Más que una continuación de Berta Isla (Alfaguara, 2017), dice Javier Marías que su más reciente novela, Tomás Nevinson (Alfaguara 2021), es pareja, complemento, espejo del libro anterior. Pero ambas también comparten universo a manera de precuela con la trilogía Tu rostro mañana (2002-2008), quizás la obra más ambiciosa del escritor madrileño.
Entre esta enorme obra de más de mil páginas —que Marías publicó en tres libros para que su padre, el filósofo Julián Marías, que aparecía como personaje, pudiera ver una parte publicada antes de morir— y su última pareja de novelas, Marías escribió dos obras interesantes, bellas, profundas, cuya calidad les valió en su momento ser consideradas entre los mejores libros del año, Los enamoramientos (2011) y Así empieza lo malo (2014).
Pese a ser de interés, estas dos novelas, y tal vez también Berta Isla, prefiguraban una ligera baja de calidad en la escritura de Marías, del que ya pocos lectores esperaban que superara la maestría de Todas las almas, Corazón tan blanco o Mañana en la batalla piensa en mí.
Sin embargo, en literatura suele haber altibajos, limbos y excepciones a la regla (como aquella que dice que nadie escribe ningún clásico después de ganar el Nóbel, pero ahí están Thomas Mann y William Faulkner para negarlo), o se piensa que cuando un autor deja de sorprendernos es porque ya se acomodó en un estándar de calidad conveniente y resultón, y ya no nos sorprenderá más.
Thomas Nevinson es una alteración en la tendencia, todo lo contrario, a una escritura cómoda; incluso es probable, aunque quizá sea demasiado pronto para saberlo, que se trate de la mejor novela de cuantas ha escrito Javier Marías.
Portada de Tomás Nevinson (Alfaguara, 2021) de Javier Marías.
Expongo lo anterior desde una perspectiva que atiende específicamente a la técnica narrativa; Tomás Nevinson es una proeza del lenguaje que renueva las estructuras narratológicas.
Sus casi 700 páginas resisten la tensión de una intriga que se impregna en el lector hasta que cierra el libro, pero a diferencia del bestseller ocasional que también consigue esta tensión, la novela de Marías no se soporta en el barato truco efectista, sino en la reflexión ensayística, el diálogo hipnótico (las primeras 150 páginas suceden en una banca de un parque de Madrid donde dos viejos conocidos comparten observaciones), la intertextualidad shakesperiana; todos estos recursos ya empleados por Marías en novelas anteriores.
Pero también hay territorios inexplorados por el autor, como la invención de Ruán, una ciudad y toda su población para crear una novela habitable, o el recurso técnico de un personaje narrado que a su vez se narra a sí mismo en una falsa tercera persona (recurso que me recuerda a la posición del falso 9 en el futbol) y una total incertidumbre del cauce que tomarán los acontecimientos de la novela, porque el narrador escéptico se pone en el lugar del lector y parece ignorar el devenir de cada página.
Tomás Nevinson, ciudadano inglés y español, especialista en lenguas y espía secreto al servicio de la Corona inglesa, sale del retiro en 1997 después de tres años de inactividad tras los acontecimientos que ocurrieron en Berta Isla. Nevinson, afantasmado en Madrid, ajeno a sus hijos y a su esposa que durante tantos años lo tomó por muerto, acepta una nueva misión como favor personal a su antiguo jefe en el M16, Bertam Tupra.
El trabajo consiste en viajar a una ciudad del noreste de España e identificar a una mujer, entre tres candidatas, que participó en por lo menos dos atentados terroristas de ETA que le costaron la vida a más de 30 personas.
Nevinson deberá inventarse una nueva identidad, el profesor de inglés Miguel Centurión, para acercarse a estas tres mujeres y desenmascarar a Magdalena Orúe O’Dea, antigua cómplice de ETA y también miembro del IRA irlandés. Dos de las tres mujeres que deberá investigar son inocentes, y Nevinson tendrá que identificar a la verdadera responsable y, en caso de no encontrar suficientes pruebas para un juicio, asesinarla.
La novela se encabalga entre tortuosas reflexiones sobre el asesinato, mientras que, en su organización, sobre todo los agentes más jóvenes, se toman el asunto a la ligera alegando que más vale una muerte a tiempo que miles más tarde.
Nevinson constata que su experiencia no lo deja tomar ninguna decisión precipitada. El eros/tánatos, el vínculo amoroso y los fúnebres ramos de la muerte acompañan cada encuentro con estas tres mujeres, con quienes deberá intimar por todos los medios a sabiendas de que a una le quitará la vida.
Marías acompaña las meditaciones de su personaje bilingüe con todo un arsenal de citas shakesperianas, aludiendo a la muerte como lugar de paz y descanso al contrario de la vida tortuosa en Macbeth, pero también retoma antiguas disquisiciones sobre el “¿Me atrevo a perturbar el universo?” de T.S. Eliot.
La novela está acompañada de un aura de nostalgia por el siglo XX, que según el narrador, cada día extrañaremos más, y aprovecha para soltar dardos a diestra y siniestra contra la impulsividad y ceguera de los jóvenes tecnologizados del siglo XXI, los cuales “fingen que lo que ya no existe en realidad no existió nunca y se dedican a clausurar pasados a toda prisa y sin vuelta de hoja, como si les resultaran un estorbo”.
Ahora bien, las palabras, sin importar la belleza de su disposición, transmiten juicios e ideologías, y en ese aspecto Tomás Nevinson es una novela controvertida por presentar una mirada sesgada de conflictos tan polarizados como el independentismo vasco, el espionaje antiterrorista y la insurrección armada.
Como ensayista político, Marías pone a prueba las ideas más sensibles, lo cual es muy atractivo para una mente pensante, pero también nubla determinados momentos de la historia cuando emite juicios parciales o injustos como verdades absolutas.
Hay un episodio ligeramente gratuito de la novela en el que Nevinson rememora un encuentro con el escritor cubano Guillermo Cabrera Infante, genio de las exageraciones absurdas y opiniones controvertidas, para plantear el argumento de que los revolucionarios armados como el Che Guevara, antes que idealistas, son asesinos, como si se tratara de asesinos patológicos, innatos, asesinos seriales.
Por supuesto el narrador no contextualiza que Cabrera Infante despotricaba disparates en temas políticos muy a la ligera, porque era un humorista, ni menciona, más allá de ideales, injusticias y la situación de América Latina, que Ernesto Guevara, antes de participar en política, fue médico, un detalle que no calza bien con su perfil de psicópata. Pero quién sabe, quizá a Tomás Nevinson esto le reafirme su teoría.
Me imagino que ahora que los zapatistas viajan en barco con rumbo a Europa para compartir experiencias de lucha, Marías, tan parecido a su personaje, gritará a los cielos que no dejen desembarcar a esos indígenas chiapanecos que, a ojos de su personaje y del irónico Cabrera Infante, antes que población pisoteada y oprimida son innatos y sanguinarios asesinos. Juicios como ese hay muchos en la novela, pero no hay tiempo para matizar cada uno de ellos; solo queda recalcar que en numerosos casos pueden tratarse de provocaciones soltadas a la ligera.
Pese a resultar irritantes, los juicios o prejuicios de Nevinson resultan verosímiles para un espía al servicio del Imperio Británico —hay también un posible error de tiempos cuando se habla de un caso de periodistas mexicanos decapitados por el narco que aún no ocurría en 1997, diez años antes de la guerra del presidente Calderón—, pero en lo general el narrador cuestiona a todas las instituciones y no se casa con ideas preconcebidas, critica tanto a los terroristas, como a la policía, a los franquistas, al IRA y al servicio secreto británico, critica el fanatismo de las masas, los linchamientos, la rumorología, los juicios sumarios, la metástasis de la corrupción, el señoritismo de las clases altas, la complicidad de algunos periodistas y hasta a su misma editorial: Alfaguara, Seix Barral, Tusquets, Anagrama, “son editoriales snobs, y esta novela, por insólita, volverá locos a los neopijos que quieren estar en todo”.
No creo que haya otro escritor en el mundo con tal libertad y valentía que se atreva a ridiculizar al mismo medio que difundirá sus palabras; sin duda hay autores que podrían hacerlo —premios nobel, escritores multipremiados, bestsellers ocasionales—, pero ninguno, lo hace, sólo Marías.
Me intriga muchísimo saber cómo hizo Javier Marías para, después de tres libros excelentes, pero no geniales, volver a escribir un título a la altura de sus mejores novelas. Quizás se deba a la pandemia que se ensañó especialmente con Madrid y lo forzó al encierro solitario por más de un año, pero algo me dice que no tuvo nada que ver esta situación que ha puesto al mundo en jaque.
Quizá tenga alguna relación con la estrategia que Marías ha definido para el conjunto de su obra, los temas y personajes que lo han perseguido por más de cincuenta años, los universos que construye y que jamás da por clausurados, la perseverancia que debe tener un novelista según revela en la entrevista que le hace The Paris Review (Acantilado 2021): “¿Hay alguna cualidad que deba tener un novelista? Paciencia”. Javier Marías no tiene ningún interés en acelerar, forzar o adecuar su proceso creativo a las exigencias neuróticas del mundo exterior, lo cual es digno de aplauso, pero también motivo de tristeza.
Un lector encariñado se pregunta: ¿cuántos temas, cuánta vida les queda a esos universos que habitan su cabeza y cuánto tardará en aparecer un libro nuevo que nos obsesione, si es que la salud y los tiempos se lo permiten? A Marías le darán el premio Nobel más tarde que temprano, y si no se lo dan, no importa, pues es uno de esos escritores que nunca han necesitado de los premios para reafirmarse… Pero si se lo dan, algo me dice que resultará otra excepción a la regla, como Faulkner o Thomas Mann, y pese al encumbramiento seguirá produciendo obras puntillosas, innovadoras, críticas y valientes que no dejan títere con cabeza.
La guía del autoestopista galáctico no es cualquier libro. Se podría decir que es un libro notable. En sus 5 millones 975 mil 509 páginas puedes encontrar todo lo necesario para recorrer la galaxia por menos de 30 dólares altairianos.
Por supuesto, una guía tan ambiciosa no puede contener a todo el universo. A pesar de su enorme cantidad de entradas, hay muchas cosas que se le escapan. Cosas del pasado, del presente y el futuro que miles de investigadores alrededor del espacio tratan de averiguar todavía.
También, con un cuidado editorial altamente cuestionable, hay cosas en esta guía que son completamente erróneas. Al menos, entre toda esta incertidumbre, la guía promete una certeza: en lo que se equivoca, está totalmente equivocada. Y, si algo parece estar en una discrepancia flagrante con la realidad, es la realidad la que nunca tuvo la razón.
Esto puede parecer algo complicado para las mentes limitadas de los seres humanos. Al final, nuestro propósito nunca fue tener mucha imaginación. Por un golpe terrible del destino, sin embargo, creemos que somos los seres más imaginativos. En algún momento, incluso, creíamos que éramos el centro del universo. Todavía, en medio de descubrimientos científicos pasmosos, nuestro ego nos hace sentir como parte esencial de la creación.
Pero la guía tiene que encargarse de cuestiones mucho más complejas que las pequeñeces de los seres humanos. De entrada tiene que definir qué tan grande es el universo. Y eso es un problema que alarga su introducción hasta puntos insostenibles.
“El espacio”, dice, “es grande. Realmente grande. No podrías creer que tan inmenso y conceptualmente sorprendentemente grande es. Es decir, que puedes pensar que el camino hacia la farmacia es largo, pero esos son cacahuates en el espacio.” Y así sigue, interminablemente.
Grandes mentes en la galaxia han tratado de definir la enormidad del espacio. Pero, incluso en cuestiones de distancia, es demasiado complicado pensar en ellas. Entre el sol y la tierra la luz tarda 8 minutos en llegar. Para alcanzar el confín de nuestra galaxia, la luz toma quinientos mil años en llegar. Se dice que alguien rompió el récord y recorrió esta distancia en cinco años. Pero, claro, no llegó a ver gran cosa en el trayecto.
I
La guía del autoestopista galáctico es considerado, generalmente, como el libro más importante jamás publicado. Por supuesto, el libro no fue publicado en la Tierra, y antes de que la Tierra dejara de existir en un fatídico día por un fatídico error (algunos pueden culpar de este error al gremio intergaláctico de psiquiatras, pero esa es otra historia), ningún ser humano la había leído.
Se dice que la guía fue primero el proyecto del editor fundador Hurling Frootmig. Al principio, era una gran idea de lucha, idealismo, desesperación, pasión, éxito, errores y la creencia fundamental en la importancia de horas de comida particularmente largas. Este último punto puede también parecer algo extraño para nuestras mentes limitadas. Pero Frootmig encontró, a través de distintos tipos de alucinógenos interestelares, que la hora de la comida era el centro de la vida de todo animal sentiente.
Una vez que se establecieron las eternas pausas editoriales de comida, la guía empezó a tener un éxito tremendo. Se especula que esto sucedió porque cualquier persona que pasara frente a sus oficinas podía entrar y, viendo que nunca había nadie, escribir algo que valiera la pena.
La guía fue comprada por las Publicaciones Megadodo en Ursa Minor Beta y encontró cierta estabilidad financiera. Ahí también llegó un nuevo editor de enorme éxito llamado Lig Lury Jr. Su éxito estaba relacionado, por supuesto, a las míticamente interminables pausas de comida que Lury tomaba. De hecho, antes de ser comprada, para fines nefastos, por los nefastos Vorgones, la oficina de Lury llevaba 100 años vacía. Nadie recogió sus cosas, por supuesto, porque ese siglo transcurrido podía ser otra interminable pausa de comida. Todos en el edificio esperaban que algún día el mítico editor regresara para acabar la jornada laboral.
II
En la guía, el lector atento puede encontrar todo tipo de consejos. Si lo que busca es divertirse, hay varias páginas dedicadas a la importancia galáctica de los Pan Galactic Gargle Blasters, la más increíble bebida del universo. Ahí se incluye también, junto a la imposible composición de sus ingredientes, alguna que otra advertencia sobre los terribles efectos que puede tener en la mente y las capacidades motoras de los inadvertidos que la consumen.
Entre las páginas de la guía también puedes encontrar artículos fundamentales sobre la importancia de llevar siempre una toalla, el instrumento esencial de cualquier autoestopista intergaláctico. O las coordenadas para encontrar la fiesta más larga y destructiva que jamás haya existido.
En la guía hay demostraciones sobre la muerte de Dios en un golpe súbito de lógica relacionado con el pez traductor de Babel. Hay una entrada sobre el planeta en donde se pueden encontrar todas las plumas BIC que misteriosamente desaparecen; sobre la posibilidad que todo ser vivo tiene de volar si, por error, falla al caerse; sobre el restaurante al final del universo, suspendido en el tiempo, en el que las vacas hablan con los comensales para recomendarles sus más jugosos filetes; o de las reglas incomprensibles del Ultra-Cricket Brockiano que, como deporte insufrible, ha causado tantas guerras.
La guía, pues, es verdaderamente grande.
Tan grande que también da nombre a un libro que cuenta, por momentos, su historia, y que fue escrito por un descendiente de los simios en un pequeño planeta en el que la gente es particularmente infeliz. Este descendiente de simios se hacía llamar Douglas Adams y hace veinte años que ya no se encuentra en el planeta tierra. Algunos dicen que murió de un infarto en su casa de California. Otros saben muy bien que tal vez está nadando felizmente con los delfines.
III
El libro de Douglas Adams es en realidad una trilogía que redefine las nociones de trilogía porque consta de cinco libros. También se refiere a una serie de radio producida por la BBC que empezó en los años setenta; cómics; novelas que nunca fueron terminadas; muchas ideas; una serie de televisión y una película protagonizada por Martin Freeman, Sam Rockwell y Zoe Deschanel que, coincidente -pero no sorprendentemente-, también son descendientes de los simios.
La parte más popular de toda esta vasta y complicada creación es la serie de libros que han sido traducidos a muchos idiomas humanos. Los libros, claro, fueron publicados en la Tierra. Y la Tierra, por supuesto, se encuentra en un lugar poco explorado y poco popular del brazo oeste de la galaxia. Este planeta está poblado por más descendientes de simios tan poco evolucionados que creen que los relojes digitales son maravillosos. A pesar de que muchos, en efecto, ya tienen relojes digitales, todos estos descendientes de simios viven profundamente infelices por culpa de pedazos de papel verde. Los pedazos de papel verde, por su parte, nunca han sido infelices.
Muchos descendientes de simios siguen preguntándose si valió la pena que sus ancestros se bajaran de los árboles para adquirir una conciencia. Incluso se preguntan si debieron salir del agua. En todo caso, el daño estaba hecho. Hasta que un error vino a deshacerlo todo.
El libro de Adams, además de contar la historia de La Guía del Autoestopista Intergaláctico, cuenta la historia de la destrucción de la tierra por un equipo de demolición Vorgón. Todo, claro, porque estaba en el camino para construir una autopista intergaláctica y los humanos no fueron a revisar toda la burocracia involucrada en este asunto, a unos 5 años luz de la tierra, en el sistema solar más próximo. Nuestra incapacidad tecnológica no ayudó a nuestra capacidad burocrática.
En este fatídico día, sin embargo, dos humanos sobrevivieron. Arthur Dent, un hombre que también era infeliz y que no tenía reloj digital (dos cosas que pueden o no estar relacionadas) y Tricia McMillan, una mujer mucho más dispuesta que Dent a descubrir los misterios del universo. Dent, para colmo, era inglés, le gustaba el cricket y le costaba mucho trabajo aceptar que podía ser el último hombre en ver la película Casablanca y entrar a un McDonalds.
En cualquier caso y a pesar de que la Tierra vuelve a aparecer en sus viajes, en diferentes momentos temporales y dimensionales, nuestro planeta no parece ser tan importante en la vida general de la galaxia. De hecho, esta es la idea central de los libros de Douglas Adams: los humanos creemos ser más importantes de lo que somos. Religión, política, burocracia, ecología, todo gira en torno a nosotros y nuestra superioridad alimentada de ego. La guía del autoestopista intergaláctico, en cambio, tiene otras ideas sobre el destino común de la humanidad.
IV
¿Qué dice la entrada de La guía del autopista galáctico sobre la Tierra? Bueno, la entrada de la Tierra está junto a la de Eccentrica Gallumbits, la prostituta de tres senos de Eroticón 6 y, durante mucho tiempo, solo constó de una palabra: “Inofensiva”. Después de que Ford Prefect, un amistoso y problemático alienígena de Betelgeuse, pasara quince años en la tierra, esta entrada se alargó considerablemente a dos palabras: “Mayormente inofensiva”.
¿Y qué aprendemos además de la Tierra? Fuera de la infelicidad de los descendientes de simios, sabemos que estos seres nunca entendieron el verdadero problema con el transporte y siguen creyendo que transportarse vale la pena. Los simios evolucionados decidieron un día sacar una materia viscosa y negra del piso para pavimentar la Tierra, llenar el aire de humo y tirar lo que sobraba al océano. Y todo esto, evidentemente, no vale la pena si lo que uno quiere es transportarse de un lugar a otro para evitar los pisos pavimentados, el humo en el ambiente y el agua envenenada.
Pero esto no es todo. Según las exploraciones de Arthur Dent en el universo y, particularmente, por su reveladora visita a Magrathea, el planeta en donde habitaba la raza increíblemente rica que creaba planetas a medida, la Tierra no es lo que parece. El humano apenas es la tercera especie más inteligente del planeta después de los ratones y los delfines. Pero los humanos nunca se interesaron en entender a estas especies tan avanzadas. Los delfines trataron de decirnos que la Tierra estaba condenada a través de complejos saltos por aros con fuego y trucos con pelotas. El error ahí, fue pensar que los estábamos entrenando para divertir a turistas. Con los ratones, el error fue más grande.
Pensábamos que estábamos utilizando a los pequeños ratones para entender más sobre anatomía y las leyes generales del universo; en realidad, eran ellos los que nos estaban estudiando. El ratón nada más es la última forma de una civilización alienígena sumamente avanzada que creó la más grande computadora para resolver la más importante sobre la vida, el universo y todo. Después de 7 millones de años, la computadora por fin les dio un resultado: 42. Teniendo la respuesta a la última pregunta sobre la vida, el universo y todo, los ratones se quedaron atónitos: esperaron siete millones de años para una respuesta incomprensible. Ahora tenían que encontrar la pregunta precisa para entender la respuesta. Para eso, construyeron una computadora mucho más grande. Una computadora tan avanzada que utilizaba vida orgánica para computar factores inmensamente complejos. Esa nueva computadora fue el planeta tierra.
Dos problemas surgieron entonces. El primero es que, cinco minutos antes de que acabara su cómputo, la tierra fue demolida por los Vorgones para construir una autopista intergaláctica. El segundo es que, tal vez, este resultado hubiese sido, de todas maneras, falso. Como descubrió Arthur Dent, la Tierra es también un experimento fallido.
Parte del balance necesario para el desarrollo de esta supercomputadora era el aislamiento. Pero algo inesperado sucedió. En el plantea Golgafrinchan, a millones de años luz de la Tierra, una civilización florecía. Florecía, claro, entre las personas que hacían todo el trabajo manual y los que formaban una élite científica e intelectual. El problema era todo lo de enmedio. Un ejército de consultores de marketing, de asesores financieros, de estilistas y limpiadores de teléfonos que eran particularmente inútiles. Entonces, las élites y las masas trabajadoras orquestaron un plan para deshacerse de ellos: les dijeron que su planeta corría un peligro inminente, que necesitaban partir en una nave para colonizar otro mundo y que ellos los seguirían de cerca. Todo era, por supuesto, una mentira. A partir de entonces, la sociedad de Golgafrinchan prosperó intelectual, social y económicamente hasta que todos murieron por una infección causada por un teléfono sucio.
La nave con la parte más inútil de la sociedad de Golgafrinchan acabó estrellándose en un pantano, en un planeta recién creado por los habitantes de Magrathea, para un grupo de ratones de intelecto superior. Inmediatamente, el gran experimento de la gran computadora orgánica de los ratones se arruinó. Y el hombre moderno, en vez de descender de los primeros humanos silenciosos, pacíficos y generosos, descendemos de consultores de marketing, estilistas, publicistas y limpiadores de teléfonos. Descendemos entonces de un grupo de personas que, al llegar a la Tierra impoluta, decidieron hacer de las hojas su moneda y quemar todos los bosques para volverse millonarios. El estado actual del mundo no es ningún misterio.
V
La risa última de Douglas Adams está en este punto: Los hombres y la Tierra siguen pensando, por la más absoluta falta de imaginación, que son importantes, trascendentes y esenciales en el universo. Y siguen creando guerras inútiles, crisis ambientales y religiones estrafalarias para alimentar un orgullo ciego. La ciencia ficción burlona sirve aquí para crear otra perspectiva.
Freud hablaba de golpes al orgullo humano cuando Galileo se enfrentó al heliocentrismo, Darwin al creacionismo y él mismo a la idea de que estamos en control de la mente. Adams suma a esto una mofa constante que, a través de la ciencia ficción, regresa al hombre todo su ridículo deseo de excepcional trascendencia.
En el universo de Adams, por eso, la más grande tortura es una máquina de absoluta perspectiva. Un vórtex donde el condenado debe ver, con enorme claridad, en un segundo, su verdadero lugar en el infinito insoportable, inconcebible, de la creación. Esta máquina rompe el alma de cualquiera que entra en ella porque toda forma de vida en el universo necesita sentir que domina el espacio que la rodea y que, tal vez, los mundos posibles son sólo una ilusión. Los Ogaroonians viven en la corteza de un árbol preguntándose si hay otros árboles habitables, por ejemplo. Los G’Gugvuntt y Vl’hurg, al contrario, se prepararon durante siglos y cuando, finalmente, quisieron atacar a la Vía Láctea, acabaron siendo devorados por un perrito.
La idea de Adams, finalmente, es que no hay respuestas sencillas en la comprensión de la improbabilidad de la vida y la complejidad del universo. El máximo error humano está en sus pensamientos mesiánicos. Al final de todo un viaje increíble, los personajes de sus libros encuentran las últimas palabras de un creador que abandonó a su creación y que se burla del infinito ridículo de cualquier búsqueda de sentido. En grandes letras iluminadas por el fuego eterno de lo divino, se lee el mensaje de Dios para entender la vida, el universo y todo:
“Me disculpo por los inconvenientes.”
Las novelas de Adams incluyen, como un gesto de humor grandioso, a la guía más completa del universo y la historia de héroes inadvertidos que la utilizan para tratar de entenderlo. Pero el universo, si puede ser descrito, siempre será incomprensible. Lo que importa aquí, no es entonces el fin de un cuestionamiento, el horizonte último del entendimiento, la comprensión iluminada de todo. Lo que importa aquí es el viaje curioso y los pequeños placeres que en él encontramos. Como dijo Pompeyo, en palabras de Plutarco: “Navegar es necesario; vivir no es necesario.”
Señal maximizada, anuncio que dejó de serlo para empezar a convertirse en la atracción principal. Hay ciertos espectáculos que no comprendo: jamás descifraré el atractivo de las fuentes danzantes, esos conatos de cascada maquilladas con fosforescencia; tampoco entenderé cuál es la gracia de las letras monumentales, el nombre de una ciudad hecha efigie, el agigantamiento de lo que bien pudo haber sido una nota al margen, ficha museística, indicación en la esquina de una cuadra.
¿Tan necesario era poner este letrero?, me preguntó él mientras comíamos un pan, sentados en una banca de la Plaza de la Liberación. La estatua de Hidalgo de frente; a la derecha, el Teatro Degollado; la catedral con sus torres amarillas. ¿Quién de todos los que pasean por aquí ahora mismo no sabe dónde está? Seguimos desayunando mientras las familias posaban frente a las colosales “Guadalajara, Guadalajara”, escenario preferido por los turistas que tapizan sus álbumes no con fachadas ni con el color local sino con las desgarbadas letras.
¿Qué le ven a este montón de materia que dicta el nombre de una ciudad? Parada frente a ellas, no puedo sino sentirlas un estorbo, una mancha, fea tipografía adolescente sobre una página de adobe colonial. No están hechas para el disfrute de la vista humana, sino para alimentar el placer futuro del ojo de la cámara. ¿No es irónico que presumamos un escape de la vida diaria con una imagen tan homologada? Viajeros para los demás, siervos del registro. No hay turismo más triste que este que obliga a viajar como quien cumple una tarea. Fotografías para comprobar, nunca para recordar. El mundo que habitamos es parásito de ese otro, el virtual, que cada vez resulta mucho más verdadero.
Recuerdo haber estado alguna vez frente a unas letras monumentales que me parecieron más grandes de lo que había por visitar en los alrededores. Apenas unas cuantas tiendas de productos típicos, una placita muda; lo demás era tan sólo una réplica de los mismos locales de siempre, esa ciudad tristemente eterna que nos persigue como un déjà vu: un recuerdo punzante que no se siente como estar en casa, sino como el aviso del imperio de lo igual, la sofocante sensación de estar atrapado
Aquellas letras no sólo me parecieron grandes, sino deseosas de empequeñecer lo que había a su alrededor. Ese alfabeto fuera de los márgenes me hizo recordar a aquel mapa intachable fabricado con el rigor de la ciencia de Borges: un mapa tan detallado y perfecto que cubría la extensión del mismo Imperio cartografiado. ¿No son eso las letras monumentales? ¿Mapas más que ciudades? El triunfo de la representación por encima de lo corpóreo. En mi mente comencé a construir el rótulo más extenso que pudiera erigirse en mi país: edifiqué en una plaza imaginaria los sesenta y cuatro caracteres de la Heroica Villa Tezoatlán de Segura y Luna, Cuna de la Independencia de Oaxaca.
Lo voluminoso me atosiga por esas ganas ineludibles de parecer importante. La fiebre por estos rótulos ha crecido sin freno. Todos quieren un poco del glamour de las colinas de Hollywood. Colores vibrantes que rechinan contra los ojos, decoraciones que parecen más bien decirnos que la felicidad sólo puede presentarse de manera estridente. No deja de crecer la lista de las localidades que aspiran a convertirse en un nombre, a volverse un espectáculo, un afiche estéril. Nada, ni siquiera nosotros mismos, puede escapar a la voracidad de la mercadotecnia: habitamos un mundo en donde nada existe si no puede concebirse como una marca. Lo que otros piensan de nosotros: es eso lo que nos da valor. ¿Cuál es tu identidad? Explícala en 160 caracteres. Qué fácil resulta confundir el “conócete a ti mismo” por el defínete, aclárate, diferénciate. Me pregunto si hay espacio para la introspección en un mundo obsesionado con fabricar reputaciones.
Aunque colocadas para “fortalecer la identidad”, según afirman los mandatarios que las erigen, las letrotas parecieran obedecer a otros intereses que nada tienen que ver con las raíces de un lugar sino más bien con los bolsillos de quienes lo gobiernan. 101 mil 959 pesos costaron las seis letras de Xalapa; Mérida, 86 mil 400. Monclova tomó la delantera en esta carrera cuantitativa y desembolsó más de 4 millones para levantar las letras más grandes de todas que abarcan un área de 16 mil metros cuadrados. Esas son las prioridades gubernamentales: designar parte del erario a reforzar la vanidad individual. Triste fue la inversión de Progreso, Yucatán que vio llevarse sus 180 mil pesos por un vendaval que, a los pocos días, arrancó las letras turísticas del malecón.
No puedo sino sentir desconcierto ante estas “experiencias únicas” multiplicadas como fotocopias. Se las devela en importantes actos públicos, alguien corta el listón, son noticia. Generan tanto alboroto que incluso, llegan a enjaularlas para evitar que las roben, tal y como sucedió en Tepezalá, municipio que los locales bautizaron como “pueblo mágico” por su capacidad de desaparecer las cosas. Las letras turísticas, se repite hasta el cansancio, se colocan por el sentido de pertenencia, son motivo de orgullo. Identidad y turismo: ¿la única opción viable para fomentar las visitas consiste en aplanar tanto un sitio hasta que de él no quede ni su sombra? No hay mucho qué hacer ante esa paradoja. Hoy la principal finalidad de un viajero es recorrer miles de kilómetros para observar su propio rostro.
En diciembre del 2018, el gobierno holandés retiró las letras monumentales de I amsterdam que habían sido instaladas cuatro años antes frente al Rijksmuseum. Fueron dos los motivos de esta decisión: despejar el hacinamiento de transeúntes que entorpecían el paso y evitar que el letrero “redujera a la ciudad a una simple historia de marketing”. Estas declaraciones causaron revuelo e, incluso, derivaron en múltiples protestas. Ciertos grupos sociales no comprendían por qué un gobierno había optado por eliminar el anuncio citadino con más menciones mundiales en la red social favorita para compartir fotografías. No obstante, la postura local fue firme: era necesario hacer una limpieza de ese punto que, más que un referente holandés, se había vuelto el símbolo por excelencia del turismo de masas y de sus consecuencias negativas.
Que le rindamos culto a la letra, incluso al grado de convertirla en una estatua, no resulta sorprendente en sociedades mejor educadas que nunca antes en su historia. Pero quizá la obsesión por la grafía nos hace olvidar que hay algo más allá de ella, que el lenguaje no es tan sólo tinta o una herramienta de registro. Sospecho que hace falta otra forma de silencio, el de la escritura, esa plaga que no duerme. Conozco a muchas personas a mi alrededor que experimentan una suerte de náusea por los anuncios: envases, tickets, paradas de camión, camisetas, envolturas, etiquetas. No podemos dejar de escribir. Porque escribir, hoy en día, significa llenar de letras nuestras superficies. Mientras colocamos la comida en la despensa, mi interlocutor favorito me pregunta: ¿acaso hay más letras en una lata que en lo que un egipcio pudo ver en toda su vida?
Nunca he sido buena tomando fotografías. Ya me he acostumbrado a recibir reproches por mi falta de interés en las cámaras. Algunas veces lo he intentado, en otras he cedido el mando del recuerdo a mis amigos. Quizá cometo el error de empecinarme en creer que no necesito fotos para sentir que algo sucedió. Quizá confío demasiado en mis cuadernos de notas, en mi memoria líquida. Quizá, sólo en este caso, no me asusta el olvido. Me pregunto si llegará el día en que no exista lugar sin letrero masivo, el universo mapeado y referido hasta la náusea. Cada esquina de la tierra luchando por sobresalir y denominarse. Trato de imaginar cuándo se acabará la gloria de las letras turísticas y comenzará su declive.
¿Qué moda siguiente las destronará y alimentará las arcas de las grandes empresas? ¿Envejecerán como los monumentos y los edificios, hasta convertirse en emblemas de un pasado herrumbroso? Una esquina en el centro histórico de la capital parece darme la respuesta. En la Plaza de la Soledad, las cuatro letras CDMX se ocultan para el turista. Cubiertas por el comercio informal, se camuflan entre ropa usada, trastes y gritos. La necesidad de la calle les dio un mejor destino y terminó por convertir a este mobiliario urbano en aparador, vigas que dan sostén a una pared de puestos. Sirven para una multitud que no se hinca ante ellas, sino que las gasta y las ha convertido en arquitectura útil. Su única opción fue desistir: no les queda más que asumirse como ruinas del presente; monumento, por primera vez, verdaderamente colectivo.
Si me caí, es porque estaba caminando. Y caminar vale la pena, aunque te caigas.
Eduardo Galeano
Con los horizontes hay que hacer algo más que mirarlos desde lejos; hay que caminar hacia ellos y conquistarlos.
Julio Cortázar
Hay cosas, que las personas damos por hecho, sin detenernos, un momento a pensar. Por ejemplo: ¿Por qué y cómo hablamos, vemos, oímos, tocamos? Es algo que damos por entendido por el simple hecho de ser personas. Pintores, escultores, músicos, poetas, lo han tratado de expresar según lo perciben y ninguna manera es idéntica a la otra.
Todos contamos con el mismo equipo para que nuestro cuerpo funcione de manera “correcta”. Pero ¿qué hacer cuando esto no es así? Si partimos de la primicia de que todos somos diferentes, deberíamos estar “acostumbrados”; pero, por qué cuesta tanto aceptarlo. Todos dicen: “Se diferente, no hagas lo mismo que los demás”. Pero cuando la diferencia se para frente a ellos no saben qué hacer.
Me preguntan: ¿Por qué caminas así? Me gustaría responderles leyéndoles estos versos “Estos son mis dos pies, mi error de nacimiento mi condena visible […] en los que Olga Orozco, logro descifrar mi corazón pero poco se sabe de la metáfora y me verían aún más extraño aunque no logro entender el porqué. Como si hubiera una sola forma de caminar, que no me fue enseñada o dada por la vida, quizá, porque nací bajo el zodiaco incorrecto, o yo que sé (siempre tratando de encontrar explicación a lo indescifrable).
Un pie después del otro,-; flexione rodilla mientras lo hace, y no sé olvide que es: talón, punta, espalda derecha cual soldado en formación. Repita esos pasos las veces que sean necesarias. Ojalá fuera tan mecánico, automático. Como lo pronuncian.
Pero ¿qué hacer cuando tu cerebro no envía el mensaje correcto a tu cuerpo?
Ya perdí la cuenta de las veces que he escuchado aquella pregunta a propósito de mi andar. Porque al parecer no es de este mundo — ¿Pero cuál si? — la respuesta ha cambiado con el tiempo pero siempre viene a mi la misma idea: (¿Por qué la gente hace esa clase de preguntas?) Y esbozo una sonrisa, —No puedo ir explicando a cada uno mi realidad, ¿O acaso le preguntan al chavo que viene sentado en el autobús por qué usó playera azul y no negra? No sé supone que las personas deben “amar a su prójimo como a sí mismo “y por ende ser buenas ante la “enfermedad” Ya lo dice el poeta neoyorquino Gregory Nunizo “He conocido a las extrañas enfermeras de la bondad, las he visto besar a los enfermos y cuidar ancianos, dar caramelos a los locos.” […]¿Entonces por qué lo hacemos? Imagine que aparte del bolso, el bastón y mi cuerpo (que ya es bastante) cargara con un letrero que diga: “La respuesta a la pregunta que seguramente te haces es: Tengo secuelas de parálisis cerebral espástica, continua tu camino.” Pero no soy un diagnóstico médico, y si me tomara el tiempo de explicarlo seguro nos llevaría muchos cafés y kleenex de por medio, —; así que te lo ahorraré y diré —que mi cuerpo tomó decisiones sin consultarme y aventó una descarga de energía a toda velocidad, la cual se esparció por cada extremidad; pero el hemisferio derecho le pareció más atractivo y decidió quedarse — unos minutos más para salir corriendo y luego dejar un desastre –
Desde entonces otras personas y yo hemos tratado de arreglar esa especie de teléfono descompuesto anatómico, pues mi cerebro dice una cosa y mi cuerpo hace otra, con una variedad de resultados que son erróneos. Me convertí en un experimento neuromotor que busca perfeccionar el movimiento y todo los quehaceres que con esto conlleva y lograr la perfección. Soy el resultado de ensayo y error. Mi cuerpo creció disparejo, asimétrico, tratando de encontrar la manera de sentirse cómodo. El miedo lo paralizó y se puso rígido; mi ojo decidió mirar hacia otro lado, mi mano tomó una forma extraña y los pies, cuando quisieron caminar, lo hicieron en punta como una bailarina de ballet.
Se dice que los humanos, al contrario de los animales, nacemos con la propensión a caminar pero no con la capacidad de hacerlo. Debemos aprender mediante la experiencia a moldear los extraordinarios circuitos que son los que nos permiten caminar durante toda la vida. ¿Y si esos circuitos se dañan? El andar, un acto que parece sencillo, se vuelve en una osadía, ojalá sólo fuera cuestión de ir a la tienda de materiales eléctricos y decir: “Me da unos cables para hemisferio derecho para función motora”; pero no somos un coche que puede ir con el eléctrico y listo, no existen refacciones para nuestros cables, y la capacidad correcta para caminar me fue negada.
Cundo intenté caminar, según recuerdo, no entendía por qué el pie no podía estar abajo. Con el tiempo entendí que mi punta era un nuevo talón para mí. Pasaba más tiempo en el piso que mirando hacia el cielo, el pavimento ya conocía el mapa de mis manos; aquello que sólo debía durar en promedio 18 meses en mi ha tomado toda la vida.
¿Cómo se aprende a caminar “bien”? Aprendemos dando miles de pasos y sufriendo miles de caídas por día en nuestra etapa de entrenamiento. En mi caso fueron más caídas, temblores y disonancias. Entonces sabes que algo no funciona bien, y que tu cerebro no consigue ser uno con tu cuerpo y esas instrucciones dichas de mil maneras no logran que tus eslabones musculares sigan una cadena para un buen movimiento y no seas un pony recién nacido explorando el mundo.
El primer arreglo en la búsqueda de la caminada perfecta vino cuando tendría como 4 años. Sería estirar esos tendones, nada que un buen cirujano y su bisturí no pudieran hacer. Parece tarea fácil: abro, jalo, estiro y cierro; coloco unos yesos para resguardar ese tendón de Aquiles, y después de tres incisiones y no recuerdo cuántas puntadas surgirían las primeras cicatrices hechas por otras manos en la búsqueda de arreglar algo que esta “descompuesto”, y también sería entonces la primera vez que mi cuerpo olvidaría lo poco que había aprendido del arte de caminar. Apenas pisé el suelo después de quitarle aquellos yesos, le tuve que recordar a mi cadera, pierna y pie lo que se suponía sabían hacer.
Mientras los niños ya jugaban pelota a toda velocidad, yo le enseñaba a mis piernas sus primeros pasos, recorría hospitales y centro de rehabilitación, y con mi corta edad trataba de entender que le tenía que dar instrucciones a mi cuerpo de las que ni yo misma conocía su significado; en tanto, otra persona lo manipulaba y yo sólo escuchaba el rechinido de mi cuerpo, que no se parecía al de una puerta, ni al de los niños derrapándose con sus tenis nuevos; ese rechinido que venía acompañado de un dolor que pocas veces se convertía en llanto.
Siempre decían: “Intenta pararte, tú puedes”. Y unos momentos parecía que sí, pero después mi cuerpo decía no.
Cuando estaba a punto de rendirme pensaba en las palabras de mi padre: “Eres una princesa domadora de dragones, y si puedes con un dragón, puedes con tu cuerpo”. Pasaba mucho tiempo entre consultas y rehabilitación, así que nos hicimos amigas del señor de los tamales y la señora de las gorditas. Mamá se volvió experta en cargar su casa en una maleta. Y volveríamos a nuestro hogar con una nueva rutina de ejercicios en busca de convertirme en una sensei del caminar. Mientras las demás niñas traían patines atados a sus tenis yo tenía unas mangueras atadas con un cinturón de cuero y metal que me hacían sentir que traía una especie de armadura que me daba el súper poder de caminar. Era inevitable atraer miradas.
Desde ese momento supe que era “diferente”, parecía la atracción del camión que nos traía de vuelta a casa después de que esta heroína se hacía más fuerte. Mamá solo decía: -“Es que las niñas heroínas no se ven a diario, por eso te ven con mucha atención y asombro”.
Caminar era un ensayo lleno de errores que todos notaban y era un constante: “Baja esa mano, apoya ese pie, dobla la rodilla”. Y yo solo le decía a mi cuerpo: “Obedece, por favor”. Parece que nunca he sido buena en eso de dar y seguir instrucciones. Nunca entendió qué era apoyar correctamente un pie, aunque inventara otros lenguajes, eso solo servía para nombrar los dolores que causaba una plantilla después de una larga caminata errónea, el dolor que provoca el viento frío de invierno y el andar descoordinado de mi cuerpo, ardores etcétera.
De niña siempre traté de entender las preguntas de los demás y pretendía explicar todo eso que no podía hacer y mi apariencia. Y los niños son crueles, ni siquiera sabían mi nombre, para ellos era: “La enfermita”, “la chuequita”, “la coja”, “la extraterrestre”, y un sinfín de nombres menos el mío.
Según cálculos de un médico japonés de nombre Yoshiro Hatano, para gozar de buena salud hay que caminar en promedio diez mil pasos al día, es decir, entre siete u ocho kilómetros cada vez. Pero, cómo alcanzarlos cuando el cuerpo se niega, se desconecta de tu cerebro y aun así debes salir a la calle. Y entonces te das cuenta de que ni tú ni tu cuerpo encajan en ningún sitio porque el tiempo de tus pies es otro. Intentas ganarle la carrera a un semáforo en rojo con ayuda del bastón y miras la indiferencia de los otros pies, que en ocasiones parecen burlarse porque los tuyos no funcionan a la velocidad de lo cotidiano e intentan dominar el arte de caminar.
Dicen que si quieres convertirte en experto debes practicar todos los días, pero qué sucede cuando lo haces unas cinco horas diarias en promedio y ni así lo logras, y en la búsqueda de “arreglar” algo descompuesto lo rompes más, fracturas tus huesos (una vez con propósitos médicos, porque descubren que tus piernas no se entendieron y una creció más que otra: entonces fija metales para sostener lo roto y después todo estará bien); y ahora, aceptar la sensación de saberse rota, el metal saliendo de tu carne, huesos fisurados, y otra vez a tomar lecciones de aprender a caminar, pero ahora con un fijador externo.
Empecemos de nuevo: talón, flexión, punta, pero ahora agregue calambres, ardores, cual si estuviera ocurriendo un incendio, muletas, cáscaras de fruta que la gente deja caer, basura, fugas de agua, banquetas agrietadas y miradas de compasión. ¡Tengo parálisis cerebral! No estoy “malita”, no me castigó Dios, ni a mí ni a mis padres; llamemos las cosas como son, dejémonos de eufemismos y pongámosle nombre a las cosas, que para eso los tienen.
Soy una mujer que tiene un trastorno muscular de la postura y el movimiento porque mi cerebro decidió hacer su voluntad y se desdijo del lado derecho de mi cuerpo, y en este intento de comunicación correcta lo he hecho cliente frecuente de los hospitales, las fracturas, el dolor y las terapias físicas.
Y aún soy una aprendiz en el arte de caminar, porque resulta que hay tantas formas de caminar como personas en el mundo.
“Nadie sabe lo que puede un cuerpo”, dijo Spinoza1, y sí, nadie lo sabía. A mi madre solo le dijeron que quedaría postrada en una cama, toda mi vida. Parálisis cerebral, fue el nombre del diagnóstico que los médicos dijeron para nombrar lo que tiempo después se convertiría en el leitmotiv de mi creación artística.
Fue la falta de oxígeno al nacer; primero sacaron a mi hermana gemela, del vientre de mi madre, y cinco minutos más tarde a mí. No poder respirar a tiempo, me provocó un daño en el cerebelo, el área que controla los movimientos. Meses después de mi nacimiento, mi hermana evidenció que algo no estaba bien conmigo, en mi motricidad, pues mientras ella podía sostener su cabeza y sentarse bien, yo me desparramaba sin fuerza en la cama. Así que tras varios exámenes médicos el veredicto osciló de retraso motriz a parálisis cerebral infantil, nombre demasiado fuerte, y una etiqueta para una niña de dos años, que apenas comenzaba su vida y, según los doctores, nunca podría valerse por sí misma.
Recuerdo las terapias, los ejercicios dolorosos, tener que esforzarme por decir una palabra para que supieran lo que yo quería o necesitaba, ir de aquí para allá con mi madre y hermana para hacerme valoraciones médicas, comprarme aparatos para corregir posturas, y todo lo necesario para que yo pudiera tener fuerza en el cuerpo y poder moverme. Siempre afronté todo eso con una sonrisa, porque sabía que al final del día podría jugar con mi hermana, y llegaría mi padre a leernos cuentos de Julio Cortázar, Nicanor Parra, Edgar Allan Poe, Horacio Quiroga, y novelas de Michael Ende; o hacer el montaje de la obra de Romeo y Julieta, con muñecos de peluche.
El arte es algo que siempre ha estado presente en mi vida. Mis padres pensaron que el arte contribuiría a mi desarrollo mental y físico así que, aparte de las terapias, decidieron inscribirnos, a mi hermana y a mí, en diversos talleres de pintura, dibujo, modelado en barro y plastilina, teatro y cuenta cuentos.
Esa era mi vida, terapias y talleres, hasta que llegó la hora de ir a la escuela y mis padres se toparon con una sociedad poco preparada para atender y entender a personas como yo. Aprendí a leer en casa (porque no me aceptaron en la escuela) con ayuda de mi madre, quien ya había trabajado alfabetizando a personas mayores. Ahora le tocaba a ella aplicar ese conocimiento con su pequeña hija de ocho años, y lo hizo con gusto para que yo pudiera aprender, mediante los libros. Pasaba la mayor parte del tiempo leyendo cuentos, novelas o textos escolares como los que me daba mi padre, quien siempre fomentó en mí el amor por la literatura, la poesía y la música, abriendo mi perspectiva de la vida y dotándome de una sensibilidad propicia para la creación artística.
No me di cuenta de mi condición diferente hasta que me topé con la sociedad y todos sus prejuicios, tabúes y creencias. Mis padres siempre me trataron igual que a mi hermana, nunca me sentí diferente al resto de los niños, aunque mi manera de moverme fuera gateando o sosteniéndome de las paredes o muebles, en todo lugar. Fue hasta mi adolescencia que me empecé a hacer consiente de mi condición física y de lo que implicaba tener un cuerpo diferente, pues me enfrenté a todo tipo de limitantes que la misma sociedad me ponía y, cuando veían que podía traspasar esas limitantes, los confrontaba con sus propias carencias de pensamiento y visión de las cosas.
Con todas las herramientas que me proporcionaron mis padres y la escuela académica, superé mi propio diagnóstico médico. Decidí estudiar la licenciatura en arte digital, pues mi habilidad con la computadora y la tecnología siempre ha sido destacada. Ya en la facultad de artes empecé a cuestionarme muchas situaciones sobre mi cuerpo, y de cómo vivía habitándolo. En primer estancia me sentía separada de él, como si mi mente y mi cuerpo fueran dos partes, sobre todo el lado derecho, pues es el que menos puedo controlar. Sentía que estaba en un cuerpo invadido por el caos. Tras varias reflexiones me di cuenta de que si bien había caos en mi cuerpo, que se manifestaba en movimientos involuntarios, también había un orden visible en mis movimientos de precisión. Esos dos aspectos (caos y orden) conforman mi cuerpo, creando un equilibrio.
El medio que encontré para trasladar mis reflexiones sobre mi cuerpo al arte es el performance o arte acción, el cual me permite expresar, mediante acciones, lo que me inquieta, además de explorar nuevas posibilidades corporales. Este arte también abre mi consciencia sobre el estado natural de mi cuerpo, y no el que le impusieron mediante patrones de movimiento “normal”. Aquí puedo ser yo, inmersa en una sociedad donde puedo expresarme libremente, y artísticamente tener contacto directo con el espectador. Esta experiencia compartida es muy enriquecedora, tanto para mí como para el público asistente.
Considero que mi arte nos invita a repensar el cuerpo y a cuestionarnos sobre las normas impuestas. Hace una invitación a romperlas desde la aceptación y el auto conocimiento del cuerpo, para tener mas empatía con el otro y asumir las diferencias como algo que enriquece al mundo y lo conforma como un todo, en donde la diversidad es necesaria para nuestro crecimiento pues, después de todo “nadie sabe lo que puede un cuerpo”.
Protestas en Cali contra la reforma tributaria de Duque y Carrasquilla, 1 de mayo de 2021, autor: Remux, Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.
No puedo, ni quiero, ni debo renunciar a un sentimiento básico: la indignación ante el atropello, la cobardía y el asesinato.
Rodolfo Walsh
Lo que sucede en Colombia es digno de Pinochet, Videla y Somoza —pero peor, porque estamos en 2021. El mazo del eterno retorno golpea nuestra memoria. Veintiséis cuerpos muertos afloraron en los últimos cinco días en las calles de Cali, Bogotá, Medellín, y en numerosos rincones de la zona rural del país.
¿Quiénes son los difuntos? Los mártires de siempre, los manifestantes, “Los nadie”1 del poema de Eduardo Galeano: jóvenes estudiantes, líderes y lideresas sociales, miembros de las etnias indígenas, elementos de una clase trabajadora que no tiene trabajo. ¿Cuántos muertos más habrá en esta lista negra? Imposible saberlo —escribo estas líneas el tres de mayo, a solo dos días de la jornada internacional de los trabajadores, otra fecha que vuelve a golpearnos la memoria.
¿Qué sucedió? Habría que explicarlo como un drama en tres partes y un epílogo desconocido.
Prólogo: El gobierno del presidente Iván Duque (el títere político del expresidente, exsenador y expresidiario Álvaro Uribe Vélez) enfrentaba un panorama político adverso; en 2019 su ministro de defensa renunció tras el escándalo mediático que suscitó el bombardeo del ejército a un campamento guerrillero con dieciséis niños; meses antes, el financiamiento de su campaña fue puesto en entredicho por sus vínculos con Odebrecht y sobre todo con el narcotraficante Ñeñe Hernández, abatido en Brasil en mayo de 2019.
Para completar, el asesinato de lideresas, líderes sociales y desmovilizados de las guerrillas que entregaron las armas tras el acuerdo de paz en 2016 no hacía sino aumentar, así como los falsos positivos: las ejecuciones extrajudiciales de las Fuerzas Militares cuyo número, que crece conforme se descubren las fosas comunes, se estima en más de 6400 —campesinos, jóvenes desempleados e incluso soldados que fusilan y luego disfrazan de guerrilleros porque valen más como un número para incrementar las “estadísticas de efectividad”. He ahí el telón de fondo.
Estadísticas de Temblores ONG (https://www.temblores.org/ ) sobre la violencia estatal en medio de las manifestaciones al 3 de mayo de 2021. Estadísticas de Temblores ONG (https://www.temblores.org/ ) sobre la violencia estatal en medio de las manifestaciones al 3 de mayo de 2021.
Primer acto: En plena crisis sanitaria el gobierno de Duque propuso una reforma tributaria (impuestos a productos básicos como el arroz, el huevo y el café) para “amortiguar” el coste de la pandemia y unas supuestas pensiones sociales que terminarían pagando mayoritariamente las mismas personas a quienes debían beneficiar en un principio.
Entretanto, la rentabilidad financiera de los bancos subía como palmas (llenando el bolsillo de Luis Carlos Sarmiento Angulo, la versión colombiana e híbrida de Carlos Slim y los Rothschild) mientras la producción real del crecimiento económico (la agricultura, la manufactura y el comercio) bajaba en picada como cocos.2
Pero el peor agravante lo constituye el gasto de 4 mil millones de dólares en la compra de 24 aviones de guerra3 por parte del gobierno en tiempos de crisis económica y, peor aún, cuando la amenaza de las guerrillas es mínima en comparación con el resto de problemas de salud y educación en el país. ¿Cuál era la excusa? Una desventaja militar respecto al armamento de Venezuela. ¡El gobierno se ocupaba de una improbable y ridícula guerra antes que en los tanques de oxígeno y las vacunas para el COVID-19!
La reforma tributaria fue la gota que rebasó la copa; y la gente salió masivamente a protestar.
Segundo acto: Si un pueblo marcha en medio de una pandemia es porque su gobierno es más peligroso que el virus. Con manifestantes en todas las ciudades y zonas rurales de Colombia, el 28 de abril sentó un precedente histórico.
Casualmente la semana pasada el DANE (Departamento Administrativo Nacional de Estadística), arrojó sus estadísticas anuales sobre la pobreza y mostró que la política de reactivación económica fue un fracaso, pues solo se crearon 270 mil empleos cuando se perdió el doble y las cifras de la pobreza también subieron al doble4.
¿A quién se le ocurre combatir el hambre con un alza en los impuestos de los productos alimenticios que consumen las clases más pobres? Al presidente y a su ministro de hacienda. Por tanto se decidió un plantón que duró dos días para pedir el retiro de la reforma tributaria. La represión de “las fuerzas del orden” no se hizo esperar y dejó, según los primeros datos, una decena de muertos y cientos de heridos.
En ese momento la situación era grave pero las cosas todavía no se habían salido de control. Sin embargo, el 30 de abril, Álvaro Uribe —que realmente dirige el poder militar y político del país— apretó el gatillo: a través de su cuenta de Twitter exhortó a la fuerza pública a usar las armas “para defender el orden” y a la ciudadanía a apoyar su violencia legal (siendo Uribe mismo quien organizó, entre otros, los grupos paramilitares de las CONVIVIR en los noventa5):
Las afirmaciones de Uribe fueron el preludio a una ola de brutalidad policíaca, vandalismo y una atmósfera de estado de sitio que ya es una masacre y está a poco de convertirse en una guerra civil. Horas más tarde los administradores de Twitter borraron la declaración por la incitación a la violencia, como ocurrió hace algunos meses con Donald Trump.
(Aunque nos distraiga de los hechos actuales, la relación ideológica entre Trump y Uribe merece una acotación.6)
El gobierno retiró la reforma tributaria prometiendo ajustes para pasar una nueva propuesta y al día siguiente el rapaz ministro de Hacienda, Alberto Carrasquilla, presentó su renuncia.
Tercer acto: Pese a la victoria parcial de los manifestantes el mal mayor ya estaba hecho: más de mil casos de violencia policial (cabezas rotas, rostros desfigurados, ojos perdidos por el impacto de las armas policiales), nueve casos de agresión sexual (¿a quién se le ocurre aprovechar el caos para violentar a una mujer, un joven?) y una tasa de muertes que hasta el día de hoy se estima en veintiséis pero que podrían ser muchos más.
Desde luego, este marco abre el campo a las acciones de vandalismo y crimen de una sociedad conformada por hijos de la miseria, la exclusión y el abandono político. Los medios oficiales en Colombia dicen poco o nada al respecto, pero una cadena solidaria de información a través de redes sociales se ha establecido entre los manifestantes, que denuncian los brotes de violencia policíaca.
Nos están matando. Nos siguen matando. El miedo, el insomnio y una tensión nerviosa se apodera de la sociedad. Una estela de sangre cubre las calles del país y un dolor indeleble se acumula como un karma social a espaldas de un gobierno que cada vez parece más una dictadura.
Sueñan las pulgas con comprarse un perro
Y sueñan los nadies con salir de pobres
Que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte;
Pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznitas cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba
Los nadies, los hijos de nadie, los dueños de nada. (…)
6 En sus más recientes declaraciones, Uribe habla de “La revolución molecular disipada”, una delirante narrativa conspirativa con tintes antisemitas, fascistas y militaristas según la cual Foucault, Guattari, Deleuze y los pensadores franceses de Mayo del 68 promueven la revuelta individual (premisa falsa) para desarticular del Estado de Derecho debido a su origen judío y a ser hijos de padres homosexuales. Así pues, el deber de los jefes de estado es usar el aparato militar estatal y todas las armas que estén a su alcance para reprimir esta “revolución molecular” de corte comunista que los llevaría a una guerra civil. Una aguda exposición al respecto se encuentra en: https://threader.app/thread/1389352891715133441
Según me cuenta mamá, porque con el otro nunca hablo, el hijo que soy fue un hijo deseado, bastardo, pero deseado. Cuando se conocieron, a principios de los noventa, él ya estaba casado con dos hijas pequeñas, ella trabajaba de cajera en el banco agrícola de la región, allá en Navolato, Sinaloa. También era el banco de él, pequeño comerciante de El Limoncito, Navolato, abogado de profesión. Originaria de El Realito, ranchería de Culiacán, donde vivió hasta 1969 cuando se muda a la capital del estado en busca de mejores oportunidades, ella es foránea en Navolato, municipio vecino, hasta donde se trasladaba en autobús todos los días para trabajar. No sé cómo empezaron a salir, pero él la pretendió a ella. Mamá, que ya había cumplido los 30 años y no tenía pareja, quiso tener un hijo con él, pero sin quitarle su esposo a nadie, me dice. El arreglo fue mutuo, tendrían un hijo sin formar una familia.
En el principio, eran mamá y sus padres. Ella, la hija mayor, la segunda contando a los varones, vivió con mis abuelos hasta el último de sus días. Siempre fue una hija para ellos, antes que una madre para mí. Puedo decirlo desde el amor, pero también desde la herida. No están peleados y eso es algo que se tiene que entender, no solo en mi caso particular, sino en el de todas las familias, especialmente en aquellas con hijos que padecen alguna “enfermedad mental”, como yo. Actualmente, después de haber andado un camino de la psiquiatría por 9 largos años, ya no puedo creer que TENGA algo, una entidad nosológica verificable por anamnesis1, mucho menos en términos objetivos de clínica dura, no solo “confiable”, creo que VIVO algo, que se manifiesta alucinatoriamente en mi cerebro, que es más que un órgano para mí, y socialmente en mi presentación y relaciones diversas, para los otros. Algo que va mucho más allá de mí como organismo y como persona, que parte de las raíces de nuestra sociedad y, en ella, las de mi familia. Algo que solo yo, como el que VIVE una “enfermedad mental”, loco cuerdo, puedo descifrar para mí.
Ni antes ni después de que yo naciera, mamá dejó de ser una hija, excepcionalmente amorosa, entregada y dependiente emocionalmente de sus padres, al grado de privarse de una vida propia como mujer, con o sin pareja, y luego como madre. Hecho que, en una sociedad patriarcal, no debe de sorprendernos, mucho menos de la generación de nuestros padres. Incluso, tras haber sido corrida de su única casa, la de sus padres, cuando se embarazó, al poco tiempo regresó conmigo en brazos, después de que mi abuela, que la había corrido, se lo pidiera. Ella, ama de casa que empezaba a ver a sus hijos marcharse, se dio cuenta de que también necesitaba de su compañía y del ingreso mensual que aportaba sin falta. Mi abuelo, campesino de toda la vida, ejidatario de “Pro-campo”, recibía un apoyo económico por el uso de sus tierras que no alcanzaba para los planes de mi abuela de arreglar la casa. Así, vine a integrarme en segundo plano a los Soto Ochoa. Para mis abuelos, el niño de la hija, su nieto. Para mamá, siempre un sueño, objeto querido que está ahí, seguro, en su realidad inconsciente. Nunca su hijo.
Del otro lado, el padre que no tuve. Nunca quiso estar conmigo, hijo bastardo, a fin de cuentas, que asumió y trató como tal, ni mamá que lo estuviera. El señor me quería poner “Efraín”, nada de eso, me cuenta que le dijo. Él será “Valentín”, como su padre. ¿Qué diría el Dr. Freud? Creo que fueron egoístas, pensaron en ellos mismos, antes que en mí. Mamá pensó que podía cuidarme sola, y creo que en el fondo quería estarlo, por eso me tuvo y no quiso que papá interviniera, por tal vez de hacerlo no hubiera podido asumirme como una extensión de sí misma u “objeto-del-sí” como dirían los psicólogos. El otro pensó que dándole dinero y comprando cosas para la casa podría sustituir sus funciones de padre. Locos los dos. No podían saberlo, pero su decisión marcaría el resto de mi vida. Esa fue la fórmula fantástica: un hijo que los uniera sin que estuvieran juntos.
Es la familia perfecta, la “no-familia”, fundada en un contrato sentimental, no en el amor, en la que ambas partes están de acuerdo de una vez y para siempre.
Al final me registraron como “Valentín Eduardo” los dos, aunque para mamá y el resto de los Soto Ochoa yo sería “Valentín”, con mi mamá, familia aparte aparte dentro de la familia, “Valentincito” para la familia del otro, un Valentín-hijo de Valentín-padre, a su vez hijo de un primer Valentín, que murió joven. Para unos, Valentín-hijo como extensión de la madre, para otros, Valentín-hijo como reafirmación imbécil del padre. Reconocido por aquel solo a nivel institucional, con un apellido que nada me vale hasta que me reconozca con mis medios hermanos y su esposa, y por la madre como un producto de sí misma, casi no procreado, encarnado en su seno por obra del otro, padre no-ausente, omnipresente, que confía en mamá y su voluntad para no sustituirlo, y en mí para convertirme de hijo en mi propio padre, como él lo hizo ¿Dios?
El mundo se acabará y yo soy y seguiré siendo tan solo un hijo, punto ciego del contrato en el que se funda mi “no-familia”: los Sánchez Soto. Vivo solo desde los 19 años y, aunque la emancipación ha comenzado, no me creo capaz de elegir otra familia para sustituirla. Nunca tuve un paraíso que perder, dichoso de mí, que nací con un paraíso al que llegar (cf. Santo Tomás). No soy creyente, no puedo serlo, pero tengo fe en que no estamos solos en el mundo, en que yo, aun con esquizofrenia, especialmente por mi esquizofrenia, no estoy solo.
A menudo me pregunto a qué me hubiera dedicado de no haber nacido con parálisis cerebral, de no habitar la superficie con estas especificaciones distintas, como ese enchufe que siempre necesitará de un adaptador distinto para funcionar correctamente. Siempre respondo: supongo que no habría sido escritora, que hubiera elegido otra cosa que hacer: sería médico, seguramente dermatóloga porque siempre me han llamado la atención los padecimientos cutáneos, de muy chica ojeaba los manuales de dermatología de mi padre con genuino asombro e interés. Me aprendí los síntomas de los distintos carcinomas de la piel, sus causas y sus tratamientos. Sabía reconocer entre una picadura de mosquito y un herpes. Pero no fui médico, cuando llegó el tiempo de elegir qué ruta tomar, escogí una que en la medida de lo posible no involucrara el cuerpo o al menos algo que no exigiera ser hábil con las manos.
Años antes mi padre había tenido una charla muy seria sobre mi precoz interés hacia la medicina: sí se puede, pero sería muy difícil. Van a pedirte exactitud, motricidad fina, precisión, vas a tener que usar el bisturí en las prácticas y no puedes titubear, me dijo la tarde en la que le comuniqué que elegiría la especialidad de laboratorio en el CBTis al que quería inscribirme al acabar la secundaria.
La idea de someter al escrutinio público -nuevamente- mi pulso y mi precisión, el recuerdo de la mañana de aquella disección de un sapo muerto en la clase de biología de segundo grado en el que casi le saco el ojo a mi compañera de mesa y el matraz roto que cayó al suelo del susto me hicieron reconsiderar mi decisión de ser doctora. No quería repetir esas situaciones desafortunadas y vergonzosas todos los días. No quería seguir comprando matraces para reponer mi falta de cálculo, para disculparme por tener parálisis cerebral y no controlar del todo los movimientos de mis extremidades superiores cuando me pongo nerviosa.
Así pues, me inscribí en un bachillerato general y dejé en paz los manuales de mi padre, los sustituí, mejor dicho, por las obras completas de Shakespeare, de Kafka, de Cervantes, y me volví, lo que se dice, una intelectual de pueblo.
Escribía y leía, y era todo lo que pensaba que sabía hacer en la vida, pues mientras el mundo físico se me había negado, lo metafísico se me abría como una posibilidad absoluta para desarrollarme y para no tener límites.
Y así un día salí del pueblo para estudiar periodismo y escribir poemas.
II
A diferencia de la vida real, somos en la hoja en blanco, lo que elegimos ser. Escribimos sobre nuestros deseos, emociones, visiones, a veces más personal, a veces menos, pero se diga lo que se diga, siempre somos el punto de inicio de lo que se escribe. Pero también somos y escribimos desde la suma de todo el azar que cargamos a cuestas, quiero decir, todo eso que no pudimos controlar y que fue a pesar de nosotros. Por ejemplo: no respirar correctamente a la hora de nacer y que el aire no llegara a mis pulmones y, por ende, a mi cerebro.
Reacción en cadena para el desastre. Hipoxia neonatal. Y aún así que el daño fuera solamente en la parte locomotriz de mi cuerpo y que mis capacidades intelectuales estuvieran intactas para tener la fantasía de una vida lo más normal posible; ir a una escuela normal, pública, pero darles explicaciones a los otros niños de tu forma de caminar cuando preguntan qué te pasó en el pie. Mentir cuando el que pregunta te mira con asco. Saber detectar el asco y la lástima en los ojos de los otros. Guardar los pormenores de mi condición para cuando tenía la certeza de que el otro que preguntaba valía la pena.
Y escribir desde esta conciencia nos hace reconocernos, blindarnos de lo que no controlamos, masticarlo y transformarlo en literatura lo vuelve bello. O a lo mejor lo vuelve menos doloroso, solamente.
Así pues, escribo parálisis cerebral en mis poemas para combatir las veces que alguien me llamó mongolita, lavadora, batidora, meneíto Cabrera, coja.
III
Dice la escritora bielorrusa Svetlana Alexievich, en su libro de crónicas La guerra no tiene rostro de mujer que «recordar es, sobre todo, un acto creativo», y yo suscribo totalmente a esta sentencia cuando miro para atrás y pienso en las vidas paralelas en donde existo aún, con o sin parálisis cerebral:
Lo recuerdo todo, pero he aprendido a dejar que la literatura y mi creatividad blinde las partes horribles -las burlas, los apodos, el asco, la lástima-, es la única ventaja que supongo, tiene el pasado para poder seguir viviendo en nosotros y no lastimar tanto.
Me pongo creativa al recordar pero también lo soy para imaginarme viviendo como un médico cuando me miro a los siete u ocho años pasando las páginas de los manuales de mi padre, o como una bailarina de ballet con piernas fuertes y coordinación perfecta, pues después de todo yo también pasé muchas horas de mi infancia ejercitándome en barras metálicas, puntas, talón, puntas para dar mis primeros pasos.
Y no tengo una respuesta aún. Soy esta que escribe.
Nombrarme y reconocerme con la exactitud de quien toma un escalpelo, retira la bala y sutura para que una herida poco a poco cicatrice y sane es mi manera de hacer justicia a esa que fui.
Quiero decir, soy, desde otro modo, exacta y precisa con las palabras. O al menos lo intento.