Tierra Adentro
Ilustración por Zauriel

Ya nadie debería sorprenderse al constatar, una vez más, ese viacrucis agotador que es el rito de la titulación. Veo que no ha pasado de moda hacer chistes al respecto. Mis conocidos esbozan una tenue compunción, cuando revelan que llevan ocho años tratando de finiquitar sus asuntos pendientes con la universidad.

Hasta Ibargüengoitia se dio cuenta de lo común de ese sufrimiento después de andar contando muy admirado a sus amigos: “Fíjate que yo me tardé más en hacer el trámite que en hacer la tesis”.

Dicho comentario sólo le reveló que su caso era miel sobre hojuelas a comparación del martirio de sus compañeros que protagonizaron “el Caso del Expediente Perdido, el de las Materias No Revalidables, el del Hombre que Siguió la Carrera Inexistente, etcétera”.

En materia de trámites institucionales, pocas cosas son más difíciles que por fin verse a uno mismo de saco en blanco y negro, aplastado por gel hasta la calvicie, feo y con orejas gigantes en la espantosa foto ovalada del título profesional.

Lo verdaderamente anómalo sería encontrar a alguien que contara su experiencia como el episodio más gozoso de su vida, como un ejemplo de armonía entre todas las partes involucradas, sin asesores que desaparecen de un día para otro, sin ventanillas cerradas, ni firmas faltantes, ni peleas de orgullo. Sin el tenía que traer dos copias, sin sinodales que mueren en el proceso, sin una eternidad gastada en filas. ¿Acaso existirá ese elegido, ese ser excepcional bendecido por el hado de la burocracia?

Si aquel animal mitológico de mis fantasías de verdad existe, imagino que logró derrotar a esa hidra de dificultades por una bendición de azar y buena suerte, pero también por no dejarse aplastar por la pesada losa del miedo.

Tengo la sospecha de que una de las principales razones por las que muchos tardamos tanto en concluir ese manuscrito final que comprueba que estudiamos una licenciatura es por una fatídica mezcla de cobardía, ignorancia e ilusión.

No puedo ni siquiera empezarla, es demasiado trabajo; cobardía. Voy a escribirla toda y después me busco un asesor; ignorancia. Me tardaré veinte años porque quiero proponer una renovación formidable de mi campo de estudio, ilusión. Combinación perfecta para procrastinar tercamente y comprobar el mayor absurdo: que incluso el no hacer absolutamente nada puede resultar extenuante.

Estudiando mi propio caso a la distancia, conjeturo que a los manuales de técnicas de investigación les hace falta una adenda: un capítulo de superación personal al más puro estilo gringo. Caldo de pollo para el alma del tesista, podría ser. ¿Quién se ha llevado mi corpus?, mucho mejor, más realista.

Porque llega un momento en el que uno no necesita saber cuáles son las fuentes primarias y secundarias, lo que verdaderamente se hace urgente es ser cacheteado con el guante de la triste realidad, la espantosa decadencia educativa de estos tiempos.

Más elocuentes resultan las palabras de Gabriel Zaid: “En el siglo XX, las universidades se burocratizaron, como casi todo en el planeta. Hoy son instituciones buscadas, ante todo, por las credenciales que otorgan”. Estudiar una licenciatura actualmente significa aspirar a eso: la credencialización. Para los que no quieren ser investigadores, la tesis es sólo un pesado y engorroso trámite.

A mí me costó trabajo aceptarlo porque además de una nerd irremediable, soy bastante ingenua ante estos temas. Sigo a ojos vendados el dogma de la educación, en la que creo como pocas cosas.  Y a veces olvido que, en muchos ámbitos, los maestros ya dejaron de ser lo que deberían (y lo que quisieran) ser para convertirse no en educadores, sino en calificadores.

Alguien me lo dijo en su momento: “piensa en la tesis como un trabajo final muy largo”, y yo desdeñé sus comentarios. Entonces no sabía que, para muchos, el mayor aprendizaje al titularse de una carrera universitaria es darse cuenta de que el cinismo es a veces un menester ineludible.

Recorro mentalmente la lista de treintañeros que recuerdo especialmente por su perpetua condena tesística, sus eternos propósitos de Año Nuevo, su ahora sí ya me titulo. Imagino qué pasaría si entre ellos formaran un programa de apoyo para vencer la adicción al ya mañana. ¿Cuáles serían los mandamientos de esa terapia para tesistas?

Uno, tenga claro su objetivo: no va a cambiar el rumbo de esta disciplina, tampoco renovará la podredumbre educativa; usted quiere ampliar las oportunidades de su vida profesional con un papel.

Dos, no se deje intimidar por la carga de trabajo: en la carrera ya escribió más de cien páginas en puras tareas finales paridas en una sola noche, la tesis equivale a cinco trabajos finales más regordetes y mejor nutridos.

Tres, no se autoengañe leyendo: debe conocer el tema, debe conocer la bibliografía, pero leer sin avanzar en la escritura es una pérdida de tiempo.

Cuatro, elija bien a su asesor: aunque el especialista en su tema lo podría ayudar mucho, seguramente estará muy ocupado en su propia vida académica; el mejor asesor es el que tiene buena disposición y puede firmarle un papel tan pronto como servicios escolares se lo exija.

Cinco, aprenda a darse ánimos: si se amilana o satura mentalmente, nada puede resultar mejor como ponerse a revisar las tesis hechas por otros; sumérjase en una plataforma y dese cuenta de que, por peores investigaciones, gente antes de usted ya se tituló. (No olvide revisar los agradecimientos: las tesis de gratitudes larguísimas suelen ser las más infames). Sólo la perentoria voz de la autoayuda tiene permiso para vociferar lo que todos sabemos, pero nadie quiere escribir.

Más allá de ese sentido práctico al que resulta difícil renunciar cuando el mundo se desmorona en analfabetismo funcional, citación parasitaria y laberintos burocráticos, pareciera más importante que nunca la urgencia de encontrar espacios donde pueda desarrollarse la imaginación crítica con rigor. ¿Dónde existe la investigación que no esté convertida en nada más un rito, una ceremonia?

Mis últimas tres experiencias con las tesis han sido: tirar a la basura cinco kilos de hojas llenas de anotaciones viejas que no quise cargar conmigo en una mudanza, verme reflejada en unos ojos amigos llenos de angustia por tener que hacer un protocolo de investigación, y reincidir.

Quizá por esto último, porque esta vez me he llevado a mí misma hasta el patíbulo por decisión propia, mi yo de hace unos años comienza a perseguirme entre sueños como el fantasma de la titulación pasada. Quisiera decir que es el cinismo lo que me ha traído aquí, pero sería deshonesta al ocultar que sigo esperando un milagro o una catástrofe en forma de objetivos, metodología y conclusiones. Que el dios de la ñoñez nos ayude a nosotros, los que necesitamos escribir para responder preguntas, los que creemos que el pensamiento original puede nacer en la lectura afanosa de los otros.


Autores
(Ciudad de México, 1993). Ensayista y docente. Ha sido beneficiaria de las becas de la Fundación para las Letras Mexicanas y el programa "Jóvenes creadores" del FONCA. Ha recibido diversas distinciones, una de las más recientes es el Premio Nacional de Ensayo Joven "José Luis Martínez" 2020.
Ilustración realizada por Laura Velázquez Hernández

PROEMIO1

 

Yo que sólo canté de la exquisita

partitura del íntimo decoro,

alzo hoy la voz a la mitad del foro,

a la manera del tenor que imita

la gutural modulación del bajo

para cortar a la epopeya un gajo.

 

Navegaré por las olas civiles

con remos que no pesan, porque van

como los brazos del correo chuan

que remaba la Mancha con fusiles.

 

Diré con una épica sordina:

la Patria es impecable y diamantina.

 

Suave Patria: permite que te envuelva

en la más honda música de selva

con que me modelaste por entero

al golpe cadencioso de las hachas,

entre risas y gritos de muchachas

y pájaros de oficio carpintero.

 

PRIMER ACTO

 

Patria: tu superficie es el maíz,

tus minas el palacio del Rey de Oros,

y tu cielo, las garzas en desliz

y el relámpago verde de los loros.

 

El Niño Dios te escrituró un establo

y los veneros del petróleo el diablo.

 

Sobre tu Capital, cada hora vuela

ojerosa y pintada, en carretela;

y en tu provincia, del reloj en vela

que rondan los palomos colipavos,

las campanadas caen como centavos.

 

Patria: tu mutilado territorio

se viste de percal y de abalorio

 

Suave Patria: tu casa todavía

es tan grande, que el tren va por la vía

como aguinaldo de juguetería.

 

Y en el barullo de las estaciones,

con tu mirada de mestiza, pones

la inmensidad sobre los corazones.

 

¿Quién, en la noche que asusta a la rana,

no miró, antes de saber del vicio,

del brazo de su novia, la galana

pólvora de los fuegos de artificio?

 

Suave Patria: en tu tórrido festín

luces policromías de delfín,

y con tu pelo rubio se desposa

el alma, equilibrista chuparrosa,

y a tus dos trenzas de tabaco sabe

ofrendar aguamiel toda mi briosa

raza de bailadores de jarabe.

 

Tu barro suena a plata, y en tu puño

su sonora miseria es alcancía;

y por las madrugadas del terruño,

en calles como espejos, se vacía

el santo olor de la panadería.

 

Cuando nacemos, nos regalas notas,

después, un paraíso de compotas,

y luego te regalas toda entera,

suave Patria, alacena y pajarera.

 

Al triste y al feliz dices que sí,

que en tu lengua de amor prueben de ti

la picadura del ajonjolí.

 

¡Y tu cielo nupcial, que cuando truena

de deleites frenéticos nos llena!

Trueno de nuestras nubes, que nos baña

de locura, enloquece a la montaña,

requiebra a la mujer, sana al lunático,

incorpora a los muertos, pide el Viático,

y al fin derrumba las madererías

de Dios, sobre las tierras labrantías.

Trueno del temporal: oigo en tus quejas

crujir los esqueletos en parejas,

oigo lo que se fue, lo que aún no toco

y la hora actual con su vientre de coco,

y oigo en el brinco de tu ida y venida,

oh trueno, la ruleta de mi vida.

 

      INTERMEDIO

CUAUHTÉMOC

 

Joven abuelo: escúchame loarte,

único héroe a la altura del arte.

 

Anacrónicamente, absurdamente,

a tu nopal inclínase el rosal;

al idioma del blanco, tú lo imantas

 

y es surtidor de católica fuente

que de responsos llena el victorial

zócalo de ceniza de tus plantas.

 

No como a César el rubor patricio

te cubre el rostro en medio del suplicio:

tu cabeza desnuda se nos queda,

hemisféricamente de moneda.

 

Moneda espiritual en que se fragua

todo lo que sufriste: la piragua

prisionera, el azoro de tus crías,

el sollozar de tus mitologías,

la Malinche, los ídolos a nado,

y por encima, haberte desatado

del pecho curvo de la emperatriz

como del pecho de una codorniz.

 

SEGUNDO ACTO

 

Suave Patria: tú vales por el río

de las virtudes de tu mujerío;

tus hijas atraviesan como hadas,

o destilando un invisible alcohol,

vestidas con las redes de tu sol,

cruzan como botellas alambradas.

 

Suave Patria: te amo no cual mito,

sino por tu verdad de pan bendito,

como a niña que asoma por la reja

con la blusa corrida hasta la oreja

y la falda bajada hasta el huesito.

 

Inaccesible al deshonor, floreces;

creeré en ti, mientras una mejicana

en su tápalo lleve los dobleces

de la tienda, a las seis de la mañana,

y al estrenar su lujo, quede lleno

el país, del aroma del estreno.

 

Como la sota moza, Patria mía,

en piso de metal, vives al día,

de milagro, como la lotería.

 

Tu imagen, el Palacio Nacional,

con tu misma grandeza y con tu igual

estatura de niño y de dedal.

 

Te dará, frente al hambre y al obús,

un higo San Felipe de Jesús.

 

Suave Patria, vendedora de chía:

quiero raptarte en la cuaresma opaca,

sobre un garañón, y con matraca,

y entre los tiros de la policía.

 

Tus entrañas no niegan un asilo

para el ave que el párvulo sepulta

en una caja de carretes de hilo,

y nuestra juventud, llorando, oculta

dentro de ti el cadáver hecho poma

de aves que hablan nuestro mismo idioma.

 

Si me ahogo en tus julios, a mí baja

desde el vergel de tu peinado denso

frescura de rebozo y de tinaja,

y si tirito, dejas que me arrope

en tu respiración azul de incienso

y en tus carnosos labios de rompope.

 

Por tu balcón de palmas bendecidas

el Domingo de Ramos, yo desfilo

lleno de sombra, porque tú trepidas.

 

Quieren morir tu ánima y tu estilo,

cual muriéndose van las cantadoras

que en las ferias, con el bravío pecho

empitonando la camisa, han hecho

la lujuria y el ritmo de las horas.

 

Patria, te doy de tu dicha la clave:

sé siempre igual, fiel a tu espejo diario;

cincuenta veces es igual el AVE

taladrada en el hilo del rosario,

y es más feliz que tú, Patria suave

 

Sé igual y fiel; pupilas de abandono;

sedienta voz; la trigarante faja

en tus pechugas al vapor; y un trono

a la intemperie, cual una sonaja:

la carreta alegórica de paja.


Autores
Ramón Modesto López Velarde Berumen (Jerez de García Salinas, Zacatecas, 15 de junio de 1888- Ciudad de México, 19 de junio de 1921) fue un poeta mexicano. Su obra suele encontrarse en el modernismo literario. En México alcanzó una gran fama, y llegó a ser considerado "el poeta nacional".
Ilustración realizada por Eduardo Ramón Trejo

A medio siglo de la famosa declaración de Nixon1en la cual “Estados Unidos designaba como el enemigo público #1 al abuso de drogas”2, la política antidrogas estadounidense daría un cambio considerable a aumentar las penas y la persecución tanto a consumidores como a traficantes, esto sin duda tendría consecuencias para todo el mundo, pues el poderío económico e internacional norteamericano impulsaría a muchos otros países a adoptar medidas similares, ello con sus respectivos resultados cuestionables en su eficacia y contradictorios en otros casos.  Sin embargo, antes de explicar todo esto es necesario hacer una breve recopilación de la historia de las drogas y su seria regulación hasta antes de la segunda mitad del S. XX.

 

Drogas y capitalismo en los siglos XIX y XX

La principal droga3 comercializada en un principio como medicamento en numerosas preparaciones (como el Láudano, tintura hecha con alcohol y opio) se basó principalmente en el empleo de la goma obtenida de los bulbos de la adormidera, al ser raspada con una navaja y la resina colectada y secada para obtener la sustancia que hoy conocemos como opio. Éste último, fue empleado desde tiempos precristianos como un eficaz analgésico, narcótico, antiemético, antidiarreico y antitusivo entre otras propiedades, no obstante, desde entonces se documentaron las propulsiones adictivas de quienes lo consumían de manera reiterada, y ello nos remite al siguiente cuestionamiento: ¿si ya se tenían identificados los efectos adictivos del opio, por qué nunca llegó a haber tal cantidad de adictos y efectos nocivos para la sociedad derivado de esta sustancia?

Esto, por lo menos desde nuestra perspectiva tiene dos respuestas, una relacionada a la tecnología y otra a la economía.  En el caso de la primera, tenemos que derivado del gran proceso científico y tecnológico ocasionado por la revolución industrial (S. XVIII-XIX), grandes avances y descubrimientos se realizaron en el campo de la química, la física, biología y otras ciencias naturales y sociales, de las cuales, dos productos fundamentales vendrían a acelerar el impacto negativo del opio en la salud pública mundial, por un lado, tendríamos la pipa y la aguja hipodérmica.

Relacionado a dichos inventos, se demostró que la potencialidad con la cual la droga actuaba sobre el organismo era mucho mayor al calentar la sustancia e inhalar los humos para absorber los alcaloides del opio vía pulmonar directo al torrente sanguíneo, y para la aguja hipodérmica, no solamente se descubrió que la droga podía entrar de manera directa al cuerpo vía sanguínea, sino que gracias a los avances hechos hasta el momento en química por dicha revolución industrial, se pudieron generar derivados del opio (llamados opioides) como la morfina y la heroína, cuyos efectos ya conocidos necesitaban de menor cantidad de sustancia para actuar sobre el cuerpo, pero también pudieron desarrollarse derivados del opio de carácter sintético (opiáceos) como la metadona, el fentanilo, la oxicodona y el carfentanilo entre muchos otros, que necesitaron inclusive mucho menos sustancia para producir un efecto. 4

Desgraciadamente, esto también tuvo repercusiones negativas en materia de salud pública en EE. UU., Europa y Asia principalmente, pues el empleo recreativo del opio y sus derivados ya fuese inhalado o inyectado generaría un aumento preocupante en el número de adictos a esta droga a inicios del S. XX. Lo anterior nos lleva al segundo punto de nuestra respuesta, el aspecto económico, para ello sirva de ejemplo el caso de las Guerras del Opio (1839-1842, 1856-1860), caso abierto del más puro imperialismo mercantilista 5ejercido por las potencias mundiales durante todo el S. XIX, y que tendría como uno de sus resultados a principios del siguiente siglo la generación de dos Guerras Mundiales que abordaremos en su momento.

Regresando al caso de las Guerras del Opio, en términos generales, Inglaterra (potencia dominante en ese entonces), comerciaba con té, jade y seda hacia su territorio, y a cambio proveía de plata a la China del Imperio Qing, pero, ello no resultaba tan favorable en términos económicos para el gobierno de la Reina Victoria, por tanto, decidieron sustituir en dicha dinámica de intercambio el opio a costa de la generación de un sinnúmero de adictos chinos.

Al ver que aquello se convertía en un azote para la salud de su pueblo, el emperador decidió clausurar todos los lugares en donde los europeos distribuían la droga, y declarar abiertamente una guerra en contra del opio en China. Ello sin duda no gustó a las potencias involucradas (Reino Unido, EE. UU.6y Francia) y decidieron forzar por medio de las armas (gracias a una superioridad militar considerable) al imperio chino a pagar reparaciones a los empresarios afectados, generar zonas especiales para el comercio irrestricto británico y europeo, y posterior al segundo enfrentamiento, la legalización en territorio chino de la venta y consumo del opio. Después de aquellos conflictos, el uso recreativo del opio y su posterior adicción fue exportado principalmente a EE. UU., pues aquel país en ese entonces se encontraba en plena expansión territorial e industrial, por lo que muchos inmigrantes europeos y asiáticos (chinos mayoritariamente) acudirían al oeste norteamericano para trabajar en la construcción de los ferrocarriles que conectarían al territorio de océano a océano.

 

El inicio del problema para Estados Unidos (y el mundo)

 Hacia principios de 1900, el problema de adicción a los opioides en EE. UU. no solamente estaba confinado al consumo en fumaderos de opio7, sino también a mujeres (ellas representaron un mayor segmento de población de esta epidemia de adicción8) que, bajo prescripción médica para dolores relacionados a la menstruación, jaquecas, dolor dental etc. Recurrieron al uso reiterado de opioides como analgésicos que a la postre derivaría en adicción.

Esto aunado al comercio desregulado mundial de opio y a una inestable situación estadounidense en Filipinas (causado en parte por una epidemia de adicción al opio), recién arrebatada a España luego de la Guerra de 1898, llevó al gobierno de Teodoro Roosevelt (1901-1909) a crear una de las primeras legislaciones orientadas a la regulación de las drogas. En 1906, se aprueba en el congreso estadounidense la “Pure Food and Drug Act” que junto a la legislación británica de 1868 (Pharmacy Act) constituyeron los primeros intentos serios de cualquier país del mundo en atender el problema en ciernes relacionado al control e información al consumidor sobre el contenido de medicamentos y alimentos9, así como para generar consciencia respecto al uso indiscriminado de drogas como el opio, el cannabis y la cocaína entre otras.

Dentro de este periodo, también es notable los primeros esfuerzos auspiciados por Washington para convocar a los países (con la 1ª y 2ª Convención del Opio en Ginebra) a firmar para inicios de 1912 un tratado orientado a regular el abuso en el consumo de opioides y cocaína, al igual que nuevas sustancias susceptibles a generar situaciones de abuso similar. Firmado por representantes de Rusia, Francia, EE. UU., Inglaterra, Italia, Japón, Holanda, Persia, Portugal, Siam y China constituyó el primer acuerdo no vinculante, pero que expresaba el interés de varios grandes productores de opio en ese entonces de atender la cuestión planteada por el gobierno estadounidense.

Paralelo a esto, en territorio norteamericano se aprobaba en 1914 (Acta Harrison) por vez primera una ley orientada a regular, la producción, distribución y tasación de la importación de opioides y cocaína, cuatro años después de esto, el congreso pasaba el Acta Volstead que para 1920 y hasta 1933 dejaría a un Estados Unidos cortado legalmente de consumir de manera libre alcohol y drogas. Los efectos no se hicieron esperar, pues ya para 1915 el precio de 1gr de heroína pasaría de costar 23¢ de dólar a 3.5$, y para el caso del alcohol queda el recuerdo popular y mediático de la mafia estadounidense comandada por grandes capos como Al Capone, los bares clandestinos o speakeasy, y la fastuosidad y el hedonismo desbordado plasmado por novelas como El Gran Gatsby de F. Scott Fitzgerald por citar solamente algunos ejemplos. Más allá de ello, el fenómeno del tráfico ilícito de drogas, junto con los efectos a la salud pública obtendrían mayor fuerza, sino también la capacidad financiera y coercitiva de grupos criminales en Estados Unidos, y el cual no solamente se vería limitado a este país, sino a muchos otros que siguieran el mismo camino de la legislación punitiva y restrictiva de control sobre las drogas.

Es preciso de igual forma notar que tanto la Primera como Segunda Guerras Mundiales (1914-1918 y 1939-1945) servirían como los campos de prueba de no solamente nuevas formas de exterminio humano, sino que se evidenciaría de manera amplia los efectos negativos del abuso de analgésicos derivados del opio, y peor aún, el desarrollo industrial farmacológico privado y gubernamental echaría ojos a la experimentación de nuevas medicinas y drogas en soldados10.Al término de aquellos conflictos y con el inicio de uno de carácter mayor que involucró a la mayor parte del mundo (Guerra Fría), EE. UU. comenzaría una política dual y en algunos casos contrapuesta, la cual por un lado se fijó en establecer controles más severos en el tráfico y producción de drogas, pero por otro lado siguió alentando el desarrollo civil y militar de medicamentos y drogas. Como uno de los grandes vencedores de la Segunda Guerra Mundial, EE. UU. no solamente contribuyó a la recuperación de las naciones devastadas con la guerra, codificó también un nuevo corpus de derecho y comercio internacional en el que tuvieran mayor participación y vinculación todos los países del mundo. Y el aspecto de las drogas no fue la excepción.

En 1946 se firmaba el Protocolo del Lago Success, con el cual la idea del fundamento prohibicionista de regulación de las drogas se haría extensivo a todo el globo, no obstante, sería hasta 1961 que convenios legales internacionales, que servirían como guías de gobernanza a los demás países miembros de la ONU, verían la luz al margen de la Convención Simple en Drogas Narcóticas, la cual el uso, producción y comercio de aquellas sustancias se limitaba a fines científicos y médicos. Mientras esto último pasaba, el mundo entero entraba en una nueva fase en el consumo de drogas, impulsado por la recuperación europea de la segunda posguerra y la crítica a los valores tradicionales hechos por los jóvenes de aquella época agrupados varios de ellos en la corriente hippie, no solamente cuestionaron el modo de actuar de sus gobiernos, sino asuntos multifactoriales como la guerra, el amor, la música y el arte por mencionar unos cuantos, empero, el problema de abuso de sustancias continuaba bajo el cobijo del tráfico ilegal internacional.

 

Los 60 y las drogas sintéticas, un añadido

La prosperidad económica experimentada en Estados Unidos, lo colocó al frente del escenario mundial como potencia dominante en términos económicos  y comerciales a partir de la segunda mitad del S. XX, sin embargo, este crecimiento vendría a ser cuestionado por su papel intervencionista en múltiples conflictos regionales como la Guerra de Corea, las dictaduras y guerrillas en Latinoamérica, el proceso de descolonización e independencia en África y el Sureste Asiático, especialmente con su participación en la Guerra de Vietnam (1955-1975), pues ello no solamente generó muerte y sufrimiento a la población local, de igual forma, miles de soldados heridos generarían una vez más adicción a los opioides, aunado a esto, millones de jóvenes de la clase media estadounidense en expansión comenzarían a encontrar nuevas formas de “protestar contra el sistema”, una de muchas sería el consumo de drogas, incluidas las de carácter sintético de desarrollo reciente como el LSD.

 

El inicio de la cruzada antidrogas:1971-2000

Hacia fines de la década de los 60, el equipo de campaña de Nixon identificó a dos opositores a la futura administración: la comunidad afroamericana y la izquierda radical anti-guerra (de Vietnam), para hacerles frente y someterlos al control judicial, Nixon empleó el uso de marihuana a la comunidad hippie y la heroína a la afroamericana con los respectivos costos legales y sociales incorporados a su declaración respecto a la “guerra contra las drogas”11.Para llevar a cabo tan ardua tarea, el gobierno de Nixon creó la Administración de Control de Drogas (DEA), dependiente del Departamento de Justicia de EE. UU. y ya no de la Administración de Drogas y Alimentos (FDA), con lo cual se daba el giro punitivo al consumo, distribución y producción de drogas en territorio estadounidense.

Aunque realmente la política antidrogas durante la presidencia de Nixon se orientó hacia la rehabilitación de los afectados y no tanto a la persecución de consumidores y productores, y con las eventuales presidencias de Gerald Ford y James Carter (1974-1981), en el plano internacional se prepararon nuevas convenciones de drogas (1971) en la que se incluían (y tomaban de la ley norteamericana) la clasificación de sustancias conforme su grado de adicción y su potencial para el abuso, esto con el propósito de tomarlo en cuenta para el eventual control de la venta y distribución por parte del gobierno hacia la sociedad. Sin embargo, durante toda la década de los 70, se gestaría un problema mayor que el propio opio en su momento, en América Latina se comenzaría a producir de manera industrial una droga ya conocida pero que a la postre resultaría una de las preferidas por el mundo del espectáculo y los mercados estadounidense y europeo: la cocaína.

Durante las administraciones de Ronald Reagan y George Bush (1981-1993) la política interna antidrogas en EE. UU. tomaría un carácter persecutorio y punitivo en su mayoría, pues encabezada por la DEA, todo traficante y consumidor de alguna sustancia prohibida sería condenado a servir penas de cárcel, así el flujo de condenados en el país aumentaría considerablemente. Mientras tanto, en el exterior el gobierno de Washington promovería una política dual respecto al tráfico de drogas, por un lado combatiría de manera abierta y encarnizada en Colombia a los cárteles de Medellín y de Cali, liderados por uno de los narcotraficantes más famosos de la historia, Pablo Escobar, lo cual también le permitiría establecer una presencia y apoyo militar en dicho país contra movimientos guerrilleros de orientación socialista (apoyados de manera encubierta por Cuba y la URSS) de carácter casi permanente, pues hoy en día la colaboración militar y de seguridad entre ambos países se mantiene.

Por otro lado, y de manera paradójica durante este periodo, EE. UU por medio de la supuesta 12participación de agencias nacionales como la CIA, orquestarían planes de financiamiento ilegal por medio de la venta mundial de cocaína y heroína para financiar grupos contrarios a todo aquel de ser sospechoso de tener tendencias de izquierda o suponer una amenaza socialista para la influencia norteamericana en el mundo, esto bajo el margen de la última recta de crudo enfrentamiento entre las dos superpotencias de la Guerra Fría: la URSS y Estados Unidos. Es así como movimientos como los Muyahidines de Afganistán (1989), los contras en Nicaragua (1979-1990), facciones de los cárteles colombianos, y hasta gobiernos nacionales como el de Manuel Antonio Noriega en Panamá (1983-1989) encontraron bajo el cobijo de la CIA una fuente de ingresos constante y elevada, pues al tener leyes prohibiendo la distribución y tráfico, el precio se mantendría alto ante una demanda en crecimiento.

Para la última década del S. XX, la política antidrogas de EE. UU durante el gobierno de William Clinton (1992-2000) a pesar de tener orientación demócrata, continuó la misma línea de captura y persecución a traficantes y consumidores de drogas, sin embargo, a pesar de todos los miles de millones de dólares invertidos en operaciones nacionales y extranjeras para combatir el problema, nuevos elementos vinieron a agregarse y agravarlo, de los cuales destaca el aumento sostenido en el desarrollo y distribución de drogas de diseñador enteramente sintéticas (que buscan emular los efectos narcóticos, estimulantes o analgésicos de sustancias tradicionales como la heroína o la cocaína), y que conllevaron un mayor riesgo a la salud de los consumidores, pues al no estar regulada su producción, cualquier sustancia, venenosa para el organismo inclusive, era empleada para aquellos procesos peligrosos de manufactura de diversas drogas, y que en la actualidad permanece como una constante ante el panorama prohibicionista imperante.

 

Actualidad de la lucha: 2000- en adelante

 Al inicio del nuevo milenio, y tras casi 60 años de lucha conjunta de distintos países del mundo encabezados por EE. UU, los resultados no eran muy esperanzadores, pues el problema del tráfico y la criminalidad aunada a ello se trasladaban en Latinoamérica de focalizarse en el sur (Colombia) a trasladarse gradualmente hacia sus propias fronteras (México), pues con la caída de los grandes capos sudamericanos, el poder de los narcotraficantes mexicanos crecía al apoderarse de las rutas y el desarrollo de una compleja red de tráfico, empezando por los  productores en los campos, hasta la corrupción de funcionarios medios y altos en la administración nacional. Todo lo anterior, junto con una renovada política militarista y de persecución criminal ejecutada por las administraciones de George Bush y Barack Obama (2000-2016) vino a inflamar todo el territorio mexicano y desatar una ola de violencia sin precedentes en el país, desbordándose aquella hacia Centroamérica y generando un nuevo proceso de flujos migratorios hacia EE. UU.

 

Mientras todo ello ocurría en el continente americano, en Europa, diversos países comenzaron a separarse de la política dictada por Washington relativa a las drogas, pues Portugal (2001) y Dinamarca (2010)13comenzarían a ejercer un nuevo método de acercamiento al problema, el cual estaría centrado principalmente en descriminalizar al consumidor y en vez de ello ofrecer tratamientos orientados a considerar el uso y abuso de drogas como un problema de salud pública y no de seguridad y justicia. En ese tenor, diversos gobiernos europeos, como Alemania (2000), Noruega (2010), República Checa (2013), Irlanda (2015) siguieron el ejemplo portugués de descriminalización y en sustitución a ello optaron por campañas de prevención de adicciones, junto con facilidades a consumidores para reducir los daños a la salud (uso de jeringas, prevención de sobredosis, programas de tratamiento etc.) individual y colectiva. Adicionalmente a ello, diversos estados de la Unión Americana han legislado de manera local para descriminalizar y legalizar en algunos casos el consumo de sustancias como la marihuana, de los cuales destacan Colorado (2012), Washington (2012), Oregon (2014), Alaska (2014), DC (2014), California (2016) e Illinois (2019). Como resultado principal, al asumir el control estatal la distribución y el consumo de dicha droga, las ganancias en materia tributaria aumentaron y ellas pueden dedicarse a proyectos de infraestructura pública, incluyendo programas de tratamiento para personas adictas.

Desafortunadamente, en muchos países (incluido México), especialmente aquellos que producen diversas drogas ilegales para consumo estadounidense o europeo, la actual política sigue centrada en un solo eje orientado al combate frontal a la producción, consumo y tráfico, lo cual a nuestro parecer contribuye a fortalecer el poderío de los grupos criminales que controlan aquella actividad pues al ser un elemento prohibido, solamente ellos tienen el monopolio para su venta con ganancias extraordinarias pues ese propio carácter ilegal dispara el precio ante una constante y creciente demanda. Con esto último me gustaría ofrecer una serie de conclusiones al respecto del control de drogas: Actualmente, es más que evidente que la estrategia de criminalización y prohibición total de las drogas está destinada al fracaso, los resultados materiales y criminales son prueba de ello. De seguir por este camino solamente podemos esperar el recrudecimiento y el perpetuo traslado de centros de narcotráfico mundial hacia distintos lugares del orbe, con sus daños colaterales derivados (violencia, diversificación criminal del narcotráfico, militarización de actividades de seguridad pública etc.) sin resultados contundentes hacia el triunfo.

Con los programas políticos ejecutados previamente por diversos países y estados de EE. UU, se tiene un laboratorio invaluable del cual pueden tomar nota otras naciones, incluidos nosotros, para recabar información que nos permita establecer nuevas formas de abordar el problema del consumo y tráfico de drogas, ello en el sentido de ofrecer una política que no tienda ni a relativizar el consumo como algo bueno y benéfico para la salud pública, pero tampoco a una que tienda a prohibirlo de manera total desde una óptica cuasi paternalista de gobierno, en su lugar, es preciso encontrar una tercera vía que establezca una especie de balance entre ambas perspectivas. Pero, y con ello me gustaría terminar, es imperativo no olvidar que cualquier solución destinada a resolver un problema tan complejo en los últimos dos siglos, debe de tener una esencia integral, pues no solamente es menester de la potestad estatal contribuir a su abordaje y solución, sino también a la sociedad como individuo y ente económico (grupal y solitario), político y social.

 

 

Bibliografía

Winter, Jerrold, Our Love Affair with Drugs: The History, the Science, the Politics, Oxford University Press, EEUU, 2020.

 

Gahlinger, Paul M., Illegal drugs: a complete guide to their history, chemistry, use, and abuse, Plume, EEUU, 2004.

 

Armenta, Amira y Jelsma Martin, The UN Drug Control Conventions: A Primer, 8 de ocatubre de 2015, en tni.org, disponible en: https://www.tni.org/en/publication/the-un-drug-control-conventions#:~:text=There%20are%20three%20United%20Nations,Traffic%20in%20Narcotic%20Drugs%20and, consultado el 20 de mayo de 2021.

 

Escohotado, Antonio, Historia General de las Drogas, Espasa, España, 1989.

 

Porter Roy y Teich Mikuláš, Eds., Drugs and Narcotics in History, Cambridge University Press, Reino Unido, 1995.

 

 

 

 

 


Autores
Internacionalista por la UNAM-FCPyS. Interesado y en constante estudio de temas del Espacio Post Soviético y Política Internacional.
Ilustración realizada por Laura Velázquez

Frente a la portada de la página, el usuario se percata de que OnlyFans es una experiencia: un candado azul en medio del resplandor, las imágenes desbordan la pantalla, forman una paleta de colores diversos con los que capturan la impronta de pintores, chefs, entrenadores, músicos y las personas que generen contenidos de cualquier índole.

Imágenes, videos y estilos de vida entretejen las narrativas digitales con las se habita en la web. Más allá de la espectacularización de la sociedad, prevista por Guy Deboard en el siglo XX, existen discursos listos para ser distribuidos en los medios en línea.

Con la llegada de Youtube en 2005 y el ascenso de Apple Music en 2015, los creadores de contenido encuentran una forma de monetizar su trabajo. Desde el 2016 la comunidad global vive el resultado de la exclusividad y monetización de contenidos, un universo llamado OnlyFans. La plataforma ofrece muestran una gama de realidades tan diversa como los usuarios que dan vida a este sitio.

Los creadores de contenido cobran mensualidades desde los cinco dólares (100.96  pesos) a los usuarios. OnlyFans se queda con el 20% de las ganancias de cada cuenta, un negocio rentable si se consideran los casos de Bella Thorn, la primera figura pública en ganar un millón de dólares en 24 horas; o el récord del 2021 impuesto por Bhad Bhabie, la rapera que ganó un millón de dólares en seis horas.

La promesa de dinero rápido aumenta la comunidad de la plataforma que, hasta el 2020, contaba con 85 millones de usuarios y 750 mil creadores de contenido, según BBC. El sitio Bloomberg calcula que la OnlyFans cerró el año pasado con una ganancia de 400 millones de dólares.

La plataforma no conoce la censura, por lo que las peticiones de los suscriptores son impredecibles. Amantes de la comida, la música o cualquier contenido considerado random por algunos tiene lugar; por lo que en OnlyFans hay una cultura digital personalizada, en búsqueda de libertad.

Durante la pandemia, el sitio no solo consolidó su popularidad, sino un estigma que los medios de comunicación han perpetuado, aseguran que OnlyFans se resume al morbo, un concepto alejado del original que su fundador, Tim Stokely concibió en 2016, es decir, un espacio para crear y vender contenido exclusivo.

 

El otro esquema de producción 

OnlyFans también es una industria donde se comercia con la generación de contenidos. El sitio alcanza su auge en uno de los contextos más adversos de la historia, y se debe a que la crisis económica imposibilita el acceso a mejores condiciones de vida. El sitio apuesta por otro modo de producción en línea; sin embargo, de este tema poco se aborda en el diálogo de redes sociales.

Los beneficios de trabajar en la plataforma quedan en segundo plano, y se piensa que solo es útil para enriquecer a celebridades; pero OnlyFans también significa un camino para los profesionistas, creadores de contenido y jóvenes, quienes buscan un futuro mejor.

Julia Soto habla con seguridad de sus dos empleos, “soy contadora”, esta profesión forma parte de su personalidad formal. Cuenta que labora en una oficina y desde antes de la pandemia tuvo la oportunidad de llevar clientes por su cuenta, lo que la ayudó a sobrellevar la cuarentena.

Cuando piensa en su otro trabajo, Julia muestra una actitud amena, y no titubea al decir que es modelo en OnlyFans. “Ya creaba contenido en otras páginas de paga, para venta directa con los clientes; pero en esta App, que es más famosa, me faltaba iniciar”.

Aunque ella tenía en mente incursionar en la plataforma desde hacía meses atrás, fue por “el consejos de amigas del medio” que decidió abrir su canal en enero de 2021. El éxito de su canal complementa otros ingresos en distintas páginas en las que colabora.

Sin duda el internet se convirtió en una forma de generar ganancias en la pandemia. Los ingresos que un cultura hiperestimulada atribuye a las imágenes, colocan a México en uno de los tres países que más usan Onlyfans, de acuerdo a El país, en su artículo “Only Fans acerca la prostitución a miles de jóvenes en América Latina”, firmado por Georgina Zerega.

Pese a que Julia mantuvo su empleo en la crisis económica por Covid-19, considera que los 4 mil pesos extra de su canal en OnlyFans han comenzado a mejorar su calidad de vida. “De mi trabajo en la plataforma dependo solo yo y quien me ayuda a editar (el contenido). Creo que voy bien”, comenta con aire optimista.

Respecto a su rutina como modelo en la página, Julia admite que la promoción consume más tiempo. OnlyFans no tiene un tráfico propio, son los creadores quienes deben usar sus redes sociales para ganar suscriptores. “Es pasar horas y horas pegada al celular”, explica Julia y añade que “es un trabajo sumamente desgastante, pero satisfactorio”.

Julia suele realizar las sesiones de fotos con su celular, aunque considera que podría mejorarse la iluminación. Ante estos problemas se siente apoyada por su compañero, “él edita las fotografías y videos, me ayuda y es lo máximo”, de nuevo sus expresiones desbordan honestidad.

Los horarios que asigna a generar contenido son los fines de semana por las noches, porque “tengo que esperar a que todos duerman para poder grabar”. Julia sabe cuán persistente debe ser en el sitio, y reconoce que ella continúa con su trabajo porque “es algo que disfruto, también me sirve para generar un ingreso extra como muchas otras actividades que suelo hacer”, concluye segura de que aún falta camino por recorrer.

Historias como las de Julia exponen el potencial que OnlyFans guarda a sus colaboradores, uno que pasa desapercibido en la discusión pública sobre su uso y consumo. En la experiencia de México con la plataforma, aún hay estigmas que la rodean.

 

Un espacio de diversidad

¿Qué hace tan atractivo a OnlyFans? El contenido exclusivo de cualquier índole, es cierto; pero hay otro horizonte que captura la atención de millones de usuarios en el mundo, se trata de un sitio donde los artistas pudieran vender sus obras sin lidiar con disqueras, productoras o monopolios.

Brindar alternativas a los creadores de contenido para iniciar una trayectoria, todavía es un objetivo en OnlyFans. La plataforma lanzó un concurso dirigido a los “jóvenes talentos” en Reino Unido. Los interesados en participar, subieron a la plataforma un video de 90 segundos en el cual interpretaban una canción de su autoría.

El certamen también funciona como recordatorio a la audiencia londinense de que existe contenido artístico en la plataforma. En México hay un exponente de la pintura homoerótica que fomenta la inclusión de las sexualidades a través de la pintura, Felix d’Eon.

Nacido en Guadalajara, con madre mexicana y padre francés, Felix d’Eon hace una relectura de los distintas épocas del país, cuando la homosexualidad era un tabú. En su estética, los cuerpos ayudan a transgredir lo heteronormativo, y los escenario folcloricos en sus obras, las convierten en una crítica a la cultura dominante.

“Soy usuario de OnlyFans desde hace seis meses”, comenta el artista, quien ve en los usuarios de este canal un “nicho en el país que podría conocer mi obra”. Felix d’Eon considera que por medio de la plataforma podría “crear una comunidad que sea afín a las artes y a la apreciación de todxs los cuerpos”.

En la pandemia, “ha habido un incremento en la venta de mi obra —continua—; pero no se lo atribuyo solamente a mi cuenta de OnlyFans”. El éxito de su canal es producto de la difusión en redes sociales, medios personales que dan a conocer su obra a un público abierto al arte inspirado en la diversidad.

“Mi propósito —profundiza en su estética— se centra en darle visibilidad a las identidades periféricas”. Con una interpretación personal de sus pinturas, reafirma que “siempre trata de ser incluyente”, construir un lugar para la “gama amplia de los géneros que merece ser reconocida”.

La obra de Felix d’Eon exige un lugar sin censura como OnlyFans, que en palabras del pintor “es una gran herramienta para compartir lo que hago, desde su propia crítica social, cultiva una red de apoyo”. La cultura digital de la que habla el artista invita a más integrantes, sin importar su lengua ni país; todxs tienen lugar.

Es esa identidad la que caracteriza a quienes hallan en las imágenes una postura transgresora, como Felix d’Eon concibe su obra: “todas mis pinturas en sí ya contienen una crítica política debido a su naturaleza queer”. Al respecto, el pintor explica de forma breve que “implica una transgresión a la heteronormatividad, entonces cualquier cuerpo que salga de estos lineamientos es transgresivo”.

Contrario a las ventajas de la plataforma, prevalece un obstáculo que el pintor identifica, “OnlyFans tiene una reputación muy fuerte de producir contenido pornográfico”. También reconoce que hay “muchas interacciones que llegan a ser de tipo spam, vendiendo PPW messages con captions muy sugestivas”; lo que podría dificultar que su obra llegue a audiencias interesadxs en contenido más artístico.

“Mi interés es celebrar las identidades y cuerpos en todas sus formas”, enfatiza acerca de sus metas dentro de OnlyFans, en contraste con la identidad erótica de sus pinturas. Felix d’Eon disfruta de publicar “las sesiones de foto que hago como inspiración” y las sesiones de modelos en vivo.

“En el futuro percibo que podría crecer una comunidad que apoye mi trabajo”, en sus palabras se vislumbra el largo recorrido de la plataforma que el artista piensa seguir. “¡Me agrada saber que hay un fuerte público mexicano en OnlyFans! No lo sabía”, con esa última impresión, Felix d’Eon reconoce a la gente que está dispuesta a cuestionar lo establecido, a visibilizar los cuerpos con sus sexualidades.

Al parecer en la plataforma toda imagen desafía, lo saben personas como Julia, quienes alzan una figura independiente con su contenido, y Felix d’Eon encarna la premisa anterior con pinturas que irrumpen en la heteronormatividad. Su obra converge en el erotismo y el arte, los terrenos opuestos que segregan a detractores o defensores de la página.

OnlyFans es un reflejo de millones de rostros, cuyos aportes dotan de una identidad polifacética a este universo; donde el diálogo entre la modernidad y los tabús guían a los usuarios en un camino azaroso hacia la libertad de expresión.


Autores
Diego Durán nació en la CDMX en 1996. Egresado de la licenciatura en Ciencias de la Comunicación y Periodismo, en la Facultad de Estudios Superiores Aragón (UNAM). Ha colaborado en medios de comunicación periodísticos y culturales como Chilango, Tierra Adentro, Fondo de Cultura Económica, Grupo Expansión e Infobae.
Ilustración de Maricarmen Zapatero

Al municipio de Felipe Carrillo Puerto también se le conoce como “Felipe Carrillo Muerto”. Sin ánimos de ofender, el juego de palabras le hace justicia. De niño me era difícil reconocerlo cuando íbamos de paso en familia. Hasta la fecha, mi forma de saber que por fin he llegado es cuando alcanzo a ver una estatua de Benito Juárez situada en una glorieta rodeada de zapaterías. No es, desde luego, el punto más llamativo de Carrillo, seguramente tiene otros (¿será?, no creo), y no sé por qué ese es el que se ha quedado guardado para siempre en mi memoria. Solo sé que cuando avisto la estatua que ha de ser el doble del tamaño original de Juárez tengo la certeza de que por fin he llegado. El camión se introduce por las calles estrechas y los pasajeros pueden destensar las piernas y hacer lo que sea que Carrillo Muerto les tenga prometido.

Omar y yo decidimos partir desde Chetumal para tomar un día de sol en las playas de Tulum. Como no teníamos dinero para un autobús del ADO, viajamos de combi en combi. Carrillo era un punto más en la ruta. Nos echamos a andar con prisa, para llegar a la combi que nos dejaría en Tulum. Se hacía tarde y comenzaba a nublarse. Con un poco de suerte conseguiríamos disfrutar tres horas de descanso playero.

Pasamos por la antigua iglesia colonial, por el Elektra, por el restaurante El Faisán y el Venado. En Quintana Roo la gente no es muy buena dando direcciones, al menos no como en la Ciudad de México. Aquí los chilangos te dicen: “das vuelta en U a la izquierda, tres cuadras, hasta topar con pared en la siguiente calle y llegarás”. Tal vez por eso les entiendo menos a los chilangos. En cambio, allá, tras una corta pausa, te dicen “no sé dónde queda”. El quintanarroense es muy desconfiado, más cuando vas en plan turista y no eres extranjero (pero creo que es así en todas las playas mexicanas donde he estado: el turista nacional produce desconfianza, miedo, hasta un poco de penita ajena). En Quintana Roo la gente te olfatea: “este no es de acá”. Con razón Omar me decía: tú no hables, para que no piensen que no somos de acá y nos vayan a querer cobrar más caro. 

Seguimos caminando, como mensos, sin encontrar el sitio de combis. De pronto, escuchamos que alguien gritó “¡Omar!” Era su tía, iba en dirección a su casa. La acompañamos, pero no nos metimos ni nos invitó a pasar, nomás nos quedamos en el porche. Olía a caldo de pollo y nances. Omar siempre ha sido muy bueno para sostener charlas triviales con sus familiares, incluyendo los lejanos, habilidad que yo no tengo. Mientras hablaban, yo veía a lo lejos la modesta vivienda de paredes cubiertas de fotografías de muchas épocas y muchos familiares. Me pareció curioso que él no figurara en ninguna. La tía nos dijo en dónde podíamos tomar la combi. “Y apúrense que se les hace tarde y no van a agarrar sol.”

No quiero describir a Carrillo Muerto y no lo haré. Lo que sí puedo intentar describir es el fluir del tiempo, como si todo quedara en suspenso, como si los habitantes estuvieran haciendo la siesta, como si el reloj diera siempre las cuatro y hasta las plantas y los semáforos jugaran a las estatuas de marfil. Pero tampoco quiero poetizar a Carrillo Muerto. Tal vez por eso, porque no hay nada que poetizar, nos fuimos en chinga. En cuanto subimos a la segunda combi, ya no hubo marcha atrás.

Ilustración de Melissa Gabriela

Ilustración de Melissa Gabriela

Voy a contarles un poquito de Chetumal, la ciudad de donde veníamos Omar y yo antes de llegar a Carrillo, ciudad que nos vio crecer y nos reunió para toda la vida. Casi todo el mundo piensa que es un pueblo, pero les juro que hay mucha gente, aunque últimamente ni salen de sus casas. Ha de ser el calor, o la inseguridad, o Netflix, o las tres, quién sabe. Allá es muy fácil dejarse llevar por la aburrición. Tal vez por eso decidimos hacer este viaje, para huir de Chetumal. Nuestro primer viaje juntos.

Parecía increíble que nunca hubiésemos hecho un viaje así. Podía entender los motivos: yo dejé Chetumal a los diecisiete, y para un menor de edad sobreprotegido como yo era impensable viajar solo. Omar, por otro lado, al ingresar a la universidad, se fue consiguiendo una beca tras otra y viajó por toda Europa de intercambio, visitó muchos museos, comió chingos de kebab y almacenó miles y miles de fotografías en lugares icónicos.

Todo ese tiempo que nos mantuvimos alejados, él en Chetumal y yo en el entonces Distrito Federal, Omar comenzó una relación a distancia con un holandés que conoció en un sitio web para hacer amigos por correspondencia, muy a la antigüita, muy a la ¿Tienes un e-mail? Se conocieron viajando como mochileros y consumaron el amor mientras hacían couch surfing en un apartamento en Roma. La relación continuó vía Skype. Finalmente alcanzó su punto álgido en un programa de televisión holandés. Los habían seleccionado en un reality show navideño de reencuentros, un maratón de cuatro horas que tiene muchísimo rating año con año, y cuya premisa es reunir a parejas interraciales que sobrellevan el amor a distancia en distintos puntos del globo.

Al holandés lo agarraron de madrugada. El presentador se lo llevó en una van y ni tiempo le dio de despedirse de sus papás. De ahí, se lo retacharon a una villa suiza magnífica como de Heidi o de las villitas navideñas Coca Cola, y lo mantuvieron oculto para reunirlo días después, ¡oh, sorpresa!, con Omar, quien estaba al tanto del engaño. Creo que no lo estoy explicando muy bien y quizá valdría la pena remitir al programa. La gente de la villita sale coreando villancicos, antorchas, gorritos, bufandas y toda la cosa, niños patinando, como angelitos, y esa alegre caravana de Papá Noel lleva a Omar en brazos del holandés.

A pesar de que me chocan los reality shows europeos, debo admitir que cuando vi el episodio chillé. Como dicen en mi pueblo, me dejé llevar por el pathos, a pesar de que conozco lo suficiente a mi amigo como para saber cuáles eran las partes donde actuaba por órdenes de la producción. La misma persona que estelarizó ese programa de televisión ahora estaba aquí conmigo, haciendo bromas sobre la vida de Carrillo Muerto. El cosmopolitismo de Omar, sin duda, me sorprendía cada vez más (sobre todo a mí, que a duras penas he ido a La Marquesa).

La noche antes del viaje a Tulum vimos el episodio. Me era inevitable, por puro narcisismo, compararlo conmigo. Yo estaba soltero, y no había ningún conductor que me sacara de mi casa para reunirme con nadie. Ya no digamos con un novio, ni siquiera para llevarme a punta de pistola derechito a los separos. Eso tampoco me hacía sentir mal, porque, al contrario, sentía que vivía a mis anchas. Como iba saliendo de una relación meses atrás, podía hacer lo que se me pegara la gana. Sin embargo, olvidaba cuán limitado es el margen de placeres en la playa si nada más andas con doscientos pesos en el bolsillo. Tampoco es por hacerme el beatnik, pero pensaba que se disfruta más Tulum viviendo en una especie de indigencia ecofriendly, descalzo, comiendo lo que caiga, fumando mota con desconocidos en la arena. Sí, ya sé que suena a cliché y, bueno…, perdón, les estaba contando otra cosa.

Aprovechando la ocasión del viaje, la mamá de Omar le pidió que hiciéramos una parada en el sindicato de taxistas para realizar no sé qué trámite. Mientras Omar se enfrentaba a la burocracia del Sindicato de Taxistas Tiburones del Caribe, yo esculcaba mi mochila para corroborar que trajimos lo necesario. Omar, prevenido como era, guardó el bloqueador, su traje y dos toallas, y yo asumí que en ese traqueteo matutino yo había guardado el mío, que era un Speedo, en absoluto vistoso ni sexy, sino corto, de natación, muy soso. En parte me alegraba haberlo olvidado, pero sentía el remordimiento de arruinar la emoción de nuestro primer viaje, la misma emoción que se iba al traste cada minuto que Omar pasaba atendiendo las diligencias de la placa. Total, que permanecí ahí como baboso, viendo el logotipo del sindicato: un tiburón enfurecido.

—Omar, me vas a matar. No traje mi traje.

—¿Cómo de que no lo trajiste? Eres bruta, Juan Pablo.

—Ya ni modo, ahí me compro uno de cholo en el Milano.

—¡Maldita sea, Juan Pablo! ¡Lo arruinas todo!

Si bien la última frase era cierta, Omar ignoraba mi conformismo, mi boba inclinación al amor fati que me orilla a apreciar el simple hecho de estar juntos, alejados por primera vez de Chetumal, de sus marquesitas y su clima asfixiante. Podía sacrificar el nado, podía conformarme con el bronceado, o ni siquiera eso, me conformaba con ver las olas. Conformismo de escritor, vaya: me conformaba con la pinche anécdota.

✈ ✈ ✈

Cuando finalizaron las grabaciones del programa de televisión, Omar, que había aceptado la invitación para pasar unos días más junto con el holandés en el chalet, recibió una llamada inesperada: su padre se había quitado la vida. Su reacción instintiva surgió de la estupefacción, no tanto de la incredulidad (¿cómo pudo haber pasado esto?) como de la indignación (¿cómo pudo haber hecho esto? ¿cómo pudo dejarnos solos?).

Desde entonces, su madre asumió las responsabilidades de don Manuel, y el tiempo se le iba gestionando trámites de las propiedades que dejó tras su muerte, o haciendo reparaciones a veces imperceptibles en la casa. Al principio hubo rosarios, misas conmemorativas, duelo. Después, con el paso del tiempo, el recuerdo de don Manuel se asentó en las fotos familiares donde lucía con la sonrisa ceremoniosa que siempre le caracterizó. Don Manuel fue un hombre cálido, amable, generoso, querido por las personas que le rodearon, un hombre notoriamente mayor que su esposa. Con el transcurso de los años la vejez no parecía repercutir de manera agresiva en su aspecto. Para mí siempre tuvo sesenta años, no más, no menos. Por todas esas razones, era difícil entender cuáles fueron sus motivos. ¿De qué servía averiguarlos?

Me enteré de la noticia una noche de sábado en la que estaba con mi amigo Mario en el bar leather Tom’s. Para ese entonces no tenía ningún amigo gay en la Ciudad, y le pedí a Mario, con su look medio punk, que me acompañara. Esa noche de por sí no me la estaba pasando bien. Mario y yo platicamos toda la noche en la esquina del tercer piso, en el área de fumar, y nadie nos habló sino hasta cuando ya nos estábamos dando a la fuga. En alguna parte le dije: échame aguas porque este méndigo baño tiene un hoyo en la puerta y me choca que me vean haciendo pipí. Y fue allí cuando supe de la muerte del señor Manuel. Ignoraba lo demás, incluyendo el programa de televisión. Para ese entonces la carrera en la Casa Lamm y las penurias económicas me absorbían, y me comunicaba con Omar a cuentagotas.

Ahora estábamos Omar y yo, años después, juntos, vagando sobre la avenida principal del pueblo de Tulum. Debíamos darnos prisa. Como nos había dicho la tía, la última combi de regreso a Carrillo partía a las seis, y había que tomar una decisión en torno al traje de baño olvidado. Abrí Grindr y comencé a enviar mensajes a lo menso. A los pocos minutos, un usuario me respondió. En el mareo de la canícula, ni siquiera alcancé a ver bien su rostro, pero parecía el usuario más guapo de todos los contactados. Vamos en camino a la playa, ¿vienes? Sí. ¿De casualidad tienes un traje de baño extra? Sí. ¿Corto o largo? Como sea, lleva los dos. ¿Nos vemos en veinte minutos? Sí. Asunto arreglado.

Nos trepamos a un taxi en dirección a Playa Paraíso, una sección apartada en las playas de Tulum con un restaurancito con vestidores, poseedora de una vista de ensueño, lugar idóneo para echar la hueva. En cualquier momento iba a llegar nuestro invitado. Omar me preguntó qué haríamos si llegaba otro wey que no fuera el de la foto. Le dije que podíamos cotorrear con el impostor, siempre y cuando nos trajera el traje de baño. Preguntaba con justa razón: el perfil, cuando se lo mostré, parecía falso. Uno se acostumbra a platicar con perfiles falsos en Grindr, con personajes inventados y delirantes. Grindr, donde nada es lo que parece, tiene mucho de cuento fantástico.

Alquilamos un camastro de los grandotes para cuatro personas, con sombrilla y todo. Después esperamos. La playa comenzaba a poblarse de turistas gringos que sueñan con Arkansas frente al mar del Caribe, dormitando con sus bandanas de Bon Jovi, sus chonchos ejemplares de Ken Follett y sus acentos de Bill O’Reilly. Los meseros nos trajeron el menú en friega, pero todo estaba muy caro, y nada más pedimos agua. Y otra vez me volví a preguntar si acaso no era una broma que viniera ese turista guapo en camino, si acaso no estaba soñando, porque en verdad, les juro, era de esos weyes que uno dice ¿qué pedo? ¿este wey es real?

Ilustración de Melissa Gabriela

Ilustración de Melissa Gabriela

I’m here. Corrí a la entrada con un chingo de nervios. Si resultara ser otra persona, el timo confirmaría a Omar mi habilidad para arruinarlo todo. Mis pies se arrastraban con gran esfuerzo sobre la arena hirviente, igualita a Marlene Dietrich en Morocco. Agucé la vista: no era un engaño ni una alucinación. Era el mismo extranjero de barba, cuerpo atlético y ojos castaños. Lo conduje en dirección a nuestro camastro para cuatro personas. Ganas no me faltaban de quererlo palpar, al menos para comprobar que no se trataba de un holograma. Por supuesto, vino con los trajes. Uno era un speedo de calzón, que seguramente le sentaba muy bien; el otro, un short decoroso marca Pull & Bear. Escogí el segundo y me fui a cambiar. Cuando regresé, Omar dijo:

—Te ves muy bien, Juan Pablo —después, dirigiéndose al extranjero preguntó con coquetería—: ¿tú qué piensas? ¿a poco no se ve bien?

En un español impecable respondió:

—También. Se ve muy bien.

Los dos sonreían atontados, como salidos de una caricatura.

✈ ✈ ✈

Luca dominaba el lenguaje español porque era sobrecargo, a lo cual yo pregunté, como inepto: O SEA, ¿AZAFATO? Los sobrecargos son extremadamente corteses, atentos, y cuidados de su aspecto personal: todo eso se notaba en su barba, rasurada con pulcritud, y también en sus modales, paciente sin llegar a la condescendencia. Su físico, vista desde cualquier ángulo, era hermoso. Era bajito, fornido, de piel tersa y porcelánica, cubierto de vello, cabello rizado cortado al ras, unos dientes preciosos y una sonrisa tímida de ensueño. El arquetipo, sin duda de una “nutria”, como llaman en Grindr a ese tipo de complexiones. Aquella belleza exultante nos dejaba estupefactos. Era algo muy distinto a cruzar miradas fugaces con un adonis en la playa que va en su rollo: aquí había una dicha compartida, de atracción y fisgoneo, en una misma esfera de homoerotismo. Luca había aceptado venir con nosotros a pasar la tarde. Debía aferrarme a esa alegría, disfrutarla, saciarme de cada segundo como un maravilloso regalo.

Del dicho al hecho hay un gran trecho, y Luca no hacía gran cosa para que yo pudiera poetizarle con fervor. Es más, conforme los minutos transcurrían comenzaba a verlo de hueva. Luca era suizo, y Omar aprovechó para contarle su gran número de aventuras en Europa, sus experiencias en Suiza. No habló de su estrecha relación con los Países Bajos, y entonces asumí que ese momento precioso era nuestro secreto. Omar le había sacado más palabras que yo al suizo; para ese entonces creía que quien había hecho match con Luca era mi amigo. Mi ilusión, por lo visto, suizo pedazos. Yo estaba como ido, tratando de comprender si Luca había venido por curiosidad, por morbo, por interés en mí, en los dos, o nada más porque el azar lo orilló a prestarle un traje de baño a un par de babosos en la playa mexicana.

Luca se quitó el short frente a nosotros, luego la camisa, y nos quedamos como idiotas viendo su anatomía grecorromana, igual de lujuriosos que el ruquito cachondo de La muerte en Venecia al ver a Tadzio. El sol se ponía más duro y le pedimos a un mesero que colocara una sombrilla. Así nos quedamos los tres, viendo hacia el mar, sin decir gran cosa, hasta que Luca tuvo una súbita digresión. Un mes atrás el avión en el que trabajaba tuvo un percance y por poco se hunde en el mar, pero la nave consiguió flotar, retomar el vuelo, y afortunadamente la tripulación salió ilesa con todo y flotadores. Vaya alivio.

En el paisaje que teníamos ante nosotros, por una suerte de espejismo, alcancé a ver un avión hundiéndose, explotando, como un chapuzón de pequeños cristales, que apenas y se alcanza a percibir como el Ícaro imaginado por Brueghel. Luca había sobrevivido al accidente y el destino lo llevó hacia nosotros. En mis fantasías Luca era un sobrecargo que ha naufragado en una isla desierta y encuentra a dos nativos llamados Omar y Juan Pablo y les enseña a usar el fuego y recolectar frutos. Con el tiempo construyen una linda chocita y viven en civilizada armonía.

✈ ✈ ✈

Instaurar una conversación con Luca realmente no me interesaba. Me di cuenta que carecía del material vivencial para sostenerla o parecerle fascinante. Lo que realmente me preocupaba, en el fondo, era su belleza. Comprendí que a pesar de que la belleza humana pueda esconder tras sí una personalidad compleja, es algo inherentemente frívolo, como una estatua de hielo que se derrite tan pronto acercamos a ella nuestro apestoso aliento. Y la frivolidad desalienta. La belleza no puede durar para siempre y lo supe desde el momento en que nos acostamos en aquella cama y teníamos tres horas contadas. No entendía por qué a veces prefiero la contemplación de la belleza por encima del entendimiento profundo con otro ser humano.

¿Sabes? —dijo Omar—. Eres muy guapo.

Nuestras miradas trazaron un triángulo fatal de curiosidad y deseo.

Luca sabía que lo deseábamos. En algún punto me sentí como en el cuadro de Manet, El almuerzo sobre la hierba; pude jurar que Luca era la mujer encuerada. Alejados de nuestros lugares de origen, teniendo la playa solo para nosotros, las posibilidades del placer eran infinitas. Sabiéndose dueño de ese poder sobre nosotros, se limitó a soltar una risa nerviosa, de falsa modestia. Omar, por su parte, no se cansaba de verme en plan órale vas. Invité al suizo a nadar conmigo un rato. A Omar no le quedó de otra que vigilar nuestros triques.

Nuestros pies se hundieron con suavidad en el agua salada. Luca me salpicaba graciosamente la espalda. Nos dimos un chapuzón y nadamos un buen trecho, lejos del ruido y de los turistas. Flotábamos. El suizo en el mar; yo en el ensueño. Mi lado intrépido despertó de su extenso letargo:

—Luca, una preguntota: ¿te puedo dar un beso?

—No.

—¿Por qué?

Hizo una pausa curiosa, no sé si previendo una excusa o un brote de sinceridad.

—Acabo de terminar una relación.

—¡Con más razón! ¡Yo también! Estoy disfrutando el momento. ¡AMOR FATI! Mira a tu alrededor. Estamos en medio del mar, nadie nos ve, son vacaciones. Tú te vas a regresar a Suiza y seguirás volando por los aires. Es la ocasión perfecta.

—No lo sé…

Aún si desde el comienzo no actué como la lumbrera de la cortesía y el arte de la conversación, no podía tolerar que Luca se resistiera a besarme. ¿Cómo iba a seguir nadando con el ego herido? Mas no desistiría. Rozaba mi pie con el suyo, acariciándolo, hasta que una ola terrible nos recubrió y me arrastró como vil sargazo. Luca me aferró hacia él, me abrazó, y fue ahí, en ese momento tan romántico, a punto de ahogarme, cuando nos dimos un corto beso lleno de espuma. Tan pronto recobré el aliento, Luca me soltó y me dijo que me subiera a su espalda. En la lejanía de la arena, Omar era apenas una estrella en el cielo.

La escena, más que de nutria, era de oso. Encima de su espalda, abrazado a su pecho, Luca nadaba conmigo. Sin duda yo habría otro beso en vez de la clase de natación. ¿Y si el avión se estrellara en el mar Caribe, con Luca y yo como únicos tripulantes? Curioso momento de sirena, si bien yo no me sentía espléndida como Ariel de The Little Mermaid, sino como esas sirenas repulsivas que fabricaban en Japón con huesos de pescado para asustar a los visitantes en las ferias y circos de fenómenos. Hubo un segundo beso, más abrupto e incómodo que el primero. Al poco rato salimos. Las gotas escurrían del cuerpo de Luca como preciosos cristales. Yo tiritaba como si me hubiesen rescatado del Titanic.

Ilustración de Melissa Gabriela

Ilustración de Melissa Gabriela

✈ ✈ ✈

La memoria seguramente traiciona la fidelidad del relato. Tal vez el primer beso no fue tan emocionante y tal vez la supuesta tensión entre los tres era producto de mi retorcida imaginación. Tal vez el beso no tuvo nada de especial, y solo es uno entre tantos, uno que permanece enterrado en una larga lista, en un acuario de besos. ¿Por qué me rehusado a soltar esta anécdota y la he conservado conmigo como el hábito cursi de guardar las conchitas y los caracolitos en el baño de la casa? Pero esas son cuestiones del presente que realmente no atañen a la verdad de lo ocurrido aquella tarde en la que mi mejor amigo y yo salimos de casa un día para buscar una aventura efímera por la Riviera Maya.

Después de secarnos, volví a pensar en sirenas célebres. En Ondina, espíritu acuático que se enamora de un hermoso príncipe de carne y hueso, al que acaba asesinando en un beso fatal. Pero yo, más que Ondina, era Ondeada, porque el suizo al poco rato comenzó a hacer bromitas raras. Al ver a Omar con un sombrerito de paja muy mono, le dijo que se parecía a un personaje de animé llamado Monkey. ¡Qué llevado! Luego dijo que tenía hambre y ordenó fajitas. El platillo lucía deplorable y el suizo apenas y nos convidó una papita. La conversación agonizaba tras el beso marítimo, y las manecillas del reloj otra vez nos amenazaban: era momento de tomar un taxi en dirección al centro de Pueblo de Tulum y de ahí alcanzar la última combi en dirección a Carrillo Muerto, etcétera. Luca estaba al tanto de nuestra partida y dijo que él se quedaría un rato más para ver el atardecer.

Como las Cenicientas de Playa Paraíso, había llegado el momento de regresar a la deslucida realidad de las combis y camiones que nos llevaría de vuelta al purgatorio quintanarroense llamado Chetumal. Nos despedimos del suizo y lo seguimos en Instagram. Lo único que faltaba era irme a cambiar el bañador. Sin embargo, cuando cerré la puerta del vestidor por última vez, supe que me iba de Playa Paraíso con una extraña sensación de vacío. Ya iba en camino hacia Luca, que seguía acostado en la cama que alquilamos, y que seguramente esperaba el bañador o quizá de plano lo había olvidado. Cuando alcancé a ver a Omar cerca de la entrada, lo llamé y arrojé el bañador húmedo hecho bola como una pelota de fútbol americano. Su silueta sobre la arena recortaba el cielo rosa del atardecer.

—¡Rápido! ¡Guárdalo! —grité y me eché a correr junto con él en dirección a los taxis—: ¡de prisa! ¡Corre, Omar! ¡Corre! ¡Súbete al taxi!

—¿Qué haces? ¿Estás loco? ¡Devuélvele su traje!

—¡Ni madres! ¡Lo quiero! ¡Lo quiero de recuerdo! ¡Lo quiero guardar para siempre! ¡Súbete y vámonos a Carrillo Muerto!


Autores
(Ciudad de México, 1993) es narrador y ensayista. Maestro en Letras Españolas por la UNAM, es autor de Emerson en Tijuana (Máquina de Aplausos, 2019) y La mítika mákina de karaoke (FCE, 2022). Sus textos se han publicado en Letras Libres, Tierra Adentro y Nexos. Ha colaborado en Montez Press Radio, House of Vans y Dover Street Market París. Ha sido beneficiario del Sistema de Apoyos a la Creación y Proyectos Culturales en el área de Ensayo Creativo (2023-2024).
Retrato de Jorge Luis Borges, de Annemarie Heinrich, 1967. Dominio público.

El arte debe ser como ese espejo

Que nos refleja nuestra propia cara

J.L.B.

 

En un futuro la sociedad entera estará regida por un sofisticado computador que si bien no será más grande que un refrigerador de dos por uno, sí tendrá una inteligencia sin límites: conocerá a los individuos mejor que ellos mismos desde su nacimiento (sus gustos, sus miedos, sus zonas de confort); sabrá por anticipado las incontables posibilidades de los acontecimientos que habitan el universo (lo que es, lo que será, lo que fue, lo que pudo ser); de los movimientos del insecto más diminuto hasta las decisiones de los gobernantes más poderosos, que en realidad no serán más que engranajes de su gigantesco juego de marionetas, pequeñas series en su colección infinita de sucesos.

A través de un impulso energético regido por el principio del mesmerismo, esta máquina aturdirá a los seres humanos para que se conduzcan con sumisión en un mundo sin pasado ni futuro por fuera de ella; la gente vivirá en un presente inmediato, carente del más sutil atisbo de consciencia, como animales desmemoriados. El único medidor del Tiempo lo tendrá la máquina, a la cual estarán conectados los seres, despojados de cualquier tipo de libertad. Si alguien pudiera penetrar en su fuero interno, escucharía este vertiginoso devaneo metafísico, una y otra vez, en un bucle incesante e hipnótico:

El tiempo es la sustancia de que estoy hecho.

El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río;

es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre;

es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego.

El mundo, desgraciadamente, es real;

yo, desgraciadamente, soy la Máquina.1

 

***

Con frecuencia oímos que la literatura de Jorge Luis Borges (1899-1986) es una construcción monumental erigida a base de digresiones, falacias geniales y notas al pie de página. Que leer uno de sus libros equivale a conocer toda su obra, pues sus intereses son alegóricos y se repiten con pocos cambios significativos. Nos dicen también que en el vórtice de aquellos castillos de arena, textos que rara vez superan las diez páginas, abundan los espejos, los laberintos y los falsos indicios.

A menudo se olvida que detrás de toda la parafernalia y la truculenta erudición, sus poemas, cuentos y ensayos trazan el retrato de un hombre que llora en silencio: un ciego triste pero bien vestido, sentado en una poltrona o en el banquito de un frondoso parque público, con un macizo bastón en la mano, un rostro que desde joven parecía idóneo para las arrugas sabias, un párpado caído que le da un inquietante dejo de monstruosidad2 pero que se diluye en su gran sonrisa de niño tonto.

Solo un genio precoz que leía y escribía a los cuatro años, memorizaba sonetos a los ocho y traducía El príncipe Feliz de Oscar Wilde a los diez, solo un obsesivo bibliotecario que osciló entre la neurosis y el autismo literario habría podido concebir tan sublime esperpento de letras, digno del místico y arcano minotauro, uno de sus símbolos definitivos. “Casi no importa una ‘vida’ de Borges por fuera de las historias de encuentros con los libros”3, opinaría Beatriz Sarlo.

Quizás la admiración que despierta su figura, así como sus acciones más reprochables (aquella  oscura simpatía por Augusto Pinochet, consumada en su encuentro de 1976 para recibir el doctorado Honoris Causa en Chile, que probablemente lo excluyó del premio Nobel), residen en un reconocimiento político4. Borges fue el primer argentino/latinoamericano visto a los ojos del establishment literario como un autor universal y el creador de un nuevo tipo de ficción, acaso pariente del realismo mágico.

Además de una referencia obligada para cualquier aprendiz de escritor, su obra inspiró a artistas y pensadores canónicos como Michel Foucault (en el prólogo de Las Palabras y las cosas [1966] confiesa cómo lo inspiró El idioma analítico de John Wilkins [1952] para concebir su crítica del humanismo y del conocimiento antropológico), Umberto Eco (en un reconocido homenaje, el villano de El nombre de la rosa [1980] es un excéntrico bibliotecario ciego de nombre Jorge Burgos) o Jean-Luc Godard (en el clímax de Alphaville [1965] se leen fragmentos de Nueva Refutación del tiempo, falseadas en el exordio de este texto).

 

Más allá de la literatura fantástica

A muchos escritores irrelevantes les han endilgado el atributo de ser la encarnación de Latinoamérica a lo largo y ancho del planeta. ¿Qué tiene, pues, Borges de especial? Pocos como él han inventado y constituido una nueva forma de escribir, un género que siga vigente desde los años cuarenta.

Las nomenclaturas suelen ser engañosas, pero es difícil sustraerse a su poder a la hora de explicar algo. Especialmente hablando de una escritura que se complacía en inventar falsas taxonomías para poner en tela de juicio el lenguaje y desmantelar su condición de clasificación arbitraria en una realidad heterogénea. Mal llamada “fantástica”, la obra borgeana rebasa la imaginería de fantasmas, vampiros, seres míticos o personajes de ciencia ficción que recorriera los libros populares del siglo XIX, parte del XX y que eran sus favoritos —Huysmans, Kipling, Stevenson, Chesterton, Poe, etc. De hecho, en general sus escritos carecen de elementos sobrenaturales o mágicos. Si hubiera que catalogarla, lo más pertinente sería hablar de “ficción especulativa o literatura conceptual”, términos que acuña Ricardo Piglia5 con mucho tino.

Debo a la conjunción de un espejo y de una enciclopedia el descubrimiento de Uqbar. El espejo inquietaba el fondo de un corredor en una quinta de la calle Gaona, en Ramos Mejía;  la enciclopedia falazmente se llama The Anglo-American Cyclopaedía (New York, 1917) y es una reimpresión literal, pero también morosa, de la Encyclopaedia Britannica de 1902.6

Al releer el comienzo de Tlön, Uqbar, Tertius, ficción publicada en 1940 en Sur uno también se pregunta qué habrá pensado un desprevenido lector de la época al abrir las páginas de la revista y encontrarse con semejante galimatías. Habría faltado uno muy avezado para anticipar que allí se anteponen ya las obsesiones de Borges, que son, en resumen, las condiciones de posibilidad del texto. ¿Quién lo escribió? ¿Bajo qué circunstancias históricas? ¿Basado en qué obras? ¿Qué impacto quería y qué impacto alcanzó? ¿Cómo la urdimbre ficticia puede golpear nuestra realidad? Más que el contenido, los protagonistas de sus ficciones son los hechos periféricos, sucedáneos que acompañan, conforman la silueta y derivan del texto. Quizás debido a eso sus obras deben ser, casi por obligación, cortas y concisas, microscópicas pero de una densidad incuestionable. De otra forma el lector no podría soportar el uso desmesurado de las derivas, las elucubraciones engañosas y el culteranismo de las citas reales e imaginarias.

***

El viejo tenía sus cosas; le gustaba mentir, no para engañar, sino para divertir a la gente. Ahora que no tenemos nada que hacer, le voy a contar lo que de veras ocurrió aquella noche, dice Rosendo Juárez, uno de sus personajes emblemáticos. No es de extrañar que los narradores en Borges sean poco fiables, erráticos o decididamente mentirosos; menos que contar hechos reales les interesa explorar los límites de la fe y la verosimilitud. Tampoco sorprende que sus historias remitan a remotos o inexistentes manuscritos que meten al lector en el centro de una maraña de ficción-sobre-ficción, como sucede en el exordio de “Acercamiento a Almotásim”: Philip Guedalla escribe que la novela The approach to Al-Mu’tasim del abogado Mir Bahadur Alí, de Bombay, «es una combinación algo incómoda (a rather uncomfortable combination) de esos poemas alegóricos del Islam que raras veces dejan de interesar a su traductor y de aquellas novelas policiales que inevitablemente superan a John H. Watson y perfeccionan el horror de la vida humana en las pensiones más irreprochables de Brighton».

Pero esos laberintos de palabras anticipan algo más importante: inmersa en la abigarrada imaginería de los símbolos, la consciencia humana puede revelarse incapaz de distinguir entre realidad y ficción. Dicho de otra forma, lo simbólico puede ser más real que lo real, hecho que podemos corroborar en una era de realidades virtuales y de fake news, especialmente cuando una serie de rumores digitales tienen el poder de determinar el destino político de un país, la quiebra financiera de una sólida compañía, o el envenenamiento de una comunidad que creyó en las propiedades curativas de un menjurje a base de desinfectante.

Sin embargo no era sólo esto lo que le importaba a Borges, sino los umbrales mentales que abre el fenómeno literario: el sueño como una realidad más real que la vigilia, la ficción simbólica como una fuente de certezas más relevante que el informe científico o el periodismo, la memoria fidedigna del pasado como imposibilidad de vivir el presente, lo marginal como un factor más determinante de la historia que cualquier versión oficial, el plagio como atributo indispensable de la creación. Esas fisuras, ese cronotopo del umbral —limbo donde se funden la vida y la muerte— son el fundamento de su arte poética. Entre lo falseable y lo posible, su literatura echa mano de sucesos históricos que no se pueden comprobar, que rebasan las categorías de verdad y falsedad, pues le interesa menos la certidumbre que la contingencia.

 

Las siluetas del arte textual

En Palimsestos (1982) Gérard Genette explora cinco puntos neurálgicos de lo textual: la hipertextualidad (un texto que claramente es la fuente de otro, como la Odisea y la Eneida), la intertextualidad (el influjo, por pequeño que sea, de cualquier texto en otro, que en casos como la citación o el plagio es evidente), la metatextualidad (la relación de comentario cuyo ejemplo más claro es la crítica literaria, que comenta en lenguaje tipográfico, o sea con letras, a la literatura), la paratextualidad (todo aquello que enmarca, da formato y permite el acceso a la obra, como las notas al pie, el prólogo o el epígrafe) y la architextualidad (el vínculo entre géneros literarios y obras que los encarnan). Años antes de que aparecieran en la teoría crítica, estas nociones habían sido puestas en escena en la obra borgeana. Resulta casi imposible leer siquiera una de sus páginas sin encontrarse con una reflexión de alguna vertiente.

El caso paradigmático lo constituye sin duda Pierre Menard, autor del Quijote (1941), donde se narra con asombro cómo un sujeto “decimonónico del siglo XX” reescribió palabra por palabra el Quijote de Cervantes tres siglos más tarde, aumentando exponencialmente su valor por el contexto de la crítica y recepción literaria. El escritor uruguayo Ángel Rama se refiere contundentemente a la prerrogativa borgeana: “crea su obra en las márgenes de libros ajenos y en su necesidad de un texto que comentar llega a inventar autores y libros para poder divulgar sus observaciones”7.

El germen de esta pasión por los accesorios del texto trasluce desde su temprana colaboración con Bioy Casares. Por más patafísico que parezca el hecho, su primer texto alalimón fue un folleto publicitario que elogiaba las maravillas nutricionales del yogur. Hacia 1936 le ofrecieron una generosa suma por escribir algunas páginas y le dieron una bibliografía que hoy consideraríamos ciencia ficción y que ellos se encargaron de agrandar, exagerar y encauzar hacia lo literario: “Me facilitaron una bibliografía donde se aseguraba que esa cuajada respondía a la tradición búlgara y que su consumo prolongaba la vida de la gente. Así, se citaban casos de búlgaros que por comer yogur habían vivido más de 150 años”, aseguraba Bioy Casares.8

Y es que Borges, a diferencia de muchos autores de su época, fue un prolífico escritor de colaboraciones. Sus amigos fueron un receptáculo adecuado para exponer sus gustos más eclécticos. Con María Esther Vásquez publicó Literaturas germánicas medievales (1951), un fascinante recorrido por la tradición del Beowulf y las Eddas de Islandia; con Alicia Jurado escribió Qué es el budismo (1975), un ensayo de largo aliento sobre la historia de Buda y los conceptos esenciales de la religión (Karma, Nirvana, transmigración, dogma, etc.); con Adolfo Bioy Casares colaboró, entre otros, en Crónicas (1967) y Nuevos cuentos de Bustos Domecq (1977) , con Sábato tuvo unas fascinantes conversaciones recogidas en Diálogos Borges-Sábato (1977).

El porteño tuvo desde siempre una noción colaborativa, grupal de la cultura como una labor conjunta, cercana a la etimología de la palabra: en latín Colere se refiere a cultivar y a los cultivos, interconectados entre sí, arraigados a una tierra donde se esconden las antiguas raíces de las ideas e imágenes que entendemos como saber humano. “Que otros se jacten de los libros que han escrito, yo me jacto de los que he leído”, declaró alguna vez.

Sin embargo, además de su noción constructivista de lo literario, Borges tenía también una afición especial por los autores y las obras marginales, poco conocidas, revestidas de un hálito de sombra (quizás porque las sabía el caldo de cultivo perfecto para la ficción, la desfiguración y la fragmentación).

 

Borges en las orillas

En Borges, un escritor en las orillas (1993) Beatriz Sarlo explica cómo pese a su universalidad, no se puede desconocer la relación borgeana con lo argentino (con el Martin Fierro, con la lírica del tango, con Sarmiento, Lugones o Macedonio Fernández) sin limitar terriblemente su obra. Aunque pasó varios años de su adolescencia en Europa y estuvo fascinado por la Cábala y Las mil y una noches, Borges escribió desde Buenos Aires, con los recursos bibliográficos, materiales y las limitaciones de ese universo urbano.

Borges escribió en un encuentro de caminos. Su obra no es tersa ni se instala del todo en ninguna parte: ni en el criollismo vanguardista de sus primeros libros, ni en la erudición heteróclita de sus cuentos, falsos cuentos, ensayos y falsos ensayos, a partir de los años cuarenta. (…) Borges desestabiliza las grandes tradiciones occidentales y las que conoció de Oriente, cruzándolas (en el sentido en que se cruzan los caminos, pero también en el sentido en que se mezclan las razas) en el espacio rioplatense.9

La zona incierta donde Borges sitúa su literatura adquiere muchos nombres pero siempre es ambigua; su paisaje es difuso y endeble como la pampa y el río de la Plata. Dicho de otra forma, es un espacio que se niega cada tanto, que sin cesar intenta deslindarse de la solidez de lo espacial. En consecuencia sus héroes son dudosos (los primeros en la historia literaria en esgrimir la cobardía casi con orgullo), rasgo que encuentra su semilla y su hipérbole en La Historia universal de la infamia (1954), una antología que reúne infames de talla dictatorial como Billy, the kid, a quien luego encontraremos replicado en versiones deformadas como Benjamín Otálora o Juan Dalhmann —en los cuentos El Muerto y El sur, respectivamente.

De todos los defectos de sus personajes, sin duda el preferido del argentino es la usurpación, que consiste en arrogarse la propiedad, la posición o la labor de otro como si fueran propios. Al analizar de cerca las traducciones borgeanas del inglés, francés, alemán e incluso del japonés, Norman Thomas di Guiovanny desmantela en Las lecciones del maestro la tendencia del escritor a falsear, exagerar o incluso fabular cualquier detalle en las obras que traduce. “Creía que la traducción no debe sonar como una traducción sino que debe leerse como algo escrito directamente en la lengua a la cual se traduce”10, por tanto sus traducciones son otros libros, son nuevos textos, distintos del que se pretendía traducir en primer lugar. De hecho podrían incluso formar parte de sus obras completas, sobre todo si tenemos en cuenta que añadió enumeraciones caóticas y detalles abigarrados, inexistentes en la versión original.

La geografía de lo indefinido está dada en Borges desde su genealogía, que él arropa con cierto romanticismo: la familia de sus padres tiene un origen extranjero (Español, Portugués, Inglés) con una doble tradición, militar y literaria —tiene abuelos y bisabuelos que fueron caudillos de segunda importancia, poetas y cuentistas con una o dos publicaciones a lo sumo— y que él afirma decisivos en la formación de su criterio político y literario.

 

Las cosas y su sentido: la parábola del símbolo

Según su etimología la palabra símbolo viene de symbolon, que en griego significa “signo y contraseña” pero también alude al discóbolo, el disco que arrojaban los atletas en la antigüedad para distinguirse en competencia, como lo muestra la escultura de Mirón, fechada aproximadamente en 450 A.C. En La actualidad de lo bello (1977), Hans-Georg Gadamer recuerda una vieja historia en que el símbolo aparece como un disco y una suerte de “salvoconducto” que otorga a su portador un atributo especial:

El anfitrión le regalaba a su huésped la llamada tessera hospitalis, rompía una tablilla circular en dos, conservando una mitad para sí y regalándole la otra al huésped para que, si al cabo de treinta o cincuenta años volvía a la casa un descendiente de ese huésped, pudieran reconocerse mutuamente juntando los dos pedazos. Una especie de pasaporte en la época antigua; tal es el sentido técnico originario de símbolo. Algo con lo cual se reconoce a un antiguo conocido.11

No sorprende entonces el verso de Borges, escrito dos años antes, en El libro de arena: “Las palabras son símbolos que postulan una memoria compartida”. En consecuencia lo que codifica un símbolo y lo establece en el acervo colectivo de las sociedades consiste en imbuir un objeto o un ser con recuerdos, ideas o tiempo. Así lo manifiesta en uno de sus sonetos favoritos, donde la luna aparece como portadora del pesar humano transmitido de generación en generación, y le da más peso a su conjuro poético:

La luna de las noches no es la luna

que vio el primer Adán. Los largos siglos

de la vigilia humana la han colmado

de antiguo llanto. Mírala. Es tu espejo.12

Su ceguera, a los cincuenta y cinco años, parece una ironía mordaz —que Beethoven se quede sordo y Borges pierda la vista son acaso las simetrías más trágicas del arte en los últimos tiempos— pero este penoso incidente, con frecuencia romantizado, estuvo lejos de traer sapiencia o calidad a su escritura. “El Borges del que hablamos o al que leemos es, sobre todo, aquél que publicó entre 1935 y 1950” insiste Piglia.

De cualquier forma, es inevitable pensar que Borges logró lo que quería: se fundió con el culto de su veneración; a fuerza de cuentos, versos y ficciones esculpió en palabras un símbolo en torno a su persona, se volvió un castillo de arena, efímero y a la vez omnipresente.


Autores
Lector. Escritor. Traductor de literatura francófona. Twitter: @Cajme
Ilustración realizada por Laura Velázquez Hernández

 

EN LA INDIA LAS VACAS SON CONSIDERADAS DIOSES Y EL HUMANO NI EN MARTE ES CONSIDERADO DIOS 

 

Todo de vaca

lluvia de lácteos

refrigerador blanco y ordenado

leche antes de dormir

 

Te cobijas con una vaca

abrochas tu camisa con una vaca

En la cartera traes una vaca

de la mano cuelga una vaca

con millones de artículos inservibles

 

Todo de vaca

medicina de vaca

dioses vaca

rezos de vaca

tortura de vaca

 

Nosotros podemos ser una vaca

pastar

escuchar música clásica

muuu, muuu, muuu

 

o

Ser separados de nuestras madres vaca

dormir en la industria

ser alimentados de forma artificial

pezones rojos e hinchados

entre otros cuentos de terror

 

Mierda de vaca

viaje de vaca

agosto el mes de la vaca

 

Muu, muu, muu

lenguaje de vaca.

 

 

¿DÓNDE TIRO LOS POEMAS EN EL CESTO DE LOS ORGÁNICOS O INORGÁNICOS?

 

Entre tanta basura artificial

la Oficina del Programa de Escombros Orbitales de la Nasa

identificó

un libro de García Lorca

que gira en círculos

a 1,700 kilómetros por hora

 

No existe un principio, ni un fin

movimiento eterno

fuera de órbita

 

Según el informe

en diez años

la velocidad con la que gira la obra de García Lorca

puede acelerar o desacelerar

 

partiendo de la velocidad se puede deshojar

arrojando más de 120 páginas al universo

Ojos de cocodrilo

máscaras africanas

anécdotas de Nueva York

lágrimas españolas

 

Los días 5 de junio

los poemas de García Lorca

se acercarán a la tierra

y podrán ser leídos

desde el lente de un telescopio

 

las estrellas serán poemas

cinturón de García Lorca

 

El horóscopo

podrá ser leído

a través, de sus ojos.

 

 

LA HUMANIDAD EN UN ROMPECABEZAS 

 

¿Cuántas combinaciones posibles de cuerpos?

cubo rubik con colores de pieles

orgía combinatoria

piezas humanas de lego

 

Cabezas puestas en otros cuerpos

bellos de axila, colocados en otras axilas

pies encajados en otros tobillos

lenguas con diversas salivas

 

Mestizaje material

Quisiera tener las manos de un beisbolista venezolano

brazos de un boxeador chino

piernas de una bailarina francesa

ojos de pirata holandés

lengua de cazador africano

pies de indígena mexicano

nalgas de gimnasta ucraniana

 

Los números se combinan con otros números

malteada de símbolos

para formar cantidades distintas

suma, no hay resta

pero si división corporal.

 

todos con algo de todos

Y luego, la discriminación será un atomizador en el sueño

 

sí incluimos a los animales y las plantas

cifra infinita

igualdad eterna

porque matar sería matar una parte nuestra

porque discriminar sería discriminar una parte nuestra.


Autores
Estudiante licenciatura en filosofía en la Universidad de Guadalajara. Fundador del proyecto de difusión literario Poesía Antibacterial. Primer lugar en el concurso “Cuentos en serio Elena Garro” (2012). Primer lugar “poetas impropios” (2016), colaborador en el libro “Voces en eco” (2018), Ha publicado en la “Pinche Revista” (2019), Revista Pienso (2019) Revista Himen (2019.), Revista Teresa Magazine (2020), Revista Perro negro de la calle. Ha dado lecturas en distintos medios radiofónicos y espacios culturales: C7 jalisco, Radio entre jóvenes y en el Festival del Libro de Guadalajara. Charles Bukowski: Literatura, filosofía y arte en la Universidad de Guadalajara.
Ilustración realizada por Jal Reed

El 10 de junio de 1971, estudiantes de la Universidad Nacional Autónoma de México y del Instituto Politécnico Nacional, principalmente, salieron a las calles en solidaridad con la huelga de la Universidad Autónoma de Nuevo León. La concentración se dio en los alrededores del metro Normal, de la Ciudad de México, para marchar hacia el Zócalo. La lucha de la UANL era, principalmente, porque a principios de ese año se pretendía suprimir su autonomía, por ello, sus estudiantes salieron a protestar, y las universidades capitalinas organizaron la marcha como muestra de apoyo. La respuesta del gobierno del infame Luis Echeverría Álvarez, así como de los funcionarios Alfonso Martínez Domínguez, regente de la Ciudad, y Rogelio Flores Curiel, jefe de la policía capitalina, fue brutal. Sin embargo, no sólo éstos últimos serían recompensados, puesto que un par de años después del Jueves de Corpus llegarían a ser gobernadores de Nuevo León y Nayarit, respectivamente, sino que el Estado —Echeverría— no admitiría su participación.

Los Halcones fueron un grupo paramilitar creado en la década de los sesenta para sostener, mediante la represión, el endeble sistema político mexicano. Los implicados en este grupo, pese a ser varios, han permanecido sin castigo, aunque señalados. Alfonso Corona del Rosal, Manuel Díaz Escobar, Carlos Humberto Bermúdez, Wilfrido Castro Contreras o Eliud Casiano Bello —quien fuera director de Limpia y Transporte del Departamento del Distrito Federal, instancia que abastecía de reclutas al grupo paramilitar— son algunos de los nombres que junto a los ataques a manifestaciones sociales combatieron también la insurgencia de la década de los setenta.

No obstante, la importancia histórica del 10 de junio, así como del 2 de octubre, se tienen que considerar los distintos procesos históricos que se sucedieron después de la institucionalización de la Revolución, en las primeras décadas del siglo veinte, y hasta las convulsas décadas de los gobiernos de Díaz Ordaz y del ya mencionado Echeverría, en los cuales se suscitaría uno de los fenómenos más vergonzantes de la historia reciente mexicana: la desaparición forzada. Ésta, junto a la “guerra sucia” que combatiría a la insurgencia que se dio en el interior de la república, son las líneas de investigación de Camilo Vicente Ovalle, doctor en Historia por la UNAM y autor de Tiempo suspendido. Una historia de la desaparición forzada en México, 1940-1980, quien conversa para Tierra Adentro a propósito de las violencias de estado y el devenir político de los distintos fenómenos que se han suscitado desde la emergencia y la militancia.

¿Cómo se inicia el proceso de escritura de Tiempo suspendido? ¿Cómo es que esta investigación encontró su curso?

La investigación social, y particularmente de historia, usualmente parten de un impulso personal y también un impulso vital intelectual. Yo crecí muy familiarizado con el tema de la desaparición forzada, porque del pueblo donde soy, Juchitán, Oaxaca, en la época en la que yo crecí, que era niño, hubo varios casos de desaparición forzada de, incluso, padres de amistades muy cercanas. Y mi propia madre y mi propio padre. Ellos también fueron desaparecidos de manera transitoria. Ellos fueron detenidos en 1983, fueron desaparecidos de manera transitoria y volvieron a liberarlos. Entonces, desde muy chico estoy cercano al tema, pero lo interesante es que nunca se me presentó como un problema que tuviera que resolver; era más bien casi un dato de la existencia. Es decir, tenía amigos que fueron desaparecidos y familiares que vivieron ello; había que lidiar y seguir lidiando con la vida, con los conflictos sociales, con el fenómeno de la desaparición forzada. En mi experiencia personal, se vivió como un costo que nuestros padres y madres decidieron asumir en términos de la lucha que estaban llevando a cabo, porque eran militantes de organizaciones campesinas en Oaxaca. El problema no era la desaparición, sino el pueblo, las injusticias sociales, etcétera. Entonces no me enfrento al tema de la desaparición como un problema académico, ni siquiera como un problema social, porque se asumió ese costo que se pagó o que hubo que pagar.

En mi caso, tuve la fortuna de que mi madre y mi padre aparecieron o fueron liberados, pero siempre estuve muy cerca de lo que significa la desaparición para quien la padece. Cuando comenzó mi formación universitaria en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, trabajé algunos temas de historia América Latina, y en el servicio social, en el Instituto Mora, la investigadora uruguaya, exiliada en México, Silvia Dutrénit, me empezó a acercar a la experiencia de las represiones políticas en el Cono Sur. De hecho, mi primera investigación fue sobre el caso de familiares de desaparecidos en Uruguay, que fue mi tesis de licenciatura. Es entonces donde caigo en la cuenta de que es una deuda que tenemos pendiente en México, y no solamente es una deuda social, sino incluso personal, porque nunca reconocí ni en mis padres, ni en mis amistades que son hijos de desaparecidos el nivel de violencia que padecieron porque el problema se volvió cotidiano, se normalizó. Mi acercamiento con la experiencia a los familiares de desaparecidos en Uruguay me llevó a cuestionarme sobre esta deuda que existe en México. Hay un impulso personal porque efectivamente hay una deuda que había que cubrir, pero también comienza el recorrido intelectual, ¿cómo cubrimos esa deuda?

En este punto fue un poco más complicado, porque hasta ese momento, en 2008 que comienzo a trabajar en el tema no había mucho trabajo realizado en materia de desapariciones forzadas. Incluso no había tampoco mucho trabajo realizado en materia de las desapariciones actuales. Pareciera que en México llevamos mucho tiempo hablando de violencia, pero no es cierto. En realidad, la reflexión sobre la violencia en México es muy reciente, no más de quince o veinte años, no como una reflexión generalizada; claro, tenemos personajes como Carlos Montemayor, como Pablo González Casanova o como algunas activistas en el caso, por ejemplo, de Ciudad Juárez, que desde los noventa vienen trabajando éste y los temas de violencia de género, pero no era una reflexión general entonces. Con esta reflexión es que se inicia el proceso.

 

En Tiempo suspendido mencionas un concepto que me llamó poderosamente la atención, que es el de “desaparición forzada transitoria”, en donde la visión a propósito de este fenómeno se trastoca, puesto que uno puede ver que los procesos de violencia del estado no son una sola y tienen distintos caminos.

No soy yo el primero que lo usa, sino la Comisión de la Verdad de Guerrero, entre 2012 y 2014, que por primera vez hablan de aquellos casos que sobreviven a la desaparición. Hay una idea generalizada de que, en México, la desaparición forzada de personas fue mucho menor respecto a lo que sucedió en Argentina o en Guatemala. Y es muy seguro que así lo sea, que haya sido un menor número, pero en realidad tampoco fue tan pequeña. El problema está en que solamente nos habíamos abocado a observar uno de los resultados de la desaparición forzada, que es el desaparecido permanente, el que ya no volvió, el que se quedó ahí, atrapado en ese circuito de la desaparición, pero nunca nos habíamos preguntado por la gente que sufrió la desaparición forzada, pero que la logró sobrevivir, o que cuyo cuerpo fue encontrado en la noche, que murió en la tortura dentro del proceso de desaparición, pero que apareció el cuerpo.

A veces hablo de manera muy fría, por ejemplo, cuando se hablan de quinientos desaparecidos, que era el número que el Comité Eureka había manejado, pero en realidad hubo alrededor de tres mil o cuatro mil personas que fueron víctimas de desaparición forzada transitoria. Entonces es cuando te das cuenta de la magnitud del aparato que operó esa desaparición forzada transitoria, el tamaño de la maquinaria que tuvo que operar para que se pudiera mantener en calidad de desaparecidos en un tiempo prolongado a más de cuatro mil personas. Eso es sólo entre las décadas de los sesenta y de los ochenta, habría que sumarle las de los noventa y las de los años cincuenta. Esto introduce una nueva experiencia, que es la de los sobrevivientes de la desaparición. Yo nunca les había preguntado ni a mi madre ni a mi padre qué fue lo que pasó, cuál fue su experiencia. Lo primero que hace este concepto es introducir una nueva experiencia en nuestro horizonte histórico; lo segundo, es que esa categoría que nos devela la magnitud de la práctica de la desaparición forzada.

 

¿Cuál es, por decirlo de algún modo, la andadura de este trabajo, más allá de la línea temporal que marca —cuatro décadas— y qué es lo que te llevó a encontrar?

Concebí la investigación no desde el lado de las víctimas, sino desde el Estado. Ahí hay un problema porque, efectivamente, no tenemos muchas fuentes que nos aclaren cómo es que el Estado logró implementar esta práctica de desaparición de manera sistemática y prolongada durante veinte años, de manera constante, entre la década de los sesenta y mediados de los ochenta. Lo que me permitió comprender cómo funcionaba por dentro fue el acercarme con sobrevivientes. ¿A dónde se lo llevaron? ¿Quiénes? ¿Cómo? ¿Qué pasaba una vez que estaban dentro? ¿Qué sucedía? Cuando comencé esta investigación se habían abierto por primera vez los archivos de la Dirección General de Seguridad, lo que me permitió acercarme a cierto tipo de documentación que estaba ahí. El problema principal es cómo le preguntamos al corpus, tanto al testimonio del sobreviviente como a los documentos; porque en el caso de la desaparición, la naturaleza de esta práctica de violencia de Estado es que está destinada o pensada para negarse a sí misma. Es una práctica que está diseñada para no dejar huellas sobre sí misma, para no existir, pero que, sin embargo, las deja, ahí están los sobrevivientes y algunos documentos.

Mi preocupación era saber cómo es que el Estado había implementado esto; no era demostrar que el Estado había sido el malo de esta historia; era explicar cómo es que llegó a hacer eso. Lo que trataba de buscar en los documentos eran esas huellas, no de la maldad, sino de los engranajes burocráticos, esos engranajes administrativos que me fueron mostrando cómo es que se fue articulando esta esta práctica. Con esa mirada, por ejemplo, pude advertir que, al propio Estado, particularmente a las dependencias coercitivas, como al Ejército, a la Secretaría de Gobernación, les costó trabajo poner en orden a todos sus equipos, coordinarse bien. Cuando hablo de esto, algunos dicen que estoy tratando justificar al Estado, pero es que no se trata  de buscar al malo de la película, sino entender la trama.

 

A partir de tu investigación, ¿cómo considerarías los dos grandes paradigmas de la segunda mitad del siglo veinte, es decir, el 2 de octubre del 68 y el 10 de junio de 71?

Las violencias de Estado no se despliegan en seco, por decirlo alguna manera, van acompañadas de un discurso también muy potente. Lo que hace ese discurso es convertir al acto violento en un instante sin historia. Es decir, que el 68 ahora sea la noche del 2 de octubre en la plaza de Tlatelolco, y que el Halconazo sea ese instante del 10 de junio de 1971 es como si toda la historia quedara suspendida o petrificada en esa noche del 2 de octubre o en la tarde noche del 10 de junio, como si esos momentos de violencia hubieran sido momentos únicos de violencia, que a la vez se repiten uno a otro, pero de manera inconexa, sin ningún tipo de circunstancia o de contexto.

Este es uno de los primeros resultados de la propia violencia, de constituir a sus expresiones como instantes sin historia. El 68 no es sólo la masacre, y no sólo porque haya habido acciones, procesos detrás, sino porque la violencia de Estado se desplegó antes y después del 68, y con el 71 es igual. Los 43 ahora son los cuerpos, pero todo lo que sucede alrededor, antes, abajo, arriba, parece que es tragado y se convierte en un instante. ¿Cuál es la historia de ese instante?, que, en esa región de Iguala, antes de los 43 ya habían desaparecido a más de doscientas personas. ¿Qué es lo que nos quiere decir eso?, que, en esa región de Guerrero, en particular, la desaparición forzada ya se había instalado mucho antes que los 43. Ya se había instalado como una forma en las que las violencias se estaban desplegando, era ya una práctica instaurada; esa es la historia, y no la que comienza cuando tomaron los autobuses y salieron rumbo a Iguala. Ese es el instante sin historia.

Hay un despliegue muy complejo de las violencias de Estado durante todo el siglo XX que se van transformando y que no se presentan de la misma manera, y que hay mecanismos que sobreviven, pero que incluso esos mecanismos se van transformando. Hay que comprender que la forma en que se practicó la desaparición forzada ya como un ejercicio de violencia ha estado desde los años treinta. Aunque las técnicas se van refinando, y evidentemente también va cambiando las lógicas de violencia en donde esas técnicas tienen sentido; pero suponemos que todo es igual y que todo se ha hecho de la misma manera siempre, y que solamente estamos viviendo la repetición infinita de estos instantes en donde uno se vuelve la cita del otro. Tenemos que romper con eso para poder explicar las profundidades.

 

En todo tu trabajo como investigador y activista, y en particular en este libro, ¿cuál serían las preguntas o respuestas que te has encontrado en el proceso?

¿Hemos cambiado como sociedad? No somos la misma sociedad de los años treinta que la de los años sesenta Se ha impuesto una lógica del victimismo en donde aparecemos como una sociedad inerme y pasiva, y creo que estamos muy lejos de ser ese tipo de sociedad. Si no, no tendríamos estas movilizaciones casi de forma de ritual cada año. Las comunidades se organizan para responder a estas violencias para tratar de construir otras formas de existencia. Yo creo que primero hay que reconocernos como una sociedad que se ha transformado y una sociedad que constantemente busca formas de vivir mejor la vida.

Tenemos una violencia muy compleja, una violencia que abruma no sólo por los números, sino por las formas en las que se expresa. Pero también es importante saber que no es la misma violencia que hace cuarenta años; tiene características distintas y tenemos que observar cuáles son esas características, porque si solamente pensamos que hemos vivido durante los últimos cincuenta años en un ejercicio de violencia continua, prácticamente nos estamos condenando a ser incapaces de actuar en contra de ella. Hay que entender qué tipo de violencia es la que estamos padeciendo. El número que se tienen de personas desaparecidas es de casi ochenta y tres mil, pero en ese registro hay distintas lógicas, no todas esas personas que están registradas como desaparecidas obedecen a las mismas lógicas de violencia. Tenemos que identificar esas características para poder atacarlas, porque no es lo mismo aquella mujer que fue desaparecida por la violencia feminicida, que la persona que está registrada desaparecida porque huyó de su casa de esa violencia, o porque fue levantada para convertirse en sicario, o porque fue llevada al trabajo forzado. Es decir, son formas distintas de violencia y tenemos que saber identificarlas y explicarlas para poder combatirlas.

 

¿Cuál sería el devenir de estos paradigmas de movilizaciones sociales y de represión, de estos momentos que la propia autoridad o el mismo estado intenta estatificar?

La propia lógica la violencia hace y genera discursos que hacen aparecer a estos momentos de violencia como un instante sin historia, es decir, ¿qué pasa entre 1968 y 1971? ¿Qué sucede entre esos años? Pues fue el comienzo de una insurgencia muy potente en México. La mayoría de los estudiantes regresó a las escuelas y hubo un sector importante que se decidió, u optó, por irse al trabajo con obreros, campesinos o al movimiento armado; pero la gran mayoría regresó a organizarse; se crearon los comités coordinadores de lucha, se crearon grupos culturales muy importantes, se trató de resistir a esa avanzada autoritaria que significó la noche del 2 de octubre y se manifestó nuevamente en 1971. Son años e increíblemente subversivos, por decirlo de alguna manera. Existe una diferencia central entre el 10 de junio y el 2 de octubre. El mismo 10 de junio, cuando se enteran de la masacre, ya se estaban organizando las protestas, se estaban ya organizando las tomas escuelas, de Ciudad Universitaria; se estaban organizando en otras entidades del interior de la República para responder a la masacre. El 11 de junio hubo movilizaciones estudiantiles y sociales en respuesta a la masacre, es decir, las experiencias de luchas que se habían cocinado en los años previos al 71 impidió que esa nueva masacre bloqueara totalmente estas expresiones de subversión o de insurgencia social que se comenzaron a gestar. Sin embargo, los discursos sobre la violencia que se han construido las han ocultado. Todo mundo se acuerda del halcón que va corriendo con el bastón de kendo, pero nadie se acuerda de los chavos y chavas que organizaron la marcha, y que no solamente se organizaron, sino resistieron el ataque, los apagones. El centro se vuelve el halcón, pero nadie voltea a ver la organización de la marcha, ¿cómo se resistió el ataque los halcones? Hubo un momento en que lograron repeler a los halcones, y muy poca gente se acuerda de cómo las colonias de los alrededores prestaron auxilio a los estudiantes. Parte de nuestro trabajo ahora es desandar eso, desarmar el porqué de esa memoria autoritaria, aquélla que se recuerda a sí misma, es decir, al halcón o al militar en la plaza del 2 de octubre. Nuestra obligación es no olvidar la masacre cometida, pero traer a la memoria otra vez a los insurgentes; que la imagen del halcón no nos oculte la imagen del chavo, de la chava que salió a organizarse y a protestar ese día, para romper un poco con la memoria autoritaria que se nos ha impuesto y volver a la figura de la insurgencia armadas.


Autores
Estudió la licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de Narrativa en las generaciones 2009 - 2010 y 2010 - 2011, y dos veces becario del programa Jóvenes Creadores del Fonca en los periodos 2014 - 2015 y 2017 - 2018, ambos en la especialidad de cuento. Ha publicado cuento, ensayo, reseña y crítica literaria en Laberinto, Confabulario, Este país, Molino de letras, Siembra y Tinta Seca, entre otros. Aparece en las antologías Cofradía de coyotes (La Coyotera Ediciones, 2007); Fantasiofrenia II. Antología del cuento dañado (Ediciones Libera, 2007); Ardiente coyotera (La Coyotera Ediciones, 2008) y Bragas de la noche (Colectivo Entrópico, 2008). Es autor del libro de cuentos Campanario de luz, (UAM, 2013), y de La espantosa y maravillosa vida de Roberto el Diablo (UAM, 2019). Es editor de la revista Casa del Tiempo de la UAM.