La “conquista de México” se nos presenta como una de las más grandes hazañas militares de la historia, puesto que 400 o 1000 valientes y su esforzado capitán sojuzgaron a un poderoso y floreciente imperio. Se nos ofrece como un triunfo de la modernidad sobre el atraso, pues fueron las armas modernas, la ciencia, la forma de pensar y la cultura política moderna las que permitieron esa asombrosa victoria. Ante nuestros ojos aparece como un momento clave en la historia de la civilización, por cuanto entraña la primera mundialización del capitalismo y da origen a la modernidad.
También se nos presenta como un brutal genocidio. Se nos presenta como una empresa abocada a destruir una alta cultura que resulta mucho más humana y armónica que la occidental, en una cadena de acciones perpetradas por mero afán de lucro y dominio. En fin, se erige ante nuestra vista como el traumático origen de la nación mexicana y de nuestro ser mestizo, pletórico de insuficiencias, accidental.
¿Es cierto todo eso? En realidad, casi ninguna de esas afirmaciones se sustenta en los sucesos políticos, militares, sociales y epidemiológicos ocurridos en una parte de lo que hoy es México en los años que van de 1519 a 1521. De hecho, trataremos de mostrar que hasta el término “conquista de México” es discutible.
¿Cómo lo mostraré? ¿Cómo discutiré con quienes han escrito antes esta historia? Puedes, lectora o lector amigo, empezar a leer este libro por la parte V, “Discusiones y definiciones” (también puedes proceder de ese modo si quieres aclarar algunas nociones sobre “España” y “Mesoamérica”, o precisar las ideas que se tenían acerca de la guerra, así como de las armas y formas de luchar), o, en cambio, entrar en la historia misma y acompañarme a Guanahaní, Cuba y Champotón, antes de llegar al Anáhuac, en esta relación de la batalla por Tenochtitlan, que viene a ser una parte pequeña pero muy intensa dentro del conjunto integrado por la irrupción española y las guerras mesoamericanas.
1. ENCUENTROS
1. CHAMPOTÓN
La civilización azteca no concluyó a consecuencia
de su edad senil, sino asesinada
trágicamente. Sucumbió con heroísmo espartano,
cortada como una bella y tardía
flor de otoño, y para ello bastaron […] un
par de malos cañones, algunas carabelas y
un centenar de arcabuces.
SALVADOR TOSCANO
Según las explicaciones tradicionales, uno de los elementos fundamentales —quizá el decisivo— para la derrota de México-Tenochtitlan fue la confrontación entre modernidad y atraso, en materia de pensamiento militar y de desarrollo tecnológico. Dichas versiones hacen patente que las armas de fuego y acero, los caballos y una estrategia político-militar dirigida a la derrota y la dominación fueron claramente superiores a la tecnología y la mentalidad nahuas, y se impusieron sobre ellas.
Nos han contado que el Códice Florentino es una de las principales “fuentes indígenas” (a partir de aquí las llamaremos “cuasiindígenas” o “de tradición indígena”, por razones que puedes hallar en el capítulo 38). ¿Qué dice esta obra sobre ello? Cuenta que cuando los mensajeros que había enviado a Veracruz para entrevistarse con Cortés le entregaron sus informes, a Moctezuma.
También mucho espanto le causó el oír cómo estalla el cañón […] y cómo se desmaya uno; se le aturden a uno los oídos. Y cuando cae el tiro, una como bola de piedra sale de sus entrañas; va lloviendo fuego, va destilando chispas […] Pues si va a dar contra un cerro, como que lo hiende, lo resquebraja, y si da contra un árbol, lo destroza hecho astillas […] Sus aderezos de guerra son todos de hierro: hierro se visten, hierro ponen como capacete a sus cabezas, hierro son sus espadas, hierro sus arcos, hierro sus escudos, hierro sus lanzas. Los soportan en sus lomos sus “venados”. Tan altos están como los techos.
Los relatos están llenos de las escenas de terror y espanto que causan las armas de fuego, los caballos, los perros y hasta el aspecto de los castellanos. Y así ha llegado a nosotros la historia. Esas narraciones también ponen de relieve el grado en que ha cundido la “superstición” entre los nativos, que ven “dioses” en los hombres “rubios” cubiertos de hierro: “Solamente aparecen sus caras”, continúa el Códice Florentino. Asimismo, insisten en el azoro que causan los efectos de estas armas y la aparición de los caballos sobre los mayas y tlaxcaltecas en 1519 y sobre los mexicas en 1520. No abundemos de momento en el hecho de que la guerra contra los mexicas inició muchos meses después de las batallas de Tlaxcala, lo que elimina el supuesto efecto sorpresivo de los instrumentos de guerra y de los equinos para el caso mexica. Pensemos que hacía al menos una generación que en Mesoamérica se conocía la existencia de los españoles. Empecemos a contar la historia.
Todos sabemos que, en 1492, el almirante Cristóbal Colón llegó a la isla de Guanahaní y, a partir de entonces, los europeos empezaron a navegar el Caribe y a ocupar sus islas y costas. Y, aunque ninguna de las altas culturas mesoamericanas tenía un puerto ni una flota (vivían de espaldas al mar ardiente y tempestuoso; a diferencia del Mediterráneo, el Caribe no conectaba civilizaciones, por no hablar de la escasez, la virtual inexistencia de puertos naturales en el Golfo de México), sí había pueblos pesqueros en contacto con los distintos puntos de dicho mar. De este modo, aunque se desentendieran de éste, no pudieron sustraerse a su radical y rapidísima transformación, que así cuenta Germán Arciniegas:
Cuando llegaron las naves de Colón, el Caribe pasó, de súbito, a ser cruce de todos los caminos. Por primera vez los pueblos de este hemisferio se vieron las caras. Y se las vieron las de todo el mundo. De Europa llegaron los que venían a hacer su historia, a soltar al viento una poesía nueva. El Caribe empezó a ensancharse y a ser el mar del Nuevo Mundo.
Y entre todas las historias de navegantes que surcan y nombran las tierras para ellos nuevas, ninguna le parece a Arciniegas más espectacular y atractiva que la de Américo Vespucci, quien de adolescente vivía en el mismo solar que Simonetta Vespucci. Uno daría su nombre a las nuevas tierras; la otra, su imagen a la representación gráfica de la nueva era: El nacimiento de Venus, de Sandro Botticelli. El Renacimiento. Y Américo Vespucci viene a cuento porque en 1497 costeó 370 leguas de Honduras a La Florida y recaló en lo que hoy es el puerto de Veracruz. Exploró la isla de Sacrificios y la desembocadura del Pánuco, entrando en contacto con sus habitantes 20 años antes de la expedición de Francisco Hernández de Córdoba.
En 1511 un navío cargado de esclavos que hacía el recorrido de Darién a La Española naufragó cerca de Yucatán. Ocho supervivientes llegaron a la costa. Dos de ellos seguían vivos cuando apareció por ahí Hernán Cortés: Gonzalo Guerrero y Jerónimo de Aguilar, quien le habría narrado los hechos a Cervantes de Salazar en estos términos:
[…] saltando de la barca los que quedaron vivos, toparon luego con indios, uno de los cuales con una macana hendió la cabeza a uno de los nuestros, cuyo nombre calló; y que yendo aturdido, apretándose con las dos manos la cabeza, se metió en una espesura do topó con una mujer, la cual, apretándole la cabeza, le dexó sano, con una señal tan honda que cabía la mano en ella. Quedó como tonto; nunca quiso estar en poblado, y de noche venía por la comida a las casas de los indios, los cuales no le hacían mal, porque tenían entendido que sus dioses le habían curado, paresciéndoles que herida tan espantosa no podía curarse sino por mano de alguno de sus dioses. Holgábanse con él, porque era gracioso y sin perjuicio vivió en esta vida tres años hasta que murió.
Ya reencontraremos a ambos personajes. Por lo pronto, vale establecer que los contactos, los avistamientos, existían al menos desde 20 años antes de que algunos vecinos de Cuba decidieran hacer una expedición de rescate a las costas de lo que hoy es México. Antonio García de León define magistralmente ese tipo de expediciones:
La expedición de rescate era en ese momento una empresa de la memoria, una apropiación verbal del litoral, era como ir soltando piedras de colores en un fondo transparente y así iluminar el camino de regreso, como si bautizando los nuevos ríos, los ancones, las lagunas, las montañas se fuera dejando una huella definitiva, útil para arraigar a los españoles a estas nuevas tierras “descubiertas”. Si en el principio del mundo fue el Verbo, éste era ahora un referente disperso en expresiones sueltas, en donde nunca antes la palabra había dado tal seguridad, en nombres de santos o de los capitanes y soldados más próximos, referencias al mundo conocido del norte de África, jirones de la España musulmana, animales y plantas de las Antillas, piezas de un vocabulario que tendría que quedar para siempre en las cartas de marear, en las coordenadas náuticas de un mundo futuro.
Esta expedición en particular fue financiada por “hombres pobres”, salvo tres, que corrieron con los mayores gastos, entre ellos quien sería su capitán, Francisco Hernández de Córdoba. Los objetivos eran lo suficientemente imprecisos para que fueran todo lo amplios que se pudiera. Donde también encontramos una inmejorable acepción del verbo “rescatar” es en la Relación de las cosas de Yucatán de fray Diego de Landa: “Que el año de 1517, por cuaresma, salió den Santiago de Cuba Francisco Hernández de Córdoba con tres navíos a rescatar esclavos para las minas, ya que en Cuba se iba apocando la gente”.
Por sugerencia del piloto Antón de Alaminos, la expedición partió directamente hacia el oeste, en busca de aquellos indígenas “más civilizados” a los que Colón había encontrado en su cuarto viaje. Tras varios días de navegación, llegaron a Isla Mujeres o Cozumel. ¿Cómo se cuenta el primer encuentro entre la su prioridad moderna y el atraso? Marzo de 1517: en las cercanías de Cabo Catoche, actual estado de Quintana Roo, desembarcó a las órdenes de Francisco Hernández de Córdoba un centenar de españoles con 15 ballestas y 10 escopetas.
Yendo de esta manera, cerca de unos montes breñosos, comenzó a dar voces el cacique para que saliesen a nosotros unos escuadrones de indios de guerra que tenía en celada para matarnos; y a las voces que dio, los escuadrones vinieron con gran furia y presteza y nos comenzaron a flechar de arte que de la primera rociada de flechas nos hirieron quince soldados […] Luego, tras las flechas, se vinieron a juntar con nosotros pie con pie y con las lanzas a manteniente nos hacían mucho mal. Mas quiso Dios que luego les hicimos huir, como conocieron el buen cortar de nuestras espadas, y las ballestas y las escopetas; por manera que quedaron muertos quince de ellos.
Terminado el “rebato”, los españoles tornaron a los barcos y siguieron costeando hacia occidente. Varios días después, en Champotón tuvieron varios enfrentamientos con los indios. Viendo nuestro capitán que no bastaba nuestro buen pelear […] y nosotros todos heridos a dos y a tres flechazos, y tres sol dados atravesados los gaznates de lanzadas, y el capitán corriendo sangre de muchas partes, ya nos habían muerto sobre cincuenta soldados, y viendo que no teníamos fuerzas para sustentarnos ni pelear contra ellos, acordamos con corazones muy fuertes romper por medio sus batallones y acogernos a los bateles que teníamos en la costa, que estaban muy a mano. Lo que cuenta Bernal Díaz del Castillo es, sin disfraz, una fuga desesperada: “Y con mucho trabajo quiso Dios que escapamos con las vidas de poder de aquellas gentes”. Aunque no todos, pues ya en los navíos “hallamos que faltaban sobre cincuenta soldados”. Dice Alonso de Zorita:
Fueron a Champotón, pueblo muy grande, llamábase el señor Mochocoboc, hombre guerrero y esforzado, y no los dejó rescatar ni saltar en tierra para tomar agua y mandaron soltar la artillería de los navíos y los indios se admiraron de ver el fuego y el humo, mas no huyeron, y con buen orden y gran grita arremetieron a los españoles tirándoles piedras y varas y saetas, los españoles movieron para ellos a paso contado y en siendo cerca dispararon las ballestas y con ellas y a estoca das mataron muchos indios y como estaban sin armas defensivas y desnudos cortábanles brazos y piernas y a otros rendían por medio y aunque nunca habían visto tan fi eras heridas dura ron en la pelea viendo la presencia y ánimo de su capitán y señor […] y los españoles se retiraron a los navíos y al embarcar mataron veinte de ellos e hirieron más de cincuenta y prendieron dos y después los sacrificaron a sus ídolos y Francisco Hernández quedó con treinta y tres heridas y a gran prisa se embarcaron […] y con gran tristeza y destruidos llegaron a Santiago de Cuba.
Derrota sin cortapisas ni atenuantes que, sin embargo, tendría enormes consecuencias, como relata fray Diego de Landa:
Pero el señor animó tanto [a los indios] que hicieron retirar a los españoles y que mataron a veinte, hirieron a cincuenta y prendieron dos vivos que después sacrificaron. Y que Francisco Hernández salió con treinta y tres heridas y que así volvió triste a Cuba, donde publicó que la tierra era muy buena y rica por el oro que halló en la Isla de Mujeres.
Tierra buena y rica en oro. Lo confirma Antonio de Solís:
Y aunque fue poco dichosa esta jornada, y no se pudo lograr entonces la conquista porque murieron valerosamente en ella el capitán y la mayor parte de su gente, se logró por lo menos la evidencia de aquellas regiones, y los soldados que iban llegando a esta sazón, aunque heridos y derrotados, traían tan poco escarmentado el valor, que entre los mismos encarecimientos de lo que habían padecido se les conocía el ánimo de volver a la empresa.
Eso atraería las dos siguientes expediciones, al mando de Juan de Grijalva una y de Hernán Cortés la otra. Pero, entretanto, quedémonos con la de Hernández de Córdoba. Dice Serge Gruzinski:
Expedición chapucera, incursión con pocos medios, fracaso en toda la línea: para haber sido un ensayo fue un verdadero desastre; casi una pesadilla que contradice la imagen que durante mucho tiempo se han hecho de los indios de México, dizque paralizados por la extrañeza y por las armas de sus visitantes. Su resistencia tenaz sólo la iguala su capacidad para difundir la nueva y hacer sonar la alarma en las costas. No es un azar que los españoles sean recibidos en Campeche, su segunda etapa, al grito de “¡Castilan, Castilan!”, como si ya se hubiese oído hablar mucho de ellos.
En marzo de 1517, los indígenas de un altépetl que no tenía comparación posible con México-Tenochtitlan enfrentaron exitosamente a los españoles y su armamento. La mitad de cuantos salieron de Cuba murió en la expedición, y los demás, con una sola excepción, regresaron heridos. Pero la expedición de Hernández de Córdoba no llevaba caballos, o no suficientes para su uso militar. Aun cuando las fuentes sobre dichos animales llegan a divinizarlos, el estudio cuidadoso de los relatos concretos lleva a Guy Rozat a esta conclusión:
Desde un simple punto de vista militar, nos parece evidente que los indios de la costa, después los de Tlaxcala y finalmente Motecuhzoma, sabían muy bien a qué atenerse respecto a esos animales, aun si los textos del encuentro continúan presentándolos como seres extraños, más o menos parecidos a monturas divinas. Siempre desde el punto de vista militar, está claro que los indios percibieron con rapidez las ventajas del caballo, puesto que permite cierta movilidad sobre terreno apropiado y proporciona una innegable ventaja militar y táctica. Lo proba ron muy pronto cuando quisieron aniquilar esta ventaja española construyendo defensas, trampas contra estos animales y adoptando una técnica específica de combate contra la caballería.
No obstante, de pronto parece que lo de Champotón nunca ocurrió, que nadie gritaba “¡Castilan, castilan!”, porque…
2. PRESAGIOS
Por sí sola ardió la casa del diablo Uitzilopochtli,
se inflamó enormemente. Nadie la
encendió, por sí sola ardió en llamas.
Códice Florentino, versión de DIANA MAGALONI
No tenemos ningún relato indígena ni cuasiindígena de las expediciones de Hernández de Córdoba y Juan de Grijalva. Nuestras primeras fuentes de la reacción frente a la irrupción española son las tlatelolco-franciscanas, las del pasmo y la sorpresa del capítulo anterior… como si los españoles hubieran aparecido de la nada. Y con esos relatos nos hemos quedado. Pero antes del pasmo están los “presagios”, que lo justifican. Según las fuentes cuasiindígenas retomadas por los frailes de los siglos XVI al XVIII, antes de conocer la existencia física de los españoles, los mesoamericanos y especialmente los mexicas, muy particularmente Moctezuma, tuvieron “presagios” de su llegada. Y esa idea se repite en la historiografía, en la mitología y en la literatura. Los informantes de Sahagún hacen el recuento de ocho “presagios funestos”. El cronista tlaxcalteca Diego Muñoz Camargo coincide con ellos. Van desde un cometa hasta incendios sin causa aparente; desde rayos que caen en el Templo hasta agua que hierve sin explicación… una mujer que lloraba por sus hijos, un ave con espejo.
¿Qué hacemos con los presagios?: ¿los ignoramos por inverosímiles?, ¿los consideramos una explicación de lo inexplicable construida posfacto por “mentes primitivas”? Esos presagios, esa “superstición”, resultan particularmente poderosos, porque impactan de manera decisiva a Moctezuma, el “afeminado”, “cobarde”, “supersticioso” gobernante “todopoderoso”. Así lo describe Lucas Alamán, haciendo suya la versión dominante:
El príncipe que ocupaba a la sazón el trono de Mégico, guerrero en su juventud, se había dejado afeminar por los placeres del poder absoluto, siendo la poligamia uno de los derechos de la soberanía. Su espíritu además estaba poseído de funestas supersticiones, y una predicción, generalmente recibida, de la venida de unas gentes extrañas de Oriente, que habían de destruir su imperio, le preparaba á temer su cumplimiento en sus días.
Esta forma de ver a Moctezuma quizá no valide los “presagios”, pero sí un fatalismo histórico que, en el caso de este autor, verá como providencial y salvífica (porque “trajo” la“verdadera religión”) la llegada de los españoles e, incluso, convertirá a Cortés en el fundador de la nación. Pero sigamos: “presagios”, cosas maravillosas que ocurrieron y que hacían temer el retorno de Quetzalcóatl, de sus enviados o de sus descendientes. Jaime Montell los explica así:
Los cronistas españoles del siglo XVI interpretaron estos fenómenos naturales como avisos enviados por la misericordia de Dios a los indígenas para que se arrepintieran a tiempo de sus pecados. Todavía en la segunda mitad del siglo XVIII, el jesuita Francisco Javier Clavijero, si bien admitía que podía tratarse de avisos divinos, opinaba que la creencia generalizada en Mesoamérica sobre el regreso de Quetzalcóatl […] también podía ser interpretada como una injerencia diabólica: Satanás, consciente de los progresos europeos […] pudo “fácilmente conjeturar” que esto los llevaría a descubrir y conquistar América, “y no es inverosímil que lo predijese a la nación consagrada a su culto.
Porque para los españoles de los siglos XVI y XVII, e incluso para muchos criollos ilustrados del siglo XVIII, Mesoamérica era el reino del Diablo. Así lo concibe fray Juan de Torquemada, el más acucioso historiador del siglo XVII, poseedor de una amplísima cultura histórica y del más refinado método de la época, que dice que escribió por [s]er yo tan aficionado a esta pobre gente indiana y querer excusarlos, ya que no totalmente de sus errores, y cegueras, al menos en parte, y sacar a luz todas las cosas con que se conservaron en sus repúblicas gentilicias que los excusa del título de Bestial que nuestros españoles les habían dado.
Donde “Bestial” con mayúscula refiere a La Bestia, el diablo. Pues aunque el franciscano intenta de manera permanente comprender la cultura indígena y reivindicarla frente a los europeos, no deja de ser, no puede dejar de ser quien es ni pertenecer a un tiempo concreto y a una concepción del mundo particular según la cual la historia es resultado de la Divina Providencia, y los indígenas mesoamericanos pasan por adoradores del diablo. Joseph de Acosta, hablando de los presagios, observa:
He dicho todo esto tan de propósito, para que nadie desprecie lo que refieren las historias y anales de los indios, acerca de los prodigios extraños y pronósticos que tuvieron de acabarse su reino, y el reino del demonio, a quien ellos adoraban juntamente; los cuales, así por haber pasado en tiempos muy cercanos, cuya memoria está fresca, como por ser muy conforme a buena razón, que de una tan gran mudanza el demonio sagaz se recelase y lamentase, y Dios junto con esto, comenzase a castigar a idólatras tan crueles y abominables, digo que me parecen dignos de crédito, y por tales los tengo y refiero aquí.
Durante tres siglos ésa fue la idea imperante. Por ello, el nacionalista criollo Servando Teresa de Mier buscaría darle la vuelta y argumentar que la Virgen María ya se había aparecido, y que Quetzalcóatl era santo Tomás. La idea del Diablo, presente desde Hernán Cortés y durante tres siglos, nos permite regresar a la visión de la “conquista” como oposición entre “modernidad” y “atraso”. Vayamos a los “presagios”. De entrada, ningún historiador pone en duda que existieran, o que la mentalidad primitiva de los indígenas los hubiera construido. Y aparecen en todas las fuentes de tradición indígena: desde el Códice Florentino hasta el tlaxcalteca Muñoz Camargo y el texcocano Alva Ixtlilxóchitl.
Y, sin embargo, estos sucesos, que para muchos historiadores modernos reflejan la mentalidad “primitiva” de los mesoamericanos, son muy parecidos a los que se “vieron” en Europa en vísperas del Milenio. Guy Rozat cita a los grandes historiadores medievalistas Jacques Le Goff y Georges Duby, que muestran cómo por toda Europa se reportó la presencia de “cometas, lluvia de lodo, estrellas fugaces, temblores, maremotos”, en fin, “prodigios” que auguran “cualquier cosa asombrosa y terrible”. Ese tipo de prodigios sigue apareciendo en Europa en los siglos XVI y XVII. Con base en estos “hechos”, Guy Rozat propone que, en lo tocante a los “presagios” que en este caso nos importan, “existe una relación entre esas construcciones simbólicas y la presencia occidental”. Es decir, quienes hablan de esos prodigios “jamás son los indígenas”.
Al analizar cuidadosamente estos fenómenos en las tradiciones grecolatina y judeocristiana, Rozat va en pos de un modelo escatológico (donde por escatología entendemos las creencias religiosas sobre el fin último o la vida de ultratumba) que los cronistas de Indias y las fuentes llamadas “de tradición indígena” —para Rozat son, más que otra cosa, franciscanas y medievales— utilizaron para narrar la destrucción de México-Tenochtitlan. Y Rozat encuentra el modelo en la destrucción simbólica y real de Jerusalén:
Para el mito cristiano, en este aniquilamiento de la Jerusalén judía, más que la destrucción física de una ciudad poderosa, rica y opulenta, está la voluntad de Dios de marcar con una señal históricamente visible, para convencer a los simples y a los escépticos de que un tiempo está definitivamente consumido.
Sin la destrucción física de Jerusalén, no puede venir el Mesías. No hay salvación. Y de ahí se pasa a Tenochtitlan:
No es suficiente […] notar las similitudes formales en los hechos históricos para poder afirmarlo. Es necesario darse cuenta de que la caída de Tenochtitlan significa, de una manera mística, el progreso de la enseñanza del Cristo, el desarrollo de la religión cristiana entre los indios […] Las fuentes “indígenas” y españolas nos permiten ver cómo ese esquema fue utilizado como ordenador discursivo para la redacción de los hechos “históricos” y militares que contienen los relatos de la conquista.
Y, sostiene más adelante Rozat, en La guerra de los judíos, de Flavio Josefo, libro muy usado y leído por los monjes y teólogos de la Edad Media, hay un capítulo, “el XXXI del libro VI”, que informa de los “signos y predicciones de las desgracias acaecidas a los judíos”. En él se encuentran, casi textualmente, ¡siete de los ocho “presagios” que en las fuentes indígenas anuncian la destrucción de Tenochtitlan! Y, por si fuera poco, los ocho presagios aparecen también, de manera casi textual, en las fuentes latinas ¡sobre la destrucción de Roma! El cuadro comparativo que hace Rozat en las páginas 201-204 de su libro resulta lapidario e irrebatible. Lo que sigue es rizar el rizo: por ejemplo, mostrar a Moctezuma como profeta a semejanza del profeta Daniel, o detenerse en los caballos, los perros, los “truenos”…
Moctezuma el profeta. Si estamos de acuerdo con Luis Fernando Granados o Guy Rozat en que los textos “indígenas” y los signos allí aludidos remiten a una simbología cristiana y occidental, encontramos que el retrato de Moctezuma también pertenece a ella. La tradición historiográfica medieval pone gran énfasis en la vida y los hechos de los “grandes personajes” cuyas acciones y decisiones impactan decisivamente a los pueblos y naciones. Si además repetimos la idea que hace de Moctezuma un tirano todopoderoso (definición que no resiste el análisis de los hechos), resulta entonces decisivo el papel de Moctezuma (recordemos que la “cobardía” de éste es la primera de las cuatro causas concurrentes que hace Todorov de las explicaciones tradicionales sobre la derrota de los mexicas).
En ese sentido, que Moctezuma sea el único que pueda ver o entender los “presagios” se inscribe de lleno en la tradición bíblica, en la que gran cantidad de jefes y dirigentes israelíes está investida con el don de la profecía. Naturalmente, la historiografía moderna (“científica”) rechaza los elementos mágicos o proféticos del relato, pero, como señala Guy Rozat, al hacerlo:
Toma prestados, sin darse cuenta, elementos del “mito” anterior, al que pretende haber superado en su fundamento y en su práctica. Esta ilusión epistemológica la obliga entonces a inventar “la fragilidad de las estructuras”, “una atmósfera de superstición y terror”, y a recurrir a los esquemas más bajos de la mentalidad primitiva sin jamás nombrarla.
La historiografía científica, todavía vigente, construye un mito nuevo. ¿Cómo lo hace? En las fuentes “cuasiindígenas” Moctezuma es el único vidente. Sólo él ve. Y lo que ve está aún oculto. Así, según Alvarado Tezozómoc, manda llamar adivinos, pero éstos no resuelven su angustia. Busca a su alrededor sin encontrar respuestas. Los “informantes de Sahagún” y Muñoz Camargo lo repiten: “Sólo Motecuhzoma está marcado con el sello de la videncia, con el sello de Dios”.
¿Qué dice el discurso histórico contemporáneo? Atribuye gran peso a dichas profecías en la desorganización que sigue al avance español y busca reconstruirlas como hecho histórico, sin notar que lo principal aquí no está en el suceso, sino en la coherencia del mito “(si admitimos lo dicho sobre la analogía Tenochtitlan / Jerusalén)”. El modelo exige la presencia de profetas… y, por supuesto, del mito de Quetzalcóatl, citando Rozat como ejemplo a Pierre Chaunu:
La asimilación paralizante está probada por los textos en náhuatl y por el ceremonial de la entrega de regalos a los jefes de la expedición: todos los atributos de Quetzalcóatl, desde la serpiente incrustada de turquesa hasta la peluca de plumas de quetzal […] y de garza. El símbolo fue suficientemente claro para que Cortés, informado sin duda por la Malinche, comprendiera inmediatamente el sentido de tal entrega y le sacara partido.
Pero si se releen los textos con atención, dice Rozat, no sólo están los presentes que deben ofrecerse a Quetzalcóatl: también se hallan los atavíos de Tezcatlipoca y Tláloc. El Moctezuma del mito se despoja desde la primera embajada (según los “informantes de Sahagún”) de los símbolos de su autoridad, las “insignias divinas”. Hay en él una “pasividad” y un “entreguismo teológico”, a partir de lo cual algunos autores han concluido que “traicionó a su pueblo porque —piensan— se acobardó frente a la estrepitosa demostración de agresividad de los españoles y ante el recuerdo de antiguas profecías”. Pero los textos jamás lo presentan de manera peyorativa, sino como un alma desorientada frente a la terrible prueba de fuego, a la ineluctable destrucción que él sabía que debía ocurrir”.
Sigue Rozat: el desconcierto y la angustia de Moctezuma se inscriben en una retórica apocalíptica: cuando se acerca el fi n de los tiempos, la mayoría de los hombres pierde la sed y el hambre, no sabe dónde refugiarse… se hinca y suplica. De acuerdo con los relatos “indígenas” de las dos embajadas enviadas a Cortés, cuando Moctezuma se convence al fin (los textos reproducidos en la Visión de los vencidos de León Portilla son totalmente apocalípticos, insiste Rozat), cuando admite el retorno de Quetzalcóatl, toma conciencia de que vienen grandes males para él y su reino. Y se generaliza un ambiente “de pánico y zozobra, tanto en Motecuhzoma como en los demás indios”. Se pone en marcha “de manera ineluctable la realización escatológica del destino mexica”. Y poco a poco el espectro del mito se amplía a todo el mundo indígena: el miedo alcanza al pueblo (y una vez más, los relatos son apocalípticos).
Al saber que los españoles preguntaban por él, dice el relato español del Códice Florentino, “pensó en huir o esconderse […] en alguna cueva, o salirse de este mundo y irse al Infierno o el paraíso Terrenal o cualquier otra parte secreta”. Todo pertenece al imaginario occidental. De cualquier manera, no es una huida terrenal, sino metafísica.
Moctezuma intenta no apurar la amarga copa que, sabe, le toca, y como no puede cambiar la historia, intenta modificar el espacio: ordena cambiar los caminos para desviar a Cortés hacia Texcoco. ¿Para qué sembrar magueyes? Para que se pierdan las orientaciones espaciales. Puede parecer pueril y no faltan autores que lo interpretan como un último intento producido por la mentalidad mágica “en la que viven los primitivos”.
Este “primitivismo”, “¿es una referencia occidental a la relación ambigua que entretejían los europeos con la naturaleza salvaje y los hombres desnudos, en los confines de la cultura?, ¿una referencia al conjunto de los textos de las epopeyas medievales en busca de ciudades encantadas?”, o ¿es un elemento histórico real perteneciente a algo prehispánico que, a pesar de todo, aparece bajo la escritura occidental? Todo en vano: Cortés llega al valle de México.
Diana Magaloni, una autora que, siguiendo a León Portilla, ve en el Códice Florentino la versión indígena, también señala en su estudio sobre las “profecías” la reiteración del relato bíblico y de las fuentes “clásicas” grecolatinas y el carácter escatológico: “Este patrón en el que el principio y el fin se encuentran como una serpiente que muerde su cola también estructura el relato mítico de la Conquista: narra la re novación de la creación tras la caída del cielo bajo la luz de los relatos bíblicos del Génesis y del Apocalipsis”.
Hasta aquí Rozat y Magaloni. Repitamos la pregunta: ¿qué hacemos con los “presagios”? Si la explicación es que ello apunta hacia una “mentalidad primitiva”, ésta se debe atribuir en pareja medida al humanismo franciscano del siglo XVI. Una “idea primitiva” aceptada durante casi tres siglos, como aceptado era pensar que Huitzilopochtli era una advocación o representación de Satanás todavía en el siglo XVIII.
Sin duda, tal como los muestran los informantes de Sahagún y tantas otras fuentes, esos augurios constituyen una explicación fatalista de la caída de Tenochtitlan: la ciudad en medio del lago tenía que caer porque así lo dictaba la Divina Providencia, porque así lo había previsto Quetzalcóatl…
En el siglo XIX ese fatalismo religioso fue sustituido por un fatalismo “racional”, “histórico”, que persiste hasta nuestros días: Tenochtitlan tenía que ser avasallada porque así lo dictaban las “leyes de la historia”, la “modernidad”. Dice Lucas Alamán que, si a la falta de unidad política de América y la ausencia de grandes cuadrúpedos se agrega la ignorancia de todos los inventos que habían hecho una revolución en el arte de la guerra en Europa, y de todos los adelantos que había habido en las ciencias y consiguientemente en las artes, se verá que el nuevo mundo no estaba en manera alguna en estado de entrar en lucha con el antiguo; que su descubrimiento no sería más que la señal de su dependencia, y que había de ser necesariamente la presa de la primera nación de Europa que tuviera conocimiento de su existencia.
Créeme, lectora o lector amigo, que versiones ligeramente más actualizadas de este fatalismo, llamémoslo “tecnológico” o “ideológico”, aparecen reiteradamente a lo largo del siglo y medio de pensamiento historiográfico que sigue a don Lucas Alamán. Y, más aún, ambos fatalismos se superponen. Un siglo después de Alamán, Salvador Toscano escribió:
Que Moctezuma y su Imperio identificaban a los advenedizos como los hijos de Quetzalcóatl o Quetzalcóatl mismo está fuera de toda duda; que dentro del error de este mito enviara ricos presentes es, igualmente, materia comprobada. En la mentalidad indígena no cabía duda de que las profecías habían llegado a su término: Moctezuma, por lo mismo, debió callar y llorar amargamente, como su Imperio todo.
Nota: agradecemos al FCE por mandarnos una probada LA BATALLA POR TENOCHTITLAN. Si les gustó el libro acá lo pueden conseguir completo.
La virtud más grande de una conmemoración es la de convertirse en un pretexto para abrir, en medio del tiempo, un claro en el que ejercer nuestro derecho a pensar. Los quinientos años de lo que se ha insistido en llamar la “caída” de México-Tenochtitlan es una invitación a ejercitar nuestro juicio crítico, el cual puede llevarnos a establecer un orden relativo al conjunto de nociones que componen una visión colectiva y personal de la Conquista. Posiblemente, lo único que podamos decir en general es que aún hoy continúa siendo un asunto polémico, con matices apenas aprehensibles, al que este ensayo se adscribe como una vía más para su apertura y problematización.
No es necesario negar el resentimiento histórico que existe en numerosas poblaciones a lo largo del continente. Puesto que la historia es propensa a relecturas, a volverse a interpretar, la mera posibilidad de revisitar el pasado somete al cambio cualquier emoción relativa al mismo. Teniendo información más precisa nuestra capacidad de interpretar un acontecimiento en el marco de su contexto temporal es menos imperfecta y, por lo tanto, más justa en su valoración; esta certeza debería motivar un vínculo diferente con los hechos, en todo caso, lo importante es procurar mantener una actitud receptiva, suspender temporalmente nuestras presuposiciones para conseguir establecer una suerte de pensamiento conjunto que nos aproxime a la verdad a través del consenso informado.
Al tratar el asunto de la Conquista hay dos criterios enfrentados que tienen su raíz en el origen mismo del conflicto y a los que no conviene designar para no caer en demasiadas simplificaciones pues, dicho sea de paso, ninguno es trivial o simple. Uno, vislumbra el proceso como un acontecimiento marcado por la violencia y la suplantación, a través de políticas de exterminio, de las culturas amerindias, en este sentido, es común que se le compare con otros “genocidios” modernos; su ala más radical ancla la intención de negar la herencia hispánica en la apología de los pueblos conquistados y su vínculo ejemplar con el orden cósmico y terrenal. Libros como el de Ramiro Reynaga, Tawantinsuyu: cinco siglos de guerra Queswaymara contra España (1978), nutren esta perspectiva.
Al enfatizar las prácticas socioculturales reprobadas por frailes y soldados españoles así como los atrasos técnicos de los pueblos prehispánicos, el otro punto de vista interpreta el conflicto como una cruzada civilizatoria por parte del imperio hispánico que arrojó beneficios mutuos. Es frecuente que en aras de exaltar el modelo de subjetivación mestiza que posibilitó la colonización se califique al resto de pueblos como remanentes al margen del influjo histórico. Algunas de estas ideas se expresan en libros como 1492: fin de la barbarie y comienzo de la civilización en América (2014) de Cristian Rodrigo Iturralde.
Este debate lleva a un reducto maniqueo que por lo general encalla en una discusión de ejemplos y contraejemplos desligados del sentido que cada uno guarda en su propio contexto. El punto de inflexión para el individuo que milita en una u otra posición reside en considerar o no bárbaras las instituciones culturales de los pueblos prehispánicos, ya que dependiendo de la respuesta, la guerra se justifica o no por un principio de civilidad. Hay de hecho suficiente información para zanjar este punto, pues, aunque obviamente existieron distintos grados de sofisticación social que, cronistas como José de Acosta (1540-1600) supieron captar con matices adecuados, si por “civilización” entendemos una comunidad coordinada bajo sistemas complejos de política, economía, religión y educación, las sociedades más representativas de América eran civilizaciones hechas y derechas. Sobre todo porque previo al arribo de españoles existían poderes legítimos, concertados e instituidos en Estados, situación que obligó al imperio a debatir de manera inédita acerca de la legitimidad de la guerra sentando en el camino las bases del derecho internacional. Por lo tanto, la discusión acerca de la ausencia de culturas sofisticadas en América no debería tomarse muy en serio.
Para tratar de entender la Conquista vale auxiliarse de un modelo de contienda militar que permita excluir el binarismo de malos contra buenos y así ahorrarnos la cándida idea de “encuentro” o “descubrimiento” de un Nuevo Mundo; el uso de categorías militares posibilita afrontar el proceso como algo más próximo a lo que fue: una incursión invasora que puso a una civilización enemiga frente a otra, donde cada una en su multiplicidad material y simbólica abogaba por intereses específicos: a la guerra de conquista le sucedió la lucha de imágenes aún más larga y compleja que la anterior.
En efecto, la anexión de territorios realizada por la monarquía hispánica era consustancial a la lógica expansionista calcada del modelo imperialista romano que desde el compromiso entre Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón había consolidado las pretensiones hegemónicas de la dinastía Trastámara; la conquista de Granada y, la consecuente expulsión de moros y judíos de la península, elevó dentro de Europa el prestigio de los Reyes Católicos y favoreció la profesionalidad del ejército: así, el reino de Aragón consolidaba sus territorios surorientales mientras Castilla robustecía las exploraciones hacia el occidente. Una característica en el fin de integrar un Orbis cristianus fue el propósito de replicar la experiencia mediterránea en otras partes del mundo, incluyendo el Caribe y sus alrededores, la carrera por la supremacía pasaba por la competencia náutica con Inglaterra, Portugal y, especialmente con el reino considerado como la mayor amenaza, Francia.
En los primeros años del siglo XVI la circunnavegación de Magallanes probó empíricamente la redondez de la tierra provocando la crisis definitiva del modelo medioeval del equilibrio providencialista de los tres continentes: Asia, África y Europa, símbolo de la trinidad. En términos teológicos, América supuso un cambio en la mentalidad del habitante de un mundo hasta entonces ceñido al plan divino y su armonía, abriendo la puerta a una modernidad germinal; a su vez, en términos prácticos contribuyó a conectar rutas de navegación primordialmente comerciales que en 1565, con la conquista del archipiélago filipino, llegó a abarcar casi la totalidad del planeta estableciendo la que podría considerarse una globalización temprana.
Durante el reinado de Carlos I de España, la incursión bélica en América era una más de muchas que estaba disputando el imperio plus ultra a lo largo y ancho del mundo. En este escenario, cronistas como Ginés de Sepúlveda (1490-1573) y López de Gómara (1511-1566), influenciados por el Humanismo italiano y su imaginario, escriben por primera vez en clave de una cartografía geopolítica que mantiene como eje imprescindible la ciencia y técnica de la guerra. En Annales de Carlos V, Gómara se refiere a los indios en términos estrictamente militares: enemigos cuyo poder y amenaza solo cabe vencer, pues de lo contrario se corre el riesgo de sufrir una contra invasión semejante a la que provocó la caída del Imperio Romano. Conseguir la victoria significaría pacificar un polo en la convulsa circunstancia protoglobalizada de entonces, óptica coherente con la idea de que la guerra es el instrumento ad hoc de los equilibrios geopolíticos.
La figura de Hernán Cortés se sitúa en esta encrucijada a la que se agregan, a su arribo a América, una serie de problemáticas novedosas de entre las que destacan las exigencias de los pueblos vecinos a Tenochtitlan para ayudarlos, agobiados por el sometimiento político, a liberarse de sus enemigos mexicas. La división provenía principalmente de las ambiciones expansionistas del imperio tenochca que llegó a ocupar la mayor parte del valle de México extendiéndose hasta el soconusco, actualmente la frontera chiapaneca con Guatemala; la exigencia de tributo en especie y la permanente amenaza de guerras floridas, sumadas a la exclusión cultural de los popolocas, “bárbaros” sin derechos que no compartían la cosmovisión ni hablaban la lengua náhuatl, componía un clima de disconformidad generalizada. En relación a estas querellas internas, antes que un conspirador, Cortés es un tercero en discordia que no va a desaprovechar su posición para reportar, como soldado y súbdito de la corona, beneficios a la monarquía.
Como invita a hacerlo Martín Ríos Saloma, vale la pena preguntarse entonces ¿quién conquistó México-Tenochtitlan? De acuerdo a las fuentes cortesanas, en el momento más álgido de la guerra de sitio sólo hay alrededor de cuatrocientos combatientes españoles, quince caballos y siete cañones, escuadrón que se antoja insuficiente para tomar una ciudad de las características de Tenochtitlan. Si bien la táctica de origen aragonés contribuyó a alcanzar la victoria, las alianzas hechas con totonacas y tlaxcaltecas tuvieron una importancia aún mayor; códices y lienzos como el de Tlaxcala muestran al ejército conquistador liderado por personajes locales identificados por su atuendo guerrero. Es necesario reconocer, por lo tanto, que la derrota de Tenochtitlan fue posible gracias a los pueblos subyugados que vieron en Cortés una oportunidad para emanciparse sin prever que al hacerlo, todo lo que conocían sufriría una definitiva y profunda transformación.
Así como el minúsculo ejército de Cortés no pudo haber tomado por sí mismo la ciudad de Tenochtitlan, según las fuentes del siglo XVI fundada en el año 1-tecpatl (1324)/2-calli (1325), la conquista no se dio en un momento concreto, por lo que para ser más precisos también es indispensable designar el proceso en plural: una sucesión de conquistas que comenzó en 1492 y finalizó a punto de iniciar el siglo XVIII, con la dominación del reducto maya Tayasal.
Algunas conclusiones: Traté de mostrar que las culturas amerindias eran civilizaciones complejas y no un puñado de tribus salvajes; que conviene usar categorías militares para despejar ambigüedades conceptuales y malos entendidos; también, que la Conquista de América se desarrolló a lo largo de más de dos siglos, por lo que es más adecuado hablar de ella en plural, y que tuvo en principio como protagonistas las alianzas hechas con los guerreros locales, sin los cuales hubiera sido imposible el avance militar español. Cabe señalar que ni México ni España eran las naciones modernas que hoy conocemos; que ni siquiera la monarquía hispánica gozaba de un poder centralizado sino más bien éste se dispersaba en centros históricamente importantes: Valladolid y Madrid, sitios por donde solía peregrinar la Corte, o Córdoba, antigua capital del reino Al-Ándalus. Por esta razón, para un estudio del proceso desembarazado de ideología urge situarse en discursos posnacionalistas ya que en gran medida debemos la leyenda negra de la Conquista al uso político que quiso imprimirle la posrevolución mexicana, sino ¿por qué razón conmemorar la derrota azteca y no la victoria tlaxcalteca?
Bibliografía
Velasco Gómez, Ambrosio (Coordinador). Las teorías de la guerra justa en el siglo XVI y sus expresiones contemporáneas. México. UNAM. 2008.
Ríos Saloma, Martín (Editor). El mundo de los conquistadores. México. UNAM. 2015.
Supongo que nadie imaginó que, de un día para otro, el abrazo cambiaría tan repentinamente de categoría: pasó de ser un gesto de afecto a un foco de alerta. ¿Alguien puede seguir viéndolo simplemente como una inocua muestra de cariño y no como un perfecto transmisor de gérmenes? Hace poco leí un nuevo manual de etiqueta y protección: “Lo mejor es evitarlos, pero en caso de hacerlo hay que tomar precauciones: nunca mirar a la misma dirección o tener las mejillas juntas, no se recomienda hacerlo cara a cara, mucho menos hablar, y, fundamentalmente, se debe evitar el llanto”. Es desconcertante que ciertas medidas de higiene exijan también el control de nuestras más espontáneas emociones.
Las despedidas y los saludos han adoptado nuevas formas: un choque de pies o de codos, una mano agitada que parece decir quiero ser cordial, pero no te acerques mucho. Funciona cualquier interacción que esquive al otro, nos libre de apretujarlo y sentirlo cerca. No obstante a esos sustitutos, algo falta: una consumación, un punto final, un remate. Quizá experimentamos esa sensación de vacío no solamente por tener que adaptarnos a otro modo de expresión, sino porque el abrazo tiene un lugar destacado en el amplio repertorio de la comunicación no verbal, está tan extendido en la faz del planeta que nos parece natural, esperable. De hecho, no sólo los humanos lo empleamos cotidianamente, sino que incluso ciertos primates lo usan para manifestar que no tienen intenciones agresivas: ciñen a un recién llegado para dejar en claro que está en territorio amigo. Resulta curioso que un gesto civilizatorio como el abrazo (que en la historia humana ha sido capaz de avalar pactos de independencia en Acatempan o Maipú) tenga antecedentes simiescos.
Me pregunto constantemente cuándo regresarán los tipos de contacto físico que nos resultaban habituales o si acaso algunas de nuestras costumbres jamás habrán de restaurarse. También nuestros gestos tienen vida propia: nacen, se reproducen, se multiplican y pueden caer en el olvido. Hay quienes afirman, por ejemplo, que el beso pasó por un importante periodo de decadencia ante la terrible peste negra del siglo XIV: dejó de usarse en la esfera pública para sellar acuerdos pues se había convertido en un peligro de propagación de la enfermedad. La relación con nuestro cuerpo y el de los otros no sólo obedece a ciertos estatutos sociales o éticos, sino que sigue la cadencia y el ritmo de las ciudades, se subordina a sus condiciones de salubridad.
La historia de la expresión de nuestras emociones es también la historia de nuestras culturas, nuestras pérdidas y vínculos. Sin embargo, es una crónica delicada y frágil: la comunicación no verbal está atada al presente, tiene pocas oportunidades de sobrevivir si no es afianzándose a la tradición y cultura popular, aferrándose a continuar vigente en nuestra mímica y memoria corporal.
Por eso me gusta pensar que, poniendo suficiente atención, toda biblioteca puede convertirse en un cementerio de gestos perdidos. Hay en los libros un copioso registro de ademanes en desuso o peligro de extinción. Recuerdo haber encontrado en El asno de oro de Apuleyo un pasaje que me hizo cerrar el volumen de golpe para tratar de calcar con mis manos lo descrito. En el inicio de la famosa historia de Eros y Psique se evidencia la hermosura de esta joven a partir de cómo es vista por los ojos del pueblo mientras camina: En aplicada concurrencia multitud de paisanos y extranjeros acudían atraídos por la fama de tan singular espectáculo y pasmados de admiración ante tan inaccesible belleza, se llevaban la mano hasta la boca con el índice sobre el pulgar, y la adoraban con devoción como si se tratase de la propia diosa Venus. ¿Cómo se vería esa muchedumbre estupefacta? ¿Acompañarían la pose con algunos sonidos o gesticulaciones? ¿O sería un asombro silencioso? Por mucho que he intentado imaginar la escena, me resulta difícil emularla y concebir su replicación entre el gentío. ¿Es ese gesto el ancestro de nuestro actual OK? ¿O acaso precursor de “la pigna”, esa estereotípica mano italiana donde todos los dedos se unen como si pellizcaran el aire?
Qué divertido es exhumar la vida diaria enterrada en los textos literarios. Ciertas costumbres sólo pueden preservarse allí; olvidadas por nuestro cuerpo, subsisten en nuestras palabras. Gracias a mi padre recordé ese momento en el que El Cid Campeador llega ante el rey para pedir su perdón: los inojos e las manos en tierra los fincó, / las yerbas del campo a dientes las tomó. Rodrigo clava las rodillas (“inojos”) y las palmas en el suelo, humildemente pide merced tomando el pasto con la boca. Siempre he tenido interés por saber si este extraño ademán tenía un uso meramente literario o si acaso puede sumarse a nuestro pequeño catálogo de gestos perdidos y servirnos para comprender una organización distinta del cuerpo y del espacio, fungiendo como una excelente vía para trasladarnos, por escasos segundos, a otro tiempo.
Lo mismo me sucede al toparme con las expresiones de dolor en la antigüedad grecorromana. Las mujeres desesperadas de las Metamorfosis de Ovidio experimentan congojas terribles y manifiestan su pesar con actitudes dignas de nuestros melodramas televisivos: suelen golpear o herir sus pechos desnudos con las manos. ¿Es sólo una forma de enfatizar el destino trágico y cruel de los personajes mitológicos? ¿O acaso los griegos y los romanos sufrían así en su vida diaria? En cualquier caso, estas maneras de aflicción parecen excesivas en una época tan contenida como la nuestra: habituada al uso mecánico de emoticones y también a la risa muda. ¿No es absurda la cantidad de veces que en un día podemos teclear “jajaja” sin mover mínimamente el rostro?
Si bien los gestos extintos tienen su atractivo, también es interesante encontrar gestos que han perfeccionado el arte de subsistir, pues trazan una línea directa entre nuestra realidad y el cotidiano de épocas pasadas. ¿No es insólito que el insulto de “la higa” tenga un trayecto comprobable desde Aristófanes hasta Britney Spears? En la comedia de Las nubes, un ultrajado Sócrates sugiere a su interlocutor las bondades de saber distinguir los ritmos métricos: enoplios y dáctilos. Al menos, dice, así uno puede quedar bien en las reuniones. Estrepsíades responde que él ya conoce los dáctilos y aprovecha la polisemia (dáctilos: tanto “dedo” como “un tipo de ritmo”) para burlarse del filósofo. Dime, pues, qué otro dáctilo hay sino el de la poesía épica, replica Sócrates exasperado. En tiempos, cuando era aún niño, éste, dice Estrepsíades mientras obscenamente levanta el dedo medio.
Tristeza, frustración, cariño, odio, terror. Son fascinantes las vías que encontramos para traducir nuestro mundo privado. En su libro La expresión de las emociones en el hombre y los animales, Charles Darwin cuenta que en 1867 hizo imprimir y circular entre misioneros, viajeros y observadores una serie de 15 preguntas sobre el comportamiento humano para poder compararlo con sus estudios de etología animal. Le interesaba conocer la universalidad de nuestros gestos. Recibió 36 respuestas que fueron contestadas por observaciones directas, no por recuerdos. ¿Se mueve la cabeza verticalmente para afirmar y lateralmente para negar?, era una de las interrogantes. Al parecer ese ademán es uno de los que menos variaciones tiene a lo largo del globo, con excepciones insólitas como Bulgaria donde el gesto de “sí” y “no” está invertido al que nosotros conocemos. Dada la generalización del asentir y el negar, existe la hipótesis de que tiene un origen natural: la forma en cómo los bebés dan a entender que quieren o no más leche. Se acercan a su madre buscando su alimento con un movimiento similar al de nuestra afirmación, se alejan mostrando su rechazo al mover la cabeza lateralmente.
Al repasar este breve almanaque de gestos extraviados, recuperados y persistentes, no puedo sino seguir pensando en cuál será el destino de los abrazos. Aunque han entrado en una etapa de cambio y desuso, no creo que se encuentren en peligro de extinción. No al menos con nuestros seres amados, no en las celebraciones importantes, no al enlazarnos al lado de otros para una fotografía en un abrazo lateral. Pero quizá dejen de ser por un tiempo la muestra de afecto y solidaridad más usual entre extraños, colegas o recién conocidos.
Hace más de año y medio, cuando salía de la estación del metro cercana a mi casa, solía encontrarme con frecuencia a un par de adolescentes entusiastas y almibarados. Sostenían una cartulina llena de diamantina que, con colores brillantes, anunciaba: SE REGALAN ABRAZOS. Siempre les saqué la vuelta, huyendo de ellos con cierta antipatía que me producía su interés por apagar incendios forestales con vasos de agua. Más que hacer una buena acción, lo que quieren es verse a sí mismos como protagonistas de los gestos nobles y, de paso, tener un poco de contacto físico, un universo intrigante en esa edad, solía pensar para mis adentros mientras apuraba el paso. No obstante, ahora mientras pienso en ellos recluida en las paredes del departamento, caigo en cuenta de que mis deseos de verlos marcharse se han convertido en realidad. Escribo estas líneas para recordarlos con una mezcla de enemistad y nostalgia, sólo como método preventivo en caso de que nunca vuelvan.
Si lo que buscas es una hoja de vida con una suerte de ruptura, tanto en lo público como en lo privado, quédate. En Tierra Adentro tuvimos el placer de entrevistar a El David Aguilar, cantautor y poeta que ha grabado canciones con artistas como Mon Laferte y Natalia Lafourcade; además, te compartimos un motivo para adentrarte en su lírica. Su canción Causa perdida será una gran acompañante mientras te quedas a leer esta entrevista que, amablemente, David y, el editor de Olbios, Alejandro Michan aceptaron darnos.
David: Antes que nada, muchas gracias por el tiempo, el espacio, estamos muy felices y emocionados con la presentación y salida de este libro. Creo que va para largo, estamos viendo… yo al menos descubriendo de qué se trata, es mi primer libro y, bueno, gracias, gracias nuevamente por el espacio.
TA: Esta pregunta es tanto para David como Alejandro y es ¿Cómo nace este libro, Afuerismos del interior? ¿Cómo nace esta idea? ¿Cómo se gesta primero en la cabeza del artista? y por otro lado ¿Cómo fue la aproximación de editorial Orbios a esta obra?
David: Estuve reuniendo estas frases a partir del 2015 más o menos, porque vengo twitteando como desde 2010, en algún momento dentro de la industria de cantautores, me di cuenta de que muchos de ellos, sobre todo en España, empezaron a hacer publicaciones alternativas a sus trayectorias como músicos y empezaron a publicar sus poemarios y sus libros en general. Yo en México ya venía gestando la idea de hacer algo así con mis tweets. Ale Higareda, que fue quien presentó mi libro en Galera dijo en tono de broma: “Cómo ven lo cínico que es David que viene a vendernos un libro de frases que ya están publicadas en la red”, y un poco mi respuesta a esto es “Pues sí, pero a ver, encuéntralas”, porque pues se van, ¿no? Y un poco lo hice para mí, para tener un recordatorio de esas frases que para mí son importantes, las fui juntando, surgió la posibilidad de hacer un libro y nos acercamos con Alejandro, si quieres tú cuéntales.
Alejandro: Pues justo como menciona David, en cuanto nos acercamos con él nos presenta el proyecto, inmediatamente, desde la parte de Orbios pensamos que hacer un libro de este tipo, de Aforismos, requiere toda una implementación muy interesante de ambas partes, porque es un género donde muchas de las fronteras de los géneros están ahí diluidas, el título mismo del libro hace una especie de autorretrato, medio autobiográfico de parte de David, de cómo surgieron estas pequeñas frases que al final, me gusta mucho como lo dice David “Hay una relación muy cercana entre lo que puede ser la frase, el epigrama, el mismo tweet”; la idea era romper esos límites un poco más rígidos de la literatura tradicional y hacer un registro de la literatura que está ahí en el tweet.
TA: Hablando de romper con lo tradicional, David, en una entrevista mencionas que varios de sus discos en realidad son antiálbumes, ¿qué ruptura buscaste con tu libro respecto a lo tradicional y a ti mismo?
David: Yo siento que de entrada hay una suerte de ruptura porque creo que el aforismo o la brevedad no es algo que esté tanto en el portapapeles del colectivo actualmente. El otro día estaba leyendo un libro que me prestó Alejandro, precisamente de aforismos y pensé “Claro, debe ser uno de los formatos menos usados ahorita”. Mis amigos y gente cercana tienden a consumir más cosas como poesía, verso libre, etc., pero el aforismo siento que conlleva en sí mismo cierto tipo de ruptura porque no lo siento tan presente. Más allá de eso no sé qué ruptura pueda implicar; personalmente sí, un poco, porque es mi primer libro y, además, ha sido una revelación para mí el darme cuenta de que el aforismo es mi formato favorito, la brevedad, la idea, es conciso. Trabajando con Afuerismos del interior me di cuenta de que es muy íntimo y es confesional, sin habérmelo propuesto sí tiene un sentido de confesión. Creo que alguien que siga mi trabajo y le pudiese importar en lo que ando yo y eso, el libro puede dar algo de norte.
TA: Justamente en este contexto donde aparece este libro, en el que estamos en la era de la inmediatez, ¿cuál es el reto como editor para enfrentarse a una recopilación de este tipo para presentarla a los lectores?
Alejandro: Estoy muy convencido que en el ciclo de la literatura el círculo no acaba de cumplirse hasta que llega a los ojos de algún lector y en este o esta lectora hay una reacción; en ese sentido me parece que el ciclo de la literatura dentro de la inmediatez es muy distinto, hay una relación mucho más directa con lo que todo el tiempo se puede leer. ¿Por qué generar una compilación de frases que ya están allá? Nos es lo mismo leer desde un muro en redes sociales que generar un libro a partir de ese cumplimiento del círculo de la lectura. Es como condensar la fórmula de la aspirina en una pastilla literaria para que el libro te haga efecto en menos tiempo.
TA: En cuestión de estilo ¿Cuál fue tu criterio de selección al momento de recopilar eso?
David: Cuando me empecé a proponer reunirlos, lo que hice fue pedir el archivo y buscar en la timeline hasta llegar al principio de cuando empecé a usar Twitter, luego reuní las frases que más me gustaban, iban descartándose naturalmente. Y respecto al estilo, creo que su estilo es no tenerlo, los textos están reunidos por mera intuición. En cierto momento consideramos la posibilidad de separar las frases en ciertas temáticas, pero al final se tomó la decisión de no hacerlo, y me agrada eso porque ahorita como decían, en mis antiálbumes justo se cumple eso, una canción puede ser acá una cumbia, la otra un bolero medio melancólico y la siguiente algo medio psicodélico; no tiene hilo conductor el tipo de álbum al que quiero estar recurriendo, y creo que esta última característica se cumple en el libro.
Alejandro: Un poco siguiendo la línea de romper con lo establecido y resquebrajar esta idea de lo firme, creímos que lo mejor era que el tema posible en el cual pueden estar decantados estos aforismos, es que precisamente tienden a la incertidumbre, hay tantos ángulos desde donde se puedan leer que clasificarlos no hubiera abonado nada al lector. Lo que menos hay ahí son respuestas, más bien son exploraciones íntimas de David.
David: Y también hay algo que creo que es en parte producto de la era de la inmediatez; en mis antiálbumes, el universo último a perseguir es el track, no el álbum, el álbum es lo que reúne esos universos últimos, y siento que el libro cumple con esa carga. En cuanto termina la frase concluye la pretensión de cualquier cosa.
TA: ¿Cómo llegaron a ese título y la portada? ¿Por qué se eligió al final esa opción?
David: No sabía que título ponerle, quería que fuera un título amable, gentil, que no se le diera muchas vueltas, que rindiera cierto tributo a la espontaneidad. En algún momento en el chat estábamos planeando títulos, yo planeaba originalmente ponerle “libro de aforismos”, siguiendo la línea de mis antiálbumes. Luego, una de las opciones era “Garbanzos de Libro”, pero cuando propuse “Afuerismos del Interior” a mí inmediatamente me conectó porque me parecía que dibujaba una especie de puente, de sentido vial. Además, el juego de palabras afuerismos de afuera, pero que son del interior; ese humor del absurdo que propician las características naturales de las palabras siempre me ha gustado.
Alejandro: Justo como cuenta David, las propuestas de título que dio, eran muy buenas todas, pero volviendo al tema de que creemos que el aforismo es una exploración muy profunda de aquellos que lo hacen, consideramos que Afuerismos del interior era atinadísimo y muy claro para eso. Y respecto a la portada, estuvimos deconstruyendo muchos conceptos para poder llegar a este; fue un proceso muy exhaustivo, estuvimos revisando muchas propuestas de Dulce Ledesma, la diseñadora que estuvo trabajando con los diseños. Llegamos al final a este concepto de nubes, pájaros, etc. que no sugería nada realmente y creímos que iba mucho con el juego de los aforismos y la idea que traíamos de lo que podría ser la portada.
TA: ¿Cómo se relacionó tu carrera musical con esta nueva exploración lírica que haces en tu libro?
David: El camino de la composición musical en mi caso me ayudó a conocer a muchos escritores, sobre todo poetas, al inicio de la década de 2000 en Ciudad de México, en algún momento conocí al poeta Ricardo Yáñez en un taller y lo seguí frecuentando, hicimos un disco con textos de él y por él empecé a relacionarme más con el universo literario mexicano, ese es mi contacto de manera personal. En cuanto al trabajo, algunas letras de canciones resultan tener características similares a las de la poesía, también algunos formatos como la décima, se prestan mucho a ser musicalizados; entonces hay un vínculo natural entre la poesía y la canción. En los aforismos es donde precisamente hay menos relación desde la forma, pero sí la hay desde el fondo, desde el hecho de que una canción, aunque pueda llegar a contemplarse como algo largo, en realidad es algo cortito, esos 4 minutos, 2 minutos y medio, desde la mente de un cancionista es algo muy breve en lo que debe comprimirse toda una idea, entonces quizá en eso hay un paralelismo con las frases. Creo que vivir con la antena encendida a la búsqueda de frases me ha dado mucho como cantautor. Yo creo que lo que ha salido ganando ha sido la canción, de hecho, muchos de los tweets terminaron en canciones, como el de “Fortuna es que te toque picar cebolla estando triste”.
TA: Como editores, nos toca mucho el tema de la reescritura; dado el sentido de la inmediatez y los tweets, ¿hubo un proceso editorial en ese sentido? ¿se llegaron a reescribir algunas frases?
Alejandro: Sí hubo un proceso en el que estuvimos trabajando, la diferencia entre las formas breves como el haikú, el tanka, que pueden ser producto más de una intención estética, el aforismo es una mezcla de muchas cosas, donde al fin y al cabo había una relación muy directa con lo que estaba diciendo y preguntándose David. Y por otro lado se buscó la posibilidad de que el lector pudiera entenderlo de esa forma, por ese lado si hubo muchísimo diálogo y trabajo respecto a elementos que cambiaban y podían cambiar las intenciones del texto
David: Sí, fue un diálogo muy cercano, estuvimos por ahí rebotando ideas, peleando terrenos, pero muy bien, incluso algo bien bonito es que me di cuenta de algo ortográfico; yo pensaba que el “qué” se acentuaba cuando había un sentido imperativo, por ejemplo “tienes qué venir”, y ahí me tienes en un montón de frases, diciendo “oye, le falta acento aquí y aquí”.
TA: Últimamente se ha estado dando en Latinoamérica se está gestando un fenómeno muy grande de autopublicación y editoriales independientes por parte de artistas jóvenes, ustedes como editor y artista ¿qué consejo le darían a esta juventud?
David: Que sean valientes, que se avienten a hacer eso, es sabido que sobre la marcha se hace callo en el pie, todo esto de la autogestión lo veo también mucho en el mundo de los cancionistas, empiezan a dar conciertos en casas o lugares así a falta de espacios. Mi consejo es no esperar a que se abran puertas quién sabe dónde, la fabricación de puertas propias conlleva a que eventualmente se llegue a lugares más adecuados. Soy un gran partidario de la autogestión y de encontrar grupos afines.
Alejandro: Estoy de acuerdo contigo, David, no quiero ser disruptivo, pero sí haría un llamado al mundo editorial, de los concursos, las instituciones, las becas, a que dejaran de ser tan jerárquicos y abrieran sus espacios. En el caso de Olbios recibimos manuscritos todo el tiempo y nos vamos al cien con las propuestas que nos llegan, artistas jóvenes, sigan haciéndolo, la literatura tiene fuerza, creen redes y abran caminos de redes de unión y solidaridad.
Si gustas encontrar Afuerismos del interior y asistir a las presentaciones, te invitamos a seguir las redes sociales de El David Aguilar y la editorial Olbios para que estés atentx a las fechas y lugares.
Dambudzo Marechera dijo que lo que Walt Whitman hizo por la literatura de Estados Unidos fue haber creado una sensibilidad individual, testaruda y desmesurada –que podemos imaginar encarnada en la figura de un joven poeta, pálido, pero varonil.1 Esta desmesura, dice el novelista y dramaturgo zimbabuense, reflejaba un dilema nacional ante el cual esa figura de poeta se convirtió en el ideal.2 Whitman redactó Hojas de hierba cuando Estados Unidos estaba al borde de la Guerra Civil, para expresar su convicción respecto a las ideas de democracia y nación, aunadas a la creencia en la existencia de una identidad individual y libre, que era capaz de resguardarse contra cualquier influencia o intoxicación del exterior, y al mismo tiempo identificarse con la multiplicidad de individualidades que habitan el mundo.3
Para alguien que se considera un extranjero respecto a su propia vida y la historia de su país, dice el novelista de Rusape, es natural responder con horror a cualquier literatura que exprese este tipo de ideas: «el inquisidor que habita el corazón humano y se niega a creer en Dios en términos humanitarios es conocidoentre quieneshan experimentado la guerra».4 Y aunque Whitman fue testigo de la guerra, de sus atroces antecedentes y consecuencias, no dejó de creer que el conflicto era necesario para resolver las tensiones dentro del país y éste pudiera alcanzar su fin de volverse una nación democrática y unida.5
El zimbabuense nacido en 1952 no cae en la trampa de este tipo de literatura, independientemente de dónde provenga. Por ejemplo, identifica el nacimiento de la sensibilidad individual, testaruda y desmesurada de Whitman en Europa, en Las penas del joven Werther, de Goethe. Marechera considera sospechosa esta literatura porque implica, en primer lugar, su clasificación según su cultura, idioma o país de origen, lo cual Marechera se niega a hacer; más bien, concibe a la literatura como un universo ideal y alternativo al nuestro, como una tarea que requiere que el escritor aprenda a ver. Si bien el autor cuenta que su crianza fue nefasta dentro del gueto y que desde entonces ha tratado de negar la realidad dolorosa de la historia concreta,6 su escritura hace visible lo invisible y, con ello, subvierte lo que la sociedad y los individuos dan por hecho.
Por ello, Marechera despreció el realismo y prefirió tomar «las venas del modernismo, el simbolismo, el futurismo que se habían desarrollado en la poesía»7para transferirlos al lenguaje de la prosa. Y aunque siempre escribió en inglés, nunca dejó de señalar el tipo de encarcelamiento que significaba éste por ser la lengua impuesta: «aunque me enseñaron francés y latín en la escuela, he sido lo suficientemente anglicanizado para insistir neciamente en que un extranjero es alguien que no sabe inglés y cuyo idioma no vale la pena conocer».8
La traducción le ofreció a Marechera una forma de escapar de la literatura inglesa y acceder a la literatura europea de otros países que, según el novelista, ha beneficiado a la literatura africana más que perjudicarla, si se considera a la literatura como un solo universo. Habiendo resuelto antes diferentes problemas relacionados con la estructura narrativa, la literatura europea sirvió como un modo de formación para otras literaturas. Por eso encuentra obsoleto hablar de literatura africana, por una parte, y literatura europea, por otra.
El escritor tiene que aprender a ver; pero esto, afirma Marechera, implica un proceso, el cual a su vez requiere de tiempo. Por lo tanto, el escritor está sujeto a innumerables transmutaciones y su percepción de la realidad será siempre provisional. Así, la identidad de Whitman, la cual es capaz de evitar las influencias del exterior se vuelve imposible. Lo anterior también explica que Marechera haya optado por el modernismo, el simbolismo y el futurismo, pues ante el constante proceso de transmutación concluye que la fantasía es la única verdad posible.9
Pero Marechera señala algo más respecto a la metamorfosis: algo hizo que dejara de ser un mito para convertirse en una pesadilla histórica: «somos refugiados huyendo de los excesos de nuestros padres»10 y estamos atrapados en un terrible punto medio de la transformación. Este es, para Marechera, el único aspecto que une a la literatura africana y a la europea.
Ante esta pesadilla histórica, Marechera apuesta por la categoría narrativa “manipea”, retomada del crítico soviético de Mijaíl Bajtín, cuyo centro es una actitud “carnavalesca” hacia el mundo. El universo de las novelas bajo esta categoría es complejo e inestable, fantástico y poético. Ahí, «el paraíso y el infierno nos son cercanos y podemos visitarlos» y «se exploran la locura, los sueños, las ensoñaciones, los estados anormales de la mente y todo tipo de inclinaciones erráticas».11
Tal es el universo de la primera novela de Marechera, La casa del hambre, cuya premiación en 1979 con el Guardian de ficción causó tanto críticas como elogios, a lo que Marechera respondió destrozando los candelabros durante la ceremonia de premiación.12 En La casa del hambre, Marechera describe al Zimbabue de los sesenta, en ese entonces Rodesia del Sur, antes de independizarse y cuando era gobernado por el primer ministro Ian Douglas Smith. Describe así los terrores de la vida en el gueto derivados de la Declaración Unilateral de la Independencia (DUI), proclamada por Smith el 11 de noviembre de 1965.
Esta proclamación fue posible gracias a que Smith convenció al gobernador de Rodesia, Sir Humphrey Gibbs, de firmar una declaración de estado de emergencia, después de haberlo convencido de que no se trataba de un preámbulo a la DUI. Smith esperaba así que la controversia internacional por esta declaración fuera pasajera, pero el descontento entre los nacionalistas africanos de Rodesia y los miembros de la Organización para la Unidad Africana, la Mancomunidad de Naciones y las Naciones Unidas, además de la intrusión de la Guerra Fría en la política africana, generaron una serie de sanciones económicas, una guerra de guerrillas y actitudes políticas volátiles de Estados Unidos y Sudáfrica hacia el país. Esta situación rebasó al régimen de la minoría blanca, la cual no resistió la transición al gobierno de la mayoría negra.13
Además de este evento histórico, Marechera hace referencia a otro, que también implica un engaño y permitió el asentamiento europeo: la celebración de La Concesión Rudd entre el rey Lobengula de Matabelelandia y los representantes del colonizador británico Cecil J. Rhodes y su Compañía Británica de Sudáfrica (BSAC) en octubre de 1888, en la que Lobengula les cedió a los británicos los derechos exclusivos de explotación minera en Matabelelandia, Mashonalandia y otros territorios del actual Zimbabue. Esto le permitió a la BSAC obtener una carta real del imperio en 1889, que autorizaba a la Columna pionera (una fuerza levantada por Rhodes y su BSAC) a ocupar Mashonalandia.14
Para lograr esta firma, J. S. Moffat, un comisionado asistente de Bechuanalandia, convenció a Lobengula de firmar un tratado de amistad con el imperio británico, en el que el rey aceptaba no tener negociaciones diplomáticas con otros interesados en sus territorios ni venderles ninguna parte de Matabelelandia o Mashonalandia. Moffat le aseguró que el documento no permitiría la venta ni cesión de ninguno de sus territorios sin el conocimiento y acuerdo previo del Alto Comisionado Británico para África del Sur.15
De esta forma, Moffat, en cuanto llegó en 1888 con Lobengula se aprovechó de que éste no sabía inglés y del complejo proceso de traducción necesario para preparar los textos que antecedieron a la concesión. En este proceso, los blancos instalados en el kraal primero transcribían al inglés o neerlandés lo que Lobengula les dictaba en shona. Después, el texto era traducido por escrito al shona para que Lobengula verificara la traducción fiel de lo que había dictado. El texto era traducido nuevamente al inglés y una vez que Lobengula estuviera satisfecho, tanto él como los blancos firmaban el documento y él lo sellaba.16
La firma de Lobengula de La Concesión Rudd marcó al país con un profundo resentimiento hacia los ndebele y el rey Lobengula, que aún resuena en expresiones que los describen como los «invasores que diezman cualquier cosa que tocan».17 En La casa del hambre, Marechera se refiere al evento con un poco de sarcasmo, pues afirma que al menos eso evitó que los shona fueran esclavizados por los ndebele: «por supuesto que tú y yo seríamos amahole, esclavos, si el pobre tipo hubiera sobrevivido».18
En esta obra aparece también Ian Smith, como una efigie colgada de un pico de carnicero, en la casa de una bailarina, a la que lleva a rastras al protagonista, un poeta. Ante la visión de la efigie, la bailarina le pregunta al poeta «¿quieres olvidar?» y al responder que no, es deslumbrado «por todas las luces que había conocido en su vida».19 Así, la escritura de Marechera describe de forma fragmentaria, en frases que aparecen como luces deslumbrantes o pequeñas astillas de vidrio que invaden la mente del poeta, el sentimiento de desposesión primordial, de los individuos respecto a sus propias vidas y la historia de su país.20
Por ello, Marechera fue un escritor incómodo para Zimbabue. Incluso una vez que se el país se independizó, fue censurado por cuestionar la nueva idea de nación que se pretendía construir. Este es el riesgo de aprender a ver: ser expulsado de la sociedad por señalar aquello que ocultan las narrativas con tal de establecerse como la verdad histórica.
En el caso de Whitman y el contexto en el que escribe, la Guerra Civil, Ta-Nehisi Coates señala que la narrativa en torno a este evento es que esta dejó un legado: la supuesta reconciliación de las diferencias entre la gente blanca de Estados Unidos. Sin embargo, para que esta narrativa funcione es necesario ocultar una verdad histórica: que un grupo de estadounidenses quiso fundar un país sobre la idea de que los negros eran de su propiedad, y otro grupo de estadounidenses, incluyendo negros, impidieron que lo hicieran.21
Esta perspectiva sobre la tarea del escritor es apenas uno de los aportes de la literatura de Marechera que, a pesar de ser relativamente breve, su revisión completa podría tomar años de estudio. Flora Veit-Wild, quien mantuvo una intensa relación íntima con Marechera y quien después de la muerte del poeta se encargó de recopilar, difundir y enseñar su obra, cuenta que alguna vez alguien dijo de Marechera que era incapaz de escribir una sola frase aburrida, y ella está de acuerdo: «su maestría, su ingenio estaba más que nada en el nivel de las unidades más pequeñas de texto; una línea, una oración, una imagen, un párrafo, un poema…».22
Bibliografía
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Were Lobengula and the amaNdebele tricked by the Rudd concession? Recuperado el 04 de junio de 2021, de: https://zimfieldguide.com/bulawayo/were-lobengula-and-amandebele-tricked-rudd-concession
Why Lobengula sent envoys to Queen Victoria in the late nineteenth century. Recuperado el 04 de junio de 2021, de: https://zimfieldguide.com/bulawayo/why-lobengula-sent-envoys-queen-victoria-late-nineteenth-century
Lo llamaban “El Rey del Monte”, y era un árbol legendario cuya historia era deslizada de boca en boca hasta parecer una aseveración de la geografía y no una historia para niños inquietos. Se encontraba, decían en los pueblos de alrededor, en el Monte Tzinac, escondido entre la floresta, alimentándose de los cadáveres de árboles caídos y animales muertos. Decían que era tan grande como el mismo monte, o incluso más, y que en las mañanas de otoño su copa sobresalía mucho más allá de la neblina, de las nubes más bajas. El árbol, por cierto, no estaba solo; cuando se hablaba del Rey del Monte también se solían mencionar a las brujas, a la Corte del Bosque, al Ensamble del Rostro Marrón. Había escuchado todas las historias; de niña me quedaba levantada en secreto a espiar las charlas de los mayores, deslizándome bajo la mesa, quedándome recogida en un escalón donde no me vieran tan fácilmente, tratando así de escuchar sobre los fantasmas del pueblo, de mi familia, de las aparecidas bajo las cruces señalando distintos caminos, los trenes que emergían de pronto en la estación y así como se hacían corpóreos volvían a desaparecer. A veces, por lo mismo, tenía pesadillas. Valía la pena. Por ello estaba segura de que nunca había escuchado de las Flores de Brujas, de la botánica convertida en cohorte regia. La primera vez que escuché hablar de las Aglaophotis, acerqué mis labios y mi lengua a los de una mujer, una mujer que, estaba segura, era una bruja.
Una vez entendí lo que eran estas flores, la necesidad imperiosa de encontrar al Rey del Monte se convirtió en un montón de briznas soltadas al viento. Sin embargo, yo me equivocaba. No era una competencia entre seres misteriosos escondidos en los bosques. Las aglaophotis tenían una relación muy estrecha con el Rey del Monte. El enorme árbol, aunque gigantesco, según las leyendas, no era más que una distracción para hallar lo verdaderamente importante, el secreto dentro de la penumbra: las flores negras utilizadas por las brujas. Pocos las conocían, pues pertenecen a un género oculto dentro de las tradiciones mistéricas de la región. Con ellas puedes invocar a los poderes de sombra, con ellas puedes hablar con los muertos.
En Santa Águeda las mujeres suelen hablar de la luna y de los hijos en el vientre, del color de la tierra y de la tonalidad de las uñas en invierno. Sus voces conforman una riada dulce o violenta que cubre los campos e inunda las iglesias, los templetes donde las fiestas y las demandas se levantan con las fechas ya signadas o con los eventos sin presagio. Mi madre es una de las mujeres vociferantes. Con ello no me refiero a que gaste saliva construyendo monumentos dedicados a la burla y el jolgorio infértil. Madre habla con la fuerza atronadora de una tormenta como otras mujeres son avalanchas y terremotos y rugidos de mil animales salvajes. Sin embargo, no escuchamos a las mujeres por su fuerza, sino por lo que trae el agua, el barro o el fuego. Lo que dicen nos llena y nos da consejo, aunque duela como el aguijón de una avispa tierna o el golpe dado por accidente contra el azadón. Madre no ve con buenos ojos las historias sobre el Rey del Monte, el Árbol Regente, ni mucho menos sobre sus compañeras botánicas. Ella no ha utilizado el nombre que le han dado las brujas, aglaophotis, sino la designación simple de “flores de hechicera”.
Me dijo que me mantuviera alejada, que no pronunciara en voz alta el nombre de esas flores ni de ese árbol. Su advertencia me dio risa, ¿qué tenía de malo hablar de una leyenda que todos los niños de Santa Águeda aprenden desde que están en el vientre? Una bofetada descentrando mi cabeza por toda respuesta. ¿Y por qué habrías de seguir el actuar de cada habitante de este pueblo guarecido por la floresta y las montañas? ¿Soy lo mismo que todos, una planta más, un hongo que repite el mismo patrón dentro del bosque? Soy un árbol, quise responderle, y entonces otra cachetada, ya sin centrarme la columna ni el cuello ni nada, sólo la confusión. Las mujeres de aquí no somos árboles. También tenemos un nombre secreto, no el mismo que el de las viejas oscuras, que el de las jóvenes desnudas bajo la luna. Miré por un momento a madre, sin poder resistirme, y ella vio el peligro de los rescoldos cayendo muy cerca de la hierba reseca. Si no tenía cuidado, el incendio podría consumirme, a mí, pero también a las demás, a Santa Águeda. Con la mirada baja y un suspiro de mi madre, escuché el nombre para nosotras, para las enemigas de las hijas de la oscuridad. A nosotras no nos importan los Reyes de los árboles, si no las Reinas de las Herbas.
La palabra conmigo varias noches: Herbas, hasta que quedara grabado debajo de mi lengua. Herbas, en las pupilas, en las puntas de los dedos, en el sexo y en el vello de las piernas. Herbas.
El Rey del Monte, el Rey de los Árboles, era un mito, nada más. La “verdadera”, que existía ahí dentro de la floresta, cerca del Tzinac, creciendo hasta los cielos, y aun así oculta a la vista de los profanos, es el árbol hembra extendiéndose como una enredadera sujeta por el viento y el polen arrastrado por él.
Madre de todos los horrores, te prometo volver a escuchar tu voz. He sido desterrada por el Trono de Santa Águeda, por el pueblo, por mi propia madre. Me he convertido en una hereje, aunque nadie lo sepa, aunque no me atreva a decírselo a nadie, ni a mis sueños. Debajo de la piel está marcado el símbolo del tridente, el viejo signo que designaba, siglos ha, a Santa Águeda, cuando el pueblo no tenía el nombre de ninguna santa, sino el de danzantes paganas que se arrastraban por la hierba durante la luna llena. El nombre original lo hemos perdido, quizá porque nosotros, quienes fundamos el pueblo, no vivíamos aquí cerca, sino que trajimos el estigma de la piel blanca y los dioses crucificados a cuestas.
Madre de todos los horrores, el nombre de la Santa Águeda, la santa crucificada y convertida en llamas, lo siento, pero es un símbolo de la oscuridad. Madre de todos los horrores, ¿a quién has querido engañar? Las mujeres en el pueblo hacen caso a las voces de sus abuelas, tías y madres. Obedecen y callan y aprenden los designios entretejidos de las tradiciones occidentales y éstas. ¿Cuál es la posición geográfica del pueblo, de la vieja Santa Águeda, con respecto al mundo? Al occidente se levantan los montes, el sagrado Monte Tzinac, donde por las noches vuelan enormes murciélagos buscando fruta y moscos y, de vez en cuando, lo aseguran los supersticiosos, sangre. No me extraña que sea así, el nombre elegido para el pueblo es el de una mujer martirizada, cubierta de sangre menstrual, la suya, y la de su piel lacerada, pero también la de sus amigas, con quienes, se decía, acudía al llamado nocturno del bosque y perseguía bajo la luna creciente la panza de una cabra o la silueta de un marrano para aparearse. El testimonio ha sido falseado a través de siglos de hagiografías y odio cerval convertido en consigna. Santa Águeda fue acusada de brujería, y la cubrieron con la sangre de sus compañeras, para después crucificarla y prenderla en llamas, que la hoguera de su carne fuera un ejemplo para el pueblo y una guía para las fuerzas celestiales.
¿A cuántas mujeres se les ha dado el “privilegio” de morir en la cruz? Mamá recuerda a Santa Librada, una santa que también debería ser nuestra protectora, pues su castigo se debió a su rechazo al casamiento, al sufrimiento a través de la vida obligada con un hombre. En el pueblo las mujeres no son obligadas a casarse con nadie. El vínculo que una pareja desee crear es sagrado, pero puede romperse, y la voz de la mujer no es la de una niña emberrinchada. Otra vez, la riada atronadora de nuestro pecho.
¿Alguna de las santas, de las compañeras de la santa, algún ángel, un poder superior, uno de los viejos dioses, tendría compasión de mí? La curiosidad sigue siendo uno de los males que nos adjudican a las de nuestro género. Tienen razón, el mundo es un despliegue de formas y tonalidades, sabores y aromas, y cómo una debería pararse ante la delicia y lo aborrecible. No deberían castigar a quienes se atreven a pisar con las plantas desnudas el sendero de la sombra.
Me descalcé y seguí el sendero oculto entre la maleza. Había tenido un sueño, no me parecía más que una curiosidad llena de figuras y colores, rostros de seres que jamás he visto y animales que pacían tranquilos en campos lilas bajo cielos escarlatas. El sueño, sin embargo, comenzó a repetirse. La constancia de sus figuras me hizo entender que no era una premonición sino un mandato. El bosque, siempre el bosque, iluminado por una luz morada proveniente de alguna luna escondida para mí. Me adentraba en él sin nadie que me siguiera, sin ropa que cubriera mi silueta. Los árboles eran enormes y delgados, algunos ni siquiera tenían hojas, así que me parecían más esqueletos, costillares, que miembros de un ejército vegetal. Sentía en la piel el llamado de un cántico antiguo. Mi sueño solía terminar conmigo encontrando un claro atiborrado de hongos, donde yo bailaba una música dulce hecha por flautas y tambores atemperados por la lejanía. La ilusión continuó esta vez, llevándome más profundamente dentro de la floresta. En algún punto supe que me encontraba en los montes cercanos al Tzinac. Había pensado en el Rey del Monte como una presencia diurna que se escondía cuando el sol mordía el horizonte. ¿Cómo sería su cuerpo inmenso en la oscuridad, rodeado por animales rastreros y mamíferos pequeños y aves de colores apagados? La sombra y la niebla, aunque no el frío. Sentí algo parecido a la melancolía. El bosque no era el que siempre veía en sueños ni tampoco el que rodea Santa Águeda, pero era mío, estaba destinado a mis pasos. Por eso la excitación en la punta de los dedos, el vello erizado y mis pies veloces.
La ensoñación comenzó a abrirse a un mundo tenebroso y sugestivo. Los espacios se abrían a mis manos y pies, extendiendo la neblina hacia otras regiones donde los hongos negros y rojos parecían respirar con gran regocijo. Ninguna luna, mas la luz violeta hacía que todo relumbrara en una sombra platinada y también de ese color tan cercano al rojo, el fuego nocturno del morado.
Otros cuerpos, femeninos como el mío, y de formas híbridas entre lo vegetal, lo animal y lo demoníaco. Sabía que había hallado el camino hacia el secreto. Lo que estaba frente a mí era un grupo de brujas, el aquelarre, la reunión de viejas locas, la danza macabra, las sabias de la noche. Me acerqué lo suficiente para escuchar la música de sus voces y pasos. Quería hablar, romper el ritmo, preguntar cualquier cosa, pero de mi boca no brotaron sino suspiros. No era con palabras como me comunicaría con ellas. Sería con música… y danza.
Una de las criaturas híbridas, entre lobo, cacto y fresno, con rostro de una mujer negra y ojos redondos y profundos, extendió su mano-rama hacia mí y yo la tomé entusiasmada, sabiendo que algo ocurriría cuando mis vellos respondieron a los suyos y la electricidad recorrió mi cuerpo hasta asentarse en el suelo. Me moví entonces junto con ella; así la escuché.
Brujas, viejas sabias, damas volantes, seguidoras todas ellas de Las Hermanas. ¿Quiénes son Las Hermanas? Son tres, me susurraron con sus pasos de baile, y pronto aparecerán aquí con nosotras. Ya casi es hora.
Las Hermanas, Las Hermanas, Las Hermanas. La claridad del día apenas repuntando en mis párpados me hizo emborronar las imágenes del sueño, pero antes de abrir los ojos vi a mis pies flores negras y de aspecto satinado brotando del suelo. Mis pies, más que otra cosa, percibieron la extrañeza de esos seres vegetales, de cuatro pétalos cada una, con pistilos amarillos o morados, y una forma como de capullo recién abierto. Antes de despertar por completo tuve dos certezas: los pétalos de aquellas flores negras podían alargarse y cobrar la forma que quisieran, y que Las Hermanas aquellas no eran otra cosa que Las Herbas de las que me había hablado mamá.
Para sentir a una bruja es necesario tener cerrados los ojos y abierto el pecho. El sueño no me pareció una coincidencia, una imagen suelta de mis ansias oníricas. Era un llamado, y como tal, respondí buscando con el olfato entre los matorrales, al pie de los árboles. Madre me pidió que no me alejara mucho porque ya llegaba octubre y me necesitaba para las labores tradicionales de Santa Águeda. Nunca he huido al trabajo, y las fiestas de otoño me encandilan la mirada, pero era necesario rastrear las pisadas de aquellos pies descalzos, el claro donde habían brotado aquellas flores nocturnas.
Dirigí mi mirada hacia los montes mientras buscaba en los registros de Santa Águeda, en la biblioteca del municipio, alguna alusión a las brujas, a hermanas acusadas de hechicería, a flores utilizadas para conjuros, incluso enfermedades extrañas que pudieran haber sido ligadas a la brujería. Raíz de tannis, mandrágora, amanita muscaria, estramonio, datura ferox, amapola. Pocas declaraciones, ninguna acusación. La brujería en Santa Águeda parecía estar más relacionada con las curanderas o con los chamanes. Debía existir, en esos pocos datos, alguna mención que me llevara hasta nuestras historias, al Rey del Monte, al origen de las leyendas. Una familia se mencionaba, quien fue acusada, hacia la mitad del siglo pasado, de cultivar plantas alucinógenas, “plantas impuras que brillan en la oscuridad”. La familia era una de las fundadoras de Santa Águeda, tanto que incluso varias mujeres de su rama han llevado el nombre de la santa crucificada.
Tenía que adentrarme en la floresta, lo sentía como un mandato en la sangre, pero necesitaba un poco más de información, saber qué buscaba, porque el bosque es profundo y el monte peligroso. Si no lograba saber un poco más sobre las flores de brujas o las herbas, o lo que fuera, encontraría un lecho de hongos, y nada más.
La casa de los Romero es una de las más antiguas, aún con paredes inmensas y vigas de manera sobresaliendo de los techos en dos aguas. La construcción solemne aún responde a las formas de la Colonia: un cuadro inmenso donde las habitaciones y bodegas y cocinas rodean el patio central adornado con una gran fuente y plantas y enredaderas creciendo al lado de arbustos y árboles frutales. Algunas veces había entrado a la casa de los Romero con motivo de alguna fiesta. Lo que más me gustaba del edificio era su puerta señorial de hojas enormes y sólidas, tachonadas con hierro y bronce. La puerta me hacía pensar en monasterios perdidos en montañas asiáticas, dispuestos a enfrentar la ira de una horda de los bárbaros. Y, sin embargo, una hoja siempre estaba abierta por las tardes, invitando a cualquiera que tuviera la más mínima relación con los Romero a saludarlos. No se necesitaba invitación, y yo, por supuesto, tampoco la tenía.
No sabía quién dirigirme, a qué Romero preguntar, ¿a los más jóvenes, a los ancianos? Sin embargo, no fue necesario urdir ninguna triquiñuela. Nada más atravesar el umbral de la casa, apareció Dalia, vestida de negro y violeta, con el cabello cepillado y reluciente cayendo como una cascada hasta su espalda baja, rozando sus nalgas con las puntas. No había hablado gran cosa con Dalia, ni habíamos sido compañeras ni nuestras familias tenían una relación especial, pero al verme sonrió y me tomó de las manos para preguntarme cómo me había ido, qué necesitaba. No éramos nosotras en ese momento, sino un fotograma de alguna película vieja perdida en el sótano de un cine decrépito. Tal vez ella sería Mina o Lucy, o una combinación de ambas, y yo apenas una intrusa queriendo preguntar por una flor que las brujas conocen bien y hacen crecer en medio de los bosques.
No hablé primero de la flor ni de mis sueños, sino del árbol. ¿Lo conoces?, le pregunté, sé que lo has visto, y no sólo en sueños: el Rey del Monte, el árbol cuyas ramas rozan las estrellas. ¿Dónde está, qué olor tiene? Dalia abrió la boca como para pronunciar un discurso o un rezo, pero en lugar de ello soltó una carcajada. Me impelió a contar más, a hacer más preguntas, a contarle todo lo que sucedía en mi cabeza. No sabía si se estaba burlando de mí, aunque así me pareció. No es el árbol a quien buscas, sino a lo que crece alrededor. Haces bien, me miró mientras hablaba, al creer en ellas, en sus sortilegios y sus danzas y su lengua. Hacen bajar serpientes de los cielos, y cuando uno quiere asir su cabeza, tocar sus escamas, se retraen hasta esconderse en las nubes. Ellas conocen todo lo que acontece en el cielo porque son capaces de alzarse, un pie sobre otro, a través de las ramas de los árboles, hasta danzar allá arriba, invocando tormentas y animales imposibles. Lo único a lo que temen es al tronar de la campana y a las trompetas bendecidas por siete curas.
Como pude, también sonreí y respondí el gesto, pero no sabía cómo empezar, atravesar las construcciones tan frágiles, aunque bellas, que Dalia colocaba frente a mí a modo de barrera.
No es en los cielos donde poso mi mirada. No soy oteadora, sino rastreadora. Sigo el aroma y el sonido de las patas en estampida, y haciéndolo hallé un ritmo que era más que simple música, tampoco era un accidente. Había en el tam-tam un llamado o una invocación. Y respondí a él. Entre sueños, claro, ¿pero no es en ese mundo donde se descubren las ciudades más espléndidas?, así que seguí el rastro hasta dar con ellas, mujeres y criaturas híbridas, animales y… flores. Flores que sólo crecen en ciertos lugares ocultos, donde ellas danzan y gritan y vuelan. Flores que brotan del suelo, de pétalos negros y pistilos amarillos o morados. Como ves, no es el árbol, el Rey, a quien busco, sino a sus hijas pequeñas en el bosque.
Dalia abrió entonces los brazos y me respondió que tenía razón, en todo, incluso al mencionar primero al Rey del Monte, pues es con él, a su sombra, muy cerca, donde yace una tierra especial, llena de nutrientes particulares. El Rey del Monte es un tejo, una especie autóctona, y sus raíces se extienden por el monte, tanto como sus ramas por las nubes. La combinación especial, única, permite que el golpeteo, la danza de las mujeres, compacte la tierra y permita el nacimiento de cierto tipo de planta. Las flores de la noche, de ellas hemos escuchado bastante en Santa Águeda y alrededores. Flores de Brujas, sí, pero Dalia conocía su nombre, con el que las invocan ciertas mujeres de ciertas zonas de la región. ¿Brujas? Sí, de cierta manera, aunque no estén acostumbradas al nombre, aunque sea peyorativo y los hombres les tengan miedo y huyan y toquen las campanas rompiendo la invocación, el rito. Las flores, me dijo Dalia, se llaman Aglaophotis, son hierbas que brotan en la noche, y cuyas flores son negras, aunque eso no les impide brillar en la oscuridad. Aglaophotis significa “luz brillante”, y son un faro, una cama, un alivio y medicina, un ingrediente poderoso, y el alimento para el vuelo. Dalia remojó sus labios con la lengua, como si hubiera quedado agotada después de revelar el secreto. Se acercó a mí y sin dejar de sonreír me besó. En su aliento percibí moras y menta, y también miel, de la que sorbí como si yo también estuviera sedienta. Lo estaba, desde muchos años antes, sólo que no lo sabía.
Aglaophotis, el nombre resuena en mi cabeza mientras convierto algo de ropa y víveres en un atado que coloco en una mochila amplia. Agua, una navaja y un cuchillo que me regaló mamá hace tiempo y que había pertenecido a mi abuela. No le pregunté nada, pero estaba segura de que le había servido como herramienta ritual.
Esa mañana el horizonte se levantaba como un incendio que estuviera consumiendo al mundo. Haría frío, por eso iba preparada por si mi corto viaje se transformaba en días perdida entre los montes. Dejé una carta en la cocina, en un lugar donde sabía que mamá la encontraría.
Me encaminé hacia los archivos de Santa Águeda. A esa hora no habría nadie, y botar el seguro con mi cuchillo no me costaría nada. Necesitaba un herbolario que había visto de pasada y que no creí que fuera a servirme hasta que escuché a Dalia hablar de las Flores de Brujas. Aglaophotis, la palabra seguía en mi lengua y en mi paladar como un bocado exquisito que no quisiera abandonar. Aun así, formaba con la saliva y la lengua y los dientes y la glotis los sonidos de aquella hierba bruja. Lo pronuncié en voz baja mientras entraba a los archivos municipales, como si los fonemas fueran un encantamiento para abrir puertas cerradas.
El sol aún no se levantaba del horizonte cuando abandoné Santa Águeda y pisé las veredas que me llevarían hasta el Monte Tzinac. Sabía que no encontraría al Rey del Monte hasta pasadas muchas horas, quizá hasta la noche, pero me esforcé en atisbar alguna señal del enorme árbol. La neblina se levantó tan rápido como el ataque de una serpiente, y el frío se atoró entre mis huesos. No quise ponerme algo demasiado voluminoso porque así corría el riesgo de sudar si mantenía ese paso, por lo que decidí apresurarme, casi correr para que mis músculos no sintieran las lamidas de la neblina helada.
No sé cuántas horas pasaron porque la neblina no se levantó del todo y el monte se hizo tan frondoso como para encerrarme entre capas de vegetación. No había silencio, por lo que estaba tranquila: las aves gorjeaban, piaban o soltaban un graznido de improviso mientras una rama caía o una liebre atravesaba el umbral. Otros animales siguieron mi camino: zorros y gatos monteses, alguna gallina salvaje, conejos y ardillas, un tlacuache y serpientes que no se dignaban a levantar sus cabezas para verme. El bosque, de cierta manera me intuía y aceptaba.
Me detuve hacia el mediodía para comer algo. Estaba cansada, pero necesitaba seguir. Mi visión no alcanzaba a atravesar los árboles, y apenas podía distinguir si eran nogales o sauces o pinos. El aroma de la madera, sin embargo, variaba con el ondular del viento. Es un bosque mixto, las coníferas dan paso a árboles frutales y otras especies que no deberían estar aquí, pero aun así se arremolinan, como si quisieran rendir tributo a una fuerza inmensa y ancestral: el fresno y el olmo, el ginkgo y el durazno, el limonar y la morera.
La humedad en el aire se pegaba a mi piel. El agua que llevaba no sería suficiente. Me levanté para seguir mi camino, pensando en reabastecerme de líquido cuando estuviera más cerca del Rey del Monte, o al menos en las lindes del Monte Tzinac.
No recuerdo demasiado del tiempo que me llevó alcanzar la región donde debía levantarse el Rey del Monte. La luz se transfiguraba con la oscuridad del bosque y la densidad de la neblina que no había dejado de acompañarme durante todo el trayecto. El cambio se produjo cuando de mis pies brotó un sonido como el de huesos reventados. Bajo las hojas rotas se ocultaba algo. De inmediato, una serie de aromas llegaron hasta mí, produciéndome imágenes de danzas, hogueras inmensas y árboles añejos recibiendo el sudor de cuerpos enfebrecidos. También, debajo del acre y el picor, emergieron las fragancias azuladas de las moras y frambuesas, de las manzanas ácidas y verdes, de las hojas húmedas y aromáticas escondidas en arbustos repletos de espinas. Las hierbas de las brujas y su danza. Los colores comenzaron a transformarse, y entonces me di cuenta de que todo el bosque había cambiado. Me quité los zapatos para percibir las sensaciones que se mezclaban con otros sentidos. Al tocar la tierra y la hierba húmeda, mis pies percibieron la fragancia del caldo a punto de hervor, el color de una tarde de invierno entre los árboles, el sonido de un árbol delgado al caer en un claro apenas habitado por hongos venenosos.
Debía estar intoxicándome, pensé, pero ya era demasiado tarde si esa era la causa de mis sentidos excitados. Alargué los brazos, con los dedos extendidos, y rocé un velo invisible. Estaba en el umbral que me permitiría ver la naturaleza verdadera del bosque. Allí habitaba el Monte Tzinac, su rey, y sus hijas. Así que di un paso y luego otro, para así poder respirar por primera vez.
Mamá era una mujer dura. No concebía que en el mundo existieran regalos, dones. Todo debía costar, todo debía doler. En parte siempre tuvo razón. Cuando me oyó hablar de las brujas de Santa Águeda, del Rey de los Árboles, Rey del Monte, y todas las demás “fantasías” que pululaban en el pueblo, no se rio de mí, sino que me compadeció. Iba a caminar por el sendero más estrecho, el más peligroso. Las espinas se pegarían a mis vestidos, las ramas me lacerarían las piernas una vez me hubiera despojado del pantalón y del abrigo. Y no había garantía de alcanzar el otro lado. Bien podría quedarme a medias, convertida en una planta más, en un hongo que surge sin estaciones que lo rijan.
Para compensar las dificultades, y sabiendo que rechazaría cada una de las prohibiciones que me impusiera, mamá me enseñó a usar el cuchillo y el azadón, los pies y los dedos en la tierra, las voces para hacer crecer a las plantas y la agilidad al momento de sacar el jugo y los frutos para curar el cuerpo, y a veces también el alma.
Desde niña había visto a mamá manipulando el cuchillo que ella aseguraba no era para uso ritual, sino para alcanzar las raíces más profundas, el tubérculo encallado en el corazón de otra hierba. Mamá era bruja sin que yo lo supiera, y sin que ella quisiera decírmelo. No hacía falta, sabía que en algún momento lo comprendería, cuando estuviera siguiendo mi sendero y los pies se me cansaran y los dedos rasgaran el velo de la última frontera.
Estando en las profundidades de la floresta, recordé a mamá despierta a media noche. Debían ser las dos o tres de la mañana, y ella parecía tan plácida como si lo que estuviera haciendo no fuera sino un ejercicio de relajación. Papá todavía estaba con nosotras, pero al abrir los ojos y percibir la mirada de mamá, supe que él estaba muy dormido. Papá nunca fue un hombre valiente ni independiente ni nada. Gastaba su fuerza caminando de un lado para el otro sin concentrarse, era una cabra loca. Lo bueno de sus andares erráticos y de su necesidad de atención era que cuando su rostro tocaba la almohada, caía en un sueño profundo del que no despertaba hasta la mañana siguiente.
Espié a mamá porque se fue hacia la cocina, tomó algunas macetas donde sus hierbas y algunos chiles crecían junto a la ventana, y hundió sus dedos en la tierra. Cuando los sacó no se limpió ni nada, sino que tomó el cuchillo del cajón, el cuchillo especial y se fue con él hasta la puerta; la atravesó mientras en mi cabeza sonaba un murmullo rítmico de una escala infinita, circular.
Me había levantado de la cama sin ponerme pantuflas ni nada que pudiera delatar mis pasos. Con cuidado seguí a mamá por su deambular en la casa, hasta que su andar la llevó hasta la puerta, de la que salió como una centella en medio del aire.
Abrí la puerta temiendo que el rechinar de la madera me delatara, mas ningún ruido me acompañó al atravesar el umbral. Seguí las huellas frescas, que iban casi en zigzag. Un animalito errante, como papá, pensé, y me inundó una alegría tan profunda como para habitar el planeta entero. Las huellas seguían y seguían y se adentraban en el bosque, no demasiado, hasta un claro inundado por los hongos, ninguno de ellos venenoso.
Detrás de un árbol nudoso vi a mamá agacharse en la tierra, colocarse en cuclillas y soltar un suspiro que terminó en un canto bajito que iba elevándose y luego volvía a su volumen inicial. ¿Mamá era también una bruja? No lo creía, no de ella, así que entendí que algo debía hacer con las plantas, pues clavó el cuchillo en medio del claro mientras su voz seguía con el cántico, y su otra mano parecía navegar con las ondas del aire. ¿No era eso, después de todo, el acto brujeril, la raíz de las viejas escondidas en toda hembra?
No es hembra, no es hierba, no es árbol. No hay ningún rey de los árboles, hija, lo que hay es la Reina de las Herbas.
En el suelo había algo, una raíz o un tubérculo. Costó sacarlo. Los movimientos de las muñecas de mamá parecían complicados. Círculos y cortes en zigzag, casi como formando letras en la tierra, escarbando muy profundo hasta que el cuchillo no fue más que una asta señalando el descubrimiento, y sus manos se enterraron para extraer un bulbo blanco y brillante. De aquel tubérculo con forma de capullo emergía un resplandor blanquecino y azulado que, sin embargo, parecía profundamente oscuro, una luz espectral y contradictoria. Los ojos, por alguna razón, comenzaron a lagrimearme. Mamá empezó a levantarse, y yo corrí ya sin preocuparme por el ruido o los movimientos o cualquier otra cosa que pudiera delatarme. Tan solo tuve cuidado de no mojar mis pies y limpiarlos antes de entrar a casa, tiritando y sintiendo en el pecho una alegría tan honda que me costaba dejarla adentro de mi pecho.
Cuando mamá se asomó por la puerta, ya había controlado mi respiración y trataba de parecer una niña sumida en un sueño profundo y tranquilo.
No supe qué hizo mamá con el bulbo. Busqué en las plantas, en las macetas, teniendo cuidado de no lastimar ninguna cactácea ni planta ni flor. Mis dedos aprendieron a deslizarse en la tierra húmeda o reseca, mas el bulbo me fue negado. Donde hubiera permanecido sería para mí un secreto.
No volví a pensar en ello, hasta mucho después, cuando comprendí a qué planta pertenecía esa raíz, y lo que significaba. Al momento de hallarme tan cerca del Tzinac y del Rey del Monte, pensé en lo que había hecho mamá tantos años atrás, aunque no lo comprendí del todo. Recordé los movimientos que había hecho, y segura, deslizando los dedos en el aire, atravesé aquel umbral para conocer a las mujeres de las que había hablado mamá, a las brujas, a las herbas.
El bosque estaba atiborrado de luces. Algunas luminiscencias pertenecían a millares de insectos que flotaban o volaban por doquier, sin que por ello nos molestaran. Otras eran farolas colgadas en los árboles, hasta quinqués de petróleo. No había oscuridad en aquel lugar, y por eso podía ver las diferencias entre los troncos, los animales que pasaban de improviso por los claros, las tonalidades de los hongos y de las hierbas creciendo junto a los árboles, y las formas de los pies y las piernas y las caderas y pechos y rostros y cabelleras de las mujeres que bailaban tan cerca de un monolito que al principio creí de piedra: un vestigio de otra época, un símbolo que Santa Águeda hubiera olvidado. Al acercarme me di cuenta de que no era piedra ni artificio alguno, el “material” de aquel monolito no era otro que la madera. Era un árbol. Entonces alcé la mirada y me estiré para encontrar la copa, las ramas que, según decían, nacían en el tronco, pero se extendían hasta las estrellas. Así debía ser, ¿cuántos de nosotros no habíamos escuchado esas canciones junto a la hoguera cuando éramos niños? El árbol cósmico, el Rey del Monte.
A algunas de las mujeres que bailaban nunca las había visto; otras me parecieron familiares; entre ellas encontré a vecinas a quienes podía llamar por su nombre: Brenda, Xóchitl, Alondra, Marta, Citlalli, Aya. Madres, hijas y hasta abuelas, revoloteando con el viento y con el ritmo de tambores y flautas y voces convertidas en una música tan rítmica como emocional, y por tiempos espectral. Ahí, dando giros sobre sí misma, hallé el cabello, el aroma y los labios de Dalia.
Cuando captó mi mirada sonrió y se me acercó para invitarme a bailar. Otra vez, el sueño. Aquí no valían las palabras, ya lo sabía, así que respondí a la invitación, y empecé a mover mis pies, tratando de adecuar mi ritmo interno con el de ella y las demás mujeres.
Debieron pasar horas de música y baile antes de que percibiera una vibración cada vez más intensa en el suelo. Las ondas penetraban en nosotras a través de nuestras plantas, y nos cimbraban hasta las caderas y los pechos. Había algo, algo vivo que respondía a nuestro ritmo, a la invocación junto al fuego en una noche convertida en aquelarre. Las herbas, las herbas. Flotaba sobre la vegetación, sintiendo cada vez más una fuerza y un jolgorio en mis extremidades y en mi boca. Algo nacía, no de nuestro vientre individual, sino del de todas, el que compartimos con la raíz misma del bosque, más profunda y antigua que Santa Águeda o la región o el país… tan vieja como el mundo.
Un resplandor llenó nuestros ojos, y aunque los cubriéramos con nuestras manos, la luz las traspasaba. Ningún velo o barrera podría con esa luz. Del suelo brotaban tubérculos que, supe, eran los centenares de flores, Flores de Brujas. Ante nosotras, nacían las Aglaophotis, hermosas princesas de la luz y de la oscuridad, emisarias de lo fantástico, de la imposibilidad. Los tallos y sus ramitas se extendieron por doquier, llenando los claros con sus presencias. Los bulbos brillaban, pero cuando las flores nacieron, lo que brotó fue pura negrura, satín oscuro acariciando nuestros dedos y pantorrillas. Hojas con forma de espadas y corazones y círculos y flechas. Flores negras extendiéndose hasta cubrir el monte y a su rey, y a nosotras, sus hijas, sus hijas de carne.
Todas nosotras tenemos una labor. La aceptamos. La ponemos sobre nuestras piernas y tarareamos las canciones de nuestras abuelas. Algunas, quienes así lo quieren, se las enseñan a sus hijas y nietas y bisnietas. Hay quienes preferimos seguir cantándole al bosque y a las hierbas.
Esa noche yací con Dalia. Me envolví con su perfume y sus pétalos. Le di tanto placer como para convertirla en una cascada y luego en un lago plácido extendiéndose por el valle. Sus ojos llameaban cuando miraba mis labios, cuando se posaban en mis lóbulos o sobre mi cabello. “Esta eres”, repetía una y otra vez, como si no pudiera creerlo. “Esta eres y aquí naces.” Aprendí de ella cantos e historias, formas y sapiencia sobre las plantas. Sus hermanas la habían instruido y ellas también tenían palabras y voces para mí. Dalia utilizó su cuerpo y sus besos, y con ella permanecí hasta la lección final de aquella noche, cuando todo parecía al fin aquietarse y dormir de nuevo con la salida del sol. La planta, la flor de brujas, Aglaophotis, la de luz brillante, crece solo bajo circunstancias especiales. La danza, además de la noche, los cuidados y los rezos, es necesaria. Y sólo brota con la danza de las mujeres que siguen la senda de las hierbas y del bosque. “Nos han llamado brujas durante toda la vida, pero nosotras tenemos otra forma de hacerlo: herbas, hijas de la yerba y de los árboles, hembras de la vegetación.”
Dalia también me reveló que el árbol que crece en el Tzinac no es macho, sino hembra. Es la Reina de las Herbas, nuestra madre erecta.
Después, continuó la lección.
Pienso en la madre y en Dalia, en Santa Águeda y en la danza, que se repitió otras tantas veces, al igual que mis encuentros esporádicos con Dalia. Abandoné Santa Águeda sin olvidar sus danzas, sus cantos, la magia. Salí del pueblo para estudiar y terminé encontrando a un hombre del que intenté embarazarme, no porque yo lo quisiera ni porque fuera una ilusión escondida tras los pliegues de mi ropa, sino porque así debía ser. Y luego sufrí el engaño, el abandono, porque él quería tener hijos y yo jamás podría dárselos. Todo eso lo sabía, y a pesar de todo lloré algunas noches. Mi vientre, sin embargo, tenía otro destino.
Mamá se quedó con el bulto, el tubérculo aquel que una noche vi cómo era extraído por sus manos. Era, sí, una Aglaophotis. Mamá la escondió en el jardín, junto a un árbol de durazno, donde yo jamás podría verlo, aunque estuviera destinado para mí. Cuando me fui de Santa Águeda ella me lo dio y no tuvo que explicarme más, pues Dalia ya me había dicho todo.
Las herbas estamos unidas a la tierra, pero también, como nuestra Madre, nos extendemos hacia el cielo, pretendiendo que con nuestros dedos extendidos podremos tocar las estrellas. Así ha llegado la noche, esta noche, en la que me muerdo los labios mientras espero a que la raíz de Aglaophotis se asiente en mi vientre después haberla colocado sobre mi ombligo. La absorción ha sido lenta e indolora. El cosquilleo, ese sí, es inevitable. Puedo ver en mis brazos y piernas cómo se mueven los pétalos oscuros que, sin embargo, brillan. La luz negra emerge de las puntas de mis dedos, y me siento como un manojo de nervios a punto de ser desatado. Eso es lo que hace la Flor de Brujas, pues absorbida en nuestros vientres, es capaz de darnos algo que nada más puede otorgarnos. Ella tiene la propiedad de elevarnos. ¿Qué sería de una bruja si no pudiera reclamar también los cielos y cantarle algunos versos a la luna creciente? La Aglaophotis ilumina mi interior. Es el momento, así que salgo de casa y miro el jardín que pronto ha de ser sembrado con estos retoños que yo misma haré nacer de la tierra. La hierba cosquillea en mis plantas cuando doy un paso, y luego otro. Las plantas de mis pies ya no reciben el frescor de la tierra, sino del aire. En mi vientre una convulsión, es una risa con forma de canto o voces que hablan del aire y de las nubes. Extiendo mis brazos hacia el cielo, y estoy segura de que, si me esfuerzo un poco, podré rozar el halo de la luna con mis dedos.
Muchísimo esfuerzo de por medio, la escena que logramos recordar es la siguiente: justo por el centro de la angosta fila de butacas, un sujeto absolutamente teñido de rojo camina hacia el camerino con una maletita colgando de las garras, el torso desnudo y engrasado —cada uno de sus músculos marcados por la tinta y la gimnasia. Gronda es un demonio espantoso, pero, enfundado en la incógnita luciferina de su rostro, esta noche favorece al bando de los técnicos y en la función estelar se enfrenta a un toro mitológico: Psicosis, rudísimo de cinco estrellas. En un rombo de batalla de seis por seis: mano a mano, espectacular a dos de tres caídas, sin empate, sin indulto, sin límite de tiempo. Suena la campana en el entarimado de la Arena Azteca, axis mundi de un bodegón en la colonia San Marcos, Torreón, finales de 2019.
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El catch, wrestling, pororesu o lucha libre es una coreografía, un deporte de representación y, particularmente en nuestra sociedad mexicana, un espectáculo que funda su mitología encima y abajo del encordado. Hermanada con las academias olímpica y grecorromana, las artes marciales y las escuelas de combate, la lucha libre también escenifica un arquetipo entre doce cuerdas elásticas: la incógnita de las máscaras, el maniqueísmo de la batalla, la función coral del público, el histrionismo del luchador profesional. Cuenta la leyenda cuenta que La Bola se entretenía en la Arena en tiempos revolucionarios, y que la lucha libre llegó a nuestro país en los baúles atascados del circo Atayde y del Orrín.
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El ring de la Arena Olímpico Laguna, hundido entre las butacas de una suerte de palenque, se percibe pegajoso desde las primeras filas. Es nochevieja y todavía hace calor en Gómez Palacio, a medio camino de Torreón a Lerdo. Tres ciudades, dos estados. Se trata, ni más ni menos, que del epicentro de la lucha libre en la Comarca Lagunera. Blue Panther y Último Guerrero despiden el año con una clínica de llaves y candados, combate a ras de lona, lucha de maestros. De pronto, un mono baja a los niños del entarimado; otro trapea la baba, el sudor, también los mocos que empalagan la lona. Ya va a comenzar, lo sabemos, cuando el morro de la música detiene la última cumbia de Tropicalísimo Apache. Enseguida, los aplausos y la batería, los coros de Freddie Mercury en “We Will Rock You”, canto de batalla del último del clan guerrero —malla negra, vivos blancos, faldilla de cuero estampado. Ahora las sogas del cuadrilátero tiemblan a ritmo de acordeón, bajo sexto y saxofón: “La puerta negra” de los Tigres del Norte es la entrada oficial de la pantera lagunera—calzoncillo blanco, malla azul, chamarra clásica de luchador.
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Elementos de una función de lucha libre mexicana
Arena: palenque, rodeo o plaza de toros; sillas blancas o butacas, cheve y fritanga; palomitas, cheve, burritos de hielera; lámparas de tungsteno encima de un cuadrilátero —aunque en algunas funciones estelares aparece el hexadrilátero, más espectacular.
Ring: mano a mano, en relevos sencillos, australianos (3×3) o atómicos (4×4); la Atlántida, la cavernaria, el tirabuzón, la quebradora, la mística, el martinete, la hurracarrana, un candado al cuello o unas patadas voladoras; escenario y templo.
Luchador: actor y atleta, rudo o técnico, con máscara o de larga cabellera; en overol corto, calzoncillo o mallas, a veces capa; ellas casi siempre en leotardo; de los exóticos, el ritmo, la técnica de coqueteo y el flirteo, la chaquira; mi presentación favorita: en monito de poliuretano, ocho y medio centímetros, acabado artesanal, pintado a mano.
Réferi: tercero sobre el encordado, héroe y villano, autoridad del ring; tres palmadas, espalda plana, rendición; enemigo natural del público, carrillento por naturaleza, ágil aunque casi siempre panzón.
Público: indispensable; niños y niñas, a veces familias enteras; grupos de apoyo, pedorros, borrachos; señoras gritonas, mudos que les hacen un dos, ciegos que solo escuchan; cerveceros, vendedores, camilleros; yo siempre voy con mi papá.
Autoluchas: no es lo mismo.
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Por fuera y de día, la Arena México es en absoluto espectacular: luce como un cine abandonado, motel de mala muerte, okupa. Alrededor, la verbena popular de la colonia Doctores: fotografías, camisetas, gorras, juguetes, miniaturas, todas las máscaras que pude imaginar de niño. Hoy llegamos temprano con una misión en particular: mi papá quiere comer en los “Arroces del Baby Face”. La historia es la siguiente: Baby Face, antigua gloria del pancracio nacional, se trajo la receta de una gira en Japón y, en Doctor Carmona y Valle 17, mezcló el surimi, el camarón y el pescado con la garnacha mexicana. Un éxito total. Los platillos —todos con arroz al vapor—, desde luego llevan nombres de luchadores: a la Místico (sábana de pollo o de carne y salchicha), a la Blue Demon Jr. (sábanas completas de pollo y de carne y un omelette con champiñones), a la Latin Lover (sábana de pollo, salmón, camarón, callo de hacha, surimi y champiñones). Pedimos los que se llaman como nuestros luchadores favoritos: yo elijo el arroz a la Stuka, light, puro pollito, anticolitis; mi jefe se zampa un Apestoso Especial, el más bañado y también el más caro, servido al ritmo de la cumbia villera de Mr. Niebla, rey del guaguancó: camarón, surimi, carne, salchicha, nopales, pimiento morrón, ocho claras de huevo y champiñones.
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La playlist de la lucha libre mexicana es heterogéneo y ambiguo. En una arena local conocí la redova, el fara fara, la polca, el corrido; el pasito duranguense, la banda, el mariachi; las cumbias colombiana, texana y lagunera; desde luego, toda la música norteña que ahora canto de memoria. Ahí también escuché por primera vez “Thriller”, “Bad medicine”, “Seek & Destroy”, “Personal Jesus”, “Jump”, “Welcome to the Jungle”, “Kickstart My Heart”, “Bad To The Bone”, “Touch And Go”, “Cowboys Form Hell” … Tienen su lugar especial dos canciones de Rocky Balboa: una se escucha mientras sube las escalinatas del Museo de Arte de Filadelfia; la otra, durante la épica pelea vs Iván Drago en Rocky IV. Chicos de Barrio compuso una cumbia para una serie animada de Cartoon Network: ¡Mucha Lucha! Mención aparte, solo una. Originalmente escrita por Pedro Ocadiz en 1984 —e interpretada por el Conjunto África—, su versión más conocida es de la Sonora Santanera: “La arena estaba de bote en bote / la gente loca de la emoción / en el ring luchaban los cuatro rudos / ídolos de la afición” …
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Vimos “La lucha de la década” al mismo tiempo, PPV, en diferentes ciudades. 26/08/17, Arena Ciudad de México, Trimplemanía XXV. En el evento principal, máscara vs máscara entre Dr. Wagner Jr., leyenda lagunera, y Psycho Clown, de estirpe y tradición luchística en nuestro país. El video oficial en el canal de Lucha Libre AAA, en YouTube, dura exactamente 16:54 y, a pesar de las apuestas, la mafia y el chantaje, cada vez que lo reproduzco espero un resultado diferente, pero no. Al final siempre pierde Dr. Wagner Jr., revela la incógnita y dice ser originario de Torreón, más de treinta años de legado. No importa: los luchadores laguneros siempre perdemos la máscara: la Sombra y Último Guerrero vs Atlantis, Blue Panther vs Villano V, Black Warrior vs Místico, Black Tiger vs L.A. Park, Fishman vs Máscara Sagrada. Quizá por eso todos los cubrebocas que usa mi papá son una miniatura perfecta de máscaras de luchadores, costura del barrio en el que soñó debutar algún día en la Plaza de Toros Torreón.
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Doctor Lavista 189, colonia Doctores, CDMX, 2016. Muchas funciones después de que la lucha libre saliera del circo, un viernes de marzo llevé a mi padre a conocer la Arena México. Su emoción era la misma de Maradona saludando a Chespirito. Encima de nosotros, el mural que pintó Miguel Valverde para conmemorar el octogésimo aniversario del Consejo Mundial de Lucha Libre (CMLL): 30.5 metros de largo por 2.44 metros de alto, en él se observan las principales figuras del pancracio nacional y todas las máscaras que han caído en la Arena México desde los años treinta. Alrededor de nosotros, la gente, el olor y las emociones desmedidas de la lucha libre. Vinimos a ver al Stuka Jr., incluso hay una fotografía: los tres salimos abrazados, mi papá en medio, yo con una remera del Santos Laguna, sonrío. De niño, él me fotografiaba el jueves en la Arena Olímpico, el viernes en la Vicente Guerrero, el sábado en la Plaza de Toros, el domingo en la Aviación. Sin embargo, entre su afición y la mía hay una gran diferencia: yo nunca quise ser luchador pero, cómo mi papá, siempre quiero ir a una arena de lucha libre.
Al resto del mundo pronto podremos salir sin máscara.
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Las cosas como son y otras fantasías, Edición Anagrama
En la actual esfera pública el juicio moral ha ganado terreno y penetrado en la autonomía artística mientras el arte se ha replegando a ser el espejo transparente de las virtudes de ciudadanos de bien. Si el ciudadano obra mal, aunque haga arte edificante o bello, inmediatamente pasará a ser una obra cancelada por trasmitir la moral reprobable de su autor; en el mismo sentido, si la obra de arte representa atrocidades su autor es un desviado y pervertido.
Así se han censurado a Balthus, Nabokov, Hermann Nitsch, J.K. Rowling, Nick Land y un largo etcétera. Quien escribe ahora no está para abogar o condenar a éstos u otros sujetos morales. Pero lo cierto es que algo se pierde en la mera condena y el escarnio público. No estamos para decir si una obra puede excusar a un ciudadano indeseable o si una persona, a pesar de ser condenable, puede crear belleza. Ni una ni otra, sino parte y parte de una manera compleja y reflexiva.
Pau Luque con Las cosas como son y otras fantasías: Moral, imaginación y arte narrativo, merecedor del 48º Premio Anagrama de Ensayo en 2020, parece contestar este y otros asuntos sobre la tensa relación entre moral y ficción en virtud del complejo arte de la imaginación.
Es extraño, pero justo y necesario, que un libro como éste gane el Premio Anagrama de Ensayo ya que no son comunes los libros sobre moral o que se vendan como tal. Además de la tétrica Economía moral de Andrés Manuel López Obrador, no abundan las reflexiones sobre la moral. Ésta pertenece más al statu quo y quizá ahí está el problema y la necesidad del libro de Pau Luque. Rousseau está olvidado, algún despistado con ánimos de superación personal lee a Séneca, pero la moralidad que enjuicia las obras de arte es una idea etérea que se da como sentido común: “obrar bien, decir la verdad” sin parámetros claros.
El libro de Luque, aunque parte y es plenamente sobre moral, desborda y complejiza nuestra relación como sujetos morales con los artefactos ficticios que a veces aparecen como novelas o películas o canciones. No se trata de negar que exista arte inmoral o infame y que el buen arte deba ser norma. Tampoco que las fabulitas en forma de películas adolescentes encaucen nuestra vida moral, sino que desde la razón se pueda diferenciar unas y otras y que nuestra vida moral es más compleja que las polaridades.
En este punto vale la pena preguntarse de qué trata el libro Las cosas como son y otras fantasías. Aunque nos encontramos frente a algunos problemas. Porque trata de sí mismo: la filosofía de la imaginación moral de Pau Luque.
Hay obras que sólo son en sí mismas: se dan en su completud y complejidad, otras que uno puede explicar: tienen objetivos claros y una línea concreta. La de Luque es de las primeras. Para acercarse sólo se puede o por sus ejemplos -la materia de sus reflexiones, o sobre sus temas, los problemas que trata, sus desvíos, los señalamientos humorísticos y las anécdotas. Pero lo real es que el libro, y ahí radica lo brillante de la mente de Pau: es el intersticio. Lo que no es la sola exégesis de obras de arte ni filosofía moral dura. Sino las virtudes imperfectas de la imaginación del sujeto moral en un mundo complejo y metafórico.
Las cosas como son y otras fantasías: Moral, imaginación y arte narrativo (2020) promete mucho. Por el título uno sospecharía que es un tratado sobre cosas universales como lo real tal cual se manifiesta y lo es en algún sentido, pero también no lo es. Está estructurado desde tres obras que fungen como pilares para desplegar una teoría de lo real, la filosofía práctica y la ficción. Esos ejes son: Nick Cave, Lolita de Nabokov y El mar, el mar, de Iris Murdoch. A no ser que a uno personalmente le interese o inquiete alguno de los tres parecería que no habría razón clara de leer el libro. Pero, como fue mi caso, una vez superado el prejuicio de un gran músico pero que no es mi estilo, una novela que ha caído en una serie de lugares comunes y ciertos tabús en la cultura de masas y una novela de la que en mi vida había oído hablar, el libro repara en la lucidez filosófica y da mucho más de lo que promete. Sin sobreponerse a las novelas y canciones, ni hacerla menos, sino que al mismo ritmo la obra analizada y la reflexión filosófica de Luque danzan juntas en pro del pensamiento complejo que es una teoría del arte narrativo por qué no, universal.
Por ejemplo, en el caso de Lolita de Nabokov que quizá sea el que más interese por su lugar como categoría y prototipo en la cultura de masas y la vida cotidiana, Pau Luque le da un vuelco importante a lo que se cree es Lolita en la novela. El sentido común que hasta cierto punto está aceptado y por lo que es reprochable su lectura, es que Nabokov escribió una apología de la pedofilia al narrar como atractiva, provocadora y apetecible a una menor de edad. En este sentido, su personaje Humbert, quien es víctima, no sería el pervertido sino su autor, Vladimir Nabokov por celebrarlo y Lolita pasará a la historia como el estereotipo de las nenas malas que seducen a los pobres hombres maduros.
Cualquiera que haya leído Lolita con atención, dice Pau Luque, sabe que esto es falso. La lolita del sentido común y la cultura popular no es la Lolita de la novela escrita por Nabokov. Luque desarrolla su argumento contrapunteando con artículos doctrinales sobre la novela. La confusión que lleva a condenar a Nabokov y lo hace parecer un desviado es que en la novela su personaje Humbert intenta emanciparse y tiene pensamientos propios que mal leídos podrían parecer los del autor. Nabokov, en cambio, lo que estaría haciendo es poner al lector en la posibilidad de imaginarse a sí mismo intentado justificar acciones viles encarnadas en un personaje que tiene agencia de imaginar. Leerlo como un defensor de la pedofilia es leerse a sí mismo como alguien a quien la narración lo convenció y quizá él sí legitime esas acciones atroces, no Nabokov. En lo que él pecaría, en todo caso, es en hacernos saber que con las palabras correctas cualquier vileza puede ser una seducción aceptable. Ahí reside el poder de las narraciones, en hacer comestible lo atroz y peor: hacerlo digno de antojo. Mediante una prosa bella y un lenguaje quirúrgico hacer pasar una relación de abuso por amor y expone a la sociedad que juzgará su novela. Es la exposición de los mecanismos que nos rigen a todos: falta moral y justificación. A través del poder de la seducción de un hombre y su exposición con un lenguaje embelesado.
Para ilustrar y exponer sus ideas desfilan casos incómodos o dignos de pensarse como la película Joker, la reciente novela El funeral de Lolita de Luna Miguel, Temporada de huracanes de Fernanda Melchor y la firma de no fumador contra la prohibición del tabaco del filólogo Francisco Rico y una serie de eventos culturales y anécdotas para escarbar en la tensión de la imaginación y los sujetos morales que la produce y ven. Los acompañantes de Luque en su descenso al infierno de la moral contemporánea son Ferlosio y Bernard Williams.
La exégesis de la literatura en la academia suele caer en el formalismo y la prensa periodística en datos y el mero anecdotario. Algunas veces la reflexión llega a puntos filosóficos serios. Pero más allá de buscar “la filosofía” de tal o cual novela cual mantra, Pau Luque acierta cuando afirma que sobrepasando “los intereses filosóficos que las novelas pueden despertarnos, lo que es indudable es que todos tenemos una vida moral y por eso sucede el reconocimiento con las historias o fabulitas”. La de este libro, es una teoría para el ser humano que existe en sociedad. Los ejes son claros, pero eso no lo aleja de reflexionar o abrir el paso para pensar cualquier dispositivo narrativo que le haya afectado en la vida al lector en turno.
La categoría que el libro de Pau Luque propone es el arte himenóptero que anida la teoría del arte panal* y panal **. La primera es la narración cuyo motor y miel es la imaginación y en ciertos casos se apoya y completa los espacios con datos reales. El segundo es cuando se parte y estructura con eventos reales y lo que sabemos de facto no alcanza para encadenar el relato, se usa la imaginación para rellenar.
Al inicio del libro afirma, según una plática con un físico que tuvo, que el cosmos se formó tras un espasmo, una contingencia, que hizo que Luque y todo lo que existe esté en su lugar y no en otro. Por ejemplo, que él en lugar de vivir en México y España viviera en Vilafranca del Penedes o ustedes y yo, en lugar de leer español leyéramos esta reseña en checo y en otro espacio distinto. Esa teoría del espasmo del universo dice que no es que ese otro escenario no existe, sino que es posible que exista. Lo que hay entre uno y otro espacio, ese intersticio es la miel del espasmo, la rebaba que diferencia esta vida como la conocemos y otra distinta si el espasmo hubiera arrojado hechos distintos. Es entre uno y otro un espacio invisible del que se nutre la imaginación y el arte.
Los artistas himenópteros median y cuidan esos campos mientras empujan la imaginación hacia todos esos yoes y mundos posibles que no aparecen como actuales. Murdoch, según Luque, no imitaría en la estructura de su novela una vida, sino al mismo movimiento del espasmo. Por eso en El mar, el mar no hay mucha justificación en algunos eventos y tampoco importaría tanto siendo que la imaginación es lo que estructura y mueve. Es una concatenación de escenarios artificiales cuyo hilo es la mera imaginación. En muchos sentidos sería arte autónomo: el arte por el arte. Pero por su trama uno siente la necesidad de enjuiciar moralmente a sus personajes.
Esa idea, la del arte himenóptero es una buena herramienta para navegar en la cultura contemporánea. Permite ver de otra forma los fundamentos y posicionamientos de los autores frente a la obra y la realidad. Pienso que ahí radica la importancia de una obra de arte, una novela, un tratado filosófico o una canción: en cambiar y expandir la mirada de quien se adentró ahí. Al principio, cuando enumeré los vicios del statu quo respecto a la moral yo me incluía. No sé en realidad si se lea sobre moral –yo no lo hago –pero después del libro de Pau Luque mi mirada y consciencia respecto a mi vida moral y su relación con la cultura cambió. También me veo tentado a releer lolita y buscar a Iris Murdoch. A Cave lo he escuchado diario desde entonces.
El libro genera nuevos intereses y hacer ver distinto. Impulsa a generar un juicio razonado y complejo en pro de esa golosina que es la miel del espasmo del universo. Velado, pero a través de todas sus páginas y con un último y feroz alegato, es un manifiesto a la formación política que incluya la complejidad y las virtudes imperfectas de la imaginación para un tiempo en que el arte político complejice y no adoctrine y las fábulas no produzcan empatía ni reconocimiento sino potenciales conocimientos políticos de la otredad.