Hubo un momento antes de que iniciará el Perú-Paraguay donde se suspendió el tiempo. La ceremonia protocolar había terminado y los equipos ya estaban en sus posiciones. El balón estaba colocado en el manchón central, los árbitros listos, el público justo al borde de la rutinaria excitación inicial. Pero el tiempo le había quedado largo al partido. Faltaban casi cuatro minutos para que el partido pudiera comenzar. El árbitro central se quedó viendo su reloj durante varios segundos. No podía pitar el comienzo todavía. Fue una pequeñísima fisura en el sistema que dice que todo debe comenzar a cierta hora específica. Nadie sabía qué hacer. Todos esperaban alguna reacción del árbitro, pero él no despegaba su mirada del reloj. Cada uno de los presentes se enfrentaría al imprevisto menor de la forma en que le diera en gana. La toma televisiva se abrió del balón en el centro a la panorámica completa de la cancha. En ese momento, casi al unísono, los jugadores de ambas escuadras, cada uno desde su mitad, empezaron a correr sin salir del radio de su posición. Hubo una extraña simetría en sus movimientos. Fue una coreografía no planeada. Era como si en la cancha un virus hubiera dañado el mecanismo interno del juego y este mutara a ser otra cosa. El balón no era el centro a partir del cual gravitaban los jugadores. Ellos corrían sin perder sus posiciones de un lado a otro. Por un momento no hubo centro. Los equipos se movían en espejo sin perder ninguno su posición en la cancha. El murmullo inicial de los espectadores adquirió tonos distintos. Nadie sabía si era enojo o excitación o una sensación distinta. Hasta que, en un momento de lucidez y conservadurismo radical, empezaron a entrar en sincronía balones a la cancha. Varias personas desconocidas sintieron que era necesario que volviera el centro. Quizá los mismos jugadores, sin saber qué más hacer, pidieron su eterna cadena redonda. La imagen empezó a tener el aburrido sentido de siempre. Hombres detrás de una pelota. Silbidos que exigían el comienzo del partido. El árbitro central advirtió que el tiempo había vuelto al cauce previsto. Los balones salieron de la cancha. Se detuvo el tiempo por última vez. Comenzó el partido.
No hay partido más extraño que el de la disputa por el tercer lugar. Su lógica pertenece al sinsentido de lo sobrante. Es un añadido planeadamente imprevisto. Los equipos llegan con la absoluta certeza de haber perdido desde antes. No disputan ni siquiera el primer puesto de los últimos, sino el segundo en la lista de los que no ganaron. Pierden dos veces antes de jugar. El partido es casi siempre una confirmación de los ánimos obtenidos durante los partidos de las semifinales. Perú y Paraguay, acaso los equipos más sorpresivos de la copa, llegaron a su último partido con la única certeza de que no serían campeones. Perú llegó con el ánimo de aquel que pudo llegar a la final, pues perdieron por la mínima diferencia y contaron con la expulsión temprana de Zambrano; Paraguay venía desfondado anímicamente tras el 6-1 frente a Argentina, con la doble pérdida de su jugador más desequilibrante, Derlis González, quien se perdió primero por la muerte de su tío, tras un paro cardiaco al verlo ser el héroe del partido frente a Brasil, en los cuartos de final y después durante el partido contra Argentina cuando salió lesionado al minuto 27. El resultado del partido fue una continuación de ambos estados de ánimo. Perú salió crecido de la copa, Paraguay también, pero con el temple triste de quien sabe que tuvo el destino en contra. También en la derrota hay matices. El partido por el tercer puesto en el mundial fue una mezcla de lo mismo, la depresión crónica Brasil lo hizo perder frente a la mezquindad práctica de Holanda.
Otra posible razón a la extrañeza del partido por el tercer puesto es que pocos lo ven. Y probablemente por eso nadie sabe exactamente qué sucede durante estos partidos. No he conocido todavía a nadie que me diga con total seguridad que vio un partido por el tercer puesto. Ni siquiera yo que tenía que verlo supe si lo vi de verdad. Dormité varias veces en el primer tiempo y durante los primeros minutos del segundo. Tampoco los espectadores que casi llenaron el estadio municipal de Concepción estuvieron atentos al partido, pero se escuchaban y veían contentos. Gritaban «vamos, vamos Chile» y recreaban el invento mexicano patentado por el aburrimiento: la ola.
Cada que sucede un partido por el tercer puesto se debate sobre su existencia. Yo me sumo fervorosamente a la obligatoriedad del partido, aunque no haya visto uno entero. Me entusiasma su apertura frontal al aburrimiento; a la posibilidad de dormirse mientras sucede, sintiendo que no perdemos nada por distraernos. Me imagino la felicidad de los espectadores. Saliendo del partido sintiendo que tuvieron una tarde redonda donde no perdió ni ganó nadie. Ese aburrimiento tan distinto al que sucede en las finales tan cerradas, donde cualquier descuido puede ser el momento donde todo termina. El público chileno tuvo un día donde su selección puede ser todo. No hay tragedia ni épica. Hubo un día donde Messi no es todavía un pecho frío o el héroe nacional. Los peruanos y los paraguayos pudieron ver un partido tranquilo donde ya no había nada en juego, sólo un pequeño título que no dice nada. Terceros. Cuartos. Da lo mismo. Los partidos sin promesa nos hacen olvidar el nerviosismo perpetuo de la vida, nuestras ansias continuas por destacar. Eso es lo que posibilita el aburrimiento. La gris construcción de todas las cosas. El tiempo nace con el aburrimiento, escribió Novalis. Algunos aburridos menos creativos, pero más sabios, quizá, en un momento parecido al del desconcierto del comienzo del partido, inventaron el futbol.
El partido quedó dos a cero, pero nadie sabe quién ganó.
Nos atraviesan migraciones. Las ciudades son pliegues hacia diferentes épocas, planos para narrar historias, ausencias, puentes por construir. Imaginar es una forma de conocer. Visualizamos el pasado y le damos lugar, no en la memoria, sino en los objetos. Somos los otros, pero es difícil recordarlo día a día. Leemos códices como mapas para hallarnos, para tener, acaso, un lugar propio. ¿Se puede estar en dos sitios al mismo tiempo? La física cuántica se plantea esta posibilidad e incluso la lleva hacia la supuesta existencia de consciencia colectiva, organismo transfronterizo que considera la materia como algo elástico, siempre en movimiento, que nos conecta incluso a larga distancia.
Daniel González nació en Los Ángeles, California, pero desde pequeño recibió un importante legado de sus padres: el español —enseñanza no tan común entre chicanos de su edad—. El mismo término chicano le parece cuestionable. Es una espinita en el sentir de quien vive en dos mundos sin pertenecer más a uno que a otro, sin menospreciar su cultura de origen o utilizarla sólo cuando resulta conveniente. Vivió de cerca la realidad del campo mexicano, las condiciones difíciles de quienes lo trabajan, aquella lucha centenaria por tener una vida digna. Cada año visitaba Teúl, el pueblo zacatecano de sus ancestros, para ayudar en las tareas agrícolas, recorrer cerros, dar caminatas extensas por el río.
Esa experiencia directa del campo mexicano y su compleja situación ha definido el carácter político, aunque sutil, de su obra. Sus grabados son puentes imaginarios hacia realidades invisibles para el gringo promedio: marginación, racismo, falta de oportunidades para mexicanos y migrantes de cualquier nacionalidad, o bien, su tan recurrente explotación al otro lado, así como la necesidad de protesta, de voz y de igualdad en un país que no entiende su verdadero origen, al menos no para quienes están en el poder.
Daniel aprendió grabado en la práctica durante sus veintes y estudió diseño y artes visuales en ucla, ha exhibido en Estados Unidos y México: sus grabados fueron convertidos en cerámica para embellecer las estaciones del metro de Los Ángeles. Su estudio, Printgonzalez, cuenta con una imprenta de tipos móviles difícil de conseguir en Estados Unidos, donde la gráfica, la imprenta manual y en general las artes, no tienen muchas oportunidades. Aunque últimamente han comenzado a valorarse los procesos artísticos y sus resultados, no suelen encontrarse talleres abiertos para el aprendiz, a diferencia de Oaxaca, donde la mayoría de los talleres son además gratuitos.
A principios de junio, Daniel exhibió en Oaxaca como parte de una residencia en Espacio Centro, espacio independiente de exhibición y producción artística ubicado en la periferia del centro de esta ciudad. Somos puente fue el nombre de su exhibición, una metáfora de su continuo ir y venir entre Los Ángeles y Teúl, y del espacio intermedio entre quienes viven tanto de éste como del otro lado de la frontera. Los residentes de ambas latitudes buscan habitar el mundo de otra forma, con menos barreras que impidan la comunicación, ya sea por razones personales o porque desde afuera contemplan aquel sufrimiento que conlleva ser considerado ilegal, sin documentos, es decir, sin identidad.
El contraste cultural entre las realidades de Los Ángeles y Teúl ha nutrido la gráfica de Daniel González para narrar historias de migración y ausencia. Uno de sus tópicos son los puentes. Durante su estancia en Oaxaca realizó una pieza que justamente retrata un puente angelino que está siendo demolido y que cruzaba diariamente para trabajar. Daniel sentía un profundo apego a esta construcción, quizás porque simbolizaba, al ser paso obligatorio de la clase obrera y migrante hacia la zona rica y anglosajona de la ciudad, la separación forzosa y al mismo tiempo la comunicación. Los puentes y túneles históricos de Los Ángeles fueron construidos para que las estrellas de cine de los veintes llegaran a los estudios de grabación en sus flamantes autos. Con el tiempo, su uso cambió vertiginosamente para acoplarse al crecimiento de la urbe y sus desigualdades.
En Teúl, las vacaciones de verano eran la época para que, junto a sus padres y hermanos, Daniel trabajara la milpa y recorriera los terrenos familiares escuchando historias de Revolución, ideales y compromiso social. Le decían que su bisabuelo andaba con Pancho Villa en las filas insurrectas pero no lo creyó del todo hasta que vio la épica foto donde Villa y Zapata ocupan sillas presidenciales: ahí estaba su abuelo, detrás de Pancho, serio en su semblante. En 2014 recrearon esta fotografía en Xochimilco para conmemorar el centenario del encuentro entre sendos caudillos y Daniel tomó su lugar.
Dicen que sólo tenemos una tierra —donde se deja el ombligo, creían los mexicas—, pero se pueden tener dos o más. La tierra puede ser un territorio elástico caminado por múltiples cuerpos. La poeta Sara Uribe dice que el cuerpo incluso puede ser una distancia. Así como el mundo y la red se ha diversificado, así el cuerpo. La gráfica de Daniel González también atraviesa fronteras, su propósito es expandirse y llegar a diversos sitios, a veces al mismo tiempo. Esa es una de sus ventajas, la gráfica da la oportunidad de transmitir ideas más fácilmente que la pintura, por ejemplo. De ahí que su uso haya sido con frecuencia político y social. Desde hace algunas décadas la gráfica ha sido objeto de exploraciones estéticas y hoy en día ha resurgido con fuerza en México y Estados Unidos.
He escuchado por ahí que los migrantes se ganan a pulso lo que les sucede en el camino hacia la frontera, y cuando por fin la cruzan, lo que pasan día con día en calidad de ilegales, cumpliendo hasta con tres trabajos al día. Los mexicanos consideran casi traidores a quienes dejan su país para tener una vida mejor, pero ambas posturas forman parte de una utopía que comienza a esfumarse. Allá se sale temprano de casa y se regresa entrada la noche. Si se tiene suerte se descansa un día a la semana, como también sucede aquí. Los dólares no alcanzan para cubrir las necesidades más básicas, como la alimentación y la vivienda, ni se diga de salud, un lujo por esos lares, como cada vez pasa más aquí.
Por su parte, Daniel pertenece a una generación de mexicoamericanos interesada por su historia personal y mítica. Con su trabajo artístico no busca idealizar sus raíces sino encontrar un camino de ida y vuelta hacia sí mismo. Será interesante ver cómo irá desarrollando su obra y explorando otros caminos hacia el reconocimiento de su —y nuestra también— multiculturalidad.
En el último capítulo de la serie televisiva True Detective, Rust Cohle y Martin Hart hablan bajo un inmenso cielo estrellado sobre la experiencia a la que han sobrevivido y sobre las dimensiones de lo que enfrentaron. «Desde el inicio de los tiempos siempre ha sido la misma historia: luz contra oscuridad», dice uno de ellos desentrañando uno de los binomios más sencillos y profundos que dominan nuestro pensamiento. Esta pugna entre estas dos fuerzas distintas, que no necesariamente son opuestas, diluye la noción de bien contra el mal. No significa lo mismo. Hay un matiz y es importante para leer la primera novela publicada de Amaury Colmenrares, El misterio de la marca.
El misterio de la marca es un libro que se lee en una o dos sentadas. Es breve, dinámico, sencillo en apariencia y con una narrativa fina que deleita por su pulcritud y contundencia. Es un libro que puede divertir y entretener en un plano superficial pero también que ofrece múltiples lecturas porque está escrito como un pastiche místico, historiográfico, que a momentos opta por la borradura de sus orígenes y se desborda en sus propias referencias. El misterio de la marca va de lo policíaco a lo místico. Sus personajes tienen historias entrañables porque la escritura de su vida es quizá la única forma de dejar una huella en el lienzo de la escritura. Los personajes de esta novela también representan la realidad caótica y la multiplicidad del mundo que se ciñe sobre Cuernavaca. Porque es importante decir que todo ocurre en el terreno de Quahnáhuac, que es para Amaury Colmenares y otros escritores cercanos a él, entre los que me incluyo, una ciudad con facultades literarias. Quizá en mucho tiempo no había existido un escritor que encontrara los detalles más nimios y perfectos que caracterizan a nuestra ciudad con mayor honestidad y fidelidad. La evidencia no sólo se encuentra en su escritura sino en su particular visión de la ciudad a través de las imágenes que toma desde su celular y que publica en su cuenta de Instagram.
El misterio de la marca cuenta una historia. Pero también —quizá por la formación de historiador de Amaury, una formación que de nuevo es literaria y no académica— cuenta la historia única desde la polifonía. La trama comienza con en el misterio de un hombre que es asesinado en el cuarto de un hotel que está cerrado por dentro, que no tiene ventanas, en un lapso de tiempo en el que nadie pudo haber escapado. También es la historia de una ciudad con su magia y su crudeza. Sobre todo, es la marca de la destreza narrativa de un escritor que sabe reflexionar sobre las profundidades de la experiencia a través de sus múltiples personajes: un músico callejero, un actor enigmático, un teólogo viajero, un sargento místico. El misterio de la marca es un libro que opera desde la siguiente idea: el enfrentamiento entre fuerzas de luz y de oscuridad existe desde el comienzo de los tiempos y, en medio de esa maravillosa lucha, cientos de matices se difuminan hacia un lado y hacia otro dificultando la tarea de juzgar una obra por sí sola, aislada de sus circunstancias universales.
Amaury Colmenares es mi amigo y es difícil que yo diga que es uno de los narradores más talentosos de nuestra generación. Pero lo es. En casa nos reunimos a leer nuestros textos y todos nos sentamos alrededor de él a conocer el nuevo capítulo de su próxima novela. Nos da envidia. Nos sorprende todo el tiempo porque tiene un compromiso profundo con su obra. Lo veo existir y sé que todo el tiempo, en cualquier lugar, está pensando en una frase, en una trama nueva. El mundo está ahí para dotarlo de historias y su escritura es una fortuna para los que vivimos cerca de él. Quiero decir que su obra será estudiada ahora que soy su amigo y que ni él ni yo somos nadie. Creo en lo que hace porque hablamos sobre literatura y él regresa a casa y escribe y demuestra algo importante con lo que hace —ese trabajo que la gente piensa que es una pérdida de tiempo—. El misterio de la marca es la primera novela que publica, lo cual creo que es un acierto porque es sólo un capítulo —en desorden— de una obra más amplia y gigantesca que aún hierve en sus dedos.
Recomiendo leer El misterio de la marca porque es un libro que ofrece nuevas lecturas todo el tiempo. Es un libro que oculta ciertas cosas para revelar otras. Hay pistas, misterio, risas, viajes, magia, es una escritura que se siente más cercana a lo que un lector busca en los libros que a lo que un escritor pretende demostrar a sus colegas con su corpus de conocimiento. El misterio de la marca invita a ser un lector curioso y hambriento. Un lector que sabe que la vida está plagada de historias incompletas que nos gustaría conocer pero que se nos es negado y por eso nos queda la imaginación. Amaury apela siempre a eso.
Las semifinales de la Copa América Chile 2015 pudieron haber sido una anécdota más en el catálogo del mitificado miserabilismo del futbol sudamericano. La Copa venía de la expulsión de Neymar y sus «hijo de puta» para el árbitro y Zúñiga, del dedo de Jara en el culo de Cavani y del pronóstico sobre la circunstancia jurídica de su padre: se va a comer veinte años en la cárcel. Todo cristalizado en la frase que Roberto García Orozco le esgrimió a un descontextualizado Messi, cuando el argentino le recriminó la cantidad de faltas sin pitar que Colombia había hecho: «esto es América y aquí se juega así».
El filtro futbolístico de Messi, calibrado en las canchas, instalaciones y formas chetas de Europa, parecía no registrar la táctica colombiana, tan entusiasta e industriosa como común y mezquina en este, y el otro lado, del Atlántico. Resumible, además, en una paradoja arbitral: acá no se pitan ciertos contactos, como esperaba Messi, para que el juego fluya. Lo que es falso, o al menos parcial, porque en esas jugadas lo siguiente es un contención reventando la pelota, misma que recupera el central contrario para después inventarse un balón largo y estéril que el lateral del otro equipo u observa salir de la cancha o lo recupera para dividirlo en medio campo.
Pero la anécdota es otra. Porque lo previo es justo lo que el medio campo chileno, por lo exhibido desde el partido inaugural contra Ecuador y quizá embalados desde que en el último mundial le pusieron los últimos clavos al ataúd de España, pretende anular. Y para eso están la sutil omnipresencia de Valdivia, las interminables transiciones de Vidal, más lo que sumen Aránguiz o Isla; Para romper, cortar y barrer está el tractor Medel; para lo demás, Jara. Esa ha sido, con mayor o menor eficacia la ruta de juego de Sampaoli. La semifinal contra Perú no fue diferente, aunque su aplicación haya sido intermitente o incompleta. Menos pensando en la posible resistencia de Perú, que la hubo, que la tentativa final, ganarla por primera vez e inmortalizarse en un puñado de memes.
El reajuste peruano, luego de la expulsión de Zambrano, y la indolencia chilena condicionaron un segundo tiempo más abierto, con más juego en el que Perú parecía alcanzar a ver, pasada la niebla de la media cancha, la posibilidad de la suerte en Guerrero, el empate por venir y, por qué no, en penales, transferir la responsabilidad a Chile, recordarles el peso que implica ser el anfitrión y dar la campanada. Cruzaron la niebla y encontraron el autogol de Medel. Duró cuatro minutos: Vargas cerró la eliminatoria con un imprevisible disparo que, por los segundos que duró, invocó los ecos luctuosos de Maxi Rodríguez en Leipzig.
El otro finalista vino de un partido que se trató, como usualmente, de la exhibición de los bordes cortantes del universo Messi; de todo aquello que lo integra, circunda, anula o vampiriza. Lo que lo encumbra y enjuicia; que recrimina un barcelonismo colateral y una argentinidad a cuenta gotas. El pecho frío al que siempre le falta un centavo para el peso. El peso siendo Maradona y el universo Messi, afectadas columnas de escritores, análisis bovinos en radio o televisión por exfutbolistas, tuits furiosos y clarividentes de aficionados. Todos girando alrededor de una pregunta mal concebida: ¿por qué Messi no aparece con Argentina? Hace días él mismo reconoció una parte integral del misterio: «es terrible lo que cuesta hacer un gol con la selección». La pregunta implica una natural y obligada comparación, una dialéctica que explican Ken rojo y Ken azul: Messi blaugrana vs. Messi albiceleste.
Integral el primero, fragmentado el segundo. El albiceleste exhibe el arsenal en dosis cortas; el blaugrana en simultáneo y absoluto. El partido de la fase de grupos contra Paraguay, como cualquier otro, es un caso de estudio. A ratos, Messi baja al círculo central y hace, usando los únicos espejos posibles, de Busquets; en otros, entre líneas, de Iniesta. Luego a la banda, de sí mismo blaugrana. También de ese paréntesis que le inventó Guardiola, delantero centro, falso. Debe ser desmoralizador tener que jugar con Biglia en lugar de Busquets, con Otamendi en vez de Piqué, con Rojo en vez de Alba, con el Di María post Real Madrid. Y así Messi se va erosionando. Queda sólo imaginar cómo hubiera sido todo si el medio campo que le hubiera tocado fuera Mascherano y Redondo de doble cinco, escoltándole a la Brujita de crupier.
En el segundo tiempo, del primer partido contra Paraguay, el equipo se desfondó sin haber cerrado el partido, están las imágenes de Messi y Di María riéndose, aparentemente, de las advertencias del Tata Martino sobre el riesgo que todavía suponía el juego. Y por eso el partido de semifinales parecía más trámite que el Chile-Perú. Cabía pensar que si el único problema contra el mismo rival había sido la dosificación y que debían generar más volumen de juego para cerrar la eliminatoria, Messi se encargaría de eso, a costa, incluso, de volver a marcar. Seis goles en la semifinal contra Paraguay, ninguno de Messi aunque interviene en todos. Una diferencia, Pastore. Todo el partido se encontraron, le puso tres pases de gol y metió uno, mal promedio, pero Pastore debió sentir a Messi como un bote salvavidas. Si comenzaba la cascada, como así fue, seguro iba a estar ahí para redondear el día. Pero de lo que se trataba, de lo único que se trata ya, es de eso que, para su cuota discursiva y emocional es un exceso: «quiero ganar algo con mi selección de una vez». Como sea.
El puerto de Acapulco será sede de la VIII edición del Encuentro Nacional de Jóvenes Escritores Acapulco Barco de Libros que se llevará a cabo del 9 al 11 de julio del año en curso. Al encuentro asistirán más de 40 jóvenes escritores de todas partes del país, entre poetas, ensayistas y narradores, algunos con una trayectoria importante en el panorama de las letras nacionales y otros que se postulan como algunos de los más interesantes escritores emergentes de la actualidad.
En el marco del Encuentro Barco de Libros se llevarán a cabo lecturas de obra, mesas de análisis y distintas presentaciones de libros. En último este rubro destacan los libros: El vicio de vivir ensayos sobre José Revueltas compilado por Vicente Alfonso, El oficio de estar solo de Daniel Fragoso, Solana de Fernando Trejo, todos los anteriores editados por Fondo Editorial Tierra Adentro. También se presentarán los libros Guerra de guerrillas de Marxitania Ortega, El confeccionario de los deseos de Aniela Rodríguez y Vicio final de Paul Medrano. La revista Tierra Adentro, en su número especial sobre el estatus y el futuro de la crítica cinematográfica en México también tendrá un espacio.
El encuentro contará con una jornada previa de lecturas por parte de estudiantes guerrerenses. Las actividades se llevaran a cabo en Centro Municipal de las Artes, Museo Histórico del Fuerte de San Diego y los jardines de la Secretaría de Cultura Guerrero. La entrada es gratuita para todos los interesados. Este año para la inauguración de la octava edición se contará con la presencia especial de la poeta, Pura López Colomé.
López Colomé es poeta y traductora. Estudió el doctorado en lengua y literaturas hispánicas e hispanoamericanas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ha traducido al castellano a autores como Samuel Beckett, Bertolt Brecht, Ernest Mandel, William Carlos Williams y Philip Larkin. Colaboradora de Casa del Tiempo, El Nacional, Revista Universidad de México, y Sábado. Becaria del CME, 1982. Premio Nacional Alfonso Reyes de ensayo 1977 por Diálogo socrático en Alfonso Reyes. Premio Nacional de Traducción de Poesía 1992 por Isla de las estaciones, de Seamus Heaney. Premio Xavier Villaurrutia 2007 (que comparte con Elsa Cross) por Santo y seña.
Encuentro Nacional de Jóvenes Escritores Acapulco Barco de Libros es posible gracias a las gestiones y coordinación de un equipo de escritores y entusiastas de la literatura en las costas de Guerrero. El equipo está conformado por la poeta y ensayista, Yelitza Ruiz, quien funge como directora general, Ángel Vargas y Azul Ramos son coordinador operativo y coordinadora de logística, respectivamente y este año Brisa Ruiz se encargó del diseño de la imagen del encuentro.
Para conocer a todos los invitados al Encuentro y para ver los horarios de lecturas y actividades les recomiendo que entren al Facebook Oficial de Barco de Libros o al blog donde publican toda la información:
Cada año en el Colegio Alemán, al que asistía, se celebraba el Sportfest. Participaban todos los planteles de la escuela, además del Colegio Suizo o algún invitado más (una vez nos visitaron de Hungría). En los ocho años de mi estancia en esa escuela, no recuerdo haber visto a alguien hacer trampa en la cancha: no es que fuera impensable empujar o barrerse para detener al delantero, pero sí lo era meterle el dedo en el culo a algún jugador de mecha corta. De haber sucedido, habrían sido más severos que los del club alemán Mainz 05 con su, hasta ahora, jugador Gonzalo Jara. Si había algún partido importante de las selecciones alemana o mexicana, nos daban permiso de verlo. Si era durante el mundial, los alumnos se juntaban frente a un televisor.
Nunca se encendía la televisión para ver la Copa América, que poco significaba para nosotros porque México no da mucho de sí a pesar de ser invitado permanentemente al torneo. Digamos que la Copa América nos importaba lo mismo que a la selección mexicana. Como lo he visto en esta edición, el buen juego se ha visto eclipsado por incidentes bochornosos. Si pudieran, algunos le echarían tierra en la cara al portero para anotar gol. ¿Será que el juego sucio es característico de los sudamericanos? Esa región ha engendrado varios jugadores fantásticos que hacían de héroes en nuestras propias batallas épicas: Pelé, Maradona, Ronaldinho, Messi, por mencionar algunos; también han nacido astros espléndidos al patear el balón, pero bastante gamberros en la cancha: Luis Suárez, Neymar Jr., entre otros. Estos últimos juegan en equipos europeos porque el talento está ahí a pesar de que, de vez en cuando, Suárez le hinque el diente a algún contrincante o Neymar finja todas las caídas que quiera. Tal vez Jara le tenga que decir adiós a la Bundesliga, ya que no tolerarán los engaños teatrales, o al menos así lo declaró Christian Heidel, gerente del Mainz. Salvo los momentos en los que los futbolistas pierden los estribos por faltas, expulsiones y ofensas, los cuartos de final de la Copa América 2015 no han sido tan interesantes.
La Copa América nos ha dejado algunas sorpresas, como la salida de Brasil al perder con Paraguay y nos llevó al borde del asiento en el encuentro de Argentina ante Colombia, donde en muerte súbita ganaron los argentinos. Durante los penales pudimos contar los latidos de cada uno de los presentes en la tribuna, la esperanza ondeaba para ambos equipos hasta que el gol de Tévez acabó con los cafetaleros. Radamel Falcao y James Rodríguez perdieron la oportunidad de guiar a su país rumbo a su segundo título en la competición. Sin embargo, salvo los momentos donde los futbolistas pierden los estribos por faltas o expulsiones, la Copa no ha sido tan interesante. Preferiría ver los partidos de la Copa Mundial femenina, donde se libran otro tipo de batallas, como jugar sin pensar mucho en cómo la FIFA humilla a las futbolistas con la verificación de sexo. También apuesto a que los partidos de las semifinales del mundial femenino serán mucho más impactantes, aunque no se televisan, o no se les dé tanta difusión porque no son hombres golpeándose por la victoria.
“Una serie de eventos desafortunados”. Lemony Snicket. Tomado de Flickr. (CC BY-NC 2.0 DEED)
Cada vez estoy más convencida de que la infancia de los adultos melancólicos fue una etapa perturbadora. Algunos han decidido olvidar estos años de oscuridad, otros hemos decidido volver a ellos siempre que se pueda. Buscar ahí el origen de una vida atravesada por el desasosiego. Cuando como adulto empecé a leer literatura infantil, la referencia obligada y la más asequible fue mi propio pasado. Sin pensar en mí como una niña turbada o infeliz, reconozco algunos rasgos o cierta cercanía con los temas que resuenan como un eco de mi origen. Los vacíos, las pérdidas, la muerte, el abandono, la búsqueda de un lugar en el mundo y los miedos son, todos, los temas que siempre elijo. Para un psicoanalista mis problemas del presente son claros, no es necesario indagar demasiado o buscar explicaciones remotas. Esta inmersión tardía a la LIJ se ha encargado de revelarlos sin pudor.
El miedo a la oscuridad es protagonista en mi pasado y en el de muchos otros. Dormir con las cortinas abiertas, dejar encendida la luz del pasillo o la lámpara de un buró, fueron los modos más comunes de atenuar el temor. Cuando la luz se apaga, los «submiedos» aparecen y se potencializan. Aparece la posibilidad de que lo desconocido ataque sin que nadie lo vea, casi sin que nos demos cuenta o podamos detenerlo. El temor a las fuerzas ocultas se manifiesta siempre en las tinieblas.
Daniel Handler, mejor conocido como Lemony Snicket, nació una noche de 1970, precisamente el mismo día que yo. Cuando empezó a escribir se ocultó detrás de un pseudónimo, primero por razones prácticas y luego por conservar un aire de misterio ante sus lectores. Su obra está caracterizada por los asuntos no revelados, secretos sepultados, escenarios sombríos y personajes complejos que nunca son lo que parecen. Debe su éxito internacional a Una serie de eventos desafortunados, relato compuesto por 13 novelas escritas entre el 1999 y el 2006. Ahí narra historia de Violet, Klaus y Sunny, los hermanos Baudelaire, tres niños huérfanos que deben conservar su herencia y sobrevivir ante una sucesión de acontecimientos trágicos. Además, ha creado un buen número de obras complementarias a la serie y otras paralelas donde experimenta con otros públicos y temáticas.
Recientemente, específicamente en el 2013, se publicó The Dark bajo el sello de Little Brown and Company. Este año Océano Travesía lanzó la edición en español. Un texto entrañable ilustrado por Jon Klasen —una de las promesas de la ilustración contemporánea— donde Snicket explora la relación entre un niño y la oscuridad. Lazslo le tiene miedo a la oscuridad, pero sabe que viven en el mismo lugar, que ésta se esconde en los rincones. Una noche, al apagar una pequeña lámpara, la oscuridad le habla. Le pide que se encuentre con ella en el sótano, ahí le dice que sabe que él le teme pero ella no le teme a él. Le explica las razones que tiene para existir: sin ella no se podrían ver las estrellas y no podría distinguir el día de la noche. Lazslo vuelve a la cama y enciende una luz, la oscuridad se ha ido, la encuentra cuando cierra los ojos. Sabe dónde vive y cómo hallarla, ya no le incomoda saber que viven en la misma casa. A través de esta historia, Snicket resignifica su relación con lo sombrío y vuelve a pensar en lo que se esconde detrás de lo evidente.
La noche y la penumbra aparecen como una metáfora de lo inexplorado, de los puntos ciegos, esos pequeños rincones que sabemos que existen pero a los que nos reusamos a acudir. En esos territorios la soledad se vuelve tangible y aunque estemos acompañados, la sensación de miedo se hace presente y nos recuerda que somos vulnerables ante el mundo. Mirar a la oscuridad, hablar con ella y asumirla como una parte que nos articula, revela también quiénes somos al encender la luz. La oscuridad no nos teme, nosotros le tememos a ella.
En la década de los setenta, un grupo de activistas italianos, estudiantes todos, boloñeses, lectores de Deleuze y Guattari, decidió fundar una radio que, de alguna forma, estaba vinculada a la lucha obrera de 1969 y que caracterizó al resto de la década. Pero no fue fácil construir la radio; en Boloña como en muchas otras ciudades europeas, hasta 1976, el Estado conservó el monopolio sobre el espacio radioeléctrico. Así, Radio Alice fue fundada en la misma época en que se escuchaban «God Save the Queen» de Sex Pistols y «Playa Girón» de Silvio Rodríguez, pero también las canciones de Violeta Parra, Víctor Jara y Mercedes Sosa. De acuerdo con Franco Berardi, Radio Alice fue una radio en el cruce de la técnica, la autonomía política y el rechazo a la retórica del Estado. Eran mediados de los setenta; época de las dictaduras latinoamericanas y del neoliberalismo en ciernes, y en esa época, dice el activista y teórico de los medios, Radio Alice fue un intento por transformar la comunicación en un flujo esencialmente poético.
Creo que muchas de esas preguntas, resultado de lecturas varias y de conversaciones diversas, se parecen a las que inauguran el Puesto 6. Canal de Abastos. Fundado por El Balcón, este proyecto de televisión comunitaria está construido y dirigido a las personas que trabajan en la Central de Abastos de la ciudad de Oaxaca. Cuando escribo la palabra «comunitaria» la escribo pensando en el antropólogo zapoteco Jaime Martínez Luna. No en pocas ocasiones ha dicho que un medio es comunitario porque «se encuentra en el centro de la vida cotidiana»; es decir, es probable que uno de esos medios no cuente con la legalidad que exige el Estado pero sí, y sobre todo, con la legitimidad que le otorga el pueblo.
Puesto 6 es un proyecto hecho por y para aquellas personas «comunes» y «anónimas» que, como aseguraba Michel de Certeau, siempre, «toda la vida», se «anticipan a los textos». Es decir, no se trata de un proyecto de televisión que recurra a los nombres propios, a los autores canónicos o a los actores reconocidos o reconocibles por todos; no, nada de eso. Éste es un proyecto que apela, sigo con De Certeau, a la «muchedumbre del público». Después de todo, «el acceso a la cultura», dice él, o la libertad de expresión, añado, «comienza cuando el hombre ordinario se convierte en el narrador, cuando define el lugar (común) del discurso y el espacio (anónimo) de su desarrollo». En ese sentido, Puesto 6 noes una televisión política, pero sí políticamente creada, que cuestiona la vieja creencia de que el público es sumiso y pasivo.
De acuerdo a personas que trabajan en ella, la Central de Abastos fue construida en 1966, con Rodolfo Brena Torres como gobernador del Estado. Amplia, cuidadosamente ordenada, tan grande que en un inicio fue la más grande en el sur de México, la Central de Abastos cumplió con las expectativas de los numerosos y hacinados comerciantes de los mercados 20 de Noviembre y Benito Juárez, y de los ambulantes que se extendían en las calles aledañas. Sin embargo, no fue hasta 1974 «que se logró convencer al 80% de los comerciantes» para que se mudaran y echaran a andar el sitio. Fueron años difíciles, pero no han dejado, ni dejarán, de serlo. En esos años, aún no se imaginaba la refuncionalización del Estado mexicano: un Estado en cuya flaca lista de tareas quedan algunas, muy pocas, que podrían ser descritas en los siguientes términos: emisión de la moneda, creación de nuevas áreas de competencia económica, y seguridad y protección para inversiones e inversionistas. Y en esos años, tampoco se imaginaba que treinta más tarde, con el establecimiento del neoliberalismo a través de medios democráticos y de una retórica poderosa, la palabra «mercado» sería una de esas palabras cooptadas y desprovistas de los significados que anteriormente conocíamos. No es ningún secreto que los mercados han sido acorralados por grandes transnacionales que poco o nada conocen de su historia y su funcionamiento. Frente a ellos, parece que las opciones son pocas: la resignación y renuncia; o bien, la refuncionalización del mercado hasta convertirlo en uno de tantos bienes de consumo turístico.
Por lo tanto, las palabras que mejor describen al Puesto 6 son «catálogo de saberes» y «memoria comunitaria». Bien dice el programador y artista Eugenio Tisselli que: «No es lícito seguir pensando que la única fuente legítima de conocimiento son los sabios y sus aparatos: la mujer y el hombre común también tienen derecho a entablar un diálogo directo con el mundo». No se trata del gesto hipócrita e imperialista de «dar voz a quien no la tiene»; las voces existen pero es necesario amplificarlas. Vivimos en un mundo en donde la especialización es una de las exigencias del mercado y en el que ejércitos de mentirosos y manipuladores, utilizando palabras de James Petras, intentan convencernos de que el único conocimiento válido es el de ellos. Un catálogo escrito por locatarios o ambulantes, por marchantas, por trabajadores administrativos, por diableros y tortilleras sería un catálogo de una de las prácticas económicas y culturales que están en riesgo.
En su Crítica a la memoria, Nelly Richard dice que cuando el pasado se institucionaliza y sedimenta en el archivo se convierte en un «pasado-en-exposición». Líneas más abajo, advierte que hay que evitar la «cita en bruto» y acomodar escenográficamente los recuerdos. Si eso hacemos, si los colocamos ordenadamente, cuidadosamente, escenográficamente, condenaremos el pasado a las vitrinas del museo, oficializaremos el recuerdo, monumentalizaremos los álbumes familiares y decoraremos los puestos como simples y anodinos escaparates turísticos. Cuando habla de los espacios o proyectos de la memoria, Richard asegura que no se trata de eso; se trata, en todo caso, de construir una memoria rebelde, insurrecta, desobediente, emancipada. Más palimpsesto que recuerdo empolvado: cosa en capas, multiestratificada, en la que es posible, de vez en cuando, reconocer hermosas miniaturas fósiles junto a objetos que pertenecen al presente. Esa memoria inquieta es una memoria capaz de «solidarizarse» con «las víctimas del pasado» y «alerta frente a las descolocaciones de signos que la tomarán [aquí, ahora, o más adelante] por asalto».
No hay que olvidar que el neoliberalismo, en tanto sistema déspota y salvaje, aspira a la geometría y a un sistema perfectamente cuadriculado con hermosas, delgadas y delicadas líneas rectas. Un mercado como la Central de Abastos, tal como lo conocemos, caótico, construido por muy variadas acciones individuales y colectivas, sitio de tráfico permanente, trueque, intercambio y distintas formas de piratería, y de memoria emancipada, parece no ser presa fácil.