Tierra Adentro

Hace dos días venía de León a Guanajuato de unas presentaciones con Awita de Chale (nótese la descaradísima autopromoción), cuando vi que un cartel de Alerta Ámber estaba glitcheado, en ese momento me percaté de que todas las Alerta Ámber que había visto en los últimos días mostraban las letras verdes de LOCALIZADX, la mayoría adolescentes. La piel se me erizó. ¿Cómo es posible que en un Estado con miles de desaparecidos las autoridades tengan el descaro de maquillar la realidad con letreros de luz a los que ni siquiera les dan mantenimiento? Me viene a la mente un meme.

La imagen: un muchacho con pasamontañas negro y gorra azul, Luis es el nombre con el que se presenta el morro, cuenta que, cuando quiso escoger Ghost como apodo, en alusión al personaje de Call of Duty, el agente estadounidense de las fuerzas especiales que se infiltra a otros países para cazar terroristas, sus reclutadores le dijeron que estaba pendejo y que su nombre iba a ser Tocino, por flaco. 

Esta historia, a simple vista graciosa, se viralizó en el mes de marzo de 2025 por un meme de tres paneles tomados del video del canal Doble G, en el cual se entrevista a un testigo del reclutamiento forzado para los cárteles de México. Dicho video adquirió visibilidad en medio de la ola mediática provocada por el descubrimiento, por parte de un grupo de madres buscadoras, de un campo de entrenamiento en el Rancho Izaguirre ubicado en Teuchitlán, Jalisco. Más allá de la posverdad y el circo político que ignora el sufrimiento de las víctimas, la realidad que se vive todos los días en México es invisibilizada a menudo debido a la normalización de la violencia que produce la narcocultura. 

Luis nos cuenta en el video que respondió a una jugosa solicitud de empleo para guardia de seguridad, al enviar sus papeles le dijeron que cumplía con el perfil y el siguiente paso era una capacitación foránea con transporte pagado para un grupo de personas que también buscaban trabajo. Al llegar al punto de la supuesta capacitación les quitaron los teléfonos y les salieron con la noticia de que iban a trabajarle al cártel para inmediatamente privarlos de su libertad con amenazas de muerte. Posteriormente, Luis y otras dos chicas fueron llevados a una casa de seguridad donde un sicario le puso Tocino, a otra chica le pusieron la Gorda. Tras informarle el sueldo de tres mil pesos semanales, el sicario proclamó: “No tienes derecho a nada”, para inmediatamente darle la bienvenida, que consistió en una golpiza por parte de los miembros del grupo criminal.

*Cachetada*, ¿Quieres estar aquí? No pus sí, *Cachetada*, ¿Quieres estar aquí?”.

A la iniciación le siguió una semana de entrenamiento que culminó con su afortunado escape antes de ser trasladado a una de las, así conocidas, “escuelas del terror” de acuerdo a lo que Luis nos cuenta durante la hora y media de video.

Desgraciadamente, dicho testimonio es uno entre decenas de personas que relatan sus experiencias de reclutamiento forzado en México.

La narcocultura es un tema muy arraigado en el inconsciente colectivo mexicano, desde corridos hasta mercancía que venden en el centro de cualquier ciudad, todos los días, el ciudadano mexa común se ve bombardeado por decenas de estímulos culturales relacionados directa o indirectamente con el narcotráfico. Pero la narcocultura no es la causa sino el síntoma de un narcosistema complejo que refleja el capitalismo gore del que Sayak Valencia ya teorizaba. Estudiar los fenómenos de la narcocultura puede servirnos para comprender más a fondo este narcosistema que incide directamente en la vida diaria de todos los habitantes del país.

Además de Sayak y su perspectiva sociopolítica, dos autores que pueden ayudarnos a echar luz sobre el asunto son Didi-Huberman y su imagen-tiempo, con un enfoque más estético, y Mark Fisher con su hauntología, que a partir de la estética trata temas políticos. 

George Didi-Huberman sigue a Walter Benjamin en la no-linealidad de la historia, su imagen no es un tiempo congelado sino uno vibrante que se entrecruza y se desgarra; es la coexistencia de distintos tiempos, una herida abierta en la linealidad histórica. Dentro de esta concepción, Didi-Huberman también retoma la técnica del montaje benjaminiana (inspirada a su vez en Aby Warburg y que utilizaremos para analizar las obras que competen a la presente tesis), que  fragmenta y recompone materiales históricos, artísticos o literarios, para crear nuevas constelaciones de sentido al desarticular la narrativa histórica tradicional así como mostrar rupturas, contradicciones y conexiones ocultas entre épocas distintas. Así, la imagen de Didi-Huberman se configura como un tiempo superpuesto.

Por su parte, Mark Fisher centra su hauntología en los fantasmas culturales que el realismo capitalista canceló: los futuros perdidos, de los cuales hablaremos más adelante. El fantasma de Fisher es lo que ya no está pero sigue presente, un eco cultural o una presencia ausente. Didi-Huberman radicaliza la supervivencia del pasado para postular sus fantasmas históricos como pequeñas resistencias marginales que resurgen en destellos intermitentes como luciérnagas; así, las imágenes son síntomas de supervivencia. Mientras que el fantasma de Fisher se manifiesta en la cultura popular mediante una sensación de nostalgia o pérdida, el de Didi-Huberman puede ser cualquier cosa (una foto, un meme, una ruina)  cuando en ella resuena lo que fue borrado, lo reprimido. La imagen de Didi-Huberman se vuelve entonces un espacio de resistencia al olvido. Una diferencia radical entre ambos fantasmas es la forma en que sus autores conciben el tiempo: para Fisher el tiempo se encuentra estancado, el presente es un bucle donde el futuro ya no se siente posible porque el pasado (los futuros perdidos) se vuelve(n) inasimilable(s). El fantasma es señal de ese estancamiento: no avanza, se repite, para Didi-Huberman, el tiempo es móvil, si montamos el pensamiento de ambos autores, la imagen-fantasma hace visibles los pliegues del tiempo, sus supervivencias y anacronismos. El fantasma puede activar la memoria, interrumpir la historia oficial y abrir otras temporalidades. Como podemos ver, ambos autores coinciden en ciertos puntos y difieren en otros, por lo que el montaje, desmontaje y diálogo entre sus obras nos será fundamental a la hora de establecer una hauntología que sirva como herramienta para abordar el tema que aquí nos concierne: la narcocultura.

Esta es una hauntología porque en un México de desaparecidos, a veces lo único que nos queda son los fantasmas, los que dan terror, los que deprimen, y los que dan esperanza.  

Tanto fantasma como espectro significan lo mismo en sus respectivas etimologías, (griego y latín), aparición, pero el alemán haunt (“frecuentar”, “asediar”) hace referencia a algo que se muestra sin habitar, un síntoma de la cultura; mientras que para Fisher el síntoma es el reflejo de una contradicción cultural, para Didi-Huberman el síntoma es una imagen anacrónica que revela lo reprimido, es por ello que el fantasma de Fisher como mero espectro de futuros cancelados  requiere ser superado sin perder de vista el enfoque político-cultural del hauntólogo, integrando a este la naturaleza anacrónica que nos ofrece Didi-Huberman.

La hauntología (para Fisher) es una forma de observar cómo los futuros que alguna vez fueron imaginados como utopías o promesas de bienestar se han esfumado pero siguen presentes en forma de espectros. En México, estos futuros perdidos se ven reflejados en los sueños de movilidad social, justicia y paz que hoy resultan inalcanzables para una juventud cada vez más precarizada y sumergida en la violencia. El caso de Luis y el meme de Tocino es tanto hauntológico como objeto de montaje y desmontaje benjaminiano, además de evocar futuros perdidos y ser un destello en la oscuridad que revela una verdad oculta: la violencia sistemática del reclutamiento forzado; el meme condensa una herida temporal: el joven en busca de trabajo que quiere parecerse a un personaje de ficción (Ghost, un símbolo de poderío), pero acaba convertido en esclavo del narcosistema. El meme y el podcast son testimonio de cómo el presente mexicano parece no avanzar, pues aparentemente ha devorado cualquier posibilidad de futuro, se repite como una pesadilla de violencia, impunidad, reclutamiento forzado y memes que normalizan el horror; la cultura pop globalizada (redes sociales, Call of Duty, etc), se mezcla con el narcosistema y genera síntomas espectrales, parodias que ya no son parodias sino testimonios de lo irrecuperable.

Sayak Valencia habla del capitalismo gore para nombrar un sistema que además de sostenerse en la explotación laboral (capitalismo), monetiza la violencia. En este sistema los cuerpos se convierten en mercancía desechable y el poder se ejerce mediante el espectáculo del horror: cuerpos colgados, campos de entrenamiento, etc. El narcocapitalismo es un sistema donde el narco funciona como empresa con su narcoeconomía, narcopolíticas, narcobranding, etc. que convierte a sus víctimas en personajes monstruosos o ridiculizados pero siempre como formas de capital simbólico violento, memes virales como el del video son publicidad gore involuntaria, formas en que el narcocapitalismo se reproduce a través del entretenimiento.

Para Didi-Huberman la imagen es una constelación temporal, una herida donde lo que fue sigue latiendo, la imagen-fantasma es lo que se resiste a desaparecer. Lo reprimido (la violencia sistémica) resurge en formas nuevas como un meme o una entrevista, cicatrices simbólicas, de esta forma, el meme activa la memoria cultural.

México está habitado por los fantasmas de sus propias promesas incumplidas: la búsqueda de desaparecidos, los pactos sociales rotos, la Revolución y demás, perdone usted la palabra, chingaderas que hasta hoy tienen repercusiones en el mexicano promedio, el que espera encontrar un buen trabajo y ha visto la Rosa de Guadalupe.

El narcosistema es un paso más hacia la política snuff que ya vaticinaba Sayak Valencia, definida como “esa política que mata en vivo y que además anestesia la percepción de los espectadores para que no se pronuncien críticamente al respecto”.  En Guanajuato, uno de los estados más violentos del país, resulta una burla y muestra descarada de la necropolítica con carteles de LOCALIZADX, dificultando aún más la búsqueda de DESAPARECIDXS. 

En el caso analizado, el reclutamiento disfrazado de oferta laboral muestra cómo el narcosistema reproduce formas de explotación típicas del capitalismo (como el outsourcing, la precariedad, la pérdida de derechos) llevadas al extremo: “no tienes derecho a nada” es tanto amenaza como descripción literal del lugar que ocupa el sujeto en el engranaje gore. La articulación entre hauntología, capitalismo gore e imagen-fantasma permite construir una lectura crítica del fenómeno de la narcocultura mexicana como un régimen estético, político y afectivo que no solo produce violencia, sino que fabrica realidades. La articulación entre hauntología, capitalismo gore e imagen-fantasma permite construir una lectura crítica del fenómeno narcocultural mexicano como régimen estético, político y afectivo que no solo produce violencia, sino que fabrica realidades. Por ello, la teoría aquí planteada, más que solo diagnosticar el imaginario narcocapitalista, busca proponer intervenciones estéticas que interrumpan su hegemonía, que devuelvan agencia a lo reprimido y que activen otras temporalidades posibles frente a la repetición del horror.

Frente al narcosistema espectacular, que hace del dolor mercancía y del cuerpo una superficie de castigo, ¿qué tipo de arte puede hablar por los que no están? ¿Qué formas de la imagen pueden escapar a la estetización de la crueldad y abrir lugar para los fantasmas silenciados?

La poesía visual, el bioarte, el arte comunitario, los memes críticos o el videoensayo son estrategias de fuga, prácticas que, al operar desde los márgenes de la visibilidad, permiten la aparición de lo espectral en tanto forma de verdad. Estas imágenes no buscan mostrarlo todo, sino abrir fisuras en la representación; no pretenden explicar el horror, sino convocar la presencia de lo ausente. En este sentido, una imagen crítica no es la que ilustra la violencia, sino la que resiste a su lógica.

Como postula Georges Didi-Huberman, las imágenes pueden sobrevivir a la destrucción cuando son capaces de encarnar lo que falta: las imágenes lloran, tiemblan, arden. Frente a la imposibilidad de representación plena, estas imágenes insisten, reaparecen, se cuelan por los bordes del archivo. Los memes que circulan en los teléfonos de las periferias, como los de Luis, son imágenes-luciérnaga: débiles, irónicas, pero persistentes. No documentan la violencia, la atraviesan. No nos dicen qué pensar, sino que nos interpelan desde lo innombrable.

El arte comunitario, por su parte, ha encontrado en la acción performativa una forma de resistencia simbólica: las madres buscadoras que caminan con palas y cruces, que bordan nombres, que colocan altares donde nadie los pide, están creando un archivo afectivo del duelo no resuelto. Estas prácticas no se hacen para la cámara ni para la crítica de arte. Son gestos encarnados que disputan el territorio y el sentido. Son, como diría Sayak Valencia, actos de contra-adoctrinamiento emocional en un país donde la insensibilización es política de Estado.

Contra el régimen espectacular del narcosistema, hay que generar imágenes que no compitan por atención, sino que activen memorias. Imágenes sin cierre, sin clímax, sin centro. Montajes que interrumpen, que cuestionan. Para Mark Fisher, lo hauntológico implica volver desde el futuro a reclamar lo que se nos prometió y no se cumplió. En este sentido, los fantasmas del narco no son solo del pasado: son figuras del futuro abortado, de las posibilidades canceladas. Toda imagen que les haga justicia debe ser una imagen en ruinas, una imagen que se duele de sí misma.

Pero estas imágenes no se producen en el estudio ni en el museo. Surgen de las comunidades precarizadas, de los barrios sitiados, de las juventudes hartas de morir sin sentido. Son las madres buscadoras las que ya hacen arte sin llamarlo así. Son los adolescentes que hacen corridos tumbados o memes suicidas los que están creando un archivo digital del dolor. Son los artistas periféricos, fuera del sistema curatorial, quienes encuentran nuevas formas de nombrar lo innombrable.

No se trata, entonces, de hablar sobre los fantasmas, sino de construir espacios donde puedan aparecer. No se trata de representar la violencia, sino de encarnar su resto. Allí donde el Estado solo ofrece silencio, el arte debe insistir, bordear, sugerir. Como una luciérnaga en la noche del algoritmo.

Bibliografía

Diaz, Andres. Valencia, Sayak (2020). Capitalismo Gore: diez años después, una conversación con Sayak Valencia. Sicielo.

Didi-Huberman, George (2011). Ante el Tiempo. Adriana Hidalgo, editora. Buenos Aires.

Doble G (2025). Fui a una entrevista de trabajo y terminé en manos del CJNG | Luis #329. YouTube.

Fisher, Mark. (2018). Los fantasmas de mi vida: Escritos sobre depresión, hauntología y futuros perdidos. Caja Negra. Buenos Aires.

Valencia, Sayak. (2010). Capitalismo Gore. Editorial Melusina. España.


Autores
(San Luis de la Paz, Guanajuato, 2000). Estudia Filosofía en la Universidad de Guanajuato. Autor de Galletas para suicidas (Editorial Frenéticos Danzantes, 2019), La llaga (Premio de Literatura León, 2021, reeditado por Ediciones Come Fuego en 2023), Díganle adiós al ratón (Tierra Adentro, 2021), Imagina que en lugar de aves éramos terremoto (Grafógrafxs, 2022) Colmillo (Niño Down Editorial, 2023), entre otros libros. Dirige la editorial digital Awita de Chale.
El nacimiento de Huitzilopochtli y la derrota de Coyolxauqui. Códice Florentino, 1569. Bernadino de Sahagún. Imagen de dominio público.
El nacimiento de Huitzilopochtli y la derrota de Coyolxauqui. Códice Florentino, 1569. Bernadino de Sahagún. Imagen de dominio público.

Barriendo las escaleras exteriores del templo, Coatlicue, la piadosa, ve unas plumas caer lentamente del cielo azul. Se mecen con la brisa tibia, con el paisaje al Valle del Mezquital que se expande desde el cerro de la serpiente, donde las plumas aterrizan con tanta calma que Coatlicue las toma en el aire antes de que alcancen el piso. Suaves, huelen a fogata. Segura de que nunca ha visto un ave de ese blanco tornasol, Coatlicue la piadosa esconde las plumas entre los senos. Los senos: dos tubos flácidos hasta el ombligo, pedazos de piel inflados y desinflados cuatrocientas veces de leche. Porque cuatrocientas veces Coatlicue ha dado a luz. Y de los centenares de hijos, una sola salió mujer.

Cálidas, las plumas se deslizan hasta los pezones. Coatlicue sigue barriendo, mientras el roce de las plumas le va despertando los poros, la carne, el deseo amodorrado desde la muerte de su marido. En realidad, deseo adormecido desde cuándo. La confección de los hijos fue automática, por no saber decirle que no a las ganas del señor, o por no importarle a él si ella quería abrir las piernas cansadas.

Las manos de Coatlicue aprietan fuerte el mango de la escoba. Barre. El movimiento la va llevando a un vaivén de exhalaciones contenidas, sensaciones irreconocibles, multiplicación de serpientes deslizándose dentro de la piel. Un dios escondido en las plumas la está elevando a un placer desconocido para los mortales. El Viejo Sol está penetrando a Coatlicue por los senos y la preña así de una nueva deidad.

El chisme patina veloz por el pueblo. Coatlicue otra vez panzona. ¿Con quién se metió? ¿Con el esposo de quién? ¿Con el permiso de quién? ¿No que muy piadosa? Viuda sinvergüenza. La vergüenza sí se la andan tragando los hijos, los cuatrocientos, y la única hija, Coyolxauhqui, la que alborota a los demás para vengar a la madre insolente. Vengar su descaro en manchar el nombre de la familia, el recuerdo bendito del padre. Es que cómo se atrevió, si es la cuidadora oficial del templo erigido en la cumbre del cerro. Los hermanos concluyen que no necesitan armas, entre las manos le darán el castigo que merece.

Los hijos esperan los nueve meses para cumplir el plan. Para qué matar al bastardo. El día del parto están todos listos y suben, en una caravana, al cerro del templo. Coatlicue no los escucha acercarse a ella. Las palpitaciones la ensordecen. En cuclillas, las manos en el piso, brazos estirados, posición de gata, Coatlicue grita al sentir, antes del desgarre vaginal, una fuerza divina invadirla desde el vientre hasta los dedos de los pies y de las manos que mutan en garras.

En vez de un bebé llorando sale Huitzilopochtli, el dios del Nuevo Sol y de la guerra.

Nace adulto, empuñado de Xiuhcóatl, una espada que es un rayo de sol. Atónita, Coatlicue observa sus nuevas garras, su nuevo hijo. Va recuperando el aliento del parto cuando la tormenta de odio llega a la cumbre del cerro, el escuadrón de sus cientos de hijos liderado por Coyolxauhqui. Redonda, plana, bella, la cabeza femenina que Coatlicue amamantó, nutrió, peinó por tantos años, se despega repentinamente del cuello tras un espadazo de Huitzilopochtli.

Bajo la nube de angustia materna, Coatlicue observa aterrada el rayo de sol en movimientos de izquierda a derecha que van desprendiendo cabezas de cuerpos. El dolor es tal, que Coatlicue no soporta más la suya, y se arranca su propio cráneo con la fuerza de sus garras. Los dos chorros de sangre de su cuello brotan densos, muy densos, y se solidifican poco a poco en músculos, colmillos, lenguas, escamas, toman aliento de vida en dos serpientes, cuatro ojos. En el flujo divino no hay separación de vida y muerte. El renacimiento de Coatlicue la transforma de su cuerpo débil de humana a una diosa con dos serpientes como cabeza.

Desde sus pupilas de reptil, Coatlicue es testigo de cómo Huitzilopochtli la defiende de sus otros hijos. El recién parido despega cien, doscientas, trescientas, cuatrocientas cabezas de cuellos que escupen sangre, solo sangre, culebras rojas líquidas sin vida, hasta matarlos a todos, hasta que quedan solo las respiraciones alteradas de su madre y de él en el crepúsculo.

Huitzilopochtli, sin pausa, sin descanso, toma con una mano la cabeza de su media hermana Coyolxauhqui y la lanza al cielo, negro de luto, para dejarla colgada como luna. Las demás cabezas las reparte una a una en el firmamento como estrellas. Y luego Huitzilopochtli duerme, duerme por muchas horas en la nueva noche, mientras Coatlicue sopla sobre los ríos de sangre para transformarlos en víboras que se van deslizando por sus piernas y, entrelazadas, forman la falda que ella portará en la eternidad.

Huitzilopochtli despierta en Sol, potente, amarillo, estira brazos y piernas lanzando una luz que apaga la de sus cuatrocientos hermanos y que ilumina el cerro, el Valle del Mezquital, los pájaros y las alas verdes de los árboles. Ilumina también las mismas bocas que criticaron a Coatlicue embarazada y las sella en un respeto, en una veneración hacia ella como diosa de la Tierra, de la fertilidad, del ciclo de vida y muerte.


Autores
(Hermosillo, 1991) ganó el Premio Nacional de Poesía Elías Nandino 2023 con Orquídeas de petróleo, editado por el Fondo de Cultura Económica y Tierra Adentro. Publicó Agua vacía (UNISON, 2024), Segunda virginidad (Paraíso Perdido, 2021); y Arigatou goza-y-más (Elefanta/ISC, 2019), premiado en el Concurso del Libro Sonorense y traducido al inglés por Sendb00ks en 2021. En 2020 ejerció como Jefa de Literatura y Bibliotecas del Instituto Sonorense de Cultura. Como productora publicó en The New York Times el documental “The Death Cleaner”, nominado a los Emmy Awards, “Rocío and me” en The New Yorker y “Nigeria’s Dancer For Change” en Al Jazeera. Ha participado en exposiciones desde la pintura, el performance o la escritura en México, Francia, Holanda y Colombia.

“Viví violencia sexual por parte de un amigo de la familia mis padres. Tenía siete años”, Claudia, ahora una mujer de 47 años, se detiene, abre un poco los ojos al percatarse de un hecho aún peor. Luego de unos segundos, habla con rostro inexpresivo: “No sabía qué era abuso sexual porque nunca me enseñaron”.

Pronto comenzó a responderse preguntas a sí misma durante la entrevista. El diálogo era consigo misma. Se explicaba por qué estuvo expuesta a ese abuso durante tanto tiempo. “No había charlas al respecto con mi familia. Mis papás solían culparme, me decían: ‘Es tu culpa por estar ahí’. Desde ese momento en adelante fue así. A los 13 años, los maestros de la escuela y la regularización me tocaban”.

El silencio fue la única respuesta que obtuvo cuando sufrió esas vejaciones. Ella misma lo usó para bloquear los traumas que dejaron las transgresiones a su inocencia, de la cual poco queda en sus facciones afiladas y el entrecejo marcado. Su apariencia, aunque cortés, impone respeto. Aquel perfil se acentúa cuando admite que tomó “en sus propias manos” el plantar cara a los agresores.

Se volvió una persona defensiva, producto de las constantes agresiones de la educación machista que recibió en casa, bajo el mandato de su padre. Su madre poco pudo hacer, salvo adoptar una postura pasiva. La actitud confrontativa la ayudó cuando un hombre la persiguió a lo largo de dos alcaldías con funestas intenciones. Pudo confrontarlo con ayuda de otra persona y acudió al ministerio público para realizar una denuncia que terminó en la nada.

Después, lograría mantenerse a salvo ante los constantes acosos sexuales de un primo, que la acechó en el momento más vulnerable que Claudia atravesó: su primer embarazo. El costo de sus victorias desgarró su autoestima y su salud mental. “Me costó mucho trabajó entender que no merecía ese trato y que no era mi culpa”.

La violencia psicológica contra la mujer es más prevalente

La violencia de carácter sexual ha sido la más común en México, de acuerdo con la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (ENDIREH), de 2021. El 56.6% de las mujeres de 15 años y más a nivel nacional han experimentado este tipo de agresiones, sin embargo, los registros de 2016 vaticinaban ya el problema. En aquel año, el porcentaje fue de 41.3%.

Claudia reconoció que sus padres la expusieron a críticas sobre su sobrepeso que afectaron su confianza. “Me humillaron por ser gorda. Bromeaban con mi color de piel morena, eran chistes racistas”. Este tipo de micromachismos afectan la personalidad de una mujer y puede hacerlas proclives a vivir en relaciones dañinas para ellas en cualquier tipo de vínculo.

Detrás de los abusos hay un proceso previo aplicado a las víctimas. El objetivo es intentar normalizar las vejaciones de los victimarios, lo hacen a través de discursos y conductas en las que someten a las mujeres a un constante acoso, y en las que los tocamientos inadecuados son parte de una dinámica aceptable, explicó en entrevista la doctora Alejandra Buggs, psicoterapeuta y especialista en estudios de género.

La violencia psicológica es la principal estrategia para afectar la confianza y la autoestima de las mujeres. De esa forma suelen pensar que merecen el daño y denunciarlo es inadmisible. A su vez, siguiendo a la especialista, esta violencia sirve de entrada a otras formas de abuso. Las cifras respaldan su valoración. En México, 51.6% de las mujeres del rango de edades antes mencionado ha sufrido el tipo de agresión al que se refiere la doctora Buggs, además de que es la de mayor prevalencia, conforme a la ENDIREH.

Existen estrategias comunes que los agresores utilizan para minar la autoestima y la salud mental de las víctimas. El gaslight es la manipulación más sutil. El objetivo es hacer dudar a la mujer de su percepción de la realidad, para que sea imposible identificar si un hombre ha sido violento o no, explica también la psicoterapeuta.

Aunado al gaslight, la desvalorización y la humillación suelen ser tácticas para mantener sumisa a la víctima. “Suelen ser bromas hirientes, críticas constantes hacia su personalidad, cuerpo y metas personales, descalificadas por el agresor”. A este abuso lo acompañan los chantajes para hacer sentir a la mujer culpable y que acepte el maltrato.

En casos más graves, hay amenazas para acrecentar el sentimiento de culpa. Los agresores aseguran que se harán daño o se quitarán la vida si los dejan. De esta forma, se conforma la dinámica. “Hay ciclos de abuso con intervalos de ‘lunas de miel’. Se alternan maltratos con gestos de cariño para confundir a una mujer respecto a qué sucede en la relación”, sentencia Buggs.

Con un ciclo de abuso así, es común que las mujeres pierdan su identidad y los límites propios que las mantenían seguras sean transgredidos. La tensión es constante y la ansiedad crece cuando también son aisladas de sus redes de apoyo, un paso fundamental que intentará el agresor para ejercer un dominio completo sobre su víctima.

Si se habla de las principales agresiones de género que prevalecen en la actualidad, es necesario mencionar las tendencias en redes sociales que viralizan narrativas machistas y, en algunos casos, promueven estereotipos negativos, sumisión y dependencia económica hacia un hombre.

Los viejos roles de género vuelven con fuerza en nuevas tendencias

En años recientes han surgido algunas tendencias en plataformas de redes sociales, Tiktok e Instagram en específico, que ganaron popularidad por su estética inofensiva en apariencia. Sin embargo, han recibido críticas por ser solo una extensión de valores ultraconservadores que buscan mantener a las mujeres en un papel de sumisión.

La figura de las tradwives (esposas tradicionales) abraza los roles de género, según los cuales la ama de casa debe cumplir con las tareas del hogar sin recibir ayuda, y está obligada a satisfacer cualquier tipo de necesidad y petición de su marido, de quien depende económicamente. Su estilo de vida ha sido descrito como una forma de las dinámicas de poder machista de la década de 1950.

Algunas influencers de esta tendencia aparecen con atuendos sencillos en contraste con sus hogares opulentos. Ballerina Farm es una de las exponentes de la tradwive. Llamó la atención porque elabora de forma casera casi cualquier producto comestible, pese a que su esposo es millonario y tiene 40 empleados en su granja. Entre sus extenuantes actividades también está la crianza de sus ocho hijos pequeños.

Aunque la tendencia sea inofensiva, es peligrosa. “Refuerza la limitación de la autonomía de la mujer”, opina Buggs. Para la especialista, las tradwives son una muestra de la violencia estructural que enfrentan las mujeres. El sistema patriarcal busca su sumisión y una dependencia extrema hacia el hombre para acrecentar la inequidad. Claudia reconoce que las redes sociales y sus tendencias conservadoras son un retroceso en la equidad de género.

A través de los años, Buggs ha observado cómo se han abierto puestos de trabajo con mayor jerarquía para las mujeres, sin embargo, admite que la violencia económica y laboral aún son una realidad. “Hay mujeres que también son machistas. Desafortunadamente, son quienes defienden a otro jefe acosador”, declaró en referencia a una situación de acoso que experimentó años atrás. “El tipo, incapaz de mirarme a los ojos, siempre me veía los senos hasta que lo denuncié”. Apenas habían pasado horas, ella recibió comentarios revictimizantes. “Me culparon a mí por la forma en que me vestía. Otras chicas le dieron la razón a él”.

Como es típico en estos casos, hubo represalias laborales. Comenzó a recibir maltrato y una cantidad exorbitante de tareas con el mismo salario. “Al final, tuvieron que cambiarme al área de sistemas, donde pude tener un salario justo y actividades de acuerdo a mi puesto”. En ese momento, entendió que ni en las autoridades ni en los empleos había perspectiva de género. “Fui juzgada como una persona conflictiva por defenderme”.

Una ideología que respalda los mandatos de género de los que hablaba Buggs y fomenta la sumisión ante las injusticias es la llamada energía femenina y masculina. Es un discurso que atribuye la pasividad a lo femenino, mientras que la personalidad dominante y la agresividad se relacionan con lo masculino. Buggs menciona que la desigualdad podría ser el resultado. Ninguna mujer aspiraría a empoderarse de seguir estas ideas, ni buscaría otro tipo de aspiraciones.

Otra tendencia relacionada a la pasividad femenina es that girl, un estilo de vida con expectativas inalcanzables de perfección y ceñidas en un rol sumiso. Una de las máximas aspiraciones es transmitir paz a las personas a costa de la abnegación y la invalidación del desagrado que podrían llegar a sentir.

El daño que puede causar, de acuerdo con Buggs, es una distorsión de la realidad en la que predomina una negación de la identidad al intentar alcanzar estándares que promueven estar al servicio de otros. También puede derivar en una profunda depresión debido al físico hegemónico que se establece como requisito en esta tendencia. El común denominador es un cuerpo atlético, alto y blanco. “Las chicas pueden sentir culpa al fallar y podrían sentir que no son femeninas”, concluye.

La salud también se ve comprometida, pues los consejos de las influencers that girl solo dependen de una estética que deben mantener, sin considerar información veraz respecto a los estilos de vida saludables. “Son tendencias que dejan ver la ultraderecha que comienza a figurar en América Latina. Se alejan de lo que alcanzó el feminismo”.

La mercantilización de la violencia de género en medios de comunicación

En medios de comunicación y redes sociales existen discursos que en apariencia son positivos, pero esconden micromachismos. También hay otros que, sin filtros, son agresivos en su totalidad. La maestra Lourdes Barbosa, especialista en género y fundadora del Observatorio Ciudadano de Violencia Contra las Mujeres, ha estudiado la forma en que impactan los mensajes de los medios de comunicación.

En entrevista, explicó que ha identificado cuatro categorías. “El primero se refiere a la discriminación contra las mujeres; el siguiente, tiene que ver con grados de violencia. El tercero se relaciona a la violencia implícita; y el cuarto, a la explícita”, mencionó la especialista en género y comunicación.

En medios de comunicación y redes sociales existen discursos que en apariencia son positivos, pero esconden micromachismos. También hay otros que, sin filtros, son agresivos en su totalidad. La maestra Lourdes Barbosa, especialista en género y fundadora del Observatorio Ciudadano de Violencia Contra las Mujeres, ha estudiado la forma en que impactan los mensajes de los medios de comunicación.

En entrevista, explicó que ha identificado cuatro categorías. “El primero se refiere a la discriminación contra las mujeres; el siguiente, tiene que ver con grados de violencia. El tercero se relaciona a la violencia implícita; y el cuarto, a la explícita”, mencionó la especialista en género y comunicación.

Para ilustrar mejor los niveles y tipos de agresiones, Barbosa se plantea una pregunta respecto a qué diario es más violento, La Prensa o La Jornada. En principio se pensaría en La Prensa, sin embargo, la invisibilización de las mujeres también es una forma de violencia. Varios medios de comunicación considerados serios incurren en esto. “No presentan mujeres desnudas, no presentan mujeres golpeadas, pero no presentan mujeres”, denuncia Barbosa.

En este caso, la especialista aclaró que corresponde a la categoría uno por ser un acto discriminatorio, así como a la categoría dos, pues también hay violencia implícita y explícita. En sus palabras, el hecho de que las mujeres sean aisladas de un discurso en medios de comunicación, responde a un patrón de violencia.

Las noticias y el lenguaje en medios están formulados en masculino, de acuerdo con las observaciones de Barbosa. Al respecto, recuerda una evaluación que hizo de un número de la revista Proceso en el que solo 20% de las notas fueron protagonizadas o escritas por una mujer. Si la invisibilización era un problema, el panorama empeoró con los discursos discriminatorios en los medios a los que las personas acuden para comprender la realidad.

La mayoría de diarios y entornos digitales reproducen estereotipos de la mujer sumisa frente a lo masculino. A menudo, es relegada a las actividades de crianza, cocina o servicio al varón. Son papeles pasivos que tienen repercusiones en quienes reciben estos mensajes, pues niegan sus derechos como ser humano, explicó Barbosa.

Respecto a la violencia implícita, aparece en forma de chistes en la vida cotidiana. En los anuncios o redes, llega con la exposición del cuerpo de una mujer como un objeto de placer. “Nunca vemos la cara de la mujer, no habla y aparece con el trasero expuesto, ahí está lo implícito, y se coloca un post it”, ejemplifica la especialista con un anuncio de una marca reconocida que observó en redes.

Por otra parte, está la forma tradicional de entretenimiento que se vale de violentar de forma explícita a las mujeres y que fomenta un círculo vicioso en el cual las personas aprenden prácticas de estos medios. Así, se forman conductas e ideas que producen y reproducen una cultura agresora.

Hablar de la violencia contra la mujer en los medios amerita un diálogo profundo; en contraste, ha sucedido un fenómeno contrario. “En la última década se ha visto una mercantilización sobre el tema de la violencia. Se expresa con más fuerza en el 25 de noviembre y el 8 de marzo”, esclarece Barbosa.

Se ha tomado el problema de género como un producto. “Ahora se trata de ver quién saca los golpes más fuertes, quién saca las cifras más impactantes, o quién saca una historia absolutamente morbosa”, analiza la especialista. 

Este tipo de comunicación sensacionalista nunca ayudó a que las agresiones disminuyeran. “Se ha convertido en una pantalla de morbo”, y se evita concientizar respecto a la situación. En síntesis, el sentido de protesta y denuncia dejaron de ser el objetivo en los medios.

Como alternativa, Barbosa, junto a su equipo de trabajo, propone un cambio de narrativa que evite enfatizar el azul violeta de los ojos golpeados de una mujer, cuando se habla del drama de la chica violentada. Para la especialista es necesario hablar del acceso de las mujeres a la justicia. Se tiene que visibilizar en medios el papel de los ministerios, policías y jueces.

Barbosa enfatiza en lo anterior con urgencia, porque la forma de exponer las agresiones contra las mujeres ha conservado un tono revictimizante y amarillista, de acuerdo con las conclusiones a las que su grupo de especialistas llegó. “No ha cambiado nada en un siglo y medio”. Por otro lado, las redes sociales experimentan narrativas en las cuales se refuerzan estereotipos y roles de género.

“A las más jóvenes se les enseña que deben buscar a un varón que las mantenga, y se promueve la cultura de los cuidados”. Otro de los efectos negativos de estos discursos es el peso bajo e imagen de extrema delgadez que las mujeres conservan. Las influencers y las tendencias se encargaron de viralizar estas ideas. En contraste, Barbosa reconoce que se ha ganado respeto a la diversidad de cuerpos.

Hacen falta herramientas psicológicas contra la violencia

Es posible prevenir la violencia contra la mujer desde un trabajo psicológico personal. Buggs menciona que, en una situación de violencia, se deben reconocer las dinámicas que la permiten y alejarse de ellas. La terapia psicológica es de ayuda para identificar las estrategias de gaslight de los agresores. 

Con un trabajo en terapia, también será posible establecer límites firmes. Para Buggs, este paso es primordial hacia un cambio positivo, pues en la mayoría de los casos de abuso el agresor intenta desdibujar las líneas de respeto y autocuidado de sus víctimas. “Se debe aprender a decir no, a tener el respeto mutuo como base”. 

El apoyo de la familia o amigos es uno de los pilares en una vida libre de violencia. Contar con redes de apoyo a quienes acudir en caso de emergencia es una de las prácticas saludables que recomienda Buggs. “Tener un grupo de pertenencia para hablar es fundamental”, explica la especialista en género. 

La educación emocional para prevenir la violencia contra la mujer se ha vuelto una necesidad. Buggs sugiere que siempre se debe cuestionar qué es el amor y qué es la dependencia. Así, podrían reconocerse estrategias de manipulación. Sin embargo, en caso de encontrarse en una situación adversa, será imprescindible acudir con un terapeuta con perspectiva de género. 

En cuanto a las medidas que la sociedad podría adoptar para reducir el riesgo de vivir este tipo de violencia, la especialista recomienda una educación que enseñe la equidad de género. “También necesitamos legislaciones más efectivas, que garanticen el acceso a la justicia”. Un buen complemento, en palabras de Buggs, serían campañas de sensibilización al respecto y espacios seguros para las mujeres. 

Claudia considera que la familia podría jugar un papel definitivo en cuanto a la erradicación de este problema. Desde su experiencia, identifica con claridad que la educación machista se hereda y por ello hay un nulo respeto a la vida. “En todos lados hay violencia”. Combatirla sería posible si hay consecuencias claras para los agresores, en su opinión. Sin embargo, la respuesta que ofrece para cambiar el presente es lapidaria: “Falta concientizar sobre la violencia machista”.


Autores
Diego Durán nació en la CDMX en 1996. Egresado de la licenciatura en Ciencias de la Comunicación y Periodismo, en la Facultad de Estudios Superiores Aragón (UNAM). Ha colaborado en medios de comunicación periodísticos y culturales como Chilango, Tierra Adentro, Fondo de Cultura Económica, Grupo Expansión e Infobae.
"Todo el cielo se ve oscuro" de Mateo Díaz Choza. Colección Tierra Adentro. Fondo de Cultura Económica del Perú.
“Todo el cielo se ve oscuro” de Mateo Díaz Choza. Colección Tierra Adentro. Fondo de Cultura Económica del Perú.

I. Tinta negra

Un día de los primeros meses de la pandemia mi amigo Z terminó de dar sus clases virtuales, mandó un correo de renuncia a sus jefes y se quitó la vida de una manera que nunca, al menos según supe, se hizo pública. Era alrededor de la una de la tarde, estaba en la casa donde siempre vivió, con su familia. Alguien debió descubrirlo. Por la tarde recibí una solicitud de mensaje en redes sociales que no abrí hasta después de enterarme de lo que había pasado, por la noche escuché el audio de un amigo [A] que me comunicaba la noticia. Hasta ese momento era un día más o menos bueno dentro de la monotonía inicial del primer año de la pandemia: faltaba poco para el lanzamiento virtual de mi poemario y minutos antes me habían confirmado que Gloria Gervitz, la poeta mexicana de origen judío, me iba a enviar a casa un ejemplar firmado de su libro Migraciones. Yo nunca he sido aficionado a los autógrafos de ningún tipo, pero en ese entonces, como ahora, los textos sobre errancias y desarraigos me interesaban y quería leerlo hacía tiempo. Todo se desvaneció con la voz de mi amigo, el mensajero [A]. El resto de la noche llamé, una a una, a distintas personas para darles la noticia. Las llamaba, les preguntaba cómo estaban, les advertía que algo terrible acababa de suceder, se los decía y esperaba que invariablemente rompieran en llanto. Yo no lloré esa noche, pero sí al día siguiente, cuando desperté mucho antes de lo que suelo hacerlo, a eso de las seis de la mañana. Era otoño en Providence, y ese día, acaso adelantándose a la estación, estaba nevando.

Estoy en el bosque de Chapultepec. Sentado sobre un columpio hay un chico con síndrome de Down. Una mujer, que podría ser su madre, lo balancea por varios minutos. No me resisto, saco mi celular y empiezo a filmar. Registro dos clips de menos de diez segundos. Amplifico la imagen para ver el rostro del chico, quien se ve tenso y al mismo tiempo parece disfrutar del juego. Es domingo y hay muchísima gente alrededor. A mi lado, S juega con Circe, una cachorra que no paró de ladrarme la primera vez que me vio. Cuando S recibe una llamada, me entrega la correa de Circe, pero ella ya ha salido disparada en dirección a unas personas que hacen un picnic. Hay que verla correr, sus extremidades estirándose con plasticidad en el aire, mitad cachorro mitad caballo. Belleza atlética del movimiento. Cuando era niño les tenía pavor a los perros, ahora trato de hacerme cargo. La llamo varias veces hasta que me hace caso. Yo voy a intentar engancharle la correa; ella va a saltarme, apoyar sus patas delanteras llenas de lodo sobre mi cuerpo y, si puede, seguir moviéndose a toda velocidad.

Cada vez que intento escribir relatos llego a una misma conclusión: me es muy difícil, por no decir imposible, inventar historias. Puedo hacerlo, pero las siento falsas. Ni yo mismo las creo. El pacto de verosimilitud, que con alegría suscribo cada vez que leo una novela o un cuento, me es imposible otorgármelo. Con el tiempo esta actitud también ha afectado mis poemas. En la poesía, aunque no se trate de historias o hechos, uno puede también mentir. Últimamente el tipo de poema que me gusta es el que no miente; mis mentiras en verso, aunque sean indistinguibles para los lectores, ahora me avergüenzan. Para Z, prolífico y talentoso narrador, la cosa es al revés. Lo imposible es no inventar, y la falta de verosimilitud no es nunca motivo de autocensura sino de celebración. Como no hay nada que contar de mi vida, me dice Z, elijo ir a la contra.

Por un tiempo se convence de que este libro debe empezar con el relato de un viaje. Es enero de 2019, acaba de pasar su segundo invierno en los Estados Unidos cuando toma un avión para Lima. Casi siempre que vuela al Perú en esos primeros años, su regreso tiene un carácter de huida. Después de un año y medio de iniciar sus estudios, no ha escrito un solo verso y se empieza a deprimir. Tiene además el corazón roto y el sueño destruido. En las semanas anteriores a volar piensa en irse a la selva para tomar ayahuasca, pero se desanima pronto por detalles logísticos y porque en el fondo la experiencia le atemoriza. No sabe cómo va a reaccionar su cuerpo, tiene miedo de que los efectos físicos provocados por la ingesta sean demasiado violentos. Curiosamente, no le asusta lo que a muchos otros más les preocupa: ver lo que van a ver y, aun peor, quedarse en el otro lado, que todo quede interrumpido en el viaje de ida. Desiste, pero entonces se reafirma en la necesidad de viajar a algún lugar, y casi sin pensarlo elige Ayacucho como destino. Después de una semana de estar en el Perú compra los boletos. Una tarde de enero se sube al avión. Sin embargo, casi una hora después, cuando ya habían anunciado el aterrizaje, el avión se da media vuelta y regresa a Lima.

Kleist se pregunta cuándo y de qué manera ha

entrado el color oscuro en su vida y se ha extendido

como tinta negra en una botella de agua clara.

Tenía veintisiete años la primera vez que me enteré del suicidio de un conocido. Era un profesor de la universidad con quien mi grupo de amigos y yo habíamos tenido cierta cercanía. En el velorio encontré a varios antiguos compañeros y recuerdo que al final terminamos cenando sopa ramen en un puesto de comida asiática. Al entierro no fui. Seguro porque ese día tenía que trabajar, aunque, en general jamás me ha gustado asistir a esos eventos: siempre voy a los velorios, a algo hay que ir, pero intento escabullirme de los entierros. Quien sí fue es Z. Hubo un bus que los llevó y los recogió del cementerio, que quedaba en algún lugar de las afueras de Lima, quizás Lurín o Huachipa. En el viaje de regreso, a Z le toca sentarse al lado de la hermana del profesor fallecido. Ella no para de hablarle y contarle cosas acerca de su hermano, intercalando relatos, apreciaciones y juicios morales que a la larga terminan por mezclarse. Su aspecto es taciturno y apagado, pero aun así sigue hablando hasta que el bus llega a la ciudad y Z se baja. Lo que Z siente en ese monólogo disfrazado de conversación no es ni pudor ni incomodidad, sino la felicidad banal de quien escucha historias y se deja llevar por ellas. Una sensación algo parasitaria, me dice, porque esas mismas historias las podrá convertir luego en su propio relato. La esencia, en buena cuenta, de toda escritura.

Antes de nuestra primera cita S escribió a la Red de Sororidad, un grupo de WhatsApp de más de doscientas mujeres de la Ciudad y el Estado de México, indicándoles el lugar y la hora donde nos íbamos a encontrar. También me buscó en internet para verificar si mi foto y mi nombre coincidían, para saber si era quien decía ser. Nos vimos en un café de la Roma a las cuatro de la tarde. A pocos metros de nuestra mesa estaba un argentino que seguro entendió lo que estaba pasando, el primer encuentro de dos personas que jamás se han visto y que se han puesto en contacto por un aplicativo de citas, y no tuvo problemas en inmiscuirse repetidas veces en nuestra conversación. Se presentaba como un jugador de fútbol retirado que se había mudado a la Ciudad de México para trabajar como instructor en un gimnasio. Después de un momento, al darse cuenta de que no le hacíamos mucho caso, se fue no sin antes decirle a S que se casara conmigo. Unas horas después S se despidió diciéndome que había quedado en ir a un espectáculo de lucha libre, el primero al que iba a pesar de llevar casi ocho años viviendo en la ciudad (lo que no me dijo es que ahí, en las gradas del coliseo, tendría su segunda cita del día). Esa noche no le dio tiempo de pasar por su departamento y ver si Circe estaba bien, si no había destruido algo, se había orinado o cagado. Como lo sabría poco después, Circe no estaba acostumbrada a quedarse sola y a los pocos segundos de que S la dejaba empezaba a llorar y morderse la cola.

Poco después de la muerte de Z me acuerdo del poema que W. H. Auden escribió tras la de W. B. Yeats. Allí el poeta irlandés aparece en sus últimos momentos, en un día frío y oscuro de invierno. Las dos primeras secciones son sobrias, llenas de versos muy poderosos dichos en palabras sencillas y entre frases casuales. En la tercera y última empieza a sonar un redoble fúnebre de cuartetos rimados que llevan a una conclusión magistral e intraducible:

En los desiertos del corazón

Deja a la fuente sanadora brotar

En la prisión de sus días

Dile al hombre libre cómo adorar

Auden escribió el poema poco antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial. El mundo que el poeta describe es de crispación, de la tensa calma que antecede al estallido. Por eso dice: “En la pesadilla de lo oscuro / todos los perros de Europa ladran”. Lo leo en voz alta muchas veces. Desde la misma noche del suicidio de Z, me doy cuenta, leo varios poemas en voz alta.

Llega a Ayacucho (o Huamanga, el nombre antiguo y aún usado en la ciudad, rebautizada en 1825 en honor a la batalla de Ayacucho) al día siguiente, alrededor de las ocho de la mañana. Toma un taxi en el aeropuerto y le dice al chofer que venía en el avión que no pudo aterrizar ayer. La justificación de la aerolínea era que la pista de aterrizaje no estaba acondicionada en ese momento, pero el taxista dice de inmediato que eso es mentira. En todo caso, el suyo era el último viaje de aquel día y por eso los pasaron al primero del día siguiente. Después de recorrer el cercado de Huamanga, el auto atraviesa un arco llamado Puka Cruz y empieza a subir el cerro para detenerse en una casa en una calle empinada. El taxista le dice que esa es la dirección y luego le pregunta por qué escogió quedarse en un lugar tan alejado del centro. Es un hospedaje manejado por un holandés de unos cincuenta años que vive allí, con su hermana, hace varias décadas. El holandés cuenta que antes lo confundían con el pishtaco, ese ser maligno del imaginario popular andino que le chupa la grasa a las personas a las que encuentra en caminos desolados hasta dejarlas como un esqueleto: hay muchas versiones del mito, pero en todas el pishtaco es blanco y forastero. Luego de dejar su equipaje, camina unos veinte minutos hacia la plaza de Armas y busca un lugar para desayunar y donde pueda conectar su celular al wifi. Encuentra una juguería frente a la plaza, en un segundo piso, y apenas se sienta en una mesa empieza a advertir los síntomas del mal de altura. Huamanga está a poco menos de tres mil metros de altitud. Casi sin moverse toma un jugo de fruta y deja que su cuerpo se aclimate. Los días siguientes pasea por el mercado central, va a la casa-museo del retablista Joaquín López Antay y a Anfasep, la asociación de familiares de desaparecidos durante el periodo de violencia política. También visita un descuidado museo militar dedicado a Andrés Avelino Cáceres, héroe de la guerra del Pacífico, donde descubre cuadros coloniales de la escuela cusqueña, rotos o apolillados, mientras un cadete bastante joven y algo extrañado por su presencia le hace pasar a las distintas habitaciones. Lo que más le impresiona de ambos lugares son las fotos antiguas: una de Zoila Aurora Cáceres, hija del héroe, escritora casada con el cronista guatemalteco Enrique Gómez Carrillo (“se casó con un francés”, decía el cadete); otra, de las hermanas Alicia y Celia Bustamante, casi adolescentes, sentadas en la vereda de algún pueblo junto a una joven de rasgos andinos. Las dos tienen sombrero: el de Alicia, que está sentada a la izquierda, reposa a su costado, mientras Celia, que está en el otro extremo, lo sostiene sobre sus piernas. Lo más curioso de esa foto, que estaba en la casa-museo de López Antay, es que ni Alicia ni Celia, quien luego sería esposa de José María Arguedas, miran a la cámara ni a la mujer que está sentada entre las dos. Sus miradas parten del centro de la foto para separarse en diagonales opuestas (Alicia hacia la izquierda, Celia hacia la derecha) de un modo tan simétrico que parece compuesto adrede. En cambio, la mujer del centro solo está ahí, sin sombrero y con sus manos cruzadas sobre las piernas (las tres mujeres de la foto tienen las manos cruzadas sobre las piernas). Aunque está sentada de frente al fotógrafo, tampoco ve directamente a la cámara, sino que mira hacia la izquierda por el rabillo del ojo. No intenta sonreír como las hermanas. Su vestimenta es oscura al igual que su cabello y desde la fotografía es imposible distinguir los detalles de su atuendo. No se sabe si viste un conjunto de una o dos piezas, ni se puede identificar alguna prenda individual como los sombreros, el vestido de Alicia, el overol de Celia o las modernas zapatillas de ambas. De hecho, es imposible ver si la joven anónima lleva zapatillas, sandalias o está descalza. Aunque es evidente que en la foto hay tres personas, la leyenda de la museografía tan solo dice: “Alicia y Celia Bustamante”.

El lamento por el muerto-suicida se vuelve un conjuro: un ruego para que el muerto no regrese, un ruego para que esa persona osada no descanse entre los vivos o los muertos; la negación para alejar el daño; la negación de esa existencia, de su imagen y semejanza.

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Autores
(Lima, 1989) es poeta e investigador. Estudió el doctorado en estudios hispánicos en Brown University. Ha publicado los poemarios Libro de la enfermedad, Monólogos desde Babel y Precipitaciones, y la colección de ensayos El poema es una cosa que circula. 8 ensayos para discutir la producción poética del Perú. Textos suyos han aparecido en Quimera, Asymptote, Rio Grande Review, Luvina y Pesapalabra. Vive en la Ciudad de México.
Portada de "Sobre el sonido de un derrumbe", Patricia Martínez Pedreguera. Colección Tierra Adentro, FCE, 2024.
Portada de “Sobre el sonido de un derrumbe”, Patricia Martínez Pedreguera. Colección Tierra Adentro, FCE, 2024.

En cuanto terminé de leer el libro, anoté lo que sigue: si mi familia se derrumba, espero que lo haga con el mismo encanto, con el mismo afán poético, con el mismo estruendo insólitamente bello que se reproduce en esta obra. Luego recordé que mi familia ya se había derrumbado desde hacía muchos años y mejor seguí con la reseña. 

Sobre el sonido de un derrumbe, de Patricia Martínez Pedreguera, es una obra de teatro que muestra sin tapujos ni miramientos los contrastes de una familia; corrijo, de todas las familias. La obra de teatro nos deja ver su lado bestial y amoroso, su lado impredecible y cotidiano, pero también su aspecto místico e impúdico. De hecho, la gran virtud del libro es que podría representar a cualquier grupo de parientes que haya existido en este mundo. La hazaña de la autora fue convertir las entrañas familiares en literatura, en alta poesía, en acotaciones excepcionales, en diálogos, monólogos y soliloquios de una precisión sin límites. ¿Cómo habrá sonado mi familia cuando se derrumbó? El ruido de la familia que devasta Pedreguera en su libro, nos dice la escritora, comienza sonando así: “trrr trrr trrr”. 

Los personajes parecen existir, la autora logra manifestar sus virtudes o trastornos, con realismo, a lo largo de la escenificación; logra reconstruir en episodios breves sus pensamientos y voces, con todas las contradicciones o vericuetos que los conforman. Es de esas escritoras que insufla de alma a sus personajes debido a la profundidad con que los desarrolla. A la mitad de la obra pensé: si yo llevo décadas sin ver a mi familia, si no quiero ver a la mayoría, ¿todavía existen?

Algo que me descolocó en principio y terminó fascinándome es que la anécdota no es lo fundamental aquí. El hilo dramático no resulta esencial, lo que termina siendo memorable son los juegos literarios, los actos de ruptura del género, la desbordante retórica que permea el texto. En realidad, la historia es muy sencilla, habla de cómo un secreto familiar pesa y hace que las dinámicas alrededor de un abuso terminen por hacer pedazos a los involucrados. Pero repito, la anécdota vale madres. Lo inquietante es que, nunca, los trayectos de los personajes ni sus palabras van de un punto A a un punto B de la manera más lógica o predecible, siempre atraviesan laberintos, bosques encantados, callejones peligrosos, abismos o zonas minadas antes de llegar a su destino. 

Los personajes de la obra no solo hablan entre ellos, también se dirigen con toda seguridad al destino, les hablan también a las partes más desquiciadas de sí mismos, le hablan a su pasado y su probable futuro, se comunican con el vacío, uno habla incluso ni más ni menos que con Dios. El elemento central de la historia de mi familia no es el abuso, sino el abandono; en la de otros, ¿cuál será el epicentro?

Martínez Pedreguera demuestra que el teatro es uno de esos géneros que, desde hace mucho tiempo, se pasa por los huevos el canon, lo tradicional, lo esperado, y ofrece piezas tan alternativas, tan disruptivas, que hacen que algunas novelas o cuentos mueran de envidia y salgan de la habitación pidiendo perdón por su naturaleza conservadora. 

Quiero resaltar cómo funcionan en el libro las acotaciones. Esas pautas que supuestamente nunca serán un elemento público. Esas indicaciones que solo están diseñadas para ser leídas por los actores, el director o quizás el iluminador. Pues resulta que esos secretos que el espectador jamás conocería, aquí, son una pieza esencial del texto, están diseñados para exhibirse con impudicia en escena. Son, quizás, lo que más me gusta. La primera ya marca la pauta de lo que viene, nos indica la autora: “Los personajes que aparecen en esta obra son parte de una familia. Si en los actores hay un aire de familia, muy bueno; si no parecen parte de la misma familia, bueno también, pero no tan bueno”. Gran arranque.

Pienso que, si un autor se toma el tiempo de hacer arte con las acotaciones, a mí no me queda otra que aplaudirle de pie por su empeño, por quebrantar las normas, por volcar su talento en algo que parecería tangente al producto final. Hasta antes de este libro, un guion de teatro leído como una obra literaria me daba una sensación de estar frente a algo en extremo incompleto, algo que necesitaría ser dotado de un montaje para juzgarse con certidumbre, para tener relevancia plena. Sin embargo, en este caso, me maravilló que no me hiciera falta ninguna otra cosa. Es más, me resultó emocionante, especular, hasta dónde podría llegar la obra ya montada, estoy seguro de que tiene el potencial de convertirse en un producto destacado. Ojalá tenga yo la suerte de ver también la puesta algún día. Pero, en fin, algunas de las acotaciones no solo son insólitas, también serán muy difíciles de lograr, baste un ejemplo sencillo pero revelador, la autora escribe tras un diálogo: “Brinca un grillo”, ¿cómo chingados logrará un director seguir esta marca, no lo sé, pero no puedo esperar a ver las propuestas. Si yo pudiera ponerles una acotación a mis propias palabras dichas en voz alta, escribiría: una deidad con un caballo verde en la coronilla relincha cada vez que grito.

Otra de las acotaciones asegura: “pedazo a pedazo comienzan a caerse las escenas”. Una dramaturga que se atreve a destruir su obra, a mencionar la devastación de lo que ha planteado, ya se ha deshecho por competo de cualquier limitación. La libertad de este libro me insufló de un deseo ejemplar por llevar lo más lejos posible mi propia escritura. Y ello es algo que por siempre le agradeceré.

Como les mencioné antes, uno de los personajes es un interlocutor, un intermediario entre Dios y el reino de lo mundano. Heidegger decía que los poetas son traductores de lo divino, los únicos capaces de hablar la lengua de los dioses, de compartirla. Martínez Pedreguera es, sin duda, una poeta, e igual que los autores antiguos, utiliza la poesía para crear su drama, para lograr que una divinidad sea parte de su catálogo de personajes.

A lo largo de la obra aparecen sentencias, aforismos, adagios, no sé bien cómo llamarles, fragmentos reveladores que me hicieron estremecer. Nada sostiene mejor la verdad que la certidumbre literaria. Es justo la certeza estética uno de los pilares de la obra. Valgan estas oraciones como ejemplo de lo que afirmo: “Hay padres que no exigen atención, que no hacen de sus hijos un público cautivo. A esos padres fácilmente se les puede dejar de escuchar, incluso se les puede olvidar”. “Pero si se lo preguntan, no es difícil de encontrar una urna así, la pedí por Amazon. Increíble, ¿no? Pero sí, en Amazon venden urnas”. “Quizá parezca abrupto, pero así es mamá. Y ahora es temprano: a mamá le gusta gritar por la mañana y callar por la noche”.

Toda familia es un derrumbe y una construcción que se erige de nuevo, solo para ser derribada por un nuevo desplome y luego ser reconstruida de inmediato. Pero cada arreglo la va desgastando, la vuelve más frágil, nunca queda del todo como en su origen, por ello, las familias se vuelven con el tiempo un amasijo de monstruosidad, una abominación medianamente habitable que apenas logra mantenerse de pie. La obra muestra perfectamente ese estado de vulnerabilidad interminable que es el centro de nuestro orden social. Mi familia también es una bestia a la que se le caen los pellejos y va arrastrando los miembros por el suelo. 

La obra está anegada de la magia de lo cotidiano, de elementos que parecen fantásticos o paranormales, pero ocurren en contextos demasiado realistas, incluso burdos. Una muestra de ello es la historia que cuenta uno de los personajes, quien fue capaz de teletransportarse de la línea azul del metro a la verde. 

Solo Martínez Pedreguera es capaz de incorporar con calidad estética figuras tan decadentes de la cultura popular como Maná y Juanes a su texto. Me sorprende, pero la aparición de estos grupos en una de las escenas potencializa el poderío del conflicto. Cuando se murió mi abuela, alguien lloró escuchando la de “Oye cucú papá se fue…”, me pareció ridículo no solo porque el bodrio habla acerca de una figura paterna, sino por la música y la letra que no soporto.

Sobre el sonido de un derrumbe es un libro que me gustaría volver a leer varias veces, lo cual no es común que me ocurra. Es una obra, reitero, que me encantaría ver en escena. En fin, me parece justo terminar la reseña con la misma acotación que cierra el libro y que representa lo que yo sentí tras el final: “Oscuro. No, mejor luz. Mucha luz”.


Autores
Ciudad de México (1977). Fue becario del FONCA, en el género de cuento (2007). Obtuvo el Premio Internacional de Narrativa Ignacio Manuel Altamirano (2009). Fue ganador del Concurso Latinoamericano de Cuento Edmundo Valadés (2015). Fue Mención Honorífica del Premio Lipp de Novela (2017). Editorial Paraíso Perdido publicó su novela Los Demonios de la sangre. Fá Editorial publicó su poemario: Tatuajes de un mexicano herido. La BUAP editó su libro 52 vueltas.
Portada de "Cartografía de paraísos insomnes", Zauriel A. Mtz. H. Awita de Chale, 2025.
Portada de “Cartografía de paraísos insomnes”, Zauriel A. Mtz. H. Awita de Chale, 2025.

Nubes

Alma dijo que no mirara hacia abajo y miré hacia arriba antes de que añadiera “pero mucho menos vayas a mirar hacia arriba”.

Una vez fui con mi hermana a Six Flags y nos subimos a una atracción que ahorita no recuerdo cómo se llama, te hace dar vueltas a lo volador de Papantla pero en sillas. Mi estómago se volvió caída al saberme volando en ambas ocasiones.

Aterrizamos en  Guanajuato. Alma guardó su escoba en el bolso. Tenía un montón de chácharas de ese tipo. Había aprendido hechicería en Tik-Tok y soñaba con ser influencer. Cada tres días un video suyo realizando hechizos aparecía en mi feed.

Me preguntó si el amor era cosa de todos los días. “Supongo”, respondí.

“Yo creo que no” dijo, “algunas mañanas una se levanta y descubre que no tiene un ápice de cariño ni para darse a sí misma, esos días vas por la vida con el ceño fruncido y odiando a todo aquel que se acerque, incluso sus seres queridos que se vuelven detestables por un rato. Pero si no los odiáramos tampoco podríamos amarles. Tenemos que darle chance al amor de descansar porque forzarlo es matarlo”.

Entramos al bar Lobos. Ella bailó por unos segundos al ritmo de “Who can it be now?” y luego se detuvo como si un hechizo de los suyos la hubiese congelado. La mesera sacudió su cabeza al vernos entrar. Hace unos meses Alma también decidió volverse huracán y se puso a dar vueltas (confundida con los tornados) hasta que su tempestad chocó con la mía y no supimos qué hacer.

—¿Sabes hacer amarres? –pregunté al sentarnos.

—¿Por qué no bailaste conmigo? –dijo ella.

—¿Querías que lo hiciera?

—Obvio, menso.

Escribimos para dejar constancia de nuestra existencia. Escribo para dejar constancia de que alguna vez rodamos juntos sobre el pasto.

Alma bebió su cerveza a sorbitos de ojos cerrados, como si besara la botella. Me quedé mirándola como quien observa un paisaje nocturno. Una parvada de cisnes chapoteaba en la comisura de sus ojeras cuando me preguntó:

—¿Qué ves?

—Pájaros.

“Quédate hasta la siguiente catástrofe” pensé y guardé el instante en mi bolsillo izquierdo.

—¿Entonces no vamos a bailar?

—Vamos.

Me tomó de la mano mientras sonaban las primeras notas de Breakup song.

La mesa de billar se volvió nuestra pista de baile hasta que llegó la mesera a sacarnos.

—Este callejón se siente seguro –comentó Alma.

Busqué el nombre. “Corazones”. El mío se estaba preparando para recibir un golpe.

—Me aceptaron en Hogwarts –soltó.

—¿Neta?

—Si, ayer llegó la lechuza. Quiero estudiar una Ingeniería en Alquimia.

—Qué chingón. ¿Cuándo te vas?

—Hoy. Por tres años.

El callejón se partió en dos. Luego en tres y en cuatro. Cuando llegamos al centro ya no era.

—¿Seguirás subiendo TikToks?

—Claro. Me voy a hacer famosa. Vas a ver.

—Yo sé que sí.

Me dio un beso en la mejilla y se fue volando en su escoba.

He estado pensando que algunas tormentas ocurren en rincones del mar sin espectadores.

Ayer me llegó una lechuza con una carta suya: resulta que no hay internet en Hogwarts.

Descarga gratis la novela en: https://drive.google.com/file/d/1PxUQBURU7CpSlcv2JYH7vkR8fLc_uTD8/view?usp=drive_link


Autores
(San Luis de la Paz, Guanajuato, 2000). Estudia Filosofía en la Universidad de Guanajuato. Autor de Galletas para suicidas (Editorial Frenéticos Danzantes, 2019), La llaga (Premio de Literatura León, 2021, reeditado por Ediciones Come Fuego en 2023), Díganle adiós al ratón (Tierra Adentro, 2021), Imagina que en lugar de aves éramos terremoto (Grafógrafxs, 2022) Colmillo (Niño Down Editorial, 2023), entre otros libros. Dirige la editorial digital Awita de Chale.
Portada de "Sobre el sonido de un derrumbe", Patricia Martínez Pedreguera. Colección Tierra Adentro, FCE, 2024.
Portada de “Sobre el sonido de un derrumbe”, Patricia Martínez Pedreguera. Colección Tierra Adentro, FCE, 2024.

Dramatis personae

1.  Los personajes que aparecen en esta obra son parte de una familia. Si en los actores hay un aire de familia, muy bueno; si no parecen parte de la misma familia, bueno también, pero no tan bueno.

2.  Los personajes son siete: seis vivos, uno en cenizas.

a)  Sobre los personajes: la descripción de cada uno sale más adelante.

b)  Sobre las cenizas: las cenizas deben estar en escena, al centro del escenario o de la sala, y de preferencia que sean cenizas reales, de un humano verdadero. No hay que matar a nadie para ello.

3.  En esta historia también sale Dios. Pero este, por obvias razones, no lo puede interpretar ningún actor. Hará falta, quizá, un intermediario de Dios.

I. EL SONIDO DE UN DERRUMBE

Escuchas de repente el sonido de un derrumbe. Es junto a tu casa, te avisaron hace una semana.

Empieza con un trrr trrr trrr luego es un pumpumpumpumpumpumpumpum y luego tatatatatatatatatatatatatatatatata.

Y luego todo eso sin vocales.

Y luego viene una pausa.

Y cuando sientes que todo ha terminado, viene un sonido que es metálico, y también tierroso, y empieza a rechinar y el rechinido sube de volumen. Porque rechina concreto contra concreto, y lo que suena son los pedazos de lo que fue una casa, arrastrados por una máquina gigantesca y pesada.

Y luego hay otra pausa.

Y luego empiezan los martillos. No los ves, pero deben de ser unos mazos gigantes que golpean el piso sin piedad.

PUMMMMM

Silencio.

PUMMMMM

Silencio.

PUMMMMM

Silencio.

Este silencio dura un rato más.

La calma se alarga tanto, tanto.

Y entonces la máquina gigantesca y pesada arrastra una montaña de tierrapiedraladrillovarilla escombro.

Ymientrasarrastracadagramodetierraypedazodecasavibratodo:loscristalesloscableslosposteseltendederoelvasoconaguatusmanos.todoestátemblandomerotodosdicenqueesnormalqueasípasacuandohacendemoliciones.perotúdicessíperonoesnormalquemismanossudenasí.yyanotedicennadaporquesiteponesasíconlosderrumbesentoncesdeberíasdeirconunpsicólogoohacerejercicioomeditarporquelademoliciónnovaapararprontoydespuésdequecaigaesacasaconstruiránunedificioyestesonidoquetetaladrayteestremecevaestarcontigoparasiemprebuenoporcatorcemesessegúnafirmajonnathanelarquitectoytúdicesbuenoeseeselcostodelprogresoytetienesqueaguantar.

Alto. La demolición para, así pasa a ratos, a ratos para.

Subes al techo de tu casa y te asomas para ver el desastre de la demolición vecina. Y ves cómo las paredes, y lo que antes fue una casa, está en trozos de ladrillos y cuando ves los ladrillos así, aventados a uno y otro lado, piensas que así son las casas, lugares que parecen sólidos, pero que en realidad están hechos de polvo apilado.

antes del derrumbe hubo una casa

y en esa casa hubo un abuso.


II

¿Te acuerdas de cuando fuimos a Acapulco?

¿Quiénes?

Tú, yo, Emi y Víctor.

Eran chiquitos.

Fue antes de que naciera Cata.

Fue mucho antes, ¿no?

Víctor: ¿No iba también el abuelo?

Ah, sí, sí, también iba el abuelo.

Víctor: Fue esa vez.

Cata: ¿Qué vez?

Yo me veo horrenda en esas fotos.

No es cierto, Cecilia. Bueno, yo te veo bien.

Cata: ¿Y esas otras de cuándo son?

Son de tu cumpleaños, Cata.

Cuando cumpliste un año. ¿Ves? Te ves mejor de vestido.

Cata: ¿El de atrás quién es?

Mi papá. Todavía no estaba enfermo.

Cata: Pensé que era otro señor.

¡Mira esta otra foto!

Es de la fiesta de Cata, ¿no?

No digas tonterías, Fidel. Mira a Cata.

Ah sí, sí, ya caminaba.

Tendrías unos cuatro años. La sonrisota de siempre.

Esta foto me gusta.

Ahí están los tres.

Cata, Emi y Víctor.

¡Qué cara la de Víctor!

Medio jetón.

Y Emi, con su mirada.

Profunda.

Los obligaron a posar juntos.

No se ven cómodos.

Cata de un lado. Los primos del otro.

Cata: ¿Quién tomó esta foto?

Víctor: El abuelo.

Ay, mi papito lindo.

¿Te acuerdas del día que perdió la cámara?

Sí. Qué coraje. Nunca vimos ese rollo.

Era de las fotos de Acapulco, ¿no?

Yo creo, la verdad ya no me acuerdo.


III

En esta escena me gustaría ver un retrato familiar, es una ilusión que tengo.

El padre, Fidel

A los padres se les respeta, se les escucha.

A los padres se les da atención cuando la exigen. Pueden exigir atención para muchas cosas: para hablar de su infancia o de su aventura aquella vez que viajaron a la selva, o también cuando van a explicar una jugada de futbol, especialmente hay que escucharlos cuando explican la jugada de futbol.

Hay padres que no exigen atención, que no hacen de sus hijos un público cautivo. A esos padres fácilmente se les puede dejar de escuchar, incluso se les puede olvidar.

Pero el día que dejan de estar, ese día nos acordamos que ahí estaban y que también tenían cosas que contar.

A veces subestimamos el potencial de los padres. El potencial para hacer el bien o el potencial para hacer el mal.

La tía, Laura

A las tías se les quiere como madres, a menos que nos hayan herido. Entonces a las tías no se les quiere ni se habla de ellas.

Hay tías irrelevantes y tías fundamentales.

Hay tías valientes y tías que le temen a la oscuridad.

Hay tías que hablan mucho y siempre tienen una historia que contar. Hay tías que no hablan nada, que hablaron mucho hasta que un día decidieron dejar de hablar.

Hay tías que tienen miedo a recordar.

Sobre ello volveré después.

Algunas tías son madrinas de bautizo, eso es común.

Y se les dice madrinas en lugar de tías, eso es curioso.

La madre, Cecilia

A las madres se les debe la vida.

No tengo nada más que decir de mamá en este momento.

El primo, Víctor

Un camino de hormigas recorre el cuello.

Los primos a veces están y a veces no están.

Los primos se sienten como hermanos, pero en realidad no son hermanos, eso hay que recordarlo. Los primos son sujetos con los que a veces crecemos; con los que compartimos la mesa chica en la cocina, la sala de tele, los triciclos viejos que guarda la abuela. Con los primos compartimos historia, pero no la misma historia que compartimos con los hermanos. Con los primos compartimos nostalgias parecidas, y neurosis que sí son hermanas.

La hermana, Cata

A los hermanos hay que cuidarlos si son menores, y escucharlos si son mayores. Si son cuates, gemelos o siameses, no se les debe nada, solo lealtad.

Se sabe bien que la lealtad es importante entre hermanos, un hermano que traiciona a su hermano, no es buen hermano.

Hay hermanos que matan a sus hermanos, eso es solo un dato.

Sobre los juegos entre hermanos: con los hermanos se comienza a experimentar la crueldad, también el rechazo.

El primogénito, Emiliano

Primero de la estirpe, el primogénito es el primer hijo en orden de nacimiento, que no de importancia.

Para el primogénito fue creado el mundo, un tierno mundo se fabricó a su altura y tamaño, un mundo para ser tomado por sus manos.

Los sueños también fueron hechos a su medida, los sueños de los padres.

Y el primogénito debe estar a la altura de esos sueños. De no ser así, estamos ante otra suerte de traición.

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Autores
(Ciudad de México, 1993) Dramaturga, directora de escena y docente. Tiene la licenciatura en Literatura Dramática y Teatro de la UNAM. Fue ganadora del Premio Bellas Artes de Obra de Teatro para Niños, Niñas y Jóvenes “Perla Szuchmacher” 2021, por su obra Oppa, y del Premio Nacional de Dramaturgia Jóven “Gerardo Mancebo del Castillo Trejo” 2023, por su obra Sobre el sonido de un derrumbe. Desde el 2014, con su compañía La voz de las cosas, ha dirigido y adaptado obras de teatro para público jóven y adulto; así mismo se ha especializado en el trabajo y diálogo con jóvenes audiencias, desde la docencia en nivel secundaria, hasta su participación en diversos eventos de difusión cultural entre niñas, niños y jóvenes.
Portada de "Orquídeas de petróleo", Fernanda Ballesteros. Colección Tierra Adentro, FCE, 2024
Portada de “Orquídeas de petróleo”, Fernanda Ballesteros. Colección Tierra Adentro, FCE, 2024

PÉTALOS DE PETRÓLEO

abue tiene un nieto

una sola hermana sin hijos

sobrinos africanos

recibe llamadas de amigas de Lyon de París

de las que también vivieron en Guinea

ellas

francesas

quisieron regresar a la vida parisina antes del

combo

matrimonio~Conakri~deportación~vida de viuda

volver al encanto de un barrio

y sí

las calles y los techos seguían ahí

no

lo que fl ota y lo que penetra por nariz ojos orifi cios

el velo entre ellas        y lo otro (materia)

            entre ellas        y los otros (materia~alma)

succionado por la pérdida de esperanza

 

qué es la esperanza

qué es la pérdida

quien pierde

quien p i e r d e

sustituye pétalos por espinas

el hueco dentro hincha hincha hincha el cuerpo

de un vacío que no es vacío

es un aire que vuelca los ojos hacia adentro

 

quien e s p e r a

quien espera se contrae

brazos cortos

piernas cortas

del tronco solo queda el ombligo

de la cara un hueco por donde huelen y toman del

rocío de un pétalo que ahora es grande

colosal

porque quien espera es muñeco de insectos

persona diminuta acostada enrollada en piel de

perfume

liberada~ante la diosa esperanza

 

abue en el departamento

la pérdida escondida tapada tras fotos fl ores tele

la esperanza en el teléfono voces vivas

corolas de aire:

la hermana

el nieto

sobrinos africanos

amigas de Lyon de París


0

1 de enero en la casa recién estrenada de mamá Marie Lyse Barry papá Baba Barry hijo Christian Barry ni siquiera se habían metido a la alberca frente al mar los soldados llegaron de noche esculcaron los cajones las cartas en armenio c’est quoi ça c’est quelle langue a la güera la subieron a un avión al hijo lo mandaron a una escuela al papá quién sabe

2 años estuvieron separados mamá Marie Lyse hijo Christian en 2 días llegó hijo Christian a Freetown de Conakri se escapó el día que el dictador amenazó a los hijos de los prisioneros hijo Christian vendió su moto el dinero para un pollero de la frontera de allá directo a la embajada francesa otros 2 días tuvo que esperar para la llamada internacional en lunes al teléfono de Rue Saint-Honoré donde mamá Marie Lyse trabajaba con hilos y agujas el domingo había sido día de las madres

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8 años de espera para saber algo de papá Baba amour Barry y la noticia: difunto seguro el cuerpo quién sabe 8 años también duró otra espera en la familia después de otro genocidio en otro país en otra generación será porque el 8 es el infinito parado 8 años esperó Anna la mamá de Marie Lyse a Bogosse el papá de Marie Lyse cuando novios se escaparon de Turquía cuando se salvaron del genocidio armenio cuando Bogosse migró a Francia como nuevo huérfano cuando Anna esperó la visa en Siria como nueva huérfana en un infinito parado después de que vio cómo los soldados violaron y mataron a su mamá cómo los soldados se llevaron de su casa a su papá la noticia: difunto seguro el cuerpo quién sabe

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10 uno dos tres cuatro cinco seis siete ocho nueve diez meses tuvieron encerrado a Baba Barry en el campo de concentración

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14 años tenía Christian cuando pasó cuando se llevaron a su papá misma edad que Gabriel cuando perdió a Christian cómo pierdes a alguien si las personas no son propiedad Baba papá de Christian y Christian papá de Gabriel o la propiedad sería al revés la pérdida ¿igual? ¿cómo se mide el grado de propiedad? Christian hijo de Baba Gabriel hijo de Christian es que no es propiedad es un lazo y el grosor del tejido depende de cada quien de cada contexto cuenta mucho la infancia y la pubertad tipo de los 0 a los 14=14 también tenía mi papá cuando perdió a su papá y a su mamá fue accidente de avión 

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20 fotos del abuelo Baba por el departamento de abue Marie Lyse varias repetidas la del restaurante los dos muy elegantes esposo Baba y esposa Marie Lyse o la de esposo Baba recargado con los brazos desnudos ¿sobre la arena? tras él palmeras juventud y gozo o la de los tres de la mano en una banqueta de París papá Baba mamá Marie Lyse hijo Christian niño

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31 fue el 31 de diciembre que se llevaron a mi esposo así cuenta abue Marie Lyse pero no no fue el 31 fue el 1 de enero a las tres de la mañana porque así les gustó a los soldados así lo hicieron por años llegaban entre las dos y las cuatro de la mañana para llevarse gente al Campo Boiro la gente en Conakri no dormía tranquila se despertaba checando que sus familiares que sus amigos siguieran en sus camas en sus casas de la Guinea independiente

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37 años después de la desaparición de papá Barry muere en accidente hijo Christian no fue por la bala perdida que penetró cerca del corazón de eso se recuperó fue meses después el incendio culpa de una lámpara en su cuarto del departamento de mamá Marie Lyse viuda mamá Marie Lyse viuda de esposo viuda de hijo viuda de nieto Samuel él dos meses solo vio la vida la muerte entre esas mismas paredes Marie Lyse viuda triple viuda viuda viuda abue mamá esposa Marie Lyse

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40 fotos de hijo Christian todas diferentes por el nuevo departamento de abue Marie Lyse sí departamento igual idéntico al que se quemó 

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45 fotos de bebé de niño de adolescente en la playa en el sillón donde sea como sea de Gabriel mi esposo Gabriel el nieto de Marie Lyse y de Baba Gabriel el hijo de Christian Gabriel el único Gabriel el tesoro Gabriel la fuente de vida de Marie Lyse llamada diaria de abue Marie Lyse a nieto Gabriel coucou mon petit trésor coucou mon chéri a veces la llamada diaria no es (1) son (7) o (10) o (15) 

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50 sin cuenta cómo meterle números al tiempo de los duelos en hija Marie Lyse esposa Marie Lyse mamá Marie Lyse abue Marie Lyse


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a

g

u

a

aaah aaah aaah ah la la

recorriéndola

el cuello

la espalda

el pecho

las piernas

aaaaah aaaah ah la la

gritos gotas de

g

o

z

o

la veo encorvarse

los pliegues aglomerados hacia enfrente

pechos hasta el ombligo

por atrás espalda lisa

piel de gardenia rocío y lunares

abue 

ríe

aaah aaah aaah ah la la

gritos gotas de

g

o

z

o

le extiendo la toalla

qué raro tenerte aquí me dice

eres mi nieta

y también:

yo bañaba a mi mamá

yo no estoy mal para mi edad, ¿eh?

ríe

todavía sobre ella migajas de

a

g

u

a

me pregunta

si le ayudo a depilarle un pelo de la barba

es solo 

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Disponible aquí


Autores
(Hermosillo, 1991) ganó el Premio Nacional de Poesía Elías Nandino 2023 con Orquídeas de petróleo, editado por el Fondo de Cultura Económica y Tierra Adentro. Publicó Agua vacía (UNISON, 2024), Segunda virginidad (Paraíso Perdido, 2021); y Arigatou goza-y-más (Elefanta/ISC, 2019), premiado en el Concurso del Libro Sonorense y traducido al inglés por Sendb00ks en 2021. En 2020 ejerció como Jefa de Literatura y Bibliotecas del Instituto Sonorense de Cultura. Como productora publicó en The New York Times el documental “The Death Cleaner”, nominado a los Emmy Awards, “Rocío and me” en The New Yorker y “Nigeria’s Dancer For Change” en Al Jazeera. Ha participado en exposiciones desde la pintura, el performance o la escritura en México, Francia, Holanda y Colombia.