba en el punto para ilustrar Solana. Pasé un mes en el limbo hasta que casualmente conversé con Ricardo Poery y él se entusiasmó por el libro y por la historia de este par de primos. Comenzó el trabajo. Ricardo me mostró fotografías bellísimas, con cielos atiborrados de nubes, aviones de papel y paisajes citadinos agobiantes. No, dije siempre que no, esa no es la portada del libro me repetía y le repetía. Finalmente nos reunimos de nuevo y observé que en la carpeta de fotografías muestra para la portada había una que desconocía. Salí con la cámara y la tomé esta mañana, pero no es buena, no creo que te sirva, me comentó Ricardo. Le pedí me mostrara. Ahí estaba esa fotografía tímida, pero luminosa; esa era la solana de Carlos, esa era su historia.

EL LIBRO

El libro llegó en enero de 2015. Y como amigos que resultamos Fer y yo, se lo comuniqué con gritos (en mayúsculas) por Facebook. Lamentamos mucho no poder celebrarlo y aún queda pendiente el brindis y el conocernos en persona. Porque a todo esto, él y yo nunca nos hemos visto, ni abrazado.

LA DERROTA

Querido Carlos:

Los últimos meses he postergado esta carta. Finalmente ahora quiero decirte que ha sido un gusto poder conocerte, saber de ti y de los juegos, las caricaturas y las películas que yo también vi durante mi infancia. Una vez pasaron Volver al futuro en Canal 5 y la grabé en un cassette beta. La veía todas las tardes cuando llegaba a casa después de la escuela, memoricé todos los diálogos de McFly. Años después mi mamá la perdió en una venta de garage. Terminator nunca me gustó mucho, me asustaban esos ojos rojos de robot. Ya no veo a Julio y Adriana, mis primos: nos peleamos y al parecer todo fue definitivo. ¿Cómo mantener todo unido? ¿Cómo sobrevivir? Creo que esas son las preguntas que te haría si estuviéramos sentados en la mesa de tu casa, tomando una cerveza. No hablaríamos del libro, sé que tendrías la decencia de no mencionarlo nunca. Quiero confesarte que creo no fue suficiente el trabajo y que quizá no hice mérito a ti y a Fernando por el regalo de darle forma en papel, tinta y logotipos a una historia que me guiña todo el tiempo, que retumba, que duele; que me toma de la mano algunas veces y hace que yo regrese, Carlos, que regrese.


Autores
(ciudad de México, 1984). Poeta, narradora y editora. Ha publicado en diversas revistas literarias como Casa del TiempoDédaloSíncopeEste PaísPalestraMaldoror (Uruguay); la revista digital Valderrama y el suplemento cultural Guardagujas, de la Jornada Aguascalientes. Su primera obra poética Cosas que nunca dije antes de que estallaran las bombas fue publicada en 2012 por el sello editorial catalán Foc. Fue becaria en el área de narrativa por la Fundación para las Letras Mexicanas (2009-2010).

EL MANUSCRITO

Solana fue el último libro de poesía que edité en 2014. Podría enumerar una decena de anécdotas felices al rededor del trabajo de edición. Sin embargo, debo confesar que fue un proceso desgarrador, un golpe en la nuca, un temblor en mitad de la oscuridad; una derrota.

Ese día, cuando el engargolado llegó a mis manos, decidí salir con él de la oficina e ir a un parque para tomar un café y leer. Fue un impulso. Abrí el libro y comencé. Llegó la sorpresa. El libro era bueno, me dije y acabé de un tirón la lectura. Después, el correo institucional y la serie de formalidades estorbosas para el primer encuentro con Fernando: necesito tus papeles, tu fotografía, tu semblanza, exclamé desesperada desde mi silla de oficina y la sequedad burocrática. Aquella vez, él y yo no alcanzábamos a ver lo importantes que serían los meses siguientes.

CARLOS Y FERNANDO

No toqué el libro durante tres semanas, no pude. Aquella casa, aquella intimidad familiar con olores de la madre, de la hermana, de los primos traía a la memoria la luz de mi infancia cuando Julio y Adriana lanzaban piedras por la ventanita que conectaba su casa y la mía. Ven a jugar, mi mamá ya dio permiso, yo salía corriendo y aquella vuelta a la esquina era el viaje a Ítaca. Mi insistencia de siempre por subir a la azotea para jugar con el coche Apache oxidado, con los tendederos, las tablas y los botes de pintura, aquello era un barco y una fiesta. Pasábamos la tarde allí, haciendo ruido para Ezequiel, el vecino, e ideando la forma de cruzar la barda de su casa y descender por las escaleras de emergencia hasta su jardín y arrancar flores y salir corriendo con el tesoro, pequeños piratas enloquecidos y babosos.

De pronto llegó el mail de Fernando. Me habló de Carlos, protagonista de Solana. Nunca comenté esto, pero la presión fue grandísima. Allí, en mi escritorio, estaban las planas de un libro lleno de vicisitudes y de momentos muy oscuros.

LA EDICIÓN

La voz poética que articula los versos en Solana nos pide que fijemos la vista en algo que está debajo de la desesperación por recordar al primo ausente. Hay en este libro una labor limpia y honesta por una verdad poética, que se convierte en un espejo y algo que explota en la memoria, pues todos tenemos una solana o un puente que nos regresa a casa, a esa casa familiar que los años han desdibujado y ahora es una ficción a la que recurrimos cuando un grito ahogado nos empuja al vacío.

LA PORTADA

Fernando me habló de la fotografía en la que aparece con Carlos y ambos eran muy niños. Por la calidad de la imagen era imposible reproducirla para la portada. El inicio del trabajo de arte para el libro fue complicado, nadie daba en el punto para ilustrar Solana. Pasé un mes en el limbo hasta que casualmente conversé con Ricardo Poery y él se entusiasmó por el libro y por la historia de este par de primos. Comenzó el trabajo. Ricardo me mostró fotografías bellísimas, con cielos atiborrados de nubes, aviones de papel y paisajes citadinos agobiantes. No, dije siempre que no, esa no es la portada del libro me repetía y le repetía. Finalmente nos reunimos de nuevo y observé que en la carpeta de fotografías muestra para la portada había una que desconocía. Salí con la cámara y la tomé esta mañana, pero no es buena, no creo que te sirva, me comentó Ricardo. Le pedí me mostrara. Ahí estaba esa fotografía tímida, pero luminosa; esa era la solana de Carlos, esa era su historia.

EL LIBRO

El libro llegó en enero de 2015. Y como amigos que resultamos Fer y yo, se lo comuniqué con gritos (en mayúsculas) por Facebook. Lamentamos mucho no poder celebrarlo y aún queda pendiente el brindis y el conocernos en persona. Porque a todo esto, él y yo nunca nos hemos visto, ni abrazado.

LA DERROTA

Querido Carlos:

Los últimos meses he postergado esta carta. Finalmente ahora quiero decirte que ha sido un gusto poder conocerte, saber de ti y de los juegos, las caricaturas y las películas que yo también vi durante mi infancia. Una vez pasaron Volver al futuro en Canal 5 y la grabé en un cassette beta. La veía todas las tardes cuando llegaba a casa después de la escuela, memoricé todos los diálogos de McFly. Años después mi mamá la perdió en una venta de garage. Terminator nunca me gustó mucho, me asustaban esos ojos rojos de robot. Ya no veo a Julio y Adriana, mis primos: nos peleamos y al parecer todo fue definitivo. ¿Cómo mantener todo unido? ¿Cómo sobrevivir? Creo que esas son las preguntas que te haría si estuviéramos sentados en la mesa de tu casa, tomando una cerveza. No hablaríamos del libro, sé que tendrías la decencia de no mencionarlo nunca. Quiero confesarte que creo no fue suficiente el trabajo y que quizá no hice mérito a ti y a Fernando por el regalo de darle forma en papel, tinta y logotipos a una historia que me guiña todo el tiempo, que retumba, que duele; que me toma de la mano algunas veces y hace que yo regrese, Carlos, que regrese.


Autores
(ciudad de México, 1984). Poeta, narradora y editora. Ha publicado en diversas revistas literarias como Casa del TiempoDédaloSíncopeEste PaísPalestraMaldoror (Uruguay); la revista digital Valderrama y el suplemento cultural Guardagujas, de la Jornada Aguascalientes. Su primera obra poética Cosas que nunca dije antes de que estallaran las bombas fue publicada en 2012 por el sello editorial catalán Foc. Fue becaria en el área de narrativa por la Fundación para las Letras Mexicanas (2009-2010).

¿Qué fue primero, la palabra o la imagen? Parece que, en la vida adulta, para cualquiera está más al alcance la palabra. Pero yo, antes que a escribir, aprendí a dibujar. El dibujo es de los primeros rituales de los que tengo memoria. Y todos los que a la fecha dibujan tienen historias que contar, lo mismo sobre sus primeros dibujos como sobre los más recientes. De niña tenía una pared en mi casa asignada para pintar en ella lo que quisiera. Todos los días después de comer, mi mamá me daba a escoger entre una serie de dulces: ella se comía un Carlos V y yo unos Salvavidas. Me sentaba frente a la pared y pegaba un papel. Dibujaba letras, personas, figuras o coloreaba.

A todos los niños los ponen a dibujar porque es la primera forma de comunicación sin filtro de la vida. Y cuando crecemos, a veces nos enfrentamos a exámenes psicométricos donde —ya que somos tan ajenos a lo que nuestros dibujos quieren decir— nos imponen trazar una persona, un paisaje, una escena para interpretar quiénes somos.

De niña recuerdo bien cuánto disfruté dibujar. Cuando aún no había aprendido y pulido el código del idioma, podía expresarme a través de líneas, colores y formas. Fue como si la aprehensión del mundo comenzara en esta primera figuración de lo que está alrededor. Luego vino la lengua y el perfeccionamiento de su uso y, poco a poco, ese otro lenguaje aprendido parecía intangible o dejado de lado (a veces es más eficaz hablar que imaginar, escribir que dibujar).

Si la lengua es un código que va afinándose con el uso, lo mismo ocurre con la imagen. Todos usamos el lenguaje escrito y también hacemos parte de la cultura visual constantemente, como lectores pero también como generadores de discursos. De ahí que haya ilustradores que aspiran a tener un «estilo» o que copien «el de otros». Porque muchas veces la copia no es otra cosa que un enmascaramiento, un no querer ser quien se es, bien porque no se sabe quién es (como diría el Rey Chiquito: «¿es cognoscible el ser?»), bien porque no se quiere demostrar ese ser. Si un examen psicológico se aprovecha de esta ignorancia para que vertamos nuestro ser (el bueno, el malo y el feo) en un examen que nos vuelve aptos para desarrollar un trabajo de 9 a 6 en una oficina, ¿qué esperar de una portada de una revista impresa por millares o de un cartel que se volverá referencia los próximos años o será olvidado al día siguiente? El estilo puede ser desnudarse en público o bien esconderse, taparse la boca. Una imagen que no fue pensada o sentida al hacerse es igual a un silencio. Y el silencio también es una decisión.

Dibujar es comunicar ideas, emociones e interpretar el mundo. El dibujo, entendido como un ejercicio sincero, es una ruta para encontrar sentido y paz. Es memoria, pensamiento y emoción. Pero sobre todo, dibujar es un ritual: tan cotidiano como comer y tan necesario como alimentarse.

Para Alejandro Magallanes, un dibujo inevitable está presente en nuestra caligrafía: nadie puede tener letra fea porque la manera de escribir no es otra cosa que un reflejo de uno mismo. Aceptar nuestra caligrafía es aceptarnos; conocerla es reconocernos. La verdadera expresión, nuestra forma de trazar las letras sobre un papel (punzante o suave, veloz o pausada, sobre el renglón o por todas partes) es muestra de quiénes somos todo el tiempo y en ese instante. Escribir una nota de «ahorita vuelvo» con prisa o una carta a un ser querido no es igual que anotar la lista del super antes de dormir. Necesitamos nuestra letra y nos expresamos hasta en las cosas más pequeñas.

Cada día escribimos menos a mano y más con un teclado. La imagen reaparece en forma de emoticones, porque la necesidad primigenia es expresarse. Y si una letra a mano a veces no miente, es difícil saber que detrás de un gatito llorando de risa hay en el fondo un changuito tapándose los ojos.

La imagen es nuestro primer acompañante porque es una forma universal de comunicación que apela menos a un código y más a una naturaleza intangible del dibujo: hay un punto, una línea, un plano, colores. La realidad puede reconstruirse de manera intuitiva igual por un niño que por un adulto. Y el dibujo puede conmover a quien sea.

¿Cuándo dejamos de dibujar? Llega el momento en la vida de muchos en que alguien advierte tus dibujos y bien palmea tu espalda en señal de aprobación o frunce el ceño y asegura: «dibujas horrible». Dicen que si un adulto dibuja como un niño chiquito es porque a cierta edad abandonó la actividad, entonces sigue aplicando las mismas soluciones que cuando dejó de reflexionar sobre cómo representar mejor lo que se imagina o ve enfrente. Si uno lo piensa, esos dibujos hechos en el presente son una radiografía, un fósil de ese pasado intocable, de un momento detenido que, en realidad, en cualquier momento se podría volver a echar a andar.

El dibujo es también trabajo y disciplina. La técnica mejora con el tiempo. La mano se vuelve más fiel al ojo. No hay un tiempo establecido para mejorar, para conseguir el resultado imaginado. El dibujo en este sentido se convierte también en un ritual: un ejercicio que ocupa un espacio casi sagrado en la cotidianidad de quien decide incluirlo en su vida, con lugares delimitados, tiempos y una apertura especial, que no ocurre en otros momentos del día. De ahí que compartir el gusto de dibujar te ligue con otras personas también. Y como todo ejercicio, no siempre es fácil encontrar un camino o un tema o un sentido que nos haga fluir en él.

Al final, quienes deciden dedicar su vida a crear imágenes no son forzosamente los que mejor dibujaban de niños, en comparación con su generación; son los que más lo disfrutaron, quienes encontraron en esta herramienta un vínculo consigo mismos y con el mundo, una manera de expresarse y pensar, de plasmar emociones y emocionar a otros. Y no pudieron ni quisieron dejar de hacerlo, a pesar de que alguien, sin querer, les haya dicho que dibujaban horrible. Nadie dibuja horrible. Toda imagen tiene algo que decir. Todo dibujante aspira a decir algo a través de sus imágenes. Todos sabemos dibujar.


Autores
(Morelia, 1984) Es gestora cultural, ilustradora, editora y escritora. Coordina el diplomado Casa: Ilustración Narrativa de la UNAM. Forma parte del comité organizador de El Ilustradero y del Catálogo Iberoamérica Ilustra. Es socia de Oink Ediciones y del estudio Cuarto para las Tres.