Tierra Adentro
Woody Allen. Fotografía de Raffi Asdourian, 2009. CC BY 2.0.
Woody Allen. Fotografía de Raffi Asdourian, 2009. CC BY 2.0.

El 30 de noviembre de 1935 nace Allan Stewart Konigsberg en Brooklyn, Nueva York, y aunque este nombre tal vez no nos diga nada, el planeta entero habría de conocerlo simplemente como Woody Allen. Este 2025, el icónico director de cine, actor, escritor y dramaturgo cumple 90 años y, con él, también se celebra el aniversario de una forma de mirar el mundo. 

Su figura, a menudo venerada, a veces incómoda, rechazada o discutida ha atravesado más de seis décadas de cambios culturales, sociales y mediáticos, y aun así continúa siendo un punto de referencia ineludible. En la era de la conversación digital, donde la memoria se acorta y los juicios se aceleran, Allen representa algo inusual: un creador que persiste incluso cuando todo parece predispuesto a borrar su legado.

Pues Allen no es únicamente un cineasta: es un universo completo. Al llegar a su noventa aniversario, al mirar ese universo se revela no solo su complejidad, sino también su resistencia. La industria que alguna vez alimentó su genio hoy lo observa con suspicacia, pero su impulso creativo no se ha detenido ni un ápice. Tal vez ya no filme con el ritmo frenético (casi anual) de sus mejores décadas; sin embargo, continúa escribiendo, componiendo, reflexionando. Allen no es un artista apagado como muchos quisieran; al contrario, es un artista reinventado.

Desde su temprana juventud, Woody Allen entendió que el humor era una herramienta filosófica. Antes de tomar la cámara, fue comediante de clubes nocturnos, escritor de monólogos veloces, observador implacable de la fragilidad emocional. Su comedia nunca fue un simple chiste: fue el lenguaje de la duda. En un mundo que exigía respuestas contundentes, él elaboró preguntas. Ese gesto transformó la comedia estadounidense y más tarde el cine mundial.

Películas como Annie Hall y Manhattan remodelaron la comedia romántica, desplazándola de la frivolidad hacia la introspección emocional y cultural. Allen convirtió la neurosis en un prisma narrativo y a Nueva York en una entidad dramática. Su cine inauguró una sensibilidad donde la risa convive con la culpa, el romance con la paranoia, la filosofía existencialista con el absurdo de la vida urbana. Su universo es una suma de personajes que se sienten demasiado conscientes de sí mismos, demasiado humanos para la mentira cómoda.

Lo que distingue a Allen de otros directores de su generación no es solo la calidad de ciertas películas, sino la continuidad con la que exploró, una y otra vez, los mismos temas: el azar, la infidelidad, la identidad, la moral, la memoria, el fracaso. Algunos lo acusan de repetirse; otros lo consideran fiel a su propia búsqueda. Su filmografía es un laboratorio emocional donde cada película dialoga con alguna anterior, como variaciones de una sinfonía que se sigue escribiendo.

Pero llegar a los 90 años en el contexto contemporáneo significa también cargar con debates que no desaparecen. La figura de Woody Allen ha sido objeto de intensas discusiones públicas, donde la ética, la justicia, la memoria y el consumo cultural se entrelazan de forma conflictiva. Hablar de su legado sin mencionar esa dimensión sería incompleto. Sin embargo, también lo sería ignorar la potencia artística que lo convirtió en uno de los grandes narradores del siglo XX. Su caso expone las tensiones actuales entre artista y obra, entre biografía y estética, entre juicio y permanencia.

A pesar de esa fractura, Allen continúa creando. Su cine reciente, aunque más melancólico, conserva una agudeza sentimental particular. Blue Jasmine destacó por su fuerza dramática; Coup de Chance, filmada en Francia, demuestra que aún tiene un interés genuino por el azar, el deseo y la moralidad. Su obra tardía es menos sincopada, pero más reflexiva: personajes enfrentados a la vejez, al arrepentimiento, al recuerdo de lo que no se hizo.

Y aquí aparece una dimensión esencial que suele quedar oculta: la literaria. Porque Woody Allen no solo ha sido cineasta; ha sido, desde el inicio, un escritor. Su obra literaria constituye un corpus paralelo que revela su habilidad verbal y su vínculo con la tradición humorística estadounidense. Libros como Getting Even (1971), Without Feathers (1975) y Side Effects (1980) se convirtieron en clásicos del humor absurdo: textos breves, paródicos, llenos de referencias filosóficas y literarias, que muestran a un escritor capaz de jugar con Sófocles, Kafka, Freud y el psicoanálisis como si fueran personajes de un sketch. Su obra traducida al español, ha llegado al público hispanoamericano gracias a la editorial Tusquets y, las más recientes, se encuentran en Alianza Editorial.

Su dramaturgia es otro eslabón clave. Obras como Play It Again, Sam, Don’t Drink the Water y The Floating Light Bulb consolidaron a Allen como un autor teatral de plena legitimidad. Su teatro dialoga con la tradición de Neil Simon y Mel Brooks: enredos, neurosis domésticas, parejas al borde del colapso, humor físico y verbal, situaciones que revelan las grietas y pulsiones de los seres humanos comunes. Es una escritura que combina al mismo tiempo ligereza y profundidad, paradoja que ha sido fundamental para la identidad artística del autor.

En los últimos tiempos, cuando el cine se volvió un terreno complicado para él, Allen no dejó de escribir. Por el contrario, regresó con más fuerza a la palabra. Su libro más reciente, Zero Gravity (2022), prueba que su imaginación sigue activa. Se trata de una colección de cuentos y viñetas donde retoma el tono de sus primeras obras, pero con una mirada más madura, más escéptica, más consciente del paso del tiempo y de su propio lugar en la cultura contemporánea. Hay ironía, sí, pero también nostalgia; hay ingenio, pero también una silenciosa aceptación del envejecimiento.

Este giro literario no es un refugio improvisado; es una continuación natural de lo que siempre fue. Allen tal vez ya no filme con la misma constancia, pero sigue siendo un creador incansable, un narrador que necesita inventar, observar, parodiar. Desde la escritura, un terreno más libre, menos sometida a la industria y al escrutinio público, Allen mantiene viva su voz. Su obra literaria demuestra que la creatividad no es un recurso que se agota, sino una forma de existir.

Su llegada a los 90 años implica mirar hacia atrás con distancia y hacia adelante con prudencia. Allen lo hace desde sus películas y desde sus libros. Ambas vertientes muestran a un artista que, más allá de sus controversias, sigue explorando su obsesión por el comportamiento humano: el deseo, la fragilidad, la culpa y la risa como consuelo.

¿Qué quedará de Woody Allen cuando el tiempo haga su trabajo? Algunas películas serán clásicos indiscutibles; otras se perderán. Sus libros serán revisados con nuevas lecturas; su teatro, reinterpretado; su figura, discutida. Lo más probable es que la crítica del futuro pueda observarlo con menos ruido, con más contexto y sin la urgencia moralizadora del presente. Pero su legado artístico en tanto complejo, contradictorio, brillante y a veces incómodo, creo que será imposible de borrar.

Con casi un centenario a cuestas, Woody Allen se ha convertido en un símbolo de persistencia y un feroz crítico de la hoy llamada “cultura de la cancelación” y la censura. Un creador que, con pluma o cámara en mano, no deja de examinar la condición humana. Un artista cuya influencia cultural, ética y estética seguirá generando debate. Y tal vez esa sea su manera de permanecer: obligarnos a pensar, a incomodarnos, a reír y a dudar de todo y de todos, hasta de nosotros mismos.

En un mundo que se mueve rápido y que exige certezas inmediatas, Woody Allen recuerda que el humor inteligente, la palabra exacta y la curiosidad insaciable pueden sobrevivir incluso al paso implacable del tiempo. Ahora a sus 90 años, continúa siendo lo que siempre fue: un narrador compulsivo. Y ese impulso, más que cualquier película o libro, es lo que lo vuelve inolvidable, sí, pero también insoslayable.


Autores
(Mérida, 1984). Licenciado en comunicación por la Universidad Modelo y egresado de la Maestría en Arte de la UNAY. Periodista y promotor cultural, editor, ensayista y narrador, su trabajo se ha publicado en periódicos, revistas y en libros de su autoría como Tercera llamada, Cuentos, minificciones y aforismos del descaro (Libros en Red) y Yucatán en Letra Joven (PACMYC), etc. Ha sido cuatro veces ganador del Fondo Editorial del Ayuntamiento de Mérida, recientemente con dos libros de ensayo: Universo de Juan García Ponce (Libros del Marqués) y Bestiario del bibliófilo (Nitro Press) . Actualmente es presidente de la Red Literaria del Sureste y director de la revista Soma, Arte y Cultura.