Tierra Adentro
Ilustración de Ángela Atenas Sánchez Camacho

porque también sonreí cuando quería matar

Reina María Rodríguez

 

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Cuando éramos niños, los ojos de mi hermano eran azul brillantes y los míos, marrón. Los suyos hacían juego con las adorables camisas azul marino que mis padres le ponían; también combinaban con el cabello que mamá masajeaba todas las noches con champú Ricitos de Oro. Los míos resaltaban por no ser como los suyos.

 

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A las señoras les gustaba ver los ojos de mi hermano. Una vez, le pregunté a nuestra vecina si pensaba que los míos también eran bonitos. Usé mi mejor truco: parpadear al estilo Minnie Mouse. Desde entonces cada vez que la encontrábamos en la escalera, me cantaba una canción que jamás me ha gustado: qué bonitos ojos tienes. A pesar de ser una niña, o precisamente por eso, estaba segura que la mujer mentía. Sin embargo, lo apreciaba. Creo que a todos nos gusta que nos mientan sobre nuestro cuerpo.

 

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Una vez me enamoré de un hombre con ojos azules. No me enamoré de él por eso ni tampoco por ser extranjero. Fue algo más sutil: cuando Lew sonreía se le marcaban tres arrugas al lado de los párpados. Sus ojos tenían la forma de una piña recostada y la parte que más me gustaba era la que no podía comerme.

 

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Teníamos 24 años, pero me gustaba la promesa de sus patas de gallo en el futuro, cuando envejeciéramos juntos. Él sonreía por los ojos y yo por la boca, así nuestros hijos sonreirían por los ojos y por la boca.

 

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Por supuesto, no duramos más de un año juntos. La última vez que vi su foto en Facebook había engordado y ya no sonreía como lo recordaba. Me alegra no haberme quedado con él sólo por las piñas.

 

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Figura 1. El ojo de Lew

Figura 1. El ojo de Lew

 

 

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Con los años, a mi hermano le ha ido creciendo una papada. Pienso que tiene algo que ver con la tristeza. Es como si su cabeza fuera una flor marchita que se va recostando sobre el tallo y éste ya no tiene fuerza suficiente para sostenerla. Eso también le pasó al abuelo: se fue quedando dormido en el sillón todas las tardes con la cabeza marchita hasta que un día ya no pudo levantarla.

 

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No estoy segura si una flor se cae por el tallo o por la flor, tampoco si la tristeza está en el cuello o en la cabeza. Quiero decir, no sé si además de la grasa, algo o alguien podría ayudar a mi hermano o si la melancolía es algo tan suyo que no hay manera. Cuando intento encontrar una pista, le hago notar su papada. Él se ríe porque no quiere hablar más sobre el tema.

 

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Una vez, mi hermano me confesó que jamás me contaría sus secretos. Él dice ser un “hombre de principios” y me consta que ha cumplido su palabra. Los ojos de mi hermano han cambiado con el tiempo, ya no son azules, papá dice que son verde aguapuerca.

 

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Mi seña particular es una cicatriz que me hice a los 5 años. Durante las primeras semanas, parecía un moco de King Kong. Después, la herida cicatrizó hasta convertirse en una delgada línea que va del extremo izquierdo de mi nariz hasta la línea superior de los labios. Desde entonces mi boca adquirió una proporción aurea. En esa misma forma divido mi emotividad: un tercera parte izquierda-corazón, dos terceras partes derecha-razón. Mis inclinaciones políticas también se dividen de este modo.

 

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Figura 2. Boca en proporción aurea

Figura 2. Boca en proporción aurea

 

 

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Mi cicatriz representa una anomalía familiar. En mi familia no existe división, todos son derecha en la boca sin dudar ni un instante.

 

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Busqué en Google el lugar exacto donde se localiza mi cicatriz. Hasta ahora, nadie se ha tomado la molestia de nombrarlo. Me refiero al sitio en donde a los hombres les crece un bigote y a las mujeres unos cuantos vellos que dan pena. Si naciste mujer y eres mexicana, es obligatorio arrancarlos de raíz. No debes rasurarlos porque corres el riesgo de parecer un púber de trece años, o peor aún, Frida Kahlo.

 

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Disfruto mucho la tarea dominical de arrancarme el bigote y las cejas. Aprovecho la ocasión para retirar otros pelos que aparecen de forma aleatoria y desconsiderada en la barbilla. Es mi pequeña dosis dolor y me hace bien.

 

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Otras curiosidades sobre esta parte del cuerpo:

  1. Se humedece con la saliva o con la leche.
  2.  Es el camino natural para hurgarse la nariz.
  3. Ahí se recogen los mocos cuando te suenas.

 

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Mi hermano y yo veíamos telenovelas a escondidas. Nuestra favorita era Rubí. El miedo más grande de su protagonista era tener una cicatriz en el rostro. En el imaginario mexicano, una cara cortada significa el fin de la belleza, es decir, el fin de la vida útil como mujer. Por eso, a los cinco años, el cirujano plástico me dijo que no tenía nada de qué preocuparme, que en un par de años podría quitarme esa (fea) cicatriz de la cara.

 

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Decir que sonrío con la boca quiere decir que sonrío con mi cicatriz y también con los dientes. Mi hermano tiene ese mismo gesto, excepto que él no tiene una cicatriz. En realidad, toda mi familia muestra la dentadura; estiramos los pómulos de tal forma que se nos hace una arruga alrededor de la boca, le damos un lugar privilegiado a la sonrisa.

 

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El otro día, mi hermano hizo una broma y vi los colmillos de cuatro personas brillando en la oscuridad, como si yo fuera Alicia y ellos los gatos de Cheshire tratando de decirme algo.

 

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El 99.9% de los mexicanos que viven extranjero regresan al país porque extrañan los tacos y ver a personas que sonríen con la boca. Por más que yo amara las piñas en los ojos de un hombre inglés, a mí me gusta ver sandías por todas partes, como si hubiera un cuadro de Tamayo en cada fiesta. Hay algo rojo en ver a tanta gente reír con la boca, tantos dientes desencajados al mismo tiempo.

 

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Quizás sonreír con la boca no es más que un recurso de sobrevivencia en un país de humillaciones constantes. Inglaterra resistió a sus invasores por ser una isla con murallas naturales. Nosotros que no tenemos sino playas de arena blanca y negra, llevamos la fortaleza puesta en el rostro. Al sonreír, nuestra boca queda tan expuesta que sólo nos protegen los dientes.

 

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Pienso en Lew y sus ojos de marinero inglés bebiéndose el mar con la confianza de quien va a conquistarlo. Pienso en mis antepasadas, mujeres que aprendieron a sacar la dentadura para protegerse de hombres violentos. La sonrisa de Lew es un semáforo en verde, avanza; la mía, siempre está en rojo.

 

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Hay otra arruga que me hace pensar en fortalezas o, más bien, en calabozos. El abuelo, mamá, y yo, compartimos un mismo gen maldito: se nos marcan líneas horizontales en la frente. Mi abuelo las portaba con orgullo: se untaba vaselina en el pelo y lo peinaba hacia atrás de forma que su encierro quedaba al descubierto. Mamá prefiere usar un flequillo para convertir sus cercas barrotes. Dice que así no se le nota la vejez. Yo pienso que es su manera de tener la razón.

 

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Nunca he usado fleco pero muchas veces me he preguntado si las arrugas me salen de tanto afirmarme. ¿Qué pasaría si dejara de esforzarme en ser yo? La identidad puede ser una prisión. Cuando dejo de aferrarme, los surcos de la frente se inundan con agua y se convierten en ríos.

 

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Papá es un experto en combatir calabozos. Hace un par de años, cuando lo ascendieron en el trabajo, perdió las cejas. Nunca volvieron a crecer. Desde entonces, no puedo descifrar si está feliz o triste, pero esa falta de expresividad le da un aire sereno, parsimonioso.

 

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Mamá siempre gana en las peleas, papá cede para no tener problemas. Si mezclo sus dos frentes descubro las fuerzas que me habitan. Quizá si dejara de esforzarme en ser su hija, el cauce se desbordaría y toda yo me convertiría en río.

 

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Es fácil descifrar a un hombre: si halaga mi sonrisa, busca sexo sin compromisos; si pregunta por mi cicatriz, estoy segura que se quedará más de una noche en mi cama.

 

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La mayoría de los hombres preguntan con delicadeza. Algunos la asocian al misterio, otros a la vulnerabilidad. Yo actúo como si nada y les cuento la historia en tono de chisme, sin darle importancia. Y sonrío. Mucho. ¿A quién intento proteger cuando sonrío?

 

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Algunas mentiras que he contado:

  • Es una marca de nacimiento.
  • Me corté la cara mientras partía una piña.
  • Quería parecerme a Joaquín Phoenix.

 

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Cuando éramos niños, mis padres tenían una rutina dominical. En su habitación había un tocador de mármol donde solo cabían ellos dos mirándose al espejo. Mamá se untaba crema para las arrugas y se depilaba el bigote con cera. Papá limpiaba sus dientes con hilo dental, los cepillaba largo rato y hacía buches con el enjuague. Entre tanto, mi hermano y yo nos aburríamos. Jugábamos a imitar a mis padres los lunes por la mañana, nos subíamos por turnos a un artefacto conocido como “stepper” donde se supone que debíamos mover las piernas al ritmo de la música y seguir las instrucciones de una mujer rubia que aparecía en la televisión.

 

 

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Figura 3. Artefactos noventeros: mujer rubia, stepper y ligas complementarias.

Figura 3. Artefactos noventeros: mujer rubia, stepper y ligas complementarias.

 

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El juego era aburrido si en vez de la rubia se escuchaba la voz de Jacobo Zabludovsky en las noticias de la televisión. Entonces, mi hermano encontró una manera escapar: la liga complementaria del stepper. Estábamos demasiado aburridos para pretender ser buenos hermanos, así que cada quien jaló con todas sus fuerzas su un lado de la liga hasta que alguien la soltó y el mango de metal salió disparado hacia el lugar que no tiene nombre.

 

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Figura 4. Jacobo Zabludovsky, periodista mexicano.

Figura 4. Jacobo Zabludovsky, periodista mexicano.

  

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Pasé unos días en el hospital. Al volver a casa, mis papás hablaron conmigo. Me informaron que el accidente no había sido culpa de mi hermano, que jamás debía insinuar lo contrario y que, por el bien de todos, no hablaríamos más sobre el tema.

 

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La historia que cuento a los hombres que duermen en mi cama es la siguiente: mi hermano era muy pequeño y yo jalé demasiado fuerte la liga.

 

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A veces pienso que los hombres que duermen en mi cama saben más sobre mí que yo misma.

 

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Pregunta pendiente: ¿a quién intento proteger cuando sonrío?


Autores
(Ciudad de México, 1989). Estudió Antropología en University College London. Fue becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de poesía (2018-2020) y directora de la revista Opción ITAM (2012- 2013). Ha escrito cuentos infantiles para Cambridge University Press y sus poemas han sido publicados en Opción, Este País y la antología Novísimas, Reunión de poetas mexicanas (1989-1999).