“¿Irías a ser ciega que Dios te dio esas manos?” 1 A pesar de la influencia cristiana, creo que queda bien este verso para mostrar las cualidades de la diversidad funcional. En este verso, y los que lo rodean, Vicente Huidobro habla desde el amor. Aunque debo admitir que tomé este pedazo fuera de contexto, pienso que permite abrir nuestras perspectivas. La ceguedad es solamente uno de los padecimientos que entran en la diversidad funcional. Enfatizo la palabra porque son padecimientos en tanto la normalidad; lo estándar; lo estadísticamente mayor.
No es solamente que el verso demuestre que a falta de vista el tacto se fortalezca. Como dije, viene desde una perspectiva amorosa. Es una cuestión de asombro que el poeta enfatiza. Huidobro queda pasmado frente a eso que no es como él, pero no lo rechaza. De hecho, todo lo contrario, celebra la diferencia. Así, espero que este, y los demás textos de la semana, les permita incluir estas nuevas perspectivas fuera de lo normal pero necesarias para una mejor convivencia.
Este texto solamente sirve para introducir el tema, pero a partir del 3 de mayo en adelante los textos que se publicarán en esta semana en la revista de Tierra Adentro dejarán claro la importancia de la diversidad. Cada uno de los autores de dicha semana han tenido que lidiar con la mencionada normalidad para abrirse paso en este mundo no hecho para ellos. Desde los obstáculos puestos por su, incomprendido, padecimiento hasta el rechazo de seres cercanos que no aceptan su diferencia.
Empezamos con Vidas paralelas de Zel Cabrera, donde se manifiestan dos perspectivas ante su desarrollo, una con parálisis cerebral y la otra sin ella. Luego, seguimos con Nunca tuve un paraíso que perder de Valentín Eduardo, que le escribe a los que lo rechazaron por su enfermedad. Después, Nadie sabe lo que puede un cuerpo de Ludmila Abril, que explora la creación artística junto con su parálisis cerebral. Y finalmente, Caminar de Brenda Isela Vázquez, sobre las dificultades de aprender a caminar. Cada uno de los textos, incluyendo este, están ilustrados por Eduardo Trejo.
El origen exacto del reggaetón, acaso como el de todo lo conocido en el universo, se desconoce y varía dependiendo de quién lo cuente. En algún momento de 2005, el Miami New Times reconocía a Daddy Yankee como el artista que llevó al reggaetón al siguiente nivel, luego de que Gasolina fuera un éxito total (su artículo se tituló, a propósito, «Who’s Your Daddy?»). Pero desde mucho antes, El General, Nando Bloom, Renato y Chicho Man ya estaban en Panamá mezclando y remezclando música, traduciendo reggae al español; al mismo tiempo, en Puerto Rico, Vico C, Tego Calderón y Big Boy estaban rapeando en ese mismo idioma y organizando fiestas en las que durante toda la noche, según una teoría casi conspirativa, imitaban maratones de reggae (maratón + reggae) que bautizaron como (=) reggaetón. Otra mezcla sobre mezcla.
A principios de los 90, en países caribeños se escuchaban «playeros» (nombre que adoptaron por DJ Playero, productor musical y su primer autor), que eran casetes clandestinos —porque se hacían, digamos, artesanalmente— con canciones de reggae y rap. Imagino que debieron existir al menos cientos o miles de ejemplos así, sobre todo porque era una manifestación de que en las periferias estaba ocurriendo algo lejos de los prejuicios de la clase media urbana y centralizada.
Muchas personas cuestionaron la verdadera raíz de la palabra y, por tanto, la forma correcta en que debía escribirse: reguetón, regueton, reggaeton o reggaetón, pasaron a ser la base de múltiples debates académicos y no académicos, sobre la «verdadera» palabra. La correcta, la superior, la que estaba «bien». Como si importara. Por un lado, el Diccionario de la Real Academia Española estableció que se debe escribir reguetón, y añadió que se trataba de música con un estilo recitativo y un ritmo sincopado, caracterizado por ser una sucesión de notas musicales que originan un movimiento contrario al orden natural y que va a contratiempo. Por otro, el tesoro lexicográfico de la Academia Puertorriqueña de la Lengua Española lo reconoció como el género musical creado en Puerto Rico y Panamá con elementos del reggae, así que lo correcto, para el tesoro, es que debía ser reggaetón.
Aunque el consenso académico nunca llegue a un acuerdo, la forma en que lo llamemos individualmente responde a prácticas políticas en las que reconocemos las particularidades del contexto en el que se utiliza: el reggaetón es música subversiva y con potencial revolucionario.
Tego Calderón, reggaetonero, convirtió su carrera musical, iniciada en 1996, en una especie de activismo. Fue de los primeros en tratar temas políticos y sociales contra el gobierno de Puerto Rico, en denunciar hechos de corrupción —nada inusuales— en sus letras: tú te crees que metes cabra porque ladra cuando habla, he visto muchos como tú y a to’ se les ha ido la guagua. Al mismo tiempo hablaba de amor, de perreo y plasmaba reflexiones acerca de ciertas experiencias personales.
Eddie Dee (co-escritor de Gasolina), por ejemplo, no dejó de denunciar la discriminación y el racismo: muchos me miran como si yo fuera un tipo sin arreglo, como si nunca antes hubieran visto un negro, como si fuera un delincuente, como si con el lápiz y con mi libreta yo matara gente. De hecho, el reggaetón también sirvió para resistir frente a la criminalización que funcionarios del gobierno enarbolaban como parte de una guerra estúpida contra la violencia derivada del narcotráfico. Como si reggeatón y narco fueran lo mismo.
Residente, siguiendo los pasos de Calderón, utilizó el reggaetón para hablar de los contrastes que había encontrado en un viaje que realizó a Sudamérica. No por nada, después de la fiesta, con Calle 13 vinieron los reclamos, el enojo, la sinceridad: soy el desarrollo en carne viva, un discurso político sin saliva, las caras más bonitas que he conocido, soy la fotografía de un desaparecido, la sangre dentro de tus venas, soy un pedazo de tierra que vale la pena.
Si el reggaetón sólo comenzó a ser nombrado cuando se transformó en éxito, lo sucedido con Daddy Yankee fue apenas el acercamiento que tuvimos hacia la vida de una otredad que las clases privilegiadas no entendían en sus dinámicas, en sus expresiones, en sus formas de ser. Y aún así, cuando un periódico estadounidense en Miami, ciudad donde la migración latinoamericana es abundante, el reggaetón tuvo «derecho» a ocupar un espacio en las burbujas del privilegio pero con restricciones, con condiciones a firmar casi porque no había de otra. Era eso o nada, era eso.
El reggaetón de aquel entonces no era tan distinto al que escuchamos hoy: las letras remitían a situaciones violentas, al barrio, a las clicas, al racismo, a seducir mujeres, a cogérselas, y quienes lo producían generalmente se identificaban como pobres, negros o mulatos. Por ejemplo DJ Negro que, junto con Playero, fue uno de los primeros en remezclar cumbias, salsas, rap y reggae con dancehall. Esas mezclas hoy pudieran ser conocidas como un tipo de electrocumbias, por decir lo menos, pero que en su momento fueron un proto-reggaetón. Después, el mismo DJ Negro logró recopilar en The Noise distintas mezclas en las que voces como Baby Rasta y El Gringo comenzaron a sonar.
En aquel entonces no existía una relación entre la producción de canciones reggaetoneras y el pago millonario de grandes productoras. Incluso en los países caribeños donde surgió, el reggaetón era despreciado por quienes no lo entendían, porque venía de lugares casi inhóspitos, zonas grises donde nunca ocurre nada que nos interese. Como sucede con todo lo desconocido, primero hay que rechazarlo, asumir su inferioridad y luego, cuando compruebe su (poco) valor ante el gran capital, explotarlo. En Puerto Rico, Panamá y Jamaica los vínculos musicales estaban estrechamente relacionados con las migraciones para trabajar en la construcción del Canal de Panamá y con las migraciones a Estados Unidos, Miami o Nueva York, el reggaetón tuvo la oportunidad de superar aquellas fronteras imaginarias. Pero no había nada que superar. El contexto xenófobo no concedía que este tipo de música pudiera llegar a países ricos, avanzados, desarrollados (y demás clasificaciones inútiles), porque implicaba aceptar que en la migración están todas las respuestas.
Los otros, los de fuera, los desconocidos. Ellos fueron los que, estando en otro lugar fuera del centro, no importa cuál, produjeron lo que hoy llama la atención, lo que vale, lo que vende. Los otros, parecen distintos pero hacen lo mismo que nosotros, viven igual que nosotros; los de fuera, a los que nunca dejamos entrar a nuestros espacios porque había una diferencia irremediable, irreconciliable, que jamás estaríamos dispuestos a reconocer y primero viene la exterminación, la borradura, el olvido; los desconocidos, no, mejor los incomprendidos, aunque fuera nuestra culpa no saber lo que estaban diciendo, cantando, perreando, mejor utilizamos el poder para hacerlos callar y no encarar lo que nosotros nunca hemos podido enunciar, nos convertimos en dictadores listos para desplegar el ejército de las buenas costumbres y la policía de la buena moral.
Los renombramos extraterrestres, aliens de la cultura musical, de la cultura en general; como no podemos descifrar su lenguaje: sucio, rápido, volátil, grotesco, punzante, grosero, mejor decir que era de otro planeta. Y lo era, lo es y no quisimos hacerle caso. No supimos escuchar.
Porque le dimos al clavo, así nació este proyecto entre Diego Beyró y Amado Cabrales. Ambos creen en la necesidad de congregación a través del arte. Y qué mejor manera que una nueva propuesta artística creada por ellos y llevado a la realidad. Aunque ambos tienen sus proyectos personales, han tenido la oportunidad de trabajar juntos en proyectos pasados y concordaron que llevarían a cabo este movimiento. Y el propósito es reducir la brecha, que se hace cada vez más grande, entre el artista y el público.
Diego Beyró: foto por Ricardo Ganem
Aquí en Tierra Adentro tuvimos la fortuna de entrevistar a Diego Beyró y Amado Cabrales, organizadores del movimiento artístico con 31 espacios que se llevará a cabo a partir del 30 de abril hasta el 2 de mayo de 11am a 7pm en Casa Versalles 113, Colonia Juárez, CDMX con un costo de entrada de 150 pesos. También entrevistamos a Juan Pablo Ramos, autor de TKM nunca cambies: Sensibilidad kitsch en el arte mexicano actual, que muestra varios artistas kitsch, una tendencia reciente, que serán parte de dicho movimiento.
¿Por qué es un movimiento y no una feria? Ambos organizadores nos dieron sus razones: primero, nos contaron sobre la importancia de relacionarse con los espectadores. Para eso, el arte contemporáneo que se mostrará en el movimiento tendrá una cualidad interactiva. Es decir, los espectadores se van a encontrar inmersos en la situación de ese momento mientras ven las obras de arte en la instalación. El recorrido no ha sido establecido en estos momentos porque Diego y Amado quieren que el camino sea parte de la experiencia a recibir.
La organización de dicho evento se ha hecho de tal manera que rompe con la forma tradicional, vertical y jerárquica. Dicho de otro modo, el movimiento se constata de proveer a cada artista y cada obra la misma importancia entre ellos. Es una visión horizontal que determina a los artistas como colaboradores y no solamente como invitados. También cabe recalcar que Amado y Diego proponen, como debería hacer cualquier curador, apoyar a estos artistas emergentes para proporcionarles mayor visibilidad y oportunidad.
Amado Cabrales
Ahora, seguimos frente a una pandemia que ha durado ya bastante tiempo, pero los organizadores no ven esta limitante como un problema. Al contrario, han tomado esta situación para que el público tenga una convivencia de uno a uno frente a los artistas y las obras que van a presentar. Dicho esto, la colaboración de Juan Pablo destaca por convertirse de un artículo a la presentación que veremos de los artistas mencionados más otros adicionales que pertenecen a lo kitsch.
Tras platicar con Juan Pablo, nos queda claro que la sensibilidad kitsch es la tendencia actual; por lo menos en México. También ha estado presente en su vida personal a través de los años. Nos contó que lo kitsch al principio tenía una connotación negativa, pero se ha convertido en lo que veremos ahora en las exposiciones de Clavo.
¿Qué es lo kitsch? Juan Pablo lo define como todo artefacto que incite a la ternura o a la emoción. Lo kitsch toma lo popular y lo convierte en una obra nostálgica o irónica. Un claro ejemplo son los memes que vemos todos los días en redes sociales. El kitsch tiene su raíz en los recuerditos (souveniers) que rememoran, en este caso, situaciones desde una perspectiva humorística y popular.
Queda claro que el movimiento mencionado tiene un elemento interactivo, por lo que, a partir del 30 de abril, veremos no solamente obras plásticas, sino también performances como el de Brooke Diamond (drag queen de Iztapalapa) a las 6 de la tarde. En este movimiento estaremos en contacto directo con el arte contemporáneo mexicano que critica la sociedad en la que hemos vivido mientras propone un cambio de perspectiva con su humor e interactividad.
En los próximos días se cumplirán 10 años de la muerte del líder terrorista, Osama bin Laden (1957-2011), sin embargo, es preciso hacer un recuento de su vida para ubicar a un personaje tan polémico en el S.XXI y establecer por qué su relación con EEUU, el terrorismo internacional y su impacto en el mundo contemporáneo lo llevaron de ser una figura aliada al ejercicio unipolar hegemónico estadounidense al final de la Guerra Fría, a una de carácter repudiable y constituyente del gran enemigo universal en los últimos tiempos: el terrorismo religioso radical.
Bin Laden el activista
Nacido en Riad (capital de Arabia Saudita) en 1957, dentro de la extensa familia (54 hijos) fundada por Mohammed bin Laden, constructor proveniente de Yemen que logró desarrollar de manera exitosa su empresa, logrando establecer vínculos satisfactorios con la familia real Saudí, por medio de préstamos que fueron correspondidos por los últimos mediante contratos de construcción, que volverían a la familia bin Laden una de las más ricas de la región.
A pesar de quedar huérfano de padre a los 10 años, Osama pudo incorporarse a la empresa familiar y participar de las ganancias de ésta, no obstante, no ocuparía estos recursos para derrocharlos en lujos ni fatuidades, sino que aquellos irían a parar a una misión mucho más elevada y loable a ojos de este personaje: la construcción de un movimiento político religioso basado en el islam militante1.
Aquella oportunidad se presentaría en 1979, año de suma importancia para el despegue del islam político junto con su posterior radicalización. A este respecto, dos eventos marcarían la pauta de desarrollo, por un lado, la Revolución Islámica de 1979 en Irán2 y por otro la Invasión soviética de Afganistán (1979-1989), ésta última representó para bin Laden la plataforma ideal para realizar sus aspiraciones político-religiosas de unificar al mundo islámico contra uno de sus grandes enemigos (junto con EE. UU.), la URSS.
Es así como al calor de dicho conflicto, no solamente esta figura comenzaría el apoyo y organización de soldados (llamados Muyahidines) miembros de grupos guerrilleros también financiados por Washington junto con el grupo Talibán, para combatir la república secular establecida y apoyada militarmente por los soviéticos hasta 1989.
El triunfo islamista en Afganistán posterior a la retirada soviética en 1989, convirtió a bin Laden en una figura relevante dentro del movimiento político islámico posterior al fin de la Guerra Fría, generando simpatías en otros países del Medio Oriente y con población musulmana fuera de él que experimentarían la influencia directa o indirecta de EEUU, y de igual forma cimentó las convicciones personales de Osama respecto a su futuro como líder político dentro de la organización política que previamente había fundado en Afganistán, nos referimos a Al-Qaeda (la base).
Esta organización, nutrida ideológicamente por el Salafismo3 y el Wahabismo4, creada en 1988 se volvió para bin Laden el centro de reclutamiento para los guerrilleros combatientes contra el ejército soviético en Afganistán, pero posterior al término del conflicto, se volvería la plataforma de adscripción y coordinación de células y miembros terroristas encaminados a atacar a todos los gobiernos y Estados contrarios a sus preceptos político-religiosos.
Pronto así, Al-Qaeda se encontraba exportando soldados desde Bosnia (en plena desintegración yugoslava) hasta Chechenia (en pleno combate con el debilitado y recién formado ejército ruso), además, hacia fines de los años 90 y principios del 2000, el liderazgo de la organización comenzaría a ensayar ataques terroristas en diversas partes del mundo que culminarían con el ataque al centro financiero de Manhattan el 11 de septiembre de 2001.
Desgraciadamente, diversos elementos ayudaron a alimentar la idea de bin Laden y Al-Qaeda respecto al éxito político de los ataques terroristas, uno sería la incapacidad de los servicios de inteligencia estadounidenses (y de muchos otros países en ese tiempo) de detectar con anticipación suficiente los planes de ataque y su consecución; y otro sería la sobreexposición mediática5 de la nueva figura “maligna” de Osama como sustitución a la amenaza comunista para justificar las intervenciones y aventuras militares estadounidenses en el exterior.
Así, con un bin Laden convencido en sus ideales y un Al-Qaeda funcional, desde mediados de los 90, su actividad terrorista mundial comenzaría a despuntar. El 7 de agosto de 1998 se realizaron ataques bomba contra las embajadas estadounidenses en Kenia y Tanzania, causando la muerte de 301 civiles y más de 5000 heridos; y para el 12 de octubre del año 2000, terroristas lograrían dirigir un ataque exitoso contra un destructor del ejército norteamericano causando su zozobra a no ser por la rápida intervención del capitán. Lo anterior sin duda atrajo la atención del gobierno federal en la Casa Blanca, no obstante, seguiría el poco interés de monitorear y establecer como objetivo la eliminación de aquella amenaza terrorista por su carácter menor.
Sería hasta los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 que todo ello cambiaría, luego del secuestro de aviones comerciales que tenían ruta interna en el territorio estadounidense (y cuyos controles de seguridad poseían una laxitud menor a los internacionales), los perpetradores afiliados a células de Al-Qaeda dirigieron la ruta para impactarlos hacia el WTC de Nueva York, el Pentágono, la Casa Blanca y el Congreso estadounidense, librándose éstos últimos dos edificios de daño pues los pasajeros lucharon contra los terroristas y derrumbaron los aviones antes de llegar a su blanco.
Luego de 10,000 MDD de daños materiales, más de 3,000 personas fallecidas y 25,000 heridos, el gobierno de George W Bush (2000-2008) experimentó la terrible realidad y seriedad con la que bin Laden y su grupo iban en contra de la yihad (guerra santa) contra el “imperio del mal”. A partir de ello, la realidad internacional y la dinámica de muchos Estados modernos6 no sería la misma.
Bin Laden el enemigo #1 de Estados Unidos
La respuesta ante dichos ataques por parte de Washington no se hizo esperar, comenzaría la llamada “guerra contra el terror” que tendría como principal área de objetivo todo el Medio Oriente, en primer lugar, en 2001 la campaña contra el gobierno encabezado por el Talibán en Afganistán (lugar donde supuestamente residía bin Laden desde entonces) sería derrocado y establecido un gobierno civil apuntalado por el poder militar extranjero (muy similar al problema nacional de 1979).
En segundo lugar, para inicios del año 2003, Estados Unidos contrario a las convenciones del Consejo de Seguridad de la ONU, invadiría Irak bajo el pretexto de eliminar la amenaza que representaba para ellos la posesión de armas de destrucción masiva por parte gobierno de Saddam Hussein (1979-2003), y un supuesto apoyo a la actividad terrorista de Al-Qaeda en la región7.
Aparte de las campañas militares encabezadas por EE. UU., sus organismos de seguridad designarían a Osama como uno de los objetivos principales de captura para avanzar hacia el triunfo en la lucha contra el terrorismo mundial, y así se lanzaban el FBI, la CIA y el ejército norteamericano a la caza de uno de los personajes más buscados por la justicia en el S. XXI, llegando a ofrecer hasta 25 MDD por información que lograra su arresto.
Mientras tanto, bin Laden no cesó su actividad político religiosa y planeación de ataques contra occidente, ello mediante publicación de comunicados, audio casetes y videos en los cuales pugnaba por una reforma al Islam y la implementación de la Sharia en todos los países musulmanes para combatir la corrupción secular y diabólica de EEUU y sus aliados.
De igual forma, los ataques terroristas continuarían de manera activa durante la primer década del año 2000. De los cuales destacan el realizado el 12 de octubre de 2002 en Bali, Indonesia contra turistas extranjeros (su mayoría australianos) que resultarían en 202 muertos y numerosos heridos; en 2003 ataques bomba se realizarían en Londres y Estambul, y para 2004 España sufriría uno de los peores atentados en su historia al explotar diversos explosivos en el tren de Madrid y junto a ello también contamos los ataques contra una escuela rusa en Beslán (Osetia del Sur)8.
Entrada la segunda década del 2000, la actividad terrorista internacional disminuyó, en buena medida gracias a todo el reacondicionamiento que exigiría EE. UU. a todos los gobiernos en cuanto a normativas de viaje internacional, pero también al temor y demanda social que hicieron los ciudadanos a sus respectivos países (especialmente en Europa occidental) en contra del terrorismo islamista.
Lo anterior también tendría como resultado la localización y elaboración de la misión para capturar a bin Laden por parte de la CIA, la NSA (Agencia de Seguridad Nacional) y el ejército, quienes darían con su paradero a principios del 2010 y comenzarían a planear la misión para su captura (llamada “Tridente de Neptuno”). Posteriormente, para mayo de 2011 un equipo de Navy Seals (equipo de élite de la marina estadounidense) junto con el apoyo aéreo de un helicóptero y la agencia de seguridad paquistaní lograrían asediar el conjunto fortificado en el cual se hallaba bin Laden y asesinarlo al resistirse a su captura.
Ello fue comunicado de manera oficial por el presidente Barack Obama (2008-2016) el 1º de mayo de 2011 en un mensaje televisado a toda la nación estadounidense, la noticia pronto se hizo mundial y el hombre más buscado terminaría sus días en una tumba submarina clasificada, para evitar la transformación de su sepulcro en un lugar de peregrinaje y adoración extremista religiosa9.
El terrorismo mundial después de bin Laden
Con la muerte de su líder y principal apoyo financiero, la actividad de Al-Qaeda en el mundo se redujo, más no la generación de un nuevo grupo, pues el Estado Islámico (daesh) surgiría como reemplazo en la cruzada terrorista internacional, lograría apoderarse de partes importantes de Irak y Siria en términos energéticos y monetarios entre 2014 y 2015, y desataría una nueva oleada de ataques terroristas hacia el territorio europeo y estadounidense.
Esto último constituye una amenaza nueva por parte de cualquier grupo terrorista conocido hasta el momento (a excepción del separatista en Chechenia entre 1996 y 1999), pues jamás un grupo de aquella naturaleza había controlado un territorio tan amplio como gobernante de facto en diversas ciudades iraquíes y sirias.
Además de ello, el grupo terrorista se adjudicó numerosos nuevos ataques mientras la coalición liderada por EE. UU. y Rusia contra dicho Estado Islámico en Siria e Iraq durante 2014 y 2015, destacando los de Paris en 2015, Niza en 2016 y en Manchester en 2017 durante un concierto de pop, lo cual generó una nueva ola de repudio internacional contra el terrorismo, sólo que esta vez no era encarnado por una figura sino una organización en general.
Más allá de ello, esta nueva configuración respecto al terrorismo internacional no hubiera resultado de la misma manera sin lo desarrollado previamente por bin Laden en cuanto a ideología, planeación de ataques y construcción de la narrativa anti-estadounidense y occidente, y que se alimentarían para obtener adeptos, de décadas de intervención de dichos países en Medio Oriente, así como la negativa a aceptar las propias configuraciones, políticas, sociales y religiosas por oponerse a las concepciones modernas y heredadas de Europa de libertad, gobierno y el papel del Estado en la vida del individuo.
Como efecto de esta amenaza contemporánea iniciada por Al-Qaeda y Osama desde el despunte del nuevo milenio, también se ha suscitado una nueva configuración geopolítica en el mundo, en la que hasta ahora, mantiene como principal foco de tensión internacional de las potencias militares neo imperiales (EEUU, Rusia y China) y regionales (Israel, Irán y Arabia Saudita) a todo el Medio Oriente bajo el pretexto de la lucha contra el terrorismo, su fomento cubierto hacia conflictos locales (como el caso de las Guerras Civiles en Siria o Yemen).
Lo cual tiene como efecto secundario el continuo ejercicio presupuestal de gasto militar con fines económicos (para EEUU) y de reposicionamiento (para Rusia), pero también por resultar toda esta zona (del Medio Oriente) en conjunto de suma importancia para la maquinaria económica, manufacturera y comercial del mundo, pues los países que lo conforman poseen el 32% de la producción total del petróleo en la actualidad y casi el 50% del total de reservas mundiales de tan vital recurso natural10.
Con esto último llegamos a la conclusión, en la que es preciso mencionar que si bien se han dado avances orientados por parte de los países hacia el combate al terrorismo en el Siglo XXI, es necesario considerar que muchos de los problemas emanan en buena medida de las políticas exteriores de ciertos países que dadas sus concepciones geoestratégicas estatales, en las que el daño y perjuicio que sus acciones pueden acarrear a terceros (invasión por lucha contra el terrorismo) muchas veces puede tener efectos contrarios a los que se dese combatir (fortalecimiento del sentimiento anti estadounidense y apoyo al movimiento terrorista insurgente local), generando un círculo vicioso de violencia y muerte para ambos bandos, y el aplazamiento de verdaderas soluciones integrales a tan complejo problema.
Fuentes consultadas
Jalata, Asafa, Phases of Terrorism in the Age of Globalization: From Christopher Columbus to Osama bin Laden, Palgrave Macmillan, EEUU, 2016.
Scheuer, Michael, Osama Bin Laden, Oxford University Press, EEUU, 2011.
Bari Atwan, Abdel, The Secret History of Al-Qaeda, Saqi Books, Líbano, 2012.
Mockaitis, Thomas R., Osama Bin Laden: A Biography, Greenwood, EEUU, 2010.
Sé que has estado triste, quizá incluso lo estés ahorita.
¿Lo estás?
Ven, deja te doy un abrazo.
Cuando estoy bajoneado me gusta hacer muchas cosas: escribir, escuchar música o jugar videojuegos.
¿Alguna vez te ha pasado que estando chale escuchas música más chale y curiosamente te sientes bien? Esto se llama catarsis.
Según Aristóteles, la catarsis es la facultad de la tragedia de redimir al espectador.
Te preguntarás: ¿qué tiene que ver Aristóteles con los videojuegos?
Pues wacha, ah, no, aguanta, te preparé una playlist, por si quieres escucharla mientras estás aquí:
Ahora sí, ¿a qué íbamos?
Nirvana: el constante renacimiento
Un elemento muy extendido en los videojuegos es la muerte; tu personaje (tú) vale(s) quiote una y otra vez hasta que le agarras la onda a los controles y mecánicas.
Recuerdo pasarme horas intentando matar a los jefes de Dark Souls; en este juego, en un momento estás bien Agustín de Iturbide, pasando por un puente, hay una vista bien chida, ay, qué bonito páj…¡Zaz!, una madresota te cae encima, mientras la pantalla se oscurece y aparecen en rojo las letras “You Died”, alcanzas a ver que lo que te aplastó es un Demonio de Tauro, uno de los primeros jefes (que después se volverá un enemigo común), resucitas en la hoguera, vuelves otra vez al puente, esquivas al Demonio, le das dos que tres madrazos, ahora sí, te la va a… ¡ay, no!, de un ataque especial con su martillo ya te bajó toda la vida.
Esto no solo pasa con los jefes, el entorno es un escenario vivo en el que tienes que aprender a sobrevivir, en un descuido hasta el minion más débil puede darte en la torre; no llevo la cuenta de cuántas veces vi esa pantalla de derrota: “You Died”, “You Died”, “You Died”, “You Died”, “You Died”, “You Died”, “You Died”, “You Died”, y, aún así, ahí estaba, chingándole hora tras hora frente al Nintendo, como le dice mi abuelita; porque cada vez que lo intentaba otra vez, tenía más herramientas, para, en algún momento, rifármela.
La satisfacción de vencer es lo que hace a Dark Souls tan gratificante, no importa cuántas veces mueras, el fruto de tu esfuerzo está esperándote al final del camino; esa espada mágica que tanto querías, oro, pociones, armadura, o hasta el simple gusto de disfrutar un atardecer virtual desde el puente donde le partiste su máuser a ese hijo de su ay qué horror.
Según el budismo, los seres vivos pasamos por un ciclo de renacimientos y sufrimiento (Duhkha), este dolor es necesario para aprender y seguir avanzando a través de la existencia.
Para esta doctrina, la liberación del Duhkha llega con el Nirvana, el cual, además de ser un grupo noventero de grunge, es un estado de liberación e iluminación alcanzada mediante la meditación y el autoconocimiento; casi como cuando terminamos un videojuego.
Deja que duela
Está bien estar triste, desesperadx, enojadx, etc.
Los sentimientos no son malos, es normal sentir, ¿de qué otra manera podríamos disfrutar los buenos momentos si no hay un contraste? Lo peligroso es quedarse hundidx en el sufrimiento, y para evitar esto, tienes que conocer tu dolor, no lo evites, hazle cara, dile qué onda, cómo ha estado, siéntelo, es tuyo, eres tú.
En los videojuegos la frustración es normal, hay cientos de videos de gente gritándole a la pantalla, como video del niño alemán enojado que voy a poner aquí porque me dio mucha risa asjajkajs.
Sin embargo, si no perdemos partidas, si no sufrimos con el juego, no aprenderíamos del mundo en el que se desarrolla, y de nosotros como jugadores/personajes. Y la victoria final no sería tan gratificante como suele serlo
No estás solx
Y, si el dolor/juego es demasiado fuerte/difícil para ti, siempre existirán aquellos que te ofrezcan una mano.
Me mama World of Warcraft, un MMORPG en el que interactúas con otros jugadores para hacer misiones, mazmorras, comerciar, etc.
En una etapa muy chale de mi mente, me gustaba conectarme casi todo el día a WoW. Un día, a punto de entrar a una mazmorra, me puse a platicar con uno de los miembros del grupo: Xdraven (saludos, donde quiera que esté el compita, buena onda el wey), quien había pasado por algo similar a lo que yo sentía. Después de un largo coto salí de la mazmorra con nuevos ánimos y consejos para lidiar con el duhkha, aka ese pinche embrollo mental que a veces no deja en paz.
Si alguna vez te sientes solx con tu dolor, consume arte, lee, escucha música, juega videojuegos; haz catarsis, y, si en tu viaje de vida te pasas por Azeroth, Hyrule, Minecraft o cualquier otro mundo en código binario, recuerda que puedes encontrar amigos con quiénes luchar en las aventuras que se vienen.
Hablar de una tradición tan nutricia como la poesía hecha por mujeres latinoamericanas, sin duda es embarcarse hacia una historia lo suficientemente fuerte, palpitante y embriagadora como para comprender cómo hasta el día de hoy, donde la emergencia nos hace resguardarnos y esperar —como el resto— que esto termine, la violencia sigue depredando los miles de cuerpos que forman una dolorosa cartografía latinoamericana. Toda la región es una fosa, y la violencia siempre encuentra su forma de hacerse visible, de dejar un vacío: una silueta en las fotos familiares, en los relatos de las amigas, una hendidura que una y otra vez nos recuerda que el dolor ante la perdida, de alguna forma, nos une. Es un fluido que recorre desde el sur hasta la frontera norte, uno que se hace río pero que no deslava la voz, por el contrario, a ésta la vuelve potente, se resignifica desde el enclaustro hasta blandirse con el grito y la digna rabia de quien debe preservar la memoria de aquellas a quiénes les han arrebatado la vida. Las mujeres no parten. Ya sabemos que nos matan, silencian, ese otro cuerpo colmado de violencia: el heteropatriarcado tensa —a veces hasta romper— toda clase de hilos que tejemos para sostenernos, sea en forma de relaciones, en forma de libro, en relatos que a veces se salvan y se transmiten, otros se van con los cabellos y el cuajo donde ha quedado impresa la imagen de su perpetrador.
Las mujeres nos escribimos y narramos en primera persona las tensiones que históricamente se ligan a nuestro género. Todos los ciclos y de repente en el siglo XX se hace irreemplazable el momento de exponer el cuerpo, de hacerlo nuestro de manera colectiva, para que todo el mundo vea cómo nos apropiamos de nuestra mirada y nos hacemos sujetas históricas. La tradición es vasta, se engrosa a cada momento con los encuentros de aquellas quiénes quedaron ocultas. Con seguridad, el proceso de escribirse sostiene todo aquello que queda invisible e insonoro ante la gran masa, ante el agobio de las condiciones que anulan la vida una y otra vez. Dice Diana del Ángel que “volver a la poesía es también volver a la vida” y en nuestro país el cuerpo femenino se inscribe ya desde su propia complejidad en poetas como Rosario Castellanos, Dolores Castro, Margarita Michelena o Enriqueta Ochoa; cada una de ellas sostienen las coordenadas precisas para comenzar a rastrear el inicio de la palabra contemporánea, un sonido que lleva generaciones sosteniendo un largo conversatorio sobre la experiencia no de ser mujer, sino de la herida que se hace cuerpo mediante el ritmo y la escritura.
Es difícil explicar si ese río que corre por la hendidura honda e infinita va de sur a norte o de norte a sur, pero pensemos que viene desde el sur, que su caudal se aloja entre las cordilleras, que el sonido del agua se hace intenso porque está compuesto también de coros cuyos cuerpos fueron suprimidos. Como en el caso de las voces acalladas durante las dictaduras al sur de nuestra región, del constante acoso y devastación indígena y de las continuas luchas en Centroamérica. Pensar en la poesía latinoamericana escrita por mujeres irremediable es pensar en la historia de la violencia, como lo expone Sandra Ivette González: “Pensar en el análisis de la configuración de la violencia en la poesía escrita por mujeres dentro de los países en dictadura, específicamente en Chile y Argentina, implica pensar en la historia de la violencia contra las mujeres. Y a la vez pensar en la construcción, representación y estigmatización de los cuerpos de las mujeres. (González, 2020:23)”.
Si lo analizamos detenidamente, la escritura hecha por mujeres se compone de dos elementos que dialogan —discuten incluso— en torno a la complejidad, no de ser mujer, sino de nombrarse como tal en un contexto que se niega todavía a mirarnos, a dejarnos vivir. Estos dos elementos: cuerpo y escritura suponen universos donde la experiencia deviene rasgadura, herida, hendidura por donde la voz se abre paso, siempre a contracorriente. Es la escritura aquello que da una casa, una sombra a la cual asirse ante el inclemente sol que no trae sino una sequía donde no se ven sino los restos de quiénes nos muestran el mapa yermo. Por eso la escritura como un acto siempre móvil, se compone del constante movimiento de la corporalidad; quienes escriben no lo hacen desde la contemplación vana, sino desde el ir y venir, con el viento quebrado corriendo allende la llama poética, para romper el silencio, como ya lo sentía Dolores Castro en el siguiente fragmento de “Cantar”, que corresponde a su poemario Cantares de Vela de 1960:
[A CABEZADAS ROMPO ESTE SILENCIO]
A cabezadas rompo este silencio.
Rumia tinieblas
mi boca terca.
Porque terca es la luz que rompe,
el agua que rompe
mis ojos arrasados,
donde la oscuridad
levanta y quiebra.
A cabezadas rompo este silencio
como la gota terca
de cabeza contra la roca
donde la sombra ahonda
cada vez con más fuerza.
A cabezadas rompo este silencio
porque terca es la sed.
Y yo, bajo la tempestad,
estoy sedienta.
Es la sed lo que acrecienta el río, no de venganza —puede leerse o percibirse de esa forma, pero no lo es todo—, sino de los años sin ser nombradas, de los innumerables tratados, investigaciones y peroratas de quienes han escrito la historia, la fábula heteropatriarcal. Joanna Russ en su libro Cómo acabar con la escritura de mujeres, advierte que, a lo largo de la historia, la experiencia masculina siempre se ha considerado más interesante, mientras que la femenina es menos representativa, visión que puede —lo hace— distorsionar la lectura de una obra. “La experiencia femenina no solo se considera menos amplia, menos representativa, menos importante, que la experiencia masculina, sino que incluso el contenido de las obras puede distorsionarse según se piense que el autor es de un sexo o de otro.” (Russ, 2018:84) Pero ¿qué conspiran estas mujeres? ¿Será que apenas un siglo de estar en pie y no les alcanza? ¿Por qué leer mujeres? ¿Qué les ocurre cuando escriben? No es gratuito que además del cuerpo, pensemos en el agua como ese elemento vital que nos une y nos constituye biológica y poéticamente. La sal, el agua y aquello que la tiñe se unen a esa fuerza que ha sido capaz de romper las fronteras, más allá de que compartamos una lengua, compartimos esos fluidos, como se observa en el siguiente fragmento de la entrada del diario de Alejandra Pizarnik, del 1 de agosto de 1962:
Por instantes un grito ronco de alguien a quien estrangulan. Por instantes un ruido de mil uñas detrás de las paredes (quién quiere salir, quiénes están amurallados en mi casa). Por instantes sonidos de agua cayendo en desorden, de agua hirviendo, de agua lejana, de agua imbebible. Oh mi sed. Mi sed hecha de mi vida. Mi sed que me representa, que vive en mi lugar. No me abandones. No sé lo que digo pero no me abandones. (Pizarnik, 2014: 541)
Lo que le ocurre más allá de desplegar la experiencia corporal es situarse en realidad mediante su deseo. Para Hélène Cixous el motivo de poner el cuerpo se proponía mediante la respuesta del gozo. ¿Qué es goce femenino, dónde tiene lugar, cómo se inscribe a nivel de su cuerpo, de su inconsciente? Y, ¿cómo se escribe? (Cixous, 1995: 41) En medio de las reflexiones sobre cómo se escribe ese goce se sostiene del hartazgo que el silencio ha producido en las escritoras latinoamericanas. Este cuerpo silente de pronto se expone, grita y se retuerce para dejar de ser una carne, se acuerpa. Definitivamente, hablarlo de esta forma corresponde a una manera de hacer política, ese universo femenino tan bien delineado por Rosario Castellanos se modifica desde el momento en que ella y todas lo describen, hacen suya la experiencia de tener una conciencia política —al nombrarse socialmente— y una estética que rompe con aquellos elementos que tradicionalmente sostenían lo femenino, como lo era la pasividad e incluso el amor violento. Por ello podemos hablar de que al encuerparse se habla definitivamente de una resistencia —el agua que rompe—, y que necesariamente transgrede, como lo expone Sandra Ivette González:
La expresión “poner el cuerpo” adquiere otro sentido cuando hablamos de cuerpo de mujeres embutidos de significados tradicionalmente femeninos: pasividad, quietud, no violentos, poner el cuerpo implica entonces interrumpir los discursos tradicionales, encarnar otras formas de ser mujer […]Los periodos dictatoriales fueron épocas de violencia extrema contra los cuerpos, como parte de una apuesta por des-carenar, por anular personas, por hacer desaparecer. Las mujeres, con siglos de historia de represión sobre sus cuerpos, encarnaron la resistencia, la transgresión y la transformación; pusieron el cuerpo en las calles y articularon formas de pensar el cuerpo ausente. (González, 2020: 100)
Hablarlo tras procesos de violencia, no sólo implica pensar a la poesía poéticamente, sino el cómo el cuerpo se vuelve además de colectivo una experiencia que puede ser contada por diversas voces, pero cuya matriz será siempre la misma, porque necesariamente estas experiencias nos atraviesan, no de la manera artificial como cualquiera puede afectarse frente a la muerte, sino porque al abrirse la experiencia, cada una la resignificamos en nuestra piel, la región se vuelve cuerpo-territorio uno donde lo mismo se reconoce el goce, pero también el miedo al exterminio. Es ahí donde se abre igualmente el reconocimiento de los privilegios y en términos feministas de una organización por y para las mujeres que sostenga el cúmulo de voces representados contemporáneamente en la cuerpa.
Frente a la siniestra tradición de la violencia, del silenciamiento, exterminio y la denuncia de las poetas latinoamericanas contemporáneas, se plantea como una exploración de adentro hacia afuera, mirarse las marcas, la cicatriz infinita y denunciarla, hacerla propia, sin que nadie más se atreva nuevamente a enuniciarla, a veces con cadencia, a veces con rabia, como ocurre en el siguiente fragmento de “Piedras preciosas”, de la poeta argentina Valeria Tentoni:
Tenía todavía más piedras
¡Eran tantas!
Y me vengué con ellas de cosas que no podían
moverse
que no podían tocarme,
me vengué con toda furia con toda justicia
de noche, de mañana,
me defendí vengándome,
de nada que me atacara
me vengué sin dirección.
(Tentoni, 2018)
Todos los caminos de la escritura llevan al cuerpo, —como bien lo ha analizado Brenda Ríos en Raras—pero ciertamente la poesía latinoamericana no sólo vibra de la cuerpa, sino que se pregunta lo que le ocurre, lo que es, incluso aquello que olvidamos, como la infancia o la sensación de la muerte que se inscribe desde los primeros años en que ya se establece una conexión con la cuerpa y necesariamente con su ocaso. En poetas como Elisa Díaz Castelo este hilo se da de manera natural, la vida da también lugar a la muerte, es una relación que no puede ser separada, pero ciertamente debe de resignificarse para sí:
Me sucedió de niña. Ahora soy años después. La muerte
ha crecido conmigo. En mis huesos se expande
con su médula de humo. La tengo zurcida
al envés de mi vestido. Ya que morí de niña,
no sé tomarme el pulso ni mirar mi soslayo al espejo.
(Díaz, 2020: 17)
El deseo poético, ha dado una multiplicidad de voces como Diana del Ángel y Zel Cabrera, quienes han restituido mediante la voz que se abre desde la infancia una manera de contar esa violencia y, la pregunta de cómo ese río ha de descubrir la memoria de todas las corporalidades, las silenciadas por la dictadura y las guerrillas. Cada cuerpo se ha unido mediante su memoria rescatada —como en el caso de Ana María Ponce y las miles de mujeres privadas de su vida en los centros de tortura de Argentina, Chile y Uruguay—, sea mediante las formas contemporáneas de hacer poesía y resonar el río, el agua de una cuerpa que ha podido derrumbar fronteras y volvernos al leerlas, una marea y territorialidad capaz de crear nuevas cartografías, otras lecturas. Como lo advierte la poeta cubana Martha Luisa Hernández Cadenas, “Lo que el cuerpo sabe permanece latente. /No abandona al cuerpo, / lo que el cuerpo ha vivido desde antes de ser.” Son todas esas memorias, también las de la violencia, las que han desencadenado esa fuerza, cicatriz profunda que a cada tanto nos recuerda no volver al silencio.
Bibliografía
Cixous, Hélene, La risa de la Medusa, ensayos sobre la escritura, Anthropos, Universidad de Puerto Rico, Barcelona, 1995.
Díaz, Castelo, Elisa, El reino de lo no lineal, FCE, INABAL, ICA, México, 2020.
Del Ángel, Diana, Cuerpos centelleantes, La corporalidad poética en la obra de Rosario Castellanos, Margarita Michelena y Enriqueta Ochoa, (Tesis doctoral) Posgrado en Letras, FFYL, UNAM, 2019.
González Ruiz, Sandra Ivette, Cuerpo, violencia y transgresión: constelaciones de mujeres que escribieron poesía durante las dictaduras en Chile y Argentina (Tesis doctoral) Doctorado en Estudios Latinoamericanos, FFYL, UNAM, 2020.
y nos tapamos las orejas con las manos y abrimos la boca.
Se oye una explosión.
Agota Kristof
La habitación es espaciosa y las cortinas están cerradas. Los niños entran. Son dos. Es difícil verlos. La mujer viene detrás con la maleta, enciende la luz y pregunta:
—¿Esto es todo lo que han traído?
Los niños asienten.
—¿No hay otra maleta?
—No, solo esta —responde uno.
El otro dice:
—Compartimos todo.
La mujer suspira, abre la maleta, echa un vistazo: calcetines, cepillos de dientes, camisetas. Lo suficiente para pasar varios días. Zapatos de piel, suéteres, la ropa hecha bola. Patines de cuero también. Pasados de moda. Y una cuerda para saltar. Al fondo alcanza a ver una fotografía enmarcada. De inmediato siente curiosidad. Extiende la mano para sacarla, pero uno de los chicos se lo impide:
—¿Qué es esto? —pregunta señalando las sábanas.
—Son cohetes —responde ella—. Y robots.
Pero los niños parecen no entender. La miran confundidos. Y la mujer se da cuenta: les ha hablado en un idioma que desconocen. Pronto olvidó que los niños hablan ruso. Está cansada. Le cuesta concentrarse. Cierra la maleta y toma aire.
—¿Tienes hambre, Mikhail?, pregunta dirigiéndose a uno.
El otro responde:
—Mikhail soy yo.
Y se señala con el dedo.
—Él es Nikolái —continúa.
Ella gira la cabeza entre uno y otro. Concluye:
—¿Tiene hambre alguno de los dos?
Los gemelos asienten.
El desayuno espera sobre la mesa. La mujer lo ha preparado para darles la bienvenida. Los niños se sientan uno frente a otro. Miran las frutas y el pan tostado. Las cucharas reposan brillantes junto a los frascos de yogurt. Todo en orden. Ella espera, por supuesto, que coman. Porque lucen pálidos. Y débiles. Nikolái estira la mano hacia el tenedor, pero Mikhail se levanta de la silla y se aproxima a él. Le arrebata el tenedor. Aparta el plato.
—No comemos —informa a la mujer—, no comemos.
Acerca los labios al oído del gemelo. Le habla muy despacio.
Nikolái asiente, abre bien los ojos, se deja convencer.
—Queremos saber de dónde viene la fruta —dice.
—Del jardín de atrás —responde la mujer—, de mis árboles el durazno. Y lo demás del supermercado.
—¿Y esto de dónde viene?
—¿El yogurt? También del supermercado.
Nikolái olfatea el vasito.
—Nos lo han prohibido —sentencia—, el yogurt y la leche.
—No si es en pequeñas cantidades —revira ella—. Aquí no está contaminado
—Compruébalo —reta Mikhail, que ha vuelto a su silla y se mantiene erguido.
La mujer debe hacer entonces una demostración. Toma su yogurt y lo come. Dos grandes cucharadas.
—¿Ven? Aquí está limpio.
Se lame los dedos.
Los niños la miran como se mira a un animal salvaje, o a un extraterrestre. Mezclan el miedo con la curiosidad.
—Comeremos el pan tostado —finaliza Mikhail en nombre de los dos.
Y luego, después de comer el yogurt y el pan:
—Gracias por recibirnos aquí.
Felicidades, dice el instructivo, durante las próximas semanas usted alojará a uno o dos de los niños inscritos en nuestro programa de hospedaje. Agradecemos su interés y le damos algunas recomendaciones, a fin de que los niños se sientan como en su propia casa. Que respiren aire fresco, lee ella. Que tomen abundante sol. La piel de los niños es sensible y, si planea dar un paseo, le sugerimos aplicarles bloqueador solar. Le invitamos a que, durante la estancia, realice una visita al médico y otra al odontólogo, porque los niños vienen de familias que no pueden permitirse los cuidados más básicos. Al finalizar su estancia, serán devueltos por nuestro personal a sus países de origen. Si lo desea, haga un regalo sencillo entonces. Un buen ejemplo: las aspirinas, los medicamentos de venta libre. Otro ejemplo: el dinero en efectivo. Dólares americanos de preferencia. Si planea dar un incentivo económico, cosa los billetes al reverso de alguna prenda, para evitar pérdidas y para que los padres o abuelos puedan encontrarlos con facilidad. El instructivo dice también: no se desanime si durante los primeros días los niños no se adaptan al espacio de alojamiento. Les cuesta dar muestras de afecto, presentan cambios de humor, su silencio puede prolongarse.
Ella aparta el instructivo y mira las fotos anexas. Primero fotos individuales, acompañadas de información: Mikhail, 113 cm de estatura, 47 kilos de peso. Nikolái tiene la misma estatura, pero pesa un kilo más. Enseguida una foto de los dos. Los niños recién han cumplido los nueve y tienen el pelo del color de la paja. En la foto, Nikolái está un poco encorvado, pero Mikhail mira desafiante al objetivo. El fondo es la pared descascarada de una escuela, la lección de matemáticas sin borrar, las letras del alfabeto cirílico trazadas con tiza. Gemelos, se anotó al pie. La mujer pasa los dedos sobre el papel luminoso. Idénticos, lee en voz baja. Huérfanos, articula, a cargo de la abuela. Huérfanos, repite.
Y entonces se recrimina: ¿cómo se le ocurrió darles yogurt si es peligroso, si sus estómagos no están acostumbrados?
En la reunión previa, mientras esperaba su llegada, había escuchado las advertencias de otros padres anfitriones: el nuestro no quiso probar ni el queso, para ellos son comunes las prohibiciones; la mía era enfermiza y vomitaba cada noche por los nervios, decía que nunca se imaginó estar tan lejos de su casa; el mío, dijo un hombre, desconfiaba de los medicamentos que el doctor le había prescrito. Y cuéntanos, preguntaron después, ¿ya sabes a quién vas a hospedar? La mujer no respondió al principio, pero después dijo: dos hermanos, gemelos. ¿Cuándo llegan?, preguntó alguien. La próxima semana, respondió ella. Y esperó ansiosa.
Está en la cocina. Han pasado dos días desde su llegada. No puedo diferenciarlos, se dice. Acomoda las conservas. La mermelada primero, la cúrcuma y la pimienta después. Anota lo que es necesario comprar en el supermercado: pasta dental, lentejas, papel higiénico, algún juguete para los niños. Borra lo último. Nada de juguetes, piensa, pero, los necesitan tanto. Sus patines de madera lucen anticuados sobre la alfombra de la habitación. Camina a la ventana, se frota las manos, los mira explorar el jardín. Dice para sí:
—Nikolái corre hacia el columpio. Mikhail se acuesta boca abajo y extiende las manos. ¿O es Mikhail el que corre y Nikolái quien se acuesta?
Sebastián los habría identificado de inmediato. Él es bueno para estas cosas, piensa ella, pero tenía que pilotear a Francia y dejarme cuando le dije que vendrían. Él había instalado el columpio con un neumático en la rama del árbol y le había deseado buena suerte. Ella había escuchado con los audífonos algunas lecciones de sus clases de ruso a distancia, innecesarias, por supuesto, había aprendido el idioma hacía mucho tiempo. Repitió entonces las sílabas: mo-lo-kó, leche, la palabra prohibida; s-tra-na, país, muy bien, se felicitaba; ras-to-ia-ni-ye, distancia, esa la he dicho mal. Vigila a los niños otra vez y en cuanto se percata de que no miran hacia la casa, corre a la habitación y realiza una segunda inspección del equipaje. Hurga en los bolsillos pequeños de las maletas, en los pantalones, introduce la mano al interior de los patines; algo personal habrán guardado, un papel, un pañuelo. No encuentra nada. Estos niños, concluye, no tienen secretos.
La mujer tiene una profunda necesidad de conocerlos. Sólo estarán dos semanas juntos. El sudor comienza a resbalarle por las sienes. La desconfianza se instala en su interior. Para calmarse desliza uno de los patines sobre el suelo. Lo hace trazar una curva sobre la alfombra. Lo que necesitas saber sobre ellos está en el jardín, pronuncia. Sí, está en el jardín. Y allá va. Cierra las cortinas y va a prisa, hacia el jardín trasero, lleno de árboles frutales, de huertos.
Toma un par de caramelos de un bote de la cocina –tercer estante, junto al arroz– y sale. Los niños lo sueltan todo con caramelos, piensa. Es preciso hacerse la pregunta: ¿qué necesitas saber de ellos?
—¿Te gusta el columpio? —grita desde la puerta.
S-ving, s-ving, esa palabra la había aprendido particularmente, porque el columpio había sido puesto –ahí y así– para ellos.
El niño baja del neúmatico, ¿quién es, Mikhail o Nikolái? Ni siquiera por la ropa podría diferenciarlos. Uno podría tener puestos los pantalones del otro, luego podrían cambiarse los suéteres cuando ella no viera, cuando se descuidara y diera la vuelta.
Sí, podrían jugar a los trucos.
Ella, sin embargo, tiene algo.
—¿Caramelos?
Se ofrecen en sus manos. Como oro, brilla el papel metálico que los envuelve. Los niños se acercan rápidos, atraídos por el magnetismo del color.
—¿Son caramelos de verdad? —pregunta uno.
—Desde luego.
Mueve los dedos, como la bruja embustera de los cuentos, para agitar el brillo.
—Anda, Nikolái, toma los que quieras.
Así es tan fácil. Así sabrá rápido quién es quién por ahora.
Nikolái toma un dulce con la mano temblorosa. Una brisa de aire pasa y le agita el cabello.
—Anda, toma más —anima ella.
Nikolái toma más. Tres o cuatro. Mikhail otros. Los reparten en cantidades iguales, pero cuando Nikolái desenvuelve uno, Mikhail vuelve a imponerse. Se acerca de nuevo al oído del hermano. Con que sí tienen secretos.
—Ah, sí —dice Nikolái asombrado—. Son para el tesoro.
—Oh, ¿están jugando al tesoro? Muy bien, que sean para el tesoro.
Y corren detrás del árbol. Con sus piernas ágiles, cortas, llegan ahí donde ella ya no puede ver y la posición de sus cuerpos indica que colocan los dulces en la tierra.
Hay que cambiar de estrategia, siempre cambiar de estrategia.
—¡Creo que vamos a salir! Por las chamarras, anden, vamos.
Ella da un último vistazo al jardín. Detrás del árbol, le parece ver un brillo al que no puede acceder.
—¿Qué quieren ser cuando crezcan?
—Profesor de lengua —dice Mikhail, seguro de sí.
—¿Y tú?
—Yo quiero… astronauta.
La mujer conduce a velocidad moderada. Los niños se mantienen firmes en el asiento trasero.
—¿Hacia dónde queda el norte? —pregunta el primero.
—¿El norte? ¿Para qué quieres saber eso?
Los niños observan la ciudad por la ventanilla. Los árboles y puentes, las viejas casas.
—No lo sé…
Quedan atrás letreros gigantes que anuncian productos, semáforos.
—Es tan grande —se asombra Nikolái—. En el pueblo puedes ir de un lado a otro en un ratito. Y regresar.
—Lo imagino.
Ella busca un lugar para estacionarse. Después toma el carrito del supermercado y se asegura de que los chicos vayan junto. Una ráfaga de aire acondicionado los recibe y las puertas eléctricas se deslizan. Mikhail las observa con curiosidad.
—Había como estas en el aeropuerto.
Los niños entrecierran los ojos por la intensidad de la luz. Hay lámparas encima y debajo artículos etiquetados. Con el precio está ordenada la abundancia de frutas, envases. A ella le da placer ese orden. Pero algo ocurre pronto que lo interrumpe. En el pasillo de las cajas de cereal, las personas observan con curiosidad la imagen: una mujer que llena el carrito de las compras junto a dos niños idénticos, blancos como el queso, pálidos, con suéteres roídos, ojeras. Y los hombres cargan en hombros a sus críos. Las mujeres los alejan de los gemelos, los rodean con sus cochecitos, como si algo malo ocurriera con ellos o irradiaran una fuerza, un halo, un campo a su alrededor. Pero qué malo puede estar pasando, piensa ella, los van a asustar. Luego tiene que concentrarse en decir ko-rob-ka, caja, paquete, paket, caja, sí, shokolad, chocolate, cereal, zernovoy. Y darles a elegir. Ellos no entienden qué quiere ella. Mikhail señala con desinterés el cereal de chocolate, con los ojos bien abiertos. Lo mismo con las mermeladas, los sabores son muy extraños para ellos. Son exóticos. Preferimos la de la abuela, sí, expresan, la mermelada casera. Pero la abuela está tan lejos, habría que cruzar el océano para verla, vaya, cuánta desconsideración. Ella elige, piensa que ya hará una mermelada en casa con las frutas del jardín trasero y les gustará. No desconfiarán.
La abundancia marea. Había leído ella en las historias que hace años, cerca de donde venían los niños, todo crecía. Las patatas, las coles. Las vacas daban leche abundante. Las bayas se repartían entre los árboles y luego nadie podía comer nada. Nadie podía tomar nada porque todo estaba contaminado y tenía que ser inspeccionado por la máquina medidora de curios. Pero aquí está limpio, piensa, y los refrigeradores lo mantienen fresco. Nikolái extiende las manos frente a uno para sentir el aire gélido y recordar el invierno de casa, los pequeños tejados, un trenecito en la nieve.
—Extrañamos a la abuela.
Ya tan pronto, la nostalgia de casa.
—Lo sé —consuela ella—, pero pronto estarán de vuelta y podrán contarle historias, llevarle obsequios y…
Ahí están los juguetes. La mujer se alerta. Hay que tomar mejor la dirección de la carne o los artículos de higiene. Demasiado tarde. Los gemelos ya han corrido a ver autopistas, aviones miniatura.
—Una vez Vladimir llevó uno de estos a la escuela, ¿te acuerdas?
—Me acuerdo —dice Nikolái— y luego lo echó a volar en el bosque y se atoró en las ramas.
Ríen. Ella pasea la mirada entre las cajas y busca los patines. El tamaño adecuado, ¿cuál será? Su mano había entrado en los de ellos al realizar la inspección. Elige unos patines de color azul brillante, segura de que les gustarán. Levanta dos cajas. Se dispone a ponerlas en el carrito y entonces, Mikhail protesta. Algo ha hecho mal. Ha entrado en territorio indebido. Zona de exclusión.
Mikhail:
—No queremos.
Nikolái:
—No queremos. Nos gustan nuestros patines.
—Los compartimos. Compartimos todo.
No hay más. Esa fue una derrota. Ella devuelve los paquetes al estante.
—¿Volvemos a casa?
Sostiene firme el cochecito metálico, la electrifica.
Todo se basa en la habilidad de la observación. Con las horas, con los días, en momentos precisos, aprende a diferenciarlos. Un pequeño movimiento de los brazos, la forma de respirar, alguna inflexión de la voz. Nikolái es así y Mikhail de otra manera. No podrán confundirla esta vez. Desecha los carteles que quería colgarles al cuello, con sus nombres, como en los primeros días de clase. El color de su tez cambia conforme comen. Abundantes comidas y abundantes horas de sol, decía el instructivo. Pero por más que intente, algunos rincones de la casa permanecen oscuros. Los pasillos. Quién sabe qué podría haber por los pasillos. Por eso es necesario el orden. Y conforme pasa el tiempo, ellos se apropian de la casa. Hay lugares que a ella ya le parecen inaccesibles. El tesoro, ese rincón del jardín al que no se acerca, ¿qué se lo impide? En los jardines de la zona contaminada, lo sabía, lo había leído tantas veces, sobre la hierba, la radiación brillaba como los caramelos, azul, blanca, como un polvo. No puede cruzar más allá de los huertos de zanahoria y apenas puede acercarse al columpio, pero ellos se montan en él y con sus pequeñas manos acumulan objetos detrás del tronco: ¿qué habrán sustraído? ¿Qué cosas habrán averiguado ya de ella? Menos de lo que ella ha averiguado sobre ellos, desde luego. No han aceptado los patines, pero atiborran sus estómagos con pan de dulce y agua. Lo que ella necesita no es una historia, sino la historia. No saberla turba. Por eso se había ofrecido como anfitriona, para tener una particular, una suya.
¿De dónde habría venido la abuela? ¿Cuándo habían nacido estos niños y dónde y cómo? ¿Quién los había criado? ¿Quién recortaba sus cabellos? Es la tarde. Jueves. Mikhail escucha música con los audífonos puestos, echado sobre la alfombra. Nikolái utiliza crayones para trazar y rellenar huecos en los dibujos de un libro. Las páginas muestran seres mitológicos y ciudades inexistentes. Ella enciende todas las lámparas posibles. Hay que mantener el hogar iluminado para que algo no aceche. De dónde proviene ese miedo no sabe, pero el rostro de Nikolái se mira en exceso iluminado bajo la luz y sus ojos verdes se concentran en los colores de cera.
—Este árbol se parece al que está en casa de la vecina —dice.
O sobre un planisferio:
—Nos enseñaron en la escuela que íbamos a viajar desde aquí hasta acá.
Una línea roja se aparece, trasatlántica. El programa para niños irradiados ha sido tan generoso en traérselos. Niños de las zonas contaminadas al continente americano. Y es cierto, sí. Han venido a parar aquí. A pasar sus vacaciones.
—¿Y dónde está tu casa?
—Oh, mi casa —duda Nikolái.
¿Será que no quiere revelarlo o no sabe?
—No lo sé.
¿No debería saberlo ella? El niño titubea.
—Mikhail —llama—. Mikhail —más alto.
El otro se retira despacio los audífonos.
—¿Qué quieres?
—¿Dónde está nuestra casa?
Ahora los codos pequeños se recargan sobre la mesa, sobre el mapa, encima del mundo.
—No lo sé —dice el otro—. No tenemos casa.
—¿Pero cómo no van a tener casa? El pueblo de la abuela, ¿dónde está?
—La abuela tiene muchos pueblos —revela Nikolái.
Los globos oculares de Mikhail se vuelven hacia el hermano con desaprobación, pero nada puede frenar la historia. La mujer contiene la respiración. Este es el momento.
—La abuela se movió de un pueblo al otro, los soldados la movieron, cuando mamá era chica, sí, eso todos lo saben, la mitad de nuestro pueblo viene de otra parte.
Un pueblo trasplantado.
—Todo el mundo sabe lo que ocurrió en nuestra casa —apunta Mikhail.
La curiosidad se acrecienta. Necesita saberlo. Los dedos arrugan el pantalón, desesperados.
—¿Podrías contarme más, Mikhail?
—No quiero hablar de eso.
Pero Nikolái es el que habla.
—Aquí —con el dedo señalando el mapa—. Nos lo han contado.
Ahí, ella, con la vista sobre el dedo, en la geografía fragmentada.
—Hace años. Eran unas personas y luego la explosión.
Bajo la luz de la lámpara, las manos del niño se mueven para simular la catástrofe.
—¡Boom! El reactor explotó, la gente tuvo que salir, nos dijo la abuela, los soldados se los llevaron.
Agitado, Nikolái traza líneas sobre el mapa. Cancela los países. Revela nuevas fronteras.
—Explotó. Por eso no podemos tomar leche y no nos dejan ir al bosque. Dicen que nos enferma, ¿no sabías tú eso?
Otra línea se traza sobre la blancura del rostro. Es roja. Líquida. Sale de su nariz y va hasta los papeles sobre la mesa. La cabeza de Nikolái se vence. La sangre siempre interrumpe la historia. O la continúa.
Esto es lo que ella escucha pegada a la puerta.
—¿Por qué le dijiste todo?
Es Mikhail.
—Ella no debe saberlo.
—Ella preguntó.
Es Nikolái. Ella preguntó, con su voz baja, aguda. ¿Qué están removiendo? Abren los cajones. Corren la puerta del armario, ¿qué buscan? Suelta el aire contenido entre dientes. No deben saber que husmea detrás de la puerta. Ahora tienes la historia, se dice, ¿qué mas quieres? ¿Exprimir la historia, quieres? No puedes tenerlos para siempre. Luego va de puntillas a la habitación, los calcetines tejidos contra el piso, a mirar las fotos. Ciento trece centímetros de estatura, abundantes cantidades de sol, pero ahora cómo, con la espalda recta contra la cabecera de la cama, ahora cómo si está oscuro. Luego va a la cocina y coloca al fuego frutas del jardín y una gran cantidad de azúcar para formar una pasta. Esta mermelada les gustará. Necesita tanto gustarles, su aprobación. Encuentra frascos de vidrio y los esteriliza a fuego alto, entre burbujas de agua hirviente. Después revuelve en el baño, entre las pastillas que se ocultan tras el espejo. Y ya se habrán dormido los niños. Ya no hablan entre ellos. No puedo, no puedo entrar, no puedo transgredir. Abre la puerta de todos modos y los mira dormir, pequeñas espigas de paja contra la almohada. Son míos, a mí me han dado dos. ¿Y dónde está la foto que había en su equipaje?, piensa mientras acomoda los suéteres. Revuelve de nuevo, entre las toallas del armario, con ansiedad, mientras los niños duermen y sueñan que toman un baño de espuma, que vuelven a su aldea de cuentos de hadas infectada por la radiación. Que no la escuchen. Slushat. Escuchar. Prohibido, zapreshcheno. Entre las cajas con los adornos navideños, encuentra la foto, al fondo del armario la escondieron. Se la ocultan. Extiende los brazos para obtenerla. Vaya, es mía ya. No aparecen ellos por ningún lado. Sólo dos mujeres y un hombre que sostiene un azadón y una pala. Una foto vieja, gastada en los bordes. ¿Quiénes son, los padres, los abuelos? No sabe. Regresa a su habitación, con la foto y los suéteres a cuestas, y cose dólares detrás, aspirinas, con lentitud y delicadeza. A su abuela le encantarán. Las verá desaparecer en un vaso de agua. Una mezcla química de la que ella tampoco desconfiará y así, entre costura y costura, se adormece. Apaga la luz de la habitación como puede, pero podría jurar que alguien vino a la ventana, que desde el jardín vino una lámpara enorme de luz amarilla. Que vio a Mikhail apuntándole con ella, vigilando su sueño. Que su intención era proyectar un enorme brillo en su cara.
La gran explosión.
Ahora a preparar la maleta. ¿Cómo fue que Mikhail tomó la lámpara de los estantes? Verifica, pero nada. La lámpara está en su sitio, tal como usualmente la coloca. Frota las ventanas de su habitación, acomoda sus cabellos en el reflejo. Hay alguien detrás.
—¿Dónde está la foto?
Sin dar vuelta, sintiéndose descubierta, responde:
—En el comedor, junto a los botes de mermelada.
Entonces acomoda todo lo que han traído. Un par de suéteres con obsequios cosidos al reverso, patines de hace treinta años, más ropa, poca, una cuerda, botes de mermelada casera y, entre la suavidad de los tejidos, una foto enmarcada en madera y el vidrio roto. Dos mujeres. Un hombre. Un azadón y una pala.
—Vamos, Nikolái, apresúrate, despídete del jardín.
—Ya viene —dice Mikhail.
Toman la autopista.
—Ojalá que puedas ser profesor de lengua —suelta ella.
—Yo también lo espero.
—Y que puedas ir al espacio a ver cohetes, Nikolái.
—Ya llegamos muy lejos, vinimos hasta acá —responde, soplando un mechón de su pelo.
—¿Tú qué piensas hacer ahora que nos vamos?
Frente a los mostradores del aeropuerto internacional, una decena de niños como ellos revolotea de un lado a otro mientras esperan el momento de entregar su equipaje. Pálidos aún, pero mejor nutridos. El programa para niños irradiados estará orgulloso. Algunos de ellos de cráneos anormales, algunos con una pierna más larga que la otra. Otros con familiares que desarrollan cánceres de tiroides para los que las aspirinas son inútiles. Las pantallas muestran las muchas posibilidades a las que se puede ir. Ella está frente a los gemelos, con los hombros vencidos. Ellos llevan puestos los mismos suéteres. Idénticos siempre.
—Te voy a decir lo que quieres saber —rompe el silencio Mikhail y levanta la voz gradualmente—. Lo que quieres saber es que nuestros padres nos dejaron cuando teníamos dos años. Se fueron a Rusia cuando éramos pequeños y no los hemos vuelto a ver.
La mujer contiene la respiración.
—¿No es eso? —inquiere el niño.
—Yo también estoy sola, Mikhail.
—La foto era nuestra.
—Lo sé.
—No tenías derecho.
—Lo sé.
Sabe que ha costado admitirlo, que no volverán a verse.
—Pero te perdonaremos.
—Tenemos que entregar el equipaje —invita ella.
—Sí —dice Mikhail y allá van.
—Llévense algunos dulces —dice la mujer mientras saca todos los que pudo meterse en el bolsillo—. Anden, tomen, para el camino.
Se acercan a la fila.
—Cuando fue nuestro cumpleaños —dice Nikolái antes de formarse—, la abuela nos compró dos barras de chocolate para repartirlas entre los compañeros de la clase.
—Sí, y cada quien tomó un cuadrito —agrega Mikhail—: Vladimir tomó uno, Serguéi tomó otro y cantamos una canción.
—Ahora ya lo sabes —dice Nikolái.
Los abrazos son cortos. Nadie quiere alargar la despedida. Se han borrado las fronteras entre los gemelos. Ya no puede identificarlos. Los ve alejarse hasta el control de seguridad, junto al resto de los niños y las trabajadoras sociales. Ya no sabe quién es quién, pero uno de ellos gira, brevemente, la cabeza.
—¡No te olvides de ver el tesoro!
Mientras los ve desaparecer permanece quieta. Aprieta los puños. En su boca continúa el eco de la última palabra rusa que dirá: pa-ká, adiós.
Conduce a casa. Las llaves resbalan entre las manos. Corre hasta el jardín, detrás del árbol, donde brillaba. Los puños se hunden en la tierra. Hay un papel en el lugar del tesoro. Trazados a la prisa con crayones, en cirílico, una calle, un lugar, una invitación. Lo dejará ahí. Enterrado. Será su secreto. Muy pronto nada de esto parecerá real. Muy pronto quedará todo brillante en el subsuelo. Las semanas de radiación. Cuando supo ruso. Le parece escuchar risas detrás y jadea. Le da la impresión de que el columpio se mueve. Aunque sabe que ya se han ido, que no están más ahí, le es imposible. Pasa un buen rato, no se atreve a levantar la vista.
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En 1956, Jorge Luis Borges publica la segunda edición de su libro Ficciones, cuya primera se editó en 1944, y que tiene su origen en El jardín de los senderos que se bifurcan, libro publicado en 1941 por la mítica editorial Sur. Ficciones se compone de los ocho cuentos publicados en 1941 —“Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, “Pierre Menard, autor del Quijote”, “Las ruinas circulares”, “La lotería en Babilonia”, “Examen de la obra de Herbert Quain”, “La biblioteca de Babel” y “El jardín de senderos que se bifurcan”— y seis textos nuevos —“Funes el memorioso”, “La forma de la espada”, “Tema del traidor y del héroe”, “La muerte y la brújula” y “Tres versiones de Judas”—, que el egregio argentino, para diferenciarlos de los publicados anteriormente, agrupó bajo el nombre de “Artificios”, y que componen la segunda parte del libro. En la segunda edición, además, Borges incluye tres textos no recogidos en la primera ocasión: “El fin”, “La secta del Fénix” y “El sur”. Más allá del justo prestigio que la obra de Borges ha mantenido durante varias décadas, quizá convenga recordar, como escribiera él mismo en el último cuento citado, que “a la realidad le gustan las simetrías y los leves anacronismos”.
“El sur” se publicó por primera vez en La Nación, en 1953, y cuenta la historia de Juan Dalhmann, quien por un desafortunado suceso “en los últimos días de febrero de 1939” se golpea la cabeza con un “batiente recién pintado que alguien olvidó cerrar” y termina en el hospital, a punto de morir por una septicemia —no es tan descabellado pensar en cierta reminiscencia del Giuseppe Corte de “Los siete pisos”, de Dino Buzzati, escrito en 1937, con una circunstancia parecida—. Dalhmann, entonces, emprende un periplo ambiguo para el lector entre el sanatorio y “el sur [que] empieza del otro lado de Rivadavia”. Quince años después, en 1968, se filma la película Performance, y merced a una de esas simetrías borgesianas, en una escena está un joven Mick Jagger, en el papel de un excéntrico rockero llamado Turner, leyendo un fragmento de “El sur”:
At this point, something unforeseeable occurred; from a corner of the room, the old ecstatic Gaucho threw him a naked daga wish landed at his feet. Dahlmann bent over to pick it up, they would not have allowed such things to happen to me in the sanitarium, he thought, and he felt two things, the first…1
La película, dirigida por Donald Cammel y Nicolas Roeg, se estrenó dos años después, en 1970, y antes de que Jagger —Turner— pudiera acabar de leer el fragmento, una mosca se posa feraz en su ojo y el músico deja caer el libro; por un breve momento, la cámara contempla la caída, y el espectador puede ver la camisa del volumen en el suelo, con la fotografía de Jorge Luis Borges en ella. Performance es una película con fuerte impronta borgesiana: el destino, la identidad y la dualidad —ésta representada por Chas y Turner, un gángster y un super estrella que encuentran que no son tan distintos—, y que marca una ruptura con el incipiente mainstream; producida por Warner Bros., un “gran” estudio, se esperaba una película que usufructuara la creciente fama de los Rolling Stones y que estuviera más acorde tonalmente con A Hard Day’s Night, del supremo cuarteto de Liverpool. Sin embargo, las escenas sexualmente explícitas, el uso de estupefacientes y el ambiente violento y obscuro de la película la hizo ser repudiada por la mayoría de sus espectadores y críticos; aunque comenzó a ser revalorada a partir de la década de los ochenta, se mantiene casi invisible para la mayoría —si la comparamos con la cantidad de seguidores que los Stones han tenido— de los consumidores de cine.
En 1968, año de la producción de Performance, los Rolling Stones atravesaban su propia dualidad: por un lado, ser una banda reconocida con siete discos editados2, por el otro, se enfrentaban a la separación de su fundador y líder Bryan Jones, quien comenzaba a ausentarse de las grabaciones debido, en parte, a las adicciones. Así, Beggars Banquet (1968) y Let it Bleed (1969) serían los últimos discos de los Rolling Stones ornados por el nombre de Jones, quien moriría ahogado en su alberca el 3 de julio de 1969. Del mismo modo, estos discos serían los últimos editados por Decca Records y sería el preámbulo para que Mick Jagger, Keith Richards, Charlie Watts y Mick Taylor —el guitarrista que sustituyó a Bryan Jones— formaran Rolling Stones Records, editora con la que ganarían absoluta libertad para decidir sobre sus proyectos, tanto en el arte de éstos como en la música.
Si ya en Let it Bleed escarceaban con el arte pop —la portada es obra del diseñador Robert Brownjohn—, es en Sticky Fingers, de 1971, donde la portada se vuelve un personaje más de la narrativa del disco. No sólo el título alude a referencias veleidosamente sicalípticas: en la portada se muestra la cintura y la cadera de un hombre vestido con un entallado pantalón azul adornado por un cinturón de piel. En primer plano, está el cierre de los jeans, que al bajarlo, en la versión original, dejaba al descubierto una trusa blanca. Si bien la idea del cierre —¿el concepto?— era de Andy Warhol, los artífices de él fueron el fotógrafo Billy Name y el diseñador Craig Braun; el primero, uno de los ocupantes de The Factory, el estudio y colectivo neoyorquino de Warhol; el segundo, conocido por su trabajo en la portada de The Velvet Underground & Nico —también bajo la mano de Warhol—, grupo que tenía, como primera formación a Lou Reed, John Cale, Sterling Morrison y Maureen Tucker. En la portada del vinyl, el plátano podía pelarse, y resumía todo lo que la cultura popular, el rock y la masificación podían lograr. Era el fin de la década de los sesenta, de la psicodelia; del Maharishi y del Peace & Love; comenzaba la retrospección y el ver los alcances de una generación que después de Woodstock —y, en México, de Avándaro— se dio cuenta que la mass media podía ser un recurso para que el discurso contestatario llegara a más oídos. En México, Avándaro significó la represión; Woodstock fue el paradigma de la rebelión.
Los Rolling Stones se habían hecho de un lugar privilegiado junto a TheBeatles. Pero mientras en 1968 John, George, Paul y Ringo cantaban “Ob-La-Di Ob- La- Da”, los Rolling eran conocidos como “Sus satánicas majestades”. Su música, más cercana al blues, era mas cruda; su sonido, más orgánico, y su discurso, más corporal. Sticky Fingers, con la provocativa —y carísima— portada del cierre, es prueba de que la dualidad, cuando menos en el rock inglés, era moneda corriente. La pugna no era entre The Beatles y The Monkeys o The Beach Boys —el rock edulcorado de unos y la vida californiana de los otros—, sino entre la lascivia y la pugna discursiva de los Stones contra la exquisitez de quienes cambiaron la música popular. Aunque esta afrenta siempre se ha dado, no hay que olvidar que el primer éxito de los Rolling, “I Wanna be Your Man”, de 1963, fue escrita por Lennon y McCartney; que en el The Rolling Stones Rock and Roll Circus participaron Yoko Ono y The Dirty Mac —el super grupo conformado por John Lennon, Keith Richards, Mitch Mitchell (miembro de The Jimmy Hendrix Experience) y Eric Clapton—, y que en All you Need is Love, de 1967, Mick Jagger está entre el coro. Por ello, cuando en 1971 apareció, como primer track del Sticky Fingers, “Sugar Brown”, el mundo sonó distinto. Y distinto es el modo en que puede escucharse hoy en día: las alusiones crudas a la esclavitud pudieran incomodar a más de uno, si bien es cierto que tanto la cantante y novelista Marsha Hunt como la otrora miembro de The Ikettes —el grupo vocal formado por Tina y Ike Turner—, Claudia Lennear, claman por igual ser las destinatarias de la canción, que aunque firmada por Jagger y Richards, fue escrita, en su mayoría, por Mick.
El disco transita de la almibarada Wild Horses —en donde el discurso protector se cae ante las circunstancias actuales— a “Cant’ you Hear me Knocking”, en la cual comienza a vislumbrarse un nuevo quehacer musical. El saxofonista Bobby Keys —quien también grabara la inolvidable “Whatever Gets You thru the Night”, de Lennon junto a Elton John—y la melodía de una guitarra en séptima menor con un tufo a Carlos Santana, junto a las congas de Rocky Dijon, que ya había sonado en Sympathy for the Devil, alejaban a los Stones de su primer sonido y comenzaba a fraguarse la entrada a los setenta.
No obstante, las raíces de los Stones quedan patentes en “You Gotta Move”, una canción arquetípica de blues, de autor desconocido, pero que es parte de una tradición del canto gospel por la libertad. La transgresión absoluta llega con “Sister Morphine”, de la compositora Marianne Faithfull, una apología de los paraísos artificiales que reforzaba la imagen insubordinada de la banda londinense.
Cada uno de los diez tracks que componen el disco cuentan una historia. Y cada uno de sus escuchas —si los hay— reconstruyen su propio camino. En él está el arte pop y el rock, el mainstream y la insurrección; están Warhol, Lennon, Jagger, Richards, Ono y, como siempre los músicos que pocas veces se recuerdan: Bill Preston, Ian Stewart, Ry Cooder, Paul Buckmaster, entre muchos otros. Es parte de una memoria que no puede ni olvidarse ni cancelarse.
Los Rolling Stones llevan casi sesenta años de hacer música. Su logo, tal vez, no fue obra de John Pasche —como se consigna oficialmente—, tampoco de Craig Braun —que lo reclama como suyo—. quizás no haya salido de la pluma de Alan Aldridge —como dicen las historias del rock—, pero es el más reconocible de una época que muere poco a poco. “Dead Flowers”, un acercamiento a la música country, es un resumen de “la banda más grande de rock and roll del mundo”, porque alcanzaron, por un breve instante, el conocimiento del mundo; porque dejaron señales que pueden tomarse como propias; porque, como escribiera Borges en “El sur”, “el hombre vive en el tiempo, en la sucesión […], en la eternidad del instante”. Un instante que ha durado más de medio siglo y al que venturosamente podemos volver, de cuando en cuando, la vista atrás.