Nigredo
PREFACIO
Ya pocos recuerdan la historia de El Atanor, esa mina a las afueras de la villa de Guanajuato que lleva abandonada desde que yo era joven. No obstante, nadie camina frente a la bocamina, que fue amordazada con tablas gruesas y obstruida con toneladas de escombro para que nunca insinuara su aborrecible secreto; pastizales y yerbas han crecido en torno suyo sin que nadie se atreva a hollarlas, y, si acaso alguien, por cualquier imprevisto, se ve obligado a tomar esa ruta, se santigua al pasar por enfrente, incluso si es joven, pues se trata de un rito heredado.
Algunos de los eventos relatados a continuación se conocen copiosamente, otros fueron revelados sólo a un sector de la sociedad guanajuatense, mientras que una última caterva de sucesos pertenece al ámbito de lo posible, y me permito incluirlos aquí, aun a pesar de que mi pluma sea incapaz de reproducir el estilo de los grandes narradores de nuestro tiempo, porque sólo recomponiéndolos como si se tratara de una novela he logrado darles algún sentido. Ruego, por consiguiente, la paciencia del lector ante mi tendencia dramática en lo que sigue, y tanto más cuanto menos verosímiles resulten mis excesos, ya que no quisiera, con mi torpeza, restar gravedad a sucesos que siguen ensombreciendo la memoria de muchos vecinos de la ciudad.
El acontecimiento que puso por primera vez el nombre de la mina en la boca del vulgo ocurrió en junio de 1690. Como se sabe, la plata de Guanajuato y los alrededores es de pocos dineros, y debe por tanto extraerse de la mena con ayuda del azogue, generalmente merced al método de los cazos. Pero, en aquellos tiempos, la escasez de mercurio era tal que el virrey mandó traerlo de la China, lo que causó no poco desconcierto y alarma entre los tenedores de minas locales, quienes mandaron cavar más profundo en busca de plata de mejor ley. Tal fue el caso de El Atanor.
I
Juan caía ya rendido. No sólo por el calor soporífero y el martilleo monótono de los picos, sino también por el hambre y el cansancio. Pero el ruido que, detrás de él, producía la fusta al golpear contra la mano era suficiente para espabilarlo. El capataz, un negro enorme y despiadado, desquitaba en los lomos de los mineros aquellos golpes que hubiera querido dar a sus dueños de entonces, a los tratantes portugueses que lo habían encadenado en un barco y a los captores negros de una tribu enemiga que lo habían arrancado de su aldea natal.
No muy lejos de Juan, otros siete mineros flacos, descalzos, ataviados apenas con un calzón y ensombrecidos por una costra de polvo horadaban afanosamente un surco en las entrañas de la roca. En su búsqueda de plata, la cuadrilla había descendido a profundidades peligrosas, donde un derrumbe recién producido había sepultado a varios y abierto un tajo largo y estrecho, sin hallarse veta alguna. Picaban y excavaban, y, así, el ruido reverberaba en la galería en penumbra.
Es difícil precisar el paso del tiempo cuando sólo se tienen el repiqueteo y el calor. Los instantes se funden en un amasijo que puede confundirse con una eternidad.
De pronto, el golpe de un pico hizo que la tierra temblara y que algunos guijarros rodaran; el muro de piedra se derrumbó con estrépito revelando una boca cavernosa y oscura. Al caer las rocas, el eco indicó grandes dimensiones. Los mineros aprovecharon el momentáneo azoro del capataz para retomar el aliento y estirar la espalda.
Dos de ellos retiraron las piedras y abrieron un camino. La cuadrilla entera descendió con cuidado. La cámara debía de ser enorme, ya que las antorchas apenas iluminaban el suelo. La angustia empezaba a marcarse en los rostros, de ordinario inexpresivos, de los mineros. Había que seguir adelante; una cámara tan grande podría contener alguna veta. Unos pasos más adelante, Juan notó que el suelo estaba cubierto por un polvo rojizo.
Un ronquido metálico y gutural estremeció a la cuadrilla entera, y se impuso tal silencio que podía escucharse la respiración de los hombres. Se miraron los unos a los otros, en la tácita complicidad que compartían al saber que ese ruido no era producto de una corriente de aire.
Alguien dejó escapar un grito de horror que se vio ahogado por el retumbar del ronquido metálico del corazón de la cámara, ahora más fuerte; tanto, que se produjo un temblor, y alguna estalactita llegó a desprenderse del techo y se hizo añicos al estrellarse contra el suelo alfombrado de aquel polvo rojizo.
Juan sintió que el pánico se apoderaba de su cuerpo y, sin darse cuenta, dio media vuelta y corrió por la pendiente que subía a la galería. Detrás de él iba el capataz. La oscuridad se cerró como una concha en torno de los demás mineros de la cuadrilla; sus gritos produjeron un eco horrible.
Juan trepó desesperado, tropezando una y otra vez con los guijarros, hiriéndose las plantas de los pies y las rodillas en su penoso esfuerzo por huir. Una roca desprendida de la bóveda cayó sobre su espalda y provocó que resbalara de nuevo. Fue entonces que notó, tras él, al capataz, quien, a juzgar por la intención de sus palabras más que por su significado, maldecía en su lengua materna.
Con las últimas reservas de fuerza, Juan remontó la pendiente y alcanzó la galería justo antes del segundo derrumbe, aún mayor que el primero. Oyó el quejido del capataz, cuyas piernas habían quedado sepultadas. Se acercó hasta sentir sus manos; las tomó, jaló con fuerza. Pero fue inútil. El capataz rogó que lo ayudara; su voz se distorsionó en un agudo alarido de dolor que se apagó un momento después.
Juan dio media vuelta y subió a tientas por la mina. El silencio era interrumpido sólo por su resuello, sus pasos y su corazón, que palpitaba desenfrenado.
Cuando por fin alcanzó la superficie, deambuló sin notar siquiera el polvo rojizo que cubría su cuerpo.
II
Pasos serenos y firmes resonaron en el adoquín del atrio del Hospital de Tarascos. El atuendo del hombre resultaba extraño en estos lugares, lo mismo que su cabello rubio, casi plateado, sus ojos gélidos y grises y sus pómulos afilados. Éste caminaba entre las indias, que iban y venían con palanganas, trapos y remedios, e ingresó al vestíbulo ensombrecido. Sus ojos tardaron en ajustarse, habituados como estaban al brillo del exterior. Preguntó a una india por el fraile a cargo y la muchacha le indicó cómo llegar a la oficina. Anduvo por el corredor y tocó la puerta abierta.
Un clérigo gordo, con cabeza tonsurada y con un grueso sayal de capucha le indicó que entrara y cerrara la puerta. El danés reprimió cualquier gesto que revelara cuán cómica le parecía la indumentaria beatífica de aquel falso religioso.
—El señor Gaspar Corso, supongo —dijo.
El danés asintió.
—Hermano Irigoyen, un placer.
El fraile extendió una mano al danés, pero, al darse cuenta de que éste no iba a besarla, y ni siquiera a estrecharla, la bajó de nuevo y soltó una sonrisa idiota. Dio media vuelta y caminó a una mesita para servirse vino.
—¿Le ofrezco una copa, hermano?
—Gracias —dijo el danés.
Irigoyen le entregó una copa de plata.
—Su español es bastante bueno. No se nota casi su extranjería, don Gaspar. ¿O prefiere que le llame Jasper?
—Veo que indagó sobre mí.
—Se dicen cosas interesantes de usted. En los círculos adecuados, al menos. ¿Aprendió español en Toledo?
—Sí, estuve en Toledo.
Irigoyen suspiró.
—¿Qué noticias hay del capítulo toledano de nuestra Orden?
—Se disolvió cuando el llamado Santo Oficio aprehendió a los más notables y obligó a huir al resto. Nuestros hermanos en México me brindaron ayuda y me refirieron con usted. Afirman que hizo un hallazgo importante.
Irigoyen bajó la cabeza. Bebió el resto de la copa y se sirvió más.
—Hace diez días unos indios que trabajaban en la mina El Atanor quedaron sepultados por un derrumbe. Se presume que todos murieron, menos uno.
—¿Adónde conduce esta historia?
—Por el testimonio del sobreviviente, parece que por fin lo encontramos.
Gaspar no había tocado su copa; miró a Irigoyen con un brillo de cautelosa curiosidad en los ojos.
—¿Está seguro?
—Es lo que afirma el sobreviviente. Se encuentra en este mismo hospital. Cuando lo recogieron, estaba cubierto por un polvo rojo de olor peculiar.
—Cinabrio.
Irigoyen asintió, con una sonrisa.
—Se llama Juan. ¿Gusta hablar con él?
En el cobertizo que servía de pabellón había tres hileras de catres y algunos tarascos convalecían en el suelo pelado. Al entrar, siguiendo a Irigoyen, Gaspar percibió el hedor afrentoso del recinto y se llevó un pañuelo a la nariz.
El fraile caminó entre los enfermos, cuidando no pisar algún miembro, hasta que llegó junto al catre de un hombre esmirriado y balbuciente, y se arrodilló junto a él. Tomó un trapo que estaba colgado en el borde de una palangana con agua y limpió la frente del hombre, quien abrió los ojos y miró a sus visitantes con mirada ausente.
—¿Estuviste en el derrumbe, hijo?
El hombre lo miró sin reconocerlo, con ojos desorbitados, incapaces de enfocar la vista.
Gaspar se inclinó para mirarlo más de cerca y le dijo:
—Juan, ¿qué viste allá abajo?
—Cumiehchúcuaro… Pátzcuaro.
Juan parecía mirar más allá de ellos y temblaba. Gaspar observó con un dejo de incredulidad al fraile, quien comenzó a lavarle la cara al enfermo con la intención de serenarlo.
—Calma, hijo. Dinos lo que viste.
Juan resopló y dijo:
—La entrada al infierno.
Gaspar sacó de su chaqueta un cuadernito con tapas de cuero, lo abrió y pasó las páginas hasta que encontró el dibujo que estaba buscando y lo mostró a Juan.
Al ver su expresión de completo horror, Gaspar halló la confirmación a sus esperanzas. Había llegado al lugar indicado, sin duda.
—Xarátanga, nuestra señora del Cumiehchúcuaro… Xarátanga la del infierno.
III
La entrada a la mina era apenas más que una abertura estrecha entre la roca. Troncos sin pelar hacían las veces de columnas y travesaño. Guarecido por la noche y sin mucho esfuerzo, Gaspar arrancó las tablas que tapiaban la bocamina. Palpó el pico y las armas que llevaba al cinto. Luego, tomó un fósforo y lo frotó contra la pared. Con la llama producida encendió su antorcha, que resplandecía apenas como un rescoldo en medio de esa oscuridad densa.
Caminó por un corredor largo, bordeado de cavidades y pequeñas celdas huecas, producto de la extracción del mineral. Descendió por una pendiente hasta llegar a un precipicio de bordes imprecisos. Bajó por una escalera de cuerdas y tablas podridas. Anduvo por una galería hasta el sitio del derrumbe. Las rocas desprendidas aún tapaban el paso.
De este lado había rastros de un polvo rojo. Gaspar tomó una pizca con los dedos y se la llevó a la nariz. Asintió con una sonrisa de satisfacción. Clavó la antorcha en el suelo, se remangó y empezó a mover rocas.
Quitó piedras, desenterró cadáveres y miembros hasta que la cámara quedó descubierta. Se oyó un ronquido gutural y metálico a la vez, un ruido escalofriante. Gaspar retrocedió un paso por la impresión. Después, acercó la antorcha, y lo que vio le arrancó una sonrisa.
En su oficina, Irigoyen bebía una copa con Gaspar.
—Es glorioso, ¿no le parece?
Gaspar dejó traslucir una mueca de entusiasmo.
—¿Ha bajado usted mismo? —continuó.
El fraile negó con la cabeza.
—Decidí comunicarle el suceso basándome solamente en el testimonio del minero y en las noticias que recabé sobre sus escritos, Gaspar, ya que, como comprenderá, es difícil hacerse con sus obras aquí en la Nueva España. Espero que no haya sido una pérdida de tiempo.
Gaspar bebió. Empezaba a ponerse cómodo.
—En absoluto. Y tampoco lo será para usted hacer tratos conmigo.
Se llevó una mano al bolsillo y extrajo una bolsa de terciopelo negro que produjo un sonido metálico al ser depositada encima de la mesa.
—En agradecimiento por su información —dijo Gaspar.
El fraile guardó la bolsa en un cajón.
—Este hospital depende de la caridad, después de todo.
—Habrá más de eso si decide seguir colaborando.
—¿Qué puedo hacer por usted?
—Lo que estos mineros hallaron confirma mi teoría.
La Gran Obra está por fin a nuestro alcance. Pero es menester estudiar atentamente el primer proceso.
—Veo a lo que se refiere —dijo Irigoyen.
—Amén —agregó, irónico, Gaspar. Tomó su sombrero del perchero y salió, cerrando la puerta tras de sí. Irigoyen, si hubiera adoptado algún escrúpulo cristiano tras aparentar por años ser un fraile, habría sopesado quizá por un momento lo que aquello acarrearía para la ciudad, para su vida y para su alma.
IV
A eso del mediodía, en una oficina del cabildo, Alonso leía con demasiada pasión El espejo de príncipes y caballeros cuando la voz de don Diego Manrique, un criollo robusto y entrado en canas, lo sacó de su trance.
—¿No tienes nada mejor que hacer? ¿Eso de ahí, por ejemplo? —dijo, señalando una pila de papeles sobre el escritorio.
Alonso cerró el libro y, de mala gana, acercó la pila y comenzó a ojear los documentos para clasificarlos según su asunto.
En eso, tocaron la puerta.
—Adelante —gritó don Diego.
Entró un hombre rubio y alto, de tez nívea, que se dirigió a don Diego con cierta autoridad. Éste le estrechó la mano y sintió el terciopelo del guante del extranjero.
—Buen día. Mi nombre es Gaspar Corso, de oficio prospector de minas, y represento a don Jerónimo Carrión.
Don Diego sonrió. Echó el humo de su pipa y dijo:
—Ah, claro. Supongo que viene por el asunto de los derechos de El Atanor. Entendí que su patrón está interesado en adquirirlos.
La sonrisa era más amplia, casi una risa, la de alguien que sabe algo que el otro ignora y está a punto de aprovecharse de ello.
—Entiende bien. El coste de los derechos no será problema para mi patrón, es un hombre de recursos.
Alonso estaba sorprendido, pero don Diego se mostraba incrédulo.
—¿Sabe su patrón que en esa mina no queda más que mineral de baja ley? Con la escasez de azogue…
—Le aseguro que llevaré a cabo una prospección adecuada. Por el momento, es del interés de mi patrón adquirir los derechos de explotación que, entiendo, están disponibles. Diego exhaló el humo y abrió una gaveta de su escritorio.
—Sí, claro. Aquí tengo los papeles. Puedo entregárselos a su patrón para que los firme.
Gaspar metió los dedos en un bolsillo de su chaleco y extrajo un monedero de seda negra que puso sobre el escritorio de don Diego. Lo abrió con el pulgar y el índice para mostrar que contenía varias monedas de plata. Diego tomó la bolsa y contó las monedas. Había suficiente para cubrir los derechos e, incluso, sobraba un poco, que don Diego dividió proporcionalmente entre él y Alonso.
—Tomaré los documentos hoy mismo, si no le molesta. Don Jerónimo Carrión llegará dentro de dos meses.
V
Tras despertar del desmayo, Juan sintió un golpeteo dentro de la cabeza, y el cuerpo como un bulto ajeno, demasiado pesado para obedecer su voluntad. Un traqueteo constante acompañado de un chirrido metálico le impidió concentrar su atención. Se hallaba en el interior de una carreta rumbo a un lugar desconocido. Pero sentía el movimiento. De eso no cabía duda, pues, aguzando el oído un poco, lograba distinguir el paso del caballo que arrastraba lo que debía ser el carro donde él había sido depositado.
Luchaba para mantenerse despierto. Los fragmentos del recuerdo fueron recomponiéndose de a poco. Una rendija de luz se abrió hasta iluminar la estancia con un trémulo fulgor. Recordó susurros, ruido de pasos, la presencia de hombres que buscaban entre las hileras de tarascos convalecientes, cada vez más cerca de él. Sintió que le tocaban el hombro y, después, una sacudida en la cabeza, un esparadrapo en la boca y un saco encima de la cara. Se agitó, forcejeó, pero estaba tan débil que sus esfuerzos fueron para sus captores apenas una leve molestia que terminó abruptamente cuando uno de ellos lo golpeó en la cabeza con un garrote.
A pesar del acopio de fuerzas que había venido haciendo, Juan fue incapaz de oponerse cuando lo sacaron del carro y lo cargaron en hombros. De inmediato, reconoció el aroma a hollín y herrumbre de la mina.
El güero que había ido a visitarlo el otro día esperaba en el umbral de la bocamina, al amparo de la oscuridad.
—Ya era hora —gritó.





