Hacia una política snuff: No tienes derecho a nada
Hace dos días venía de León a Guanajuato de unas presentaciones con Awita de Chale (nótese la descaradísima autopromoción), cuando vi que un cartel de Alerta Ámber estaba glitcheado, en ese momento me percaté de que todas las Alerta Ámber que había visto en los últimos días mostraban las letras verdes de LOCALIZADX, la mayoría adolescentes. La piel se me erizó. ¿Cómo es posible que en un Estado con miles de desaparecidos las autoridades tengan el descaro de maquillar la realidad con letreros de luz a los que ni siquiera les dan mantenimiento? Me viene a la mente un meme.
La imagen: un muchacho con pasamontañas negro y gorra azul, Luis es el nombre con el que se presenta el morro, cuenta que, cuando quiso escoger Ghost como apodo, en alusión al personaje de Call of Duty, el agente estadounidense de las fuerzas especiales que se infiltra a otros países para cazar terroristas, sus reclutadores le dijeron que estaba pendejo y que su nombre iba a ser Tocino, por flaco.
Esta historia, a simple vista graciosa, se viralizó en el mes de marzo de 2025 por un meme de tres paneles tomados del video del canal Doble G, en el cual se entrevista a un testigo del reclutamiento forzado para los cárteles de México. Dicho video adquirió visibilidad en medio de la ola mediática provocada por el descubrimiento, por parte de un grupo de madres buscadoras, de un campo de entrenamiento en el Rancho Izaguirre ubicado en Teuchitlán, Jalisco. Más allá de la posverdad y el circo político que ignora el sufrimiento de las víctimas, la realidad que se vive todos los días en México es invisibilizada a menudo debido a la normalización de la violencia que produce la narcocultura.
Luis nos cuenta en el video que respondió a una jugosa solicitud de empleo para guardia de seguridad, al enviar sus papeles le dijeron que cumplía con el perfil y el siguiente paso era una capacitación foránea con transporte pagado para un grupo de personas que también buscaban trabajo. Al llegar al punto de la supuesta capacitación les quitaron los teléfonos y les salieron con la noticia de que iban a trabajarle al cártel para inmediatamente privarlos de su libertad con amenazas de muerte. Posteriormente, Luis y otras dos chicas fueron llevados a una casa de seguridad donde un sicario le puso Tocino, a otra chica le pusieron la Gorda. Tras informarle el sueldo de tres mil pesos semanales, el sicario proclamó: “No tienes derecho a nada”, para inmediatamente darle la bienvenida, que consistió en una golpiza por parte de los miembros del grupo criminal.
“*Cachetada*, ¿Quieres estar aquí? No pus sí, *Cachetada*, ¿Quieres estar aquí?”.
A la iniciación le siguió una semana de entrenamiento que culminó con su afortunado escape antes de ser trasladado a una de las, así conocidas, “escuelas del terror” de acuerdo a lo que Luis nos cuenta durante la hora y media de video.
Desgraciadamente, dicho testimonio es uno entre decenas de personas que relatan sus experiencias de reclutamiento forzado en México.
La narcocultura es un tema muy arraigado en el inconsciente colectivo mexicano, desde corridos hasta mercancía que venden en el centro de cualquier ciudad, todos los días, el ciudadano mexa común se ve bombardeado por decenas de estímulos culturales relacionados directa o indirectamente con el narcotráfico. Pero la narcocultura no es la causa sino el síntoma de un narcosistema complejo que refleja el capitalismo gore del que Sayak Valencia ya teorizaba. Estudiar los fenómenos de la narcocultura puede servirnos para comprender más a fondo este narcosistema que incide directamente en la vida diaria de todos los habitantes del país.
Además de Sayak y su perspectiva sociopolítica, dos autores que pueden ayudarnos a echar luz sobre el asunto son Didi-Huberman y su imagen-tiempo, con un enfoque más estético, y Mark Fisher con su hauntología, que a partir de la estética trata temas políticos.
George Didi-Huberman sigue a Walter Benjamin en la no-linealidad de la historia, su imagen no es un tiempo congelado sino uno vibrante que se entrecruza y se desgarra; es la coexistencia de distintos tiempos, una herida abierta en la linealidad histórica. Dentro de esta concepción, Didi-Huberman también retoma la técnica del montaje benjaminiana (inspirada a su vez en Aby Warburg y que utilizaremos para analizar las obras que competen a la presente tesis), que fragmenta y recompone materiales históricos, artísticos o literarios, para crear nuevas constelaciones de sentido al desarticular la narrativa histórica tradicional así como mostrar rupturas, contradicciones y conexiones ocultas entre épocas distintas. Así, la imagen de Didi-Huberman se configura como un tiempo superpuesto.
Por su parte, Mark Fisher centra su hauntología en los fantasmas culturales que el realismo capitalista canceló: los futuros perdidos, de los cuales hablaremos más adelante. El fantasma de Fisher es lo que ya no está pero sigue presente, un eco cultural o una presencia ausente. Didi-Huberman radicaliza la supervivencia del pasado para postular sus fantasmas históricos como pequeñas resistencias marginales que resurgen en destellos intermitentes como luciérnagas; así, las imágenes son síntomas de supervivencia. Mientras que el fantasma de Fisher se manifiesta en la cultura popular mediante una sensación de nostalgia o pérdida, el de Didi-Huberman puede ser cualquier cosa (una foto, un meme, una ruina) cuando en ella resuena lo que fue borrado, lo reprimido. La imagen de Didi-Huberman se vuelve entonces un espacio de resistencia al olvido. Una diferencia radical entre ambos fantasmas es la forma en que sus autores conciben el tiempo: para Fisher el tiempo se encuentra estancado, el presente es un bucle donde el futuro ya no se siente posible porque el pasado (los futuros perdidos) se vuelve(n) inasimilable(s). El fantasma es señal de ese estancamiento: no avanza, se repite, para Didi-Huberman, el tiempo es móvil, si montamos el pensamiento de ambos autores, la imagen-fantasma hace visibles los pliegues del tiempo, sus supervivencias y anacronismos. El fantasma puede activar la memoria, interrumpir la historia oficial y abrir otras temporalidades. Como podemos ver, ambos autores coinciden en ciertos puntos y difieren en otros, por lo que el montaje, desmontaje y diálogo entre sus obras nos será fundamental a la hora de establecer una hauntología que sirva como herramienta para abordar el tema que aquí nos concierne: la narcocultura.
Esta es una hauntología porque en un México de desaparecidos, a veces lo único que nos queda son los fantasmas, los que dan terror, los que deprimen, y los que dan esperanza.
Tanto fantasma como espectro significan lo mismo en sus respectivas etimologías, (griego y latín), aparición, pero el alemán haunt (“frecuentar”, “asediar”) hace referencia a algo que se muestra sin habitar, un síntoma de la cultura; mientras que para Fisher el síntoma es el reflejo de una contradicción cultural, para Didi-Huberman el síntoma es una imagen anacrónica que revela lo reprimido, es por ello que el fantasma de Fisher como mero espectro de futuros cancelados requiere ser superado sin perder de vista el enfoque político-cultural del hauntólogo, integrando a este la naturaleza anacrónica que nos ofrece Didi-Huberman.
La hauntología (para Fisher) es una forma de observar cómo los futuros que alguna vez fueron imaginados como utopías o promesas de bienestar se han esfumado pero siguen presentes en forma de espectros. En México, estos futuros perdidos se ven reflejados en los sueños de movilidad social, justicia y paz que hoy resultan inalcanzables para una juventud cada vez más precarizada y sumergida en la violencia. El caso de Luis y el meme de Tocino es tanto hauntológico como objeto de montaje y desmontaje benjaminiano, además de evocar futuros perdidos y ser un destello en la oscuridad que revela una verdad oculta: la violencia sistemática del reclutamiento forzado; el meme condensa una herida temporal: el joven en busca de trabajo que quiere parecerse a un personaje de ficción (Ghost, un símbolo de poderío), pero acaba convertido en esclavo del narcosistema. El meme y el podcast son testimonio de cómo el presente mexicano parece no avanzar, pues aparentemente ha devorado cualquier posibilidad de futuro, se repite como una pesadilla de violencia, impunidad, reclutamiento forzado y memes que normalizan el horror; la cultura pop globalizada (redes sociales, Call of Duty, etc), se mezcla con el narcosistema y genera síntomas espectrales, parodias que ya no son parodias sino testimonios de lo irrecuperable.
Sayak Valencia habla del capitalismo gore para nombrar un sistema que además de sostenerse en la explotación laboral (capitalismo), monetiza la violencia. En este sistema los cuerpos se convierten en mercancía desechable y el poder se ejerce mediante el espectáculo del horror: cuerpos colgados, campos de entrenamiento, etc. El narcocapitalismo es un sistema donde el narco funciona como empresa con su narcoeconomía, narcopolíticas, narcobranding, etc. que convierte a sus víctimas en personajes monstruosos o ridiculizados pero siempre como formas de capital simbólico violento, memes virales como el del video son publicidad gore involuntaria, formas en que el narcocapitalismo se reproduce a través del entretenimiento.
Para Didi-Huberman la imagen es una constelación temporal, una herida donde lo que fue sigue latiendo, la imagen-fantasma es lo que se resiste a desaparecer. Lo reprimido (la violencia sistémica) resurge en formas nuevas como un meme o una entrevista, cicatrices simbólicas, de esta forma, el meme activa la memoria cultural.
México está habitado por los fantasmas de sus propias promesas incumplidas: la búsqueda de desaparecidos, los pactos sociales rotos, la Revolución y demás, perdone usted la palabra, chingaderas que hasta hoy tienen repercusiones en el mexicano promedio, el que espera encontrar un buen trabajo y ha visto la Rosa de Guadalupe.
El narcosistema es un paso más hacia la política snuff que ya vaticinaba Sayak Valencia, definida como “esa política que mata en vivo y que además anestesia la percepción de los espectadores para que no se pronuncien críticamente al respecto”. En Guanajuato, uno de los estados más violentos del país, resulta una burla y muestra descarada de la necropolítica con carteles de LOCALIZADX, dificultando aún más la búsqueda de DESAPARECIDXS.
En el caso analizado, el reclutamiento disfrazado de oferta laboral muestra cómo el narcosistema reproduce formas de explotación típicas del capitalismo (como el outsourcing, la precariedad, la pérdida de derechos) llevadas al extremo: “no tienes derecho a nada” es tanto amenaza como descripción literal del lugar que ocupa el sujeto en el engranaje gore. La articulación entre hauntología, capitalismo gore e imagen-fantasma permite construir una lectura crítica del fenómeno de la narcocultura mexicana como un régimen estético, político y afectivo que no solo produce violencia, sino que fabrica realidades. La articulación entre hauntología, capitalismo gore e imagen-fantasma permite construir una lectura crítica del fenómeno narcocultural mexicano como régimen estético, político y afectivo que no solo produce violencia, sino que fabrica realidades. Por ello, la teoría aquí planteada, más que solo diagnosticar el imaginario narcocapitalista, busca proponer intervenciones estéticas que interrumpan su hegemonía, que devuelvan agencia a lo reprimido y que activen otras temporalidades posibles frente a la repetición del horror.
Frente al narcosistema espectacular, que hace del dolor mercancía y del cuerpo una superficie de castigo, ¿qué tipo de arte puede hablar por los que no están? ¿Qué formas de la imagen pueden escapar a la estetización de la crueldad y abrir lugar para los fantasmas silenciados?
La poesía visual, el bioarte, el arte comunitario, los memes críticos o el videoensayo son estrategias de fuga, prácticas que, al operar desde los márgenes de la visibilidad, permiten la aparición de lo espectral en tanto forma de verdad. Estas imágenes no buscan mostrarlo todo, sino abrir fisuras en la representación; no pretenden explicar el horror, sino convocar la presencia de lo ausente. En este sentido, una imagen crítica no es la que ilustra la violencia, sino la que resiste a su lógica.
Como postula Georges Didi-Huberman, las imágenes pueden sobrevivir a la destrucción cuando son capaces de encarnar lo que falta: las imágenes lloran, tiemblan, arden. Frente a la imposibilidad de representación plena, estas imágenes insisten, reaparecen, se cuelan por los bordes del archivo. Los memes que circulan en los teléfonos de las periferias, como los de Luis, son imágenes-luciérnaga: débiles, irónicas, pero persistentes. No documentan la violencia, la atraviesan. No nos dicen qué pensar, sino que nos interpelan desde lo innombrable.
El arte comunitario, por su parte, ha encontrado en la acción performativa una forma de resistencia simbólica: las madres buscadoras que caminan con palas y cruces, que bordan nombres, que colocan altares donde nadie los pide, están creando un archivo afectivo del duelo no resuelto. Estas prácticas no se hacen para la cámara ni para la crítica de arte. Son gestos encarnados que disputan el territorio y el sentido. Son, como diría Sayak Valencia, actos de contra-adoctrinamiento emocional en un país donde la insensibilización es política de Estado.
Contra el régimen espectacular del narcosistema, hay que generar imágenes que no compitan por atención, sino que activen memorias. Imágenes sin cierre, sin clímax, sin centro. Montajes que interrumpen, que cuestionan. Para Mark Fisher, lo hauntológico implica volver desde el futuro a reclamar lo que se nos prometió y no se cumplió. En este sentido, los fantasmas del narco no son solo del pasado: son figuras del futuro abortado, de las posibilidades canceladas. Toda imagen que les haga justicia debe ser una imagen en ruinas, una imagen que se duele de sí misma.
Pero estas imágenes no se producen en el estudio ni en el museo. Surgen de las comunidades precarizadas, de los barrios sitiados, de las juventudes hartas de morir sin sentido. Son las madres buscadoras las que ya hacen arte sin llamarlo así. Son los adolescentes que hacen corridos tumbados o memes suicidas los que están creando un archivo digital del dolor. Son los artistas periféricos, fuera del sistema curatorial, quienes encuentran nuevas formas de nombrar lo innombrable.
No se trata, entonces, de hablar sobre los fantasmas, sino de construir espacios donde puedan aparecer. No se trata de representar la violencia, sino de encarnar su resto. Allí donde el Estado solo ofrece silencio, el arte debe insistir, bordear, sugerir. Como una luciérnaga en la noche del algoritmo.
Bibliografía
Diaz, Andres. Valencia, Sayak (2020). Capitalismo Gore: diez años después, una conversación con Sayak Valencia. Sicielo.
Didi-Huberman, George (2011). Ante el Tiempo. Adriana Hidalgo, editora. Buenos Aires.
Doble G (2025). Fui a una entrevista de trabajo y terminé en manos del CJNG | Luis #329. YouTube.
Fisher, Mark. (2018). Los fantasmas de mi vida: Escritos sobre depresión, hauntología y futuros perdidos. Caja Negra. Buenos Aires.
Valencia, Sayak. (2010). Capitalismo Gore. Editorial Melusina. España.




