Tierra Adentro
Stonewall Inn, el bar gay en Christopher Street en Greenwich Village en Manhattan. Foto tomada por Rhododendrites, Creative Commons Attribution-Share Alike 4.0 International

Junio ha llegado a su fin, y en medio del colorido que representa para la comunidad LGBTTTIQA+, en la expansión que el neoliberalismo ha creado en torno a la bandera y las diversas marchas alrededor del mundo por el orgullo, todavía permea la violencia, además de que se denota la existencia de un velo —que no es el tul de los tutús arcoíris—, y que en ocasiones desdibuja el sentido de lo político dentro de las diversas prácticas encausadas a legitimar el sentido de comunidad.

Comencemos por destacar el hecho de que el mes del orgullo y el 28 de junio son esencialmente marcas históricas que deben reproducir anualmente la memoria de lo que ha significado para miles de compañerxs: hostigamiento, violencia física, simbólica e incluso la perdida de la vida tan sólo por el deseo de ser libres y de amar libremente. Más allá de las orientaciones sexo afectivas, la identidad sexual e incluso el sentido de género, el problema de la violencia desde la heteronorma prevalece dentro de la sociedad, incluso desde algunas personas que presentan bifobia y transfobia, así como el dilema de que al expandir las prácticas, las agendas y claro, la fiesta, la producción del capital ha encontrado un lugar en el cual posiciona un alto margen de comercialización de la bandera, lo que desarticula el peso histórico y político que significa nombrarse como parte de la comunidad.

Hay que recordar que las capas que conforman el corpus de la lucha resultan del cúmulo de décadas donde poner la cuerpa ha estado siempre en juego. El hecho histórico que da principio a la marcha del orgullo comienza en la madrugada del 28 de junio de 1969, donde se llevó a cabo la Revuelta de Stonewall, en donde se dio una redada en el pub de Stonewall Inn, en el barrio neoyorquino de Greenwich Village, siendo éste desde el fin de la Primera Guerra Mundial un sitio de establecimiento de buena parte de la comunidad de gays y lesbianas de Nueva York. Ciertamente no fue el primer ataque en contra de lesbianas y gays, en 1955 ocurrió una redada en el New Year´s Ball, en San Francisco, en la que se arrestaron a miembros de la comunidad únicamente por reunirse para celebrar el Año Nuevo; sin embargo, la Revuelta de Stonewall sería tomada como la fecha de inicio para no olvidar el sentido de la lucha, misma que se identificaba como un crisol de las otras minorías, fuera por raza, clase u orientación sexual, como lo indican Elizabeth Armstrong y Suzanna M. Cage:

El Stonewall Inn era un bar ubicado en el Greenwich Villafuerte de Nueva York, en la calle Christopher Street, uno de los corazones de la vida gay de la ciudad, hogar de homosexuales, lesbianas e incluso de activistas radicales. También era frecuentado por travestis, latinos y negros a quienes se les permitía el acercamiento y bailar entre ellos, lo cual, como Finch relata, no era permitido en muchos de estos sitios en la época. Los dueños de estos bares no siempre eran gays, pero sí tenían vínculos con la mafia y las drogas. 1

Una de las principales excusas para realizar estas redadas era justamente el expendio ilegal de bebidas alcohólicas, cuando en realidad se trataba de un mecanismo de “limpieza social” y en sí el desglose de las diversas formas de violencia heteronormada, como son los crímenes de odio. A partir de esa noche se dieron lugar a múltiples revueltas que en poco tiempo convivieron con la comunidad, el movimiento feminista y las diversas manifestaciones antibelicistas contra la guerra de Vietnam, así como el propio movimiento hippie. Ante tales hechos históricos, vale la pena no perder de vista que la fiesta en sí misma adquiere un carácter político: en estos episodios y en los cientos de relatos donde la heteronorma ejerce la violencia sobre las corporalidades disidentes, el móvil fue el hecho de ser distintos, el miedo que, sin duda, engendra un odio colectivo.

Cuando se habla de la cuerpa —o en términos clásicos, de los cuerpos todavía regidos por sus características sexuales y morfológicas—, hablamos irrefutablemente de una materialidad que está determinada por una infinidad de elementos y que se desarrolla en un contexto que sin duda dejará una marca, sin que eso sea determinante o no en las lecturas de carácter conservador y heteronormativo. Resulta visible que esto es un problema de poder si atendemos a la idea de que esta “materialidad” de los cuerpos pone en juego la institucionalización de éstos por la iglesia, el estado, el ejército e incluso la escuela, que están al servicio de sus agendas y normas como son las prácticas binarias, las narrativas de carácter mítico para controlar la vida sexual femenina, y todo aquello que no ponga en juego lo que la norma cultural describe como “lo bello”, “lo bueno” “lo luminoso”. Estas formas de corporalidad han recibido, históricamente, maneras violentas de nombrarlas. Judith Butler denomina como “abyecto” aquellas zonas oscuras o invisibilizadas que saltan la norma y que reciben el nombre de zonas invivibles y/o inhabitables:

Lo abyecto designa aquí precisamente aquellas zonas “inhabitables” de la vida social que, sin embargo, están densamente pobladas por quienes no gozan de la jerarquía de los sujetos, pero cuya condición de vivir bajo el de signo de lo “invivible” es necesaria para circunscribir la esfera de los sujetos. Esta zona de inhabilitabildad constituirá el límite que defina el terreno del sujeto: constituirá ese sitio de identificaciones temidas contra las cuales —y en virtud de las cuales— el terreno del sujeto circunscribirá su propia pretensión a la autonomía y a la vida. En ese sentido, pues, el sujeto se constituye a través de la fuerza de la exclusión y la abyección, una fuerza que produce un exterior constitutivo del sujeto, un exterior abyecto que, después de todo, es “interior” al sujeto como su propio repudio fundacional. 2

En términos generales, dicha abyección no sólo crea ese repudio, sino también una cacería de brujas, maricas, lenchas, jotas y de todes quienes no cabemos en los parámetros del buen vivir. Este control de la cuerpa, siempre en disputa, se articula como un poder que va desde la visibilización del goce, de la fiesta y el carnaval, y en el discurso y la legislación de los derechos civiles para todxs lxs miembrxs de la comunidad. Tampoco resulta extraño este miedo si pensamos que la visibilización del cuerpo durante las primeras décadas del siglo XX —antes de la noche del 28 de junio— no es sino un cadáver.

Son estos imaginarios que se crearon durante todo el acontecer bélico de occidente lo que da como punto de visibilidad el cuerpo sin vida trastocado por la violencia, las corporalidades agrupadas en fosas, los cuerpos cuya dignidad ha sido trastocada por las instituciones. Tanto en la Primera y Segunda Guerra Mundial, como en la Guerra Civil Española y en el cúmulo de guerras que se sucedieron una vez que el mundo fue dividido, la imagen y el discurso eran los mismos: el ejercicio perverso del poder sobre corporalidades que constituyen esa zona de lo “inhabitable”, lo que está fuera de la norma y que, desde una conciencia perversa, debe eliminarse, quitarse su materialidad humana y, por tanto, su dignidad. Como admite José Luis Barrios: “El alcance de estas imágenes inscribía un imaginario de la muerte masiva (impersonal) en una sociedad igualmente masiva. A partir de ahí, la muerte y la violencia irán ocupando un lugar predominante en la cultura visual de la sociedad de la segunda mitad del siglo XX.”3Y si una fiesta animada con demostraciones de amor iba en contra de esta cultura visual, no es de extrañar la construcción de la violencia en torno a la comunidad LGBTTTIQA+.

En el caso de nuestro país, el Movimiento Lésbico-Gay aparece por primera vez en el mítico 26 de julio de 1978 en el marco de la marcha que conmemoró el inicio de la Revolución Cubana. En esa fecha se visibiliza en el espacio público la existencia de una comunidad formada por diversos grupos de gays y lesbianas con una marcada lucha de clases y con las consignas que sostenían la libertad en organismos como el Frente Homosexual de Acción Revolucionaria, el Movimiento de Liberación Homosexual, Lesbos y las posteriores Grupo Lambda de Liberación Homosexual y Oikabeth durante 1977 y 1978. 4Otra de las consideraciones más incendiarias, incluso hoy en día, es sobre el lenguaje y el género; en aquella época, el lenguaje definía dentro de esta política las formas en que se intentó violentar y desarticular las disidencias corporales para que finalmente fueran transformadas y apropiadas dentro de la comunidad —como sucedió de “Joto” a “Jota”—, y cómo la reivindicación de la homosexualidad no se volcó hacia la denominación de la cultura gay, misma que fue denominada de esta forma hasta la década de los ochenta, ya que dentro de la formación marxista, el autodenominarse como gay sostenía un vínculo marcado con la cultura estadounidense en plena Guerra Fría.5

En estas más de cuatro décadas hemos visto cómo los registros de violencia, la exposición del cuerpo sin vida, no sólo no han parado, sino que junto a la reproducción de estos discursos de odio, emergen también imágenes destinadas para el consumo de la comunidad y que de alguna forma intentan —aunque no sólo no lo logran sino en el fondo no es su fin— traspasar ese grado de abyección y situarse dentro del espacio “gay friendly”, que para algunxs agentes con privilegios funciona como una especie de campo de “protección”.

Es decir, por un lado se encuentra la imagen dialéctica —el cuerpo sin vida o que no debe de tener vida— donde la muerte es un loop para quienes definitivamente se encuentran en el lado invisible por ser justamente desclasadxs, “informes”, racializadxs o trans; por el otro, vemos una estética globalizada, rosa o arcoíris, que muestra parejas, en su mayoría blancas, en hoteles con banderita multicolor, o con ropa que saca su merchandise oficial de la época, así como toda clase de productos culturales hechos sintéticamente para este mes.

Ciertamente hemos atravesado categorías y estéticas muy distintas, donde la sensibilidad de lo Camp en Susan Sontag quedaría incluso dentro de la estética globalizada, como una producción de servicios y productos hechos para ser consumidos masivamente o de manera moderada para actorxs cuyo estatus está más allá de lo reconocido dentro de esta masa. No obstante, volvemos al problema del poder.

Claramente productos culturales como Un mundo de diferencia de Howard Cruse, Batwoman o incluso el personaje de Mystique en X-men, no crea un cambio radical en las problemáticas relacionadas con pobreza como el acceso a servicios de salud y abastecimiento de medicinas en la comunidad, la erradicación absoluta de la violencia hacia cualquier agente más allá de su identidad, pero ciertamente logra un cambio entre la formación de imaginarios y en la producción de narrativas que sostengan incluso tales escenarios. Así como en su tiempo GayBlade, el primer videojuego con temática LGBTTTIQA+ desarrollado por Ryan Best, fue creado con la única intención de divertirse y, de paso, arruinar a personajes ultraderechista como Bush, es posible dar una vuelta de tuerca, al menos dentro del espacio privado, y sacar algunas ventajas dentro de este consumo que, sin embargo, no son suficientes.

La visibilización dentro del espacio público seguirá siendo aquel mecanismo que se encargue de hacer cambios importantes, sobre todo después de los efectos de esta pandemia. Resulta interesante observar que un medio público como el Canal Once haya hecho una transmisión de la pasada marcha el día 26 de junio, junto con la incorporación de programas educativos para las infancias como ocurre con ¡Qué bonito!, dirigido por Mariana Gándara, y producido con apoyos federales, o productos cinematográficos como Los días sin nosotras, de Astrid Rondero, que se realizó, también, con recursos del Estado. Desde luego que debemos ser más puntillosxs, tanto con el discurso generado por el estado y las instituciones como con aquellos producidos por las diversas industrias que pueden apropiarse de sucesos que han cobrado vidas como aquella noche de Stonewall, el transfeminicidio de María Elizabeth Montaño y de los cientos de muertes que dolorosamente se cuentan cada año por el hecho de ejercer un poder sobre la propia cuerpa.

Este mes ha terminado, dejó cientos de registros de poder, libertad de amar, cuerpas valientes, pero también muchas dudas, cuestionamientos que debemos seguir bordando e intentando responder con el paso de los días y nuestra experiencia, así como nuestras ganas de salir, siempre sin miedo, a celebrar a ritmo pop nuestra diversidad.

 

 


Autores
(Ciudad de México, 1984) Investigadora, docente, escritora y crítica. Es maestra en Estudios Latinoamericanos por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y Doctora en Sociología por la Universidad Autónoma Metropolitana-Azcapotzalco. Realizó una estancia de investigación en la Universidad de Buenos Aires y ha publicado artículos y reseñas en revistas como Este País, Pliego 16, Fundación, Casa del Tiempo, Revista de la Universidad, Écfrasis, Tierra Adentro. En 2011-2013 fue Becaria de la Fundación de Letras Mexicanas en el área de ensayo y en 2019 fue Becaria Fonca en el área de ensayo. Fue finalista en el Premio Internacional de Literatura Aura Estrada en su edición 2020 y aceptada por Ucross Foundation para hacer una estancia artística en el verano del 2021.
Ilustración realizada por Julissa Montiel Miranda

Pasan de las dos y media de la mañana y aún queremos fiesta. Discutimos que casa nos queda más cerca, aunque siempre ponemos la nuestra, sin embargo, esta vez les digo que los vecinos ya no aguantarán otro escándalo, es mejor ir a otro lado. ¿Y si vamos al Kashbah?, pregunta Charly, mientras nos miramos ambiciosamente unos con otros. Osvi sentencia que sí, sí sí sí, llegamos al segundo show y si nos apuramos a parte del primero. Pedimos dos taxis con dirección a la Obrera y mientras esperamos, envío mensaje a Naún para ver si hay mesa disponible: enseguida contesta que sí.

 

Kashbah Le Club

 

Al llegar al lugar el portón negro luce cerrado, comenzamos a tocarlo, pero parece que no escuchan, algunos de los amigos comienzan a impacientarse, otros ya no aguantan las ganas de orinar y los más expertos comienzan a tranquilizar a todos, ahorita salen. Minutos después nos abren preguntándonos con quién vamos, les digo que Naún nos espera y los cadeneros nos reconocen de inmediato. Pasamos ya sin revisión dejando nuestros respectivos 50 pesos, a veces han sido 100 otras 150 o quizás un poco más. Dice Gabo que incluso algunas ocasiones no nos han cobrado, pero yo no lo recuerdo. Naún nos alza la mano y nos lleva a nuestras mesas, esa noche somos siete y queremos seguir bebiendo y cantando.

No sé cuántas veces hemos venido aquí, y digo hemos porque a Gabo y a mí nos encanta este lugar. La mayoría de las veces asistimos con amigos, y otras, las menos, solo ella y yo, después de algún concierto o de algún evento o reunión en el Barba Azul (salón de ficheras que está a escasos cien metros del Kashbah). Ella me recordó hace poco que la primera vez que fuimos fue cuando algunos de sus amigos le organizaron un cumpleaños hace seis años, a unos días de habernos casado. Esa noche, la de su cumpleaños, fue el match perfecto, ella cantó y bailó hasta que quiso junto a sus amigos y demás divas que se presentaron, mientras yo me la pasaba increíble, impactado por los shows y el ambiente que vimos esa noche, a pesar de que el lugar no estaba ni al 30% de su capacidad. Eso es algo que a Héctor le gusta, que es un lugar para divertirse sin hacer una larga fila para entrar, no estamos apretados dentro y tenemos la seguridad de que la música será siempre muy variada, convirtiéndolo en un salón de baile y fiesta.

Desde ese entonces, al Kashbah lo frecuentamos de muchas maneras, como lugar de pre-copeo, para presumirlo a algún amigo que no vive en la Ciudad, por el puro placer de ver y cantar los éxitos de los ochenta y noventa y desde luego, para afterear y seguir la fiesta hasta que amanezca, como dice Laura León. El Kashbah a diferencia de otros lugares con el mismo giro, es muy amplio por dentro, pero si te dejas llevar por cómo luce por fuera, no creerías que es un lugar donde hay un gran espectáculo travesti y de cabaret, ya que podrías confundirlo con alguna casa o bien, con una vecindad de las muchas que hay en la Colonia.

Cuando entras por su primer pasillo, te recibe un sonido estruendoso, la música por lo regular está a todo lo que da y a veces, es imposible hablar con tus acompañantes. La pista de baile está rodeada en su totalidad por mesas y sillas que siempre son las más solicitadas porque las artistas interactúan mucho con el público. Del lado derecho camino hacia los baños y después de esa primera fila, hay periqueras y algunos sillones tipo lounge que le dan otro toque al lugar, que, aunque más alejados del bullicio del show y el baile, se puede disfrutar muy bien de todo el ambiente y la atmosfera que produce el lugar.

Alguna vez mi primo, a quien no le agrada el Kashbah, me preguntó porque me gustaba ir ahí. Sin haber pensado una respuesta antes, pero seguro de que es uno de mis lugares favoritos en la Ciudad, le contesté que me gustaba porque me parece un lugar en decadencia, pero sin ser decadente, es un volver a esos shows muy en boga de los noventas que únicamente he visto en videos o documentales, quizás añorando haber vivido en esos años. Le dije que de igual forma me gusta que sigue manteniendo su aire underground y no solo por la zona en la que está, sino por todo el ambiente que genera ir, entrar y divertirse allí. Gabo dice que le gusta porque el show y las chicas son de primer nivel y el lugar, a pesar de estar en una colonia conflictiva, es seguro y se convierte en una máquina del tiempo. Es simplemente un lugar al que vas a divertirte y pasarla memorable con tus amigos, pero también con tus tías.

Preguntando a algunos amigos, la mayoría pensamos eso, por ejemplo, Pepe me dice que le gusta el contraste de glamour y sencillez, no es un lugar típico o comercial, es un poco clandestino, además los meseros son digamos “pizpiretos”. Voy ahí para entrar a otro mundo, uno más divertido. Héctor también coincide en que los meseros suelen ser un plus, el Kashbah tiene ese factor de lugar “raro” y, aunque ya sabemos cuál es la dinámica (contactar al mesero, llegar, pedir mesa, pedir la bebida, bailar y esperar el show o que llegue un poco más de gente), vamos a descubrir qué cosa va a suceder, con qué nuevo show nos van a sorprender, qué mesero chacal estará, que bailarín está más bueno o a cuál se le marca más el paquete, y también que “vestida” (sin ser peyorativo) aparecerá o que nueva artista será parte de Acapulco Paradise Internacional, como se le conoce a todo el grupo que hace el show.

Esta vez el lugar está repleto y cada vez es más recurrente que suceda, ahora vienen más extranjeros y parejas bugas que se han ido enterando del lugar por reseñas y entrevistas que han salido en la tele o en páginas de internet, incluso han ido famosos que únicamente ven el primer show y después se van. Lo bueno es que aún con ese lleno, Naún nos da una mesa enfrente de la pista y a lado de la puerta donde salen las artistas. Yo prefiero ver de más lejos, como cuando nos daban las mesas del fondo pero que estaban un metro arriba de las demás, se podía ver mejor el show, en panorama, sin embargo, a la mayoría le gusta estar junto a la pista, en medio de la gente y conviviendo más con las dragas y los bailarines.

Apenas llegamos a ver el cierre del primer show, ese que empieza a la 1:30 am. Pedimos un par de botellas y algunas cervezas mientras nos acomodamos. Vemos como el show lleno de plumas y penachos se despide en medio de los aplausos para enseguida, ver como la pista comienza a llenarse de personas que bailan a ritmo de reggaetón que se intercala con tribal y otros géneros raros medio electrónicos. Después vemos a parejas bailar cumbia, guaracha y hasta algún sencillo de RuPaul

Es regular que al término de los shows las artistas salgan y convivan con los clientes o amigos que a veces invitan, también es común que se sienten en las mesas para que les inviten un trago mientras platican o se toman fotos. Esa noche, la primera en salir y saludarnos es Barbie que, por cierto, nunca pierde el papel, siempre está sonriendo como si fuera un concurso de belleza. Ella interpreta a varias divas muy populares, desde Shakira hasta Beyoncé, pasando por Gloria Trevi, Selena, o alguna artista que JL (el jefe del lugar) le asigne. Ella nos saluda a todos y se queda más tiempo con Charly y Osvi platicando hasta que parece que le llaman de otra mesa y se va.

Pasa un rato y a la mesa llega Melissa, una de nuestras favoritas porque interpreta a Jenni Rivera, Yuridia, Lupita D´Alessio y hasta a una Astrid Hadad algo periqueada. Melissa es muy alta y muy voluptuosa, de hecho, hemos visto como algunos amigos quedan cautivados por sus encantos frontales, olvidando que van con sus novias. Ella siempre tiene una sonrisa o carcajada, cada que nos ve se sienta con nosotros, bebe de lo que tenemos en la mesa, pero eso sí, cuando está en escena, le mandamos su shot de tequila que es lo que le gusta. Le preguntamos que a quién le toca hacer en el segundo y nos dice que a Jenni y todos nos emocionamos. Melissa siempre está hablando, contándonos cosas, sabe atender a su público y tal vez eso nos ha dado la confianza de contratarla en algunos eventos que hemos hecho, es muy buena en lo que hace.

Esperar el segundo show suele ser muy cansado y más si vienes de otras fiestas con todo lo que eso conlleva. Sin embargo, la espera pasa relativamente rápida entre los amigos, el baile, los besos, el alcohol y, sobre todo, el ambiente que se absorbe. Héctor dice que los mismos asistentes crean un cuadro muy diverso, desde nosotros un grupo de amigos que siempre vestimos de negro, hasta los chavitos fresas que cayeron en el lugar llevados por algún amigo que ya lo conocía. También los extranjeros, los chacales, el grupo de amigas, y desde luego los clientes de siempre: en su mayoría señores que bien pueden ser amigos del vestuarista del show Gilberto Granillo o de JL. Gabo coincide en que la combinación de estilo de los asistentes es muy particular y un claro ejemplo de que las canciones despechadas y el pop siempre unen a la gente.

El segundo show comienza puntual lleno de rumba, acrobacias, lentejuelas y plumas, en donde salen todas los interpretes que participaran. Gabo nos dice que, en este show, el de las 5 am, nos va a tocar la hora despechada como yo le digo, porque podremos escuchar a las divas mexicanas como Lupita D´Alessio, Laura León, Edith Márquez, Dulce, Rocío Dúrcal o mi Jenni querida QEPD, muy diferente al primero donde hay más coreografías y en el que el vestuario y ballet lucen más, haciendo que el espectáculo sea digno de un casino de la Vegas, presentándonos a las grandes divas del pop en inglés como Cher, Kylie Minogue, Lady Gaga y hasta Katty Perry.

A Héctor le gusta eso, que los personajes de las presentaciones sean variaditos, que podamos ver a Jenni o Shirley Bassey, a Cher o Liz Minnelli, incluso hemos llegado a ver todo un musical como ¡Cats!, se ríe mientras recuerda esto y continua, ah y desde luego, no olvidemos que también podemos ver a íconos gay como Paulina Rubio o Thalía. Todo esto mantiene a la audiencia atenta a lo que va saliendo, a lo que cantan y en espera de que estos intérpretes se acerquen a tu mesa a saludar y brindar.

Esa noche tenemos suerte y nos toca un imitador de Juan Gabriel algo maduro, muy similar al divo en sus últimos años. Su actuación y el lip sync con la ya clásica “Porque me haces llorar” es formidable. Con copa en mano prende al público que queda y muchos cantan y le dan propinas, acto que me recuerda enseguida al Muxets en Monterrey.

 

Muxets

El Muxets se encuentra en el centro de Monterrey, muy cerca del Palacio de Gobierno. Esa ocasión que fuimos nos invitó nuestro amigo Pepe, que reside allá y que como a nosotros, le encantan estos lugares. Nos prometió un gran show travesti, es como el Kashbah lo van a amar, nos dice, y nosotros estamos impacientes. El show comienza a las 10:30 pm y finaliza a la 1 am, Pepe nos dice que lo malo es que ahí no nos podemos parar a bailar como en los de la Ciudad de México, esa pista solo está destinada para el show y sus imitadores.

Entramos unos minutos antes de que inicie y el glamour del lugar te recibe de inmediato con una pared de colores platinados y luces neón con un letrero que dice MUXETS en un azul diamantino. El mesero nos ubica a un costado de ese escenario en donde estaríamos a centímetros de los artistas que poco a poco comienzan a hacer sus rutinas: de Paulina Rubio a Alejandra Guzmán, de Paquita la del Barrio a Lupita D´Alessio, de Edith Márquez a Juan Gabriel. El show avanza rapidísimo.

Cada presentación luce espectacular, los playbacks son exactos y a diferencia de otros lugares, estas imitadoras se dan el lujo, según sus personajes, de caricaturizar o burlarse un poco más de sí mismas, como lo vemos en una Lupita D´Alessio mucho más subida de peso, pero más divertida y teatral o bien, a la clásica Paquita, que exalta aún más las lágrimas que siempre la han acompañado a lo largo de su carrera.

Punto y aparte se vuelve el imitador de Juan Gabriel, a mi consideración, uno de los mejores que he visto. Este JuanGa más joven y un poco más esbelto, pero igual de cachetón, nos recuerda a aquel que dio el concierto legendario de Bellas Artes, incluso, pareciera que trae los mismos cambios de ropa y, sobre todo, nos llama la atención las chaquetas tipo torero que porta y que cambia cada que suenan las canciones como el divo real en ese show; del verde al negro o al azul para después continuar en rojo. En un lapso de quizás treinta minutos, el Juan Gabriel del Muxets interpreta las canciones más llegadoras con mariachi, haciéndonos cantar con él a coro, Yo sé de un tonto que te quiere y que se enamoroooooo de ti, y se bien que los dos se entienden y que los dos se ríen de mí, tú crees que yo no me daba cuenta… Le aplaudimos la entrega y que nos ponga el sentimiento a flor de piel, queriendo que siga y siga, acompañándolo con tequilas que Pepe pide para todos, sin embargo, aún hay artistas que esperan su turno y el divo termina por despedirse.

Sin cambiar el género, el turno tocó a una Rocío Dúrcal madura, sorprendiéndonos por su gran parecido que me hizo grabar de inmediato, un video corto para que me creyeran cuando contara esto. Portaba un vestido negro de lentejuelas entallado, con holanes a la altura de las rodillas. Su set nos llevó por canciones clásicas como “Frente a Frente”, “La Gata Bajo la Lluvia” y “Costumbres”. El pulso vuelve a subir cuando el imitador del Divo de Juárez, sube para entonar a dúo con ella “Déjame vivir”.

A punto de cerrar el show subió Edith Márquez, una de las favoritas por sus canciones de despecho. El parecido era bastante o al menos eso pensé (quizás el par de litros de vodka preparado que tomé me hacían ver eso), cosa que me hizo subir una historia a Instagram y etiquetar a la verdadera Edith. Grave error, pues al parecer la Edith original o su community, se molestó con eso y reportó mi publicación, haciendo que el video de 15 segundos fuera eliminado y mi cuenta suspendida por algunos días. No importó, esa noche la actuación de la Edith regia fue maravillosa, al igual que la de todos los artistas que pudimos ver esa noche.

Al preguntarle a Gabo que le pareció, me contesta que le gustó y no, lo que sí me gustó es que tienen unos verdaderos artistas, las interpretaciones y caracterizaciones son impresionantes. El show es largo y variado, y aunque el lugar es pequeño, el escenario es grande como para que Beyonce o Gloria Estefan hagan sus bailes con soltura. Lo malo es que cuando acaba el show cierran el lugar sin posibilidad de saltar a la pista de baile. Pepe dice que en Muxets se admiran las luces, el talento y el alma que entregan los artistas cada noche en el escenario, además de que me gusta que los shots me los sirve Juan Gabriel.

El show como bien no lo advirtieron terminó puntual pero la noche apenas empezaba. Pepe y sus amigos nos dijeron que la siguiente parada era en el Japi en San Pedro, porque en ese lugar, sí cierra hasta que amanece.

 

La Perla

Escribir sobre el Kashbah o el Muxets, me hace pensar inevitablemente en La Perla. Ubicado en la calle de República de Cuba, en pleno Centro de la Ciudad de México, este lugar es de los que más sabor da a las noches de quien se quiere divertir hasta altas horas de la madrugada.

Antes de conocerlo tal como es, La perla funcionó como bar de ficheras en los noventa y después, como un salón de eventos privados, en donde se podía escuchar un sinfín de variantes musicales a finales y principios de los años dos mil. Su explosión mediática fue en ese re-descubrimiento en la última década por las generaciones más jóvenes y desde luego, por los que nunca dejaron de asistir a ese lugar en el que pueden ser ellos mismos y que, además, se pueden divertir junto a las caracterizaciones de artistas y shows emblemáticos.

A La Perla solo he ido un par de ocasiones, a pesar de que, en su historia, nos cuentan que son un Bar Cabaret fundado en 1946 aunque, en otra entrevista, el dueño actual menciona que está desde 1979. El problema o quizás el acierto de este lugar, es que es muy difícil conseguir una reservación (tal vez por su tamaño y demanda), requisito indispensable para poder entrar, y muchas veces, hay que hacerlo hasta con un mes de anticipación (quizás he tenido mala suerte con esto y no sea tan complicado), volviéndose muy difícil que, como asistente, puedas repetir un par de ocasiones al mes, aunque pienso que puede ser que eso ayuda a que mucha más gente pueda conocerlo, pero la verdad es que este siempre es un tema. Lo de la reservación es un gran inconveniente, me dice Osvi, no me gusta porque nunca hay mesa. Eso sí, me dice que cuando ha entrado su show es buenísimo y muy largo. Pepe también ha logrado entrar con previa cita, diciéndome que cuando ha estado ahí, te puedes transportar a otra era, en la que las divas de la música y su audiencia, son las protagonistas de la noche, además de que, al estar en el Centro de la Ciudad, le da más glamour.

Y es cierto, una vez que logras entrar el lugar es muy llamativo, muy kitsch, por momentos me recuerda al legendario Teatro Fru Fru, que albergó muchos shows cabareteros en la década del setenta, cuando lo rescató y remodeló La Tigresa. La decoración de La Perla te hace click desde que entras, de inmediato ves los hermosos candiles que rodean el techo del escenario y que, además, tiene en el centro una enorme bola de espejos tipo disco. De igual manera podemos ver imágenes de personajes pop que van desde el Maestro Limpio, Marilyn Monroe o Pérez Prado, hasta el Diablo o Jesucristo. La pequeñez del lugar hace que por momentos el calor sea sofocante, ya que siempre se llena en espera de ese par de shows (11:30 pm y 1:30 pm).

El preámbulo es principalmente para acomodarte y empezar a beber, las caguamas son lo que más se vende, aunque también hay otras bebidas. Ya entre los shows y después de estos, para los que se quedan, se abre pista con música muy variada como en una boda o una fiesta de quince años, en donde caben todos los gustos: salsa o cumbia para los bailadores y desde luego pop en español e inglés, para todos los que de a poco, llenan la pista hasta que es casi imposible moverse con facilidad. Cabe señalar que algunos de sus asistentes, van a La Perla como primera parada de su noche y en cuanto termina el primer show, seguir el baile dentro del Marra o La Puri, o bien, continuar cantando a ritmo de mariachi en la Plaza Garibaldi.

Una vez que anuncian el inicio del show, el tiempo se detiene y toda la atención se la llevan las artistas y bailarines que regularmente tienen una gran caracterización, actuación y vestuario, que nos hacen ver interpretaciones muy buenas de divas como Selena, Gloria Estefan, Paulina Rubio, Paquita la del Barrio, Dulce, Yuri y otras más. Pero también tienen un set que vuelve muy pero muy surreal el evento, al presentarte estrellas para público infantil como Cepillín, Tatiana, Parchís, Xuxa o la Chilindrina.

Si bien La Perla siempre es impactante para visitantes primerizos o extranjeros que asisten por lo afamado y céntrico del lugar, para otros que van y gustan de estos eventos más recurrentemente, el lugar se vuelve una opción secundaria al preferir ir a otros lugares con menos restricciones, pero sin duda, La Perla es un lugar indispensable de la noche y la fiesta.

 

De regreso al Kashbah

 

El show continúa con un gran performance de Melissa como Jenni, interpretando “Resulta”, “Querida Socia”, “Chuper Amigos y “La Gran Señora”. “Inolvidable” se vuelve la más coreada y hasta bailada. Después llega el turno de Dulce, Selena y finalmente, para cerrar la noche Edith Márquez.

Esta Edith es muy delgada y bien podría recordarnos a esa que se hizo famosa en el programa Papá Soltero o en esos primeros discos de solista. Ella también es una de nuestras favoritas y aunque no le hablamos como a algunas otras, alguien de nuestro grupo siempre le manda una copa de Torres 10, que es lo que le gusta beber al interpretar a la cantante con canciones como “Mírame”, “Dejémoslo Así” o “Mi Error, Mi Fantasía”.

Al preguntarle a mis acompañantes por qué les gusta asistir a este tipo de lugares Gabo y Osvi coinciden en que hay un pequeño dejo de nostalgia por esas divas que siempre han escuchado. Gabo dice que es regresar en el tiempo, pues esas canciones que solo sonaban cuando era pequeña porque las ponían mi mamá o mis tías, ahora me pegan, es en ese momento cuando comienzo a apreciarlas. Osvi dice que desde siempre le gustaban y que, además, son canciones y cantantes que nunca pasaran de moda.

Héctor se pone más reflexivo y dice que le gustan por la mezcla de música “arrabalera” con diversos géneros te hacen pasar un buen rato, además de que se emula a los salones de baile, pero con el toque gay que busca generar la fiesta para todos los presentes, con canciones para bailar pegadito o perrear intenso con el ligue en turno o bien, para corear a todo pulmón la música de “señora”.

Les pregunto por otros lugares similares a estos tres y Héctor me dice que el Spartacus en Neza, muy famoso por ser uno de los lugares preferidos (cuando visita nuestro país) de María Olvido Gara mejor conocida como Alaska. Le digo que puede ser, aunque no es de mis preferidos, pero muchos dicen que aparte de los shows que dan ahí, el mayor plus es que tiene cuarto oscuro y meseros que te dan privados. Pepe a su vez me recomienda la Taberna de Caudillos en Guadalajara, en dónde aparte del show de las divas, hay strippers. Le digo que ese no lo conocemos y que será visita obligada la próxima vez que estemos allá. Yo recuerdo al Pipiris que visitamos la última vez que fuimos a Oaxaca y Osvi, me dice que el 8 en Eje Central pero ya no existe.

Hemos pasado al menos cinco horas dentro del Kashbah y en el lugar ya se puede vislumbrar algunos asistentes pasados de copas e incluso a algunos dormitando. Nosotros seguimos “enteros”, pero sabemos que ya es hora de irse porque como en casi todos lados, siempre hay intensos que no controlan todo lo que ingieren. Pagamos la cuenta, nos levantamos y despedimos de Naún, de JL y de Melissa a lo lejos porque ya está ocupada con algunos clientes. La noche travesti, con plumas, lentejuelas, glamour, kitsch y nostalgia ha llegado a su fin.

Salir del Kashbah como me dice Osvi, es un regresar a la realidad, porque adentro puedes pasar ocho horas que parecieron solo una. El sol de la mañana está a todo y de primer momento parece que entendemos a los vampiros, este pinche sol nos está matando. Miramos hacia la derecha para ver sí la señora de los tacos sigue abierta, nos acercamos y le preguntamos si aún tiene, claro joven aquí siempre hay, los fines abrimos veinticuatro horas gracias a Dios. Nos sentamos y pedimos dos caguamas, tacos campechanos para todos y empezamos a decidir que sigue, si nos vamos a otro lado o bien, le ponemos fin a la velada porque el cansancio y el sueño comienzan a alcanzarnos.


Autores
(Ciudad de México, 1985). Es narrador y periodista. Escribe sobre música, futbol, terror y literatura en diversos medios impresos y digitales. Fue becario del FONCA (2015-2016) y del PECDA del Estado de México (2014-2015), en ambas como joven creador en letras con especialidad en cuento. Estudió la Licenciatura en Creación Literaria en la UACM y la Maestría en Letras Modernas por la Universidad Iberoamericana. Actualmente da clases de periodismo y de escritura creativa.
Thomas Hawk, Retrato de Elon Musk, Flickr, Atribución-NoComercial 2.0 Genérica.
Thomas Hawk, Retrato de Elon Musk, Flickr, Atribución-NoComercial 2.0 Genérica.

To accomplish his object Ahab must use tools; and of all tools used in the shadow of the moon, men are most apt to get out of order.
Herman Melville,
Moby Dick

“Elon, tienes que aceptar que la gente a veces tiene que cagar.”

Kevin Brogan, uno de los primeros ingenieros que se unió a la enorme fuerza laboral que ahora tiene SpaceX le dijo esto, alguna vez, a Elon Musk. Se lo dijo en el contexto de una discusión sobre productividad. Elon Musk, en su obsesiva cultura de ética del trabajo, en algún momento, quiso manejar neuróticamente todo lo que hacían sus empleados. Esto llegaba hasta observar, hora por hora, minuto por minuto, cómo utilizaban su tiempo. Y sí, supervisar las pausas para comer o ir al baño.

La leyenda de Elon Musk empieza entonces como algo más allá de lo humano. Su fiebre por el trabajo, por los logros imposibles y los cronogramas poco realistas lo convirtieron en un mito dentro y fuera de sus empresas. El tipo parece no regirse bajo las leyes humanas. No come, no descansa y, como el propio Brogan cuenta, orina con una eficacia y rapidez espeluznante.

Musk no es el CEO distante que se aparece a veces para dar palmadas en la espalda. Es el tipo que se ensucia las manos; que pasó 7 días a la semana y 24 horas al día en una fábrica de Tesla supervisando el desarrollo del Model 3; que estuvo constantemente quedándose con su extravagante equipo de ingenieros y científicos en las Islas Marshall, en el Atolón de Kwajalein, supervisando las primeras pruebas del cohete Falcon 1 de SpaceX. Y ese es el mito que sigue empujando su carismática y controversial figura.

El CEO de tres compañías públicas y tercer hombre más rico del planeta gusta de alimentar un cierto culto a la personalidad. Su figura se ha convertido en un encuentro de opiniones apasionadas en quienes lo ven como un falso profeta y quienes se desgarran las vestiduras por defenderlo en línea. En medio de eso, Musk cambió por completo la imagen del CEO carismático de Silicon Valley que había heredado de Steve Jobs.

A diferencia del genio del marketing de Apple, Musk no se resguarda en una vida privada lejana del ojo público. Al fundador de SpaceX le gustan los reflectores, codearse con celebridades, casarse y divorciarse de actrices e ir con Sean Penn de paseo a Cuba para entrevistarse con la familia Castro. Al mismo tiempo, sus apariciones públicas son mucho más espontáneas que las de Jobs.

Musk insiste en que no tiene tiempo para preparar presentaciones. Por eso, en muchas ocasiones, sus conferencias de prensa resultan en desplantes ridículos o simplemente confusos. Todo depende del humor del magnate. En ese sentido, con su comedia internetera, hija de Monty Python, llena de referencias a memes y foros de Reddit, a chistes de videojuegos y nombres sacados de novelas de ciencia ficción, Musk se ha convertido en la encarnación exitosa, vengativa, aspiracional, del geek.

Esta es la era de la revancha de los nerds, de los parias de la computadora, de los Steve Wozniak que siempre estuvieron a la sombra de los Steve Jobs. Y Musk encarna justamente eso. Es un hombre educado en ciencias, apasionado de la física, con un talento nato para escribir código y una comprensión de ingeniería mucho más avanzada que cualquier CEO de Silicon Valley. Es el magnate que está en la fábrica con los geeks debatiendo pormenores de una válvula y jugando shooters con sus empleados antes de ir a una cena con Larry Page, el fundador de Google, y discutir la posible fabricación de medios de transporte utópicos.

Por supuesto, su aura está llena de sueños utópicos. Musk no se vende simplemente como el nerd que logró conquistar el capitalismo tardío. Su venganza no es la de Jeff Bezos levantando pesas. Él tiene una misión que no ha cambiado desde que era un pequeño niño bulleado en la Sudáfrica del Apartheid. Este hombre quiere cambiar al mundo. Sus tres misiones principales se enfocan en reducir los costos de grandes empresas humanas y cambiar por completo la forma en que percibimos la carrera espacial, el desplazamiento automovilístico y las fuentes de energía.

Todos las imágenes de Musk que pueden parecer propaganda maoísta, lo muestran con la mirada ligeramente inclinada hacia arriba, torneada, viendo a un horizonte que nosotros los mortales apenas percibimos en el brillo de sus pupilas. Musk quiere colonizar el espacio, que abandonemos el uso de combustibles fósiles y, en breve, salvar al futuro de la humanidad mientras se hace multimillonario en el intento.

¿Es esta misión un recurso de marketing? ¿Acaso Musk puede salvar a la humanidad a través del mismo sistema capitalista que la está condenando? ¿Acaso Musk es el mesías tecnológico que tanto hemos estado esperando? ¿Aquél que, finalmente, va a usar todo el progreso humano para el bien y no para la inercia de la autodestrucción?

Como pueden imaginarse, es demasiado pronto para saberlo. Lo único que podemos hacer, por el momento, es reflexionar sobre esta polémica figura y preguntarnos sobre por qué decidimos creer, una y otra vez, en nuevos mesías. La figura de Musk es tan culturalmente importante por cómo reaccionamos frente a ella, cómo causa admiración, encono, odio y amor. Musk, finalmente, comprendido como mito, habla mucho de cómo percibimos el futuro y cómo nos imaginamos en él.

El mesías libertario

El mito de Elon Musk empieza mucho antes de su nacimiento. Su abuelo materno, Joshua Norman Haldeman era una figura más grande que la vida. Un hombre de casi dos metros que perdió todo su dinero en la gran depresión de los años treinta, que tuvo que ceder sus tierras de cultivo para convertirse en un obrero de la construcción, un artista de rodeo y un quiropráctico antes de encontrar fortuna y asentarse, por algunos años, en una ciudad perdida en el centro de Canadá.

Ahí, se convirtió en una figura prominente en la política. Un hombre de convicciones fuertes, Haledman creía en la vieja moral canadiense, prohibía la Coca Cola en su casa, las groserías y el tabaco. Su familia creció y él se enriqueció con su práctica de quiropráctico y gracias a la escuela de baile de su esposa. Pero pronto lo dejó todo atrás por una ferviente pasión de aventura.

Además de sus múltiples dotes como quiropráctico, político y moralista, Haldeman era un piloto de aviones dotado. En los albores de los años cincuenta, vendió todo lo que tenía en Canadá, desarmó su avión, lo guardó en cajas y mandó todo a Sudáfrica, un país que no conocía en absoluto. Desde ahí, llevó a su numerosa familia en avión a recorrer el continente africano. En alguna ocasión, con su esposa, viajó desde Sudáfrica hasta Noruega y de Sudáfrica hasta Australia. En varias ocasiones, por supuesto, estuvieron al borde de la muerte. Hasta que, finalmente, Haldeman se rompió el cuello en un accidente aéreo en 1974.

Elon Musk recordará difusamente la influyente figura de su abuelo; un hombre que nunca dictó una educación severa a sus hijos, sino que esperaba todo de ellos y creía en la voluntad férrea de sus propias convicciones. Toda esta educación acabó formando al joven Musk, hijo de la más bella hija de Haldeman, la modelo y actriz Maye Musk y del ingeniero Errol Musk que siempre vivió en el mismo vecindario blanco de Pretoria.

Musk creció entonces con padres permisivos, en un ambiente privilegiado, en una ciudad predominantemente blanca, sumida en la cultura Afrikaans, en la época más reacia del Apartheid. Pero, contrariamente a lo que muchos piensan, la infancia de Musk no fue particularmente feliz.

Ciertamente, Musk no sufrió ninguna de las miserias de sus conciudadanos negros. Sin embargo, la cultura hiper-masculina y deportiva de los Afrikaans privilegiados no era un lugar muy agradable para un niño estudioso, lector voraz, tímido, abstraído y completamente dedicado a las fantasías de ciencia ficción. Para que se den una idea del mito geek fundacional de Musk, una revista de tecnología publicó, en Sudáfrica, el código de un videojuego que escribió a los 12 años.

Musk creció con su padre, alternando lo que luego caracterizó como un constante terror psicológico en casa, con las golpizas diarias de los bullies en la escuela. Desde chico, entonces, su sueño era escapar. Escapar, específicamente, a la tierra donde todo es posible, al hogar del sueño americano, de la carrera espacial, del desarrollo tecnológico de punta y de los sueños de ciencia ficción.

La familia Musk creció en el privilegio blanco y adinerado de Sudáfrica. Pero el joven Elon nunca quiso participar de la cultura Afrikaans que tanto lo había atormentado. Hizo todo por evitar el reclutamiento al servicio militar que lo hubiera hecho un partícipe directo del régimen del Apartheid. En vez de eso, logró huir a Canadá con 2 mil dólares en la bolsa y se abrió camino hasta la universidad de Penn State en donde consiguió un doble diploma en economía y física. La universidad de Stanford lo aceptó para un doctorado, pero Musk nunca ingresó a estudiarlo.

Para esa época, sus intereses ya se enfocaban en otras cosas. Muchos de sus ensayos escolares ya trataban temas que lo seguirán obsesionando como la posibilidad de desarrollar paneles solares a gran escala y ultracapacitores, y la creación de

grandes reservas de energía renovable. Pero el verdadero mito del emprendedor nació con un viaje en carretera con su hermano Kimbal en donde cultivaron la idea, en 1994, de entrar en los negocios en línea.

Con un capital inicial que les regaló su padre de 28 mil dólares, los hermanos Musk fundaron Zip2, una startup para anunciar negocios en internet. Hay que subrayar aquí la enorme suerte con la que corrieron los hermanos. Ahora suena evidente pensar en la publicidad en línea. Pero, en ese momento, era un panorama desolador y nadie creía en las nuevas virtudes de internet como un medio factible para anunciar un negocio.

Sin embargo, los hermanos lograron hacer crecer su negocio tocando puertas. Entonces empezó a crearse otro mito alrededor de Musk. Mientras Kimbal era el hermano carismático que vendía la idea de Zip2, Musk escribía el código con una ética de trabajo que espantaba a los nuevos programadores que contrataban. Tenía, según cuenta la leyenda, un beanbag junto a su escritorio en el que solo dormía unas cuantas horas para pararse y seguir programando. Se bañaba cuando recordaba lejanamente la más mínima higiene personal, una vez a la semana, si acaso.

La compañía creció y, poco a poco, Musk fue perdiendo el control de todas las decisiones. Sin duda, él era el experto en las cuestiones técnicas y siguió siendo el CTO (Chief Technology Officer), pero los inversores en la joven empresa designaron a alguien más para ser CEO. Por los berrinches de Musk al perder, poco a poco, control de su compañía, un trato para unirse a CitySearch, una compañía tasada en 300 millones de dólares, terminó reventando.

Zip2 estaba en problemas y las soluciones que quería ofrecer Musk, encaminando su producto directamente a los consumidores, no le parecía sensata a nadie. La compañía estaba sangrando dinero y, posiblemente, hubiera terminado en la quiebra si Compaq Computer no hubiera ofrecido, de la nada, en febrero de 1999, comprarla por 307 millones de dólares.

Musk terminó con 22 millones en la bolsa y comenzó a buscar en dónde invertirlos. Por supuesto, antes de hacerlo, como un joven millonario ostentoso, se compró un Mclaren F1 de un millón de dólares y empezó a hacer declaraciones irracionales a la prensa. Todos lo vieron como se veía entonces a los jóvenes emprendedores de Silicon Valley: geeks fuera de control con demasiado dinero y poca experiencia de vida. Cuando recibió su Mclaren, Musk dijo en una entrevista que ahora podía comprar una isla, pero prefería crear una nueva compañía.

Una nueva idea llevaba tiempo cocinándose en la mente hiperactiva del joven millonario. El asunto giraba en torno a un nuevo sistema de banca en línea. De nuevo, es algo que ahora nos parece evidente, pero en 1999 nadie creía que el público pudiera tener suficiente confianza en internet para guardar ahí sus cuentas de banco. De alguna manera, la burbuja del e-commerce terminaría por demostrarlo. Sin embargo, Musk empezó a crear un nuevo sistema de banca en línea que llamó X.com en el que invirtió cerca de 12 millones de dólares, más de la mitad de sus ganancias por la venta de Zip2.

La idea de Musk era que el negocio de los bancos estaba en manos de gente inepta que no quería cambiar sus viejas maneras. Los banqueros estaban sumidos en jugadas seguras y problemas burocráticos y él iba a librar todos estos impedimentos revolucionando el mercado financiero.

Por supuesto, el joven empresario sabía muy poco de ese negocio y no midió el poder de los adversarios que estaba provocando. A pesar de todo esto y de que el ambiente dentro de su nueva compañía no era ideal por la problemática relación de Musk con todo el que lo criticara, X.com consiguió una licencia de banca y salió al público en noviembre de 1999.

Pronto llegó un competidor directo que atacó con un esquema mucho más pragmático. Se trataba de una pequeña compañía llamada Confinity que se enfocó solamente en transacciones sencillas a través de la web y del e-mail. Su servicio se llamaba PayPal y sus creadores, Max Levchin y Peter Thiel, comenzaron a causar revuelo.

La batalla entre Confinity y la compañía de Musk se extendió durante meses hasta que, finalmente, las dos compañías decidieron unirse para sobrevivir. PayPal era el mejor producto que ambas tenían, pero X.com tenía la solvencia necesaria. Musk se convirtió en el CEO de la compañía hasta que los inversores organizaron un golpe mientras estaba de luna de miel y lo quitaron del cargo para imponer a Thiel. La compañía cambió de nombre a PayPal y todos parecieron darle la espalda a Musk.

Finalmente, en medio de la crisis del e-commerce, cuando todo Silicon Valley estaba en su momento más oscuro y estallaba la burbuja de esperanza en el internet, llegó otro golpe de suerte para Musk: eBay ofreció comprar la compañía por 1.5 mil millones de dólares en julio de 2002. Con eso, Musk pudo dejar atrás todas las disputas por la compañía y retirarse con unos muy saludables 180 millones de dólares libres de impuestos en la bolsa.

Musk se había convertido en un multimillonario a los 31 años. Y, sin embargo, la imagen que quedó de él en Silicon Valley era la de un tipo demasiado impetuoso, alguien que nunca pudo ser un verdadero líder en ninguna compañía, que se aprovechó de la venta de invenciones que ni siquiera fueron suyas y que llegó a donde estaba gracias a mucha suerte y a pesar de una serie de pésimas decisiones de negocios que mostraba una completa falta de ética profesional.

Sea como sea, Musk era rico y, después de una crisis de malaria que casi lo mata, comenzó a soñar con cosas más grandes. De entrada, se unió a un grupo de científicos aficionados que soñaban con llegar a Marte y organizó reuniones para considerar los pros y contras de mandar ratones al planeta rojo. En esas reuniones llegaron a aparecer futuros directores de la NASA y figuras del entretenimiento como James Cameron.

Estas reuniones se convirtieron en algo más y Elon Musk empezó a buscar la manera de construir su propia agencia espacial. Como es natural, muchos de sus amigos comenzaron a dudar de su salud mental. Sobre todo cuando encontró a un equipo de científicos y negociadores para ir a Rusia a comprar misiles balísticos de largo alcance para hacer un cohete con ellos. Los rusos también se mofaron de él. Lo vieron como un escuincle privilegiado lleno de dinero y ambiciones demenciales al que le podían exprimir una fortuna. Le trataron de vender un misil por 8 millones de dólares. Lo trataron con desprecio.

Esto picó el orgullo de Musk. En el vuelo de regreso de Moscú, empezó a cultivar una idea que, para bien o para mal, cambiaría al mundo: ¿Por qué no reducir todos los costos construyendo, él mismo, un cohete? ¿Por qué tenían que gastar un presupuesto desmedido para hacer una aventura espacial si lo que se necesitaba era, justamente, rebajar los costos de la carrera espacial?

Estableció un plan de negocios, encontró a Tom Mueller, uno de los más brillantes ingenieros de cohetes para construir el motor más ambicioso y barato de la historia, y así nació SpaceX.

A partir de ahí, la historia es conocida. Musk invirtió todo su dinero en SpaceX y apostó por levantar un cohete de la nada en el atolón de Kwajalein en las Islas Marshall. Entre 2005 y 2008, Musk corrió una carrera contra su propio dinero para levantar el Falcon 1 y asegurar contratos gubernamentales que le permitirían financiar sus siguientes proyectos espaciales.

En medio de esto, invirtió poco más de 6 millones de dólares en la compañía Tesla de Martin Eberhard y Marc Tarpenning. Se convirtió así en su principal inversor y tomó control de su brillante intento de crear un coche eléctrico con baterías de litio. Junto al más grande experto en la materia, J.B. Straubel, Musk creó una vorágine de prensa alrededor de un producto que no existía. Y, mientras intentaba mandar un cohete al espacio empezó a sangrar dinero con esta nueva aventura que todos ridiculizaban.

En 2008 vino el gran triunfo de Musk. El cohete Falcon 1 logró despegar sin problemas, después de 4 intentos, en las Islas Marshall asegurando a Musk un contrato de 1.6 mil millones de dólares de la NASA para doce vuelos de abastecimiento a la Estación Espacial Internacional. Unas semanas antes, Musk logró inyectar una ronda de inversión en Tesla que salvó de milagro a la compañía unas horas antes de que tuviera que declarar la bancarrota.

En 2010 Tesla se volvió pública recaudando 226 millones de dólares. A pesar de que había gastado más de 300 millones en siete años y perdido 55.78 millones solamente en 2009, los inversores creyeron en la capacidad casi irreal de Musk de materializar sueños demenciales. Fue la primera compañía de autos en volverse pública después de que Ford lo hiciera en 1956.

En 2012, Tesla sacó el Modelo S, un coche eléctrico de lujo que podía llegar de 0 a 60 millas por hora en 4.2 segundos, con una autonomía de 300 millas por una sola carga que tardaba 20 minutos. El coche se convirtió en una revolución absoluta de la industria automotriz en Estados Unidos. Primero porque nadie pensaba que era factible hacer un coche eléctrico de alta gama que atrajera a los consumidores. El Prius existía, pero era aburrido a morir. Después, porque creó una empresa de coches con un esquema de startup de Silicon Valley y lejos de las grandes plantas de ensamblaje y la burocracia habitual de Detroit. Finalmente, porque el coche se vendió como pan caliente y pronto rebasó la producción de 500 mil unidades al año.

Luego, Tesla compró SolarCity, la más grande proveedora de energía solar en Estados Unidos y creó 2 mil puntos de recarga de coches Tesla en el mundo. Todo con paneles solares.

La fortuna le sonrió a Musk. De un capital inicial de 28 mil dólares financiado por su padre, el joven sudafricano logró crear la primera compañía privada que llevó a humanos al espacio, es el tercer hombre más rico del planeta y sigue tejiendo sueños de ciencia ficción con nuevas formas de transporte en túneles y un plan para colonizar Marte.

Todo esto es una historia casi irreal de éxito sin compromisos en donde Musk, a cada vuelta del destino, ha puesto dinero en apuestas extravagantes que siempre termina ganando. Todo manteniendo el ethos de una compañía que no cesa de hablar del bien común.

Leída en la superficie, la historia de Musk mezcla el triunfo del empresario capitalista, del hombre que se hizo a sí mismo, del CEO poco convencional que se mancha las manos de grasa; es la historia del triunfo de Silicon Valley trascendiendo las aplicaciones frívolas para salvar a la humanidad de su muy certera condena planetaria; del geek bulleado que ahora intimida al mundo. El mito, por supuesto, tiene fundamentos sólidos e irresistibles. Como todo mito, también, esconde otros significados.

El Prometeo egoísta

Martin Tripp llegó a la Gigafactory de Tesla con la esperanza de construir un mejor futuro para sus hijos. Idolatraba a Elon Musk y creía fervientemente en la misión de la compañía de querer erradicar el uso de combustibles fósiles. Tripp empezó a trabajar en el ensamblaje del Model 3 de Tesla.

Después de la gama de lujo del Model S y del Model X, Tesla quería probar que podía crear un coche eléctrico para la clase media. Un coche que solo costaría 35 mil dólares y que podía ser apartado por un adelanto retornable de mil dólares. En semanas, la empresa de Musk tuvo más de 400 mil pagos de apartados. Una locura considerando que la compañía apenas podía fabricar algunos coches por semana, si acaso.

En ese momento, Musk acaba de terminar una relación con la actriz Ambert Heart. Sus más cercanos colaboradores decían que, normalmente, él era 95% genio y 5% locura. Después de esta ruptura, el balance se revirtió.

Musk decidió que debía crear una fábrica completamente automatizada porque había soñado con una hermosa imagen de robots ensamblando líneas interminables de vehículos. Todos pensaron que era una locura. Para no quebrar estrepitosamente, la compañía necesitaba fabricar 5 mil coches a la semana. Y no estaban ni remotamente cerca de lograrlo. Entonces, se desató el infierno.

Musk empezó a vivir en la fábrica haciendo toda clase de desplantes. Despedía gente a la menor provocación, salía a decir incoherencias en Twitter (algunas de las cuales llegaron a costarle multas de 20 millones de dólares), aterrorizaba a todo mundo y empezó a perder el respeto de sus ejecutivos. En dos años 36 vicepresidentes y altos mandos de Tesla abandonaron la compañía, incluyendo a la leal e indispensable asistente personal de Musk.

En medio de este caos, Tripp encontró horrores en la fábrica. Había baterías peligrosas regadas por el piso, los sistemas de seguridad eran ridículos, trabajadores consumían cocaína y metanfetaminas en los baños, algunos tenían relaciones sexuales en las áreas olvidadas del gigantesco complejo de Nevada. El empleado, idealista, trató de comunicar sus inquietudes a sus jefes. Pero nadie le hizo caso. Envió un mail a Musk que, por supuesto, no tuvo respuesta.

Desesperado, Tripp decidió ir anónimamente a la prensa. Entonces, Musk contrató a un equipo de seguridad para que averiguara quién había sido el informante. Cuando supo que era Tripp empezó a acosarlo con mails, lo despidió y filtró a la policía que ese empleado estaba desbalanceado y había amenazado con ir a balacear las instalaciones al día siguiente. Coches de policía rodearon a Tripp que, en llanto, les mostró las manos y les explicó lo que había sucedido. La policía dijo que era un hombre indefenso y desestimó los rumores de un posible atentado.

Entonces, Musk lo demandó por 168 millones de dólares. Al final, Tripp puso una contrademanda y ninguno de los dos procesos legales acabó en nada. Pero el empleado, rodeado de una atención que nunca quiso y en una pelea muy pública con uno de los hombres más poderosos del mundo, huyó con su familia a Noruega.

Musk le escribió en un mail: “Deberías sentir vergüenza por tratar de acusar falsamente a otras personas. Eres un ser humano horrible.” A lo que Tripp contestó: “Nunca acusé falsamente a nadie de estar involucrado en los documentos que produje sobre tus millones de dólares en desperdicios, los problemas de seguridad de tu planta, sobre mentir a los inversores y al mundo. ¡Poner coches en la carretera con problemas de seguridad es ser un ser humano horrible!”

Ciertamente, desde que el Model 3 empezó a salir a la venta y, más aún, cuando Musk empezó a jugar con pilotos automáticos, las dudas sobre la seguridad de los vehículos de Tesla han sido una constante. Pero es aún más interesante la confrontación absolutamente desmedida de Musk con un empleado común. Estos desplantes se suman, por supuesto, a las violaciones de los protocolos sanitarios cuando Musk insistió en volver a abrir sus fábricas en el auge de la pandemia en Estados Unidos el año pasado. Y, claro, a las numerosas críticas por la falta de consideración en la seguridad de sus empleados, las horas completamente ridículas de trabajo que Musk exige y los salarios mediocres que ofrece a cargo, o las estrategias agresivas del magnate para impedir que se formen sindicatos entre sus trabajadores.

Por supuesto, muchos empleados de Tesla están orgullosos de trabajar en la compañía. Al igual que en SpaceX, los trabajadores de Musk están orgullosos de lo que han creado y respetan al CEO por la pasión con la empuja a todos a dar su máximo esfuerzo. Sin embargo, queda planeando una duda que se repite en numerosas entrevistas con personas que han pasado por estas empresas: tal vez Musk ama a la humanidad y hace todo por salvarla, pero definitivamente no tiene ningún respeto por los seres humanos individuales.

Hace un par de años, cuando un equipo de fútbol infantil quedó atrapado en una cueva inaccesible, rodeada por mar, en Tailandia, Elon Musk se ofreció para crear un submarino y rescatar a los niños. Vern Unsworth, un buceador profesional que terminó rescatando a todo el equipo, lo confrontó diciendo que no ayudaba en nada colgándose de una tragedia para hacer stunts publicitarios. Musk se sintió particularmente ofendido y respondió de la forma más ridículamente infantil: acusando en Twitter a Unsworth de ser un pedófilo.

Este tipo de desplantes, como la persecución de Martin Tripp y todas las quejas laborales que se han acumulado con los años, pintan un panorama distinto del mito de Musk. Esta visión mucho más sombría del empresario, sin embargo, es parte de la misma moneda. Como muchos de sus biógrafos y defensores han tratado de demostrar, Musk está obsesionado por el panorama amplio y el legado histórico. Si su misión es salvar a la humanidad, no puede preocuparse por minucias. En la cruzada por la supervivencia, la especie va antes que el individuo, no se puede hacer una omelette sin romper algunos huevos, y todos los pensamientos que ponen un balance racional en la crueldad y frialdad humana, sirven como apología.

Biógrafos cercanos a Musk, como Ashlee Vance, aseguran que es un hombre familiar y amoroso, sensible y cercano. Los Musketeers, o esas hordas de aficionados en Twitter que amenazan e intimidan a reporteros y científicos que osaron poner en duda la palabra del más moderno Prometeo, también lo defienden con el escudo de la razón. La empresa de Musk por salvar a la humanidad es, para ellos, una cuestión de lógica que nada tiene que ver con la ideología. En resumen, éste es un hombre compasivo y sensible, que ha sido incomprendido por una prensa tendenciosa que busca titulares amarillistas.

¿Pero qué tan loable es la misión de Musk?

Tesla habla de salvar al mundo de las emisiones de efecto invernadero, pero la realidad es que la producción de un coche eléctrico (sobre todo por la fabricación de pilas de litio) crea 8.8 toneladas de CO2 frente a las 5.6 que se despiden al crear un vehículo de gasolina. Por supuesto, en el uso, los coches eléctricos son muchísimo menos contaminantes que los motores de combustión interna. Y la jugada de Tesla, en principio, es cambiar la industria para que, poco a poco, todos los productores de coches se sumen a la causa.

Sin embargo, a pesar de la buena voluntad de Tesla, de dientes para afuera, de no combatir el uso de sus patentes para crear nuevas tecnologías para coches eléctricos, la producción de este tipo de vehículos sigue siendo muy limitada. Y, dentro de los 180 mil coches que fabrica Tesla al año, la mayoría mantienen precios incosteables para el común de las personas.

De la misma manera, la aceleración de una nueva carrera espacial ha levantado preocupaciones en torno a lo que pueden causar los combustibles de cohete en la atmósfera. Hasta ahora, con 80 o 90 lanzamientos al año, los efectos no han sido particularmente preocupantes. Pero la intención de SpaceX al reducir drásticamente los costos de los viajes espaciales, es financiar el doble o el triple de lanzamientos en los años venideros.

Todos estos datos no ponen en duda las legítimas intenciones de Elon Musk. El miedo del magnate por la suerte de la humanidad que se transparenta, por ejemplo, en Lo and Behold, el documental de Werner Herzog, parece ser absolutamente sincera. Como también se percibe en la famosa entrevista de 60 minutes en donde Musk habla apasionadamente sobre revivir la curiosidad del hombre hacia las estrellas. Pero las más loables luchas por salvar a la humanidad también han pavimentado el camino de atrocidades.

Elon Musk puede ser el mesías tecnológico, y puede llegar a salvar a la humanidad de su inminente autodestrucción. Pero esta salvación, como cualquier otra, no puede ni debe considerarse como un acto abnegado, a través del cual Prometeo entregó el fuego de la civilización a los hombres a cambio de un castigo eterno.

¿A quién está salvando Musk? Su rebeldía contra la burocracia gubernamental y las imposibilidades de la cinta roja estatal, también le ha acordado más 4.9 mil millones de dólares del dinero de los contribuyentes. Y, con ese dinero, se ha convertido en uno de los hombres más ricos del planeta. Como tal, sus sueños de salvación, a pesar de querer extenderse a toda la humanidad, todavía son el producto de lujo de algunos cuantos magnates que usan aviones y compran su culpa ambiental con un lujoso coche eléctrico.

Musk ha hecho más que nadie por volver a inspirar misiones imposibles, para hacernos soñar con las estrellas y para volver a confiar en la ciencia en una era que quiere destronar la razón científica y crear realidades individuales de paranoias antivacunas, de conspiraciones ridículas y de creencias en que la tierra es plana. Pero, si Musk es un Prometeo, es un Prometeo egoísta.

¿Pervive esa sombría letanía de que el trabajo nos hará libres?

La necesidad de creer en el mito de Elon Musk transparenta la necesidad de seguir creyendo en el sistema que lo alimenta: en la meritocracia, las historias de éxito y el emprendedurismo, en la inevitable explotación necesaria del hombre para salvar al hombre.

El mito de Musk alimenta el mito del individuo y las salvaciones espontáneas por el genio de uno solo. Aquí no hay ningún pensamiento social a largo plazo, sino la complacencia de creer en un genio que reparará todo el daño que seguimos haciendo. Todo pensamiento mesiánico nos debe recordar que la salvación se paga y que el camino a la perdición siempre se ha pavimentado con buenas intenciones.


Autores
Nicolás Ruiz (Ciudad de México, 1987) es maestro en literatura comparada por la UNAM. Desde hace casi 10 años se dedica al periodismo cultural y ha publicado en revistas y blogs de cine, política y cultura como Nexos, Televisa.News, Dónde Ir y Correspondencias. Actualmente, es editor y conductor en Código Espagueti, Ibero 90.9, Noticieros Televisa y FOROtv.
Ilustración realizada por Julissa Montiel Miranda

Diría que escuché Mujer contra mujer en septiembre de mil novecientos noventa y siete. Fue Gustie quien me obligó a escucharla, igual que otras tantas canciones de Mecano. Y una sola canción podría no significar mucho, pero esa en particular hizo tres cosas para mí: la primera, me abrió un panorama musical, porque a los doce años mi repertorio se reducía a lo que sonaba en Radio Variedades y su hora de viejitas, pero bonitas; la segunda, que Mujer contra mujer no hablaba de relaciones amorosas entre hombres y mujeres, sino entre dos mujeres; la tercera, que imaginaba en colores, y que Mecano casi siempre me sonaba en rosa. Cuando una canción me gusta mucho tengo la mala costumbre de escucharla una y otra y otra vez, hasta el cansancio, hasta que aprendo la letra y por mi mente desfilan todas las posibles combinaciones de colores y la he analizado por todos lados para encontrar algo de mí misma en ella. En el noventa y siete, a los doce años, ¿qué podía hallar de mí misma en Mujer contra mujer? Nada que pudiera comprender.

Al poco tiempo, de manera natural me quedé como el elemento asexuado del grupo en el que, evidentemente, Gustie era el líder. No me molestaba, la verdad mis preocupaciones se reducían a sacar buenas calificaciones para no hacer enojar a mi mamá y estar en la casa antes de las cuatro y media de la tarde para ver Sailor Moon. Era una especie de acuerdo implícito que teníamos con Gustie y a veces con Bernie, que no era tan fan como nosotros dos, pero que también disfrutaba dibujar las historietas cuyo estilo nació de imitar los trazos y colores de Naoko Takeuchi.

Al principio usábamos a los personajes que veíamos en el canal siete a diario, pero a los pocos meses evolucionamos y empezamos a representar nuestras propias historias alternas. Muchas veces estas se dirigían a los personajes que, aunque en ese momento no los nombrábamos así, pertenecían a la comunidad LGBTTTQI+. Nuestra pareja favorita era la de Haruka y Michiru, pero muchos de nuestros dibujos representaban la relación ambivalente que nos hubiera gustado ver en pantalla si Serena hubiera decidido quedarse con Seiya y no con Darien. Usábamos tinta azul, roja, negra o un lápiz, pero podíamos colorear a nuestro gusto, o no hacerlo. Al terminar una viñeta que decidí no colorear, en la que Sailor Moon y Sailor Star Fighter, ambas mujeres, se besaban, me lo pregunté por primera vez: ¿cómo sabes cuando te gusta una mujer si también eres mujer?

Muchas cosas se piensan sin sentir la necesidad de decirlas. El tema estuvo en mi mente desde entonces, aunque no me obsesionó. Era como tener dentro del refrigerador una rebanada de flan napolitano, guardado hasta el momento preciso de sacarlo y saborearlo. Mantuve reservado ese flan durante casi tres años. Mis amigas tenían novios, terminaban con ellos, se reconciliaban o conseguían otros. A mí me gustaba Alfonso, luego Jaime, después Fernando, pero al mismo tiempo pensaba: el brasier de Liliana se ve más lleno que el mío, Luz tiene los ojos más bonitos, Norma sonríe y como sea siempre se ve guapa. No asociaba que alguna de mis amigas pudiera gustarme. ¿Cómo, si en mi casa había un papá y una mamá, y las niñas eran niñas y los niños, niños? A las niñas les gustaban los niños. A mí me gustaban los niños. Y eso pensé, hasta el día que Gustie lo dijo: me gusta Luis Manuel. Sabía quién era, un niño bonito, de pelo y ojos claros, dos años menor pero un poco más alto que ellos y que yo. Esa fue también la primera vez que me lo pregunté así, con todas sus letras: ¿cómo sé si me gusta alguna niña? Claro que una vez salida esa pregunta vinieron todas las demás: ¿Se siente igual que cuando te gusta un niño? ¿Si me gusta un niño me puede gustar una niña también? ¿Cómo te dicen cuando eso pasa? ¿Se lo tienes que decir a tu mamá y a tu papá? ¿Cómo eliges quién te gusta más? Al poco tiempo de salir de la secundaria Bernie dijo que también le gustaban los niños, pero pasaron un par de años antes de que yo me diera cuenta de que una amiga me gustaba lo suficiente como para hacérselo saber.

En mil novecientos noventa y nueve entré a tercero de secundaria. En ese mismo año se estrenó Boys don’t cry, película protagonizada por Hillary Swank que cuenta la historia de una mujer que se identifica como hombre y se enamora de otra mujer; el amarillo predomina cuando recuerdo alguna escena. En el dos mil vi por primera vez el video Marilyn, de la banda francesa Indochine, en donde la idea de femenino y masculino se entrelaza al tiempo que se difumina; contraste entre el blanco y el negro de manera permanente. Por una colaboración entre Nicola Sirkis y Bryan Molko en la canción Pink Water conocí e investigué también a Placebo un par de años después; color lila bajo el agua. Por esos años también en Dowson’s creek presentaron a Jack, el estudiante recién llegado que ponía los ojos en Joey y, después de insistir hasta que la hizo su novia, decidió salir del clóset; colores pastel. Después de pensar y repensar fue muy evidente para mí que, el que Jack confesara que se sentía atraído por los hombres, no le restaba legitimidad a lo que había sentido por Joey, y esa fue la primera representación que validó fuera de mí la bisexualidad. El azul y el rosa como extremos de un amplio abanico de colores.

Por accidente alguna vez di con la película Maurice en televisión abierta; protagonizada por Hugh Grant, esta es una adaptación muy aceptable de la novela homónima de E. M. Forster; hasta ahora mi mente se tiñe de amarillo y naranja cuando pienso en ella. Luego llegó Gravitation y todos los animes shonen ai que consumí durante la preparatoria; color fucsia, principalmente. Ellos me llevaron a los shojo ai, su contraparte, todos en rosa mexicano, y entonces entré al mundo de la comunidad de Fanfiction.net, habitada por aquellas personas que, como yo, intentaban explorar todas las posibilidades, universos paralelos, finales alternos y todos los subgéneros narrativos pertenecientes al fanfic. Yo escribía sobre Slam Dunk, mi anime favorito, y me inventaba maneras que me parecían más o menos creíbles para que se desarrollara la imposible relación entre los dos enormes jugadores de básquetbol enemistados de manera natural. Luego volví a Sailor Moon, a Haruka y Michiru y a Sailor Star Fighter.

En dos mil diez llegaron Las Aparicio, en violeta y morado, y con la pareja de Julia y Mariana y su dilema entre el poliamor y la monogamia las preguntas se me desbordaron por fin. Podría decir que fue un alivio ver fuera de mí una representación de aquello que ya había experimentado, en secreto y con algo de culpa. Nadie me dijo que eso que me sucedía también pasaba en la vida real, y sin embargo fue tan grande que tuve que dejarlo fluir. Y fluyó tanto que se convirtió en río y fue recibido y abrazado por aquella que, al hacerlo crecer, se convirtió en esa nueva primera vez. Luego llegó Lagertha, en azul cyan, que en automático me recordó a Xena, en rojo quemado. Ambas mujeres fuertes, dueñas de sí mismas, independientes. Ambas habitantes de sus cuerpos, que gritaban en la batalla y en la cama. Ambas con una compañera a quien amaban. Astrid y Gabrielle, respectivamente, que recibían la fuerza que las guerreras contenían en sus entrañas, que hacían por ellas lo que fuera necesario. Pero además, Lagertha y Xena amaban sin importar el género. Y sus cuerpos sentían porque podían, no porque estuvieran sujetos a los estímulos de los otros cuerpos, fueran de Astrid, de Gabrielle o de cualquier personaje masculino por el que se sintieran atraídas. Lagertha y Xena han sido los modelos más importantes para construir mi propia expresión de la sexualidad, de lo que hay de sensualidad en mí, de mi deseo por el otro o la otra y de mi ruptura con la culpa que tanto tiempo me coartó en el pasado.

En dos mil quince se estrenó Hotel Transylvania 2, continuación de la historia de amor de Mavis y Johny después de que nace Dennis, el niño con retraso dental. Quizá esta película transmite el mensaje más necesario para los niños y niñas del mundo. Pero quizá también este mensaje es el que los adultos y adultas no deberíamos olvidar: cada persona es única, pero también cada persona toma su propio tiempo para descubrirse única. Cada persona crea sus propios colores. Erich Fromm decía que a los seres humanos nos aterra la unicidad, propia y ajena. Que el miedo es lo que mueve nuestra crueldad, y que a través de eso justificamos una posición de ignorancia que nos lleva al rechazo de lo que no reconocemos como nuestro en el otro. Probablemente la mejor manera de asumir que la diversidad nos habita es abrirnos un poco a la historia de un vampirito con retraso dental que terminará por emparejarse con una lobita fuerte que puede defenderlo tanto como puede defenderse a sí misma. Y quizá ese no sea el límite de los colores.

 


Autores
Xóchitl Olivera Lagunes (Ciudad de México, 1985) estudió la carrera de ingeniería agrícola en la UNAM. Ha tomado diferentes talleres de creación literaria. Estudió el diplomado en escritura literaria en Literaria-Centro Mexicano de Escritores. Ha publicado en la revista digital Cronopio y en El Universal. Su primera novela corta, Ojos de gato, se publicó en 2016. Es cofundadora de la revista digital Semillas de Sauce, donde escribe y edita. En 2020 ganó el premio nacional de novela joven José Revueltas.

Ilustrador
Julissa Montiel Miranda
Edición Almadía, Furia de Clyo Mendoza

Se podría comenzar diciendo que en el imaginario de Clyo Mendoza los relatos son materiales, tan corporales como la piel, la sangre y el propio peso. Materia que se hereda. Esas historias son trasmitidas como pasiones y fantasmas: una disposición de la libido. Los fantasmas y los deseos no resueltos suelen aparecer como trauma en las personas, en las familias y en la sociedad. Lo interesante y escalofriante aquí es que el cuerpo del deseo no es sólo humano: es también perro, árbol, desierto. Objetos que toman agencia de desear. Son la materia que soporta lo real.

Ahora retrocedamos un poco. Furia (2021) es un libro escrito por la poeta Clyo Mendoza (Oaxaca, 1993). Etiquetado como novela en el sello Almadía, pero como mucha de la escritura contemporánea, tambalea su género. Es una novela si se concibe como cierta unidad de prosa narrativa pero nada más y ese es el problema al que se enfrenta esta reseña. Diegéticamente no es resumible, se puede intuir, pero el libro no se deja ceñir por su trama principal sino por los ecos de todos sus relatos. Podría decir que hace mucho tiempo nació un señor de nombre Vicente Barrera. Conoció a una mujer, cogieron y ella se embarazó. De eso surgió una familia; un error, ¡terrible error! Él se dedicó a vender hilos y que como era la costumbre de la época era un mujeriego que hirió a su familia de varias formas, pero como era también la costumbre fue sacralizado en la familia por ser hombre y viejo. En esa familia hubo quienes se fueron a la guerra, los que se quedaron, también hubo incesto, abuso sexual, infidelidad, violencia y silencios. Pero esa no es la novela, otra cosa sería.

Las historias comienzan con dos soldados, Lázaro y Juan, que han olvidado su propia vida, han matado tanto que se han asesinado a sí mismo. En el umbral entre la pérdida de identidad, el asedio de fantasmas y un paisaje con una temporalidad mítica los soldados se agarran cariño. Después Lázaro muere y Juan al ver sus cosas se encuentra una serie de fotos que no sabe si vale le pana ver. En ellas se da cuenta que Lázaro y él comparten padre y le promete a su difunto amante que matará al padre de amos que tanto daño les causó.

En el paso de las fotografías por los dedos del soldado, Mendoza despliega una espectrología familiar. Teje la genealogía de una familia que podría ser la tuya, la suya, la nuestra. En un desierto mítico sin tiempo lineal, donde el deseo es cabrón y también el peso de la herencia. Además de las fotografías como detonadores narrativos, aparece un mercader que podría ser el diablo por saber la verdad y contar buenas historias.

Entre el mito del mercader, las furias y los arquetipos yace la idea de que la realidad es interpretación. Aunque son figuras que se mantienen en el tiempo y se repiten en la historia literaria, la forma de ser narradas es lo que crea lo real de la novela en su variación.

La realidad de los relatos de Clyo tiene una forma de sabiduría mágica que se trasmite desde la forma de la oralidad de los pueblos y la suposición de que se entiende que hay cosas inexplicables, pero son aún así reales. Los relatos se sostienen en una forma cíclica del tiempo en que las historias se repiten (arquetipos) y que el pasado es eterno o sin tiempo (mitos). Entre esos dos esquemas los personajes quedan encerrados en su propia miseria.

La lectura del texto es una experiencia encaminada al extrañamiento epistémico. Aunque hay algunos relatos más mundanos como el de los soldados, hay otros, como el del viejo convertido en perro encerrado para que no haga daño, el embalsamador que queda en un triángulo amoroso con un cadáver o el señor que lleno de deseo sexual amaneció con su miembro dentro de un árbol porque creía que era una perra o una cabra o una mujer que desajustan nuestras certezas. El libro no tiene un piso sólido de realidad como el que nosotros creemos tener. Dentro de los relatos se habita el umbral de los muertos, los sueños, los traumas y los fantasmas propios, ajenos e impuestos. Como dice Mendoza: “cuando están dormidos también se convierten en lo que sueñas”.

Furia es el saldo de cuentas de una escritora que se las ve al tú por tú con el diablo y la locura. Clyo Mendoza escribe su genealogía familiar y afectiva desde lo que cree como lo más verdadero: la muerte y el deseo. En el primero es en lo que lo vivo se encuentra y lo segundo es el motor de lo existente. Desde una especie de cartografía personal y meta ficcional escribe una historia intrincada que intenta desentrañar a sus ancestros para entenderse, a la vez, ella. De los desvíos, las formas de nombrar lo real o la locura según la latitud y la creencia en la fuerza de la oralidad, Mendoza escribe una constelación fantasmal y afectiva que quiebra nuestro entendimiento de la sexualidad binaria y la locura como un mero estar fuera de sí.

Leyendo Furia pienso que la autora en verdad cree en otras formas de existir y experimentar el cuerpo. Algunas en donde uno no tiene certeza de quién es, ni si en verdad es el relato que le contaron, su nombre ni como se debe desear. En esa búsqueda no todo se puede sanar. Si la novela es una forma de saldar y redimir algo con el pasado, entonces es un conjuro para desear con, no sin, nuestros fantasmas, territorios y miedos. No es el objetivo, pero en la novela yace una fuerza más allá de lo humano que se lee en las pasiones exóticas de personas malsanas y su erotismo mítico.


Autores
M.S.Yániz. Crítico y ensayista especulativo. Cursa estudios de filosofía crítica en The New Centre for Research & Practice. Escribe sobre formas discursivas tanto materiales como poéticas que tensionen lo político. Textos suyos han aparecido en FILME, Terremoto Contemporary Art in the Americas, FalsoRecord (colombia), PICS del Centro de la imagen, entre otras. Coeditó los Ensayos Completos de Tomás Segovia en Ediciones sin Nombre. Tradujo el libro inédito de Mark Fisher, Comunismo ácido publicado en Herring Publisher con ilustraciones de Diana Cantarey.
Portada del libro La Pecera de Dios

David Alfonso Estrada escribió La Pecera de Dios, Premio Frontera de Palabras 2019, en medio de una vorágine de drogas, anexos, ataques psicóticos y libros de magia. Llegué a esta novela gracias a un amigo de David acá en Querétaro y cuando la terminé quedé fascinado por la sordidez de la historia y el entrañable estado de locura perpetua que rodea al personaje principal Natanael. No recuerdo haber leído una primera novela de algún escritor mexicano que me entusiasmara tanto, a pesar del lamento de pasar por los anexos en México y la desesperanza de vivir en un Monterrey cegado y ensimismado, La Pecera de Dios es un delirante viaje por la terrible adicción a las drogas, las relaciones, la literatura y los ideales impuestos de una sociedad sin escrúpulos. Contacté a David para platicar con él en un Zoom largo y entrañable, transcribo la charla que tuvimos para que conozcan más al autor y su libro, que, de alguna manera, por cuestiones pandémicas y algunas otras razones editoriales, ha pasado un poco desapercibida.

 

¿Cómo empieza a escribirse La Pecera de Dios?

Siempre todo es por necesidad, si no hay necesidad, nada sucede, y mi necesidad era multifactorial. No hay una piedra angular, pero sí hay dos o tres factores: El primero es que llevo escribiendo desde hace rato y me mama el cine, siempre estoy pensando en una idea a desarrollar. Cuando caigo por primera vez a un anexo en 2012 por un quiebre psicótico esquizofrénico, y luego me vuelve a pasar en el 2014, me dan trato de recaído. Llegando en la segunda ocasión, me dice el padrino: “Vas a estar aquí 8 meses a la verga y no tienes pa ́ dónde hacerte.” Y dije, cabrón, qué voy a hacer 8 meses aquí, fue ahí fue donde se me ocurrió escribir sobre esto. Antes de que me anexaran era mi momento, estaba en la punta de la fiesta, estaba en clases de teatro, viviendo con un compa, me sentía de huevos y, corte A: Me mandan a la patrulla espiritual y despierto en un anexo con puro cabrón. Comencé a escribir para matar el tiempo y la otra parte era para denunciar, porque sí están muy pasados de verga, se supone que están para ayudar y nada más están echando tierra en vez de alivianarnos. Te ponen a hacer puras pendejadas, te dan como un libro con un chingo de preguntas y yo tiré al león ese pedo y me ponía hacer poesía, a desarrollar personajes, pero a escondidas, porque si el padrino se daba cuenta de ese pedo me tiraba las hojas y me ponía un castigo, entonces todas las hojas que escribía, las doblaba, me las metía en los huevos, y luego ya en el dormitorio, encontraba la manera de seguir escribiendo, eso fue para mí lo más valioso de esos ocho meses: todo lo que escribí.

 

¿La novela es ficción, crónica o autobiografía, dónde la pondrías?

Realmente nunca fue una autobiografía, mis momentos en el anexo fueron diferentes a los momentos de mi personaje Natanael, yo luego luego me integré y andaba con los más pinches desmadrosos; pero me gustaba que mi personaje fuera más oscuro, fuera de tiempo. Está inspirado en los surrealistas, en Artaud, en Dalí, Virginia Woolf, esa psique, que en momentos la tengo. Sin embargo, todas las cosas que suceden en la novela le sucedieron a alguien que yo vi o que me contaron que pasó en otros anexos, inclusive algunas sí me sucedieron a mí. Todo ese pedo sí es real y todos los personajes son reales, a algunos ni les cambié el nombre. Por eso se siente muy real el libro, mucha gente me ha preguntado que sí es mi vida, y no es, pero sí lo bañé de elementos de la realidad tal cual.

 

Se sabe que en México los anexos son una mierda, supongo que habrá sido bastante difícil el proceso de escritura, ¿en qué momento la novela deja de ser sólo una experiencia de anexos y se convierte en una historia paralela?

Llegó un momento donde yo ya no quería que la historia fuera de anexo, cuando la estaba escribiendo sufría. Me dolía como cuando estaba ahí, al chile lo peor es estar lejos de casa y a esa madre nunca le puedes llamar casa. Quería que Natanael escapara y hubo una historia que me contaron donde se metieron a un anexo para matar a un padrino, y dije, a huevo, de ahí sale. Entonces digamos que la segunda parte del libro es sobre los grupos externos, como narcóticos anónimos, que también conozco bastante cerca. Y claro, una historia de amor y codependencia.

 

La codependencia a otras personas y no sólo a las sustancias, eso creo que es clave para entender a Natanael. Hay una parte de la novela que me llamó la atención, la de la cofradía de escritores que quiere hacer un sacrificio, me gusta la magia y esos personajes me parecen fascinantes porque también son una especie de terapia de grupo, ¿cómo te adentras en todo esto y cómo lo integras en la novela?

(Me muestra en la pantalla una iconografía satánica) Mira lo que tengo acá, para sentirme seguro en la entrevista (risas satánicas). La magia es algo real para mí, además de la voluntad que es como la magia personal, está todo el simbolismo, las teorías de conspiración, todo lo que tenga que ver con cualquier visión de la espiritualidad: son mis aficiones. Esto es lo que me gusta leer y lo que me gusta escribir. Víctor Santana, mi editor, recortó mucho este capítulo, y confié totalmente en él. Porque por más pinche mago locochón que yo me crea, eso no sustenta mi obra, mi obra se tiene que sostener por sí sola más allá de mis creencias. Y bueno, estos vatos buscan a Natanael porque creían que él era el elegido, pero después crece internamente y dice, no, no mames. De cualquier manera, todo lo que quitamos en La Pecera de Dios, lo estoy trabajando para otra novela.

 

¿Qué Mago o libro de magia te ha influenciado más?

El primer artista-mago que me pegó en la secundaria fue Salvador Dalí, de hecho, toda la relación de Natanael y Gaby es tal cual Dalí y Gala. Después en la prepa me puse a ver las pelis de Jodorowsky explicadas por él y fue donde comencé a entender qué pedo con el simbolismo. Ahí es donde el artista-mago-tarotista se manifiesta en mí. Y no sé si se considera mago, pero Antonin Artaud es el que más me marcó con su locura, al igual que el satanismo Anton LaVey, por lo menos en cuanto a filosofía, de hecho, hay unas partes de La Pecera de Dios que es tal cual la filosofía satanista. Recientemente estoy estudiando la cábala y el tarot.

 

Sin spoiler, el libro se acerca al final con un autor inesperado publicando un libro que gana un premio. Esta novela ganó el Premio Frontera de Palabras 2019…

 Aquí regreso a lo de la magia, en el libro, el personaje escribe una serie de poemas que se llama La Pecera de Dios, los manda a un concurso, gana y lo presenta en la Feria del Libro de Guadalajara, para cuando me di cuenta, estaba presentando La Pecera de Dios en la Feria del Libro de Guadalajara, eso me dio miedo. Hasta qué punto tenemos los artistas la capacidad de transformar la realidad con las cosas que escribimos, pintamos, grabamos, etc. Me di cuenta que tengo que cuidar más las cosas que estoy haciendo e invocando. El premio realmente sale en 2020, cae junto con la pandemia, por eso creo que el libro no ha salido oficialmente y ahí se quedó en un cajón para pocas personas que apenas lo han descubierto. Ojalá alguien lo encuentre en unos años y lo lea con entusiasmo, y tal vez alguien haga una serie.

 

Esperemos que regresen pronto las Ferias de Libro y la novela comience a moverse.

 Eso si no les dan prioridad a los nuevos títulos. Yo la verdad ni conocía a Tierra Adentro, acá en Monterrey nunca me he juntado con el gremio literario, la mayor parte de mi tiempo la dedico a trabajar. Siento que, si viviera en otro lado, ya hubiera agarrado mi cruz de escritor. Creo que tengo que fugarme geográficamente. Todavía a veces no me la creo, pero esto es un buen inicio.

 

 Sin duda es una gran primera novela, ¿estás escribiendo algo nuevo, me decías que también haces poesía, qué te gustaría para lo que viene?

La neta, Warpola, te agradezco que me buscaras para esta entrevista, porque me viniste a despertar otra vez. Caí al psiquiátrico en diciembre y después de que salí de ahí me medicaron de nuevo y toda esta pinche cuestión de escribir cosas nuevas me tenía atorado. Andaba en un vacío creativo, estaba escribiendo una novela a la que regresé hace poco y tengo apenas dos días que me volví a meter, porque creo que ahí tengo algo muy cabrón. Creo que es escribir es lo que mejor hago, y no porque sea bueno, sino porque soy un obsesivo. La Pecera de Dios es un trabajo de 4 años, entonces para qué me apresuro, el camino de la paciencia es el que siempre he tomado.


Autores
Horacio Warpola es autor de varios libros de poesía, los más recientes Carcass (Obelisco Records, 2019 / Fracas, 2021), La incertidumbre cuántica (Editorial Montea, 2019) y Arcanum Planetae (Obelisco Records, 2020). Ha aparecido en las antologías Todo pende de una transparencia -Muestra de poesía mexicana reciente (Vallejo & Co., Perú), Guasap -15 poetas mexicanos súper actuales (La Liga Ediciones, Chile), El autor es usuario. Antología panhispánica de escrituras digitales (Letral, España), Relatos de Música y Músicos (Alba Editorial, España), Lines In Land -A Collection of Mexican Poems (Australian Poetry), Nueva York Poetry Review (Julio - diciembre 2020), entre otras. Colabora y trabaja en proyectos de literatura electrónica, arte digital y arte contemporáneo, mantiene en Twitter el bot literario @Poesía_es_bot y tiene un programa semanal en Radio Nopal. Ha sido becario del PECDA y el FONCA.
Ilustración realizada por Julissa Montiel

La poesía de Lorca cumple su primer siglo y, lejos de envejecer, algunos poemas ganan elocuencia. Verde que te quiero verde hoy da voz a la denuncia del verde escaparate, la moda verde. Verdes ramas verde viento, no deja de sonar a la profundidad que nuestras discusiones energéticas evitan. La línea El barco sobre la mar, el caballo en la montaña, se condensa en una nueva imagen, El barco sobre la montaña: la alegoría de la modernidad.

 Verde que te quiero verde

Hoy todo es verde y lo que no es, pretende serlo. La economía, las energías y hasta la revolución han teñido su discurso de ese color. Incluso los partidos políticos antiprogresistas se pintan de verde. La intención de posicionarse frente a la crisis ambiental en distintos niveles ha derivado en un giro clorofílico. El verde es ahora el epíteto de cualquier actividad humana que pueda revestirse con las ideas de “cuidar la naturaleza” o “proteger el medioambiente”, sin importar si en verdad posee trasfondo ecológico.

El frenesí de las apariencias engendra contradicciones de falsos colores. Nombrando naturaleza al artificio terminamos con “áreas verdes” no necesariamente verdes, esto es, desprovistas de las complejas redes que se tejen en los pocos ecosistemas silvestres que aún existen. Los monocultivos, los campos agroindustriales, los bosques artificiales repletos de especies exóticas o los pastizales vacíos son prueba de ello. Como si la mera existencia de un elemento vegetal, sin importar de cuál se trata o a qué reemplaza, se autovalidara. Confundiendo restauración y reforestación, esta caracterización automática es parte de una distorsión fácil y autocomplaciente que no considera la complejidad ecológica. Este es el verde fácil.

 Verde viento, verdes ramas

 Sin embargo, existe un verde que contiene múltiples formas de vida, guarda especies y sustancias desconocidas y cuya importancia biológica desborda los límites del conocimiento: los bosques tropicales. Estos ricos espacios no solo son el resultado de millones de años de evolución, sino también de la intervención de una gran variedad de grupos humanos. Junto con muchas otras evidencias, los fragmentos de cerámica en el seno de los suelos amazónicos han revelado que la generación de la terra preta, tierra fértil como ninguna otra, fue producto de los pueblos que habitaron y habitan esta zona. Si bien parece que el desequilibrio nos es inherente, la terra preta prueba que nuestro habitar en el mundo puede no ser destructivo.

No obstante, la Amazonía es desollada. Sus frondosas selvas se convierten en cenizas a merced de la agroindustria ávida de terrenos productivos. La diversidad de los bosques y los nutrientes de los suelos fértiles se transforman en monocultivos transgénicos no sustentables. Este proceso, heredero de la conquista de lo salvaje, ha sido motivado por concepciones utilitarias de la naturaleza. Incapaces de superar las dicotomías civilizadoras, la lucha contra la selva tropical no obtiene tregua y el verde complejo queda comprometido. Hectárea por hectárea, nos toca ver cómo el verde más profundo se deslava en verdes pálidos de forma irreversible.

Incluso si uno considera que la naturaleza no tiene un valor intrínseco, que el valor sólo está dado por su servicio a la humanidad, la pérdida de especies nativas sigue siendo dolorosa. Quemar la Amazonía es incendiar el laboratorio de química orgánica terrestre más avanzado que existe. Nuevas especies son descubiertas en cada expedición, por ello sabemos que, tras rutas sintéticas complejas como eones, moléculas inverosímilmente sofisticadas se esconden en alguna parte del macizo. Ahí, entre millares de especies que aún no han sido nombradas, se encuentran compuestos químicos más poderosos que los que tenemos en el presente y que pueden conformar los medicamentos del mañana. Conservar la Amazonía equivale a salvar el botiquín del futuro.

El barco sobre la mar, el caballo en la montaña

 En el horizonte que habitamos han emergido proyectos de conocimiento y prácticas que responden al interés por representar e intervenir el mundo nacido bajo el signo de la crisis ambiental: la ecología política, la ecocrítica, la ecosofía, el ecodesarrollo y hasta el ecoturismo. Ecos que tornan ineludible la cuestión de no perder la historia de los colores ni la de sus matices. Pero ¿dónde resuenan todos estos ecos?

La conquista del nuevo mundo puede contarse como el enfrentamiento de los europeos con el trópico, que en su imaginario no era sino la fuente del caos y la bestialidad, de la enfermedad y la locura. La zona tórrida -donde reina la vida tropical- era hogar de exóticas criaturas salvajes, incluyendo a los humanos. Esta concepción fue el cimiento de las ideas que, hasta la fecha, han influido nuestra relación con los espacios tropicales. El desafío de acceder a las entrañas de la selva, conquistarla a ella y a sus nativos, fue y no deja de ser visto como un acto de aventura y valentía. Desde el inicio de la conquista, los conquistadores concibieron la selva amazónica como el corazón de una fuente inagotable de recursos y a sus ríos como el sistema circulatorio del progreso. Cuando se habla de los sacrificios humanos no se debería omitir este torso cercenado. La metáfora no es gratuita, el auge del caucho –la sangre blanca–, a finales del siglo XIX y principios del XX, cristaliza esta historia.

El barco en la montaña

 Existe un caso paradigmático para conocer la Amazonía a través del cine –una representación fílmica del mundo amazónico–, y el cine a través de la Amazonía –las implicaciones de hacer un filme en dicho espacio: Fitzcarraldo (1982). Pero antes unas palabras sobre su creador.

Werner Herzog (1942) debutó en 1968 con el largometraje Signos de vida, rodado con una cámara robada a la Escuela de Cine de Munich. Este film contiene ya la esencia de documental onírico que lo ha vuelto legendario. De alguna manera, las obras posteriores no son sino el desarrollo específico de las semillas aquí dejadas. La película tiene un particular sentido del humor combinado con una aguda visión de la condición humana. La narración se centra en la historia de tres soldados que inútilmente vigilan una base de municiones en una remota isla griega. Aburridos de muerte, matan el tiempo hasta que uno de ellos se vuelve loco. El tema no es exactamente el aburrimiento sino la locura desquiciada que se genera cuando no pasa nada en absoluto. Sensación que no está nada lejos de nuestro mundo de distancia social.

Para evitar los lugares comunes en que caen las presentaciones, quizá sea revelador contar que Herzog habría preferido titular “El Enigma de Kaspar Hauser” como “Cada uno por su cuenta y Dios contra todos”. Que fue influenciado por las etnoficciones de Jean Rouch y que el extrañísimo documental La Marcha del Ejército del Emperador Desnudo (1987) dirigido por Kazuo Hara es una de sus películas favoritas. Además de visitar cuevas y volcanes, Herzog fue al desierto del Sahara para documentar sus espejismos (Fata Morgana, 1971).

Herzog filmó Aguirre, la cólera de Dios (1972), en el Amazonas. Diez años después y también protagonizada por Klaus Kinski, Fitzcarraldo fue rodada a lo largo de tres años en distintas partes de la Amazonía peruana. Situada a principios del siglo XX, la película retrata la historia de Brian Sweeny Fitzgerald, cuyo sueño es construir una ópera en medio de la selva donde suene su ídolo Caruso. Para financiar su proyecto recurre al caucho, el gran negocio selvático. Pero la competencia es difícil y cuando todo apunta a que fracasará miserablemente, tiene un “eureka”, Fitzcarraldo puede escapar los infinitos meandros si eleva su barco a través de un istmo formado por dos ríos tributarios del Amazonas.

Las anécdotas que rodean la filmación poseen una fama equiparable a la del filme en sí, como bien muestran el documental (The burden of dreams dirigido por Les Blank) y el libro (The conquest of the useless escrito por Herzog). Nunca antes un director se había adentrado en territorio amazónico arriesgando la salud del equipo, la realización del filme y, sobre todo, la vida e integridad de los habitantes locales. Los encuentros y desencuentros entre los diversos grupos indígenas (aguarunas, shuar, etc.) y la producción, se dieron en un particular momento histórico en el que no solo varias fuerzas se disputaban el poder de los territorios amazónicos, las poblaciones indígenas, a su vez, experimentaban una lenta apertura ante el mundo occidental.

La representación del mundo amazónico en el filme se caracteriza por ser tanto la fuente de riqueza necesaria para la realización del sueño de Fitzcarraldo, como la causa de los obstáculos que lo ponen en riesgo. Tanto la materialidad de la selva, como la fuerza de sus habitantes están a la merced de quien pueda ejercer el poder suficiente para ir río arriba, a las zonas inaccesibles. Fitzcarraldo recuerda que los jíbaros vagan por la selva en busca del barco sagrado de un dios blanco y no duda en “aprovecharse del mito”. Por su parte los reticentes indígenas, a pesar de ser utilizados como bestias de carga y los múltiples riesgos que implica, aceptan la misión. Así, Fitzcarraldo colonizador logra articular todos los elementos materiales para dominar la naturaleza y a los otros humanos bajo la consigna de que “sólo los soñadores mueven montañas”.

Esta película no sólo ofrece una representación del mundo amazónico, fue una aproximación a él. Tan interesante como cuestionable, tenemos la realización de una película acerca de la irrupción en la naturaleza y la utilización de los indígenas. El caso más notorio fue justamente el transporte del barco a través de la montaña. Sobra decir que dicha secuencia no fue montada ni resuelta con efectos visuales. Dentro y fuera de la película, el barco fue transportado por la colina a manos de los indígenas locales. Es sabido que la realidad supera la ficción, bueno, aquí está el caso de una ficción que se vuelve realidad para superarse a sí misma. Por ello Herzog suele llamar a Fitzcarraldo su documental preferido. Herzog pasó cuatro años en la selva, pudo conocer de primera mano el verde amazónico que no brinda tregua alguna. La naturaleza benevolente se reveló como una narrativa donde la humanidad proyecta aquello que ha perdido o quiere encontrar:

Con la desquiciada furia de un perro que ha hincado los dientes en la pierna de un ciervo ya muerto y tira del animal caído hasta el extremo de que el cazador abandona todo intento de calmarlo, se apoderó de mí una visión: la imagen de un enorme barco de vapor en una montaña. El barco que, gracias al vapor y por su propia fuerza, remonta serpenteando una pendiente empinada en la jungla, y por encima de una naturaleza que aniquila a los quejumbrosos y a los fuertes con igual ferocidad, suena la voz de Caruso, que acalla todo dolor y todo chillido de los animales de la selva y extingue el canto de los pájaros. Mejor dicho: los gritos de los pájaros, porque en este paisaje inacabado y abandonado por Dios en un arrebato de ira, los pájaros no cantan, sino que gritan de dolor, y árboles enmarañados se pelean entre sí con sus garras de gigantes, de horizonte a horizonte, entre las brumas de una creación que no llegó a completarse. Jadeantes de niebla y agotados, los árboles se yerguen en este mundo irreal, en una miseria irreal; y yo, como en la stanza de un poema en una lengua extranjera que no entiendo, estoy allí, profundamente asustado. 1

Pero la naturaleza no admite estereotipos, los desborda. Los pájaros que gritan de Herzog no son menos antropomórficos que las usuales aves cantoras. Herzog tiene la visión de la selva como un lugar irreal, abandonado e incompleto, pero ello es locura. Obviando que la evolución es curso sin término, los bosques húmedos tropicales, justo por ser picos complejos de la biodiversidad, serían el lugar más presente, acabado y real de la Tierra.

Verdes carne, pelo verde

A diferencia de otros espacios, difícilmente se podrá filmar la selva sin que la selva misma se convierta en protagonista. Paradójicamente, la selva no se deja filmar. Para empezar, todo aquel que lo ha intentado sabe lo difícil que es retratar un árbol. Sus contornos no son definidos, sus raíces permanecen ocultas. En la selva los senderos se cierran, los árboles hacen comunión y simplemente regalan pocas caras. Parte de la dificultad radica en que la cámara es una herramienta humana, demasiada humana. Llevar la cámara a la selva es por ello tanto absurdo como fascinante. Ello explica por qué, aunque el número va in crescendo2, las producciones dentro de los bosques húmedos no sean numerosas, el terror de que lo fueran y la doble importancia de aquellas bien logradas.

Antes de la famosa green screen, hubo un tiempo heroico del cine en el que filmar el mundo era adentrarse de lleno en el mundo, rodando con todos los riesgos e imposibilidades que ello implicara. Fitzcarraldo resalta ahí como una película verde pero manchada, y de rojo. Imaginemos, solo imaginemos el prodigio ético que sería realizar, en este mismo sentido, el film: Terra Preta. En contraposición, hay algo de la confusión actual entre verdes que tiene origen en la virtualidad y las pantallas verdes. Desencajados de los ecosistemas que los sustentan, no es fácil para los miles de millones de citadinos en el mundo valorar la transformaciones del suelo que sus prácticas diarias implican.

Hume pensaba que todas las ideas tenían un correlato empírico. Aun así sospechaba que una persona podría imaginar dentro de un color un matiz que no ha visto. Preguntas semejantes fundaron la filosofía moderna y hoy sobreviven en la epistemología y las neurociencias cognitivas. La pregunta acuciante que hoy tendríamos que hacernos es por qué, aun cuando somos capaces de contrastes agudos, fallamos en salvar los matices. De nuestra respuesta depende que los desiertos verdes no acaben con la verde selva.

 

 


Autores
Ayamel Fernández García (Ciudad de México, 1996) Historiador egresado de la UNAM. Se ha especializado en historia ambiental y de las ciencias en México y America Latina. Le interesa la conservación ambiental y la naturaleza como problema histórico.
Ensayista y compositor. Físico por la UNAM. Luego de su Doctorado en Epistemología e Historia de la Ciencia realizó un posdoctorado en la Universidad de Cambridge sobre Pluralismo. Recientemente asistió un proyecto de restauración ecológica en la selva lacandona.
Ilustración realizada por Julissa Montiel Miranda.

Es la cuarta vez que intento escribir sobre esta novela, la primera lo abandoné porque la neta ni había leído el libro, la segunda no supe qué decir y esta vez la psicóloga me dijo “a ti que te late ese pedo de la escritura, quiero que te leas un libro relacionado con tu trastorno y me cuentes de él” y yo le dije “órale va”, palabras más, palabras menos. Primero pensé en releer nación Prozac, pero me laten un montón las novelas que se mezclan con poesía, y es en esto último precisamente en lo que Sylvia Plath convierte los síntomas del Trastorno Límite de personalidad (o borderline, pa la chaviza), con su novela: La Campana de Cristal.

Plath nació en 1932 y se suicidó en 1963 metiendo la cabeza en el horno, aunque mucha banda se confunde y piensa que lo hizo con este prendido, en realidad se intoxicó al dejar la llave del gas abierta; a esta forma de petatearse se le conoce como “la muerte dulce”. Su novela publicada póstumamente, nos lleva a una autobiografía disimulada (roman a cléf), como cuando le cuentas a tu compa las jaladas que le pasaron “al/a la amigx de un(a) amigx”; aquí, Esther Greenwood, una morra recién llegada a Nueva York gracias a una beca de escritura, lucha constantemente contra la desazón interna y el deterioro de su mente, casi sin darse cuenta al principio.

En ese entonces el TLP era una enfermedad bastante poco conocida y la posibilidad de que la escritora la haya padecido se ha discutido en los últimos años; y ¿en qué consiste ese rollo del borderline? pues, verás, esta enfermedad impacta, por un lado, en la autopercepción, una persona con este pedo suele cambiar muy rápidamente su identidad así como sus metas, lo cual provoca problemas para relacionarse normalmente en la vida cotidiana y a la hora de tomar decisiones a futuro; Sylvia Plath escribe en su novela respecto a la indecisión de qué camino tomar en su vida: “Me vi a mí misma sentada en la bifurcación de ese árbol de higos, muriéndome de hambre sólo porque no podía decidir cuál de los higos escoger. Quería todos y cada uno de ellos, pero elegir uno significaba perder el resto, y, mientras yo estaba allí sentada, incapaz de decidirme, los higos empezaron a arrugarse y a tornarse negros y, uno por uno, cayeron al suelo, a mis pies”.

Otros dos síntomas de este desmadre son la despersonalización y la constante idealización-decepción al percibir a las personas; en la Campana de Cristal, la protagonista varias veces tiene episodios donde se desconecta de lo que pasa a su alrededor “Entonces Constantino y la intérprete rusa y todo aquel montón de hombres negros y blancos y amarillos discutiendo allá abajo parecieron alejarse en la distancia. Vi sus bocas subir y bajar sin sonido, como si estuvieran sentados en la cubierta de un buque que partía, dejándome en medio de un enorme silencio”; Esther también manda a la berenjena a su novio después de saber que había estado con otras chicas antes y pasa de ser para ella un muchacho casto e inocente a un hipócrita.

Y, como muchos trastornos psicológicos, entre otros síntomas, topamos muy comúnmente la depresión, que sí, parece que ya se ha derrumbado ese estigma pero todavía hay raza que cree que la depre es estar llorando todo el día y se cura con un “échale ganas”; más allá de la tristeza, este padecimiento está cargado de apatía, las personas deprimidas saben que lo están pero aun así no pueden evitarlo, como si hubiera algo dentro roto que no pide que lo demás funcione bien y que nos importen las cosas; Esther nos narra en algunos de los primero capítulos: “(…) Tenía que estar tan emocionada como la mayoría de las demás chicas, pero no lograba reaccionar. Me sentía muy tranquila y muy vacía, como debe de sentirse el ojo de un tornado que se mueve con ruido sordo en medio del estrépito circundante.” y  “El silencio me deprimía. No era realmente el silencio. Era mi propio silencio. Sabía perfectamente que los coches hacían ruido y la gente que iba dentro de ellos y la que estaba detrás de las ventanas iluminadas de los edificios hacían ruido, y el ruido hacía ruido, pero yo no oía nada. La ciudad colgaba en mi ventana, chata como un cartel, brillando y titilando, pero muy bien podía no haber estado allí, por lo que a mí concernía.”

Quisiera terminar esta reseña con una reflexión constructiva, por eso de que las enfermedades mentales son un tema muy serio y blablablá, pero la neta es que, este libro, más que dejarme una enseñanza (que sí, me dejó varias, pero siento que esas serán diferentes para cada persona que lo lea), me ayudó a sentirme menos solo cuando me ponía a chillar debajo de las cobijas por no saber qué hacer con mi vida (sigo sin saberlo xd).

Y, bueno, si te sientes identificadx con alguno de estos síntomas o fragmentos de La Campana de Cristal, quizá deberías considerar la posibilidad de visitar el centro de salud más cercano y solicitar una cita para psiquiatría, son gratuitas, como los condones.


Autores
(San Luis de la Paz, Guanajuato, 2000). Estudia Filosofía en la Universidad de Guanajuato. Autor de Galletas para suicidas (Editorial Frenéticos Danzantes, 2019), La llaga (Premio de Literatura León, 2021, reeditado por Ediciones Come Fuego en 2023), Díganle adiós al ratón (Tierra Adentro, 2021), Imagina que en lugar de aves éramos terremoto (Grafógrafxs, 2022) Colmillo (Niño Down Editorial, 2023), entre otros libros. Dirige la editorial digital Awita de Chale.