De este desierto hermoso, que no me aparten.De este bosque disperso de cactos lozanos.Aquí, todo cuarzo brilla espontáneo.Aquí, la luna en cualquier fase arrebata el sueño.La noche es siempre azul y luminosa como a las tres de la tarde.Los animales pequeños se refugian en el camuflaje.Cada ave de rapiña sube por la corriente ascendente.Y pronto llegará la estación del Monzón,por una vez al año, la tormenta recia.El agua lamerá suave la arena con su lengua minúsculay dentro del agua, en la punta de la corriente, la arena girará.Entonces, Julia, dejémonos caer.Por un instante mojemos nuestros cuerpos en el fluir incipiente del lodo.Tú y yo, de la mano, tumbémonos boca abajo.Nuestras camisas se pegan en la piel.Nuestros cabellos negros se pegan en la frente y en la nuca, como una herida.
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«Vamos, escapemos» —decía mi padre cada madrugaday saltábamos a una bicicleta con imán y armónica de equipaje.Las cuatro bicicletas al oeste, cruzando el silencio del amanecer,porque sólo podíamos vivir en la región de la oscuridad,donde las letras desaparecen y justo antes, con sus siluetas,apenas pude construir mi corazón, pieza a pieza.Para mi familia, tribu minimalista, había que viajar sin carga.Poseer libros fue una paradoja, más bien, alta traición.Renunciamos a palabras largas y frases elaboradas,hicimos todo canción.Juramos transformar lo abandonado, los bienes y el corazón,y retener todo aquello en palabra y melodía.En una canción que hasta un burro pueda aprender.En una canción que hasta una ballena pueda cantar.En una canción cuyo olvido (a) nadie deba avergonzar.Una canción que sea imagen y reverberación del hogar y la tierra que no volverán.
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«Aun si tu idioma es más que una sola lenguabusca indagar el camino más allá de su límite:ahí comienza el multilingüismo»—Esa fue tu enseñanza.Esto es, lo que nombramos como único idioma,¿con cuántas otras lenguas ajenas se entreteje?,¿qué tantas descoseduras, qué tantos nudos hay en su contorno?Atento a ello, percibir con el oído la resonancia y la vibraciónentre tu idioma y esas otras lenguas.Al conocer otra tierra, otro país,el idioma crece en vocabulario y expresiones, toma un protocolo nuevo para la vida,adquiere nuevos paisajes y teje cada vez más nudos.La lengua del imperio se expone a un riesgo cada vez mayor.Multitud de almas llegan y se instalan.Migrar la lengua no es distinto de la rebelión.
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La de mayor potencial como cantante fue la cactácea de dos siglos de edad.Una Señora atisba el diente azul cuando la luna cruza el meridiano.Construyó un altar de muertos con 32 bloques de Lego.El traje es tan holgado y tan de gángster que un sacerdote arruga las cejas calcinadas.Fue necesaria una frontera nacional y un nubarrón para liberar al grupo del rebaño.Las hormigas anhelan teología y negocian con abejas ciertas condiciones.Al comparar el deseo y la leche, siempre cayó el reloj de sol.Con domar al trueno, inocente, trata de alimentar a un trébol.Para estudiar de nuevo la teoría económica, el pastor salió del país en secreto.Los cerros oscilantes pasean por el mercado nocturno, la economía colapsa.Fui tras las rocas en busca de peces y sólo vi delfines calcinados.A veces, al percibir el mar, el ahorro de sal se convierte en materia de discusión.Al quemar con un cerillo la página de un libro, las letras se tornaron fluorescentes.El huevo duro expresa libertad con la rotación del trompo terráqueo.Un volcán presumió a un girasol: «yo soy más duradero que tú».El girasol en un instante se multiplica por un millón y cerca la falda del volcán.
1. El mundo es la suma de hechos y pájaros.
2. Toda proposición tiene una forma (o sintaxis: el perfil de un jilguero siberiano) y un contenido (o semántica: el vientre de un jilguero siberiano).
2.1. El contenido de un vaso de leche, que podría ser un cuerpo humano que emite canciones sobre pájaros, es la letra de las canciones que emiten los pájaros.
2.2. La forma depende de la forma del vuelo.
2.2.1. Supongamos que pensar es volar y viceversa. Entonces, la forma depende de las categorías mentales; es decir, la forma depende de la estructura —sin palabras— del pensamiento y del vuelo.
2.2.1.1. Las niñas sordomudas se visten de palabras o, en las palabras, de colores, para decir. Manejan delicadamente estas estructuras, con palabras.
2.2.1.2. Estructura y categoría son sinónimos de piel.
2.2.1.3. La piel del lagarto delimita al lagarto que, en mi imaginación, existe y carraspea.
2.2.1.4. Lo que concreta al pájaro no se llama piel, pero lo que concreta al pájaro que estoy imaginando sí se llama piel.
2.2.1.5. En los misteriosos bosques de lo que hoy es China, en el Cretácico, existió y carraspeó un pájaro-lagarto que no logro imaginar.
2.2.2. Una palabra es una gota de lluvia.
2.2.2.1. Las gotas de lluvia —que son palabras— se precipitan diagonalmente sobre los objetos —reales, ficticios, híbridos o azules—. Su existencia comienza, no en el cielo (tesis platónica) ni en el objeto real o ficticio (tesis platónica), sino en la tierna cabeza rapada de un bebé.
2.2.2.2. Toda palabra está de más.
2.2.2.2.1. Estar de más duele.
2.2.2.3. Todo lenguaje es lengua franca.
2.2.2.3.1. Todo tanteo es tanteo a ciegas.
3. En todos los poemas sale un pájaro.
3.1. En todos los poemas, o bien sale un pájaro, o bien se sugiere la presencia de un pájaro, que está más allá del punto de fuga de la imagen (siempre hay una imagen de un cisne agazapado) y del marco nativo del poema (todo poema, normalmente, trata sobre lirios).
3.2. Si detenemos el video del pájaro que pía en el segundo 32, justo cuando el pico está totalmente abierto, reconoceremos en su pico totalmente abierto un trapecio trisolátero.
4. Un milagro es un hecho no explicable por las leyes naturales.
4.1. Las leyes naturales, que permiten que con la mezcla de fibras vegetales, tela de araña y saliva de colibrí se fabrique un nido de colibrí, son un milagro.
4.1.1. Las leyes naturales no están en el mundo, sino en las categorías mentales desde las que miramos el mundo. Aunque es un milagro que todo, tal vez, se sostenga.
4.1.2. Categoría y estructura son sinónimos de ojo.
4.1.3. El ojo no está cubierto por la gasa.
4.1.3.1. El ojo es la gasa.
4.1.4. El mundo se mira de 2 maneras: o bien panorámicamente, desde el lomo de un pájaro, o bien íntimamente, desde el regazo de un pájaro.
4.2. Todas las preposiciones son mentira.
4.2.1. Todas las conjunciones adversativas son una exageración ruin.
4.2.2. Coincidir es un milagro.
4.2.3. El amor es coincidir.
4.2.3.1. Yo, que podría haber sido un dinosaurio terópodo, hace 100 millones de años antes de María Magdalena, por ejemplo una hembra eoraptor, o una golondrina común, emparentada remotamente con el dinosaurio terópodo, o un esclavo negro que muere de asfixia en un barco inglés dieciochesco, acurrucado como una golondrina, o una flor feliz en algún campo pálido de agotamiento en Castilla, tierra de esclavos de la tierra, o la madre de Adolf Hitler, que cultivaba flores, o una cría de tortuga que, en su aventura desde la arena hasta la orilla, es secuestrada por una garza hambrienta como Hitler, yo, que podría haber sido un bonsái, una medusa, un ferrocarril, una diadema, un copo de aguanieve, un charco de agua o nieve, soy yo, aquí, ahora, y te acaricio el pelo con los labios.
5. El miedo a la muerte es un cuervo.
5.1. El miedo a la muerte deriva de haber sido feliz.
5.2. La felicidad es un pájaro a la deriva.
5.3. Para Aristóteles, hay que domesticar a ese pájaro (que es un cuervo). Para Kant, hay que subordinar a ese pájaro (que es un cuervo). Para mí, hay que alimentar a ese pájaro (que es un cuervo).
5.4. Un cuervo es una mota de sombra.
6. La aliteración es el ruido de pensar y volar.
7. Los hombres que nacen sin cristalino son los hombres más guapos del mundo.
7.1. La tórtola apuñalada no es una víctima, es un tipo de tórtola.
8. Nuestro deseo de ráfagas de aguanieve y de trozos de tarta salvajemente cortados no tiene límite ni textura.
9. Cuando enfermé, adelgacé 25 gorriones.
9.1. Ser reducida a un muslo o a un idioma duele.
9.1.1. Los pájaros no tienen ni género ni nación.
9.1.2. Una niña sordomuda que no tiene nación, a la que un profesor insulta esparciendo sobre sus mejillas los restos pringosos de la palabra pájaro en género femenino, es una niña sordomuda que escribirá 2 o 3 poemas.
9.1.3. Todo poema proviene de un insulto.
9.1.4. Sugar Kane Kowalczyk es un pájaro enjaulado. La actriz que interpreta a Sugar Kane Kowalczyk pertenece a una indescifrable especie de pájaros enjaulados que imitan a los dígitos de las operaciones financieras.
9.1.4.1. Nadie conoce a la actriz que interpreta a Sugar Kane Kowalczyk.
9.1.4.1.1. Nadie conoce a nadie en verdad: con ecuanimidad y exactitud, como Gustave Flaubert conoció a su hija, Emma Bovary, nadie conoce a nadie en verdad.
10. El mirlo era blanco hasta que hallé un mirlo.
10.1. El sustantivo no es un resumen y no se llega a él por inducción. El sustantivo es una canción (sobre pájaros o sobre estrellas fugaces) y proviene del sueño.
11. El sentido de una proposición es su acuerdo o desacuerdo con las posibilidades de existencia e inexistencia de los pájaros.
11.1. Sin embargo, toda proposición corre el riesgo de no conservar su sentido, si se dice demasiadas veces.
11.2. No obstante, decir poco duele.
11.2.1. La contradicción es el tejido nórdico y precolombino de la vida.
11.3. Agbogbloshie, barrio de la ciudad de Acra, capital de Ghana, es el vertedero de la basura electrónica proveniente de Norteamérica y Europa. Inmensos pájaros sobrevuelan las cordilleras de basura. Inmensos pájaros, envueltos en inmensas nubes de veneno transparente, sobrevuelan las siluetas de las personas negras y transparentes que rebuscan canciones y pájaros en las cordilleras de basura, en las aristas del río Densu.
11.4. Un ramillete de cobre y cables y plástico no es un ramillete de orquídeas.
11.4.1. ¿De qué son símbolo las orquídeas? ¿Cuál es su relación con la virtud de la virtud?
11.4.2. La voluntad de ser bueno es un águila extremadamente pequeña.
12. La biografía pesa 25 gorriones, pero el pensamiento de ausencia —de biografía o de amante— pesa un millón de gorriones.
12. 1. Visualizar el pellizco es escribir un poema.
12.2. El helado derretido que se seca en el suelo adopta la forma de un animal muerto (cualquier animal muerto menos un pájaro). Y cuando anochece, he visto que, despacio, se mueve.
12.3. El papel higiénico empapado de vino no remite a los poemas de Omar Jayyam: remite al dolor de transformarme en pájaro.
12.4. El poema no termina nunca.
12.4.1. El poema no termina nunca porque ninguna palabra o proposición puede rebañar la referencia.
12.4.2. Cuando se trata de apresar la famosa eternidad del instante (la acrobacia del pájaro que no termina nunca o la trágica muerte de Margarita Gautier), la música es un medio superior: la melodía no esparce en el mundo categorías o estructuras que éste no posee cuando no es observado (por las niñas sordomudas o, tal vez, por los pájaros), pero sí esparce —y de ahí su ventaja relativa— chispas de picor y sed.
12.4.3. La melodía es profiláctica como un cazamariposas.
12.5. Todos tenemos frío.
12.5.1. Yo también.
13. Tú, por favor, no me trocees por no caerte (del cielo azul, que sí es cielo y sí es azul); agárrate.
13.1. Agárrate del cielo azul o, en su defecto, de un pájaro. Acuérdate de hablarle vocalizando. Ten paciencia y sé cordial; agárrate.
A la mitad del rosario de los díasme detengo apenaspara entrar de llenoen el pozo diario:se parecen tanto las mañanasantes de despertarlasque me quedo más tiempoen la bruma, no recuerdoen dónde quedó el hiloy me prendo al vuelode alguna señal, no sé todavíasi es miércoles(los lunes son brote tempranoy los domingos sin nubesno tienen raíz)y no me parece que ningún cantosobresalga de entre el verdeque por ahora sólo esmonocromía.
En algún lugarlas orillas del aguarozan las orillas del estanque.
¿Qué sigue?
Abrir la puerta, cerrar con llave.Pongo un pie afuerasin salir de mi cuerpo:buenos días, manchas multicolorque me rebasana prisa y sin conviccióncomo yo:un pie después del otro,las gotas acompasadas,el murmullo va trenzando la cadena.
¿Qué sigue?
Cruzar los umbrales,en cada uno dejar dentro,enredar algo en los goznesy vivir con lo que queda,pasar siempre a otro lado:hay puertasque cruzamos menos,a las que no regresamos ya,hay letras mayúsculasque ya no leemosen el libro de horas,hay horas en blancoque pasan,enjambre de salmos,sin interrupción.
La ciudad recita sus calles de memoriasin descansoen el incendio del mediodíay todo en el asfalto,túrbidos pedazos de agua y vidriomaderos podridos,piedras opacas,todo es la misma materia:la repetición pule las cosas:apila los días,deja limpio el pizarrónpara empezar la cuenta de nuevopero siemprehay una ventana que queda abierta,un hueco desesperadopor el que se cuela un aire frío.
El mundo de las artes marciales mixtas en México tiene dos tipos de practicantes. Unos intentan convertirse en los reyes del ring octogonal, para después ser profesionales de las peleas; los otros son personas que, al más puro estilo de El club de la pelea, buscan en los golpes y patadas una válvula para escapar de la rutina de su vida diaria. En esta crónica, Diego Salas, desde Xalapa, presenta los rostros de estos gladiadores anónimos.
El primer jab casi nunca duele. Primero se duerme la piel en la zona del impacto. Si el golpe es preciso, aparece el vértigo. Después, todo es oscuridad. No es lo mismo con las luxaciones y los estrangulamientos. El dolor se presenta nítido en el lugar exacto del castigo y no hará más que crecer hasta llegar al límite que puedes soportar. Si no te rindes, algo se romperá o, simplemente, el corazón no podrá irrigar al cerebro la sangre necesaria para mantenerte consciente.
Estoy debajo de mi oponente. Apenas puedo respirar por los resquicios que aparecen entre su cuerpo y mi rostro. Él no debe rebasar los veinte años y pesa veinte kilos menos que yo; aun así, la prensa que logra con sus piernas y brazos es poderosa, y no me queda más remedio que buscar aire en algún lugar. La inmovilización es tan firme que me provoca angustia. Pienso que eso es lo que deben sentir al principio quienes mueren ahogados en los naufragios, aunque lo suyo debe ser peor porque se hunden sin esperanza hasta tocar un fondo cada vez más frío. De todas formas, me parece una simulación fiel a su agonía. El chico, encima de mí, no puede ver mi rostro pero sabe por mi respiración que estoy cada vez más débil. Lalito, como le dicen, trabaja de mecánico, vive en una panadería con su familia, donde su padre es el panadero estelar. Es un negocio que montaron en sociedad con Edwin, un nutriólogo y psicólogo que era maestro antes de ser empresario, y que ahora nos mira combatir, tranquilo, desde un costado del tatami, con sus casi ciento treinta kilos reposando sobre un cubo de madera. Lalito se cansa de mis tibios esfuerzos por sobreponerme a su dominio y rodea mi cuello con su antebrazo, gira su cadera, aprieta, se modifica el flujo de mi sangre, mis ojos se hinchan por la presión. Me estrangula. Me rindo.
Fotografía de Carlos M. Storch de Gracia.
Lalito y Edwin entrenan en Bujutsu, una de las pocas escuelas de artes marciales mixtas que hay en Xalapa, situada en el segundo piso de un viejo gimnasio llamado Hércules, sin ventanas ni salidas de emergencia. En el primer piso, un puñado de jóvenes empeñan su pubertad practicando lucha libre con la esperanza de figurar tras una máscara, por lo menos en los escenarios locales, como ídolos de una multitud anónima ávida de sillazos, trampas planeadas en contubernio con los réferis y vuelos acrobáticos desde la tercera cuerda. Por otro lado, los de arriba no piensan enfundarse una máscara en el rostro y, a decir verdad, ni siquiera sueñan con volverse celebridades locales del octágono. La mayoría de los practicantes tienen una profesión: odontólogos, músicos, abogados, nutriólogos, mecánicos, arquitectos y empresarios. Ellos, ciudadanos sujetos a las más convencionales formas de supervivencia de la época moderna, han construido una fraternidad envidiable durante los entrenamientos. En un país tan desigual como éste, logran lo que no han hecho jamás las religiones: unir a los hombres en espíritu, acción y pensamiento.
Somos una constante reminiscencia de algún esplendor pasado. Creo que si Carl Jung hubiera vivido hasta nuestros días, le hubieran gustado las peleas del octágono. Convencido de que, así como el adn determina nuestra genética individual, el mito participa también de la colectiva, hubiera visto con regocijo cómo las peleas de Caín Velázquez, Anderson Silva o Alexis Davis reproducen, con mayor o menor fidelidad, la mítica pelea de Teseo y el Minotauro, ocasión en la que, según los presocráticos, tuvo origen el pancracio, el más antiguo antecedente de las artes marciales mixtas en Occidente.
A sabiendas de que la mayoría de los peleadores de Mixed Martial Arts (MMA, por sus siglas en inglés) suelen decir que ellos mismos son el rival más fuerte al que se han enfrentado, le lanzo aquella manoseada pregunta a Eric Ruiz, un exmarine que, después de combatir en Irak, vino a México a tomar unas vacaciones pero terminó formando una familia y nacionalizándose. Ahora es el profesor líder de Bujutsu Xalapa y, también, uno de los maestros de artes marciales más afables que conozco. Estamos sentados en una esquina del dojo mientras sus estudiantes practican el combate cuerpo a cuerpo en cuatro rounds de cinco minutos. Él viste su gi habitual, cabeza rapada a navaja y parcialmente afeitado; yo, saco, camisa y jeans. Desentono con el ambiente. Mientras hablamos, mantiene su atención en todos los peleadores, especialmente en los niños, que tienen un espacio aparte.
—La lucha más grande que he librado es conmigo. Tratar de ser buen padre, buen esposo; tratar de sacar a mi familia adelante, hacer mi vida sin descuidar todo lo demás —dice mientras mira a su hijo de cuatro años correr por el tatami—. De verdad es una chamba. Y más ahora que están chicos. Como quiera, Mariana, mi hijastra, ya está más grande y, en caso de una emergencia, nos puede apoyar. Bueno, ya nos ayuda, pero Dieguito todavía está muy chico.
—¿Sientes que todavía estás de vacaciones? Eric lo piensa un momento, pero no duda a la hora de responder:
—De alguna manera, sí, porque estoy haciendo lo que me gusta. No sólo es mi pasión, también es mi terapia. Estuve en dos tours en la guerra, después de eso me recomendaron que tomara unas vacaciones largas. Y aquí sigo. Es que en la guerra hay que ver y hacer cosas… uno tiene que disociarse, si no, no la haces.
—Es curioso que un arte de combate te sirva para encontrar paz.
—Pues es un complemento. También se necesita lo psicológico, pero eso me lo hago yo mismo.
Fotografía de Carlos M. Storch de Gracia.
Además de su formación militar, Eric estudió psicología en la marina. Eso explica, creo, la paciencia con la que sigue el proceso de sus alumnos. El tiempo que dedica a conocerlos y establecer una empatía con los subordinados es poco frecuente en las artes marciales, tan propensas a las relaciones verticales basadas en la obediencia y el sometimiento. Es el exmilitar más alejado de su estereotipo que conozco, tal vez porque ha enfrentado una y otra vez al monstruo de su laberinto. Cuando entrena en su tatami de ciento veinte metros cuadrados, o cuando pelea en la jaula, es otra vez Teseo y el Minotauro. Y, en todo caso, el rival es un catalizador, la sustancia que le da corporalidad a ese animal furioso y lacerado que lucha por devorar nuestro interior: el miedo al arrepentimiento, al fracaso, a la inferioridad, la obsesión por el éxito, por el trabajo estable o por la rentabilidad de nuestro prestigio. Creo que Eric habla tranquilo, libre de esa pretensión de líder sectario que suelen tener muchos maestros de artes marciales con sus alumnos porque ya conoce la sombra del hijo proscrito de Minos; ha tocado su pelaje y sentido su fuerza, ahora conoce el aspecto de su verdadero monstruo, otro tipo de preocupaciones le debe parecer ocioso.
Hace dos mil cuatrocientos años, durante los Juegos de Nemeos, los campeones de Epidamnos y Siracusa, y Cruegas y Damoxenos, protagonizaron uno de los combates más sangrientos registrados en la historia del pancracio. Ambos contendientes eran tan resistentes que el combate duró hasta el ocaso del sol, lo que obligó a suspender el encuentro por falta de luz. Sin embargo, la regla no permitía empates técnicos, había que decidir un ganador. Entonces recurrieron a lo que en futbol suelen llamar «muerte súbita», ya en penaltis: situados frente a frente, cada peleador debía lanzar sólo un golpe al contrincante. Quien recibiera el impacto tenía que adoptar la posición que el verdugo dispusiera. El ejecutado no podía hacer nada para defenderse. Perdía el primero en caer. Cruegas comenzó con un volado izquierdo contra el rostro de Damoxenos. Damoxenos logró soportarlo y le pidió a Cruegas que levantara los brazos exponiendo su costillar. El campeón de Siracusa se acercó a Cruegas para dejarlo admirar la hinchazón que el golpe provocó en su quijada; luego se alejó, giró el torso e inclinó su cuerpo hacia atrás, a la manera de un espadachín medieval, y con la mano abierta y los dedos extendidos, lanzó un golpe recto que penetró la piel de Cruegas por debajo de su caja torácica, agarró sus intestinos y se los sacó. Se trata de la historia más sangrienta y famosa, en la que además no hubo ganador, pues seguramente descalificaron a Damoxenos porque ese golpe era ilegal.
Pero la gloria de aquel combate no residió en la corona de laureles, sino en el combate mismo. No fue el gesto de pasar sobre el otro, sino de haber librado la batalla lo que mitificó a ambos peleadores. Eso explicaría por qué, más de dos mil años después, los nombres que constituyen el gran cuerpo de combatientes de MMA no figuran en los programas estelares de la ufc o Strikeforce, sino en las bases de datos de Hacienda y los directorios telefónicos. Son empresarios, obreros, estudiantes, artistas y maestros que no entrenan para vencer al otro, sino para soportar cualquier combate. Para ellos, comprender que la supervivencia no necesariamente es exterminio significa la victoria verdadera.
—¿Alguna vez has matado? —le pregunto a Eric lo que todos quieren saber sobre su pasado en Irak.
—La verdad es que eso nunca me pasó, ni conocí a nadie a quien le hubiera pasado. Matar era parte del trabajo en una guerra, pero lo que de verdad me pesaba era no poder proteger a los míos. Me preocupaba más que no se me murieran.
Fotografía de Carlos M. Storch de Gracia.
Ahí está Minos otra vez, cantando el otro nombre de su hijo: impotencia. De ahí que no sea gratuito que el sistema de combate base de Eric, su especialidad, se haya vuelto el jiu-jitsu brasileño, un arte marcial confeccionado en los albores del siglo xx. Su filosofía reside en conseguir la entereza física y psicológica para someter al oponente, aun cuando éste sea más fuerte y más pesado. Con luxaciones, estrangulamientos y candados, el suelo se vuelve el escenario predilecto de los peleadores, y la actitud agresiva del oponente, la condición más favorable para quien domina este sistema de combate. La familia Gracie fue su principal promotora. Acostumbrados a mantener el alto perfil propio del mundo circense, se valió de todos los medios posibles para lograr su objetivo. Entre ellos, predominó el desafío constante contra toda clase de combatientes de otras disciplinas con el afán de demostrar su efectividad en una pelea sin restricciones. Así, poco a poco, esta variante de jiu-jitsu ganó fama a lo largo y ancho de todo Brasil, pero no fue hasta la década de los noventa cuando el nieto de aquella estirpe de pioneros le dio relevancia mundial al ganar en tres ocasiones, casi siempre desde una posición de desventaja para otras disciplinas, el campeonato de la liga ufc en Estados Unidos. Entonces quedó patente una particularidad que popularizaría este sistema por todo el mundo: se trataba de un arte marcial que servía, ante todo, para enfrentar a la impotencia. Cuando el jiu-jitsu brasileño se complementa con el dominio de patadas a través sistemas de combate como el muay thai, y de puños a través del boxeo, se forma un peleador integral, capaz de neutralizar a un civil promedio sin preparación en poco tiempo. Luis, estudiante de Bujutsu, es cinta azul. Durante el entrenamiento intento combatir con él, pero más bien parece que Luis practica todos sus movimientos sobre mi cuerpo. En menos de cinco minutos cuento doce rendiciones, todas mías. Si esto hubiera sido un combate callejero y yo hubiera representado una verdadera amenaza para él, tendría unos diez huesos rotos y hubiera muerto estrangulado un par de veces más. ¿Qué impide a un mercenario prepararse físicamente en lugares como éste para capitalizar la renta de su mano de obra? ¿Cuántos habrá en las filas de las escuelas de artes marciales mixtas?
Hace años, la revista Proceso sacó un reportaje sobre escuadrones de la muerte; desde los Matazetas hasta los guardaespaldas de élite, había una amplia variedad de servicios y necesidades presentes en el mercado mexicano.1 En medio de todo, los comandos Krav Magá destacaban por su eficiencia y disponibilidad. Se trata de pequeños ejércitos preparados en un sistema de combate israelí que lleva el mismo nombre. Durante cinco semanas reciben una capacitación intensiva al interior de un cuartel ubicado en Tlalnepantla, donde aprenden técnicas de ataque y contraataque cuerpo a cuerpo, pero también la utilización e identificación de distintos tipos de armas, tácticas de contrainsurgencia, espionaje y neutralización de vehículos blindados. Entrenan, según cuenta la publicación, recreando escenarios de atentados probables, parecidos al que sufrió el entonces candidato a la gubernatura de Tamaulipas, Rodolfo Torre Cantú, donde perdió la vida. Es cierto, en escuelas como Bujutsu no se aprende nada que tenga que ver con armamento, pero alguien dispuesto a desempeñarse en este ámbito se las podría arreglar para aprender aquello en otra parte.
—¿Conoces a todos los que entrenan aquí?
—Sí, la verdad es que los primeros días trato de averiguar lo más posible sobre los que vienen a entrenar. Cuando percibimos que hay algo raro, como que llegan en camionetones con guaruras, o llegan armados y esas cosas, pues mejor cortamos la relación. Alguna vez nos pasó que llegó uno que luego, luego, comenzó a preguntar por cosas internas de la escuela, ¿cuántos había?, ¿qué hacían?, ¿a qué se dedicaban?, y la neta, después de eso, mejor le
dijimos que ahí muere.
—¿Nunca te han llamado para peleas clandestinas o para brindar otro tipo de servicios?
—Por fortuna, no. Hasta ahora la hemos llevado tranquila. Sólo una vez sí nos tocó ir a pelear a un cuadrilátero que estaba instalado en el patio de una casa en obra negra en las afueras de Xalapa. Estaba todo el barrio ahí. Es lo más cercano.
II
Aproveché una visita a la Ciudad de México para comer en una tortería donde transmiten peleas de MMA todo el día. El dueño es aficionado y colecciona videos que reproduce en los viejos televisores del establecimiento. Junto a mí, sobre la barra donde se cocina la carne, hay un tipo muy rubio que también mira con atención aquellos viejos combates. No puedo decir que conversamos, pero intercambiamos comentarios esporádicos sobre algunos momentos específicos.
—Hay que tener paciencia. Si atacas de inmediato, te cansas, y luego te dominan. Lo primero es cansar al otro, y para eso se necesita control. Contrólate tú mismo y controlarás al otro —me dice Sylvain, un peleador francés que anda de paseo por la Ciudad de México.
Tiene razón. El jiu-jitsu no sólo reside en el control del cuerpo, sino del tiempo y energía del combate. Entre la forma de cazar que tiene la boa y el jiu-jitsu brasileño hay una similitud formidable; los combatientes se deslizan por el suelo y, una vez prensados cuerpo a cuerpo, cada milimétrico movimiento de las piernas, cada roce de brazos, representa una vuelta de tuerca orientada al sometimiento del adversario. Ambos cuerpos se baten en una paulatina contracción de piernas, tórax y brazos hasta mezclarse con la lentitud de la serpiente que conoce la abrumadora paciencia de la muerte.
Ahora estoy situado sobre una mujer. Sus piernas rodean mi torso y lo sujetan con fuerza por la espalda, uno de mis brazos está atrapado entre su costilla y su bíceps izquierdo. En cualquier otro escenario de combate, la situación parecería estar a mi favor. Peso, por lo menos, el doble que ella, soy más alto y debo tener quince años más. Lo que sigue es lograr sujetarle un brazo, para poder hacerle una palanca o estrangularla. Con mi brazo libre, hago presión para sacar el otro y apresarla. Nada. No piensa soltarme tan fácilmente. Vuelvo a empujar, esta vez con más fuerza. Comienza a ceder, siento cómo se desliza mi mano entre la tela de su gi hacia fuera. Entonces me suelta para sujetarme del otro brazo. Lo engancha a su pierna derecha, se levanta de un salto, gira y usa el peso de su cuerpo para desplazar el mío hacia abajo. Ahora soy yo el que está en problemas; no puedo ver nada, pero la siento jalar mi brazo prensado con toda su potencia. Uso mi otro brazo a manera de seguro, y me resisto, pero ya no tengo manera de salirme. Por fin, su técnica vence a toda mi corporalidad, y me hace una palanca sobre el codo. Me rindo. Ella me pregunta si estoy bien, y yo le digo que sí, que no se preocupe. Tienes fuerza, me dice. Le dicen Marianita, pero pelea como Mariana.Tiene catorce años y pesa cuarenta y cinco kilos. La boa constrictorvolvió a devorar al cordero.
Fotografía de Carlos M. Storch de Gracia.
III
No existe la zona de confort en las artes marciales mixtas. Querer encontrarla e instalarse en ella significa la derrota. Cuando descubras que los puños responden bien para el ataque frontal, un especialista en muay thai estará ahí para patearte. Si te acostumbras al combate de suelo, habrá taekwondoínes, karatecas o capoeiristas siempre listos para llevar el combate a los senderos del aire y la velocidad. Se llaman artes marciales mixtas, pero sería más atinado decirles artes marciales camaleónicas. La mutación es un principio de subsistencia, no se puede pelear siempre igual porque los oponentes nunca tienen las mismas bases ni las mismas habilidades. Para que el espíritu resista, para que el atleta salga a flote ante el adversario, su entereza mental debe ser nómada, debe estar dispuesto a deshabitar la certeza que toma por guarida y explorar, reconocer las posibilidades que deja el contrincante.
Como si fuera el árbol que recibe una tormenta, aunque la raíz sea profunda e inamovible, la superficie tiene que ser flexible para que no se rompa, para que no lo arranque la ráfaga de viento que implacablemente se aproxima. Librar un combate de esta clase pone a prueba tu voluntad de cambio y la capacidad de transformar cuanto conoces sin olvidar el rumbo. Nada extraordinario, en realidad. Nada que no te exija la vida de vez en cuando.
Por fuera, la panadería de Los abus da la impresión de ser un lugar pequeño, apenas un largo pasillo donde se exhiben los productos, luego unas escaleras que conducen al segundo piso y, arriba, el horno. Pero adentro, las intrincadas divisiones que la habitan revelan lo contrario. Es amplia, lo suficiente como para albergar a una familia sin que se note su presencia. Hay un cuarto en la planta baja y otro arriba. No alcanzo a mirar adentro, pero supongo que es donde viven los padres de Lalito, el panadero y su esposa. Arriba duerme él, pero salió a trabajar. El lugar es un proyecto que lanzaron en conjunto la familia de Edwin y el padre de Lalito. La familia pone y administra el capital; el padre produce el pan con ayuda de su esposa. Aunque es el primer negocio para todos, están convencidos de que funcionará. Para Edwin, lo que no sepan, lo aprenderán, como siempre ha sido. Antes de entrenar en Bujutsu, fue jugador de basquetbol y karateca cinta café en la escuela de su padre. Ahí practicó los primeros golpes que más tarde se encargó de repartir con justicia desde la primaria a la preparatoria. Luego entró a nutrición y se enamoró de la psicología. Terminó las carreras y siguió con los combates involuntarios. Fue maestro, comisionado para selección de personal en una empresa telefónica y ahora es administrador de una panadería.
—Siempre me gustaron las artes marciales de contacto, pero el jiu-jitsu es otra cosa. No sé, a lo mejor es la edad, pero es otra cosa. Ya no soy tan impulsivo como antes. A veces sí te enciendes y dices «va», pero tardas un segundo en darte cuenta de que no vale la pena.
—¿Para qué? —dice cuando le pregunto si continúa ajusticiando desvalidos como lo hacía en la primaria—. Sólo dos veces noqueé a alguien. Una vez fue en la secundaria, ahí casi me expulsan, no sólo del dojo sino también de la escuela.
La madre de Edwin atiende la caja mientras conversamos. Ella también es maestra, ya está jubilada. Su amabilidad me resulta inédita, por eso me sorprende que el padre de Edwin tenga el perfil que él y ella describen: «Amante de las artes marciales». Desde la década de los setenta entrenó con chakos y estrellas ninja, lo mismo practicó kung-fu que karate o judo, daba clases en una escuela pública y convirtió a esos mismos alumnos en sus primeros aprendices formales en las artes del combate. Esa capacidad de cambiar de perfil como si girara una moneda parece haberla heredado Edwin, quien pese a ejercer la psicología y tener una panadería, no deja de pensar en lanzar un gimnasio y de paso un local de «comida saludable».
—Pero bueno, ahorita hay que darle a la panadería. El papá de Lalito es buenísimo y, además, rápido. Vente, vamos a subir para que veas lo que hace.
Subimos las escaleras para ver al papá. Hay poco espacio para maniobrar. Imagino las contorsiones que deben hacer para llevar el pan a la planta baja. Al subir, la estampa es un horno de piedra todavía frío. En el fondo hay dos cuartos; en uno trabaja el panadero y en el otro vive Lalito. Aunque la sala de horneado es pequeña, el panadero no muestra señales de fatiga. Platica y hace pan con la eficiencia de una máquina.
—¿Ya probaron las donas? ¿No quieren una? —nos pregunta a los tres que conformamos el equipo de trabajo.
¿Cuál será el minotauro con el que lucha Edwin? ¿La incertidumbre de su vocación? ¿El vaivén del esplendor profesional? ¿El misterio del mundo agazapado detrás de cada cambio de vida? Las donas aún brillan con el chocolate apenas derretido. Son consistentes, con la cantidad de azúcar necesaria. ¿Eric también las habrá probado? Me la acabo con las esperanza de que si Edwin llega a poner su gimnasio y transmuta su vida como siempre, estas donas permanecerán.
Los diccionarios etimológicos dan a la palabra resignar la acepción de renunciar, por su procedencia del latín re (echar atrás) y del indoeuropeo sekw-no (lo que uno sigue): echar atrás lo que uno sigue. Sin embargo, tengo la sospecha de que se puede interpretar estos antiguos vocablos de otra forma para tomar de la palabra resignación una enseñanza. Re también quiere decir volver a, y sekw-no ─quedeviene en el latín signum─ puede entenderse como significar. Resignar: volver a dar significado. Aquello que abate nuestras fuerzas nos da la oportunidad de cambiar la idea que tenemos del mundo y de nosotros mismos.
En mi breve época como hija única, mi embarazada mamá me llevaba de paseo al planetario y a una biblioteca con un área infantil donde pasábamos horas viendo libros. Del planetario recuerdo la oscuridad; mi mamá y yo desaparecíamos ante esos puntos de luz que simulaban estrellas sobre el manto negro. Ahí aprendí los nombres de los planetas del sistema solar y me gustaba tanto Júpiter que así quería que se llamara mi hermano. De la biblioteca, recuerdo una colección de libros pop-up del espacio y otro de las etapas del embarazo. Mi mamá me presentó el inconcebiblemente infinito universo y la creación de la vida. Ahí estaban frente a mis ojos los libros y la realidad.
En soledad me encantaba ver las imágenes de un libro de cuentos clásicos ilustrados: la historia de Hansel y Gretel me causaba pesadillas, me encantaba la princesa que no podía dormir por culpa de un guisante y me aterraba ese cuarto lleno de mujeres que Barba Azul había asesinado.
Después de eso, no tengo muchos recuerdos de ir a una biblioteca y sólo iba a librerías para comprar los libros recetados por la escuela. Y lo disfrutaba tan poco como tener que acabarme la sopa. Pero a los 13 años, empecé a ir a la librería no sólo para comprar los libros que venían en la lista de los útiles escolares, sino para decidir qué leer. Esas primeras veces me sentí bastante aturdida y apenada. La librería me imponía y me hacía sentir fuera de lugar. Me daba vergüenza preguntar cualquier cosa y a la vez era incapaz de encontrar lo que buscaba, porque no estaba familiarizada con sus códigos generales ni particulares.
Lo mismo me ocurrió cuando empecé a pintar y necesitaba material. Recuerdo no haber comprado nunca nada de lo que estaba tras el mostrador, porque evitaba tener que explicar a la asistente lo que necesitaba (porque no sabía cómo ni qué necesitaba). Me pasaba, como alguna vez me dijo un amigo, que me estrellaba contra puertas abiertas. ¿Qué creería que me podía pasar?
En el fondo, me daba miedo mostrar mi ignorancia. Esto le pasa también a los niños, pero es como si a los adultos se les impusiera jamás exponer lo que desconocen. Por más que muchos maestros nos hayan asegurado que “no hay preguntas tontas”, o que en nuestra defensa podamos decir que “es peor quedarnos con la duda”, nos da miedo ser tachados de estúpidos. Se acepta que un niño no sepa nada, al final es “un ser en blanco”, una “esponja de todo”. La regla parece ser que un niño puede preguntar tanto como quiera, pero un adulto no tanto y no de todo.
La intimidación causada por los lugares desconocidos se pierde paulatinamente con la familiaridad que nace gracias a la repetición, como ocurre con cualquier ritual. Empecé a visitar librerías y tiendas de materiales más seguido con mi mamá, más adelante también con amigos, novio, maestros, colegas. Y en algún momento ya no me importaba ir sola. A la fecha, aún me llama la atención reconocer gente que pregunta por libros al encargado en voz baja y titubeante, padres que prefieren esperar afuera a sus hijos durante una presentación, porque no saben cómo desenvolverse en ese espacio tan ajeno, o niños que no se quieren sentar en el círculo de cuentacuentos porque es algo extraño para ellos.
La imagen genera otro tipo de intimidación; ésta no ocurre sólo en librerías o bibliotecas, es común verla también en los museos, donde de hecho hay personas encargadas de regañar a quien se acerque a las obras. Entonces los asistentes que no están familiarizados con el espacio ni con las obras en cuestión, se sienten ajenos y poco bienvenidos al lugar. El arte se reduce a algo lejano, grande e intocable que hicieron personas que llevan siglos muertas. O se vuelve algo kitsch que se expone en el bazar del sábado. En ambos casos, no se entabla una lectura de la obra y muchos se quedan sin saber si les encantaría o la odiarían, como si se pusiera un candado en esa puerta.
En cambio, la gente se acerca con más facilidad a la ilustración. Fui testigo en 2007, cuando visité por primera vez la filij. La exposición de ilustradores se montaba en la Galería Central del Cenart, que exhibía las ilustraciones originales de todos los ganadores y seleccionados de ambos concursos (cartel e ilustración). La galería estaba llena de gente, todos los cuadros enmarcados y colgados a la altura de los ojos de un niño promedio (¿1.40 m?). ¿Cuál era la diferencia entre eso y un museo? Me viene a la mente el eslogan del Papalote y esa fascinación enorme que sentía de niña al ir a un museo donde la regla era tocar. ¿Por qué un adulto no puede interactuar también con los espacios y las obras?
La gente se acerca a la ilustración porque, de entrada, al ser entendida como algo para niños, no muerde. Los padres que quizá no entrarían a un museo ni a una galería, animan a sus hijos a que vean esas imágenes que, además, muchas veces los conducen a nuevas lecturas: ya sea ver más imágenes o leerlas en los libros. Ellos las entienden y quieren compartirlas con los más pequeños o bien los niños se las explican a ellos. Hay, como dice María Fernanda García, una conversación horizontal tanto entre imagen y lector, entre autor y lector, como entre los mismos lectores. Y cualquier tipo de ilustración provoca esto.
En la actualidad, a falta de definición, se le llama ilustración a algo que antes se le habría llamado arte, artesanía, arte popular. Muchas artes gráficas y decorativas se han refugiado en ese cajón de sastre. En ella cabe desde el libro ilustrado (y con éste me refiero no sólo al infantil, sino a cualquier libro que use ilustración), las revistas y periódicos con sus viñetas, cartones e infografías; las portadas de discos y libros, el diseño de empaque (cajas, tazas, metrobuses), de textiles, la novela gráfica, el cómic, el fanzine, los carteles, el grabado, el bordado, el streetart y la animación.
La ilustración a veces busca ser reconocida como arte y crea sus propios espacios, otras se congratula de no saber qué es y juega para los dos equipos. Las fronteras entre arte y diseño se disuelven y bailan por todo el lugar. Desde su flanco de diseño, se vuelve accesible y busca comunicar con mayor precisión su discurso, no habla sólo para sí misma. Y desde el arte, conmueve al espectador y lo hace mirar de otra manera la obra y el mundo. Ambas producen conocimiento.
Todas estas formas de la imagen están al alcance de todos. Cuando una obra habla de manera horizontal, termina por ser una puerta abierta. La ilustración es una de las puertas más claramente abiertas que no deja duda de cuán bienvenido es el espectador.
Soy joven. Soy poeta. Mira como rimo lo anterior con paleta. Recorro Insurgentes en mi bicicleta. Voy a hacerme una chaqueta. Palabra altisonante. De esas que hacen que mi abuela se espante. Mota. Mariguana. Churros. Guatos. Bachas. Me drogo. Si aún no lo cachas. Selfie en blanco y negro. Canto, pinto, bailo. Vivo. Grito. Me veo en el espejo y me excito. Si me criticas eres un pendejo. No sabes nada. No es cierto. Tu mamá es tonta. No te oigo porque me estoy tapando los oídos. No te escucho. Alalalalalalalalalalalalalalalalalalalala. Artistas resentidos. Ardidos. Ya quisieran ustedes recibir tantos cumplidos. La mugre se embarra en mi existencia como se embarra en la salpicadera de un coche. El coche es mi existencia. Por si no entendieron mi aguda referencia. Pero también es un coche como el que usó tu mamá para traerte a mi casa esta noche. Dile que vamos a ver películas. No le digas que soy un artista. No le digas que tomo fotos de chicas para mi propia revista. De verdad son para una revista. No la conoces. No insistas. Ahora te ruego que te desvistas. Sujeto. Verbo. Predicado. Si no entiendes esto eres poco sofisticado. Mi baño huele a sexo. Quiero cogerte en el escusado. Quiero que grites como si un caballo te hubiera pateado. Como si hubieras visto a tu papá morir atropellado. Joven renacentista. Que hasta hace poco quería ser dentista. Me llama mi mamá a cenar. Bájate la falda para que te pueda tocar. Déjame ver tus nalgas palpitar. Ven a mi estudio. Mira como escribo. Estos versos. Estos textos tan tersos. Estas ideas. Quiero que estemos juntos. Quiero. Que. Admires. Como. Abuso. De. Los. Puntos. Cocaína. Metanfetaminas. Adolescentes que me leen y se ponen calientes. Que se mojan aunque parezco espermatozoide con lentes. Me voy a masturbar. Un artista como yo tiene que escandalizar. Analizar. Curar. Idear. Una oración que termine con una palabra que termine con ar. Como drogar. Inhalar. Fumar. Inyectar. Mamar. Hay pájaros en el alambre. Pero el alambre es de púas. Y además está electrificado. Pájaro carbonizado. Y espinado. Muslos calientes con algo embarrado. Si mi mamá entrara a mi cuarto. Diría que soy un depravado. Huele rico el estofado. Me pregunto si el tío Jorge trajo champurrado. Pero eso no importa. Estamos encerrados. Sólo quiero escapar de esta existencia. Evadirme de esta vida que se resbala como un gargajo en la conciencia. No tengo paciencia. Te miro y me agito como rana. Estoy fumando mariguana. Me gusta estar drogado. No sé si ya lo había mencionado. Para crear hay que estar todo el tiempo en otro estado. Hay que meterse cosas y asustar a los más persignados. La calle está mojada. Como tú cuando leas esta balada. Voy al Oxxo por un gansito. A ver si también encuentro unas papas de carrito. Referencias urbanas. Tamales oaxaqueños por las mañanas. El afilador debajo de las ventanas. Eventos culturales los fines de semana. Ciclos de cine de arte de la nueva ola africana. Reseñar conciertos para revistas que nunca tienen lana. No me veas con esa cara. Conozco tu pose de chica rara. De mujer fatal que documenta su vida como si a alguien le interesara. De artista emergente que toma fotos en la Sierra Tarahumara. Y las sube a Instagram con hashtags como #ojalalapobrezaseterminara. Todavía me falta mencionar las redes sociales. Que nos hacen tan especiales. Ayer escribí un tuit genial. Algo realmente especial. No sé si lo viste. No sé si con lo ignorante que eres entiendes mis chistes. Quiero que lo leas y me lo respondas. Quiero que mis ocurrencias te pongan cachonda. Quiero que oigas mis nuevas canciones. Que algunos envidiosos llaman aberraciones. Que me escuches recitar y se te caigan los calzones. Quiero que me des un like. Quiero que escribas en mi muro. Quiero que me llames poeta porque eso me pone duro.
A principios de año, Jordi Carrión visitó nuestro país para presentar la edición definitiva de Teleshakespeare (Tintable, 2015), un libro de ensayos donde se analiza la producción de series televisivas y la relación que tienen con la literatura. En esta entrevista, Carrión habla sobre cómo su adicción a las teleseries influye en su creación y en sus ideas sobre los géneros literarios.
Conocí a Jordi Carrión en el Centro Cultural de España. Él traía unos ejemplares de su primera novela, Los muertos, un libro que es una serie de televisión. Hasta ese momento no había escuchado a ningún escritor hablar con tanto entusiasmo de series, y él hablaba de muchas. Quedé absorta al saber que Carrión estaba jugando conmigo, confundida porque no estaba ni un poco cerca de entender los primeros ocho capítulos. Los muertos (2010) resultó ser la primera parte de la trilogía Las huellas, que se compone por las novelas Los huérfanos (2014) y Los turistas (2014). En marzo de este año Jordi regresó a México para presentar Teleshakespeare (Tintable, 2015), su libro que ensaya acerca de teleseries.
Creo que eres como un junkie de la ficción.
Lo estoy dejando.
¿Fue decisiva tu lectura del trabajo teórico de Eloy Fernández Porta, Afterpop, para escribir Teleshakespeare?
Creo que el libro de Eloy quitó un tapón que me permitió escribir Los muertos y, de paso, empezar a escribir crítica de cómic y de series en prensa. Entre 2003 y 2005 mis lecturas fueron La montaña mágica de Thomas Mann, La Odisea de Homero, El Astillero de Onetti, El Quijote de Cervantes, varios libros de Sebald, Coetzee, Bellow, etc. En 2005 regresé al cómic al mismo tiempo que empecé con las series. El prólogo de Eloy a Golpes. Ficciones de la crueldad social y Afterpop me hicieron darme cuenta de que tenía un pasado pulp que me podía ser muy útil para lo que quería escribir. Y que un ensayo era posible.
¿Por qué un libro de series y no de cómics?
Escribo de lo que me apasiona. Escribí sobre cómics de superhéroes en el capítulo Héroes de Teleshakespeare porque es una pasión mía, aunque menor comparada con las series. Todavía no eran un boom cuando empecé a verlas sistemáticamente. Ni lo eran del todo cuando publiqué Los muertos, y al año siguiente Teleshakespeare. El ensayo es consecuencia de la novela: vamos a ver en qué contexto creativo han pensado su intervención Mario y George (protagonistas de Los muertos).
Te he escuchado decir que Los muertos se “adelantó a su tiempo”, que ahora es más leída porque las personas ven más series. ¿Lo es también por la propuesta misma del libro?
Tengo la sensación de que Los muertos y Teleshakespeare se publicaron antes del momento adecuado porque todavía no existía el público al que iban dirigidos. No me arrepiento en absoluto. Los libros encuentran sus lectores. La literatura, por otro lado, no tiene que ser políticamente correcta ni debe preocuparse por sintonizar con su tiempo. Uno escribe lo que tiene que escribir.
Dices que cada año se bate un récord en la teleadicción y que el estupefaciente se llama personaje. ¿Ha cambiado o sigue siendo el mismo?
A juzgar por Better Call Saul, The Knick o Vikings, siguen predominando las series con un protagonista fuerte, magnético. A mí me interesan más las series que ponen en un lugar protagónico el concepto, como Black Mirror, que es una serie que podrían haber firmado Mario y George.
¿Y no nos está empezando a gustar ver morir a esos personajes?
Cada serie tiene su propia lógica respecto al deseo, o no, de la muerte. En The Good Wife, por ejemplo, no existe. En cambio, en Games of Thrones es parte del encanto. En cualquier caso, sin esa posibilidad no existiría la lógica de mi novela: los muertos de la ficción y su más allá.
¿Existe actualmente una serie a la cual le quede el término «telenovela» que propones en Teleshakespeare?
Todas las series son «tele-novelas». Estamos ante el triunfo de la novela como metagénero: la novela gráfica, el videojuego novelesco, las series narrativas, etcétera.
Mad Men acaba de terminar y recuerdo que hace poco escribiste que lleva dos temporadas sin ser realmente buena; parece que hay una especie de embeleso. ¿Qué tanto afecta para seguir pensando que una serie es buena aunque ya no lo sea?
Escribí Teleshakespeare durante la cuarta temporada de Mad Men. Se nota mi entusiasmo, en esos momentos era una serie extraordinaria. Tal vez una de las mejores cinco de la historia. Ahora no sé. El fenómeno es tan fuerte que paraliza la crítica. Dejó de interesarme lo que cuenta, pero me interesa mucho todo lo que hay a su alrededor.
¿Game of Thrones te entusiasma?
Sí, creo que mantiene un nivel muy alto. Posee esos momentos épicos, en el sentido clásico, que son tan infrecuentes en la ficción serial.
Los huérfanos y Los turistas son una dicotomía perfecta: la primera es un encierro físico total, con ninguna esperanza de futuro a la cual ceñirse porque todo ha acabado; la segunda es una transición viajera en la que el inicio del nuevo siglo presagia el inicio de un nuevo futuro. ¿Por qué escribir Los muertos y pensar en esos personajes y sus derechos?
La idea de crear una ficción dentro de una ficción, a partir de la muerte y no de la vida, se me ocurrió mientras viajaba por Medio Oriente. Me pareció que podía ser una manera interesante, tal vez nueva, de hablar del genocidio. Una vez que puse las ideas en marcha y las encarné en personajes que no tienen por qué parecer personas, las digresiones me fueron llevando hacia esa especie de «ontología de la ficción». Pensar la substancia de la imaginación, su política y su derecho. Todo iniciado por una ficción. Hay una interpretación de la historia del hombre: cómo la filosofía llega después de la poesía, cómo la épica y la lírica y la novela ponen en marcha procesos que después la ciencia trata de resolver. En cualquier caso, no sería capaz de escribir un ensayo al respecto, por eso opto por la novela.
¿Tiene alguna importancia la redención en la trilogía? Hay una especie de resurrección, en cada una a su manera, por lo que debería haber también una mutación, no sólo física sino algo más propio de la identidad.
En la palabra «redención» hay un trasfondo cristiano, religioso, que me incomoda un poco. Sí veo, en cambio, la mutación de la identidad. Su inestabilidad intrínseca. Y también una posible lectura, digamos, utópica. El final de Los muertos, a mis ojos, es utópico. El de Los huérfanos me recuerda al de algunos poemas de Lorca, como «Oda a Walt Whitman» o «El rey de Harlem», donde encontramos figuras mesiánicas (por ahí podría entrar la redención que comentas, quién sabe). En Los turistas se narraría el génesis de esa utopía imposible.
Los creadores de The Dead son dos jóvenes que se arriesgaron y creen que ellos desataron la hecatombe; los creadores de Game of Thrones también son dos jóvenes que quizá se arriesgaron bastante al llevar a la televisión una obra literaria de grandes magnitudes, pero resultó demasiado redituable. ¿Deberíamos preocuparnos por Benioff y Weiss?
Ese es uno de los caminos de la utopía en la trilogía: la posibilidad de negociar con el sistema, de entrar en el ámbito del negocio como un hacker, de retirarse a tiempo, de renunciar a la fama. La utopía es, por definición, irrealizable. Mario Alvares y George Carrington se exilian en una isla desierta; después de dos temporadas de The Dead, se niegan a seguir en el sistema, a fabricar temporadas como churros. En Los huérfanos, Mario narra cómo poco a poco toda la ambición utópica se fue resquebrajando. Ese gran acto de magia, con el que debían ser coherentes, se transforma en duda y aburrimiento.
Creo que la memoria es el gran tema de las novelas, una memoria que hay que perseguir, que te persigue o que simplemente te deja estancado. ¿Sería la memoria algo que hay que manejar con mucho cuidado?
Uno de los referentes de Los muertos es la película Strange Days, donde el personaje es adicto a la droga-memoria de su mujer. Es una buena metáfora: la memoria como adicción, como droga. El problema es cuando la adicción es colectiva. Eso trabajo en Los huérfanos. La memoria como política, el deber de memoria, su perversión.
Perversión es una buena palabra para hablar de Los huérfanos. Parece que los habitantes del búnker son bastante pervertidos: sexo con semisalvajes, violaciones o un hombre masturbándose con una niña. Pero, pensando en que llevan trece años de encierro, quizá no sean en el fondo tan pervertidos, son aún seres eróticos.
Fue difícil. No sabía cómo meterme en la mente de alguien que desea a una niña, pero la propia lógica postapocalíptica me llevó a ello. Ahora que lo pienso, en The Walking Dead cambia todo menos el deseo. Por otra parte, en Los huérfanos cambia todo. Sin duda lo que ocurre en el búnker es pervertido desde nuestro punto de vista, pero en ese mundo en que la humanidad ha sido exterminada hay que atreverse a pensar y a mirar de otra manera.
¿Las mujeres son quienes desencadenan todo?
No sólo eso, en la parte central de Los turistas, en verso, se recorren mil años de historia del viaje y de la lengua española con las mujeres en el centro magnético. Esa voz femenina pone en jaque a todas las voces masculinas de la trilogía.
¿Esa era la idea, poner esas voces en jaque?
No lo pensé entonces. Cuando lo escribí era más una cuestión de lógica interna. La anciana estaba en coma. Se acaba el segundo milenio. Su voz surgió, y surgió en verso y con mucha fuerza. Su voz decía que los hombres somos sombras de las mujeres. Todos los caminos conducen a nuestras madres.
Sin ese monólogo un tanto demencial, la novela no hubiera estado equilibrada. En toda estructura racional hace falta un poco de locura.
Wittgenstein dice que los límites del lenguaje son los límites del mundo. ¿Puede Marcelo, a través del lenguaje, trascender los límites del búnker, o es sólo algo para calmar su locura?
Lo que ha hecho internet es expandir la ilusión de que la lengua y el mundo coinciden. Marcelo, al no poseer internet, se siente huérfano también de esos límites expandidos.
¿Sería posible una New Chinese Fiction? Es decir, ¿alguna potencia mundial podría quitarle ese trono de hierro a Estados Unidos?
La hipótesis que planteo en Los huérfanos es que China podría unir política internacional y producción serial en una especie de soft power de nuevo cuño. Ahora mismo el único país que ha generado mitos pop globales, además de Estados Unidos, es Japón. Veremos qué ocurre con Bollywood, con Brasil, etc. De momento no parece posible el relevo.
En Los turistas, Ridley Scott hace una aseveración importante: «lo peor de la mitología cinematográfica son los fans». Los muertos limita a los fans de una continuidad, de la serie, pero quizá también los alienta. ¿Convertir la ficción en mitología es el gran problema de los fans?
Pienso lo contrario. Los fans son el motivo principal de la ficción. La religión, que es ficción, se debe a sus fans. El problema es el fanatismo. Como dice Henry Jenkins, «todos construimos nuestra mitología personal a través de fragmentos de lecturas». Es radicalmente humano: ser lector, ser fan, llevar a la realidad cotidiana lo que hemos visto o leído. Imitar. Traducir.
Y el extremo de eso es cuando el fanatismo es una cuestión de Estado.
En efecto. La reanimación histórica se puede leer como cosplay obligatorio y de Estado. Como un servicio militar en que eres obligado, en lugar de a vestir uniforme de tu época, a hacerlo de otra época, la Segunda Guerra Mundial, el medioevo samurái.
¿Piensas Los muertos como ficción cuántica?
Hay algunos datos en Los huérfanos sobre la dimensión transmedia del proyecto y sus resultados.
Los muertos, la serie, va más allá de lo que George y Mario pensaron, pero sí, es cierto, nadie descubrió la complejidad de su obra.
Intento pensar el proyecto desde lo que sabemos que hicieron y pretendieron. En el proyecto jugó un papel, por ejemplo, la novia de George, pero no sabemos bien quién fue ni qué hizo del todo. Tal vez con Los difuntos, el epílogo de la trilogía, descubramos algo más. En septiembre. Ocurre en 1900. Nueva York. Entre western y steam punk. No sé por qué la escribí, supongo que era adicto al proyecto. Creo que es una buena conclusión de todos esos años dedicados a la ficción y a la ficción sobre la ficción.