En México, dos golosinas siempre aparecen juntas: las alegrías (muéganos dulces de semillas de amaranto) y las pepitorias (obleas de trigo con miel y semillas de calabaza). Los mexicanos tenemos claro que esta pareja está obligadamente unida pues es tradición que quien vende una siempre venda la otra (y sólo la otra).
Me pregunto si esta unión tiene que ver con algo que se dice por ahí: que al conquistar el país, los españoles prohibieron el cultivo del amaranto con el fin de aniquilar el antiguo ritual en que los mexicas consumían su semilla mezclada con sangre humana. A cambio introdujeron la hostia cristiana, oblea que tenía un simbolismo afín pero sin verdadero canibalismo.
Ahora me pregunto si al desaparecer la prohibición, alegrías y pepitorias habrán quedado ligadas unas a otras como forma de rememorar la contigüidad de esos rituales y neutralizar —esta vez de manera dulce— la reminiscencia del antiguo festín sangriento.
Desde hace unos años el mundo ha visto a la televisión tomar el lugar que le correspondía al cine como fuente de innovación narrativa, pero en México aún estamos lejos de todo lo que rodea a la experiencia televisiva. Por eso convocamos a cinco jóvenes críticos y guionistas a discutir sobre el estado actual de la producción audiovisual y las diferentes formas que existen de escribir crítica, hacer guiones o, incluso, ver la televisión. De esta manera, Praxedis Razo nos invita a navegar la web y darnos cuenta de que el verdadero censo es cibernético; Alonso Díaz de la Vega clama por una era de la crítica democrática; Arantxa Luna se pone en el papel de lo que Virginia Woolf llama «el lector común»; Kin Navarro hace zapping y nos muestra la evolución de los formatos televisivos y, por último, Hipatia Argüero explora el mundo de las telenovelas mexicanas, la fuente de trabajo más notable de guionistas en ciernes. Complementamos esta edición con una conversación entre Jaime Muñoz de Baena y Rodrigo Ordóñez, ambos guionistas, que discuten sobre los cambios a nivel nacional del formato televisivo y el impacto que los servicios de streaming o la distribución por canales como YouTube puede tener en la forma en que se escribe cine y televisión en México. Este número de Tierra Adentro también incluye una entrevista con Jordi Carrión, con motivo del lanzamiento de la edición definitiva de Teleshakespeare, además de una crónica escrita por Diego Salas sobre el mundo de las artes marciales mixtas en Xalapa, una selección de poemas del japonés Keijiro Suga y la edición más reciente de La Ceibita. En la edición anterior, decidimos no publicar en portada el trabajo pedido ex profeso a los artistas Bef y Blumpi. Como un espacio siempre abierto al diálogo, Tierra Adentro ofrece una disculpa a los dibujantes.
Es muy sencillo hacerle reproches al pasado. El pasado tiene el defecto de fábrica de ser anacrónico, y nosotros, aquí y ahora, tenemos la fraudulenta virtud de vivir en el presente. Quizá por lo anterior me parecen ridículos los juicios contra aquellos escritores que «eran buenos, pero no se parecían a nosotros, los ultra modernos»; «era un buen escritor pero odiaba la naturaleza»; «era un buen filósofo pero estaba a favor de la monarquía»; «era una buena poeta, pero era monja y ahora es santa», «conocía al ser humano pero era un burgués» y un largo etcétera. Es tanto como juzgar a Virgilio por no haber sido cristiano, y juzgar su obra sólo por haber sido escrita, sí, con una beca del Estado. Solemos hacer del pasado un bárbaro. Y hacemos del pasado un bárbaro para menguar la barbaridad de nuestra sociedad y nuestro presente.
Adelantarse a su tiempo es más difícil, por lo azaroso que resulta, de lo que parece: no sólo por el esfuerzo que implica que un individuo se deslinde, si es que esto es posible, del pensamiento corriente, sino porque también el pensamiento o sensibilidad de ese individuo debe coincidir con las ideas que gocen de prestigio en el futuro. Había escritores que se oponían a los tiranos, pero que eran esclavistas: ¿Por qué? Porque su siglo lo era. ¡Cuántos poetas no celebraron a Napoleón como un libertador; auténticos poetas que si hoy levantaran la voz a su favor serían denostados, y creo, con justa razón!
Adelanté estos dos párrafos para que los siguientes episodios literarios que voy a citar puedan entenderse desde ángulos diferentes, pues de cualquier modo han de parecernos chocantes, cuando no intolerables, por su misoginia. Sólo son fragmentos azarosos de una tradición conformada casi sólo por varones. Pienso de inmediato en el canto XXIII de la Ilíada, esa obra atribuida al quizá autor colectivo de nombre Homero, que trata sobre los juegos fúnebres que se celebraron en honor a Patroclo. En el canto XXII, versos 700-705, se dice:
El Pélida al momento depositó el tercer grupo de premios
para la ruda lucha, tras haberlos exhibido ante los dánaos:
para el vencedor un gran trípode para poner al fuego,
que en el precio de doce bueyes valoraban los aqueos entre sí;
y para el vencido puso en el centro una mujer
diestra en muchas labores, a quien tasaban en cuatro bueyes.
Como es evidente, el segundo premio para los héroes, es decir, el premio para el que llegue segundo, será una mujer. Una mujer griega, según se explica en el contexto, valía eso. El punto de vista de las obras literarias no corresponde siempre al del autor, mucho menos en este caso, donde se trata casi de un autor colectivo, pero sí se puede encontrar en ellas la representación de los usos y costumbres, el reflejo de sociedad y la voluntad de representación o la descripción de un mito que configura una manera de ver al mundo. Sabemos por Homero que en aquel tiempo una mujer estaba tasada en cuatro bueyes.
No quiero ser exhaustivo, quizá por ignorancia ni siquiera pueda serlo. Me gustaría brincar a la Edad Media. Tengo la certeza de haber leído una serie de fabliaux, esas narraciones breves sobre la cotidianidad de los siglos XII y XIII del pueblo llano en Francia, que trataban sobre la perfidia de las mujeres, supuestamente traidoras y poco dignas de confianza. Recuerdo que en una de estas historias una mujer convence a su esposo de que ha muerto, pero que, por una extraña razón, sigue consciente. Lo convence a tal grado que lo recuesta en el establo y, a un costado suyo, se acuesta con otro hombre sin que pueda ofenderse, pues está convencido de que ha muerto. Él, triste y alterado, se resigna a que su esposa tenga otro hombre. ¡En aquellos fabliaux medievales el hombre parece una víctima de las terribles mujeres!
Una víctima romántica, ciertamente. Cambiando de tema, ¡cuántos versos misóginos se han escrito en nombre del amor! Fernando Pessoa, por voz del Barón de Teive, se burla de la a veces ridícula y masculina lógica romántica que convertía a las mujeres en victimarios y a los hombres en víctimas, cuando dice que el fondo de la obra de Leopardi se reduce a un «Soy tímido con las mujeres, por lo tanto Dios no existe»; y el caso más grave de Alfred de Vigny, que se reducía, según él, a un «No soy amado como quiero, por eso la mujer es un ente bajo, mezquino, vil, que contrasta con la bondad y nobleza del hombre». De allí podríamos afirmar que los poemas de amor tan idolatrados por nuestra tradición son poemas de una visión del amor casi exclusivamente masculina, esos poemas de amor que el poetastro «amante de la figura y delicadeza de la mujer» quiere adornar con pétalos de rosa, como cuando Gonzalo Rojas dice en «Las mujeres vacías»: «Menos que meretrices, más que vacas, / merecen un establo / donde haya cien corridas de mujeres / en cuatro patas, con las ubres sueltas».
Alguna vez alguien se preguntó si el Marqués del Sade era misógino: «No, claro que no», me dije al leerlo, «simplemente le gustaban las orgías en que un sifilítico sodomizaba a una mujer y luego la cosía» —siendo sarcástico, claro está. Me preguntarán, ¿alguien siente placer siendo cosido? No lo dudo, pero por favor, recordemos bien la última escena de La filosofía en el tocador y se trata más bien de una violación. El Marqués de Sade como parodia, como concepto es una cosa; tomárselo literal es caer en la ficción de Justine. El mundo del Marques de Sade es el mundo de la inmanencia. Es un mundo en que el placer personal somete a los otros, donde el placer del más fuerte impera. ¿No es un violador un sádico?
Hay una escena de sadismo brutal en una obra escrita unos sesenta años después del Marqués de Sade. Debo reconocer que cuando leí este fragmento de Los cantos de Maldoror, en el Canto III, estrofa 2, no pude sostener la mirada en el libro. Maldoror viola a una niña. Maldoror lleva un perro, al cual le exige que la mate, pero éste replica el acto sexual y entonces Maldoror lo mutila, para luego tomar una navaja y terminar su crimen sádico: hace una abertura en la vagina de la niña y le extrae las entrañas. Creo que, si entendí bien, un lector al leer esto debe sentir asco.
El siglo XIX se confrontó a una generación de escritoras que en nada se parecían a las aristócratas ilustradas que narraban los líos de faldas de la Corte en el siglo XVIII. Sus temas y su influencia en los lectores preocuparon a más de un conservador que reaccionó con hostilidad. No quiero desgastarme en casos penosos; prefiero hablar de uno sorprendente.
Atacar la obra de una mujer haciendo referencia a su género es ya ser misógino. Remitirse a una suerte de «naturaleza» genérica que determina su escritura es caer un determinismo biológico del intelecto y es una forma agresiva y excluyente de justificar cualquier intolerancia. «Escribe así porque es mujer» es la letanía no sólo del macho, sino de la pereza mental a secas. Lo mismo para los temas: creer que existen temas «de mujeres», como señaló algún crítico trasnochado a propósito de la obra novelística de Beauvoir, es una forma perezosa de juzgar. Me sorprendió mucho, por tanto, la manera en Heinrich Heine criticó y explicó su animadversión por el libro De l’Allemagne de Madame, Germaine, de Staël. En una parte se expresa así de las escritoras:
¡Oh, las mujeres! […] Cuando escriben, siempre tienen un ojo puesto en el papel y el otro en algún hombre, y esto se aplica a todas las escritoras, con excepción de la condesa Hahn-Hahn, que sólo tiene un ojo. […] Las mujeres, como todas las naturalezas pasivas, rara vez saben inventar, pero tienen el talento de desfigurar los hechos existentes de una manera tan pérfida, que estas falsificaciones refinadas son más dañinas que las vulgares invenciones de los hombres. Creo que verdaderamente mi difunto amigo Balzac tenía razón cuando una vez me dijo con un tono muy afligido: la mujer es un ser peligroso.
No hace falta defender a Heine diciendo que era moderno en otros aspectos o que no hablaba en serio. Incluso si fuera broma, si lo estuviera diciendo para provocar, representa una idea corriente sobre las escritoras. Heine, que odiaba a todo el mundo, había leído a Germaine de Staël y le había parecido que su libro era malo y que era necesario escribir uno mejor sobre el mismo tema. Al menos estaba renunciando a la indulgencia con que solían y suelen tratar a muchas escritoras editores de dudosas intenciones.
Doy los ejemplos en orden disperso, y quiero dejarlos al criterio del lector. En dos novelas fundamentales del siglo XX, escritas en alemán, ese odio a las mujeres también está presente en los personajes. Hermann Broch retrata a un contador inconforme que odia al mundo al mismo grado que desea perfeccionarlo. Enamora a la dueña de una taberna, una mujer mayor y desangelada. Esch o la anarquía termina así: «Siguieron marchando de la mano y se amaron recíprocamente. En alguna ocasión él la golpeaba aún, pero cada vez con menos frecuencia, y finalmente dejó de golpearla por completo».
En Auto de fe de Elias Canetti, la figura del erudito que desprecia a las mujeres la encarna un tal Peter Kien, sinólogo asexuado que se lía repentinamente con su doméstica, una persona rústica, interesada y tonta. Sin embargo, el verdadero misógino es el velador, Pfaff, que termina siendo el amante de la doméstica. Pfaff el velador terminó sólo con ese empleo porque mató a su hija a golpes.
En fin, no quiero entristecer a nadie.
Nosotros, que nos sentimos puros y ultramodernos, y que vemos con una sonrisa impostada de satisfacción el infantilismo reaccionario del pasado, seremos juzgados también por alguna sociedad que, esperemos (siendo absurdamente positivos), será mejor. No olvidemos, de cualquier modo, que no estamos exentos de defectos que ni siquiera sospechamos. Ya lo dijo Tzvetan Todorov: «No hay peor prejuicio que creer que podemos razonar sin prejuicios». ¿De qué barbaridades nos acusará el Futuro?
En su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua (1965), El lenguaje de la crítica del arte, Justino Fernández refirió:
La crítica de arte tiene un sentido vital porque, por una parte, nos pone en relación con otros hombres del pasado y el presente, por medio de sus obras; por otra, ayuda a establecer una comunicación espiritual entre el arte, los artistas y el público; y, en fin, en esas relaciones el crítico se descubre así mismo y al expresarse se entrega a los demás.[1]
Con esto el filósofo mexicano dejó ver lo espiritual, lo humano y lo sensible de la labor del crítico del arte.
Justino Fernández (1904-1972), dedicó su vida al estudio del arte, a partir de la crítica estética, histórica y filosófica. Realizó una serie de abstracciones para conocer y abordar con seriedad científica el estudio del arte desde la crítica, entre ellas: las condiciones humanas, la relación artista/crítico, la metodología, los valores y el lenguaje.
El autor nos dice que para que el crítico se pueda desarrollar como tal, debe ser afecto a la sensibilidad y la imaginación, así como tener la capacidad de análisis e interpretación. Es entonces el crítico, un complejo humano que parte de la sensibilidad, que analiza y que, gracias a los conocimientos estéticos, históricos y filosóficos, construye interpretando. La belleza la entiende como una teoría de la sensibilidad, que revela el principio de la realidad humana en un cierto periodo histórico. Así nos refiriere que lo que llamamos belleza en relación con el arte, es un sentido emocionante que se produce en nosotros gracias a una obra de arte. Ésta no es sino un complejo de intereses vitales puestos o compuestos en un cierto orden por el artista para crear un efecto atractivo y revelador.[2]
Partiendo de esto, y gracias a los estudios históricos, se puede conocer la originalidad de una obra, descubrir su proyección a futuro y entender la respuesta de una corriente artística a otra. La sensibilidad y la historia se integran cuando la primera pasa a ser revelación histórica, es decir, conciencia histórica del hombre en el mundo. La historia también completará y dará contenido a la conmoción sensible producida por la experiencia ante la obra de arte. Con base en lo anterior, la filosofía permitirá la construcción de conceptos, así como posicionar, estructurar y abrir horizontes para el análisis del arte.
Para Fernández, la importancia de la interiorización de la obra radica en el conocimiento del artista creador. Este entendimiento fue el que experimentó con la obra de José Clemente Orozco, comprendiendo su pintura como la asimilación del drama de la existencia del hombre, en el que éste se reconoce como finito, no estancado en sus peculiaridades históricas, sino reconociendo dichas particularidades como «la contingencia y la finitud que hacen posible su existencia».[3]La relación crítico/obra/artista la entiende desde la coincidencia de la «síntesis expresiva de las condiciones» tanto del artista como del crítico respecto de la obra de arte. Refiere que «la cuestión de la crítica radicará en la coincidencia entre las condiciones de uno y otro, considerados como polos de un mismo eje».[4] En su más alto nivel, la crítica del arte, «es testimonio de relaciones humanas; es la expresión de cómo un hombre, el crítico, siente, comprende e imagina que es otro hombre, el artista, partiendo siempre de la obra u obras específicas».[5] Entonces, el valor de la relación entre el crítico y la obra es por la relación profunda entre aquél y el artista.
Las condiciones del crítico no son las únicas para la construcción de la crítica del arte. También su metodología es fundamental. Para Justino Fernández las fuentes primordiales del crítico son el cómo y el qué ha expresado el artista; a continuación aplica métodos históricos-comparativos para conocer la originalidad de la obra, así como sus implicaciones circunstanciales y universales. Entonces, tendrá pleno conocimiento de la obra y conocerá la relación directa entre ella y el creador. Posteriormente, se establecerán las coincidencias profundas entre el crítico y el artista, comprendiendo así a éste y su obra. El proceso se revela desde la adquisición de la información y el análisis formal para terminar con la interpretación.
A través de sus estudios, los valores que rescata Fernández son la originalidad creativa, las «bellezas impuras» (complejas, técnicas, históricas y particularidades, con intereses vitales reveladores), la belleza en relación con la sensibilidad (poniendo «en movimiento una cierta dirección al complejo de potencias, de posibilidades, de intereses vitales del espectador, su pensamiento y su imaginación…»,[6] la proyección a futuro y la universalidad (el arte mexicano es universal en la medida en que es vía para la comprensión de la vida como finita para el ser humano), entre otros.
Para Fernández el uso del lenguaje resulta esencial para la crítica delarte. El lenguaje debe ser acertado (ordenado, claro, cuidadoso, técnico y erudito, sin exagerar), para establecer el modo en que el crítico ha comprendido y estimado la obra:
Si su interpretación es justa y penetrante descubre para sí y para otros, con el empleo de un lenguaje adecuado, tanto la manera y la técnica, o sea la forma en que se ha expresado el artista, como la idea expresada por él, sus sentimientos, su imaginación creadora y la belleza alcanzada del tipo que ésta sea; aún más, la de esclarecer el lugar que tenga la obra en la historia y su proyección en la cultura.[7]
La importancia de las condiciones, los valores y la metodología de la crítica resulta primordial al momento de expresar en lenguaje escrito lo que se ha analizado. El lenguaje de la crítica servirá «para comunicar descubrimientos y revelaciones; pero justificándolos paso a paso, con el debido conocimiento, sutileza y cuidado».[8]
A partir de lo anterior, se deduce que Justino Fernández construyó, desde la sensibilidad, el conocimiento humano, la investigación científica y la interpretación, una teoría atemporal y global para la investigación y el análisis del arte. Teoría que, pensando en las piezas, los artistas y las muestras contemporáneas, se puede extender en complejidad y creación a las piezas particulares, a las obras de un artista, así como a las muestras individuales y colectivas, abordando tanto las piezas como las líneas curatoriales y museográficas.
[1] FERNÁNDEZ, Justino, Pensar el arte, UNAM, México, 2008.
[2] FERNÁNDEZ, Justino, Estética del Arte Mexicano, México, UNAM-IIE, 1990.
En todos los deportes-industria que forman parte del sistema comercial son evidentes los sistemas de cooptación del talento emergente; con muchos esfuerzos los equipos chicos consiguen hacerse de verdaderas joyas en cada deporte que, irremisiblemente, será comprado por las organizaciones dominantes, esas grandes entidades multimillonarias y que aglutinan el culto de las masas. En el futbol mundial, esto es un destino manifiesto; afortunadamente, en el basquetbol y el futbol americano de los Estados Unidos han implementado mecanismos que busquen equilibrar las cosas y garantizar una competencia más justa y equilibrada.
Traigo este asunto a colación porque se relaciona con la carrera de un músico escocés lleno de talento que impactó de lleno al circuito global de música electrónica. Hudson debutó en LP hace seis años y fue fichado por el influyente sello Warp. Mientras también acaparaba grandes festivales, reseñas y feligresía con el proyecto llamado TNGHT, un dúo que formaba con el canadiense Lunice, atascado de música crepitante, lenta y oscura.
El hombre no ha dejado de publicar —algunos ejemplos son el ep Satin Panthers (2011), sencillos y trabajar para otros colegas que le pedían sin parar que les hiciera remixes—. Por sus manos pasaron personajes ilustres de la vanguardia como Dan Deacon y Bjork, pero también figuras rutilantes del hip-hop como Drake y Azealia Banks; le interesa por igual trabajar con propuestas tan distantes a lo suyo como las de John Legend y Paolo Nutini.
Arrancó en forma con Butter (2009) e inmediatamente dejó en claro que su perspectiva es muy amplia; se le considera un especialista de los bajos pero también alguien interesado en lograr un brusco viraje del hip hop y capaz de incorporar incluso elementos de la música clásica. Vertiginosamente, se apuntaló con una estrella emergente de la electrónica. Su visión de futuro no pasó desapercibida.
Fue fichado nada menos que por Kanye West para trabajar a tiempo completo para su compañía, G.O.O.D. Music, participando en la recopilación Cruel summer (2012) y el coyuntural Yeezus (2013). Un tipo tan sagaz como el rapero, con el sentido comercial tan afilado, entrevió todo lo que el británico podría aportar a sus producciones. A cambio, lo presumió por doquier e hizo que en las altas esferas de la industria también fuera muy apreciado (su presentación conjunta en los Brit Awards fue clave).
Para 2014 es elegido, nada menos, que por la compañía Apple para musicalizar la campaña de lanzamiento de la MacBook. Los encargos casi no le dan tiempo libre, pero ha tenido que tomar la decisión de concentrarse en su estudio del este de Londres para terminar un muy espaciado segundo LP. Ha dejado en claro en repetidas ocasiones que no le interesaba hacer un disco de hip hop como tal —y que tal vez jamás lo haga—, que tenía de su lado lo que le aprendió del legendario productor Rick Rubin en el estudio y que se alejaría del tipo de piezas con que sus escuchas lo habían identificado hasta la fecha. Al periodista español Juan Monge le declaró: «Sé que las voces sintetizadas de registros imposibles son parte de mi sonido, pero sentía que las había agotado como un elemento clave en mis temas».
Lantern fue acogido una vez más por Warp y tras un comienzo instrumental breve acomete con la brillante «Very First Breath», en la que colabora vocalmente Irfane. Ross Birchard —nombre de pila del artista— toma como materia prima al soul y lo lleva hasta su laboratorio experimental. «Ryderz» tampoco no nos dejará mentir.
En los 14 temas que lo conforman hay espacio para diferentes tendencias; existe trap, future bass y Uk Garage, también acepta un toque cósmico y pasajes orquestales. Tal vez un buen efecto de esta aventurada mixtura sea «Indian steps» en la que canta Antony y participa Oneohtrix Point Never (Daniel Lopatin); que además anticipa el disco conjunto en el que están trabajando (ya en su parte final).
Fueron muchos talentos involucrados en su concepción total; no sólo Kanye dio su opinión sino que el afamado Mark Ronson aportó lo suyo, así como los locutores de la BBC Radio 1 Benji B y Zane Lowe. A la postre un mosaico absolutamente contemporáneo en el que también destaca el hiphopero estrella Miguel, conduciendo «Deepspace».
Entre tanta ilustre pasarela sorprende que el primer impacto masivo haya sido «Scud Books», probablemente porque puede adaptarse a una sesión más eufórica. Ross despega en la misma nave que Woodkid, Lapalux y Arka para emprender la exploración de galaxias musicales desconocidas. Lantern tiene por igual puntos de estallido y espacio para el remanso.
Hudson Mohawke acumula méritos para ser una de esas figuras que anticipan las tendencias. La Linterna que ahora manipula ilumina el futuro camino de la electrónica. ¡Es momento de despegar junto a él!
Un calor ignoto y chorreante mueve las cortinas de tela anaranjada de mi infancia. La memoria es una patria difusa conformada por territorios que se transmutan en épocas; por sensaciones que ocupan el lugar de personas y por pulsos que levantan tormentas apenas se perturba una débil partícula. En mi caso, se cuentan un tamarindo gigantesco en el patio de una casa en la Onceava Poniente Sur que hoy es una refaccionaria, y las manos de mi abuela que hoy tal vez serán un pájaro o también un tamarindo. Como hijo único crecido en la ciudad de México, de niño tuve una soledad más o menos feliz, un perro en un departamento y algunas batallas en el Pérsico, interrumpidas por un viaje anual para visitar a mis abuelos en Tuxtla. Casi puedo decir que ahí aprendí a tener familia, ahí vivieron siempre casi todos mis primos, los únicos con los que podía robar cervezas del refrigerador de los adultos. Ahí aprendí también cómo la vida a veces se va volviendo frágil y se pierde lo que uno ama; mientras el sol se va moviendo despacio para llegar otra vez al lugar de siempre.
Así, el viaje turbulento por el país de la memoria nos depara horas de consuelo y desconsuelo. Tal es su naturaleza inestable. La poesía, en cambio, nos devuelve lo perdido; lo mejora. Es una de nuestras pocas venganzas contra el olvido y contra el caos; el complemento del recuerdo. Por eso agradecí tanto la lectura de Solana de Fernando Trejo. Llegó a mis manos por encargo de Avril Blanco, antigua editora del Fondo Editorial Tierra Adentro, con la encomienda de realizar una fotografía para su portada. Debo admitir cierto escepticismo respecto de la poesía mexicana contemporánea; tal vez porque me considero ajeno a mi propia generación o porque me cuesta trabajo leer versos en lenguaje binario; pero aquí no había acrobacias ni espejismos, solamente poesía, la misma vieja y dura afluente de los grandes maestros. Leí el libro como si lo hubieran escrito para mí. Como he leído a Vallejo, a Rojas o a Huidobro, con la certidumbre de descubrir una verdad que nadie más habría podido revelar y que, sin embargo, siempre ha formado parte de uno.
Entonces, tomé el encargo como una misión personal. La historia del libro, sus imágenes, su pulso entrañable me eran tan afines que parecía demasiado para ser una coincidencia. Precisamente por ello la ejecución no fue fácil, o al menos, no en primera instancia. Aunque el autor tenía una idea muy clara, mi primer impulso fue resistirme. Su intención era partir de una foto en la que figuran él y su primo Carlos (a cuya memoria está dedicado el libro) en una azotea. La foto en sí era casi un milagro, puesto que su padre, quien la había tomado, no acostumbraba nunca hacer retratos y, según me confió, éste fue probablemente uno de los últimos que se le hayan hecho a su primo antes de su prematuro fallecimiento. Parecía imposible reproducir algo semejante haciendo justicia a tal historia y sin resultar artificial. Así que me fui por las ramas y tomé un montón de fotos de parajes, cielos azules, coches abandonados sin que nada me convenciera. Luego recurrí al Photoshop y le entregué a la editora una fotografía digna de un cartel publicitario. «Está muy bien» me dijo «pero no es la portada que estamos buscando». Tenía razón.
Entonces, una mañana desperté, subí a la azotea de mi casa y la foto casi estaba ahí. El sol brillaba a plomo y los recuerdos. En algún momento, durante las semanas que duró el proceso, le había escrito un correo al autor del libro, Fernando Trejo, en el que le hablaba de mis recuerdos de Tuxtla y le decía que, de maneras misteriosas, algunos caminos se entrecruzan. Parado ahí bajo el sol con la cámara en la mano, recordé aquello y pensé que la única manera de terminar el trabajo era asumiendo que yo formaba parte también de esa historia. Entonces me metí en la foto y disparé. Terminó siendo una especie de autorretrato de mi sombra, que ahora forma parte del libro, del mismo modo en que su infancia y la de su primo Carlos son un poco la mía y la de toda nuestra generación.
Cuando le escribí aquel correo a Fernando, omití decir que la última vez que estuve en Tuxtla intenté regresar, pero fui incapaz de permanecer frente a la refaccionaria donde, para mí, todavía está la casa familiar, donde se yergue aquel tamarindo y donde mis primos y yo podíamos robar cerveza del refrigerador de los abuelos. Tampoco le dije que su libro me hizo volver a encontrarme con una parte importante de mi vida. Ahora pienso que tengo pendiente otro viaje a su ciudad. Tal vez ahora pueda regresar a la Onceava Poniente y echar una última ojeada a aquella casa tan entrañable. También conocerlo a él; agradecerle personalmente por encontrar las palabras precisas para hablar de todo eso tan difícil e inasible que es la memoria humana; la suya, la nuestra. Mientras, mi sombra figura en la portada de su libro, donde se resguardan muchos recuerdos compartidos. A veces, de maneras misteriosas, algunos caminos se entrecruzan.
Un calor ignoto y chorreante mueve las cortinas de tela anaranjada de mi infancia. La memoria es una patria difusa conformada por territorios que se transmutan en épocas; por sensaciones que ocupan el lugar de personas y por pulsos que levantan tormentas apenas se perturba una débil partícula. En mi caso, se cuentan un tamarindo gigantesco en el patio de una casa en la Onceava Poniente Sur que hoy es una refaccionaria, y las manos de mi abuela que hoy tal vez serán un pájaro o también un tamarindo. Como hijo único crecido en la ciudad de México, de niño tuve una soledad más o menos feliz, un perro en un departamento y algunas batallas en el Pérsico, interrumpidas por un viaje anual para visitar a mis abuelos en Tuxtla. Casi puedo decir que ahí aprendí a tener familia, ahí vivieron siempre casi todos mis primos, los únicos con los que podía robar cervezas del refrigerador de los adultos. Ahí aprendí también cómo la vida a veces se va volviendo frágil y se pierde lo que uno ama; mientras el sol se va moviendo despacio para llegar otra vez al lugar de siempre.
Así, el viaje turbulento por el país de la memoria nos depara horas de consuelo y desconsuelo. Tal es su naturaleza inestable. La poesía, en cambio, nos devuelve lo perdido; lo mejora. Es una de nuestras pocas venganzas contra el olvido y contra el caos; el complemento del recuerdo. Por eso agradecí tanto la lectura de Solana de Fernando Trejo. Llegó a mis manos por encargo de Avril Blanco, antigua editora del Fondo Editorial Tierra Adentro, con la encomienda de realizar una fotografía para su portada. Debo admitir cierto escepticismo respecto de la poesía mexicana contemporánea; tal vez porque me considero ajeno a mi propia generación o porque me cuesta trabajo leer versos en lenguaje binario; pero aquí no había acrobacias ni espejismos, solamente poesía, la misma vieja y dura afluente de los grandes maestros. Leí el libro como si lo hubieran escrito para mí. Como he leído a Vallejo, a Rojas o a Huidobro, con la certidumbre de descubrir una verdad que nadie más habría podido revelar y que, sin embargo, siempre ha formado parte de uno.
Entonces, tomé el encargo como una misión personal. La historia del libro, sus imágenes, su pulso entrañable me eran tan afines que parecía demasiado para ser una coincidencia. Precisamente por ello la ejecución no fue fácil, o al menos, no en primera instancia. Aunque el autor tenía una idea muy clara, mi primer impulso fue resistirme. Su intención era partir de una foto en la que figuran él y su primo Carlos (a cuya memoria está dedicado el libro) en una azotea. La foto en sí era casi un milagro, puesto que su padre, quien la había tomado, no acostumbraba nunca hacer retratos y, según me confió, éste fue probablemente uno de los últimos que se le hayan hecho a su primo antes de su prematuro fallecimiento. Parecía imposible reproducir algo semejante haciendo justicia a tal historia y sin resultar artificial. Así que me fui por las ramas y tomé un montón de fotos de parajes, cielos azules, coches abandonados sin que nada me convenciera. Luego recurrí al Photoshop y le entregué a la editora una fotografía digna de un cartel publicitario. «Está muy bien» me dijo «pero no es la portada que estamos buscando». Tenía razón.
Entonces, una mañana desperté, subí a la azotea de mi casa y la foto casi estaba ahí. El sol brillaba a plomo y los recuerdos. En algún momento, durante las semanas que duró el proceso, le había escrito un correo al autor del libro, Fernando Trejo, en el que le hablaba de mis recuerdos de Tuxtla y le decía que, de maneras misteriosas, algunos caminos se entrecruzan. Parado ahí bajo el sol con la cámara en la mano, recordé aquello y pensé que la única manera de terminar el trabajo era asumiendo que yo formaba parte también de esa historia. Entonces me metí en la foto y disparé. Terminó siendo una especie de autorretrato de mi sombra, que ahora forma parte del libro, del mismo modo en que su infancia y la de su primo Carlos son un poco la mía y la de toda nuestra generación.
Cuando le escribí aquel correo a Fernando, omití decir que la última vez que estuve en Tuxtla intenté regresar, pero fui incapaz de permanecer frente a la refaccionaria donde, para mí, todavía está la casa familiar, donde se yergue aquel tamarindo y donde mis primos y yo podíamos robar cerveza del refrigerador de los abuelos. Tampoco le dije que su libro me hizo volver a encontrarme con una parte importante de mi vida. Ahora pienso que tengo pendiente otro viaje a su ciudad. Tal vez ahora pueda regresar a la Onceava Poniente y echar una última ojeada a aquella casa tan entrañable. También conocerlo a él; agradecerle personalmente por encontrar las palabras precisas para hablar de todo eso tan difícil e inasible que es la memoria humana; la suya, la nuestra. Mientras, mi sombra figura en la portada de su libro, donde se resguardan muchos recuerdos compartidos. A veces, de maneras misteriosas, algunos caminos se entrecruzan.
Leí Solana, de Fernando Trejo. Lo leí un jueves y lo leí días después de la muerte de mi primo Iván. Eso, y las condiciones meteorológicas de la ciudad, provocaron en mí un pequeño llanto que de la nada apareció como arroyo sin cause. Solana, debo ser honesto, reivindicó mi postura hacia la poesía de Fernando Trejo.
«De ti nace el refugio de los ciegos. De ti la cicatriz del beso. La mancha de la eyaculación…»
Hoy escribo con el café a un lado. Escribo desde un estado contemplativo y a distancia de la lectura. Escribo desde un escritorio, cual oficinista de estos tiempos. Soy lector antes que otra cosa e, independientemente de todos los cánones establecidos para reseñar libros y hacer una crítica, hay una regla, un libro te gusta o no te gusta, un libro te provoca o no te provoca y a partir de ahí, uno debe de empezar a ejercer parte del oficio.
«Nadie sabía, Carlos, dónde andaría de Dios tu caminar al día siguiente…»
Solana me ha gustado por su lenguaje, me ha provocado por su historia. Solana es un viaje a una adolescencia ocurrida bajo el cielo y el calor de una ciudad, Tuxtla o cualquier otra, el descubrimiento de un camino donde vibra la vida y también la muerte. Es el viaje al Ítaca del comienzo de nuestra juventud. Leer Solana es travesar la intimidad de dos primos que se convierten en amigos y ambos, comienzan a descubrir el mundo. Es un poemario catártico que nos va develando la inocencia, los miedos, el deseo, la rebeldía, tan propia de esa patria de la que todos, tarde o temprano, hemos sido exiliados.
«Comíamos en tu casa dos o tres veces por semana. Por las fechas de lluvia cuando el paraíso es un inferno y la ciudad (cualquiera) se vuelve un terraplén de hojas y fantasmas…»
Podría comparar el libro con otros dos poemarios escritos años antes sobre el mismo tema pero, honestamente, nunca se me ha hecho justo decir que este libro se parece a otro y que sólo cambia el lenguaje y se adecua al tiempo. Tampoco he creído en aquellas reseñas en las que se dicen que tal autor es ahora el nuevo Neruda o nuestro Tomas Tranströmer de la literatura chiapaneca o mexicana. Hoy, Fernando se sostiene por un trabajo limpio, que ya ha dejado de ser, desde hace mucho tiempo, un conjunto de ejercicios poéticos.
«Por nuestra historia. Porque los pasos en la tierra la lluvia los carcome…»
Uno debe de reconocer en sí, el trabajo que hay detrás, la lucha constante por encontrar una voz, la búsqueda de todos los días, el camino que ha recorrido el escritor a través de los años. Y quienes nos asumimos, con un poco de decoro, escritores o poetas, hemos aprendido a respetar el trabajo y a reconocer el acto de fe que existe al construir otra realidad a partir del lenguaje.
«Pero nadie te dijo, Carlos, nadie supuso al día siguiente cómo tallar a la pared tu nombre, cómo entablar una conversación contigo por medio de la nada…»
Solana es un maravilloso canto a esa inocencia, hermandad y complicidad que ocurre entre primos y hermanos. El libro, un poemario por demás catártico, es un ajuste de cuentas a la memoria de Carlos, cómplice y primo entrañable de Fernando en aquellos años donde el mundo apenas comenzaba a develarse. Es también la letanía y el rezo hacia eso que perdemos y que, tarde o temprano, se vuelve oscuridad, «oscuridad que no es más que un aleteo de sombras…».
*Solana, Mención Honorífica del Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino. Fernando Trejo (Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, 1985).