No leí a Simone De Beauvior en la preparatoria, ni tampoco en la universidad. Estuve en área dos, y luego estudié una ingeniería. Me acerqué a ella, a su obra, sin la consciencia de que era feminista, ni la idea de fortalecer mi postura a través de ella. Solo quería leer La mujer rota y pasar a otra lectura.
Claro que no pude hacerlo así de simple. Pasó mucho tiempo entre La mujer rota y El segundo sexo. A este último llegué hace apenas unos cuatro o cinco años, buscando reafirmarme, reconstruirme y establecer mi propia ética relacional. También fue por accidente que me enteré de que en Wikipedia hay una referencia que indica que Simone De Beauvior y Jean Paul Sartré son, quizá, la pareja poliamorosa más conocida de los últimos tiempos.
Escribí Ojos de gato en 2015. En ella cuento la historia de un triángulo amoroso. Pero más que un triángulo, es la exploración de la manera como se desarrolla y evoluciona el amor de una mujer hacia dos hombres. No lo supe mientras escribía, pero quizá esa novela empezó a gestarse dentro de mí en la secundaria, hace veintidós años, cuando me gustaron unos hermanos gemelos y toda la convivencia era confusa porque me parecía que también yo les gustaba a los dos. En su momento, pensé que esto se debía a que eran idénticos, a que mirarlos juntos era confuso y a veces no podía identificar quién era quién. Pero con el tiempo, mediante las interacciones y el conocimiento mutuo me di cuenta de que eran distintos, y de que esas diferencias que no eran físicas hacían que me gustaran más. Los dos. Jaime y Fernando. Jaime me escribía cartas que yo le respondía, las intercambiábamos a diario antes de empezar las clases, copiábamos poemas de los libros baratos que vendían en el metro. Fernando se sentaba a platicar conmigo por horas o me hablaba por teléfono cuando los celulares no se habían popularizado. Ninguno fue mi novio, con ninguno tuve avances hacia mis primeras experiencias sexuales, ni siquiera besos. Ahora los dos están casados y tienen sus propios hijos. Hace años que no hablo con ellos, y si me entero de sus vidas es porque en mi muro de facebook aparecen las fotos que suben cada tanto. Aún ahora me pregunto cómo habría sido establecer y mantener una relación con ambos, con plena consciencia de ambos, pero supongo que no lo hubieran aceptado, y que fue mejor cómo terminaron las cosas para cada quien.
De Beauvior y Sartré se conocieron en los veintes y entablaron una relación que terminó solo cuando él murió. Al mismo tiempo, tanto ella como él se relacionaron con otras personas, con una ética específica que la mayoría de las personas se brincan. En la comunidad poliamorosa es popular Ética promiscua, el libro de Dossie Easton y Janet W. Hardy. Es el más fácil de conseguir, el menos complejo en cuanto a terminología, en el que la mayoría de las personas que se salen de la monogamia entran para comprender de qué va la ética del poliamor. Después de este término nacieron otro montón de modelos relacionales: relaciones jerárquicas, triejas, anarquía relacional. Personalmente me siento más cómoda dentro de la etiqueta de no monógama, aunque otras personas que conocen del tema me definen en una relación jerárquica.
Cuando leí aquel encabezado de los poliamorosos más conocidos de la historia, no pude evitar preguntarme qué tanto tenía en común con Simone De Beauvior. Lo obvio: ambas somos feministas, yo avanzo para construirme un nombre y un prestigio en el mundo literario, así como ella lo hizo. En La plenitud de la vida, en tanto ella reflexiona sobre lo más cotidiano de su vida, Sartré aparece en casi cada momento, no como protagonista sino como compañero, como una extensión de la existencia de ella. Eso mismo me sucede con Javier. En otras anécdotas que he podido leer sobre ella se habla de sus demás relaciones, y yo pienso en esas otras relaciones que he tenido desde que me casé, las que han terminado, las que aún existen, las que se construyen desde ahora y también terminarás, o las que no. Me pregunto qué tanto le contaba Simone a Jean Paul y pienso en esa intimidad que comparto con Javier, la que me obliga a contarle de esa persona que comienza a gustarme, o de por qué terminé con alguien más, y de inmediato eso me lleva a la intimidad que construyo con los otros y otras, que no son mi esposo pero a quienes también les debo una intimidad que no puedo compartir con Javier. Los alcances y los límites en un mismo nivel.
A los trece años y a escondidas de mis papás, vi por primera y única vez Henry & June, la película que retrata una parte de la vida de Anais Nin. Creí que había algo prohibido en esa relación rara y poco convencional. Por un lado, estaba esta atracción entre Henry y Anais. Por el otro, la sensualidad compartida con June. Comprendo lo que ella alcanzaba a ver en uno y en otra, de qué manera se conectaba con ella y con él, qué veía de sí misma en cada quien. Ahora puedo afirmar muchas cosas, pero a los trece años lo único que me provocó ver esa película fueron dudas que no supe acomodar dentro o fuera de mi cabeza. Esta duda sobre la exclusividad permaneció, y más adelante me gustó Mario al mismo tiempo que Diego, luego Víctor al mismo tiempo que Maribel. Muchas personas me llenaron los ojos en los dos años y medio que duró mi primer noviazgo, y luego tuve que renunciar a las relaciones formales para interactuar con todas las personas por quienes me sentí atraída durante la universidad, incluido un maestro mucho mayor y César, con quien tuve mi primera relación libre y duradera. Luego conocí a Javier y casi de inmediato supe que quería vivir con él. Es decir, quería compartir todo de mi vida con él. Nos conocimos una noche y no volvimos a separarnos. A los seis meses le propuse matrimonio, y con la ceremonia y el contrato civil, adopté todo lo asociado con la costumbre: el rol de esposa, la palabra “señora” antes de mi nombre, el apéndice “de Tovar” en reemplazo de mi apellido materno, la posibilidad de los hijos o hijas sin plena consciencia, la exclusividad. Por un tiempo fue suficiente, hasta que conocí al siguiente don Juan que me movió el tapete. Nunca pude hacer nada con él porque la culpa anticipada no me lo permitió, pero viví todos esos años con la culpa y la frustración en conflicto permanente. Pensaba mucho en Anais, en Henry y en June.
Luego fue como si todo se acomodara para que Javier y yo pudiéramos abandonar juntos el modelo monógamo. Conocimos a una pareja, amigos muy importantes para nosotros, con quienes hubo una chispa, algo espontáneo que nos permitió entablar confianza. Con ella y él aprendimos de qué se trataban las relaciones abiertas, que fue nuestro siguiente peldaño. Luego llegó Simone De Beauvior. Y luego llegó Federico. Supongo que fue la manera como me trataba lo que hizo que me enamorara de él. Que decidiera iniciar una relación monógama y formal con alguien más hizo que me desenamorara. Que quisiera meterme en el estereotipo de “la amante” hizo que no pudiera terminar bien aquella relación.
Después de esa experiencia aprendí dos cosas: la primera, que lo que había sentido por él no imitaba o reducía lo que llevaba años sintiendo por Javier; la segunda, que por mucho que me creyera fuera de la monogamia y lejos de todos los yugos que siempre ha tenido este modelo, de una u otra forma seguía en riesgo de padecerlos. Durante el duelo por la pérdida de esa relación me pregunté si Anais o Simone se habían visto envueltas en situaciones similares, si se habían sentido traicionadas o usadas, si habían brincado alguna creencia o convicción en nombre de los sentimientos que al final no fueron recíprocos. Si se habrían sentido burladas o metidas a la fuerza en ese estereotipo horrible de la amante, que en todas las latitudes significa lo mismo: la mujer que se conforma con las sobras, con poco tiempo y poco cariño, que se queda callada para no importunar, cuyas emociones fastidian. Ya había estado ahí antes, y nunca me gustó. Soy de naturaleza bastante más exigente, siempre creo que lo merezco todo y lo exijo. Pensé que no, ellas tan dignas, tan libres, seguramente también habían exigido todo desde el principio. No necesité leer Ética promiscua para entender que necesitaba definir mi manera de relacionarme.
Luego encontré una comunidad. Resultó que de ahí me llegó la recomendación de Ética promiscua, y yo compartí a Anais y a Simone, los diarios amorosos y el segundo sexo, y entre las mujeres que salen de la monogamia hay muchas que entran en el feminismo, y otras tantas se acercan a las letras. Los hombres también. Porque resulta que deconstruir el mito del amor romántico es, de alguna manera, empoderante y liberador, exige autoconocimiento, honestidad y muchos tipos de responsabilidad. Seguramente no me hubiera relacionado con tantas personas sin ética si hubiera aprendido antes que es posible querer de tantas maneras, vincularse de forma genuina, amar sin anteponer una relación romántica, terminar relaciones de forma sana, sin dramas.
En el siglo veintiuno tenemos mayor visibilización del tema. Hay contenidos audiovisuales que lo abordan desde diferentes narrativas, hay quienes escribimos al respecto. Hablar al respecto es un gran paso para empezar a normalizar este modo de vida. Quizá en el futuro las personas que intentamos vincularnos de manera profunda estemos menos expuestas a la cantidad enorme de monógamos y monógamas seriales que van por la vida presentándose como poliamorosxs, pero perpetuando las conductas hirientes que permean la doble moral y hacen espacio para lxs polifakes.
El próximo 29 de julio, se cumple un siglo desde que los miembros del Partido Nacional Socialista1 de Trabajadores de Alemania (NSDAP- Nationalsozialistische Deutsche Arbeiterpartei) eligieron por voto avasallador a Adolfo2 Hitler (1889-1945).
Es a partir de este momento, que el camino hacia el poder de este personaje iniciaría, no obstante, ni este hecho como los subsecuentes pueden ser considerados como una contingencia inesperada en la historia de Alemania y el occidente europeo, sino que a partir de ello se desarrolló un plan mucho más elaborado de gobierno y Estado en dicha nación, que incluso (siguiendo uno de los argumentos primordiales de Raúl Hilberg3) contempló uno de los episodios más sombríos de la humanidad, el Holocausto.
Por lo tanto, en este texto trataremos de exponer el porqué, dicho evento constituyó antes y después del hecho conmemorado, un plan desarrollado y ejecutado por Hitler para asirse del poder en Alemania y cómo ello en la actualidad puede tener posibles repeticiones en diferentes lugares del mundo.
Antes del Liderazgo en el NSDAP (1919-1921)
Al término de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), Hitler fungió como soldado en el regimiento 16vo del ejército de reserva bávaro, experimentó poca acción militar (siendo herido en la batalla del Somme), empero, también sufrió la derrota ante las potencias aliadas—a pesar de él ser ciudadano austriaco—orquestada por el liderazgo político alemán infiltrado por “marxistas y judíos”, dentro de la llamada “leyenda de la puñalada en la espalda”.
De igual forma, presenció las negociaciones postconflicto estipuladas en el Tratado de Versalles, en el cual Alemania perdería varios territorios y desmilitarizaba los mismos como Renania, dictaminaba de responsable casi pleno al Imperio Alemán de la guerra y lo obligaba en el futuro a prescindir de un ejército permanente, y al pago de onerosas reparaciones bélicas a las potencias participantes, especialmente a Francia, la cual en su momento llegaría a ocupar regiones como el Ruhr con sus tropas para demandar el pago de la deuda.
Esto último sería visto por gran parte de las cúpulas militares y civiles políticas como una humillación al país y sería uno de los principales ejes de lucha de Hitler para adherirse de aliados individuales y grupales.
Entre 1919 y 1920, Hitler comenzaría su carrera política dentro del Partido de los Trabajadores alemanes (DAP- Deutsche Arbeiterpartei), que poco después se transformaría en el NSDAP, ahí, los líderes partidarios comenzarían a notar la facilidad con la cual podía interactuar con la audiencia en los Salones de cerveza (Brauhaus), lugares donde la gente común solía reunirse para beber cerveza y discutir sobre política y el destino de su país después de la guerra.
Durante este mismo periodo, Hitler entraría en contacto con otra asociación nacionalista y antisemita llamada “Sociedad Thule4“ la cual reafirmaría sus ideas principales que formarían parte de su corolario político hasta el fin de su mandato: antisemitismo, nacionalismo y resurgimiento de Alemania libre de cualquier acuerdo previo (incluido el de Versalles), como una potencia política y racial mesiánica destinada a la grandeza en Europa y el mundo, ello a partir de un expansionismo basado en el “espacio vital“ (Lebensraum5) de este nuevo Estado alemán.
Es también durante este lapso, e incluso desde que Alemania se encontraba inmersa en la primer gran guerra, que Hitler notó el ejercicio del poder por medio de la coerción y la violencia como un método válido para cumplir objetivos políticos.
Lo anterior también fue reforzado por las luchas civiles encabezadas por Eugen Lévine y Max Levien, quienes desde 1914 organizaron un movimiento militar destinado a establecer un gobierno bolchevique en Múnich y como última medida en toda Alemania, con el apoyo de Lenin quien a la postre se convertiría en líder de la Revolución Rusa (1917-1923) y de la URSS (1922-1991), aunque ello no duraría demasiado, pues para finales de 1918 el movimiento había sido derrotado por las armas gracias a un movimiento “Blanco“ o contrarrevolucionario, constituido por diversos agentes militares libres que servirían como milicias privadas, ante una república (de Weimar) con controles derivados del acuerdo de Versalles incapaz de hacerles frente de manera verdadera.
A partir de lo anterior, Hitler tomaría nota de manera seria al respecto, y una vez encumbrado en el liderazgo del NSDAP, lo llevaría a la práctica de una manera no lineal, con diversas bifurcaciones en la sociedad y en la política, y con diversos altibajos. Todo ello al contrario de narrativas oficiales que determinan la llegada al poder de dicho personaje como un hecho imparable y no previsible a la luz del análisis histórico.
El camino hacia el poder: Hitler como líder del NSDAP (1921-1933)
El 29 de julio de 1921, luego de una lucha interna por el mandato del partido, Hitler reemplazó a Anton Drexler (1920-1921) como presidente del partido y cuya plataforma le serviría para cristalizar sus ideas políticas.
Una de las primeras medidas al respecto fue la creación de la mano de Ernst Röhm (1887-1934) de un cuerpo paramilitar aliado al partido6, y luego guardia personal del mismo con Hitler ya en calidad de Canciller, éste se llamaría en primer lugar “División Relámpago” (SA- Sturmabteilung), y luego de constituido el régimen nazi sería nombrado “Escuadrón de Protección” (SS- Schutzstaffel).
Dicho cuerpo junto con las primeras conexiones que diversos mandos militares y políticos regionales por medio del SA, pero también gracias a la ya desarrollada capacidad de oratoria y convencimiento de Hitler en público y privado, se convertirían en la columna vertebral inicial del NSDAP en plena incursión política regional y nacional.
Entre 1921 y 1923, la visión de Hitler y del partido era emular las acciones hechas por Mussolini en Italia para asirse del poder en Alemania, recreando su propia marcha de “camisas cafés/ negras italianas” (color distintivo del SA) trató de tomar por la fuerza el control de diversos pueblos en el suroeste del país, teniendo éxitos pobres y una fría respuesta por parte de la población, en contraste con los mítines organizados por el partido en los cuales amalgamaba de manera genial hechos con eventos cotidianos nacionales, de manera que despertara el resentimiento y el odio de las masas apostadas y dispuestas a escuchar su discurso7.
A la par de lo anterior, la visión de toma del poder violenta por parte de Hitler llegó a adquirir un papel tan predominante, que lo orillaría a causar por poco la destrucción de su partido y movimiento, pues en 1923 decidió colaborar en un golpe de Estado contra el gobierno el 8 y 9 de noviembre del mismo año para tomar el control del gobierno de Múnich y a partir de ello organizar un levantamiento en todo el territorio nacional, confiado de su apoyo cupular y popular llamado “el golpe de Estado del salón de cerveza”.
Después de dicho evento, gran parte del liderazgo nazi fue arrestado, incluido Hitler, enjuiciado y encarcelado, evitando la pena de muerte bajo el supuesto de insurrección y sedición por las dificultades políticas (cumplimiento de obligaciones bélicas con los aliados, reactivación y reconstrucción económica, políticas sociales entre otras) que en ese entonces atravesaba la República de Weimar, y también en buena medida gracias a las simpatías que ya este personaje y el partido gozaban, dentro del cuerpo jurídico local y nacional, por las afinidades conservadoras y nacionalistas que ellos encontraban coincidentes con aquella corriente política.
En contraste, el golpe le serviría al propio Hitler y la dirigencia libre del partido para reorientar sus objetivos y desarrollar un plano de acción más elaborado para tomar el poder en Alemania, de forma puntual, esto se realizó con el establecimiento de nuevas oficinas y entramado burocrático administrativo del NSDAP a lo largo y ancho del territorio, el planeamiento y ejecución de un programa ideológico encabezado por un lado por Joseph Goebbels, que dotara de identidad al partido y generara empatía con los alemanes, y por otro, mediante la sublimación de los ideales del movimiento en un panegírico propagandístico producto de los años de encarcelamiento de Hitler, y que poco después se convertiría en un libro de consumo y compra en cada hogar de la Alemania Nazi, nos referimos a “Mi Lucha” (Mein Kampf– 1925).
Toda vez que los líderes nazis fueron excarcelados, Hitler decidió continuar un camino político más orientado dentro de los cauces político-institucionales que la República de Weimar ofrecía, pero sin prescindir del todo de hechos de violencia que fueran requeridos para mantener a raya a grupos rivales como los socialistas alemanes, y quienes desde ese entonces veían como una sería amenaza en ciernes al movimiento nazi para el país y toda Europa.
Parte de este renovado impulso dentro del partido, desde 1925 se centró en la expansión de los sectores poblacionales a los cuales podía apelar a su convencimiento y eventual apoyo, como el agrícola junto a una reestructuración y funcionamiento regional más coordinado a nivel nacional.
Y también a una gradual adhesión de legitimidades individuales de la mayoría de los alemanes para hacerse del poder de manera legítima a través de las votaciones regionales y nacionales.
Ello tuvo resultados mixtos, pues en las elecciones legislativas de 1924, el partido obtuvo 1,907,000 votos, o el 6.5% del total de los asientos8 (472 en ese periodo) en el Reichstag (órgano supremo legislativo), sin embargo, para la segunda elección del mismo año, se desplomó su número a la mitad aproximadamente (907,000 votos), y en 1928 continuaría su descenso.
Lo cual significaba que el proyecto nazi, a pesar de los constantes esfuerzos de sus líderes y miembros por hacerse relevante en el panorama nacional político serio estaba resultando más difícil de lo pensado, no obstante, y aquí sí es posible afirmar cierto grado de azar y contingencia histórica, la influencia directa de los sucesos mundiales para conformar los futuros de diversos países (no solamente Alemania) que jugarían un papel preponderante en el devenir de la Historia internacional.
Hacia fines de 1928 pero ya de manera concreta en otoño de 1929, una gran crisis económica mundial cimbraría los fundamentos económicos de todos los países en plena expansión capitalista de mercado, y cuya cabeza, Estados Unidos, experimentaría una fuerte contracción en su producción y disponibilidad de recursos financieros en el exterior, que impactarían de manera frontal a todos los países de Europa en reconstrucción de primera posguerra, y en creciente dependencia hacia los dólares americanos para mantener su conexión con el comercio internacional a través del Plan Dawes9.
Desempleo, declive en los servicios públicos de las grandes ciudades, hambre, crimen y una acrecentada violencia se volvieron la norma en Alemania10 y en otros países de Europa y Norteamérica, pero para proyectos arribistas y demagógicos de solución inmediata a los problemas cotidianos como el nazi, se presentó la oportunidad única e irrepetible de acceder al sueño deseado del poder de manera fácil y rápida.
Uno de los sectores más azotados en la crisis en Alemania y varios países de Europa fue el agrícola (junto con el industrial, manufacturero y constructor), en el caso primero, el declive en los precios de los alimentos devastó la capacidad de mantener la producción y obtener ganancias de ello, con esto, los nazis absorbieron la atención de este sector de manera favorable, al apostar como plataforma política un gobierno de corte autárquico (autosuficiente) y que protegiera el intercambio comercial de los productos nacionales por medio de aranceles a importaciones, y sobre todo, una política internacional agresiva y expansionista.
En términos más generales y simbólicos, el desempleo generado por la crisis de 1929 minó seriamente la moral social de los alemanes11, acostumbrados a una cultura e incluso ideología religiosa centrada en el trabajo, dejándolos así en una suerte de crisis extensiva de identidad individual y colectiva, que a la postre del establecimiento del Tercer Reich ocuparía su lugar.
En el campo nacional, la República de Weimar enfrentaría la última prueba que entre 1930 y 1932 sabría enfrentar de manera efectiva en términos económicos, encabezada por Heinrich Brüning como canciller, pero con altos costes políticos y sociales que desgraciadamente fortalecerían electoralmente al partido nazi, pues ya para la elección del Reichstag de septiembre de 1930, se volvería la 2ª fuerza política por abajo del SPD (Partido Social Democrático de Alemania-Sozialdemokratische Partei Deutschlands) con el 18.3%12 (107 lugares) de asientos congresionales.
Este último resultado, por un lado mostraba—unto con la participación de Hitler como candidato presidencial contra Hindenburg en marzo de 1932—una insatisfacción clara por parte del electorado con el trabajo de partidos tradicionales como el SPD, pero también era un ejemplo claro del papel real que había alcanzado el partido nazi como actor necesario, para el establecimiento de coaliciones que sustentaran el gobierno del Canciller alemán, pues en las elecciones de 1932 (julio y noviembre), aquella formación política alcanzaría el lugar número 1 en la lista de participantes del Reichstag con poco más del 30% de su control.
Por si fuera poco, y a pesar del triunfo de Hindenburg, entre 1932 y 1933, una serie de intrigas y luchas internas entre la administración presidencial y la cancillería, debilitarían aún más el entramado de la República y con la dimisión dentro de ello de Franz von Papen (1930-1932) y de Kurt von Schleicher, Hitler se encontraba muy cerca del poder.
Con un Schleicher debilitado de salud, un envejecido Hindenburg, una economía en apuros y la situación social deteriorada, ofendida por los aliados, y con rumores fuertes sobre la inquietud del ejército de entrar a participar en la política de manera extra institucional y legal por medio de un golpe de Estado, llevó a aquellas dos figuras mencionadas a considerar la transición del poder de Canciller hacia Hitler.
Finalmente el 20 de enero de 1933, tras la renuncia de Schleicher, Adolfo Hitler era ungido como Canciller de Alemania.
El Tercer Reich (1933-1945)
Una vez designado en el puesto, Hitler pudo al fin cimentar el advenimiento de un nuevo orden político y social, comenzando en primera instancia por suprimir cualquier disidencia política contraria al nazismo, bajo el pretexto del incendio del Reichstag a mediados de 1933, suprimió política y violentamente la oposición socialista y comunista y prohibió la creación de partidos políticos a futuro.
Y con la muerte de Hindenburg en 1934 el nudo se cerraba alrededor de la República de Weimar pues en agosto del mismo año Hitler unificaría las oficinas de presidente y Canciller para crear la figura de Líder y Canciller Imperial (Führer und Reichskanzler).
Curiosamente, para 1934 surgiría una oposición dentro de los recién asentadas cúpulas nazis, específicamente las militares, que demandaban por una transformación más acelerada del Estado y la sociedad (especialmente la redistribución de la riqueza), que llevaría al episodio conocido como la “Noche de los Cuchillos Largos” (junio 30-julio 2 de 1934) en la que una serie de purgas de dirigentes militares (Röhm13) y políticos (Schleicher y Gregor Strasser14) eliminarían los últimos reductos opositores, y a partir de ello el ejercicio del poder de Hitler sería omnímodo hasta abril de 1945.
El último punto que definiría gran parte del curso legal y material del Estado nazi, como Estado racial, sería codificado en septiembre de 1935, con la publicación de las “Leyes de Nuremberg”, destinadas principalmente a “mejorar la superioridad de la raza alemana mediante la prevención del cruzamiento de razas”15 por matrimonio con razas inferiores, totalmente desposeídas de todo derecho de ciudadanía, y la posterior identificación de ellas con símbolos distintivos, como tal fue el caso de los judíos y el uso público de brazaletes o parches con la estrella de David.
Lo anterior junto con el establecimiento de un capitalismo de Estado, aliado con buena parte de las comunidades no judías empresariales e industriales de Alemania, así como una políica extensiva orientada al crecimiento económico mediante la promoción de obras públicas y una reactivada política exitosa de rearme vendrían a convertir al Tercer Reich en una de las potencias militares de la época, y que junto a la ideología del Lebensraum junto con el código ideológico racial hitleriano anteriormente mencionado, encauzarían a Alemania a ser artífice de la mayor calamidad militar y social en el siglo XX: la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) y el Holocausto (1941-1945).
Como hoy podemos firmemente relatar y constatar, dicho proyecto político parecía llevar el triunfo bélico continental en Europa entre 1939 y 1941, sin embargo, gracias al sacrificio humano, social y militar de la URSS en el frente oriental y la entrada de EEUU como actor decisivo en la esfera económica y militar para los aliados franceses e ingleses, los planes de expansión irrestricta del Tercer Reich comenzarían a sucumbir a mediados de 1941, y se estrellarían fatalmente para principios de 1945, gracias a los precedentes triunfos clave aliados en Stalingrado (1942-1943), Kursk (1943) y Normandía (1944).
Posterior al triunfo aliado, y con Hitler muerto por mano propia, se establecerían los tribunales de Nuremberg, orientados a juzgar y condenar a toda la cúpula nazi que seguía viva por las atrocidades cometidas en la guerra, y en el genocidio perpetrado de manera sistemática por su gobierno.
Conclusión: ¿es posible algo así en este siglo?
El trauma generacional nacional e internacional generado por los efectos del nazismo marcó buena parte del siglo XX, desafortunadamente, a pocos años de iniciado el nuevo siglo, y bajo los efectos de la globalización como corriente económica incluyente en la interconexión e interdependencia de Estados y comunidades en términos económicos y comerciales, pero jerarquizadora y excluyente en términos de acceso a mejores oportunidades de desarrollo económico, político y social para muchos pueblos y comunidades, por lo que la migración internacional se incrementó desde países en desarrollo, y muchas veces con conflictos internos, hacia el sueño Europeo y Estadounidense.
Por medio del anterior fenómeno expuesto, numerosas plataformas de derecha y extrema derecha, incluyendo algunas de corte neo nazi abiertamente como amanecer dorado en Grecia, o Svoboda (Libertad) en Ucrania, con antiguos miembros del gobierno en la pasada administración presidencial, o algunos simpatizantes del partido español Vox que abiertamente apoyan al Franquismo, antiguo aliado de la Alemania nazi y la Italia fascista.
De igual manera, otros proyectos de orientación menos radical han jugado en numerosas ocasiones con este papel migratorio, para revivir el discurso político de la lucha “civilizatoria” entre pueblos y comunidades excluyentes (cristianismo vs islam, libertad vs dogmatismo religioso etc.), y ello reforzado con las oleadas de terrorismo causado por el radicalismo islámico desde los eventos del 11 de septiembre de 200116, los cuales hoy en día sirven como un argumento bastante atractivo para aquellos sectores poblacionales que pudieran ver un peligro real (o generado mediante discurso) en la migración como sustitución de su modo de vida, prácticas y empleo futuro.
Más allá de ello, mientras existan grandes desigualdades y problemas que afecten a buena parte de la población en una entidad política determinada, ello será campo fértil para la aparición de figuras radicales y demagógicas que pretendan ofrecer soluciones simples y rápidas en el corto plazo a costa de la denuncia y explotación constante de dichas desigualdades para perpetuar su propia visión e ideología, así como el mantenimiento en el poder para evitar solucionar directamente cualquier cuestión mediante cauces institucionales, bajo pretextos de enemigos fantasmagóricos, y jamás asumir una postura definitoria, responsable y coherente que abone realmente a la rendición de cuentas de gobernantes y gobernados, y a la solución directa de los problemas más apremiantes de un país.
Fuentes consultadas
Hilberg, Raúl. La Destrucción de los Judíos en Europa, España: Akal, 2005.
Evans, Richard J. The Coming of the Third Reich, Reino Unido: Penguin Books, 2003.
Toland John. Adolf Hitler, EEUU: Anchor Books, 1992.
Kolb, Eberhard. The Weimar Republic, Reino Unido: Routledge, 2005.
Housden, Martin. Hitler Study of a Revolutionary?, Reino Unido: Routledge, 2000.
Cuando hablamos de poesía en tsotsil nos referimos a la escritura de los poemas en esta lengua. Es una creación poética, una búsqueda de significaciones. Es, a decir de José Gorostiza, la “especulación, un juego de espejos, en el que las palabras, puestas unas frente a otras, se reflejan unas en otras hasta el infinito y se recomponen en un mundo de puras imágenes donde el poeta se adueña de los poderes escondidos del hombre y establece contacto con aquel o aquello que está más allá” (Poesía, 1964: 11).
La poesía escrita en tsotsil exige niveles de lectura, un ojo que avizora las ventanas de entrada, las puertas de escape. El idioma es la envoltura y la desenvoltura del lenguaje. Leer en tsotsil es leer otro mundo. Hay que entender también que cada obra es un mundo en sí mismo. Ese es el valor de cada libro, el tipo de mundo que representa. Como lo ha expresado Antonio Ortuño, leer es adentrarse en esa cosmovisión creada por el autor, “entender de alguna manera el universo mediante el lenguaje y parte de esa comprensión del universo que viene a través de la música” (Entrevista hecha por Gabriel Rimachi Sialer).
En la lengua tsotsil, el idioma de los murciélagos, existen varios escritores y escritoras que cultivan la poesía, como Manuel Bolom Pale, Ruperta Bautista y Alberto Gómez Pérez, por mencionar a algunos de sus representantes. Es común encontrar libros en versión bilingüe tsotsil-castellano. Este es el formato publicable y vendible. Algunos más, como el caso de Ruperta Bautista, son traducidos al italiano, al francés y al inglés. Los poemas entonces son arropados en otro idioma, el papel los lleva a otros continentes para ser leídos por otras miradas y pensamientos.
La literatura en lenguas mexicanas, maya, náhuatl o tsotsil, nos remite siempre a su condición bilingüe. Incluyendo a los propios hablantes de alguna de estas lenguas, es más probable que se lea en la versión castellana. Es extraño entonces hablar de un libro o de un autor que no traduzca su obra, que escriba únicamente en su idioma. Esta condición de lo extraño no se refiere por el hecho de no hacerlo, sino por ir en contra del propio sistema de difusión literaria y de la capacidad del autor para traducirse.
En 2008 adquirí el libro Snich tsantselav (CELALI, 2007) de Raymundo Díaz Gómez con la intención de mejorar mi lectura en tsotsil, incluso para aprender cómo se escribe mi idioma. En aquel momento lo leí sin ninguna mirada crítica ni emití juicios de valor. Mi propósito fue simplemente didáctico. Es el único libro que he leído hasta la fecha en versión monolingüe. Lo que sí me extraña ahora es que no conozco al autor. Incluso he llegado a pensar en su retiro en la literatura, pues desde 2007 no ha publicado otro trabajo. A diferencia de autores que se les ve, se les escucha en innumerables actividades culturales y literarias, Díaz Gómez ha preferido el anonimato. Se sabe, sin embargo, que vive en su paraje en San Cayetano, Chiapas, que es maestro de primaria, pero no se mueve en la ciudad, no hace vida cultural y literaria. No significa, ni lo estoy afirmando, que ya no escriba. El silencio puede ser simplemente una percepción de los lectores.
Como alguna vez coincidimos con el escritor y académico José Alfredo López Jiménez, Snich tsantselav es una de las bellas obras escritas en tsotsil por su manejo natural de las imágenes, las metáforas, el ritmo y el tono alto en momentos, digno de evocar poemarios en otras lenguas como Hojas de hierba de Walt Withman o El matrimonio del cielo y del infierno de William Blake. Es una lástima que no tuviera la difusión suficiente para convertirse en un paradigma poético en nuestra lengua. Era y es una pena también que su lectura estuviera vedada y encerrada solamente en tsotsil, pues estábamos seguros que pocos lectores, incluyendo a los que dictaminaron la obra en el certamen, la hemos apreciado. En ese sentido, ha sido una fortuna para el libro, no sé para el autor, el hecho de haber sido reconocido por el premio Pat O’tan en 2005, convocado por el CELALI.
El libro, sin embargo, no se encuentra en antologías tanto a nivel regional como nacional. Es más, como sucede con la mayoría de los libros publicados por el CELALI, no se consigue en ninguna feria de libros ni en librerías locales. Esta es una de las contradicciones que adolece una obra publicada en un solo idioma. ¿O no debería de traducirse? ¿Cuál es la intención literaria, cultural y política de no traducir una obra?
Snich tsantselav es accesible para el lector común y corriente en tsotsil, no usa un lenguaje ni una forma compleja, a diferencia de obras como el Ulises o Finnegans wake de James Joyce. Pero el autor, al parecer, no tuvo la misma experiencia de autotraducción que la mayoría hemos referido con nuestros trabajos. De acuerdo con Nicolás Huet Bautista, quien fue el responsable de la edición y publicación de la obra, había la intención de hacer una edición bilingüe. Pero la traducción que el propio autor hacía no alcanzaba la calidad y la fuerza logradas en tsotsil. Por tal motivo, el autor decidió suspender la traducción y así publicarla únicamente en tsotsil. Estamos entonces ante un caso de autotraducción fallida, que hasta la fecha poco se ha reflexionado en el ámbito literario, las frustraciones que enfrentan los autores que se autotraducen fuera de cualquier postura política, cultural o ética. Díaz Gómez es un ejemplo de ellos. No hablamos de un libro intraducible sino de la imposibilidad de traducirse a sí mismo.
A continuación, analizo algunos poemas que contienen una gran fuerza, o al menos así me parece a mí, pues cada vez que los leo remueven algo en mi interior que no había podido explicar. Este ensayo además sirva para acercar a los lectores a la obra con una traducción personal al castellano.
Snich tsantselav (2007) se compone por cuatro secciones: “Sba vok’ol: Stoyel ch’ul osil balumil”, “Xcha’vok’ol: Patob o’ontonil”, “Yoxvok’ol: Sat yelov jme’tik balumil” y, por último, “Xchanvok’ol: Smalel k’ak’al kuxlejal”. Si revisamos bien esta organización de la obra, los cuatro apartados están basados en la estructura de un discurso oral tsotsil denominado riox.
Retomando del escritor, traductor, promotor cultural y ensayista Enrique Pérez López, “el [riox] es una guía, en tsotsil expresa: ja’ chalbe skotol ti boch’o xkuchoj ti abtele, ‘es una serie de indicaciones para quien tiene la responsabilidad de portar el cargo’” (Riox: discurso ceremonial tsotsil de Chenalhó, 2017: 29). El riox, por lo tanto, es una especie de discurso “espiritual, religioso, moral, filosófico y psicológico, dedicado a seres terrenales, es decir, a los hombres y mujeres portadores de cargos” (Pérez López, 2017: 30). De manera formal, la estructura del riox es “una manifestación oral de lo cíclico y helicoidal que es el tiempo, tiene un principio y a partir de ahí se construye, avanza, repite momentos y vuelve a comenzar en un punto, con otros actores que se van eslabonando; se repite la estructura cíclica no sólo de la palabra sino del tiempo y del pensamiento” (Pérez López, 16). Lo interesante aquí, vista la estructura del poemario de Díaz Gómez desde la forma del riox, es que forma y fondo es poesía.
El riox, entonces, es un tipo de saludo que emite una persona a su sustituto en un cargo, “se refiere en el mismo sentido a las preocupaciones, obligaciones y preparativos previos a pasar el cargo, así como a la condición de numinosidad en que se encuentran durante esos días, y obligaciones que debe cumplir después del cargo” (Pérez López, 15). Por lo tanto, al tener una función de saludo y guía, el riox también es un discurso de despedida. Una persona con un cargo religioso o civil recibe a su sustituto con una bienvenida para despedirse. Entre estos dos polos, que no son de oposición sino de continuidad, está en juego la incertidumbre, el momento de reflexión sobre la delicadeza y efímera duración de la vida humana. La posibilidad de fallar, de cometer errores, de morir, siempre está latente.
Bajo la lógica descrita del riox, Snich tsantselav de Díaz Gómez es una expresión de saludo y despedida. En esa condición de numinosidad, la voz poética dialoga con los seres de la naturaleza, les expresa respeto, los enaltece. Esto lo leemos en el primer apartado “Stoyel ch’ul osil balumil / Enaltecimiento de la naturaleza”, con poemas como “Yav jteklum” o “Xabil k’ok’” que funcionan como una abertura al canto, describiendo el lugar de origen del autor.
En particular, llama la atención el poema “Tsantselav” por contener una doble expresión:
CH’UL YOLOB BANKILAL,
SANTO HERMANO TRUENO
xleblun sk’ak’al avo’nton,
arden las llamas de tu corazón
ta xchankajal vinajel,
en la cuarta dimensión del cielo,
ta xchanjechel balumil.
en las cuatro esquinas de la tierra.
Ko’ol xchi’uk k’ak’al chon,
Al igual que una serpiente de fuego,
chatilesbe sat ch’ul balumil vinajel,
enciendes los ojos del sagrado cielo,
chavijesbe ya’lel sat toketik ta balumil,
haces que las nubes suelten sus lágrimas,
chak’asanbe yakan te’etik
quiebras los troncos de los árboles
ta avip ta aju’el.
con la potencia de tu fuerza.
Ch’ul tsantselav,
Sagrado trueno,
mu me xavulesun ta balumil,
no me vayas a desaparecer de la tierra,
ma’uk to sk’ak’alil
no es todavía el momento
xavik’ muyel jch’ulel,
para que te lleves mi espíritu,
manchuk me tsinil t’anal kuxulun.
aunque mi vida esté llena de carencias.
Mu xatijbe svayel kalab jnich’nab,
No despiertes el sueño de mis hijos,
mu xachik’an komel jts’unub kovol,
no quemes mis semillas y siembras,
ja’ noj me yip sju’el ko’nton (25-26).
es todo lo que alimenta mi corazón.
El tsantselav como trueno es uno de los elementos de la naturaleza que contiene en sí mismo una carga electrizante, capaz de derribar y matar a un árbol de un sablazo. Pero la voz poética se refiere al trueno como algo sagrado comparándolo con la serpiente, otro ser numinoso para los tsotsiles que cuida y vigila las cuevas, puertas que conducen al inframundo: “Ko’ol xchi’uk k’ak’al chon, / chatilesbe sat ch’ul balumil vinajel, / chavijesbe ya’lel sat toketik ta balumil, / chak’asanbe yakan te’etik / ta avip ta aju’el (Al igual que una serpiente de fuego, / alumbras los ojos del sagrado cielo, / haces que las nubes suelten sus lágrimas, / quiebras los troncos de los árboles / con la potencia de tu fuerza)” (25). El fragmento citado expresa vida y destrucción al mismo tiempo. Después la voz poética se torna en súplica al comprender su forma diminuta ante el enorme y monstruoso trueno: “Ch’ul tsantselav, / mu me xavulesun ta balumil, / ma’uk to sk’ak’alil / xavik’ muyel jch’ulel, / manchuk me tsinil t’anal kuxulun (Sagrado trueno, / no me vayas a desaparecer de la tierra, / no es todavía el momento / para que te lleves mi espíritu, / aunque mi vida esté llena de carencias)” (25).
El poema es una expresión de respeto y miedo. La voz poética se pliega a su condición humana, frágil y desnuda. La primera parte del libro se posiciona frente a ese universo dotado de misterio, que da vida y la quita, que alimenta y mata. Pero es en el segundo apartado “Patob O’ontonil = Saludos al corazón” que el poemario se aleja del diálogo con la naturaleza y se centra en lo estrictamente humano. El ritmo entonces cambia de lo numinoso a lo terrenal, a lo cotidiano. De hecho, el título del apartado se apega aún más a la función del riox, el saludo y el encuentro con el otro, no un otro divino sino el complemento del ser y de la existencia. A modo de un discurso metatextual, en el primer poema “Sme’ nichimal k’op” la voz poética se dirige a una mujer como la madre que origina la poesía:
ANTS:
MUJER:
Jo’ot sme’ot vok’ebal kuxlejal,
Eres madre originadora de vida
nichimtik avo’nton stanijeb lekilal,
con un corazón que desprende plenitud,
chi-och ta avaj-abtel sts’unel nichim k’op,
hazme tu escribiente para sembrar poesía,
manchuk me xabonun ta tsitsel
aunque me destiñas la piel
ta svach’il ak’obtak,
con las varas de tus manos,
me xachukun ta yech’al stsotsil ajol.
aunque me ates con el eco de tu cabellera.
Ants:
Mujer:
Ko’ol xchu’uk jch’ulme’tik asat,
Tu rostro se asemeja a la luz de la luna,
japoj chixanav ta ak’ubal,
con él alumbro mi camino,
ya’lel ach’ue jpoxta-o
con la sabia de tus pechos
syayijemal jbek’tal ko’nton.
cicatrizo las heridas de mi corazón.
Ants:
Mujer:
¡K’ucha’alvan kich’oj ma’satil!
¡Por qué la ceguera me dominaba!
Mu xkil to’ox sk’upilal snats’il abek’tal,
No veía la hermosura de tus collares,
xchi’uk k’upil sba yutsilal ti ak’eoje,
ni escuchaba la dulzura de tus cantos,
ak’unil bek’tale
tu carne íntima
pasbil ta chanul pom k’abal (31-32).
está hecha con manos de abeja.
Hay una decisión del sujeto lírico de entregarse al servicio de la poesía, convertirse en la voz y los ojos de la misma, consciente del sufrimiento que puede recibir como recompensa, pero es una decisión vital: “manchuk me xa bonun ta tsitsel, / ta svach’il ak’ob, / me xachukun ta yech’al stsotsil ajol (aunque me destiñas la piel / con las varas de tus manos, / aunque me ates con el eco de tu cabellera)” (31). Aquí nos enfrentamos ante una suerte de contradicción. La poesía es luz que alumbra el camino, luna que despeja la oscuridad, su lectura cicatriza heridas del corazón, abre los ojos al mundo, quita la ceguera, pero al mismo tiempo la poesía aprisiona, irreverente y cruel, al poeta. Hay una conciencia del sujeto en su quehacer poético, el lenguaje deja de ser tan sólo su herramienta y lo convierte en sus ojos, en sus oídos, en sus manos.
Pero con la poesía el poeta no solamente descubre la hermosura de una mujer, su delicadeza, sino también aprende a ver su debilidad, la forma en que entrega su cuerpo a cambio de unas monedas. En este segundo apartado sobresale un poema acerca de una mujer que se deshace de la condición moral que la ata y la enviste de “normal”. En “Antsil chon” vemos a un ser animalesco que es capaz de embaucar con sus encantos a los hombres mediante el lenguaje del deseo:
TA NAIL UCH’BAJEL LA JKOJTAKINOT,
TE CONOCÍ UNA TARDE EN UN BAR,
chotolot ta naklej,
sentada en una silla,
sakjit’an stanal ave,
con tus dientes amarillentos,
ts’ijil avo’onton.
sin ninguna preocupación.
Xtal xbat yol asat chak’elvan,
Tus ojos se movían de un lado a otro,
xtil xleblajet snats’il abek’tal,
tus collares brillaban,
te ul bik’taj ko’on ta atojolal,
mi corazón se apiadó de ti,
lok’ ta ke jti’ sna’el abi,
de mi boca brotó el eco de tu nombre,
sna’el ti alumale.
los recuerdos de tu pueblo.
Uts jinaki xi’el k’exlal ta ajol avo’onton,
Hasta que el miedo entró en tu corazón,
ti yip sju’el jsate k’ot ta yut abek’tal avo’nton.
la fuerza de mis ojos tocó tu piel y tu razón.
Xch’ich’elot sakil ixim,
Eres sangre de maíz blanco,
xch’ich’elot tsajal ik’al chenek’,
eres sangre de frijol negro y rojo,
¿k’ucha’al chap’olmalin abek’tal?
¿por qué vendes tu cuerpo?
Jo’ot xch’ulelot jch’ulme’tik,
Eres espíritu de la luna,
jo’ot j-ak’ ch’iel kuxlejal.
la que puede dar vida.
Lok’an ech’el ta ik’al ak’ubal,
Escápate en la oscuridad de la noche,
tiluk akuxlejal,
enciende tu existencia,
jo’on chajpojot lok’el,
yo estaré ahí para salvarte
ta xchukvanabil lo’loel lajebal.
de las ataduras del inframundo.
Sat vinajel ants,
Mujer ojos de cielo,
la nikesbun ko’on,
removiste mi corazón,
la k’ixnabun jch’ich’el,
entibiaste mi sangre,
la julavebtasbun jch’ulel.
despertaste mis deseos.
La javelk’anbe yip ko’on,
Te adueñaste de mis latidos,
mu xka’ijba me kuxulun,
no sé si vivo,
mu xka’ijba me chivi’naj,
no sé si tengo hambre,
mu xka’ijba me buch’uun.
no sé quién soy.
Ti ave ati’e snio’al chamebal,
En tus labios brota la muerte,
ti atube sme’ lajebal,
tu saliva es veneno,
sme’ot Antsil Chon (38-39).
señora Mujer Serpiente.
Este poema sigue cumpliendo la función del riox, ya que el discurso “no es dirigido sólo para los hombres portadores de cargos, sino también para las mujeres” (Pérez López, 15). En este caso, no habla de una mujer con un cargo religioso, sino de una mujer que carga un estigma social, de una mujer que lleva encima la mirada quemante por su oficio, la prostitución. El sujeto que le canta sabe que arriesga su vida, es un encuentro con la mujer reptiliana, semidiosa que encanta con su apariencia. El poema es un riox órfico pronunciado por un poeta que se arriesga a bajar al inframundo, pidiéndole a la mujer que se escape en la oscuridad de la noche, el camino dantesco del Xibalba.
La voz poética se enamora de ella. Se compadece, cree salvarla de ese estigma, de esa vida para convertirla en suya: “Xch’ich’elot sakil ixim, / xch’ich’elot tsajal ik’al chenek’, / ¿k’ucha’al chap’olmalin abek’tal? / Jo’ot xch’ulelot jch’ulme’tik, / jo’ot j-ak’ ch’iel kuxlejal (Eres sangre de maíz blanco, / eres sangre de frijol negro y rojo, / ¿por qué vendes tu cuerpo? / Eres espíritu de la luna, / la que puede dar vida)” (38). El poema cobra mucha fuerza en este sentido ya que no se dirige a una mujer común sino a alguien que rompe con las reglas sociales, a una que vive las bajas pasiones humanas. El poeta no la justifica.
El tercer apartado “Sat yelov jme’tik balumil = Rostro de la tierra”, vuelve a conectarse con el primero, lo cual confirma su sentido formal con el riox. Lo cíclico y helicoidal, el movimiento de rotación y traslación de dos elementos en un mismo eje, hacen que el tercer apartado vuelva a unirse con elementos de la naturaleza, a las aves, a la lluvia, a la tormenta, que usualmente dan y conservan la vida, pero en ese mismo acto de conservar también la pueden destruir. Los poemas que integran este apartado no superan en calidad y belleza que los del primero.
Lo interesante viene en el cuarto apartado “Smalel k’ak’al kuxlejal = Atardeceres”. Esta sección, como complemento del ciclo, es una continuidad del discurso desarrollado en la sección “Patob O’ontonil”, la segunda. La voz poética cambia nuevamente de objeto, dirigiéndose a los seres humanos, a los hombres y a las mujeres terrenales y su relación con la naturaleza, con las aves, pero no de manera armónica. Los versos sostienen un tono laudatorio hacia el lado animalesco del ser humano, lo numinoso entrelazado a un temor del hombre hacia el propio hombre.
Si bien el riox es un discurso de preparación para la persona que está apunto de recibir un cargo, también lo es para quien está apunto de dejar dicho cargo. Pero acto de dejar adquiero otro sentido, ahora se refiere a la persona que deja la vida, el riox es un discurso que prepara el espíritu en el camino hacia el otro mundo, el lajebal = inframundo.
En primer lugar, en medio del encuentro y despedida buscado por el riox, sobresale el sentimiento de incertidumbre, lo cual coloca a la persona en un punto débil de la vida. Pero a veces ese sentimiento es creado por otro canto que inocula el miedo a la muerte. En el poema “Jlabtavanej mut” se aprecia ese discurso enviado por otra persona mediante un ave:
KUXKUX:
LECHUZA:
Ts’anal xojobal jch’ulme’tik ta asat,
en tus ojos se inunda la luz de la luna,
meybilot ta xojobal muk’ta k’anal
abrazada al reflejo de una gran estrella
chak’eojinta svok’ebal ach’ k’ak’al.
cantas el nacimiento de un nuevo día.
Xk’ataj ta juts’uj yov osil ti ya’lel asate,
Cada lágrima se convierte en una semilla,
xch’alet chanav ta te’tik yets’al ak’eoj,
el eco de tu canto atraviesa el bosque,
stakojot talel yajval ak’ubal,
te ha enviado el señor de la noche,
stakojot talel yajval xabetik,
te ha enviado el señor de los abismos,
stakojot talel yajval lajebal,
te ha enviado el señor del inframundo,
javich’oj talel spatobil ko’nton.
traes un saludo para mi corazón.
Kuxkux:
Lechuza:
Ti avi ak’ubale chak’eojinta jlajel,
Esta noche cantas mi muerte,
chap’ijubtasbun jol ko’onton
preparas mi corazón porque
yu’un chixpix ta stsotsil sjol ti me’ ik’alo’e,
la tormenta me envolverá con su cabellera,
yu’un chixjach’un ta balumil ti me’ k’inabale,
la llovizna guiará mis resbaladizos pasos,
yu’un oy buch’u chvil muyel
el espíritu de una persona
xch’ulel ta vinajel ti ok’ob cha’eje.
volará al cielo a partir de mañana.
Kuxkux:
Lechuza:
Chavij komel xch’ich’el lajelal xchi’uk ti ak’eoje
Tu canto fúnebre riega sangre de muerte.(64-65).
El poema se convierte así en el riox por naturaleza, la preparación del espíritu hacia la muerte. El discurso como curación no precisamente evitará el conjuro ni cambiará el comportamiento del otro, pero sí puede fortalecer el espíritu en el transcurso del nuevo camino que emprenderá. El riox es alimento del ch’ulel, como sucede en “Jchukel ch’ulelal = Espíritu aprisionado”, que habla de una mujer que reza hincada en la tierra: “Sk’anbe muk’ta vokol / ak’o koltabatuk talel xch’ulel / jun jchamel kerem vinik: / chukul yok sk’ob ta ti’val chon, / pak’al xch’ulel ta ik’pulan nail ch’en, / ts’ujem ochel ta ye ik’al xab, / mukijem ta ya’lel sat muk’ta uk’um, / jochbil yalel ta sne muk’ta nab (Suplica un gran favor / que libere el nagual / de un joven enfermo: / tiene las manos y los pies amarrados por un animal que lo devora, / su nagual está sujeto en la pared de una cueva oscura, / su cuerpo se deshace a gotas en un abismo / se ahoga en el llanto de un río, / poco a poco el mar se lo lleva” (60).
Esta preparación la vemos incluso en el poema “Xch’ich’el ak’ubal = La noche sangra” o en “Muknomal = Entierro”, ambos discursos se dirigen a un hombre muerto, asesinado por otro hombre, un vecino o un hermano. Tal es la intención del autor, que cierra el libro con un poema dedicado a su padre en donde expresa la decepción y la pobreza en la que vivió. El escenario es un sueño, ambos sujetos se encuentran, se saludan y dialogan acerca de la muerte, del camino al inframundo.
El poema cumple con la estructura cíclica de la obra y de la vida. El sujeto, al final del poemario, exclama: “Ja yu’un ta jk’eojinta, / bak’in xtup’ sk’ak’al korail, / ta jk’an xkich’ mukel ta nopol, / bu mukul sjol sbakil ti jmoltote” (Por eso es mi canto, / cuando se apague la luz de mi tiempo, / pido que se me entierre cerca, / del lugar donde yacen enterrados los huesos de mi padre)” (73). El encuentro con el padre en el sueño también es una preparación al encuentro con la muerte del hijo, el que es igual de vulnerable, el que sabe pecar y gozar la vida. El lamento del padre es un lamento del hijo, sabiendo que en cualquier momento se acabará todo, que la luz se apaga y deviene oscuridad.
Entrevista a Antonio Ortuño en https://circulodelectores.pe/antonio-ortuno-entrevista-olinka-mexico
Los Juegos Olímpicos de Tokio están ocurriendo. Los primeros sin público. Los segundos en la capital japonesa desde 1964. El deporte es un cóctel de emociones: ¿cómo no conmoverse ante la velocidad, la fuerza y las capacidades sobrehumanas de un corredor, una gimnasta o un lanzador de disco? ¿Cómo no sentirse parte de la adrenalina común? Miramos todo desde la pantalla. Nos extasiamos. La competencia nos lleva al disfrute y el ritual deportivo se presenta como zona de seguridad, porque hay reglas, pasos a seguir, espacios homogeneizados para cada práctica, un terreno dispuesto, la cancha de futbol para el futbol y la cancha de tenis para el tenis. Mirar deporte es aceptar reglas de civilidad. Y sin embargo, ¿qué ocurre cuando Zinedine Zidane le da un cabezazo a Marco Materazzi en plena cancha? ¿Qué cuando el cubano Ángel Matos golpea a un referee del tae kwon do en Beijing 2008? ¿O cuando el exmarido de la patinadora Tonya Harding ataca con un tubo de metal a Nancy Kerrigan, la contrincante directa de Harding, con toda la intención de fracturarle las piernas? En los asuntos deportivos hay una frontera muy delgada entre la civilidad y la violencia; hay contrincantes, asaltos, estrategias. Los Juegos Olímpicos pueden verse como una versión ligera de la guerra mundial.
Antiguamente, en Grecia, la celebración de las Olimpiadas implicaba un periodo de tregua bélica. La fuerza física se aprovechaba en el salto de longitud y las competencias de carros, bien descritas por Píndaro en sus odas. En la versión moderna es la guerra la que interrumpe los Juegos. Así ocurrió en 1916, 1940 y 1944. Es preciso, sin embargo, recordar otros momentos que conectan la violencia y la olimpiada. Munich, 1972: once atletas, entrenadores y jueces fueron abatidos por un grupo terrorista. México, 1968: apenas diez días antes de la ceremonia de inauguración, el ejército abrió fuego contra estudiantes. Atlanta, 1996: un ataque con bomba en el Parque Olímpico hirió a ciento once personas, mató a una espectadora y le provocó un infarto a Melih Uzunyol, un camarógrafo turco que había cubierto las guerras en Azerbayán, Bosnia y el Golfo Pérsico. Vaya ironía. En todos los casos, la dinámica de la violencia más palpable puede compararse a la del ritual deportivo: del tiro con arco al balazo, ¿qué distancia hay? Se ataca al contrincante. Alguien gana y alguien pierde. Y el deseo de abatir, de erradicar, va de la mano con el nacionalismo y sus radicalizaciones. ¿O no los atletas que marchan en el desfile de inauguración, tan a la par, cada uno con su bandera, al avance, se parecen a una unidad militar?
En El perdedor radical, Enzensberger identifica el odio y la profundidad que llevan a un terrorista a cometer actos atroces. El ánimo destructivo del hombre terrorista se parece al del atleta vanidoso, competitivo y dispuesto a ganar. En el que pierde radicalmente, escribe Enzensberger, “se forma una amalgama de deseo de muerte y delirio de grandeza, y de su falta de poder le redime un sentimiento de omnipotencia calamitoso”. En el contexto globalizado de los Juegos Olímpicos -y en la era del capital, la alta definición, el evento patrocinado- esta desigualdad es evidente en términos numéricos: no sorprende cuando el estadounidense Michael Phelps gana seis medallas de oro en Atenas, ocho en Beijing, cuatro en Londres y cinco en Río de Janeiro, pero sí cuando la norcoreana Hong Un Jong, contra todo pronóstico, gana el primer lugar en la prueba de salto de caballo gimnástico. Y otra imagen: esa misma gimnasta, Hong Un Jong, se toma una selfie con Lee Eun-ju, también gimnasta, pero de Corea del Sur. Nada inusual, excepto que las dos Coreas están peleadas y su frontera tiene gran presencia militar.
Este tipo de encuentros y desencuentros atléticos se repiten a lo largo de los días que dura la olimpiada y, si se mira de cerca, pueden leerse como un campo de fuerzas de poder económico, político, de revancha histórica. Son de nuevo los atletas de los países más desaventajados los que, como perdedores radicales, se abren paso en una trinchera de tenis, raquetas, cronómetros y discos de acero.
Sorprende mucho más, entonces, cuando donde debería haber tan solo un encuentro deportivo -o un circo contemporáneo, o entretenimiento- las bombas y las víctimas se hagan presentes. En el ataque de Munich 1972 fue un grupo terrorista palestino el que tomó como rehenes a varios atletas de la delegación israelí. En este conflicto bélico, que continúa hasta hoy, un nacionalismo toma territorio y oprime a otro; el oprimido, desde su limitada posición, contraataca. El origen religioso de los atentados alcanza las canchas y las plataformas de clavados, impregna la Villa Olímpica y los comedores. En el Centennial Olympic Park de Atlanta 1996 el extremista fue un cristiano: Eric Rudolph, opuesto al aborto, la homosexualidad y el multiculturalismo -una marca de los Juegos Olímpicos modernos-. Rudolph declara que, al planear el ataque, uno de sus principales objetivos fue forzar al gobierno estadounidense a cancelar los juegos y crear un clima de inseguridad alrededor de los complejos deportivos para, en suma, vaciar la grada de espectadores, negar el espíritu común del deporte y quizá, de manera indirecta, devolver a los Juegos el espíritu bélico y la violencia primaria de los que gozaron en sus ediciones antiguas.
Quizá se haya escuchado alguna vez que el deporte es una religión. Y que su radicalidad sobrepasa las líneas marcadas de la cancha. Dos obras de teatro contemporáneas hacen un escrutinio de los vínculos entre el nacionalismo exacerbado, el culto al cuerpo y las dinámicas violentas de lo atlético. En Sports Play, Elfriede Jelinek da voz a los deportistas, pero también a quienes, al margen del espectáculo, son perdedores. En el escenario el cuerpo atlético se equipara al cuerpo que va a morir: “Entonces este cuerpo se ha formado, ahora solo resta someterlo al sauna, desollarlo. ¿Cómo se le deja claro a un hombre joven que tiene que ir a la guerra si nunca ha practicado algún deporte?”. Los espectadores de Sports Play, gracias a la disposición de los asientos, se miran unos a otros, están frente a frente como los hinchas de un partido de futbol. El deporte, naturalmente, ocurre justo en medio. La fatalidad atraviesa a los personajes, el exceso de práctica los lleva al desgaste: “Incluso desaparecer es un deporte de alto rendimiento, quizá el mayor de todos, porque el rendimiento en esta disciplina no puede medirse”.
En Olimpia 68 de Flavio González Mello, representada cuarenta años después de los Juegos Olímpicos de México 1968, es la desaparición de los cuerpos lo que predomina. Los personajes, una serie de atletas de múltiples nacionalidades, pasan del asombro al horror cuando pasean por las calles de la Ciudad de México y son confundidos con estudiantes universitarios / terroristas / criminales. La obra aprovecha la espectacularidad del deporte y su puesta en escena es dinámica: los actores hacen planchas, corren, saltan la cuerda, pero más tarde el equipamiento olímpico se vuelve instrumento de tortura. Una cuerda de salto sirve, qué importa la obviedad, para saltarla, pero también para ahorcar a alguien o para amarrarle los pies.
Las obras de Jelinek y González Mello proponen una lectura política alrededor del deporte y sus límites. En el caso de la última, la dramaturgia funciona como un instrumento de memoria y plantea una pregunta: ¿qué recordar, la civilidad y la magnificencia de las Olimpiadas o los cuerpos abatidos por la fuerza bruta? ¿Recordar la gloria o la mano del francotirador, el exterminio?
Hacer un paralelismo entre la guerra y los Juegos Olímpicos conlleva imaginar la ruina. ¿Qué queda cuando las pruebas han terminado, los ganadores se colgaron medallas y los perdedores volvieron a casa? Basta ver lo que ha sido de los complejos deportivos que alguna vez se presumieron modernos. El Parque Olímpico de Los Ángeles 1984 es hoy tierra de nadie; las pistas de esquí de los juegos de invierno en Grenoble, Cortina d’Ampezzo y Sarajevo nunca volverán a ver la nieve; en la alberca de Atenas 2004 crecen los líquenes y, en Río de Janeiro, la villa olímpica está abandonada, igual que varios gimnasios. Como en las ciudades arrasadas por la guerra, el espacio del deporte también muestra un semblante ruinoso. El óxido y la humedad corroen. El sentimiento de fracaso y victoria quedó atrás. Permanece, eso sí, un hálito de violencia, el recuerdo de lo que fue cronometrado, civilizado, pero que, con un poco más de energía destructiva -a decir de Enzensberger- habría podido ser catástrofe, la batalla última del que va perdiendo y cree suya la mayor de las victorias.
Un ojo de fuego en el mar. La imagen es ya icónica: un oleoducto explota y deja, cual entrada oceánica al infierno, un vórtice ardiente en pleno Golfo de México. El fuego en el agua es más que un absurdo, es evidencia del caos. Antonio Gramsci decía que: “El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”. En el antropoceno, el nuevo mundo nace muerto y la Tierra se convierte en el reino de los monstruos ambientales.
Las quimeras tienen receta: permutación corpórea, coloquio de incompatibilidades. Los ejemplos son legión, van de los bosques fantasma ocasionados por la incursión del agua marina en sitios de agua dulce, a la extinción masiva de especies incluso aún no descubiertas. Estos últimos años las blancas dunas de Siberia han dejado de serlo. Abominables, cafés, incluso verdes, registran temperaturas similares a la arenosa península arábiga.
La historia de la humanidad es la historia de sus demonios. En un capítulo clave, Perseo usó su escudo como espejo. La metáfora no podría ser más precisa; más que exponer, al confrontar, los espejos protegen. Y esto aplica en más de un sentido. Sin polos helados el planeta se queda sin espejos que devuelvan al sol un poco de su luz; como en los trastornos ocasionados por los reflectores mediáticos, este exceso de luz desquicia los sistemas de regulación térmica del planeta. Es claro, necesitamos espejos porque somos nosotros el Tifón que engendra las quimeras.
II. Un espejo
No son muchos los documentos con la capacidad para informarnos sobre nosotros mismos sin eufemismos o cosméticos. A falta de espejos sinceros, la trilogía Antropoceno, realizada por Jennifer Baichwal, Edward Burtysnky y Nicholas de Pencier, resulta imprescindible. Alejados del formato meramente informativo, estos documentales hacen las veces de clase magistral sobre el signo de nuestra especie: la transformación del paisaje. El espectador no encontrará contenidos que no conozca ya o a los que no pueda acceder de otra manera. Lo importante es que aquí escapan finalmente de las abstracciones que nos permiten nombrar lo que no sentimos. Esto es esencial, no basta con hablar del calado de nuestra huella en el planeta, lo que necesitamos es sentirla, dimensionarla. ¿De qué otra manera, si no, podremos superar la acedia y distinguir las soluciones del activismo contraproducente?
Como su nombre advierte, Manufactured Landscapes (2006), el primer film de la trilogía, presenta los paisajes de la era industrial: Fábricas inmensas –tan grandes que los viejos superlativos de Gargantúa y Pantagruel quedan demasiado cortos– custodiadas por ejércitos homogéneos de obreros industriales; cementerios de hardware como montañas carroñadas por quienes reciclan microchips y transistores; la represa más grande del mundo y el millón de personas que desplazó. Solíamos decir muchas cosas de nosotros mismos, ahora son los horizontes artificiales quienes hablan por nuestra boca.
Con Watermark (2013) navegamos por el mundo. Nos volvemos testigos del agua como vínculo último e irreductible de la vida y la cultura. Presenciamos con nitidez las heridas en la hidrósfera vinculadas a la industria y la letalidad del agua cuando sobreabunda o escasea. Con vértigo, vemos cómo la gigantesca presa china de Xiluodu se inscribe en la épica universal.
De la quema del marfil de Kenya a las Minas de potasa que socavan Siberia, Anthropocene, The Human Epoch (2018) sintetiza y organiza las experiencias derivadas de sus precuelas según el dictado de un nuevo léxico: Cambio climático, Extinción, Migración ambiental, Terraformación, Tecnofósiles, Anthroturbation 1
Visualmente deslumbrante, la trilogía Antropoceno es deudora de la tradición iniciada por Godfrey Reggio en la trilogía Qatsi (Koyaanisqatsi 1982, Powaqqatsi 1988, Naqoyqatsi 2002)2y continuada por su fotógrafo, Ron Fricke en Baraka 1992 y Samsara 2011. Ahora bien, mientras estos filmes conforman una suerte de nueva mitología, la trilogía del Antropoceno funciona, más bien, como autorretrato de especie. Misión que guarda una paradójica dificultad, pues justamente, la Gran Aceleración desdibuja la vigencia de sus retratos. Por ejemplo, en Watermark 2013, la preocupación por la escasez del agua y su injusta distribución se emplazaba en un mundo en el cual los casquetes polares aún existían. Tan solo siete años después, Groenlandia adelgaza violentamente y muchos espacios helados simplemente ya están muertos. Tal es la polirritmia frenética del Antropoceno, una danza macabra que enloquece el tempo.
“paisaje antropocenico” del documental “Manufactured Landscapes” (2006) de J. Baichwal y E. Burtysnky
III. El monstruoso reflejo
Desde siempre el monstruo ha sido aviso o advertencia. De cara al monstruo ambiental, la pregunta es sobre la escala y repercusiones de nuestras obras. Y la respuesta es tan asombrosa que puede resultar inverosímil: somos geológicos. Nuestros plásticos forman islas, perfilan el suelo e infiltran los poros. Nuestras emisiones postergan glaciaciones, abren el cielo, levantan y acidifican el nivel del mar.
Ahora bien, la masa antropogénica pesa más que la biomasa porque los monstruos y arcanos no hicieron bien su trabajo. Históricamente fallaron como celadores de lo sagrado, como guardianes de las fronteras. Así, no será por mostrar lo monstruoso del cambio climático que lograremos el cambio social. Como tampoco lo lograremos simplemente hablando del tema o abocados a tratar los síntomas. El nuevo léxico requiere, además, nuevos pronunciamientos.
No nos equivoquemos, los monstruos de la antigüedad fallaron porque quedaron rebasados por la monstruosidad de su cazador moderno. En otras palabras, el monstruo que ahora vemos no es sino el monstruoso éxito del cazador de monstruos. A diferencia de la gorgona que petrificaba a quien la veía, la mirada del Perseo del progreso lo acelera todo. Entonces, si logramos que el Perseo del progreso se asome finalmente al espejo, quizá, solo quizá, se vea al cazador cazado.
Kenya, 30 de abril de 2016, quema de 105 toneladas de marfil confiscado. “Anthropocene: The human epoch” (2019) de de J. Baichwal y E. Burtysnky
Antes de esa época te lo pude haber contado mejor. Creo que habrías entendido claramente a lo que me refería en aquel entonces, porque ahora mi mirada está turbia, contaminada por la imagen invasora de mí y borrosa después de todo el tiempo que ha pasado desde que dejamos la casa y nos separamos.
Así creo que la recuerdo. La casa era linda. Nunca tuvimos hijos, entonces había un cuarto libre que me servía de estudio. El gusto por los álbumes de fotos lo adquirí en esa época. En ese entonces tenía la costumbre de ir a los bazares de pulgas a buscar fotografías antiguas y curiosas. Alguna vez confeccioné un álbum de puros zapatos; eran imágenes de zapatos de hombres y de mujeres de distintas épocas. Otro que hasta la fecha conservo y que me gusta mucho, está lleno de retratos de fiestas de quinceañeras. En el estudio de la casa en Mixcoac podía pasarme horas reparando las fotografías que estaban ajadas por el paso del tiempo. Me tomaba días concluir con la tarea de encontrar el orden perfecto para darle vida a un nuevo álbum; solo para que te des una idea, llenar uno podía tomarme hasta seis meses. Me gustaba encontrarles nombres a las personas desconocidas y contar sus historias. Eso tomaba tiempo.
El jardín era muy pequeñito. Nunca se dio el pasto, a pesar de que lo intentamos varias veces, el sol no alumbraba el suelo. El musgo se volvió dueño de ese pequeño terreno. A mí nunca me molestó renunciar al pasto. ¿Alguna vez has caminado descalza sobre el musgo húmedo? Es una sensación deliciosa, de una frescura absoluta, aunque en invierno resulta imposible hacerlo. Recuerdo que en la época de lluvias salían caras de niño y me agobiaban bastante. Es uno de esos miedos infantiles que me han acompañado durante toda la vida, y eso que a mí no me asustan las arañas ni los alacranes, pero los cara de niño… ¡Ayyy!
Ilustración realizada por Ludmila Abril
Mi esposo daba clases de física en la universidad. Tenía una plaza de tiempo completo, así que se desaparecía durante el día y llegaba a cenar a la casa conmigo. Yo cocinaba caldos todas las noches. Siempre cenábamos sopa: de cebolla, de huitlacoche, de fideos; caldo de pollo, caldo tlalpeño. De postre nos comíamos un pan dulce o un flan. Y esa cocina era tan linda, sí… con sus azulejos y sus cazuelas colgadas sobre la estufa. Tenía un olor avainillado con despuntes de canela. La cocina era pequeñita y un tanto oscura: como una cuevita. Estaba un poquito más hundida que el jardín. Lo que más me gustaba es que mientras cocinaba o lavaba los trastes podía ver hacia él.
Ilustración realizada por Ludmila Abril
Como te decía, nuestros días eran tranquilos y estaban hilados por una rutina que nos apaciguaba y reconfortaba. No nos llevábamos mal, en lo absoluto, mi marido y yo. Él respetaba mis actividades, mi espacio, mis tiempos y yo los suyos. Compartíamos lo necesario para sentirnos casados. Hasta lo dejaba en paz siempre que venían sus amigos a beber whisky y a jugar dominó. Creo que nunca fui metiche como otras. Luego escuchaba cómo sus amigos se quejaban de que la esposa se ponía de malas si llegaba oliendo a alcohol o que porque ya nunca estaba en casa. Yo creo que yo estaba lejos de comportarme así.
Pero verás, te lo digo para que te fijes bien, a veces creemos conocer a las personas y en realidad no sabemos nada de ellas. Así que, fíjate, chiquitita, fíjate cuando te vayas a vivir con el marido que elijas, porque en una de esas te puede sacar el susto de la vida como si fuera un cara de niño.
Fue cuando se jubiló que las cosas se empezaron a sentir extrañas en la casa. De pronto, la pequeñez del jardín, de la cocina y de la cama matrimonial que antes se sentía suficiente para los dos, empezó a ser insoportable.
El primer pretexto que encontró para entretenerse fue el de la jardinería. Se dedicó un buen rato a quitar el musgo para intentar plantar el pasto que, yo por lo menos, había dado por muerto desde hace mucho tiempo. Como un niño necio y berrinchudo, a pesar de mis deseos, se empecinó en arrancar el musgo hasta desprenderlo por completo. ¡Mi musgo! El musgo que tanto amaba y que en ningún momento nos había hecho daño alguno. El musgo que había crecido libre y despreocupadamente por tantos años.
Teresa, ese musgo hace lucir el jardín tan decrépito. Me da tanta pena que las visitas vean esta mierda de jardín.
Otra de las tragedias se desencadenó cuando un sábado después de ir a visitar a mi hermana regresé a casa y lo encontré sentado a la mesa leyendo un recetario. La luz de la lámpara le alumbraba el pelo. Me sorprendí al ver que había perdido su color cano. Un vértigo terrible me invadió de pies a cabeza al reconocer su tono natural, el de sus fotografías infantiles, poco antes de conocerme y al ver cómo la frescura juvenil de su piel se había recuperado.
Teresa, quiero dejar de comer sopa todas las meriendas. Me aburre esta rutina. ¿Qué te parece si hoy cocino un pastel azteca o un hojaldre de picadillo?
Verás, mi niña, a mí me fascina el pastel azteca y el hojaldre de picadillo. Incluso en aquel entonces ambos platillos me gustaban mucho. Pero al verlo ahí sentado en mi cocina me sentí acorralada por esta nueva persona que se revelaba ante mis ojos y que se disponía a romper el fino equilibrio que había existido en un tiempo que ya se antojaba terriblemente lejano.
La gota que derramó el vaso fue cuando lo encontré en el estudio, mirando atentamente mis álbumes familiares y mis álbumes de chucherías. Antes de su retiro, jamás los había tocado y creo que tampoco se los hubiese mostrado en caso de que me lo pidiera.
Teresa, no sabía que pasabas tanto tiempo encerrada haciendo estas tonterías.
Podrás imaginar, mi niña, cómo me sentí cuando me dijo esas palabras. En sus ojos vi una mirada rejuvenecida, retadora, como si me dijera: “fíjate que no me conoces y en todos estos años te he mentido, te detesto”. La invasión era inminente.
Pero bueno, mijita, como ves, algo sí he podido salvar. Si a la fecha conservo cierta emoción por la casa, las sopas, el musgo y mis álbumes es porque he tenido que trabajar en recuperar el recuerdo. Pero así tal cual como fueron antes las cosas: nunca. Por más que me lo preguntes, jamás te lo podré contar, mi niña.