La forma de ver televisión ha cambiado radicalmente en las últimas dos décadas. Desde la migración de las señales gratuitas al boom de los canales de paga, Kin Navarro rastrea su infancia a mediados de los noventa y, a la par, hace zapping para mostrar la evolución en las producciones televisivas, desde su concepción, su recepción y la forma en la que consumimos contenidos audiovisuales actualmente.
A mediados de los noventa sólo tenía una televisión en la que me servía de la barra pública y gratuita. Devoraba ávidamente las caricaturas, y series juveniles del canal 5, Los Simpson y otras comedias del 7, las telenovelas del 2 y una que otra joya del cine nacional. Las noches del sábado y las mañanas del domingo eran religiosamente para las películas que vimos una y otra vez hasta que se convirtieron en clásicos a fuerza de repetición. Tiempo después descubrí que cortaban escenas para anunciar todo tipo de productos. Se supone que así adecúan el largo de las películas a los horarios rígidamente establecidos: cada hora o media hora comienza otra cosa y se acabó. Poco pueden las intenciones del director o las necesidades estéticas de una obra ante el dinero. Un día encontré, en un rincón solitario, un cable enredado, coaxial. Pirata. Quedé maravillado ante la variedad y el colorido de la televisión de paga. Podría dividir mi vida en un a.C. y d.C. (Antes y Después del Cable).
Pero pronto se fue la ilusión. En mis canales preferidos se repetía incansablemente la misma barra de los mismos episodios de los mismos programas una y otra vez, por semanas o, incluso, meses. Algunos marcan su origen desde la masificación del control remoto y otros se lo achacan a la televisión por cable; de cualquier manera, el zapping se tornaba tortuoso. Podía pasar hasta quince minutos surfeando la señal. Canal tras canal, la pantalla escupe una frase, una acción, una imagen. Gente hablando de moda. Una violación. Gana el concurso. Asesinatos. Explosiones. Risas grabadas.
¿CÓMO SE ESCRIBE LA TELE?
Una buena serie desarrolla un marco o idea dramático que pueda explotarse a placer. Se debe ser breve y preciso al momento de vender esas ideas, algo que suene llamativo y extensible: un par de agentes especiales del FBI se enfrentan a misterios paranormales, un extraterrestre aprende los valores fundamentales junto a su nueva familia terrestre, un hombre perdido en el tiempo debe saltar de vida en vida para resolver encrucijadas ajenas con la esperanza de regresar a su época. Mientras mejor se cumpla esta regla, más rentable puede resultar la serie y sus posibilidades de ser producida aumentan. La pregunta principal es: ¿cuántas temporadas puede extenderse?
Producir un capítulo piloto es apenas la promesa de una posibilidad. Si el programa es elegido por los grupos de prueba podrá existir, al menos, para una primera temporada. Así, cuando al fin se transmite, nadie sabe cuál será el final de todo aquello. Esta manera de producir contenidos es una apuesta de peso. ¿Tendrá el favor del público y el de los productores? Las series que fueron canceladas abruptamente son incontables. Sin oportunidad para desarrollar historias que puedan sorprendernos a la mitad, que cambien su rumbo, que logren sutileza en su devenir o profundidad en sus personajes, la televisión fomenta la espectacularización hiperbólica de lo peor de la realidad. Es un McTrío con nota amarilla, rosa y roja. No se trata de entregar una historia que pretenda construir una idea clara o un mensaje preciso sino de mantener la atención del público de nuestro lado por la mayor cantidad de tiempo posible, a veces sin saber hacia dónde se dirige la historia o qué es lo que se busca contar. De ahí tantos finales decepcionantes, inverosímiles, abruptos, flojos, truncos o forzados.
DE NAPSTER A MEGAUPLOAD
En algún punto, la red dejó de ser un club de ñoños intercambiando datos y curiosidades a la The Big Bang Theory. Para la industria del entretenimiento y sus secuaces colaboradores, el juego cambió por completo. Gran parte de las actividades humanas, sociales y culturales han sido modificadas gracias al internet. Napster fue la primera prueba de ello. ¿Que la gente quiere compartir su música sin costo? ¡Demándelos! ¿Que andan subiendo películas y series descontinuadas que les podríamos estar vendiendo aunque igual no lo íbamos a hacer? ¡Cárcel para todos!
En los últimos años ha quedado clara la incapacidad de la industria musical, cinematográfica y televisiva para adaptarse a un mundo que la necesita cada vez menos. Tanto el público como los profesionales creativos de estas industrias van aprendiendo que, gracias a la red, podemos no depender (tanto) de mediadores con visiones chatas y obsoletas. ¿Qué sería de la televisión sin los criterios de algunos productores amafiados y mañosos con visiones cortas del mundo, cultura mínima y muchos prejuicios? ¿Qué sería de la televisión si no se produjera para vender cosas sino ideas? Hoy, muchos contenidos han sido rescatados del olvido o reclamados para ser conocidos y compartidos por nuevas generaciones. Si la televisión es un componente fundamental para comprender la cultura a la que pertenecemos, ¿qué tan conveniente es que un minúsculo grupo de personas posea el derecho exclusivo de modificarla y reproducirla? Más aún si las ganancias que puede generar son mínimas y ya se obtuvo beneficio de estos contenidos. En la red, el copyrigth entra a un área gris. ¿Cómo culpar, perseguir y juzgar a quienes crean archivos .GIF? ¿Quién lo creó, en dónde?
Imaginen cuántas personas se habrían podrido en una celda si durante toda la historia de la humanidad hubiesen existido personas miserables dedicadas a señalar que tal o cual idea, personaje o situación era pertenencia de uso exclusivo de los herederos de sus clientes o de sus prestamistas. Goethe y Unamuno lo habrían pensado dos veces antes de «robar» a Fausto o a Don Quijote. ¿A quién le habrían tenido que pagar? ¿Hasta cuándo y hasta dónde se debería ser dueño de las historias?
Una cultura viva y sana es aquella en la que sus participantes son libres para transformarla, reactualizarla y reconcebirla. Es el proceso que muchas etnias viven actualmente; con tal de no perderse, deciden reinventarse. Mi cultura es este entorno y las historias que me contaron. ¿Quién se encargará de demandar a esas malvadas personas que se inspiran en las princesas Disney para repensar los paradigmas femeninos, hacer parodias o tutoriales para manufacturar un disfraz? ¿Quién reclamará justicia por los miles de artículos de Star Wars que no pasaron a depositar su cheque? ¿O por Spider-Man reinventado como un cholo ñero? El contenido audiovisual que consumimos deja de depender de los caprichos mercantiles de la niñera electrónica y comienza a volverse una decisión que trasciende las limitaciones de la transmisión analógica o digital. La elección la hace quien ve. No importa si ya no pasan ese programa o es poco popular, si no está en nuestra lengua, si no lo trajeron a nuestro país. El esfuerzo colectivo de quienes consiguen el archivo, lo encriptan, comparten, subtitulan y traducen ha podido más que las patadas de ahogado de los corporativos. Hasta ahora ACTA, PIPA, SOPA: nombre chistosos que encierran el más profundo desprecio por los derechos culturales de las personas. Una tras otra, estas leyes pretendieron reducir los derechos y facultades de los usuarios de la red argumentando que lo hacían «por su seguridad».
No sólo tenemos legítimo derecho a la «alta cultura», a lo museístico y académico, al ballet y a la música de cámara o al tepache y las piñatas, el mole y el son; también a la cultura que nos formó en la televisión y de la que formamos parte.
EL EFECTO NETFLIX
En un mundo capitalizado no caben los espacios de libre intercambio. Una pequeña empresa estadounidense, fundada en 1999, ofrece enviar por correo las películas hasta tu casa. Pero el streaming lo cambia todo. Contratos millonarios, producción de series originales, nominaciones al Emmy. Las televisoras de pronto se ven orilladas por plataformas de distribución por esas pequeñas y sencillas ventajas que ofrecen por encima de ellos. Ver el contenido que quieras, cuando quieras, como quieras, las veces que quieras. Cada serie encuentra su nicho de mercado, compuesto a veces por la más improbable de las combinaciones, unidas sólo por una serie televisiva.
Ahora se pueden experimentar nuevos esquemas en los que no es necesario que una serie sea descrita y preproducida desde un capítulo piloto para ver si se realiza o no; esquemas en los que cada elemento esté en función del sentido de la serie, en los que exista una mayor preocupación por las ideas detrás del todo.
Los finales de cada capítulo ya no requieren suspender la acción, dejarnos colgados para esperar una semana a ver en qué acaba todo aquello, si se salvará o no el personaje en peligro con tal de garantizar que seguiremos sintonizando. Ni segmentos diseñados dramáticamente para que se le puedan insertar comerciales, costumbre que no comprende la lógica de la narración. Esto da pie a explorar profundamente la psicología de personajes más complejos, mejor elaborados y de las que nos mostrarán distintas facetas. Historias cuya estructura ya no dependerá tanto de su éxito inmediato sino de la consecución de los puntos dramáticos necesarios, historias hechas bajo un concepto, idea o mensaje claro y bien definido, con posturas tomadas ante ciertos hechos y problemas. Ahora basta con dar click en «siguiente», unas cuantas horas disponibles y mucha voluntad para terminar con una temporada completa. Cada quien sabe cómo dosifica los episodios, a riesgo de quedar sin su serie favorita por el tiempo que tarde en salir la siguiente temporada.
Asistimos a un cambio en las estructuras dramáticas, una transformación de la lógica misma de los contenidos. La distribución a través de plataformas como Amazon, Netflix y Hulu posibilita un intercambio cultural más horizontal y sin precedentes dado el interés mostrado por varias cadenas por producir series en los países a los que ofrecen transmisión. Además, el rescate de clásicos televisivos amplía el diálogo hacia el pasado. ¿Cuál será la lógica para la distribución y consumo de series en los años por venir?
Quizá estamos ante la posibilidad de que, finalmente, las series se conviertan en un medio «literario» de nuestra época. Historias que reflejen nuestra época, ya no sólo como entretenimiento sino como ese ancestral rito. Tal vez nos acercamos a la novela del siglo XXI, ese espacio para detenernos, mirarnos y reflexionar. Esas, pienso, podrían ser algunas características de la nueva televisión. ¿Qué le podrá decir al mundo? ¿Será mejor que la que tuvimos hasta ahora? ¿Servirá para adoctrinar, para educar, para enajenar, para liberar?
La crítica cinematográfica es, ante todo, un lugar donde convergen el cineasta, el crítico y el espectador. En este texto, Arantxa Luna explica el papel del crítico como difusor e intérprete, así como su importancia para motivar discusiones que aporten y retroalimenten al campo. También ahonda en sus vicios, como la cercanía con la farándula de la industria que le ha hecho perder de vista su función principal: la de establecer vínculos entre el espectador y el producto fílmico.
El cine se inventó para que se viera
discutiera y nadie estuviera de
acuerdo.
Efraín Huerta
La crítica es un trabajo humano que nace desde la sencillez y la humildad que exige ser el traductor de un lenguaje. Preguntarse cuál es esta crítica que se supone hacemos o a la que debemos aspirar exige un acercamiento a los componentes de esta profesión y a los factores que destacan para ejercerla, aquello que la hacen lo que es.
LAS PUBLICACIONES
No es secreto que en México los espacios impresos para publicar son reducidos, contados y, cuando es el caso, penosamente pagados. Vivir así es insostenible. La cerrazón de las grandes publicaciones abrió lugares de corte independiente alojados en internet. El crítico peruano Gustavo Buntinx menciona que «la palabra clave para nuestra época crepuscular no es revolución sino mutación». Si nuestro lugar ya no está en los medios impresos y lo virtual a veces es un terreno pantanoso, ¿cómo acercarnos a esta avalancha de escrituras?
En los intentos por formar una crítica radicada dentro del circuito cinematográfico se ha perfeccionado una serie de propuestas que hacen una revisión teórica y práctica de esta actividad. ¿Qué hace falta para, por ejemplo, crear un plan de estudios en donde la crítica cinematográfica se reconozca como una profesión? ¿Es suficiente alojarla en cursos, seminarios, foros y diplomados? No lo es; sin embargo, esto ha permitido que las personas que se asumen como críticos cinematográficos experimenten la autocrítica y la reflexión en torno a lo que hacen. La preocupación es lograr distintas y novedosas lecturas a veinticuatro cuadros por segundo para poner sobre la mesa que el desconocimiento de la crítica no puede hacer más que condenarla.
Además, es claro que esta carencia no sólo obedece a una lógica editorial y de mercado que excluye este tipo de ejercicios, pues sin duda el problema más grave también viene de nosotros, los autores. Ya lo dijo Jorge Ayala Blanco: «[la crítica] es una creación del lenguaje, es algo que no existe, pero que tiene que sostenerse por sí mismo. Lo difícil es, precisamente, la vida de la crítica en sí misma».
EL ESPECTADOR
La percepción de la crítica cinematográfica en México es extraña y ambigua. Detrás de algunos nombres reconocidos que se inscribieron casi en su totalidad en el periodismo, queda una agridulce sensación en donde críticos, espectadores y cineastas alimentan numerosos prejuicios en una relación de amor-odio.
Por un lado, gran parte del público cree que los textos sobre cine son densos y herméticos o, en su defecto, que escribir es algo que cualquiera podría hacer si sólo cuenta de qué va la película y lo adereza con adjetivos como «bueno», «bonito» o «arriesgado». En ese sentido, es complicado diferenciar a un verdadero crítico cinematográfico. Escribir sobre cine se rige por el respeto. ¿Cómo escribir si no se reconoce la otredad?
El cine es un fenómeno social que necesita de una lectura obligada donde mirada e imagen se complementen; sin esto, es una creación muerta. El esquema básico es claro: filme, espectador y un intermediario. Críticos y espectadores tienen que saber que esta mirada siempre debe provenir de un sujeto activo que dé sentido a la existencia de la imagen, uno que no se ve ajeno al mundo, de su tiempo histórico, y que entiende a la perfección que el filme es producto de un momento. Tanto espectador como crítico deberían ser así y desechar lo que el argentino Roger Koza ha llamado «una autonomía equívoca» para poder adentrarse al fenómeno fílmico. Nadie puede estar apartado de su contexto.
Rosa María Palencia, catedrática de la Universitat Autònoma de Barcelona, señala que «en el proceso comunicativo que el texto fílmico constituye y, al mismo tiempo pone en marcha, están presentes no sólo los términos de una narración (story), sino una serie de principios, puntos de vista, un discurso, en fin, dirigido específicamente a una audiencia, tejido con unos materiales (y no otros) que, sin embargo, al satisfacer la pulsión voyerista del espectador, provocan en él la ilusión de su intromisión en un mundo aparentemente ajeno y distanciado de su propio entorno».
EL CINEASTA
Para muchos cineastas, la figura del crítico cinematográfico es la de un ente chocante e innecesario, una idea errónea. El crítico, al escribir, también hace cine: organiza el pensamiento, genera dudas y estimula al espectador/lector. Cuando esto no se reconoce, lo que se produce es un vicio que alimenta el desdén y excluye la autocrítica.
La tradición de la crítica viene desde los años sesenta en Francia con la Nueva Ola y sus Cahiers du cinema, un espacio en donde algunos críticos devinieron en cineastas (Chabrol, Rohmer y Godard, por ejemplo). La historia fue testigo de que el cine que construyeron fue más intuitivo y abierto. Es arriesgado afirmar que ese tipo de cine fue posible gracias a su paso por la escritura, pero es imposible negar que ver cine —y escribir sobre él— es la mejor forma de conocer y comprender el mundo fílmico.
Aunque la crítica se construye como una actividad «externa» a la producción cinematográfica, es necesaria para abrir o cerrar el círculo de lectura que requiere cualquier filme. No es posible crear desde el desconocimiento. Cualquier actividad creativa debe explorar y reconocer al otro; no al revés. El cine siempre será un lenguaje abierto, polisémico, que debe ser leído y discutido. Cineastas y críticos tienen la obligación de generar debate y reflexión.
DE EGO SE MUERE: EL QUEHACER
¿Qué no hacen los críticos que deberían hacer? Hace algunos años, el cineasta italiano Franco Zeffirelli declaró que «deberíamos eliminar a los críticos. Son superficiales, egoístas, atrasados e inútiles, y la mayor parte de las veces hablan de películas que ni siquiera han visto». Quizá tenga razón. Pienso en lo que una amiga llama «prensa canapé», aquella que asiste a las presentaciones fílmicas por el café y los souvenirs, un buen ejemplo de por qué Zeffirelli piensa así. Habría que ver si este tipo de colegas trabajan bajo el título de «críticos».
Pensar que hay ingenuidad alrededor de esta actividad es el peor y más frecuente de los errores. Hay confusión entre la espectacularidad que acompaña a la industria cinematográfica y lo que significa ser un mediador: facilitar la aproximación al cine gracias al pensamiento. La labor de un crítico es lograr una comunicación vinculante. El crítico observa desde la contextualización, la relación y la causalidad.
LA ESCRITURA
¿Por qué alejar los textos de crítica cinematográfica de las cualidades que puede tener cualquier escrito de otras disciplinas? Alguna vez escuché a algunos compañeros decir que lo que ellos hacían no era periodismo, como si la crítica fuera una actividad superior.
A veces olvidamos que un filme puede ser al mismo tiempo un objeto de estudio y de placer. Cuando esto no se logra, se nota en textos ambiguos, frágiles, en donde reluce la falta de investigación y una imaginación árida que desconoce el ritmo, la claridad, la construcción de oraciones cortas y directas. De nada sirve llenar a la crítica de metáforas, referencias herméticas y vicios de lenguaje.
La otra mirada que se construye después de ver un filme sólo se logra con rigor, constancia y disciplina. No hay que olvidar que la crítica de cine también puede ser una postura ante el mundo pues, al ser imposible deshacerse de la subjetividad, se enuncia desde un contexto y la escritura es, irremediablemente, parte de eso.
LA LABOR
Pareciera que la capacidad de análisis se mide ahora por número de seguidores, favs o por las mejores frases jocosas. La clave para la profesionalización debe comenzar por encontrar un punto medio: librarnos de los escritos que sólo recurren a los lugares comunes y de aquellos bañados de solemnidad autonombrados «crítica culta». Hay que hacerlo porque olvidamos que la crítica también puede ser una expresión suave, transparente, exenta de respuestas insoslayables. El cine se caracteriza por esa capacidad de trazar más dudas que certezas, dudas seductoras y fascinantes. El ego y el dogma son grandes amigos.
Cuando se escribe no se busca reproducir lo ya visto en pantalla, porque el objetivo último es interrogar cómo se constituyó ese producto audiovisual. Al crear reflexiones en torno a esta actividad habría que preguntarse qué se necesita para hacer crítica cinematográfica. Quizá la respuesta esté en cambiar el prejuicio por el juicio en justo valor por los larguísimos procesos mentales esenciales para la reinterpretación del filme.
La mejor manera de enfrentarse a una película es desde la ingenuidad. Pero ésta es vista por muchos con desdén y confundida con ignorancia y pereza. Lo que hace falta en esta nueva generación de críticos es el deseo de ofrecer textos novedosos, directos, sin olvidar que algunas ideas pueden ser cárceles de larga duración en las que sólo nosotros decidimos cuánto tiempo permanecemos.
Sin duda, falta ver a la crítica no sólo desde la escritura, sino como creadora y cómplice de procesos como la formación de públicos, instituciones e, incluso, el propio cine. Aunque se trabaje en solitario, la crítica no puede ser una actividad aislada porque la búsqueda debe terminar cuando se establezcan otros tipos de relaciones en donde el lector también sea generador de su conocimiento.
Los críticos se construyen constantemente; el trabajo no es sencillo. Percibir forma y contenido, deambular entre la denotación y la connotación, llegar al aspecto estético y hacer evidente lo que el espectador experimenta cuando está frente a un filme no es algo que se haga en una sentada. Aunque todavía falta mucho camino por recorrer, la crítica cinematográfica siempre acompaña al cine en sus transformaciones. Al final, es bueno recordar que «el amor por una película está en la escritura».
Ante un público ávido de grandes producciones hollywoodenses, el papel del crítico de cine es el de protector y mesías: levantar la voz en defensa del canon y la tradición, así como guiar al espectador por el camino que lo pondrá más cerca del espíritu del cine. Aquí, Alonso Díaz de la Vega defiende la experiencia estética del cine y manifiesta el deber del crítico en nuestros tiempos.
La labor del crítico es objeto del desprecio, el ridículo y la simplificación de espectadores y creadores que consideran su criterio superior al de un personaje que no ve las obras: las estudia. Cuando hablamos de un crítico no nos referimos a un miembro empoderado de la audiencia que utiliza su foro para propagar y abundar en su gusto personal, sino de un estudioso alejado de aquella falacia tan propugnada por los malos periodistas: la objetividad. La verdad no se expresa, se reconoce o se experimenta. El crítico no va a ser objetivo pero va a intentarlo porque tiene más en común con el artista de lo que se sospecha: ambos son absurdos. Ante la imposibilidad de entender todo, ambos intentarán recopilar la realidad, aun si saben de la imposibilidad de lograrlo.
La labor del crítico es, entonces, intentar comprender al artista, que, a su vez, intenta comprender el mundo. El crítico evalúa esa percepción de acuerdo con la gran construcción estética del hombre, el canon. El crítico es un guardián de la tradición, encargado de evitar la desmemoria de los nuevos creadores y, sobre todo, del público. Difusor cultural, pero no propagandista de las humanidades, ni prosélito de causas políticas. Los académicos del feminismo, del marxismo, del posestructuralismo y otras tendencias caracterizadas por la imposición ligada a la labor política no deben ser considerados críticos de arte, sino ideólogos. Si nos interesa la desigualdad social en las obras de Dickens, la crítica a la monarquía en la pintura de Gericault o la presencia de la mujer en los libros de Woolf, debemos leer a aquellos pensadores, pero si queremos descubrir la resonancia espiritual de los filmes de Tarkovski o descifrar las preocupaciones existenciales de Camus, lo ideal es acercarnos a Richard Brody o Harold Bloom. Ninguno de estos hombres carece de ideología, pues la idiosincrasia no es necesaria, sino ineludible, pero ninguno hace política para un grupo. Ellos hacen descubrimientos para la humanidad.
El trabajo esencial del crítico es compartir, no delimitar.
La crítica cinematográfica, afortunadamente, no se ha contagiado de los males que padece la literaria, donde las políticas de reivindicación minoritaria se empeñan en derribar el canon. Ya Irving Howe habló de ello en un artículo de 1991 para The New Republic, «You Should Absolutely, Positively Read the Canon in College», donde explica la necesidad de preservar las grandes obras del canon occidental ante las presiones de la academia politizada. Aunque el olvido de la tradición por razones políticas es muy grave, no se le puede comparar con los males que padece la crítica de cine, que se encuentra en un momento aún peor. Del plagio a la simplificación, algunos autores confunden la sinopsis y la recomendación de fin de semana con la labor crítica; otros se toman su labor tan en serio que roban textos, mientras algunos críticos tienden a la simpleza intelectual y profesional. La crítica académica, por otra parte, es una posibilidad raras veces explorada por la audiencia, desinteresada en acercarse a críticos como Jorge Ayala Blanco.
El espectador es responsable de esta decadencia, pues sus decisiones afirman o niegan la influencia de los críticos. Sin una audiencia que le responda, el crítico se convierte en un loco dialogando con el aire. Pero las preocupaciones industriales de nuestros días, cuando el arte se ve diezmado por la repetición y la fugacidad, nos orientan a una democratización excesiva del criterio estético y a una evaluación capitalista de la creatividad. Sólo triunfa lo que complace. No es el comentario crítico lo que pesa, sino el volumen de boletos comprados. La caída de aquel demiurgo que dominaba el gusto público, como el tirano Visarión Belinski, que encumbróa Dostoievski, significa un rechazo de la aristocracia decimonónica y resume el pensamiento de nuestra cultura democrática. El crítico fue, como Samuel Johnson, el rector del conocimiento y la belleza. Hoy, al igual que monarcas absolutistas y dictadores, se ha visto derrotado por la voluntad popular, que en nuestro presente, tan orientado a la integración de alta y baja cultura, carece de la especialización para evaluar lo que pertenece al canon construido durante milenios; en el caso del cine, sólo un siglo. En poco tiempo la historia de la cinematografía mundial ha sido olvidada por audiencias y reseñistas, que no críticos, debido a la ausencia de materias cinematográficas en las escuelas y a un desinterés general que lleva a la gente a aceptar la historia según Hollywood. En respuesta a ello han aparecido esfuerzos monumentales como los filmes de Mark Cousins, The Story of Film: An Odyssey; de Jean-Luc Godard, Histoire(s) du cinema, o de Martin Scorsese, A Personal Journey WithMartin ScorseseThrough American Movies y My Voyage to Italy, no para construir sobre las ruinas del pensamiento un imperio nuevo, sino para rescatar el fundamento de toda creación presente: el pasado.
En buena medida, esta democratización extrema deriva del capital, que dio al ciudadano un poder que sobrepasa la fuerza del voto: el poder adquisitivo. El consumo está guiando a sociedades enteras a una reedificación del statu quo donde ya no son las élites las que dominan, sino las masas ansiosas de ver la próxima secuela de Transformers. Consecuentemente, estamos experimentando una reinvención de los cánones. Sólo en esta época podría acusarse a Harold Bloom de elitista por despreciar lo que desdeñosamente llama «ficción de supermercado». Si bien su tono es su peor enemigo, es sólo el resultado de su desesperación ante el primordial instrumento de medición estética de nuestro tiempo: el bestseller. La venta determina el éxito en la edad del capital, mientras el mérito artístico se convierte en un romance, un capricho.
La búsqueda de lo perdurable ya no es la norma. Los criterios de la audiencia responden con aceptación a las cifras de ventas y no al valor estético, porque el principio de toda comodidad es el placer que provoca. Y si atendemos a Sigmund Freud, nuestro instinto guía es el principio del placer, pero no de los grandes placeres que nos provoca el cine más trascendente, sino de las emociones fáciles que conllevan los efectos especiales. El espectáculo de lo imposible ha reemplazado al espectáculo de la experiencia humana. Este fenómeno demuestra la futilidad de la labor crítica ante una audiencia indiferente a las labores artísticas. Sin embargo, la consolidación de los artistas en el pasado nos ha llevado a pensar equivocadamente que el crítico en algún momento fue relevante, cuando quizá sólo lo fue en sectores muy limitados. Habría que recordar la primera novela de Dostoievski, La gente pobre, y el disgusto de su protagonista, Makar Devushkin, ante la obra de Alexander Pushkin, que le impacta y le aterra por su reconstrucción de la miseria. Makar prefiere libros sentimentales que no le representan lo que es el mundo, sino lo que él desearía que fuera.
Lo único que ha cambiado desde el siglo xix hasta nuestro tiempo es la fuerza del hombre común. Antes su educación era determinada por las preocupaciones nacionalistas, mitológicas, filosóficas, de la aristocracia, y antes ésta dominaba las tendencias. Hoy, la educación pública ha perdido su efecto ante la andanada de las imágenes mediáticas, todas diseñadas para complacer y encumbrar las nuevas convenciones. Lady Gaga y Kim Kardashian resultan más reaccionarias de lo que se cree porque son la preservación de un sistema de valores centrado en la adquisición de bienes. Sus sensuales imágenes no son transgresoras ni nuevas: son símbolos de nuestra era consumista. En ellas no está el futuro; está la sinrazón de nuestros orígenes, y en su atracción masiva podemos descubrir que las preocupaciones del hombre moderno se reducen a lo simple. El presente es una caída libre hacia los comienzos de la historia.
Irónicamente, tras los fracasos de la aristocracia y la democracia, sólo la crítica puede ser el encuentro del hombre consigo mismo. No puede garantizar el mejoramiento de la sociedad y sus instituciones, pero puede impulsar la reforma de la humanidad que nos acerque a un individualismo funcional. Cada hombre que ama a todos los hombres significa un paso hacia una nueva noción de sociedad donde la solidaridad y la compasión se conviertan en las bases de la convivencia. La crítica no podrá lograr eso sola, mucho menos en un área tan específica como el cine, pero puede ser el comienzo del cambio.
El documentalista Godfrey Reggio suele decir que Los olvidados, de Luis Buñuel, fue una experiencia espiritual que transformó su visión del mundo. Cuando la vio decidió, mediante el cine, provocar un cambio similar en otros. Así se gestó el imprescindible documental Koyaanisqatsi. La crítica cinematográfica es la única que puede hacer a las audiencias entender esa vuelta alrededor de uno mismo a la que nos invita la imagen en movimiento. El cine nos ayuda a reconocer nuestra esencia en pantalla, pero la crítica nos impide negar ese descubrimiento; nos obliga a comprenderlo y, sobre todo, a aprehenderlo. Si los evangelios sirven a los cristianos para acercarse a la divinidad, la crítica es una aproximación a los confines del espíritu. Debemos garantizar la prevalencia de esta actividad no sólo acercándonos a ella, sino reconociendo sus mayores expresiones. Por supuesto, la idea de lo mejor es artificial, como todo pensamiento humano, pero la ausencia de calidad es evidente ante la experiencia de la variedad. Leer a muchos críticos nos llevará inevitablemente al descubrimiento de grandes pensadores y a la revaloración de los farsantes. Pero sólo un público lector podría lograr eso.
¿Cómo puede la crítica reorientar al mundo si nadie está interesado en leerla? Quizá es momento de recurrir al ensayo en video. El crítico debe adaptarse a las realidades de su tiempo para acercar al gran público a los triunfos estéticos que lo merezcan de acuerdo con su criterio. Ya lo hicieron antes Cousins, Godard y Scorsese. Acaso es momento de evolucionar y seguir a los maestros sin que los críticos olvidemos la responsabilidad que tenemos de conocer la historia que precede toda creación contemporánea. No porque nos dediquemos al video en un futuro tendremos derecho a desligarnos de la literatura. El público puede conocer o ignorar cuanto desee, pero el crítico está obligado al incesante rescate del conocimiento. Más que recomendarnos lo divertido o lo «fascinante», el crítico nos compartirá lo revelador, lo nuevo dentro de nuestras biografías.
PRIMER ESTUDIO. HACIA UNA DESCRIPCIÓN DE LOS COMENSALES
En el vórtice de la inmediatez, olvidamos la introducción de El tragaluz infinito, del crítico y cineasta francófilo nacido en San Francisco, California, Noël Burch, de la que vale la pena traer a cuento su primer y largo párrafo de cuatro frases en la traducción que hizo Francisco Llinás para Cátedra, en 1987:
En lo esencial, este libro fue escrito entre 1976 y 1981. Surgió de los debates que, en Francia y en Italia, al menos desde 1965, en Gran Bretaña y en Estados Unidos aproximadamente desde 1970, habían trastocado el orden del día de la historia, de la estética y de la sociología del cine. Dado que el enorme trabajo llevado a cabo en aquel momento en ambos continentes se había efectuado bajo el signo del estructuralismo, del materialismo dialéctico histórico y, en los países anglosajones, del feminismo de izquierda, los logros de esta época sufren, durante la actual reacción «postmoderna», un cierto eclipsamiento. En esta época nuestra [mediados de los ochenta] de triunfante empirismo, todo lo que huele de cerca o de lejos a sistematización, teorización, aparece irremediablemente como «hurgón». Igualmente, todo aquello que implique una oposición fundamental a los valores segregados por el capitalismo aparece como irrisorio.
El tenue tono de reclamo del teórico del Modo de Representación Institucional dibuja con exactitud el arco histórico de donde parten los autores convidados por Tierra Adentro para enarbolar una muestra del estado actual de las cosas en la crítica de cine, y en la experiencia escritural de la industria televisiva. Los jóvenes invitados a ensayar sobre este tema, concebidos por la generación que señala Noël (intelectualmente activa a finales de la década de los setenta, hoy formadores en plenitud), no sólo dan por hecho el triunfo de los valores hegemónicos del capitalismo, ni ven mal la sistematización —el uso de un aparato teórico para argumentar sus suspicaces ideas. Hoy prefieren reinventarlo todo, abandonar —ogni speranza— cualquier método de estudio, y huir de lo que pueda aparecer bajo el envoltorio de lo «hermético», según acusa desde lo alto del deber ser Arantxa Luna, quien saluda al lector en el refugio de su individualismo absoluto, declarándose a sí misma huérfana de toda genealogía ideológica ¿o cinéfila?
Este cartel generacional de escritores, críticos y guionistas entrega todo propósito al alba de la paga por un trabajo especializado y reclama no ser reconocido por una remuneración injusta, según dejan ver las entrevistas al mundo industrial del guionismo que levantó Hipatia Argüero. En esas experiencias antologadas, se expone el enfrentamiento de los montos de pago por actividades culturales contra los espectaculares honorarios de actividades cuyo estricto propósito es divertir.
Hoy, antes de analizarlo, prefieren definir el concepto trazando cualquier punto de partida y previendo distopías, como el fin de la era Gutenberg, a la que hace explícita referencia el apocalíptico Alonso Díaz de la Vega, quien se aventura a proponer un siguiente paso en lo que él llama «la evolución de la crítica cinematográfica», las formas orales-visuales, que, dice cual heraldo de avanzada, son la base de la comunicación (¿equiparando el mundo prehistórico al del advenimiento de la historia del cine según Mark Cousins o Godard, sin pasar por la casa de Dziga Vértov o Kluge?).
Y para tantear el tema del mundo interior que la pantalla chica propició en los espectadores de un momento histórico privilegiado, como el de la etapa de la multiplicación de los formatos de visualización, un tema por demás rico para materias sociológicas y nunca desgastado en su planteamiento fenomenológico, Kin Navarro enarbola una lista de reclamos que deja abiertas al hipotético lector enterado de su vida catalogada en «horas tele».
Pero ni Burch ni nadie de su generación pudo prever este tiempo de mutilados hablando de sus mutilaciones. A la salida del bosque que incendiaron las generaciones precedentes —los Deleuze y los Metz, los Kracauer y los Vértov, los Ortega y Gasset, los Sartori y los Barthes—, a las que teóricos nacidos después de la Segunda Guerra Mundial quisieron dar un cauce venial y productivo, hay un descampado hórrido, vestigios mentales desde donde se comienza a construir, a disgusto, algo incómodo, deforme y bello, sin duda.
Y no es para menos; el crítico madrileño Carlos F. Heredero recuerda que el viejo y atinado Giulio Carlo Argan escribió que hoy se piensa en «la categoría de una irracionalidad no racionable, decidida a no dejarse racionalizar en la medida que así pretende realizar una libertad de expresión, que exige la condena preliminar de cualquier esquema racional», y los medios de comunicación masivos, en este caso el cine, la televisión y el internet, se encargan de absolver a cualquier fenómeno de su análisis. Todo coincide. Estamos aquí reunidos.
SEGUNDO ESTUDIO. HACIA UNA POSIBLE COMPRENSIÓN DE LOS HECHOS
Como editor de una revista de cine, F.I.L.M.E., conozco y he seguido, interesado, los textos de todos los invitados a este aquelarre. Hay algo que me salta a la vista y aprovecho para despejarlo.
Por un lado, que sigan aprovechando el escaparate para acusar de falta de escaparates. Por otro, que reclamen al aire su renta, que hagan notar, como casi unívoco fin de sus textos, el dinero que alguien les tiene que pagar. Y, finalmente, llama la atención que se quiera imponer un tipo de texto para escribir sobre cine que sea claro, y nunca una reseña.
Que no existen espacios para publicar, para desarrollarse como críticos de cine, o escritores de la televisión, es una falacia que ya no es vigente. Hubo un lustro de oscurantismo, que empezó con la desaparición física de las deslumbrantes revistas serie B (Generación et al. siempre abiertas a la calidad y a la provocación), en el que la única alternativa eran los medios de comunicación masiva. Pero nosotros estábamos en formación y siempre podíamos acudir a revistas estudiantiles (si no había, se hacían) o insistir en periódicos emergentes, donde necesariamente no pagaban. Tu obra no le urgía a ningún editor, hoy rara vez le urge, pero el balón siempre está en tu cancha cuando se trata de tus textos.
Abandonamos el cascarón y, poco a poco, buscamos un rincón de la cantina desde el cual gritar. Con internet en la mano, ¡construimos nuestras propias cantinas! Eran nuevos espacios que creíamos redituables instantáneos, y en todo caso nos pondrían en la palestra. Ambas cosas han tardado en revelarse, pero en menos tiempo que el lustro que nos costó llegar masivamente al mundo web, ya estamos al frente del tablero. Es nuestro turno.
Butaca Ancha, Cinema Tradicional, Corre Cámara, Cuadrivio, El Fanzine, F.I.L.M.E. Magazine, Ipso Facto, Registromx, Síncope y Tierra Adentro son ahora los mares que hay que surcar. Ahí estamos todos (por si Heriberto Yépez, que semana a semana tanto se lo ha preguntado en Laberinto, quiere saber) armados hasta los dientes de lo último que pudimos encontrar (sin miedo) en Wikipedia, en Internet Movie Database, y en las copias perdidas de una licenciatura sin pena ni gloria, pero también de lo que se pueda explorar en las hemerotecas (abandonadas) y en todos los archivos de Babel que se puedan descargar en dispositivos electrónicos porque no inventamos nada. Ahí está todo, a pedir de boca. Nunca en las escuelas. Nunca en el trajín diario.
El dinero llega, de manera errática, casi siempre de donde menos te lo esperas. Pero el camino no debe trazarse en pos de conseguirlo; en este mundo sólo se nos está permitido verlo pasar y disfrutar del panorama. Y no nos dedicamos a esto para nadar en dinero. Luego pedimos manutención a algo, a alguien, como si no supiéramos en dónde están las carteras abiertas, pero, además, levantamos la voz cuando el mismo dinero que solicitamos se nos requiere como cuota mínima de entrada, como boleto para ver cualquier película, cualquier serie de televisión…
Tres de estos autores escriben sobre lo que se debe escribir para cambiar el curso de los tiempos. En su esquina, los regañones (sin decir cómo, ni ejercer su propuesta) piden que para masificar la lectura de la crítica se debe profesionalizar la reseña, la recomendación, el siempre inoportuno feisbucazo y el oportunista y engañoso tuitazo. En la otra, la manga ancha de la experiencia habla primores de la producción del melodrama televisivo, publicitario y moral. Imaginen (cfr. Lennon) un mundo en el que se trazan sendos ensayos muy bien escritos sobre las telenovelas que, puntuales, todos quieren comentar bajo el tamiz del texto que algún profesional del periodismo cultural o de espectáculos produjo. Ese mundo no existe. O, en todo caso, es una imagen posible del infierno.
TERCER Y ÚLTIMO ESTUDIO. LA CRÍTICA PRESENTACIÓN
«Algo huele mal en Dinamarca», ya se sabe. Vivimos en los restos de un mundo roto. Nos dedicamos a escribir. Se tiene que hacer bien y eso no significa uniformar la escritura, de eso depende que los distintos tipos de lectores se queden. De eso depende que los varios grupos de espectadores no le cambien al canal. Hoy se escribe más que nunca, se lee compulsivamente. Que tire el primer tuitazo quien no postee una vez al día en su ser desdoblado, travestido que es el feisbuc de cada día. Ese es el reto al que nos enfrentamos: la multiplicidad de lecturas, de escrituras.
En los setenta se discutió tanto el dilema que aquí proponen los autores, que nadie se molestó en concluir ningún debate (cfr. Comolli, Cine contra espectáculo). La puerta sigue abierta, las pantallas encendidas. Los pantallistas van dibujando una impostura frente a lo que se deja contemplar (falta saber cómo mira quien ve los videojuegos).
Nuestro himno ha sido escrito y entonado por Rubén Bonifaz Nuño: «No me ilusiono, admito…». Estos son los textos que nos tocaron leer y producir; por encima de ellos habrá otros peores, y así hasta la ignominia de la era de los gruñidos. Nos queda seguir hasta el fin de nuestra historia. Somos los pantallistas que quieren traducir, o los que quieren encontrarse en lo que miran, o quienes están buscando su sitio, o los que ya lo encontraron y despotrican.
Atentos, ya tenemos la palabra. Troquémosla de nuevo.
En México, dos golosinas siempre aparecen juntas: las alegrías (muéganos dulces de semillas de amaranto) y las pepitorias (obleas de trigo con miel y semillas de calabaza). Los mexicanos tenemos claro que esta pareja está obligadamente unida pues es tradición que quien vende una siempre venda la otra (y sólo la otra).
Me pregunto si esta unión tiene que ver con algo que se dice por ahí: que al conquistar el país, los españoles prohibieron el cultivo del amaranto con el fin de aniquilar el antiguo ritual en que los mexicas consumían su semilla mezclada con sangre humana. A cambio introdujeron la hostia cristiana, oblea que tenía un simbolismo afín pero sin verdadero canibalismo.
Ahora me pregunto si al desaparecer la prohibición, alegrías y pepitorias habrán quedado ligadas unas a otras como forma de rememorar la contigüidad de esos rituales y neutralizar —esta vez de manera dulce— la reminiscencia del antiguo festín sangriento.
Desde hace unos años el mundo ha visto a la televisión tomar el lugar que le correspondía al cine como fuente de innovación narrativa, pero en México aún estamos lejos de todo lo que rodea a la experiencia televisiva. Por eso convocamos a cinco jóvenes críticos y guionistas a discutir sobre el estado actual de la producción audiovisual y las diferentes formas que existen de escribir crítica, hacer guiones o, incluso, ver la televisión. De esta manera, Praxedis Razo nos invita a navegar la web y darnos cuenta de que el verdadero censo es cibernético; Alonso Díaz de la Vega clama por una era de la crítica democrática; Arantxa Luna se pone en el papel de lo que Virginia Woolf llama «el lector común»; Kin Navarro hace zapping y nos muestra la evolución de los formatos televisivos y, por último, Hipatia Argüero explora el mundo de las telenovelas mexicanas, la fuente de trabajo más notable de guionistas en ciernes. Complementamos esta edición con una conversación entre Jaime Muñoz de Baena y Rodrigo Ordóñez, ambos guionistas, que discuten sobre los cambios a nivel nacional del formato televisivo y el impacto que los servicios de streaming o la distribución por canales como YouTube puede tener en la forma en que se escribe cine y televisión en México. Este número de Tierra Adentro también incluye una entrevista con Jordi Carrión, con motivo del lanzamiento de la edición definitiva de Teleshakespeare, además de una crónica escrita por Diego Salas sobre el mundo de las artes marciales mixtas en Xalapa, una selección de poemas del japonés Keijiro Suga y la edición más reciente de La Ceibita. En la edición anterior, decidimos no publicar en portada el trabajo pedido ex profeso a los artistas Bef y Blumpi. Como un espacio siempre abierto al diálogo, Tierra Adentro ofrece una disculpa a los dibujantes.
Es muy sencillo hacerle reproches al pasado. El pasado tiene el defecto de fábrica de ser anacrónico, y nosotros, aquí y ahora, tenemos la fraudulenta virtud de vivir en el presente. Quizá por lo anterior me parecen ridículos los juicios contra aquellos escritores que «eran buenos, pero no se parecían a nosotros, los ultra modernos»; «era un buen escritor pero odiaba la naturaleza»; «era un buen filósofo pero estaba a favor de la monarquía»; «era una buena poeta, pero era monja y ahora es santa», «conocía al ser humano pero era un burgués» y un largo etcétera. Es tanto como juzgar a Virgilio por no haber sido cristiano, y juzgar su obra sólo por haber sido escrita, sí, con una beca del Estado. Solemos hacer del pasado un bárbaro. Y hacemos del pasado un bárbaro para menguar la barbaridad de nuestra sociedad y nuestro presente.
Adelantarse a su tiempo es más difícil, por lo azaroso que resulta, de lo que parece: no sólo por el esfuerzo que implica que un individuo se deslinde, si es que esto es posible, del pensamiento corriente, sino porque también el pensamiento o sensibilidad de ese individuo debe coincidir con las ideas que gocen de prestigio en el futuro. Había escritores que se oponían a los tiranos, pero que eran esclavistas: ¿Por qué? Porque su siglo lo era. ¡Cuántos poetas no celebraron a Napoleón como un libertador; auténticos poetas que si hoy levantaran la voz a su favor serían denostados, y creo, con justa razón!
Adelanté estos dos párrafos para que los siguientes episodios literarios que voy a citar puedan entenderse desde ángulos diferentes, pues de cualquier modo han de parecernos chocantes, cuando no intolerables, por su misoginia. Sólo son fragmentos azarosos de una tradición conformada casi sólo por varones. Pienso de inmediato en el canto XXIII de la Ilíada, esa obra atribuida al quizá autor colectivo de nombre Homero, que trata sobre los juegos fúnebres que se celebraron en honor a Patroclo. En el canto XXII, versos 700-705, se dice:
El Pélida al momento depositó el tercer grupo de premios
para la ruda lucha, tras haberlos exhibido ante los dánaos:
para el vencedor un gran trípode para poner al fuego,
que en el precio de doce bueyes valoraban los aqueos entre sí;
y para el vencido puso en el centro una mujer
diestra en muchas labores, a quien tasaban en cuatro bueyes.
Como es evidente, el segundo premio para los héroes, es decir, el premio para el que llegue segundo, será una mujer. Una mujer griega, según se explica en el contexto, valía eso. El punto de vista de las obras literarias no corresponde siempre al del autor, mucho menos en este caso, donde se trata casi de un autor colectivo, pero sí se puede encontrar en ellas la representación de los usos y costumbres, el reflejo de sociedad y la voluntad de representación o la descripción de un mito que configura una manera de ver al mundo. Sabemos por Homero que en aquel tiempo una mujer estaba tasada en cuatro bueyes.
No quiero ser exhaustivo, quizá por ignorancia ni siquiera pueda serlo. Me gustaría brincar a la Edad Media. Tengo la certeza de haber leído una serie de fabliaux, esas narraciones breves sobre la cotidianidad de los siglos XII y XIII del pueblo llano en Francia, que trataban sobre la perfidia de las mujeres, supuestamente traidoras y poco dignas de confianza. Recuerdo que en una de estas historias una mujer convence a su esposo de que ha muerto, pero que, por una extraña razón, sigue consciente. Lo convence a tal grado que lo recuesta en el establo y, a un costado suyo, se acuesta con otro hombre sin que pueda ofenderse, pues está convencido de que ha muerto. Él, triste y alterado, se resigna a que su esposa tenga otro hombre. ¡En aquellos fabliaux medievales el hombre parece una víctima de las terribles mujeres!
Una víctima romántica, ciertamente. Cambiando de tema, ¡cuántos versos misóginos se han escrito en nombre del amor! Fernando Pessoa, por voz del Barón de Teive, se burla de la a veces ridícula y masculina lógica romántica que convertía a las mujeres en victimarios y a los hombres en víctimas, cuando dice que el fondo de la obra de Leopardi se reduce a un «Soy tímido con las mujeres, por lo tanto Dios no existe»; y el caso más grave de Alfred de Vigny, que se reducía, según él, a un «No soy amado como quiero, por eso la mujer es un ente bajo, mezquino, vil, que contrasta con la bondad y nobleza del hombre». De allí podríamos afirmar que los poemas de amor tan idolatrados por nuestra tradición son poemas de una visión del amor casi exclusivamente masculina, esos poemas de amor que el poetastro «amante de la figura y delicadeza de la mujer» quiere adornar con pétalos de rosa, como cuando Gonzalo Rojas dice en «Las mujeres vacías»: «Menos que meretrices, más que vacas, / merecen un establo / donde haya cien corridas de mujeres / en cuatro patas, con las ubres sueltas».
Alguna vez alguien se preguntó si el Marqués del Sade era misógino: «No, claro que no», me dije al leerlo, «simplemente le gustaban las orgías en que un sifilítico sodomizaba a una mujer y luego la cosía» —siendo sarcástico, claro está. Me preguntarán, ¿alguien siente placer siendo cosido? No lo dudo, pero por favor, recordemos bien la última escena de La filosofía en el tocador y se trata más bien de una violación. El Marqués de Sade como parodia, como concepto es una cosa; tomárselo literal es caer en la ficción de Justine. El mundo del Marques de Sade es el mundo de la inmanencia. Es un mundo en que el placer personal somete a los otros, donde el placer del más fuerte impera. ¿No es un violador un sádico?
Hay una escena de sadismo brutal en una obra escrita unos sesenta años después del Marqués de Sade. Debo reconocer que cuando leí este fragmento de Los cantos de Maldoror, en el Canto III, estrofa 2, no pude sostener la mirada en el libro. Maldoror viola a una niña. Maldoror lleva un perro, al cual le exige que la mate, pero éste replica el acto sexual y entonces Maldoror lo mutila, para luego tomar una navaja y terminar su crimen sádico: hace una abertura en la vagina de la niña y le extrae las entrañas. Creo que, si entendí bien, un lector al leer esto debe sentir asco.
El siglo XIX se confrontó a una generación de escritoras que en nada se parecían a las aristócratas ilustradas que narraban los líos de faldas de la Corte en el siglo XVIII. Sus temas y su influencia en los lectores preocuparon a más de un conservador que reaccionó con hostilidad. No quiero desgastarme en casos penosos; prefiero hablar de uno sorprendente.
Atacar la obra de una mujer haciendo referencia a su género es ya ser misógino. Remitirse a una suerte de «naturaleza» genérica que determina su escritura es caer un determinismo biológico del intelecto y es una forma agresiva y excluyente de justificar cualquier intolerancia. «Escribe así porque es mujer» es la letanía no sólo del macho, sino de la pereza mental a secas. Lo mismo para los temas: creer que existen temas «de mujeres», como señaló algún crítico trasnochado a propósito de la obra novelística de Beauvoir, es una forma perezosa de juzgar. Me sorprendió mucho, por tanto, la manera en Heinrich Heine criticó y explicó su animadversión por el libro De l’Allemagne de Madame, Germaine, de Staël. En una parte se expresa así de las escritoras:
¡Oh, las mujeres! […] Cuando escriben, siempre tienen un ojo puesto en el papel y el otro en algún hombre, y esto se aplica a todas las escritoras, con excepción de la condesa Hahn-Hahn, que sólo tiene un ojo. […] Las mujeres, como todas las naturalezas pasivas, rara vez saben inventar, pero tienen el talento de desfigurar los hechos existentes de una manera tan pérfida, que estas falsificaciones refinadas son más dañinas que las vulgares invenciones de los hombres. Creo que verdaderamente mi difunto amigo Balzac tenía razón cuando una vez me dijo con un tono muy afligido: la mujer es un ser peligroso.
No hace falta defender a Heine diciendo que era moderno en otros aspectos o que no hablaba en serio. Incluso si fuera broma, si lo estuviera diciendo para provocar, representa una idea corriente sobre las escritoras. Heine, que odiaba a todo el mundo, había leído a Germaine de Staël y le había parecido que su libro era malo y que era necesario escribir uno mejor sobre el mismo tema. Al menos estaba renunciando a la indulgencia con que solían y suelen tratar a muchas escritoras editores de dudosas intenciones.
Doy los ejemplos en orden disperso, y quiero dejarlos al criterio del lector. En dos novelas fundamentales del siglo XX, escritas en alemán, ese odio a las mujeres también está presente en los personajes. Hermann Broch retrata a un contador inconforme que odia al mundo al mismo grado que desea perfeccionarlo. Enamora a la dueña de una taberna, una mujer mayor y desangelada. Esch o la anarquía termina así: «Siguieron marchando de la mano y se amaron recíprocamente. En alguna ocasión él la golpeaba aún, pero cada vez con menos frecuencia, y finalmente dejó de golpearla por completo».
En Auto de fe de Elias Canetti, la figura del erudito que desprecia a las mujeres la encarna un tal Peter Kien, sinólogo asexuado que se lía repentinamente con su doméstica, una persona rústica, interesada y tonta. Sin embargo, el verdadero misógino es el velador, Pfaff, que termina siendo el amante de la doméstica. Pfaff el velador terminó sólo con ese empleo porque mató a su hija a golpes.
En fin, no quiero entristecer a nadie.
Nosotros, que nos sentimos puros y ultramodernos, y que vemos con una sonrisa impostada de satisfacción el infantilismo reaccionario del pasado, seremos juzgados también por alguna sociedad que, esperemos (siendo absurdamente positivos), será mejor. No olvidemos, de cualquier modo, que no estamos exentos de defectos que ni siquiera sospechamos. Ya lo dijo Tzvetan Todorov: «No hay peor prejuicio que creer que podemos razonar sin prejuicios». ¿De qué barbaridades nos acusará el Futuro?
En su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua (1965), El lenguaje de la crítica del arte, Justino Fernández refirió:
La crítica de arte tiene un sentido vital porque, por una parte, nos pone en relación con otros hombres del pasado y el presente, por medio de sus obras; por otra, ayuda a establecer una comunicación espiritual entre el arte, los artistas y el público; y, en fin, en esas relaciones el crítico se descubre así mismo y al expresarse se entrega a los demás.[1]
Con esto el filósofo mexicano dejó ver lo espiritual, lo humano y lo sensible de la labor del crítico del arte.
Justino Fernández (1904-1972), dedicó su vida al estudio del arte, a partir de la crítica estética, histórica y filosófica. Realizó una serie de abstracciones para conocer y abordar con seriedad científica el estudio del arte desde la crítica, entre ellas: las condiciones humanas, la relación artista/crítico, la metodología, los valores y el lenguaje.
El autor nos dice que para que el crítico se pueda desarrollar como tal, debe ser afecto a la sensibilidad y la imaginación, así como tener la capacidad de análisis e interpretación. Es entonces el crítico, un complejo humano que parte de la sensibilidad, que analiza y que, gracias a los conocimientos estéticos, históricos y filosóficos, construye interpretando. La belleza la entiende como una teoría de la sensibilidad, que revela el principio de la realidad humana en un cierto periodo histórico. Así nos refiriere que lo que llamamos belleza en relación con el arte, es un sentido emocionante que se produce en nosotros gracias a una obra de arte. Ésta no es sino un complejo de intereses vitales puestos o compuestos en un cierto orden por el artista para crear un efecto atractivo y revelador.[2]
Partiendo de esto, y gracias a los estudios históricos, se puede conocer la originalidad de una obra, descubrir su proyección a futuro y entender la respuesta de una corriente artística a otra. La sensibilidad y la historia se integran cuando la primera pasa a ser revelación histórica, es decir, conciencia histórica del hombre en el mundo. La historia también completará y dará contenido a la conmoción sensible producida por la experiencia ante la obra de arte. Con base en lo anterior, la filosofía permitirá la construcción de conceptos, así como posicionar, estructurar y abrir horizontes para el análisis del arte.
Para Fernández, la importancia de la interiorización de la obra radica en el conocimiento del artista creador. Este entendimiento fue el que experimentó con la obra de José Clemente Orozco, comprendiendo su pintura como la asimilación del drama de la existencia del hombre, en el que éste se reconoce como finito, no estancado en sus peculiaridades históricas, sino reconociendo dichas particularidades como «la contingencia y la finitud que hacen posible su existencia».[3]La relación crítico/obra/artista la entiende desde la coincidencia de la «síntesis expresiva de las condiciones» tanto del artista como del crítico respecto de la obra de arte. Refiere que «la cuestión de la crítica radicará en la coincidencia entre las condiciones de uno y otro, considerados como polos de un mismo eje».[4] En su más alto nivel, la crítica del arte, «es testimonio de relaciones humanas; es la expresión de cómo un hombre, el crítico, siente, comprende e imagina que es otro hombre, el artista, partiendo siempre de la obra u obras específicas».[5] Entonces, el valor de la relación entre el crítico y la obra es por la relación profunda entre aquél y el artista.
Las condiciones del crítico no son las únicas para la construcción de la crítica del arte. También su metodología es fundamental. Para Justino Fernández las fuentes primordiales del crítico son el cómo y el qué ha expresado el artista; a continuación aplica métodos históricos-comparativos para conocer la originalidad de la obra, así como sus implicaciones circunstanciales y universales. Entonces, tendrá pleno conocimiento de la obra y conocerá la relación directa entre ella y el creador. Posteriormente, se establecerán las coincidencias profundas entre el crítico y el artista, comprendiendo así a éste y su obra. El proceso se revela desde la adquisición de la información y el análisis formal para terminar con la interpretación.
A través de sus estudios, los valores que rescata Fernández son la originalidad creativa, las «bellezas impuras» (complejas, técnicas, históricas y particularidades, con intereses vitales reveladores), la belleza en relación con la sensibilidad (poniendo «en movimiento una cierta dirección al complejo de potencias, de posibilidades, de intereses vitales del espectador, su pensamiento y su imaginación…»,[6] la proyección a futuro y la universalidad (el arte mexicano es universal en la medida en que es vía para la comprensión de la vida como finita para el ser humano), entre otros.
Para Fernández el uso del lenguaje resulta esencial para la crítica delarte. El lenguaje debe ser acertado (ordenado, claro, cuidadoso, técnico y erudito, sin exagerar), para establecer el modo en que el crítico ha comprendido y estimado la obra:
Si su interpretación es justa y penetrante descubre para sí y para otros, con el empleo de un lenguaje adecuado, tanto la manera y la técnica, o sea la forma en que se ha expresado el artista, como la idea expresada por él, sus sentimientos, su imaginación creadora y la belleza alcanzada del tipo que ésta sea; aún más, la de esclarecer el lugar que tenga la obra en la historia y su proyección en la cultura.[7]
La importancia de las condiciones, los valores y la metodología de la crítica resulta primordial al momento de expresar en lenguaje escrito lo que se ha analizado. El lenguaje de la crítica servirá «para comunicar descubrimientos y revelaciones; pero justificándolos paso a paso, con el debido conocimiento, sutileza y cuidado».[8]
A partir de lo anterior, se deduce que Justino Fernández construyó, desde la sensibilidad, el conocimiento humano, la investigación científica y la interpretación, una teoría atemporal y global para la investigación y el análisis del arte. Teoría que, pensando en las piezas, los artistas y las muestras contemporáneas, se puede extender en complejidad y creación a las piezas particulares, a las obras de un artista, así como a las muestras individuales y colectivas, abordando tanto las piezas como las líneas curatoriales y museográficas.
[1] FERNÁNDEZ, Justino, Pensar el arte, UNAM, México, 2008.
[2] FERNÁNDEZ, Justino, Estética del Arte Mexicano, México, UNAM-IIE, 1990.