Tierra Adentro
Fotografía de Wenuan Escalona
Fotografía de Wenuan Escalona

En el crepúsculo gris de un octubre que ya no recordaba el esplendor de los antiguos otoños soviéticos, Maksim Mest regresó a su morada, una construcción anónima de ladrillos ennegrecidos que el tiempo y la negligencia habían reducido a una sombra de sí misma. La fábrica Krupskaia & Putilov, donde sus horas se consumían en labores repetidas y sin gloria, le había dejado en las manos no solo el cansancio, sino también una especie de vacío sin metafísica.

Al cruzar el umbral de su apartamento, Maksim se encontró con una carta. El sobre, de un papel áspero y amarillento, llevaba el sello de una exrepública soviética, un lugar que ya solo existía en los mapas de sus recuerdos. La caligrafía era extraña, casi arcaica, como si hubiera sido escrita por una mano que desconocía el presente.

Al abrirla, Maksim intuyó algo terrible. El texto, breve y lacónico, constaba de ocho líneas. El remitente parecía vacilar entre la urgencia de la noticia y el peso de las palabras que informaban que el señor León, su progenitor, había ingerido por descuido una dosis letal de aconitina y fallecido en el hospital Kachkovski-Makovski, en la calle Gonchára, 33 b, el día 25 de aquel mes. El mensaje estaba firmado por un tal Bogdan Yeltsivitch, de Tallin, compañero del sindicato de su padre, quien ignoraba que se dirigía al hijo del difunto.

Maksim se sintió burlado. No por el contenido de la carta, sino por el sello, por el autor, por el destino que había tejido una narrativa tan absurda como inevitable. El aturdimiento que lo embargó no era solo el del duelo, sino el de una revelación: la vida de su padre, como la suya propia, era un desencuentro de injusticias, casualidades y equívocos. Recordó entonces una tarde lejana, cuando aún era niño, y su padre le contó la historia de un hombre que, al morir, descubrió que toda su existencia había sido el sueño de otro hombre. En ese momento, Maksim comprendió que la muerte de su padre era, de cierta manera, la muerte de una ilusión, la desintegración de un mundo que ya no estaba allí.

Maksim, distraído por imágenes que cruzaban su mente, como espectros de un tiempo ya extinto, no notó que la carta se deslizó al suelo, donde quedó reposando como un artefacto olvidado de una civilización pérdida. Su sensación inicial fue de un malestar que se manifestaba en su cuerpo, instalándose en el abdomen e irradiando intensos pinchazos en la parte trasera de las piernas, que, poco a poco, lo consumían.

La muerte de su padre fue, para Maksim, como un apocalipsis particular, el último evento que podría ocurrir en el mundo. Y una vez iniciado, seguía ocurriendo indistintamente, como un río que no cesa de correr incluso después de alcanzar su meta. La muerte, comprendió, no era un momento, sino un proceso continuo, una sombra que se extendía sobre el tiempo y la distancia.

Entonces, con un gesto casi automático, Maksim recogió la correspondencia que yacía en el piso y se dirigió a su habitación. Como alguien lleno de certeza, la guardó en el cajón, entre papeles y objetos sin importancia. Allí, la carta aguardaría, como un enigma por descifrar.

Vislumbraba el futuro próximo. Probablemente, ya estaba allí, guardado en aquel cajón, lo que habría de ocurrir. El tiempo, lo sabía, era una espiral donde pasado, presente y futuro se entrelazaba. La muerte de su padre era solo un eslabón más en esa cadena, un evento que ya había ocurrido y que seguiría ocurriendo, como un eco indisoluble.

Aquella noche, mientras el silencio envolvía el apartamento y el mundo exterior parecía desvanecerse en la oscuridad, Maksim se sentó al borde de la cama y contempló el cajón cerrado. Allí yacía no solo una carta, sino toda la complejidad de su propia existencia.

En una espiral en crecimiento, el joven Mest, a pesar de la cultura patriarcal que lo rodeaba como un muro invisible, derramó lágrimas durante todo el día. Lloró no solo por la muerte del señor León Listrov –que antes se llamaba León Mest–, sino por el fin de un mundo que ya no existía. El suicidio de su padre era, para él, no solo una tragedia personal, sino el colapso de un orden cósmico, el derrumbe de un universo que hasta entonces había parecido inmutable.

Vino a su cabeza, como un río que desborda sus márgenes, los recuerdos de los veranos en la casa de campo al sur de la ciudad, cerca del palacio de Peterhof. Allí, entre bosques y lagos, el tiempo parecía suspenderse, como si el mundo exterior no tuviera poder sobre aquel pequeño fragmento de eternidad. Recordó las pescas y los paseos en barca con su padre, cuando el silencio entre ellos se llenaba solo con el sonido de los remos y el canto de los pájaros.

Evocó los paseos al atardecer por los bosques, donde la luz del sol filtrada por las hojas creaba patrones efímeros en el suelo, un mosaico que se desvanecía con cada paso. Recordó también a los animales que la familia criaba, no por lujo, sino por necesidad, para garantizar su propia subsistencia. El trabajo en la huerta, a veces divertido, a veces agotador, era una lección de vida que su padre le había enseñado sin palabras. Allí, entre hileras de legumbres y verduras, Maksim había aprendido que la tierra era generosa, pero exigía dedicación y respeto. Y en el jardín de su madre, había descubierto la belleza de aquellos días, un contrapunto necesario a la dureza del trabajo en el campo.

En este instante, sentado en su humilde habitación con las lágrimas secándose en el rostro, Maksim comprendió que aquellos recuerdos eran como islas en un océano de olvido. Cada uno de ellos era el fragmento de un mundo, un mundo que su padre se había llevado consigo al partir. Maksim Mest, sentado en su cuarto, permitió que los recuerdos lo transportaran a aquellas conversaciones familiares después de la cena, cuando el aire aún conservaba el aroma de sopa de remolacha y pan negro. Eran momentos de rara intimidad, donde las palabras fluían como un río tranquilo, pero que a veces revelaban corrientes subterráneas de dolor y desilusión. Fue en una de esas noches cuando su padre, el señor León Listrov, le confió el secreto que explicaba la ruina de la familia.

El recuerdo emergió en la conciencia de Maksim, pesado y confuso, como un sueño que no se disipa al despertar. Recordó el robo de los vouchers, aquellos pequeños papeles que, en el caótico periodo posterior al colapso de la URSS, representaban no solo la esperanza de una vida mejor, sino también la traición de un sistema que había prometido igualdad y había entregado desolación. El señor León Mest, con voz grave y los ojos fijos en el vacío, declaró que el estafador no era otro que Vladimir Putilov, exdirector del sindicato de metalúrgicos de la antigua fábrica Kirovzal.

Putilov, hombre astuto y sin escrúpulos, se había aprovechado del colapso de la Unión Soviética como un buitre que se alimenta de carroña. Veloz como un relámpago, se convirtió en el único dueño de la otrora poderosa fábrica, grabando con oportunismo y sin ocultar su vanidad su propio nombre en la marca de la decrépita estatal soviética. La fábrica Krupskaia & Putilov, donde Maksim trabajaba ahora, era un monumento a la traición y la codicia.

Desde 1992, Maksim había guardado bajo siete llaves el secreto que su padre le confió. Nunca lo había revelado a nadie, ni siquiera a su mejor amigo, Dimitri Yatsar. Quizás por no querer alimentar su propio sentimiento de venganza. O tal vez porque, en el fondo, sabía que la verdad era un arma de doble filo, capaz de cortar tanto al verdugo como a la víctima.

El hecho era que el propio señor Piotr Putilov tampoco tenía conocimiento de aquella confidencia. Para él, el pasado era una historia que ya no importaba. Pero para Maksim, aquella revelación era una llama que nunca se extinguía, un peso que cargaba en silencio, como guardián de un secreto que probablemente no tenía valor para nadie más que para sí mismo.

El shock económico que barría el país como un viento gélido había condenado a millones de trabajadores al sádico juego de las sociedades regidas por la lógica liberal. Era un mundo nuevo, pero no mejor, donde la promesa de libertad se había revelado como un cruel espejismo, y la igualdad, otrora un sueño colectivo, se había transformado en una pesadilla de competencia y desesperación. Los trabajadores, antes dueños de sus vidas, ahora eran rehenes de una máquina implacable que succionaba sus energías y solo devolvía migajas.

Maksim Mest, como tantos otros, sentía el peso de esta nueva realidad. La fábrica Krupskaia & Putilov, otrora símbolo de orgullo y resistencia, era ahora un lugar de desesperanza donde el trabajo no dignificaba, sino que solo agotaba. La huelga, como un grito de rebelión, se había instalado entre los camaradas de su sector. Eran hombres y mujeres cansados pero no derrotados, que buscaban una respuesta a la injusticia que los consumía.

Esta vez, sin embargo, la respuesta no sería la misma que había destilado una revolución violenta capaz de cambiar radicalmente siglos de dominio despótico. Ahora se trataba de una lucha sin estrategia, por, para y en nombre apenas de la supervivencia diaria. Era una batalla sin gloria, donde la única certeza era la incertidumbre del mañana. Y sin embargo, incluso en esta lucha desesperada, se repetían los instrumentos de resistencia contra una economía vampírica que chupaba la sangre de los trabajadores sin piedad.

Intentando contener la agresividad que se aproximaba como una tormenta, Maksim se posicionó contra cualquier tipo de violencia. Sabía que la violencia, por más justificada que pareciera, era un callejón sin salida, un bosque oscuro. En cambio, proponía la resistencia pacífica, la unión de los trabajadores en torno a una causa común, la búsqueda de soluciones que no destruyeran lo poco que aún les quedaba.

Pero Maksim también sabía que su voz era solo una entre muchas, y que la rabia y frustración de los trabajadores eran como un volcán a punto de entrar en erupción. Veía en los ojos de sus camaradas la misma desesperanza que sentía en su propio corazón, y sabía que, tarde o temprano, todo explotaría.

A las dieciocho horas, justo al terminar su jornada, Mest se dirigió a un club de contornos ambiguos en las afueras de la ciudad. El recinto semiclandestino albergaba una sauna, un bar, varias mesas de billar y una piscina, elementos que componían una ritualística masculina, un refugio donde los hombres se reunían para compartir historias, chistes vulgares y consumir alcohol tras la rutina laboral. Para entrar, debió deletrear su nombre y patronímico, presentar un documento que acreditara su mayoría de edad y soportar con resignación las bromas groseras que resonaban incesantemente en aquel lugar.

Mest y Dimitri conversaban sobre los planes para el domingo, sobre novias y amores pasajeros. Mest, a pesar de su imponente estatura y complexión robusta, se consideraba falto de suerte cuando el tema eran las mujeres. Permaneció en silencio mientras Dimitri disertaba con entusiasmo. En el ambiente, varias mujeres trabajaban, y una de ellas, joven y de mirada penetrante, cruzó su vista con Mest antes de dirigirse a un hombre más viejo que se encontraba a cierta distancia. Mest, intrigado, sospechó que aquel podría ser Vladimir Putilov, alguien que le resultaba familiar aunque no sabía exactamente por qué. La curiosidad lo consumió, pero antes de que pudiera acercarse para disipar la duda, se alejó con una animosidad que no supo explicar.

Ya en casa, Mest preparó una sopa de origen georgiano, un plato común en su ciudad natal que le traía consuelo y nostalgia. Tras la comida, se acostó y cayó dormido rápidamente. Así, el viernes 25 de octubre llegó a su fin, dejando tras de sí preguntas sin responder y una sensación de inquietud que persistiría en los días siguientes, como un hilo invisible conectando los eventos de aquella noche.

Al día siguiente, Mest despertó muy temprano, invadido por una ansiedad cuyo origen no lograba discernir. Era una inquietud sutil, el embrión de algo ignoto, pero no una angustia. Había, sí, una atenuación, un alivio casi imperceptible al constatar que seguía vivo aquella mañana. No tenía la obligación de escribir un guion original para sus actos; la ideación y el argumento del destino ya no tenían cabida en sus divagaciones. El desenvolvimiento de los acontecimientos escribía, poco a poco, su historia, y pronto ocuparía la totalidad de lo real.

Al leer el periódico, se encontró con la noticia de que los oligarcas de su país habían apoyado vehementemente al excomunista, ahora elegido presidente. Un odio de clase corrió como sangre por sus venas, un sentimiento antiguo y familiar que siempre lo había acompañado como una sombra. Movido por un impulso que no supo explicar, llamó directamente a la extensión del despacho del señor Putilov. Usó una especie de refrán, sugiriendo que pretendía revelar información que podría ayudar al patrón a contener la furia de los obreros en huelga. Con voz vacilante, informó que iría personalmente al despacho justo después del anochecer. Lo tembloroso de su voz, lejos de delatarlo, contribuyó a la veracidad de sus palabras, dando mayor seguridad a su interlocutor.

Pasó el sábado entero en casa, sin salir del apartamento, ni siquiera para tomar aire. Pensamientos compulsivos de una imposible restauración de la realidad se mezclaban con la añoranza de su padre, una figura que ahora habitaba solo en el reino de los recuerdos. Las horas de aquel día, casi vacías de presente, fueron llenadas por un pasado que insistía en regresar, como un fantasma incansable.

Sin saber exactamente cómo sería su domingo, Mest se dejó envolver por el caos de los recuerdos, que chocaban contra él como olas que insisten en volver al continente. Abrió el cajón donde guardaba los accesorios familiares de pesca y caza, objetos que habían pertenecido a sus parientes y que ahora eran solo reliquias. Entre ellos estaban las pertenencias del tío Sasha, hermano de su padre, un hombre que solía afilar cuchillos y pequeñas navajas con una precisión casi ritual. El tío Sasha, que en realidad trabajaba como proletario en una fábrica de Moscú, era también un hábil cazador, y sus herramientas afiladas parecían contener la esencia de aquellos días en los bosques y a orillas de los lagos.

El joven Mest recordó los veranos e inviernos en que los hermanos se reunían, alternando entre el óblast de Moscú y la región de Leningrado, para pescar o cazar. Era otro ritual masculino, una tradición que unía generaciones. Recordó especialmente un domingo lejano, cuando el tío Sasha y su padre cazaron y despiezaron un jabalí, asegurando el asado que celebrarían más tarde. Maksim Mest tenía solo dieciséis años entonces, y el mundo parecía un lugar más simple, más claro.

Contempló las armas de caza, reliquias de la familia que habían conservado su respetado abuelo, los tíos y su querido padre. Entre los artefactos estaba una TP-82, pequeña arma portátil de emergencia, además de la TOZ-34 y las navajas transferidas PK MOOIR n° 6. Junto a estos objetos de sus parientes, el joven Mest había guardado la carta recibida cinco días atrás. La tomó extendiendo su mano izquierda sobre un objeto; con la otra mano manipulaba un cuchillo de caza y se observaba reflejado en un pequeño espejo frente a su rostro, revisitando el texto. Iba alternando en sus manos los objetos, entre ellos una taza, donde bebía un té mientras la voz de Viktor Tsoi entraba por la ventana de su habitación.

Despertó aquel lunes gris preso de un sentimiento de exasperación; ya no sentía furia solo hacia el asesino, odiaba a toda la humanidad. Poseído, embebido en su cólera, preparó meticulosamente su mochila, encontrando en aquellas circunstancias los espacios oportunos en su interior. Allí colocó las armas de caza familiares; empuñó la foto de su tío y su padre juntos, testimonio de aquel día donde el jabalí fue el botín. Cerró la puerta. Bajó las escaleras precipitadamente, como si fuera un personaje histórico, ágil, investido de su función en el devenir. Abandonó el vetusto edificio soviético. Partió hacia el trabajo.

Al llegar a la fábrica, hizo lo que habitualmente no hacía. Era un día donde la obligación profesional no tenía cabida. Había sido reemplazada por un mandato del destino. Otorgó poco o ningún sentido a las leyes de su país. Un día de excepción, ya no existía como un simple empleado; nacía, en aquellos instantes, el hombre que emergía de los desenlaces. Entonces se dirigió al fondo de la fábrica, donde se encontraba el despacho del señor Vladimir Putilov. 

Subió las escaleras, llamó a la puerta y colocó la mochila sobre su pecho, entreabierta, con su mano derecha junto al gatillo. Oyó una voz clara y fuerte: “Puede pasar”. El señor Putilov estaba sentado, revisando documentos que requerían su firma. Estampó su rúbrica en el último recibo, alzó la vista y dijo con una pequeña sonrisa en el rincón de la boca, mezclada con su habitual tono de desprecio y banalidad: “Buenos días, Maksim Mest. ¿Qué me trae?”. El joven Mest lo miró fijamente a los ojos durante varios segundos, guardando silencio. Sacó el arma y disparó sin piedad. El primer tiro lo falló, al igual que el segundo. Putilov, alarmado, empujó la silla hacia atrás y se llevó las manos al rostro. El tercer disparo fue certero: impactó las vértebras cervicales y los músculos posturales.

El señor Putilov abrió los ojos con desesperación, llevándose las manos al cuello; los documentos, títulos, registros, recibos y facturas quedaron manchados de sangre. Mest comprendió que no podría confiar más en la vieja arma soviética. Torpemente buscó un cuchillo dentro de la mochila, sacando en su lugar la foto del tío Sasha y del viejo señor Mest. La fotografía emergió de la oscuridad de la mochila hasta encontrarse con su mirada. Reconoció la imagen del jabalí abatido y colgado; la descartó. Entonces dio con el cuchillo, lo empuñó con firmeza y se lanzó hacia su patrón, que agonizaba sobre la mesa. Clavó repetidamente el metal afilado en el cuello y el pecho con movimientos vertiginosos, repitiendo la acción hasta que la muerte se apoderó irrevocablemente del cuerpo del oligarca.


Autores
Es profesor de la HSE University de San Petersburgo, Rusia, adscrito al Departamento de Lenguas Extranjeras. Además de escritor, es doctor en Filosofía por el Programa de Posgrado en Filosofía de la Universidad Federal de São Paulo/Brasil, con una estancia doctoral en el Instituto de Filosofía de Moscú – Academia Rusa de Ciencias. Más recientemente, publicó la obra poética Estrellas, como kamikazes (Phillos, Brasil, 2025).
Ilustración realizada por Mildreth Reyes
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

La vida es eterna en cinco minutos.

Víctor Jara

Te recuerdo Amanda, 1969

*

Sbajtel k’inal: para siempre.

I

El tiempo es una de las manifestaciones más enigmáticas que la humanidad se ha interrogado, quizá, desde que existe el lenguaje. Cada cultura ha imaginado y construido epistemologías relacionadas con el tiempo. La física y la filosofía, por ejemplo, son disciplinas que desde su invención han ofrecido planteamientos para la comprensión de éste. Una de las premisas sustanciales es que el tiempo “es una magnitud intangible”1, pero perceptible a través de las formas en que se materializa y representa. Por ello, es posible distinguir “la durabilidad, simultaneidad y separación de los acontecimientos”2. Decimos pasado y sabemos que refiere a una época distinta al “ahora”. Decimos tarde, mañana y noche, y comprendemos que se trata de una temporalidad diferente del día. Decimos “años luz” y descubrimos que es la distancia que la luz recorre de un punto a otro durante un año. El tiempo es algo que pasa, que nos sucede, que sentimos.

Pero el tiempo también tiene una base epistémica cultural y lingüística distinta de las ciencias hegemónicas. La cosmovisión y sabiduría de los pueblos envuelven una manera de comprender la expresividad del tiempo en todos los ámbitos de la existencia. La semántica devela una singularidad perceptiva sobre los sentidos del tiempo. En la vida-mundo tseltal el tiempo sucede dentro y fuera de nosotros, acontece en cosas diminutas hasta en las más vastas; se sabe que camina, que se somatiza en el cuerpo, que se encarna en las emociones, que madura como un saber, que se extiende por todo el universo. El tiempo tiene un devenir personal. Pero, además, es colectivo al involucrar a las personas que son parte del mismo momento histórico. El tiempo es algo que nos acontece y que nosotros le acontecemos. La vida difícilmente se puede comprender sin él.

II

La palabra “tiempo” en tseltal tiene varias acepciones. Una de ellas alude a una temporalidad y prontitud en que suceden y se hacen las cosas, es decir, ora. “¿Jayeb ora te tajimale? ¿A qué hora es el juego?”, “spisil ora ya x-at’ejon. Todo el tiempo trabajo”, “oraxtalat ta we’el. Vienes rápido a comer”. Esta palabra también denota la llegada o sucesión de una temporada cuando se agrega el sufijo il3. “Julix yorail takin k’inale. Llegó la temporada de sequía”. “Ay yorail te a’tele, sok yorail kux o’tanil. Hay temporada de trabajo y también temporada de descanso [el corazón]”. Sin embargo, dicha nominación que emplea la letra “r” es un préstamo del castellano que se nativizó al tseltal4. Por lo tanto, puede inferirse que es una forma “occidental” de referirse al “tiempo”, pues la medición de una temporalidad no se basa en una hora precisa ni en su cuantificación ni velocidad.

Ulteriormente, en la vida-mundo tseltal no existían los relojes ni los cronómetros. Se disponía del sol, la luna, la sombra, incluso, el viento —como metáfora— para interpretar la sucesión del tiempo. Esta práctica se materializó en la lengua y es vigente hasta hoy. La comprensión del tiempo adquiere una singularidad cuando se emplea la palabra k’aal, que tiene varios significados, entre ellos: “día”, “sol”, “luz”, “fuego” y “calor”. Cuando se dice hace alusión a ciertos momentos del día, pero únicamente en los lapsos en que hay luz. De allí su relación intrínseca y de significado con el sol: olil k’aal (medio día [mitad del sol]), xmal k’aal (tarde [se derrama el sol]). Sin embargo, para indicar las fases del día en los que el sol se ausenta, se puede decir:  payinaj (antes del amanecer), sab (temprano), x-amet (crepúsculo/preámbulo de la noche), ak’abaltik (noche) y olil ajk’ubal (media noche). El ascenso y descenso del sol, al que también se le dice jch’ul tatik (sagrado padre), supone una particular forma de nominar el tiempo en todas las fases de un día.

Asimismo, de la palabra k’aal deriva otra nominación, de acuerdo con la variante del tseltal, que es sk’alelal, sk’aalil, y sk’ajk’alel5, estas refieren a un conjunto de días, es decir, fechas en que se acuerdan actividades como juntas, fiestas, temporada de siembra, entre otras. “K’opon jbajtik ja’ to ta sk’alelal kuxibal. Nos vemos hasta los días de Semana Santa). A su vez, la misma puede emplearse para referirse al fuego o al calor de algo. Siempre dependerá de la circunstancia en que se enuncia para establecer el significado6. Esta condición del tiempo puede, entonces, resumirse de esta manera: Tiempo: k’aal (día) y k’aalil (días, fecha/temporada), sin olvidar, no como remanente sino como sustancia, el sentido del sol, su movimiento y ritmo.

Pero el tiempo no puede comprenderse sin el espacio, sin ese lugar donde es perceptible y vívido, es decir, el k’inal. Esta es una de las características importantes en la cosmovisión de los pueblos tseltales. El k’inal es acaso una de las palabras más profundas y poéticas. Puede ser traducido como “terreno”, “espacio” y “tierra” en un sentido material. Además, significa “ambiente”, “atmósfera”, “cielo”, “universo” y “cosmos” en el orden de lo inmaterial y espiritual. Y también una condición de “saber estar, pensar y sentir”, que alude al crecimiento y madurez de la persona, a su estado emocional, pues el tiempo se encarna.

Si k’aal tiene una relación intrínseca entre el día y la presencia/ausencia del sol, sucede algo parecido con k’inal, pues al decir sakubel k’inal se hace referencia a la “alborada del amanecer”, a ese instante que en el cielo comienza a dibujarse la luz. Por el contrario, ijk’ub k’inal alude al “anochecer”, al momento en que el cielo/espacio obscurece. Lo mismo sucede con la aseveración k’epel k’inal, es decir, “cielo despejado” y makal k’inal “cielo nublado [cielo cerrado]”. K’inal es el lugar donde acontece la luminosidad y su disipación.

K’inal también tiene relación con la temperatura que se percibe en la atmósfera. Takin k’inal puede traducirse como “tierra seca”, que refiere a la temporada de sequía, derivada del k’ajk’alel k’inal, “temporada de calor”. Lo contrario a esta es la sk’alelal sikil k’inal, “temporada de días fríos”, que también puede aludir a las tierras frías, es decir, altas. K’inal es el espacio donde se plasman los cambios de la naturaleza ante las variaciones climatológicas. Cuando inician los días de lluvia, sk’alelal ja’al, el color amarillento que toman los árboles y las plantas durante la sequía desaparece para recobrar los colores, las texturas y honduras que les caracteriza. Este fenómeno de reverdecimiento se llama yaxal k’inal, que puede traducirse como temporada verde-azul, “referencia a lo verde de la tierra y lo azul del cielo”7. K’inal, por lo tanto, es aquello que une al cielo con la tierra, un horizonte que, en algún punto donde la vista alcanza, se funde como un todo.

En un texto pasado mencioné que la gente tseltal emplea ciertos pleonasmos no como redundancia, sino como reiteración y énfasis de un sentido. Uno de ellos es la conjunción entre lum (tierra, suelo) y k’inal (terreno, espacio, tierra, cielo, universo), que se encuentran unidas para referirse al “territorio, pueblo y población”. Si bien pueden decirse de manera separadas, cobra mayor fuerza al decirse juntas. Cuando las personas afirman: ja’ lek te ya jkanantaytik te jlum k’inaltik, la aseveración puede interpretarse como “es mejor si cuidamos nuestra tierra-territorio-pueblo”. Por lo tanto, el lum k’inal es donde están las milpas, donde se recrea la vida, donde se construyen los vínculos afectivos; donde coexisten la humanidad, la naturaleza, los espacios sagrados y los ajawetik como uno solo. El lum k’inal es lo que se cuida y defiende.

El k’inal no sólo refiere al mundo exterior, sino al que acontece dentro de nosotros, a partir de nuestros estados emocionales, sensoriales y físicos. El k’inal revela lo que sentimos y cómo nos percibimos. Al decir: lamal k’inal se revela la “tranquilidad/calma del día, del ambiente, de la tierra”, es decir, que la persona siente y está en paz, que no alberga en ella la preocupación ni la perturbación de nada. Lo mismo cuando se dice: kuxet k’inal ya ka’iy, “me siento feliz [el día, el mundo, la tierra están en calma]”. Por el contrario, si la persona dice: lubul k’inal ya ka’iy, refiere al “cansancio/agotamiento del día, del ambiente”, pero es una sensación de sí, pues la persona quiere decir que “se siente débil”, como un estado próximo al desvanecimiento debido a la intensidad del trabajo o la aflicción provocada por alguna enfermedad. El descanso es lo que la persona necesita para recobrar el aliento y las fuerzas. 

Asimismo, el k’inal se asocia con la percepción visual de las cosas. Al decir: ma jkilix lek k’inal se traduce como “ya no veo bien [la tierra, el día, cielo, universo]”. Por lo tanto, el k’inal es lo que acontece frente a nosotros. 

Pero el k’inal también comprende un sentido de madurez sobre uno mismo. Cuando la gente dice: ma to sna’ k’inal te kereme, puede traducirse como “todavía el niño no sabe sobre la tierra, el mundo, el cielo, el universo”, es decir, que “el niño aún es inmaduro”, que no tiene consciencia sobre la vida. K’inal se significa, entonces, como una manifestación sobre la existencia, al reconocimiento pleno de la persona propia, a un nivel de consciencia sobre sí. Aquel que puede decir: ya jna’ix k’inal, es afirmar que uno ya sabe sobre sí mismo, que tiene conocimiento sobre cómo conducirse y actuar con respeto, compromiso, solidaridad y sabiduría.

*

Sbajtel k’inal: vida eterna.

III

Decir: ch’ay ta k’inal te winike es aseverar que “el hombre se perdió en la tierra, el cielo, el espacio, el ambiente, el universo y cosmos”, pero lo que se intenta expresar es que “el hombre murió”. ¿Acaso el k’inal es el lugar donde la persona se pierde, disipa y desaparece? El k’inal es donde sucede la vida y donde continúa la muerte; es un mundo otro, paralelo al mundo terrenal, donde las ánimas viven. 

*

Sbajtel k’inal: tiempo infinito.

IV

Hace tiempo escuché por primera vez la palabra sbajtel k’inal. Estaba en el velorio de una tía. Poco antes de que la lleváramos al camposanto, una persona se acercó al féretro para despedirse de ella. Recuerdo que le dijo: “ya jna’at ta sbajtel k’inal”. Me costó comprender el sentido, pues intenté interpretar las palabras por separado. Entonces, le pregunté a mi madre qué era sbajtel k’inal: “es para siempre, para toda la vida, algo eterno”, respondió. Así comprendí que aquella persona le decía a mi difunta tía “te recordaré para siempre”, una expresión mágica que devela la inconmensurabilidad de un afecto y de un tiempo-espacio interminable. Supe que las palabras separadas pierden su sentido, de allí que están juntas para adquirir dicha connotación. 

Sbajtel k’inal se convirtió para mí en una frase que expresa la vastedad de algo como el universo, como un sentimiento que no tiene fin. Sbajtel k’inal es un acontecimiento del tiempo-espacio inaprensibles, es un acontecer de la existencia, de los planos de la vida-mundo que continúan al morir, de las vidas que están más allá del espacio observable y conocible. Es la evidencia de que en la sabiduría tseltal es posible mantener unidos y vivos los vínculos entre las personas que se quieren más allá del tiempo.

Aprender el significado del sbajtel k’inal me da la certeza de saber la relevancia de vivir. De agradecer a quienes han conformado el devenir de lo que soy, a quienes están y estuvieron, a quienes me acompañan en los otros planos. A quienes me tienen presente y pronuncian mi nombre, a quienes me han enseñado desde la dolencia y la felicidad, el recordatorio de lo frágil y fugaz que es la vida: no hay que darle cabida al odio. 

Por siempre el tiempo es hoy.


Autores
(Chiapas, 1990). Es ensayista, documentalista y académico tseltal. Doctor en Ciencias Antropológicas (UAM-I). Becario del FONCA y del PECDA-Chiapas, ambos en dos emisiones. Premio Cátedra Gonzalo Aguirre Beltrán a la Mejor Tesis Doctoral en Antropología Social y Disciplinas afines 2024, y Mención Honorífica de la Cátedra Jan de Vos a Mejor Tesis Doctoral 2025. Ganador del primer lugar en cuento del concurso Universidad es diversidad de la UAM 2021. Obtuvo menciones honoríficas de ensayo en el 53 Concurso Punto de Partida de la UNAM 2022, y en el Concurso de Estudiantes de Post-grado del Congreso ERIP-LACES-Universidad de Stanford 2022. Autor de los libros de ensayo bilingüe, tseltal y español, Te sututet ixtabil. El giro de la pelota (Coneculta, 2020) y Ch’ayet k’inal. Las formas de la ausencia (FCE, 2024).
Portada de "El Invencible Verano de Liliana", Cristina Rivera Garza. Penguin Random House, 2021.
Portada de “El Invencible Verano de Liliana”, Cristina Rivera Garza. Penguin Random House, 2021.

Cristina Rivera Garza escribió una crónica en la que el dolor y la impotencia se abren paso desde las páginas hasta las entrañas del lector. La contraportada de El invencible verano de Liliana (2021) apunta a que se contará la historia del feminicidio de su hermana, Liliana Rivera Garza. La tragedia llega, pero antes hubo una vida que la autora narra con un trabajo biográfico exhaustivo, lo que la llevó a ganar el premio Pulitzer en 2024.

Las vivencias en la infancia y la juventud de Liliana son retratadas a través de cartas recopiladas en el libro. A una edad temprana, ella las escribía a sus seres amados y las dedicaba a sí misma en la mayoría de las ocasiones. La escritura fue una habitación propia donde su voz honesta la ayudaban a encontrarse en medio del caos.

Pese a su talento innato para el ensayo autobiográfico, decidió quedarse con su capacidad para crear espacios habitables y estudió arquitectura en la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) Azcapotzalco. En aquel momento de su historia, la ambición por especializarse en su área y el amor hacia ella misma eran su consigna.

Valoraba los vínculos con sus seres amados mientras procuraba su libertad, algo que traería algunos reproches entre sus amigos; pero despertaría la furia de un hombre que acabaría con su vida. Su feminicida viajó incontables ocasiones desde Toluca a la capital para intimidar a Liliana al aparecerse fuera de su apartamento cerca de la UAM Azcapotzalco.

Liliana había terminado una relación amorosa con él años antes de cursar la licenciatura. Ella intentaría seguir con su vida y viajar a Londres para doctorarse. Así se alejaría del depredador con el que había aprendido a mantener cierta cercanía para minimizar algún daño a ella y a su círculo íntimo. Durante aquel tiempo aprendió a calmar a la bestia hasta que acceder a sus demandas fue insuficiente para estar a salvo.

El feminicida de Liliana comprendió que el amor era la fuerza que podría coaccionarla. Lo supo tras observar cómo ella se esforzaba para proteger a su familia de él, incluso cuando su padre y su primo tuvieron altercados con el hombre debido a la forma violenta en que la trataba. Al poco tiempo, usaría contra ella una estrategia conocida de los agresores: amenazar con dañar a la familia de sus víctimas para forzarlas a hacer lo que ellos desean.

La maldad de este feminicida usó el cariño que Liliana sentía por sus seres amados para controlarla. Con su crueldad, él trató de corromper el cariño de una mujer que siempre intentó amar pese al horror que la perseguía. Ese fuego sería lo único que nunca pudo arrebatar de su pecho, porque eligió pelear hasta el último de sus días contra el miedo y la voluntad de su agresor.

Liliana resistió la maldad, ese invierno que enfrentó con la esperanza de vivir libre, con un verano que quiso mantener verde hasta el último instante. Su final dejaría un dolor aún vivo, exacerbado debido a un sistema ineficaz para prevenir los feminicidios, cuya pusilanimidad indica que México es feminicida y jamás habrá consecuencias.

Un horror al que las autoridades nunca quisieron entender

Liliana Rivera Garza fue víctima de feminicidio a manos de un hombre desesperado por poseerla cuando intentó escapar de su acoso y abuso emocional. En el momento de los hechos, 16 de julio de 1990, lo que hicieron con la joven fue denominado crimen de pasión. Las autoridades explicaban con ese término las motivaciones detrás del asesinato de una mujer. Atribuían el problema a un arranque de celos, o el despecho de un varón que terminó en homicidio.  

Si la explicación fallaba y los familiares exigían justicia tras el crimen, las instituciones se refugiaban en los impenetrables muros de la burocracia. Las interminables solicitudes de consulta a las carpetas de investigación, el ir y venir de una dependencia de gobierno a otra es una artimaña descrita en la crónica de Cristina Rivera Garza, cuyo objetivo parece ser doblegar la voluntad de las personas mientras reviven el dolor de su pérdida.    

La autora también evidenció el daño que causaba el discurso reduccionista de los crímenes de pasión a lo largo de su obra. Con el concepto, se justifica de forma jurídica la poca disposición de los investigadores para hallar otros móviles del crimen, así se entorpecían las pesquisas para detener al culpable. Por desgracia, la incompetencia de las autoridades ha sido una constante. 

El resultado de estos impedimentos en la justicia alejaba la definición de feminicidio, una pieza importante para comprender el peligro que arrebató la vida de Liliana y un número desconocido de mujeres durante aquella década hasta la fecha. Los registros oficiales al respecto solo contemplan víctimas de homicidios dolosos, una clasificación diferente a la realidad por la que perecieron.

El horror era inexistente para las autoridades porque carecía de nombre. Para las víctimas y sobrevivientes, resultaba inexorable debido a las estrategias de manipulación que las mantenía en un contexto donde se normaliza la violencia. De igual forma, coartaban la posibilidad de que pidieran ayuda. Eso fue lo que pasó con Liliana. Su padre se percataría, muy tarde, que el feminicida de su hija la tenía amenazada con lastimar a otros si pedía auxilio.

Así en la década de 1990, la violencia machista era imparable. Lo peor fue que permanecería impune durante 21 años más. El delito de feminicidio se incluyó en el Código Penal del entonces Distrito Federal hasta julio de 2011. Un año más tarde, en junio de 2012, se incorporó en el artículo 325 del Código Penal Federal. A partir de aquel año se registraron los incidentes, pero la justicia aún estaría lejos.

Desde enero de 2012 a agosto de 2013 se cometieron 191 asesinatos de mujeres en Ciudad de México (CDMX). La procuraduría del entonces Distrito Federal investigó 70 de ellos como feminicidios, pero se carece de datos referentes al móvil del crimen. Respecto a los 121 restantes, calificados como homicidio, en 61% de ellos (74 casos), las víctimas perdieron la vida a causa del uso excesivo de fuerza.

Lo alarmante de esta cifra es que haya quedado fuera de las investigaciones de feminicidios. Debieron categorizarse como tal por tratarse de muertes con extrema violencia, o asfixia, de acuerdo con la información del Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio de México (OCNF).

La Procuraduría tampoco especificó en 87 casos de homicidios dolosos de mujeres cuál era la relación entre la víctima y el victimario. Averiguar el vínculo que tenían es de vital importancia, como enfatiza el OCNF, para comprender que los feminicidios a manos de conocidos o parejas superan la categoría de crímenes pasionales, la explicación que dieron a la tragedia de Liliana y a otras más. En síntesis, existía el delito de feminicidio, pero las instituciones carecían de la perspectiva de género para investigar los hechos. 

Se desconoce si la justicia llegó para los pocos casos que se registraron como feminicidios en aquel periodo. De lo que restaba de 2013 a finales de 2014, CDMX tuvo un descenso de 1.2% en comparación con lo sucedido en 2012. La presión de los colectivos feministas fue el componente clave para el descenso notable.

La impunidad marcó los casos de violación en 2013, que fueron una constante. Sin embargo, surgió otro problema desde la burocracia: las autoridades nunca separaron por sexo los registros, ni siquiera se esclarece en su totalidad cuáles tuvieron acceso a la justicia, conforme al Instituto Nacional de las Mujeres (INMUJERES).

Entre enero de 2015 y junio de 2016, la Procuraduría General de Justicia de la Ciudad de México (PGJ-CDMX) contó 116 homicidios dolosos de mujeres, la mayoría de 18 a 60 años, y 85 se investigaron como feminicidios, pero no precisa quiénes fueron los agresores.

Entre diciembre de 2017 y octubre de 2018 hubo 39 carpetas de investigación para los casos de feminicidio, de acuerdo con información de la Secretaría de las Mujeres. El número pudo ser mayor, y tiene una explicación aquella cifra menor en apariencia: menos de 40% de los homicidios de mujeres fueron reconocidos como feminicidios, según una investigación de Animal Político.

Aunque las autoridades intentaron entender que el feminicidio era un problema real en México, surgieron varias inconsistencias en las investigaciones. En muchas carpetas se omite la forma en que las mujeres fueron asesinadas y el móvil del crimen. La burocracia impidió reconocerlos y los amontonó con otros casos de homicidios donde los rostros, el género y los nombres de las víctimas poco importaban. 

En los años posteriores, la incompetencia continuaría. El resultado final fue un rotundo fracaso para garantizar el acceso a la justicia de las mujeres asesinadas, cuyas cifras exactas se desconocen en varios registros anuales desde el 2012 al 2018.    

Con tantos grilletes para respetar los derechos de las mujeres, la entonces jefa de gobierno de la CDMX, y actual presidenta, Claudia Sheinbaum, lanzó la alerta de género en 2019. Se trata de un mecanismo cuyo objetivo es investigar todas las muertes con perspectiva de género, así sería posible definir si un homicidio, o defunción, fue un feminicidio.

También se estableció una base de datos abierta al público para visualizar el registro de casos anuales. Las cifras contienen información que en años anteriores aparecía sesgada: número de carpetas por alcaldía, lugar de hallazgo de las víctimas, aumentos y descensos de los casos del 2019 a finales de 2024, y una comparación de grupos etarios.

El panorama que esbozan los datos es abrumador: en 2019 se contaron 72 víctimas; en 2020 fue el más alto, con 82; en 2021, los registros volvieron a contabilizar 72; en 2022, hubo 76; en 2023 disminuyó a 61; y para diciembre de 2024, 71, de acuerdo con el Atlas de Feminicidios de la Ciudad de México, cuya información comienza desde 2019.

El rango de edades en el cual se concentra el mayor número de víctimas es de los 30 a 59 años, con doscientas trece. El segundo grupo abarca de los 18 a 29 años, con 127, conforme a los feminicidios reportados desde enero de 2019 a diciembre de 2024. Si la fiscalía hubiera establecido el Atlas en 1990, Liliana hubiera formado parte del segundo conjunto con mayor riesgo de ser víctima de feminicidio. 

El grupo de víctimas entre 18 a 29 años ha estado presente en los últimos 6 años, pero pudo haber sido así desde la fecha del feminicidio de Liliana. Resulta aterrador el vacío que las autoridades propiciaron durante dos décadas para dar algún testimonio de lo que pasaba en la capital. De nuevo, la violencia feminicida parece desdibujarse debido a la invisibilización de las víctimas.  

Solo se tienen aproximaciones medidas en porcentajes. En 1990 las defunciones femeninas con presunción de homicidio en las que se recurrió a ahorcamiento y similares fue de 10.6%. Llegó a su punto más alto en 2003, con 25.4%. Para 2012, cuando se tipifica el feminicidio como delito, estaba en 11.8%, conforme a los registros de INMUJERES. Pero las cifras aisladas dicen poco del invierno que acabó con el verano de las mujeres a quienes las instituciones revictimizaron con su burocracia.

Un invierno institucional

Las mujeres en la capital han tenido que enfrentarse a un sinfín de ataques por razones de género, desde el acoso y la violencia doméstica hasta las agresiones que arrebatan sus vidas. La situación se ha perpetuado durante décadas mientras los agresores nunca responden por sus crímenes, como sucedió con Liliana. La amenaza proviene desde el exterior y tienden a quedar impunes.

Se ha visto que los registros desde 1990 hasta finales de 2024 son inexactos en responder cuántos feminicidios terminaron con justicia. En la actualidad, la tendencia ha disminuido con 58 vinculados a proceso a mitad de 2024, pero terminó con 71 casos de este delito, de acuerdo con el informe anual de SEMUJERES y el Atlas de feminicidio de la Fiscalía.

La disparidad aumenta entre los procesados y el número de denuncias en cuanto a la violencia contra las mujeres. De 2023 a finales de 2024, la policía capitalina atendió más de 197 mil sucesos y puso a disposición a 6 mil 639 agresores, conforme a los registros de SEMUJERES. La impunidad para el resto de los 191 mil sería la única respuesta en momentos de extremo riesgo.  

Si las instituciones de justicia procesan a un número ínfimo de agresores, las víctimas plantan cara a un sistema poco efectivo para ayudarlas. Incluso se enfrentan a esto en la misma policía. En ese mismo año, sancionaron a 563 policías capitalinos y otros 196, destituidos debido a actos de violencia contra las mujeres, como explica el mismo documento de la SEMUJERES.

El mismo invierno que se llevó a Liliana está dentro y fuera del sistema de justicia. Desde 1990 hasta finales de 2024, las agresiones que acechan a las mujeres han estado arraigadas en la cultura. Se normaliza hablar de víctimas por encima del respeto a los derechos de las mujeres. Se mencionan las muertes, pero nunca el cuidado de la vida.

Existe una táctica para incentivar la impunidad que Cristina Rivera Garza también describió: el olvido. Cuando la autora tuvo que volver a la procuraduría 40 de Azcapotzalco, la respuesta repetitiva de algunos funcionarios fue lo imposible que sería recuperar un archivo tan viejo de 1990. Desde el primer momento, deshumanizan la memoria de Liliana y reemplazan su nombre con el acta 40/913/990-07 del Ministerio Público.

Aquel expediente de investigación pasó de contener datos del crimen y del culpable a guardar polvo. El olvido había consumido las expectativas de justicia al menos para las autoridades. Sería diferente para la familia de Liliana, ellos quedarían ya para siempre enrabiados al igual que miles de personas que perdieron a una mujer a manos de un feminicida.

La crueldad del olvido por parte de las autoridades deja heridas profundas, difíciles de borrar y se acrecientan con cada fugitivo que logra evadir la justicia durante años. Eso sucedió con el feminicida de Liliana Rivera Garza. El hombre posesivo tuvo dos nombres. El primero lo usó hasta que tomó la vida de su exnovia: Ángel González Ramos. El segundo, Mitchell Angelo Giovanni, lo usó cuando habría huido a Estados Unidos tras cometer el delito, de acuerdo con Milenio y un post que Cristina Rivera Garza compartió en 2023.

El culpable nunca respondió por lo que hizo. Habría muerto ahogado el 2 de mayo de 2020, en Malina del Rey, California, Estados Unidos. Se sabría que la fecha de nacimiento de Mitchell Angelo Giovanni coincide con la fecha de nacimiento de Ángel González Ramos, el 18 de abril de 1967. Falleció meses antes de que Cristina Rivera Garza recibiera la carpeta de investigación correspondiente al crimen que le arrebató a su hermana.

Entre las cifras de homicidios que las instituciones evitaron clasificar como feminicidios están ocultas historias como la de Liliana. Eran mujeres con el alma rebosante de sueños y resistieron la violencia feminicida que suele quedar en la impunidad. Este invierno congela a cualquiera que cruce en su camino, y en México parece eterno.

Referencia:

Rivera Garza, Cristina. (2021). El invencible verano de Liliana. Literatura Random House 


Autores
Diego Durán nació en la CDMX en 1996. Egresado de la licenciatura en Ciencias de la Comunicación y Periodismo, en la Facultad de Estudios Superiores Aragón (UNAM). Ha colaborado en medios de comunicación periodísticos y culturales como Chilango, Tierra Adentro, Fondo de Cultura Económica, Grupo Expansión e Infobae.
Despedida a S.S. Papa Francisco, 2016. Presidencia de la República Mexicana. Imagen recuperada de Flickr. CC BY 2.0
Despedida a S.S. Papa Francisco, 2016. Presidencia de la República Mexicana. Imagen recuperada de Flickr. CC BY 2.0

Todo en la Iglesia católica significa algo. Todo, sin excepción: desde las menudencias iconográficas del arte sacro hasta los ritos litúrgicos más sofisticados de la Semana Santa, las palabras, los nombramientos, las miradas, las posturas, los gestos. El arsenal semiótico del catolicismo es tan vasto como sus casi dos mil años de existencia y, para quien aguzó el oído, que en marzo de 2013 el entonces cardenal Jorge Mario Bergoglio haya escogido como nombre Francisco intuyó que el suyo sería un pontificado inusual. Nunca un papa se había llamado como el Pobre de Asís.

Luego vinieron los gestos. Primero, los protocolarios: Francisco dejó de usar el trono papal bañado en oro y prefirió hospedarse en Casa Santa Marta, la residencia de colaboradores de la curia romana. Luego, algunas de sus primeras declaraciones: “¡Cómo me gustaría una Iglesia pobre y para los pobres!”, o la ya célebre: “Si una persona es gay, busca al Señor y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarla?”. No fue un papa al que le gustara la soledad, excepto para la oración contemplativa, como buen hijo de san Ignacio. Y fue precisamente en el contacto directo con las personas, sin protocolos ni parafernalias, que Francisco divisó el largo proceso de reforma del ministerio petrino.

Este estilo directo encontró también una expresión litúrgica: el papa renunció a la antiquísima tradición de usar pantalones cortos con medias blancas bajo la sotana y zapatos rojos de cuero —esos que tan preciosamente hicieron de Benedicto XVI uno de los hombres más admirados en el mundo de la moda, según la revista Esquire—; renunció también al anillo del Pescador hecho de oro, a la faja de seda muaré con el escudo pontificio grabado en ella, a los ornamentos que tan pródigamente desfilaron con su antecesor: el fanón, las cruces pectorales de oro, las mucetas de terciopelo y armiño, los palios de lana de cruces rojas, el camauro y el saturno. Si cada una de estas prendas significaba algo, su ausencia significaba aún mucho más.

Francisco no fue un intelectual. Fue un pastor “con olor a oveja”, como gustaba decir. No escribía tratados sistemáticos ni disertaba con afán académico, pero poseía esa sabiduría que nace del discernimiento ignaciano y de la experiencia con los más sencillos. Su sobriedad, su cercanía, su rechazo a la ostentación no eran meros detalles estéticos, sino la antesala de una reforma de hondo calado: una que quiere volver a las fuentes del Evangelio y encarnarlas en el presente, que reconoce el dinamismo del Espíritu a través del tiempo, al cual informa y transforma desde dentro. En su modo de celebrar, de hablar, de presentarse, se transparentaba una intuición teológica fundamental: que la forma ya es contenido, que el gesto ya es buena nueva.

Lex orandi, lex credendi reza una antigua máxima de la Iglesia formulada por san Próspero de Aquitania: “La ley de lo que se ora es la ley de lo que se cree”. La manera en que el Pueblo de Dios reza revela, y al mismo tiempo moldea, su fe. Por eso, en Francisco, la sencillez de los ornamentos, la cercanía de sus homilías, la inclusión de los pobres, los presos, las mujeres y los migrantes en sus discursos y en los ritos solemnes de cada Jueves Santo fueron también catequesis silenciosas, una manera de recordar que la Iglesia es el Cuerpo místico de Jesús en comunión, en salida y en conversión continua. Esta misma lógica se hizo visible en su acercamiento a personas históricamente excluidas por la Iglesia: creyentes LGBT+, migrantes, parejas divorciadas y en una segunda unión. No se trataba de una mera estrategia pastoral, sino de una lectura evangélica del tiempo presente: es en la acogida orante como comprendemos mejor el núcleo de nuestra fe, es en la oración comunitaria, sin la exclusión de nadie, donde se vive la misericordia del Padre. Francisco supo que no basta predicar la inclusión; hay que hacerla espacio habitable. En cada abrazo público, en cada gesto de hospitalidad, en cada misa celebrada en las fronteras o en las cárceles, el papa enseñaba que la dignidad no se concede: se reconoce. “A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos”, le dijo el Señor a Pedro, y Francisco las usó para abrir las puertas que tantos otros nos habían cerrado.

La historia lo recordará como un papa de transición. Francisco no tuvo espíritu de reformador sino de profeta. No trazó grandes planes sistemáticos ni promulgó una nueva arquitectura eclesial; lo que hizo fue abrir muchas preguntas. Solo eso fue una labor titánica. Su tarea consistió en preparar el terreno para una reforma más profunda, de largo aliento, que ya no puede reducirse a ajustes curiales, sino que apunta a una transformación en las formas ministeriales, en las estructuras de participación y en el reconocimiento del protagonismo del laicado. Eso que él mismo llamó el carácter “sinodal” de la Iglesia: no un simple método, sino una conversión eclesiológica, un nuevo modo de ser y caminar en conjunto.

Su muerte deja a la Iglesia en los albores de ese proceso. Las estructuras de poder —que también responden a una liturgia, por cierto, muy elitista— resistieron en no pocos casos los impulsos de renovación. Algunos sectores vivieron el pontificado de Francisco como una incomodidad, otros, como una tregua, otros más, como la ansiada aplicación de los principios del Concilio Vaticano II. En lo que podemos estar de acuerdo es que Francisco redefinió en buena medida la percepción pública del catolicismo en el siglo XXI. Bajo su guía, los procesos de discernimiento pastoral sobre cuestiones como los abusos del clero, la acogida a personas LGBT+, la integración de parejas fuera del matrimonio, las políticas migratorias, la corresponsabilidad de las mujeres o la crisis climática se movieron de los márgenes al centro del debate eclesial. La primacía de la inclusión sobre la exclusión, de la misericordia sobre el rigorismo, del acompañamiento sobre el juicio, descolocó a muchos, pero ofreció a otros una vía alterna para vivir el Evangelio hoy.

Habrá que ver —y orar, pues, porque reducir el próximo cónclave a un campo de batalla entre dos bandos es inevitable si se pierde de vista la naturaleza divina de la comunidad cristiana— si la Iglesia profundizará en el camino de la sinodalidad o si volverá a los viejos mecanismos de control y defensa, al celo del apologeta que a tantas personas ha excluido de la vida sacramental. Esa es, quizá, la verdadera transición que Francisco encarnó: la que no termina con él, sino la que apenas comienza.


Autores
(Ciudad de México, 1992) Filósofo y ensayista. Profesor en la Universidad Iberoamericana, el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey y en la UNAM. Miembro de la Newman Association of America. Ponente en varias instituciones de México, Estados Unidos y Cuba, sus intereses académicos se centran en la obra del cardenal John Henry Newman, la epistemología y la teología contemporáneas, y las relaciones entre filosofía y literatura. Ha publicado ensayos y reseñas en Newman Studies Journal, la Revista de la Universidad de México, Tópicos, Open Insight y Nexos.
Portada de "Prosas apátridas", Julio Ramón Ribeyro. Seix Barral Ediciones, 2019.
Portada de “Prosas apátridas”, Julio Ramón Ribeyro. Seix Barral Ediciones, 2019.

“En algunos casos, como el mío, el acto creativo está basado en la autodestrucción”

Julio Ramón Ribeyro

He de confesar algo vergonzoso: soy un lector de libros de autoayuda. En verdad, la gran mayoría de los lectores rigurosos que conozco también leen sus obras predilectas como libros autoayuda, aunque no lo sepan, como yo no lo sabía antes de comenzar a escribir estas palabras, recostado en un sillón empolvado con un cigarrillo de liar en una mano y las Prosas apátridas de Julio Ramón Ribeyro en la otra. ¿Por qué disfruto tanto estos textos breves que aforísticamente tocan una fibra delicada que me habita, aferrada a la palabra de Ribeyro como último apoyo emocional?

Al contrario, la espléndida narrativa de Ribeyro me cuesta muchísimo trabajo, algunos de sus mejores cuentos me resultan corrosivamente indigestos, pero cuando reflexiona, sentado a deshoras frente a su escritorio, o en un café parisino, cada una de sus sentencias se acopla tiernamente en mis vacíos emocionales y suspiro aliviado por la amable y siempre generosa compañía de sus palabras:

De pronto ya somos otro: una de nuestras cien personalidades muertas o rechazadas nos ocupa (65).

Los ateos tenemos pocas biblias. Con biblias, más que a un texto sagrado, me refiero a la obra que contiene un modelo ideal de vida, en mi caso, una de mis pocas biblias es La tentación del fracaso de Julio Ramón Ribeyro, que es por mucho el mejor acompañante en toda expedición existencial fracasada. Pero como es muy pesado llevarse ese voluminoso mamotreto de setecientas páginas en un viaje ligero, he convertido las Prosas apátridas (de 145 páginas) en mi escuálida biblia bolsillo, la cual releo para olvidar la ansiedad y darme ánimos antes de cualquier enfrentamiento con esa suma de prejuicios que llamamos Mundo; sus páginas siempre me devuelven sublimes ánimos pesimistas que me elevan entre las nubes del cinismo.

Hay que tener en cuenta, como bien apuntaba Ribeyro, que “cada religión segrega automáticamente sus propias herejías” (88), por lo que es posible que mi entendimiento de esta palabra sagrada diste mucho de la concepción que tengan otros Testigos de Ribeyro diseminados como una logia secreta por el mapa. En verdad, más que autoayuda, puede que las reflexiones epigramáticas de este peruano, que comparte patria con el Niño predicador pero que vivió la mayor parte de su vida en París, pertenezcan al género de la antiayuda, y tal vez por eso me reconfortan, ayudándome a comprender mi propio desorden natural, “dejándolo librado a su propia descomposición” (81), como hacía él con el caos de ceniceros, lápices, libros, camisas, pastillas, boletos de metro, colillas, chicles y calcetines que siempre había en su estudio.

Hoy tenía pensado salir a correr 5km, comer algo saludable, pagar mi recibo de luz y visitar un museo, cuando Ribeyro me recordó las ventajas de la inmovilidad con una necesaria cita de Flaubert: “Moverse es deletéreo”. Lo primero que hice fue consultar en el diccionario que “deletéreo” es sinónimo de “venenoso”, “mortífero”, después encendí otro cigarrillo, me arrellané en el sillón y di por muerto el día.

Enemigo del ritmo productivista, Ribeyro es un compañero ideal para la soledad. Su existencia, circularmente enfermiza alrededor de los cafés de Montmartre, me ha acompañado como una madre en los periodos de encierro y la enfermedad; sus lacerantes úlceras gástricas son gemelas de mis infinitos males estomacales, resultado de una dieta basada en ansiedad, paranoia, café y cigarrillos.

Tal era su renuencia a los desplazamientos innecesarios, que incluso planteó la genial idea de un Banco de Servicios, el cual consistía en un intercambio despersonalizado de favores entre gente que tiene que hacer algo muy lejos pero que puede buscar a alguien en esa lejanía que lo haga por él: “Por ejemplo que yo reemplace a tal señor en mi barrio en una cena y él a mí en una boda en su barrio” (99). Pero unas cuantas páginas antes, tan gráciles son sus tiernas contradicciones, se quejaba de que vivimos —y esto lo escribió en 1974— en una era vacía y despersonalizada: “¡Es tan difícil ahora encontrar una persona! No nos cruzamos en la calle sino con siluetas, con figuras, con símbolos. […] Es penoso que tengamos que vivir entre fantasmas, buscar inútilmente una sonrisa, un convite, una apertura, un gesto de generosidad o de desinterés y que nos veamos forzados, en definitiva, a caminar, cercados por la multitud, en el desierto” (67).

La de Ribeyro es una sabiduría humilde, a diferencia de la de su paisano Vargas Llosa. Su erudición siempre es didáctica y duda constantemente de su propio entendimiento: “Algunos dejarán una obra, es verdad. Será lindamente editada. Luego curiosidad de algún coleccionista. Más tarde la cita de un erudito. Al final algo menos que un nombre: una ignorancia (87).

Su debilidad por el bando de los fracasados, sin perder en ningún momento la elegancia y el decoro, lo orillan a constantemente sentir asco por los poderosos y las mentes explotadoras. Como cuando su joven casera parisina le exige la renta del estudio recordándole que ella apenas está comenzando. Ribeyro de inmediato se enfurruña:

No hacía falta añadir más para conocer las entrañas del personaje. Comenzar significaba en este caso comenzar a poseer casas, a tener inquilinos, a cobrar, a sacar partido en cualquier forma de privilegio del propietario […], a poner la piedra angular de un proyecto de vida que implicaba la acumulación de nuevos bienes, la multiplicación de la renta, la defensa de la propiedad, de la seguridad, del orden, para así, al cabo de veinte o treinta años, llegar a ser una vieja rica, odiosa y pertrechada, instalada confiadamente en el engaste de un patrimonio inmobiliario y bursátil, lo que no la librará sin embargo ni de la pequeñez, ni del olvido, ni de la muerte (98).

Sus ideales revolucionarios siempre incomodan, tanto a la severa mente conservadora, como al progresista sensiblero. Como en la ocasión en la que va a comer con unos obreros para hablar de marxismo y no puede congeniar debido a los malos modales de sus interlocutores: “Yo estaba de acuerdo con la manifestación de la que hablaban e incluso con la huelga, pero no con la vulgaridad de sus ademanes ni con el carácter caótico y estridente de su discurso. Mi bistec me hubiera sabido mejor si lo hubiera comido frente a un oligarca podrido, pero que hubiera sabido desdoblar correctamente su servilleta” (73). Aun así, para Ribeyro, la historia de los sujetos es siempre menos importante que la de los movimientos sociales: “El individuo no cuenta sino la especie, único agente activo de la historia. […] Lo importante no es que Leonardo haya producido La Gioconda sino que la especie haya producido a Leonardo” (100).

Así como aborrecía los innecesarios entusiasmos productivos, también repudiaba la tiranía de los objetos. Al ver a su esposa lavando una montaña de trastes, piensa con la cínica comodidad de un ocioso comodino: “No hay nada peor que caer bajo la dominación de los objetos. La única manera de evitarlo es poseyendo lo menos posible. Toda adquisición es una responsabilidad y por ello una servidumbre” (90). Como padre, Ribeyro ve en el desarrollo de una criatura nueva los síntomas de su deterioro: “El diente que le sale es el que perdemos, el centímetro que aumenta, el que nos empequeñecemos […] él se alimenta de nuestro tiempo y se construye con las amputaciones de nuestro ser (75-76). También, busca permanentemente analogías entre los inocentes juegos imaginarios de su hijo y su concepción de la escritura: “Ahora que mi hijo juega en su habitación y que yo escribo en la mía me pregunto si el hecho de escribir no será la prolongación de los juegos de la infancia. […] El niño emplea objetos mientras nosotros utilizamos signos. Y para el caso, el signo es más perdurable que el objeto que representa. Dejar la infancia es precisamente remplazar los objetos por sus signos” (60). Esta teoría congenia con la idea de Baudelaire sobre el genio, que no es “sino infancia recobrada a voluntad”, y con aquella idea de Stevenson, retomada por Javier Marías, de que la actividad literaria consiste en “quedarse en casa, jugando, como un niño, con papel”. El signo de la escritura de Ribeyro, no obstante, insiste más en el hecho de la caligrafía, como punto de convergencia entre lo invisible y lo visible: “Al escribir, en realidad, no hacemos otra cosa que dibujar nuestros pensamientos” (80).

Ribeyro es también un afectuoso compañero en la derrota, en periodos de luto y en periodos frágiles que producen demoliciones en nuestra gramática emocional. Cuando un amigo le revela negligentemente una verdad de su pasado que él desconocía, siente cómo se derrumban las galerías de su interior: “Zonas íntegras de mi pasado se hunden, se anegan o se transfiguran. Esto me sirve para comprobar que no somos dueños de nada, ni siquiera de nuestro pasado. Todo lo que hemos vivido y que tendemos a considerar como una adquisición definitiva, inmutable, está constantemente amenazado por nuestro presente, por nuestro futuro (58).

Las Prosas apátridas también pueden ser una brújula, quizá caprichosa y extraviada pero indispensable, que uno puede llevar a manera de amuleto cuando se sufre la pérdida de un ser querido. Especialmente, ante la pérdida de un amigo, ya sea por la fractura de la amistad, o por la inevitable despedida que es la muerte; al extraviar en el ruido del tiempo a una persona a la que quisimos, nos damos cuenta de que su deceso no sólo dejó un nuevo vacío en el mundo, sino también en nuestro interior, pues esa partida clausura también un pedacito de nuestra esencia: “Cada amigo es dueño de una gaveta escondida de nuestro ser, de la cual sólo él tiene la llave e, ido el amigo, la gaveta queda cerrada para siempre. Alejarse de los amigos es así clausurar una parte de nuestro ser” (46).

Maestro de excepcionales títulos, Prosas apátridas, Sólo para fumadores, Cambio de guardia, La palabra del mudo, La tentación del fracaso, no me explico por qué su forma de nombrar al mundo no ayuda a que su obra sea más apreciada, tanto por el público masivo, como por autores consagrados, pareciera que Ribeyro sólo obsesionara a los escritores que más batallan contra el medio literario y contra los fantasmas de su propia escritura, los que aprecian su genuina y tierna deconstrucción biográfica como un espejo de una deformación intelectual, con baches y altibajos, vacíos y distracciones, excesos, contradicciones y torpezas, y una hermosa sensibilidad para desenmascarar las verdades épicas de aquellos instantes insólitos que el mundo, pragmático y  codicioso, considera meras insignificancias.

Bibliografía

Baudelaire, Charles. Obra poética completa, traducción española de Enrique López Castellón, Madrid: Akal: 2003

Marías, Javier. “Lo Que No Sucede Y Sucede.” El País, 12 agosto 1995, elpais.com/diario/1995/08/12/cultura/808178408_850215.html.

Ribeyro, Julio Ramón. Prosas apátridas. Prólogo de Fernando León de Aranoa. Barcelona: Seix Barral, 2019.


Autores
(Ciudad de México, 1991) Narrador, poeta, editor, traductor y ensayista. Estudió la carrera de Letras Hispánicas en la UNAM, la maestría en la Universidad Complutense de Madrid y el doctorado en la Universidad Autónoma de Madrid. Ha publicado los libros Los designios del imaginero (2012) y Agenbite of inwit (2018). Ganador del Premio Nacional de Novela “José Revueltas” por Nuestro mismo idioma (FETA, 2015) y el Premio Nacional de Cuento “Julio Torri” 2019 por Sonámbulos. En 2023 publicó su tercera novela Mundo anclado (NitroPress, prólogo de Enrique Vila-Matas). Ha colaborado en diversas antologías como Covid: Narrativa mexicana joven, desde y contra la pandemia (FCE, 2021) y La lectura al centro: 55 autobiografías lectoras (UNAM, 2022), así como en la revista Quimera, Barcarola, El Universal, Excélsior,Tierra Adentro y Luvina. Como editor ha elaborado las antologías narrativas Lo fantástico no existe (Ediciones Periféricas, 2020), De narcos a luchadores (Contrabando, 2019) y El misterio de los seres espaciales (Deliria, 2023). Es profesor de literatura en la UNAM y en Literaria: Centro Mexicano de escritores.
Explosión del USS Lexington , 1942. Imagen de dominio publico, recuperada de Picryl. com
Explosión del USS Lexington , 1942. Imagen de dominio publico, recuperada de Picryl. com

El horizonte siempre sería nuestra certeza, nuestra constante, vieras hacia donde vieras ahí estaría firme y sereno, el horizonte.

Nos entretenemos estudiando las diferencias, los límites: ¿dónde termina el mar?, ¿dónde inicia el cielo?, ¿terminan ambos en algún lugar o son infinitos? 

¿Qué son los finales?, ¿qué son los inicios?

Si nosotros habláramos, si entendiéramos de palabras, tal vez diríamos que esas palabras no nos dicen nada, que esas son palabras humanas. Pero los humanos nos han enseñado a mirar con atención los finales, a advertirlos. A veces cuando la luz brilla más y cuando el cielo desprende los colores más hermosos, se tratan solo de avisos.

El día siempre es lleno de luz y la noche se inunda de oscuridad:

Unos volamos entre el sol y el mar, rozando el horizonte. 

Otros rozamos el horizonte bajo los destellos de un sol que nos acarician a través del frío mar hacia la profundidad oscura. 

A otros sólo nos gusta flotar. 

A los humanos les gusta inventar artefactos: ponen cosas, quitan cosas; destruyen unas para crear otras. Los humanos se dedican a crear un mundo nuevo, un mundo con colores grises, cafés o negros; esos son sus colores favoritos. A nosotros nos gusta el viento, la calma y a veces el caos. 

Pero esos humanos nos intrigan: quieren atravesar el mar hacia abajo y les gusta lo que encuentran más abajo del fondo del mar. Parece que hay un tesoro negro allí escondido. 

Ahora que se acerca la noche, se siente un olor. 

El olor viene del norte.

El olor viene del sur.

El olor viene del este.

El olor viene del lugar donde los humanos colocaron al animal gigante de acero, un animal de cuatro patas inmenso, gris como les gusta a ellos. 

Al olor le sigue un ruido, un ruido que retumba hasta el centro de nuestros cuerpos, hasta el centro de nuestro mar. Y con el ruido viene un resplandor caliente. 

El resplandor caliente funde el cielo y el mar, atraviesa uno y otro, los funde en un instante. Una vertical de luz hace una cruz con la superficie del mar. La luz asciende hasta el cielo y brinda un color rojizo al oscuro nocturno.

Debe de ser ahí donde terminan el mar y el cielo, en ese punto exacto.

No sabemos si queremos estar cerca o estar lejos, lo cierto es que esa luz nos llena la mirada y nos hace un llamado, ¿una advertencia? Un llamado que no sabemos si suena a inicio o a final. 

La luz emite un calor fogoso que ahora desprende un sabor. Hay en el agua un sabor agrio,

más bien tierroso, 

más bien amargo, 

más bien podrido, 

más bien picante, 

más bien viscoso, 

más bien metálico…

Más bien así puede que sepa la muerte.

Más bien así puede que sepan los muertos.

Un sabor negro, café, rojo se esparce dentro del agua, se acerca hacia nuestras pieles plumas aletas caparazones orificios escamas, a nuestras aletas nuestros caparazones nuestras alas. Se acerca a nuestros cuerpos como un imán.  

Silencio.

Día. 

Silencio.

Chapopote. 

Cantidad de chapopote. 

El sol, como siempre, trayendo consigo la verdad. 

El sol y su calor. 

Y este traje nuevo que hace todo tan pesado, tan difícil.

Es posible que nos hayamos inundado de muerte. 

Esto nos sabe a final; también a inicio. 

Como cuando se va recortando la luna en el cielo oscuro: hay oscuros en los que brilla mucho y oscuros en los que desaparece; algo ya no es como solía ser. Así, nuestra agua ya es otra agua; pero igual es nuestra porque no tenemos otra.

El inicio de una Era viscosa color negro café rojo. Sabor amargo.

Nuestro mar ahora sabe a eso. Y a eso nos acostumbramos.

Descubrimos cómo volaremos ahora, un nuevo fluir entre el sol y la profundidad, un fluir más pesado, más difícil de habitar.

Morimos también. Vamos muriendo y seguimos muriendo. El cuerpo arde. Los humanos ahora nos quieren limpiar, pero no pueden; es demasiado tarde, el negro ahora es parte de nuestra alma.

Mientras tanto, en la orilla unos cangrejos reconocen los nuevos senderos, gruesas gotas negras cercan sus caminos; se dedican a esquivarlas.  Apenas audible, del mar se eleva un canto: un coro de animales que ojalá hablara, ojalá supiera de palabras.


Autores
(Ciudad de México, 1993) Dramaturga, directora de escena y docente. Tiene la licenciatura en Literatura Dramática y Teatro de la UNAM. Fue ganadora del Premio Bellas Artes de Obra de Teatro para Niños, Niñas y Jóvenes “Perla Szuchmacher” 2021, por su obra Oppa, y del Premio Nacional de Dramaturgia Jóven “Gerardo Mancebo del Castillo Trejo” 2023, por su obra Sobre el sonido de un derrumbe. Desde el 2014, con su compañía La voz de las cosas, ha dirigido y adaptado obras de teatro para público jóven y adulto; así mismo se ha especializado en el trabajo y diálogo con jóvenes audiencias, desde la docencia en nivel secundaria, hasta su participación en diversos eventos de difusión cultural entre niñas, niños y jóvenes.
Cartel de "The Gold Rush", Charlie Chaplin. 1925.

En el año de 1925 se estrenaron dos filmes que son fuentes primarias para la historia del nacimiento de la tensión ideológica que definió al siglo XX: la existencia del mundo capitalista y el surgimiento de su antípoda socialista. Ambas películas son emblemas históricos, obra de iconicos creadores de inicios del siglo XX: El Acorazado Potemkin de Sergei Eisenstein y The Gold Rush de Charlie Chaplin. Estas piezas son representantes de sus respectivos contextos económicos, sociales, políticos y culturales.

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En aquellos tiempos, la joven Unión Soviética, creada después de la Revolución Rusa de 1917, estaba desplegando el primer gran experimento de un Estado socialista. El gran proyecto de la revolución era transformar el orden imperial del zarismo, en un Estado socialista manejado por la clase obrera. Además de herramientas políticas y económicas, las formas ideológicas de construcción de una narrativa común a las repúblicas de la URSS fueron fundamentales. El arte en sus diferentes manifestaciones era visto como un medio de reproducción de valores e ideas socialistas que crearan una identidad revolucionaria en la población soviética. En específico, el cine tuvo un lugar importante pues el mismo Lenin lo consideraba como “la más importante de las artes” y creía que debía ser la más importante arma cultural del proletariado. El cine soviético de los inicios del siglo XX, con autores como Kuleshov, Eisenstein y Vertov, no solamente contribuyó al cine de carga política (o burdamente llamado “propagandista”), sino que también aportó a la construcción del lenguaje cinematográfico y a su consolidación teoría.

En ese sentido, El acorazado Potemkin es uno de los ejemplos más luminosos, poderosos y trascendentales del cine soviético. La película se desarrolla aún en la época del Zar  Nicolás II, específicamente durante la Revolución de 1905, un primer ejercicio revolucionario contra el régimen imperial y su acérrima forma de subyugar al pueblo ruso. La tripulación de un buque de guerra llamado “Potemkin”, parte de la Armada Imperial Rusa, están hartos de las precarisa condiciones a las que están sometidos: por ejemplo, -y esa es una de las imágenes emblemáticas de este filme- se les obliga a comer carne podrida infestada de gusanos. Cuando los trabajadores deciden alzar la voz y buscar mejorar su condición, los oficiales no ceden y violentamente amenazan con fusilar a los rebeldes. Un marinero de nombre Vakulinchuk convence a la tripulación a rebelarse, y explota un motín. Los marineros toman el control del barco, sin embarbgo, Vakulinchuk es asesinado.

Cartel de la película "El acorazado Potemkin", 1925. Dir. Sergei Eisenstein
Cartel de la película “El acorazado Potemkin”, 1925. Dir. Sergei Eisenstein

Sus restos son llevados al puerto de Odesa, donde la población local -comerciantes, gente trabajadora- le rinden homenaje, convirtiéndolo en un mártir. Centenares de ciudadanos se reúnen para despedirlo y mostrar su solidaridad revolucionaria con los rebeldes del acorazado Potemkin. Marineros y trabajadores, rebeldes y ciudadanos se abrazan simbólicamente en un pacto de unidad y hermandad.

En ese momento, aparece una de las escenas emblemáticas no solo del cine soviético, sino del cine del siglo XX. Las tropas zaristas avanzan en formación por la escalinata de Odesa y en un ánimo de represión brutal, disparan contra civiles desarmados.  Son atacados por igual a mujeres, niños y ancianos. En el momento de mayor tensión, una madre es alcanzada mientras lleva a su bebé en un cochecito, que rueda escaleras abajo a toda velocidad. 

El navío ahora en manos de los rebeldes, se enfrenta a una flota zarista enviada para sofocar el motín. Cuando todo parece perdido para los marineros del Potemkin, la tripulación de los barcos enemigos, en un episodio revelador de conciencia de clase, se niegan a disparar contra sus compañeros y los dejan pasar. La solidaridad y el compañerismo revolucionario vence y todos vitorean en los barcos.

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En el caso estadounidense, los “Gloriosos años 20” eran la fiesta en la que se festejaba la grandeza de un país que ya era potencia y había salido avante en la Gran Guerra. Dentro del gran desarrollo capitalista basado en el modelo fordista, que estimuló el consumo en distintos niveles, la industria cinematográfica tuvo un primer momento de auge. La explosión de Hollywood supuso la popularización del cine como uno de los productos de consumo y entretenimiento más grandes en Estados Unidos. Aquellas épocas fueron el apogeo del cine mudo y de las clásicas comedias “slapstick” o “comedias físicas”, siendo Buster Keaton y Charlie Chaplin los grandes apósteles de estos géneros. Si bien, se trataba de un cine eminentemente narrativo, las películas fueron un vehículo discursivo para críticas del sistema social en Estados Unidos. 

En La fiebre del oro, Charles Chaplin pone en escena una reducción casi burda del sueño americano. En la película el mimo encarna una historia de la última decada de 1800: alrededor de 1896, en el Yukón, Columbia Británica se esparció la noticia de unos exploradores que habían encontrado cantidades ingentes de oro como por accidente. Decenas de miles de exploradores quisieron probar su suerte. En cuestión de meses Klondike se saturó de sedientos de oro. En ese contexto, el famoso Tramp (personaje arquetípico de Chaplin) viaja a Alaska en busca de riquezas. Desde el camino se notan las complicaciones que su intención arrastra: de pronto se encuentra con unna cabaña aparentemente vacía. Al rededor otros aventureros que cumplen destinos similares. El frío los reúne poco a poco en una cabaña, donde terminan peleando por un cacho de carne. Para saciar su hambre los aventureros cocinan zapatos y rozan el canibalismo alucinando a sus compañeros como gallinas. Pelean contra osos, escapan de riscos vertiginosos y siguen buscando el oro. 

Después conocemos un pueblo que turístico. La fiebre del oro ha causado sus estragos. Chaplin entra a un salón y se tambalea alrededor de una mujer que baila, quien se quita de encima a un hombre insistente y le toma la mano al personaje de Chaplin para bailar los dos. Dan vueltas hasta que Chaplin da consigo mismo: enreda el lazo de un perro entre sus piernas. El enredo detiene el baile y Chaplin regresa a su choza. 

Por cuestión de azar, la muchacha termina en casa del aventurero mientras pasea con sus amigas. Le deja, en un gesto quizás de ternura o de burla clasista (probablemente ambas), una foto de su cara y su nombre. El vagabundo invita a la muchacha y sus amigas a pasar el año nuevo en una cena en su casa. Ellas aceptan. 

Cuando llega la noche, Chaplin prepara la cena para la muchacha y sus amigas. Después de esperar con la mesa servida, Chaplin sueña con lo que pudo ser, en una secuencia francamente memorable: una coreografía con unas patatas sostenidas en unos tenedores que asemejan piernas bailarinas. El ruido despierta al Tramp de su ensoñación. Cuando sale a escuchar, la muchacha y sus amigas regresan a la casa. La ambición, justificada, del vagabundo de enriquecerse lo lleva literalmente al borde del barranco. Se salvan por un pelo. Justo al caer en piso firme, la película suelta su comentario más agudo. El vagabundo y su amigo descubren el esperado oro, a punto de caer mortalmente.

Al final, Chaplin y su amigo son millonarios. En un barco, años después, disfrutan de los frutos de su suerte. Un reportero le está haciendo un reportaje. Cuando están a punto de tomarle la foto, el vagabundo cae torpemente de terraza. Abajo, como cuando se encontró con el oro, está la muchacha: un tesoro, codificado en una añeja manera de objetivizar a la mujer. 

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Ambas piezas son fruto de un mundo en el que el capitalismo entraba en una nueva fase. Una de ellas nació en la meca de este sistema económico. Nacida en el seno de Hollywood, la crítica de Chaplin, como siempre se mueve en el plano simbólico, alegórico y se conduce con insinuaciones elegantes. Chaplin salió de las calles de Inglaterra actuando en un teatro itinerante. Desde el principio de su vida conoce la misieria y también la potencia de la representación en medio de eso. Su performática está siempre vinculada a la calle, a encontrar la ternura y el absurdo en medio de lo sórdido, sin caer en la romantización ni en la justificación de lo injustificable. La representación sarcástica de la codicia nos recuerda que el ethos del capitalismo consiste precisamente en esa reducción del deseo a la ensoñación y la aspiración, que termina afectando a todos los personajes implicados en la cinta de Chaplin. 

La otra pieza, proviene del mundo antónimo. Más allá de ser una película crítica del capitalismo o del orden mundial que se gestó bajo esa forma de vida, El acorazado Potemkin más un arma ideológica de muerte versus el capitalismo. Retrata las causas y consecuencias de la lucha socialista. En este filme, los valores revolucionarios soviéticos viajan en un poderoso vehículo: el montaje soviético. El efecto en el espectador, de alto choque afectivo y de una genuina conmoción no buscaban más que generar compromisos ideológicos con la lucha socialista, por ejemplo con la destrucción de la tierna vida por parte de las necrofílicas (en tanto que prefieren la muerte) fuerzas imperiales. La escalinata de Odesa y el risco en el que se tambalea el sueño americano, el banquete de zapato y la carne con gusanos; estas imagenes fueron semillas en un universo de símbolos nacidos en el capitalismo, pero críticos de él; pues todo sistema engendra la semilla de su propia destrucción. 


Autores
Ayamel Fernández García (Ciudad de México, 1996) Historiador egresado de la UNAM. Se ha especializado en historia ambiental y de las ciencias en México y America Latina. Le interesa la conservación ambiental y la naturaleza como problema histórico.
Tiene estudios en Filosofía en la UNAM. Su práctica se desarrolla entre la escritura y la edición cinematográfica. Ha participado en proyectos educativos y comunitarios de manera continua. Su trabajo gira entorno a la estética, su relación con las artes, el cine y la filosofía como herramientas narrativas.
Humo. Fotografía de LuRoGo, 2008. Recuperada de Flickr CC BY-NC-ND 2.0
Humo. Fotografía de LuRoGo, 2008. Recuperada de Flickr CC BY-NC-ND 2.0

Paa tsa’an cafe ra telimu,

nta’á paa uvi ka´nu 

yutu káka lasu.

Papá siempre olía a café y té limón,

sus manos eran como árboles.

Nadia López García

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Ch’ailub: ahumarse.

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Apenas el sol se asoma y una línea delgada de humo sale de la casa: es la señal de que la lumbre se ha encendido. Se estaciona en los bordes del cielo como una manta que cubre al pueblo. La leña quemada es lo primero que se distingue, después los aromas de los alimentos que se preparan para comenzar la jornada. La mañana inicia siempre así, con sabor. 

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Descubrimiento: primero el fuego. Después el humo. Luego la receta.

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El humo es uno de los ingredientes gastronómicos que devienen de tiempos antiguos. La gente encontró en él una forma de conservar el estado de ciertos alimentos, además de notar que servía como un condimento especial para darle un sabor distintivo a la comida. En una mayoría de los pueblos del presente donde se cocina con la fogata, se come con el sabor a humo. 

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¿A qué sabe el humo? No es ácido ni amargo, tampoco dulce, menos umami. Es acaso un sabor inefable al lenguaje del gusto. Es cierto que el humo transmuta de la materia que lo provee. Según el tipo de madera o rama que se utilice, se obtiene una esencia particular: sabor a roble, sabor a pino, sabor a cerezo, sabor a caoba, sabor a una montaña entera. Se impregna para darle aroma y paladar a las cosas. Se percibe, entonces, con el olfato.

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En medio de la cocina de mis tías hay un fogón, en tseltal le llaman sch’amubil k’ajk’, es decir, “el lugar del fuego”. Alrededor de él se colocan las sillas pequeñas para que la familia pueda calentarse por las mañanas y en los días gélidos. También se colocan las mesas para compartir los alimentos en las horas concertadas. Arriba del fogón penden unas varillas donde se colocan los comales y las cubetas que se caracterizan por el tizne de sus lados. Allí mismo se cuelgan los pedazos de carne que se ahúman mientras se cocinan las cosas. 

En el corredor de la cocina se encuentran apilados los pedazos de leña que se disponen para encender la lumbre. Prender el fuego es todo un arte. Hay quienes lo logran rápido con pocos soplidos. Y otros que tardan de más hasta quedarse sin aliento. La creencia de la prontitud depende de la fuerza interior, del fulgor que emana del corazón de quien sopla. Se dice que la gente que es apasionada y querendona tiene dicha virtud. “K’ax lek ya me’intes te k’ajk’e. Qué bien enciendes el fuego”, me dice una tía para convencerme de que tengo el don, aunque en el fondo yo sepa que fue cuestión de suerte. 

El humo es lo primero que aparece al prender la fogata. Los ojos lo recienten cuando crece la humareda, se enrojecen y eclipsa la vista. Al instante surgen las lágrimas y no hay nada que pueda contenerlas. El humo es más efectivo que la cebolla, que la dolencia, cuando de llorar se trata. 

El sch’amubil k’ajk’ es el corazón de una casa. Sin él la casa se percibe incompleta. Allí se rememoran y se escuchan los recuerdos, se aprende a reconocer a quienes viven con nosotros.  Esa es la causa de que al sentir el humo se reaviven ciertas memorias, memorias que encienden el alma.

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Cocinar con leña es distinto a cocinar con carbón o con estufa. Y no me refiero únicamente al procedimiento, sino a la sazón, pues la madera resalta el sabor de los platillos. Puedo reconocer la textura de ciertas comidas que he probado como el pats’ (tamal) y sus formas, es decir, el chenk’ul waj (tamal de frijol), el petul (tamal de frijol entero), el bak’sit (tamal de frijoles enteros), el nup’il waj/ nolbil waj (tamal con frijoles), el noroch’ (tamal de frijol molido) y el tonkos/ xojbil waj (tamal de elote). También el sabor ahumado del ya’lelal chichil (caldo de tomatillo), el jsamet tomut (huevo en comal), la takin sit waj (tostada hecha a la brasa), la juybil mats’ (masa con chile), la ch’uybil waj (memela) y la ch’ilbil bak’ sakil (pepita dorada de calabaza). Cuando los pruebo me trasladan siempre a un recuerdo donde el humo aparece, acaso como presencia de lo que alguna vez existió. El humo, para mí, ha adquirido un tono nostálgico, pues me hace vulnerable ante el deseo de querer volver al tiempo en que estuve con aquellas personas que se aparecen en las bocanadas perpetuas en mi lengua. 

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Desde pequeño he comido entre el humo. Estoy habituado a él. Reconozco las formas que toma cuando la luz del sol se filtra en las rendijas de la cocina; se mece, ondula y serpentea. Cuando se suspende, se convierte en una estela traslucida que opaca la visión. Quizá, así, aprendí a comer llorando. 

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Mi abuela lloraba cada que encendía la lumbre. 

Un soplo, un leve quejido. 

Ella decía que el fuego ahumaba sus ojos 

y despertaba sus nostalgias pretéritas. 

El humo era un espíritu, 

una visión de las cosas perdidas, 

que humedecía sus párpados. 

Con los dedos recogía sus lágrimas,

 las tiraba en la ceniza.

Así evaporaba su llanto.

Ahora que enciendo la lumbre,

mi abuela renace en mis ojos, 

mis lágrimas saben a ella.

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Un remedio para fortalecer al ch’ulel y bendecir las cosas que se estiman es soplando el humo del incienso en todo el cuerpo de la persona, los espacios y objetos. La gente cuenta que el humo es el aliento de los ajawetik, y es a través de la exhalación e inhalación de este que se deposita en aquello que se protege.  Sahumar es la acción de proteger a nuestras entidades anímicas. 

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El humo es la metáfora de todo lo que desvanece: el tiempo, las cosas, las personas, los recuerdos. Es sinónimo de lo fantasmal. La metonimia de lo efímero. 


Autores
(Chiapas, 1990). Es ensayista, documentalista y académico tseltal. Doctor en Ciencias Antropológicas (UAM-I). Becario del FONCA y del PECDA-Chiapas, ambos en dos emisiones. Premio Cátedra Gonzalo Aguirre Beltrán a la Mejor Tesis Doctoral en Antropología Social y Disciplinas afines 2024, y Mención Honorífica de la Cátedra Jan de Vos a Mejor Tesis Doctoral 2025. Ganador del primer lugar en cuento del concurso Universidad es diversidad de la UAM 2021. Obtuvo menciones honoríficas de ensayo en el 53 Concurso Punto de Partida de la UNAM 2022, y en el Concurso de Estudiantes de Post-grado del Congreso ERIP-LACES-Universidad de Stanford 2022. Autor de los libros de ensayo bilingüe, tseltal y español, Te sututet ixtabil. El giro de la pelota (Coneculta, 2020) y Ch’ayet k’inal. Las formas de la ausencia (FCE, 2024).