Tierra Adentro
Fotografía de Andrea D'Angiolo. Recuperada de Flickr. CC BY-NC-ND 2.0
Fotografía de Andrea D’Angiolo. Recuperada de Flickr. CC BY-NC-ND 2.0

El anciano mapuche abandonó la ruca con destino al pueblo. Su misión consistía en comprar todos los enseres requeridos para soportar la extensa temporada de lluvias que se avecinaba. Y partió al alba, con la irrupción de los primeros rayos solares. Despuntaba perezosamente el otoño. La caminata era áspera, fatigosa, pero al hombre le gustaba escuchar el canto de los pájaros y contemplar el paisaje. En su bolsillo atesoraba todo el dinero de la cosecha. Unos cuantos billetes arrugados con los cuales recorrería los incipientes negocios, buscando comida y enseres necesarios.

La mañana transcurrió nebulosa. Una postal imposible. El anciano transpiraba copiosamente y sus manos exhibían un leve temblor. 

Ese temblor le preocupaba cada día más.

Al llegar al pueblo, el cansancio se disipó y el hombre suspiró hondo. Le quedaba un largo día por delante. Debía manejarse con extrema cautela porque su presupuesto, como siempre, era escaso.

Los enseres los fue adquiriendo según la rutina acostumbrada. Desde hacía más de tres décadas que cada transacción se regía bajo un estricto orden de importancia. No le gustaba perder esas costumbres. 

Ni esas ni ninguna otra. 

A mediodía ya había realizado las compras más urgentes. Así que decidió descansar un rato. Se sentó en un banco de la plaza a reposar, mientras comía una tortilla que le compró a otro anciano, casi idéntico a él. Durmió unos minutos sintiendo el rumor de las carretas. Pero su sueño fue intranquilo, molesto. Despertó sobresaltado con el ruido de una bocina y entonces prosiguió con su riguroso cometido.  

Cuando el sol amenazaba ocultarse, finiquitó las últimas compras y ordenó en su costal todo lo que pudo adquirir. El dinero le había rendido más que el año anterior. Tuvo suerte, tuvo prudencia.

Acarreando el saco sobre la espalda, el anciano camina de regreso a su reducción, siguiendo la impasible línea del tren. Al transcurrir unos diez minutos de viaje, extrajo una linterna de su bolsillo. La encendió y la apagó, tres veces. Funcionaba a la perfección. Su vista no era la misma de tiempos pasados. Por eso, decidió ir descansando cada tanto ayudándose de la preciada luz artificial.

A tranco firme llegó al puente ferroviario. 

Desde allí sólo restaba la mitad del trayecto. Con la mano derecha cogió firme la linterna y alumbró sus pies. Debía caminar con cuidado, saltando entre durmiente y durmiente. Abajo se apreciaba el agua correntosa y los afilados peñascos brillaban con exquisita intensidad. Al hombre le pareció que el saco estaba muy pesado. Quizás fue un error comprar tantas cosas, pensó mirando hacia el este.

Justo cuando su pierna izquierda descansaba sobre un durmiente y su mano derecha se apoyaba en la baranda, escuchó un silbido metálico, prolongado.

Se acercaba el tren. 

En lontananza, unas luces parpadeaban a ritmo constante.

El anciano guardó la linterna en su bolsillo, aprisionó firme el saco y lo depositó entre sus piernas. Luego, apoyó su vientre contra el pilar y dobló su espalda. La máquina se acercaba palpitante. El hombre aguantaba la respiración, mientras sentía un ejército de caballos ascendiendo por su espalda. Las orejas le zumbaban, su escaso cabello se removía con el remolino que producía la máquina. Cerró los ojos; pero aun así pudo contemplar el reflejo de la luna sobre el agua. Entonces vio a su hermano arrastrado por la corriente, soltándose de su mano, hundiéndose en la espesura.   

Los vagones se repetían incansables.

El anciano no sabe cuántos minutos transcurrieron. Soportaba el feroz rugido de la máquina y después su cuerpo fue arrastrado por el apremiante silencio. Poco a poco abandona el letargo. Ahora contempla el cielo y mueve las piernas. Siente la boca reseca y los ojos hinchados. Las manos le sangran, pero sonríe porque sabe que no soltó el saco. Y entonces vuelve a caminar, primero con sigilo y luego descuidadamente. El miedo al fin desapareció. Se fue con el agua del río. 

Sí, el río es su confidente.

Un anciano mapuche es siempre testigo de la oscuridad.

Con renovados ímpetus, lanza lejos la linterna. Disfruta el viento en su cara, disfruta la irregularidad de la vía.

Disfruta del olor del follaje.      

Aún no necesita el tren. Pero sabe que su silbido es un lenguaje incontenible.


Autores
(Pitrufquén, 1983). Es escritor, profesor de Castellano y Comunicación, por la Universidad de la Frontera, y magíster en Ciencias de la Comunicación, por la misma casa de estudios. Ha publicado los libros Flúor, (Poleo ediciones, 2011); Memoria de la carne (Bogavantes Ediciones, 2015), novela ganadora del Premio Municipal de Literatura de Santiago en 2016; Antes que el alba te sacuda en el pavimento (Ediciones de la Ausencia, 2015); Animales muertos (Cagtén Ediciones, 2021), y La vida toda (Bogavantes Ediciones, 2023). Actualmente reside en la localidad de Labranza, Temuco, Chile.
Migrantes en el tren "La Bestia", 2008. Fotografía de Peter Haden. Recuperada de Flickr. CC BY 2.0
Migrantes en el tren “La Bestia”, 2008. Fotografía de Peter Haden. Recuperada de Flickr. CC BY 2.0

I

No sé por qué ni cómo, pero de repente él y yo estamos platicando, nada muy personal, eso sí, acaso el típico papeleo verbal de quienes recién se conocen (¿cómo te llamas?, ¿de dónde vienes?, ¿hacia dónde vas?); semillas de conversación que se riegan en el aire y van a dar a todos lados: a los postes de luz, a los techos de las casas, bajo las llantas de los automóviles. Claro, no todas alcanzan a germinar y entonces viene un silencio que ni él ni yo sabemos cómo extinguir.

Caminamos sobre los durmientes, lo que nos da cierto aire infantil. La manga derecha de su suéter, enorme, ondea. Se nota que su piel, antes, en un tiempo innombrable, fue de tono limpio. Ahora, al golpe de numerosas tardes, se ha vuelto polvo sólido.

―Y ni así aprendo a no caminar cerca de las vías ―se remuerde casi en juego entre sonrisas.

Dice llamarse Omar, aunque puede ser mentira. A pesar de lucir casi de mi edad, sospecho que no debe rebasar los veinte años. Quizá, pienso, es la falta del brazo lo que le confiere ese tono de madurez, de amargura.

―Fue más allá ―su mentón señala una dirección imprecisable―, pero no me acuerdo de nada. Desperté en el hospital y vi el hueco en la camisa. Chingao, vos, que si lloré ese día.

Su rostro cambia con rapidez de la tristeza a la felicidad. Me recuerda al símbolo del teatro, una cara triste y una alegre, en excéntrico equilibrio. Mira al norte y mira al sur, destino y punto de partida, respectivamente. Jano extranjero.

II

Hace unas semanas vimos (mi madre, mi hermano y yo) a un perro correr desesperado con dirección a ninguna parte, con esa clase de gesto de teflón al que cualquier adjetivo se le resbala. «Va muy cerca de las vías», comenté, y la luz del tren asomó por encima de unos árboles que le pintaban verdor al horizonte. Subimos los vidrios de la camioneta porque, sabíamos, estaba cerca ya el pitido de la locomotora (siempre pitan en los cruceros, para advertir a la gente que no trate de ganarles; tarea inútil en ocasiones: han pasado muchos accidentes) y me tapé los oídos; yo, más que para no escuchar al tren, para no darme cuenta de cuando estallaran los huesos del animal, sus músculos, la increíble y suave llanura de su piel moteada. «Está muerto ya», sentenció mi hermano, segundos después, con la mirada en el retrovisor, donde el perro, con el cráneo destrozado, se iba empequeñeciendo conforme avanzábamos. «Lo golpeó en la cabeza, ni debió darse cuenta», agregó. Era mediodía y el tren siguió avanzando porque, a decir verdad, ¿qué más quedaba por hacer?

Pienso si debo contarle esto a Omar, como para decirle «mira, no sólo te pasa a ti, es con cualquiera», pero no sé si halle ofensiva la comparación con un perro o, en todo caso, lo envidie porque él ya no está en este mundo y ni siquiera se dio cuenta. Quizá en algún sitio, de un modo que no alcanzo a comprender, ese perro sigue corriendo al lado de las vías del tren y no entiende cómo es que no se cansa y nada le duele; en ese mismo sitio, le es imposible recordar cómo se siente el hambre o a qué sabe el miedo en la boca.

Ahora pienso que, de decirle eso a Omar, quizá no halle ofensiva la comparación con el perro, sino el no estar ahí, en ese mismo sitio que el animal.

III

Cuautitlán es un pueblo surcado por numerosas vías de tren; desde el aire debe de dar el aspecto de un cuerpo suturado, tumefacto, herido hasta el hartazgo. A veces, al lado de las vías, uno puede hallar (además de cruces de metal) gallinas negras con el cuello abierto, secas como un fruto olvidado bajo el sol. 

―No, no es magia negra ―nos contesta el anciano que indica a los autos, con una franela roja, cuándo viene el tren―, vienen a tirarlas como ofrenda a un dios, no me acuerdo cuál, que habita en los caminos.

No sé acuerda de qué dios se trata, pero ahí, al lado del tren, alguien viene a dejarle su ofrenda, para que no vaya a enfurecer contra los humanos o, en todo caso, para que sepa contra quién arremeter. De lejos parece como si el hombre toreara al tren, que pasa bufando, con numerosos inmigrantes clavados en el lomo, para luego desaparecer en lontananza. Omar afirma con la cabeza, como si la respuesta del anciano fuera exactamente lo que esperaba, luego se lleva la mano al cuello y mira pasar los vagones, uno tras otro; toma entre el índice y el pulgar una de las cuentas de su rosario y la soba despacio, luego continúa con otra. Sus labios se mueven: cuenta los carros enganchados, como si sobara con los ojos cada una de las cuentas de ese rosario de acero crudo que el aire lleva en el cuello en su camino a Estados Unidos de Norteamérica. 

Pienso que Omar debió encomendarse a ese Dios que habita en los caminos, pero no lo digo.

IV

―No, nunca he ido. 

Omar pregunta si he visitado Estados Unidos y mi respuesta no puede ser más sencilla, aunque quisiera decirle algo más porque siento que de pronto, en caso de que yo no agregue algo, él se irá por su lado y no sé por qué pero esa idea me angustia. 

Nos encontramos cerca de las vías. Se acercó a pedirme dinero o comida; llevaba de ambos, pero sólo doy de lo segundo, dinero no: creo que me ayuda a distinguir a los falsos migrantes, quienes abarrotan estas calles y fingen acento extranjero para lucrar con la lástima. «Debiera ver al dizque migrante de ahí de la esquina», nos comentó hace años un taxista, cerca de Tultitlán, el municipio vecino donde, también, la presencia de migrantes es fuerte, «todos los domingos sale del súper con tres carritos a reventar; yo lo he llevado a veces, vive como a cinco minutos de aquí». Mi entonces novia sacudió la cabeza como quien no entiende. Yo imaginé los carritos repletos, uno tras otro, enganchados como vagones de tren. Desde entonces, trato de ver quién de verdad es migrante y quién no, pero es una tarea que jamás dominaré del todo.

Pero no: nunca he ido a Estados Unidos, así que no sabría qué decirle a Omar sobre ese país, sólo sé que ahora no dejo de pensar en ese brazo que le falta, en cómo definirá su destino.

―Bueno, y ya que llegues, ¿de qué podrías…? ―un titubeo completa mi pregunta; Omar entiende a la perfección la idea.

―Ah, de algo encontraremos. Dice que en las cosechas de los viveros, o en los restaurantes ―mira al cielo mientras esperamos el «siga» frente a un cardumen de autos―, o veremos de qué, pero primero llegar.

En realidad, me dijo cuando nos encontramos, más que comida o dinero deseaba información: Hospital Vicente Villada, eso era lo que buscaba. Conozco el hospital y me quedaba de paso. El hombrecito de pequeños leds verdes corre cada vez más aprisa en la contraesquina, sin jamás avanzar a ningún lado, hasta que se petrifica rojo. El trenecito hecho de carritos de supermercado, llenos hasta el tope, de aquel falso migrante. La lástima es un mejor negocio que las cosechas o los restaurantes, pienso, pero no se lo digo a Omar.

Seguimos caminando. Tal vez me dijo a qué va al hospital pero no lo noté: desde el primer momento, mi atención se perdió en el palimpsesto de su rostro, donde un hombre nuevo parece surgir con cada expresión. Es un hombre de hombres, hecho de mil iguales a él, pero nunca el mismo. 

―Ya encontraremos ―repite unos metros antes de llegar al hospital. 

Le indico que hemos llegado, aunque no hace falta: el edificio resalta de entre todas las demás construcciones por su altura y la gente que se arremolina a la entrada, todos con el rostro exhausto y desencajado. Omar se acerca a la gente que se agolpa en la entrada y se para de puntitas; entre el índice y pulgar izquierdos, una de las cuentas del rosario gira. 

—Oye, Omar, ¿y a quién buscas aquí en el hospital?

Dos ambulancias estacionan junto a la entrada, de ellas descienden dos camillas que avanzan hasta la entrada, una tras otra. Omar las sigue con la mirada hasta que se pierden dentro del edificio y luego continúa de puntitas, con las cuentas del rosario entre los dedos de su única mano. Se aleja todavía más y ya no puedo verlo entre la gente, pero me imagino sus labios moviéndose como en un rezo en voz baja.

Me alejo sin despedirme y subo al puente peatonal: la cabeza de Omar, desde esta altura, es indetectable entre todas las demás.


Autores
(Ciudad de México, 1986). Coordinador del Taller de Creación Literaria del FARO Indios Verdes. Autor de los libros de cuento Luego, tal vez, seguir andando (Río arriba, 2012), Entre cuatro esquinas (FETA, 2014), La luz de las tres de la tarde (BUAP, 2015), El filo del cuerpo (Revarena ediciones, 2016), Ciudad nostalgia (Abismos, 2016), Sombra-Reflejo (BUAP, 2017), Los panes y los pescados (Ediciones Periféricas, 2018), Tiempo arrasado (Revarena ediciones, 2019), Mismatch (Cuadrivio, 2020), Foley (Fondo Editorial del Estado de México, 2020, mención honorífica en el Certamen Literario Laura Méndez de cuenca 2018) y Especies carismáticas (Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola 2023). También es autor de los libros de crónica Tren suburbano (Malpaís, 2019) y Linde faz (FETA, 2018) con el que obtuvo el Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay. Obtuvo mención honorifica en el Premio Nacional de Periodismo Gonzo 2018 por la crónica Big Tony Bang. De igual manera, es autor de Nanda (Nitro Press-Ediciones La Rana, XIX Premio Nacional de Novela Jorge Ibargüengoitia) y del libro de ensayos Basado en hechos reales (Casa Bonsái, 2025). Becario del FONCA (en los periodos 2016 y 2021) y del PECDA Estado de México (2018) en el área de cuento. En su faceta como jurado, cuenta con participaciones en el comité de premiación del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2020, así como en los comités de selección de estímulos del PECDA de Jalisco (2017), Chiapas (2019) y Tamaulipas (2024), donde actualmente se desarrolla como tutor. Ha publicado cuento, poesía, crónica, ensayo, reseña y dramaturgia en medios como La Jornada, El Universal, Casa del Tiempo, Tierra adentro, entre otras, así como en las antologías De narcos a luchadores (Contrabando, España, 2019), Cecilia y el Vampiro (Editores Mexicanos Unidos, 2021, compilación de Bernardo Barrientos Domínguez). Ni una sola palabra (UANL, 2021), Covid-19 (FCE, Tierra Adentro, 2021) y Liminales II (Casa Futura ediciones, 2023), por mencionar algunas. Fue seleccionado para el número especial Nueve ensayistas (1985-1995) de Punto de partida y el número especial sobre crónica: La crónica, el arte de narrar, de La Jornada. Es egresado de la Licenciatura en enseñanza de inglés, de la UNAM.
Portada de "Transandina", de Ivonne Coñuecar. Ñire Negro ediciones, 2017.
Portada de “Transandina”, de Ivonne Coñuecar. Ñire Negro ediciones, 2017.

adiabática

i: todas esas palabras congeladas / todas esas palabras colgando del deshielo / mis poros en látigos ajenos levantan mis pequeños pliegues de heridas / con sus lenguas agujas / sus agujas lenguas / agujas miradas. que cómo camino. que cómo me visto. que cómo no me gusta / si la primavera / si las tarjetitas de enamorados a contraluz / los detallitos rosados me faltaron / las muñequitas que no tuve y jugué con ellas / las vestí con detallitos que robé. adorné sus mundos y miradas / bajo el silencio de la Iglesia / las promesas del Estado / los aplausos mal venidos. nadie supo qué hacer con los ojos hasta nuestro beso miedo dictadura siglo veintiuno / miedo neonazi persiguiéndonos. la gente marcha con pancartas sin saber que no hay / que se ama a un igual pero distinto / y hasta cuándo persiguen con sus miedos preguntas. 

ii: te emociona este abecedario que canta / que llora asmático y baila torpe un vals no aprendido / prendida la televisión en el machismo de este país. la ingenuidad de las serviles señoras. no a este desarrollo de país sin cariño / no. por el miedo que quedó en los abrigos que nadie vacíó / abrigos con los que pasean sus susurros y balbuceos. quiero mirarte en la calle con mi miedo a gritos / mi miedo retrato camina con mis masculinidades y feminidades / edades sin libido ni placebos. no entiendes cómo desperdicié noches besando esponjas que latían / ni cómo duele no ser crisálida / unicelular. no es como cambiar de ropa o país y cruzar la frontera limpia y revisada / sin discurso / ni maquillaje / ni política / sin piel / ni otredad. nunca cruzamos la frontera / nunca salimos de nuestro país abecedario. 

iii: esta es mi piel travesti. la evidencia de la burla / un espejo archipiélaga mis detalles mientras respondo que sí / que no me importa. que me voy a casa. porque me hacen falta los cariños de mis padres y mis madres / los cariños de mis enemigos / cariños desechados en los pasamanos del silencio. mi silencio es otra forma de gritar / otra forma de comerme las uñas / otra forma de pedir perdón por las galerías de un museo de cera que se construye en mi memoria. Chile no tiene oportunidades cuando presento mi demanda de cariños y derechos / mi silencio es otra forma de vivirte / cariño de exprimirte. el mundo debiera callarse / acurrucarse en tu pelo que no sabías si rojo o negro / ablandar en tus manos las pequeñas vergüenzas / escucharte gemir mientras las calles me cierran sus puertas / y yo travesti digo democracia bajo los neones. 

iv: todo ese efecto doppler del pasado / la sordera en la caída de mis pulcros y mis pulcras / el ruido de mi vida / los metales de mis oídos. no me pidan ahora que sueñe con el hombre que sea como mi padre / con la niña que no sería como su madre / con los hermanos que son hermanos de otros / a los que cosemos secretos bajo sus ropas / para que no olviden las luchas verídicas y las bofetadas. no me pidan ahora que interprete la mejor versión de mi patria / tengo un amor henchido de cordilleras desangrándose de blanco / playas manoseando mis continentes / y si te cuento esta historia mil veces / rellenaré con nuevos detalles mi lucha mientras zurzo una bandera a mi piel.

[8]

nosotras, que no tenemos nacionalidad 

cavemos otro túnel adentro nuestro

o aprendamos a volar

es tiempo de habitarnos

crucemos la frontera

hasta eso que late

cambiemos nuestros nombres

o intercambiémonos

yo tendría tu cuerpo y tú el mío 

olvidaríamos lo amniótico, el epitafio, 

la aridez de la tierra en la boca

el ruido del agua, el olor de las raíces 

la mirada de la despedida

y desdoblarse

crees que es fácil irse, tirar de las raíces 

arrancarlas de cuajo hasta sangrar la tierra 

y en las calles lo mismo,

éramos tan cotidianas en nuestros sueños 

vulnerables y comunes

una cifra, una voz

una larga fila

y yo que deseo salvarte

no debiera hacer tantos planes contigo, 

olvido que nadie se libra,

cuántas nosotras a diario

no cruzan fronteras, comen de la muerte, 

es como la muerte, sólo pasamos de a una, 

no sé si pueda alcanzarte

el desarraigo es la carta más segura,

soy tu Siria, tu Palestina, tu Wallmapu

tu isla para que te refugies

una patria de ambos lados

y Latinoamérica,

me miras con ternura, ya lo sabes

aquí es donde nos despedimos

y al igual que aquellas palabras

que no se pueden decir en las fronteras 

también nosotras, si nos nombráramos, 

explotaríamos

[20]

Las carnes se pasean. La carne se pasea. Esto es una carnicería. 

tú y yo estamos en un mostrador. El mostrador se llama corazón 

el mostrador huele. Un corazón no es bello como imaginamos 

el corazón, cariño, cuando lo tomas en tus manos

puedes destruirlo, puedes quedar con tanta sangre en la mano 

que no reconocerías siquiera el crimen que cometiste

las carnes se pasean y quisiera decir que es sólo un mostrador 

quisiera asegurarte que es sólo una historia

de una carne, pero no,

esa carne que se pasea, la misma que la mía

tiene unos ojos de miedo, ve a su asesino, lo ve

cuando insinúa un beso

y aparece una fosa

pero nadie quiere la fosa 

quieren la carne

queremos la carne, queremos lamerla, queremos sangrarla, queremos entrarla, queremos sacarla, queremos moverla, queremos sudarla, queremos salarla, queremos helarla, queremos el habla, queremos el alma, queremos,

y no amar porque amar es nada nos han dicho, amar cala, amar mata, amar tumba, amar pena, amar arde

por eso deseamos morder

deseamos tomar, deseamos quebrar huesos, deseamos tomar un cuchillo y cortar articulaciones, rebanar, guardar en trozos, guardar en bolsas y repartirlas por la ciudad, que la ciudad sepa también este secreto

y salgamos a buscarlas, y salga a buscarte

ya sin pensar en tus ojos de miedo, tus ojos que se opacan cuando me rechazan, tus ojos que se secan cuando me acerco, tus ojos que no saben de tus manos y tu abrazo que no quiere irse. Y tu abrazo me flaquea. Tu abrazo me renuncia

nos sostenemos con vértigo porque también soy una carne y vienen a compararnos, a comprarnos, a buscarnos, a comernos.

Yo no quiero ser sólo una carne porque mi carne cuelga y se deshace, mi carne se acaba y yo, que me creo infinita, naufrago. Tú sabes que yo también podía ver debajo del agua, he nadado lo rojo y lo viscoso, braceo al ritmo de los latidos de ese corazón en tus manos, me pierdo en mi sangre, me quedo quieta en mi corazón porque no conozco otra manera de morir, porque sé lo que viene. Yo lo sé. Finalmente, aunque lo neguemos, todo esto pasará, seremos sólo carnes que se pasean.

*En “Trasandina” (Ñire Negro ediciones, 2017)

Portada de "Transandina", de Ivonne Coñuecar. Ñire Negro ediciones, 2017.
Portada de “Transandina”, de Ivonne Coñuecar. Ñire Negro ediciones, 2017.


Autores
(1980). Escritora y poeta de Coyhaique, Patagonia chilena. Magíster en literatura y periodista. Ha publicado los libros Catabática (Jabalí editoras, 2008), Adiabática (Kultrun ediciones, 2009), Chagas (editorial Fuga, 2010), Patriagonia (Lom, 2014) y Trasandina (Ñire Negro, 2017). El 2023 fue reconocida con el Premio Regional de Arte, Cultura y Patrimonio por su trayectoria en poesía. Su primera novela, Coyhaiqueer (Ñire Negro, 2018, [2023]), obtuvo el Premio Municipal de Literatura de Santiago 2019.
Marcha mapuche, 2015. Fotografía de Esteban Ignacio. Recuperada de Flickr. CC BY-NC-ND 2.0
Marcha mapuche, 2015. Fotografía de Esteban Ignacio. Recuperada de Flickr. CC BY-NC-ND 2.0

Beatriz González Vilches

Porque no se sabe si es Dios o el Diablo quién carga 

el arma

y el Diablo llama al miedo al corazón y Dios llama a la 

        devoción a la locura

y se prenden dentro tuyo todas esas cosas tan infinitas 

llenas de dedos y balas

y era yo toda la hermosa de mi familia

y era yo toda la cuna de mi chiquita con dos estrellas

encendía mi casa que soy yo,

una casa?

una casa que era yo anidando

ahora me veo gusanillos hormigas, chanchitos de tierra

espigas brotes pájaros y tierra dentro de las orbitas de mis 

          huesos

la pelvis se llenó de arenilla y terrones en una casa 

des armada.

Porque no se sabe si es Dios o el Diablo quién carga 

el arma

y el Diablo llama al miedo al corazón y Dios llama a la 

           devoción a la locura

no sé si fue el calor o la rabia de febrero

de saber sobre el otoño cercano.

Pero si usted me pregunta que es morir no lo sé,

yo estoy tan llena de vida de vida.

Pero si usted me pregunta con dieciséis años que podría 

decir de vivir?

mi casa de antes era muy parecida

a esta, pero con menos arena y bichitos y tenía una hija

un hijita de carne y pulsos y una casa des armada.

Porque no se sabe si es Dios o el Diablo quién carga 

el arma

y el Diablo llama al miedo al corazón y Dios llama a la

          devoción a la locura

sabe yo nunca fui la enamorada de Dante y nunca existió 

un paraíso

y las niñas que se vinieron conmigo confiamos a las vivas 

         nuestras crías

bestias cuidaran de las quedamos

y yo seré eternamente el fantasma en la mano

siniestra del que vive en el calabozo en un eterno verano 

de espanto

y yo seré eternamente el fantasma en la mano

siniestra del que vive en el calabozo

porque con 16 soy el recuerdo terrible de que las armas 

           las cargan los enamorados

porque con 16 conocí los círculos de los infiernos en una 

casa des armada

porque soy Beatriz González Vilches de Rengo y supe 

                                                           quién carga las armas

desde mis raíces de tumba murmuro estos versos.

Nosotras

Deberíamos mirar hacia atrás 

¡mirar hacia atrás, hacia todos los puntos¡

todos esos puntos con sus ojos y sus dirán,

porque desde que sé, todo siempre se hizo sal

o pecado o vida

a la mirada de los hombres.

Los cardos, la lágrima y esas pequeñas flores del canto

las esporas, la totora que se tejió a nuestro ver.

En una partícula de la quila crecida,

en la coronilla de la divina misericordia se indicó  

al pecho de la Virgen, a los pies amarrados de las niñas

en los muñones de las que robaron de mentira,

que todo sería sal que todo sería nada 

por tocar con nuestros ojos el paisaje.

Ahora mientras rezo estas palabras y se invoca

a las almas de las que nos amaron

no mirar hacia atrás se borró de los huesos de nosotras.

Deberíamos mirar hacia atrás 

¡mirar hacia atrás, hacia todos los puntos!

todos esos puntos con sus ojos y sus dirán

porque desde que sé, todo siempre se hizo sal

o pecado o vida

a la mirada de los hombres y de aquellas mujeres del miedo.

Ahora mientras invoco los nombres de las que no están

me vuelvo urco o paloma, flecha o caricia

y soy libre de caminar hasta las crestas grandiosas 

o de posarme en la gota de sudor que se apaga en tu ingle

mirar desde ahí siendo la absoluta la más poderosa  

el acanto  dulce o ese veneno delicado.

Por eso ahora mientras invoco los nombres de las que no están

me vuelvo me vuelo yo en los cuatros puntos

en mi pecado o en mi vida 

lejos de la mirada de los hombres y de aquellas mujeres del miedo.

Despedida

En los pastizales duros, esos de chépica rasposos

dese pasto que corta la carne al jugar,

en ese monte despierto yo mujer sobre un vacuno,

el rey de las pezuñas plateadas que se duerme callado

y agacha la cabeza ante Dios para dormir,

yo mujer, despierto en la panza caída de mi amor rumiante.

Se ha rendido antes de la tormenta que cubre a mi azabache,

ni moscas ni grillos acompañan este velorio soy yo solita

ahora, la que ve dormir a mi vacuno negro al galano de mi laberinto

y pienso sobre su abdomen que se viene el cielo tan oscuro,

que el pasto se tornó quemado y me puse más morena

y luego más pálida alguien alguno venga hay que cavar un foso

con tal hondura donde entre mi hermoso y mi amor.

Se acerca el viento con sus nubes, pero no nos movemos

lágrima y gota se despiden, 

que enorme se volvió mi amor para cubrir su muerte

alguien alguno venga con hondura a cavar un foso,

el viento viene pero no nos movemos aún estamos desahuciándonos?

que pestañas más quietas y pezuñas más brillantes

no hablo de sus ojos que ya no miran más que cielo.

Los vacunos rojos de las pesadillas se han llevado a mi cariño

mi pelo enredado en cuernos se tejen como riendas,

hay que liberarlo dice la tormenta he sacado mi cuchillo

y a ras de mi cuero lo he cortado como todo lazo a

este enamorado en este pasto rojo 

porque la muerte

quema donde se posa la vida 

y otro canto en otra 

parte ya me ha dado.


Autores
(Chile, 1983) Profesora general básica, Licenciada en Educación por la Universidad de Concepción. El año 2010 publica su primer libro, Exhumaciones (Camino del Ciego). En 2014 es invitada a participar en el Parlamento del Libro y la Palabra, organizado por la Universidad de Chile. Es autora también de Animitas (Gramaje, 2015) y La hija de la lavandera (Garceta, 2018). Ha sido antologada en los libros No te pertenece (Garceta, 2020), con un cuento contra la violencia de género, y Hernández, Panes y Díaz Wentén (Banca de helechos, 2022). Su último libro, Quejido, canto y arrullo (Garceta 2023), obtuvo el segundo lugar en los Premios Literarios del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio 2024.
Bandera Mapuche, 2012. Diego Martin. Imagen recuperada de Flickr. CC BY-NC-ND 2.0.
Bandera Mapuche, 2012. Diego Martin. Imagen recuperada de Flickr. CC BY-NC-ND 2.0.

La literatura mapuche contemporánea se ha configurado, durante las últimas décadas, como un espacio de cruce, tensión y diálogo entre memorias ancestrales, experiencias urbanas, desplazamientos territoriales y problemáticas políticas y sociales que atraviesan al conjunto de las sociedades latinoamericanas. Lejos de constituir un corpus homogéneo o cerrado sobre sí mismo, esta escritura se despliega como un campo dinámico, atravesado por distintas lenguas, sensibilidades y trayectorias vitales, donde lo indígena no aparece como una esencia fija, sino como una experiencia histórica y contemporánea en constante reformulación.

En este sentido, la poesía y la narrativa mapuche actuales dialogan tanto con una tradición literaria propia como con los marcos más amplios de la literatura latinoamericana. Autores y autoras mapuches han ingresado progresivamente en los circuitos editoriales, académicos y críticos, tensionando las nociones de canon, lengua y representación. Figuras como Elicura Chihuailaf —primer poeta mapuche en recibir el Premio Nacional de Literatura en Chile— y Leonel Lienlaf —galardonado tempranamente con el Premio Municipal de Literatura de Santiago— han sido fundamentales en la apertura de este campo. Junto a ellos, la obra de Graciela Huinao, primera escritora mapuche en integrar la Academia Chilena de la Lengua, y la poesía de María Teresa Panchillo, centrada en la reivindicación política, cultural y lingüística, han ampliado decisivamente el horizonte de la escritura mapuche, incorporando con fuerza las voces femeninas y comunitarias.

A partir de este legado, la presente reflexión se concentra en una generación de autoras y autores mapuches nacidos entre 1980 y 1996, cuyas escrituras dan cuenta de una renovación de nombres, estilos y búsquedas estéticas, sin abandonar problemáticas persistentes como el territorio, la memoria, la lengua y la identidad. Se trata de una generación que, en su mayoría, tiene al castellano como lengua materna, aunque mantiene una relación activa, crítica y fragmentaria con el mapuzungun, ya sea mediante la recuperación de palabras, la autotraducción o el diálogo simbólico con una lengua heredada y, en muchos casos, interrumpida.

La presencia de la ciudad resulta central en estas escrituras. La experiencia urbana —con sus violencias, segregaciones, promesas y desencantos— atraviesa la sensibilidad de estos autores, quienes observan y narran desde espacios muchas veces marginales o invisibilizados de la vida ciudadana chilena. Esta experiencia no sustituye lo ancestral, sino que lo tensiona, lo reconfigura y lo desplaza hacia nuevas formas de expresión. La ciudad aparece así como un territorio más, un espacio de tránsito y conflicto, donde lo mapuche se reinscribe desde la contemporaneidad.

En la poesía de Elvis Trango, por ejemplo, se advierte una atención constante al tiempo, a los ciclos estacionales y a la observación de la vida que se oculta en la tierra. Desde la mirada de un joven que contempla y pregunta, sus textos exploran el sentido de pertenencia, el origen del nombre propio y las marcas de un biotipo ancestral que se reconocen —o se buscan— frente al espejo. A través de imágenes de aves, niebla y elementos orgánicos, su escritura traslada la acción hacia un lugar extraño, donde se sospecha un origen posible. Al mismo tiempo, dialoga con un presente crudo, urbano y disidente, donde la ciudad acoge pero también encierra, oculta y delimita. La personificación de pequeños elementos de la naturaleza —que puede ser el hombre o el poeta— refuerza esta idea de una morada precaria, construida en los márgenes, orientada hacia un sur simbólico.

La poesía de Yeny Díaz Wentén, por su parte, se construye casi sin ego, dando lugar a una polifonía de voces que remiten a la memoria personal, comunitaria y, especialmente, a las experiencias de las mujeres en sus roles diversos, como la maternidad, sostenedoras de hogar y amantes de una figura masculina generalmente hostil. Su escritura convoca a revisar una violencia tradicional normalizada entre símbolos católicos, plegarias y una espiritualidad mestiza que ha intentado construir identidad, muchas veces de espalda a su herencia indígena, pero que se reencuentra con ella en acciones cotidianas como la observación de elementos naturales como flores y plantas, como si de una Violeta Parra de la actualidad se tratara. Estamos en presencia de una escritura profundamente política, en un sentido amplio, que transforma el quejido individual y colectivo en canto y memoria. Esta dimensión se vuelve especialmente visible en sus lecturas públicas, donde muchos de sus textos son cantados en directa relación con el ül, manifestación tradicional del canto mapuche. De este modo, Díaz Wentén actualiza una tradición oral que se hace cargo tanto de la memoria como de la vida cotidiana.

En la escritura de Álvaro Calfucoy se advierte una notable economía expresiva. Sus poemas breves, muchas veces concebidos en mapuzungun y luego autotraduccidos al español, dialogan con la figura de un abuelo presente, imaginario o simbólico, a través del cual se problematiza la pérdida de espacios sagrados y la interrupción de la comunicación espiritual con los antepasados. Existe en estos textos una sensación de orfandad espiritual, una nostalgia por un pasado en el que los rituales parecían tener una eficacia hoy puesta en duda. En la traducción, las palabras en mapuzungun persisten como pequeñas islas de sentido, resistiendo la total asimilación lingüística.

La obra de Ivonne Coñuecar introduce con fuerza la problemática de las disidencias sexuales, articulando una poética donde el amor, la fragilidad y la ternura se enfrentan a una doble militancia, acaso no buscada, pero determinante: lo indígena y lo queer. Sus textos exploran la búsqueda de espacios seguros donde amar y vivir, en medio de desplazamientos territoriales forzados y de una constante observación social que censura lo distinto. Existe en su escritura una profunda analogía entre cuerpos y territorios bajo asedio político, militar y simbólico, dados por la historia contemporánea y sus giros geopolíticos, lo que refuerza una lectura del amor como acto de resistencia. También como elemento distintivo de su poesía, está el cuestionamiento al rol del sujeto mapuche en su dimensión creadora, intelectual y política, junto con la fuga de orientaciones folclóricas y exotistas, comunes dentro de lo denominado “arte indígena”.  

En el ámbito narrativo, y para efectos de esta muestra, los relatos de Pablo Ayenao se sitúan en contextos rurales, alejados de toda sofisticación urbana. Sus personajes —no siempre mapuches— se mueven en escenarios de subsistencia cotidiana: el trabajo, el almacén, la espera, el viaje en tren. En estos espacios aparentemente neutros o carentes de regulación institucional, emergen zonas oscuras de la condición humana. Las decisiones que toman sus protagonistas, lejos de responder a una maldad esencial, parecen surgir de la precariedad, el abandono y la ausencia de estructuras sociales protectoras, revelando una dimensión trágica de lo cotidiano. El mestizaje, la precariedad y el transcurrir de la vida parece convivir con la melancolía de sus personajes, que no teorizan sobre su suerte, sino que nos remite a un mundo tan cercano como reconocible en nuestra configuración social y territorial. 

La narrativa de Sara Aucapan, en tanto, aborda la diversidad sexual desde el interior de una comunidad mapuche tradicional, Llegkowe, “el lugar donde nacen las aguas”. A diferencia de otros relatos situados en contextos urbanos, su escritura muestra cómo ciertas identidades disidentes pueden encontrar espacios de aceptación dentro de visiones culturales mapuches más tradicionales. La figura de la machi, con su dualidad espiritual, aparece como antecedente de una comprensión menos binaria del género. Aukapan, hablante de mapuzungun y traductora de sus propios textos al español, articula así una narrativa que enlaza lengua, territorio y disidencia.

Resulta plausible señalar que estas escrituras no se limitan al espacio definido por las fronteras nacionales chilenas. El mundo mapuche se inscribe territorialmente en un área ancestral más amplia, Wallmapu, que abarca sectores del sur de Chile y Argentina. En este macroespacio se producen diálogos literarios y artísticos que desbordan los marcos estatales, reafirmando una noción de territorio anterior y alternativa a la cartografía nacional.

Asimismo, las problemáticas abordadas por la literatura mapuche contemporánea dialogan con las de otros pueblos indígenas del Abya Yala. Conceptos como autodeterminación, lengua, memoria, espiritualidad y desplazamiento atraviesan diversas expresiones artísticas indígenas en el continente. En este sentido, el lector latinoamericano —y tal vez particularmente el lector mexicano— puede reconocer paralelos con procesos similares vividos por otros pueblos originarios, así como con literaturas híbridas surgidas de migraciones, cruces culturales y tensiones lingüísticas.

Para cerrar este texto, quisiera decir que las escrituras aquí abordadas constituyen una muestra significativa de cómo la literatura mapuche contemporánea dialoga críticamente con su contexto social y político, renovando estrategias creativas para narrar mundos vigentes, situados entre lo ancestral, lo contemporáneo y la proyección de un futuro posible. La ventana temporal que articula esta generación da cuenta tanto de la persistencia de ciertas temáticas como de la incorporación de otras nuevas, vinculadas a la ciudad, la disidencia, la traducción y el desplazamiento. El reconocimiento institucional recibido por algunos de estos autores —como Ayenao, Coñuecar o Díaz Wentén— confirma el aporte sustantivo de estas escrituras a la literatura chilena y latinoamericana, y reafirma que la voz indígena no ocupa un margen, sino un espacio activo de reflexión, creación y transformación cultural, como una flecha que encendida, se dispara hacia la niebla del fututo, en busca de una tierra posible y mejor donde podamos habitar. 


Autores
(Temuco, 1977). Poeta y fotógrafo. Becario de la fundación Pablo Neruda, expositor en la Segunda Bienal de Arte Indígena y ganador beca de creación literaria del Consejo Nacional de la Cultura, las Artes y el Patrimonio. Ha publicado los libros de poesía Romería, El Mapa Roto, Preguntas Al Sur De Fantasía y Avenida Zungun, Antología Personal. Antologado en diversas publicaciones nacionales e internacionales, entre las que destacan: Escribir en la Muralla (Ediciones del CCC), Lof Sitiado (Lom), Cruces de Vida y Esperanza, El Fuego que Somos, (Abordo), Antología de Poesía Chilena (Mago Editores), Wajmapu Wixal, Antología Ciudadana de Voces Mapuche (Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio), entre otros. Además, su trabajo literario se encuentra en bibliotecas públicas y centros de recursos académicos del país.
Portada de "Manacled: Volume 2" de SenLinYu. PROFOUND WRITERS, 2024.
Portada de “Manacled: Volume 2” de SenLinYu. PROFOUND WRITERS, 2024.

El año pasado, una parte del mundo literario se conmocionó al saber que Penguin Random House, una de las mayores casas editoriales del mundo, publicaría dos de los fanfics más famosos del universo de Harry Potter: Manacled de SenLinYu y The Auction de Lovesbitca8. Las historias serían retrabajadas para sacarlas del universo creado por J.K. Rowling a uno original creado por cada autora. Aunque no será la primera vez que una obra sea adaptada de fanfiction a un trabajo original para abrirse paso hasta las editoriales comerciales, la noticia reenervó una discusión tan antigua como constante: ¿hay un lugar para los escritores de fanfiction en el mainstream del mundo literario?, y ¿será que el fanfiction también es literatura?

El término “fanfiction” nació en 1938 como una forma de llamar a la ciencia ficción escrita por autores amateur, en la publicación de 1944 Fancyclopedia, el término había cambiado para referirse a la ficción transformativa —el término bajo el cual se estudia al fanfiction— escrita por los fans de la ciencia ficción donde algunas veces aparecían personajes o mundos de otros autores, pero la ficción transformativa nos ha acompañado desde mucho antes.

Hubo un tiempo en que no había distinción entre ficción transformativa o ficción normal porque las historias y los libros mismos preceden al concepto de autor, los tenemos antes del copyright, antes de los derechos reservados. Esto es obvio, pero para hablar de ficción escrita por fans, debemos recordarlo. Antes de todas las normas para proteger los derechos de autor, soñábamos, escribíamos y creábamos historias con los protagonistas de leyendas que ya se nos habían contado; a nadie le importaba realmente si podían usar ciertos personajes o mundos. La literatura existía en el umbral de la ficción transformativa.

Solo basta con echar un ojo a la Ilíada o la Odisea —que según Kristina Busse, coeditora del journal de ficción transformativa de la Organización para las Obras Transformativas (Organization for Transformative Works o TWC por sus siglas en inglés), son las obras más antiguas de ficción especulativa con las que contamos— y sus historias de dioses y héroes para entender la naturaleza transformativa que siempre ha permeado en la ficción. También podríamos mirar los libros de caballerías medievales: las múltiples historias artúricas, las aventuras de Tristán, Lanzarote o Galahad con autores distintos que, sin embargo, construyen entre sí al canon de los libros y leyendas de caballerías. Los personajes permanecían, los autores cambiaban y las historias seguían y seguían, alimentándose entre sí.

Podemos, también, rastrear instancias de ficciones transformativas en 1421, con la publicación de John Lydgate de The Siege of Thebes, una secuela de los Cuentos de Canterbury de Chaucer, que a su vez estaba basado en el Decameron de Bocaccio. Quién puede olvidar, asimismo, la publicación en 1614 del Quijote de Alonso Fernández Avellaneda, que portaba muy orgulloso el nombre de Segundo tomo del Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, muy a pesar del mismo Cervantes, que tan solo un año después del Quijote de Avellaneda, publicaría la segunda versión “oficial” de su Quijote.

Por otro lado, en la lista de ficciones transformativas ilustres derivadas de la Biblia están El paraíso perdido de Milton y La Divina Comedia de Dante (y tal vez hasta podríamos nombrar a La Divina Comedia como el Ready Player One de su época).

Por su parte, en sus años correspondientes, Jane Austen, Lewis Carroll y Arthur Conan Doyle tuvieron también que lidiar con ficciones transformativas de sus obras, tal fue el amor que las Bennet, Alicia o Sherlock Holmes causaron en sus lectores. Ya para entonces la esencia transformativa de la literatura comenzaba a cambiar. Sherlock Holmes y John Watson pertenecían a Arthur Conan Doyle, todo lo demás eran simples versiones alternativas.

Sin embargo, hasta la década de 1960, con la llegada de la televisión y programas como Star Trek, fue que el concepto de fanfiction cambió, ya no solo para referirse a la ficción transformativa escrita por amateurs o fans de un producto de entretenimiento; sino a una actividad cultural comunitaria que acercaría a los miembros de un fandom (una comunidad de fans de un producto de entretenimiento) entre sí y les daría productos culturales propios. La década de 1960 vio la llegada de los fanzines, las publicaciones amateurs por fans y para fans, la ficción transformativa se volvía comunitaria. Ya no sería Avellaneda escribiendo su Quijote para lanzarlo al mundo en soledad, sino todo un grupo de fans interactuando entre sí alrededor de la escritura, discusión y lectura de ficciones transformativas.

Las cosas se potenciaron gracias a la llegada del internet y el inicio de las páginas dedicadas expresamente al fanfiction: Fanfiction.net, creado en 1997, Wattpad, creado en 2006 (donde también se publican historias originales además de fanfiction), Archive Of Our Own (o AO3), creado en 2007 como parte del proyecto para la protección de obras de ficción transformativa, OTW. La escritura de fanfiction dio, entonces, un salto a la estratósfera.

Para 2013, el número mensual de fics (o “fanfic”, versión abreviada de “fanfiction”) publicados tan solo en Fanfiction.net rebasaba exponencialmente (más de veintidós veces) el número de publicaciones editoriales mensuales de todo Estados Unidos. Y para 2016, nos habría tomado más de 14,907 años leer todas las historias albergadas en esa misma web a un ritmo de un fic por día.

Fanfiction.net y AO3 se convirtieron en semilleros de historias. En Writers in the Secret Garden. Fanfiction, Youth and New Forms of Mentoring, Cecilia Aragon y Katie Davis discuten el papel de las webs dedicadas a la escritura de ficción transformativa en la formación de nuevos escritores.

Estas webs, señalan Aragon y Davis, ayudan a democratizar la escritura y permiten que miles de autores jóvenes —en su mayoría mujeres, miembros de la comunidad LGBT+ o de comunidades marginalizadas— puedan acceder a espacios seguros para practicar su escritura. Son, también, lugares llenos de prácticas escriturales “más ‘femeninas’ como la colaboración, el apoyo amistoso y un enfoque desacomplejado hacia tramas románticas”.

Conforme fue aumentando la producción y publicación de fanfics en la web, la industria editorial tomó nota. Era el inicio del boom del Young Adult, a inicios de la década de 2010. Los últimos libros de Harry Potter, Crepúsculo y Los Juegos del Hambre habían probado el potencial monetario de la ficción para adolescentes y las editoriales estaban en busca de su siguiente estrella. Voltearon a ver al fanfiction y la ficción transformativa hizo su regreso al mundo de las publicaciones formales con Fifty Shades of Grey (2011), originalmente Master of the Universe, un fanfic de Crepúsculo retrabajado para no infringir los derechos de autor de Stephenie Meyer.

Fue un éxito. Le siguió After, originalmente un fanfiction de la banda británica One Direction. El mundo veía nacer un nuevo tipo de ficción: ficción transformativa que se detransformaba para no infringir ninguna ley; fanfics camuflados; era el mundo de los fandoms y las webs traídas al mainstream literario.

Ahora, este año, veremos a dos de las autoras más queridas del fandom de Harry Potter, Selin Yu y Lovesbitca8, publicar dos de las series de fanfics más leídas: Manacled que llevará el nombre de Alchemised y The Auction ahora Rose in Chains. Será la primera vez en la que dos fics del fandom de Harry Potter, específicamente fics Dramione (cuya pareja principal, pairing o ship, es Hermione Granger y Draco Malfoy que en la obra original son enemigos la mayor parte del tiempo), verán el mundo editorial.

La decisión de publicar sus obras, que se conformarán, además, de trilogías, tuvo que ver con su enorme potencial como libros YA, el género en boga. Y por, como anota Elizabeth Minkel en “Lots of People Make Money on Fanfic. Just Not the Authors”, un deseo de evitar que otras personas se enriquezcan con sus obras.

El problema fundamental de la ficción transformativa es que no puede ser publicada de forma tradicional, es un producto derivado de otro y, por lo tanto, cobrar por su lectura infringiría las leyes de derechos de autor de la obra original. Por esto, la ficción alternativa se lee en línea solamente. Sin embargo, cuando una obra especialmente buena aparece, no falta el fan que haga fanart de su fanfic favorito (esto ya es ser el fan del fan del fan, como una muñeca rusa de fans) y de ahí siempre aparece el listo que toma las ilustraciones y los fics y haga sudaderas, versiones impresas y encuadernadas de las historias, posters y toda clase de mercancía. Así sucedió con Manacled y The Auction. Sus autoras vieron cómo otras personas se enriquecían con sus obras por las que, legalmente, no podían hacer nada. Después de todo, solo les pertenecía la trama. El mundo y los personajes eran de J.K. Rowling. Así, decidieron detransformar sus ficciones, retrabajarlas, construirles su mundo, rebautizar a los personajes y convertirlas en algo nuevo que seguramente tendrá sus propios fandoms y sus propios fanfics.

El autor de fanfiction es libre de escribir lo que desea. Insertarse a sí mismo en el mundo de su elección; idear las tramas más raras; insertar personajes de una serie en el mundo de otra; crear realidades distópicas con los personajes de My Little Pony… el límite es su imaginación. Su comunidad recibirá su escritura con los brazos abiertos. Se le dará retroalimentación y se le brindará consejo para ayudarlo a mejorar; otros fans reirán, llorarán y recordarán su escritura. Si es realmente terrible, se le agregará al fanon (el canon de un fandom), y si es maravilloso se le amará.

Cada paso del escritor de fanfiction será más arropado por su comunidad que el del escritor usual. Sus talleres de escritura serán foros y comentarios en sus fics, formará parte de una comunidad de escritores donde podrá aprender a construir historias y personajes. Será libre de fallar, escribir terrible, mejorar y triunfar. Lo hará todo, además, tan pública o anónimamente como desee.

Hace un tiempo, platicando con un amigo editor, llegamos al tema del fanfiction y de aquello que identifica a un escritor como parte del grupo de autores que dieron sus primeros pasos en AO3, Wattpad, Fanfiction.net u otra web similar. “Son demasiado descriptivos en los momentos más extraños”, “se olvidan de sus subtramas y regresan a ellas en el último minuto”, “son demasiado autoindulgentes”, “su forma de describir a sus personajes es rarísima”, fuimos mencionando uno a uno, todo lo que se nos pudo ocurrir. Es cierto que la ficción transformativa no siempre es buena. Muchas veces sus autores son autoindulgentes y las obras originales que fueron primero fics o historias de Wattpad caen, bastante seguido, aunque siempre hay excepciones, en clichés y fallan en producir algo que se sienta relevante.

“Son chatarra”, le dije a mi amigo en esa ocasión, “son como comer una buena bolsa de papitas que no te nutrirá, pero te hará feliz”. Lo dije sabiendo que yo también empecé escribiendo fanfiction, lo dije sabiendo que todavía algunas de mis obras favoritas son fanfiction. Lo dije sabiendo que, de tanto en tanto, habrá un fic excepcional, maravillosamente escrito, que cambiará mi idea de lo que es escribir y otras en las que, simplemente, leeré algo para pasar el tiempo. Lo dije sabiendo que amo el fanfiction y a todas sus historias locas, extrañas y enternecedoras.

La virtud de la ficción transformativa no está en las herramientas escriturales que sus autores puedan o no tener, sino en el amor a la escritura y al mundo original que produjo en ellos el deseo de escribir. Un autor de fanfiction es alguien que escribe porque sí, porque quiere; lo hace sin miedo, lo hace sin esperar siquiera ser leído, no en realidad, el motor de su escritura está en la escritura misma. En una pregunta que se clavó en su mente al ver una película, una serie, un videojuego, un capítulo de anime, un libro o lo que sea, la pregunta fue “¿Y si…?”. Y eso le bastó para sentarse a crear algo.

Amo el fanfiction porque es libre. No le importa si puede o no, solo escribe. Admiro a sus escritores porque son capaces de hacer algo que envidio: escribir solo porque sí, porque nos dieron ganas, porque es importante que alguien diga lo que pasaría si Draco Malfoy se enamorara de Hermione Granger en un mundo distópico y destruido; o qué pasaría si el Doctor pudiera volver a encontrar a Rose Tyler; o si Tanjiro, Naruto y Luffy se conocieran.

Amo el fanfiction porque ejemplifica la naturaleza libre de la literatura. Solo es y ya está. Sin pedir permiso.


Autores
(Ciudad de México, 1995) Es dramaturga y editora. Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana.
Codex II de los Manuscritos de Nag Hammadi. Manuscritos en el tiempo, 2011. Recuperada de Wikimedia Commons. Dominio público.
Codex II de los Manuscritos de Nag Hammadi. Manuscritos en el tiempo, 2011. Recuperada de Wikimedia Commons. Dominio público.

Además de las dos cicatrices atómicas en la historia mundial, el año de 1945 fue testigo de un descubrimiento que transformó la narrativa histórica sobre la religión cristiana. Un campesino egipcio, de nombre Mohammed Ali al-Samman, salió con su hermano y otros vecinos a buscar un poco de sabakh (سباخ), como le llaman a los restos de los bloques de adobe encontrados en los sitios arqueológicos de los que se obtiene un material orgánico que sirve como fertilizante y combustible. Mientras excavaban cerca de una barranca cerca del pueblo de Nag Hammadi ( نجع حمادي), en la riviera del Nilo, su azadón golpeó una gran vasija de cerámica enterrada. En Egipto, las vasijas antiguas a veces se asocian con genios (jinns o  جِنّ) o maldiciones, así que Mohammed dudó en abrirla, pero la clásica tentación de encontrar oro, le ganó. Entonces, quebró el recipiente y en lugar de monedas halló trece papiros con códices inscritos. Estaban encuadernados en cuero y escritos en un idioma distinto al árabe, que no entendía: el copto. Esta era la lengua de los cristianos egipcios antiguos, así como su respectivo tipo de escritura. 

Mohammed llevó los libros a su casa, donde su madre, sin saber sobre el valor histórico de estos documentos, los quemó para prender el fuego. Aunque la mayoría de los códices sobrevivieron, la hoguera consumió mucha información que los eruditos e historiadores han añorado desde entonces. Esta anécdota es un recordatorio casi absurdo de que la voluntad humana de permanencia puede transitar los siglos, extenderse por grandes pedazos de tiempo que no se pueden dimensionar, y a su vez puede depender de gestos mínimos y contingentes. 

Los manuscritos entraron en un mercado negro de antigüedades. Uno de sus insólitos poseedores se le vendió un manuscrito a un sacerdote copto local; otro a un comerciante de El Cairo, y algunos incluso fueron confiscados por las autoridades egipcias. Finalmente, llamaron la atención de Jean Doresse, un egiptólogo francés, y del historiador Gilles Quispel, quienes pudieron acceder a los documentos, confirmando su autenticidad. Por lo que el gobierno egipcio intervino para recuperarlos. 

Los expertos del campo de la egiptología, arqueología e historia de las religiones, creen que los códices fueron escondidos en el siglo IV d.C. por monjes de un monasterio cercano, cuando el obispo Atanasio de Alejandría ordenó destruir todos los textos “heréticos”. Este acto fue una manifestación directa de su lucha incansable por consolidar la ortodoxia nicena —que sostiene que el Dios Hijo es consustancial a Dios Padre, es decir, comparte exactamente la misma naturaleza divina—, en un momento en que el cristianismo aún estaba lejos de tener fronteras doctrinales claras, como institución. El obispo de Alejandría, convencido de que estas desviaciones ponían en riesgo la unidad de la Iglesia y la salvación misma de los fieles, pudo haber interpretado los manuscritos de Nag Hammadi como amenazas espirituales que podían dispersar a las comunidades cristianas hacia creencias que él consideraba peligrosas. Su mandato de eliminar esos y otros textos que pudieran ser causa de heterodoxia, no fue un simple gesto de censura, sino parte de una estrategia más amplia para afirmar su autoridad episcopal, fortalecer la identidad doctrinal de Alejandría y combatir la influencia de corrientes teológicas rivales que disputaban ferozmente el rumbo del cristianismo en el siglo IV.

Quizás durante aquella un gnóstico anónimo decidió salvaguardar esta biblioteca en una jarra sellada, donde permaneció intacta hasta el siglo XX. Sin embargo, hoy, los originales se conservan en el Museo Copto de El Cairo, y su estudio ha transformado nuestra comprensión histórica del cristianismo primitivo. 

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Los Manuscritos de Nag Hammadi incluyen evangelios apócrifos, tratados filosóficos y revelaciones espirituales que estuvieron ocultos durante más de mil quinientos años. Éstos ofrecen una perspectiva alternativa a la ortodoxia cristiana dominante, revelando la riqueza de las corrientes gnósticas, que enfatizaban el conocimiento espiritual (gnosis) como camino de salvación.  

El gnosticismo emergió como un movimiento religioso y filosófico de profunda complejidad durante los primeros siglos de la era cristiana, si bien sus raíces conceptuales se extienden hacia tradiciones más antiguas, como el platonismo medio y el zoroastrismp. El término deriva de la palabra griega gnosis (γνῶσις), que trasciende la mera acumulación de conocimiento intelectual para referirse a una iluminación reveladora; se refiere a un saber experiencial que permitiría al ser humano liberarse de las ataduras de la existencia material y acceder a su origen divino. En el núcleo del pensamiento gnóstico yace un dualismo cosmológico radical, que postula una división irreconciliable entre el mundo espiritual, eterno y perfecto, y el universo material, considerado una creación defectuosa. Según los textos gnósticos, este plano terrenal no fue obra del Dios supremo, sino de un ente inferior denominado demiurgo (de ahí su vínculo con el platonismo), a menudo identificado con el Yahvé del Antiguo Testamento en algunas tradiciones. Mientras que el Dios verdadero permanece trascendente e inaccesible, el demiurgo, ignorante de su propia limitación, genera un cosmos imperfecto que atrapa al ser humano en el engaño y el sufrimiento. Esta concepción contrastaba abiertamente con las doctrinas monoteístas judías y cristianas, las cuales afirmaban la bondad y perfección intrínseca de la creación, obra máxima de Dios.

En esta tradición la salvación no se alcanza mediante la fe ciega, los ritos externos o la obediencia a una ley divina, sino a través de la gnosis: un conocimiento transformador que revela al individuo su esencia espiritual. Los gnósticos sostenían que los humanos poseen una chispa divina (pneuma) en su interior, una porción de luz celestial aprisionada en la materia. Solo al tomar conciencia de esta condición olvidada, el alma puede liberarse del ciclo de reencarnaciones y del dominio del demiurgo, retornando finalmente al Pleroma, la plenitud de lo divino.

Estas nociones llevaron a los gnósticos a reinterpretar de manera radical los relatos bíblicos: figuras como Adán, Eva y la serpiente del Edén asumen nuevos significados. La serpiente, más allá de ser un símbolo del mal, se convierte en un agente de liberación que incita a los primeros humanos a despertar de su ignorancia, a la vez que el demiurgo intenta mantenerlos sumisos mediante la prohibición del conocimiento. 

En los textos gnósticos de Nag Hammadi, la historia de Sophia es un mito central que explica el origen del mundo y la condición humana: Sophia, un eón emanado de la Plenitud divina (Pleroma), desea conocer o crear por sí misma, separándose del orden espiritual. Ese impulso solitario provoca su caída fuera del Pleroma y el surgimiento de un ser imperfecto, el Demiurgo (a veces llamado Yaldabaoth), que, ignorante de su verdadero origen, crea el mundo material creyéndose el único dios. Sophia, arrepentida y atrapada entre la luz y la materia, intenta corregir su error mediante la infusión de una chispa divina en la humanidad, para que los seres humanos puedan recordar su origen espiritual. La historia culmina cuando Sophia es finalmente asistida por Cristo o un eón superior para regresar al Pleroma, y la salvación humana se entiende como la participación en ese mismo retorno: recuperar la luz interior que proviene de ella.

De igual modo, la figura de Cristo no es vista principalmente como un redentor que expía los pecados con su sacrificio, sino como un maestro iluminado que desciende al mundo material para transmitir la gnosis y recordar a la humanidad su naturaleza olvidada.

El descubrimiento de los Manuscritos de Nag Hammadi en 1945 revolucionó el estudio del gnosticismo al proporcionar acceso directo a sus fuentes, a sus textos sagrados, libres de la mediación de sus detractores. Obras como el Evangelio de Tomás, una colección de enseñanzas secretas de Jesús que enfatizan la búsqueda interior del Reino de Dios, o el Apócrifo de Juan, que detalla la cosmogonía gnóstica y el rol del demiurgo, revelan una espiritualidad sofisticada y en cierto sentido, poética que desafía las narrativas ortodoxas, que terminaron por ser hegemónicas en el cristianismo occidental. 

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Aunque el gnosticismo fue perseguido sistemáticamente y marginado por el cristianismo institucional, su influencia pervivió de formas sutiles pero significativas. En el ámbito filosófico, nutrió al neoplatonismo y al hermetismo renacentista. Sin embargo, tuvo gran influencia en la psicología de Carl Jung al confirmar su intuición de que la gnosis era una forma antigua de psicología: encontró en esos mitos un paralelo simbólico con sus ideas sobre el inconsciente, los arquetipos y la individuación; reconoció en la caída y redención de figuras como Sophia un reflejo del drama interior entre consciente e inconsciente; vio en sus símbolos evidencia del inconsciente colectivo; y usó estas fuentes directas para legitimar académicamente su lectura psicológica de las religiones y su convicción de que la experiencia espiritual es, ante todo, un proceso psíquico universal.

En última instancia, este descubrimiento histórica ha permitido una robusta investigación en torno al gnosticismo, desde la filosofía y la historia de las religiones; por lo que el gnosticismo ha trascendido su categorización histórica como una simple “herejía” fuera del dogma cristiano, como un fenómeno complejo que implicó una búsqueda radical de autonomía espiritual como alternativa al cristianismo ortodoxo. Los Manuscritos de Nag Hammadi, al recuperar su voz después de siglos de silencio, invitan a reconsiderar no solo la diversidad del pensamiento religioso antiguo, sino también las preguntas perennes sobre la naturaleza de lo divino, el sentido de la existencia y las posibilidades de trascendencia que aún resuenan en un mundo en el que el sentimiento religioso de devoción y búsqueda de la salvación parece haber desbordado a las instituciones religiosas y se han arraigado en otras prácticas humanas. 


Autores
Ayamel Fernández García (Ciudad de México, 1996) Historiador egresado de la UNAM. Se ha especializado en historia ambiental y de las ciencias en México y America Latina. Le interesa la conservación ambiental y la naturaleza como problema histórico.

Hace un par de años, trabajaba en una clínica de atención psicológica para niños y adolescentes de un hospital en California. A pesar de estar en una comunidad relativamente chica, teníamos una enorme lista de espera: más de 400 pacientes, todos en espera de que se les asignara un psicoterapeuta. Para lidiar con este rezago, la psiquiatra que dirigía nuestra clínica anunció en una reunión plenaria que nuestro nuevo “Gran objetivo audaz y peludo” (en inglés: Big Hairy Audacious Goal—le encantaba usar ideas de Silicon Valley de donde tomó prestado el término muy de autoayuda)1 iba a ser el siguiente: “CURAR a los pacientes en ocho semanas”. Ocho semanas desde esa primera llamada telefónica cuando las familias nos contactaban para pedir ayuda hasta el final del tratamiento.

Me quedé atónita. Boquiabierta, para ser precisa. Y preocupada. Volteé a mi alrededor y a nadie le pareció una locura esta idea, nadie notó la disonancia con la realidad de nuestro trabajo, en el que era absolutamente imposible acabar un tratamiento en dos meses. En la práctica, nos tomaba semanas evaluar a alguien y meses, si no es que un año, que llegaran a una terapia. No sólo las ocho semanas estaban muy lejos de la realidad del trabajo terapéutico y del tiempo que realmente toma, sino que también está claro que supone algo muy erróneo, el hecho de que es posible, como cualquier otra enfermedad, “curar” todo tipo de “desórdenes y problemas psicológicos”. Me parecía que la idea de la “salud mental” de la directora de la clínica era que una pastilla combinada con intervenciones conductuales podría simplemente eliminar los síntomas (¡no sólo reducirlos, sino eliminarlos!), transformando mágicamente a los niños y adolescentes en miembros plenamente funcionales y satisfechos de sus familias y de la sociedad. Querían una “cura” en ocho semanas, empaquetando eficientemente el problema del punto A al punto B. Como si la subjetividad fuera una línea de ensamblaje de coches. ¿En serio creería que “curar” (si es que tal cosa es posible) es como un trámite en ventanilla en el que llegas, entregas tus papeles, te los sellan y listo, te vas curado? Curado de espanto, quizás.

Esa experiencia me persiguió por meses y todavía me mueve. Me hizo querer entender qué significa realmente “la cura”, muy lejos de esa insólita lógica de Silicon Valley aplicada al sufrimiento humano. Me queda claro que en la práctica psicoanalítica (en mi propia experiencia en ella) la cura no funciona bajo ese esquema: no es un camino lineal hacia una resolución, no es predecible. Tampoco tiene que ver con la reducción de síntomas ni con un proceso eficiente. No es sentirse pleno y feliz. No es una receta, no tiene instructivo, y definitivamente no viene con garantía de ocho semanas.

Y todo empieza con entender algo fundamental: el tiempo psíquico no funciona como el tiempo del reloj. Yo lo llegué a entender de dos maneras. Muchas veces, cuando pensaba que finalmente había “progresado” mucho un paciente en su proceso de análisis, venía un momento que deshacía todo el progreso y de nuevo, lo mismo, el mismo síntoma, el mismo callejón sin salida. Y teóricamente me encontré con una noción que explica bien la temporalidad del análisis, y su carácter terminable e interminable. Sigmund Freud usó en contadas ocasiones una palabra que explica precisamente eso: Nachträglichkeit, que el psicoanalista francés Jacques Lacan tradujo con el muy francés après-coup.2 En español se ha traducido como efecto diferido, acción retroactiva, a posteriori o el propio après-coup. Estas nociones nos muestran que el trauma psíquico, los recuerdos reprimidos, las cosas que nos marcaron, no son eventos congelados en el tiempo como fotografías vetustas. No funciona tampoco como si pudieras regresar con una máquina del tiempo a tu infancia y simplemente descubrir “ah, esto fue lo que pasó…” para que se arregle el problema y listo, quedas curado. Nachträglichkeit describe algo mucho más complejo: una serie de procesos dinámicos que están reescribiendo constantemente nuestro pasado a partir de cómo le damos sentido ahora y desde dónde estamos parados hoy. El tiempo psíquico no es un contenedor, sino un campo revuelto donde el pasado y el presente se contaminan y se reconstruyen mutuamente. Así es como se va creando el significado. El trabajo analítico, tal como Freud lo entendió desde un inicio, es tan terminable como interminable: esa paradoja lo explica muy bien.

Hace un tiempo vengo pensando lo que llamo una “poética de la cura” (poética en el sentido de creación). Este enfoque se nutriría tanto de formas literarias de pensamiento como de la práctica psicoanalítica para mostrar cómo ambos rechazan las significaciones fijas y crean nuevas posibilidades de comprensión. Esto es radicalmente distinto de los modelos terapéuticos de moda obsesionados con “trabajar en uno mismo”, como si fueramos un proyecto en obra negra, o de esos enfoques que prometen “conocerse a uno mismo” como si el “yo” fuera una migaja que se perdió en la grieta del sofá y finalmente logramos recuperar. Esas aproximaciones están basadas en la cognición y privatizan e individualizan los problemas: las enfermedades son nuestra culpa y la solución también. Más autoconocimiento, más responsabilidad individual: cura exprés garantizada.

Borges explicó la extraña temporalidad del après-coup mejor que nadie en su ensayo sobre “Kafka y sus precursores”: cada vez que un escritor importante aparece, reorganiza toda la historia de la literatura: “cada escritor crea a sus precursores. Su obra modifica nuestra concepción del pasado, como ha de modificar la del futuro”. Lo que vino antes se lee distinto después. Eso mismo pasa con la memoria: el pasado no está congelado, se reescribe constantemente desde el presente. No es que “regreses” a tu infancia a buscar lo que pasó; es que desde donde estás hoy, le das un nuevo sentido a lo que viviste entonces. Esto es après-coup en acción, el evento futuro crea retroactivamente sus propios precursores, remodelando lo que parecía ya estar grabado en la piedra.

Ojo: esto NO es lo mismo que decir que el paciente se inventa su pasado según lo que le conviene en el presente. Esa lectura superficial (como Jung propuso con su idea de “retrofantasía”) confunde todo. No se trata de imaginar o crear un pasado imaginario adaptado a “las necesidades del presente” como si fuera un ejercicio de autoayuda. Se trata de algo mucho más radical: el trabajo analítico no busca excavar ruinas para encontrar “lo que realmente pasó”, busca entender cómo lo que pasó sigue operando, transformándose, resignificándose hoy. La verdad psíquica no es una fantasía que se inventa, es el trabajo de darle sentido a lo vivido, y ese trabajo… nunca termina.

Esto nos lleva a una pregunta fundamental sobre la naturaleza del trabajo analítico en sí mismo. Freud lo abordó en su ensayo de 1937, “Análisis terminable e interminable”. Ahí reconoció que la experiencia le había enseñado que la terapia psicoanalítica “es un trabajo largo” y laborioso (usa la palabra Arbeit en alemán, vinculando explícitamente el trabajo analítico con el trabajo mismo). En su ensayo, Freud estaba respondiendo a la propuesta de Otto Rank en El trauma del nacimiento de que si uno trabaja subsecuentemente, nachträglich, con la “represión primordial” en un análisis, entonces el paciente podría curarse en unos pocos meses. Freud criticó este enfoque como incapaz de resistir a un examen crítico, afirmando que estaba “diseñado a acompasar el tempo de la terapia analítica a la prisa de la vida norteamericana”. Concluyó desdeñosamente que “la teoría y la práctica del intento de Rank pertenecen al pasado… no menos que la propia ‘prosperity’ norteamericana”.3 Poco sabía Freud que tanto las curas rápidas como las ilusiones estadounidenses de prosperidad demostrarían ser notablemente resilientes.

La oposición de Freud al método de cura rápida de Rank no se trataba solo del tiempo, no era un berrinche por defender su territorio terapéutico. El problema de fondo era mucho más serio: tenía que ver con el análisis y el juego peligroso del “tú ya sabes qué te pasa, ahora arréglalo”. Uno sabe muy bien… y sin embargo… repite lo mismo una y otra vez. El conocimiento, por más profundo que sea, no sirve para transformarnos o para modificar una posición subjetiva. No basta con decirle a alguien que sufre y va a terapia: “mira, ya identificamos tu problema, ahí está tu diagnóstico con un código, ahora ve y haz tu tarea”. Lo de la resistencia no es un capricho freudiano ni un impedimento molesto que hay que quitar del camino. La resistencia estructural es el trabajo mismo. El cambio ocurre justamente ahí, cuando el sujeto en análisis se tropieza una y otra vez con el trabajo continuo de resistencia, ese forcejeo estructural y del goce. La “cura” no es ese momento mágico en que todo se resuelve y el trabajo se termina, sino esa transformación banal, aburrida, lenta y trabajosa de cómo uno se relaciona con todo eso, de ser consumido por el goce inconsciente a convertirte en una agente activo en el trabajo de la verdad.

Esto es lo que quiero llamar la “operación poética” en el corazón del trabajo analítico. Lo que distingue al psicoanálisis de otros enfoques es que su lógica no es de acumulación, no se trata de ir juntando piezas del rompecabezas hasta completar la imagen: más síntomas identificados para eliminar, más insights desbloqueados para adquirir, más conocimiento que acumular y guardar en el archivo personal. Esta operación poética entiende las narrativas psíquicas como algo interminable por naturaleza. Tal como Borges nos mostró que Kafka crea a sus propios precursores, el presente reestructura continuamente el pasado. En un análisis no se trata simplemente de pasar a un punto B mejor que el punto A, ni de dar vueltas en círculos, repitiendo lo mismo, sino de ir construyendo nuevas formas de moverse, de relacionarse. Esta estructura en espiral es la que revela cómo funciona el análisis: opera en un tiempo heterogéneo donde el pensamiento interviene entre un pasado que se consideraba como un hecho fijo y un futuro significado que debe construirse retroactivamente para reordenar el pasado.

La “fantasía de la cura de ocho semanas” revela todo lo que está mal con la cultura terapéutica contemporánea: transforma el tiempo en mercancía, a los pacientes en métricas de productividad, y a lo inconsciente en un problema técnico que requiere optimización. Esta temporalidad gerencial es la lógica temporal del capitalismo tardío mismo. Quizás por eso no pude soportar mucho más tiempo trabajar en el hospital con sus “grandes objetivos audaces y peludos”. Yo, que no tengo pelos en la lengua, me la tenía que morder todo el tiempo, y ese sistema iba en contra de lo que yo creo que debe ser el trabajo terapéutico.

Una poética de la cura, como la imagino y pienso, opera contra esa lógica. Donde el tiempo gerencial exige continuidad y progreso, el tiempo poético produce cortes e interrupciones. Donde la terapia promete restaurar el funcionamiento normal, el análisis revela que lo “normal” está desde su origen roto y escindido. La operación poética no arregla, abre nuevas preguntas en cada cierre aparente.

Por eso la cura en psicoanálisis es simultáneamente terminable e interminable: no porque el análisis sea inefectivo, sino porque funciona al nivel de la imposibilidad estructural más que del manejo de síntomas. Una poética de la cura, entonces, no se trata de “sanar” sino de habitar el corte en el tiempo donde el significado falla y debe ser reconstruido constantemente. Esta es la temporalidad radical del análisis: no avanzar hacia la resolución, sino girar en espiral a través de las mismas preguntas imposibles. El trabajo, y es mucho trabajo, es aprender a trabajar dentro de esta imposibilidad en lugar de exigir su eliminación.


Autores
(Ciudad de México, 1989), doctora en literatura latinoamericana por Cornell University. Psicoanalista en formación. Ha publicado múltiples textos académicos y crónicas en revistas nacionales e internacionales. Su libro Curaçao: costa de cemento pueblo de prisión (FETA: 2019) fue ganador del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2019.