En algún momento de la madrugada del 6 de diciembre de 1875, el Deutschland, un barco de vapor que transportaba a más de 170 tripulantes, la mayoría emigrantes alemanes, naufragó tras encallar en un banco de arena cerca de Essex, Inglaterra. La agonía de la fragata duró más de 24 horas, pues entre maniobra y maniobra el casco se hacía añicos: ni el capitán ni nadie podía ver nada en torno al barco por una ventisca que azotaba la región en ese momento. Entre la tripulación se contaban cinco monjas franciscanas que se dirigían a Estados Unidos, huyendo de las políticas anticatólicas del canciller von Bismarck. Ninguna de ellas sobrevivió.
La tragedia devino escándalo de magnitud internacional: ¿cómo era posible que, a poco más de 30 km de la costa, ningún puerto hubiera recibido a tiempo la llamada de auxilio del Deutschland?, ¿por qué la ayuda inglesa llegó 30 horas después del encallamiento, si tuvieron noticia de él durante la mañana del mismo 6 de diciembre? La prensa británica hizo eco de la voz de las víctimas: The Times e Illustrated London News ofrecieron una cobertura muy completa de las pesquisas, que no hallaron a ningún responsable.
Como la mayoría de británicos de la época, Gerard Manley Hopkins, un novicio jesuita de 31 años, seguía los pormenores de la investigación en curso. Estudiante entonces de teología en el norte de Gales, era para entonces autor de una modesta obra poética que llevaba años sin engrosar a manera de ascesis. El naufragio de las cinco monjas, sin embargo, lo conmovió en lo más íntimo y, aconsejado por su superior, comenzó a escribir la que sería su obra maestra, “El naufragio del Deutschland”, un poema complejísimo de 35 estrofas que sentó los fundamentos de un nuevo ritmo en la poesía inglesa, como él mismo explicó en una carta al también poeta R. W. Dixon:
Durante mucho tiempo había estado resonando en mí el eco de un nuevo ritmo que ahora trasladé al papel. Para decirlo en pocas palabras, consiste en escandir por medio de los acentos y énfasis tan sólo, sin cuenta alguna del número de sílabas, de modo que el pie del verso pueda ser tan sólo una sola sílaba larga, o una corta y una larga. […] Me parece que se trata de un principio mucho mejor y más natural que el del sistema común, mucho más flexible y capaz de lograr efectos mucho mayores (5 de oct. de 1878, trad. de Pablo Soler Frost).
Como era de esperarse, ninguna revista accedió a publicar el poema. Tan incomprensible fue, en general, tanto para los sátrapas de la poesía como para el esnobismo de sus lectores promedio, la obra de Hopkins, que ésta sólo pudo ver la luz hasta muchos años después de su muerte, cuando fue descubierta y encomiada por gigantes como T. S. Eliot y W. H. Auden. Fue entonces que se le consagró en el panteón de la experimentación formal y rítmica dentro de la lengua inglesa. Su legado poético se centra en una concepción singular del lenguaje y en una aproximación espiritual que impregna cada uno de sus versos, otorgándole un lugar único dentro del canon literario. El sprung rhythm, nombre con el que bautizó este nuevo estilo, rompe con la regularidad métrica tradicional al privilegiar un ritmo más dinámico y natural que emula los patrones del habla cotidiana, como leemos en su carta. En esta fusión de técnica e inspiración, Hopkins logró producir una obra de una belleza inusual, con un vigor lírico que resuena más allá de su época.
“El naufragio del Deutschland” refleja la profundidad de su fe y su capacidad para abordar la tragedia con un lenguaje intensamente musical y visualmente impactante. Las imágenes descritas por la prensa, cargadas de drama y dolor, sirvieron como detonante para explorar algunos de los temas que atraviesan toda su obra: la devoción religiosa, la relación del ser humano con la naturaleza y la presencia de lo divino en la tragedia:
Thou mastering me God! giver of breath and bread; World’s strand, sway of the sea; Lord of living and dead; Thou hast bound bones & veins in me, fastened me flesh, And after it almost unmade, what with dread, Thy doing: and dost thou touch me afresh? Over again I feel thy finger and find thee.
¡Subyugador de mí, Dios!, dador de aliento y alimento, filástica del mundo, va-y-ven marino; Señor de vivos y de muertos; Tú has atado los huesos y las venas en mí, sujetado mi carne y después casi deshecho, qué decir del terror con que lo has hecho, tu hechura; ¿y ahora me vuelves a tocar? Una vez más siento tu dedo y te hallo.
Las resistencias a publicar su obra y el mismo desprecio a reconocer en ella algo más que talento inexistente llevaron a Hopkins a enfrentar el dilema entre su vocación poética y su compromiso religioso. Como resultado, ya ordenado sacerdote, se sumió en un largo periodo de silencio creativo, pues consideraba que su labor pastoral debía primar sobre sus ambiciones artísticas. Hopkins, sin embargo, no tenía vocación de pastor: así lo vio John Henry Newman, quien lo contrató más joven como profesor de literatura en la escuela del Oratorio a su cargo. Tenía vocación de mártir, eso sí. Y de docente. Por eso su sensibilidad poética nunca lo abandonó, y años después retomó la escritura con una serie de sonetos oscuros y angustiosos que reflejan sus crisis personales y de fe, sus nada secretos impulsos homoeróticos y el drama de haber enviudado de alguien que nunca pudo ser su novio, el poeta Digby M. Dolben quien murió también ahogado con tan solo 19 años. No es de extrañar que el impacto de las monjas ahogadas en el naufragio del Deustchland no fuera sino el desbloqueo de un recuerdo que persiguió a Hopkins cuando supo la noticia, a sus 23 años.
Desconocido en nuestra lengua, uno de los esfuerzos más destacados por trasladar la riqueza de Hopkins al español es la traducción realizada por Salvador Elizondo, quien logró captar la intensidad y la musicalidad del original con una precisión poco común en la traducción poética. Elizondo, conocido por su propia experimentación con el lenguaje en obras como “Farabeuf”, encontró en Hopkins un espíritu afín, un poeta que, como él, entendía la escritura como una búsqueda incesante de nuevas estructuras y significados. Su versión de “El naufragio del Deutschland”, que cito aquí de la copia que tengo de Libros del Umbral (1999), es una prueba de la dificultad inherente a trasladar el ritmo y la sintaxis de Hopkins a otra lengua, pero también de la capacidad del traductor para reinventar el poema sin traicionar su esencia. Elizondo enfrentó en su traducción el mismo desafío que Hopkins en su tiempo: encontrar un equilibrio entre la experimentación formal y la inteligibilidad del poema:
Jesu, heart’s light, Jesu, maid’s son, What was the feast followed the night Thou hadst glory of this nun?— Féast of the óne wóman withóut stáin. For so conceivèd, so to conceive thee is done; But here was heart-throe, birth of a brain, Word, that heard and kept thee and uttered thee óutríght.
Jesús, luz del corazón, Jesús hijo de virgen, ¿cuál fue la fiesta que siguió a la noche en que tuviste la gloria de esta monja? Fiesta de la mujer sin mancha. Así concebida para concebirte y ya; pero punzaba el pecho, parto de un cerebro, palabra que te escucha, te guarda y te profiere sin más.
Esta manera de Hopkins de incorporar la naturaleza y la espiritualidad —o lo que es lo mismo, las tendencias depresivas y la mística— en la poesía, resuena con ciertas tradiciones poéticas hispánicas, especialmente aquellas que han explorado la relación entre lo divino y lo material, como en la mística española del Siglo de Oro. En este sentido, su obra se inscribe dentro de una genealogía más amplia de poetas que han abordado la trascendencia y el misterio a través del verso. Habrá que dedicar otra entrada a estudiar alguno de sus poemas oscuros, de la mano de otros traductores hispanos de la talla de don Salvador Elizondo. Pienso en el caso de poetas como Hernán Bravo Varela y Nahuel Lardies.
Monumento de Cuauhtémoc en Veracruz, México. Fotografía de Jose Francisco Del Valle Mojica, 2008. Recuperada de Wikimedia Commons. CC BY 2.0
Por la mayor parte de mi vida he vivido en un lugar llamado Cuauhtémoc —nací y crecí en el municipio con ese nombre del estado de Chihuahua; cuando estuve en la Ciudad de México radiqué en esa delegación—. Lo cual tampoco es ninguna sorpresa, ese nombre se repite en la toponimia nacional, sea en el de municipios, ciudades o pueblos, o en calles y avenidas, sobre todo, en los años posteriores a la Revolución mexicana.
El vocablo de origen náhuatl no solo hizo eco en la nomenclatura de México, sino que incluso fue motivo de inspiración para poetas, como Ramón López Velarde, quien en La Suave Patria —publicado en 1921—, escribió:
CUAUHTÉMOC
Joven abuelo, escúchame loarte
único héroe a la altura del arte.
Pero quién fue Cuauhtémoc y ¿por qué tantos lugares a lo largo del país llevan su nombre? ¿por qué López Velarde ve en él no solo a un héroe sino “al único […] a la altura del arte”?
Una primera respuesta la podemos encontrar en una de las pocas descripciones que nos dio de él Bernal Díaz del Castillo, en su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España:
[…] digamos cómo Guatemuz era de muy gentil disposición, así de cuerpo como de facciones, y la cara algo larga y alegre, y los ojos más parecían que cuando miraba que era con gravedad que halagüeños, y no había falta en ellos, y era de edad de veintiséis años […].
[…] Guatimuz era mancebo y muy gentil hombre para ser indio, y de buena disposición y rostro alegre, y aun la color la tenía algo más que tiraba a blanco que a matiz de indios, que era de obra de veinticinco o veintiséis años, y era casado con una muy hermosa mujer, hija del gran Montezuma […].
Cuauhtémoc fue el tlatoani que se enfrentó a los españoles, tras la muerte de Cuitláhuac en 1520, y quien el 13 de agosto de 1521 reconoció la derrota de sus fuerzas frente a las tropas de Hernán Cortés. Fue ejecutado en febrero de 1525 en la expedición a Las Hibueras, en la actual Honduras, acusado por Cortés de estar conspirando en su contra. Tuvo una vida corta; aunque se discute el año de su nacimiento —entre 1496 y 1502— se sabe que era joven cuando fue elegido para ocupar el icpalli —el asiento de poder— tenochca y que al momento de su muerte ni siquiera había alcanzado la treintena.
Era descendiente de las casas gobernantes de Tenochtitlan y Tlatelolco, las ciudades-islas del lago de México. Su padre fue Ahuízotl, el octavo tlatoani de Tenochtitlan, al frente de la cual estuvo entre 1486 y 1502. Mientras que su madre fue la señora Tiyapatzin, hija de Moquíhuix, el cuarto tlatoani de Tlatelolco y último gobernante independiente de dicha ciudad. La información sobre su vida antes de 1519 es poca y contradictoria, por lo que no se tiene certeza sobre el año en el que nació, las fuentes coinciden en que era joven a la llegada de los españoles, aunque no es claro qué tanto.
No pudo nacer más tarde de 1502 o 1503, si hubiese estado en gestación al morir su padre —aunque ninguna fuente apunta a lo anterior—, puesto que en 1519 ya se le consideraba entre los capitanes del tlatoani y contaba con experiencia en las armas, a pesar de su juventud. Se estima que debía tener más de veinte años para ese momento por lo que se calcula que nació en algún momento entre 1496, si se acepta que para la Conquista —como apuntó Díaz del Castillo— contaba con veinticinco o veintiséis, o 1499. Algunas fuentes, como Los anales de Tlatelolco, señalan que Cuauhtémoc fue designado gobernante de dicha ciudad hacia 1515 o 1517.
Al momento de nacer Cuauhtémoc —o Cuauhtemoctzin si consideramos el sufijo reverencial con el que se dirigían a los nobles en el mundo náhuatl— tenía pocas posibilidades de acceder al puesto que su padre ocupaba. Aunque para acceder a la sucesión del icpalli tenochca se entendía que debía haber lazos consanguíneos, era más complejo que la primacía del hijo mayor del gobernante al modo europeo de la época. Susan D. Gillespie señala en Los reyes aztecas (1993) que la sucesión del linaje era legitimada por una mujer de sangre tolteca cuyo esposo o hijos accedían el poder, así, Atotoztli, la hija del primer Moctezuma —también llamado Moctezuma Ihuilcamina o Huehue Moctezuma— y la abuela paterna de Cuauhtémoc legitimaron el asenso al poder de sus hijos: Axayácatl, Tizoc y Ahuítzotl. Gillespie incluso especula, a partir de algunas fuentes, que Atotoztli gobernó por derecho propio a la muerte de su padre en 1469, y antes de Axayácatl, y esa función la habría tenido a la muerte de Moctezuma la hija de este, Isabel Tecuichpo, quien fue unida en matrimonio a Cuitláhuac y a Cuauhtémoc —María Castañeda de la Paz, en la edición especial 119 de Arqueología Mexicana, señala que esta unión no ocurrió porque Isabel en años posteriores no mencionó este lazo matrimonial, aunque es entendible que prefiriera obviarla dadas las condiciones de sospecha por las que Cuauhtémoc fue ejecutado—. A la muerte de su padre, su primo hermano, Moctezuma Xocoyotzin, fue nombrado tlatoani, líder de Tenochtitlan y de la Excan Tlatocayon, la Triple Alianza que ejercía su control sobre el valle de México y exigía tributo en regiones tan distantes como el actual Soconusco, al sur, o la Huasteca en el norte, hacia el poniente colindaba con los territorios de los purépechas, en el actual estado de Morelia, y al oriente llegaba a la costa del actual estado de Veracruz.
Cuauhtémoc, como todo hijo de noble, ingresó al calmécac a los siete años —era la escuela de los pipiltin donde aprendían las bases de la guerra, del gobierno, de la religión, de la poesía, así como la disciplina exigida a los nobles. Actualmente, los vestigios del calmécac de Tenochtitlan se encuentran en el sótano del Centro Cultural de España en México, sobre la calle Donceles, en la Ciudad de México—. Ahí se le educó para ser un señor y para guerrear. La sociedad que conoció había sido moldeada por uno de sus ancestros: Tlacaelel, hermano de Itzcóatl, y cihuacóatl —literalmente mujer serpiente o gemela, era el segundo al mando en Tenochtitlan y quien se encargaba de la administración de la ciudad— hasta su muerte. Si aceptamos que nació en 1496 su entrada al calmécac se efectuó en torno al 1503, apenas un año después de la muerte de Ahuízotl, y hubiera salido en 1511 a los quince años; si se toma el 1502 como su año de nacimiento hubiera ingresado en 1509 y egresado en 1517, fecha algo tardía para los méritos que se tomaron en cuenta cuando fue elegido tlatoani.
Sobre este punto fueron más las circunstancias que jugaron a su favor para que se elevara a la mayor posición dentro de Tenochtitlan. En 1520 murió Moctezuma tras la matanza del Templo Mayor, y heredó su posición su hermano Cuitláhuac —según las reglas de sucesión en la generación de Moctezuma, él y sus hermanos, los hijos de Axayácatl, se sucederían como tlatoani de Tenochtitlan, hasta que no quedaran hermanos y entonces un hijo o nieto de Moctezuma sería elegido—. Cuitláhuac lideró a los tenochcas que se enfrentaban a los españoles desde la matanza iniciada por Pedro de Alvarado y logró expulsarlos de la ciudad del lago el 30 de junio de 1520, durante la conocida como Noche Triste por las huestes hispanas que estuvieron a punto de perecer. Sin embargo, antes de irse dejaron en Tenochtitlan un aliado que cobró muchas vidas, entre ellas la del tlatoani mismo: la viruela. A la muerte de Cuitláhuac, el 28 de noviembre, se planteó la cuestión de quién habría de liderar la ciudad y a sus aliados, no había más hermanos de Moctezuma y sus hijos varones además de ser demasiado pequeños habían salido de la ciudad con los españoles. Cuauhtémoc, quien ya había demostrado su valía en otras batallas, había destacado en la defensa de la ciudad en las semanas desde que se expulsó a los invasores, aunque no era ni hermano, ni hijo de Moctezuma, era su primo hermano e hijo de un tlatoani. Así subió al poder.
Tenochtitlan no era la ciudad que había sido con su primo, seguía manteniendo alianzas, pero ya no ejercía el control que había tenido dos años antes, cuando arribaron al valle de México los españoles. A lo anterior se sumaba la enfermedad que afectaba a un alto porcentaje de la población —recuérdese que antes de 1492 las Américas y el Viejo Mundo no habían tenido contacto, o casi, con excepción de los polinesios arribando a las costas del Pacífico o a los escandinavos en la costa septentrional americana, y los pobladores no contaban con defensas naturales contra muchas de las enfermedades desarrolladas del otro lado del Atlántico— y que el asedio estaba por comenzar. La forma de hacer la guerra y las reglas explícitas e implícitas de los recién llegados eran muy diferentes a las que Cuauhtémoc conocía, mientras que las armas y tácticas del México Antiguo buscaban, antes que nada, tomar prisioneros para los sacrificios; los hispanos, por el contrario, buscaban dar muerte a sus contrincantes —a lo cual se sumaban armas más efectivas para tal motivo: armas de acero, ballestas y arcabuces— y enseñaron en esas tácticas a sus aliados indígenas, enemigos de Tenochtitlan por generaciones como los Tlaxcaltecas.
Cuauhtémoc reunió las fuerzas diezmadas de Tenochtitlan y resistió el sitio, que inició el 21 de mayo de 1521. Cortés mandó construir bergantines que botó sobre el lago, desde los cuales cañoneó la ciudad y la fue reduciendo a ruinas. Bernal Díaz del Castillo, cuando menos tres décadas después, recordaba el arrojo y el brío con el que Guatemuz, como él lo llamaba, defendió su ciudad, hasta que el 13 de agosto de 1521, después de deliberar con sus capitanes consideró que había que deponer las armas. En La historia verdadera de la conquista de la Nueva España se lee:
[…] y luego vino Sandoval y Holguín con Guatemuz, y le llevaron entrambos a dos capitanes ante Cortés, y de que se vio delante de él le hizo mucho acato, y Cortés con alegría le abrazó y le mostró mucho amor a él y a sus capitanes; y entonces Guatemuz dijo a Cortés: “Señor Malinche: ya he hecho lo que soy obligado em defensa de mi ciudad y vasallos. Y no puedo más, y pues vengo por fuerza y preso ante tu persona y poder, toma ese puñal que tienes en la cinta y mátame luego con él.
Ni Cortés, ni Díaz del Castillo hablaban náhuatl ni Cuauhtémoc, castellano, esta interacción se dio, sin duda, mediada por Malintzin —la joven que fue de tanta ayuda para los españoles en la comunicación desde que la recibieron como regalo tras la batalla de Centla—. La incomprensión se dio también en el sentido, Cuauhtémoc no solo pedía ser ejecutado sino sacrificado, como correspondía a cualquier prisionero en la guerra, que el cuchillo del sacrificador abriese su pecho. Le aguardaba un destino peor y una muerte indigna, en el pensamiento del mundo náhuatl morir ahorcado era lo opuesto que el tonali —el calor de la vida—, se desperdiciaba y no alimentaba a ninguna divinidad.
Cortés torturó a Cuauhtémoc para averiguar donde había quedado el oro que él y sus huestes vieron en la ciudad cuando arribaron en noviembre de 1519. Lo mantuvo al mando de Tenochtitlan, pero bajo su autoridad, y cuando se encaminó a Guatemala y a las Hibueras, lo llevó consigo por temor a que organizara una rebelión contra él y el resto de los españoles. Mientras viajaban, se le acusó de preparar una rebelión y se le hizo un juicio, no es claro si ese conato rebelde ocurrió o no —lo más probable es que no, los indígenas que acompañaban la expedición estaban tan cansados y debilitados como los españoles, sino es que más porque todo el esfuerzo físico recaía en ellos— puesto que las pruebas presentadas en su contra fueron meros dichos y ninguno claro. Del mismo modo en el que no sabemos en que año nació, no sabemos en que lugar fue ejecutado el 28 de febrero de 1525 —en el siglo XX se dieron una serie de pesquisas que argüían haber dado con sus restos—.
Su muerte pesó en su memoria, se le vio como un rebelde. Su figura no fue muy recordada durante el periodo virreinal, ni siquiera en los primeros años de vida independiente, pero a partir del porfiriato —la estatua y la glorieta dedicada a él sobre Paseo de Reforma, casi en esquina con Insurgentes, fue erigida en la conmemoración del centenario de la Independencia en 1910— su figura comenzó a ser considerada entre los héroes patrios, proceso que se consolidó en el México postrevolucionario. Cuauhtémoc fue visto como la figura que se atrevió a enfrentarse a los españoles y que resistió su avance hasta que lo derrotaron.
A diferencia de Moctezuma y sus acciones ambivalentes —permitir que los españoles y sus aliados entraran a Tenochtitlan—, Cuauhtémoc luchó y fue fácil para el proyecto nacional que se conformaba después de la Revolución elevarlo al panteón patrio, hacerlo uno de los individuos que permitieron la formación de la nación. Un “joven abuelo”, como lo llamó López Velarde, cuya distancia temporal y trágica vida permitían hacerlo propio sin preocuparse por contradicciones —como podía ocurrir con el cercano Francisco I. Madero u otros héroes revolucionarios— y era, en ese sentido, el opuesto de otra figura que entró a la historia como la encarnación de la traición: la Malinche —papel que desmiente Camilla Townsend en Malintzin, donde reivindica la historia de una joven que tuvo una vida difícil, reducida a la esclavitud, y de la que aprendió a sobrevivir, por ello terminó convirtiéndose en la traductora de Cortés—. Cuauhtémoc en náhuatl es “el que desciende como un águila” y era una forma de metaforizar al sol poniente, un águila que desciende contra su presa; sin embargo, dada su propia vida, se ha traducido como águila que cae.
Cuauhtémoc encarnó al hombre que tiene que aceptar las difíciles condiciones que se le imponen y luchar por él y su gente, de ahí que no solo el régimen postrevolucionario lo reclamara para sí, sino que la gente común lo hiciera. Así, los otrora peones de las haciendas porfirianas y que se habían unido a la bola para luchar contra el mal gobierno y mejorar las condiciones en las que vivían, al volver de la de la Revolución y fundar su ejido en la llanura chihuahuense decidieron nombrarlo Cuauhtémoc.
“Orquídeas de petróleo”, Fernanda Ballesteros. Colección Tierra Adentro, FCE, 2024.
A través de la poesía se han contado, quizás, las historias más determinantes que definieron, y definen aún, lo humano. La Ilíada, La Odisea, El poema de Gilgamesh, El cantar de Mío Cid por mencionar lo más clásico. Como la poesía no está limitada por lo narrativo o por la sucesión de acciones, ni tampoco por lo semántico o lo sintáctico, ha podido llevar esas anécdotas a lugares insólitos, casi vívidos. La poesía no solo nos presenta las heridas de los héroes, también es capaz de poner a cantar a la sangre misma que ellos derraman. La poesía no sólo nos describe los reinos de los muertos o los avernos, ha sido capaz de delimitar con tanta precisión estos lugares que hasta las mismas religiones terminan por volver canónicas las visiones de los poetas.
Fernanda Ballesteros, en su libro Orquídeas de petróleo, retoma este hermosísimo hábito de contar historias a través de la poesía; y su elección, sin duda, es acertada. Sobre todo, porque la narrativa evoca; pero lo poético invoca, hace que lo narrado aparezca de nuevo frente a los ojos del lector. En este caso la anécdota elegida no es menos relevante que aquellas de los textos clásicos, ya que la poeta elige contarnos las tribulaciones que vive una familia frente a los actos de regímenes moralmente condenables. Pero Ballesteros no usa la poesía tradicional para recrear la historia de su poemario, sino que se vale de lo experimental y lo disruptivo para exaltar aún más los detalles narrados. Ello potencia la forma, por supuesto, pero también hace que estalle, que florezca, que deslumbre, en todo su esplendor, el contenido de la obra.
Lo he dicho, lo sostengo, y pongo como evidencia este poemario, la mejor forma de narrar es a través de silencios, de pausas, la forma más eficiente de contar es con ausencias tangibles, medibles, por medio de blancos activos que escalonan las oraciones, que logran quebrantar lo dicho y, al hacerlo, lo reiteran, lo empoderan, lo encumbran. La poesía eleva las anécdotas.
En este caso, la anécdota la vamos descubriendo desde las vivencias de Gabriel, cuyo abuelo fue desaparecido durante el régimen de Sékou Touré de Guinea, y cuyo padre fue separado de su madre durante años por orden del mismo gobierno.
“1 de enero en la casa recién estrenada de mamá Marie Lyse Barry papá Baba Barry hijo Christian Barry ni siquiera se habían metido a la alberca frente al mar los soldados llegaron de noche esculcaron los cajones las cartas en armenio c’est quoiça c’est quelle langue a la güera la subieron a un avión al hijo lo mandaron a una escuela al papá quién sabe”.
Leer este libro me hizo entender que, en verdad, hace falta un poemario para dar cabida a la crueldad de un dictador, hace falta un poemario para comunicar cuánto duelen, cuánto marcan a las familias las desapariciones, las torturas, los encierros; sólo entre versos se puede exponer el horror de la existencia de campos de concentración.
Ballesteros retrata con angustiosa precisión las imperfecciones de la existencia, nos hace ver que son justo las deformidades de la vida lo que la determina. La imprecisión es nuestro único filtro posible. Baste un ejemplo:
“a mí también se me mojaron los ojos / cuando la mamá de Gabriel nos lloró por / videollamada / la abue de Gabriel no supo dirigir la cámara a la cara / hablamos con su frente con sus canas del fleco con / la pared rugosa de su departamento”.
Lo fragmentario aporta precisión en el libro, a través de varios poemas independientes se va confeccionando con claridad la historia. Vemos aquí que romper, a veces, es la manera más precisa de ordenar, de hilar. Descubrimos que la musicalidad es el medio indicado para expresar los silencios más terribles, como el de alguien que se cansa de ser torturado por los recuerdos, o el silencio de los pueblos que deciden no condenar las acciones de sus tiranos y hasta los convierten en héroes y bautizan aeropuertos con los nombres de esos canallas.
“del tronco solo queda el ombligo / de la cara un hueco por donde huelen y toman del / rocío de un pétalo que ahora es grande / colosal / porque quien espera es muñeco de insectos / persona diminuta acostada enrollada en piel de / perfume / liberada~ante la diosa esperanza”.
Uno de los recursos memorables de la autora es usar dos páginas para contener un solo poema, es decir que los versos se extienden hasta la página siguiente y es necesario ver el libro abierto para abarcar la totalidad del texto. Se trata de una manera de hacer que los límites tradicionales se rompan.
Otro recurso muy bien empleado es la poesía visual. Me resultó afortunado el uso del juego del ahorcado para exponer el nombre del dictador que mató aproximadamente a cincuenta mil personas. Ese hombre colgado y esas casillas en donde faltan algunas letras comunican mucho de la naturaleza de este político. Los trazos y los vacíos me hicieron pensar en las condenas a muerte por asuntos oficiales, en los castigos y condenas a los enemigos políticos, en la censura de alto mando, en las piezas que faltan o son borradas de la historia, en las víctimas cercenadas simbólica o literalmente, en quienes pierden a sus hijos o sus padres por ideologías partidistas.
Los poemas del libro capturan por medio del ritmo y las figuras frenéticas todo lo que resulta insólito de las tragedias personales. Mediante el uso de juegos retóricos y visuales se pone nuestra mirada en los elementos inconcebibles de la cotidianeidad, por ejemplo, las coincidencias. Sin importar si se trata de sincronías afortunadas o siniestras:
“La coincidencia de la fecha del vuelo y del aniversario la descubrió unos días antes de irse, hojeaba la libreta de direcciones de abue. Por prevención a su propia pérdida de memoria, abue escribió el nombre completo, la fecha de nacimiento y la fecha de defunción de su hijo:
Christian Barry 09 09 1955–27 01 2008”.
Otro personaje central, por supuesto, es la “abue”, quien vivió de primera mano las atrocidades expuestas en el libro. Ella juega un papel dual, me parece, es el punto de partida de la tragedia, el origen; pero también inaugura en muchos sentidos la posibilidad del amor, de seguir adelante, de instaurar algo nuevo. Cada vez que se le menciona, el libro entero se estremece, lo mismo que el lector.
“abue se enoja / cada vez que habla de Sékou Touré / un assassin un assassin / que mandó matar al amor de su vida Baba Barry / hombre atractivo rumores de mujeriego eso qué / importa trabajador ingenioso buen papá buena / pareja / cómo se le va a quitar el coraje a abue / la cara se le frunce toda hacia el centro la boca la / sube la junta a la nariz en un puño de arrugas y / dice que Sékou Touré /il était jaloux jaloux / celoso de Baba Barry y de todos los que hubieran / estudiado en el extranjero / desconfiado de los que no fueran malinké”.
Orquídeas de petróleo ganó el Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino 2023. Lo merece. Se trata de una obra que habla, con poderío y maestría, del dolor que sostiene a todos los linajes familiares, de lo revelador que resulta voltear atrás y enfrentarse con el lugar terrible del que venimos. La recomiendo.
Fotografía de Borja Abargues, 2010. Recuperada de Flickr. CC BY-NC-SA 2.0
Una cultura que venera la búsqueda del éxito extremo probablemente producirá algo de él. Pero el éxito extremo es un dios espurio, que rechaza a la gran mayoría de sus adoradores. Nuestros trabajos nunca fueron concebidos para soportar las cargas de una fe, y se están derrumbando bajo su peso.
Workism Is Making Americans Miserable
Derek Thompson
Nuestra civilización practica el más imbécil de los cultos: el de la productividad. Heredamos de quienes nos precedieron la convicción terrible por alcanzar la utopía amorfa del progreso. Al atestiguar el exponencial avance de la medicina, de la ingeniería, de la informática y, en general, de nuestro control tecnológico del mundo, uno esperaría que en el perímetro de lo cotidiano hubiese espacio suficiente para el ocio. Lo cierto es que nuestra época está regida por la lógica del rendimiento, de las utilidades, del margen de ganancia. Incluso las formas más elementales del descanso y la recreación están condicionadas por la sombra del empleo: acomodamos planes e itinerarios alrededor de la rutina inamovible, casi sagrada, del trabajo. Buscamos no desatender —con los modos de la tribu que teme enfurecer al dios que adora— los quehaceres de la oficina y la fábrica, el taller y el escritorio.
Producir, producir, producir: credo moderno.
***
Se trata de un patrón preocupante. Dos de los jefes que he tenido eran apenas unos cuantos años más viejos que yo, entusiastas y acaso convencidos de que la meritocracia existe. Uno de ellos —inteligentísimo, admirable en más de un parámetro— había llegado a su puesto dentro del organigrama gracias a una combinación afortunada de liderazgo y subordinación meticulosa. Joven, contrataba gente joven: nos veía reflejados en su propia historia. En medida de lo posible, siempre le agradecí la fe con la que mediaba la relación con sus trabajadores. Resentí, sin embargo, que del mismo modo proyectaba sobre nosotros la cultura del desgaste, de la sobre exigencia como preludio del éxito. Él tenía bastante claro cuáles eran los escalones que nos hacía falta recorrer.
Ocupadísimo, siempre encontraba tiempo para coordinarlo todo. Permanecía en el interior de su despacho un par de horas después de que nosotros hubiéramos concluido la jornada. Dedicaba sus tardes a atender videoconferencias y firmar papeles mientras terminaba de comer lo que había calentado en el microondas. Una satisfacción inentendible le brotaba en el rostro cada vez que alguien le preguntaba por su rutina: parecía enorgullecerle el hecho de estar lleno de quehaceres, como si el trabajo fuese el centro gravitatorio de su identidad personal.
¿Sonará imbécil decir que comencé a compadecerme de alguien que ganaba varias veces mi sueldo? Su espacio vital había quedado reducido a las paredes de cristal opaco que lo separaban de nuestros escritorios. Yo pensaba, viéndolo consagrar las tardes a interminables reuniones en Zoom y a la redacción de informes, que todo el tiempo que gastaba siendo productivo correspondía al tiempo que no podría emplear en ver alguna película de Wim Wenders, leer un poema de María Negroni, descubrir un cuadro que lo emocionara.
Tocar pasto.
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Desconozco cuál es la norma en otras latitudes. En la mía, al menos, estamos acostumbrados a que el día inicie y acabe con una sensación en común: el cansancio. Tenso, baldado, vuelto materia débil, el cuerpo se acostumbra a los vaivenes del estrés y la fatiga. El agotamiento se desdobla entre la carne desde el momento previo al amanecer —las cinco de la mañana para quienes habitan la periferia de su ciudad— en el que no queda otro remedio que dejar la cama para preparar un desayuno apresurado. Terminan como segunda prioridad los hijos, las mascotas, el cuidado de la casa: lo urgente es doblar cuadras oscuras hasta dar con la parada del autobús, que raramente es el único que se aborda durante el trayecto. Hecha la jornada —con sus propios desencantos y exigencias— habrá de repetirse el camino recorrido en la mañana, inverso. Al fin en casa, la mente no puede sino desentenderse de su cuerpo: fingir que no le duele, que no le martiriza su cansancio acumulado. Limitarse a mirar una pantalla, tomar una ducha, dormir de nuevo.
Una mañana, próximo a la axila de alguien el autobús, me encontré con un video en el que un influencer se proponía emular a los multimillonarios que pertenecen al club de las cinco de la mañana; al parecer, varios empresarios de renombre habían alcanzado el éxito gracias a que su rutina comenzaba antes que la del resto del mundo. Miré alrededor mío: ninguno de mis acompañantes necesitó que un chiquillo pálido lo motivara a comenzar su día desde las cinco de la mañana. Acaso el insulto más delirante y cínico a la inteligencia del trabajador es querer convencerlo de que su precariedad está enraizada en el hecho de que no se levanta más temprano.
Aquí, listillo, un libertario levantará el dedo índice para decir que la gente que desborda el transporte público por las mañanas es pobre, precisamente, porque ocupa ese tiempo adicional en cosas no productivas, a diferencia de los semidioses del emprendimiento. Sobra evidencia de lo contrario.
A finales de marzo de 2025, el lugar que solía llamarse Twitter se llenó de memes sobre Ashton Hall, un aspirante fallido a jugador de la NFL. El hombre había ganado millones de seguidores en Instagram y TikTok gracias a su contenido fitness, pero encontró la viralización en otras plataformas gracias a un video tan imbécil como ridículo. En él, contribuyendo a la retórica del rise and grind, mostró que su supuesta rutina comienza a las 3:52 de la madrugada.
¿Y qué hace Ashton tan temprano? ¿Pone en marcha sus esfuerzos por curar el cáncer y resolver las ecuaciones de Navier-Stokes? No. En el video se le ve haciendo las complicadísimas actividades siguientes: quitarse una cinta adhesiva de la boca (una técnica conocida como “mouth taping”, para respirar por la nariz mientras duerme), hacer un par de flexiones en su balcón, meditar un instante y escribir dos líneas en un diario, sumergir su rostro en un recipiente con agua de la marca Saratoga Spring y, tras comer un plátano, frotarse la cáscara en la cara. Todo esto antes de las 9:15.
La promoción de esta clase de rutinas llenas de despropósitos constituye todo un género de contenido virtual. Cada día son más los sujetos que deciden grabar el comienzo de sus mañanas y pretender complejidad en sus diversas naderías: presumen cómo meditan, cómo garabatean un diario, cómo desayunan fibras, cómo montan caballos. Sobra en los videos la ostentación de pertenencias caras y de espacios de vivienda amplísimos: construcción visual que muestra a los creadores de contenido como una suerte de iluminados por la meritocracia. Inútiles sus actividades e irrisoria la imagen de éxito que intentan divulgar, exponen las averías en el discurso de clase con el que intentan justificar la desigualdad. Su disciplina es más bien performativa.
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Poco después de titularme, harto de la academia, decidí trabajar en la burocracia educativa de mi estadio. Según el humor de la temporada —los programas en turno, quiero decir—, me ocupaba en redactar material pedagógico de ciencias naturales para alumnos de secundaria y, de vez en vez, reactivos para olimpiadas de conocimiento. La Dirección de la que formaba parte se compartimentalizaba en áreas como STEM y lectocomprensión. En algún punto, una orden venida de arriba devino en la creación de una nueva área: la de emprendimiento. Se buscaba formar a grupos de preadolescentes en el aparentemente complejo mundo de la innovación empresarial, a pesar de que a esa edad nadie sabe lo que es el ISR ni maneja herramientas aritméticas más complejas que la regla del tres. El fin era motivarlos a que pronto en la vida ganaran el ímpetu idiota que orilla a algunos a asistir a un programa de televisión a pedirle dinero al yerno de Carlos Slim.
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Mario Bunge repetía, en conferencias y en algún libro, que los humanos habíamos aprendido a falsificarlo todo: el dinero, el amor, la amistad, incluso la ciencia. Estoy convencido de que dimos un paso más allá cuando encontramos el modo de falsificar el trabajo. La quimera posmoderna que tenemos la desgracia de habitar está repleta de oficios insustanciales, tan palpables como el éter o los humores sanguíneos: director creativo, coach de manifestación, arquitecto de experiencias, experto en detox digital, gurú de la felicidad corporativa, influencer de wellness holístico…
Los profesionales de la especialización insulsa suelen llenarse los bolsillos de dinero. Bajo la misma lógica de la meritocracia empresarial que nos ha obligado a valorarnos como simples métricas, pregunto: ¿qué tan productivo puede ser cualquiera de estos pobres diablos que, en esencia, no producen nada?
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No sé cómo ni cuándo nos bendecirá el fin del mundo con su llegada. Sé, sin embargo, que habremos de computarlo exitosamente en una tabla de Excel.
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Eventualmente renuncié a mi trabajo de burócrata. Con veintitrés años encima, me consoló saber que a mi estilo de vida le bastaría una beca de posgrado para mantenerse a flote. Próximo a iniciar la maestría y cobrada mi última factura —no tiene derecho a finiquitos quien tampoco tiene prestaciones ni seguro—, pude disfrutar algunas semanas de discreto desempleo.
Animalito condicionado, el primer día de mi libertad me levanté con la rutina mecánica de siempre. Fue hasta la mitad del trayecto —en alguna estación del tren ligero de Guadalajara— que recordé que mi espacio en la oficina no existía más. Del otro lado del camino no me esperaba ningún checador, ningún pendiente.
Hallé en la ciudad un rumor desconocido. Mínimo el tráfico, mínima la gente en los cruces peatonales, me paseé por la avenida Juárez hasta dar con un café. Por primera vez en mucho tiempo, tuve el lujo de aburrirme. Caminé hacia el Museo de las Artes de la Universidad de Guadalajara y ahí dentro gasté más horas hasta que el aburrimiento volvió a alcanzarme. Tomé el tren de nuevo. Pasado el mediodía vi una, dos películas. Regresé a casa y pude escribir sin que me interrumpiese alguna llamada exigiéndome reportes.
Luego encontré en mi plenitud un signo triste: más tarde, la vida no volvería a ser igual.
Los Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA) presentan síntomas en la salud como la apariencia física desmejorada, la delgadez extrema o la pérdida de pigmentación. El reto es reconocerlos entre la ola de estereotipos en los que se promueven cuerpos esbeltos y tallas reducidas para las mujeres. A este obstáculo se enfrentó Abigail Roja, quien reconoce haber sido consciente de su condición demasiado tarde.
“Me enteré hace apenas dos años, a la edad de 26 años, yo tengo anorexia y vigorexia”, admite Abigail. La mujer joven de expresión sobria en el rostro y voz calmada cuenta que los síntomas de su trastorno aparecieron desde hace varios años, cuando tenía 23, pero en aquel momento ignoraba que se trataba de anorexia.
Hubo señales respecto a su deterioro. “Comía menos de los requerimientos para un adulto porque así podía mantenerme delgada, a veces, al comer más de lo que ‘debía’, me daban náuseas y me sentía mal conmigo misma”. La culpa es uno de los protagonistas en los TCA.
Guadalupe Ramírez ha experimentado el mismo sentimiento, solo que desde una edad más temprana a la de Abigail. “A los ocho años”, recuerda Guadalupe, “me percaté de mi condición porque me hacían bullying en la escuela”. Ella es una mujer de 32 años, habla con agilidad y se mueve con rapidez, como si buscara sus memorias entre las paredes frente a ella.
Con pesar en su voz, explica que recurre a dejar de comer o tomar mucha agua, en un intento desesperado por adelgazar. “Trataba de esconder mi panza”. En la actualidad, lidia con estos problemas. “Han sido procesos difíciles”, lanza estas palabras con un aire de resignación.
Una enfermedad grave en aumento
Los TCA, considerados enfermedades serias, se manifiestan en alteraciones importantes en los hábitos alimenticios. En algunos casos se registra una preocupación excesiva por bajar de peso o mantener un control riguroso sobre la forma corporal y los alimentos consumidos. Si se llega a consumir más de lo habitual, el sentimiento de culpa aparece, de acuerdo con el Instituto Nacional de la Salud Mental en Estados Unidos (NIH).
La obsesión por mantener la delgadez es una señal de la presencia de un trastorno alimentario. La búsqueda constante de alcanzar estándares de belleza esbeltos o la perfección corporal a menudo caracterizan a los TCA, y las repercusiones de estos problemas suelen derivar en consecuencias tanto físicas como emocionales.
En México, los trastornos de la alimentación más comunes son la anorexia nerviosa, la bulimia nerviosa y el trastorno por atracón. La población en la cual se concentran con mayor frecuencia es en los adolescentes y los adultos jóvenes, con una prevalencia mayor en mujeres, de acuerdo con la Secretaría de Salud (SSA).
El trastorno por atracón es el más frecuente y está caracterizado por episodios de consumo excesivo de alimentos, sin conductas compensatorias como vómitos. A su vez, la anorexia nerviosa implica una restricción severa de alimentos y una percepción distorsionada del cuerpo, mientras que la bulimia nerviosa combina atracones con conductas compensatorias, como el vómito autoinducido.
La prevalencia de los TCA, especialmente la anorexia, es preocupante. Hay un aumento sobre todo en las zonas urbanas. Baja California destaca por concentrar 312 casos acumulados de 2024 a lo que va del 2025. La segunda entidad con mayor incidencia es la Ciudad de México, con 203 casos en el mismo periodo, conforme a los registros del Boletín Epidemiológico.
Además, se ha observado que menos de 10% de los adolescentes afectados reciben tratamiento adecuado. Al respecto, la psicóloga Gabriela Aranda, investigadora de los Servicios de Atención Psiquiátrica (SAP), explica que el rango de edades más afectado por los TCA va de 12 a 30 años. Tan solo en 2023, se calculaba que 25% de los jóvenes presentaba algún TAC en diversos grados.
La bulimia, anorexia nerviosa y el trastorno por atracones son los problemas más prevalentes en México, pero el daño psicológico que causan podría desencadenar otras complicaciones. La especialista en nutrición deportiva Nancy Tafoya considera que la vigorexia podría ser una de esas consecuencias, aunque escapa a la categoría de TCA. “Es común en mujeres adolescentes y jóvenes adultas”.
Las repercusiones psicológicas y emocionales podrían empeorar en las mujeres, al ser la población de mayor riesgo y la que tiene que lidiar con estándares de belleza inalcanzables. Las redes sociales y sus tendencias centradas en cuerpos delgados empeoran un panorama de por sí complejo.
Los estereotipos causan problemas emocionales para las mujeres con TCA
Los medios de comunicación suelen dictar cómo debería verse una mujer atractiva, y en redes sociales se sigue la misma lógica con tendencias que a menudo promueven estándares de blanquitud y delgadez extrema, pese a la relevancia del discurso body positive que busca la aceptación de la diversidad de cuerpos.
Para una mujer con algún TCA, fallar en alcanzar ciertos estereotipos de belleza tiene consecuencias abrumadoras. Para Guadalupe, significa ansiedad y depresión. “Ejemplo: dejo de comer o bien me doy atracones de comida. Después busco todo para eliminar lo que me comí”, profundiza en sus momentos de mayor inestabilidad.
Abigail comparte una experiencia similar. Comenta que padece de depresión severa y ansiedad generalizada, ¿la razón?, “por no poder verme como las modelos, a pesar de que hacía mucho ejercicio, comía poco y muy saludable”. Sobre los trastornos del estado de ánimo que mencionan las mujeres, Aranda explica que es una repercusión común.
“Los TCA se acompañan de problemas de estrés, ansiedad, depresión e incluso, en algunos casos, se puede observar problemas de alcoholismo y consumo de drogas”, aclara la psicóloga. Además de estas complicaciones, existen otras señales de alerta que indican cuando una persona enfrenta un severo nivel de algún TCA.
Tafoya advierte que cuando alguien se restringe de forma excesiva los alimentos es la principal alerta. Lo mismo sucede para el ejercicio que llegan a realizar. “Son personas que viven con miedo a subir de peso y tienden a la delgadez extrema”.
Comenta que hay pérdida de cabello y dientes, piel reseca y ojos hundidos. Estos focos rojos podrían prevenirse con tratamientos especializados y con ayuda profesional. “Es necesario contar con un psicólogo y psiquiatra en su caso”. La ayuda debe ser integral, con la participación de un nutriólogo especializado en TCA.
Un aspecto importante en la rehabilitación es incentivar al paciente a reconciliarse con la comida saludable. “Por último, las mujeres deben contar con un especialista por el tema del cambio hormonal”, agrega Tafoya.
Aunado a las repercusiones psicológicas, hay tendencias en redes sociales que difunden consejos sin sustento científico para alcanzar la figura ideal, que resultan dañinas para la salud de quien decide seguirlas.
Las tendencias en redes buscan delgadez extrema a costa de la salud
En años recientes fue común observar tiktoks de influencers que explicaban cómo bajar de peso con dietas restrictivas o el uso de medicamentos con efectos secundarios peligrosos. La mayoría de estas personas carecía de conocimientos necesarios para sustentar sus recomendaciones, tampoco eran profesionales de la salud.
El concepto de bienestar de los influencers se basaba en fines estéticos, sin promover un estilo de vida saludable con la ayuda de nutriólogos o especialistas. Los consejos que difundían eran peligrosos, y Guadalupe lo comprobó en un intento por bajar de peso.
“Usé ozempic por las redes sociales”, admite con el entrecejo fruncido. Su tono es más grave y contrasta con el afable de sus primeras respuestas. “Yo me lo automediqué. Me lo vendieron sin receta”. Las consecuencias de esa mala decisión afectaron su metabolismo y provocaron una fatiga frecuente, además de problemas gastrointestinales.
El medicamento nunca ha sido aplicado en pacientes que deseen adelgazar, incluso los efectos secundarios de usarlo para esos fines siguen en proceso de investigación. Con frecuencia, las autoridades sanitarias de varios países advierten de daños severos al aparato digestivo, náuseas, diarrea y cansancio extremo.
Guadalupe entiende que su decisión estuvo moldeada por los estándares de belleza y la presión por seguirlos. “El bombardeo del cuerpo perfecto ha estado presente en mi vida desde que tengo ocho años donde los cuerpos eran muy flacos”; reconoce su contexto saturado de estereotipos.
“Después cuerpos atléticos, pero aun así delgados, y ahora con el supuesto body positive muestran a mujeres ‘gordas’ sin panza, sin brazos grandes, solo caderas, pechos y glúteos prominentes. O sea, siempre han dibujado cómo debe ser el cuerpo de una mujer”, lanza su crítica a los cuestionados discursos inclusivos de las redes sociales.
Abigail concuerda con Guadalupe, aunque ella admite haberse comparado con las modelos e influencers de Instagram. Esto provocó que sus TCA se acentuaran. Recuerda que intentó bajar de peso a un nivel que afectó su salud física. Después desarrolló ansiedad y depresión, debido a los estándares que falló en cumplir, “por no verme como las redes sociales dicen que una se debe de ver”, concluye. A causa de su mala alimentación, experimentó problemas estomacales, como gastritis y colitis.
Las tendencias de delgadez extrema han regresado con la nueva era deheroic girl. Las modelos son cada vez más esbeltas y ponen de moda el uso de la talla cero. Aranda considera que las redes sociales podrían hacer que algún TCA persista, porque los adolescentes y jóvenes adultos son los principales usuarios. Así, se acercan a discursos que promueven el uso de pastillas para adelgazar, por ejemplo.
“Actualmente Ozempic es un medicamento que se usa para tratar a pacientes con diabetes”. Sin embargo, uno de los efectos es la pérdida de peso debido a su compuesto principal (semaglutide), “ya que mejora el control en la glucosa”, explica Aranda, y ahonda en el problema: “su uso en personas que lo usan para bajar de peso es la dosis en que se aplica, pues específicamente Ozempic está diseñado para pacientes con diabetes tipo dos”.
Lo anterior significa que la dosis consumida por la gente que solo desea adelgazar es inadecuada. “Se estaría generando una contraindicación médica”. Aranda advierte que las autoridades sanitarias tendrían que fortalecer la seguridad sanitaria, para evitar vender el medicamento a personas con recetas falsas.
Respecto a los consejos para llevar estilos de vida saludables, Aranda hace énfasis en que algunos influencers nunca consideran que las rutinas y la alimentación deben adecuarse a cada paciente según sus necesidades.
Las dietas sin un valor nutricional personalizado son las que podrían resultar perjudiciales. Tafoya emite una serie de precauciones para identificar una dieta con potencial dañino. Cualquiera demasiado restrictiva puede ser peligrosa.
Los discursos sobre los cuerpos en redes sociales pueden causar depresión
El uso de Instagram ha ido en aumento entre los adultos jóvenes. La estética atractiva de los influencers suele ser el arma de doble filo en la plataforma. Por un lado, aumenta la cantidad de usuarios; aunque llega a causar frustraciones cuando se falla en seguir los estereotipos. Esa es una de las posibles razones por las cuales su uso podría causar depresión.
Aranda identifica que los discursos dañinos en redes sociales promueven una relación desmedida entre el cuerpo y el consumo de alimentos. Para explicar lo anterior, habla de los consejos para bajar más rápido de peso “que restringen la ingesta calórica sin tener en cuenta primero cuánto necesita una persona”.
En contraste, reconoce que el body positive visibiliza a los cuerpos con obesidad y sobrepeso, y fue un pretexto para abordar las diferentes causas por las que una persona no puede bajar de peso. También la tendencia logró poner en tela de juicio la supuesta salud que conlleva ser esbelto: “que una persona sea delgada, no significa que sea una persona sana”.
Abigail tiene una mirada un poco más suspicaz respecto al lado poco amable del body positive. Considera que, si bien es un avance para integrar a la diversidad de cuerpos, también existe un peligro subyacente de que se integran solo cierto tipo de modelos, que no resulta tan incómodo a los estereotipos.
“Es el caso de las ‘gordibuenas’, puedes tener sobrepeso y modelar siempre y cuando tengas busto, cadera, nalgas prominentes y una cintura estrecha”. Debido a lo anterior, se deduce que los estereotipos sobreviven pese a la diversidad de cuerpos. Guadalupe concuerda en esta última idea. Es tajante al afirmar que no existe el body positive, “porque no muestran cuerpos reales, tampoco buscan que lo primordial sea la salud sino la mercadotecnia y para sentirse inclusivos”.
Las soluciones para atender algún TCA
En casos de TCA, conocer el diagnóstico es insuficiente. Se trata de un problema psicológico, por lo cual acudir con un especialista en salud mental es el primer paso hacia la rehabilitación. De lo contrario, la desesperación podría generar un estado de ánimo poco saludable.
El caso de Guadalupe es prueba de ello: aún busca sin éxito una relación positiva con la comida. Además, su peso es una de sus principales preocupaciones. “Me he inyectado, he tomado laxantes, pastillas para bajar de peso, he estado en dietas restrictivas las cuales me orillaron a no comer frutas”.
La misma desesperanza fue la que afectó físicamente a Abigail. “Cuando me enteré no tuve una mejor relación con la comida, ni conmigo misma porque no quería aceptar que tenía un problema”, admite. La situación cambió hasta que llegó a una sala de urgencias debido a su mala alimentación. “Entonces comencé a tomar terapia para mejorar mi relación con la comida, con mi cuerpo, para subir de peso y mejorar mi salud física”, con esas palabras reconoce que el camino a la recuperación será largo.
Con el objetivo de brindar ayuda a estos casos, existen alternativas en el sector público. Desde el 2018, el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) ofrece atención en el área de psiquiatría para las personas con TCA. Con el mismo propósito, la Comisión Nacional de Salud Mental y Adicciones (CONASAMA) cuenta con centros comunitarios para atender esta condición en cinco alcaldías.
En la opinión profesional de Aranda, se necesita un enfoque integral para evitar empeorar las repercusiones negativas de un TCA: “Acudir a profesionales de la salud para monitorear y acompañar una correcta disminución del peso”.
Enfatiza en que visibilizar este tipo de problemáticas sociales permite que se abran espacios donde se pueda abordar el tema de los TAC de una manera accesible y segura. De igual manera, llama a evitar el consumo de información poco fidedigna o no avalada por un profesional de la salud.
Tanto Abigail como Guadalupe coinciden con Aranda respecto al debate de los TCA sin discriminación a quienes lo padecen. Agregan que es necesaria la inclusión de cuerpos realistas, sin el uso de filtros para ocultar la realidad del sobrepeso. De esa forma, se evitaría reproducir los estereotipos que afectan la autoestima de la gente.
Tafoya complementa la recomendación de Aranda. Asegura que se debe contar con un tratamiento especializado para cada caso, en especial si se trata de mujeres que han dejado de menstruar o registran problemas graves a nivel hormonal.
Woody Allen. Fotografía de Raffi Asdourian, 2009. CC BY 2.0.
El 30 de noviembre de 1935 nace Allan Stewart Konigsberg en Brooklyn, Nueva York, y aunque este nombre tal vez no nos diga nada, el planeta entero habría de conocerlo simplemente como Woody Allen. Este 2025, el icónico director de cine, actor, escritor y dramaturgo cumple 90 años y, con él, también se celebra el aniversario de una forma de mirar el mundo.
Su figura, a menudo venerada, a veces incómoda, rechazada o discutida ha atravesado más de seis décadas de cambios culturales, sociales y mediáticos, y aun así continúa siendo un punto de referencia ineludible. En la era de la conversación digital, donde la memoria se acorta y los juicios se aceleran, Allen representa algo inusual: un creador que persiste incluso cuando todo parece predispuesto a borrar su legado.
Pues Allen no es únicamente un cineasta: es un universo completo. Al llegar a su noventa aniversario, al mirar ese universo se revela no solo su complejidad, sino también su resistencia. La industria que alguna vez alimentó su genio hoy lo observa con suspicacia, pero su impulso creativo no se ha detenido ni un ápice. Tal vez ya no filme con el ritmo frenético (casi anual) de sus mejores décadas; sin embargo, continúa escribiendo, componiendo, reflexionando. Allen no es un artista apagado como muchos quisieran; al contrario, es un artista reinventado.
Desde su temprana juventud, Woody Allen entendió que el humor era una herramienta filosófica. Antes de tomar la cámara, fue comediante de clubes nocturnos, escritor de monólogos veloces, observador implacable de la fragilidad emocional. Su comedia nunca fue un simple chiste: fue el lenguaje de la duda. En un mundo que exigía respuestas contundentes, él elaboró preguntas. Ese gesto transformó la comedia estadounidense y más tarde el cine mundial.
Películas como Annie Hall y Manhattan remodelaron la comedia romántica, desplazándola de la frivolidad hacia la introspección emocional y cultural. Allen convirtió la neurosis en un prisma narrativo y a Nueva York en una entidad dramática. Su cine inauguró una sensibilidad donde la risa convive con la culpa, el romance con la paranoia, la filosofía existencialista con el absurdo de la vida urbana. Su universo es una suma de personajes que se sienten demasiado conscientes de sí mismos, demasiado humanos para la mentira cómoda.
Lo que distingue a Allen de otros directores de su generación no es solo la calidad de ciertas películas, sino la continuidad con la que exploró, una y otra vez, los mismos temas: el azar, la infidelidad, la identidad, la moral, la memoria, el fracaso. Algunos lo acusan de repetirse; otros lo consideran fiel a su propia búsqueda. Su filmografía es un laboratorio emocional donde cada película dialoga con alguna anterior, como variaciones de una sinfonía que se sigue escribiendo.
Pero llegar a los 90 años en el contexto contemporáneo significa también cargar con debates que no desaparecen. La figura de Woody Allen ha sido objeto de intensas discusiones públicas, donde la ética, la justicia, la memoria y el consumo cultural se entrelazan de forma conflictiva. Hablar de su legado sin mencionar esa dimensión sería incompleto. Sin embargo, también lo sería ignorar la potencia artística que lo convirtió en uno de los grandes narradores del siglo XX. Su caso expone las tensiones actuales entre artista y obra, entre biografía y estética, entre juicio y permanencia.
A pesar de esa fractura, Allen continúa creando. Su cine reciente, aunque más melancólico, conserva una agudeza sentimental particular. Blue Jasmine destacó por su fuerza dramática; Coup de Chance, filmada en Francia, demuestra que aún tiene un interés genuino por el azar, el deseo y la moralidad. Su obra tardía es menos sincopada, pero más reflexiva: personajes enfrentados a la vejez, al arrepentimiento, al recuerdo de lo que no se hizo.
Y aquí aparece una dimensión esencial que suele quedar oculta: la literaria. Porque Woody Allen no solo ha sido cineasta; ha sido, desde el inicio, un escritor. Su obra literaria constituye un corpus paralelo que revela su habilidad verbal y su vínculo con la tradición humorística estadounidense. Libros como Getting Even (1971), Without Feathers (1975) y Side Effects (1980) se convirtieron en clásicos del humor absurdo: textos breves, paródicos, llenos de referencias filosóficas y literarias, que muestran a un escritor capaz de jugar con Sófocles, Kafka, Freud y el psicoanálisis como si fueran personajes de un sketch. Su obra traducida al español, ha llegado al público hispanoamericano gracias a la editorial Tusquets y, las más recientes, se encuentran en Alianza Editorial.
Su dramaturgia es otro eslabón clave. Obras como Play It Again, Sam, Don’t Drink the Water y The Floating Light Bulb consolidaron a Allen como un autor teatral de plena legitimidad. Su teatro dialoga con la tradición de Neil Simon y Mel Brooks: enredos, neurosis domésticas, parejas al borde del colapso, humor físico y verbal, situaciones que revelan las grietas y pulsiones de los seres humanos comunes. Es una escritura que combina al mismo tiempo ligereza y profundidad, paradoja que ha sido fundamental para la identidad artística del autor.
En los últimos tiempos, cuando el cine se volvió un terreno complicado para él, Allen no dejó de escribir. Por el contrario, regresó con más fuerza a la palabra. Su libro más reciente, Zero Gravity (2022), prueba que su imaginación sigue activa. Se trata de una colección de cuentos y viñetas donde retoma el tono de sus primeras obras, pero con una mirada más madura, más escéptica, más consciente del paso del tiempo y de su propio lugar en la cultura contemporánea. Hay ironía, sí, pero también nostalgia; hay ingenio, pero también una silenciosa aceptación del envejecimiento.
Este giro literario no es un refugio improvisado; es una continuación natural de lo que siempre fue. Allen tal vez ya no filme con la misma constancia, pero sigue siendo un creador incansable, un narrador que necesita inventar, observar, parodiar. Desde la escritura, un terreno más libre, menos sometida a la industria y al escrutinio público, Allen mantiene viva su voz. Su obra literaria demuestra que la creatividad no es un recurso que se agota, sino una forma de existir.
Su llegada a los 90 años implica mirar hacia atrás con distancia y hacia adelante con prudencia. Allen lo hace desde sus películas y desde sus libros. Ambas vertientes muestran a un artista que, más allá de sus controversias, sigue explorando su obsesión por el comportamiento humano: el deseo, la fragilidad, la culpa y la risa como consuelo.
¿Qué quedará de Woody Allen cuando el tiempo haga su trabajo? Algunas películas serán clásicos indiscutibles; otras se perderán. Sus libros serán revisados con nuevas lecturas; su teatro, reinterpretado; su figura, discutida. Lo más probable es que la crítica del futuro pueda observarlo con menos ruido, con más contexto y sin la urgencia moralizadora del presente. Pero su legado artístico en tanto complejo, contradictorio, brillante y a veces incómodo, creo que será imposible de borrar.
Con casi un centenario a cuestas, Woody Allen se ha convertido en un símbolo de persistencia y un feroz crítico de la hoy llamada “cultura de la cancelación” y la censura. Un creador que, con pluma o cámara en mano, no deja de examinar la condición humana. Un artista cuya influencia cultural, ética y estética seguirá generando debate. Y tal vez esa sea su manera de permanecer: obligarnos a pensar, a incomodarnos, a reír y a dudar de todo y de todos, hasta de nosotros mismos.
En un mundo que se mueve rápido y que exige certezas inmediatas, Woody Allen recuerda que el humor inteligente, la palabra exacta y la curiosidad insaciable pueden sobrevivir incluso al paso implacable del tiempo. Ahora a sus 90 años, continúa siendo lo que siempre fue: un narrador compulsivo. Y ese impulso, más que cualquier película o libro, es lo que lo vuelve inolvidable, sí, pero también insoslayable.
“Nigredo”, Esteban Govea. Colección Tierra Adentro, FCE, 2025.
Ya pocos recuerdan la historia de El Atanor, esa mina a las afueras de la villa de Guanajuato que lleva abandonada desde que yo era joven. No obstante, nadie camina frente a la bocamina, que fue amordazada con tablas gruesas y obstruida con toneladas de escombro para que nunca insinuara su aborrecible secreto; pastizales y yerbas han crecido en torno suyo sin que nadie se atreva a hollarlas, y, si acaso alguien, por cualquier imprevisto, se ve obligado a tomar esa ruta, se santigua al pasar por enfrente, incluso si es joven, pues se trata de un rito heredado.
Algunos de los eventos relatados a continuación se conocen copiosamente, otros fueron revelados sólo a un sector de la sociedad guanajuatense, mientras que una última caterva de sucesos pertenece al ámbito de lo posible, y me permito incluirlos aquí, aun a pesar de que mi pluma sea incapaz de reproducir el estilo de los grandes narradores de nuestro tiempo, porque sólo recomponiéndolos como si se tratara de una novela he logrado darles algún sentido. Ruego, por consiguiente, la paciencia del lector ante mi tendencia dramática en lo que sigue, y tanto más cuanto menos verosímiles resulten mis excesos, ya que no quisiera, con mi torpeza, restar gravedad a sucesos que siguen ensombreciendo la memoria de muchos vecinos de la ciudad.
El acontecimiento que puso por primera vez el nombre de la mina en la boca del vulgo ocurrió en junio de 1690. Como se sabe, la plata de Guanajuato y los alrededores es de pocos dineros, y debe por tanto extraerse de la mena con ayuda del azogue, generalmente merced al método de los cazos. Pero, en aquellos tiempos, la escasez de mercurio era tal que el virrey mandó traerlo de la China, lo que causó no poco desconcierto y alarma entre los tenedores de minas locales, quienes mandaron cavar más profundo en busca de plata de mejor ley. Tal fue el caso de El Atanor.
I
Juan caía ya rendido. No sólo por el calor soporífero y el martilleo monótono de los picos, sino también por el hambre y el cansancio. Pero el ruido que, detrás de él, producía la fusta al golpear contra la mano era suficiente para espabilarlo. El capataz, un negro enorme y despiadado, desquitaba en los lomos de los mineros aquellos golpes que hubiera querido dar a sus dueños de entonces, a los tratantes portugueses que lo habían encadenado en un barco y a los captores negros de una tribu enemiga que lo habían arrancado de su aldea natal.
No muy lejos de Juan, otros siete mineros flacos, descalzos, ataviados apenas con un calzón y ensombrecidos por una costra de polvo horadaban afanosamente un surco en las entrañas de la roca. En su búsqueda de plata, la cuadrilla había descendido a profundidades peligrosas, donde un derrumbe recién producido había sepultado a varios y abierto un tajo largo y estrecho, sin hallarse veta alguna. Picaban y excavaban, y, así, el ruido reverberaba en la galería en penumbra.
Es difícil precisar el paso del tiempo cuando sólo se tienen el repiqueteo y el calor. Los instantes se funden en un amasijo que puede confundirse con una eternidad.
De pronto, el golpe de un pico hizo que la tierra temblara y que algunos guijarros rodaran; el muro de piedra se derrumbó con estrépito revelando una boca cavernosa y oscura. Al caer las rocas, el eco indicó grandes dimensiones. Los mineros aprovecharon el momentáneo azoro del capataz para retomar el aliento y estirar la espalda.
Dos de ellos retiraron las piedras y abrieron un camino. La cuadrilla entera descendió con cuidado. La cámara debía de ser enorme, ya que las antorchas apenas iluminaban el suelo. La angustia empezaba a marcarse en los rostros, de ordinario inexpresivos, de los mineros. Había que seguir adelante; una cámara tan grande podría contener alguna veta. Unos pasos más adelante, Juan notó que el suelo estaba cubierto por un polvo rojizo.
Un ronquido metálico y gutural estremeció a la cuadrilla entera, y se impuso tal silencio que podía escucharse la respiración de los hombres. Se miraron los unos a los otros, en la tácita complicidad que compartían al saber que ese ruido no era producto de una corriente de aire.
Alguien dejó escapar un grito de horror que se vio ahogado por el retumbar del ronquido metálico del corazón de la cámara, ahora más fuerte; tanto, que se produjo un temblor, y alguna estalactita llegó a desprenderse del techo y se hizo añicos al estrellarse contra el suelo alfombrado de aquel polvo rojizo.
Juan sintió que el pánico se apoderaba de su cuerpo y, sin darse cuenta, dio media vuelta y corrió por la pendiente que subía a la galería. Detrás de él iba el capataz. La oscuridad se cerró como una concha en torno de los demás mineros de la cuadrilla; sus gritos produjeron un eco horrible.
Juan trepó desesperado, tropezando una y otra vez con los guijarros, hiriéndose las plantas de los pies y las rodillas en su penoso esfuerzo por huir. Una roca desprendida de la bóveda cayó sobre su espalda y provocó que resbalara de nuevo. Fue entonces que notó, tras él, al capataz, quien, a juzgar por la intención de sus palabras más que por su significado, maldecía en su lengua materna.
Con las últimas reservas de fuerza, Juan remontó la pendiente y alcanzó la galería justo antes del segundo derrumbe, aún mayor que el primero. Oyó el quejido del capataz, cuyas piernas habían quedado sepultadas. Se acercó hasta sentir sus manos; las tomó, jaló con fuerza. Pero fue inútil. El capataz rogó que lo ayudara; su voz se distorsionó en un agudo alarido de dolor que se apagó un momento después.
Juan dio media vuelta y subió a tientas por la mina. El silencio era interrumpido sólo por su resuello, sus pasos y su corazón, que palpitaba desenfrenado.
Cuando por fin alcanzó la superficie, deambuló sin notar siquiera el polvo rojizo que cubría su cuerpo.
II
Pasos serenos y firmes resonaron en el adoquín del atrio del Hospital de Tarascos. El atuendo del hombre resultaba extraño en estos lugares, lo mismo que su cabello rubio, casi plateado, sus ojos gélidos y grises y sus pómulos afilados. Éste caminaba entre las indias, que iban y venían con palanganas, trapos y remedios, e ingresó al vestíbulo ensombrecido. Sus ojos tardaron en ajustarse, habituados como estaban al brillo del exterior. Preguntó a una india por el fraile a cargo y la muchacha le indicó cómo llegar a la oficina. Anduvo por el corredor y tocó la puerta abierta.
Un clérigo gordo, con cabeza tonsurada y con un grueso sayal de capucha le indicó que entrara y cerrara la puerta. El danés reprimió cualquier gesto que revelara cuán cómica le parecía la indumentaria beatífica de aquel falso religioso.
—El señor Gaspar Corso, supongo —dijo.
El danés asintió.
—Hermano Irigoyen, un placer.
El fraile extendió una mano al danés, pero, al darse cuenta de que éste no iba a besarla, y ni siquiera a estrecharla, la bajó de nuevo y soltó una sonrisa idiota. Dio media vuelta y caminó a una mesita para servirse vino.
—¿Le ofrezco una copa, hermano?
—Gracias —dijo el danés.
Irigoyen le entregó una copa de plata.
—Su español es bastante bueno. No se nota casi su extranjería, don Gaspar. ¿O prefiere que le llame Jasper?
—Veo que indagó sobre mí.
—Se dicen cosas interesantes de usted. En los círculos adecuados, al menos. ¿Aprendió español en Toledo?
—Sí, estuve en Toledo.
Irigoyen suspiró.
—¿Qué noticias hay del capítulo toledano de nuestra Orden?
—Se disolvió cuando el llamado Santo Oficio aprehendió a los más notables y obligó a huir al resto. Nuestros hermanos en México me brindaron ayuda y me refirieron con usted. Afirman que hizo un hallazgo importante.
Irigoyen bajó la cabeza. Bebió el resto de la copa y se sirvió más.
—Hace diez días unos indios que trabajaban en la mina El Atanor quedaron sepultados por un derrumbe. Se presume que todos murieron, menos uno.
—¿Adónde conduce esta historia?
—Por el testimonio del sobreviviente, parece que por fin lo encontramos.
Gaspar no había tocado su copa; miró a Irigoyen con un brillo de cautelosa curiosidad en los ojos.
—¿Está seguro?
—Es lo que afirma el sobreviviente. Se encuentra en este mismo hospital. Cuando lo recogieron, estaba cubierto por un polvo rojo de olor peculiar.
—Cinabrio.
Irigoyen asintió, con una sonrisa.
—Se llama Juan. ¿Gusta hablar con él?
En el cobertizo que servía de pabellón había tres hileras de catres y algunos tarascos convalecían en el suelo pelado. Al entrar, siguiendo a Irigoyen, Gaspar percibió el hedor afrentoso del recinto y se llevó un pañuelo a la nariz.
El fraile caminó entre los enfermos, cuidando no pisar algún miembro, hasta que llegó junto al catre de un hombre esmirriado y balbuciente, y se arrodilló junto a él. Tomó un trapo que estaba colgado en el borde de una palangana con agua y limpió la frente del hombre, quien abrió los ojos y miró a sus visitantes con mirada ausente.
—¿Estuviste en el derrumbe, hijo?
El hombre lo miró sin reconocerlo, con ojos desorbitados, incapaces de enfocar la vista.
Gaspar se inclinó para mirarlo más de cerca y le dijo:
—Juan, ¿qué viste allá abajo?
—Cumiehchúcuaro… Pátzcuaro.
Juan parecía mirar más allá de ellos y temblaba. Gaspar observó con un dejo de incredulidad al fraile, quien comenzó a lavarle la cara al enfermo con la intención de serenarlo.
—Calma, hijo. Dinos lo que viste.
Juan resopló y dijo:
—La entrada al infierno.
Gaspar sacó de su chaqueta un cuadernito con tapas de cuero, lo abrió y pasó las páginas hasta que encontró el dibujo que estaba buscando y lo mostró a Juan.
Al ver su expresión de completo horror, Gaspar halló la confirmación a sus esperanzas. Había llegado al lugar indicado, sin duda.
—Xarátanga, nuestra señora del Cumiehchúcuaro… Xarátanga la del infierno.
III
La entrada a la mina era apenas más que una abertura estrecha entre la roca. Troncos sin pelar hacían las veces de columnas y travesaño. Guarecido por la noche y sin mucho esfuerzo, Gaspar arrancó las tablas que tapiaban la bocamina. Palpó el pico y las armas que llevaba al cinto. Luego, tomó un fósforo y lo frotó contra la pared. Con la llama producida encendió su antorcha, que resplandecía apenas como un rescoldo en medio de esa oscuridad densa.
Caminó por un corredor largo, bordeado de cavidades y pequeñas celdas huecas, producto de la extracción del mineral. Descendió por una pendiente hasta llegar a un precipicio de bordes imprecisos. Bajó por una escalera de cuerdas y tablas podridas. Anduvo por una galería hasta el sitio del derrumbe. Las rocas desprendidas aún tapaban el paso.
De este lado había rastros de un polvo rojo. Gaspar tomó una pizca con los dedos y se la llevó a la nariz. Asintió con una sonrisa de satisfacción. Clavó la antorcha en el suelo, se remangó y empezó a mover rocas.
Quitó piedras, desenterró cadáveres y miembros hasta que la cámara quedó descubierta. Se oyó un ronquido gutural y metálico a la vez, un ruido escalofriante. Gaspar retrocedió un paso por la impresión. Después, acercó la antorcha, y lo que vio le arrancó una sonrisa.
En su oficina, Irigoyen bebía una copa con Gaspar.
—Es glorioso, ¿no le parece?
Gaspar dejó traslucir una mueca de entusiasmo.
—¿Ha bajado usted mismo? —continuó.
El fraile negó con la cabeza.
—Decidí comunicarle el suceso basándome solamente en el testimonio del minero y en las noticias que recabé sobre sus escritos, Gaspar, ya que, como comprenderá, es difícil hacerse con sus obras aquí en la Nueva España. Espero que no haya sido una pérdida de tiempo.
Gaspar bebió. Empezaba a ponerse cómodo.
—En absoluto. Y tampoco lo será para usted hacer tratos conmigo.
Se llevó una mano al bolsillo y extrajo una bolsa de terciopelo negro que produjo un sonido metálico al ser depositada encima de la mesa.
—En agradecimiento por su información —dijo Gaspar.
El fraile guardó la bolsa en un cajón.
—Este hospital depende de la caridad, después de todo.
—Habrá más de eso si decide seguir colaborando.
—¿Qué puedo hacer por usted?
—Lo que estos mineros hallaron confirma mi teoría.
La Gran Obra está por fin a nuestro alcance. Pero es menester estudiar atentamente el primer proceso.
—Veo a lo que se refiere —dijo Irigoyen.
—Amén —agregó, irónico, Gaspar. Tomó su sombrero del perchero y salió, cerrando la puerta tras de sí. Irigoyen, si hubiera adoptado algún escrúpulo cristiano tras aparentar por años ser un fraile, habría sopesado quizá por un momento lo que aquello acarrearía para la ciudad, para su vida y para su alma.
IV
A eso del mediodía, en una oficina del cabildo, Alonso leía con demasiada pasión El espejo de príncipes y caballeros cuando la voz de don Diego Manrique, un criollo robusto y entrado en canas, lo sacó de su trance.
—¿No tienes nada mejor que hacer? ¿Eso de ahí, por ejemplo? —dijo, señalando una pila de papeles sobre el escritorio.
Alonso cerró el libro y, de mala gana, acercó la pila y comenzó a ojear los documentos para clasificarlos según su asunto.
En eso, tocaron la puerta.
—Adelante —gritó don Diego.
Entró un hombre rubio y alto, de tez nívea, que se dirigió a don Diego con cierta autoridad. Éste le estrechó la mano y sintió el terciopelo del guante del extranjero.
—Buen día. Mi nombre es Gaspar Corso, de oficio prospector de minas, y represento a don Jerónimo Carrión.
Don Diego sonrió. Echó el humo de su pipa y dijo:
—Ah, claro. Supongo que viene por el asunto de los derechos de El Atanor. Entendí que su patrón está interesado en adquirirlos.
La sonrisa era más amplia, casi una risa, la de alguien que sabe algo que el otro ignora y está a punto de aprovecharse de ello.
—Entiende bien. El coste de los derechos no será problema para mi patrón, es un hombre de recursos.
Alonso estaba sorprendido, pero don Diego se mostraba incrédulo.
—¿Sabe su patrón que en esa mina no queda más que mineral de baja ley? Con la escasez de azogue…
—Le aseguro que llevaré a cabo una prospección adecuada. Por el momento, es del interés de mi patrón adquirir los derechos de explotación que, entiendo, están disponibles. Diego exhaló el humo y abrió una gaveta de su escritorio.
—Sí, claro. Aquí tengo los papeles. Puedo entregárselos a su patrón para que los firme.
Gaspar metió los dedos en un bolsillo de su chaleco y extrajo un monedero de seda negra que puso sobre el escritorio de don Diego. Lo abrió con el pulgar y el índice para mostrar que contenía varias monedas de plata. Diego tomó la bolsa y contó las monedas. Había suficiente para cubrir los derechos e, incluso, sobraba un poco, que don Diego dividió proporcionalmente entre él y Alonso.
—Tomaré los documentos hoy mismo, si no le molesta. Don Jerónimo Carrión llegará dentro de dos meses.
V
Tras despertar del desmayo, Juan sintió un golpeteo dentro de la cabeza, y el cuerpo como un bulto ajeno, demasiado pesado para obedecer su voluntad. Un traqueteo constante acompañado de un chirrido metálico le impidió concentrar su atención. Se hallaba en el interior de una carreta rumbo a un lugar desconocido. Pero sentía el movimiento. De eso no cabía duda, pues, aguzando el oído un poco, lograba distinguir el paso del caballo que arrastraba lo que debía ser el carro donde él había sido depositado.
Luchaba para mantenerse despierto. Los fragmentos del recuerdo fueron recomponiéndose de a poco. Una rendija de luz se abrió hasta iluminar la estancia con un trémulo fulgor. Recordó susurros, ruido de pasos, la presencia de hombres que buscaban entre las hileras de tarascos convalecientes, cada vez más cerca de él. Sintió que le tocaban el hombro y, después, una sacudida en la cabeza, un esparadrapo en la boca y un saco encima de la cara. Se agitó, forcejeó, pero estaba tan débil que sus esfuerzos fueron para sus captores apenas una leve molestia que terminó abruptamente cuando uno de ellos lo golpeó en la cabeza con un garrote.
A pesar del acopio de fuerzas que había venido haciendo, Juan fue incapaz de oponerse cuando lo sacaron del carro y lo cargaron en hombros. De inmediato, reconoció el aroma a hollín y herrumbre de la mina.
El güero que había ido a visitarlo el otro día esperaba en el umbral de la bocamina, al amparo de la oscuridad.
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