Tierra Adentro
Ilustración de Mariana Martínez

“He ido de una choza a otra”, dice Sikade, sudafricano de color que sobrevive en condiciones infrahumanas. El testimonio aparece en “Lo que queda del ‘apartheid’ en Sudáfrica”, publicado en The new york times, firmado por Peter S. Goodman. Las chozas en las que Sikade vive, se hunden en el lodo y son construidas con plástico o láminas. Esta atmósfera es el vestigio del régimen más racista de la humanidad.

La segregación racial que mutiló a Sudáfrica fue legalizada en 317 leyes, articuladas con el propósito de discriminar a los negros. La doctrina adoptó un nombre en afrikáans: apartheid, cuyo significado es separación. Comenzó en 1948, con el ascenso al poder del el Partido Nacional afrikáner (NP). La minoría blanca, que en ese entonces era el 21% de la población, vetó a las comunidades originarias (68%) de los puestos políticos.

Uno de los primeros pilares del apartheid fue la ‘Population Registration Act’, medida que en 1950 forzaba a las personas a registrarse en algunos de los siguientes grupos raciales: blancos, mestizos, bantú (negros africanos) y otros.

El líder del (NP), Daniel François Malan, luego de conseguir la presidencia en 1949, creó uno de los pilares que sostenía el apartheid, el ‘Group Areas Act’ que otorgaba distritos exclusivos para blancos. Debido a esta imposición, los negros quedaron hacinados en diez lugares llamados bantustanes. Estas zonas en condiciones deplorables perduran en la vida de personas como Sikade, él ha vivido 69 años un eterno apartheid.

De acuerdo con el régimen, las personas no blancas perdían la nacionalidad sudafricana al vivir en estos sitios considerados autónomos; por lo que los ciudadanos de los bantustanes, más de 3 millones, debían trasladarse a sus empleos con un pase de transeúnte. Eran extranjeros en su propio país, representaban el 72% de la población y vivían en el 14% del territorio.

Uno de los episodios más indignantes de desalojo sucedió en 1955. Sophiatown era el hogar de 60 mil almas que tuvieron que huir ante las la brutalidad de dos mil policías armados; obligaron a los desplazados a instalarse en Meadowlands, que formaba parte de Soweto.

 

Cadena perpetua a la oposición y necklacing a los traidores

Algunos lugares parecen ser el escenario de los traumas sociales en distintos puntos del tiempo. Para los sudafricanos de color, Soweto ha sido ese valle sombrío en el que transcurrió la protesta estudiantil del 16 de junio de 1976.

La marcha convocó a 3 mil alumnos y maestros. “Al diablo con el afrikáans”, “hay que abolir el afrikáans”, se leía en las pancartas. El hecho que detonó la manifestación fue el decreto que obligaba a las escuelas para gente de color a estudiar afrikáner, la lengua de la minoría blanca en el poder.

Con el apoyo del Movimiento de Conciencia Negra (BCM por sus siglas en inglés), cerca de 10 mil personas recorrían las calles con canticos y bailes, hasta que la policía repelió los contingentes con perros de ataque. Los manifestantes arrojaron piedras para defenderse, pero fueron inútiles contra las balas de mil 700 policías con armas de largo alcance.

El baño de sangre comenzó con un adolescente de 13 años llamado Hector Pierterson. Los disparos duraron hasta el anochecer y arrancaron las vidas de quienes exigieron el fin del racismo. El saldo oficial de 23 estudiantes muertos fue el eufemismo para una masacre de 700 muertos y cientos de heridos.

Tras la matanza, se declaró el Estado de Emergencia que sumió a Sudáfrica en 13 años de genocidio, torturas y arrestos injustificados hacia dirigentes negros como Steve Biko, quien fue aprehendido por el gobierno de su país en repetidas ocasiones desde 1976 a agosto de 1977, cuando los policías torturaron al activista hasta asesinarlo.

Biko murió a los 30 años, su vida estuvo marcada por la lucha en la Convención del Pueblo Negro (BPC por sus siglas en inglés) y la brutalidad de un sistema legal basado en el racismo que combatió junto al Congreso Nacional Africano (CNA).

La masacre estudiantil de Soweto no sucedió como un hecho aislado. El 21 de marzo de 1960, hubo una manifestación contra la segregación racial. En Sharpeville, al menos 5 mil personas marcharon; al percibir a las comunidades unidas, la policía disparó a niños y adultos por igual. Las cifras oficiales rondaron los 70 muertos.

En la primavera de ese mismo año (1960), el gobierno sudafricano declaró ilegal al el CNA, partido político creado en 1912 con la misión de pelear por los derechos de los negros. El pánico de las fuerzas supremacistas desembocó en el arresto de mil 800 opositores.

Entre los prisioneros había un rostro conocido en innumerables detenciones y actos de desobediencia civil: Nelson Mandela. Luego de su absolución, el activista se convenció de que la lucha armada era el camino hacia la libertad; en 1961 creó con el CNA “La lanza de la nación”, el brazo bélico que saboteó puntos de importancia económica para la República Sudafricana, régimen culpable de asesinar negros.

Mandela, en la clandestinidad, emprendió un viaje a Inglaterra para recaudar fondos. A su regreso, el gobierno sudafricano arrestó al activista junto a otros compañeros e inició el juicio de Rivonia en 1962, famoso por acusar a los opositores de traición y aplicar las leyes aprobadas en 1960, que prohibían pertenecer al CNA y al Congreso Pan-Africano

“Siempre he atesorado el ideal de una sociedad libre y democrática en la que las personas puedan vivir juntas en armonía y con igualdad de oportunidades. Es un ideal para el que he vivido. Es un ideal por el que espero vivir, y si es necesario, es un ideal por el que estoy dispuesto a morir”. Con esas palabras, Mandela selló su sentencia a cadena perpetua.

Era 1964 cuando el líder opositor inició la pena de prisión que duraría 27 años. Winnie Mandela ganó más relevancia desde entonces, al continuar con la lucha que empezó junto a su esposo; sin embargo, el clima violento de Sudáfrica afectó las filas de los grupos opositores.

El castigo llamado “collar” (necklacing), consistía en prender fuego a las llantas de caucho que los activistas colocaban en el pecho y brazos de los supuestos espías de la policía. Esta práctica manchó la figura de Winnie, “La madre de la patria”, tras sus declaraciones incendiarias: “Con nuestras cajas de fósforos y collares liberaremos a nuestro país“.

Incluso La Comisión de la Verdad y la Reconciliación, fundada en 1995 bajo la dirección del arzobispo Desmond Tutu, escucharía testimonios de asesinatos orquestados por Winnie y su guardia personal, “Mandela club de Fútbol”. En la década de 1980, el fantasma del impimpi, traidor informante de los policías, provocaba ejecuciones en los townships, áreas subdesarrolladas para los negros (Cejas, 2009: 142-144).

Estas conflagraciones hendieron al sistema que los supremacistas blancos imponían; aunque las masacres y la desolación perpetuaron el horror en un país que ya sangraba, durante décadas, por la lucha hacia la equidad.

 

¿Libres al fin? 

Las negociaciones entre los opositores y el régimen se detuvieron casi dos décadas hasta que Frederick Willem de Klerk ganó la presidencia en 1989. Como el mandatario planteaba, abrió el paso al fin de la opresión cuando en el 11 de febrero de 1990 liberó a Nelson Mandela.

Los años de violencia en el país continuaron hasta 1993, cuando el Parlamento otorgó la nacionalidad sudafricana a los ciudadanos en los bantustanes. Mandela y de Klerk ganaron el premio Nobel de la paz. Las piezas para las elecciones estaban listas luego de que el gobierno legalizara al CNA.

Al borde de una guerra civil, los enfrentamientos entre el CNA y grupos supremacistas como el Movimiento de Resistencia Afrikáner eran recurrentes. En medio del caos, arrancó la jornada electoral del 26 de abril de 1994 y Mandela ganó las elecciones con el 59.1 % de los votos.

“Me paro aquí, delante de ustedes, lleno con orgullo y alegría. Han mostrado calma, paciencia y determinación para enderezar este país como suyo. ¡Libres al fin!”, celebraba Mandela. El régimen del apartheid había caído, pero su orden social prevalecería.

Pese a que Sudáfrica logró convertirse en una economía importante en su continente, cerró el 2020 con una tasa de desempleo del 32.5%, según el instituto oficial de estadísticas Stats SA. Desde el 2019 la mitad de población vive en la pobreza y la mayoría es gente de color, de acuerdo con cifras oficiales.

En el artículo de la BBCLas categorías raciales del apartheid que todavía se usan oficialmente en Sudáfrica”, escrito por Mohammed Allie, aparece el testimonio de Kganki Matabane, dirigente del Concejo de Negocios Negro: “si nos fijamos en las 100 principales empresas que cotizan en la Bolsa de Valores de Johannesburgo, el 75% o más de los directores ejecutivos son hombres blancos “.

Por si no fuera suficiente la desigualdad, aún se respira la segregación racial en distintas zonas. Orania es una comunidad aislada del centro y desde el 2018 ofrece casas para las personas blancas cristianas que hablen afrikáans.

De acuerdo con el reportaje “Sudáfrica: Orania, entre la nostalgia del apartheid y el miedo al presente”, realizado por France 24, la ciudad tiene su propia moneda y bandera. Fue fundada en 1991 y sus habitantes homenajean a quienes crearon el régimen racista. Son blancos que encontraron un nuevo hogar después de la redistribución de tierras a favor de las personas de color, en algunos casos no hubo compensación.

En las escuelas de Orania hay dos libros de historia, el primero corresponde a la versión del Estado; el segundo, al de los afrikáners, donde Mandela no forma parte de su memoria social. Las tenciones raciales aumentan cada año con el incremento del 10% anual en la población de Orania.

 

La herencia del apartheid

Aunque el apartheid haya terminado, la segregación racial perdura. Desde el 2016 se anunciaba un país dividido en el que el 10% de los sudafricanos, blancos en su mayoría, poseía más del 90% de la riqueza nacional. El pasado de Sudáfrica supone un obstáculo para que sus habitantes se conciban como una nación.

La comunidad internacional se llevaría grandes lecciones de la caída del régimen supremacista en Sudáfrica, algunas de ellas no se usarían para bien. Este fenómeno racial operaba a través de complejas estructuras sociales y fue replicado en distintos países, incluso en México.

Las expresiones “naco” o “piel humilde”, aún clasifican a la gente por su color. Como en tiempos del apartheid, ese lenguaje sostiene la falacia de las razas. De acuerdo con el artículo de Nexos, “Élites y racismo: el privilegio de ser blanco (en México), o cómo un rico reconoce a otro rico”, firmado por Alice Krozer, no hay argumentos científicos que justifiquen las razas o grupos con distinciones genéticas.

Son estas construcciones sociales las que discriminan a la población. En México también se ligan a la posición económica. Conforme al libro México racista: Una denuncia (Grijalbo, 2016), escrito por Federico Navarrete, existe un “racismo cromático”:

 

Se basa en la simple distinción de colores de piel y de rasgos físicos para construir toda una jerarquía de belleza y estatus social, para distinguir lo que es deseable de lo que no lo es, para marcar el camino que todos debemos seguir si queremos alcanzar el “target aspiracional” definido por nuestra sociedad y por la inagotable banalidad de los publicistas. (Navarrete, 2016: 69).

Navarrete menciona el caso de la organización Un Kilo de Ayuda, en el que la población vulnerable es representada por personas morenas, mientras los protagonistas que reparten comida son blancos.

Lo anterior se debe a que la sociedad mexicana asocia a los sujetos de tez clara con riqueza, así lo expone el autor al retomar el experimento de la antropóloga Eugenia Iturriaga, quien pidió a estudiantes de preparatorias privadas, inventar historias de vida a las personas blancas y morenas que mostraba en fotos. Para la gente morena, las narraciones estaban repletas de pobreza y violencia.

Los prejuicios hacia la piel oscura son apenas la apertura de la desigualdad en nuestro país. Conforme a la Encuesta Nacional Sobre Discriminación (ENADIS) del 2017, apenas el 2.8% de las personas con tonos de piel más oscuros se desempeñaron como funcionarios o jefes, en contraste al 6.1% de las personas blancas que ocuparon esos rangos laborales.

 

El lenguaje de la segregación

En 2020, el Censo de Población y Vivienda registra 2 millones 576 mil 213 afromexicanos, pero fueron contemplados desde el 2015 por primera vez en la historia del país, lo cual supone un profundo rezago para México en material de inclusión.

Los afrodescendientes han sido una comunidad inexistente en México, así lo sugiere el incidente ocurrido en Oaxaca. En 2011 CNNMéxico publicó el testimonio de los bailarines a quienes los soldados detuvieron por pensar que eran migrantes ilegales. Pese a acreditar sus identidades, uno de ellos fue deportado a Honduras, donde trabajó dos meses para regresar a Oaxaca.

Otro sector racializado por su color de piel son los indígenas. En 2017 el ENADIS ya había entrevistado a los 10 millones de personas que conformaban este grupo, y advirtió que el 14.6% de ellos percibe que fueron discriminados por su apariencia o lengua.

Las cifras de esta comunidad han disminuido, el Censo de 2020 identificó a 7 millones 364 mil 645 indígenas, lo que conlleva la posibilidad de que se pierda parte de la esencia pluricultural en México; sin embargo esta idea no merma el racismo por parte de las instituciones. El presidente del INE, Lorenzo Córdova, aún es recordado por haberse burlado de los representantes indígenas solo porque no hablan como él.

Uno de los testimonios más indignantes sobre la negligencia hacia los indígenas inmigrantes, aparece en el informe del ENADIS del 2017. “Un señor de guerrero contó que al llegar a Cuernavaca le fue muy difícil encontrar trabajo, ya que no tenía sus papeles y le costaba mucho hacer los trámites debido a su apariencia y porque hablaba una lengua indígena”.

Si México se considera pluricultural desde 1992, su racismo también lo es. Afecta a cualquier persona que no hable español y se perpetúa en aquellos que usen el lenguaje de la segregación, expresiones como “indio” o “prieto”, cuyo fin es racializar a un ser humano por su color de piel.

Se dice que las naciones tienen su propio destino, y México parece compartir el mismo que Sudáfrica, con las construcciones sociales llamadas raza y mestizaje que impiden a su gente identificarse como un solo pueblo, pues el 60% de la población del país se identifica de piel morena, el 56% admite que ha recibido insultos por eso.


Autores
Diego Durán nació en la CDMX en 1996. Egresado de la licenciatura en Ciencias de la Comunicación y Periodismo, en la Facultad de Estudios Superiores Aragón (UNAM). Ha colaborado en medios de comunicación periodísticos y culturales como Chilango, Tierra Adentro, Fondo de Cultura Económica, Grupo Expansión e Infobae.
American Psycho Covers | Collage by Reece Choules tomado de https://theculturetrip.com/north-america/usa/articles/american-psycho-reviving-the-underground-man/

Existen novelas de las que la literatura no consigue reponerse jamás. Obras que parten el canon en dos. Libros como Viaje al fin de la noche, Trópico de cáncer u On the Road supusieron un permutaron el corazón de sus respectivas épocas, viraron el curso de la tradición (lo que sea que eso signifique a estas alturas), incidieron en el lenguaje e inauguraron un nuevo panorama. Tras la publicación de estos textos nada volverá a ser igual.

American Psycho de Bret Easton Ellis pertenece a esta estirpe de novelas. Narra las correrías de un yupi de Wall Street que por las noches ejerce de asesino serial en la cruda Nueva York de los ochenta. A 30 años de su publicación continúa siendo un texto incómodo. Sí, reverenciado, aceptado como una de las obras maestras indiscutibles de la literatura de finales del siglo xx, pero que no ha perdido la capacidad de despertar el repudio hacia su protagonista, Patrick Bateman, o hacia su autor.

Easton Ellis saltó a la fama en 1985 con Menos que cero, novela iniciática que cuenta el devenir de un adolescente, Clay, en la frívola época de los ochenta. Su éxito fue inmediato. En una década en que la celebridad literaria no estaba al alcance de cualquier persona de 21 años. La principal evidencia de los alcances narrativos de Easton Ellis fue su sorprendente capacidad para reponerse a ese apabullante éxito y publicar en dos años Las leyes de la atracción. Obra que lo refrendaría como la promesa cumplida, como el siguiente fenómeno de la narrativa mundial.

Sin embargo, la verdadera demostración de músculo arribó con American Psycho. Easton Ellis demostró que era algo más que la nueva sensación. Era un autor con el poder de sacudir la realidad a punta de sangre y vísceras. En sus más de 400 páginas delató los vicios y las fantasías más oscuros de la era Reagan. Dos años después Douglas Coupland ofrecería su versión de los hechos en Generación X, y ahondaría en insatisfacción crónica imperante, pero no se acerca a la maldad desnuda en American Psycho.

Menos que cero y Generación X tratan sobre una juventud que no encuentra su lugar en el mundo, como había ocurrido con la generación de los sesenta, pero acá la rebeldía no es la protesta por excelencia, American Psycho va más allá, es el reporte emocional de ese experimento social resultante de haberle dado poder adquisitivo a los yupis, el relevo del boomer. De la misma manera en que On the Road ponía de manifiesto que la Era Eisenhower no era el paraíso, American Psycho deja al descubierto la falsa noción de bienestar durante los ochenta. La diferencia entre estos dos libros es que American Psycho tiene como uno de sus escenarios principales la pista de baile.

En On the Road la música, el jazz, es un vehículo para la reflexión, para la pesadumbre de sus personajes, y claro, también para desgañitarse físicamente, pero American Psycho es una novela totalmente bailable. Mientras las instituciones se resquebrajan; mientras los asesinos seriales proliferan; mientras la venta de armas crece de manera indiscriminada; mientras la bolsa sigue creando riqueza, la pista de baile está abarrotada y de su interior surgirá el personaje con mayor capacidad de infundir terror desde Norman Bates.

Ningún villano (o héroe) es tan melómano como Patrick Bateman. Su gusto obedece, obvio, a la fingida liviandad de sus tiempos. Este aspecto de la novela resulta clarividente. Durante los noventa, la música de los ochenta comenzó a verse con total desconfianza. Tango, el hair metal, así como el pop en general y la música disco en particular. Pero a cuarenta años de esa década, su música, que fue menospreciada mucho tiempo, ha sufrido un revival. La música ochentera ahora altamente valorada. Patrick Bateman siempre tuvo la razón: la mejor decadencia es aquella con las melodías y tonadas más pegajosas.

Pero Bateman no es un ejemplo a seguir. Y su gusto, como corresponde a un psicópata, es retorcido. En las páginas de la novela adopta el papel de crítico de rock, derritiéndose de admiración por Phil Collins, y esboza una reseña sobre el grupo Genesis, a quien sigue desde 1080. En la alabanza a Collis, Easton Ellis perfila el pensamiento de todos los jóvenes ejecutivos de Wall Street ochenteros. Despotrica contra Peter Gabriel, antiguo miembro, quien a ojos de Bateman dejó el grupo “para iniciar una lastimosa carrera en solitario”. Desprecia el trabajo setentero de la banda por ser “complejas y ambiguas investigaciones sobre el fracaso”.

Bateman no quiere que nada lo distraiga de su hedonismo. Invisible touch es su disco favorito por ser el más bailable hasta el momento. Lo pone por encima de Prince o Michael Jackson, “o lo que es lo mismo, de cualquier otro artista negro de los últimos años”, y por encima también de Bruce Springsteen, “como observador de los fracasos amorosos, Collins supera una y otra vez al Boss, consiguiendo nuevas cumbres de honestidad emocional en ‘In Too Deep’”. Decir que los gustos de Bateman son producto de su época es obviarlo, pero no hay duda de que elige a Collins porque es precisamente este quien con su trabajo terminará por ganarse la etiqueta de “música para adulto contemporáneo”. En el fondo, pero más en la superficie, Bateman es un conservador. Como su autor mismo. Que 30 años después defenderá de manera velada (o no) a Donald Trump.

Pero si existe una canción que describa a la perfección a Bateman esa es “Psycho Killer” de Talking Heads. La referencia es tan próxima que Easton Ellis no tiene ni siquiera que mencionarlo. Se trate de una canción u otra lo cierto es que mientras Bateman está descuartizando a hachazos un cuerpo puede sonar de fondo New Order, Depeche Mode o Tear for Fears. Y encajará a la perfección. El alma de Bateman encuentra en el cinte su inspiración mayor.

Quién lo diría: lo que mejor ha envejecido de American Psycho es su soundtrack. Y mientras esperamos a que otro asesino vuelva a sacudir la literatura a esos niveles, nos meceremos cachondamente en la pista de baile al ritmo de “The Lady in Red” mientras sobre nuestras cabezas destella un neón con la frase Desaparezca aquí.

 

 

 

 


Autores
(Torreón, 1978) es autor de los libros Cuco Sánchez blues (2004), La Biblia Vaquera (Fondo Editorial Tierra Adentro, FETA, 2009), La marrana negra de la literatura rosa (2010) y La efeba salvaje (2017), entre otros.
Ilustración de Zauriel Alejandro Martínez Hernández

“Mi única obligación, no fallarme, y si es necesario fallar.” 

Roberto Pons Manríquez

Poesía de carne desgarrada.

Existencialismo guadalupano.

Vuelos de aterrizaje forzoso.

Roberto fue la segunda persona a la que llamé “mejor amigo”, la primera fue Miguel, pero el día que ambos se conocieron, el orden cronológico dejó de importar. En mi cumpleaños número diecisiete, Rober llegó después de unos cuantos mensajes por Feis:

-Voy a ir a visitarte un rato, pero que no haya nadie más, eh.

-Fierro, Huesitos.

Yo ya sabía que le incomodaba estar con personas nuevas, pero honestamente me valió tres kilos de la que no puedo decir porque es una grosería muy fea. Nos decíamos Huesitos, Sr. Hueso, Huesín y derivados para burlarnos de nuestra delgadez; si podíamos reírnos hasta de nosotros mismos, el resto del mundo no podría lastimarnos.

Maik y Roberto llegaron casi al mismo tiempo, los presenté, creo que hablamos sobre Naruto e inmediatamente se llevaron bien, no recuerdo más sobre el día, solo que Miguel le echó ride a su casa y unas dos semanas después Roberto entró a trabajar al local del Maik, que estaba a la vuelta del café de mi familia.

Los tres escribíamos, Miguel, para encontrar el poema perfecto que le permitiera regresar con su ex; Pons y yo, quién sabe por qué, a lo mejor nomás porque siempre fuimos mamadores, pero nos gustaba.

En el tiempo que trabajó con Miguel, y después, en su último mes de vida, cuando rentamos la misma casa en Guanajuato, tallereamos muchos poemas, sus sacrificios, les llamaba cada que me los mostraba.

Roberto fue y es más que una nota roja en el periódico, sus textos nos muestran que, por un rato, en este mundo, vivió un ángel al que el viento le arrebató las alas e intentó ser poeta, y de los chidos, de los que agarran el dolor del mundo, y antes de regresarlo en forma de letras que te abrazan y parecen decirte: “shhhh, no estás solx, tranquilx”; se ríe en su cara y en la tuya.

II

La gente no quiere

lo que quiere. Lo que

quiere la gente y no

sabe que quiere

es que la gente

solo quiere probar

un punto.

 

Preguntas de rutina

Uno no puede ir por ahí pisando alfombra

porque hay mugre, y cucarachas

que venden seguros de vida

para una muerte asegurada.

 

solo le tomaré algunos datos, señor

 

¿se droga?

¿relaciones sexuales promiscuas

por donde no le da el sol?

¿el sida,

 sí da?

¿se escandaliza usted, señor?

¿se queda despierto por las noches

pensando, si realmente está viviendo

la vida que le gustaría,

 la SUYA?

 

¿Cree en dios, amigo?

 

usted sabe

protocolo.

 

Checkpoint

Felicidades

me temo anunciarle

soy un checkpoint

 

solo estoy aquí para indicarle

que algo anda buscando

ojalá no sea a mí

y no vuelva pronto.


Autores
(San Luis de la Paz, Guanajuato, 2000). Estudia Filosofía en la Universidad de Guanajuato. Autor de Galletas para suicidas (Editorial Frenéticos Danzantes, 2019), La llaga (Premio de Literatura León, 2021, reeditado por Ediciones Come Fuego en 2023), Díganle adiós al ratón (Tierra Adentro, 2021), Imagina que en lugar de aves éramos terremoto (Grafógrafxs, 2022) Colmillo (Niño Down Editorial, 2023), entre otros libros. Dirige la editorial digital Awita de Chale.
Fotografía de Horst Sturm: Berlin, Tagung Weltfriedensrat, Georg Lukács, Anna Seghers. Tomado de Wikimedia Creative Commons

“Novela: es un espejo que paseamos a lo largo de un camino”, dice el epígrafe que abre el decimotercer capítulo de Rojo y negro de Stendhal, una de las primeras y más famosas novelas realistas del siglo xix. Stendhal le atribuye esta frase a un tal Saint-Réal, quien supuestamente es un historiador francés del siglo xvi. Pero a pesar de que los filólogos se han cansado de buscar la frase, no aparece en ningún lado de la obra del autor. Stendhal probablemente se apropió del nombre del historiador para (des)colocar irónicamente la frase en el marco mimético que él mismo estaba intentando elaborar (su novela), señalando implícitamente con la frase y su atribución ilusoria el principio que fundó la “santidad” del realismo ingenuo que se convertiría en el principal movimiento literario de fines del siglo xix. Con la paradójica atribución de esta frase a un historiador cuyo nombre significa “santo real” o el “verdadero santo”, Stendhal define la forma en que una obra de ficción simplemente refleja en el espejo el mundo externo a través de sus personajes, trama y su pulsión interna. Más adelante, el narrador de Rojo y negro regresa a la misma imagen para comentarla en un largo paréntesis: “las novelas son espejos que pasean por la vía pública, que tan pronto reflejan el purísimo azul del cielo, como el cieno de los lodazales de la calle. Y si así es, ¿se atreven a acusar de inmoral al hombre que lleva el espejo en su canasto? ¡Porque la luna refleja el cieno, se revuelven contra el espejo!” La frase señala claramente la forma en la cual el realismo históricamente se concibe tanto como una técnica o forma que desmitifica el principio de una representación intencional, simbólica o alegórica (el espejo, es decir, la novela, puede “reflejar”, sin distinción, el cielo o el lodazal, dado en un reflejo no hay jerarquías) y como un movimiento que forma parte de la construcción burguesa de valores y de su ideología (a quien se le acusa de ser inmoral es al hombre que lleva el espejo en su canasto, es decir, al propio novelista que “inocentemente” se pasea, esgrimiendo su espejo).

Pero Stendhal, como novelista plenamente realista, no quiere mostrarnos en su reflejo ciertos fragmentos de la realidad, los lodazales o el azul del cielo, sino más bien, quiere mostrar el camino o la vía narrativa que es crítica de lo que está reflejando. En la cita también hay algo más que quiero resaltar: en la relación entre el arte y la realidad, mediada por la ideología (en el arte mimético), el arte sería tan solo un pobre espejo que se levanta ante el mundo para reflejarlo. La ecuación de acuerdo con la cual el arte es un reflejo de la realidad es la base de la mayoría de las teorías que le atribuyen u cierta o potencial de crítica política al arte. El arte puede ser político porque es capaz de ser un reflejo crítico de la realidad. Pero el arte aquí sería solo un producto de manufactura que nos “revela” la realidad en el espejismo, el doble, la imagen invertida.

Los pensadores marxistas del siglo xx frecuentemente abrazan esta teoría del arte según la cual la literatura sería apenas un reflejo de la realidad, como la que Stendhal propone en Blanco y negro. Este tipo de lectura encuentra su base y fundamento en la famosa metáfora de Marx de la base-superestructura, incluida en el prefacio de Una contribución a la crítica de la economía política. La hipótesis propone que el arte, como cualquier otro elemento en la superestructura, refleja las alienaciones más fundamentales de las condiciones económicas de producción. Más adelante, Lenin y otros pensadores elaboraron esta teoría del arte como el famoso “reflejo de la realidad” (Widerspiegelung). De ahí nació el realismo socialista y por ello gran parte de los teóricos del arte marxistas del siglo pasado todavía cargan en su canasta un espejo que piensan que es la condición de posibilidad de toda estética, de todo arte.

 

***

Llegué a la obra de György Lukács (1885-1971), filósofo marxista y crítico literario húngaro, por casualidad. Aunque reconocía su nombre, nunca, en ninguna de mis clases de literatura o de filosofía, incluyendo una serie de seminarios sobre el marxismo y la estética, leímos textos de György Lukács. En esos años yo estaba intentando desentrañar el problema del realismo porque quería pensar el gran revés del realismo que significó la “primera novela buena” de Macedonio Fernández, su Museo de la novela de la eterna en donde abiertamente desafía a la “verosimilitud, al deforme intruso del Arte, la autenticidad”. En uno de los mejores pasajes de la novela, el narrador argumenta lo siguiente:

O el Arte está de más, o nada tiene que ver con la Realidad; solo así es él real, así como los elementos de la Realidad no son copias unos de otros. Todo el realismo en arte parece nacido de la casualidad de que en el mundo hay materias espejeantes; entonces a los dependientes de tiendas se les ocurrió la Literatura, es decir confeccionar copias. Y lo que se llama arte parece la obra de un vendedor de espejos llegado a la obsesión, que se introduce en las casas presionando a todos para que pongan su misión en espejos, no en cosas. En cuántos momentos de nuestra vida hay escenas, tramas, caracteres; la obra de arte-espejo se dice realista e intercepta nuestra mirada a la realidad interponiendo una copia.

Macedonio diagnostica el problema de la enfermedad del realismo y de la teoría del reflejo en donde el arte se concibe como una mera copia o artificio instrumental para apuntalar su crítica. En vez de él mismo afiliarse al sindicato de vendedores de espejos, el autor argentino propone una acción más directa con los espejos mismos en la realidad, una suerte de presión que desquicie la brecha entre la ficción y la realidad. Para Macedonio, se trata de la autonomía de la obra de arte, de la novela “salida a la calle” en donde el público vería las escenas de la novela ejecutándose en las calles. Este sería el reverso de lo que Stendhal propone con su novela como espejo que paseamos a lo largo de un camino. ¿Qué sucedería si las imágenes en el espejo salieran a la calle y pudiéramos interactuar con las ficciones?

A su vez, Macedonio piensa a la novela como el “hogar de la no-existencia” porque, si el objetivo del arte ya no es reflejar, entonces en su núcleo no queda nada más que un artificio, el “hogar”, el museo como testimonio de su desaparición. Entonces, lo que me llevó a ser una lectora apasionada de Lukács fue su Teoría de la novela, a la que llegué luego de una simple búsqueda de las palabras “novela” y “hogar”. El filósofo húngaro define la forma de la novela precisamente como una expresión del “desamparo trascendental”, particularmente después del romanticismo. Para Lukács, los problemas de la forma de la novela son el “reflejo de un mundo que se ha desintegrado” y en donde la “prosa” de la vida es solo un síntoma, entre muchos otros, de que la realidad ya no es un suelo favorable para el arte y por lo tanto el arte debe abandonar las formas cerradas que nacen de una totalidad completa. Es decir, la búsqueda de un arte que “ya nada tenga que ver con un mundo de las formas inmanentemente completo en sí mismo”. Ese lodazal y cielo azul que reflejaba el espejo de Stendhal no es ya un material propicio para el arte, y habría que ser macedonianos y jugar con el reverso de la novela-espejo que confecciona copias de la totalidad, rota.

 

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Aunque György Lukács es mucho más conocido por sus contribuciones al desarrollo de la teoría marxista, sus intuiciones más lúcidas están en la que fue su primera pasión, la literatura y la estética. Lukács nació en Budapest en 1885, en el seno de una familia judía rica y desde muy joven se interesó por el teatro. Estudió filosofía en Berlín y en Heidelberg en donde leyó a Simmel, Weber y Dilthey, quienes influyeron en su forma de entender la racionalidad moderna. Más adelante Kierkegaard, Marx y Hegel se sumaron a sus referentes fundamentales. Sus primeras publicaciones en húngaro fueron de crítica literaria y acerca de la evolución de la forma dramática. El alma y las formas, su primera colección de ensayos en alemán publicada en 1911 estableció la división que persistiría en toda su obra (entre “vida” y “forma”), aunque después tendría otros nombres. De influjo claramente hegeliano, esta colección trata la relación entre el alma humana y lo absoluto, así como las formas que expresan las diversas modalidades privilegiadas de tal relación.

Entre 1914 y 1915, Lukács escribió Teoría de la novela, una reflexión fundamental sobre el género literario y su relación con la épica, cuyo principal interés es trazar el contexto del surgimiento de la forma de la novela y su condicionamiento histórico-filosófico, así como una tipología de las formas novelísticas. Lukács se acercó al marxismo a raíz de la Primera Guerra Mundial que significó una profunda crisis ideológica y política, y se afilió al partido comunista húngaro, detentando diferentes cargos políticos. En la década de 1920, durante su exilio en Viena, publicó una gran cantidad de obras teóricas y políticas como La cosificación y la conciencia del proletariado (1923), estudios sobre Lenin y sobre Moses Hess, entre otros. En su concepción marxista de la dialéctica, Lukács tendió un puente entre Marx y Hegel, entre la filosofía y la sociedad, entre la teoría y la revolución.

Posiblemente la obra más leída de Lukács sea Historia y conciencia de clase (1923) que marca su primer acercamiento sistemático al marxismo en donde despliega una crítica del fenómeno de la reificación en el capitalismo y formula una visión del marxismo como transformación consciente de la sociedad (la influencia de Hegel es indudable). La Internacional Comunista condenó el libro por idealista y revisionista y el autor tuvo que retirarlo de circulación. En 1928 elaboró sus famosas tesis políticas con el título de Tesis de Blum y esta vez el gobierno de Béla Kun lo acusó por desviacionismo de derecha, tras lo cual lo expulsaron del Comité Central del Partido Comunista Húngaro. En la década de los treinta vivió por un tiempo en Berlín y después regresó a Moscú, donde permaneció hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, en el Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias. En estos años publica una gran cantidad de libros, entre los que destacan La novela histórica (1938), El joven Hegel (1948), Ensayos sobre el realismo (1948) y otra serie de libros sobre marxismo, realismo, Thomas Mann, Balzac y Goethe. Lukács regresó a Hungría y aunque durante algunos años se retiró de la vida política, después tuvo diversos cargos públicos y no fue sino hasta 1957 que se retiró totalmente a la vida privada y escribió sus últimos libros, muy poco estudiados: los dos volúmenes de su Estética (1963) y la Ontología del ser social (1971). Lukács murió el 4 de julio de 1971. Hoy lo recordamos, cincuenta años después de su muerte.

 

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El primer borrador de Teoría de la novela que Lukács estaba escrito en forma de una serie de conversaciones entre un grupo de jóvenes que intentan alejarse de la psicosis de guerra que los rodeaba, era una suerte de relatos de grupos de hombres y mujeres aislados que narraban historias e intentaban comprender su entorno a través de las historias que contaban. No sería algo muy alejado del Museo de la novela de la eterna que Macedonio Fernández escribiría apenas unos años después, en donde los personajes genéricos se reúnen en una “estanzuela vieja” y en sus cincuenta y seis prólogos posponen la escritura de una novela sin trama. Lukács eventualmente abandonó su plan de escritura polifónico y estructuró su Teoría de la novela (que originalmente iba a titularse La filosofía de la novela) más como una exposición histórica y filosófica de una serie de problemas estéticos. En los intersticios, sin embargo, queda aún la narratividad que enhebra el corazón de su teoría de la novela.

Teoría de la novela sigue el “método de síntesis abstracta” de Simmel y Weber, pensadores de la escuela de las “ciencias del espíritu” que después el propio Lukács criticaría: “la nueva moda consistía en elaborar generalizaciones a partir de unas pocas características—en la mayoría de los casos detectadas intuitivamente—de una escuela, un periodo, etc. y luego proceder por deducción al análisis del fenómeno individual; de esa manera arribábamos a lo que creíamos era una comprensión general del asunto”. Pero a diferencia de la escuela de las “ciencias del espíritu” que seguía principios kantianos y no estaba muy lejos todavía del positivismo, Lukács comenzó a apalancar ciertas nociones de la filosofía hegeliana para tratar temas puramente estéticos. En Teoría de la novela, el legado de Hegel es la historización de categorías estéticas, la búsqueda de una “dialéctica general de los géneros literarios que se basaba en la naturaleza esencial de categorías estéticas y formas literarias, y aspiraba a establecer una conexión más íntima entre categoría e historia” para “alcanzar la comprensión intelectual de permanencia dentro del cambio y de cambio interior dentro de la validez duradera de la esencia”. Por eso Lukács puede llegar a afirmar algo tan radical como lo siguiente: “Toda forma artística se define por su disonancia metafísica con la vida que acepta y organiza como fundamento de una totalidad perfecta en sí misma”. Es decir, las formas artísticas se con-forman siempre en el reflejo de la realidad y en cómo organizan la totalidad de la vida en su interior.

Detrás de la teoría de la novela de Lukács está la presuposición de que lo estético refleja la realidad objetiva. Pero a diferencia del espejo realista de Stendhal, para el joven Lukács se trata de captar desde el interior de la identidad (entre lo estético y la realidad) la especificidad y peculiaridad del reflejo. Es decir, lo que importa es la forma en que ese espejo se modifica históricamente dependiendo del tipo de camino que esté reflejando. Si el mundo en la modernidad “se ha desintegrado”, entonces la forma de la novela está en graves problemas, pues busca siempre esa totalidad perdida que no puede alcanzar ya sino en su afán narrativo en busca de un reflejo completo del cielo, el lodo, el camino y el movimiento de quien lo sostiene.

Si el mundo de la épica griega respondía a la pregunta, “¿Cómo puede la vida volverse esencial?, la tragedia configura la respuesta a la pregunta: ¿cómo puede hacerse viva la esencia? Lukács traza una “topografía trascendental del espíritu” de las formas de arte (el “hogar” de cada género) para llegar hasta la modernidad, en donde hay una profunda y dolorosa escisión entre esencia y sustancia, entre el yo y el mundo. La novela es la imagen literaria típica de esa condición de alienación moderna, es la epopeya de una época para la cual la vasta totalidad de la vida ya no está dada sensiblemente, para la cual la inmanencia del sentido es muy problemática y que sin embargo aspira todavía a la totalidad en su descubrimiento y reconstrucción de la oculta totalidad de la vida.

La novela es el género del siglo xx precisamente porque, como dice Lukács, “a diferencia de otros géneros cuya existencia reside en las formas finales, aparece como un devenir…una forma artística incompleta”, pero cuyo arte “incompleto”, reflejo parcial de la realidad, establece leyes aún más estrictas e inviolables que las formas artísticas “cerradas”.

 

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El arte, para Lukács, es partidista: siempre toma una posición. Pero no se trata de que quien carga el espejo en su canasto, el novelista, por ejemplo, tenga una tesis sobre su realidad y entonces se la superpone. Más bien, la toma de postura es resultado del propio reflejo estético de la realidad si logra captar las tendencias de desarrollo y la estructura esencial de la realidad histórica. La realidad que el arte refleja y plasma, si se toma en conjunto, implica desde un principio una decisión frente a las luchas históricas en que vive el artista. Como dirá después en sus Prolegómenos a una estética marxista, la representación que nos muestra el artista no es meramente un reflejo en el espejo, una imitación, sino una representación dialéctica que capta las contradicciones más significativas y profundas que caracterizan la época. La realidad, dice Lukács, tiene diversos grados: está la realidad fugaz de la superficie, del instante que no se repite jamás, y están los elementos y tendencias más profundos de la realidad, que se repiten según leyes determinadas. El arte aspira a captar la realidad en su dialéctica compleja, en su totalidad, en los momentos esenciales detrás de la superficie, la continua transformación, el movimiento. Por eso el modelo del realismo para Lukács no es el espejo de Stendhal, sino el “tipo”, lo “típico”, que contrapone con el concepto de la “media” que retoma el naturalismo. En vez de representar al hombre “medio” (o incluso, mediocre) como los naturalistas, el novelista realista hace que en un “tipo” de personaje converjan los rasgos principales de una sociedad. Entonces la literatura sería el reflejo de las contradicciones sociales, morales, y psicológicas de una época. Y sin embargo, para Lukács como buen marxista, la novela sigue siendo un reflejo de la realidad y el arte no es autónomo, las novelas no han salido a la calle.

Lo que es resulta completamente imprescindible en la obra de Lukács, sin embargo, no son sus premisas en torno al arte que hoy pueden parecer limitadas o demasiado ortodoxas, sino su enorme capacidad de sintetizar y abstraer cualidades formales de géneros literarios, de propuestas teóricas, de la modernidad y del capitalismo. En sus distinciones, por ejemplo, de su imprescindible “¿Narrar o describir?” y en su análisis específico de las cualidades de la novela como el “hogar” del “desamparo trascendental” de la modernidad hay intuiciones que son todavía hoy sumamente pertinentes para pensar los dispositivos literarios y su relación con nuestra realidad. Lo cierto es que son mucho más que los espejismos que a veces suponemos que son. La ficción muchas veces es más real que la realidad y las estructuras sí salieron a la calle.


Autores
(Ciudad de México, 1989), doctora en literatura latinoamericana por Cornell University. Psicoanalista en formación. Ha publicado múltiples textos académicos y crónicas en revistas nacionales e internacionales. Su libro Curaçao: costa de cemento pueblo de prisión (FETA: 2019) fue ganador del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2019.
Ilustración de Julissa Montiel

Recuerdo que le entregué mi resignación al insomnio. El círculo vicioso de la luz azul continuó alejándome del sueño con cada deslizamiento que mis dedos hacían sobre la pantalla del celular. En algún punto de la noche brotó, inadvertido y sobrio, un recuadro negro. La presencia de la imagen en mi Facebook estaba pagada por publicidad de una página extraña. La partía en dos un texto breve, en letras blancas: You deserve to live in fear.

¿Merecía vivir con miedo? La consigna me pareció la jugada comercial de alguna película de terror próxima a estrenarse. La hubiera ignorado en su totalidad de no ser porque noté, casi al deslizarme de nuevo, que estaba decorada por dos runas Algiz. Estoy seguro de que tú las conoces: quítale el círculo al símbolo hippie de la Paz y te quedarás con la Algiz invertida, sello de la muerte. Con los tres picos hacia arriba, la misma runa representa al hombre, a la protección de la vida.

La clave dialéctica del mensaje me obligó a entrar a la página. Con menos de 4,000 seguidores, se llamaba HOLY TERROR. Un par de publicaciones me bastaron para llenarme de una extrañeza incómoda: estaba poblada por posters tricolores (negro, rojo y blanco) que se valían de una estética heterogénea.

Uróboros, vírgenes, cruces, runas, dragones, soles negros y dharmas convergían en un repertorio de simbolismos en el que estaba disuelta una cantidad enorme de religiones. Aparentemente, a todas las hermanaba cierto culto a la guerra y a la muerte, reversos necesarios de una vida en paz. Las imágenes estaban siempre acompañadas por imperativos parcos: Rechaza la modernidad, Asciende, Reina como un rayo desde las alturas, Conviértete en el vacío, Acepta el miedo.

La página tenía una tienda en línea, en la que se vendían sus diseños estampados sobre camisetas de algodón. No pude evitar reírme, confundido aún.

Las reacciones de cada publicación eran escasas: hay más gente reunida en la sala de un cine de pueblo. Sin embargo, los adeptos eran constantes y fieles. La mayoría de los perfiles tenían orígenes anglosajones; algunos, innegablemente hispanos. Todas las cuentas coincidían en contener poca información de la persona que la administraba, pero muchos, muchos memes antisemitas y propaganda con tintes fascistoides.

Todos los usuarios eran proclives a repetir, bajo cualquier excusa: Reject modernity, embrace tradition.

 

 

II

 

Fascismo es una moneda desgastada, en busca de un nuevo troquel. Desde la segunda mitad del siglo XX hasta la fecha, la izquierda y buena parte de los sectores liberales se han ocupado en usar el término como un peyorativo en el que se agrupan, sin distinción y todos juntos, a los componentes políticos e ideológicos de la ultraderecha. Incluso conductas discriminatorias como la xenofobia y el racismo suelen nombrarse con el epíteto de fascistas, sin el uso de mayores intermediarios.

Autores como Robert Praxton han definido al fascismo como un comportamiento político marcado por una preocupación obsesiva por el declive, la humillación o el victimismo de la comunidad, así como por cultos compensatorios de unidad, energía y pureza. En este sentido, el fascismo surge en estrecha complicidad social: Hitler asaltó el poder, sí, pero antes estuvo respaldado por el 33% de los votantes alemanes.

El asunto que le compete a este ensayo no es el fascismo, sino el criptofascismo: el arte de disimularlo a través de la política y de la iconografía. Un nazi, prácticamente caricaturizado por el paso de las décadas y de millares de producciones audiovisuales, se presenta ante nosotros como un energúmeno irracional, aficionado a abalanzarse contra enemigos inocentes con tal de satisfacer sus deseos superlativos de poder. Por ello es fácil identificarlo y marcar su frente como si fuéramos el teniente Aldo Raine, cuchillo en mano. Pero ¿qué pasa cuando el propio fascista pareciera eludir los adjetivos que se vacían sobre su reputación?

En la respuesta a esa pregunta reside el problema más urgente de nuestro siglo.

 

 

III

 

Internet ha demostrado que una broma no siempre es una broma. El usuario común le ha suministrado cierta difuminación semántica a su discurso con el fin de disfrazar sus filias bajo la máscara de la provocación, ingenua y divertida.

Como siempre, 4Chan patentó el modus operandi. El primero de los antecedentes que se me vienen a la mente ocurrió el 12 de julio del 2006, en la página del juego infantil Habbo Hotel. Probablemente llegaste a participar en la plataforma: te permitía formar parte de salas de chat dentro de un hotel, simulando la experiencia social genuina. El raid de los miembros del tablón /b/ de 4Chan consistió, llanamente, en ingresar todos al mismo tiempo con la intención de bloquear el acceso a la piscina. Aquí va lo memorable: los avatares, de piel negra y con afros, estaban parados en formación de esvástica. Advertían al resto de los usuarios que la piscina estaba cerrada debido a la presencia de mantarrayas infectadas por VIH.

Nótese el binomio: una comicidad absurda usada para camuflar iconografía (y, desde luego, también discurso) explícita. Sin duda, se podría argumentar la perfecta inocuidad de los raids como un simple medio de troleo políticamente incorrecto… de no ser por su fijación inamovible. En agosto del 2012, la marca de refresco Mountain Dew propuso una dinámica de votación en línea para elegir el nombre de una nueva bebida. Al enterarse, un usuario de 4Chan llamó al resto a votar por una serie de nombres ofensivos. El primer lugar se exhibía en la punta del listado, como un sol: Hitler did nothing wrong. No contentos con bautizar a un refresco de manzana a partir de la supuesta inocencia absoluta de Hitler, una flota del equipo se encargó de hackear la página de la votación para agregarle una nueva cabecera: Mtn Dew agradece al Mossad israelí por demoler tres torres durante el 9/11!

El antisemitismo virtual contemporáneo, primero usado como broma y después ensalzado como la reivindicación de una advertencia, ha permanecido empotrado con honores en el círculo de las fobias del fascismo. Hubo un tiempo en el que abundaban los chistes que buscaban banalizar al holocausto en pro del humor negro: desde los jabones hechos de Ana Frank hasta la sabida diferencia entre un judío y una pizza.

Sin embargo, el tablón /pol/ permitió que en la última década cuajara con la firmeza necesaria el resurgimiento de discursos viejos, retocados con nuevas conspiraciones. La propaganda en turno dicta que el holocausto no pasó, y si pasó, no pasó como se dice que pasó. Camuflados, mensajes como el anterior llegan diariamente a millones de adolescentes despistados a través de memes.

Hace no mucho me topé con la imagen de un doge hablando a la pantalla, con un gorrito de panadero encima: ¿De verdad me está pidiendo 6 millones de panes? No lo sé, señor Adolfo, nuestros hornos no tienen esa capacidad.

 

 

IV

 

El criptofascista, consciente de su condición como proscrito mediático, aprendió que el odio es tan maleable como el humor; por ello diluye a ambos en el mismo recipiente. La estrategia ha funcionado: en nuestro país, de vez en cuando, aparecen páginas de memes tercerposicionistas que sobreviven a la censura gracias a su manejo discreto de las palabras y las imágenes.

Gradualmente, se han ido desplazando las mofas por manifiestos de nostalgia reaccionaria. Páginas como la que conocí por accidente durante mi episodio de insomnio son más que comunes en ciertos nichos de varias redes sociales. A los administradores no les importa delimitar estrictamente las ideologías con las que compaginan: les basta con anhelar pasados más dignos, tradiciones inexistentes, cualidades perdidas. Bajo las cenizas de una estirpe buscan más madera para incendiar al presente.

La radicalización es una apuesta de velocidad. Como si estuvieran hermanados por un pacto oculto, los fascistas, anarcocapitalistas, nazbols, primitivistas y militantes virtuales de otros grupos se han inclinado por la heterogeneidad y el caos en su propaganda: de momento sólo buscan despertar, con la mayor discreción posible, alguna chispa de rebeldía o hartazgo en el poblador promedio. Para ellos, rechazar a la modernidad significa fundar un presente nuevo, tramado sobre un pasado falso.

Y para que ocurra, hace falta quemarlo todo.

Créeme: tenemos mucho que hablar al respecto.


Autores
Nació el 16 de octubre de 2000, en Guadalajara. Es narrador, ensayista y divulgador científico. Ha sido ganador de los concursos “Creadores Literarios FIL Joven” (en las categorías de cuento y microcuento), “Luvina Joven” (en las categorías de cuento y ensayo) y del Premio Nacional de Ensayo Carlos Fuentes, que otorga la Universidad Veracruzana. Algunos de sus textos han sido publicados en las revistas Luvina, Punto de Partida, Pirocromo, Vaivén, Catálisis y GATA QUE LADRA.
Ampuero, María Fernanda. Sacrificios Humanos. Páginas de Espuma, 2021

¿Cuánto vale la vida de una mujer? ¿Cuánto vale el sufrimiento, el sacrificio de una latinoamericana? Estos cuestionamientos, al igual que otros más duros y, me atrevo a decir, necesarios, rondan el libro desde el primer cuento1: “Biografía”, en el que asistimos a un sacrificio voluntario convertido, no en un proceso “odínico”: donde el personaje encontrará la sabiduría después del sufrimiento, sino tan solo el sustento económico en medio de una situación semejante al de las novelas góticas de principios del XIX. En “Creyentes”, por ejemplo, la atmósfera imperante es la de una distopía (ya tan parecidas a las realidades de Latinoamérica, Medio Oriente o África Subsahariana) que mantiene ese toque de perversión y religiosidad trastocada mediante la presencia de los “creyentes”, hombres religiosos blancos muy parecidos a los miembros de asociaciones religiosas como la de los mormones.

¿Qué quiero decir con esto? O, mejor dicho, ¿qué nos quiere contar María Fernanda Ampuero (Guayaquil, 1976) en medio de una realidad violenta para las mujeres, para las minorías, e incluso para los habitantes de regiones periféricas como la latinoamericana? En Sacrificios humanos existe un discurso narrativo que permea hacia territorios que nos hablan de la realidad sociopolítica, tanto de Ecuador, aunque no se nombre, como de otros países que sufrieron, y siguen haciéndolo, el ejercicio de una dominación proveniente de alguna otra parte, aunque no sepamos de dónde.

Al ir leyendo las historias sobre mujeres agredidas por monstruos cuyas corazas sobrenaturales terminan cayéndose y dan paso a violadores, acosadores y asesinos, o sobre cuerpos femeninos en constante estrés al recibir las campañas crueles e incesantes de la publicidad, de la sociedad o de la misma familia, para ejercer su dominación sobre un tipo específico de cuerpo. De cierta forma, María Fernanda Ampuero nos quiere hablar y exponer sobre las distintas violencias en contra de las y los oprimidos. En dos cuentos hermanos, “Elegidas” y “Hermanita”, se expone la insatisfacción de seres humanos cuyo único crimen parece ser el haber nacido mujer. Porque una mujer “debe” tener una estructura heredada por siglos de opresión, de un mandato dirigido por el heteropatriarcado erigido en sociedades tan machistas como son las de América. El problema en ambos cuentos radica en el amor de las mujeres, en el deseo de las mujeres, y en la incapacidad de los otros (aunque éstos también sean mujeres o también sean familiares) de valorarlos tal cual son, sin necesidad de que “lleguen a convertirse en el ideal”.

El asunto del cuerpo, gordo, asimétrico, pigmentado, peculiar, único, languidece ante la necesidad de los demás, de quienes tienen voz, de convertir la materia en una serie idéntica de formas y pulsos. En cambio, el agente anómalo en “Elegidas” es la voz colectiva, y aun así, singular de las mujeres que desean a hombres bellos, y no pueden tenerlos, poseerlos, ser uno con ellos; y esa voz anuncia una forma nueva de saciarse, no por medio de la homosexualidad o la exploración lésbica, sino a través de un postulado enérgico que convierte, a la manera de Alan Moore, la palabra en magia, en creación. Las mujeres “elegidas” del cuento no son atractivas para los estándares de los jóvenes deseados, y esto las convierte en parias, en outsiders, hechiceras que se alimentan de su propia insatisfacción y que conforman un juego nuevo: el de la mujer-monstrua, la mujer-bruja.

Como nos ha mostrado ya en Pelea de gallo, María Fernanda Ampuero mantiene su gusto por lo monstruoso, especialmente reconocible en los cuerpos de mujeres o de niños. En su obra no existen hombres deformes. En la mayoría de las ocasiones esa perversión se presenta en la psicología violenta o incluso ajena e indiferente, hacia sus compañeras. Esto se observa en otro par de cuentos gemelos, “Edith” y “Lorena”, cuyos títulos reflejan el nombre de las protagonistas, y que además mantienen la psicología de las personajas en un imperante deseo que no puede desprenderse de su otro, de su hombre, que poseen como si fueran objetos, primero deseados, para pasar al desecho de ellos por resultar al final inconvenientes, violentos, peligrosos para ellas.

El lenguaje sexual toma mayor importancia en Sacrificios humanos a comparación del anterior libro de Ampuero. Es inevitable la comparación debido a la elección de títulos hechos con una sola palabra, a la brevedad elegida que golpea desde el principio al lector, pues la sorpresa pareciera estar presente desde el principio, y al ejercicio del lenguaje de una manera artesanal y virtuosa para generar una narrativa de la violencia tan única que, desde ya, lleva el nombre de “ampueriana”. He mencionado la importancia de la carne para la autora, quien deja que sean sus personajas y narradoras quienes expresen lo que ha quedado velado de muchas maneras, gracias a la educación religiosa o a la violencia impartida contra las mujeres. La sensualidad femenina en cuentos como “Edith” mantienen una especie de perversión señalada para contrastar lo que sí es permitido con lo que no. El mandato de la “buena madre” es transgredido para hablar del placer mismo, en apariencia simple, y por lo mismo poderoso, de una mujer sin adjetivos.

Cabe mencionar que este libro no es exactamente un libro “de terror”, al menos no como se entiende el género de manera formal. Si bien es cierto que en los últimos años ha surgido una nueva ola de escritoras y escritores cercanos al género, abanderados por Mariana Enríquez desde Argentina, muchas de estas narrativas pertenecen más al registro de “la narrativa de la violencia”, aunque circundan de una u otra forma el género, ya sea por la mención de las películas de terror, como en los relatos “Hermanita” o “Sanguijuela”, o mediante la caracterización de un personaje deformado o “aberrante”, en “Invasiones”, “Biografía” o “Freaks”. Esta deformación no es otra más que la del monstruo, la del freak, o la del outsider, como se dice en “Hermanita”: “Puritita periferia”. Tod Browning y su película de contrahechos2, de personas afectadas por diversos problemas fisiológicos, está siendo proyectada mientras María Fernanda Ampuero destila su prosa aguerrida, violenta y hermosa, haciéndonos saber a nosotros, como lectores, que los monstruos están en todas partes, que incluso en nosotros habita ese sempiterno otro que al mirarse en el espejo no se reconoce, y que es incapaz, en ciertos momentos de proyectarse en su compañero, de ser empático. Somos, nos dice Ampuero, seres ambivalentes, monstruos que sufren por su deformidad, y monstruos que hacen sufrir por su violencia ejercida.

En Sacrificios humanos vive el dolor, la sangre, la envidia y la pena sobre el propio cuerpo, la deformidad, la violación y la desidia. Vive un horror físico que no utiliza alegorías ni metáforas, sino que es directo. Quizá por lo mismo los cuentos de María Fernanda Ampuero son breves, pues no podríamos resistir más. Con los golpes contundentes de sus relatos tenemos suficiente para ser puestos sobre la lona.


Autores
(Tlaxcala, 1988) es egresado de la licenciatura en relaciones internacionales de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (upaep). Ha colaborado en medios físicos y digitales como Ágora, Letrarte y Momento. Parte de su obra se incluye en las antologías Seamos Insolentes (2011) y Sampler (2014). Ha sido becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA; 2013, 2018), del Fondo para la Cultura y las Artes (Fonca, 2016) y de Interfaz (2018). Asimismo, obtuvo el Premio Estatal Dolores Castro de Poesía 2016, el Premio Tlaxcala de Narrativa 2017 y una mención honorífica en el XXXIV Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción (2018).
Ilustración de Eduardo Ramón Trejo

 

Es fácil hacer un cubo de hielo:

basta comprimir las partículas

hasta que no quede espacio entre ellas.

 

El resultado sirve para transportar

carne en los trenes

que van de Kansas City

al resto del mundo.

 

Basta una ventana

para que la ventisca

conserve las cosas en su punto helado.

 

En la carnicería aventarán los tajos

en una cama de escarcha.

 

Yo me fijaré en su color

rojo

y púrpura.

 

La llevaremos a casa

y al tocar, por fin,

algo suave

sabremos si la carne

sigue viva.

 

La verdad yo quería que se rompiera.

Cuando tienes algo entre las manos

quieres conocer su naturaleza

rota

mucho antes de caerse.

 

Frágil es chocar nuestras copas

en una fiesta. Queremos que duela,

probar que en el fondo somos iguales.

 

El problema es no verse a los ojos.

Alguien recoge los vidrios

como si fuera una pena

haber sido tan torpes,

como si una copa rota

lastimara lo demás.

 

Nadie quiere ver

que aquello que escondemos

en la bolsa de basura

es lo que nos une con los otros.

 

Cuento los días que faltan

para soñar que somos desconocidos.

 

Cuento las horas con la boca

y vuelvo a ser una niña.

 

Papá,

¿ya vamos a llegar?

 

El asiento incómodo,

paisajes que desaparecen,

lugares a los que nunca iremos.

 

Veo la montaña

con su sombrero nevado,

el frío acumulándose en la cabeza.

 

Me cubro con guantes

y entre toda esa nieve,

no te encuentro.

 

Tan sólo escucho mis pasos,

huellas quemándose tras de mí.


Autores
(Ciudad de México, 1989). Estudió Antropología en University College London. Fue becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de poesía (2018-2020) y directora de la revista Opción ITAM (2012- 2013). Ha escrito cuentos infantiles para Cambridge University Press y sus poemas han sido publicados en Opción, Este País y la antología Novísimas, Reunión de poetas mexicanas (1989-1999).
Ilustración realizada por Zauriel Alejandro Martínez Hernández

 

Buena tarde a todxs los del buentrip, mi nombre es Carlos Ramírez y estoy buscando hoteles u hostales en donde pudiera haber presencia paranormal. Preferentemente que alguno de ustedes haya vivido el suceso y no que alguien se los contara. Les agradezco infinitamente sus recomendaciones y los detalles de su experiencia, buena vibra para todxs.

Enviado por Carlos Ramírez, 6:12 p.m., 8 de agosto del 2019.

 

Las últimas tres veces que he visitado la ciudad de Morelia me he quedado en el Montalbán, tres estrellas y media pero muy bonito y limpio. La primera vez pensé que la habitación que me habían asignado tenía una fuga en el baño, pues gran parte de la noche escuché correr agua y no pude dormir. Llamé a recepción un par de veces, vinieron, revisaron y nada. Lo curioso fue que al despertarme el piso del cuarto estaba mojado y resbaloso, pero no se veía de dónde podía salir la corriente. Cuando estuve a punto de marcar otra vez a recepción alguien llamó a la puerta: era la señora de la limpieza y estaba lista para secar el aguacero. Me preguntarás en dónde está lo verdaderamente extraño en toda esta historia, pues en que la señora entró por un momento al baño para exprimir el trapeador y tirar el agua de la cubeta y jamás salió. ¡Estuve media hora sentada en la cama, casi sin moverme, aterrada, preguntándole si se encontraba bien! Cuando pedí auxilio y vino el encargado al cuarto no encontramos a la mujer por ningún lado. Las otras dos visitas también resultaron muy extrañas, en otro momento, si gustas, te cuento los detalles, pero si buscas un hotel raro es ése.

Respuesta de Katia Dorantes Solórzano, 8:40 a.m., 9 de agosto del 2019

 

Yo tengo mucha suerte para los hoteles raros, pero nada que no pase de un grifo que se abra a media noche o que se apague una lámpara sin motivo alguno, pero en San Miguel de Allende nos sucedió algo muy aterrador. Mi esposa y yo viajamos allá porque asistimos a una boda el mes pasado. Nos hospedamos en Boutique Arcángel, una casona vieja que la verdad no vale lo que cuesta pero esa es otra historia. El lugar tiene únicamente 23 habitaciones y nos asignaron la número 22, aún conservo el comprobante de la persona que en gerencia nos documentó el acceso. Y bueno, todo iba bien al principio, asistimos a la boda y regresamos como a eso de las cuatro de la madrugada para dormir un poco, pero cuál va siendo la sorpresa que nuestra habitación ya había sido entregada una hora antes supuestamente por nosotros. La reservación quedó a mi nombre, yo me apellido Alvarado Garibay. Las personas que abandonaron la habitación eran un matrimonio y el sujeto se identificó con mis apellidos. Desde luego lo primero que pensé fue que se trataba de una broma, pero luego me molesté bastante porque el problema se tornó muy serio. Tuvo que llegar el gerente, revisamos las cámaras y ahí va lo peor: aunque no se alcanzan a apreciar los rostros que salen del cuarto te puedo jurar que mi mujer y yo abandonamos el hotel sin haber estado en él.

Respuesta de Joel Alvarado, 11:21 a.m., 9 de agosto del 2019

 

Estimado, Carlos:

Te sugiero visitar La cabaña de Nora en Tepoztlán. Con un par de meses de anticipación pide la cabaña acacia, todas las cabañas tienen nombres de árboles: acebuche, encino, alcornoque, pero acacia es la que te recomiendo para vivir algo verdaderamente paranormal. He estado en cinco ocasiones para comprobar y grabar los sucesos, de hecho puedes buscar los videos en mi canal de youtube, escribe experiencia de Mayra R., en la cabaña de Nora para conocer detalles. La primera vez estuve acompañada de mi madre, que ya es muy mayor, de eso hará unos dos años. Dormí profundamente porque el sitio es indudablemente relajante. Pero mi madre, que duerme poco, me dijo que estuve hablando prácticamente toda la noche, como si hubiera sostenido una conversación con alguien. Yo no tenía información o conocimiento de que hablara dormida, así que me intrigó el hecho y en la segunda noche dejé funcionando la grabadora del celular. A la mañana siguiente mi madre dormía profundamente y supuse que no volví a hablar dormida, pero me llevé la sorpresa de mi vida cuando comencé a escuchar fragmentos del audio. En efecto hablé casi toda la noche, otra vez, pero lo terrorífico es que la conversación la sostuve con alguien que evidentemente no era mi madre. Si revisas mis videos, es la voz de una niña pequeña la que está conversando conmigo.

Respuesta de Mayra R., 11:38 a.m., 9 de agosto del 2019

 

A mí me asustaron en el Gran Mesón de Zacatecas el año pasado, en el cuarto 209, aunque a otros familiares que estaban hospedados allí también les pasó algo similar, así que puede ser que suceda en todos los cuartos del hotel o en el segundo piso. Pero bueno, para no hacerte el cuento largo, lo que conversas durante el día o lo que ves en la televisión, se repite constantemente en forma de eco en el transcurso de la noche. No sé si alguien que sepa de ciencia lo podría explicar, pero independientemente de eso sí da muchísimo miedo escuchar a tu propia voz resonando en las paredes.

Respuesta de Darío, 7:09 p.m., 10 de agosto del 2019

 

No manches, Katia, ya sé cuál hotel de Morelia dices. Uno que tiene unos arquitos y una fachada tinta con un portón muy grande. Hace como tres años nos quedamos hospedados allí con mis compañeros de la universidad y a un amigo mío le tocó el caso de la señora que le fue a limpiar el cuarto muy temprano para luego desaparecerse adentro del baño. Mi amigo se puso súper enfermo de los nervios porque tampoco la vio salir y durante horas pensó que algo muy grave le había ocurrido. Lo juzgamos de loco y mira.

Respuesta de Paulina Gutiérrez, 11:24 p.m., 10 de agosto del 2019

 

¡Qué barbaridad! Estoy tomando en cuenta los hoteles que han mencionado para no ir a meterme nunca en ellos. De antemano, gracias, y de corazón espero que sólo hayan sido hechos aislados que no hayan afectado su tranquilidad. Yo suelo viajar muy a menudo a Monterrey, por mi trabajo, y sólo he descartado un hotel por los motivos que aquí comentan. Me pasó en Plaza Regio, ubicado en la macroplaza. Siempre viajo sola y era la primera vez que me quedaba allí. Todo marchaba bien hasta que una tarde recibí una llamada a mi habitación por parte de la gerencia, que si podía bajar para hacer una aclaración importante sobre mi estadía. Cuando mencionaron el problema no lo podía creer. Lo primero que me indicaron fue que mi reservación era para una persona y que por lo tanto nadie podía acompañarme al cuarto, que ya eran varias veces las que había ingresado con otra persona sin autorización. Al principio me ofendí, pero cuando me pusieron las imágenes de las cámaras me puse como loca, pues en el ingreso, en el elevador, por los pasillos y en la entrada de la habitación, me acompañaba siempre una mujer mayor. Lo que me dio más terror en todo ese relajo es que la anciana parecía una persona común: no flotaba, no desaparecía, no actuaba extraño. Admito que por años esa situación me afectó severamente los nervios, y a veces me sigue dando vueltas la cabeza cuando lo recuerdo, sin embargo si estas buscando una experiencia así y eres de mente fuerte, adelante, ya tienes el dato.

Respuesta de Mayra Arroyo, 8:50 p.m., 11 de agosto del 2019

 

Me parece de gente muy ignorante que vengan a escribir tanta tontería a un sitio que se dedica a decirnos si un hotel tiene buen servicio, ubicación, limpieza, amabilidad, etc. ¿Cómo pueden creerse tanta mentira? Ya hasta promocionan sus canales de YouTube, por favor, qué horror, en qué mundo viven. Carlos Ramírez, deberías irte a buscar a los charlatanes de la televisión y no llenar de basura esta página que hasta tu post era muy útil. Ignorantes!!!!

Respuesta de Ana María Andrade, 9:11 p.m., 11 de agosto del 2019

 

Hola, Paulina Gutiérrez, es el mismo hotel que me describes, el de los arcos y color tinto. Se llama Montalbán y sí está súper grueso lo de la señora que se esconde en el baño y ya no sale nunca, espero que tu amigo lo haya superado. Para la próxima vez créanle, no sean malos, son cosas que no se pueden explicar pero que sí suceden. Yo he vuelto, como les contaba en mi primer post, otras dos veces después de lo de la señora del baño, lo malo es que es un hotel muy pequeño y no tiene tantas cámaras de seguridad como para comprobar en imagen. Pero es una señora de unos 60 años, castaña, frente amplia, nariz pequeña, que puede parecer todo menos un fantasma. Yo regresé a los tres meses porque mi familia me metió en la cabeza que había sido una broma, que hay construcciones que tienen puertas falsas y que seguramente en el baño había una y que sólo se burlaron de mí. Así que no me quedé con la espinita y regresé, pedí el mismo cuarto, un rollo para que me lo asignaran, pero ya que estuve adentro me puse averiguar y ninguna puerta falsa, todos los azulejos colocados en su lugar. Esperé escuchar el agua correr como la primera vez y nada, pero me pasó algo extrañísimo, la televisión se prendía y apagaba a cada rato, como unas tres veces, hasta que decidí desconectarla, jalé el cable y no quedó algo en el contacto, pero como a las dos horas se volvió a encender. Explíquenme cómo es que puede pasar algo así.

Respuesta de Katia Dorantes Solórzano, 9:13 p.m., 11 de agosto del 2019

 

Hola, Katia, yo soy de Morelia y mi casa está a un par de cuadras del Montalbán, me sé la historia del hotel de cabo a rabo, que hace como 30 años fue una casa de retiro espiritual de las hermanas del Sagrado Corazón y de los pobres. El hotel es relativamente nuevo, mi mamá fue recepcionista de ahí diez años, y ese reporte de la señora que desaparece en el baño no es tan nuevo aunque, me dice mi madre, es muy raro que pase. No todos los huéspedes tienen esa experiencia. Acá en Morelia es más un mito o una leyenda urbana que una historia de verdad, estamos acostumbrados a escuchar que en el Montalbán suceden cosas inexplicables. En fin, perdón por andar de metiche, yo sólo estaba buscando un hostal en la ciudad de México y me ganó el morbo. Saludos a todos.

Respuesta de Diana Falcón, 11:34 p.m., 11 de agosto del 2019

 

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Respuesta de Express Country Service, 7:01 a.m., 12 de agosto del 2019

 

Buena tarde, otra vez, a todxs los del buentrip. He leído con atención sus experiencias, recomendaciones y son muy interesantes. Gracias infinitas por tomarse el tiempo de responderme y compartir nombres de hoteles, ciudades y hasta los números de habitaciones. En dos semanas haré un viaje a Querétaro y aprovecharé para escaparme a San Miguel de Allende, gracias por el dato estimado Joel. En cuanto visite las demás ciudades que mencionan vengo a contarles los detalles.

Les reitero mi agradecimiento a TODXS.

Respuesta de Carlos Ramírez, 5:27 p.m., 13 de agosto del 2019.

 

Joel Alvarado, tenías razón. Estoy desde ayer en San Miguel, hubiera llegado antes pero se demoró la habitación 22. Repetí tu modus operandi y estoy justamente con el administrador a punto de revisar las cámaras porque alguien que se identificó con mi nombre entregó la llave de mi habitación. Puse un par de cámaras en el cuarto pero no puedo ingresar todavía, en cuanto se aclare y vuelva a entrar me comunico por este medio. ¿Puedes pasarme tu contacto para comunicarme directamente contigo?

Respuesta de Carlos Ramírez, 4:17 a.m., 27 de agosto del 2019.

 

¿En serio? Espero que las cámaras que pusiste en el cuarto ayuden a explicar ese asunto. A pesar de que yo mismo lo viví, me cuesta trabajo creer que también te haya pasado lo mismo. Escríbeme a alvarado33@gmail.com para pasarte mi teléfono.

Saludos.

Respuesta de Joel Alvarado, 10:21 a.m., 27 de agosto del 2019.

 

بهمنکمککنمنطرفمقابلهستم

Respuesta de Carlos Ramírez, 0:00 a.m., xx de agosto de 0000.

 

Carlos, no sé si tu teléfono tiene virus, pues aparecen unas letras extrañas en lugar de tu mensaje. Espero mejor tu email o dime a dónde te escribo. Saludos.

Respuesta de Joel Alvarado, 10:31 a.m., 27 de agosto del 2019.

 

Hola, en qué acabo todo, Joel Alvarado, ¿pudiste comunicarte con Carlos Ramírez? Estoy intrigada. ¿Te contó detalles de lo que sucedió en San Miguel? Ya pasó una semana y no volvieron a hablar del tema. Espero que ambos estén muy bien. Saludos cordiales.

Respuesta de Katia Dorantes Solórzano, 8:00 p.m., 3 de septiembre del 2019

 

Hola, Katia. Nada. De Carlos no he vuelto a saber nada. No me escribió nunca, ni al celular, ni al mail. Toca esperar a que escriba de nuevo por esta vía y nos diga lo que grabaron sus cámaras y salgamos de dudas de una vez por todas.

Respuesta de Joel Alvarado, 9:26 a.m., 3 de septiembre del 2019.


Autores
(Ciudad Guzmán, Jalisco, 1984). Periodista y docente. Ha colaborado con cuentos, crónicas y entrevistas en las revistas y periódicos Luvina, La jornada, Punto en Línea y Cuadrivio, entre otros.