Recuerdo que le entregué mi resignación al insomnio. El círculo vicioso de la luz azul continuó alejándome del sueño con cada deslizamiento que mis dedos hacían sobre la pantalla del celular. En algún punto de la noche brotó, inadvertido y sobrio, un recuadro negro. La presencia de la imagen en mi Facebook estaba pagada por publicidad de una página extraña. La partía en dos un texto breve, en letras blancas: You deserve to live in fear.
¿Merecía vivir con miedo? La consigna me pareció la jugada comercial de alguna película de terror próxima a estrenarse. La hubiera ignorado en su totalidad de no ser porque noté, casi al deslizarme de nuevo, que estaba decorada por dos runas Algiz. Estoy seguro de que tú las conoces: quítale el círculo al símbolo hippie de la Paz y te quedarás con la Algiz invertida, sello de la muerte. Con los tres picos hacia arriba, la misma runa representa al hombre, a la protección de la vida.
La clave dialéctica del mensaje me obligó a entrar a la página. Con menos de 4,000 seguidores, se llamaba HOLY TERROR. Un par de publicaciones me bastaron para llenarme de una extrañeza incómoda: estaba poblada por posters tricolores (negro, rojo y blanco) que se valían de una estética heterogénea.
Uróboros, vírgenes, cruces, runas, dragones, soles negros y dharmas convergían en un repertorio de simbolismos en el que estaba disuelta una cantidad enorme de religiones. Aparentemente, a todas las hermanaba cierto culto a la guerra y a la muerte, reversos necesarios de una vida en paz. Las imágenes estaban siempre acompañadas por imperativos parcos: Rechaza la modernidad, Asciende, Reina como un rayo desde las alturas, Conviértete en el vacío, Acepta el miedo.
La página tenía una tienda en línea, en la que se vendían sus diseños estampados sobre camisetas de algodón. No pude evitar reírme, confundido aún.
Las reacciones de cada publicación eran escasas: hay más gente reunida en la sala de un cine de pueblo. Sin embargo, los adeptos eran constantes y fieles. La mayoría de los perfiles tenían orígenes anglosajones; algunos, innegablemente hispanos. Todas las cuentas coincidían en contener poca información de la persona que la administraba, pero muchos, muchos memes antisemitas y propaganda con tintes fascistoides.
Todos los usuarios eran proclives a repetir, bajo cualquier excusa: Reject modernity, embrace tradition.
II
Fascismo es una moneda desgastada, en busca de un nuevo troquel. Desde la segunda mitad del siglo XX hasta la fecha, la izquierda y buena parte de los sectores liberales se han ocupado en usar el término como un peyorativo en el que se agrupan, sin distinción y todos juntos, a los componentes políticos e ideológicos de la ultraderecha. Incluso conductas discriminatorias como la xenofobia y el racismo suelen nombrarse con el epíteto de fascistas, sin el uso de mayores intermediarios.
Autores como Robert Praxton han definido al fascismo como un comportamiento político marcado por una preocupación obsesiva por el declive, la humillación o el victimismo de la comunidad, así como por cultos compensatorios de unidad, energía y pureza. En este sentido, el fascismo surge en estrecha complicidad social: Hitler asaltó el poder, sí, pero antes estuvo respaldado por el 33% de los votantes alemanes.
El asunto que le compete a este ensayo no es el fascismo, sino el criptofascismo: el arte de disimularlo a través de la política y de la iconografía. Un nazi, prácticamente caricaturizado por el paso de las décadas y de millares de producciones audiovisuales, se presenta ante nosotros como un energúmeno irracional, aficionado a abalanzarse contra enemigos inocentes con tal de satisfacer sus deseos superlativos de poder. Por ello es fácil identificarlo y marcar su frente como si fuéramos el teniente Aldo Raine, cuchillo en mano. Pero ¿qué pasa cuando el propio fascista pareciera eludir los adjetivos que se vacían sobre su reputación?
En la respuesta a esa pregunta reside el problema más urgente de nuestro siglo.
III
Internet ha demostrado que una broma no siempre es una broma. El usuario común le ha suministrado cierta difuminación semántica a su discurso con el fin de disfrazar sus filias bajo la máscara de la provocación, ingenua y divertida.
Como siempre, 4Chan patentó el modus operandi. El primero de los antecedentes que se me vienen a la mente ocurrió el 12 de julio del 2006, en la página del juego infantil Habbo Hotel. Probablemente llegaste a participar en la plataforma: te permitía formar parte de salas de chat dentro de un hotel, simulando la experiencia social genuina. El raid de los miembros del tablón /b/ de 4Chan consistió, llanamente, en ingresar todos al mismo tiempo con la intención de bloquear el acceso a la piscina. Aquí va lo memorable: los avatares, de piel negra y con afros, estaban parados en formación de esvástica. Advertían al resto de los usuarios que la piscina estaba cerrada debido a la presencia de mantarrayas infectadas por VIH.
Nótese el binomio: una comicidad absurda usada para camuflar iconografía (y, desde luego, también discurso) explícita. Sin duda, se podría argumentar la perfecta inocuidad de los raids como un simple medio de troleo políticamente incorrecto… de no ser por su fijación inamovible. En agosto del 2012, la marca de refresco Mountain Dew propuso una dinámica de votación en línea para elegir el nombre de una nueva bebida. Al enterarse, un usuario de 4Chan llamó al resto a votar por una serie de nombres ofensivos. El primer lugar se exhibía en la punta del listado, como un sol: Hitler did nothing wrong. No contentos con bautizar a un refresco de manzana a partir de la supuesta inocencia absoluta de Hitler, una flota del equipo se encargó de hackear la página de la votación para agregarle una nueva cabecera: Mtn Dew agradece al Mossad israelí por demoler tres torres durante el 9/11!
El antisemitismo virtual contemporáneo, primero usado como broma y después ensalzado como la reivindicación de una advertencia, ha permanecido empotrado con honores en el círculo de las fobias del fascismo. Hubo un tiempo en el que abundaban los chistes que buscaban banalizar al holocausto en pro del humor negro: desde los jabones hechos de Ana Frank hasta la sabida diferencia entre un judío y una pizza.
Sin embargo, el tablón /pol/ permitió que en la última década cuajara con la firmeza necesaria el resurgimiento de discursos viejos, retocados con nuevas conspiraciones. La propaganda en turno dicta que el holocausto no pasó, y si pasó, no pasó como se dice que pasó. Camuflados, mensajes como el anterior llegan diariamente a millones de adolescentes despistados a través de memes.
Hace no mucho me topé con la imagen de un doge hablando a la pantalla, con un gorrito de panadero encima: ¿De verdad me está pidiendo 6 millones de panes? No lo sé, señor Adolfo, nuestros hornos no tienen esa capacidad.
IV
El criptofascista, consciente de su condición como proscrito mediático, aprendió que el odio es tan maleable como el humor; por ello diluye a ambos en el mismo recipiente. La estrategia ha funcionado: en nuestro país, de vez en cuando, aparecen páginas de memes tercerposicionistas que sobreviven a la censura gracias a su manejo discreto de las palabras y las imágenes.
Gradualmente, se han ido desplazando las mofas por manifiestos de nostalgia reaccionaria. Páginas como la que conocí por accidente durante mi episodio de insomnio son más que comunes en ciertos nichos de varias redes sociales. A los administradores no les importa delimitar estrictamente las ideologías con las que compaginan: les basta con anhelar pasados más dignos, tradiciones inexistentes, cualidades perdidas. Bajo las cenizas de una estirpe buscan más madera para incendiar al presente.
La radicalización es una apuesta de velocidad. Como si estuvieran hermanados por un pacto oculto, los fascistas, anarcocapitalistas, nazbols, primitivistas y militantes virtuales de otros grupos se han inclinado por la heterogeneidad y el caos en su propaganda: de momento sólo buscan despertar, con la mayor discreción posible, alguna chispa de rebeldía o hartazgo en el poblador promedio. Para ellos, rechazar a la modernidad significa fundar un presente nuevo, tramado sobre un pasado falso.
Y para que ocurra, hace falta quemarlo todo.
Créeme: tenemos mucho que hablar al respecto.
Ampuero, María Fernanda. Sacrificios Humanos. Páginas de Espuma, 2021
¿Cuánto vale la vida de una mujer? ¿Cuánto vale el sufrimiento, el sacrificio de una latinoamericana? Estos cuestionamientos, al igual que otros más duros y, me atrevo a decir, necesarios, rondan el libro desde el primer cuento1: “Biografía”, en el que asistimos a un sacrificio voluntario convertido, no en un proceso “odínico”: donde el personaje encontrará la sabiduría después del sufrimiento, sino tan solo el sustento económico en medio de una situación semejante al de las novelas góticas de principios del XIX. En “Creyentes”, por ejemplo, la atmósfera imperante es la de una distopía (ya tan parecidas a las realidades de Latinoamérica, Medio Oriente o África Subsahariana) que mantiene ese toque de perversión y religiosidad trastocada mediante la presencia de los “creyentes”, hombres religiosos blancos muy parecidos a los miembros de asociaciones religiosas como la de los mormones.
¿Qué quiero decir con esto? O, mejor dicho, ¿qué nos quiere contar María Fernanda Ampuero (Guayaquil, 1976) en medio de una realidad violenta para las mujeres, para las minorías, e incluso para los habitantes de regiones periféricas como la latinoamericana? En Sacrificios humanos existe un discurso narrativo que permea hacia territorios que nos hablan de la realidad sociopolítica, tanto de Ecuador, aunque no se nombre, como de otros países que sufrieron, y siguen haciéndolo, el ejercicio de una dominación proveniente de alguna otra parte, aunque no sepamos de dónde.
Al ir leyendo las historias sobre mujeres agredidas por monstruos cuyas corazas sobrenaturales terminan cayéndose y dan paso a violadores, acosadores y asesinos, o sobre cuerpos femeninos en constante estrés al recibir las campañas crueles e incesantes de la publicidad, de la sociedad o de la misma familia, para ejercer su dominación sobre un tipo específico de cuerpo. De cierta forma, María Fernanda Ampuero nos quiere hablar y exponer sobre las distintas violencias en contra de las y los oprimidos. En dos cuentos hermanos, “Elegidas” y “Hermanita”, se expone la insatisfacción de seres humanos cuyo único crimen parece ser el haber nacido mujer. Porque una mujer “debe” tener una estructura heredada por siglos de opresión, de un mandato dirigido por el heteropatriarcado erigido en sociedades tan machistas como son las de América. El problema en ambos cuentos radica en el amor de las mujeres, en el deseo de las mujeres, y en la incapacidad de los otros (aunque éstos también sean mujeres o también sean familiares) de valorarlos tal cual son, sin necesidad de que “lleguen a convertirse en el ideal”.
El asunto del cuerpo, gordo, asimétrico, pigmentado, peculiar, único, languidece ante la necesidad de los demás, de quienes tienen voz, de convertir la materia en una serie idéntica de formas y pulsos. En cambio, el agente anómalo en “Elegidas” es la voz colectiva, y aun así, singular de las mujeres que desean a hombres bellos, y no pueden tenerlos, poseerlos, ser uno con ellos; y esa voz anuncia una forma nueva de saciarse, no por medio de la homosexualidad o la exploración lésbica, sino a través de un postulado enérgico que convierte, a la manera de Alan Moore, la palabra en magia, en creación. Las mujeres “elegidas” del cuento no son atractivas para los estándares de los jóvenes deseados, y esto las convierte en parias, en outsiders, hechiceras que se alimentan de su propia insatisfacción y que conforman un juego nuevo: el de la mujer-monstrua, la mujer-bruja.
Como nos ha mostrado ya en Pelea de gallo, María Fernanda Ampuero mantiene su gusto por lo monstruoso, especialmente reconocible en los cuerpos de mujeres o de niños. En su obra no existen hombres deformes. En la mayoría de las ocasiones esa perversión se presenta en la psicología violenta o incluso ajena e indiferente, hacia sus compañeras. Esto se observa en otro par de cuentos gemelos, “Edith” y “Lorena”, cuyos títulos reflejan el nombre de las protagonistas, y que además mantienen la psicología de las personajas en un imperante deseo que no puede desprenderse de su otro, de su hombre, que poseen como si fueran objetos, primero deseados, para pasar al desecho de ellos por resultar al final inconvenientes, violentos, peligrosos para ellas.
El lenguaje sexual toma mayor importancia en Sacrificios humanos a comparación del anterior libro de Ampuero. Es inevitable la comparación debido a la elección de títulos hechos con una sola palabra, a la brevedad elegida que golpea desde el principio al lector, pues la sorpresa pareciera estar presente desde el principio, y al ejercicio del lenguaje de una manera artesanal y virtuosa para generar una narrativa de la violencia tan única que, desde ya, lleva el nombre de “ampueriana”. He mencionado la importancia de la carne para la autora, quien deja que sean sus personajas y narradoras quienes expresen lo que ha quedado velado de muchas maneras, gracias a la educación religiosa o a la violencia impartida contra las mujeres. La sensualidad femenina en cuentos como “Edith” mantienen una especie de perversión señalada para contrastar lo que sí es permitido con lo que no. El mandato de la “buena madre” es transgredido para hablar del placer mismo, en apariencia simple, y por lo mismo poderoso, de una mujer sin adjetivos.
Cabe mencionar que este libro no es exactamente un libro “de terror”, al menos no como se entiende el género de manera formal. Si bien es cierto que en los últimos años ha surgido una nueva ola de escritoras y escritores cercanos al género, abanderados por Mariana Enríquez desde Argentina, muchas de estas narrativas pertenecen más al registro de “la narrativa de la violencia”, aunque circundan de una u otra forma el género, ya sea por la mención de las películas de terror, como en los relatos “Hermanita” o “Sanguijuela”, o mediante la caracterización de un personaje deformado o “aberrante”, en “Invasiones”, “Biografía” o “Freaks”. Esta deformación no es otra más que la del monstruo, la del freak, o la del outsider, como se dice en “Hermanita”: “Puritita periferia”. Tod Browning y su película de contrahechos2, de personas afectadas por diversos problemas fisiológicos, está siendo proyectada mientras María Fernanda Ampuero destila su prosa aguerrida, violenta y hermosa, haciéndonos saber a nosotros, como lectores, que los monstruos están en todas partes, que incluso en nosotros habita ese sempiterno otro que al mirarse en el espejo no se reconoce, y que es incapaz, en ciertos momentos de proyectarse en su compañero, de ser empático. Somos, nos dice Ampuero, seres ambivalentes, monstruos que sufren por su deformidad, y monstruos que hacen sufrir por su violencia ejercida.
En Sacrificios humanos vive el dolor, la sangre, la envidia y la pena sobre el propio cuerpo, la deformidad, la violación y la desidia. Vive un horror físico que no utiliza alegorías ni metáforas, sino que es directo. Quizá por lo mismo los cuentos de María Fernanda Ampuero son breves, pues no podríamos resistir más. Con los golpes contundentes de sus relatos tenemos suficiente para ser puestos sobre la lona.
Buena tarde a todxs los del buentrip, mi nombre es Carlos Ramírez y estoy buscando hoteles u hostales en donde pudiera haber presencia paranormal. Preferentemente que alguno de ustedes haya vivido el suceso y no que alguien se los contara. Les agradezco infinitamente sus recomendaciones y los detalles de su experiencia, buena vibra para todxs.
Enviado por Carlos Ramírez, 6:12 p.m., 8 de agosto del 2019.
Las últimas tres veces que he visitado la ciudad de Morelia me he quedado en el Montalbán, tres estrellas y media pero muy bonito y limpio. La primera vez pensé que la habitación que me habían asignado tenía una fuga en el baño, pues gran parte de la noche escuché correr agua y no pude dormir. Llamé a recepción un par de veces, vinieron, revisaron y nada. Lo curioso fue que al despertarme el piso del cuarto estaba mojado y resbaloso, pero no se veía de dónde podía salir la corriente. Cuando estuve a punto de marcar otra vez a recepción alguien llamó a la puerta: era la señora de la limpieza y estaba lista para secar el aguacero. Me preguntarás en dónde está lo verdaderamente extraño en toda esta historia, pues en que la señora entró por un momento al baño para exprimir el trapeador y tirar el agua de la cubeta y jamás salió. ¡Estuve media hora sentada en la cama, casi sin moverme, aterrada, preguntándole si se encontraba bien! Cuando pedí auxilio y vino el encargado al cuarto no encontramos a la mujer por ningún lado. Las otras dos visitas también resultaron muy extrañas, en otro momento, si gustas, te cuento los detalles, pero si buscas un hotel raro es ése.
Respuesta de Katia Dorantes Solórzano, 8:40 a.m., 9 de agosto del 2019
Yo tengo mucha suerte para los hoteles raros, pero nada que no pase de un grifo que se abra a media noche o que se apague una lámpara sin motivo alguno, pero en San Miguel de Allende nos sucedió algo muy aterrador. Mi esposa y yo viajamos allá porque asistimos a una boda el mes pasado. Nos hospedamos en Boutique Arcángel, una casona vieja que la verdad no vale lo que cuesta pero esa es otra historia. El lugar tiene únicamente 23 habitaciones y nos asignaron la número 22, aún conservo el comprobante de la persona que en gerencia nos documentó el acceso. Y bueno, todo iba bien al principio, asistimos a la boda y regresamos como a eso de las cuatro de la madrugada para dormir un poco, pero cuál va siendo la sorpresa que nuestra habitación ya había sido entregada una hora antes supuestamente por nosotros. La reservación quedó a mi nombre, yo me apellido Alvarado Garibay. Las personas que abandonaron la habitación eran un matrimonio y el sujeto se identificó con mis apellidos. Desde luego lo primero que pensé fue que se trataba de una broma, pero luego me molesté bastante porque el problema se tornó muy serio. Tuvo que llegar el gerente, revisamos las cámaras y ahí va lo peor: aunque no se alcanzan a apreciar los rostros que salen del cuarto te puedo jurar que mi mujer y yo abandonamos el hotel sin haber estado en él.
Respuesta de Joel Alvarado, 11:21 a.m., 9 de agosto del 2019
Estimado, Carlos:
Te sugiero visitar La cabaña de Nora en Tepoztlán. Con un par de meses de anticipación pide la cabaña acacia, todas las cabañas tienen nombres de árboles: acebuche, encino, alcornoque, pero acacia es la que te recomiendo para vivir algo verdaderamente paranormal. He estado en cinco ocasiones para comprobar y grabar los sucesos, de hecho puedes buscar los videos en mi canal de youtube, escribe experiencia de Mayra R., en la cabaña de Nora para conocer detalles. La primera vez estuve acompañada de mi madre, que ya es muy mayor, de eso hará unos dos años. Dormí profundamente porque el sitio es indudablemente relajante. Pero mi madre, que duerme poco, me dijo que estuve hablando prácticamente toda la noche, como si hubiera sostenido una conversación con alguien. Yo no tenía información o conocimiento de que hablara dormida, así que me intrigó el hecho y en la segunda noche dejé funcionando la grabadora del celular. A la mañana siguiente mi madre dormía profundamente y supuse que no volví a hablar dormida, pero me llevé la sorpresa de mi vida cuando comencé a escuchar fragmentos del audio. En efecto hablé casi toda la noche, otra vez, pero lo terrorífico es que la conversación la sostuve con alguien que evidentemente no era mi madre. Si revisas mis videos, es la voz de una niña pequeña la que está conversando conmigo.
Respuesta de Mayra R., 11:38 a.m., 9 de agosto del 2019
A mí me asustaron en el Gran Mesón de Zacatecas el año pasado, en el cuarto 209, aunque a otros familiares que estaban hospedados allí también les pasó algo similar, así que puede ser que suceda en todos los cuartos del hotel o en el segundo piso. Pero bueno, para no hacerte el cuento largo, lo que conversas durante el día o lo que ves en la televisión, se repite constantemente en forma de eco en el transcurso de la noche. No sé si alguien que sepa de ciencia lo podría explicar, pero independientemente de eso sí da muchísimo miedo escuchar a tu propia voz resonando en las paredes.
Respuesta de Darío, 7:09 p.m., 10 de agosto del 2019
No manches, Katia, ya sé cuál hotel de Morelia dices. Uno que tiene unos arquitos y una fachada tinta con un portón muy grande. Hace como tres años nos quedamos hospedados allí con mis compañeros de la universidad y a un amigo mío le tocó el caso de la señora que le fue a limpiar el cuarto muy temprano para luego desaparecerse adentro del baño. Mi amigo se puso súper enfermo de los nervios porque tampoco la vio salir y durante horas pensó que algo muy grave le había ocurrido. Lo juzgamos de loco y mira.
Respuesta de Paulina Gutiérrez, 11:24 p.m., 10 de agosto del 2019
¡Qué barbaridad! Estoy tomando en cuenta los hoteles que han mencionado para no ir a meterme nunca en ellos. De antemano, gracias, y de corazón espero que sólo hayan sido hechos aislados que no hayan afectado su tranquilidad. Yo suelo viajar muy a menudo a Monterrey, por mi trabajo, y sólo he descartado un hotel por los motivos que aquí comentan. Me pasó en Plaza Regio, ubicado en la macroplaza. Siempre viajo sola y era la primera vez que me quedaba allí. Todo marchaba bien hasta que una tarde recibí una llamada a mi habitación por parte de la gerencia, que si podía bajar para hacer una aclaración importante sobre mi estadía. Cuando mencionaron el problema no lo podía creer. Lo primero que me indicaron fue que mi reservación era para una persona y que por lo tanto nadie podía acompañarme al cuarto, que ya eran varias veces las que había ingresado con otra persona sin autorización. Al principio me ofendí, pero cuando me pusieron las imágenes de las cámaras me puse como loca, pues en el ingreso, en el elevador, por los pasillos y en la entrada de la habitación, me acompañaba siempre una mujer mayor. Lo que me dio más terror en todo ese relajo es que la anciana parecía una persona común: no flotaba, no desaparecía, no actuaba extraño. Admito que por años esa situación me afectó severamente los nervios, y a veces me sigue dando vueltas la cabeza cuando lo recuerdo, sin embargo si estas buscando una experiencia así y eres de mente fuerte, adelante, ya tienes el dato.
Respuesta de Mayra Arroyo, 8:50 p.m., 11 de agosto del 2019
Me parece de gente muy ignorante que vengan a escribir tanta tontería a un sitio que se dedica a decirnos si un hotel tiene buen servicio, ubicación, limpieza, amabilidad, etc. ¿Cómo pueden creerse tanta mentira? Ya hasta promocionan sus canales de YouTube, por favor, qué horror, en qué mundo viven. Carlos Ramírez, deberías irte a buscar a los charlatanes de la televisión y no llenar de basura esta página que hasta tu post era muy útil. Ignorantes!!!!
Respuesta de Ana María Andrade, 9:11 p.m., 11 de agosto del 2019
Hola, Paulina Gutiérrez, es el mismo hotel que me describes, el de los arcos y color tinto. Se llama Montalbán y sí está súper grueso lo de la señora que se esconde en el baño y ya no sale nunca, espero que tu amigo lo haya superado. Para la próxima vez créanle, no sean malos, son cosas que no se pueden explicar pero que sí suceden. Yo he vuelto, como les contaba en mi primer post, otras dos veces después de lo de la señora del baño, lo malo es que es un hotel muy pequeño y no tiene tantas cámaras de seguridad como para comprobar en imagen. Pero es una señora de unos 60 años, castaña, frente amplia, nariz pequeña, que puede parecer todo menos un fantasma. Yo regresé a los tres meses porque mi familia me metió en la cabeza que había sido una broma, que hay construcciones que tienen puertas falsas y que seguramente en el baño había una y que sólo se burlaron de mí. Así que no me quedé con la espinita y regresé, pedí el mismo cuarto, un rollo para que me lo asignaran, pero ya que estuve adentro me puse averiguar y ninguna puerta falsa, todos los azulejos colocados en su lugar. Esperé escuchar el agua correr como la primera vez y nada, pero me pasó algo extrañísimo, la televisión se prendía y apagaba a cada rato, como unas tres veces, hasta que decidí desconectarla, jalé el cable y no quedó algo en el contacto, pero como a las dos horas se volvió a encender. Explíquenme cómo es que puede pasar algo así.
Respuesta de Katia Dorantes Solórzano, 9:13 p.m., 11 de agosto del 2019
Hola, Katia, yo soy de Morelia y mi casa está a un par de cuadras del Montalbán, me sé la historia del hotel de cabo a rabo, que hace como 30 años fue una casa de retiro espiritual de las hermanas del Sagrado Corazón y de los pobres. El hotel es relativamente nuevo, mi mamá fue recepcionista de ahí diez años, y ese reporte de la señora que desaparece en el baño no es tan nuevo aunque, me dice mi madre, es muy raro que pase. No todos los huéspedes tienen esa experiencia. Acá en Morelia es más un mito o una leyenda urbana que una historia de verdad, estamos acostumbrados a escuchar que en el Montalbán suceden cosas inexplicables. En fin, perdón por andar de metiche, yo sólo estaba buscando un hostal en la ciudad de México y me ganó el morbo. Saludos a todos.
Respuesta de Diana Falcón, 11:34 p.m., 11 de agosto del 2019
Estimados usuarios del Buentrip.com:
Reciban un cordial saludo de la cadena de hoteles más grande y más segura de México. Tenemos servicio en 38 ciudades de la República con habitaciones espaciosas y cómodas para que tú y tu familia pasen una estadía en total comodidad. Todos nuestros hoteles cuentan con alberca, gimnasio las 24 horas, servicio de lavandería y tintorería. Además de una caja de seguridad dentro de cada habitación. Somos especialistas en brindar la mejor información sobre los sitios turísticos de cada lugar, además ponemos a tu disposición servicio de taxi privado, así como estacionamiento exclusivo. Nuestros restaurantes cuentan con un menú delicioso, sano y nutritivo, que incluye platillos típicos de la región a un excelente precio. Contamos con aire acondicionado y calefacción, así como servicio de cafetería las 24 horas.
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Respuesta de Express Country Service, 7:01 a.m., 12 de agosto del 2019
Buena tarde, otra vez, a todxs los del buentrip. He leído con atención sus experiencias, recomendaciones y son muy interesantes. Gracias infinitas por tomarse el tiempo de responderme y compartir nombres de hoteles, ciudades y hasta los números de habitaciones. En dos semanas haré un viaje a Querétaro y aprovecharé para escaparme a San Miguel de Allende, gracias por el dato estimado Joel. En cuanto visite las demás ciudades que mencionan vengo a contarles los detalles.
Les reitero mi agradecimiento a TODXS.
Respuesta de Carlos Ramírez, 5:27 p.m., 13 de agosto del 2019.
Joel Alvarado, tenías razón. Estoy desde ayer en San Miguel, hubiera llegado antes pero se demoró la habitación 22. Repetí tu modus operandi y estoy justamente con el administrador a punto de revisar las cámaras porque alguien que se identificó con mi nombre entregó la llave de mi habitación. Puse un par de cámaras en el cuarto pero no puedo ingresar todavía, en cuanto se aclare y vuelva a entrar me comunico por este medio. ¿Puedes pasarme tu contacto para comunicarme directamente contigo?
Respuesta de Carlos Ramírez, 4:17 a.m., 27 de agosto del 2019.
¿En serio? Espero que las cámaras que pusiste en el cuarto ayuden a explicar ese asunto. A pesar de que yo mismo lo viví, me cuesta trabajo creer que también te haya pasado lo mismo. Escríbeme a alvarado33@gmail.com para pasarte mi teléfono.
Saludos.
Respuesta de Joel Alvarado, 10:21 a.m., 27 de agosto del 2019.
بهمنکمککنمنطرفمقابلهستم
Respuesta de Carlos Ramírez, 0:00 a.m., xx de agosto de 0000.
Carlos, no sé si tu teléfono tiene virus, pues aparecen unas letras extrañas en lugar de tu mensaje. Espero mejor tu email o dime a dónde te escribo. Saludos.
Respuesta de Joel Alvarado, 10:31 a.m., 27 de agosto del 2019.
Hola, en qué acabo todo, Joel Alvarado, ¿pudiste comunicarte con Carlos Ramírez? Estoy intrigada. ¿Te contó detalles de lo que sucedió en San Miguel? Ya pasó una semana y no volvieron a hablar del tema. Espero que ambos estén muy bien. Saludos cordiales.
Respuesta de Katia Dorantes Solórzano, 8:00 p.m., 3 de septiembre del 2019
Hola, Katia. Nada. De Carlos no he vuelto a saber nada. No me escribió nunca, ni al celular, ni al mail. Toca esperar a que escriba de nuevo por esta vía y nos diga lo que grabaron sus cámaras y salgamos de dudas de una vez por todas.
Respuesta de Joel Alvarado, 9:26 a.m., 3 de septiembre del 2019.
A pesar de ser compartida por otras tradiciones cristianas, comenzando por el mismo Lutero, la devoción mariana es marca distintiva del catolicismo romano. Las letanías lauretanas son un compendio de los títulos que históricamente se le han otorgado a la Madre de Dios: Auxilio de los Cristianos, Refugio de los Pecadores, Consuelo de los Afligidos…
Una piadosa costumbre, a propósito, es la de confiar las almas de quienes agonizan y las de quienes han fallecido a la intercesión de la Virgen. El escapulario del Carmen es, quizá, la devoción más conocida en este respecto; sus portadores gozan de una prerrogativa única en su tipo: ser liberados de los tormentos del purgatorio el sábado después de morir, el famoso “privilegio sabatino”.
Es posible que Poulenc tuviera en mente todo lo anterior al comenzar la composición de su Stabat Mater. Tras un periodo de indiferencia religiosa durante su juventud, se reencontró con el catolicismo de su infancia en 1936, y a partir de ese momento sus composiciones adquirieron un matiz sombrío, más apegado al del catolicismo francés del gótico que a los géneros musicales en boga hacia 1920 y 1930, de influencia impresionista.
El repertorio religioso Poulenc está atravesado por tres obras de fama correspondiente a su genialidad musical: las Letanías a la Virgen Negra de Rocamadour (1936), compuestas en el mismo año de su reencuentro con el catolicismo, a propósito de su peregrinar al santuario de la Virgen Negra; la ópera Diálogos de carmelitas (1954) —adaptación de la obra de teatro homónima de Bernanos, que a su vez es una adaptación de La última del cadalso, novela de la escritora católica alemana Gertrud von Le Fort—, de la cual sobresale la apoteosis del misticismo musical de Poulenc, la Salve de la escena final, entrecortada por el ruido de la guillotina que hace rodar las cabezas de las beatas mártires del monasterio de Compiègne; y finalmente el Stabat Mater (1950), cuyas motivaciones de composición son tan entrañables y trágicas como la melodía a que dieron pie.
Poulenc cayó en una profunda depresión a principios de 1949, tras la muerte de Christian Bérard, pintor, escenógrafo y diseñador de vestuario, conocido y querido en el medio artístico francés, que fue prolijo en homenajes póstumos: Jean Cocteau le dedicó su película Orphée (1950); Borís Kojnó, su viudo de 20 años, publicó un libro sobre la vida y obra de Bérard —Kojnó había sido, de adolescente, novio del compositor polaco Karol Szymanowski, y muchos años después habría de trabajar con Edward James, el escultor escocés que edificó el jardín surrealista de Las Pozas, en el municipio de Xilitla, en San Luis Potosí—; Poulenc, por su parte, consideró componerle un réquiem, pero prefirió musicalizar el Stabat Mater, un himno medieval atribuido al franciscano Iacopo da Todi (1236-1306).
De Poulenc, se repite a menudo aquel apelativo con que le llamó Claude Rostand, “el monje y el hereje” (Le moine et le voyou). Sus composiciones tienen la impronta de alguien que se resiste a encajar en las convenciones de la música sacra —solemne, adusta, majestuosa— para difuminar su supuesto límite con lo profano. Poulenc es consciente, tal como lo impulsó en su momento la mística medieval (piénsese, por ejemplo, en san Francisco de Asís), de que lo profano y lo sagrado no son sino dos expresiones de una sola realidad: la divina, en la que “nos movemos, existimos y somos” (Hch XVII, 28).
El rechazo de esa tradición dicotómica queda manifiesto en los contrastes del Stabat Mater, que sobresalen no sólo por las tesituras que intervienen en la composición, sino por las varias melodías que la atraviesan. El primer verso es un llanto por los dolores de María al pie de la cruz; no es un lamento por la muerte de Cristo, sino por el sufrimiento de su madre al contemplar el cuerpo moribundo de su único hijo:
Stabat Mater dolorosaiuxta crucem lacrimosadum pendebat Filius.
La madre piadosa paradajunto a la cruz y llorabamientras el Hijo pendía. 1
La melodía se torna dramática y el ritmo se agiliza conforme describe la profecía del anciano Simeón cuando María y José acuden al templo de Jerusalén para cumplir con la purificación prescrita: “Después de bendecirlos, dijo a María, la madre: ‘Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el corazón…’” (Lc II, 34-35):
Cuius animam gementemContristatam et dolentemPertransivit gladius.
O quam tristis et afflicta
fuit illa benedicta
Mater unigenitii.
Cuya alma, triste y llorosa,traspasada y dolorosa,fiero cuchillo tenía.
¡Oh, cuán triste y cuán aflicta
se vio la Madre bendita,
de tantos tormentos llena!
El contraste más marcado de la composición, rayano en la irreverencia, se encuentra en la cuarta estrofa:
Quæ mœrebat et dolebatet tremebat, cum videbatnati pœnas incliti.
Cuando triste contemplabay llorosa mirabade Hijo amado la pena.
Una lectura distinta del fragmento señala que la contemplación de María comprendía, dentro de su aflicción, un dejo de esperanza en que la tragedia frente a ella no era sino un paso necesario para el acontecimiento culmen de la vida de su hijo, la resurrección. Este fragmento, además, proporciona una clave para entender el estado anímico de Poulenc tras la muerte de Bérard: el del creyente que, no obstante la crudeza de una tragedia mortal, se aferra contra toda esperanza natural a la certeza sobrenatural de la resurrección de la carne.
La estrofa siguiente parece reproche, la admonición de un observador que trasciende tiempo y espacio para dirigirse a la humanidad entera:
Quis est homo qui non fleret,Matrem Christi si videretin tanto supplicio?
Quis non posset contristari,
piam matrem contemplari
dolentem cum filio?
Pro peccatis suæ gentis
Iesum vidit in tormentis
et flagellis subditum.
Y ¿cuál hombre no llorara,si a la Madre contemplarade Cristo, en tanto dolor?
Y ¿quién no se entristeciera,
Madre piadosa, si os viera
sujeta a tanto rigor?
Por los pecados del mundo,
vio a Jesús en tan profundo
tormento la dulce Madre.
Los versos que siguen calcan de algún modo la liturgia católica del Viernes Santo y del Domingo de Ramos. El rito indica que los fieles se arrodillen al leerse el pasaje de la muerte de Jesús en el Evangelio. Poulenc lo resalta en su obra, al indicar un tiempo considerablemente más lento y una melodía fúnebre más parecida a un réquiem que la del resto del Stabat:
Vidit suum dulcem natummorientem desolatumdum emisit spiritum.
Vio morir al Hijo amado,que rindió desamparadoel espíritu a su Padre.
El momento más entrañable de la obra lo acompaña una melodía similar a la del Quæ mœrebat, por ligera, incluso alegre y hasta graciosa al final, que contrasta en todo con las palabras que reza:
Eja Mater fons amoris,me sentire vim dolorisfac ut tecum lugeam.
¡Oh, dulce fuente de amor!,hazme sentir tu dolorpara que llore contigo.
Al anterior le sigue un momento de arrebato místico, de abandono motivado por un deseo de penitencia, a la usanza del siglo en el que fue compuesto el himno y que muy bien percibió Poulenc para componer una melodía adecuada:
Fac ut ardeat cor meumin amando Christum Deum,ut sibi complaceam.
Y que, por mi Cristo amado,mi corazón abrasadomás viva en él que conmigo.
Viene a continuación el movimiento más extenso de la obra, una continuación del arrebato anterior —esta vez remarcado por los alientos, que dan una atmósfera más liviana, angelical— cuya traducción literal le pide a la Virgen “que me traspases el corazón con las llagas del Crucificado” para compartir así, con ella, la espada simbólica a la cual se alude al principio de la composición:
Sancta mater, istud agas,Crucifixi fige plagascordi meo valide.
Tui nati vulnerati
tam dignati pro me pati,
pœnas mecum divide!
Fac me vere tecum flere,
Crucifixo condolere,
donec ego vixero.
Iuxta crucem tecum stare
te libenter sociare
in planctu desidero.
Virgo virginum præclara,
mihi jam non sis amara,
fac me tecum plangere.
Y, porque a amarle me anime,en mi corazón imprimelas llagas que tuvo en sí.
Y de tu Hijo, Señora,
divide conmigo ahora
las que padeció por mí.
Hazme contigo llorar
y de veras lastimar
de sus penas mientras vivo.
Porque acompañar deseo
en la cruz, donde le veo,
tu corazón compasivo.
¡Virgen de vírgenes santas!,
llore ya con ansias tantas,
que el llanto dulce me sea.
A manera de colofón de la oración precedente, se suceden los siguientes versos típicos de las devociones cuaresmales —téngase en cuenta la costumbre de rezar el Stabat Mater todos los sábados de la Cuaresma, con especial énfasis en el Sábado Santo y en el Viernes de Dolores, que es el anterior a la Semana Santa; en este último nace la costumbre, hoy en franca decadencia, de adornar en México los “altares de Dolores” con flores y agua de sabores, en recuerdo de las lágrimas de la Virgen—:
Fac ut portem Christi mortem,passionis eius sortemet plagas recolere.
Fac me plagis vulnerari,
cruce hac inebriari
ob amorem filii.
Porque su pasión y muertetenga en mi alma, de suerteque siempre sus penas vea.
Haz que su cruz me enamore
y que en ella viva y more
de mi fe y amor indicio.
Las últimas dos estrofas de la obra resaltan el motivo por el que Poulenc prefirió la composición de un Stabat Mater a la de un réquiem. En ellas se confía el alma a la intercesión de la Virgen, en un contexto, como el de la muerte de Bérard, en el que las exequias estaban prohibidas para quienes, como él —y el mismo Poulenc—, vivían abiertamente su homosexualidad:
Inflammatus et accensus,per te Virgo sim defensusin die iudicii.
Fac me cruce custodiri,
morte Christi præmuniri,
confoveri gratia.
Quando corpus morietur
Fac ut animae donetur
Paradisi gloria.
Amen.
Porque me inflame y encienda,y contigo me defiendaen el día del juicio.
Haz que me ampare la muerte
de Cristo, cuando en tan fuerte
trance vida y alma estén.
Porque, cuando quede en calma
el cuerpo, vaya mi alma
a su eterna gloria.
Amén.
El contexto en el cual se gestó el Stabat Mater de Poulenc enriquece la experiencia de quienes lo escuchan; no se trata simplemente de una composición de carácter religioso, sino de una plegaria nacida de la amistad y de la confianza que la condición de marginados sociales hace depositar en lo divino. Su autor legó a la posteridad no sólo una de las obras de música sacra más importantes del siglo XX, sino el testimonio festivo de quien encuentra, en los recovecos de la tradición cristiana, un motivo poderoso para esperar en la vida después de la vida.
En dos mil tres, el premio Alfaguara de novela lo ganó el mexicano Xavier Velasco con la obra Diablo guardián. Tuve oportunidad de leerlo hasta dos mil cinco, y eso porque en mis excursiones dominicales al tianguis lo encontré por treinta pesos en uno de los puestos improvisados al final de los últimos pasillos, en los que regularmente podía hacerme de buenos libros porque podía costearlos. La situación económica de mi familia era más precaria que en cualquier otro momento en tanto mis padres estuvieron juntos. Más adelante su matrimonio terminó, y esa transición provocó que el libro tomara una gran importancia para mí. Amé desde el primer momento todo de esa novela: la enorme diferencia entre las voces narrativas que cuentan las dos historias que en algún punto se entrelazan; la personalidad cínica y mañosa de Violetta y la contemplativa y distante de Pig; el ritmo que por momentos toma la narración. Tengo que confesar que me enamoré a tal grado de Violetta, que en esos últimos años de mi adolescencia creí que una vida como la suya sería algo que también yo podría perseguir. A la fecha he leído Diablo guardián al menos cinco veces, y en cada relectura me convenzo más de que lo que en verdad me hubiera gustado tener de Violetta en mis veintes es su deseo de huir del amor romántico. Al contrario de ella, pasé todos esos años creyendo que una relación amorosa con un hombre debería ser el fin máximo de mi vida, y en eso me enfoqué. Claro que venía de un súper consumo de telenovelas del horario familiar y libros producidos durante el boom latinoamericano, en los que el papel de la mujer era esperar a ser descubierta/rescatada/salvada/vista/poseída por algún protagonista heroico y nada más. No le envidié a Violetta la ambición, los métodos de seducción ni la habilidad para alimentarse exclusivamente de comida rápida sin tener un solo estrago. Tampoco le envidié la cantidad de hombres que podía envolver o los alcances que a través de ellos conseguía. Lo único que verdaderamente deseé aprender de ella fue el desapego, la ligereza con la que brincaba de una conquista a otra y el poder de cosificar a cada uno de los personajes con los que se topaba, incluido Pig. Fantaseaba con poseer esa sangre fría que ella demostraba al batear las intenciones de cada pretendiente. Sin embargo, cuando aprendí a ser un poco como ella, me cayó el veinte: Violetta no era una mujer. Y más allá de eso, era un personaje femenino creado desde el imaginario de un hombre.
Carl Gustav Jung dividió la mente humana en dos: el consciente y el inconsciente. Este último, a su vez, lo separó en inconsciente personal e inconsciente colectivo. El último es una especie de memoria genética que conecta a toda la especie humana. El inconsciente colectivo, por ejemplo, es el responsable de que cada sociedad a lo largo de la historia se haya dado a la tarea de construir una mitología para tratar de satisfacer la necesidad de saber dónde viene el ser humano y cuál es el sentido de su existencia. El inconsciente personal es todo aquello que la mente del individuo intenta comunicarnos a través de los sueños y otros símbolos. El selbt. Dentro del inconsciente personal habitan animus y anima, los arquetipos que funcionan como filtros para, a través de ellos, construir el entorno. Hombres y mujeres percibimos al otro desde el arquetipo al que asociamos lo que debe ser. En Diablo guardián, Xavier Velasco nos presenta a Violetta como una mujer valiente que huye del amor, que se obliga a echar de su vida a cualquiera que pudiera entrar en la etiqueta de amado porque, como ella misma lo dice: cuando te enamoras te pasas la vida haciendo excepciones. Violetta quiere ser más importante que cualquiera, pero no para los otros. Usa sus senos como un arma poderosa para enganchar a los hombres y no siente remordimientos. Pero Violetta no menstrua, no tiene cólicos, no se queja de su peso, no experimenta orgasmos. Violetta no es consciente de su cuerpo o de la manera como lo habita sin la validación exterior.
En los ochentas, tras muchos años de brindar terapia psicológica a mujeres cuyo conflicto radicaba en la contraposición de lo que era y lo que debía ser, y tras estudiar con especial atención El héroe de las mil caras, Maureen Murdock se reunió con Joseph Campbell. El objetivo de aquella entrevista bien pudiera reducirse a una sola pregunta: ¿qué pasaba con las heroínas, con el viaje transformador de las mujeres? Y es que el papel de lo femenino en El héroe de las mil caras es claro: la mujer es representada como la diosa. La diosa madre que ha parido y echado al mundo al héroe para que lo conquiste; la diosa esposa que debe ser poseída a través del conocimiento; la diosa gestante que le sirve como canal para el renacimiento necesario tras la muerte simbólica. En El segundo sexo, Simone De Beauvior explica que, para Freud, la mujer es ante el hombre lo otro, aquello que no puede reconocer como igual y, por lo tanto, no merece ocupar el mismo lugar que él. El hombre no ingresa en el mundo femenino porque está constituido de intereses menores; lo femenino casi siempre tiene alguna connotación negativa. Escuchamos “Ya vas a empezar de niña”, “Pórtate como hombre”, “Eso es cosa de mujeres”, y asociamos eso femenino con algo de menor valor. Bajo el dogma del amor romántico, la mujer estudia el mundo masculino sin que se le reciba en él, por eso se ve obligada a observarlo desde fuera, a comprenderlo porque así se le enseña a amar. La mujer debe ser poseída en todo sentido, y si ella no lo permite su amor no es legítimo. Como en el viaje del héroe, la diosa está quieta, a la espera de ser descubierta-conocida-poseída. La diosa no es una mujer que toma acción, sino un elemento que espera para cumplir su función en la transformación de alguien más.
El viaje de la heroína de Maureen Murdock, también descrito como la promesa de la virgen por Kim Hudson, nace como una liberación del arcaico arquetipo masculino. Es distinto en sus motivaciones, sus etapas y las transformaciones a las que la mujer aspira. Nace del conflicto sempiterno entre lo que es y lo que debe ser. Implica una ruptura de los valores tradicionalmente femeninos, un intento de apropiación de lo masculino como lo único positivo, una reconexión con aquello que simboliza a la madre, pero no solo a la madre, sino a todas las ancestras que, a su vez, han atravesado el mismo camino. El héroe busca conquistar porque lo merece, porque su naturaleza es expansiva. La mujer introspecta porque su primer territorio de conquista es ella misma, y se expande desde sus propias dimensiones, desde su consciencia y a través de su cuerpo.
Los contenidos están llenos de representaciones incompletas de heroínas que, a lo más que aspiran, es a emprender sus travesías en mundos masculinos. Violetta, Mulán, Katneese Everdeen, Ana Karenina, Betty la fea. Personajes femeninos que miramos a través de la construcción masculina, cuyo fin último y prioritario es el amor romántico, la maternidad, la familia, la voluntad de sacrificio y todos esos valores que tradicionalmente una mujer debe abrazar. Eso o no existir. Si quisiéramos ver heroínas un poco más reales, con menos clichés y mayor libertad de construirse a ellas mismas, tendríamos que voltear hacia Mérida (Valiente), Elsa y Anna (Frozen I y II), Dánae bemba de pato (Querido primer novio) y Nina Sawyer (El cisne negro). No podría decir que la creación de heroínas más reales se limita a la mente femenina, pues tanto la novela como la película de El cisne negro son obra de creadores hombres, en tanto que Mulán y Katneese nacen de la mente de mujeres.
No es regla seguir estos viajes heroicos ni criticar o rechazar estas representaciones; a fin de cuentas, elegimos lo que nos gusta y desechamos lo que no. Quizá nunca dejen de crearse personajes femeninos desde la construcción masculina. Pero, igual que para las heroínas de la ficción, la comprensión y el entendimiento de lo verdaderamente femenino cumple para quien lee una historia o mira una película la labor de validar afuera lo que existe en su interior. Entre más heroínas auténticas consumamos a través del cine, la música o la literatura, más sencillo será interiorizar que, como dijo Simone De Beauvior, no hay una sola manera de ser mujer, sino tantas como mujeres hemos pisado el planeta.
Una niña sueña con caballos; sobre su agreste lomo cabalga mundos distantes. Afuera, la guerra sitúa el cómo, durante el resto del siglo XX, habrá de comprenderse el hecho de que el proyecto humanista es una promesa incumplida. Mientras Leonora Carrington juega con Tártaro, su intrépido corcel de madera, urde una serie de ideas y conjuros que la llevarán a atravesar tierras lejanas donde lo normal es comerse la representación de tu alma confeccionada en azúcar. El aspecto de occidente va delineándose como una imagen de violencia cuyo programa político no es otra cosa que la manipulación de los cuerpos en torno al capital y los regímenes genocidas. La niña se vuelve caballo, su energía rebota entre los cristales de roca. La luz entra e ilumina el cabello, ella todavía no comprende, pero intuye que deberá descender hasta que todos comprendamos su forma; hasta quedar invadidos por la luz.
Para Carrington, el arte funcionó como una liberación absoluta de los lazos que la ataban a una vida privada de deseos e impulsos, igualmente logró construirse un lugar seguro mediante el conocimiento, así como las proyecciones —que hoy leeríamos como feministas— sobre su conciencia política en torno a la rasgadura necesaria con la cultura heteropatriarcal, así como el constante llamado hacia el cuidado de sí, la creación de comunidades de mujeres e incluso la preservación de la ecología. Sus padres, Harold Carrington y Maurie Moorhead, deseaban que Leonora pudiera casarse con un joven de buena familia para seguir con una vida de lujos que el negocio textil en medio de la Primera Guerra Mundial les había permitido. Aunque tenían recursos económicos importantes, no eran considerados por la aristocracia. Hecho que, como relata Joanna Moorhead en la biografía Leonora Carrington. Una vida surrealista: “la hizo sentir humillada, la hizo sentir deprimida. Pero también la inspiró. La ayudó a darse cuenta de que ser una recién llegada tenía ventajas, atractivos incluso”.1
Quizá esa sensación de vacío ante la constante opresión que sentía fuera el elemento que le permitiría no solamente el deseo de irse de casa, sino el ver al arte como una forma de conocimiento y como una fuente constante de libertad. En 1935, y después de haber sido debutante en aquella gala en el Palacio de Buckingham —hecho biográfico que expone en uno de sus cuentos más celebrados, “La debutante”—, Leonora se iría para siempre a encontrar su camino dentro del arte, primero en Florencia y después en la academia de arte de Amédée Ozenfant en Londres. Éste sería el punto determinante para que la ex-debutante se convirtiera en la mujer surrealista. Conoció a Max Ernst y junto con su amado Loplop comenzó la travesía hacia su propio centro.
El descenso
En el surrealismo ejercido por mujeres artistas vemos contemporáneamente una función libertaria mediante el desdoblamiento de su historia. Las prácticas inusuales les permitía romper con los roles impuestos por sus familias, las religiones y desde luego el contexto bélico de Europa, pero esto no ocurrió sino hasta años después. En un principio, el movimiento iniciado por André Bretón no solo no consideraba a las mujeres artistas como iguales, sino que las convertía en musas constantemente sexualizadas, como lo reconocen Irene Susan Fort y Tere Arcq:
La mujer como musa y amante fue un tropo esencial para el surrealismo. Aunque los surrealistas ensalzaban a la femme-enfant la mujer-niña que, a través de su pureza e inocencia tenía acceso directo al inconsciente, por lo general tanto en su vida cotidiana como en su obra, los hombres imaginaban a la mujer a partir de un cuerpo femenino sexualizado, objeto de su deseo físico. Bretón, que en 1937 escribió L´amourfou (El amor loco) como respuesta a la pasión que sentía por Jacqueline Lamba, identificó la idea masculina del amor con el erotismo, que considera fuente de “belleza convulsiva”. La mujer se convertía así en el agente que permitía que los hombres surrealistas crearan. Aunque su ideología era revolucionaria en cuanto a su desafío a instituciones sociales como la iglesia, el matrimonio y la familia, los hombres del surrealismo pueden considerarse misóginos ya que negaban a las mujeres la capacidad de producir arte. No fue sino hasta la segunda generación del movimiento, a finales de la década de 1930, que las mujeres surrealistas empezaron a poner de manifiesto su capacidad intelectual y artística.2
Ya en París, estando con Ernst, Leonora reconoció la misoginia que existía dentro del grupo surrealista, hecho por el que no les permitió que la tomaran como musa, sino como una artista que producía para sí. Para ella, el arte constituía incluso un espacio mediante el cual podía transformar la realidad y a sí misma. Desde sus inicios en la academia de arte había sentido gran inclinación por la búsqueda de textos alquímicos, así como por tratados de magia, constituían saberes que le permitían incluso salvar el mundo. En las prácticas wiccas, así como en diversos textos antiguos descubrió que, al menos para ella, era posible llegar al punto de la transmutación. No es difícil comprender que ante un mundo donde la guerra y la persecución eran los escenarios comunes, las mentes brillantes de esa generación buscaran formas de supresión, incluso de una terapéutica. El surrealismo como experiencia vital lo permitía, hasta como mecanismo de sustitución. Es ahí donde Leonora crea sus propias herramientas, no solamente mediante el trabajo onírico, sino mediante un estado constante de introspección; para ella, de acuerdo con Moorhead “El surrealismo era un estado de espíritu y nada más, un estado que no puede explicarse”3. Si para ella era en sí una condición espiritual, no solamente apoya la manera en que trabajaba sus imágenes —es decir no desde el sueño, sino desde la representación de entes cuyo poder podían cambiar a quien los pintaba— pero también a quien observa, operación que se repite en su trabajo narrativo.
Simone Weill estaba consciente de la operación que la gravedad producía en las vidas humanas, tales como la opresión, así como la incapacidad de tener mejores condiciones para el futuro. Insistía en la presencia de elementos sobrenaturales, mismos que podían dar origen a la gracia, ya que en un mundo donde la guerra igualmente constituía una política económica: “siempre había que esperar que las cosas sucedan conforme a la gravedad, salvo que intervenga lo sobrenatural”.4 En este punto la operación del surrealismo sostiene ser una fuerza capaz de transformarlo todo, incluido el sufrimiento. La aparición de deidades como la diosa blanca en su pintura: Entonces vimos a la hija del Minotauro, actúa como esa fuerza lumínica que puede cambiar mediante la alquimia el inconsciente, cuya condición colectiva se observaba como máquinas de aniquilación.
No es extraño que más allá de las formas en que sus compañeros surrealistas trabajaran —como la libre asociación de ideas, técnicas experimentales e incluso juegos como el cadáver exquisito— Leonora partiera de un imaginario que en realidad le pertenecía por herencia materna. La relación con su madre, Maurie, si bien es compleja como todas las relaciones madre e hija, igualmente se convertía en enriquecedora, en contraposición con Harold. Su herencia irlandesa, así como una línea de mujeres dedicadas al trabajo intelectual como Maria Edgeworth (quien fuera llamada como la Jane Austen de Irlanda),5 la alentaron a seguir tanto en su trabajo artístico como en la relación con Ernst. En el verano de 1938 publica La casa del miedo en forma de folleto. A partir de ese momento, la Novia del viento trabajaría en su narrativa con la misma fuerza que en su pintura, al mismo tiempo que retrabajaba escenas de su vida, así como su propia mirada frente a lo que en esos momentos experimentaba, como se observa en el siguiente fragmento:
De regreso a casa, se me ocurrió que debí haber invitado al caballo a cenar. Ya ni modo, concluí. Compré lechuga y unas papas para la cena y al llegar a casa encendí el fuego para preparar la comida. Me tomé una taza de té, pensé en lo que había sucedido ese día y, sobre todo, en el caballo, a quien ya consideraba mi amigo, pese a que llevaba tan poco tiempo de conocerlo. Tengo pocas amistades y me da gusto contar al caballo entre ellas. Después de comer me fumé un cigarro y medité sobre el lujo que sería salir esa noche, en vez de hablar conmigo misma y morir de aburrimiento con las mismas historias a pesar mi enorme inteligencia y apariencia distinguida, y nadie lo sabe mejor que yo. Con frecuencia me digo que, si tuviera la oportunidad, podría convertirme en el epicentro de la intelectualidad, aunque a fuerza de charlas conmigo misma tiendo a repetir las mismas cosas todo el tiempo. Pero ¿qué se puede esperar? Soy una reclusa.
La primera persona no sólo nos hace sentir esa cercanía, sino la complicidad tan bien lograda entre quien ha cumplido con el sagrado pacto de verosimilitud y quien desea presenciar un caballo que habla porque ya se sabe que es real un caballo con modales. El humor se envuelve con escenas que van de la vida cotidiana hasta desplazarnos a un horizonte fantástico en el cual todo tiene sentido. Las criaturas equinas serán el puente desde su infancia hasta cada una de sus etapas dentro de la experiencia como mujer. Los entes femeninos y la animalia representada en diversos cuadros exponen su mirada hacia ellos como criaturas poderosas capaces de cambiar al mundo, así como a la mirada patriarcal gustosa de infantilizarles hasta la violencia.
La cartografía para entender su manera de mirar el mundo la extiendo desde sus pinturas hasta los relatos. Elementos como las hienas, la alquimia y toda clase de criaturas nos conducen a mirar su experiencia como mujer lejos de los roles pasivos, sexualizados o de “belleza normada”. Pero no es así, sino que la construye desde su propio deseo, incluso desde la apropiación de su psique, alterada de acuerdo con su relato en la novela corta Memorias de abajo. Tras la detención de Ernst, por ser judío alemán, Leonora no solamente se queda sola, sino queda absolutamente atemorizada; elementos que ayudaron a llevarla a una profunda crisis que terminó al llegar a España, un país ya trastocado por la violencia y la aniquilación sostenida luego de la Guerra civil y la llegada del aterrador franquismo. Carrington llegó a pensar que ella podría salvar al mundo, que en ella se situaban las fuerzas necesarias para salvar a España y Europa de otro baño de sangre:
Estaba convencida de que había sido escogida para un papel crucial en los problemas de Europa, y de que España era lugar donde lo desempeñaría. “Me convencí de que Madrid era el estómago del mundo y que había sido elegido para la tara de devolver la salud a este órgano digestivo. Creía que toda la angustia se había acumulado en mí terminaría por disolverse, y eso explica la intensidad de mis emociones. Me creía capaz de soportar aquella terrible carga y de sacar de ella una solución para el mundo.”6
El recorrido que hace en Memorias de abajo plantea un conocimiento no solo de sí, sino de los hechos, al pasarlo al relato, que logra desbloquear y escribir tres años después de su internamiento en el hospital psiquiátrico de Santander. La conciencia incluso de los síntomas experimentados con el Cardiazol suministrado por el Dr. Morales, y cuyos efectos son iguales a los de los electroshocks, lo vuelven un texto poderoso cercano a los testimonios, ensayos y autoficción de las plumas militantes del feminismo contemporáneo.
Levitar.
En general, esa liberación que logra decantar en una prosa que lleva a producirnos un vértigo, incluso enfermedad, por la cercanía del yo narrado funciona por la toda la travesía que termina hasta su escape. Después de este episodio, y tras la absoluta ruptura con Ernst, Leonora encuentra el inicio de lo que será su propio programa político y filosófico, la búsqueda de un conocimiento capaz de sepultar el odio y la violencia que observó en la Segunda Guerra Mundial, como ella misma lo menciona:
Antes de abordar los hechos concretos de mi experiencia, quiero decir que la sentencia que la sociedad pronunció sobre mí en esa época particular fue probablemente, e incluso con seguridad, una bendición del cielo; porque yo no tenía idea de la importancia de la salud, o sea de la absoluta necesidad de contar con un cuerpo sano, para evitar el desastre en la liberación de la mente. Y lo que es más importante, de la necesidad de tener a otros conmigo, a fin de podernos alimentar mutuamente con nuestros conocimientos y constituir así un Todo. Yo no tenía en esa época suficiente conciencia de su filosofía para comprender. No me había llegado el momento de comprender. Lo que voy a tratar de exponer aquí con la mayor fidelidad no es sino un embrión de saber.7
La idea del cuidado del cuerpo y la creación de círculos de conocimiento resultaba totalmente novedosa, vale la pena pensar en la prosa de Carrington como los inicios de los diversos feminismos contemporáneos, así como los productos culturales y obras que sostienen dentro de un régimen estético dicho programa político. Cuando Leonora llega a México y se divorcia de Renato Leduc, esta libertad la vuelve parte indisoluble de sí misma, como artista, pero también como madre. Dentro de las artistas de la época, incluyendo a Rosario Castellanos, Prim, como también la llamaban en su lejana casa de Lancashire, configuraba una maternidad absolutamente disidente. Son muy comunes las fotografías de su estudio en la casa de la calle de Chihuahua donde sus hijos Pablo y Gabriel Weisz se encuentran jugando o en el piso mientras ella pintaba. La creación en conjunto con la maternidad eran los hilos conductores para ese mundo de inspiración celta que poco a poco fue adaptándose a las propias deidades y mitos de la cultura de su segundo país, como lo observamos en Un cuento de hadas mexicano. Junto con Remedios Varo pudo crear un mundo en el que ambas diseñaban sus límites, sus sabores, su color, ambas asistían a grupos de estudios sobre prácticas wiccas, y compartían lecturas como Witchcraft Today, de Gerald B. Gardenia, así como el Popol Vuh o diversos títulos de Aldous Huxley. Como lo indica Susan L. Albert, “En la década de los cincuenta, el trabajo de Carrington tomó un giro profundamente hermético con un enfoque en los procesos de destilación”.[/efn_note]Aberth, Susan, “The alchemical kitchen: At home with Leonora Carrington” en Nierika, Revista de estudios de arte, Universidad Iberoamericana, número 1, año 1, México 2007, p. 11.[/efn_note] La relación de amistad con Varo, su incesante producción pictórica y los experimentos que se daban en su cocina —se sabe de su gusto no solamente por la cocina, sino por la confección de alimentos cuya presentación fuera distinta de los que realmente servía, por ejemplo caviar que en realidad era tapioca teñida con tinta de calamar, y por supuesto, pociones y ungüentos para el mal de ojo, el mal de amores, como en su pieza La cocina aromática de la abuela Moorhead de 1975— son prácticas muy cercanas a las que más de tres décadas después Mónica Mayer y Maris Bustamante harían mediante su grupo de arte feminista Polvo de Gallina Negra y otras correspondencias con el arte feminista de esta época, incluido el performance.
Su novela La trompetilla acústica (1974) no solo es un homenaje a Remedios Varo, quien murió en 1963, sino a la conexión que existía entre ellas y a la forma en que el envejecimiento se vuelve un camino hacia la sabiduría, así como la conexión entre objetos sagrados, como el Grial, para la salvación del mundo y el regreso de la Gran Diosa para la prevalencia del amor y la bondad. La prosa cada vez más pulida da forma a un relato donde las protagonistas, Marion —ella misma— y Carmela —Remedios Varo— se conducen nuevamente hacia una aventura que no desciende, como en Memorias de abajo…, sino que se presenta más luminosa pues están a punto de ser testigos de la caída del mundo tal y como lo conocemos, la mayoría de las veces hostil y violento, para el nacimiento de una nueva era donde las mujeres, mujeres sabias, encontrarán una nueva forma de vivir.
Se cumple una década desde la disolución del cuerpo físico de Leonora Carrington, su obra completa es un ciclo que nos cuenta un relato sumamente revolucionario y absolutamente liberador. El comprender que es posible romper con el sufrimiento y las prácticas de violencia, mediante el amor, el trabajo constante, el arte, la amistad, el cuidado del medio ambiente y sobre todo el cuidado de sí. Si atendemos a su novela, es posible que podamos pensarla como un espíritu cuya renovación ocurre en cada lectura, en cada visita, en cada niña que habla con caballos mientras su cabello flota sobre el viento suspendido, su producción da cuenta de ello:
Pero no puede esperarse que la gente entiendo que uno obtiene mucho más placer estando solo y trabajando según su propia inspiración, que corriendo de aquí para allá para llevar a cabo tareas de toda clase que, en realidad son las tareas de los demás.8
La novia del viento levita, sus manos concretan esa luz eterna que no proyecta otra cosa que la fuerza y la magia de su conciencia artística.
Ilustración realizada por Zauriel Alejandro Martínez Hernández
Sus miradas se cruzaron desafiantes entre el humo de los cigarrillos. En la mesa, dos copas de vino a medio beber. El bullicio de la gente a su alrededor parecía imperceptible para los tres. Afuera, la lluvia caía silenciosa.
—¿Bailaba? —le respondió.
—No creo que no lo supieras. ¡No te creo! Ella era teibolera.
—¿Teibolera? —frunció el entrecejo. Es una mujer atractiva. Quizá acompañante. Intérprete de algún gringo, pero teibolera, ¡claro que no!
—¿Estuviste con ella? Tú también estuviste en su cama —afirmó tajante.
*
Tal vez otro día te cuente. Una noche me llamó ya muy tarde. No sé cómo consiguió mi número. Me pidió que la alojara. No tenía dinero y alguien la perseguía. Al menos eso fue lo que dijo. Esa noche se quedó conmigo. Allá en la Doctores. Me sorprendió su ansiedad. No paraba de hablar y, cuando lo hacía, de inmediato titilaba. La cuidé, por supuesto que la cuidé. Pero, la muy perra me quería sólo para ahuyentar a sus buscones. Tal vez otro día te cuente.
Conociste a Leif, también él cayó. No era difícil creer que mi hermanito se sintiera atraído por ella. El muy cabrón envidiaba todo aquello que yo tuviera. Nunca había llegado tan lejos.
Me cansé de ser su guardián. La mandé a volar con todas sus locuras. Pero en menos tiempo del que supuse, regresó. Siempre aparecía de noche. Radiante. Con ese vestido liso tan pegadito al cuerpo. Las puntitas firmes de sus pezones y sus hombros a flor de piel me volvían loco. Regresó victoriosa para susurrarme al oído que ya había otro: L e i f. La sola mención de su nombre estalló en mi cabeza. La muy perra se vengó de mí.
*
Aquellas preguntas le arrebataron de golpe la imagen de la mujer con quien aún mantenía correspondencia. Ella entonces pretendió disuadir el interrogatorio.
—¿Y tú cómo estás?
Él bebió un sorbo pequeño y luego empezó a hablar.
II
Estaba ahí, con los dos, como la última vez que les reunió en su departamento. Cada uno llegó por separado a la cita. Los tres habían dejado de frecuentarse por largo tiempo. Aquel encuentro tenía algo de misterioso. Al abrir la puerta, apareció ella. El abrigo húmedo. Las gotas de lluvia escurriendo sobre su rostro, deslizándose por su nariz ligeramente larga. Le besó la mejilla con suavidad. La tomó de la mano y le mostró cada una de las habitaciones. Ambas se quedaron conversando durante horas: los triunfos, los fracasos. El sonido de un timbre las distrajo. Esperaba a alguien: un hombre alto, robusto y bien parecido. Los dos se miraron con desconcierto.
Él acostumbraba aparecer con las manos entumidas en las bolsas de su gabardina. Observaba casi siempre el mismo escenario: las botellas de licor barato ya vacías y el manto gris y maloliente de los cigarrillos sin filtro. Todo era decadente. Entraba a la habitación en sigilo y, con un movimiento automático, encendía la única lámpara: las sábanas revueltas. Arrugadas. En su imaginación se repetía una secuencia torturante: dos cuerpos en batalla. El hombre y la mujer luchando sobre la blanditud de una cama. La tensión de los músculos que con rapidez se endurecían y el sofocamiento lento, muy lento del placer. El epílogo triunfal sobre la muerte del adversario: “ya no eres nadie”. Y él, desde hacía tiempo, se había convertido en un hombre taciturno; humillado por el desdén de una mujer a quien no entendía ni amaba. Entonces desapareció. Ya no era nadie.
Ella, en cambio, disfrutaba de su conversación atropellada. Sin orden cronológico, aparecían fotografías en blanco y negro y postales sin inscripción alguna al reverso. Todo era mentira. Sus viajes cruzaban un mapa imaginario de ida y vuelta. “No hay límites infranqueables”, le afirmaba con cinismo. El deleite de la complicidad las envolvía en una humareda de carajadas confusas. Un pitillo empapado de su saliva caía estruendoso.
Ella tenía la edad perfecta para creerle piadosamente, para dejarse seducir por el hilo invisible de sus palabras.
Afuera había cesado de llover.
III
Un auto se detuvo a unos cuantos metros del edificio del departamento. El conductor se reclinó cómodamente sobre su asiento. De cuando en cuando, encendía el limpiador del parabrisas trasero. La lluvia caía silenciosa sobre la ciudad.
Sus manos alcanzaron un sobre largo de la guantera. Lo miró varias veces antes de abrirlo. Lo acariciaba. Lo besaba como si tratara de un premio. Pensaba entonces cómo había conseguido pagar el precio. “Sí, eres bueno, muy bueno para el juego. Hazlo”, le dijo con voz dulzona. Él no lo pensó. Lo hizo. Apostó. Y fue fácil hacer trampa o tener suerte; qué más daba si al fin de cuentas, consiguió pagar los dos boletos de avión.
El vibrador de su celular sacudió sus piernas. Tomó el aparato:
—¿Leif?
—Sí.
—¿Ya estás listo?
—Sí. ¿Subo?
—No.
—Pero ya estoy acá abajo, puedo esperarte arriba, ¿no crees?
—No. Yo te marco.
Colgó sin que pudiera decir más.
Se quedó dormido durante un lapso breve. El chispear de las gotas finas sobre los cristales de su automóvil lo inquietaba. “Está con alguien”, pensó. En ese momento, un hombre y una mujer salían del edificio. Se despidieron.
Apenas sí pudo observar sus siluetas alejándose en la penumbra de la calle.
IV
—Estaba preparando mi maleta justo cuando llegaste —le sonrió. Y la tomó de su mano: ayúdame.
Ella esperaba encontrar el desorden habitual en su dormitorio. Sin embargo, las dos maletas le llamaron la atención. Una era pequeña: cosméticos. La otra, gigantesca. Extendida sobre la cama. Vacía. Ella entonces se colocó a un lado del armario. La miraba con asombro, por vez primera con incredulidad. Se iría de viaje. A un viaje real. Veme pasando esto o lo otro, le ordenaba. Zapatos. Vestidos. Blusas.
—Eres la única mujer en mi vida, lo sabes, ¿verdad?
—Sí. Tú también.
Ella rio con su respuesta.
—Te escribiré. Pásame aquel traje. Ten cuidado con la pedrería.
—Es el que más te gusta —y lo abrazó a su cuerpo.
—¡Dámelo, ya!
—¿Es necesario que te lo lleves?
—Una nunca sabe.
*
Querida mía:
Le he estado dando vueltas a la carta de febrero, en donde además me mencionas que nevó dos veces en el Ajusco. Me es difícil imaginar aguanieve cubriendo las montañas cercanas a la ciudad. Aquí no deja de nevar. Tormenta de nieve un día y lluvia congelada otro. Este tránsito me remite a ti. No sé si comenzar contigo o conmigo. Verás, estoy muy enferma. Los fármacos me tienen inmovilizada. Mi enfermedad avanza con rapidez. Esta distancia física me mortifica. Pero, recuerda, te abrazo todas las noches.
La fiebre me hace delirar: “Un círculo cubierto de piedras volcánicas y vegetación agreste. Caminamos juntas, conforme avanzamos las rocas se pulverizan. Estamos a punto de internarnos en el centro. Cuando, de pronto, pasa un avión y tú me ves desaparecer en el aire. Al mismo tiempo, nubes grises cubren el cielo. Ya no estás”. Despierto sobresaltada.
Estoy harta del frío, de la nieve, de este invierno.
Tuya.
*
La deslumbró en su desnudez. Cuerpo en reposo apenas cubierto por sábanas blancas. El rostro afilado en un silencio apacible. Armonioso. La contemplaba desde el borde inquebrantable del deseo. Volvía a la cama. Su dormitorio era la habitación sin tiempo.
V
—Entonces, ella se marchó hace años, ¿no?
—Sí.
—¿Con quién?
—No lo sé.
—Se me hace que tú sabes algo y no me quieres decir.