Karol Wojtyla ha sido el papa más retratado de la historia, de quien se tienen más videos, el que más viajó por el mundo, el primer pontífice no italiano en cuatro siglos y medio, el primero polaco. Y así se podría seguir; desde el momento en el que el cardenal Pericle Felici pronunció el Habemus Papam y el nombre del arzobispo de Cracovia hasta el momento en el que millones acudieron a Roma a sus funerales, Wojtyla no dejó de aparecer en las pantallas de la televisión y en las portadas de los periódicos de todo el mundo, no solo en los países católicos.
No es de sorprender la reproducción masiva de su imagen. Para empezar, ninguno de sus predecesores había viajado tanto como él lo hizo, pero, sobre todo, porque se trató del segundo pontificado con mayor duración: 26 años, 5 meses y 18 días contra el papado de Pío IX (1792-1878) de 31 años, 7 meses y 22 días —según la propia Iglesia, sería el tercer reinado más largo, si se considera que el apóstol Pedro fue papa por al menos 34 años—, transcurrido durante un periodo de gran mediatización como lo fue la última parte del siglo XX. A lo anterior, hay que agregar que ninguno de sus predecesores se llegó a preocupar, como él, de mediatizar su imagen, cuestión evidente desde el momento en el que salió al balcón de la basílica de San Pedro, cuando se dirigió en italiano a la multitud reunida en la plaza, en un acto que no formaba parte del protocolo, y dijo: “No sé si pueda explicarme en su… nuestra lengua italiana. Si me equivoco me corrigen”. Aquellas palabras llenaron esperanza no solo a quienes aguardaban en la plaza de San Pedro, sino a todas las personas que lo vieron en televisión a lo ancho del globo. Sin embargo, su intención de corregirse si cometía errores no fue el sello de su reinado; lo fue, en cambio, hablar a las cámaras, dirigirse a las multitudes.
Wojtyla fue electo en el segundo cónclave de 1978, el año de los tres papas, el 16 de octubre, con ocho escrutinios. Su candidatura fue promovida por el arzobispo de Viena, Franz Köning, ya que los dos cardenales papables —el arzobispo de Génova, Giuseppe Siri, y el arzobispo de Florencia, Giovanni Benelli— no lograban obtener los votos requeridos y el arzobispo de Milán, Giovani Colombo, declaró, al ver que el apoyo que recibía aumentaba, que rechazaría el sitial de Pedro de ser elegido. El joven arzobispo de Cracovia —para los estándares cardenalicios, a sus 58 años era considerado joven—eligió el nombre que Albino Luciani había elegido en el cónclave de agosto: Juan Pablo.
Karol Jozef Wojtyla nació el 18 de mayo de 1920 en Wadowice, Polonia, un país que después de la Primera Guerra Mundial volvió a figurar como país independiente —que tuvo, junto a la lengua, en la fe católica una de las piedras de toque de su identidad, mientras estuvo divido entre Rusia, Austria y Prusia—. Quedó huérfano de madre a la edad de nueve años. Se trasladó a Cracovia, con su padre, a los diecisiete años para estudiar en la Universidad Jaguelónica. Sus estudios se vieron interrumpidos por la invasión de la Alemania nazi. En 1941 su padre también murió —sus hermanos mayores habían fallecido antes en la década de 1930—. Fue durante la ocupación que el joven Wojtyla decidió dejar el teatro y las letras para entrar a la Iglesia.
En 1946 fue ordenado sacerdote por el príncipe Sapieha (1867-1951) y en 1958 recibió la consagración episcopal de parte de Pio XII (Eugenio Pacelli, 1876-1958), quedando como obispo auxiliar del arzobispo Baziak (1890-1962) —Baziak, como Sapieha, fue arzobispo de Cracovia, puesto al que accedió Wojtyla cuando aquel murió en 1962—. El mismo año en el que accedió a la cátedra de Cracovia, dio inicio el Concilio Vaticano II, el 11 de octubre de 1962, convocado por el papa Juan XXIII (Angelo Giusepe Roncalli, 1881-1963), en el cual Wojtyla tuvo una participación activa. En el consistorio de 1967, Pablo VI (Giovani Battista Montini, 1897-1978) lo proclamó cardenal presbítero de San Cesareo in Palatio.
En el momento en el que fue elegido, Wojtyla era conocido por ser un intelectual que había enseñado Teología en la Universidad Jaguelónica, y que tenía una postura crítica hacia los regímenes socialistas, tanto de su natal Polonia como de la URSS. Dada su activa participación en el Concilio Vaticano II, se esperaba que continuara esta agenda, lo que aseguró en su primera reunión con los cardenales, tras su elección. Y se esperaba, también, que su reinado no fuera corto, ya que no había cumplido ni siquiera los sesenta años —objetivo que se hubiera visto truncado el 13 de mayo de 1981, cuando Mehmet Ali Agca le disparó varias veces—.
A la muerte de Wojtyla, el 2 de abril de 2005, se podría dar crédito a su biógrafo, George Weigel, y considerar su reinado como un gran hito, no solo para el catolicismo y el cristianismo, sino para el mundo. Canonizó y beatificó a más personas que sus antecesores juntos durante los cinco siglos previos. Parafraseando a Weigel, se dedicó a tender puentes mientras recorría el mundo —visitó 129 países a lo largo de su reinado—, al estrechar relaciones con otras fes, no solo con cristianos, sino con musulmanes y judíos —fue el primer papa en poner pie en una sinagoga; señalaba que la convivencia con judíos durante su infancia y juventud fue un factor clave en su interés por reconciliar ambas religiones: “Los judíos son nuestros amados hermanos y, en cierto sentido, son en verdad nuestros hermanos mayores [en la fe]”. A lo anterior, se suma el papel que se le adjudica en el fin de los regímenes socialistas, contra los cuales mantuvo una postura adversativa desde su coronación —de ahí que en el atentado de 1981 se manejara la hipótesis de que Agca hubiese actuado por órdenes del Kremlin.
A México hizo cinco visitas a lo largo de su pontificado (1979, 1990, 1993, 1999 y 2002). Comenzó como parte de su primera visita apostólica, el 26 de enero de 1979, después de visitar República Dominicana, donde no fue recibido como jefe de Estado. En la segunda, invitado por el presidente Carlos Salinas de Gortari (1948), México tampoco lo recibió en condición de tal —nuestro país y la Santa Sede rompieron relaciones diplomáticas en 1861, tras la promulgación de las Leyes de Reforma, a lo que se sumó el respaldo del Vaticano a los Cristeros, en la Guerra Cristera (1920), hasta 1992, cuando el gobierno de Salinas de Gortari restableció las relaciones diplomáticas con el Vaticano. Fue hasta su tercer viaje, en 1993, cuando fue recibido como jefe de Estado.
En estos cinco viajes, Wojtyla recorrió el país y beatificó y canonizó a algunas figuras, como San Juan Diego Cuauhtlatoatzin (1474-1548) o Pedro de Jesús Maldonado (1892-1937), sacerdote que participó en el levantamiento cristero. Pero, además de estos viajes y del restablecimiento de las relaciones diplomáticas, en nuestro país también es recordado por arropar al padre Marcial Maciel (1920-2008), fundador de una organización religiosa, acusado en numerosas ocasiones de abusar de menores en las instituciones educativas que dirigía.
Una crítica que se ha levantado sobre Wojtyla, tanto dentro como fuera de la Iglesia, es su alianza con grupos con mucho poder económico. Desconfiaba y llegó a oponerse a la Teología de la Liberación, movimiento que en América Latina surgió después del Concilio Vaticano II y que buscaba un acercamiento con los pobres y desheredados del mundo. Famosa es la escena del 4 de marzo de 1983, cuando el poeta y sacerdote nicaragüense, Ernesto Cardenal, recibió una reprimenda en la pista del aeropuerto de Managua, mientras arrodillado él esperaba la bendición.
En 2003 beatificó, en cambio, a Teresa de Calcuta (1910-1997), quien predicaba el consuelo y el conformismo. Creía que el sufrimiento de las personas las acercaba a Jesús, de ahí que se opusiera a la paliación del dolor. Asimismo, la religiosa de origen macedonio se opusó a los anticonceptivos, punto en el que coincidió por completo con Wojtyla. Sobre este punto Weigel hace hincapié en que Juan Pablo II, desde antes de ser papa, era un férreo defensor del sexo dentro del matrimonio, como una manifestación del amor entre los cónyuges. Sin embargo, se opuso abiertamente al uso de métodos anticonceptivos o la utilización del condón, al que clasificó como blasfemia de Dios —en plena crisis del VIH—, y ni qué decir de su postura sobre el derecho a decidir de las mujeres, del cual se expresó en estos términos:“el aborto es el principio que pone en peligro la paz en el mundo”.
Y a pesar de los viajes y de haberse declarado mexicano en una de sus visitas a nuestro país, el porcentaje de mexicanos que se declaraban católicos disminuyó durante su papado. Según datos del INEGI, pasó de 92.6 %, en 1980, a 82.7 %, en 2010. Este fenómeno también se presentó en Brasil, el país con mayor número de católicos del mundo. El Centro de Estudios Religiosos e Investigaciones Sociales (CERIS), de la Conferencia Nacional de Obispos de Brasil consideraba, al iniciar el 2005, que 75 % de brasileños eran católicos, contra 88 %, estimado en 1980. Los múltiples viajes de evangelización parecen no haber tenido un correlato en el aumento de fieles.
El 2 de abril de 2005 falleció en el Vaticano Wojtyla después de una larga enfermedad, de la cual millones fueron testigos: el deterioro a consecuencia de la enfermedad de Parkinson del santo padre fue televisado, como antes lo habían sido sus peregrinaciones. Las cámaras atestiguaron su vejez y senectud. Sus últimas palabras, de acuerdo con la Santa Sede, fueron en polaco: “Déjenme ir a la casa del Padre”. Veintiséis años del primer papa polaco, el papa viajero, llegaron a su fin, el mundo era muy distinto al de 1978, cuando fue electo, y puede decirse que algunos de esos cambios se debieron a él y su actuar. A sus funerales acudieron numerosos dirigentes de Estado y millones de peregrinos al Vaticano. Sus sucesores lo beatificaron y canonizaron, primero Benedicto XVI (Joseph Ratzinger, 1927-2022) lo elevó a beato, el 1 de mayo de 2011 y, después, Francisco (Jorge Mario Bergoglio, 1936) lo canonizó, el 27 de abril de 2014, junto con Juan XXIII, estableciendo su festividad el 22 de octubre, en conmemoración del día de inicio de su pontificado.
A veinte años de su fallecimiento, se puede juzgar su legado, plantearse qué hizo por la Iglesia y sus feligreses, y qué hizo también por aquellos que no eran parte de la institución a la que dirigió, pero cuyas decisiones también afectaron. Queda a cada quien analizar sus actos y en función de su propia conciencia establecer si fueron buenos o malos. Es evidente que para la Iglesia fueron buenos, puesto que fue elevado al santoral católico, pero ¿lo fue así para todos los católicos y para personas de otras denominaciones que se vieron afectadas por sus políticas y actos de una u otra manera?
Referencias
Weigel, George, Witness to Hope: The Biography of Pope John Paul II, Nueva York, Harper Perennial, 2020.
Martínez Pérez, Jorge, “México: disminuye población católica y aumenta población diferente a la católica, sin religión y opción no especificada”, International Journal of Progressive Sciences and Technologies, 42, (2023).
La literatura es un instrumento político, tanto de adoctrinamiento como de crítica. Esta aseveración, aunque obvia, no siempre se tiene en cuenta a la hora de analizar un texto o, incluso, de crearlo. Si bien en muchos círculos persiste la idea de “separar al autor de su obra” (cosa que, por cierto, es una exigencia para ciertas manifestaciones y no para otras), no podemos olvidar que un producto estético está dado por un entorno específico, es proferido por un cuerpo (o cuerpos) específicos y es recibido también por una comunidad integrada por cuerpos. Pensar que algo puede suceder fuera de la esfera que habitamos, como si el arte sucediera en el vacío, nos puede llevar por senderos muy peligrosos en los que el valor de algo reside únicamente en “su calidad” –que habría que ver con qué valores se determina– y su “universalidad”, que habría que pensar si es tal. La tradición occidental se ha empeñado en retirar la literatura de los cuerpos y, mediante este borramiento, intentar hacer una especie de escritura neutra, “objetiva”, que deja de lado su potencial emancipatorio.
El arte, en tanto dispositivo político, nos permite pensar nuestras formas de estar juntxs. Y, en el mejor de los casos, nos permite también inventar nuevas posibilidades de ese estar juntxs. El proceso de lectura permite tanto la identificación —este personaje se parece a mí, aquel personaje a mi mamá, etc.— como la construcción de una ventana o una puerta abierta a reconocer una subjetividad que no es la mía y tal vez ni siquiera se me parece. Por eso, y resulta quizá una obviedad a estas alturas, mientras más diverso sea el panorama, más posibilidades tenemos de encontrarnos con identidades y problemáticas que nos permitan entender de manera digna la diversidad y complejidad del mundo que habitamos. Lo mismo, por supuesto, sucede con la televisión, el cine, la música, la pintura, etc. Por supuesto, cuando pienso en esas maneras de estar juntxs, no afirmo que la literatura “deba ser” de tal o cual manera o “deba transmitir” tal o cual mensaje. No es en el adoctrinamiento ni en el establecimiento moral donde busco el potencial reinventivo, sino en las preguntas incómodas, en los personajes problemáticos, en las afirmaciones que no pueden ser contundentes: en esos lugares difíciles de habitar y difíciles de encasillar, ante los cuales el pensamiento binarista —que articula de manera tajante el bien y el mal, o la verdad y la mentira, o todas esas estructuras que rehúyen matices y complejidades y simplifican para que se vuelva demasiado fácil tener una postura— se queda inoperante. Ahí, en eso que no se cierra, en eso que no se puede interpretar de forma simple, es donde me interesa pensar.
Si recordamos que hace apenas treinta años ese señor que se llamaba Harold Bloom publicó su libro “El canon occidental”, en el cual en una lista de veintiséis autores, mencionaba solo a cuatro mujeres (Jane Austen, Emily Dickinson, George Eliot y Virginia Woolf) y a cinco autores que escribieron en una lengua romance (Dante Alighieri, Miguel de Cervantes, Jorge Luis Borges, Pablo Neruda y Fernando Pessoa); podemos agradecer lo mucho que las cosas han cambiado al tiempo que reconocemos también todo lo que nos falta. El occidente de Bloom no llegaba mucho más allá de sus narices y, amén de esa estrechez de miras (o de corazón, como cantarían Los Prisioneros en 1990), es importante recalcar lo mucho que un pensamiento como este es eco y resonancia de toda una tradición académica de lectura que invisibiliza, esconde, cancela y mutila las literaturas que no caben en esa idea misma de “occidente”. No podemos olvidar que, mientras Bloom defendía una postura y una visión que daba sus últimos estertores (ahora, como sabemos, vive en forma de zombie conservador: se murió pero hace como que sigue viva) teníamos a autoras como Judith Butler, Jean Franco, Gayatri Spivak o Beatriz Sarlo —por poner solo algunos ejemplos—, que estaban intentando ensanchar los espacios académicos para que cupieran voces distintas. Una oposición de fuerzas y discursos que sigue extendiendo sus influencias hacia nuestro caótico presente de posverdad, certezas difuminadas y todas esas cosas. En esa disputa por quién tiene posibilidades de hablar, de publicar, de aparecer en pantalla, el sistema se ha empeñado en disfrazarnos lo hegemónico como neutral, lo mismo que ha insistido en la existencia de una forma también “neutral” de aproximarnos a los fenómenos culturales.
Afirma Diana Fuss que:
No hay una forma «natural» de leer un texto: las formas de lectura son históricamente específicas y culturalmente variables y las posiciones de lectura están siempre construidas, asignadas u organizadas. […] El público lector, como los textos, están construidos; más que crear las prácticas de lectura ex nihilo, las ocupan. Finalmente, todos estos puntos sugieren que si leemos desde posiciones-sujeto múltiples, el mismo acto de lectura se convierte en una fuerza que trastorna nuestra creencia en sujetos estables y significados esenciales.
Es decir que todo acto de leer, en algún sentido, nos vuelve conscientes de nuestra permeabilidad, de nuestro carácter de personas inacabadas, móviles, que pueden cambiar de opinión. Una vez que se cuestiona la “naturalidad” de la lectura, como evidencia Fuss, aparece entonces la idea de una construcción que emplea prácticas de lectura. Gracias a los feminismos, al pensamiento decolonial, y a otras irrupciones que atentan contra el orden hegemónico, ha sido posible que veamos cuáles son las representaciones que subvierten, cuestionan o rebasan al poder, lo mismo que ver de manera mucho más nítida cuáles son los intentos del poder por reprimir esas representaciones.
Me parece importante recalcar que la movilidad de la tradición y el canon depende de la movilidad de nuestros modos de lectura, desnaturalizados mediante ejercicios reflexivos que permiten reconocer las estructuras sobre las que se sustentan nuestras aproximaciones. En ese sentido, mientras en las calles crece la lucha por los derechos humanos de cada vez más personas, desde distintos ejes, crece también un ejercicio de reconocimiento de quiénes han sido los sujetos históricamente oprimidos y vulnerados. En el ámbito literario, se ve reflejado en eso que se disfraza de “gusto”, pero está también mediado por un sinnúmero de dispositivos ideológicos y valores conscientes o inconscientes, más o menos anclados en una cierta idea de lo-que-debe-ser la literatura y lo que debe ser el mundo. Así pues, no es sólo el reconocimiento de la “calidad literaria” lo que lleva a determinada autora a los paneles, las mesas de novedades, las notas de periódico, las asambleas o las marchas, es también que su voz hace patente una presencia poco escuchada antes. Son esos desplazamientos de lectura –desplazamientos, al fin y al cabo, también políticos– los que generan el intersticio a través del cual es posible mirar lo no mirado antes, los fragmentos de historia que nos faltan y que abren, en palabras de Joan Scott, “la sensación de posibilidad política” (78) que habilita la aparición de sujetos que minan la idea de lo “universal” como categoría o, como dice Canclini: «las concepciones universalistas que han contrabandeado, bajo apariencias de objetividad, las perspectivas coloniales, occidentales, masculinas, blancas y de otros sectores».
En How to supress women’s writing, libro publicado en 1983 y traducido al español hasta 2018, Joanna Russ señala una serie de procedimientos, actitudes e inercias que contribuyen sistémica y sistemáticamente a la invisibilización del trabajo de las autoras. Ella identifica mecanismos como la exclusión de las mujeres en los programas académicos (encuentra, por ejemplo, que los porcentajes de autoras van del 5 al 16% en los planes de estudio); las etiquetas, la censura temática, el acceso al tiempo libre y a los recursos necesarios para escribir (que ya, desde hace tanto, identificaba Virgina Woolf en A room of one’s own); la ausencia de referentes y ejemplos femeninos, y un mecanismo bastante singular que consiste en insistir en la excepcionalidad de determinada autora, poniéndola por encima de sus contemporáneas y reforzando la noción de que no todas las mujeres están a la altura de la inteligencia masculina. De este modo, se nos hace pensar, y de manera patente funciona así, que para publicar si eres mujer o una persona disidente hace falta un talento excepcional, hay que “ganarse un sitio” que para los colegas masculinos suele estar dado de ante mano. Para Russ:
El truco reside en hacer que la libertad sea tan solo nominal y después —puesto que habrá quien aún así lo haga— desarrollar diferentes estrategias para ignorar, condenar o minusvalorar las obras artísticas resultantes. Si se hace bien, estas estrategias darán como resultado una situación social en la que la gente «inadecuada» tiene (supuestamente) la libertad de dedicarse a la literatura, al arte, a lo que sea, pero en la que muy poca lo hace, y aquella que se atreve lo hace (aparentemente) mal, así podemos dejar el tema de una vez por todas. (pos. 211)
Así, las dificultades de la creación funcionan para impedir que ciertas obras aparezcan. No obstante, superada esta barrera, existen otras limitaciones que surgen una vez publicada la obra y que obedecen a cuestiones de mercado, de acceso o de lectura. En ese sentido, quiero destacar aquí nuestro papel fundamental como consumidores de literatura (lectores, si queremos ponernos más románticxs, pero creo que en este mundo mercantilizado la primera posición es quizá mucho más cercana a las condiciones materiales de circulación de la literatura). Si bien pensar el arte como producto es sumamente reduccionista, no podemos olvidar que nada existe realmente fuera del sistema que integramos y habitamos y que, en ese sentido, los objetos culturales son objetos de consumo insertos en un contexto y un momento histórico. No quisiera que esto implicara, pues, que cayéramos en la trampa neoliberal de pensar la identidad como marca ni pensar en los feminismos o lo queer (ese término paraguas que nos sirve para agrupar una serie de experiencias a cual más de distintas que tienen en común la oposición a un régimen cisheteropatriarcal desde la subversión y el ejercicio de los cuerpos) como un objeto de consumo. Ni muy- muy, ni tan-tan.
Escribe Laura Arnés que “La literatura es un dispositivo político donde se modulan múltiples distribuciones de lo que afecta a nuestros mundos sensibles, un espacio privilegiado en el cual se ensayan formas posibles (probables o improbables) de la vida en común y en donde, como consecuencia, se estrenan constantemente nuevas relaciones entre los cuerpos” (9-10). No es, pues, una promesa de revolución total sino un gesto microrrevolucionario, de subversiones íntimas que, conectadas con el exterior, se convierten en algo más grande. Con el reconocimiento de lo problemático que resultan las nominaciones identitarias, en tanto sectarizan y tienden a hacer de la disidencia un atributo esencialista, he elegido, sin embargo, retomarlas como una herramienta reflexiva en tanto su potencial político se manifiesta con fuerza cada que una de estas escrituras logra colarse a espacios en donde no es esperada.
Afirmaba Roland Barthes en 1968 que el autor había muerto, que no importaba ya, que cuando el narrador habla en las novelas de Balzac es el narrador y no Balzac, porque “la escritura es ese lugar neutro, compuesto, oblicuo, al que va a parar nuestro sujeto, el blanco-y-negro en donde acaba por perderse toda identidad, comenzando por la propia identidad del cuerpo que escribe”. No sé si Roland Barthes seguiría estando de acuerdo con él mismo unos años más tarde, si pensar en la escritura antepuesta a quien la escribe no será privilegio de unos cuantos. “Sustituir por el propio lenguaje al que hasta entonces se suponía que era su propietario” dice más adelante; el texto es el lenguaje con que está escrito, pero enunciarlo así también abre la puerta a pensarlo con una autonomía que no tiene: el lenguaje y lo que se dice es, también sabemos ahora, un producto social con ciertas características marcadas por los contextos de producción y de recepción. Quien enuncia es un yo, es cierto, pero ejerciendo una propiedad colectiva, la de la lengua y todo lo que ella arrastra. La neutralidad es un disfraz que cobijó durante muchos tiempos al texto literario y su estudio formalista. Sin embargo, si se reconocen estas producciones hechas desde la primera persona del singular que florecen en el presente, que tienen como eje la experiencia propia y desde ahí articulan sus historias, ¿cómo hacemos para no caer en la trampa mercantilista de regresar al autor-persona comercializable, equiparable a su personaje de redes sociales? ¿Cómo pensamos a la voz que acontece en el texto? Si, como dijo el propio Barthes, el autor es una construcción moderna, ¿en qué sitio colocamos las escrituras que pasan por la primera persona y que sin embargo no se constituyen, ni pretenden constituirse, como voces autorizadas? Nattie Golubov ha pensado desde hace varios años a este respecto:
Para la crítica literaria feminista, la propuesta barthesiana ha tenido consecuencias ambivalentes que incluyen la ya mencionada “esquizofrenia intelectual”. Incluso cuando la autora no es más que una ficción de la lectora o una huella espectral, una ilusión textual o un avatar virtual, las mujeres que escriben nunca escapan a un cuerpo cuya materialidad es ineludible en la “práctica de la lectura y la escritura” (Miller, 1985: 291). Pero la propuesta de Barthes es radical también porque el autor es un significante trascendental, ese “ser unificado, sin costuras –a la vez individual y colectivo– que comúnmente denominamos ‘hombre’” (Moi, 1988: 22), el sujeto político, epistemológico, jurídico de la modernidad que por muy ilusoria que sea su solidez goza de gran poder discursivo, simbólico y cultural. Para las mujeres muy probablemente no sea deseable ocupar ese lugar masculino de enunciación y posición-sujeto en el orden simbólico dominante que las ubica “al margen” (Anonimato 38-39).
A partir de este comentario, queda evidenciada la problemática. Por un lado, reconocer las especificidades de un cuerpo que escribe implica insistir en aquello que ha sido una justificación para el menosprecio y la exclusión; por el otro, parece que ignorar esta condición invisibiliza precisamente las mismas circunstancias sociohistóricas que explicarían en muchos casos tal marginación.
El autor que murió es un autor “neutro”, lo cual equivaldría en este caso a decir que es blanco, heterosexual, europeo, hombre: uno que puede pasar una vida literaria entera sin cuestionarse el cuerpo porque su cuerpo no es un problema teórico como puede serlo para todo aquel/aquella que queda fuera de ese centro hegemónico. Olivia Sudjic es precisa cuando apunta que esta intención de separar el cuerpo de la obra aplica solo para ciertos sujetos, concretamente los masculinos, porque cuando es una mujer o alguien disidente quien enuncia, la crítica se apresura a tildar esa expresión como una forma de “autoficción”, que habla de la experiencia individual y nos lleva a la trampa de equiparar el relato con la vida. Como ejemplo de esto pienso en Camila Sosa Villada, a quien una y otra vez se le pregunta en entrevistas sobre lo “autobiográfico” en su literatura que habla de mujeres trans y travas, y afirma ya cansada: “yo diría que insistamos en la ficción, porque nos están pidiendo todo el tiempo que demos testimonio, que hablemos de nuestro sufrimiento, que hablemos de nuestro dolor y miserias. Y nosotras somos grandes mentirosas, nuestra inteligencia tiene que estar puesta al servicio de la ficción. Eso de dar testimonio no cambia nada nuestra realidad, en cambio la ficción sí”. Otras autoras, como Alana S. Portero, insisten en reivindicar esta posibilidad, y algunas más, como Gabriela Cabezón Cámara o mucho antes Reinaldo Arenas trabajan con esos personajes que alcanzaron a colarse apenas al margen de la historia y la tradición como material. Esos que vemos apenas de reojo, al fondo del encuadre de los mitos fundacionales en una suerte de reescritura del pasado que es también un hacer presente y también un apuntar hacia el futuro.
Aunque la historia masculina de la literatura nos dice que “un buen escritor puede escribir de cualquier tema”, sigue habiendo una exigencia implícita para mujeres y disidencias de hablar de “ciertos temas” con “ciertos enfoques”, estos temas son casi siempre aquellos que no se consideran masculinos. Es un camino sin salida, porque mientras por un lado siguen pesando estigmas sobre aquello que constituye un tema literario, por el otro esos “grandes temas literarios” siguen estando vedados para muchas subjetividades.
Ahora bien, ¿cómo sobrevive una voz en un relato si no es a partir de la persona? Si, como dice Sudjic, ese privilegio de desaparecer es específico de una autoría que no tiene que indagar por su corporalidad, podemos pensar en otras opciones que implican la aparición de un cuerpo como proceso, como estado no acabado, que antes que un Yo constituiría una subjetividad. O una serie de ellas.
En ese mismo sentido es que Butler señala una descorporización que implica una construcción racionalizada contra la que las formas y los relatos de la disidencia insisten:
Ésta es una figura de descorporización pero, sin embargo, es también una figura de un cuerpo, un cuerpo que tiene una racionalidad masculinizada, la figura de un cuerpo masculino que no es un cuerpo, una figura en crisis, una figura que representa una crisis que no puede controlar plenamente. Esta representación de la razón masculina como cuerpo descorporizado tiene una morfología imaginaria creada a través de la exclusión de otros cuerpos posibles. Es una materialización de la razón que opera mediante la desmaterializacián de otros cuerpos, porque lo femenino, estrictamente hablando, no tiene ninguna morphé, ninguna morfología, ningún perfil, porque es lo que contribuye a delimitar las cosas, pero es en sí mismo algo indiferenciado, sin un límite. El cuerpo que es la razón desmaterializa los cuerpos que no pueden representar adecuadamente a la razón o sus réplicas; sin embargo, ésta es una figura en crisis, porque este cuerpo de razón es en sí mismo la desmaterialización fantasmática de la masculinidad, que requiere que las mujeres, los esclavos, los niños y los animales sean el cuerpo, realicen las funciones corporales, lo que él no realizará.
Así, con las funciones plenamente corporales siendo atribuidas a todos los otros cuerpos que no son los masculinos, instala una hegemonía contra la cual ciertas escrituras se proponen. Monique Wittig va en esta misma dirección cuando señala que, en términos literarios, lo masculino constituye una suerte de universalidad falsa. “No hay dos géneros, sino uno: el femenino, el «masculino» no es un género. Porque lo masculino no es lo masculino sino lo general. Lo que hay es lo general y lo femenino, o más bien lo general y la marca del femenino.” Son entonces esas marcas las que me permitirán enfatizar el carácter singular y antihegemónico de las obras en las que reconozco un potencial transformativo del statu quo.
Dice Berta García Faet que “la poesía sucede cuando se tocan las vidas de quien escribe y de quien lee”. Hay mucho de mágico que se escapa en la creación y la recepción de lo artístico: por mucho que lo intentemos, seguimos sin lograr —afortunadamente— que los algoritmos nos digan qué nos puede o no gustar a la hora de abrir una plataforma de streaming o de lectura online. No hay una fórmula y no hay inteligencia artificial que alcance a predecir el gusto ni el éxito. Hay, en cambio, un destello de la ficción como resistencia, como instalación de esperanza, como promesa de futuro hacia lxs otrxs que han quedado sistemáticamente fuera del reparto de la felicidad y la vida vivible: por eso escribimos, por eso leemos.
Compró aquel libro de pasta dura y camisa de papel encerado en una tarde interrumpida por un chubasco repentino y escandaloso. Sandra y su hija acababan de salir de una función de La guerra de las galaxias en el cine Díaz Mirón cuando cayeron los primeros goterones. Se metieron a la Librería Científica y peinaron los pasillos sin entusiasmo, a la espera de que escampara. Un lomo sobresalió en un anaquel que acogía cualquier texto no educativo bajo la dudosa clasificación de “literatura”: Manual de experimentos parapsíquicos. Un anuncio en la parte inferior de la portada subrayaba la naturaleza del Manual:
Descubra sus poderes psíquicos mediante centenares de experimentos
que usted puede realizar en su propio hogar
CONTIENE COMUNICADOR TELEPÁTICO
Para ese entonces Sandra ya era una discreta aficionada a la simbología y al tarot, así como al poder presunto de los imanes y los cuarzos. Empezó sus lecturas con El retorno de los brujos, siguió con Los grandes mensajes, el Kybalión, El misterio de las catedrales y en medio leyó novelas de terror y cuentos fantásticos como si fueran testimonios de una realidad paralela, con frecuencia sombría, pero siempre más intensa que la propia, que algunos necios buscaban ignorar o, peor aún, esconder. No obstante, ninguna de estas lecturas, ni siquiera aquellas a las que acudió con cierto afán historiográfico, se había anunciado con la fuerza de un instructivo que prometía la irrupción de un mundo más profundo en esta rutina pendular: su vida transitaba, inexorablemente, de la angustia perpetua en el despacho portuario y el martirio doméstico al cansancio inseparable del aburrimiento, los domingos de misa y rayos catódicos, los sábados cuyo silencio aderezado con besuconas solo se interrumpía si pasaba frente a la casa un coche lleno de música fugaz y risas de muchachas que le recordaban a la suya. Solía carcajear en rápidos automóviles hasta que nació su hija; y Sandra irradió por un tiempo una felicidad evangélica que amainó a golpes de estrés y monotonía hasta convertirla en una mujer que se preguntaba en noches de sábado si el efecto Doppler podía ser ante todo un fenómeno emocional.
Leyó el Manual antes de dormir y en el consultorio del médico, leyó esperando a que su hija saliera de natación y también en la oficina, desde cuya ventana podía ver los barcos que entraban al puerto de Veracruz. Leyó párrafos que la hacían sentir en medio de una conjura:
“El descubrimiento de las energías relacionadas con los procesos psíquicos será tanto o más importante que el descubrimiento de la energía atómica”. Dicha afirmación fue hecha por el doctor Leonid L. Vasiliev, psicólogo ruso internacionalmente conocido, galardonado con el premio Lenin y padre de la parapsicología soviética. De algún modo resume la tónica de las investigaciones de países socialistas en torno a los fenómenos psi. En la actualidad, los soviéticos se hallan abocados a la investigación de la energía en los PK, la radiestesia, las fotos Kirlian, las curaciones psíquicas, la telepatía, la cosmobiología, el hipnotismo e incluso la piramidología, así como también a otras búsquedas menos divulgadas.
Leyó todos los caracteres entre las dos tapas del volumen impreso en Colombia; ni siquiera la página legal quedó intacta.
El momento de la praxis llegó acompañado de un proyector de diapositivas que nadie usaba en su oficina y que Sandra adaptó para que iluminara la pared de la sala, en un carrusel de imágenes intermitentes que variaban al ritmo de sesenta revoluciones por minuto. Según el Manual de experimentos parapsíquicos, el ingeniero soviético Vladimir Fidelman había empleado un proyector como detonante de la comunicación telepática durante sus experimentos:
Colocó una tarjeta con un número impreso –el 8, por ejemplo– bajo una lámpara y lo iluminó una y otra vez ante los ojos de un emisor telepático. “Cante”, ordenó. “Cante: ocho, ocho, ocho, rítmicamente según se enciende la luz”. Indicó al emisor que se sumergiese en el 8 hasta no ver sino el número 8 con vívida claridad en una pantalla imaginaria en su mente. Fidelman asegura haber ensayado con éxito esta técnica en la transmisión de 100 sobre 134 números a un receptor situado a más de un kilómetro de distancia.
Instaló en la mesa el proyector de diapositivas, al cual se refirió en adelante como Comunicador Telepático, acompañado de tarjetas parapsíquicas con los símbolos 4, 5, 6, 7, 8, B, A, Z, O y W que hizo con hojas de vinilo transparente que compró en la papelería. Solo entonces reparó en un detalle imprescindible: ella podría desarrollar el envío de mensajes con la mente, ¿pero quién los recibiría? Su catálogo de amistades era ajeno a esta afición bochornosa: Pilar se iba puntualmente después de recoger a la niña y darle de comer; las del círculo de lectura se creían demasiado inteligentes para todo lo que oliera a superchería; mucho menos podría considerar a sus hermanas, tan proclives al espanto avícola.
“Hija, ¿me ayudas con un experimento?”.
Elena no era una entusiasta, pero tampoco miedosa y admitió de buena gana sentarse sin distractores del otro lado de la pared, en la sala, mientras corría en el carrusel una misma tarjeta que su madre repetía para sí misma: “doble u, doble u, doble u”. Tras diez minutos de tímida simulación con una misma letra repitiéndose sobre la pared, ambas admitieron que no había ocurrido nada.
“Bueno, no”, corrigió Sandra. “No ocurrió nada… de lo que esperábamos: ¿tú dirías que un solo mal resultado arruina todo el experimento?”.
Modificó el tiempo de la sesión, las letras, la velocidad del carrusel, qué luces de la casa debían o no estar encendidas. Nada arrojaba la más mínima sorpresa, el asomo pequeñito, pero irrebatible de comunicación entre madre e hija a través de quince centímetros de capas concéntricas de pintura vinílica, yeso y ladrillo.
Cuando la ayuda inicial de Elena mutó en hartazgo, acordaron un último intento. La única luz de la casa era la proyección intermitente del número 8 sobre la pared, acompañado siempre por un clic plástico y agudo que adquiría propiedades hipnóticas con las repeticiones. Sandra desistió de repetir el símbolo como un mantra y prefirió que su mente divagara ante las curvas entrelazadas de la figura que aparecía y desaparecía y que terminó por abandonar la pared, como una calcomanía arrancada, para levitar ante ella bajo la forma de un fosfeno, blanco y fulgurante, con bordes de un color púrpura inestable y metalizado.
Cierra los ojos. Suena el siseo magnético de una radio mal sintonizada seguido de un acorde mayor de piano que antecede un solitario arpegio descendente: una canción: una balada de jazz con una voz femenina. Dentro de pocos compases, un golpe de batería anuncia la entrada de una orquesta pop y la intensidad del tema crece junto con la tierna furia de la cantante.
Abre otros ojos con los ojos aún cerrados:
está sentada en el sillón café de un cuarto pintado de color pistache junto con su hija. Elena se echa en sus brazos, se le aferra por el cuello mientras dice que lo siente, pero Sandra ni ahora ni entonces parece entender qué es lo que su hija lamenta. La abraza hasta que la música se detiene y espectros radiofónicos atraviesan las bocinas como si fuera un lugar de paso para almas en pena. Ahora es Sandra quien llora; sabe que debe irse.
“¿Lo escuchaste?”, dijo al abrir los ojos. El proyector se había apagado y la casa yacía en penumbras. Anticipos del norte pegaban contra la ventana, agitaban los almendros y las palmeras, ululaban por la calle jugando a los fantasmas.
“¿Qué, mamá?”.
“Había una canción. Como si hubieran prendido la radio”.
“¡¿Te quedaste dormida?!”.
“No para nada, es que…”
“No puedo creer que te dormiste”, reclamó Elena antes de subir a su cuarto. Su madre permaneció sentada en el comedor sin luz, con la certidumbre mística de quien ha recordado de súbito una pista crucial sobre su propia vida.
Desde que despertó hasta que volvió a casa, Sandra solo pudo preguntarse cuándo ocurrió aquel episodio con su hija. Ahora lo recordaba claramente, pero era incapaz de adjudicarle fecha o contexto. Lo más fácil hubiera sido preguntarle a Elena, pero si era un episodio importante tampoco quería parecer insensible u olvidadiza. ¿El recuerdo volvió gracias al aparato? ¿O lo hubiera recordado de cualquier forma? ¿Qué tal que el proyector no podía despertar en ella poderes psíquicos, pero sí podía hipnotizarla hasta regresarle memorias que había enterrado por completo? Estaba desconcertada, pero al menos la canción le había gustado lo suficiente para tararear todo el día, deseosa de llegar a una coincidencia mágica: prender la radio y encontrar esos acordes de nuevo.
“Tararará tarara…”, repetía para sí misma.
Por la noche preguntó a Elena, experta precoz en el pop radial, ya no sobre el episodio, pero sí sobre la canción.
“No, mami, ha de ser una canción de las tuyas”, respondió tras oír a su madre tararear y describir la balada: tararará tarara: ya no podía despegarse del gancho inicial de una canción que casi era su favorita, aun si no podía recordar a la artista ni mucho menos el título.
“De veras que es de ahora, de ahorita”.
“Y de veras que no la conozco”.
¿Acaso recordó una canción que no existía? ¿Era eso lo que realmente había pasado? ¿Soñó despierta en medio de un trance? En alguna ocasión, en un libro sobre premoniciones, leyó sobre poetas y músicos en cuyos sueños aparecían obras nonatas a la espera de ser escritas.
Apenas se durmió Elena, Sandra bajó al comedor presa de un silencio culpable y emprendió de nuevo el experimento: puso la tarjeta con el número 8 en el carrusel, apagó las luces, se sentó en la mesa viendo hacia la pared y encendió el proyector. Se concentró en las curvas proyectadas hasta despojarlas de significado: eran senderos, surcos sobre el terreno fértil, circuitos para competencias, marañas de cabello lacio empujadas por el agua caliente hacia la coladera. Cuando el fosfeno empezó a agitarse fuera de la pared como una bandera fantasmagórica, Sandra se dejó llevar por un adormecimiento insomne.
Abre otros párpados mientras aprieta los párpados.
Se descubre en la cocina, de frente al refrigerador abierto: un huevo desciende por el aire, a punto de estrellarse contra el piso. Elena pregunta si está lista la comida. La cáscara se quiebra. En la estufa hay frijoles con mole xiqueño, arroz blanco y plátano frito. La clara se extiende en el suelo bajo un frío resplandor, Sandra percibe pronto un olor a podrido.
Nuevamente, tenía una viva impresión de ese recuerdo, pero ignoraba cuándo ocurrió. Buscó una respuesta entre sus libros: no solo el Manual no decía nada que pudiera ayudarle, ningún volumen sobre sueños ni chakras ni vidas pasadas ni paralelas ofreció una respuesta que rozara la cordura. Estaba convencida de que estas ensoñaciones ocurridas durante el trance provocado por el Comunicador Telepático eran parte de un fenómeno legítimo, pero estaba lejos de poder explicarlo. La noche siguiente repitió la ceremonia: proyector, clic, una luz sobre la pared:
Reposa en el asiento trasero de una camioneta mientras mira hacia las nubes. El aire que pega contra su rostro enmascara un fuerte mareo. Quiere quitarse de encima un olor profundo y aceitoso que le produce arcadas solo de nombrarlo. Siente que va a vomitar.
Despertó con una certeza: guardaría el Comunicador en el clóset. Por lo demás, era una zombi desvelada que sabía poco del mundo, dispuesta a arrastrase a la cafetera sin prestar atención a nada más. Pasar la noche de viernes limpiando vómito del comedor no era lo que tenía en mente cuando compró el Manual durante una tarde lluviosa.
Cuando Sandra bajó a la cocina encontró a su madre cocinando.
“Pero qué cara. Te vi tan cansada cuando llegué que no quise despertarte. A mí me encanta visitarlas, pero si vas a estar dormida mejor me dices y me quedo en mi casa”.
“Lo siento, ma. Creo que tuve una pesadilla”, respondió Sandra.
“¿Es por el juego que compraste?”, soltó Elena.
“¿Cuál juego?”.
“Para leer la mente. Se pone en las noches en el comedor y se queda viendo la pared”, explicó Elena a su abuela.
“¿Pero qué clase de juego es ese, hija?”.
“Uno muy tonto que no volveré a jugar”, respondió Sandra al mismo tiempo que extendía el brazo dentro del refrigerador y sacaba el último huevo del cartón. Lo agitó en su oído para saber si estaba fresco y lo dejó caer, paralizada: ya había vivido esto.
Si alguien le preguntara a Sandra cómo se siente ver el futuro, primero diría que es como prender la tele y girar la perilla buscando un canal cuya existencia intuyes, aunque no conste en la lista impresa sobre el armazón de plástico. Los ojos cerrados se llenan de una ceniza brumosa y aleatoria, recorrida por eventuales siluetas fantasmales que poco a poco cobran definición por encima de las interferencias. Donde había una capa ebulliciente de puntos negros y blancos, de pronto aparecen un pantalón y una camisa yendo cuesta abajo por la calle, un rostro que gira la cabeza hacia la cámara. El soplo de estática que acompaña a la nieve sobre la pantalla se transforma en un sincopado golpeteo de bombos y timbales eléctricos, el inicio de una canción en un ritmo que aún no se inventa y que la perturba hasta abrir los ojos mientras agita la cabeza y se apaga la transmisión en su mente.
Acaso las imágenes llegan a Sandra como señales de televisión, la luz invisible que va de una antena a otra recorriendo el aire y la atmósfera, pero el acto de conocer los hechos que nos esperan más adelante tiene poco que ver con los presagios súbitos que tienen algunas ancianas o con señales de un cariz sobrenatural sujetas a interpretación, como el remolino en el cabello del hijo que anticipa el sexo del embarazo siguiente, o con las apariciones de animales que se tornan en un horóscopo salvaje: la mariposa nocturna en la habitación.
Esto es lo segundo que diría: el problema es la frase misma: no se ve el futuro, se ve hacia el futuro, de la misma forma en que no se aprecia la totalidad del pasado, sino únicamente la parte de él que nos corresponde. Si el tiempo es el paisaje, Sandra solo puede ver la porción que cabe por su ventana: el mar es visible desde el balcón, pero no todo el mar. Aun si cambiar de posición ofrece una vista distinta, sigue siendo la misma ventana, la misma porción inexorable del Golfo de México. Pasado y futuro eran puntos cardinales de un mismo terreno y ella había construido una brújula cuya aguja imantada flotaba en la oscuridad magnética y acuosa detrás de sus párpados.
Por lo mismo, Sandra no podría acceder al porvenir de todos los posibles convocados por sus facultades, sino solamente al suyo y, por añadidura, al de aquellos que coincidan con ella dentro de estas imágenes que llegan con la pátina difusa de lo ya vivido, inexactas, susceptibles acaso a borradura y variación: las noticias no llegaban bajo el hálito de la sorpresa: del futuro tenía recuerdos.
Desde esa noche empezó a escribir las memorias futuras que sintonizaba. Algunas eran nimiedades, algunas eran noticias, otras eran piezas incomprensibles. Vio a Jacobo Zabludovsky anunciar en el noticiario el descubrimiento de un monolito en honor a Coyolxauhqui; escuchó a su hija anunciar que estudiaría en México; “perdón, abuelita”, le dijo una niña que le disparó sin querer con una pistola de agua en medio de la refriega contra el hermano; vio pilas de cadáveres en un paso a desnivel; caminó descalza sobre un patio enorme y desconocido, mientras el césped le picaba las plantas; se vio en La Parroquia acompañada de sus nietos y su hija tintineando la cuchara en la taza como los turistas; vio féretros y todos eran iguales; vio un catálogo de lunas llenas y cada una fue distinta; vio que su hija nunca perdió los hoyuelos que emergen durante la sonrisa; vio a su nieto tropezar a medio vals durante un festival escolar; vio médanos convertidos en casas y casas convertidas en escombros; vio lanchas en el muelle de Boca del Río golpeándose entre ellas bajo el rigor del norte; escuchó canciones hechas por máquinas; vio paredes llenas de agujeros y coches llenos de agujeros y personas llenas de agujeros; vio un eclipse en una cubeta; vio la boda de su hija y vomitó al abrir los ojos convencida de estar ante lo inevitable.
Tras un par de meses de sesionar noche tras noche con el Comunicador Telepático, sus apuntes empezaron a adquirir un carácter redondo; en alguna ocasión llegó a verse a sí misma en el comedor en medio de sesiones futuras, hasta que los días mismos se tornaron circulares y reflexivos: espejos frente a espejos: eran inéditos, pero ya habían ocurrido, eran impredecibles, pero parecían vividos, eran nuevos, pero eran pasados.
Todo se detuvo una noche de tormenta eléctrica. Los rayos iluminaban la casa y segundos más tarde un rugido hizo vibrar los marcos de las ventanas; la tromba había hecho resonar una frecuencia compartida por las nubes y el cristal.
Para su hija es día de vestido, para el yerno de guayabera. Van de un lado al otro de la sala en medio de un enjambre cada vez mayor de desconocidos, algunos chamacos, otros viejos, mientras Sandra reposa sola n la silla del comedor, con un vaso de Zaraza con hielos al frente, viendo hacia la pared donde antes proyectaba tarjetas de vinilo y ahora cuelga un letrero de happy birthday. Son los quince años de la nieta, Sandra ídem. Tiene ojos miel y piel tostada, escucha distorsión, pero también es adepta a los tambores robotizados que su abuela anticipó en visiones. Se fue desde ayer con tres amigas y el hermano mayor, David, en el coche de este a Las Barrancas, donde los padres de su compañera tenían una casa. Pasado el nervio previo a la fiesta, el júbilo se suspende: no llega la cumpleañera. ¿Los habrá plantado? El padre sospecha una cruda adolescente, incluso imagina el regaño que dará en la noche. Pasada la hora de la comida, Elena ha marcado todos los números y
Sandra se interrumpió con una bocanada larga y profunda: volver del futuro se sentía como salir a la superficie de golpe tras pasar mucho tiempo bajo el agua. Para ese entonces ya sabía la historia y al mismo tiempo estaba por conocerla.
“¿Esto es mi culpa?”.
¿Era Sandra quien sellaba las premoniciones al hundirse en ellas? ¿Existía la oportunidad de que no ocurrieran las cosas siempre y cuando siguieran siendo desconocidas? ¿El futuro, al conocerlo, se vuelve inevitable? Pero nunca pudo hablar con nadie más que su almohada. Todas estas historias, estas señales de muy lejos solo habían pasado ante sus ojos, solo habían estado en su cabeza. Sandra sabía que era una colección temporal de átomos sentada en ese preciso momento en el comedor, sus pies descalzos tocaban la loseta fría, su cuerpo pisaba el mundo, pero al mismo tiempo estaba convencida de que el mundo era un fenómeno que ocurría en su cabeza.
Elena no ha dormido en tres días consecutivos desde la fiesta interrumpida por la desaparición. Nadie llama pidiendo un rescate, nadie llama para señalar una venganza, nadie llama para anunciar una huida imbécil, pero mil veces preferible a estos zopilotes de preguntas, estas sospechas que aumentan y descienden, que se asoman y se esconden como el sol detrás del mar y las montañas, este cable tensado en lágrimas que llaman angustia. “Mamá, ¿tú sabes lo que pasó?”. Pero qué podría saber Sandra, que ha pasado media vida detrás de muros color pistache y ha atestiguado los inventos y las revoluciones por televisión o, en su defecto, por la televisión que transmite en su mente. “¿Tú sabes, mamá?”. “Sé que llamarán esta tarde”.
“¿Es cierto lo que dice Elenita?”, reclamó la mamá de Sandra. “¿Es verdad que la despertaste para decirle no sé cuánta cosa? ¿Cómo puede ser que una niña me hable en la madrugada para contarme que su mamá la levantó y la agitó para decirle que sus hijos morirán descuartizados? ¿De verdad le rogaste a tu hija que no tuviera hijos?”.
No sabe por qué, en este momento se acuerda de una vez que era muy niña y fueron al rancho de un tío: los hombres desollaron un cerdo. Esta piel cubre una capa de grasa de blancura gelatinosa que antecede al músculo; y en el centro yace el húmero rebanado por la mitad con más convicción que con técnica. Pero reconoce este torso como el torso de su nieto y estas cuencas vacías como las cuencas vacías de su nieta y estas hebras de músculo y este escroto sin testículos y esta cabeza sin cabellera y este tabique sin nariz y esta suma de cortes de atribución precisa, pero sin motivo y reconoce también que nadie dará explicaciones, nadie aventurará respuestas, dirán que ellos fueron los culpables, los únicos responsables, por supuesto habrá quien diga la verdad, que todo fue una confusión, que creyeron que eran otros, que estas cosas nunca pasan o que nunca volverán a ocurrir, incluso dentro de muchos años algunos dirán que esto no pasó. Y el forense cree que esta señora es valiente al ingresar a esta sala para proteger a su hija, sin saber que en realidad Sandra se ofreció a entrar porque ya había entrado antes a reconocer estos cuerpos porque Sandra ya había entrado antes a reconocer estos cuerpos porque Sandra ya había entrado antes a reconocer estos cuerpos
Era la primera vez que veía a su hija desde su ingreso al ala psiquiátrica. Habían pasado dos meses. Cuando cruzó la puerta del sanatorio supo que no serían unos días, que ya ni siquiera necesitaría el Comunicador para proyectar mantras numéricos sobre sus párpados: de ahora en adelante los recuerdos los contaría siempre en presente y esta neblina que los demás llaman el ahora la contaría en riguroso copretérito porque ya nada fuera del recuerdo podría relatarse, si no es a través del tiempo verbal reservado a los sueños.
Sabía que esta sería la primera de varias estancias en el ala psiquiátrica. Nunca dejaría el trabajo, pero tampoco volvería a ser la misma. Su relación con el tiempo había cambiado y los momentos de mayor lucidez de ahora en adelante serían catalogados como periodos maníacos por los médicos.
Sentadas en el sillón verde, Elena intentaba platicar sobre el nuevo colegio, sobre los cambios ahora que vivía con la abuela, sobre los amigos a los que nunca sabría cómo explicar lo ocurrido; y es que Elena misma nunca tendría una explicación. Un paciente atrás de ellas inspeccionaba el espectro radiofónico sin decidirse por una señal.
“Ayer fuimos al cine, vimos una de James Bond y escuché la canción que decías, mamá. La escuché y supe de inmediato que era la misma que tarareabas y no entendí cómo podías saber si esta canción es nueva”.
Contuvo una carcajada porque, en rigor lineal, su hija conoció esos acordes antes que ella: Sandra estaba por escuchar su canción favorita por primera vez. Podría decirse que en toda la vida solo escuchó esa canción una sola vez: esta vez: ahora mismo en ese cuarto color pistache, desde la radio detrás suyo. Sandra cerraba los ojos e imaginaba unos créditos blancos subiendo por la negrura proyectada sobre sus párpados:
Nobody does it better,
makes me feel sad for the rest.
Nobody does it half as good as you.
Baby, you’re the best.
I wasn’t looking,
but somehow you found me.
I tried to hide from your love light.
But like heaven above me,
the spy who loved me
is keeping all my secrets safe tonight…
“Desnudo femenino visto de espaldas”, circa 1909. Pierre-Auguste Renoir. Óleo sobre lienzo. Dominio público.
No eran celos, amor, sino exigencia de tu plenitud, de tu totalidad. Ahora ya te he arado entera, te he sembrado entera, te he abierto y cerrado, ahora eres mía. Para Siempre! - Pablo Neruda, Cartas a Matilde Urrutia (1950-1973)
I want to conquer
every crevice
of your skin
Tu cuerpo
adorado
es mi reino
my hand slithers
empezando en la planta de tus pies
til I reach the tip of your little skull
terminando en el último pelo de tu pelo
my pulsing heart
your blue mouth
Lo recuerdo
I’ll haunt your bones,
Matilde.
50 años de amor
Tuyo,
tutuyo.
Note: The italicized words are taken from Pablo Neruda’s letters to Matilde.
Nota: Las palabras en itálicas son tomadas de las cartas de Pablo Neruda a Matilde.
Sedimento, 29 cm x 21 cm, tinta china con acuarela.
Autor: Alejandra Torres García
“Yo tenía una esperanza en el fondo de mi alma que un día te quedaras tú conmigo”
Regina entró al cuarto de servicio con los puños apretados y ganas de romperlo todo, excepto la radio cubierta con calcomanías de los Looney Tunes. Lo suyo no era un berrinche cualquiera, como tantas veces le había señalado su abuela al verla con la cara roja y los ojos anegados en lágrimas. Lo que sentía era un dolor genuino, comparable a la vez que cayó sobre los rosales haciéndose daño en todo el cuerpo. Aquel sentimiento era un chorro de merthiolate recorriendo una herida abierta en algún lugar que no alcanzaba a ver. Antes de desatar su ira sobre el burro de planchar y la pila de periódico viejo, miró fijamente la radio, la colocó entre sus manos y como si de una lámpara maravillosa se tratara, invocó la sonrisa de Chayo y el brillo de sus ojos negros.
“¿Cómo te imaginas que es mi papá?” le preguntó Regina a Chayo mientras esta humedecía la ropa que estaba a punto de planchar.
“Seguro que es guapo porque tú eres muy linda” contestó la joven de tez tersa y morena, y Regina sintió que el corazón le explotaba en medio del pecho.
Chayo decía que el tiempo pasaba rápido y el quehacer era menos pesado si escuchaba música, así que prendía la radio y sintonizaba su estación favorita. Regina adivinaba el transcurrir del tiempo por los ciclos de lavado, mientras Chayo tallaba los cuellos de las camisas con dedicación. Bidi bidi bom bom cantaban a una sola voz mientras la ropa bailoteaba en el agua jabonosa.
No todas las tardes transcurrían entre risas y zapateos. Había días en los que un extraño pesar se apoderaba de ambas, así que callaban y se miraban con ojos tristes mientras escuchaban la radio y el locutor anunciaba la próxima canción.
Una tarde especialmente fría, a punto de caer un aguacero, Regina vio llorar a Chayo mientras cantaba “No me queda más” en voz de su amada Selena. Quiso consolarla, pero desistió al comprender que Chayo abrazaba una tristeza que solo le pertenecía a ella.
A la abuela no le gustaba que pasara tanto tiempo en el cuarto de servicio, pero tampoco la quería adentro de la casa hurgando en los cajones, curioseando en el botiquín o improvisando casas de campaña con las sábanas. Por suerte, Regina tenía al naranjo con sus bichos y a Chayo tejiéndole trenzas en el cabello mientras le contaba sobre los fantasmas que habitaban en el rancho.
Los ciclos de lavado transcurrieron con rapidez y llegó el día de su séptimo cumpleaños. La abuela preparó un pastel de tres leches que Regina compartió de mala gana con sus primos en una tarde caótica de gritos y serpentinas. El día adquirió un brillo especial cuando Chayo se acercó a Regina y le entregó un paquete amarrado con un cordel. El abrazo entre ambas creó una burbuja que las protegía de la brutalidad de los juegos de los niños y de los gritos de la abuela. Regina abrió el paquete con apuro y encontró una chamarra de mezclilla con un Pedro Picapiedra bordado en la solapa, y de inmediato se convirtió en su regalo favorito.
Fue muy difícil convencerla de sacarse la chamarra para lavarla. Chayo le prometió que se la entregaría esa misma tarde. Mientras la prenda bailaba en círculos suaves junto al resto de la ropa sucia, Regina aprovechó para visitar el cuarto de su abuela, quien dormía profundamente con la boca abierta. Se quitó los zapatos y atravesó el cuarto en puntillas hasta llegar al buró. Abrió un cajón, deslizándolo con cuidado, y tomó el alhajero a mitad de un ronquido para después salir del cuarto hecha un rayo.
Regina se encerró en el baño y dispersó las joyas sobre el tapete blanco, donde parecían dulces cubiertos en papel dorado. Eligió una gema delicada con un brillo discreto, parecido al que emitían los ojos de Chayo luego de una canción triste de Selena. Convencida de su buen gusto, distribuyó las demás alhajas en los compartimentos de la cajita y regresó a la habitación de la abuela. Esperó paciente en la puerta y aprovechó un ronquido largo para regresar el alhajero a su sitio.
Regalarle el anillo a Chayo, así sin más, habría sido una descortesía. Regina esperaría hasta el día siguiente para comprar alguna cajita o envoltura llamativa en la papelería de la escuela.
La noche cargada de ensoñaciones pasó con rapidez. En cuanto sonó la chicharra del recreo, Regina corrió a la papelería y descubrió satisfecha una pequeña caja de cartón corrugado con una minúscula flor en la tapa.
Al llegar a casa de la abuela, Regina caminó lentamente al cuarto de servicio, sacando la cajita de su mochila y apretándola con manos sudorosas. Caminó por el pasillo custodiado por macetas con helechos y lavanda, ensayando cuidadosamente las palabras que le diría a Chayo y en donde no cabían todo el amor y la admiración que sentía hacia la muchacha. Una vez que cruzó el umbral que separaba el pasillo del cuarto de servicio, Regina descubrió la ausencia de Chayo y la pesadumbre le llegó como un golpe en la boca del estómago.
De regreso en la casa, encontró a su abuela en la cocina, parada junto a la estufa calentando un guiso con papas. Regina preguntó por Chayo con la mirada puesta en el fuego que asomaba por la hornilla. La abuela contestó con una seriedad inusitada que Chayo se había ido y no regresaría, que había encontrado un trabajo mejor en una casa grande, lejos de ahí. Regina le dio la espalda a su abuela y caminó de nuevo al cuarto de servicio en donde tantas tardes había cantado y bailado con el corazón lleno de dicha. Entró con los puños apretados y la firme intención de romperlo todo, excepto la radio cubierta con calcomanías que encendió con la esperanza de que la voz del locutor, la música o alguna canción le recordaran aquel nombre que Chayo había mencionado en sus historias de fantasmas, el del rancho donde creció junto a sus seis hermanos y al que regresaba de vez en cuando para visitar a sus padres. Regina cerró los ojos con fuerza y repasó muchos nombres, hasta que uno hizo eco en su mente, El Copal, pero no recordaba si el rancho estaba en Celaya, Irapuato, o en algún otro municipio.
La abuela roncaba en el sillón de la sala cuando Regina visitó el refrigerador; tomó la bolsa con jamón, una gelatina y un yogurt de fresa. Envolvió la cajita de cartón corrugado que contenía el anillo con su suéter del uniforme, y lo metió en la mochila. Caminó por más de una hora hasta llegar al bulevar y preguntó a un señor que vendía periódico por un camión que la llevara a El Copal. El hombre negó con la cabeza. Cansada, Regina se acomodó en la raquítica sombra de un poste, cuando un imponente auto de color azul se acercó a la banqueta. La señora que manejaba usaba enormes lentes oscuros y una mascada cubría su cabello.
Mientras Regina ocupaba el asiento del copiloto y acomodaba su mochila y la radio entre sus piernas, comenzó a sonar “Como la Flor” en la radio del coche. La niña recordó aquella tarde en la que Chayo la tomó de las manos y le dio un giro tras otro. Esa vez la canción terminó al sonar el timbre de la secadora y sus carcajadas, que también eran música, flotaron como burbujas por el cuarto de servicio.
Portada de “Una habitación propia”, Virginia Woolf. Editorial Alma, 2023. Ilustración por Gala Pont.
En una de mis escenas favoritas de la literatura mexicana, dos mujeres —la falsa y la traicionada— se encierran en un cuarto impropio para inventar un lenguaje que termina por aterrorizar a un narrador poco fiable —el dueño de la casa— quien busca sentirse acompañado en la posible complicidad de un lector desprevenido y, así, juntos, irrumpir en la habitación y despertar de la pesadilla. Pero esta irrupción no llega, y si, además, quien lee rechaza la invitación del narrador, la pesadilla pronto deviene en risa.
Quizá la escena me gusta por morbosa: no me es difícil imaginar qué hacen esas dos mujeres para divertirse tanto, aunque no tenga acceso a los detalles. O tal vez me atrae porque es fácil imaginarme a mis amigas como la falsa y la traicionada, y aquellos momentos, cada vez más escasos y distantes, en los que nos refugiamos en un cuarto (también impropio: hoteles, la casa de la pareja, la habitación subarrendada, un carro) para reír e inventar formas de comunicarnos que pocos entienden. Es probable que solo me guste porque promueve la imagen de dos mujeres que solo tienen que cerrar la puerta para aterrorizar a un narrador pretencioso.
La escena es una de las pocas en la literatura mexicana donde dos mujeres ríen y no rinden cuentas a nadie. También es una de las muchas donde la consigna feminista del cuarto propio aparece de manera tangencial para afirmar lo que Virginia Woolf escribiera en 1929: para que una mujer escriba se necesitan ciertas condiciones materiales como dinero y un espacio propio. Y amigas, se necesitan amigas, porque al final La cresta de Ilión no es una novela sobre la escritura, sino sobre la amenaza constante de que la producción de las mujeres que escriben tiende a desaparecer sistemáticamente en los resquicios de la historia. Por ello, en la novela se forma una colectiva llamada las emisarias, cuyo objetivo es combatir esta epidemia y, en este caso, rescatar a Amparo Dávila del olvido. Estas mujeres, juntas, dan la impresión de estarse obligando a entrar en un estado de aparición que las vuelva reales otra vez, aunque esto solo ocurra en el escenario que forman ellas mismas.
Desconozco si el ensayo “Con la ventana abierta”, de Gloria Gervitz, publicado en 1985, es el primero en la literatura mexicana en desdibujar la consiga del cuarto propio. Quiero suponer que no, pero si es el más viejo en la genealogía que repaso aquí para pensar las diferentes aproximaciones que las escritoras mexicanas han ensayado sobre el cuarto propio. Gervitz sugiere dos cosas que me parecen productivas: una es la relación del cuarto propio con el miedo y la culpa. Para la autora, hay “una especie de memoria ancestral que permanece” que nos acosa y produce estos afectos que paralizan. No da una respuesta. De hecho, insiste en que en realidad ella está llena de preguntas y no tiene ninguna solución. De ahí, la necesidad de abrir la ventana y orear el espacio.
La segunda cosa es que Gervitz señala que “[p]ara realizar grandes cosas se necesita olvidarse de uno mismo, pero para olvidarse es necesario estar antes convencido de que ya se ha encontrado. Y las mujeres están aún demasiado ocupadas en buscarse”.1 Más de quince años después, en La cresta de Ilión, la falsa y la traicionada logran deshacerse del miedo y la culpa rescatando (o desedimentando diría Rivera Garza)2 la memoria de un pasado (utópico o no), donde el género no es matriz de poder —la falsa le dice constantemente al narrador: “te conozco de cuando eras árbol”,3 quien algunas veces responde tocándose el pene y otras veces la cresta ilíaca—, sino de placer. Si esa memoria ancestral de la que habla Gervitz ya no es permanente, sino solo una pequeña capa de sedimento que el lenguaje tiene la capacidad de reimaginar para espantar el miedo, las mujeres en La cresta… aún están ocupadas en buscarse porque hay una epidemia de desaparecidas.
Para Gervitz “hemos vivido fragmentadas” y “necesitamos tiempo para alcanzarnos”.4 Más de treinta años después, Margo Glantz agrega, en “La querella de las mujeres”, que es necesario disponer del propio cuerpo para poder escribir. No dice si este cuerpo es armonioso, pero la idea de hacer del cuerpo algo propio supone cierto grado de cohesión. ¿Será que nos hemos alcanzado? Para aludir a la cuestión del cuerpo propio, Glantz cita a Alice Walker, escritora afroamericana, quien a su vez se preguntaba qué hacer con Phillis Wheatley, una esclava que ni siquiera se poseía a sí misma y que de haber sido blanca, habría sido fácilmente considerada una intelectual superior en su tiempo. La cita de Walker le sirve a Glantz para repetir la pregunta: “¿pueden hoy todas las mujeres del mundo disponer de su propio cuerpo?”.5 El problema radica en que Glantz borra, accidentalmente o no, la materialidad del cuerpo en la que insiste Walker, en un intento —a mi juicio, fallido— por compensar la fragmentación de la que habla Gervitz. Sin embargo, al despojar al cuerpo de su materialidad, este se desintegra. Habría que aclarar que la insistencia en lo material no supone olvidar la identidad performática —el narrador de La cresta… constantemente busca respuestas en su cuerpo, pero la materia orgánica no determina su género —. Más bien, se trata de insistir en que, si bien la identidad es algo que se hace a través de actos repetidos y performáticos, y no algo que se es, para ese quehacer lo material del cuerpo importa.
Publicado un año antes que el ensayo de Glantz, en “Feminismo sin cuarto propio” (2020), Dahlia de la Cerda sugiere que desde la fragmentación se teoriza de una forma mucho más compleja. Para esta autora, la consigna de Woolf significa privilegios “de clase y raza y epistémicos” y por ello propone teorizar desde los zulos. Un zulo es un agujero que sirve para muchas cosas y no solo es un espacio de escritura. Tampoco es un lugar limitado ni fijo: puede ser la paca en un domingo, la banqueta afuera del mercado, el comedor compartido en una casa. Para de la Cerda, el problema de teorizar desde el feminismo de los cuartos propios es que este tiende a insistir en que la respuesta está en que todas nos unamos en torno a la opresión de tener vulva, invisibilizando las diferencias que marcan otros cuerpos, especialmente aquellos atravesados por la raza, la clase y la educación.
Alejándose un poco del marco tradicional de las identidades como eje central para repensar el concepto del cuarto propio, Karen Villeda y Cristina Rivera Garza proponen pensar la habitación como un lugar impropio. Publicado en el 2018 como parte de la antología Tsunami, editada por Gabriela Jauregui, en “La primera persona del plural”, Rivera Garza señala que el cuarto propio no existe, ya que, en realidad, se trata de una habitación de todas: “un espacio y tiempo vueltos posibles gracias a la intervención de otros, de muchos más, en nuestro entorno”.6 Para escribir, no solo necesitamos a nuestras amigas, sino también a toda una comunidad que, de manera colectiva, influye y facilita la creación de espacios creativos. Además, Rivera Garza sugiere que la importancia vital y política del cuerpo es lo que une a los diferentes feminismos, pero aclara que este cuerpo es, en todo caso, siempre colectivo. Al cerrar su ensayo, cita a Sara Ahmed, quien afirma que vivir una vida feminista implica cuestionarlo todo. Y entonces, ¿cuándo descansa el cuerpo de la feminista?, pregunta Rivera Garza. La autora tampoco ofrece una respuesta clara, pero sí plantea que el acompañamiento mutuo podría ser una forma de descanso. En fin, el cuarto impropio es una comunidad “dispersa” y “ocasional”,7 un lugar efímero de cuidados, que se forma para resistir condiciones y ambientes pocos favorables.
Más que teorizar sobre la habitación impropia, Karen Villeda escribe tres ensayos que se intercambian con ilustraciones de María Magaña y pequeñas estampas que sirven como preludio a los textos más largos.8 Villeda escribe sobre Leonora Carrington, Virginia Woolf y Norah Borges. En el caso de Carrington, realiza una revisión de sus cuentos; con Woolf, examina la noción del cuarto propio en relación con el fascismo; y con Borges, genera una reflexión sobre la vanguardia y la invisibilización de la participación de las mujeres. Tres ejercicios de acompañamiento que invitan al lector a crear su propia lista de escritoras que lo acompañan. A la manera de Sara Ahmed con sus kits de supervivencia feminista, para Villeda, la habitación impropia puede ser una biblioteca, que te acompaña y te abraza. Finalmente, para Olivia Teroba, el cuarto propio es simplemente un lugar seguro, un apoyo desde donde se pueda sostener la escritura.9
Si bien Diana del Ángel no parte explícitamente de Virginia Woolf, como sí lo hacen las demás autoras aquí citadas,10 sí propone una metáfora que, inevitablemente, replantea la consigna del cuarto propio: “hacer(nos) casita”.11 Esta metáfora, que surge de la costumbre entre mujeres de cubrirse mutuamente cuando vamos a hacer pipí en espacios públicos, es una manera de plantear la negociación que ocurre en espacios marcados por la diferencia. Del Ángel sugiere la importancia de encontrar un mínimo en común haciendo eco de las ideas de Gabriela Damián Miravete: “la puesta en marcha de un lenguaje distinto para nombrarnos y nombrar nuestras historias.”12 El hacer(nos) casita es un “gesto de acuerpamiento” espontáneo que convoca a las mujeres a juntarse y cuidarse en situaciones de peligro. Es un lugar seguro situado en la praxis de “encontrar un nos(otras) donde quepamos todas”.13 El paréntesis, en este sentido, puede leerse como una referencia a lo material de la diferencia, a ese otras que también es un nos(otras) pero sin un cuarto propio que (nos)contenga. Desde la primavera violeta, han surgido muchas maneras de hacer(nos) casita para poder alcanzarnos, que modifican cómo escribimos y para qué lo hacemos. Creo que si hay algo que agregar a la conversación es que se está poniendo en marcha una forma distinta de escribir y compartir lo que se escribe, que a su vez está creando espacios que necesitan ser pensados desde la genealogía teórica del cuarto propio. Pienso específicamente en la red de librerías independientes y feministas que en los últimos años se ha posicionado como un lugar seguro, una forma colectiva de acuerpar a quienes escriben y leen. Mientras muchas librerías cierran sus puertas porque vender libros nunca ha sido un negocio, estos espacios se mantienen, en parte, por un esfuerzo colectivo que incluye a quienes escriben, editan, distribuyen, enseñan y leen libros. Lugares como U-tópicas en la Ciudad de México, El traspatio en Morelia, o La meiga en Mérida, son escenarios conectados donde se teoriza y se pone en práctica, desde una posición feminista, la creación de un lugar seguro para que sigamos escribiendo, leyendo y construyendo nuevas maneras de acuerparnos. Quizá ya es tiempo de pensar no en un cuarto o un zulo, sino en ese hacer(nos), en las emisarias que construyen escenarios conectados para volvernos reales y hacer(nos) casita.