Los operadores de la computadora Xerox Sigma V en el Laboratorio de Investigación de Materiales de la Universidad de Illinois, Estados Unidos, asignan a un joven Michael Hart (1947-2011) la administración de una cuenta con 100 millones de dólares en tiempo de ordenador.
A partir de los recursos en el laboratorio, las 100 personas que habitan la incipiente web en 1971 esperan aportes valiosos en la historia de la informática. El 4 de julio de ese mismo año, Hart envía un mensaje de 5 kilobytes a los usuarios; un tamaño que supera el ancho ínfimo de la banda, lo que provoca una implosión en la red.
En un segundo intento, se difunden instrucciones de acceso al contenido. Había que montar un paquete de discos de cinco megabytes, de los cuales el archivo que debe descargase ocupa el dos por ciento. De esa manera, seis personas atestiguan el origen del formato que acercaría la literatura a millones de usuarios en Internet.
** Bienvenidos al mundo de los textos electrónicos sencillos y gratuitos, legibles tanto por humanos como por computadoras desde 1971. ** El eText#1 es el primer texto digital en la historia de la web. Se trata de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, transcrita por Hart, quien, al subir una versión digital del conjunto de páginas encuadernadas, concibe la posibilidad de desplegar el libro tradicional en un clic.
Con esta idea también surgen los hipervínculos, herramientas que dirigen una lectura hacia más archivos y complementan una primera consulta; de la misma forma que se hace en las bibliotecas, luego de interpretar un texto. Acercarse a la literatura clásica exige un vínculo estrecho con el acervo de los recintos culturales; tras 50 años del eText#1, es posible vivir una extensión de esta experiencia y construir un espacio virtual sin límites con los libros electrónicos.
Tecnología replicadora
Michael Hart asegura que ha recuperado los 100 millones de dólares del laboratorio cuando crea el eText#1. El pionero en eBook determina que el valor de las computadoras se basa en el potencial que tienen para el almacenamiento, la recuperación y la búsqueda de las obras en las estanterías.
Estas capacidades se explotan al “fomentar la creación y distribución de libros electrónicos”, como se lee en el ensayo de Hart, escrito en 1997. Desde entonces, él y los de voluntarios transcriben tomos libres de derechos de autor, según las leyes de Estados Unidos. Sobre esas bases, se erige el Proyecto Gutenberg.
Continuar la misión del Proyecto ha sido una tarea titánica; debido a la cantidad de transcripciones, se desarrollan los textos en ASCII, el código estándar estadounidense para el intercambio de datos, disponible en cualquier ordenador; pero lograr que los libros digitales llegaran a una audiencia mundial fue posible con la “Tecnología Replicadora”:
Si un texto o cualquier otro documento (imágenes o sonidos) se almacenan en una computadora, un sinfín de copias estará disponible. El eBook fue considerado por Hart un nuevo medio de comunicación, uno que podría propagar el contenido hacia nuevas fronteras y adaptarse a la lengua del lector o la obra.
Si bien el contacto con los libros en papel se ha modificado; en su lugar surge la idea del texto electrónico, el medio donde la gente transmite la literatura clásica de su comunidad y crea archivos a la espera de ser consultados por las nuevas generaciones.
Cualquier persona tiene autorización de donar los eBooks que propone y edita para las estanterías de la página; así se cumple uno de los pilares del Proyecto Gutenberg que ha inspirado a miles de participantes, pues en esta biblioteca digital, todos tienen lugar.
El tratado del voluntario
Los lectores en España y México, que representan el mayor porcentaje de visitas en el sitio junto a Estados Unidos, demuestran su interés por manifestar parte de su identidad en el Proyecto; sin embargo, el código ASCII solo contempla las características del alfabeto latino, presente en el inglés moderno.
Reproducir libros escritos en otras lenguas diferentes a la inglesa, es posible con el código UTF-8, creado para decodificar una amplia gama de idiomas; de esa forma, la audiencia en España y México escriben los caracteres multilingües que facilitan una transcripción 99% fiel a las ediciones físicas.
Los esfuerzos de los participantes alrededor del mundo han derivado en 60 mil libros electrónicos gratuitos. Las lecturas se dividen en clasificaciones similares a las que un coleccionista implementaría en las secciones de una biblioteca personal. Literatura ligera, como Alicia en el país de las maravillas, o Las felices aventuras de Robín Hood, dirigida al público en general.
Literatura pesada, abarca desde la Biblia hasta Shakespeare, Moby Dick, y Ulises. Contenidos idóneos
para la audiencia madura.
Referencias, la colección de almanaques y un conjunto de
enciclopedias y diccionarios.
Las categorías aún crecen bajo la dirección de Gregory B. Newby, quien continúa con el trabajo colectivo en la edición de los eBooks. En este proceso editorial, los amantes de los libros emprenden un viaje en el cual se convierten en editores, y finaliza cuando comparten las narraciones que los apasionan, es decir, partes de sí mismos. Aquellos pasajes avanzan mediante las emociones que reviven, llegan hasta el final de una historia; pero al cerrarse el libro, se transforman en fragmentos de los lectores.
¿No es esa una de las consecuencias de acudir a los ejemplares de las bibliotecas? A través de las páginas subrayadas por usuarios anteriores, puede leerse el alma de los demás. Estas palabras resaltadas conmueven a las personas y conforman un tratado sobre la otredad; un recordatorio de que, al sumergirse en las ficciones de las estanterías, uno experimenta la complejidad del ser humano. Hart captura esta esencia en el desarrollo del Proyecto Gutenberg.
El legado de Hart también es una forma de visibilizar diversas tradiciones literarias y democratizar el registro del pasado. Representa una oportunidad para que los voluntarios reescriban la historia con los vestigios de las voces que fueron acalladas; y así concederles un eco que se repetirá eternamente, hacia el futuro
La extensión del intelecto
La trascendencia del Proyecto recae en su cercanía con la sociedad de la información, entendida como el auge tecnológico en los medios digitales de almacenamiento, enfocados a difundir, generar y procesar datos a gran escala (Ileana, Sánchez, 2016).
Una plataforma que guarda la cultura universal exige a su audiencia saltar al siguiente peldaño, pensar en qué hacer con los registros que acumulan. Quizá el mayor aporte de Hart es haber construido un portal hacia la sociedad del conocimiento, conformada por gente en búsqueda de las fuentes pertinentes para resolver los problemas en un esfuerzo colectivo (Tobón, Guzmán, Hernández, Cardona, 2015).
Depende de los lectores incluir al Proyecto en las soluciones del presente. La mejor forma de lograrlo en este contexto adverso se encuentra en la función de un libro, la extensión de las ideas que desbordan a los seres humanos.
Marshal McLuhan (1911-1980) afirma en Comprender los medios de comunicación, las extensiones del ser humano (1964), que las capacidades corpóreas se maximizan por medio de avances científicos. El resultado es un equilibro con los demás sentidos y complementos tecnológicos.
Si estas herramientas, cada vez más sofisticadas como los dispositivos inteligentes, perfeccionan las habilidades de las personas y ayudan a sortear un entorno determinado; los libros digitales son extensiones del intelecto y la naturaleza humana, pues representan herencias culturales que dan sentido a la memoria de un pueblo.
Cuando los libros físicos sean reliquias en los museos, los eBooks traerán de vuelta los relatos fundacionales de la humanidad. Las lecturas de millones de personas se unificarán bajo una versión electrónica, lista para reproducirse una y otra vez.
En 1971 un hipervínculo transformó la forma en que se leía, y al igual que entonces será suficiente seguir un enlace para acceder a distintos documentos sobre el mismo tema, estas improntas serán útiles ante un porvenir incierto y estarán disponibles en la biblioteca universal más antigua de Internet:
La memoria nos hace girar la cabeza hacia el (según nuestra construcción geopsicológica) camino recorrido, la estela dejada atrás a la que nunca volveremos, no, al menos, físicamente. Sin embargo, la memoria es engañosa y creativa, así como también lo dice Carlos Fuentes en La gran novela latinoamericana (Alfaguara, 2011), pues señala que “releer es un acto de re-creación”. Volver a algo, el acto de lo “re”, del Regreso, de re-cordare, volver a hilar ese cordón cuya etimología lo acerca al corazón. Recordar es seguir el hilo hacia ese aparente “atrás” hasta el momento atesorado, que no se difumina aunque el lector singular, el lector aparente, tú, lector (no hipócrita, no exageremos), fantasee con los artefactos narrativos de Eternal Sunshine of the Spotless Mind (Gondry, 2004). Por supuesto, esto no significa que la memoria sea eterna, la reina triunfante que jamás se apaga. La enfermedad y la muerte pueden con ella.
Nos gusta pensar en lo imperecedero, soñamos con monumentos, con arquitecturas que atraviesen milenios. Creemos que el libro permanecerá, que la palabra en la hoja es similar a los petroglifos de milenios atrás. Nos resistimos, como especie, a dejar el pasado en la lejanía. El arte es, pues, uno de los mecanismos más certeros y delicados para re-memorar lo “ya ido”.
Marcel Proust es bien conocido por cualquier lector que se precie de andar algunos años devorando historias, versos y tramas. Esto no significa que sea leído con asiduidad, aunque su fama lo preceda. Ocurre algo similar con James Joyce, cuyo Ulysses posee los adjetivos de “difícil”, “incomprensible”, sin olvidar el “intragable”. Sin embargo, Marcel Proust no escribió libros que fueran intragables por su forma, ni tampoco por la “aparente nulidad del argumento”. Lo que hizo Proust fue devenir desde su persona hasta hacer caer en la hoja a Marcel, y a los personajes que, de una u otra manera, circundaran su magna obra, aún sin proponérselo. Todo esto, y no hay que olvidarlo, por medio de una prosa simbolista, cercana a las corrientes impresionistas, llenas de elipsis y rodeos que pueblan de manera indirecta las descripciones y la acción de personajes profundos y contradictorios.
En busca del tiempo perdido (1913-1927) es, de cierta manera el escritor Marcel Proust, y también su magno legado, aunque no fue todo lo que escribió. Algunos críticos piensan que su obra anterior, de Los placeres y los días a Contra Saint-Beuve, pasando por Jean Santeuil, parecía encaminada hacia la conformación de lo que terminarían siendo siete volúmenes editados por Grasset, y luego Gallimard; su novela vivificada, su obra convertida en exorcismo, pues para quien se enfrente a las novelas de Proust se dará cuenta de la aparente disociación entre el hombre y el escritor.
Hablar en extenso de las novelas de Proust, de la septología, es una tarea ardua, y no es esto lo que me atañe, sin embargo, hay que decirlo, todo gira alrededor de sus monumentos a la memoria, el simbolismo y el alma humana, el sueño, lo perdido y también lo nefasto, lo decadente, aunque Proust se alejara del realismo más insidioso, el heredado por Zolá. Y a todo esto, ¿hay alguna manera de hacerse con la obra de una manera más ligera, de encontrar el hilo conductor que lleve a la lectura cuasi imposible si la medimos con nuestros estándares lectores actuales?
La hay. Es una obrita compuesta por estampas, quizá cuentos, llamada Los placeres y los días, que sirve como introducción al difícil estilo de un narrador al que le pertenece el detalle, la vuelta, la espiral y la descripción monumental, así como los saltos elípticos de un lado hacia el otro, los espacios en los que el tiempo hace de las suyas. En este libro de juventud, publicado en 1896, Proust se aproxima por medio de estampas a la vida de la campiña francesa, al verano y también a las vicisitudes del amor y de la muerte. Algunas de sus obsesiones e imágenes volverán in extenso en su obra mayor, por lo que sirve como una ligera introducción al estilo que formula Proust a través de voces ensimismadas, o demasiado asidas a los detalles, la observación del mundo o de sí mismos.
¿Proust también era un cuentista? La pregunta debería competerle a un especialista, sin embargo, es una idea mía el que la especialización impide el acercamiento propio de un lector promedio (culto o no, eso ya lo dejaremos a la megalomanía de cada quién) a la escritura de determinada escritora, de determinado autor. El cuento en el siglo XIX parece estar relegado a ciertos momentos, creemos, aunque ejemplos los hay por miles. Sin embargo, el panorama está pincelado por Dostoievski y Tolstoi y Balzac y Dickens. Es obvio pensar en la novela como la estructura elegida por las grandes mentes de la narrativa. Pero, volvemos al mismo punto, expresiones puntuales, de la misma calidad y alcance, están en Maupassant como en Chéjov, en Doyle o en Dumas. El cuento es una forma de la narrativa apreciada desde la antigüedad, y el cuento moderno, iniciado con Poe, remite a ciertas estructuras que pueden ser cambiadas, reinventadas o reemplazadas. Sin embargo, la construcción de las estampas atañe más a la descripción, al detalle y el paisaje (externo o interno). Esto es lo que encontramos como lectores modernos en los “primeros relatos” de Proust.
La llegada al mercado de una edición que contiene “relatos inéditos” de Proust emociona a cualquiera, inclusive a ese hipotético lector cuyo interés lo acerca a Proust, pero la enormidad de En busca del tiempo perdido lo aleja. ¿Estos cuentos fungen entonces como otro corolario, como un inusitado prólogo a la prosa proustiana? Lamentablemente no.
La edición en español, editada por Lumen, posee ciertos incentivos que no se anuncian en un principio, como la introducción del especialista Luc Fraisse o el prólogo y la traducción de Alan Pauls. Sin embargo, esto no es lo único que se encuentra en el libro. Anexo a los relatos hallamos una sección llamada “A las fuentes de En busca del tiempo perdido”, integrado por un estudio de Fraisse sobre el arribo de Proust a su opus magna. Por último, El remitente misterioso y otros relatos inéditos también cuenta con un cuaderno iconográfico con fotografías a manuscritos, tanto de Proust como utilizados por él.
¿Qué es, entonces, lo que falla? Quizá lo engañoso de la edición, pues, a pesar de lo interesante que resulta el hallazgo de textos inéditos de Proust, no estamos hablando de cuentos terminados, de relatos construidos con toda la intención de serlo. Son, tanto “El remitente misterioso” como los otros siete textos, fragmentos, relatos empezados, diálogos y otras formas gestadas a finales del siglo XIX y principios del XX, sin nunca alcanzar lo necesario para convertirse en cuentos en plena forma. El libro no es, tampoco, un acompañamiento para Los placeres y los días, sino una serie de curiosidades para alimentar el amor hacia Proust, así como el conocimiento que se tiene hacia el autor.
De cierta manera, este libro está constituido por especialistas para hacerlo legible a cualquier lector, cosa que no se logra pues, aunque no hay demasiadas complicaciones (a excepción de un relato donde las notas señalan los cambios integrados en el manuscrito, dificultando la lectura de una manera ridícula) no se puede vislumbrar un libro ni una serie de relatos sueltos que funcionen por sí solos. Son, más bien, fragmentos, anotaciones, falsos arranques, el material que un escritor va apilando durante su proceso creativo. Y si bien esto puede resultar interesante o útil para un especialista en Proust, o para un lector curioso por su proceso escritural, para un lector promedio el libro no tiene sentido. Esto mismo es lo que se critica cuando salen a la luz fragmentos encontrados en el escritorio de tal o cual escritor o escritora. No nos hallamos ante la completitud, ni siquiera ante lo que aun así vale la pena ser leído, como las novelas incompletas de Dickens o de Musil.
Por lo mismo es necesario señalar que El remitente misterioso y otros relatos inéditos no contiene lo que se concibe comúnmente como “inédito”, sino formas escriturales, arranques, fragmentos y cuentos a medio terminar, que no alcanzan las cotas de Los placeres y los días, pero que sirven como una adición, un acercamiento a En busca del tiempo perdido.
Al último he dejado uno de los elementos que han funcionado, de manera comercial, como gancho para los lectores: el tema del deseo homosexual en la escritura de Proust. Y es que en las mismas novelas del ciclo proustiano puede hallarse, aunque de manera indirecta, la homosexualidad latente en la voz de Marcel, cuyo desdoble permite encontrar la misma en el autor, en Marcel Proust. No es nuevo el tema, aunque permanezca eludido, eclipsado, hábilmente encubierto en toda la obra del escritor francés. El ocultamiento, por obvias razones, parecía estar desvelado en algunos de sus escritos anteriores a En busca…, que aparecerían en este libro, El remitente misterioso. Sin embargo, no debe pensarse que la forma de tomar el deseo homosexual es obvia en todos los relatos. Tampoco hay aquí un erotismo claro, más propio de los decadentes, ni escenas donde la homosexualidad esté marcada con plumón. Lo que hay es una aproximación, una connotación de mostrar el deseo, la naturaleza humana del mismo Marcel Proust en textos inacabados que terminarían en el cajón, por el miedo del autor a ser mal visto, rechazado, o algo peor. Y, repito, ninguno de los textos muestra de manera obvia la homosexualidad que sí se señala en la sinopsis del libro. Así que, advertidos todos.
¿Es satisfactoria la lectura de El remitente misterioso y otros relatos inéditos? En un principio cuesta separarse de la decepción al no hallar relatos completos, textos que parecieran, incluso, estampas a la manera de Los placeres y los días. Pero, una vez entendido el acercamiento con el que se ha conformado esta edición, el interés del lector puede irse por los entresijos de una obra mayor, y esta sí completa, que es En busca del tiempo perdido. En todo caso, vale más la pena hacerse con la obra temprana de Proust, o con la misma Jean Santeuil que con este libro diseñado para estudiosos y obsesivos del gran autor francés. Para morbosos, lamento decir que será más que una decepción. Para el lector común, donde yo me cuento, la experiencia de lectura es agridulce, como cuando se saborea una golosina y ésta se cae de la boca sin haberla terminado. La decisión, por supuesto, es de ustedes.
Ilustración realizada por Ángela Atenas Sánchez Camacho
Blessed are the legend-makers with their rhyme of things not found within record time
J.R.R. Tolkien, “Mythopoeia”
Hay una leyenda que se ha repetido una y otra vez en un mundo lejano: el mal despierta para asolar al reino de Hyrule y un joven guerrero es llamado para vencerlo. Portador del espíritu del primer héroe en derrotar al mal, Link deberá pelear ayudado por el poder divino de la princesa Zelda, descendiente de la reencarnación de la diosa Hylia, para vencer y sellar a la fuerza maligna de una vez por todas. Pero la calamidad continuará regresando a Hyrule y con ella, en un ciclo tan antiguo como el tiempo, un héroe y una princesa serán llamados para combatirla.
Con siete años, en la ahora remota era del Game Cube, descubrí el mundo de la saga de videojuegos de The Legend of Zelda sentada en el piso de la recámara de mi hermano mayor. Creyendo que ayudaba en algo, jugaba con un control desconectado la partida en donde navegábamos junto con Link por las aguas que habían inundado el reino de Hyrule en The Legend of Zelda: Wind Waker (2007). Un mundo vibrante, caricaturesco y de una profundidad para mí solo explorada en libros de fantasía y cuentos de hadas, se nos revelaba a cada paso de la travesía. Recuerdo haberme sentido maravillada e intrigada por las posibilidades que ese océano parecía contener. Desde entonces, he regresado a Zelda muchas veces a lo largo de los años y sin importar los cambios en ambientación, estilo o dinámica de juego he continuado sintiéndome atraída a lo mismo que me impactó la primera vez que recorrí Hyrule: la perspectiva de poder explorar una tierra desconocida, compleja y llena de aventuras emocionantes.
El mundo recibió el primer vistazo de ese universo en The Legend of Zelda (1986), el videojuego creado por Shigeru Miyamoto y Takashi Tezuka y puesto a la venta para la consola Famicom Disk System de Nintendo en 1986. Al momento de su lanzamiento, Zelda era único en su clase. No solo presentaba lo más cercano a un mundo abierto que habían experimentado los jugadores de consolas de mediados de los 80, sino que lo hacía acompañado de una estética visual impecable y un soundtrack irresistible. 171entregas canónicas después, más de 120 millones de copias globales vendidas; treinta y cinco años nos separan de ese primer Zelda y la franquicia está más viva que nunca. Sin duda, lo que obtuvieron en febrero de 1986 esos primeros jugadores fue tan solo un destello del complejo universo que construiría Nintendo. Pero, ¿qué es lo que hace del universo de The Legend of Zelda un lugar tan entrañable como para que generaciones de jugadores vuelvan a él a lo largo de 35 años de entregas?, ¿qué nos hace regresar a Hyrule?
Mitopoeia
J.R.R Tolkien acuñó el término mitopoeia como respuesta a un comentario de C.S. Lewis. Un tarde de septiembre de 1931, mientras ambos escritores y miembros del grupo Inklings de académicos de Oxford paseaban por la universidad, el creador de Las crónicas de Narniadijo que los mitos eran “mentiras y por ello faltos de valor, aunque sean dichos a través de la plata”. Esto era inaceptable para Tolkien, quien creía, como muchos autores después de él lo harían, en la importancia de los mitos y arquetipos en la creación de las historias que se repetirán por siempre en nuestras sociedades.
Para Tolkien, los mitos, los cuentos de hadas y la fantasía formaban parte de un impulso creador único del ser humano; un instinto que llevaba al escritor a construir subcreaciones2. Es decir, pequeños universos dentro de nuestro universo. Lugares complejos con leyes, costumbres, sistemas de creencias y mitos propios a los que solo les faltaba ser palpables para existir al mismo nivel de nuestra realidad. Así, los mitos no debían ser desestimados como mentiras hermoseadas, sino como la expresión de la creatividad humana reflejando la de Dios3. Y la mitopoeia, la creación de sistemas mitológicos artificiales4unidos a realidades complejas aunque imaginarias, como el nivel máximo de ese impulso creador.
Por muchos años, los universos mitopoeicos fueron específicos de la literatura fantástica y de ciencia ficción, trayendo a la luz lugares icónicos como la Tierra Media de Tolkien, Narnia de C.S. Lewis, Los Seis Ducados de Robin Hobb o el vasto mundo de Canción de Hielo y Fuego de George R.R. Martin. Pero la llegada de nuevos medios ha permitido no solo la creación de nuevas realidades mitopoeicas, sino la exploración de aquellas ya existentes.
El cine y la televisión abrieron la posibilidad de experimentar visualmente los mundos fantásticos antes solo accesibles por medio de ilustraciones o la imaginación del lector. Pasamos de soñar con la Tierra Media a ver las grandes planicies de Rohan a todo color e instrumentalizadas en una pantalla de cine. Hemos obtenido, además, los vastos desiertos de Tatooine, el cielo naranja de Gallifrey y otros cientos de nuevas realidades; pero una cosa es seguir a los protagonistas de un universo fantástico en una narración mientras viven y luchan por conseguir sus metas y otra es poder caminar por la Comarca en persona, entrar a una tienda en Desembarco del Rey o tomar té con el señor Tumnus. La imposibilidad de exploración de los mundos mitopoeicos, más allá de los fragmentos presentados en la narración de sus obras de origen, ha sido la última frontera a superar. ¿Podrían ser los videojuegos el siguiente paso hacia una experiencia mitopoeica más inmersiva y libre?
El inicio
Shigeru Miyamoto cuenta siempre que le preguntan por la inspiración detrás de ese ahora lejano primer Zelda, que la respuesta se encuentra en los años que vivió en la parte rural de Kioto. Hijo de los profesores Iijake Miyamoto y Hinako Aruha, Shigeru pasó su niñez y adolescencia temprana aventurándose en las cuevas, bosques y lagos de Sonobe, su pueblo natal. Fue ahí donde encontró el placer de la exploración del mundo que lo rodeaba y cuando años después comenzó con la creación de un nuevo videojuego para la consola Famicom de Nintendo, su objetivo era recrear ese primer anhelo de aventura.
Zelda empezó como un videojuego de creación y exploración de calabozos. Un jugador crearía su propio mundo y otro lo exploraría; pero la exploración resultó más entretenida que la creación y ese primer concepto se transformó en un mapa vasto que otorgaba la oportunidad de recorrer un mundo casi completamente sin restricciones. Lleno de acertijos, enemigos y aventuras, las primeras opiniones del prototipo de Zelda criticaban la falta de linealidad del juego, completamente opuesta a la mostrada en Super Mario Bros., donde el mundo iba guiando al jugador a los siguientes niveles en una progresión sencilla y fluida.
En lugar de cambiar la dinámica del juego, se decidió que el jugador empezaría la partida sin una espada, así, el primer acertijo sería la búsqueda de un arma para matar a los monstruos que recorrían algunas partes del mapa. Eso dio lugar no solo al momento más icónico del videojuego, en el que Link encuentra a un anciano en una cueva que le da una espada acompañada del consejo: “It’s dangerous to go alone, take this”, sino a consolidar la esencia misma de Zelda, en palabras de Miyamoto5
En lugar de hacer el juego más fácil de entender para los jugadores, decidí quitarles la espada desde el inicio. […] Lo hice porque quería desafiarlos a encontrar esa espada. Porque sabía que pensarían en esos problemas, pensarían antes de irse a dormir o de camino al trabajo por las mañanas ‘¿cómo voy a resolver esto?’6
Con ese cambio, Zelda fue lanzado al mercado al son del soundtrack ideado por Koji Kondo, dando como resultado un éxito rotundo. No dudo que más de un jugador perdió el sueño intentando resolver los acertijos contenidos en ese mundo nuevo tal y como Miyamoto lo había deseado. Las secuelas no tardaron en llegar y con cada entrega, se ampliaba más y más el lore de la tierra de Hyrule, especificando sus orígenes, razas, religiones y culturas, al tiempo que los juegos crecían en complejidad narrativa.
A través de los años, Zelda ha mantenido a sus jugadores al filo del asiento introduciendo nuevas mecánicas de juego, hilos argumentativos, estéticas, personajes entrañables y mitos fundacionales; manteniendo fresca la historia del héroe que salva a un reino del mal, pero conservando aquel deseo de exploración de un mundo vibrante y lleno de secretos listos para ser descubiertos.
Hacia un nuevo formato narrativo
Cuando Miyamoto y el equipo de The Legend of Zelda comenzaron a construir la historia de Hyrule una entrega a la vez, a tejer mitos fundacionales en la leyenda de la creación del mundo por las diosas Din, Farore y Nayru y a referenciar a otras entregas de la saga como leyendas en el imaginario de los nuevos videojuegos, consolidaron un universo mitopoeico con múltiples facetas, algunas llenas de color y de vida, otras sumidas en la oscuridad más profunda, pero todas parte de ese mundo ahora plagado de potencial mítico. Cada nueva entrega de la saga se convirtió en la posibilidad de entender mejor el contexto mitológico de Hyrule.
Sin importar la versión que juguemos, nos encontraremos en un mundo cuidadosamente diseñado para agregar a la trama del videojuego una profunda sensación de inmersión. Esto se debe tanto a una decisión consciente de Nintendo por hacer de Link un personaje con el que cualquiera se pueda sentir identificado, como a un resultado propio, y quizás un poco inesperado, de la experiencia de jugar videojuegos.
A diferencia de otros medios narrativos, los videojuegos son capaces de ocasionar respuestas físicas mucho mayores que un pulso acelerado ante la acción vista en pantalla o leída en un libro. Cualquier persona que se haya movido al mismo tiempo que su coche al jugar Mario Kart o que haya gritado al ser golpeado con un proyectil en un battle royale ha experimentado de primera mano una suerte de confusión que Kristina Drzaic y Peter Rauch en “Slave Morality and Master Swords: Ludus and Padia in Zelda” describen como un estado intermediario en el que el jugador se sabe distinto del avatar que controla, pero al mismo tiempo se ve proyectado en él7. El jugador es, controla y observa al avatar al mismo tiempo en un balance entre experimentar el mundo ficticio de los videojuegos y contemplarlo desde la distancia.
En Zelda, este estado es facilitado por el carácter silencioso y casi anónimo de Link (aunque cualquier aficionado de la saga podrá descubrir las sutiles, y a veces no tanto, variaciones de carácter entre los Links que han aparecido a lo largo de la historia) y por los recientes intentos de Nintendo por “diseñar un Link mucho más neutral para que los jugadores se puedan ver representados en él”. Nuestro protagonista toma pocas decisiones por sí mismo, normalmente su voluntad queda casi totalmente en nuestras manos y su pasado, contexto familiar o anhelos personales rara vez son relevantes en la trama del juego. Link simplemente es llamado a la aventura y depende de nosotros guiarlo hacia la victoria.Claro, al jugar estamos conscientes de que no somos Link, que somos entidades8distintas, pero después de vencer un templo especialmente difícil o de explorar las montañas escarpadas de Breath of the Wild (2017), ¿realmente podemos decir que eso lo hizo Link enteramente solo? No, lo hicimos nosotros por medio de él. Esa es la inmersión que ofrecen los videojuegos: el sabernos distintos al protagonista mientras reconocemos que somos nosotros quienes hacemos avanzar la trama y quienes experimentamos el mundo mitopoeico a través de los ojos y el cuerpo de nuestros avatares. No es extraño, entonces que se le haya puesto Link al protagonista de la saga cuando, como dice Miyamoto “conecta a las personas entre sí”9 y es el enlace que nos permite explorar el mundo de Hyrule.
Esa capacidad de inmersión representa el potencial inmenso de la industria de videojuegos para la narración de historias mitopoeicas. Mientras que un libro, una serie o una película podrían ser criticados por poner demasiadas historias secundarias que desvíen la acción de la trama principal, un videojuego como Zelda puede contener todas las desviaciones que quiera. Es, finalmente, el jugador quien decide si pasa el día haciendo recados para los habitantes de una aldea, intentando lograr el puntaje más alto en un minijuego de arquería o rescatando a las vacas de una granja de ser raptadas por una amenaza extraterrestre en lugar de avanzar la historia principal. Y a la vez, todas las desviaciones ayudan a cimentar el mundo mitopoeico: le dan vida a los personajes secundarios, animan al jugador a explorar cada rincón del mapa en busca de cofres, objetos o recompensas de una side quest y por lo tanto a explorar en su totalidad un mundo creado para ellos y enriquecen la experiencia de juego.
Pero, ¿cómo vencer la barrera de la falta de corporeidad de los jugadores? No podemos oler el mundo, ni sentir el viento o tocar las cortezas de los árboles, solo experimentamos el mundo del videojuego desde lo visual y las pequeñas acciones físicas con las que movemos a Link e interactuamos con su mundo no bastan para reemplazar a nuestro olfato o tacto. Durante el desarrollo de la última entrega de la saga, Breath of the Wild, este fue el tema a solucionar10.
Lo que Nintendo decidió fue apostar por pistas auditivas y visuales que nos permitieran experimentar de una forma más completa a Hyrule. Así, los desarrolladores jugaron con la manera en la que aparecía la densidad del aire; dándole a algunas regiones la apariencia de humedad y a otras, la de calor absoluto. Perfeccionaron los sonidos del juego para que podamos escuchar mejor los cascos de los caballos sobre la tierra, la caída de la lluvia o una fogata en medio de un bosque y volvieron a llenar al mundo, como en entregas anteriores, de la brillante musicalización de Koji Kondo. El resultado fue la entrega más inmersiva que Zelda ha dado a luz en años.
Zelda por siempre
Lo primero que hice al inicio de la pandemia fue comprarme un Nintendo Switch. En realidad no planeaba hacerlo y en retrospectiva no fue la mejor decisión para mi bolsillo, pero conforme los días se acumulaban pensé que el encierro sería más llevadero en Hyrule. Años antes ya había jugado un poco de Breath of the Wild en una consola prestada, pero ahora estaba decidida a terminar el juego. Me encontré con un mundo tan vibrante como ese que había recorrido de niña en el océano infinito del Wind Waker, el mundo apocalíptico de Majora’s Mask o los cielos despejados de Skyward Sword. Era una experiencia familiar y aún así desconocida.
Me sentí desafiada por la realidad que se revelaba ante mí, emocionada por descubrir de qué manera este juego se acomodaba en la línea del tiempo canónica de la saga, pero más que nada me sentí conmovida. Regresar a Zelda ha sido, de alguna manera, como regresar a casa. Más allá de las reflexiones sobre la construcción mitopoeica del mundo, la jugabilidad de cada entrega o su capacidad inmersiva, debajo de todo eso, Zelda es una carta de amor a la exploración, a la curiosidad y a la resiliencia que lleva a un jugador a recorrer minuciosamente todo un mundo para exprimirle cada uno de sus secretos.
Me estoy tomando mi tiempo cazando escarabajos, trepando montañas, explorando ruinas y cocinando con todos los ingredientes que he encontrado en el juego y al hacerlo me he dado cuenta de que seguimos regresando a Zelda porque recompensa nuestra curiosidad, porque teje tramas y subtramas y las deja para ser descubiertas en ruinas lejanas o en granjas apacibles al tiempo que nos da la posibilidad de visitar los mundos fantásticos con los que soñamos pertenecer.
Miyamoto dijo en la introducción a la Hyrule Historia11, el volumen que ordena a todas las entregas de Zelda bajo una línea del tiempo ramificada, que las aventuras de Link continuarán siempre que sigamos amando el mundo de Hyrule. Pues bien, si los últimos 35 años son una muestra de la constancia de nuestro amor, tendremos más Zelda por un largo rato.
Aonuma, E., Himekawa, A., Miyamoto, S., Hyrule Historia, Dark Horse Books, 2013.
Cirilla, Anthony G., “Introduction: Zelda, Mythopoeia, and the Importance of Developing an “Inside” Perspective on Videogames”, Alicia Fox-Lenz, “Digital Mythopoeia: Exploring Modern Myth-Making in The Legend of Zelda”, David Boffa, “Take away the Sword: Teaching for Creativity and Communication with The Legend of Zelda in Art History”, Mythopoeic Narrative in The Legend of Zelda, Routlege, 2020.
Drzaic Kristina y Peter Rauch, “Slave Morality and Master Swords: Ludus and Padia in Zelda”, The Legend of Zelda and Philosophy. I Link Therefore I Am, Open Court, 2008.
Nintendo, The Legend of Zelda Breath of the Wild- Creating a Champion, Dark Horse Books, 2017.
Paumgarten, Nick, “Master of Play. The many worlds of a video-game artist”, The New Yorker, https://www.newyorker.com/magazine/2010/12/20/master-of-play
Hace un siglo un joven de apenas veinte años dejó su natal Nueva Orleans para ir a Chicago. Ese joven, en los siguientes años, gracias a su presencia escénica y a su habilidad musical iba a cambiar no sólo la música que tocaba, el jazz, sino la música popular de su país, en primera instancia, y del mundo.
El joven era Louis Armstrong; quien, en palabras de Amiri Baraka, fue uno de los dos cantantes más influyentes en la música popular estadounidense durante la primera mitad del siglo XX (al lado de Bessie Smith). Y, por supuesto, Louis Armstrong fue el más grande instrumentista cuya influencia ha visto la música, agrega Baraka en su Digging, su ensayo sobre el alma afroamericana de la música de los Estados Unidos.
Louis Armstrong se encaminó a Chicago porque su mentor, Joe King Oliver, lo invitó a formar parte de su banda, la Creole Jazz Band. King Oliver, cornetista y trompetista, también era originario de Luisiana y conoció a Armstrong cuando este era un adolescente recién salido del reformatorio en torno a 1914. El adolescente aprendió a tocar la corneta en el reformatorio; estaba interesado por la música, en una ciudad donde el jazz prosperaba.
King Oliver, mientras compartía sus conocimientos con el joven Louis, ingresó a la Eagle Band, que se había formado en 1907 para tocar en el Eagle Saloon, de donde tomó su nombre. Fue una de las bandas de jazz tradicional más reconocidas de Nueva Orleans hasta 1917 cuando se disolvió. Ese año King Oliver se mudó a Chicago que, dada la prosperidad de los centros nocturnos, se estaba volviendo el centro del jazz. El trompetista, luego de haber estado en algunas de las bandas que tocaban en la ciudad del lago, Michigan decidió conformar su propia banda, que se convirtió rápidamente en un referente.
Por su parte, el joven Armstrong siguió su formación musical tocando en bandas de Nueva Orleans y en las barcas de vapor que recorrían el Misisipi. Las condiciones de pobreza en que vivían él y su familia lo obligaban a tener dos empleos, uno durante el día y otro como músico durante las noches.
II
Al comenzar la década de los 1930s Louis Armstrong ya era una de las figuras más influyentes, con sus solos de trompeta. En 1932 se embarcó en su primera gira por Europa, donde pasó los siguientes dos años y dónde, gracias a su contrato con su disquera Okeh Records, no era ningún desconocido.
Diez años antes, a su llegada a Chicago se había integrado muy bien en la banda de su mentor, quien lo había Joe King Oliver. Ahí fue donde aprendió. En 1923 tuvo su primera grabación con la Creolle Jazz Band. Para el año siguiente, era el solista más reconocido de la misma.
Fletcher Henderson, un pianista que acababa de formar la Fletcher Henderson Orchestra en 1924 en Nueva York, supo de la habilidad de Armstrong y lo invitó a integrarse a su orquesta. Henderson, nacido en Georgia en una familia de afroamericana de clase media, tenía una formación musical clásica, su madre fue maestra de piano. Al mudarse a Nueva York, luego de varios trabajos, decidió formar su propia banda, que fue uno de los pasos decisivos para la conformación de lo que se conocería como big band, las grandes orquestas de salón.
Armstrong dejó la banda de Oliver en buenos términos y se mudó a Nueva York; en compañía de su esposa, Lilian Hardin; con quien se casó a principios del 1924. Al llegar a la Fletcher Henderson Orchestra dejó la corneta y empezó a utilizar la trompeta, para armonizar mejor con sus compañeros de banda.
Para finales de 1925 estaba de regreso en Chicago, donde conformó dos bandas con las cuales grabó con la Okeh Records: The hot five y The hot seven. Ambas agrupaciones desarrollaron el estilo dixiland, enfocado en los metales y el desarrollo de la improvisación; el virtuosismo de Armstrong como trompetista quedó patente en las grabaciones que hizo con ambas agrupaciones en ese periodo. Entre las que destaca Ain’t Misbehavin’.
Más que las grabaciones que Armstrong hizo de Ain’t Misbehavin’ con sus bandas, eran las interpretaciones que había hecho de esa canción en 1928 como parte del musical Keep shufflin’, que se estrenó en Broadway. Sobre ese punto dijo: “Estoy convencido de que esa canción magnífica y la oportunidad que tuve de tocarla fueron de enorme ayuda para darme a conocer en todo el país.”
III
En la primavera de 1982, el doctor Palmas publicó en una revista especializada la primera descripción de un padecimiento frecuente entre los músicos que interpretan instrumentos de viento: la rotura del músculo orbicular. El doctor, al describir el padecimiento que observó en trompetistas, decidió llamar a ese padecimiento con el apodo de la persona más famosa que lo había tenido: Satchmo, el síndrome Satchmo.
Louis Armstrong en su primera gira por Europa recibió uno de los apodos con los que se le identificaría y empezó a sufrir los problemas en los músculos faciales que lo orillaron, a su regreso a Estados Unidos, a tomarse un descanso de la trompeta. En Londres, el editor de una revista lo saludó con la sincopa de satchelmouth, boca de bolsa, en referencia a cómo se le hinchaban los labios al tocar. Aquel Hello, Satchmo! se quedó con el músico y desde ese momento mantuvo el apodo; incluso, también con una forma aún más corta: Satch.
Mientras aquella gira se extendió también lo hizo los problemas que Armstrong tenía en la boca, los dolores y la fatiga que le causaba tocar la trompeta. A pesar de lo cual siempre cumplió con sus compromisos.
Una vez terminó la gira europea Louis Armstrong decidió darse un descanso; la lesión en el músculo orbicular se le pedía, la lesión por la que cinco décadas más tarde el doctor Palmas nombraría un síndrome en su honor.
Cuando regreso a los Estados Unidos no soplo la trompeta por cosa de seis meses. Me lo sacó de la cabeza. No puedo seguir con todos esos buscapleitos a mi alrededor, llegó a decir Armstrong en los sesenta.
El éxito que había alcanzado le permitió no desaprovechar ese descanso obligado y empezó a escribir su autobiografía, Swing that music, que publicó en 1936.
IV
En medio de la década de 1950 para informar a sus lectores de la gira de Louis Armstrong por Europa, el New York Post informaba:
El arma secreta de América [en la guerra fría] es una nota triste en clave menor. Ahora mismo su embajador más efectivo es Louis (Satchmo) Armstrong.
La década de los cincuenta estaba viendo el surgimiento del rock & roll, en el jazz muchas figuras brillaban por sí mismas y, sin embargo, Armstrong seguía cantando y tocando la trompeta. De esa época es su popular grabación a dúo con Ella Fitzgerald, en 1956 tocó con la Filarmónica de Nueva York.
A pesar del cambio de gusto, de las nuevas formas musicales que prosperaban, muchas gracias a la benéfica influencia del mismo Satch, Armstrong seguía cantando y tocando la trompeta. Así, por ejemplo, en 1964 grabó Hello, Dolly, su tema más vendido; estuvo número uno en las listas de su país, sobre los Beatles que ese año hicieron su primera gira a los Estados Unidos. What a wonderfull world, que grabó en 1968, por su parte, estuvo número uno en las listas de Inglaterra de ese año.
Mantuvo un frenético ritmo de trabajo a lo largo de toda su vida, salvo en los momentos en los que su salud se lo impidieron. En 1959 sufrió un ataque al corazón, del que se recuperó. En 1971 volvió a sufrir otro ataque al corazón, por lo que tuvo que guardar reposo un par de meses. El 6 de julio de ese año murió; la noche anterior se había reunido con su grupo para tocar.
V
Las dos sondas espaciales Voyager son los objetos de fabricación humana que más lejos han viajado. Cada una de ellas carga un disco de oro en cuya superficie fueron grabados Los sonidos de la tierra, un intento porque civilizaciones interestelares que pudieran encontrar aquellas botellas lanzadas al mar cósmico, como llegó a describirlas Carl Sagan, conozcan algunos de los sonidos de nuestro planeta y nuestras civilizaciones.
En ese disco, hecho de oro para evitar cualquier corrosión, se grabaron los saludos en cincuenta y seis idiomas. Esos discos incluyen una parte de sonidos de volcanes en erupción, truenos, el viento; de animales como perros y caballos, así como el canto de las ballenas. En una tercera sección de los discos se incluyó la música de la tierra.
Este apartado está compuesto por veintisiete piezas musicales, de las cuales tres fueron compuestas por Bach. Entre esa música que la humanidad grabó como una carta de presentación está, también, una pieza tocada por Louis Armstrong: Melancholy blues. La poderosa interpretación que Armstrong le da a su trompeta, que envuelve al oyente con su ritmo, habrá de ser, si las Voyager cumplen con su cometido, una forma de presentar el quehacer de la humanidad. Mejor embajador no podemos tener que Satchmo.
Graffiti “Todo el mundo es Dolly” en Thessaloniki.Autor: Pvasiliadis. Creative Commons Attribution-Share Alike
Hay que contarlas hasta quedarse dormido, dicen. Una oveja tras otra. Un rebaño en el techo de la habitación oscura, un método contra el insomnio, ¿le habrá funcionado a alguien?
2.
Dormir es quizá parecido a quedarse ciego.
3.
Hay quien asegura que la oveja Dolly era ciega, ¿cómo saberlo? No me causa gran interés. Prefiero a Laika, la perrita enviada al espacio contra su voluntad por los soviéticos: la imagino absorta, sin comprender su destino, ascendiendo a toda velocidad. Laika, por lo menos, tuvo una vida previa a la ciencia, en cambio Dolly nunca llegó a conocer el mundo.
4.
Como sucede con los personajes de Canino, la película de Yorgos Lanthimos, muy famosa, casi un remake de El castillo de la pureza de Ripstein. En ella, los hijos de la familia han vivido, desde su nacimiento, enteramente confinados, con profundo miedo del exterior. Como Dollly, son también víctimas de un experimento cruel y de alcance limitado. Recuerdo una escena: las hijas van por el jardín a cuatro patas y con los ojos vendados, ¿qué persiguen en ese acto? ¿Su propia humanidad? ¿O en cambio se entregan a un sutil y abrumador salvajismo?
5.
Quizá las películas de Yorgos Lanthimos, sin excepción, navegan entre la humanidad y lo salvaje. En La langosta, los personajes también se confinan, esta vez en un hotel; tienen un objetivo: conseguir pareja lo más pronto posible, de lo contrario, se convertirán en animales para siempre. Los personajes de Lanthimos tienen más en común con la oveja Dolly de lo que parece; van sin opciones y con el destino marcado. Casi tragedia griega. Dolly murió a la mitad de su vida útil, víctima de una enfermedad pulmonar. Si a Lanthimos se le hubiera ocurrido hacer lo contrario, me pregunto, si los personajes de La langosta fueran todos animales, ¿habrían aceptado convertirse en humanos?
6.
Es difícil para una oveja elegir. Pienso en Baarack, otra oveja que se hizo famosa recientemente. La encontraron en los bosques australianos con treinta y cinco kilos de lana encima. Baarack había pasado varios años fuera del radar de los granjeros y por supuesto, de los científicos. Cuando la encontraron, estaba ciega, había olvidado cómo era el mundo por llevar toda esa lana encima. Oveja ciega, oveja en negro. El peso le dificultaba el andar. No es difícil imaginar lo que ocurrió: Baarack fue trasquilada y convertida en sesenta y un suéteres y cuatrocientos noventa pares de calcetines.
7.
Este texto debería ser enteramente sobre la oveja Dolly, pero no lo será.
8.
El término oveja ciega o blind sheep se usa para describir a alguien ignorante, con argumentos limitados. Poco tiene que ver con el término oveja negra, que describe más bien el carácter disidente. Cuando se cuentan ovejas para dormir, casi siempre son ovejas blancas. Las ovejas negras parecen estar en otra parte. En el Mabinogion hay un relato: las ovejas blancas y las negras están separadas por un río. Cuando bala una oveja blanca, una negra atraviesa el río y muda su color. Cuando una negra hace lo mismo, la blanca es quien cruza la corriente y se transforma en negra. Las ovejas, tal vez, siempre están mudando.
9.
El río que separa las ovejas blancas de las negras en dicho relato simboliza el cruce al más allá. ¿Cuánto llegaré a vivir?, me digo a veces. Si en algo nos parecemos los humanos y las ovejas es en esa muda constante. Hace tiempo, una amiga me confesó que lloraría el día que le saliera su primera cana. A la fecha, ese día no ha llegado. Quizá, igual que los personajes de La langosta, nosotros tampoco podemos elegir. El pelo puede teñirse -como la lana de Baarack, que devino en suéteres rojos, amarillos y azules-, pero evitar que el cuerpo mude por el paso del tiempo es imposible.
10.
A Dolly, para tratarle la artritis, le prescribieron antiinflamatorios. Pequeñas cápsulas diseñadas en un laboratorio. La ciencia busca por todos los medios poner de su parte. Tanto mi vida como la de la oveja Dolly están atravesadas por ella, con una pequeña diferencia: yo nunca seré clonado.
A Dolly le fue dado ese nombre gracias a la cantante Dolly Parton, quien apenas hace unos meses donó una importante cantidad de dinero para el desarrollo de una vacuna.
¿Cuánta vida pasamos sin sospechar de la ciencia, sin mirarla de reojo?
Pensar en Dolly -la oveja, no la cantante- me trae a la mente otros animales, también sacrificados, esta vez por la industria del cuidado dérmico: los conejos, los simios, los cobayos. De un tiempo atrás, la cosmética me interesa. Esta mañana me he puesto en el rostro un serum y una mascarilla, es muy probable que de dudosa calidad y, es casi seguro, probados en vidas ajenas.
11
La mascarilla y el serum me los he puesto para combatir los efectos del insomnio. Esta semana ha vuelto. Y no me he puesto a contar ovejas, método que jamás me ha funcionado y que considero inútil. Tratar el insomnio es también un asunto científico: hay que probar diferentes métodos, hacer teorías, prueba y error. Uno se puede levantar y dar doscientos cincuenta pasos, pero quizá sea demasiado, uno debe evitar a toda costa la exposición a la luz brillante de las pantallas, un hecho que, dicen los científicos, nos afecta la vista y el sistema nervioso.
Otro método: contar estrellas, como Laika.
12.
Para combatir el insomnio, leo un cuento de Banana Yoshimoto, “Sueño profundo”, esperando que me ayude. Es un cuento de giros sutiles. La protagonista duerme de más todo el tiempo y una amiga suya, muerta por sobredosis, tiene un trabajo inusual: acompaña a las personas que quieren dormir, les lleva una taza de café si lo necesitan, vigila su sueño, se queda despierta toda la noche. La protagonista, en cambio, ya no tiene memoria de la realidad: “¿Cuándo empecé a abandonarme al sueño?¿Cuándo dejé de resistirme a él?… ¿He estado alguna vez completamente despierta, llena de vigor y energía? De eso hace ya demasiado tiempo, me parece la prehistoria.” Me da envidia.
13.
Una noticia de The Guardian: “Dolly the sheep is put to sleep, aged only six”. Era una copia, se anota, y como todas las copias, pierde el efecto con más rapidez que el original.
14.
A veces, para dormir, me cuento una historia a mí mismo. Esa historia surge casi siempre de una pregunta, por ejemplo: ¿con qué soñó Dolly cuando se fue a dormir?
15.
A veces, simplemente no duermo.
16.
Y sigo haciéndome preguntas: ¿las ovejas que no pueden dormir cuentan humanos?
Misterio del cuerpo, la psique formula los usos y costumbres de la vida. Sin embargo, hasta el día de hoy, se desconocen las honduras fisiológicas donde se traza lo que llamamos mente. Hay en ello un consuelo y una excusa. Ignorar nuestros recodos neuronales justifica la presencia de manías inexplicables, de filias nebulosas.
La mente es otro cuerpo. Sus extremidades alcanzan aristas invisibles, extendidas sobre las nuestras como los hilos de un ventrílocuo: a su capricho entregamos las vicisitudes de nuestro comportamiento y los impulsos subyacentes a nuestros deseos.
Las sociedades nacen cuando un puñado de personas se resignan a creer que los caminos de la mente guardan convergencia en cada individuo. Ted Kaczynski, salido de la ruta a fuerza de explotar bombas y amenazar aerolíneas comerciales, dijo que el concepto de salud mental se define en gran medida por la capacidad que tiene un sujeto para comportarse de acuerdo a las necesidades del sistema sin mostrar signos de estrés.
En las siguientes líneas encontrarás una pregunta oculta y recurrente: ¿existe un perímetro cerebral donde se emparede a lo sano?
II
El morbo nace y muere en la carne. Morbus, su raíz latina, refiere a la enfermedad: aún hoy le llamamos morbilidad a la condición física en la que la salud se ve mermada. El significado contemporáneo de morbo, enmarcado en toneladas de estudios acerca del comportamiento humano, se le asigna a la inercia mental de sentir atracción hacia lo retorcido.
Por otro lado, más de una corriente de la psicología ha teorizado al morbo como la necesidad de mirar lo ajeno con minuciosidad intensa. El morboso atenta contra las normas sociales al inmiscuirse en los cuerpos que no son suyos: viola lo privado, coloniza la experiencia personal.
El morbo invita a la mente a suplir las sensaciones propias por las ajenas. Padre de todo testigo, se regodea en la periferia de otras vidas: procura sus imágenes y sus texturas, en búsqueda de una apropiación que nunca termina de concretarse.
El morbo es, sobre todo, un saqueo estético.
III
Cada tribu vive a la sombra de sus prohibiciones silenciosas. Ciertos acuerdos enmascarados se perpetran dándole la vuelta al enfrentamiento cotidiano con los tabúes en turno. El morbo, por regla general, se alimenta de lo inescrutable.
Bajo la luz de lo anterior tiene sentido encontrar un atractivo paradójico en la muerte: ¿acaso hay algo más incognoscible que ella? Llegar a rozarla, desde la distancia del observador, es el quehacer que le compete al morbo. La presencia de mirones en accidentes aparatosos y en escenas de asesinatos viscerales no resulta, pues, difícil de explicar.
También el coito, relegado históricamente a la geografía de las alcobas, alberga en su seno un ideario de curiosidades clandestinas. El juego de la imaginación alrededor del acto sexual y del erotismo sustituye en la carne a las experiencias que ella misma sabe prohibidas. Transgredir el simple ejercicio mental y cumplir con las fantasías del morbo implica, en algunos obscuros casos, la deshumanización del otro: lo vuelve un simple medio para satisfacer placeres sensoriales. Dejando de ser persona, se convierte en materia dispuesta para la profanación.
La degradación física del cuerpo se ha suscitado desde que conocemos el alcance de nuestros puños. El horror no es nuevo para la especie. Generaciones enteras han presenciado con tranquilidad monástica escenas rutinarias de músculos y tegumento rotos por el acero. Sabiendo que desmembrar y desollar no son verbos recién desempacados del lenguaje, ¿qué es, entonces, lo que modifica a la experiencia del horror físico y sexual en el mundo contemporáneo?
IV
En la última década, YouTube promovió la fascinación popular por las leyendas urbanas que implican la existencia de shock videos con tramas delirantes. Desde luego, uno de los aspectos más atrayentes en la idea de que en diversas partes del mundo se hayan grabado filmaciones grotescas sobre bestialismo y necrofilia pedófila (por mencionar un par de humildes ejemplos), es que su visualización resulta prácticamente inaccesible, reservada para un grupo de enfermos anónimos con la capacidad de burlar a los motores de navegación convencionales.
Día tras día, diferentes youtubers graban su experiencia ─mediada por la censura de un cuadro negro en su pantalla─ a lo largo de páginas en la Deep Web donde se venden armas y drogas o se ofertan servicios de sicariato. Otros se limitan a narrar historias sobre filmaciones gore de llana tortura. A pesar de que cada uno de tales videos no inspira otra cosa más que muestras de repulsión en su caja de comentarios, las vistas de los mismos se cuentan en millones.
Internet, pues, ha aumentado la disponibilidad y la accesibilidad de contenido grotesco. Algunas estadísticas (¿realmente se puede saber algo con precisión matemática acerca de un mundo regido por el anonimato y la discreción?) señalan la posibilidad de que existan páginas distribuidoras de pornografía infantil que albergan más de un millón de fotografías cada una. El aspecto aterrador de tal cálculo reside en los casos comprobados. Lolita City, únicamente accesible a través de Tor, era una página de pornografía de menores con más de 100 gigabytes de contenido, que sólo pudo darse de baja tras un ataque de Anonymous.
Al incendiar la imaginación colectiva de los internautas, las leyendas urbanas sobre shock videos no tienen límite en su formulación. Existen relatos de gente que asegura haber visto filmaciones sobre actos que van desde la defecación encima de menores hasta el canibalismo. Por otro lado, se sabe que algunos de esos videos son absolutamente reales, contando con unos pocos casos afortunados que devinieron en el encarcelamiento de los creadores.
La fantasía del horror es la concreción última del morbo. Consciente de ello, es probable que por cuenta propia te hayas unido al escarnio contra obras como las mencionadas más arriba. Quizá te haya aliviado saber que, al menos, la fracción de la población que produce y consume esos videos es mínima.
¿Has meditado la posibilidad de que alguien a tu alrededor (un amigo, quizá un maestro, un familiar) forme parte del grupo?
Arreglo floral y bandera, en la sede donde se desarrolló el Primer Congreso del Partido Comunista de China, Shanghai, China. 4 de agosto. Créditos a Banfield. Creative Commons Attribution-Share Alike
Un dron sobrevuela un campo en alguna provincia rural (pero hegemónica) de la China comunista. El dron anuncia a una pareja de campesinos, a plena labor de siembra, que no es recomendable estar fuera de casa sin cubrebocas, que tomarán las medidas apropiadas. “Esto es una pandemia,” dice el dron, “y estamos aquí para ayudarles”.
El video circuló por las redes sociales a principios del año pasado, momento en que la pandemia ocasionada por el virus SARS-Cov-2 comenzaba su propagación. Desde ese momento, el Partido Comunista Chino (PCCh), en ciernes de su centenario, anunciaba al mundo que, si bien el estremecimiento global que se avecinaba había tenido su origen en una de sus más grandes ciudades, ellos harían todo lo posible por contenerlo. Así comenzaba el auge de la exportación cultural China más importante desde la seda: el biocontrol.
A cien años de su fundación, el PCCh ha logrado lo que pocos países dentro de masas continentales importantes han conseguido: una contención de casi el cien por ciento del virus dentro de su territorio nacional. Según estadísticas de la facultad de ingeniería y ciencia de la universidad de John Hopkins, China es uno de los países con menor cantidad de casos per cápita, sumando apenas siete casos y menos de una muerte por cada cien mil habitantes.
La sospecha, sin embargo, es tangible. El video resultó ser falso, una campaña de propaganda más, esta vez utilizando como su medio no los carteles y los conmovedores slogans, sino las redes de transmisión viral que son el internet. Las críticas hacia el PCCh por su manipulación y secretismo que emergieron durante 2020 parecieran estar dirigidas hacia el lugar casi correcto, ignorando por demás, o prefiriendo no ver, los aspectos verdaderamente criticables del PCCh.
El PCCh representa para ciertos teoristas un sistema de dominación ideal, en tanto su origen y visión se arraigan en una historia milenaria, en la que el poder, las revueltas y los símbolos. Es de especial interés el caso del movimiento neoreaccionario, o NRx, una facción radical del pensamiento aceleracionista impulsada, entre otros, por Nick Land, el mismísimo patriarca del aceleracionismo. En entrevistas, Land ha descrito a China como una sociedad lanzada de lleno al aceleracionismo, cuya forma de pensar está fijada en el futuro.
El aceleracionismo, en su forma más básica, aboga por la aceleración del desarrollo capitalista y tecnológico. En qué desemboca esta aceleración es una de las cuestiones que dividen en dos a esta filosofía. Por un lado, están quienes plantean que esta aceleración desembocará finalmente en la caída del capitalismo y que la tecnología nos dará las herramientas para construir un futuro post-capitalista. Del otro lado se encuentra quienes abogan por la intensificación indefinida del capitalismo a fin de llegar a una “singularidad tecnológica”, es decir, un punto en el que el crecimiento tecnológico sea irreversible e incontrolable.
Dentro de la segunda ala, denominada aceleracionismo de derecha, se encuentran el NRx, adoptado en años recientes por facciones de ultraderecha violenta. Sin embargo, su fanatismo por la doctrina se quedaría demasiado corta para las miras de Land, cuya filosofía nada tiene que ver con raza, sino con poder y deseo, entendidos desde un análisis expandido de Deleuze y Guattari. Sobre la modernidad, Land escribe desde China, su actual residencia:
Aunque establece algo parecido a una nueva normalidad, se despega decisivamente de cualquier forma de estado estable. Nos muestra ondas y ritmos, pero subsume estos ciclos en vez de sucumbir a ellos. A medida que nutre la especulación apocalíptica, complica continuamente la anticipación de un “fin de los tiempos”. Engendra una modalidad del tiempo e historia previamente imprevista, caracterizada por una transformación direccionada en constante aceleración, cuyos índices son el crecimiento cuantitativo y la innovación cualitativa.
En la introducción a Fanged Noumena, la colección fundamental de escritos de Land, sus editores escriben que, “de forma sorprendente, el despegue auto-sofisticante del meltdown planetario se vuelve ahora un accesorio del capital cultural”. Si los grupos anarquistas hablan de la cancelación del mañana, Nick Land y Xi Jinping comparten una fe aseverada en el futuro. El plan de tres periodos propuesto por Jinping es testimonio de una nación cuya capacidad de mirar hacia el futuro lo hace sin olvidar su pasado. Cambian, evidentemente, las tácticas, pero no la estrategia. Jinping asegura que para 2050, China se habrá convertido en una potencia mundial. El año pasado marcó apenas el final del primero de los tres periodos del plan de Jinping: 2010-2020, 2021-2035, 2036-2050. Esto plantea la pregunta: ¿es la ambición china un sueño inalcanzable o una realidad previsible?
El hecho de que China se concentre en el futuro no debería suscitar ninguna sorpresa: ninguna nación occidental se acerca en términos de temporalidad a la historia que China sostiene. Si bien es una historia turbulenta, llena de fracturas y restituciones, es también una historia administrada y vigente, que no fue cooptada por colonizaciones o procesos de palimpsesto cultural. Los más de tres mil años de historia china no son peso muerto para sus gobernantes. Aquí valdría la pena ahondar en un último ejemplo y un último concepto: la persecución del Falun Gong y el Mandato del Cielo.
El concepto del Mandato del Cielo (tiānmìng) tiene que ver especialmente con la revuelta popular. La idea difiere de nociones inherentemente occidentales que pueden confundirse en nombre: si el “derecho divino” de los reyes europeos aseguraba a una línea de sangre entera el derecho para gobernar un reino, el Mandato del cielo ponía en tela de juicio la gobernancia de una dinastía: al buen gobernador se le concedía este “favor del cielo”, mientras que al mal gobierno se le removía. El factor determinante para establecer si un gobierno era bueno o malo era la revuelta popular. En palabras de Elizabeth J. Perry, académica especializada en el tema, “en la China imperial, aquel que pudiera arrebatar el trono por fuerza ganaba la sanción confuciana para su mandato; como dice aseveradamente el proverbio, ‘Aquel que tiene éxito se vuelve rey o marqués; aquel que falla se vuelve un forajido.’ (Perry, 2001)
Es decir, si una revolución triunfaba, significaba que el gobierno carecía del Mandato del cielo y, por ende, no era apto para seguir gobernando. Dichas revoluciones (y esto lo especifica también el confucianismo) triunfarían solo al abolir los lineamientos de clase impuestos por la élite dominante, uniendo al pueblo.
En este sentido, las revoluciones chinas de principios del siglo pasado, incluyendo la revolución de Mao Zedong, se apegan a los lineamientos que prescribe el confucianismo: intelectuales, obreros y comerciantes se unieron en distintas olas para derrocar, primero, al imperio, y, más tarde, a la nueva república. Pero una vez conseguido el triunfo, el PCCh desarticuló una vez más las conexiones sociales para establecer un orden jerárquico y con pocas posibilidades de interacción entre clases.
Es en este contexto en que la persecución del Falun Gong se vuelve tan interesante. El Falun Gong, o Falun Dafa, es una religión nacida en los 90s basada en el qigong, una disciplina que combinaba técnicas de respiración y artes marciales. En un principio, la novedosa religión estaba bien vista por el gobierno central, quizás en parte porque las disciplinas qigong fueron un componente recreativo central del PCCh en sus inicios. Sin embargo, a medida que el Falun Dafa creció, el gobierno central cambió su postura radicalmente.
Lo que inició como una campaña de propaganda en contra del Falun Dafa culminó famosamente en una de las manifestaciones pacíficas más grandes de la historia moderna de China. El 25 de abril de 1999, alrededor de 10,000 practicantes del Falun Gong se reunieron a las afueras del Zhongnanhai, la oficina central del PCCh, para pedir que su religión fuera reconocida oficialmente y que la campaña de desprestigio terminara.
Si bien la protesta concluyó de forma pacífica, los años siguientes marcaron un cambio más notorio en la postura del gobierno de Deng Xiaoping frente al Falun Gong: persecución, encarcelamiento extrajudicial, tortura, internamiento en campos de “re-educación” y sospecha de asesinato son solo algunas de las violaciones a los derechos humanos que se le atribuyen al PCCh durante esos años (aunque, durante años recientes, la historia se haya repetido con protagonistas distintos).
¿Por qué el gobierno Chino se sintió tan intimidado por un grupo religioso? Las causas son distintas. De acuerdo a Perry, por un lado está el hecho de que la religión no distinguía clases. Personas de todos los ámbitos se habían unido y formaban parte activa del Falun Gong. Había entre sus filas, incluso, a oficiales de alto rango del mismo PCCh, lo cual significaba que la religión se esparcía ya dentro del propio partido. Por otro lado, el gran número de seguidores de la religión tenía una carga significativa: por los propios estimados del gobierno chino, en 1999 había alrededor de 70 millones de practicantes del Falun Gong en la China continental.
Más allá de eso, podemos encontrar razones basadas de nuevo en el confucianismo. Tradicionalmente se pensaba que la pérdida del Mandato del Cielo venía precedida por sucesos astrológicos inusuales, lo cual podría explicar por qué los meteorólogos aseguraron a la población que el eclipse lunar del 28 de julio de 1999 no era causa de alarma. Ante los hechos, el gobierno del PCCh parecía realmente preocupado por perder su propio Mandato del Cielo.
Estamos hablando, entonces, de un partido político que se preocupa tanto por las viejas tradiciones imperiales de las dinastías, basadas en el confucianismo, como por saltos hacia adelante que ningún partido político en otro lugar del mundo pensaría en planear. En el 2050, año en que termina el plan de los tres periodos de Xi Jinping, el PCCh habrá estado en el poder por 101 años. El poder, pensado en los milenarios términos de las dinastías chinas, no puede ser ejercido en menos tiempo.
En el centésimo año de su formación y el septuagésimo segundo de su mandato, es claro que el PCCh no es un partido político a la manera en que occidente define a sus partidos políticos, así como el comunismo de su nombre no es el mismo comunismo que abogó Marx o siquiera Lenin, o ya el que occidente, bajo la bandera de la democracia, ha querido erradicar. No es tampoco una dinastía en sí, pero a esta última categoría se le parece más. Su plan de desarrollo, su capacidad para subsumir los ciclos del capitalismo tardío y volverlos accesorios al capital cultural de su desarrollo, son muestra de una dirigencia política que se siente completamente en control de su país.
Y, sin embargo, la historia del Falun Gong nos da ejemplos de lo fácil que puede ser atemorizar al titán. Si el Mandato del Cielo ha sido otorgado al PCCh, a través de la Revolución de Mao, eso significa que también puede ser revocado. Sea este o no el caso, lo cierto es que el PCCh parece estar sólidamente establecido, y con miras de mantenerse así, hasta completar su plan de desarrollo en 2050. En un mundo de incertidumbres, China nos ofrece esa única certeza.
Perry, Elizabeth J. “Challenging the Mandate of Heaven. Popular Protest in Modern China.” Critical Asian Studies, vol. 33, no. 2, 2001, pp. 163–180.
Walløe, Anders Norbom. “The Mandate of Heaven: Why Is the Chinese Communist Party Still in Control of China?” Thesis (Master’s), Økonomisk Institutt, Universitetet i Oslo, 2012
En Tierra Adentro tuvimos la fortuna de entrevistar a la coordinadora del grupo transfamilias, Martha Elena Díaz. Transfamilias es un grupo de acompañamiento de familias con personas trans y no binarias. Para los menos informados sobre lo “trans”, Martha explica que es un término paraguas para la identidad de género (quién eres), el cual no debe confundirse con la orientación sexual (quién te gusta). También, es un término opuesto al “cis”, que son personas que se identifican con el género que les asignaron al nacer.
Asimismo, nos indica Martha que la identidad trans se puede presentar desde los 3 años. Y claro, no es necesario tener una respuesta contundente en estas situaciones. Lo importante es que: si tu hijo/hija siente que el género que le asignaron no es el suyo, es nuestra responsabilidad investigar, apoyar y creerle para mejorar esta transición. Una manera de pensarlo es mediante nuestra propia experiencia al identificarnos como somos.
“Estamos en un mundo binario y estamos en un mundo que no acepta lo diferente; ya de orientación, de capacidades, la sociedad no acepta lo diferente”. Sin embargo, la identidad trans se vuelve cada vez más evidente y al presentarlo a la sociedad se volverá la nueva normalidad. En este sentido, Transfamilias brinda apoyo a aquellas personas trans o familiares de trans que no saben cómo reaccionar a este cambio. Martha nos dice que reúne a esta gente a través de Zoom para que platiquen entre ellas sobre sus experiencias y así generar un ambiente seguro para todos los involucrados.
Martha nos compartió una de las historias que más le han asombrado: Una mujer trans de 24 años se tuvo que mudar a casa de su abuela porque la madre la rechazó. La abuela da clases de Biblia en un reclusorio. Muchos arguyen que la religión está en contra de cualquier cosa que se salga de la heternormatividad. Hay mucha gente, todavía, que rechazaría a un familiar por ser homosexual: que es una identidad ampliamente más aceptada que las demás identidades trans. Entonces —si esta abuela puede aceptar a su nieta en su transición aun siendo parte de un grupo que no acepta estos cambios—, cualquier persona es capaz de aprender y reconocer dichas transiciones.
Los padres tienen una idea equivocada de que las personas trans acaban en situaciones peligrosas: en la calle o en trabajos sexuales. Esto es porque fueron rechazados, primeramente por ellos y luego por la sociedad. Sin embargo, si ellos aceptan y forman un lugar seguro para sus hijes trans, entonces su expectativa de vida cambia radicalmente. Mientras los padres acepten a sus hijes, pueden educar a aquellos que los rodean para que también participen de la sociedad sin prejuicios.
Porque, claramente, la sociedad no se conforma con lo diferente. Así que, si cualquier niño puede ser discriminado por diferencias menores como: traer lentes, una cicatriz, ser pequeño de estatura o más alto que los demás, o hasta discriminaciones más graves como un color de piel que no es común en ese sector en el que viven dichos niños. “No es una enfermedad, no es un trastorno, no es una cosa espantosa”, dice Martha. Es importante empezar el lugar seguro desde la familia. Así, los niños tendrán dicho lugar para refugiarse cuando sean, inevitablemente, discriminados por aquellos más ignorantes. También, no es de esperarse que todos los padres tengan la seguridad para ir en contra de la sociedad al apoyar a sus familiares. Por eso, hay más grupos de apoyo como transfamilias que ayudan a resolver dudas, acompañarte por el proceso o brindar consejos. Algunos de ellos son: @mamacontigoclaudialopez para consultorías y @transprideworld que crea otras maneras de conectar y comunicar a personas trans entre sí.
“Todo lo que una persona trans quiera hacer en el punto de vista legal, quirúrgico u hormonal es para reafirmar su transición. Realmente la transición es emocional.” aclara, Martha. Aunque también es cierto que seguimos atrasados en cuanto a leyes que protejan la identidad de la gente LGBTTTQI+. Martha confirma que es clave tener el acta de nacimiento actualizado con el nombre y género deseados para verificar dicha identidad en un espacio legal.
La palabra “transición es clave. La persona que lleva este proceso decide cómo se va a presentar este cambio en su cuerpo. Por ello, podemos ver un sinfín de combinaciones masculinas, femeninas y no binarias como un hombre con senos, una mujer con barba, etc. Y ¿cómo nos dirigimos a elles? Para esto, Martha también tiene una respuesta: preguntar nombre y pronombres preferidos. Es evidente que cometeremos algunos errores al dirigirnos a cualquier persona, lo importante es no quedarnos en el error.
Habrá momentos en que hagamos chistes indebidos por nuestra falta de educación. Pero, así como elles están en un proceso transitivo, nosotros también debemos cambiar para mejorar nuestra visión del mundo y de las costumbres que hemos heredado. Tenemos que aceptar que la sociedad está en constante cambio. La evolución sucede queramos o no, por lo que es mejor convertirse en un agente directo de dicha transformación.
Entonces, en general nuestro deber es investigar, acercarnos a otras personas en situaciones similares e informaros para convertirnos en aliados de su transición. Asimismo, la gente trans debe considerar que habrá aquellos que no los acepten. Solamente hay que guiarlos por ese cambio que en algún momento se convertirá en un evento normalizado. Para acelerar este proceso, nosotros como aliados también debemos proteger su identidad y crear espacios seguros.
Agradecemos a Martha por compartirnos su experiencia y su conocimiento para escribir esta nota informativa. Así como ella pudo establecer un lugar para las personas trans, nosotros como sociedad podemos establecer una comunidad tolerante y respetuosa de las diferencias.