Tierra Adentro

La fotografía, al igual que las otras fuentes para la historia, puede ser estudiada desde distintos enfoques metodológicos, los que se planteen en función de la pregunta con la que el investigador se aproxima a la fuente. La fotografía de crimen, por ejemplo, ha sido abordada de manera breve en los estudios generales de fotografía o por lo menos, no hay muchos análisis realmente profundos que sean conocidos. Un ejemplo es el capítulo dedicado a la fotografía de identidad en el libro Fuga mexicana. Un recorrido por la fotografía en México de Olivier Debroise, así como «Fotógrafo de cárceles» publicado por Debroise y Rosa Casanova en Nexos en 1987, y «Ver y controlar; la fotografía carcelaria» de John Mraz publicado en La Jornada semanal. Los estudios históricos en torno al delito, menciona el antropólogo Jorge Alberto Trujillo, son realmente recientes y en ellos se observa la necesidad de estudiar el pasado a medida en la que los actos delictivos incrementan año con año en México.[1] La fotografía, sin duda, no deja de ser fuente para la construcción de la historia del delito en nuestro país.

Uno de los estudios sobre dicho tema fue realizado por el escritor y director documentalista estadounidense Jesse Lerner, lo publicó en el libro El impacto de la modernidad. Fotografía criminalística en la Ciudad de México, realizado en 2007 y coeditado por el INAH, CONACULTA y la Editorial Turner. En dicho libro el autor abordó la fotografía de crimen en la Ciudad de México durante la primera mitad del siglo XIX, haciendo énfasis en las fotografías de corte criminal que se encuentran en el Archivo Casasola (conocido principalmente por las fotografías de la época de la Revolución mexicana que contiene). A la fotografía criminalística del Archivo Casasola, Lerner contrapuso las imágenes realizadas por fotógrafos como Manuel Álvarez Bravo, y fotoperiodistas como Enrique Díaz, Héctor García, Nacho López, los Hermanos Mayo e incluso Enrique Metinides.

El estudio se divide, a mi parecer, en tres bloques fundamentales. El primero de ellos funciona a manera de introducción al tema de la modernidad en el México posrevolucionario, al mismo tiempo que presenta la idea de que la fotografía criminalística permea en distintos otros rubros de la fotografía como el retrato y el fotoperiodismo, o en algunos de los subgéneros (fotorreportaje y documentalismo). Asimismo, la analiza brevemente desde sus antecedentes: el retrato fotográfico de identidad con el cual se da inicio al registro de reos en México. En el segundo bloque, Lerner hace un escueto análisis del uso que tuvo la foto de crimen en los estudios antropológicos de Manuel Vergara y Francisco Martínez Baca, así como su uso informativo en la prensa desde las tres tendencias que permearon el fotoperiodismo del siglo XX: la nota gráfica,[2] la vanguardia y el sensacionalismo. Finalmente, en un tercer bloque, el autor identifica «nuevas perspectivas» de la fotografía criminalística en la prensa de mediados del siglo XX en adelante. Así, deja de lado el fotoperiodismo oficialista acrítico de Agustín Víctor Casasola o Manuel Ramos, para retomar a los fotoperiodistas modernos que la usan como medio de crítica social: Héctor García, Nacho López, los Hermanos Mayo y Enrique Metinides.

El estudio de fotografía criminalística de Lerner buscó abarcar varios géneros fotográficos desde sus distintos usos en diferentes épocas en el marco espacial de la Ciudad de México, pero su trabajo de investigación terminó por ser poco profundo entendido desde un cóctel de análisis y métodos. (Es importante mencionar que cada género fotográfico permite un análisis histórico, es decir, el investigador debe acercarse a cada género fotográfico con preguntas en función de la sub-disciplina histórica desde la que se estudia la fotografía. Generalmente la fotografía ha permitido hacer estudios sociales y culturales y desde esas sub-disciplinas es que se ha reconstruido una historia de México a través sus imágenes).

Lo que sucede con la investigación de Lerner (que sin duda es de aplaudirse por la labor titánica que implicó su estudio), es que no hace una diferenciación de géneros fotográficos y por tanto no estudia el crimen como un fenómeno social en México del siglo XX. En una entrevista realizada para MLNews en julio del 2008, Jesse Lerner menciona que «La fotografía criminalística es interesante en el contexto histórico de la fotografía mexicana, ya que siempre hubo dos tendencias: la de los modernos que retratan el mundo industrializado después de la Revolución; y los pictorialistas, cuya estética idealizó la vida rural. La fotografía criminalística no cabe en ninguna de las dos». Sin embargo, creo que la fotografía criminalística no es un género ni un movimiento fotográfico (como sí lo es el pictorialismo) ni una expresión vanguardista, más bien se trata de un tema que debe ser abordado desde la historia social y cultural. Incluso los temas dentro de la fotografía criminalística varían según los usos que se le da a las imágenes: delitos, delincuentes y lugares de crimen; sus funciones también son distintas: fotografía de identidad para reconocimiento del preso en caso de fuga, fotorreportajes con imágenes destinadas a informar e ilustrar los textos en los diarios, o documentar acontecimientos con el objetivo de hacer denuncia y la crítica social a través de la publicación en revistas ilustradas.

Plantear un estudio de fotografía en función del tema puede traducirse en una labor titánica, pues se debe abarcar distintos géneros, fotógrafos y el trabajo de estos en función de los usos de su obra. Sin embargo, es importante la iniciativa de los proyectos de investigación de fotografía con este tema en particular, pues muestra cómo a través de la foto vanguardista de crimen y sensacionalista, se alimentan los miedos y angustias de un público perteneciente a la Edad Moderna.

 


[1] Jorge Alberto Trujillo Bretón, «Por una historia socio- cultural del delito» en Takwá, pág. 11.

[2] La nota gráfica según menciona Rebeca Monry Nasr en su libro Enrique Díaz y fotografías de actualidad. De la nota gráfica al fotoensayo, pág. 386, es un género fotoperiodístico que fuera, durante la Revolución Mexicana, el que comprende toda la información sobre algún acontecimiento en una sola imagen, de tal manera que el lector identifique y verifique la noticia a través de ella.  A diferencia de la nota gráfica, el fotoreportaje permite que haya una secuencia gráfica de la noticia, es decir, se presenta una serie de imágenes que van acompañadas de texto. (Ibid., pág. 399).


Autores
(Distrito Federal, 1991) estudió Historia en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. Durante su carrera enfocó sus investigaciones a la fotografía del México decimonónico. Ha tomado cursos de retrato y fotografía digital en la Escuela Activa de fotografía y en la Facultad de Artes de la UAEM.

Morelos cuenta con una amplia tradición de creadores, en especial escritores (léase a Alfonso Reyes, Elena Garro, Xavier Villaurrutia, Manuel Puig, Malcom Lowry, Ricardo Garibay, entre otros), que han elegido estas tierras para desarrollar su obra. Por otro lado, es creciente la actividad editorial que nace y crece en este estado, cultivando la producción de nuevas propuestas literarias y la descentralización tan urgente para nuestro país hoy en día. En especial la ciudad de Cuernavaca se perfila cada vez más como una capital cultural que necesita atención y mayor oferta de actividades para un público que también crece, en tamaño y calidad.

En este marco, después de ser, en 2014, estado invitado de la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería, y a unos meses de ser el estado invitado en la Feria Internacional del Libro del Zócalo, Morelos abre sus puertas para ser casa del primer festival de edición independiente originario de este lugar. El festival es concebido, organizado y llevado a cabo por un colectivo que da su nombre al evento: Lateralia. En él participan cinco jóvenes mexicanos, editores, escritores y amigos: Yeni Rueda, Luka Jiménez, Lucero García Flores, José Quezada y Mikel Lecumberri. Se dedican, desde hace tiempo, a la edición, el arte y la gestión cultural. El festival se llevará a cabo en distintos foros culturales del centro de la ciudad de Cuernavaca del 13 al 16 de agosto del año en curso. Su sede principal será La Casona Spencer, primera construcción civil de Morelos, espacio donado por John Spencer para los jóvenes.

Lateralia es un proyecto de la comunidad para la comunidad, para cualquier persona que ame la literatura. Invita a formar redes de colaboración y a crear un espacio que se construya colectivamente, en Morelos, para todos. En esta primera edición, aspiran a ofrecer un evento de verdadera calidad que impacte en el desarrollo cultural del estado. Los organizadores piensan que la cultura debe estar al alcance de todos y por esto todas las actividades del festival serán de entrada libre. Lateralia tendrá una feria del libro con editoriales como Libros Magenta, Taller Ditoria, Revista Avispero, Astrolabio, Diorama, Planeta Gris Ediciones, Mantis, Aldus, Textual Editorial, Ardiente Paciencia, Cuadrivio, Revista Infame, Paraíso Perdido, La Sonámbula, C’est un libre, Ediciones Clandestino, Cascarón Artesanal, Ediciones y Punto, Revista Moria, entre otras. Habrá conferencias y mesas de debate sobre el libro objeto, publicaciones periódicas, edición digital y literatura infantil. Se ofrecerán talleres gratuitos de gestión editorial (Alejandro Baca), edición de textos (Gabriel Bernal Granados), antiescritura (Rocato Bablot) y un taller infantil de creación (Raga García). Habrá presentaciones literarias de autores como: Frédéric-Yves Jeannet, Vicente Quirarte, José Luis Rico, Leonardo Da Jandra, Joselo Rangel, Alma Karla Sandoval, Braulio Hornedo, entre otros.

El festival Lateralia propone, además, un esquema económico innovador para este tipo de eventos. Pertenece a una plataforma de financiamiento colectivo llamada Ideame. En ella, presentan su proyecto, invitan a la posible colaboración de cualquier persona e involucran a los participantes en la construcción, de cerca o a distancia, de esta serie de actividades que beneficiarán a su comunidad, y ofrecen atractivas recompensas para sus donadores. Se puede encontrar más información o colaborar con la iniciativa en el siguiente enlace: http://ide.la/1CvMLrX

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Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.

Existe una intención de explicar el orden del mundo, de encontrar leyes que rijan los eventos y justifiquen la sucesión de los mismos. Pensar que las personas debían conocerse, que un destino está trazado con antelación para cada uno y debe cumplirse. Un recurso que el cine, igual que la literatura, han explotado hasta el cansancio. Hasta los cuentos clásicos se sirven de este recurso; fórmulas narrativas que plantean la historia de dos personajes que están destinados a pasar la vida juntos: conocerse y enamorarse para luego casarse. Cenicienta, con las variantes en cada versión, narra la historia de una mujer que va a una fiesta a la que no se suponía que debía ir. Tiene todo en contra pero al final todas las condiciones se vuelven a su favor para que ella esté ahí y se encuentra con un príncipe que no descansará hasta volverla a ver. El azar los une otra vez, cumplen el plan de estar juntos y ser felices para siempre. Otros autores han explotado ese recurso, relatos en los que todo parece imposible pero donde una vuelta de tuerca realiza el plan. Un final provisional que, feliz o no, representa la concreción de un designio.

A partir de la lectura del poema Amor a primera vista de Wisława Szymborska, Jimmy Liao escribe la historia de dos jóvenes solitarios que estaban destinados a conocerse. En Desencuentros,[1] a través de ilustraciones narra la vida paralela de sus dos personajes. Una vive al lado del otro, ella siempre toma el camino a la derecha y él a la izquierda. Nunca se habían visto hasta el día en que se conocen en un lugar neutral e improbable. Se enamoran. Ella le anota su teléfono en un papel y éste se borra cuando él queda atrapado en una tormenta. Siguen sus vidas y no saben si volverán a encontrarse. La creencia en un destino posible los hace mirar a donde antes no miraban. El azar como posibilidad construye escenarios viables para que el «plan trazado» se lleve a cabo. Más allá de una fuerza suprema, se trata de personas que se vuelven sensibles a estos encuentros. Si se habían visto pero lo olvidaron, no importaba, ahora importa.

En la más reciente novela de Horacio Garduño, Cuando te vuelvas real,[2] publicada por Random House, el autor esboza la idea de destino a través del yuanfen. Un principio chino que señala que, a lo largo de la vida, estamos destinados a encontrar una misma persona en tres o cuatro ocasiones. Estos encuentros no significan que su destino sea permanecer juntos, pero sí que la existencia de una persona transforme la vida de la otra. Fabiana y Martín se conocen desde antes de nacer, literalmente desde las panzas de sus madres. A lo largo de su vida vuelven a encontrarse en lugares poco probables. No se explican por qué se sienten así pero saben que los une una fuerza inexplicable. Resignifican su vida a través de la existencia de otro, alguien desconocido que sin saberlo los completa.

Como lectores y espectadores, a cualquier edad, estamos condicionados por estos referentes y formas narrativas. Un cambio en la fórmula de los universos de ficción se entiende como una decepción para el lector. Una comedia romántica con un final trágico puede romper algunos corazones. El azar en la ficción suele relacionarse con las parejas y los finales felices, con el designio de que dos estén juntos después de búsquedas accidentadas y caóticas. El amor como una recompensa al sacrificio. Sin embargo, el azar puede encontrarse en otros lugares, es más una forma de leer el mundo o de percibir el entorno. Está en objetos que se creen desaparecidos pero que aparecen en lugares improbables. En personas que se repiten, en las páginas de libros que se leen años después o en lugares a los que se vuelve por accidente.

Los finales se configuran como tales al paso del tiempo. Algunas historias terminan cuando dos se conocen o consiguen estar juntos, otras tantas cuando se recupera un objeto perdido y otras todavía no terminan. Si Cenicienta no hubiera llegado a la fiesta, se contaría otra historia. El azar se articula a través de pequeños detalles que, dotados de sentido, construyen una sincronía.

Quizá sea una forma de ordenar el caos, explicarlo a través de reglas que nos rebasan. Quizá sea una forma de conectar eventos inconexos en redes que los legitiman. Quizá sea una forma de diferenciar nuestras historias de las de otros, de convertirlas en excepcionales e irrepetibles.

 


[1] Liao, Jimmy, Desencuentros, Barcelona, Barbara Fiore Editora, 2008.

 

[2] Garduño, Horacio, Cuando te vuelvas real, México, Penguin Random House, 2015.


Autores
(Ann Arbor, 1987) no sabe andar en bicicleta y estudió la Licenciatura en Historia. Le gustan los libros para niños, los ha leído y editado.

1

Aún lúcido, pero impulsado por su enfermedad, Friedrich Nietzsche viajó intensamente en busca de lugares cálidos. En agosto de 1881, escribió a Peter Gast, entre otras cosas, sobre un sitio que podría iluminar su estado de salud gracias a su maravilloso clima:

No, mi querido y buen amigo. El sol de agosto está sobre nuestras cabezas, el año corre a su fin… En mi horizonte han surgido ideas, como nunca las he contemplado… ¡Tendré que vivir todavía algunos años! A veces me pasa por la cabeza la idea de que en realidad vivo una vida altamente peligrosa, pues pertenezco a la clase de máquinas que pueden saltar en pedazos… En último término, si yo no pudiera extraer mis energías de mí mismo, si tuviera que esperar a estímulos, a palabras de aliento, a consuelos de fuera, ¡dónde estaría yo, qué sería yo!… Ahora no espero ya nada, y experimento sólo un cierto asombro triste cuando pienso en las cartas que recibo. […] Como recompensa acepto, en cambio, que este año me ha mostrado dos cosas que me pertenecen y me son íntimamente próximas: la música de usted y esta comarca. Esto no es Suiza, no es Recoaro, sino algo completamente distinto; en todo caso algo mucho más meridional. Tendría que ir a las altiplanicies mejicanas, cerca del silencioso Océano Pacífico, para hallar algo semejante, por ejemplo, Huajaca […]

Óscar Cid León, de quien tomo la anécdota, especula un poco sobre la «relación» de Nietzsche con el estado de Oaxaca. Es muy probable —asegura el escritor y periodista— que lo «conociera» por las fotografías que Désiré Charnay tomó en la segunda mitad del siglo XIX. No las muy conocidas de Mitla, sino las de Juchitán de Zaragoza. De esa época se conservan numerosas imágenes que, en blanco y negro, ricas en escalas de grises, sirvieron como «guía» para el enfermizo filósofo que sólo viajaría a Oaxaca con un objetivo: descansar tranquilamente, plácidamente, en una hamaca.

Más adelante, Cid de León dice con ironía que fue, durante esos años y gracias a quien sabe qué tipo de conexiones misteriosas, que Macedonio Alcalá conoció los planes del «visitante» y, replicándolo, escribió Dios nunca muere. Aunque elocuente, la anécdota es insostenible: Macedonio Alcalá murió en 1869, 12 años antes de que Nietzche imaginara las «altiplanicies mejicanas, cerca del silencioso [pero inquieto] Océano Pacífico».

Creo recordar que fue un amigo, curador y artista, quien me contó, por primera vez, de la carta de Nietzsche a su amigo músico; sin embargo, cuando le hablé de la «extensión» de la anécdota, respondió enojado. Qué tontería, dijo.

Sé que esta introducción, como tal, es larga, pero me sigue pareciendo fascinante y creo es muy útil para decir que Oaxaca es un lugar hermoso y que eso se sabe, y se sabe bien, desde hace tiempo.

2

En el decreto con que Lázaro Cardenas inauguró el IINAH dejó una advertencia:

[…] la exploración de las ruinas arqueológicas y la conservación de monumentos coloniales ha demostrado que además de resultados científicos puede producir magníficos rendimientos económicos en cuanto significa atracción para el turismo extranjero […]

Cárdenas se refería a la «exploración» y descubrimiento de la Tumba 7 de Monte Albán por Alfonso Caso. Si el ex presidente reconoció la magnitud del hallazgo fue porque rápidamente, Oaxaca ingresó a los escaparates internacionales. Era 1932, y ya nadie recordaba el terremoto, con epicentro en Loxicha, que destruyó la ciudad un año antes.

El 14 de enero de 1931, la ciudad de Oaxaca se vino abajo. Centenas de estructuras arquitectónicas se derrumbaron en minutos. Esa noche, un terremoto de 7.8 grados en escala de Richter provocó la muerte de 10 mil personas y la migración de muchas otras. Un tercio de la población, escribió Everardo Ramírez Bohórquez, huyó del sitio, «como si Oaxaca hubiera tenido la culpa de su desastre, como si el desastre hubiera sido motivo de vergüenza». Pero el resto permaneció ahí, a la intemperie, expuesto a la enfermedad y al hambre. Curiosamente, uno de los pocos documentos que se conserva de la época es El desastre de Oaxaca de Sergei Einsestein. Sin embargo, para 1932, poco o nada se sabía al respecto.

Para esas fechas, el Estado en su conjunto ya aparecía en los carteles de la Dirección General de Turismo. Sin embargo, aún era difícil imaginar que la Guelaguetza (cuyo origen se encuentra en ese año) sería el evento que «decisivamente», parafraseando a Lázaro Cárdenas, influiría en la vida económica y política del estado. Así, desde entonces, el turismo ha sido determinante en la estructuración de la ciudad, tal como la conocemos.

Y eso es obvio. De acuerdo a Eduardo Nivón, actualmente atestiguamos un «proceso de selección» del patrimonio; o mejor dicho, un proceso en el que múltiples «bienes» culturales han sido convertidos en hermosos «productos» envueltos en celofanes blancos. Dicho proceso consiste en la «selección», es cierto, pero, sobre todo, en la creación de las estrategias de difusión y venta. Así: el producto es la interpretación y no, como podría creerse, un «recursos».

Actualmente, el turismo es la tercera fuente de ingresos del país y cuenta con poco más de 30 sitios declarados Patrimonio Cultural de la Humanidad, por la UNESCO. Sin embargo, Ana Rosas Mantecón dice que desde hace tiempo «la industria turística muestra algunos signos de agotamiento». La competitividad ha disminuido y también los ingresos por visitante. En su análisis, Rosas Mantecón dice que el deterioro social, ambiental y urbano en torno a ellos, a los destinos clásicos (sobre todo a los destinos de sol y playa) es suficiente para declararlos en quiebra, criticar el modelo y buscar alternativas. Pero las alternativas parecen pocas o, francamente, acríticas y salvajes.

Frente a la saturación de los destinos preferidos por el turismo, el capital ha optado por mover geográficamente sus inversiones y crear otros paradigmas de «desarrollo». Entre ellos se encuentran: el ecoturismo y el turismo cultural. Ninguno de ellos ajenos al estado Oaxaca y a las prácticas de acumulación en curso. Los dos, en todo caso, colaboran en la mercantilización de la creatividad y de la historia. Y en ambos casos, asegura Ana Rosas Mantecón: «El rol para el nativo ya está prefigurado»; se trata de un proveedor de servicios, esencial y de costumbres misteriosas. En otras palabras, estos modelos, dice Silvia Rivera Cusicanqui han optado por la «teatralización de la condición originaria» de los pueblos. Y así: al hablar de «condición de originaria», se les sitúa en un hipotético «origen», «excluyéndolos» de las «lides de la modernidad» y del «control de su destino». Se les otorga un status residual, y de hecho, se les convierte en minorías encasilladas en estereotipos indigenistas del «buen salvaje guardián de la naturaleza» o, como sucede en Oaxaca, «guardián de costumbres milenarias». Así, con esos proyectos o eventos turísticos, se confirman y reafirman viejos y nuevos estereotipos, racistas y clasistas por decir algo.

3

«Oaxaca, tienes que vivirla», dicen ya, días antes de que inicie la Guelaguetza, en múltiples y coloridos spots publicitarios.


Autores
(Ciudad de México, 1982). Es artista visual y editor. También escribe. Actualmente trabaja en edicionespatito.org. Vive en la frontera norte.
Ilustración de YM.

Allí ardieron Poe y Lovecraft y Hawthorne y Ambrose Bierce, y todos los cuentos de miedo, de fantasía y de horror, y con ellos los cuentos del futuro.

 Ray Bradbury

 

Apenas dieron las ocho, el niño se entregó al berrinche que, desde hacía tres meses, se repetía sin más variaciones creativas que un tango swing ocasional ─hay que decir que no era un niño muy ingenioso─. Los padres habían visto partir ya cuatro crianderos,[1] todos cansados de soportar los gritos y las patadas del pequeño bribón; con las pantorrillas amoratadas y sus cascos herméticos ─que no por ello ocultaban la orgullosa ira de sus rostros─, uno a uno salieron por la puerta del núcleo 17A.

Esta noche, sin embargo, cuando el niño comenzó su pataleta, tuvo la asombrosa idea de subirse al insecto último modelo y destrozar la sala desde el aire. Desde la puerta, la nueva niñera (una mujer rolliza de 145 años y 145 kilos) observaba los intentos fallidos de atrapar al rufián; la nodriza estudió el patrón de desplazamiento que describía el forajido y calculó la trayectoria según la sabiduría antigua del berrinche infantil; antes de que se precipitara por la puerta para conquistar el resto del núcleo, la mujer extendió sus brazos de elefanta y el chico fue a estrellarse contra la pared.

Al berrinche, se sumaron los bien ganados llantos de dolor. La niñera no se detuvo a comprobar los estragos del golpe ni atendió la histeria del padre, quien se había desmayado al ver el choque; simplemente alzó al nene con la técnica de una mujer forzuda en pista de circo y lo cargó hasta su habitación, donde le inyectó una dosis mínima de tranquilizante que, si bien no logró dormirlo, al menos lo inmovilizó lo suficiente para meterlo en el pijama.

Poco acostumbrada a los papeles de hada madrina gordinflona, intentó una voz melosa que revelaba en el fondo su rugido de leona amenazante:

─¿Me vas a decir por qué lloras?

El niño estaba paralizado, tanto por el sedante como por el terror que le producía la giganta; después del primer susto, pensó que lo más sensato era decir la verdad:

─Quiero una cama con techo ─murmuró.

─¿Una qué?

─Una cama con techo ─y aquí sacó un viejo libro de cuentos que guardaba bajo su almohada.

La matrona miró el tesoro con fascinación: aquellos libros habían desaparecido durante la migración a las colonias, hace ya más de un siglo; y no porque se consideraran peligrosos, sino por el poco espacio en los transbordadores. Las bibliotecas digitales tuvieron una suerte parecida: encerradas en los grandes servidores, esperaban la resurrección de la maleza que acabaría con las ciudades; los pocos sobrevivientes llegaron en dispositivos digitales subcutáneos. La memoria de la Tierra se había confiado a la memoria de los hombres, aunque ésta nada pudiera hacer frente al vacío que trajeron las estrellas.

Antes de que la niñera preguntara cómo había obtenido aquel libro, el niño reanudó el llanto:

─¡Quiero una cama con techo! ─no sabía leer, pero las ilustraciones alimentaban su imaginación.

La aya hojeó el volumen: The Arthur Rackham Fairy Book. Los recuerdos de su infancia en la Tierra se destilaron en una sola lágrima. Miró con lástima a aquel niño que no conocería los mares, ni el aire frío de un invierno sobre su rostro; de eso no quedaban más que diapositivas. Luego se miró las manos sebosas que sostenían el viejo libro de cuentos y sintió la necesidad de retrasar, aunque fuera unos minutos, la tristeza que le esperaba al futuro hombre.

─Esta imagen ─señaló la cama con techo─ es el cuento de una princesa que se pincha el dedo con una aguja y cae en un sueño muy profundo. Pero yo conozco otra historia que también tiene una cama así. ¿Quieres escucharla?

El niño la miró sorprendido; primero, porque nunca había escuchado un cuento y, segundo, porque la mujer se había sentado sobre su cama, elevándolo un metro; asintió tímidamente.

Mis padres solían contarme esta historia cuando era niña. Vivíamos en un pueblo de España, en una región llamada Asturias, en la Tierra.

─¿En la Tierra? ─el pequeño abrió aún más los ojos: nunca había conocido a alguien nacido en el planeta.

─Sí: yo emigré a las colonias durante los primeros vuelos. Y esta historia sucedió mucho antes del gran exterminio, en una época en la que el tiempo todavía se medía en horas.

La gente de ese pueblo recordaba que hacía muchos, muchos años ─tantos que mis padres no habían nacido aún─, un barco había anclado en el pueblo.

─¿Un barco? ─volvió a interrumpir el niño.

─Un barco es como una nave, pero no flota en el espacio sino en el agua.

La niñera miró divertida el rostro extasiado del pequeño.

Los hombres de ese barco no eran como nosotros: tenían el cabello desteñido y la piel muy pálida; los llamaban ingleses, que quiere decir insípidos. Con ellos, sólo viajaba un hombre de piel oscura; era un marino inteligente, fuerte, valiente y muy hermoso: poseía una trenza negra tan larga como anchos eran sus hombros. Nadie sabía su nombre, pero todos le decían Cuba.
Cuba estaba casado con el capitán del barco, Edgar Byrne, quien sí tenía la piel pálida y una barba muy abundante. Cuando se conocieron, Cuba no era un marinero, sino una hermosa mujer. Pero Byrne tenía gran fama de aventurero y un día se enfrentó a una bruja muy poderosa que convirtió a Cuba en varón. Byrne la amaba mucho, así que juró que encontraría la forma de revertir el hechizo. Desde entonces, viajaban juntos alrededor del mundo y siempre compartían hamaca.

─Tú ya no creciste con el miedo a lo sobrenatural; nunca oíste hablar de las brujas que pueden convertirte en piedra, de los vampiros que se alimentan de tu sangre hasta volverte viejo, de los fantasmas que sobrevivieron a la muerte a cambio de su cuerpo y por eso buscan robar los huesos de otros… Eran seres malvados en verdad. Hoy, los antiguos terrores sólo viven en la memoria de unos cuantos, pero existieron alguna vez sobre la Tierra y atemorizaron a nuestros abuelos por generaciones: antes del gran exterminio, se encontraban en los caminos, las casas viejas, el ropero, debajo de la cama, la noche y aun detrás de los espejos. Cuando se fundaron las colonias, los sabios decidieron abandonar a esos seres en la Tierra. Hay quien dice que algunos lograron sobrevivir gracias a sus poderes y que todavía están entre nosotros, esperando el momento de su venganza.

Nadie recuerda cómo supo Byrne que existían dos brujas en Asturias capaces de revertir el hechizo: las crónicas sobre las tierras primitivas son intrascendentes para las nuevas colonias. Sin embargo, apenas desembarcaron en la playa, se vieron rodeados por los nativos, quienes intentaban acariciar la trenza de Cuba.

─Los antiguos tenían la costumbre de confundir a los hombres con dioses o héroes legendarios.

Byrne disparó al aire para disipar a la multitud y pidió hablar con el tabernero.

─Un tabernero era un individuo muy poderoso que usaba pociones para controlar la voluntad de los hombres.

Cuando el tabernero se acercó, sopesó la trenza de Cuba y asintió complacido. Cuba estaba verdaderamente asqueado por su aspecto: era tuerto, muy alto ─más que yo─ y sus mejillas huesudas tenían los pelos como si una mula hubiera pastado en ellas. Byrne sacó una bolsa con veinte monedas de oro y se la ofreció a cambio de que le mostrara el camino a la posada de las brujas.

─Las posadas desaparecieron antes del gran exterminio; eran casas muy grandes donde los viajeros pagaban para pasar la noche, sorber una sopa caliente o quitarse el frío… aunque muchas veces las camas eran duras, había ratas y la sopa se hacía con cebollas. Ahora tampoco se fabrican monedas, pero tenían el mismo valor que nuestros Bitcoin.

Al oír la mención de las brujas, un escalofrío recorrió el coro de hombres reunidos en la playa: muchos eran los que habían desaparecido al intentar cruzar las montañas, y las mujeres habían dejado de dormir porque siempre soñaban con tijeras.
─Caballero: ninguno de nosotros querrá acompañarlo pero, si usted nos libera del mal que amenaza al pueblo, duplicaremos su oro.
En ese momento, un hombrecito de capa y sombrero amarillos apareció con un fuerte estornudo al lado de Cuba. Byrne sintió un escalofrío cuando el desconocido le tendió la mano; el capitán no tuvo tiempo de presentarse: el liliputense tomó la bolsa de monedas, mordió una y preguntó:
─¿Qué es lo que desea tu corazón?

─Los liliputenses eran seres pequeños, como tú. Concedían deseos a cambio de oro, pero tenían el defecto de la astucia: les gustaba hablar con acertijos para confundir a los hombres, así que era difícil confiar en sus palabras.

Seguramente, si Byrne hubiera pedido que convirtiera a Cuba en mujer, esta historia no existiría, pero sólo atinó a decir:
─Una mula para cruzar las montañas.
El duende habría estado encantado de conceder su deseo, pero no había mulas en el pueblo; además, el camino era tan estrecho y empinado que sólo cabía una persona a pie.
─Entonces dime cómo vencer a las brujas ─dijo Cuba; porque, aunque era un hombre muy valiente, hasta él tenía miedo.
─Oh, eso es muy sencillo ─palmoteó el liliputense─. Tendrás que ir solo. Cuando llegues a la posada, toca a la puerta, ignora a quien te abra, bebe la sopa que te sirvan, pide la recámara del arzobispo y lo más importante: no te duermas. Si al día siguiente no estás muerto, ellas tendrán que otorgarte lo que deseas.
Antes de que los viajeros pudieran preguntarle otra cosa, sacó una cajita de rapé

─Polvos mágicos.

y sopló una vez más para desaparecer.
Byrne y Cuba se despidieron al pie de la montaña, donde empezaba el camino; el capitán miró cómo se alejaba la silueta de su compañero: lo último que vio fue la chaqueta de marsupial, que tan bien resaltaba su robusta y bien formada figura, y, en la cintura, un par de pistolas y un machete. Cuando por fin se perdió entre los árboles, las nubes ensombrecieron el paisaje. Byrne sintió miedo.
La noche llegó y se fue; el capitán permaneció despierto, esperando que Cuba descendiera. Apenas amanecía cuando el hombrecito del sombrero apareció con un estornudo de rapé.
─Señor Byrne ─se quitó el sombrero─. Cuba está en peligro.
El capitán lo miró aterrado.
─¿Qué sucedió?
─Si se apresura, quizá pueda salvarlo. Jamás han desaparecido dos viajeros juntos.
Con más polvos de rapé, el duende se esfumó.
Byrne corrió hasta la montaña. Caminó durante horas: ya sea por su miedo a las alturas o por su falta de experiencia en tierra ─siempre fue un hombre de mar─, la noche lo sorprendió cuando apenas llevaba la mitad del recorrido. Asturias era un pueblo gris: sólo casas de piedra y montes sombríos; la noche resultaba terrible en medio de sus árboles; y para Byrne, que sólo conocía el oleaje que forman los cielos, resultaba imposible orientarse en medio de una oscuridad sin estrellas. Estaba ciego, pero el deseo de salvar a Cuba era más fuerte. A pesar de los surcos, el barro, las piedras, las ramas y el hondo abismo que se abría a sus pies, siguió subiendo. A gatas, con el viento frío helando su cara y el corazón a punto de rompérsele, logró llegar a un páramo desierto donde no había nada más que una casa que parecía flotar sobre la tierra, como un fantasma que se desliza por la noche hasta nosotros, pálido y muerto. Aquélla era la posada de las brujas.
Byrne encaminó sus pasos hacia la residencia. El viento arreció, como si intentara empujarlo al bosque y al abismo. Cuando alcanzó la puerta, una joven le abrió antes de que tocara la aldaba. Byrne no la miró. La casa, más oscura que la noche, no tenía otra luz que la de una vela. Al fondo de la habitación, divisó unas sombras: sobre el fuego de la chimenea, dos viejas revolvían el contenido de una olla negra: eran las hermanas Lucila y Herminia; las brujas.
Cuando vieron al viajero, chillaron de alegría: en los últimos meses, pocos eran los que transitaban por allí, pero las hermanas habían decidido conservar el lugar para pasar su vejez. Invitándolo a sentarse, una de ellas tomó un plato y vació una cucharada de la sopa que estaban cocinando. Byrne, quien había sufrido la noche más terrible de su vida, aceptó gustoso.
Mientras el capitán sorbía su sopa ─de cebolla─, observaba con disimulo a las dos ancianas, quienes no dejaban de chasquear la lengua ni de revolver la olla: tenían la edad en la que la vejez deja de ser frágil para volverse decrépita: eran feas, con las bocas desdentadas, las narices curvas llenas de verrugas, las mejillas hundidas y la piel amarillenta cayéndose a pedazos. Byrne se preguntó cómo era posible que esas dos ancianitas atormentaran a todo un pueblo ─a veces, los ingleses eran muy escépticos.
Tras terminar la sopa, preguntó por Cuba. Las viejas se revolvieron incómodas en sus asientos, y a Byrne le pareció que una de ellas se inflaba un poquito.
─Sí, sí: el muchacho se quedó con nosotros anoche ─dijo una─, pero salió temprano para regresar al pueblo.
─¿Él está bien?
─¡Oh, sí! ─respondió la otra─. Ese chico tenía un apetito voraz.
El capitán comprendió que mentían: si Cuba hubiera sobrevivido, no sería más un muchacho. Byrne decidió fingir para averiguar qué había pasado con él: les pidió que le indicaran el camino para continuar su marcha.
─¡Imposible! ─gritó la más vieja─. A esta hora se perderá. Lo mejor será que pase la noche con nosotras.
─Hija, prepárale una cama.
Byrne, recordando las instrucciones del liliputense, pidió la habitación del arzobispo. En todo ese tiempo, la joven que le abrió la puerta no había pronunciado una sola palabra pero, al escuchar la petición, se adelantó:
─La del arzobispo no está limpia.
Byrne la miró por primera vez: llevaba una falda larga de color negro que se abría a la mitad del muslo, y una blusa descubierta con el corazón de fuera; el cabello, suelto y húmedo, olía a lluvia; tenía una boca muy roja y un cuerpo verdaderamente voluptuoso. Byrne sintió que se mareaba cuando la joven gitana le sonrió. En ese momento, escuchó una voz que le susurraba: “Cuidado”.

─Las gitanas eran mujeres parecidas a nosotros, de piel oscura y el cabello tan negro como si la noche hubiera anidado sobre sus cabezas; la gente las odiaba porque intentaban seducir a los viajeros para robarles el corazón. Un antiguo proverbio dice “Tienen la astucia de un gato hambriento que vigila a un pájaro en una jaula o a una rata en una trampa”.

La bruja más vieja se encogió de hombros:
─Bueno, dale la que quieras.
La joven tomó la vela, dejando la sala a oscuras. El inglés se dejó conducir a un cuarto cualquiera: era una habitación sucia con olor a moho. La gitana permaneció de pie, con la vela alumbrándole el rostro; Byrne la miró sonreír. La voz repetía: “Cuidado”. El capitán tomó la vela y cerró la puerta. No escuchó los pasos de la gitana pero, cuando volvió a abrir, ya no estaba en el pasillo.
Byrne se sentó en la cama a esperar: puesto que tenía la única vela de la casa, supuso que las viejas y la gitana se acostarían pronto; había decidido buscar la habitación del arzobispo. Sin embargo, estaba tan cansado que estuvo a punto de quedarse dormido; la voz susurró desesperada: “Edgar, cuidado”. ¿Cuba? Nadie más lo llamaba por su nombre. Como un niño que sabe que va a ser castigado, Byrne sintió que las piernas le temblaban; habría perdido la conciencia de no ser por un nuevo llamado: “Edgar, por favor”. Ya no quedaba duda: la voz era idéntica a la de Cuba.
Byrne esperó a que el silencio cayera sobre la casa antes de salir a inspeccionar. Caminó por el pasillo, abriendo y cerrado puertas como un fantasma, hasta que encontró una habitación que sobresalía por su lujo, excesivo para una posada, aun para una gobernada por brujas. El marino se paseó por la estancia; las paredes estaban cubiertas de oro y plata; los muebles, aunque pocos, estaban tallados en maderas exquisitas: la mesa y la silla tenían incrustaciones de piedras preciosas; el armario, con símbolos y runas brujeriles en sus puertas, estaba construido para resguardar los mayores secretos; y la cama, ¡qué cama!: con un dosel muy alto, ricamente engalanado con cortinas de terciopelo rojo.

El niño estaba tan entretenido con la historia, que había olvidado su berrinche; pero, al escuchar la descripción, recordó la cama y se preparó para un nuevo ataque:

─¡Yo quiero una cama con techo… y terciopelo!

La nana, quien hacía mucho tiempo no contaba una historia, lo miró con los ojos entrecerrados:

─¿Estás seguro?

El pequeño nunca había sentido el miedo primitivo y visceral que engendra lo desconocido; el mundo higiénico, rodeado de vacío, lo protegía contra lo sobrenatural. Sin embargo, la voz de aquella mujer le transmitía un saber olvidado, más antiguo que las estrellas: instintivamente, se cubrió con la cobija y apartó la mano de la orilla de la cama.

Las cortinas estaban cerradas, pero Byrne podía sentir la presencia de algo que aguardaba detrás de ellas. “Edgar, por favor, no me gusta la oscuridad”. El capitán reunió todo el valor de marinero que no había dejado en los matorrales y abrió las cortinas con un sólo golpe. El cadáver de Cuba yacía en la cama.
Byrne sintió que las lágrimas lo traicionaban, y habría llorado como una viuda si no hubiese tenido miedo de alertar a las brujas de su descubrimiento. Sin poder creer lo que veía, acercó la lámpara para observar los ojos que, aunque pétreos y sin vida, conservaban la dulzura intacta; con cuidado, le arregló la trenza: la muerte había respetado la hermosura de aquel cuerpo.
Por más que buscó, no pudo encontrar heridas de cuchillo, bala ni ninguna otra arma conocida; tampoco había marcas de asfixia sobre su cuello. Sin embargo, al acercarse, notó un pequeño moretón en la frente; sólo tenía aquella marca, como el pinchazo de una aguja. ¿Qué te pasó, Cuba? ¿Qué era aquello que podía matarte sin dejar huellas?

─¿Veneno? ─murmuró el niño. Se aferraba todavía a la lógica fría que mantiene el mundo andando.

La nana ensombreció la voz:

No: Cuba se había dormido y algo que ni las puertas ni el machete ni las pistolas podrían detener lo había asesinado. Byrne sintió miedo al pensar que esa noche quizá también él moriría de forma misteriosa; al amanecer, sería un cadáver sin marcas: apenas el beso de la muerte sobre su frente. Miró a Cuba sobre la cama: aunque todavía era un hombre, parecía una doncella dormida; lo besó suavemente en los labios para despertarlo. Pero nada pasó.
Puesto que Cuba había muerto, Byrne estaba resignado a morir. Se acomodó al lado de su compañero; el atlético y varonil cuerpo del joven, que en otras noches le había hecho compañía, estaba frío. Acariciando la larga trenza, el capitán no tardó mucho tiempo en quedarse dormido. Así, no pudo percibir el movimiento de las cortinas que rodeaban el lecho. No escuchó el crujir de la madera o las palabras que las brujas susurraban a través de la puerta. Tampoco vio cómo el enorme dosel bajaba lento, lento, como la muerte, sobre ellos. Sólo despertó cuando los pesados bordes cayeron sobre la cama: una tortuga, dirían los marinos; un sarcófago, sería más preciso.

─Mi madre solía decir: Hoy en día cualquier vieja bruja soñolienta, si existiera, que tenga la fuerza suficiente para apretar un insignificante detonador podría acabar con un centenar de jóvenes de veinte años en un abrir y cerrar de ojos. En esa época no había armas nucleares ni cohetes; todo se hacía con magia. Y aun así, dos brujas podían matar a todo un pueblo, hombre por hombre. Imagina ahora lo que podríamos hacer, sobre todo con niños berrinchudos como tú.

La nodriza miró con satisfacción cómo poco a poco el terror se apoderaba del niño. Segura de que nunca más habría un berrinche por una cama, se levantó con el libro en brazos y apagó la luz.

 

 


[1] En la actualidad, nuestros diccionarios sólo reconocen el femenino: crianderas; en el futuro, la necesidad obligará a la diversificación del trabajo masculino.


Autores
(Ciudad de México, 1989) Alguna vez estudió literatura y fue rescatista de autores decimonónicos en la UNAM, pero hoy tiene una pug y se desempeña como ángel del hogar. Es becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de narrativa.
Ilustración de YM.

Para Margarita, Tikitzi Madre; Mundo, Claudia y Javier:

Mis cuatro puntos cardinales.

 

«Se había metido entre las rocas del Cuervo y ahora se encontraba exhausta en medio de aquellos peñascos. El Cuervo estaba conectado con tierra firme mediante un muelle natural muy largo formado por piedras resbaladizas. Trató de regresar a casa por aquel camino. ¿Seguiría él allí? En casa. ¡Menuda casa! Cuatro idiotas y un cadáver. Tenía que regresar y explicarlo todo. Cualquiera lo entendería…»

Cualquiera que no fuera idiota. Pero al parecer, la bahía de Fougère guardaba dentro de sí al abismo precisamente porque, al final de todas las noches, las de la Tierra y las de los hombres, removía su lengua marina para tragarse los desechos que caían sobre ella desde el acantilado conectado con aquella ciudad, tan llena de ojos, de palabras cubiertas de espuma rabiosa y estólidas babas, de manos que todo lo pueden, menos levantar una plegaria de misericordia para aquella mujer escondida en la boca marina de Ploumar, anegada entre sus pensamientos, rodeada de arena y el olor inquisitivo de un índigo acuoso que le traía noticias de su falda empapada, una madre que dio de beber esa misma noche a sus peones el agua etílica que a todos los miserables redime por un rato, pero que fue incapaz de bendecir a su propia hija, rezos disparados hacia la cúpula de una iglesia imperturbable, obstaculizando siempre la correspondencia que debería haber entre dios y sus hombres afligidos: sus rezos de mujer desamparada fueron lanzados como flechas, la iglesia nunca le permitió vislumbrar en el cielo una estrella dónde fijarlos. Y ahora que estaba ahí, tan dueña de sí y al mismo tiempo tan a merced de la bahía, las tenía todas, todas, encima de ella, de sus recuerdos, de los elementos que la rodeaban, de los cuerpos que la tocaban y le dejaban rastros de sal y lodo, de los cuerpos que la habían tocado sin reconocerla y ahora no la echaban de menos en casa, del cuerpo tibio recién mudado al éter, donde continuaba su letanía contra ella, la mujer que parió cuatro idiotas en medio de una ciudad idiota. De las memorias, las divinas y las terrenas, que dan cuenta de los infiernos y del paraíso…

Susan camina por los bordes de sus ecos, camina lentamente hasta llegar al margen de la bahía y, como sin temer el encuentro con la nada, como si ya estuviera habituada a tener en sus manos y su mente la idea del fin de los mundos, sus límites físicos, sus latidos exangües, continúa caminando hasta llegar al margen de la hoja. Abre sus brazos como si en mí hubiera visto la barquita luminosa que alguna vez su padre le contó existía en los mares buenos, los realmente dulces (no como éste), que se llevaba a marineros y sirenas de buen corazón, jamás amados, siempre emitiendo amor devocional a las aguas. Porque el mar es un amante protector si se le considera hombre, y una madre aguerrida si se la describe como mujer. Acaba de mirarme. Son las doce y veinticuatro de la noche y ella gira sobre su propio eje. Susan se detiene frente a mí. Sus ojos son de un castaño triste, como el recuerdo de las grandes glorias olvidadas de una Francia imperialista que dejó en sus vestidos el rastro de un mundo mejor, de tazas de porcelana y espejos ovales donde pudiera tomar y embellecer su propia vida…

—En verdad a ti te estaba esperando. He esperado todos estos años, Joseph no me permitió explicar nada, no hubo tiempo en realidad. Su barco partía. Era su luna de miel, creo… ¡Y Jessie estaba tan maravillosamente iluminada, como reverberando las palabras de amor desde la alcoba modesta instalada en su piel de durazno!… Las lunas de miel son lo único bueno que las mujeres como yo (¿alguna vez tú te has desposado?) llevan entre los pliegues de la falda y los ojos, cuando nos volvemos un poco ajadas, digamos rayando la treintena. Por eso nunca le reclamé nada… Es que en verdad no hubo tiempo, insisto. Yo sé cómo ha de terminar todo, bien que lo sé. Pero al menos quiero ser yo la que explique los sonidos que me fijaban el alma con alfileres de cristal que se fueron volviendo vetas de hierro en mi propia cueva, donde antes habitaba un corazón desbordante de alegría… ¿me dejarías contar, al fin, después de ciento diez años, lo que esa noche debía explicarle a los idiotas?

Tomé la hoja a medio escribir como asiento y me dispuse a oír la sinfonía. Porque al parecer esta noche no nada más sería Susan la que hablara. Yo, que tengo buen oído, los oigo venir, los oigo apostarse en mi casa a la espera de su turno. Dicen que en este siglo lo único que quedan son fragmentos sin sentido, bellísimos, llenos de una ternura horrorizada y mutilada que suplican a nuestros ojos, a nuestros labios, a nuestros oídos y a nuestras lenguas reunirlas para regresarles la vida escindida, aunque sea por instantes. A mí me gusta pensar que los fragmentos vienen a nosotros en busca del concierto perdido, de una ópera magnífica que nos viene a devolver la canción olvidada, el paraíso mutilado. Susan volvió a hacerme señas. Yo atendí a su llamado:

—¿Qué es lo que escuchas? ¿Podrías dejarlo como música de fondo, por favor?

A la fragilidad que se mueve aún con estoicismo jamás se le niega algo.

 

 I. SUSAN

https://www.youtube.com/watch?v=LpewOlR-z_4

http://issuu.com/scoresondemand/docs/in_the_upper_room_12780/5?e=8906278/5215515

 Las olas del mar. Su sonido envuelve cualquier objeto, cualquier causa, cualquier mirada. Incluso los tiempos. Miren. El agua viene por mí, acaricia mis tobillos hinchados, ceñidos por las cintas de mis botines negros de suela gastada con los que he caminado los mismos pasos hacia atrás y hacia adelante, día tras día. Porque para aguantar el trote de una casa, de quienes la llenan de su propio aire, hay que llenarse de cierto sentido del equilibrio. Yo lo hallé en el mecanismo de andar y desandar. Andar por las frutas de estación para hacer las conservas que guarezcan nuestras vidas del tedio inodoro del invierno, desandar el trayecto de la cocina hacia el pozo de agua para lavar las ollas, las cucharas, los frascos y hasta las lágrimas que impiden el correcto girar de las tapas que cierran a aquéllos, pues una lágrima es, a fin de cuentas, una gota de agua divina que se ensució en el trayecto del ojo de regreso a su propio dios; luego entonces, las lágrimas tienen derecho a ser retiradas con nueva agua, limpia, para que dejen de vivir en el umbral de la pena… Andar y desandar. Andar por la casa, levantando una y otra vez las cosas de colores tiernos, elaborados en madera talada en primavera lejana, con las que mis cuatro hijos balbucean el nombre del mundo. No puedo decir con certeza si es el mundo que mis ojos les transmite cada que los levanto por las mañanas y al momento de llevarlos a acostar, o si será el apartado mundo de su padre, que siempre levanta el sol para su propio encierro entre paredes de aire abrasador y arena infértil y se duerme cuando no hay ni una promesa para conciliar el sueño de un país, una casa, un nuevo amor con cuatro hijos llenos de virtud y juguetes construidos con madera talada en nueva primavera, porque la otra ya se está cansando de repetir que las cosas irán bien, como el trenecito chuchú que pasa todos los días a las cinco, cuando madre en desgracia, yo, paro mis labores y juego con los cuatro —aunque en verdad juego para mí— a traer desde el otro lado del mundo nuevos perfumes, esencias, elixires, sustancias vaporosas que toquen mágicamente las almas de mis cuatro frutos y los haga reírse con el tiempo acumulado en sus mejillitas rojizas de sol más que de frenesí. Desandar el trayecto de la misa y su atrio lleno de fieles de memoria chata, siempre con la bendición asentada en sus estómagos y tan digerida por sus corazones; desandar sus miradas de soslayo, sus manos ocupadas por libritos de oraciones y vigorosas piedras de fuego enviadas hasta mi posición de hija desconocida del Padre, hermana olvidada del Hijo y siempre niña a consolar por el Espíritu Santo. Las olas del mar. Su sonido mece mis recuerdos. Ahora que intenta arrastrarme hacia su seno, yo siento cómo me voy hacia atrás en los tiempos. Sí, ya voy siendo dirigida hacia atrás, lavada de cuerpo pretérito. Las olas del mar…

Cuando las oí por primera vez, quiero decir, con toda la quietud atenta que merecen estas señoras, entendí que nunca me dejarían. Tendría unos cinco años, mis padres me trajeron a mirar desde el acantilado la bahía de Fougère para admirar un amanecer de verano pleno. Era junio y era domingo, y las olas repetían incesantemente que el destino de quienes nacemos playa adentro o playa afuera, es el de guiarnos por el sonido de las aguas. Como los ciegos en ciudad firme que son guiados por los ruidos de las máquinas, el vértigo y las reglas de tránsito. Esa mañana traté de oír bien lo que decían. Era fiesta, me auguraba una fiesta. Como a todas las niñas que desean crecer y ser felices con un hombre apuesto, su propio príncipe, no importa el tono de azul con el que vengan envueltos sus modos, sus miradas, sus caricias, sus tierras. Aquí, nosotras aprendemos a amar al azul porque sí, porque es una extensión del cielo y nos hace entender desde muy jóvenes que estamos inextricablemente unidas a los tonos del cielomar, desde su plomizo gris azulado hasta su turquesa juvenil, nunca demasiado verde como para alentar al regocijo abierto y desmesurado de la vida, pero sí lo suficientemente feliz y acentuado como para decirnos que las épocas se suceden siempre sin permiso de una y con el tiempo a favor tan sólo del mismo tiempo.

El ritmo festivo de las aguas de la bahía me siguió silenciosamente en mi juventud, cuando aprendí a rezar y a cocinar lo que la tierra daba: papas, carnes del grosor de la fortuna de los años, duraznos… Me llevé el sonido de las olas en fiesta hasta París y las instalé en la repisa de la recámara que mi familia adoptiva, también bretona, me entregó como garantía de comodidad y buen futuro: “Aquí hallarás al hombre que estará a la altura de tu belleza, de tus sueños, de tu piedad”, me decían. Pero yo no hacía otra cosa más que esperar a que la rueca dejara de girar siempre tan deseosa de vida y de pequeñas aventuras, propias de una señorita que conoce la felicidad en medio del recato, el decoro y los buenos pensamientos. Yo quería que la rueca soltara su hilo, el mío, y me trajera de vuelta a las olas del mar adyacente al pueblo de Ploumar, donde todo envejece a la hora correcta y no hace aspavientos para morir, donde la carne es sólo eso y sus condimentos están asegurados por la razón de las lluvias y no tanto de la riqueza de luces extranjeras que, aburridas de no atravesar calles grandiosas, terminan atravesando los arrecifes. La rueca paró, París se volvió una fotografía en sepia que guardo (guardaba, guardé, ya no recuerdo hasta cuándo ni en dónde) por si algún día la menor de los cuatro decide despertar y preguntarme qué es la vida, el amor o el destino. No es París ni sus fotografías. Son las olas del mar.

Imagino que yo llevaba en mis zapatos las olas del mar febril, del mar encantado de sí y de mí, joven, dispuesta a danzar sobre el camino que acompaña a personas y cosas hasta su destino, y el destino para mí era Ploumar, estas rocas recién lavadas en las que estoy recargada y que se transforman en catedrales cobijadas de agua cuando la marea respira a sus anchas. Sí, debió de ser así. Jean Pierre Bacadou, el hijo de la pareja terrateniente más rica del pueblo, condecorado con laminitas doradas provenientes de un sistema que desconocía a Dios y entregaba sus virtudes a la milicia, alto, blanquísimo, de barba rojiza y ojos exultantes de poder, se acercó a mí una tarde de primavera temprana, cuando las olas callaron repentinamente dejando al aire en completa libertad para traer y llevar los sonidos de los corazones de su gente, entre ellos, el de Jean Pierre y el mío. Tardó bastante tiempo, tres meses, en anunciarle a sus padres su intención de formar conmigo una familia y de reformar los trabajos a medio hacer que desnudaban sus tierras, mismas que deseó trabajar por sí mismo y adelantándose un poco a la natural inercia de la muerte y su herencia. Sus padres, viejos acaudalados, uno cansado y artrítico, la otra siempre metida con sus ayeres y sus dolencias en la cama, no veían la hora de que regresara su único hijo para que los sustituyera en la pesada labor de cuidar y entender la tierra. Porque ella, me decía Jean Pierre, resguarda celosamente bajo su faz de quietud el fuego con el que la materia vive, crece, se descompone y luego muere. La tierra, por tanto, era de temerse, luego de adorarse y hasta el final de agradecerse. Es mentira, decía él, que ella sirva a las plantas de nuestros pies y esté atenta a darnos pan y cobijo. Somos nosotros sus esclavos. Y mi hombre, con su barba rojiza, dejaba muy en claro que servía al fuego bajo la quietud de sus terrenos, que fueron anuncio de la continuidad de la ley de la vida, como decía su padre, y también fueron testigo y regalo de bodas el día más feliz del que se tenga recuerdo en Ploumar.

Jamás se volvió a oír en las tierras de los Bacadou una música tan ligera, de aire relleno de miel y flores de azahar, como se oyó el día de nuestra boda. Parecía que el mar había lavado los pies de cada uno de los invitados, la comarca entera, y les había dado instrucciones de danzar en pos de nosotros, los recién casados, los nuevos encargados de hacer crecer el abono que menguaba en el patio de la única entrada de la casa, de que las piezas de ganado verdaderamente fueran llamadas así, ganado, opulencia, dividendos para nutrir la tierra y por tanto, los cuerpos de quienes la poseían, aunque ya sabemos que la tierra no se esclaviza porque es ella quien elige a sus esclavos. Rum, rum, y el mar mecía jueguetonamente los brazos enfundados en las chaquetas cortas que hacían juego con las botas recién lustradas de los varones, quienes caminaban junto a sus mujeres ataviadas de negro con sus cofias blancas, pequeñas palomas que daban cuenta de la alegría universal contenida en el trayecto ondulante, detrás y afuera de las colinas, que hacían de dos en dos y formando una cinta negra cuya solemnidad sería cortada de cuajo al poco tiempo, cuando los platillos se sirvieran humeantes y reverberando noticias de opulencia, amor y ganas de festejar al ritmo del eco del gaitero enfebrecido que movía sus zuecos como cuando la tierra eleva su alegría en forma de hojas cobrizas enamoradas del viento; y permanecería ahí al menos un día más, cuando la naturaleza etílica del encantamiento desvaneciera sus efectos sobre los granjeros, incluyendo los más rectos y sobrios del lugar, que yacían dormidos en el camino a Tréguier.

Ese día preferí quedarme callada, la alegría es una alhaja frágil que debe resguardarse en el terciopelo del tedio amoroso, pues bien sabido es que la vida en par es tan sólo eso, un trozo de terciopelo acomodado en una cajita de cristal a la que de vez en cuando le es saludable entonarle música proveniente de lo mejor de nosotros, si no es ya del corazón, al menos, de su memoria. Dejé que las olas hablaran por mí a lo lejos, que entraran en la boca de mi suegra, tan enjuta y rubia, tan de ojos claros, como de nube que va anunciando su desembarque en los confines de su propio mundo. Era la novia revivida del sueño de la granja, la adorada esposa del hombre de dedos retorcidos, bastón lustrado y barba recién cortada, la hija del trigo que abrió sus espigas para concebir al orgullo de su marido, de su ama, la tierra, de su propia necesidad de enmarcar la presencia de su vientre, ahora inflamado, como algo valioso que resguardó la vida. Igual que la tierra envuelve con sus raíces los frutos, casi como por inercia, pero con orgullo fiero al fin.  Sin embargo, las olas, bien que lo saben ellas, bien que lo supimos mi suegra y yo, son de corta experiencia. Nunca otra igual, jamás su espesor concentrando las mismas palabras, aunque sí las mismas voluntades. Son ellas las que deciden cuándo comienza un tiempo y cuándo fenece el anterior, y eligen, para delectación propia, las manos, los pies, las bocas que han de desplazarse según su ritmo.

Eso fue lo que pasó al día siguiente. Las olas saben la diferencia entre lo antiguo y lo nuevo, lo comprobado y lo comprobable, y gustan de iniciar, como el ciclo del agua, una y otra vez la obra del hogar. Mi suegra fue puesta, digámoslo así, en el ritmo pausado de las olas viejas que, una vez emprendida la cresta, reposan hasta densificarse y decidir volver al seno de las aguas todas, las primigenias, adonde sé que vamos todos, vivamos tierra adentro o en sus litorales. Poco a poco su voz se fue acompasando al silencio de las aguas en éxodo y un día me vi yo, completamente embarazada de críos y deberes, de amores y expectativas. Se esperaba de mí la vida, su curso lógico, su naturaleza triunfante, ahora que regresaba la primavera y limpiaba las ventanas otrora grasientas por donde mi suegro veía partir, minuto a minuto, los pasos agigantados con los que sembró una centena de veces la parte de tierra a la que estuvo vendido, y los pasos de la mujer ahora convertida en el viento salado que se instalaba en sus rodillas, impeliéndolo a esperar el llamado marítimo.

Jean Pierre tomó con natural entendimiento la sustitución de la fuerza femenina, su nuevo canto, sus flores frescas en el jarrón azul dejado en prenda por su madre, como garantía de que todos nos volvemos a ver, sin importar ya los años de silencio que median entre los que vencemos y por quienes seremos vencidos. Muy pronto incluso comprendió con inusitada alegría las leyes naturales, que dan hogar a los recién llegados en el mismo lugar donde ya no caben los otros, quienes son abrigados bajo la piel de cemento que protege la crisálida subterránea, que a su vez protege el sueño de quienes han de ser llamados a juicio… O por las cadenciosas aguas de un mar iluminado, como las que nos abrían los ojos a mi hombre y a mí los primeros días. Nos levantábamos con la sensación de estar circundados por una poderosa libertad, una especie de alas enormes colocadas en cada hombro del cuerpo indivisible que éramos, pues no hay pegamento mejor que la dicha. Dicen que también las penas, pero yo creo y sé que eso no es verdad. La pena no une, arrastra. Es la dicha, sí, la que une lo impensable y zanja lo temible.

El par de gemelos sembró en Jean Pierre, que a su vez sembraba los granos de la primera cosecha, la esperanza. Un par de varones, blancos, de ojos muy negros, que pronto, decía él, serían su fuerza mayor. Mi hombre, siempre hablando en términos de milicia, veía el asunto de la vida y su crecimiento natural como la escalada hacia la condecoración mayor, el respeto, la bienaventuranza, el prestigio y el valor. La consagración de la fuerza masculina traducida en los viajes que las semillas harían desde el interior de la tierra fogosa hasta su imperturbable valentía exterior. Tal como supongo que vibra la virtud en los militares. El día se nos escapaba, él en cuidar su patrimonio, comprendido por sus tierras y nosotros tres; yo, en platicar y divulgar la gracia con la que me veía favorecida, desde la cocina, junto a mis criadas, hasta el atrio, hipocentro de las oraciones y noticias, hasta su epicentro, el mercado: verdad del cielo que no hay mejor obsequio para una mujer que verse bienaventurada con casa, vestido y sustento, más si la casa se pierde en los límites de la vista y a su alrededor crecen las plantas que alimentan a hombres y animales, si el vestido proviene de las salidas de un joven esposo, satisfecho y feliz, a los pueblos que le recibían como el príncipe vasallo de sus propias tierras, y si el sustento estaba garantizado por la alegría de dos seres nuevos. A ninguna nos gusta ser llamadas desgraciadas. Yo podía afirmar que la desgracia no era vestimenta para mí. Las olas del mar sonaban igual que las sonajas de mis niños, y cada dos o tres noches traía a mí el baile de bodas que originó tanta embriaguez de noticias bellas, apenas dibujadas en lo alto de las convicciones. Algo así como la fe.

Pero algo pasó que las aguas marinas, en su ondular caprichoso, de pronto dejaron de mecerse a mi favor cuando los días transcurrieron y mis hijos ignoraban la manera de masticar sus alimentos y erraban toda forma de juego que para cualquier otro niño sería normal. Levantar sus pequeños brazos era casi igual a elevar un mineral, aunque suave por fuera. Nada de respuesta había en sus movimientos, ninguna noticia de correspondencia entre ellos y yo, o entre ellos y la vida. Al principio pensé que sería el efecto de su abuela muerta, que quizá rondaba por ahí y los tenía en una especie de trance inexplicable, no tanto porque el miedo sea difícil de expresar, sino porque a la edad de mis pequeños era bastante difícil emitir una oración completa que llevara consigo los elementos del horror que trae como compañero el pasmo. Pero luego su abuelo, ese hombre viejo y senil, empezó a clavarme alfileres pequeños en mis venas cada vez que se refería a ellos como “los idiotas”: “Les dije que era demasiado, demasiado. Les dije que acabarían con las tierras”. Jean Pierre me contó alguna noche sobre aquel suceso, pero ambos llegamos a la conclusión que las ideas de su padre tenían más que ver con la zozobra de perder la vida en un instante de remisión y renuncia más que con la llegada de dos seres nuevos, en apariencia inocuos. Y lo eran. Demasiado, como dijo aquel hombre de cabeza plateada. La tierra se acabaría no por ambición, sino por el estancamiento de la inteligencia, madre de toda evolución natural.

Yo me negaba a escucharlo. Pensaba que era una respuesta necia ante el olvido en el que se encontraba, pues no había criada ni poder humano que lo hiciera levantarse de su lugar frente a la chimenea, ya no para asearse un poco, sino para salir a ver el espectáculo de los pájaros negros volando sobre las cabezas de mis dos hijos. “Estás podrida, estás maldita”, susurraba cada tantos minutos, pero siempre que giraba mi cabeza para espetarlo surgía algo inesperado, la cocinera preguntándome sobre cuál especia añadir, los peones pidiendo vasos de agua, los hijos gimoteando como pequeñas bestias silvestres por su comida o por la hora del sueño. Era como si el mar le susurrara a mi suegro palabras ofensivas, quedas, incluso fáciles de esconder en el aire, como cuando esconde sus gotas de agua saladísima bajo la lengua y nos hace pensar que es saliva. El mar se ponía en mi contra, ya lo oía ponerse en guardia. En ese momento era mi suegro quien atacaba con su lengua de mar, pero, ¿cuánto tiempo habría  de pasar hasta que el resto de la comarca dirigiera hacia mí esas figuras retorcidas, esas llamaradas de agua hirviendo que quemaban mi alegría?

El tiempo me dio la respuesta. Debía de ser así, los hijos, una vez estando en este mundo, son los primeros en marcar el curso de los días, tal y como lo hacen las terneras y los potrillos: el mundo, su verdadera y exacta medida, se cuenta no a través de calendarios sino a través de las mutaciones de alma y cuerpo de los seres recién echados a la tierra, como pasa cuando la primavera es aventada desde el intersticio del sol azul y la piel helada de los terrenos donde habrán de pasar otra vez los ríos y las flores. Mis hijos crecieron delatando su condición de idiotas. Su verdad poco a poco fue invadiendo su cuna, que apenas y servía para callar semejante vergüenza, y nada más al momento de dormir; se extendió por la casa, la granja, el atrio y el mercado, de donde regresó una noche mi esposo, cargado de dudas. Su pregunta fue hecha tan al aire, tan de relámpago, que mi interior lo único que pudo proporcionarle fue un gemido que resonó hasta en la pocilga de los cerdos, los mejores del lugar, pero cerdos al fin. Jean Pierre los miró de reojo, casi como amacizando la pena dentro del bocado de pan con mantequilla que intentaba envolver la penosa realidad: habíamos fallado, nuestros hijos eran idiotas.

No sin intentar el buen juicio, Jean Pierre mantuvo la esperanza en lo que él consideraba debía de ser el curso lógico de la naturaleza, “así no nos saldrán todos, habrá que consultar a alguien más, pueden venir otros tantos”. Y sí… supuse. Vino un tercer varón y, ante la posibilidad de caer en igual desgracia que la anterior, mi hombre decidió prevenirse y abrazar la religión tras escuchar las razonables palabras de mi laboriosa madre. Permitió la llegada de sacerdotes a la casa, hecho que anteriormente jamás habría ocurrido (un cuervo es un ave de mal agüero, y los sacerdotes eran cuervos para Jean Pierre), les dio de beber sidra, reconvino hasta llegar a la paz entre sus ideas republicanas y la espiritualidad, con la consecuente y favorable situación política para el Marqués de Chavanes, prefecto de la comarca, fiel creyente monárquico. Mi hombre estaba convencido de que esta vez, “mi dios” nos tendría de su mano con tantos sacrificios tendidos, entre ellos, el de dejar por un buen tiempo la intención de instaurar una república donde siempre se había creído en la potestad divina.

Pero al llegar a la cuna donde dormía el recién llegado, su ánimo le hizo sacar a flote la fragmentaria porción de duda que le queda a cualquier hombre con su formación. Entrecerró los labios, como masticando una hoja de oro que le llenaba el rostro de una palidez estoica, y pudo verter sólo un poco de la esperanza acumulada. Esa noche no, el tiempo lo diría. Y dijo que el tercero también naciera idiota. Su abuelo lo supo de inmediato, cuando lo puso en sus rodillas flacas y artríticas en posición de jinete. Las rodillas eran el caballito, su lengua senil, el chasquido que alienta el paso. Pero mi tercer hijo no quiso montar nada, ni las rodillas de mi suegro ni el sueño de su padre, claramente avasallado por la circunstancia. Fijó sus ojitos negros en la esquina oculta del abismo, el mismo lugar adonde iban a dar las miradas de sus hermanos. Aquella noche pude entender que el mar se ensañaba en mi contra, cargando amargura en su vaivén, la misma que viene esta noche a visitarme, arrastrando mis tobillos hinchados hacia lo más doloroso de mis recuerdos. ¿Acaso debo decir que mi pena alcanzó un cuarto hijo más, y que no contenta con ello, también le dio el infortunio de nacer hembra?

…Vamos, aguas, no se queden quietas. Bien saben lo que digo. Ni ustedes, ni la pila bautismal, ni mi madre haciéndola de madrina de mi única hija, la menor, pueden ocultar el agravio del cielo al haberla hecho nacer tan idiota como los otros tres. ¿Para qué se calman, qué escozor buscan de mí eludir? ¿El haber nacido podrida por dentro, o el estar aquí, al borde del llanto, porque debo explicar cómo es que terminé rodeada de ustedes, olas ingratas, cuando debería estar rodeada de una casa, su hogar, su lecho, sus hijos virtuosos, su leche tibia, sus estrellas de bolsillo para ir a la pesca de algas y de historias confiadas por su progenitor? ¿O es que acaso hoy intentan anegarme para ahogar la verdad de su dolosa intención al moverse propiciando el escarnio para las mujeres futuras que sueñen con tener lo que el destino jamás les ha deparado? ¡Contesten! No me voy de aquí hasta no escucharlas… ¡Ah, ahí las tienen: tan mustias y densas. Tan crecidamente silenciosas!…

Pues sí, lo que ocurrió después es fácil de adivinar. Jean Pierre estaba herido de humillación no una, sino tres veces: por haber recibido de su mujer cuatro hijos idiotas, por haber creído en un dios que en nada le ayudó, muy a pesar de sus esfuerzos por no condenar a quienes transmiten su palabra, y por tener que mirarse, solitario, sin hijos verdaderos, heredando sus tierras a parientes lejanos. En vano maldijo día y hora a propios y ajenos, entre los que estábamos su familia, amigos y comerciantes. Más en vano resultó aún su decisión de provocar a Dios aquella noche, en la que, ebrio de dolor y de alcohol, bajó torpemente de la carreta para ir a blasfemar directamente en el atrio de la iglesia, junto al cementerio. En vano le resultó golpearme después y dejarme ovillada, arrinconada de rencor ante sus palabras espurias, como de espuma pasada, podrida, llena de melancolía por el rumor feliz de las olas que me habían abandonado. Yo, la novia feliz que viajaba radiante, trotando de un lado a otro en la carreta seguida por una procesión de hombres y mujeres engalanados para mi boda, ahora era una estatua dedicada a alimentar cuatro bocas sin conocimiento de verdad alguna, más la boca senil que en sus momentos de lucidez su ira escupía contra mi pelo, más la boca que me amó hace no mucho y ahora me echaba en cara estar maldita. En vano mi hombre hizo tanta ofensa, en vano yo recé tanto. El mar, que siempre todo lo ve y todo lo lleva y lo trae de regreso en sus pliegues de agua, anunciaba estrepitosamente el futuro estallamiento de nuestro proyecto en coágulos, piedras rodando, multiplicándose a mi lado, acompañándome en la caída. Les transmitía su inquietud a los pájaros de medianoche que cesaron de cantar, a los perros adormilados que comenzaron a ladrar hasta el cansancio, a los árboles que desnudaron sus ramas en cada reverberación de sus aguas impregnadas de ira, tristeza y miedo.

En vano. Todo fue en vano. Igual que el vaivén de esta noche, estúpidas olas cuya locura todo me ha traído. Eso… soy oídos a la locura de las olas que ponen delante de mí su fiesta ilusoria, su pasmo, su muerte, igualmente ilusoria. Eso…

Yo soy Susan, hija de los Levaille, adscrita al latifundio de los Bacadeau, y recientemente (hará no más de una hora), asesina de mi marido. Tal vez lo hice por evitarle a la naturaleza el tener que entregarme un quinto hijo en desgracia. Tal vez, porque esta noche no quería ser buscada por su cuerpo, sediento de herederos sanos más que de mi propio cuerpo, aún tibio, aún con ganas de sentir el roce de la flama que alimenta a la tierra por dentro y a las aguas cuando se agolpan en la arena, a veces fría, a veces con rastros de sol, pero siempre húmeda, expectante de nuevas caricias, también húmedas, también de agua hirviendo. Tal vez, porque en el fondo mi piel dejó su condición de armadillo y de pronto sintió la brasa hiriente de los golpes de Jean Pierre, su mano siempre extendida, lista para dejar su impronta en mi cabeza, en mis muslos, en mi espalda, en mis senos, donde fuera. Lista para imponer la herradura ardiente de su nombre… Lo cierto es que estaba harta de ser llamada “La madre de los idiotas”. Soy Susan, otrora propiedad de Jean Pierre Bacadeau y maldita. Maldita Susan Bacadeau, maldita madre de útero no inteligente, de útero idiota, fábrica de hijos muertos de toda ilusión, intrusa en la casa de los ancianos Bacadeau, hija de mujer terrateniente con algo de gitana, que no pernocta más de dos noches en una misma casa porque prefiere probar, una y otra vez, las posadas y los hostales dispuestos a lo largo del camino a Tréguier y en el propio Ploumar, pero que en el día está presta tanto para sus rezos en las iglesias como para los contratos comerciales en las calles, señora del granito y las papas, de la casa en medio de las aguas turbias, convertida en la cantina donde los peones llegan a beber el alcohol que les permite seguir aguantándola como capataz, la misma casa que esta noche no se habría quedado vacía de hombres cansados, instintivos cual animales en celo, tramposos y abandonados a la suerte del vacío y la miseria que ronda sus vidas, de no ser porque yo, Susan de nadie, llegué empapada y llena de lodo, con mi historia contenida en el sonido que agolpaba el acantilado. El de las olas del mar. Soy la hija de la señora Levaille, tres velas apagadas con premura al interior de la casa impostada en cantina, su sombrilla y rezos torpes tropezándose conmigo en la oscuridad, tan llena de maldiciones maternas como las que jamás fui capaz de proferirles a mis cuatro frutos malogrados. Que ojalá hubiera muerto de niña, que ojalá nunca hubiera crecido con esto a mis espaldas. Oh, mujer malvada, qué será de ti en la otra vida, porque vendrán por tu cabeza, te llevarán a la muerte obligada y a mí, a la censura y la humillación. Cuatro hijos idiotas es un factor menos trágico que lo que se le viene encima a ella, mi madre de rezos y papas y peones embrutecidos, mi madre recién anunciada a su condición de señalada y censurada. Soy Susan Sintecho, dice mi madre que ya no hay refugio para mí en ninguna parte, yo, la mujer de manos de tijera que de una sola embestida degolló a su hombre. Lo dudé hasta que el rezo por la misericordia se negó a venir hasta mí y rebotó en un manotazo que me hizo hundir los ojos en mi nariz y cruzar la imagen de lo bueno y claro con lo oscuro e incierto, como seguramente deben de sentir sus ojos mis cuatro retoños embrutecidos. Lo dudé nuevamente tan sólo en función del tiempo anegado entre las cosas buenas que vivimos él y yo y la tragedia vestida de rutina brutal. Lo realicé de una sola ejecución, certera, precisa, como escribiéndole en su cuello desnudo la firma de la mujer que nunca soñó con la espuma agria del mar, ni con su viento helado y su sombra negra, lunar monstruoso, núcleo de un ser acuoso, inmisericorde, que espera silenciosamente por los residuos de nuestras almas caídas. Inscribí con esas tijeras la firma de una mujer que nunca consideró ni contempló la desgracia aquellas noches de niñez en las que puse todo mi ser en el altar de la ilusión a la que todas tenemos derecho a reverenciar, pero ya se ve que muy pocas logran mantenerse de rodillas, en plena reverencia y gratitud.

No me dirán ustedes, las olas, que mis palabras están ataviadas de mentiras u omisiones. No podrán persuadirme de rendir mis palmas y decir que yo también embrutecí, a fuerza del trato diario con cuatro almas que sabrá Dios dónde han de tener su fe y el conocimiento de su creador, porque dudo que Dios lo haya hecho, a menos que conmigo él haya despertado de cuatro espantosas noches, purificando su horror a través del mío. Mañana es mi día. Mañana, sí, mañana te diré a ti, señor prefecto, señor cura, madre, suegro, ciudad en perpetua y artificial gracia, la verdad que quema los ojos y escalda la lengua: ustedes no son menos execrables que yo, y yo no soy la única mujer que ha parido idiotas. De ser así, ¿por qué estoy parada aquí y padezco de la bruma salada? ¿Qué vienen a decirme entonces ustedes, las olas, si ya todo está dicho?

¡Pobre loca, te cortarán el cuello!

¿Eh, de dónde vienen esos rumores? ¡Oh, espeluznantes, detestables olas! Ya sabía yo que juntarían el cúmulo de voces infernales que arrastra mi alma…

¿Por qué lo has hecho?

No, mamá, aquí ya no hay reclamo que valga. Somos las olas y yo… Y ya sabes por qué lo hice.

—¡Mujer malvada, te has convertido en mi desgracia…!

¡Y ustedes en la mía! ¿Lo oyen? ¡Malditas aguas, estúpidas voces que me abandonan y ahora me ensordecen!

—Ojalá hubieses muerto tú.

—Ojalá  hubieras parido correctamente, mujer inservible.

¡Aaagh, tú y tus ruidos, mar. Siempre tú y tus voces…!

—Debiste haber pujado más al momento de tenerlos, deleznable nuera.

—Debiste pensar que mis olas no te auguraban una fiesta. ¿Cómo pudiste ser tan tonta, Susan? Yo te auguraba la violencia de estos tiempos. Nunca otros. Nunca esos otros en realidad lo fueron.

Adelante, atrás, vaivén loco, no lo oiré… El ritmo, su ritmo, son sólo eso, ritmos. Las olas juegan, las olas mojan. Las olas no hablan, apenas si ahogan. Pero esta noche no. Que me ahoguen mañana, yo tengo que salir de aquí.

Cabeza de trigo. Yo pepino cabeza. Él cuello de listón rojo humedecido. Los cubos de colores saltan al paso de calcetines de queso, nena llora en silencio.

Cielo de cristal, señor de barba de calabaza atraviesa lo.

Mis hijos no hablan, olas. ¿Acaso me creen también idiota?

Transparente señor. Cabeza chata, lo no mismo poder haces.

¡Alto, ya!

Oye, ten más cuidado al caer, podrías rompernos. ¿Quieres que te escoltemos varias de nosotras? ¡Haberlo dicho! ¡Chicas, rueden un poco más rápido detrás y a los costados de ella!

¡Basta, piedras, deténganse…! El Cuervo… valiente coincidencia. He estado rodeada de cuervos la última parte de mi vida. Ninguno me ha llevado sobre sus alas. ¿Podrá este cuervo sacarme de aquí? ¡El muelle, Susan, alcánzalo, deslízate! Mañana, hoy no…

¡Susan, te vas a caer!

Tengo que volver a casa. Tengo que explicarlo todo…

Si hasta tu madre lo sabe…

¡Susan, te vas a acabar matando!

¿Tienes sed? ¡Toma: toda esta agua ya no me sirve: bébetela…! Anda, corre hacia el Cuervo. ¡Cruuaac, cruuuaac! Oye cómo te llaman las piedras resbaladizas de su muelle. Corre otro poquito, quizá…

Mich calchetines ya no huelen a quecho. Huelen como a hierro… El picho echtá mojado. Shuchan, ¿qué demonoch pacha aquí y por qué no shento mis dentech?

Popó acariciando paredes, vuela cara nena hacia ella. Plátano…

¡Aggh, esas voces! ¿Podrían callarse en lo que llego al muelle?

¿Adónde dices que vas?

¡Eh! ¡Te estás pasando con tus bromas, mar enloquecido!

El mar no dice nada, Susan. Se la ha pasado oyéndote, igual que yo. El mar no habla, pobre Susan, debes estar cansada… o loca. Pero el mar, ese no. ¿Dime, adónde crees que vas? Ven aquí, Susan.

¿Quién eres?

Yo.

¡Vete, vete si no quieres que te mate otra vez! ¡Anda ya, lárgate! ¡Vete, vete si no quieres que te mate otra vez!

 

Desperté con esos alaridos. Los oí unas tres o diez veces, no lo sé. Lo cierto es que había amanecido. Un día nublado, inspirador para mi cefalea, como si de alguna manera Susan hubiera agarrado un pincel mojado en tinta marina, de un gris azulado y espeso, y se pusiera a dar de pinceladas aquí y allá. El cielo estaba turbio. Nauseabundo. Jamás había visto al vértigo girar en el cielo. Podrá lanzarnos pedazos de vértigo, pero el cielo mismo serlo…

Apenas inspeccionaba la hoja, llena de los alegatos de Susan, escritos con una caligrafía navegante, en ratos escurridiza, en otras apeñuscada, como supongo que estarían los huesos de sus extremidades tratando de fijarse en las rocas para no caer a esas malditas aguas, de una tinta cuyo color vacilaba entre el índigo y el violeta, como de una piel amoratada a causa del galopar marino de una especie monstruosa de caballo gigante, tratando de ahogar a alguien más para no ser ahogado él, cuando escuché pasos ajenos. Eran pasos bamboleantes, como de un ebrio o de alguien cuyos pensamientos traspasaron el umbral de lo ilógico, lo fuera de sí. Lo idiota.

Era un hombre. Alto, guapo. Sus huesos emprendían un paso insolente, pagado de sí, para transportar el espíritu idéntico de su dueño, quien, no obstante su osadía, guardaba, a inmediación de los bolsillos de su chaqueta ocupada por sus puños cerrados y en la mirada, la cantidad de abandono, frustración y humillación que a cualquiera otro le habría servido para apelar por un mínimo de misericordia ante los dioses para menguar los asuntos de su vida. Pero no era así. He visto a hombres que, sin ser pintores, mezclan orgullo e impiedad con la tristeza no propia, sino del planeta entero, para clamar después por un puño de misericordia hasta volverse un pequeño huracán autodestructor. Pero jamás había visto a uno que mezclara la insolencia con la abnegación. Daba miedo, más que lástima, y sin embargo, al acercarse al margen de la hoja, me pareció ver en sus ojos la medida de los justos que exigen un poco piedad antes de ser condenados a muerte. Me crispé de cerebro entero, más que de las manos, que trataron de impedirle el paso. La insolencia, otra vez…

Con su paso pendular se adentró a la hoja y se instaló sobre el acantilado. Cómo llegó tan fácilmente ahí, no lo sé, pareciera que lo conocía de toda la vida. Pareciera como si en verdad hubiera estado bordeando el universo, y por lo tanto, era diestro funámbulo todoterreno: caminaba con tal seguridad y confianza por los bordes del acantilado, unido en sus formas grises con las del cielo —ahora sé de dónde viene tanta espesura instalada afuera de mi casa—, que nadie podría dudar que era la nueva versión de El Principito, pero más triste, mucho más trágico, mucho más… en fin.

No le pregunté su nombre. Imaginé quién sería. Lo que no entiendo es cómo fue que llegó hasta aquí, tan entero, y cómo de repente Susan había desaparecido, dejándonos (al hombre y a mí) un eco aterrador, agobiante. Ni tiempo me dio de responderme tantas preguntas: de pronto lo vi arrancar la última hoja de la partitura de la danza no. VII  de la obra “The upper room” de Philip Glass, limpiarse con ella la barba apestosa a alcohol fermentado, preguntar por qué dejé esa cancioncilla enervante y marica toda la estúpida noche, sacar de su cabeza un papel en blanco, donde pude ver los vagos apuntes de la obertura de la obra no. 49 de Tchaikovsky. Ya lo sabía yo, El Principito Militarizado se siente más a gusto en un lugar común, digamos que entre cañonazos. En verdad me dolía la cabeza como para escribirle algo cáustico o acusador, y para hacerle honor a mi franqueza, el tipo en verdad se sentía desposeído de todo, menos del desasosiego. Jamás pensé que diría esta frase, pero “por piedad cristiana”, lo dejé adueñarse de la hoja…

 

 II. JEAN PIERRE

https://www.youtube.com/watch?v=4C-YSq5flow

 

¡Vete, vete si no quieres que te mate otra vez! ¡Anda ya, lárgate! ¡Vete, vete si no quieres que te mate otra vez!

¡Sshh! ¡Sshhaa! ¡Brrush! Ya, ya, señora dueña, adueñars… Cañonazos, buaaajaja… Coñazo de mujer… Piedad cretina o cristiana. ¿Todo en orden con mi pretina? Demasiado todo en orden, jajaja. Cerca, lejos, cerca, lejos. ¡Oh, esto es tan divertido: alguitas, alguitas de mar! ¿Quién es la más maldita? ¡Díganme con quién estoy! ¿Alguitas, alguitas: siguen ahí? Aaalguiiitaaas. Naaalguiiitaaas… Jejeje. Cerca, lejos, cerca, lejos… ¡Mírenme: soy la lupa del mundo! Puedo verlas, aguas tenebrosas, aguas pardas, aguas palurdas, dentro de ustedes no tienen ni una pizca de gracia. No, no hay vida dentro de ustedes. Igual que en este asqueroso piso granulado. ¡Estúpida arena, sólo serviste para hacerles castillos a los niños! Uy, sí, castillos, grandes, hermosos castillos. Yo era dueño del mejor, ¿lo recuerdan? Bah, qué se van a acordar, si ya no son las mismas arenas. No, ustedes huelen a orines… no, esperen… ¡Soy yo el que huele así! Mmmmh, vengan, arenas, olfateen mi trasero, ¡allez y olfated! Entonemos un himno a la gloriosa orina, una, dos, veinte: Allons enfants de la putette, le jour d’urine est arrivé! ¡Son increíbles! Las amo, las amo a todas ustedes, perrillas sin dueño. ¿Acaso ustedes me quieren a mí? ¿Sí? ¿Y me darían un vástago igual de fuerte que yo? ¿Tan apuesto, gallardo y simpático que yo? ¡Mah! Me conformo conque sea listo, el muy pilluelo…

Pará-papápa-papapá-pa-pá Pará-papápa-papá-pá Parrarará Papá Papá Papá… Papá. Nunca me dirán así los míos. Mis hijos idiotas. Nacieron primero dos y ¡pum! Derechazo a mi orgullo. Yo, Jean Pierre Bacadeau, ilustre príncipe vasallo de las mejores tierras asentadas en Ploumar, había engendrado dos pares de manos torpes. Pará-pará-parapa-papa-pá… Pá… Se me quedaron bajo la lengua las cenizas del nombre que yo tenía derecho a recibir cuando nació el tercero. Otro idiota. ¡Por los cristos del clavo! ¿O cómo es? Bueeno, la cosa es que pas enfants, quiero decir, buenos hijos. Porque de que los tenía, eso ni negarlo: tres rollizos idiotas. Y luego, ¿adivinen qué? Llegó una hembrita… ¡También idiota! Jajaja, una cosa de no creerse, una cosa extraordinaria… Porque todo esto estuvo fuera de lo ordinario. Lo ordinario sería que un hombre extraordinario, como yo, engendrara hijos prodigiosos. Cuatro filas de condecoraciones, un sentido del deber para mi patria, mis padres, mis tierras, lo propio era que la vida me trajera una extraordinaria mujer que me diera los frutos merecidos…

¡Susan, estás podrida por dentro! ¡Eres la manzana del árbol prohibido, engusanada en tu interior! ¡Y ni estás tan antojable por fuera! ¡Estúpida mustia de piel gelatinosa, renacuajo de ojos verdes, saltones! Te elegí por casta y pura, porque eras una imbécil sin conversación. Mujer que habla con fundamento, mujer que es macho por dentro. Tú no hablabas ni para decir que te calentaba la entrepierna mi barba rojiza, a la que tanto veías al salir de tus piadosas misas, cuando yo te rondaba, perrita hija de perra mayor, porque creí que de perra madre nacía otra igual. Calladita pero buena para revolcar, pensé. ¡Pensé! ¡Tú, nunca! Pero qué va, si a ti el verbo pensar no se te debería de mencionar. Ilústrame, me dijiste. ¡Ilustrarte! Pero si para eso estaba tu madre, mojigata… Mojigata tu madre también, santurrona de iglesia y leña vieja de hostal. Cuando te embestí la primera vez, en vez de ilustrarte, te puse a lustrarme mis zapatos… Para verte el culo, ¿para qué iba a ser? Maldita hembra cerda, sucia, si bien que te encantaba hacerte mirar por mí, te la pasabas todo el día pensando cómo complacerme, en vez de bañar de vez en cuando al vejestorio de mi padre, quien te habría abierto algo más que las puertas de su granja de no ser porque ni siquiera a él le pareciste una buena hembra. Por algo me decía que era demasiado, es que el lugar de mi madre te quedaba inmensamente grande para llenarlo con tus nalgas flácidas… ¡Mojigata! ¡Mojigata tu madre, mojigatas todas las hembras que conozco…! Mojigata la arena, estas aguas del mar: todas son iguales, ardientes por dentro pero torpes por fuera… ¿¡A quién debo reclamar!?

¡Ah, claro! ¡A Dios! ¡Bah! A ése ya le hice ver su suerte, la otra noche. El muy indolente no levantó siquiera el dedo de uno de sus santos para venir a castigarme, a partirme la crisma… mejor habría de partírsela yo a todos esos cuervos engarrotados, pederastas maricones que viven del peculio de los ingenuos. ¡Pensar que me hice pasar por uno de ellos y hasta tuve que soportar estar en medio de las torres imbéciles de “La Catedral” de nuestro salvador! Y no me refiero a las torres de cantera, no señor. Me refiero a los senos enormes, deleitables, olorosos a parafina, agua de rosas y babas varias de mi suegra y al vientre crecido de su perra hija, par de rezanderas, merolicas. ¡Ah, Dios, señor nuestro que estás en los cielos! Si de verdad existieras, deberías enviar tus arcángeles y ángeles para derribar tu sagrada iglesia y reformar las mentes de tanto feligrés en mentes de progreso. ¡Instaura la república, de una condenada vez! Pará-papápa-papapá-pa-pá… Y en lo que tú haces lo tuyo, tu deber divino, yo me voy a encargar de… Cerca, lejos, cerca, lejos… La cola de mi mujer huele feo, los hijos de mi mujer tienen cerebro de cola apestosa. Cerca, lejos, cerca, lejos… Aguas benditas del purgatorio, ¿o de dónde eran? Aguas purgadas del crematorio… Aguas bautismales del repertorio… ¡Bah!

—¡Vete, vete si no quieres que te mate otra vez! ¡Anda ya, lárgate! ¡Vete, vete si no quieres que te mate otra vez!

¡El mar me amenaza! ¡A mí! Oye, estúpido ombligo cochino de la bahía, ¿a quién crees que estás amenazando? ¡A Jean Pierre Bacadeau, ni más ni menos! El único hijo de los Bacadeau que no tiene hijos virtuosos. ¡A mí, el que habrá de heredarle sus tierras a parientes lejanos!… ¡Eso jamás!, ¿me oyeron, primos primates? ¡Los maldigo a todos ustedes! ¡Malditos sean! ¡No se quedarán con mis tierras! ¡No heredarán mis condecoraciones! ¡Chúpense a mi mujer! ¡No, esperen, tampoco a ella! ¡Ella es mía! Idiota como sus crías, mojigata como la madre terrateniente, pero mía al fin. ¡Y me dará el vástago que espero tener! ¡ Pará-papápa-papapá-pa-pá! ¡Tengan, imbéciles! ¡No hay nada para ustedes en lo que a mi granja concierne! ¿Y saben por qué? Porque voy a ponerle orden a mi pretina. Eso es: ¡Aaatención, flanco derecho: ya! ¡Aaaatención: columna por dos: ya! ¡Aaaatención: preeeparen, aaapunten! ¡Fuego!

Voy por mi fuego. ¡Ven acá, condenada perra! ¡Dame el vástago que yo he de tener!

 

Lo vimos las campanas de Tchaikovsky y yo dirigirse con andar serpenteante, torpe, hacia su propia casa, coronada de aves negras. Mal augurio, pensamos. Lo seguimos hasta el lugar. La entrada, pestilente a abono, resultaba acogedora si se la comparaba con el hedor que ahí adentro había. El olor a queso viejo, mierda, babas y leche agriada ambientaban penosamente el lugar. En el fondo de la habitación estaba ella, recortando las puntas de sus cabellos rubios. Era una mujer delgada, poco agraciada, en verdad. Pero era la esposa de Jean Pierre Bacadeau, y Jean Pierre Bacadeau estaba en su derecho, es más, en su obligación, de hacerla concebir un quinto hijo. Bueno, al menos eso entendimos en medio del ruido de los golpes que el republicano le profería a la madre de los idiotas, manotazos abiertos y limpios que resonaban al compás de los cañonazos de la obertura.

De pronto, lo inesperado: fuegos cruzados. Los de Jean Pierre y Susan, que se miraban con todo el odio que pueden acumular dos personas de mundos dispares, ambos contenidos en la tarja de la tragedia. Porque eso era su casa: una enorme tarja donde todos nadaban en el fango. Un golpe, un rezo disparado al cielo pero enterrado en el infierno. Otro golpe, una jaculatoria mal elaborada de una lengua mordida por sus propios dientes, que cayeron por efecto de los ojos hundidos tras el golpe en la cabeza. Un golpe más, de repente una mano izquierda amenazando con las tijeras hacia el estómago de Susan. Otro golpe, y las tijeras pasaron a la mano derecha, esta vez con el filo dirigiéndose hacia el pecho de Jean Pierre, quien abrió sus ojos espeluznantemente cálidos y tiernos. Por un momento detuvo los golpes, que no la lengua, ven y dame mi vástago, ingrata, ven aquí y dame tu calor y tu cariño.

Un jamás fue lo que se oyó decir de las tijeras, cuya voz de angelita de metal al poco tiempo se trocó en el alarido de un cervatillo ocupado por demonios de baja categoría.

El resto fue aguantar el resplandor de oro muerto que manaba desde los ojos de Jean Pierre, puestos en el umbral del tiempo, donde pasado, presente y la nada se unen. De ese resplandor escaparon los días de castillos de arena junto a emparedados de mantequilla de cacahuate y las faldas de su madre, tan rubia, tan en forma. Se mostraron también —y sin decoro— los días de servicio militar, las marchas fúnebres a los caídos, las condecoraciones, los campos verdes tornados en sepia y hoyos profundos para hacer habitar a topos y conejos, las mujeres voluptuosas, el escozor entre las piernas tras el encuentro, el regreso, los padres recibiéndolo desde sus huesos retorcidos y una cama hedionda plagada de chinches y ayeres, el abono al ras del suelo, las vacas con la carne pegada a sus costillas. Luego, el resplandor de Susan, su imagen como entre vapores turquesa y rosa, un espejo oval para la virgen que habría de convertirse en su mujer y madre de sus hijos, tan inteligentes como él, tan gustosos de sentarse en la plaza a leer las nuevas ideas de la Ilustración, echando a sus espaldas las habladurías de la gente perteneciente al credo y al feudo católico cristiano. Un tercer rayo, el más fuerte de todos, emitió el día de su boda. A orillas de ese recuerdo se dibujaba Susan. Al centro, las tierras heredadas en vida. Luego, el suelo, el cuerpo de Jean Pierre tocándolo de a poco, primero las rodillas, luego la espalda, después el cuello y al final la cabeza, que retumbó con tal gracia que los cuatro niños rieron, lanzando al aire sus cubos de madera de colores anaranjado, verde, rosa y amarillo.

Jean Pierre lució una nueva corbata, hecha de un listón rojo, delgadísimo y muy húmedo, que se acrecentaba al paso de los minutos. El resplandor se disipó para darle cabida al hedor de la casa, a la que ahora se sumaba el olor a hierro. Serían los olores bajo la luna, sería la gasificación del estado denso de las cosas en las que el mundo de esa casa se encontraba, el caso es que salió un vahído azul que al poco tiempo se fue tejiendo con el alma de las llamas de las velas que de golpe se apagaron. Un nuevo inquilino había nacido. No era vástago ni padre, tampoco era hombre.

Era el ánimo del alma de Jean Pierre, libre para desencadenar su insistencia, la incómoda imposición de su hombría, ahora convertida en la sombra que se comieron a puños abiertos tres de los hijos idiotas.

Salimos por la ventana. Las campanas (otra vez) de Tchaikovsky, Susan, el papel y yo. Detrás de nosotros iba el ánimo del alma de Jean Pierre, tan vulnerable en su nueva forma que daba terror. De pronto el papel dejó un poco confuso el punto hacia donde nos dirigíamos todos, hasta que de pronto comprendí que de nuevo íbamos al acantilado. Al llegar ahí vi, en una especie de fast forward, como se le podía hacer a las películas VHS que ya no hay, a una Susan remontando el acantilado hasta llegar a la casita en medio de las aguas, las ropas mojadas, su cara atónita, babosa, rellenos el cuerpo y la mente de materia idiota. También vi a una madre, haciéndola de cantinera de peones, que le daba la espalda, la maldecía y la enviaba fuera de todo paraíso, purgatorio e infierno existente. Decir que mirar a Susan resbalar por el acantilado me causó sopor sería una gran mentira. Yo sentía alivio por ella, pero no podía decirlo. Es más, no sé por qué lo escribo, si se supone que quien narra desde la silla de los dioses menores no debe sentir misericordia o impiedad. A lo lejos divisé unas siluetas gitanescas, marinas más que marineras, que entonaban cantos aburridos y contaban historias de fantasmas ridículos y octogenarios. Nada espeluznante. Nada extraordinario. Supuse que ese era el escenario ideal para terminar de una buena vez con una historia en donde no hay víctima ni victimario y en donde en realidad lo único existente son algunas premisas bastante claras: de la unión de un ser devoto, un creyente ciego (ignorante, pues) y uno blasfemo (según el devoto, no yo), es decir, republicano-visionario-progresista, no puede salir nada, excepto tentativas de vida, y bastante precaria; de dos generaciones superpuestas, la antigua y decimonónica y la invasora y progresista, resulta la modernidad monstruosa de un pensamiento vacío. De un pensamiento idiota.

Pero apenas iba tomando bríos, como dicen, para escribir el acto final, las aguas locas e inquisitoriales me arrebataron el papel. Y esto fue lo que resultó:

 

 III. MAR DE LOS DESENCUENTROS

 

Ejem… Mmh-mmh… Esteee… Jijiji… Ay… Eeeh… Hola, mi nombre es Mar de la Bahía de Fougère de la Costa Norte Bretona de las Aguas Francesas, mejor conocida como Mar de los Desencuentros. Verdaderamente es un gusto que ustedes… A ver, no. Mmh-mmh: A ustedes los estaba esperando. Damas y caballeros, lo que están a punto de ver es la escena única del acto único de mi ópera prima, llamada “Mar de los Desencuentros”… Sí, se llama igual que yo, ¿acaso no es algo muy especial y lindo? Digo, estee, prepárense para ver lo increíble. Espero que mi mamá, el Mar Atlántico, me esté viendo también y haya prendido la videocasetera (o lo que sea que grabe, ¡sólo grábalo, madre!). En el repertorio de los personajes están:

 

ola no. 1
ola no. 2
ola no. 3
ola no. 4
…y así, hasta el infinito.
Piedras
Acantilado
Susan
Rostro de Jean Pierre Bacadeau (o lo que queda de él)
Seres miserables caídos en desgracia (pescadores de algas)
Pescador Millot
Sra. Levaille
Gemelo Idiota 1
Gemelo Idiota 2
Tercer idiota
Niña idiota

 

ESCENA ÚNICA

(Donde luchan la locura y los miedos de Susan

contra el fantasma de Jean Pierre)

 

Al levantarse el telón, suena un campanillazo en el recibidor. ELENA, que se encuentra sola, poniendo en orden los muebles se apresura a abrir la puerta derecha, por donde entra NORA, en traje de calle y con varios paquetes, seguida de un Mozo con un árbol de Navidad y una cesta. NORA tararea mientras coloca los paquetes sobre la mesa de la derecha. El Mozo entrega a ELENA el árbol de Navidad y la cesta.

 

Mar de los Desencuentros:

¡Idiota! ¿Pero qué haces?

Apuntador (Revisando sus papeles):

Estoy leyendo las acotaciones, ¿no dijiste que esa sería mi función?

 Mar de los Desencuentros (Susurrando enérgicamente, al grado de escupir —¿agua salada? —):

¡Sí! Pero estás leyendo mis apuntes, de donde saqué el esquema para hacer el guión. El nuestro está al reverso, que en realidad es tu anverso… Petit con!

 Apuntador (Girando la hoja):

Ah, perdón… Va de nuevo… Saloppe!

 

Al levantarse las olas, comienza a sonar la escena primera del segundo acto de la ópera minimalista “Satyagraha” de Philip Glass. Susan se encuentra debajo del acantilado, muy cerca de los pies de su madre, quien al escuchar que una piedra comienza a rodar, entiende que su hija está en peligro de muerte.

https://www.youtube.com/watch?v=Mt_jfUp-tKQ&list=PLTUlTwlsdlFTbgd6x2Ua9YsZeFyW54isJ&index=4

 

Sra. Levaille (Detenida en las paredes de la casa, la voz temblorosa):

¡Susan del demonio! ¿Qué haces? ¡Susan, te vas a acabar matando!

 Susan (Inmóvil, de cuclillas con los ojos cerrados y acurrucada contra la superficie rocosa, muy cerca de los pies de su madre):

No me moveré de aquí, no diré nada. Que se vaya mi madre. Está tan maldita como yo, que poco o nada puede hacer…

 

(Un rostro familiar de ojos finos y boca abierta se hace visible en medio de la oscuridad. Susan se pone de pie de un salto, gritando. El rostro se desvanece).

 

Susan (Mirando fijamente en la oscuridad, donde logra ver de nuevo al rostro):

Déjame en paz. Déjame al menos permanecer sentada aquí, junto al acantilado. ¿De qué quieres hablar? ¿Acaso tienes una conversación pendiente conmigo, muerto asqueroso?

 Rostro de Jean Pierre (Meciéndose al compás de la bruma marina):

Quiero que dancemos nuestro último vals.

Susan:

Vete si no quieres que lo haga otra vez.

 

(El rostro de Jean Pierre se bambolea de izquierda a derecha. Ella también se mueve, pero esquivándolo. El rostro de Jean Pierre de a poco comienza a adquirir un cuerpo completo. La toma de la mano y de la cintura. Comienza a bailar un vals. Susan retrocede y grita aterrorizada. Jean Pierre la toma con fuerza y acopla sus pasos a los de ella, quien se tropieza al borde del precipicio).

 

Susan (Con voz horrorizada):

¡Oh, no! ¡Qué horror estoy viviendo! ¿De nuevo tú aquí, cerdo asqueroso? ¡Déjame ir! ¡Los fantasmas no pueden tener progenie, entiéndelo!… ¡Dios mío, siento que voy a caer! Gritar auxilio es casi como entregarme a ese malnacido.

 

(Susan, al sentir bajo sus pies el desnivel, se pone a correr desesperadamente para evitar caer de cabeza).

 

Piedras:

¡Hey! ¡Take it easy, girl! Somos de piedra, pero también tenemos nuestro corazoncito… Si lo que quieres es compañía, haberlo dicho antes. ¡Muchachas! ¡Escóltenla detrás y a los costados hasta donde le dé la reverenda gana!

 

(Ruido espantoso de las piedras acompañado por los violines estridentes del minimalista Philip Glass. Los pies de Susan apenas tocan la superficie del piso que va descendiendo con ella. Al llegar al fondo, tropieza de nuevo. Susan se precipita alargando los brazos. Cae al suelo. Se pone de pie de un salto y voltea hacia atrás. Trae los puños cerrados y llenos de la arena que agarró al caer. El rostro de Jean Pierre sigue ahí, a una distancia idéntica).

 

Susan (Gritando):

¡Vete, vete, Jean Pierre! ¡Vete si no quieres que te mate otra vez!

 

(Susan corre con levedad hacia la izquierda, donde mira algo que brilla. Es un disco luminoso y ancho a cuyo alrededor bailan unas sombras).

 

Pescador 1:

¡Eh, tú!

 

(Susan lanza un chillido espantoso.  Todos los pescadores se aferran a sus herramientas, llenos de terror. La mujer de uno de ellos se pone de rodillas, se santigua y empieza a rezar en voz alta. Una niña se acerca a su padre, quien detenía el quinqué, y comienza a lloriquear).

 

Pescador 2 (Señalando hacia el mar):

Esa cosa está adentrándose en el mar.

 Pescador 3 (Preocupado y atónito):

¡Y está volviendo la marea! ¡Miren lo crecidos que están esos charcos! ¡Vamos todos arriba!

 Todos:

Sí, volvamos, dejemos que esa cosa se meta en el mar.

 

(Se retiran todos, menos uno, el viejo Millot, quien decide, a pesar de las protestas del resto del grupo, regresar)

 

Millot (Arremangándose la camisa y peinando hacia atrás sus escasos cabellos canosos):

Debo saber lo que sucede. No protesten, mujeres, nada malo pasará. Eh, tú (dirigiéndose a la niña llorosa) chiquilla, no llores más. Te aseguro que volveré con noticias nuevas y tú me habrás de dar un dulce de los tuyos.

 Mujer del pescador:

Viejo terco, tú no le tienes miedo a nada porque te falta creer en Dios. Esas cosas no deberían tentarte, son cosa mala. Vas a acabar mal un día de estos.

 Ola no. 1:

Hacia aquí, en esta dirección, viejo Millot.

 Ola no. 2:

Un poco más, acércate un poco más. Anda, con confianza… ¿O es que le temes al aliento marino, viejo pescador?

 Millot:

Temerles, ¿yo? ¡Bah! Si yo he ido hasta África, origen de toda leyenda, fantasma y mito, ¿cómo podría temerles a ustedes?

 Ola no. 3:

Pues entonces acércate más, que ella está ahí, agazapada. Ya nos tiene cansadas con su soliloquio, ¿podrías sacarla del Cuervo?

 Susan:

…No me dirán ustedes, las olas, que mis palabras están ataviadas de mentiras u omisiones. No podrán persuadirme de rendir mis palmas y decir que yo también embrutecí, a fuerza del trato diario con cuatro almas que sabrá Dios dónde han de tener su fe y el conocimiento de su creador, porque dudo que Dios lo haya hecho, a menos que conmigo él haya despertado de cuatro espantosas noches, purificando su horror a través del mío. Mañana es mi día. Mañana, sí, mañana te diré a ti, señor prefecto, señor cura, madre, suegro, ciudad en perpetua y artificial gracia, la verdad que quema los ojos y escalda la lengua: ustedes no son menos execrables que yo, y yo no soy la única mujer que ha parido idiotas. De ser así, ¿por qué estoy parada aquí y padezco de la bruma salada? ¿Qué vienen a decirme entonces ustedes, las olas, si ya todo está dicho?

 Ola no. 8:

…Y no para, la mujer…

 Ola no. 22:

Habríamos de enloquecerla.

 Ola no. 67:

Sí, habríamos de hacerlo. Empecemos a decirle las cosas que lleva en su conciencia. A la de una, a la de dos…

 Todas las olas (En canon):

¡Pobre loca, te cortarán el cuello! ¿Por qué lo has hecho? ¡Mujer malvada, te has convertido en mi desgracia…! Ojalá hubieses muerto tú. Ojalá hubieras parido correctamente, mujer inservible. Debiste haber pujado más al momento de tenerlos, deleznable nuera. Debiste pensar que mis olas no te auguraban una fiesta. ¿Cómo pudiste ser tan tonta, Susan? Yo te auguraba la violencia de estos tiempos. Nunca otros. Nunca esos otros en realidad lo fueron. Cabeza de trigo. Yo pepino cabeza. Él cuello de listón rojo humedecido. Los cubos de colores saltan al paso de calcetines de queso, nena llora en silencio. Cielo de cristal, señor de barba de calabaza atraviesa lo. Transparente señor. Cabeza chata, lo no mismo poder haces. ¡Susan, te vas a acabar matando! ¿Tienes sed? ¡Toma: toda esta agua ya no me sirve: bébetela…! Anda, corre hacia el Cuervo. ¡Cruuaac, cruuuaac! Oye cómo te llaman las piedras resbaladizas de su muelle. Corre otro poquito, quizá…

 

(Susan corre desesperada. Balbucea palabras. Vuelve a toparse con Millot).

 

 Millot (Con tono áspero):

¡Ah, por fin te encuentro! ¿Por dónde demonios has cruzado?

 

(Susan se sobresalta, se desestabiliza y cae. Se vuelve a levantar y corre. Millot continúa persiguiéndola).

 

Susan (Tratando de escalar el peñón):

¡Jamás! ¡Jamás! ¿Es que acaso no comprendes, eh? Ya no quiero nada contigo… Y tú no puedes darme nada ni tampoco recibir de mí otro hijo. Estás muerto, ¿lo oyes? ¡Muerto!

 Millot:

¿Muerto yo? Anda, deja de bailotear y de parlotear, que nos tienes cansados a todos. Además, yo estoy bastante vivo…

 Susan (Muerta de miedo):

¡¿Vivo?!

 

(El vestido negro de Susan cae como una flor abriéndose rápidamente en vertical desde el peñón del Cuervo. Millot se acerca a toda prisa y asoma la cabeza al acantilado. A muchos metros mira cómo Susan se esfuerza por nadar. Se escucha en medio de las aguas un espantoso grito de socorro, que se pierde de a poco).

 

INTERMEZZO

 Gemelo Idiota 1:

Picos de luz, el pelo de la mujer bonita hasta arriba la cabeza de pepino para que ver la música.

 Niña Idiota:

Cubos de arcoíris. Calcetas de piso frío.

 Gemelo Idiota 2:

Dentros ojos y fuera. Ahora baila. Telas de perfume en las canciones.

 Gemelo Idiota 1:

Guisantes. El verde, su olor a siesta.

 Tercer Idiota:

Plátano y más ropas adentro, el camino. Ventana para dormirnos, papá colores afuera.

 Niña Idiota:

Estambre musical. Los platos con él la bondad de lo divino.

 Todos:

Divino Silencio.

 

IV. LA BAHÍA

 

Bahía adentro, habitan las razones de ustedes cuatro, idiotas. Nunca tuvieron a su alrededor a alguien que se molestara en ir por ellas, rescatarlas, limpiarlas, colocarlas en su lugar. Tal vez, si una noche común y corriente alguno de sus seres amados hubiera bajado por ellas, la historia habría sido distinta. Ustedes se habrían permitido cantarles a ellos con esas notas tan peculiares. Porque no hay en todo Ploumar ni en todo el camino hacia Tréguier voces más originales que las suyas. Metálicas, como de estrellas que aterrizaron por voluntad propia para ver si con su canción el mundo despertaba más contento. Extranjeramente dulces, suaves, si las consideramos que vienen desde Saturno, o Júpiter, o cualquier otro país del universo. Porque para ustedes los planetas son países y las estrellas, sus ciudades. Me pregunto qué serán entonces las ciudades como Ploumar, sus carreteras, sus casas… ¿Puntos? ¿Catarinas fijados con alfileres?

Imagino que debió ser un juego interesante, el tratar de hacerles entender a sus padres que ustedes tenían las partituras de toda la música del mundo en sus gargantas y que por tal motivo no era necesario hablar. Ah, el silencio. Es bello no decir nada, ¿verdad? Más bello es tener la virtud de saber identificar las cosas sin llamarlas como las llaman el resto de la gente. Yo por más que intento describirlo, no puedo: los fonemas usados por ustedes me son ajenos; sus oraciones, tan abstractas y de colores, que no encuentro la manera (ni el motivo) de transmitir su belleza a quienes les conocieron como cuatro seres sin propósito alguno en la Tierra.

Ahora que los veo caminar de un lado a otro, jugando a esconderse entre matorrales y las paredes del sol que abrasa al resto y los abraza a ustedes, tengo la sensación de que la perfección en realidad es la suya. Desconocer el bien del mal, amar lo blanco y lo negro, preguntarse los porqués de la prisa de los demás, siempre dependiendo del girar de las carretas, si el sol sale y se pone todos los días. Ayer veía a dos de ustedes (uno de los gemelos, no sé cuál, y el tercero) tomar una flor. Acariciarla despacito. Dejarla sembrada ahí, porque para eso es la tierra y para eso nacen las flores. Algo así como ustedes, que le pertenecen a la carretera que los conduce hasta el acantilado. Cualquiera pensaría que van en busca de su madre, quien una buena noche levantó la lengua del mar y se colocó debajo de ella, para guarecerse de su propio tedio. Yo sé que no es así.

Se va al acantilado a observar la simetría del mundo. A encontrar la famosa medida del phi en el movimiento de las olas. A rellenar el aire libre con la sabiduría del silencio, que no por no decir nada signifique que la nada contenga. Insisto con el silencio: igual que el blanco, el silencio es la suma de todos los sonidos del universo. Incluidos los de las estrellas. Se va al acantilado a estirarle las mejillas al sol que a su vez estira las de ustedes. Se va al acantilado a ver dormir, en el ombligo negro de la bahía, las galaxias a punto de nacer.

Pero tan pronto van a dar ahí, se olvidan del propósito y ríen con las cosas que las olas dicen y que nadie más escuchará. Como que todo irá bien, porque el curso de la arena siempre hace lo mejor para todos. O que la abuela estrenará delantal y habrá que mancharlo con tinta de arrecife. O que los cuadernos de los viajeros siempre olvidan poner sus cuatro nombres porque desconocen el alfabeto del universo, y por lo general escriben noticias burdas de lo que piensan son ustedes.

Yo vine al acantilado a escribir desde él su historia. Dice, renglones más, renglones menos, lo siguiente:

 

 LOS IDIOTAS

Por Marlén Curiel Ferman

 

https://www.youtube.com/watch?v=1a1UoljLWrY

 

Había una vez un ombligo dentro de una bahía, donde eran resguardadas las canciones de cuatro silenciosos. No tenía nada de especial excepto que esas canciones eran verdaderas porciones de estrellas que alimentaban a algas y gaviotas, a viajeros con cuadernos a medio anotar y a los caídos en desgracia que pedían morir en el mar para ser acreedores a un pedazo de alegría marítima, tan legítima como la sustancia de la que estaba hecha: el espacio sideral. En los anales del tiempo de los cuatro silenciosos no hay aventura o anécdota archivada, ni tiempo lineal o fragmento que las comprueben: los cuatro silenciosos deambulan por su casa, que de día es carretera con músicas de fondo y de noche es la galaxia misma. Había una vez la paz de cuatro dueños de las estrellas que esperaron los tiempos del hombre para jugar un día con ellos, y mientras esperaron, rieron y jugaron a espantar a señores con prisa y ruedas girando al compás de sus ansiedades, que no servían para nada más que para llenar muchas hojas con palabras tristes, de las prohibidas por los cuatro silenciosos, quienes conservaban la salud de la materia pensando sin pensar, agradeciendo sin etiquetar, comiendo luz y bebiendo el tiempo, desplegado en su belleza por todo lo largo y ancho de otra bahía, la de un verdadero dios.

Nadie cruzó palabra alguno con ellos. A ellos nunca les hizo falta.

 

http://www.tabcrawler.com/2286960/the-national/vanderlyle-crybaby-geeks-(ver-3)

 


Autores
(Saltillo, 1982) Escribe, corrige, edita, fomenta y devora letras. Locutora y guionista de radio cultural, tiene un programa llamado «Kaleidosónico», de corte barroco posmodernista que se transmite cada miércoles a las 18 horas por Radio Tecnológico de Saltillo. Estudió derecho en la UANE, y letras españolas por la UA de C.

El actor tomó la pistola del bolsillo interior de su saco y el público contestó con un grito ahogado. En ese momento fue clara la eficacia de la obra para ocultar la identidad del asesino. Agatha Christie es particularmente buena provocando esas reacciones con los finales sorpresa de sus textos. Es cierto que, en ocasiones, Christie no juega limpio y es muy criticada por ello: oculta la evidencia clave y no importa qué tan meticuloso sea el análisis del lector, las pistas para resolver el misterio no están en el texto. Pero en el fondo eso no importa: el efecto de sorpresa está casi garantizado y suele ser satisfactorio.

La totalidad de la obra de Agatha Christie pertenece a la llamada época dorada de la literatura detectivesca. La estructura es predecible y repetitiva: se comete un crimen, se llama a un detective que reúne las pistas y entrevista a los testigos, luego junta a todos en un salón para revelar el misterio. Hay escasa caracterización de personajes, al contrario, encajan en modelos fijos: el militar retirado, la mujer de personalidad débil, los cuñados con pasado oscuro, los hermanos celosos, el millonario excéntrico, entre otros pocos. El espacio suele ser una casa de campo, un tren o un hotel. Quizá por esta rigidez estructural, el género es poco estudiado a profundidad y se descarta como literatura fácil o de baja calidad. Lo que sí, es que el género como tal está extinto, aunque es innegable que es precursor de la literatura policiaca tan popular en nuestros días.

Por otro lado, estudios de la obra de Christie han reivindicado el valor de su literatura. Estudios de género muestran la relevancia de Miss Marple, una mujer mayor que asume el rol de detective amateur en varias novelas de Christie, y que representa una figura trasgresora de las estructuras patriarcales que regían el contexto social de principios del siglo pasado. Miss Marple, aunque menos popular que Hercules Poirot, ocupa un papel importante en la historia de la literatura detectivesca por establecer su voz de orden y moralidad en un ambiente dominado por detectives masculinos. Por otro lado, las novelas de Agatha Christie son valiosas piezas históricas porque presentan un contrastante retrato entre la Inglaterra antes y después de las guerras mundiales.

En la carrera escribí una tesina sobre La ratonera de Agatha Christie. Una maestra asesora se negó en un inicio a aceptar el tema propuesto y me dijo que no desperdiciara mi tiempo y esfuerzo en «esa literatura». Su postura me parece hoy tan absurda como la de una maestra de orientación vocacional que conozco, que les dice a sus alumnos de preparatoria, a los hombres sobre todo, que no estudien nada relacionado a humanidades porque, ¿cómo piensan mantener a su esposa? Lo dice sin sarcasmo.

En la tesina estudié el lenguaje de La ratonera para identificar cómo Christie lo utiliza para desviar la atención del verdadero culpable y dirigir las sospechas hacia otros personajes. El lingüista Roman Jakobson habla de seis funciones del lenguaje, una de ellas es la conativa: cuando el emisor, a través del mensaje, intenta cambiar la conducta del receptor. En La ratonera, más de la mitad de los diálogos del asesino (columna 100% sin spoilers) pertenecen a la función conativa. La influencia que el culpable quiere tener en los otros personajes suele ser la sospecha mutua, es decir, que desconfíen entre sí para que no sospechen de él (¿o ella?). El efecto paralelo es evidente: el lector también es engañado. Este estudio refuerza la rigidez estructural de la obra, pero arroja algo de luz hacia la forma en que Christie crea tensión y oculta al culpable.

LA RATONERA EN EL ST. MARTIN’S THEATRE

Creo que hasta aquí quedaría claro que conozco la obra de Agatha Christie y, en particular, La ratonera. Pues no. Pensaba que sí hasta que vi la representación de la obra en el St. Martin’s Theatre de Londres, hace una semana.

No había visto la obra en una función de teatro aunque he leído el texto unas cien veces. Debería de recordar más seguido que el texto dramático se escribe siempre con la intención de ser representado en un escenario y que en la experiencia de realizarlo atraviesa una metamorfosis con resultados impredecibles.

Cabe destacar lo que representa La ratonera para la dramaturgia: es la obra, a nivel mundial, con más funciones en la historia del teatro, actualmente con más de veintiséis mil. La primera fue el 25 de noviembre de 1952, es decir, hace 63 años. Desde abril de 1958 posee el Record Guinness por ser la obra con más representaciones. En otras palabras, le gana por mucho La señora presidenta. En 2002, para celebrar su cincuenta aniversario, La ratonera se presentó ante su majestad la reina Isabel II. Diez años más tarde, en 2012 el rol protagónico fue leído por Hugh Bonneville, también conocido como Lord Grantham, si les gusta Downton Abbey.

A través del tiempo ha tenido diversos directores y repartos. El director actual es Ian Talbot, quien tiene una larga experiencia como director teatral, incluidas «muchas pantomimas con estrellas como Pamela Anderson y David Hasselhoff». No es chiste, es real, eso dice el programa.

No sé qué tan buen trabajo hace Talbot en La ratonera. Llevaba una década deseando ir al teatro a ver esta obra y por lo mismo mis expectativas eran altísimas. Me limitaré a señalar un par de puntos positivos y un par de negativos, pero sin dar un juicio definitivo ni sentencioso. Es imposible para mí ser objetivo con la obra a estas alturas y después de tantos años trabajándola en papel.

Lo destacable: los actores trabajan bien con la escenografía que, aunque es la misma de principio a fin, es efectiva en crear la ilusión de ser un cuarto común en un bed and breakfast en la campiña inglesa. El espacio es dinámico porque los actores con sus entradas y salidas así lo comunican. También hay sonidos, canciones y gritos que suceden fuera de escena y que, sin embargo, afectan la acción principal. Otro punto favorable es la armonía: es palpable la coordinación entre los actores y la historia, como una orquesta con años de trabajo. Los diálogos fluyen con ritmo, no hay ningún momento de distracción para el público, el conflicto está latente y tangible.

Sin embargo, dos cuestiones me decepcionaron. El personaje Christopher Wren, interpretado por Robert Rees, parecía un niño chiflado. Sus diálogos los entregaba con demasiada energía, de pronto parecía que el actor intentaba hacerlo lucir afeminado. Eso estaría bien y resultaría interesante si no fuera porque en la obra, Wren debe ser un rival romántico para Giles Ralston. Por lo mismo, algunas escenas donde Giles debía mostrarse celoso no tenían fuerza o imagino que, incluso, podían ser confusas para alguien sin conocimientos previos de la obra. Lo segundo es la poca creatividad para representar a Mr. Paravacini, un personaje joven en edad que finge ser mayor y utiliza maquillaje para aparentarlo. El actor lucía viejo, que seguro era la intención, pero no tenía la jovialidad o la chispa de un joven haciéndose pasar por alguien mayor. El resultado fue un personaje que parecía ambiguo para el público, inverosímil, fuera de lugar.

A pesar del sabor agridulce que me dejó, la disfruté. También porque La ratonera es una tradición en Londres, y aunque no es una atracción tan popular como antes, gracias al texto sólido de Agatha Christie se ha mantenido en el corazón de la ciudad y de los turistas.

Me tocó ser parte de la función número 26,072. Lo indicaba un letrero en el lobby. Al final los actores saludaron al público y nos pidieron no revelar bajo ninguna circunstancia quién es el asesino. Promesa cumplida.


Autores
(Monterrey, 1982) es autor de las novelas El polvo que se acumula en los objetos (Editorial Acero, 2012) y La ilusión del caos (edebé, 2015). En 2014 fue becario del PECDA Nuevo León. Actualmente es profesor de literatura en Prepa Tec y director de Resortera.mx, una iniciativa para impulsar la escritura de autores jóvenes.
Fotografía de EFE/Fernando Bizerra Jr.

Para María Paz

 

Permiso para un spoiler: ganó Chile, CTM. Después de ciento veinte minutos de juego, sin goles, Higuaín sepultó en ánimo de Argentina y no sólo falló el penal que le correspondía, sino que le dio a su país un nuevo satélite que ahora nos orbita y que se llama pecho frío. Los chilenos no chistaron, valga la aliteración, y aún vigorosos hicieron lo que debe hacerse en esa tanda final que no es un volado, sino un asunto de gracia bajo presión: Alexis Sánchez tiró a ras de suelo y venció primero a Romero y luego a la Argentina toda, a Messi que no supo resolver la única oportunidad real de gol que tuvo (metió, sí, su penal, pero eso no era lo que esperábamos de él), a Di María que abandonó la cancha apenas al minuto treinta, frito, y a la hinchada albiceleste que no supo infundir el miedo que se le debe tener a su selección. Y es que Chile no tuvo miedo un sólo segundo del partido, ahí, en el infame Estadio Nacional que concentró a muchos durante la dictadura del Pinocho, y en la que, sí, en 1955 hubo una tragedia, poco antes de que Chile y Argentina se enfrentaran también, pero lo importante era lo otro, y Beausejour lo recordó, ya con la victoria resuelta. Noventa y nueve años, casi un siglo, le tomó a Chile llegar a la antesala de los que ganan mundiales, en su primer éxito internacional (y Argentina no se pudo quitar la caspa de veinte que tanto les pesa sobre los hombros, dos décadas de no alzar trofeo, luego de haberlo levantado con todo). No es necesario repasar el partido: ciento veinte minutos de engrudo, sin grandes emociones, con el desgaste brutal de los argentinos y la perseverancia sobrehumana de los chilenos. Ni Dios ni el rey brillaron; acaso hizo más el mago. No fue un juego de cracks, sino de selecciones nacionales, luego en igualdad de condiciones salvo por la ventaja chilena de estar en casa y de merecer alzarse en primer sitio. «Un pueblo sin memoria es un pueblo sin futuro», puede leerse en el Estadio Nacional de Santiago, ahí adonde, ya se dijo, muchos fueron detenidos y torturados, aislados como ganado, despojados de su humanidad, hace cuarenta años. Antier, Chile, para siempre en nuestra memoria, hizo futuro.

 


Autores
(San Antonio, 1970) es escritor y editor. Su libro más reciente es Miramar (Textofilia, 2014). Su mujer es chilena.