Tierra Adentro
Foto tomada en los últimos años de la vida de Cioran en Rumanía, antes de su transferencia definitiva a Francia (1947), Wikimedia Commons.

Para el Dr. José Luis Álvarez, que salvó mi cerebro más de una vez.

Tenía un profesor que solía comenzar cada una de sus clases relatando una anécdota, no sé si real o inventada, sobre la vida del filósofo rumano Emil Cioran. Mi favorita era aquella en la que Cioran se entera que ya vienen las tropas nazis a París y, en vez de alarmarse y buscar refugio, gasta sus últimos ahorros en un flamante abrigo, el cual lo ayudó a no levantar ninguna sospecha durante los años de ocupación.

 

“Soy como una marioneta rota cuyos ojos hubieran caído adentro”.

 

La de Cioran es una vida envidiable, dada su completa autonomía, su férrea voluntad de hacer siempre lo que le daba la gana. En los años de posguerra, mientras Europa era reconstruida, pensó que era un buen momento para recorrer Francia en bicicleta. Desde muy joven entendió que la existencia menos trágica a la que podía aspirar un filósofo exiliado era la del estudiante, por lo que se matriculó en todos los cursos y carreras posibles hasta su ancianidad. Vivía en un cuarto modesto, acudía al comedor estudiantil y trazó su existencia alrededor de la Sorbonne. Dedicó todos sus libros a reflexionar el asco que le producía la vida, pero murió a los 84 años, en la comodidad de su hogar, sin deberle nada a nadie.

 

“Vivo únicamente porque puedo morir cuando quiera: sin la idea del suicidio, hace tiempo que me hubiera matado”.

 

La obra de Cioran es tal vez la única lectura de mis años juveniles —cuando solo leía a Kerouac, Pedro Juan Gutiérrez, Parménides García Saldaña y Lydia Lunch— que puedo releer sin verme azorado por la vergüenza. Ya lo dijo Haniff Kureishi: “Lo peor que puedes hacerle a la obra de los beatniks es releerla a los 40 años”. Pensaba que con los aforismos pesimistas de Cioran renegaría de manera semejante, sin embargo, cada que vuelvo a En las cimas de la desesperación, Silogismos de la amargura, La caída del tiempo o Los inconvenientes de haber nacido, me reencuentro con una voz a la que respeto sin que esa solemnidad me haga olvidar al adolescente quejumbroso que fui; todo lo contrario, releer a Cioran me lleva a preguntarme ¿por qué no soy más como era antes?

 

La historia de las ideas es la historia del rencor de los solitarios”.

 

Hace unos días discutía con unos amigos sobre el menosprecio a los libros de autoayuda. Una amiga me preguntaba qué tenían de malo, por qué eran tan despreciables a mis ojos. Le contesté que lo único despreciable de esos libros era que vaticinaran, a priori, los efectos de su lectura, el remedio específico para un malestar espiritual. Le dije que quizás yo leo todos los libros como si fueran de autoayuda, pero jamás busco de antemano en ellos un desenlace obvio; simplemente no sé lo que me espera al abrir un libro, y esa es la magia de la curiosidad literaria.

 

“Diariamente converso en privado con mi esqueleto, y eso jamás me lo perdonará mi carne”.

 

Cioran representaría, desde esa perspectiva, una obra de anti-ayuda. Al abrir cualquiera de sus libros sabes que te encontrarás con una concepción decepcionada y nihilista de la historia; lo curioso es que, al sumergirte en su fatalismo, ocurre un efecto sorpresivamente inverso al esperado. Así como algunos se reconfortan con frases motivacionales y películas milagrosas de Will Smith o Sandra Bullock, a otros los apacigua el fatalismo. Yo no sé si hubiera sobrevivido a los momentos más oscuros de mi biografía sin los aforismos de Cioran. ¿Por qué en las peores situaciones es la apatía y no la dicha la que renueva mi ilusión?

 

“Se aprende más en una noche en vela que en un año de sueño. Lo cual equivale a decir que una paliza es mucho más instructiva que una siesta.”

 

 

Todos lloramos, de eso no me cabe duda, pero ¿todos lloramos de la misma forma? Me producen aversión los géneros melodramáticos porque buscan uniformar todos los llantos, que el público se armonice conjuntamente en una comunión de lágrimas de idéntico motivo, mientras que el pesimismo irónico de Cioran, Beckett, Bernhard, Huysmans, Flaubert o Swift apela a llantos insólitos, nuevas tristezas que cada lector debe reconfigurar de acuerdo al monstruo que lleva adentro. Cioran era aún joven cuando acudió con su tutor para proponerle el tema de su primera tesis.

—¿Qué le parece una Teoría general del llanto? Me siento capaz de trabajar en ello —propuso Cioran.

—Es posible —replicó su tutor—, pero le va a costar encontrar bibliografía.

—Si es por eso, no importa. La Historia entera me respaldará con su autoridad —dijo Cioran con un tono de impertinencia y de triunfo.

 

“Fracasar en la vida es acceder a la poesía ‑sin el soporte del talento”.

 

En sus paseos por París con Samuel Beckett, Cioran contaba que él se pasaba toda la tarde despotricando contra todos, mientras que Beckett, silencioso, jamás hablaba mal de nadie. Nunca en toda su vida, según Cioran, le escuchó a Beckett algún comentario negativo sobre el prójimo. He ahí, en ese dúo misántropo —que conjugaba a los escritores más nihilistas del siglo XX—, el mejor contraste de cómo afronta cada uno a su manera la amargura existencial.

 

Las fuentes de inspiración de un escritor son sus vergüenzas; quien no las descubra en sí mismo o las eluda está condenado al plagio o a la crítica.”

 

Lo cual me lleva a un dilema doloroso en esta era pandémica en la que cada día nos enteramos de la muerte de un ser querido. Hace unas semanas supe del fallecimiento por covid-19 del médico neurocirujano que atendió durante años los males cefálicos de toda mi familia. Es extraño que una familia padezca tanto del cerebro, pero esa es otra historia, lo verdaderamente relevante es que nuestro médico siempre estuvo ahí, en los peores momentos, atendiendo convulsiones, tumores, fracturas, mareos, o hipocondrías producto de la ansiedad. Nuestro doctor tuvo la paciencia de atender cada caso y, pese a ser un reconocido neurocirujano de un hospital alejadísimo de nuestro presupuesto, jamás nos cobró. Atendía a la mayoría de sus pacientes con ese altruismo, sin fines de lucro, del que se sabe único y entiende que sus conocimientos no pueden monetizarse por ser impares.

Su fallecimiento me devolvió al dilema de cómo debemos afrontar el luto, ¿hay un procedimiento correcto para comprender la desgracia? A veces a uno lo reconforta más encabronarse con la vida antes que pretender buscarle un sentido trascendental a la injusticia de la extinción. Bajo ese predicamento, la obra de Cioran resulta paradójicamente más esperanzadora y revitalizante con su pesimismo que las vacuas bendiciones y los ánimos de buscarle el lado positivo a la desgracia.

 

«Soy un cobarde, no puedo soportar el sufrimiento de ser feliz.»

 

Decía Cioran que, para calar a alguien, para conocerlo realmente, le bastaba con conocer su reacción a estas palabras, citadas anteriormente, que John Keats le escribió a Fanny Brawne hace dos siglos. En caso de que no las comprendieran, no tenía el menor sentido seguir hablando con esa persona.

Así me siento yo en este valle de idénticas lágrimas.